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  • Duelo en adolescentes: señales y cómo ayudar

    Duelo en adolescentes: señales y cómo ayudar

    Duelo en adolescentes es lo que vive un joven de 12 a 18 años después de perder a alguien importante: un padre o una madre, un hermano, un abuelo, un amigo. Si buscas cómo ayudar a un adolescente en duelo, es probable que lo veas irritable, encerrado o aparentemente indiferente, y que no sepas si eso es esperable ni cómo acercarte sin invadirlo.

    Esta guía reúne lo que dicen los estudios de psicología sobre el duelo en la adolescencia y las guías clínicas que más se usan para acompañarlo. Separa lo que tiene respaldo de investigación de lo que es consenso de las guías, y termina con las señales de que conviene consultar a un profesional.

    Respuesta corta: el duelo en la adolescencia es una reacción normal que en la mayoría de los casos se atenúa con el tiempo, pero se ve distinto al de un adulto: más rabia, más silencio, más amigos y menos familia. Ayuda decir la verdad completa, quedarse cerca sin presionar, mantener las rutinas y consultar si el malestar se prolonga o aparece riesgo de hacerse daño.

    ¿Qué hace distinto al duelo en adolescentes?

    Un adolescente entiende la muerte casi como un adulto: sabe que es definitiva, que es biológica y que también le puede llegar a él. Lo que cambia respecto de un niño es lo que hace con esa comprensión. Según Alvis et al. (2023), aparecen preguntas sobre el sentido de la vida, la propia mortalidad, las creencias y el futuro, además de la tristeza.

    Hay una tensión propia de esta edad. Webb (2010) describe que el adolescente quiere comportarse como un adulto independiente y, a la vez, necesita que lo cuiden y lo protejan como a un niño. De ahí que muchos reprimen lo que sienten para no parecer infantiles o débiles.

    Las hojas del National Child Traumatic Stress Network (2022) para cuidadores de adolescentes lo resumen con las palabras del propio joven: puede sentirse triste, asustado, vacío o insensible, pero le da vergüenza mostrarlo.

    También cambia a quién recurre. Según Webb (2010) y el Dougy Center (2025), los adolescentes buscan consuelo primero en sus amigos, y apoyarse en la familia puede vivirse como una amenaza a su autonomía.

    Un estudio con 39 entrevistas a adolescentes que habían perdido a un familiar o a un amigo encontró dos temas centrales: una alta autosuficiencia con un compartir selectivo (vivir el duelo “separados pero juntos”) y señales de crecimiento personal y madurez (Andriessen et al., 2018).

    ¿Cómo se ve el duelo en un adolescente?

    Las reacciones varían mucho de un joven a otro y no siguen un orden. Las guías de Cid Egea (2011), Webb (2010), Worden (2013), el Dougy Center (2025) y el NCTSN (2022) describen, entre las más frecuentes:

    • Irritabilidad y rabia. Puede ser una defensa frente a la impotencia, o frustración por ver alterados su mundo y sus planes. Se nota en arrebatos y en desafío a padres y profesores.
    • Aislamiento. Se encierra en su pieza, duerme más o evita a la familia. Detrás suele haber miedo a abrumar a otros, vergüenza de mostrar dolor o la sensación de que sus amigos no entienden.
    • Dificultad para concentrarse y caída escolar. La mente está ocupada en recuerdos y preocupaciones, y aparecen olvidos, notas más bajas o ausentismo.
    • Conductas de riesgo. Alcohol, drogas, conducción temeraria o relaciones sexuales de riesgo pueden funcionar como una forma de no sentir.
    • Culpa. Es habitual cuando hubo una discusión antes de la muerte, algo común en una etapa de roces con los padres.
    • Molestias físicas y del sueño. Dolor de estómago o de cabeza, y cambios en el horario de dormir.
    • Hacerse cargo de todos. Algunos asumen el papel del progenitor fallecido o cuidan a sus hermanos menores, y postergan su propio duelo.

    Ninguna de estas reacciones basta por sí sola para hablar de un trastorno. Durante las primeras semanas y meses, cualquiera puede aparecer sin que algo vaya mal.

    ¿Por qué un adolescente en duelo parece indiferente?

    Porque el duelo adolescente suele ir y venir. Webb (2010) y Cid Egea (2011) hablan de una capacidad corta de aflicción: el joven alterna momentos de pena profunda con ratos de juego, redes sociales o conversación normal, como si nada hubiera pasado.

    Esa oscilación protege al joven, y no indica falta de cariño. Neimeyer (2019) y Worden (2013) la entienden como parte del modelo del proceso dual (Stroebe y Schut), según el cual distanciarse un rato del dolor para atender la vida cotidiana es un ritmo necesario de recuperación.

    Cuando el joven responde “déjame en paz”, suele estar diciendo que no quiere hacerte daño con su dolor. Las hojas del NCTSN (2022) sugieren no tomarlo como un rechazo: mantenerse involucrado, saber dónde está y qué hace, porque necesita la presencia del adulto más que nunca.

    ¿Cuánto dura el duelo en la adolescencia?

    Mucho más de lo que se suele creer. Neimeyer (2019, cap. 1) señala que la gente piensa que el duelo dura semanas o pocos meses, mientras que la investigación muestra que, tras una pérdida importante, la estabilización lleva de uno a tres años y no sigue una línea recta. Worden (2013) y Cid Egea (2011) coinciden.

    Un estudio longitudinal siguió durante hasta tres años a 182 niños y adolescentes de 7 a 18 años que perdieron a un progenitor de forma repentina. Las reacciones de duelo bajaron con el tiempo en la mayoría, pero un 10,4 % siguió igual a los 33 meses y un 30,8 % tuvo un aumento a los 9 meses que después disminuyó.

    Ambos grupos tuvieron más deterioro funcional y más riesgo de depresión (Melhem et al., 2011).

    Otro estudio holandés con 2.230 adolescentes siguió a los 131 que perdieron a un padre, una madre o un hermano. En los dos años posteriores tuvieron más problemas emocionales que sus pares, incluso descontando cómo estaban antes de la pérdida: aparecieron casos nuevos en un 22 % de los jóvenes en duelo frente a un 5,5 % de los demás (Stikkelbroek et al., 2016).

    Los “picos de duelo” y las fechas difíciles

    Aunque el dolor se haya calmado, puede volver de golpe en un cumpleaños, una Navidad, un aniversario de la muerte o un hito como la graduación o el cambio de colegio. Neimeyer (2019) y Webb (2010) los describen como una parte normal de la adaptación, no como una recaída.

    La CIE-11 agrega algo específico de esta edad: en niños y adolescentes el duelo se reactiva cuando surgen nuevas necesidades que la persona fallecida ya no puede cubrir (OMS, 2024).

    Cómo ayudar a un adolescente en duelo

    Las guías coinciden en pocas ideas, que sirven sin importar quién murió:

    • Dile la verdad completa, con las palabras reales. “Murió” se entiende mejor que cualquier rodeo. Los adolescentes se informan por muchos medios, y el NCTSN (2022) recomienda prometerles que siempre les dirás la verdad.
    • Abre la conversación sin exigirla. Una pregunta abierta como “¿cómo ha sido esto para ti?” funciona mejor que un interrogatorio. Escucha sin aconsejar ni corregir, y repite que estás disponible: “si en algún momento quieres hablar, aquí estoy”.
    • Quédate cerca aunque pida espacio. Respeta su silencio, pero sigue presente y sabiendo dónde está.
    • Muestra tu propia pena con serenidad. Si ocultas la tuya, le enseñas a esconder la suya (Cid Egea, 2011; Dougy Center, 2025).
    • Mantén las rutinas y dale opciones. Los horarios, las comidas y el colegio devuelven seguridad. Elegir en cosas pequeñas le devuelve algo de control en una situación en que se siente impotente.
    • Deja que vea a sus amigos y se divierta. Dile que reír o salir no traiciona a quien murió.
    • Ofrece otra voz. Si le cuesta hablar contigo, un orientador, un profesor, un familiar o un psicólogo pueden ser interlocutores más fáciles (NCTSN, 2022).
    • Pregúntale si quiere participar en el funeral. Prepáralo antes sobre lo que va a ver, y si decide no ir, respétalo y ofrécele una despedida privada.
    • Dale actividades para expresarse. Un diario, cartas que no se envían, música, dibujo o deporte ayudan cuando no encuentra palabras (Neimeyer, 2019; Cid Egea, 2011).
    • Habla de la persona que murió. Mirar fotos, contar anécdotas o armar un libro de recuerdos mantiene el vínculo sin confundir la muerte con el olvido (NCTSN, 2022).

    Una revisión de 2023 sobre cómo se manifiesta el duelo en niños y adolescentes destaca que el ambiente de cuidado (los adultos que rodean al joven) es uno de los factores que más influyen en cómo atraviesa la pérdida (Alvis et al., 2023).

    Qué decir y qué evitar

    Estas advertencias salen de la experiencia clínica y de las guías de Webb (2010), Cid Egea (2011) y el Dougy Center (2025), no de ensayos que hayan comparado frases. Valen como recomendación prudente, sin prueba de ensayos detrás.

    • “Tienes que ser fuerte.” Le pide que reprima el llanto. Mejor: “Está bien si te sientes desbordado o necesitas llorar; no tienes que guardar nada conmigo”.
    • “No te pongas así.” Le dice que lo que siente está mal. Mejor: “Veo que estás con mucha rabia o tristeza. Tiene sentido, y aquí estoy”.
    • “A él le gustaría verte feliz.” Usa a la persona que murió para exigirle un ánimo que no tiene.
    • “Ahora eres el hombre (o la mujer) de la casa.” Le carga expectativas que no corresponden a su edad. Mejor: “Tú sigue con tus estudios y tus amigos; los adultos nos encargamos de la casa”.
    • “Sé cómo te sientes”, “el tiempo lo cura todo” o “es la voluntad de Dios”. Suenan a frase hecha y pueden provocar rabia o crisis de fe. Mejor: “No sé exactamente cómo te sientes, pero si quieres contármelo, quiero escucharte”.

    Tampoco ayuda esconderle información, excluirlo de las conversaciones sobre la muerte o tomar decisiones irreversibles en plena crisis (vender la casa, regalar las cosas del fallecido) sin consultarlo.

    Duelo en adolescentes por muerte: según quién murió

    El tipo de pérdida cambia lo que el joven necesita. Estas son las situaciones que más se describen en las guías y en la literatura.

    Muerte de un padre o una madre

    Es la pérdida de un vínculo primario, y suele traer un golpe doble: a la tristeza se suma el cambio en las rutinas, en la economía y en los planes de futuro. Hay riesgo de que el adolescente intente reemplazar al progenitor fallecido, y la llegada de una nueva pareja del progenitor que sobrevive puede encender rabia o retraimiento (Webb, 2010; Cid Egea, 2011).

    Muerte de un hermano

    Las guías hablan del “doliente olvidado”: con los padres devastados, el dolor del hermano que sobrevive puede quedar sin atender durante semanas. Pueden aparecer culpa por las rivalidades de siempre y la sensación de que el hermano fallecido era el favorito. Mantener intacto su cuarto durante mucho tiempo también puede dificultar que acepte lo ocurrido.

    Muerte de un amigo o compañero

    Golpea al grupo del que el adolescente depende y lo enfrenta de golpe con su propia vulnerabilidad.

    Una revisión narrativa de 13 estudios concluyó que el duelo por un amigo puede ser intenso y durar hasta 8,5 años, con síntomas como estrés postraumático y problemas de sueño. Los autores subrayan que este duelo a menudo no es reconocido ni apoyado por la sociedad, lo que le complica al joven manejarlo (Chen et al., 2025).

    Muerte por suicidio o por una causa violenta

    Aquí se suman las imágenes intrusivas, la culpa y el estigma.

    Un estudio con registros de Suecia mostró que los hijos de personas que murieron por suicidio tenían un riesgo de suicidio tres veces mayor cuando la pérdida ocurrió en la infancia o la adolescencia (razón de tasas 3,0 y 3,1), mientras que no se vio un aumento tras una muerte por accidente u otras causas.

    Todos los hijos que perdieron a un progenitor, por cualquier causa, tuvieron más riesgo de condenas por delitos violentos (Wilcox et al., 2010).

    En las entrevistas de Andriessen et al. (2018), la culpa y las preguntas sobre el “por qué” fueron más marcadas entre quienes perdieron a alguien por suicidio. Otro trabajo cualitativo halló que estos jóvenes pueden recibir menos apoyo social, y que el estímulo de los padres es importante para que lleguen a una ayuda profesional adecuada (Andriessen et al., 2019).

    Después de una muerte así, el acompañamiento profesional pesa más. Puedes revisar la guía sobre duelo traumático.

    Pérdidas que no son una muerte: separación de los padres y migración

    El duelo adolescente también aparece cuando los padres se separan, cuando la familia emigra, cuando alguien desaparece o cuando una enfermedad larga deja a la persona presente pero cambiada. Son pérdidas ambiguas: sin ritual y a menudo sin reconocimiento, lo que complica pedir apoyo.

    Hay guías para la separación de los padres según la edad de los hijos y para la muerte de una mascota, que también puede ser una pérdida profunda.

    La escuela y las redes sociales

    La escuela es donde más se notan el cansancio mental, los olvidos y la baja en las notas. Las guías aconsejan mantener la estructura y las rutinas, pero con flexibilidad: plazos más largos, salidas breves del aula y un contacto con la familia si aparece angustia.

    Con el consentimiento del joven y su familia, ayuda que el curso se prepare antes de su regreso, para evitar tanto las miradas de lástima como el silencio incómodo.

    Las redes sociales pueden ser un lugar de despedida y de compañía, con tributos, fotos y canciones. También pueden exponerlo si publica más de lo que quisiera o recibe comentarios hirientes. Las hojas del NCTSN (2022) proponen hablar de lo que comparte, sin juzgar ni castigar, y recordarle que ver a sus amigos en persona suele ayudar más que las pantallas.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional en un duelo adolescente?

    La mayoría de los jóvenes no necesita terapia, pero sí conviene consultar en estos casos:

    • Si habla de querer morir, de reunirse con la persona fallecida o se hace daño.
    • Si aumenta el consumo de alcohol o de drogas.
    • Si se aísla de forma extrema o se queda “congelado” mucho tiempo después de que los demás retomaron la vida.
    • Si hay una caída marcada en el colegio o ausentismo.
    • Si la culpa, o la preocupación por cómo ocurrió la muerte, lo ocupan casi todo.
    • Si las reacciones le impiden ir al colegio, estar con amigos o disfrutar, o se mantienen más de uno o dos meses, sobre todo tras una muerte repentina o violenta (NCTSN, 2022).

    Un estudio con 58 jóvenes de 12 a 17 años que consultaban en una clínica de trauma y duelo encontró que sus reacciones de duelo se relacionaban con ideas suicidas a través de sentirse desconectados de los demás (Hill et al., 2019). Es un trabajo pequeño y de un solo momento, pero sugiere mirar con atención ese aislamiento.

    Duelo prolongado: cuánto tiempo tiene que pasar

    El trastorno de duelo prolongado exige un tiempo mínimo desde la muerte. En niños y adolescentes, el DSM-5-TR pide al menos 6 meses (12 en adultos), y la CIE-11 también fija 6 meses, con la advertencia de usarlo con cautela en menores (Prigerson et al., 2021; OMS, 2024).

    Los síntomas centrales son una añoranza intensa y una preocupación persistente por la persona o por cómo murió, con deterioro del funcionamiento.

    Una revisión sistemática estimó que entre un 10,4 % y un 32 % de los niños y adolescentes en duelo cumplía criterios, con más riesgo ante más estresores, otras pérdidas, trauma o evitación (Falala et al., 2024). Esperar esos meses para consultar no es necesario: si el sufrimiento es grande, se puede pedir ayuda antes.

    Cómo preguntar por pensamientos suicidas

    Preguntar directamente no aumenta el riesgo. Webb (2010, cap. 2) lo sostiene así y propone preguntas concretas: si piensa en matarse, si tiene un plan, si hubo intentos previos, cuánto alcohol o drogas consume y qué lo frenaría. Si dice que sí, se toma en serio, no se le deja solo y se busca una evaluación profesional de inmediato.

    En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), al 131 (SAMU) o llevarlo a un servicio de urgencia. Para más pasos, revisa la guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas. Salud Responde (600 360 7777) orienta sobre dónde atenderse. Si además notas síntomas persistentes de ánimo bajo, puede ser útil la guía sobre depresión en adolescentes.

    ¿Qué terapia y tratamientos existen para el duelo en adolescentes?

    Hay tratamientos con respaldo, sobre todo para el duelo prolongado. Un ensayo clínico con 134 niños y adolescentes (edad media de 13 años) con duelo prolongado comparó dos programas de nueve sesiones, más cinco con los cuidadores: una terapia cognitivo-conductual específica para duelo y una consejería de apoyo no directiva.

    Ambos mejoraron de forma moderada a grande, pero la terapia cognitivo-conductual redujo más los síntomas de duelo en todos los controles, y la depresión, el estrés postraumático y los problemas emocionales a los 6 y 12 meses (Boelen et al., 2021).

    Un metaanálisis de 39 estudios con 5.578 participantes encontró que las intervenciones psicosociales reducen los síntomas de duelo con un efecto pequeño en los estudios controlados (Hanauer et al., 2024). La terapia ayuda, pero no es una solución mágica ni todos la necesitan.

    Una revisión de 10 estudios sobre intervenciones para duelo prolongado en menores observó resultados en general positivos, y un rasgo en común: la mayoría incluye a los padres que sobreviven (Bondy y Scott, 2025). Los psicofármacos no son el tratamiento principal del duelo y se reservan para problemas asociados, como una depresión mayor, según una revisión de 2021 (Szuhany et al., 2021).

    Lo que todavía no se sabe

    Casi todo lo que se recomienda para acompañar a un adolescente en duelo viene de guías y de experiencia clínica. Las fuentes revisadas para esta guía no traen datos chilenos ni latinoamericanos, y la mayoría de los estudios es de Estados Unidos, Europa y Australia.

    Faltan además estudios que comparen formas concretas de conversar con el joven, y casi no hay investigación sobre el papel de las redes sociales en el duelo adolescente. Los resultados de intervenciones en jóvenes con mucho malestar vienen sobre todo de estudios sin grupo de comparación, que tienden a exagerar el beneficio (Hanauer et al., 2024).

    Por eso los plazos y las frases de esta guía sirven para orientarse. La mejor referencia sigue siendo el joven que tienes delante.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que mi hijo adolescente no llore tras la muerte de un familiar?

    Sí. Muchos adolescentes alternan momentos de pena profunda con ratos de normalidad, o esconden lo que sienten para no parecer débiles. Sufrir no siempre se ve como llanto. Conviene preocuparse si, pasadas semanas, aparecen aislamiento marcado, caída escolar, consumo de sustancias o comentarios sobre hacerse daño.

    ¿Cuánto dura el duelo en un adolescente?

    La cifra varía de un joven a otro. Las revisiones hablan de uno a tres años para estabilizarse tras una pérdida importante, con altibajos y picos en fechas simbólicas. La mayoría mejora con el tiempo, pero una minoría mantiene o aumenta sus síntomas y se beneficia de ayuda profesional.

    ¿Debo obligar a mi hijo a ir al funeral?

    Las guías recomiendan ofrecerle la posibilidad, explicarle antes lo que va a ver y respetar su decisión. Si no quiere ir, se puede buscar otra despedida: una carta, una visita posterior al cementerio, una vela o un álbum de recuerdos. Obligarlo o excluirlo, según las guías, tiende a salir peor.

    ¿Cómo hablo con un adolescente que no quiere hablar?

    Sin forzarlo. Haz una pregunta abierta, acepta que no responda y repite que estás disponible. Compartir algo de tu propia pena suele abrir la puerta. A veces habla más durante una actividad (caminar, cocinar, ir en el auto) que sentado frente a ti. Si prefiere a otra persona, ofrece un orientador o un psicólogo.

    ¿Cuándo el duelo de un adolescente se considera prolongado?

    El DSM-5-TR y la CIE-11 piden al menos 6 meses desde la muerte en niños y adolescentes, con añoranza o preocupación persistente por la persona fallecida y deterioro del funcionamiento. No hace falta esperar tanto para consultar si el sufrimiento es grande o hay riesgo de hacerse daño.

    ¿Preguntarle por el suicidio le puede dar ideas?

    Según Webb (2010), preguntar de forma directa no induce la idea. Le da un espacio seguro para decir lo que de otro modo guarda. Si responde que sí, tómalo en serio, no lo dejes solo y busca ayuda profesional de inmediato. En Chile, la Línea de Prevención del Suicidio es el *4141.

    Si necesitas acompañamiento

    Si tu hijo o hija lleva semanas con reacciones que te preocupan, o tú mismo estás en duelo y te cuesta sostener a otros, puedes conversarlo en una consulta online. No hace falta tener todo resuelto antes de pedir ayuda.

    Para una mirada más amplia del proceso, revisa la guía sobre el duelo y sus tipos, la de cómo superar un duelo y la de cómo explicarle la muerte a un niño.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
    • Andriessen, K., Mowll, J., Lobb, E., Draper, B., Dudley, M., & Mitchell, P. B. (2018). “Don’t bother about me.” The grief and mental health of bereaved adolescents. Death Studies, 42(10), 607-615. https://doi.org/10.1080/07481187.2017.1415393
    • Andriessen, K., Lobb, E., Mowll, J., Dudley, M., Draper, B., & Mitchell, P. B. (2019). Help-seeking experiences of bereaved adolescents: A qualitative study. Death Studies, 43(1), 1-8. https://doi.org/10.1080/07481187.2018.1426657
    • Boelen, P. A., Lenferink, L. I. M., & Spuij, M. (2021). CBT for prolonged grief in children and adolescents: A randomized clinical trial. American Journal of Psychiatry, 178(4), 294-304. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2020.20050548
    • Bondy, S., & Scott, H. (2025). Interventions for prolonged grief disorder in children and adolescents: A systematic review. Journal of Child & Adolescent Trauma, 18(3), 517-527. https://doi.org/10.1007/s40653-024-00677-8
    • Chen, X.-X., Chen, J., & Zhong, B.-L. (2025). The grief of peer loss among adolescents: A narrative review. Psychology Research and Behavior Management, 18, 343-352. https://doi.org/10.2147/prbm.s504117
    • Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo. https://www.cop.es/uploads/PDF/GUIA-PARA-AYUDAR-A-LOS-ADULTOS-A-HABLAR-DE-LA-MUERTE-Y-EL-DUELO-CON-LOS-NINOS.pdf
    • Dougy Center: The National Grief Center for Children & Families. (2025). Ten tips for supporting children who are grieving. Dougy Center. https://www.dougy.org/assets/uploads/10-tips-for-supporting-children-who-are-grieving.pdf
    • Falala, A., Lannes, A., Bui, E., & Revet, A. (2024). Prevalence of prolonged grief disorder in bereaved children and adolescents: A systematic review. L’Encéphale, 50(5), 557-565. https://doi.org/10.1016/j.encep.2023.11.016
    • Hanauer, C., Telaar, B., Rosner, R., & Doering, B. K. (2024). The efficacy of psychosocial interventions for grief symptoms in bereaved children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 350, 164-173. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.063
    • Hill, R. M., Kaplow, J. B., Oosterhoff, B., & Layne, C. M. (2019). Understanding grief reactions, thwarted belongingness, and suicide ideation in bereaved adolescents: Toward a unifying theory. Journal of Clinical Psychology, 75(4), 780-793. https://doi.org/10.1002/jclp.22731
    • Melhem, N. M., Porta, G., Shamseddeen, W., Walker Payne, M., & Brent, D. A. (2011). Grief in children and adolescents bereaved by sudden parental death. Archives of General Psychiatry, 68(9), 911-919. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2011.101
    • National Child Traumatic Stress Network. (2022). Ayuda para los adolescentes con duelo traumático: Consejos para los cuidadores. https://www.nctsn.org/resources/helping-teens-traumatic-grief-tips-caregivers-sp
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
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    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Stikkelbroek, Y., Bodden, D. H. M., Reitz, E., Vollebergh, W. A. M., & van Baar, A. L. (2016). Mental health of adolescents before and after the death of a parent or sibling. European Child & Adolescent Psychiatry, 25(1), 49-59. https://doi.org/10.1007/s00787-015-0695-3
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Wilcox, H. C., Kuramoto, S. J., Lichtenstein, P., Långström, N., Brent, D. A., & Runeson, B. (2010). Psychiatric morbidity, violent crime, and suicide among children and adolescents exposed to parental death. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 49(5), 514-523. https://doi.org/10.1097/00004583-201005000-00012
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia. Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Soñar con un familiar fallecido: qué dice la psicología

    Soñar con un familiar fallecido: qué dice la psicología

    Si te despertaste después de soñar con un familiar fallecido, es probable que todavía tengas la imagen cerca: su voz, su cara, algo que te dijo o que no alcanzaste a decirle. Algunas personas amanecen en paz y otras con el corazón apretado. Las dos reacciones son frecuentes y no significan que estés haciendo mal tu duelo.

    Esta guía reúne lo que la investigación sabe sobre soñar con un ser querido fallecido: cuán comunes son, qué funciones pueden cumplir, cómo distinguir un sueño que consuela de uno que duele y cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: soñar con una persona querida que murió es una experiencia habitual en el duelo. La investigación lo describe como parte del proceso de adaptación a la pérdida, no como un mensaje del fallecido, y casi siempre su sentido depende de tu relación con esa persona y de lo que viviste tras su muerte.

    ¿Es normal soñar con un familiar fallecido?

    Sí, es una de las experiencias más descritas en el duelo. En una encuesta a 278 personas en duelo, el 58 % contó que había soñado con su ser querido fallecido, con distinta frecuencia (Wright et al., 2014). Una revisión de 2026, que examinó 110 publicaciones, concluyó que estos sueños aparecen en contextos culturales muy distintos (Mamat et al., 2026).

    Si no sueñas con la persona que murió, no tiene por qué preocuparte: en esa misma encuesta, 4 de cada 10 personas no lo había hecho. Los sueños son una de las formas en que el duelo puede mostrarse, pero ningún estudio citado aquí los trata como algo que haya que tener.

    ¿Qué significa soñar con un familiar fallecido?

    La psicología no ofrece un diccionario de símbolos con un significado fijo. Lo que sí describe son funciones: para qué puede servirte ese sueño dentro del duelo.

    En un estudio con 216 personas cuya pareja había muerto, los investigadores encontraron apoyo para tres funciones: procesar el trauma de la muerte, mantener un vínculo continuo con la persona y regular las emociones. Concluyeron que estos sueños pueden ayudar a adaptarse a la pérdida (Black et al., 2021).

    Una teoría general de los sueños, la hipótesis de continuidad, plantea que lo soñado refleja las preocupaciones y emociones de la vigilia (Rozen y Soffer-Dudek, 2018). Una persona querida que murió suele ser justo una de ellas, así que su aparición en los sueños tiene bastante lógica.

    Lo que dicen los libros de duelo, incluido soñar que el fallecido está vivo

    J. William Worden (2009) propone que los sueños con el fallecido ayudan a ver en qué tarea del duelo estás. Soñar que la persona está viva y despertar enfrentando su ausencia puede ayudar a asumir que la muerte es real. Otros sueños dejan sentir la rabia, la culpa o la tristeza de una forma menos amenazante que despierto. Y algunos muestran al fallecido dando permiso para seguir viviendo.

    Robert Neimeyer (2019), desde la reconstrucción de significado, los entiende como una de las formas en que la persona fallecida sigue presente en la mente de quien la perdió. Pueden mostrar dilemas que quedaron abiertos, como algo que no se dijo o una relación con sentimientos mezclados.

    Sueños con un familiar fallecido que consuelan y sueños que duelen

    No todos son iguales, y la diferencia importa. En la encuesta de hospicio, la mayoría de las personas describió sus sueños como agradables o como una mezcla de agradables y perturbadores, y muy pocas como solo perturbadores. Entre los temas más repetidos estaban recuerdos felices, el fallecido sin enfermedad, en paz o dando un mensaje de tranquilidad.

    El 60 % sintió que los sueños influyeron en su duelo, por ejemplo con más aceptación o consuelo (Wright et al., 2014).

    Los sueños perturbadores suelen tener otro origen. Según Worden (2009), pueden mostrar un intento fallido de salvar a la persona o una culpa que no se resuelve, y en muertes violentas o súbitas aparecen como pesadillas con imágenes de lo ocurrido. La reacción al despertar también cuenta: según Black et al. (2021), cómo vives el sueño después influye en cómo lo percibes y en tu duelo.

    Un estudio preliminar con 77 adultos con duelo complicado halló que sus sueños tenían más personajes familiares, incluido el fallecido en el caso de las mujeres, y menos interacciones sociales y emociones que los de una muestra de referencia. Los autores lo leyeron como un intento de reorganizar la relación con la persona perdida (Germain et al., 2013).

    ¿Cambia el significado de soñar con mi mamá o mi papá fallecidos, un hermano o la pareja?

    Quien busca soñar con mi papá fallecido o soñar con mi mamá fallecida suele querer saber si la relación cambia el sentido.

    Es una duda muy común y la que menos respuesta firme tiene. Buena parte de los estudios citados aquí se centra en parejas: las 216 personas de Black et al. (2021) habían perdido a su pareja, y en un estudio cualitativo con 9 mujeres cuyas parejas murieron por suicidio, los sueños servían para sostener o soltar la relación, y a veces reflejaban lo traumático de esa muerte (Čepulienė y Skruibis, 2024).

    Lo que sí aparece en los estudios es que el tipo de sueño se relaciona con la intensidad del duelo, el trauma y el estilo de apego (Black et al., 2021). Soñar con tu mamá fallecida tras una enfermedad larga, en la que alcanzaste a despedirte, puede sentirse distinto de soñar con un hermano que murió de forma repentina. Más que buscar la plantilla correcta, ayuda preguntarte qué estaba pendiente entre ustedes.

    Cuando la muerte no tuvo cuerpo ni despedida, como en una desaparición, Pauline Boss (2025) describe la pérdida ambigua: los sueños y las visitas simbólicas son frecuentes, porque la mente busca un cierre que la realidad no dio.

    ¿Y si además siento su presencia o creo oírlo?

    Sentir la presencia del fallecido es frecuente en el duelo. Una revisión transcultural señala que la percepción o la presencia sentida de la persona muerta es común entre quienes están en duelo, y que según la cultura se interpreta como algo deseable y normal o como algo peligroso (Sabucedo et al., 2023).

    La Organización Mundial de la Salud (2024) aclara en las descripciones clínicas de la CIE-11 que soñar con el fallecido o percibir su presencia poco después de la muerte es frecuente en varias tradiciones culturales y que no debe tomarse por sí solo como síntoma de psicosis ni de duelo prolongado.

    Hay un matiz. En un estudio con 51 viudas alemanas, sentir la presencia del esposo se asoció de forma moderada con más dificultades cognitivas y emocionales, y las viudas con depresión clínicamente relevante reportaron más presencia (Wittkowski y Scheuchenpflug, 2024). Es una muestra pequeña y un dato de asociación: no demuestra que la presencia cause el malestar, solo que a veces van juntos.

    ¿Mantener el vínculo ayuda o frena el duelo?

    Durante mucho tiempo se creyó que sanar era “soltar” a la persona. Hoy la mirada es otra. Worden (2009) reformuló la cuarta tarea del duelo: hallar una conexión duradera con el fallecido mientras sigues con tu vida, en lugar de retirarle el afecto. Neimeyer (2019) lo resume diciendo que la muerte transforma la relación sin ponerle fin.

    La evidencia es más cauta. Una revisión sistemática de 79 estudios señala que la literatura aún no había podido confirmar si conservar el vínculo, en lugar de soltarlo, ayuda. Encontró que esos vínculos traen a la vez consuelo y malestar, y que pueden tener un potencial adaptativo (Hewson et al., 2024).

    ¿Cuándo estos sueños son una señal para pedir ayuda?

    Un sueño aislado, aunque sea triste, rara vez es motivo de alarma. Conviene consultar cuando se junta alguno de estos signos:

    • Pesadillas repetidas con las imágenes de la muerte, sobre todo si fue violenta, súbita o presenciaste el momento.
    • Miedo a dormir, insomnio que se prolonga o cansancio que te afecta el día.
    • Sueños donde buscas sin parar a la persona o la culpa vuelve igual durante meses.
    • Dolor muy intenso que no cede con el tiempo y te impide estudiar, trabajar o cuidarte.

    El duelo prolongado es un diagnóstico específico.

    Según los criterios del DSM-5-TR, exige al menos 12 meses desde la muerte en adultos (6 en niños y adolescentes), con anhelo o preocupación por la persona casi todos los días y varios síntomas más (Prigerson et al., 2021).

    La CIE-11 fija un mínimo de más de 6 meses (OMS, 2024). Los sueños y las pesadillas no figuran entre los criterios, pero las alteraciones del sueño son frecuentes en quienes lo viven (Szuhany et al., 2021).

    Un análisis de 16 países estimó una prevalencia media de duelo prolongado del 13 %, con 5 % en muestras probabilísticas y 16 % en las no probabilísticas (Comtesse et al., 2024). Entonces, la mayoría de las personas en duelo no lo desarrolla. Si las pesadillas recuerdan sobre todo una muerte traumática, a veces conviene tratar primero ese trauma (revisa pesadillas frecuentes en adultos y duelo traumático).

    Qué puedes hacer cuando sueñas con alguien que murió

    Las cuatro primeras ideas vienen del trabajo con sueños y duelo de Worden (2009) y Neimeyer (2019); las dos últimas son pautas generales. Ninguna reemplaza una evaluación, pero pueden orientarte:

    1. Anota el sueño al despertar, con lo que sentiste. Si se repite en aniversarios o fechas especiales, esa información es útil.
    2. Decide tú qué significa. Worden insiste en que quien interpreta es el soñador, no un manual de símbolos.
    3. Escríbele una carta a la persona sobre lo que quedó pendiente. Neimeyer la usa para resolver diálogos inconclusos.
    4. Mantén un ritual: un objeto suyo, una fecha, una conversación en voz alta. Son formas de vínculo continuo.
    5. Cuenta el sueño a alguien de confianza. Hablarlo ayuda a procesar emociones que a solas pesan más.
    6. Cuida tu descanso con horarios regulares. Si el insomnio se instala, revisa los hábitos que sí ayudan a dormir mejor o consulta.

    Si estás en un momento muy duro, tu proceso de duelo merece compañía profesional: no tienes que esperar a que “se pase solo”.

    Niños y adolescentes que sueñan con quien murió

    En menores, los sueños y los problemas para dormir suelen ser una manera de expresar el distrés por la separación. Una revisión sobre cómo se manifiesta el duelo según la edad subraya que los cuidadores son quienes más pueden facilitar el duelo, y que los niños pequeños expresan el anhelo más con el cuerpo y la conducta que con palabras (Alvis et al., 2023).

    Nancy Boyd Webb (2010) incluye las pesadillas y los trastornos del sueño persistentes entre las señales de que el duelo infantil se está complicando. Webb sugiere consultar a un terapeuta infantil especializado en duelo si las pesadillas o los despertares con angustia se mantienen más de dos semanas.

    Lo que todavía no se sabe

    Conviene ser honestos con los límites. La mayoría de la investigación sobre sueños con fallecidos es cualitativa (73,7 % según la revisión de 2026) y con muestras pequeñas o de conveniencia (Mamat et al., 2026). No hay un punto de corte que separe un sueño “normal” de uno “problemático”, ni evidencia sólida sobre qué intervención específica para estos sueños funciona mejor.

    Por eso este artículo habla de funciones y de señales de alarma, y no ofrece interpretaciones cerradas.

    ¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo?

    Consulta si el duelo te desborda, si hay pesadillas que reviven una muerte traumática, si el insomnio se prolonga, si sientes culpa persistente o si tienes pensamientos de hacerte daño. En Chile, ante riesgo suicida puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), y si es una emergencia, al 131.

    Pedir ayuda es una forma razonable de repartir un peso grande, y no habla de cómo has llevado tu duelo. Una terapia online permite hacerlo desde casa, a tu ritmo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal soñar con un familiar fallecido?

    Sí. En una encuesta de 278 personas en duelo, el 58 % había soñado con su ser querido fallecido, y una revisión de 2026 encontró que estos sueños aparecen en muchas culturas. Pueden ocurrir semanas o años después de la muerte, y su ausencia tampoco indica un problema.

    ¿Soñar con un fallecido significa que me quiere decir algo?

    La psicología no encuentra respaldo para esa idea. La investigación los estudia como parte del duelo: pueden procesar emociones, mantener el vínculo o regular la tristeza. Lo que sientas al despertar es información más útil que cualquier símbolo. Si para ti tiene un sentido espiritual, es una experiencia legítima que puedes vivir sin que contradiga lo anterior.

    ¿Por qué sueño que mi papá o mi mamá fallecidos están vivos?

    Es un tipo de sueño descrito por Worden. Al despertar, la mente se topa de nuevo con la ausencia, y ese contraste puede ayudar a asimilar que la muerte es real, aunque duela. Que ocurra no significa que no lo hayas aceptado.

    ¿Cuándo debo preocuparme por estos sueños?

    Cuando son pesadillas repetidas con la escena de la muerte, cuando te dan miedo a dormir o insomnio, cuando la culpa y el dolor no ceden con los meses o cuando afectan tu trabajo, estudios o relaciones. Un solo sueño triste, por sí solo, no suele ser señal de alarma.

    ¿Soñar con un fallecido es señal de duelo no resuelto?

    No necesariamente. En la encuesta de hospicio, el 58 % de las personas en duelo soñó con su ser querido y la mayoría describió esos sueños como agradables o mixtos. Pesan más la intensidad del malestar, su duración y cuánto interfiere con tu vida que la sola presencia del sueño.

    ¿Soñar con un fallecido y sentir su presencia es normal?

    Con frecuencia lo es. La OMS indica que soñar con el fallecido o percibir su presencia poco después de la muerte es común y depende del contexto cultural. Si la experiencia te asusta, es muy persistente o viene con ideas de hacerte daño, conviene comentarlo con un profesional.

    Si necesitas hablar de tu duelo

    Si estos sueños te remueven más de lo que puedes sostener, puedes conversarlo en una consulta online. No tienes que decidir qué significan antes de pedir ayuda: se empieza por contar cómo estás. Para una mirada más amplia, revisa la guía sobre el duelo y sus tipos.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
    • Black, J., Belicki, K., Piro, R., & Hughes, H. (2021). Comforting versus distressing dreams of the deceased: Relations to grief, trauma, attachment, continuing bonds, and post-dream reactions. Omega, 84(2), 525-550. https://doi.org/10.1177/0030222820903850
    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder.
    • Čepulienė, A. A., & Skruibis, P. (2024). The functions of the dreams of the deceased: A qualitative study of women bereaved by partner’s suicide. Death Studies, 48(10), 1025-1034. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2297063
    • Comtesse, H., Smid, G. E., Rummel, A.-M., Spreeuwenberg, P., Lundorff, M., & Dückers, M. L. A. (2024). Cross-national analysis of the prevalence of prolonged grief disorder. Journal of Affective Disorders, 350, 359-365. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.094
    • Germain, A., Shear, K. M., Walsh, C., Buysse, D. J., Monk, T. H., Reynolds, C. F., Frank, E., & Silowash, R. (2013). Dream content in complicated grief: A window into loss-related cognitive schemas. Death Studies, 37(3), 269-284. https://doi.org/10.1080/07481187.2011.641138
    • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001-1014. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2223593
    • Mamat, Z., Owaisi, R. B., Alrai, S., Goktepe, A. K., White, J., Bayley, P. J., & Elzamzamy, K. (2026). Dreams of the deceased: A scoping and mixed-methods systematic review. Sleep Medicine, 140, 108787. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2026.108787
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Rozen, N., & Soffer-Dudek, N. (2018). Dreams of teeth falling out: An empirical investigation of physiological and psychological correlates. Frontiers in Psychology, 9, 1812. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.01812
    • Sabucedo, P., Evans, C., & Hayes, J. (2023). Perceiving those who are gone: Cultural research on post-bereavement perception or hallucination of the deceased. Transcultural Psychiatry, 60(6), 879-890. https://doi.org/10.1177/1363461520962887
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Wittkowski, J., & Scheuchenpflug, R. (2024). Exploring an extended conception of grief: Sense of presence and grief reactions in German widows. Omega, 88(3), 876-888. https://doi.org/10.1177/00302228211054653
    • Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (4.ª ed.). Springer. (Edición en español: El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia, Paidós.)
    • Wright, S. T., Kerr, C. W., Doroszczuk, N. M., Kuszczak, S. M., Hang, P. C., & Luczkiewicz, D. L. (2014). The impact of dreams of the deceased on bereavement: A survey of hospice caregivers. American Journal of Hospice and Palliative Medicine, 31(2), 132-138. https://doi.org/10.1177/1049909113479201

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo migratorio: qué es y cómo atravesarlo

    Duelo migratorio: qué es y cómo atravesarlo

    Llevas semanas o meses en un país nuevo y, aunque en lo práctico todo avanza (trabajo, arriendo, papeles en trámite), algo pesa. Un olor, una canción o una videollamada con tu mamá bastan para que vuelva el nudo en la garganta. Esa mezcla de tristeza, nostalgia y desorientación tiene nombre: duelo migratorio.

    El duelo migratorio es el proceso emocional que sigue a todo lo que se deja al migrar: personas, lugares, idioma, costumbres y el lugar que uno ocupaba. Aquí vemos qué lo compone, en qué se diferencia del síndrome de Ulises, qué dice la investigación y qué ayuda a atravesarlo, con datos de Chile.

    Respuesta corta: el duelo migratorio es una reacción esperable ante pérdidas reales, y no figura como diagnóstico en el DSM-5-TR ni en la CIE-11. Suele ser parcial (lo perdido sigue existiendo), recurrente (reaparece con cada llamada o visita) y múltiple (se pierde mucho a la vez). Ayuda ponerle nombre, sostener los lazos de origen, construir red en el país nuevo y pedir apoyo si el malestar te impide funcionar.

    ¿Qué es el duelo migratorio?

    Es el duelo por lo que se deja atrás al irse de un país, sea por trabajo, estudios, una crisis económica, la violencia o un proyecto de vida. El psiquiatra Joseba Achotegui (2012), quien más lo ha descrito en español, lo distingue del duelo por una muerte: quien emigra se separa de un país que sigue existiendo, y esa separación es lo que se elabora.

    De ahí salen sus tres rasgos, según Achotegui (2012). Es parcial, porque el país y las personas siguen existiendo y volver sigue siendo posible. Es recurrente, porque se reabre con un viaje, una llamada o una foto. Y es múltiple, porque se pierde mucho al mismo tiempo.

    Pauline Boss (1999) llama pérdida ambigua a este tipo de situación: la familia y la patria están físicamente lejos, pero siguen muy presentes en la mente. Como no hay un funeral ni un cierre, el duelo queda sin terminar, y por eso cuesta tanto soltarlo.

    ¿Qué se pierde al migrar? Los siete duelos

    Achotegui (2012) propone siete áreas de pérdida. Dan un mapa para reconocer qué es lo que más duele en tu caso:

    • La familia y los seres queridos: la separación de los vínculos más cercanos.
    • La lengua: el esfuerzo de aprender otra manera de hablar y, a veces, hablar menos la propia.
    • La cultura: costumbres, valores, religión y formas de entender la vida.
    • La tierra: el paisaje, el clima, la luz, los colores y los olores de origen.
    • El estatus social: el trabajo, la vivienda y el papel que uno tenía, que a veces bajan de escala.
    • El contacto con el grupo de pertenencia: enfrentar prejuicios, xenofobia o barreras para integrarse.
    • Los riesgos para la integridad física: frío, trabajos peligrosos, malnutrición o falta de protección sanitaria.

    Es un marco clínico para entender lo que se pierde. Los estudios que revisamos más abajo miden otras cosas (síntomas de depresión y ansiedad, estrés por adaptarse a otra cultura), no estos siete duelos.

    ¿Cuáles son los síntomas del duelo migratorio y cómo se siente?

    No hay una lista oficial de síntomas, pero las personas suelen describir tristeza y nostalgia que suben y bajan, irritabilidad, cansancio, culpa por haberse ido y una sensación de no pertenecer del todo a ningún lado. La pregunta “¿dónde está mi hogar?” aparece con frecuencia.

    También puede sentirse en el cuerpo. Una revisión sobre migrantes (Bianucci et al., 2017) menciona irritabilidad, nerviosismo, dolores de cabeza por tensión, insomnio, cansancio, miedo y pérdida del apetito cuando los estresores de la migración se acumulan.

    Imagina a alguien que lleva ocho meses en Santiago. En el trabajo todo marcha, pero al volver al departamento revisa las fotos del cumpleaños de su hermana, que se perdió. Duerme mal, se irrita por detalles y siente culpa de estar bien aquí mientras allá lo extrañan. Nada de eso significa que migrar fue un error: así suele sentirse el duelo.

    ¿Qué es el síndrome de Ulises y en qué se diferencia?

    El síndrome de Ulises, o síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, es la forma extrema. Achotegui (2012) lo describe como un cuadro intenso de estrés y duelo que aparece cuando se migra en condiciones límite, que superan la capacidad humana de adaptación. Su nombre viene de Ulises (Odiseo), el héroe que sufrió su travesía lejos de los suyos.

    Achotegui identifica cuatro estresores límite: la separación forzada de los seres queridos, la desesperanza por el fracaso del proyecto migratorio, la lucha por sobrevivir (comida, techo) y el miedo (viajes de alto riesgo, mafias, detención, expulsión). Cuando se suman la soledad y la falta de derechos, el sufrimiento se vuelve crónico.

    Para él se trata de una reacción de estrés proporcional a un entorno extremo, y queda fuera de las enfermedades mentales. Usa la imagen de una habitación a 100 grados: los mareos y calambres no son una enfermedad, son la respuesta del cuerpo al calor. Según Bianucci et al. (2017), si no se atiende puede derivar en una depresión reactiva.

    Duelo migratorio Síndrome de Ulises
    Qué es Reacción esperable a las pérdidas de migrar Forma extrema, con estrés crónico y múltiple
    Contexto Migración en condiciones variadas Condiciones límite: separación forzada, miedo, supervivencia
    Intensidad Sube y baja, con momentos de calma Sufrimiento sostenido que desborda
    Diagnóstico No figura en el DSM-5-TR ni en la CIE-11 Tampoco figura (es un concepto clínico de Achotegui)

    ¿Qué dice la investigación sobre migrar y salud mental?

    Una revisión de 2018 describe que migrar trae estresores propios del trayecto y de la adaptación a la nueva cultura, con posibles efectos sobre la salud mental (Bustamante et al., 2018). Cuánto pesan depende mucho de quién migra y en qué condiciones.

    Una revisión y metaanálisis de 35 estudios calculó que la depresión alcanzaba al 20 % de los trabajadores migrantes y al 44 % de los refugiados, y la ansiedad al 21 % y al 40 % (Lindert et al., 2009). Son estudios publicados hasta 2007 y miden trastornos, no duelo.

    Otro metaanálisis de 25 estudios halló una prevalencia agregada de depresión de 15,6 % entre migrantes internacionales. El nivel educativo, el empleo y el tiempo de residencia modificaban esa cifra, y los recién llegados parecían más vulnerables (Foo et al., 2018).

    En refugiados y solicitantes de asilo, un metaanálisis de 26 estudios con entrevista clínica encontró 31,5 % de depresión y 31,5 % de estrés postraumático, tasas altas y persistentes (Blackmore et al., 2020). Es migración forzada y no se aplica sin más a quien migra por trabajo o estudios.

    Estas cifras describen grupos, no tu caso. Con una prevalencia promedio de 15,6 %, la mayoría de los migrantes de esos estudios no tenía depresión: el duelo migratorio es una reacción frecuente que muchas veces se atraviesa sin llegar a un trastorno.

    ¿Qué agrava el duelo migratorio y qué lo protege?

    Una revisión sistemática de 30 estudios sobre estrés por adaptación cultural en inmigrantes latinos en Estados Unidos encontró factores de protección y de riesgo (Bekteshi y Kang, 2020):

    • Protegen: haber podido elegir migrar, el apoyo social, un mayor ingreso, dominar el idioma, estar casado o casada, el afrontamiento religioso y los valores familiares.
    • Agravan: la discriminación, haber dejado familia en el país de origen, el miedo a la deportación y el conflicto entre la cultura familiar y la del país nuevo.

    En solicitantes de asilo, una revisión de 21 estudios concluyó que la discriminación y el estrés posterior a la llegada se asocian con más trastornos mentales (Jannesari et al., 2020).

    Las fuentes clínicas coinciden en lo práctico. Celia Falicov (2015) destaca el valor de las redes de apoyo, de la adaptación bicultural (conservar las raíces mientras se incorporan códigos del país nuevo) y de mantener contacto con la familia a distancia. La ausencia de red deja a la persona sola frente a cada problema cotidiano.

    Duelo migratorio en Chile

    En Chile hay datos propios. En un estudio con 431 inmigrantes sudamericanos (colombianos y peruanos) en Antofagasta, la mayor fuente de estrés por adaptación fue la distancia del origen, seguida de las dificultades en las relaciones sociales y de la discriminación percibida. Cerca de la mitad tenía un malestar elevado, y el estrés se relacionaba con más síntomas (Urzúa et al., 2016).

    Es un estudio transversal: muestra una relación entre estrés y síntomas, no que uno cause el otro. Aun así, coincide con lo que describen las revisiones internacionales.

    Una revisión narrativa encontró que las personas migrantes enfrentan inequidades de salud mental y de acceso a atención en Chile, dentro de un sistema que agrava la vulnerabilidad social (Blukacz et al., 2020). La Política de Salud de Migrantes Internacionales (MINSAL, 2018) reconoce la migración como determinante social de la salud y menciona el duelo migratorio y la discriminación entre los factores de estrés crónico.

    Si te preocupa el acceso, el Ministerio de Salud explica que una persona migrante sin documentos puede incorporarse a Fonasa tramo A con una declaración de carencia de recursos (Salud Responde). Los requisitos pueden cambiar: confírmalos en Fonasa o en tu consultorio.

    ¿Cómo atravesar y superar el duelo migratorio?

    Lo que sigue combina lo que proponen las fuentes clínicas con sentido común. No son pasos con resultado garantizado: en las búsquedas que hicimos no apareció un ensayo que pruebe una “receta” para el duelo migratorio como tal.

    1. Ponle nombre. Reconocer que lo que sientes es un duelo reduce la culpa de “no estar agradecido”. Neimeyer (2019) habla de duelos que el entorno no valida, y cuando nadie reconoce una pérdida la persona la vive en soledad y con vergüenza. Extrañar tu país es una respuesta legítima.
    2. Mantén los lazos sin vivir en dos lugares. Boss (1999) propone ampliar la idea de familia y de hogar: la familia psicológica puede no coincidir con la que ves cada día. Las videollamadas, la música y las comidas de origen conservan la conexión. Contar también lo difícil, no solo lo bueno, suele evitar que la distancia crezca.
    3. Crea tus propios rituales. Falicov (2015) señala que migrar no tiene ritos de paso colectivos, como los tiene un funeral. Puedes inventar los tuyos: una fecha para cocinar el plato de tu casa, un álbum, una carta.
    4. Construye pertenencia aquí sin borrar allá. Las fuentes clínicas coinciden en favorecer vínculos con personas de la sociedad de acogida y una adaptación bicultural (Achotegui, 2012; Falicov, 2015). Un grupo de compatriotas ayuda, y una red mixta suma más.
    5. No pospongas el duelo esperando volver. Falicov (2015) observa que muchos migrantes aplazan el duelo con la ilusión de “recuperar un hogar completo” al regresar. Al volver o reunirse con la familia, a veces descubren que hay una brecha cultural y poca historia compartida reciente.
    6. Busca apoyo psicológico si el malestar persiste. En migración forzada hay evidencia de que los tratamientos psicológicos reducen los síntomas.

    Un metaanálisis de 84 estudios en adultos (6.302 personas) y 32 en niños y adolescentes halló que los tratamientos psicológicos reducen los síntomas de estrés postraumático, depresión y ansiedad, con efectos que se mantuvieron en el seguimiento y sin que un tipo destacara sobre los demás (Molendijk et al., 2024). Otro metaanálisis en refugiados encontró que la terapia cognitivo-conductual fue la más eficaz (Sambucini et al., 2020).

    Esos estudios incluyen a personas con estrés postraumático, depresión o ansiedad tras migrar por la fuerza, y varios no tenían grupo de comparación. No prueban cómo funciona la terapia en un duelo migratorio sin trastorno, aunque indican que el acompañamiento psicológico ayuda a quienes migraron en condiciones duras.

    ¿Y si vuelvo a mi país?

    Achotegui (2012) plantea que volver es una nueva migración. Durante el tiempo fuera, tú cambiaste y el país y las personas también, y regresar a “como eran las cosas” no es posible. Quien vuelve puede sentir otro duelo, esta vez por la vida que construyó afuera.

    Para el ciclo completo (origen, tránsito, destino y retorno), la política de salud de migrantes del MINSAL (2018) reconoce que cada fase exige reordenamientos personales y familiares. Si estás en esa etapa, no hace falta decidir de una vez: el duelo admite ir y venir.

    ¿Cuándo es duelo prolongado y cuándo pedir ayuda?

    Los criterios de duelo prolongado de la CIE-11 y del DSM-5-TR están definidos para la muerte de una persona querida: la CIE-11 exige al menos 6 meses desde el fallecimiento y el DSM-5-TR, 12 meses en adultos (Prigerson et al., 2021; Organización Mundial de la Salud [OMS], 2024). No se aplican tal cual a la migración, donde lo perdido sigue existiendo.

    Si quieres comparar con un duelo por muerte, tenemos una guía sobre las etapas del duelo y otra sobre qué es el duelo.

    Conviene consultar si aparece alguna de estas señales:

    • Tristeza, llanto o vacío casi todos los días durante semanas, sin momentos de alivio.
    • Insomnio, pérdida de apetito o cansancio que no mejoran, o dolores de cabeza y malestar físico sin causa clara.
    • Dificultad para trabajar, estudiar o cuidar a otros, o aislarte de todos.
    • Consumo de alcohol u otras sustancias para soportar la distancia.
    • Pensamientos de que la vida no vale la pena o de hacerte daño.

    Si piensas en morir o en hacerte daño, llama ahora a la Línea de Prevención del Suicidio, *4141.

    Para decidir si lo que sientes pide ayuda, mira la guía para saber si necesitas terapia o es un mal momento, la de depresión y la de estrés crónico. Si la soledad pesa, el test de soledad puede orientarte. La terapia online permite recibir apoyo en tu idioma y horario, aunque vivas lejos de los tuyos.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es el duelo migratorio?

    Es el duelo por lo que se deja al migrar: familia, amigos, idioma, cultura, paisaje y el lugar social que uno tenía. Achotegui lo describe como parcial, recurrente y múltiple. No figura como diagnóstico en el DSM-5-TR ni en la CIE-11. Es una reacción esperable que suele atravesarse con apoyo, tiempo y vínculos.

    ¿Qué es el síndrome de Ulises?

    Es la forma extrema del duelo migratorio, descrita por Achotegui: un cuadro de estrés y duelo muy intenso que aparece cuando se migra en condiciones límite, como separación forzada de la familia, desesperanza, lucha por sobrevivir y miedo. Cursa con irritabilidad, insomnio y cansancio, y sin atención puede evolucionar a una depresión.

    ¿Cuánto dura el duelo migratorio?

    Cada persona lleva su ritmo, y nadie ha demostrado una duración fija. Achotegui lo describe como recurrente: puede volver con un viaje, una llamada o una fecha. En los metaanálisis, el tiempo de residencia modifica la prevalencia de depresión, y los recién llegados parecen más vulnerables. Lo que decide cuándo consultar es cuánto interfiere en tu vida, no el calendario.

    ¿Es normal extrañar mi país o ya es depresión?

    Extrañar tu país es normal. Se acerca a un problema de salud mental cuando casi todos los días hay tristeza sin alivio, no puedes dormir, comer o funcionar, o aparecen pensamientos de hacerte daño. Esa evaluación la hace un profesional. En un metaanálisis, la depresión alcanzó al 15,6 % de los migrantes (Foo et al., 2018).

    ¿Cómo superar el duelo migratorio?

    No se “supera” como una tarea con fin. Se atraviesa con apoyo: ponerle nombre, mantener los lazos de origen, crear rituales propios, construir red en el país nuevo y consultar a un psicólogo si el malestar persiste. Los tratamientos psicológicos tienen respaldo en migración forzada; en duelo migratorio puro aún falta evidencia propia.

    Si extrañar tu país se volvió demasiado pesado

    Hablarlo con alguien que entienda la distancia ayuda a que el duelo deje de sentirse como una falla personal. En terapia online se trabaja con técnicas que tienen respaldo, a tu ritmo y desde donde estés. Si quieres conversarlo, escríbenos desde la página de contacto.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Achotegui, J. (2012). Emigrar hoy en situaciones extremas: El síndrome de Ulises. Aloma: Revista de Psicologia, Ciències de l’Educació i de l’Esport, 30(2), 79-86.
    • Bekteshi, V., & Kang, S. W. (2020). Contextualizing acculturative stress among Latino immigrants in the United States: A systematic review. Ethnicity & Health, 25(6), 897-914. https://doi.org/10.1080/13557858.2018.1469733
    • Bianucci, R., Charlier, P., Perciaccante, A., Lippi, D., & Appenzeller, O. (2017). The “Ulysses syndrome”: An eponym identifies a psychosomatic disorder in modern migrants. European Journal of Internal Medicine, 41, 30-32. https://doi.org/10.1016/j.ejim.2017.03.020
    • Blackmore, R., Boyle, J. A., Fazel, M., Ranasinha, S., Gray, K. M., Fitzgerald, G., Misso, M., & Gibson-Helm, M. (2020). The prevalence of mental illness in refugees and asylum seekers: A systematic review and meta-analysis. PLOS Medicine, 17(9), e1003337. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1003337
    • Blukacz, A., Cabieses, B., & Markkula, N. (2020). Inequities in mental health and mental healthcare between international immigrants and locals in Chile: A narrative review. International Journal for Equity in Health, 19, 197. https://doi.org/10.1186/s12939-020-01312-2
    • Boss, P. (1999). Ambiguous loss: Learning to live with unresolved grief. Harvard University Press.
    • Bustamante, L. H. U., Cerqueira, R. O., Leclerc, E., & Brietzke, E. (2018). Stress, trauma, and posttraumatic stress disorder in migrants: A comprehensive review. Revista Brasileira de Psiquiatria, 40(2), 220-225. https://doi.org/10.1590/1516-4446-2017-2290
    • Falicov, C. J. (2015). Migration and the family life cycle. En M. McGoldrick, N. A. García Preto, & B. A. Carter (Eds.), The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed., pp. 222-239). Pearson.
    • Foo, S. Q., Tam, W. W., Ho, C. S., Tran, B. X., Nguyen, L. H., McIntyre, R. S., & Ho, R. C. (2018). Prevalence of depression among migrants: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Environmental Research and Public Health, 15(9), 1986. https://doi.org/10.3390/ijerph15091986
    • Jannesari, S., Hatch, S., Prina, M., & Oram, S. (2020). Post-migration social-environmental factors associated with mental health problems among asylum seekers: A systematic review. Journal of Immigrant and Minority Health, 22(5), 1055-1064. https://doi.org/10.1007/s10903-020-01025-2
    • Lindert, J., von Ehrenstein, O. S., Priebe, S., Mielck, A., & Brähler, E. (2009). Depression and anxiety in labor migrants and refugees: A systematic review and meta-analysis. Social Science & Medicine, 69(2), 246-257. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2009.04.032
    • Ministerio de Salud de Chile. (2018). Política de salud de migrantes internacionales. https://www.minsal.cl/salud-del-inmigrante/
    • Molendijk, M., Baart, C., Schaffeld, J., Akçakaya, Z., Rönnau, C., Kooistra, M., de Kleine, R., Strater, C., & Mooshammer, L. (2024). Psychological interventions for PTSD, depression, and anxiety in child, adolescent and adult forced migrants: A systematic review and frequentist and Bayesian meta-analyses. Clinical Psychology & Psychotherapy, 31(4), e3042. https://doi.org/10.1002/cpp.3042
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª revisión (CIE-11): 6B42 Trastorno de duelo prolongado. https://icd.who.int/es
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Sambucini, D., Aceto, P., Begotaraj, E., & Lai, C. (2020). Efficacy of psychological interventions on depression, anxiety and somatization in migrants: A meta-analysis. Journal of Immigrant and Minority Health, 22(6), 1320-1346. https://doi.org/10.1007/s10903-020-01055-w
    • Urzúa M., A., Heredia B., O., & Caqueo-Urízar, A. (2016). Salud mental y estrés por aculturación en inmigrantes sudamericanos en el norte de Chile. Revista Médica de Chile, 144(5), 563-570. https://doi.org/10.4067/s0034-98872016000500002

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Peleas familiares por herencia: cómo evitar la ruptura

    Peleas familiares por herencia: cómo evitar la ruptura

    Una casa que nadie quiere vender, una joya que dos personas sienten como propia o la sospecha de que un hermano recibió más pueden convertir el duelo en una disputa. Las peleas por herencia rara vez tratan solo de dinero. También pueden concentrar años de comparaciones, cuidados desiguales, silencios y preguntas sobre quién fue más querido o valorado.

    No existe una pauta capaz de garantizar que la familia seguirá unida. Sí es posible reducir daños: separar los hechos patrimoniales de las heridas antiguas, ordenar una conversación acotada, reconocer el valor afectivo de ciertos bienes y pedir ayuda antes de que toda comunicación se vuelva una acusación.

    Respuesta corta: por qué una herencia rompe familias

    Una herencia puede romper una familia cuando sus integrantes usan criterios distintos para decidir qué sería justo. Para uno, justicia significa partes iguales; para otro, compensar a quien cuidó durante años; para un tercero, respetar una promesa verbal. Si nadie explicita esas reglas, una diferencia concreta puede sentirse como la confirmación de un agravio de toda la vida.

    La investigación disponible es principalmente cualitativa y observacional. Permite comprender factores de conflicto, pero no prueba que una técnica específica evite la ruptura. Por eso esta guía propone medidas prudentes, no una fórmula infalible.

    Peleas por herencia entre hermanos: ¿se discute por dinero o por algo más?

    El dinero importa, pero no explica todo. En un estudio exploratorio sobre 55 incidentes de herencia, las decisiones se organizaron alrededor de cuatro motivaciones: solidaridad, igualdad para preservar la unidad familiar, reciprocidad y beneficio propio. El problema aparece cuando cada persona supone que su criterio es el único legítimo (Sousa et al., 2010).

    Otro estudio, basado en 50 entrevistas familiares, encontró cuatro temas repetidos: evitar el conflicto, resistirse a hablar de las posesiones, construir suficiente confianza para conversar y lidiar con efectos que permanecen durante años. Las experiencias negativas previas también influían en cómo las personas planificaban sus propias herencias (de Witt et al., 2013).

    Esto ayuda a entender por qué un objeto de poco valor comercial puede desatar una pelea intensa. La casa, una herramienta, una fotografía o una pieza de vajilla pueden representar pertenencia, continuidad o reconocimiento. Discutir quién se queda con ellos puede convertirse, sin que nadie lo diga directamente, en una discusión sobre quién ocupaba qué lugar en la familia.

    Karl Pillemer (2021) llama “evento volcánico” al episodio visible que hace estallar presión acumulada. La firma de un documento o el reparto de un objeto puede ser el detonante, mientras el combustible real está en agravios mucho más antiguos. La guía sobre peleas entre hermanos adultos explica cómo esos papeles familiares pueden reaparecer décadas después.

    Igualdad, equidad y justicia percibida no son lo mismo

    En una disputa sucesoria suelen mezclarse tres criterios:

    Criterio Pregunta que intenta responder Riesgo de conflicto
    Igualdad ¿Cómo dividimos todo en partes idénticas? Puede sentirse injusta para quien asumió más cuidados o gastos
    Equidad ¿Cómo reconocemos aportes, necesidades o sacrificios diferentes? Cada persona puede valorar esos aportes de una manera incompatible
    Justicia percibida ¿Este resultado reconoce lo que viví y el lugar que tuve? Depende de memorias y significados que no se resuelven con una tasación

    En 36 familias vinculadas a la transferencia de una granja, la menor calidez entre hermanos y el desacuerdo sobre qué reparto era justo se asociaron con más conflicto (Taylor y Norris, 2000). En entrevistas a 18 herederos adultos, la falta de instrucciones claras, los conflictos previos, el trato desigual y las diferencias en el cuidado de los padres dificultaron la negociación; varias relaciones quedaron más distantes o se interrumpieron (Lee, 2017).

    Por eso “dividir por igual” no cierra automáticamente la discusión. Tampoco significa que la persona que cuidó tenga, por esa sola razón, un derecho jurídico diferente. Son planos distintos: el reconocimiento emocional, el acuerdo familiar y los derechos legales deben tratarse sin confundirlos.

    Cuando el reclamo se conecta con la idea de un hijo favorito y sus efectos, intentar resolver toda la historia familiar dentro de la negociación patrimonial suele empeorarla. La meta inicial consiste en acordar cómo tratar el problema presente sin decidir quién tiene la versión correcta de la infancia ni convertir cada decisión en un juicio sobre toda la vida.

    El duelo puede volver más difícil decidir

    La muerte de un progenitor reorganiza la relación entre hermanos. Un estudio longitudinal con 3.812 personas encontró que, tras la muerte del segundo padre, aumentaban por un tiempo tanto el contacto como el conflicto entre hermanos; a largo plazo, el vínculo tendía a debilitarse (Kalmijn y Leopold, 2019). Otro estudio asoció la muerte parental tardía con menor cercanía fraterna y mostró que las directivas anticipadas no siempre protegían la relación cuando eran percibidas como problemáticas (Khodyakov y Carr, 2009).

    El duelo no vuelve incapaz a una persona ni sigue etapas iguales para todos. Puede, sin embargo, aumentar la sensibilidad frente a una venta, una mudanza o el retiro de objetos que conservaban un vínculo con quien murió. También puede hacer que dos hermanos parezcan indiferentes o desbordados simplemente porque afrontan la pérdida de maneras distintas.

    No hay un plazo universal respaldado por evidencia para vender una casa o repartir objetos. Si existe margen práctico y todas las partes están de acuerdo, puede ser prudente evitar decisiones irreversibles en el momento de mayor activación. Si hay obligaciones urgentes, deterioro del inmueble, deudas o plazos legales, esperar sin orientación también puede traer problemas. En ese caso conviene separar el apoyo emocional de la asesoría jurídica.

    Cómo evitar que las peleas familiares por herencia escalen

    Los seis pasos siguientes combinan los hallazgos observacionales con recomendaciones de comunicación y terapia familiar descritas por Pillemer (2021) y McGoldrick et al. (2015). No han sido validados como un protocolo de eficacia demostrada para disputas sucesorias.

    1. Comprueba si es seguro conversar

    Si hay amenazas, intimidación, destrucción de documentos, control económico, hostigamiento o miedo a represalias, la conversación familiar queda descartada como vía inicial. Tampoco corresponde negociar a solas si sospechas fraude o apropiación de bienes.

    En esos casos, conserva la información relevante, evita confrontaciones que puedan exponerte y busca orientación profesional independiente. La seguridad y la protección de derechos van antes que la reconciliación.

    2. Separa tres conversaciones diferentes

    Escribe tres columnas antes de reunirte:

    • Hechos y decisiones: qué bienes existen, qué información falta y qué debe resolverse.
    • Significados y emociones: qué representa la casa, qué promesas conserva cada persona y qué duelos siguen activos.
    • Aspectos legales: qué exige la normativa, qué documentos tienen validez y qué necesita revisar un abogado o abogada.

    Intentar resolver las tres columnas a la vez suele producir frases como “si quisieras a mamá, nunca venderías” o “si no aceptas mi propuesta, eres igual de egoísta que siempre”. Separarlas no elimina la emoción. Evita que una emoción sea presentada como si fuera una prueba jurídica o contable.

    3. Aclara qué regla de justicia está usando cada uno

    Antes de discutir porcentajes u objetos, cada persona puede completar estas frases:

    “Para mí, un reparto justo sería…”

    “El cuidado que hubo antes de la muerte debería reconocerse de esta manera…”

    “Hay objetos que para mí tienen un valor afectivo especial porque…”

    El objetivo consiste en volver explícitas las reglas que estaban operando en silencio, sin exigir que se acepte de inmediato la propuesta ajena. En familias que discutían por el cuidado y los bienes de sus padres, el conflicto se intensificaba cuando un hermano era percibido como controlador, aislaba al progenitor o excluía a los demás de las decisiones (Lashewicz y Keating, 2009). Compartir información y participación no garantiza acuerdo, pero reduce el terreno para sospechas evitables.

    4. Haz una reunión acotada, con una sola agenda

    Una primera reunión puede durar 45 o 60 minutos y tratar un único objetivo, por ejemplo recopilar documentos, acordar una tasación independiente o definir cómo inventariar los objetos. Deja para otro espacio la discusión sobre la infancia o los cuidados pasados.

    Una pauta posible es:

    1. Confirmar el objetivo y el tiempo disponible.
    2. Enumerar hechos conocidos y datos que faltan.
    3. Escuchar qué bienes tienen valor afectivo especial para cada persona.
    4. Anotar opciones sin decidirlas de inmediato.
    5. Definir responsables y una fecha de revisión.

    Esta estructura es una recomendación práctica, no un tratamiento probado. Si alguien empieza a insultar, interrogar o traer acusaciones que no pertenecen a la agenda, recuérdale el acuerdo una vez. Si continúa, aplica la pausa.

    5. Usa una pausa que incluya fecha de regreso

    “No quiero hablar nunca más” y “sigamos hasta resolverlo hoy” son extremos que suelen cerrar alternativas. Una pausa útil especifica cuándo y cómo se retomará el tema:

    “Estamos elevando la voz y ya no estamos revisando la propuesta. Voy a detenerme aquí. Te enviaré mañana el resumen y podemos retomar el jueves con la persona mediadora”.

    La pausa no debe utilizarse para castigar ni desaparecer. Sirve para bajar la activación y proteger el proceso. Al terminar, envía una minuta breve con lo acordado, lo pendiente y cualquier desacuerdo que siga abierto.

    6. Escala la ayuda según el tipo de problema

    No todos los conflictos necesitan al mismo profesional:

    • Mediación: puede servir cuando existe voluntad de negociar, pero las conversaciones directas terminan en ataques o estancamiento. No garantiza reconciliación y requiere participación voluntaria.
    • Apoyo psicológico individual: puede ayudar a ordenar duelo, culpa, rabia y límites, incluso si los hermanos no quieren participar.
    • Terapia familiar: puede ser una opción cuando varias personas desean trabajar patrones relacionales además del reparto. No reemplaza asesoría legal.
    • Asesoría jurídica: es necesaria para interpretar derechos, documentos, plazos o sospechas de irregularidades. Un artículo psicológico no puede determinar quién tiene razón legalmente.

    Un análisis de casos judiciales ingleses encontró disputas sobre la intención del traspaso, la justicia de la distribución y el momento en que se realizaba. También mostró el peso de las interpretaciones diferentes sobre las reglas sucesorias (Izuhara y Köppe, 2019). Es evidencia de otro país y no debe usarse para inferir el derecho chileno, pero ilustra por qué conviene aclarar pronto qué es una herida relacional y qué requiere una respuesta legal local.

    Qué no hacer en las peleas de hermanos por herencia

    • No uses a parejas, hijos o familiares como mensajeros. Se forman bandos y el conflicto se extiende a personas que no pueden resolverlo.
    • No atribuyas intenciones que no puedes comprobar. Cambia “quieres quedarte con todo” por “no he recibido el inventario y necesito revisarlo”.
    • No negocies objetos simbólicos como si fueran dinero fungible. Permite que cada persona explique qué representa un recuerdo antes de decidir.
    • No exijas una confesión sobre toda la historia familiar. Puedes buscar un acuerdo presente aunque los recuerdos del pasado sigan siendo distintos.
    • No firmes ni renuncies por cansancio o presión emocional. Cuando hay consecuencias patrimoniales, revisa los documentos con asesoría independiente.
    • No confundas distancia con fracaso. A veces el resultado más seguro es un contacto limitado y formal, no una cercanía inmediata.

    Los celos entre hermanos no desaparecen automáticamente en la adultez. Pueden reaparecer como comparaciones sobre quién recibió más ayuda, quién cuidó más o quién tiene ahora poder de decisión.

    ¿Qué hacer si tus hermanos no quieren llegar a un acuerdo?

    Primero identifica qué está realmente bloqueado. Puede faltar información verificable, puede haber una diferencia legal que nadie sabe interpretar o puede existir una herida emocional que ninguna cifra resolverá.

    Si todavía hay disposición mínima, propone una acción neutral y limitada: compartir el mismo inventario, usar una tasación independiente, recibir por separado información jurídica o reunirse con una persona mediadora. Si alguien rechaza toda transparencia o utiliza amenazas, deja de intentar convencerlo mediante una conversación emocional y busca asesoría independiente.

    Aceptar que no habrá reconciliación inmediata no obliga a responder con una ruptura impulsiva. Se puede mantener un canal escrito, limitarlo al trámite y revisar más adelante si existe espacio para hablar de la relación.

    Cuándo buscar ayuda psicológica

    Considera apoyo psicológico si el conflicto ocupa gran parte del día, altera el sueño, reactiva experiencias familiares dolorosas, afecta otras relaciones o vuelve imposible participar en decisiones sin desbordarse. También puede ser útil cuando sientes culpa por poner límites o cuando la disputa por bienes mantiene un duelo detenido alrededor de la casa y los objetos.

    La terapia no decide el reparto ni certifica quién tiene razón. Puede ayudar a distinguir necesidades, preparar conversaciones, tolerar un desacuerdo y elegir límites. Si hay amenazas, abuso o posible delito, la intervención psicológica debe acompañar, no sustituir, las medidas de seguridad y la orientación legal.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué los hermanos se pelean por una herencia?

    Porque el reparto puede activar criterios distintos de justicia, rivalidades antiguas, diferencias en los cuidados y significados afectivos asociados a la casa u objetos. El dinero importa, pero también importa lo que cada bien parece decir sobre reconocimiento, pertenencia y favoritismo.

    ¿Cómo repartir una herencia sin romper la familia?

    Ninguna fórmula puede garantizarlo. Puede ayudar separar los hechos patrimoniales de las heridas antiguas, compartir información, explicitar qué entiende cada persona por justicia, reconocer el valor simbólico de algunos objetos y registrar por escrito los acuerdos. Las decisiones legales deben revisarse con asesoría local.

    ¿Qué hacer si un hermano quiere quedarse con todo?

    Evita discutir solo sobre sus supuestas intenciones. Pide inventario, documentos y propuestas concretas por un canal que deje registro. No firmes bajo presión. Si falta transparencia, existe intimidación o sospechas una irregularidad, busca asesoría jurídica independiente en Chile.

    ¿Cuándo conviene acudir a mediación familiar?

    Puede convenir cuando las partes desean alcanzar un acuerdo, pero la comunicación directa termina en acusaciones o bloqueo. La mediación no sustituye consejo legal ni obliga a reconciliarse. Tampoco garantiza resultados si una persona participa bajo coerción o se niega a compartir información básica.

    ¿Una herencia puede causar un distanciamiento familiar definitivo?

    Sí, algunas relaciones quedan más distantes o se interrumpen después de disputas sucesorias, como muestran estudios cualitativos. No significa que toda pelea terminará así. Intervenir antes de que se formen bandos, establecer límites y pedir ayuda puede abrir opciones, aunque no asegure el resultado.

    Una acción concreta para esta semana

    No intentes resolver toda la herencia y toda la historia familiar en una sola conversación. Elige una acción concreta: ordenar la información disponible, escribir qué significa “justo” para ti, identificar un objeto con carga afectiva o proponer una reunión con agenda y hora de término.

    Si las peleas por herencia están afectando tu duelo, tu ánimo o tu relación con la familia, puedes contactarnos para conversar sobre una consulta. El trabajo psicológico puede ayudarte a ordenar lo que sientes y decidir cómo participar sin sustituir la orientación legal que el caso requiera.

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    Referencias

    de Witt, L., Campbell, L., Ploeg, J., Kemp, C. L., & Rosenthal, C. (2013). “You’re saying something by giving things to them:” Communication and family inheritance. European Journal of Ageing, 10(3), 181-189. https://doi.org/10.1007/s10433-013-0262-z

    Izuhara, M., & Köppe, S. (2019). Inheritance and family conflicts: Exploring asset transfers shaping intergenerational relations. Families, Relationships and Societies, 8(1), 53-72. https://doi.org/10.1332/204674317X14908575604683

    Kalmijn, M., & Leopold, T. (2019). Changing sibling relationships after parents’ death: The role of solidarity and kinkeeping. Journal of Marriage and Family, 81(1), 99-114. https://doi.org/10.1111/jomf.12509

    Khodyakov, D., & Carr, D. (2009). The impact of late-life parental death on adult sibling relationships: Do parents’ advance directives help or hurt? Research on Aging, 31(5), 495-519. https://doi.org/10.1177/0164027509337193

    Lashewicz, B., & Keating, N. (2009). Tensions among siblings in parent care. European Journal of Ageing, 6(2), 127-135. https://doi.org/10.1007/s10433-009-0109-9

    Lee, J. (2017). Inheritance in Korean families: Experiences of adult children heirs and changes in family relationships. Family and Culture, 29(1), 225-264. https://doi.org/10.21478/family.29.1.201703.008

    McGoldrick, M., Garcia Preto, N., & Carter, B. (Eds.). (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5th ed.). Pearson.

    Pillemer, K. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Avery.

    Sousa, L., Silva, A. R., Santos, L., & Patrão, M. (2010). The family inheritance process: Motivations and patterns of interaction. European Journal of Ageing, 7(1), 5-15. https://doi.org/10.1007/s10433-010-0139-3

    Taylor, J. E., & Norris, J. E. (2000). Sibling relationships, fairness, and conflict over transfer of the farm. Family Relations, 49(3), 277-283. https://doi.org/10.1111/j.1741-3729.2000.00277.x

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • No puedo llorar aunque quiera: por qué pasa y qué hacer

    No puedo llorar aunque quiera: por qué pasa y qué hacer

    Sientes el nudo en la garganta, la presión detrás de los ojos, la pena que pide salir. Y las lágrimas no llegan. Quizá estás en un funeral, o en tu cama de noche, o frente a alguien que espera verte quebrar, y por dentro solo hay silencio. Después llega la segunda parte, la que pesa más: la duda de qué te pasa.

    Si te repites no puedo llorar, la explicación depende de si lo que falta son las lágrimas o también la emoción, desde cuándo ocurre y qué más cambió en tu vida. Aquí vas a ver las causas que ha estudiado la investigación (crianza, depresión, antidepresivos, trauma, duelo y causas físicas), si no llorar daña la salud y cuándo conviene consultar.

    Respuesta corta: no poder llorar es frecuente y, por sí solo, no es una enfermedad ni hace daño al cuerpo. Suele deberse a un umbral alto de llanto (personalidad, crianza, normas del entorno), a un embotamiento emocional por depresión, trauma o antidepresivos, o a un duelo en fase de aturdimiento. Conviene consultar si dura semanas junto con vacío o pérdida de interés, si empezó tras un fármaco o un trauma, o si además tienes los ojos secos.

    ¿Por qué no puedo llorar aunque quiera? Lo que se sabe del llanto

    El llanto emocional tiene un umbral que varía mucho de una persona a otra. Depende de la personalidad, de lo que aprendiste de niño, de las normas de tu entorno, de la biología y de lo que estés viviendo. No poder llorar aunque quieras suele indicar un umbral alto o una inhibición aprendida, y solo a veces algo más.

    Ad Vingerhoets (2013), uno de los mayores investigadores del tema, describe el llanto como una conducta que une cerebro, personalidad, biología y cultura. También describe el «llanto interno»: personas que sienten la agitación emocional completa y no producen lágrimas visibles, por vergüenza o por un esfuerzo consciente de contención.

    La frecuencia varía por género. En estudios clásicos que recoge Vingerhoets (2013), hasta 45 % de los hombres no había llorado ni una vez en un mes, mientras que la gran mayoría de las mujeres sí. Una encuesta internacional con 893 personas de cinco países halló que los roles de género y las creencias sobre el llanto se relacionan con cuánto se llora, y que valorar el llanto como útil depende de lo que cada uno cree sobre él (Sharman et al., 2019).

    Un matiz antes de seguir: el llanto adulto está poco estudiado. Una revisión de la literatura concluyó que circulan muchas creencias populares sobre lo que el llanto hace, con una base científica todavía débil (Vingerhoets y Bylsma, 2016). Lo que sigue se apoya en lo que sí está mejor documentado.

    ¿Cuáles son las causas de no poder llorar?

    Las causas más estudiadas son seis y pueden sumarse: aprendizaje y personalidad, depresión, antidepresivos, alexitimia, trauma y problemas físicos de los ojos. Cada una tiene una pista distinta, y por eso la solución cambia según cuál sea la tuya.

    Aprendiste a no llorar: crianza, normas y personalidad

    Muchas personas aprendieron en la infancia que llorar molesta, avergüenza o se castiga. Según Vingerhoets (2013), quienes tienen un estilo represor, ocultan el malestar para mostrar una «cara feliz» o tienen un apego evitativo lloran bastante menos, y varios cuentan que sus padres desaprobaban sus lágrimas.

    El entorno también pesa. En algunas culturas las muestras públicas de tristeza están mal vistas, y en los hombres suele sumarse la idea de que llorar es debilidad. Vingerhoets (2013) recoge además que la testosterona parece elevar el umbral del llanto. Un umbral alto es una variante del temperamento, y por sí solo no es un síntoma.

    Depresión: se apaga la emoción, no solo las lágrimas

    Se suele creer que la depresión hace llorar sin parar. La evidencia es más matizada. En un experimento de laboratorio, las personas con depresión mayor no lloraron más que las personas sin depresión ante un estímulo triste estandarizado (Rottenberg et al., 2002). Una revisión encontró poca evidencia firme de que la depresión aumente o anule el llanto como regla (Vingerhoets et al., 2007).

    Lo que sí se observa es una menor reactividad emocional. En otro estudio, quienes estaban en un episodio depresivo reportaron menos tristeza y menos alegría ante las mismas escenas que las personas sanas (Rottenberg et al., 2005). La emoción se aplana en ambos sentidos.

    Beck y colaboradores (2024) describen la depresión como una dificultad central para sentir o anticipar afecto positivo (anhedonia), y un manual de técnicas cognitivo-conductuales señala que en ciertos estados depresivos aparece un bloqueo de la expresión emocional: la persona necesita llorar y no puede (Ruiz et al., 2012). Según Vingerhoets (2013), en el Inventario de Depresión de Beck la puntuación máxima de ese ítem corresponde a «tener ganas de llorar y no poder», y cerca de 30 % de los pacientes con depresión mayor lo reporta.

    Antidepresivos y embotamiento emocional

    Un grupo de antidepresivos, los ISRS, puede reducir el llanto. En un ensayo cruzado doble ciego con 25 mujeres jóvenes sanas, 20 mg de paroxetina disminuyó el llanto ante películas emocionales sin cambiar el ánimo (van der Veen et al., 2012). Y en un estudio con pacientes que tomaban ISRS, reportaron menos capacidad para llorar que los controles, y 80 % describió un embotamiento clínicamente significativo de varias emociones (Opbroek et al., 2002).

    ¿Qué tan común es? Una encuesta con 669 personas deprimidas en tratamiento halló embotamiento emocional en 46 %, sin diferencias claras entre fármacos (Goodwin et al., 2017). Pero los mismos autores advierten que no se puede reducir a un efecto secundario: también es un síntoma de la propia depresión, y se vio más en quienes tenían más síntomas depresivos.

    En otra encuesta con 752 personas que ya notaban embotamiento, alrededor de 56 % lo atribuía a la depresión y 45 % al medicamento, y poco más de un tercio estaba pensando en dejar el antidepresivo o ya lo había dejado (Christensen et al., 2022). Si te pasa, háblalo con quien te lo recetó. Suspenderlo por tu cuenta tiene riesgos, y existen ajustes de dosis o cambios de fármaco.

    Alexitimia: cuesta saber qué estás sintiendo

    La alexitimia es un rasgo de personalidad en el que cuesta identificar y describir los propios sentimientos, y el pensamiento se orienta hacia lo externo (Luminet y Nielson, 2025). Quien la tiene suele notar tensión o malestar en el cuerpo sin ponerle nombre a la emoción. Según Vingerhoets (2013), las personas alexitímicas lloran menos que el promedio y, cuando lloran, rara vez sienten alivio.

    Una revisión encontró que alexitimia y depresión se correlacionan mucho, y que la gravedad depresiva y el género se asocian de forma independiente con la alexitimia (Sagar et al., 2021). Si te reconoces, tienes más sobre el tema en nuestro artículo sobre qué es la alexitimia.

    Trauma y disociación

    Tras una experiencia abrumadora, la mente puede «desconectarse» para protegerse. El entumecimiento emocional es hoy parte de la definición del trastorno de estrés postraumático (Litz y Gray, 2002), y un metaanálisis de 12 estudios con 1.095 personas con TEPT halló una asociación grande con la alexitimia (Frewen et al., 2008).

    Herman (2015) describe esa constricción como una respuesta a la indefensión, y Foa y colaboradores (2007) agregan algo que explica por qué no sale el llanto: muchas personas temen que, si empiezan a llorar, «nunca van a parar» o van a perder el control. Si el vacío viene después de algo que te asustó o te dañó, revisa nuestras guías sobre el trastorno de estrés postraumático y la disociación.

    Ojos secos y otras causas físicas

    A veces el problema es literal: los ojos no producen lágrimas. La enfermedad de Sjögren daña las glándulas lagrimales (Vingerhoets, 2013), y el ojo seco se asocia con la depresión y con los antidepresivos. Una revisión sistemática halló que, de forma independiente, tanto la depresión como el uso de antidepresivos se asocian con ojo seco (Rakofsky et al., 2021).

    La pista para distinguirlo: si te arden o te pican los ojos, o no lagrimeas ni con una cebolla o un viento fuerte, el problema es del ojo y corresponde a un oftalmólogo. Si lagrimeas sin problema con irritantes pero no con la emoción, lo más probable es que el origen sea emocional.

    No puedo llorar por la muerte de un ser querido: qué dice la ciencia del duelo

    Tras una pérdida, no llorar es habitual y convive con un cariño intacto. Worden (2013) señala que la tristeza, aunque es el sentimiento más común, no se expresa necesariamente con llanto, y que el bloqueo de las sensaciones al inicio es una defensa normal ante un dolor que sería abrumador.

    Neimeyer (2019) compara el duelo con mirar al sol: nadie puede mirar la pérdida de frente todo el tiempo, y por eso se alterna entre sentir y distraerse. La señal de alarma aparece cuando la persona queda incapaz de sentir nada durante meses.

    La ciencia tampoco respalda el mito de que hay un duelo «correcto». En un estudio de 205 personas seguidas desde antes de la muerte del cónyuge, el patrón más frecuente fue la resiliencia, y el duelo «común» con mucha angustia inicial fue relativamente infrecuente (Bonanno et al., 2002). Una revisión clásica no encontró evidencia que sostuviera la categoría de duelo «retrasado» (Bonanno y Kaltman, 2001). Entonces, la ausencia de lágrimas al inicio no anuncia por sí sola un estallido posterior.

    Si lo que quieres es saber cómo se vive un duelo, puedes leer nuestra guía sobre las etapas del duelo y cómo superarlo. Un estudio con 233 personas en duelo mostró que el anhelo del fallecido, más que la incredulidad, fue el indicador negativo dominante, que la aceptación fue el más frecuente desde el primer mes, y que los indicadores negativos suelen alcanzar su punto máximo hacia los seis meses (Maciejewski et al., 2007). Pasado ese plazo, si persisten con fuerza, vale la pena una evaluación.

    Los criterios propuestos para el duelo prolongado incluyen sentirse emocionalmente entumecido entre sus síntomas, pero exigen que haya anhelo intenso, que los síntomas lleguen a diario o a un grado incapacitante y que persistan al menos seis meses desde la muerte con deterioro del funcionamiento (Prigerson et al., 2009).

    ¿Es malo no llorar? ¿Hace daño guardarse las lágrimas?

    Es probable que hayas oído que las lágrimas «sacan las toxinas» y que aguantarlas enferma. Vingerhoets (2013) revisa esa hipótesis (la de la «purificación de la sangre») y concluye que carece de sustento sólido: no hay estudios que muestren que quienes no lloran tengan peor salud física. Un ensayo con 197 mujeres tampoco halló diferencias en cortisol ni en tolerancia al estrés entre quienes lloraron y quienes no (Sharman et al., 2020).

    Tampoco llorar alivia siempre. En un estudio con 28 personas que lloraron y 32 que no, el ánimo empeoró justo después de llorar, se recuperó a los 20 minutos y superó la línea de base a los 90 (Gračanin et al., 2015). Un diario de 1.004 episodios de llanto mostró que el efecto depende de la persona y del contexto (Bylsma et al., 2011). En un entorno seguro, con alguien que consuela, es más probable que alivie.

    Incluso dirigir la atención lejos del dolor puede proteger a algunas personas durante un duelo. En un estudio con personas viudas y no viudas, quienes mostraban ese estilo «represor» tenían menos síntomas y mejor ajuste según sus amigos (Coifman et al., 2007).

    Entonces, ¿cuándo sí preocupa? Cuando junto con las lágrimas faltan también las ganas de hacer cosas, el placer y el contacto con los demás. Ahí el problema es el aplanamiento emocional, no las lágrimas en sí.

    No puedo llorar y me siento mal: cómo distinguir qué te pasa

    Esta tabla ordena las pistas más frecuentes. No reemplaza una evaluación, pero ayuda a saber a quién consultar.

    Lo que notas Qué puede estar detrás Qué conviene hacer
    Sientes el nudo y la pena, pero no salen lágrimas Umbral alto o inhibición aprendida (“llanto interno”) Buscar un espacio seguro, escribir, no forzarte
    No sientes nada, ni pena ni alegría, desde hace semanas Depresión, embotamiento emocional o trauma Consultar a un psicólogo o médico
    Empezó semanas después de iniciar o subir un antidepresivo Embotamiento por el fármaco Hablar con quien lo recetó, sin suspenderlo solo
    Murió alguien hace poco y estás aturdido Aturdimiento normal de las primeras semanas Paciencia, apoyo cercano; evaluar si pasan seis meses
    Te arden los ojos y no lagrimeas ni con irritantes Ojo seco o enfermedad autoinmune Consultar a un oftalmólogo
    Ocurrió después de algo que te asustó o dañó Disociación o estrés postraumático Evaluación psicológica

    ¿Qué hacer si no puedo llorar y quiero volver a hacerlo?

    Forzar las lágrimas no funciona. Lo que ayuda es bajar las defensas que las frenan, y eso se logra con ambientes seguros y prácticas graduales.

    • Escritura expresiva. Pennebaker y Smyth (2016) proponen escribir sobre las emociones y pensamientos más profundos de un hecho difícil, 15 a 20 minutos al día durante 3 o 4 días, en privado y sin cuidar la gramática. Al ordenar lo vivido en palabras, el recuerdo deja de estar guardado como imágenes sueltas.
    • Autocompasión. Neff (2016) propone mindfulness, humanidad compartida y bondad hacia uno mismo, con gestos concretos como poner una mano sobre el pecho al notar el dolor. Si el miedo es «si lloro soy débil», esa voz es la que suele frenar las lágrimas. Puedes revisarla con nuestro test de autocompasión.
    • Ponerle nombre a lo que sientes. Tolin (2024) enseña, para la alexitimia, a escanear el cuerpo en busca de pistas (nudo en el estómago, opresión en el pecho), identificar los pensamientos asociados y etiquetar la emoción. Tienes más ideas en vocabulario emocional.
    • Cambiar lo que crees del llanto. Si piensas que llorar es perder el control, puedes revisar esa creencia con la reevaluación cognitiva que describen los manuales de regulación emocional (Gross y Ford, 2024).
    • Activación conductual en la depresión. En un ensayo clínico, la activación conductual fue comparable al antidepresivo y a la terapia cognitiva en el tratamiento agudo de la depresión mayor (Dimidjian et al., 2006). Su lema, «actúa primero y la motivación seguirá» (Beck et al., 2024), sirve cuando esperar a tener ganas no funciona. Mira cómo se aplica en cómo salir de la depresión.

    En consulta, los terapeutas también usan técnicas pensadas para este problema. Una de ellas, derivada de la formulación de Beck, ayuda al paciente deprimido que no puede llorar a conectar con la tristeza contenida a través de su propia historia o de la de otra persona (Ruiz et al., 2012).

    En el trauma, el modelo de Herman (2015) reserva el duelo y el llanto para una segunda etapa, cuando ya hay seguridad, y la exposición prolongada de Foa y colaboradores (2007) enseña que llorar en sesión no es peligroso.

    ¿Cuándo consultar a un psicólogo o a un médico?

    Conviene pedir una evaluación en estas situaciones:

    • Llevas más de dos semanas sin sentir ni pena ni alegría, con pérdida de interés, cambios de sueño o apetito, o cansancio que no se va.
    • Empezaste o cambiaste un antidepresivo y desde entonces sientes que tus emociones están «apagadas». Consulta a quien lo recetó antes de modificar nada.
    • El vacío apareció tras un hecho traumático, junto con recuerdos intrusivos, pesadillas o sensación de irrealidad.
    • Pasaron más de seis meses de una muerte y el entumecimiento, el anhelo intenso o la dificultad para seguir con tu vida no ceden.
    • Tienes los ojos secos, con ardor o sensación de arena. Ahí corresponde un oftalmólogo.

    Si junto con el vacío aparecen pensamientos de hacerte daño o de que sería mejor no estar, no esperes: llama al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, en Chile) o acude a un servicio de urgencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué no puedo llorar aunque quiera?

    Lo más común es un umbral alto de llanto por temperamento, crianza o normas del entorno. También puede deberse a depresión, antidepresivos, alexitimia, trauma, un duelo reciente o, más raro, ojo seco. Lo decisivo es si faltan solo las lágrimas o también el sentir. Si falta el sentir durante semanas, consulta.

    ¿Por qué no puedo llorar por la muerte de un ser querido?

    El aturdimiento y el entumecimiento de las primeras semanas son una defensa normal ante un dolor abrumador, y la tristeza no siempre se expresa con lágrimas (Worden, 2013). En un estudio prospectivo, el patrón más frecuente fue la resiliencia (Bonanno et al., 2002). Consulta si el entumecimiento persiste más de seis meses y te impide funcionar.

    ¿No poder llorar es depresión?

    Por sí solo no. Se asocia a depresión cuando junto con las lágrimas faltan también el placer, el interés y las ganas de hacer cosas durante más de dos semanas. En depresión mayor lo habitual es una menor reactividad emocional (Rottenberg et al., 2005), y no necesariamente llorar más o menos.

    No puedo llorar y me siento mal: ¿qué hago?

    Primero distingue si lo que falta es la emoción o solo las lágrimas. Si sientes la pena sin lágrimas, prueba un espacio seguro o la escritura expresiva. Si sientes vacío durante semanas, o apareció tras un trauma o un fármaco, consulta a un psicólogo o médico para que evalúe depresión, trauma o efecto del medicamento.

    ¿Los antidepresivos quitan las ganas de llorar?

    En algunas personas sí. Un ensayo mostró que la paroxetina reduce el llanto en mujeres sanas (van der Veen et al., 2012), y alrededor de 46 % de los pacientes en tratamiento reporta embotamiento emocional (Goodwin et al., 2017). No lo suspendas solo: habla con quien lo recetó, porque hay ajustes posibles.

    ¿Aguantar las lágrimas hace daño al cuerpo?

    Los estudios disponibles no muestran que no llorar enferme. La idea de que las lágrimas expulsan toxinas carece de respaldo sólido (Vingerhoets, 2013), y un ensayo no halló diferencias en cortisol entre quienes lloran y quienes no (Sharman et al., 2020). Lo que sí merece atención es una tensión emocional sostenida sin salida, que se aborda con apoyo.

    Si no puedes llorar y quieres entender por qué

    Las lágrimas son una de varias maneras de que salga la emoción, y puedes sentir sin llorar. Lo que importa es si te sientes conectado con lo que vives.

    Si llevas semanas con la emoción apagada, si el vacío empezó tras una pérdida, un trauma o un cambio de medicación, o si te cuesta saber qué sientes, una evaluación psicológica ayuda a separar un umbral alto de llanto de una depresión, un duelo complicado o un cuadro postraumático, y a elegir qué tiene respaldo. Si quieres conversarlo, puedes escribirnos desde la página de contacto.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., Emery, G., DeRubeis, R. J., & Hollon, S. D. (2024). Cognitive therapy of depression (2.ª ed.). Guilford Press.

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    Bonanno, G. A., Wortman, C. B., Lehman, D. R., Tweed, R. G., Haring, M., Sonnega, J., Carr, D., & Nesse, R. M. (2002). Resilience to loss and chronic grief: A prospective study from preloss to 18-months postloss. Journal of Personality and Social Psychology, 83(5), 1150-1164. https://doi.org/10.1037/0022-3514.83.5.1150

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    Vingerhoets, A. J. J. M., Rottenberg, J., Cevaal, A., & Nelson, J. K. (2007). Is there a relationship between depression and crying? A review. Acta Psychiatrica Scandinavica, 115(5), 340-351. https://doi.org/10.1111/j.1600-0447.2006.00948.x

    Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Culpa del superviviente: síntomas y cómo superarla

    Culpa del superviviente: síntomas y cómo superarla

    Hubo un accidente, un terremoto, una enfermedad grave o una pérdida repentina. Tú saliste con vida, o sin daño, y otra persona no. Desde entonces la cabeza vuelve a la misma pregunta: «¿por qué yo?». Eso es la culpa del superviviente, y la psicología la reconoce como una forma de sufrimiento propia del trauma y del duelo.

    Aquí vas a ver qué es, por qué aparece aunque no hayas hecho nada malo, cuáles son sus síntomas, cómo se relaciona con el estrés postraumático y el duelo, y siete pasos con respaldo para trabajarla. También qué dice la investigación sobre los tratamientos y cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: la culpa del superviviente es el sentimiento de culpa, o de no merecer seguir bien, que aparece cuando sobrevives a un suceso en el que otras personas murieron o sufrieron. Es un síntoma frecuente del estrés postraumático y del duelo, y no tiene diagnóstico propio. Se trabaja revisando con realismo lo que estaba en tu mano, hablándolo con alguien, reparando lo que se pueda reparar y buscando formas de honrar a quien no está sin castigarte.

    ¿Qué es la culpa del superviviente?

    Una revisión conceptual publicada en 2015 la define como un fenómeno que ocurre en el proceso de «sobrevivir» a un daño mientras otros no lo hacen, y concluye que es una forma válida de sufrimiento para la que hacen falta intervenciones eficaces (Hutson et al., 2015). Los mismos autores señalan que el concepto se usa mucho y se define poco, por eso conviene precisar algunas cosas.

    • Rara vez es un trastorno aparte. Aunque a veces se la llama «síndrome del superviviente» o «culpa del sobreviviente», no tiene un diagnóstico propio. El DSM-5-TR incluye entre los síntomas del estrés postraumático las creencias distorsionadas y persistentes sobre la causa o las consecuencias del suceso que llevan a culparse a uno mismo o a otros (American Psychiatric Association, 2022). La culpa del superviviente cabe ahí, pero también aparece en el duelo y en personas que no cumplen criterios de ningún trastorno.
    • Puede existir sin una falta real. A veces hay una conducta de la que arrepentirse, pero muchas veces la persona siente culpa por haberse salvado, por no haber podido ayudar o por no haber previsto lo que pasó.
    • Aparece en contextos muy distintos. Accidentes, desastres naturales, combate, enfermedades graves, el suicidio de un ser querido o la muerte de un hermano.

    Si te interesa separar la culpa de la vergüenza, que suelen mezclarse en este cuadro, está desarrollado en este artículo sobre culpa y vergüenza.

    ¿Por qué aparece la culpa del superviviente?

    Hay varias explicaciones, y no se excluyen entre sí. Los libros de referencia sobre trauma y duelo, junto con la investigación reciente, coinciden en cuatro ideas.

    Culpa como intento de recuperar control. Judith Herman (2015) explica en su capítulo sobre la desconexión que la situación traumática frustra la iniciativa y la capacidad de actuar de la persona. Frente a esa impotencia absoluta, la culpa permite extraer una lección de la tragedia y recuperar cierta sensación de poder, porque imaginar que pudiste haber actuado distinto resulta más tolerable que aceptar que no tenías ningún control. Neimeyer (2019) plantea algo parecido desde el duelo: culparse por no haber previsto la tragedia evita aceptar que el mundo es impredecible.

    Responsabilidad fuera de lugar. Tangney y Dearing (2002) describen la «responsabilidad fuera de lugar» como una de las formas en que la culpa se vuelve desadaptativa: la persona se atribuye sucesos que no controlaba. Como el superviviente no cometió ninguna falta voluntaria, no existe una conducta dañina que se pueda reparar, y la culpa se queda sin salida.

    Juicio hecho con la información de hoy. En la terapia de exposición prolongada, Foa y colaboradores (2007) describen cómo la víctima revisa a posteriori sus reacciones durante la amenaza y se culpa por lo que hizo o dejó de hacer para sobrevivir. Esa revisión suele agravarse cuando el entorno también la culpabiliza.

    Fusión con la vergüenza. Según Tangney y Dearing (2002), la culpa se vuelve destructiva cuando se fusiona con la vergüenza y el juicio pasa de «hice o dejé de hacer algo» a «soy defectuoso» o «no merezco estar vivo».

    En niños y adolescentes pesa además el pensamiento mágico propio de su edad. Webb (2010) recoge que los niños pequeños pueden creer que sus enojos, desobediencias o deseos causaron la muerte de un familiar, y que en el duelo de hermanos aparece la sensación de «yo debí ser quien muriera».

    Culpa del superviviente: síntomas y señales

    No existe un test único para medirla, pero los estudios y los libros clínicos describen un conjunto de señales que se repite:

    • Pensamientos de «debí haber…» o «si hubiera…» que se repiten, con la sensación de que había algo que hacer.
    • La pregunta «¿por qué yo?», que Worden (2013) describe como el centro de este tipo de culpa, sobre todo cuando quien murió y quien sobrevivió pasaron por el mismo suceso.
    • Rumiación y autocrítica. Repasar una y otra vez lo que pasó y concluir que algo en ti falló.
    • Culpa por estar bien. Sentirse mal al reír, descansar, tener una buena noticia o rehacer la vida, como si disfrutar traicionara a quien no está. Worden la llama «culpa de recuperación».
    • Aislamiento y oscilación entre rabia y autocastigo. Herman (2015) la describe como una carga que daña la autoestima y altera la intimidad.
    • Síntomas de depresión y de estrés postraumático que se mezclan. En un estudio con 195 sobrevivientes de COVID-19, evaluados un mes después del alta, la culpa del superviviente predijo los síntomas depresivos, los postraumáticos y las alteraciones del sueño, y se asoció con que ambos cuadros se superpusieran (Palladini et al., 2023).
    • Conductas de castigo. Worden advierte que, cuando la culpa es muy intensa, puede aparecer una necesidad de castigo que se expresa en consumo de sustancias o autolesiones.

    Imagina a una persona que iba en el auto con su hermano, que murió, y que salió con una fractura. Meses después sigue sin poder escuchar la música de ese día, evita a su familia porque no soporta que le digan «tuviste suerte» y cada vez que se ríe siente que debería pagar por ello. Esas reacciones son la forma en que la mente intenta darle sentido a algo que no lo tiene, y hablan de cuánto pesó el vínculo.

    Situaciones en que la investigación la ha estudiado

    Situación Qué mostró la investigación
    Terremotos En 706 adolescentes evaluados tres años y medio después del terremoto de Ya’an, la culpa del superviviente se asoció con más estrés postraumático y también con más crecimiento postraumático (Wang et al., 2018).
    Terremoto de Türkiye y Siria En 127 personas expuestas, la culpa del superviviente medió en parte la relación entre un esquema de pesimismo y la gravedad del estrés postraumático (Kızılpınar y Kılıç-Demir, 2025).
    COVID-19 Predijo depresión, estrés postraumático y problemas de sueño un mes después del alta (Palladini et al., 2023).
    Combate En 61 veteranos con estrés postraumático, la culpa por lo que se hizo y la culpa por haber sobrevivido predijeron la gravedad del cuadro de forma independiente (Esquillo et al., 2026).
    Suicidio de un ser querido En 154 dolientes, la culpa se asoció con más depresión, duelo prolongado y síntomas postraumáticos (Wagner et al., 2021).

    ¿Es normal sentir culpa por haber sobrevivido?

    Sí, en su forma moderada. Worden (2013) describe los sentimientos moderados, incluso irracionales, de remordimiento y autocuestionamiento como parte de las reacciones normales de la fase aguda del duelo. Neimeyer (2019) la ve como una transición inicial en la que la persona intenta acomodar el impacto de la pérdida en sus creencias previas.

    Un estudio con adolescentes sobrevivientes de terremoto añade un matiz que casi nunca se menciona. Los autores hablan de un efecto de «doble filo»: la culpa del superviviente se asoció con más síntomas de estrés postraumático, pero también con más crecimiento postraumático, y la gratitud y el apoyo social funcionaron como mediadores (Wang et al., 2018). Es una asociación observada en una sola muestra, pero ayuda a entender que la culpa puede ser también la forma en que la persona expresa cuánto le importaba quien se fue.

    La culpa se complica cuando se vuelve persistente, destructiva o irracional, cuando lleva a conductas de autocastigo o cuando se transforma en una autocrítica circular que paraliza (Worden, 2013; Neimeyer, 2019). Neimeyer añade una trampa: a veces la persona se aferra a la culpa porque siente que es la única manera de seguir ligada a quien murió, como prueba de haber sido una buena madre o un buen compañero.

    ¿Cómo se relaciona con el estrés postraumático y la depresión?

    La culpa y el estrés postraumático se alimentan mutuamente. Un metaanálisis de 163 estudios con más de 35.000 sobrevivientes de trauma encontró una asociación moderada entre la culpa relacionada con el trauma y los síntomas postraumáticos (r = 0,38) (Kip et al., 2022). Otro metaanálisis de tres niveles halló que tanto la vergüenza como la culpa se correlacionan con los síntomas postraumáticos, y que la relación de la culpa era algo más fuerte en culturas occidentales que orientales (Shi et al., 2021).

    El mecanismo que describe Foa (2007) ayuda a entenderlo. Las cogniciones de culpa refuerzan la idea de incompetencia personal y de que el mundo es peligroso, y eso alimenta la evitación de recuerdos y situaciones. Al evitar, la memoria traumática no se procesa y los síntomas se mantienen.

    La depresión entra por otra puerta. En los veteranos del estudio de 2026 la culpa por lo hecho (y no tanto la del superviviente) pesó sobre la evitación y el entumecimiento a través de la depresión (Esquillo et al., 2026). Si además de la culpa hay desánimo, pérdida de interés o cambios en el sueño, conviene evaluar ambos cuadros. Para el contexto general, tienes la guía sobre el trastorno de estrés postraumático y el artículo sobre trauma psicológico y su evaluación.

    ¿Cómo superar la culpa del superviviente? 7 pasos con respaldo

    Estos pasos no reemplazan una terapia cuando hay un trauma de por medio. Son una orientación y material para llevar a la consulta.

    1. Ponle palabras a la pregunta

    «¿Por qué yo?» suele funcionar como un ruido de fondo. Escríbela con todos sus complementos: «¿Por qué yo sobreviví y mi amigo no?», «¿por qué no me quedé más tiempo con ella?». Ponerla por escrito la saca de la rumiación y la convierte en algo que se puede examinar.

    2. Haz una comprobación de realidad

    Worden (2013) la llama «reality testing»: revisar con detalle qué hiciste realmente antes y durante el suceso, con los hechos delante, y comparar eso con lo que la culpa afirma. Anota qué sabías en ese momento, qué opciones tenías de verdad y qué fue imposible de prever. En la terapia de exposición, el terapeuta discute con el paciente cuánto era previsible lo ocurrido, y el recuerdo detallado a veces revela que resistirse o actuar distinto habría empeorado las cosas (Foa et al., 2007).

    3. Separa lo que sí fue tuyo de lo que no

    Si tras esa revisión hay una parte de responsabilidad real, tratarla como culpa sana, de las que piden reparación, cambia el camino. Herman (2015) plantea que, cuando existe responsabilidad moral, la recuperación pasa por hacerse cargo de ella en el presente con actos de reparación, y Worden (2013) describe, para esos casos, trabajar la búsqueda del perdón, por ejemplo con una carta o una silla vacía guiadas. Si no hay nada de tu parte, el paso es soltar un peso que no te corresponde, y por eso conviene repartir la responsabilidad entre todo lo que influyó, no solo tu decisión.

    4. Cuéntalo, y que te escuchen sin apurarte

    Herman (2015) plantea que quien carga con esta culpa necesita que alguien reconozca la realidad de lo que pasó y la escuche sin juzgar, y que una absolución rápida o condescendiente no le sirve. Worden (2013) suma los grupos de pares, como los de supervivientes de suicidio. Hablarlo con una persona de confianza, con un grupo o con un terapeuta es el punto de partida. Los datos respaldan el valor del vínculo: en un seguimiento de seis años a 152 dolientes por suicidio, el apoyo social y la posibilidad de hablar del tema predijeron menos duelo complicado y depresión, mientras que sentirse desconectado predijo más (Levi-Belz, 2023).

    5. Escribe sobre ello

    El protocolo de escritura expresiva de Pennebaker y Smyth (2016) propone escribir de 15 a 20 minutos al día durante 3 o 4 días seguidos, en privado, sin corregir. El primer día cuenta qué ocurrió y qué sientes. Los siguientes, busca ordenar el relato: qué estaba fuera de tu control y qué aprendiste. Es normal sentir tristeza después. Si la angustia se vuelve abrumadora, detente y cambia a un tema más neutro. Neimeyer (2019) propone una variante para el duelo: las cartas que no se envían, dirigidas a la persona fallecida.

    6. Trátate como tratarías a un amigo en tu lugar

    Neff (2016) describe la autocompasión como reconocer el dolor, recordar que la vulnerabilidad es parte de la condición humana y pedirte amabilidad. Una pausa breve consiste en decirte: «Este es un momento de sufrimiento», «perder y sentir culpa es parte de ser humano, y no tuve el control total de lo ocurrido», «pido ser amable conmigo en este momento». Puedes partir por el test de autocompasión.

    7. Busca una forma de honrar a quien no está sin castigarte

    Worden (2013) describe la tarea de hallar una conexión duradera con la persona fallecida mientras se emprende una vida nueva, y señala que seguir adelante deja intacto el amor y la memoria de quien murió. McCullough (2008) propone, cuando el daño pasado no puede repararse, orientar la reparación hacia el futuro, por ejemplo con un compromiso concreto que tenga que ver con lo que esa persona valoraba. Puede ser donar, ayudar a otros en una situación parecida o simplemente cuidar la vida que se te dio con algo que a ella le habría gustado.

    ¿Qué dice la evidencia sobre el tratamiento?

    Conviene ser claro con lo que se sabe y lo que no. Un artículo de 2021 que resume la literatura señala que la culpa del superviviente se ha estudiado poco como objetivo directo del tratamiento y que sus modelos cognitivos todavía requieren validación (Murray et al., 2021a). La búsqueda hecha para este artículo no encontró ensayos clínicos controlados centrados solo en culpa del superviviente. Lo que sí hay son estudios sobre culpa relacionada con el trauma, un concepto más amplio, y trabajos preliminares sobre la culpa del superviviente.

    • Revisión de tratamientos para la culpa postrauma. Una revisión sistemática de 15 estudios con muestras de al menos 50 personas, civiles y militares, halló una fuerza de evidencia moderada de que los tratamientos cognitivos y los de exposición reducen de forma similar la culpa postrauma. Concluyó que conviene trabajar el suceso en terapia y evitar quedarse en un acompañamiento menos directivo, como el asesoramiento de apoyo (Serfioti et al., 2022).
    • Terapia breve centrada en la culpa. En un ensayo con 145 veteranos, seis sesiones de una terapia que ayuda a evaluar con precisión el propio papel en el suceso y a retomar los valores (TrIGR) redujeron la culpa más que la terapia de apoyo (tamaño del efecto d = 0,92). También hubo más respuesta al tratamiento del estrés postraumático (67 % frente a 40 %) y más personas que dejaron de cumplir criterios del diagnóstico (50 % frente a 14 %) (Norman et al., 2022). La muestra era de veteranos, en su mayoría hombres, y la culpa era de distintos tipos, no solo la del superviviente.
    • Reescritura de imágenes. En un estudio piloto con 13 personas con estrés postraumático, dos sesiones consecutivas de imaginería (elaborar el recuerdo y luego reescribirlo) produjeron mejoras en las cogniciones, emociones y malestar ligados a la culpa del superviviente (Murray et al., 2021b). Es una prueba de concepto sin grupo control, así que es una pista.
    • Modelo cognitivo. Un artículo de revisión y propuesta clínica integra los modelos del estrés postraumático, la lesión moral y el duelo traumático para sugerir estrategias de tratamiento, pero sus autores advierten que ni el modelo ni las técnicas están validados todavía (Murray et al., 2021a).

    Un estudio cualitativo con 14 adultos israelíes que perdieron a un ser querido en un suceso traumático encontró que manejan la culpa con dos discursos que conviven: aceptarla y rechazarla (Pitcho, 2025). Para quien se siente dividido, oscilar entre «fue mi culpa» y «no fue mi culpa» es parte del proceso, sin que signifique que lo estés haciendo mal.

    Culpa del superviviente en el duelo por suicidio

    El suicidio de un ser querido merece un apartado propio. Worden (2013) señala que la culpa es considerablemente más frecuente e intensa que tras otros tipos de muerte, con la idea obsesiva de que se pudo hacer algo para impedirla, y a veces con «culpa por sentir alivio» cuando el vínculo era muy conflictivo.

    La investigación apunta en la misma dirección. En 154 personas alemanas dolientes por suicidio, la culpa se asoció con depresión, duelo prolongado y síntomas postraumáticos, más allá del tiempo transcurrido (Wagner et al., 2021). Y en el seguimiento a seis años citado antes, la sensación de no pertenecer predijo duelo complicado y depresión a través de la vergüenza vinculada al suicidio (Levi-Belz, 2023). Si estás en esta situación, además del trabajo con la culpa conviene sostener el apoyo social y evaluar el riesgo. Hay una guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas y otra sobre duelo traumático.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Worden (2013) distingue entre acompañar un duelo no complicado y tratar uno complicado, y recomienda derivar cuando el duelo es crónico, retrasado, exagerado o enmascarado por síntomas físicos o conductuales graves, cuando aparece una depresión mayor y cuando hay impulsos suicidas o conductas autodestructivas. En la práctica, conviene consultar si:

    • la culpa dura semanas o meses y no baja;
    • te quita el sueño, el ánimo o la capacidad de trabajar y cuidar de ti;
    • tienes recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación o sobresaltos desde el suceso;
    • usas alcohol u otras sustancias para aguantar, o te haces daño;
    • sientes que no mereces seguir con vida o piensas en desaparecer.

    Si aparecen pensamientos de hacerte daño, no esperes. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio) o ir a un servicio de urgencia. La Organización Mundial de la Salud describe el estrés postraumático como un trastorno tratable, y la guía sobre duelo explica cómo distinguir un proceso esperable de uno que necesita acompañamiento.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la culpa del superviviente en psicología?

    Es el sentimiento de culpa o de no merecer estar bien que aparece al sobrevivir a un suceso en el que otros murieron o sufrieron (Hutson et al., 2015). Suele formar parte del estrés postraumático, del duelo o de ambos, y no tiene un diagnóstico independiente.

    ¿Cuáles son los síntomas de la culpa del superviviente?

    Pensamientos repetidos de «debí haber…», la pregunta «¿por qué yo?», rumiación, culpa al sentirse bien, aislamiento y, a veces, síntomas de depresión, estrés postraumático o problemas de sueño (Palladini et al., 2023; Worden, 2013). En casos graves puede haber consumo de sustancias o autolesiones.

    ¿Es normal sentir culpa por haber sobrevivido?

    En su forma moderada, sí. Forma parte de las reacciones esperables en la fase aguda del duelo y del trauma (Worden, 2013). Se considera complicada cuando es persistente, destructiva o lleva al autocastigo, y ahí conviene pedir apoyo profesional.

    ¿La culpa del superviviente se supera?

    Hay trabajos que muestran mejoras con terapias que abordan directamente la culpa, como el ensayo con veteranos (Norman et al., 2022) y la reescritura de imágenes (Murray et al., 2021b), aunque en muestras limitadas. Lo que muestran los estudios de trauma es que la evitación mantiene los síntomas, así que conviene mirarla y procesarla con apoyo.

    ¿La culpa del superviviente es lo mismo que el TEPT?

    Son cosas distintas. El estrés postraumático es un trastorno con un conjunto de síntomas, y la culpa del superviviente es uno de los contenidos posibles de esos síntomas (American Psychiatric Association, 2022). Pueden aparecer juntos, y la culpa se asocia con más gravedad del cuadro (Kip et al., 2022), pero también puede presentarse sin él.

    ¿Cuándo debo consultar a un psicólogo?

    Cuando la culpa dura semanas o meses, afecta tu sueño, ánimo o relaciones, viene con recuerdos intrusivos o evitación, o aparecen ideas de hacerte daño. En ese último caso, llama de inmediato al *4141.

    Si la culpa te acompaña hace meses, merece un espacio propio

    La culpa del superviviente mejora cuando se revisa con hechos, se comparte con alguien que escuche, se repara lo reparable y encuentra un lugar en tu historia que no te obligue a sufrir para recordar.

    Si quieres trabajarla con acompañamiento, puedes escribirnos desde la página de contacto y contarnos qué te gustaría cambiar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto rev.). American Psychiatric Publishing.

    Esquillo, M. A., Kumar, R., Morris, E. E., Bass, C., Turner, M., Tillman, G., Hart, J., Jr., & Motes, M. A. (2026). Action-guilt, survivor-guilt, and depression in combat-related PTSD. PLOS ONE, 21(7), e0351689. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0351689

    Foa, E. B., Hembree, E. A., & Rothbaum, B. O. (2007). Prolonged exposure therapy for PTSD: Emotional processing of traumatic experiences. Therapist guide. Oxford University Press.

    Herman, J. L. (2015). Trauma y recuperación: El impacto de la violencia, desde el abuso doméstico hasta el terror político. Basic Books.

    Hutson, S. P., Hall, J. M., & Pack, F. L. (2015). Survivor guilt: Analyzing the concept and its contexts. Advances in Nursing Science, 38(1), 20-33. https://doi.org/10.1097/ans.0000000000000058

    Kip, A., Diele, J., Holling, H., & Morina, N. (2022). The relationship of trauma-related guilt with PTSD symptoms in adult trauma survivors: A meta-analysis. Psychological Medicine, 52(12), 2201-2211. https://doi.org/10.1017/s0033291722001866

    Kızılpınar, S. Ç., & Kılıç-Demir, B. (2025). Survivor guilt as a mediator between post-traumatic stress disorder and pessimism schema after Türkiye-Syria earthquake. Behavioral Sciences, 15(9), 1199. https://doi.org/10.3390/bs15091199

    Levi-Belz, Y. (2023). Interpersonal facilitators of complicated grief and depression in the aftermath of suicide loss: The mediated roles of suicide-related shame and guilt. Suicide and Life-Threatening Behavior, 53(4), 680-691. https://doi.org/10.1111/sltb.12973

    McCullough, M. E. (2008). Beyond revenge: The evolution of the forgiveness instinct. Jossey-Bass.

    Murray, H., Medin, E., & Brown, G. (2021b). Treatment of survivor guilt after trauma using imagery rescripting: A proof-of-concept study. Behavioural and Cognitive Psychotherapy, 49(1), 124-128. https://doi.org/10.1017/s1352465820000715

    Murray, H., Pethania, Y., & Medin, E. (2021a). Survivor guilt: A cognitive approach. The Cognitive Behaviour Therapist, 14, e28. https://doi.org/10.1017/s1754470x21000246

    Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo. Paidós.

    Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.

    Norman, S. B., Capone, C., Panza, K. E., Haller, M., Davis, B. C., Schnurr, P. P., Shea, M. T., Browne, K., Norman, G. J., Lang, A. J., Kline, A. C., Golshan, S., Allard, C. B., & Angkaw, A. (2022). A clinical trial comparing trauma-informed guilt reduction therapy (TrIGR), a brief intervention for trauma-related guilt, to supportive care therapy. Depression and Anxiety, 39(4), 262-273. https://doi.org/10.1002/da.23244

    Palladini, M., Mazza, M. G., Scalabrini, A., Rovere Querini, P., Poletti, S., & Benedetti, F. (2023). The burden of survivorship: Survivor guilt and its association with psychiatric sequelae in COVID-19 patients. Journal of Clinical Medicine, 12(9), 3117. https://doi.org/10.3390/jcm12093117

    Pennebaker, J. W., & Smyth, J. M. (2016). Opening up by writing it down: How expressive writing improves health and eases emotional pain (3.ª ed.). Guilford Press.

    Pitcho, S. (2025). Surviving grievers of traumatic loss: A dialectical approach to survivor guilt management. Death Studies, 50(8), 1456-1466. https://doi.org/10.1080/07481187.2025.2513985

    Serfioti, D., Murphy, D., Greenberg, N., & Williamson, V. (2022). Effectiveness of treatments for symptoms of post-trauma related guilt, shame and anger in military and civilian populations: A systematic review. BMJ Military Health, 170(6), 519-528. https://doi.org/10.1136/military-2022-002155

    Shi, C., Ren, Z., Zhao, C., Zhang, T., & Chan, S. H.-W. (2021). Shame, guilt, and posttraumatic stress symptoms: A three-level meta-analysis. Journal of Anxiety Disorders, 82, 102443. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2021.102443

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Wagner, B., Hofmann, L., & Grafiadeli, R. (2021). The relationship between guilt, depression, prolonged grief, and posttraumatic stress symptoms after suicide bereavement. Journal of Clinical Psychology, 77(11), 2545-2558. https://doi.org/10.1002/jclp.23192

    Wang, W., Wu, X., & Tian, Y. (2018). Mediating roles of gratitude and social support in the relation between survivor guilt and posttraumatic stress disorder, posttraumatic growth among adolescents after the Ya’an earthquake. Frontiers in Psychology, 9, 2131. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.02131

    Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.

    Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Autismo y duelo: cómo se vive distinto

    Autismo y duelo: cómo se vive distinto

    Murió alguien importante y la persona autista de la familia no llora en el velorio, pregunta por los trámites y a los pocos días vuelve a su rutina. Alrededor, alguien comenta que “no pareció afectarle”. Esa lectura suele ser equivocada: el autismo y el duelo se cruzan en el modo de expresar, de entender y de tolerar lo que rodea a una muerte, y no en la capacidad de querer o de sufrir.

    En esta guía vas a encontrar qué puede verse distinto en el duelo en el espectro autista, es decir, cuando una persona autista pierde a un ser querido, cómo explicarle la muerte con palabras que no confundan, cómo preparar el funeral y cuándo conviene pedir ayuda. También vas a encontrar algo menos habitual: una advertencia clara sobre lo poco que la investigación ha medido en este cruce, para que sepas qué es dato y qué es orientación razonada.

    Respuesta corta: autismo y duelo, cómo se vive distinto

    Las personas autistas sienten duelo. Lo que cambia, en muchos casos, es la forma: una expresión menos visible, un dolor que tarda en reconocerse, más cansancio sensorial y social en los rituales, y una mayor necesidad de explicaciones literales y de previsibilidad. La investigación que compara el duelo autista con el no autista casi no existe, así que casi todo lo práctico que sigue sale de lo que se sabe del autismo en general y del duelo en general, combinado con cuidado.

    ¿Cómo vive el duelo una persona autista?

    El duelo es la respuesta emocional, física y social a una pérdida. En una persona autista esa respuesta puede tener los mismos ingredientes (tristeza, anhelo, rabia, culpa, alivio) con una presentación distinta. Hay tres cosas que conviene tener claras antes de seguir.

    Primera, el dolor existe aunque no se vea. Un adulto autista que escribió, en primera persona, sobre su duelo anticipatorio y su duelo tras una muerte señaló que este tema ha recibido mucha menos investigación que el de las personas no autistas (Barber, 2022). Es una voz individual, no un estudio con muestra, y vale justamente por eso: detrás de la calma aparente hay alguien que está viviendo una pérdida.

    Segunda, lo que se ha asumido durante años es falso. Una revisión de alcance sobre apoyo al duelo en niños con discapacidad intelectual o autismo parte de una observación incómoda: se los ha considerado incapaces de hacer duelo o de entender la muerte, y por eso a menudo no reciben apoyo, lo que los pone en riesgo de un duelo complicado. De 514 registros revisados en siete bases de datos, solo seis estudios cumplieron los criterios de inclusión (Bonin et al., 2024). Seis estudios en total muestran cuánto falta por investigar.

    Tercera, “distinto” no significa “peor” ni “más grave”. Significa que las señales que los demás esperan (llanto, palabras de pena, abrazos) pueden no aparecer, y que otras señales sí aparecen (más rigidez con las rutinas, más sensibilidad al ruido, retraimiento, preguntas repetidas).

    ¿Por qué parece que no le afecta la muerte de un familiar?

    Cuando una persona autista no reacciona como se espera, el entorno suele concluir frialdad. Varias particularidades emocionales del autismo ayudan a entender por qué esa conclusión falla. Son descripciones de los manuales clínicos (Hartman et al., 2024; Price, 2022) y no mediciones hechas en personas en duelo.

    • Alexitimia. Es la dificultad para identificar y nombrar lo que se siente a partir de las señales del cuerpo. Un metaanálisis de 15 estudios con la Escala de Alexitimia de Toronto encontró alexitimia en cerca de la mitad de las personas autistas (49,93 %), frente a cerca de una de cada veinte entre las no autistas (4,89 %). Los autores la describen como frecuente, no universal, y la entienden como un subgrupo con necesidades propias (Kinnaird et al., 2019). Si quien sufre no logra ponerle nombre a lo que siente, difícilmente lo va a decir en el momento en que se espera.
    • Camuflaje (masking). Muchas personas autistas aprenden a imitar reacciones neurotípicas para no llamar la atención, y con los años eso puede alejarlas de sus propias emociones. En un duelo, la presión de “comportarse como corresponde” puede ser más alta que nunca. Si te interesa este tema en adultos, lo revisamos en autismo en mujeres adultas: señales, camuflaje y diagnóstico tardío.
    • Empatía distinta, no ausente. El llamado problema de la doble empatía sostiene que la dificultad de entendimiento entre personas autistas y no autistas va en los dos sentidos (Milton, 2012). Hay personas autistas que sienten las emociones ajenas con mucha intensidad y otras que expresan el cuidado a través de acciones concretas (ocuparse de un trámite, buscar información, enviar una nota formal) más que a través de la conversación de consuelo.

    Por eso, ante la muerte de un familiar, una persona autista puede verse serena y a la vez estar desbordada por dentro. Y a la inversa: la ausencia de llanto no es un síntoma de nada.

    ¿Puede el duelo llegar tarde o salir por el cuerpo?

    Los manuales clínicos sobre autismo adulto describen que, con la alexitimia y el camuflaje, el dolor emocional puede no reconocerse en el momento. Lo que se ve entonces es un duelo diferido (días o semanas después) o expresado como molestia corporal sin nombre, más sensibilidad sensorial, cansancio extremo, silencio o desconexión (shutdown) y, a veces, colapsos emocionales tardíos (meltdowns) (Hartman et al., 2024; Price, 2022).

    Hay un concepto relacionado que sí tiene estudio propio. Un trabajo con 19 entrevistas a adultos autistas y 19 fuentes públicas de internet describió el burnout autista como agotamiento crónico, pérdida de habilidades y menor tolerancia al estímulo, que aparece cuando las exigencias acumuladas superan los recursos y no hay forma de aliviar la carga (Raymaker et al., 2020). Una muerte cercana suma trámites, visitas, ruido, cambios de rutina y expectativas emocionales, todo a la vez, de modo que puede empujar a alguien hacia ese agotamiento. Es una lectura razonable, no un hallazgo demostrado en duelo. Para ampliar, mira nuestra guía sobre burnout autista en adultos.

    ¿Qué relación hay entre alexitimia y duelo?

    Aquí la evidencia existe, pero viene de personas no autistas y no es unánime. Conviene mirarla completa:

    • En 54 mujeres japonesas que habían perdido a su cónyuge o a un familiar de primer grado, las reacciones de duelo se asociaron con la dificultad para identificar sentimientos (Nakao et al., 2005).
    • En una muestra general japonesa de 948 personas de 40 a 79 años, en cambio, la alexitimia explicó muy poco del duelo complicado (entre 2 y 4 %), bastante menos que de los síntomas depresivos (37-38 %). Los autores sugieren que los mecanismos son distintos (Deno et al., 2011).
    • En terapia de grupo para duelo complicado, mayor alexitimia se asoció con peores resultados, y entre un tercio y la mitad de ese efecto pasaba por cómo reaccionaba el terapeuta hacia el paciente (Ogrodniczuk et al., 2005).

    Qué se desprende de esto: no puede afirmarse que “más alexitimia es igual a más duelo complicado”, y menos todavía trasladarlo al autismo. Sí se desprende algo práctico: la forma en que el profesional o la familia responde a alguien que expresa poco importa, porque la interpretación apresurada (“no siente nada”) empeora el vínculo con quien intenta ayudar.

    ¿Cómo explicarle la muerte a alguien autista?

    Las guías de duelo que revisamos están escritas para niños en general y ninguna menciona expresamente el autismo. Aun así, sus pautas sobre lenguaje literal coinciden de forma notable con lo que se sabe del pensamiento concreto, y por eso suelen usarse como base. Adaptarlas a una persona autista, de cualquier edad, es una decisión razonada y no una recomendación validada en autismo.

    Qué decir. Palabras directas (“murió”, “está muerto”) y una explicación física simple: el cuerpo dejó de funcionar, ya no respira, no siente dolor, no come, no puede volver. Esa es la línea que siguen las guías del Dougy Center y la guía en español de Cid Egea (2011), que además sugieren dosificar la información según lo que la persona pueda asimilar.

    Qué evitar. Los eufemismos, porque se toman al pie de la letra:

    • “Se durmió” puede generar miedo a dormir.
    • “Se fue de viaje” puede generar una espera ansiosa del regreso.
    • “Lo perdimos” suena a que alguien lo extravió.
    • “Dios se lo llevó por ser bueno” puede hacer pensar que portarse bien es peligroso.

    Las creencias de la familia pueden compartirse, pero después de dejar claro lo que le pasó al cuerpo.

    Qué hacer con las preguntas repetidas. Las hojas de la red NCTSN aconsejan responder con calma y de manera sencilla, recordando que cuando alguien muere no puede regresar. Repetir la pregunta suele ser una forma de comprobar que la respuesta sigue siendo la misma, no un signo de que no se entendió. Esto último es una interpretación, no un dato de esas hojas.

    Despejar la culpa. “Nada de lo que hiciste, dijiste o pensaste causó esto” es una frase que las guías incluyen casi sin excepción. En una persona con pensamiento muy literal conviene decirla en voz alta, porque la culpa también puede construirse sobre una coincidencia (“ayer discutimos y hoy murió”).

    La edad cuenta, y el desarrollo también. Según la revisión de Alvis et al. (2023), los niños pequeños aún no comprenden que la muerte es permanente y pueden esperar literalmente que la persona vuelva (por ejemplo, junto a la puerta), y el papel del cuidador como facilitador del duelo es central. En una persona autista el desarrollo cognitivo no siempre coincide con la edad cronológica, por lo que la explicación se ajusta a lo que entiende hoy y no a lo que “debería” entender.

    Funerales y rituales: persona autista y la muerte de un familiar

    Un velorio es, para cualquiera, intenso. Para muchas personas autistas suma sobrecarga sensorial (luces, olores, murmullos, mucha gente) y exigencias sociales poco explícitas (qué decir, a quién abrazar, cuánto tiempo quedarse). La revisión de Bonin y colaboradores (2024) encontró que, entre las formas de apoyo descritas para niños con discapacidad intelectual o autismo, estaba participar en los rituales de muerte, junto con las conversaciones, el apoyo familiar, los cuentos y las intervenciones profesionales.

    Las guías generales de duelo infantil dan una receta que se adapta bien:

    1. Ofrecer la elección con información. Explicar qué es un velorio y qué es un funeral, qué se va a ver (el ataúd, las flores, gente llorando o abrazándose) y cuánto durará. Quien decide asistir lo hace sabiendo lo que va a encontrar, y quien decide no ir tiene permiso para no hacerlo, sin reproches.
    2. Prepararlo por adelantado. Un guion simple del día, con horarios y pasos (llegar, saludar en voz baja, sentarse, irse), reduce la incertidumbre. Un apoyo visual puede ayudar si la persona los usa habitualmente.
    3. Un adulto de confianza al lado. Alguien que responda dudas, que pueda salir con ella o con él si se abruma y que sepa leer las señales de saturación.
    4. Un lugar de pausa. Un rincón tranquilo, audífonos con cancelación de ruido, permiso para salir a caminar.
    5. Alternativas. Si no quiere asistir, queda la posibilidad de visitar el cementerio más adelante, de hacer un homenaje privado en casa (un álbum de recuerdos, cartas, dibujos, una comida favorita del fallecido) o de despedirse por escrito. Las guías de Cid Egea y del Dougy Center insisten en respetar el “no” y ofrecer una vía creativa distinta.

    ¿Qué ayuda a una persona autista adulta en duelo?

    Un adulto autista no necesita que le expliquen qué es la muerte, pero sí puede necesitar condiciones que bajen la carga. Las acomodaciones que describe la literatura sobre burnout autista (Raymaker et al., 2020; Hartman et al., 2024; Price, 2022) son un punto de partida, aunque nadie las ha probado específicamente en duelo:

    • Menos demandas por un tiempo. Liberar de tareas secundarias, de visitas innecesarias y de decisiones que pueden esperar.
    • Menos carga sensorial. Luz baja, silencio, un lugar propio para retirarse, permiso para el stimming.
    • Comunicación a su ritmo. Mensajes escritos en vez de conversaciones cara a cara obligatorias; hablar de lo difícil mientras se hace otra cosa (caminar, cocinar) en vez de mirándose a los ojos.
    • Rutinas visibles. Listas cortas o esquemas de pasos para los días en que organizar el día cuesta más de lo normal.
    • Soledad sin culpa. Un tiempo a solas no equivale a rechazo ni a depresión; puede ser recuperación.
    • Nada de “tienes que llorar”. Preguntar qué necesita, ofrecer elegir entre dos opciones concretas y aceptar que el duelo se exprese en tareas, en intereses o en silencio.

    ¿Cuándo el duelo de una persona autista necesita ayuda profesional?

    Los criterios existentes se desarrollaron sin pensar en el autismo, y ninguno ha sido validado en este grupo. Con esa salvedad, son los que hay, y conviene conocerlos.

    La CIE-11 de la OMS describe el trastorno por duelo prolongado como una respuesta de duelo persistente (anhelo o preocupación por la persona fallecida con dolor emocional intenso) que dura más de seis meses, supera las normas culturales de su entorno y deteriora de forma significativa el funcionamiento (OMS, 2024). El DSM-5-TR exige al menos 12 meses desde la muerte en adultos y 6 meses en niños y adolescentes, con anhelo o preocupación casi todos los días y al menos tres de ocho síntomas acompañantes (entre ellos entumecimiento emocional, dificultad para reintegrarse a la vida, soledad intensa o sensación de que la vida no tiene sentido) (Prigerson et al., 2021; Szuhany et al., 2021).

    Hay un detalle que importa mucho acá: varios de esos síntomas (entumecimiento, aislamiento, dificultad para volver a las actividades) se parecen a rasgos que una persona autista puede tener de siempre o a un burnout. Por eso la pregunta útil es qué cambió respecto de su forma habitual. Conviene pedir una evaluación con un profesional que conozca el autismo si:

    • Pasan los meses y la persona sigue sin poder hacer cosas que antes hacía (trabajar, estudiar, comer, dormir, mantener su higiene) y la diferencia con su línea de base es clara.
    • Aparecen ideas de muerte propia, autolesiones o conductas de riesgo. En Chile, la Línea de Prevención del Suicidio del Minsal es el *4141; ante peligro inmediato, urgencias.
    • Hay un aumento marcado de conductas rígidas, de agresividad o de pérdida de habilidades que no cede con las acomodaciones.
    • La culpa o la desesperanza se instalan y la persona lo dice con claridad o con su propio lenguaje.

    También es válido consultar antes, sin esperar plazos, simplemente porque el duelo está resultando muy pesado.

    Cómo acompañar sin juzgar: lo que ayuda a quienes están alrededor

    • Pregunta y no supongas. “¿Quieres hablar, o prefieres que te acompañe sin hablar?” abre más puertas que un “¿por qué no lloras?”.
    • Reconoce la forma de la otra persona. Si ayuda con los trámites, ese es su modo de cuidar y de despedirse.
    • Cuida los cambios. Una muerte rompe rutinas. Mantener horarios de comida, de sueño y de actividades predecibles es una forma concreta de apoyo.
    • Avisa antes de cada cambio. Dónde se va a estar, quién va a venir, cuánto va a durar.
    • Vuelve a ofrecer. El duelo puede aparecer semanas después. Una invitación abierta a conversar vale más que una sola conversación al principio.

    Si buscas una guía general sobre cómo se elabora una pérdida, revisa cómo superar un duelo: etapas reales, tiempos y cuándo pedir ayuda y el artículo general sobre el duelo. Si la dificultad para ponerle nombre a lo que se siente es frecuente, también puede orientarte lo que explicamos sobre la alexitimia.

    Lo que todavía no sabemos

    Esta guía depende de lo que existe, y lo que existe es poco. Conviene dejarlo escrito sin adornos:

    • No hay estudios que midan con qué frecuencia las personas autistas desarrollan duelo prolongado, ni si difiere de la población general.
    • No hay intervenciones de duelo adaptadas al autismo con resultados medidos; lo disponible son descripciones y guías de buenas prácticas.
    • Las pautas de lenguaje literal vienen de guías de duelo infantil que no mencionan el autismo.
    • La relación entre alexitimia y duelo, en general y en autismo, no está resuelta.
    • Muchas descripciones de duelo diferido o de shutdown provienen de manuales clínicos y de relatos, no de estudios con grupos de comparación.

    Cuando alguien te diga con seguridad que “las personas autistas viven el duelo de tal manera”, pregúntate de dónde sale. Por ahora, la respuesta honesta es que hay observación clínica y testimonio, y poca medición.

    Preguntas frecuentes

    ¿Las personas autistas sienten duelo?

    Sí. Pueden sentir tristeza, anhelo, rabia, culpa o alivio como cualquiera. Lo que suele cambiar es cómo se expresa y cuándo se reconoce: con menos señales visibles, con más expresión a través del cuerpo, de acciones prácticas o del silencio, y a veces con retraso. Que no llore o que no hable de ello no indica que no le afecte.

    ¿Cómo explicarle la muerte a alguien autista?

    Con palabras literales y una explicación física simple: murió, su cuerpo dejó de funcionar, no respira ni siente dolor y no puede volver. Evita eufemismos como “se durmió” o “se fue de viaje”. Responde las preguntas repetidas con la misma frase tranquila, aclara que nadie causó la muerte y cuéntale por adelantado qué va a pasar en el funeral.

    ¿Debería ir una persona autista al funeral?

    Es una decisión que conviene tomar con información y sin presión. Explícale qué va a ver y cuánto durará, ofrece un acompañante y un lugar de pausa, y deja claro que puede irse cuando quiera. Si prefiere no asistir, hay alternativas válidas: visitar el cementerio después, hacer un homenaje en casa, escribir una carta o armar un álbum de recuerdos.

    ¿Cuánto dura el duelo en el espectro autista?

    Faltan datos específicos para el autismo. En la población general, la CIE-11 considera prolongado un duelo que supera los seis meses y deteriora el funcionamiento, y el DSM-5-TR exige 12 meses en adultos y 6 en niños. Para una persona autista, lo útil es comparar con su forma habitual de funcionar y consultar si el deterioro persiste.

    ¿Un shutdown o un burnout puede confundirse con duelo prolongado?

    Puede haber superposición, porque el retraimiento, el cansancio y la dificultad para retomar actividades aparecen en ambos. Por eso conviene una evaluación con un profesional que conozca el autismo, que mire qué cambió respecto de la línea de base de la persona y qué estaba ocurriendo antes de la pérdida.

    ¿Cómo apoyar a un adulto autista que perdió a un ser querido?

    Reduce demandas y carga sensorial por un tiempo, ofrece comunicación escrita o mientras hacen otra actividad, mantén rutinas predecibles y avisa de los cambios. No le exijas una forma de expresar el dolor. Pregúntale qué necesita con opciones concretas, y ten presente que el duelo puede aparecer más tarde.

    Si quieres conversarlo con un profesional

    Cada duelo es personal, y en una persona autista conviene ajustar el apoyo a su manera de procesar y de expresar. Si tú o alguien de tu familia está pasando por esto y quieres orientación, puedes agendar una consulta online: se trata de acompañar sin forzar una forma de duelo que no es la tuya.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0

    Barber, C. (2022). Anticipatory grief and bereavement: The perspective of an individual with autism. British Journal of Community Nursing, 27(8), 378-383. https://doi.org/10.12968/bjcn.2022.27.8.378

    Bonin, M., Augustine, L., & Meng, Q. (2024). Beyond silence: A scoping review of provided support for grieving children with intellectual disabilities or autism spectrum disorder. OMEGA – Journal of Death and Dying, 92(4), 2267-2282. https://doi.org/10.1177/00302228231226343

    Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo.

    Deno, M., Miyashita, M., Fujisawa, D., Nakajima, S., & Ito, M. (2011). The relationships between complicated grief, depression, and alexithymia according to the seriousness of complicated grief in the Japanese general population. Journal of Affective Disorders, 135(1-3), 122-127. https://doi.org/10.1016/j.jad.2011.06.037

    Dougy Center: The National Grief Center for Children & Families. (2025). Ten tips for supporting children who are grieving. Dougy Center.

    Hartman, D., O’Donnell-Killen, T., Doyle, J. K., Kavanagh, M., Day, A., & Azevedo, J. (2024). The adult autism assessment handbook: A neurodiversity-affirmative approach. Jessica Kingsley Publishers.

    Kinnaird, E., Stewart, C., & Tchanturia, K. (2019). Investigating alexithymia in autism: A systematic review and meta-analysis. European Psychiatry, 55, 80-89. https://doi.org/10.1016/j.eurpsy.2018.09.004

    Milton, D. E. M. (2012). On the ontological status of autism: The ‘double empathy problem’. Disability & Society, 27(6), 883-887. https://doi.org/10.1080/09687599.2012.710008

    Nakao, M., Kashiwagi, M., & Yano, E. (2005). Alexithymia and grief reactions in bereaved Japanese women. Death Studies, 29(5), 423-433. https://doi.org/10.1080/07481180590932535

    National Child Traumatic Stress Network. (2022). Ayuda para los niños en edad escolar con duelo traumático: Consejos para los cuidadores. NCTSN.

    Ogrodniczuk, J. S., Piper, W. E., & Joyce, A. S. (2005). The negative effect of alexithymia on the outcome of group therapy for complicated grief: What role might the therapist play? Comprehensive Psychiatry, 46(3), 206-213. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2004.08.005

    Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders. OMS. https://iris.who.int/handle/10665/375767

    Price, D. (2022). Unmasking autism: Discovering the new faces of neurodiversity. Harmony Books.

    Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823

    Raymaker, D. M., Teo, A. R., Steckler, N. A., Lentz, B., Scharer, M., Delos Santos, A., Kapp, S. K., Hunter, M., Joyce, A., & Nicolaidis, C. (2020). “Having all of your internal resources exhausted beyond measure and being left with no clean-up crew”: Defining autistic burnout. Autism in Adulthood, 2(2), 132-143. https://doi.org/10.1089/aut.2019.0079

    Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Aniversario traumático: por qué ciertas fechas duelen más

    Aniversario traumático: por qué ciertas fechas duelen más

    Todo parecía estar en su lugar. Hace semanas que duermes bien, el trabajo fluye, y de pronto se acerca una fecha y el cuerpo cambia antes que la cabeza: sueño liviano, irritabilidad, un nudo que no tiene explicación. Recién al mirar el calendario cae la ficha. Eso es un aniversario traumático, y le pasa a gente que lleva años de recuperación.

    Un aniversario traumático (o reacción de aniversario) es el aumento de malestar que aparece alrededor de la fecha de un evento traumático o doloroso: una pérdida, una agresión, un accidente, una catástrofe. Existe, tiene explicación y suele pasar. Lo que sigue ordena qué dice la investigación, qué se sabe y qué todavía no, y qué ayuda a atravesar la fecha.

    ¿Qué es un aniversario traumático o reacción de aniversario?

    Es el repunte de recuerdos, emociones y reacciones físicas cuando se acerca o llega una fecha ligada al trauma o a la pérdida. No es un diagnóstico con criterios propios. En la literatura se describe como un fenómeno cuyas definiciones y nombres varían de un estudio a otro (Leaune et al., 2026), y aparece tras muertes, violencia sexual, guerra, desastres y hechos que parecían superados.

    La fecha no tiene por qué ser el día exacto. El malestar puede empezar semanas antes, concentrarse en la víspera o quedar más borroso, con la sensación de que algo no anda bien sin saber qué. Tampoco tiene que ser el aniversario de una pérdida o de un trauma en sentido estricto: un cumpleaños de alguien que murió, una estación del año o una fiesta con carga familiar funcionan igual. Si la fecha que te pesa es la de una muerte, el artículo sobre el duelo traumático entra en ese cruce.

    ¿Por qué me pongo mal en esta fecha aunque haya pasado tiempo?

    Porque el recuerdo del trauma se guarda con sus señales (olores, luz, clima, época del año) y cualquiera de ellas puede encender la alarma completa sin pasar por el pensamiento. La explicación mejor documentada viene de varias teorías que se complementan.

    Según el modelo de procesamiento emocional que Foa, Hembree y Rothbaum (2007) usan en la terapia de exposición prolongada, el miedo queda almacenado como una red que une estímulos (un olor, un momento del día, una estación), reacciones del cuerpo y el significado de peligro. En un TEPT crónico esa red se vuelve demasiado amplia. Una cantidad desproporcionada de señales inofensivas queda enlazada con la idea de amenaza, y al toparse con una, el sistema reacciona como si el peligro estuviera pasando de nuevo.

    El modelo cognitivo de Ehlers y Clark (2000) añade otra pieza. Un trauma se mantiene cuando la persona lo procesa de un modo que le produce una sensación de amenaza actual, y eso nace de una memoria poco ordenada en el tiempo y de valoraciones muy negativas sobre lo ocurrido. Por eso el aniversario no se siente como un recuerdo del pasado. Se siente como algo que ocurre ahora. Un estudio en sobrevivientes de agresión mostró algo parecido: tener recuerdos intrusivos pesa poco para predecir el TEPT, pero cuánto malestar causan, qué tan presentes se sienten y qué tan desligados quedan de su contexto explicó mucho más (Michael et al., 2005).

    Herman (2015) recoge una idea de van der Kolk que apunta en la misma dirección. En un hecho de terror, la memoria se graba en imágenes y sensaciones corporales más que en un relato con principio y fin, así que un estímulo parecido la toca como si el peligro estuviera presente. Y Herman cita un caso clásico de Kardiner: un veterano con un brote de síntomas justo al cumplirse el aniversario de un accidente aéreo ocurrido ocho años antes.

    ¿Es real y a cuánta gente le pasa?

    Es real y está documentada, pero nadie sabe con precisión qué porcentaje de personas la tiene. La evidencia más sólida tiene límites que conviene decir.

    Una revisión sistemática integrativa de 58 estudios concluyó que la literatura respalda la reacción de aniversario tras un duelo: reacciones físicas y psicológicas y, en algunos estudios, más mortalidad alrededor de las fechas (Leaune et al., 2026). Para el trauma en general, el estudio clásico es el de veteranos de la Guerra del Golfo. Se les pidió identificar los meses de más síntomas de TEPT y esos meses se compararon con las fechas documentadas de los hechos traumáticos. Las reacciones coincidieron con esas fechas más a menudo de lo que daría el azar, sobre todo en quienes vivieron más hechos y más graves (Morgan et al., 1998). A los seis años el resultado se repitió, y las parejas de los veteranos detectaron reacciones que ellos mismos no habían notado (Morgan et al., 1999).

    Estudios más recientes en mujeres con duelo o violencia sexual encontraron que las reacciones de aniversario vienen con aumentos significativos de síntomas de TEPT (Bruce y Handal, 2025), y que el malestar del aniversario se asocia a los mismos factores que el TEPT en general (Bruce y Weaver, 2024). Esos trabajos usan muestras que ya reconocían tener la reacción, de modo que no sirven para estimar su frecuencia.

    El único dato de frecuencia que apareció en la búsqueda viene de otro contexto: en 1.498 pacientes de servicios médicos, el 3,6 % tenía una reacción de aniversario con síntomas físicos, y la mayoría tenía además un diagnóstico psiquiátrico (Porcelli et al., 2012). Esa cifra vale para pacientes médicos, no para la población general. La revisión que respalda este artículo no encontró estudios chilenos sobre el tema.

    ¿Cuánto dura una reacción de aniversario?

    Suele concentrarse en unos días o semanas alrededor de la fecha, y con los años tiende a bajar, aunque puede reaparecer. La evidencia sobre su curso es más escasa que la descriptiva.

    Un estudio que midió a 115 personas durante el 50.º aniversario de la violencia en Kent State (1970) y tres meses después encontró más estrés relacionado con el aniversario durante la fecha, pero ningún cambio en los síntomas de TEPT, depresión ni ansiedad, ni siquiera en quienes habían recibido atención de salud mental antes. Los autores concluyen que los aniversarios muy lejanos producen un malestar pasajero sin cambiar el cuadro de fondo (Rabinowitz et al., 2022).

    Diez años después del atentado de Oslo y Utøya, otro estudio con 200 periodistas que cubrieron el hecho mostró que quienes tuvieron más dilemas éticos en 2011 y menos apoyo en el trabajo vivían más estrés en el aniversario. La magnitud de la exposición al hecho no se relacionó con ese estrés, y quienes tenían más estrés de aniversario reportaban menor bienestar actual (Idås y Backholm, 2023). Es una encuesta transversal con recuerdo retrospectivo, así que muestra asociaciones, no causas.

    Hay también un límite honesto. Una revisión de 35 estudios sobre la recurrencia del TEPT tras recuperarse no pudo estimar cuánta gente vuelve a tener un episodio, porque cada estudio la definía de forma distinta (Brooks y Greenberg, 2024). Un repunte en una fecha no equivale a una recaída, pero tampoco existe una cifra que diga cuántos repuntes terminan en un cuadro nuevo.

    Aniversario de una muerte: duelo, trauma y los datos que conviene leer con cuidado

    Cuando la fecha es la de una muerte, la reacción de aniversario se mezcla con el duelo, y los estudios sobre mortalidad en esas fechas son menos concluyentes de lo que se repite.

    En Suecia, un estudio de registros siguió a 48.666 padres y madres que perdieron un hijo menor. Entre las madres hubo más riesgo de morir durante la semana del aniversario de la muerte del hijo (razón de 1,46, con un intervalo de confianza de 0,98 a 2,17), con más enfermedad cardiovascular y suicidio entre las causas. No hubo aumento alrededor del cumpleaños del hijo ni entre los padres (Rostila et al., 2015). El intervalo roza el 1, así que es un indicio y no una certeza.

    Otro estudio sueco con 7.694 adultos que murieron por suicidio tras la muerte de un padre o una madre encontró que, entre las mujeres, el periodo del aniversario hasta dos días después se asociaba con 67 % más probabilidad de suicidio, más marcada en las que habían perdido a su madre (Grotta et al., 2023). Es un riesgo relativo sobre un hecho poco frecuente, calculado en personas que ya murieron. Sirve para que familias y equipos de salud tengan presente la fecha, no para predecir lo que le pasará a alguien en particular. Con la muerte de un hermano adulto, el mismo diseño no encontró más mortalidad en conjunto (Rogne et al., 2026).

    A esto se suma una advertencia metodológica. Parte de la evidencia de “más muertes en cumpleaños y fechas simbólicas” puede ser un artefacto de cómo se registran las defunciones, porque ciertas fechas, como el 1 o el 15, se anotan por defecto cuando falta el dato (Abel y Kruger, 2007).

    Sobre el duelo en sí, un estudio con 614 jóvenes que perdieron a alguien por causas naturales o violentas encontró una reacción de aniversario, con más malestar y menos aceptación al acercarse el segundo año de la muerte. Lo que mejor predecía el estado de duelo era el sentido que la persona había logrado darle a la pérdida, más que el tiempo transcurrido (Holland y Neimeyer, 2010).

    Cuando la muerte fue violenta o repentina, trauma y duelo se entrelazan. Szuhany et al. (2021) describen que el TEPT acompaña al duelo prolongado en hasta un 48 % de los casos, y que la reexperiencia del trauma puede bloquear el duelo. La fecha de aniversario activa entonces dos cosas distintas: la añoranza por la persona y las reacciones de alarma por la forma en que murió. Las fuentes revisadas recomiendan tratar primero el trauma cuando los síntomas de alarma dominan, y pasar al trabajo del duelo cuando bajan a niveles manejables.

    El duelo prolongado, por su parte, se diagnostica cuando el malestar persiste y no baja con el tiempo. El DSM-5-TR exige al menos 12 meses desde la muerte en adultos, con anhelo o preocupación casi todos los días durante el último mes y deterioro del funcionamiento (Prigerson et al., 2021). Un aniversario difícil, por sí solo, no cumple eso.

    ¿Cómo distinguir una reacción esperable de algo que necesita ayuda?

    La diferencia está en cuánto dura, cuánto limita tu vida y si estás evitando. Foa et al. (2007) separan un repunte transitorio, que responde a un desencadenante concreto y se regula en pocos días o semanas, de un TEPT que sigue activo porque la evitación lo alimenta. Herman (2015) describe lo mismo desde el otro lado: la evitación sistemática lleva a achicar la vida, aislarse y apagar las emociones.

    Aspecto Reacción de aniversario esperable Señal para consultar
    Duración Dura días o pocas semanas alrededor de la fecha y baja El malestar sigue pasada la fecha o no baja entre un aniversario y el siguiente
    Funcionamiento Cuesta, pero sigues trabajando, comiendo y cuidándote Dejas de cumplir en el trabajo, en los estudios o en el cuidado básico
    Evitación Quieres estar más tranquilo o evitar algo puntual Rodeas lugares, personas o conversaciones durante meses y tu rutina se achica
    Cuerpo y sueño Sueño liviano, tensión, alguna pesadilla Pesadillas frecuentes, flashbacks que te sacan del presente, alerta constante
    Consumo y ánimo Cansancio y tristeza que van y vienen Alcohol u otras sustancias para anestesiar, aislamiento total
    Pensamientos Dolor, rabia, añoranza Pensamientos de hacerte daño o de que no vale la pena seguir

    El criterio de tiempo viene del DSM-5, que exige que los síntomas del TEPT persistan más de un mes y causen malestar o deterioro significativo. Si te reconoces en la columna de la derecha, conversar con un psicólogo tiene sentido, incluso si el hecho ocurrió hace años. Una duda frecuente es si lo que sientes ya es TEPT, y para eso existe una guía sobre el trastorno de estrés postraumático y un test de TEPT de orientación, que no reemplaza una evaluación.

    ¿Cómo manejar un aniversario traumático? Qué ayuda antes, durante y después

    Anticipar la fecha, cuidar el cuerpo, no evitar ni aislarse y darle un lugar a lo ocurrido es lo que mejor respaldan los marcos clínicos. Hay un punto que importa decir antes: no existe un ensayo clínico que pruebe una intervención específica para el aniversario. Lo que sigue combina lo que se sabe del trauma en general con lo que describen los manuales.

    Antes. La terapia de exposición prolongada incluye este tema en su última sesión. El terapeuta le advierte al paciente que los síntomas pueden resurgir ante fechas difíciles, aniversarios, periodos de estrés y hasta eventos positivos, y le pregunta qué haría si cerca del aniversario volvieran las pesadillas (Foa et al., 2007). La idea es que el repunte se vea como una oportunidad para usar lo aprendido y no como volver a cero. Hacer esa pregunta por tu cuenta ayuda: qué día es, qué puede aparecer, con quién quieres estar, qué no vas a hacer ese día.

    Durante. Herman (2015) pone la seguridad primero, y esa seguridad empieza en el cuerpo. Eso significa cuidar el sueño y la comida, respirar, moverte, planificar dónde vas a estar y revisar con quién cuentas de verdad. El alcohol y otras sustancias para anestesiar el malestar lo empeoran, y la evitación sostenida y el aislamiento mantienen el circuito. Si aparece un flashback, hay técnicas de anclaje al presente que se explican en el artículo sobre flashbacks; son técnicas de consenso clínico, sin ensayo propio que las respalde.

    Dar un lugar a lo ocurrido. Herman (2015) describe cómo la conmemoración y el testimonio transforman el dolor privado, y que contar la historia en un entorno seguro convierte una memoria fragmentada en un relato con principio, desarrollo y fin. En grupo, un programa para el primer aniversario del huracán Katrina reportó, con datos preliminares y sin grupo control, que los talleres ayudaron a enfrentar la reacción de aniversario (Nemeth et al., 2012). Esa es una descripción de programa y no una prueba de eficacia. Para las mujeres que describieron el aniversario de un parto traumático, la fecha fue “un gatillo”, “un mirar el reloj” y “un mar de tristeza” (Beck, 2017). Ponerle nombre ya organiza algo.

    Cuando el repunte no baja. El tratamiento del TEPT funciona. Un metaanálisis de datos individuales encontró que la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma redujo los síntomas frente a no tratar, con una razón de probabilidades de 2,34 a favor de la remisión (Wright et al., 2025). Otro metaanálisis de 34 ensayos mostró que, en población civil, entre el 65 % y el 86 % dejó de cumplir criterios de TEPT tras tratamientos centrados en el trauma, y en veteranos entre el 44 % y el 50 % con terapia de procesamiento cognitivo y exposición prolongada (Milligan et al., 2025). Si el trauma ya se trató y hay un repunte, Foa et al. (2007) contemplan sesiones de refuerzo puntuales para repasar lo aprendido. La guía sobre el EMDR muestra otra opción de tratamiento.

    ¿Cómo acompañar a alguien en una fecha difícil?

    Estar disponible, no forzar y dejar que la persona decida cómo pasa el día. Según Herman (2015), quien sobrevivió es la autora de su recuperación, y los cercanos acompañan sin tomar el control ni imponer cómo conmemorar. Sirven la presencia sin presión para hablar, la escucha sin juicios, la ayuda concreta (hacer un trámite, cocinar, quedarse) y entender que la persona puede oscilar entre querer cercanía y querer estar sola.

    En el caso de una pérdida, las fuentes revisadas coinciden en lo concreto: ofrecer apoyo específico en vez de frases como “avísame si necesitas algo”, nombrar a quien murió con naturalidad y evitar las frases que desautorizan (“tienes que ser fuerte”). Con niños y adolescentes, lo recomendado es mantener rutinas, ofrecerles opciones sobre cómo pasar el día y avisar a la escuela de la fecha.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Conviene consultar si el malestar dura más que unas semanas, si limita tu trabajo o tus relaciones, o si estás usando alcohol u otras sustancias para aguantar. También si hay pesadillas o flashbacks frecuentes, evitación que se extiende o la sensación de que la fecha se volvió una amenaza que organiza tu año. Un trastorno de estrés agudo o un TEPT tienen tratamiento, y empezarlo cerca de una fecha difícil no es un mal momento.

    Si aparecen pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida, no esperes a que pase la fecha: en Chile puedes llamar al *4141 (línea de prevención del suicidio del Minsal) o ir a un servicio de urgencia. La guía de MedlinePlus sobre TEPT y la información de la American Psychological Association sirven para ampliar lo que reconoces en ti.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la reacción de aniversario?

    Es el aumento de malestar (recuerdos, tristeza, miedo, síntomas del cuerpo) que aparece alrededor de la fecha de un trauma o una pérdida. Es un fenómeno descrito en duelo y en trauma, sin diagnóstico aparte. Puede empezar semanas antes y suele pasar en días o semanas.

    ¿Por qué me pongo mal en esta fecha si ya pasó tiempo?

    Porque el recuerdo del trauma guarda señales (clima, luz, época del año, rituales) que pueden reactivar la reacción de alarma sin que lo pienses. Aunque el hecho sea antiguo, el cuerpo reconoce la señal y reacciona como si estuviera ocurriendo ahora.

    ¿Cuánto dura una reacción de aniversario?

    Suele durar días o pocas semanas alrededor de la fecha. Un estudio sobre un aniversario de 50 años encontró malestar pasajero sin cambios en los síntomas de fondo. Si el malestar sigue pasada la fecha, limita tu vida o no baja de un año al siguiente, conviene consultar.

    ¿Es normal sentirme mal en una fecha años después?

    Sí, es una reacción descrita en veteranos, sobrevivientes de violencia y personas en duelo, incluso a los seis o diez años. Que ocurra no significa que hayas retrocedido. Importa más cuánto dura y cuánto te limita.

    ¿Puede una fecha cualquiera, como un cumpleaños o la Navidad, reactivar un trauma?

    Sí. La reacción se ha descrito alrededor de cumpleaños, fiestas y otras ocasiones significativas, no solo del día del hecho. La carga la pone lo que esa fecha significa para ti.

    ¿Cuándo es TEPT y no solo un mal momento?

    Cuando los síntomas de reexperimentación, evitación, ánimo negativo o alerta duran más de un mes y causan deterioro en tu vida. Un repunte puntual en una fecha, que baja en días o semanas, no cumple eso. Un profesional lo evalúa con entrevista, no con un test.

    Para cerrar

    Una fecha puede remover un trauma años después, y eso tiene explicación: el recuerdo guarda señales, y el calendario es una de ellas. La investigación respalda que la reacción existe, que suele ser transitoria y que se atraviesa mejor con anticipación, cuerpo cuidado y apoyo. Lo que no tiene respaldo todavía es una cifra de cuánta gente la vive, ni una intervención probada solo para el aniversario.

    Para ubicar esto en el cuadro general, la guía sobre el trastorno de estrés postraumático ordena síntomas, evaluación y tratamientos. Si la fecha que se acerca te pesa, o ya te pesó este año, escríbeme para agendar una conversación. Este artículo reúne revisiones y estudios publicados hasta 2026, más los textos clínicos de Foa et al. y Herman, y sus hallazgos vienen sobre todo de Estados Unidos, Europa y estudios con veteranos. No reemplaza la evaluación de un profesional.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Abel, E. L., y Kruger, M. L. (2007). Heaping in anniversary reaction studies: A cautionary note. Omega, 54(1), 59-65. https://doi.org/10.2190/v752-6773-1kmw-3334

    Beck, C. T. (2017). The anniversary of birth trauma: A metaphor analysis. The Journal of Perinatal Education, 26(4), 219-228. https://doi.org/10.1891/1058-1243.26.4.219

    Brooks, S. K., y Greenberg, N. (2024). Recurrence of post-traumatic stress disorder: Systematic review of definitions, prevalence and predictors. BMC Psychiatry, 24(1), Artículo 37. https://doi.org/10.1186/s12888-023-05460-x

    Bruce, M. J., y Handal, P. J. (2025). Constructivist correlates to anniversary reactions across bereavement and sexual violence. Omega, 90(3), 1007-1024. https://doi.org/10.1177/00302228221114986

    Bruce, M. J., y Weaver, T. L. (2024). Testing cognitive models to characterize trauma anniversary reactions marked by stress and growth. Omega, 88(3), 1203-1217. https://doi.org/10.1177/00302228211066687

    Ehlers, A., y Clark, D. M. (2000). A cognitive model of posttraumatic stress disorder. Behaviour Research and Therapy, 38(4), 319-345. https://doi.org/10.1016/s0005-7967(99)00123-0

    Foa, E. B., Hembree, E. A., y Rothbaum, B. O. (2007). Prolonged exposure therapy for PTSD: Emotional processing of traumatic experiences: Therapist guide. Oxford University Press.

    Grotta, A., Liu, C., Hiyoshi, A., Berg, L., Kawachi, I., Saarela, J., y Rostila, M. (2023). Suicide around the anniversary of a parent’s death in Sweden. JAMA Network Open, 6(4), Artículo e236951. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2023.6951

    Herman, J. L. (2015). Trauma and recovery: The aftermath of violence, from domestic abuse to political terror. Basic Books.

    Holland, J. M., y Neimeyer, R. A. (2010). An examination of stage theory of grief among individuals bereaved by natural and violent causes: A meaning-oriented contribution. Omega, 61(2), 103-120. https://doi.org/10.2190/om.61.2.b

    Idås, T., y Backholm, K. (2023). Anniversary reactions among journalists covering terror: Stress reactions and well-being 10 years after the terror in Norway. European Journal of Psychotraumatology, 14(2), Artículo 2220632. https://doi.org/10.1080/20008066.2023.2220632

    Leaune, E., Lau-Taï, P., y Pitman, A. (2026). The phenomenon of bereavement anniversary reactions: An integrative systematic review. Death Studies, 50(9), 1528-1545. https://doi.org/10.1080/07481187.2025.2513997

    Michael, T., Ehlers, A., Halligan, S. L., y Clark, D. M. (2005). Unwanted memories of assault: What intrusion characteristics are associated with PTSD? Behaviour Research and Therapy, 43(5), 613-628. https://doi.org/10.1016/j.brat.2004.04.006

    Milligan, T., Smolenski, D., Lara-Ruiz, J., y Kelber, M. S. (2025). Loss of PTSD diagnosis in response to evidence-based treatments: A systematic review and meta-analysis. JAMA Psychiatry, 82(7), 718-727. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2025.0695

    Morgan, C. A., Hill, S., Fox, P., Kingham, P., y Southwick, S. M. (1999). Anniversary reactions in Gulf War veterans: A follow-up inquiry 6 years after the war. American Journal of Psychiatry, 156(7), 1075-1079. https://doi.org/10.1176/ajp.156.7.1075

    Morgan, C. A., Kingham, P., Nicolaou, A., y Southwick, S. M. (1998). Anniversary reactions in Gulf War veterans: A naturalistic inquiry 2 years after the Gulf War. Journal of Traumatic Stress, 11(1), 165-171. https://doi.org/10.1023/a:1024473519720

    Nemeth, D. G., Kuriansky, J., Reeder, K. P., Lewis, A., Marceaux, K., Whittington, T., Olivier, T. W., May, N. E., y Safier, J. A. (2012). Addressing anniversary reactions of trauma through group process: The Hurricane Katrina anniversary wellness workshops. International Journal of Group Psychotherapy, 62(1), 129-142. https://doi.org/10.1521/ijgp.2012.62.1.129

    Porcelli, P., Fava, G. A., Rafanelli, C., Bellomo, A., Grandi, S., Grassi, L., Pasquini, P., Picardi, A., Quartesan, R., Rigatelli, M., y Sonino, N. (2012). Anniversary reactions in medical patients. Journal of Nervous and Mental Disease, 200(7), 603-606. https://doi.org/10.1097/nmd.0b013e31825bfb2e

    Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., y Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823

    Rabinowitz, E. P., Sayer, M. A., Samii, M. R., Straub, E. L., Kutash, L. A., y Delahanty, D. L. (2022). The 50th anniversary of May 4, 1970 is associated with elevations of distress but no increase in mental health symptoms. Stress and Health, 38(3), 556-567. https://doi.org/10.1002/smi.3117

    Rogne, S., Grotta, A., Liu, C., Berg, L., Saarela, J., Kawachi, I., Hiyoshi, A., y Rostila, M. (2026). All-cause mortality around the anniversary of a sibling’s death: Findings from Swedish national register data. American Journal of Epidemiology, 195(3), 824-831. https://doi.org/10.1093/aje/kwaf213

    Rostila, M., Saarela, J., Kawachi, I., y Hjern, A. (2015). Testing the anniversary reaction: Causal effects of bereavement in a nationwide follow-up study from Sweden. European Journal of Epidemiology, 30(3), 239-247. https://doi.org/10.1007/s10654-015-9989-5

    Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., y Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052

    Wright, S. L., Karyotaki, E., Sijbrandij, M., Cuijpers, P., Bisson, J. I., Papola, D., Witteveen, A., Back, S., Bichescu-Burian, D., Capezzani, L., Cloitre, M., Devilly, G., Elbert, T., Mello, M., Ford, J., Grasso, D., Gray, R., Haller, M., Hunt, N., Kleber, R., König, J., Kullack, C., Laugharne, J., Liebman, R., Lee, C., Lely, J., Markowitz, J., Monson, C., Nijdam, M., Norman, S., Olff, M., Orang, T., Ostacoli, L., Paunovic, N., Petkova, E., Rosner, R., Schauer, M., Schmitz, J., Schnyder, U., Smith, B., Vujanovic, A., Zang, Y., y Seedat, S. (2025). Efficacy of cognitive behavioral therapies with a trauma focus for posttraumatic stress disorder: An individual participant data meta-analysis. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 93(6), 401-426. https://doi.org/10.1037/ccp0000942

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y crianza. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Duelo: Tipos, Etapas Reales y Cómo Se Elabora una Pérdida

    Duelo: Tipos, Etapas Reales y Cómo Se Elabora una Pérdida

    El duelo es lo que pasa por dentro cuando pierdes algo o a alguien que sostenía tu vida.

    Casi siempre pensamos en una muerte, y esa es la forma más estudiada, pero también hay duelo después de una separación, de un diagnóstico que te quita salud, de un despido, de una mudanza forzada o de la muerte de un animal con el que viviste quince años.

    Esta página es la guía madre del tema en este sitio. Acá vas a encontrar qué es el duelo, qué tipos de duelo existen (y cuáles de esas etiquetas son diagnósticos y cuáles no), qué dice la investigación sobre las famosas etapas, cómo se elabora una pérdida en la práctica, cuánto suele durar, cuándo se convierte en duelo prolongado y qué tratamiento tiene.

    Desde cada sección puedes saltar a los artículos específicos: el duelo por la muerte de un ser querido, el duelo por una ruptura, el duelo anticipado y el duelo en niños.

    Un aviso antes de empezar. Buena parte de lo que circula sobre el duelo se escribió antes de que alguien lo pusiera a prueba. Cuando se probó, varias ideas no resistieron. Vamos a decir cuáles.

    Respuesta corta

    El duelo es una reacción normal y necesaria ante una pérdida significativa, con un curso propio que ningún calendario fija. No sigue cinco etapas en orden. La mayoría de las personas lo atraviesa con su red de apoyo y sin tratamiento; alrededor de 1 de cada 10 desarrolla un duelo prolongado, que sí tiene terapias eficaces. Consultar conviene cuando la añoranza domina el día, el funcionamiento se deteriora o aparecen ideas de muerte.

    En breve:

    • El duelo es una reacción normal ante una pérdida, no una enfermedad, y no sigue cinco etapas en orden.
    • Solo el duelo prolongado es un diagnóstico formal; alrededor de 1 de cada 10 desarrolla un duelo prolongado.
    • Sufrir por adelantado no protege; estar preparado para la muerte, sí.
    • El reloj no cura; el trabajo de darle sentido a lo que pasó, sí.
    • Conviene consultar cuando la añoranza domina el día, el funcionamiento se deteriora o aparecen ideas de muerte.

    ¿Qué es el duelo?

    El duelo es el proceso de adaptación a una pérdida. Incluye lo que sientes, lo que piensas, lo que le pasa a tu cuerpo y lo que cambia en tu vida social. Un manual de referencia en español lo resume con una frase útil: el duelo es un proceso adaptativo, es decir, que “se va elaborando” (Ordóñez Gallego y Lacasta Reverte, 2007, p. 121).

    Esa palabra, elaborar, importa. El duelo es algo que haces, no algo que te ocurre y ya, aunque no lo sientas así, y que se puede hacer mejor o peor según lo que tengas alrededor.

    Desde la psicología de la emoción, Goleman (1995) describe la tristeza del duelo como una adaptación con función. Baja la energía, retira el interés por los placeres inmediatos y fija la atención en lo perdido, para dar tiempo a asimilar la pérdida, ponderar su significado y hacer los reajustes que hagan falta antes de volver a planificar la vida. Un “retiro reflexivo”, lo llama. Doloroso, pero con sentido.

    Y desde la clínica, el punto de partida que proponen Barreto, Arranz, Barbero y Bayés (2013) es no presuponer patología: ante una pérdida hay reacciones puntuales esperables (llanto, impacto, insomnio), hay un proceso gradual de adaptación, y solo a veces hay una psicopatología franca. Son tres niveles distintos y conviene no confundirlos. Llorar mucho es un duelo, no un síntoma.

    ¿Cuáles son los tipos de duelo?

    Los tipos de duelo se ordenan mejor por lo que se perdió y por cómo transcurre el proceso, y no por listas de ocho o diez etiquetas. En los manuales diagnósticos actuales existe un solo diagnóstico formal relacionado con el duelo, el trastorno de duelo prolongado, incorporado a la CIE-11 en 2018 y al DSM-5-TR en 2022. Todo lo demás (anticipado, por ruptura, infantil, desautorizado) son descripciones útiles de situaciones distintas, no enfermedades. Vamos una por una.

    Duelo por la muerte de un ser querido

    Es la forma más estudiada y la que casi todo el mundo tiene en mente cuando dice “duelo”. Tiene su propio artículo en este sitio, cómo superar un duelo: etapas reales, tiempos y cuándo pedir ayuda, que entra en detalle en el curso típico, en las cifras y en qué hacer semana a semana. Acá va el resumen.

    La mayoría de las personas pasa por un duelo agudo intenso que va cediendo con el tiempo. Una revisión clínica reciente estima que alrededor del 10% desarrolla un duelo prolongado (Szuhany et al., 2021). El resto, con dolor y con altibajos, se adapta. Este dato conviene tenerlo presente porque contradice la idea, muy difundida, de que todo duelo necesita terapia.

    Lo que cambia mucho de una persona a otra es la forma. En unas domina la tristeza; en otras, la rabia o la culpa; en otras, la sensación de irrealidad. Y hay un ingrediente que aparece en casi todas: la añoranza, el querer que la persona vuelva. Ese, y no la negación, es el indicador negativo más constante del duelo, como veremos al hablar de las etapas.

    Duelo anticipado

    El duelo anticipado es el que empieza antes de la muerte, cuando ya se sabe que va a ocurrir: un familiar con cáncer avanzado, un padre con demencia que va dejando de ser quien era. En el abordaje de Barreto et al. (2013), la familia vive ese tiempo como una cadena de pérdidas progresivas y no como un evento único: pérdida de la movilidad y la autonomía del enfermo, pérdida de su rol en la casa, pérdida de la persona tal como la conocían, y también pérdida del propio descanso por la sobrecarga de cuidar.

    No es raro. Un metaanálisis con 18 estudios y 5.470 cuidadores de personas con enfermedades que amenazan la vida encontró duelo anticipado en cerca de 1 de cada 4 (24,8%), con más frecuencia en mujeres y en cuidadores casados (Kustanti et al., 2024).

    Qué dice la evidencia sobre sufrir por adelantado

    Y aquí viene lo que la mayoría de la gente no sabe. Durante décadas se creyó que “ir haciendo el duelo antes” facilitaba el duelo después. Una revisión sistemática de 25 años de estudios con cuidadores no lo confirmó: los niveles altos de duelo antes de la muerte se asociaron con peores resultados después, incluido más duelo complicado. Lo que sí se asoció con un mejor duelo posterior fue sentirse preparado para la muerte, que es otra cosa (Nielsen et al., 2016).

    Cómo prepararse en la práctica

    Ese matiz cambia lo que conviene hacer. Sufrir por adelantado no protege. Estar preparado, sí. Y la preparación tiene ingredientes concretos, según Barreto et al. (2013): que la familia participe en los cuidados físicos (transforma la impotencia en sentimiento de utilidad), que pueda hablar con el enfermo mientras todavía puede hablar, que se rompa la llamada conspiración del silencio (pedirle al equipo que “no le diga nada”), y que el cuidador principal se deje cuidar.

    Intervenciones psicológicas específicas

    ¿Y las intervenciones psicológicas específicas para el duelo anticipado? Existen, pero la evidencia es floja. Un metaanálisis de 2026 en cuidadores de personas con demencia no encontró efecto claro a corto ni a mediano plazo, sí una mejoría a los 6 meses o más, y calificó la certeza de la evidencia como baja o muy baja (Fu et al., 2026). Si cuidas a alguien con demencia, este sitio tiene una guía sobre las primeras señales del Alzheimer y la demencia y otra sobre el deterioro cognitivo en general.

    Duelo por una ruptura de pareja o un divorcio

    Una separación también se vive como duelo, aunque nadie haya muerto. Goleman (1995) la clasifica entre las pérdidas que exigen atravesar un proceso de aflicción para que el cerebro emocional desactive la alarma y pueda mirar al futuro. Beck, Freeman y colaboradores (2003) muestran cómo, en personas con mucha dependencia del vínculo, la ruptura se procesa con pensamiento catastrófico (“no puedo sola con esto”) y puede desencadenar un episodio depresivo.

    Ese tipo de duelo tiene su propia guía en este sitio: cómo superar una ruptura amorosa: etapas y qué ayuda de verdad. Lo que comparte con el duelo por muerte es el mecanismo; lo que lo diferencia es que la persona sigue existiendo, a veces a dos cuadras, y eso complica el cierre.

    Duelo en niños y adolescentes

    Cómo entienden la muerte según la edad

    Los niños hacen duelo, aunque lo hagan distinto. El capítulo de Ordóñez Gallego y Lacasta Reverte (2007) sobre la pérdida del padre o la madre, publicado por la Sociedad Española de Oncología Médica, resume cómo entienden la muerte según la edad:

    • Hasta los 3 o 4 años no la consideran definitiva y la confunden con dormir.
    • Entre los 4 y los 7 sigue siendo algo temporal y reversible, y puede aparecer el “pensamiento mágico” de que un mal deseo la causó.
    • Solo hacia los 9 o 10 años se entiende que es irreversible, universal y que las funciones vitales cesan (pp. 124-125).

    Cómo se ve el duelo en un niño

    Tres miedos se repiten en el duelo infantil, según los mismos autores: “¿Causé yo la muerte?”, “¿Me va a pasar a mí?” y “¿Quién me va a cuidar?”. Y el duelo no se ve como en un adulto. En vez de tristeza sostenida aparecen cambios de conducta, regresiones (volver a mojar la cama, hablar como bebé), irritabilidad, pesadillas, dolores de cabeza o de estómago y caída del rendimiento escolar. Cuanto más pequeño el niño, menos se parece su duelo al de un adulto (p. 125).

    Qué recomiendan los autores

    ¿Qué recomiendan? Decir la verdad con palabras simples, usar la palabra “muerte” sin eufemismos (nada de “se fue de viaje” ni “se quedó dormido”, que traen problemas de sueño y sensación de abandono), dejar que participen en los ritos de despedida si quieren, quitarles la culpa con firmeza, mantener la rutina y las normas, y no cargarles el papel del adulto que faltó (pp. 130-133).

    Qué dicen los estudios sobre intervenir

    ¿Y ayuda intervenir? Sí, con matices. Un metaanálisis con 39 estudios y 5.578 niños y adolescentes encontró que las intervenciones preventivas reducen los síntomas de duelo con un efecto pequeño cuando se comparan con un grupo control, y que el efecto es mucho mayor en los jóvenes que ya tienen un malestar elevado.

    Sus autores advierten que gran parte de la mejoría que se ve sin grupo control corresponde al curso natural del duelo (Hanauer et al., 2024).

    Una revisión de 17 estudios, 15 de ellos ensayos aleatorizados, agrega un hallazgo práctico: los programas que apoyan al padre o madre que queda mejoran la capacidad de ese adulto para sostener a sus hijos, con efectos grandes sobre el duelo traumático de los niños (Bergman et al., 2017).

    En cuanto a cuántos se complican, una revisión sistemática de 2024 reporta prevalencias de duelo prolongado en niños y adolescentes de entre 10,4% y 32%, con más riesgo cuando hay evitación, estresores crónicos, traumas u otras pérdidas, y con el apoyo social como factor protector (Falala et al., 2024). Si el niño además presenta síntomas de trauma, este sitio tiene una guía sobre ansiedad en niños y una sobre trastornos psicológicos en la adolescencia.

    Otras pérdidas que también son duelo

    Perder la salud, perder el trabajo, emigrar. Los manuales de terapia cognitivo-conductual tratan estas situaciones con el mismo mecanismo que la muerte de un ser querido, aunque no usen la palabra duelo. Lewinsohn, Gotlib y Hautzinger (2015) explican, siguiendo a Ferster, que cualquier pérdida de una fuente central de refuerzo (una persona, un empleo, la propia movilidad) rompe la cadena de conductas que estaban organizadas alrededor de ella: levantarse a una hora, cocinar para alguien, salir los sábados. Al romperse la cadena, todo lo que colgaba de ella pierde valor, y aparece la pasividad.

    Campos y Thomason (2013) describen algo parecido en personas con VIH: la pérdida de la salud llega junto con la del empleo, los ingresos, el estatus y a veces la red social, y esa acumulación de pérdidas en poco tiempo es un factor de riesgo de aflicción complicada. Castro Camacho y Ángel de Greiff (2013) señalan que las transiciones geográficas como la migración desarman las redes de apoyo, que son justo lo que protege frente al estrés.

    Y una advertencia honesta: sobre el duelo por una mascota, que existe y duele, las fuentes clínicas de este sitio no tienen material específico. No vamos a inventarlo.

    Duelo desautorizado: cuando nadie te da permiso para estar mal

    Hay pérdidas que el entorno no reconoce: la de una expareja, la de un embarazo temprano, la de un amante secreto, la de un paciente para quien lo cuidaba. El concepto de duelo desautorizado (disenfranchised grief) nombra eso: un dolor real que la sociedad no valida, así que se vive sin permiso y sin ritos.

    Un análisis crítico del concepto propone que las normas sociales sobre quién tiene derecho a hacer duelo son graduales, una jerarquía más que un sí o un no: hay pérdidas que se consideran más legítimas que otras, y la persona lo nota (Robson y Walter, 2013).

    Lo práctico: si tu pérdida está abajo en esa jerarquía, vas a tener menos apoyo espontáneo, y eso es un factor de riesgo en sí mismo. Buscarlo a propósito, en un grupo o en consulta, deja de ser opcional.

    Duelo prolongado (el único con diagnóstico)

    De todas las etiquetas, el duelo prolongado es la única que hoy es un diagnóstico formal, y lo tratamos en detalle más abajo. Sobre las demás etiquetas que verás en internet (duelo inhibido, retrasado, crónico, enmascarado, ausente), conviene saber que son descripciones clínicas de cómo puede transcurrir un duelo, no categorías de la CIE-11 ni del DSM-5-TR. Sirven para nombrar una experiencia. No sirven para diagnosticar a nadie.

    ¿Las etapas del duelo existen de verdad?

    Las cinco etapas (negación, ira, negociación, depresión, aceptación) se enseñan como si fueran ley, y no lo son. El modelo original de Kübler-Ross (1975, citada en Barreto et al., 2013) describía las etapas de adaptación de la persona que va a morir, no de quien la sobrevive. Y nadie lo puso a prueba en personas en duelo hasta 2007.

    Cuando se probó, el resultado fue mixto. El estudio de Yale con 233 personas en duelo, seguidas hasta dos años después de una muerte natural, encontró que la incredulidad no era la reacción inicial dominante, que la aceptación fue el ítem más respaldado desde el primer mes y que la añoranza fue el indicador negativo más fuerte de principio a fin.

    Lo que sí encajó fue el orden en que cada estado alcanza su pico: incredulidad al mes, añoranza a los cuatro meses, enfado a los cinco, depresión a los seis, y aceptación en ascenso continuo (Maciejewski et al., 2007).

    Qué desmintió el estudio y qué no

    Este estudio se cita a menudo como si hubiera “desmentido” las etapas. No fue exactamente eso. Desmintió lo que más importa en la práctica: que se empieza por la negación y que hay una escalera que se sube peldaño a peldaño. Pero encontró una secuencia en los picos. Las dos cosas son ciertas.

    Lo que mejor predice el estado del duelo

    La réplica con 614 jóvenes adultos, incluidas 173 personas en duelo por muertes violentas, dio apoyo solo limitado al modelo de etapas y añadió el hallazgo más útil de toda esta literatura: lo que mejor predecía el estado del duelo no era el tiempo transcurrido, sino cuánto sentido había podido darle la persona a la pérdida. También apareció una “reacción de aniversario”, con más malestar al acercarse el segundo año (Holland y Neimeyer, 2010).

    Traducido: el reloj no cura. El trabajo de darle sentido a lo que pasó, sí. Y que el segundo aniversario duela más que los primeros meses no significa retroceso.

    ¿Cómo elaborar el duelo?

    Elaborar el duelo es reconstruir una vida que ya no incluye lo que perdiste, sin borrar el vínculo. En la práctica tiene tres frentes: lo que haces con la rutina, lo que haces con la emoción y lo que haces con el significado. Ningún frente reemplaza a los otros.

    Recuperar la rutina antes de que vuelvan las ganas

    ¿Qué parte de tu día se desarmó primero con la pérdida? Desde el modelo conductual, la pérdida rompe la cadena de actividades que giraban alrededor de la persona o el rol perdido (Lewinsohn et al., 2015). Por eso una parte de elaborar el duelo consiste, literalmente, en volver a armar el día: horarios, comidas, algún contacto social, alguna actividad que antes daba algo. La activación conductual de Martell, Addis y Jacobson (2001) lo formula como una regla que suena dura y funciona: la motivación no viene antes que la acción; se actúa “de afuera hacia adentro”, y las ganas llegan después.

    Este enfoque tiene además una advertencia sobre dos trampas. La evitación (quedarse en cama, aislarse, dejar todo) alivia un rato por reforzamiento negativo, y a cambio impide reconectar con lo que sostiene.

    Y la rumiación (“¿por qué a mí?”, “nunca voy a volver a estar bien”) es una forma de evitación mental: consume energía, fija la atención en el pasado y bloquea el presente. En ambos casos la salida propuesta consiste en notar cuándo ocurre y redirigir la acción hacia algo con valor, en vez de discutir el contenido del pensamiento.

    Con los niños, Ordóñez Gallego y Lacasta Reverte (2007) dicen exactamente lo mismo con otras palabras: lo que más ayuda a un niño tras la pérdida es recuperar el ritmo cotidiano (colegio, amigos, juegos) y mantener las normas que existían antes, para que el mundo no se desorganice del todo (p. 133).

    Hablar del que ya no está, y que te dejen

    Barreto et al. (2013) insisten en algo que las familias suelen hacer al revés: hablar de la persona fallecida no produce sufrimiento, lo alivia. Facilitar la expresión del dolor, el llanto y también los silencios es parte del acompañamiento, y las frases de consuelo vacío (“no llores”, “tienes que ser fuerte”, “no pasa nada”) generan aislamiento e incomprensión. La alternativa que proponen es simple: “entiendo que estás pasando por un momento muy difícil, ¿qué crees que te ayudaría ahora?”.

    Con los niños la regla se repite: frases como “no estés triste” o “tu llanto no lo va a revivir” abortan la expresión. Hablar del padre o la madre fallecida con naturalidad consuela y ayuda a elaborar (Ordóñez Gallego y Lacasta Reverte, 2007, p. 132).

    Darle sentido, a tu manera

    El hallazgo de Holland y Neimeyer (2010) sobre el sentido es más modesto y más real que una invitación a “encontrarle el lado positivo”: poder contar lo que pasó como una historia con algún hilo, entender qué lugar ocupa esa pérdida en tu vida y qué de esa persona sigues llevando. Los rituales sirven para eso. Barreto et al. (2013) recomiendan también anticipar las fechas críticas (aniversarios, fiestas familiares) y preparar cómo se van a afrontar, en vez de que lleguen de sorpresa.

    Hay una idea que Herman aporta, citada por Goleman (1995), y que aplica cuando la muerte fue violenta o repentina: la recuperación pide primero recuperar la sensación de seguridad, después recordar lo ocurrido, y solo entonces atravesar el duelo por lo perdido. Procesar el miedo no elabora automáticamente la pérdida; son trabajos distintos, y a veces uno queda debajo del otro.

    ¿Cuánto dura un duelo?

    No existe una cifra publicada de cuánto dura un duelo, y quien te dé un número exacto lo está inventando.

    Lo que sí se sabe es la forma de la curva: la intensidad baja con el tiempo, con olas ligadas a recuerdos y fechas, y con picos de distintos estados en distintos momentos (Maciejewski et al., 2007).

    En niños, Ordóñez Gallego y Lacasta Reverte (2007) hablan de un rango de “pocos meses a más de un año”, y agregan que la mayoría de los niños que pierden a un progenitor elabora la pérdida sin grandes complicaciones (p. 126).

    Los plazos de 6 y 12 meses que aparecen en los manuales diagnósticos son umbrales de evaluación, no fechas de vencimiento. Sirven para que un clínico se pregunte si el duelo se estancó. No sirven para que alguien se sienta atrasado por seguir extrañando.

    ¿Cuándo el duelo se convierte en un problema?

    El duelo se vuelve un problema cuando, pasado un tiempo razonable, la añoranza sigue ocupando el centro del día, el dolor es intenso y persistente y la vida (trabajo, vínculos, cuidado propio) se deteriora. Eso es lo que la CIE-11 de la OMS llama trastorno de duelo prolongado: una respuesta persistente al menos 6 meses después de la muerte. Incluye anhelo intenso o preocupación constante por la persona fallecida, y un dolor emocional marcado que excede lo esperable en la cultura de la persona y que afecta su funcionamiento.

    El DSM-5-TR pide 12 meses en adultos.

    Cuántas personas se complican, y por qué la cifra está en disputa

    El análisis transnacional más amplio, con 20.347 participantes de 16 países, da un promedio de 13%, pero la cifra depende de cómo se reclutó a la gente: 5% en muestras probabilísticas frente a 16% en muestras no probabilísticas (Comtesse et al., 2024). Y hay una advertencia publicada en 2025 que conviene leer antes de asustarse con los porcentajes de internet: las cifras de 24% a 87% que circulan para grupos de riesgo están probablemente sobreestimadas, porque salen de cuestionarios autoinformados y de muestras que no representan a la población (Eisma, 2025).

    Una revisión de 22 artículos recientes llegó a la misma conclusión desde otro ángulo: la mayoría de los estudios reporta “prevalencia de trastorno” a partir de un punto de corte en un cuestionario, sin entrevista clínica, lo que infla sistemáticamente las cifras (Stroebe, Schut y Eisma, 2024). Hasta el propio diagnóstico tiene controversias abiertas, en particular sobre cómo se distingue de un duelo normal intenso y sobre el riesgo de medicalizar el dolor (Eisma, 2023). Nada de esto quita que el trastorno exista y haga sufrir. Sí quita dramatismo a los porcentajes.

    Duelo o depresión: no son lo mismo

    La distinción la hacen los manuales de TCC con criterios bastante claros. En un duelo, el dolor se centra en la persona perdida y la valía personal se mantiene; en una depresión predomina el desprecio hacia uno mismo, la culpa global e infundada y la sensación de incompetencia (Goleman, 1995; Freeman y Oster, 2015).

    En el duelo pueden aparecer pensamientos pasivos de muerte, del tipo “quisiera estar con él”; en la depresión, ideación suicida activa, con planes, impulsada por la desesperanza.

    El duelo va en olas ligadas a recuerdos y remite; la depresión es un ánimo bajo casi diario, sostenido, con deterioro general (Freeman y Oster, 2015).

    Las dos cosas pueden coexistir. Si sospechas que además del duelo hay una depresión, este sitio tiene una guía completa sobre la depresión, otra sobre cómo salir de la depresión según la evidencia y una sobre cómo ayudar a una persona con depresión.

    Cuando la pérdida fue traumática

    Si la muerte fue violenta, súbita o presenciada, pueden dispararse a la vez un trastorno de estrés postraumático y un duelo prolongado, y no son lo mismo.

    Una revisión sistemática de 46 estudios buscó justamente qué diferencia el desarrollo de uno u otro (Jann, Netzer y Hecker, 2024). Ahí la evaluación profesional deja de ser opcional. Este sitio tiene una guía sobre el trastorno de estrés postraumático y otra sobre qué es el trauma psicológico y cómo se evalúa.

    Los factores de riesgo que la clínica conoce desde hace tiempo apuntan en la misma dirección (Barreto et al., 2013; Beck et al., 2003; Campos y Thomason, 2013):

    • relaciones de excesiva dependencia con la persona fallecida;
    • escaso apoyo social percibido;
    • sentimientos persistentes de culpa o inutilidad durante el cuidado;
    • pérdidas acumuladas sin elaborar;
    • la conspiración del silencio que impidió despedirse.

    ¿Qué tratamiento tiene el duelo prolongado?

    Cuando el duelo sí se complicó, hay terapias que funcionan, y funcionan bastante. El ensayo multicéntrico más grande hasta ahora, con 212 personas con trastorno de duelo prolongado, encontró que la terapia cognitivo-conductual específica para duelo logró reducciones muy grandes a los 12 meses. El comparador, una terapia centrada en el presente, también mejoró mucho; la ventaja de la TCC específica fue clara al terminar el tratamiento y quedó solo como tendencia al año, aunque mantuvo menos síntomas depresivos (Rosner et al., 2025).

    Otro ensayo aleatorizado con 100 adultos comparó la TCC centrada en el duelo con una terapia cognitiva basada en mindfulness: a los 6 meses, la TCC redujo más los síntomas de duelo prolongado y de depresión, con un efecto grande entre grupos (Bryant et al., 2024).

    Y para mayores de 65 años, un ensayo de no inferioridad mostró que el formato grupal funciona igual de bien que el individual, con reducciones grandes en ambos (Komischke et al., 2026). Para Chile eso importa: el grupo es más barato y más disponible, y no es un premio de consolación.

    Lo que la evidencia no promete

    El matiz que evita prometer de más viene de una revisión paraguas de 33 revisiones: las intervenciones en duelo son útiles, pero en 24 de las 33 revisiones el apoyo fue condicional (depende de la gravedad, del momento, de la edad) y solo en 7 fue incondicional (Avis et al., 2025).

    La revisión del estado de la ciencia lo dice con claridad: el trastorno de duelo prolongado afecta a una minoría pequeña de las personas en duelo, y las terapias están pensadas para esa minoría (LaPlante et al., 2024). Ofrecerle terapia estructurada a quien está haciendo un duelo normal no lo mejora; a veces lo patologiza, que es justo lo que Barreto et al. (2013) piden evitar.

    ¿Cuándo consultar por un duelo?

    ¿Cómo saber si ya es momento de consultar? Conviene consultar con un psicólogo si, pasados unos meses, se da alguna de estas situaciones:

    • notas que la añoranza ocupa la mayor parte del día y no cede;
    • dejaste de funcionar en el trabajo, en la casa o en los vínculos;
    • evitas todo lo que recuerda a la persona (o lo contrario, no puedes despegarte de sus cosas);
    • aparece culpa desproporcionada, desprecio hacia ti mismo o ideas de muerte;
    • la pérdida fue violenta y hay reviviscencias o sobresalto constante;
    • eres el adulto a cargo de un niño en duelo y no sabes cómo acompañarlo.

    Si hay ideas de quitarte la vida, no esperes a la consulta: en Chile puedes llamar a Salud Responde del MINSAL al 600 360 7777, las 24 horas.

    Para el resto, una primera consulta sirve para ordenar qué está pasando: si es un duelo en curso que solo necesita apoyo, si hay un duelo prolongado que responde bien a terapia, o si hay una depresión o un cuadro postraumático que conviene tratar aparte. Ese diagnóstico diferencial es lo que más cambia el camino, y es lo que no se puede hacer desde un artículo. Puedes agendar una consulta online desde cualquier lugar de Chile.

    Preguntas frecuentes sobre el duelo

    ¿Cuáles son los tipos de duelo?

    Por lo que se pierde: duelo por la muerte de un ser querido, duelo anticipado (antes de una muerte esperada), duelo por ruptura o divorcio, duelo por pérdida de la salud, el trabajo o el país, y duelo desautorizado cuando el entorno no reconoce la pérdida. Por cómo transcurre: duelo normal y duelo prolongado, el único que es un diagnóstico en la CIE-11 y el DSM-5-TR.

    ¿Cuáles son las 5 etapas del duelo y en qué orden van?

    Negación, ira, negociación, depresión y aceptación, según el modelo de Kübler-Ross, pensado originalmente para personas que van a morir. En personas en duelo, el estudio de Yale de 2007 no encontró esa secuencia: la aceptación fue el estado más presente desde el primer mes y la añoranza el más persistente. Solo los picos de cada estado siguieron un orden.

    ¿Cuánto dura el duelo?

    No hay una cifra publicada. La intensidad baja con el tiempo, en olas ligadas a recuerdos y fechas, y el segundo aniversario puede doler más que los primeros meses. Los plazos de 6 meses (CIE-11) y 12 meses (DSM-5-TR) son umbrales para evaluar si un duelo se estancó, no fechas en las que “debería” haberse terminado.

    ¿Qué es el duelo anticipado y sirve para sufrir menos después?

    Es el duelo que empieza antes de una muerte que ya se sabe que va a ocurrir, frecuente en cuidadores de personas con cáncer avanzado o demencia. Sufrir por adelantado no protege: una revisión sistemática encontró que el duelo intenso antes de la muerte se asocia a peor duelo después. Lo que sí ayuda es sentirse preparado, participar en los cuidados y poder despedirse.

    ¿Cómo sé si mi duelo se volvió duelo prolongado?

    Si pasados al menos 6 a 12 meses la añoranza o la preocupación por la persona ocupa gran parte del día, el dolor sigue intenso, y el trabajo, los vínculos o el cuidado propio se deterioran, conviene una evaluación profesional. Afecta a cerca de 1 de cada 10 personas en duelo, y la terapia cognitivo-conductual específica tiene resultados grandes.

    ¿Cómo ayudar a un niño que perdió a su padre o a su madre?

    Decirle la verdad con palabras simples y usando la palabra “muerte”, sin eufemismos como “se fue de viaje”. Dejarlo participar en la despedida si quiere, quitarle la culpa con firmeza, mantener la rutina y las normas, hablar del fallecido con naturalidad y no cargarle el papel del adulto. Los programas que apoyan al padre o madre que queda mejoran también el duelo del niño.

    ¿Duelo y depresión son lo mismo?

    No. En el duelo el dolor se centra en la persona perdida y la autoestima se conserva; en la depresión predominan el desprecio hacia uno mismo, la culpa infundada y la desesperanza, con ánimo bajo casi todos los días. Pueden coexistir, y cuando lo hacen, la depresión se trata aparte.

    Una última idea

    El duelo no se supera; se elabora, y elaborarlo significa volver a tener una vida en la que esa ausencia cabe, no dejar de querer a quien perdiste. La mayoría de las personas lo logra con tiempo, rutina y gente alrededor. Para quienes se quedan atascados, hay tratamientos que funcionan. Saber en cuál de los dos grupos estás es la primera pregunta que vale la pena hacerle a un profesional, y puedes agendar esa conversación hoy.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    • Castro Camacho, L., & Ángel de Greiff, E. (2013). Formulación clínica conductual. En V. E. Caballo (Dir.), Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos. Vol. 2: Formulación clínica, medicina conductual y trastornos de relación (pp. 3-79). Siglo XXI de España Editores.
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    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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  • Cómo Superar una Ruptura Amorosa: Etapas y Qué Ayuda de Verdad

    Cómo Superar una Ruptura Amorosa: Etapas y Qué Ayuda de Verdad

    Buscar “cómo superar una ruptura amorosa” a las tres de la mañana es lo que hace alguien cuyo cerebro acaba de perder a la persona que ocupaba el primer lugar de su jerarquía afectiva, y que necesita saber dos cosas con urgencia: si lo que siente es normal, y cuándo va a parar.

    Este artículo responde las dos. Con una diferencia respecto de casi todo lo que vas a encontrar buscando lo mismo: aquí las etapas no son las cinco fases del duelo que se repiten en todas partes, porque esas no salieron de ningún estudio sobre rupturas. Y las recomendaciones incluyen una lista de cosas que suenan sensatas, que probablemente te hayan aconsejado, y que la investigación muestra que pueden dejarte peor.

    Respuesta corta

    Una ruptura amorosa activa el mismo sistema de apego que una pérdida por muerte, y produce tres fases descritas por Bowlby: protesta, desesperación y reorganización, y no son lineales. Lo que la investigación longitudinal muestra es que hay cuatro trayectorias distintas de recuperación, y la mayoría de las personas se recupera bien.

    ¿Cuáles son las etapas o fases reales de una ruptura amorosa?

    Cuando termina una relación significativa, se rompe un vínculo de apego, no solo un proyecto de vida. En la adultez, la pareja suele ocupar el lugar más alto de la jerarquía de apego, ese sitio que en la infancia tuvieron los padres, y perderlo dispara una respuesta biológica de angustia de separación que no se puede razonar ni apurar.

    La secuencia que describe la teoría del apego tiene tres fases (Bowlby, 1980, como se citó en Marrone y Juri, 2001):

    Protesta. La respuesta inicial. El sistema de apego se hiperactiva e intenta recuperar la proximidad perdida por todos los medios: llamadas, mensajes, revisar su perfil, rumiar en bucle, estallidos de rabia, hipervigilancia. Es un mecanismo de búsqueda, no falta de dignidad: evolucionó para funcionar cuando la figura de apego estaba perdida pero era recuperable.

    Desesperación. Cuando la protesta fracasa y la irreversibilidad empieza a instalarse, la agitación cede a algo más pesado: apatía, ánimo depresivo, insomnio, pérdida de apetito, una sensación de vacío que no se llena con nada.

    Reorganización. Aquí la persona acepta que la vida tiene que tomar otra forma. Se reestructura la manera de verse a uno mismo (dejar de definirse por el vínculo y asumirse como alguien autónomo) y vuelve la capacidad de hacer planes.

    Un matiz que casi nadie menciona y que alivia bastante: reorganizarse no significa borrar. La teoría del apego actual sostiene que conservar un apego interior, una presencia acompañante que ya no duele, es perfectamente compatible con un desenlace normal (Marrone y Juri, 2001). No hace falta odiar a tu ex para estar bien.

    Esto tiene una consecuencia práctica que conviene decir temprano, porque mucha gente llega a consulta con la meta equivocada: olvidar a tu ex no es el objetivo, y probablemente tampoco sea posible. El objetivo es que el recuerdo deje de organizarte el día. Alguien que puede pensar en su expareja sin que se le arruine la tarde ya terminó el duelo por ruptura de pareja, aunque siga acordándose.

    Por qué las “cinco fases del duelo” que ves en todas partes no vienen de aquí

    Negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Ese modelo lo describió Elisabeth Kübler-Ross observando a pacientes terminales que enfrentaban su propia muerte, no a personas que acababan de terminar una relación. Se trasplantó al duelo por ruptura por analogía, y ahí se quedó. El modelo que sí nació estudiando pérdida de vínculos afectivos, incluidas las separaciones de parejas vivas, es el de las tres fases de arriba.

    Hay además una diferencia que Weiss estudió y que explica por qué una ruptura puede doler más que un duelo por muerte: tu ex sigue existiendo. Los encuentros casuales, la ilusión de reconciliación, los asuntos pendientes y las publicaciones que aparecen solas reavivan la fase de protesta una y otra vez, y estiran el proceso (Weiss, 1975, como se citó en Marrone y Juri, 2001).

    Cuatro caminos, no una escalera

    La idea de etapas sugiere que todos subimos los mismos peldaños en el mismo orden. Los datos dicen otra cosa.

    Un estudio longitudinal que midió síntomas depresivos cada dos semanas durante 30 semanas en 87 personas que acababan de romper encontró cuatro trayectorias distintas, no una (Verhallen et al., 2022):

    • Resiliencia. Malestar bajo desde el comienzo, sin caída significativa.
    • Recuperación rápida. Golpe inicial fuerte y remontada temprana.
    • Recuperación lenta. El mismo golpe, pero la pendiente tarda mucho más en subir.
    • Malestar crónico. Los síntomas se quedan.

    Lo interesante es qué separaba a unos de otros. No era el tipo de ruptura ni cuánto había durado la relación. Los grupos de recuperación lenta y malestar crónico tenían más neuroticismo y, sobre todo, más rumiación de rasgo: esa tendencia a darle vueltas a lo mismo sin llegar a ninguna parte. El grupo de malestar crónico también rindió peor en una prueba de flexibilidad cognitiva.

    Traducido: lo que más predice cuánto vas a sufrir es cómo funciona tu cabeza con lo que la ruptura le puso encima, más que la ruptura misma.

    ¿Es normal sentirse así de mal?

    Sí, y hay una cifra que lo dimensiona mejor que cualquier frase de aliento. Un estudio con 2.022 estudiantes universitarios de 18 a 25 años comparó tres grupos: quienes venían de una ruptura amorosa, quienes habían vivido un hecho traumático de los que el DSM-5 reconoce como tal, y un grupo control con un evento estresante no traumático (Van der Watt et al., 2023).

    El 72,9% del grupo de ruptura superó el punto de corte de la escala de síntomas postraumáticos. En el grupo de trauma DSM-5, lo superó el 55,4%.

    Conviene leer bien ese dato: significa que el malestar que estás sintiendo se mueve en un rango que la psicología reconoce como intenso, y que la gente que te dice “es solo un pololeo” está midiendo con una regla equivocada. No que una ruptura sea un trauma clínico ni que tengas un trastorno.

    La separación tampoco es neutra para el cuerpo. Un metaanálisis de 104 estudios en 24 países, con más de 600 millones de personas, estimó un riesgo de mortalidad un 30% mayor asociado a la disolución matrimonial, algo más alto en hombres que en mujeres (Shor et al., 2012).

    Y ahora la parte que equilibra todo lo anterior. Una revisión de la investigación sobre divorcio y salud concluye que la respuesta más común es la recuperación: la mayoría afronta bien y sigue adelante. Solo entre un 10% y un 15% queda con un deterioro sustancial, y es ese grupo el que arrastra hacia arriba todas las estadísticas de riesgo del conjunto (Sbarra, 2015).

    O sea: el malestar es real y las cifras de riesgo también, pero la probabilidad está de tu lado.

    ¿Duele menos si fuiste tú quien terminó?

    La intuición dice que sí. Los datos dicen que no necesariamente.

    Un estudio que siguió a 160 personas desde los 20 hasta los 25 años, con información de sus parejas y de sus amigos cercanos y no solo autoinformes, encontró que haber tenido el control de iniciar la ruptura a los 22 predijo aumentos relativos de síntomas internalizantes y de interacciones problemáticas con la pareja siguiente entre los 23 y los 25 (Kansky y Allen, 2018).

    ¿Qué sí protegía? Otra cosa completamente distinta: entender por qué terminó la relación. Quienes tenían una comprensión más clara de las razones reportaron menos síntomas, sus parejas nuevas reportaron menos conflicto, y sus amigos los evaluaron como más competentes en la intimidad. Todo eso se mantuvo controlando la calidad de la relación previa, la competencia social y los síntomas de base.

    La pregunta útil es si lograste armar un relato de lo que pasó que se sostenga, más que quién cortó.

    ¿Los hombres viven la ruptura de otra manera?

    Hay diferencias, pero son menos grandes y más breves de lo que se cree. Un estudio alemán siguió a 18.030 personas casadas entre 1984 y 2015, y 1.220 de ellas se divorciaron. Comparó 20 resultados en cuatro áreas: dinero, vivienda, salud y bienestar, y vida social (Leopold, 2018).

    A corto plazo, los hombres quedaron peor en las medidas subjetivas de bienestar. Con el tiempo se adaptaron. A mediano plazo, hombres y mujeres quedaron parecidos en salud mental, soledad y contacto con amigos y familiares. Lo que sí siguió desigual fue el dinero: ellas perdieron bastante más ingreso del hogar y quedaron con más riesgo de pobreza (Leopold, 2018).

    Ojo con el alcance. Son divorcios en Alemania, no pololeos ni convivencias en Chile, así que es una pista general sobre lo que puede pasar, nada más.

    Una explicación posible: quién llevaba la vida social

    Bradbury y Karney (2019) proponen un mecanismo. Cuando la pareja se organiza de modo que ella lleva la agenda social, al terminar los hombres pueden quedarse con menos contacto con amigos y más soledad. También recogen un estudio de divorcios (Kitson, 1992) en el que los hombres decían no saber por qué había terminado su matrimonio entre 8 y 10 veces más que sus esposas.

    Eso encaja con un golpe inicial más fuerte, y el estudio alemán indica que la diferencia se cerraba con los años. La consecuencia práctica es concreta: si la mayoría de tus planes pasaban por tu pareja, conviene que reconstruyas tus amistades a propósito, con un mensaje o un plan puntual esta semana, sin esperar a sentirte con ganas.

    ¿Cuánto se tarda en superar una ruptura amorosa?

    Aquí voy a ser honesto en vez de tranquilizador: no hay una cifra publicada confiable. Ninguno de los estudios revisados para este artículo entrega una mediana de recuperación en meses, y quien te dé un número exacto (el famoso “la mitad de lo que duró la relación”) lo está inventando.

    Lo que sí se puede decir con respaldo:

    • La medición longitudinal disponible cubre 30 semanas, y en ese plazo ya se distinguen con claridad los cuatro grupos de recuperación (Verhallen et al., 2022).
    • La señal que importa no es el calendario, es la dirección. Si a los tres meses estás peor que al mes, o si sigues exactamente igual, eso pesa más que cualquier plazo estándar.
    • Un duelo se considera complicado cuando la persona queda estancada en una de las fases iniciales sin lograr reorganizarse, no cuando pasa de cierta fecha (Marrone y Juri, 2001).

    Cómo superar una ruptura amorosa: qué ayuda de verdad

    Entender qué pasó, no perdonarte por lo que pasó

    Es lo único que salió consistentemente protector en el seguimiento longitudinal de Kansky y Allen (2018). Y ojo con la trampa: entender, acá, es algo más modesto y más útil que encontrarle un sentido trascendente a la ruptura o sacar una lección de vida. Es poder responder qué falló, con nombres concretos y sin que la respuesta sea “yo soy el problema” ni “el otro es un monstruo”.

    La idealización total y la denigración total son las dos caras de lo mismo: un relato que no se sostiene y que por eso hay que repetir sin parar (Marrone y Juri, 2001).

    Para armar ese relato ayuda tener un vocabulario para lo que falló. Revisar qué pilares sostienen una relación de pareja suele aterrizar la explicación mucho mejor que la conversación circular con las amigas, y si sospechas que lo que viviste tenía un componente de daño, vale la pena mirar las señales que distinguen una relación tóxica de una difícil.

    Cambiar cómo te tratas cuando te acordás de él o de ella

    Este es el hallazgo más accionable de todos. Un estudio longitudinal con 196 adultos jóvenes que acababan de romper midió el apego antes de la ruptura, las estrategias de afrontamiento al mes y los síntomas depresivos y ansiosos al mes y a los tres meses (Gehl et al., 2024).

    Lo que unía la inseguridad de apego con el malestar posterior eran dos estrategias concretas, más que el apego en sí:

    • Más autocastigo (culparse, reprocharse, tratarse con dureza) predijo más síntomas a los tres meses.
    • Menos acomodación (ajustar expectativas, aceptar lo que no se puede cambiar, reorganizar la vida en torno a la situación nueva) predijo lo mismo.

    Los propios autores señalan el afrontamiento, y no el estilo de apego, como el objetivo de intervención. Esa es una buena noticia: cómo te hablas a ti mismo a las tres de la mañana es mucho más modificable que tu historia de apego.

    Cortar el circuito de la vigilancia digital

    Revisar el Instagram de tu ex tiene nombre técnico, vigilancia electrónica interpersonal, y tiene datos. Un estudio con 232 personas de 18 a 27 años que seguían a su ex en Instagram midió qué predecía la vigilancia en las tres primeras semanas tras la ruptura (Wegener et al., 2026).

    El factor asociado de forma más consistente fue el malestar emocional, por encima del estilo de apego, que dejó de asociarse cuando el malestar entró en el modelo. Los autores lo describen como una estrategia de afrontamiento desadaptativa.

    Aquí hay que ser preciso con lo que se puede afirmar. Ese estudio es transversal: muestra que quien peor está es quien más mira, no prueba que dejar de mirar te mejore. Lo que sí aporta el marco teórico es el mecanismo. El dolor del duelo es la manifestación de un anhelo de reencuentro que sigue activo, y mientras el contacto mantenga viva la ilusión de reconciliación, la fase de protesta no se cierra (Bowlby, 1980; Weiss, 1975, como se citaron en Marrone y Juri, 2001).

    Dicho sin adornos: el “contacto cero” tiene una lógica sólida detrás y ningún ensayo clínico que lo respalde. Es una recomendación razonable, no un hecho probado.

    Rodearte de gente que sostenga, no de gente que opine

    No todo apoyo social es apoyo. La investigación sobre crisis en la adultez distingue el apoyo receptivo, predecible y empático, que protege la autoestima y previene el colapso depresivo, de lo que se llama conducta de falta de apoyo: decirle a la persona que la culpa es toda suya, minimizar lo ocurrido, o informarle que está sobrerreaccionando (Harris et al., 1990, como se citó en Marrone y Juri, 2001).

    Esa segunda categoría aumenta la vulnerabilidad a la depresión. Vale la pena elegir a quién le cuentas.

    Qué no ayuda, aunque te lo hayan recomendado

    Escribir la carta que nunca vas a enviar. Esta es la más contraintuitiva y tiene un ensayo aleatorizado detrás. Noventa adultos recién separados fueron asignados al azar a escritura expresiva clásica, a una versión narrativa, o a escritura de control sobre temas neutros. Hasta nueve meses después, las personas que estaban activamente buscándole un sentido a su separación reportaron peores resultados emocionales si les había tocado cualquiera de los dos tipos de escritura expresiva. Dentro del grupo control, esas mismas personas fueron las que menos alteración reportaron (Sbarra et al., 2013).

    La lectura que proponen los autores es que remover una experiencia que todavía estás intentando ordenar puede desorganizarla más. Si escribir te sirve, sigue. Si lo estás haciendo porque te dijeron que tenías que procesarlo y terminas peor cada vez, tienes permiso de parar.

    Reemplazar rápido. Involucrarse pronto en una relación nueva entorpece el proceso, porque casi nadie tolera elaborar un duelo y construir intimidad al mismo tiempo: las dos cosas exigen reestructurar el sentido de uno mismo, y compiten (Weiss, 1975, como se citó en Marrone y Juri, 2001).

    La euforia de las primeras semanas. Salir todas las noches, encadenar proyectos, sentirse extrañamente liberado. Weiss observó que estos estados aparecen justamente en separaciones de parejas vivas y funcionan como anestesia. No son recuperación, y la fragilidad sigue debajo esperando.

    Aguantar sin sentir nada. Bowlby y Parkes describieron el duelo ausente o inhibido: seguir la rutina como si nada hubiera pasado, sin manifestaciones de dolor. No elimina el estrés, lo deja latente, y suele reaparecer como sueños angustiosos, irrupciones de pánico o síntomas físicos (como se citaron en Marrone y Juri, 2001).

    Tu estilo de apego cambia cómo vives la ruptura (pero no te define)

    Las personas con apego seguro se recuperan antes de la tristeza y la rabia, porque aceptan la realidad de la separación con más fluidez y pueden recordar con afecto sin quedar atrapadas (Mikulincer y Shaver, 2007).

    Con apego ansioso predominan la protesta con rabia, la hipervigilancia hacia el ex, la rumiación y la autoculpa, y una pérdida marcada del sentido de identidad. Con apego evitativo aparece el patrón contrario: afrontarlo en soledad, no pedir ayuda, mantener la compostura.

    Sobre el evitativo hay un matiz que vale oro. Mikulincer y Shaver (2007) distinguen dos escenarios que se ven idénticos por fuera. En unos casos la ausencia de angustia es genuina, porque la persona nunca usó a esa pareja como refugio. En otros es supresión: experimentos con carga cognitiva muestran que cuando la mente está ocupada o el estrés se prolonga, las defensas ceden y el material suprimido aflora de golpe. La supresión sostenida tampoco sale gratis en el cuerpo.

    Ahora la advertencia, que importa más que la clasificación. Evaluar tu estilo de apego justo después de una ruptura es de las peores ideas posibles: tu sistema de apego está desregulado y lo que midas va a capturar la descompensación del momento, no tu funcionamiento habitual. Los patrones de apego son guías conceptuales, no categorías fijas, y tratarlos como un diagnóstico de fábrica invita a una profecía autocumplida. Además el apego tiene especificidad relacional: cómo te comportaste con esa pareja no es necesariamente cómo eres con todo el mundo. Y existe la seguridad adquirida, que es exactamente lo que la psicoterapia y las relaciones reparadoras hacen posible (Mikulincer y Shaver, 2007; Marrone y Juri, 2001).

    Si quieres mirarlo con calma más adelante, cuando el sistema esté menos revuelto, tiene mucho más sentido. Ahí sí puede servirte un test de estilo de apego para entender tu patrón habitual, no la descompensación de esta semana.

    Cómo superar una ruptura de pareja con hijos, de muchos años o si quieres volver

    Las ideas de más arriba sirven para casi cualquier ruptura. Hay tres situaciones que le suman una dificultad propia: tener hijos en común, venir de muchos años juntos y querer volver.

    Con hijos en común, el contacto cero no es posible. Vas a seguir hablando con tu ex por los traspasos, el colegio, la salud y el dinero, y cada mensaje puede reactivar la fase de protesta que viste antes.

    Bradbury y Karney (2019), en su texto sobre relaciones íntimas, describen la salida práctica. Consiste en redefinir los límites para que el trato se reduzca a la logística de los hijos. Así no se reabren las discusiones sobre la antigua relación.

    Importa cómo sea ese trato. En una muestra de 314 padres y madres portugueses divorciados, quienes tenían una coparentalidad de alto conflicto reportaron menor satisfacción con la vida y más afecto negativo ligado al divorcio. La comparación fue con los otros dos perfiles: el cooperativo y el de descalificación del otro progenitor (Lamela et al., 2015).

    Es un estudio transversal: muestra que el conflicto y el malestar van juntos, no cuál empuja al otro. Aun así deja una pista útil, y es que ordenar el trato con tu ex como madre o padre también puede cuidar tu propio ánimo. Para ver cómo lo viven los niños según su edad, tienes la guía sobre cómo afecta el divorcio a los hijos.

    Cómo superar una ruptura amorosa de muchos años juntos

    Después de una relación larga, la pregunta es cuánto va a tardar la vida en parecerse a lo que era. Ninguna de las fuentes revisadas mide eso por años de relación. Lo que hay es una curva general de divorcio. Se siguió durante 18 años a más de 30.000 alemanes (Lucas, 2005).

    La satisfacción con la vida cae al acercarse el divorcio y se recupera de forma gradual, pero el regreso al nivel de partida no fue completo. Además, quienes más tarde se divorciaron ya eran menos felices antes de casarse, así que parte de la diferencia viene de antes de la ruptura.

    Una revisión de la investigación de los años noventa concluye que las reacciones varían mucho. Para algunas personas el divorcio trae alivio. Otras sufren una baja temporal, y otras entran en una trayectoria descendente de la que quizás no se recuperen del todo (Amato, 2000). Por eso conviene mirar tu dirección de mes a mes, como en la guía de autoobservación de más abajo, y no compararte con un calendario.

    Cómo superar una ruptura cuando todavía quieres volver

    Terminar y reconciliarse es una pauta que los datos muestran con claridad en adultos jóvenes. En 792 personas con pareja o convivencia, casi la mitad reportó una reconciliación después de un quiebre. Más de la mitad de quienes terminaron siguió teniendo sexo con su ex (Halpern-Meekin et al., 2012).

    Eso describe lo que pasa, no lo que conviene. Si estás en ese vaivén, revisa qué dice la investigación en el artículo sobre volver con tu ex antes de decidir.

    Dónde estás en tu proceso: guía de autoobservación

    Antes de la guía, una aclaración que te debo. Aquí no vas a encontrar un test con puntaje, y no es por falta de ganas. Revisé la literatura buscando una escala validada de duelo por ruptura con ítems publicados y puntos de corte establecidos, y no existe: el instrumento más serio que encontré (una escala de adaptación emocional a la disolución de pareja publicada en 2020) no reproduce sus ítems ni publica cortes numéricos, solo cuartiles de su propia muestra. Inventar bandas sería exactamente lo que este sitio no hace.

    Lo que sí sirve es observarte con preguntas concretas. Anota mentalmente tu respuesta a cada una:

    Sobre la fase en que estás

    • ¿Todavía haces cosas para recuperar la proximidad (revisar, escribir, pasar por lugares, buscar excusas de contacto)? Eso es protesta.
    • ¿Se te apagó todo y lo que predomina es vacío, insomnio y desgano? Eso es desesperación, y suele venir después.
    • ¿Puedes proyectar planes propios a seis meses sin que la imagen incluya a esa persona? Eso es reorganización empezando.

    Sobre la dirección

    • Comparado con hace un mes, ¿estás mejor, igual o peor? La dirección importa más que el punto.
    • ¿Los días malos son cada vez menos seguidos, aunque sigan siendo igual de malos? Eso también es mejorar.

    Sobre cómo te estás tratando (lo modificable)

    • Cuando aparece el recuerdo, ¿te reprochas algo? ¿Con qué palabras exactas? (autocastigo)
    • ¿Ajustaste tu rutina, tu casa y tus planes a la vida que tienes ahora, o sigues en pausa esperando? (acomodación)
    • ¿Cuántas veces al día revisas sus redes? Cuenta un día real.
    • ¿Puedes contar en dos minutos por qué terminó, sin que la explicación sea “él es un desastre” ni “yo lo arruiné todo”?

    Las últimas cuatro preguntas apuntan justo a lo que la investigación identificó como modificable. No son un diagnóstico, son un punto de partida para una conversación, contigo o con un profesional.

    Terapia para superar una ruptura amorosa: cuándo pedir ayuda profesional y qué esperar

    El malestar intenso durante las primeras semanas es esperable. Lo que justifica consultar es otra cosa: señales de que el proceso se atascó o se complicó.

    Busca ayuda si aparece alguno de estos cuadros (Marrone y Juri, 2001):

    • Depresión clínica instalada: ánimo bajo la mayor parte del día durante más de dos semanas, con pérdida de interés en todo, alteraciones de sueño y apetito, y deterioro del funcionamiento cotidiano.
    • Crisis de pánico o estados de angustia severa.
    • Bloqueo afectivo prolongado: llevas meses “como si nada”, pero aparecen somatizaciones o irrupciones bruscas de angustia.
    • Rumiación que impide funcionar: no puedes trabajar, estudiar ni dormir porque el pensamiento no se apaga.
    • Estancamiento: pasaron meses y sigues exactamente en la fase de protesta, con el anhelo de reencuentro intacto.
    • Consumo de alcohol o sustancias para dormir o para no sentir.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o de que no vale la pena seguir, eso no espera. En Chile puedes llamar a Salud Responde, 600 360 7777, disponible las 24 horas, o acudir a un servicio de urgencia. Más información sobre señales de duelo complicado en MedlinePlus y sobre salud mental en el sitio de la Organización Mundial de la Salud.

    Sobre qué esperar del tratamiento hay que hacer una precisión honesta. No existe ningún ensayo clínico de una terapia diseñada específicamente para rupturas de pareja no maritales, y el único ensayo aleatorizado de una intervención en separación que localicé encontró daño en un subgrupo (Sbarra et al., 2013). La evidencia más cercana viene del duelo por fallecimiento, que es otra cosa: un metaanálisis en red de 55 estudios con 10.330 participantes con trastorno de duelo prolongado encontró efectos grandes para terapia conductual, terapia cognitivo-conductual de tercera ola, terapia familiar, psicodinámica y cognitiva frente a lista de espera, y la TCC fue la única con mejor aceptabilidad que la lista de espera (Hao et al., 2024).

    Extrapolar de un duelo por muerte a una ruptura tiene límites evidentes, y lo digo en vez de ocultarlo. Lo razonable es leerlo así: las terapias que trabajan con la pérdida funcionan cuando la pérdida se complicó, y no hay motivo para pensar que dejan de funcionar porque la persona perdida siga viva.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el duelo por una ruptura amorosa?

    No existe una cifra publicada confiable, y quien dé un número exacto lo está inventando. La investigación longitudinal disponible siguió a personas durante 30 semanas y encontró cuatro trayectorias distintas: resiliencia, recuperación rápida, recuperación lenta y malestar crónico. La señal útil no es el calendario, es si vas mejorando de mes a mes.

    ¿Es normal sentirse como si fuera un trauma?

    Sí. En un estudio con más de 2.000 estudiantes universitarios, el 72,9% de quienes venían de una ruptura superó el punto de corte de una escala de síntomas postraumáticos, una proporción mayor que la del grupo expuesto a un hecho traumático reconocido por el DSM-5. Eso no significa que tengas un trastorno, sino que tu malestar está en un rango que la psicología reconoce como intenso.

    ¿Sirve el contacto cero?

    Tiene una lógica teórica sólida y ningún ensayo clínico que lo demuestre. El razonamiento es que el dolor del duelo es un anhelo de reencuentro activo, y mantener contacto sostiene la ilusión de reconciliación e impide cerrar la fase de protesta. Además, quienes más vigilan a su ex en redes son quienes peor están emocionalmente.

    ¿Duele menos si fui yo quien terminó la relación?

    No necesariamente. Un estudio que siguió a 160 personas de los 20 a los 25 años encontró que haber iniciado la ruptura predijo aumentos relativos de síntomas internalizantes, no menos. Lo que sí protegió fue entender con claridad por qué terminó la relación, algo que se asoció a menos síntomas y a mejores vínculos posteriores.

    ¿Escribirle una carta a mi ex que no voy a enviar me va a ayudar?

    Depende, y puede empeorarlo. En un ensayo aleatorizado con 90 adultos recién separados, quienes estaban buscándole activamente un sentido a la separación tuvieron peores resultados emocionales hasta nueve meses después si les tocó escritura expresiva, comparados con quienes escribieron sobre temas neutros. Si escribir te alivia, hazlo. Si terminas peor cada vez, para.

    ¿Puedo hacerme un test de apego para entender lo que me pasó?

    No en este momento. Justo después de una ruptura tu sistema de apego está desregulado, y cualquier evaluación va a capturar la descompensación actual en lugar de tu funcionamiento habitual. Además, el apego tiene especificidad relacional: cómo funcionaste con esa pareja no es necesariamente cómo eres con todo el mundo.

    ¿Cuándo tengo que consultar a un psicólogo?

    Cuando el proceso se atasca o se complica: depresión instalada por más de dos semanas con deterioro del funcionamiento, crisis de pánico, bloqueo afectivo prolongado con síntomas físicos, rumiación que impide trabajar o dormir, consumo de alcohol para no sentir, o meses sin salir de la fase de protesta. Si aparecen ideas de hacerte daño, consulta de inmediato.

    ¿Me voy a recuperar?

    Lo más probable es que sí. La revisión de la investigación sobre separación y salud concluye que la respuesta más común es la recuperación, y que entre un 10% y un 15% de las personas queda con un deterioro sustancial. Ese grupo minoritario es el que necesita ayuda profesional, y es también el que mejor responde cuando la recibe.

    Para cerrar

    Si algo vale la pena retener de todo esto, es que la variable que más pesa en tu recuperación es qué haces con la rumiación, cómo te hablas cuando aparece el recuerdo, y si lograste armar una explicación de lo que pasó que se sostenga sin héroes ni villanos. Pesa más que cuánto duró la relación, quién cortó o cuánto tiempo llevas.

    Esas tres cosas se pueden trabajar. Y si llevas meses en el mismo punto, o si reconociste alguna de las señales de la sección anterior, conversarlo con un profesional no es rendirse antes de tiempo: es lo que hace la diferencia entre las trayectorias de recuperación lenta y las de malestar crónico.

    Si quieres empezar ese trabajo, puedes escribirme para agendar una primera sesión. Trabajo en modalidad online desde Chile, y una primera conversación suele bastar para saber si esto es un duelo que va siguiendo su curso o algo que conviene acompañar.

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    Referencias

    Amato, P. R. (2000). The consequences of divorce for adults and children. Journal of Marriage and Family, 62(4), 1269-1287. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2000.01269.x

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3rd ed.). W. W. Norton & Company.

    Gehl, K., Brassard, A., Dugal, C., Lefebvre, A.-A., Daigneault, I., Francoeur, A., & Lecomte, T. (2024). Attachment and breakup distress: The mediating role of coping strategies. Emerging Adulthood, 12(1), 41-54. https://doi.org/10.1177/21676968231209232

    Halpern-Meekin, S., Manning, W. D., Giordano, P. C., & Longmore, M. A. (2012). Relationship churning in emerging adulthood. Journal of Adolescent Research, 28(2), 166-188. https://doi.org/10.1177/0743558412464524

    Hao, F., Qiu, F., Liang, Z., & Li, P. (2024). Psychotherapies for prolonged grief disorder in adults: A systematic review and network meta-analysis. Asian Journal of Psychiatry, 99, 104133. https://doi.org/10.1016/j.ajp.2024.104133

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    Nota sobre las citas secundarias: las referencias a Bowlby (1980), Weiss (1975), Parkes, Harris et al. (1990) y Sbarra y Emery (2005) se citan en el cuerpo como aparecen en las obras consultadas (Marrone y Juri, 2001; Mikulincer y Shaver, 2007), y por eso solo estas últimas figuran en la lista.

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.