Baja Tolerancia a la Frustración en Niños: Cómo Enseñarla por Edad

Pintura impresionista de un nino atandose los cordones mientras un adulto espera, sobre la tolerancia a la frustracion

Pierde en un juego de mesa y da vuelta el tablero. Le dices que no hay más galletas y grita como si se le cayera el mundo. Se le desarma la torre y llora diez minutos. Muchas madres y padres llegan a buscar “baja tolerancia a la frustración en niños” convencidos de que a su hijo le pasa algo raro, o de que ellos lo criaron mal. Casi siempre la respuesta es otra: la tolerancia a la frustración no viene de fábrica, se construye entre los 2 y los 7 años, y se construye con lo que los adultos hacen cada vez que el niño choca con un “no”.

Esta guía sigue esa idea de principio a fin. Primero, qué es esperable a cada edad (para no pedirle a un niño de 2 años lo que recién logra uno de 6). Después, los errores más comunes de los padres que la debilitan, con lo que dicen los estudios de cada uno. Luego, qué hacer y qué actividades sirven en cada tramo, con un PDF para imprimir. Y al final, las señales que indican que ya no es una etapa y conviene consultar.

Respuesta corta: entre los 2 y los 3 años, casi todos los niños estallan ante la frustración; es la edad de peor tolerancia y la de mayor aprendizaje. Entre los 3 y los 5 aparece la capacidad de esperar, distraerse y usar palabras, y de los 6 en adelante el niño puede pensar el problema antes de reaccionar. La tolerancia a la frustración se enseña con tres cosas: ponerle nombre a lo que siente, dejar que la frustración pequeña ocurra (sin rescatarlo ni castigarlo) y elogiar el esfuerzo, no el resultado. Los programas que enseñan esto a los padres mejoran la regulación emocional del niño con un efecto mediano en ensayos aleatorizados.

¿Qué es la tolerancia a la frustración en niños?

La tolerancia a la frustración es la capacidad de soportar que algo no salga como uno quiere (una espera, un “no”, un error, una pérdida) sin desbordarse ni abandonar. La Asociación Americana de Psicología describe la baja tolerancia a la frustración como la tendencia a reaccionar con malestar intenso, enojo o rendición ante obstáculos que otros manejan sin mayor problema. En un niño se ve como rabietas frecuentes, dejar la tarea al primer error, negarse a jugar si puede perder o exigir lo que quiere ahora mismo.

Lo importante es que no es un rasgo de carácter. Es una habilidad, y como toda habilidad tiene una curva de desarrollo. Los psicólogos del desarrollo la estudian bajo el nombre de control con esfuerzo: la capacidad de frenar un impulso, esperar, bajar el ritmo y sostener la atención en algo que no es lo más entretenido. En un seguimiento de 106 niños evaluados a los 22 y a los 33 meses, ese control mejoró de forma considerable en solo once meses, y los niños con más control tenían un enojo más regulado (Kochanska, Murray y Harlan, 2000). Lo que un niño de casi 2 años no puede hacer, uno de casi 3 ya empieza a lograrlo.

Hay una base cerebral medible detrás de esto. En un estudio con niños de 3 a 5 años, un perro animado les “robaba” en un juego de computador el premio que esperaban; la corteza prefrontal lateral se activaba durante la frustración, y cuanto más se activaba, mayor era la tolerancia a la frustración que los padres describían en ese niño (Perlman, Luna, Hein y Huppert, 2014). Esa zona del cerebro es de las últimas en madurar. Por eso pedirle calma a un niño de 3 años en medio de una frustración es pedirle que use una herramienta que todavía está a medio construir.

¿Qué es normal por edad? La tolerancia a la frustración de 1 a 12 años

Antes de preguntarte por qué tu hijo se frustra tanto, conviene saber cuánto es esperable a su edad. Estos son los tramos que describe la investigación.

De 1 a 2 años: la frustración sin palabras

A esta edad el niño quiere cosas con toda su fuerza y tiene casi cero herramientas para esperar o para pedirlas de otra forma. Un “no” se vive como un muro. No puede todavía autoconsolarse ni distraerse a propósito: en un experimento con 158 niños de 15 a 39 meses, autoconsolarse (chuparse el dedo, abrazar un objeto) redujo la frustración solo un 20 %, mientras que distraerse la redujo un 50 % en los más pequeños (Deichmann y Ahnert, 2021). Y distraerse, a esta edad, es algo que hace el adulto por él. Lo que ayuda es nombrar lo que pasa (“querías la pelota y no se puede”), ofrecer una alternativa y esperar a que pase. No hay nada que “enseñar” en el momento; se enseña con la repetición tranquila de cientos de momentos.

Tolerancia a la frustración de 2 a 3 años: la edad de peor tolerancia (y de más aprendizaje)

Aquí están las famosas rabietas. Son la norma, no la excepción: en un estudio con 132 familias, el 64,7 % de los niños empezó a tenerlas entre los 2 y los 3 años, y el 57,1 % ya no las tenía después de los 5 (Österman y Björkqvist, 2010). En el experimento de Deichmann y Ahnert (2021), un 22,2 % de los niños de 15 a 39 meses mostró respuestas intensas de frustración hasta la rabieta, sin diferencia entre niños y niñas, y la intensidad bajaba con la edad. La rabieta típica es más corta de lo que se siente: la duración más común es de medio minuto a un minuto, y tres de cada cuatro duran cinco minutos o menos (Potegal, Kosorok y Davidson, 2003).

Dos datos de esa misma investigación te sirven para saber qué hacer. Primero, los niños con un apego más seguro se frustraban más tarde y por menos tiempo (Deichmann y Ahnert, 2021): la tolerancia a la frustración se apoya en la confianza de que el adulto está. Segundo, entre los 2 y los 3 años ya funciona el juego de simulación: en los niños mayores del estudio, ponerse a “jugar a” algo redujo la frustración cerca de un 70 %. Un niño de 2 años y medio que se frustra porque no puede subir al tobogán puede salir de ahí si el adulto convierte la espera en un juego.

De 3 a 5 años: aparece la capacidad de esperar

En el preescolar el lenguaje ya está y el niño empieza a poder anticipar. Es la edad del famoso test del malvavisco: se le ofrece a un niño de 4 años una golosina ahora o dos si espera a que el adulto vuelva. Walter Mischel encontró que los niños de 4 años que esperaban más llegaban a la adolescencia con más competencia social, mejor rendimiento escolar y mejor manejo de la frustración y el estrés (Mischel, Shoda y Rodriguez, 1989). Goleman (1995) dedicó a ese estudio buena parte de su capítulo sobre “la aptitud maestra”: la capacidad de resistir el impulso como raíz de todo el autocontrol emocional.

Con todo, conviene leer el malvavisco con cuidado. Una réplica con una muestra más grande y diversa encontró que la relación entre esperar a los 4 años y el rendimiento a los 15 era la mitad de la original, y se reducía en dos tercios al considerar la familia, la capacidad cognitiva temprana y el ambiente del hogar. Un detalle práctico de esa réplica: casi toda la diferencia estaba en lograr esperar al menos 20 segundos (Watts, Duncan y Quan, 2018). A los 4 años, la meta razonable es aguantar los primeros segundos de la frustración sin estallar, y eso es lo que se entrena. Los 15 minutos vienen mucho después.

De 6 a 12 años: pensar antes de reaccionar

En el escolar la tolerancia a la frustración se juega en otro terreno: perder en un juego, equivocarse en la tarea, que un amigo no lo elija, que la mamá diga que no al celular. A esta edad las diferencias entre niños son sobre todo individuales, no de edad. En una tarea computarizada diseñada en España para niños de 6 a 10 años, la edad explicaba solo un 7 % de la medida de tolerancia a la frustración, sin diferencias por sexo (Jiménez-Soto, Lorente-Loza, Vargas, Díaz y López, 2022). Traducido: un niño de 9 años con muy baja tolerancia a la frustración no “la va a agarrar solo con el tiempo”. Ya puede aprender a nombrar el problema, pensar opciones y elegir una, y ese es el trabajo de esta etapa.

Edad Lo esperable Lo que ya no es solo la edad
1 a 2 años Llanto y gritos ante cualquier “no”; no puede esperar ni calmarse solo Frustración que no cede nunca con el consuelo del adulto
2 a 3 años Rabietas de 1 a 5 minutos, varias a la semana; pico de la etapa Rabietas de más de 15 minutos, más de 3 días por semana o con golpes
3 a 5 años Aguanta unos segundos, se distrae, usa palabras a veces; todavía estalla cuando está cansado Se hace daño a sí mismo durante la rabieta; le cuesta mucho recuperarse; también pasa en el jardín
6 a 12 años Se molesta al perder o equivocarse, pero se recupera y vuelve a intentar Abandona todo al primer error, evita cualquier juego con posibilidad de perder, estalla a diario

¿Por qué importa enseñar tolerancia a la frustración?

Porque predice cosas que a cualquier padre le importan. Un metaanálisis de 150 estudios con más de 215.000 niños encontró que la autorregulación a los 4 años se asocia con más competencia social, más compromiso escolar y mejor rendimiento a los 8, y con menos problemas de conducta, menos ansiedad y depresión y menos victimización por los compañeros. La autorregulación en los primeros años de colegio se asocia además con menos agresión, menos consumo de tabaco y drogas y menos obesidad a los 13, y con menos desempleo, depresión y problemas de salud en la adultez (Robson, Allen y Howard, 2020).

Ojo con la lectura fatalista. Las asociaciones son estadísticas, no destinos, y la misma revisión muestra que la autorregulación medida por tareas o por el profesor predice mejor que la que describen los padres. Lo que sí queda claro es que esta habilidad vale la pena, y que se puede entrenar: lo vemos más abajo.

Los 7 errores de los padres que bajan la tolerancia a la frustración

Ninguno de estos errores los comete un mal padre. Los comete un padre cansado, apurado o que quiere evitarle sufrimiento a su hijo. El problema es lo que le enseñan al niño sin querer.

1. Ceder cuando la rabieta sube de tono

Si el “no” se convierte en “sí” cuando el niño grita más fuerte, el niño aprende que gritar más fuerte funciona. Los programas de entrenamiento a padres describen este ciclo desde hace décadas: la conducta que consigue lo que buscaba se repite (Kazdin, 2005). Lo que sí ayuda es lo contrario: un “no” que se mantiene, dicho con calma.

2. Rescatarlo de toda frustración

Armar la torre por él, terminar el rompecabezas, dejarlo ganar siempre. Un estudio que siguió a 318 niños de los 2 a los 5 años encontró que el grupo con más conducta disruptiva persistente se formaba de dos maneras: niños muy reactivos a la frustración con madres muy controladoras, o niños con poca capacidad de regularse con madres muy poco presentes (Degnan, Calkins, Keane y Hill-Soderlund, 2008). Ni resolverle todo ni dejarlo solo con la frustración: acompañarla.

3. Gritar o castigar físicamente

Es el error más estudiado. En un seguimiento de un año con la rabieta observada en laboratorio, la afirmación de poder (gritos, amenazas, fuerza) y la falta de consistencia predijeron rabietas más severas con el tiempo; ignorar no las empeoró (Mo, van den Akker, Leijten y Asscher, 2023). Y el castigo físico, según una revisión de la evidencia causal, se asocia a los mismos daños que el maltrato físico, en todas las culturas estudiadas (Gershoff et al., 2018). Un niño que recibe un golpe cuando se frustra aprende exactamente eso: que la frustración se resuelve con violencia.

4. Elogiar lo listo que es, en vez del esfuerzo

Parece inofensivo, pero cambia cómo el niño enfrenta el error. En seis experimentos con alumnos de quinto básico, los niños elogiados por su inteligencia mostraron después de un fracaso menos persistencia, menos disfrute de la tarea y peor rendimiento que los elogiados por su esfuerzo, y pasaron a creer que la inteligencia es fija (Mueller y Dweck, 1998). Y esto empieza mucho antes: el elogio al esfuerzo que los padres dan espontáneamente a niños de 14 a 38 meses predijo que a los 7 u 8 años creyeran que la capacidad se puede mejorar y disfrutaran los desafíos (Gunderson et al., 2013). “Qué inteligente eres” enseña a evitar lo difícil; “cómo te esforzaste” enseña a insistir.

5. Prometer y no cumplir

Un niño espera cuando cree que esperar vale la pena. En un experimento con el test del malvavisco, los niños esperaron bastante más cuando el adulto antes había cumplido lo que prometió que cuando no lo había hecho (Kidd, Palmeri y Aslin, 2013). Si “después vamos al parque” casi nunca se cumple, el “espera un poquito” pierde todo su valor.

6. Usar la pantalla como calmante

Es la salida más rápida y la más cara. En 315 preescolares seguidos de los 3,5 a los 5,5 años, más uso de tablet a los 3,5 años (una desviación estándar, equivalente a 1,22 horas al día) se asoció a más expresiones de ira y frustración a los 4,5; y más ira a los 4,5 se asoció a más tablet a los 5,5. Los autores lo describen como un ciclo que perjudica la regulación emocional (Fitzpatrick et al., 2024). La tablet calma hoy la frustración que el niño no aprende a manejar mañana.

7. Pedirle lo que todavía no puede hacer

Esperar que un niño de 2 años comparta, que uno de 4 pierda con elegancia o que uno de 6 haga solo 40 minutos de tarea sin protestar es una receta para que todos se frustren. Kazdin (2005) lo dice con una imagen: hay que gatear antes de caminar, y los padres suelen creer que el niño “ya sabe” hacer la conducta y por eso no hace falta ir por pasos. Casi siempre hace falta.

Cómo enseñar tolerancia a la frustración según la edad

Lo que funciona tiene nombre en la investigación: coaching emocional. Goleman (1995) lo describe a partir del trabajo de Gottman: frente a un niño molesto, hay padres que ignoran la emoción, padres que la desaprueban y castigan, padres que la dejan pasar y consuelan con lo que sea, y padres que la toman en serio, la nombran y ayudan a encontrar una salida. Solo el último estilo enseña algo.

Ese enfoque se ha probado en ensayos. En un ensayo aleatorizado con 216 padres de niños de 4 y 5 años, un programa de seis sesiones (Tuning in to Kids) aumentó el coaching emocional de los padres, mejoró el conocimiento emocional de los niños y redujo sus problemas de conducta según padres y profesores a los seis meses (Havighurst, Wilson, Harley, Prior y Kehoe, 2010). Y un metaanálisis de 15 ensayos aleatorizados con padres de niños de 18 meses a 6 años encontró que estos programas mejoran la competencia emocional del niño (g = 0,44) y su ajuste conductual (g = 0,34), además de la crianza positiva (g = 0,74) y el bienestar de los propios padres (England-Mason, Andrews, Atkinson y Gonzalez, 2023). No hace falta hacer el curso: lo que sigue son sus ingredientes, tramo por tramo.

De 1 a 2 años: acompañar y distraer

  • Nombra lo que pasa, en dos palabras. “Querías eso. No se puede.” No explica ni negocia; solo le pone nombre.
  • Distrae, sin culpa. A esta edad es la herramienta que más funciona: en el estudio de Deichmann y Ahnert (2021), cuando el padre o la madre distraía o reencuadraba la situación, la frustración bajaba entre un 60 y un 80 %.
  • Muéstrale cómo. Cuando la pieza no entra, hacerlo tú despacio delante de él redujo la frustración hasta un 40 % en ese mismo estudio. Mostrar, no hacerlo por él.
  • Cumple lo que dices. El “ya vuelvo” que se cumple es la primera lección de esperar.

De 2 a 3 años: dejar que la rabieta pase (y no ceder)

  • Sostén el “no” con calma. Sin gritar, sin cambiarlo. La consistencia es lo que predijo rabietas menos severas con el tiempo (Mo et al., 2023).
  • Espera cerca. Una rabieta dura de uno a cinco minutos (Potegal et al., 2003). No hay que resolverla: hay que estar.
  • Convierte la espera en juego. El juego de simulación es lo que más baja la frustración a esta edad (Deichmann y Ahnert, 2021): “vamos a ser tortugas hasta que se desocupe el columpio”.
  • Cuando pase, nómbralo. “Te enojaste mucho porque querías seguir. Ya pasó.” Es el coaching emocional en su versión de 2 años.
  • Elogia el esfuerzo, no la inteligencia. “Lo intentaste de nuevo” (Gunderson et al., 2013).

De 3 a 5 años: enseñar a esperar y a poner palabras

  • Entrena esperas cortas y ganables. Empieza por 20 segundos con un reloj de arena o una canción, y sube de a poco. Es la meta que la réplica del malvavisco mostró como decisiva (Watts et al., 2018).
  • Enséñale el truco de mirar para otro lado. Los niños que lograban esperar en el estudio de Mischel se tapaban los ojos, cantaban o jugaban con sus manos (Goleman, 1995). Se puede enseñar: “cuando quieras agarrarlo, mira la ventana y cuenta”.
  • Avisa antes. “Dos vueltas más y nos vamos.” La anticipación reduce la frustración porque el “no” deja de ser sorpresa.
  • Habla de la emoción después, no durante. En medio de la rabieta no escucha; después de calmado, sí. Los programas de coaching emocional entrenan justamente esa conversación sobre causas y consecuencias (Havighurst et al., 2010).
  • Deja que pierda. Juegos de mesa cortos, donde a veces gana y a veces no. Ganar siempre no entrena nada.

De 6 a 12 años: pensar el problema antes de reaccionar

  • Pausa, nombre, opciones. Cuando se frustra con la tarea: “Para. ¿Qué pasó? ¿Qué podrías hacer: pedir ayuda, intentar de otra forma, dejarla cinco minutos?”. Es el esquema de resolución de problemas que usan los programas de autorregulación escolar, que en un metaanálisis de 49 ensayos mejoraron la autorregulación con un efecto de 0,42 y, en la mayoría de los estudios que lo midieron, el rendimiento académico y los problemas de conducta (Pandey et al., 2018).
  • Divide en pasos lo que le cuesta. Kazdin (2005) llama a esto moldeamiento: reforzar aproximaciones, no esperar la conducta completa desde el primer día.
  • Elogio específico al esfuerzo. “Te quedaste en el problema aunque te salió mal dos veces” pesa más que “eres muy bueno para matemáticas” (Mueller y Dweck, 1998).
  • Modela tu propia frustración en voz alta. “Se me cayó el archivo. Me da rabia. Voy a respirar y lo hago de nuevo.” Los niños aprenden mirando cómo tú lo haces (Goleman, 1995).
  • Deja las consecuencias naturales. Si no guardó el juego y se perdió una pieza, esa es la lección, no un sermón.

Actividades y ejemplos para trabajar la tolerancia a la frustración en niños, por edad

Estas actividades son de elaboración propia a partir de los componentes que tienen respaldo en los estudios de arriba (modelado, distracción y reencuadre, esperas graduadas, elogio al esfuerzo, resolución de problemas). No son un test ni un tratamiento: son práctica en casa. Están todas, con instrucciones y una hoja de registro, en el PDF gratuito para imprimir: descargar las actividades de tolerancia a la frustración en PDF.

  • 1 a 2 años: “Ya vuelvo” (esperar 10 segundos). Dile “ya vuelvo”, sal de su vista contando en voz alta hasta 10 y vuelve con lo prometido. Repítelo cada día alargando de a poco. Enseña que esperar termina bien.
  • 2 a 3 años: la tortuga. Cuando algo no se puede ahora, todos se meten “en el caparazón” (se agachan y se tapan la cabeza) y cuentan hasta 5 antes de mirar de nuevo. Es distracción y juego de simulación en uno.
  • 2 a 3 años: la torre que se cae. Armen juntos una torre y bótenla a propósito entre risas. Después, cuando se caiga sin querer, ya tiene el guion: “¡se cayó! La hacemos de nuevo”.
  • 3 a 5 años: el reloj de arena. Un juguete atractivo y un reloj de un minuto. Cada uno juega hasta que se vacía. El adulto espera primero y muestra cómo se aguanta (“me dan ganas, pero miro la arena”).
  • 3 a 5 años: el termómetro del enojo. Una tira de cartulina con tres colores. Después de una frustración (no durante), el niño marca cuánto se enojó y qué lo ayudó a bajar. Es la conversación de causas y consecuencias.
  • 3 a 5 años: perder a propósito. Juegos de mesa de cinco minutos donde el adulto pierde primero y lo dice en voz alta: “perdí, qué lata. ¿Otra?”. Luego se juega de verdad.
  • 6 a 12 años: el error del día. En la cena, cada uno cuenta algo que le salió mal y qué hizo después. Normaliza el error y modela la recuperación.
  • 6 a 12 años: los tres caminos. Frente a una tarea que lo frustra, escribe tres opciones antes de elegir una (pedir ayuda, hacerla de otra forma, descansar cinco minutos y volver).
  • 6 a 12 años: el desafío de una semana. Una meta pequeña que exige insistir (un cubo, una canción, una receta), con un registro diario de “lo intenté”. Se elogia el intento, no el resultado.

¿Cuándo consultar por baja tolerancia a la frustración?

La mayoría de los niños con “baja tolerancia a la frustración” están dentro de lo esperable para su edad y mejoran con lo de arriba. Hay señales que sí justifican una evaluación.

  • Rabietas fuera de rango a partir de los 3 años. En un estudio con 279 preescolares, lo que distinguió a los niños con un trastorno de los sanos fue la violencia durante la rabieta, que ocurriera también en el jardín y que les costara mucho recuperarse; y en los preescolares con depresión, la agresión hacia sí mismos (Belden, Thomson y Luby, 2008). Ese último dato pesa: en un seguimiento de 299 niños, las rabietas con agresión hacia el propio niño fueron las más predictivas de problemas posteriores (Hoyniak et al., 2023).
  • Irritabilidad que dura meses. El DSM-5-TR describe el trastorno negativista desafiante como un patrón de ánimo enojado o irritable y conducta desafiante que dura al menos seis meses, con síntomas que superan lo normal para la edad y afectan la vida familiar o escolar (American Psychiatric Association, 2022). La baja tolerancia a la frustración es uno de los factores de temperamento que lo predicen. Si te suena, esta guía sobre el trastorno negativista desafiante explica cómo se evalúa.
  • Frustración junto con problemas de atención. Los niños con TDAH suelen tener una tolerancia a la frustración mucho más baja que sus compañeros, y en ellos las estrategias de esta guía necesitan un plan más estructurado.
  • Cuando la familia ya no puede más. Si cada día termina en gritos, si evitas salir con tu hijo o si tú mismo estás perdiendo el control, esa es razón suficiente.

En Chile, Chile Crece Contigo ofrece orientación gratuita sobre crianza y Fonoinfancia (800 200 818) atiende a madres, padres y cuidadores por teléfono. Si quieres una orientación clínica directa, puedes agendar una consulta. Y si buscabas medir la tolerancia a la frustración, este artículo sobre los tests de tolerancia a la frustración para niños y adultos explica qué instrumentos existen y qué miden de verdad.

Preguntas frecuentes

¿A qué edad se desarrolla la tolerancia a la frustración?

Empieza a desarrollarse entre los 2 y los 3 años, cuando el control con esfuerzo mejora mucho en pocos meses, y sigue creciendo hasta la adolescencia. Entre los 3 y los 5 años el niño empieza a poder esperar unos segundos y a usar palabras; desde los 6 puede pensar opciones antes de reaccionar. No se termina de construir a ninguna edad fija.

¿Es normal que mi hijo de 3 años tenga baja tolerancia a la frustración?

Sí. Entre los 2 y los 3 años está el pico de rabietas, y a los 3 la mayoría todavía estalla cuando está cansado o cuando algo no sale. Lo que preocupa a esa edad es otra cosa: rabietas de más de 15 minutos, más de tres días por semana, con golpes hacia otros o hacia sí mismo, o que ocurran igual en el jardín.

¿Cómo enseñar tolerancia a la frustración a un niño de 4 años?

Con esperas cortas y ganables (empezar por 20 segundos con un reloj de arena), avisos antes de terminar algo que le gusta, juegos de mesa donde a veces pierde, y nombrar la emoción después de la rabieta, no durante. Elogia el esfuerzo (“lo intentaste de nuevo”) y no la inteligencia. Y sostén el “no” con calma: ceder cuando grita más enseña a gritar más.

¿Qué actividades sirven para trabajar la frustración en niños?

Las que hacen practicar tres cosas: esperar (reloj de arena, “ya vuelvo”), tolerar el error (la torre que se cae, el error del día en la cena) y perder (juegos de mesa cortos donde el adulto pierde primero). Para escolares, escribir tres opciones antes de rendirse con una tarea. Todas están en el PDF de esta guía, ordenadas por edad.

¿La tablet o el celular empeoran la tolerancia a la frustración?

Hay evidencia de que sí cuando se usan como calmante. En 315 preescolares seguidos dos años, más uso de tablet a los 3,5 años se asoció a más ira y frustración a los 4,5, y más ira a los 4,5 a más tablet a los 5,5: un ciclo que se retroalimenta (Fitzpatrick et al., 2024). Usarla para cortar una rabieta evita el aprendizaje que esa rabieta traía.

¿Cuándo la baja tolerancia a la frustración es un problema clínico?

Cuando dura meses, ocurre en más de un lugar (casa y colegio) y afecta la vida del niño o de la familia. Las señales concretas son rabietas con violencia o autoagresión, mucha dificultad para recuperarse, irritabilidad casi diaria por más de seis meses, o problemas de atención asociados. En esos casos conviene una evaluación con un psicólogo infantil o un pediatra.

Empezar por una sola cosa

Si tienes que elegir una sola cosa de esta guía, elige esta: la próxima vez que tu hijo se frustre, no lo rescates ni lo castigues. Ponle nombre a lo que siente, quédate cerca y, cuando pase, elogia lo que intentó. Hacer eso cien veces vale más que cualquier técnica. Y si después de un par de meses las cosas no cambian, o si alguna de las señales de arriba te suena conocida, una consulta a tiempo evita que una etapa se convierta en un patrón. Puedes agendar una hora aquí.

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Referencias

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Belden, A. C., Thomson, N. R., & Luby, J. L. (2008). Temper tantrums in healthy versus depressed and disruptive preschoolers: Defining tantrum behaviors associated with clinical problems. The Journal of Pediatrics, 152(1), 117-122. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2007.06.030

Degnan, K. A., Calkins, S. D., Keane, S. P., & Hill-Soderlund, A. L. (2008). Profiles of disruptive behavior across early childhood: Contributions of frustration reactivity, physiological regulation, and maternal behavior. Child Development, 79(5), 1357-1376. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2008.01193.x

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England-Mason, G., Andrews, K., Atkinson, L., & Gonzalez, A. (2023). Emotion socialization parenting interventions targeting emotional competence in young children: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Clinical Psychology Review, 100, 102252. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2023.102252

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Sobre el autor

Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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