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  • Duelo por un padre ausente

    Duelo por un padre ausente

    Si buscaste «duelo por un padre ausente», lo más probable es que algo te haya movido por dentro: tu papá murió y no sabes qué sentir, o sigue vivo y llevas años echando de menos a alguien que nunca estuvo. A veces pasan las dos cosas a la vez, y con la duda de si tienes derecho a llamarlo duelo.

    Lo tienes. Esta guía reúne lo que dicen los libros de referencia sobre el duelo y los estudios disponibles sobre la ausencia del padre. Conviene avisar desde el inicio que no encontramos ningún estudio que mida el duelo específico por un padre ausente, así que lo que sigue combina piezas de áreas vecinas y dice en cada caso hasta dónde llegan.

    Respuesta corta: sí, se puede hacer duelo por un padre que no estuvo. Lo que se llora es la persona y también la relación que no existió y que ya no podrá existir. Es habitual que aparezcan a la vez rabia, culpa, alivio y vacío, y que el entorno no lo entienda. Si pasan los meses y el dolor te paraliza, consultar tiene sentido.

    ¿Se puede hacer duelo por un padre que nunca estuvo?

    Sí. El duelo responde a lo que se pierde, y con un padre ausente se pierde bastante: la persona real, pero también la posibilidad de una relación, de una disculpa o de una explicación. Worden (2013) lo describe como el duelo por lo que nunca existió, y Neimeyer (2019) cuestiona la idea de que solo se sufre por quienes se amó de cerca.

    Cuando el padre sigue vivo, Boss (2025) habla de pérdida ambigua: una pérdida incompleta, sin certificado de defunción ni ritos de cierre, en la que no queda claro si la persona está dentro o fuera de tu vida. Hay más sobre este concepto en la guía de pérdida ambigua.

    Y cuando murió, la muerte cierra de golpe la esperanza de que algún día llegara el abrazo, la disculpa o el interés que se esperaba. Desde entonces ya no queda a quién esperar.

    ¿Qué se llora en el duelo por un padre ausente?

    Según lo que describen Worden (2013) y Neimeyer (2019), en este duelo se mezclan varias pérdidas distintas:

    • El padre real, con lo poco o lo mucho que fue, incluso si compartieron más ausencia que recuerdos.
    • El padre que habrías querido tener, el que preguntaba, aparecía y se interesaba.
    • La oportunidad de arreglar algo: una conversación pendiente, una explicación, una disculpa.
    • Una parte de tu historia, porque la identidad puede haberse construido buscando una respuesta o una validación de ese padre.

    Neimeyer (2019) añade que esa muerte puede abrir preguntas sobre quién eres ahora («¿quién soy yo, siendo hijo o hija de este padre que no estuvo?»). Por eso a veces el golpe es mayor de lo que la persona esperaba, y la confunde.

    Murió mi padre con el que no tenía relación: ¿por qué siento tanto, o tan poco?

    Porque no hay una reacción típica, y lo que aparece depende de la historia concreta. Worden (2013) describe rabia intensa por el abandono o la decepción, culpa por no haber hecho algo (o por sentir alivio) y, en algunos casos, evitación o idealización del fallecido para no tocar lo doloroso. Si la rabia no se reconoce, tiende a dirigirse hacia uno mismo.

    Neimeyer (2019) habla de ambigüedad afectiva: oscilar entre dolor, resentimiento y frialdad, con culpa por cada una de esas emociones. Sentir poco también puede pasar.

    Una idea muy repetida es que la ambivalencia hacia el fallecido vuelve el duelo más difícil. La investigación la matiza. En dos muestras de pacientes psiquiátricos ambulatorios (138 y 139 personas), la ambivalencia se asoció de forma inversa con la gravedad de los síntomas de duelo, mientras que la afiliación y la dependencia se asociaron de forma directa (Piper et al., 2001).

    Son pacientes psiquiátricos, así que es una pista y no una regla general.

    Otros estudios apuntan en la misma línea. En 157 adultos jóvenes en duelo, fueron la profundidad de la relación y la dependencia las que se asociaron con el duelo complicado (Mash et al., 2014). Fue un estudio transversal y de tamaño pequeño.

    En 385 universitarios en duelo, el mayor riesgo de duelo intenso apareció en quienes tenían un estilo de apego preocupado (mucha ansiedad, poca evitación) y una relación a la vez muy cercana y muy conflictiva (Smigelsky et al., 2020). Era una muestra con mucha familia extensa y datos recordados, así que se lee con cautela.

    Un metaanálisis de 120 estudios y más de 61.000 personas encontró que los factores con mayor asociación con el duelo prolongado fueron los síntomas de duelo previos a la pérdida (r = 0,39) y la depresión (r = 0,30) (Buur et al., 2024). El resumen del estudio no menciona una relación difícil entre los factores más fuertes.

    Una relación difícil no basta para predecir un duelo más grave. Lo que suele cambiar es la forma, con más mezcla de emociones.

    Padre ausente: heridas que deja y qué dice la investigación

    Aquí hay más literatura, aunque casi toda estudia a niños y adolescentes cuyo padre dejó el hogar, y no el duelo posterior. Sirve para entender qué pesa en la historia, siempre con la cautela de que son resultados de grupo y no un destino individual.

    Una revisión de estudios con diseños que intentan separar la causa del efecto concluyó que la ausencia del padre sigue mostrando efectos negativos, de menor tamaño que los de los estudios simples. La evidencia es más sólida para el ajuste emocional y social en la infancia y para la salud mental en la adultez (McLanahan et al., 2013).

    En una cohorte británica de hasta 8.409 personas, la ausencia del padre biológico en la primera infancia se asoció con más probabilidad de depresión y más síntomas depresivos a los 24 años, algo que no ocurrió con la ausencia en la infancia media (Culpin et al., 2022). Los autores advierten sobre pérdida de participantes y confusión residual.

    Un análisis anterior de la misma cohorte, con 5.631 niños, encontró más síntomas depresivos a los 14 años cuando el padre se fue en los primeros cinco años, con una asociación más fuerte en niñas (Culpin et al., 2013).

    Hay además un problema de definición. Una revisión crítica señala que «ausencia paterna» es un término poco definido y que gran parte de la literatura no distingue entre la muerte del padre, el conflicto de la pareja y otras causas (East et al., 2006).

    Bowlby (1980) planteó que la pérdida o ausencia prolongada de un progenitor en la infancia puede llevar al niño a arreglárselas solo y, en la adultez, a defenderse con una independencia que evita pedir apoyo. Es una tendencia y no un destino. Si te interesa ese terreno, está la guía sobre apego evitativo.

    ¿Y si tu padre sigue vivo pero ausente?

    También se puede hacer duelo por alguien que vive. Boss (2025) distingue dos formas de pérdida ambigua que encajan con un padre ausente:

    • Ausente en el cuerpo, presente en la mente: el padre se fue, se separó o dejó de verte, pero sigue ocupando tus preguntas y expectativas.
    • Presente en el cuerpo, ausente en lo emocional: vive contigo o cerca, pero el trabajo, una adicción o su forma de ser le impiden conectar contigo.

    Para ese caso, Boss (2025) propone seis pautas: dar sentido (empezando por ponerle nombre a lo que pasa), ajustar la necesidad de control, reconstruir la identidad, normalizar la ambivalencia, revisar el apego y descubrir nuevas esperanzas. La meta es aprender a vivir con una pérdida sin cierre.

    ¿Es raro el distanciamiento entre padres e hijos adultos? Según una encuesta nacional de Estados Unidos (8.119 hijos adultos respondieron sobre su padre), el 26 % reportó un periodo de distanciamiento de su padre, con una edad media de 23 años para el primero, y el 69 % de ellos se reconcilió en olas posteriores (Reczek et al., 2023). Son datos de EE. UU., sin equivalente chileno.

    Esa cifra tiene una lectura práctica: el vínculo con un padre ausente no siempre está cerrado, y decidir si buscarlo o no es una decisión tuya que no tiene una respuesta única.

    Si el distanciamiento duele, hay un dato prometedor y modesto. En 263 personas distanciadas de un familiar que asistieron a grupos de apoyo de seis sesiones, el malestar bajó de moderado a leve y dijeron sentirse menos solas y con menos vergüenza (Blake et al., 2022). No hubo grupo de comparación y la muestra era autoseleccionada.

    ¿Por qué cuesta tanto que los demás lo entiendan?

    Porque este duelo suele quedar desautorizado, un concepto de Doka: el entorno no valida el dolor y la propia persona tampoco se da permiso. Se oyen frases como «¿por qué te afecta si apenas lo veías?» o «si no estuvo, no tienes por qué estar mal».

    La sociedad tiende a presuponer que el sufrimiento es proporcional a la cercanía. Robson y Walter (2013) matizan además que las normas sobre qué duelos son legítimos siguen una jerarquía en la que ciertos vínculos pesan más que otros, y que el valor clínico del concepto de duelo desautorizado puede ser limitado.

    Por eso Worden (2013) subraya que quien está en este duelo necesita recibir, o darse a sí mismo, permiso para sentir tristeza, rabia, culpa o alivio, sin importar qué tan distante fuera el vínculo. Para conocer más sobre las dificultades para llorar, hay una guía sobre no poder llorar.

    ¿Qué puede ayudar en el duelo por un padre ausente?

    Los libros de referencia describen varias herramientas. Conviene saber que son recomendaciones de la práctica clínica y que no existen ensayos que las hayan probado específicamente en duelo por un padre ausente. Se pueden probar con calma, de a una:

    1. Ponerle nombre y darte permiso. Decirte «estoy en duelo por lo que no fue» ya reduce la sensación de estar fallando (Worden, 2013; Boss, 2025).
    2. Hacer dos listas: lo que echas de menos y lo que no. Incluir las decepciones y los arrepentimientos ayuda a no idealizar ni a borrar al padre (Worden, 2013; Neimeyer, 2019).
    3. Escribirle una carta que no vas a enviar. Permite decir la rabia, las preguntas y las confesiones sin temer la respuesta (Neimeyer, 2019).
    4. Probar la silla vacía con un terapeuta. Se describe como una técnica de terapia para dirigirse en primera persona al padre y confrontar lo pendiente (Worden, 2013; Neimeyer, 2019).
    5. Crear un pequeño ritual propio. Algo simbólico y privado que marque la pérdida, porque en la pérdida ambigua faltan los ritos de cierre (Neimeyer, 2019; Boss, 2025).
    6. Alternar el dolor con lo práctico. El modelo del proceso dual describe un duelo sano que oscila entre mirar la pérdida y ocuparse de la vida, con descansos de ambas cosas (Stroebe y Schut, 1999).

    También conviene decidir qué vínculo conservar. Una revisión sistemática de métodos mixtos halló que los vínculos continuos con el fallecido traen consuelo y malestar, y que la literatura no ha podido confirmar si conservarlos ayuda más que soltarlos (Hewson et al., 2024). En tu caso, esto puede significar recordar lo bueno si lo hubo sin forzarte a perdonar ni a idealizar.

    Para ver tiempos y etapas, la guía sobre cómo superar un duelo y la guía madre de duelo cubren el tema desde el comienzo.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Consulta si, pasados varios meses, el dolor sigue intenso e impide trabajar, estudiar o cuidar de otros, si hay una culpa desproporcionada y constante, si la rabia está dañando tus relaciones, si recurres al alcohol u otras sustancias para anestesiar el dolor o si sientes que estás atrapado en el sufrimiento sin ver salida. Son señales que Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen como motivo de evaluación.

    Un diagnóstico de duelo prolongado exige anhelo o preocupación persistentes por la persona fallecida y un deterioro importante, durante al menos seis meses según la CIE-11 y doce según el DSM-5-TR en adultos (Organización Mundial de la Salud, 2024, para la CIE-11). Los criterios miran los síntomas y el deterioro, y no qué tan cercana era la relación. Puedes ver si te corresponde con el test de duelo prolongado.

    Si aparecen ideas de morir o de hacerte daño, no esperes: cuéntaselo a alguien hoy mismo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, todos los días) o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal no sentir nada cuando muere un padre ausente?

    Sí puede ocurrir. No hay una reacción típica, y algunas personas sienten poco, otras rabia y otras alivio. Un estudio con pacientes psiquiátricos encontró que la ambivalencia hacia el fallecido se asoció con menos síntomas de duelo (Piper et al., 2001). Si pasan meses y algo te inquieta, consulta.

    ¿Puedo hacer duelo por un padre que me abandonó y sigue vivo?

    Sí. Boss (2025) lo describe como pérdida ambigua: el padre está ausente en el cuerpo pero presente en la mente. No hay certificado ni funeral que marque el cierre, y aun así el dolor es real. Las pautas de Boss apuntan a vivir con esa ambigüedad y no a forzar un final.

    ¿Es raro sentir alivio cuando muere un padre con el que no tenía relación?

    No. Worden (2013) describe la culpa por sentir alivio como una experiencia frecuente en duelos con relaciones difíciles. Sentir alivio y tristeza a la vez es parte de la ambigüedad afectiva que Neimeyer (2019) describe. Puede ayudar escribirlo o conversarlo con alguien de confianza.

    ¿Por qué me duele más de lo que esperaba?

    Porque la muerte cierra para siempre la posibilidad de recibir la disculpa, la explicación o el afecto que se esperaba (Worden, 2013; Neimeyer, 2019). Además, una historia construida buscando a ese padre puede quedar sin sentido de golpe. Si el dolor te paraliza, un psicólogo puede acompañarte.

    ¿La ausencia del padre causa depresión?

    En estudios de cohorte, la ausencia del padre en la primera infancia se asoció con más depresión en la adultez joven (Culpin et al., 2022). Es una asociación de grupo, con limitaciones, y los efectos son menores en estudios con diseños más rigurosos (McLanahan et al., 2013). No determina lo que le pasará a cada persona.

    ¿Cuánto dura el duelo por un padre ausente?

    No hay un plazo correcto ni estudios específicos de este duelo. El diagnóstico de duelo prolongado exige al menos seis meses en la CIE-11 y doce en el DSM-5-TR, con deterioro importante (Organización Mundial de la Salud, 2024).

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Cargar solo con un duelo que otros no reconocen pesa, y a veces lo difícil es empezar. Si murió tu padre ausente, o sigue vivo y la ausencia aún duele, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas saber qué decir: basta con contar cómo estás.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder.
    • Blake, L., Bland, B., & Gilbert, H. (2022). The efficacy of a facilitated support group intervention to reduce the psychological distress of individuals experiencing family estrangement. Evaluation and Program Planning, 95, 102168. https://doi.org/10.1016/j.evalprogplan.2022.102168
    • Bowlby, J. (1980). Attachment and loss: Vol. 3. Loss: Sadness and depression. Basic Books.
    • Buur, C., Zachariae, R., Komischke-Konnerup, K. B., Marello, M. M., Schierff, L. H., & O’Connor, M. (2024). Risk factors for prolonged grief symptoms: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 107, 102375. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2023.102375
    • Culpin, I., Heron, J., Araya, R., Melotti, R., & Joinson, C. (2013). Father absence and depressive symptoms in adolescence: Findings from a UK cohort. Psychological Medicine, 43(12), 2615-2626. https://doi.org/10.1017/s0033291713000603
    • Culpin, I., Heuvelman, H., Rai, D., Pearson, R. M., Joinson, C., Heron, J., Evans, J., & Kwong, A. S. F. (2022). Father absence and trajectories of offspring mental health across adolescence and young adulthood: Findings from a UK-birth cohort. Journal of Affective Disorders, 314, 150-159. https://doi.org/10.1016/j.jad.2022.07.016
    • East, L., Jackson, D., & O’Brien, L. (2006). Father absence and adolescent development: A review of the literature. Journal of Child Health Care, 10(4), 283-295. https://doi.org/10.1177/1367493506067869
    • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001-1014. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2223593
    • Mash, H. B. H., Fullerton, C. S., Shear, M. K., & Ursano, R. J. (2014). Complicated grief and depression in young adults: Personality and relationship quality. The Journal of Nervous and Mental Disease, 202(7), 539-543. https://doi.org/10.1097/nmd.0000000000000155
    • McLanahan, S., Tach, L., & Schneider, D. (2013). The causal effects of father absence. Annual Review of Sociology, 39, 399-427. https://doi.org/10.1146/annurev-soc-071312-145704
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Piper, W. E., Ogrodniczuk, J. S., Joyce, A. S., McCallum, M., Weideman, R., & Azim, H. F. (2001). Ambivalence and other relationship predictors of grief in psychiatric outpatients. The Journal of Nervous and Mental Disease, 189(11), 781-787. https://doi.org/10.1097/00005053-200111000-00008
    • Reczek, R., Stacey, L., & Thomeer, M. B. (2023). Parent-adult child estrangement in the United States by gender, race/ethnicity, and sexuality. Journal of Marriage and Family, 85(2), 494-517. https://doi.org/10.1111/jomf.12898
    • Robson, P., & Walter, T. (2013). Hierarchies of loss: A critique of disenfranchised grief. OMEGA: Journal of Death and Dying, 66(2), 97-119. https://doi.org/10.2190/om.66.2.a
    • Smigelsky, M. A., Bottomley, J. S., Relyea, G., & Neimeyer, R. A. (2020). Investigating risk for grief severity: Attachment to the deceased and relationship quality. Death Studies, 44(7), 402-411. https://doi.org/10.1080/07481187.2018.1548539
    • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo en hombres: cómo lo viven y cómo ayudar

    Duelo en hombres: cómo lo viven y cómo ayudar

    Si buscaste «duelo en hombres», es probable que te preocupe alguien: un padre que no ha dicho una palabra desde el funeral, una pareja que volvió al trabajo al día siguiente, un hermano que de pronto se irrita por todo. O quizá la persona en duelo eres tú, y sientes que ni siquiera te corresponde llamarlo así.

    El duelo en hombres existe y duele tanto como cualquier otro, pero con frecuencia se ve distinto desde afuera: menos llanto, más actividad, más silencio. Esta guía reúne lo que muestran los estudios y los libros de referencia sobre cómo viven el duelo los hombres, por qué cuesta pedir ayuda, qué señales conviene vigilar y cómo acompañar.

    Respuesta corta: hombres y mujeres sufren una pérdida con una intensidad parecida, y la mayoría de los hombres se adapta con el tiempo. Lo que cambia, en promedio, es la forma de expresarlo (más acción y menos palabras) y lo difícil que resulta pedir apoyo. Un duelo silencioso preocupa cuando aparecen alcohol, rabia que daña los vínculos, aislamiento sostenido o ideas de morir.

    ¿Es distinto el duelo en hombres y mujeres?

    Menos de lo que se suele creer. Los estudios sobre hombres y duelo que los comparan con mujeres encuentran más semejanzas que diferencias en cuánto duele y en cómo evoluciona el dolor. Las diferencias aparecen sobre todo en cómo se expresa, en qué lo vuelve más riesgoso y en cuánto cuesta pedir ayuda.

    En una cohorte de 857 cónyuges en duelo seguidos durante 11 meses, las cuatro trayectorias del duelo reunieron a hombres y mujeres en proporciones similares. La más frecuente, con síntomas bajos todo el tiempo, fue la del 64,4 % (Lundorff et al., 2020).

    Dentro del pequeño grupo con duelo prolongado sí hubo una diferencia: los hombres partían con más síntomas y bajaban con los meses, mientras que en las mujeres los síntomas subían.

    Otro análisis comparó cómo se conectan entre sí los síntomas en 839 viudos y viudas mayores. Encontró muchas similitudes y pocas diferencias, y en ambos géneros el vínculo más fuerte fue el que une el anhelo con las punzadas de dolor (Maccallum et al., 2023).

    Tampoco aparecieron las diferencias esperadas al revisar el lenguaje: en 50 personas en duelo, 21 de ellas hombres, las palabras emocionales y sociales usadas al contar la pérdida fueron parecidas (Stelzer et al., 2019).

    Y en un seguimiento de 14 años a adultos que enviudaron, la depresión posterior no difirió entre hombres y mujeres. Cuando la muerte era anticipada, ambos volvían a su nivel previo en un máximo de 24 meses (Sasson y Umberson, 2014).

    En 1.093 adultos en duelo de Hong Kong, las mujeres reportaron más síntomas en conjunto, mientras que en los hombres pesó más la disrupción de la identidad, esa sensación de ya no saber quién se es. En ambos, lo más central fue la falta de sentido y el desapego, según un análisis de redes de síntomas (Li et al., 2026).

    Partir de la idea de que «ellos sienten menos» no tiene respaldo en estos datos. Lo que sí cambia, y bastante, es el camino que cada persona recorre. Para entenderlo sirve distinguir dos estilos.

    ¿Qué es el duelo instrumental y el duelo intuitivo?

    Son dos estilos de vivir una pérdida que describieron Terry Martin y Kenneth Doka. En el intuitivo, el dolor se procesa sobre todo sintiendo y hablando. En el instrumental, pensando y haciendo. Ninguno es mejor, y aunque el instrumental se asocia más a los hombres en la cultura occidental, también lo tienen muchas mujeres.

    Worden (2013) y Neimeyer (2019) recogen esta distinción. En el estilo instrumental, la persona procesa el dolor con trámites, reparaciones, proyectos o la organización del funeral: el pensamiento llega antes que la emoción y la acción ocupa el lugar de la conversación.

    Neimeyer (2019) añade un dato histórico útil: las teorías clásicas del duelo se construyeron estudiando sobre todo a viudas, y por eso se miró con sospecha a quien se volcaba en tareas prácticas, como si fuera una defensa o una falta de amor.

    Los estilos tampoco son excluyentes. En un estudio con 209 personas que respondieron un inventario de estilos de duelo, las dos escalas casi no se correlacionaron entre sí, de modo que una persona puede tener rasgos de ambas. Los dos estilos se asociaron con malestar y con menos adaptación, con más fuerza en el intuitivo (Gamino et al., 2020).

    Síntomas del duelo en hombres: ¿cómo se ve desde afuera?

    Muchas veces no se ve como duelo. Según lo que describen Worden (2013) y Neimeyer (2019), suele aparecer así:

    • Actividad constante: trámites, trabajo extra, arreglos en la casa, proyectos que antes no importaban.
    • Poco llanto, o llanto a solas, y un cambio de tema cuando alguien nombra al fallecido.
    • Irritabilidad: una rabia que a veces esconde impotencia o culpa que no se sienten autorizadas a salir como lágrimas.
    • Cuerpo: insomnio, opresión en el pecho, cansancio o molestias digestivas sin una causa médica clara.
    • Alcohol u otras sustancias para adormecer los pensamientos.

    Nada de esto prueba por sí solo que el duelo esté complicado. Muchos de estos comportamientos tienen una función útil, y para entenderla sirve el modelo del proceso dual.

    ¿Refugiarse en el trabajo es malo?

    No necesariamente. Según el modelo del proceso dual, el duelo saludable oscila entre mirar la pérdida y ocuparse de la vida práctica, con descansos de ambas cosas. Trabajar o resolver trámites puede ser uno de esos descansos. Preocupa cuando la oscilación se detiene y la actividad sirve para no sentir nada (Stroebe y Schut, 1999).

    Las cuatro tareas del duelo de Worden (2013) ayudan a verlo con más detalle. Los trámites y las decisiones prácticas apoyan aceptar la realidad de la muerte y adaptarse a una vida sin la persona. La tarea que más riesgo corre es elaborar el dolor, porque un exceso de actividad puede dejarla en pausa.

    Hay señales de que la actividad dejó de ser un descanso:

    • Pasan meses y no puede hablar de la pérdida sin evadir el tema, irritarse o angustiarse.
    • Trabaja sin pausa con el propósito de no dejar espacio a ningún recuerdo.
    • Aparecen dolencias físicas sin causa orgánica o un consumo de alcohol que sube.
    • Desprecia el llanto de otros miembros de la familia o se aísla detrás de la rutina.

    Si esto te suena conocido, no hace falta dejar el trabajo. Basta con reservar un rato breve y regular para la pérdida, como se explica más abajo.

    ¿Por qué muchos hombres viven el duelo en silencio?

    Porque a muchos se les enseñó que mostrar tristeza es debilidad y que su lugar es sostener a los demás. El duelo masculino suele quedar desautorizado, un concepto de Doka: nadie lo ve, nadie lo pregunta y el propio hombre no se da permiso. Los estudios sobre masculinidad y ayuda psicológica muestran el mismo patrón.

    Neimeyer (2019) describe la trampa de doble filo: si el hombre se desborda, puede ser juzgado como incompetente, y si se refugia en la acción, como insensible. En ninguno de los dos casos recibe un espacio cómodo para procesar su pérdida.

    En una entrevista a 18 viudos de Taiwán, el duelo quedaba subordinado a las responsabilidades como padre y proveedor, con contención emocional y sufrimiento interno. Consideraban que el duelo era un problema cuando el deterioro les impedía funcionar, y buscaban ayuda como una responsabilidad práctica (Tseng et al., 2026).

    Un metaanálisis de 35 muestras sobre ayuda psicológica en general, sin foco en el duelo, halló que mayor adhesión a la masculinidad tradicional se asocia con actitudes más negativas hacia pedir ayuda (r = -0,38) y con más autoestigma (r = 0,35) (Üzümçeker, 2025).

    Una revisión de 37 estudios sobre depresión concluyó que las normas masculinas tradicionales afectan cómo los hombres expresan los síntomas, cómo ven la ayuda y cómo manejan el malestar (Seidler et al., 2016).

    Ninguno de los estudios citados en esta guía es chileno, así que conviene leerlos como una orientación y no como una medida de lo que ocurre aquí.

    ¿Cuándo el duelo de un hombre se complica?

    Hay señales de cuidado cuando, pasados los primeros meses, el consumo de alcohol aumenta, la rabia daña los vínculos, el aislamiento se sostiene, el trabajo sirve para no pensar o aparecen ideas de morir. Un diagnóstico de duelo prolongado exige además anhelo intenso y deterioro importante, durante al menos seis meses en la CIE-11 y doce en el DSM-5-TR.

    Cada señal tiene su respaldo en los libros de referencia:

    • Alcohol: Worden (2013) lo describe como un método frecuente para bloquear pensamientos dolorosos. Neimeyer (2019), apoyándose en trabajos de Shuchter y Zisook, recoge que los viudos beben más un año después de la pérdida.
    • Rabia que distorsiona las relaciones: Neimeyer (2019) la ubica entre las señales que justifican una evaluación especializada, igual que el aislamiento persistente y la incapacidad de rendir en el trabajo.
    • Pérdida del control sobre lo que no tiene arreglo: Boss (2025) describe que, cuando una pérdida no tiene certezas, la exigencia cultural de mantener el dominio puede llevar a algunos hombres a la negación o a una sobreactivación.
    • Ideas de morir: Worden (2013) distingue el deseo pasivo de reencuentro («estaría mejor muerto») de los pensamientos o planes de suicidio, y Neimeyer (2019) indica que un plan exige consulta profesional inmediata.

    La Organización Mundial de la Salud incluye el trastorno de duelo prolongado en la CIE-11 y menciona entre sus características adicionales el aumento del consumo de alcohol y las ideas de suicidio (Organización Mundial de la Salud, 2024). Hay más sobre tiempos y etapas en la guía sobre cómo superar un duelo.

    Si la muerte fue violenta o repentina, el cuadro puede mezclar duelo y trauma, algo que se explica en duelo traumático. Y si la tristeza se vuelve persistente y general, conviene mirar también la depresión en hombres, que no siempre se parece a la tristeza que se espera.

    ¿Hay un mayor riesgo para la salud en los hombres que enviudan?

    Sí, en promedio, aunque el aumento es moderado. Un metaanálisis de 15 estudios de cohorte con más de dos millones de personas halló que el riesgo de morir era mayor durante los primeros seis meses tras enviudar (riesgo relativo de 1,41) que después (1,14). En mujeres el aumento no fue estadísticamente significativo (1,04), y en hombres fue de 1,23 (Moon et al., 2011).

    Un segundo metaanálisis, con 123 publicaciones, llegó a una conclusión parecida: los viudos tenían un riesgo de mortalidad de 1,23 frente a las personas casadas, mayor en hombres (1,27) que en mujeres (1,15) (Shor et al., 2012).

    Un riesgo relativo de 1,23 es un aumento moderado sobre el riesgo de base de las personas casadas, y estos estudios no logran explicar el mecanismo (aislamiento, hábitos, menos atención a la salud). Moon y colaboradores piden precisamente estudiar mejor por qué ocurre en los hombres.

    En el duelo por suicidio, una revisión de 35 estudios encontró que los hombres afectados tenían más mortalidad por suicidio, depresión, estrés postraumático y dificultades en las relaciones que los hombres sin esa pérdida. Los autores señalan que las normas sobre masculinidad les imponen desafíos propios y piden apoyos hechos a su medida (Logan et al., 2024).

    ¿Cómo acompañar a un hombre en duelo?

    Lo que más ayuda es estar presente sin exigirle que hable. Preguntar con sencillez, ofrecer ayuda concreta, compartir actividades y nombrar al fallecido abre más puertas que insistir en que «se desahogue». Con quien vive el duelo desde la acción, la conversación suele llegar mejor caminando o trabajando juntos que cara a cara.

    Según los libros de referencia (Worden, 2013; Neimeyer, 2019), conviene evitar:

    • Frases hechas como «sé cómo te sientes», «el tiempo lo cura todo» o «tienes que ser fuerte».
    • Consejos que nadie pidió sobre lo que debería sentir o hacer.
    • Criticarlo por no llorar o leer su reserva como falta de cariño.

    Y suele ayudar:

    • Una pregunta abierta y sin presión: «¿Cómo estás hoy?» o «¿quieres que hablemos de eso?».
    • Decir con honestidad «no sé qué decirte, pero aquí estoy».
    • Una oferta precisa en lugar de «llámame si necesitas algo»: «¿qué día te traigo la cena?» o «¿te acompaño a hacer el trámite?».
    • Recordar a la persona fallecida con una anécdota, que suele consolar.

    Los amigos también cuentan. Worden (2013) señala que el apoyo es abundante durante el funeral y baja entre los seis meses y el año, justo cuando cae la ficha de la ausencia. Por eso conviene mantener el contacto mucho después de la primera semana.

    En la familia, además, ayuda no asignar al hijo ni al padre el papel de «hombre de la casa» para reemplazar al fallecido, y conversar sobre quién hace qué en lugar de dar por hecho que él puede con todo.

    ¿Qué formato de ayuda funciona mejor con hombres?

    Depende de la persona, pero hay una pista de un ensayo pequeño que conviene conocer. Un ensayo con viudos y viudas con alto malestar a los 11 meses comparó una intervención centrada en las emociones con otra centrada en resolver problemas. Los viudos mejoraron más con la primera y las viudas con la segunda: cada grupo ganó más con la estrategia que le era menos familiar (Schut et al., 1997).

    Es un estudio de hace casi treinta años con 23 personas por grupo, un respaldo limitado para generalizar a todos los hombres. Sugiere que ofrecer, con delicadeza y en un entorno seguro, un espacio para expresar lo que se siente puede ayudar a quienes rara vez lo han tenido, sin forzarlo. Worden (2013) recoge este hallazgo.

    Otros formatos descritos en los libros del duelo y en estudios recientes:

    • Grupos de pares: funcionan mejor cuando reúnen pérdidas parecidas (viudos, padres que perdieron un hijo) y tienen reglas claras de confidencialidad, de no dar consejos y de repartir el tiempo de palabra (Worden, 2013).
    • Actividades como puerta de entrada: en un estudio cualitativo pequeño sobre apoyo tras la pérdida de un bebé organizado en torno al fútbol, los participantes lo describieron como un espacio seguro para hablar con otros hombres que pasaron por lo mismo. Participaron 21 personas en la encuesta y 11 en la discusión, así que da una pista de lo que podría funcionar, sin ser una prueba de eficacia (Carroll et al., 2026).
    • Escritura: Neimeyer (2019) propone cartas no enviadas al fallecido y diarios privados, que permiten trabajar el significado de la pérdida sin necesidad de hablar.

    Si el que está en duelo eres tú: cinco cosas que puedes probar

    Ninguna de estas ideas exige que cambies tu forma de ser.

    1. Ponle nombre. Decirte «estoy en duelo» ayuda a leer el insomnio, la rabia o el cansancio como parte de lo que te pasa y no como fallas aisladas.
    2. Reserva un rato para la pérdida. Es la oscilación del proceso dual (Stroebe y Schut, 1999): 15 o 20 minutos al día o a la semana para mirar fotos, caminar por un lugar compartido o escribir, y el resto del día para lo práctico.
    3. Usa tu estilo. Si piensas haciendo, hacer algo en su memoria (arreglar lo que dejó pendiente, plantar algo, terminar un proyecto) cuenta como duelo.
    4. Elige una persona. No tienes que contárselo a todos. Una persona de confianza con la que puedas decir «hoy me costó» ya cambia mucho.
    5. Mira el alcohol y el sueño. Son dos de las señales que conviene vigilar (Worden, 2013).

    Si ya tienes pareja, conviene saber que los estilos distintos generan roces. Neimeyer (2019) cuenta el caso de unos padres que perdieron a su hijo de 22 años: ella procesaba el dolor llorando y visitando la tumba, y él buscaba autocontrol, planear el futuro y resolver cosas prácticas, lo que generaba fricciones entre ambos. Neimeyer subraya la importancia de negociar bases comunes que respeten a los dos sin juzgarse.

    El mismo autor recoge que, tras la muerte de un hijo, los hombres suelen buscar contacto sexual como consuelo, algo que sus parejas pueden vivir como intrusivo o incompatible con la tristeza.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Consulta si, pasados varios meses, el dolor sigue intenso y te impide trabajar, cuidar de otros o relacionarte, si el consumo de alcohol aumenta, si la rabia te está dañando las relaciones o si el duelo se parece a una depresión. También si acompañas a alguien así y no sabes cómo acercarte.

    Si aparecen ideas de morir, o ves que alguien cercano las tiene, no esperes: cuéntaselo a alguien hoy mismo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, todos los días) o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131.

    MedlinePlus reúne información general sobre la pérdida de un ser querido, útil para quien quiere leer más antes de decidir. Para una visión de conjunto de tipos y etapas, la guía madre de duelo cubre el tema desde el comienzo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que un hombre no llore cuando muere alguien?

    Sí. No llorar no indica falta de cariño. Muchos hombres procesan el dolor con acción y pensamiento (estilo instrumental), o lloran a solas. Conviene vigilar la ausencia total de contacto con la pérdida durante meses, no la ausencia de lágrimas (Worden, 2013; Neimeyer, 2019).

    ¿Cuánto dura el duelo en un hombre?

    Varía. En una cohorte de cónyuges, el 64,4 % tuvo síntomas bajos todo el seguimiento y solo una minoría tuvo duelo prolongado, con proporciones similares en hombres y mujeres (Lundorff et al., 2020). El diagnóstico exige al menos seis meses en la CIE-11 y doce en el DSM-5-TR.

    ¿Por qué mi pareja o mi papá está tan irritable desde la pérdida?

    La irritabilidad es una forma frecuente de expresar el duelo, y puede esconder impotencia o culpa que no encuentran otra salida. Si se mezcla con alcohol, aislamiento o amenazas a los demás, conviene hablar con un profesional (Neimeyer, 2019).

    ¿Los hombres se deprimen más que las mujeres al enviudar?

    En un seguimiento de 14 años, los síntomas depresivos tras enviudar no difirieron por género (Sasson y Umberson, 2014). Lo que sí muestran los metaanálisis es un riesgo de mortalidad algo mayor en hombres, sobre todo en los primeros seis meses (Moon et al., 2011).

    ¿Qué le digo a un amigo que perdió a su padre o a su pareja?

    Algo sencillo y verdadero, como «no sé qué decirte, pero aquí estoy», y después una oferta concreta (llevarle comida, acompañarlo a un trámite). Evita frases como «tienes que ser fuerte» y mantén el contacto durante todo el primer año (Worden, 2013).

    ¿Sirven los grupos de apoyo para hombres en duelo?

    Pueden servir, sobre todo si reúnen pérdidas parecidas y tienen reglas de confidencialidad y de no dar consejos (Worden, 2013). Un estudio cualitativo pequeño sobre un formato de apoyo en torno al fútbol tras la pérdida de un bebé reportó buena acogida, pero no es una prueba de eficacia (Carroll et al., 2026).

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Cargar solo con el dolor pesa, y a veces lo difícil es empezar. Si el duelo es tuyo, o acompañas a alguien que no logra hablar de lo que perdió, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas saber qué decir para empezar: basta con contar cómo estás.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder.
    • Carroll, P., Kelleher, M., Henderson, M., Hanlon, A., McGurrell, B., Richens, Y., Moore, J., Shevlin, A., Coleman, S., Rooney, J., & Bray, L. (2026). ‘You’ll never walk alone’: A qualitative sequential multimethod study of football-based bereavement support for men who have experienced baby loss. Nursing Research and Practice, 2026(1), 4511827. https://doi.org/10.1155/nrp/4511827
    • Gamino, L. A., Sewell, K. W., Prosser-Dodds, L., & Hogan, N. S. (2020). Intuitive and instrumental grief: A study of the reliability and validity of the Grief Pattern Inventory. OMEGA – Journal of Death and Dying, 81(4), 532-550. https://doi.org/10.1177/0030222818786403
    • Li, Y., Jiao, K., Chow, A. Y. M., Ng, Y. H., Chong, E. S. K., Cong, Q., Ning, J., & Suen, M. H. P. (2026). Gender differences in prolonged grief: A network perspective on symptom interconnections and functional impairment. European Journal of Psychotraumatology, 17(1), 2711483. https://doi.org/10.1080/20008066.2026.2711483
    • Logan, N., Krysinska, K., & Andriessen, K. (2024). Impacts of suicide bereavement on men: A systematic review. Frontiers in Public Health, 12, 1372974. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1372974
    • Lundorff, M., Bonanno, G. A., Johannsen, M., & O’Connor, M. (2020). Are there gender differences in prolonged grief trajectories? A registry-sampled cohort study. Journal of Psychiatric Research, 129, 168-175. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2020.06.030
    • Maccallum, F., Lundorff, M., Johannsen, M., Farver-Vestergaard, I., & O’Connor, M. (2023). An exploration of gender and prolonged grief symptoms using network analysis. Psychological Medicine, 53(5), 1770-1777. https://doi.org/10.1017/s0033291721003391
    • Moon, J. R., Kondo, N., Glymour, M. M., & Subramanian, S. V. (2011). Widowhood and mortality: A meta-analysis. PLoS ONE, 6(8), e23465. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0023465
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Sasson, I., & Umberson, D. J. (2014). Widowhood and depression: New light on gender differences, selection, and psychological adjustment. The Journals of Gerontology Series B: Psychological Sciences and Social Sciences, 69B(1), 135-145. https://doi.org/10.1093/geronb/gbt058
    • Schut, H. A. W., Stroebe, M. S., van den Bout, J., & de Keijser, J. (1997). Intervention for the bereaved: Gender differences in the efficacy of two counselling programmes. British Journal of Clinical Psychology, 36(1), 63-72. https://doi.org/10.1111/j.2044-8260.1997.tb01231.x
    • Seidler, Z. E., Dawes, A. J., Rice, S. M., Oliffe, J. L., & Dhillon, H. M. (2016). The role of masculinity in men’s help-seeking for depression: A systematic review. Clinical Psychology Review, 49, 106-118. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2016.09.002
    • Shor, E., Roelfs, D. J., Curreli, M., Clemow, L., Burg, M. M., & Schwartz, J. E. (2012). Widowhood and mortality: A meta-analysis and meta-regression. Demography, 49(2), 575-606. https://doi.org/10.1007/s13524-012-0096-x
    • Stelzer, E. M., Atkinson, C., O’Connor, M. F., & Croft, A. (2019). Gender differences in grief narrative construction: A myth or reality? European Journal of Psychotraumatology, 10(1), 1688130. https://doi.org/10.1080/20008198.2019.1688130
    • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
    • Tseng, H. W., Lee, S. H., Liao, K. C., Chen, C. Y., Lee, H. L., & Tsai, Y. F. (2026). Widowers’ grief experiences and perceptions of prolonged grief disorder: A qualitative study on male mental health in Taiwan. American Journal of Men’s Health, 20(3), 15579883261453352. https://doi.org/10.1177/15579883261453352
    • Üzümçeker, E. (2025). Traditional masculinity and men’s psychological help-seeking: A meta-analysis. International Journal of Psychology, 60(2), e70031. https://doi.org/10.1002/ijop.70031
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo por perder el trabajo: cómo afrontarlo

    Duelo por perder el trabajo: cómo afrontarlo

    Si te despidieron, o tu contrato no se renovó, y desde entonces sientes un vacío raro, rabia, vergüenza o una tristeza que no sabes dónde poner, lo más probable es que estés viviendo un duelo por perder el trabajo. No hace falta que haya muerto nadie para que algo se rompa por dentro.

    Esta guía reúne lo que dicen los libros de referencia sobre el duelo y los pocos estudios que midieron el duelo laboral en personas reales. Conviene avisar desde el inicio que esos estudios son pequeños y antiguos, así que en cada caso se dice hasta dónde llegan.

    Respuesta corta: sí, perder el trabajo puede vivirse como un duelo, con incredulidad, rabia, tristeza, vergüenza y añoranza por lo perdido. En un estudio con 60 hombres que habían perdido su empleo, 27 % mostró una reacción claramente parecida a la de una muerte. Las «etapas» no son una escalera obligatoria y no hay un plazo fijo. Si el malestar te paraliza o aparecen ideas de morir, consultar tiene sentido.

    ¿Perder el trabajo es un duelo de verdad?

    Sí, en el sentido amplio que usan los libros de referencia. Neimeyer (2019) define la pérdida como cualquier daño en los recursos personales, materiales o simbólicos con los que se tiene un vínculo emocional, y nombra la pérdida del trabajo entre las que desatan duelo. Describe ira, cinismo, culpa, vergüenza, tristeza y una pregunta de fondo sobre la propia identidad.

    Worden (2013) se centra en la muerte, pero aclara que el término duelo sirve para otras pérdidas, entre ellas la de un rol como el laboral.

    Y hay datos propios del despido. En 60 hombres que habían perdido su empleo en los ocho años anteriores, las reacciones típicas del duelo por muerte aparecieron con frecuencias de entre 10 % y 80 % según la reacción, y 27 % cumplió el criterio de una respuesta claramente parecida al duelo. Cuanto más apego tenía la persona a su antiguo trabajo, mayor era la reacción.

    Ese puntaje de duelo se asoció además con más depresión y ansiedad (Archer y Rhodes, 1993). Fue un estudio transversal y solo con hombres, así que no se puede generalizar sin más.

    Un seguimiento de 38 desempleados durante un año encontró que 24 % tenía una respuesta de duelo poco después del despido, y que esa reacción fue bajando de manera gradual con el tiempo (Archer y Rhodes, 1995).

    Otro trabajo trató el empleo como un marcador de identidad. Sus resultados apoyan que el duelo por perder el trabajo es distinto de los síntomas de depresión y de ansiedad, que el lugar del trabajo en la identidad de la persona modulaba cuánto duelo aparecía y que la evitación podía ser el puente entre ambas cosas (Papa y Maitoza, 2013).

    ¿Qué se pierde cuando se pierde un trabajo?

    Mucho más que el sueldo. El modelo de Jahoda, tal como lo exponen Arnold et al. (2012), separa la función manifiesta del empleo (los ingresos) de sus funciones latentes, que casi nadie nombra hasta que desaparecen:

    • Estructura del tiempo: un horario, un ritmo y una razón para levantarse.
    • Contacto social regular fuera del círculo familiar.
    • Metas compartidas: sentirse parte de algo más grande que uno mismo.
    • Estatus e identidad: la respuesta automática a «¿a qué te dedicas?».
    • Actividad con sentido, que mantiene la cabeza ocupada en algo útil.

    Según ese modelo, quedarse sin todo eso a la vez explica buena parte del deterioro psicológico del desempleo. Un metaanálisis de 2009 con 323 estudios encontró que las personas desempleadas tienen peor salud mental que las empleadas (Paul y Moser, 2009). En la reseña de Arnold et al. (2012), 34 % de los desempleados presentaba problemas de salud mental frente a 16 % de los empleados.

    Neimeyer (2019) suma otra pérdida, más silenciosa: la de los supuestos sobre el mundo. Un despido puede romper la idea de que el esfuerzo asegura estabilidad o de que el entorno laboral es justo.

    Imagina a alguien con doce años en la misma empresa. Pierde el sueldo, pero también el café con los compañeros, la rutina de las ocho de la mañana y el cargo con el que se presentaba. Cada una de esas cosas es una pérdida con su propio duelo.

    ¿Cuáles son las etapas del duelo por perder el trabajo?

    Muchos artículos aplican al despido las cinco etapas de Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Kübler-Ross (1969) las describió a partir de personas con enfermedades terminales, y no como una secuencia que todos recorren en orden.

    Cuando se puso a prueba en duelo por muerte, el resultado fue mixto. En 233 personas seguidas entre 1 y 24 meses, la aceptación fue la reacción más respaldada en todo momento, la incredulidad no dominó al comienzo y el anhelo fue la emoción negativa más fuerte de principio a fin.

    Lo que sí coincidió con la teoría fue el orden en que cada emoción alcanza su máximo (Maciejewski et al., 2007).

    En una réplica con 614 jóvenes el apoyo a la teoría fue limitado, y lo que mejor predecía el estado de duelo era el sentido que la persona lograba darle a la pérdida más que el tiempo transcurrido (Holland y Neimeyer, 2010).

    Para el despido existe un retrato más cercano. Vickers (2009) entrevistó a 10 ejecutivos australianos que habían sido despedidos más de una vez, y propuso cuatro momentos: algo cambió, la pérdida empezó, la pérdida se confirmó y el después. Su hallazgo central es que el duelo empieza antes de la noticia oficial.

    Eso explica por qué hay quien ya siente el duelo con los rumores de reestructuración. Se parece a lo que Boss (2025) llama pérdida ambigua: una pérdida sin certeza ni cierre. Es un estudio exploratorio y pequeño, de ejecutivos, así que es una pista.

    En la práctica, conviene leer las etapas como reacciones que vienen y van, sin orden fijo:

    • Incredulidad, con la fantasía de que la decisión se revierta.
    • Rabia hacia la empresa, hacia un jefe o hacia uno mismo.
    • Vergüenza y culpa, sobre todo si se piensa que el despido fue merecido.
    • Miedo al futuro, con el dinero y el estatus en juego.
    • Tristeza y añoranza por la gente y la rutina.

    Si te interesa la visión de conjunto de cómo se vive una pérdida, la guía sobre cómo superar un duelo y la guía madre de duelo lo cubren desde el comienzo.

    ¿Por qué cuesta tanto que los demás lo reconozcan?

    Porque suele ser un duelo desautorizado, un concepto de Doka (1989): una pérdida que el entorno no valida del todo y que la propia persona tampoco se permite sentir. Se oyen frases como «ya vendrá otro trabajo», «al menos tienes salud» o «anímate y sal a buscar».

    Neimeyer (2019) señala que no existen ritos públicos para esta pérdida y que se espera que la persona esté motivada para buscar trabajo de inmediato, sin tiempo para la tristeza o la indignación. Robson y Walter (2013) matizan que las normas sobre qué duelos son legítimos siguen una jerarquía y que el valor clínico del concepto puede ser limitado.

    La consecuencia práctica es que mucha gente se queda sola con la rabia o la culpa. Para esos momentos en que cuesta soltar lo que se siente, está la guía sobre no poder llorar.

    Perdí mi trabajo y estoy deprimido: ¿es duelo o depresión?

    Pueden ser las dos cosas, y la diferencia importa. Worden (2013) y una revisión sobre duelo prolongado (Szuhany et al., 2021) coinciden en que en el duelo la tristeza se centra en la pérdida y la autoestima se mantiene, mientras que en la depresión la tristeza se generaliza y aparece una sensación global de inutilidad.

    Tras un despido las dos pistas se mezclan, porque la vergüenza golpea la autoestima, y por eso conviene que lo evalúe un profesional.

    Sobre despido y salud mental hay evidencia más amplia. Un metaanálisis de 38 estudios longitudinales encontró que el desempleo aumenta los síntomas de depresión, ansiedad y malestar (diferencia estandarizada de 0,19) y que el reempleo los reduce (-0,27), con certeza baja (Sterud et al., 2025). Es un efecto promedio y modesto: muchas personas no desarrollan un cuadro clínico.

    Otro metaanálisis de 33 estudios y más de 57.000 personas, de un equipo chileno de la Universidad de Talca, halló que el desempleo se asoció con más riesgo de trastorno por estrés postraumático (OR 1,50) y, sobre todo, de estrés postraumático complejo (OR 2,18) (Nvo-Fernandez et al., 2025).

    ¿Qué hace que el golpe sea mayor? En 756 personas seguidas durante dos años, la tensión financiera y la pérdida de control personal explicaron buena parte del camino entre el despido y la depresión, el deterioro funcional y la mala salud (Price et al., 2002). Dinero y sensación de control son dos palancas donde se puede intervenir.

    Una aclaración técnica: el diagnóstico de duelo prolongado exige la muerte de una persona cercana, tanto en la CIE-11 como en el DSM-5-TR (Organización Mundial de la Salud, 2024). Un malestar intenso y sostenido tras un despido suele evaluarse como depresión o trastorno de adaptación. Hay más en la guía sobre ansiedad por el desempleo y en la de depresión.

    ¿Qué ayuda a elaborar el duelo por un despido?

    Hasta hoy ningún ensayo probó programas de duelo pensados para el despido, así que lo que sigue combina los libros de referencia, que adaptan sus ideas a pérdidas distintas de la muerte, con evidencia de áreas vecinas. Se pueden probar de a una:

    1. Reconocer que terminó. La primera tarea de Worden (2013), adaptada al despido, es aceptar que la relación laboral acabó y soltar la fantasía de que la decisión se revoque.
    2. Dejar lugar al dolor. Rabia, humillación o miedo necesitan espacio. Taparlos con hiperactividad o con alcohol suele frenar el proceso (Worden, 2013).
    3. Alternar el dolor con lo práctico. El modelo del proceso dual describe un duelo sano que oscila entre mirar la pérdida y ocuparse de la vida, con descansos de ambas cosas (Stroebe y Schut, 1999).
    4. Reordenar la rutina y la pregunta por quién eres. Worden (2013) habla de ajustes externos (horarios, presupuesto, búsqueda de empleo) e internos, como pasar de definirse por el cargo a reconocer el valor propio más allá de él.
    5. Contar la historia. Neimeyer (2019) describe que explicarla ante alguien que escuche, llevar un diario o escribir sobre uno mismo en tercera persona ayuda a ordenar el caos y a tomar distancia.
    6. Hacer un ritual propio. Como no hay ritos públicos, Neimeyer (2019) propone gestos privados: escribir una despedida, guardar o donar un objeto del antiguo puesto, marcar un cierre simbólico.
    7. Conservar lo aprendido. La cuarta tarea de Worden (2013) es llevarse lo útil de esa etapa (las habilidades, los vínculos, los recuerdos) sin quedar atrapado en la amargura.

    La búsqueda de empleo también cuenta. En un ensayo aleatorizado con 928 adultos recién desempleados, un entrenamiento en búsqueda de trabajo con resolución de problemas y manejo de reveses logró reempleos de mejor calidad, y más motivación entre quienes seguían sin trabajo (Caplan et al., 1989).

    Una revisión sistemática de 17 estudios sobre intervenciones para personas desempleadas halló resultados dispares: la mayoría mejoraba la salud mental o el reempleo, pero no siempre ambos, y con riesgo de sesgo moderado o alto. Sus autores sugieren servicios de baja barrera de entrada (Adam et al., 2025).

    Y un dato para no culparse: volver a trabajar mitiga algunos efectos del despido, pero no los borra todos, y en contextos de desempleo generalizado el impacto psicosocial es menor (Brand, 2015).

    ¿Cuánto dura el duelo por perder el trabajo?

    El plazo varía mucho. En el estudio transversal de Archer y Rhodes (1993), el grado de duelo no se relacionó con el tiempo transcurrido desde el despido: había personas con una reacción intensa años después. En el seguimiento de un año (Archer y Rhodes, 1995), en cambio, la reacción promedio fue bajando.

    Lo que parece pesar más que el calendario es cuánto significaba el trabajo para la identidad, cuánto aprieta el dinero y con qué apoyo se cuenta. Si pasan los meses y el dolor sigue igual de intenso, es una señal para consultar, no para esperar más.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Consulta si, pasados varios meses, el malestar sigue impidiendo funcionar, si la culpa o la inutilidad son constantes y desproporcionadas, si recurres al alcohol u otras sustancias para anestesiar, si te aíslas de forma sostenida o si la rabia está dañando tus relaciones. Son señales que Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen como motivo de evaluación.

    En estudios longitudinales, perder el empleo se asoció con más del doble de riesgo de conducta suicida (RR 2,27, certeza moderada) (Magnusson Hanson et al., 2026). Es un dato de grupo y no un destino individual, pero es una razón para no esperar.

    Si aparecen ideas de morir o de hacerte daño, cuéntaselo a alguien hoy mismo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, todos los días) o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131.

    Si el despido llegó después de denunciar acoso, la guía sobre despido por acoso laboral cubre ese contexto.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal sentir duelo por un despido?

    Sí. Neimeyer (2019) incluye la pérdida del trabajo entre las que desatan duelo, y en 60 hombres despedidos 27 % mostró una reacción claramente parecida al duelo (Archer y Rhodes, 1993). Que el entorno lo minimice no lo hace menos real.

    ¿Cuánto dura el duelo laboral?

    El plazo varía mucho. En un estudio, la reacción promedio fue bajando a lo largo del primer año (Archer y Rhodes, 1995), pero en otro no dependía del tiempo desde el despido (Archer y Rhodes, 1993). Si pasan meses con malestar intenso que te impide funcionar, conviene consultar.

    ¿Cuáles son las etapas del duelo por perder el trabajo?

    Se suelen aplicar las cinco etapas de Kübler-Ross, pero en duelo por muerte la teoría tuvo apoyo limitado (Maciejewski et al., 2007; Holland y Neimeyer, 2010). Para el despido, Vickers (2009) describe cuatro momentos: algo cambió, la pérdida empezó, se confirmó y el después.

    ¿Perder el trabajo puede causar depresión?

    Puede aumentar los síntomas de depresión y ansiedad: un metaanálisis de 38 estudios longitudinales halló un efecto modesto del desempleo, que bajó con el reempleo (Sterud et al., 2025). No todas las personas desarrollan un cuadro clínico, y la tensión financiera y la pérdida de control influyen (Price et al., 2002).

    ¿Qué hago con la vergüenza o la culpa por haber sido despedido?

    Son reacciones frecuentes y descritas por Neimeyer (2019), a veces con bucles de autocrítica. Ayuda contarlo a alguien de confianza, escribirlo y separar lo que fue decisión de la empresa de lo que fue tuyo. Si la culpa es constante y desproporcionada, un psicólogo puede acompañarte.

    ¿Cuándo debo ir al psicólogo tras perder el trabajo?

    Si pasados varios meses el dolor sigue impidiendo trabajar, dormir o relacionarte, si usas alcohol para anestesiarte o si aparecen ideas de morir (Worden, 2013; Neimeyer, 2019). Con ideas suicidas no esperes: llama hoy al *4141 o al 131 si hay peligro.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Cargar solo con un duelo que otros minimizan pesa, y a veces lo difícil es empezar. Si perdiste tu trabajo y sigues dándole vueltas, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas saber qué decir: basta con contar cómo estás.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Adam, S. H., Junne, F., Schlachter, S., Mehler, M., Gündel, H., Rüsch, N., von Wietersheim, J., Giel, K. E., Zipfel, S., & Erschens, R. (2025). Interventions to foster mental health and reintegration in individuals who are unemployed: Systematic review. JMIR Public Health and Surveillance, 11, e65698. https://doi.org/10.2196/65698
    • Archer, J., & Rhodes, V. (1993). The grief process and job loss: A cross-sectional study. British Journal of Psychology, 84(3), 395-410. https://doi.org/10.1111/j.2044-8295.1993.tb02491.x
    • Archer, J., & Rhodes, V. (1995). A longitudinal study of job loss in relation to the grief process. Journal of Community & Applied Social Psychology, 5(3), 183-188. https://doi.org/10.1002/casp.2450050306
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    • Price, R. H., Choi, J. N., & Vinokur, A. D. (2002). Links in the chain of adversity following job loss: How financial strain and loss of personal control lead to depression, impaired functioning, and poor health. Journal of Occupational Health Psychology, 7(4), 302-312. https://doi.org/10.1037/1076-8998.7.4.302
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    • Sterud, T., Lunde, L. K., Berg, R., Proper, K. I., & Aanesen, F. (2025). Mental health effects of unemployment and re-employment: A systematic review and meta-analysis of longitudinal studies. Occupational and Environmental Medicine, 82(7), 343-353. https://doi.org/10.1136/oemed-2025-110194
    • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Vickers, M. H. (2009). Journeys into grief: Exploring redundancy for a new understanding of workplace grief. Journal of Loss and Trauma, 14(5), 401-419. https://doi.org/10.1080/15325020902724198
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cómo superar la muerte de tu pareja

    Cómo superar la muerte de tu pareja

    Si llegaste buscando «cómo superar la muerte de mi esposo», «la muerte de mi esposa» o «cómo superar la muerte de mi pareja», lo primero es decirte que lo que sientes tiene sentido. Perder a la pareja cambia de golpe la casa, las rutinas, los planes y la idea de quién eres. No existe una forma correcta de atravesarlo ni un plazo que cumplir.

    Esta guía reúne lo que muestran los estudios y los libros de referencia sobre la viudez: qué es esperable sentir, cuánto puede durar, qué pasa con la salud y la soledad, qué ayuda durante el primer año y cuándo conviene pedir ayuda. También sirve si acompañas a alguien que enviudó.

    Puedes leerla entera o ir a la parte que necesites. Si en algún momento aparecen ideas de morir, salta a la sección sobre pedir ayuda.

    Respuesta corta: la muerte de un esposo o de una esposa es una de las pérdidas más estresantes de la vida adulta, y su duelo suele ser intenso y largo. Con el tiempo, la mayoría de las personas se adapta y el dolor agudo baja. Se aprende a vivir con la ausencia, sin dejar de querer ni de recordar, y si el dolor se queda fijo existen tratamientos.

    ¿Por qué perder a la pareja duele distinto?

    Worden (2013) explica que la pareja suele ser a la vez confidente, compañera sexual, socia en las decisiones y en el dinero de la casa, y la persona con quien se repartían las rutinas. Al morir se pierden todos esos papeles al mismo tiempo. Muchas personas viudas descubren meses después cuántas cosas hacía el otro, desde administrar las cuentas hasta cocinar o arreglar la casa.

    También cambia la identidad. Neimeyer (2019) habla del «mundo de presuposiciones», la idea de que la vida es más o menos predecible y justa. La muerte de la pareja la sacude. Describe además dos tareas a la vez: reaprender el mundo (dormir sola, poner un plato menos en la mesa) y reaprenderse a uno mismo, porque quien decía «nosotros» ahora tiene que decir «yo».

    Los datos van en la misma línea. En un seguimiento a 13 meses, 44 viudos, 40 hijos adultos y 36 padres que habían perdido un hijo mostraron los fenómenos centrales del duelo con más frecuencia en los padres, luego en los viudos y por último en los hijos adultos (Middleton et al., 1998).

    En registros suecos, la muerte de un familiar cercano aumentó el riesgo de reacción de estrés, depresión mayor y trastorno por consumo de alcohol, con el mayor aumento tras la muerte de un hijo y el siguiente tras la de un cónyuge (Kendler et al., 2023).

    ¿Qué es normal sentir cuando muere tu esposo o tu esposa?

    Las reacciones son muy variadas, y casi todas tienen nombre en la literatura (Worden, 2013; Neimeyer, 2019):

    • Búsqueda e incredulidad: esperar que abra la puerta al volver, palpar el lado vacío de la cama, creer ver su cara en un desconocido.
    • Rabia: con el fallecido por haberse ido, con los médicos, con Dios o con familiares que parecen «más afortunados».
    • Culpa: repasar los últimos días con frases como «debí llevarlo antes al hospital» o «debí ser más amable».
    • Alivio, sobre todo después de una enfermedad larga o de una relación difícil, y con él una culpa secundaria por sentirlo.
    • Cuerpo: opresión en el pecho, vacío en el estómago, fatiga, sueño interrumpido y poco apetito.

    Una reacción que asusta a muchos es sentir la presencia del fallecido, oír su voz o verlo un instante. En una encuesta a 310 adultos mayores daneses, el 42 % refirió experiencias sensoriales de su pareja fallecida entre 6 y 10 meses después de la muerte. La mayoría las valoró de forma positiva y a menudo las compartió con su familia (Kamp et al., 2023).

    En el seguimiento posterior del mismo grupo, quienes las tuvieron mostraron al inicio más síntomas de duelo prolongado y de soledad, pero solo una minoría superó los puntos de corte y su malestar bajó igual que el de los demás (Kamp et al., 2024).

    Sentir su presencia es una de las reacciones posibles del duelo y no indica por sí sola un trastorno. Hay más sobre esto en la guía sobre sentir la presencia de un ser querido fallecido.

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de una pareja?

    El plazo varía mucho de una persona a otra. Worden (2013), al recoger estudios de seguimiento, señala que menos de la mitad de las personas viudas había vuelto a su estado previo al cumplirse el primer año, y que la estabilidad y una identidad nueva suelen consolidarse entre los 2 y los 4 años.

    El curso no es una línea recta: hay oleadas de dolor en fechas señaladas que pueden reaparecer años después (Neimeyer, 2019).

    Los estudios que siguen a cónyuges en el tiempo muestran varios caminos. En un seguimiento de 141 cónyuges mayores, un 49 % tuvo un duelo común que baja con el tiempo, un 34 % fue resiliente y un 17 % tuvo un duelo crónico. Este último grupo tuvo más muertes súbitas, menor autoestima y mayor dependencia de la pareja (Ott et al., 2007).

    En una cohorte reclutada desde registros, con 857 cónyuges en duelo, evaluados a los 2, 6 y 11 meses, el 64,4 % tuvo síntomas bajos todo el tiempo, el 20,4 % síntomas moderados y estables, el 8,4 % mejoró desde síntomas elevados y el 6,8 % mantuvo un duelo prolongado. Las proporciones fueron similares en hombres y mujeres (Lundorff et al., 2020).

    Antes de la muerte también hay pistas. En un estudio que siguió a 205 personas desde varios años antes del fallecimiento de su pareja, la resiliencia fue el patrón más frecuente y el duelo crónico se asoció a una dependencia previa de la pareja (Bonanno et al., 2002).

    Sobre el ánimo, una revisión de 22 estudios con metaanálisis estimó una prevalencia de depresión del 38,2 % en las personas viudas durante el primer mes, del 19,4 % entre los 6 y los 12 meses y del 10,5 % entre los 2 y los 5 años. Baja con el tiempo, pero sigue siendo frecuente por lo menos cinco años (Kristiansen et al., 2019).

    Son porcentajes de grupos, no pronósticos personales. Para una mirada más general, revisa la guía sobre cuánto dura un duelo.

    ¿Qué pasa con la salud al enviudar?

    El llamado «efecto viudez» está bien documentado. Un metaanálisis de 15 estudios con más de 2,2 millones de personas encontró un riesgo de muerte 1,41 veces mayor en los primeros seis meses y 1,14 veces después. El aumento fue claro en los hombres (1,23) y no alcanzó significación en las mujeres (1,04), y los autores piden estudiar los mecanismos, sobre todo en ellos (Moon et al., 2011).

    Otro metaanálisis con 123 publicaciones llegó a un riesgo medio de 1,23, también mayor en hombres (1,27) que en mujeres (1,15) (Shor et al., 2012).

    Son riesgos relativos de grupos, y la gran mayoría de las personas viudas no muere antes por eso. Lo útil es cuidarse: mantener los controles médicos, tomar los remedios de siempre y cuidar el sueño y la comida, que es lo primero que se descuida.

    Sobre la salud mental, un metaanálisis de 42 estudios encontró que la depresión afectaba al 40,6 % de las personas viudas cuando se medía con escalas de cribado y al 19,2 % con criterios diagnósticos completos (Blanner Kristiansen et al., 2019). La diferencia importa: tener síntomas elevados no equivale a tener un trastorno.

    Una revisión de alcance de intervenciones en personas mayores viudas señala que casi una de cada cuatro presenta duelo prolongado, deterioro funcional o depresión crónica (Davidow et al., 2022).

    Soledad: la que no se quita con compañía

    Worden (2013), citando a Stroebe, distingue la soledad social (faltan amigos y conocidos) de la soledad emocional (falta la persona con quien se tenía el vínculo íntimo). La compañía ayuda con la primera, pero no reemplaza a la segunda.

    Un seguimiento de 686 adultos mayores, desde 12 años antes hasta 12 años después de la viudez, encontró que más de la mitad sentía soledad emocional después de la pérdida, y que el aumento de esa soledad fue el cambio más común. Un tercio mantuvo un buen funcionamiento en todas las áreas medidas y alrededor del 12 % tuvo dificultades en todas (Szabó et al., 2020).

    En otro estudio con 328 personas de 50 años o más recién viudas, quienes tenían más apoyo, sobre todo de amigos, se sentían menos solas. Aun así, recibir apoyo no cambió la soledad a lo largo del tiempo (Utz et al., 2013).

    Worden (2013) agrega algo que se vive mucho en la práctica: el apoyo es abundante durante el funeral y baja entre los seis meses y el año, justo cuando la persona toma conciencia de lo que significa la ausencia. Si estás en ese punto, avisar que necesitas compañía ahora, y no solo en las primeras semanas, es razonable.

    Muerte repentina de tu esposo o esposa, enfermedad larga o demencia

    La forma de morir cambia la forma de vivir el duelo (Worden, 2013; Neimeyer, 2019):

    • Muerte súbita o inesperada: predominan el shock, la sensación de irrealidad, las imágenes que se repiten y la búsqueda de culpables o de «si hubiera hecho algo distinto». Si hubo violencia o un accidente, revisa la guía sobre duelo traumático.
    • Enfermedad larga: hubo tiempo de despedirse y de ensayar la separación (duelo anticipado), pero también un desgaste enorme como cuidador. Cuando la muerte llega es común sentir alivio, y con él culpa. Sentirlo no resta amor.
    • Demencia: Boss (2025) la describe como una pérdida ambigua: la persona sigue presente, pero ya no es quien era. Quien cuida queda en una especie de «duelo congelado», sin funeral ni reconocimiento. Hay más en las guías sobre pérdida ambigua y duelo congelado.

    La relación previa también pesa. Worden (2013) señala que un matrimonio con mucho afecto y también mucho conflicto sin hablar suele dejar rabia y autorreproche después de la muerte. Permitirte sentir esa rabia no anula el amor que hubo ni te vuelve una mala persona.

    Neimeyer (2019) propone cartas no enviadas al fallecido, que sirven para decir lo que quedó pendiente y no para cerrar la relación de una vez.

    Viudas y viudos: ¿se vive distinto?

    Las diferencias son de estilo para vivir el duelo. Neimeyer (2019) describe un estilo más intuitivo (llorar, hablar, buscar apoyo), más frecuente en mujeres, y otro más instrumental (resolver, hacer trámites, procesar en silencio), más frecuente en hombres. Ninguno es mejor, y muchas personas mezclan los dos.

    En un estudio con 164 personas mayores viudas, las mujeres usaron más el replanteamiento positivo, la distracción activa y la búsqueda de ayuda, y los hombres más estrategias de evitación. Intentar olvidar o calmar el dolor con alcohol aumentó los síntomas de depresión y de rabia, y el consumo de sustancias pesó más en la rabia de los hombres (Carr, 2020).

    Worden (2013) recoge además que los viudos suelen responder mejor a intervenciones que invitan a expresar lo que sienten, y las viudas a las centradas en resolver problemas prácticos: cada grupo recibe lo que su rol habitual le facilita menos.

    Hay un grupo que pasa desapercibido: las parejas no casadas o del mismo sexo. Una revisión sistemática de 13 estudios sobre personas lesbianas, gays, bisexuales y trans que perdieron a su pareja encontró el mismo dolor de perderla, más barreras como la falta de reconocimiento de la relación y problemas legales y económicos adicionales (Bristowe et al., 2016).

    Si tu relación no se conocía o no se reconocía, tu duelo es igual de legítimo, aunque el entorno no lo trate así.

    Cómo superar la muerte de mi esposo o de mi esposa: qué ayuda durante el primer año

    Hay varias líneas con respaldo en los libros y en los estudios, aunque ninguna es una receta.

    Alternar entre el dolor y la vida práctica. El modelo del proceso dual de Stroebe y Schut propone que el duelo sano oscila entre sentir la pérdida (llorar, recordar, extrañar) y ocuparse de lo cotidiano (trámites, aprender cosas nuevas, descansar del dolor). El modelo original planteó que no se trata de hundirse en la pena ni de evitarla de forma rígida (Stroebe y Schut, 1999).

    Una revisión de 22 estudios concluyó que el modelo describe bien la experiencia del duelo, y que las intervenciones basadas en él podrían funcionar mejor que la terapia tradicional, con la salvedad de que falta investigación (Fiore, 2021).

    Retomar tareas y rutinas. Worden (2013) llama adaptaciones externas a asumir los papeles que cumplía la pareja. Aprender a cocinar, a manejar las cuentas o a reparar algo en casa resuelve necesidades y devuelve la sensación de poder con la propia vida. Mantener horarios de comida y de sueño ayuda a que la casa deje de sentirse vacía y caótica.

    Postergar las decisiones irreversibles. Worden (2013) aconseja no vender la casa, no mudarse de ciudad ni regalar todas las pertenencias del fallecido durante la fase aguda del duelo. Esas decisiones suelen nacer del deseo de escapar del dolor y alejan de la red de apoyo y de los recuerdos. Ordenar sus cosas de a poco y a tu ritmo es otra cosa.

    Evitar el alcohol como anestesia. El estudio de Carr (2020) muestra que calmar el dolor con alcohol empeora la rabia y los síntomas depresivos. Si notas que bebes más o necesitas pastillas para dormir todas las noches, es una buena razón para conversarlo con un profesional.

    Buscar a otras personas viudas. Worden (2013) destaca los grupos de pares, como los programas Widow-to-Widow de Silverman, porque entregan validación y normalizan reacciones raras, como sentir la presencia del fallecido. Si tu círculo cambia de tema cuando nombras a tu esposo o esposa, esa necesidad es real.

    Escribir. Neimeyer (2019) sugiere cartas no enviadas, un relato de la pérdida en tercera persona o un cofre con objetos que den continuidad al vínculo. La revisión de Davidow et al. (2022) encontró apoyo para una terapia individual basada en escribir las emociones, con mejoras de corto plazo.

    Terapia. Esa misma revisión identificó 22 estudios de intervenciones para personas mayores viudas, con 13 ensayos aleatorizados. Hubo respaldo para técnicas de atención plena (mindfulness) en grupo, una terapia individual centrada en el sueño, la terapia de duelo complicado en grupo, una intervención de TCC por internet para duelo prolongado y el antidepresivo nortriptilina para la depresión mayor asociada al duelo.

    Los autores subrayan que hay pocos estudios metodológicamente sólidos (Davidow et al., 2022).

    Un ensayo con 110 adultos de unos 51 años probó un programa de autoayuda por internet con guía de un terapeuta. Redujo el duelo (tamaño de efecto grande, d = 0,81), la depresión y la soledad, con resultados que se mantuvieron tres meses.

    Ojo: el 77 % de los participantes estaba separado o divorciado y había pocas personas viudas (Brodbeck et al., 2019). Hay más sobre esta ruta en la guía de terapia de duelo.

    Trámites en Chile: ir por partes

    Tras una muerte llegan los papeles: el certificado de defunción, la herencia, las pensiones. No todo tiene que resolverse la primera semana, y pedir ayuda a un familiar o a un amigo de confianza para esto es una buena idea.

    Dos referencias oficiales de ChileAtiende pueden orientarte. La posesión efectiva de herencias sin testamento se puede pedir en línea en el Registro Civil con ClaveÚnica o en una oficina presencial (ChileAtiende, s.f.-b). Si hubo testamento, el procedimiento es distinto y conviene revisarlo con el detalle de ChileAtiende o con un abogado.

    La pensión de sobrevivencia del sistema de pensiones (AFP) exige, para el cónyuge, haber contraído matrimonio al menos seis meses antes del fallecimiento de quien trabajaba, o tres años antes si ya estaba pensionado (ChileAtiende, s.f.-a). La ficha indica excepciones, por ejemplo cuando hay hijos en común, y otras condiciones. Confirma los requisitos vigentes en ChileAtiende antes de dar nada por hecho.

    Si tienes hijos

    Cuando muere uno de los padres, conviven dos duelos: el tuyo y el de tus hijos. Worden (1996) describe, a partir del estudio de Harvard sobre duelo infantil, que el funcionamiento del progenitor que sobrevive es uno de los predictores más fuertes de cómo se adaptan los hijos. Por eso cuidarte también es cuidar a tus hijos.

    Algunas ideas que se desprenden de los textos de Worden (1996, 2013):

    • Díselo pronto y con palabras claras. Di «murió» y evita frases como «se durmió» o «se fue de viaje», que los niños toman al pie de la letra.
    • Asegúrales que no fue su culpa y responde a lo que les preocupa: quién los va a cuidar y qué pasará con la familia.
    • Mantén las rutinas de colegio, comidas y descanso.
    • No les des el lugar del fallecido. Frases como «ahora tú eres el hombre de la casa» les cargan un peso que bloquea su propio duelo.
    • Llora delante de ellos si te pasa, explicando que extrañas a papá o a mamá. Les enseña que las emociones se pueden sentir.

    Hay ejemplos de frases según la edad en la guía sobre cómo explicarle la muerte a un niño y en la de duelo en adolescentes.

    ¿Y volver a enamorarse?

    Muchas personas viudas sienten culpa cuando vuelven a reír, a salir o a interesarse por alguien. Neimeyer (2019) explica que esa culpa nace de pensar que disfrutar equivale a ser desleal, y que abrirse a una relación nueva no significa amar menos a quien murió. Worden (2013) habla de dar al fallecido un lugar duradero en la memoria para poder seguir viviendo.

    En un seguimiento de 249 viudas y 101 viudos, a los 25 meses de la muerte el 61 % de los hombres y el 19 % de las mujeres se había vuelto a casar o tenía una nueva relación. Ellas expresaban más sentimientos negativos hacia la idea, y el mayor bienestar psicológico se asoció a tener una pareja nueva (Schneider et al., 1996).

    Es un estudio de los años noventa y una asociación, así que no dice que una relación nueva cure el duelo.

    La advertencia de Worden (2013) va en otra dirección: buscar pareja de forma apurada solo para calmar la soledad puede interferir con elaborar el dolor. No hay una fecha correcta ni para empezar ni para esperar.

    Si estás acompañando a una persona viuda

    Ayuda más estar presente que decir lo correcto. Pregunta por su esposo o esposa por su nombre, ofrece ayuda concreta (comidas, trámites, acompañarla a una gestión) y sigue en contacto pasados los meses, porque ahí suele bajar el apoyo (Worden, 2013). La guía sobre qué decirle a alguien en duelo tiene frases que ayudan y las que conviene evitar.

    ¿Cuándo el duelo se vuelve un trastorno?

    La CIE-11 describe el trastorno de duelo prolongado como una respuesta persistente, con anhelo o preocupación constante por el fallecido, que supera las normas culturales del entorno y afecta el funcionamiento. Exige más de seis meses desde la muerte (OMS, 2024).

    El DSM-5-TR pide al menos 12 meses en adultos, síntomas casi todos los días durante el último mes y al menos tres de ocho: sentir que se perdió parte de uno mismo, incredulidad, evitación de recordatorios, dolor emocional intenso, dificultad para reintegrarse a la vida, entumecimiento, sentir que la vida no tiene sentido y soledad intensa (Prigerson et al., 2021).

    Un metaanálisis de 14 estudios estimó una prevalencia de 9,8 % en adultos, con alta variación entre estudios (Lundorff et al., 2017). Entre cónyuges, los datos de arriba van de un 6,8 % a un 17 %, según el estudio.

    Se distingue de la depresión porque el dolor, el anhelo y el aislamiento se centran en la persona fallecida, mientras que en la depresión mayor el desánimo se extiende a casi todo y suele haber una pérdida general de autoestima. Pueden coexistir.

    Para el duelo prolongado existe un tratamiento específico. Szuhany et al. (2021) describen la terapia de duelo complicado, una intervención estructurada que combina trabajo sobre la pérdida y sobre la reconstrucción de la vida. Los fármacos solos no reducen el duelo; se usan cuando hay depresión mayor, ansiedad grave o insomnio.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Consulta si pasan los meses y el dolor no se mueve, si no logras mantener tu trabajo o el cuidado de ti y de tus hijos, si bebes más de lo habitual o dependes de medicamentos para dormir, si la culpa o la rabia ocupan casi todo tu día, o si evitas por completo lugares y objetos que te recuerdan a tu pareja.

    También si el apoyo se acabó y sientes que estás sola en esto. Consultar antes de llegar a esos extremos es válido.

    Pide ayuda con urgencia si piensas en morir o en hacerte daño. Desear reunirte con tu esposo o esposa aparece en muchos duelos y se puede conversar, pero no debe quedarse guardado.

    Si los pensamientos se vuelven concretos, llama de inmediato al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio del MINSAL, gratuita y disponible todo el día) o a Salud Responde al 600 360 7777. En una emergencia, llama al 131 o ve a urgencias.

    Más información general en la página de la APA sobre duelo y en MedlinePlus. Para ver el duelo en general, con sus tipos y señales, revisa la guía de duelo y la de cómo superar un duelo. Si perdiste a otro ser querido, mira perder un hijo o perdí a mi papá.

    Lo que todavía no se sabe

    Casi todos los estudios citados vienen de Norteamérica y Europa, y varios se centran en personas mayores. No encontramos estudios chilenos que digan cuánto dura aquí el duelo conyugal ni qué ayuda más en nuestro contexto, y las cifras son promedios de grupos distintos al tuyo.

    La mayor parte de la investigación sobre intervenciones es pequeña. Son pocos los ensayos con personas viudas que comparen terapias entre sí, y el programa de internet citado tuvo una mayoría de participantes separados o divorciados. Por eso esta guía describe lo observado y las orientaciones de Worden y Neimeyer, sin prometer plazos ni resultados.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un esposo?

    El plazo varía de una persona a otra. Los estudios muestran que menos de la mitad de las personas viudas había vuelto a su nivel previo al año, que la estabilidad suele llegar entre los 2 y los 4 años, y que una minoría, entre el 7 % y el 17 % según el estudio, mantiene un duelo prolongado. El dolor suele bajar en intensidad, y el recuerdo sigue presente.

    ¿Cómo superar la muerte de mi esposa o de mi esposo?

    Más que superarla, se aprende a vivir con la ausencia. Ayudan alternar el dolor con tareas prácticas, mantener rutinas, posponer decisiones irreversibles, hablar con otras personas viudas, escribir sobre la pérdida, evitar el alcohol como anestesia y pedir ayuda profesional si el dolor se queda fijo.

    ¿Es normal sentir la presencia o escuchar la voz de mi pareja fallecida?

    Sí. En una encuesta a 310 adultos mayores viudos, el 42 % lo había vivido entre 6 y 10 meses después de la muerte, y la mayoría lo valoró de forma positiva. Por sí sola no indica una enfermedad. Conviene consultar si se acompaña de mucho malestar, miedo o ideas de morir.

    ¿Es normal sentir alivio cuando muere mi pareja?

    Sí, sobre todo tras una enfermedad larga o una relación difícil. El alivio apunta al fin del sufrimiento y del desgaste, y convive con el amor. Suele traer culpa, que se puede conversar con alguien de confianza o con un psicólogo. Sentir alivio y dolor a la vez es habitual.

    ¿Cuándo es normal volver a salir con alguien después de enviudar?

    Cada persona tiene su ritmo. En un estudio de los años noventa, a los 25 meses el 61 % de los viudos y el 19 % de las viudas tenía una nueva relación. Lo importante es que no sea una forma de evitar el dolor y que puedas hacerlo sin sentir que traicionas el recuerdo de tu pareja.

    ¿Qué hago si tengo pensamientos de morir después de perder a mi pareja?

    Cuéntaselo a alguien hoy mismo. Desear reunirte con tu pareja es frecuente en el duelo, pero no debe quedarse guardado. En Chile puedes llamar al *4141, que atiende todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si estás en peligro inmediato, llama al 131.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Nadie debería atravesar esto en soledad. Si llevas tiempo cargando solo con el dolor, o sientes que el apoyo a tu alrededor se fue apagando, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas saber qué decir para empezar: basta con contar cómo estás.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Rituales de duelo: por qué ayudan y cómo hacerlos

    Rituales de duelo: por qué ayudan y cómo hacerlos

    Los rituales de duelo pueden dar un lugar concreto a algo que por dentro se siente desordenado. Tal vez el funeral fue demasiado rápido, no pudiste asistir, faltó un cuerpo o la ceremonia no representó a la persona que murió. También puede ocurrir que hoy, semanas o meses después, necesites una despedida más íntima y propia.

    Un ritual no borra la pena ni obliga a cerrar una relación. Puede ayudarte a reconocer la pérdida, compartir recuerdos, recibir apoyo y transformar el vínculo con quien murió. Más abajo encontrarás una guía flexible para crear uno sin seguir una fórmula religiosa ni hacer algo que no tenga sentido para ti.

    Respuesta corta: los rituales de duelo ponen tiempo, lugar y acciones a una experiencia difícil de expresar. Un funeral puede reconocer públicamente la muerte, reunir apoyo y abrir un espacio para recordar. La evidencia no muestra que toda ceremonia reduzca los síntomas. Su valor depende del significado, la voluntariedad y la cultura de quienes participan.

    ¿Para qué sirven los rituales de duelo y un funeral?

    Un funeral cumple varias funciones al mismo tiempo. Algunas son personales y otras ocurren entre la familia, los amigos y la comunidad. Por eso una ceremonia sencilla puede tener valor incluso cuando no cambia cuánto duele la pérdida. La guía general sobre qué es el duelo y cómo se vive explica el proceso más amplio.

    Ayudan a reconocer que la muerte ocurrió

    La primera tarea del duelo descrita por Worden (2011) es aceptar la realidad de la pérdida. Ver el féretro, escuchar el nombre de la persona, reunirse en un lugar o presenciar el entierro hace que un hecho difícil de asimilar tenga un marco concreto.

    Esto no significa que una ceremonia produzca aceptación automática. En los primeros días puedes entender intelectualmente que alguien murió y, al mismo tiempo, sentir que en cualquier momento va a entrar por la puerta. El rito marca un comienzo; la asimilación emocional toma más tiempo.

    Dan estructura a emociones que llegan mezcladas

    Neimeyer (2019) describe los rituales como instrumentos culturales que ordenan simbólicamente acontecimientos complejos. Una secuencia conocida, llegar, escuchar, recordar, guardar silencio y despedirse, contiene por un rato una experiencia que suele sentirse caótica.

    La estructura no exige una emoción determinada. Puedes llorar, quedarte en silencio, sentir alivio, rabia o incluso no sentir casi nada. La ceremonia ofrece un espacio. No dicta cómo tienes que vivirlo.

    Hacen visible el apoyo de otras personas

    El funeral reúne a la red cercana y vuelve pública la pérdida. Alguien lleva comida, otra persona cuenta una historia, alguien más acompaña sin hablar. Worden (2011) señala que esa presencia puede facilitar apoyo emocional y ayuda práctica en los primeros días.

    Una ceremonia también confirma que la persona importó y que su ausencia afecta a un grupo. Esto cobra especial peso en pérdidas poco reconocidas, como la muerte de una expareja, un embarazo (duelo gestacional o perinatal), una mascota o una relación que la familia no conocía.

    Permiten transformar el vínculo, sin borrarlo

    Durante mucho tiempo se habló de soltar al fallecido como si adaptarse exigiera cortar el lazo. Los modelos actuales describen algo más cercano a la experiencia cotidiana: la relación cambia de la presencia física a una conexión simbólica.

    Una revisión sistemática de 79 estudios sobre vínculos continuos encontró tres grandes temas: consuelo y malestar, identidad relacional, y la relación entre incertidumbre y espiritualidad (Hewson et al., 2024). Conservar fotos, repetir una receta, hablar de esa persona o hacer algo que aprendiste de ella puede mantener un vínculo que convive con la vida presente.

    Ayudan a reconstruir significado

    Neimeyer (2019) entiende el duelo como una reconstrucción de significado. La muerte altera la historia que dabas por sentada: quién eres, cómo imaginabas el futuro y qué lugar ocupaba esa persona en tu vida.

    Los relatos compartidos en un funeral ayudan a reunir partes de esa historia. Un ritual propio puede hacer lo mismo mediante una carta, una canción, un objeto o una acción que represente aquello que quieres conservar.

    ¿Un funeral ayuda a superar el duelo?

    La respuesta honesta es matizada. Muchas personas consideran útiles los funerales y los rituales, pero eso no prueba que reduzcan por sí solos la intensidad o la duración del duelo.

    Un estudio longitudinal con 552 personas a los seis meses y 289 a los tres años encontró que los participantes valoraban el funeral y los rituales como útiles. Sin embargo, la evaluación de la ceremonia y el uso de rituales no se asociaron de forma significativa con sus reacciones de duelo (Mitima-Verloop et al., 2021).

    Este resultado evita dos extremos. El funeral puede ser significativo sin ser un tratamiento ni garantizar un duelo más corto. Worden (2011) ya advertía que la participación ritual parece razonable y con sentido, aunque faltan estudios capaces de aislar su efecto.

    También importa cómo fue la ceremonia. Un rito impuesto, ajeno a las creencias de la familia o lleno de conflictos puede sentirse vacío. Neimeyer (2019) cuestiona el mito de que existe una despedida correcta para todos. Lo útil suele ser aquello que tiene un significado reconocible para las personas involucradas.

    ¿Qué pasa si no hubo funeral o no pudiste despedirte?

    La falta de funeral puede dejar una sensación de irrealidad o una historia interrumpida. Ocurrió durante la pandemia, ocurre cuando la muerte sucede lejos, cuando el cuerpo no se recupera o cuando las decisiones quedan en manos de otros.

    Boss (2025) explica que en una pérdida ambigua la ausencia y la presencia conviven. Una desaparición no ofrece certeza; una demencia mantiene el cuerpo presente mientras cambia profundamente la relación. En esos casos, prometer un cierre sería deshonesto. El ritual no resuelve la incertidumbre, pero puede marcar una decisión: reconocer lo que se sabe, nombrar lo que no se sabe y seguir viviendo sin negar el vínculo.

    Si el funeral ocurrió pero no te representó, puedes hacer otro gesto después. No compite con la ceremonia anterior ni llega tarde. Una despedida íntima puede responder a lo que faltó: decir unas palabras, reunir a ciertas personas, incorporar una creencia o recordar a quien murió de una manera más fiel a su vida.

    Cómo crear un ritual de despedida propio, paso a paso

    Un ritual de despedida necesita intención y significado, no solemnidad ni grandes preparativos. Esta estructura se puede adaptar a una ceremonia individual, familiar, laica o religiosa.

    1. Decide para qué quieres hacerlo

    Escribe una frase sencilla: “quiero agradecer”, “necesito reconocer que murió”, “quiero compartir recuerdos” o “quiero darle un lugar a lo que no alcanzamos a decir”. Esa intención orientará las demás decisiones.

    Evita proponerte dejar de sentir. El objetivo puede ser expresar, recordar o marcar una transición. La emoción que aparezca será la que aparezca.

    2. Elige quién participa

    Puedes hacerlo a solas, con una persona de confianza o con un grupo. Si hay familiares con creencias distintas, conviene acordar qué partes serán compartidas y cuáles quedarán como gestos personales.

    Participar debe ser voluntario. Alguien puede estar presente sin hablar, salir antes o recordar a la persona en otro momento.

    3. Busca un lugar con sentido y cierta privacidad

    Puede ser una casa, un jardín, una playa, una plaza, el cementerio o una videollamada si la familia vive lejos. Pregúntate dónde podrías sentirte seguro y quién cuidará los aspectos prácticos.

    Si usarás velas, fuego, agua o un espacio público, considera la seguridad, los permisos y el impacto ambiental. El símbolo pierde sentido si pone a alguien en riesgo.

    4. Escoge uno o dos símbolos

    Una foto, una prenda, una herramienta, una flor, una receta o una canción pueden representar la relación. No hace falta exhibir todas las pertenencias ni decidir ese día qué conservarás para siempre.

    Neimeyer (2019) llama objetos de vinculación a aquellos que concentran recuerdos y permiten sostener una conexión simbólica. Guardarlos no significa quedarse atrapado. Su efecto depende de cómo los vivas y del lugar que ocupen en tu presente.

    5. Da espacio a palabras, música o silencio

    Puedes leer una carta, contar una anécdota, escuchar una canción o nombrar algo que agradeces. Si participan varias personas, una consigna concreta ayuda: “un recuerdo que quiero conservar” o “algo que aprendí de ella o él”.

    El silencio también comunica. Nadie necesita hablar para demostrar cuánto quiso a la persona.

    6. Realiza una acción simbólica

    La acción vuelve tangible la intención. Algunas opciones son plantar algo, preparar una comida, armar una caja de recuerdos, encender una vela, donar en su nombre, ordenar fotografías o caminar por un lugar significativo.

    Elige una sola acción que tenga sentido. Evita destruir pertenencias o tomar decisiones irreversibles si todavía no estás seguro. Neimeyer (2019) plantea que las cartas y los ritos pueden reabrir un diálogo interno; no tienen que cerrar la relación.

    7. Marca un final y cuida lo que viene después

    Cierra con una frase, un minuto de silencio, una canción o un abrazo. Luego deja tiempo para algo básico: comer, descansar, caminar o llamar a alguien. Un ritual puede remover emociones intensas y conviene no planificar obligaciones exigentes inmediatamente después.

    Los rituales para despedir a un ser querido pueden repetirse. Tal vez hoy hagas algo pequeño y en un aniversario quieras reunirte de nuevo. Puedes elegir más de un momento para despedirte.

    Ejemplos de rituales para despedir a un ser querido: cinco ideas

    Estos ejemplos de rituales de duelo son un punto de partida. Puedes cambiar cada elemento para que refleje tu historia, cultura y creencias.

    Una carta y un objeto, para un momento íntimo

    Escribe lo que quedó pendiente y guarda la carta junto a una foto u objeto. También puedes leerla en voz alta y conservarla en otro lugar. La función es poner palabras y dar una forma concreta al vínculo, no despedirte para siempre.

    Una comida de recuerdos, para una familia laica

    Preparen una receta asociada a la persona y compartan historias mientras comen. Pueden reunir fotos después, sin obligar a nadie a hablar. Este formato combina apoyo, memoria y continuidad con una actividad cotidiana.

    Una ceremonia desde la fe de la persona

    Si la religión o la espiritualidad eran importantes, incorpora oraciones, lecturas o símbolos propios de esa tradición. Pregunta a los participantes qué les resulta respetuoso. Evita usar frases religiosas para corregir emociones o decirle a alguien cómo debería interpretar la muerte.

    Un memorial cuando no hubo cuerpo o funeral

    Elige un lugar, coloca el nombre y una fotografía, enciende una luz o planta algo. Nombra de forma honesta la ausencia y la incertidumbre. Boss (2025) propone aprender a sostener dos realidades: la persona no está físicamente y continúa presente en la memoria y la historia familiar.

    Un gesto para el aniversario

    Visita un lugar, escucha una canción, cocina algo o reserva unos minutos antes de una celebración. Preparar la fecha puede hacerla menos sorpresiva. La guía sobre la primera Navidad sin un ser querido ofrece más ideas para fechas sensibles.

    Funerales y rituales de duelo con niños: informar, invitar y respetar

    Los niños pueden participar en un funeral si reciben una explicación concreta y pueden elegir. La recomendación proviene sobre todo de guías clínicas y del conocimiento del desarrollo infantil, no de ensayos que demuestren que asistir reduce síntomas.

    Antes de la ceremonia, explícales dónde irán, quién estará, qué verán y que algunas personas pueden llorar. Si habrá un féretro abierto, describe que el cuerpo estará inmóvil, que no respira y que ya no siente dolor. Webb (2010) y Cid Egea (2011) recomiendan evitar “se durmió” o “se fue de viaje”, porque un niño pequeño puede entender esas frases de manera literal.

    La participación debe ser voluntaria. Un adulto de confianza puede acompañar al niño y salir con él si necesita jugar, caminar o descansar. Si no quiere asistir, puede hacer un dibujo, escribir una tarjeta, encender una vela en casa o visitar el lugar más adelante.

    Una revisión sobre duelo infantil y adolescente señala que hay poca evidencia directa sobre los rituales y los síntomas clínicos en menores (Alvis et al., 2023). Incluirlos con información y cuidado es una oportunidad de apoyo familiar, no un tratamiento obligatorio. La guía sobre cómo explicarle la muerte a un niño desarrolla las diferencias por edad.

    ¿Cuándo un ritual no alcanza?

    El ritual puede acompañar un duelo, pero no sustituye la evaluación cuando el dolor se vuelve persistente e incapacitante. Puedes pedir ayuda en cualquier momento, sin esperar a cumplir un plazo.

    Conviene consultar si durante meses no logras trabajar, estudiar o cuidar de ti; si la añoranza ocupa casi todo el día; si evitas de forma extrema cualquier recordatorio; si la culpa o la rabia te desbordan; o si aumentó el consumo de alcohol, fármacos u otras sustancias.

    El DSM-5-TR usa un mínimo de 12 meses en adultos y 6 meses en niños y adolescentes para evaluar el trastorno de duelo prolongado. Un estudio de validación de sus criterios explica que también debe haber síntomas persistentes y deterioro significativo, y que el plazo busca evitar diagnósticos prematuros (Prigerson et al., 2021).

    La CIE-11 usa al menos 6 meses y exige considerar las normas culturales. El test de duelo prolongado puede orientarte, pero no reemplaza una entrevista clínica.

    Una revisión clínica sobre duelo prolongado describe tratamientos psicológicos específicos que pueden ayudar cuando el proceso queda atascado (Szuhany et al., 2021). Puedes leer las opciones en la guía de terapia de duelo.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o un plan suicida, busca ayuda inmediata. En Chile puedes llamar gratis a la Línea de Prevención del Suicidio *4141 del MINSAL. Si existe peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    Preguntas frecuentes

    ¿Para qué sirve un funeral?

    Un funeral reconoce públicamente la muerte, reúne a la red de apoyo y ofrece una secuencia para recordar y despedirse. Puede ayudar a que la pérdida se vuelva más concreta y a compartir su significado. No garantiza menos síntomas ni una adaptación más rápida; su valor depende de la experiencia y la cultura de cada persona.

    ¿Qué es un ritual de duelo?

    Es una acción simbólica realizada después de una pérdida: una ceremonia, una carta, una comida, una visita, una oración o un memorial. Su intención puede ser reconocer lo ocurrido, expresar afecto, recordar y transformar el vínculo. Puede ser religioso, laico, compartido o completamente privado.

    ¿Qué puedo hacer si no pude ir al funeral?

    Puedes crear una despedida posterior. Elige un lugar, una intención y un símbolo; invita a quien te haga bien y realiza una acción concreta, como leer una carta, escuchar música o plantar algo. Llegar después no invalida el ritual. Tampoco necesitas imitar el funeral que no ocurrió.

    ¿Es malo no querer hacer ningún ritual?

    No. Las personas procesan la pérdida de maneras distintas y ningún rito es obligatorio. Puedes necesitar tiempo, preferir una forma privada o no encontrar valor en una ceremonia. Lo importante es que la decisión sea tuya. Un ritual impuesto puede sentirse ajeno y añadir malestar.

    ¿Hay que deshacerse de las cosas del fallecido para cerrar el duelo?

    No existe una obligación ni un momento universal para hacerlo. Puedes conservar objetos, repartirlos gradualmente o decidir más adelante. Los vínculos continuos pueden ser reconfortantes. Si las pertenencias bloquean por completo tu vida cotidiana o causan un sufrimiento extremo, conversarlo en terapia puede ayudarte a decidir sin presión.

    ¿Pueden los niños asistir a un funeral?

    Sí, si reciben una explicación clara, pueden elegir y cuentan con un adulto disponible para acompañarlos o salir. Su decisión de ver o tocar el cuerpo debe ser voluntaria. Si prefieren no asistir, pueden despedirse con un dibujo, una carta, una vela o una visita posterior.

    Si sientes que tu despedida quedó incompleta, puedes diseñar un gesto pequeño y propio. Y si el duelo se volvió demasiado pesado para sostenerlo sin apoyo, conversemos sobre una orientación psicológica.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0

    Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder Editorial. (Obra original publicada en 1999).

    Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo.

    Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001-1014. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2223593

    Mitima-Verloop, H. B., Mooren, T. T. M., & Boelen, P. A. (2021). Facilitating grief: An exploration of the function of funerals and rituals in relation to grief reactions. Death Studies, 45(9), 735-745. https://doi.org/10.1080/07481187.2019.1686090

    Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Paidós.

    Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823

    Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052

    Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3rd ed.). The Guilford Press.

    Worden, J. W. (2011). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo por la muerte de un amigo

    Duelo por la muerte de un amigo

    La muerte de un amigo puede dejarte frente a un chat que ya no tendrá respuesta, una rutina que perdió a su compañero y un dolor que otros no alcanzan a medir. A veces incluso aparece la duda: «¿Tengo derecho a estar así si no éramos familia?».

    Sí. El duelo por la muerte de un amigo es real y puede ser muy intenso. La amistad quizá sostenía una parte de tu historia, tu identidad y tus planes. Esta guía explica por qué este duelo suele quedar invisible, cómo superar la muerte de un amigo sin exigirte olvidarlo y cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: perder a un amigo cercano puede doler tanto porque se pierde a una persona elegida, un confidente y una forma de vivir el mundo. Ayuda darle un lugar al vínculo, hablar con alguien que no minimice la pérdida, crear una despedida propia y cuidar las rutinas básicas. El dolor necesita atención profesional cuando impide funcionar, se mantiene incapacitante o aparecen ideas de morir.

    ¿Por qué duele tanto la muerte de un amigo?

    Una amistad íntima guarda versiones de ti que quizá nadie más conoce. Tu amigo sabía cómo eras antes de cierto trabajo, de una relación o de una mudanza. También podía ser la persona a quien llamabas sin preparar una explicación.

    Worden (2013) plantea que la intensidad del duelo depende de la cercanía y del significado del vínculo, no solo del parentesco. Cacioppo y Patrick (2008) distinguen la conexión íntima de la pertenencia a una red más amplia. Por eso puedes seguir acompañado por tu familia y sentir una soledad muy específica: falta esa persona concreta.

    Un estudio transversal con 107 adultos jóvenes que habían perdido a un hermano o a un amigo cercano encontró que la profundidad del vínculo explicaba parte de las diferencias en duelo complicado, depresión y síntomas físicos (Herberman Mash et al., 2013). La muestra fue pequeña y no permite calcular el riesgo de la población. Sí respalda algo más modesto: una amistad cercana puede producir un duelo clínicamente relevante.

    La pérdida también altera el futuro. Desaparece alguien con quien existían bromas, planes imaginados, celebraciones y una manera particular de conversar. Neimeyer (2019) llama a este proceso reconstrucción de significado: la persona necesita aprender a vivir con la ausencia física mientras la relación continúa como memoria e influencia.

    La muerte de un amigo y el duelo que pocos reconocen

    El entorno suele ordenar las pérdidas según una jerarquía tácita. Por eso el duelo por un amigo recibe menos preguntas y menos espacio: a la familia directa se le pregunta cómo está; al amigo se le pide que apoye a los demás y vuelva pronto a su rutina.

    Un análisis crítico del duelo desautorizado propone hablar de «jerarquías de pérdida»: algunas relaciones reciben más legitimidad social que otras (Robson y Walter, 2013). El concepto ayuda a nombrar la experiencia, aunque el trabajo es conceptual y no mide cuántas personas la viven.

    Esta falta de reconocimiento tiene efectos cotidianos. Quizá no te avisaron a tiempo, quedaste fuera de una ceremonia familiar o no tienes un objeto para recordar a tu amigo. También puede ocurrir que alguien diga «al menos no era tu hermano» y cierre la conversación justo cuando empezabas a contar lo que pasó.

    La evidencia más directa se concentra en personas jóvenes. Una revisión narrativa de 13 estudios sobre la muerte de pares o amigos en adolescentes describió duelos intensos, a veces persistentes, con falta de apoyo social y síntomas de estrés postraumático o alteraciones del sueño (Chen et al., 2025). Son datos de adolescentes y no deben convertirse en una duración esperada para todos los adultos.

    ¿Qué reacciones son normales después de perder a un amigo?

    El duelo puede sentirse en la emoción, el pensamiento, el cuerpo y la vida social. Su intensidad cambia durante el día y no sigue etapas rígidas. Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen respuestas frecuentes como estas:

    • Incredulidad: esperar que llegue un mensaje, pensar por un instante que la persona sigue fuera de la ciudad o creer verla entre la gente.
    • Tristeza, rabia o alivio: pueden aparecer juntas. El alivio después de una enfermedad larga no borra el cariño.
    • Culpa: repasar la última conversación, una discusión o las veces que no llamaste.
    • Problemas de concentración: olvidar cosas sencillas, leer la misma frase varias veces o rendir menos en el trabajo.
    • Cambios físicos: cansancio, opresión en el pecho, menor apetito y sueño irregular.
    • Necesidad de hablar o de estar a solas: ambas pueden alternarse sin que una sea más correcta.

    Una revisión sobre los efectos del duelo en la salud concluye que la mayoría de las personas se adapta sin tratamiento psicológico y que conviene dirigir las intervenciones a quienes presentan alto riesgo, depresión, trauma o complicaciones persistentes (Stroebe et al., 2007).

    Esto permite soltar dos exigencias. No tienes que pasar por cinco etapas en orden. Tampoco necesitas verte destruido todo el día para demostrar que querías a tu amigo. Reírte durante una conversación o concentrarte unas horas ofrece descanso al sistema; el vínculo sigue importando.

    ¿Cómo superar la muerte de un amigo?

    Afrontar esta pérdida consiste en reconocer la muerte, atravesar el dolor, reorganizar una vida compartida y conservar una conexión interior con quien murió. Son las cuatro tareas que propone Worden (2013), y cada persona se mueve entre ellas a su ritmo.

    1. Nombra la relación y la pérdida

    Decir «murió mi amigo» ayuda a que la realidad encuentre palabras. Si alguien minimiza lo que sientes, puedes responder de forma simple: «Era una de las personas más importantes de mi vida y necesito tiempo».

    Hablar con alguien receptivo suele ser más útil que recibir consejos. En una encuesta australiana con 678 personas en duelo, las fuentes de apoyo más usadas fueron las informales. Las personas valoraron el apego, la compañía confiable, la integración social y la orientación; describieron como poco útiles la insensibilidad, los malos consejos y la falta de empatía (Aoun et al., 2018).

    La guía sobre qué decirle a alguien en duelo sirve si tu grupo quiere acompañarse sin caer en frases hechas.

    2. Crea una despedida propia

    Puedes organizar una reunión pequeña, visitar un lugar significativo, armar una lista de canciones o reunir fotos y anécdotas. Si la familia está disponible, pregúntale si quiere recibir algunos recuerdos. Ofrecerlos deja espacio para que decida, sin competir por quién conocía mejor a la persona.

    Neimeyer (2019) propone rituales personales cuando las ceremonias habituales no alcanzan o no incluyeron al doliente. Su función es dar forma a la despedida y reconocer el vínculo. No necesitan ser solemnes ni compartidos en redes sociales.

    3. Alterna el dolor con momentos de descanso

    Hay días para hablar y otros para cocinar, caminar o ver algo que distraiga. Stroebe y Schut, citados por Worden (2013), describen una oscilación entre mirar la pérdida y atender la restauración de la vida cotidiana. Esta alternancia protege del agotamiento.

    Mantén lo básico dentro de lo posible: horarios de comida, algo de movimiento, sueño y contacto con una persona de confianza. Si el insomnio o la ansiedad se vuelven el centro del día, la guía sobre duelo y ansiedad explica qué señales observar.

    4. Dale un lugar a lo que quedó pendiente

    Una carta que no enviarás puede ayudarte a escribir lo que faltó: agradecimiento, enojo, una disculpa o una despedida. Worden (2013) también recomienda revisar la culpa con hechos. Pregúntate qué sabías en ese momento, qué estaba bajo tu control y qué responsabilidad estás atribuyéndote después de conocer el desenlace.

    La escritura es opcional. La evidencia específica de duelo no demuestra que forzar a todo el mundo a escribir o hablar acelere la adaptación (Stroebe et al., 2007). Úsala si responde a una necesidad propia y detente si te deja atrapado en la misma escena.

    5. Conserva el vínculo de una manera vivible

    Aceptar la muerte implica reconocer su irreversibilidad. El cariño, las historias y la influencia de tu amigo pueden seguir contigo. Worden (2013) y Neimeyer (2019) hablan de un vínculo continuo: recordar una frase, cuidar algo que la persona valoraba o mantener un ritual anual puede integrar la relación en tu vida presente.

    Nuevas amistades tampoco reemplazan a quien murió. Ocupan lugares propios. Permitirte volver a disfrutar con otras personas puede formar parte de la tarea de vivir, sin traicionar la memoria de tu amigo.

    ¿Qué hacer con la culpa y la vergüenza?

    La culpa mira una conducta: «no llamé», «terminamos discutiendo», «debí darme cuenta». La vergüenza juzga a la persona completa: «soy un mal amigo» o «mi dolor es ridículo». Tangney y Dearing (2002) usan esta distinción para entender por qué la culpa puede impulsar una reparación simbólica mientras la vergüenza empuja a esconderse.

    Este marco proviene de estudios generales sobre emociones morales, no de un ensayo sobre duelo por amistad. Puede servir como pregunta de trabajo:

    • Si hay una responsabilidad concreta, ¿qué aprendizaje o acción coherente puedes llevar hacia tus relaciones actuales?
    • Si estás juzgando toda tu identidad, ¿le hablarías así a otra persona que perdió a su mejor amigo?
    • ¿Tu culpa se basa en lo que sabías entonces o en información que apareció después?

    Neff (2016) propone la autocompasión como una forma de tratarse con la misma honestidad y cuidado que se ofrecería a un amigo. No borra una falta real. Permite mirarla sin convertir un error, una demora o una conversación pendiente en una condena sobre todo lo que fuiste para esa persona. Puedes leer más sobre la diferencia entre culpa y vergüenza y probar estos ejercicios de autocompasión.

    ¿Qué pasa con el grupo de amigos después de la muerte?

    El grupo puede perder a quien organizaba las reuniones, acercaba a personas distintas o resolvía tensiones. Algunos necesitarán hablar durante horas; otros querrán hacer cosas concretas o guardar silencio. Esa diferencia puede sentirse como frialdad, aunque también sea una forma de dosificar el dolor.

    Eviten medir quién era «el más cercano». Una persona compartía la infancia, otra el trabajo y otra conversaciones recientes. Cada relación perdió algo distinto.

    Puede ayudar acordar gestos simples: conservar el chat sin convertirlo en una obligación, reunirse en una fecha elegida, avisar antes de compartir fotos difíciles y preguntar a la familia cómo recibir recuerdos. Si alguien prefiere no participar, su ausencia en el ritual no demuestra falta de cariño.

    La soledad subjetiva tampoco depende solo del número de contactos. Un estudio psicométrico en dos muestras poblacionales encontró que vivir acompañado y contar contactos sociales explicaba solo una pequeña parte de la soledad percibida (Hughes et al., 2004). El estudio examinó la soledad general, no el duelo. Ayuda a entender por qué llenar la agenda no sustituye la conexión que se perdió.

    Si el aislamiento empieza a cerrarse sobre sí mismo, revisa esta guía sobre soledad crónica.

    ¿Cambia el duelo si la muerte fue repentina, por suicidio o por sobredosis?

    Sí. Una muerte repentina puede dejar imágenes intrusivas, preguntas sobre las últimas horas y una búsqueda agotadora de explicaciones. Worden (2013) señala que los accidentes, el suicidio y las muertes estigmatizadas suelen agregar culpa, rabia o vergüenza al dolor de la ausencia.

    Después de un suicidio puede aparecer la idea «debí impedirlo». Conocer el desenlace hace que señales ambiguas del pasado parezcan obvias. Conviene revisar esa conclusión con un profesional, especialmente si la culpa no cede o se transforma en castigo personal.

    Cuando predominan pesadillas, sobresalto, evitación intensa o la sensación de revivir la escena, puede existir un componente traumático. El artículo sobre duelo traumático explica esa diferencia. Las muertes por suicidio o sobredosis también pueden aislar por miedo al juicio; nombrar la causa con un lenguaje respetuoso ayuda a romper ese silencio.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional por la muerte de un amigo?

    Puedes consultar en cualquier momento si necesitas un espacio seguro. La terapia no requiere demostrar que tu duelo es grave. Resulta especialmente aconsejable cuando el dolor bloquea el trabajo o el estudio, te aísla por completo, el consumo de alcohol o fármacos aumenta, aparecen ataques de pánico, o la culpa y las imágenes de la muerte dominan casi todo el día.

    El trastorno de duelo prolongado tiene criterios más específicos. La CIE-11 de la OMS exige una añoranza o preocupación persistente y dolor emocional intenso que dure más de seis meses y exceda claramente las normas culturales. El DSM-5-TR usa un mínimo de 12 meses en adultos; un estudio de validación de esos criterios subraya además el deterioro funcional (Prigerson et al., 2021).

    Cumplir un plazo no establece un diagnóstico por internet. Un profesional evalúa el contexto, la cultura, el vínculo, la depresión, el trauma y otros problemas. También puedes revisar el test de duelo prolongado como orientación, nunca como sustituto de una evaluación.

    La evidencia sobre tratamiento pide criterio. Una revisión paraguas de 33 revisiones encontró un apoyo mayormente condicional para las intervenciones de duelo, según la gravedad, el momento y la población (Avis et al., 2025).

    En personas con trastorno de duelo prolongado, un ensayo con 212 participantes halló mejorías grandes tanto con TCC específica para duelo como con terapia centrada en el presente. La ventaja de la primera fue modesta y se atenuó al año en la medida principal (Rosner et al., 2025).

    La página sobre terapia de duelo explica cómo suele trabajarse y qué preguntas conviene hacer antes de empezar.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o de querer morir, busca apoyo ahora. En Chile, la Línea de Prevención del Suicidio del MINSAL atiende gratis, de forma confidencial y las 24 horas desde celulares en el *4141. También puedes llamar a Salud Responde al 600 360 7777. Ante peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal llorar más por un amigo que por un familiar?

    Sí. La intensidad del duelo depende de la cercanía, el papel que esa persona tenía en tu vida y las circunstancias de la muerte. El parentesco no mide por sí solo el vínculo. Sentir más dolor por un amigo tampoco rebaja el cariño hacia tu familia.

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un amigo?

    No existe un plazo universal. El dolor suele cambiar con el tiempo y puede reactivarse en cumpleaños, aniversarios o lugares compartidos. La CIE-11 y el DSM-5-TR fijan plazos para evaluar un posible trastorno de duelo prolongado, pero esos criterios clínicos no indican cuánto «debería» durar un duelo normal.

    ¿Qué hago si la familia no me incluyó en el funeral?

    Puedes crear una despedida propia con otros amigos: compartir recuerdos, visitar un lugar significativo o escribir una carta. Si quieres acercarte a la familia, ofrece fotos o anécdotas y deja que decida cuándo recibirlas. Quedar fuera de una ceremonia no vuelve menos legítimo tu vínculo.

    ¿Cómo dejar de sentir culpa por no haber llamado más?

    Revisa qué sabías y qué podías hacer en ese momento. La culpa retrospectiva usa información que entonces no tenías. Una carta no enviada puede ordenar lo pendiente. Si la culpa te castiga, te aísla o se relaciona con una muerte traumática, conviene trabajarla con un profesional.

    ¿Está mal volver a divertirme después de la muerte de un amigo?

    No. El duelo alterna momentos de dolor con descanso, atención a la vida cotidiana y experiencias agradables. Reír o disfrutar no borra a tu amigo. Es una señal de que tu vida conserva espacio para el vínculo y también para el presente.

    ¿Cuándo ir al psicólogo por la muerte de un amigo?

    Cuando necesitas hablar sin ser minimizado, aunque hayan pasado pocos días. Es más urgente si no puedes funcionar, te aíslas por completo, aumentó el consumo de sustancias, revives la muerte, o aparecen ideas de hacerte daño. Consultar sirve para evaluar qué ocurre y qué apoyo se ajusta a ti.

    Darle un lugar a una amistad que terminó con la muerte

    Tu amigo ocupó un lugar elegido. Ese vínculo merece una despedida, memoria y tiempo, incluso si el entorno no sabe reconocerlo. La meta no consiste en borrar la relación. Puedes llevar lo que esa persona dejó en ti mientras vuelves, poco a poco, a participar de tu propia vida.

    La guía general sobre cómo atravesar un duelo y la página sobre el duelo reúnen más recursos. Si quieres conversar esta pérdida en un espacio clínico, puedes escribir desde contacto. No necesitas llegar con una explicación ordenada.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Aoun, S. M., Breen, L. J., White, I., Rumbold, B., & Kellehear, A. (2018). What sources of bereavement support are perceived helpful by bereaved people and why? Empirical evidence for the compassionate communities approach. Palliative Medicine, 32(8), 1378-1388. https://doi.org/10.1177/0269216318774995
    • Avis, K. A., Missler, M., van Deursen, D., Lenferink, L. I. M., Stroebe, M., & Schut, H. (2025). The efficacy of bereavement interventions: A systematic umbrella review. Harvard Review of Psychiatry, 33(3), 127-148. https://doi.org/10.1097/HRP.0000000000000426
    • Cacioppo, J. T., & Patrick, W. (2008). Loneliness: Human nature and the need for social connection. W. W. Norton & Company.
    • Chen, X.-X., Chen, J., & Zhong, B.-L. (2025). The grief of peer loss among adolescents: A narrative review. Psychology Research and Behavior Management, 18, 343-352. https://doi.org/10.2147/PRBM.S504117
    • Herberman Mash, H. B., Fullerton, C. S., & Ursano, R. J. (2013). Complicated grief and bereavement in young adults following close friend and sibling loss. Depression and Anxiety, 30(12), 1202-1210. https://doi.org/10.1002/da.22068
    • Hughes, M. E., Waite, L. J., Hawkley, L. C., & Cacioppo, J. T. (2004). A short scale for measuring loneliness in large surveys: Results from two population-based studies. Research on Aging, 26(6), 655-672. https://doi.org/10.1177/0164027504268574
    • Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El poder de la compasión hacia uno mismo. Paidós.
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders. https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Robson, P., & Walter, T. (2013). Hierarchies of loss: A critique of disenfranchised grief. OMEGA: Journal of Death and Dying, 66(2), 97-119. https://doi.org/10.2190/OM.66.2.a
    • Rosner, R., Rau, J., Kersting, A., Rief, W., Steil, R., Rummel, A.-M., Vogel, A., & Comtesse, H. (2025). Grief-specific cognitive behavioral therapy vs present-centered therapy: A randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 82(2), 109-118. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2024.3409
    • Stroebe, M., Schut, H., & Stroebe, W. (2007). Health outcomes of bereavement. The Lancet, 370(9603), 1960-1973. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(07)61816-9
    • Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo por la muerte de un abuelo

    Duelo por la muerte de un abuelo

    Cuando muere un abuelo queda un vacío difícil de nombrar, y alrededor alguien te dice que «era mayor» o que «es lo natural». Natural o no, la muerte de un abuelo duele, la hayas visto venir o te haya llegado en una llamada un martes cualquiera.

    Si buscaste duelo por un abuelo porque acabas de perder al tuyo, o porque tienes que contarle a un niño que su abuelo murió, esta guía reúne lo que dicen la investigación y los libros de Worden, Neimeyer, Boss, Webb y Cid Egea. Explica por qué duele tanto la muerte de un abuelo, cómo superarla y cómo explicársela a un niño.

    Respuesta corta: el duelo por un abuelo es legítimo aunque el entorno lo minimice, y duele más cuanto más cercano era el vínculo. Suele ir cediendo con apoyo, recuerdos compartidos y rituales. Un niño necesita una explicación sencilla y verdadera, y ver que sus padres pueden estar tristes. Conviene consultar si el dolor no baja, impide funcionar o aparecen ideas de hacerse daño.

    ¿Es normal que me duela tanto la muerte de un abuelo?

    Sí. Para la mayoría de los niños, la muerte de un abuelo o de una mascota es el primer contacto real con la muerte (Carey, en Webb, 2010). Aun así, el duelo por un abuelo recibe poco reconocimiento. Worden (2013) y Crenshaw y Lee (en Webb, 2010) lo describen como un duelo desautorizado: como la muerte parece esperable por la edad, el dolor del nieto no se valida en público.

    Un análisis crítico del duelo desautorizado sostiene que las sociedades ordenan las pérdidas en jerarquías, y que esa jerarquía deja a algunas personas sin permiso para sufrir (Robson y Walter, 2013).

    Un estudio cualitativo con 74 universitarios encontró que el duelo por la muerte de un abuelo dependió de cómo murió, de cuánto apego había, del papel que el nieto tenía en la familia y de su forma de afrontar. También reorganizó a la familia y empujó cambios de vida (Manoogian et al., 2018).

    La muestra no era representativa, así que sirve para entender la variedad de experiencias y no para medir cuántas personas viven cada una.

    ¿Por qué duele tanto la muerte de un abuelo?

    Porque los abuelos ocupan lugares distintos según la etapa de la vida. Robinson (2020) describe que la abuelidad dura, en promedio, un tercio de la vida de una persona y pasa por tres fases: mucho contacto y cuidado en la infancia del nieto, un distanciamiento gradual en la adolescencia y un contacto más ligado a festividades en la adultez emergente.

    El dolor no depende del número de visitas. Depende de lo que esa persona significaba.

    Worden (2013) cuenta que muchos abuelos hacen de cabeza del clan: toman decisiones, zanjan conflictos y mantienen unida a la familia. Cuando muere, el equilibrio de todos cambia.

    McGoldrick et al. (2015) señalan que la crianza compartida con abuelos y otros adultos protege el desarrollo infantil y alivia a madres que trabajan o crían solas.

    En familias de tres generaciones los abuelos pueden ser cuidadores primarios, y para ese nieto la pérdida puede ser tan grande como la de un padre (Crenshaw y Lee, en Webb, 2010). Si es tu caso, esta guía sobre abuelos que crían a sus nietos trata esa relación.

    También hay abuelos que son confidentes. Crenshaw y Lee (en Webb, 2010) señalan que si el abuelo era alguien con quien el adolescente podía desahogarse fuera de las tensiones con sus padres, su muerte le quita una de sus principales fuentes de apoyo.

    ¿Cambia el duelo según cómo murió el abuelo?

    Sí, y mucho. Cuando la muerte se ve venir por vejez o enfermedad, la familia se adapta de a poco y tiene la oportunidad de cerrar asuntos pendientes: dar las gracias, pedir perdón, despedirse (Worden, 2013).

    Una revisión sistemática de estudios con cuidadores encontró que sentirse preparado para la muerte se asoció con un mejor duelo posterior, no el sufrimiento por adelantado (Nielsen et al., 2016). Son datos de cuidadores, no de nietos, y hay que leerlos con esa cautela.

    Con la demencia aparece otra cosa. Boss (2025) llama pérdida ambigua a la de alguien que sigue presente en el cuerpo pero ausente en la mente, y propone una «despedida gradual»: adaptar las tradiciones familiares y valorar las pequeñas conexiones que aún quedan, como dejar que el abuelo presida la mesa aunque ya no pueda hacerlo todo. La guía sobre pérdida ambigua lo desarrolla.

    Después de una enfermedad larga son frecuentes dos tipos de culpa:

    • Culpa por alivio: sentir descanso cuando el abuelo por fin murió. Worden (2013) y Neimeyer (2019) piden normalizarla como una respuesta humana al desgaste de cuidar.
    • Culpa por evitación: arrepentirse de no haber visitado más durante el deterioro, por incomodidad o miedo (Worden, 2013).

    Si la muerte fue súbita, lo habitual son las cuestiones pendientes: una discusión sin resolver o un «te quiero» que no se dijo.

    ¿Cómo superar la muerte de mi abuelo?

    «Superar» es una palabra engañosa. Worden (2013) y Neimeyer (2019) coinciden en que sanar no significa olvidar: la relación pasa de la presencia física a un vínculo simbólico interno. Esto es lo que proponen para llegar ahí:

    1. No pongas plazo. Ninguna fuente fija una fecha. Lo que sí puedes observar es la dirección: si con los meses el dolor se vuelve más llevadero, vas en buen camino.
    2. Conserva el vínculo. Worden (2013) y Neimeyer (2019) recomiendan guardar objetos con significado (una foto, un anillo, una prenda) y seguir hablando de esa persona. Sentir su presencia a veces es parte de esto, y la guía sobre sentir la presencia de un ser querido fallecido explica cuándo es normal.
    3. Crea un ritual propio. Neimeyer (2019) y Boss (2025) sugieren encender una vela, cocinar su plato favorito o hacer una donación en su nombre. Un gesto así le da legitimidad a un dolor que el entorno tiende a minimizar.
    4. Escríbele una carta. Neimeyer (2019) propone expresar los arrepentimientos, pedir perdón de forma simbólica y completar la conversación que quedó pendiente. No hace falta enviarla.
    5. Revisa la culpa con datos. Worden (2013) sugiere contrastarla con la realidad: anotar lo que sí hiciste por tu abuelo dentro de tus posibilidades. La culpa por no haber estado más suele medir lo que querías hacer y no lo que podías hacer.
    6. Reúne sus historias. Worden (2013) y Crenshaw (en Webb, 2010) recomiendan armar en familia un álbum de recuerdos con fotos, anécdotas y dibujos. Guarda el legado y le da un lugar a la pérdida.
    7. Habla con alguien. Boss (2025) y Worden (2013) insisten en no aislarse y en buscar espacios donde expresar la pena sin las prisas del entorno. Si no sabes qué decirle a quien está pasando por esto, esta guía ayuda.

    ¿Cómo explicar la muerte del abuelo a un niño?

    La muerte de un abuelo es la situación típica que despierta las primeras preguntas del niño sobre la muerte (Cid Egea y Egea, 2011). Carey (en Webb, 2010) advierte contra una frase muy común, «es demasiado pequeño para entender», porque los niños perciben el dolor de la casa aunque nadie se lo cuente.

    Lo que un niño entiende cambia con la edad. Una revisión chilena indica que los menores de 4 años por lo general no tienen conciencia de la muerte, que hay diferencias grandes entre niños de la misma edad y que el concepto maduro se adquiere hacia los 12 años (Norero, 2018). Por eso conviene adaptar el mensaje y no repetir un guion.

    Estas son las pautas que coinciden en los libros del notebook (Cid Egea y Egea, 2011; Neimeyer, 2019):

    • Usa palabras concretas. «El cuerpo del abuelo dejó de funcionar y los médicos no pudieron arreglarlo. Murió.» Usar «murió» o «falleció» evita malentendidos.
    • Evita los eufemismos. «Se durmió», «se fue de viaje» o «Dios se lo llevó» los niños pequeños los toman al pie de la letra, y pueden aparecer miedo a dormirse o a que otros se vayan.
    • Desmiente la culpa. Por el pensamiento mágico, algunos niños creen que el abuelo murió porque se portaron mal o se enojaron con él. Dile con claridad que ningún pensamiento ni enojo causa una muerte.
    • Ofrece despedirse. Cid Egea y Egea (2011) y Webb (2010) aconsejan invitar al niño al velatorio o funeral a partir de los 6 años, o antes si quiere, explicándole antes qué va a ver y escuchar. Mandarlo a casa de un vecino para protegerlo suele vivirse como abandono.
    • Mantén sus rutinas. Las comidas, el sueño y el colegio a la misma hora le dan seguridad.
    • Hagan algo juntos con el recuerdo. Un álbum, un dibujo o un cuento ayudan. Si quieres uno, la guía de cuentos para explicar la muerte los reúne.

    Más detalle por edades en cómo explicarle la muerte a un niño. Una revisión sobre duelo infantil agrega que el duelo se manifiesta distinto según la edad y que el ambiente de los cuidadores es uno de los principales moderadores (Alvis et al., 2023). Dicho en simple: cómo lo acompaña el adulto pesa mucho.

    ¿Cómo reaccionan los niños y adolescentes?

    Los niños expresan el duelo más con el cuerpo y la conducta que con palabras. Las fuentes del notebook (Cid Egea y Egea, 2011; Webb, 2010) describen como esperables:

    • Regresiones temporales: volver a chuparse el dedo, mojar la cama o pedir ayuda para comer.
    • Miedo a que mueran otros: sobre todo entre los 3 y los 7 años, junto con la idea de que «la muerte se contagia».
    • Tristeza que va y viene: pasan rápido de llorar a jugar, y eso no indica que les importe menos. Jugar al entierro o a «hacerse el muerto» es su manera de dosificar el dolor.
    • Menor concentración en el colegio, porque gran parte de su energía se va al duelo.

    Los adolescentes entienden que la muerte es irreversible, pero pueden temer mostrarse débiles ante sus pares y callarse.

    En un estudio con 226 adolescentes de 11 a 18 años, 124 habían vivido la muerte de un abuelo: quienes más sufrían por la pérdida tenían más ansiedad ante la muerte, mientras que el género, el tiempo transcurrido y el número de muertes vividas no predijeron nada (Ens y Bond, 2005). Es un estudio antiguo y acotado a colegios privados. Más sobre esta etapa en duelo en adolescentes.

    ¿Qué dicen los estudios sobre el efecto en los nietos?

    Hay datos de una misma cohorte de EE. UU., con asociaciones que no prueban causas y que no deben leerse como un destino:

    • En un estudio de familias de 20 ciudades, la muerte de un abuelo no se asoció con más depresión en adolescentes ni en sus madres. La muerte de una abuela en los 7 años previos sí se asoció con más probabilidad de trastorno depresivo mayor en la madre (OR = 2,42; IC 95 % 1,17-5,01), y los varones adolescentes aumentaron 50 % sus síntomas depresivos (Livings et al., 2022).
    • En 2.479 niños, haber vivido la muerte de un abuelo entre los 5 y los 9 años se asoció con menores puntajes de lectura y matemática a los 9 en varones, con casi ningún indicio en niñas (Livings et al., 2023).
    • En niñas, la muerte reciente de una abuela que no vivía con ellas se asoció con telómeros 11 % más cortos, un marcador de estrés acumulado y no un diagnóstico (Livings et al., 2025).

    Los autores lo presentan como señal de que perder a un abuelo puede tener costos, y por eso vale la pena acompañar. La búsqueda no encontró estudios chilenos sobre esto, y casi todos los trabajos son observacionales.

    ¿Y si mis padres también están de duelo?

    Es una situación frecuente: quien pierde al abuelo también es hijo o hija de alguien. Webb (2010) habla de doble pérdida: el niño sufre por el abuelo y además por la menor disponibilidad emocional de sus padres. Si estos quedan hundidos, el niño puede sentirse invisible, callar su pena para «no dar problemas» o asumir tareas de adulto.

    Cid Egea y Egea (2011) recomiendan que los padres no escondan su tristeza, pero la expliquen: «Estoy llorando porque echo de menos a la abuela. Llorar me ayuda a desahogarme. Que esté triste no significa que deje de cuidarte». Si el dolor de los adultos es muy grande, apoyarse en otros familiares o en un profesional evita desbordar al menor.

    ¿Qué cambia en la familia cuando muere un abuelo?

    McGoldrick et al. (2015) describen que, al morir sus padres, la generación intermedia pasa a ser la cabeza de la familia. Ya no hay nadie por encima a quien acudir, se toma conciencia de la propia mortalidad y a esa generación le toca sostener los contactos y las celebraciones que el abuelo mantenía unidas.

    También puede haber tensión. Pillemer (2021) señala que la herencia o la venta de la casa familiar es uno de los desencadenantes de distanciamiento entre hermanos, con un daño colateral: los primos pueden quedar desconectados sin haber participado en el conflicto.

    ¿Cuándo el duelo por un abuelo necesita ayuda profesional?

    La mayoría de las personas se adapta a una pérdida sin ayuda profesional: una revisión en The Lancet concluye que el duelo no es una enfermedad (Stroebe et al., 2007). Un grupo menor desarrolla duelo prolongado. Una revisión de curso y tratamiento lo estima en cerca del 10 % de las personas en duelo (Szuhany et al., 2021).

    La CIE-11 lo plantea a partir de 6 meses desde la muerte (OMS, 2024). El DSM-5-TR pide al menos 12 meses en adultos, según un estudio que validó esos criterios (Prigerson et al., 2021). Ninguno exige esperar para consultar si estás mal.

    En niños y adolescentes, una revisión sistemática halló prevalencias de duelo prolongado entre 10,4 % y 32 %, y el apoyo social parece protector (Falala et al., 2024). Un metaanálisis de 39 estudios con 5.578 participantes mostró que las intervenciones tienen un efecto pequeño en estudios controlados (g = 0,18), y que los efectos se reducen mucho al considerar la evolución natural del duelo (Hanauer et al., 2024).

    Webb (2010) sugiere consultar si un niño o adolescente presenta:

    • Ideas, amenazas o conductas de hacerse daño.
    • Dolores de cabeza o de estómago repetidos sin causa médica.
    • Pesadillas o insomnio intensos, o cambios graves en la alimentación.
    • Aislamiento profundo o irritabilidad que no se puede manejar.
    • Un duelo «congelado», con el niño paralizado o desconectado mucho después de la muerte.
    • Problemas que persisten durante semanas sin atenuarse o que le impiden ir al colegio y jugar.

    Si crees que el duelo se quedó detenido, duelo congelado y terapia de duelo explican qué hacer. Si lo que predomina es la ansiedad, mira duelo y ansiedad.

    Si hay ideas de hacerte daño, no esperes. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias. Para ver el proceso completo, la guía para superar un duelo y la página sobre el duelo lo explican.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal sentir alivio cuando muere un abuelo que estaba enfermo?

    Sí. Tras una enfermedad larga, sentir descanso es una respuesta humana al desgaste de cuidar y de ver sufrir. Worden (2013) y Neimeyer (2019) recomiendan normalizarla. Puede convivir con mucha pena, y ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.

    ¿Qué hago si no alcancé a despedirme de mi abuelo?

    Hay recursos para completar la despedida de forma simbólica. Neimeyer (2019) propone una carta no enviada para decir lo pendiente, y Worden (2013) sugiere revisar con datos qué sí hiciste por tu abuelo. Un ritual propio, como visitar su lugar favorito o encender una vela, también ayuda a darle forma a lo que quedó sin decir.

    ¿A qué edad puede un niño ir al funeral de su abuelo?

    Cid Egea y Egea (2011) y Webb (2010) aconsejan ofrecerlo desde los 6 años, o antes si el niño lo pide. Lo que importa es que sea una opción y no una obligación. Antes, un adulto cercano le explica en palabras simples qué va a ver y escuchar, y se queda a su lado durante la ceremonia.

    ¿Debo ocultar mi llanto delante de mis hijos?

    No hace falta. Cid Egea y Egea (2011) recomiendan que los niños vean llorar a sus padres si se les explica por qué, porque así reciben permiso para expresar su propia tristeza. Esconderlo les transmite que la pena es peligrosa. Lo que sí conviene es poder mostrarla de forma regulada y tener otros adultos que te sostengan.

    ¿Cuánto dura el duelo por un abuelo?

    Ninguna fuente fija una cifra, y quien da un número exacto lo está inventando. Lo esperable es que el dolor se vaya haciendo más llevadero con los meses, con altibajos en fechas especiales. Si pasados 6 a 12 meses sigue igual de intenso o te impide funcionar, vale la pena consultar, y antes si lo necesitas.

    ¿Cuándo ir al psicólogo por la muerte de un abuelo?

    Cuando el dolor no baja, evitas todo lo que te lo recuerda, tu trabajo o tus estudios se resienten, o aparecen ideas de hacerte daño. En un niño, cuando hay señales como las de la lista de arriba. No necesitas esperar ningún plazo, y consultar no significa que el duelo esté «mal hecho».

    Si necesitas conversarlo con alguien

    A veces el duelo por un abuelo se queda sin lugar, porque «ya era mayor» y todos siguen con su vida. Si quieres ordenar lo que sientes, acompañar a un hijo o ver cómo sería trabajarlo por videollamada, puedes escribir desde la página de contacto. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder. (Obra original publicada en 1999 por Harvard University Press.)
    • Cid Egea, P., & Egea, P. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo.
    • Ens, C., & Bond, J. B. (2005). Death anxiety and personal growth in adolescents experiencing the death of a grandparent. Death Studies, 29(2), 171-178. https://doi.org/10.1080/07481180590906192
    • Falala, A., Lannes, A., Bui, E., & Revet, A. (2024). Prevalence of prolonged grief disorder in bereaved children and adolescents: A systematic review. L’Encéphale, 50(5), 557-565. https://doi.org/10.1016/j.encep.2023.11.016
    • Hanauer, C., Telaar, B., Rosner, R., & Doering, B. K. (2024). The efficacy of psychosocial interventions for grief symptoms in bereaved children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 350, 164-173. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.063
    • Livings, M., Smith-Greenaway, E., Margolis, R., & Verdery, A. M. (2022). Bereavement & mental health: The generational consequences of a grandparent’s death. SSM – Mental Health, 2, 100100. https://doi.org/10.1016/j.ssmmh.2022.100100
    • Livings, M. S., Smith-Greenaway, E., Margolis, R., & Verdery, A. M. (2023). Lost support, lost skills: Children’s cognitive outcomes following grandparental death. Social Science Research, 116, 102942. https://doi.org/10.1016/j.ssresearch.2023.102942
    • Livings, M. S., Smith-Greenaway, E., Wagner, B. G., & Verdery, A. M. (2025). The biological consequences of grandparental death for children: An analysis of telomere length. SSM – Population Health, 31, 101843. https://doi.org/10.1016/j.ssmph.2025.101843
    • Manoogian, M. M., Vandenbroeke, J., Ringering, A., Toray, T., & Cooley, E. (2018). Emerging adults’ experiences of grandparent death. OMEGA – Journal of Death and Dying, 76(4), 351-372. https://doi.org/10.1177/0030222817693140
    • McGoldrick, M., García Preto, N., & Carter, B. (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed.). Pearson.
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Nielsen, M. K., Neergaard, M. A., Jensen, A. B., Bro, F., & Guldin, M.-B. (2016). Do we need to change our understanding of anticipatory grief in caregivers? A systematic review of caregiver studies during end-of-life caregiving and bereavement. Clinical Psychology Review, 44, 75-93. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2016.01.002
    • Norero V., C. (2018). La maduración cerebral en el niño. El caso de la adquisición del concepto de muerte y su evolución. Revista Chilena de Pediatría, 89(1), 137-142. https://doi.org/10.4067/s0370-41062018000100137
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Pillemer, K. A. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Hachette UK.
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Robinson, O. C. (2020). Development through adulthood: An integrative sourcebook (2.ª ed.). Red Globe Press.
    • Robson, P., & Walter, T. (2013). Hierarchies of loss: A critique of disenfranchised grief. OMEGA – Journal of Death and Dying, 66(2), 97-119. https://doi.org/10.2190/OM.66.2.a
    • Stroebe, M., Schut, H., & Stroebe, W. (2007). Health outcomes of bereavement. The Lancet, 370(9603), 1960-1973. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(07)61816-9
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Perdí a mi papá: cómo vivir el duelo

    Perdí a mi papá: cómo vivir el duelo

    Perdí a mi papá. Si escribiste eso en el buscador, es probable que sea de madrugada, o en medio de un día de trabajo que siguió su curso como si nada, mientras por dentro algo se desordenó: las rutinas, los silencios, el teléfono que ya no vas a marcar.

    Esta guía junta lo que dicen los estudios sobre adultos que pierden a un padre, los libros de Worden, Neimeyer y Boss, y datos prácticos para Chile. Vas a encontrar qué es normal sentir, por qué duele aunque ya seas adulto, qué cambia en la familia, qué puede ayudarte y cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: el duelo por la muerte de un padre no tiene un camino ni un plazo correctos. La mayoría de las personas se adapta con el tiempo y con apoyo, el dolor llega en oleadas y la relación que tenías con tu papá marca mucho cómo lo vives. Un grupo pequeño, cerca del 10 %, queda atrapado en un dolor que no baja y se beneficia de ayuda profesional.

    ¿Qué hacer si perdí a mi papá?

    Durante las primeras semanas basta con lo básico: comer, dormir lo que se pueda, resolver lo urgente y dejarte acompañar. Las decisiones grandes suelen poder esperar. Más adelante, la evidencia respalda hablar de tu papá, alternar el dolor con descansos y pedir ayuda profesional si el dolor no cede.

    Algunas cosas concretas para los primeros días:

    • Reparte lo urgente. Avisar, coordinar el funeral y los trámites no tiene que recaer en una sola persona.
    • Pide ayuda específica: que alguien cocine, que te acompañe a una gestión, que se quede contigo una noche.
    • Deja para después lo irreversible, como vender la casa o regalar todas sus cosas, salvo que algo apremie.
    • Habla de él cuando lo necesites, aunque la conversación se corte en llanto.

    ¿Qué es normal sentir cuando muere un padre?

    Casi todo lo que aparezca cabe dentro de lo esperable. Worden (2013) describe reacciones como la sensación de irrealidad, la tristeza, la rabia, la culpa, la soledad y las conductas de búsqueda: pensar en llamarlo por teléfono o esperar verlo en su sillón. Aunque la muerte de un padre se vea venir por la edad o la enfermedad, la noticia casi siempre trae un momento de incredulidad.

    También puede aparecer rabia por conversaciones que quedaron pendientes, culpa por no haberlo visitado más y, tras una enfermedad larga, un alivio que luego da vergüenza. Son reacciones comunes. Sentirlas no significa que lo quisieras menos.

    ¿Cuánto pesa la edad? Un estudio australiano de 1998 siguió durante 13 meses a 44 viudos, 40 hijos adultos y 36 padres que perdieron un hijo. Los hijos adultos mostraron con menos frecuencia los fenómenos centrales del duelo que los otros dos grupos (Middleton et al., 1998). Es un promedio de grupo y habla de frecuencia, no de cuánto duele el tuyo.

    Un estudio cualitativo en Hong Kong con 15 adultos que recibían apoyo por duelo muestra el otro lado. Les costó adaptarse a la pérdida incluso cuando sus padres murieron a edad avanzada, y a la muerte se sumaron pérdidas secundarias: soledad, aislamiento y cambios en los roles y las responsabilidades de la familia (Chan et al., 2026). Es una muestra pequeña, pero describe algo que muchos reconocen.

    ¿Por qué duele tanto si ya soy adulto?

    Porque sigues siendo hijo o hija. Worden (2013) señala que la muerte de un progenitor puede reactivar una angustia de separación muy temprana, incluso en adultos independientes. Para muchas personas, el papá fue una de las primeras figuras de protección, y su ausencia deja una pregunta que Worden describe como tarea de adaptación interna: ¿quién soy yo ahora?

    Worden (2013) describe además un efecto generacional. Cuando muere un padre, uno queda más cerca del frente de la fila, y esa conciencia de la propia mortalidad puede llevar a revisar metas, prioridades y relaciones. Neimeyer (2019) lo plantea como un reaprender el mundo y reaprenderse a uno mismo.

    Si lo que sientes es sobre todo miedo a que esto pase, la guía sobre el miedo a que tus padres mueran trata ese momento previo.

    Sobre hijos e hijas hay un dato concreto. En un seguimiento de 8.865 adultos de Estados Unidos entre 1987 y 1993, la muerte del padre tuvo más efectos negativos en los hijos varones que en las hijas, mientras que la de la madre los tuvo más en las hijas.

    Los problemas se reflejaron más en la salud física que declaraban los hombres (Marks et al., 2007). Son tendencias de grupo, y a ninguna persona la condenan de antemano.

    ¿Los hombres y las mujeres viven distinto la muerte de un padre?

    A veces sí, pero menos de lo que se cree. Martin y Doka (2000) proponen dos estilos de duelo que no dependen del sexo. El estilo intuitivo canaliza el duelo a través de la emoción: necesita llorar, hablar y compartir. El estilo instrumental pasa por la acción: resolver trámites, mantenerse ocupado, hacer algo físico, y procesa el dolor más en privado.

    Muchas mujeres tienen un estilo instrumental y muchos hombres uno intuitivo. Ninguno es el correcto. El riesgo está en quedar fijo en uno solo.

    Esa idea conecta con el modelo de proceso dual de Stroebe y Schut (1999), que describe un duelo sano como una oscilación entre mirar la pérdida de frente y ocuparse de la vida cotidiana. Descansar del dolor es parte del proceso. Rumiar sin parar o evitar sin tregua, en cambio, son las dos formas en que el duelo suele estancarse.

    Si cargas con los trámites y los llamados mientras todos esperan que tú seas el fuerte, ese rol sirve para sostener, y a la vez puede dejar el duelo en pausa. Reservar un rato para sentir también cuenta como trabajo.

    ¿Y si mi relación con mi papá era difícil?

    La muerte no simplifica una relación complicada. Worden (2013) describe la ambivalencia como uno de los factores que más dificultan el duelo: cuando conviven cariño y resentimiento, no poder conversar ya sobre lo pendiente intensifica la angustia y la culpa.

    Dos reacciones frecuentes en estos casos:

    • Idealizar a quien murió para no sentir rabia. Worden advierte que la ira que no se reconoce puede volverse contra uno mismo y derivar en un duelo más largo.
    • Culpa por el alivio, sobre todo si el papá era controlador o había una enfermedad larga. Neimeyer (2019) la describe como habitual tras cuidar a alguien muy enfermo o autoritario.

    Worden (2013) sugiere preguntas como «¿qué no echas de menos de él?» o «¿en qué te decepcionó?», porque permiten recordarlo completo, con sus luces y sombras. Boss (2025) propone sostener dos verdades a la vez: lo quise y, al mismo tiempo, me dolió cómo me trató.

    Si tu papá estuvo ausente o fue distante, lo que se llora a menudo es la esperanza de una reconciliación que ya no ocurrirá. Esa pérdida es real, aunque nadie la vea.

    ¿Importa cómo murió?

    Importa bastante. Una muerte inesperada, un accidente o un suicidio suelen venir con shock, imágenes intrusivas y culpa por lo no dicho, y la guía sobre duelo traumático trata ese caso. Si el papá cayó enfermo de demencia, Boss (2025) habla de pérdida ambigua, y existe una guía sobre el duelo por Alzheimer.

    Una muerte esperada tampoco garantiza un duelo más liviano.

    Una revisión sistemática de estudios con cuidadores encontró que el duelo alto durante el cuidado y la poca preparación se asociaron con peor duelo después, y que hacer el duelo por adelantado no se confirmó como protector (Nielsen et al., 2016). La preparación alta sí se asoció con mejores resultados, de modo que hablar con claridad y despedirse cuando se puede ayuda.

    Un metaanálisis de 120 estudios con más de 61.000 participantes identificó qué predice un duelo prolongado. Las asociaciones más fuertes fueron tener síntomas de duelo antes de la muerte y depresión. Con efectos pequeños aparecieron la muerte inesperada o violenta, un nivel educativo y de ingresos bajo, ser mujer, un apego ansioso y la muerte de un hijo o de la pareja (Buur et al., 2024).

    ¿Qué pasa con mamá, con mis hermanos y con la familia?

    La muerte de un padre mueve las piezas de toda la familia. Bowen, citado por Worden (2013), describe la familia como un sistema que busca equilibrio, y cuando falta un rol (el que decidía, el que sostenía, el que ponía límites) alguien tiene que cubrirlo o aprender a prescindir de él.

    Muchos hijos adultos pasan a cuidar a la madre o al padre que sobrevive, a organizar la herencia y las decisiones, y a mediar entre hermanos, todo mientras están en duelo. Conviene conversarlo abiertamente, porque los roles que se asignan en silencio generan resentimiento.

    El duelo de la familia también se contagia. En un estudio danés con 257 parejas de padres e hijos adultos, medidos cuatro veces en los 26 meses posteriores a la pérdida de un familiar, los cambios en el duelo prolongado de los padres predijeron el de sus hijos adultos más adelante, con efectos pequeños a moderados, y no al revés (Lenferink y O’Connor, 2023).

    Cuidar a quien sobrevive importa, y cuidarte tú también.

    Si hay hermanos, la guía sobre la muerte de un hermano puede servir. Si hay niños en la familia, mira cómo explicarle la muerte a un niño según su edad.

    ¿Cómo superar la muerte de mi padre?

    La palabra superar engaña, porque sugiere dejar atrás. Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen otra cosa: integrar la pérdida en tu historia. Worden lo organiza en cuatro tareas: aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarte a un mundo sin tu papá y encontrar una conexión duradera con él mientras sigues con tu vida.

    Esa última tarea no pide olvidar. Klass, Silverman y Nickman (1996) mostraron que mantener un vínculo simbólico con quien murió es habitual y puede ser sano.

    Una revisión sistemática de 79 estudios concluyó que esos vínculos pueden traer consuelo y también malestar, y que la literatura aún no confirma si conservarlos ayuda más que soltarlos. Sí describe su potencial para integrar la historia de la muerte, transformar la relación y reconstruir el sentido (Hewson et al., 2024).

    En la práctica, los libros de Worden, Neimeyer y Boss coinciden en algunas ideas:

    • Hablar de tu papá con quien lo conoció, y contar sus historias.
    • Escribirle una carta que no vas a enviar, para decir lo que quedó pendiente, también el reproche (Neimeyer, 2019).
    • Conservar objetos con significado: una prenda, una herramienta, una foto. Si esos objetos se usan para negar la muerte, dejan de ayudar.
    • Crear un ritual propio si el funeral no alcanzó, como visitar un lugar que él quería o cocinar su plato.
    • Llevar adelante algo suyo: un valor, un oficio, un proyecto que le importaba.
    • Alternar el contacto con el dolor y los descansos, sin culparte por ninguno.

    Si sientes su presencia o sueñas con él, es frecuente y suele ser un consuelo, como cuenta la guía sobre sentir la presencia de un ser querido que murió. Y cuando lleguen las fechas difíciles, esta guía sobre la primera Navidad sin un ser querido ayuda a prepararlas.

    Para ver el recorrido completo, está la guía sobre las etapas reales del duelo.

    ¿Y si perdí a mi papá siendo joven?

    Perder a un padre a los 20 o 30 años tiene un peso propio, porque coincide con decisiones de estudio, trabajo, pareja e independencia.

    En una encuesta a 77 jóvenes de 16 a 28 años que perdieron a un padre por cáncer, y que participaban en grupos de apoyo, el 65 % no esperaba la muerte y el 74 % informó ansiedad entre leve y grave (Lundberg et al., 2018). Es una muestra de voluntarios, así que no refleja a todos los jóvenes.

    Una investigación cualitativa con 15 adultos emergentes que perdieron a un padre describe emociones mezcladas, desafíos propios de esa etapa y resiliencia, y señala la necesidad de espacios con pares (Porter y Claridge, 2021). Un grupo de apoyo con gente de tu edad puede ser lo que más sentido tenga.

    Si tu papá murió cuando eras niño o adolescente, la guía sobre el duelo en adolescentes puede ayudarte a entender cómo se vive esa etapa.

    ¿Qué trámites y permisos hay en Chile?

    Mientras el dolor está en su punto más alto, hay gestiones que no esperan: certificado de defunción, funeral, avisar al trabajo.

    Sobre lo laboral, el artículo 66 del Código del Trabajo establece que, en caso de muerte del padre, de la madre o de un hermano del trabajador, el permiso pagado se extiende por cuatro días hábiles, y que debe hacerse efectivo a partir del día del fallecimiento. Esos días no se pueden compensar en dinero (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, 2026).

    Cuatro días suelen ser pocos para la realidad de un duelo. Si tu contrato o tu empresa contemplan más tiempo, vale la pena preguntarlo. Y si al volver al trabajo notas que no puedes concentrarte, dormir o comer, no esperes a que pase solo: es un buen motivo para consultar.

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un padre?

    No hay una cifra específica para este tipo de pérdida. Rigen los rangos generales: para muchas personas, adaptarse a una pérdida importante lleva entre uno y dos años, con rebrotes en cumpleaños, aniversarios y fiestas. La guía sobre cuánto dura un duelo lo desarrolla con los estudios de trayectorias.

    Se habla de duelo prolongado cuando la añoranza intensa o la preocupación por la persona fallecida se mantienen casi a diario, con deterioro del funcionamiento, al menos 6 meses según la CIE-11 (OMS, 2024) y al menos 12 meses en adultos según los criterios validados del DSM-5-TR (Prigerson et al., 2021). Son umbrales para evaluar y no un plazo para haber terminado de sufrir.

    ¿Cuántos llegan ahí? Un metaanálisis de 14 estudios estimó una prevalencia de 9,8 % tras muertes no violentas (Lundorff et al., 2017). Otro análisis en 16 países dio 13 %, pero solo 5 % en muestras probabilísticas (Comtesse et al., 2024). Las cifras de 25 % o más que circulan vienen de grupos de riesgo y probablemente están infladas, según una carta de análisis crítico (Eisma, 2025).

    Para ordenar lo que sientes, puedes usar el test de duelo prolongado.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda?

    Puedes consultar en cualquier momento, sin esperar un plazo. Conviene hacerlo si el dolor no baja con los meses, si te impide trabajar o cuidar de ti, si evitas por completo todo lo que remite a tu papá, si la culpa o la rabia te desbordan, si te sientes sin sentido o si usas alcohol u otras sustancias para aguantar.

    También cuando la ansiedad se vuelve constante, como explica la guía sobre duelo y ansiedad.

    Si hay ideas de hacerte daño, no esperes. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    ¿Qué ayuda profesional existe?

    La mayoría de las personas se adapta sin tratamiento: una revisión en The Lancet concluye que el duelo no es una enfermedad (Stroebe et al., 2007). Las intervenciones sirven sobre todo cuando hay síntomas intensos. Una revisión paraguas de 33 revisiones encontró apoyo incondicional a su eficacia en 7 y apoyo condicional en 24 (Avis et al., 2025).

    Cuando hace falta, la terapia cognitivo-conductual específica para duelo prolongado logra mejorías grandes. En un ensayo con 212 personas, tanto ella como una terapia centrada en el presente redujeron mucho los síntomas al año (Rosner et al., 2025). Las opciones están explicadas en la guía sobre terapia de duelo.

    Si acompañas a alguien que perdió a su papá y no sabes qué decir, esta guía puede orientarte. La página sobre el duelo reúne el resto de los temas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo superar la muerte de mi padre?

    Más que superarla, se trata de integrarla. Con tiempo y apoyo, el dolor intenso va cediendo y la relación se transforma en un recuerdo que acompaña. Ayudan hablar de él, alternar el dolor con descansos y pedir ayuda si pasan los meses sin cambio (Worden, 2013; Neimeyer, 2019).

    ¿Es normal sentir alivio cuando muere un padre?

    Sí, sobre todo tras una enfermedad larga o una relación controladora. Neimeyer (2019) describe ese alivio como frecuente y también la culpa que lo acompaña. Sentir ambas cosas a la vez es compatible con haberlo querido.

    ¿Es normal no llorar?

    Sí. Martin y Doka (2000) describen un estilo instrumental, en el que el duelo se expresa más a través de la acción que de las lágrimas. Si el dolor aparece tarde o en otra forma, eso también cabe dentro de lo esperable. Preocupa sentir un bloqueo emocional que se alarga durante meses.

    ¿Duele más perder al papá o a la mamá?

    Ninguna pérdida se ordena en un ranking. En el estudio de Marks et al. (2007), la muerte del padre pesó más en los hijos varones y la de la madre en las hijas, pero son promedios de grupo. Cuenta más la relación que tenías con esa persona y las circunstancias de su muerte.

    ¿Qué hago si no pude despedirme de mi papá?

    Es una de las fuentes más comunes de culpa. Worden (2013) distingue la culpa irracional, que sobreestima lo que se podía controlar, de la fundada, y sugiere repasar con calma lo que sí hiciste. Escribirle una carta o crear un ritual propio permite decirle lo que faltó.

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de mi papá?

    No hay una cifra específica para este tipo de pérdida. Rigen los rangos generales: para muchas personas, adaptarse lleva entre uno y dos años, con rebrotes en cumpleaños, aniversarios y fiestas. Importa más la dirección que el calendario, y la guía sobre cuánto dura un duelo lo detalla.

    ¿Cuántos días de permiso me corresponden por la muerte de mi papá en Chile?

    El artículo 66 del Código del Trabajo da cuatro días hábiles de permiso pagado por la muerte del padre, la madre o un hermano, contados desde el día del fallecimiento (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, 2026). Revisa tu contrato por si contempla más.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    A veces el entorno quiere que el duelo se acabe antes de lo que tu historia con tu papá puede permitir. Si quieres ordenar lo que sientes, saber si lo tuyo es un duelo esperable o necesita apoyo, o ver cómo sería trabajarlo por videollamada, puedes escribir desde la página de contacto. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Avis, K. A., Missler, M., van Deursen, D., Lenferink, L. I. M., Stroebe, M., & Schut, H. (2025). The efficacy of bereavement interventions: A systematic umbrella review. Harvard Review of Psychiatry, 33(3), 127-148. https://doi.org/10.1097/HRP.0000000000000426
    • Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. (2026). Código del Trabajo, artículo 66 (versión vigente consultada el 22 de octubre de 2026). https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=207436
    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder. (Obra original publicada en 1999 por Harvard University Press.)
    • Buur, C., Zachariae, R., Komischke-Konnerup, K. B., Marello, M. M., Schierff, L. H., & O’Connor, M. (2024). Risk factors for prolonged grief symptoms: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 107, 102375. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2023.102375
    • Chan, W. C. H., Lee, C. W., & Tsing, R. W. M. (2026). Grieving the loss of parents: A qualitative study of bereaved adult children who received professional support. Death Studies, 50(8), 1467-1476. https://doi.org/10.1080/07481187.2025.2513986
    • Comtesse, H., Smid, G. E., Rummel, A.-M., Spreeuwenberg, P., Lundorff, M., & Dückers, M. L. A. (2024). Cross-national analysis of the prevalence of prolonged grief disorder. Journal of Affective Disorders, 350, 359-365. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.094
    • Eisma, M. C. (2025). Prevalence rates of prolonged grief disorder are overestimated. European Journal of Psychotraumatology, 16(1), 2520634. https://doi.org/10.1080/20008066.2025.2520634
    • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001-1014. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2223593
    • Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Taylor & Francis.
    • Lenferink, L. I. M., & O’Connor, M. (2023). Grief is a family affair: Examining longitudinal associations between prolonged grief in parents and their adult children using four-wave cross-lagged panel models. Psychological Medicine, 53(15), 7428-7434. https://doi.org/10.1017/s0033291723001101
    • Lundberg, T., Forinder, U., Olsson, M., Fürst, C. J., Årestedt, K., & Alvariza, A. (2018). Bereavement stressors and psychosocial well-being of young adults following the loss of a parent: A cross-sectional survey. European Journal of Oncology Nursing, 35, 33-38. https://doi.org/10.1016/j.ejon.2018.05.004
    • Lundorff, M., Holmgren, H., Zachariae, R., Farver-Vestergaard, I., & O’Connor, M. (2017). Prevalence of prolonged grief disorder in adult bereavement: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 212, 138-149. https://doi.org/10.1016/j.jad.2017.01.030
    • Marks, N. F., Jun, H., & Song, J. (2007). Death of parents and adult psychological and physical well-being: A prospective U.S. national study. Journal of Family Issues, 28(12), 1611-1638. https://doi.org/10.1177/0192513×07302728
    • Martin, T. L., & Doka, K. J. (2000). Men don’t cry… women do: Transcending gender stereotypes of grief. Brunner/Mazel.
    • Middleton, W., Raphael, B., Martinek, N., & Burnett, P. (1998). A longitudinal study comparing bereavement phenomena in recently bereaved spouses, adult children and parents. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry, 32(2), 235-241. https://doi.org/10.3109/00048679809062734
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Nielsen, M. K., Neergaard, M. A., Jensen, A. B., Bro, F., & Guldin, M.-B. (2016). Do we need to change our understanding of anticipatory grief in caregivers? A systematic review of caregiver studies during end-of-life caregiving and bereavement. Clinical Psychology Review, 44, 75-93. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2016.01.002
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Porter, N., & Claridge, A. M. (2021). Unique grief experiences: The needs of emerging adults facing the death of a parent. Death Studies, 45(3), 191-201. https://doi.org/10.1080/07481187.2019.1626939
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Rosner, R., Rau, J., Kersting, A., Rief, W., Steil, R., Rummel, A.-M., Vogel, A., & Comtesse, H. (2025). Grief-specific cognitive behavioral therapy vs present-centered therapy: A randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 82(2), 109-118. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2024.3409
    • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224. https://doi.org/10.1080/074811899201046
    • Stroebe, M., Schut, H., & Stroebe, W. (2007). Health outcomes of bereavement. The Lancet, 370(9603), 1960-1973. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(07)61816-9
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • ¿Cuánto dura un duelo?

    ¿Cuánto dura un duelo?

    Si buscas cuánto dura un duelo es porque llevas semanas o meses sintiéndote así, y alguien te dijo que ya deberías estar mejor. O porque temes que lo tuyo esté tardando demasiado. En los dos casos la pregunta es legítima, y la respuesta honesta es menos redonda de lo que quisieras.

    Esta guía junta lo que dicen los estudios que siguieron a personas en duelo durante meses y años, los criterios de la CIE-11 y del DSM-5-TR, y los libros de Worden, Neimeyer y Boss. Aquí vas a encontrar un rango realista, el motivo por el que el dolor no baja en línea recta y las señales que justifican pedir ayuda. Trata el duelo por la muerte de alguien; si lo tuyo es una separación, mira cómo superar una ruptura amorosa y el duelo por divorcio.

    Respuesta corta: no existe una duración correcta. En la mayoría de las personas el dolor más intenso cede durante los primeros meses, y adaptarse a una pérdida importante suele tomar entre uno y dos años, con altibajos en fechas señaladas. Un grupo pequeño, cerca del 10 %, queda atrapado en un dolor que no baja y se beneficia de ayuda profesional.

    ¿Cuánto dura un duelo normal?

    Ninguna fuente seria fija una fecha. Worden (2013) repasa los intentos de ponerle plazo, que van desde cuatro meses hasta «nunca», y concluye que ante la muerte de alguien muy querido no le convencería una resolución completa en menos de un año. Para muchas personas, dos años no es demasiado.

    Su razonamiento es práctico. Durante el primer año todo ocurre por primera vez sin esa persona: cada estación, cada cumpleaños, cada fiesta. Worden (2013) habla de atravesar las cuatro estaciones del año antes de que el duelo pueda empezar a asentarse.

    Otras guías dan rangos parecidos. La guía Explícame qué ha pasado de la Fundación Mario Losantos del Campo (2011) sitúa el duelo por una persona muy querida entre uno y tres años. La Sociedad Americana contra el Cáncer señala que es común que dure un año o más, y que ese dato es un punto de partida y no una regla.

    Neimeyer (2019) desmonta una creencia popular: la idea de que el duelo se acaba en unos días o semanas no tiene respaldo en la investigación. La reorganización lleva años.

    ¿Qué dice la investigación sobre cómo evoluciona el duelo?

    Los estudios que miden el duelo varias veces a lo largo del tiempo encuentran lo mismo: hay varios caminos, y no todos duelen igual. Una revisión sistemática de 2026 reunió 14 análisis de trayectorias en adultos. En promedio, el 55 % de las personas siguió una trayectoria de resiliencia, el 33 % una de recuperación y el 10 % una de duelo crónico (Eisma et al., 2026).

    Esos porcentajes cambian según el estudio, porque dependen de a quién se midió y cómo. Lo que se repite es la forma general: una mayoría atraviesa un dolor que baja con el tiempo, y una minoría se queda con síntomas altos y estables.

    Dos estudios más muestran esa variedad con detalle. En un registro de 857 cónyuges en duelo, el 64 % tuvo síntomas bajos durante los primeros 11 meses, el 20 % síntomas moderados y estables, el 8 % comenzó alto y mejoró, y el 7 % mantuvo un duelo prolongado (Lundorff et al., 2020).

    Un estudio poblacional con más de 1.700 parejas y familiares de pacientes gravemente enfermos siguió a las personas desde antes de la muerte hasta tres años después.

    Encontró una trayectoria de duelo tardío en el 10 % de las parejas: poco malestar al principio y un aumento hacia los 6 meses (Nielsen et al., 2019). Si te pasó eso, que lo peor llegue después de lo esperable tiene nombre y no es raro.

    Las trayectorias más difíciles se asociaron con ser más joven, tener menor nivel educativo y haber perdido a una pareja o un hijo (Eisma et al., 2026). El menor nivel educativo también aparece en el estudio de Nielsen et al. (2019). Son diferencias de grupo y no predicen lo que le pasará a una persona concreta.

    ¿Por qué el duelo no baja en línea recta?

    Porque el duelo no avanza como una escalera. Una prueba de la teoría de las etapas en 233 personas, seguidas entre 1 y 24 meses después de una muerte natural, mostró que la incredulidad no fue la reacción inicial dominante, que la aceptación fue el ítem más respaldado en todo momento y que el anhelo fue la emoción negativa dominante de principio a fin (Maciejewski et al., 2007).

    La guía sobre las etapas reales del duelo lo desarrolla.

    Lo que sí hay son momentos previsibles de rebrote. Worden (2013) señala el tercer mes, cuando el apoyo del entorno empieza a retirarse, el primer aniversario y las festividades, que describe como lo más duro para la mayoría. Neimeyer (2019) habla de «picos de duelo» (grief bursts): punzadas de dolor que aparecen en cumpleaños o aniversarios incluso años después, y que no significan retroceso.

    Una réplica con 614 jóvenes adultos agregó otro dato útil: lo que mejor predecía el estado de duelo no era el tiempo transcurrido, sino cuánto sentido había podido darle la persona a la pérdida. También apareció una reacción de aniversario, con más malestar al acercarse el segundo año de la muerte (Holland y Neimeyer, 2010).

    Si se acerca una fecha difícil, estas guías ayudan a prepararla: la primera Navidad sin un ser querido y la sobre aniversarios que remueven el trauma.

    ¿Cómo saber si mi duelo va por buen camino?

    Mirar el calendario sirve poco. Mirar la dirección sirve más. Worden (2013) propone varios indicadores de que el duelo se va asentando:

    • Puedes pensar en la persona que murió sin el dolor desgarrador del comienzo, y lo que queda es una tristeza más suave.
    • Vuelves a interesarte por el presente, por la gente que sigue viva y por proyectos propios.
    • Recibes las condolencias y el afecto de otros sin amargura.

    También ayuda cómo te mueves entre sentir y descansar. Neimeyer (2019) y Worden (2013) describen el modelo de proceso dual: el duelo adaptativo alterna momentos de mirar la pérdida de frente con momentos de ocuparte de lo cotidiano. Neimeyer lo compara con mirar el sol: si lo miras fijo demasiado tiempo, te encandila. Tomarte un descanso del dolor es parte del proceso y no una forma de evitarlo.

    Y un matiz que alivia a mucha gente: según Worden (2013), en otro sentido el duelo no termina nunca, porque la persona que murió conserva un lugar permanente en tu historia. Lo que cambia es que ese lugar deja de doler como al principio. Neimeyer (2019) lo llama vínculo continuo: la relación se transforma, de la presencia física a una conexión simbólica.

    ¿Cuándo se considera que un duelo es prolongado?

    La CIE-11 de la OMS habla de duelo prolongado cuando la añoranza o la preocupación persistente por la persona fallecida se mantienen al menos 6 meses, con dolor intenso y deterioro del funcionamiento (OMS, 2024). El DSM-5-TR pide que hayan pasado al menos 12 meses en adultos y 6 meses en niños y adolescentes, según el estudio que validó esos criterios (Prigerson et al., 2021).

    Estos plazos son umbrales de evaluación. Indican desde cuándo un profesional puede preguntarse si el duelo se complicó, y su razón de ser es evitar etiquetar como trastorno un duelo agudo normal. El plazo de 12 meses en adultos, explican Prigerson et al. (2021), se fijó para no diagnosticar un trastorno demasiado pronto. Ninguno de los dos dice que al cumplirse el año tengas que haber terminado de sufrir.

    Además del tiempo, el diagnóstico exige síntomas casi todos los días durante al menos el último mes (Prigerson et al., 2021):

    • Añoranza intensa o preocupación constante por la persona fallecida.
    • Varios de estos: sentir que una parte de uno murió, incredulidad, evitar recordatorios, dolor emocional intenso, dificultad para retomar la vida, entumecimiento, sensación de que la vida no tiene sentido y soledad intensa.

    Si quieres ordenar lo que sientes, puedes usar el test de duelo prolongado.

    ¿Qué tan común es? Un metaanálisis de 14 estudios calculó una prevalencia de 9,8 % en adultos tras una muerte no violenta (Lundorff et al., 2017). Otro análisis en 16 países dio 13 %, con una diferencia llamativa: 5 % en muestras probabilísticas y 16 % en las que reclutaron voluntarios (Comtesse et al., 2024).

    Las cifras de 25 % o más que circulan vienen de grupos de riesgo y probablemente están infladas, porque se apoyan en cuestionarios sin entrevista clínica, según una carta de análisis crítico (Eisma, 2025). Por eso conviene hablar de una minoría pequeña y no de la mayoría.

    ¿Qué hace que un duelo dure más?

    Hay circunstancias que alargan la adaptación, y reconocerlas ayuda a ser más paciente contigo. Una revisión de curso y tratamiento (Szuhany et al., 2021) y Worden (2013) describen, entre otras:

    • Una muerte súbita, violenta o inesperada, como un accidente o un suicidio. La guía sobre duelo traumático trata ese caso.
    • La muerte de un hijo o de la pareja, que rompe el proyecto de vida.
    • Una relación muy dependiente o muy conflictiva, con cosas sin decir.
    • Antecedentes de depresión, ansiedad o trauma, y poco apoyo social.
    • Pérdidas que no se pueden cerrar del todo, como una desaparición o una demencia. Boss (2025) las llama pérdida ambigua y advierte que exigir «cierre» en esos casos puede dejar a la persona en un duelo congelado.

    Boss (2025) cuestiona incluso la idea de cierre en general: la define como un mito que supone que hay que cortar los lazos para estar sano. Para Neimeyer (2019), lo sano es aprender a llevar la pérdida integrada en la propia historia.

    También pesa que el entorno apura. Según Worden (2013), la presencia de los demás es grande en el funeral y las primeras semanas, y entre los 6 meses y el año, cuando la persona más toma conciencia de lo que perdió, el entorno suele alejarse o empujar a «dar vuelta la página». Esa presión hace que muchos piensen que su duelo dura demasiado, cuando solo dura lo que suelen durar los duelos.

    ¿Cuánto dura el duelo en niños y adolescentes?

    El duelo infantil tampoco tiene calendario. En el estudio de Harvard con niños que perdieron a un padre o una madre, citado por Worden (1996), cerca del 80 % estaba bien al primer y al segundo año, y alrededor del 20 % mostraba dificultades marcadas que a veces eran peores al segundo año que al primero.

    Un estudio longitudinal con 182 niños y adolescentes que perdieron a un progenitor de forma repentina, seguidos hasta 3 años, encontró tres trayectorias: un 10,4 % mantuvo sus reacciones sin cambio a los 33 meses, un 30,8 % empeoró hacia los 9 meses y luego mejoró, y el resto fue disminuyendo (Melhem et al., 2011).

    Lo particular de la infancia es que el duelo reaparece. Webb (2010) lo describe como brotes discontinuos a lo largo de los años, y Worden (1996) como un «re-duelo»: al llegar a una nueva etapa (entrar a secundaria, graduarse, tener un hijo), la persona vuelve a preguntarse cómo sería compartir ese momento con quien murió.

    Una revisión sobre el duelo según la etapa del desarrollo aclara que eso no significa que el duelo se haya elaborado mal (Alvis et al., 2023).

    Por eso, en niños importa más cuánto interfiere el duelo en su vida que cuántos meses pasaron. Para ver más, mira cómo explicarle la muerte a un niño según su edad y el duelo en adolescentes.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda?

    Puedes consultar en cualquier momento, sin esperar a cumplir un plazo. Conviene hacerlo si el dolor no baja con los meses, si te impide trabajar, estudiar o cuidar de ti, si evitas por completo todo lo que remite a la persona, si sientes culpa o rabia que te desbordan, o si usas alcohol u otras sustancias para sobrellevarlo.

    Szuhany et al. (2021) vinculan el duelo prolongado con un riesgo más alto de ideación suicida.

    En niños y adolescentes, Webb (2010) sugiere consultar si hay ideas de hacerse daño, aislamiento profundo, conductas de riesgo, pesadillas o insomnio persistentes, o un duelo «congelado», con el menor paralizado mucho después de la muerte.

    Si hay ideas de hacerte daño, no esperes. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    ¿Qué ayuda a atravesar un duelo?

    Lo primero es no apurarte ni dejar que te apuren. Después, la evidencia respalda varias cosas concretas.

    La mayoría de las personas se adapta sin tratamiento: una revisión en The Lancet concluye que el duelo no es una enfermedad (Stroebe et al., 2007).

    Las intervenciones ayudan sobre todo cuando hay síntomas intensos. Una revisión paraguas de 33 revisiones encontró apoyo incondicional para su eficacia en 7 de ellas y apoyo condicional en 24 (Avis et al., 2025). Dicho de otro modo, ayudan, pero no todo el mundo en duelo necesita terapia.

    Cuando sí hace falta, la terapia cognitivo-conductual específica para duelo prolongado logra mejorías grandes. En un ensayo con 212 personas, tanto ella como una terapia centrada en el presente redujeron mucho los síntomas al año, y la ventaja de la específica fue modesta (Rosner et al., 2025). La guía sobre terapia de duelo explica las opciones.

    En el día a día, las propuestas de Worden (2013), Neimeyer (2019) y Boss (2025) coinciden en algunas cosas: hablar de la persona que murió, conservar objetos con significado, escribirle una carta, crear un ritual propio, pedir apoyo y alternar el contacto con el dolor con espacios de descanso.

    Si no sabes qué decirle a alguien que está pasando por esto, esta guía ayuda. La página sobre el duelo reúne el resto de las guías.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto tiempo dura el duelo por la muerte de un padre o una madre?

    Ninguna fuente publica una cifra específica para ese caso, y quien da un número exacto lo está inventando. Se aplican los rangos generales: de uno a dos años para vivir las primeras veces y asentar la pérdida, con rebrotes en fechas señaladas. Cuenta más la dirección que el calendario.

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de la pareja?

    Worden (2013) cita estudios en los que la mayoría de las personas viudas encuentra estabilidad hacia los dos años, y otros en que algunas tardan tres o cuatro. La muerte de la pareja se asocia con trayectorias más difíciles (Eisma et al., 2026), de modo que conviene pedir apoyo antes si el dolor no cede.

    ¿Es normal seguir llorando después de un año?

    Sí. Neimeyer (2019) describe picos de duelo que pueden aparecer en aniversarios y cumpleaños incluso años o décadas después, y que no significan haber retrocedido. Lo que merece atención es el dolor intenso, diario e incapacitante que no ha cambiado en meses, no el llanto ocasional.

    ¿El duelo termina alguna vez?

    Para Worden (2013) termina cuando se completan las tareas del duelo y puedes pensar en la persona sin el dolor desgarrador del comienzo, y en otro sentido nunca termina, porque ocupa un lugar permanente en tu historia. La tristeza se vuelve más suave y deja espacio a la vida.

    ¿Cuánto tiempo dura el duelo de un niño?

    El duelo infantil no tiene calendario. Las reacciones más agudas suelen ir cediendo con los meses, pero el duelo infantil puede reaparecer en cada etapa del desarrollo. En un estudio con hijos de progenitores fallecidos de forma repentina, cerca del 10 % mantuvo sus reacciones sin cambio a los 33 meses (Melhem et al., 2011). Importa más cuánto interfiere en su vida cotidiana que el tiempo transcurrido.

    ¿Cuándo un duelo deja de ser normal?

    Cuando el dolor intenso y la añoranza se mantienen casi todos los días más allá de los 6 a 12 meses y te impiden funcionar, según la CIE-11 y el DSM-5-TR (Prigerson et al., 2021). También si aparecen ideas de hacerte daño, sin importar cuánto haya pasado. Un profesional puede evaluarlo contigo.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    A veces el entorno quiere que el duelo se acabe antes de lo que tu cuerpo y tu historia pueden. Si quieres ordenar lo que sientes, saber si lo tuyo es un duelo esperable o necesita apoyo, o ver cómo sería trabajarlo por videollamada, puedes escribir desde la página de contacto. No necesitas llegar con las palabras listas.

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    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
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    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Worden, J. W. (1996). Children and grief: When a parent dies. Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Duelo por la muerte de un hermano: el duelo olvidado

    Duelo por la muerte de un hermano: el duelo olvidado

    Cuando muere un hermano, los pésames van primero a los padres. Los vecinos preguntan cómo están ellos, los familiares los rodean, y tú, que perdiste a la persona con la que compartiste casa, infancia y bromas que nadie más entiende, te quedas a un costado sosteniendo lo que haga falta.

    Si buscas información sobre la muerte de un hermano porque te pasó a ti o a alguien de tu familia, esta guía parte de esa sensación de invisibilidad.

    Aquí verás por qué el duelo por un hermano se llama «olvidado», qué muestran los estudios sobre salud mental (con sus límites), cómo lo viven niños, adolescentes y adultos, qué ayuda de verdad y cuándo conviene consultar. Se apoya en investigaciones publicadas y en los libros de Worden, Webb, Neimeyer y Boss.

    Respuesta corta: la muerte de un hermano es una pérdida mayor, aunque el entorno suela tratarla como secundaria. Los estudios encuentran más riesgo de depresión y de otros problemas de salud mental en los dos años siguientes, sobre todo en hermanos jóvenes, pero no todos desarrollan un trastorno.

    Ayuda poder hablar de lo ocurrido, participar en los ritos de despedida y seguir conectado con el hermano que murió. Consulta si pasan seis meses y el dolor sigue paralizando tu vida, o antes si aparecen ideas de hacerte daño.

    ¿Por qué se llama «duelo olvidado» al de la muerte de un hermano?

    Se llama así porque la atención del entorno se concentra casi por completo en los padres. El hermano que sobrevive queda fuera del foco, y su pérdida se trata como si fuera menor. Es un duelo real al que casi nadie le pregunta por su dolor, y eso lo vuelve más solitario.

    La expresión «dolientes olvidados» aparece en un trabajo de Kari y Atle Dyregrov (2005) sobre hermanos tras un suicidio, y los manuales la usan hoy para los hermanos en general. Un estudio sueco sobre mortalidad la lleva en su título: «el doliente olvidado».

    Una síntesis cualitativa de 2025, que reunió diez estudios sobre hermanos adultos, señala que la relación entre hermanos suele ser la más larga de la vida, aunque el duelo por ella reciba poco espacio (Parekh et al., 2025).

    Los libros clínicos lo ubican dentro del duelo desautorizado, concepto de Doka (1989): el que la sociedad o la propia familia no reconocen del todo. Davies y Limbo (2010) lo aplican a los hermanos en el manual editado por Webb (2010). Parte del problema es una suposición habitual, la de que el dolor de los hijos es secundario al de los padres.

    ¿Qué dicen los estudios sobre la salud mental tras la muerte de un hermano?

    Dicen que hay un aumento de riesgo, que es mayor en los primeros años y en los más jóvenes. Pero son datos de grupos grandes, no una sentencia para cada persona.

    En Manitoba (Canadá), un estudio comparó a 7.243 hermanos de niños fallecidos con 21.729 controles. En los dos años siguientes, los hermanos en duelo tuvieron más trastornos mentales, incluso al descontar los que ya existían. En menores de 13 años, las tasas de depresión se multiplicaron por más de siete.

    En los de 13 o más, el 25 % recibió un diagnóstico de trastorno mental (17 % en los controles) y los intentos de suicidio fueron el doble (Bolton et al., 2016). Un matiz de ese mismo trabajo: ya antes de la muerte había más consumo problemático de alcohol y drogas en los hermanos del grupo en duelo.

    Con registros suecos, otra investigación comparó la muerte de hijos, cónyuges, padres y hermanos. Las reacciones de estrés y la depresión aumentaron con todos, más con un hijo y menos con un hermano, y más cuando el fallecido era joven (Kendler et al., 2023). Perder a un hermano pesa menos en esa escala que perder a un hijo, pero pesa.

    En adultos jóvenes existe un estudio pequeño: de 107 participantes, solo siete habían perdido un hermano. El 57 % de ellos cumplía criterios de duelo complicado, frente al 15 % de quienes perdieron a un amigo cercano (Herberman Mash et al., 2013). Con tan pocos casos sirve de señal y no de prueba.

    Y una advertencia sobre la causa. Una cohorte nacional sueca siguió a más de 700.000 personas desde la infancia.

    Perder un hermano se asoció con más atención psiquiátrica en la adultez en los hombres, pero al ajustar por factores de la familia la asociación se debilitó en las mujeres, salvo cuando la pérdida ocurrió en la adolescencia (Rostila et al., 2019).

    Los autores señalan que las condiciones que los hermanos comparten en casa pueden explicar parte del efecto.

    ¿Aumenta el riesgo de enfermar o de morir?

    En los registros, sí aparece un exceso de riesgo, pero es relativo y está lejos de ser un destino. Que un grupo tenga más riesgo no significa que a ti te vaya a pasar.

    Un estudio sueco de adultos de 18 a 69 años halló una mortalidad 26 % mayor en hombres y 33 % mayor en mujeres que habían perdido un hermano, frente a quienes no. El exceso se veía sobre todo pasado el primer año y era más marcado en edades jóvenes (Rostila et al., 2012).

    En Dinamarca y Suecia, una cohorte de más de cinco millones de niños mostró un 71 % más de riesgo de morir en quienes perdieron un hermano en la infancia, con el pico en el primer año (Yu et al., 2017).

    Sobre el suicidio, un tercer estudio sueco encontró que el riesgo tras la muerte de un hermano adulto por causas externas subía, pero sin llegar a ser estadísticamente claro por sí solo. Donde sí fue claro fue cuando el hermano se había suicidado: el riesgo para quien quedaba fue de 3,19 en mujeres y 2,44 en hombres (Rostila et al., 2013).

    Son estudios de registros: muestran asociación, no que el duelo sea la causa. La genética, el entorno familiar y las circunstancias de la muerte también pesan. Lo útil es leerlos así: la pérdida de un hermano merece atención, sobre todo en el primer año y si la muerte fue violenta.

    ¿Cómo viven la muerte de un hermano en la infancia y la adolescencia?

    La muerte de un hermano en la infancia se vive según la edad, y casi siempre en silencio. Los niños pequeños alternan llanto y juego, los escolares cargan culpas y miedos, y los adolescentes tienden a esconder el dolor. En los tres casos, la falta de información clara y de espacio en la familia agrava el sufrimiento.

    Davies y Limbo (2010) resumen la vivencia de un hermano en cuatro frases: «me duele por dentro», «no entiendo», «no pertenezco» y «no soy suficiente». La última aparece cuando el niño siente que el fallecido era el favorito o el especial, y que nada de lo que él haga devolverá la alegría a sus padres.

    Por etapas, según las fuentes clínicas (Webb, 2010; Cid Egea, 2011):

    • Hasta los 5 años: no entienden que la muerte es definitiva. Pueden creer que su rabieta o sus celos causaron el fallecimiento, y suelen aparecer conductas regresivas (volver a mojar la cama), pesadillas y miedo a que los padres también mueran.
    • De 6 a 12 años: comprenden la causa física y la irreversibilidad. Aparecen culpas por peleas pasadas, preocupación por la salud de los padres, caída del rendimiento escolar y dolores sin causa médica.
    • Adolescentes: entienden la muerte como los adultos. Suelen sentir culpa por los conflictos propios de esa edad, se aíslan con sus pares y a veces responden con conductas de riesgo, como alcohol o conducción temeraria.

    Una revisión de 25 estudios concluyó que no existe un predictor único de cómo les irá. Influyen la edad, el sexo, las circunstancias de la muerte, el malestar de los padres, el apoyo social y la posibilidad de mantener un vínculo con el hermano fallecido (D’Alton et al., 2022).

    Sobre ese último punto, Packman y su equipo describen cómo los niños y adolescentes mantienen vínculos continuos con el hermano que murió, y proponen que los profesionales ayuden a los padres a facilitarlos (Packman et al., 2006).

    Para el detalle en esa etapa, la guía sobre duelo en adolescentes lo desarrolla, y cómo explicarle la muerte a un niño sirve si tienes uno en casa.

    ¿Qué cambia cuando pierdes a un hermano siendo adulto?

    Cambian la identidad, el papel en la familia y el guardián de la historia compartida. El duelo por un hermano adulto casi no se enseña, y las personas suelen descubrirlo solas.

    Las cuatro tareas del duelo de Worden (2013) sirven de mapa, y con un hermano toman matices propios. Aceptar la realidad de la pérdida puede ser difícil cuando se esperaba envejecer juntos. Elaborar el dolor incluye la ambivalencia: una relación entre hermanos suele traer cariño junto con rivalidad y asuntos pendientes.

    Adaptarse a un mundo sin él obliga a preguntarse quién eres ahora, quizá como hijo único o como el que queda. Y encontrar una conexión duradera permite seguir con tu vida sin sentir que lo traicionas.

    La síntesis de Parekh y su equipo recoge esos mismos temas en lo que cuentan los adultos: la sustitución de roles dentro de la familia, la ruptura de la identidad y la sensación de una vida paralela que quedó cortada. Concluye que las intervenciones existentes son eficaces pero poco específicas para este tipo de pérdida (Parekh et al., 2025).

    Hay otro cambio, el de la relación con los padres. Verlos devastados puede llevarte a tragarte lo tuyo para no sumarles peso, y a quedarte sin el sostén que ellos antes daban. La guía sobre perder un hijo explica lo que viven los padres, por si ayuda a entender su lado.

    Cuando los padres también están rotos: silencio, «ser fuerte» y el hijo sustituto

    Cuando los padres quedan abrumados, el hermano que sobrevive queda sin cuidado emocional y, a veces, con un papel que no pidió. Es una de las dinámicas que más describen los libros clínicos.

    Worden (2013) advierte que tras la muerte de un hijo los padres pueden sufrir un trauma tan fuerte que quedan, por un tiempo, sin capacidad de responder a lo que necesitan los hijos que quedan. Menciona además tres riesgos del sistema familiar:

    • Chivo expiatorio: la rabia o la culpa de la familia se descarga en uno de los hermanos.
    • Hijo sustituto: los padres proyectan en el hermano vivo las cualidades y expectativas del que murió, y él no puede ser él mismo.
    • Parentificación: se le asignan tareas de adulto, con frases como «ahora eres el hombre de la casa», que Cid Egea (2011) recomienda evitar.

    También pesa el silencio. Cuando los niños ven a sus padres hundidos, a menudo concluyen que sus preguntas o sus lágrimas los van a abrumar, y se callan (Davies y Limbo, 2010). Los estudios con hermanos de niños fallecidos de cáncer en Suecia apuntan en la misma dirección.

    En una cohorte de 174 participantes, quienes no pudieron hablar de lo que sentían durante el último mes del hermano tuvieron más ansiedad años después (26 % frente a 11 %), y lo mismo ocurrió con quienes no pudieron hablar en familia tras la muerte (Wallin et al., 2016).

    En la misma cohorte, quienes sintieron que su necesidad de apoyo no estaba cubierta antes y después de la muerte tuvieron entre 3 y 4 veces más riesgo de ansiedad, y también quienes sintieron que sus padres no se ocuparon de ellos (Eilertsen et al., 2013). Son hermanos de niños con cáncer, y no se puede extrapolar sin más a otras muertes.

    Aun así, otro estudio de hermanos de niños fallecidos por cáncer, a unos doce años de la pérdida, halló que la ansiedad, la depresión y el consumo de sustancias subieron durante el primer año y luego volvieron a su nivel previo. El malestar a largo plazo se concentró en quienes estaban insatisfechos con la comunicación o no pudieron despedirse (Rosenberg et al., 2015).

    ¿Cómo superar la muerte de un hermano? Qué ayuda de verdad

    Quien busca cómo superar la muerte de un hermano suele toparse con consejos vagos. Lo que ayuda es concreto y poco espectacular: que te cuenten la verdad, que te dejen participar, que puedas hablar del hermano y que haya al menos un adulto pendiente de ti. Hay además una intervención con respaldo en hermanos adultos.

    • Hablar con claridad. Para los niños, las fuentes recomiendan explicar la muerte en términos reales y según la edad, con la palabra «murió» y sin eufemismos como «se quedó dormido» (Cid Egea, 2011).
    • Participar en los ritos. Los libros coinciden en invitar a los hermanos al funeral, a escribir cartas o hacer dibujos, preparándolos antes si son pequeños (Webb, 2010).
    • Seguir vinculado. Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen que la salida del duelo no pasa por olvidar, sino por ubicar al hermano en la memoria: objetos, historias, cartas, proyectos que continúan algo suyo.
    • Escribir con guía. En un ensayo controlado con 86 hermanos de entre 16 y 65 años, seis semanas de escritura estructurada, basada en terapia cognitivo-conductual y con apoyo de un terapeuta por internet, redujeron la depresión y el duelo prolongado frente a la lista de espera, y la mejoría se mantuvo a los 12 meses (Wagner et al., 2022).
    • Grupos de pares. Una revisión sistemática de intervenciones para menores de 18 años halló sobre todo grupos y campamentos, con resultados preliminares positivos, aunque probablemente falte literatura publicada (Ridley y Frache, 2020).
    • Cuidar también a los padres. Si los adultos no reciben contención, les cuesta sostener a los hijos. Worden (2013) sugiere la terapia familiar para repartir los roles de forma justa y abrir la conversación.

    Si lo que buscas es qué decirle a alguien de tu familia, la guía sobre qué decirle a alguien en duelo reúne frases que ayudan y las que duelen.

    ¿Y si fue una muerte repentina, por suicidio o por un accidente?

    Una muerte repentina o violenta agrega culpa, preguntas sin respuesta y, a veces, trauma. Es habitual preguntarse «¿por qué no lo impedí?» aunque nadie pudiera haberlo hecho.

    Neimeyer (2019) propone reconstruir el sentido: ponerle palabras a lo ocurrido, compartir la historia con alguien que escuche y centrar el recuerdo en cómo vivió el hermano y no solo en cómo murió.

    Boss (2025) normaliza la ambivalencia, es decir, sentir a la vez amor y rabia por la muerte o por el abandono, y plantea suavizar la necesidad de control sobre «por qué pasó». Tener emociones contradictorias, para ella, no indica que haya un defecto en quien las siente.

    El riesgo que mostró el estudio sueco tras un suicidio hace recomendable pedir ayuda más temprano en este caso. Si estás en esa situación, la guía sobre duelo traumático y la de cómo ayudar a alguien con ideas suicidas pueden orientarte.

    Si piensas en hacerte daño, en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), que atiende todos los días, o al 131 si es una emergencia. La culpa que queda pegada a la historia se trabaja también en la guía sobre culpa del superviviente.

    ¿Cuántos días de permiso da el Código del Trabajo por la muerte de un hermano?

    Son cuatro días hábiles de permiso pagado. Lo establece el artículo 66 del Código del Trabajo, que fija ese plazo para la muerte de un hermano, del padre o de la madre del trabajador.

    El permiso corre desde el día del fallecimiento y no puede cambiarse por dinero. Cuatro días rara vez alcanzan para un duelo, y volver a trabajar sin haber tenido tiempo de procesar nada es común. Si pasados esos días el dolor te impide funcionar, es una razón para consultar con un profesional de la salud, que evalúa si corresponde una licencia médica.

    ¿Cuándo consultar a un psicólogo por la muerte de un hermano?

    Cuando el dolor sigue siendo tan intenso y tan constante que no te deja retomar tu vida, o antes si hay ideas de hacerte daño. Los plazos que usan los diagnósticos son una referencia, no una regla de lo que «tiene que» pasar.

    La CIE-11 de la OMS (2024) describe el trastorno de duelo prolongado como un anhelo o una preocupación persistente por la persona fallecida, con dolor emocional intenso, que dura al menos seis meses y causa un deterioro importante. El DSM-5-TR exige 12 meses en adultos y 6 en niños y adolescentes, según los criterios validados por Prigerson y su equipo (Prigerson et al., 2021).

    Algunas señales de que conviene consultar:

    • Llevas meses sintiéndote atrapado, sin poder reorganizar tu vida, y hablar del hermano sigue doliendo como el primer día.
    • Evitas todo lo que lo trae a la memoria o, al revés, conservas su pieza intacta para congelar el tiempo (Worden, 2013).
    • Aparece una depresión que no cede, culpa que no se va o ideas de reunirte con él.
    • En un niño o adolescente: regresiones que persisten, miedo intenso a separarse de los padres, caída escolar sostenida, aislamiento, alcohol, drogas o autolesiones.

    Si quieres una orientación inicial, el test de duelo prolongado del sitio sirve de cribado y no entrega un diagnóstico. Para entender el proceso general, revisa la guía de duelo y la de cómo superar un duelo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un hermano?

    Cada duelo lleva su propio plazo. En un estudio con hermanos de niños fallecidos por cáncer, la ansiedad y la depresión subieron durante el primer año y luego volvieron a su nivel previo. Los diagnósticos de duelo prolongado miran a partir de los seis meses, pero cada persona tiene su ritmo.

    ¿Es normal sentir rabia o culpa hacia el hermano que murió?

    Sí. Una relación entre hermanos mezcla cariño, rivalidad y asuntos pendientes, y esa mezcla reaparece en el duelo. Boss (2025) y Worden (2013) describen esa ambivalencia como esperable y no como falta de amor. Hablarla con alguien de confianza o en terapia ayuda a que no se convierta en un peso fijo.

    ¿Por qué nadie me pregunta cómo estoy yo?

    Porque el entorno suele volcar la atención en los padres. Los investigadores llaman a los hermanos «dolientes olvidados» justamente por eso. Puedes pedir de forma directa que te pregunten, buscar a una persona de confianza fuera de la familia o consultar a un profesional.

    ¿Cómo hablar con un niño sobre la muerte de su hermano?

    Con palabras claras como «murió», explicando la causa física en pocas frases y sin detalles angustiantes. Conviene dejarle preguntar, darle la opción de participar en la despedida y repetirle que lo quieren. La guía sobre cómo explicarle la muerte a un niño detalla ejemplos por edad.

    ¿Cuántos días de permiso me corresponden en Chile?

    Cuatro días hábiles de permiso pagado por la muerte de un hermano, según el artículo 66 del Código del Trabajo. Corren desde el día del fallecimiento y no se pueden compensar en dinero. Si necesitas más tiempo por el estado de tu salud, consulta con un profesional que evalúe una licencia médica.

    ¿Qué hago si estoy pensando en morir o en reunirme con mi hermano?

    Cuéntaselo hoy a alguien cercano y no te quedes solo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), que atiende todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Cargar con un duelo que el resto casi no ve puede ser agotador. Si quieres ordenar lo que sientes, entender qué parte es tuya y qué parte es de tu familia, o acompañar a un hijo que perdió a su hermano, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder. (Obra original publicada en 1999 por Harvard University Press.)
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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