Etiqueta: sueño

  • Test de cronotipo gratis: ¿alondra o búho?

    Test de cronotipo gratis: ¿alondra o búho?

    Si te cuesta levantarte antes de las diez y a las once de la noche recién estás despierto o despierta, probablemente te preguntas si lo tuyo es flojera o una forma distinta de funcionar. Otras personas hacen la pregunta al revés: se duermen apenas anochece y odian las reuniones de la tarde. Las dos preguntas tienen la misma respuesta de fondo, y se llama cronotipo.

    Más abajo hay un test de cronotipo gratis, de cinco preguntas, que te dice si tus respuestas se parecen más a las de una persona matutina, intermedia o vespertina. Tarda dos minutos y no pide registro. Antes conviene entender qué mide, porque el número solo se interpreta bien con su contexto.

    En breve: el cronotipo es la hora del día en que tu cuerpo prefiere dormir y estar activo. Va de matutino (alondra) a vespertino (búho), con la mayoría de las personas en algún punto intermedio. Es una variación normal del reloj biológico. Se vuelve un problema cuando tu horario real choca con tu reloj de forma sostenida: ahí aparecen el cansancio y el desorden del sueño, y en algunos casos hay que descartar un trastorno del ritmo circadiano.

    ¿Qué es el cronotipo?

    El cronotipo es la forma en que tu reloj biológico interno se acopla a los ciclos del entorno, sobre todo a la luz y la oscuridad. En la práctica se nota en la hora a la que te da sueño, a la que te despiertas cuando nadie te apura y a la que rindes mejor. Una revisión crítica de Roenneberg y colaboradores lo define como esa fase de acoplamiento y lo distingue de la mera preferencia: una cosa es lo que te gustaría hacer y otra lo que tu cuerpo hace de verdad (Roenneberg et al., 2019).

    Esa diferencia explica que existan dos tipos de cuestionario:

    • Los de preferencia, como el de Horne y Östberg (1976), de 19 ítems. Preguntan a qué hora te levantarías o rendirías mejor si fueras totalmente libre de organizar tu día.
    • Los de conducta, como el Cuestionario de Cronotipo de Múnich (MCTQ). Preguntan a qué hora duermes de verdad en días de trabajo y en días libres, y calculan el punto medio de tu sueño.

    El MCTQ, publicado por Roenneberg y colaboradores en 2003, llegó a casi 300.000 entradas en su versión online y se tradujo a 13 idiomas (Roenneberg et al., 2019). El test de este artículo usa la primera familia: mide preferencia.

    ¿Qué tipos de cronotipo hay?

    Se habla de tres: matutino, intermedio y vespertino. Los matutinos (alondras) prefieren acostarse y levantarse temprano y rinden más en la primera mitad del día. Los vespertinos (búhos) prefieren lo contrario. Los intermedios no muestran una inclinación marcada.

    La división en tres cajas es cómoda, pero el cronotipo funciona más como una escala continua, con los extremos en las colas y la mayoría de la gente en el medio (Roenneberg et al., 2019). Por eso la escala de este test devuelve cinco tramos y no tres: matutino claro, matutino moderado, ningún tipo, vespertino moderado y vespertino claro.

    Test de cronotipo gratis: ¿matutino, intermedio o vespertino?

    Este test de matutinidad y vespertinidad usa la escala reducida (rMEQ) que Adan y Almirall (1990) estandarizaron en población española a partir del cuestionario de Horne y Östberg. Tiene cinco preguntas: tres sobre horarios, una sobre cómo te sientes al despertar y una sobre cómo te defines. Si buscabas un cronotipo test para saber si eres alondra o búho, este se basa en una escala estandarizada en español. Responde pensando en cómo serías con total libertad de horario y no en el que hoy te imponen el trabajo o los estudios. Sirve cualquier respuesta sincera.

    Test de cronotipo: 5 preguntas

    Escala reducida de matutinidad (rMEQ) de Adan y Almirall, versión española del cuestionario de Horne y Östberg. Tarda unos 2 minutos.

    Es una orientación sobre tu preferencia horaria, no un diagnóstico. Responde pensando en cómo serías si pudieras organizar tu día con total libertad, no en el horario que hoy te imponen el trabajo o el estudio.

    Pregunta 1
    Pregunta 2 Durante la primera media hora después de haberte despertado por la mañana, te encuentras…
    Pregunta 3
    Pregunta 4

    Elige la franja de una hora en la que sientes que rindes y te sientes mejor.

    Pregunta 5 Suele hablarse de personas de tipo “matutino” y “vespertino”. ¿De cuál de estos dos tipos te consideras?

    ¿Cómo se interpreta el puntaje del test de cronotipo?

    La escala suma entre 4 y 25 puntos. Cuanto más alto, más matutino. Los cortes de Adan y Almirall (1990) son estos:

    PuntajeTipo
    22 a 25Claramente matutino
    18 a 21Moderadamente matutino
    12 a 17Ningún tipo (intermedio)
    8 a 11Moderadamente vespertino
    4 a 7Claramente vespertino

    En la muestra con la que se estandarizó la escala, formada por unos 540 adultos jóvenes españoles, el 60 % cayó en "ningún tipo", entre el 17 % y el 21 % en cada tipo moderado y solo el 1 % en cada extremo claro (Adan y Almirall, 1990). Si saliste intermedio, estás en el grupo más grande. Si saliste en un extremo, estás en el grupo menos frecuente, en la punta de un continuo que compartimos todos.

    Esas cifras no son una estadística de Chile. No hay baremos chilenos publicados para esta versión, así que valen como referencia de cómo se distribuyó la escala en esa muestra y no como el porcentaje de chilenos de cada tipo.

    ¿Qué limitaciones tiene este test de cronotipo?

    Conviene saberlas antes de tomar el resultado al pie de la letra:

    • Es una escala corta. En una muestra sueca de jóvenes de 16 a 26 años, la versión reducida tuvo una consistencia de 0,68, algo por debajo de lo ideal. Los autores concluyen que sirve para estimar el cronotipo cuando se necesita un cuestionario breve, pero con cautela (Danielsson et al., 2019).
    • Mide lo que dices, no lo que haces. Al comparar la versión completa y la reducida, la reducida separó mejor a los tipos extremos según lo declarado, pero esa ventaja no se confirmó con un registro objetivo de sueño de una semana. Los autores lo atribuyen a que los ritmos sociales tapan la preferencia de fondo (Tonetti y Natale, 2019).
    • Tu horario te mueve el puntaje. En el estudio original, el horario laboral fue la variable que más influyó: quienes trabajan de mañana puntúan más matutino y quienes trabajan de noche, más vespertino. Las autoras concluyen que la gente responde más influida por sus hábitos laborales que por su personalidad (Adan y Almirall, 1990).
    • La pregunta 5 pesa mucho. Cómo te defines puede sumar hasta 6 puntos, más que cualquier otra, y es la que más se parece al puntaje total.
    • La edad cambia el resultado. La escala se estandarizó con adultos jóvenes, y el cronotipo no es fijo en la vida, como se ve más abajo.

    Por todo eso, el resultado es una pista para conocerte mejor y para ordenar tu rutina, no un dato para diagnosticar.

    ¿Es malo ser de cronotipo vespertino?

    No, en sí mismo es una variación normal del reloj biológico. Lo que sí se ha estudiado es qué pasa con la salud mental cuando una persona vespertina vive con horarios pensados para la mañana.

    Una revisión reciente sobre cronotipo y depresión concluye que la vespertinidad se asocia con mayor riesgo de depresión, síntomas más graves y mayor tasa de suicidalidad, mientras que ser matutino parece proteger. Las propias autoras advierten que muchos estudios dependen de que la persona declare su cronotipo y que no se ha demostrado que el cronotipo cause la depresión (Zhao et al., 2025).

    Tampoco hay una relación simple con la alimentación. Un metaanálisis de 51 estudios observacionales encontró que un cronotipo más tardío se asocia con más atracones (r = 0,39), alimentación nocturna (r = 0,21) y adicción a la comida (r = 0,17), y con menos restricción alimentaria, siempre como asociación y no como causa (Arab et al., 2026).

    Una explicación que se maneja es que el problema no viene del cronotipo en sí sino del desfase con los horarios, lo que lleva al siguiente concepto.

    ¿Qué es el jetlag social y por qué importa?

    El jetlag social es la diferencia entre el sueño que tu cuerpo pediría y el que los horarios sociales te permiten. Wittmann y colaboradores (2006) lo propusieron para describir lo que le pasa a quien se acuesta y se levanta tarde los fines de semana y debe madrugar de lunes a viernes. Se calcula como la diferencia entre el punto medio del sueño en días libres y en días de trabajo. Es como cruzar varios husos horarios cada semana sin salir de casa.

    En jóvenes de 10 a 24 años, un metaanálisis de 8 estudios encontró que un jetlag social de 2 horas o más se asoció con mayor probabilidad de síntomas depresivos (OR = 1,44), mientras que el de 1 a 2 horas no mostró una asociación significativa. La correlación global fue débil (r = 0,16), y los autores piden estudios que sigan a las personas en el tiempo para saber qué viene primero (Sun et al., 2025). Otro metaanálisis de 14 estudios con más de 164.000 participantes vio una asociación con depresión y ansiedad en adolescentes y jóvenes, pero calificó la certeza de la evidencia como muy baja, por lo que sus resultados se leen con cautela (Lu y Tsai, 2026).

    El propio grupo de Roenneberg matiza el concepto. Cuando alguien duerme más el fin de semana, parte de lo que se mide es deuda de sueño y no solo desajuste del reloj. Además, dormir más los días libres compensa la falta de sueño de la semana, así que el problema de fondo son los horarios rígidos y no el descanso del sábado (Roenneberg et al., 2019).

    ¿Cambia el cronotipo con la edad?

    Sí. Durante la adolescencia el reloj se retrasa y las personas se vuelven más vespertinas; ese retraso llega a su punto más tardío alrededor de los 20 años, y desde ahí el cronotipo se adelanta poco a poco hacia las mañanas (Roenneberg et al., 2004). Por eso un adolescente que no se duerme temprano muchas veces no está desafiando a nadie: su reloj está más tarde que el del adulto que lo despierta.

    Además de la edad, influyen la genética y la luz. La luz de la mañana adelanta el reloj, y la luz artificial de la noche lo retrasa (Roenneberg et al., 2019). En un estudio con adultos de distintos horarios laborales, el sexo no mostró diferencias en el puntaje de la escala (Adan y Almirall, 1990).

    ¿Qué hacer si eres vespertino y debes madrugar?

    En las fuentes que revisamos no aparece una forma probada de convertir a un búho en alondra. Lo que sí puedes hacer es acercar tu rutina a tu reloj y reducir el desfase en lo que se pueda cambiar:

    • Fija la hora de levantarte, incluso los fines de semana, con una diferencia que no pase de una hora. La regularidad del horario de levantarse es una de las bases del tratamiento conductual del insomnio (Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica para el Manejo de Pacientes con Insomnio en Atención Primaria, 2009).
    • Busca luz natural apenas despiertes. Es la señal más potente para sincronizar el reloj con el día, y también hay que cuidar que a la noche haya menos luz, sobre todo de pantallas (Roenneberg et al., 2019).
    • Revisa tus hábitos de la noche. Una cosa es que tu reloj te pida dormir tarde y otra acostarte tarde por quedarte en el celular aunque quieras dormir. Esa segunda conducta se llama procrastinación a la hora de dormir y se asocia con dormir menos y sentirse más cansado (Kroese et al., 2014). En este artículo del sitio hay consejos de higiene del sueño que sirven para ambos casos.
    • Haz un diario del sueño dos semanas. Anotar a qué hora te acuestas, te duermes y te levantas te muestra tu patrón real. Hay una plantilla de diario de sueño en el sitio.

    Si te interesa saber cómo anda tu sueño en general, puedes hacer el test de insomnio o el test de hábitos de sueño, que miden otra cosa: no la hora que prefieres sino qué tan bien duermes.

    ¿Cuándo un cronotipo vespertino es un trastorno del sueño?

    Cuando el retraso es muy marcado, estable y te cuesta funcionar por él. El trastorno se llama síndrome de retraso de fase del sueño. Los manuales de evaluación lo describen como un desplazamiento persistente de las horas de sueño, de unas 2 a 6 horas respecto de lo socialmente esperado, con sueño normal si se te deja dormir en tu horario, y con un impacto claro en el trabajo, los estudios o la vida social durante semanas o meses (Morin y Espie, 2004). En el insomnio, en cambio, el sueño suele ser malo también cuando te acuestas a la hora que quieres.

    Una revisión sistemática con metaanálisis encontró que los jóvenes con este trastorno tenían síntomas depresivos más graves que quienes no lo tenían (d de Cohen = 0,92), y que suele pasar desapercibido en la consulta (Dama et al., 2025). Los autores sugieren pensar en él cuando alguien tiene insomnio para conciliar el sueño y síntomas depresivos persistentes.

    Conviene pedir una evaluación si:

    • te duermes de madrugada de forma estable y no logras levantarte para tus obligaciones, y esto lleva meses;
    • usas alcohol, pastillas o mucha cafeína para dormirte o mantenerte despierto;
    • te da sueño al conducir en las primeras horas del día;
    • tu ánimo está bajo o sientes que "fracasas" por no poder tener un horario normal.

    Los efectos en la salud también aparecen en quienes trabajan de noche. Un metaanálisis de 14 estudios halló que, frente a quienes trabajan de día, tanto los matutinos como los vespertinos que trabajan de noche tenían más probabilidad de mala salud mental (OR de 1,19 y 1,11), y que ajustar los turnos al cronotipo no reducía bien ese riesgo (Li et al., 2026). Si trabajas por turnos y notas que tu ánimo o tu sueño se deterioran, vale la pena conversarlo.

    Puedes leer más sobre este tema en la guía de trastornos del sueño de este sitio, y en la página de MedlinePlus sobre problemas del sueño.

    Preguntas frecuentes sobre el cronotipo

    ¿Qué es el cronotipo?

    Es la preferencia natural de tu cuerpo por ciertos horarios para dormir y estar activo. Se mueve entre matutino (alondra) y vespertino (búho), con la mayoría de las personas en un punto intermedio. Depende de la genética, la edad y la luz, y se mide con cuestionarios como el de Horne y Östberg o el de Múnich (Roenneberg et al., 2019).

    ¿Cuántos cronotipos existen?

    Se habla de tres, matutino, intermedio y vespertino, pero el cronotipo es más bien una escala continua. La escala reducida que usa este test lo divide en cinco tramos: matutino claro, matutino moderado, ningún tipo, vespertino moderado y vespertino claro, según un puntaje de 4 a 25 (Adan y Almirall, 1990).

    ¿Cuál es el cronotipo más común?

    El intermedio. En la muestra de adultos jóvenes españoles con la que se estandarizó la escala reducida, el 60 % quedó en "ningún tipo" y solo el 1 % en cada extremo claro (Adan y Almirall, 1990). No hay una cifra equivalente publicada para población chilena.

    ¿Se puede cambiar el cronotipo?

    Se puede acercar el horario al reloj, pero no volver matutina a una persona vespertina. El cronotipo cambia con la edad y con la exposición a la luz, y tiene un componente genético (Roenneberg et al., 2019). Fijar la hora de levantarse, buscar luz de mañana y bajar la luz nocturna ayudan a reducir el desfase.

    ¿Ser vespertino es un problema de salud?

    No por sí solo. La vespertinidad se asocia con más síntomas depresivos y otros problemas, pero no se ha demostrado que los cause, y parte del efecto viene del desfase con los horarios (Zhao et al., 2025; Sun et al., 2025). Se vuelve un motivo de consulta si afecta tu funcionamiento o tu ánimo.

    ¿Este test de cronotipo es un diagnóstico?

    No. Mide tu preferencia horaria con una escala corta y orientativa, estandarizada en adultos jóvenes españoles, sin baremos chilenos. Tampoco detecta trastornos del sueño. Si tu sueño o tu ánimo te preocupan, una evaluación profesional es el paso correcto (Danielsson et al., 2019).

    Qué llevarte de este artículo

    Tu cronotipo describe cómo funciona tu reloj biológico, y tu voluntad tiene poco que ver con él. Si el test te salió intermedio, tu horario probablemente te acomoda bien. Si saliste vespertino y debes madrugar, lo útil es reducir el desfase: hora fija para levantarte, luz de mañana y noches con menos pantallas. Y si el desfase te agota, te desanima o lleva meses desordenando tu vida, consultarlo es parte del cuidado. Puedes escribirnos desde la página de contacto.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Adan, A., & Almirall, H. (1990). Estandarización de una escala reducida de matutinidad en población española: Diferencias individuales. Psicothema, 2(2), 137-149. https://www.psicothema.com/pi?pii=672

    Arab, A., Karimi, E., Eddy, K. T., Garaulet, M., & Scheer, F. A. (2026). Chronotype and disordered eating indicators: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 127, 102750. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2026.102750

    Dama, M. H., Martin, J., Tassone, V. K., Lin, Q., Lou, W., & Bhat, V. (2025). The association between delayed sleep-wake phase disorder and depression among young individuals: A systematic review and meta-analysis. The Canadian Journal of Psychiatry, 70(12), 869-886. https://doi.org/10.1177/07067437251328308

    Danielsson, K., Sakarya, A., & Jansson-Fröjmark, M. (2019). The reduced Morningness-Eveningness Questionnaire: Psychometric properties and related factors in a young Swedish population. Chronobiology International, 36(4), 530-540. https://doi.org/10.1080/07420528.2018.1564322

    Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica para el Manejo de Pacientes con Insomnio en Atención Primaria. (2009). Guía de práctica clínica para el manejo de pacientes con insomnio en atención primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud, Ministerio de Sanidad y Política Social.

    Horne, J. A., & Östberg, O. (1976). A self-assessment questionnaire to determine morningness-eveningness in human circadian rhythms. International Journal of Chronobiology, 4(2), 97-110.

    Kroese, F. M., De Ridder, D. T. D., Evers, C., & Adriaanse, M. A. (2014). Bedtime procrastination: Introducing a new area of procrastination. Frontiers in Psychology, 5, Artículo 611. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2014.00611

    Li, B., Wang, F., Tang, N. H., Huss, A., Chan, J. W. Y., Wing, Y. K., & Tse, L. A. (2026). Chronotype differences in the risk of cancers, diabetes mellitus, and poor mental health among shift workers: A meta-analysis. Scandinavian Journal of Work, Environment & Health, 52(2), 98-109. https://doi.org/10.5271/sjweh.4271

    Lu, Y. A., & Tsai, P. S. (2026). Associations of social jetlag with depression and anxiety in adolescents and young people: A systematic review and meta-analysis. Depression and Anxiety, 2026(1), 5542425. https://doi.org/10.1155/da/5542425

    Morin, C. M., & Espie, C. A. (2004). Insomnia: A clinical guide to assessment and treatment. Springer.

    Roenneberg, T., Kuehnle, T., Pramstaller, P. P., Ricken, J., Havel, M., Guth, A., & Merrow, M. (2004). A marker for the end of adolescence. Current Biology, 14(24), R1038-R1039. https://doi.org/10.1016/j.cub.2004.11.039

    Roenneberg, T., Pilz, L. K., Zerbini, G., & Winnebeck, E. C. (2019). Chronotype and social jetlag: A (self-) critical review. Biology, 8(3), 54. https://doi.org/10.3390/biology8030054

    Roenneberg, T., Wirz-Justice, A., & Merrow, M. (2003). Life between clocks: Daily temporal patterns of human chronotypes. Journal of Biological Rhythms, 18(1), 80-90. https://doi.org/10.1177/0748730402239679

    Sun, S., Yang, Y., Yu, F., He, Y., Luo, C., Zhang, M., Chen, H., & Tung, T. H. (2025). Social jetlag and depressive symptoms among young people: A systematic review and meta-analysis. BMC Psychiatry, 25(1), 664. https://doi.org/10.1186/s12888-025-07066-x

    Tonetti, L., & Natale, V. (2019). Discrimination between extreme chronotypes using the full and reduced version of the Morningness-Eveningness Questionnaire. Chronobiology International, 36(2), 181-187. https://doi.org/10.1080/07420528.2018.1525392

    Wittmann, M., Dinich, J., Merrow, M., & Roenneberg, T. (2006). Social jetlag: Misalignment of biological and social time. Chronobiology International, 23(1-2), 497-509. https://doi.org/10.1080/07420520500545979

    Zhao, Y., Liao, J. W., & Huang, Q. T. (2025). Role of chronotype in depression. World Journal of Psychiatry, 15(10), 109087. https://doi.org/10.5498/wjp.v15.i10.109087

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Síndrome del comedor nocturno: síntomas, causas y tratamiento

    Síndrome del comedor nocturno: síntomas, causas y tratamiento

    Son las dos de la madrugada y te despertaste con una idea fija: la cocina. Sientes una urgencia más que hambre, la sensación de que si no comes algo no vas a poder volver a dormirte. O quizás tu versión es otra: apenas desayunas, durante el día comes poco, y después de la cena no hay cómo parar hasta la hora de acostarte. Si alguna de estas escenas te suena, tal vez llegaste buscando el síndrome del comedor nocturno para saber si lo que te pasa tiene nombre.

    Tiene nombre, tiene criterios y tiene tratamiento, aunque la investigación sobre él es más corta de lo que uno querría. En esta guía vas a ver qué es, cuáles son sus síntomas, cómo se diagnostica, en qué se diferencia de los atracones nocturnos y de comer dormido, qué se sabe de sus causas y qué opciones de tratamiento tienen respaldo. Todo se apoya en revisiones y estudios publicados. Y donde no hay datos, como la cantidad de personas que lo tienen en Chile, lo decimos en vez de inventar una cifra. Si quieres ubicarlo dentro del mapa completo de la alimentación y sus trastornos, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: el síndrome del comedor nocturno consiste en comer una parte grande del día después de la cena y/o despertarse a comer, con conciencia de lo que se hace, malestar y problemas de sueño, durante al menos tres meses. Suele acompañarse de poco apetito en la mañana y ánimo más bajo al atardecer. Tiene tratamientos con respaldo parcial: terapia cognitivo-conductual, algunos antidepresivos y luz brillante matinal, aunque todavía con pocos ensayos grandes.

    ¿Qué es el síndrome del comedor nocturno?

    El síndrome del comedor nocturno (en inglés night eating syndrome, NES) es un trastorno de la alimentación en el que la comida se corre hacia el final del día y la noche: la persona come en exceso después de la cena y/o se despierta a comer, sabe lo que está haciendo y lo recuerda al día siguiente. El DSM-5 lo clasifica dentro de los “otros trastornos de la conducta alimentaria o de la ingesta especificados” (American Psychiatric Association, 2013; Allison y Lundgren, 2018).

    Lo describió por primera vez el psiquiatra Albert Stunkard en 1955 (Allison y Lundgren, 2018). Una revisión crítica de la literatura lo resume como un cuadro con tres piezas: poco apetito en la mañana, comer de más en la tarde-noche y/o ingestas nocturnas, e insomnio. Afecta a hombres y mujeres de distintos grupos, tiende a darse en familias y suele convivir con trastornos del ánimo, de ansiedad, del sueño, de la alimentación y por consumo de sustancias (Vander Wal, 2012).

    ¿Cuáles son los síntomas del síndrome del comedor nocturno?

    Los síntomas giran alrededor de cuándo se come y cómo se duerme:

    • Poco apetito en la mañana. Saltarse el desayuno o no tener ganas de comer hasta bien avanzado el día.
    • Mucha comida después de la cena. Una parte importante de lo que se come en el día cae entre la cena y la hora de dormir.
    • Despertares con ingesta. Levantarse de madrugada a comer, con plena conciencia y recuerdo.
    • Una urgencia fuerte por comer entre la cena y el sueño, o durante la noche.
    • Insomnio, ya sea para quedarse dormido o para mantenerse dormido.
    • La creencia de que necesitas comer para dormir o para volver a dormirte.
    • Ánimo bajo o que empeora hacia la tarde y la noche.

    Para el diagnóstico, el patrón tiene que causar malestar o afectar tu funcionamiento (Allison et al., 2010b; Vander Wal, 2012). Comer algo de noche de vez en cuando, o tener antojo después de un día muy largo, no es un síndrome.

    ¿Cómo se diagnostica el síndrome del comedor nocturno?

    Un grupo internacional de especialistas propuso en 2008 criterios de consenso, publicados en un artículo de 2010 en la International Journal of Eating Disorders (Allison et al., 2010b), que hoy se usan como referencia. Piden lo siguiente:

    1. Ingesta aumentada en la tarde y la noche, que se muestra de una de estas formas: comer al menos el 25 % de las calorías del día después de la cena, o despertarse a comer al menos dos veces por semana.
    2. Conciencia de los episodios. La persona está despierta y los recuerda.
    3. Malestar o deterioro en su vida cotidiana.
    4. Al menos tres de cinco características asociadas: falta de apetito matutino, urgencia por comer entre la cena y el sueño, insomnio, la creencia de que hay que comer para dormir y ánimo bajo o que empeora de noche.
    5. Duración de al menos tres meses.

    Los criterios orientan a los profesionales, y ningún test online confirma el diagnóstico. Existen cuestionarios de detección, como el Night Eating Questionnaire, que ayudan a los profesionales a sospechar el cuadro (Kucukgoncu et al., 2015), pero la confirmación requiere una evaluación clínica que también descarte otras causas médicas, del sueño o psiquiátricas.

    ¿Qué tan frecuente es el síndrome del comedor nocturno?

    Depende de a quién se le pregunte. En un estudio con 1.636 estudiantes universitarios de Estados Unidos, el 4,2 % cumplía criterios de síndrome del comedor nocturno, y el 2,9 % si se excluía a quienes además tenían atracones (Runfola et al., 2014). En pacientes de dos consultas psiquiátricas ambulatorias, el 12,3 % lo cumplía, con más trastornos por consumo de sustancias y más obesidad (Lundgren et al., 2006). Y una revisión sistemática en personas con diabetes tipo 2 encontró entre 3,8 % y 8,4 % (Abbott et al., 2018).

    Todos esos datos son de muestras específicas. No hay un estudio chileno de prevalencia que podamos citar, así que cualquier número que leas sobre “cuántos chilenos lo tienen” debería mirarse con desconfianza.

    Un dato aparte: comer de noche como conducta, sin que sea un síndrome, es bastante más común. Dos encuestas nacionales de Estados Unidos con diario de comidas, que sumaron más de 29.000 personas, mostraron que comer de noche es más habitual en fin de semana y en adultos de 18 a 30 años, menos en mayores de 65, y no se relacionó con el índice de masa corporal (Striegel-Moore et al., 2006). Ese estudio mide la conducta, no el síndrome completo.

    Atracones nocturnos y síndrome del comedor nocturno: ¿es lo mismo?

    No, aunque se parecen y a veces coinciden. El trastorno por atracón se define por episodios de comer una cantidad grande con sensación de perder el control, a cualquier hora del día. En el síndrome del comedor nocturno, lo central es el horario y el vínculo con el sueño: se come tarde o de madrugada, muchas veces algo moderado, y existe la creencia de que comer ayuda a dormir (Allison y Lundgren, 2018). Si te interesa el otro cuadro, lo tienes en la guía del trastorno por atracón.

    Una revisión sistemática de 22 estudios comparó ambos en pacientes con obesidad y trastornos alimentarios. Las personas con síndrome del comedor nocturno mostraban más psicopatología alimentaria (comer emocional, pérdida de control) y más síntomas depresivos que los controles, y el trastorno por atracón se diferenciaba por más comer emocional, más preocupaciones corporales y episodios de ingesta anormales (Kaur et al., 2022).

    Pueden convivir. En un estudio con 431 personas (candidatos a cirugía bariátrica, un grupo de apoyo para bajar de peso y población general), el 11,1 % cumplía criterios de síndrome del comedor nocturno, y el malestar psicológico se concentraba en quienes además tenían atracones o se levantaban a comer (Colles et al., 2007). Y en estudiantes con el síndrome hubo más antecedentes de depresión, TDAH y autolesiones que en quienes no lo tenían, diferencias que los atracones no explicaban por completo, lo que llevó a los autores a plantear que podría ser una entidad distinta (Runfola et al., 2014).

    ¿Y si como dormido? Comedor nocturno y trastorno alimentario relacionado con el sueño

    Hay otro cuadro que conviene conocer: el trastorno alimentario relacionado con el sueño, una parasomnia en la que la persona come mientras duerme, con poca o ninguna conciencia y sin recuerdo al despertar (Allison y Lundgren, 2018). Los criterios del síndrome del comedor nocturno exigen justo lo contrario, plena conciencia y recuerdo (Allison et al., 2010b), y esa es la diferencia más usada para separarlos.

    La frontera, con todo, es menos limpia en la práctica. Un estudio con videopolisomnografía en 35 personas con ingestas nocturnas anormales encontró que los episodios ocurrían tras despertares completos, con conciencia y recuerdo al día siguiente, y que eran frecuentes los movimientos periódicos de las piernas durante el sueño (Vetrugno et al., 2006). Por eso, si te despiertas rodeado de envoltorios sin recordar haberlos abierto, si cocinas dormido o te lastimas, o si tienes sensaciones raras en las piernas por la noche, necesitas una evaluación del sueño y no solo una consulta por alimentación. El tratamiento es distinto.

    ¿Cuáles son las causas del síndrome del comedor nocturno?

    La causa exacta sigue sin conocerse. Hay pistas desde tres frentes, con distinto nivel de certeza.

    El reloj biológico. En un estudio de laboratorio con 15 mujeres con el síndrome y 14 controles, las mujeres con síndrome del comedor nocturno comían más tarde en su ritmo diario, y hormonas del apetito y del sueño mostraron desfases: leptina, insulina y melatonina estaban retrasadas entre 1,0 y 2,8 horas, y la ghrelina, la hormona que estimula el hambre, estaba adelantada 5,2 horas (Goel et al., 2009). Los autores proponen que podría haber una desconexión entre el reloj central del cerebro y otros relojes del cuerpo, como el estómago o el hígado. Es un hallazgo en una muestra pequeña, de mujeres, que describe qué pasa pero no demuestra qué lo causa.

    La herencia. En un estudio de gemelos suecos con más de 11.000 participantes, la heredabilidad estimada del comer de noche fue de 0,44 en hombres y 0,35 en mujeres, y la correlación genética con los atracones fue de 0,66, lo que sugiere factores genéticos compartidos pero no idénticos (Root et al., 2010). Queda así un componente heredable moderado.

    El ánimo, el estrés y la restricción durante el día. El estrés y la depresión empeoran o disparan los episodios y las comorbilidades son frecuentes, aunque la evidencia es correlacional y no basta para decir que el ánimo “causa” el síndrome (Vander Wal, 2012; Allison y Lundgren, 2018). Otro mecanismo plausible, y el que usan los tratamientos para atracones, es la restricción: si comes poco o nada durante el día, la presión por comer se acumula hacia la noche (Fairburn, 2013). Para el síndrome del comedor nocturno específicamente eso no está probado como causa, pero explica por qué desayunar y comer regular sigue siendo un punto de partida razonable.

    Comer de noche y ansiedad: qué se sabe

    Mucha gente llega a este tema preguntándose si lo que tiene es ansiedad. La respuesta honesta es que están relacionadas, pero una no equivale a la otra. Los trastornos de ansiedad y del ánimo son frecuentes en quienes tienen el síndrome (Vander Wal, 2012), y el ánimo bajo o con empeoramiento vespertino es una de sus características asociadas (Allison et al., 2010b). Pero lo contrario no se cumple: la mayoría de las personas que comen de noche por estrés o por aburrimiento no tiene un síndrome del comedor nocturno, y comer de noche como conducta es común en adultos jóvenes (Striegel-Moore et al., 2006).

    Como orientación práctica (no es un criterio diagnóstico): si comer de noche es ocasional, no te preocupa y no altera tu sueño ni tu ánimo, probablemente sea un hábito. Si se repite casi cada semana desde hace meses, interfiere con el sueño, te despierta con la sensación de que necesitas comer y te deja con malestar, vale la pena consultarlo.

    ¿Engorda? Peso, salud y comer de noche

    La relación con el peso es menos directa de lo que se cree. Una revisión de alcance de 30 estudios en adultos encontró asociaciones inconsistentes con el índice de masa corporal, la diabetes tipo 2, la actividad física y la calidad del sueño, más probables en muestras representativas que en muestras de universitarios; sus autores concluyen que probablemente tenga efectos negativos sobre peso, diabetes, actividad física y sueño, pero que falta investigación con muestras más grandes y seguimiento (Sakthivel et al., 2023). En la muestra psiquiátrica fue más frecuente entre pacientes con obesidad (Lundgren et al., 2006), y en estudiantes el índice de masa corporal no difirió entre quienes tenían el síndrome y quienes no (Runfola et al., 2014).

    Para el peso, lo que cuenta es la energía total consumida en el día y no la hora del reloj (Fairburn, 2013). Lo que merece atención en el síndrome es el sueño fragmentado, el ánimo y el malestar que lo acompañan.

    ¿Cuál es el tratamiento del síndrome del comedor nocturno?

    La investigación sobre tratamiento es escasa. Una revisión de manejo la describe como un área en sus comienzos, en la que se usan antidepresivos y terapias psicológicas, y donde otras alternativas todavía son promesas (Kucukgoncu et al., 2015). Una revisión de alcance de 120 estudios coincide en que hacen falta estudios más grandes y de largo plazo (Muscatello et al., 2022). Esto es lo que hay, de lo más estudiado a lo menos.

    Terapia psicológica

    La terapia cognitivo-conductual (TCC) es la opción psicológica más estudiada en este cuadro, pero la evidencia es preliminar. En un estudio piloto con 25 pacientes, 10 sesiones de TCC redujeron el porcentaje de calorías después de la cena de 35,0 % a 24,9 %, las ingestas nocturnas de 8,7 a 2,6 por semana y el puntaje de síntomas de 28,7 a 16,3; el peso bajó de 82,5 a 79,4 kg y mejoraron el ánimo y la calidad de vida (Allison et al., 2010a). Fue un estudio sin grupo de comparación, así que sirve para decir que la TCC parece prometedora, no para afirmar su eficacia. Sus autores pidieron un ensayo controlado.

    También hay un ensayo piloto aleatorizado con 44 personas que probó una intervención breve (psicoeducación, relajación muscular progresiva y ejercicio, con seguimientos a 1 y 3 semanas). Bajaron los síntomas, la depresión, la ansiedad y el estrés en los tres grupos, y la relajación redujo más la proporción de comida después de la cena que la educación sola (Vander Wal et al., 2015).

    Fármacos

    El respaldo más sólido viene de un ensayo con sertralina en 34 pacientes durante 8 semanas: respondió el 71 % con sertralina frente al 18 % con placebo, con menos ingestas y despertares nocturnos, menos calorías tras la cena y, entre quienes tenían sobrepeso, una baja de 2,9 kg frente a 0,3 kg (O’Reardon et al., 2006). Es un estudio pequeño. Otro ensayo, con escitalopram durante 12 semanas en 40 pacientes, no encontró diferencia con el placebo en el cuestionario de síntomas (Vander Wal et al., 2012). Dos ensayos pequeños con resultados opuestos no permiten concluir qué antidepresivo funciona, ni siquiera cuánto. Otros medicamentos, como el topiramato, tienen por ahora estudios preliminares y series de casos (Allison y Lundgren, 2018; Kucukgoncu et al., 2015). Cualquier medicamento lo decide y lo supervisa un médico o psiquiatra.

    Luz brillante y otras opciones

    Dado el desfase del reloj biológico que vimos arriba, se probó la terapia de luz. En un estudio piloto con 15 adultos, dos semanas de luz de 10.000 lux por la mañana redujeron los síntomas del síndrome, la alteración del ánimo y la del sueño (McCune y Lundgren, 2015). Sin grupo de comparación, otra vez: es una señal para investigar, no una recomendación para comprarse una lámpara por cuenta propia.

    ¿Qué puedes hacer mientras tanto para controlar el comer nocturno?

    Ninguna de estas ideas reemplaza una evaluación, y ninguna tiene un ensayo que la pruebe específicamente para este síndrome. Son estrategias que vienen de los tratamientos de los atracones y del insomnio, y que encajan con lo que se sabe del cuadro:

    • Anota durante una o dos semanas qué comes, a qué hora, a qué hora duermes y cuántas veces te despiertas. Mirar el patrón con datos ayuda a ti y a quien te evalúe. Ese registro es parte del trabajo de la TCC (Fairburn, 2013).
    • Come de forma regular durante el día. El programa de Fairburn para atracones propone tres comidas y dos o tres colaciones planificadas, sin dejar pasar más de tres o cuatro horas despierto sin comer (Fairburn, 2013). Desayunar, aunque no tengas hambre, apunta justo al desfase del ciclo. Esto se desarrolló para atracones y falta probarlo en el comedor nocturno, así que es un punto de partida y no una receta.
    • No compenses con ayuno al día siguiente después de un episodio nocturno. Saltarse el desayuno renueva el ciclo de hambre acumulada (Fairburn, 2013).
    • Cuida el sueño. Los manuales de tratamiento del insomnio aconsejan no comer al despertarse en mitad de la noche, porque el cuerpo aprende a esperar comida a esa hora (Morin y Espie, 2004; Perlis et al., 2005). Si dormir te cuesta, la TCC para el insomnio y la guía de trastornos del sueño te dan el marco.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta si el patrón se repite casi todas las semanas desde hace tres meses o más, si interfiere con tu sueño, si te deja con malestar o culpa, si sientes que pierdes el control, si tu ánimo está bajo, o si has notado cambios importantes de peso. Consulta con más urgencia si comes dormido, si te lastimas, si cocinas sin recordarlo o si aparecen pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida: en ese caso puedes llamar en Chile al *4141 (línea de prevención del suicidio del Minsal) o ir a un servicio de urgencia.

    La puerta de entrada puede ser un psicólogo clínico con experiencia en trastornos alimentarios (para la evaluación y la TCC), un médico o psiquiatra (si hace falta evaluar medicación o descartar causas médicas) y, en el caso de sospecha de trastorno del sueño, una unidad de sueño. Si no sabes por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede ayudarte a elegir. Para una visión general de los trastornos alimentarios, puedes revisar las páginas de MedlinePlus en español y de la American Psychiatric Association.

    Si quieres que evaluemos tu caso en una consulta online, puedes agendar una hora. Comer de noche con malestar tiene salidas, y buscarlas no depende de la fuerza de voluntad.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es el síndrome del comedor nocturno?

    Es un trastorno de la alimentación en que una parte importante de la comida se desplaza a la tarde y la noche: se come mucho después de la cena y/o se despierta a comer, con plena conciencia, malestar y problemas de sueño. Se clasifica en el DSM-5 como otro trastorno alimentario especificado y debe durar al menos tres meses para diagnosticarse.

    ¿Cuáles son los síntomas del síndrome del comedor nocturno?

    Los principales son poco apetito en la mañana, comer una parte grande de las calorías después de la cena, despertarse a comer con conciencia y recuerdo, insomnio, la creencia de que hay que comer para dormir y ánimo bajo que empeora hacia la noche. El diagnóstico pide además malestar o deterioro y al menos tres de las cinco características asociadas.

    ¿Es lo mismo comer de noche que tener el síndrome del comedor nocturno?

    No. Comer de noche de vez en cuando es común, sobre todo en adultos jóvenes y en fin de semana. El síndrome exige un patrón sostenido, con al menos 25 % de las calorías después de la cena y/o despertares con ingesta dos veces por semana, malestar o deterioro, y una duración de tres meses o más.

    ¿En qué se diferencia de los atracones nocturnos?

    El atracón implica comer una cantidad grande con pérdida de control a cualquier hora. En el comedor nocturno lo central es el horario y el sueño: se come tarde o de madrugada, a menudo algo moderado, con la idea de que ayuda a dormir. Pueden coexistir, y una revisión encontró más comer emocional y preocupaciones corporales en el atracón.

    ¿El síndrome del comedor nocturno tiene tratamiento?

    Sí, aunque la evidencia es limitada. Hay un ensayo positivo con sertralina y otro negativo con escitalopram, un estudio piloto de TCC con buenos resultados, y estudios piloto de luz brillante matinal y de relajación. Faltan ensayos grandes. El tratamiento lo define un profesional tras evaluar tu caso, y no conviene automedicarse.

    ¿Hay que ir al médico si como dormido?

    Sí. Comer sin conciencia ni recuerdo, cocinar dormido o lastimarse apunta a una parasomnia, no al síndrome del comedor nocturno, y requiere una evaluación del sueño, que a veces incluye un estudio de polisomnografía. Los estudios con videopolisomnografía muestran que la frontera entre ambos cuadros no siempre es nítida, y por eso conviene que lo evalúe un médico.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Abbott, S., Dindol, N., Tahrani, A. A., & Piya, M. K. (2018). Binge eating disorder and night eating syndrome in adults with type 2 diabetes: A systematic review. Journal of Eating Disorders, 6, Artículo 36. https://doi.org/10.1186/s40337-018-0223-1
    • Allison, K. C., & Lundgren, J. D. (2018). Emerging syndromes: Night eating syndrome. En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed., pp. 438-444). Oxford University Press.
    • Allison, K. C., Lundgren, J. D., Moore, R. H., O’Reardon, J. P., & Stunkard, A. J. (2010a). Cognitive behavior therapy for night eating syndrome: A pilot study. American Journal of Psychotherapy, 64(1), 91-106. https://doi.org/10.1176/appi.psychotherapy.2010.64.1.91
    • Allison, K. C., Lundgren, J. D., O’Reardon, J. P., Geliebter, A., Gluck, M. E., Vinai, P., Mitchell, J. E., Schenck, C. H., Howell, M. J., Crow, S. J., Engel, S., Latzer, Y., Tzischinsky, O., Mahowald, M. W., & Stunkard, A. J. (2010b). Proposed diagnostic criteria for night eating syndrome. International Journal of Eating Disorders, 43(3), 241-247. https://doi.org/10.1002/eat.20693
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Colles, S. L., Dixon, J. B., & O’Brien, P. E. (2007). Night eating syndrome and nocturnal snacking: Association with obesity, binge eating and psychological distress. International Journal of Obesity, 31(11), 1722-1730. https://doi.org/10.1038/sj.ijo.0803664
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Goel, N., Stunkard, A. J., Rogers, N. L., Van Dongen, H. P., Allison, K. C., O’Reardon, J. P., Ahima, R. S., Cummings, D. E., Heo, M., & Dinges, D. F. (2009). Circadian rhythm profiles in women with night eating syndrome. Journal of Biological Rhythms, 24(1), 85-94. https://doi.org/10.1177/0748730408328914
    • Kaur, J., Dang, A. B., Gan, J., An, Z., & Krug, I. (2022). Night eating syndrome in patients with obesity and binge eating disorder: A systematic review. Frontiers in Psychology, 12, Artículo 766827. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.766827
    • Kucukgoncu, S., Midura, M., & Tek, C. (2015). Optimal management of night eating syndrome: Challenges and solutions. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 11, 751-760. https://doi.org/10.2147/ndt.s70312
    • Lundgren, J. D., Allison, K. C., Crow, S., O’Reardon, J. P., Berg, K. C., Galbraith, J., Martino, N. S., & Stunkard, A. J. (2006). Prevalence of the night eating syndrome in a psychiatric population. American Journal of Psychiatry, 163(1), 156-158. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.163.1.156
    • McCune, A. M., & Lundgren, J. D. (2015). Bright light therapy for the treatment of night eating syndrome: A pilot study. Psychiatry Research, 229(1-2), 577-579. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2015.07.079
    • Morin, C. M., & Espie, C. A. (2004). Insomnia: A clinical guide to assessment and treatment. Springer.
    • Muscatello, M. R. A., Torre, G., Celebre, L., Dell’Osso, B., Mento, C., Zoccali, R. A., & Bruno, A. (2022). ‘In the night kitchen’: A scoping review on the night eating syndrome. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry, 56(2), 120-136. https://doi.org/10.1177/00048674211025714
    • O’Reardon, J. P., Allison, K. C., Martino, N. S., Lundgren, J. D., Heo, M., & Stunkard, A. J. (2006). A randomized, placebo-controlled trial of sertraline in the treatment of night eating syndrome. American Journal of Psychiatry, 163(5), 893-898. https://doi.org/10.1176/ajp.2006.163.5.893
    • Perlis, M. L., Jungquist, C., Smith, M. T., & Posner, D. (2005). Cognitive behavioral treatment of insomnia: A session-by-session guide. Springer.
    • Root, T. L., Thornton, L. M., Lindroos, A. K., Stunkard, A. J., Lichtenstein, P., Pedersen, N. L., Rasmussen, F., & Bulik, C. M. (2010). Shared and unique genetic and environmental influences on binge eating and night eating: A Swedish twin study. Eating Behaviors, 11(2), 92-98. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2009.10.004
    • Runfola, C. D., Allison, K. C., Hardy, K. K., Lock, J., & Peebles, R. (2014). Prevalence and clinical significance of night eating syndrome in university students. Journal of Adolescent Health, 55(1), 41-48. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2013.11.012
    • Sakthivel, S. J., Hay, P., & Mannan, H. (2023). A scoping review on the association between night eating syndrome and physical health, health-related quality of life, sleep and weight status in adults. Nutrients, 15(12), Artículo 2791. https://doi.org/10.3390/nu15122791
    • Striegel-Moore, R. H., Franko, D. L., Thompson, D., Affenito, S., & Kraemer, H. C. (2006). Night eating: Prevalence and demographic correlates. Obesity, 14(1), 139-147. https://doi.org/10.1038/oby.2006.17
    • Vander Wal, J. S. (2012). Night eating syndrome: A critical review of the literature. Clinical Psychology Review, 32(1), 49-59. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2011.11.001
    • Vander Wal, J. S., Gang, C. H., Griffing, G. T., & Gadde, K. M. (2012). Escitalopram for treatment of night eating syndrome: A 12-week, randomized, placebo-controlled trial. Journal of Clinical Psychopharmacology, 32(3), 341-345. https://doi.org/10.1097/jcp.0b013e318254239b
    • Vander Wal, J. S., Maraldo, T. M., Vercellone, A. C., & Gagne, D. A. (2015). Education, progressive muscle relaxation therapy, and exercise for the treatment of night eating syndrome: A pilot study. Appetite, 89, 136-144. https://doi.org/10.1016/j.appet.2015.01.024
    • Vetrugno, R., Manconi, M., Ferini-Strambi, L., Provini, F., Plazzi, G., & Montagna, P. (2006). Nocturnal eating: Sleep-related eating disorder or night eating syndrome? A videopolysomnographic study. Sleep, 29(7), 949-954. https://doi.org/10.1093/sleep/29.7.949

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • No Puedo Dormir por Ansiedad: Por Qué Pasa y Qué Hacer Esta Noche

    No Puedo Dormir por Ansiedad: Por Qué Pasa y Qué Hacer Esta Noche

    Apagaste la luz hace rato y tu cabeza recién empezó a trabajar. Repasas una conversación, calculas cuánto queda para que suene el despertador, te dices que mañana vas a estar arruinado y esa idea te despierta un poco más. Si buscaste «no puedo dormir por ansiedad» a esta hora, esto no es falta de voluntad ni un defecto tuyo: es un mecanismo bastante bien descrito, y tiene salida.

    Lo que sigue es lo que la investigación encontró que de verdad mueve la aguja cuando no puedes dormir por ansiedad (no la lista de siempre sobre la pieza oscura y la manzanilla), incluida una recomendación que suena al revés de todo lo que te han dicho. Más abajo hay una guía nocturna interactiva de cuatro preguntas: en menos de un minuto te dice qué hacer con la situación exacta que tienes esta noche, y si además conviene mirarlo de día con alguien. Antes de llegar ahí vale la pena entender por qué la mente se acelera justo cuando el resto del mundo se apaga, porque de esa explicación sale la instrucción.

    Respuesta directa

    Cuando no puedes dormir por ansiedad, lo más útil esta noche es levantarte de la cama si ya pasaron 15 o 20 minutos y salir de la pieza hasta que vuelva el sueño de verdad, no seguir buscando la forma de relajarte. Quedarse acostado esperando refuerza la asociación entre tu cama y estar despierto, que es justo lo que mantiene el problema. Si el insomnio ya lleva tres meses, el tratamiento con mejor respaldo es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio.

    ¿Por qué no puedo dormir por ansiedad justo al acostarme?

    Porque durante el día tienes distracciones que hacen el trabajo de tapar la preocupación, y al apagar la luz ese trabajo se detiene. Al quedarte sin tarea externa, el sistema que vigilaba en segundo plano si el pensamiento incómodo volvía sigue funcionando, y ahora no tiene nada que lo compita. El resultado es una avalancha de lo que estabas evitando, a la peor hora posible.

    Ese mecanismo tiene nombre. Daniel Wegner lo describió como proceso irónico del control mental: cuando intentas no pensar en algo, tu mente pone en marcha dos cosas a la vez. Una busca distractores y consume mucha energía. La otra rastrea, en automático y casi sin gasto, si el pensamiento prohibido reapareció. Cuando estás cansado, tensa o simplemente acostado a oscuras, la primera se apaga y la segunda sigue encendida, así que el pensamiento entra sin filtro y encima más fuerte que antes (Wegner, 1994).

    Allison Harvey lo comprobó en el momento exacto de irse a dormir: las personas con problemas de sueño gastan un esfuerzo desproporcionado en suprimir lo que piensan antes de dormirse, y ese esfuerzo alarga la latencia, es decir, el tiempo que tardan en quedarse dormidas (Harvey, 2003).

    Hay un detalle sobre el contenido de esos pensamientos que ayuda a reconocerse. Una revisión sistemática de la actividad cognitiva previa al sueño encontró que en un buen dormidor la transición al sueño se caracteriza por imágenes sensoriales sueltas, sin hilo, casi alucinatorias, mientras que en las personas con insomnio los pensamientos de esa franja tienen forma de planificación y resolución de problemas, y son más desagradables (Lemyre et al., 2020). Ahí está el «no puedo dormir, pienso mucho» que la gente escribe en Google a esta hora: si te acuestas y tu mente arranca a organizar el día siguiente, no estás quedándote dormido, estás trabajando.

    Y sobre esa capa mental hay otra fisiológica. El insomnio se entiende hoy como un trastorno de hiperactivación que compromete lo cognitivo, lo emocional, lo cortical y lo fisiológico a la vez, y esa activación sostenida es lo que conecta el insomnio con la ansiedad y la depresión (Riemann et al., 2025). Tu cuerpo está en modo alerta a la hora en que debería estar bajando revoluciones.

    ¿La ansiedad causa el insomnio o el insomnio causa la ansiedad?

    Las dos cosas, y esa es la parte incómoda del insomnio por ansiedad. La relación es bidireccional: la ansiedad desorganiza el sueño y el sueño malo aumenta la vulnerabilidad psicológica, lo que a su vez alimenta la ansiedad. Por eso tratar solo un lado suele dejar el problema a medias.

    Los números ayudan a dimensionarlo. En el trastorno de ansiedad generalizada, más del 80% de los pacientes tiene insomnio, con latencia prolongada, despertares frecuentes y sueño que no repara (Royant-Parola, 2026). No es un síntoma menor del cuadro: es de los más frecuentes y de los que más incapacitan.

    La dirección contraria también está medida, y con un diseño que permite hablar de secuencia. Un estudio prospectivo con más de 53.000 estudiantes, de los cuales 10.460 pasaron por una evaluación diagnóstica formal un año después, encontró que quienes reportaban insomnio tenían casi el triple de riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad generalizada doce meses más tarde (RR ajustado de 2,82). La asociación se mantuvo incluso después de descontar los síntomas de salud mental que ya tenían al inicio (Hysing et al., 2025). Dicho de otro modo: el insomnio no era solo un reflejo de la ansiedad previa.

    Los mecanismos que comparten los dos cuadros son bastante concretos: mayor actividad del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, más reactividad de la amígdala y menos control prefrontal (Xue et al., 2025). El mismo trabajo apunta algo que cambia el orden de las prioridades: la terapia cognitivo-conductual para el insomnio mejora el sueño y baja la ansiedad, incluso cuando no apunta directamente a la ansiedad.

    Eso último está cuantificado. Un metaanálisis de 43 ensayos aleatorizados con 5.945 participantes midió qué le pasa a la ansiedad cuando lo único que se trata es el sueño: el efecto sobre los síntomas de ansiedad fue moderado (g de Hedges de -0,38) y subió a -0,43 en quienes partían con ansiedad elevada. El efecto más grande apareció sobre los procesos de pensamiento relacionados con el sueño, con g de -0,92 (Staines et al., 2022). Arreglar el sueño no es un rodeo: es una vía directa.

    ¿Qué hacer si no puedes dormir por ansiedad a las tres de la mañana?

    Te levantas. Suena contradictorio, y es la instrucción con mejor respaldo. Si llevas 15 o 20 minutos despierto en la cama, sales de la pieza, haces algo tranquilo en otro lugar con luz tenue y vuelves solo cuando tengas sueño de verdad. No cuando estés cansado: cuando tengas sueño.

    La regla viene del control de estímulos, el conjunto de instrucciones que Richard Bootzin formuló en 1972 y que tanto Perlis como Morin recogen casi con las mismas palabras. La lógica es de condicionamiento: si pasas horas despierto, frustrado y preocupado bajo las sábanas, tu cerebro aprende que la cama es el lugar donde uno se desvela. El objetivo es desarmar ese aprendizaje (Perlis et al., 2005; Morin y Espie, 2003).

    Las instrucciones operativas son estas:

    • Acuéstate solo cuando tengas sueño, no porque sea la hora ni para intentar relajarte. Morin insiste en distinguir cansancio (falta de energía) de somnolencia (bostezos, ojos pesados). Solo la segunda anuncia que el sueño viene.
    • Usa la cama para dormir y para el sexo, nada más. Ni leer, ni televisión, ni teléfono, ni comer.
    • Si pasan unos 15 minutos y sigues despierto, levántate y sal del dormitorio. Perlis fija el criterio en 15 minutos; Morin lo deja entre 15 y 20.
    • No mires el reloj. El criterio se aplica a ojo, por la sensación de estar claramente despierto o molesto. Da vuelta el despertador y deja el teléfono lejos.
    • Vuelve a la cama solo con somnolencia real, y si otra vez pasa el rato sin dormirte, repite. Las veces que haga falta.
    • Levántate a la misma hora todos los días, hayas dormido bien o mal, sábados y domingos incluidos.
    • Nada de siestas, salvo excepciones acotadas de media hora como máximo.

    Fuera de la cama, Perlis agrega algo que suele hacer la diferencia: ten preparada una lista de actividades que te resulten agradables y hazlas solo en esos ratos nocturnos. Cambia el marco mental de “estoy fracasando en dormirme” a algo que no se siente como castigo. Lo que sí queda prohibido es comer, tomar alcohol, hacer ejercicio, usar pantallas y ponerse a resolver los problemas del día en el sillón.

    ¿Y funciona? Una revisión sistemática con metaanálisis del control de estímulos aislado encontró mejoras de pequeñas a grandes en latencia de sueño y tiempo total de sueño frente a no recibir tratamiento (g entre 0,38 y 0,85), y resultados parecidos a los de otros tratamientos activos (Jansson-Fröjmark et al., 2024). Los autores piden estudios de mejor calidad metodológica, y la advertencia es justa: buena parte de los ensayos originales son de entre 1978 y 1998. Aun así, es la pieza que más consistentemente aparece cuando se desarma la terapia en sus componentes.

    Si el problema es que no puedo dejar de intentar dormirme

    Deja de intentarlo. El sueño es involuntario y no responde a órdenes: cuanto más lo persigues, más se corre. Ese esfuerzo genera lo que los manuales llaman ansiedad de rendimiento, una activación que apaga justo las vías que necesitas encendidas para dormirte.

    Perlis lo explica con una imagen que se entiende sola: puedes tener la tabla, el traje y el mejor punto de la playa, pero no puedes ordenar que aparezca una ola. Solo puedes meterte al agua y esperar. Contar ovejas, por lo mismo, es una mala idea: mantiene al cerebro enganchado en una tarea que exige esfuerzo (Perlis et al., 2005).

    De ahí sale la intención paradójica, que consiste en proponerse lo contrario. Te acuestas cómodo, apagas la luz, mantienes los ojos abiertos y te propones seguir despierto un ratito más, sin hacer nada para espabilarte. Si te preocupa llevar mucho rato despierto, esa era exactamente la instrucción, así que lo estás haciendo bien. Al sacar la exigencia, la activación baja. Un metaanálisis de diez ensayos encontró mejoras grandes frente a no tratarse, moderadas frente a otros tratamientos activos, y una caída marcada en la ansiedad de rendimiento asociada al sueño, que es el mecanismo que la técnica dice atacar (Jansson-Fröjmark et al., 2022).

    Con los pensamientos, la trampa es la misma. Intentar no pensar en algo lo trae de vuelta con más fuerza, por el proceso irónico de Wegner. Por eso la detención del pensamiento, esa técnica de gritarse “basta” o darse un elástico en la muñeca, está desaconsejada en los manuales actuales de terapia cognitivo-conductual: funciona como evitación y termina aumentando la frecuencia de las intrusiones (Ruiz et al., 2012; Clark y Beck, 2010). Si te interesa el mecanismo completo, lo desarrollamos en el artículo sobre pensamientos intrusivos.

    Lo que sí sirve es aplazar en vez de suprimir. El aplazamiento de la preocupación, desarrollado por Borkovec y su equipo en 198390206-1), consiste en anotar brevemente lo que aparece y postergar su análisis a un horario fijo del día siguiente, en vez de pelear con ello a las tres de la mañana (Borkovec et al., 1983). Hay una diferencia de fondo entre “no pienses en esto” y “esto lo pienso mañana a las siete”: la segunda no niega nada, solo lo agenda.

    Aquí conviene una advertencia sobre las técnicas de respiración, porque suelen recomendarse de forma automática. Si las usas en mitad de la noche para revisar cada dos minutos si ya te calmaste, dejan de ser relajación y pasan a ser vigilancia, que es lo contrario de lo que buscas. La respiración diafragmática ayuda como práctica regular, no como herramienta de emergencia para forzar el sueño.

    Guía nocturna: qué hacer con tu situación de esta noche

    Ahora sí. Cuatro preguntas sobre tu ansiedad nocturna de esta noche, sin puntaje y sin diagnóstico. Responde con lo que te está pasando ahora mismo, sin pensarlo mucho.

    Guía nocturna: ¿qué hago ahora mismo?

    Cuatro preguntas, sin puntaje y sin diagnóstico. Devuelve la conducta que la evidencia respalda para tu situación de esta noche, y te dice si además conviene mirarlo con calma de día.

    1. ¿Cuánto llevas despierto en la cama?
    2. ¿Qué te mantiene despierto?
    3. ¿Con qué frecuencia te pasa?
    4. ¿Aparece alguna de estas señales? (marca todas las que apliquen)

    ¿Qué es lo que NO ayuda, aunque todo el mundo lo recomiende?

    Cuatro consejos populares tienen evidencia en contra, y uno de ellos es probablemente lo que estás haciendo esta noche.

    Quedarse en la cama descansando aunque no duermas. La intuición dice que algo se descansa. Perlis cita investigación con anestesia profunda, donde la persona está inmóvil e inconsciente, que muestra un rebote de ondas lentas a la noche siguiente idéntico al de una privación total de sueño: la inmovilidad no reemplaza las funciones del sueño real. El costo de largo plazo es que refuerzas la asociación entre tu cama y estar despierto (Perlis et al., 2005).

    El alcohol como somnífero. Ayuda a caer dormido y arruina la segunda mitad de la noche. Al metabolizarse aparecen microdespertares, sueño superficial y deshidratación, así que cambias una hora de conciliación por tres de fragmentación. Morin, Perlis y la guía española de insomnio en atención primaria coinciden en desaconsejarlo (Grupo de Trabajo de la GPC de Insomnio en Atención Primaria, 2009).

    Recuperar el sueño el fin de semana. Levantarse tarde el sábado rompe el anclaje del reloj biológico y vacía la presión de sueño acumulada, que es justo lo que necesitas para la noche siguiente. La hora de levantarse es la misma los siete días, sin importar cómo durmiste.

    La higiene del sueño como tratamiento único. Esta es la que más sorprende, porque es exactamente lo que devuelve cualquier búsqueda. Un metaanálisis de 15 estudios comparó la educación en higiene del sueño con la terapia cognitivo-conductual y encontró que la higiene mejora algo, pero significativamente menos: la diferencia es de unos dos puntos en el índice de Pittsburgh y de un 8% en eficiencia de sueño (Chung et al., 2018). Sirve para quitar del medio los saboteadores obvios, como el café de las siete de la tarde, pero no es el tratamiento.

    Y hay un hallazgo que va todavía más lejos. El análisis de componentes más grande que existe, con 241 ensayos y 31.452 participantes, desarmó la terapia en sus piezas para ver cuál aporta qué. Los componentes críticos resultaron ser la reestructuración cognitiva (odds ratio incremental de 1,68), los componentes de tercera ola (1,49), la restricción de sueño (1,49) y el control de estímulos (1,43). La educación en higiene del sueño no resultó necesaria (1,01), y las técnicas de relajación aparecieron como potencialmente contraproducentes (0,81) (Furukawa et al., 2024). Un segundo metaanálisis de componentes con 80 estudios llegó a algo parecido: la restricción de sueño y el control de estímulos son los que sostienen el efecto, mientras la psicoeducación, la relajación y la terapia cognitiva aislada no mostraron efectos significativos por su cuenta (Steinmetz et al., 2024).

    Los dos trabajos miden componentes sueltos, no el paquete completo, y hay que leerlos así. Pero el mensaje práctico es claro: si llevas semanas respirando hondo y ordenando la pieza sin resultado, es que esas no son las piezas que mueven la aguja, no que lo estés haciendo mal.

    ¿Qué hago mañana y las próximas semanas?

    Tres cosas concretas, en orden de importancia.

    Fija la hora de levantarte y no la muevas. Es el ancla del reloj biológico y la única variable que controlas de verdad, porque la hora de dormirse no se decide. No compenses con siestas ni acostándote más temprano: las dos cosas vacían la presión de sueño que necesitas.

    Ponle horario a la preocupación. El ejercicio que Perlis llama poner el día a descansar se hace temprano en la tarde, alrededor de las siete, con cuaderno y bolígrafo. Anotas lo que pasó, cómo te sentiste y qué vas a hacer con lo pendiente. Morin acota la sesión a 20 minutos; la guía española permite hasta 30. Cuando se acaba el tiempo, cierras el cuaderno. Si igual aparece algo en la noche, la consigna es "ya lo pensaré mañana"; si insiste, te levantas, lo anotas en una hoja y vuelves cuando tengas sueño.

    No alargues el tiempo en cama. Suena injusto cuando llevas semanas durmiendo mal, y es la pieza con más respaldo. Un ensayo controlado con medición de mecanismo confirmó que la restricción de sueño funciona por donde la teoría decía: aumenta la presión de sueño y baja la activación (Maurer et al., 2022). Es incómoda las primeras semanas, y por eso conviene hacerla acompañado en vez de improvisarla, sobre todo si hay apnea, epilepsia o riesgo de caídas.

    Si tu ansiedad va más allá de las noches, el enlace natural es hacia cómo controlar la ansiedad sin medicamentos y, si el cuadro es de preocupación constante, hacia el trastorno de ansiedad generalizada.

    ¿Cuándo esto deja de ser una mala racha?

    Cuando lleva tres meses o más, con tres o más noches malas por semana. Ahí ya no se trata solo de la ansiedad que lo empezó: el insomnio adquirió vida propia y se sostiene por lo que uno hace para compensarlo.

    El modelo que mejor explica ese tránsito es el de las tres P, formulado a partir del trabajo de Spielman de 198730532-x). Hay factores predisponentes, una tendencia a rumiar o un sistema nervioso reactivo (Spielman et al., 1987), factores precipitantes (la época de ansiedad que gatilló todo) y factores perpetuadores, que son los que uno agrega después para intentar recuperar: acostarse más temprano, quedarse en cama de mañana, la siesta, el trago antes de dormir. Cuando el estresor original baja, esos hábitos siguen ahí y mantienen el problema solos. Lo desarrollamos completo en la guía del modelo 3P.

    Un estudio que siguió a 140 personas con insomnio agudo y 737 buenos dormidores durante un mes encontró qué predecía que el insomnio se quedara en vez de remitir solo: haber tenido un episodio previo, más síntomas depresivos y la preocupación afectiva por el sueño (Ellis et al., 2021). Ese tercer factor es el que más dice: lo que predecía la cronificación era la angustia por el sueño en particular, más que la ansiedad general.

    En Latinoamérica el problema es frecuente. Una revisión sistemática con metaanálisis de 20 estudios y más de 128.000 participantes estimó una prevalencia combinada de alteraciones del sueño del 24,7%, con más riesgo en desempleados (OR de 2,84) y en personas de menores ingresos (Etindele Sosso et al., 2023). La misma revisión deja ver el vacío: de esos 20 estudios, 16 eran brasileños y solo uno chileno.

    Señales que piden mirar otra cosa antes

    Hay cuadros que se parecen a un insomnio por ansiedad y no lo son. Conviene consultar, sin urgencia pero sin postergarlo, si aparece alguno de estos:

    • Ronquidos fuertes, pausas respiratorias o despertar con sensación de ahogo, sobre todo si de día hay somnolencia marcada. Orienta a apnea del sueño y se confirma con un estudio de sueño.
    • Necesidad irresistible de mover las piernas en reposo por la tarde o la noche, con sensaciones desagradables. Es el síndrome de piernas inquietas, que tiene tratamiento propio.
    • Despertares bruscos con el corazón disparado y sensación de crisis. Pueden ser crisis nocturnas, que se abordan distinto. La diferencia entre un ataque de ansiedad y uno de pánico importa aquí.
    • Un medicamento nuevo o recién suspendido, o el uso habitual de alcohol para dormir. Los corticoides, los broncodilatadores y algunos estimulantes alteran el sueño por su cuenta.

    Sobre los fármacos para dormir, la guía española es explícita: los hipnóticos y las benzodiacepinas se recomiendan solo a corto plazo, no más de cuatro semanas y a la dosis mínima eficaz, porque su beneficio se pierde al suspenderlos y aparece insomnio de rebote. Si llevas meses tomándolos, el tema es otro y lo tratamos en la guía de benzodiacepinas.

    La comparación de fondo está zanjada. Un metaanálisis clásico de terapia cognitivo-conductual para el insomnio crónico y la revisión sistemática que sustenta la guía de la Academia Americana de Medicina del Sueño la sitúan como tratamiento de primera línea (Trauer et al., 2015; Edinger et al., 2021). Y cuando el insomnio convive con otro cuadro, que es tu caso si llegaste aquí buscando ansiedad, un metaanálisis de 37 ensayos encontró que el 36% de quienes recibieron la terapia remitió del insomnio frente al 16,9% de los controles, con mejoras grandes en eficiencia de sueño y en latencia, y beneficios sobre los síntomas del cuadro comórbido que fueron mayores en las poblaciones psiquiátricas que en las médicas (Wu et al., 2015). Sobre cómo se trabaja en sesión, está la guía de terapia cognitivo-conductual para la ansiedad.

    Si quieres una revisión más ordenada de tu propio caso antes de consultar, el test de insomnio recorre los criterios clínicos uno por uno, y en la página de trastornos del sueño está el resto del cuadro.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto tiempo es normal tardar en dormirse?

    Alrededor de 15 a 20 minutos es lo habitual, y ese mismo rango es el criterio que usa el control de estímulos para indicarte que te levantes. Tardar más de media hora de forma repetida, tres o más noches por semana, es la señal de que conviene revisarlo. Un buen dormidor tampoco se duerme al instante.

    ¿Es mejor quedarme acostado descansando aunque no me duerma?

    No. Es uno de los errores más frecuentes. Estar inmóvil en la cama no cumple las funciones del sueño real y sí refuerza la asociación entre tu cama y el estado de estar despierto y frustrado. La indicación con respaldo es la contraria: levantarse, salir de la pieza y volver solo cuando aparezca la somnolencia.

    ¿La ansiedad nocturna se quita sola?

    El insomnio agudo por una época de estrés suele ceder por su cuenta cuando pasa el estresor. Lo que lo cronifica no es la mala noche, sino las conductas que uno agrega para compensar: siestas, acostarse antes, alcohol, quedarse en cama de mañana. Si ya llevas tres meses con tres o más noches malas por semana, difícilmente se resuelva solo.

    ¿Sirve la respiración para dormir cuando tengo ansiedad?

    Como práctica regular, sí ayuda a bajar la activación general. Como herramienta de emergencia en la cama, suele volverse contraproducente: uno termina revisando cada dos minutos si ya funcionó, y esa vigilancia mantiene la alerta. Los análisis por componentes tampoco encontraron que la relajación aporte por sí sola lo que aportan el control de estímulos y la restricción de sueño.

    ¿Puedo tomar algo para dormir mientras tanto?

    Las guías clínicas admiten los hipnóticos y las benzodiacepinas solo a corto plazo, no más de cuatro semanas, a la dosis mínima eficaz y bajo indicación médica. El problema es que la mejoría se pierde al suspenderlos y aparece insomnio de rebote, mientras que los efectos de la terapia se mantienen entre 3 y 24 meses después de terminarla.

    ¿Tratar el sueño mejora la ansiedad, o hay que tratar la ansiedad primero?

    Tratar el sueño mejora la ansiedad por sí mismo. Un metaanálisis de 43 ensayos encontró un efecto moderado de las intervenciones de sueño sobre los síntomas ansiosos, algo mayor en quienes partían con ansiedad elevada. No reemplaza el tratamiento de un trastorno de ansiedad establecido, pero deja de tener sentido esperar a "resolver la ansiedad" antes de ocuparse del insomnio.

    Para terminar

    Si estás leyendo esto de madrugada, la instrucción de esta noche cabe en una línea: sal de la cama, haz algo tranquilo en otra pieza y vuelve cuando tengas sueño de verdad. Mañana, pon el despertador a la misma hora de siempre y no compenses.

    Si esto ya lleva meses, hay un tratamiento con evidencia sólida, dura entre seis y ocho sesiones y funciona igual cuando el insomnio viene con ansiedad encima. Puedes escribirme para agendar una hora y revisamos juntos qué está manteniendo tus noches así.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Borkovec, T. D., Wilkinson, L., Folensbee, R., & Lerman, C. (1983). Stimulus control applications to the treatment of worry. Behaviour Research and Therapy, 21(3), 247-251. https://doi.org/10.1016/0005-7967(83)90206-1

    Chung, K. F., Lee, C. T., Yeung, W. F., Chan, M. S., Chung, E. W. Y., & Lin, W. L. (2018). Sleep hygiene education as a treatment of insomnia: A systematic review and meta-analysis. Family Practice, 35(4), 365-375. https://doi.org/10.1093/fampra/cmx122

    Clark, D. A., & Beck, A. T. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. Guilford Press.

    Edinger, J. D., Arnedt, J. T., Bertisch, S. M., Carney, C. E., Harrington, J. J., Lichstein, K. L., Sateia, M. J., Troxel, W. M., Zhou, E. S., Kazmi, U., Heald, J. L., & Martin, J. L. (2021). Behavioral and psychological treatments for chronic insomnia disorder in adults: An American Academy of Sleep Medicine systematic review, meta-analysis, and GRADE assessment. Journal of Clinical Sleep Medicine, 17(2), 263-298. https://doi.org/10.5664/jcsm.8988

    Ellis, J. G., Perlis, M. L., Espie, C. A., Grandner, M. A., Bastien, C. H., Barclay, N. L., Altena, E., & Gardani, M. (2021). The natural history of insomnia: Predisposing, precipitating, coping, and perpetuating factors over the early developmental course of insomnia. Sleep, 44(9), zsab095. https://doi.org/10.1093/sleep/zsab095

    Etindele Sosso, F. A., Torres Silva, F., Queiroz Rodrigues, R., Carvalho, M. M., Zoukal, S., & Zarate, G. C. (2023). Prevalence of sleep disturbances in Latin American populations and its association with their socioeconomic status: A systematic review and a meta-analysis. Journal of Clinical Medicine, 12(24), 7508. https://doi.org/10.3390/jcm12247508

    Furukawa, Y., Sakata, M., Yamamoto, R., Nakajima, S., Kikuchi, S., Inoue, M., Ito, M., Noma, H., Takashina, H. N., Funada, S., Ostinelli, E. G., Furukawa, T. A., Efthimiou, O., & Perlis, M. (2024). Components and delivery formats of cognitive behavioral therapy for chronic insomnia in adults: A systematic review and component network meta-analysis. JAMA Psychiatry, 81(4), 357-365. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2023.5060

    Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica para el Manejo de Pacientes con Insomnio en Atención Primaria. (2009). Guía de práctica clínica para el manejo de pacientes con insomnio en atención primaria. Ministerio de Sanidad y Política Social. https://portal.guiasalud.es/gpc/insomnio-atencion-primaria/

    Harvey, A. G. (2003). The attempted suppression of presleep cognitive activity in insomnia. Cognitive Therapy and Research, 27(6), 593-602. https://doi.org/10.1023/a:1026322310019

    Hysing, M., Harvey, A. G., Skrindo Knudsen, A. K., Skogen, J. C., Reneflot, A., & Sivertsen, B. (2025). Mind at rest, mind at risk: A prospective population-based study of sleep and subsequent mental disorders. Sleep Medicine: X, 9, 100138. https://doi.org/10.1016/j.sleepx.2025.100138

    Jansson-Fröjmark, M., Alfonsson, S., Bohman, B., Rozental, A., & Norell-Clarke, A. (2022). Paradoxical intention for insomnia: A systematic review and meta-analysis. Journal of Sleep Research, 31(2), e13464. https://doi.org/10.1111/jsr.13464

    Jansson-Fröjmark, M., Nordenstam, L., Alfonsson, S., Bohman, B., Rozental, A., & Norell-Clarke, A. (2024). Stimulus control for insomnia: A systematic review and meta-analysis. Journal of Sleep Research, 33(1), e14002. https://doi.org/10.1111/jsr.14002

    Lemyre, A., Belzile, F., Landry, M., Bastien, C. H., & Beaudoin, L. P. (2020). Pre-sleep cognitive activity in adults: A systematic review. Sleep Medicine Reviews, 50, 101253. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2019.101253

    Maurer, L. F., Espie, C. A., Omlin, X., Emsley, R., & Kyle, S. D. (2022). The effect of sleep restriction therapy for insomnia on sleep pressure and arousal: A randomized controlled mechanistic trial. Sleep, 45(1), zsab223. https://doi.org/10.1093/sleep/zsab223

    Morin, C. M., & Espie, C. A. (2003). Insomnia: A clinical guide to assessment and treatment. Kluwer Academic/Plenum Publishers.

    Perlis, M. L., Jungquist, C., Smith, M. T., & Posner, D. (2005). Cognitive behavioral treatment of insomnia: A session-by-session guide. Springer.

    Riemann, D., Dressle, R. J., Benz, F., Spiegelhalder, K., Johann, A. F., Nissen, C., Hertenstein, E., Baglioni, C., Palagini, L., Krone, L., Perlis, M. L., Domschke, K., Berger, M., & Feige, B. (2025). Chronic insomnia, REM sleep instability and emotional dysregulation: A pathway to anxiety and depression? Journal of Sleep Research, 34(2), e14252. https://doi.org/10.1111/jsr.14252

    Royant-Parola, S. (2026). Sleep disturbances in anxiety disorders: State of the art and management. L'Encéphale, 52(3), S46-S50. https://doi.org/10.1016/j.encep.2026.02.011

    Ruiz Fernández, M. Á., Díaz García, M. I., & Villalobos Crespo, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo conductuales. Desclée De Brouwer.

    Spielman, A. J., Caruso, L. S., & Glovinsky, P. B. (1987). A behavioral perspective on insomnia treatment. Psychiatric Clinics of North America, 10(4), 541-553. https://doi.org/10.1016/s0193-953x(18)30532-x

    Staines, A. C., Broomfield, N., Pass, L., Orchard, F., & Bridges, J. (2022). Do non-pharmacological sleep interventions affect anxiety symptoms? A meta-analysis. Journal of Sleep Research, 31(1), e13451. https://doi.org/10.1111/jsr.13451

    Steinmetz, L., Simon, L., Feige, B., Riemann, D., Johann, A. F., Ell, J., Ebert, D. D., Baumeister, H., Benz, F., & Spiegelhalder, K. (2024). Network meta-analysis examining efficacy of components of cognitive behavioural therapy for insomnia. Clinical Psychology Review, 114, 102507. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2024.102507

    Trauer, J. M., Qian, M. Y., Doyle, J. S., Rajaratnam, S. M., & Cunnington, D. (2015). Cognitive behavioral therapy for chronic insomnia: A systematic review and meta-analysis. Annals of Internal Medicine, 163(3), 191-204. https://doi.org/10.7326/m14-2841

    Wegner, D. M. (1994). Ironic processes of mental control. Psychological Review, 101(1), 34-52. https://doi.org/10.1037/0033-295x.101.1.34

    Wu, J. Q., Appleman, E. R., Salazar, R. D., & Ong, J. C. (2015). Cognitive behavioral therapy for insomnia comorbid with psychiatric and medical conditions: A meta-analysis. JAMA Internal Medicine, 175(9), 1461-1472. https://doi.org/10.1001/jamainternmed.2015.3006

    Xue, Y., Wang, W. D., Liu, Y. J., Wang, J., & Walters, A. S. (2025). Sleep disturbances in generalized anxiety disorder: The central role of insomnia. Sleep Medicine, 132, 106545. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2025.106545

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.