Si llegaste buscando terapia de aceptación y compromiso para adolescentes, lo más probable es que alguien te la haya nombrado: un psicólogo, un profesor, una amiga cuyo hijo «mejoró harto con ACT». Y te quedaste con la duda de si eso funciona con un adolescente que no quiere hablar de sus emociones, que dice que está bien y que se encierra en la pieza.
La duda tiene sentido. A los 15 años nadie quiere que le «reestructuren los pensamientos». Y ahí está justamente la gracia de la ACT: no discute con lo que el adolescente piensa ni le pide que se sienta distinto. Le enseña a hacer lo que le importa aunque la cabeza le diga otra cosa.
Esta guía explica qué es la ACT adaptada a la adolescencia, para qué problemas tiene estudios (y cuánto ayuda), en qué se diferencia de la terapia cognitivo-conductual clásica, cómo es una sesión, qué hacen los padres y cuándo no debería ser la primera opción.
Respuesta corta: la terapia de aceptación y compromiso (ACT) es una terapia conductual que enseña al adolescente a dejar de pelear contra sus pensamientos y emociones difíciles y a actuar según lo que valora. En adolescentes con ansiedad y depresión funciona mejor que no hacer nada y de forma comparable a la terapia cognitivo-conductual (TCC), según dos metaanálisis de 2025. También tiene evidencia preliminar en estrés, dolor crónico y enfermedades físicas de larga duración. No es la primera opción cuando hay riesgo suicida activo o un cuadro que requiere estabilización médica.
¿Qué es la terapia de aceptación y compromiso para adolescentes?
La ACT (se pronuncia «act», como la palabra inglesa «actuar») es una terapia de la familia conductual creada por Steven Hayes y sus colegas. Su punto de partida es distinto al de la mayoría de las terapias: no asume que el problema sean los pensamientos negativos o la ansiedad en sí, sino la lucha contra ellos. Hayes, Strosahl y Wilson (2015) llaman a eso rigidez psicológica, y a su contrario, flexibilidad psicológica: la capacidad de estar en contacto con lo que uno piensa y siente en el momento presente y, aun así, actuar en la dirección de lo que le importa.
Ese modelo tiene seis procesos (aceptación, defusión, contacto con el presente, yo como contexto, valores y acción comprometida), que en el gremio se conocen como el «hexaflex» (Hayes, Strosahl y Wilson, 2015, pp. 86-87). Si quieres el detalle de cada uno, está en la guía sobre qué es la terapia de aceptación y compromiso. Acá interesa otra cosa: por qué esto le calza a un adolescente.
Un adolescente vive rodeado de reglas verbales que le dicen cómo debería sentirse. «Tienes que tener más confianza», «no te pongas nervioso», «piensa positivo». Wilson y Luciano (2002, pp. 38-39) describen exactamente esa escena: al adolescente tímido se le dice que la falta de confianza es lo que le impide actuar, y con eso aprende que primero hay que sentirse bien para poder hacer algo. Es una trampa. En ACT la orden es al revés: haz lo que importa y deja que la confianza llegue después, si llega.
La otra razón es más simple. La ACT trabaja con metáforas, ejercicios y experiencias, no con largas explicaciones. Eso encaja con un joven que se aburre a los tres minutos de psicoeducación y desconfía de cualquier adulto que quiera «arreglarle la cabeza».
Para qué problemas sirve la ACT en adolescentes (y cuánto ayuda)
La ACT para niños y adolescentes tiene ya un cuerpo de ensayos clínicos propio, no solo evidencia extrapolada de adultos. Lo que se sabe hasta ahora, por problema:
| Problema | Qué dice la evidencia en menores de 18 | Fuerza de la evidencia |
|---|---|---|
| Ansiedad y depresión | Mejor que lista de espera en todos los desenlaces; comparable a la TCC; la mejora en flexibilidad psicológica predice la reducción de síntomas | Metaanálisis de 27 ECA (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025) |
| Depresión | Reducción significativa de síntomas; superior a lista de espera, no al tratamiento habitual ni a otros tratamientos activos; el formato grupal rindió más que el individual y el presencial más que el online | Metaanálisis de 25 estudios (Yu et al., 2025) |
| Estrés | Efecto pequeño pero significativo frente a controles (g = -0,20), en programas escolares y clínicos | Metaanálisis de 8 ECA (Binder, Mehl, Resch, Kaess y Koenig, 2024) |
| Dolor crónico y enfermedades físicas de larga duración | Apoyo preliminar en la mayoría de los desenlaces psicosociales; buena aceptabilidad; estudios pequeños con alto riesgo de sesgo | Revisión sistemática de 16 estudios (Batchelor, Cogings, McCormack y Hotton, 2026) |
| Ira, irritabilidad y agresividad | Resultados mixtos; alguna señal a favor de la ACT grupal; sin conclusiones firmes | Revisión sistemática de 7 estudios (Byrne y Cullen, 2024) |
Vamos por partes, porque no todas esas filas pesan lo mismo.
ACT para la ansiedad y la depresión en adolescentes
Es donde hay más y mejores estudios. Un metaanálisis de 27 ensayos clínicos con 2.860 adolescentes encontró que la ACT reduce los síntomas de ansiedad y depresión más que los controles inactivos en todos los desenlaces, y más que otros controles activos (como el tratamiento habitual) en depresión. Y la mejora en flexibilidad psicológica predijo la reducción de síntomas: es decir, el mecanismo que la terapia dice trabajar es el que explica el cambio (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025).
Con la depresión adolescente en concreto, otro metaanálisis de 25 estudios con 2.352 participantes llegó a lo mismo y añadió tres detalles útiles para decidir formato: la ACT presencial funcionó mejor que la versión por internet, el formato grupal mejor que el individual, y no hubo diferencias entre muestras clínicas y no clínicas (Yu et al., 2025).
Ojo con una cosa que los propios autores advierten: los ensayos tenían alto riesgo de sesgo (medidas autoinformadas, poca información sobre cómo se aleatorizó y sobre si la terapia se aplicó como estaba escrita). Que el resultado sea consistente entre 27 estudios da confianza; que sean estudios imperfectos obliga a no venderlo como milagro.
ACT para el estrés en adolescentes
Aquí el efecto es real pero chico. El metaanálisis de Binder y su equipo, con 8 ensayos y 976 participantes de hasta 18 años, encontró que los programas basados en ACT reducen el estrés más que los controles, con un tamaño de efecto pequeño (g de Hedges = -0,20) y con muestras pequeñas y señales de sesgo de publicación (Binder, Mehl, Resch, Kaess y Koenig, 2024).
Pero cuando se apunta a los adolescentes que de verdad están estresados, el efecto crece. El mismo grupo probó después un programa grupal de 8 sesiones para adolescentes de 13 a 18 años con estrés elevado: frente a lista de espera, la reducción del estrés percibido fue de tamaño medio a grande (d = 0,77), y también bajaron el burnout escolar y los síntomas físicos asociados al estrés (Binder, Koenig, Resch y Kaess, 2024). Un programa breve por internet y celular en población general (Youth COMPASS, 5 semanas) dio un efecto pequeño (d = 0,22) que fue mayor entre los más estresados (Puolakanaho et al., 2019).
La lectura práctica: la ACT como prevención universal en el colegio ayuda poco; como intervención dirigida a quien lo necesita, ayuda bastante.
ACT para el dolor crónico y las enfermedades de larga duración
El primer ensayo clínico de ACT en dolor pediátrico persistente es de 2009: 32 niños y adolescentes con dolor de larga duración recibieron unas 10 sesiones semanales de ACT (basadas en exposición y aceptación) o un tratamiento multidisciplinario con amitriptilina. Con los seguimientos incluidos, la ACT fue mejor en capacidad funcional, intensidad y malestar por dolor; y al terminar, también en kinesiofobia (miedo a moverse), interferencia del dolor y calidad de vida (Wicksell, Melin, Lekander y Olsson, 2009).
Desde entonces se han sumado estudios en diabetes, cáncer, obesidad y discapacidad visual. La revisión sistemática de 2026 que los reúne (16 estudios, 777 participantes) habla de apoyo preliminar y de buena aceptabilidad, pero casi todos los estudios tenían riesgo de sesgo alto (Batchelor, Cogings, McCormack y Hotton, 2026). Si tu hijo tiene una enfermedad crónica y el problema es cómo la lleva más que la enfermedad en sí, la ACT es una opción razonable; el foco del tratamiento es recuperar la vida que la enfermedad fue estrechando, no eliminar el síntoma.
ACT para la ira y la agresividad
Este es el eslabón débil. Una revisión sistemática de 2024 encontró solo 7 estudios (305 participantes en total), de baja calidad y con resultados mixtos: algo de evidencia de que la ACT grupal reduce la ira autoinformada, pero nada firme (Byrne y Cullen, 2024). Si el motivo de consulta es un adolescente que explota, pega o rompe cosas (y no una terapia para adolescentes con ansiedad, donde la ACT sí tiene respaldo), hoy conviene mirar primero las intervenciones con más respaldo para problemas de conducta y usar la ACT como complemento, no como eje.
ACT vs TCC en adolescentes: ¿cuál es mejor?
Ninguna de las dos gana. Esa es la respuesta honesta y la que dan los estudios que las compararon cara a cara.
El ensayo más citado tomó a 193 niños y adolescentes de Sídney (promedio 11 años) con un trastorno de ansiedad diagnosticado y los asignó al azar a 10 semanas de ACT grupal, 10 semanas de TCC grupal o lista de espera. Las dos terapias superaron a la lista de espera con diferencias clínicamente significativas que se mantuvieron a los 3 meses, y produjeron resultados similares entre sí. Hubo alguna ventaja de la ACT en calidad de vida, pero no en otros desenlaces (Hancock et al., 2018). Los propios autores fueron cuidadosos: el estudio no demuestra que la ACT sea equivalente a la TCC ni que deba reemplazarla; demuestra que es otra opción con apoyo empírico.
Los metaanálisis posteriores confirman ese patrón. En adolescentes, la ACT no superó a la TCC pero sí a los controles inactivos y, en depresión, también al tratamiento habitual (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025). Los autores concluyen que es comparable en eficacia y, por lo tanto, una alternativa legítima a los enfoques cognitivo-conductuales clásicos.
Entonces, ¿cómo elegir? La diferencia no está en cuánto ayudan sino en cómo trabajan con los pensamientos. La TCC clásica identifica el pensamiento distorsionado («voy a hacer el ridículo») y lo somete a prueba para reemplazarlo por uno más realista. La ACT hace algo distinto: enseña a notar el pensamiento como pensamiento («estoy teniendo el pensamiento de que voy a hacer el ridículo») sin cambiar su contenido, para que pierda el mando sobre la conducta. Hayes, Strosahl y Wilson (2015, pp. 291-292) lo llaman defusión: separar al que escucha (la persona) del que habla (la mente). El objetivo es cambiar la función del pensamiento, no su forma.
En la práctica, muchos adolescentes se llevan mejor con la segunda opción. Discutir con un joven de 16 sobre si su pensamiento es «racional» suele terminar en un debate que él gana. Pedirle que lo mire como un pasajero pesado que va sentado atrás en el bus, y que igual siga manejando, es otra conversación. En la guía de terapia cognitivo-conductual para la ansiedad puedes ver cómo trabaja el otro enfoque y compararlos.
Cómo es una sesión de ACT con un adolescente
Una sesión de ACT con un adolescente se parece poco a la imagen clásica de terapia. Hay menos «cuéntame cómo te sientes» y más ejercicios, dibujos, metáforas y tareas concretas para la semana. Estos son los componentes que casi siempre aparecen.
La desesperanza creativa: revisar qué ha funcionado y qué no
Suele ser por donde se empieza. El terapeuta y el adolescente hacen juntos el inventario de todo lo que ha intentado para dejar de sentirse así: no ir al colegio, quedarse en el celular hasta las 3, discutir consigo mismo, prometerse que mañana será distinto. Y miran, sin juzgar, si algo de eso lo acercó a la vida que quiere. Wilson y Luciano (2002, p. 128) usan aquí la metáfora del hombre en el hoyo: alguien cayó en un hoyo con una pala en la mano y lleva años cavando para salir. Cavar es lo único que sabe hacer, y el hoyo está cada vez más hondo. El adolescente no hizo nada mal: su estrategia (evitar, controlar, luchar) simplemente no está funcionando, y vale la pena probar otra.
Aceptación: hacer espacio en vez de pelear
Aceptar en ACT no es resignarse ni «aguantar». Twohig y Hayes (2020, pp. 15-17) lo definen como un acto: admitir activamente los pensamientos, sentimientos y sensaciones físicas mientras están ocurriendo, sin intentar atenuarlos ni cambiarlos. Con un adolescente ansioso se practica en sesión: se invita a la ansiedad a aparecer (imaginando la exposición oral, por ejemplo) y se observa qué hace el cuerpo, qué dice la mente, y si se puede quedar ahí un rato sin salir corriendo. El resultado se parece al de la exposición de la TCC, con una meta distinta: que el joven aprenda que puede tener ansiedad y seguir, baje o no.
Defusión: mirar los pensamientos, no mirar desde ellos
Es la parte que mejor suele funcionar con adolescentes porque es casi un juego. Ponerle voz de personaje al pensamiento crítico, cantarlo con la melodía del cumpleaños feliz, escribirlo en una tarjeta y llevarla en el bolsillo, agradecerle a la mente por el aporte. La metáfora de los pasajeros del bus (Hayes, Strosahl y Wilson, 2015, pp. 299-300; Wilson y Luciano, 2002, p. 170) es la más usada: los pensamientos y emociones son pasajeros que amenazan y gritan desde atrás; el adolescente es el chofer, y puede seguir manejando hacia donde eligió aunque los pasajeros no se callen. Con práctica, el adolescente aprende a decir «ahí está otra vez el pasajero» y a seguir con lo suyo.
Valores: para qué vale la pena pasarlo mal
Este es el motor de la terapia y también lo que más engancha a un adolescente, porque por una vez alguien le pregunta qué le importa a él, no qué tiene que hacer. Los valores son direcciones («ser alguien en quien mis amigos confían», «aprender cosas que me interesan»), a diferencia de las metas («subir el promedio»), que se cumplen y se acaban. Wilson y Luciano (2002, p. 174) proponen usar la propia metáfora del hoyo como brújula: antes de cada decisión, preguntarse si dar ese paso es cavar o salir. La diana de valores (una hoja con áreas de vida donde el joven marca qué tan cerca está de lo que le importa) funciona bien a esta edad porque es visual y no exige explicarse.
Acción comprometida: el paso de esta semana
Cada sesión termina con algo que hacer, chico y concreto, en la dirección de un valor: mandarle un mensaje al amigo que dejó de ver, ir al entrenamiento aunque tenga ganas de faltar, hacer la exposición oral con la voz temblando. Y en la sesión siguiente se revisa qué apareció (los pasajeros) y qué hizo el chofer.
El modelo DNA-V: la ACT traducida al lenguaje adolescente
Louise Hayes y Joseph Ciarrochi (2015) diseñaron una adaptación de la ACT específica para adolescentes, el modelo DNA-V, que reemplaza los seis procesos por tres «personajes» más fáciles de recordar: el Descubridor (D, el que prueba cosas nuevas y aprende de la experiencia), el Observador (N, de noticer, el que nota lo que pasa en el cuerpo y en las emociones) y el Consejero (A, de advisor, la voz interna que da reglas y predicciones), todos al servicio de los Valores (V). La idea es que el adolescente aprenda a saber cuál está al mando en cada momento y a cambiar de uno a otro con flexibilidad.
El DNA-V tiene ya algún ensayo propio. En un estudio con 139 estudiantes de octavo básico de Pekín, asignados al azar a DNA-V presencial, DNA-V por internet o un control activo, el grupo presencial redujo la ansiedad a los dos meses (d = 0,56) y también la fusión cognitiva (d = 0,51) respecto a su línea base (Shao et al., 2024). Es un estudio en aulas, no en pacientes: respalda el modelo como prevención; su eficacia en adolescentes con un trastorno diagnosticado no está medida por separado todavía.
Qué hacen los padres mientras tanto
Depende de la edad y de lo que el adolescente quiera, pero rara vez los padres quedan fuera. Lo habitual es que participen en algunas sesiones (la primera, alguna intermedia y la de cierre) y que aprendan dos cosas.
La primera es dejar de ser un pasajero más del bus. Un padre que dice «no te pongas nervioso, no es para tanto» está pidiendo justo lo que la terapia enseña a no pedir: que el adolescente cambie lo que siente antes de actuar. Los padres aprenden a validar («entiendo que te dé miedo») y a apoyar la acción («¿y qué harías si igual fueras?») en vez de a discutir la emoción.
La segunda es reforzar valores, no síntomas. En casa se puede preguntar qué le importó del día, qué hizo que le costara, qué pasajero apareció. Y evitar la pregunta «¿cómo estás de la ansiedad?» como saludo diario, que convierte el síntoma en el centro de la casa.
Sobre el papel de los padres en ACT con adolescentes con ansiedad o depresión hay poca investigación específica; los ensayos de ACT «parental» que existen están hechos sobre todo con padres de niños con autismo, parálisis cerebral o enfermedades crónicas. Lo anterior es práctica clínica coherente con el modelo, no un hallazgo de ensayo. Si además el padre o la madre tiene su propia ansiedad sin tratar, conviene que la mire aparte: el modelo no puede funcionar en un joven si en casa se le enseña lo contrario todos los días.
¿Cuánto dura y cómo saber si está funcionando?
No hay una cifra oficial de sesiones. En los ensayos con adolescentes los protocolos van de programas breves de 5 semanas por internet (Puolakanaho et al., 2019) a 8 sesiones grupales (Binder, Koenig, Resch y Kaess, 2024) y 10 sesiones semanales individuales o grupales (Hancock et al., 2018; Wicksell, Melin, Lekander y Olsson, 2009). Fuera de los ensayos, la duración se acuerda con el terapeuta según el problema y la persona, y conviene fijar desde el inicio un punto de revisión (por ejemplo, a la sexta u octava sesión) para decidir si seguir, ajustar o cerrar.
Lo que sí se puede decir es en qué se nota que va bien, y no es «ya no tiene ansiedad». Las señales que importan en ACT son conductuales:
- Vuelve a hacer cosas que había dejado (salir, ir al colegio, entrenar, hablar en clases), aunque siga sintiéndose nervioso al hacerlas.
- Habla de sus pensamientos como pensamientos: «me apareció la idea de que no sirvo», en vez de «no sirvo».
- Tolera mejor la incomodidad: se queda en una situación difícil unos minutos más que antes.
- Puede decir qué le importa, en sus palabras, y toma alguna decisión chica basada en eso.
- Discute menos con sus propias emociones y con los adultos que se las señalan.
Si a las 6 u 8 sesiones no aparece ninguna de estas señales, es momento de revisar el plan con el terapeuta, no de esperar a que «haga efecto».
Cuándo la ACT no es la primera opción
La ACT es una terapia para aprender a vivir con malestar en la dirección de lo que importa. Hay situaciones en las que antes hay que asegurar otra cosa.
- Riesgo suicida activo o autolesiones frecuentes. Lo primero es un plan de seguridad y, si hace falta, evaluación psiquiátrica. Hay algún estudio de ACT en autolesión no suicida, pero es retrospectivo y sin asignación al azar; no alcanza para tomarlo como tratamiento de primera línea.
- Depresión moderada a grave con deterioro marcado. En Chile, la depresión en personas de 15 años y más es una garantía GES, con acceso a tratamiento (incluida evaluación de medicación) en plazos definidos. Los trastornos de ansiedad no tienen garantía GES.
- Trastorno de conducta o agresividad como problema principal. Como vimos, la evidencia de ACT ahí es mixta y débil; hay intervenciones con más respaldo.
- Consumo de sustancias grave, psicosis o trastorno alimentario con riesgo médico. Necesitan un tratamiento especializado; la ACT puede ser parte, no el eje.
- El adolescente no quiere ir. No es una contraindicación, pero cambia el plan: se empieza con los padres o con una o dos sesiones de «solo conocerse», sin compromiso de continuar.
Si no tienes claro si lo que le pasa a tu hijo es ansiedad normal de la edad, un trastorno o algo más, la guía sobre trastornos psicológicos en la adolescencia ayuda a ubicarse antes de consultar. Y el test gratuito de ansiedad y depresión da una primera orientación, sin reemplazar la evaluación.
Cómo encontrar terapia ACT para adolescentes en Chile
Si buscas un psicólogo ACT en Chile, ten en cuenta que no existe una acreditación oficial «ACT» que puedas exigir. Lo que sí puedes hacer es preguntar. Estas preguntas ayudan a saber si el psicólogo trabaja de verdad con este modelo:
- ¿Con qué enfoque trabaja con adolescentes? Si la respuesta es «ecléctico» o «integrativo» sin más, pide que te explique qué hace en una sesión típica.
- ¿Qué formación tiene en ACT? Cursos, supervisión, pertenencia a la Association for Contextual Behavioral Science (ACBS), que es la sociedad científica del modelo y mantiene un directorio de terapeutas.
- ¿Cómo incluye a los padres? Una respuesta clara (cuántas sesiones, para qué) es buena señal.
- ¿Cómo mide si está funcionando? Debería hablar de conductas y de flexibilidad, no solo de «que se sienta mejor».
- ¿Trabaja online? El metaanálisis de depresión adolescente encontró que la ACT presencial rindió mejor que la ACT por internet (Yu et al., 2025), pero «por internet» mezcla formatos muy distintos: un programa autoaplicado en una app no es lo mismo que una sesión por videollamada con un psicólogo. Para un adolescente de región, o que no quiere ir a una consulta, la terapia ACT para jóvenes por videollamada con terapeuta sigue siendo una opción válida.
Sobre cobertura: la depresión desde los 15 años entra en el GES; la ansiedad no. Para el resto, revisa qué cubre tu plan de isapre o Fonasa antes de empezar. Y si necesitas orientación más general sobre salud mental adolescente, la ficha de la OMS y la página de MedlinePlus sobre salud mental del adolescente son buenos puntos de partida.
Preguntas frecuentes
¿La ACT es lo mismo que mindfulness?
No, aunque lo incluye. El mindfulness (atención al momento presente sin juicio) es uno de los seis procesos de la ACT. La diferencia es que la ACT además trabaja valores y acción comprometida: observar la ansiedad es la mitad; la otra mitad es hacer lo que importa mientras la ansiedad está ahí. Un programa solo de mindfulness no es ACT.
¿Sirve la ACT si mi hijo adolescente no quiere ir a terapia?
Puede servir, con un plan distinto. Se empieza con los padres, o se ofrece al adolescente una o dos sesiones sin compromiso, centradas en lo que a él le importa y no en «arreglarlo». La ACT tiene la ventaja de no exigirle que quiera cambiar lo que siente; solo le pide que pruebe si hay otra forma de vivir con eso.
¿Cuántas sesiones de ACT necesita un adolescente?
No hay un número fijo. En los ensayos clínicos los programas van de 5 a 10 sesiones; fuera de ellos, la duración se acuerda con el terapeuta y se revisa por el camino. La duración la marcan las señales de flexibilidad, más que el calendario: volver a hacer lo que había dejado, hablar de los pensamientos como pensamientos, tolerar mejor la incomodidad.
¿La ACT funciona para la ansiedad en adolescentes?
Sí. Un metaanálisis de 27 ensayos clínicos con 2.860 adolescentes encontró que la ACT reduce la ansiedad y la depresión más que no hacer nada y de forma comparable a la terapia cognitivo-conductual. En el ensayo que las comparó directamente en niños con trastorno de ansiedad, ambas superaron a la lista de espera con mejoras que se mantuvieron a los tres meses.
¿Qué es mejor para un adolescente, ACT o TCC?
Las dos tienen evidencia y ninguna es claramente superior en síntomas. La TCC clásica trabaja cambiando el contenido de los pensamientos; la ACT cambia la relación con ellos sin discutirlos. Muchos adolescentes toleran mejor la segunda porque no sienten que les están corrigiendo la forma de pensar. Lo razonable es elegir según el joven y el terapeuta disponible, no por una supuesta jerarquía.
¿La ACT online funciona con adolescentes?
Los programas de ACT por internet tienen efectos pequeños en estrés y rindieron menos que la ACT presencial en depresión adolescente. Pero «por internet» agrupa formatos muy distintos. Una sesión por videollamada con un psicólogo mantiene la relación terapéutica, los ejercicios y las tareas; un programa autoaplicado no. Para adolescentes de regiones o que se niegan a ir a una consulta, es una opción válida.
¿Qué es el modelo DNA-V?
Es la adaptación de la ACT para adolescentes creada por Louise Hayes y Joseph Ciarrochi. Resume los procesos de la terapia en tres «personajes» (Descubridor, Observador y Consejero) al servicio de los Valores, para que el joven aprenda cuál está al mando en cada momento y cambie con flexibilidad. Tiene evidencia como programa de prevención en colegios; su eficacia clínica en adolescentes diagnosticados aún no se ha medido por separado.
Un adolescente no necesita dejar de sentir para empezar a vivir
Eso es, en una frase, lo que la terapia de aceptación y compromiso para adolescentes ofrece: permiso para tener miedo, rabia o tristeza y, aun así, ir al colegio, mandar el mensaje, presentarse a la prueba. La evidencia dice que funciona tan bien como la TCC para la ansiedad y la depresión en esta edad, que ayuda en el estrés cuando se dirige a quien lo necesita y que tiene apoyo preliminar en dolor y enfermedad crónica. No es magia y no es para todo, pero para un joven que ya está cansado de pelear con su propia cabeza suele ser la conversación correcta.
Si crees que tu hijo o tu hija podría beneficiarse de este enfoque, o si eres tú el adolescente que llegó hasta aquí, puedes agendar una primera consulta online para evaluar qué está pasando y qué tipo de terapia conviene. Una sesión de evaluación no compromete a nada; sirve para decidir con información.
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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