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  • Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) para Adolescentes: Qué Es, Para Qué Sirve y Qué Dice la Evidencia

    Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) para Adolescentes: Qué Es, Para Qué Sirve y Qué Dice la Evidencia

    Si llegaste buscando terapia de aceptación y compromiso para adolescentes, lo más probable es que alguien te la haya nombrado: un psicólogo, un profesor, una amiga cuyo hijo «mejoró harto con ACT». Y te quedaste con la duda de si eso funciona con un adolescente que no quiere hablar de sus emociones, que dice que está bien y que se encierra en la pieza.

    La duda tiene sentido. A los 15 años nadie quiere que le «reestructuren los pensamientos». Y ahí está justamente la gracia de la ACT: no discute con lo que el adolescente piensa ni le pide que se sienta distinto. Le enseña a hacer lo que le importa aunque la cabeza le diga otra cosa.

    Esta guía explica qué es la ACT adaptada a la adolescencia, para qué problemas tiene estudios (y cuánto ayuda), en qué se diferencia de la terapia cognitivo-conductual clásica, cómo es una sesión, qué hacen los padres y cuándo no debería ser la primera opción.

    Respuesta corta: la terapia de aceptación y compromiso (ACT) es una terapia conductual que enseña al adolescente a dejar de pelear contra sus pensamientos y emociones difíciles y a actuar según lo que valora. En adolescentes con ansiedad y depresión funciona mejor que no hacer nada y de forma comparable a la terapia cognitivo-conductual (TCC), según dos metaanálisis de 2025. También tiene evidencia preliminar en estrés, dolor crónico y enfermedades físicas de larga duración. No es la primera opción cuando hay riesgo suicida activo o un cuadro que requiere estabilización médica.

    ¿Qué es la terapia de aceptación y compromiso para adolescentes?

    La ACT (se pronuncia «act», como la palabra inglesa «actuar») es una terapia de la familia conductual creada por Steven Hayes y sus colegas. Su punto de partida es distinto al de la mayoría de las terapias: no asume que el problema sean los pensamientos negativos o la ansiedad en sí, sino la lucha contra ellos. Hayes, Strosahl y Wilson (2015) llaman a eso rigidez psicológica, y a su contrario, flexibilidad psicológica: la capacidad de estar en contacto con lo que uno piensa y siente en el momento presente y, aun así, actuar en la dirección de lo que le importa.

    Ese modelo tiene seis procesos (aceptación, defusión, contacto con el presente, yo como contexto, valores y acción comprometida), que en el gremio se conocen como el «hexaflex» (Hayes, Strosahl y Wilson, 2015, pp. 86-87). Si quieres el detalle de cada uno, está en la guía sobre qué es la terapia de aceptación y compromiso. Acá interesa otra cosa: por qué esto le calza a un adolescente.

    Un adolescente vive rodeado de reglas verbales que le dicen cómo debería sentirse. «Tienes que tener más confianza», «no te pongas nervioso», «piensa positivo». Wilson y Luciano (2002, pp. 38-39) describen exactamente esa escena: al adolescente tímido se le dice que la falta de confianza es lo que le impide actuar, y con eso aprende que primero hay que sentirse bien para poder hacer algo. Es una trampa. En ACT la orden es al revés: haz lo que importa y deja que la confianza llegue después, si llega.

    La otra razón es más simple. La ACT trabaja con metáforas, ejercicios y experiencias, no con largas explicaciones. Eso encaja con un joven que se aburre a los tres minutos de psicoeducación y desconfía de cualquier adulto que quiera «arreglarle la cabeza».

    Para qué problemas sirve la ACT en adolescentes (y cuánto ayuda)

    La ACT para niños y adolescentes tiene ya un cuerpo de ensayos clínicos propio, no solo evidencia extrapolada de adultos. Lo que se sabe hasta ahora, por problema:

    Problema Qué dice la evidencia en menores de 18 Fuerza de la evidencia
    Ansiedad y depresión Mejor que lista de espera en todos los desenlaces; comparable a la TCC; la mejora en flexibilidad psicológica predice la reducción de síntomas Metaanálisis de 27 ECA (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025)
    Depresión Reducción significativa de síntomas; superior a lista de espera, no al tratamiento habitual ni a otros tratamientos activos; el formato grupal rindió más que el individual y el presencial más que el online Metaanálisis de 25 estudios (Yu et al., 2025)
    Estrés Efecto pequeño pero significativo frente a controles (g = -0,20), en programas escolares y clínicos Metaanálisis de 8 ECA (Binder, Mehl, Resch, Kaess y Koenig, 2024)
    Dolor crónico y enfermedades físicas de larga duración Apoyo preliminar en la mayoría de los desenlaces psicosociales; buena aceptabilidad; estudios pequeños con alto riesgo de sesgo Revisión sistemática de 16 estudios (Batchelor, Cogings, McCormack y Hotton, 2026)
    Ira, irritabilidad y agresividad Resultados mixtos; alguna señal a favor de la ACT grupal; sin conclusiones firmes Revisión sistemática de 7 estudios (Byrne y Cullen, 2024)

    Vamos por partes, porque no todas esas filas pesan lo mismo.

    ACT para la ansiedad y la depresión en adolescentes

    Es donde hay más y mejores estudios. Un metaanálisis de 27 ensayos clínicos con 2.860 adolescentes encontró que la ACT reduce los síntomas de ansiedad y depresión más que los controles inactivos en todos los desenlaces, y más que otros controles activos (como el tratamiento habitual) en depresión. Y la mejora en flexibilidad psicológica predijo la reducción de síntomas: es decir, el mecanismo que la terapia dice trabajar es el que explica el cambio (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025).

    Con la depresión adolescente en concreto, otro metaanálisis de 25 estudios con 2.352 participantes llegó a lo mismo y añadió tres detalles útiles para decidir formato: la ACT presencial funcionó mejor que la versión por internet, el formato grupal mejor que el individual, y no hubo diferencias entre muestras clínicas y no clínicas (Yu et al., 2025).

    Ojo con una cosa que los propios autores advierten: los ensayos tenían alto riesgo de sesgo (medidas autoinformadas, poca información sobre cómo se aleatorizó y sobre si la terapia se aplicó como estaba escrita). Que el resultado sea consistente entre 27 estudios da confianza; que sean estudios imperfectos obliga a no venderlo como milagro.

    ACT para el estrés en adolescentes

    Aquí el efecto es real pero chico. El metaanálisis de Binder y su equipo, con 8 ensayos y 976 participantes de hasta 18 años, encontró que los programas basados en ACT reducen el estrés más que los controles, con un tamaño de efecto pequeño (g de Hedges = -0,20) y con muestras pequeñas y señales de sesgo de publicación (Binder, Mehl, Resch, Kaess y Koenig, 2024).

    Pero cuando se apunta a los adolescentes que de verdad están estresados, el efecto crece. El mismo grupo probó después un programa grupal de 8 sesiones para adolescentes de 13 a 18 años con estrés elevado: frente a lista de espera, la reducción del estrés percibido fue de tamaño medio a grande (d = 0,77), y también bajaron el burnout escolar y los síntomas físicos asociados al estrés (Binder, Koenig, Resch y Kaess, 2024). Un programa breve por internet y celular en población general (Youth COMPASS, 5 semanas) dio un efecto pequeño (d = 0,22) que fue mayor entre los más estresados (Puolakanaho et al., 2019).

    La lectura práctica: la ACT como prevención universal en el colegio ayuda poco; como intervención dirigida a quien lo necesita, ayuda bastante.

    ACT para el dolor crónico y las enfermedades de larga duración

    El primer ensayo clínico de ACT en dolor pediátrico persistente es de 2009: 32 niños y adolescentes con dolor de larga duración recibieron unas 10 sesiones semanales de ACT (basadas en exposición y aceptación) o un tratamiento multidisciplinario con amitriptilina. Con los seguimientos incluidos, la ACT fue mejor en capacidad funcional, intensidad y malestar por dolor; y al terminar, también en kinesiofobia (miedo a moverse), interferencia del dolor y calidad de vida (Wicksell, Melin, Lekander y Olsson, 2009).

    Desde entonces se han sumado estudios en diabetes, cáncer, obesidad y discapacidad visual. La revisión sistemática de 2026 que los reúne (16 estudios, 777 participantes) habla de apoyo preliminar y de buena aceptabilidad, pero casi todos los estudios tenían riesgo de sesgo alto (Batchelor, Cogings, McCormack y Hotton, 2026). Si tu hijo tiene una enfermedad crónica y el problema es cómo la lleva más que la enfermedad en sí, la ACT es una opción razonable; el foco del tratamiento es recuperar la vida que la enfermedad fue estrechando, no eliminar el síntoma.

    ACT para la ira y la agresividad

    Este es el eslabón débil. Una revisión sistemática de 2024 encontró solo 7 estudios (305 participantes en total), de baja calidad y con resultados mixtos: algo de evidencia de que la ACT grupal reduce la ira autoinformada, pero nada firme (Byrne y Cullen, 2024). Si el motivo de consulta es un adolescente que explota, pega o rompe cosas (y no una terapia para adolescentes con ansiedad, donde la ACT sí tiene respaldo), hoy conviene mirar primero las intervenciones con más respaldo para problemas de conducta y usar la ACT como complemento, no como eje.

    ACT vs TCC en adolescentes: ¿cuál es mejor?

    Ninguna de las dos gana. Esa es la respuesta honesta y la que dan los estudios que las compararon cara a cara.

    El ensayo más citado tomó a 193 niños y adolescentes de Sídney (promedio 11 años) con un trastorno de ansiedad diagnosticado y los asignó al azar a 10 semanas de ACT grupal, 10 semanas de TCC grupal o lista de espera. Las dos terapias superaron a la lista de espera con diferencias clínicamente significativas que se mantuvieron a los 3 meses, y produjeron resultados similares entre sí. Hubo alguna ventaja de la ACT en calidad de vida, pero no en otros desenlaces (Hancock et al., 2018). Los propios autores fueron cuidadosos: el estudio no demuestra que la ACT sea equivalente a la TCC ni que deba reemplazarla; demuestra que es otra opción con apoyo empírico.

    Los metaanálisis posteriores confirman ese patrón. En adolescentes, la ACT no superó a la TCC pero sí a los controles inactivos y, en depresión, también al tratamiento habitual (López-Pinar, Lara-Merín y Macías, 2025). Los autores concluyen que es comparable en eficacia y, por lo tanto, una alternativa legítima a los enfoques cognitivo-conductuales clásicos.

    Entonces, ¿cómo elegir? La diferencia no está en cuánto ayudan sino en cómo trabajan con los pensamientos. La TCC clásica identifica el pensamiento distorsionado («voy a hacer el ridículo») y lo somete a prueba para reemplazarlo por uno más realista. La ACT hace algo distinto: enseña a notar el pensamiento como pensamiento («estoy teniendo el pensamiento de que voy a hacer el ridículo») sin cambiar su contenido, para que pierda el mando sobre la conducta. Hayes, Strosahl y Wilson (2015, pp. 291-292) lo llaman defusión: separar al que escucha (la persona) del que habla (la mente). El objetivo es cambiar la función del pensamiento, no su forma.

    En la práctica, muchos adolescentes se llevan mejor con la segunda opción. Discutir con un joven de 16 sobre si su pensamiento es «racional» suele terminar en un debate que él gana. Pedirle que lo mire como un pasajero pesado que va sentado atrás en el bus, y que igual siga manejando, es otra conversación. En la guía de terapia cognitivo-conductual para la ansiedad puedes ver cómo trabaja el otro enfoque y compararlos.

    Cómo es una sesión de ACT con un adolescente

    Una sesión de ACT con un adolescente se parece poco a la imagen clásica de terapia. Hay menos «cuéntame cómo te sientes» y más ejercicios, dibujos, metáforas y tareas concretas para la semana. Estos son los componentes que casi siempre aparecen.

    La desesperanza creativa: revisar qué ha funcionado y qué no

    Suele ser por donde se empieza. El terapeuta y el adolescente hacen juntos el inventario de todo lo que ha intentado para dejar de sentirse así: no ir al colegio, quedarse en el celular hasta las 3, discutir consigo mismo, prometerse que mañana será distinto. Y miran, sin juzgar, si algo de eso lo acercó a la vida que quiere. Wilson y Luciano (2002, p. 128) usan aquí la metáfora del hombre en el hoyo: alguien cayó en un hoyo con una pala en la mano y lleva años cavando para salir. Cavar es lo único que sabe hacer, y el hoyo está cada vez más hondo. El adolescente no hizo nada mal: su estrategia (evitar, controlar, luchar) simplemente no está funcionando, y vale la pena probar otra.

    Aceptación: hacer espacio en vez de pelear

    Aceptar en ACT no es resignarse ni «aguantar». Twohig y Hayes (2020, pp. 15-17) lo definen como un acto: admitir activamente los pensamientos, sentimientos y sensaciones físicas mientras están ocurriendo, sin intentar atenuarlos ni cambiarlos. Con un adolescente ansioso se practica en sesión: se invita a la ansiedad a aparecer (imaginando la exposición oral, por ejemplo) y se observa qué hace el cuerpo, qué dice la mente, y si se puede quedar ahí un rato sin salir corriendo. El resultado se parece al de la exposición de la TCC, con una meta distinta: que el joven aprenda que puede tener ansiedad y seguir, baje o no.

    Defusión: mirar los pensamientos, no mirar desde ellos

    Es la parte que mejor suele funcionar con adolescentes porque es casi un juego. Ponerle voz de personaje al pensamiento crítico, cantarlo con la melodía del cumpleaños feliz, escribirlo en una tarjeta y llevarla en el bolsillo, agradecerle a la mente por el aporte. La metáfora de los pasajeros del bus (Hayes, Strosahl y Wilson, 2015, pp. 299-300; Wilson y Luciano, 2002, p. 170) es la más usada: los pensamientos y emociones son pasajeros que amenazan y gritan desde atrás; el adolescente es el chofer, y puede seguir manejando hacia donde eligió aunque los pasajeros no se callen. Con práctica, el adolescente aprende a decir «ahí está otra vez el pasajero» y a seguir con lo suyo.

    Valores: para qué vale la pena pasarlo mal

    Este es el motor de la terapia y también lo que más engancha a un adolescente, porque por una vez alguien le pregunta qué le importa a él, no qué tiene que hacer. Los valores son direcciones («ser alguien en quien mis amigos confían», «aprender cosas que me interesan»), a diferencia de las metas («subir el promedio»), que se cumplen y se acaban. Wilson y Luciano (2002, p. 174) proponen usar la propia metáfora del hoyo como brújula: antes de cada decisión, preguntarse si dar ese paso es cavar o salir. La diana de valores (una hoja con áreas de vida donde el joven marca qué tan cerca está de lo que le importa) funciona bien a esta edad porque es visual y no exige explicarse.

    Acción comprometida: el paso de esta semana

    Cada sesión termina con algo que hacer, chico y concreto, en la dirección de un valor: mandarle un mensaje al amigo que dejó de ver, ir al entrenamiento aunque tenga ganas de faltar, hacer la exposición oral con la voz temblando. Y en la sesión siguiente se revisa qué apareció (los pasajeros) y qué hizo el chofer.

    El modelo DNA-V: la ACT traducida al lenguaje adolescente

    Louise Hayes y Joseph Ciarrochi (2015) diseñaron una adaptación de la ACT específica para adolescentes, el modelo DNA-V, que reemplaza los seis procesos por tres «personajes» más fáciles de recordar: el Descubridor (D, el que prueba cosas nuevas y aprende de la experiencia), el Observador (N, de noticer, el que nota lo que pasa en el cuerpo y en las emociones) y el Consejero (A, de advisor, la voz interna que da reglas y predicciones), todos al servicio de los Valores (V). La idea es que el adolescente aprenda a saber cuál está al mando en cada momento y a cambiar de uno a otro con flexibilidad.

    El DNA-V tiene ya algún ensayo propio. En un estudio con 139 estudiantes de octavo básico de Pekín, asignados al azar a DNA-V presencial, DNA-V por internet o un control activo, el grupo presencial redujo la ansiedad a los dos meses (d = 0,56) y también la fusión cognitiva (d = 0,51) respecto a su línea base (Shao et al., 2024). Es un estudio en aulas, no en pacientes: respalda el modelo como prevención; su eficacia en adolescentes con un trastorno diagnosticado no está medida por separado todavía.

    Qué hacen los padres mientras tanto

    Depende de la edad y de lo que el adolescente quiera, pero rara vez los padres quedan fuera. Lo habitual es que participen en algunas sesiones (la primera, alguna intermedia y la de cierre) y que aprendan dos cosas.

    La primera es dejar de ser un pasajero más del bus. Un padre que dice «no te pongas nervioso, no es para tanto» está pidiendo justo lo que la terapia enseña a no pedir: que el adolescente cambie lo que siente antes de actuar. Los padres aprenden a validar («entiendo que te dé miedo») y a apoyar la acción («¿y qué harías si igual fueras?») en vez de a discutir la emoción.

    La segunda es reforzar valores, no síntomas. En casa se puede preguntar qué le importó del día, qué hizo que le costara, qué pasajero apareció. Y evitar la pregunta «¿cómo estás de la ansiedad?» como saludo diario, que convierte el síntoma en el centro de la casa.

    Sobre el papel de los padres en ACT con adolescentes con ansiedad o depresión hay poca investigación específica; los ensayos de ACT «parental» que existen están hechos sobre todo con padres de niños con autismo, parálisis cerebral o enfermedades crónicas. Lo anterior es práctica clínica coherente con el modelo, no un hallazgo de ensayo. Si además el padre o la madre tiene su propia ansiedad sin tratar, conviene que la mire aparte: el modelo no puede funcionar en un joven si en casa se le enseña lo contrario todos los días.

    ¿Cuánto dura y cómo saber si está funcionando?

    No hay una cifra oficial de sesiones. En los ensayos con adolescentes los protocolos van de programas breves de 5 semanas por internet (Puolakanaho et al., 2019) a 8 sesiones grupales (Binder, Koenig, Resch y Kaess, 2024) y 10 sesiones semanales individuales o grupales (Hancock et al., 2018; Wicksell, Melin, Lekander y Olsson, 2009). Fuera de los ensayos, la duración se acuerda con el terapeuta según el problema y la persona, y conviene fijar desde el inicio un punto de revisión (por ejemplo, a la sexta u octava sesión) para decidir si seguir, ajustar o cerrar.

    Lo que sí se puede decir es en qué se nota que va bien, y no es «ya no tiene ansiedad». Las señales que importan en ACT son conductuales:

    • Vuelve a hacer cosas que había dejado (salir, ir al colegio, entrenar, hablar en clases), aunque siga sintiéndose nervioso al hacerlas.
    • Habla de sus pensamientos como pensamientos: «me apareció la idea de que no sirvo», en vez de «no sirvo».
    • Tolera mejor la incomodidad: se queda en una situación difícil unos minutos más que antes.
    • Puede decir qué le importa, en sus palabras, y toma alguna decisión chica basada en eso.
    • Discute menos con sus propias emociones y con los adultos que se las señalan.

    Si a las 6 u 8 sesiones no aparece ninguna de estas señales, es momento de revisar el plan con el terapeuta, no de esperar a que «haga efecto».

    Cuándo la ACT no es la primera opción

    La ACT es una terapia para aprender a vivir con malestar en la dirección de lo que importa. Hay situaciones en las que antes hay que asegurar otra cosa.

    • Riesgo suicida activo o autolesiones frecuentes. Lo primero es un plan de seguridad y, si hace falta, evaluación psiquiátrica. Hay algún estudio de ACT en autolesión no suicida, pero es retrospectivo y sin asignación al azar; no alcanza para tomarlo como tratamiento de primera línea.
    • Depresión moderada a grave con deterioro marcado. En Chile, la depresión en personas de 15 años y más es una garantía GES, con acceso a tratamiento (incluida evaluación de medicación) en plazos definidos. Los trastornos de ansiedad no tienen garantía GES.
    • Trastorno de conducta o agresividad como problema principal. Como vimos, la evidencia de ACT ahí es mixta y débil; hay intervenciones con más respaldo.
    • Consumo de sustancias grave, psicosis o trastorno alimentario con riesgo médico. Necesitan un tratamiento especializado; la ACT puede ser parte, no el eje.
    • El adolescente no quiere ir. No es una contraindicación, pero cambia el plan: se empieza con los padres o con una o dos sesiones de «solo conocerse», sin compromiso de continuar.

    Si no tienes claro si lo que le pasa a tu hijo es ansiedad normal de la edad, un trastorno o algo más, la guía sobre trastornos psicológicos en la adolescencia ayuda a ubicarse antes de consultar. Y el test gratuito de ansiedad y depresión da una primera orientación, sin reemplazar la evaluación.

    Cómo encontrar terapia ACT para adolescentes en Chile

    Si buscas un psicólogo ACT en Chile, ten en cuenta que no existe una acreditación oficial «ACT» que puedas exigir. Lo que sí puedes hacer es preguntar. Estas preguntas ayudan a saber si el psicólogo trabaja de verdad con este modelo:

    1. ¿Con qué enfoque trabaja con adolescentes? Si la respuesta es «ecléctico» o «integrativo» sin más, pide que te explique qué hace en una sesión típica.
    2. ¿Qué formación tiene en ACT? Cursos, supervisión, pertenencia a la Association for Contextual Behavioral Science (ACBS), que es la sociedad científica del modelo y mantiene un directorio de terapeutas.
    3. ¿Cómo incluye a los padres? Una respuesta clara (cuántas sesiones, para qué) es buena señal.
    4. ¿Cómo mide si está funcionando? Debería hablar de conductas y de flexibilidad, no solo de «que se sienta mejor».
    5. ¿Trabaja online? El metaanálisis de depresión adolescente encontró que la ACT presencial rindió mejor que la ACT por internet (Yu et al., 2025), pero «por internet» mezcla formatos muy distintos: un programa autoaplicado en una app no es lo mismo que una sesión por videollamada con un psicólogo. Para un adolescente de región, o que no quiere ir a una consulta, la terapia ACT para jóvenes por videollamada con terapeuta sigue siendo una opción válida.

    Sobre cobertura: la depresión desde los 15 años entra en el GES; la ansiedad no. Para el resto, revisa qué cubre tu plan de isapre o Fonasa antes de empezar. Y si necesitas orientación más general sobre salud mental adolescente, la ficha de la OMS y la página de MedlinePlus sobre salud mental del adolescente son buenos puntos de partida.

    Preguntas frecuentes

    ¿La ACT es lo mismo que mindfulness?

    No, aunque lo incluye. El mindfulness (atención al momento presente sin juicio) es uno de los seis procesos de la ACT. La diferencia es que la ACT además trabaja valores y acción comprometida: observar la ansiedad es la mitad; la otra mitad es hacer lo que importa mientras la ansiedad está ahí. Un programa solo de mindfulness no es ACT.

    ¿Sirve la ACT si mi hijo adolescente no quiere ir a terapia?

    Puede servir, con un plan distinto. Se empieza con los padres, o se ofrece al adolescente una o dos sesiones sin compromiso, centradas en lo que a él le importa y no en «arreglarlo». La ACT tiene la ventaja de no exigirle que quiera cambiar lo que siente; solo le pide que pruebe si hay otra forma de vivir con eso.

    ¿Cuántas sesiones de ACT necesita un adolescente?

    No hay un número fijo. En los ensayos clínicos los programas van de 5 a 10 sesiones; fuera de ellos, la duración se acuerda con el terapeuta y se revisa por el camino. La duración la marcan las señales de flexibilidad, más que el calendario: volver a hacer lo que había dejado, hablar de los pensamientos como pensamientos, tolerar mejor la incomodidad.

    ¿La ACT funciona para la ansiedad en adolescentes?

    Sí. Un metaanálisis de 27 ensayos clínicos con 2.860 adolescentes encontró que la ACT reduce la ansiedad y la depresión más que no hacer nada y de forma comparable a la terapia cognitivo-conductual. En el ensayo que las comparó directamente en niños con trastorno de ansiedad, ambas superaron a la lista de espera con mejoras que se mantuvieron a los tres meses.

    ¿Qué es mejor para un adolescente, ACT o TCC?

    Las dos tienen evidencia y ninguna es claramente superior en síntomas. La TCC clásica trabaja cambiando el contenido de los pensamientos; la ACT cambia la relación con ellos sin discutirlos. Muchos adolescentes toleran mejor la segunda porque no sienten que les están corrigiendo la forma de pensar. Lo razonable es elegir según el joven y el terapeuta disponible, no por una supuesta jerarquía.

    ¿La ACT online funciona con adolescentes?

    Los programas de ACT por internet tienen efectos pequeños en estrés y rindieron menos que la ACT presencial en depresión adolescente. Pero «por internet» agrupa formatos muy distintos. Una sesión por videollamada con un psicólogo mantiene la relación terapéutica, los ejercicios y las tareas; un programa autoaplicado no. Para adolescentes de regiones o que se niegan a ir a una consulta, es una opción válida.

    ¿Qué es el modelo DNA-V?

    Es la adaptación de la ACT para adolescentes creada por Louise Hayes y Joseph Ciarrochi. Resume los procesos de la terapia en tres «personajes» (Descubridor, Observador y Consejero) al servicio de los Valores, para que el joven aprenda cuál está al mando en cada momento y cambie con flexibilidad. Tiene evidencia como programa de prevención en colegios; su eficacia clínica en adolescentes diagnosticados aún no se ha medido por separado.

    Un adolescente no necesita dejar de sentir para empezar a vivir

    Eso es, en una frase, lo que la terapia de aceptación y compromiso para adolescentes ofrece: permiso para tener miedo, rabia o tristeza y, aun así, ir al colegio, mandar el mensaje, presentarse a la prueba. La evidencia dice que funciona tan bien como la TCC para la ansiedad y la depresión en esta edad, que ayuda en el estrés cuando se dirige a quien lo necesita y que tiene apoyo preliminar en dolor y enfermedad crónica. No es magia y no es para todo, pero para un joven que ya está cansado de pelear con su propia cabeza suele ser la conversación correcta.

    Si crees que tu hijo o tu hija podría beneficiarse de este enfoque, o si eres tú el adolescente que llegó hasta aquí, puedes agendar una primera consulta online para evaluar qué está pasando y qué tipo de terapia conviene. Una sesión de evaluación no compromete a nada; sirve para decidir con información.

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    Referencias

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    • Binder, F., Koenig, J., Resch, F., & Kaess, M. (2024). Indicated stress prevention addressing adolescents with high stress levels based on principles of acceptance and commitment therapy: A randomized controlled trial. Psychotherapy and Psychosomatics, 93(3), 191-202. https://doi.org/10.1159/000537934
    • Binder, F., Mehl, R., Resch, F., Kaess, M., & Koenig, J. (2024). Interventions based on acceptance and commitment therapy for stress reduction in children and adolescents: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Psychopathology, 57(3), 202-218. https://doi.org/10.1159/000535048
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    • Hayes, L. L., & Ciarrochi, J. (2015). The thriving adolescent: Using acceptance and commitment therapy and positive psychology to help teens manage emotions, achieve goals, and build connection. New Harbinger.
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    • Wilson, K. G., & Luciano Soriano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.
    • Yu, X., Zhao, B., Yin, T., Qu, H., Zhang, J., Cheng, X., & Chen, X. (2025). Effect of acceptance and commitment therapy for adolescent depression: A meta-analysis. Frontiers in Psychiatry, 16, 1506822. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2025.1506822

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Ansiedad en Adolescentes: Señales, Causas y Qué Pueden Hacer los Padres

    Ansiedad en Adolescentes: Señales, Causas y Qué Pueden Hacer los Padres

    Si buscaste ansiedad en adolescentes es probable que en tu casa haya un hijo o una hija que cambió: se enoja por todo, le duele la guata antes del colegio, dejó de juntarse con sus amigos o se queda despierto hasta las tres de la mañana dando vueltas. Y no sabes si es la edad, si es ansiedad o si tendrías que estar haciendo algo.

    Esa duda es razonable, porque la adolescencia es justo la etapa en la que la ansiedad normal y la ansiedad que necesita tratamiento se parecen más. Un adolescente nervioso antes de una prueba o de una fiesta está haciendo lo que corresponde a su edad. Uno que lleva meses evitando ir al colegio, que no puede dormir y que dejó de hacer lo que le gustaba está en otra cosa.

    Esta guía te ayuda a distinguirlas. Explica por qué la ansiedad se dispara a esta edad, qué señales suelen confundirse con «cosas de adolescente», qué la mantiene, qué funciona de verdad según los estudios y cuándo (y dónde) consultar en Chile.

    Respuesta corta: la ansiedad en adolescentes es normal cuando aparece frente a algo concreto, dura lo que dura la situación y no le impide vivir. Pasa a ser un problema cuando es desproporcionada, se prolonga por semanas, lo hace evitar lo que antes hacía (colegio, amigos, deportes) y afecta el sueño, el rendimiento o el ánimo. Los trastornos de ansiedad son el problema de salud mental más frecuente a esta edad y se tratan bien, sobre todo con terapia cognitivo-conductual centrada en la exposición y con los padres participando.

    ¿Es normal la ansiedad en la adolescencia?

    Sí, en dosis moderadas es normal y hasta útil. En el modelo cognitivo de la ansiedad de Clark y Beck (2010), la ansiedad es un sistema orientado al futuro: se activa cuando anticipamos algo que percibimos como aversivo, impredecible o fuera de nuestro control, y en niveles leves o moderados motiva a prepararse, planificar y afrontar. Es distinta del miedo, que es una alarma automática ante un peligro presente. Un adolescente que estudia más porque le preocupa la prueba está usando la ansiedad para lo que sirve.

    Desde la biología evolutiva, una revisión sobre la función de la ansiedad explica que su tarea es preparar al organismo para detectar y afrontar amenazas, y que el umbral al que «salta» depende de dos cosas: qué tan probable es la amenaza y qué tan vulnerable se siente uno ante ella (Bateson, Brilot y Nettle, 2011). En la adolescencia las dos variables suben a la vez: hay más situaciones nuevas (liceo, grupo, pareja, cuerpo que cambia) y menos experiencia para enfrentarlas.

    El problema empieza cuando el sistema se calibra mal. Clark y Beck (2010) describen la ansiedad clínica como una respuesta excesiva, persistente y desadaptativa, que se activa ante situaciones neutras o de amenaza leve porque el procesamiento de la información está sesgado hacia el peligro. Para distinguir una de otra proponen cinco criterios, que sirven igual para un adolescente:

    Criterio (Clark y Beck, 2010) Cómo se ve en un adolescente
    Cognición disfuncional: la ansiedad se apoya en una probabilidad o gravedad de la amenaza que la realidad no confirma «Si me equivoco en la disertación se van a reír de mí para siempre»
    Interferencia: limita el funcionamiento diario, académico o social Deja de ir a clases, abandona el equipo, no sale con amigos
    Persistencia: el malestar no se disipa cuando la situación pasa Terminó la prueba y sigue igual de tenso por semanas
    Falsas alarmas: picos de miedo intenso o ataques de pánico sin un peligro real Palpitaciones, ahogo y sensación de morirse en la sala de clases
    Hipersensibilidad: cada vez más situaciones disparan la ansiedad Primero eran las pruebas; ahora también las salidas, los mensajes sin responder, dormir

    Con uno o dos de estos criterios de forma pasajera, lo más probable es que sea ansiedad normal. Con varios a la vez y sostenidos en el tiempo, conviene mirar más de cerca.

    Por qué la ansiedad aparece (o se dispara) en la adolescencia

    La adolescencia es la edad de inicio de la mayoría de los trastornos de ansiedad. El metaanálisis más grande sobre la edad de inicio de los trastornos mentales, con 192 estudios y más de 700.000 personas, encontró que en los trastornos de ansiedad y relacionados con el miedo el 38,1 % empieza antes de los 14 años y el 51,8 % antes de los 18; la ansiedad social y las fobias arrancan entre los 8 y los 13, y la edad pico de inicio de cualquier trastorno mental es 14,5 años (Solmi et al., 2022).

    Eso no es casualidad. Una revisión sobre el desarrollo de la ansiedad en niños y adolescentes describe esta etapa como la fase de riesgo central: los síntomas van desde transitorios y leves hasta trastornos completos, y evaluarlos exige métodos sensibles a la edad (Beesdo, Knappe y Pine, 2009). Los modelos neurobiológicos recientes matizan el retrato del adolescente «secuestrado por sus emociones»: el cerebro adolescente está diseñado para promover aprendizaje, regulación y afiliación, y su conducta emocional interactúa con las demandas sociales propias de la edad (Guyer, Silk y Nelson, 2016). Traducido: a los 14 años pertenecer al grupo importa más que a los 9 o a los 30, y la ansiedad responde a eso. Por lo mismo, la ansiedad en adolescentes de 15 a 18 años se parece poco a la de un niño: menos miedo a separarse de los padres, más miedo a la mirada de los demás y al futuro.

    La ansiedad social es el ejemplo más claro. Un metaanálisis de 38 estudios estimó su prevalencia en 4,7 % en niños, 8,3 % en adolescentes y 17 % en jóvenes: casi se duplica en cada etapa (Salari et al., 2024). Y la forma de la ansiedad también cambia con la edad: en el seguimiento de 1.420 personas entre los 9 y los 26 años del Great Smoky Mountains Study, la ansiedad de separación dominaba la infancia, mientras que el pánico, la agorafobia y la ansiedad generalizada aparecían en la transición a la adultez; más de 1 de cada 5 participantes había cumplido criterios de algún trastorno de ansiedad al llegar a la adultez temprana (Copeland, Angold, Shanahan y Costello, 2014).

    Síntomas de ansiedad en adolescentes: lo que se ve en casa

    Los síntomas de ansiedad en la adolescencia rara vez llegan con la etiqueta «estoy ansioso». Llegan como irritabilidad, dolores de cabeza o de estómago, notas que bajan, un celular que no suelta o un «no quiero ir» repetido. Por eso muchos padres los leen como flojera, mala actitud o «la edad». Esta tabla resume lo que suele verse y con qué se confunde:

    Área Lo que se ve Con qué se confunde
    Cuerpo Dolor de guata o de cabeza antes del colegio, náuseas, tensión muscular, palpitaciones, sensación de ahogo «Se enferma justo los lunes», hipocondría, exageración
    Conducta Evita situaciones (disertar, ir a fiestas, subir al transporte, quedarse solo), pide que lo acompañen, pregunta lo mismo muchas veces buscando que lo tranquilicen Timidez, dependencia, capricho
    Colegio Bajan las notas, no entrega trabajos, falta a clases, pide salir de la sala Flojera, desinterés, problemas de conducta
    Ánimo Irritabilidad, explosiones de rabia, llanto fácil, «no me pasa nada» Rebeldía adolescente, mal genio
    Sueño Le cuesta quedarse dormido, se despierta en la noche, cansancio de día Pantallas, desorden de horarios (a veces es ambas cosas)
    Pensamiento Preocupación constante por lo que puede salir mal, perfeccionismo, miedo a hacer el ridículo Ser «muy responsable», ser «demasiado sensible»

    Un detalle que ayuda a diferenciar: la ansiedad tiene un patrón. Los dolores aparecen antes de lo temido y desaparecen cuando se cancela; la irritabilidad es mayor cuando se le presiona a hacer lo que evita; el rendimiento cae en las asignaturas con exposición (disertar, participar) más que en las otras. Si lo que ves calza con ese patrón, es más probable que sea ansiedad que actitud.

    Las crisis de ansiedad en adolescentes (palpitaciones, ahogo, miedo a morirse o a volverse loco) merecen un apartado. Conviene saber distinguir una crisis de ansiedad de un ataque de pánico: lo explicamos en ataque de ansiedad o ataque de pánico. En adolescentes, además, un estudio con 2.365 estudiantes secundarios seguidos durante 4 años mostró que el mejor predictor de los primeros ataques de pánico es la sensibilidad a la ansiedad, o sea el miedo a las propias sensaciones corporales (Hayward, Killen, Kraemer y Taylor, 2000).

    ¿Qué tan común es la ansiedad clínica en adolescentes?

    Es el problema de salud mental más frecuente de la adolescencia. Según los datos del estudio de carga global de enfermedad 2021 para 204 países, el 15,2 % de los adolescentes de 10 a 19 años tiene al menos un trastorno mental, y la ansiedad es el más prevalente (4,9 %), por delante de los problemas de conducta, el TDAH y la depresión (Castaldelli-Maia, Ventriglio y Torales, 2025). Las cifras varían mucho según el país y el método, así que conviene leerlas como orden de magnitud y no como número exacto.

    En Chile, la primera encuesta nacional representativa de salud mental infantojuvenil de Latinoamérica, con 1.558 niños y adolescentes de 4 a 18 años, encontró que el 16,5 % de los adolescentes de 12 a 18 tenía algún trastorno psiquiátrico con deterioro en los últimos 12 meses, más en niñas que en niños, y que menos de la mitad de quienes necesitaban atención había buscado alguna ayuda (Vicente et al., 2012). Ese último dato es el que más importa para un padre: la mayoría de los adolescentes con ansiedad clínica no llega a consultar.

    Causas de la ansiedad en adolescentes: no es una sola

    No hay una causa única, y buscar «la culpa» suele desviar del problema. Lo que los estudios describen es una combinación de vulnerabilidad, aprendizaje y contexto.

    Cómo se procesa la amenaza. En el modelo de Clark y Beck (2010), la intensidad de la ansiedad depende de un balance: cuánta probabilidad y gravedad le asignamos a la amenaza frente a cuántos recursos creemos tener para enfrentarla. La ansiedad se dispara cuando lo primero se sobreestima y lo segundo se subestima. Un adolescente ansioso convierte «puede que no me vaya bien» en «va a ser un desastre» y borra del cálculo que ya ha dado muchas pruebas y le ha ido bien. Este sesgo se aprende y se puede desaprender.

    Miedo a las propias sensaciones. La sensibilidad a la ansiedad (interpretar las palpitaciones o el mareo como señal de que algo grave pasa) predice el inicio de ataques de pánico en la adolescencia, como mostró el estudio de Hayward et al. (2000) citado más arriba. Es una de las razones por las que la psicoeducación sobre el cuerpo es parte del tratamiento.

    La familia. Los factores familiares y la ansiedad del adolescente se influyen mutuamente. Una revisión sobre factores familiares en los trastornos de ansiedad describe una relación recíproca entre el estrés familiar, el control parental y la acomodación (ajustar la vida de la casa a los miedos del hijo) con la ansiedad, y concluye que incluir a los padres mejora los resultados (Treadwell, 2024). En el caso concreto del rechazo escolar, una revisión sistemática identificó como factores parentales modificables la psicopatología de los padres, el funcionamiento familiar y la sobreprotección (Chockalingam, Skinner, Melvin y Yap, 2023).

    Las redes sociales. Es el factor del que más se habla y sobre el que la evidencia es más ambigua. Una revisión sistemática de 32 estudios encontró que poco más de la mitad reportaba asociación entre uso de redes sociales y ansiedad, y que esa asociación aparecía sobre todo cuando se medía el uso problemático (75 % de los estudios) o el tiempo de pantalla (72,7 %), no el uso en general (Kerr et al., 2025). Son estudios observacionales: dicen que van juntos, no cuál causa cuál. La lectura razonable es que el uso que desplaza el sueño, el deporte y el contacto presencial sí importa; tener Instagram, por sí solo, no.

    Qué mantiene la ansiedad: la trampa de evitar

    Esto es lo más útil que puede entender un padre, porque explica por qué «dejarlo tranquilo» suele empeorar las cosas.

    Tanto Clark y Beck (2010) como Tolin (2024) señalan a la evitación y a las conductas de seguridad como los factores que perpetúan la ansiedad. La secuencia es siempre parecida: aparece el pensamiento de amenaza («si hablo se van a burlar»), llega el malestar físico, el adolescente evita o se protege (no habla, falta al colegio, pide que la mamá lo acompañe, revisa veinte veces el mensaje antes de enviarlo), la ansiedad baja de inmediato y el cerebro aprende dos cosas falsas: que la situación era realmente peligrosa y que él no habría podido sostenerla. Ese alivio a corto plazo es un reforzador potentísimo, y la próxima vez el miedo es un poco mayor.

    Tolin (2024) lo explica con una imagen que sirve para conversar en casa: usar conductas de seguridad sin un peligro real es como andar con muletas sin tener las piernas rotas. Al principio parece que ayudan a no caerse; con el tiempo impiden que las piernas se fortalezcan y convencen a la persona de que no puede caminar sola. En terapia no se quitan las muletas de golpe: se enseña a apoyar el peso, de a poco, en las propias piernas. Ruiz, Díaz y Villalobos (2012) usan otra metáfora: evitar es pedir un préstamo con un interés altísimo. Hoy da tranquilidad; mañana la deuda (el miedo y la vida que se achica) se multiplicó.

    Hay una consecuencia práctica incómoda: no todo lo que se ofrece como «ayuda» ayuda. Una revisión sobre intervenciones que pueden prolongar la ansiedad en jóvenes advierte que varias intervenciones psicosociales disponibles prescriben estrategias basadas en la evitación (calmarse antes de enfrentar, saltarse lo que angustia, «respirar hasta que pase») que impiden el aprendizaje correctivo y pueden mantener la ansiedad a largo plazo (Dunning, Khan, Becker-Haimes y Guzick, 2025). Relajarse no es malo; usarlo para no enfrentar sí lo es.

    Tratamiento de la ansiedad en adolescentes: cómo ayudar y qué funciona según la evidencia

    Lo primero es saber que el tratamiento de la ansiedad en adolescentes funciona. En una revisión sombrilla de 57 metaanálisis sobre intervenciones para ansiedad y depresión en niños y jóvenes, los tratamientos psicosociales para la ansiedad mostraron un efecto moderado (d = 0,51), estadísticamente equivalente al de los fármacos (Morse et al., 2026). Dentro de lo psicosocial, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la que tiene el respaldo más consistente: en un metaanálisis en red de 30 ensayos, fue la única intervención cuyo intervalo de credibilidad no incluía el cero, con la advertencia de los autores de que la calidad de los estudios era baja (Li, Li, Wang, Fu y Chi, 2025).

    La exposición, no la relajación, es el ingrediente activo

    Dentro de la TCC, lo que funciona es la exposición: enfrentar de forma gradual, planificada y repetida lo que se teme, hasta que el cerebro aprende que la amenaza no era la que calculaba. Un ensayo con 102 niños y adolescentes comparó TCC centrada en exposición con un control activo de relajación: respondió el 57,3 % con exposición frente al 19,2 % con relajación, y los del grupo de exposición tuvieron casi tres veces más probabilidades de completar el tratamiento (Bilek et al., 2022). Es el dato que conviene tener en mente cuando un adolescente lleva meses en algo que solo lo calma. Cómo se estructura esa terapia lo explicamos en terapia cognitivo-conductual para la ansiedad.

    Los padres son parte del tratamiento (y a veces son el tratamiento)

    Uno de los hallazgos más sólidos de la última década es que se puede tratar la ansiedad de un hijo trabajando con los padres. En un ensayo de no inferioridad con 124 niños de 7 a 14 años, el programa SPACE (dirigido solo a los padres, sin que el niño vea al terapeuta) resultó tan eficaz como la TCC individual y redujo más la acomodación familiar (Lebowitz, Marin, Martino, Shimshoni y Silverman, 2020). Un metaanálisis de 29 estudios confirma que las intervenciones dirigidas solo a padres funcionan mejor que no hacer nada y no se diferencian claramente de otros tratamientos activos, aunque con estudios de calidad desigual (Jewell, Wittkowski y Pratt, 2022).

    Con un adolescente mayor la participación de los padres cambia de forma (no se trata de llevarlo de la mano), pero el principio es el mismo: dejar de acomodar la casa a la ansiedad y apoyar la exposición.

    ¿Y los medicamentos?

    Tienen su lugar, y lo indica un psiquiatra infantojuvenil, no un artículo. El ensayo CAMS, con 488 niños y adolescentes de 7 a 17 años, es la referencia: a las 12 semanas estaban muy mejorados el 80,7 % de los tratados con TCC más sertralina, el 59,7 % con TCC sola, el 54,9 % con sertralina sola y el 23,7 % con placebo; la combinación superó a ambas monoterapias y la TCC produjo menos insomnio, fatiga y sedación que el fármaco (Walkup et al., 2008). En el seguimiento a 6 años de ese mismo ensayo, el 46,5 % estaba en remisión, quienes habían respondido al tratamiento inicial tenían más probabilidad de estarlo, y casi la mitad de los respondedores había recaído en algún momento, lo que apunta a que muchos necesitan tratamiento más largo o refuerzos (Ginsburg et al., 2014).

    Qué puedes hacer en casa desde hoy

    Nada de esto sustituye la evaluación, pero todo esto ayuda mientras llega:

    • Ponle nombre sin dramatizar. «Creo que lo que te pasa se llama ansiedad, es común a tu edad y tiene solución» abre más conversaciones que «no tienes por qué ponerte así».
    • Valida la emoción, no la evitación. «Entiendo que te dé susto disertar» y, en la misma frase, «y vamos a ver cómo lo haces igual». Las dos mitades juntas.
    • Deja de acomodar de a poco. Si has estado escribiendo justificativos, contestando por él o evitándole los planes que lo angustian, retira esa ayuda en pasos pequeños y avisados, no de golpe.
    • Cuida lo básico. Horario de sueño estable, actividad física y comida a sus horas no curan un trastorno de ansiedad, pero le quitan combustible.
    • No lo interrogues, acompáñalo. Un adolescente responde mejor a «¿cómo estuvo el día?» en el auto que a «¿tienes ansiedad?» en la mesa.
    • Mira tu propia ansiedad. Los factores familiares son recíprocos (Treadwell, 2024). Si tú también te angustias con facilidad, tratarte es parte de ayudarlo.

    ¿Y si no se trata? Lo que dicen los estudios de seguimiento

    Muchos padres esperan a que «se le pase con la edad». A veces pasa, y los datos ayudan a decidir cuánto esperar. En un seguimiento de 776 jóvenes durante casi diez años, la mayoría de los trastornos de ansiedad o depresión de la adolescencia ya no estaban en la adultez joven; pero un trastorno en la adolescencia multiplicaba por dos o tres el riesgo de tener uno en la adultez, y la mayoría de los trastornos de los adultos jóvenes había empezado en la adolescencia (Pine, Cohen, Gurley, Brook y Ma, 1998). Dicho de otra forma: tratar la ansiedad a los 15 es la mejor prevención de la ansiedad y la depresión a los 25.

    Y no hace falta que sea un trastorno completo para que importe. En 3.021 adolescentes y adultos jóvenes seguidos hasta 10 años, tanto los ataques de pánico como los «episodios de miedo» que no llegaban a cumplir criterios predijeron trastornos de ansiedad, depresión y consumo de sustancias posteriores (Asselmann, Wittchen, Lieb, Höfler y Beesdo-Baum, 2014). Un ataque de pánico aislado en un adolescente no es una emergencia psiquiátrica, pero sí una buena razón para consultar antes de que se instale.

    Cuándo consultar y con quién en Chile

    Consulta si se cumple cualquiera de estas condiciones:

    • La ansiedad lleva más de un mes y no cede aunque la situación que la disparó ya pasó.
    • Está evitando cosas que antes hacía: colegio, amigos, deportes, salir de la casa, quedarse solo.
    • Ha tenido uno o más ataques de pánico.
    • Duerme mal de forma sostenida o el rendimiento escolar cayó de golpe.
    • Aparece ánimo bajo, desesperanza, autolesiones o frases sobre no querer vivir. En ese caso no esperes: llama al *4141 (línea de prevención del suicidio del MINSAL, gratuita, 24 horas) o al 600 360 7777, opción 2 (Salud Responde). Y revisa la guía de trastornos psicológicos en la adolescencia, porque ansiedad y depresión van juntas con mucha frecuencia.

    El dato chileno pesa aquí: menos de la mitad de los adolescentes que necesitan atención la reciben (Vicente et al., 2012). Lo habitual es empezar por un psicólogo con formación en TCC, que evalúa, distingue el tipo de ansiedad y, si hace falta, deriva a psiquiatría infantojuvenil. Un punto práctico sobre el sistema público: los trastornos de ansiedad no tienen garantía GES, pero la depresión en personas de 15 años y más sí la tiene, con confirmación diagnóstica y tratamiento garantizados; si la ansiedad viene con depresión, esa vía existe. La OMS y MedlinePlus tienen fichas claras para leer en familia.

    Si prefieres empezar por una orientación, en test de ansiedad y depresión hay un cribado breve validado, y para los más chicos (9 a 17 años) el SCARED que incluimos en ansiedad en niños. Ninguno reemplaza la evaluación, pero ayudan a ordenar lo que estás viendo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo sé si mi hijo adolescente tiene ansiedad o es solo la edad?

    Mira tres cosas: si el malestar es desproporcionado para la situación, si dura más allá de ella y si le hace evitar lo que antes hacía. La irritabilidad, las quejas físicas antes del colegio y las notas que bajan son señales frecuentes. Uno o dos indicios pasajeros son normales; varios a la vez y por semanas, no.

    ¿Cuáles son los síntomas de ansiedad más comunes en adolescentes?

    Preocupación constante, irritabilidad, dolores de cabeza o de estómago sin causa médica, dificultad para dormir, evitación de situaciones sociales o escolares, necesidad de que lo tranquilicen una y otra vez y, en algunos casos, ataques de pánico con palpitaciones, ahogo y miedo intenso. Muchos adolescentes no dicen «estoy ansioso»: lo muestran con el cuerpo y la conducta.

    ¿Qué causa la ansiedad en la adolescencia?

    Una combinación de factores: una forma de procesar la amenaza que sobreestima el peligro y subestima los propios recursos, el miedo a las sensaciones del cuerpo, el estrés familiar y la acomodación de los padres, la presión académica y social, y el uso problemático de pantallas. La adolescencia concentra la edad de inicio de la mayoría de los trastornos de ansiedad.

    ¿Se puede curar la ansiedad en adolescentes?

    Se trata bien. En el ensayo CAMS, alrededor del 60 % de los niños y adolescentes mejoró mucho con terapia cognitivo-conductual y cerca del 80 % con terapia más sertralina, frente a menos del 25 % con placebo. A largo plazo casi la mitad recae en algún momento, por lo que muchos necesitan tratamiento más largo o sesiones de refuerzo.

    ¿Qué hago si mi hijo no quiere ir al psicólogo?

    Es frecuente. Ayuda no presentarlo como castigo ni como «tienes un problema», sino como alguien que le va a enseñar a manejar algo que le está costando. Ofrécele una primera sesión sin compromiso y la posibilidad de elegir. Si no acepta, consulta tú: hay programas eficaces que trabajan solo con los padres.

    ¿La ansiedad en adolescentes se pasa sola?

    A veces sí, pero es una apuesta. En los seguimientos a largo plazo, un trastorno de ansiedad en la adolescencia multiplica por dos o tres el riesgo de tener ansiedad o depresión en la adultez, y la mayoría de los trastornos de los adultos jóvenes empezó en la adolescencia. Tratarla a tiempo es la mejor prevención.

    ¿Los ansiolíticos sirven para un adolescente?

    Las benzodiacepinas no son el tratamiento de la ansiedad en adolescentes. Cuando se indica un fármaco, suele ser un ISRS como la sertralina, prescrito por un psiquiatra infantojuvenil, idealmente junto con terapia. En el ensayo CAMS, la combinación fue la que dio mejores resultados y la sertralina no aumentó la ideación suicida respecto del placebo.

    Un adolescente ansioso necesita que alguien le enseñe a caminar sin muletas

    La ansiedad en adolescentes es frecuente, tiene sentido a esa edad y responde bien al tratamiento. Lo que no funciona es esperar a que se pase mientras la evitación se va instalando. Si lo que leíste calza con lo que ves en tu casa, agenda una consulta: evaluamos qué tipo de ansiedad es, si la familia está acomodando sin darse cuenta y qué plan de exposición tiene sentido para tu hijo o hija, con la participación que tú puedas tener.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Ansiedad en Intensamente 2: Qué Acierta la Película y Qué Enseña sobre la Ansiedad Real

    Ansiedad en Intensamente 2: Qué Acierta la Película y Qué Enseña sobre la Ansiedad Real

    Si buscaste ansiedad en Intensamente 2 es probable que te haya pasado lo mismo que a media sala: saliste del cine con el personaje naranja en la cabeza. Ansiedad llega con la pubertad de Riley, toma la consola «por su bien», la hace entrenar de madrugada, la aleja de sus amigas de siempre y termina provocándole una crisis en pleno partido. Y aun así, al final, nadie la expulsa.

    Muchos padres y adolescentes vieron ahí algo propio. Los medios llenaron páginas con opiniones sobre si la película «normaliza» la ansiedad o la explica bien, y hasta el British Journal of Psychiatry le dedicó una columna en su sección de psiquiatría y cine (Barker, 2024). Lo que casi ninguna de esas notas hace es contrastar la película con lo que la psicología clínica sabe de verdad: para qué sirve la ansiedad, por qué se dispara a los 13 años, qué es exactamente lo que le pasa a Riley en el banquillo y qué funciona (y qué no) cuando la ansiedad de un hijo deja de ser útil.

    Esta guía hace ese contraste punto por punto, con el modelo cognitivo de la ansiedad de Clark y Beck y con estudios en adolescentes, y cierra con una forma concreta de usar la película para conversar en casa.

    Respuesta corta: Intensamente 2 acierta en lo principal. La ansiedad es una emoción con función (anticipar amenazas y preparar el cuerpo para afrontarlas), trabaja con escenarios futuros, se dispara con fuerza en la adolescencia temprana y la crisis de Riley reproduce con fidelidad un ataque de pánico. También acierta en la salida: la ansiedad no se expulsa, se integra. Donde se queda corta es en lo que pasa después de la escena final: en la vida real, un adolescente ansioso no mejora con un abrazo, sino dejando de evitar lo que teme, con los padres a bordo y, cuando la ansiedad cumple criterios de trastorno, con tratamiento.

    ¿Quién es Ansiedad en Intensamente 2?

    Ansiedad es una de las cuatro emociones nuevas que aparecen cuando suena la «alarma de pubertad» en la mente de Riley, a los 13 años, junto a Envidia, Vergüenza y Ennui (el aburrimiento). Para la psicología, el personaje Ansiedad de Intensamente 2 es un retrato bastante fiel de la emoción real. Es naranja, habla rápido, viene con maletas y presenta su trabajo con una frase que resume bastante bien lo que la psicología dice de esta emoción: proteger a Riley de las cosas que no puede ver.

    Su método es planificar. Mientras Riley duerme, Ansiedad pone a un equipo a dibujar escenarios de lo que podría salir mal en el campamento de hockey y prepara respuestas para cada uno. Decide que Riley tiene que cambiar para encajar con las jugadoras mayores, guarda bajo llave a Alegría, Tristeza, Furia, Temor y Desagrado, y arroja lejos el «sentido de sí misma» que Riley había construido («soy una buena persona») para fabricar otro a base de recuerdos de errores: «no soy suficientemente buena».

    El resultado es la escena que casi todo el mundo recuerda: en el último partido, tras lesionar sin querer a una amiga, Riley termina en el banquillo de penalización con el corazón disparado, sin poder respirar bien, mientras Ansiedad gira en la consola como un torbellino y ya no responde a nadie.

    Hasta ahí la película. Lo que sigue es lo que la clínica sabe de cada una de esas escenas.

    Lo que Intensamente 2 acierta sobre la ansiedad

    La ansiedad protege: es una alarma para lo que todavía no pasó

    Lo primero que acierta la película es la definición. En el modelo cognitivo de la ansiedad de Clark y Beck (2010), el miedo es una alarma automática ante un peligro presente e inminente (el auto que se te viene encima), y la ansiedad es un sistema más complejo y duradero que se activa ante la anticipación de algo futuro que percibimos como aversivo, impredecible o fuera de nuestro control. Temor, el personaje morado, es el miedo. Ansiedad, la naranja, es otra cosa: está orientada al futuro.

    Y en dosis moderadas es útil. Clark y Beck (2010) describen la ansiedad leve o moderada como lo que nos hace preparar un examen, ensayar una entrevista o revisar dos veces un trabajo. Desde la biología evolutiva, una revisión sobre la función de la ansiedad plantea que su tarea es preparar al organismo para detectar y afrontar amenazas, y que el umbral al que «salta» debería depender de dos cosas: qué tan probable es la amenaza y qué tan vulnerable se siente uno ante ella (Bateson, Brilot y Nettle, 2011). Una adolescente que llega a un campamento nuevo, con chicas mayores y una prueba de la que depende entrar al equipo, tiene las dos variables altas. Que Ansiedad tome la palabra ahí es exactamente lo que se espera de esta emoción.

    Trabaja con escenarios futuros: la fábrica de «¿y si…?»

    La escena de Ansiedad haciendo dibujar a un equipo todo lo que podría salir mal es, sin exagerar, una ilustración del modelo cognitivo. Clark y Beck (2010) describen la ansiedad como pensamiento orientado al futuro con la estructura «¿qué pasaría si…?», y explican su intensidad con un balance entre dos evaluaciones: por un lado, cuánta probabilidad y cuánta gravedad le asignamos a la amenaza; por el otro, cuántos recursos creemos tener para afrontarla y cuántas señales de seguridad vemos alrededor.

    La ansiedad se dispara cuando la primera se sobreestima y la segunda se infravalora. Es lo que hace Ansiedad con Riley: la probabilidad de quedar fuera del equipo se vuelve certeza, el costo de quedar fuera se vuelve «no tener amigas en el liceo», y los recursos de Riley (que ya juega bien, que ya tiene amigas) desaparecen del cálculo. Los pensamientos automáticos que resultan («si fallo este tiro se acabó todo», «no pertenezco aquí») son involuntarios, plausibles y difíciles de discutir desde adentro. Cualquier adulto con ansiedad los reconoce.

    Hay un detalle más en esa escena nocturna que la película capta bien: Ansiedad está convencida de que planificar sirve. Clark y Beck (2010) describen la preocupación como una cadena de pensamientos sobre el futuro, en clave verbal, que la persona mantiene porque cree que le da control, la prepara para lo peor y le evita ser tomada por sorpresa. Y como la mayoría de las catástrofes que uno anticipa nunca ocurren, la mente atribuye el «desastre evitado» al hecho de haberse preocupado. Es un refuerzo casi supersticioso: preocuparse parece funcionar justo porque lo temido no pasó. El precio, según los mismos autores, es que la preocupación intensifica la sensación de peligro, desgasta la confianza para resolver problemas reales y termina generando preocupación por preocuparse.

    Cuando toma la consola, apaga a las demás emociones

    Otra imagen precisa: cuando Ansiedad se apodera del panel, las otras emociones no pueden intervenir. En el modelo de Clark y Beck (2010) eso tiene nombre. Un «modo de orientación» escanea el entorno buscando amenazas y, cuando cree encontrar una, activa el «modo de amenaza primal», un conjunto de esquemas que evolucionaron para maximizar la seguridad. Al activarse, esos esquemas se vuelven dominantes: acaparan la atención y bloquean temporalmente el pensamiento reflexivo. La persona no «decide» dejar de ver lo bueno; el sistema de alarma no le deja recursos para verlo.

    Conviene no sacar de aquí la conclusión de que los adolescentes son rehenes de sus emociones. Una revisión sobre el cerebro emocional adolescente sostiene que los modelos actuales pintan un cuadro más matizado: el cerebro en esa etapa está diseñado para promover regulación emocional, aprendizaje y vínculos, y la conducta afectiva responde a las demandas sociales propias de la edad (Guyer, Silk y Nelson, 2016). Riley no está rota. Está aprendiendo a manejar un tablero con más botones, en un contexto (las chicas mayores, el equipo, la separación de sus amigas) que le exige mucho.

    Aparece justo en la adolescencia, y no por casualidad

    La película sitúa el debut de la ansiedad en la adolescencia, a los 13 años. La epidemiología le da la razón. Un metaanálisis de 192 estudios con más de 700.000 personas encontró que la edad pico de inicio de cualquier trastorno mental es 14,5 años, y que en los trastornos de ansiedad y relacionados con el miedo el 38 % empieza antes de los 14 y la mitad antes de los 18 (Solmi et al., 2022). No todos a la vez: la ansiedad social y las fobias suelen arrancar entre los 8 y los 13 años, el trastorno de pánico hacia los 25 y la ansiedad generalizada más tarde todavía. Lo que aparece en la pubertad es, sobre todo, la ansiedad ligada a cómo me ven los demás. Justo la de Riley: Clark y Beck (2010) sitúan la edad mediana de inicio de la ansiedad social a los 13 años, con la mitad o más de los casos contando antecedentes de timidez desde la infancia, y describen la adolescencia como la etapa en que suben la fobia social, el pánico y la ansiedad generalizada mientras baja la ansiedad por separación.

    Una revisión clásica de la epidemiología de estos cuadros describe la infancia y la adolescencia como la fase de riesgo central para la ansiedad, con un continuo que va desde síntomas transitorios y leves hasta trastornos completos (Beesdo, Knappe y Pine, 2009). Y en cifras actuales, según el estudio de Carga Global de Enfermedad 2021, un 15,2 % de los adolescentes de 10 a 19 años tiene al menos un trastorno mental, y el más frecuente es la ansiedad, con un 4,9 % (Castaldelli-Maia, Ventriglio y Torales, 2025). Uno de cada veinte en la sala de cine, más o menos.

    «No soy suficientemente buena»: las creencias que la alimentan

    La parte más fina de la película es la del «sentido de sí misma». Ansiedad no solo anticipa: reescribe lo que Riley cree de sí. Reemplaza «soy una buena persona» por «no soy suficientemente buena», y a partir de ahí cada error confirma la creencia y cada acierto no cuenta.

    Clark y Beck (2010) ubican en la base de la ansiedad clínica una percepción de vulnerabilidad: verse a uno mismo como alguien expuesto a peligros sobre los que no tiene control ni recursos suficientes. Las creencias nucleares sobre uno mismo («no valgo», «si fallo me rechazan») son el suelo sobre el que crecen los pensamientos ansiosos del día a día. En los jóvenes con ansiedad social, esos esquemas giran alrededor de verse socialmente inepto o inadecuado, con supuestos del tipo «si la gente supiera cómo soy de verdad me rechazaría» o «si me muestro nervioso me juzgarán como incompetente» (Clark y Beck, 2010). Desde la terapia racional emotiva, Ruiz, Díaz y Villalobos (2012) describen la misma trampa como una exigencia rígida: «necesito la aprobación de todas las personas importantes para mí» y «debo hacerlo todo bien»; cuando la exigencia no se cumple, el adolescente no concluye «fallé en esto», sino «no valgo». Riley, con su «no soy suficientemente buena», está exactamente ahí. Que una película infantil haya representado eso como una esfera de creencias que se puede sabotear y reconstruir es un regalo para cualquier terapeuta: da un vocabulario compartido para hablar de algo que suele ser muy difícil de explicar a un hijo. Un comentario en la revista de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente usa justamente esa escena para ilustrar cómo los niños se conectan con la idea de creencia nuclear (Richards y Schreiber, 2024).

    La escena del banquillo: un ataque de pánico bien retratado

    Lo que le pasa a Riley en el banquillo de penalización tiene un nombre clínico y la película lo dibuja con cuidado: corazón acelerado, respiración corta, sensación de que todo se cierra, incapacidad de escuchar a nadie. Un ataque de pánico es un episodio de miedo o malestar intenso que aparece de golpe, llega a su máximo en minutos y se acompaña de al menos cuatro síntomas de una lista de trece (palpitaciones, sudor, temblor, sensación de ahogo, opresión en el pecho, mareo, sensación de irrealidad, miedo a perder el control o a morir, entre otros), según los criterios del DSM-5 que recogen Clark y Beck (2010). Suele durar entre 5 y 20 minutos, aunque la tensión puede quedarse un rato más. En MedlinePlus puedes ver la lista completa.

    La película además muestra el mecanismo. En el modelo cognitivo del pánico de Clark, que Clark y Beck (2010) desarrollan, el ataque no es una descarga autonómica sin más: es un círculo vicioso en el que una sensación corporal (que puede venir de la agitación del partido, de la hiperventilación o del estrés acumulado de la semana) se interpreta como señal de catástrofe, esa interpretación sube la activación, la activación intensifica la sensación y la sensación confirma la catástrofe. Mientras Riley se hunde, Ansiedad gira cada vez más rápido en la consola. Es la espiral, dibujada.

    Un dato importante para padres: lo que predice que un adolescente tenga ataques de pánico no es «ser nerviosa». En un seguimiento de 2.365 estudiantes secundarios durante cuatro años, el factor que predijo de forma específica el inicio de ataques de pánico fue la sensibilidad a la ansiedad, es decir, el miedo a las propias sensaciones corporales (Hayward, Killen, Kraemer y Taylor, 2000). Ser mujer no lo predijo, y la ansiedad de separación de la infancia tampoco. El miedo al síntoma, más que el síntoma, es lo que hay que trabajar.

    Y una crisis aislada no es un diagnóstico, pero tampoco se ignora. En una cohorte de 3.021 jóvenes de 14 a 24 años seguidos hasta diez años, tanto los ataques de pánico completos como los «episodios de miedo» que no llegaban a cumplir criterios predijeron el inicio posterior de trastornos de ansiedad y depresivos (Asselmann, Wittchen, Lieb, Höfler y Beesdo-Baum, 2014). Si tu hijo tuvo una escena como la del banquillo, vale la pena mirar qué pasa después, no solo esperar a que se le pase.

    Expulsarla no funciona: la salida es integrarla

    El final de la película es su decisión más valiente. Alegría no gana. Cuando intenta arrancar a Ansiedad de la consola, no puede; cuando se da cuenta de que tampoco ella sola puede definir a Riley, deja de pelear. Las emociones se juntan alrededor de un sentido de sí misma nuevo, hecho de recuerdos buenos y malos, y Ansiedad se queda, con un lugar y con límites.

    Eso coincide con lo que las fuentes clínicas repiten con insistencia: intentar suprimir la ansiedad la aumenta. Clark y Beck (2010) citan un experimento con pacientes con trastorno de pánico expuestos a una inhalación de dióxido de carbono: quienes recibieron la instrucción de suprimir lo que sentían reportaron más ansiedad y más ganas de evitar que quienes recibieron la instrucción de aceptarlo (Levitt, Brown, Orsillo y Barlow, 2004). En la vida diaria pasa lo mismo: un estudio con diarios de emociones encontró que la supresión emocional se asociaba a más afecto negativo y menos positivo, al revés que la atención plena (Brockman, Ciarrochi, Parker y Kashdan, 2017). Y en 78 adolescentes de la edad de Riley (13,9 años en promedio) a los que se siguió en su día a día, resolver el problema, reevaluar la situación y aceptar la emoción funcionaron mejor para bajar las emociones negativas que rumiar; con las emociones más intensas, los adolescentes recurrían más a suprimir, evitar y rumiar, justo las estrategias que peor les iban (Lennarz, Hollenstein, Lichtwarck-Aschoff, Kuntsche y Granic, 2019).

    La escena final, entonces, es la postura (no una concesión sentimental) de la terapia cognitivo-conductual y de la terapia de aceptación y compromiso: cambiar la relación con la emoción en vez de pelear con ella.

    En qué se queda corta la película

    Intensamente 2 es una película, no un manual, y hay tres cosas que un padre o un adolescente no debería sacar de ella.

    La ansiedad no se resuelve en una escena. El abrazo de Alegría dura dos minutos; en la vida real lo que mantiene la ansiedad es lo que se hace después de cada susto. Clark y Beck (2010) y Tolin (2024) identifican la evitación y las conductas de seguridad como los motores que perpetúan un trastorno de ansiedad: evitar alivia de inmediato (y por eso se repite), pero impide comprobar que la catástrofe no ocurre, y la persona atribuye su «salvación» a la maniobra en vez de a la realidad. Tolin lo compara con usar muletas sin tener la pierna rota: con el tiempo, la musculatura (la confianza en uno mismo) se debilita. Un metaanálisis de 26 estudios lo cuantificó: reducir las conductas de seguridad, aunque sea como intervención aislada, disminuye los síntomas (d = 0,43), y aumentarlas a propósito los empeora (d = 0,65), con indicios de sesgo de publicación que los autores declaran (Goodson, Patel, Zech, Sala y Cougle, 2026). Riley mejora porque vuelve al hielo. Si después del banquillo hubiera dejado el hockey, la película habría contado otra historia.

    «Ansiedad» no es un solo personaje. En la película es una emoción con nombre propio; en la clínica hay varios trastornos de ansiedad con edades de inicio, mecanismos y tratamientos distintos. La ansiedad social de Riley (qué pensarán las mayores) no es lo mismo que el trastorno de ansiedad generalizada, ni que el trastorno de pánico, ni que una fobia. El metaanálisis de Solmi et al. (2022) los ubica a lo largo de dos décadas de vida. Si tu hijo «tiene ansiedad», la primera pregunta útil es ansiedad de qué.

    Los adultos casi no aparecen. Los padres de Riley están lejos del campamento y la entrenadora es un cuaderno. En la vida real, la respuesta de la familia es uno de los factores que más pesa, para bien y para mal, y lo veremos más abajo.

    Hay una última crítica que circuló en la prensa y que conviene desmontar: la de que la película se equivoca al presentar la ansiedad como una emoción «porque en realidad es un trastorno». Es al revés. La ansiedad es una emoción universal; el trastorno de ansiedad es lo que ocurre cuando esa emoción cumple ciertos criterios. La Organización Mundial de la Salud lo dice en su primera línea: todo el mundo siente ansiedad a veces; los trastornos de ansiedad son otra cosa. La diferencia entre ansiedad normal y trastorno de ansiedad no es un detalle académico: de ella depende decidir si un adolescente necesita tratamiento o acompañamiento.

    ¿Emoción o trastorno? Cuándo la ansiedad de un adolescente necesita ayuda

    Clark y Beck (2010) proponen cinco criterios para decidir cuándo la ansiedad deja de ser adaptativa. Sirven para leer la película y sirven para leer a un hijo.

    Criterio (Clark y Beck, 2010) Qué significa Riley en la película
    Cognición disfuncional La ansiedad se apoya en una sobreestimación de la probabilidad o gravedad de la amenaza que la realidad no confirma «Si no entro al equipo no tendré amigas en el liceo»
    Deterioro del funcionamiento Interfiere con el rendimiento diario, las relaciones o la capacidad de afrontar Deja de dormir, se aleja de sus amigas, juega peor
    Persistencia Se prolonga aunque la demanda haya pasado o se haya resuelto La película la muestra en días; lo clínico son semanas o meses
    Falsas alarmas Picos de miedo o ataques de pánico sin peligro real El banquillo
    Hipersensibilidad a los estímulos Se dispara ante situaciones neutras o de amenaza mínima Un comentario de una compañera basta

    Lo que separa a un adolescente ansioso de uno con un trastorno de ansiedad es la combinación de estos criterios sostenida en el tiempo, más que la intensidad de un mal día: semanas de evitación, de síntomas físicos, de bajar el rendimiento o de dejar de hacer cosas que antes hacía. Las señales concretas por edad, y un cuestionario de cribado validado para 8 a 18 años, están en la guía de ansiedad en niños: síntomas y qué hacer. Y si lo que te preocupa es una crisis puntual, en ataque de ansiedad y ataque de pánico está la diferencia entre los dos.

    Qué ayuda de verdad a un adolescente ansioso

    Aquí la evidencia es más sólida de lo que la gente cree, y va en contra de dos intuiciones muy extendidas: la de «que se calme» y la de «que no lo pase mal».

    Primero, entender qué es la ansiedad. No es un preámbulo: es la primera intervención. Clark y Beck (2010) ponen la psicoeducación en la primera o segunda sesión porque el paciente necesita entender que su malestar lo dispara la interpretación de amenaza que hace de la situación o de la sensación corporal, y porque quien no entiende la lógica del tratamiento abandona en las primeras sesiones. Ver la ansiedad como un programa útil que se activó de más, en vez de como un defecto, es el punto de partida. Ahí es donde una película como esta, bien conversada, hace parte del trabajo.

    Exponerse a lo que teme, no relajarse para evitarlo. El tratamiento de referencia para la ansiedad infantojuvenil es la terapia cognitivo-conductual centrada en la exposición: acercarse de forma gradual y planificada a lo que se evita, sin conductas de seguridad, hasta comprobar que la catástrofe no llega. En un ensayo con 102 niños y adolescentes con trastorno de ansiedad, el 57 % respondió a la TCC con exposición frente al 19 % con un programa de relajación, y los primeros tuvieron tres veces más probabilidades de terminar el tratamiento (Bilek et al., 2022). La relajación no es mala; es que, usada para no sentir, se convierte en otra muleta.

    Psicoterapia y medicación rinden parecido; la psicoterapia va primero. Una revisión de 57 metaanálisis encontró que en ansiedad infantojuvenil los tratamientos psicosociales (d = -0,51) y los farmacológicos (d = -0,67) tienen un efecto estadísticamente equivalente (Morse et al., 2026). En la práctica clínica eso significa empezar por la terapia y reservar los fármacos para los cuadros graves o que no responden, siempre con un psiquiatra infantil.

    Los padres son parte del tratamiento, incluso cuando el adolescente no quiere ir. La respuesta más natural ante un hijo ansioso es acomodarse: justificarlo, hablar por él, dejarlo faltar, tranquilizarlo veinte veces. Se llama acomodación familiar y mantiene la ansiedad. Un ensayo de no inferioridad con 124 niños comparó un programa dirigido solo a los padres (SPACE, sin que el niño viera al terapeuta) con TCC individual: los resultados fueron equivalentes, y el programa de padres redujo más la acomodación familiar (Lebowitz, Marin, Martino, Shimshoni y Silverman, 2020). Si tu hijo se niega a ir al psicólogo, tú puedes ir.

    Ojo con las ayudas que enseñan a evitar. Una revisión reciente advierte que varias intervenciones disponibles para jóvenes ansiosos prescriben estrategias basadas en la evitación (distraerse, salir de la situación, «no pensar en eso»), que impiden el aprendizaje correctivo y pueden prolongar la ansiedad (Dunning, Khan, Becker-Haimes y Guzick, 2025). Aplica a apps, a talleres y a consejos bienintencionados. Si la estrategia consiste en no sentir, sospecha.

    Cómo es una terapia de este tipo, paso a paso, está en la guía de terapia cognitivo-conductual para la ansiedad.

    Cómo usar Intensamente 2 para hablar de ansiedad con tu hijo

    La película da algo que a los padres suele faltar: un vocabulario que el hijo ya acepta. Basta con ver la película juntos (o volver a ella) y dejar caer preguntas cortas, de a una, sin exigir respuesta; no hace falta dar una charla.

    1. «¿Cuál de las emociones nuevas se parece más a ti?» Es la pregunta más segura, porque no apunta a un problema. Muchos adolescentes que jamás dirían «tengo ansiedad» dicen sin problema «yo soy más Vergüenza» o «a mí me pasa lo de Ansiedad con las pruebas».
    2. «¿Qué crees que quería Ansiedad para Riley?» Sirve para instalar la idea central: la ansiedad intenta proteger, aunque se pase. Un hijo que entiende eso deja de pelear con la emoción y pasa a discutir con su cálculo («¿de verdad no vas a tener amigas si no entras al equipo?»).
    3. «¿Te ha pasado algo parecido a lo del banquillo?» Pregúntalo después, no durante la escena. Si la respuesta es sí, no minimices («eso le pasa a todos») ni dramatices. Pregunta qué sintió en el cuerpo y qué pensó. El miedo a las propias sensaciones es lo que predice que se repita (Hayward et al., 2000): explicarle que esas sensaciones son incómodas pero inofensivas ya es parte del tratamiento.
    4. «¿Qué recuerdos usarías tú para tu esfera?» La escena del sentido de sí misma permite hablar de creencias («no soy suficiente») sin la palabra creencia. Escucha qué recuerdos elige. Si son todos errores, ya sabes por dónde empieza el trabajo.
    5. Cuenta lo tuyo. Un padre que dice «a mí Ansiedad me tomaba la consola antes de las reuniones, y lo que me sirvió fue ir igual» enseña más que cualquier consejo. Modela lo que la evidencia recomienda: sentir y hacer de todos modos.

    Dos advertencias. La película no es un tratamiento, y usarla para diagnosticar a un hijo («tú eres igual que Ansiedad») lo cierra en vez de abrirlo. Y si al conversar aparece algo más pesado (evitación de semanas, síntomas físicos frecuentes, tristeza sostenida, ideas de hacerse daño), la conversación fue útil precisamente porque lo sacó a la luz: el siguiente paso es profesional. La OMS recuerda que la mitad de los trastornos mentales empieza antes de los 14 años y la mayoría no se detecta ni se trata.

    Cuándo consultar a un psicólogo

    Consulta si en tu hijo o hija ves, durante varias semanas, alguna de estas señales:

    • Evita cosas que antes hacía (ir a entrenar, juntarse con amigos, exponer en clase, dormir fuera de casa) y la evitación va en aumento.
    • Tiene ataques de pánico repetidos, o después de uno vive con miedo a que se repita.
    • Duerme mal, se queja de dolores de estómago o de cabeza sin causa médica, o su rendimiento cae.
    • Necesita que lo tranquilicen una y otra vez y el alivio le dura poco.
    • La ansiedad viene acompañada de tristeza persistente, irritabilidad, aislamiento o comentarios sobre no querer vivir.

    Con un adolescente, la evaluación empieza por una entrevista con él y con los padres, y a menudo un cuestionario de cribado. El tratamiento de primera línea es la TCC con exposición, con la familia incorporada. Si prefieres empezar por ti, la guía sobre trastornos psicológicos en la adolescencia explica qué cuadros son frecuentes a esa edad y cómo se distinguen.

    Preguntas frecuentes

    ¿La ansiedad de Intensamente 2 es un trastorno de ansiedad?

    No necesariamente. En la película, Ansiedad es una emoción normal que se pasa de vueltas durante unos días de mucha presión. Un trastorno de ansiedad exige que la ansiedad sea desproporcionada, persistente y que deteriore el funcionamiento durante semanas o meses (Clark y Beck, 2010). Lo que sí retrata con fidelidad es un ataque de pánico, que puede ocurrir con o sin trastorno.

    ¿Qué le pasa a Riley en el banquillo de penalización?

    Los síntomas que muestra (corazón acelerado, falta de aire, sensación de que todo se cierra, no poder escuchar a nadie) corresponden a un ataque de pánico: miedo intenso que aparece de golpe, llega a su máximo en minutos y se acompaña de al menos cuatro síntomas físicos o cognitivos de una lista de trece. Suele durar entre 5 y 20 minutos.

    ¿Por qué la ansiedad aparece en la adolescencia?

    Porque la pubertad trae más autoconciencia social y más peso de la opinión de los pares, justo el terreno de la ansiedad social. Un metaanálisis de 192 estudios encontró que la edad pico de inicio de los trastornos mentales es 14,5 años y que la mitad de los trastornos de ansiedad empieza antes de los 18 (Solmi et al., 2022).

    ¿La película enseña que hay que aceptar la ansiedad en vez de eliminarla?

    Sí, y en eso coincide con la evidencia. Intentar suprimir la ansiedad produce un efecto rebote, y en adolescentes las estrategias que mejor funcionan en el día a día son resolver el problema, reevaluar la situación y aceptar la emoción, no evitarla ni rumiar (Lennarz et al., 2019). Aceptar no significa resignarse: significa sentir la ansiedad y hacer igual lo que importa.

    ¿Cómo hablo de la película con mi hijo sin que suene a sermón?

    Con preguntas cortas y sin apuro: cuál emoción se le parece más, qué quería Ansiedad para Riley, si le ha pasado algo como lo del banquillo. Escucha más de lo que explicas y cuenta algo tuyo. Evita usar la película para etiquetarlo («tú eres igual que Ansiedad»), que suele cerrar la conversación.

    ¿Qué significa Vergüenza en Intensamente 2?

    Vergüenza es la emoción que aparece cuando Riley siente que la evalúan y quiere desaparecer. Es la más ligada a la ansiedad social, la forma de ansiedad que más suele debutar entre los 8 y los 13 años (Solmi et al., 2022). Si un adolescente se identifica con Vergüenza, la conversación sobre qué le da miedo que piensen de él es un buen punto de partida.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo adolescente al psicólogo por ansiedad?

    Cuando la ansiedad dura semanas y le cuesta algo: evita actividades, duerme mal, tiene síntomas físicos frecuentes, ataques de pánico repetidos o baja el rendimiento. También si tras una crisis vive con miedo a que vuelva. Un ataque de pánico aislado en la adolescencia aumenta el riesgo de trastornos posteriores (Asselmann et al., 2014), así que conviene evaluarlo.

    Ansiedad puede quedarse, pero no manejar sola

    Intensamente 2 dice en dos horas algo que a la psicología clínica le cuesta explicar en muchas sesiones: la ansiedad no es la enemiga, tiene un trabajo y hay que dejarla trabajar sin entregarle la consola. Lo que la película no alcanza a mostrar es cómo se consigue eso cuando la ansiedad ya lleva meses al mando: dejando de evitar, con los padres incorporados y, cuando corresponde, con una terapia que ha demostrado funcionar en adolescentes.

    Si viste en Riley a tu hijo o hija, o te viste a ti, y la escena del banquillo no fue una sola, puedes agendar una primera sesión. Evaluamos qué tipo de ansiedad es, cuánto está costando y por dónde conviene empezar, contigo y con él.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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