Si buscaste ansiedad en adolescentes es probable que en tu casa haya un hijo o una hija que cambió: se enoja por todo, le duele la guata antes del colegio, dejó de juntarse con sus amigos o se queda despierto hasta las tres de la mañana dando vueltas. Y no sabes si es la edad, si es ansiedad o si tendrías que estar haciendo algo.
Esa duda es razonable, porque la adolescencia es justo la etapa en la que la ansiedad normal y la ansiedad que necesita tratamiento se parecen más. Un adolescente nervioso antes de una prueba o de una fiesta está haciendo lo que corresponde a su edad. Uno que lleva meses evitando ir al colegio, que no puede dormir y que dejó de hacer lo que le gustaba está en otra cosa.
Esta guía te ayuda a distinguirlas. Explica por qué la ansiedad se dispara a esta edad, qué señales suelen confundirse con «cosas de adolescente», qué la mantiene, qué funciona de verdad según los estudios y cuándo (y dónde) consultar en Chile.
Respuesta corta: la ansiedad en adolescentes es normal cuando aparece frente a algo concreto, dura lo que dura la situación y no le impide vivir. Pasa a ser un problema cuando es desproporcionada, se prolonga por semanas, lo hace evitar lo que antes hacía (colegio, amigos, deportes) y afecta el sueño, el rendimiento o el ánimo. Los trastornos de ansiedad son el problema de salud mental más frecuente a esta edad y se tratan bien, sobre todo con terapia cognitivo-conductual centrada en la exposición y con los padres participando.
¿Es normal la ansiedad en la adolescencia?
Sí, en dosis moderadas es normal y hasta útil. En el modelo cognitivo de la ansiedad de Clark y Beck (2010), la ansiedad es un sistema orientado al futuro: se activa cuando anticipamos algo que percibimos como aversivo, impredecible o fuera de nuestro control, y en niveles leves o moderados motiva a prepararse, planificar y afrontar. Es distinta del miedo, que es una alarma automática ante un peligro presente. Un adolescente que estudia más porque le preocupa la prueba está usando la ansiedad para lo que sirve.
Desde la biología evolutiva, una revisión sobre la función de la ansiedad explica que su tarea es preparar al organismo para detectar y afrontar amenazas, y que el umbral al que «salta» depende de dos cosas: qué tan probable es la amenaza y qué tan vulnerable se siente uno ante ella (Bateson, Brilot y Nettle, 2011). En la adolescencia las dos variables suben a la vez: hay más situaciones nuevas (liceo, grupo, pareja, cuerpo que cambia) y menos experiencia para enfrentarlas.
El problema empieza cuando el sistema se calibra mal. Clark y Beck (2010) describen la ansiedad clínica como una respuesta excesiva, persistente y desadaptativa, que se activa ante situaciones neutras o de amenaza leve porque el procesamiento de la información está sesgado hacia el peligro. Para distinguir una de otra proponen cinco criterios, que sirven igual para un adolescente:
| Criterio (Clark y Beck, 2010) | Cómo se ve en un adolescente |
|---|---|
| Cognición disfuncional: la ansiedad se apoya en una probabilidad o gravedad de la amenaza que la realidad no confirma | «Si me equivoco en la disertación se van a reír de mí para siempre» |
| Interferencia: limita el funcionamiento diario, académico o social | Deja de ir a clases, abandona el equipo, no sale con amigos |
| Persistencia: el malestar no se disipa cuando la situación pasa | Terminó la prueba y sigue igual de tenso por semanas |
| Falsas alarmas: picos de miedo intenso o ataques de pánico sin un peligro real | Palpitaciones, ahogo y sensación de morirse en la sala de clases |
| Hipersensibilidad: cada vez más situaciones disparan la ansiedad | Primero eran las pruebas; ahora también las salidas, los mensajes sin responder, dormir |
Con uno o dos de estos criterios de forma pasajera, lo más probable es que sea ansiedad normal. Con varios a la vez y sostenidos en el tiempo, conviene mirar más de cerca.
Por qué la ansiedad aparece (o se dispara) en la adolescencia
La adolescencia es la edad de inicio de la mayoría de los trastornos de ansiedad. El metaanálisis más grande sobre la edad de inicio de los trastornos mentales, con 192 estudios y más de 700.000 personas, encontró que en los trastornos de ansiedad y relacionados con el miedo el 38,1 % empieza antes de los 14 años y el 51,8 % antes de los 18; la ansiedad social y las fobias arrancan entre los 8 y los 13, y la edad pico de inicio de cualquier trastorno mental es 14,5 años (Solmi et al., 2022).
Eso no es casualidad. Una revisión sobre el desarrollo de la ansiedad en niños y adolescentes describe esta etapa como la fase de riesgo central: los síntomas van desde transitorios y leves hasta trastornos completos, y evaluarlos exige métodos sensibles a la edad (Beesdo, Knappe y Pine, 2009). Los modelos neurobiológicos recientes matizan el retrato del adolescente «secuestrado por sus emociones»: el cerebro adolescente está diseñado para promover aprendizaje, regulación y afiliación, y su conducta emocional interactúa con las demandas sociales propias de la edad (Guyer, Silk y Nelson, 2016). Traducido: a los 14 años pertenecer al grupo importa más que a los 9 o a los 30, y la ansiedad responde a eso. Por lo mismo, la ansiedad en adolescentes de 15 a 18 años se parece poco a la de un niño: menos miedo a separarse de los padres, más miedo a la mirada de los demás y al futuro.
La ansiedad social es el ejemplo más claro. Un metaanálisis de 38 estudios estimó su prevalencia en 4,7 % en niños, 8,3 % en adolescentes y 17 % en jóvenes: casi se duplica en cada etapa (Salari et al., 2024). Y la forma de la ansiedad también cambia con la edad: en el seguimiento de 1.420 personas entre los 9 y los 26 años del Great Smoky Mountains Study, la ansiedad de separación dominaba la infancia, mientras que el pánico, la agorafobia y la ansiedad generalizada aparecían en la transición a la adultez; más de 1 de cada 5 participantes había cumplido criterios de algún trastorno de ansiedad al llegar a la adultez temprana (Copeland, Angold, Shanahan y Costello, 2014).
Síntomas de ansiedad en adolescentes: lo que se ve en casa
Los síntomas de ansiedad en la adolescencia rara vez llegan con la etiqueta «estoy ansioso». Llegan como irritabilidad, dolores de cabeza o de estómago, notas que bajan, un celular que no suelta o un «no quiero ir» repetido. Por eso muchos padres los leen como flojera, mala actitud o «la edad». Esta tabla resume lo que suele verse y con qué se confunde:
| Área | Lo que se ve | Con qué se confunde |
|---|---|---|
| Cuerpo | Dolor de guata o de cabeza antes del colegio, náuseas, tensión muscular, palpitaciones, sensación de ahogo | «Se enferma justo los lunes», hipocondría, exageración |
| Conducta | Evita situaciones (disertar, ir a fiestas, subir al transporte, quedarse solo), pide que lo acompañen, pregunta lo mismo muchas veces buscando que lo tranquilicen | Timidez, dependencia, capricho |
| Colegio | Bajan las notas, no entrega trabajos, falta a clases, pide salir de la sala | Flojera, desinterés, problemas de conducta |
| Ánimo | Irritabilidad, explosiones de rabia, llanto fácil, «no me pasa nada» | Rebeldía adolescente, mal genio |
| Sueño | Le cuesta quedarse dormido, se despierta en la noche, cansancio de día | Pantallas, desorden de horarios (a veces es ambas cosas) |
| Pensamiento | Preocupación constante por lo que puede salir mal, perfeccionismo, miedo a hacer el ridículo | Ser «muy responsable», ser «demasiado sensible» |
Un detalle que ayuda a diferenciar: la ansiedad tiene un patrón. Los dolores aparecen antes de lo temido y desaparecen cuando se cancela; la irritabilidad es mayor cuando se le presiona a hacer lo que evita; el rendimiento cae en las asignaturas con exposición (disertar, participar) más que en las otras. Si lo que ves calza con ese patrón, es más probable que sea ansiedad que actitud.
Las crisis de ansiedad en adolescentes (palpitaciones, ahogo, miedo a morirse o a volverse loco) merecen un apartado. Conviene saber distinguir una crisis de ansiedad de un ataque de pánico: lo explicamos en ataque de ansiedad o ataque de pánico. En adolescentes, además, un estudio con 2.365 estudiantes secundarios seguidos durante 4 años mostró que el mejor predictor de los primeros ataques de pánico es la sensibilidad a la ansiedad, o sea el miedo a las propias sensaciones corporales (Hayward, Killen, Kraemer y Taylor, 2000).
¿Qué tan común es la ansiedad clínica en adolescentes?
Es el problema de salud mental más frecuente de la adolescencia. Según los datos del estudio de carga global de enfermedad 2021 para 204 países, el 15,2 % de los adolescentes de 10 a 19 años tiene al menos un trastorno mental, y la ansiedad es el más prevalente (4,9 %), por delante de los problemas de conducta, el TDAH y la depresión (Castaldelli-Maia, Ventriglio y Torales, 2025). Las cifras varían mucho según el país y el método, así que conviene leerlas como orden de magnitud y no como número exacto.
En Chile, la primera encuesta nacional representativa de salud mental infantojuvenil de Latinoamérica, con 1.558 niños y adolescentes de 4 a 18 años, encontró que el 16,5 % de los adolescentes de 12 a 18 tenía algún trastorno psiquiátrico con deterioro en los últimos 12 meses, más en niñas que en niños, y que menos de la mitad de quienes necesitaban atención había buscado alguna ayuda (Vicente et al., 2012). Ese último dato es el que más importa para un padre: la mayoría de los adolescentes con ansiedad clínica no llega a consultar.
Causas de la ansiedad en adolescentes: no es una sola
No hay una causa única, y buscar «la culpa» suele desviar del problema. Lo que los estudios describen es una combinación de vulnerabilidad, aprendizaje y contexto.
Cómo se procesa la amenaza. En el modelo de Clark y Beck (2010), la intensidad de la ansiedad depende de un balance: cuánta probabilidad y gravedad le asignamos a la amenaza frente a cuántos recursos creemos tener para enfrentarla. La ansiedad se dispara cuando lo primero se sobreestima y lo segundo se subestima. Un adolescente ansioso convierte «puede que no me vaya bien» en «va a ser un desastre» y borra del cálculo que ya ha dado muchas pruebas y le ha ido bien. Este sesgo se aprende y se puede desaprender.
Miedo a las propias sensaciones. La sensibilidad a la ansiedad (interpretar las palpitaciones o el mareo como señal de que algo grave pasa) predice el inicio de ataques de pánico en la adolescencia, como mostró el estudio de Hayward et al. (2000) citado más arriba. Es una de las razones por las que la psicoeducación sobre el cuerpo es parte del tratamiento.
La familia. Los factores familiares y la ansiedad del adolescente se influyen mutuamente. Una revisión sobre factores familiares en los trastornos de ansiedad describe una relación recíproca entre el estrés familiar, el control parental y la acomodación (ajustar la vida de la casa a los miedos del hijo) con la ansiedad, y concluye que incluir a los padres mejora los resultados (Treadwell, 2024). En el caso concreto del rechazo escolar, una revisión sistemática identificó como factores parentales modificables la psicopatología de los padres, el funcionamiento familiar y la sobreprotección (Chockalingam, Skinner, Melvin y Yap, 2023).
Las redes sociales. Es el factor del que más se habla y sobre el que la evidencia es más ambigua. Una revisión sistemática de 32 estudios encontró que poco más de la mitad reportaba asociación entre uso de redes sociales y ansiedad, y que esa asociación aparecía sobre todo cuando se medía el uso problemático (75 % de los estudios) o el tiempo de pantalla (72,7 %), no el uso en general (Kerr et al., 2025). Son estudios observacionales: dicen que van juntos, no cuál causa cuál. La lectura razonable es que el uso que desplaza el sueño, el deporte y el contacto presencial sí importa; tener Instagram, por sí solo, no.
Qué mantiene la ansiedad: la trampa de evitar
Esto es lo más útil que puede entender un padre, porque explica por qué «dejarlo tranquilo» suele empeorar las cosas.
Tanto Clark y Beck (2010) como Tolin (2024) señalan a la evitación y a las conductas de seguridad como los factores que perpetúan la ansiedad. La secuencia es siempre parecida: aparece el pensamiento de amenaza («si hablo se van a burlar»), llega el malestar físico, el adolescente evita o se protege (no habla, falta al colegio, pide que la mamá lo acompañe, revisa veinte veces el mensaje antes de enviarlo), la ansiedad baja de inmediato y el cerebro aprende dos cosas falsas: que la situación era realmente peligrosa y que él no habría podido sostenerla. Ese alivio a corto plazo es un reforzador potentísimo, y la próxima vez el miedo es un poco mayor.
Tolin (2024) lo explica con una imagen que sirve para conversar en casa: usar conductas de seguridad sin un peligro real es como andar con muletas sin tener las piernas rotas. Al principio parece que ayudan a no caerse; con el tiempo impiden que las piernas se fortalezcan y convencen a la persona de que no puede caminar sola. En terapia no se quitan las muletas de golpe: se enseña a apoyar el peso, de a poco, en las propias piernas. Ruiz, Díaz y Villalobos (2012) usan otra metáfora: evitar es pedir un préstamo con un interés altísimo. Hoy da tranquilidad; mañana la deuda (el miedo y la vida que se achica) se multiplicó.
Hay una consecuencia práctica incómoda: no todo lo que se ofrece como «ayuda» ayuda. Una revisión sobre intervenciones que pueden prolongar la ansiedad en jóvenes advierte que varias intervenciones psicosociales disponibles prescriben estrategias basadas en la evitación (calmarse antes de enfrentar, saltarse lo que angustia, «respirar hasta que pase») que impiden el aprendizaje correctivo y pueden mantener la ansiedad a largo plazo (Dunning, Khan, Becker-Haimes y Guzick, 2025). Relajarse no es malo; usarlo para no enfrentar sí lo es.
Tratamiento de la ansiedad en adolescentes: cómo ayudar y qué funciona según la evidencia
Lo primero es saber que el tratamiento de la ansiedad en adolescentes funciona. En una revisión sombrilla de 57 metaanálisis sobre intervenciones para ansiedad y depresión en niños y jóvenes, los tratamientos psicosociales para la ansiedad mostraron un efecto moderado (d = 0,51), estadísticamente equivalente al de los fármacos (Morse et al., 2026). Dentro de lo psicosocial, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la que tiene el respaldo más consistente: en un metaanálisis en red de 30 ensayos, fue la única intervención cuyo intervalo de credibilidad no incluía el cero, con la advertencia de los autores de que la calidad de los estudios era baja (Li, Li, Wang, Fu y Chi, 2025).
La exposición, no la relajación, es el ingrediente activo
Dentro de la TCC, lo que funciona es la exposición: enfrentar de forma gradual, planificada y repetida lo que se teme, hasta que el cerebro aprende que la amenaza no era la que calculaba. Un ensayo con 102 niños y adolescentes comparó TCC centrada en exposición con un control activo de relajación: respondió el 57,3 % con exposición frente al 19,2 % con relajación, y los del grupo de exposición tuvieron casi tres veces más probabilidades de completar el tratamiento (Bilek et al., 2022). Es el dato que conviene tener en mente cuando un adolescente lleva meses en algo que solo lo calma. Cómo se estructura esa terapia lo explicamos en terapia cognitivo-conductual para la ansiedad.
Los padres son parte del tratamiento (y a veces son el tratamiento)
Uno de los hallazgos más sólidos de la última década es que se puede tratar la ansiedad de un hijo trabajando con los padres. En un ensayo de no inferioridad con 124 niños de 7 a 14 años, el programa SPACE (dirigido solo a los padres, sin que el niño vea al terapeuta) resultó tan eficaz como la TCC individual y redujo más la acomodación familiar (Lebowitz, Marin, Martino, Shimshoni y Silverman, 2020). Un metaanálisis de 29 estudios confirma que las intervenciones dirigidas solo a padres funcionan mejor que no hacer nada y no se diferencian claramente de otros tratamientos activos, aunque con estudios de calidad desigual (Jewell, Wittkowski y Pratt, 2022).
Con un adolescente mayor la participación de los padres cambia de forma (no se trata de llevarlo de la mano), pero el principio es el mismo: dejar de acomodar la casa a la ansiedad y apoyar la exposición.
¿Y los medicamentos?
Tienen su lugar, y lo indica un psiquiatra infantojuvenil, no un artículo. El ensayo CAMS, con 488 niños y adolescentes de 7 a 17 años, es la referencia: a las 12 semanas estaban muy mejorados el 80,7 % de los tratados con TCC más sertralina, el 59,7 % con TCC sola, el 54,9 % con sertralina sola y el 23,7 % con placebo; la combinación superó a ambas monoterapias y la TCC produjo menos insomnio, fatiga y sedación que el fármaco (Walkup et al., 2008). En el seguimiento a 6 años de ese mismo ensayo, el 46,5 % estaba en remisión, quienes habían respondido al tratamiento inicial tenían más probabilidad de estarlo, y casi la mitad de los respondedores había recaído en algún momento, lo que apunta a que muchos necesitan tratamiento más largo o refuerzos (Ginsburg et al., 2014).
Qué puedes hacer en casa desde hoy
Nada de esto sustituye la evaluación, pero todo esto ayuda mientras llega:
- Ponle nombre sin dramatizar. «Creo que lo que te pasa se llama ansiedad, es común a tu edad y tiene solución» abre más conversaciones que «no tienes por qué ponerte así».
- Valida la emoción, no la evitación. «Entiendo que te dé susto disertar» y, en la misma frase, «y vamos a ver cómo lo haces igual». Las dos mitades juntas.
- Deja de acomodar de a poco. Si has estado escribiendo justificativos, contestando por él o evitándole los planes que lo angustian, retira esa ayuda en pasos pequeños y avisados, no de golpe.
- Cuida lo básico. Horario de sueño estable, actividad física y comida a sus horas no curan un trastorno de ansiedad, pero le quitan combustible.
- No lo interrogues, acompáñalo. Un adolescente responde mejor a «¿cómo estuvo el día?» en el auto que a «¿tienes ansiedad?» en la mesa.
- Mira tu propia ansiedad. Los factores familiares son recíprocos (Treadwell, 2024). Si tú también te angustias con facilidad, tratarte es parte de ayudarlo.
¿Y si no se trata? Lo que dicen los estudios de seguimiento
Muchos padres esperan a que «se le pase con la edad». A veces pasa, y los datos ayudan a decidir cuánto esperar. En un seguimiento de 776 jóvenes durante casi diez años, la mayoría de los trastornos de ansiedad o depresión de la adolescencia ya no estaban en la adultez joven; pero un trastorno en la adolescencia multiplicaba por dos o tres el riesgo de tener uno en la adultez, y la mayoría de los trastornos de los adultos jóvenes había empezado en la adolescencia (Pine, Cohen, Gurley, Brook y Ma, 1998). Dicho de otra forma: tratar la ansiedad a los 15 es la mejor prevención de la ansiedad y la depresión a los 25.
Y no hace falta que sea un trastorno completo para que importe. En 3.021 adolescentes y adultos jóvenes seguidos hasta 10 años, tanto los ataques de pánico como los «episodios de miedo» que no llegaban a cumplir criterios predijeron trastornos de ansiedad, depresión y consumo de sustancias posteriores (Asselmann, Wittchen, Lieb, Höfler y Beesdo-Baum, 2014). Un ataque de pánico aislado en un adolescente no es una emergencia psiquiátrica, pero sí una buena razón para consultar antes de que se instale.
Cuándo consultar y con quién en Chile
Consulta si se cumple cualquiera de estas condiciones:
- La ansiedad lleva más de un mes y no cede aunque la situación que la disparó ya pasó.
- Está evitando cosas que antes hacía: colegio, amigos, deportes, salir de la casa, quedarse solo.
- Ha tenido uno o más ataques de pánico.
- Duerme mal de forma sostenida o el rendimiento escolar cayó de golpe.
- Aparece ánimo bajo, desesperanza, autolesiones o frases sobre no querer vivir. En ese caso no esperes: llama al *4141 (línea de prevención del suicidio del MINSAL, gratuita, 24 horas) o al 600 360 7777, opción 2 (Salud Responde). Y revisa la guía de trastornos psicológicos en la adolescencia, porque ansiedad y depresión van juntas con mucha frecuencia.
El dato chileno pesa aquí: menos de la mitad de los adolescentes que necesitan atención la reciben (Vicente et al., 2012). Lo habitual es empezar por un psicólogo con formación en TCC, que evalúa, distingue el tipo de ansiedad y, si hace falta, deriva a psiquiatría infantojuvenil. Un punto práctico sobre el sistema público: los trastornos de ansiedad no tienen garantía GES, pero la depresión en personas de 15 años y más sí la tiene, con confirmación diagnóstica y tratamiento garantizados; si la ansiedad viene con depresión, esa vía existe. La OMS y MedlinePlus tienen fichas claras para leer en familia.
Si prefieres empezar por una orientación, en test de ansiedad y depresión hay un cribado breve validado, y para los más chicos (9 a 17 años) el SCARED que incluimos en ansiedad en niños. Ninguno reemplaza la evaluación, pero ayudan a ordenar lo que estás viendo.
Preguntas frecuentes
¿Cómo sé si mi hijo adolescente tiene ansiedad o es solo la edad?
Mira tres cosas: si el malestar es desproporcionado para la situación, si dura más allá de ella y si le hace evitar lo que antes hacía. La irritabilidad, las quejas físicas antes del colegio y las notas que bajan son señales frecuentes. Uno o dos indicios pasajeros son normales; varios a la vez y por semanas, no.
¿Cuáles son los síntomas de ansiedad más comunes en adolescentes?
Preocupación constante, irritabilidad, dolores de cabeza o de estómago sin causa médica, dificultad para dormir, evitación de situaciones sociales o escolares, necesidad de que lo tranquilicen una y otra vez y, en algunos casos, ataques de pánico con palpitaciones, ahogo y miedo intenso. Muchos adolescentes no dicen «estoy ansioso»: lo muestran con el cuerpo y la conducta.
¿Qué causa la ansiedad en la adolescencia?
Una combinación de factores: una forma de procesar la amenaza que sobreestima el peligro y subestima los propios recursos, el miedo a las sensaciones del cuerpo, el estrés familiar y la acomodación de los padres, la presión académica y social, y el uso problemático de pantallas. La adolescencia concentra la edad de inicio de la mayoría de los trastornos de ansiedad.
¿Se puede curar la ansiedad en adolescentes?
Se trata bien. En el ensayo CAMS, alrededor del 60 % de los niños y adolescentes mejoró mucho con terapia cognitivo-conductual y cerca del 80 % con terapia más sertralina, frente a menos del 25 % con placebo. A largo plazo casi la mitad recae en algún momento, por lo que muchos necesitan tratamiento más largo o sesiones de refuerzo.
¿Qué hago si mi hijo no quiere ir al psicólogo?
Es frecuente. Ayuda no presentarlo como castigo ni como «tienes un problema», sino como alguien que le va a enseñar a manejar algo que le está costando. Ofrécele una primera sesión sin compromiso y la posibilidad de elegir. Si no acepta, consulta tú: hay programas eficaces que trabajan solo con los padres.
¿La ansiedad en adolescentes se pasa sola?
A veces sí, pero es una apuesta. En los seguimientos a largo plazo, un trastorno de ansiedad en la adolescencia multiplica por dos o tres el riesgo de tener ansiedad o depresión en la adultez, y la mayoría de los trastornos de los adultos jóvenes empezó en la adolescencia. Tratarla a tiempo es la mejor prevención.
¿Los ansiolíticos sirven para un adolescente?
Las benzodiacepinas no son el tratamiento de la ansiedad en adolescentes. Cuando se indica un fármaco, suele ser un ISRS como la sertralina, prescrito por un psiquiatra infantojuvenil, idealmente junto con terapia. En el ensayo CAMS, la combinación fue la que dio mejores resultados y la sertralina no aumentó la ideación suicida respecto del placebo.
Un adolescente ansioso necesita que alguien le enseñe a caminar sin muletas
La ansiedad en adolescentes es frecuente, tiene sentido a esa edad y responde bien al tratamiento. Lo que no funciona es esperar a que se pase mientras la evitación se va instalando. Si lo que leíste calza con lo que ves en tu casa, agenda una consulta: evaluamos qué tipo de ansiedad es, si la familia está acomodando sin darse cuenta y qué plan de exposición tiene sentido para tu hijo o hija, con la participación que tú puedas tener.
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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