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    Redes sociales e imagen corporal: cómo dejar de compararte

    Abres Instagram o TikTok “solo cinco minutos” y, entre un video y otro, aparece un cuerpo que parece resolver todo lo que a ti te incomoda del tuyo. Cierras la app con un nudo en el estómago, o con la idea de que mañana sí empiezas la dieta. Si buscaste “redes sociales e imagen corporal”, “cómo dejar de comparar mi cuerpo” o “redes sociales, autoestima e imagen corporal”, lo que te pasa tiene explicaciones bastante precisas y también salidas concretas.

    Esta guía separa lo que la investigación muestra de lo que se exagera, explica los mecanismos que hacen doler la comparación, aclara qué hay detrás de los selfies, los filtros y la llamada “dismorfia de Snapchat”, te propone un plan por pasos para dejar de compararte y te ayuda a distinguir cuándo ya conviene consultar.

    En breve: ver imágenes idealizadas en redes empeora la imagen corporal a corto plazo, y el efecto es claro en experimentos, aunque mucho más pequeño cuando se mide el uso cotidiano a lo largo del tiempo. Lo que más pesa es compararse con la apariencia de otros. Funciona reducir esa exposición (una pausa, limpiar el feed), tratarte con autocompasión y poner el foco en lo que tu cuerpo hace. Conviene consultar si piensas en tu cuerpo una hora o más al día, si te chequeas o pides tranquilización una y otra vez, o si controlas la comida o el ejercicio de forma rígida.

    Redes sociales e imagen corporal: ¿qué dice la investigación?

    Sí, pero el tamaño del efecto depende de cómo se mida. Ver imágenes de cuerpos idealizados en redes empeora la imagen corporal en el momento, y usar redes durante meses se asocia con un empeoramiento mucho menor. Ambas cosas son ciertas a la vez.

    Un metaanálisis de 2021 reunió cuatro metaanálisis previos y encontró que, en experimentos (24 muestras, 3.816 personas), mirar imágenes de apariencia ideal en redes tuvo un efecto negativo moderado sobre la imagen corporal (g de Hedges = -0,61). En estudios que siguieron a las personas en el tiempo (10 muestras, 5.177 personas), el uso de redes se asoció de forma muy pequeña con peor imagen corporal (Z de Fisher = -0,08) (de Valle et al., 2021). En otras palabras: un rato de comparación duele de verdad, pero las horas totales en la app no predicen por sí solas cuánto empeorarás.

    Eso coincide con lo que dicen los libros de referencia del tema. En el manual de Cash y Smolak (2011), la exposición a los medios figura como un “factor de riesgo variable”: su impacto depende de la vulnerabilidad previa, de la presión de los pares y de cómo procesas lo que ves, más que del tiempo de pantalla. También encaja con la advertencia más general de Odgers y Jensen (2020), que piden no caer en el pánico moral: el uso de tecnología digital, medido en bruto, explica como máximo el 0,4 % de la variación del bienestar adolescente en tres grandes bases de datos de Estados Unidos y el Reino Unido, con más de 355.000 participantes (Orben y Przybylski, 2019). Ese dato habla del bienestar en general y no solo de la imagen corporal, pero sirve de freno: las horas importan menos que lo que haces y lo que ves en ellas.

    Entonces, ¿dónde está el problema? En un mecanismo muy concreto, que explico a continuación.

    ¿Por qué compararte con otros duele tanto?

    Porque la comparación de apariencia es el puente entre lo que ves y lo que sientes. Un metaanálisis de 83 estudios y 55.440 personas encontró que compararse en redes se asocia de forma moderada con más preocupaciones por la imagen corporal (r = 0,45) y con más síntomas de trastorno alimentario (r = 0,36), y se asocia con menos imagen corporal positiva (r = -0,24) (Bonfanti et al., 2025). Son correlaciones: muestran que van juntas, no que una cause la otra.

    Otra revisión sistemática de 20 estudios encontró que subir y mirar fotos y buscar retroalimentación negativa en las publicaciones fueron actividades especialmente problemáticas, y que la comparación de apariencia mediaba la relación entre el uso de redes y los problemas de imagen corporal y alimentación (Holland y Tiggemann, 2016). La mayoría de esos estudios era correlacional.

    Los manuales del campo describen cuatro piezas que se encadenan:

    Mecanismo Cómo suena por dentro Qué hace
    Comparación ascendente “Ella sí tiene el abdomen que yo quiero” Pone tu cuerpo real frente al mejor ángulo de otra persona
    Internalización del ideal “Tener ese cuerpo es lo que vale” Convierte un estándar cultural en tu meta personal
    Autoobjetivación “¿Cómo me verán desde afuera?” Te mira desde los ojos de un espectador y no desde tu experiencia
    Vigilancia corporal Chequear espejos, cámara, pantallas Mantiene la atención en la apariencia varias veces al día

    Sobre la internalización hay datos útiles. Un metaanálisis de 78 estudios (39.491 participantes) mostró que asumir los ideales corporales como propios se asocia fuertemente con la insatisfacción: r = 0,45 con el ideal de delgadez, r = 0,43 con el de atractivo general y r = 0,25 con el ideal muscular, de forma parecida en hombres y mujeres. Los datos eran sobre todo transversales, así que no prueban causa (Paterna et al., 2021). En una muestra de 1.153 adolescentes de unos 14 años, la relación entre el uso de Instagram y Snapchat y la insatisfacción corporal dependía de cuánto habían internalizado el ideal: en los chicos, el uso de redes se asociaba a más insatisfacción solo cuando también tenían muy internalizado el ideal muscular (Vuong et al., 2021).

    La comparación siempre sale perdiendo

    Fairburn (2008) y Cash (2008) coinciden en un punto práctico: la comparación es injusta por diseño. Evalúas tu propio cuerpo bajo un microscopio, con atención a tus “puntos calientes”, y a la otra persona la miras de forma superficial, en su mejor foto, con luz, ángulo y edición. Perder en ese duelo está garantizado. Entenderlo no apaga la emoción, pero te da una pregunta mejor que “¿por qué no soy así?”: ¿contra quién me estoy comparando y cómo la estoy evaluando a ella frente a cómo me evalúo a mí?

    Selfies, filtros y “dismorfia de Snapchat”: qué hay detrás

    La llamada dismorfia de Snapchat (o de las selfies) queda fuera de los manuales diagnósticos: es una expresión informal que surgió en la práctica médica y en la prensa para describir el deseo de operarse para parecerse a la versión filtrada de uno mismo. El diagnóstico real que existe es el trastorno dismórfico corporal, que afecta a alrededor del 1,9 % de los adultos de la comunidad, según una revisión sistemática de prevalencia (Veale et al., 2016).

    Hay dos datos que ayudan a poner el selfie en perspectiva.

    El primero es óptico. Ward et al. (2018) calcularon con un modelo geométrico que un selfie tomado a 30 centímetros hace parecer la nariz un 30 % más grande en hombres y un 29 % en mujeres que una foto tomada a 1,5 metros, y que a esa distancia mayor la distorsión casi desaparece. Es un cálculo sobre promedios de medidas faciales (no fotos de personas), y los propios autores hablan de un artefacto de perspectiva. La cámara cercana deforma, y tu cara real no es la de la pantalla.

    El segundo es emocional. En un experimento con 110 universitarias, tomarse y publicar un selfie produjo más ansiedad, menos confianza y menos sensación de atractivo que la condición de control, con o sin retoque (Mills et al., 2018). En otro, tomarse y editar un selfie durante 10 minutos aumentó el ánimo negativo y la insatisfacción con la cara en 130 mujeres de 18 a 30 años, y cuanto más editaban, más subía la insatisfacción (Tiggemann et al., 2020). Entre niñas de 13 años, compartir selfies, manipularlos y dar importancia a esas fotos se asoció con más insatisfacción corporal (McLean et al., 2015, estudio transversal).

    Lo que NO está demostrado es que los filtros o los selfies causen por sí solos un trastorno dismórfico corporal. Phillips (2005) y Wilhelm et al. (2012) lo describen como un trastorno de origen múltiple (genética, neurobiología, perfeccionismo, experiencias de burla en la infancia) en el que las fotos y las redes funcionan como detonantes, con otras causas detrás. Lo que sí describen es que muchas personas con ese trastorno comparan su apariencia de forma compulsiva con la de otros, también en fotos y redes.

    ¿Las redes sociales afectan igual la imagen corporal de hombres, mujeres, adolescentes y personas con más peso?

    No exactamente. Los ideales que circulan son distintos:

    • Mujeres: domina el ideal de delgadez y, más recientemente, el de cuerpo “tonificado” o fitness. En un estudio con evaluación momento a momento durante una semana en 143 mujeres, ver contenido de fitspiration y thinspiration se asoció con más insatisfacción corporal y menos aprecio por el cuerpo (Schönhals et al., 2026). El metaanálisis de tendencias de Karazsia et al. (2017) muestra que ellas puntúan más alto en insatisfacción orientada a la delgadez (d entre 0,51 y 1,17) y ellos en la orientada a la musculatura (d = 1,72).
    • Hombres: pesa el ideal muscular magro (hombros anchos, abdomen marcado, poca grasa), que según Cash y Smolak (2011) se asocia con el impulso de ganar músculo y con el miedo a verse “pequeño” o débil. Si te reconoces en eso, mira el artículo sobre vigorexia o dismorfia muscular.
    • Adolescentes: la imagen corporal de las chicas empeora entre los 10 y los 16 años, según un metaanálisis longitudinal de 142 muestras, y mejora entre los 16 y los 24 (Lacroix et al., 2023). En una muestra de 543 chicas estadounidenses de unos 15 años, la presión desde las redes se asociaba tanto con el deseo de ser delgada como con el de ser musculosa (Roberts et al., 2022). Es la etapa en que más conviene prestar atención.
    • Personas con más peso: reciben el doble golpe de los ideales y del estigma de peso. Cuando internalizan ese estigma, aumentan la insatisfacción, la evitación del ejercicio y las conductas alimentarias alteradas, según los capítulos de Tylka y Piran (2019) y de Cash y Smolak (2011).

    ¿Cómo dejar de comparar mi cuerpo con otros? Un plan por pasos

    El respaldo está en una combinación: reducir la exposición, cambiar cómo miras lo que ves y trabajar la relación contigo. Los pasos van del más simple al más profundo, y puedes quedarte en los primeros si con eso alcanza.

    1. Registra cuándo y por qué te comparas

    Durante una semana anota, en el celular o en papel, tres datos cada vez que sientas el pellizco: qué app estabas usando, qué viste y qué pensaste. Cash (2008) incluye este registro al inicio de su programa de imagen corporal. No hace falta hacer nada más: el patrón suele mostrarse solo (un tipo de cuenta, una hora del día, un estado de ánimo previo).

    2. Haz una pausa de una semana

    Un ensayo con 66 universitarias asignadas al azar comparó dejar las redes por una semana con seguir usándolas igual. Quienes hicieron la pausa reportaron más satisfacción corporal y más autoestima de estado al final de la semana, con un beneficio mayor en las que tenían muy internalizado el ideal de delgadez (Smith et al., 2024). El efecto se midió a una semana y en mujeres jóvenes, así que muestra un alivio a corto plazo; no sabemos si se mantiene ni si sirve igual en otras edades. Si una semana completa te parece mucho, prueba tres días o saca la app de la pantalla de inicio.

    3. Limpia tu feed

    Deja de seguir o silencia las cuentas que te hacen compararte (fitspiration, “qué comí hoy”, transformaciones, influencers cuya vida es su cuerpo). Fairburn (2008) y Tylka y Piran (2019) lo recomiendan como estrategia práctica. Los algoritmos aprenden de lo que miras, así que lo que se queda en tu feed tiende a repetirse.

    ¿Y llenarlo de contenido “body positive”? Un metaanálisis de 56 estudios encontró que ese contenido mejora de inmediato la satisfacción corporal y el bienestar emocional, sobre todo cuando muestra diversidad y autoaceptación, aunque con efecto limitado sobre la vigilancia corporal y la comparación social (Jiménez-García et al., 2025). En 176 mujeres, las publicaciones de solo texto fueron las mejor valoradas para generar sentimientos positivos hacia el cuerpo (Rodgers et al., 2024). Cuidado con el mensaje que presiona: en cuatro experimentos, los mensajes que exigían quererte a ti mismo generaron más presión y menos aceptación que los que apoyaban tu autonomía (Legault y Sago, 2022). Un feed sano acompaña, no obliga. Más sobre este debate en el artículo sobre qué es la imagen corporal.

    4. Cambia la forma de comparar

    Esto es lo que proponen Cash (2008) y Fairburn (2008) cuando la comparación aparece:

    • Pregúntate a quién elegiste y cómo lo elegiste. En el feed, la selección ya viene filtrada hacia los cuerpos más “vendibles”.
    • Compara en un entorno real. Cash propone la regla del tercer transeúnte: en la calle, compárate con cada tercera persona de tu edad y sexo que pase. Verás una variedad de cuerpos que el feed no muestra.
    • Amplía el foco. Fíjate en rasgos neutros (el cabello, la ropa, la expresión) y en cualidades que no son estéticas.

    Estas técnicas vienen de programas cognitivo-conductuales de imagen corporal y de tratamiento de trastornos alimentarios. Son recomendaciones clínicas bien establecidas, aunque no hay estudios que midan cada una por separado en la comparación en redes.

    5. Ten presente que lo que ves está producido

    Las imágenes comerciales y las de las redes pasan por maquillaje, luz, ángulo y retoque (Cash, 2008; Wilhelm et al., 2012). Las intervenciones de alfabetización mediática enseñan a analizar esas estrategias. Una revisión sistemática encontró que mejoraron variables relacionadas con el cuerpo pero no la conducta alimentaria (McLean et al., 2016). Funciona mejor como parte del plan que como solución única.

    6. Trátate como tratarías a una amiga (antes de entrar a la app)

    En un experimento online con 230 mujeres, escribir unas líneas de autocompasión antes de mirar imágenes de un perfil de Instagram con ideales de delgadez evitó que subiera la insatisfacción que sí subió en el grupo control (Gobin et al., 2022). Es un efecto inmediato y preliminar, medido en mujeres adultas. En adolescentes de 15 a 17 años, un piloto de cinco semanas con 80 participantes, sin grupo control aleatorizado, mostró mejoras en aprecio corporal y satisfacción corporal (Mahon y Hevey, 2023). A mayor escala, una revisión con metaanálisis de 59 estudios encontró que la autocompasión se asocia con menos preocupaciones corporales (r = -0,45) y que las intervenciones de autocompasión superaron a los grupos control en imagen corporal (g = 0,39) (Turk y Waller, 2020).

    Una versión práctica: antes de abrir la app, escribe dos frases que le dirías a una amiga que se siente mal con su cuerpo, y léelas tú. Si al comparar aparece el “qué asco mi cuerpo”, responde con eso mismo.

    7. Pon el foco en lo que tu cuerpo hace

    El programa Expand Your Horizon consiste en tres ejercicios breves de escritura sobre las funciones de tu cuerpo (lo que te permite hacer, sentir, expresar y cuidar) y por qué te importan. En un ensayo con 81 mujeres, mejoró la satisfacción con la apariencia y la apreciación corporal y redujo la autoobjetivación frente a un grupo control activo (Alleva et al., 2015). Una réplica con 261 mujeres británicas mantuvo las mejoras a una semana y a un mes (Alleva et al., 2018). Ambos estudios fueron con mujeres que querían mejorar su imagen corporal; no sabemos cuánto se generaliza a hombres ni a adolescentes. Ejemplo: escribe qué te permite hacer tu cuerpo en un día normal (caminar, abrazar, cocinar, reír) y por qué eso te importa.

    8. Cuida lo que subes tú también

    Subir fotos tuyas también cuenta: en el experimento de Mills et al. (2018), publicar un selfie aumentó la ansiedad. Si notas que editas, revisas los “me gusta” o esperas los comentarios, prueba espaciar o reducir. Tylka y Piran (2019) mencionan los “no-body selfies” (fotos de objetos, lugares o actividades que hablan de ti sin mostrar el cuerpo) como alternativa; es una idea interesante pero sin estudios que midan su efecto.

    Lo que no está demostrado

    No hay evidencia sólida de que limitar solo los minutos de uso cambie por sí mismo la salud mental, ni de que desconectarte por completo sea mejor que un uso moderado y consciente. Los estudios de pausas se han hecho en poblaciones concretas (muchas veces universitarias o adultas) y a corto plazo. Y los más rigurosos coinciden en algo: lo que importa es qué haces y qué ves, y qué vulnerabilidades traes de antes (Odgers y Jensen, 2020).

    ¿Comparación común o algo más?

    Compararse de vez en cuando es frecuente y forma parte de usar redes. Hay señales de que conviene consultar:

    Señal Qué puede estar pasando
    Piensas en tu cuerpo o en un “defecto” una hora o más al día Preocupación que ya interfiere (posible trastorno dismórfico corporal o de la conducta alimentaria)
    Te chequeas en espejos, pantallas o la cámara, o evitas todos los espejos Rituales de comprobación o evitación
    Preguntas una y otra vez “¿me veo bien?” y no te quedas tranquilo Búsqueda de tranquilización
    Te pesas, te mides o te pellizcas varias veces al día Control corporal; puede ir con miedo a engordar o pesarse todos los días
    Restringes comida, haces atracones, te provocas el vómito o compensas con ejercicio Posible trastorno de la conducta alimentaria; el cribado SCOFF puede orientarte
    Entrenas de forma rígida, con culpa si te saltas una sesión, o usas sustancias para cambiar tu cuerpo Posible dismorfia muscular o ejercicio compulsivo
    Dejas de ir a eventos, de tomarte fotos o de salir por vergüenza al cuerpo Evitación que ya limita tu vida

    Estos criterios provienen de los manuales de imagen corporal y de los trastornos dismórfico y alimentario (Cash y Smolak, 2011; Fairburn, 2008; Phillips, 2005; Wilhelm et al., 2012) y de las guías clínicas (NICE sobre trastorno obsesivo-compulsivo y dismórfico corporal y NICE sobre trastornos de la conducta alimentaria). Sirven para orientarte, y solo una evaluación clínica diagnostica. Si necesitas más información de consenso, MedlinePlus reúne datos sobre trastornos de la alimentación y el NIMH tiene una guía clara.

    Cuando hay un componente de autoestima más general, el artículo sobre cómo mejorar la autoestima amplía este plan, y el de comparación social en redes explica por qué mirar la vida de otros baja el bienestar. Si lo que notas es que cada vez te cuesta más tolerar el aburrimiento sin el celular, mira el de tolerancia a la frustración y redes sociales.

    ¿Cuándo consultar con un psicólogo?

    Consulta si la comparación te quita tiempo o ánimo la mayor parte de los días, si no logras reducirla después de varias semanas aplicando el plan, si aparecen las señales de la tabla o si la vergüenza por tu cuerpo te hace evitar cosas que quieres hacer. Un psicólogo clínico puede ayudarte con las técnicas de reestructuración cognitiva y de exposición que se usan en la imagen corporal, y evaluar si hay un trastorno alimentario o dismórfico de fondo. Si además hay pérdida de peso rápida, mareos, vómitos o uso de laxantes, pide también una evaluación médica.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o de morir, no te quedes solo o sola: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal compararme con otros en redes sociales?

    Sí. Compararse es una tendencia humana y las redes la multiplican al mostrar cuerpos seleccionados y editados. Se vuelve un problema cuando te deja con malestar frecuente, te hace evitar cosas o va acompañada de control rígido de la comida o del cuerpo (Bonfanti et al., 2025).

    ¿Cómo dejar de comparar mi cuerpo con otros?

    Combina cuatro cosas: registra cuándo te comparas, reduce la exposición (pausa, silenciar cuentas), cambia cómo comparas (compara en la vida real y pregúntate a quién eliges) y trabaja la autocompasión y el foco en la función de tu cuerpo (Cash, 2008; Smith et al., 2024; Gobin et al., 2022).

    ¿Qué es la dismorfia de Snapchat?

    Es un término informal para el deseo de parecerse a las versiones filtradas de uno mismo, y no figura en los manuales diagnósticos. El trastorno que sí existe se llama trastorno dismórfico corporal, y no está demostrado que los filtros lo causen por sí solos (Phillips, 2005; Wilhelm et al., 2012).

    ¿Las redes sociales causan trastornos alimentarios?

    No hay evidencia de que las redes causen por sí solas un trastorno alimentario. La comparación de apariencia en redes se asocia con más síntomas (r = 0,36), pero los trastornos tienen varias causas y esos datos son sobre todo correlacionales (Bonfanti et al., 2025).

    ¿Sirve dejar las redes sociales?

    Una pausa de una semana mejoró la satisfacción corporal y la autoestima de estado en universitarias, sobre todo en las que más internalizaban el ideal de delgadez (Smith et al., 2024). No sabemos si dura ni si es mejor que un uso consciente, así que prueba una pausa corta y mira cómo te sientes.

    ¿Los filtros y editar fotos empeoran cómo me veo?

    En experimentos con mujeres jóvenes, tomarse y editar selfies subió la insatisfacción con la cara, y más mientras más se editaba (Tiggemann et al., 2020). La evidencia es de efecto inmediato, no de daño permanente, pero es un buen motivo para espaciar la edición.

    ¿Quieres un acompañamiento para dejar de compararte?

    Si te reconociste en esta guía y la comparación sigue pesando, puedes trabajarla con un psicólogo clínico en un plan ajustado a lo que más te afecta. Si lo prefieres, agenda una consulta y partimos por identificar qué parte de la comparación te pesa más en tu caso.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alleva, J. M., Diedrichs, P. C., Halliwell, E., Martijn, C., Stuijfzand, B. G., Treneman-Evans, G., & Rumsey, N. (2018). A randomised-controlled trial investigating potential underlying mechanisms of a functionality-based approach to improving women’s body image. Body Image, 25, 85-96. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2018.02.009
    • Alleva, J. M., Martijn, C., Van Breukelen, G. J. P., Jansen, A., & Karos, K. (2015). Expand Your Horizon: A programme that improves body image and reduces self-objectification by training women to focus on body functionality. Body Image, 15, 81-89. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2015.07.001
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Body positive o body neutrality: diferencias y qué dice la evidencia

    Body positive o body neutrality: diferencias y qué dice la evidencia

    Abres Instagram y aparece una publicación que dice “ama cada centímetro de tu cuerpo”. Te quedas mirando la pantalla y lo que sientes se parece poco al amor. Si buscaste “body positive significado”, “body neutrality vs body positivity” o “body positive y body neutrality”, seguramente te pasó algo así: te dijeron que te quisieras más, no funcionó, y ahora aparece una alternativa con nombre en inglés. Ese es el debate body positive vs body neutrality.

    Esta guía explica qué es cada enfoque y en qué se diferencian. También revisa lo que mostraron los estudios, incluido un debate entre investigadores que casi nadie cuenta, y cierra con una forma práctica de decidir. Casi toda la investigación viene de países anglosajones y europeos, y en las fuentes que revisamos no encontramos datos propios de Chile. Si quieres entender primero cómo se forma la relación con el cuerpo, parte por la guía sobre qué es la imagen corporal.

    En breve: el body positive propone valorar y celebrar el cuerpo, sea cual sea su forma. El body neutrality propone que tu valor deje de depender del cuerpo y que lo respetes por lo que hace, sin exigirte amarlo. Los estudios muestran que ambos tipos de contenido mejoran la imagen corporal en el corto plazo, que el mensaje de amar el cuerpo a la fuerza puede empeorar las cosas, y que varios investigadores consideran que los dos enfoques se parecen más de lo que se dice. Ninguno reemplaza un tratamiento cuando hay un trastorno alimentario o dismórfico.

    ¿Qué es el body positive y de dónde viene?

    El body positive (positividad corporal) es un movimiento social que sostiene que todos los cuerpos tienen valor, sin importar su tamaño, forma, color o capacidad. Nació del activismo por la aceptación de la gordura en los años sesenta y después se extendió a cualquier persona que no calza con los cánones de belleza (Cleveland Clinic). Su mensaje de fondo es pasar de la autocrítica al respeto, y por eso se apoya mucho en frases afirmativas.

    Conviene separarlo de un concepto cercano que usa la investigación: la imagen corporal positiva. Una revisión conceptual la describe como un constructo propio, que incluye apreciar el cuerpo, aceptarlo, concebir la belleza de forma amplia e invertir de manera adaptativa en la apariencia, y que protege frente a las presiones del entorno (Tylka y Wood-Barcalow, 2015). El manual de Tylka y Piran (2019) lo resume como amor y respeto por el cuerpo, incluidas las partes que no encajan con los ideales de los medios.

    Un punto que suele pasar desapercibido: tener una imagen corporal positiva no equivale a no tener una negativa. Tylka cita, en el manual de Cash y Smolak (2011), un estudio de perfiles que separó tres grupos: positivo, negativo y neutral. El grupo neutral se caracterizaba por la ausencia de malestar, pero sin la vitalidad ni los recursos de afrontamiento que tenía el grupo positivo. Esa observación es importante para lo que viene, porque deja abierta la pregunta de si “neutral” es un punto de llegada o un punto intermedio.

    ¿Qué es el body neutrality y qué propone?

    El body neutrality (neutralidad corporal) es un enfoque que pide menos que el amor: que la apariencia pese lo menos posible en tu valor y en tu vida, y que respetes el cuerpo por lo que te permite hacer. El término se popularizó a mediados de la década de 2010, sobre todo en redes sociales (Cleveland Clinic), y la investigación sobre él es muy reciente.

    Los primeros estudios intentaron ponerle una definición. Una síntesis de 107 sitios web donde se hablaba del tema identificó tres elementos que lo definen y seis estrategias para desarrollarlo (Pellizzer y Wade, 2023). Otro estudio preguntó a 229 personas, entre investigadores, clínicos y público general, y obtuvo una definición bastante coherente: adoptar una actitud de aceptación sin juicio, restar importancia a la apariencia y ver el cuerpo como un vehículo que te lleva por la vida. Como beneficios mencionaron que es más accesible que otros enfoques y es una estrategia de afrontamiento útil. Como riesgos, que es difícil de sostener en una sociedad centrada en la apariencia y que podría llevar a descuidar el autocuidado (Mulgrew y Hinz, 2024).

    En 2026 apareció además el primer cuestionario validado del tema, el Body Neutrality Questionnaire, de 12 ítems y tres factores: valor personal que no depende del cuerpo, gratitud y cuidado hacia el cuerpo, y actitud neutral hacia él (Kimpton et al., 2026). Es un instrumento de investigación, validado en jóvenes de 18 a 25 años, y no trae puntos de corte para clasificar a nadie.

    Un concepto muy ligado a esta idea es la funcionalidad corporal: todo lo que tu cuerpo hace. Alleva y Martijn (2019) la agrupan en seis áreas: capacidades físicas, procesos internos como respirar o digerir, sentidos, actividades creativas, comunicación e interacción social, y autocuidado.

    Body positive vs body neutrality: cuáles son las diferencias

    La diferencia central está en lo que le pides a tu relación con el cuerpo. El body positive busca un vínculo afectivo favorable (aprecio, orgullo, celebración). El body neutrality se conforma con una relación respetuosa y tranquila, en la que el cuerpo deja de ser el centro de la atención. La tabla resume cómo se plantean en la práctica.

    AspectoBody positiveBody neutrality
    Qué proponeValorar y celebrar todos los cuerposQue el valor personal no dependa del cuerpo
    Qué pide de tiAprecio y aceptación, idealmente amorRespeto y presencia, sin exigir amor
    Dónde pone el focoEn cómo te ves y en que eso merece celebrarseEn lo que el cuerpo hace y siente
    TonoAfirmativo y entusiastaCalmado y descriptivo
    Cómo se practicaAfirmaciones, contenido diverso, comunidadObservar sin juzgar, apreciar funciones, bajar el tiempo pensando en la apariencia
    Riesgo señaladoSentir presión por amar el cuerpo siempreQuedarse en la indiferencia o descuidar el autocuidado

    Una encuesta a 201 adultos mostró que ambos se relacionan con mejor autoestima y mejor imagen corporal, pero con matices: el body positive se asoció sobre todo con autoestima e imagen corporal, y el body neutrality con autoestima, gratitud y atención plena. Solo compartían un 23 % de su variación, lo que sugiere que son conceptos distintos (Lipińska, 2025). Ojo con la lectura: fue un estudio transversal y basado en autoinforme, así que describe asociaciones y no causas.

    ¿Son tan distintos? El debate entre los investigadores

    Aquí viene la parte que casi no aparece en los artículos de divulgación. Un grupo de especialistas en imagen corporal positiva publicó en 2024 un artículo de postura en el que sostienen que el body neutrality no es un concepto nuevo, que no es más realista que la imagen corporal positiva ni un punto medio entre lo negativo y lo positivo, y que la apariencia no puede simplemente ignorarse. Identifican diez mitos en el discurso sobre el tema y plantean que buscar solo la neutralidad no es suficiente (Wood-Barcalow et al., 2024).

    Otros investigadores coinciden en parte. Tiggemann (2024) analizó ambos conceptos con el modelo cognitivo-conductual de Cash, que los ubica según dos dimensiones (cómo valoras tu cuerpo y cuánta importancia le das a la apariencia) y concluyó que se parecen mucho más de lo que difieren. Y el estudio de Mulgrew y Hinz (2024) encontró que los expertos y el público ubicaban el body neutrality muy cerca de la apreciación de la funcionalidad, la aceptación corporal y la compasión hacia el cuerpo, y cuestionaron si realmente es un concepto distinto.

    Para ti esto significa algo práctico: la etiqueta importa menos que lo que haces con ella. Los especialistas insisten en que la apariencia no desaparece de la ecuación (Wood-Barcalow et al., 2024), así que apuntar a “que no me importe nada de mi cuerpo” es una meta poco realista. Mejor apóyate en prácticas concretas con respaldo, como las que verás más abajo.

    ¿Qué dicen los estudios sobre sus efectos?

    Los datos disponibles vienen de tres lugares: experimentos con contenido en redes sociales, estudios sobre el tipo de mensaje y programas breves de intervención.

    Contenido body positive y body neutral en redes sociales

    En los experimentos, un grupo de personas ve contenido de un tipo y otro grupo ve algo distinto, y después se mide cómo se sienten. Los resultados van en la misma dirección:

    • Un experimento con 189 mujeres universitarias comparó videos de TikTok sobre body neutrality con videos de ideal de delgadez y de arte. Quienes vieron neutralidad reportaron más aprecio por la funcionalidad de su cuerpo y más satisfacción corporal, y quienes vieron neutralidad frente a delgadez tuvieron mejor ánimo y menos comparaciones de apariencia (Seekis y Lawrence, 2023).
    • Otro estudio con 326 personas comparó cuatro tipos de video. Tanto el contenido body positive como el body neutral mejoraron el aprecio por la funcionalidad, la autoobjetivación, la insatisfacción corporal y el afecto negativo. Hubo una diferencia: el body neutrality redujo la autoobjetivación frente al contenido estigmatizante, y el body positive subió más el afecto positivo (Kilby y Mickelson, 2025).
    • En Instagram, 195 mujeres jóvenes que vieron publicaciones body positive mejoraron su satisfacción corporal y su ánimo, aunque al controlar su aprecio previo por el cuerpo solo se mantuvo el efecto cuando veían imagen y texto juntos (Cowles et al., 2023). Y en otro estudio, el contenido solo de texto fue el que más sentimientos positivos hacia el cuerpo generó (Rodgers et al., 2024).
    • Dos experimentos preregistrados con 191 y 266 mujeres mostraron que ver contenido body positive amplía la idea de qué peso corporal es “ideal”, en lugar de achicarla a un solo molde (Stein et al., 2024).
    • Una preocupación habitual es que el body positive desmotive el cuidado de la salud. En un experimento con 167 mujeres, quienes vieron este contenido no eligieron comidas menos saludables que el grupo control, aunque las publicaciones con mujeres de talla mayor no mejoraron el ánimo como sí lo hicieron las de talla promedio (Simon y Hurst, 2021).

    Una revisión sistemática con metaanálisis sobre 56 estudios concluyó que el contenido body positive mejora la satisfacción corporal y el bienestar emocional de inmediato, sobre todo cuando muestra diversidad y autoaceptación, y que hay ganancias en la apreciación del cuerpo como rasgo. También encontró que su efecto sobre la vigilancia corporal y la comparación social es limitado (Jiménez-García et al., 2025).

    Un matiz importante: estos son efectos de minutos u horas, medidos mayormente en mujeres jóvenes universitarias. En un estudio de siete días con 143 mujeres, con y sin anorexia o bulimia autoinformada, ver contenido de “fitspiration” o “thinspiration” se asoció con más insatisfacción corporal y menos aprecio por el cuerpo, mientras que el contenido body positive y body neutral no mostró efectos generales, salvo un mayor aprecio corporal tras ver contenido de neutralidad (Schönhals et al., 2026). En ese estudio, el mayor daño en la vida diaria vino del contenido de cuerpos ideales.

    Esto calza con lo que sabemos del uso de redes en general. Un metaanálisis halló que ver imágenes ideales de apariencia tuvo un efecto negativo moderado en experimentos (g de Hedges = -0,61), mientras que el uso de redes sociales se asoció de forma muy pequeña con peor imagen corporal a lo largo del tiempo (de Valle et al., 2021). Si te interesa ese lado del problema, la guía sobre comparación social en redes y bienestar lo desarrolla.

    Cuando “ámate” se convierte en una presión

    La crítica más repetida al body positive es que puede sentirse como una obligación. Hay evidencia directa. En cuatro experimentos, los mensajes que presionaban a ser body positive resultaron más dañinos para la imagen corporal que los que apoyaban la autonomía de la persona: generaron más presión, menos sensación de agencia y menor aceptación. Los mensajes que respetaban esa autonomía subieron la autoestima del momento, y en uno de los experimentos redujeron además la vergüenza corporal y la vigilancia del cuerpo, cosa que los mensajes con presión no lograron (Legault y Sago, 2022).

    La lectura útil es que lo que daña es el tono de la exigencia. Un mensaje del tipo “tienes derecho a no pelear con tu cuerpo” sostiene la autonomía. Uno del tipo “deberías amarte todos los días” la compromete. Otras críticas que recogen los manuales del campo apuntan a que parte del activismo sigue girando en torno a cómo se ve el cuerpo, y a que la cultura de consumo puede apropiarse del mensaje (Tylka y Piran, 2019).

    Programas breves centrados en la funcionalidad

    Aquí está la evidencia más cercana a “qué hacer”. En un ensayo aleatorizado con 81 mujeres, tres ejercicios de escritura sobre lo que hace el cuerpo (el programa Expand Your Horizon, unos 45 minutos en total) mejoraron la satisfacción con la apariencia, la satisfacción con la funcionalidad y la apreciación corporal, y bajaron la autoobjetivación frente a un control activo (Alleva et al., 2015a). Una réplica con 261 mujeres mostró que las mejoras se mantenían al mes (Alleva et al., 2018).

    Con adolescentes se probó una versión de una sola sesión. En el piloto Project Body Neutrality, 75 jóvenes de 13 a 17 años con problemas de imagen corporal y ánimo mejoraron en aprecio por la funcionalidad, insatisfacción corporal y desesperanza (tamaños de efecto entre 0,60 y 0,72), y valoraron el programa como muy aceptable (Smith et al., 2023). Era un estudio sin grupo control, así que es una señal prometedora, todavía sin prueba de eficacia.

    También hay respaldo para el lado de la autocompasión. Una revisión con metaanálisis de 59 estudios halló que la autocompasión se asocia con menos preocupaciones corporales y más imagen corporal positiva, y que las intervenciones de autocompasión superaron a los grupos control (g = 0,39 en imagen corporal) (Turk y Waller, 2020). Una de ellas fue un ensayo con meditaciones breves que redujo la insatisfacción y la vergüenza corporal y aumentó la apreciación del cuerpo (Albertson et al., 2015).

    Para poner todo en perspectiva: un metaanálisis de 62 pruebas sobre intervenciones centradas solo en mejorar la imagen corporal encontró una mejoría pequeña una vez corregido el sesgo de publicación (Alleva et al., 2015b). Ninguno de estos enfoques es una solución mágica. Ayudan, en medidas modestas, y funcionan mejor si se practican que si solo se leen.

    ¿Cuál te conviene: body positive o body neutrality?

    No encontramos ensayos que comparen ambos enfoques cara a cara como tratamiento, así que ninguna respuesta basada en evidencia declara a uno “mejor”. Puedes elegir según cómo reacciona tu cabeza:

    • Si las afirmaciones positivas te suenan creíbles y te animan, puedes usarlas. El contenido diverso y respetuoso puede ayudarte, sobre todo si limpia tu feed de cuerpos ideales.
    • Si cada frase de “amo mi cuerpo” te genera culpa o te suena falsa, es una señal de que ese tono no es el tuyo. La investigación sobre presión y autonomía (Legault y Sago, 2022) respalda dejarlo de lado y probar una versión más neutra.
    • Si tu malestar viene de cómo te ves, la neutralidad te da una puerta de entrada: moverte de “cómo me veo” a “qué hace mi cuerpo por mí”.
    • Si te interesa construir aprecio y no solo calma, mezcla ambos. Los especialistas que defienden la imagen corporal positiva lo plantean justamente así: neutralidad como un paso, no como el final del camino (Wood-Barcalow et al., 2024).

    Seis prácticas concretas, vengan del enfoque que vengan

    Estas prácticas tienen respaldo en estudios o en los manuales de referencia, y funcionan tanto si te identificas con el body positive como con el body neutrality.

    1. Escribe lo que hace tu cuerpo. Elige un área (por ejemplo, el autocuidado o los sentidos) y describe en un párrafo qué te permite hacer tu cuerpo y por qué eso te importa. Es la base de Expand Your Horizon (Alleva et al., 2015a).
    2. Descríbete en el espejo sin adjetivos. Cash (2008) propone un ejercicio de mirada con atención plena: recorrer el cuerpo con palabras descriptivas y neutras (formas, tamaños, colores), incluyendo las zonas que ignoras además de las que te molestan. Si te genera mucha angustia, conviene hacerlo con un psicólogo.
    3. Aplica la regla del tiempo igual. Cuando te descubras en un pensamiento autocrítico sobre tu cuerpo, dedica el mismo tiempo a notar algo neutro o agradable (Cash, 2008).
    4. Trátate como tratarías a un amigo. La autocompasión incluye hablarte con amabilidad, recordar que sentir esto es humano y observar el malestar sin dramatizarlo (Neff, 2003). La guía sobre mindfulness ayuda a practicar esa observación.
    5. Muévete por lo que sientes, no por lo que quemas. Un estudio con 321 universitarias mostró que hacer ejercicio con más frecuencia se asociaba con mejor imagen corporal, pero que una motivación centrada en el peso o la figura debilitaba ese vínculo (Homan y Tylka, 2014).
    6. Ordena lo que consumes. Deja de seguir cuentas que te hacen compararte, sin esperar que eso arregle todo: el efecto de las redes en el día a día es pequeño, pero el de las imágenes ideales en el momento es real (de Valle et al., 2021).

    Si la autoestima gira alrededor de cómo te ves, también te puede servir la guía de qué funciona para mejorar la autoestima.

    ¿Cuándo ni el body positive ni el body neutrality bastan?

    Cuando existe un trastorno, un enfoque de autoayuda se queda corto, y en algunos casos puede incluso reforzar el problema. En el trastorno dismórfico corporal, la mente se fija en un defecto que otros casi no ven, y tratar de “aceptar la apariencia” sin trabajar ese sesgo puede confirmar la idea de que hay algo realmente mal. Las guías clínicas recomiendan terapia cognitivo-conductual específica y, en casos moderados a graves, antidepresivos ISRS, y desaconsejan los procedimientos estéticos como solución (NICE, 2005; Wilhelm et al., 2012). En los trastornos de la conducta alimentaria, la guía de NICE recomienda tratamientos psicológicos específicos según el cuadro, y en la anorexia con bajo peso la prioridad inicial es restablecer la nutrición (NICE, 2017; Fairburn, 2008).

    Una revisión sistemática estimó que el trastorno dismórfico corporal afecta al 1,9 % de los adultos de la comunidad y al 2,2 % de los adolescentes, pero al 13,2 % de las personas que consultan en cirugía estética general, y concluyó que se identifica poco (Veale et al., 2016). Estas señales justifican consultar a un psicólogo clínico:

    • Piensas en un aspecto de tu cuerpo, o en tu peso o tu figura, una hora o más al día y no logras frenarlo.
    • Te chequeas en espejos o te pesas una y otra vez, o evitas espejos, fotos y la intimidad por vergüenza.
    • Tu valor depende casi por completo del peso o la silueta, y hay restricción de comida, atracones, vómitos, laxantes o ejercicio compulsivo. Puedes ver el cuadro en la guía de trastornos de la conducta alimentaria y probar el test SCOFF, un cribado breve que orienta y no diagnostica. Si la preocupación es la musculatura, está la guía de vigorexia.
    • Hay pérdida rápida de peso, mareos, frío constante o alteraciones menstruales: en ese caso, consulta médica pronto.

    Si aparecen ideas de hacerte daño o de morir, no te quedes sola o solo: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Como material de consenso, hay información en MedlinePlus y en el Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU..

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué significa body positive?

    Body positive (positividad corporal) significa valorar y respetar todos los cuerpos, sin importar su tamaño, forma o capacidad. Nació del activismo por la aceptación de la gordura y propone pasar de la autocrítica a la autocompasión. En investigación se estudia como imagen corporal positiva, que incluye apreciar, aceptar y proteger el cuerpo.

    ¿Body neutrality significa que no me importa mi cuerpo?

    No. Significa que tu valor no depende del cuerpo y que lo respetas y cuidas por lo que te permite hacer, sin exigirte amarlo. Los propios participantes de un estudio señalaron como riesgo que la neutralidad se convierta en apatía hacia el autocuidado (Mulgrew y Hinz, 2024), y los especialistas insisten en que la apariencia no desaparece de la ecuación (Wood-Barcalow et al., 2024).

    ¿Puedo practicar body positive y body neutrality a la vez?

    Sí. Los investigadores consideran que se parecen más de lo que se diferencian (Tiggemann, 2024), y los estudios muestran beneficios con ambos tipos de contenido (Kilby y Mickelson, 2025). Puedes usar la neutralidad en los días difíciles y las afirmaciones cuando te resulten creíbles. Lo que no ayuda es forzarte a sentir algo que no sientes.

    ¿El body neutrality sirve si tengo un trastorno alimentario?

    No hay estudios suficientes que lo evalúen como tratamiento. En un estudio de siete días, ver contenido de neutralidad se asoció con más aprecio corporal en mujeres con y sin anorexia o bulimia autoinformada (Schönhals et al., 2026), pero eso no reemplaza la terapia. Los trastornos alimentarios requieren tratamiento específico con un equipo de salud.

    ¿Existe algún test de body neutrality?

    Existe el Body Neutrality Questionnaire (Kimpton et al., 2026), de 12 ítems, pero es una herramienta de investigación validada en jóvenes de 18 a 25 años y sin puntos de corte clínicos. Por eso esta guía no incluye un test con puntaje: sería inventar una interpretación que la evidencia no respalda.

    ¿Cuánto tarda en notarse el efecto de estas prácticas?

    Ningún estudio fija un plazo. Los programas probados duraron desde una sola sesión (Smith et al., 2023) hasta una semana de ejercicios de escritura (Alleva et al., 2015a), con mejoras que se mantuvieron al mes (Alleva et al., 2018), y los efectos fueron pequeños a medianos. Conviene tratarlo como un hábito que se practica y no como una intervención que se hace una vez.

    ¿Quieres trabajar la relación con tu cuerpo con acompañamiento?

    Si te reconociste en esta guía, puedes avanzar con un psicólogo clínico, con un plan ajustado a lo que más te pesa: los pensamientos, la vergüenza, los chequeos o el entorno. Si lo prefieres, agenda una consulta y partimos por entender cómo es hoy tu relación con tu cuerpo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    • Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85-101. https://doi.org/10.1080/15298860309032
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Comparación social en redes sociales y bienestar: qué dice la evidencia

    Comparación social en redes sociales y bienestar: qué dice la evidencia

    Abres Instagram para distraerte cinco minutos y cierras con la sensación de que a todo el mundo le va mejor que a ti: viajes, cuerpos, ascensos, parejas sonriendo. Si te preguntas por qué las redes me hacen sentir mal, lo más probable es que el mecanismo se llame comparación social en redes sociales, y la psicología lo estudia desde hace décadas. Aquí vas a ver qué muestran los estudios sobre Instagram y autoestima, qué tan fuerte es el efecto (menos del que se suele decir) y qué ayuda de verdad.

    Respuesta corta: compararte con otros en redes, sobre todo con quienes parecen estar mejor, se asocia con peor ánimo, más ansiedad y menor autoestima. Un metaanálisis de 2026 con 36.583 personas encontró una asociación moderada (r = 0,33), pero casi todos los estudios son correlacionales: muestran que ambas cosas van juntas, no que una cause la otra (Lei et al., 2026).

    ¿Qué es la comparación social en redes sociales y por qué se intensifica?

    La teoría de la comparación social viene de Leon Festinger (1954): las personas evalúan sus capacidades y opiniones mirando a los demás, sobre todo cuando no tienen un criterio objetivo. Es automático y a veces útil. El problema empieza cuando el “criterio” es una selección de lo mejor de la vida ajena.

    Hay dos direcciones. La comparación ascendente es mirar a quien parece estar mejor que tú (más delgado, más exitoso, más feliz). La descendente es mirar a quien está peor. En redes pesa mucho la ascendente por varias razones:

    • Lo que se publica es una selección. Se ve la foto de las vacaciones, no la discusión del día anterior.
    • El feed ofrece cientos de comparaciones en minutos, y casi siempre con personas de tu edad y tu entorno.
    • Las imágenes llegan editadas, filtradas y sin contexto.

    Una serie de estudios con cuatro muestras (798 personas en total) halló que las comparaciones ascendentes en redes provocaban descensos inmediatos en la autoevaluación y, con el tiempo, efectos negativos acumulados sobre la autoestima, el ánimo y la satisfacción con la vida. Las personas con baja autoestima eran más vulnerables: se comparaban más seguido y de forma más extrema, lo que bajaba aún más su autoevaluación (Midgley et al., 2021).

    ¿Instagram baja la autoestima? Lo que muestran los estudios

    Si te preguntas por Instagram y autoestima, hay evidencia reciente que apunta en esa dirección, con matices.

    En dos estudios con jóvenes adultos (139 y 413 personas), la comparación ascendente explicó parte de la relación entre el uso de Instagram y Facebook y una autoestima global y física más baja (entre 6 % y 9 % de la varianza). También mediaba la relación entre uso de redes y síntomas depresivos (Le Blanc-Brillon et al., 2025).

    Entre adolescentes noruegos de 13 a 15 años (1.982 participantes), quienes más se enfocaban en cómo se presentan y en compararse en redes tenían menor bienestar, y la asociación era más fuerte en niñas que en niños. Fue una encuesta transversal, así que no permite saber qué viene primero (Aryal et al., 2025).

    El metaanálisis de 2026 separó los resultados por tipo de malestar. Con 54 muestras independientes, la comparación ascendente online se asoció más con emociones negativas de evaluación social (r = 0,44), luego con ansiedad (0,38), depresión (0,31), menor bienestar (0,27) y menor autoestima (0,26). En los modelos por tipo de malestar no hubo diferencias significativas por edad ni por cultura (Lei et al., 2026).

    Imagen corporal y trastornos de la conducta alimentaria

    Es donde la evidencia es más consistente. Una revisión con 83 estudios y 55.440 participantes encontró que más comparación social online se asocia con más preocupación por el cuerpo (r = 0,45), con más síntomas de trastornos alimentarios (r = 0,36) y con menos imagen corporal positiva (r = -0,24). Los autores señalan que el tipo de red y el tipo de comparación (de apariencia, sobre todo) modulan el efecto (Bonfanti et al., 2025).

    Aun así, siguen siendo asociaciones. Que compararse con cuerpos idealizados vaya de la mano con más malestar corporal no demuestra que esa comparación sea la causa de un trastorno alimentario.

    ¿Qué tan grande es el efecto? Matices que casi nadie cuenta

    La conclusión “las redes destruyen la autoestima” es más fuerte que los datos. Estas son las razones para ir con cuidado:

    1. El tamaño del efecto es pequeño en la población general. En el análisis de dos grandes encuestas de adolescentes, las horas en redes explicaron cerca del 1 % del bienestar en el Reino Unido (0,9 %) y menos del 0,1 % en Estados Unidos (Orben y Przybylski, 2019). Odgers y Jensen (2020) reunieron estudios y cohortes grandes y llegaron a una cifra parecida para la depresión: alrededor del 0,4 % de la varianza.
    2. Importa cómo se usan, no solo cuántas horas. Esas mismas autoras señalan que el uso activo (hablar con amigos, buscar apoyo) se asocia con más conexión, y que lo que va con malestar es el uso pasivo, el scroll sin interactuar, la comparación ascendente y las interacciones negativas.
    3. Los efectos varían según la persona. Una revisión crítica de 2022 concluye que los estudios antiguos ligaban comparación y envidia en redes con menor bienestar, pero los más recientes encuentran de todo: vínculos positivos, efectos que dependen de la persona o de la situación, y relaciones en ambos sentidos (Meier y Johnson, 2022).
    4. La dirección puede ser la inversa. Quien ya se siente mal puede mirar más las redes y compararse más. Odgers y Jensen (2020) recuerdan que gran parte de la evidencia es correlacional y que muchas personas con malestar acuden a las redes en busca de apoyo.
    5. Hay un posible problema de medición. En un metaanálisis de 20 estudios sobre uso problemático de redes y comparación social, la relación fue modesta (0,24), bajó a 0,17 al controlar otras variables y en adolescentes fue pequeña o trivial. Los autores advierten que las escalas podrían estar midiendo en parte lo mismo (Demir et al., 2026).

    Dicho de otro modo: la comparación social en redes es un factor real, pero no explica por sí sola cómo se siente una persona. Pesa más en unas personas (baja autoestima, malestar previo, vulnerabilidad corporal) que en otras.

    ¿Toda comparación hace daño? Envidia benigna y maliciosa

    No. Lange y Crusius (2015) distinguen dos formas de envidia que surgen tras compararse hacia arriba. La envidia benigna empuja a mejorar (“quiero llegar ahí”) y se asocia con la esperanza de éxito y con sentir que se tiene control sobre lo que se logra. La envidia maliciosa busca bajar al otro (“ojalá le salga mal”) y se asocia con miedo al fracaso. Ambas incomodan, y la benigna no es lo mismo que admirar, pero orientan la conducta de forma muy distinta.

    La escala que desarrollaron midió ambas formas como dimensiones independientes. En su estudio con corredores de maratón, la envidia benigna se asoció con ponerse metas más exigentes y con correr algo más rápido, mientras la maliciosa con evitar fijarse una meta (Lange y Crusius, 2015). Es un contexto deportivo, y no prueba que ocurra lo mismo con el feed de Instagram, pero sirve para pensar qué haces con la incomodidad cuando aparece.

    ¿Qué ayuda cuando las redes te hacen sentir mal?

    Ningún ensayo ha probado una estrategia específica contra la comparación en redes. Lo que sigue combina lo que dicen las revisiones con sentido clínico general, y se presenta como tal.

    • Notar cuándo ocurre. Antes de cambiar nada, observa en qué momentos cierras la app peor que como la abriste, y con qué cuentas. Esa información sirve más que cualquier regla de tiempo.
    • Ordenar el feed. Silenciar o dejar de seguir cuentas que sistemáticamente te dejan peor (no necesariamente personas, a veces es un tipo de contenido) es un cambio pequeño y reversible. Es una sugerencia práctica, no un resultado probado.
    • Pasar de mirar a participar. Odgers y Jensen (2020) y Orben y Przybylski (2019) apuntan a que el uso activo y social se relaciona con menos malestar que el pasivo. Escribirle a un amigo pesa más que ver su historia en silencio.
    • Mirar el cuadro entero. Cada publicación es un fragmento elegido. Recordarlo no la hace desaparecer, pero baja el peso de la comparación.
    • Cuidar la base: cómo te evalúas. El modelo de bienestar de Ryff (1989) describe la autoaceptación como sentirse conforme con uno mismo, con las propias limitaciones y la propia historia, y la asocia con evaluarse con criterios internos más que con la aprobación ajena. Es una idea teórica, no un hallazgo sobre redes. Si te sirve trabajarla, hay más en cómo mejorar la autoestima.
    • Pausas, con expectativas realistas. La evidencia sobre dejar las redes está dividida. Un metaanálisis preregistrado de diez estudios (4.674 personas) no halló efectos significativos de la abstinencia sobre el afecto ni la satisfacción con la vida (Lemahieu et al., 2025), mientras que un metaanálisis de 20 ensayos aleatorizados encontró un efecto pequeño y positivo en el bienestar (Liu et al., 2025). Un reanálisis sugiere que las pausas de menos de una semana pueden empeorar el ánimo y las de una semana o más mejorarlo, aunque es un hallazgo preliminar (Thrul et al., 2025). Si pruebas una pausa, trátala como un experimento personal y no como una cura.

    Si además te cuesta tolerar la incomodidad de no mirar o de esperar, puede interesarte la relación entre tolerancia a la frustración y redes sociales. Y si la comparación va acompañada de miedo intenso al juicio de otros, revisa qué es la ansiedad social.

    ¿Cuándo conviene consultar?

    La comparación en redes por sí sola no es una enfermedad. Conviene pedir una evaluación profesional si:

    • El malestar se mantiene aunque cambies tu uso, o se vuelve diario.
    • Hay síntomas de ánimo bajo, desesperanza o ansiedad intensa que afectan el trabajo, los estudios o las relaciones.
    • La preocupación por el cuerpo lleva a restringir comida, atracones, purgas o ejercicio compulsivo.
    • Evitas encuentros o actividades por cómo te ves o cómo crees que te ven.
    • Tienes pensamientos de hacerte daño. En ese caso, no esperes: acude a urgencias o llama al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, Chile).

    Si la preocupación es por un adolescente, la Asociación Americana de Psicología tiene un aviso de salud sobre el uso de redes sociales en la adolescencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué las redes sociales me hacen sentir mal?

    Porque muestran una versión seleccionada de la vida de otros y facilitan la comparación ascendente, que se asocia con más ansiedad, ánimo bajo y menor autoestima (Lei et al., 2026). El efecto es de tamaño pequeño a moderado, y varía según la persona y el tipo de uso.

    ¿Instagram baja la autoestima?

    En varios estudios, usar Instagram se asocia con menor autoestima cuando pasa por la comparación ascendente (Le Blanc-Brillon et al., 2025). Pero son datos correlacionales, y el uso activo y social parece menos dañino que el pasivo (Odgers y Jensen, 2020).

    ¿Dejar las redes sociales mejora el bienestar?

    La evidencia está dividida. Un metaanálisis no encontró efectos significativos (Lemahieu et al., 2025) y otro halló un efecto pequeño y positivo (Liu et al., 2025). Hay indicios de que las pausas muy cortas no ayudan y las de una semana o más sí, pero falta confirmarlo (Thrul et al., 2025).

    ¿Toda comparación social es mala?

    No. Compararte hacia arriba puede motivarte (envidia benigna) o llevarte a resentir al otro (envidia maliciosa), y la diferencia se asocia con cómo interpretas tus posibilidades de mejorar (Lange y Crusius, 2015). Lo que daña es la comparación constante, pasiva y desfavorable.

    ¿Cuándo debería preocuparme?

    Cuando el malestar es persistente, interfiere con tu vida diaria o aparecen síntomas de depresión, ansiedad intensa, conductas alimentarias alteradas o pensamientos de hacerte daño. Una evaluación con un psicólogo clínico ayuda a distinguir la incomodidad pasajera de un cuadro que necesita tratamiento.

    Si quieres trabajarlo con un psicólogo

    Si te reconoces en lo que describe este artículo y sientes que te cuesta soltar la comparación, puedes agendar una consulta. Se trabaja con terapia cognitivo-conductual, mirando qué te dices cuando te comparas y qué haces después. Si el perfeccionismo está detrás de la exigencia, este artículo puede ayudarte a distinguirlo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Aryal, R., Hjetland, G. J., Haug, E., Samdal, O., & Skogen, J. C. (2025). Online personas: Associations between focus on self-presentation and social comparison on social media and mental well-being in early adolescence. International Journal of Public Health, 70, Artículo 1608425. https://doi.org/10.3389/ijph.2025.1608425

    Bonfanti, R. C., Melchiori, F., Teti, A., Albano, G., Raffard, S., Rodgers, R., & Lo Coco, G. (2025). The association between social comparison in social media, body image concerns and eating disorder symptoms: A systematic review and meta-analysis. Body Image, 52, Artículo 101841. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2024.101841

    Demir, M., Yayla, İ. E., Kaya, M., Koçak, L., Arpaci, I., & Baloglu, M. (2026). Relationships between problematic social media use and social comparison: A meta-analysis. BMC Psychology, 14(1), Artículo 1303. https://doi.org/10.1186/s40359-026-05023-1

    Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117-140. https://doi.org/10.1177/001872675400700202

    Lange, J., & Crusius, J. (2015). Dispositional envy revisited: Unraveling the motivational dynamics of benign and malicious envy. Personality and Social Psychology Bulletin, 41(2), 284-294. https://doi.org/10.1177/0146167214564959

    Le Blanc-Brillon, J., Fortin, J. S., Lafrance, L., & Hétu, S. (2025). The associations between social comparison on social media and young adults’ mental health. Frontiers in Psychology, 16, Artículo 1597241. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1597241

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    Liu, Y., Mohamad, E. M. W., Azlan, A. A., & Tan, Y. (2025). Am I happier without you? Social media detox and well-being: A meta-analysis of randomized controlled trials. Behavioral Sciences, 15(3), Artículo 290. https://doi.org/10.3390/bs15030290

    Meier, A., & Johnson, B. K. (2022). Social comparison and envy on social media: A critical review. Current Opinion in Psychology, 45, Artículo 101302. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2022.101302

    Midgley, C., Thai, S., Lockwood, P., Kovacheff, C., & Page-Gould, E. (2021). When every day is a high school reunion: Social media comparisons and self-esteem. Journal of Personality and Social Psychology, 121(2), 285-307. https://doi.org/10.1037/pspi0000336

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    Orben, A., & Przybylski, A. K. (2019). The association between adolescent well-being and digital technology use. Nature Human Behaviour, 3(2), 173-182. https://doi.org/10.1038/s41562-018-0506-1

    Ryff, C. D. (1989). Happiness is everything, or is it? Explorations on the meaning of psychological well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 57(6), 1069-1081. https://doi.org/10.1037/0022-3514.57.6.1069

    Thrul, J., Devkota, J., AlJuboori, D., Regan, T., Alomairah, S., & Vidal, C. (2025). Social media reduction or abstinence interventions are providing mental health benefits: Reanalysis of a published meta-analysis. Psychology of Popular Media, 14(2), 207-209. https://doi.org/10.1037/ppm0000574

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Tolerancia a la frustración y redes sociales

    Tolerancia a la frustración y redes sociales

    Esperas una respuesta por WhatsApp y a los tres minutos ya miraste la pantalla otra vez. Un video tarda dos segundos de más en cargar y lo cierras. Un texto largo te cansa antes del segundo párrafo. Si te reconoces en esas escenas, es normal que te preguntes si la relación entre tolerancia a la frustración y redes sociales explica por qué tienes menos paciencia que antes.

    La relación entre redes sociales y paciencia tiene respaldo en la investigación: se encontró una asociación entre el uso problemático del celular y una menor tolerancia a la frustración, pero es más matizada de lo que repite la divulgación. En este artículo vas a ver qué se midió de verdad (incluidos estudios que siguieron a las mismas personas durante meses), qué todavía nadie demostró y qué ayuda en la práctica. Los datos salen de metaanálisis, estudios longitudinales, una guía clínica de adicciones comportamentales y los libros y artículos de los notebooks que usamos como base.

    La respuesta corta

    Existe una asociación consistente entre el uso problemático del celular o de internet y mayor impulsividad, menor autocontrol, preferencia por recompensas inmediatas y más intolerancia a la frustración. Los estudios que siguen a las personas en el tiempo sugieren un círculo que va en ambos sentidos. Ninguno demuestra que el uso corriente de redes sociales, por sí solo, le baje la tolerancia a la frustración a alguien que antes la tenía.

    ¿Qué es la tolerancia a la frustración y cómo se mide?

    La tolerancia a la frustración es la capacidad de soportar una demora, un obstáculo o un malestar sin reaccionar de forma desproporcionada y sin huir de inmediato. Albert Ellis, creador de la terapia racional emotivo conductual (TREC), la describió por su cara opuesta: la baja tolerancia a la frustración es la demanda rígida de que la realidad se ajuste a lo que uno quiere, junto con la convicción de que “no puedo soportarlo” cuando no ocurre. Es una creencia, y por eso se puede revisar y entrenar. Si quieres ver cómo se identifican esas creencias, tenemos una guía sobre las creencias irracionales de Ellis.

    Neil Harrington, en la Frustration Discomfort Scale (Harrington, 2005), mostró que el constructo tiene cuatro dimensiones y no una sola:

    • Intolerancia emocional: creer que sentir malestar es insoportable y debe terminar ya.
    • Derecho o exigencia: creer que mis deseos deben cumplirse de inmediato y que los demás no deberían frustrarlos.
    • Intolerancia al malestar: exigir que la vida sea fácil, cómoda y sin esfuerzo.
    • Logro: no soportar no alcanzar las propias metas o estándares.

    Esa distinción importa para lo que sigue, porque cuando se estudia el celular y la frustración, las dimensiones no se comportan igual. Los instrumentos con que se evalúa se explican en la guía sobre evaluación de la tolerancia a la frustración, y el tema general en adultos está en baja tolerancia a la frustración en adultos.

    ¿Por qué tengo menos paciencia con el celular?

    Nadie probó todavía una sola causa. Lo que existe son mecanismos plausibles, cada uno con algo de respaldo, que se suman.

    Recompensa inmediata y repetida. La Guía clínica sobre adicciones comportamentales de Socidrogalcohol (Arias Horcajadas y Orio, 2024) describe un tránsito en dos fases. Al principio la conducta busca placer, novedad y la gratificación instantánea que ofrece el celular, y el control inhibitorio de la corteza prefrontal falla con facilidad. Con el tiempo se vuelve un hábito automático que se ejecuta para aliviar el malestar. La guía aclara un punto central: el teléfono no es adictivo en sí mismo, es el canal rápido, privado y siempre disponible hacia actividades que sí pueden volverse problemáticas, como las redes sociales o los videojuegos.

    Vigilancia permanente. Reinecke y colaboradores (2018) llamaron vigilancia en línea a la orientación cognitiva constante hacia el contenido y la comunicación digital. Sus dimensiones incluyen la reactividad (el impulso de atender de inmediato cada notificación) y el monitoreo (revisar de fondo lo que pasa en las aplicaciones). Los autores la describen como una vivencia cotidiana y no como una patología, y eso ayuda a poner el tema en su lugar.

    Interrupciones. En un estudio de diario de cinco días con 91 trabajadores, las interrupciones por el celular personal en horario laboral aumentaron la frustración de forma indirecta, porque dejaban la sensación de haber avanzado menos, y esa frustración después predecía rumiación en la noche (Derks et al., 2025). Aquí la frustración viene de no poder terminar lo que se empezó.

    Videos cortos. En el metaanálisis de 71 estudios de Nguyen y colaboradores (2025), con 98.299 participantes, más consumo de videos cortos se asoció con peor atención (r = -0,38) y peor control inhibitorio (r = -0,41). Los autores proponen que la exposición repetida a clips rápidos habitúa a quien los ve a las tareas más lentas y refuerza la expectativa de gratificación instantánea. Es una hipótesis, y volveremos a ella más abajo.

    ¿Qué encontró la investigación?

    Preferencia por lo inmediato

    Un metaanálisis de 14 estudios con 696 personas con adicción a internet y 2.394 sin ella encontró que el grupo con adicción descontaba más las recompensas demoradas, es decir, elegía más seguido lo pequeño e inmediato sobre lo grande y tardío (g = 1,10; IC 95 % 0,57 a 1,64) (Cheng et al., 2021). Con datos reales de uso medidos por una aplicación (y no por autoinforme), un estudio con 101 personas halló que más tiempo de pantalla se relacionaba con elegir recompensas inmediatas, y que el uso de redes sociales y juegos predecía ese descuento (Schulz van Endert y Mohr, 2020). La muestra es pequeña y el diseño es transversal.

    Autocontrol e impulsividad

    En 56 estudios con 42.300 adolescentes chinos, la adicción al celular se asoció con menor autocontrol de forma fuerte (r = -0,48), según un metaanálisis (Ding et al., 2022). Otro metaanálisis de 24 estudios con 18.859 participantes vinculó el uso problemático de internet con impulsividad (r = 0,41), inatención y mayor hiperactividad; sus autores advierten que, al ser transversal, el hallazgo no permite saber qué viene primero, y plantean que la impulsividad podría ser una vulnerabilidad previa (Augner et al., 2023). Para redes sociales en particular, un metaanálisis de 15 estudios encontró una asociación moderada entre uso problemático y síntomas de TDAH (r = 0,361) (Ding et al., 2025).

    Frustración y malestar emocional

    Este es el vínculo más directo con el tema del artículo, y también el más acotado.

    • En 2.114 estudiantes de Taiwán, la adicción a internet se asoció con intolerancia a la frustración medida con la escala de Harrington, con diferencias entre hombres y mujeres. Los autores recomiendan evaluar la frustración en adolescentes con uso problemático y plantean la terapia racional emotivo conductual como una vía (Ko et al., 2008).
    • En 300 adolescentes con TDAH, más intolerancia a la frustración y más búsqueda de diversión se asociaron con síntomas más graves de adicción a internet (Lu et al., 2019).
    • En personas con trastorno por juego en internet, 69 pacientes frente a 138 controles puntuaron más alto en las cuatro dimensiones de la escala, y la dimensión de derecho o exigencia se mantuvo asociada al trastorno incluso controlando la depresión (Lin et al., 2021).
    • En estudiantes turcos, la dimensión de intolerancia al malestar fue la que más se relacionó con la procrastinación (Ozer et al., 2012). No se midió celular, pero muestra qué dimensión empuja a evitar lo costoso.
    • En un metaanálisis sobre regulación emocional, la desregulación emocional se correlacionó de forma moderada con el uso problemático del celular (r cercana a 0,42), con más fuerza en los más jóvenes (Shahidin et al., 2022).

    Irritabilidad

    En una encuesta a 42.597 adultos de Estados Unidos, quienes usaban redes sociales casi todo el día puntuaron en promedio 1,55 puntos más en una escala de irritabilidad de 5 a 30 que quienes no las usaban, tras ajustar por otras variables (Perlis et al., 2025). Es una encuesta transversal con muestra no probabilística, así que muestra asociación y no causa.

    ¿Las redes sociales bajan la tolerancia a la frustración o las personas con menos tolerancia usan más las redes?

    Probablemente las dos cosas, y esa es la parte más interesante de la investigación reciente.

    En 1.143 estudiantes de secundaria chinos medidos dos veces con seis meses de diferencia, la ansiedad predijo más adicción a videos cortos y la adicción a videos cortos predijo más ansiedad después. En ambas direcciones, lo que mediaba la relación era la capacidad de postergar la gratificación (Li et al., 2025; estudio longitudinal).

    Con la tolerancia al malestar emocional pasa algo parecido. Un estudio con dos partes en adultos jóvenes halló, en 901 personas seguidas durante tres meses, una relación en ambos sentidos entre baja tolerancia al malestar y uso problemático del celular. En el estudio diario de 14 días (77 personas), solo el uso problemático predijo la tolerancia del día siguiente, y no al revés (Chen et al., 2026). El segundo estudio es muy pequeño, de modo que conviene tomarlo como una pista y no como una conclusión.

    Lo que sugiere el conjunto es un círculo, y así lo leen los propios autores. Quien tolera poco el malestar tiende a recurrir al celular para aliviarlo, y cada vez que lo hace se refuerza la salida rápida y se practica menos esperar. No hay un villano único: el celular podría amplificar una vulnerabilidad que ya existía, y a la vez alimentarla.

    Lo que la evidencia no permite decir

    Hay cuatro límites que conviene tener presentes antes de sacar conclusiones.

    Casi todo es correlacional. En el metaanálisis de videos cortos, el 87 % de los estudios eran transversales y los propios autores señalan que no se puede inferir la dirección del efecto (Nguyen et al., 2025). Que un grupo use más el celular y tolere menos la frustración no dice cuál de las dos cosas vino primero.

    Las asociaciones suelen ser pequeñas cuando se mira la población general. Orben y Przybylski (2019) analizaron tres grandes bases de datos con 355.358 adolescentes y vieron que el uso de tecnología digital explicaba como máximo el 0,4 % de la variación del bienestar. Odgers y Jensen (2020) revisaron la literatura y concluyeron que las asociaciones de los estudios más rigurosos son pequeñas y probablemente sin relevancia clínica. Hablan de bienestar y no de tolerancia a la frustración, pero la lección metodológica sirve igual: lo estadísticamente significativo no siempre es grande.

    El tiempo de uso no define el problema. Según la guía de Socidrogalcohol, la cantidad de horas por sí sola no indica un uso problemático, porque alguien puede pasar muchas horas por trabajo o estudio sin consecuencias, y otra persona puede tener un problema con menos horas.

    Casi no hay datos de Chile. Los estudios citados vienen de Asia, Europa y Estados Unidos, con muestras de estudiantes en buena parte. Que algo se haya medido allá no garantiza que se repita igual aquí, y todo lo anterior hay que leerlo con esa cautela.

    ¿Cuándo es una molestia cotidiana y cuándo conviene consultar?

    Sentir impaciencia con una aplicación lenta o con un mensaje que no llega es parte de la vida con celular. La guía clínica propone mirar el efecto del uso en tu vida más que las horas. Conviene pedir ayuda cuando aparecen varias de estas señales:

    • Intentas reducir el uso y no lo logras, de forma repetida.
    • Sientes ansiedad, irritabilidad o pánico real cuando no tienes el celular o se agota la batería.
    • Sigues con el hábito aunque notas que te afecta el sueño, el trabajo, el estudio o tus relaciones.
    • El deterioro en esas áreas se mantiene durante un período prolongado.

    También conviene consultar si la impaciencia viene acompañada de ánimo bajo, ansiedad marcada o dificultades de atención que ya existían, porque en esos casos el celular suele ser un síntoma más que la causa. La Organización Mundial de la Salud ya reconoce el trastorno por videojuegos como diagnóstico, pero no hay un diagnóstico oficial equivalente para el uso del celular o de redes sociales en general. Si quien lo vive es tu hijo, esta guía sobre adicción al celular en niños y la de tolerancia a la frustración en niños te sirven de punto de partida.

    ¿Qué ayuda a recuperar la paciencia?

    Ningún ensayo probó intervenciones específicas para la impaciencia asociada a las redes sociales. Lo que sigue combina lo que sí se evaluó con lo que la clínica ya usa para la baja tolerancia a la frustración, y lo distingo así para que sepas qué tan firme es cada cosa.

    Reducir el uso, aunque sea poco. En un experimento con 194 adultos de Alemania, quienes redujeron en 60 minutos diarios el uso del celular durante 14 días tenían, seis meses después, menos uso problemático, menos miedo a perderse algo, menos síntomas depresivos y menos uso del celular con fines de regulación emocional que el grupo control (Weingarten et al., 2026). Los resultados son de autoinforme y las personas sabían a qué condición pertenecían.

    Control de estímulos. La guía de Socidrogalcohol propone desactivar notificaciones, limitar las aplicaciones instaladas, usar temporizadores o bloqueadores, no usar el celular a solas en el dormitorio y ofrecer alternativas presenciales que gratifiquen. La meta que plantea es un uso razonable, porque la abstinencia no es viable con un teléfono integrado a la vida diaria. Para el uso problemático, el tratamiento psicológico de elección es la terapia cognitivo conductual, a menudo con entrevista motivacional.

    Trabajar la creencia, no solo el hábito. Si la intolerancia al malestar es una creencia (“no puedo soportar esto”), tiene sentido revisarla con las técnicas de la TREC: preguntarte qué evidencia hay de que no podrías soportar cinco minutos de espera, y cambiar la frase por una más flexible, del tipo “es incómodo, y puedo con eso”. Se complementa con exposición gradual al malestar, que consiste en quedarte unos minutos con el impulso sin actuar sobre él, y con las habilidades de tolerancia al malestar de la terapia dialéctico conductual. Para una persona concreta se adaptan con ayuda profesional.

    Algunos experimentos pequeños que siguen esa lógica, y que puedes probar sin riesgo:

    1. Apaga las notificaciones de todo lo que no sea urgente durante una semana.
    2. Espera diez minutos antes de responder un mensaje no urgente y observa qué sientes mientras tanto, sin hacer nada con eso.
    3. Deja el celular en otra habitación durante una tarea que te cueste y anota qué tan lejos llegaste.
    4. Elige un momento del día para una actividad lenta (cocinar, leer, caminar) y nota cuánto tardas en sentir el impulso de revisar la pantalla.

    Estas ideas no tienen ensayo propio. Son una forma práctica de aplicar lo que sí se sabe sobre control de estímulos y exposición, y sirven más como observación que como tratamiento.

    Preguntas frecuentes

    ¿Las redes sociales causan baja tolerancia a la frustración?

    No se ha demostrado una causa directa. Hay asociaciones sólidas entre uso problemático del celular y menor tolerancia a la frustración, y estudios longitudinales que apuntan a una relación en ambos sentidos. La evidencia disponible no permite afirmar que el uso corriente de redes sociales baje por sí solo el umbral de una persona sin problemas previos.

    ¿Por qué tengo menos paciencia con el celular que antes?

    Hay varias explicaciones plausibles que se pueden sumar: recompensas inmediatas y frecuentes, la costumbre de responder de inmediato, las interrupciones que dejan tareas a medias y, en los videos cortos, un ritmo muy rápido. También pesa lo que te pase fuera de la pantalla, como el estrés, el sueño o el ánimo.

    ¿Cuánto tiempo en redes sociales es demasiado?

    Ninguna cifra sirve para todos. Según la guía clínica de Socidrogalcohol, el tiempo por sí solo no define si el uso es problemático. Importan la pérdida de control, el malestar al no tener el celular, seguir con el hábito pese al daño y el deterioro en el trabajo, el estudio o las relaciones.

    ¿Se puede recuperar la paciencia?

    Sí, con cambios que se pueden probar. Un experimento con 194 adultos mostró que reducir una hora diaria el uso del celular durante dos semanas mejoraba varios indicadores seis meses después. Revisar la creencia de que “no puedo soportar esperar” y practicar quedarse con la incomodidad también ayudan, con apoyo profesional si cuesta hacerlo solo.

    ¿Es lo mismo que adicción al celular?

    No. Sentir impaciencia con el celular es una experiencia frecuente y puede no tener consecuencias. El uso problemático, en cambio, implica pérdida de control, malestar marcado al no tener el dispositivo e interferencia sostenida en la vida diaria. Una impaciencia cotidiana no equivale a un problema clínico.

    Qué hacer con todo esto

    Si lo que leíste te hizo pensar en tu propia relación con el celular, empieza por observar sin juzgarte: cuándo se te hace insoportable esperar, qué estás sintiendo en ese momento y qué haces para que pase. Eso ya es información. Y si notas que la impaciencia viene con ansiedad, ánimo bajo o con un uso que no logras controlar, conversarlo con un psicólogo acorta el camino. Puedes agendar una consulta y revisar juntos qué está pasando y qué hacer. Para trabajar la parte emocional, también te puede servir la guía sobre cómo controlar las emociones.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Arias Horcajadas, F., & Orio, L. (Coords.). (2024). Guía clínica sobre adicciones comportamentales basada en la evidencia. Socidrogalcohol.

    Augner, C., Vlasak, T., & Barth, A. (2023). The relationship between problematic internet use and attention deficit, hyperactivity and impulsivity: A meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 168, 1-12. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2023.10.032

    Chen, S., Yang, L., Qu, Y., & Zhou, N. (2026). Does emotional distress tolerance negatively predict problematic smartphone use or vice versa? Evidence from a longitudinal study and a daily diary study. Addictive Behaviors, 172, 108531. https://doi.org/10.1016/j.addbeh.2025.108531

    Cheng, Y. S., Ko, H. C., Sun, C. K., & Yeh, P. Y. (2021). The relationship between delay discounting and Internet addiction: A systematic review and meta-analysis. Addictive Behaviors, 114, 106751. https://doi.org/10.1016/j.addbeh.2020.106751

    Derks, D., van Mierlo, H., & Kühner, C. (2025). Unfinished tasks and unsettled minds: A diary study on personal smartphone interruptions, frustration, and rumination. Behavioral Sciences, 15(7), 871. https://doi.org/10.3390/bs15070871

    Ding, J., Liu, Z., & Chao, M. (2025). The association between problematic social media use and attention deficit/hyperactivity disorder symptomatology: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 189, 544-553. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2025.07.009

    Ding, Y., Wan, X., Lu, G., Huang, H., Liang, Y., Yu, J., & Chen, C. (2022). The associations between smartphone addiction and self-esteem, self-control, and social support among Chinese adolescents: A meta-analysis. Frontiers in Psychology, 13, 1029323. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2022.1029323

    Harrington, N. (2005). The Frustration Discomfort Scale: Development and psychometric properties. Clinical Psychology & Psychotherapy, 12(5), 374-387. https://doi.org/10.1002/cpp.465

    Ko, C. H., Yen, J. Y., Yen, C. F., Chen, C. S., & Wang, S. Y. (2008). The association between Internet addiction and belief of frustration intolerance: The gender difference. CyberPsychology & Behavior, 11(3), 273-278. https://doi.org/10.1089/cpb.2007.0095

    Li, Y., Yang, L., Lin, S., Huang, M., Wu, T., Lin, J., & Chen, J. (2025). A digital Skinner box: The bidirectional longitudinal relationship between anxiety symptoms, delay of gratification, and short-form video addiction among Chinese adolescents. Journal of Research on Adolescence, 35(4), e70098. https://doi.org/10.1111/jora.70098

    Lin, H. C., Yen, J. Y., Lin, P. C., & Ko, C. H. (2021). The frustration intolerance of internet gaming disorder and its association with severity and depression. The Kaohsiung Journal of Medical Sciences, 37(10), 903-909. https://doi.org/10.1002/kjm2.12394

    Lu, W. H., Chou, W. J., Hsiao, R. C., Hu, H. F., & Yen, C. F. (2019). Correlations of internet addiction severity with reinforcement sensitivity and frustration intolerance in adolescents with attention-deficit/hyperactivity disorder: The moderating effect of medications. Frontiers in Psychiatry, 10, 268. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2019.00268

    Nguyen, L., Walters, J., Paul, S., Monreal Ijurco, S., Rainey, G. E., Parekh, N., Blair, G., & Darrah, M. (2025). Feeds, feelings, and focus: A systematic review and meta-analysis examining the cognitive and mental health correlates of short-form video use. Psychological Bulletin, 151(9), 1125-1146. https://doi.org/10.1037/bul0000498

    Odgers, C. L., & Jensen, M. R. (2020). Annual research review: Adolescent mental health in the digital age: Facts, fears, and future directions. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 61(3), 336-348. https://doi.org/10.1111/jcpp.13190

    Orben, A., & Przybylski, A. K. (2019). The association between adolescent well-being and digital technology use. Nature Human Behaviour, 3(2), 173-182. https://doi.org/10.1038/s41562-018-0506-1

    Ozer, B. U., Demir, A., & Harrington, N. (2012). Psychometric properties of Frustration Discomfort Scale in a Turkish sample. Psychological Reports, 111(1), 117-128. https://doi.org/10.2466/08.02.18.PR0.111.4.117-128

    Perlis, R. H., Uslu, A., Schulman, J., Gunning, F. M., Santillana, M., Baum, M. A., Druckman, J. N., Ognyanova, K., & Lazer, D. (2025). Irritability and social media use in US adults. JAMA Network Open, 8(1), e2452807. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2024.52807

    Reinecke, L., Klimmt, C., Meier, A., Reich, S., Hefner, D., Knop-Huelss, K., Rieger, D., & Vorderer, P. (2018). Permanently online and permanently connected: Development and validation of the Online Vigilance Scale. PLOS ONE, 13(10), e0205384. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0205384

    Schulz van Endert, T., & Mohr, P. N. C. (2020). Likes and impulsivity: Investigating the relationship between actual smartphone use and delay discounting. PLOS ONE, 15(11), e0241383. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0241383

    Shahidin, S. H., Midin, M., Sidi, H., Choy, C. L., Nik Jaafar, N. R., Mohd Salleh Sahimi, H., & Che Roos, N. A. (2022). The relationship between emotion regulation (ER) and problematic smartphone use (PSU): A systematic review and meta-analyses. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(23), 15848. https://doi.org/10.3390/ijerph192315848

    Weingarten, J., Mertens, F., Brickau, D., Kramm, R. J., Margraf, J., Precht, L. M., Weingarten, A., & Brailovskaia, J. (2026). Taking the first step towards better mental health: Reduced daily smartphone use leads to less problematic smartphone use, fear of missing out, depression and dysfunctional emotion regulation. Acta Psychologica, 265, 106735. https://doi.org/10.1016/j.actpsy.2026.106735

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Ciberbullying: Qué Hacer Paso a Paso (y Qué Dice la Ley en Chile)

    Ciberbullying: Qué Hacer Paso a Paso (y Qué Dice la Ley en Chile)

    Si llegaste aquí buscando ciberbullying qué hacer, probablemente ya viste algo: un grupo de WhatsApp donde se ríen de tu hijo, una cuenta falsa con su nombre, una foto que circula, mensajes que le llegan a cualquier hora. Y probablemente también sentiste el impulso de hacer dos cosas a la vez: escribirle al agresor y quitarle el celular a tu hijo. Las dos empeoran el problema. Esta guía te dice, en orden, qué hacer en las primeras horas, cómo guardar las pruebas para que sirvan, qué te debe el colegio según la ley chilena vigente desde julio de 2026, cuándo el ciberacoso es delito y dónde se denuncia, y cómo cuidar la salud mental de tu hijo mientras tanto.

    Todo lo que sigue tiene respaldo: metaanálisis sobre qué pasa con los niños y adolescentes que sufren ciberacoso, estudios sobre qué estrategias frenan de verdad la agresión, los artículos exactos de la Ley 21.809 y del Código Penal, y datos chilenos recientes. Donde la evidencia es débil, lo digo.

    Ciberbullying qué hacer: la respuesta corta

    Ante el ciberbullying, el orden importa: escucha sin castigar (y prométele a tu hijo que no le vas a quitar el celular por contarte), guarda las pruebas antes de bloquear a nadie (capturas con fecha, hora, nombre de usuario y enlace), no respondas ni dejes que él responda, bloquea y reporta en la plataforma, y presenta una denuncia por escrito en el colegio, que por ley debe activar un protocolo con plazos. Si hay amenazas, difusión de fotos íntimas, extorsión o suplantación, denuncia además a la PDI, a Carabineros o a la Fiscalía. Y si aparecen señales de depresión o ideas de muerte, consulta a un profesional esa misma semana, porque el riesgo es real y está medido.

    ¿Qué es el ciberbullying y en qué se diferencia del bullying de patio?

    El ciberbullying (o ciberacoso) es el acoso escolar que se ejerce por medios digitales: mensajes, redes sociales, videojuegos en línea, grupos de chat, cuentas falsas, difusión de fotos o videos. Sigue siendo bullying, con sus tres marcas: intención de dañar, repetición y desequilibrio de poder entre quien agrede y quien recibe; de hecho, un estudio con 893 escolares españoles mostró que las mismas variables que predicen el bullying presencial predicen también el ciberbullying, sumadas a las propias del entorno virtual (Casas, Del Rey y Ortega-Ruiz, 2013, a partir de la definición clásica de Olweus). En Chile la definición legal lo incluye desde 2011: la Ley 20.536 definió el acoso escolar como el hostigamiento reiterado que provoca “maltrato, humillación o fundado temor”, “ya sea por medios tecnológicos o cualquier otro medio”. La Ley 21.809, publicada el 1 de abril de 2026 y en vigor desde el 1 de julio de 2026, reescribió ese artículo y mantuvo la frase: acoso escolar es también el que se hace “por medios tecnológicos”, dentro o fuera del establecimiento.

    Lo que cambia respecto del bullying de patio es la forma, y esa forma pesa. Coloroso (2008) recoge cuatro razones por las que el daño puede ser mayor: las comunicaciones en línea pueden ser extremadamente crueles; no hay escapatoria, porque la victimización es continua, las 24 horas; el material puede distribuirse por todo el mundo y a menudo no se puede recuperar; y quien acosa puede ser anónimo y reclutar a desconocidos. A eso se suma algo que los padres suelen subestimar: el niño acosado por internet no descansa al llegar a la casa. El celular que tiene en la mano es el lugar donde lo acosan.

    Otra diferencia práctica: casi nunca viene solo. Un metaanálisis de 42 estudios con 266.888 niños y adolescentes encontró que alrededor de un tercio de las víctimas de bullying presencial también sufría ciberacoso, y que solo un tercio de las cibervíctimas estaba libre de acoso presencial (Li, Wang, Martin-Moratinos, Bella-Fernández y Blasco-Fontecilla, 2024). Otro metaanálisis de 80 estudios llegó a lo mismo desde el otro lado: el bullying presencial es el doble de frecuente que el ciber, y los dos van muy correlacionados (Modecki, Minchin, Harbaugh, Guerra y Runions, 2014). En la práctica, si tu hijo está siendo acosado en un grupo de WhatsApp del curso, lo más probable es que también lo esté en la sala. Pregunta por las dos cosas.

    ¿Qué tan común es el ciberbullying y qué consecuencias tiene?

    En el metaanálisis de Li et al. (2024), la tasa promedio de cibervictimización fue de 11,1 % (frente a 24,3 % de victimización presencial). En Chile no hay una cifra nacional equivalente para escolares, pero el SIMCE 2024 aporta una pista desde la mirada de los profesores: en II medio, un 53 % de los docentes declara observar estudiantes que molestan a sus compañeros por redes sociales, y un 34 % amenazas a través de plataformas digitales, según la Radiografía de la Convivencia Escolar 2025 de Acción Educar, elaborada con datos de la Agencia de Calidad de la Educación.

    Por qué importa: el ciberacoso no es “cosa de adolescentes que se pasan de la raya”. Es uno de los factores de riesgo mejor documentados para depresión y conducta suicida en esta edad.

    • Una revisión sistemática con 156.384 menores de 25 años calculó que las víctimas de ciberacoso tienen 2,35 veces más probabilidad de autolesionarse y 2,10 veces más de presentar conductas suicidas que quienes no lo sufren (John et al., 2018).
    • Un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics encontró que la victimización por pares duplica el riesgo de ideación suicida (OR 2,23) y de intentos (OR 2,55), y que el ciberbullying se relacionó con la ideación suicida más fuertemente que el bullying presencial (van Geel, Vedder y Tanilon, 2014).
    • Cuando se juntan los dos tipos de acoso, el riesgo se multiplica: en Li et al. (2024), el OR de ideación suicida fue 3,52 para quien solo sufría ciberacoso y 6,64 para quien sufría ambos; el de intento de suicidio, 3,52 y 7,82.
    • La relación con la depresión es consistente en 57 estudios de 17 países (Hu, Bai, Pan y Li, 2021), y un metaanálisis reciente de 27 estudios longitudinales confirma que el ciberacoso predice síntomas de salud mental meses después, con un efecto pequeño pero constante (Lee et al., 2026).

    En Chile la relación también se ha medido. En una muestra de 2.370 chilenos de 15 a 29 años de todas las regiones, la cibervictimización se asoció a síntomas depresivos a través del miedo a quedarse solo (Varela, Hernández, Miranda, Barlett y Rodríguez-Rivas, 2022), y una encuesta probabilística nacional publicada en la Revista Médica de Chile mostró que, a todas las edades entre 15 y 29, la probabilidad de síntomas depresivos sube a medida que sube el nivel de ciberagresión (Rojas, Bravo, Miranda, Varela y Pacheco, 2024). Hay un efecto más silencioso que también deja huella: en la encuesta escolar de Estados Unidos, los adolescentes ciberacosados faltaban más al colegio por miedo, con un riesgo entre 1,8 y 2,1 veces mayor (Grinshteyn y Yang, 2017).

    Nada de esto significa que tu hijo vaya a deprimirse o a hacerse daño. Significa que el ciberacoso es un problema de salud, no de disciplina, y que la respuesta tiene que incluir cuidar cómo está él, no solo frenar al agresor.

    Paso 0: por qué tu hijo no te lo contó (y qué hacer con eso)

    Antes de actuar, conviene entender por qué te enteraste tarde o de rebote. Las razones para callar son las mismas del bullying presencial (vergüenza, miedo a la represalia, la idea de que nadie puede o quiere ayudar, la regla de no “sapear”), y Coloroso (2008, pp. 213-214) añade una específica del ciberacoso: el miedo a que, si cuentan, los padres les quiten el celular o les restrinjan internet. Para un adolescente eso es perder su vida social entera, y muchos prefieren aguantar.

    Los datos confirman lo difícil que es pedir ayuda. En una muestra de 2.054 adolescentes noruegos, solo el 9,7 % había buscado ayuda externa en seis meses; sufrir bullying presencial aumentaba la probabilidad de pedirla, pero sufrir ciberbullying no (Kaiser, Kyrrestad y Fossum, 2020). Y en Australia, entre 2.338 jóvenes de 12 a 18 años, las cibervíctimas tenían peor salud mental, tendían a no usar los servicios de apoyo en línea y estaban más conectadas después de las once de la noche; padres y amigos seguían siendo su principal fuente de ayuda (Spears, Taddeo, Daly, Stretton y Karklins, 2015). Sí hay una buena noticia: cuando se les pregunta a los propios adolescentes, más del 88 % dice que revelaría un ciberacoso, y los más jóvenes consideran útiles a los padres y a la policía (Betts, Spenser y Baguley, 2022). Quieren contarlo. Lo que necesitan es la certeza de que contarlo no les va a costar el teléfono ni una escena.

    Si sospechas y aún no tienes confirmación, las señales son las mismas del bullying presencial (dolores de cabeza y de estómago sin causa, problemas para dormir, no querer ir al colegio, irritabilidad, retiro de amigos), con un matiz digital: cambia el ánimo justo después de mirar el celular, lo esconde o lo apaga de golpe cuando entras, cierra cuentas o crea otras nuevas, o al revés, no quiere soltarlo nunca. Hay una guía completa de señales de bullying en niños por edad en este mismo sitio.

    Paso 1: escuchar sin castigar (y no quitarle el celular)

    La primera conversación decide si vas a tener las siguientes. Coloroso (2008, p. 214) lo dice sin rodeos: asegúrale de antemano que no le vas a quitar el celular ni el computador por haber sido víctima. Quitárselo es, desde su punto de vista, castigarlo a él por lo que otro le hizo, y lo deja aislado justo cuando más necesita a sus amigos.

    Qué hacer en esa conversación:

    • Empieza por cómo se siente y después pregunta por los hechos. “Cuéntame” funciona mejor que “¿por qué no me dijiste?”.
    • No minimices (“son cosas de internet, no les hagas caso”) ni dramatices (“los voy a destruir”). Las dos reacciones hacen que deje de contarte.
    • Pregunta desde cuándo, quiénes, en qué plataformas, si también pasa en el colegio, y si él ha respondido algo. Sin tono de interrogatorio.
    • Dile lo que vas a hacer y hazlo con él, no a sus espaldas. Los adolescentes temen que los padres “vayan al colegio” y lo empeoren; que participe en decidir los pasos reduce esa sensación.
    • Si te pide que no hagas nada, escúchalo entero y luego explícale por qué no actuar no es una opción. Coloroso (2008, p. 218) es tajante: con el ciberbullying, la inacción nunca es una alternativa.

    Esto no es solo buen trato: el apoyo de los padres es uno de los pocos factores que amortiguan el daño. En un estudio con 908 adolescentes de 13 a 15 años seguidos durante un año, el apoyo parental percibido debilitó la relación entre la cibervictimización y la depresión, las quejas de salud y la autolesión medidas un año después (Wright, 2024). Y en seis colegios de Santiago, el apoyo familiar se asoció a menos cibervictimización y el conflicto familiar a más (Rodríguez-Rivas, Varela, González y Chuecas, 2022). Cómo reaccionas hoy es parte del tratamiento.

    Paso 2: guardar las pruebas antes de borrar o bloquear

    Este paso va antes de bloquear a nadie, y es el que más gente se salta por el apuro de hacer desaparecer el contenido. Sin pruebas, el colegio no puede investigar y la policía no puede hacer nada. Coloroso (2008, p. 215) lo resume en una palabra de su regla SCBT: copiar (Copy) todos los mensajes y fotos antes de cualquier otra cosa.

    Cómo guardar pruebas que sirvan:

    1. Capturas de pantalla completas, donde se vea el nombre de usuario o número que envía, la fecha y la hora, y el contexto (no solo el mensaje recortado). En un perfil o publicación, captura también la dirección (URL) y el nombre de la cuenta.
    2. No borres nada del teléfono de tu hijo: ni los mensajes, ni las conversaciones, ni las fotos recibidas, aunque duelan. Si él ya borró, revisen si la conversación se puede exportar o si otro compañero conserva el contenido.
    3. Exporta las conversaciones (WhatsApp, Instagram y otras aplicaciones permiten exportar o descargar el historial) y guarda el archivo en un lugar que no dependa del teléfono.
    4. Graba la pantalla si el contenido es un video, una historia que desaparece a las 24 horas o un mensaje que se autodestruye.
    5. Anota en un documento aparte una cronología: qué día empezó, qué pasó cada vez, quién estaba en el grupo, quién lo vio. Con fecha. Esa cronología es lo que vas a entregar al colegio y, si corresponde, a la policía.
    6. Guarda dos copias (por ejemplo, una carpeta en la nube y un correo enviado a ti mismo con los archivos adjuntos).

    Si hay fotos o videos íntimos de un menor de edad, no los reenvíes a nadie, ni siquiera “para que vean lo que pasó”: reenviar material sexual de un menor es un delito en sí mismo, aunque la intención sea buena. Guarda la captura de que existe y entrégala solo a la policía o a la Fiscalía.

    Paso 3: no responder, bloquear y reportar en la plataforma

    Ahora sí. Con las pruebas guardadas, el orden es: no responder, bloquear, reportar.

    No responder. Ni tu hijo ni tú. Coloroso (2008, p. 214) explica que cualquier respuesta, incluso una asertiva que en el patio funcionaría, suele alimentar el ciberacoso: puede usarse para presentar a la víctima como provocadora o puede copiarse y editarse para “poner palabras en su boca”. Tampoco le escribas al agresor ni a sus padres por redes sociales: lo que digas en caliente termina circulando como captura.

    Bloquear y reportar. Bloquea al agresor y a las cuentas que difunden el contenido, reporta los mensajes y publicaciones en la plataforma (todas las grandes redes tienen un canal para denunciar acoso, suplantación de identidad y difusión de imágenes íntimas), y pide la eliminación del contenido. Si la cuenta es falsa y usa el nombre o la foto de tu hijo, repórtala como suplantación. Si hace falta, cambien número, nombre de usuario o cuenta.

    Qué dice la evidencia sobre esto: en un estudio con 2.092 niños y adolescentes checos, 422 de ellos atacados en línea, las estrategias que las víctimas juzgaron más eficaces para frenar la agresión fueron las soluciones técnicas (bloquear contactos), buscar apoyo e ignorar a propósito al agresor; la represalia fue poco frecuente en todos los grupos (Machackova, Cerna, Sevcikova, Dedkova y Daneback, 2013). Pero el mismo estudio deja una advertencia: para las víctimas de ciberbullying grave y prolongado, esas estrategias resultaron menos eficaces, aunque las usaran igual de seguido. Traducido: bloquear y reportar sirve, y hay que hacerlo, pero cuando el acoso lleva semanas o viene de varios compañeros, no basta. Ahí entran el colegio y, si corresponde, la ley.

    Paso 4: denunciar el ciberbullying en el colegio (lo que te debe la ley)

    Aunque el acoso ocurra en un grupo de WhatsApp a las once de la noche, si quienes acosan son compañeros, el colegio tiene la obligación legal de actuar. Es el punto donde más padres se frustran (“me dijeron que como fue fuera del colegio no pueden hacer nada”), y es falso: el artículo 16 B del DFL 2 de 2009, tal como lo reescribió la Ley 21.809, define el acoso escolar como el hostigamiento reiterado realizado “dentro o fuera del establecimiento educacional”, “sea por medios tecnológicos o por cualquier otro medio”.

    Lo que la ley obliga al colegio desde el 1 de julio de 2026 (los establecimientos tienen plazo de adecuación hasta abril de 2027, según la ficha oficial de Ayuda Mineduc):

    • Activar el protocolo. El artículo 16 B dice que el establecimiento “deberá activar oportunamente el protocolo contra el acoso escolar contemplado en su reglamento interno y de acuerdo a los plazos que éste disponga”.
    • Investigar con plazo. El reglamento debe fijar etapas y plazos de investigación, garantizar que los involucrados sean oídos y evitar la revictimización; “en el caso de estudiantes el plazo máximo de investigación será de dos meses” (artículo 16 E, letra g).
    • Apoyar a la víctima. Respecto de la persona afectada, el reglamento debe contemplar “medidas de apoyo psicosocial y acciones de reparación” (artículo 16 E, letra g). No solo sancionar al otro: cuidar al tuyo.
    • Un canal confidencial. Cada colegio debe tener un canal “seguro y confidencial para recibir denuncias con reserva de identidad” (artículo 16 E, letra e). Si tu hijo o un compañero testigo no quiere exponerse, ese canal existe por ley.
    • Deber de reportar. Todo el personal y los adultos de la comunidad escolar tienen el deber de reportar al equipo directivo cualquier información sobre hechos que puedan constituir acoso (artículo 16 E, letra f). Un profesor que “se enteró” no puede guardárselo.
    • El reglamento en tu mano. El colegio debe entregar el reglamento interno a los apoderados al momento de la matrícula, en papel o en formato digital, y tenerlo en su sitio web (artículo 16 G). Pídelo: ahí están el protocolo y sus plazos concretos.

    Cómo presentar la denuncia para que active todo lo anterior:

    1. Por escrito, al encargado o coordinador de convivencia escolar (la ley homologa a los encargados actuales al nuevo cargo de coordinador de convivencia), con copia a la dirección. Un correo sirve; pide acuse de recibo.
    2. Con los hechos concretos: quién, cuándo, en qué plataforma, qué se dijo o publicó, quiénes participaban y quiénes lo vieron. Adjunta las capturas (Paso 2), no las describas.
    3. Nombra la ley: “presento esta denuncia de acoso escolar por medios tecnológicos en los términos del artículo 16 B del DFL 2 de 2009, modificado por la Ley 21.809, y solicito la activación del protocolo del reglamento interno”.
    4. Pide tres cosas: que se activen medidas de protección inmediatas para tu hijo, que se te informe el plazo de la investigación y que se te comunique el resultado por escrito.
    5. Guarda copia de todo lo que envíes y de todo lo que te respondan.

    Si el colegio no responde, o responde que “no es tema del colegio”, la Superintendencia de Educación recibe denuncias en línea y en el 600 3600 390. En 2025 recibió 17.076 denuncias por convivencia escolar, 5.396 de ellas por maltrato entre estudiantes (Acción Educar, 2025). La Superintendencia fiscaliza que el colegio cumpla su propio reglamento; no investiga el hecho en lugar del colegio, pero puede sancionar al establecimiento que no lo hace. Si no sabes cómo redactar la denuncia escolar, hay un artículo aparte sobre cómo intervenir con los padres de un niño con bullying y el pilar del cluster explica qué es el bullying y sus tipos.

    Paso 5: cuándo el ciberacoso es delito en Chile y cómo denunciarlo

    La mayor parte del ciberacoso entre escolares se resuelve en el colegio. Pero hay conductas que, según el caso, pueden constituir delito, y ahí corresponde denunciar además a la policía o a la Fiscalía. Los siguientes son los tipos penales que con más frecuencia se relacionan con el ciberacoso; si una conducta concreta encaja o no en ellos lo decide la Fiscalía y, en su caso, un tribunal, no esta guía:

    • Amenazas. El artículo 296 del Código Penal castiga al que “amenazare seriamente a otro con causar a él mismo o a su familia” un mal que constituya delito, y considera agravante que las amenazas se hagan “por escrito”. “Te voy a matar”, “sé dónde vives” o “voy a subir tus fotos” por chat entran en esta categoría cuando son verosímiles.
    • Trato degradante a un menor. La Ley 21.013 (2017) incorporó el artículo 403 ter: “el que sometiere” a un menor de 18 años “a un trato degradante, menoscabando gravemente su dignidad” comete delito. Una campaña sostenida de humillación contra un niño puede calificar.
    • Difusión de imágenes o conversaciones privadas. El artículo 161-A castiga a quien, sin autorización, capte o grabe imágenes, hechos o comunicaciones de carácter privado en lugares que no son de libre acceso al público, y con “igual pena” a quien las difunda. Compartir una foto tomada en el baño o en la casa de alguien, o filtrar un chat privado, puede caer aquí.
    • Sextorsión y grooming. El artículo 366 quáter sanciona a quien determine a un menor de 14 años a enviar imágenes de contenido sexual o lo exponga a material pornográfico, y extiende las mismas conductas a los menores de 14 a 18 cuando median amenazas; el propio artículo dice que las penas “se aplicarán también cuando los delitos descritos en él sean cometidos a distancia, mediante cualquier medio electrónico”, y agrava la pena si el autor falsea su identidad o edad.
    • Injurias y calumnias. El Código Penal define la injuria como “toda expresión proferida o acción ejecutada en deshonra, descrédito o menosprecio de otra persona” (artículo 416) y la calumnia como “la imputación de un delito determinado pero falso” (artículo 412). Son delitos de acción privada: se persiguen por querella, no por denuncia simple, y en la práctica se usan poco entre menores.

    Quién se hace cargo depende de la edad del agresor. Según la Fiscalía de Chile, si quien agrede tiene 14 años o más, “la Fiscalía se hace cargo y te entrega protección”; si tiene menos de 14, “se hace cargo el Tribunal de Familia”, que puede adoptar medidas de protección. Que el agresor sea menor de 14 no significa que no se pueda hacer nada: significa que la vía es distinta.

    Dónde denunciar:

    • Fiscalía: 600 333 0000, o en cualquier fiscalía local.
    • Policía de Investigaciones (PDI): en la unidad más cercana, o en la Brigada Investigadora del Cibercrimen para hechos cometidos por medios digitales. Para delitos en curso, 134.
    • Carabineros: 133 en cualquier comisaría.
    • Si tu hijo es menor de 18, ChileAtiende indica que debe ir acompañado de su tutor legal o de una persona mayor de 18 años.

    Lleva las pruebas del Paso 2 impresas y en un pendrive, y tu cronología. Y una advertencia sobre las expectativas: la denuncia penal protege y pone un límite, pero no repara sola el daño emocional ni arregla la convivencia en el curso. Esas dos cosas siguen siendo del colegio y del tratamiento.

    Paso 6: cuidar la salud mental de tu hijo (y saber cuándo consultar)

    Todo lo anterior frena al agresor. Esto es lo que cuida al hijo. Las cifras del comienzo (el doble de riesgo de autolesión y de conducta suicida, más del triple de ideación suicida cuando el ciberacoso se suma al presencial) no describen a todos los niños acosados, pero sí a una fracción que necesita atención, y esa fracción no siempre se ve.

    Qué hacer en casa mientras dura el proceso:

    • Mantén las rutinas y la vida social fuera de la pantalla: deporte, amigos del barrio, primos, cualquier espacio donde tu hijo sea otra cosa que “el del video”.
    • Revisen juntos el uso del celular por la noche. No como castigo: como protección del sueño. Las cibervíctimas tienden a estar más conectadas después de las once (Spears et al., 2015), y los problemas de sueño son una de las señales más consistentes del acoso.
    • Habla del tema sin convertirlo en el único tema. Pregunta cómo estuvo el día, no solo cómo va la denuncia.
    • Vigila los cambios de ánimo, sobre todo en las semanas siguientes a la denuncia, cuando puede haber represalias o exclusión del grupo.

    Cuándo consultar a un psicólogo, sin esperar a que “se le pase”:

    • Lleva más de dos o tres semanas triste, irritable o retraído, o dejó de disfrutar lo que le gustaba (revisa las señales de depresión en adolescentes que no parecen depresión).
    • No quiere ir al colegio o presenta dolores frecuentes sin causa médica.
    • Duerme mal de forma sostenida o cambió mucho su apetito.
    • Encuentras cortes, quemaduras o marcas, o lo escuchas decir que no vale nada o que quisiera desaparecer.
    • El acoso es grave, lleva meses o incluye material sexual.

    Si expresa ideas de muerte o de hacerse daño, no lo dejes solo y busca ayuda ese mismo día: la línea *4141 del Ministerio de Salud atiende gratis las 24 horas con psicólogos, Salud Responde es el 600 360 7777, y en una urgencia se va al servicio de urgencia más cercano. Hay una guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas: qué decir, qué no y a dónde llamar.

    Sobre el tratamiento: la evidencia más sólida para los síntomas que deja el acoso (ansiedad, depresión, estrés postraumático) viene de la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma. Un metaanálisis de 28 ensayos controlados y 33 estudios no controlados con 4.523 niños y adolescentes encontró mejorías grandes del estrés postraumático de antes a después del tratamiento (g = 1,14) y resultados favorables frente a los grupos control (g = 0,52), con un mínimo de ocho sesiones (Thielemann, Kasparik, König, Unterhitzenberger y Rosner, 2022). Ojo con el matiz: esos ensayos incluyen a niños expuestos a distintos tipos de trauma, no solo a víctimas de bullying, así que la extrapolación se hace con cautela. El protocolo clínico está descrito en tratamiento psicológico para víctimas de bullying en niños.

    Ciberbullying: qué hacer si eres tú la víctima

    Esta parte es para ti si eres adolescente y llegaste buscando qué hacer. Si eres madre o padre, puedes compartirla con tu hijo. El responsable del acoso es quien lo ejerce, no quien lo recibe, y hay pasos concretos que ayudan.

    Qué hacer hoy

    Coloroso (2008, cap. 10) resume el ciberacoso en cuatro pasos que puedes empezar hoy:

    1. No respondas. Contestar con rabia suele alimentar al acosador, y tu mensaje puede recortarse para que parezca que empezaste tú.
    2. Guarda todo. Haz capturas con el nombre de usuario, la fecha y la hora antes de borrar nada. Sirven para que el colegio active su protocolo y, si hay amenazas, para una denuncia.
    3. Bloquea y reporta. Bloquea la cuenta y repórtala en la plataforma. En el estudio con 2.092 niños y adolescentes checos, las víctimas juzgaron que bloquear contactos, buscar apoyo e ignorar a propósito eran las estrategias más eficaces (Machackova et al., 2013).
    4. Cuéntaselo a un adulto. Una madre, un padre, un profesor o el encargado de convivencia escolar.

    No reenvíes ni compartas lo que humilla a otros, aunque sea para defenderte. Y si hay fotos íntimas tuyas circulando, no las reenvíes a nadie: guarda la captura de que existen y entrégasela a un adulto o a la policía.

    A quién contárselo y cuándo pedir ayuda

    Contarlo cuesta, y los datos lo reflejan. En un estudio con 1.266 escolares finlandeses víctimas de bullying, solo el 55,4 % se lo había contado a alguien. Un 34,0 % se lo contó a un adulto en casa y un 20,6 % a un profesor (Blomqvist et al., 2019).

    Ese mismo estudio encontró que contaban más quienes sentían que su profesor no toleraba el bullying y que sus compañeros defendían a las víctimas. Si el primer adulto no te responde, prueba con otro. Por ley, cada colegio debe tener un canal confidencial para recibir denuncias con reserva de identidad (artículo 16 E, letra e).

    Hablar con alguien también te protege. En una encuesta con 317.869 adolescentes de 12 a 17 años en 83 países, el apoyo de los pares y el de los padres se asociaron con menos riesgo de sufrir bullying (Biswas et al., 2020).

    Pide ayuda profesional esta semana si llevas días sin dormir, con dolores de cabeza o de estómago sin causa médica, con ataques de pánico o sin ganas de ver a nadie. Esas señales aparecen entre las consecuencias del acoso que describe Coloroso (2008, cap. 2).

    Si has pensado en hacerte daño o en desaparecer, pide ayuda hoy mismo. La línea *4141 del Ministerio de Salud atiende gratis las 24 horas, y Salud Responde es el 600 360 7777.

    ¿Y si mi hijo es el que acosa, o el que mira y comparte?

    Pasa más de lo que los padres esperan, y suele llegar por una llamada del colegio. Dos cosas que conviene saber antes de reaccionar.

    La primera: quien acosa también está en riesgo. En la revisión de John et al. (2018), los perpetradores de ciberacoso tuvieron 1,21 veces más probabilidad de conductas suicidas y 1,23 de ideación suicida que los no perpetradores. Y en el metaanálisis de Psychological Bulletin, lo que más se asoció a la perpetración fueron las creencias que normalizan la agresión y la desconexión moral, es decir, la idea de que “en internet no cuenta” (Kowalski, Giumetti, Schroeder y Lattanner, 2014). Eso se trabaja; no se resuelve con un castigo de una semana sin celular.

    La segunda: Coloroso (2008, pp. 212-213) propone que la respuesta empiece por la pérdida de los privilegios ligados a la herramienta usada, y siga con los mismos pasos que para cualquier niño que acosa: disciplina con restitución, resolución y reconciliación; oportunidades de hacer el bien; nutrir la empatía; enseñar habilidades de amistad; y supervisar de cerca lo que hace con las pantallas. La disciplina, dice, tiene que considerar la intención, la gravedad y qué pasos reparadores hacen falta para que el niño vuelva a un rol prosocial, en persona y en la red.

    Y los espectadores importan tanto como el agresor. Coloroso (2008, p. 218) enseña a los niños a no dar “me gusta” ni reenviar lo que humilla a un compañero, a guardar copia y entregársela al afectado, y a contárselo a un adulto que actúe. No es solo buena voluntad: un metaanálisis de 49 estudios muestra que las intervenciones que enseñan a los espectadores a actuar tienen un efecto moderado (d = 0,25), y que lo que funciona es darles conocimiento, confianza en que pueden hacer algo y habilidades concretas (Chen, Lin, Wu y Chan, 2025). Un curso donde nadie reenvía es un curso donde el ciberacoso se apaga solo.

    ¿Qué funciona para prevenirlo? Lo que dice la evidencia sobre los programas

    Vale la pena saberlo, porque es lo que puedes pedirle al colegio más allá de tu caso. Los programas contra el ciberbullying funcionan, pero con efectos modestos. El metaanálisis de Gaffney, Farrington, Espelage y Ttofi (2019), con 26 evaluaciones (15 de ellas ensayos aleatorizados), estimó que reducen la perpetración alrededor de un 10 a 15 % y la victimización alrededor de un 14 %. Una revisión posterior de 50 estudios con 45.371 participantes encontró efectos pequeños pero significativos (g = -0,18 para perpetración y -0,13 para victimización), sin que casi ningún moderador cambiara la cifra (Polanin et al., 2022).

    Tres detalles útiles para conversar con el colegio:

    Nada de esto reemplaza lo que ya hiciste: guardar pruebas, denunciar, cuidar a tu hijo. Pero un colegio que tiene un programa serio, y no solo un protocolo en un cajón, es un colegio donde tu denuncia tiene más probabilidades de servir.

    Qué hacer y qué no, en una tabla

    Qué hacer Qué no hacer
    Escuchar primero cómo se siente, después los hechos Empezar por “¿por qué no me dijiste?”
    Prometer que no le quitarás el celular por contarte Quitarle el teléfono como primera medida
    Capturas completas con usuario, fecha, hora y enlace Borrar los mensajes “para que no los vea más”
    Cronología escrita con fechas y testigos Confiar en la memoria para la reunión con el colegio
    Bloquear y reportar en la plataforma, después de guardar las pruebas Responder al agresor o escribirle a sus padres por redes
    Denuncia escrita al colegio citando el artículo 16 B y pidiendo plazos Aceptar el “fue fuera del colegio, no podemos hacer nada”
    Superintendencia (600 3600 390) si el colegio no responde Ir a la casa del otro niño
    Fiscalía, PDI o Carabineros si hay amenazas, extorsión o imágenes íntimas Reenviar el material íntimo “para que lo vean”
    Consultar a un psicólogo si hay señales de depresión o autolesión Esperar a que “se le pase con el tiempo”

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué hago primero si mi hijo sufre ciberbullying?

    Escúchalo sin castigarlo y prométele que no le quitarás el celular por contarte. Después, antes de bloquear a nadie, guarda las pruebas: capturas completas con nombre de usuario, fecha, hora y enlace, y una cronología escrita. Recién entonces bloquea, reporta en la plataforma y presenta la denuncia por escrito en el colegio.

    ¿El colegio tiene obligación de actuar si el acoso fue por WhatsApp fuera del horario escolar?

    Sí. El artículo 16 B del DFL 2, reescrito por la Ley 21.809 vigente desde julio de 2026, define el acoso escolar como el hostigamiento reiterado entre estudiantes realizado dentro o fuera del establecimiento, “sea por medios tecnológicos o por cualquier otro medio”. El colegio debe activar su protocolo, investigar en un plazo máximo de dos meses y contemplar medidas de apoyo para la víctima.

    ¿Cómo denunciar ciberbullying en Chile ante la policía?

    Si hay amenazas, extorsión, difusión de imágenes íntimas o suplantación, denuncia en la Fiscalía (600 333 0000), en la PDI (unidad más cercana o Brigada Investigadora del Cibercrimen) o en Carabineros (133), con las pruebas impresas y en digital. Si el agresor tiene 14 años o más interviene la Fiscalía; si tiene menos, el Tribunal de Familia. Un menor denuncia acompañado de un adulto.

    ¿Qué ley regula el ciberbullying en Chile?

    En el ámbito escolar, la Ley 20.536 de 2011 incluyó el acoso “por medios tecnológicos” en la definición de acoso escolar, y la Ley 21.809 (publicada el 1 de abril de 2026, en vigor desde el 1 de julio) reescribió esa definición y las obligaciones del colegio. En el ámbito penal, según el caso pueden aplicarse las amenazas (art. 296), el trato degradante a menores (art. 403 ter), la difusión de imágenes privadas (art. 161-A) o la sextorsión (art. 366 quáter).

    ¿Sirve bloquear al agresor o es peor?

    Sirve, y hay que hacerlo después de guardar las pruebas. En un estudio con 2.092 niños y adolescentes, las víctimas juzgaron que bloquear contactos, buscar apoyo e ignorar a propósito eran las estrategias más eficaces para frenar la agresión. Pero para los casos graves y prolongados esas mismas estrategias resultaron menos eficaces: ahí el bloqueo se combina con la denuncia en el colegio y, si corresponde, en la policía.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo a un psicólogo por ciberbullying?

    Cuando lleva más de dos o tres semanas triste, irritable o retraído, no quiere ir al colegio, duerme mal, tiene dolores sin causa médica, se hace daño o dice que quisiera desaparecer, o cuando el acoso es grave, lleva meses o incluye material sexual. Las cibervíctimas tienen el doble de riesgo de autolesión y de conducta suicida; si hay ideas de muerte, llama al *4141 el mismo día.

    Lo que tu hijo necesita ver

    Tu hijo va a recordar dos cosas de este episodio: lo que le hicieron, y qué pasó cuando te lo contó. La segunda está en tus manos. Si te vio escuchar, guardar las pruebas con calma, ir al colegio con la ley en la mano y no perder el control, aprendió que pedir ayuda funciona. Si el ciberacoso ya le está pasando la cuenta (no duerme, no quiere ir al colegio, se aísla, se hace daño), no lo dejes cargar con eso solo mientras la investigación avanza: puedes agendar una consulta para evaluar cómo está y qué necesita ahora, no dentro de dos meses.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Acción Educar. (2025). Radiografía de la convivencia escolar 2025. https://www.accioneducar.cl/radiografia-convivencia-escolar-2025/

    Betts, L. R., Spenser, K. A., & Baguley, T. (2022). Describing disclosure of cybervictimization in adolescents from the United Kingdom: The role of age, gender, involvement in cyberbullying, and time spent online. The Journal of Genetic Psychology, 183(1), 40-53. https://doi.org/10.1080/00221325.2021.2001413

    Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. (2011). Ley 20.536 sobre violencia escolar. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1030087

    Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. (2026). Ley 21.809 sobre convivencia, buen trato y bienestar de las comunidades educativas. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1222799

    Biswas, T., Scott, J. G., Munir, K., Thomas, H. J., Huda, M. M., Hasan, M. M., David de Vries, T., Baxter, J., & Mamun, A. A. (2020). Global variation in the prevalence of bullying victimisation amongst adolescents: Role of peer and parental supports. EClinicalMedicine, 20, 100276. https://doi.org/10.1016/j.eclinm.2020.100276

    Blomqvist, K., Saarento-Zaprudin, S., & Salmivalli, C. (2019). Telling adults about one’s plight as a victim of bullying: Student- and context-related factors predicting disclosure. Scandinavian Journal of Psychology, 61(1), 151-159. https://doi.org/10.1111/sjop.12521

    Casas, J. A., Del Rey, R., & Ortega-Ruiz, R. (2013). Bullying and cyberbullying: Convergent and divergent predictor variables. Computers in Human Behavior, 29(3), 580-587. https://doi.org/10.1016/j.chb.2012.11.015

    Chen, Q., Lin, W., Wu, Q., & Chan, K. L. (2025). The effectiveness of interventions on bullying and cyberbullying bystander: A meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 26(5), 938-954. https://doi.org/10.1177/15248380241297362

    Coloroso, B. (2008). The bully, the bullied, and the bystander: From preschool to high school. How parents and teachers can help break the cycle of violence (ed. actualizada). Collins Living.

    Gaffney, H., Farrington, D. P., Espelage, D. L., & Ttofi, M. M. (2019). Are cyberbullying intervention and prevention programs effective? A systematic and meta-analytical review. Aggression and Violent Behavior, 45, 134-153. https://doi.org/10.1016/j.avb.2018.07.002

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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