Por Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico
Te pasaron un informe con siglas: PPL, ILR, ILE, ICL, IEL. Abajo, unos números de dos y tres cifras, y una frase que dice que el niño está “por debajo de lo esperado”. Si eres fonoaudiólogo, psicólogo, educador diferencial o estudiante, sabes que ese informe decide cosas: si hay derivación, si hay proyecto de integración, si la familia se queda tranquila o no.
Aquí desarmamos el CELF-5 pieza por pieza. Qué mide cada una de sus doce pruebas, qué significa cada índice, dónde están sus puntos ciegos y qué precauciones hay que tomar al usarlo en Chile con baremos que se construyeron en España. Al final vas a poder leer un informe de CELF-5 con criterio propio, y no solo mirando si el número pasa o no pasa la línea.
¿Qué evalúa el test CELF-5?
El CELF-5 (Evaluación Clínica de los Fundamentos del Lenguaje, quinta edición) es una batería individual que mide las aptitudes lingüísticas de niños y adolescentes de 5 años a 15 años y 11 meses, con el fin de identificar, diagnosticar y hacer seguimiento de los trastornos del lenguaje y la comunicación. Cubre las dimensiones léxico-semántica, morfosintáctica y pragmática, además de la memoria verbal.
Sus autores originales son Elisabeth Wiig, Eleanor Semel y Wayne Secord, y la edición original se publicó en 2013. La adaptación española la desarrolló el departamento de I+D de Pearson y salió en 2018.
Para entender qué se está midiendo conviene el marco clásico de Bloom y Lahey, que recogen tanto Mendoza Lara (2016) como García Sánchez (2014): el lenguaje se sostiene en tres dimensiones que funcionan integradas.
- Forma: fonología, morfología y sintaxis. Cómo se construyen las palabras y las oraciones.
- Contenido: la semántica. Qué significan las palabras y qué relaciones establecen entre objetos y eventos.
- Uso: la pragmática. Para qué usa el lenguaje el niño y cómo lo adapta a cada situación.
El CELF-5 toca las tres, con una ausencia declarada: no evalúa la dimensión fonológica. Así lo señala la evaluación técnica que hizo la comisión de tests del Colegio Oficial de la Psicología en su ronda de 2019, que califica la batería como “un test de lenguaje tan completo” salvo por ese vacío (COP, 2019).
¿Para qué edades sirve y cuánto dura la aplicación?
La batería se divide en dos formas según la edad: una de 5 a 8 años y 11 meses, y otra de 9 a 15 años y 11 meses. La mayoría de las pruebas son comunes a ambas. Definición de palabras, Relaciones semánticas y Puzle de palabras son exclusivas del grupo mayor, y Conceptos lingüísticos es exclusiva del menor (COP, 2019).
Sobre los tiempos hay que ser honesto: los que publica el manual provienen de la versión original en inglés, no de la adaptada. Aplicando las doce pruebas, el examen puede llegar a los 90 minutos en los grupos de más edad. Si solo se busca la Puntuación principal de lenguaje, el promedio baja a 34 minutos entre los 5 y los 8 años, y a 42 minutos entre los 9 y los 15 (COP, 2019).
Ese dato importa más de lo que parece. Una evaluación de una hora y media con un niño de 6 años que ya viene con dificultades de atención no da los mismos resultados que una de 35 minutos. La propia evaluación del COP observa que la prueba de Morfosintaxis resulta “excesivamente larga, pesada para los niños y las niñas”.
[EXPERIENCIA: En consulta veo seguido que el cansancio del niño en la segunda mitad de la sesión se confunde después con déficit lingüístico. Cuando el examen se parte en dos días, el perfil a veces cambia.]
Las doce pruebas del CELF-5, una por una
La batería está formada por doce pruebas. Las once primeras se aplican directamente al niño o adolescente; la última la completa el profesional a partir de su observación, y si hace falta con información de la familia o del colegio (COP, 2019).
| Prueba | Qué mide | Grupo de edad |
|---|---|---|
| Comprensión de frases (CF) | Comprensión de oraciones de complejidad creciente | 5 a 8 años |
| Conceptos lingüísticos (CL) | Comprensión de conceptos básicos y relaciones sintácticas señalando figuras | 5 a 8 años |
| Morfosintaxis (M) | Uso de reglas morfológicas y sintácticas del español | 5 a 8 años |
| Palabras relacionadas (PR) | Capacidad de activar palabras asociadas a un estímulo | Ambos |
| Ejecución de indicaciones (EI) | Seguimiento de instrucciones orales de complejidad creciente | Ambos |
| Elaboración de frases (EF) | Producción de oraciones con una palabra dada | Ambos |
| Repetición de frases (RF) | Reproducción exacta de oraciones cada vez más largas y complejas | Ambos |
| Comprensión oral de textos (COT) | Comprensión de un texto escuchado | Ambos |
| Definición de palabras (DP) | Precisión semántica al definir | 9 a 15 años |
| Puzle de palabras (PP) | Gramática y semántica de palabras y grupos de palabras | 9 a 15 años |
| Relaciones semánticas (RS) | Relaciones de significado entre elementos de la oración | 9 a 15 años |
| Perfil de habilidades pragmáticas (PHP) | Conductas verbales y no verbales en interacción, observadas por el profesional | Ambos |
Hay una prueba que merece atención aparte. Repetición de frases parece simple, casi mecánica, y es uno de los marcadores clínicos más potentes que existen para el trastorno del desarrollo del lenguaje. Mendoza Lara (2016) documenta que esta tarea alcanza niveles de sensibilidad de hasta 90% y de especificidad de 85%, mejor que la repetición de pseudopalabras, porque el niño con trastorno del lenguaje falla no solo por memoria: falla porque no logra procesar la estructura gramatical de la oración que tiene que devolver.
La batería trae además dos recursos complementarios: la Verificación de habilidades pragmáticas (VHP), que evalúa destrezas verbales y no verbales en interacción social, y el Cuestionario de competencia lingüística (CCL), que responden padres o profesores y describe cómo le va al niño con el lenguaje en su vida escolar y familiar.
Los cinco índices: qué dice cada puntuación
Las once pruebas directas se agrupan en cinco índices, y ahí está la utilidad clínica real del instrumento (COP, 2019):
- PPL (Puntuación principal de lenguaje): la aptitud lingüística general. Es el índice con fines diagnósticos, con un rango de 40 a 160.
- ILR (Índice de lenguaje receptivo): lo que el niño comprende.
- ILE (Índice de lenguaje expresivo): lo que el niño produce.
- ICL (Índice de contenido lingüístico): la dimensión léxico-semántica.
- IEL (Índice de estructura lingüística) en la forma de 5 a 8 años, que en la forma de 9 a 15 pasa a llamarse IML (Índice de memoria lingüística) y mide la dimensión morfosintáctica.
Las pruebas individuales se puntúan en escala típica (media 10, desviación típica 3) y los índices en puntuaciones compuestas (media 100, desviación típica 15). Los baremos incluyen intervalos de confianza a tres niveles (68%, 90% y 95%), equivalencias en centiles y estaninas, y equivalencias de edad para las puntuaciones directas de las doce pruebas. También trae valores de desarrollo (media 500, desviación típica 25), pensados para medir progreso terapéutico con más precisión que la puntuación directa (COP, 2019).
¿Por qué mirar el perfil y no solo el número global? Porque el trastorno del lenguaje no es unitario. Mendoza Lara (2016) describe perfiles “no armónicos”, con niños que tienen buen vocabulario y sintaxis muy pobre. Una puntuación única esconde esa disociación, y con ella se pierde lo único que sirve para planificar la intervención: qué está dañado y qué está preservado, porque lo preservado es la palanca para compensar.
¿Cómo se interpreta el resultado? Los puntos de corte y su letra chica
Un puntaje bajo en el CELF-5 no equivale a un diagnóstico. El criterio habitual sitúa el corte entre -1 y -1,5 desviaciones típicas bajo la media, y hay autores que recomiendan -1,25 DT porque parece el nivel donde el trastorno empieza a afectar la comunicación funcional, lo que equivale aproximadamente al percentil 10 o inferior (Mendoza Lara, 2016).
El manual del CELF-5 reporta sensibilidad, especificidad y valores predictivos de sus tres puntuaciones principales (PPL, ILR e ILE) en cuatro puntos de corte: -1, -1,3, -1,5 y -2 DT. En todos los casos la sensibilidad es total o muy alta, y la especificidad se ubica entre 0,91 y 1 en los tres primeros cortes. La evaluación del COP concluye que hay razones para considerar el CELF-5 la mejor herramienta disponible para diagnosticar este trastorno, con una salvedad importante: el criterio con el que se seleccionó la muestra clínica (“-1,5 DT o menos en algún test estandarizado de aptitud lingüística”) debería estar mejor justificado, porque en la práctica se usan como referencia pruebas que difícilmente miden aptitud lingüística, como el Peabody o el ITPA (COP, 2019).
Tres advertencias más, todas de Mendoza Lara (2016), que conviene tener a mano cuando llega un informe:
- El corte es un criterio estadístico, no clínico. Elegir 1,25 o 1,5 desviaciones no responde a un hallazgo sobre el niño, responde a una convención.
- Un niño puede ser diagnosticado con una prueba y no con otra, según la muestra de estandarización y los dominios que cubra cada instrumento.
- El criterio de discrepancia con el CI no verbal está desacreditado, porque excluye a niños con CI entre 70 y 85 que tienen el mismo perfil lingüístico y responden igual a la intervención.
Ese último punto no es una opinión aislada. El consenso internacional CATALISE, un estudio Delphi con 57 panelistas de varias disciplinas y países, eliminó ese requisito de discrepancia al reemplazar el término TEL por Trastorno del Desarrollo del Lenguaje (Bishop et al., 2017).
A esto se suma algo que casi nunca se lee en un informe: el error típico de medida. En el CELF-5 promedia entre 0,50 y 1,39 puntos en las pruebas y entre 3,83 y 4,46 en los índices generales (COP, 2019). Traducido: un PPL de 82 y uno de 87 pueden ser, en la práctica, la misma puntuación. Por eso los intervalos de confianza no son adorno.
¿Qué tan sólido es el CELF-5 comparado con otras pruebas?
Bien, dentro de un campo que está peor de lo que se cree. Una revisión sistemática con criterios COSMIN analizó quince baterías completas de lenguaje para niños de 4 a 12 años y encontró que ninguna presentaba evidencia de validez estructural, consistencia interna ni error de medida en la literatura publicada; la mayoría solo acreditaba validez convergente y discriminante. De esas quince, los autores recomendaron cuatro por ser las mejor documentadas, y el CELF-5 es una de ellas (Denman et al., 2017).
Los datos de la adaptación española van en línea con eso. La consistencia interna se calculó por el método de dos mitades en una muestra de 922 casos repartidos en 13 grupos de edad, representativa de la población española según el censo de 2011: los valores promedio oscilan entre 0,79 y 0,97 en las doce pruebas, y entre 0,91 y 0,94 en los índices generales. En un subgrupo de 89 casos con trastorno del lenguaje, el rango fue similar (0,75 a 0,97) (COP, 2019).
La estabilidad temporal es el punto más flojo. Se evaluó en 88 niños reevaluados a los 22 días en promedio, con valores entre 0,79 y 0,84 en los índices. Todas las puntuaciones subieron en la segunda aplicación, lo que apunta a un efecto de aprendizaje; algunos casos repitieron la prueba apenas una semana después (COP, 2019). Si vas a usar el CELF-5 para medir progreso terapéutico, deja pasar tiempo entre aplicaciones.
Lo que el CELF-5 no evalúa
Esta sección es la que suele faltar en las fichas comerciales, y es la que más protege al niño.
No mide fonología. La dimensión fonológica queda fuera de la batería (COP, 2019). Si la sospecha apunta a un trastorno de los sonidos del habla, el CELF-5 no es el instrumento.
Se queda en la oración. El test no llega al nivel discursivo: narración, explicación, argumentación, comparación. La evaluación del COP es tajante al respecto: “emitir un juicio sobre el lenguaje de un niño o una niña basándose sólo en los resultados obtenidos en este test sería inapropiado”, porque cuando hablamos del lenguaje de alguien nos referimos justamente a ese nivel, no a si relaciona palabras o forma oraciones con una conjunción determinada (COP, 2019).
El perfil pragmático es limitado. La misma fuente recomienda completar esa dimensión con otros instrumentos o con observación sistemática prolongada.
En autismo, los puntajes hay que leerlos con cuidado. Una revisión sistemática de 57 estudios sobre evaluación del lenguaje estructural en personas autistas de 3 a 21 años encontró diferencias notables entre estudios en cómo se mide y se reporta la habilidad lingüística, y ninguno informó por completo las variables necesarias para caracterizar el trastorno del lenguaje (Girolamo et al., 2024).
CELF-5 en Chile: el asunto de los baremos
Aquí está la advertencia más importante para quien trabaja en Latinoamérica. Los baremos del CELF-5 en español se construyeron con muestra española. La versión anterior, el CELF-4, estaba baremada con muestras hispanoamericanas (COP, 2019). El instrumento se distribuye en Chile, pero el niño chileno que se evalúa se compara contra el rendimiento de niños españoles.
Mendoza Lara (2016) advierte que compartir idioma no basta: el lenguaje no se usa igual en todas las culturas, y evaluar con normas de otra población produce diagnósticos erróneos por exceso y por defecto. La comparación de un niño latinoamericano con datos de referencia de otra población afecta directamente la fiabilidad del resultado.
La evidencia empírica respalda la precaución y también ofrece salida. Una revisión de cuatro estudios del Jamaican Creole Language Project, con muestras de 98 a 262 niños de 3 a 6 años, mostró que cuando se adapta el procedimiento de puntuación usando modelos adultos del propio contexto lingüístico, se logra sensibilidad y especificidad fuertes para separar diferencia de trastorno, mejor que con el enfoque estándar (Washington et al., 2023).
En la práctica local esto significa tres cosas: informar siempre en el informe con qué baremo se comparó, no tomar el corte como frontera automática, y complementar la batería con muestras de lenguaje espontáneo del niño en su contexto, o con alguno de los tests de lenguaje disponibles por edad y área que sí tienen referencia local. Una revisión de alcance sobre herramientas diagnósticas del TDL llega a una recomendación equivalente por otro camino: dada la alta variabilidad de los valores de sensibilidad y especificidad entre instrumentos, conviene el uso conjunto de medidas estandarizadas y psicolingüísticas (Sansavini et al., 2021).
¿Cuándo conviene evaluar el lenguaje de un niño?
El trastorno del desarrollo del lenguaje afecta a cerca del 7% de los niños en edad escolar, y un estudio de fenotipado algorítmico publicado en JAMA Network Open encontró que casi tres cuartas partes de los niños con dificultades de lenguaje no reciben diagnóstico ni tratamiento adecuados (Nitin et al., 2022). El problema no es que se evalúe de más. Es que se evalúa tarde o no se evalúa.
Antes de llegar a una batería como esta conviene tener claro cómo se evalúa a un niño con problemas de lenguaje y en qué orden. La revisión de Sansavini et al. (2021) sitúa la ventana óptima de tamizaje entre los 2 y los 3 años, y la de diagnóstico alrededor de los 4. Entre los predictores tempranos aparecen el retraso en producción de gestos, en vocabulario receptivo o expresivo, en comprensión sintáctica o en combinación de dos palabras hasta los 30 meses, con el antecedente familiar de trastorno del lenguaje como factor de riesgo mayor.
Conviene no confundir tamizaje con diagnóstico. Una revisión sistemática y metaanálisis de 47 estudios con 67 herramientas de cribado en menores de 6 años encontró que solo un 35,4% alcanzaba exactitud al menos aceptable y apenas un 13,8% exactitud buena (So & To, 2022). Un cribado orienta; una batería como el CELF-5 caracteriza. Y algo que sorprende: en ese mismo trabajo el reporte de los padres rindió de forma comparable al de examinadores entrenados, y una revisión PRISMA sobre validez predictiva encontró que los cuestionarios respondidos por los padres superaron a la evaluación directa del niño en sensibilidad, especificidad y valor predictivo negativo (Sim et al., 2019).
¿Y si el niño “ya va a hablar”? Esa espera tiene costo. Una revisión Cochrane de 80 estudios con unos 28.800 participantes siguió a niños con bajo dominio lingüístico entre los 4 y los 8 años y encontró asociaciones adversas grandes en lenguaje (g = -1,36) y en alfabetización (g = -1,12), y moderadas en bienestar psicológico (g = -0,50) y relaciones sociales (g = -0,64) (Hagen et al., 2026). Los autores lo describen como un marcador de vulnerabilidad que persiste, no como un retraso que se resuelve solo.
En el mismo sentido apuntan las fuentes de dificultades de aprendizaje: entre 50% y 75% de los niños con trastornos del lenguaje temprano siguen con problemas académicos en la etapa escolar, y entre 17% y 33% de los diagnosticados en preescolar desarrollan dislexia (Mendoza Lara, 2016; Jiménez, 2015). Es la puerta de entrada a varios de los trastornos del aprendizaje que aparecen después en el colegio. Existe además un patrón que engaña: niños que parecen normalizar su lenguaje oral a los 5 años y muestran dificultades serias de comprensión lectora en segundo o tercero básico, cuando las demandas del texto aumentan.
Si tienes dudas sobre el desarrollo del lenguaje de un niño, la orientación de organismos de salud como la Organización Mundial de la Salud y el sistema de control de salud infantil chileno es la misma: consultar antes que esperar.
Qué hacer con el informe: de la evaluación a la intervención
Un CELF-5 bien aplicado no termina en un número. Termina en una hipótesis sobre qué componente del sistema está fallando y qué se va a hacer con eso.
Mendoza Lara (2016) plantea la evaluación como un proceso de contraste de hipótesis clínicas, donde el evaluador no elige un método sobre otro, sino que combina pruebas estandarizadas y técnicas alternativas para responder una pregunta concreta. Cuetos Vega (2010) insiste en que los programas de recuperación deben dirigirse a cada proceso específico en el que el niño falla, y García Sánchez (2014) describe un modelo por pasos donde primero se determinan los patrones de habilidades y déficits, después las demandas del entorno, y solo entonces se establecen los planes remediadores.
Si el informe que tienes en la mano dice cuánto puntuó el niño pero no dice qué se hace mañana en la sala de clases y en la terapia, está incompleto.
Preguntas frecuentes sobre el CELF-5
¿Qué edades cubre el CELF-5? Cubre de 5 años a 15 años y 11 meses. La batería se divide en dos formas: una para 5 a 8 años y 11 meses, y otra para 9 a 15 años y 11 meses. La mayoría de las pruebas son comunes; algunas son exclusivas de cada grupo de edad, según el desarrollo lingüístico esperado.
¿Quién puede aplicar el CELF-5? Es un instrumento de nivel B, reservado a profesionales con formación específica en evaluación psicológica y del lenguaje: fonoaudiólogos, logopedas, psicólogos y educadores diferenciales con capacitación en el instrumento. No es un test de autoaplicación ni existe una versión gratuita para descargar.
¿Cuánto dura la aplicación del CELF-5? Aplicando las doce pruebas puede llegar a 90 minutos en adolescentes. Si solo se busca la Puntuación principal de lenguaje, el promedio es de 34 minutos entre 5 y 8 años y de 42 minutos entre 9 y 15 años. Los tiempos provienen de la versión original en inglés.
¿Un puntaje bajo en el CELF-5 significa que el niño tiene un trastorno del lenguaje? No por sí solo. El corte habitual está entre -1 y -1,5 desviaciones típicas, pero es un criterio estadístico. El diagnóstico exige impacto funcional, historia del desarrollo, descarte de pérdida auditiva y otras condiciones, y observación del lenguaje en contexto real.
¿Sirve el CELF-5 en Chile si sus baremos son españoles? Sirve como parte de una evaluación más amplia, con precauciones. La adaptación en español se baremó con muestra española, así que el resultado compara al niño chileno con otra población. Conviene declararlo en el informe y complementar con muestras de lenguaje espontáneo del propio contexto.
¿Dónde puedo descargar el CELF-5 en PDF? No es posible de forma legal. El CELF-5 es un instrumento con derechos de autor que se adquiere a través de su editorial, con manuales, cuadernillos y material de estímulo. Las copias que circulan en sitios de documentos compartidos son reproducciones no autorizadas, y usarlas invalida además la aplicación estandarizada.
Antes de tomar una decisión con ese informe
El CELF-5 es de las mejores herramientas disponibles para caracterizar el lenguaje de un niño entre 5 y 15 años, y aun así no alcanza para decidir solo. No mide fonología, no llega al discurso, su perfil pragmático es limitado y sus baremos vienen de otra población. Todo eso convive con datos de fiabilidad buenos y una capacidad diagnóstica que respalda su uso.
Lo que hace la diferencia no es el test: es quién lo interpreta y con qué otras piezas lo combina.
Si tienes dudas sobre el lenguaje de tu hijo, o si te entregaron un informe que no sabes cómo leer, agenda una hora de consulta. Revisamos juntos el perfil, lo contrastamos con lo que ves en la casa y en el colegio, y definimos si corresponde derivar, evaluar de nuevo o empezar a trabajar.
Sobre el autor
Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud). Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia. Más sobre su trayectoria en su perfil profesional.
Referencias
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Cuetos Vega, F. (2010). Psicología de la lectura (8ª ed.). Wolters Kluwer.
Denman, D., Speyer, R., Munro, N., Pearce, W. M., Chen, Y. W., & Cordier, R. (2017). Psychometric properties of language assessments for children aged 4-12 years: A systematic review. Frontiers in Psychology, 8, 1515. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.01515
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Mendoza Lara, E. (2016). Trastorno específico del lenguaje (TEL). Pirámide.
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Sansavini, A., Favilla, M. E., Guasti, M. T., Marini, A., Millepiedi, S., Di Martino, M. V., Vecchi, S., Battajon, N., Bertolo, L., Capirci, O., Carretti, B., Colatei, M. P., Frioni, C., Marotta, L., Massa, S., Michelazzo, L., Pecini, C., Piazzalunga, S., Pieretti, M., … Lorusso, M. L. (2021). Developmental language disorder: Early predictors, age for the diagnosis, and diagnostic tools. A scoping review. Brain Sciences, 11(5), 654. https://doi.org/10.3390/brainsci11050654
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