Bajo Rendimiento Escolar: Causas, Cómo Se Evalúa y Qué Hacer

Pintura impresionista de una profesora y una madre conversando en el patio mientras un nino espera con su pelota, sobre el bajo rendimiento escolar

Las notas bajaron y nadie sabe bien por qué. El colegio habla de “falta de hábitos”, en la casa se pelea por las tareas y el niño (o el adolescente) dice que no le importa.

El bajo rendimiento escolar casi nunca tiene una sola causa, y ese es justamente el problema: si se trata como flojera cuando en realidad hay una dislexia, un problema de sueño o una depresión, se pierde tiempo y se gasta la relación.

Esta guía ordena qué significa el término (también en la CIE-10), cuánto pesa en Chile, qué puede estar detrás y en qué orden conviene mirar.

En corto:

  • Se habla de bajo rendimiento escolar cuando un estudiante rinde de forma sostenida por debajo de lo que su capacidad permitiría, en varias asignaturas a la vez.
  • En la CIE-10 tiene un código propio (Z55.3), pero no es un diagnóstico: es una señal.
  • Detrás puede haber una dificultad específica de aprendizaje, TDAH, ansiedad o depresión, sueño insuficiente, un problema de visión o de audición, bullying, un cambio en la casa o, simplemente, un método de estudio que no sirve.
  • Lo que funciona es evaluar por capas (salud y sueño, sentidos, aprendizaje y atención, emociones, contexto) y actuar sobre la causa, no sobre la nota.

¿Qué es el bajo rendimiento escolar (y qué no es)?

El bajo rendimiento escolar (o mal rendimiento escolar, o bajo rendimiento académico, que en la práctica se usan como sinónimos) lo definen Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005) como un grupo de alteraciones del proceso de enseñanza y aprendizaje en las que el alumno rinde significativamente por debajo de sus capacidades, con lagunas de conocimiento que afectan a casi todas las materias.

Todo el peso está en dos palabras: por debajo de sus capacidades. Un niño con discapacidad intelectual que aprende a su ritmo no tiene “bajo rendimiento”; un niño con inteligencia normal que repite curso, sí. (Sobre qué es el rendimiento académico como concepto y sus tipos hay una guía aparte.)

Conviene separar tres cosas que en la conversación cotidiana se mezclan (Romero Pérez y Lavigne Cerván, 2005; Luque Parra y Rodríguez Infante, 2006):

  • Dificultad específica de aprendizaje (dislexia, discalculia, disgrafía): el problema está en una habilidad concreta, como leer o calcular, y el resto funciona bien. Su origen es intrínseco, en cómo el cerebro procesa el lenguaje o los números.
  • Bajo rendimiento escolar propiamente dicho: el problema es generalizado, en casi todas las asignaturas, y el origen suele ser externo al niño: pautas de estudio, estimulación, enseñanza, motivación, contexto.
  • Fracaso escolar: es un desenlace, no una causa. Es lo que pasa cuando el bajo rendimiento no se atiende a tiempo: repitencia, abandono, salir del sistema sin terminar.

Las tres pueden coexistir. De hecho, una dislexia no detectada a los 7 años suele convertirse en bajo rendimiento generalizado a los 11, porque quien lee mal aprende mal en todas las asignaturas que se aprenden leyendo.

El código CIE-10: Z55.3

La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) de la OMS incluye el bajo rendimiento escolar bajo el código Z55.3 (underachievement in school), dentro del grupo Z55, “problemas relacionados con la educación y la alfabetización”.

Es un código del capítulo XXI, el de los “factores que influyen en el estado de salud”, no del capítulo de trastornos mentales. Eso importa: Z55.3 describe una situación, no una enfermedad. Un psicólogo o un médico lo usa para dejar constancia del motivo de consulta mientras busca la causa (Organización Mundial de la Salud, 2019).

Los trastornos específicos del aprendizaje, en cambio, sí van en el capítulo de trastornos: F81 (F81.0 trastorno específico de la lectura, F81.2 del cálculo, F81.3 mixto). En el DSM-5 todos se agrupan como “trastorno específico del aprendizaje”, con especificadores de lectura, escritura y matemáticas (American Psychiatric Association, 2014).

Bajo rendimiento escolar en Chile: qué dicen las cifras oficiales

Dos fuentes oficiales ayudan a dimensionar el problema, y cuentan historias distintas.

La primera es la promoción. Según el análisis de la base de rendimiento 2023 del Centro de Estudios del MINEDUC, el 95,2 % de los estudiantes aprobó su año escolar; un 2,4 % reprobó (76.797 estudiantes) y otro 2,4 % se retiró.

La reprobación es baja en básica (1,2 %) y sube en media: 2,6 % en la científico-humanista y 3,7 % en la técnico-profesional. Los hombres reprueban más que las mujeres (2,9 % frente a 1,9 %) (Ministerio de Educación, Centro de Estudios, 2024).

La segunda es el aprendizaje real, y ahí la foto cambia. En PISA 2025, publicado en septiembre de 2026, un 59 % de los estudiantes chilenos de 15 años quedó bajo el nivel 2 en matemática (el nivel que la OCDE considera mínimo para desenvolverse), un 38 % en lectura y un 37 % en ciencias (Agencia de Calidad de la Educación, 2026).

Puestas juntas, las dos cifras dicen algo incómodo: repetir de curso es raro (2 de cada 100), pero rendir por debajo de lo básico es lo habitual (6 de cada 10 en matemática). Dicho de otro modo: la mayoría del bajo rendimiento en Chile no se ve en el certificado de notas. Pasa de curso.

Causas del bajo rendimiento escolar: por qué bajan las notas

Los manuales de dificultades de aprendizaje llevan décadas insistiendo en lo mismo: el rendimiento es multicausal, y los factores del niño, de la familia y del colegio se acumulan (Aguilera Jiménez, 2004; Blanco Pérez, 2013).

Un modelo publicado en Psychological Review muestra además que el peso de cada factor cambia con la edad: en preescolar mandan el control ejecutivo y la conciencia de lo que uno sabe; en primaria, la fluidez, el lenguaje y la memoria de trabajo; en secundaria, el razonamiento y cómo el alumno se evalúa a sí mismo en cada materia (Demetriou et al., 2023).

Cuando se suman varias causas

Que las causas se sumen también se ha medido. En un estudio español con 9018 escolares de 5 a 17 años, cada trastorno del neurodesarrollo (discapacidad intelectual, trastornos de la comunicación, autismo, TDAH, trastorno específico del aprendizaje y trastornos motores) se asoció por separado con peores notas en todas las asignaturas.

Al considerar cuáles aparecían juntos, la discapacidad intelectual fue el predictor más fuerte, seguida del TDAH, el trastorno específico del aprendizaje y los trastornos de la comunicación; el autismo y los trastornos motores solo se asociaron a peores notas en artes y educación física. Y quienes tenían más de una condición estaban en mayor riesgo en todas las materias (Pagerols et al., 2026).

Por eso, cuando aparece una causa, conviene seguir mirando si hay otra.

Lo que sigue es una lista para no dejar nada fuera, y no para asustarse.

Posible causaSeñales que la delatanA quién consultar primero
Dificultad específica de aprendizaje (dislexia, discalculia, disgrafía)Le va mal en una área concreta desde los primeros cursos; lee lento y con esfuerzo, invierte letras, no memoriza las tablas, la letra es ilegible; en el resto rinde normalPsicopedagogo o psicólogo con evaluación de aprendizaje
TDAHSe distrae, pierde cosas, no termina tareas, se mueve o interrumpe; el patrón viene desde antes de los 12 años y se ve en la casa y en el colegioPsicólogo o neurólogo infantil / psiquiatra infantil
Ansiedad o depresiónCambio de ánimo, irritabilidad, se aísla, duerme mal, se queja de dolores, “se queda en blanco” en las pruebas; la baja de notas es recientePsicólogo clínico; pediatra si hay síntomas físicos
Sueño insuficiente o de mala calidadLe cuesta despertar, se duerme en clase, somnolencia diurna, ronca fuerte o hace pausas al respirarPediatra (y otorrino si ronca)
Visión o audiciónSe acerca mucho al cuaderno, entrecierra los ojos, le duele la cabeza al leer, pide que le repitan, no responde si no lo miranOftalmólogo / otorrino
Bullying o problemas con paresNo quiere ir al colegio, pierde cosas, moretones que no explica, deja de ver a amigos, baja de notas desde un cambio de cursoColegio (encargado de convivencia) y psicólogo
Cambios en casaSeparación, duelo, enfermedad de alguien, mudanza, nacimiento de un hermano, problemas económicosPrimero conversar; psicólogo si dura más de unas semanas
Método y hábitos de estudioEstudia releyendo y subrayando la noche anterior, sin horario, con el celular al lado; le va bien en clase y mal en las pruebasProfesor jefe, orientador; guía de técnicas de estudio
Enseñanza y expectativasBaja de notas coincide con un profesor o un colegio nuevo; el alumno dice que “no entiende nada” de una asignaturaColegio (UTP, profesor jefe)

Dificultades específicas de aprendizaje: más comunes de lo que se cree

Un metaanálisis de 2022 estimó la prevalencia mundial de dislexia en niños de primaria en un 7,1 %, más alta en niños (9,2 %) que en niñas (4,7 %), y sin diferencias entre idiomas transparentes como el español e idiomas opacos como el inglés (Yang et al., 2022).

En un estudio con 691 escolares españoles de 5.º y 6.º básico, el 8,5 % tenía riesgo de dislexia, el 4,2 % riesgo de discalculia y el 2 % ambos; casi la mitad de los niños con riesgo de discalculia también leía mal (Loredo et al., 2025).

Traducido a un curso de 30: dos o tres niños.

Lo que hace peligrosa a una dificultad específica es su efecto acumulado, más que su tamaño. Stanovich (1986) lo llamó el “efecto Mateo” de la lectura: quien lee mal lee menos, aprende menos vocabulario y menos contenido, y la brecha con sus compañeros crece cada año en vez de cerrarse. Blanco Pérez (2013) describe el mismo mecanismo en matemáticas.

TDAH: cuando el problema es sostener la atención, no la capacidad

El TDAH afecta el rendimiento a largo plazo. Una revisión sistemática de 176 estudios con seguimientos de dos años o más encontró peores resultados en pruebas de logro en el 79 % de los desenlaces y peor desempeño escolar en el 75 %, incluso descontando el CI; el tratamiento se asoció a mejoría, y el tratamiento combinado (fármaco más apoyo psicosocial) fue el que mejoró más resultados (Arnold et al., 2020).

En el aula, la medicación aumenta hasta un 15 % el trabajo terminado y hasta un 14 % el tiempo “en tarea”, aunque mejora la exactitud de forma menos consistente (Prasad et al., 2012).

Es decir: el fármaco ayuda a que el niño trabaje, pero no enseña lo que no aprendió. Eso lo hace el apoyo pedagógico.

Lectura y TDAH: lo que muestran los ensayos

Hay ensayos que lo muestran de forma directa. En un ensayo con 216 niños de 2.º a 5.º básico con TDAH y dificultades para leer palabras, el tratamiento del TDAH (medicación más entrenamiento a los padres) mejoró la inatención y la hiperactividad, pero la lectura de palabras y la decodificación mejoraron solo en los grupos que recibieron intervención en lectura; combinar ambos permitió tratar los dos problemas a la vez (Tamm et al., 2017).

En el mismo ensayo, la fluidez para decodificar mejoró con la intervención en lectura, y la comprensión de textos, con el tratamiento del TDAH (Denton et al., 2020).

Y un metaanálisis de 18 estudios encontró que las intervenciones en lectura son muy eficaces en niños con TDAH (g = 1,11 en pruebas estandarizadas): las de al menos 30 horas centradas en decodificación y conciencia fonológica alcanzan el nivel de práctica bien establecida, y los autores las proponen como primera línea para las dificultades lectoras de estos niños (Chan et al., 2023).

Ojo con el atajo inverso: no todo niño que no se concentra tiene TDAH. Dormir poco, la ansiedad y el aburrimiento por una dificultad no detectada producen el mismo síntoma. Tienes una guía de síntomas del TDAH entre 6 y 12 años y un test orientativo para niños y adolescentes que sirven para ordenar la sospecha antes de la consulta.

Ánimo y ansiedad: la baja de notas como síntoma

Cuando la baja es reciente y viene con cambio de ánimo, conviene mirar primero la salud mental. Un metaanálisis longitudinal de 26 estudios mostró que los problemas emocionales en la infancia y la adolescencia predicen peor rendimiento escolar después, con una asociación más consistente para la depresión que para la ansiedad (Riglin et al., 2014).

La ansiedad, por su lado, actúa sobre todo en el momento de rendir: el niño estudia, sabe, y en la prueba se queda en blanco. Si esa es la escena, la guía sobre ansiedad en niños explica qué hacer; si el cambio de ánimo es más amplio, revisa la página sobre depresión.

Sueño: pequeño en promedio, grande en algunos niños

Tres metaanálisis con más de 13.000 niños y adolescentes cada uno encontraron que dormir poco, dormir mal y la somnolencia diurna se asocian a peor rendimiento, con efectos modestos y más grandes en los más chicos; la somnolencia fue la variable más ligada a las notas (Dewald et al., 2010).

Un metaanálisis más reciente con adolescentes de Estados Unidos encontró correlaciones todavía más pequeñas, casi nulas para la duración del sueño (Musshafen et al., 2021). O sea: en promedio, el sueño no explica una baja grande de notas.

El caso distinto es el niño que ronca. La respiración alterada durante el sueño (ronquido habitual, apnea) se asocia a peor rendimiento, sobre todo en lenguaje, con un efecto de tamaño pequeño a medio que los autores señalan a padres y pediatras como una causa que suele pasarse por alto (Galland et al., 2015).

Un niño que ronca fuerte todas las noches, suda al dormir y amanece cansado merece una consulta con el pediatra antes que un profesor particular.

Visión y audición: lo primero que hay que descartar

Todas las definiciones de dificultad de aprendizaje, desde Kirk (1962) hasta el DSM-5, incluyen una cláusula de exclusión: el problema no puede explicarse por un déficit sensorial no corregido (Aguilera Jiménez, 2004; Rivas Torres y López Gómez, 2015). Por eso el primer paso, antes de cualquier test psicopedagógico, es un control de vista y oído.

Este control tiene efectos medibles. En un ensayo aleatorizado en escuelas de bajos ingresos de Florida, hacer solo un cribado visual no cambió nada; cribado más examen y anteojos gratis para quien los necesitaba subió cerca de 2 puntos porcentuales la probabilidad de aprobar las pruebas estandarizadas de lectura y matemática, promediando sobre todos los alumnos, con un efecto que se desvanece si nadie hace seguimiento (Glewwe et al., 2018).

Aguilera Jiménez (2004) recuerda además un dato viejo y vigente: la anemia por falta de hierro baja la atención y el rendimiento, y se revierte con tratamiento.

Bullying: rendir mal porque el colegio se volvió un lugar hostil

Un metaanálisis con 257.247 niños y adolescentes encontró que quienes están involucrados en bullying tienen menor rendimiento académico y menos compromiso con el colegio, y que el camino es motivacional: la victimización baja la motivación y el compromiso, y eso baja las notas (Samara et al., 2021).

Otro metaanálisis de 114 estudios longitudinales confirmó que la violencia escolar, en cualquier rol, predice peor salud mental y peor rendimiento con el tiempo, con un efecto pequeño pero que persiste después de controlar muchas otras variables (Polanin et al., 2021).

Si la baja de notas coincide con no querer ir al colegio, empieza por ahí: qué es el bullying y cómo se reconoce.

Pantallas y celular: menos culpables de lo que parece, con una excepción

La creencia de que “el celular” explica todo no se sostiene del todo. En un metaanálisis de 58 estudios y casi medio millón de niños y adolescentes, el tiempo total de pantalla no se asoció al rendimiento académico; la televisión sí (peor puntaje global, en lenguaje y en matemática) y los videojuegos también, con efectos pequeños (Adelantado-Renau et al., 2019).

Los estudios son transversales, así que no prueban que la pantalla cause la baja: un niño al que le va mal puede refugiarse más en la consola. Lo que sí está claro es que las horas de pantalla compiten con las horas de sueño, y eso vuelve al punto anterior.

Contexto y expectativas: lo que rodea al niño

El nivel socioeconómico es el predictor de rendimiento más consistente en la literatura. Una revisión de 2025 en Journal of Child Psychology and Psychiatry resume los mecanismos (estrés, estimulación cognitiva, apoyo, contexto escolar y del barrio) y también los factores protectores: preescolar, actividades de aprendizaje en casa y apoyo parental (Rakesh et al., 2025).

Las expectativas de padres y profesores pesan más de lo que parece. Aguilera Jiménez (2004) describe, siguiendo a Weiner (1986), el patrón atribucional del niño que rinde mal: atribuye los fracasos a su falta de capacidad (algo interno, estable y que no puede cambiar) y los éxitos a la suerte o a la facilidad de la prueba.

Con ese esquema, esforzarse no tiene sentido, y aparece lo que Torgesen (1977) llamó aprendizaje pasivo: el alumno deja de usar estrategias porque cree que da lo mismo.

Un dato para no hacerse ideas equivocadas sobre “los niños y las niñas”: un metaanálisis con 502 tamaños de efecto encontró que las niñas obtienen calificaciones algo mejores en todas las materias, más en lenguaje y apenas en matemática, y que eso se mantiene estable en el tiempo (Voyer y Voyer, 2014). Coincide con las cifras chilenas de reprobación.

Consecuencias del bajo rendimiento escolar si no se atiende

Las notas bajas pesan más allá de la libreta. Lo que más cuesta es lo que dejan por dentro: la imagen que el niño tiene de sí mismo como estudiante, las ganas de intentarlo y, con los años, el camino que sigue dentro o fuera del colegio.

Cómo se ve el niño como estudiante

Rendir mal durante años cambia la idea que el niño tiene de sí mismo como aprendiz. Un metaanálisis de 39 muestras longitudinales encontró que el rendimiento previo predice el autoconcepto posterior (correlaciones medias de .19 a .25) y que el autoconcepto previo predice el rendimiento posterior (de .20 a .27) (Huang, 2011).

Son asociaciones de tamaño modesto, pero describen un círculo: las notas bajas debilitan la confianza, y la confianza baja ayuda a que las notas sigan bajas.

Los manuales de dificultades de aprendizaje describen lo que viene cuando ese patrón se repite. El niño aprende que sus resultados no dependen de lo que haga, un estado que se llama indefensión aprendida, y deja de intentarlo (Aguilera Jiménez, 2004). Rivas Torres y López Gómez (2015) añaden que atribuir los fracasos a la propia incapacidad se acompaña de vergüenza y de una valoración de sí mismo más baja.

Cómo cambia su camino en el colegio

Aquí conviene cuidar la causalidad. Una revisión sistemática sobre abandono escolar temprano encontró una asociación fuerte entre salud mental y nivel educativo, en las dos direcciones (Esch et al., 2014).

Los autores señalaron el rendimiento académico y el apoyo familiar entre los factores que intervienen en esa relación. Dicho en simple, el abandono escolar tiene varias causas a la vez, y las notas son una de ellas.

La misma revisión encontró que los trastornos de ánimo y de ansiedad parecían influir menos en el abandono que el consumo de sustancias y los trastornos de conducta. Además, ansiedad y depresión se reportaron como una consecuencia de haber dejado el colegio (Esch et al., 2014).

Hacia la juventud, los manuales advierten un mayor riesgo de marginación cuando las dificultades educativas y emocionales no se atienden (Aguilera Jiménez, 2004; Blanco Pérez, 2013). Es una advertencia general, y no se traduce en una probabilidad para un niño concreto.

Por eso conviene buscar la causa pronto. Las lagunas se acumulan año a año, como en el efecto Mateo que se describió más arriba, y con ellas se resiente la confianza del niño en sí mismo (Huang, 2011).

¿Cómo se evalúa el bajo rendimiento escolar? Por capas

El error más común es empezar por el final: pedir una evaluación psicopedagógica completa, o llevar al niño al psicólogo, sin haber mirado antes lo básico.

Los manuales coinciden en que la evaluación empieza por la historia y por descartar lo orgánico, y solo después pasa a las pruebas (Cabrerizo Diago y Castillo Arredondo, 2008; Luque Parra y Rodríguez Infante, 2006).

La Academia Americana de Pediatría publicó en 2019 un informe para pediatras sobre niños que no avanzan en el colegio que va en la misma línea: recuerda que hay problemas médicos crónicos que afectan el desarrollo del sistema nervioso y se presentan como dificultades de aprendizaje, y revisa cuándo pedir evaluación psicológica, cuándo derivar a otros médicos y cómo coordinarse con la familia, el colegio y los especialistas (Rey-Casserly et al., 2019).

En la práctica, el orden que ahorra más tiempo es este:

  1. Salud y sueño. Control con el pediatra: crecimiento, anemia, cuánto y cómo duerme, si ronca. Es barato y descarta causas que ningún profesor particular arregla.
  2. Vista y oído. Agudeza visual y audiometría, aunque “vea bien de lejos”. Muchos problemas de refracción se notan solo al leer de cerca durante rato.
  3. Historia escolar. ¿Desde cuándo? ¿En todas las asignaturas o en una? ¿Coincidió con un cambio de colegio, de profesor, de curso? Los informes de años anteriores dicen mucho. Si la dificultad es específica y antigua, el siguiente paso es una evaluación de dificultades de aprendizaje; si es la lectura, hay un test orientativo de dislexia, y si son los números, una guía de evaluación de discalculia.
  4. Atención y funciones ejecutivas. Si el patrón es “puede pero no termina”, hay que mirar TDAH y también la ansiedad, que produce la misma desatención.
  5. Emociones y contexto. Ánimo, ansiedad, relación con los compañeros, qué pasó en la casa. Esta capa se evalúa conversando, y a veces es la primera que aparece si uno pregunta bien.

Cuando la evaluación llega a las pruebas, el psicopedagogo o el psicólogo mide la competencia curricular real (qué sabe hacer el niño en lectura, escritura y cálculo), los procesos que la sostienen (atención, memoria de trabajo, velocidad de procesamiento, lenguaje) y el área socioafectiva (autoestima académica, motivación, estilo atribucional).

El informe que sale de ahí debe decir qué se encontró y qué se recomienda hacer en el aula y en la casa, no solo poner una etiqueta (Rivas Torres y López Gómez, 2015). Sobre cómo se califica el rendimiento en sí, tienes una guía aparte sobre evaluación del rendimiento escolar.

Qué hacer: en la casa, en el colegio y con el niño

La intervención sigue a la causa. Un niño con dislexia necesita reeducación lectora, no más horas de castigo sin celular; uno con depresión necesita tratamiento, no un profesor particular. Dicho eso, hay medidas que sirven casi siempre.

En la casa. Luque Parra y Rodríguez Infante (2006) resumen lo básico: un lugar fijo para estudiar sin distracciones, un horario estable, bloques de 30 a 60 minutos con pausas cortas y métodos activos (resumir, hacerse preguntas, explicarle a otro) en vez de releer y subrayar.

Y una advertencia de los mismos autores: cuando supervisar las tareas todas las tardes ya desgastó la relación, es preferible delegar el refuerzo en un tutor o en el colegio y quedarse con el rol de padre o madre.

En el colegio. Cabrerizo Diago y Castillo Arredondo (2008) insisten en que un plan de recuperación no puede ser repetir las mismas actividades que ya fallaron.

Las herramientas concretas son las adecuaciones curriculares, el refuerzo focalizado en lectura, escritura y matemática, y la tutoría cercana. En Chile, además, los colegios con Programa de Integración Escolar (PIE) pueden incorporar a estudiantes con dificultades específicas de aprendizaje y TDAH bajo el Decreto 170, con apoyos dentro del aula; pregunta en el colegio si existe y cómo se accede.

Con el niño. El trabajo psicológico apunta a lo que Dweck y Elliot describieron en 1983 (citados en Aguilera Jiménez, 2004): pasar de “soy malo para esto” a “todavía no me sale”. Enseñar estrategias de estudio y autorregulación, ponerle nombre a los avances pequeños y devolverle la sensación de que lo que hace cambia el resultado. Cuando la causa es emocional (ansiedad, depresión, bullying), ese trabajo es el tratamiento mismo.

¿Y repetir de curso? Lo que dice la evidencia y lo que dice la ley chilena

La intuición de que “repetir le va a servir para afirmar la base” tiene poco respaldo. Un metaanálisis multinivel de 22 estudios encontró que, en los estudios mejor diseñados, el efecto de repetir sobre el rendimiento no fue distinto de cero, y que el efecto se vuelve más negativo con los años transcurridos (Allen et al., 2009).

Repetir no perjudica tanto como decían los estudios antiguos, pero tampoco ayuda. Lo que ayuda es el apoyo que se da después, se repita o no.

En Chile, el Decreto 67 de 2018 del Ministerio de Educación recoge esa lógica.

Para ser promovido, el estudiante necesita al menos un 85 % de asistencia y aprobar todas las asignaturas, o bien reprobar una con promedio final de 4,5 o más, o reprobar dos con promedio de 5,0 o más.

Quien no cumple no repite automáticamente: el colegio debe analizar su caso de forma deliberativa, considerando su progreso durante el año, la brecha con su curso y su situación socioemocional, y escuchando al estudiante y a su apoderado.

Y el año siguiente, repita o no, el colegio está obligado a darle acompañamiento pedagógico, con autorización del apoderado. El estudiante tiene derecho a repetir al menos una vez en básica y una en media en el mismo colegio sin que le cancelen la matrícula (Ministerio de Educación, 2018).

Si te dicen que tu hijo “va a repetir” sin haberte citado a esa conversación, pide el informe. La ley lo exige.

¿Cuándo consultar con un profesional?

  • La baja de notas lleva más de un semestre y las medidas del colegio y de la casa no la mueven.
  • Le va mal en una área concreta desde los primeros cursos (leer, escribir o calcular), aunque en el resto rinda bien.
  • La baja coincide con un cambio de ánimo, aislamiento, irritabilidad, quejas físicas o problemas para dormir.
  • No quiere ir al colegio, o hay señales de que lo están molestando.
  • Se distrae y no termina las cosas desde chico, en la casa y en el colegio, y no solo con lo que le aburre.
  • Ronca fuerte todas las noches o se duerme durante el día.
  • Ya repitió una vez, o el colegio anunció que va a repetir.
  • Tú, como madre o padre, ya no puedes hablar de las tareas sin que termine en pelea.

Un psicólogo clínico puede ayudar a ordenar la sospecha, hacer o derivar la evaluación que corresponde (psicopedagógica, neurológica, médica) y tratar la parte emocional cuando está presente. Si quieres conversar sobre lo que ves en tu hijo, puedes agendar una consulta.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa bajo rendimiento escolar?

Es rendir de forma sostenida por debajo de lo que la capacidad del estudiante permitiría, en la mayoría de las asignaturas, con lagunas de contenido que se acumulan. Es una señal, no un diagnóstico: algo (aprendizaje, atención, salud, emociones o contexto) está interfiriendo, y lo que corresponde es buscar qué.

¿Cuál es el código CIE-10 del bajo rendimiento escolar?

Z55.3, “bajo rendimiento escolar” (underachievement in school), dentro del grupo Z55 de problemas relacionados con la educación. Está en el capítulo XXI de la CIE-10, el de factores que influyen en el estado de salud, no en el de trastornos mentales. Los trastornos específicos del aprendizaje llevan códigos F81.

¿Cuáles son las causas más comunes del bajo rendimiento escolar en niños?

Dificultades específicas de aprendizaje (dislexia, discalculia), TDAH, ansiedad o depresión, sueño insuficiente o ronquido, problemas de visión o audición no corregidos, bullying, cambios en la familia y hábitos de estudio ineficaces. Casi siempre hay más de una, y el orden de evaluación va de lo médico a lo emocional.

¿Cómo sé si es flojera o una dificultad de aprendizaje?

La flojera no elige asignatura. Si al niño le va mal solo en lectura o solo en matemática desde los primeros cursos, lee muy lento, invierte letras o no memoriza las tablas, la sospecha es una dificultad específica y conviene evaluarla. Si la baja es general y reciente, mira primero el ánimo, el sueño y lo que cambió en su vida.

¿El bajo rendimiento escolar se cura?

No es una enfermedad, así que no se “cura”: se revierte cuando se trata la causa. Una dislexia mejora con reeducación lectora, el TDAH con tratamiento combinado, la depresión con terapia, un problema de visión con anteojos. Mientras antes se intervenga, menor es la brecha acumulada.

¿Repetir de curso ayuda?

En los estudios mejor diseñados, repetir no mejora el rendimiento a largo plazo, aunque tampoco lo hunde como se creía. Lo que hace la diferencia es el apoyo pedagógico del año siguiente. En Chile, el Decreto 67 obliga al colegio a analizar cada caso con la familia y a acompañar al estudiante, repita o no.

¿Qué porcentaje de estudiantes tiene bajo rendimiento en Chile?

Depende de cómo se mida. En 2023 reprobó el 2,4 % de los estudiantes (MINEDUC). Pero en PISA 2025, el 59 % de los jóvenes de 15 años quedó bajo el nivel mínimo en matemática y el 38 % en lectura. La mayoría de quienes rinden bajo pasan de curso igual.

¿Qué hacer si mi hijo tiene bajo rendimiento escolar? ¿A quién lo llevo primero?

Al pediatra, para descartar sueño, anemia, vista y oído. Después, según lo que se vea: psicopedagogo si la dificultad es específica y antigua, psicólogo clínico si hay cambio de ánimo, ansiedad o bullying, y neurólogo o psiquiatra infantil si se sospecha TDAH. El colegio (orientador, UTP) debería participar desde el principio.

Para cerrar

El bajo rendimiento escolar es una señal, no un veredicto sobre el niño ni sobre la familia.

Casi siempre tiene causas que se pueden encontrar si se mira en orden: primero el cuerpo y el sueño, después los sentidos, luego cómo aprende y atiende, y por último cómo se siente y qué pasa a su alrededor. Lo que no sirve es esperar a que “madure” mientras la brecha crece, ni convertir cada tarde en una pelea por las tareas. Si llevas más de un semestre viendo lo mismo, es momento de evaluar.

¿Te gustaría conversarlo con alguien?

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Referencias

  • Adelantado-Renau, M., Moliner-Urdiales, D., Cavero-Redondo, I., Beltran-Valls, M. R., Martínez-Vizcaíno, V., y Álvarez-Bueno, C. (2019). Association between screen media use and academic performance among children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. JAMA Pediatrics, 173(11), 1058-1067. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2019.3176
  • Agencia de Calidad de la Educación. (2026, 8 de septiembre). Caída en los resultados PISA 2025 ratifica necesidad de poner el foco en el logro de los aprendizajes. https://www.agenciaeducacion.cl/caida-en-los-resultados-pisa-2025-ratifica-necesidad-de-poner-el-foco-en-el-logro-de-los-aprendizajes/
  • Aguilera Jiménez, A. (2004). Introducción a las dificultades en el aprendizaje. McGraw-Hill Interamericana.
  • Allen, C. S., Chen, Q., Willson, V. L., y Hughes, J. N. (2009). Quality of research design moderates effects of grade retention on achievement: A meta-analytic, multilevel analysis. Educational Evaluation and Policy Analysis, 31(4), 480-499. https://doi.org/10.3102/0162373709352239
  • American Psychiatric Association. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) (5.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.
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Sobre el autor

Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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