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    Tipos de TDAH en Niños: Cómo se Decide la Presentación de tu Hijo y Qué Significa Cada Palabra del Informe

    Por Terapia Online Chile

    Te entregaron un informe y ahí está la palabra: presentación combinada. O predominante con falta de atención. Suena definitiva, como un grupo sanguíneo. Y la pregunta que sigue casi siempre es la misma: ¿esto es lo que tiene mi hijo para siempre?

    La respuesta corta es que no funciona así, y entender por qué te va a ahorrar bastante angustia. Los tres tipos de TDAH en niños no describen tres clases de niño: describen qué predomina en un momento dado, y se asignan con una regla de conteo que tiene bordes muy finos. Más abajo hay un simulador para que veas esa regla en acción con tus propios números, y compruebes lo poco que hace falta para que la etiqueta cambie de nombre.

    La respuesta corta

    El manual diagnóstico reconoce tres presentaciones del TDAH: predominante con falta de atención, predominante hiperactiva e impulsiva y combinada. Se deciden contando cuántos comportamientos aparecen a menudo en dos listas de nueve elementos cada una. La combinada es la más frecuente en la infancia. Ninguna de las tres es permanente: la presentación puede cambiar con la edad, y no cambia cuál es el tratamiento de primera línea.

    ¿Cuáles son los tipos de TDAH en niños?

    Son tres, y el manual las llama presentaciones, no tipos. MedlinePlus lo resume así: predominantemente inatento, predominantemente hiperactivo e impulsivo, y combinado, que es el más común.

    El cambio de palabra no es cosmético. Un tipo suena a categoría estable, algo que uno es. Una presentación es lo que se ve ahora. Si te interesa esa historia terminológica completa (por qué se dejó de decir TDA, qué pasó con los subtipos), la desarrollamos aparte en la diferencia entre TDA y TDAH.

    Lo que sigue es la parte que casi nadie explica: cómo se llega a una de esas tres palabras.

    ¿Cómo se decide cuál de los tipos de TDAH tiene tu hijo?

    Con una cuenta. El manual reparte los comportamientos del TDAH en dos listas de nueve: una de falta de atención y otra de hiperactividad e impulsividad. El profesional evalúa cuántos de cada lista aparecen a menudo, y compara ese número con un umbral.

    Hasta los 16 años, el umbral es seis de nueve. Desde los 17, baja a cinco. Y las dos listas se cuentan por separado, nunca sumadas:

    • Solo la lista de falta de atención llega al umbral: presentación predominante con falta de atención.
    • Solo la de hiperactividad e impulsividad llega: presentación predominante hiperactiva e impulsiva.
    • Las dos llegan: presentación combinada.

    Ahora la parte que los tests de internet se saltan. Antes de que ese conteo signifique algo, hay cuatro condiciones que se cumplen o no se cumplen: los comportamientos llevan al menos seis meses, ya se veía algo antes de los 12 años, aparecen en dos o más ambientes (casa y colegio suele ser la combinación) y están interfiriendo de verdad con la vida del niño. Si falla una sola, no hay diagnóstico aunque el conteo sea nueve y nueve.

    Las Guías de Práctica Clínica españolas sobre el TDAH en niños y adolescentes lo plantean como una determinación clínica, no aritmética: hay que establecer si cada conducta se manifiesta “a menudo”, si causa un deterioro funcional clínicamente significativo y si ocurre en dos o más ambientes de la vida del niño (Grupo de trabajo de la GPC sobre el TDAH, 2010). Una salvedad honesta: esa guía trabaja con los criterios del DSM-IV-TR y la CIE-10, en su recomendación D 5.1.1, así que la terminología de “presentaciones” que usamos aquí viene del manual actual, no de ella.

    Los 18 comportamientos concretos, con ejemplos de cómo se ven entre los 6 y los 12 años, están en nuestra guía de síntomas para padres.

    Simulador del umbral diagnóstico

    Para entender cómo se decide la presentación, no para evaluar a tu hijo.

    Esto no es un test. No te pregunta cómo es tu hijo: te pide números y te muestra qué etiqueta produce la regla del manual con esos números. Sirve para ver dónde están los bordes y por qué un caso parecido al de otro niño puede recibir un nombre distinto. Quien cuenta los síntomas de verdad es un profesional, en una entrevista clínica.
    Los dos recuentos
    La edad, que cambia el umbral
    Los cuatro filtros que no dependen del recuento

    Esto es la mecánica de una regla, no una evaluación de tu hijo. El diagnóstico del TDAH es clínico: se hace con entrevista a la familia, información del colegio, revisión de antecedentes y exploración del niño. Si lo que ves te preocupa, puedes escribirnos para agendar una hora.

    ¿Por qué el colegio y la casa no ven al mismo niño?

    Porque no le piden lo mismo. Es la fuente de conflicto más habitual entre padres y profesores, y casi siempre los dos tienen razón.

    La falta de atención se nota más en casa, según las guías: los padres son quienes ven de cerca la dificultad enorme para terminar una tarea, la desorganización, los olvidos durante los deberes. Un niño que se desconecta sin molestar no genera ruido en la sala, y por eso los profesores lo detectan mucho menos. Con la hiperactividad y la impulsividad pasa al revés: el colegio exige quedarse sentado, esperar turno y respetar límites de forma estricta, así que ahí el movimiento excesivo salta a la vista y suele ser el docente quien da la primera señal.

    Hay un detalle que lo deja clarísimo. La escala SNAP-IV, una de las más usadas para recoger esta información, publica puntos de corte distintos según quién la responde: para la subescala de falta de atención el corte es 2,56 en profesores y 1,78 en padres; para hiperactividad e impulsividad, 1,78 en profesores y 1,44 en padres (Swanson, 2007). El mismo instrumento, el mismo niño, dos umbrales diferentes. Los autores de la escala ya daban por hecho que los informantes no puntúan igual.

    Aquí conviene no sacar la conclusión fácil. Se podría pensar que los criterios significan cosas distintas para un padre y para un profesor, y resulta que no. Una revisión sistemática de 44 estudios de invarianza de medida sobre los criterios del manual, evaluados por padres y por profesores en menores de 18 años, encontró que la mayoría de las comparaciones muestran los mismos pesos y los mismos umbrales para ambos informantes, y concluye que la evidencia disponible respalda los criterios diagnósticos actuales (Garcia-Rosales et al., 2024). Los autores advierten, eso sí, que la literatura tiende a reportar invarianza más que lo contrario.

    Traducido: cuando casa y colegio no coinciden, lo que difiere no es el significado de la pregunta. Es la conducta del niño y lo que cada entorno le exige.

    Lo incómodo es que no existe una regla acordada para juntar esos dos informes cuando chocan. Una revisión del campo señala que hace falta un método de integración entre informantes que sea empírico y usable en consulta, y que hoy se ofrece muy poco a quien tiene que combinarlos (Martel et al., 2017). Los autores contraponen los algoritmos fáciles de memorizar del sistema DSM con modelos estadísticos más finos que ya existen pero casi no se usan.

    Que el informante cambia los resultados no es una sospecha. En un metaanálisis de 26 estudios sobre qué predice que el TDAH persista, la asociación con los problemas de conducta externalizantes apareció únicamente en los estudios con informe de padres, y se perdió en los que usaron informe de profesores (You et al., 2026).

    Por eso las guías exigen cruzar ambas fuentes y no dejar que ninguna escala, sola, decida nada. El criterio de que los síntomas aparezcan en dos o más ambientes existe precisamente para eso. Cómo se hace ese cruce en la práctica lo detallamos en la guía del proceso de evaluación profesional.

    ¿Qué significa "leve", "moderado" o "grave" en el informe?

    No mide cuántos síntomas tiene tu hijo. Mide cuánto le están complicando la vida.

    La guía para padres de la UNAM lo define en estos términos: leve cuando la afectación en el funcionamiento es mínima, moderado cuando el deterioro en la vida del niño es considerable sin llegar a ser grave, y grave cuando el funcionamiento se ha visto afectado en todas las áreas de su vida (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017). El número de síntomas sirve para cruzar el umbral de entrada. Una vez cruzado, la gravedad se pauta según la interferencia en lo escolar, lo familiar, lo social y lo emocional.

    Esa distinción tiene una consecuencia dura. Una revisión sistemática de 41 estudios sobre qué factores del propio niño influyen en que reciba o no un diagnóstico encontró que un menor deterioro funcional se asocia de forma consistente con diagnóstico tardío o ausente (Tam et al., 2025). Un niño que la está pasando mal pero se las arregla para aprobar puede quedar años sin que nadie mire.

    El manual contempla además el especificador "en remisión parcial", para cuando el cuadro se diagnosticó antes, ya no se cumplen todos los criterios y los síntomas que quedan siguen afectando el funcionamiento (American Psychiatric Association, 2013). Vale la pena decir de dónde sale y de dónde no: las guías españolas que usamos para el resto de esta sección no lo definen, así que este punto se apoya en el manual mismo, no en ellas.

    ¿Puede cambiar el tipo de TDAH de un niño con los años?

    Sí, y es lo esperable más que la excepción.

    Las guías lo describen sin rodeos: los síntomas de hiperactividad e impulsividad declinan más durante la infancia de lo que lo hacen los de falta de atención. De ahí se sigue algo que confunde a muchas familias: el tipo predominantemente hiperactivo se diagnostica con más facilidad en niños pequeños, y el que tiene predominio de falta de atención aparece más tarde, a medida que el cuadro evoluciona y la exigencia escolar aumenta (Grupo de trabajo de la GPC sobre el TDAH, 2010).

    Un trabajo sobre las trayectorias sintomáticas en la adolescencia va en la misma línea: la mayoría mejora, sobre todo en la parte hiperactiva e impulsiva, mientras la falta de atención resulta bastante más persistente (Shaw y Sudre, 2021). Una revisión del subtipo predominantemente inatento apunta a que justamente esa estabilidad temporal de la inatención podría explicar por qué ese perfil es tan prevalente en el mundo (de la Peña et al., 2020).

    O sea que un niño con presentación combinada a los 8 años puede figurar como predominante con falta de atención a los 15 sin que nada de fondo haya cambiado: bajó el ruido, se mantuvo la desconexión, y el conteo cruzó el umbral en una lista y no en la otra.

    Que esa fluctuación no significa "se le pasó" es otra conversación, y merece la suya.

    ¿Por qué a la presentación con falta de atención se llega tan tarde?

    Porque no molesta a nadie más que al propio niño.

    La misma revisión de 41 estudios encontró que cumplir criterios del subtipo inatento se asocia de forma consistente con un diagnóstico tardío o directamente ausente, junto con ser niña, ser de los más jóvenes del curso y tener menos deterioro visible (Tam et al., 2025). No son factores clínicos. Son factores de visibilidad.

    Los números por sexo lo explican. La proporción de niños a niñas es de 7,3 a 1 en el tipo combinado y baja a 2,7 a 1 en el inatento (Lahey et al., 1994, citados en la GPC sobre el TDAH, 2010). En porcentajes, el subtipo combinado aparecía en el 80% de los varones frente al 65% de las mujeres, y el inatento se invertía: 30% en niñas frente a 16% en niños (Biederman et al., 2002, citados en la misma guía). El hiperactivo e impulsivo puro es el menos común en la infancia, y se reparte casi por igual (5% de las niñas, 4% de los niños).

    La revisión del subtipo inatento resume el problema en dos palabras: infrarreconocido e infratratado, pese a su alta prevalencia. Y añade algo que a las familias les cambia la lectura del informe: ese perfil es muy comórbido con trastornos del aprendizaje y con cuadros internalizantes como la ansiedad y la depresión (de la Peña et al., 2020). Cuando el informe dice "predominante con falta de atención", vale la pena preguntar qué más se evaluó.

    Hay una pieza más que el manual todavía no nombra. El llamado tempo cognitivo lento (hoy también síndrome de desconexión cognitiva) es un patrón de ensoñación, lentitud y desconexión que resulta separable del TDAH y de otras psicopatologías, y que se asocia a deterioro propio tanto en niños como en adultos (Becker y Willcutt, 2019). Parte de lo que hoy se agrupa bajo la etiqueta inatenta podría ser esto, que es otra cosa.

    Si quieres ver cómo se ordena todo esto por edades, lo desglosamos en los tests de TDAH por edades.

    ¿Cambia el tratamiento según el tipo de TDAH?

    En la elección del fármaco, no. Y eso sorprende a casi todo el mundo.

    La Guía de Práctica Clínica lo dice con esas palabras en su recomendación C 7.3.10.1: se recomiendan el metilfenidato y la atomoxetina como tratamientos farmacológicos de elección para el TDAH en niños y adolescentes independientemente del subtipo. La recomendación B 7.3.11.1 añade lo mismo respecto de la edad y el género. La revisión del subtipo inatento coincide: no hay evidencia sólida de una respuesta diferencial de los subtipos a los fármacos del TDAH (de la Peña et al., 2020).

    Dicho eso, hay matices que sí dependen de la presentación y que conviene conocer:

    • La dosis. En la presentación combinada existe una relación bastante lineal entre subir la dosis y la respuesta. Los niños con presentación inatenta suelen responder bien a dosis menores de metilfenidato: cerca del 60% alcanza su respuesta óptima con 36 mg al día o menos.
    • El apoyo no farmacológico. Para el predominio inatento hay programas conductuales de intervención conjunta entre colegio y hogar, como el Child Life and Attention Skills Program de Pfiffner, con mejoras en los síntomas de falta de atención, en habilidades organizativas y en el tempo cognitivo lento.

    Así que la etiqueta no elige el fármaco. Puede orientar la dosis y, sobre todo, el tipo de apoyo escolar que vale la pena pedir.

    ¿Qué debe traer el informe de la evaluación?

    Esta es la parte accionable. El diagnóstico del TDAH es clínico, y la recomendación D 5.3.1 de la guía establece qué tiene que haberse hecho: entrevistas clínicas a los padres y al paciente, obtención de información de la escuela, revisión de antecedentes familiares y personales, y exploración física y psicopatológica del niño.

    Un informe completo debería dejar constancia de:

    1. Entrevista con la familia y con el niño: presencia, intensidad, frecuencia y duración de los síntomas, edad de inicio y en qué áreas concretas le está afectando.
    2. Información del colegio: rendimiento a lo largo del tiempo, conducta en el aula, adaptaciones previas, relación con sus compañeros.
    3. Antecedentes familiares: el TDAH tiene alta heredabilidad, así que se documentan antecedentes psiquiátricos en la familia y cómo está funcionando esa familia hoy.
    4. Antecedentes personales: historia del embarazo y el parto, hitos del desarrollo, salud previa.
    5. Exploración física, con pruebas de visión y audición incluidas. Un problema sensorial puede imitar la falta de atención entera.
    6. Diagnóstico diferencial y comorbilidades: qué otra cosa podría explicar lo mismo, y qué viene acompañando.
    7. Evaluación psicopedagógica (recomendación D 5.5.1), útil para valorar el estilo de aprendizaje y fijar objetivos de apoyo.

    Dos cosas que no son obligatorias, y por las que a veces se paga de más: la evaluación neuropsicológica completa no es imprescindible para diagnosticar (recomendación C 5.4.1), aunque sirva para detallar el perfil cognitivo; y las pruebas de laboratorio, neuroimagen o neurofisiología no están indicadas salvo que la valoración clínica lo justifique (recomendación B 5.6.1). Si a tu hijo le piden un electroencefalograma "para descartar TDAH", pregunta qué sospecha clínica concreta lo motiva.

    Si quieres comparar qué instrumentos existen y cuáles se usan en Chile, revisa nuestra guía de tests de TDAH.

    ¿Cuándo conviene consultar?

    Cuando lo que ves lleva meses, aparece en más de un lugar y le está costando algo real: notas, amigos, la convivencia en casa. No hace falta esperar a tener certeza; para eso está la consulta.

    En Chile el diagnóstico lo hacen pediatras, neurólogos infantiles y psiquiatras infantojuveniles, y la evaluación psicológica y el tratamiento psicológico los lleva un psicólogo clínico infantil. Si el colegio tiene Programa de Integración Escolar, ese es un buen punto de partida para conseguir la mirada del profesor por escrito.

    Lleva dos cosas a la primera cita: lo que has anotado en casa durante unas semanas y lo que te haya respondido el profesor jefe. Con eso, la evaluación avanza mucho más rápido.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuáles son los tipos de TDAH en niños?

    Son tres presentaciones: predominante con falta de atención, predominante hiperactiva e impulsiva, y combinada. Se asignan contando cuántos comportamientos aparecen a menudo en dos listas de nueve. Hasta los 16 años hacen falta seis de una lista; desde los 17, cinco.

    ¿Cuál es el tipo de TDAH más común en niños?

    La presentación combinada. Aparecía en el 80% de los varones y el 65% de las mujeres con TDAH en el estudio de Biederman y colaboradores (2002), recogido por la Guía de Práctica Clínica española. La presentación puramente hiperactiva e impulsiva es la menos frecuente en la infancia, con cifras cercanas al 5% en niñas y al 4% en niños.

    ¿Puede cambiar el tipo de TDAH de mi hijo?

    Sí. Los síntomas de hiperactividad e impulsividad declinan más durante la infancia que los de falta de atención, así que un niño con presentación combinada a los 8 años puede figurar como predominante con falta de atención en la adolescencia. La presentación describe el momento, no el futuro.

    ¿Qué significa que el TDAH de mi hijo sea "moderado"?

    Que el deterioro en su vida es considerable sin llegar a ser grave. El especificador de gravedad no cuenta síntomas: mide cuánto están interfiriendo con lo escolar, lo familiar, lo social y lo emocional. Un niño con muchos síntomas y poca interferencia puede figurar como leve.

    ¿Por qué el colegio dice una cosa y en casa vemos otra?

    Porque cada entorno exige cosas distintas. La falta de atención se nota más en casa, durante las tareas; la hiperactividad y la impulsividad saltan más en el aula, donde hay que quedarse sentado y esperar turno. Los criterios significan lo mismo para ambos informantes; lo que cambia es la conducta.

    ¿El tratamiento es distinto según el tipo de TDAH?

    No en la primera opción. La guía clínica recomienda metilfenidato y atomoxetina como primera opción independientemente del subtipo. Lo que sí puede variar es la dosis, porque la presentación inatenta suele responder a dosis menores, y el tipo de apoyo conductual y escolar que se prioriza.

    Por dónde partir

    Si tienes un informe en la mano, la palabra que más importa no es la presentación: es la que describe la interferencia y la lista de lo que se evaluó. La presentación te dice qué predomina hoy. La gravedad te dice cuánto pesa. Y el detalle del proceso te dice si se miró todo lo que había que mirar.

    Si esa lista tiene huecos, o si lo que ves en casa no calza con lo que dice el papel, puedes escribirnos para agendar una hora y revisarlo con calma.


    Sobre el autor

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Becker, S. P., y Willcutt, E. G. (2019). Advancing the study of sluggish cognitive tempo via DSM, RDoC, and hierarchical models of psychopathology. European Child & Adolescent Psychiatry, 28(5), 603-613. https://doi.org/10.1007/s00787-018-1136-x
    • de la Peña, I. C., Pan, M. C., Thai, C. G., y Alisso, T. (2020). Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder Predominantly Inattentive Subtype/Presentation: Research progress and translational studies. Brain Sciences, 10(5), 292. https://doi.org/10.3390/brainsci10050292
    • Delgado Villegas, Y., y Esparza Meza, E. M. (2017). Guía para padres de niños con TDAH: ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México.
    • Garcia-Rosales, A., Cortese, S., y Vitoratou, S. (2024). Measurement invariance of Attention Deficit/Hyperactivity Disorder symptom criteria as rated by parents and teachers in children and adolescents: A systematic review. PLOS ONE, 19(2), e0293677. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0293677
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Fundació Sant Joan de Déu.
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). (2017). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud.
    • Martel, M. M., Markon, K., y Smith, G. T. (2017). Research Review: Multi-informant integration in child and adolescent psychopathology diagnosis. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 58(2), 116-128. https://doi.org/10.1111/jcpp.12611
    • MedlinePlus. (s.f.). Trastorno de déficit de atención e hiperactividad. Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. https://medlineplus.gov/spanish/attentiondeficithyperactivitydisorder.html
    • Shaw, P., y Sudre, G. (2021). Adolescent attention-deficit/hyperactivity disorder: Understanding teenage symptom trajectories. Biological Psychiatry, 89(2), 152-161. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2020.06.004
    • Swanson, J. M. (2007). The SNAP-IV Teacher and Parent Rating Scale. University of California, Irvine.
    • Tam, L. Y. C., Taechameekietichai, Y., y Allen, J. L. (2025). Individual child factors affecting the diagnosis of attention deficit hyperactivity disorder (ADHD) in children and adolescents: A systematic review. European Child & Adolescent Psychiatry, 34(5), 1469-1496. https://doi.org/10.1007/s00787-024-02590-9
    • You, Y., McAdams, T., Ahmadzadeh, Y. I., Schoeler, T., Marzecki, F., y Zavos, H. M. S. (2026). The role of comorbid childhood mental health and neurodevelopmental conditions in the persistence of ADHD symptoms: Systematic review and meta-analysis. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 67(2), 183-201. https://doi.org/10.1111/jcpp.70028
  • Tratamiento del TDAH en Niños de 6 a 12 años: Guía Completa para Padres

    Tratamiento del TDAH en Niños de 6 a 12 años: Guía Completa para Padres

    Por Terapia Online Chile

    Salir de la consulta con un diagnóstico de TDAH y una receta en la mano deja a casi cualquier familia con la misma sensación: ahora qué. Te dijeron que hay medicación, que hay terapia, que hay que hablar con el colegio. Nadie te dijo en qué orden, cuánto va a mejorar, ni cómo vas a saber si está funcionando.

    Esta guía responde eso. El tratamiento del TDAH en niños de 6 a 12 años no es una sola cosa, son tres que trabajan juntas, y las guías clínicas son bastante precisas sobre cuál va primero. Vas a encontrar los números reales de cuánto mejora la medicación (incluido lo que no mejora, que sorprende), el calendario exacto de controles que le corresponde a tu hijo, y qué tratamientos populares no tienen respaldo. Más abajo hay además una herramienta para interpretar los puntajes de seguimiento que entrega el equipo tratante, esa hoja con números que casi nunca alcanza a explicarse en los diez minutos de control.

    La respuesta corta

    Para un niño de 6 a 12 años con TDAH moderado o grave, la recomendación de las guías es tratamiento combinado: terapia conductual, intervención en el colegio y medicación a la vez. Cuando los síntomas son leves, se empieza solo con lo psicológico. El entrenamiento conductual para los padres se recomienda siempre, con o sin otros problemas asociados. La medicación de primera elección es el metilfenidato o la atomoxetina.

    ¿Cuál es el tratamiento para el TDAH en niños de 6 a 12 años?

    Tres patas: los padres, el colegio y, según la gravedad, el fármaco. La Guía de Práctica Clínica sobre el TDAH en Niños y Adolescentes del Sistema Nacional de Salud español lo dice con una recomendación de grado B, la 7.4.2.1: en TDAH moderado o grave se recomienda el tratamiento combinado, que incluye el tratamiento psicológico conductual, el farmacológico y la intervención psicopedagógica en la escuela (GPC TDAH, 2010).

    La palabra que importa ahí es combinado. No es elegir entre pastilla o terapia. Es que las tres cosas cubren huecos distintos, y ninguna cubre sola el problema entero.

    Cuando el cuadro es leve, el orden cambia. La misma guía (recomendación D 7.1.2.2) reserva la terapia cognitivo-conductual como tratamiento inicial en varias situaciones concretas: síntomas leves, impacto mínimo, diagnóstico incierto, discrepancia notable entre lo que reportan los padres y los profesores, o cuando la familia rechaza la medicación. Esa última condición está escrita en la guía. Rechazar el fármaco no te deja fuera del sistema.

    Vale la pena saber que aquí las guías no dicen todas lo mismo. La versión española de 2017, centrada en intervenciones terapéuticas, es más restrictiva: recomienda el tratamiento farmacológico en escolares y adolescentes solo cuando lo psicológico o psicopedagógico no dio resultados, o en casos de afectación grave (GPC Intervenciones Terapéuticas, 2017). La estadounidense es más rápida en llegar al fármaco. Si te sientes en medio de mensajes contradictorios, no es tu impresión: el grupo europeo de guías del TDAH publicó un análisis dedicado precisamente a por qué las guías internacionales divergen y cómo interpretarlas en la práctica (Coghill et al., 2023).

    Si todavía estás en la etapa previa, la de confirmar si esto es lo que tiene tu hijo, la evaluación profesional del TDAH en niños es otro tema y lo tratamos aparte.

    ¿Por qué el entrenamiento a padres es lo primero que se recomienda?

    Porque es la intervención con recomendación de grado B sin condiciones. La guía española (recomendación 7.1.2.1) recomienda aplicar un programa de entrenamiento conductual para los padres de niños y adolescentes diagnosticados de TDAH, con o sin comorbilidad. Sin letra chica.

    El nombre suena a que te van a enseñar a ser padre, y esa lectura hace que muchas familias lo rechacen antes de probarlo. Lo que se enseña es más técnico y más concreto: cómo dar una orden que un niño con TDAH pueda ejecutar, cómo montar un sistema de refuerzo que no se desarme a los cuatro días, cuándo usar el tiempo fuera y cuándo no.

    Algunas de las técnicas que recoge la guía para padres de la UNAM (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017) son mucho más específicas de lo que uno esperaría:

    • Una instrucción a la vez. Nada de encadenar mandatos. Se da una, se espera a que termine, se da la siguiente.
    • Desglosar lo que suena simple. “Limpia tu cuarto” es una orden imposible, porque no dice por dónde se empieza. “Primero tiende tu cama”, después “guarda los juguetes en su caja”, después “la ropa sucia al cesto”.
    • Contacto visual antes de hablar. Pedirle que te mire, decir su nombre primero, no dar instrucciones desde otra habitación.
    • Que repita la instrucción con sus palabras antes de ejecutarla.
    • Elogio específico e inmediato. No “te portaste bien”, sino “qué bien que ordenaste tu libreta”. Es la recompensa que más rinde.
    • Instrucciones en positivo, diciendo qué sí hacer en lugar de qué está prohibido.
    • Tiempo fuera solo en situaciones límite acordadas de antemano, un minuto por año de edad, en un lugar sin distractores, y después conversar con calma.

    Lo interesante es cuánto de esto funciona sumado a lo demás. Una revisión sistemática paraguas de las intervenciones para el TDAH en la infancia encontró que las intervenciones conductuales producen mejoras moderadas a grandes en organización y manejo del tiempo, aunque su efecto sobre los síntomas centrales del TDAH es más modesto que el del fármaco (Türk et al., 2023). Traducido: la terapia conductual no apaga la inatención, pero sí cambia cómo funciona el día.

    Y hay un detalle que la guía de práctica clínica de la Academia Americana de Pediatría señala y que rara vez se comenta: los padres reportan mayor satisfacción con la terapia conductual que con el fármaco, y sus efectos tienden a persistir, mientras que los del medicamento cesan cuando se suspende (Wolraich et al., 2019).

    Si el problema más visible en tu casa es la desorganización, la regla 1-3-5 para organizar tareas es una de las técnicas concretas que se pueden empezar a aplicar esta semana.

    ¿Qué le corresponde hacer al colegio?

    Un programa individualizado, y está por escrito. La guía española lo pone en dos recomendaciones de grado B: los niños con TDAH precisan un programa de intervención individualizado en la escuela que incluya aspectos académicos, sociales y conductuales (7.2.2.1), y cuando el TDAH afecta de forma significativa la competencia académica, las escuelas deberían llevar a cabo adaptaciones para ayudarles en el aula (7.2.4.1).

    Esto importa para la conversación con el establecimiento. No estás pidiendo un favor ni un trato especial: estás pidiendo lo que la evidencia clínica indica como parte del tratamiento.

    Las adaptaciones habituales son poco espectaculares y bastante eficaces. Instrucciones cortas y verificadas, tiempo adicional en evaluaciones, sentarlo lejos de ventanas y puertas, dividir las tareas largas en partes con entregas intermedias, y un canal de comunicación regular entre el profesor jefe y la casa.

    ¿Cuánto mejora realmente la medicación?

    Bastante en conducta y atención observadas, y con más incertidumbre de la que se suele admitir. La revisión Cochrane más completa sobre metilfenidato en menores reunió 212 ensayos con 16.302 participantes, y encontró que el fármaco puede mejorar los síntomas de TDAH calificados por profesores, con una diferencia media de 10,58 puntos en la escala ADHD-RS (Storebø et al., 2023).

    Ese número tiene contexto y conviene leerlo entero. La misma revisión señala que la diferencia mínima que se considera clínicamente relevante en esa escala es de 6,6 puntos, así que 10,58 la supera con holgura. Pero los autores califican la certeza de la evidencia como muy baja en todos los desenlaces, principalmente porque los efectos adversos del metilfenidato son tan reconocibles que rompen el ciego de los estudios: padres y profesores adivinan quién está medicado. De los 212 ensayos, 191 fueron evaluados con alto riesgo de sesgo.

    La revisión Cochrane completa también encontró que el metilfenidato mejora la conducta general calificada por profesores, que no parece afectar los eventos adversos graves, y que no se demostró efecto sobre la calidad de vida.

    Nada de esto significa que la medicación no sirva. Significa que sirve para cosas concretas y medibles, y que quien te prometa que lo cambia todo está adornando.

    Lo que la medicación no hace (y casi nadie te lo dice)

    Aquí está el hallazgo más útil de esta guía, y es contraintuitivo. Un ensayo cruzado aleatorizado con 173 niños de 7 a 12 años evaluó si el metilfenidato mejora el aprendizaje de contenidos escolares nuevos. Cada niño recibió medicación durante una fase de instrucción y placebo durante la otra, con enseñanza diaria en grupos pequeños.

    El resultado: la medicación tuvo efectos grandes y significativos sobre la productividad en el puesto y la conducta en clase todos los días del período. Y ningún efecto detectable sobre cuánto aprendieron. Los niños aprendieron la misma cantidad de contenidos y de vocabulario estuvieran medicados o no (Pelham et al., 2022).

    Esa distinción cambia lo que se le puede pedir al fármaco. El metilfenidato hace que tu hijo esté en condiciones de aprender: sentado, atento, terminando lo que empieza. Enseñarle sigue siendo trabajo del colegio y del apoyo psicopedagógico. Es exactamente la razón por la que las guías insisten en el tratamiento combinado y no en la pastilla sola.

    Dosis y ajuste: cómo se llega a la dosis correcta

    Se empieza bajo y se sube despacio. Según la guía española, el metilfenidato de liberación inmediata se inicia con 2,5 mg o 5 mg según el peso, repartido en dos o tres tomas (desayuno, almuerzo y merienda), evitando darlo después de las 17:00 horas. Las presentaciones de liberación prolongada arrancan con una dosis única matinal: 18 mg las de tecnología osmótica, 10 mg las de pellets.

    El rango terapéutico general va de 0,5 a 2 mg/kg/día. Los incrementos en la liberación inmediata son de 2,5 a 5 mg por semana según tolerancia y respuesta, y el ajuste clínico general se hace de forma progresiva cada 1 a 3 semanas hasta alcanzar la dosis óptima, la remisión de los síntomas, o hasta que los efectos adversos impidan seguir subiendo.

    Que el proceso tarde algunas semanas es lo esperado, no una señal de que algo salió mal.

    ¿Qué efectos adversos tiene y qué hay que controlar?

    Los más frecuentes son los conocidos: menos apetito y problemas para dormir. La revisión Cochrane confirma que el metilfenidato puede causar más efectos adversos no graves que el placebo, con un riesgo relativo de 1,23, siendo los problemas de sueño y la disminución del apetito los típicos (Storebø et al., 2023).

    Lo que rara vez llega completo a las familias es el calendario de controles. La guía española lo especifica con precisión, y conviene tenerlo anotado:

    Qué se controla Cada cuánto
    Presión arterial, frecuencia cardíaca, peso y talla Antes de empezar, siempre (recomendación D 7.3.12.1)
    Talla Cada 6 meses
    Peso A los 3 meses, a los 6 meses, y luego cada 6 meses
    Presión arterial y frecuencia cardíaca Cada 3 meses, y además antes y después de cada cambio de dosis

    El peso y la talla deben registrarse de forma continua en una curva de crecimiento revisada por el médico responsable. Antes de iniciar el tratamiento también se buscan de forma activa antecedentes personales y familiares de enfermedad cardiovascular, síncope con el ejercicio u otros síntomas cardíacos.

    Si en los controles de tu hijo no se está midiendo esto con esa frecuencia, es razonable pedirlo.

    ¿La medicación afecta el crecimiento?

    Sí, algo, y menos de lo que se teme. Vale la pena separar el efecto durante el tratamiento del efecto sobre la estatura final, porque son cosas distintas.

    Durante el tratamiento el efecto está medido. El estudio MTA encontró que a los 2 años de seguimiento el grupo medicado tenía 1,38 cm menos de lo esperado y 1,3 kg menos de peso; a los 3 años, la diferencia acumulada era de 2 cm y 2,7 kg (recogido en GPC TDAH, 2010). Un metaanálisis de 2026 con 33 estudios confirmó reducciones significativas en el Z-score de talla, con una diferencia media de -0,13, y sus autores describen los tamaños de efecto como pequeños, recomendando monitorización individualizada (Cao et al., 2026).

    El efecto depende de la dosis: se ha observado retraso significativo del crecimiento a los 4 años con dosis superiores a 2,5 mg/kg/día, más pronunciado durante el primer año y atenuándose después. Las estimaciones de la guía sitúan la talla final en 1 a 3 cm por debajo de lo esperado en tratamiento continuado.

    Sobre la estatura adulta definitiva, una revisión centrada en talla final encontró que los estudios tempranos observaron supresión del crecimiento durante el tratamiento activo pero sin diferencias en la talla adulta final, mientras que el análisis del MTA sugiere que el uso prolongado de dosis significativas sí puede comprometer la talla final en el subgrupo de uso consistente (Wojnowski et al., 2022).

    Por eso la guía recomienda seguimiento regular del crecimiento (recomendación C 7.3.13.1) y asegurar un aporte nutricional adecuado si aparece falta de apetito.

    ¿Crea adicción? La pregunta que más asusta

    Es la duda que frena a muchas familias, y tiene una respuesta empírica sólida. Un estudio publicado en JAMA Psychiatry siguió a 579 niños diagnosticados entre los 7 y 9 años hasta una edad media de 25 años, con 10 evaluaciones a lo largo de 16 años.

    No encontró evidencia de que el tratamiento con estimulantes (ni el actual, ni el previo, ni más años de tratamiento, ni el tratamiento continuo sin interrupciones) se asociara con mayor consumo posterior de alcohol, marihuana, tabaco u otras sustancias. El resultado fue el mismo cuando el desenlace analizado fue el trastorno por consumo de sustancias (Molina et al., 2023).

    Ni protege ni aumenta el riesgo. Simplemente no es la variable que decide eso.

    ¿Cómo saber si el tratamiento está funcionando?

    Con mediciones repetidas, no con impresiones. Y ahí entra la escala que probablemente ya viste.

    La SNAP-IV es el cuestionario que más se usa en el seguimiento del TDAH, el mismo instrumento que se empleó en el estudio MTA. Entrega dos puntajes, uno de falta de atención y otro de hiperactividad e impulsividad, cada uno como un promedio por ítem entre 0 y 3. Su autor publicó puntos de corte distintos para padres y para profesores, porque un mismo niño se ve distinto en la mesa del comedor y en una sala con treinta compañeros.

    Esa hoja con números suele entregarse sin traducción. La herramienta de abajo la interpreta: le dices quién respondió y qué puntajes salieron, y te dice de qué lado del corte quedó cada subescala y cuánto cambió respecto de la medición anterior.

    Una advertencia antes de usarla. No reproduce los ítems de la escala ni sirve para evaluar a nadie desde cero: solo interpreta puntajes que ya tienes. Si buscas orientación inicial, eso es otra cosa y lo cubrimos en los tests de TDAH para niños y adultos.

    ¿Está funcionando el tratamiento? Intérprete de puntajes SNAP-IV

    Si el equipo que atiende a tu hijo usa la escala SNAP-IV para el seguimiento, aquí puedes traducir esos números a algo legible y compararlos con los de la vez anterior. No es un test: no reproduce los ítems ni sirve para diagnosticar. Solo interpreta puntajes que ya tienes.

    ¿Quién completó la escala?

    Puntajes actuales


    Puntajes anteriores (opcional)


    Los puntos de corte son los del propio autor de la escala (Swanson, 2007) y son distintos según quién responde, porque padres y profesores ven al niño en situaciones distintas. Un puntaje bajo el corte no significa que el TDAH desapareció, ni un puntaje sobre el corte que el tratamiento fracasó: quien decide eso es el equipo tratante, mirando además cómo le va en el colegio, en casa y con otros niños.

    Más allá del puntaje, la señal de que un tratamiento va bien es aburrida y cotidiana: las tareas tardan menos, hay menos llamados del colegio, las mañanas dejan de ser una negociación. Si a las pocas semanas de alcanzar la dosis óptima nada de eso se movió, es información para llevar al control, no para esperar sentado.

    ¿Cuánto dura el tratamiento? ¿Se puede dejar?

    Mientras siga siendo útil, y sí, se puede evaluar dejarlo. La guía española es explícita (recomendación B 7.3.15.1): el tratamiento con metilfenidato y atomoxetina debería continuarse en el tiempo mientras demuestre efectividad clínica. La guía de 2017 recomienda no interrumpirlo para evitar recaídas y mantener los resultados académicos.

    Interrumpir por cuenta propia tiene un costo previsible: los síntomas reaparecen rápido y el impacto se nota en lo familiar, lo social y lo escolar.

    Distinto es evaluar la suspensión de forma planificada. La guía contempla suspender el tratamiento durante períodos cortos de 1 a 2 semanas al año, de común acuerdo entre el médico y la familia, para valorar si los síntomas persisten o están en remisión. Y una revisión sobre discontinuación intencional de psicoestimulantes que analizó 35 artículos encontró que existe un subgrupo definido de niños y adolescentes que no recaen ni empeoran al retirar la medicación, lo que respalda considerar periódicamente ensayos de suspensión para determinar si sigue haciendo falta (Lohr et al., 2021).

    Sobre las llamadas vacaciones terapéuticas de fin de semana o de verano, la respuesta corta es que no se recomiendan de forma sistemática (recomendación 7.3.17.1). Sí se contemplan en dos situaciones: para reducir efectos adversos como la falta de apetito o la desaceleración del crecimiento, y cuando el desarrollo de peso y talla se ha visto afectado de forma significativa, donde conviene plantear un descanso durante las vacaciones escolares.

    ¿Qué tratamientos para el TDAH no tienen respaldo?

    Varios de los más ofrecidos. Esta sección existe porque el mercado alrededor del TDAH infantil es grande y las guías son inusualmente claras al respecto.

    • Dietas de eliminación de colorantes y aditivos. No recomendadas como tratamiento general aplicable (recomendación D 7.6.2.1).
    • Suplementos de omega-3 y omega-6. No se recomiendan como abordaje de aplicación general, porque la evidencia acumulada sobre su eficacia no es concluyente (recomendación D 7.6.2.2).
    • Homeopatía y medicina herbaria, incluidas flores de Bach e hierba de San Juan. No recomendadas: las revisiones de ensayos clínicos indican que carecen de efectividad sobre los síntomas frente al placebo (recomendación B 7.6.2.4).
    • Neurofeedback o biofeedback por EEG. No recomendado. La guía detalla que los estudios que lo defienden suelen estar cargados de sesgos metodológicos, efecto placebo e influencia de otros tratamientos simultáneos (recomendación B 7.6.2.4).
    • Entrenamiento cognitivo computarizado del tipo entrenamiento de memoria de trabajo. Produce mejoras grandes en las tareas de la propia pantalla, sin beneficios demostrados sobre los síntomas del TDAH en el aula ni sobre el funcionamiento ejecutivo diario que reportan padres y docentes.

    Ninguno de estos es peligroso en sí mismo. El costo es otro: tiempo, dinero y meses de tratamiento efectivo postergado.

    ¿Qué puedes hacer en casa desde esta semana?

    Cosas chicas y sostenidas. La guía para padres de la UNAM insiste en el entorno físico más de lo que uno esperaría:

    • Etiquetar los espacios. Colores, calcomanías o etiquetas en estantes y cajones para que cada cosa tenga un lugar identificable. Hacerlo junto al niño es parte del ejercicio.
    • Reglas acordadas por escrito, conversadas en familia y aplicadas igual por todos los adultos de la casa.
    • Límites claros de pantallas, y prohibición estricta antes de acostarse, porque desplazan y alteran el sueño.
    • Ejercicio diario de intensidad moderada: bicicleta, parque, saltar. Canaliza energía y ayuda con el ánimo.

    Nada de esto reemplaza al tratamiento. Todo esto hace que el tratamiento rinda más.

    ¿Cuándo consultar?

    Si tu hijo tiene un diagnóstico y llevas más de unas semanas sin ver cambios, si los efectos adversos están afectando su alimentación o su sueño de forma sostenida, si el colegio sigue sin implementar adaptaciones, o si aparecieron problemas emocionales o de conducta que antes no estaban, corresponde una revisión con el equipo tratante.

    También vale consultar cuando lo que se agotó eres tú. El entrenamiento parental existe justamente porque manejar el día a día del TDAH sin herramientas desgasta, y ese desgaste termina afectando al niño.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuál es el tratamiento para la hiperactividad en niños de 6 a 12 años?

    El tratamiento combinado: terapia conductual, adaptaciones escolares y medicación cuando el cuadro es moderado o grave. Para síntomas leves se empieza solo con intervención psicológica. El metilfenidato y la atomoxetina son los fármacos de primera elección según la guía española (recomendación A 7.3.2.1).

    ¿Cuánto tarda en hacer efecto la medicación para el TDAH?

    Los estimulantes actúan el mismo día en que se toman, pero encontrar la dosis correcta toma semanas. El ajuste se hace de forma progresiva cada 1 a 3 semanas hasta alcanzar la dosis óptima o hasta que los efectos adversos impidan subir más. Que el proceso tarde es lo normal.

    ¿La medicación para el TDAH afecta el crecimiento de mi hijo?

    Tiene un efecto medible y pequeño. Durante el tratamiento se han documentado alrededor de 2 cm y 2,7 kg menos de lo esperado a los 3 años, con efectos mayores a dosis altas y durante el primer año. Por eso la talla se controla cada 6 meses y el peso a los 3 y 6 meses.

    ¿Mi hijo va a tomar medicación toda la vida?

    No necesariamente. Se mantiene mientras demuestre efectividad clínica, y existe un subgrupo de niños que no recae al suspenderla. La guía contempla ensayos planificados de suspensión de 1 a 2 semanas al año, acordados con el médico, para evaluar si sigue haciendo falta.

    ¿Sirve el omega-3 para el TDAH?

    Las guías no lo recomiendan como abordaje general porque la evidencia sobre su eficacia no es concluyente (recomendación D 7.6.2.2). Lo mismo aplica a las dietas de eliminación de colorantes, la homeopatía y el neurofeedback.

    ¿Tomar estimulantes de niño aumenta el riesgo de adicciones después?

    No según la mejor evidencia disponible. Un seguimiento de 579 niños hasta los 25 años no encontró asociación entre el tratamiento con estimulantes y el consumo posterior de alcohol, marihuana, tabaco u otras sustancias, ni con el trastorno por consumo de sustancias.

    Un último punto

    El tratamiento del TDAH en niños de 6 a 12 años funciona mejor cuando la familia sabe qué esperar de cada parte: el fármaco ordena la conducta y la atención, el colegio enseña, y el trabajo con los padres cambia la dinámica diaria. Pedir lo que corresponde en cada frente, y medir si está funcionando, es la mitad del tratamiento.

    Si estás en ese punto, con un diagnóstico reciente o con un tratamiento que no termina de acomodarse, podemos ayudarte a ordenarlo. El acompañamiento a padres es parte del tratamiento, no un extra.

    Sobre el autor

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

    • Cao, M., Song, T., Hou, X., y Yu, X. (2026). Effect of methylphenidate on physical growth indicators in children and adolescents with attention-deficit/hyperactivity disorder: A systematic review and meta-analysis. Frontiers in Psychiatry, 17, 1794403. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2026.1794403
    • Coghill, D., Banaschewski, T., Cortese, S., Asherson, P., Brandeis, D., Buitelaar, J., … Simonoff, E. (2023). The management of ADHD in children and adolescents: Bringing evidence to the clinic. Perspective from the European ADHD Guidelines Group (EAGG). European Child & Adolescent Psychiatry, 32(8), 1337-1361. https://doi.org/10.1007/s00787-021-01871-x
    • Delgado Villegas, Y., y Esparza Meza, E. M. (2017). Guía para padres de niños con TDAH: ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México.
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Fundació Sant Joan de Déu.
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). (2017). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud.
    • Lohr, W. D., Wanta, J. W., Baker, M., Grudnikoff, E., Morgan, W., Chhabra, D., y Lee, T. (2021). Intentional discontinuation of psychostimulants used to treat ADHD in youth: A review and analysis. Frontiers in Psychiatry, 12, 642798. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2021.642798
    • Molina, B. S. G., Kennedy, T. M., Howard, A. L., Swanson, J. M., Arnold, L. E., Mitchell, J. T., … Vitiello, B. (2023). Association between stimulant treatment and substance use through adolescence into early adulthood. JAMA Psychiatry, 80(9), 933-941. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2023.2157
    • Pelham, W. E., Altszuler, A. R., Merrill, B. M., Raiker, J. S., Macphee, F. L., Ramos, M., … Pelham, W. E. (2022). The effect of stimulant medication on the learning of academic curricula in children with ADHD: A randomized crossover study. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 90(5), 367-380. https://doi.org/10.1037/ccp0000725
    • Storebø, O. J., Storm, M. R. O., Pereira Ribeiro, J., Skoog, M., Groth, C., Callesen, H. E., … Gluud, C. (2023). Methylphenidate for children and adolescents with attention deficit hyperactivity disorder (ADHD). Cochrane Database of Systematic Reviews, 3, CD009885. https://doi.org/10.1002/14651858.CD009885.pub3
    • Swanson, J. M. (2007). SNAP-IV 26-item teacher and parent rating scale. University of California, Irvine.
    • Türk, S., Korfmacher, A. K., Gerger, H., van der Oord, S., y Christiansen, H. (2023). Interventions for ADHD in childhood and adolescence: A systematic umbrella review and meta-meta-analysis. Clinical Psychology Review, 102, 102271. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2023.102271
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    • Wolraich, M. L., Hagan, J. F., Allan, C., Chan, E., Davison, D., Earls, M., … Zurhellen, W. (2019). Clinical practice guideline for the diagnosis, evaluation, and treatment of attention-deficit/hyperactivity disorder in children and adolescents. Pediatrics, 144(4), e20192528. https://doi.org/10.1542/peds.2019-2528

  • Síntomas de TDAH en niños por edad: qué se ve a los 3, a los 6 y a los 11 años

    Síntomas de TDAH en niños por edad: qué se ve a los 3, a los 6 y a los 11 años

    Cuando un papá o una mamá busca síntomas de TDAH en niños, casi siempre encuentra la misma lista de conductas, escrita como si diera igual que el niño tenga 4 años o 11. Y no da igual. El mismo trastorno se ve de una manera en un preescolar que se sube a los muebles y de otra completamente distinta en un chico de sexto básico que estudia la noche anterior y aun así se le olvida entregar el trabajo.

    Esa confusión tiene consecuencias concretas. A un niño que corre y grita se le detecta a los 6 o 7 años. A una niña callada que se distrae mirando por la ventana, muchas veces no se le detecta nunca, o se le detecta cuando ya arrastra años de sentirse tonta.

    Acá vas a encontrar qué se observa en cada etapa (3 a 5, 6 a 7, 8 a 12), por qué cambia, y qué separa una conducta esperable de una señal que vale la pena mirar. Más abajo hay una guía de observación por edad: eliges la etapa de tu hijo, marcas lo que ves, y te devuelve cómo se ordena eso según los tres requisitos que cualquier evaluación clínica revisa siempre. Toma unos tres minutos y no entrega un puntaje, por una razón que vas a entender antes de llegar ahí.

    La respuesta corta

    Los síntomas de TDAH en niños se agrupan en dos bloques (inatención e hiperactividad-impulsividad) que se mantienen toda la vida, pero cambian de forma con la edad: en preescolares dominan el movimiento y la impulsividad, entre los 6 y 7 años aparece el choque con las normas del aula, y entre los 8 y 12 la hiperactividad baja y quedan al frente la desorganización y el olvido. Para orientar una sospecha no basta con reconocer conductas: tienen que aparecer en dos ambientes, durar al menos seis meses e interferir de verdad.

    ¿Cómo se detecta si un niño tiene TDAH? Los tres requisitos que no cambian con la edad

    La lista de conductas es la parte fácil y también la que más engaña. Lo que decide si algo es un patrón de TDAH o un mal mes son tres condiciones que el DSM-5 exige revisar siempre, y que no cambian tenga el niño 5 años o 12.

    Que aparezca en dos ambientes o más. No sirve que solo pase en la casa, ni solo en el colegio. Si un niño se desarma únicamente en su sala de clases, lo primero a mirar es qué pasa en esa sala. La Guía de Práctica Clínica española sobre TDAH en niños y adolescentes lo plantea así: las dificultades no pueden ser situacionales (Grupo de trabajo de la GPC de TDAH, 2010).

    Que lleve al menos seis meses. Un cambio de colegio, una separación, un duelo o una mudanza pueden producir inatención e inquietud por sí solos, y esas reacciones son temporales. Por eso la duración importa tanto como la conducta.

    Que interfiera de verdad. Este es el requisito que más se salta la gente y el que más pesa. No basta con que el niño sea inquieto: tiene que haber una prueba clara de que eso le está costando algo, sea en las notas, en las amistades, en el ánimo o en la convivencia en casa. Un niño movido al que le va bien y tiene amigos no cumple este criterio.

    Hay un cuarto dato, que en un niño se cumple casi siempre y por eso aquí importa poco: el DSM-5 pide que los síntomas hayan aparecido antes de los 12 años. Ese criterio existe para diagnosticar adolescentes y adultos hacia atrás, no para un niño de primaria.

    El dato chileno que explica por qué las listas de síntomas se quedan cortas

    Acá está la parte incómoda. Un estudio realizado en Antofagasta con 640 escolares de 6 a 11 años midió la misma cosa desde dos ventanas distintas. Cuando respondían solo los padres, el 6% de los niños daba positivo. Cuando respondían solo los profesores, subía al 14,9%. Y cuando se exigía que ambos coincidieran y se aplicaban los criterios diagnósticos completos, la cifra caía a entre 1,3% y 2,5% (Urzúa et al., 2009).

    Es el mismo grupo de niños. Lo que cambia es quién mira.

    Ese hallazgo no es una rareza local. Una revisión sistemática de 75 estudios que evaluó 41 herramientas de cribado llegó a la misma conclusión desde otro ángulo: la precisión global de estas escalas es buena, pero ninguna alcanzó los estándares mínimos de sensibilidad y especificidad, y los autores cierran diciendo que una sola escala respondida por una sola persona difícilmente sirve para uso clínico ni para cribado poblacional (Mulraney et al., 2022).

    Traducido a lo que te sirve: la lista de síntomas que estás leyendo, respondida solo por ti, sobrestima. La respondida solo por el profesor, sobrestima todavía más. El dato bueno aparece cuando se cruzan las dos miradas, y por eso el artículo entero está armado alrededor de esa idea.

    Antes de los 5 años: por qué casi nada de lo que ves sirve todavía

    Buena parte de las búsquedas preguntan por TDAH en niños de 2 a 3 años, y ahí conviene ser franco: a esa edad no hay casi nada concluyente que mirar. Un preescolar de 4 años que no para quieto, toca todo y no espera su turno está, la mayor parte del tiempo, comportándose como un preescolar de 4 años. Esas conductas son propias de la etapa madurativa, y esa es exactamente la razón por la que a esta edad hay que ir con pies de plomo.

    ¿Qué describen las guías cuando el TDAH sí está presente a esta edad? Una hiperactividad que no depende del entorno: el niño se mueve igual en la casa, en la plaza o en una visita, y cambiar de lugar no lo calma. Una impulsividad que la Guía de Práctica Clínica describe como estar “controlado por los estímulos”, con una tendencia incesante a tocarlo todo. Y una consecuencia práctica que los padres suelen recordar bien: más accidentes y más golpes que otros niños de la misma edad (Grupo de trabajo de la GPC de TDAH, 2010; Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017).

    A esta edad la conducta por sí sola no separa nada, porque casi todos los preescolares la tienen en algún grado. Lo que orienta son tres cosas juntas: la intensidad, que persista al menos seis meses y que le esté generando un deterioro real en la familia, el jardín o el barrio.

    La edad media de aparición de los síntomas se sitúa entre los 4 y los 5 años, pero eso no equivale a la edad del diagnóstico. La propia GPC española de 2010 excluye de forma explícita a los niños de 3 a 5 años de su población objetivo, y la Academia Americana de Pediatría recomienda iniciar la evaluación desde los 4 años cuando hay preocupaciones académicas o conductuales claras.

    Hay algo que sí se puede hacer sin esperar ningún diagnóstico: la guía española sobre intervenciones terapéuticas recomienda el entrenamiento conductual a padres desde los 3 años (Grupo de trabajo de la GPC sobre las Intervenciones Terapéuticas en el TDAH, 2017). No requiere etiqueta previa y ayuda igual si al final resulta que no había TDAH.

    Entre los 6 y los 7 años: la edad en que el TDAH hace ruido

    Si buscaste déficit de atención en niños de 6 a 7 años, llegaste al tramo donde se concentran la mayoría de las consultas, y no por casualidad. El colegio es el primer lugar que le pide a un niño quedarse sentado cuarenta minutos, seguir instrucciones de tres pasos y esperar su turno para hablar. Un cerebro que todavía no regula bien eso choca de frente con el sistema.

    Lo que se ve en esta etapa es la parte ruidosa. Se levanta del puesto, se remueve en la silla, habla de más, interrumpe, responde antes de que le terminen la pregunta, le cuesta esperar en la fila. En casa, la escena típica es tener que repetir la misma instrucción cinco veces con la sensación de que no escucha, tareas empezadas y nunca terminadas, y objetos que desaparecen (el chaleco, la agenda, el estuche).

    Por eso la presentación hiperactivo-impulsiva es la que se diagnostica antes: molesta al curso, y lo que molesta se nota.

    Es también la etapa donde más conviene ser prudente con la interpretación. A los 6 años recién se está construyendo la capacidad de sostener la atención, y hay mucha variabilidad normal entre un niño y otro. La pregunta útil tiene tres partes: ¿le cuesta bastante más que a la mayoría de sus compañeros, en los dos lugares, y ya le está pasando la cuenta?

    Una advertencia sobre lo que vas a encontrar buscando: circulan listas de 14 síntomas de TDAH en niños, y el manual diagnóstico en realidad describe 18, nueve de inatención y nueve de hiperactividad-impulsividad. Si tu hijo está en este rango y quieres el detalle fino, el artículo sobre TDAH en niños de 6 a 12 años los recorre uno por uno.

    Entre los 8 y los 12 años: cuando baja el ruido y sube el problema

    Acá pasa algo que confunde a muchas familias: el niño se ve mejor y le va peor.

    La hiperactividad motora gruesa (correr, trepar, no poder quedarse sentado) se atenúa sola con la maduración y tiende a internalizarse. Lo que queda es inquietud por dentro: mover la pierna, jugar con cualquier cosa, aburrirse de manera constante. Al mismo tiempo, las demandas escolares se vuelven otra cosa. Ya no es una asignatura con una profesora, son varias materias, pruebas que hay que planificar con días de anticipación y materiales que hay que organizar solo.

    Ahí es cuando los déficits de funciones ejecutivas (memoria de trabajo, priorizar, planificar el tiempo) dejan de ser invisibles. Se traducen en tareas no entregadas, estudio dejado para el último día y un rendimiento bastante por debajo de lo que se le nota que puede.

    Esta trayectoria está bien documentada. Una revisión en Biological Psychiatry describe cómo los síntomas de hiperactividad-impulsividad disminuyen mientras la inatención persiste (Shaw y Sudre, 2021). Y un estudio naturalístico con 750 niños y adolescentes encontró algo todavía más contraintuitivo: los adolescentes puntuaban más bajo en síntomas nucleares de TDAH que los niños, pero tenían peor funcionamiento global, menos habilidades adaptativas y más ansiedad, síntomas depresivos y problemas sociales (De Rossi et al., 2023).

    Menos síntomas visibles, más daño acumulado. Es exactamente lo contrario de lo que sugiere el sentido común, y explica por qué tantas derivaciones llegan recién a esta edad.

    ¿Cómo se comporta un niño que tiene TDAH? Casa y colegio no ven lo mismo

    Ya viste el dato de Antofagasta. Ahora lo práctico: qué mirar en cada lado.

    En casa, las guías apuntan a conductas cotidianas y observables. Parece no escuchar cuando se le habla directo. No termina lo que empieza, sean tareas o encargos. Es olvidadizo con las rutinas diarias. Extravía cosas que necesita. Evita todo lo que exija esfuerzo mental sostenido. Se distrae con cualquier estímulo irrelevante. Comete errores por descuido en cosas que sí sabe hacer. En la parte impulsiva: baja tolerancia a la frustración, exige las cosas al momento, interrumpe conversaciones y se mete en los juegos de sus hermanos.

    En el colegio, en cambio, hay preguntas concretas que le puedes hacer al profesor jefe, y son las que de verdad le sirven a quien después evalúe:

    • ¿Mantiene la atención en las explicaciones y en el trabajo en clase?
    • ¿Cómo están la precisión y el orden en sus trabajos escritos y pruebas?
    • ¿Empieza, sostiene y termina las asignaciones dentro del tiempo de la clase?
    • ¿Se levanta del puesto o se remueve cuando se espera que esté sentado?
    • ¿Le cuesta hacer la transición de una actividad a otra?
    • ¿Cómo le va con los compañeros: hay peleas, discusiones, aislamiento?
    • ¿Cómo reacciona ante la frustración de una tarea difícil?

    Pedir “un informe” a secas suele traer de vuelta una frase genérica. Estas siete preguntas traen ejemplos, que es lo que hace falta.

    ¿Por qué a las niñas se les detecta años más tarde?

    El TDAH se diagnostica bastante más en varones, con proporciones que las guías sitúan entre 2,5 a 1 y 5,6 a 1. Una revisión general de 13 metaanálisis, con más de 3,2 millones de participantes, estimó una prevalencia global del 8% en niños y adolescentes, el doble en varones (10%) que en mujeres (5%), y encontró que la presentación inatenta es la más frecuente de las tres (Ayano et al., 2023).

    Esa brecha no es solo biológica: buena parte es un problema de detección.

    Las niñas tienden a manifestar más inatención que hiperactividad. La presentación inatenta es casi el doble de frecuente en ellas (30%) que en ellos (16%), y su perfil es justo el que no genera problemas de disciplina: una niña inactiva, obediente, lenta, de respuestas tardías. Como no interrumpe la clase, los profesores la detectan mucho menos (Grupo de trabajo de la GPC de TDAH, 2010).

    Se suma un segundo factor: ellas presentan menos trastornos del aprendizaje asociados y mejor capacidad lectora, lo que les permite compensar y disimular las dificultades atencionales durante los primeros años escolares. La cuenta llega después. Sin detección temprana, el riesgo se desplaza hacia trastornos de ansiedad (la comorbilidad más común en niñas con TDAH), baja autoestima y aislamiento al llegar a la adolescencia.

    Si tienes una hija y la sospecha se te aparece recién ahora, esto explica por qué no lo viste antes. No es que se te haya pasado: el cuadro estaba diseñado para pasar desapercibido.

    Guía de observación: síntomas de TDAH en niños por edad

    Hasta aquí leíste qué buscar y por qué cambia con la etapa. Esta herramienta ordena lo que observas: eliges la edad, marcas cada conducta según si la ves en un solo lugar o en los dos, y respondes tres preguntas sobre duración, interferencia y cambios recientes.

    No entrega puntaje ni banda, y es una decisión deliberada. Ninguna escala respondida por una sola persona alcanza la precisión necesaria para eso, así que ponerle un número sería darle una falsa exactitud a algo que no la tiene. Lo que sí hace es decirte cuáles de los tres requisitos formales están presentes en lo que describes, y qué hacer con eso.

    Respondan con calma y piensen en los últimos seis meses, no en la última semana mala.

    Guía de observación por edad

    Elige la edad de tu hijo o hija. Las conductas que verás abajo cambian según la etapa, porque el TDAH no se ve igual a los 4 años que a los 11. No entrega un puntaje ni un diagnóstico: ordena lo que observas según los tres requisitos que la evaluación clínica siempre revisa.



    Lo que se confunde con el TDAH a cada edad

    Antes de quedarse con la primera hipótesis, la evaluación clínica descarta varias cosas que producen exactamente los mismos síntomas visibles.

    Problemas de sueño. Las apneas, el síndrome de piernas inquietas y los movimientos periódicos de las extremidades deterioran la atención diurna. Un niño que duerme mal se ve inatento e irritable, y a veces también hiperactivo.

    Ansiedad y ánimo bajo. Los cuadros ansiosos y depresivos cursan con inquietud motora, agitación y fallas de concentración. Se separan con una exploración psicopatológica completa, no mirando la conducta desde afuera.

    Dificultades de aprendizaje. La dislexia y las dificultades específicas en matemáticas también terminan en bajo rendimiento y en evitación de las tareas. La forma de distinguirlo es una evaluación psicopedagógica que mire lectura, escritura y cálculo por separado.

    Visión y audición. Un niño que no ve bien la pizarra o no oye bien las instrucciones parece despistado. Por eso la exploración física con control auditivo y visual es un paso previo, no un trámite.

    Lo que está pasando en la casa. Estrés familiar, pautas educativas inconsistentes, un duelo, una separación reciente. Estas situaciones producen desatención y rebeldía que son reacciones, no un patrón neurobiológico crónico.

    Vale la pena una precisión: varias de estas condiciones no compiten con el TDAH, conviven con él. Que un niño duerma mal no descarta el diagnóstico. Solo significa que hay dos cosas que atender, y que tratar una sin la otra deja el trabajo a medias.

    Para entender cómo se distinguen las tres presentaciones del trastorno entre sí, está el artículo sobre la diferencia entre TDA y TDAH.

    ¿Qué pasa si la detección llega tarde?

    Entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico real pasa, en promedio, cerca de seis años. Esa demora tiene costos que se van acumulando.

    En lo académico, el rendimiento queda por debajo de la capacidad real del niño, con tareas incompletas y desorganización; a largo plazo aumenta el riesgo de repitencia, sanciones disciplinarias y deserción escolar.

    En lo emocional, el costo es más silencioso y probablemente peor. Un niño con TDAH no detectado recibe años de comentarios punitivos y etiquetas: flojo, desordenado, problemático, "no se esfuerza". Eso deteriora la autoestima y deja sentimientos de culpa, con mayor propensión a desarrollar ansiedad, episodios depresivos y retraimiento.

    En lo familiar, aparecen la autoculpabilidad de los padres, la hostilidad en la interacción y las tensiones de pareja. Muchas familias llegan a consulta agotadas de una guerra que llevan años peleando sin saber contra qué.

    Nada de esto es un argumento para diagnosticar rápido o de más. Es un argumento para no dejar la duda flotando durante años.

    Cuándo y a quién consultar en Chile

    Cuándo. Cuando las conductas aparecen en dos ambientes, llevan seis meses o más y le están costando algo concreto. Y antes de eso, sin esperar nada, si aparece rechazo a ir al colegio, angustia marcada o el ánimo se cae.

    A quién. Parte por el pediatra o el médico de cabecera, que evalúa y deriva. Para confirmar o descartar el diagnóstico hace falta un profesional con experiencia específica en TDAH y sus comorbilidades: pediatra del desarrollo, neurólogo infantil, psiquiatra infantil, psicólogo clínico o neuropsicólogo. En el sistema público chileno, el Ministerio de Salud tiene una guía clínica para la atención de niños y adolescentes con trastornos hipercinéticos que orienta el proceso.

    Qué llevar. Esto acorta bastante la evaluación:

    • La lista de conductas que observas, con desde cuándo, dónde ocurren y qué las mejora o empeora.
    • Notas, informes de conducta y actas de reuniones con profesores de los últimos dos años.
    • Antecedentes del embarazo, parto e hitos del desarrollo (cuándo caminó, cuándo habló).
    • Antecedentes familiares de TDAH u otros diagnósticos de salud mental. El componente hereditario es fuerte y esto pesa.
    • Enfermedades, alergias y cualquier medicamento o suplemento que esté tomando.

    Sobre las escalas: si te ofrecen un cuestionario, sirve. Pero sirve para lo que sirve. Las escalas tipo SNAP-IV o Conners son complementarias, cuantifican la intensidad y ayudan a seguir la evolución del tratamiento, y en ningún caso diagnostican por sí solas. El SNAP-IV, por ejemplo, tiene alta sensibilidad pero baja especificidad, o sea que marca positivo a muchos niños que no tienen el trastorno (Hall et al., 2020). Un metaanálisis en Pediatrics encontró rendimientos parecidos en las escalas más usadas, con sensibilidades entre 0,72 y 0,83 (Chang et al., 2016). A eso se suma un problema local: no existen baremos normalizados para población hispanohablante de varias de estas escalas, así que sus puntos de corte vienen de otras poblaciones y hay que leerlos con cuidado.

    Si quieres ver qué herramientas existen y cuáles se pueden usar en cada edad, están reunidas en la guía de tests de TDAH por edades y en la de tests para padres de niños y adolescentes. Y si lo que quieres saber es cómo es el proceso por dentro, está descrito en cómo se evalúa a un niño con TDAH.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se detecta si un niño tiene TDAH?

    No existe un examen único que lo detecte. El diagnóstico es clínico y combina entrevista con los padres y el niño, historia del desarrollo, información del colegio y descarte de otras causas. Para orientar la sospecha, las conductas deben aparecer en dos o más ambientes, durar al menos seis meses e interferir de forma clara en el funcionamiento del niño.

    ¿Cómo se comporta un niño que tiene TDAH?

    Depende de la edad. Entre los 3 y 5 años predominan el movimiento constante, la impulsividad y los accidentes frecuentes. Entre los 6 y 7 aparece el choque con las normas del aula: se levanta, interrumpe, no espera turno. Entre los 8 y 12 baja la hiperactividad visible y quedan la desorganización, los olvidos y el bajo rendimiento pese a la capacidad.

    ¿Se puede diagnosticar TDAH a los 3 años?

    Con mucha cautela y rara vez. A esa edad el movimiento y la impulsividad son propios del desarrollo, y las guías clínicas limitan el diagnóstico formal en preescolares. La Academia Americana de Pediatría plantea la evaluación desde los 4 años cuando hay preocupaciones claras. Lo que sí se puede hacer antes es el entrenamiento conductual a padres, recomendado desde los 3 años.

    ¿Cuántos síntomas hacen falta para diagnosticar TDAH?

    En niños, los criterios del DSM-5 piden seis o más síntomas de inatención y/o seis o más de hiperactividad-impulsividad, con una intensidad desadaptativa para su nivel de desarrollo, presentes durante al menos seis meses, iniciados antes de los 12 años, en más de un ambiente y con interferencia demostrable en el funcionamiento.

    ¿Por qué el TDAH se detecta más tarde en las niñas?

    Porque suelen tener presentación inatenta, que casi duplica su frecuencia respecto a los niños (30% frente a 16%). El perfil inatento es tranquilo y obediente, no genera problemas de disciplina y por eso pasa desapercibido en el aula. Además, ellas compensan mejor gracias a menos dificultades de aprendizaje asociadas y mejor capacidad lectora.

    ¿Sirve un test para saber si mi hijo tiene TDAH?

    Sirve para ordenar la observación y decidir si consultar, no para diagnosticar. Ninguna escala respondida por un solo informante alcanza la precisión mínima necesaria. Un estudio chileno lo mostró con claridad: el mismo grupo de escolares daba 6% con padres, 14,9% con profesores y entre 1,3% y 2,5% cuando se exigía que ambos coincidieran.

    Por dónde partir

    Si llegaste hasta acá con la sospecha instalada, lo más útil que puedes hacer esta semana no es buscar más listas de síntomas. Es conseguir la segunda mirada: escribirle al profesor jefe con las preguntas concretas de más arriba y anotar durante unas semanas qué ves en casa, cuándo y qué lo empeora.

    Con esas dos cosas en la mano, una consulta rinde el triple. Sin ellas, lo más probable es que el profesional te pida exactamente eso y tengan que volver a juntarse en un mes.

    Si prefieres revisarlo acompañado, puedes escribirnos para agendar una hora y mirar juntos lo que estás observando.


    Sobre el autor

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

    • American Academy of Pediatrics. (s.f.). Diagnóstico del TDAH en los niños: pautas e información para los padres. HealthyChildren.org. https://www.healthychildren.org/Spanish/health-issues/conditions/adhd/Paginas/diagnosing-adhd-in-children-guidelines-information-for-parents.aspx
    • Ayano, G., Demelash, S., Gizachew, Y., Tsegay, L., & Alati, R. (2023). The global prevalence of attention deficit hyperactivity disorder in children and adolescents: An umbrella review of meta-analyses. Journal of Affective Disorders, 339, 860-866. https://doi.org/10.1016/j.jad.2023.07.071
    • Chang, L. Y., Wang, M. Y., & Tsai, P. S. (2016). Diagnostic accuracy of rating scales for attention-deficit/hyperactivity disorder: A meta-analysis. Pediatrics, 137(3), e20152749. https://doi.org/10.1542/peds.2015-2749
    • De Rossi, P., D'Aiello, B., Pretelli, I., Menghini, D., Di Vara, S., & Vicari, S. (2023). Age-related clinical characteristics of children and adolescents with ADHD. Frontiers in Psychiatry, 14, 1069934. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2023.1069934
    • Delgado Villegas, Y., & Esparza Meza, E. M. (2017). Guía para padres de niños con TDAH: ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México.
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Fundació Sant Joan de Déu.
    • Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el TDAH. (2017). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud.
    • Hall, C. L., Guo, B., Valentine, A. Z., Groom, M. J., Daley, D., Sayal, K., & Hollis, C. (2020). The validity of the SNAP-IV in children displaying ADHD symptoms. Assessment, 27(6), 1258-1271. https://doi.org/10.1177/1073191119842255
    • Ministerio de Salud de Chile. (2008). Guía clínica: Atención integral de niñas/niños y adolescentes con trastorno hipercinético/trastorno de la atención. MINSAL. https://diprece.minsal.cl/wrdprss_minsal/wp-content/uploads/2016/02/8.-MINSAL_TRASTORNOS-HIPERCIN%C3%89TICOS-2008.pdf
    • Mulraney, M., Arrondo, G., Musullulu, H., Iturmendi-Sabater, I., Cortese, S., Westwood, S. J., Donno, F., Banaschewski, T., Simonoff, E., Zuddas, A., Döpfner, M., Hinshaw, S. P., & Coghill, D. (2022). Systematic review and meta-analysis: Screening tools for attention-deficit/hyperactivity disorder in children and adolescents. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 61(8), 982-996. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2021.11.031
    • Shaw, P., & Sudre, G. (2021). Adolescent attention-deficit/hyperactivity disorder: Understanding teenage symptom trajectories. Biological Psychiatry, 89(2), 152-161. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2020.06.004
    • Swanson, J. M. (2007). The SNAP-IV teacher and parent rating scale. University of California, Irvine.
    • Urzúa M., A., Domic S., M., Cerda C., A., Ramos B., M., & Quiroz E., J. (2009). Trastorno por déficit de atención con hiperactividad en niños escolarizados. Revista Chilena de Pediatría, 80(4), 332-338. https://doi.org/10.4067/S0370-41062009000400004
  • Dificultades de Aprendizaje en Niños: Causas, Consecuencias y Cómo Detectarlas

    Dificultades de Aprendizaje en Niños: Causas, Consecuencias y Cómo Detectarlas

    Por Terapia Online Chile

    Hay una frase que se repite en las reuniones de apoderados y en las consultas: “es inteligente, pero no se esfuerza”. Casi siempre se dice con cariño y casi siempre está equivocada. Cuando un niño de 6 a 12 años entiende todo lo que se habla en la mesa, arma puzzles complicados y aun así no logra leer de corrido, el problema no suele ser la voluntad.

    Esta guía es para ese momento en que sospechas algo pero no sabes cómo se llama. Vas a encontrar qué causa realmente las dificultades de aprendizaje (que no es lo que dice la mayoría de las páginas), qué consecuencias tienen cuando pasan años sin detectarse, y qué señales concretas se pueden observar en casa y en la sala de clases. Más abajo hay una pauta de observación para ordenar lo que ves antes de pedir una evaluación.

    La respuesta corta

    Las dificultades específicas del aprendizaje son de origen neurobiológico y altamente heredables, no producto de la pereza ni de una mala crianza. Afectan a una porción importante de la sala de clases: en una muestra poblacional europea de niños de 6 años evaluados uno por uno, el 10% tenía un trastorno del aprendizaje con dificultades de lectura, el 5,8% de escritura y el 3,11% de matemáticas (Francés et al., 2023).

    Lo que más pesa no es la dificultad en sí, sino el tiempo que pasa sin nombre. La señal de alarma real es una dificultad que lleva seis meses o más y persiste aunque el niño ya haya recibido apoyo dirigido.

    ¿Qué son y a cuántos niños afectan?

    Un trastorno específico del aprendizaje es una dificultad persistente para adquirir habilidades académicas concretas (leer palabras, comprender lo leído, escribir, calcular) en un niño cuyo funcionamiento intelectual general está dentro de rangos normales. La dislexia, la disgrafía y la discalculia no son tres enfermedades distintas: en el DSM-5 son especificadores dentro de una misma categoría, según qué área esté comprometida.

    Los números ayudan a dimensionarlo. El estudio más limpio que hay al respecto evaluó a toda la población de niños de 6 años de Menorca a través de la atención primaria pediátrica, con pruebas aplicadas de forma individual (WISC-V, CELF-5, PROLEC-R, TEDI-MATH). El 21,5% presentaba algún trastorno del neurodesarrollo, repartido así: 10% trastorno del aprendizaje con dificultades de lectura, 5,8% con dificultades de escritura, 3,11% con dificultades matemáticas y 14% TDAH (Francés et al., 2023).

    Para la dislexia específicamente, un metaanálisis de 18 estudios con 28.952 escolares de primaria estimó una prevalencia del 5,7% (IC 95%: 4,5 a 6,9), mayor en niños (7,5%) que en niñas (4%). Conviene leerlo con cuidado: esa muestra es iraní, no chilena, y el propio estudio muestra que el instrumento cambia mucho la cifra (un test informal detectaba 3,4% y un inventario de cribado 8,8%). Es un orden de magnitud internacional, no un dato local (Sakhai et al., 2025).

    Traducido a lo cotidiano: en un curso de 30 niños, es esperable que dos o tres tengan una dificultad específica del aprendizaje. Probablemente no todos estén identificados.

    ¿Qué causa las dificultades de aprendizaje?

    Aquí es donde la mayoría de los contenidos disponibles en internet se queda corta o directamente se equivoca. La respuesta corta es que el origen es neurobiológico y poligénico, con el ambiente modulando la expresión, no creándola.

    Se heredan, pero no hay un “gen de la dislexia”

    Que estas dificultades se transmiten en familias es de las cosas mejor establecidas del área. Lo que no existe es un gen único responsable. Una revisión que catalogó cuatro décadas de investigación genética reunió 175 genes candidatos asociados a la dificultad específica de lectura, y al analizar su conservación evolutiva y sus patrones de expresión encontró algo que ordena bastante las cosas: no existen genes específicos de la lectura. Lo que se altera son mecanismos neurales evolutivamente antiguos que el cerebro humano recicla para leer, una habilidad demasiado reciente en términos evolutivos como para tener genes propios. El análisis mostró además dos grupos de genes que se diferencian alrededor de las 24 semanas posconcepción: unos ligados al desarrollo de la morfología cerebral y otros a la señalización sináptica (Dobrynin et al., 2025).

    Los estudios de genética de imagen han logrado replicar algunos nombres concretos. Un metaanálisis de esta línea encontró resultados consistentes para los genes DCDC2, KIAA0319, FOXP2, SLC2A3 y ROBO1, asociados a características cerebrales de la red de lectura (Thomas et al., 2021).

    En la discalculia, la evidencia de heredabilidad es igual de sólida. Los estudios con gemelos reportan tasas de concordancia de 0,75 en gemelos monocigóticos y 0,56 en dicigóticos, y se conocen alteraciones genéticas que cursan con un déficit matemático severo dejando el lenguaje intacto, como los síndromes de Turner, Williams, X frágil, la neurofibromatosis tipo 1 y la deleción 22q11.2 (Rivas Torres y López Gómez, 2015).

    Con todo, la arquitectura genética sigue sin estar resuelta y se solapa con la de otros trastornos del neurodesarrollo, lo que explica por qué las comorbilidades son la regla y no la excepción (Georgitsi et al., 2021).

    El aviso aparece antes de aprender a leer

    Este es probablemente el hallazgo más útil para una familia. Un metaanálisis de 95 publicaciones sobre niños con riesgo familiar de dislexia mostró que estos niños presentan un desarrollo del lenguaje retrasado ya como bebés y preescolares, y dificultades en procesamiento fonológico, conocimiento de letras y velocidad de denominación antes de que la escuela les pida leer nada.

    Hay un detalle de ese trabajo que rara vez se menciona: los niños con riesgo familiar que terminan leyendo con normalidad igual rinden por debajo de los controles. El riesgo familiar no es un interruptor de sí o no: es un continuo que otros factores pueden amortiguar (Snowling y Melby-Lervåg, 2016).

    El mecanismo cognitivo mejor descrito es el déficit fonológico, y conviene precisar qué significa porque se malinterpreta seguido. No se trata solo de “conciencia fonológica”: esa es la punta del iceberg. Las alteraciones en el procesamiento de los sonidos del lenguaje oral aparecen mucho antes del inicio de la lectura. Y aceptar esta hipótesis no obliga a descartar otras: no pretende explicar toda la varianza de la habilidad lectora (Share, 2021).

    Qué se ve en el cerebro

    Los estudios de neuroimagen y los análisis morfológicos apuntan a un desarrollo atípico de redes neurocognitivas, no a una lesión. En la dislexia y los trastornos de la escritura se documentan anomalías estructurales y fallas de migración celular en regiones del hemisferio izquierdo encargadas del procesamiento lingüístico, incluido el giro angular. También se describen anomalías funcionales en el cuerpo calloso que impiden la inhibición transcallosal recíproca, con el hemisferio derecho interfiriendo en los procesos fonológicos del izquierdo.

    En la discalculia, el modelo del triple código de Dehaene y Cohen propone un circuito genéticamente determinado en el lóbulo parietal (el segmento horizontal del surco intraparietal) que sostiene el “sentido del número”: estimar cantidades de un vistazo, comparar magnitudes (Rivas Torres y López Gómez, 2015).

    Lo que el ambiente sí hace y lo que no

    Las dificultades específicas del aprendizaje son intrínsecas por definición: si el bajo rendimiento se explica mejor por ausentismo, por instrucción inadecuada o por no dominar el idioma de enseñanza, entonces no se diagnostica un trastorno del aprendizaje. Ese es el criterio D del DSM-5 y es un criterio de exclusión, no un matiz.

    Dicho eso, el entorno modula el cuadro de forma importante. La adquisición de destrezas académicas necesita que la maduración neurológica coincida con un ambiente rico en experiencias. Un andamiaje empobrecido, la privación lingüística o metodologías pedagógicas inadecuadas no crean una dislexia, pero pueden agravarla y, sobre todo, disparar un patrón secundario de ansiedad, baja autoestima e indefensión aprendida (Rivas Torres y López Gómez, 2015).

    Hay un dato de interacción que vale la pena tener presente: los lectores con dificultades y CI alto muestran una predisposición genética más marcada, mientras que los lectores pobres con CI bajo provienen con mayor probabilidad de entornos socioeconómicos vulnerables, con menos libros en el hogar y padres con menor nivel educativo.

    Lo que NO las causa

    Vale la pena decirlo con todas sus letras, porque estas explicaciones circulan mucho y hacen daño:

    • No son falta de inteligencia. El diagnóstico exige justamente que el funcionamiento intelectual esté en rangos normales. Además, el trastorno específico del aprendizaje se relaciona débilmente con el CI total (Fletcher y Miciak, 2024).
    • No son falta de esfuerzo. Casi siempre ocurre lo contrario: estos niños trabajan más que sus compañeros para conseguir menos.
    • No son culpa de la crianza. Ni de haber dejado pantallas, ni de no haber leído suficientes cuentos.
    • No son una etapa que se pasa sola. Esta es la creencia más costosa de todas, y la razón está en la sección de consecuencias.

    Señales de alerta según la edad

    Las señales cambian bastante entre el primer ciclo y el segundo, porque cambia lo que la escuela exige. Estas son conductas observables, no definiciones.

    Área 6 a 8 años (1.º a 3.º) 9 a 12 años (4.º a 6.º)
    Lectura Confunde letras simétricas (d/b, p/q, u/n); cambia el orden de las letras (lee “sapo” por “sopa”); lee silábico y sin entonación; se salta renglones; sigue el texto con el dedo Lee de corrido pero mecánicamente y no puede resumir; adivina el final de las palabras difíciles; evita leer en voz alta; no sabe usar un diccionario solo
    Escritura Mezcla mayúsculas y minúsculas en la misma palabra; omite tildes y puntuación; letra distorsionada; escribe números en espejo Se le agarrota la mano y se cansa rápido; cuaderno con tachones y márgenes irregulares; no alcanza a copiar de la pizarra; vocabulario muy pobre al redactar
    Matemáticas Sigue contando con los dedos; no logra memorizar series (meses, tablas); se confunde con unidades y decenas; no puede contar hacia atrás Invierte cifras largas (escribe 509 por 59); pierde la alineación de las columnas; resuelve al tanteo sin entender el enunciado; se angustia en las pruebas
    Ánimo Dolores de cabeza o estómago los días de colegio; llora en clases; dice que es tonto Evitación sistemática; conducta disruptiva para tapar la dificultad; se aísla o queda fuera del grupo

    Una señal aislada no significa nada. Lo que orienta es que varias se concentren en la misma área y se mantengan en el tiempo.

    Pauta de observación: señales de alerta de dificultades de aprendizaje

    Marca solo lo que hayas visto de forma habitual, no lo que pasó una vez. La pauta no entrega un puntaje ni un diagnóstico: ordena lo que observas para que puedas llevarlo a la evaluación.

    1. ¿Qué edad tiene?

    2. Marca las conductas que observas con frecuencia

    3. Dos preguntas que cambian la lectura de todo lo anterior

    Los criterios diagnósticos exigen que las dificultades persistan pese a haber recibido ayuda dirigida. Sin esto, lo marcado arriba no distingue una dificultad específica de una brecha de enseñanza.



      ¿Cómo saber si una persona tiene problemas de aprendizaje?

      Con criterios, no con una impresión. El DSM-5-TR exige que se cumplan los cuatro:

      1. Criterio A. Al menos una dificultad persistente durante seis meses o más, pese a haber recibido intervención dirigida, en alguna de estas seis áreas: lectura de palabras, comprensión lectora, ortografía, expresión escrita, sentido numérico o razonamiento matemático.
      2. Criterio B. El rendimiento académico está sustancial y cuantificablemente por debajo de lo esperado para la edad, confirmado con pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual más evaluación clínica.
      3. Criterio C. Empezó durante la etapa escolar, aunque puede hacerse evidente más tarde, cuando las exigencias superan la capacidad (por ejemplo, en pruebas cronometradas).
      4. Criterio D. No se explica mejor por discapacidad intelectual, problemas de visión o audición no corregidos, otro trastorno neurológico, adversidad psicosocial, no dominar el idioma de instrucción o instrucción inadecuada.

      Dos precisiones importantes. La primera: el DSM-5 no fija un punto de corte numérico único. No existe el “percentil mágico”; el diagnóstico se apoya en la síntesis de historia, observación e informes escolares, no en un puntaje suelto. La segunda: la evaluación cognitiva de rutina no aporta lo que se le suele atribuir. Una revisión sobre la evaluación de estas dificultades concluye que no hay evidencia de que aplicar baterías cognitivas de forma rutinaria agregue valor a la identificación ni al tratamiento, y propone un modelo híbrido: bajo rendimiento en pruebas normativas, respuesta a la instrucción y descarte de factores excluyentes (Fletcher y Miciak, 2024).

      Si quieres el detalle del proceso completo, lo tratamos aparte en la guía de evaluación de dificultades de aprendizaje y en los tests y materiales disponibles en PDF.

      ¿Y si el que sospecha eres tú, de adulto?

      Es una consulta más frecuente de lo que parece, normalmente después de que a un hijo lo evalúan. El propio DSM-5 lo contempla: a partir de los 17 años, la confirmación con pruebas estandarizadas puede sustituirse por una historia documentada de las dificultades. Sirven los cuadernos antiguos, los informes de notas, los comentarios de profesores.

      Que hayas llegado a la adultez no significa que la dificultad se haya ido. Una revisión de 26 estudios sobre estudiantes con dificultades de aprendizaje en educación superior encontró que persisten los problemas en lectura, escritura y ortografía, y que estos estudiantes presentan estrés, ansiedad y menor autoestima, con apoyos institucionales que no alcanzan a cubrir esas necesidades (Kuriakose y Amaresha, 2024).

      Consecuencias: por qué el tiempo importa tanto

      Esta es la parte que casi ningún contenido divulgativo cubre con datos, y es la que justifica actuar temprano.

      La autoestima se rompe entre los 8 y los 12 años

      El dato más contundente sobre el costo de esperar tiene que ver con el autoconcepto, y es sorprendentemente preciso: a los 8 años, los niños con dificultades de aprendizaje no muestran diferencias de autoconcepto con sus compañeros. A los 11 o 12 años, presentan un autoconcepto general, académico, social y físico significativamente inferior (Romero Pérez y Lavigne Cerván, 2005).

      Esos cuatro años son la ventana. Lo que se deteriora no es la habilidad lectora, que ya estaba comprometida, sino la idea que el niño tiene de sí mismo.

      El mecanismo es el fracaso repetido sin explicación. Cuando a un niño le va mal de forma constante y nadie le dice por qué, empieza a desvincularse del estudio y llega a lo que los autores llaman indefensión aprendida: asume que el resultado no depende de lo que haga y adopta un estilo de aprendizaje pasivo. Deja de intentarlo, y eso agrava el desajuste escolar de forma crónica.

      Estigma, ansiedad y conducta

      Los efectos están cuantificados. Una revisión sistemática de 16 estudios sobre estigma en personas con dificultades específicas del aprendizaje encontró que un mayor estigma se asocia de forma significativa con menor autoestima (r = -0,39; p = 0,002). Las asociaciones con el rendimiento académico resultaron más dispares y menos consistentes, lo que sugiere que el daño principal del estigma es emocional antes que académico (Haft et al., 2023).

      Sobre la ansiedad, un metaanálisis preregistrado con 64 estudios, 14.467 participantes de 14 países encontró una correlación negativa moderada entre ansiedad lectora y rendimiento en lectura (r = -0,30). Un detalle relevante: tener o no un diagnóstico de dificultad de aprendizaje no moderó esa relación, ni tampoco el sexo ni la edad. Los propios autores advierten que aún no se puede establecer qué causa qué (Johnson et al., 2026).

      Y la conducta que suele leerse como mala intención muchas veces es otra cosa. Un metaanálisis correlacional en escolares de 5 a 12 años (33 estudios, 88 tamaños de efecto) encontró una asociación negativa significativa entre habilidad lectora y conducta externalizante (r = -0,17). Es un efecto pequeño pero consistente, y el nivel socioeconómico de la muestra no lo explicaba (Pickren et al., 2024).

      Molestar a los compañeros, hacer el payaso o contestarle al profesor son estrategias defensivas: es preferible que te castiguen por desordenado a que te descubran por no poder.

      Aislamiento, deserción y familia

      Cuando esto se prolonga, aparecen el rechazo de los compañeros, más sentimientos de soledad en secundaria y mayor probabilidad de ser víctima de agresiones. En el extremo, si las dificultades no se detectan antes de los 8 años, la brecha curricular se vuelve muy difícil de recuperar y se convierte en un factor determinante del fracaso y el posterior abandono escolar (Romero Pérez y Lavigne Cerván, 2005).

      El costo tampoco se queda en el niño. Una revisión sistemática de 15 estudios sobre padres y madres trabajadores de niños con dificultades específicas del aprendizaje documentó niveles elevados de estrés y dificultades para conectarse con redes de apoyo, mientras lidian con la mirada social sobre la condición de su hijo (Vitthal et al., 2026).

      Qué hacer si reconoces varias señales

      Un orden que funciona:

      1. Registra por escrito. Conductas concretas, con fecha y contexto. “No entiende lo que lee” es difícil de evaluar; “leyó tres párrafos y no pudo decir de qué se trataba, 12 de agosto” es un dato.
      2. Habla con el profesor jefe. Contrasta si en la sala se ve lo mismo. La discrepancia entre casa y colegio también es información útil.
      3. Pide el apoyo escolar antes de pedir el diagnóstico. Suena al revés, pero el criterio A exige que la dificultad persista pese a la intervención. Ese apoyo forma parte del propio proceso diagnóstico.
      4. Consulta al pediatra y descarta lo simple primero. Visión y audición. Es más frecuente de lo que se cree y es el criterio D.
      5. Solicita la evaluación formal. En Chile, las dificultades específicas del aprendizaje están reconocidas como necesidades educativas especiales de carácter transitorio dentro del Decreto 170 y el Programa de Integración Escolar, que regula qué evaluaciones se requieren y a qué apoyos se accede.

      Si quieres ubicar primero de qué tipo de dificultad podría tratarse, la guía de trastornos del aprendizaje, tipos y ejemplos te ubica. Y si además ves problemas marcados de atención, conviene revisar la guía de TDAH en niños de 6 a 12 años, porque la comorbilidad es alta y cambia el plan de apoyo.

      Si prefieres conversarlo con un profesional antes de mover algo en el colegio, puedes escribirnos.

      Preguntas frecuentes

      ¿Los problemas de aprendizaje se curan?

      No se “curan” porque no son una enfermedad aguda: son una forma distinta de procesar cierta información, de base neurobiológica. Lo que sí cambia, y mucho, es el pronóstico funcional. Con identificación temprana, intervención específica y adecuaciones, un niño con dislexia puede llegar a la educación superior. Lo que no se revierte fácilmente es el daño al autoconcepto cuando pasaron años sin explicación.

      ¿A qué edad se puede diagnosticar?

      El criterio A exige seis meses de dificultades pese a haber recibido apoyo, así que el diagnóstico formal suele hacerse una vez iniciada la enseñanza sistemática de la lectura y el cálculo. Eso no significa esperar de brazos cruzados: los indicadores de riesgo son visibles antes, y la evidencia sobre riesgo familiar muestra señales en el lenguaje desde preescolar.

      ¿Es lo mismo dificultad de aprendizaje que TDAH?

      No. El TDAH afecta la atención, la impulsividad y la regulación de la actividad; el trastorno específico del aprendizaje afecta habilidades académicas concretas. Pueden coexistir y de hecho lo hacen con frecuencia, porque comparten parte de su arquitectura genética. Por eso una buena evaluación revisa ambos.

      Mi hijo lee bien pero no entiende lo que lee. ¿Cuenta?

      Sí. La comprensión lectora es una de las seis áreas del criterio A, separada de la lectura de palabras. Un niño puede decodificar con fluidez y no construir significado. En el segundo ciclo es justamente uno de los patrones más frecuentes y más pasados por alto, porque “lee bien” en voz alta.

      ¿Puede aparecer de un año a otro?

      Un trastorno específico del aprendizaje no aparece de golpe, pero puede hacerse evidente de golpe: el criterio C contempla que se manifieste plenamente cuando las exigencias superan la capacidad. Un cambio brusco de rendimiento sin historia previa obliga a pensar también en otras causas (visión, audición, ánimo, un evento vital), y eso lo revisa el criterio D.

      ¿Sirven los tests que hay en internet?

      Sirven para ordenar lo que observas y para llegar mejor preparado a la consulta, que no es poco. No sirven para diagnosticar: el criterio B exige pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual por un profesional. Desconfía de cualquier test online que entregue un diagnóstico o un puntaje de corte.

      Referencias

      Dobrynin, P., Zeng, Y., Norkina, M., Fedorova, A., Zhuk, A., y Grigorenko, E. L. (2025). Four decades of inquiry into the genetic bases of specific reading disability. Journal of Speech, Language, and Hearing Research, 68, 5158-5173. https://doi.org/10.1044/2025_jslhr-25-00050

      Fletcher, J. M., y Miciak, J. (2024). Assessment of specific learning disabilities and intellectual disabilities. Assessment, 31(1), 53-74. https://doi.org/10.1177/10731911231194992

      Francés, L., Ruiz, A., Soler, C. V., Francés, J., Caules, J., Hervás, A., y Quintero, J. (2023). Prevalence, comorbidities, and profiles of neurodevelopmental disorders according to the DSM-5-TR in children aged 6 years old in a European region. Frontiers in Psychiatry, 14, 1260747. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2023.1260747

      Georgitsi, M., Dermitzakis, I., Soumelidou, E., y Bonti, E. (2021). The polygenic nature and complex genetic architecture of specific learning disorder. Brain Sciences, 11(5), 631. https://doi.org/10.3390/brainsci11050631

      Haft, S. L., Greiner de Magalhães, C., y Hoeft, F. (2023). A systematic review of the consequences of stigma and stereotype threat for individuals with specific learning disabilities. Journal of Learning Disabilities, 56(3), 193-209. https://doi.org/10.1177/00222194221087383

      Johnson, R. M., Schaefer, M., Norris, C. U., Wagner, R. K., y Hart, S. A. (2026). The association between reading anxiety and reading achievement: A meta-analysis and systematic review. Psychological Bulletin, 152, 288-325. https://doi.org/10.1037/bul0000517

      Kuriakose, A., y Amaresha, A. C. (2024). Experiences of students with learning disabilities in higher education: A scoping review. Indian Journal of Psychological Medicine, 46(3), 196-207. https://doi.org/10.1177/02537176231200912

      Pickren, S. E., Torelli, J. N., Miller, A. H., y Chow, J. C. (2024). The relation between reading and externalizing behavior: A correlational meta-analysis. Annals of Dyslexia, 74(2), 158-186. https://doi.org/10.1007/s11881-024-00307-w

      Rivas Torres, R. M., y López Gómez, S. (2015). Dificultades en el desarrollo y del aprendizaje. Pearson Educación.

      Romero Pérez, J. F., y Lavigne Cerván, R. (2005). Dificultades en el aprendizaje: Unificación de criterios diagnósticos. Vol. I: Definición, características y tipos. Junta de Andalucía, Consejería de Educación.

      Sakhai, F., Mazaheri, S., Golmohammadi, G., y Asadollahpour, F. (2025). Prevalence of developmental dyslexia among primary school children in Iran: A systematic review and meta-analysis. Iranian Journal of Psychiatry, 20(2), 223-240. https://doi.org/10.18502/ijps.v20i2.18204

      Share, D. L. (2021). Common misconceptions about the phonological deficit theory of dyslexia. Brain Sciences, 11(11), 1510. https://doi.org/10.3390/brainsci11111510

      Snowling, M. J., y Melby-Lervåg, M. (2016). Oral language deficits in familial dyslexia: A meta-analysis and review. Psychological Bulletin, 142(5), 498-545. https://doi.org/10.1037/bul0000037

      Thomas, T., Khalaf, S., y Grigorenko, E. L. (2021). A systematic review and meta-analysis of imaging genetics studies of specific reading disorder. Cognitive Neuropsychology, 38(3), 179-204. https://doi.org/10.1080/02643294.2021.1969900

      Vitthal, T. M., Srivastava, A., Kumar, R., Tamarana, R., y Mukherjee, S. (2026). Care demands and professional commitments of parents of children with specific learning disabilities: A systematic review. Frontiers in Public Health, 14, 1705478. https://doi.org/10.3389/fpubh.2026.1705478

      Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Nicolás Alcayaga

      Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

      Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    • Inteligencia Emocional en Niños: Qué Es y Cómo Desarrollarla por Edades

      Inteligencia Emocional en Niños: Qué Es y Cómo Desarrollarla por Edades

      Tu hijo se tira al suelo en el supermercado y no logras que te escuche. O llega del colegio callado y, cuando le preguntas qué pasó, te dice “nada”. Cuesta saber si eso es parte del desarrollo normal o si conviene hacer algo.

      La buena noticia es que la inteligencia emocional en niños no es un rasgo con el que se nace y punto: es un conjunto de habilidades que se aprenden, y hay bastante investigación sobre qué las hace crecer. La menos buena es que casi todo lo que circula en internet sobre el tema son consejos sueltos sin ningún respaldo detrás.

      Acá vas a encontrar lo contrario. Primero, qué habilidad emocional aparece a cada edad y cuándo aparece de verdad, según los estudios de desarrollo. Después, qué intervenciones han demostrado funcionar (con su tamaño de efecto real, no con promesas). Y en el medio hay una guía interactiva por edades: eliges la edad de tu hijo y te muestra qué es esperable a esa altura, qué puedes hacer con respaldo y qué señales ameritan consultar. Toma menos de un minuto, pero conviene entender lo que viene antes para leer bien lo que te muestre.

      Respuesta rápida

      La inteligencia emocional en niños es la capacidad de percibir, comprender y manejar emociones, propias y ajenas. Se desarrolla por etapas: reconocer caras emocionales desde los primeros días, nombrar emociones entre el año y los dos, entender causas entre los 2 y medio y los 5, y comprender emociones mezcladas entre los 7 y los 10 años. Se fomenta con validación emocional en casa y programas socioemocionales en la escuela, ambos con respaldo empírico.

      ¿Qué es exactamente la inteligencia emocional en niños?

      La inteligencia emocional es la capacidad de percibir emociones, usarlas para pensar, comprender qué significan y manejarlas. Esas son las cuatro ramas del modelo de habilidades de Mayer, Salovey y Caruso, el más aceptado en investigación académica (Mayer, Salovey y Caruso, citados en Bar-On y Parker, 2021).

      Existen otras dos formas de mirarla. Goleman (2009) propuso un modelo mixto más amplio, que suma autoconciencia, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales. Bar-On (2021), por su parte, la organiza en cinco áreas: intrapersonal, interpersonal, manejo del estrés, adaptabilidad y estado de ánimo general, con competencias como la tolerancia al estrés, el control de impulsos y la prueba de realidad.

      Para un padre o una madre la diferencia entre modelos importa poco, y la investigación sobre inteligencia emocional infantil se apoya en los tres. Lo que sí importa es esto: los tres coinciden en que la inteligencia emocional aumenta con la maduración y que se puede entrenar. No es un rasgo fijo. Si quieres el detalle de cada componente, lo desarrollamos en la guía sobre los elementos de la inteligencia emocional y en la página pilar sobre inteligencia emocional.

      ¿A qué edad se desarrolla cada habilidad emocional?

      Las habilidades emocionales no aparecen todas juntas. Siguen una secuencia bastante estable, documentada en estudios de desarrollo, y conocerla te ahorra frustraciones: pedirle a un niño de 3 años que entienda que puede estar triste y contento a la vez es pedirle algo que su cerebro todavía no hace.

      HabilidadEdad en que suele aparecer
      Discriminar alegría, tristeza y sorpresa en la cara de un adultoPrimeros días de vida (Scharfe, 2021, citando a Field et al., 1982)
      Regular el malestar mirando hacia otro lado o buscando consueloPrimeros meses (Scharfe, 2021)
      Producir palabras para describir estados afectivosEntre los 12 meses y los 2 años (Saarni, 2021)
      Entender que otra persona puede sentir algo distinto a lo que uno sienteAlrededor de los 2 años (Goleman, 2009; Saarni, 2021)
      Comprender qué situación provoca cada emociónEntre los 2 años y medio y los 5 (Saarni, 2021)
      Disimular una emoción negativa (sonreír ante un regalo decepcionante)Aparece a los 3 años, se consolida hacia los 10 (Scharfe, 2021)
      Usar vocabulario emocional complejo (“celoso”, “avergonzado”)Alrededor de los 5 años (Hunt y Crow, 2001, citados en Park et al., 2004)
      Entender emociones mezcladas hacia una misma personaEntre los 7 y los 10 años (Saarni, 2021)

      Hay un matiz que casi nadie menciona y que conviene tener claro antes de comparar a tu hijo con una tabla. Las listas de hitos que usa la American Academy of Pediatrics desde su revisión de 2022 marcan lo que hace al menos el 75% de los niños a cierta edad (Zubler et al., 2022). La biblioteca MedlinePlus, de los Institutos Nacionales de Salud, resume en español el desarrollo esperable por etapa. Eso significa que hasta un 25% de niños perfectamente sanos puede no haber alcanzado un hito sin que eso indique nada malo. Las listas sirven para vigilar, no para diagnosticar.

      El dominio socioemocional es uno de los cuatro que la AAP recomienda seguir en cada control de niño sano, junto con lenguaje, cognición y motricidad. Si te interesa el cuadro completo por dominios, lo revisamos en la guía de evaluación del desarrollo infantil.

      Guía interactiva: qué esperar y qué hacer según la edad

      Elige la edad de tu hijo y verás tres cosas: lo que suele aparecer a esa altura, qué puedes hacer con respaldo empírico, y qué señales conviene conversar con un profesional. No entrega puntajes ni etiquetas, porque no existe un test casero que los dé con seriedad (más abajo explico por qué).

      Guía por edades: qué esperar y qué hacer

      Elige la edad de tu hijo o hija. No entrega puntajes ni etiquetas: es una guía de observación basada en hitos publicados.

      Cómo leer esto. Los hitos del desarrollo marcan lo que hace al menos el 75% de los niños a esa edad (Zubler et al., 2022). Hasta uno de cada cuatro niños sanos puede no haber alcanzado uno sin que eso signifique nada. Esta guía sirve para observar y para saber qué preguntar, no para diagnosticar.

      ¿Cómo desarrollar la inteligencia emocional en niños? Lo que funciona de verdad

      Acá es donde la mayoría de los artículos se llenan de listas de "10 actividades mágicas" sin una sola fuente. La evidencia es más modesta y más útil: lo que ha demostrado funcionar son programas completos, no ejercicios sueltos, y actúan por dos vías, la casa y la escuela.

      En casa: tomarse en serio lo que el niño siente

      John Gottman y Carole Hooven (1994) siguieron a niños desde los 5 hasta los 9 años observando cómo respondían sus padres a las emociones difíciles. Encontraron un estilo que llamaron entrenamiento emocional, y los hijos de esos padres tenían ventajas notorias frente al resto (citados en Goleman, 2009).

      ¿Qué hacen distinto esos padres? Cuatro cosas concretas:

      • Toman en serio el sentimiento. Parten de que todos los sentimientos son válidos, aunque no todos los comportamientos lo sean.
      • Ayudan a poner el sentimiento en palabras y a distinguir matices ("¿estás triste porque Tomás no te dejó jugar, o enojado?").
      • No castigan la emoción. No reprimen la rabia con más rabia ni se burlan del llanto.
      • Guían hacia una salida distinta ("en vez de pegarle, ¿qué tal si juegas con otra cosa hasta que se te pase?").

      Los resultados que reportaron van más allá de la conducta: esos niños mostraban menores niveles de hormonas del estrés, mejor tono vagal, más popularidad entre sus pares y, manteniendo el CI constante, mejores puntajes en lectura y matemáticas a los 9 años (citados en Goleman, 2009).

      Esto no se queda en un estudio clásico. Un metaanálisis de 43 estudios con niños de 0 a 18 años encontró que las intervenciones de crianza centradas en el apego y las emociones reducen tanto los problemas de conducta hacia afuera (SMD = -0,17) como los síntomas hacia adentro, ansiedad y tristeza (SMD = -0,34), y que el efecto seguía presente seis meses después o más (Jugovac et al., 2022). Los programas que se propusieron explícitamente mejorar la salud mental del niño funcionaron mejor que los que no.

      También hay evidencia de que esto se puede enseñar rápido y a distancia. En el primer ensayo aleatorizado del programa Tuning in to Kids, 141 familias con hijos de 3 a 6 años hicieron seis sesiones grupales online. Mejoraron las creencias de los padres sobre las emociones, su forma de reaccionar ante la emoción negativa del hijo y el clima emocional de la casa, y las mejoras seguían a los seis meses; el grupo en lista de espera no cambió (Burkhardt et al., 2024). El efecto sobre la conducta del niño fue pequeño, conviene decirlo.

      Por qué funciona tiene una base biológica razonable. Schore (1994) describió un periodo entre los 10 y los 18 meses en que la sintonía y el consuelo constante de los cuidadores acompañan la maduración de la corteza orbitofrontal y sus conexiones con la amígdala, la estructura que dispara la alarma (citado en Bar-On y Parker, 2021). Dicho de otro modo: la calma prestada de hoy es el interruptor propio de mañana. Una revisión reciente sobre cómo se transmite la emoción en la díada padre-hijo documenta esos mecanismos con métodos actuales: atención visual a las caras emocionales, activación prefrontal medida con fNIRS y sincronía de cortisol entre madre e hijo (Christou y Bacopoulou, 2025).

      En la escuela: los programas socioemocionales

      La educación emocional de niños en el colegio tiene nombre propio en la literatura: programas de aprendizaje socioemocional, o SEL. Llevan décadas aplicándose. El currículo Self Science enseña a identificar el vocabulario de sentimientos y a vincular pensamientos con reacciones. PATHS, aplicado en escuelas de Seattle de primero a quinto básico, trabaja la autorregulación y la identificación de sentimientos complejos como celos, culpa y orgullo, y reportó aumentos en tolerancia a la frustración y reducciones en tristeza y ansiedad autoinformadas. Zippy's Friends, para niños de 6 años, mejoró cooperación, empatía y autocontrol (Goleman, 2009; Park et al., 2004).

      De ahí sale, por cierto, la famosa técnica del semáforo: rojo para parar, amarillo para pensar alternativas, verde para actuar (Goleman, 2009).

      ¿Cuánto rinden estos programas? Un metaanálisis de 52 estudios con casi 14.000 estudiantes encontró un efecto medio global (ES = 0,56), y el efecto más fuerte estaba justamente donde debía: en las habilidades socioemocionales (ES = 0,63), por encima del rendimiento académico (0,34), la conducta (0,31) y las actitudes (0,24) (Lin et al., 2026). Los propios autores advierten que la mayoría eran diseños cuasi-experimentales con muestras pequeñas, así que esa cifra refleja lo que se logra en condiciones controladas más que en un aula cualquiera.

      Sobre las notas conviene bajar las expectativas. Otro metaanálisis, con 24.510 escolares, encontró un efecto pequeño en rendimiento académico general (g = 0,08), algo mayor en promedio de calificaciones (g = 0,33), y detectó que los estudios cuasi-experimentales daban efectos más grandes que los ensayos aleatorizados (Zhao y Sang, 2025). Traducido: los programas SEL mejoran habilidades emocionales bastante, y las notas apenas un poco.

      ¿Sirve de algo a largo plazo o se olvida?

      Esta es la pregunta que un padre hace con razón: si mi hijo tiene 4 años, ¿esto le va a servir en algo cuando tenga 15?

      Hay un ensayo que responde justo eso. El programa REDI se aplicó en aulas de Head Start a 356 niños de unos 4 años y medio, asignados al azar a intervención o práctica habitual, y los siguieron hasta la enseñanza media. Los que habían pasado por el programa mostraban menos síntomas emocionales en secundaria según sus profesores (d = 0,41) y menos problemas de conducta (d = 0,27), y esos beneficios estaban mediados por las mejoras tempranas en aprendizaje socioemocional, ajuste social e implicación de los padres (Bierman et al., 2025). No hubo efecto directo sobre las notas ni sobre graduarse a tiempo, aunque sí indirecto.

      Ese patrón es coherente con lo que ya se sabía. Un estudio longitudinal de la Universidad de Delaware comprobó que el conocimiento emocional medido a los 5 años en niños vulnerables predecía sus habilidades sociales y su competencia académica a los 9, con independencia de su temperamento o su habilidad verbal (Izard et al., 2001, citados en Park et al., 2004).

      Y a escala poblacional, un metaanálisis de segundo orden que reunió 62 metaanálisis y más de un millón de participantes encontró que la inteligencia emocional se asocia de forma consistente con mejor salud mental (r = 0,28), asociación estable entre grupos de edad y culturas (Robinson y Zell, 2026). Es una correlación, no una relación causal, pero apunta en la misma dirección.

      ¿Se puede medir la inteligencia emocional de un niño?

      Con matices. Existe un cuestionario validado para niños de 8 a 13 años, el TEIQue-CF, forma infantil del Trait Emotional Intelligence Questionnaire. Una revisión sistemática de 40 estudios confirmó que entrega resultados fiables y que sus puntuaciones se relacionan con la vida escolar del niño, sus relaciones y su creatividad (Özal et al., 2024). Lo aplica un profesional, no se responde en una web.

      Ahora la parte incómoda. Una revisión sistemática de 516 estudios sobre medición de la regulación emocional en menores de 15 años encontró que solo el 5% aportaba evidencia de validez de la medida usada, el 62% de fiabilidad y el 20% de objetividad, y que el 90% se apoyaba en una sola medida (Bunz et al., 2026). El campo está mucho menos asentado de lo que sugieren los tests de internet.

      Por eso acá no vas a encontrar un test con puntaje. Un cuestionario que suma respuestas y devuelve "tu hijo tiene inteligencia emocional media" sin baremos publicados detrás no mide nada: pone una etiqueta. Si te interesa ver cómo se evalúan en serio las habilidades relacionadas, revisamos los instrumentos reales en la guía de evaluación de la regulación emocional y en los tests de habilidades sociales por edades.

      ¿Cuándo conviene consultar a un profesional?

      La mayoría de las dificultades emocionales de la infancia son parte del camino. Una rabieta a los 2 años es un hito del desarrollo, no un problema. Dicho eso, hay señales que la American Academy of Pediatrics recomienda no dejar pasar (Zubler et al., 2022; Lipkin y Macias, 2020):

      • Antes del año: ausencia de sonrisa social hacia los 2 o 3 meses, ausencia de seguimiento visual.
      • Entre 1 y 3 años: ausencia de juego simbólico o de interés social por otros niños.
      • Entre 3 y 5 años: dificultad marcada para interactuar socialmente o para mantener contacto visual.
      • Entre 6 y 12 años: aislamiento social marcado, o problemas de conducta y atención que interfieren con el funcionamiento diario.
      • A cualquier edad: la pérdida de habilidades que el niño ya tenía. La regresión siempre amerita evaluación inmediata.

      Hay dos criterios que conviene sumar a esa lista. El primero es la interferencia: si la dificultad emocional afecta el colegio, las amistades o la vida familiar de forma sostenida, ya no es solo una etapa. El segundo es más simple: si estás preocupado, consulta. La recomendación de la AAP es explícita en que la preocupación de los padres basta para derivar, sin esperar al próximo control (Lipkin y Macias, 2020). Los organismos de salud pública, como la Organización Mundial de la Salud, coinciden en que la intervención temprana en salud mental infantil mejora el pronóstico.

      Si lo que ves en casa se parece más a conflictos con otros niños que a un problema emocional, el punto de entrada puede ser otro: revisamos las señales del acoso escolar y las herramientas de tolerancia a la frustración en niños por separado.

      Preguntas frecuentes

      ¿A qué edad empieza a desarrollarse la inteligencia emocional?

      Desde los primeros días de vida. Los recién nacidos ya discriminan expresiones de alegría, tristeza y sorpresa en la cara de un adulto (Scharfe, 2021). Lo que cambia con la edad es la complejidad: nombrar emociones llega entre el año y los dos, entender causas entre los 2 y medio y los 5, y comprender emociones mezcladas entre los 7 y los 10.

      ¿Cómo sé si mi hijo tiene poca inteligencia emocional?

      Más que buscar un déficit, conviene mirar dos cosas: si lo que hace corresponde a su edad y si le está interfiriendo. Un niño de 4 años que no maneja bien la frustración está dentro de lo esperable. Uno de 10 que se aísla de sus pares o cuya conducta afecta el colegio de forma sostenida amerita una consulta.

      ¿Qué actividades desarrollan la inteligencia emocional en niños?

      La evidencia respalda programas completos más que actividades sueltas. Lo mejor documentado es el entrenamiento emocional en casa: nombrar la emoción, validarla, no castigarla y guiar hacia una salida distinta (Gottman y Hooven, 1994, citados en Goleman, 2009). En la escuela, los programas socioemocionales muestran un efecto medio sobre estas habilidades (Lin et al., 2026).

      ¿La inteligencia emocional mejora las notas del colegio?

      Un poco, no mucho. Un metaanálisis con 24.510 escolares encontró un efecto pequeño en rendimiento global (g = 0,08) y algo mayor en promedio de calificaciones (g = 0,33) (Zhao y Sang, 2025). El beneficio principal de estos programas está en las habilidades emocionales mismas y en la salud mental, no en las calificaciones.

      ¿Existe un test de inteligencia emocional para niños?

      Sí, el TEIQue-CF, validado para niños de 8 a 13 años y aplicado por profesionales (Özal et al., 2024). Los tests gratuitos de internet que devuelven un puntaje no cuentan con baremos publicados: entregan una etiqueta, no una medida.

      ¿Se puede desarrollar la inteligencia emocional a cualquier edad?

      Sí. Los tres modelos principales coinciden en que la inteligencia emocional aumenta con la maduración y se puede entrenar (Bar-On y Parker, 2021). La American Psychological Association mantiene material divulgativo sobre desarrollo infantil en la misma línea. Los efectos documentados abarcan desde preescolar hasta la adolescencia, y en adultos también.

      Lo que puedes hacer desde hoy

      La inteligencia emocional de tu hijo se construye en dos lugares: en cómo respondes tú cuando él siente algo difícil, y en lo que la escuela hace de forma sistemática. Ambas vías tienen respaldo, con efectos moderados y sostenidos en el tiempo. Ninguna promete un niño que nunca se enoje.

      Si notas que las dificultades emocionales de tu hijo se están instalando, o que en casa ya probaron de todo sin resultado, una evaluación con un psicólogo clínico infantil aclara bastante las cosas. En una primera sesión se puede distinguir qué es propio de la etapa y qué necesita trabajo, y eso solo ya baja la ansiedad de la familia.

      Escríbeme para una primera consulta si quieres revisar el caso de tu hijo con calma.


      Referencias

      Bar-On, R., y Parker, J. D. A. (Eds.). (2021). The handbook of emotional intelligence: Theory, development, assessment, and application at home, school, and in the workplace (Authorized India Edition). Wiley India.

      Bierman, K. L., Heinrichs, B. S., Welsh, J. A., Jones, D. E., y Crowley, D. M. (2025). How a preschool intervention affected high school outcomes: Longitudinal pathways in a randomized-controlled trial. Child Development, 96, 1236-1249. https://doi.org/10.1111/cdev.14235

      Bunz, M., Derhardt, R., Schreiber, F., Seehagen, S., y Schneider, S. (2026). Emotion regulation in children and adolescents: A systematic review and quality assessment of behavioral and physiological assessment methods and their theoretical foundations. BMC Psychology, 14, 945. https://doi.org/10.1186/s40359-026-04935-2

      Burkhardt, S. C. A., Röösli, P., y Müller, X. (2024). The Tuning in to Kids parenting program delivered online improves emotion socialization and child behavior in a first randomized controlled trial. Scientific Reports, 14, 4979. https://doi.org/10.1038/s41598-024-55689-z

      Christou, A. I., y Bacopoulou, F. (2025). Emotion and feeling in parent-child dyads: Neurocognitive and psychophysiological pathways of development. Children, 12, 1478. https://doi.org/10.3390/children12111478

      Goleman, D. (2009). Emotional intelligence: Why it can matter more than IQ. Bloomsbury. (Obra original publicada en 1995)

      Jugovac, S., O'Kearney, R., Hawes, D. J., y Pasalich, D. S. (2022). Attachment- and emotion-focused parenting interventions for child and adolescent externalizing and internalizing behaviors: A meta-analysis. Clinical Child and Family Psychology Review, 25, 754-773. https://doi.org/10.1007/s10567-022-00401-8

      Leung, C., Hui, A. N. N., Wong, R. S., Rao, N., Karnilowicz, W., Chung, K., e Ip, P. (2022). Effectiveness of a multicomponent parenting intervention for promoting social-emotional school readiness among children from low-income families in Hong Kong: A cluster randomized clinical trial. JAMA Pediatrics, 176, 357-364. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2021.6308

      Lin, Z., Huang, C., y Shi, J. (2026). Promoting holistic student development through universal school-based social-emotional learning in China: A meta-analysis. Behavioral Sciences, 16, 368. https://doi.org/10.3390/bs16030368

      Lipkin, P. H., y Macias, M. M. (2020). Promoting optimal development: Identifying infants and young children with developmental disorders through developmental surveillance and screening. Pediatrics, 145(1), e20193449. https://doi.org/10.1542/peds.2019-3449

      Özal, Z., Ambrosini, F., Biolcati, R., Trombini, E., Mavroveli, S., y Mancini, G. (2024). Exploring emotional intelligence in children using the trait emotional intelligence questionnaire: A systematic review. BMC Psychology, 12, 604. https://doi.org/10.1186/s40359-024-02094-w

      Park, J., Haddon, A., y Goodman, H. (2004). The emotional literacy handbook: Promoting whole-school strategies. David Fulton Publishers.

      Robinson, T. J., y Zell, E. (2026). Robust associations of emotional intelligence with human flourishing: A second-order meta-analysis. Proceedings of the National Academy of Sciences. PMID: 42090251

      Saarni, C. (2021). Emotional competence and self-regulation in childhood. En R. Bar-On y J. D. A. Parker (Eds.), The handbook of emotional intelligence. Wiley India.

      Scharfe, E. (2021). Development of emotional expression, understanding, and regulation in infants and young children. En R. Bar-On y J. D. A. Parker (Eds.), The handbook of emotional intelligence. Wiley India.

      Zhao, Y., y Sang, B. (2025). The effect of social-emotional learning programs on elementary and middle school students' academic achievement: A meta-analytic review. Behavioral Sciences, 15, 1527. https://doi.org/10.3390/bs15111527

      Zubler, J. M., Wiggins, L. D., Macias, M. M., Whitaker, T. M., Shaw, J. S., Squires, J. K., Pajek, J. A., Wolf, R. B., Slaughter, K. S., Broughton, A. S., Gerndt, K. L., Mlodoch, B. J., y Lipkin, P. H. (2022). Evidence-informed milestones for developmental surveillance tools. Pediatrics, 149(3), e2021052138. https://doi.org/10.1542/peds.2021-052138

      Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Nicolás Alcayaga

      Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

      Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    • Test de CDI (Children’s Depression Inventory): ¿Qué mide y cómo se utiliza en la evaluación infantil?

      Test de CDI (Children’s Depression Inventory): ¿Qué mide y cómo se utiliza en la evaluación infantil?

      Por Nicolás Alcayaga | Psicólogo/a Clínico/a | Revisado: junio 2026

      El CDI (Children’s Depression Inventory) es el instrumento de autoinforme más utilizado en el mundo para evaluar la depresión en niños y adolescentes. Desarrollado por Maria Kovacs a partir del trabajo de Aaron Beck, este inventario permite cuantificar la intensidad de los síntomas depresivos en menores de 7 a 17 años. Esta guía explica qué mide el test de CDI, cómo se estructura, la diferencia entre el CDI original y el CDI-2, y cómo se interpreta dentro de un proceso de evaluación multimodal.

      Al final encontrarás un widget del SMFQ (Short Mood and Feelings Questionnaire), un cuestionario de cribado de acceso público validado en población hispanohablante que complementa la información del CDI para detectar síntomas depresivos en niños y adolescentes de 7 a 17 años.

      ¿Qué es el CDI y por qué es uno de los instrumentos más usados en psicología infantil?

      El Children’s Depression Inventory (CDI) es una escala de autoinforme diseñada para evaluar la intensidad de los síntomas depresivos en niños y adolescentes de 7 a 17 años. Fue desarrollado por Maria Kovacs en la década de 1970 y publicado formalmente en 1992 (Kovacs, 1992). Es el instrumento de autoinforme para depresión infantil con mayor cantidad de estudios de validación en el mundo.

      La depresión en niños y adolescentes es más frecuente de lo que solemos pensar. Una revisión sistemática publicada en The Lancet encontró que el 22,4 % de las mujeres de 17 a 19 años en Inglaterra presentaban trastornos emocionales, incluida la depresión (Thapar et al., 2022). En México, el 12,9 % de los adolescentes desarrolló depresión en 8 años de seguimiento, y el 46,1 % de quienes ya la habían tenido experimentaron recurrencia (Benjet et al., 2020). Detectar la depresión de forma temprana y precisa es fundamental para el pronóstico.

      El CDI es útil tanto en contextos clínicos (consulta psicológica, psiquiatría infantil) como escolares y de investigación. Su fortaleza radica en que es breve, fácil de administrar y permite monitorear cambios a lo largo del tratamiento (Measurement-Based Care).

      Historia y origen: de la BDI de Beck al CDI de Kovacs

      El CDI tiene una historia directamente conectada con la revolución cognitiva en psicología clínica. Aaron Beck desarrolló el Beck Depression Inventory (BDI) en 1961 para adultos, con el objetivo de operacionalizar los síntomas de la depresión tal como los describe la tríada cognitiva negativa: visión negativa de uno mismo, del mundo y del futuro.

      Maria Kovacs, colaboradora de Beck en la Universidad de Pittsburgh, reconoció que la depresión también afecta a los niños (con características evolutivas propias) y que el BDI no era adecuado para esa población. Los niños no tienen el mismo nivel de abstracción que los adultos, y los síntomas como la irritabilidad, el rechazo escolar o las quejas somáticas son más prominentes en la infancia. Kovacs adaptó el BDI para menores, conservando su base teórica cognitiva y añadiendo ítems específicos para la población infantil.

      El CDI original (1992) constaba de 27 ítems. La segunda versión, el CDI-2 (Kovacs, 2011), fue actualizada normativamente y reorganizada en escalas y subescalas más precisas.

      ¿Qué mide el CDI? Las 5 subescalas explicadas

      El CDI no mide simplemente «tristeza». Evalúa cinco dimensiones de la depresión infantil que corresponden a los dominios cognitivo, afectivo, conductual y vegetativo del trastorno. Cada una se conecta con la tríada cognitiva de Beck:

      SubescalaQué mideConexión con la tríada de Beck
      Disforia Estado de ánimo triste, irritable o disfórico; llanto Visión negativa del mundo y del futuro
      Autoestima negativa Visión negativa de sí mismo: fealdad, maldad, fracaso Visión negativa de uno mismo (el núcleo de la tríada)
      Ineficacia Sentimiento de ser incapaz o de no poder hacer las cosas bien Visión negativa de uno mismo en términos de competencia
      Anhedonia Pérdida de placer y diversión; problemas de sueño y apetito Visión negativa del mundo: ninguna situación genera satisfacción
      Problemas interpersonales Aislamiento social, problemas con pares y familia Visión negativa del mundo: los otros no ayudan o rechazan

      El ítem más clínicamente relevante es el ítem 9 del CDI original, que evalúa ideación suicida. Si un menor puntúa positivo en este ítem, la evaluación debe priorizarse y coordinarse de inmediato con los responsables legales del menor.

      CDI original vs. CDI-2: diferencias clave

      • CDI original (Kovacs, 1992): 27 ítems, escala de 0-2 por ítem (puntuación total 0-54), sin subescalas separadas con baremo propio, normas antiguas.
      • CDI-2 (Kovacs, 2011): 28 ítems, 5 subescalas con puntuaciones T estandarizadas, normas actualizadas con muestras más grandes y representativas, forma corta de 12 ítems (CDI-2: SF), forma para padres y profesores (CDI-2:P y CDI-2:T). Permite comparar las respuestas del niño con las percepciones de adultos de su entorno.
      • Ambos tienen copyright de Pearson Assessments / TEA Ediciones. No pueden reproducirse ni administrarse sin licencia.
      • Recomendación práctica: El CDI-2 es la versión actual de referencia para uso clínico por sus normas actualizadas y la posibilidad de comparar múltiples informadores (niño, padres, profesores).

      ¿A quién se aplica? Rangos de edad y poblaciones

      El CDI se aplica a niños y adolescentes de 7 a 17 años. Requiere un nivel de lectura aproximado al de un niño de 10 años; por debajo de esa edad la administración suele ser asistida por el evaluador.

      Ha sido validado en múltiples poblaciones hispanohablantes. Su uso es amplio en:

      • Contexto clínico: psicología infantil, psiquiatría de niños y adolescentes, servicios de salud mental escolar.
      • Contexto escolar: programas de detección temprana de dificultades emocionales en colegios (administración colectiva posible).
      • Investigación: medida de resultado en ensayos clínicos de intervenciones para la depresión infantil.
      • Monitoreo sesión a sesión (MBC): como parte del seguimiento terapéutico para detectar cambios reales en la sintomatología.

      Población con irritabilidad predominante: En niños, especialmente prepúberes, el ánimo deprimido puede manifestarse principalmente como irritabilidad intensa en lugar de tristeza. El DSM-5 permite esta sustitución en el criterio A del TDM en población infantil. El CDI incluye ítems de irritabilidad que capturan esta presentación.

      Cómo se aplica: administración individual, colectiva y autoadministrada

      1. Autoadministrado (mayores de 10-11 años): El niño lee y responde solo los ítems. Cada ítem presenta tres afirmaciones ordenadas de menor a mayor gravedad (0, 1, 2); el niño elige la que mejor describe su estado en las últimas dos semanas.
      2. Asistido por evaluador (7-10 años): El evaluador lee los ítems en voz alta y el niño selecciona la respuesta. Es importante hacer las preguntas sin entonación que sugiera una respuesta.
      3. Colectivo en aula: Posible con el CDI original para cribado; requiere supervisión del psicólogo.
      4. Tiempo de aplicación: 10-15 minutos. La forma corta del CDI-2 puede completarse en 5 minutos.

      “Voy a pedirte que leas estas frases. Elige la que mejor describe cómo te has sentido en las últimas dos semanas. No hay respuestas correctas o incorrectas, solo lo que tú has vivido.” — Instrucción estándar de presentación del CDI.

      Corrección e interpretación: puntuación y puntos de corte

      La puntuación del CDI se obtiene sumando los valores de cada ítem (0, 1 o 2). La puntuación total del CDI original va de 0 a 54; la del CDI-2 se convierte a puntuaciones T estandarizadas por edad y sexo.

      Punto de corte orientativo del CDI original (varía según estudio y población):

      • ≥ 13: Punto de corte tradicional; indica síntomas clínicamente significativos (sensibilidad 81-89 %, especificidad 66-75 % para TDM en estudios comunitarios).
      • ≥ 19: Punto de corte para síntomas moderados-graves en muestras clínicas.
      • Puntuaciones T del CDI-2: T ≥ 65 (percentil 93) = síntomas elevados; T ≥ 70 (percentil 98) = síntomas muy elevados.

      Errores frecuentes en la interpretación:

      • Error 1: Confundir cribado con diagnóstico. Un CDI alto NO diagnostica depresión. Es un indicador que debe confirmarse con entrevista clínica estructurada (K-SADS, MINI-KID, DIAMOND-KID) y evaluación multimodal.
      • Error 2: Ignorar el ítem de ideación suicida. Sea cual sea la puntuación total, si el ítem 9 (o equivalente en CDI-2) indica ideación, requiere atención inmediata.
      • Error 3: No contextualizar. Una puntuación alta en el CDI tras una pérdida reciente puede reflejar duelo normal. El contexto clínico siempre prima sobre la puntuación.

      El CDI dentro de la evaluación multimodal de la depresión infantil

      El CDI es una pieza de un sistema más amplio. La evaluación completa de la depresión infantil requiere múltiples fuentes e instrumentos:

      • Autoinforme del niño/adolescente: CDI (o SMFQ para cribado inicial). Mide la experiencia subjetiva del menor.
      • Informe de padres/tutores: CBCL (Child Behavior Checklist de Achenbach), CDI-2:P. Los padres captan conductas que el niño puede minimizar o no verbalizar.
      • Informe de profesores: CDI-2:T, TRF (Teacher Report Form). Evalúa el funcionamiento en el contexto escolar.
      • Entrevista clínica estructurada: K-SADS (Kiddie Schedule for Affective Disorders and Schizophrenia): estándar de oro para el diagnóstico; MINI-KID para uso más breve.
      • Observación conductual directa: especialmente en prepúberes que tienen menor capacidad de introspección.

      La TCC adaptada a niños y adolescentes tiene el mayor respaldo empírico para el tratamiento de la depresión infantil. Un meta-análisis de 58 estudios (n = 4.618 participantes) encontró que entre el 50 y el 77 % de los jóvenes se recuperan tras completar TCC en servicios clínicos reales (Wergeland et al., 2021). La magnitud del efecto de la TCC en niños y adolescentes es de g = 0,41 (Cuijpers et al., 2023), un efecto moderado clínicamente significativo.

      Para profundizar en el proceso de evaluación de la depresión más allá de los instrumentos, consulta nuestra guía sobre cómo se evalúa la depresión en la consulta clínica.


      SMFQ: Cuestionario de Estado de Ánimo y Sentimientos (cribado en niños 7-17 años)

      El Short Mood and Feelings Questionnaire (SMFQ) es un cuestionario de cribado de acceso libre, desarrollado por Angold et al. (1995) y validado en español para niños de 8 a 12 años (Espada et al., 2022). Evalúa síntomas depresivos de las últimas dos semanas. No es diagnóstico y no reemplaza una evaluación clínica profesional.

      Instrucciones: Marca cómo te has sentido durante las últimas dos semanas. Elige una opción para cada frase. Para niños de 7 a 17 años.

      Este cuestionario es orientativo. No diagnóstica. Si tienes preocupaciones sobre el menor, consulta con un psicólogo infantil.


      ¿Cuándo buscar evaluación profesional?

      La evaluación con el CDI (u otro instrumento) siempre debe ir acompañada de una valoración clínica. Busca un psicólogo infantil cuando el niño o adolescente presente varios de estos síntomas durante más de dos semanas:

      • Tristeza persistente o irritabilidad intensa que no corresponde al contexto.
      • Pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba.
      • Quejas físicas frecuentes sin causa médica: cefalea, dolor abdominal.
      • Bajo rendimiento escolar de aparición reciente.
      • Aislamiento de amigos y familia.
      • Cambios importantes en el sueño o el apetito.
      • Comentarios sobre sentirse inútil, malo o de que sería mejor no existir.

      Busca ayuda inmediata si el niño o adolescente menciona pensamientos de hacerse daño o de quitarse la vida. La pregunta directa (“¿has pensado en hacerte daño?”) no aumenta el riesgo y sí abre la posibilidad de hablar. Fono Salud Responde: 600 360 7777 (gratuito, 24/7).

      Para entender mejor la depresión en el contexto clínico, puedes consultar también nuestra guía sobre la distimia (Trastorno Depresivo Persistente) y el artículo sobre cómo se evalúa y diagnostica la distimia.


      Preguntas frecuentes sobre el CDI

      ¿Qué mide el test CDI?

      El CDI mide la intensidad de los síntomas depresivos en niños y adolescentes de 7 a 17 años a través de cinco dimensiones: disforia (ánimo triste/irritable), autoestima negativa, sentimientos de ineficacia, anhedonia (pérdida de placer) y problemas interpersonales. No diagnostica la depresión, pero cuantifica la carga sintomática para orientar la evaluación clínica.

      ¿Cuántos ítems tiene el CDI?

      El CDI original (Kovacs, 1992) tiene 27 ítems. El CDI-2 (Kovacs, 2011) tiene 28 ítems, más una forma corta de 12 ítems (CDI-2:SF). Cada ítem presenta tres afirmaciones con valores 0, 1 y 2.

      ¿Cuál es el punto de corte del CDI?

      El punto de corte más utilizado en el CDI original es ≥ 13 para indicar síntomas significativos (sensibilidad 81-89 %). El CDI-2 usa puntuaciones T: T ≥ 65 indica síntomas elevados. Los puntos de corte varían según la población y el contexto (clínico vs. comunitario).

      ¿A qué edad se puede aplicar el CDI?

      El CDI está diseñado para niños y adolescentes de 7 a 17 años. Entre los 7 y los 10 años la administración suele ser asistida por el evaluador (el profesional lee los ítems en voz alta). A partir de los 10-11 años puede administrarse de forma autónoma.

      ¿Qué diferencia hay entre el CDI y el CDI-2?

      El CDI original (1992) tiene 27 ítems y normas de hace tres décadas. El CDI-2 (2011) actualiza las normas, reorganiza las subescalas con puntuaciones T estandarizadas por edad y sexo, e incorpora formas para padres (CDI-2:P) y profesores (CDI-2:T). Para uso clínico actual, el CDI-2 es la versión recomendada.

      ¿El CDI es un instrumento de diagnóstico?

      No. El CDI es un instrumento de cribado y monitoreo. Un puntaje alto indica que el menor tiene síntomas depresivos significativos y que es necesaria una evaluación clínica completa (entrevista K-SADS o MINI-KID, evaluación multimodal). El diagnóstico de depresión solo lo puede establecer un profesional de salud mental.

      ¿Qué hacer si un niño puntúa alto en el CDI?

      Un puntaje alto en el CDI es una señal de alarma que requiere acción: (1) no alarmar al niño, (2) comunicar el resultado a los padres o tutores, (3) derivar para evaluación clínica completa con psicólogo o psiquiatra infantil, (4) preguntar directamente por ideación suicida. Si el ítem de ideación suicida está activo, la derivación es urgente.


      ¿Necesitas evaluar a un niño o adolescente?

      Si tienes preocupaciones sobre el estado emocional de un menor y quieres una evaluación clínica completa (no solo un cuestionario), te invitamos a consultar con un psicólogo infantil especializado.

      Agenda tu primera sesión de evaluación →

      Nicolás Alcayaga
      Psicólogo Clínico · inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud
      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

      Referencias

      Kovacs, M. (1992). Children’s Depression Inventory (CDI): Manual. Multi-Health Systems.

      Kovacs, M. (2011). Children’s Depression Inventory 2 (CDI 2): Technical Manual. Multi-Health Systems / Pearson.

      Angold, A., Costello, E. J., Messer, S. C., Pickles, A., Winder, F., & Silver, D. (1995). Development of a short questionnaire for use in epidemiological studies of depression in children and adolescents. International Journal of Methods in Psychiatric Research, 5, 237–249.

      Espada, J. P., et al. (2022). Spanish validation of the Short Mood and Feelings Questionnaire (SMFQ) in children aged 8–12. Psicothema, 34(4). https://doi.org/10.7334/psicothema2022.54

      Thapar, A., Eyre, O., Patel, V., & Brent, D. (2022). Depression in young people. The Lancet, 400(10352), 617–631. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(22)01012-1

      Benjet, C., Gutiérrez-García, R. A., & Borges, G. (2020). Incidence and recurrence of depression from adolescence to early adulthood: A longitudinal follow-up of the Mexican adolescent mental health survey. Journal of Affective Disorders, 263, 611–617. https://doi.org/10.1016/j.jad.2019.11.010

      Manfro, P. H., et al. (2021). Depression in a youth population-based sample from Brazil: Prevalence and symptom structure. Journal of Affective Disorders, 293, 57–65. https://doi.org/10.1016/j.jad.2021.05.073

      Wergeland, G. J. H., Riise, E. N., & Öst, L.-G. (2021). Cognitive behavior therapy for internalizing disorders in children and adolescents in routine clinical care: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 83, 101918. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2020.101918

      Cuijpers, P., et al. (2023). Cognitive behavior therapy vs. control conditions, other psychotherapies, pharmacotherapies and combined treatment for depression: A comprehensive meta-analysis including 409 trials with 52,702 patients. World Psychiatry, 22(1), 105–115. https://doi.org/10.1002/wps.21069

      Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., & Emery, G. (2024). Cognitive Therapy of Depression (2.ª ed.). Guilford Press.

      Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A Comprehensive Guide to Working with Behaviors, Thoughts, and Emotions (2.ª ed.). Guilford Press.

      Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Nicolás Alcayaga

      Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

      Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    • ¿Cómo evaluar el desarrollo infantil? Guía completa de métodos y pruebas

      ¿Cómo evaluar el desarrollo infantil? Guía completa de métodos y pruebas

      Por el equipo profesional de Terapia Online Chile

      Un pediatra dice “vamos a hacerle la pauta breve” y una educadora de párvulos habla de “aplicar el TEPSI” en la misma semana. Los padres asienten, pero rara vez alguien les explica qué es cada cosa, quién la hace o por qué a veces basta un cuestionario de cinco minutos y otras veces se necesita una hora completa con un especialista.

      Esta guía ordena ese mapa. Vas a entender qué es exactamente la evaluación del desarrollo infantil, qué áreas mira, quién la realiza, a qué edades conviene hacerla y qué diferencia hay entre vigilancia, cribado y diagnóstico. También vas a encontrar las señales de alerta que sí ameritan consultar pronto, sin caer en la alarma innecesaria por una diferencia que cae dentro de lo esperable.

      En corto: evaluar el desarrollo infantil significa comparar el rendimiento de un niño en las áreas motora, cognitiva, de lenguaje y socioemocional con lo esperado para su edad, usando un proceso que va de la vigilancia continua en cada control de salud, al cribado con instrumentos breves, hasta la evaluación diagnóstica completa cuando algo lo amerita. La realizan distintos profesionales según la etapa: personal de salud entrenado en las primeras dos, y psicólogos, neurólogos o equipos multidisciplinarios en la última.

      ¿Qué es exactamente evaluar el desarrollo infantil?

      Evaluar el desarrollo infantil es trazar un mapa del rendimiento de un niño frente a lo que se espera para niños de su misma edad, en varias áreas a la vez. No es una sola prueba ni un solo momento: es un proceso multidimensional que combina lo motor, lo cognitivo, lo afectivo y lo social (Soto Hernández et al., 2023).

      Conviene distinguirlo de entrada de su primo más rápido, el cribado o tamizaje. La vigilancia y el cribado buscan detectar quién podría tener un problema y merece mirarse con más detalle. La evaluación propiamente dicha va más allá: mapea el perfil completo del niño, confirma o descarta un diagnóstico y sirve de base para diseñar una intervención (Soto Hernández et al., 2023). Un ejemplo típico de esta evaluación exhaustiva son las Escalas Bayley, que exigen observación directa y un evaluador entrenado específicamente en el instrumento.

      La Organización Mundial de la Salud enmarca este proceso dentro del cuidado cariñoso y sensible (“nurturing care”): la evaluación no es un trámite aislado, es una herramienta para que la familia y el sistema de salud sepan a tiempo si un niño necesita más apoyo.

      ¿Qué áreas del desarrollo se evalúan?

      La mayoría de los instrumentos, desde los más simples hasta los más completos, organizan la mirada en torno a los mismos dominios:

      • Motor grueso. Control de los músculos grandes: sostener la cabeza, sentarse, caminar, saltar.
      • Motor fino. Coordinación de músculos pequeños: agarrar un objeto, pasar páginas, dibujar, usar cubiertos.
      • Lenguaje y comunicación. Se divide en receptivo (entender palabras y órdenes) y expresivo (balbuceo, primeras palabras, frases, morfosintaxis).
      • Cognitivo. Atención, memoria, formación de conceptos, resolución de problemas, juego simbólico.
      • Socioemocional. Autorregulación, apego, empatía, interacción con pares y cuidadores.
      • Conducta adaptativa. Habilidades de la vida diaria como alimentarse, vestirse o comunicar una necesidad, presente sobre todo en las evaluaciones más completas.

      Estos dominios se sostienen en marcos teóricos que llevan décadas de recorrido: la mirada biopsicosocial (que entiende el desarrollo como la interacción entre maduración biológica y entorno), la teoría de los estadios sensoriomotores de Piaget para los hitos cognitivos tempranos, la teoría sociocultural de Vygotsky para el papel del lenguaje y la mediación social, y la teoría del apego de Bowlby para la dimensión socioemocional. Cada instrumento moderno, aunque no lo diga explícitamente, hereda algo de estos marcos.

      ¿Quién evalúa el desarrollo infantil y cuándo?

      La puerta de entrada, en Chile y en la mayoría de los sistemas de salud, es el control de salud del niño sano. Ahí es donde ocurre la vigilancia: en cada visita, el profesional recoge las preocupaciones de los padres, revisa el historial y observa directamente al niño (Zubler et al., 2022). No hace falta un instrumento especial para esto, solo continuidad y buen criterio clínico.

      Cuando la vigilancia enciende una alerta, entra el cribado, con herramientas estandarizadas de aplicación rápida. En Estados Unidos, la Academia Americana de Pediatría recomienda cribado universal a los 9, 18 y 30 meses, más cribado específico para autismo a los 18 y 24 meses (Zubler et al., 2022). En Chile, las Normas Técnicas del MINSAL organizan algo parecido pero con su propio calendario: la Pauta Breve se aplica a los 4, 8, 12, 24 y 36 meses, y puede completarla personal técnico, enfermeras o incluso los propios padres capacitados. La evaluación con escalas completas (EEDP y TEPSI) es responsabilidad de enfermería y se concentra en tres momentos clave: 2 meses (para pesquisar problemas neurosensoriales), 18 meses (para detectar déficits por falta de estimulación) y 4 años (antes del ingreso escolar).

      Si el cribado confirma un riesgo o retraso, el niño pasa a la consulta del niño con déficit, donde interviene un equipo multidisciplinario: médicos, enfermeras capacitadas, psicólogos, fonoaudiólogos y terapeutas ocupacionales, con derivación a neurología si se sospecha un origen neurosensorial. Cuando el diagnóstico es de autismo o retraso global del desarrollo, suele sumarse un estudio genético (microarray cromosómico o secuenciación de exoma, con rendimiento diagnóstico reportado entre 15% y 43%).

      Todo este engranaje, en el sistema chileno, corre hoy bajo el paraguas de Chile Crece Contigo, que integra el calendario de vigilancia y cribado del MINSAL con la gestión de derivación hacia la recuperación cuando hace falta.

      Tamizaje o evaluación formal: qué diferencia hay en la práctica

      Cribado / tamizaje Evaluación diagnóstica
      Objetivo Detectar quién probablemente necesita mirarse más de cerca Confirmar un perfil clínico y guiar la intervención
      Profundidad Muestra acotada de ítems, aplicación rápida Análisis exhaustivo de varios dominios
      Quién lo aplica Personal técnico, de salud o, en algunos casos, los propios padres Profesionales entrenados específicamente en el instrumento
      Resultado “Pasa / no pasa” o nivel de riesgo según un punto de corte Puntuaciones detalladas, edad de desarrollo, perfil por área

      Los instrumentos concretos varían según el país y la edad del niño. Si quieres el detalle de cómo se comparan las Escalas Bayley con el TADI chileno y la EDI mexicana, ya cubrimos esa comparación con lupa en nuestra guía de instrumentos estandarizados de evaluación del desarrollo. Y si buscas la tabla de hitos completa por edad, con qué se espera ver a los 2 meses, al año o a los 5 años, está descargable en nuestra tabla de hitos del desarrollo infantil de 0 a 12 años.

      Vale una nota de cautela: una revisión reciente que analizó 38 instrumentos de tamizaje del desarrollo (0 a 6 años) encontró que ninguno alcanza al mismo tiempo una sensibilidad y una especificidad óptimas (ambas sobre 0,8), con un área bajo la curva que va de 0,66 a 0,89 según el instrumento (Arefadib et al., 2026). Esto no invalida el cribado, pero sí explica por qué un resultado “normal” en una prueba breve no cierra la puerta a seguir observando, y por qué un resultado alterado casi siempre pide confirmación con una evaluación más completa antes de sacar conclusiones.

      ¿Cuándo una diferencia deja de ser “normal”?

      Esta es, probablemente, la pregunta que más ansiedad genera en la consulta. La respuesta corta: casi ningún niño cumple todos los hitos exactamente en la misma fecha, y eso es esperable, no un problema.

      Las listas de hitos que actualiza cada cierto tiempo la coalición CDC/AAP se basan hoy en el percentil 75, no en el percentil 50 como antes (Zubler et al., 2022). Es una decisión deliberada: un hito fijado en el percentil 75 significa que hasta un 25% de los niños sanos puede no haberlo alcanzado todavía a esa edad, sin que eso indique nada patológico. Las listas basadas en el percentil 50, en cambio, subestimaban a la mitad de los niños con un retraso real y alimentaban el “esperemos a ver cómo evoluciona” que retrasa la ayuda cuando sí hace falta.

      En el sistema chileno, la EEDP y el TEPSI trabajan con su propia escala de desviaciones: se considera desarrollo normal un coeficiente de desarrollo igual o superior a 0,85 (o un puntaje T de 40 o más en el TEPSI); riesgo, cuando el rendimiento cae entre 0,70 y 0,84; y retraso, cuando baja de 0,70 (o de un puntaje T de 29). En términos generales, tanto en Chile como en la literatura internacional, una diferencia de una a dos desviaciones estándar por debajo del promedio suele ser el umbral que separa la variación normal de una señal que amerita seguimiento más cercano.

      Vale la pena mencionar que no todas las guías coinciden en qué tan agresivo debe ser el cribado universal. La Academia Americana de Pediatría lo respalda con fuerza (nivel de evidencia C, consenso de expertos, para vigilancia en cada visita y cribado a los 9, 18 y 30 meses), mientras que el grupo de trabajo estadounidense de medicina preventiva (USPSTF) considera que la evidencia todavía es insuficiente para recomendar cribado universal en niños sin síntomas (Rupert et al., 2023). Esta discrepancia no debería confundir a las familias: en la práctica clínica chilena, la vigilancia y el cribado en cada control siguen siendo el estándar de cuidado.

      Señales de alerta según la etapa

      Estas son las señales que, según las guías clínicas revisadas, ameritan consultar sin esperar al próximo control programado:

      • Lactante (0 a 12 meses): ausencia de sonrisa social hacia los 2-3 meses, tono muscular muy alto o muy bajo, falta de seguimiento visual, ausencia de balbuceo hacia los 6 meses, no lograr sentarse sin apoyo hacia los 9 meses.
      • 1 a 3 años: no caminar de forma independiente hacia los 18 meses, vocabulario prácticamente nulo a los 18-24 meses, pérdida de habilidades que el niño ya tenía, ausencia de juego simbólico o poco interés por otros niños.
      • Preescolar (3 a 5 años): habla que resulta ininteligible para adultos que no son de la familia, dificultad para seguir instrucciones de dos pasos, torpeza motora marcada con caídas frecuentes, dificultad notoria para sostener el contacto visual o interactuar.
      • Escolar (6 a 12 años): dificultades académicas persistentes por encima de lo esperable para la edad, problemas de conducta o atención que interfieren con el funcionamiento diario, aislamiento social marcado.

      De todas estas señales, hay una que pesa más que las demás en cualquier etapa: la regresión, es decir, perder una habilidad que el niño ya había alcanzado. A diferencia de una demora simple, una regresión es un signo de alarma independiente de la edad y amerita evaluación pronta, sobre todo cuando ocurre en lenguaje o en interacción social (dos áreas centrales para descartar un trastorno del espectro autista).

      Un matiz importante: durante ciertos “períodos de transición” del desarrollo (justo antes de un salto grande, como empezar a caminar) es normal que la conducta se vea algo inestable. La diferencia está en la persistencia: una pérdida de habilidades que se mantiene, y no un tropiezo pasajero, es lo que justifica pedir hora con un especialista.

      Cuándo buscar ayuda profesional

      Si notas alguna de las señales de arriba, o simplemente la duda no se te va, no hace falta esperar al próximo control de salud programado. Los checklists de vigilancia no son instrumentos diagnósticos en sí mismos, así que ante cualquier preocupación (tuya o del profesional que atiende a tu hijo o hija) lo indicado es adelantar el cribado formal o pedir la derivación directamente.

      En la práctica, cuando una familia llega con esta inquietud, lo primero que conviene ordenar es el propio relato: desde cuándo se nota la diferencia, si hubo alguna pérdida de habilidades y en qué contextos aparece (¿solo en casa?, ¿también en el jardín infantil?). Ese ordenamiento inicial ya orienta bastante sobre si estamos frente a una variación dentro de lo esperable o frente a algo que amerita una evaluación más formal.

      Preguntas frecuentes

      ¿Cómo se puede evaluar el desarrollo infantil? Se evalúa combinando vigilancia continua en cada control de salud, cribado con instrumentos breves y estandarizados en edades clave, y evaluación diagnóstica completa cuando el cribado indica riesgo. El proceso mira las áreas motora, de lenguaje, cognitiva y socioemocional a la vez, comparando el rendimiento del niño con lo esperado para su edad.

      ¿Quién realiza la evaluación del desarrollo infantil? Depende de la etapa. La vigilancia y el cribado los puede aplicar personal de salud entrenado (enfermeras, técnicos, médicos) e incluso los padres en algunos formatos breves. La evaluación diagnóstica completa requiere profesionales capacitados específicamente en el instrumento: psicólogos, neurólogos, fonoaudiólogos o terapeutas ocupacionales, según el área comprometida.

      ¿A qué edad se debe evaluar el desarrollo de un niño? En Chile, el calendario del MINSAL concentra la vigilancia en los controles de los 4, 8, 12, 24 y 36 meses, y la evaluación con escalas completas a los 2 meses, 18 meses y 4 años. La Academia Americana de Pediatría recomienda cribado universal a los 9, 18 y 30 meses, más cribado específico de autismo a los 18 y 24 meses.

      ¿Qué diferencia hay entre cribado y evaluación diagnóstica? El cribado es rápido, usa una muestra limitada de ítems y solo indica si conviene mirar más de cerca. La evaluación diagnóstica es exhaustiva, la aplica un profesional entrenado en el instrumento específico y entrega un perfil detallado que sirve para confirmar un diagnóstico y diseñar una intervención.

      ¿Es grave que mi hijo o hija no cumpla un hito a la edad “esperada”? No necesariamente. Muchas listas de hitos actuales se basan en el percentil 75, lo que significa que hasta un 25% de los niños sanos todavía no lo alcanza a esa edad sin que eso sea un problema. Lo que sí amerita consultar pronto es la pérdida de una habilidad ya adquirida (regresión) o una diferencia que se mantiene en el tiempo en más de un área.

      Para cerrar

      Entender este mapa (vigilancia, cribado, evaluación) no reemplaza la mirada de un profesional, pero sí ayuda a llegar a la consulta con las preguntas correctas. Si te queda una duda concreta sobre el desarrollo de tu hijo o hija, agenda una hora y conversemos del caso puntual, no solo del resultado aislado de un test.

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      Referencias

      Arefadib, N., Stewart, B., Crespo-Gonzalez, C., Coghill, D., Hunt, R. W., Lingam, R. P., & Mulraney, M. (2026). Umbrella review and meta-analysis: Screening tools for the identification of developmental delay in early childhood. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 65(7), 886-901. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2025.09.011

      Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.

      Caemmerer, J. M., deLeyer-Tiarks, J. M., Dale, B. A., Winter, E. L., Charamut, N. R., Scudder, A. M., Peters, E. C., Bray, M. A., & Kaufman, A. S. (2024). Does the Bayley-4 measure the same constructs across girls and boys and infants, toddlers, and preschoolers? Psychological Assessment, 36(11), 643-653. https://doi.org/10.1037/pas0001337

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      Ministerio de Salud de Chile (MINSAL). (2004). Normas técnicas para la estimulación y evaluación del desarrollo psicomotor del niño y la niña menor de 6 años. Programa de Salud del Niño, Gobierno de Chile.

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      Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Nicolás Alcayaga

      Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

      Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    • ¿Qué es el Bullying? Guía Completa: Tipos, Causas, Consecuencias y Cómo Actuar

      ¿Qué es el Bullying? Guía Completa: Tipos, Causas, Consecuencias y Cómo Actuar

      por Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Tu hijo lleva tres semanas diciendo que le duele la guata justo antes de salir al colegio. Los domingos por la tarde se pone callado. Perdió el estuche, después la chaqueta, y cuando preguntas qué pasó cambia de tema. Puede no ser nada. También puede ser lo que uno de cada cuatro escolares del mundo vive en silencio.

      Tener claro qué es el bullying sirve para tres cosas: reconocer si lo que pasa es acoso escolar de verdad o un conflicto pasajero, entender qué le hace al ánimo de un niño, y saber qué respuestas funcionan según la investigación (y cuáles empeoran las cosas, aunque suenen razonables). Vamos por partes, empezando por la definición de acoso escolar que usan los investigadores y que ahora también recoge la ley chilena.

      Qué es el bullying, en una frase

      El bullying o acoso escolar es una agresión intencionada que se repite en el tiempo contra alguien que está en desventaja para defenderse. Los tres elementos van juntos: intención de dañar, repetición y desequilibrio de poder. Si falta uno, hablamos de otra cosa (un conflicto, una pelea, una agresión aislada), y eso cambia por completo cómo hay que intervenir.

      ¿Qué es el bullying y en qué se diferencia de una pelea?

      El bullying es un patrón de agresión repetida, deliberada, dirigida a alguien que no está en condiciones de responder en igualdad. La definición viene del psicólogo noruego Dan Olweus (1993), que fue el primero en estudiarlo de forma sistemática en escuelas escandinavas, y sigue siendo la referencia del campo cuatro décadas después.

      Los tres criterios que hay que revisar

      Intencionalidad. El daño no es un accidente ni un malentendido. Hay alguien que busca provocarlo, aunque después lo disfrace de broma.

      Repetición. No es un episodio suelto. Es algo que vuelve: el mismo recreo, el mismo grupo, la misma burla, semana tras semana. La víctima empieza a anticiparlo, y esa anticipación ya duele por sí sola.

      Desequilibrio de poder. La víctima no puede defenderse con los recursos que tiene. El desequilibrio puede ser físico (tamaño, fuerza), numérico (uno contra un grupo), social (popularidad, quién controla el relato del curso) o de información (alguien sabe algo que puede usar en tu contra).

      Qué no es bullying (y por qué importa la distinción)

      Dos niños que se pelean por un balón y quedan igual de enojados están teniendo un conflicto. Molesto, sí, pero simétrico. Un compañero que dice algo hiriente una vez y se disculpa cometió una torpeza. Un curso entero que decide durante meses que alguien “no existe” está haciendo bullying, aunque nadie levante la mano.

      La distinción no es un tecnicismo. El conflicto entre iguales se resuelve con mediación y conversación; el bullying, no. De hecho, sentar a la víctima y al agresor a “conversar como adultos” cuando hay desequilibrio de poder suele terminar con la víctima cediendo y el agresor validado. Es uno de los errores más comunes en los colegios.

      ¿Qué dice la ley chilena sobre el acoso escolar?

      Desde el 1 de abril de 2026 rige en Chile la Ley 21.809, de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas, que entró en plena vigencia el 1 de julio de ese año y da a los establecimientos plazo hasta abril de 2027 para adecuarse. La norma define el acoso escolar como toda acción reiterada de hostigamiento que genere maltrato o un ambiente hostil, incluidas las agresiones físicas o psicológicas por cualquier medio, también el tecnológico.

      En la práctica, esto significa que el colegio de tu hijo tiene obligaciones concretas: equipos de convivencia, planes de gestión, protocolos escritos para casos de acoso y reglamentos internos actualizados. No es opcional ni queda al criterio de cada director.

      Si el colegio no responde, la denuncia va a la Superintendencia de Educación (600 3600 390). Y conviene saber que ese camino se está usando cada vez más: las denuncias por convivencia escolar pasaron de 7.705 en 2015 a 17.076 en 2025, un alza de 122% en una década, según los datos de la propia Superintendencia recogidos en la Radiografía de Convivencia Escolar 2025 de Acción Educar.

      ¿Cuáles son los tipos de bullying?

      El acoso escolar toma cuatro formas principales, más una categoría que la evidencia reciente obliga a mirar aparte. Rara vez aparecen solas: lo habitual es que se combinen.

      Bullying físico

      Golpes, empujones, zancadillas, escupitajos. También entra aquí esconder, romper o robar cosas: la mochila que aparece en el basurero, el celular que “se cayó”. Es el más visible y por eso el que los adultos detectan primero, aunque no es el más frecuente.

      Bullying verbal

      Insultos, apodos, amenazas, burlas sobre el cuerpo, el acento, la ropa, la orientación sexual. A nivel global, el 15,3% de los estudiantes acosados dice que el motivo fue su apariencia física, y es la razón más mencionada, según los datos del Instituto de Estadística de la UNESCO sobre 144 países.

      Bullying social o relacional

      Aislar, excluir, hacer correr rumores, organizar el curso para que nadie hable con alguien. Es el más invisible para los profesores y el que más se subestima, porque no deja marcas. En la última medición de los Indicadores de Desarrollo Personal y Social del SIMCE (2024), el 52% de los estudiantes de II medio reportó haber sido ignorado, aislado o excluido por sus pares, y un 54% haber sufrido burlas.

      Ciberbullying

      El acoso que ocurre por WhatsApp, Instagram, TikTok, juegos en línea. Tiene tres diferencias que lo hacen especialmente difícil de sobrellevar: no termina cuando suena la campana, la audiencia es potencialmente ilimitada, y el anonimato hace que la víctima no siempre sepa de quién cuidarse. Un estudio comparativo entre adolescentes chinos y estadounidenses encontró que el apoyo parental percibido amortigua la relación entre cibervictimización y depresión, con variaciones según el contexto cultural (Wright, 2024).

      Acoso por identidad

      Cuando el hostigamiento apunta a la orientación sexual o la identidad de género, el riesgo cambia de escala. Un análisis de la Encuesta de Jóvenes de Iowa mostró que el acoso por identidad se asocia de forma consistente con sentirse triste o sin esperanza y con intentos de suicidio, con razones de probabilidad entre 1,40 y 2,84 (Newman et al., 2023). Es la forma de bullying que más exige respuesta inmediata del colegio.

      ¿Qué tan común es el bullying?

      Más de lo que la mayoría de los padres imagina. Un metaanálisis de 116 estudios con 603.231 participantes estimó que el 25% de los niños y adolescentes del mundo ha sido víctima de bullying, el 16% ha sido agresor y otro 16% ocupa el rol de víctima-agresor (Ariani et al., 2025). Un estudio multinacional con 134.229 adolescentes de 48 países llegó a una cifra algo mayor, cercana al 30% (Liu et al., 2024), y los datos de la UNESCO sitúan la victimización global en torno a un tercio de los estudiantes.

      Ese rango (uno de cada cuatro, uno de cada tres) depende de cómo se pregunte y de qué ventana de tiempo se use. Lo que no varía es el orden de magnitud: en un curso de treinta niños, lo esperable es que haya entre siete y diez que han pasado por esto.

      En Chile, además del alza de denuncias, hay un dato que ordena las prioridades: la mayoría de los casos se concentra en educación básica (8.947 denuncias en 2025), por encima de enseñanza media (4.123). El bullying no es un problema de adolescentes. Empieza antes.

      ¿Por qué ocurre el bullying?

      No hay una causa única, y buscarla lleva a callejones sin salida (“es que el agresor tiene problemas en la casa”, “es que la víctima es muy sensible”). El marco que mejor organiza la evidencia es el modelo socioecológico de Swearer, Espelage y Napolitano (2009): el bullying aparece en la intersección entre el niño, su familia, el grupo de pares, la escuela y la cultura.

      En el niño. Dificultades para regular la rabia, baja empatía o poca tolerancia a la frustración en quien agrede. En quien recibe, factores que lo dejan más expuesto: ser nuevo, tener una condición visible, contar con menos amigos.

      En la familia. Supervisión escasa, disciplina inconsistente, violencia en casa. Un estudio longitudinal británico identificó que el factor protector más potente contra la victimización, tanto en el colegio como en el hogar, fue la fuerza del apoyo familiar percibido por el propio niño y la calidad del ambiente familiar (Chrysanthou y Vasilakis, 2020).

      En la escuela. Recreos con poca supervisión, protocolos que existen en el papel, adultos que minimizan (“son cosas de niños”). Un colegio que responde rápido y de forma predecible reduce el terreno donde el acoso prospera.

      En el grupo. Este es el factor que más se pasa por alto, y probablemente el más determinante.

      ¿Quiénes participan? Más que un agresor y una víctima

      El bullying es un fenómeno grupal. La investigación de Christina Salmivalli sobre roles de participación identificó que, además del agresor y la víctima, hay ayudantes (los que se suman), reforzadores (los que celebran o graban), ajenos (los que miran para el lado) y defensores (los que intervienen). Salmivalli (2010) mostró que los espectadores sostienen el acoso: el agresor necesita público, y cuando ese público deja de reírse, la conducta pierde su recompensa.

      De ahí viene un dato que suele sorprender a los padres: el grupo con peor pronóstico no es el de las víctimas puras. En un estudio europeo con 5.183 niños de 6 a 11 años en siete países, la ideación suicida fue reportada por el 13,3% de los no involucrados, el 17,1% de las víctimas, el 19,6% de los agresores y el 24,4% de las víctimas-agresores, los niños que reciben acoso y también lo ejercen. Tras controlar por psicopatología y malestar materno, la asociación siguió siendo significativa para agresores y víctimas-agresores (Husky et al., 2022).

      Traducido: el niño que pega también puede estar recibiendo, y necesita evaluación, no solo sanción.

      Señales de bullying en niños: qué mirar

      Ningún signo aislado confirma nada. Lo que orienta es el cambio: algo que antes no pasaba y ahora sí, sostenido por semanas. Estas son las señales que con más frecuencia aparecen antes de que el niño lo cuente.

      En el cuerpo

      • Dolores de estómago o de cabeza que aparecen los días de colegio y desaparecen los fines de semana
      • Cuesta dormirse, se despierta de noche, pesadillas
      • Cambios en el apetito

      En la conducta

      • Se resiste a ir al colegio, pide que lo vayan a dejar y a buscar, cambia de ruta
      • Vuelve con ropa rota, útiles perdidos o dañados de forma repetida
      • Deja actividades que antes disfrutaba
      • Se aísla, pasa los recreos solo, deja de mencionar amigos

      En el ánimo

      • Irritabilidad nueva, llanto fácil, tristeza sostenida
      • Comentarios de autodesprecio (“soy fome”, “nadie me quiere”)
      • Cualquier alusión a no querer estar, a desaparecer, a que sería mejor no despertar

      Esa última línea no admite espera. Si aparece, corresponde consulta profesional en días, no en semanas.

      En lo digital

      • Se pone ansioso o esconde la pantalla cuando llega una notificación
      • Abandona de golpe una red social que usaba a diario
      • Cuentas nuevas, cambios bruscos de nombre de usuario

      Una advertencia sobre esta lista: sirve para abrir una conversación, no para cerrar un diagnóstico. Muchos de estos signos aparecen también en depresión, ansiedad por separación o problemas de aprendizaje. Lo que hace la diferencia es preguntar con calma y sin interrogar, y sostener la pregunta más de una vez.

      ¿Qué consecuencias tiene el bullying en la salud mental?

      Aquí es donde la evidencia se vuelve más contundente, y también más útil para decidir cuándo actuar.

      Ansiedad y depresión. Un estudio longitudinal con 11.108 gemelos usó el diseño de diferencias entre hermanos idénticos, que permite separar el efecto del acoso de la vulnerabilidad genética compartida. La exposición a bullying a los 11 años contribuyó de forma causal a ansiedad concurrente, depresión, hiperactividad, inatención y problemas de conducta. El hallazgo más relevante para los padres es el que viene después: los efectos disminuyeron con el tiempo, la contribución a la ansiedad seguía siendo apreciable a los 2 años pero ya no a los 5 (Singham et al., 2017). El daño es real y también es reversible cuando el acoso se detiene.

      Conducta suicida. Un estudio con 78.558 adolescentes de 28 países encontró que la victimización se asocia a un 44% más de riesgo de conducta suicida, y que la soledad media parcialmente esa relación mientras la implicación parental la modera (Peprah et al., 2023). Que la soledad sea el puente explica por qué recuperar un vínculo, uno solo, cambia tanto las cosas.

      Estrés postraumático complejo. El seguimiento longitudinal de adolescentes y adultos jóvenes con historia de victimización infantil documentó relaciones cruzadas entre TEPT complejo, depresión y ansiedad, con impactos que pueden persistir mucho después de terminado el colegio (Liu et al., 2024).

      Vale nombrar el otro lado: los agresores también pagan un costo. El metaanálisis de Ariani y colaboradores (2025) documentó malestar emocional, soledad, ansiedad, depresión, autolesiones e ideación suicida en las tres categorías, víctimas, agresores y víctimas-agresores.

      ¿Qué hacer si tu hijo sufre bullying?

      Empecemos por lo que la evidencia desaconseja, porque son justo los consejos que más circulan.

      Lo que no funciona

      “Ignóralo y se va a aburrir.” El acoso sostenido no se extingue por indiferencia cuando hay público que lo refuerza. Pedirle al niño que aguante le comunica que su malestar no es asunto de los adultos.

      “Devuélvele el golpe.” Empuja al niño hacia el rol de víctima-agresor, que es el de peor pronóstico en salud mental según los datos de Husky y colaboradores (2022).

      Sentar a agresor y víctima a mediar. La mediación asume simetría entre las partes. Cuando hay desequilibrio de poder, esa simetría no existe.

      Confiar solo en el programa del colegio. Una revisión de intervenciones familiares advierte algo incómodo: los programas escolares aplicados solos pueden aumentar de forma paradójica la depresión y empeorar la autoestima en los niños que siguen siendo victimizados pese al programa, y señala tres factores de riesgo modificables de victimización persistente (rechazo de pares, problemas internalizantes y menor calidad del vínculo padre-hijo) que la escuela no alcanza a tocar (Healy et al., 2022).

      Lo que sí tiene respaldo

      Escuchar primero, sin interrogar. Antes de preguntar nombres y fechas, validar. Muchos niños callan por vergüenza o por miedo a que la respuesta del adulto empeore su situación en el curso, y esa lectura suele ser realista.

      Que el colegio entre, por escrito. Con la Ley 21.809 hay protocolo obligatorio. Deja constancia de la denuncia interna, con fecha, y guarda copia.

      Involucrarte, con calibre. Un metaanálisis sobre programas de parentalidad encontró un efecto global significativo en la reducción del bullying, tanto de perpetración como de victimización (Chen et al., 2021). Y un análisis de 82 estudios de programas antibullying identificó que el componente “información para padres” se asocia a mayores tamaños de efecto: alrededor de 15% a 16% de reducción en victimización y 19% a 20% en perpetración (Gaffney et al., 2021).

      Ahora, “involucrarse” no quiere decir intervenir sin medida. Dos estudios matizan la intuición de que más apoyo siempre es mejor. En la cohorte ABCD, con 11.844 niños seguidos dos años, la calidez parental se asoció a menos síntomas depresivos en general, pero no amortiguó de forma consistente el vínculo entre victimización y depresión o ansiedad (Martínez et al., 2024). Y un seguimiento de 1.007 adolescentes encontró un efecto moderador no lineal: el bullying predijo más problemas internalizantes cuando el apoyo materno se percibía como excesivamente alto (Wu et al., 2025). Sostener no es sustituir. Acompañar sin resolverle todo al niño protege más que la sobreprotección.

      Intervención familiar estructurada. El ensayo controlado aleatorizado de Resilience Triple P, con 111 familias de niños de 6 a 12 años con acoso crónico, combinó crianza facilitadora y entrenamiento en habilidades socioemocionales del niño. Frente al grupo control mejoraron la victimización reportada por docentes, los síntomas internalizantes, los depresivos, la agresión y la aceptación de pares, con tamaños de efecto moderados (Healy y Sanders, 2014).

      Reconstruir el mundo social fuera del colegio. Un estudio con 167.286 adolescentes de 65 países confirmó el rol protector de la supervisión, la conexión y el vínculo parental en la salud mental de los adolescentes acosados (Man et al., 2022). Un taller, un deporte, un primo de la misma edad: un espacio donde el niño sea alguien distinto del que es en la sala.

      Si quieres el detalle de cómo se estructura ese trabajo desde la familia, lo desarrollamos en la guía sobre cómo intervenir con los padres de un niño que sufre bullying.

      ¿Cuándo buscar ayuda psicológica?

      Que un niño esté triste después de un episodio de acoso es esperable. Lo que indica consulta es la persistencia y el alcance: síntomas que se sostienen más de dos o tres semanas, que aparecen en más de un contexto (no solo el colegio) y que interfieren con dormir, comer, aprender o relacionarse. Cualquier mención a hacerse daño, en cambio, adelanta la consulta a esta semana.

      La buena noticia es que existe tratamiento con respaldo. La terapia cognitivo-conductual enfocada en trauma es la intervención más estudiada para niños y adolescentes expuestos a experiencias traumáticas. Un metaanálisis con 4.523 participantes de 28 ensayos aleatorizados y 33 estudios no controlados reportó mejorías grandes en síntomas postraumáticos del pre al postratamiento y resultados favorables frente a condiciones control, con protocolos que parten de un mínimo de 8 sesiones (Thielemann et al., 2022). Otro metaanálisis centrado en síntomas comórbidos encontró efectos moderados sobre depresión y ansiedad (Xian-Yu et al., 2022). Y en condiciones de práctica clínica habitual, no de laboratorio, una revisión de 58 estudios con 4.618 participantes reportó tasas de remisión de trastornos internalizantes entre 50,7% y 77,4% al terminar el tratamiento, con un abandono del 12,2% (Wergeland et al., 2021).

      Una precisión honesta: ninguno de estos metaanálisis se hizo exclusivamente con víctimas de bullying. Incluyen poblaciones expuestas a distintos traumas, así que la extrapolación conviene hacerla con cautela. Aun así, es la mejor evidencia disponible y orienta la práctica.

      El detalle del proceso terapéutico está en nuestra guía sobre tratamiento psicológico para víctimas de bullying en niños.

      Preguntas frecuentes sobre el bullying

      ¿Cuál es la diferencia entre bullying y una pelea entre compañeros?

      La pelea es simétrica y puntual: dos niños con recursos parecidos discuten y ambos pueden responder. El bullying es repetido, intencionado y ocurre entre alguien con más poder y alguien que no puede defenderse. Esa asimetría es la razón por la que la mediación funciona en el conflicto y falla en el acoso.

      ¿Qué hago si el colegio no me toma en serio?

      Deja la denuncia por escrito ante el establecimiento, con fecha y copia. La Ley 21.809 obliga a los colegios chilenos a tener protocolo y equipo de convivencia. Si aun así no hay respuesta, puedes denunciar ante la Superintendencia de Educación, por su plataforma web o al 600 3600 390.

      ¿A qué edad empieza el bullying?

      Antes de lo que se cree. En Chile, la mayoría de las denuncias por convivencia escolar de 2025 se concentró en educación básica (8.947 casos), por sobre la enseñanza media (4.123). Las formas relacionales, como excluir o hacer correr rumores, aparecen ya en los primeros años de primaria.

      ¿El ciberbullying es más grave que el presencial?

      No es más grave por definición, pero suma tres condiciones que lo hacen más difícil de soportar: continúa fuera del horario escolar, puede tener audiencia ilimitada y a veces es anónimo. Además, ambas formas suelen convivir: quien acosa en la sala frecuentemente también acosa por el celular.

      ¿Sirve cambiar a mi hijo de colegio?

      A veces sí, sobre todo cuando el establecimiento no responde o cuando el daño ya es severo. No es la primera medida ni resuelve por sí sola: sin trabajo sobre habilidades sociales, sin reparar la confianza y sin evaluación de síntomas, el patrón puede repetirse. Conviene decidirlo con orientación profesional, no en caliente.

      ¿Qué pasa con el niño que agrede?

      Necesita evaluación, no solo sanción. Los datos muestran malestar emocional, ansiedad, depresión e ideación suicida también en quienes ejercen el acoso, y el peor pronóstico lo tienen los niños que reciben y ejercen a la vez. Sancionar sin evaluar deja el problema intacto.

      Qué hacer con todo esto

      Si llegaste hasta acá con un caso concreto en la cabeza, el orden importa: primero escuchar sin interrogar, después dejar constancia en el colegio, y en paralelo mirar cómo está el ánimo del niño más allá del episodio. Los tres criterios (intención, repetición, desequilibrio) te sirven para nombrar lo que está pasando, y ponerle nombre es lo que permite pedir la respuesta que corresponde.

      Si las señales llevan semanas, si el sueño o el apetito cambiaron, o si apareció cualquier comentario sobre no querer estar, una evaluación psicológica ordena las prioridades y define si hace falta tratamiento o basta con acompañar. En Terapia Online Chile atendemos a niños, adolescentes y sus familias en modalidad online desde cualquier región del país. Agenda una primera consulta y conversemos qué está pasando.


      Sobre esta guía

      Contenido elaborado y revisado por Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico, servicio de psicoterapia online para niños, adolescentes y adultos en todo el país. Esta guía se apoya en literatura científica revisada por pares (metaanálisis, ensayos controlados aleatorizados y estudios longitudinales, citados y enlazados en el texto) y en la normativa educacional chilena vigente.

      Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza una evaluación psicológica presencial u online. Si te preocupa la situación de un niño o adolescente, consulta con un profesional de salud mental.

      Última actualización: 10 de agosto de 2026.

      Referencias

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      Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

      Nicolás Alcayaga

      Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

      Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

      Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.