por Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico
Tu hijo lleva tres semanas diciendo que le duele la guata justo antes de salir al colegio. Los domingos por la tarde se pone callado. Perdió el estuche, después la chaqueta, y cuando preguntas qué pasó cambia de tema. Puede no ser nada. También puede ser lo que uno de cada cuatro escolares del mundo vive en silencio.
Tener claro qué es el bullying sirve para tres cosas: reconocer si lo que pasa es acoso escolar de verdad o un conflicto pasajero, entender qué le hace al ánimo de un niño, y saber qué respuestas funcionan según la investigación (y cuáles empeoran las cosas, aunque suenen razonables). Vamos por partes, empezando por la definición de acoso escolar que usan los investigadores y que ahora también recoge la ley chilena.
Qué es el bullying, en una frase
El bullying o acoso escolar es una agresión intencionada que se repite en el tiempo contra alguien que está en desventaja para defenderse. Los tres elementos van juntos: intención de dañar, repetición y desequilibrio de poder. Si falta uno, hablamos de otra cosa (un conflicto, una pelea, una agresión aislada), y eso cambia por completo cómo hay que intervenir.
¿Qué es el bullying y en qué se diferencia de una pelea?
El bullying es un patrón de agresión repetida, deliberada, dirigida a alguien que no está en condiciones de responder en igualdad. La definición viene del psicólogo noruego Dan Olweus (1993), que fue el primero en estudiarlo de forma sistemática en escuelas escandinavas, y sigue siendo la referencia del campo cuatro décadas después.
Los tres criterios que hay que revisar
Intencionalidad. El daño no es un accidente ni un malentendido. Hay alguien que busca provocarlo, aunque después lo disfrace de broma.
Repetición. No es un episodio suelto. Es algo que vuelve: el mismo recreo, el mismo grupo, la misma burla, semana tras semana. La víctima empieza a anticiparlo, y esa anticipación ya duele por sí sola.
Desequilibrio de poder. La víctima no puede defenderse con los recursos que tiene. El desequilibrio puede ser físico (tamaño, fuerza), numérico (uno contra un grupo), social (popularidad, quién controla el relato del curso) o de información (alguien sabe algo que puede usar en tu contra).
Qué no es bullying (y por qué importa la distinción)
Dos niños que se pelean por un balón y quedan igual de enojados están teniendo un conflicto. Molesto, sí, pero simétrico. Un compañero que dice algo hiriente una vez y se disculpa cometió una torpeza. Un curso entero que decide durante meses que alguien “no existe” está haciendo bullying, aunque nadie levante la mano.
La distinción no es un tecnicismo. El conflicto entre iguales se resuelve con mediación y conversación; el bullying, no. De hecho, sentar a la víctima y al agresor a “conversar como adultos” cuando hay desequilibrio de poder suele terminar con la víctima cediendo y el agresor validado. Es uno de los errores más comunes en los colegios.
¿Qué dice la ley chilena sobre el acoso escolar?
Desde el 1 de abril de 2026 rige en Chile la Ley 21.809, de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas, que entró en plena vigencia el 1 de julio de ese año y da a los establecimientos plazo hasta abril de 2027 para adecuarse. La norma define el acoso escolar como toda acción reiterada de hostigamiento que genere maltrato o un ambiente hostil, incluidas las agresiones físicas o psicológicas por cualquier medio, también el tecnológico.
En la práctica, esto significa que el colegio de tu hijo tiene obligaciones concretas: equipos de convivencia, planes de gestión, protocolos escritos para casos de acoso y reglamentos internos actualizados. No es opcional ni queda al criterio de cada director.
Si el colegio no responde, la denuncia va a la Superintendencia de Educación (600 3600 390). Y conviene saber que ese camino se está usando cada vez más: las denuncias por convivencia escolar pasaron de 7.705 en 2015 a 17.076 en 2025, un alza de 122% en una década, según los datos de la propia Superintendencia recogidos en la Radiografía de Convivencia Escolar 2025 de Acción Educar.
¿Cuáles son los tipos de bullying?
El acoso escolar toma cuatro formas principales, más una categoría que la evidencia reciente obliga a mirar aparte. Rara vez aparecen solas: lo habitual es que se combinen.
Bullying físico
Golpes, empujones, zancadillas, escupitajos. También entra aquí esconder, romper o robar cosas: la mochila que aparece en el basurero, el celular que “se cayó”. Es el más visible y por eso el que los adultos detectan primero, aunque no es el más frecuente.
Bullying verbal
Insultos, apodos, amenazas, burlas sobre el cuerpo, el acento, la ropa, la orientación sexual. A nivel global, el 15,3% de los estudiantes acosados dice que el motivo fue su apariencia física, y es la razón más mencionada, según los datos del Instituto de Estadística de la UNESCO sobre 144 países.
Bullying social o relacional
Aislar, excluir, hacer correr rumores, organizar el curso para que nadie hable con alguien. Es el más invisible para los profesores y el que más se subestima, porque no deja marcas. En la última medición de los Indicadores de Desarrollo Personal y Social del SIMCE (2024), el 52% de los estudiantes de II medio reportó haber sido ignorado, aislado o excluido por sus pares, y un 54% haber sufrido burlas.
Ciberbullying
El acoso que ocurre por WhatsApp, Instagram, TikTok, juegos en línea. Tiene tres diferencias que lo hacen especialmente difícil de sobrellevar: no termina cuando suena la campana, la audiencia es potencialmente ilimitada, y el anonimato hace que la víctima no siempre sepa de quién cuidarse. Un estudio comparativo entre adolescentes chinos y estadounidenses encontró que el apoyo parental percibido amortigua la relación entre cibervictimización y depresión, con variaciones según el contexto cultural (Wright, 2024).
Acoso por identidad
Cuando el hostigamiento apunta a la orientación sexual o la identidad de género, el riesgo cambia de escala. Un análisis de la Encuesta de Jóvenes de Iowa mostró que el acoso por identidad se asocia de forma consistente con sentirse triste o sin esperanza y con intentos de suicidio, con razones de probabilidad entre 1,40 y 2,84 (Newman et al., 2023). Es la forma de bullying que más exige respuesta inmediata del colegio.
¿Qué tan común es el bullying?
Más de lo que la mayoría de los padres imagina. Un metaanálisis de 116 estudios con 603.231 participantes estimó que el 25% de los niños y adolescentes del mundo ha sido víctima de bullying, el 16% ha sido agresor y otro 16% ocupa el rol de víctima-agresor (Ariani et al., 2025). Un estudio multinacional con 134.229 adolescentes de 48 países llegó a una cifra algo mayor, cercana al 30% (Liu et al., 2024), y los datos de la UNESCO sitúan la victimización global en torno a un tercio de los estudiantes.
Ese rango (uno de cada cuatro, uno de cada tres) depende de cómo se pregunte y de qué ventana de tiempo se use. Lo que no varía es el orden de magnitud: en un curso de treinta niños, lo esperable es que haya entre siete y diez que han pasado por esto.
En Chile, además del alza de denuncias, hay un dato que ordena las prioridades: la mayoría de los casos se concentra en educación básica (8.947 denuncias en 2025), por encima de enseñanza media (4.123). El bullying no es un problema de adolescentes. Empieza antes.
¿Por qué ocurre el bullying?
No hay una causa única, y buscarla lleva a callejones sin salida (“es que el agresor tiene problemas en la casa”, “es que la víctima es muy sensible”). El marco que mejor organiza la evidencia es el modelo socioecológico de Swearer, Espelage y Napolitano (2009): el bullying aparece en la intersección entre el niño, su familia, el grupo de pares, la escuela y la cultura.
En el niño. Dificultades para regular la rabia, baja empatía o poca tolerancia a la frustración en quien agrede. En quien recibe, factores que lo dejan más expuesto: ser nuevo, tener una condición visible, contar con menos amigos.
En la familia. Supervisión escasa, disciplina inconsistente, violencia en casa. Un estudio longitudinal británico identificó que el factor protector más potente contra la victimización, tanto en el colegio como en el hogar, fue la fuerza del apoyo familiar percibido por el propio niño y la calidad del ambiente familiar (Chrysanthou y Vasilakis, 2020).
En la escuela. Recreos con poca supervisión, protocolos que existen en el papel, adultos que minimizan (“son cosas de niños”). Un colegio que responde rápido y de forma predecible reduce el terreno donde el acoso prospera.
En el grupo. Este es el factor que más se pasa por alto, y probablemente el más determinante.
¿Quiénes participan? Más que un agresor y una víctima
El bullying es un fenómeno grupal. La investigación de Christina Salmivalli sobre roles de participación identificó que, además del agresor y la víctima, hay ayudantes (los que se suman), reforzadores (los que celebran o graban), ajenos (los que miran para el lado) y defensores (los que intervienen). Salmivalli (2010) mostró que los espectadores sostienen el acoso: el agresor necesita público, y cuando ese público deja de reírse, la conducta pierde su recompensa.
De ahí viene un dato que suele sorprender a los padres: el grupo con peor pronóstico no es el de las víctimas puras. En un estudio europeo con 5.183 niños de 6 a 11 años en siete países, la ideación suicida fue reportada por el 13,3% de los no involucrados, el 17,1% de las víctimas, el 19,6% de los agresores y el 24,4% de las víctimas-agresores, los niños que reciben acoso y también lo ejercen. Tras controlar por psicopatología y malestar materno, la asociación siguió siendo significativa para agresores y víctimas-agresores (Husky et al., 2022).
Traducido: el niño que pega también puede estar recibiendo, y necesita evaluación, no solo sanción.
Señales de bullying en niños: qué mirar
Ningún signo aislado confirma nada. Lo que orienta es el cambio: algo que antes no pasaba y ahora sí, sostenido por semanas. Estas son las señales que con más frecuencia aparecen antes de que el niño lo cuente.
En el cuerpo
- Dolores de estómago o de cabeza que aparecen los días de colegio y desaparecen los fines de semana
- Cuesta dormirse, se despierta de noche, pesadillas
- Cambios en el apetito
En la conducta
- Se resiste a ir al colegio, pide que lo vayan a dejar y a buscar, cambia de ruta
- Vuelve con ropa rota, útiles perdidos o dañados de forma repetida
- Deja actividades que antes disfrutaba
- Se aísla, pasa los recreos solo, deja de mencionar amigos
En el ánimo
- Irritabilidad nueva, llanto fácil, tristeza sostenida
- Comentarios de autodesprecio (“soy fome”, “nadie me quiere”)
- Cualquier alusión a no querer estar, a desaparecer, a que sería mejor no despertar
Esa última línea no admite espera. Si aparece, corresponde consulta profesional en días, no en semanas.
En lo digital
- Se pone ansioso o esconde la pantalla cuando llega una notificación
- Abandona de golpe una red social que usaba a diario
- Cuentas nuevas, cambios bruscos de nombre de usuario
Una advertencia sobre esta lista: sirve para abrir una conversación, no para cerrar un diagnóstico. Muchos de estos signos aparecen también en depresión, ansiedad por separación o problemas de aprendizaje. Lo que hace la diferencia es preguntar con calma y sin interrogar, y sostener la pregunta más de una vez.
¿Qué consecuencias tiene el bullying en la salud mental?
Aquí es donde la evidencia se vuelve más contundente, y también más útil para decidir cuándo actuar.
Ansiedad y depresión. Un estudio longitudinal con 11.108 gemelos usó el diseño de diferencias entre hermanos idénticos, que permite separar el efecto del acoso de la vulnerabilidad genética compartida. La exposición a bullying a los 11 años contribuyó de forma causal a ansiedad concurrente, depresión, hiperactividad, inatención y problemas de conducta. El hallazgo más relevante para los padres es el que viene después: los efectos disminuyeron con el tiempo, la contribución a la ansiedad seguía siendo apreciable a los 2 años pero ya no a los 5 (Singham et al., 2017). El daño es real y también es reversible cuando el acoso se detiene.
Conducta suicida. Un estudio con 78.558 adolescentes de 28 países encontró que la victimización se asocia a un 44% más de riesgo de conducta suicida, y que la soledad media parcialmente esa relación mientras la implicación parental la modera (Peprah et al., 2023). Que la soledad sea el puente explica por qué recuperar un vínculo, uno solo, cambia tanto las cosas.
Estrés postraumático complejo. El seguimiento longitudinal de adolescentes y adultos jóvenes con historia de victimización infantil documentó relaciones cruzadas entre TEPT complejo, depresión y ansiedad, con impactos que pueden persistir mucho después de terminado el colegio (Liu et al., 2024).
Vale nombrar el otro lado: los agresores también pagan un costo. El metaanálisis de Ariani y colaboradores (2025) documentó malestar emocional, soledad, ansiedad, depresión, autolesiones e ideación suicida en las tres categorías, víctimas, agresores y víctimas-agresores.
¿Qué hacer si tu hijo sufre bullying?
Empecemos por lo que la evidencia desaconseja, porque son justo los consejos que más circulan.
Lo que no funciona
“Ignóralo y se va a aburrir.” El acoso sostenido no se extingue por indiferencia cuando hay público que lo refuerza. Pedirle al niño que aguante le comunica que su malestar no es asunto de los adultos.
“Devuélvele el golpe.” Empuja al niño hacia el rol de víctima-agresor, que es el de peor pronóstico en salud mental según los datos de Husky y colaboradores (2022).
Sentar a agresor y víctima a mediar. La mediación asume simetría entre las partes. Cuando hay desequilibrio de poder, esa simetría no existe.
Confiar solo en el programa del colegio. Una revisión de intervenciones familiares advierte algo incómodo: los programas escolares aplicados solos pueden aumentar de forma paradójica la depresión y empeorar la autoestima en los niños que siguen siendo victimizados pese al programa, y señala tres factores de riesgo modificables de victimización persistente (rechazo de pares, problemas internalizantes y menor calidad del vínculo padre-hijo) que la escuela no alcanza a tocar (Healy et al., 2022).
Lo que sí tiene respaldo
Escuchar primero, sin interrogar. Antes de preguntar nombres y fechas, validar. Muchos niños callan por vergüenza o por miedo a que la respuesta del adulto empeore su situación en el curso, y esa lectura suele ser realista.
Que el colegio entre, por escrito. Con la Ley 21.809 hay protocolo obligatorio. Deja constancia de la denuncia interna, con fecha, y guarda copia.
Involucrarte, con calibre. Un metaanálisis sobre programas de parentalidad encontró un efecto global significativo en la reducción del bullying, tanto de perpetración como de victimización (Chen et al., 2021). Y un análisis de 82 estudios de programas antibullying identificó que el componente “información para padres” se asocia a mayores tamaños de efecto: alrededor de 15% a 16% de reducción en victimización y 19% a 20% en perpetración (Gaffney et al., 2021).
Ahora, “involucrarse” no quiere decir intervenir sin medida. Dos estudios matizan la intuición de que más apoyo siempre es mejor. En la cohorte ABCD, con 11.844 niños seguidos dos años, la calidez parental se asoció a menos síntomas depresivos en general, pero no amortiguó de forma consistente el vínculo entre victimización y depresión o ansiedad (Martínez et al., 2024). Y un seguimiento de 1.007 adolescentes encontró un efecto moderador no lineal: el bullying predijo más problemas internalizantes cuando el apoyo materno se percibía como excesivamente alto (Wu et al., 2025). Sostener no es sustituir. Acompañar sin resolverle todo al niño protege más que la sobreprotección.
Intervención familiar estructurada. El ensayo controlado aleatorizado de Resilience Triple P, con 111 familias de niños de 6 a 12 años con acoso crónico, combinó crianza facilitadora y entrenamiento en habilidades socioemocionales del niño. Frente al grupo control mejoraron la victimización reportada por docentes, los síntomas internalizantes, los depresivos, la agresión y la aceptación de pares, con tamaños de efecto moderados (Healy y Sanders, 2014).
Reconstruir el mundo social fuera del colegio. Un estudio con 167.286 adolescentes de 65 países confirmó el rol protector de la supervisión, la conexión y el vínculo parental en la salud mental de los adolescentes acosados (Man et al., 2022). Un taller, un deporte, un primo de la misma edad: un espacio donde el niño sea alguien distinto del que es en la sala.
Si quieres el detalle de cómo se estructura ese trabajo desde la familia, lo desarrollamos en la guía sobre cómo intervenir con los padres de un niño que sufre bullying.
¿Cuándo buscar ayuda psicológica?
Que un niño esté triste después de un episodio de acoso es esperable. Lo que indica consulta es la persistencia y el alcance: síntomas que se sostienen más de dos o tres semanas, que aparecen en más de un contexto (no solo el colegio) y que interfieren con dormir, comer, aprender o relacionarse. Cualquier mención a hacerse daño, en cambio, adelanta la consulta a esta semana.
La buena noticia es que existe tratamiento con respaldo. La terapia cognitivo-conductual enfocada en trauma es la intervención más estudiada para niños y adolescentes expuestos a experiencias traumáticas. Un metaanálisis con 4.523 participantes de 28 ensayos aleatorizados y 33 estudios no controlados reportó mejorías grandes en síntomas postraumáticos del pre al postratamiento y resultados favorables frente a condiciones control, con protocolos que parten de un mínimo de 8 sesiones (Thielemann et al., 2022). Otro metaanálisis centrado en síntomas comórbidos encontró efectos moderados sobre depresión y ansiedad (Xian-Yu et al., 2022). Y en condiciones de práctica clínica habitual, no de laboratorio, una revisión de 58 estudios con 4.618 participantes reportó tasas de remisión de trastornos internalizantes entre 50,7% y 77,4% al terminar el tratamiento, con un abandono del 12,2% (Wergeland et al., 2021).
Una precisión honesta: ninguno de estos metaanálisis se hizo exclusivamente con víctimas de bullying. Incluyen poblaciones expuestas a distintos traumas, así que la extrapolación conviene hacerla con cautela. Aun así, es la mejor evidencia disponible y orienta la práctica.
El detalle del proceso terapéutico está en nuestra guía sobre tratamiento psicológico para víctimas de bullying en niños.
Preguntas frecuentes sobre el bullying
¿Cuál es la diferencia entre bullying y una pelea entre compañeros?
La pelea es simétrica y puntual: dos niños con recursos parecidos discuten y ambos pueden responder. El bullying es repetido, intencionado y ocurre entre alguien con más poder y alguien que no puede defenderse. Esa asimetría es la razón por la que la mediación funciona en el conflicto y falla en el acoso.
¿Qué hago si el colegio no me toma en serio?
Deja la denuncia por escrito ante el establecimiento, con fecha y copia. La Ley 21.809 obliga a los colegios chilenos a tener protocolo y equipo de convivencia. Si aun así no hay respuesta, puedes denunciar ante la Superintendencia de Educación, por su plataforma web o al 600 3600 390.
¿A qué edad empieza el bullying?
Antes de lo que se cree. En Chile, la mayoría de las denuncias por convivencia escolar de 2025 se concentró en educación básica (8.947 casos), por sobre la enseñanza media (4.123). Las formas relacionales, como excluir o hacer correr rumores, aparecen ya en los primeros años de primaria.
¿El ciberbullying es más grave que el presencial?
No es más grave por definición, pero suma tres condiciones que lo hacen más difícil de soportar: continúa fuera del horario escolar, puede tener audiencia ilimitada y a veces es anónimo. Además, ambas formas suelen convivir: quien acosa en la sala frecuentemente también acosa por el celular.
¿Sirve cambiar a mi hijo de colegio?
A veces sí, sobre todo cuando el establecimiento no responde o cuando el daño ya es severo. No es la primera medida ni resuelve por sí sola: sin trabajo sobre habilidades sociales, sin reparar la confianza y sin evaluación de síntomas, el patrón puede repetirse. Conviene decidirlo con orientación profesional, no en caliente.
¿Qué pasa con el niño que agrede?
Necesita evaluación, no solo sanción. Los datos muestran malestar emocional, ansiedad, depresión e ideación suicida también en quienes ejercen el acoso, y el peor pronóstico lo tienen los niños que reciben y ejercen a la vez. Sancionar sin evaluar deja el problema intacto.
Qué hacer con todo esto
Si llegaste hasta acá con un caso concreto en la cabeza, el orden importa: primero escuchar sin interrogar, después dejar constancia en el colegio, y en paralelo mirar cómo está el ánimo del niño más allá del episodio. Los tres criterios (intención, repetición, desequilibrio) te sirven para nombrar lo que está pasando, y ponerle nombre es lo que permite pedir la respuesta que corresponde.
Si las señales llevan semanas, si el sueño o el apetito cambiaron, o si apareció cualquier comentario sobre no querer estar, una evaluación psicológica ordena las prioridades y define si hace falta tratamiento o basta con acompañar. En Terapia Online Chile atendemos a niños, adolescentes y sus familias en modalidad online desde cualquier región del país. Agenda una primera consulta y conversemos qué está pasando.
Sobre esta guía
Contenido elaborado y revisado por Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico, servicio de psicoterapia online para niños, adolescentes y adultos en todo el país. Esta guía se apoya en literatura científica revisada por pares (metaanálisis, ensayos controlados aleatorizados y estudios longitudinales, citados y enlazados en el texto) y en la normativa educacional chilena vigente.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza una evaluación psicológica presencial u online. Si te preocupa la situación de un niño o adolescente, consulta con un profesional de salud mental.
Última actualización: 10 de agosto de 2026.
Referencias
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Nicolás Alcayaga
Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)
Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →
Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.
