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  • Rabietas y Pataletas: Qué Hacer (y Qué No) Según la Edad

    Rabietas y Pataletas: Qué Hacer (y Qué No) Según la Edad

    Tu hijo de dos años está tirado en el pasillo del supermercado, gritando, y tú sientes que todos te miran. Si te sirve de algo: le pasa a casi todo el mundo. En un estudio con 211 niños de 1 a 6 años, el 95,3% de los cuidadores reportó al menos una conducta de pataleta (Prutipaisan et al., 2025). Un hijo que no haga pataletas casi no existe. Lo que cambia el resultado es saber qué hacer con las rabietas en niños mientras duran, y qué evitar.

    Esta guía reúne lo que la investigación ha medido de verdad sobre las rabietas en niños: qué hacer durante el episodio, cómo cambia el manejo entre los 2 y los 12 años, y cuáles son las señales concretas que separan una pataleta esperable de una que conviene mirar con un profesional. Al final vas a encontrar una guía interactiva de siete preguntas que revisa, una por una, las señales que los estudios asocian a pataletas problemáticas. Antes de llegar ahí conviene entender por qué la pataleta funciona como funciona, porque ahí es donde las estrategias empiezan a tener sentido.

    Respuesta directa: rabietas en niños, qué hacer ante una pataleta

    Durante una pataleta, lo que la evidencia respalda es mantener la calma, garantizar la seguridad física del niño, no ceder a la demanda que la originó y sostener la misma respuesta cada vez. Un estudio longitudinal que observó pataletas reales encontró que la imposición (“porque lo digo yo”) y la falta de consistencia predijeron pataletas más severas un año después (Mo et al., 2023). El castigo físico está descartado: se asocia a los mismos daños que el maltrato (Gershoff et al., 2018).

    ¿Qué es una pataleta y por qué le pasa a casi todos los niños?

    Una pataleta, también llamada rabieta o berrinche, es una descarga emocional intensa y visible, desproporcionada respecto de lo que la provocó. Aparece cuando el niño quiere algo que no puede tener, o cuando no logra hacer algo que se propuso, y todavía no cuenta con los recursos para manejar esa frustración por dentro.

    La palabra “todavía” es la importante. Entre los 12 y los 38 meses, los niños con menos palabras habladas tienen pataletas más frecuentes y más desreguladas; los que hablaban tarde entre los 24 y los 30 meses tenían un riesgo casi el doble (RR = 1,96) de pataletas severas comparados con sus pares de lenguaje típico, según una muestra comunitaria de 2.001 madres (Manning et al., 2019). Un niño que no puede decir “quería el vaso azul” tiene menos formas de resolver el problema, y le queda el grito.

    Por eso los rangos de edad calzan tan bien. El 64,7% de los niños empieza con pataletas entre los 2 y los 3 años, y el 57,1% ya no las tiene después de los cinco (Österman y Björkqvist, 2010). Es la misma ventana en que el vocabulario explota. Si quieres ubicar esto dentro del cuadro general, la tabla de hitos del desarrollo infantil muestra qué se espera a cada edad.

    ¿Cuánto dura realmente una pataleta?

    Menos de lo que se suele decir. Al analizar 335 relatos parentales de niños de 18 a 60 meses, la duración más frecuente fue de medio minuto a un minuto, y el 75% de las pataletas terminó en 5 minutos o menos (Potegal et al., 2003). Muchas guías para padres afirman que lo normal son 5 a 20 minutos, y ese dato infla la expectativa: si crees que vas a aguantar veinte minutos, la desesperación llega antes.

    Hay matices. En un cuestionario finlandés, el 46,5% de los padres recordaba episodios de 5 a 10 minutos (Österman y Björkqvist, 2010), algo más largo que lo medido por Potegal. La diferencia probable está en el método: un recuerdo general dura siempre más que un relato episodio por episodio. Cuando estás dentro, el tiempo se estira.

    El hallazgo más útil de ese trabajo está en la estructura interna del episodio. Potegal y su equipo identificaron dos procesos que corren a la vez y se solapan:

    • La Rabia sube rápido, alcanza su punto máximo al principio o casi al principio del episodio, y desde ahí baja.
    • La Angustia (el llanto, la búsqueda de consuelo) va subiendo lentamente a lo largo de la pataleta.

    Esto tiene una consecuencia práctica directa. Al comienzo, cuando la rabia está en su pico, cualquier intento de razonar, negociar o abrazar suele rebotar. Más adelante, cuando lo que domina es el llanto, el niño busca consuelo y ahí el contacto sí aterriza. La misma frase, dicha en el minuto 1 o en el minuto 3, no produce el mismo efecto.

    Qué hacer durante una rabieta o pataleta, paso a paso

    La secuencia que se desprende de esa curva es corta:

    1. Asegura el entorno. Si hay riesgo de que se golpee o rompa algo, mueve los objetos o mueve al niño. La seguridad va primero y no se discute.
    2. Baja tu propio volumen. Sube tu tono y subes el suyo. Un tono bajo y pocas palabras funcionan mejor que la explicación larga.
    3. No negocies en el pico. Mientras la rabia manda, el niño no está en condiciones de procesar argumentos. Quédate cerca, disponible, sin sermón.
    4. Ofrece consuelo cuando llegue el llanto. Ese es el momento en que el contacto físico y las palabras entran de verdad.
    5. Mantén la decisión. Si dijiste que no había galleta, no hay galleta. Ceder al final enseña que el camino largo funciona.
    6. Después, y solo después, conversa. Con dos años basta con nombrar lo que pasó (“te dio mucha rabia”). Desde los cuatro ya se puede pensar juntos en otra salida para la próxima.

    Sobre el punto 5, la evidencia es más específica de lo habitual. El estudio de Mo y colaboradores (2023) siguió a 94 niños de 20 a 43 meses durante un año y midió la pataleta observada en una tarea estandarizada de ordenar juguetes, en vez de preguntarle a la madre. Más imposición y menos consistencia predijeron aumentos en la severidad de la pataleta. Ignorar no predijo cambios en ninguna dirección. Y el efecto iba de los padres al niño, no al revés: la severidad de la pataleta no predijo cambios posteriores en la crianza.

    Vale la pena leer bien ese resultado. No dice que ignorar sea inútil, dice que en esa muestra no movió la aguja por sí solo. Lo que sí la movió, para peor, fue imponerse y cambiar de criterio.

    Rabietas por edad: qué cambia entre los 2 y los 12 años

    Con los años la pataleta cambia de forma. Entre 1 y 5 años, la frecuencia baja mientras la duración sube (Van den Akker et al., 2022). Son menos episodios, pero más largos.

    Pataletas a los 2 años. Es el arranque típico y el punto donde el lenguaje pesa más. Anticipar sirve más que corregir: avisar los cambios (“después de este juego nos vamos”), ofrecer dos opciones acotadas en vez de preguntas abiertas, y cuidar el hambre y el sueño, que bajan el umbral de tolerancia. Durante el episodio, pocas palabras.

    Rabietas a los 3 años. Aparece la negociación y la prueba de límites. El niño ya entiende bastante más de lo que puede regular, y esa brecha es justamente el problema. Aquí la consistencia entre cuidadores empieza a decidir el resultado: si con uno la respuesta cede y con otro no, la conducta se sostiene.

    De 4 a 5 años. La frecuencia debería ir bajando. Los episodios que quedan pueden durar más, y ya es posible conversar después con cierto detalle: qué pasó, qué sintió, qué podría hacer la próxima vez. A los 5, la mayoría ha dejado atrás las pataletas (Österman y Björkqvist, 2010).

    De 6 a 12 años. Aquí conviene un cambio de mirada. Las pataletas frecuentes en edad escolar quedan fuera de la curva esperable, porque más de la mitad de los niños deja de tenerlas antes de los seis. Casi toda la investigación sobre pataletas se hizo entre 1 y 6 años, así que en este tramo los marcadores orientan menos y pesa más lo que ocurre alrededor: sueño, exigencias escolares, dificultades de aprendizaje o de regulación emocional. Si un niño de 8 años sigue con episodios frecuentes e intensos, la pregunta útil pasa a ser qué está sosteniendo esos episodios.

    Qué NO hacer: tres respuestas que empeoran el cuadro

    El castigo físico. La revisión de Gershoff y colaboradores (2018) concluyó que la evidencia sobre castigo físico cumple los criterios aceptados de inferencia causal, que se asocia a los mismos daños que el maltrato físico, y que esa relación se mantiene entre culturas, familias y barrios distintos. Los autores recomiendan explícitamente que los padres lo eviten y que los psicólogos lo desaconsejen. No es una cuestión de estilo de crianza.

    Imponerse por autoridad. La afirmación de poder (imponer sin explicación, forzar el cumplimiento) predijo pataletas más severas al año siguiente en el estudio de Mo et al. (2023). Es la respuesta más intuitiva cuando uno está agotado, y es la que empeora la trayectoria.

    Ceder cuando el grito sube. Es la salida rápida en el supermercado y la que más caro se paga después, porque enseña qué conducta funciona. La contracara es que la consistencia, medida en ese mismo estudio, protegió.

    ¿Sirve el tiempo fuera y desde qué edad?

    El tiempo fuera es seguro y eficaz bajo condiciones concretas: usado de forma predecible, poco frecuente, con calma y como una pieza dentro de un conjunto más amplio de estrategias, que es exactamente como lo enseñan los programas de entrenamiento a padres (Woodfield et al., 2021). Los mismos autores advierten que esa evidencia convive con mucha desinformación sobre el tema, tanto entre padres como entre profesionales.

    Dicho de otro modo: el tiempo fuera usado como castigo, a gritos, improvisado y a diario no es el tiempo fuera que se estudió. Y conviene saber que la tendencia va en otra dirección. En el metaanálisis más grande disponible sobre programas de crianza para conducta disruptiva (244 ensayos aleatorizados, 1.100 tamaños de efecto y 28.916 familias de 36 países), los ensayos más recientes recurren menos al tiempo fuera que los antiguos (Leijten et al., 2025).

    Si las pataletas de tu hijo se están volviendo el centro de la vida familiar, ese tipo de programa es la vía con más respaldo. No es un consejo suelto: es la intervención más estudiada que existe para conducta disruptiva infantil.

    Ahora sí, con esto en mente, la guía de abajo revisa las señales concretas. Respóndela con calma. No hay respuestas trampa ni puntaje que sacar.

    ¿La pataleta de tu hijo entra en lo esperable?

    Siete preguntas, menos de un minuto. Esta guía no calcula ningún puntaje ni entrega un diagnóstico: solo revisa si aparecen los marcadores que la investigación publicada asocia a pataletas que conviene mirar con un profesional. Los criterios provienen de Prutipaisan y cols. (2025), Belden y cols. (2008) y Hoyniak y cols. (2023).

    1. ¿Qué edad tiene tu hijo o hija?


    Orientación educativa, no un diagnóstico. Los marcadores citados vienen de estudios observacionales en niños de 1 a 6 años (Tailandia, Estados Unidos), así que describen grupos, no a un niño en particular. Que aparezca un marcador no significa que tu hijo tenga un trastorno: en el estudio de Prutipaisan y cols. (2025) algo más de la mitad de los niños cumplía la definición de pataleta problemática. Solo una evaluación presencial con un profesional de salud mental infantil puede confirmar o descartar algo.

    ¿Cuándo una pataleta deja de ser normal?

    Hay marcadores medidos, no impresiones. Prutipaisan y colaboradores (2025) definieron como pataleta problemática la que cumple alguno de estos tres criterios: conducta física agresiva, duración mayor a 15 minutos, o frecuencia mayor a 3 días por semana. Algo más de la mitad de los niños del estudio (55,2% de 211) entraba en esa categoría, así que cumplir un criterio no equivale a tener un trastorno. Sí se asoció a un impacto emocional mayor en los cuidadores (23,3 frente a 17,7 puntos sobre un máximo de 55; p = 0,001), y ese desgaste importa por sí mismo.

    Las señales que mejor diferencian vienen de dos trabajos. En 279 preescolares de 3 a 6 años evaluados con una entrevista diagnóstica estructurada, los niños con un trastorno disruptivo mostraron violencia durante la pataleta con mucha más frecuencia, tuvieron más episodios en el colegio o la sala cuna, y les costó más recuperarse; los que cursaban una depresión fueron más agresivos hacia objetos y personas que los niños sanos, y mostraron significativamente más conductas autolesivas durante el episodio que los otros dos grupos (Belden et al., 2008).

    Esa última señal es la que más pesa a largo plazo. En un seguimiento prospectivo de 299 niños evaluados en diez momentos distintos a lo largo de la infancia y la adolescencia, las conductas de pataleta con agresión hacia sí mismo fueron las más predictivas de dificultades posteriores; los niños con niveles altos de agresión hacia otros y hacia sí mismos tuvieron problemas externalizantes más severos en la infancia temprana, y depresión y trastorno negativista desafiante más severos durante la infancia y la adolescencia (Hoyniak et al., 2023).

    Un detalle que ordena bastante: la frecuencia y la duración no apuntan al mismo lado. Más pataletas predijeron problemas externalizantes, mientras que pataletas más largas predijeron problemas internalizantes, y el perfil de alta agresividad o autolesión (42% de la muestra) predijo dificultades por encima de ambas (Van den Akker et al., 2022).

    Conviene consultar si aparecen: agresión hacia sí mismo durante el episodio, violencia hacia otros de forma habitual, pataletas frecuentes también fuera de casa, dificultad marcada para volver a la calma, o episodios que se mantienen intensos después de los 6 años. Cuando el patrón es persistente y desafiante hacia figuras de autoridad, vale la pena revisar la guía para padres sobre el trastorno oposicionista desafiante, que cubre el cuadro completo y su tratamiento.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Pide una evaluación con un psicólogo infantil o un pediatra si se cumple alguna de estas condiciones: el niño se hace daño durante las pataletas; lastima a otros con frecuencia; las pataletas ocurren en varios contextos y afectan el jardín o el colegio; el patrón no cambia pese a respuestas consistentes durante semanas; o el desgaste familiar es alto y estás respondiendo de maneras que después lamentas. Esa última razón basta por sí sola. Puedes revisar también la información general de MedlinePlus sobre rabietas, del sistema de salud de Estados Unidos.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad empiezan y cuándo se pasan las rabietas? El 64,7% de los niños empieza entre los 2 y los 3 años, y el 57,1% deja de tenerlas después de los cinco (Österman y Björkqvist, 2010). Entre 1 y 5 años la frecuencia baja mientras la duración sube (Van den Akker et al., 2022).

    ¿Cuánto dura una pataleta normal? La duración más frecuente es de medio minuto a un minuto, y el 75% termina en 5 minutos o menos (Potegal et al., 2003). Episodios que superan los 15 minutos de forma habitual entran en la definición de pataleta problemática (Prutipaisan et al., 2025).

    ¿Hay que ignorar las pataletas? Ignorar la conducta sin dejar al niño solo es una estrategia razonable, aunque en el estudio que la midió con observación directa no predijo cambios en la severidad por sí sola (Mo et al., 2023). Lo que sí cambió el curso fue evitar imponerse y sostener la misma respuesta cada vez.

    ¿Es normal que un niño de 6 años siga con pataletas? Los episodios ocasionales pueden ocurrir, pero las pataletas frecuentes a esa edad quedan fuera de lo esperable, ya que más de la mitad de los niños deja de tenerlas antes de los seis (Österman y Björkqvist, 2010). Conviene una evaluación profesional.

    ¿El tiempo fuera es dañino? No cuando se usa de forma predecible, poco frecuente, con calma y dentro de un conjunto de estrategias, que es como se estudió (Woodfield et al., 2021). Aplicado a gritos y a diario, no corresponde a la práctica que cuenta con respaldo.

    ¿Qué hago si le da la pataleta en la calle o el supermercado? Lo mismo que en la casa, con un ajuste: mover al niño a un lugar más tranquilo si se puede, bajar el tono y no cambiar la decisión por la presión de la mirada ajena. Ceder en público enseña que ese es el lugar donde funciona.

    Para cerrar

    Las pataletas son una etapa medible, con curva conocida y un final esperable antes de los seis años. Lo que decide cómo va a evolucionar el episodio está más en cómo responde el adulto que en la intensidad del grito: sostener la calma, mantener la decisión y responder igual cada vez es lo que la evidencia respalda, y la imposición y el castigo físico son lo que empeora la trayectoria.

    Si las pataletas de tu hijo llevan meses sin cambiar, aparecen en el jardín o el colegio, o incluyen que se haga daño, no hace falta esperar a que se pasen solas. Una evaluación breve define si se trata de acompañar una etapa o de trabajar algo más específico. Puedes agendar una hora aquí y revisarlo con calma.

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    Ps. Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Sobre el autor: Ps. Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Perfil profesional

    Referencias

    Belden, A. C., Thomson, N. R., & Luby, J. L. (2008). Temper tantrums in healthy versus depressed and disruptive preschoolers: Defining tantrum behaviors associated with clinical problems. The Journal of Pediatrics, 152(1), 117-122. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2007.06.030

    Gershoff, E. T., Goodman, G. S., Miller-Perrin, C. L., Holden, G. W., Jackson, Y., & Kazdin, A. E. (2018). The strength of the causal evidence against physical punishment of children and its implications for parents, psychologists, and policymakers. American Psychologist, 73(5), 626-638. https://doi.org/10.1037/amp0000327

    Hoyniak, C. P., Donohue, M. R., Quinones-Camacho, L. E., Vogel, A. C., Perino, M. T., Hennefield, L., Tillman, R., Barch, D. M., & Luby, J. L. (2023). Developmental pathways from preschool temper tantrums to later psychopathology. Development and Psychopathology, 35(4), 1643-1655. https://doi.org/10.1017/s0954579422000359

    Leijten, P., Melendez-Torres, G. J., Backhaus, S., Gardner, F., Groenman, A. P., Dekkers, T. J., van den Hoofdakker, B. J., Laas Sigurdardottir, L. B., Liu, D., Luman, M., Mansur, L., Nieterau, M., van der Oord, S., Overbeek, G., Psyllou, C., Rienks, K., Schulz, S., & Weisz, J. R. (2025). Have parenting programs for disruptive child behavior become less effective? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 67(1), 127-137. https://doi.org/10.1111/jcpp.70049

    Manning, B. L., Roberts, M. Y., Estabrook, R., Petitclerc, A., Burns, J. L., Briggs-Gowan, M., Wakschlag, L. S., & Norton, E. S. (2019). Relations between toddler expressive language and temper tantrums in a community sample. Journal of Applied Developmental Psychology, 65, 101070. https://doi.org/10.1016/j.appdev.2019.101070

    Mo, J., van den Akker, A. L., Leijten, P., & Asscher, J. J. (2023). Parental discipline techniques and changes in observed temper tantrum severity in toddlers. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 51(4), 571-582. https://doi.org/10.1007/s10802-022-01007-y

    Osterman, K., & Bjorkqvist, K. (2010). A cross-sectional study of onset, cessation, frequency, and duration of children's temper tantrums in a nonclinical sample. Psychological Reports, 106(2), 448-454. https://doi.org/10.2466/pr0.106.2.448-454

    Potegal, M., Kosorok, M. R., & Davidson, R. J. (2003). Temper tantrums in young children: 2. Tantrum duration and temporal organization. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 24(3), 148-154. https://doi.org/10.1097/00004703-200306000-00003

    Prutipaisan, W., Chunsuwan, I., Hansakunachai, T., & Sritipsukho, P. (2025). Characteristics of temper tantrums in 1-6-year-old children and impact on caregivers. Clinical and Experimental Pediatrics, 68(2), 170-177. https://doi.org/10.3345/cep.2024.00766

    Van den Akker, A. L., Hoffenaar, P., & Overbeek, G. (2022). Temper tantrums in toddlers and preschoolers: Longitudinal associations with adjustment problems. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 43(7), 409-417. https://doi.org/10.1097/dbp.0000000000001071

    Woodfield, M. J., Brodd, I., & Hetrick, S. E. (2021). Time-out with young children: A parent-child interaction therapy (PCIT) practitioner review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(1), 145. https://doi.org/10.3390/ijerph19010145

  • Regulación Emocional en Niños: Cómo Enseñarla por Edad y Qué No Funciona

    Regulación Emocional en Niños: Cómo Enseñarla por Edad y Qué No Funciona

    Un niño de 3 años que se tira al suelo en el supermercado, uno de 7 que rompe el dibujo porque “le quedó feo” y uno de 11 que da un portazo y no quiere hablar tienen algo en común: una emoción más grande que las herramientas que tienen para manejarla. La regulación emocional en niños no viene de fábrica ni aparece sola con los años. Se aprende, y se aprende sobre todo en casa, en los cientos de momentos pequeños en que un adulto reacciona a lo que el niño siente. Esta guía explica qué se puede esperar a cada edad, qué hacen los adultos que de verdad enseña a regular (con la evidencia que lo respalda), qué técnicas sirven según la edad y qué cosas, aunque salgan con la mejor intención, empeoran el problema.

    En corto: la regulación emocional es la capacidad de notar una emoción, entender qué la produjo y responder de una forma que no dañe a nadie ni a uno mismo. En los niños se construye en dos tiempos: primero el adulto regula CON el niño (corregulación) y después el niño lo hace solo. Lo que más ayuda es tomar en serio la emoción, ponerle nombre y guiar hacia una salida, manteniendo el límite. Minimizar, castigar la emoción o ceder a todo se asocia con más problemas. Hay programas para padres y para la escuela con efectos medidos, y con 10 minutos al día se puede empezar.

    ¿Qué es la regulación emocional en niños (y qué no es)?

    Regular una emoción es influir en qué se siente, cuánto y cómo se expresa. Incluye darse cuenta de lo que pasa por dentro, ponerle un nombre, tolerar la incomodidad un rato, calmar el cuerpo y elegir qué hacer. En un niño de 4 años eso puede ser pedir un abrazo en vez de morder; en uno de 10, salir a caminar antes de contestar. Una revisión sobre el desarrollo típico lo resume así: la regulación combina una parte innata (cuán fuerte reacciona cada niño, su temperamento) con una parte ambiental y aprendida, y sus elementos están presentes desde el nacimiento y se van elaborando a lo largo de toda la infancia (Crowell, 2021).

    Conviene fijar tres cosas que la regulación emocional NO es, porque en internet se confunden seguido. No es que el niño deje de sentir: la rabia, el miedo y la pena son parte de la vida y de la salud. No es que no llore ni se enoje nunca: un niño que “nunca se altera” a veces está suprimiendo, y la supresión tiene costos. Y no es obediencia. Un niño puede obedecer aterrado y no haber aprendido nada sobre sus emociones.

    Tampoco es lo mismo que la inteligencia emocional, aunque se parecen. La inteligencia emocional en niños es el paraguas (percibir, entender y usar las emociones); la regulación es una de sus piezas, la que responde a la pregunta “y ahora que lo siento, ¿qué hago con esto?”. Goleman (2009) la ubica entre las habilidades básicas que un niño aprende primero en la familia: reconocer, manejar y aprovechar los propios sentimientos, y tratar con los de los demás.

    ¿Qué se puede esperar a cada edad?

    Buena parte de la frustración de los padres viene de esperar una regulación que el cerebro del niño todavía no puede sostener. Las capacidades aparecen en un orden bastante estable, con diferencias grandes entre un niño y otro. Lo que sigue son referencias, no metas que cumplir.

    De 2 a 5 años: la edad de las rabietas

    A esta edad la regulación es casi toda externa. El niño siente con toda la fuerza, tiene poco lenguaje para decirlo y una corteza prefrontal que recién empieza a frenar. Las rabietas son la norma, no la excepción. Un análisis de 335 niños de 18 a 60 meses encontró que la duración más habitual de una rabieta es de medio minuto a un minuto, que el 75 % dura 5 minutos o menos, y que por dentro conviven dos procesos: la rabia, que sube rápido y hace su pico al comienzo, y la angustia (llanto, búsqueda de consuelo), que va creciendo a lo largo del episodio (Potegal, Kosorok y Davidson, 2003). Ese dato cambia lo que conviene hacer: al principio sobran las palabras; hacia el final, el niño necesita consuelo.

    El lenguaje pesa mucho aquí. En una muestra comunitaria de 2.001 madres, los niños de 12 a 38 meses con menos palabras tenían rabietas más frecuentes y más desreguladas, y los que hablaban tarde a los 24-30 meses tenían casi el doble de riesgo de rabietas severas que sus pares (Manning et al., 2019). Un niño que no puede decir “quiero el rojo” lo grita con el cuerpo.

    Aun así, algo de control ya asoma. En preescolares se observa cierto control sobre cómo muestran las emociones negativas, y a los 4 años empiezan a distinguir entre lo que sienten y lo que muestran (Rendón Arango, 2007). Que un niño de 4 pueda disimular un poco la decepción frente a un regalo no significa que pueda hacerlo cuando está agotado a las 8 de la noche.

    De 6 a 9 años: aparecen las estrategias

    Con la entrada al colegio sube la presión social para regularse “dentro de la norma”, y con ella aparecen estrategias propias: distraerse a propósito, pedir ayuda, pensar en otra cosa, explicarse lo que pasó. Hacia los 9 años muchos niños ya combinan la regulación de lo que muestran con razonamiento sobre los demás (no reírse del que se cayó, por ejemplo), y alrededor de los 10 las reglas sobre cuándo y cómo expresar cada emoción están bastante instaladas (Rendón Arango, 2007).

    Lo que todavía falla es la generalización. Un niño de 7 puede saber perfectamente que “hay que respirar cuando uno se enoja” y no usarlo jamás en caliente. Saber la estrategia y aplicarla con la amígdala encendida son dos habilidades distintas, y la segunda tarda años.

    De 10 a 12 años: más estrategias, más presión

    En la preadolescencia el repertorio crece y el niño puede reevaluar una situación (“no lo hizo a propósito”) o resolver el problema en vez de estallar. Un estudio con 254 niños y adolescentes de 9 a 16 años encontró que los de 9 a 12 usaban menos estrategias de regulación que los de 13 a 16, y que las niñas reportaban usar más estrategias ante la tristeza, la ansiedad y la rabia que los niños (Sanchis-Sanchis, Grau, Moliner y Morales-Murillo, 2020). A los 10-12 años la regulación todavía está en obra, y en ese tramo se cruza con la pubertad, las redes y el grupo de pares. Lo que sigue en la adolescencia es otra etapa, con sus propias reglas.

    Edad Lo esperable Lo que ya puede hacer con ayuda Lo que todavía no
    2-5 años Rabietas frecuentes y cortas; llanto intenso; pega o muerde a veces Calmarse con un adulto cerca; nombrar 3-5 emociones; pedir en vez de gritar Calmarse solo cuando está cansado o con hambre; explicar por qué se enojó
    6-9 años Enojos por injusticia y frustración escolar; vergüenza; celos Usar una estrategia aprendida si un adulto se la recuerda; distraerse a propósito Aplicar la estrategia en caliente sin que nadie se lo diga
    10-12 años Irritabilidad, sensibilidad a la crítica y al grupo Reevaluar la situación; resolver el problema; pedir espacio y volver Sostenerlo con presión social fuerte o poco sueño

    ¿Cómo aprenden los niños a regular sus emociones? La corregulación

    Nadie aprende a calmarse solo antes de haber sido calmado muchas veces por alguien. A eso se le llama corregulación: el adulto presta su calma, su lenguaje y su cuerpo mientras el niño atraviesa la emoción, y con la repetición el niño interioriza el proceso. Una revisión conceptual plantea que los cuidadores cultivan la regulación emocional a través de ese andamiaje externo, que las habilidades maduran de forma dramática en los primeros años de vida, y que la regulación es un fenómeno de la familia entera, más allá de la díada madre-hijo: cómo se manejan las emociones entre los adultos de la casa también enseña (Paley y Hajal, 2022).

    Goleman (2009) cuenta lo mismo con otras palabras en su capítulo sobre la familia: la vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional, y opera no solo por lo que los padres le dicen al niño, sino por el modelo que dan al manejar sus propios sentimientos y los que circulan entre ellos. A partir de las observaciones de Gottman y Hooven con familias seguidas desde los 5 hasta los 9 años del hijo, describe tres estilos que enseñan poco: ignorar las emociones del niño (tratarlas como una molestia que ya pasará), el laissez-faire (notar la emoción pero dar por buena cualquier forma de expresarla, incluso pegar, y calmar con sobornos) y el desprecio (desaprobar la emoción misma, castigar la irritabilidad, “no me contestes”). Y un cuarto estilo que sí enseña: el del padre o la madre que usa el momento difícil como una oportunidad para actuar de entrenador emocional, tomando en serio lo que el niño siente, ayudándolo a entender qué lo alteró y guiándolo hacia una salida.

    La evidencia acumulada desde entonces apunta en la misma dirección. Un metaanálisis de 49 estudios encontró que las conductas de socialización emocional de los padres (cómo reaccionan a las emociones del hijo, si hablan de emociones, si hacen coaching emocional) se asocian con menos problemas de conducta, con efectos pequeños pero más fuertes a edades tempranas y cuando lo que se socializa son las emociones negativas (Johnson, Hawes, Eisenberg, Kohlhoff y Dudeney, 2017). Y una revisión metaanalítica de 2025, con datos de más de 10.000 niños desde el nacimiento hasta los 18 años, encontró que las reacciones parentales NO de apoyo (minimizar, castigar, angustiarse con la emoción del hijo) tienen una asociación mediana con ansiedad y depresión en el niño, mientras que hablar y elaborar la emoción se asocia con menos síntomas; no hubo diferencias entre madres y padres (Brumariu et al., 2025).

    Hay un detalle importante: para corregular hay que estar regulado. Una revisión sistemática de 53 estudios encontró que la autorregulación del propio adulto (su capacidad de manejar sus emociones, su control con esfuerzo, su función ejecutiva) se asocia con más reacciones de apoyo y menos de rechazo ante las emociones del hijo (Edler y Valentino, 2024). Son estudios en su mayoría transversales, así que no prueban la dirección, pero coinciden con algo que cualquier padre reconoce: es muy difícil calmar a un niño cuando uno viene con el estanque vacío. Si ese es el punto de partida, la guía para adultos sobre cómo evaluar la regulación de las emociones ayuda a mirar primero la propia.

    Cómo enseñar regulación emocional en niños: el acompañamiento paso a paso

    Lo que los programas para padres enseñan con distintos nombres (coaching emocional, sintonización, crianza centrada en emociones) se puede resumir en cinco movimientos. No hace falta hacerlos perfectos; hace falta hacerlos seguido.

    1. Notar la emoción antes de que explote. El ceño, el tono, el cuerpo tenso. Cuanto antes se nombra, menos crece. A los 3 años eso puede ser “veo que estás enojado con la torre”; a los 10, “te noto callado desde que llegaste”.
    2. Tomarla en serio, aunque el motivo parezca chico. Que la galleta se haya partido no es un drama para un adulto; para un niño de 3 años sí. Validar no es darle la razón: es reconocer que lo que siente es real. “Querías la galleta entera y se rompió. Da rabia.”
    3. Ponerle nombre. Nombrar la emoción ordena por dentro. Con los más pequeños, tres o cuatro palabras bastan (enojado, triste, asustado, contento); con los mayores, se afinan (frustrado, celoso, avergonzado, decepcionado). En preescolares, la exposición a cuentos y conversaciones con vocabulario emocional mejoró la comprensión de las emociones frente al grupo control en un estudio con 100 niños (Grazzani y Ornaghi, 2011).
    4. Mantener el límite sobre la conducta, no sobre la emoción. “Puedes estar furioso. No puedes pegarle a tu hermana.” La emoción se acepta entera; la conducta tiene reglas. Esta separación es el corazón del método y lo que lo distingue tanto del autoritarismo como de la permisividad.
    5. Ayudar a encontrar una salida. Cuando la ola bajó (no antes), pensar juntos qué hacer: pedir el turno, buscar otro juguete, decirle al amigo que le dolió. Goleman (2009) lo ilustra con la frase del entrenador emocional: “en vez de pegarle, ¿por qué no buscas un juguete para jugar solo hasta que tengas ganas de jugar con él otra vez?”.

    ¿Funciona enseñar esto a los padres? Un metaanálisis de ensayos aleatorizados sobre programas que entrenan a madres y padres en socialización emocional encontró efectos de tamaño medio sobre las prácticas parentales (g = 0,50) y sobre la competencia emocional de los niños pequeños (g = 0,44) (England-Mason, Andrews, Atkinson y Gonzalez, 2023). Otro metaanálisis de 43 estudios con niños y adolescentes de 0 a 18 años encontró que las intervenciones de crianza centradas en el apego y las emociones reducen tanto los problemas de conducta como los de ansiedad y ánimo, con efectos que se sostienen al menos 6 meses (Jugovac, O’Kearney, Hawes y Pasalich, 2022). Y el programa Tuning in to Kids, dado online durante 6 semanas a 141 familias con hijos de 3 a 6 años, mejoró las creencias de los padres sobre las emociones, su reacción ante la emoción negativa del hijo y el clima emocional de la casa, con efectos mantenidos a los 6 meses; el efecto sobre la conducta del niño fue pequeño (Burkhardt, Röösli y Müller, 2024).

    Técnicas y actividades de regulación emocional según la edad

    Las técnicas sirven cuando ya hay corregulación de base. Sin eso, son trucos que el niño no usa. Con eso, son atajos que acortan la tormenta.

    Para los de 2 a 5 años. Distraer no es hacer trampa: a esta edad es la estrategia que el cerebro tiene disponible. En un experimento con niños de 3 años, leerles un cuento en el que el personaje se distrae para calmarse aumentó que usaran esa estrategia después, en una situación frustrante real (Schoppmann, Severin, Schneider y Seehagen, 2023). Otras que funcionan a esta edad: el “rincón de la calma” (un lugar con cojines y un par de juguetes al que el niño va acompañado, no castigado), soplar burbujas o una vela imaginaria (una forma de respirar lento sin decir “respira”), y nombrar en voz alta lo que el adulto hace para calmarse (“estoy respirando porque me enojé con el tráfico”).

    Para los de 6 a 9 años. Aquí se puede enseñar una estrategia explícita y practicarla en frío, cuando no hay emoción de por medio. La respiración lenta con una mano en la guata, contar hasta diez, un “semáforo” (rojo: paro; amarillo: pienso; verde: actúo) o una escala del enojo de 1 a 5 para que el niño aprenda a notar cuándo va en 3 y todavía puede frenar. Un dato honesto: la evidencia específica de los ejercicios de respiración en niños es escasa; lo que hay evaluado son programas completos de autorregulación, y en ellos la respiración es una pieza más.

    Para los de 10 a 12 años. Se pueden trabajar la reevaluación (“¿qué otra explicación hay?”), la resolución de problemas con pasos y el derecho a pedir una pausa (“necesito 10 minutos y vuelvo”), que es distinto del portazo. Las intervenciones basadas en mindfulness adaptado tienen aquí su mejor evidencia: un metaanálisis de 11 ensayos en adolescentes de 10 a 19 años con dificultades de regulación encontró mejoras en regulación emocional (g = 0,43) y reducciones en ansiedad y síntomas depresivos, con más efecto a mayor dosis de práctica (Zhao y Huang, 2026). Para entender de qué se trata antes de proponérselo, sirve la guía de mindfulness.

    ¿Y en el colegio? Los programas universales de aprendizaje socioemocional en educación inicial (2 a 6 años) mejoraron la competencia emocional (d = 0,54), la competencia social y la autorregulación conductual en un metaanálisis publicado en JAMA Network Open (Blewitt et al., 2018). En un metaanálisis de 49 ensayos aleatorizados con más de 23.000 niños y adolescentes de 2 a 17 años, las intervenciones universales para mejorar la autorregulación tuvieron un efecto combinado de 0,42; funcionaron 16 de 21 programas curriculares, 5 de 9 programas familiares y 4 de 8 de mindfulness o yoga, y en la mayoría de los estudios que lo midieron mejoró también el rendimiento académico (Pandey et al., 2018). En conjunto, las intervenciones psicosociales para niños y jóvenes producen un efecto pequeño a moderado sobre la regulación emocional (d = 0,37) y sobre la salud mental (d = 0,39) (Espenes et al., 2024). Ninguna cifra es milagrosa; todas van en la misma dirección.

    Qué no funciona (y a veces empeora las cosas)

    Casi todo lo que sigue sale del cansancio, no de la mala intención. Vale la pena conocerlo porque la evidencia es bastante consistente.

    Minimizar o ridiculizar la emoción. “No es para tanto”, “ya, deja de llorar”, “pareces guagua”. Es la categoría que la revisión de Brumariu et al. (2025) llama reacciones no de apoyo, y es la que muestra la asociación más clara con ansiedad y depresión infantil. El niño aprende que lo que siente está mal, y deja de mostrarlo, no de sentirlo.

    Castigar la emoción en vez de la conducta. Es el estilo que Goleman (2009) describe como desprecio: prohibir cualquier muestra de rabia, castigar al primer signo de irritabilidad. Enseña a esconder. Y el castigo físico, en particular, tiene una evidencia en contra que ya no admite discusión: una revisión de la evidencia causal concluye que se asocia con los mismos daños que el maltrato físico, de forma consistente entre culturas y familias, y recomienda que los psicólogos lo desaconsejen (Gershoff et al., 2018).

    Ceder para que pare. Es el laissez-faire: notar la emoción y comprar la calma con lo que el niño pedía. Funciona esa vez y enseña que la rabieta es un método. La alternativa no es la dureza: es sostener el límite con calma y acompañar la frustración que produce.

    Sermonear en plena rabia. Con la amígdala encendida no se aprende nada. Explicaciones largas, preguntas (“¿por qué hiciste eso?”) y discursos sobre valores van después, cuando el cuerpo bajó. Antes, pocas palabras y presencia.

    Ser impredecible. En un seguimiento de un año con rabietas observadas (no reportadas por la madre) en 94 niños de 20 a 43 meses, más afirmación de poder y menos consistencia en la disciplina predijeron rabietas más severas un año después; ignorar no predijo cambios, y el efecto iba de los padres al niño, no al revés (Mo, van den Akker, Leijten y Asscher, 2023). El mismo límite hoy y mañana, con la misma calma, enseña más que cualquier técnica.

    Esperar que lo haga solo antes de tiempo. Pedirle a un niño de 4 años “que se calme” y dejarlo solo hasta que lo logre es pedir una autorregulación que no tiene. El tiempo fuera, cuando se usa, es una pieza predecible, breve y calmada de un plan más amplio, y con niños pequeños se parece más a un “tiempo dentro” con el adulto cerca. La guía sobre trastorno oposicionista desafiante explica cómo lo enseñan los programas de entrenamiento a padres.

    ¿Cuándo consultar?

    Que un niño de 3 años tenga rabietas todos los días o que uno de 8 llore por una nota no es motivo de consulta: es la edad. Sí conviene pedir una evaluación cuando aparece alguna de estas señales de forma sostenida (semanas, no un día malo):

    • Rabietas que duran habitualmente más de 15 minutos o se repiten más de 3 días por semana: es el umbral que un estudio con 211 niños de 1 a 6 años usó para llamarlas problemáticas, y esas rabietas desgastan bastante más a los cuidadores (Prutipaisan, Chunsuwan, Hansakunachai y Sritipsukho, 2025).
    • El niño se lastima, lastima a otros o rompe cosas con frecuencia durante los episodios, tiene rabietas también en el jardín o el colegio y le cuesta mucho recuperarse. Son las cuatro señales que separaron a los preescolares sanos de los que tenían un trastorno en un estudio con 279 niños de 3 a 6 años; la agresión hacia sí mismo fue la más ligada a depresión (Belden, Thomson y Luby, 2008).
    • La desregulación aparece en todos los contextos (casa, colegio, casa de los abuelos), no solo donde hay más confianza, o persiste sin cambios después de los 5-6 años.
    • Hay un cambio brusco respecto de cómo era antes (un niño tranquilo que de pronto explota por todo), sobre todo si coincide con un evento difícil.
    • Miedos, tristeza o irritabilidad que le impiden dormir, ir al colegio o jugar con otros. Ahí vale la pena leer sobre ansiedad en niños.
    • Los adultos de la casa sienten que ya probaron todo y que la relación con el niño se está desgastando.

    La evaluación la hace un psicólogo infantil o un pediatra del desarrollo, y suele empezar con entrevista a los padres, observación del niño y, si hace falta, cuestionarios. Un detalle que conviene saber: una revisión de 516 estudios encontró que las medidas de regulación emocional en niños todavía tienen mucho que mejorar, y que el 90 % de los estudios usaba una sola medida (Bunz, Derhardt, Schreiber, Seehagen y Schneider, 2026): ningún cuestionario suelto diagnostica nada; lo que sirve es el cuadro completo. Para orientación gratuita en Chile está Salud Responde (600 360 7777) y, para quien quiera una evaluación o un plan de trabajo con los padres, se puede agendar una consulta.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad un niño puede regular sus emociones solo?

    No hay una edad de corte. Entre los 2 y los 5 años la regulación es casi toda externa (el adulto calma); entre los 6 y los 9 aparecen estrategias propias que el niño usa si se las recuerdan; hacia los 10-12 puede reevaluar y resolver problemas, pero todavía falla bajo presión. La autonomía real sigue creciendo en la adolescencia.

    ¿Es normal que un niño de 3 años tenga rabietas todos los días?

    Sí. A esa edad las rabietas son frecuentes y cortas: la duración más habitual es de medio minuto a un minuto y tres de cada cuatro duran 5 minutos o menos. Preocupan las que duran habitualmente más de 15 minutos o se repiten más de 3 días por semana, las que incluyen lastimarse o lastimar a otros, y las que siguen igual después de los 5-6 años.

    ¿Qué es la corregulación?

    Es la regulación compartida: el adulto presta su calma, su lenguaje y su presencia mientras el niño atraviesa una emoción que aún no puede manejar solo. Con la repetición, el niño interioriza el proceso y lo hace por su cuenta. Es la base de la regulación emocional en niños y viene antes que cualquier técnica.

    ¿Validar la emoción es dejar que haga lo que quiera?

    No. Validar es reconocer que lo que siente es real (“da rabia que se rompa”). El límite se mantiene sobre la conducta (“no se pega”). Aceptar la emoción y sostener la regla al mismo tiempo es justamente lo que distingue el acompañamiento emocional de la permisividad y del autoritarismo.

    ¿Sirve la respiración para calmar a un niño?

    Como parte de un plan sí; sola, poco. Los programas de autorregulación que la incluyen tienen efectos medidos, pero la evidencia de la respiración aislada en niños es escasa. Con los pequeños funciona mejor disfrazada de juego (soplar burbujas, apagar una vela); con los mayores, practicada en frío antes de usarla en caliente.

    ¿El castigo físico enseña a controlarse?

    No. La revisión de la evidencia causal concluye que el castigo físico se asocia con los mismos daños que el maltrato físico, de forma consistente entre culturas, y que los psicólogos deben desaconsejarlo. Lo que enseña es a esconder la emoción y a resolver conflictos con fuerza, que es lo contrario de regularse.

    ¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo por sus emociones?

    Cuando las dificultades son intensas, duran semanas y aparecen en todos los contextos; cuando se lastima o lastima a otros; cuando hay un cambio brusco respecto de cómo era; cuando el miedo o la tristeza le impiden dormir, ir al colegio o jugar; o cuando los adultos sienten que ya probaron todo. La evaluación combina entrevista, observación y cuestionarios.

    Para cerrar

    Enseñar regulación emocional en niños no es una técnica que se aplica; es una forma de estar presente en los momentos difíciles, repetida cientos de veces. Notar la emoción, tomarla en serio, ponerle nombre, sostener el límite y buscar juntos la salida. Los estudios muestran que los padres que lo hacen crían niños con menos problemas de conducta y menos ansiedad, y que se puede aprender a hacerlo con programas cortos. Si en tu casa las tormentas son demasiado largas, demasiado frecuentes o te están desgastando, una evaluación con un psicólogo infantil sirve para distinguir lo que es edad de lo que necesita ayuda, y para armar un plan concreto para los adultos, que es donde empieza todo. Puedes agendar una consulta para conversarlo.

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    Referencias

    • Belden, A. C., Thomson, N. R., y Luby, J. L. (2008). Temper tantrums in healthy versus depressed and disruptive preschoolers: Defining tantrum behaviors associated with clinical problems. The Journal of Pediatrics, 152(1), 117-122. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2007.06.030
    • Blewitt, C., Fuller-Tyszkiewicz, M., Nolan, A., Bergmeier, H., Vicary, D., Huang, T., McCabe, P., McKay, T., y Skouteris, H. (2018). Social and emotional learning associated with universal curriculum-based interventions in early childhood education and care centers: A systematic review and meta-analysis. JAMA Network Open, 1(8), e185727. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2018.5727
    • Brumariu, L. E., Nair, T. K., Waslin, S. M., Rodrigues, G. A., Moore, M. T., y Kerns, K. A. (2025). Parental emotion socialization and internalizing problems in childhood and adolescence: A meta-analytic review. Development and Psychopathology, 37(5), 2806-2826. https://doi.org/10.1017/s095457942510059x
    • Bunz, M., Derhardt, R., Schreiber, F., Seehagen, S., y Schneider, S. (2026). Emotion regulation in children and adolescents: A systematic review and quality assessment of behavioral and physiological assessment methods and their theoretical foundations. BMC Psychology, 14, 945. https://doi.org/10.1186/s40359-026-04935-2
    • Burkhardt, S. C. A., Röösli, P., y Müller, X. (2024). The Tuning in to Kids parenting program delivered online improves emotion socialization and child behavior in a first randomized controlled trial. Scientific Reports, 14, 4979. https://doi.org/10.1038/s41598-024-55689-z
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    • Espenes, K., Tørmoen, A. J., Rognstad, K., Nilsen, K. H., Waaler, P. M., Wentzel-Larsen, T., y Kjøbli, J. (2024). Effect of psychosocial interventions on children and youth emotion regulation: A meta-analysis. Administration and Policy in Mental Health and Mental Health Services Research, 52(5), 833-852. https://doi.org/10.1007/s10488-024-01373-3
    • Gershoff, E. T., Goodman, G. S., Miller-Perrin, C. L., Holden, G. W., Jackson, Y., y Kazdin, A. E. (2018). The strength of the causal evidence against physical punishment of children and its implications for parents, psychologists, and policymakers. American Psychologist, 73(5), 626-638. https://doi.org/10.1037/amp0000327
    • Goleman, D. (2009). Emotional intelligence: Why it can matter more than IQ. Bloomsbury. (Obra original publicada en 1995; capítulo 12, “The family crucible”).
    • Grazzani, I., y Ornaghi, V. (2011). Emotional state talk and emotion understanding: A training study with preschool children. Journal of Child Language, 38(5), 1124-1139. https://doi.org/10.1017/S0305000910000772
    • Johnson, A. M., Hawes, D. J., Eisenberg, N., Kohlhoff, J., y Dudeney, J. (2017). Emotion socialization and child conduct problems: A comprehensive review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 54, 65-80. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2017.04.001
    • Jugovac, S., O’Kearney, R., Hawes, D. J., y Pasalich, D. S. (2022). Attachment- and emotion-focused parenting interventions for child and adolescent externalizing and internalizing behaviors: A meta-analysis. Clinical Child and Family Psychology Review, 25(4), 754-773. https://doi.org/10.1007/s10567-022-00401-8
    • Manning, B. L., Roberts, M. Y., Estabrook, R., Petitclerc, A., Burns, J. L., Briggs-Gowan, M., Wakschlag, L. S., y Norton, E. S. (2019). Relations between toddler expressive language and temper tantrums in a community sample. Journal of Applied Developmental Psychology, 65, 101070. https://doi.org/10.1016/j.appdev.2019.101070
    • Mo, J., van den Akker, A. L., Leijten, P., y Asscher, J. J. (2023). Parental discipline techniques and changes in observed temper tantrum severity in toddlers. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 51(4), 571-582. https://doi.org/10.1007/s10802-022-01007-y
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    • Potegal, M., Kosorok, M. R., y Davidson, R. J. (2003). Temper tantrums in young children: 2. Tantrum duration and temporal organization. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 24(3), 148-154. https://doi.org/10.1097/00004703-200306000-00003
    • Prutipaisan, W., Chunsuwan, I., Hansakunachai, T., y Sritipsukho, P. (2025). Characteristics of temper tantrums in 1-6-year-old children and impact on caregivers. Clinical and Experimental Pediatrics, 68(2), 170-177. https://doi.org/10.3345/cep.2024.00766
    • Rendón Arango, M. I. (2007). Regulación emocional y competencia social en la infancia. Diversitas: Perspectivas en Psicología, 3(2), 349-363. https://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1794-99982007000200014
    • Sanchis-Sanchis, A., Grau, M. D., Moliner, A.-R., y Morales-Murillo, C. P. (2020). Effects of age and gender in emotion regulation of children and adolescents. Frontiers in Psychology, 11, 946. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.00946
    • Schoppmann, J., Severin, F., Schneider, S., y Seehagen, S. (2023). The effect of picture book reading on young children’s use of an emotion regulation strategy. PLOS ONE, 18(8), e0289403. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0289403
    • Zhao, H., y Huang, H. (2026). Transdiagnostic effects of mindfulness-based interventions on emotion regulation and psychopathology in adolescents: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 407, 121738. https://doi.org/10.1016/j.jad.2026.121738

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Mi Hijo Pega: Por Qué y Qué Hacer Según la Edad

    Mi Hijo Pega: Por Qué y Qué Hacer Según la Edad

    “Mi hijo pega” es una de las frases que más se escriben en Google en el buscador de cualquier madre o padre con un niño de dos años. Y la escriben con culpa, porque un niño que le da un manotazo a la abuela o le muerde el brazo a un compañero del jardín parece, visto desde afuera, un niño mal criado.

    Los datos dicen otra cosa: a los 17 meses la gran mayoría de los niños ya ha pegado, empujado o mordido a alguien, y casi todos dejan de hacerlo antes de entrar a primero básico sin que nadie los “corrija” a golpes.

    Eso no significa que haya que dejarlo pasar. Significa que la respuesta correcta depende de la edad.

    Lo que ayuda a un niño de 2 años que pega porque todavía no tiene palabras es distinto de lo que ayuda a uno de 5 que pega en medio de una rabieta, y de lo que necesita uno de 9 que pega porque “me miró feo”.

    Esta guía sigue esa lógica: primero, lo que se sabe sobre cómo aparece y desaparece la agresión física en la infancia; después, por qué pega un niño en cada tramo de edad y qué hacer en cada uno; y al final, las señales que indican que ya no es una etapa y conviene consultar.

    Respuesta corta: pegar es normal entre el año y los 3 años, llega a su máximo alrededor de los 2, y baja desde los 3 en adelante a medida que el niño aprende a hablar, esperar y pedir. Entre un 14 y un 17 % de los niños no sigue esa curva y mantiene la agresión física estable hasta la preadolescencia.

    Lo que más ayuda a todas las edades es la misma fórmula: parar el golpe con calma, nombrar lo que pasó, enseñar la alternativa y ser consistente. Lo que más lo empeora es responder con gritos, castigo físico o reglas que cambian cada día.

    ¿Es normal que mi hijo pegue? Lo que muestran los estudios

    Sí, en la primera infancia es lo esperable. Los golpes, mordidas y empujones aparecen en el segundo año de vida, suben hasta un pico cerca de los 2 años y bajan desde el tercer cumpleaños. La mayoría de los niños los deja atrás durante los años preescolares; una minoría, no.

    Qué muestran las cohortes

    Ese patrón está medido en varios países. En una cohorte de 2.253 niños holandeses evaluados a los 12, 24 y 36 meses, la agresión física ya aparecía en los de un año, era bastante más frecuente a los 2 y a los 3, subía durante el segundo año de vida y bajaba a partir del tercer cumpleaños (Alink et al., 2006).

    Un estudio noruego con 1.159 niños y siete informes por familia afinó el momento: la frecuencia con que un niño pega, muerde o patea alcanza su máximo alrededor de los 20 a 22 meses y ya va bajando a los 26 (Nærde, Ogden, Janson y Zachrisson, 2014).

    La cifra que más tranquiliza viene de Quebec

    Tremblay et al. (2004) siguieron a 572 familias desde que el bebé tenía 5 meses y encontraron que a los 17 meses la gran mayoría de los niños ya era físicamente agresiva con hermanos, compañeros y adultos.

    Entre los 17 y los 42 meses aparecieron tres caminos: cerca de un 28 % casi nunca pegaba, cerca de un 58 % pegaba de forma moderada y creciente, y cerca de un 14 % seguía una trayectoria alta.

    La conclusión de los autores es la que conviene grabarse: los seres humanos aprenden a regular la agresión física durante los años preescolares, y la mayoría lo logra antes de entrar al colegio.

    Qué pasa con más edad

    Con más edad el cuadro se mantiene. En 10.658 niños canadienses seguidos entre los 2 y los 11 años, un tercio (31 %) pegaba poco en la primera infancia y prácticamente nada en la preadolescencia, la mitad (52 %) pegaba de vez en cuando y cada vez menos, y uno de cada seis (17 %) mantenía la agresión física alta y estable (Côté, Vaillancourt, LeBlanc, Nagin y Tremblay, 2006).

    Ese último grupo, con más niños que niñas y más familias con pocos recursos, es el que este artículo ayuda a reconocer más abajo.

    Diferencias entre niños y niñas

    Una diferencia por sexo real pero modesta: a los 2 y a los 3 años los niños pegan más que las niñas (Alink et al., 2006), y los varones tienen 1,7 veces más probabilidades de estar en la trayectoria alta y estable (Côté et al., 2006).

    Antes de los 5 años, en cambio, los problemas de conducta se reparten casi igual entre niños y niñas; la brecha de 3 a 1 se abre después (Walker, Frick y McMahon, 2020).

    ¿Por qué pega mi hijo? Depende de la edad

    Pegar no tiene una sola causa. Un niño de 18 meses pega por un motivo, uno de 5 años por otro y uno de 9 por uno distinto. Cuando entiendes cuál es, la respuesta se vuelve mucho más fácil de elegir, incluso si a primera vista parece que tu hijo pega sin motivo.

    De 1 a 3 años: pega antes de poder hablar

    A esta edad el golpe es, casi siempre, una herramienta. El niño quiere el juguete, quiere que el hermano se aleje, quiere que lo tomen en brazos, y no tiene todavía ni las palabras ni el freno para conseguirlo de otra forma.

    Los datos apoyan las dos partes de esa frase. Sobre las palabras: en una cohorte de 2.057 niños seguidos de los 17 a los 72 meses, la relación entre pegar y hablar poco existió solo entre los 17 y los 41 meses, justo el período en que las dos cosas están creciendo a la vez, y desapareció después (Girard et al., 2014).

    Sobre el freno: en un estudio de laboratorio con niños de 30 meses, los que tenían menos control inhibitorio (los que no logran esperar un regalo que tienen enfrente) pegaban más, y los menos agresivos eran los que combinaban empatía y capacidad de frenarse (Noten, Van der Heijden, Huijbregts, Van Goozen y Swaab, 2020).

    Hay dos factores que suben la frecuencia a esta edad y que conviene conocer para no culparse de más. Tener un hermano de edad parecida predijo más agresión física en el estudio noruego, y tener hermanos menores cuadruplicó las probabilidades de la trayectoria alta en el de Quebec (Nærde et al., 2014; Tremblay et al., 2004).

    Con dos niños chicos en la misma casa hay más ocasiones de pelear por lo mismo. Y el temperamento pesa: los niños muy activos y a los que les cuesta mucho tolerar que algo se les impida pegan más (Nærde et al., 2014).

    Nada de eso lo elige el niño. A esta edad, pegar es más parecido a un tropiezo del desarrollo que a una decisión.

    De 3 a 6 años: pega cuando se frustra o cuando quiere algo

    En el preescolar el lenguaje ya está, pero la regulación emocional va por detrás. El golpe aparece en medio de la rabieta, cuando el niño pierde y no lo tolera, cuando le quitan algo o cuando está cansado. Aquí conviene mirar el contexto: un empujón aislado en la fila del jardín es distinto de un niño que pega en cada rabieta.

    Ese matiz es medible. En 279 preescolares de 3 a 6 años evaluados con una entrevista diagnóstica, la violencia durante la rabieta fue mucho más frecuente en los que tenían un trastorno de conducta disruptiva que en los sanos, y los preescolares con depresión mostraron más agresión hacia objetos y personas y más conductas de hacerse daño a sí mismos (Belden, Thomson y Luby, 2008).

    Que el niño pegue en una pataleta, entonces, es una señal que vale la pena mirar; que pegue en todas, otra distinta. Si las rabietas son el centro del problema en tu casa, la guía de rabietas y pataletas según la edad entra en detalle.

    A esta edad también se instala, o no, el ciclo que mantiene el problema.

    Una revisión anual de 2026 lo resume: casi todos los niños pequeños muestran algo de agresión, desafío y rabietas; lo que distingue al subgrupo que sigue escalando es un ciclo coercitivo entre el niño y sus cuidadores, donde el golpe consigue algo (que el adulto ceda, que el hermano suelte el juguete) y el adulto responde con más dureza, y así en espiral (Hyde, Trentacosta y Bezek, 2026).

    Un estudio con 94 niños de 20 a 43 meses observados durante un año lo confirmó en la dirección que importa: más afirmación de poder y menos consistencia de los padres predijeron rabietas más severas un año después, y no al revés (Mo, van den Akker, Leijten y Asscher, 2023).

    De 6 a 12 años: pega porque “lo hizo a propósito”

    En la edad escolar, un niño que sigue pegando casi nunca lo hace por falta de palabras. Lo hace por cómo lee lo que le pasa. El compañero lo chocó en el pasillo y él entiende que fue adrede; el hermano se rió y él entiende que se rió de él. A esa lectura se le llama atribución de intención hostil, y es uno de los mecanismos más estudiados de la agresión infantil.

    Un metaanálisis de 111 estudios y 29.272 niños encontró una asociación clara entre esa forma de interpretar a los demás y la conducta agresiva, más fuerte cuanto más cargada emocionalmente estaba la situación (Verhoef, Alsem, Verhulp y De Castro, 2019). Los autores la describen como una disposición general: el niño no lee mal una vez, lee mal en muchos contextos distintos.

    Por eso la intervención a esta edad trabaja con la cabeza (qué pensó, qué otra explicación había) y no solo con la conducta.

    Hay otro dato de esta etapa que sirve para saber a quién mirar de cerca. En 1.037 niños de Montreal seguidos de los 6 a los 15 años, los que en kínder mostraban a la vez mucha hiperactividad y mucha oposición tenían alrededor de tres veces más probabilidades de seguir una trayectoria de agresión alta durante toda la escolaridad (Nagin y Tremblay, 2001).

    Un niño de 6 años que pega y además no para quieto y desafía cada instrucción no es “más inquieto”: es un perfil que conviene evaluar. La guía sobre TDAH en niños de 6 a 12 años explica cómo se ve ese cuadro en casa y en el colegio.

    Walker, Frick y McMahon (2020) añaden la distinción que usan hoy los clínicos: los problemas de conducta que empiezan antes de los 10 años son más severos y más persistentes que los que aparecen recién en la adolescencia, y en la mayoría de esos niños de inicio temprano lo que se ve es una reactividad emocional muy alta (se enojan rápido, se arrepienten después) combinada con una crianza hostil o coercitiva que no les dio herramientas para regularla.

    Qué hacer cuando mi hijo pega, según la edad

    La búsqueda típica es “niño agresivo qué hacer”, como si hubiera una sola receta. Hay un núcleo que sirve a todas las edades y unas variaciones por tramo. El núcleo tiene cuatro movimientos, y el orden importa.

    1. Para el golpe, sin drama. Sujeta la mano con suavidad o ponte entre los dos. Con voz baja y corta: “No se pega”. Nada de discursos en ese momento.
    2. Atiende primero al que recibió el golpe. Consolar al hermano o al compañero antes que regañar al que pegó le quita al golpe su recompensa principal, que suele ser tu atención inmediata.
    3. Nombra lo que pasó y la alternativa. “Querías el auto. Se pide: ‘me lo pasas’”. A los 2 años lo dices tú por él; a los 5 se lo pides a él; a los 9 se lo preguntas.
    4. Sé igual mañana. La consistencia es la variable que mejor predijo, en el estudio de Mo et al. (2023), que las cosas mejoraran en vez de empeorar.

    Sobre esa base, lo que cambia por edad:

    Edad Qué hay detrás del golpe Qué hacer en el momento Qué hacer después Qué no hacer
    1 a 3 años No tiene palabras ni freno; quiere algo o quiere que algo pare Detener con la mano, “no se pega”, atender al otro, ofrecer la palabra o el gesto que le faltó Anticipar: supervisar de cerca los momentos de riesgo (juguetes compartidos, cansancio, hambre); jugar a pedir y esperar Pegarle “para que aprenda”, explicaciones largas, reírse del manotazo
    3 a 6 años Frustración, rabieta, pérdida de control; el golpe ya consiguió algo antes Frenar, nombrar la emoción (“estás furioso porque perdiste”), retirar por un rato breve si no para Practicar en frío las alternativas (pedir ayuda, irse, decir “estoy enojado”); elogiar de forma específica cada vez que las use; rutinas predecibles Ceder después del golpe, gritar, amenazar con castigos que no vas a cumplir
    6 a 12 años Interpreta hostilidad, no sabe resolver el conflicto, a veces impulsividad o desafío de base Interrumpir, separar, conversar cuando ya se calmó (no durante) Revisar juntos qué pensó y qué otra explicación había; acordar una consecuencia previsible y proporcional; coordinar con el colegio Humillar, castigos largos, el sermón moral en caliente

    Algunas notas de cada tramo que la tabla no alcanza a decir.

    Entre 1 y 3 años: menos palabras, más supervisión

    A esta edad el trabajo casi entero es preventivo. Un niño de 2 años que muerde en el jardín cada vez que hay pocos juguetes no necesita un castigo, necesita un adulto cerca en ese momento y más de lo que se pelea.

    Dale el gesto o la palabra que le faltó (“dile ‘mío’”, “pídelo con la mano”) y repítelo cien veces, porque así se aprende a esa edad. Si en la casa hay un hermano de edad parecida, cuenta con más episodios y con que bajarán solos con el lenguaje, tal como muestran los estudios de arriba.

    Entre 3 y 6 años: enseñar en frío, no en caliente

    El preescolar aprende alternativas cuando está tranquilo, no en medio de la rabieta. Por eso conviene separar los dos momentos: en caliente, frenar y no ceder; en frío (esa tarde, al día siguiente), practicar qué hacer la próxima vez.

    Aquí es donde entran las herramientas que enseñan los programas para padres, como los límites claros con pocas advertencias y el tiempo fuera breve cuando el golpe fue a otro niño.

    Sobre el tiempo fuera hay mucha confusión; una revisión para profesionales de PCIT resume que es seguro y eficaz cuando es predecible, poco frecuente, calmado y una pieza más dentro de una crianza con mucha atención positiva (Woodfield, Brodd y Hetrick, 2021).

    La guía de cómo poner límites sin gritos ni castigos desarrolla ese conjunto, y la de tiempo fuera bien hecho explica el procedimiento paso a paso.

    Entre 6 y 12 años: trabajar con la cabeza y con el colegio

    Con un escolar, la conversación posterior es la herramienta principal, y la pregunta más útil es “¿qué pensaste que estaba haciendo?”. Ahí aparece la atribución hostil, y ahí se le ofrece otra lectura (“¿pudo ser sin querer?”).

    A esta edad, además, gran parte de los golpes ocurren en el colegio, así que conviene pedir una reunión y acordar una respuesta parecida en los dos lugares. Un niño que recibe un mensaje en casa y otro en el colegio no aprende ninguno.

    Si con eso no cambia, o si el niño pega desde chico y suma impulsividad y desafío, es el momento de una evaluación (más abajo, las señales).

    Mi hijo me pega a mí: ¿es distinto?

    Depende mucho de la edad, y vale la pena separar dos situaciones que en internet suelen mezclarse.

    Cuando una hija o un hijo de 2, 3 o 4 años le pega a su madre o a su padre, casi siempre es el mismo fenómeno que pegarle a un hermano: frustración, una petición que no le concedieron, cansancio.

    Los estudios de la primera infancia lo incluyen sin distinguirlo: Tremblay et al. (2004) hablan de agresión “hacia hermanos, pares y adultos”.

    Se responde igual que con cualquier golpe, con una diferencia práctica: como el golpe va contra ti, la tentación de reaccionar con dureza es mayor, y esa reacción es justamente la que alimenta el ciclo. Sujetar la mano, decir “a mí no se me pega” y seguir con lo que estabas haciendo, sin devolver ni el golpe ni el grito, es la respuesta que funciona.

    Lo otro es la violencia de hijos hacia padres en la adolescencia, que es un problema clínico aparte. Un metaanálisis reciente con 25.000 participantes estimó una prevalencia global de violencia de hijos hacia padres del 34,8 %, sobre todo psicológica (82,6 %); la violencia física alcanzó un 10 %, y los factores más asociados fueron el conflicto familiar, el estrés de los padres y los problemas de conducta previos del adolescente (Dahouri, Mirghafourvand, Zahedi, Maghalian y Hosseinzadeh, 2025).

    Si tu hijo tiene 13 o 15 años y te pega, no estás frente a una etapa: estás frente a algo que se trabaja en consulta, con la familia entera.

    Mi hijo pega a otros niños en el jardín o en el colegio

    Cuando el aviso llega de afuera, la primera reacción suele ser defensiva (“¿y el otro qué le hizo?”) o de vergüenza. Ninguna de las dos ayuda.

    Lo que sí ayuda es pedir información concreta: cuándo pega (¿en el patio, en la fila, en transiciones?), a quién (¿siempre al mismo niño?), qué pasó justo antes y qué hizo el adulto después. Con esas cuatro respuestas casi siempre aparece la función del golpe: conseguir un objeto, sacarse a alguien de encima, llamar la atención o descargar una frustración.

    Con esa información, acuerda con la educadora una respuesta coherente con la de la casa.

    En la sala cuna y el jardín eso suele ser supervisión cercana en los momentos de riesgo y el mismo guion de “no se pega, se pide”. En el colegio, además, una consecuencia previsible y una conversación posterior sobre lo que el niño pensó.

    Chile Crece Contigo tiene orientaciones en esa misma línea para el hogar, y Fonoinfancia (800 200 818, gratuito, lunes a viernes de 8:30 a 19:00) atiende a madres y padres con psicólogos por teléfono cuando la situación se desborda.

    Lo que empeora las cosas: gritos, castigo físico e inconsistencia

    Aquí la evidencia es más sólida que en casi cualquier otro punto de la crianza, y apunta en una sola dirección.

    El castigo físico

    Sobre el castigo físico: un metaanálisis con 160.927 niños encontró que 13 de 17 desenlaces analizados se asociaron de forma significativa con las nalgadas, y todos en el mismo sentido, hacia más problemas, con tamaños de efecto que no se distinguían de los del maltrato físico (Gershoff y Grogan-Kaylor, 2016).

    Una revisión posterior de la evidencia causal concluyó que el castigo físico cumple los criterios aceptados para hablar de causa y recomendó que los psicólogos lo desaconsejen (Gershoff et al., 2018). Pegarle a un niño para que deje de pegar es enseñarle, con el ejemplo, que pegar funciona.

    La crianza dura en general

    Sobre la crianza dura en general: el problema con la mayoría de los estudios es que no distinguen si el niño pega porque los padres son duros o si los padres se endurecen porque el niño pega.

    Un metaanálisis de 2025 que solo incluyó diseños capaces de separar esas dos cosas (45 estudios, 28 cohortes, 38.591 participantes) encontró un efecto causal de las prácticas negativas de crianza sobre los problemas de conducta del hijo. Es pequeño, pero es real y consistente entre madres y padres (Karwatowska et al., 2025).

    Curiosamente, las prácticas positivas no mostraron un efecto causal en esa misma revisión: lo que más cambia las cosas parece ser dejar de hacer lo que daña.

    La inconsistencia

    Sobre la inconsistencia: es la variable que más se repite. En el estudio de Mo et al. (2023), la afirmación de poder y la falta de consistencia predijeron rabietas peores un año después; en el de Côté et al. (2006), la crianza hostil e ineficaz aumentó las probabilidades de la trayectoria alta y estable de agresión.

    El marco legal en Chile

    En Chile conviene ser preciso con el marco legal, porque circula bastante confusión: el Código Civil, en su artículo 234 reformado en 2008, establece que la facultad de corregir a los hijos excluye toda forma de maltrato físico y psicológico, pero el país aún no ha aprobado una prohibición explícita de todo castigo corporal en el hogar.

    Que algo no esté expresamente prohibido no lo vuelve recomendable; la evidencia de arriba es la misma con ley o sin ella, y la Organización Mundial de la Salud incluye el castigo físico entre las formas de violencia contra los niños.

    ¿Cuándo pegar deja de ser normal? Señales para consultar

    La pregunta correcta no es “¿mi hijo pega?”, porque casi todos lo hacen. La pregunta es si sigue la curva: si pega menos a los 4 que a los 2, si el golpe ocurre en situaciones que lo explican, si responde a lo que haces. Cuando la respuesta a esas tres es no, conviene una evaluación.

    Señales concretas que justifican consultar:

    • La agresión no baja con la edad. Un niño de 5 o 6 años que pega igual o más que a los 3 está en el grupo de trayectoria alta y estable que Côté et al. (2006) identificaron en uno de cada seis niños.
    • Hace daño de verdad. Marcas de dientes, moretones, golpes en la cabeza, en él o en otros niños. La Academia Americana de Pediatría lo pone entre los motivos para llamar al pediatra, junto con los ataques a adultos y las expulsiones del jardín o del colegio.
    • Pega en todas las rabietas y le cuesta mucho recuperarse. Belden et al. (2008) encontraron que la violencia durante la rabieta y la dificultad para calmarse separaban a los preescolares con un trastorno de los sanos.
    • Se pega a sí mismo. En un seguimiento de 299 niños desde los 3 a 6 años hasta la adolescencia, la agresión dirigida hacia sí mismo durante las rabietas fue la señal que mejor predijo problemas posteriores (Hoyniak et al., 2023).
    • Pega en varios contextos (casa, jardín, casa de los abuelos) y eso le está costando amigos, actividades o el lugar en el colegio.
    • Viene acompañado. Hiperactividad marcada y desafío constante desde kínder (Nagin y Tremblay, 2001), crueldad con animales, o una frialdad llamativa: no se inmuta cuando el otro llora ni cuando lo castigan. Ese último rasgo, que Frick y su equipo llaman rasgos de insensibilidad emocional, marca un subgrupo pequeño que responde peor a los tratamientos habituales y necesita un abordaje específico (Walker et al., 2020).

    Sirve conocer los nombres que puede usar un profesional

    El DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022) describe el trastorno negativista desafiante como un patrón de enojo, discusión y desafío de al menos seis meses, y reserva la agresión hacia personas o animales, la destrucción de propiedad y el robo para el trastorno de conducta.

    Un niño de 4 años que pega en las rabietas no cumple, por eso solo, ningún diagnóstico: la etiqueta requiere persistencia, varios contextos y un deterioro real en su vida.

    Los problemas de conducta que sí alcanzan ese nivel afectan a entre un 3 y un 4 % de los niños y adolescentes de 6 a 18 años (Walker et al., 2020).

    Y el pronóstico tiene su lado esperanzador: según la guía de práctica de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil, cerca de dos tercios de los niños con diagnóstico de trastorno negativista desafiante dejan de cumplir criterios al cabo de tres años (Steiner y Remsing, 2007).

    Si quieres entender mejor ese cuadro, la guía para padres sobre el trastorno oposicionista desafiante lo explica.

    Qué funciona cuando pegar ya es un problema

    Cuando la agresión no cede con lo de arriba, lo que tiene más respaldo es trabajar con los padres, no solo con el niño. Y el respaldo es grande.

    Qué dicen las revisiones

    La irritabilidad y la agresión están entre los motivos más frecuentes de derivación de un niño a salud mental, y una revisión de 2025 de los tratamientos con evidencia concluye que el entrenamiento a padres en manejo conductual y la terapia cognitivo-conductual tienen las bases más extensas y se reconocen como intervenciones eficaces para la agresión infantil, solas o combinadas (Kalvin, Zhong, Rutten, Ibrahim y Sukhodolsky, 2025).

    En la primera, el terapeuta enseña a los padres a atender lo que el niño hace bien, a dar instrucciones claras y a sostener consecuencias predecibles; en la segunda, el niño aprende a reconocer la rabia, a frenar y a leer las situaciones de otra forma, justo el mecanismo de la atribución hostil.

    El volumen de evidencia detrás de esos programas es difícil de igualar: un metaanálisis de 2026 reunió 244 ensayos aleatorizados con 28.916 familias de 36 países y encontró que siguen funcionando, con efectos estables en las últimas décadas (Leijten et al., 2026).

    Para los más chicos también hay datos propios: una revisión Cochrane de 24 ensayos con familias de niños de hasta 3 años y 11 meses encontró que los programas grupales para padres redujeron los problemas de conducta y, medido por observadores que no sabían quién había recibido el programa, bajaron la conducta negativa entre padres e hijos y subieron la positiva (Barlow, Bergman, Kornør, Wei y Bennett, 2016).

    Lo que un psicólogo infantil hace en las primeras sesiones es bastante concreto: entrevista a los padres, pide información al jardín o al colegio, observa cómo se produce el golpe (qué pasa antes, qué consigue después) y descarta lo que puede estar debajo, como un TDAH, un retraso del lenguaje o un problema de sueño.

    Con eso arma un plan que casi siempre empieza por la casa.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que un niño de 2 años pegue y muerda?

    Sí. La agresión física aparece en el segundo año de vida, llega a su máximo alrededor de los 20 a 24 meses y baja desde los 3 años, según estudios en Canadá, Países Bajos y Noruega. A esa edad el niño pega porque no tiene todavía palabras ni freno; lo que ayuda es supervisar de cerca, detener el golpe con calma y darle la palabra o el gesto que le faltó.

    ¿Por qué mi hijo de 3 años pega cuando se enoja?

    Porque la regulación emocional se desarrolla después que el lenguaje. En la rabieta, el preescolar pierde el control y el golpe sale. Conviene frenar sin ceder en ese momento y enseñar las alternativas cuando está tranquilo. Si pega en todas las rabietas y le cuesta mucho recuperarse, esa combinación sí es una señal para consultar.

    ¿Qué hago si mi hijo me pega a mí?

    Lo mismo que si le pega a otro: sujetar la mano con suavidad, decir “a mí no se me pega” con voz baja y seguir con lo que estabas haciendo, sin devolver el golpe ni gritar. La dureza de la reacción es justamente lo que alimenta el ciclo. Si tu hijo es adolescente y te agrede, eso ya no es una etapa y se trabaja en consulta con toda la familia.

    ¿Debo castigar a mi hijo por pegar?

    Una consecuencia breve, previsible y proporcional sí ayuda a partir de los 3 años, como un tiempo fuera corto o retirar el juguete que originó la pelea. El castigo físico no: un metaanálisis con 160.927 niños asoció las nalgadas con más problemas, no menos, y enseña con el ejemplo que pegar funciona.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo al psicólogo por pegar?

    Cuando la agresión no baja con la edad, causa daño real (moretones, mordidas), ocurre en varios contextos, le está costando amigos o el lugar en el colegio, o viene acompañada de hiperactividad marcada, desafío constante o frialdad ante el dolor de otros. También si se golpea a sí mismo en las rabietas, que es una de las señales más predictivas de problemas posteriores.

    ¿Un niño que pega será un adulto violento?

    En la gran mayoría de los casos, no. Más de ocho de cada diez niños (83 % en la cohorte canadiense, 86 % en la de Quebec) siguen una trayectoria en que la agresión física baja hasta casi desaparecer en la preadolescencia. El riesgo se concentra en el grupo que la mantiene alta y estable desde preescolar, y ese grupo responde a los programas de entrenamiento a padres y a la terapia cognitivo-conductual, sobre todo cuando se interviene temprano.

    Empezar por lo que sí depende de ti

    Un niño que pega no es un niño malo ni un padre que falló. Es, casi siempre, un niño que todavía no aprendió a hacer otra cosa. Y eso se enseña: frenando el golpe sin drama, atendiendo primero al que lo recibió, nombrando la alternativa y siendo el mismo adulto mañana.

    Si llevas semanas haciéndolo y el golpe sigue igual, o si tu hijo ya está en primero básico y la agresión no baja, una evaluación con un psicólogo infantil ordena el problema y arma un plan para la casa y el colegio. Puedes agendar una primera consulta y revisar juntos qué está pasando y por dónde empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Alink, L. R. A., Mesman, J., Van Zeijl, J., Stolk, M. N., Juffer, F., Koot, H. M., Bakermans-Kranenburg, M. J., & Van IJzendoorn, M. H. (2006). The early childhood aggression curve: Development of physical aggression in 10- to 50-month-old children. Child Development, 77(4), 954-966. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2006.00912.x

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto revisado). American Psychiatric Publishing.

    Barlow, J., Bergman, H., Kornør, H., Wei, Y., & Bennett, C. (2016). Group-based parent training programmes for improving emotional and behavioural adjustment in young children. Cochrane Database of Systematic Reviews, CD003680. https://doi.org/10.1002/14651858.cd003680.pub3

    Belden, A. C., Thomson, N. R., & Luby, J. L. (2008). Temper tantrums in healthy versus depressed and disruptive preschoolers: Defining tantrum behaviors associated with clinical problems. The Journal of Pediatrics, 152(1), 117-122. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2007.06.030

    Côté, S., Vaillancourt, T., LeBlanc, J. C., Nagin, D. S., & Tremblay, R. E. (2006). The development of physical aggression from toddlerhood to pre-adolescence: A nation wide longitudinal study of Canadian children. Journal of Abnormal Child Psychology, 34(1), 71-85. https://doi.org/10.1007/s10802-005-9001-z

    Dahouri, A., Mirghafourvand, M., Zahedi, H., Maghalian, M., & Hosseinzadeh, M. (2025). Prevalence of child to parent violence and its determinants: A systematic review and meta-analysis. BMC Public Health, 25(1), 1426. https://doi.org/10.1186/s12889-025-22600-y

    Gershoff, E. T., Goodman, G. S., Miller-Perrin, C. L., Holden, G. W., Jackson, Y., & Kazdin, A. E. (2018). The strength of the causal evidence against physical punishment of children and its implications for parents, psychologists, and policymakers. American Psychologist, 73(5), 626-638. https://doi.org/10.1037/amp0000327

    Gershoff, E. T., & Grogan-Kaylor, A. (2016). Spanking and child outcomes: Old controversies and new meta-analyses. Journal of Family Psychology, 30(4), 453-469. https://doi.org/10.1037/fam0000191

    Girard, L.-C., Pingault, J.-B., Falissard, B., Boivin, M., Dionne, G., & Tremblay, R. E. (2014). Physical aggression and language ability from 17 to 72 months: Cross-lagged effects in a population sample. PLoS ONE, 9(11), e112185. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0112185

    Hoyniak, C. P., Donohue, M. R., Quiñones-Camacho, L. E., Vogel, A. C., Perino, M. T., Hennefield, L., Tillman, R., Barch, D. M., & Luby, J. L. (2023). Developmental pathways from preschool temper tantrums to later psychopathology. Development and Psychopathology, 35(4), 1643-1655. https://doi.org/10.1017/s0954579422000359

    Hyde, L. W., Trentacosta, C. J., & Bezek, J. L. (2026). Annual Research Review: Early conduct problems: Precursors, outcomes, and etiology. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 67(4), 524-545. https://doi.org/10.1111/jcpp.70031

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    Leijten, P., Melendez-Torres, G. J., Backhaus, S., Gardner, F., Groenman, A. P., Dekkers, T. J., van den Hoofdakker, B. J., Laas Sigurðardóttir, L. B., Liu, D., Luman, M., Mansur, L., Nieterau, M., van der Oord, S., Overbeek, G., Psyllou, C., Rienks, K., Schulz, S., & Weisz, J. R. (2026). Have parenting programs for disruptive child behavior become less effective? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 67(1), 127-137. https://doi.org/10.1111/jcpp.70049

    Mo, J., van den Akker, A. L., Leijten, P., & Asscher, J. J. (2023). Parental discipline techniques and changes in observed temper tantrum severity in toddlers. Research on Child and Adolescent Psychopathology, 51(4), 571-582. https://doi.org/10.1007/s10802-022-01007-y

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Baja Tolerancia a la Frustración en Niños: Cómo Enseñarla por Edad

    Baja Tolerancia a la Frustración en Niños: Cómo Enseñarla por Edad

    Pierde en un juego de mesa y da vuelta el tablero. Le dices que no hay más galletas y grita como si se le cayera el mundo. Se le desarma la torre y llora diez minutos. Muchas madres y padres llegan a buscar “baja tolerancia a la frustración en niños” convencidos de que a su hijo le pasa algo raro, o de que ellos lo criaron mal. Casi siempre la respuesta es otra: la tolerancia a la frustración no viene de fábrica, se construye entre los 2 y los 7 años, y se construye con lo que los adultos hacen cada vez que el niño choca con un “no”.

    Esta guía sigue esa idea de principio a fin. Primero, qué es esperable a cada edad (para no pedirle a un niño de 2 años lo que recién logra uno de 6). Después, los errores más comunes de los padres que la debilitan, con lo que dicen los estudios de cada uno. Luego, qué hacer y qué actividades sirven en cada tramo, con un PDF para imprimir. Y al final, las señales que indican que ya no es una etapa y conviene consultar.

    Respuesta corta: entre los 2 y los 3 años, casi todos los niños estallan ante la frustración; es la edad de peor tolerancia y la de mayor aprendizaje. Entre los 3 y los 5 aparece la capacidad de esperar, distraerse y usar palabras, y de los 6 en adelante el niño puede pensar el problema antes de reaccionar. La tolerancia a la frustración se enseña con tres cosas: ponerle nombre a lo que siente, dejar que la frustración pequeña ocurra (sin rescatarlo ni castigarlo) y elogiar el esfuerzo, no el resultado. Los programas que enseñan esto a los padres mejoran la regulación emocional del niño con un efecto mediano en ensayos aleatorizados.

    ¿Qué es la tolerancia a la frustración en niños?

    La tolerancia a la frustración es la capacidad de soportar que algo no salga como uno quiere (una espera, un “no”, un error, una pérdida) sin desbordarse ni abandonar. La Asociación Americana de Psicología describe la baja tolerancia a la frustración como la tendencia a reaccionar con malestar intenso, enojo o rendición ante obstáculos que otros manejan sin mayor problema. En un niño se ve como rabietas frecuentes, dejar la tarea al primer error, negarse a jugar si puede perder o exigir lo que quiere ahora mismo.

    Lo importante es que no es un rasgo de carácter. Es una habilidad, y como toda habilidad tiene una curva de desarrollo. Los psicólogos del desarrollo la estudian bajo el nombre de control con esfuerzo: la capacidad de frenar un impulso, esperar, bajar el ritmo y sostener la atención en algo que no es lo más entretenido. En un seguimiento de 106 niños evaluados a los 22 y a los 33 meses, ese control mejoró de forma considerable en solo once meses, y los niños con más control tenían un enojo más regulado (Kochanska, Murray y Harlan, 2000). Lo que un niño de casi 2 años no puede hacer, uno de casi 3 ya empieza a lograrlo.

    Hay una base cerebral medible detrás de esto. En un estudio con niños de 3 a 5 años, un perro animado les “robaba” en un juego de computador el premio que esperaban; la corteza prefrontal lateral se activaba durante la frustración, y cuanto más se activaba, mayor era la tolerancia a la frustración que los padres describían en ese niño (Perlman, Luna, Hein y Huppert, 2014). Esa zona del cerebro es de las últimas en madurar. Por eso pedirle calma a un niño de 3 años en medio de una frustración es pedirle que use una herramienta que todavía está a medio construir.

    ¿Qué es normal por edad? La tolerancia a la frustración de 1 a 12 años

    Antes de preguntarte por qué tu hijo se frustra tanto, conviene saber cuánto es esperable a su edad. Estos son los tramos que describe la investigación.

    De 1 a 2 años: la frustración sin palabras

    A esta edad el niño quiere cosas con toda su fuerza y tiene casi cero herramientas para esperar o para pedirlas de otra forma. Un “no” se vive como un muro. No puede todavía autoconsolarse ni distraerse a propósito: en un experimento con 158 niños de 15 a 39 meses, autoconsolarse (chuparse el dedo, abrazar un objeto) redujo la frustración solo un 20 %, mientras que distraerse la redujo un 50 % en los más pequeños (Deichmann y Ahnert, 2021). Y distraerse, a esta edad, es algo que hace el adulto por él. Lo que ayuda es nombrar lo que pasa (“querías la pelota y no se puede”), ofrecer una alternativa y esperar a que pase. No hay nada que “enseñar” en el momento; se enseña con la repetición tranquila de cientos de momentos.

    Tolerancia a la frustración de 2 a 3 años: la edad de peor tolerancia (y de más aprendizaje)

    Aquí están las famosas rabietas. Son la norma, no la excepción: en un estudio con 132 familias, el 64,7 % de los niños empezó a tenerlas entre los 2 y los 3 años, y el 57,1 % ya no las tenía después de los 5 (Österman y Björkqvist, 2010). En el experimento de Deichmann y Ahnert (2021), un 22,2 % de los niños de 15 a 39 meses mostró respuestas intensas de frustración hasta la rabieta, sin diferencia entre niños y niñas, y la intensidad bajaba con la edad. La rabieta típica es más corta de lo que se siente: la duración más común es de medio minuto a un minuto, y tres de cada cuatro duran cinco minutos o menos (Potegal, Kosorok y Davidson, 2003).

    Dos datos de esa misma investigación te sirven para saber qué hacer. Primero, los niños con un apego más seguro se frustraban más tarde y por menos tiempo (Deichmann y Ahnert, 2021): la tolerancia a la frustración se apoya en la confianza de que el adulto está. Segundo, entre los 2 y los 3 años ya funciona el juego de simulación: en los niños mayores del estudio, ponerse a “jugar a” algo redujo la frustración cerca de un 70 %. Un niño de 2 años y medio que se frustra porque no puede subir al tobogán puede salir de ahí si el adulto convierte la espera en un juego.

    De 3 a 5 años: aparece la capacidad de esperar

    En el preescolar el lenguaje ya está y el niño empieza a poder anticipar. Es la edad del famoso test del malvavisco: se le ofrece a un niño de 4 años una golosina ahora o dos si espera a que el adulto vuelva. Walter Mischel encontró que los niños de 4 años que esperaban más llegaban a la adolescencia con más competencia social, mejor rendimiento escolar y mejor manejo de la frustración y el estrés (Mischel, Shoda y Rodriguez, 1989). Goleman (1995) dedicó a ese estudio buena parte de su capítulo sobre “la aptitud maestra”: la capacidad de resistir el impulso como raíz de todo el autocontrol emocional.

    Con todo, conviene leer el malvavisco con cuidado. Una réplica con una muestra más grande y diversa encontró que la relación entre esperar a los 4 años y el rendimiento a los 15 era la mitad de la original, y se reducía en dos tercios al considerar la familia, la capacidad cognitiva temprana y el ambiente del hogar. Un detalle práctico de esa réplica: casi toda la diferencia estaba en lograr esperar al menos 20 segundos (Watts, Duncan y Quan, 2018). A los 4 años, la meta razonable es aguantar los primeros segundos de la frustración sin estallar, y eso es lo que se entrena. Los 15 minutos vienen mucho después.

    De 6 a 12 años: pensar antes de reaccionar

    En el escolar la tolerancia a la frustración se juega en otro terreno: perder en un juego, equivocarse en la tarea, que un amigo no lo elija, que la mamá diga que no al celular. A esta edad las diferencias entre niños son sobre todo individuales, no de edad. En una tarea computarizada diseñada en España para niños de 6 a 10 años, la edad explicaba solo un 7 % de la medida de tolerancia a la frustración, sin diferencias por sexo (Jiménez-Soto, Lorente-Loza, Vargas, Díaz y López, 2022). Traducido: un niño de 9 años con muy baja tolerancia a la frustración no “la va a agarrar solo con el tiempo”. Ya puede aprender a nombrar el problema, pensar opciones y elegir una, y ese es el trabajo de esta etapa.

    Edad Lo esperable Lo que ya no es solo la edad
    1 a 2 años Llanto y gritos ante cualquier “no”; no puede esperar ni calmarse solo Frustración que no cede nunca con el consuelo del adulto
    2 a 3 años Rabietas de 1 a 5 minutos, varias a la semana; pico de la etapa Rabietas de más de 15 minutos, más de 3 días por semana o con golpes
    3 a 5 años Aguanta unos segundos, se distrae, usa palabras a veces; todavía estalla cuando está cansado Se hace daño a sí mismo durante la rabieta; le cuesta mucho recuperarse; también pasa en el jardín
    6 a 12 años Se molesta al perder o equivocarse, pero se recupera y vuelve a intentar Abandona todo al primer error, evita cualquier juego con posibilidad de perder, estalla a diario

    ¿Por qué importa enseñar tolerancia a la frustración?

    Porque predice cosas que a cualquier padre le importan. Un metaanálisis de 150 estudios con más de 215.000 niños encontró que la autorregulación a los 4 años se asocia con más competencia social, más compromiso escolar y mejor rendimiento a los 8, y con menos problemas de conducta, menos ansiedad y depresión y menos victimización por los compañeros. La autorregulación en los primeros años de colegio se asocia además con menos agresión, menos consumo de tabaco y drogas y menos obesidad a los 13, y con menos desempleo, depresión y problemas de salud en la adultez (Robson, Allen y Howard, 2020).

    Ojo con la lectura fatalista. Las asociaciones son estadísticas, no destinos, y la misma revisión muestra que la autorregulación medida por tareas o por el profesor predice mejor que la que describen los padres. Lo que sí queda claro es que esta habilidad vale la pena, y que se puede entrenar: lo vemos más abajo.

    Los 7 errores de los padres que bajan la tolerancia a la frustración

    Ninguno de estos errores los comete un mal padre. Los comete un padre cansado, apurado o que quiere evitarle sufrimiento a su hijo. El problema es lo que le enseñan al niño sin querer.

    1. Ceder cuando la rabieta sube de tono

    Si el “no” se convierte en “sí” cuando el niño grita más fuerte, el niño aprende que gritar más fuerte funciona. Los programas de entrenamiento a padres describen este ciclo desde hace décadas: la conducta que consigue lo que buscaba se repite (Kazdin, 2005). Lo que sí ayuda es lo contrario: un “no” que se mantiene, dicho con calma.

    2. Rescatarlo de toda frustración

    Armar la torre por él, terminar el rompecabezas, dejarlo ganar siempre. Un estudio que siguió a 318 niños de los 2 a los 5 años encontró que el grupo con más conducta disruptiva persistente se formaba de dos maneras: niños muy reactivos a la frustración con madres muy controladoras, o niños con poca capacidad de regularse con madres muy poco presentes (Degnan, Calkins, Keane y Hill-Soderlund, 2008). Ni resolverle todo ni dejarlo solo con la frustración: acompañarla.

    3. Gritar o castigar físicamente

    Es el error más estudiado. En un seguimiento de un año con la rabieta observada en laboratorio, la afirmación de poder (gritos, amenazas, fuerza) y la falta de consistencia predijeron rabietas más severas con el tiempo; ignorar no las empeoró (Mo, van den Akker, Leijten y Asscher, 2023). Y el castigo físico, según una revisión de la evidencia causal, se asocia a los mismos daños que el maltrato físico, en todas las culturas estudiadas (Gershoff et al., 2018). Un niño que recibe un golpe cuando se frustra aprende exactamente eso: que la frustración se resuelve con violencia.

    4. Elogiar lo listo que es, en vez del esfuerzo

    Parece inofensivo, pero cambia cómo el niño enfrenta el error. En seis experimentos con alumnos de quinto básico, los niños elogiados por su inteligencia mostraron después de un fracaso menos persistencia, menos disfrute de la tarea y peor rendimiento que los elogiados por su esfuerzo, y pasaron a creer que la inteligencia es fija (Mueller y Dweck, 1998). Y esto empieza mucho antes: el elogio al esfuerzo que los padres dan espontáneamente a niños de 14 a 38 meses predijo que a los 7 u 8 años creyeran que la capacidad se puede mejorar y disfrutaran los desafíos (Gunderson et al., 2013). “Qué inteligente eres” enseña a evitar lo difícil; “cómo te esforzaste” enseña a insistir.

    5. Prometer y no cumplir

    Un niño espera cuando cree que esperar vale la pena. En un experimento con el test del malvavisco, los niños esperaron bastante más cuando el adulto antes había cumplido lo que prometió que cuando no lo había hecho (Kidd, Palmeri y Aslin, 2013). Si “después vamos al parque” casi nunca se cumple, el “espera un poquito” pierde todo su valor.

    6. Usar la pantalla como calmante

    Es la salida más rápida y la más cara. En 315 preescolares seguidos de los 3,5 a los 5,5 años, más uso de tablet a los 3,5 años (una desviación estándar, equivalente a 1,22 horas al día) se asoció a más expresiones de ira y frustración a los 4,5; y más ira a los 4,5 se asoció a más tablet a los 5,5. Los autores lo describen como un ciclo que perjudica la regulación emocional (Fitzpatrick et al., 2024). La tablet calma hoy la frustración que el niño no aprende a manejar mañana.

    7. Pedirle lo que todavía no puede hacer

    Esperar que un niño de 2 años comparta, que uno de 4 pierda con elegancia o que uno de 6 haga solo 40 minutos de tarea sin protestar es una receta para que todos se frustren. Kazdin (2005) lo dice con una imagen: hay que gatear antes de caminar, y los padres suelen creer que el niño “ya sabe” hacer la conducta y por eso no hace falta ir por pasos. Casi siempre hace falta.

    Cómo enseñar tolerancia a la frustración según la edad

    Lo que funciona tiene nombre en la investigación: coaching emocional. Goleman (1995) lo describe a partir del trabajo de Gottman: frente a un niño molesto, hay padres que ignoran la emoción, padres que la desaprueban y castigan, padres que la dejan pasar y consuelan con lo que sea, y padres que la toman en serio, la nombran y ayudan a encontrar una salida. Solo el último estilo enseña algo.

    Ese enfoque se ha probado en ensayos. En un ensayo aleatorizado con 216 padres de niños de 4 y 5 años, un programa de seis sesiones (Tuning in to Kids) aumentó el coaching emocional de los padres, mejoró el conocimiento emocional de los niños y redujo sus problemas de conducta según padres y profesores a los seis meses (Havighurst, Wilson, Harley, Prior y Kehoe, 2010). Y un metaanálisis de 15 ensayos aleatorizados con padres de niños de 18 meses a 6 años encontró que estos programas mejoran la competencia emocional del niño (g = 0,44) y su ajuste conductual (g = 0,34), además de la crianza positiva (g = 0,74) y el bienestar de los propios padres (England-Mason, Andrews, Atkinson y Gonzalez, 2023). No hace falta hacer el curso: lo que sigue son sus ingredientes, tramo por tramo.

    De 1 a 2 años: acompañar y distraer

    • Nombra lo que pasa, en dos palabras. “Querías eso. No se puede.” No explica ni negocia; solo le pone nombre.
    • Distrae, sin culpa. A esta edad es la herramienta que más funciona: en el estudio de Deichmann y Ahnert (2021), cuando el padre o la madre distraía o reencuadraba la situación, la frustración bajaba entre un 60 y un 80 %.
    • Muéstrale cómo. Cuando la pieza no entra, hacerlo tú despacio delante de él redujo la frustración hasta un 40 % en ese mismo estudio. Mostrar, no hacerlo por él.
    • Cumple lo que dices. El “ya vuelvo” que se cumple es la primera lección de esperar.

    De 2 a 3 años: dejar que la rabieta pase (y no ceder)

    • Sostén el “no” con calma. Sin gritar, sin cambiarlo. La consistencia es lo que predijo rabietas menos severas con el tiempo (Mo et al., 2023).
    • Espera cerca. Una rabieta dura de uno a cinco minutos (Potegal et al., 2003). No hay que resolverla: hay que estar.
    • Convierte la espera en juego. El juego de simulación es lo que más baja la frustración a esta edad (Deichmann y Ahnert, 2021): “vamos a ser tortugas hasta que se desocupe el columpio”.
    • Cuando pase, nómbralo. “Te enojaste mucho porque querías seguir. Ya pasó.” Es el coaching emocional en su versión de 2 años.
    • Elogia el esfuerzo, no la inteligencia. “Lo intentaste de nuevo” (Gunderson et al., 2013).

    De 3 a 5 años: enseñar a esperar y a poner palabras

    • Entrena esperas cortas y ganables. Empieza por 20 segundos con un reloj de arena o una canción, y sube de a poco. Es la meta que la réplica del malvavisco mostró como decisiva (Watts et al., 2018).
    • Enséñale el truco de mirar para otro lado. Los niños que lograban esperar en el estudio de Mischel se tapaban los ojos, cantaban o jugaban con sus manos (Goleman, 1995). Se puede enseñar: “cuando quieras agarrarlo, mira la ventana y cuenta”.
    • Avisa antes. “Dos vueltas más y nos vamos.” La anticipación reduce la frustración porque el “no” deja de ser sorpresa.
    • Habla de la emoción después, no durante. En medio de la rabieta no escucha; después de calmado, sí. Los programas de coaching emocional entrenan justamente esa conversación sobre causas y consecuencias (Havighurst et al., 2010).
    • Deja que pierda. Juegos de mesa cortos, donde a veces gana y a veces no. Ganar siempre no entrena nada.

    De 6 a 12 años: pensar el problema antes de reaccionar

    • Pausa, nombre, opciones. Cuando se frustra con la tarea: “Para. ¿Qué pasó? ¿Qué podrías hacer: pedir ayuda, intentar de otra forma, dejarla cinco minutos?”. Es el esquema de resolución de problemas que usan los programas de autorregulación escolar, que en un metaanálisis de 49 ensayos mejoraron la autorregulación con un efecto de 0,42 y, en la mayoría de los estudios que lo midieron, el rendimiento académico y los problemas de conducta (Pandey et al., 2018).
    • Divide en pasos lo que le cuesta. Kazdin (2005) llama a esto moldeamiento: reforzar aproximaciones, no esperar la conducta completa desde el primer día.
    • Elogio específico al esfuerzo. “Te quedaste en el problema aunque te salió mal dos veces” pesa más que “eres muy bueno para matemáticas” (Mueller y Dweck, 1998).
    • Modela tu propia frustración en voz alta. “Se me cayó el archivo. Me da rabia. Voy a respirar y lo hago de nuevo.” Los niños aprenden mirando cómo tú lo haces (Goleman, 1995).
    • Deja las consecuencias naturales. Si no guardó el juego y se perdió una pieza, esa es la lección, no un sermón.

    Actividades y ejemplos para trabajar la tolerancia a la frustración en niños, por edad

    Estas actividades son de elaboración propia a partir de los componentes que tienen respaldo en los estudios de arriba (modelado, distracción y reencuadre, esperas graduadas, elogio al esfuerzo, resolución de problemas). No son un test ni un tratamiento: son práctica en casa. Están todas, con instrucciones y una hoja de registro, en el PDF gratuito para imprimir: descargar las actividades de tolerancia a la frustración en PDF.

    • 1 a 2 años: “Ya vuelvo” (esperar 10 segundos). Dile “ya vuelvo”, sal de su vista contando en voz alta hasta 10 y vuelve con lo prometido. Repítelo cada día alargando de a poco. Enseña que esperar termina bien.
    • 2 a 3 años: la tortuga. Cuando algo no se puede ahora, todos se meten “en el caparazón” (se agachan y se tapan la cabeza) y cuentan hasta 5 antes de mirar de nuevo. Es distracción y juego de simulación en uno.
    • 2 a 3 años: la torre que se cae. Armen juntos una torre y bótenla a propósito entre risas. Después, cuando se caiga sin querer, ya tiene el guion: “¡se cayó! La hacemos de nuevo”.
    • 3 a 5 años: el reloj de arena. Un juguete atractivo y un reloj de un minuto. Cada uno juega hasta que se vacía. El adulto espera primero y muestra cómo se aguanta (“me dan ganas, pero miro la arena”).
    • 3 a 5 años: el termómetro del enojo. Una tira de cartulina con tres colores. Después de una frustración (no durante), el niño marca cuánto se enojó y qué lo ayudó a bajar. Es la conversación de causas y consecuencias.
    • 3 a 5 años: perder a propósito. Juegos de mesa de cinco minutos donde el adulto pierde primero y lo dice en voz alta: “perdí, qué lata. ¿Otra?”. Luego se juega de verdad.
    • 6 a 12 años: el error del día. En la cena, cada uno cuenta algo que le salió mal y qué hizo después. Normaliza el error y modela la recuperación.
    • 6 a 12 años: los tres caminos. Frente a una tarea que lo frustra, escribe tres opciones antes de elegir una (pedir ayuda, hacerla de otra forma, descansar cinco minutos y volver).
    • 6 a 12 años: el desafío de una semana. Una meta pequeña que exige insistir (un cubo, una canción, una receta), con un registro diario de “lo intenté”. Se elogia el intento, no el resultado.

    ¿Cuándo consultar por baja tolerancia a la frustración?

    La mayoría de los niños con “baja tolerancia a la frustración” están dentro de lo esperable para su edad y mejoran con lo de arriba. Hay señales que sí justifican una evaluación.

    • Rabietas fuera de rango a partir de los 3 años. En un estudio con 279 preescolares, lo que distinguió a los niños con un trastorno de los sanos fue la violencia durante la rabieta, que ocurriera también en el jardín y que les costara mucho recuperarse; y en los preescolares con depresión, la agresión hacia sí mismos (Belden, Thomson y Luby, 2008). Ese último dato pesa: en un seguimiento de 299 niños, las rabietas con agresión hacia el propio niño fueron las más predictivas de problemas posteriores (Hoyniak et al., 2023).
    • Irritabilidad que dura meses. El DSM-5-TR describe el trastorno negativista desafiante como un patrón de ánimo enojado o irritable y conducta desafiante que dura al menos seis meses, con síntomas que superan lo normal para la edad y afectan la vida familiar o escolar (American Psychiatric Association, 2022). La baja tolerancia a la frustración es uno de los factores de temperamento que lo predicen. Si te suena, esta guía sobre el trastorno negativista desafiante explica cómo se evalúa.
    • Frustración junto con problemas de atención. Los niños con TDAH suelen tener una tolerancia a la frustración mucho más baja que sus compañeros, y en ellos las estrategias de esta guía necesitan un plan más estructurado.
    • Cuando la familia ya no puede más. Si cada día termina en gritos, si evitas salir con tu hijo o si tú mismo estás perdiendo el control, esa es razón suficiente.

    En Chile, Chile Crece Contigo ofrece orientación gratuita sobre crianza y Fonoinfancia (800 200 818) atiende a madres, padres y cuidadores por teléfono. Si quieres una orientación clínica directa, puedes agendar una consulta. Y si buscabas medir la tolerancia a la frustración, este artículo sobre los tests de tolerancia a la frustración para niños y adultos explica qué instrumentos existen y qué miden de verdad.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad se desarrolla la tolerancia a la frustración?

    Empieza a desarrollarse entre los 2 y los 3 años, cuando el control con esfuerzo mejora mucho en pocos meses, y sigue creciendo hasta la adolescencia. Entre los 3 y los 5 años el niño empieza a poder esperar unos segundos y a usar palabras; desde los 6 puede pensar opciones antes de reaccionar. No se termina de construir a ninguna edad fija.

    ¿Es normal que mi hijo de 3 años tenga baja tolerancia a la frustración?

    Sí. Entre los 2 y los 3 años está el pico de rabietas, y a los 3 la mayoría todavía estalla cuando está cansado o cuando algo no sale. Lo que preocupa a esa edad es otra cosa: rabietas de más de 15 minutos, más de tres días por semana, con golpes hacia otros o hacia sí mismo, o que ocurran igual en el jardín.

    ¿Cómo enseñar tolerancia a la frustración a un niño de 4 años?

    Con esperas cortas y ganables (empezar por 20 segundos con un reloj de arena), avisos antes de terminar algo que le gusta, juegos de mesa donde a veces pierde, y nombrar la emoción después de la rabieta, no durante. Elogia el esfuerzo (“lo intentaste de nuevo”) y no la inteligencia. Y sostén el “no” con calma: ceder cuando grita más enseña a gritar más.

    ¿Qué actividades sirven para trabajar la frustración en niños?

    Las que hacen practicar tres cosas: esperar (reloj de arena, “ya vuelvo”), tolerar el error (la torre que se cae, el error del día en la cena) y perder (juegos de mesa cortos donde el adulto pierde primero). Para escolares, escribir tres opciones antes de rendirse con una tarea. Todas están en el PDF de esta guía, ordenadas por edad.

    ¿La tablet o el celular empeoran la tolerancia a la frustración?

    Hay evidencia de que sí cuando se usan como calmante. En 315 preescolares seguidos dos años, más uso de tablet a los 3,5 años se asoció a más ira y frustración a los 4,5, y más ira a los 4,5 a más tablet a los 5,5: un ciclo que se retroalimenta (Fitzpatrick et al., 2024). Usarla para cortar una rabieta evita el aprendizaje que esa rabieta traía.

    ¿Cuándo la baja tolerancia a la frustración es un problema clínico?

    Cuando dura meses, ocurre en más de un lugar (casa y colegio) y afecta la vida del niño o de la familia. Las señales concretas son rabietas con violencia o autoagresión, mucha dificultad para recuperarse, irritabilidad casi diaria por más de seis meses, o problemas de atención asociados. En esos casos conviene una evaluación con un psicólogo infantil o un pediatra.

    Empezar por una sola cosa

    Si tienes que elegir una sola cosa de esta guía, elige esta: la próxima vez que tu hijo se frustre, no lo rescates ni lo castigues. Ponle nombre a lo que siente, quédate cerca y, cuando pase, elogia lo que intentó. Hacer eso cien veces vale más que cualquier técnica. Y si después de un par de meses las cosas no cambian, o si alguna de las señales de arriba te suena conocida, una consulta a tiempo evita que una etapa se convierta en un patrón. Puedes agendar una hora aquí.

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    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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