Apagaste la luz hace rato y tu cabeza recién empezó a trabajar. Repasas una conversación, calculas cuánto queda para que suene el despertador, te dices que mañana vas a estar arruinado y esa idea te despierta un poco más. Si buscaste «no puedo dormir por ansiedad» a esta hora, esto no es falta de voluntad ni un defecto tuyo: es un mecanismo bastante bien descrito, y tiene salida.
Lo que sigue es lo que la investigación encontró que de verdad mueve la aguja cuando no puedes dormir por ansiedad (no la lista de siempre sobre la pieza oscura y la manzanilla), incluida una recomendación que suena al revés de todo lo que te han dicho. Más abajo hay una guía nocturna interactiva de cuatro preguntas: en menos de un minuto te dice qué hacer con la situación exacta que tienes esta noche, y si además conviene mirarlo de día con alguien. Antes de llegar ahí vale la pena entender por qué la mente se acelera justo cuando el resto del mundo se apaga, porque de esa explicación sale la instrucción.
Respuesta directa
Cuando no puedes dormir por ansiedad, lo más útil esta noche es levantarte de la cama si ya pasaron 15 o 20 minutos y salir de la pieza hasta que vuelva el sueño de verdad, no seguir buscando la forma de relajarte. Quedarse acostado esperando refuerza la asociación entre tu cama y estar despierto, que es justo lo que mantiene el problema. Si el insomnio ya lleva tres meses, el tratamiento con mejor respaldo es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio.
¿Por qué no puedo dormir por ansiedad justo al acostarme?
Porque durante el día tienes distracciones que hacen el trabajo de tapar la preocupación, y al apagar la luz ese trabajo se detiene. Al quedarte sin tarea externa, el sistema que vigilaba en segundo plano si el pensamiento incómodo volvía sigue funcionando, y ahora no tiene nada que lo compita. El resultado es una avalancha de lo que estabas evitando, a la peor hora posible.
Ese mecanismo tiene nombre. Daniel Wegner lo describió como proceso irónico del control mental: cuando intentas no pensar en algo, tu mente pone en marcha dos cosas a la vez. Una busca distractores y consume mucha energía. La otra rastrea, en automático y casi sin gasto, si el pensamiento prohibido reapareció. Cuando estás cansado, tensa o simplemente acostado a oscuras, la primera se apaga y la segunda sigue encendida, así que el pensamiento entra sin filtro y encima más fuerte que antes (Wegner, 1994).
Allison Harvey lo comprobó en el momento exacto de irse a dormir: las personas con problemas de sueño gastan un esfuerzo desproporcionado en suprimir lo que piensan antes de dormirse, y ese esfuerzo alarga la latencia, es decir, el tiempo que tardan en quedarse dormidas (Harvey, 2003).
Hay un detalle sobre el contenido de esos pensamientos que ayuda a reconocerse. Una revisión sistemática de la actividad cognitiva previa al sueño encontró que en un buen dormidor la transición al sueño se caracteriza por imágenes sensoriales sueltas, sin hilo, casi alucinatorias, mientras que en las personas con insomnio los pensamientos de esa franja tienen forma de planificación y resolución de problemas, y son más desagradables (Lemyre et al., 2020). Ahí está el «no puedo dormir, pienso mucho» que la gente escribe en Google a esta hora: si te acuestas y tu mente arranca a organizar el día siguiente, no estás quedándote dormido, estás trabajando.
Y sobre esa capa mental hay otra fisiológica. El insomnio se entiende hoy como un trastorno de hiperactivación que compromete lo cognitivo, lo emocional, lo cortical y lo fisiológico a la vez, y esa activación sostenida es lo que conecta el insomnio con la ansiedad y la depresión (Riemann et al., 2025). Tu cuerpo está en modo alerta a la hora en que debería estar bajando revoluciones.
¿La ansiedad causa el insomnio o el insomnio causa la ansiedad?
Las dos cosas, y esa es la parte incómoda del insomnio por ansiedad. La relación es bidireccional: la ansiedad desorganiza el sueño y el sueño malo aumenta la vulnerabilidad psicológica, lo que a su vez alimenta la ansiedad. Por eso tratar solo un lado suele dejar el problema a medias.
Los números ayudan a dimensionarlo. En el trastorno de ansiedad generalizada, más del 80% de los pacientes tiene insomnio, con latencia prolongada, despertares frecuentes y sueño que no repara (Royant-Parola, 2026). No es un síntoma menor del cuadro: es de los más frecuentes y de los que más incapacitan.
La dirección contraria también está medida, y con un diseño que permite hablar de secuencia. Un estudio prospectivo con más de 53.000 estudiantes, de los cuales 10.460 pasaron por una evaluación diagnóstica formal un año después, encontró que quienes reportaban insomnio tenían casi el triple de riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad generalizada doce meses más tarde (RR ajustado de 2,82). La asociación se mantuvo incluso después de descontar los síntomas de salud mental que ya tenían al inicio (Hysing et al., 2025). Dicho de otro modo: el insomnio no era solo un reflejo de la ansiedad previa.
Los mecanismos que comparten los dos cuadros son bastante concretos: mayor actividad del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, más reactividad de la amígdala y menos control prefrontal (Xue et al., 2025). El mismo trabajo apunta algo que cambia el orden de las prioridades: la terapia cognitivo-conductual para el insomnio mejora el sueño y baja la ansiedad, incluso cuando no apunta directamente a la ansiedad.
Eso último está cuantificado. Un metaanálisis de 43 ensayos aleatorizados con 5.945 participantes midió qué le pasa a la ansiedad cuando lo único que se trata es el sueño: el efecto sobre los síntomas de ansiedad fue moderado (g de Hedges de -0,38) y subió a -0,43 en quienes partían con ansiedad elevada. El efecto más grande apareció sobre los procesos de pensamiento relacionados con el sueño, con g de -0,92 (Staines et al., 2022). Arreglar el sueño no es un rodeo: es una vía directa.
¿Qué hacer si no puedes dormir por ansiedad a las tres de la mañana?
Te levantas. Suena contradictorio, y es la instrucción con mejor respaldo. Si llevas 15 o 20 minutos despierto en la cama, sales de la pieza, haces algo tranquilo en otro lugar con luz tenue y vuelves solo cuando tengas sueño de verdad. No cuando estés cansado: cuando tengas sueño.
La regla viene del control de estímulos, el conjunto de instrucciones que Richard Bootzin formuló en 1972 y que tanto Perlis como Morin recogen casi con las mismas palabras. La lógica es de condicionamiento: si pasas horas despierto, frustrado y preocupado bajo las sábanas, tu cerebro aprende que la cama es el lugar donde uno se desvela. El objetivo es desarmar ese aprendizaje (Perlis et al., 2005; Morin y Espie, 2003).
Las instrucciones operativas son estas:
- Acuéstate solo cuando tengas sueño, no porque sea la hora ni para intentar relajarte. Morin insiste en distinguir cansancio (falta de energía) de somnolencia (bostezos, ojos pesados). Solo la segunda anuncia que el sueño viene.
- Usa la cama para dormir y para el sexo, nada más. Ni leer, ni televisión, ni teléfono, ni comer.
- Si pasan unos 15 minutos y sigues despierto, levántate y sal del dormitorio. Perlis fija el criterio en 15 minutos; Morin lo deja entre 15 y 20.
- No mires el reloj. El criterio se aplica a ojo, por la sensación de estar claramente despierto o molesto. Da vuelta el despertador y deja el teléfono lejos.
- Vuelve a la cama solo con somnolencia real, y si otra vez pasa el rato sin dormirte, repite. Las veces que haga falta.
- Levántate a la misma hora todos los días, hayas dormido bien o mal, sábados y domingos incluidos.
- Nada de siestas, salvo excepciones acotadas de media hora como máximo.
Fuera de la cama, Perlis agrega algo que suele hacer la diferencia: ten preparada una lista de actividades que te resulten agradables y hazlas solo en esos ratos nocturnos. Cambia el marco mental de “estoy fracasando en dormirme” a algo que no se siente como castigo. Lo que sí queda prohibido es comer, tomar alcohol, hacer ejercicio, usar pantallas y ponerse a resolver los problemas del día en el sillón.
¿Y funciona? Una revisión sistemática con metaanálisis del control de estímulos aislado encontró mejoras de pequeñas a grandes en latencia de sueño y tiempo total de sueño frente a no recibir tratamiento (g entre 0,38 y 0,85), y resultados parecidos a los de otros tratamientos activos (Jansson-Fröjmark et al., 2024). Los autores piden estudios de mejor calidad metodológica, y la advertencia es justa: buena parte de los ensayos originales son de entre 1978 y 1998. Aun así, es la pieza que más consistentemente aparece cuando se desarma la terapia en sus componentes.
Si el problema es que no puedo dejar de intentar dormirme
Deja de intentarlo. El sueño es involuntario y no responde a órdenes: cuanto más lo persigues, más se corre. Ese esfuerzo genera lo que los manuales llaman ansiedad de rendimiento, una activación que apaga justo las vías que necesitas encendidas para dormirte.
Perlis lo explica con una imagen que se entiende sola: puedes tener la tabla, el traje y el mejor punto de la playa, pero no puedes ordenar que aparezca una ola. Solo puedes meterte al agua y esperar. Contar ovejas, por lo mismo, es una mala idea: mantiene al cerebro enganchado en una tarea que exige esfuerzo (Perlis et al., 2005).
De ahí sale la intención paradójica, que consiste en proponerse lo contrario. Te acuestas cómodo, apagas la luz, mantienes los ojos abiertos y te propones seguir despierto un ratito más, sin hacer nada para espabilarte. Si te preocupa llevar mucho rato despierto, esa era exactamente la instrucción, así que lo estás haciendo bien. Al sacar la exigencia, la activación baja. Un metaanálisis de diez ensayos encontró mejoras grandes frente a no tratarse, moderadas frente a otros tratamientos activos, y una caída marcada en la ansiedad de rendimiento asociada al sueño, que es el mecanismo que la técnica dice atacar (Jansson-Fröjmark et al., 2022).
Con los pensamientos, la trampa es la misma. Intentar no pensar en algo lo trae de vuelta con más fuerza, por el proceso irónico de Wegner. Por eso la detención del pensamiento, esa técnica de gritarse “basta” o darse un elástico en la muñeca, está desaconsejada en los manuales actuales de terapia cognitivo-conductual: funciona como evitación y termina aumentando la frecuencia de las intrusiones (Ruiz et al., 2012; Clark y Beck, 2010). Si te interesa el mecanismo completo, lo desarrollamos en el artículo sobre pensamientos intrusivos.
Lo que sí sirve es aplazar en vez de suprimir. El aplazamiento de la preocupación, desarrollado por Borkovec y su equipo en 198390206-1), consiste en anotar brevemente lo que aparece y postergar su análisis a un horario fijo del día siguiente, en vez de pelear con ello a las tres de la mañana (Borkovec et al., 1983). Hay una diferencia de fondo entre “no pienses en esto” y “esto lo pienso mañana a las siete”: la segunda no niega nada, solo lo agenda.
Aquí conviene una advertencia sobre las técnicas de respiración, porque suelen recomendarse de forma automática. Si las usas en mitad de la noche para revisar cada dos minutos si ya te calmaste, dejan de ser relajación y pasan a ser vigilancia, que es lo contrario de lo que buscas. La respiración diafragmática ayuda como práctica regular, no como herramienta de emergencia para forzar el sueño.
Guía nocturna: qué hacer con tu situación de esta noche
Ahora sí. Cuatro preguntas sobre tu ansiedad nocturna de esta noche, sin puntaje y sin diagnóstico. Responde con lo que te está pasando ahora mismo, sin pensarlo mucho.
Guía nocturna: ¿qué hago ahora mismo?
Cuatro preguntas, sin puntaje y sin diagnóstico. Devuelve la conducta que la evidencia respalda para tu situación de esta noche, y te dice si además conviene mirarlo con calma de día.
¿Qué es lo que NO ayuda, aunque todo el mundo lo recomiende?
Cuatro consejos populares tienen evidencia en contra, y uno de ellos es probablemente lo que estás haciendo esta noche.
Quedarse en la cama descansando aunque no duermas. La intuición dice que algo se descansa. Perlis cita investigación con anestesia profunda, donde la persona está inmóvil e inconsciente, que muestra un rebote de ondas lentas a la noche siguiente idéntico al de una privación total de sueño: la inmovilidad no reemplaza las funciones del sueño real. El costo de largo plazo es que refuerzas la asociación entre tu cama y estar despierto (Perlis et al., 2005).
El alcohol como somnífero. Ayuda a caer dormido y arruina la segunda mitad de la noche. Al metabolizarse aparecen microdespertares, sueño superficial y deshidratación, así que cambias una hora de conciliación por tres de fragmentación. Morin, Perlis y la guía española de insomnio en atención primaria coinciden en desaconsejarlo (Grupo de Trabajo de la GPC de Insomnio en Atención Primaria, 2009).
Recuperar el sueño el fin de semana. Levantarse tarde el sábado rompe el anclaje del reloj biológico y vacía la presión de sueño acumulada, que es justo lo que necesitas para la noche siguiente. La hora de levantarse es la misma los siete días, sin importar cómo durmiste.
La higiene del sueño como tratamiento único. Esta es la que más sorprende, porque es exactamente lo que devuelve cualquier búsqueda. Un metaanálisis de 15 estudios comparó la educación en higiene del sueño con la terapia cognitivo-conductual y encontró que la higiene mejora algo, pero significativamente menos: la diferencia es de unos dos puntos en el índice de Pittsburgh y de un 8% en eficiencia de sueño (Chung et al., 2018). Sirve para quitar del medio los saboteadores obvios, como el café de las siete de la tarde, pero no es el tratamiento.
Y hay un hallazgo que va todavía más lejos. El análisis de componentes más grande que existe, con 241 ensayos y 31.452 participantes, desarmó la terapia en sus piezas para ver cuál aporta qué. Los componentes críticos resultaron ser la reestructuración cognitiva (odds ratio incremental de 1,68), los componentes de tercera ola (1,49), la restricción de sueño (1,49) y el control de estímulos (1,43). La educación en higiene del sueño no resultó necesaria (1,01), y las técnicas de relajación aparecieron como potencialmente contraproducentes (0,81) (Furukawa et al., 2024). Un segundo metaanálisis de componentes con 80 estudios llegó a algo parecido: la restricción de sueño y el control de estímulos son los que sostienen el efecto, mientras la psicoeducación, la relajación y la terapia cognitiva aislada no mostraron efectos significativos por su cuenta (Steinmetz et al., 2024).
Los dos trabajos miden componentes sueltos, no el paquete completo, y hay que leerlos así. Pero el mensaje práctico es claro: si llevas semanas respirando hondo y ordenando la pieza sin resultado, es que esas no son las piezas que mueven la aguja, no que lo estés haciendo mal.
¿Qué hago mañana y las próximas semanas?
Tres cosas concretas, en orden de importancia.
Fija la hora de levantarte y no la muevas. Es el ancla del reloj biológico y la única variable que controlas de verdad, porque la hora de dormirse no se decide. No compenses con siestas ni acostándote más temprano: las dos cosas vacían la presión de sueño que necesitas.
Ponle horario a la preocupación. El ejercicio que Perlis llama poner el día a descansar se hace temprano en la tarde, alrededor de las siete, con cuaderno y bolígrafo. Anotas lo que pasó, cómo te sentiste y qué vas a hacer con lo pendiente. Morin acota la sesión a 20 minutos; la guía española permite hasta 30. Cuando se acaba el tiempo, cierras el cuaderno. Si igual aparece algo en la noche, la consigna es "ya lo pensaré mañana"; si insiste, te levantas, lo anotas en una hoja y vuelves cuando tengas sueño.
No alargues el tiempo en cama. Suena injusto cuando llevas semanas durmiendo mal, y es la pieza con más respaldo. Un ensayo controlado con medición de mecanismo confirmó que la restricción de sueño funciona por donde la teoría decía: aumenta la presión de sueño y baja la activación (Maurer et al., 2022). Es incómoda las primeras semanas, y por eso conviene hacerla acompañado en vez de improvisarla, sobre todo si hay apnea, epilepsia o riesgo de caídas.
Si tu ansiedad va más allá de las noches, el enlace natural es hacia cómo controlar la ansiedad sin medicamentos y, si el cuadro es de preocupación constante, hacia el trastorno de ansiedad generalizada.
¿Cuándo esto deja de ser una mala racha?
Cuando lleva tres meses o más, con tres o más noches malas por semana. Ahí ya no se trata solo de la ansiedad que lo empezó: el insomnio adquirió vida propia y se sostiene por lo que uno hace para compensarlo.
El modelo que mejor explica ese tránsito es el de las tres P, formulado a partir del trabajo de Spielman de 198730532-x). Hay factores predisponentes, una tendencia a rumiar o un sistema nervioso reactivo (Spielman et al., 1987), factores precipitantes (la época de ansiedad que gatilló todo) y factores perpetuadores, que son los que uno agrega después para intentar recuperar: acostarse más temprano, quedarse en cama de mañana, la siesta, el trago antes de dormir. Cuando el estresor original baja, esos hábitos siguen ahí y mantienen el problema solos. Lo desarrollamos completo en la guía del modelo 3P.
Un estudio que siguió a 140 personas con insomnio agudo y 737 buenos dormidores durante un mes encontró qué predecía que el insomnio se quedara en vez de remitir solo: haber tenido un episodio previo, más síntomas depresivos y la preocupación afectiva por el sueño (Ellis et al., 2021). Ese tercer factor es el que más dice: lo que predecía la cronificación era la angustia por el sueño en particular, más que la ansiedad general.
En Latinoamérica el problema es frecuente. Una revisión sistemática con metaanálisis de 20 estudios y más de 128.000 participantes estimó una prevalencia combinada de alteraciones del sueño del 24,7%, con más riesgo en desempleados (OR de 2,84) y en personas de menores ingresos (Etindele Sosso et al., 2023). La misma revisión deja ver el vacío: de esos 20 estudios, 16 eran brasileños y solo uno chileno.
Señales que piden mirar otra cosa antes
Hay cuadros que se parecen a un insomnio por ansiedad y no lo son. Conviene consultar, sin urgencia pero sin postergarlo, si aparece alguno de estos:
- Ronquidos fuertes, pausas respiratorias o despertar con sensación de ahogo, sobre todo si de día hay somnolencia marcada. Orienta a apnea del sueño y se confirma con un estudio de sueño.
- Necesidad irresistible de mover las piernas en reposo por la tarde o la noche, con sensaciones desagradables. Es el síndrome de piernas inquietas, que tiene tratamiento propio.
- Despertares bruscos con el corazón disparado y sensación de crisis. Pueden ser crisis nocturnas, que se abordan distinto. La diferencia entre un ataque de ansiedad y uno de pánico importa aquí.
- Un medicamento nuevo o recién suspendido, o el uso habitual de alcohol para dormir. Los corticoides, los broncodilatadores y algunos estimulantes alteran el sueño por su cuenta.
Sobre los fármacos para dormir, la guía española es explícita: los hipnóticos y las benzodiacepinas se recomiendan solo a corto plazo, no más de cuatro semanas y a la dosis mínima eficaz, porque su beneficio se pierde al suspenderlos y aparece insomnio de rebote. Si llevas meses tomándolos, el tema es otro y lo tratamos en la guía de benzodiacepinas.
La comparación de fondo está zanjada. Un metaanálisis clásico de terapia cognitivo-conductual para el insomnio crónico y la revisión sistemática que sustenta la guía de la Academia Americana de Medicina del Sueño la sitúan como tratamiento de primera línea (Trauer et al., 2015; Edinger et al., 2021). Y cuando el insomnio convive con otro cuadro, que es tu caso si llegaste aquí buscando ansiedad, un metaanálisis de 37 ensayos encontró que el 36% de quienes recibieron la terapia remitió del insomnio frente al 16,9% de los controles, con mejoras grandes en eficiencia de sueño y en latencia, y beneficios sobre los síntomas del cuadro comórbido que fueron mayores en las poblaciones psiquiátricas que en las médicas (Wu et al., 2015). Sobre cómo se trabaja en sesión, está la guía de terapia cognitivo-conductual para la ansiedad.
Si quieres una revisión más ordenada de tu propio caso antes de consultar, el test de insomnio recorre los criterios clínicos uno por uno, y en la página de trastornos del sueño está el resto del cuadro.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto tiempo es normal tardar en dormirse?
Alrededor de 15 a 20 minutos es lo habitual, y ese mismo rango es el criterio que usa el control de estímulos para indicarte que te levantes. Tardar más de media hora de forma repetida, tres o más noches por semana, es la señal de que conviene revisarlo. Un buen dormidor tampoco se duerme al instante.
¿Es mejor quedarme acostado descansando aunque no me duerma?
No. Es uno de los errores más frecuentes. Estar inmóvil en la cama no cumple las funciones del sueño real y sí refuerza la asociación entre tu cama y el estado de estar despierto y frustrado. La indicación con respaldo es la contraria: levantarse, salir de la pieza y volver solo cuando aparezca la somnolencia.
¿La ansiedad nocturna se quita sola?
El insomnio agudo por una época de estrés suele ceder por su cuenta cuando pasa el estresor. Lo que lo cronifica no es la mala noche, sino las conductas que uno agrega para compensar: siestas, acostarse antes, alcohol, quedarse en cama de mañana. Si ya llevas tres meses con tres o más noches malas por semana, difícilmente se resuelva solo.
¿Sirve la respiración para dormir cuando tengo ansiedad?
Como práctica regular, sí ayuda a bajar la activación general. Como herramienta de emergencia en la cama, suele volverse contraproducente: uno termina revisando cada dos minutos si ya funcionó, y esa vigilancia mantiene la alerta. Los análisis por componentes tampoco encontraron que la relajación aporte por sí sola lo que aportan el control de estímulos y la restricción de sueño.
¿Puedo tomar algo para dormir mientras tanto?
Las guías clínicas admiten los hipnóticos y las benzodiacepinas solo a corto plazo, no más de cuatro semanas, a la dosis mínima eficaz y bajo indicación médica. El problema es que la mejoría se pierde al suspenderlos y aparece insomnio de rebote, mientras que los efectos de la terapia se mantienen entre 3 y 24 meses después de terminarla.
¿Tratar el sueño mejora la ansiedad, o hay que tratar la ansiedad primero?
Tratar el sueño mejora la ansiedad por sí mismo. Un metaanálisis de 43 ensayos encontró un efecto moderado de las intervenciones de sueño sobre los síntomas ansiosos, algo mayor en quienes partían con ansiedad elevada. No reemplaza el tratamiento de un trastorno de ansiedad establecido, pero deja de tener sentido esperar a "resolver la ansiedad" antes de ocuparse del insomnio.
Para terminar
Si estás leyendo esto de madrugada, la instrucción de esta noche cabe en una línea: sal de la cama, haz algo tranquilo en otra pieza y vuelve cuando tengas sueño de verdad. Mañana, pon el despertador a la misma hora de siempre y no compenses.
Si esto ya lleva meses, hay un tratamiento con evidencia sólida, dura entre seis y ocho sesiones y funciona igual cuando el insomnio viene con ansiedad encima. Puedes escribirme para agendar una hora y revisamos juntos qué está manteniendo tus noches así.
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
Borkovec, T. D., Wilkinson, L., Folensbee, R., & Lerman, C. (1983). Stimulus control applications to the treatment of worry. Behaviour Research and Therapy, 21(3), 247-251. https://doi.org/10.1016/0005-7967(83)90206-1
Chung, K. F., Lee, C. T., Yeung, W. F., Chan, M. S., Chung, E. W. Y., & Lin, W. L. (2018). Sleep hygiene education as a treatment of insomnia: A systematic review and meta-analysis. Family Practice, 35(4), 365-375. https://doi.org/10.1093/fampra/cmx122
Clark, D. A., & Beck, A. T. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. Guilford Press.
Edinger, J. D., Arnedt, J. T., Bertisch, S. M., Carney, C. E., Harrington, J. J., Lichstein, K. L., Sateia, M. J., Troxel, W. M., Zhou, E. S., Kazmi, U., Heald, J. L., & Martin, J. L. (2021). Behavioral and psychological treatments for chronic insomnia disorder in adults: An American Academy of Sleep Medicine systematic review, meta-analysis, and GRADE assessment. Journal of Clinical Sleep Medicine, 17(2), 263-298. https://doi.org/10.5664/jcsm.8988
Ellis, J. G., Perlis, M. L., Espie, C. A., Grandner, M. A., Bastien, C. H., Barclay, N. L., Altena, E., & Gardani, M. (2021). The natural history of insomnia: Predisposing, precipitating, coping, and perpetuating factors over the early developmental course of insomnia. Sleep, 44(9), zsab095. https://doi.org/10.1093/sleep/zsab095
Etindele Sosso, F. A., Torres Silva, F., Queiroz Rodrigues, R., Carvalho, M. M., Zoukal, S., & Zarate, G. C. (2023). Prevalence of sleep disturbances in Latin American populations and its association with their socioeconomic status: A systematic review and a meta-analysis. Journal of Clinical Medicine, 12(24), 7508. https://doi.org/10.3390/jcm12247508
Furukawa, Y., Sakata, M., Yamamoto, R., Nakajima, S., Kikuchi, S., Inoue, M., Ito, M., Noma, H., Takashina, H. N., Funada, S., Ostinelli, E. G., Furukawa, T. A., Efthimiou, O., & Perlis, M. (2024). Components and delivery formats of cognitive behavioral therapy for chronic insomnia in adults: A systematic review and component network meta-analysis. JAMA Psychiatry, 81(4), 357-365. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2023.5060
Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica para el Manejo de Pacientes con Insomnio en Atención Primaria. (2009). Guía de práctica clínica para el manejo de pacientes con insomnio en atención primaria. Ministerio de Sanidad y Política Social. https://portal.guiasalud.es/gpc/insomnio-atencion-primaria/
Harvey, A. G. (2003). The attempted suppression of presleep cognitive activity in insomnia. Cognitive Therapy and Research, 27(6), 593-602. https://doi.org/10.1023/a:1026322310019
Hysing, M., Harvey, A. G., Skrindo Knudsen, A. K., Skogen, J. C., Reneflot, A., & Sivertsen, B. (2025). Mind at rest, mind at risk: A prospective population-based study of sleep and subsequent mental disorders. Sleep Medicine: X, 9, 100138. https://doi.org/10.1016/j.sleepx.2025.100138
Jansson-Fröjmark, M., Alfonsson, S., Bohman, B., Rozental, A., & Norell-Clarke, A. (2022). Paradoxical intention for insomnia: A systematic review and meta-analysis. Journal of Sleep Research, 31(2), e13464. https://doi.org/10.1111/jsr.13464
Jansson-Fröjmark, M., Nordenstam, L., Alfonsson, S., Bohman, B., Rozental, A., & Norell-Clarke, A. (2024). Stimulus control for insomnia: A systematic review and meta-analysis. Journal of Sleep Research, 33(1), e14002. https://doi.org/10.1111/jsr.14002
Lemyre, A., Belzile, F., Landry, M., Bastien, C. H., & Beaudoin, L. P. (2020). Pre-sleep cognitive activity in adults: A systematic review. Sleep Medicine Reviews, 50, 101253. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2019.101253
Maurer, L. F., Espie, C. A., Omlin, X., Emsley, R., & Kyle, S. D. (2022). The effect of sleep restriction therapy for insomnia on sleep pressure and arousal: A randomized controlled mechanistic trial. Sleep, 45(1), zsab223. https://doi.org/10.1093/sleep/zsab223
Morin, C. M., & Espie, C. A. (2003). Insomnia: A clinical guide to assessment and treatment. Kluwer Academic/Plenum Publishers.
Perlis, M. L., Jungquist, C., Smith, M. T., & Posner, D. (2005). Cognitive behavioral treatment of insomnia: A session-by-session guide. Springer.
Riemann, D., Dressle, R. J., Benz, F., Spiegelhalder, K., Johann, A. F., Nissen, C., Hertenstein, E., Baglioni, C., Palagini, L., Krone, L., Perlis, M. L., Domschke, K., Berger, M., & Feige, B. (2025). Chronic insomnia, REM sleep instability and emotional dysregulation: A pathway to anxiety and depression? Journal of Sleep Research, 34(2), e14252. https://doi.org/10.1111/jsr.14252
Royant-Parola, S. (2026). Sleep disturbances in anxiety disorders: State of the art and management. L'Encéphale, 52(3), S46-S50. https://doi.org/10.1016/j.encep.2026.02.011
Ruiz Fernández, M. Á., Díaz García, M. I., & Villalobos Crespo, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo conductuales. Desclée De Brouwer.
Spielman, A. J., Caruso, L. S., & Glovinsky, P. B. (1987). A behavioral perspective on insomnia treatment. Psychiatric Clinics of North America, 10(4), 541-553. https://doi.org/10.1016/s0193-953x(18)30532-x
Staines, A. C., Broomfield, N., Pass, L., Orchard, F., & Bridges, J. (2022). Do non-pharmacological sleep interventions affect anxiety symptoms? A meta-analysis. Journal of Sleep Research, 31(1), e13451. https://doi.org/10.1111/jsr.13451
Steinmetz, L., Simon, L., Feige, B., Riemann, D., Johann, A. F., Ell, J., Ebert, D. D., Baumeister, H., Benz, F., & Spiegelhalder, K. (2024). Network meta-analysis examining efficacy of components of cognitive behavioural therapy for insomnia. Clinical Psychology Review, 114, 102507. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2024.102507
Trauer, J. M., Qian, M. Y., Doyle, J. S., Rajaratnam, S. M., & Cunnington, D. (2015). Cognitive behavioral therapy for chronic insomnia: A systematic review and meta-analysis. Annals of Internal Medicine, 163(3), 191-204. https://doi.org/10.7326/m14-2841
Wegner, D. M. (1994). Ironic processes of mental control. Psychological Review, 101(1), 34-52. https://doi.org/10.1037/0033-295x.101.1.34
Wu, J. Q., Appleman, E. R., Salazar, R. D., & Ong, J. C. (2015). Cognitive behavioral therapy for insomnia comorbid with psychiatric and medical conditions: A meta-analysis. JAMA Internal Medicine, 175(9), 1461-1472. https://doi.org/10.1001/jamainternmed.2015.3006
Xue, Y., Wang, W. D., Liu, Y. J., Wang, J., & Walters, A. S. (2025). Sleep disturbances in generalized anxiety disorder: The central role of insomnia. Sleep Medicine, 132, 106545. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2025.106545

Nicolás Alcayaga
Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)
Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →
Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.
