Etiqueta: vergüenza

  • Orgullo herido: psicología y cómo manejarlo

    Orgullo herido: psicología y cómo manejarlo

    Alguien te corrige delante de otros, te pasan por encima en una reunión o te dicen «eso ya te lo expliqué» con ese tono. Sigues con la jornada, pero por dentro algo quedó apretado. Repasas la escena, ensayas la respuesta que no diste y notas que no quieres escribirle a esa persona ni darle la razón, aunque la tenga.

    Eso que sientes se llama orgullo herido. En psicología no figura como diagnóstico, pero la investigación estudia sus piezas: la vergüenza, la humillación y la rabia que aparece para taparlas. Aquí vas a ver su significado, por qué duele tanto, cómo se convierte en enojo, qué pasa en la pareja y qué ayuda a manejarlo.

    Respuesta corta: el orgullo herido es el golpe que recibe tu imagen cuando alguien la cuestiona, te humilla o te deja en segundo plano. Lo que duele suele ser la vergüenza de sentirte disminuido, y la rabia, la distancia o el silencio sirven de defensa. Se maneja notando la señal a tiempo, nombrando la herida de fondo, cortando la rumiación, preguntándote si tener la razón te acerca a lo que quieres y reparando cuando corresponde.

    ¿Qué es el orgullo herido y cuál es su significado en psicología?

    «Orgullo herido» es una expresión de uso diario. Nombra el dolor que queda cuando un fracaso, una crítica o una humillación golpea la imagen que tienes de ti, o la que crees que los demás tienen de ti.

    Al buscar el término exacto en Europe PMC (17-10-2026) no aparecieron estudios psicológicos que lo midan como tal. Lo que sí existe es investigación sobre sus componentes: el orgullo, la vergüenza, la humillación y el enojo ante una amenaza al yo. Este artículo se apoya en eso, y avisa donde la evidencia es indirecta.

    Empecemos por el orgullo. Un conjunto de siete estudios respaldó que el orgullo tiene dos caras con correlatos de personalidad distintos: el orgullo auténtico y el arrogante, llamado hubristic pride en inglés (Tracy y Robins, 2007). Un metaanálisis de 94 muestras y más de 64.000 personas confirmó que son constructos distintos y que el auténtico se asocia con mejor salud psicológica que el arrogante (Dickens y Robins, 2022).

    El orgullo herido de todos los días suele mezclar las dos caras: duele porque te importaba algo que hiciste bien, y se defiende con altivez. Esa lectura es una interpretación de este artículo y no un hallazgo de los estudios.

    ¿Por qué duele tanto una crítica o una humillación?

    Duele porque no se vive solo como un dato sobre lo que hiciste, sino como un juicio sobre quién eres. Tangney y Dearing (2002) llaman vergüenza a esa evaluación negativa del yo completo, que deja a la persona pequeña, expuesta e impotente. En la culpa, en cambio, el foco está en la conducta («hice algo mal») y eso se puede reparar.

    Kristin Neff (2016, cap. 4) explica que cuando tu valía depende de la aprobación, del rendimiento o del estatus, una crítica se lee como prueba de que vales poco. Esa es la autoestima contingente, y es la que se resiente cuando alguien te desautoriza en público.

    A veces ni siquiera hace falta que el golpe sea para ti. En tres estudios, observar el rechazo de miembros de tu propio grupo produjo una humillación tan intensa como la del rechazo personal, y cuando el rechazo era explícito se sumaban la impotencia y la rabia (Veldhuis et al., 2014).

    Si quieres separar bien la vergüenza de la culpa, la diferencia entre culpa y vergüenza es la base de todo lo que sigue.

    ¿Por qué el orgullo herido se convierte en rabia?

    Porque la rabia da una sensación de poder que la vergüenza quita. Para escapar de sentirse inferior, la persona desvía el dolor hacia afuera y lo convierte en enojo contra quien la hizo sentir así.

    El estudio clásico es el de Tangney y colaboradores. En dos estudios con 243 y 252 estudiantes universitarios, la tendencia a la vergüenza se asoció de forma consistente con enojo, desconfianza, resentimiento, irritabilidad, tendencia a culpar a otros y hostilidad indirecta. La culpa «sin vergüenza» iba en dirección contraria, con menos externalización de la culpa y menos enojo (Tangney et al., 1992).

    En su libro, Tangney y Dearing (2002, cap. 6) describen cuatro mecanismos de ese paso de la vergüenza a la rabia:

    • La rabia devuelve una sensación de fuerza y control que la vergüenza había quitado.
    • La persona imagina a alguien que la juzga y le resulta fácil culparlo de lo que siente.
    • Mientras te ocupas de tu herida, queda menos espacio para la empatía, que es el freno natural de la agresión.
    • En la pareja puede formarse una espiral: uno reacciona con rabia, el otro contraataca y eso vuelve a avergonzar al primero.

    El yo inflado que recibe un golpe

    Otra línea de investigación llega al mismo sitio por otro camino. Una revisión interdisciplinaria concluyó que la violencia se explica mejor por el egotismo amenazado (una opinión muy favorable de uno mismo que alguien cuestiona) que por una autoestima baja. Los autores proponen que el enojo hacia afuera sirve para evitar corregir hacia abajo la imagen propia (Baumeister et al., 1996).

    Después vino un experimento: la autoestima por sí sola resultó irrelevante, pero la combinación de narcisismo e insulto produjo niveles muy altos de agresión hacia quien había insultado. La agresión desplazada hacia un tercero inocente fue baja (Bushman y Baumeister, 1998).

    Hay un matiz importante. En cuatro estudios, la rabia, la hostilidad y la agresión las impulsó el narcisismo vulnerable (el frágil, hipersensible a la crítica) y no el grandioso, y el camino pasaba por la desconfianza, el desánimo y la rumiación de la rabia (Krizan y Johar, 2015).

    También se estudió una defensa menos visible. En ocho estudios experimentales, las personas con orgullo arrogante mintieron más cuando enfrentaban una amenaza a su estatus, pero no ante una amenaza a su poder ni a su valía en general (Mercadante y Tracy, 2022).

    Un límite que conviene tener presente: los estudios de Tangney se hicieron con estudiantes y autoinformes, y los demás son revisiones o experimentos de laboratorio. Muestran tendencias, no cómo reaccionará una persona concreta.

    ¿Cómo se ve el orgullo herido en la vida diaria?

    Los textos revisados describen unas pocas respuestas que se repiten:

    • Contraataque: sarcasmo, indignación o ataque al crítico, con culpa lanzada hacia el otro (Tangney y Dearing, 2002).
    • Retirada: esconderse, aislarse o dejar de contestar, con la idea de que «solo a mí me pasa» (Neff, 2016).
    • Rumiación: repasar la escena una y otra vez, con la imagen del crítico interno repitiendo la humillación (Neff, 2016).
    • Salvar la cara: justificarse, negar la falta o sostener una postura rígida porque retractarse parece debilidad (McCullough, 2008, cap. 8).

    Ninguna de las cuatro es mala por sí sola. Se vuelven un problema cuando se repiten y te cuestan relaciones, trabajo o tranquilidad.

    Orgullo herido en un hombre y en una mujer: ¿es cosa de hombres?

    Mucha gente busca «orgullo herido hombre» o «orgullo herido en un hombre», y la pregunta merece una respuesta honesta: ninguno de los estudios revisados para este artículo plantea el orgullo herido como algo propio de los hombres, y sus resúmenes no reportan diferencias por sexo en estos hallazgos.

    El único dato cercano viene de un metaanálisis de 175 estudios sobre perdón: el género no tuvo efecto significativo (r = 0,01) y la edad fue marginal (Fehr et al., 2010). Es un dato sobre perdonar, no sobre el orgullo, así que no permite concluir más.

    Si llegaste buscando entender a tu pareja, a tu padre o a ti mismo, mira el patrón (rabia, silencio o terquedad después de sentirse disminuido) y no el género de quien lo vive.

    ¿Qué pasa con el orgullo herido en la pareja?

    En las peleas que se repiten, el orgullo herido se disfraza de «tener la razón». Christensen et al. (2014, cap. 2 y 6) describen cómo cada uno busca el defecto del otro y cómo la defensividad (justificarse, minimizar o contraatacar) resulta una cura peor que la enfermedad, porque escala el conflicto.

    Bradbury y Karney (2019, cap. 10) muestran que las parejas más desdichadas tienden a responder una queja con otra queja, y que el patrón de demanda y retirada polariza: cuanto más presiona uno, más se aleja el otro.

    Entonces, ¿qué ayuda a reparar? En el metaanálisis de perdón, las disculpas (r = 0,42) y la empatía (r = 0,51) se asociaron con más perdón, y el enojo del momento (r = -0,41) con menos (Fehr et al., 2010). Son asociaciones, no prueba de causa, pero apuntan en una dirección clara.

    Pedir perdón cuesta porque exige perder la cara. Según McCullough (2008, cap. 8), una disculpa efectiva admite la responsabilidad sin excusas, expresa arrepentimiento y ofrece reparación. Para el paso a paso, mira cómo pedir perdón a tu pareja.

    ¿Cómo manejar el orgullo herido?

    No hay un protocolo único con ensayos propios para el orgullo herido. Estos pasos juntan lo que la investigación sobre vergüenza, enojo y regulación emocional sí respalda.

    1. Detecta la señal temprano

    El Handbook of Emotion Regulation (Gross y Ford, 2024) distingue las estrategias que actúan antes de que la emoción se instale, como reinterpretar la situación, de las que actúan tarde, como contener la expresión. Antes es más fácil. Tu señal puede ser calor en la cara, un nudo en el estómago o las ganas de contestar «ahora mismo».

    2. Nombra la herida que hay debajo

    Si bajo la rabia hay vergüenza, ponle nombre: «me sentí humillado», «me hizo sentir poca cosa». Ningún ensayo prueba este paso por separado. Es la consecuencia práctica de lo anterior: si la rabia es defensa, ver qué defiende te devuelve la opción de elegir qué hacer.

    3. Corta la rumiación y no te limites a aguantarte

    Un metaanálisis de 81 estudios encontró que el enojo se asocia de forma consistente con más evitación, rumiación y supresión, y con menos aceptación y reevaluación. La heterogeneidad fue grande y son asociaciones, no causas (Pop et al., 2025).

    Según el Handbook (Gross y Ford, 2024), la supresión no baja el enojo que sientes por dentro y mantiene la activación del cuerpo, y la rumiación es la estrategia más desadaptativa en muchos problemas emocionales. Callarte no es lo mismo que soltarlo.

    4. Toma distancia

    Una técnica que describe el Handbook es cambiar de perspectiva: mirar la escena como la vería un observador, hablarte en segunda o tercera persona («¿por qué te duele tanto esto, Marta?») o preguntarte cómo lo verás dentro de un año. Los autores reportan menos enojo subjetivo y menos reactividad cardiovascular (Gross y Ford, 2024).

    Tiene límites. Si lo que sufriste fue discriminación o una injusticia real, forzar la distancia o reinterpretar lo ocurrido puede no servir y tampoco sería justo pedírtelo.

    5. Pregúntate si tener la razón te sirve

    La terapia de aceptación y compromiso (ACT) no discute quién tiene la razón. Cambia la pregunta de «¿es verdad?» a «¿esto me acerca a la vida que quiero?» (Hayes et al., 2012; Wilson y Luciano, 2002). Una práctica que enseña es la defusión: pasar de «me humillaron» a «estoy teniendo el pensamiento de que me humillaron».

    Lo que propone es actuar según tus valores aunque la mente pida defenderte. Una advertencia: esos textos no tratan el orgullo como una categoría clínica; lo leen como fusión con la propia imagen.

    6. Trátate con la amabilidad que le darías a otro

    Podría parecer que ablandarte te deja indefenso. Una serie de cinco estudios mostró lo contrario: la autocompasión amortiguó las emociones negativas ante eventos desagradables, y en el estudio experimental llevó a las personas a reconocer su parte en lo ocurrido sin sentirse desbordadas. Sus efectos fueron distintos a los de la autoestima y, a veces, más favorables (Leary et al., 2007).

    Si quieres medirlo o trabajarlo, tienes el test de autocompasión y la guía para mejorar la autoestima.

    7. Repara lo que sea tuyo y di lo que sientes sin atacar

    Si hubo una falta de tu parte, la disculpa efectiva no lleva un «pero». Robinson (2015) advierte que las excusas enojan más a la pareja.

    Si no la hubo, puedes contar cómo te sentiste sin acusar. Christensen et al. (2014, cap. 13) recomiendan mensajes en primera persona centrados en tu experiencia y en conductas concretas, y evitar juicios sobre el carácter del otro. Bradbury y Karney (2019) describen como señal de parejas satisfechas el plantear los problemas de forma suave.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

    Conviene consultar si la rabia te lleva a gritar, insultar o a algo peor, o si temes lo que podrías hacer. También si repasas la ofensa durante días y te afecta el sueño o el trabajo, si las mismas peleas rompen tus relaciones, o si bajo la vergüenza aparece desesperanza.

    Hay tratamientos para el enojo. Una revisión de metaanálisis encontró que los tratamientos cognitivo-conductuales son los más difundidos y que los de enojo mostraron al menos una efectividad moderada, tanto en población general como psiquiátrica; los resultados para la agresión fueron menos consistentes (Lee y DiGiuseppe, 2018).

    Si la angustia viene con pensamientos de hacerte daño o de que sería mejor desaparecer, no esperes: en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio) o ir a un servicio de urgencia.

    Si quieres conversarlo con un psicólogo, puedes escribir desde la página de contacto y coordinar una primera consulta.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué significa tener el orgullo herido?

    Significa que una crítica, una humillación o un fracaso golpeó la imagen que tienes de ti o la que crees que otros tienen. Es una expresión cotidiana, no un diagnóstico. Detrás suele haber vergüenza, y por encima aparecen el enojo, el silencio o la terquedad como defensa.

    ¿El orgullo herido es lo mismo que la vergüenza?

    Van pegados, aunque no son idénticos. La vergüenza es el juicio doloroso sobre uno mismo («soy poca cosa») y el orgullo herido es el golpe a la imagen que lo dispara y la defensa que sigue. La investigación estudia sobre todo la vergüenza y su paso a la rabia.

    ¿Por qué me da tanta rabia que me corrijan o critiquen?

    Si tu valía depende de la aprobación o del desempeño, una corrección se vive como amenaza. En estudios, la tendencia a la vergüenza se asoció con más enojo, resentimiento y tendencia a culpar a otros. La rabia da sensación de fuerza cuando uno se siente disminuido.

    ¿Es un problema solo de hombres?

    Los estudios revisados no lo plantean así y sus resúmenes no reportan diferencias por sexo en estos hallazgos. En un metaanálisis sobre perdón, el género no tuvo efecto significativo. Lo útil es mirar el patrón (rabia, silencio o terquedad tras sentirse disminuido), no el género.

    ¿Cómo se supera el orgullo herido en una discusión de pareja?

    Ayuda notar la señal temprano, nombrar lo que dolió y evitar el contraataque. Después, si hubo una falta, una disculpa que admita la responsabilidad, exprese arrepentimiento y ofrezca reparación. Si no la hubo, cuenta cómo te sentiste sin acusar. Si las peleas se repiten, la terapia de pareja puede ayudar.

    ¿Cuándo el orgullo deja de ser sano?

    Un metaanálisis separó el orgullo auténtico, ligado a mejor salud psicológica, del arrogante, que se asocia con peor ajuste. Se vuelve un problema cuando para protegerlo mientes, atacas o rompes vínculos, o cuando te impide pedir disculpas o ayuda que sí necesitas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Baumeister, R. F., Smart, L., & Boden, J. M. (1996). Relation of threatened egotism to violence and aggression: The dark side of high self-esteem. Psychological Review, 103(1), 5-33. https://doi.org/10.1037/0033-295x.103.1.5

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton & Company.

    Bushman, B. J., & Baumeister, R. F. (1998). Threatened egotism, narcissism, self-esteem, and direct and displaced aggression: Does self-love or self-hate lead to violence? Journal of Personality and Social Psychology, 75(1), 219-229. https://doi.org/10.1037/0022-3514.75.1.219

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences (2.ª ed.). Guilford Press.

    Dickens, L. R., & Robins, R. W. (2022). Pride: A meta-analytic project. Emotion, 22(5), 1071-1087. https://doi.org/10.1037/emo0000905

    Fehr, R., Gelfand, M. J., & Nag, M. (2010). The road to forgiveness: A meta-analytic synthesis of its situational and dispositional correlates. Psychological Bulletin, 136(5), 894-914. https://doi.org/10.1037/a0019993

    Gross, J. J., & Ford, B. Q. (Eds.). (2024). Handbook of emotion regulation (3.ª ed.). Guilford Press.

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2.ª ed.). Guilford Press.

    Krizan, Z., & Johar, O. (2015). Narcissistic rage revisited. Journal of Personality and Social Psychology, 108(5), 784-801. https://doi.org/10.1037/pspp0000013

    Leary, M. R., Tate, E. B., Adams, C. E., Batts Allen, A., & Hancock, J. (2007). Self-compassion and reactions to unpleasant self-relevant events: The implications of treating oneself kindly. Journal of Personality and Social Psychology, 92(5), 887-904. https://doi.org/10.1037/0022-3514.92.5.887

    Lee, A. H., & DiGiuseppe, R. (2018). Anger and aggression treatments: A review of meta-analyses. Current Opinion in Psychology, 19, 65-74. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2017.04.004

    McCullough, M. E. (2008). Beyond revenge: The evolution of the forgiveness instinct. Jossey-Bass.

    Mercadante, E. J., & Tracy, J. L. (2022). A paradox of pride: Hubristic pride predicts strategic dishonesty in response to status threats. Journal of Experimental Psychology: General, 151(7), 1681-1706. https://doi.org/10.1037/xge0001158

    Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo. Paidós.

    Pop, G. V., Nechita, D. M., Miu, A. C., & Szentágotai-Tătar, A. (2025). Anger and emotion regulation strategies: A meta-analysis. Scientific Reports, 15(1), 6931. https://doi.org/10.1038/s41598-025-91646-0

    Robinson, J. (2015). Milagros de comunicación para parejas. Grupo Planeta / Pax México.

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Tangney, J. P., Wagner, P., Fletcher, C., & Gramzow, R. (1992). Shamed into anger? The relation of shame and guilt to anger and self-reported aggression. Journal of Personality and Social Psychology, 62(4), 669-675. https://doi.org/10.1037/0022-3514.62.4.669

    Tracy, J. L., & Robins, R. W. (2007). The psychological structure of pride: A tale of two facets. Journal of Personality and Social Psychology, 92(3), 506-525. https://doi.org/10.1037/0022-3514.92.3.506

    Veldhuis, T. M., Gordijn, E. H., Veenstra, R., & Lindenberg, S. (2014). Vicarious group-based rejection: Creating a potentially dangerous mix of humiliation, powerlessness, and anger. PLoS ONE, 9(4), e95421. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0095421

    Wilson, K. G., & Luciano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Miedo al fracaso: cómo se llama, causas y cómo superarlo

    Miedo al fracaso: cómo se llama, causas y cómo superarlo

    Terminaste el informe hace una semana y todavía no lo envías. Lo has revisado cuatro veces y cada vez encuentras algo que “podría estar mejor”. O llevas meses con la idea de postular a ese cargo, de rendir esa prueba o de abrir ese proyecto, y siempre aparece una razón razonable para esperar un poco más.

    Detrás de muchas de esas esperas hay un miedo al fracaso: la anticipación de fallar y de lo que eso diría de ti. Es una experiencia muy humana, y la investigación psicológica lo conoce bien.

    Aquí vas a ver cómo se llama, de dónde viene, qué efectos tiene en los estudios y el trabajo, y siete pasos con respaldo para trabajarlo. También cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: el miedo al fracaso se conoce popularmente como atiquifobia, aunque no es un diagnóstico oficial. La investigación lo describe como una tendencia a evitar situaciones de logro porque fallar se vive como vergüenza. Suele formarse con la crianza exigente, reglas internas del tipo «si fallo, valgo menos» y contextos que premian solo el resultado. Se trabaja separando el hecho del veredicto, probando tus predicciones como experimentos, acercándote de a poco a lo que evitas y tratándote con más amabilidad cuando algo sale mal.

    ¿Qué es el miedo al fracaso, es una fobia y cómo se llama?

    El miedo al fracaso es la tendencia a anticipar con angustia que algo saldrá mal y a organizar la conducta para no enfrentar esa posibilidad: postergar, rehuir desafíos o exigirse al extremo.

    En el lenguaje popular se le llama atiquifobia (del griego atychia, mala suerte). Ese nombre circula en medios y blogs, pero no figura como diagnóstico en el DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022), donde la fobia específica se define por el miedo a un objeto o situación concreta.

    En psicología se estudia con el nombre inglés fear of failure. Un estudio con 455 estudiantes de medicina lo midió con el Performance Failure Appraisal Inventory, un cuestionario de investigación que separa temores como el de la vergüenza y el bochorno, el de perder valor ante uno mismo o el de decepcionar o perder el interés de personas importantes (Alabduljabbar et al., 2022).

    Ese cuestionario sirve para investigar y no para diagnosticar a nadie.

    Lo que une todas esas versiones es la vergüenza. En dos estudios de McGregor y Elliot, las personas con más miedo al fracaso sintieron más vergüenza ante un fracaso percibido, tendieron a generalizarlo y dijeron que le contarían menos a sus padres lo que había salido mal (McGregor y Elliot, 2005).

    Los autores proponen que la vergüenza es el núcleo de este miedo. Por eso duele tanto: el fallo se vive como un juicio sobre quién eres, además de sobre lo que hiciste.

    ¿En qué se diferencia del perfeccionismo, la procrastinación y el síndrome del impostor?

    Se parece a varias cosas y suele convivir con ellas, pero cada una describe algo distinto. El perfeccionismo es la exigencia; el miedo al fracaso es la amenaza que se siente si no se cumple; la procrastinación y el impostor son dos de sus consecuencias frecuentes.

    FenómenoQué esCómo se conecta con el miedo al fracaso
    PerfeccionismoExigir un desempeño impecable y depender de él para valorarse (Shafran et al., 2002)La preocupación por los errores se asocia a más miedo a la vergüenza; los estándares personales altos, en cambio, a menos (Sagar y Stoeber, 2009)
    ProcrastinaciónPostergar tareas pese al costoEl miedo al fracaso explica parte del vínculo con la autoestima y el perfeccionismo (Zhang et al., 2018; Cho y Lee, 2022)
    Síndrome del impostorSentir que no mereces tus logrosEn 201 adultos que trabajan, la creencia de que la capacidad es fija se vinculó con el impostor sobre todo a través del miedo al fracaso (Noskeau et al., 2021)
    Ansiedad socialMiedo a ser juzgado en situaciones socialesPuede coexistir; el foco está en la evaluación de los demás. Si lo que más temes es el rechazo, mira la guía sobre el miedo al rechazo

    La diferencia entre exigirse bien y exigirse mal importa. En un estudio con 388 deportistas, los estándares personales altos se asociaron con menos miedo a la vergüenza, mientras que la preocupación por los errores y la presión percibida de padres o entrenadores se asociaron con más miedo y con peor ánimo tras fracasar (Sagar y Stoeber, 2009).

    Es un estudio transversal, así que muestra que las cosas van juntas y no cuál causa a cuál. Para el perfeccionismo en sí tienes esta guía.

    Señales de que el miedo al fracaso te está frenando

    No existe un test con puntaje que sirva para esto, pero los manuales de terapia cognitivo-conductual describen un patrón reconocible (Beck y Freeman, 2003; Tolin, 2024):

    • Postergas tareas importantes o las empiezas solo cuando el apuro ya te justifica un resultado menor.
    • Revisas, corriges o te preparas más de lo que la tarea pide, y aun así no te sientes tranquilo.
    • Buscas confirmación constante de otras personas antes de entregar o decidir.
    • Evitas postular, opinar, probar algo nuevo o competir si no estás casi seguro de que saldrá bien.
    • Tras un error, lo repasas una y otra vez en la cabeza durante días.
    • Si algo sale bien, lo atribuyes al exceso de preparación o a la suerte, no a tu capacidad.

    Si te reconoces en varias, vale la pena mirar el patrón con calma. Si es muy frecuente o te impide estudiar, trabajar o decidir, más abajo hay una sección sobre cuándo consultar.

    ¿De dónde viene el miedo al fracaso?

    Hay varias raíces que se combinan. Casi toda la investigación es correlacional, así que conviene leerla como pistas razonables y no como una receta causal.

    1. La vergüenza se queda con el centro

    Tangney y Dearing (2002) distinguen dos reacciones ante un error. En la culpa, la evaluación recae en la conducta («hice algo mal») y permite reparar. En la vergüenza recae en la persona entera («soy defectuoso») y empuja a esconderse, a la ira defensiva o a la rumiación.

    Quien tiende a reaccionar con vergüenza vive cada fracaso como una amenaza de ser expuesto, y de ahí sale gran parte de la evitación. La diferencia está desarrollada en este artículo sobre culpa y vergüenza.

    2. Lo que aprendiste en casa y en los espacios de logro

    Tangney y Dearing (2002) describen que los mensajes disciplinarios dirigidos a la persona («eres torpe»), el humor burlón y el retiro del afecto favorecen esa propensión a la vergüenza. La investigación sobre el miedo al fracaso apunta en la misma dirección:

    • En dos estudios con universitarios y sus padres, el miedo al fracaso de los padres coincidió con el de sus hijos, y el retiro del amor explicó esa coincidencia en el caso de las madres (Elliot y Thrash, 2004).
    • En 1.792 universitarios, el control psicológico de la madre y del padre, combinados, predijo más miedo al fracaso, y este predijo peor ajuste académico, aunque los efectos indirectos fueron pequeños (Deneault et al., 2020).
    • En 211 estudiantes y deportistas, quienes más temían fallar se trataban con hostilidad cuando fallaban, y eso se parecía a cómo contaron que los trataban sus padres e instructores (Conroy, 2003).
    • En una liga infantil de natación con 165 jóvenes, la percepción de culpa y control de los entrenadores cambió el diálogo interno, y solo el aumento de la autoculpa predijo más miedo al fracaso en la temporada. Quienes sentían cercanía con su entrenador vieron bajar ese miedo, a través de una mayor sensación de autonomía (Conroy y Coatsworth, 2007).

    Neff (2016) describe el mismo recorrido: si el cariño parece depender de ser perfecto, la voz crítica de los padres se interioriza y se convierte en un crítico interno que acompaña a la persona de adulta.

    3. Reglas internas del tipo «si fallo, valgo menos»

    Desde la terapia cognitivo-conductual, el miedo al fracaso se sostiene en creencias que se activan en situaciones de desempeño. Beck y Freeman (2003) las describen como reglas del tipo «para ser valioso debo evitar los errores» o «cometer un error es fracasar», que vuelven intolerable cualquier desliz. Tolin (2024) agrega que detrás suele haber una creencia más profunda, del tipo «soy un fracasado» o «soy incompetente».

    4. Fracasos repetidos y la explicación que te das

    En los experimentos clásicos de Seligman (1975), cuando los resultados no dependen de lo que hace el sujeto, este aprende a esperar que nada sirve y deja de intentar, una pasividad que se conoce como indefensión aprendida.

    La forma de explicar el fallo importa, según la reformulación atribucional que discuten Lazarus y Folkman (1984): atribuirlo a algo interno, estable y global («soy incapaz, siempre será así, pasa en todo») cronifica la parálisis, mientras que atribuirlo a una estrategia o a un esfuerzo ajustable mantiene abierta la posibilidad de mejorar.

    5. Contextos que miden el valor por el resultado

    En un estudio con 517.047 estudiantes de 15 años de 59 países (PISA 2018), el miedo al fracaso fue mayor en quienes tenían mejor rendimiento en lectura y en quienes no creían que la inteligencia se pueda desarrollar, y la brecha entre mujeres y hombres fue más alta entre los estudiantes de alto rendimiento (Borgonovi y Han, 2021).

    Rendir bien, entonces, no basta para sentirse a salvo. La búsqueda hecha para este artículo no encontró cifras chilenas específicas.

    ¿Qué consecuencias tiene?

    El miedo al fracaso cuesta caro porque la evitación alivia en el momento y confirma la amenaza a largo plazo. Si evitas, sientes alivio, y ese alivio refuerza la conducta; además nunca averiguas si la situación era manejable (Tolin, 2024). Lo que se ha medido en distintos ámbitos:

    • Estudios. En 1.184 universitarios de ciencias de la salud, el 74,1 % postergó al menos un tipo de tarea académica, y el miedo al fracaso explicó parte de la relación entre baja autoestima y procrastinación (Zhang et al., 2018). En 156 estudiantes de medicina, la exigencia personal alta se asoció con menos procrastinación directa, pero cuando el miedo al fracaso subía, el efecto indirecto iba en sentido contrario (Cho y Lee, 2022). Para el ángulo estudiantil de la postergación mira la guía sobre procrastinación académica.
    • Deporte de alto rendimiento. En 258 deportistas de 15 a 19 años, el miedo a la vergüenza se asoció con más estrés percibido y con menor sensación de logro, y los que puntuaban alto en todas las dimensiones del miedo tenían más agotamiento (Gustafsson et al., 2017). En 335 deportistas de 18 a 55 años, el miedo al fracaso predijo más burnout, en parte a través de la resiliencia y la motivación extrínseca (Yıldırım et al., 2023). Son estudios de autoinforme y transversales.
    • Bienestar. Borgonovi y Han (2021) recuerdan que la literatura previa lo relaciona con menor bienestar emocional y social y con más estrés, ansiedad, burnout y depresión. Esa literatura describe asociaciones, y que lo cause no está demostrado.

    Miedo al fracaso académico

    El miedo al fracaso en el colegio y la universidad tiene una lógica propia, porque ahí el desempeño se mide todo el tiempo y se compara.

    Covington (1984, citado en Edel Navarro, 2003) distingue tres perfiles: estudiantes orientados al dominio, que confían en su capacidad; los que aceptan el fracaso y renuncian al esfuerzo tras desarrollar indefensión, y los que evitan el fracaso, que carecen de un sentido firme de competencia y usan estrategias para proteger su imagen.

    Esas estrategias tienen nombre: autoboicot o self-handicapping. Consisten en estudiar la noche anterior, participar lo mínimo, copiar o elegir tareas demasiado difíciles o demasiado fáciles. Si algo sale mal, la explicación queda a salvo («no tuve tiempo») y la capacidad no se pone a prueba. El costo es que el aprendizaje se deteriora y el patrón se refuerza.

    Entre los 455 estudiantes de medicina de Riad, el nivel general de miedo al fracaso fue bajo, pero cambió según el sexo y el curso, fue mayor en quienes tenían promedios más bajos y también en quienes tenían promedios muy altos, y alto en quienes no tenían interés en la carrera (Alabduljabbar et al., 2022).

    Un buen rendimiento no protege del miedo.

    Alonso Tapia y Montero (2015) añaden una pieza: desde los 10 años aproximadamente los estudiantes tienden a concebir la inteligencia como algo fijo o como algo que se desarrolla con la práctica.

    Quien la ve como un don interpreta que esforzarse mucho, o fracasar, es prueba de que le falta valía. En el aula, usar la evaluación para aprender, además de para clasificar, apunta en la dirección contraria, y es el espíritu de la evaluación formativa que promueve el Decreto 67 de 2018 del Ministerio de Educación.

    En un estudio cualitativo con 29 universitarios que hicieron un programa de reducción del estrés basado en mindfulness por ansiedad ante la evaluación, aparecieron temas como encontrar calma interna, sentirse menos solo en la dificultad y pasar del miedo a la curiosidad (Hjeltnes et al., 2015). Es un estudio de experiencias y no mide eficacia.

    Si es tu hijo o hija quien lo vive en el colegio, la guía sobre bajo rendimiento escolar ayuda a distinguir causas.

    Cómo superar el miedo al fracaso: 7 pasos

    La búsqueda hecha para este artículo no encontró ensayos clínicos que prueben un tratamiento específico para «miedo al fracaso». Lo que sigue combina técnicas de terapia cognitivo-conductual, de aceptación y compromiso y de autocompasión, con respaldo de temas cercanos (perfeccionismo, autocompasión) y con la lógica clínica que describen los manuales.

    1. Ponle nombre exacto a lo que temes

    «Me da miedo fallar» es demasiado vago para trabajarlo. Una técnica clásica es la flecha descendente (Tolin, 2024): escribes lo que temes y te preguntas «si eso pasara, ¿qué significaría?» hasta llegar a la creencia de fondo. Por ejemplo: «si entrego esto con un error, pensarán que soy incompetente; si piensan eso, me rechazarán; entonces no valgo». El objetivo es ver qué es lo que realmente se está evaluando.

    2. Separa el hecho del veredicto

    Describe lo que pasó con verbos y no con adjetivos: «el informe tuvo un error en la tabla 2» frente a «soy un desastre». Este movimiento reproduce la diferencia entre culpa y vergüenza de Tangney y Dearing (2002): lo primero se puede reparar, lo segundo solo se arrastra.

    Cuando el error ya pasó, repasarlo en modo «¿por qué siempre me equivoco?» mantiene el malestar, ocultar lo que sientes no lo reduce por dentro, y reinterpretar el significado de la situación sí ayuda de forma más duradera (Gross y Ford, 2024).

    3. Convierte tus predicciones en experimentos

    En lugar de discutir si vas a fracasar, trátalo como una hipótesis. Anota qué crees que pasará («si entrego con un detalle pendiente, me dirán que es inaceptable»), hazlo en una situación de bajo riesgo y compara con lo que ocurrió (Tolin, 2024).

    Este trabajo con creencias y evitación es parte de la terapia cognitivo-conductual para el perfeccionismo. Un metaanálisis de 15 ensayos con 912 participantes encontró efectos grandes sobre la preocupación por los errores (g = 0,89), medianos sobre depresión (g = 0,60) y de pequeños a medianos sobre ansiedad (g = 0,42), con pocos estudios y sin comparaciones con otros tratamientos activos (Galloway et al., 2022).

    Habla de perfeccionismo y no de miedo al fracaso en general, pero ambos comparten el mecanismo.

    4. Acércate de a poco a lo que evitas

    Construye una escalera: lista las situaciones que esquivas, ordénalas de menor a mayor dificultad y empieza por la primera. Tolin (2024) también describe «exposiciones al riesgo»: cometer a propósito errores pequeños y seguros, como dejar una errata planificada en un mensaje de bajo riesgo, para comprobar que no ocurre la catástrofe. Hazlo gradualmente y con alguien de confianza o un profesional si la ansiedad es muy intensa.

    5. Suelta las conductas de seguridad

    Sobreprepararte, revisar diez veces y pedir aprobación parecen protegerte, pero tienen un efecto contrario: atribuyes el buen resultado a esas precauciones y no a tu capacidad, y la creencia de que sin ellas sería un desastre queda intacta (Tolin, 2024). Elige una para reducir un poco: una revisión menos, un mensaje de confirmación menos.

    6. Háblate como lo harías con alguien que quieres

    Se suele pensar que tratarse con dureza motiva. Una serie de cuatro experimentos encontró lo contrario: quienes recibieron una consigna de autocompasión tras una falla mostraron más ganas de mejorar, y en uno de ellos estudiaron más tiempo para un examen difícil tras fallar una primera prueba (Breines y Chen, 2012). Son experimentos breves con estudiantes, que se evaluaron en el corto plazo.

    Neff (2016) propone una pausa de tres frases para el momento del error: «este es un momento difícil», «equivocarse es parte de ser humano» y «puedo tratarme con amabilidad ahora». Tienes un test de autocompasión para ver cómo estás hoy, y si sientes que tu valor depende de cómo te va, la guía para mejorar la autoestima complementa este paso.

    7. Actúa según lo que valoras, con el miedo a bordo

    Desde la terapia de aceptación y compromiso, el objetivo deja de ser eliminar el miedo. Hayes et al. (2012) y Wilson y Luciano (2002) proponen hacer espacio a pensamientos como «voy a fracasar», sin discutirlos ni obedecerlos, y dar pasos hacia lo que te importa.

    Un ejemplo que recoge el manual de Wilson y Luciano es el de estudiantes paralizados por el miedo a suspender: se les guía a escribir sobre un fracaso pasado y a imaginar uno futuro con detalle, conectando esa exposición con sus valores. Perseguir metas importantes implica convivir con la posibilidad de fallar.

    ¿Y la “mentalidad de crecimiento”?

    Es el consejo más repetido: cree que tu capacidad se puede desarrollar. En adultos que trabajan, creer que la capacidad es fija se vinculó con más impostor a través del miedo al fracaso (Noskeau et al., 2021), pero eso es una asociación.

    Cuando se evaluaron las intervenciones escolares de mentalidad de crecimiento, un metaanálisis de 63 estudios halló un efecto casi nulo sobre el rendimiento (d = 0,05), no significativo tras corregir sesgos (Macnamara y Burgoyne, 2023), y otro metaanálisis de 53 muestras encontró efectos algo mayores solo en subgrupos específicos y con alta fidelidad (d = 0,14 en rendimiento y 0,32 en salud mental), con mucha variación entre estudios (Burnette et al., 2023).

    Conclusión prudente: cambiar la forma de entender el error ayuda, pero repetir una frase motivadora no alcanza.

    Miedo al fracaso en niños: si lo ves en tu hijo o hija

    Los niños aprenden cómo se habla del error. En un estudio de Nueva Zelanda con 231 pares madre-hijo, cuando las madres reconocían la emoción del niño y conversaban sobre cómo resolver juntos el problema, el miedo del niño a equivocarse era menor; cuando hablaban de planes de acción sin buscar recursos colaborativos, era mayor (Peterson et al., 2025).

    En un 40 % de los pares, la madre reconoció poco la emoción del niño o la descartó. Es un estudio observacional con niños de 8 años.

    Lo que se desprende, con prudencia, es lo siguiente:

    • Nombra primero la emoción («te dio rabia y vergüenza») antes de proponer qué hacer.
    • Ofrece resolver el problema contigo, no darle una lista de tareas.
    • Cuida que tu cariño no dependa del resultado. El retiro del afecto es el mecanismo que Elliot y Thrash (2004) documentaron en la transmisión del miedo.
    • Habla de tus propios errores y de cómo los manejas.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Conviene consultar si el miedo al fracaso te impide estudiar, trabajar o tomar decisiones de forma sostenida, si llevas semanas con un ánimo bajo, agotamiento o ansiedad intensa, si recurres a conductas de evitación que te dejan sin vida social o profesional, o si ya probaste estos pasos durante un tiempo y no cambia nada.

    También si los fallos se acompañan de pensamientos de que no vale la pena seguir.

    A veces el miedo al fracaso es parte de otro cuadro, como ansiedad social, depresión o trastorno de ansiedad generalizada, y eso se evalúa en una consulta. Las terapias cognitivo-conductuales, de aceptación y compromiso o centradas en la compasión son las que hoy cuentan con más respaldo para los mecanismos de los que hablamos aquí.

    Si la angustia viene con pensamientos de hacerte daño o de que sería mejor desaparecer, no esperes: en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio) o ir a un servicio de urgencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se llama el miedo al fracaso?

    El nombre popular es atiquifobia, y en psicología se estudia como fear of failure. No figura como diagnóstico en el DSM-5-TR, que define la fobia específica por un objeto o situación concreta. Por eso conviene hablar de miedo al fracaso, y en consulta evaluar si hay ansiedad, depresión u otro cuadro de fondo.

    ¿El miedo al fracaso es ansiedad?

    Tiene un componente de ansiedad, pero se entiende mejor como una tendencia a evitar situaciones de logro por la vergüenza que producen (McGregor y Elliot, 2005). Puede coexistir con trastornos de ansiedad o depresión. Si te impide funcionar o dura semanas, conviene que un profesional evalúe qué hay detrás.

    ¿Cómo superar el miedo al fracaso académico?

    Separa el resultado de tu valor, divide las tareas en pasos pequeños, expónte de a poco a lo que evitas y baja las conductas de seguridad como la sobrepreparación. La literatura sobre autoboicot sugiere pedir retroalimentación centrada en el proceso (Edel Navarro, 2003). Si el miedo te bloquea los estudios, consulta.

    ¿Es normal tener miedo a fracasar?

    Sí. Es una reacción frecuente ante metas que importan, y aparece incluso en estudiantes con buen rendimiento (Alabduljabbar et al., 2022; Borgonovi y Han, 2021). Pasa a ser un problema cuando guía tus decisiones, te hace evitar lo que valoras o te genera un malestar sostenido.

    ¿De dónde viene el miedo al fracaso?

    Suele combinar vergüenza ante el error, aprendizajes familiares y escolares (críticas a la persona, afecto condicionado al rendimiento), reglas internas rígidas y experiencias repetidas de fracaso (Tangney y Dearing, 2002; Elliot y Thrash, 2004; Seligman, 1975). Casi toda la evidencia es correlacional.

    ¿Se supera solo o necesito un psicólogo?

    Muchas personas avanzan solas con los pasos de este artículo, sobre todo si el miedo es leve. Si te frena de forma sostenida, se acompaña de ánimo bajo o ansiedad intensa, o no cambia tras varias semanas, un psicólogo puede ayudarte a detectar la creencia de fondo y diseñar una exposición gradual.

    Si el miedo a fallar te está frenando, vale la pena trabajarlo con alguien

    Ver de dónde viene tu miedo, qué evitas por su causa y qué estás dispuesto a probar cambia más de lo que parece. Si quieres hacerlo con acompañamiento, puedes escribirnos desde la página de contacto y contarnos qué te gustaría cambiar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Alabduljabbar, A., Almana, L., Almansour, A., Alshunaifi, A., Alobaid, N., Alothaim, N., & Shaik, S. A. (2022). Assessment of fear of failure among medical students at King Saud University. Frontiers in Psychology, 13, 794700. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2022.794700

    Alonso Tapia, J., & Montero García-Celay, I. (2015). Orientación motivacional y estrategias motivadoras en el aprendizaje escolar. En C. Coll, J. Palacios & Á. Marchesi (Comps.), Desarrollo psicológico y educación: Vol. 2. Psicología de la educación escolar (2.ª ed., pp. 259-283). Alianza Editorial.

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto rev.). American Psychiatric Publishing.

    Beck, A. T., Freeman, A., y colaboradores. (2003). Terapia cognitiva de los trastornos de personalidad. Paidós.

    Borgonovi, F., & Han, S. W. (2021). Gender disparities in fear of failure among 15-year-old students: The role of gender inequality, the organisation of schooling and economic conditions. Journal of Adolescence, 86(1), 28-39. https://doi.org/10.1016/j.adolescence.2020.11.009

    Breines, J. G., & Chen, S. (2012). Self-compassion increases self-improvement motivation. Personality and Social Psychology Bulletin, 38(9), 1133-1143. https://doi.org/10.1177/0146167212445599

    Burnette, J. L., Billingsley, J., Banks, G. C., Knouse, L. E., Hoyt, C. L., Pollack, J. M., & Simon, S. (2023). A systematic review and meta-analysis of growth mindset interventions: For whom, how, and why might such interventions work? Psychological Bulletin, 149(3-4), 174-205. https://doi.org/10.1037/bul0000368

    Cho, M., & Lee, Y. S. (2022). The effects of medical students’ self-oriented perfectionism on academic procrastination: The mediating effect of fear of failure. Korean Journal of Medical Education, 34(2), 121-129. https://doi.org/10.3946/kjme.2022.224

    Conroy, D. E. (2003). Representational models associated with fear of failure in adolescents and young adults. Journal of Personality, 71(5), 757-784. https://doi.org/10.1111/1467-6494.7105003

    Conroy, D. E., & Coatsworth, J. D. (2007). Coaching behaviors associated with changes in fear of failure: Changes in self-talk and need satisfaction as potential mechanisms. Journal of Personality, 75(2), 383-419. https://doi.org/10.1111/j.1467-6494.2006.00443.x

    Deneault, A. A., Gareau, A., Bureau, J. F., Gaudreau, P., & Lafontaine, M. F. (2020). Fear of failure mediates the relation between parental psychological control and academic outcomes: A latent mediated-moderation model of parents’ and children’s genders. Journal of Youth and Adolescence, 49(8), 1567-1582. https://doi.org/10.1007/s10964-020-01209-x

    Edel Navarro, R. (2003). El rendimiento académico: Concepto, investigación y desarrollo. REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, 1(2), 1-15.

    Elliot, A. J., & Thrash, T. M. (2004). The intergenerational transmission of fear of failure. Personality and Social Psychology Bulletin, 30(8), 957-971. https://doi.org/10.1177/0146167203262024

    Galloway, R., Watson, H., Greene, D., Shafran, R., & Egan, S. J. (2022). The efficacy of randomised controlled trials of cognitive behaviour therapy for perfectionism: A systematic review and meta-analysis. Cognitive Behaviour Therapy, 51(2), 170-184. https://doi.org/10.1080/16506073.2021.1952302

    Gross, J. J., & Ford, B. Q. (Eds.). (2024). Handbook of emotion regulation (3.ª ed.). Guilford Press.

    Gustafsson, H., Sagar, S. S., & Stenling, A. (2017). Fear of failure, psychological stress, and burnout among adolescent athletes competing in high level sport. Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports, 27(12), 2091-2102. https://doi.org/10.1111/sms.12797

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2.ª ed.). Guilford Press.

    Hjeltnes, A., Binder, P. E., Moltu, C., & Dundas, I. (2015). Facing the fear of failure: An explorative qualitative study of client experiences in a mindfulness-based stress reduction program for university students with academic evaluation anxiety. International Journal of Qualitative Studies on Health and Well-being, 10(1), 27990. https://doi.org/10.3402/qhw.v10.27990

    Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. Springer Publishing Company.

    Macnamara, B. N., & Burgoyne, A. P. (2023). Do growth mindset interventions impact students’ academic achievement? A systematic review and meta-analysis with recommendations for best practices. Psychological Bulletin, 149(3-4), 133-173. https://doi.org/10.1037/bul0000352

    McGregor, H. A., & Elliot, A. J. (2005). The shame of failure: Examining the link between fear of failure and shame. Personality and Social Psychology Bulletin, 31(2), 218-231. https://doi.org/10.1177/0146167204271420

    Ministerio de Educación. (2018). Decreto 67: Aprueba normas mínimas nacionales sobre evaluación, calificación y promoción y deroga los decretos exentos N.° 511 de 1997, N.° 112 de 1999 y N.° 83 de 2001. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1127255

    Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo. Paidós.

    Noskeau, R., Santos, A., & Wang, W. (2021). Connecting the dots between mindset and impostor phenomenon, via fear of failure and goal orientation, in working adults. Frontiers in Psychology, 12, 588438. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.588438

    Peterson, E. R., Sharma, T., Bird, A., Henderson, A. M. E., Ramgopal, V., Reese, E., & Morton, S. M. B. (2025). How mothers talk to their children about failure, mistakes and setbacks is related to their children’s fear of failure. British Journal of Educational Psychology, 95(1), 124-142. https://doi.org/10.1111/bjep.12685

    Sagar, S. S., & Stoeber, J. (2009). Perfectionism, fear of failure, and affective responses to success and failure: The central role of fear of experiencing shame and embarrassment. Journal of Sport and Exercise Psychology, 31(5), 602-627. https://doi.org/10.1123/jsep.31.5.602

    Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On depression, development, and death. W. H. Freeman.

    Shafran, R., Cooper, Z., & Fairburn, C. G. (2002). Clinical perfectionism: A cognitive-behavioural analysis. Behaviour Research and Therapy, 40(7), 773-791. https://doi.org/10.1016/S0005-7967(01)00059-6

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors, thoughts, and emotions (2.ª ed.). Guilford Press.

    Wilson, K. G., & Luciano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.

    Yıldırım, M., Kaynar, Ö., Chirico, F., & Magnavita, N. (2023). Resilience and extrinsic motivation as mediators in the relationship between fear of failure and burnout. International Journal of Environmental Research and Public Health, 20(10), 5895. https://doi.org/10.3390/ijerph20105895

    Zhang, Y., Dong, S., Fang, W., Chai, X., Mei, J., & Fan, X. (2018). Self-efficacy for self-regulation and fear of failure as mediators between self-esteem and academic procrastination among undergraduates in health professions. Advances in Health Sciences Education, 23(4), 817-830. https://doi.org/10.1007/s10459-018-9832-3

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Vergüenza ajena: por qué la sentimos

    Vergüenza ajena: por qué la sentimos

    Alguien tropieza con el micrófono en medio de un discurso, o un conocido cuenta un chiste que nadie entiende. No te pasó a ti, y aun así sientes calor en la cara, miras hacia otro lado y esperas que termine rápido.

    Eso es la vergüenza ajena, y casi todos la conocemos. Aquí vas a ver qué significa, por qué aparece según la investigación (tiene más que ver con tu empatía que con una falla tuya), por qué pega más cuando el protagonista es alguien cercano y qué hacer cuando incomoda demasiado. Al final hay unas preguntas de autoobservación, sin puntaje, para que mires cómo te ocurre a ti.

    Respuesta corta: la vergüenza ajena (fremdscham en alemán, cringe en el lenguaje de internet) es la vergüenza que sientes por lo que le pasa o hace otra persona. Aparece porque tu cerebro se pone en su lugar y activa zonas del dolor social. Suele ser más intensa cuanto más empático eres y más cercana te resulta la persona. Es una reacción normal.

    ¿Qué es la vergüenza ajena y cuál es su significado?

    La vergüenza ajena es la incomodidad, el rubor y las ganas de desaparecer que sientes al ver a otra persona en una situación embarazosa: un error en público, una metida de pata o algo que rompe las normas del momento. En psicología se estudia como vergüenza vicaria o embarazo empático, que son sus sinónimos técnicos.

    En inglés aparece como vicarious embarrassment cuando el foco está en la incomodidad social y como vicarious shame cuando el foco está en la conducta de alguien de tu grupo. Y cringe es la palabra que se usa en redes para el video o la escena que provoca justo esa mueca.

    Un estudio de 2012 sobre vergüenza vicaria propone dos caminos para llegar a ella. En el primero, quien actúa mal pertenece a tu grupo y su conducta amenaza la imagen de ese grupo, que también es la tuya. En el segundo, te imaginas en su lugar y vives la escena desde adentro.

    Según Welten, Zeelenberg y Breugelmans (2012), en ambos casos la emoción se vincula con una amenaza al propio yo.

    ¿Por qué siento vergüenza ajena?

    La explicación con más respaldo es la empatía. En un estudio con resonancia magnética, Krach y colaboradores (2011) mostraron a voluntarios escenas de tropiezos y faltas de etiqueta. Se activaron la corteza cingulada anterior y la ínsula anterior izquierda, dos zonas que también responden cuando vemos sufrir a alguien. Quienes tenían más empatía de rasgo mostraron más activación.

    Ese mismo trabajo encontró algo curioso: la vergüenza ajena apareció tanto si el protagonista metía la pata sin querer como si lo hacía a propósito, y también cuando ni siquiera sabía que estaba en una situación vergonzosa.

    Ponerse en el lugar del otro parece ser la puerta de entrada.

    En un experimento con tomas de reality shows en 60 adultos sanos, Melchers y su equipo (2015) vieron que las escenas más bochornosas activaban regiones ligadas a la teoría de la mente y a la preocupación empática. Otro trabajo experimental (Hawk et al., 2011) identificó dos rutas: imaginar la perspectiva del otro y copiar sin querer su expresión de vergüenza. Haber vivido antes una situación parecida cambia cuánto pesa cada ruta.

    ¿Por qué se siente en el cuerpo?

    Porque el cuerpo responde casi como si fuera tuyo el momento incómodo. En un estudio con 54 participantes, Müller-Pinzler y colaboradores (2012) midieron once variables fisiológicas mientras la gente miraba dibujos de situaciones públicas inapropiadas. La vergüenza ajena produjo un patrón de mayor activación autonómica, parecido al que se observa en la vergüenza propia. De ahí el calor en la cara, el nudo en el estómago y el impulso de desviar la mirada.

    Un matiz de honestidad: casi todos estos estudios son de laboratorio, con adultos jóvenes y muestras pequeñas. Se habla mucho de “neuronas espejo” en la divulgación, pero lo que sostienen estos trabajos es el papel de las redes de empatía y de la toma de perspectiva. Nadie ha probado que la vergüenza ajena sea buena o mala por sí misma.

    ¿Por qué duele más con alguien cercano?

    La cercanía amplifica la reacción. En un estudio de resonancia (Müller-Pinzler et al., 2016), los participantes presenciaban fallos y amenazas a la imagen social de un amigo o de un desconocido. La activación de la ínsula y de la corteza cingulada fue mayor ante el amigo, y además se activó el precúneo, una región asociada a pensar en uno mismo. Con alguien cercano, el que mira se siente más involucrado.

    Tangney y Dearing (2002) lo describen desde la psicología de las emociones: cuando sentimos vergüenza por la conducta de otra persona, casi siempre es alguien con quien estamos muy identificados, porque forma parte de cómo nos definimos. Por eso los padres suelen sentirla con intensidad cuando un hijo se comporta mal en público.

    El grupo también cuenta. En un estudio con 376 espectadores de deporte, Ren, Ma y Zong (2026) vieron que la identificación con el grupo reforzaba el vínculo entre juzgar mal la conducta de uno de los suyos y sentir vergüenza vicaria. Todos los participantes habían vivido esa emoción antes, y el diseño es transversal, así que muestra asociaciones y no causas.

    ¿La vergüenza ajena es lo mismo que la culpa o la vergüenza propia?

    Se parecen, pero son distintas. Siguiendo a Tangney y Dearing (2002), la vergüenza apunta al yo completo (“qué defectuoso soy”) y la culpa apunta a una conducta concreta (“qué mal hice eso”). En la vergüenza ajena el yo de quien observa también queda tocado, aunque la conducta no sea suya. Si quieres separar bien estas dos emociones, la guía sobre la diferencia entre culpa y vergüenza las compara con detalle.

    Hay otra diferencia interesante: la misma escena puede hacerte reír o encogerte.

    En un estudio con 34 personas, Paulus y colaboradores (2018) compararon la risa por la desgracia ajena (schadenfreude) con la vergüenza ajena. Las redes cerebrales eran en gran parte las mismas, y la ínsula anterior izquierda se activó menos cuando el foco estaba en el placer por la desgracia. Los autores concluyen que el signo y la intensidad de la emoción dependen mucho del contexto.

    ¿Todas las personas la sienten igual?

    No. La empatía de rasgo marca una parte de la diferencia, como mostró el trabajo de Krach (2011), y también influyen la edad, el contexto y la historia con la persona observada. Sentir poca o mucha vergüenza ajena no equivale a un diagnóstico.

    Hay estudios sobre grupos específicos, con resultados que conviene leer con cuidado:

    • Autismo. En un estudio con 32 adultos con autismo de alto funcionamiento, Paulus y colaboradores (2013) hallaron una vergüenza ajena comparable a la de los controles ante errores accidentales, pero menor cuando el otro rompía la norma a propósito. Otro estudio de resonancia y pupilometría (Krach et al., 2015) encontró menos respuesta ante el dolor social complejo, no ante el dolor físico. En cambio, un trabajo de Adler y colaboradores (2015) halló puntajes de embarazo empático más altos en el grupo con autismo, aunque menos ajustados a lo que sentía el protagonista. Los resultados no son uniformes.
    • Ansiedad social centrada en los demás. En un estudio con 23 adultos japoneses, Tei y colaboradores (2020) analizaron el taijin kyofusho, una variante de ansiedad social con miedo a incomodar a otros. Más síntomas se asociaron con más angustia personal ante el malestar ajeno, más actividad de la amígdala y menos flexibilidad cognitiva. La muestra es pequeña y de una cultura concreta.

    Si te preguntas por la empatía en general, puedes mirar el test de empatía del sitio o leer sobre la diferencia entre inteligencia emocional y empatía.

    ¿Cuándo la vergüenza ajena se vuelve un problema?

    Mientras sea una incomodidad pasajera, forma parte de la vida social normal. Se vuelve un problema cuando empieza a ordenar tu vida. Algunas señales:

    • Dejas de ver series, videos o eventos por miedo a sentirla.
    • Evitas reuniones, presentaciones o salidas donde podría pasar algo embarazoso.
    • Te preocupa de forma constante que tú o tu entorno hagan pasar vergüenza a otros.
    • La sensación te dura horas y se mezcla con tristeza o ansiedad.

    Ese patrón se parece al círculo que describe el modelo cognitivo-conductual de la ansiedad social: miedo a ser evaluado negativamente, atención puesta en uno mismo, vergüenza y evitación, que a corto plazo alivia y a largo plazo mantiene el miedo (Caballo, 2015; Tolin, 2024). Si te reconoces ahí, la guía sobre ansiedad social y la de miedo al rechazo pueden darte más contexto.

    ¿Qué hacer cuando la vergüenza ajena te incomoda?

    Una aclaración antes de seguir: la búsqueda hecha para este artículo no encontró ensayos que prueben un método específico para reducir la vergüenza ajena. Lo que sigue se apoya en investigación de temas cercanos (regulación emocional, autocompasión y tratamiento de la ansiedad social).

    1. Distingue de quién es la incomodidad. La vergüenza ajena aparece incluso cuando el protagonista no sabe que quedó en una situación embarazosa (Krach et al., 2011). Parte de lo que sientes es tu propia empatía, y la otra persona puede estar mucho más tranquila que tú. Reinterpretar la escena así se llama reevaluación cognitiva.
    2. Evita esconderla a la fuerza. En el trabajo clásico sobre dos formas de regular las emociones (Gross y John, 2003), quienes reevalúan más reportan mejor bienestar y relaciones, mientras que quienes suprimen más la expresión de sus emociones reportan lo contrario. Poner cara de nada mientras por dentro te quemas rara vez baja la intensidad.
    3. Háblate con amabilidad. La autocompasión, tal como la define Neff (2003, 2016), incluye reconocer que sentir bochorno es humano y que le pasa a mucha gente. Aplicado a este caso: “me dio vergüenza porque me importan los demás, y a casi todos les pasa”. Puedes practicarlo con el test de autocompasión del sitio.
    4. Regula la dosis. Está bien cambiar de canal, salir a respirar o esperar a que pase el momento. El criterio es que no se vuelva la única respuesta.
    5. Si evitas, acércate de a poco. Cuando la vergüenza ajena te lleva a evitar sistemáticamente, el tratamiento de la ansiedad social usa exposición gradual a lo temido, con una jerarquía de situaciones y sin conductas de seguridad (Caballo, 2015; Tolin, 2024). Eso se hace mejor con un profesional.

    Mini guía de autoobservación (sin puntaje)

    No hay un test validado de vergüenza ajena con puntos de corte, y un puntaje inventado sería pseudociencia. En su lugar, estas preguntas te ayudan a mirar tu propio patrón:

    • ¿Con quién me pasa más: con desconocidos, con figuras públicas o con gente cercana?
    • ¿Se queda en un momento incómodo o me persigue durante horas?
    • ¿Qué hago cuando aparece: miro a otro lado, hago una broma, me voy, apago el video?
    • ¿Dejé de hacer, ver o ir a algo por culpa de esta sensación?
    • ¿Me preocupa también hacer pasar vergüenza a otros?
    • ¿Cambió últimamente con el estrés, el sueño o el ánimo?

    No suman un resultado. Si varias respuestas muestran evitación o un malestar que se sostiene, vale la pena conversarlo con un profesional.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Conviene consultar si la vergüenza ajena te lleva a evitar situaciones que quieres o necesitas vivir, si llevas semanas con ansiedad antes de eventos sociales, si el miedo a ser evaluado domina tus relaciones o si la sensación va acompañada de tristeza persistente.

    La psicoterapia cognitivo-conductual tiene un tratamiento descrito para la ansiedad social que trabaja justamente estos circuitos. Si quieres evaluarlo con calma, puedes escribirnos por la página de contacto y contarnos tu situación.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuál es el significado de la vergüenza ajena?

    Es la vergüenza que sientes por lo que hace o le pasa a otra persona, aunque tú no hayas hecho nada. En psicología se llama vergüenza vicaria o embarazo empático, y en alemán fremdscham. Aparece cuando te pones en el lugar del otro o cuando su conducta toca la imagen de un grupo al que perteneces.

    ¿Por qué me da vergüenza ajena y a otros les da risa?

    La misma escena puede activar la empatía o el placer por la desgracia ajena (schadenfreude). Un estudio de resonancia mostró que ambas reacciones comparten buena parte de las redes cerebrales y que el contexto y el foco de atención inclinan la balanza (Paulus et al., 2018). Cada persona reacciona a su manera.

    ¿Es malo sentir mucha vergüenza ajena?

    Los estudios no la tratan como un problema por sí misma: se asocia con la empatía y suele ser una reacción normal. Pasa a ser un problema cuando te lleva a evitar situaciones, te dura mucho o se mezcla con ansiedad social intensa. Ahí conviene conversarlo con un profesional.

    ¿Cringe y vergüenza ajena son lo mismo?

    Se usan casi como sinónimos. Cringe es el término de internet para la escena o el contenido que provoca esa mueca, y vergüenza ajena es el nombre de la emoción. En la literatura científica se estudia como vicarious embarrassment o fremdscham.

    ¿Se puede sentir vergüenza ajena por alguien que no se da cuenta?

    Sí. En un estudio con resonancia, la vergüenza ajena apareció aunque el protagonista no supiera que estaba en una situación embarazosa y aunque hubiera actuado a propósito o sin querer (Krach et al., 2011). La reacción es del observador, y la otra persona puede estar bastante tranquila.

    ¿Cómo dejar de sentir vergüenza ajena?

    No hay un método probado específico para eliminarla, y quizás tampoco haga falta. Si te incomoda, ayudan la reevaluación (recordar que la incomodidad es en parte tuya), no suprimir la reacción por la fuerza y tratarte con amabilidad. Si hay evitación persistente, la terapia para ansiedad social es una vía con respaldo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Adler, N., Dvash, J., & Shamay-Tsoory, S. G. (2015). Empathic embarrassment accuracy in autism spectrum disorder. Autism Research, 8(3), 241-249. https://doi.org/10.1002/aur.1439

    Caballo, V. E. (Dir.). (2015). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos: Vol. 1. Trastornos por ansiedad, sexuales, afectivos y psicóticos. Siglo XXI.

    Gross, J. J., & John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348-362. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.2.348

    Hawk, S. T., Fischer, A. H., & Van Kleef, G. A. (2011). Taking your place or matching your face: Two paths to empathic embarrassment. Emotion, 11(3), 502-513. https://doi.org/10.1037/a0022762

    Krach, S., Cohrs, J. C., de Echeverría Loebell, N. C., Kircher, T., Sommer, J., Jansen, A., & Paulus, F. M. (2011). Your flaws are my pain: Linking empathy to vicarious embarrassment. PLoS ONE, 6(4), e18675. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0018675

    Krach, S., Kamp-Becker, I., Einhäuser, W., Sommer, J., Frässle, S., Jansen, A., Rademacher, L., Müller-Pinzler, L., Gazzola, V., & Paulus, F. M. (2015). Evidence from pupillometry and fMRI indicates reduced neural response during vicarious social pain but not physical pain in autism. Human Brain Mapping, 36(11), 4730-4744. https://doi.org/10.1002/hbm.22949

    Melchers, M., Markett, S., Montag, C., Trautner, P., Weber, B., Lachmann, B., Buss, P., Heinen, R., & Reuter, M. (2015). Reality TV and vicarious embarrassment: An fMRI study. NeuroImage, 109, 109-117. https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2015.01.022

    Müller-Pinzler, L., Paulus, F. M., Stemmler, G., & Krach, S. (2012). Increased autonomic activation in vicarious embarrassment. International Journal of Psychophysiology, 86(1), 74-82. https://doi.org/10.1016/j.ijpsycho.2012.07.183

    Müller-Pinzler, L., Rademacher, L., Paulus, F. M., & Krach, S. (2016). When your friends make you cringe: Social closeness modulates vicarious embarrassment-related neural activity. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 11(3), 466-475. https://doi.org/10.1093/scan/nsv130

    Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85-101. https://doi.org/10.1080/15298860309032

    Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo. Paidós.

    Paulus, F. M., Kamp-Becker, I., & Krach, S. (2013). Demands in reflecting about another’s motives and intentions modulate vicarious embarrassment in autism spectrum disorders. Research in Developmental Disabilities, 34(4), 1312-1321. https://doi.org/10.1016/j.ridd.2013.01.009

    Paulus, F. M., Müller-Pinzler, L., Stolz, D. S., Mayer, A. V., Rademacher, L., & Krach, S. (2018). Laugh or cringe? Common and distinct processes of reward-based schadenfreude and empathy-based fremdscham. Neuropsychologia, 116(Pt A), 52-60. https://doi.org/10.1016/j.neuropsychologia.2017.05.030

    Ren, L., Ma, H., & Zong, X. (2026). When spectators feel ashamed: Vicarious shame and behavioral responses to in-group misconduct. Frontiers in Psychology, 17, 1834709. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2026.1834709

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Tei, S., Kauppi, J.-P., Jankowski, K. F., Fujino, J., Monti, R. P., Tohka, J., Abe, N., Murai, T., Takahashi, H., & Hari, R. (2020). Brain and behavioral alterations in subjects with social anxiety dominated by empathic embarrassment. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(8), 4385-4391. https://doi.org/10.1073/pnas.1918081117

    Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors, thoughts, and emotions (2.ª ed.). Guilford Press.

    Welten, S. C. M., Zeelenberg, M., & Breugelmans, S. M. (2012). Vicarious shame. Cognition & Emotion, 26(5), 836-846. https://doi.org/10.1080/02699931.2011.625400

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Cómo dejar de sentir culpa (por todo, o por algo que no hiciste)

    Cómo dejar de sentir culpa (por todo, o por algo que no hiciste)

    Cometes un error pequeño y la cabeza lo repasa toda la noche. Alguien responde seco y piensas qué hiciste mal. Dices que no a un favor y la culpa llega antes de cortar la llamada. Si lo que sientes es que siento culpa por todo, sabrás lo agotador que es cargar con una cuenta que nunca termina de pagarse.

    Aquí vas a encontrar por qué la culpa se desborda, cómo dejar de sentir culpa por todo midiendo cuánta te corresponde de verdad, y siete pasos con respaldo para soltar lo que sobra, ya sea la culpa por el presente o la culpa por el pasado. También cuándo ese peso es señal de otra cosa y conviene consultar.

    Respuesta corta: para dejar de sentir culpa por todo hay que separar la culpa que informa de la que castiga. La primera apunta a algo concreto que puedes reparar. La segunda se pega a tu valor como persona, asume responsabilidades ajenas y no se resuelve nunca. Se trabaja midiendo tu parte real, reparando lo reparable, escribiendo, hablándote con amabilidad y actuando según tus valores.

    ¿Por qué siento culpa por todo?

    La culpa es una emoción útil cuando avisa de que dañaste algo que te importa. Se convierte en problema cuando se generaliza, se mezcla con la vergüenza o aparece por cosas que no dependían de ti.

    Tangney y Dearing (2002) llevan décadas estudiando esta diferencia. Describen una culpa «pura», que se fija en una conducta concreta («hice algo que no estuvo bien») y deja intacta la imagen que tienes de ti. Esa culpa empuja a disculparse, reparar y hacerlo distinto la próxima vez. La culpa que desgasta aparece cuando se fusiona con la vergüenza y el juicio salta de la conducta a la persona («hice algo malo, luego soy defectuoso»). En su libro, la propensión a la vergüenza se asocia de forma consistente con depresión y ansiedad, mientras que la culpa libre de vergüenza no muestra esa vulnerabilidad y se vincula con más empatía y más conductas de reparación. La diferencia entre ambas emociones está desarrollada en este artículo sobre culpa y vergüenza.

    Un metaanálisis sobre vergüenza, culpa y síntomas de ansiedad añade un matiz importante para quien siente culpa por todo. La vergüenza se asoció con la ansiedad más que la culpa, pero dos tipos de culpa resultaron tan desadaptativos como ella: la culpa generalizada, que flota sin un contexto concreto, y la culpa contextual desadaptativa, que implica una sensación de responsabilidad inapropiada o exagerada (Cândea y Szentagotai-Tătar, 2018). Esas dos descripciones calzan con lo que cuenta mucha gente que se siente culpable por todo.

    Cuatro formas en que la culpa se pasa de la raya

    Tangney y Dearing (2002) y el metaanálisis anterior permiten reconocer patrones distintos, que piden respuestas distintas:

    • Culpa fundida con vergüenza. Un error se lee como prueba de que eres mala persona. Genera rumiación, autocrítica sin fin y ganas de esconderse.
    • Responsabilidad fuera de lugar. Te sientes responsable de resultados que no controlabas, como el ánimo de otra persona o una enfermedad. Como no tienes nada real que reparar, la culpa no encuentra salida. Es el centro de la culpa «por algo que no hiciste».
    • Reparación bloqueada. El daño ya no se puede arreglar, o mantienes ideas rígidas sobre cuánto hay que sufrir para quedar «en paz». La culpa se queda esperando un castigo que nunca alcanza.
    • Culpa generalizada. No hay un hecho al que atarla. Aparece al descansar, al decir que no o al disfrutar.
    Culpa que informaCulpa que castiga
    En qué se fijaEn algo que hiciste («lo que dije le dolió»)En quién eres («soy un desastre»)
    Qué te empuja a hacerPedir disculpas, reparar, cambiarEsconderte, justificarte o castigarte
    Qué pasa al repararBaja y se cierraVuelve igual
    De quién era la responsabilidadTuya, al menos en parteMuchas veces de otros o de nadie

    Sentimiento de culpa: síntomas y señales de que se pasó de la raya

    Los síntomas del sentimiento de culpa excesiva no se miden con un solo test, pero hay señales prácticas que se repiten:

    • Pides perdón por cosas en las que no tuviste parte.
    • Repasas conversaciones buscando qué dijiste mal.
    • Te cuesta decir que no, porque rechazar algo se siente como hacer daño (aquí ayuda aprender a poner límites).
    • Disfrutar algo te deja una sensación de deuda, como si hubiera que compensarlo.
    • Cuando algo sale mal a tu alrededor, tu primera hipótesis es que fue tu culpa.
    • La culpa dura mucho más que lo que tardas en arreglar el asunto.

    Reconocerte en varias es común. Es un patrón conocido y tiene tratamiento.

    ¿Cómo saber si tu culpa es proporcionada?

    Antes de intentar apagar la culpa, conviene preguntarle qué quiere decir. Tres preguntas ordenan casi todos los casos:

    1. ¿Qué hice, en concreto? Con verbos, sin adjetivos. «No respondí el mensaje hasta el otro día» sirve. «Fui un egoísta» no.
    2. ¿Cuánto de lo ocurrido dependía de mí? Si tu parte es real, te toca asumirla. Si el resultado dependía de muchas cosas, la responsabilidad se reparte, y asumir toda la carga es un error de cálculo.
    3. ¿Hay algo que se pueda reparar? Si lo hay, la culpa pide una acción. Si no, pide otra cosa, y los pasos de más abajo se ocupan de eso.

    Si en la primera pregunta solo te salen adjetivos, o la segunda te da cero de responsabilidad, probablemente no estás frente a una culpa que informa.

    Cómo dejar de sentir culpa: 7 pasos con respaldo

    1. Describe el hecho sin adjetivos

    Escribe dos o tres líneas con lo que pasó, sin calificarte. Pasar del juicio global al hecho es justo el movimiento que Tangney y Dearing (2002) describen como la diferencia entre culpa y vergüenza: la conducta se puede corregir, la persona completa no necesita sentencia.

    2. Reparte la responsabilidad

    Pon en una hoja todo lo que influyó en el resultado: lo que hiciste tú, lo que hicieron otros, lo que nadie controlaba. Asumir tu parte real y soltar la ajena es lo que separa la responsabilidad de la culpa. Si te cuesta con tu pareja, este artículo sobre cómo pedir perdón muestra qué hace que una disculpa funcione.

    3. Repara lo que se pueda reparar

    McCullough (2008) describe tres señales que cierran el ciclo de la culpa: una disculpa sincera, que asume la falta sin excusas, un cambio de conducta que haga creíble que no se repetirá, y alguna forma de compensación. Declararse perdonado sin hacer nada de eso, explica, no apaga la alarma interna.

    Hay respaldo para trabajarlo de forma estructurada. Una revisión de 21 estudios sobre intervenciones para promover el autoperdón encontró que los programas autoguiados basados en el modelo de Enright mostraron eficacia (Vismaya et al., 2024). Y en un ensayo con 204 estudiantes, un cuaderno de trabajo de seis horas aumentó el autoperdón y redujo la autocondena frente a la lista de espera, con más efecto cuanto más grave era la falta (Griffin et al., 2015). Son resultados preliminares en muestras universitarias, así que sirven de orientación y no de promesa.

    4. Si no hay nada que reparar en el pasado, repara hacia adelante

    Cuando la persona ya no está, el daño es irreversible o la falta era del pasado lejano, McCullough (2008) plantea redirigir la reparación al futuro: asumir un compromiso concreto para no repetir esa causa con otras personas. Es una acción que se puede hacer hoy, aunque el hecho no tenga arreglo.

    5. Escribe sobre ello

    Pennebaker y Smyth (2016) proponen un protocolo sencillo de escritura expresiva. Sirve para esa culpa que da vueltas porque nunca se ha dicho entera:

    • Escribe 15 a 20 minutos al día durante 3 o 4 días, en un lugar tranquilo.
    • Cuenta qué ocurrió y también cómo te sentiste entonces y cómo te sientes ahora.
    • Escribe sin parar y sin corregir, solo para ti. Después puedes guardar las hojas o destruirlas.
    • Con los días, pasa de repetir el hecho a ordenarlo: qué lo causó, qué aprendiste, qué cambiarías.

    Es normal sentir algo de tristeza justo después, que suele bajar en una o dos horas. Si la angustia es abrumadora, para y cambia a un tema más neutro.

    6. Háblate como le hablarías a un amigo

    Neff (2016) sostiene que tratarte con amabilidad ante un error da la seguridad necesaria para mirar la falla con honestidad, asumirla y aprender de ella sin ponerte a la defensiva. Sus tres componentes son la bondad hacia uno mismo, reconocer que equivocarse es parte de ser humano y observar lo que sientes sin dramatizarlo ni taparlo. Un ejercicio breve consiste en detenerte y decirte cuatro frases: «Este es un momento difícil», «el sufrimiento es parte de la vida», «pido ser amable conmigo en este momento» y «pido darme la compasión que necesito». Puedes empezar por el test de autocompasión.

    7. Cambia el «¿por qué?» por el «¿cómo?»

    Si la cabeza repite «¿por qué siempre hago esto?», conviene saber que ese tipo de pregunta abstracta mantiene el malestar. Watkins, en el Handbook of Emotion Regulation (Gross y Ford, 2024), explica que la rumiación se vuelve dañina cuando adopta un estilo abstracto y centrado en causas y significados globales, mientras que un pensamiento concreto, del tipo «¿qué paso puedo dar hoy?», orienta a resolver. Si la rumiación es el centro de tu problema, hay más herramientas en cómo dejar de pensar demasiado.

    Actuar según tus valores, aunque la culpa siga ahí

    La terapia de aceptación y compromiso (ACT) aporta una idea que alivia a quien lleva años intentando que la culpa desaparezca antes de moverse. Wilson y Luciano (2002) y Hayes et al. (2012) plantean que pelear contra el sentimiento, ya sea con rumiación, autocrítica o evitación, suele mantenerlo. En cambio proponen:

    • Reconocer el pensamiento como pensamiento: «estoy teniendo el pensamiento de que debería haberlo hecho mejor».
    • Cambiar el «pero» por el «y»: «quiero ir a esa cena y me siento culpable».
    • Preguntarte qué harías hoy si la culpa no mandara, y dar ese paso.

    El principio que resumen es que los sentimientos no dejan huellas en el mundo, las acciones sí. El objetivo es actuar con la culpa presente, sin esperar a que se vaya para empezar.

    ¿Cuándo la culpa es síntoma de otra cosa?

    A veces la culpa es el idioma en que se expresa otro problema. Conviene distinguirlo, porque cambia el tratamiento:

    • Depresión. La culpa excesiva o inapropiada figura entre los criterios del trastorno depresivo mayor en el DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022). Si además hay desánimo, pérdida de interés, cambios en sueño o apetito, mira la guía sobre depresión. Según la OMS, es un trastorno frecuente y tratable.
    • TOC. Una revisión de 14 estudios concluyó que la culpa patológica tiene un papel significativo en el trastorno obsesivo-compulsivo y recibe poca atención clínica (Shapiro y Stewart, 2011). Si la culpa viene con pensamientos intrusivos y rituales, revisa qué es el TOC y cómo manejar los pensamientos intrusivos. Las guías NICE recomiendan terapia cognitivo-conductual con exposición y prevención de respuesta.
    • Trauma. Un metaanálisis de 163 estudios con más de 35.000 sobrevivientes encontró una asociación moderada entre culpa relacionada con el trauma y síntomas de estrés postraumático (r = 0,38) (Kip et al., 2022). Existe una terapia breve de seis sesiones centrada en la culpa; en un ensayo con 145 veteranos redujo la culpa más que la terapia de apoyo (Norman et al., 2022). Para el contexto general, mira la guía de estrés postraumático.
    • Cuidado de un familiar. En un ensayo piloto con 42 cuidadores de personas con demencia, una intervención dirigida a la culpa redujo más la culpa, la depresión y la ansiedad que una intervención cognitivo-conductual general (Romero-Moreno et al., 2022). La muestra es pequeña, así que es una pista y no una conclusión.
    • Autoexigencia o perfeccionismo. Cuando el estándar interno es imposible de cumplir, la culpa se vuelve el castigo por no llegar. Ayuda leer sobre perfeccionismo.

    Para la culpa generalizada que no cae en ninguna de estas categorías, la búsqueda hecha para este artículo no encontró ensayos que prueben un método único. Lo que hay son los pasos de arriba, que descansan en investigación de otras poblaciones y en el consenso clínico, y la terapia sigue siendo el espacio donde se adapta a cada historia.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Conviene consultar si la culpa dura semanas o meses, si te quita sueño o ánimo, si afecta tu trabajo o tus relaciones, si aparecen rituales o pensamientos que no puedes frenar, o si viene de un hecho traumático que no logras procesar. También si llevas tiempo aplicando estos pasos y no se mueve nada.

    Si la culpa viene con pensamientos de que sería mejor desaparecer o de hacerte daño, no esperes: en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio) o ir a un servicio de urgencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué siento culpa por todo?

    Suele ser una combinación de culpa generalizada, responsabilidad fuera de lugar y juicio sobre ti mismo que se cuela cuando algo sale mal (Cândea y Szentagotai-Tătar, 2018; Tangney y Dearing, 2002). También puede acompañar a una depresión, un TOC o un trauma. Si dura semanas, vale la pena evaluarlo.

    ¿Cómo dejar de sentir culpa por el pasado?

    Primero describe lo que pasó sin adjetivos, repara lo que se pueda y escribe sobre el hecho en sesiones de 15 a 20 minutos durante 3 o 4 días (Pennebaker y Smyth, 2016). Si ya no hay nada que arreglar, comprométete con una acción concreta para el futuro (McCullough, 2008).

    ¿Es normal sentir culpa por algo que no hice?

    Es frecuente y tiene nombre: responsabilidad fuera de lugar (Tangney y Dearing, 2002). Como no hay una falta real que reparar, la culpa queda sin salida. Repartir la responsabilidad entre todo lo que influyó en el resultado ayuda a ver qué parte, si hay alguna, te corresponde.

    ¿La culpa excesiva es un síntoma de depresión o ansiedad?

    Puede serlo. La culpa excesiva o inapropiada es un criterio de la depresión mayor (American Psychiatric Association, 2022), y la culpa generalizada se asocia con síntomas de ansiedad (Cândea y Szentagotai-Tătar, 2018). Solo una evaluación profesional puede decir si hay un cuadro de fondo.

    ¿Cuánto tarda en pasar la culpa?

    El tiempo varía de una persona a otra y de un cuadro a otro. La culpa proporcionada baja cuando se repara. La que se pega a la vergüenza o a un cuadro de fondo tiende a necesitar un trabajo más largo. Si pasan semanas sin mejoría, conviene consultar.

    ¿Cuándo debo consultar a un psicólogo?

    Cuando la culpa dura semanas o meses, afecta tu ánimo, tu sueño o tus relaciones, viene con rituales o recuerdos de un trauma, o cuesta controlarla por tu cuenta. Si aparecen ideas de hacerte daño, llama de inmediato al *4141.

    Si la culpa te acompaña hace meses, vale la pena mirarla con alguien

    Sentir culpa por todo no se arregla juzgándote con más dureza ni esperando que el tiempo la borre. Ayuda saber qué parte te toca, reparar lo que se pueda y actuar según lo que te importa mientras el sentimiento baja a su tamaño.

    Si quieres entender de dónde viene la tuya y trabajarla con acompañamiento, puedes escribirnos desde la página de contacto y contarnos qué te gustaría cambiar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto rev.). American Psychiatric Publishing.

    Cândea, D.-M., & Szentagotai-Tătar, A. (2018). Shame-proneness, guilt-proneness and anxiety symptoms: A meta-analysis. Journal of Anxiety Disorders, 58, 78-106. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2018.07.005

    Griffin, B. J., Worthington, E. L., Jr., Lavelock, C. R., Greer, C. L., Lin, Y., Davis, D. E., & Hook, J. N. (2015). Efficacy of a self-forgiveness workbook: A randomized controlled trial with interpersonal offenders. Journal of Counseling Psychology, 62(2), 124-136. https://doi.org/10.1037/cou0000060

    Gross, J. J., & Ford, B. Q. (Eds.). (2024). Handbook of emotion regulation (3.ª ed.). Guilford Press.

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2.ª ed.). Guilford Press.

    Kip, A., Diele, J., Holling, H., & Morina, N. (2022). The relationship of trauma-related guilt with PTSD symptoms in adult trauma survivors: A meta-analysis. Psychological Medicine, 52(12), 2201-2211. https://doi.org/10.1017/s0033291722001866

    McCullough, M. E. (2008). Beyond revenge: The evolution of the forgiveness instinct. Jossey-Bass.

    National Institute for Health and Care Excellence. (2005). Obsessive-compulsive disorder and body dysmorphic disorder: Treatment (Clinical guideline CG31). https://www.nice.org.uk/guidance/cg31

    Neff, K. (2016). Sé amable contigo mismo: El arte de la compasión hacia uno mismo. Paidós.

    Norman, S. B., Capone, C., Panza, K. E., Haller, M., Davis, B. C., Schnurr, P. P., Shea, M. T., Browne, K., Norman, G. J., Lang, A. J., Kline, A. C., Golshan, S., Allard, C. B., & Angkaw, A. (2022). A clinical trial comparing trauma-informed guilt reduction therapy (TrIGR), a brief intervention for trauma-related guilt, to supportive care therapy. Depression and Anxiety, 39(4), 262-273. https://doi.org/10.1002/da.23244

    Organización Mundial de la Salud. (s.f.). Depresión [Nota descriptiva]. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/depression

    Pennebaker, J. W., & Smyth, J. M. (2016). Opening up by writing it down: How expressive writing improves health and eases emotional pain (3.ª ed.). Guilford Press.

    Romero-Moreno, R., Márquez-González, M., Gallego-Alberto, L., Cabrera, I., Vara-García, C., Pedroso-Chaparro, M. D. S., Barrera-Caballero, S., & Losada, A. (2022). Guilt focused intervention for family caregivers: Preliminary results of a randomized clinical trial. Clinical Gerontologist, 45(5), 1304-1316. https://doi.org/10.1080/07317115.2022.2048287

    Shapiro, L. J., & Stewart, S. E. (2011). Pathological guilt: A persistent yet overlooked treatment factor in obsessive-compulsive disorder. Annals of Clinical Psychiatry, 23(1), 63-70. https://doi.org/10.1177/104012371102300109

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Vismaya, A., Gopi, A., Romate, J., & Rajkumar, E. (2024). Psychological interventions to promote self-forgiveness: A systematic review. BMC Psychology, 12(1), 258. https://doi.org/10.1186/s40359-024-01671-3

    Wilson, K. G., & Luciano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Comer a escondidas: por qué pasa y qué hacer

    Comer a escondidas: por qué pasa y qué hacer

    Esperas a que todos se duerman, abres la despensa con cuidado y comes de pie, rápido, atento a cualquier ruido. Después tiras el envoltorio donde nadie lo vea y aparece algo que pesa más que la comida: el silencio sobre lo que acaba de pasar. Si buscas «comer a escondidas psicología», probablemente quieres saber dos cosas: si es normal y qué hacer para que deje de ocurrir.

    Esta guía explica qué significa comer a escondidas, por qué la vergüenza lo mantiene, en qué se distingue de comer a solas por gusto, cuándo es una señal de un trastorno alimentario y cómo dejar de comer a escondidas con estrategias que tienen respaldo. También incluye una sección para madres, padres y cuidadores de niños y adolescentes que esconden comida. Se apoya en estudios publicados y en el trabajo clínico de Fairburn, base de la terapia cognitivo-conductual para los atracones.

    En breve: comer a escondidas es ocultar que se come porque se teme el juicio de los demás. Con frecuencia lo mueven la vergüenza y las reglas rígidas sobre la comida. Aparece sobre todo en personas con atracones, y en las muestras clínicas estudiadas se asocia a más preocupación por la comida, el peso y la figura. Por sí solo no es un diagnóstico, pero que se repita, que se acompañe de pérdida de control o de conductas para compensar (vomitar, ayunar, ejercicio de castigo) es motivo de consulta. Lo que más ayuda es comer con regularidad, flexibilizar las reglas, romper el secreto de a poco y tratarte con menos castigo. Esta guía orienta y no reemplaza una evaluación profesional.

    ¿Qué significa comer a escondidas o comer en secreto?

    Comer a escondidas, también llamado comer en secreto, es comer en privado para que nadie te vea, escondiendo la comida, los envoltorios o el hecho mismo de haber comido. Un estudio con jóvenes con sobrepeso lo definió así: comer en privado para que otros no lo noten, algo que puede reflejar vergüenza por la comida o por el cuerpo (Kass et al., 2017).

    Fairburn (2008, 2013) lo describe como una marca típica de los atracones: la persona compra comida en distintas tiendas, la esconde en el bolsillo, se la lleva al baño o a la habitación y borra las huellas. La privacidad quita los frenos sociales que suelen moderar cuánto y cómo comemos, y el secreto aumenta el aislamiento y la sensación de ser la única persona a la que le pasa. Por eso mucha gente tarda años en contarlo.

    Los criterios del DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013) lo incluyen de forma explícita: para el trastorno por atracón, entre las características posibles está comer a solas porque da vergüenza cuánto se come.

    ¿Es lo mismo comer a solas que comer a escondidas?

    No. Comer solo porque estás cómodo, porque tu horario es distinto o porque prefieres no conversar mientras comes es una preferencia. Comer a escondidas es furtivo e intencional: ocultas que comes, o qué comes, o cuánto, por miedo a que te juzguen.

    Una pregunta sencilla ayuda a distinguirlo: ¿comerías exactamente lo mismo, de la misma manera, si alguien te estuviera mirando? Si la respuesta es «sí, me da igual», probablemente sea comer a solas. Si es «no, jamás», o si te angustia la posibilidad de que te vean, hay secreto.

    Otras señales que suelen acompañar al secreto, según lo descrito por Fairburn (2008, 2013) y las guías clínicas:

    • Esconder envoltorios o comida en lugares poco habituales.
    • Comer de noche, cuando los demás duermen, o levantarte para comer.
    • Poner excusas para no comer con otras personas («ya comí»).
    • Sentir culpa intensa, asco hacia ti o ánimo bajo después de comer.
    • Notar que falta comida en casa sin una explicación clara.

    Ninguna de estas señales, sola, confirma un trastorno. Cuentan como conjunto y según con qué frecuencia aparecen.

    ¿Por qué se come a escondidas?

    Suelen intervenir tres cosas que se refuerzan entre sí: la vergüenza, las reglas rígidas sobre la comida y el hambre acumulada.

    La vergüenza y el miedo al juicio

    La vergüenza es una evaluación del yo completo («soy defectuoso, no tengo fuerza de voluntad»), mientras que la culpa apunta a una conducta concreta («hice algo que no quería hacer»). Según la síntesis de Matos y Pinto-Gouveia (2010), la vergüenza surge como una respuesta defensiva ante la amenaza de ser devaluado o rechazado, y activa conductas de huida y ocultamiento. Comer a escondidas es justamente eso: esconder lo que, según tu propio juicio, te dejaría mal parado.

    Los estudios en trastornos alimentarios apuntan en la misma dirección. En 347 personas, la vergüenza se asoció de forma única con los atracones y las ganas de atracarse, mientras que la culpa no (Bottera et al., 2020). En 119 pacientes con anorexia, bulimia o atracón, la sobrevaloración de la figura y el peso se relacionó con la vergüenza a través de la autocrítica severa y las comparaciones sociales negativas (Duarte et al., 2016). Son estudios transversales: muestran que estas cosas van juntas, y no cuál causa a cuál.

    Reglas rígidas y la reacción «ya lo arruiné»

    Fairburn (2008, 2013) distingue entre restringir de forma cognitiva (imponerte reglas del tipo «nada de pan», «no comer después de las ocho») y pasar hambre de verdad. Su hallazgo central es que los atracones se disparan sobre todo por el mecanismo cognitivo: basta con tener una regla estricta para que, al romperla, aparezca el pensamiento de todo o nada. Un desliz mínimo se vive como un fracaso total («ya arruiné la dieta») y llega la reacción conocida como screw-it: «ya que estoy, que se vaya todo». Después vienen la culpa, el miedo a engordar y reglas aún más duras para el día siguiente.

    El secreto es la parte social de ese círculo. Los alimentos «prohibidos» se comen cuando nadie mira, porque comerlos delante de otros sería admitir que rompiste la regla. La pregunta de si restringir causa atracones no está cerrada: una revisión de 16 estudios, casi todos transversales y con universitarias, concluyó que la evidencia es mixta (Mason et al., 2024). Aun así, en un ensayo con 403 personas, un programa digital que trabajaba solo la restricción dietaria redujo más los atracones que el grupo informativo, con un efecto pequeño (Linardon et al., 2023).

    Hambre acumulada y emociones difíciles

    Cuando pasas muchas horas sin comer, el cuerpo cobra la deuda. Fairburn (2008) ubica entre los detonantes habituales de un atracón haber roto una regla, haber tomado alcohol, haber comido muy poco antes y haber tenido un mal momento emocional. Si además el contexto es de culpa o vergüenza, el secreto aparece casi solo.

    ¿Qué dice la investigación sobre comer a escondidas?

    La evidencia sobre este comportamiento es limitada y viene de muestras clínicas, no de la población general. Con esa advertencia, esto es lo que se ha medido:

    • En adultos con trastorno por atracón: en 755 personas que consultaron para tratarse, el 54 % reportó comer a escondidas (Lydecker y Grilo, 2019). Quienes lo hacían tenían más preocupación por la comida, la figura y el peso, y más depresión, pero no más atracones objetivos ni mayor índice de masa corporal. Los autores concluyen que el secreto refleja más psicopatología alimentaria, no más frecuencia de atracones ni más peso.
    • Tras una cirugía bariátrica: en 168 adultos con pérdida de control al comer, el 37 % comía a escondidas (Lydecker et al., 2019). Se asoció a más gravedad de los síntomas alimentarios y más insatisfacción con el cuerpo.
    • En niños y adolescentes con sobrepeso: de 577 jóvenes, 111 (19 %) reconocieron comer en secreto. Estos tenían más psicopatología alimentaria y más pérdida de control al comer. Los autores proponen preguntar por esta conducta en las evaluaciones, porque puede anunciar un mayor riesgo de trastorno alimentario (Kass et al., 2017).
    • En universitarias: en 336 mujeres, el miedo a engordar y la menor flexibilidad con la imagen corporal se asociaron a ocultar a otros lo que uno siente y hace (Masuda et al., 2018).

    Hay límites importantes. No existen estudios en población general sin trastorno alimentario, así que no se puede decir cuán común es comer a escondidas en la población. Y tampoco hay ensayos que prueben un tratamiento dirigido solo a esta conducta: lo que se recomienda se deduce de los tratamientos del atracón.

    ¿Comer a escondidas es un trastorno alimenticio?

    Por sí solo no. Es una conducta, y un diagnóstico necesita más datos. Entre los trastornos alimenticios y comer a escondidas, lo que cuenta es el conjunto y la frecuencia. Se vinculan sobre todo cuando aparecen además:

    • Pérdida de control: sientes que no puedes parar una vez que empiezas a comer.
    • Conductas para compensar: vomitar, usar laxantes o diuréticos, ayunar, restringirte mucho al día siguiente o hacer ejercicio como castigo.
    • Preocupación desproporcionada por el peso o la figura, o un valor personal que depende casi solo del cuerpo.
    • Aislamiento: evitar comer con otras personas o situaciones sociales con comida.

    Dos de esas ideas están entre las cinco preguntas del SCOFF, un cuestionario breve de cribado. Con dos o más respuestas afirmativas se sospecha un problema y se recomienda una evaluación completa (Morgan et al., 1999). Es una orientación y no un diagnóstico.

    Relación con el atracón y otros cuadros

    Comer a escondidas aparece sobre todo junto a los atracones. Si quieres entender ese cuadro a fondo, la guía sobre el trastorno por atracón lo explica, y la del síndrome del comedor nocturno trata el caso de comer sobre todo de noche. Para un mapa general, está la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    Sobre la frecuencia del trastorno por atracón: en las encuestas de la Organización Mundial de la Salud alcanzó 1,4 % a lo largo de la vida, y menos de la mitad de las personas había recibido tratamiento (Kessler et al., 2013).

    ¿Por qué cuesta tanto pedir ayuda?

    Porque el secreto y la vergüenza empujan a no contarlo. En una encuesta estadounidense con 36.309 adultos, alguna vez pidió ayuda el 34,5 % de quienes tuvieron anorexia, el 62,6 % con bulimia y el 49,0 % con trastorno por atracón, y los hombres y las minorías étnico-raciales tenían menos probabilidad de pedirla por atracón (Coffino et al., 2019).

    En otro estudio con 333 personas con síntomas elevados de trastorno alimentario, la estigmatización percibida, el autoestigma y la vergüenza explicaron el 64 % de la conducta de búsqueda de ayuda (Wall et al., 2024). En ese trabajo, el único predictor individual fue la preocupación de que otros crean que estos trastornos no son enfermedades reales.

    Si te reconoces en esto, hay un dato que puede bajar la presión. En 188 adultos con trastorno por atracón, la vergüenza no se asoció con el índice de masa corporal ni con la frecuencia de atracones, pero sí con las actitudes sobre el peso y la figura (Jambekar et al., 2003).

    ¿Cómo dejar de comer a escondidas?

    Más fuerza de voluntad rara vez resuelve esto. Lo que cambia las cosas es modificar las condiciones que sostienen el secreto. Las estrategias siguientes vienen de los programas de Fairburn (2008, 2013) y de los tratamientos con respaldo para el atracón.

    1. Registrar lo que comes, en el momento

    El automonitoreo en tiempo real abre el programa de Fairburn. Anotas, justo después de comer (no de memoria, horas más tarde): la hora, qué comiste y bebiste (sin contar calorías), dónde, si sentiste que fue excesivo y qué pensabas o sentías. Tiene un efecto doble: interrumpe el «piloto automático» y rompe la versión oculta del problema, porque por primera vez queda escrito. Si anotar te da vergüenza, empieza por anotar solo la hora y el lugar.

    2. Comer con regularidad

    El patrón que propone Fairburn son tres comidas y dos o tres colaciones planificadas, sin dejar pasar más de tres o cuatro horas sin comer, y sin saltarte ninguna aunque hayas comido de más antes. Se guía por el reloj y no por el hambre, porque en estos problemas las señales de hambre y saciedad suelen estar alteradas. La evidencia respalda esta lógica: en 38 personas en un programa de autoayuda guiada, mayor adherencia al patrón de comidas regulares se asoció con menos atracones por semana (Zendegui et al., 2014).

    3. Hacer del lugar de comer un lugar visible

    Fairburn recomienda comer en uno o dos lugares fijos de la casa, sentado, sin comer de paquetes ni de la olla y sin pantallas. Evita comer en el dormitorio, el baño o el auto, justo los lugares del secreto. Es un paso concreto y pequeño que quita escondites.

    4. Reintroducir de a poco lo que prohíbes

    Los alimentos «prohibidos» son los que más se comen a escondidas. Fairburn propone hacer una lista de los alimentos que evitas y reintroducirlos de forma gradual y planificada, empezando por los menos difíciles y practicando comerlos delante de otras personas. Con eso se debilita tanto el poder del alimento como la vergüenza asociada. Si te genera mucha ansiedad, conviene hacerlo con acompañamiento profesional.

    5. Hablar con una persona

    Romper el secreto no exige contarlo todo de una vez. Puedes empezar por una persona de confianza o por tu profesional de salud, y partir con una frase simple, como «estoy comiendo a escondidas y quiero cambiarlo». Compartirlo reduce el aislamiento que alimenta el círculo.

    6. Qué hacer cuando ya ocurrió

    Fairburn plantea un protocolo claro para después de comer de más:

    • Volver al plan de inmediato. Haz la siguiente comida o colación planificada, sin ayunar ni recortar porciones para «compensar». Compensar reinicia el ciclo.
    • Llamarlo desliz y no fracaso total. Un desliz es un tropiezo temporal, no una recaída.
    • Mirar el detonante con calma. Más tarde, pregúntate cuál fue la causa más probable: una regla rota, alcohol, pasar muchas horas sin comer o un mal momento emocional.
    • Hacer algo incompatible con seguir comiendo durante 30 a 60 minutos (caminar, llamar a alguien, ducharte, escuchar música) hasta que baje la urgencia.

    7. Reducir la autocrítica

    Como la vergüenza empuja a esconderse, bajar la autocrítica es parte del tratamiento. La autocompasión, según Neff (2003), combina tres cosas: tratarte con amabilidad y no con juicio, recordar que fallar es parte de la condición humana y observar lo que sientes sin exagerarlo. La terapia centrada en la compasión de Gilbert fue diseñada para personas con mucha vergüenza y autocrítica (Gilbert y Procter, 2006, una prueba piloto de un entrenamiento grupal). En una revisión con 59 estudios, las intervenciones de autocompasión fueron superiores a los controles para la patología alimentaria (efecto medio, g = 0,58; Turk y Waller, 2020).

    ¿Qué tratamientos funcionan?

    Para el trastorno por atracón, la guía NICE recomienda la autoayuda guiada y la terapia cognitivo-conductual específica para trastornos alimentarios (National Institute for Health and Care Excellence [NICE], 2017). La investigación respalda esa recomendación:

    Si es tu hijo o hija quien come a escondidas o esconde comida

    Ver que un niño o adolescente esconde comida, la acapara o come a escondidas asusta, y la reacción espontánea suele ser registrar, castigar o hablar con tono de reclamo. Conviene frenar ahí, por una razón: esconder comida puede tener causas muy distintas.

    Qué puede estar detrás. En jóvenes con sobrepeso, el comer en secreto se asoció a más pérdida de control y a más psicopatología alimentaria (Kass et al., 2017), y Marcus y Kalarchian (2003), citados en el Oxford Handbook of Eating Disorders (Agras y Robinson, 2018), lo ubican entre los mejores indicadores conductuales de atracón en niños y adolescentes. Acaparar o esconder comida también puede ser un efecto de la inanición (Lock y Le Grange, 2012) o de haber vivido inseguridad alimentaria (Frost y Steketee, 2010).

    Qué no hacer. Treasure, Smith y Crane (2007), autores del método New Maudsley, advierten que los gritos, los castigos y los registros agresivos de la habitación son contraproducentes: suben la ansiedad y suelen hacer que el adolescente perfeccione cómo esconder. En un estudio con 419 niños con sobrepeso, de los cuales 27,2 % escondía, acaparaba o comía a escondidas según sus padres, el control parental de la alimentación se asoció con comer sin hambre, pero no de forma significativa con esconder la comida (Sonneville et al., 2013). Ese estudio no prueba que controlar no tenga efecto, pero tampoco permite decir que «controlar al niño lo hace esconder».

    Qué sí hacer.

    • Hablar fuera del momento del conflicto, nunca a la hora de la comida.
    • Tratar la conducta como un síntoma y no como una mentira del niño (Lock y Le Grange, 2012).
    • Mantener calma, consistencia y compasión (Treasure et al., 2007).
    • Acordar que las comidas ocurren en espacios comunes y no en los dormitorios.
    • Sin comentarios sobre el cuerpo ni presión en la mesa.

    La guía sobre los trastornos alimentarios en adolescentes explica con más detalle las señales que los padres notan o dejan pasar, y la de tratamiento de los TCA en Chile describe cómo acceder a atención.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Conviene consultar si comes a escondidas con frecuencia, si lo acompañan atracones, pérdida de control o conductas para compensar, si la comida o el peso ocupan buena parte de tu día, o si lo intentaste por tu cuenta y no cambia. Según NICE (2017) y la guía española GuiaSalud (2009), no hace falta esperar a perder peso ni a «estar lo bastante mal»: la sospecha basta para pedir una evaluación. En niños y adolescentes, además, conviene consultar si hay pérdida de peso rápida, idas frecuentes al baño después de comer, aislamiento o negativa a comer delante de otros.

    Algunas situaciones no esperan. Acude a urgencias ante desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, vómitos con sangre o negativa total a comer o beber. Si aparecen ideas de hacerte daño o de morir, no te quedes sola o solo: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Como material de consenso, hay información en MedlinePlus, en el Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y en la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Por qué como a escondidas?

    Con frecuencia por el miedo al juicio de los demás. La vergüenza, las reglas rígidas sobre qué o cuánto comer y el hambre acumulada se refuerzan entre sí: lo que «no debería» comer se come cuando nadie mira. Es una conducta aprendida y se puede cambiar.

    ¿Es normal comer a escondidas?

    No hay cifras sólidas de cuán común es en la población general, así que no se puede dar un porcentaje de lo que sería «normal». Preocupa cuando se repite, se acompaña de pérdida de control o de conductas para compensar, o te genera mucha vergüenza.

    ¿Comer a escondidas es un trastorno alimentario?

    Por sí solo no, es una conducta. Aparece sobre todo junto a los atracones: en 755 adultos con trastorno por atracón, 54 % lo reportó (Lydecker y Grilo, 2019). Si hay pérdida de control o conductas para compensar, conviene una evaluación.

    ¿Cuál es la diferencia con el trastorno por atracón?

    El trastorno por atracón implica episodios de ingesta grande con sensación de pérdida de control y malestar, repetidos en el tiempo. Comer a escondidas puede estar presente o no. En el estudio de Lydecker y Grilo (2019), quienes comían a escondidas no tenían más atracones objetivos que los demás.

    ¿Cómo dejar de comer a escondidas?

    Empieza por registrar lo que comes en el momento, comer con regularidad (tres comidas y colaciones planificadas), comer sentado en lugares visibles de la casa y reintroducir de a poco los alimentos que te prohíbes. Si el patrón se repite, la terapia cognitivo-conductual o la autoayuda guiada tienen respaldo.

    Mi hijo esconde comida, ¿qué hago?

    Evita el castigo y los registros agresivos. Habla con calma fuera de la hora de comer, acuerden que se come en espacios comunes y consulta con un pediatra o un profesional de salud mental, especialmente si hay pérdida de peso, idas al baño después de comer o aislamiento.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Con un psicólogo clínico con experiencia en trastornos alimentarios, o con tu médico de atención primaria, que puede derivarte. Si hay desmayos, dolor en el pecho, latidos irregulares o ideas de hacerte daño, ve a urgencias.

    ¿Quieres dejar atrás el secreto con la comida?

    No tienes que resolver el secreto con la comida a solas. La terapia cognitivo-conductual trabaja justo los mecanismos que describe esta guía: las reglas rígidas, el pensamiento de todo o nada, la vergüenza y la autocrítica. La terapia en línea puede ser parte de ese camino, aunque no reemplaza el control médico presencial si hay bajo peso, vómitos frecuentes u otras señales físicas. Si quieres orientación sobre cómo seguir, puedes agendar una consulta.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Beintner, I., Jacobi, C., & Schmidt, U. H. (2014). Participation and outcome in manualized self-help for bulimia nervosa and binge eating disorder: A systematic review and metaregression analysis. Clinical Psychology Review, 34(2), 158-176. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2014.01.003
    • Bottera, A. R., Kambanis, P. E., & De Young, K. P. (2020). The differential associations of shame and guilt with eating disorder behaviors. Eating Behaviors, 39, 101427. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2020.101427
    • Coffino, J. A., Udo, T., & Grilo, C. M. (2019). Rates of help-seeking in US adults with lifetime DSM-5 eating disorders: Prevalence across diagnoses and differences by sex and ethnicity/race. Mayo Clinic Proceedings, 94(8), 1415-1426. https://doi.org/10.1016/j.mayocp.2019.02.030
    • Duarte, C., Ferreira, C., & Pinto-Gouveia, J. (2016). At the core of eating disorders: Overvaluation, social rank, self-criticism and shame in anorexia, bulimia and binge eating disorder. Comprehensive Psychiatry, 66, 123-131. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2016.01.003
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Frost, R. O., & Steketee, G. (2010). Stuff: Compulsive hoarding and the meaning of things. Houghton Mifflin Harcourt.
    • Gilbert, P., & Procter, S. (2006). Compassionate mind training for people with high shame and self-criticism: Overview and pilot study of a group therapy approach. Clinical Psychology & Psychotherapy, 13(6), 353-379. https://doi.org/10.1002/cpp.507
    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Consumo.
    • Hilbert, A., Petroff, D., Herpertz, S., Pietrowsky, R., Tuschen-Caffier, B., Vocks, S., & Schmidt, R. (2020). Meta-analysis on the long-term effectiveness of psychological and medical treatments for binge-eating disorder. International Journal of Eating Disorders, 53(9), 1353-1376. https://doi.org/10.1002/eat.23297
    • Jambekar, S. A., Masheb, R. M., & Grilo, C. M. (2003). Gender differences in shame in patients with binge-eating disorder. Obesity Research, 11(4), 571-577. https://doi.org/10.1038/oby.2003.80
    • Kass, A. E., Wilfley, D. E., Eddy, K. T., Boutelle, K. N., Zucker, N., Peterson, C. B., Le Grange, D., Celio-Doyle, A., & Goldschmidt, A. B. (2017). Secretive eating among youth with overweight or obesity. Appetite, 114, 275-281. https://doi.org/10.1016/j.appet.2017.03.042
    • Kessler, R. C., Berglund, P. A., Chiu, W. T., Deitz, A. C., Hudson, J. I., Shahly, V., Aguilar-Gaxiola, S., Alonso, J., Angermeyer, M. C., Benjet, C., Bruffaerts, R., de Girolamo, G., de Graaf, R., Haro, J. M., Kovess-Masfety, V., O’Neill, S., Posada-Villa, J., Sasu, C., Scott, K., . . . Xavier, M. (2013). The prevalence and correlates of binge eating disorder in the World Health Organization World Mental Health Surveys. Biological Psychiatry, 73(9), 904-914. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2012.11.020
    • Linardon, J., Messer, M., Shatte, A., Skvarc, D., Rosato, J., Rathgen, A., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2023). Targeting dietary restraint to reduce binge eating: A randomised controlled trial of a blended internet- and smartphone app-based intervention. Psychological Medicine, 53(4), 1277-1287. https://doi.org/10.1017/s0033291721002786
    • Lock, J., & Le Grange, D. (2012). Treatment manual for anorexia nervosa: A family-based approach (2nd ed.). Guilford Press.
    • Lydecker, J. A., & Grilo, C. M. (2019). I didn’t want them to see: Secretive eating among adults with binge-eating disorder. International Journal of Eating Disorders, 52(2), 153-158. https://doi.org/10.1002/eat.23002
    • Lydecker, J. A., Ivezaj, V., & Grilo, C. M. (2019). Secretive eating and binge eating following bariatric surgery. International Journal of Eating Disorders, 52(8), 935-940. https://doi.org/10.1002/eat.23089
    • Mason, T. B., Dolgon-Krutolow, A., & Smith, K. E. (2024). A systematic review of moderators of the association between dietary restraint and binge eating. Obesities, 4(2), 132-144. https://doi.org/10.3390/obesities4020013
    • Masuda, A., Latner, J. D., Barlie, J. P., & Sargent, K. (2018). Understanding self-concealment within a framework of eating disorder cognitions and body image flexibility: Conceptual and applied implications. Eating Behaviors, 30, 49-54. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2018.05.005
    • Matos, M., & Pinto-Gouveia, J. (2010). Shame as a traumatic memory. Clinical Psychology & Psychotherapy, 17(4), 299-312. https://doi.org/10.1002/cpp.659
    • Morgan, J. F., Reid, F., & Lacey, J. H. (1999). The SCOFF questionnaire: Assessment of a new screening tool for eating disorders. BMJ, 319(7223), 1467-1468. https://doi.org/10.1136/bmj.319.7223.1467
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85-101. https://doi.org/10.1080/15298860309032
    • Sonneville, K. R., Rifas-Shiman, S. L., Haines, J., Gortmaker, S., Mitchell, K. F., Gillman, M. W., & Taveras, E. M. (2013). Associations of parental control of feeding with eating in the absence of hunger and food sneaking, hiding, and hoarding. Childhood Obesity, 9(4), 346-349. https://doi.org/10.1089/chi.2012.0149
    • Striegel-Moore, R. H., Wilson, G. T., DeBar, L., Perrin, N., Lynch, F., Rosselli, F., & Kraemer, H. C. (2010). Cognitive behavioral guided self-help for the treatment of recurrent binge eating. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 78(3), 312-321. https://doi.org/10.1037/a0018915
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Tuncer, G. Z., & Tuncer, M. (2026). The effect of eHealth-based guided self help interventions for binge eating disorder: A meta-analysis of randomized controlled trials. Eating Disorders, 34(5), 433-455. https://doi.org/10.1080/10640266.2025.2498247
    • Turk, F., & Waller, G. (2020). Is self-compassion relevant to the pathology and treatment of eating and body image concerns? A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 79, 101856. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2020.101856
    • Wall, P. L., Fassnacht, D. B., Fabry, E., O’Shea, A. E., Houlihan, C., Mulgrew, K., & Ali, K. (2024). Understanding stigma in the context of help-seeking for eating disorders. Journal of Eating Disorders, 12(1), 126. https://doi.org/10.1186/s40337-024-01086-w
    • Zendegui, E. A., West, J. A., & Zandberg, L. J. (2014). Binge eating frequency and regular eating adherence: The role of eating pattern in cognitive behavioral guided self-help. Eating Behaviors, 15(2), 241-243. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2014.03.002

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Secuelas del Bullying en la Vida Adulta

    Secuelas del Bullying en la Vida Adulta

    Tienes treinta, cuarenta o cincuenta años. Del colegio saliste hace mucho.

    Y sin embargo hay cosas que no cuadran con tu vida de ahora: te tiemblan las manos antes de una reunión donde hay que hablar, das por hecho que caes mal, revisas tres veces un mensaje antes de mandarlo, te cuesta poner límites, y cuando alguien se ríe cerca de ti una parte de tu cabeza decide, sin preguntarte, que se ríe de ti.

    Si sufriste bullying de niño o de adolescente, tarde o temprano aparece la duda sobre las secuelas del bullying en adultos: ¿tiene que ver? ¿O estoy usando eso de excusa?

    La respuesta corta es que sí tiene que ver, y no es una excusa. Hay estudios que siguieron a miles de niños acosados durante décadas, hasta los 50 años, y midieron cómo les fue.

    Este artículo te cuenta qué encontraron, qué secuelas del bullying en adultos son las más comunes, cuánto de eso es culpa del acoso y cuánto de otras cosas, por qué duele tanto tiempo después, cómo saber si eso explica lo que te pasa hoy y, sobre todo, qué se puede trabajar de adulto.

    Cada afirmación va con su estudio enlazado. Donde la evidencia es floja o no existe, lo digo.

    En breve

    • Sí tiene que ver, y no es una excusa: estudios que siguieron a miles de personas durante décadas muestran que el bullying deja secuelas medibles.
    • Las secuelas mejor documentadas son la ansiedad y la depresión; también aparecen autoestima baja, vergüenza, dificultades en las relaciones y el trabajo, e ideación suicida.
    • No condena a nadie: en muchas personas el efecto se diluye con los años, y buena parte de las víctimas funciona bien de adulta.
    • No existe una terapia específica para adultos acosados: se trata lo que hoy tienes (ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma) y se trabaja la vergüenza.
    • Si has pensado en quitarte la vida, más abajo hay teléfonos donde llamar hoy mismo.

    La respuesta corta

    Haber sufrido bullying en la infancia aumenta el riesgo de depresión, trastornos de ansiedad, ideación suicida, problemas de autoestima y dificultades en las relaciones y el trabajo en la vida adulta, y ese riesgo se ha medido hasta los 50 años.

    El efecto es real e independiente de otras adversidades: en dos cohortes, haber sido acosado por compañeros dejó peores secuelas en salud mental que haber sido maltratado por adultos en casa.

    Al mismo tiempo, el bullying no condena a nadie: los efectos tienden a diluirse con los años en muchas personas, buena parte de las víctimas funciona de adulto tan bien como cualquiera, y lo que hoy te pasa (ansiedad, ánimo bajo, evitación, vergüenza) tiene tratamiento con evidencia aunque su origen esté a veinte años de distancia.

    ¿El bullying deja secuelas en la vida adulta? Lo que dicen 50 años de seguimiento

    Durante mucho tiempo la respuesta de sentido común fue “eso pasa, uno crece y se le olvida”. Dan Olweus, que fundó el estudio científico del bullying en Escandinavia, fue de los primeros en ponerlo a prueba: siguió a dos grupos de varones suecos, acosados y no acosados entre 6.º y 9.º, hasta los 23 años.

    En muchos aspectos los antiguos acosados se habían “normalizado” (una vez fuera del colegio pudieron elegir su propio ambiente social), pero en dos cosas les iba claramente peor que a sus compañeros: tenían más probabilidad de estar deprimidos y peor autoestima. Olweus (1993, p. 33) lo resume con una frase que no necesita traducción: la victimización persistente les había dejado cicatrices en la mente.

    Lo que encontraron las cohortes grandes

    Los estudios grandes de las últimas dos décadas confirmaron eso y lo estiraron mucho más en el tiempo. El más largo es británico: la cohorte de todos los nacidos en una semana de 1958, 7.771 personas cuyos padres informaron si eran acosadas a los 7 y a los 11 años, y a las que se volvió a evaluar entre los 23 y los 50 (Takizawa, Maughan y Arseneault, 2014).

    Quienes fueron acosados con frecuencia tenían, a los 45 años, casi el doble de probabilidad de depresión (OR 1,95), un 65 % más de trastornos de ansiedad (OR 1,65) y más del doble de suicidalidad (OR 2,21) que sus pares no acosados. A los 50 seguían con más malestar psicológico, menos relaciones sociales, más apuros económicos y peor calidad de vida percibida.

    El tamaño del daño fue parecido al de haber pasado por cuidado sustituto o por varias adversidades infantiles juntas, y se mantuvo al controlar los factores que suelen acompañar al bullying.

    ¿Esa gente pidió ayuda?

    La misma cohorte respondió otra pregunta práctica: ¿esa gente pidió ayuda? Sí, y durante décadas. Los acosados con frecuencia usaron más servicios de salud mental en la infancia y adolescencia (OR 2,53) y seguían usándolos más a los 50 años (OR 1,30); parte empezó a consultar recién en la adultez, hasta los 33, y otra parte los usó de forma persistente hasta la mediana edad (Evans-Lacko et al., 2017).

    Si tú consultaste por primera vez a los 28 por algo que empezó a los 11, no eres una rareza estadística. Eres el patrón.

    La cohorte estadounidense

    En Estados Unidos, la cohorte Great Smoky Mountains siguió a 1.420 niños desde los 9 hasta los 26 años con entrevistas diagnósticas.

    Descontando los problemas psiquiátricos que ya tenían de niños y las dificultades de sus familias, las víctimas seguían teniendo en la adultez joven más agorafobia (OR 4,6), ansiedad generalizada (OR 2,7) y trastorno de pánico (OR 3,1); y a quienes fueron a la vez víctimas y agresores les fue peor todavía, con depresión (OR 4,8), pánico (OR 14,5) y, en los varones, suicidalidad (OR 18,5) (Copeland, Wolke, Angold y Costello, 2013).

    En la misma cohorte, mirada por salud, dinero, delito y relaciones, las víctimas y las víctimas-agresoras tenían peores resultados en los tres primeros aspectos y en sus vínculos; los autores concluyen que ser acosado dista de ser un rito de paso inofensivo: proyecta una sombra larga sobre la vida (Wolke, Copeland, Angold y Costello, 2013).

    ¿Cuánto de esto es culpa del bullying y cuánto de otras cosas?

    Es la pregunta correcta, y la ciencia se la ha tomado en serio. Un niño acosado suele venir con otras cargas: un temperamento ansioso, una familia con problemas, a veces maltrato en casa. ¿No será que eso explica la depresión de adulto, y el bullying es solo la parte visible?

    Tres tipos de estudios responden.

    El primero, un metaanálisis de 165 estudios que aplicó los criterios clásicos de causalidad en epidemiología: la evidencia de que el bullying causa depresión, ansiedad, mala salud general e ideación y conducta suicida fue la más fuerte de todas; la asociación con el consumo de tabaco y drogas fue “probablemente causal”, y para el resto de problemas hay asociación pero no alcanza para hablar de causa (Moore et al., 2017).

    El segundo tipo compara al acoso con otras heridas.

    En dos cohortes de dos países (4.026 niños del Reino Unido y 1.420 de Estados Unidos), los niños que solo fueron acosados por compañeros tuvieron en la adultez joven más problemas de salud mental que los que solo fueron maltratados por adultos: una razón de probabilidades de 1,6 en la cohorte británica y de 3,8 en la estadounidense, con diferencias en ansiedad, depresión y autolesiones.

    Y el efecto no se explicaba por haber sufrido las dos cosas (Lereya, Copeland, Costello y Wolke, 2015). Lee eso dos veces si alguna vez te dijeron que “no fue para tanto porque en tu casa te querían”.

    El tercer tipo es el más exigente, y también el más esperanzador.

    Un efecto real, pero que se diluye

    Un metaanálisis de 16 estudios cuasiexperimentales (gemelos comparados entre sí, emparejamiento estadístico y otros diseños que descuentan lo que el niño ya traía) encontró que el efecto propio del bullying sobre la ansiedad y la depresión es real pero pequeño (d = 0,27), y que declina con el tiempo: a largo plazo el efecto sobre los síntomas internalizantes fue de 0,06, prácticamente indistinguible de cero (Schoeler, Duncan, Cecil, Ploubidis y Pingault, 2018).

    Un estudio con 11.108 gemelos lo vio igual: el acoso a los 11 años contribuía de forma causal a la ansiedad en ese momento, la contribución seguía siendo visible dos años después y ya no lo era a los cinco (Singham et al., 2017).

    ¿Cómo se concilian los dos hallazgos?

    ¿Cómo se juntan las dos cosas, la cohorte que encuentra daño a los 50 y el metaanálisis que encuentra que el efecto se diluye? Sin contradicción: son promedios de grupos distintos.

    Para muchas personas, la mayoría, el efecto del bullying se va apagando cuando el acoso termina y la vida cambia de escenario.

    Para un subgrupo, el que fue acosado con más frecuencia y durante más tiempo, o el que además acosaba, o el que no tuvo quien lo sostuviera, el daño se instala y aparece en las estadísticas décadas después.

    Los propios autores del metaanálisis lo dicen: la reducción del efecto con los años muestra el potencial de resiliencia, y la prevención debería centrarse en fortalecerla y en tratar las vulnerabilidades previas.

    Traducido a ti: que te haya quedado marca no es señal de debilidad; es señal de que tu exposición, tu edad o tu contexto cayeron en la zona en que el acoso deja huella. Y esa huella se trabaja.

    Las secuelas más comunes del bullying en adultos

    Lo que sigue es lo que los estudios longitudinales encuentran con más frecuencia en los adultos que fueron acosados, ordenado de más a menos respaldado, no una lista de síntomas “típicos de quien sufrió bullying”.

    Ansiedad: la que más se repite

    En todas las cohortes citadas la ansiedad aparece antes que cualquier otra cosa. En la de Copeland y colaboradores, las víctimas puras tenían de adultas jóvenes más agorafobia, ansiedad generalizada y trastorno de pánico; en la británica, un 65 % más de trastornos de ansiedad a los 45.

    Tiene lógica: el bullying es, en esencia, un entrenamiento diario en anticipar amenaza social. Un niño que durante años entró al patio calculando dónde estaba el que lo molestaba aprende a escanear cada sala en busca de peligro, y ese hábito no se apaga solo porque el patio desapareció.

    En consulta clínica esto suele presentarse como ansiedad social: miedo a ser juzgado, a hablar en grupo, a exponerse; aunque, ojo, también aparece como pánico, como preocupación constante o como agorafobia, que en la cohorte estadounidense fue el diagnóstico con la razón de riesgo más alta entre las víctimas puras.

    Depresión y ánimo bajo

    Es la segunda secuela más documentada. Los metaanálisis de estudios longitudinales que revisan Zych, Farrington, Llorent y Ttofi (2017, p. 72) concluyen que los niños acosados tienen aproximadamente el doble de probabilidad de estar deprimidos de adultos, hasta unos siete años después y controlando otros factores de riesgo de la infancia; la cohorte británica encuentra un riesgo parecido (OR 1,95) más de treinta años después.

    Y ya Olweus (1993, p. 33) lo había visto a los 23 años.

    Si hoy tienes síntomas de depresión y una historia de acoso escolar, no hace falta que elijas entre las dos explicaciones: la historia es parte del cuadro, y el cuadro se trata igual (tienes una guía completa en el artículo sobre depresión).

    Autoestima, vergüenza y la sensación de “ser un fracaso”

    Olweus (1993, p. 32) describía a las víctimas típicas como niños que se veían a sí mismos como fracasados, y que se sentían estúpidos, avergonzados y poco atractivos.

    La investigación reciente le puso nombre al mecanismo. En 681 adultos noruegos de 19 a 37 años, el acoso en la infancia se asoció a más malestar, peor funcionamiento y más barreras para pedir apoyo en la vida adulta, con un efecto propio más allá de la violencia sufrida; y lo que explicaba buena parte de esa relación era la vergüenza (Strøm, Aakvaag, Birkeland, Felix y Thoresen, 2018).

    Esto importa mucho para la terapia, como verás más abajo: la vergüenza es distinta de la culpa y de la tristeza, se trabaja de otra manera, y es justo lo que hace que muchos adultos no cuenten nunca lo que les pasó.

    En un estudio de seguimiento con 2.726 adultos jóvenes con historia de acoso, el síntoma que más se activaba a partir de los demás era, literalmente, “sentirse un fracaso” (Liu, Liu, Liu, Xu y Wu, 2025).

    Es una frase que la gente que fue acosada reconoce al instante. Si quieres medir dónde está hoy tu autoestima con un instrumento validado, la escala de Rosenberg es la más usada y es gratuita.

    Hipervigilancia y síntomas de trauma

    ¿El bullying puede dejar un trastorno de estrés postraumático? En el sentido estricto del diagnóstico es discutido, porque el acoso escolar es una exposición repetida durante meses o años, distinta del evento único con riesgo de muerte que define al TEPT clásico, y por eso se parece más a lo que la CIE-11 llama TEPT complejo.

    La evidencia empírica es más modesta que para la ansiedad y la depresión, pero existe. En 400 universitarios griegos de 17 a 40 años, las víctimas de bullying escolar presentaban síntomas de TEPT de nivel leve, y la duración del acoso era lo que más pesaba sobre esos síntomas (Andreou, Tsermentseli, Anastasiou y Kouklari, 2021).

    En el estudio de Liu y colaboradores (2025) con adultos jóvenes acosados, los síntomas de TEPT complejo predecían la depresión y la ansiedad posteriores con más fuerza que al revés, y el “sobresalto exagerado” era uno de los síntomas que tendía a arrastrar a los demás.

    En la vida diaria esto se ve como una alarma que salta demasiado fácil: un tono de voz, una risa en la oficina, un grupo de gente en la calle, y el cuerpo reacciona antes de que la cabeza evalúe.

    Si además tienes recuerdos que vuelven sin que los llames, pesadillas o evitas lugares y situaciones que te recuerdan el colegio, conviene que leas sobre el trastorno de estrés postraumático y sobre cómo se evalúa el trauma psicológico, porque el abordaje cambia.

    Relaciones, trabajo y dinero

    Aquí el dato más contundente es el británico: a los 50 años, haber sido acosado en la infancia se asociaba a menos relaciones sociales, más apuros económicos y peor calidad de vida percibida (Takizawa et al., 2014). La cohorte estadounidense encontró lo mismo en adultos jóvenes en salud, dinero y relaciones (Wolke et al., 2013).

    No es misterioso: la ansiedad social cierra puertas (una entrevista de trabajo, un ascenso que exige hablar en público, una relación que se evita por miedo a ser rechazado), la depresión resta energía, y la desconfianza aprendida hace difícil sostener vínculos.

    Y en 681 adultos noruegos, una de las tres cosas que el acoso predecía era justamente tener más barreras para pedir apoyo social (Strøm et al., 2018): la persona que más necesita ayuda es la que aprendió que pedirla es peligroso.

    El cuerpo también lleva la cuenta

    Esto sorprende a mucha gente. En la cohorte Great Smoky Mountains se midió la proteína C reactiva, un marcador de inflamación de bajo grado que se relaciona con enfermedad cardiovascular y metabólica.

    Cuantas más veces un niño había sido acosado, más subía su inflamación hasta los 19 y los 21 años, incluso controlando el peso, el consumo de sustancias, la salud física y mental y otras adversidades (Copeland et al., 2014). Los que acosaban, en cambio, mostraban aumentos menores que los no involucrados.

    En una muestra representativa de adultos de Estados Unidos, quienes recordaban haber sufrido bullying tenían más dolencias de salud mental y también más dolencias físicas diagnosticadas por un médico que quienes no (Sweeting, Garfin, Holman y Silver, 2020).

    Y los metaanálisis que revisan Zych y colaboradores (2017, pp. 72-73) muestran que los niños acosados tienen el doble de probabilidad de problemas psicosomáticos (dolores de cabeza, de estómago, problemas de sueño), y que ese efecto se sostiene en los estudios longitudinales.

    Ideación suicida

    Hay que decirlo sin dramatizar y sin esconderlo. En la cohorte británica, las víctimas frecuentes tenían más del doble de suicidalidad a los 45 años que sus pares (Takizawa et al., 2014).

    Zych y colaboradores (2017, pp. 73-74) recogen además un estudio representativo de 2.907 adultos australianos en el que haber sido acosado en el colegio se asociaba al doble de probabilidad de ideación suicida adulta, incluso controlando la depresión.

    Si en algún momento has pensado que sería mejor no estar, eso no es “una secuela más”: es una urgencia, y más abajo te digo dónde llamar hoy mismo.

    Síntomas psicóticos: una asociación menos conocida

    Un metaanálisis de siete estudios de población general encontró que haber sido acosado en la infancia se asociaba a más síntomas psicóticos no clínicos más adelante (OR ajustada 2,3), con asociaciones más fuertes a mayor frecuencia, gravedad y duración del acoso; en muestras clínicas la evidencia era escasa y mixta (van Dam et al., 2012).

    Hablamos de experiencias como sentirse observado o escuchar cosas en momentos de estrés, no de un diagnóstico de esquizofrenia. Lo menciono porque los adultos que las tienen suelen callarlas por miedo a “estar locos”, y saber que se relacionan con el estrés social crónico ayuda a nombrarlas en consulta.

    ¿Por qué el bullying duele tanto años después?

    Si el acoso terminó hace veinte años, ¿por qué sigue actuando? La investigación apunta a varias razones que se suman.

    Pasó en la edad en que se arma la identidad. Entre los 8 y los 15 años una persona está decidiendo, sin saberlo, qué clase de persona es y qué puede esperar de los demás. Un niño acosado durante años recibe miles de mensajes en esa ventana, siempre en la misma dirección: no vales, no perteneces, no te van a defender.

    Olweus (1993, pp. 32-33) describía a las víctimas como niños solos, sin un solo buen amigo en la clase, que se miraban a sí mismos como fracasados; y observaba que el acoso repetido tenía que haber aumentado considerablemente su ansiedad, su inseguridad y su valoración negativa de sí mismos. Esas conclusiones se convierten en creencias, y las creencias no caducan cuando cambias de colegio.

    Se aprende una regla sobre el mundo. Muchas personas acosadas aprendieron que la gente puede hacer daño sin motivo, que los adultos no siempre protegen y que mostrar debilidad tiene costo. De adulto, esa regla se traduce en desconfianza, en evitar la exposición y en no pedir ayuda.

    La vergüenza hace el resto: el estudio noruego mostró que era ella la que unía la historia de acoso con el malestar y el aislamiento actuales (Strøm et al., 2018). La vergüenza tiene una particularidad cruel: te hace esconder justo aquello que necesitarías contar para que deje de pesar.

    La vida adulta sigue mandando golpes, y el sistema ya está sensibilizado. En la muestra estadounidense de Sweeting y colaboradores (2020), parte de la relación entre el acoso infantil y el malestar adulto pasaba por los eventos negativos recientes: la persona acosada de niña no solo arrastra el pasado, sino que reacciona con más intensidad a las adversidades de ahora.

    Un jefe que humilla o una pareja que desprecia no son “lo mismo” que el colegio, pero el cuerpo no siempre distingue. Es el mismo patrón que se ve en otras formas de trauma de infancia que se manifiestan en la vida adulta.

    Y es un estrés que se mete en la biología. El dato de la inflamación (Copeland et al., 2014) sugiere que la exposición repetida a la hostilidad de los pares deja una marca fisiológica, no solo psicológica. Eso no significa que sea irreversible; significa que hay que tomárselo en serio también desde la salud física.

    “Sufrí bullying de niño”: cómo saber si eso explica lo que te pasa hoy

    No existe un test que diga “tu ansiedad viene del bullying”. Lo que sí se puede hacer es una lectura honesta de tu historia y de tus reacciones actuales. Estas preguntas no dan un puntaje ni un diagnóstico; sirven para ordenar lo que vas a contar en una primera consulta.

    • Frecuencia y duración. ¿Fue un episodio o fueron años? Los estudios coinciden en que el riesgo sube con la frecuencia y con la duración del acoso (Takizawa et al., 2014; van Dam et al., 2012; Andreou et al., 2021). Una temporada mala en 5.º básico no es lo mismo que cuatro años de humillación diaria.
    • ¿Estabas solo? Olweus (1993, p. 32) señalaba que la víctima típica no tenía un solo buen amigo en la clase, y los estudios de resiliencia muestran que el apoyo de la familia, de un profesor o de amigos cambia el pronóstico. Si nadie lo supo o nadie hizo nada, la marca suele ser mayor.
    • ¿También acosabas a otros? Los que estuvieron en los dos roles son, en todas las cohortes, el grupo con peores resultados adultos (Copeland et al., 2013). No es un juicio moral: es información clínica que conviene decir en consulta sin vergüenza.
    • Sensibilidad al rechazo. ¿Interpretas la neutralidad de los demás como desprecio? ¿Un mensaje sin responder te deja horas dándole vueltas?
    • Anticipar la humillación. ¿Evitas hablar en grupo, exponerte, mostrar lo que haces, por si se ríen? ¿Preparas mentalmente cómo defenderte antes de que pase nada?
    • Poner límites. ¿Te cuesta decir que no, expresar rabia o reclamar cuando te tratan mal, y luego te enojas contigo por no haberlo hecho?
    • Reacciones del cuerpo. ¿Hay lugares, sonidos o situaciones (una risa grupal, un pasillo lleno, un grupo de adolescentes) que te aceleran el corazón sin razón aparente?
    • Vergüenza al contarlo. ¿Has contado lo que te pasó a alguien? Si la respuesta es “a nadie, nunca”, presta atención: la vergüenza es una de las vías por las que el acoso sigue actuando (Strøm et al., 2018).

    Si te reconoces en varias de estas, significa que tu historia está participando en tu presente, no que “estés dañado”, y eso es exactamente lo que la terapia puede desarmar.

    ¿Se puede trabajar en terapia de adulto? Lo que sí tiene evidencia y lo que no

    Aquí quiero ser preciso, porque es fácil vender humo. No existen ensayos clínicos de una “terapia para adultos que sufrieron bullying” como tal; nadie ha probado un protocolo específico con ese nombre.

    Lo que sí existe, y con mucha evidencia, es el tratamiento del cuadro que hoy tienes: si es ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma, cada uno tiene terapias con décadas de ensayos detrás.

    La historia de bullying no cambia el tratamiento de base; cambia lo que hay que entender y trabajar dentro de él. En la práctica, un tratamiento bien planteado combina cuatro cosas.

    Primero, evaluar bien qué hay hoy. Ansiedad social, trastorno de pánico, depresión, síntomas de estrés postraumático, o una mezcla. Eso se hace con entrevista clínica y, si ayuda, con instrumentos validados (por ejemplo el PHQ-9 y el GAD-7 para depresión y ansiedad, o la escala de Liebowitz para ansiedad social).

    El bullying es el antecedente; el diagnóstico actual es lo que orienta la terapia.

    Tratar la ansiedad y la depresión

    Segundo, tratar la ansiedad y la depresión con lo que funciona. La terapia cognitivo-conductual es el tratamiento psicológico de primera línea para la ansiedad social según la guía NICE.

    En un adulto que fue acosado, esa terapia tiene un trabajo concreto: revisar las creencias que el colegio instaló (“si me expongo se van a reír”, “caigo mal por defecto”, “no tengo derecho a reclamar”) y comprobarlas de a poco en la vida real, con exposición gradual a las situaciones evitadas, en vez de seguir organizando la vida alrededor de ellas.

    Cuando además hay rumiación (repasar escenas viejas, discutir mentalmente con gente del pasado), hay técnicas específicas para dejar de darle vueltas.

    Cuando hay síntomas de trauma

    Tercero, si hay síntomas de trauma, tratarlos como trauma. Cuando aparecen recuerdos intrusivos, sobresalto, pesadillas o evitación intensa, se usan terapias centradas en el trauma: la exposición prolongada, la terapia cognitiva centrada en el trauma o el EMDR, que son las que recomienda la guía NICE para el TEPT.

    En niños y adolescentes con TEPT, la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma tiene un metaanálisis de 28 ensayos controlados con una mejoría grande de los síntomas entre el inicio y el final del tratamiento (g = 1,14) y ventaja frente a los grupos de control (Thielemann, Kasparik, König, Unterhitzenberger y Rosner, 2022).

    En adultos con historia de acoso escolar la evidencia es indirecta, porque los ensayos son de TEPT por otras causas, y eso lo digo con todas las letras. Lo que está claro es que, cuando hay síntomas de trauma, tratarlos como “solo ansiedad” se queda corto.

    Cuarto, trabajar la vergüenza y la autocrítica. Es la parte que menos se nombra y la que más pesa. La vergüenza no se resuelve con lógica (“ya sé que no fue mi culpa”) sino contando lo que pasó a alguien que no lo minimice, mirando al niño que eras con la compasión que hoy le tendrías a cualquier niño en esa situación, y cambiando el trato interno.

    En la práctica clínica esto se hace con técnicas de la terapia cognitivo-conductual y de la terapia centrada en la compasión; la evidencia específica para adultos acosados es escasa, así que lo presento como práctica razonada, no como dato demostrado.

    No hace falta resolver el pasado

    Un matiz que a muchos adultos les cuesta aceptar: no hace falta “resolver el pasado” para vivir mejor. El objetivo de la terapia no es que el bullying deje de haber ocurrido; es que deje de decidir a quién le hablas, qué trabajo aceptas y qué piensas de ti cuando te miras al espejo.

    Lo que protege: qué dicen los estudios de resiliencia

    La otra mitad de la historia, que casi nunca se cuenta, es que muchas víctimas de bullying funcionan de adultas tan bien como quien nunca lo sufrió. Zych y colaboradores (2017, p. 74) lo dicen de frente: muchos acosadores y muchas víctimas funcionan tan bien como el niño promedio no involucrado. ¿Qué diferencia a unos de otros?

    En 1.116 pares de gemelos británicos, la calidez de la madre, la calidez entre hermanos y un clima positivo en casa se asociaron a menos problemas emocionales y de conducta en los niños acosados.

    En gemelos idénticos, los dos acosados, el que recibía más calidez tenía menos problemas, lo que muestra que es un efecto del ambiente y no de los genes (Bowes, Maughan, Caspi, Moffitt y Arseneault, 2010).

    En 3.136 adolescentes, los acosados que tenían menos depresión de la esperada eran los de mayor autoestima, los que se sentían menos aislados socialmente, los que tenían poco conflicto con sus padres y los que no eran además acosados por sus hermanos (Sapouna y Wolke, 2013).

    La revisión de Zych y colaboradores (2017, pp. 75-76) suma dos factores más: el buen rendimiento académico (probablemente como indicador de recursos cognitivos) y una buena relación con algún profesor.

    Qué hacer con esa lista siendo adulto

    ¿Y qué hace un adulto con esa lista, si su infancia ya pasó? Dos cosas.

    La primera es leerla hacia atrás: si no tuviste calidez en casa, ni un amigo, ni un profesor que te viera, entiendes por qué la marca es más profunda, y eso te saca de la pregunta “¿por qué no lo superé como otros?”.

    La segunda es leerla hacia adelante: los factores protectores siguen siendo los mismos de adulto. Vínculos cálidos, sentido de pertenencia a algún grupo, no estar aislado, y un lugar seguro donde contar la historia. Eso se puede construir a los 35.

    Y si eres padre o madre de un niño que hoy está pasando por lo mismo, en este sitio hay una guía sobre cómo saber si tu hijo sufre bullying y otra sobre cómo trabajar con los padres de un niño acosado: lo que hoy sabes de tu propia historia es justo lo que a él lo protege.

    ¿Y en Chile?

    No hay una cohorte chilena que haya seguido a víctimas de bullying hasta la adultez, así que los datos de secuelas son de otros países. Lo que sí hay es una fotografía de cuántos adultos chilenos de hoy pasaron por esto.

    En un estudio nacional con 36.687 estudiantes de 7.º básico a 4.º medio de 754 colegios, el 21,2 % era solo víctima y un 11,5 % era a la vez agresor y víctima (Gaete et al., 2017): uno de cada tres adolescentes.

    Una década antes, la Encuesta Mundial de Salud Escolar de 2004, con 8.131 escolares chilenos, ya encontraba que el 47 % había sido acosado en el último mes y que los síntomas depresivos aumentaban con los días de acoso (Fleming y Jacobsen, 2009).

    Los adultos que hoy tienen entre 30 y 40 años estuvieron en esas aulas. Si quieres la definición, los tipos y las cifras completas, están en el artículo sobre qué es el bullying.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Que hayas sufrido bullying no te obliga a ir a terapia. Estas son las señales de que vale la pena consultar:

    • Evitas situaciones (hablar en público, reuniones, citas, cambiar de trabajo) que te gustaría enfrentar, y el miedo a la humillación es lo que decide.
    • Llevas semanas con el ánimo bajo, sin energía o sin disfrutar lo que antes disfrutabas.
    • Tienes recuerdos del colegio que vuelven solos, pesadillas o reacciones físicas intensas ante cosas que te lo recuerdan.
    • Sientes que “no vales” o que “eres un fracaso” como una verdad de fondo, no como un mal día.
    • Te cuesta sostener relaciones o pedir ayuda, y te das cuenta de que es un patrón.
    • Nunca se lo has contado a nadie y te pesa.

    Si has pensado en quitarte la vida, no esperes a la próxima hora disponible. En Chile puedes llamar gratis a la Línea *4141 de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, o a Salud Responde, 600 360 7777, las 24 horas.

    Preguntas frecuentes sobre las secuelas del bullying en adultos

    ¿El bullying en la infancia puede causar ansiedad en la vida adulta?

    Sí, y es la secuela con más respaldo. En una cohorte seguida hasta los 26 años, las víctimas tenían más agorafobia, ansiedad generalizada y trastorno de pánico de adultas, descontando los problemas que ya tenían de niñas. Y en una cohorte británica seguida cinco décadas, las víctimas frecuentes tenían un 65 % más de trastornos de ansiedad a los 45 años.

    ¿Cuánto duran las consecuencias del bullying a largo plazo?

    Depende de la persona. Los estudios cuasiexperimentales muestran que, en promedio, el efecto del acoso sobre la ansiedad y la depresión se diluye con los años. Pero en las víctimas frecuentes de una cohorte británica, la depresión, la ansiedad, la suicidalidad y los problemas económicos y de relaciones seguían siendo más comunes a los 50 años, casi cuarenta años después del colegio.

    ¿El bullying puede provocar trastorno de estrés postraumático?

    Puede dejar síntomas de trauma (sobresalto, recuerdos intrusivos, evitación), sobre todo cuando fue prolongado. En universitarios con historia de acoso los síntomas de TEPT eran de nivel leve y aumentaban con la duración del acoso. Por ser una exposición repetida, se parece más al TEPT complejo que al TEPT clásico, y se trata con terapias centradas en el trauma.

    ¿Es peor haber sufrido bullying que maltrato en la familia?

    En dos cohortes de dos países, los niños que solo fueron acosados por sus compañeros tuvieron en la adultez joven más problemas de salud mental (ansiedad, depresión, autolesiones) que los que solo fueron maltratados por adultos. No es una competencia de sufrimientos: es la prueba de que el acoso entre pares es una adversidad seria, no un rito de paso.

    ¿Por qué sigo sintiendo vergüenza por algo que pasó hace tanto?

    Porque la vergüenza es uno de los mecanismos por los que el acoso sigue actuando. En adultos noruegos de 19 a 37 años, la vergüenza explicaba buena parte de la relación entre el bullying infantil y el malestar, el mal funcionamiento y la dificultad para pedir apoyo. Contarlo a alguien que no lo minimice es, por eso, parte del tratamiento y no un detalle.

    ¿Se puede superar el bullying en la edad adulta con terapia?

    Sí, aunque no existe una “terapia para el bullying” con ensayos propios. Lo que se trata con evidencia es lo que hoy tienes: ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma, con terapia cognitivo-conductual y, si hay trauma, con terapias centradas en él. A eso se suma el trabajo con la vergüenza y la autocrítica y la construcción de vínculos que protejan.

    Lo que te llevas de aquí

    Si sufriste bullying y hoy arrastras ansiedad, ánimo bajo, vergüenza o desconfianza, no estás exagerando ni usando el pasado de excusa: estudios que siguieron a miles de personas hasta los 50 años muestran que el acoso escolar deja una marca medible, comparable a otras adversidades graves de la infancia.

    También muestran que el efecto se diluye en muchas personas y que lo que te quedó tiene tratamiento, aunque haya empezado hace décadas. Lo que hoy te pasa se evalúa, se nombra y se trabaja; el colegio se acabó, pero el trato que te das y las situaciones que evitas se pueden cambiar.

    Si quieres empezar por ahí, puedes agendar una primera consulta y contar tu historia a alguien que no la va a minimizar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Andreou, E., Tsermentseli, S., Anastasiou, O., & Kouklari, E.-C. (2021). Retrospective accounts of bullying victimization at school: Associations with post-traumatic stress disorder symptoms and post-traumatic growth among university students. Journal of Child & Adolescent Trauma, 14(1), 9-18. https://doi.org/10.1007/s40653-020-00302-4

    Bowes, L., Maughan, B., Caspi, A., Moffitt, T. E., & Arseneault, L. (2010). Families promote emotional and behavioural resilience to bullying: Evidence of an environmental effect. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 51(7), 809-817. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2010.02216.x

    Copeland, W. E., Wolke, D., Angold, A., & Costello, E. J. (2013). Adult psychiatric outcomes of bullying and being bullied by peers in childhood and adolescence. JAMA Psychiatry, 70(4), 419-426. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2013.504

    Copeland, W. E., Wolke, D., Lereya, S. T., Shanahan, L., Worthman, C., & Costello, E. J. (2014). Childhood bullying involvement predicts low-grade systemic inflammation into adulthood. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(21), 7570-7575. https://doi.org/10.1073/pnas.1323641111

    Evans-Lacko, S., Takizawa, R., Brimblecombe, N., King, D., Knapp, M., Maughan, B., & Arseneault, L. (2017). Childhood bullying victimization is associated with use of mental health services over five decades: A longitudinal nationally representative cohort study. Psychological Medicine, 47(1), 127-135. https://doi.org/10.1017/S0033291716001719

    Fleming, L. C., & Jacobsen, K. H. (2009). Bullying and symptoms of depression in Chilean middle school students. Journal of School Health, 79(3), 130-137. https://doi.org/10.1111/j.1746-1561.2008.0397.x

    Gaete, J., Tornero, B., Valenzuela, D., Rojas-Barahona, C. A., Salmivalli, C., Valenzuela, E., & Araya, R. (2017). Substance use among adolescents involved in bullying: A cross-sectional multilevel study. Frontiers in Psychology, 8, 1056. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.01056

    Lereya, S. T., Copeland, W. E., Costello, E. J., & Wolke, D. (2015). Adult mental health consequences of peer bullying and maltreatment in childhood: Two cohorts in two countries. The Lancet Psychiatry, 2(6), 524-531. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(15)00165-0

    Liu, M., Liu, A., Liu, S., Xu, B., & Wu, X. (2025). Longitudinal cross-lagged relationships of complex post-traumatic stress disorder, depression, and anxiety among adolescents and emerging adults with childhood bullying victimization experiences. Depression and Anxiety, 2025, 9166230. https://doi.org/10.1155/da/9166230

    Moore, S. E., Norman, R. E., Suetani, S., Thomas, H. J., Sly, P. D., & Scott, J. G. (2017). Consequences of bullying victimization in childhood and adolescence: A systematic review and meta-analysis. World Journal of Psychiatry, 7(1), 60-76. https://doi.org/10.5498/wjp.v7.i1.60

    Olweus, D. (1993). Bullying at school: What we know and what we can do. Blackwell.

    Sapouna, M., & Wolke, D. (2013). Resilience to bullying victimization: The role of individual, family and peer characteristics. Child Abuse & Neglect, 37(11), 997-1006. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2013.05.009

    Schoeler, T., Duncan, L., Cecil, C. M., Ploubidis, G. B., & Pingault, J.-B. (2018). Quasi-experimental evidence on short- and long-term consequences of bullying victimization: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 144(12), 1229-1246. https://doi.org/10.1037/bul0000171

    Singham, T., Viding, E., Schoeler, T., Arseneault, L., Ronald, A., Cecil, C. M., McCrory, E., Rijsdijk, F., & Pingault, J.-B. (2017). Concurrent and longitudinal contribution of exposure to bullying in childhood to mental health: The role of vulnerability and resilience. JAMA Psychiatry, 74(11), 1112-1119. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2017.2678

    Strøm, I. F., Aakvaag, H. F., Birkeland, M. S., Felix, E., & Thoresen, S. (2018). The mediating role of shame in the relationship between childhood bullying victimization and adult psychosocial adjustment. European Journal of Psychotraumatology, 9(1), 1418570. https://doi.org/10.1080/20008198.2017.1418570

    Sweeting, J. A., Garfin, D. R., Holman, E. A., & Silver, R. C. (2020). Associations between exposure to childhood bullying and abuse and adulthood outcomes in a representative national U.S. sample. Child Abuse & Neglect, 101, 104048. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2019.104048

    Thielemann, J. F. B., Kasparik, B., König, J., Unterhitzenberger, J., & Rosner, R. (2022). A systematic review and meta-analysis of trauma-focused cognitive behavioral therapy for children and adolescents. Child Abuse & Neglect, 134, 105899. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2022.105899

    Takizawa, R., Maughan, B., & Arseneault, L. (2014). Adult health outcomes of childhood bullying victimization: Evidence from a five-decade longitudinal British birth cohort. American Journal of Psychiatry, 171(7), 777-784. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2014.13101401

    van Dam, D. S., van der Ven, E., Velthorst, E., Selten, J. P., Morgan, C., & de Haan, L. (2012). Childhood bullying and the association with psychosis in non-clinical and clinical samples: A review and meta-analysis. Psychological Medicine, 42(12), 2463-2474. https://doi.org/10.1017/S0033291712000360

    Wolke, D., Copeland, W. E., Angold, A., & Costello, E. J. (2013). Impact of bullying in childhood on adult health, wealth, crime, and social outcomes. Psychological Science, 24(10), 1958-1970. https://doi.org/10.1177/0956797613481608

    Zych, I., Farrington, D. P., Llorent, V. J., & Ttofi, M. M. (2017). Protecting children against bullying and its consequences. Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-319-53028-4

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta