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  • Soñar con un familiar fallecido: qué dice la psicología

    Soñar con un familiar fallecido: qué dice la psicología

    Si te despertaste después de soñar con un familiar fallecido, es probable que todavía tengas la imagen cerca: su voz, su cara, algo que te dijo o que no alcanzaste a decirle. Algunas personas amanecen en paz y otras con el corazón apretado. Las dos reacciones son frecuentes y no significan que estés haciendo mal tu duelo.

    Esta guía reúne lo que la investigación sabe sobre soñar con un ser querido fallecido: cuán comunes son, qué funciones pueden cumplir, cómo distinguir un sueño que consuela de uno que duele y cuándo conviene pedir ayuda.

    Respuesta corta: soñar con una persona querida que murió es una experiencia habitual en el duelo. La investigación lo describe como parte del proceso de adaptación a la pérdida, no como un mensaje del fallecido, y casi siempre su sentido depende de tu relación con esa persona y de lo que viviste tras su muerte.

    ¿Es normal soñar con un familiar fallecido?

    Sí, es una de las experiencias más descritas en el duelo. En una encuesta a 278 personas en duelo, el 58 % contó que había soñado con su ser querido fallecido, con distinta frecuencia (Wright et al., 2014). Una revisión de 2026, que examinó 110 publicaciones, concluyó que estos sueños aparecen en contextos culturales muy distintos (Mamat et al., 2026).

    Si no sueñas con la persona que murió, no tiene por qué preocuparte: en esa misma encuesta, 4 de cada 10 personas no lo había hecho. Los sueños son una de las formas en que el duelo puede mostrarse, pero ningún estudio citado aquí los trata como algo que haya que tener.

    ¿Qué significa soñar con un familiar fallecido?

    La psicología no ofrece un diccionario de símbolos con un significado fijo. Lo que sí describe son funciones: para qué puede servirte ese sueño dentro del duelo.

    En un estudio con 216 personas cuya pareja había muerto, los investigadores encontraron apoyo para tres funciones: procesar el trauma de la muerte, mantener un vínculo continuo con la persona y regular las emociones. Concluyeron que estos sueños pueden ayudar a adaptarse a la pérdida (Black et al., 2021).

    Una teoría general de los sueños, la hipótesis de continuidad, plantea que lo soñado refleja las preocupaciones y emociones de la vigilia (Rozen y Soffer-Dudek, 2018). Una persona querida que murió suele ser justo una de ellas, así que su aparición en los sueños tiene bastante lógica.

    Lo que dicen los libros de duelo, incluido soñar que el fallecido está vivo

    J. William Worden (2009) propone que los sueños con el fallecido ayudan a ver en qué tarea del duelo estás. Soñar que la persona está viva y despertar enfrentando su ausencia puede ayudar a asumir que la muerte es real. Otros sueños dejan sentir la rabia, la culpa o la tristeza de una forma menos amenazante que despierto. Y algunos muestran al fallecido dando permiso para seguir viviendo.

    Robert Neimeyer (2019), desde la reconstrucción de significado, los entiende como una de las formas en que la persona fallecida sigue presente en la mente de quien la perdió. Pueden mostrar dilemas que quedaron abiertos, como algo que no se dijo o una relación con sentimientos mezclados.

    Sueños con un familiar fallecido que consuelan y sueños que duelen

    No todos son iguales, y la diferencia importa. En la encuesta de hospicio, la mayoría de las personas describió sus sueños como agradables o como una mezcla de agradables y perturbadores, y muy pocas como solo perturbadores. Entre los temas más repetidos estaban recuerdos felices, el fallecido sin enfermedad, en paz o dando un mensaje de tranquilidad.

    El 60 % sintió que los sueños influyeron en su duelo, por ejemplo con más aceptación o consuelo (Wright et al., 2014).

    Los sueños perturbadores suelen tener otro origen. Según Worden (2009), pueden mostrar un intento fallido de salvar a la persona o una culpa que no se resuelve, y en muertes violentas o súbitas aparecen como pesadillas con imágenes de lo ocurrido. La reacción al despertar también cuenta: según Black et al. (2021), cómo vives el sueño después influye en cómo lo percibes y en tu duelo.

    Un estudio preliminar con 77 adultos con duelo complicado halló que sus sueños tenían más personajes familiares, incluido el fallecido en el caso de las mujeres, y menos interacciones sociales y emociones que los de una muestra de referencia. Los autores lo leyeron como un intento de reorganizar la relación con la persona perdida (Germain et al., 2013).

    ¿Cambia el significado de soñar con mi mamá o mi papá fallecidos, un hermano o la pareja?

    Quien busca soñar con mi papá fallecido o soñar con mi mamá fallecida suele querer saber si la relación cambia el sentido.

    Es una duda muy común y la que menos respuesta firme tiene. Buena parte de los estudios citados aquí se centra en parejas: las 216 personas de Black et al. (2021) habían perdido a su pareja, y en un estudio cualitativo con 9 mujeres cuyas parejas murieron por suicidio, los sueños servían para sostener o soltar la relación, y a veces reflejaban lo traumático de esa muerte (Čepulienė y Skruibis, 2024).

    Lo que sí aparece en los estudios es que el tipo de sueño se relaciona con la intensidad del duelo, el trauma y el estilo de apego (Black et al., 2021). Soñar con tu mamá fallecida tras una enfermedad larga, en la que alcanzaste a despedirte, puede sentirse distinto de soñar con un hermano que murió de forma repentina. Más que buscar la plantilla correcta, ayuda preguntarte qué estaba pendiente entre ustedes.

    Cuando la muerte no tuvo cuerpo ni despedida, como en una desaparición, Pauline Boss (2025) describe la pérdida ambigua: los sueños y las visitas simbólicas son frecuentes, porque la mente busca un cierre que la realidad no dio.

    ¿Y si además siento su presencia o creo oírlo?

    Sentir la presencia del fallecido es frecuente en el duelo. Una revisión transcultural señala que la percepción o la presencia sentida de la persona muerta es común entre quienes están en duelo, y que según la cultura se interpreta como algo deseable y normal o como algo peligroso (Sabucedo et al., 2023).

    La Organización Mundial de la Salud (2024) aclara en las descripciones clínicas de la CIE-11 que soñar con el fallecido o percibir su presencia poco después de la muerte es frecuente en varias tradiciones culturales y que no debe tomarse por sí solo como síntoma de psicosis ni de duelo prolongado.

    Hay un matiz. En un estudio con 51 viudas alemanas, sentir la presencia del esposo se asoció de forma moderada con más dificultades cognitivas y emocionales, y las viudas con depresión clínicamente relevante reportaron más presencia (Wittkowski y Scheuchenpflug, 2024). Es una muestra pequeña y un dato de asociación: no demuestra que la presencia cause el malestar, solo que a veces van juntos.

    ¿Mantener el vínculo ayuda o frena el duelo?

    Durante mucho tiempo se creyó que sanar era “soltar” a la persona. Hoy la mirada es otra. Worden (2009) reformuló la cuarta tarea del duelo: hallar una conexión duradera con el fallecido mientras sigues con tu vida, en lugar de retirarle el afecto. Neimeyer (2019) lo resume diciendo que la muerte transforma la relación sin ponerle fin.

    La evidencia es más cauta. Una revisión sistemática de 79 estudios señala que la literatura aún no había podido confirmar si conservar el vínculo, en lugar de soltarlo, ayuda. Encontró que esos vínculos traen a la vez consuelo y malestar, y que pueden tener un potencial adaptativo (Hewson et al., 2024).

    ¿Cuándo estos sueños son una señal para pedir ayuda?

    Un sueño aislado, aunque sea triste, rara vez es motivo de alarma. Conviene consultar cuando se junta alguno de estos signos:

    • Pesadillas repetidas con las imágenes de la muerte, sobre todo si fue violenta, súbita o presenciaste el momento.
    • Miedo a dormir, insomnio que se prolonga o cansancio que te afecta el día.
    • Sueños donde buscas sin parar a la persona o la culpa vuelve igual durante meses.
    • Dolor muy intenso que no cede con el tiempo y te impide estudiar, trabajar o cuidarte.

    El duelo prolongado es un diagnóstico específico.

    Según los criterios del DSM-5-TR, exige al menos 12 meses desde la muerte en adultos (6 en niños y adolescentes), con anhelo o preocupación por la persona casi todos los días y varios síntomas más (Prigerson et al., 2021).

    La CIE-11 fija un mínimo de más de 6 meses (OMS, 2024). Los sueños y las pesadillas no figuran entre los criterios, pero las alteraciones del sueño son frecuentes en quienes lo viven (Szuhany et al., 2021).

    Un análisis de 16 países estimó una prevalencia media de duelo prolongado del 13 %, con 5 % en muestras probabilísticas y 16 % en las no probabilísticas (Comtesse et al., 2024). Entonces, la mayoría de las personas en duelo no lo desarrolla. Si las pesadillas recuerdan sobre todo una muerte traumática, a veces conviene tratar primero ese trauma (revisa pesadillas frecuentes en adultos y duelo traumático).

    Qué puedes hacer cuando sueñas con alguien que murió

    Las cuatro primeras ideas vienen del trabajo con sueños y duelo de Worden (2009) y Neimeyer (2019); las dos últimas son pautas generales. Ninguna reemplaza una evaluación, pero pueden orientarte:

    1. Anota el sueño al despertar, con lo que sentiste. Si se repite en aniversarios o fechas especiales, esa información es útil.
    2. Decide tú qué significa. Worden insiste en que quien interpreta es el soñador, no un manual de símbolos.
    3. Escríbele una carta a la persona sobre lo que quedó pendiente. Neimeyer la usa para resolver diálogos inconclusos.
    4. Mantén un ritual: un objeto suyo, una fecha, una conversación en voz alta. Son formas de vínculo continuo.
    5. Cuenta el sueño a alguien de confianza. Hablarlo ayuda a procesar emociones que a solas pesan más.
    6. Cuida tu descanso con horarios regulares. Si el insomnio se instala, revisa los hábitos que sí ayudan a dormir mejor o consulta.

    Si estás en un momento muy duro, tu proceso de duelo merece compañía profesional: no tienes que esperar a que “se pase solo”.

    Niños y adolescentes que sueñan con quien murió

    En menores, los sueños y los problemas para dormir suelen ser una manera de expresar el distrés por la separación. Una revisión sobre cómo se manifiesta el duelo según la edad subraya que los cuidadores son quienes más pueden facilitar el duelo, y que los niños pequeños expresan el anhelo más con el cuerpo y la conducta que con palabras (Alvis et al., 2023).

    Nancy Boyd Webb (2010) incluye las pesadillas y los trastornos del sueño persistentes entre las señales de que el duelo infantil se está complicando. Webb sugiere consultar a un terapeuta infantil especializado en duelo si las pesadillas o los despertares con angustia se mantienen más de dos semanas.

    Lo que todavía no se sabe

    Conviene ser honestos con los límites. La mayoría de la investigación sobre sueños con fallecidos es cualitativa (73,7 % según la revisión de 2026) y con muestras pequeñas o de conveniencia (Mamat et al., 2026). No hay un punto de corte que separe un sueño “normal” de uno “problemático”, ni evidencia sólida sobre qué intervención específica para estos sueños funciona mejor.

    Por eso este artículo habla de funciones y de señales de alarma, y no ofrece interpretaciones cerradas.

    ¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo?

    Consulta si el duelo te desborda, si hay pesadillas que reviven una muerte traumática, si el insomnio se prolonga, si sientes culpa persistente o si tienes pensamientos de hacerte daño. En Chile, ante riesgo suicida puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), y si es una emergencia, al 131.

    Pedir ayuda es una forma razonable de repartir un peso grande, y no habla de cómo has llevado tu duelo. Una terapia online permite hacerlo desde casa, a tu ritmo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal soñar con un familiar fallecido?

    Sí. En una encuesta de 278 personas en duelo, el 58 % había soñado con su ser querido fallecido, y una revisión de 2026 encontró que estos sueños aparecen en muchas culturas. Pueden ocurrir semanas o años después de la muerte, y su ausencia tampoco indica un problema.

    ¿Soñar con un fallecido significa que me quiere decir algo?

    La psicología no encuentra respaldo para esa idea. La investigación los estudia como parte del duelo: pueden procesar emociones, mantener el vínculo o regular la tristeza. Lo que sientas al despertar es información más útil que cualquier símbolo. Si para ti tiene un sentido espiritual, es una experiencia legítima que puedes vivir sin que contradiga lo anterior.

    ¿Por qué sueño que mi papá o mi mamá fallecidos están vivos?

    Es un tipo de sueño descrito por Worden. Al despertar, la mente se topa de nuevo con la ausencia, y ese contraste puede ayudar a asimilar que la muerte es real, aunque duela. Que ocurra no significa que no lo hayas aceptado.

    ¿Cuándo debo preocuparme por estos sueños?

    Cuando son pesadillas repetidas con la escena de la muerte, cuando te dan miedo a dormir o insomnio, cuando la culpa y el dolor no ceden con los meses o cuando afectan tu trabajo, estudios o relaciones. Un solo sueño triste, por sí solo, no suele ser señal de alarma.

    ¿Soñar con un fallecido es señal de duelo no resuelto?

    No necesariamente. En la encuesta de hospicio, el 58 % de las personas en duelo soñó con su ser querido y la mayoría describió esos sueños como agradables o mixtos. Pesan más la intensidad del malestar, su duración y cuánto interfiere con tu vida que la sola presencia del sueño.

    ¿Soñar con un fallecido y sentir su presencia es normal?

    Con frecuencia lo es. La OMS indica que soñar con el fallecido o percibir su presencia poco después de la muerte es común y depende del contexto cultural. Si la experiencia te asusta, es muy persistente o viene con ideas de hacerte daño, conviene comentarlo con un profesional.

    Si necesitas hablar de tu duelo

    Si estos sueños te remueven más de lo que puedes sostener, puedes conversarlo en una consulta online. No tienes que decidir qué significan antes de pedir ayuda: se empieza por contar cómo estás. Para una mirada más amplia, revisa la guía sobre el duelo y sus tipos.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
    • Black, J., Belicki, K., Piro, R., & Hughes, H. (2021). Comforting versus distressing dreams of the deceased: Relations to grief, trauma, attachment, continuing bonds, and post-dream reactions. Omega, 84(2), 525-550. https://doi.org/10.1177/0030222820903850
    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder.
    • Čepulienė, A. A., & Skruibis, P. (2024). The functions of the dreams of the deceased: A qualitative study of women bereaved by partner’s suicide. Death Studies, 48(10), 1025-1034. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2297063
    • Comtesse, H., Smid, G. E., Rummel, A.-M., Spreeuwenberg, P., Lundorff, M., & Dückers, M. L. A. (2024). Cross-national analysis of the prevalence of prolonged grief disorder. Journal of Affective Disorders, 350, 359-365. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.094
    • Germain, A., Shear, K. M., Walsh, C., Buysse, D. J., Monk, T. H., Reynolds, C. F., Frank, E., & Silowash, R. (2013). Dream content in complicated grief: A window into loss-related cognitive schemas. Death Studies, 37(3), 269-284. https://doi.org/10.1080/07481187.2011.641138
    • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001-1014. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2223593
    • Mamat, Z., Owaisi, R. B., Alrai, S., Goktepe, A. K., White, J., Bayley, P. J., & Elzamzamy, K. (2026). Dreams of the deceased: A scoping and mixed-methods systematic review. Sleep Medicine, 140, 108787. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2026.108787
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Rozen, N., & Soffer-Dudek, N. (2018). Dreams of teeth falling out: An empirical investigation of physiological and psychological correlates. Frontiers in Psychology, 9, 1812. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.01812
    • Sabucedo, P., Evans, C., & Hayes, J. (2023). Perceiving those who are gone: Cultural research on post-bereavement perception or hallucination of the deceased. Transcultural Psychiatry, 60(6), 879-890. https://doi.org/10.1177/1363461520962887
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Wittkowski, J., & Scheuchenpflug, R. (2024). Exploring an extended conception of grief: Sense of presence and grief reactions in German widows. Omega, 88(3), 876-888. https://doi.org/10.1177/00302228211054653
    • Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (4.ª ed.). Springer. (Edición en español: El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia, Paidós.)
    • Wright, S. T., Kerr, C. W., Doroszczuk, N. M., Kuszczak, S. M., Hang, P. C., & Luczkiewicz, D. L. (2014). The impact of dreams of the deceased on bereavement: A survey of hospice caregivers. American Journal of Hospice and Palliative Medicine, 31(2), 132-138. https://doi.org/10.1177/1049909113479201

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Ataques de Pánico Nocturnos: Por Qué Despiertas con Miedo y Qué Hacer

    Ataques de Pánico Nocturnos: Por Qué Despiertas con Miedo y Qué Hacer

    Son las dos o las tres de la mañana. Estabas dormido y de golpe estás sentado en la cama, con el corazón golpeando, sudor frío, la sensación de que no entra aire y la certeza de que algo muy malo está pasando.

    No hubo pesadilla, o al menos no la recuerdas. En dos o tres minutos lo peor pasa, pero quedas despierto, asustado y con una pregunta que no te deja volver a dormir: ¿qué fue eso?

    Un ataque de pánico nocturno, muy probablemente (es lo mismo que mucha gente busca como “despertar con ataque de pánico”). Es más común de lo que parece, tiene explicación, y se trata bien.

    En este artículo vas a encontrar por qué el cuerpo dispara una alarma mientras duermes, cómo distinguirlo de un terror nocturno, una pesadilla o una apnea del sueño (que se parecen, pero se manejan distinto), qué hacer esa misma noche y qué tratamiento tiene respaldo. Todo con la evidencia a la vista.

    Respuesta corta: un ataque de pánico nocturno es despertar de golpe, desde el sueño, en estado de pánico: taquicardia, ahogo, sudor, miedo intenso, sin un sueño que lo explique. Ocurre desde el sueño no REM, casi siempre en el primer tercio de la noche, y le pasa a entre el 44 % y el 71 % de las personas con trastorno de pánico en algún momento.

    No indica un problema más grave que el pánico de día, y responde a la terapia cognitivo conductual. Si además roncas fuerte, el episodio empezó después de los 45 años o hubo pérdida de conciencia, corresponde una evaluación médica antes que nada.

    En breve

    • Es despertar de golpe en estado de pánico, desde el sueño no REM, sin un sueño que lo explique.
    • No indica un problema más grave que el pánico de día y responde a la terapia cognitivo conductual.
    • Esa misma noche: ponle nombre, respira lento y no busques pruebas de que te estás muriendo.
    • Si roncas fuerte, empezó después de los 45 años o hubo pérdida de conciencia, primero va la evaluación médica.

    ¿Qué es un ataque de pánico nocturno y cuáles son sus síntomas?

    Un ataque de pánico nocturno es lo mismo que un ataque de pánico de día, con una diferencia: te saca del sueño. Los síntomas son los de cualquier crisis de pánico (palpitaciones, sudoración, temblor, falta de aire o sensación de ahogo, opresión en el pecho, mareo, hormigueos, miedo a morir o a perder el control) y llegan a su punto máximo en pocos minutos.

    Lo que lo distingue es el contexto: la persona estaba dormida, no estaba pensando en nada, y despierta ya en medio de la ola.

    Es frecuente. Según la revisión de Craske y Tsao, entre el 44 % y el 71 % de las personas con trastorno de pánico ha tenido al menos un ataque nocturno (Craske y Tsao, 2005). En la primera encuesta clínica sobre el tema, el 69 % de los pacientes lo había vivido alguna vez y un tercio lo tenía de forma recurrente (Mellman y Uhde, 1989b).

    Moreno y Martín (2007, p. 67) lo resumen para el paciente en una frase: la mitad de las personas con trastorno de pánico ha tenido alguna crisis nocturna.

    Dos datos más ayudan a reconocerlo. Primero, el momento: en un estudio japonés con 101 pacientes sin tratar, los ataques nocturnos ocurrían sobre todo en el primer tercio de la noche (Nakamura et al., 2013).

    Segundo, la fase del sueño: no viene de un sueño. Cuando se registró en laboratorio, todas las crisis ocurrieron desde el sueño no REM, justo en la transición desde la fase 2 hacia el sueño profundo (Mellman y Uhde, 1989a). Por eso la mayoría de la gente no recuerda ninguna pesadilla: no la hubo.

    Si nunca has leído sobre el cuadro de fondo, el artículo sobre el trastorno de pánico explica qué es una crisis de pánico y cuándo se convierte en trastorno. Aquí nos quedamos con la versión nocturna.

    ¿Por qué me da un ataque de pánico mientras duermo?

    Esta es la pregunta que más desconcierta, y con razón. Si el pánico se dispara por interpretar una sensación corporal como peligrosa, ¿cómo puede pasar si estás dormido y no estás interpretando nada?

    Lo que pasa en el cuerpo mientras duermes

    La explicación que mejor se sostiene viene del modelo cognitivo conductual del pánico. Mientras dormimos, el cuerpo no se apaga: el ritmo cardíaco y la respiración cambian al pasar de una fase del sueño a otra. Y la atención tampoco se apaga del todo.

    Como explican Moreno y Martín (2007, p. 62), la persona con trastorno de pánico puede reaccionar con alarma a un cambio corporal que se produce mientras está concentrada en otra cosa o incluso durante el sueño.

    Siguiendo a Craske (1999, citada en Moreno y Martín, 2007), las crisis nocturnas se desencadenan por la percepción no consciente de esos cambios fisiológicos, sobre todo en la transición hacia las fases 2 y 3 del sueño no REM.

    Es decir: el cuerpo hace algo normal, un sistema de detección que aprendió a temer esas sensaciones lo capta sin que tú lo sepas, y la alarma te despierta ya encendida.

    Por qué el ataque se sostiene al despertar

    Una vez despierto, entra la parte que sí conoces. Un análisis de redes con 215 personas encontró que la estructura de síntomas del pánico nocturno y del diurno es la misma, pero que quienes despiertan con pánico reportan síntomas cognitivos más intensos, y los autores lo interpretan como el papel de los pensamientos (“me estoy muriendo”, “me está dando un infarto”) en mantener el ataque una vez que abres los ojos (Smith et al., 2022).

    La alarma la dispara el cuerpo; la sostiene la interpretación.

    Por qué dormir puede dar miedo

    Hay un ingrediente más, específico del pánico nocturno. Varios estudios del grupo de Craske apuntan a que estas personas temen los estados en que baja la vigilancia: dormirse, relajarse profundamente, “soltar el control”. En una comparación con tareas de laboratorio, la única prueba en que los pacientes con pánico nocturno se diferenciaron de los de pánico diurno fue la de relajación, donde estuvieron mucho más angustiados (Craske et al., 2001).

    Y en una muestra comunitaria de 218 adultos, quienes tenían pánico nocturno puntuaban más alto en intolerancia a la incertidumbre y en sensación de ser responsables de evitar cualquier daño, como si no pudieran permitirse estar “desconectados” (Smith et al., 2019).

    Tiene lógica: si dormir es bajar la guardia, y bajar la guardia se siente peligroso, el sueño mismo se vuelve un lugar donde temer.

    Dos matices: la respiración y el trauma

    Dos matices para completar el cuadro. Quienes tienen ataques nocturnos suelen reportar más síntomas respiratorios durante las crisis, como ahogo y falta de aire (Sarísoy et al., 2008), lo que encaja con que la sensación de ahogo fuera más frecuente en el grupo nocturno del estudio de Nakamura.

    Y en una muestra de 154 pacientes, casi el 85 % de quienes tenían pánico nocturno recordaba algún evento traumático, frente al 28 % de quienes no lo tenían (Freed et al., 1999). Si tienes historia de trauma o síntomas de estrés postraumático, conviene decirlo en la primera consulta, porque cambia el enfoque.

    Ataque de pánico nocturno, terror nocturno, pesadilla o apnea: cómo distinguirlos

    Despertar con taquicardia y miedo tiene varias causas posibles, y la revisión de Craske y Tsao (2005) es clara: el pánico nocturno es un evento del sueño no REM distinto del terror nocturno, de la apnea del sueño y de las pesadillas.

    Diferenciarlos importa porque cada uno se trata de forma distinta. Esta tabla resume las pistas que un clínico usa en la entrevista:

    Ataque de pánico nocturnoTerror nocturnoPesadillaApnea obstructiva del sueño
    Cuándo ocurrePrimer tercio de la noche, sueño no REMPrimeras 3 horas, al salir del sueño profundoMás hacia la madrugada, en sueño REMToda la noche, en cada pausa respiratoria
    ¿Despiertas del todo?Sí, lúcido y asustadoNo: confusión, gritos, difícil de calmar, vuelve a dormirSí, orientado rápidoA veces con sensación de ahogo o sobresalto
    ¿Recuerdas un sueño?No hay sueño que lo expliqueNo; amnesia del episodio a la mañana siguienteSí, con detalleNo
    ¿Recuerdas el episodio?Perfectamente, y cuesta volver a dormirCasi nuncaSíPuede que no; lo nota quien duerme al lado
    Pistas asociadasAtaques de pánico también de día, miedo a las sensacionesMás frecuente en niños; en adultos, con estrés o alcoholEstrés, trauma, algunos fármacosRonquido fuerte, pausas respiratorias, somnolencia de día

    Sobre el terror nocturno: la revisión de Leung y colaboradores describe que ocurre en las primeras tres horas de sueño, al salir de la fase de sueño profundo.

    La persona se incorpora o salta de la cama, grita, está confusa e incoherente, es difícil de despertar y de consolar, en la mayoría de los casos no despierta del todo, y a la mañana siguiente no recuerda nada (Leung et al., 2020).

    Es sobre todo un fenómeno infantil (1 a 6,5 % de los niños de 1 a 12 años), aunque MedlinePlus señala que también se presenta en adultos, especialmente con tensión emocional o consumo de alcohol.

    La diferencia práctica es esta: en el pánico nocturno tú eres quien cuenta la historia al día siguiente; en el terror nocturno, la cuenta tu pareja.

    Sobre la pesadilla: es un sueño con contenido que asusta, ocurre en sueño REM, más hacia la mañana, y la persona despierta orientada y recuerda los detalles.

    Si al despertar puedes decir qué soñaste y el miedo va bajando en cuanto te ubicas, lo más probable es que haya sido una pesadilla. Si el miedo llegó sin argumento, sin imágenes, y el cuerpo iba primero, se parece más al pánico.

    Sobre la apnea obstructiva del sueño: aquí el asunto es médico y vale la pena tomárselo en serio. Las pausas respiratorias producen microdespertares con sobresalto y sensación de ahogo que se pueden confundir con pánico.

    Y no solo se confunden: se potencian. En un ensayo cruzado con 12 pacientes que tenían trastorno de pánico y apnea moderada a severa, cuatro semanas de CPAP (el equipo de presión de aire que se usa para la apnea) redujeron la frecuencia de ataques de pánico, la gravedad del trastorno y el uso de alprazolam, comparado con un CPAP simulado (Takaesu et al., 2012).

    Los autores concluyen que la apnea agrava el pánico y que hay que tratar las dos cosas.

    Si roncas fuerte, te han visto dejar de respirar dormido o te levantas con dolor de cabeza y sueño durante el día, pide una evaluación: MedlinePlus explica cómo se estudia, y en el sitio tienes una guía sobre los estudios del sueño y la polisomnografía.

    Quedan las causas médicas que el DSM-5-TR pide descartar ante cualquier ataque de pánico: hipertiroidismo, arritmias, problemas vestibulares, crisis epilépticas y enfermedades cardiopulmonares (American Psychiatric Association, 2022).

    Hay señales que orientan a una causa médica y que conviene contarle al doctor: que las crisis hayan empezado después de los 45 años, que haya vértigo real (la habitación gira), pérdida de conciencia, pérdida del control de esfínteres, habla arrastrada o lagunas de memoria del episodio.

    Se ha descrito incluso un caso de epilepsia del sueño cuyo cuadro, despertares con entumecimiento y una sensación extraña, se solapaba con el de un pánico nocturno (Park et al., 2021).

    Un examen físico y un electrocardiograma, que la revisión de JAMA recomienda cuando hay palpitaciones o dolor torácico, no son exagerar: son lo primero que se hace para poder decir “es pánico” con tranquilidad (Szuhany y Simon, 2022).

    ¿Es peor tener los ataques de noche que de día?

    Es una preocupación muy habitual y la respuesta es tranquilizadora. Durante años se pensó que el pánico nocturno era una forma más grave del trastorno.

    Cuando se comparó de verdad, 51 pacientes con pánico nocturno frente a 41 sin él, no hubo evidencia de una psicopatología más severa y solo evidencia débil de más problemas de sueño; de hecho, el grupo nocturno mostraba menos evitación agorafóbica, quizás porque no asocia el pánico a lugares concretos (Craske et al., 2002).

    En el estudio de Nakamura et al. (2013), el pánico exclusivamente nocturno era incluso una forma más leve, y el grupo más grave era el que tenía ataques de día y de noche.

    Lo que sí cambia es el sueño, y ahí conviene estar atento. En una muestra de 773 personas con trastorno de pánico, quienes tenían pánico nocturno y además historia de depresión eran los que peor dormían: cerca del 20 % dormía cinco horas o menos, frente al 2,5 % de quienes no tenían ninguna de las dos cosas (Singareddy y Uhde, 2009).

    Tiene sentido: si despertar con pánico se vuelve frecuente, la cama deja de ser un lugar seguro, la persona posterga la hora de acostarse, se queda vigilando sus latidos y aparece el insomnio.

    Es lo que muchas personas llaman ansiedad nocturna: no el ataque en sí, sino el estado de alerta que se instala alrededor de la hora de dormir.

    Y ese círculo importa para el pronóstico. Un estudio que siguió a 1.054 adultos durante nueve años encontró que la depresión comórbida, el uso de fármacos para dormir, el tiempo despierto en la cama y la disrupción del ritmo circadiano estaban entre los mejores predictores de que el trastorno de pánico siguiera presente casi una década después (Zainal y Van Doren, 2025).

    Dicho al revés: cuidar el sueño no es un extra del tratamiento del pánico nocturno, es parte de él. Si ya notas que la ansiedad te está quitando horas de sueño, el pilar sobre trastornos del sueño te orienta sobre cuándo es insomnio y qué se hace.

    Cómo calmar un ataque de pánico nocturno: qué hacer esa noche, paso a paso

    No existe un ensayo clínico de “qué hacer a las tres de la mañana”.

    Lo que sigue son las mismas estrategias que usa la terapia cognitivo conductual del pánico, ordenadas para el momento en que despiertas asustado, y apuntan a los tres blancos que Craske y Tsao (2005) describen para el pánico nocturno: la interpretación catastrófica de las sensaciones, la hiperventilación y la reacción condicionada a las señales del propio cuerpo.

    1. Siéntate y ponle nombre. Prende una luz suave, apoya los pies en el suelo y dite algo concreto: “esto es un ataque de pánico; mi cuerpo disparó una alarma mientras dormía; en unos minutos baja”. Nombrarlo no lo apaga, pero le quita la parte de “no sé qué me pasa”, que es la que más asusta.
    2. Respira lento, no hondo. El instinto es tomar aire como si faltara, y eso hiperventila y aumenta el mareo y el hormigueo. Alarga la exhalación: inhala por la nariz contando hasta tres, exhala por la boca contando hasta seis, durante dos o tres minutos. Si quieres practicar la técnica de día, para tenerla lista de noche, aquí está explicada la respiración diafragmática para la ansiedad.
    3. No busques pruebas de que te estás muriendo. Tomarte el pulso cada treinta segundos, buscar síntomas de infarto en el celular o pedirle a tu pareja que te mire la cara son conductas que se sienten protectoras y alimentan el ataque. Deja el celular boca abajo.
    4. Espera a que pase, sin pelear. El pico de un ataque de pánico dura minutos. Tu tarea es no agregarle una segunda ola con la interpretación. Puedes apoyar la espalda, sentir el peso del cuerpo en el colchón y esperar. El cuerpo se regula solo cuando dejas de tratarlo como una emergencia.
    5. Si en 15 o 20 minutos no te duermes, sal de la cama. Ve a otra pieza con luz baja, haz algo aburrido (no pantallas) y vuelve cuando tengas sueño. Es el principio de control de estímulos de la terapia del insomnio: la cama es para dormir, no para quedarse vigilando. Si te quedas dando vueltas, la cama se asocia al miedo, y eso es justo lo que queremos evitar.
    6. A la mañana siguiente, anótalo. Hora aproximada, síntomas principales, cuánto duró, qué tomaste el día anterior (café, alcohol, algún medicamento nuevo), cómo dormiste las noches previas. Con dos o tres registros, la evaluación es mucho más rápida.

    Lo que no conviene hacer: tomar alcohol para dormir (fragmenta el sueño y puede empeorar la apnea), usar un ansiolítico por tu cuenta cada noche, o empezar a acostarte cada vez más tarde “para no despertar así”.

    Evitar el sueño es la trampa más común del pánico nocturno, y es también lo que lo mantiene.

    Si el ataque vino con dolor en el pecho que no cede al calmarte, dificultad para respirar que persiste después de que pasó el miedo, desmayo o confusión, eso ya no es una noche para esperar: llama a una urgencia.

    Si te sirve tener a mano lo que se hace en una crisis de día, que es lo mismo con luz, aquí está paso a paso: qué hacer en un ataque de ansiedad. Y si tu duda es si lo tuyo es ansiedad o pánico, hay un artículo que distingue las dos cosas.

    Cómo se trata el ataque de pánico nocturno

    La buena noticia es que el pánico nocturno responde al mismo tratamiento que el pánico de día, y hay estudios que lo probaron de forma específica.

    La terapia cognitivo conductual (TCC) es la primera opción. En el ensayo del grupo de Craske, 43 personas con pánico nocturno fueron asignadas al azar a TCC inmediata o a una lista de espera: la terapia superó al simple paso del tiempo, el efecto se repitió cuando después se trató al grupo en espera, y las mejorías se mantuvieron a los nueve meses.

    Además, los pacientes tratados mostraban menos reactividad cardíaca a estresores de laboratorio y menor activación durante el sueño (Craske et al., 2005).

    Una pregunta razonable es si hace falta una terapia “especial” para lo nocturno. Un estudio canadiense comparó la TCC convencional del pánico con una versión adaptada al pánico nocturno: las dos redujeron los ataques nocturnos incluso más rápido que los diurnos, con cambios mantenidos hasta un año, y la versión adaptada no fue superior (Marchand et al., 2013).

    Es una muestra pequeña (seis participantes en diseño de caso único), pero el mensaje coincide con el resto: la TCC estándar del pánico sirve.

    ¿Qué se hace en esa terapia? Tres cosas principales. Psicoeducación, para que entiendas exactamente lo que leíste en la sección de por qué ocurre. Reentrenamiento de la respiración y trabajo con los pensamientos catastróficos que sostienen el ataque una vez despierto. Y exposición interoceptiva: provocar a propósito, de forma gradual y con el terapeuta, las sensaciones temidas (mareo, taquicardia, falta de aire) hasta que dejan de leerse como peligro.

    Para el pánico nocturno, Moreno y Martín (2007, pp. 141-142) proponen llevar esa exposición a la vida real con actividades que reproducen las condiciones de la noche: relajarse profundamente (que, como vimos, es justo lo que estas personas temen), acostarse tarde varias noches seguidas, levantarse rápido al oír muy fuerte el despertador o dormir en una pieza calurosa y mal ventilada.

    No es algo para hacer por tu cuenta la primera semana: se planifica dentro del tratamiento, con una jerarquía. El artículo sobre terapia cognitivo conductual para la ansiedad explica cómo es una sesión típica.

    Los fármacos ayudan, con dos precisiones. Para el trastorno de pánico en general, el metaanálisis en red de Cochrane sitúa a los ISRS y los IRSN como primera línea por su eficacia y su mejor tolerabilidad (Guaiana et al., 2023), y la revisión clínica de DeGeorge et al. (2022) recomienda mantenerlos entre 6 y 12 meses para reducir las recaídas.

    Las benzodiacepinas alivian el síntoma pero no se recomiendan como tratamiento único por el riesgo de tolerancia y dependencia. La primera precisión es que, según Craske y Tsao (2005), faltan estudios controlados de fármacos dirigidos específicamente al pánico nocturno; lo que hay es la evidencia del pánico en general.

    La segunda es que, cuando se compararon las psicoterapias entre sí en 136 ensayos clínicos, la TCC fue la opción de primera línea más sólida frente al tratamiento habitual (Papola et al., 2022), y combinarla con medicación es una decisión que se toma con el médico según la gravedad y la preferencia de cada persona.

    Si hay apnea, se trata la apnea. Vale la pena repetirlo porque es el hallazgo más práctico de toda esta literatura: en el ensayo de Takaesu et al. (2012), tratar la apnea con CPAP redujo los ataques de pánico. Un neurólogo o médico de sueño puede indicar el estudio; en el sitio hay una guía sobre cómo encontrar un especialista en trastornos del sueño.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Un ataque de pánico nocturno aislado, en una semana de mucho estrés o después de una noche de alcohol, no requiere tratamiento. Pide una evaluación si se cumple alguna de estas condiciones:

    • Los episodios se repiten (dos o más en un mes) o has empezado a temer la hora de acostarte.
    • Estás durmiendo menos de seis horas de forma habitual, postergas el sueño o evitas dormir solo.
    • Además de las crisis de noche, aparecen ataques de día, o has empezado a evitar lugares o actividades por miedo a que te dé una crisis (eso apunta a agorafobia).
    • Notas ánimo bajo, pérdida de interés o desesperanza. La depresión es la comorbilidad que más pesa en el pronóstico del pánico (Zainal y Van Doren, 2025).
    • Roncas fuerte, te han visto dejar de respirar dormido o tienes somnolencia de día: evaluación médica del sueño.
    • Hay señales de causa médica: inicio después de los 45, pérdida de conciencia, control de esfínteres, habla arrastrada, lagunas del episodio.

    Si aparecen ideas de no querer seguir viviendo

    Hay un punto que no se puede omitir en un artículo sobre este tema. En un estudio con muestra comunitaria, las personas con pánico nocturno reportaron más intentos de suicidio previos que quienes tenían pánico solo de día o no tenían pánico, aunque la ideación y los planes no diferían entre los dos grupos con pánico (Smith et al., 2020).

    Es un estudio transversal y no dice que el pánico nocturno cause nada; dice que la combinación de pánico, mal dormir y desesperanza merece atención rápida.

    Si en alguna de esas noches aparecen ideas de no querer seguir viviendo, no lo dejes para la consulta de la próxima semana: en Chile, Salud Responde atiende las 24 horas en el 600 360 7777 y en el *4141, con orientación en salud mental.

    Para todo lo demás, un psicólogo con formación en TCC puede confirmar que se trata de pánico nocturno, descartar con tu médico lo que haya que descartar y empezar el tratamiento. En nuestra consulta online trabajamos el trastorno de pánico con este enfoque, y el pánico nocturno se aborda dentro del mismo plan.

    Preguntas frecuentes sobre el ataque de pánico nocturno

    ¿Por qué me despierto con taquicardia y miedo si no estaba soñando nada?

    Porque el ataque no nace de un sueño sino del cuerpo. Al pasar de una fase del sueño a otra, el ritmo cardíaco y la respiración cambian; en una persona con trastorno de pánico, ese cambio puede ser detectado sin conciencia como una señal de peligro y disparar la alarma (Craske, 1999, citada en Moreno y Martín, 2007).

    Despiertas cuando la alarma ya está encendida, y por eso no hay pesadilla que recordar.

    ¿Cómo sé si fue un ataque de pánico nocturno o un terror nocturno?

    Por el recuerdo y la lucidez. En el pánico nocturno despiertas del todo, sabes dónde estás, lo recuerdas perfectamente al día siguiente y cuesta volver a dormir. En el terror nocturno la persona grita, está confusa, es difícil de calmar, no despierta del todo y no recuerda nada por la mañana (Leung et al., 2020); quien lo cuenta es la pareja.

    ¿Los ataques de pánico nocturnos son peligrosos?

    Las sensaciones del ataque son desagradables pero inofensivas (Moreno y Martín, 2007, p. 62), y quienes lo tienen de noche no presentan un trastorno más grave que quienes tienen pánico de día (Craske et al., 2002).

    Lo que hay que descartar, sobre todo si empezó después de los 45 años, si hay pérdida de conciencia o si roncas fuerte, es una causa médica como apnea, arritmia o hipertiroidismo.

    Con esa evaluación hecha, el riesgo real es el insomnio y la evitación del sueño, no el episodio.

    ¿Se puede evitar que vuelva a pasar?

    Se puede reducir mucho. La TCC del pánico redujo los ataques nocturnos en un ensayo con 43 personas, con mejorías mantenidas a los nueve meses (Craske et al., 2005). De tu lado: horarios regulares de sueño, menos alcohol y cafeína en la tarde, y no evitar la cama después de una crisis. Postergar el sueño por miedo es lo que más ayuda a que el problema se instale.

    ¿Tengo que tomar medicamentos?

    No necesariamente. La psicoterapia cognitivo conductual es la primera opción y en muchos casos basta.

    Cuando se indican fármacos, los ISRS e IRSN son la primera línea y se mantienen entre 6 y 12 meses (Guaiana et al., 2023; DeGeorge et al., 2022). Las benzodiacepinas no se recomiendan como tratamiento único. Para el pánico nocturno en particular faltan estudios controlados de medicamentos, así que la decisión se toma con el médico según cada caso.

    ¿Qué relación tiene con la apnea del sueño?

    Doble. La apnea produce despertares con ahogo que se confunden con pánico, y además agrava el trastorno de pánico cuando coexisten. En un ensayo con 12 pacientes que tenían las dos condiciones, tratar la apnea con CPAP redujo la frecuencia de los ataques de pánico (Takaesu et al., 2012). Si roncas fuerte o tienes somnolencia de día, pide un estudio de sueño antes de atribuirlo todo a la ansiedad.

    Para llevar

    Despertar con un ataque de pánico es una de las experiencias más desconcertantes que puede dar la ansiedad, porque parece venir de la nada. No viene de la nada: viene de un cuerpo que cambia de fase de sueño y de un sistema de alarma que aprendió a temer esas sensaciones.

    Le pasa a más de la mitad de las personas con trastorno de pánico, no indica un cuadro más grave, y responde a la terapia cognitivo conductual con resultados que se mantienen en el tiempo.

    Lo que sí hay que hacer es dos cosas: descartar con el médico lo que se parece (apnea, arritmias, tiroides) y no dejar que el miedo se instale en la cama. Si llevas semanas temiendo la hora de dormir, ese es el momento de consultar. Puedes agendar una primera sesión online y empezar por ponerle nombre a lo que te pasa de noche.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto revisado). American Psychiatric Publishing.

    Craske, M. G., & Tsao, J. C. I. (2005). Assessment and treatment of nocturnal panic attacks. Sleep Medicine Reviews, 9(3), 173-184. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2004.11.003

    Craske, M. G., Lang, A. J., Aikins, D., & Mystkowski, J. L. (2005). Cognitive behavioral therapy for nocturnal panic. Behavior Therapy, 36(1), 43-54. https://doi.org/10.1016/s0005-7894(05)80053-x

    Craske, M. G., Lang, A. J., Mystkowski, J. L., Zucker, B. G., Bystritsky, A., & Yan-Go, F. (2002). Does nocturnal panic represent a more severe form of panic disorder? Journal of Nervous and Mental Disease, 190(9), 611-618. https://doi.org/10.1097/00005053-200209000-00006

    Craske, M. G., Lang, A. J., Tsao, J. C. I., Mystkowski, J. L., & Rowe, M. K. (2001). Reactivity to interoceptive cues in nocturnal panic. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 32(3), 173-190. https://doi.org/10.1016/s0005-7916(01)00033-7

    DeGeorge, K. C., Grover, M., & Streeter, G. S. (2022). Generalized anxiety disorder and panic disorder in adults. American Family Physician, 106(2), 157-164.

    Freed, S., Craske, M. G., & Greher, M. R. (1999). Nocturnal panic and trauma. Depression and Anxiety, 9(3), 141-145. PMID: 10356654. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/10356654/

    Guaiana, G., Meader, N., Barbui, C., Davies, S. J. C., Furukawa, T. A., Imai, H., Dias, S., Caldwell, D. M., Koesters, M., Tajika, A., Bighelli, I., Pompoli, A., Cipriani, A., Dawson, S., & Robertson, L. (2023). Pharmacological treatments in panic disorder in adults: A network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2023(11), CD012729. https://doi.org/10.1002/14651858.CD012729.pub3

    Leung, A. K. C., Leung, A. A. M., Wong, A. H. C., & Hon, K. L. (2020). Sleep terrors: An updated review. Current Pediatric Reviews, 16(3), 176-182. https://doi.org/10.2174/1573396315666191014152136

    Marchand, L., Marchand, A., Landry, P., Letarte, A., & Labrecque, J. (2013). Efficacy of two cognitive-behavioral treatment modalities for panic disorder with nocturnal panic attacks. Behavior Modification, 37(5), 680-704. https://doi.org/10.1177/0145445513492792

    Mellman, T. A., & Uhde, T. W. (1989a). Electroencephalographic sleep in panic disorder: A focus on sleep-related panic attacks. Archives of General Psychiatry, 46(2), 178-184. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1989.01810020080013

    Mellman, T. A., & Uhde, T. W. (1989b). Sleep panic attacks: New clinical findings and theoretical implications. American Journal of Psychiatry, 146(9), 1204-1207. https://doi.org/10.1176/ajp.146.9.1204

    Moreno, P., & Martín, J. C. (2007). Tratamiento psicológico del trastorno de pánico y la agorafobia: Manual para terapeutas. Desclée De Brouwer.

    Nakamura, M., Sugiura, T., Nishida, S., Komada, Y., & Inoue, Y. (2013). Is nocturnal panic a distinct disease category? Comparison of clinical characteristics among patients with primary nocturnal panic, daytime panic, and coexistence of nocturnal and daytime panic. Journal of Clinical Sleep Medicine, 9(5), 461-467. https://doi.org/10.5664/jcsm.2666

    Papola, D., Ostuzzi, G., Tedeschi, F., Gastaldon, C., Purgato, M., Del Giovane, C., Pompoli, A., Pauley, D., Karyotaki, E., Sijbrandij, M., Furukawa, T. A., Cuijpers, P., & Barbui, C. (2022). Comparative efficacy and acceptability of psychotherapies for panic disorder with or without agoraphobia: Systematic review and network meta-analysis of randomised controlled trials. British Journal of Psychiatry, 221(3), 507-519. https://doi.org/10.1192/bjp.2021.148

    Park, J. Y., Kang, S., Choi, G. S., Choi, H., & Hwang, I. (2021). Awakening from sleep with numbness and indescribable odd feeling: Nocturnal panic attack or sleep-related epilepsy? Brain Sciences, 11(2), 137. https://doi.org/10.3390/brainsci11020137

    Sarísoy, G., Böke, Ö., Arík, A. C., & Şahin, A. R. (2008). Panic disorder with nocturnal panic attacks: Symptoms and comorbidities. European Psychiatry, 23(3), 195-200. https://doi.org/10.1016/j.eurpsy.2007.08.003

    Singareddy, R., & Uhde, T. W. (2009). Nocturnal sleep panic and depression: Relationship to subjective sleep in panic disorder. Journal of Affective Disorders, 112(1-3), 262-266. https://doi.org/10.1016/j.jad.2008.04.026

    Smith, N. S., Albanese, B. J., Schmidt, N. B., & Capron, D. W. (2019). Intolerance of uncertainty and responsibility for harm predict nocturnal panic attacks. Psychiatry Research, 273, 82-88. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2019.01.025

    Smith, N. S., Bauer, B. W., & Capron, D. W. (2022). Comparing symptom networks of daytime and nocturnal panic attacks in a community-based sample. Journal of Anxiety Disorders, 85, 102514. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2021.102514

    Smith, N. S., Martin, R. L., Bauer, B. W., Bandel, S. L., & Capron, D. W. (2020). The association between nocturnal panic attacks and suicidal ideation, plans, and attempts. Psychiatry Research, 291, 113280. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2020.113280

    Szuhany, K. L., & Simon, N. M. (2022). Anxiety disorders: A review. JAMA, 328(24), 2431-2445. https://doi.org/10.1001/jama.2022.22744

    Takaesu, Y., Inoue, Y., Komada, Y., Kagimura, T., & Iimori, M. (2012). Effects of nasal continuous positive airway pressure on panic disorder comorbid with obstructive sleep apnea syndrome. Sleep Medicine, 13(2), 156-160. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2011.10.016

    Zainal, N. H., & Van Doren, N. (2025). Sleep disturbances predict nine-year panic disorder chronicity: The sleep-panic nexus theory with machine learning insights. Journal of Anxiety Disorders, 114, 103052. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2025.103052

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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  • Pesadillas Frecuentes en Adultos: Causas y Terapia de Ensayo en Imaginación

    Pesadillas Frecuentes en Adultos: Causas y Terapia de Ensayo en Imaginación

    Te despiertas con el corazón acelerado, sabes exactamente qué soñaste y te cuesta volver a dormir. Si te pasa una vez al mes, es parte de dormir. Si te pasa una o dos veces por semana desde hace meses, y ya te da un poco de miedo acostarte, estás en otro terreno: el de las pesadillas frecuentes en adultos, que tienen nombre clínico, causas conocidas y un tratamiento breve con más de veinte años de estudios detrás. Acá vas a encontrar por qué aparecen (estrés, trauma, algunos medicamentos, la abstinencia de alcohol o de pastillas para dormir, y hasta la respiración), qué diferencia hay con un terror nocturno, cuándo conviene consultar, y en qué consiste la terapia de ensayo en imaginación, que es lo que la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda antes que cualquier fármaco.

    En dos líneas: las pesadillas frecuentes (una o más por semana, con malestar o cansancio al día siguiente) afectan a cerca del 4 % de los adultos y se sostienen por una mezcla de activación alta y un miedo que el cerebro no termina de apagar. El tratamiento con más respaldo es la terapia de ensayo en imaginación: reescribes la pesadilla despierto y ensayas la nueva versión unos minutos al día. En la mayoría de los estudios baja la frecuencia de las pesadillas y mejora el sueño en pocas semanas.

    ¿Cuándo las pesadillas recurrentes dejan de ser normales?

    Una pesadilla es un sueño desagradable, vívido, que suele terminar en un despertar en el que recuerdas bien lo que soñaste. El problema clínico empieza cuando se repiten y dejan huella en el día. El position paper de la Academia Americana de Medicina del Sueño describe el trastorno por pesadillas como un cuadro que afecta aproximadamente al 4 % de los adultos, que puede darse solo o como parte de otro trastorno (sobre todo el estrés postraumático), y que puede deteriorar de forma significativa la calidad de vida (Morgenthaler et al., 2018). Los criterios oficiales están en el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría y, en la CIE-10 que usa la guía española de insomnio, bajo el código F51.5 “Pesadillas” (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 38).

    Lo que lo separa de una mala noche son tres cosas juntas, más que una cifra exacta: que se repitan (en los estudios, “frecuentes” suele ser al menos una por semana), que te despierten con angustia, y que te cueste funcionar al día siguiente o empieces a evitar dormir. Si marcas las tres, sigue leyendo con atención.

    Pesadilla o terror nocturno: no es lo mismo

    Se confunden seguido, y el tratamiento es distinto. La diferencia práctica está en el recuerdo. La guía española de práctica clínica lo resume en su algoritmo: si hay despertares repetidos con el recuerdo de sueños terroríficos, piensa en pesadillas; si hay despertares repetidos sin recuerdo del despertar ni del contenido del sueño, piensa en terrores nocturnos (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 42). Perlis, Jungquist, Smith y Posner (2005, p. 153) añaden la explicación fisiológica: las pesadillas son una parasomnia del sueño REM, mientras que los terrores nocturnos, el sonambulismo y los despertares confusos ocurren en el sueño no REM.

    En la práctica: si te despiertas gritando, desorientado, y al día siguiente no recuerdas nada (o te lo cuenta tu pareja), eso es un terror nocturno. Si te despiertas y puedes contar el sueño con detalle, es una pesadilla. Este artículo va de lo segundo. Para el terror nocturno, MedlinePlus tiene una ficha aparte.

    Cuánta gente tiene pesadillas frecuentes

    Más de la que se dice en voz alta. En un estudio comunitario con 8.558 adultos de Hong Kong, el 5,1 % tenía pesadillas al menos una vez por semana (Li, Zhang, Li y Wing, 2010). En Finlandia, ocho encuestas poblacionales entre 1972 y 2007 con casi 70.000 personas encontraron pesadillas frecuentes en el 3,5 % de los hombres y el 4,8 % de las mujeres, con una prevalencia que subía con la edad, sobre todo en hombres (Sandman et al., 2013). Krakow y Zadra (2006) hablan de un 5 a 8 % de la población general.

    Y la cifra se mueve con el contexto. Una encuesta en 16 países con 15.854 adultos midió pesadillas frecuentes en el 6,9 % de las personas para 2019 y en el 11,0 % en 2021, en plena pandemia (Bolstad et al., 2026). Es decir: cuando el mundo se pone más amenazante, las pesadillas suben. En jóvenes adultos la cifra es más alta todavía: 16,3 % en una muestra de 3.132 personas de 18 a 24 años, con más mujeres (20,4 %) que hombres (12,1 %) (Wong et al., 2023). Esa diferencia por sexo es real y está medida en un metaanálisis de 111 estudios: las mujeres reportan más pesadillas desde la adolescencia hasta la mediana edad, y la brecha se estrecha con los años hasta desaparecer en las personas mayores (Schredl y Reinhard, 2011).

    ¿Por qué tengo pesadillas todas las noches? Causas de las pesadillas frecuentes

    Casi nunca hay una sola causa. El modelo que hoy usan los especialistas describe un motor de dos piezas: el cerebro está más activado de lo que debería durante el sueño y, al mismo tiempo, no logra “apagar” un miedo aprendido. El consenso europeo sobre el trastorno por pesadillas, firmado por 23 investigadores entre los que está Barry Krakow, el creador de la terapia de ensayo en imaginación, lo plantea así: las pesadillas crónicas se desarrollan por la interacción entre una hiperactivación elevada y una extinción del miedo deteriorada, y esa interacción se ve facilitada por un rasgo de malestar afectivo (provocado por experiencias traumáticas, adversidad en la infancia o susceptibilidad temperamental), por la tendencia a suprimir pensamientos y, potencialmente, por problemas respiratorios durante el sueño (Gieselmann et al., 2019).

    Con ese mapa en la mano, estas son las causas concretas que conviene revisar una por una.

    Estrés y trauma

    El estrés cotidiano sube las pesadillas ocasionales; el trauma produce las pesadillas repetidas. Judith Herman (2015, cap. 2) describe la intrusión como uno de los tres síntomas centrales del trauma: el momento traumático queda grabado en una forma anormal de memoria que irrumpe en la conciencia, como flashback en la vigilia y como pesadilla traumática durante el sueño. En el manual de exposición prolongada, Foa, Hembree y Rothbaum (2007, p. 42) enseñan al terapeuta a preguntar directamente por las pesadillas en la primera sesión, porque son una de las formas en que se revive el trauma, y las describen (p. 62) como una señal de que el trauma sigue siendo un “asunto sin terminar” que la memoria no ha procesado. Un detalle que ayuda a reconocerlas: no siempre reproducen el hecho tal cual. Foa y colaboradoras (2007, p. 46) explican que, tras una agresión, las pesadillas pueden ser violentas sin ser específicas del episodio.

    Si tus pesadillas empezaron después de un accidente, una agresión, un duelo violento o una situación de peligro, y vienen con sobresaltos, evitación y sensación de alerta permanente, vale la pena leer qué es el trastorno de estrés postraumático y cómo se evalúa el trauma psicológico, porque el tratamiento cambia.

    Medicamentos que provocan pesadillas

    Esta causa se pasa por alto porque nadie relaciona la pastilla de la presión con lo que soñó. La revisión clásica sobre pesadillas inducidas por fármacos, que evaluó cada caso publicado con el algoritmo de Naranjo para estimar causalidad, concluyó que los sedantes e hipnóticos, los betabloqueadores y las anfetaminas son los grupos más asociados a pesadillas, con un mecanismo plausible (supresión del sueño REM y estimulación de receptores de dopamina), y que los agonistas dopaminérgicos también tienen evidencia de causalidad (Thompson y Pierce, 1999). Perlis et al. (2005, p. 42) incluyen en su tabla de causas de sueño alterado, entre los efectos agudos de medicación, los antidepresivos ISRS, los corticoides, la levodopa, la nicotina y los betaagonistas.

    Si tus pesadillas empezaron o empeoraron en las semanas siguientes a un cambio de medicación, no dejes el fármaco por tu cuenta: anótalo y llévalo a la consulta con quien te lo indicó. Casi siempre hay alternativa.

    Abstinencia de alcohol y de pastillas para dormir

    Es la causa que más sorprende. Quien toma alcohol de noche o usa benzodiacepinas para dormir suprime parte del sueño REM; cuando deja de hacerlo, el REM rebota y con él vienen los sueños intensos. La misma tabla de Perlis et al. (2005, p. 42) lista la retirada de benzodiacepinas, barbitúricos y alcohol como causa de sueño alterado, y la revisión sobre dependencia de benzodiacepinas del New England Journal of Medicine incluye las pesadillas entre los síntomas psicológicos de la abstinencia de benzodiacepinas, junto a la ansiedad, la agitación y el insomnio (Soyka, 2017).

    Esto tiene dos lecturas prácticas. La primera: si dejaste el clonazepam o el alcohol hace poco y empezaste con pesadillas, no significa que “necesites” volver; es un síntoma de retirada que suele pasar. La segunda: si usas alcohol o hipnóticos para no soñar, estás alimentando el ciclo. Tienes una guía sobre benzodiacepinas, dosis y dependencia y un test de consumo de alcohol por si quieres revisar dónde estás parado.

    Dormir poco, dormir mucho y la respiración

    La duración del sueño también importa, y no en línea recta. En la encuesta de 16 países, la frecuencia de pesadillas tuvo una relación en forma de U con las horas dormidas: más pesadillas en quienes dormían muy poco y también en quienes dormían mucho (Bolstad et al., 2026). En parte se explica porque el sueño REM se concentra en la segunda mitad de la noche: si te recuperas de varias noches cortas, o alargas el sueño el fin de semana, tienes más REM y más sueños intensos.

    Y hay una causa que no se nota desde adentro. Un estudio en un centro de medicina del sueño siguió a 20 personas con insomnio crónico que nunca se habían hecho un estudio del sueño; el 45 % atribuía sus despertares a pesadillas, y en la polisomnografía el 90 % de los despertares venía precedido de una pausa o un esfuerzo respiratorio (Krakow, Romero, Ulibarri y Kikta, 2012). Es un piloto pequeño, pero encaja con lo que el consenso europeo señala como facilitador de las pesadillas: la respiración alterada durante el sueño. Si roncas, si te levantas con dolor de cabeza o con la boca seca, o si tienes sueño de día, conviene leer qué es un estudio del sueño y cuándo se pide.

    ¿Las pesadillas frecuentes en adultos son peligrosas?

    No en sí mismas, pero no son inocuas. Son una señal que conviene tomar en serio por tres motivos con datos detrás.

    Primero, van con otros problemas. En el estudio de Hong Kong, quien tenía pesadillas frecuentes tenía 5,7 veces más probabilidad de tener un trastorno psiquiátrico, sobre todo del ánimo, y seguía puntuando más alto en neuroticismo incluso después de descartar esos trastornos (Li et al., 2010). Segundo, anticipan lo que viene. En jóvenes adultos, tener pesadillas frecuentes predijo a un año síntomas depresivos y ansiosos moderados o graves, síntomas postraumáticos y un episodio depresivo o de ansiedad generalizada en el último mes, incluso después de ajustar por estrés externo, resiliencia y variables sociodemográficas (Wong et al., 2023). En una cohorte de 2.940 personas mayores de Corea, la prevalencia de pesadillas subía al 6,3 % pasados los 70 años, y quienes las tenían mostraban 4,4 veces más riesgo de depresión y 3,5 veces más de ideación suicida (Park, Kim, Shin y Suh, 2021).

    Tercero, y es lo más importante: las pesadillas se relacionan con el riesgo de suicidio y de autolesión de forma independiente del insomnio, del estrés postraumático, de la ansiedad y de la depresión. La revisión sistemática que examinó los mecanismos de esa relación apunta a las interpretaciones que la persona hace de sus pesadillas y a la regulación emocional como las dos piezas centrales, y hace una observación que conviene retener: a mucha gente le resulta más fácil pedir ayuda por las pesadillas que por las ideas de muerte (Andrews y Hanna, 2020). Dicho al revés: si alguien cercano te cuenta que lleva semanas con pesadillas, pregúntale cómo está de verdad.

    Terapia de ensayo en imaginación: qué es y cómo se hace

    La terapia de ensayo en imaginación (IRT, por su sigla en inglés) es el tratamiento que la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda tanto para el trastorno por pesadillas como para las pesadillas asociadas al estrés postraumático; todo lo demás, incluidos los fármacos, queda en la categoría “puede usarse” (Morgenthaler et al., 2018). Es el tratamiento para pesadillas con más estudios detrás: una técnica cognitiva breve, sin medicamentos, que trabaja sobre la pesadilla despierto.

    La lógica es simple. Una pesadilla repetida es, en parte, un hábito aprendido del cerebro: una historia que se cuenta sola cada noche por el mismo camino. La IRT no intenta apagarla; intenta darle al cerebro otra versión, ensayada tantas veces que compite con la original. Krakow y Zadra (2006), en el artículo donde describen el manejo clínico de las pesadillas crónicas, defienden algo que cambia la forma de mirar el problema: las pesadillas crónicas pueden ser un trastorno del sueño por derecho propio y no solo un síntoma de otra cosa, así que tratarlas directamente es un camino válido incluso cuando hay un trauma detrás.

    Los pasos, uno por uno

    El protocolo que describen Krakow y Zadra se enseña en cuatro sesiones de unas dos horas, y en la práctica clínica se adapta a formatos más cortos. En esencia son tres pasos:

    1. Elegir y escribir una pesadilla. Se elige una, de preferencia no la más traumática si hay un trauma reciente, y se escribe con detalle. Solo escribirla ya hace algo: en un ensayo clínico con 127 personas, el grupo control que se limitó a describir su pesadilla por escrito bajó la frecuencia de pesadillas casi tanto como el grupo tratado, aunque no el malestar que le producían (Gieselmann, Böckermann, Sorbi y Pietrowsky, 2017).
    2. Cambiarla como quieras. No hay reglas: puede cambiar el final, el principio, un personaje, el escenario, o transformarse en un sueño neutro o agradable. La instrucción clásica es “cámbiala de la manera que quieras”. La versión nueva se escribe también.
    3. Ensayar la nueva versión en la imaginación. Con los ojos cerrados, unos minutos cada día (los protocolos hablan de 5 a 20 minutos), durante una o dos semanas por pesadilla, imaginando la historia nueva de principio a fin. Después se pasa a otra pesadilla si hay varias.

    La parte que la gente subestima es la tercera. Reescribirla una vez no basta; lo que funciona es el ensayo repetido y despierto, que es donde la versión nueva se vuelve familiar para el cerebro.

    Por qué funciona

    Los investigadores lo llaman sensación de dominio. Una revisión sistemática de todos los mecanismos propuestos para las psicoterapias de pesadillas encontró que el aumento de esa sensación de control sobre el sueño es la hipótesis más citada, seguida del procesamiento emocional que modifica la estructura del miedo, el cambio de creencias sobre las pesadillas y la reducción de la activación (Rousseau y Belleville, 2018). Y no es solo teoría: en un ensayo con IRT guiada por teléfono, el efecto del tratamiento estuvo mediado por el aumento de la sensación de dominio a mitad del proceso (Lancee, Effting y Kunze, 2021). Cuando la persona siente que puede hacer algo con su pesadilla, la pesadilla empieza a perder fuerza.

    Cuánto ayuda, según los estudios

    El metaanálisis de Casement y Swanson, con 13 estudios de IRT en personas con pesadillas postraumáticas, encontró efectos grandes sobre la frecuencia de las pesadillas, la calidad del sueño y los síntomas de estrés postraumático, sostenidos a los 6 y 12 meses de seguimiento (Casement y Swanson, 2012). Un metaanálisis posterior solo con ensayos aleatorizados, con 1.078 participantes, fue más sobrio: efectos pequeños a moderados de la IRT sobre la frecuencia de pesadillas (g = 0,51), los síntomas postraumáticos (g = 0,31) y la calidad del sueño (g = 0,51), sin diferencias significativas frente a la prazosina, el fármaco de referencia (Yücel, van Emmerik, Souama y Lancee, 2020).

    Dos matices honestos. Casement y Swanson advierten que, en el único estudio con un grupo de control activo, los efectos fueron pequeños; y la revisión más reciente señala que los resultados varían entre estudios y que las guías de consenso han derivado hacia una terapia cognitivo conductual para pesadillas (CBT-N) que integra la reescritura con exposición y estrategias de sueño (So, Bolstad y Miller, 2025). La misma revisión señala algo que importa para quien ya está en terapia: los tratamientos centrados en el trauma reducen el estrés postraumático, pero las pesadillas pueden persistir si no se tratan de forma específica.

    Se puede hacer con poca ayuda

    Una de las mejores noticias de esta literatura es que la IRT funciona en formatos ligeros. En el ensayo de Lancee y colaboradores (2021), 70 personas con pesadillas según el DSM-5 recibieron tres sesiones a lo largo de cinco semanas con apoyo telefónico de estudiantes de posgrado, y mejoraron más que la lista de espera en frecuencia de pesadillas (d = 1,03), malestar por las pesadillas (d = 0,75) y gravedad del insomnio (d = 1,12), con efectos mantenidos a los 3 y 6 meses; no cambió el número de noches con pesadillas por semana ni la ansiedad o la depresión. Y en el ensayo por internet de Gieselmann et al. (2017), tener o no un “coach” que guiara el proceso no cambió la eficacia ni los abandonos.

    Un último dato para quien además duerme mal: combinar la IRT con terapia cognitivo conductual para el insomnio mejora más la calidad del sueño que la IRT sola, según el metaanálisis comparativo de Seda y colaboradores (Seda, Sánchez-Ortuño, Welsh, Halbower y Edinger, 2015) y el de Casement y Swanson (2012). Si ese es tu caso, tienes una guía sobre cómo se evalúa el insomnio y un test de insomnio para empezar.

    ¿Y los medicamentos para las pesadillas?

    Existen, y el más estudiado es la prazosina, un antihipertensivo que bloquea receptores alfa-1 de noradrenalina. En el metaanálisis de Yücel et al. (2020) tuvo un efecto moderado a grande sobre la frecuencia de pesadillas (g = 0,61) y sobre la calidad del sueño (g = 0,85), sin diferencia estadística frente a la IRT; los autores incluso discuten que rebajarla a “puede usarse” en la guía de 2018 fue prematuro. El metaanálisis de todos los ensayos farmacológicos controlados con placebo, con 14 estudios y 830 participantes (casi todos veteranos con estrés postraumático), da un efecto global moderado (g = 0,50; 0,42 al corregir por sesgo de publicación), con la prazosina en g = 0,54 (Skeie-Larsen et al., 2022).

    Lo que no hay que hacer es automedicarse. La guía de la Academia Americana de Medicina del Sueño no recomienda el clonazepam ni la venlafaxina para el trastorno por pesadillas (Morgenthaler et al., 2018), y ya viste más arriba que los sedantes e hipnóticos están entre los fármacos que más pesadillas provocan al retirarlos. La decisión sobre un fármaco es del médico, idealmente uno con formación en sueño; si no sabes a quién acudir, esta guía sobre especialistas en trastornos del sueño te orienta.

    Qué puedes hacer desde esta semana

    Mientras decides si consultar, hay cosas con respaldo que puedes empezar solo.

    • Escribe la pesadilla. Con detalle, en pasado, de día. Es el primer paso de la IRT y, según el ensayo de Gieselmann et al. (2017), por sí solo ya reduce la frecuencia.
    • Regulariza el sueño. Acuéstate y levántate a horas parecidas y evita las noches muy cortas seguidas de “recuperaciones” largas: la relación en U entre horas dormidas y pesadillas (Bolstad et al., 2026) sugiere que los extremos las empeoran.
    • Revisa alcohol, hipnóticos y medicación reciente. No suspendas nada por tu cuenta; anota qué cambió y cuándo empezaron las pesadillas.
    • Nada de contenido activador antes de dormir. Foa, Hembree y Rothbaum (2007, p. 72) indican a sus pacientes no escuchar las grabaciones de exposición justo antes de acostarse, precisamente para no provocar pesadillas. Lo mismo aplica a noticias duras, discusiones y series violentas en la última hora.
    • Cuidado con la restricción del sueño si tienes terrores nocturnos. Perlis et al. (2005, p. 14) advierten que la pérdida de sueño de la restricción y del control de estímulos puede profundizar el sueño y aumentar los despertares parciales como los terrores nocturnos. Si tu problema es ese y no las pesadillas, esas técnicas se usan con supervisión.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Consulta si las pesadillas ocurren una o más veces por semana durante más de un mes, te dejan cansado o con miedo de dormir, o notas que empezaste a evitar la cama, el alcohol “para dormir” o las pastillas. Y consulta sin esperar si se cumple cualquiera de estas:

    • Empezaron después de un hecho traumático y vienen con sobresaltos, evitación o alerta permanente (puede ser estrés postraumático, y la evaluación se hace con escalas validadas).
    • Tienes ideas de muerte o de hacerte daño. En Chile, Salud Responde atiende las 24 horas al 600 360 7777, y la línea de prevención del suicidio es *4141. Las pesadillas y el riesgo suicida van juntos con más frecuencia de lo que se cree (Andrews y Hanna, 2020), y hablarlo es lo primero.
    • Aparecieron de golpe en la adultez mayor, con movimientos o gritos durante el sueño. Morin y Espie (2004, p. 41) advierten que el inicio súbito de una parasomnia en la adultez tardía, en particular del trastorno de conducta del sueño REM, puede indicar un problema neurológico agudo y requiere evaluación médica.
    • Roncas, alguien te vio dejar de respirar o tienes mucho sueño de día: hace falta descartar apnea antes de tratar las pesadillas como un problema psicológico.

    Para evaluar la gravedad existe un cuestionario breve, el Índice de Trastorno por Pesadillas (NDI), que ya tiene una versión en español validada en adultos de población general, con buena fiabilidad y asociación con síntomas depresivos, ansiedad e ideación suicida (Baños-Chaparro et al., 2025). Es el tipo de instrumento que un psicólogo usa en la primera sesión para saber por dónde empezar.

    Preguntas frecuentes sobre las pesadillas en adultos

    ¿Es normal tener pesadillas todas las noches?

    No. Las pesadillas ocasionales son parte de dormir, pero tenerlas varias veces por semana durante semanas o meses es lo que los especialistas llaman pesadillas frecuentes, y afecta a cerca del 4 % de los adultos (Morgenthaler et al., 2018). Cuando además producen angustia al despertar o cansancio al día siguiente, se considera un trastorno por pesadillas y tiene tratamiento.

    ¿Qué significa tener pesadillas seguidas?

    Casi siempre, que el sistema de alarma del cerebro está más activado de lo normal y no consigue apagar un miedo aprendido (Gieselmann et al., 2019). Detrás puede haber estrés sostenido, un trauma, un cambio de medicación, la retirada de alcohol o de pastillas para dormir, falta de sueño o una apnea que no se ha diagnosticado. Conviene revisar esas causas antes de asumir que “es solo estrés”.

    ¿Las pesadillas son señal de un trastorno mental?

    No necesariamente, pero aumentan la probabilidad. En un estudio comunitario, las personas con pesadillas frecuentes tenían 5,7 veces más riesgo de tener un trastorno psiquiátrico, sobre todo del ánimo (Li et al., 2010), y en jóvenes adultos predijeron depresión y ansiedad un año después (Wong et al., 2023). Por eso, si son frecuentes, vale la pena una evaluación.

    ¿Cuál es la diferencia entre pesadilla y terror nocturno?

    El recuerdo. En la pesadilla te despiertas y puedes contar el sueño; en el terror nocturno gritas o te agitas, cuesta despertarte y al día siguiente no recuerdas nada (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 42). La pesadilla ocurre en el sueño REM y el terror nocturno en el sueño profundo no REM (Perlis et al., 2005, p. 153), y se tratan distinto.

    ¿Se pueden curar las pesadillas frecuentes?

    En la mayoría de los casos mejoran mucho con tratamiento. La terapia de ensayo en imaginación reduce la frecuencia de las pesadillas y mejora el sueño con efectos que se mantienen a los 6 y 12 meses (Casement y Swanson, 2012), y funciona incluso en formatos breves con apoyo telefónico o por internet (Lancee et al., 2021; Gieselmann et al., 2017). Si hay estrés postraumático, se trata además el trauma.

    ¿Cuánto dura la terapia de ensayo en imaginación?

    Es breve. El protocolo original de Krakow y Zadra (2006) se enseña en cuatro sesiones de unas dos horas; en un ensayo reciente bastaron tres sesiones a lo largo de cinco semanas (Lancee et al., 2021). Lo que sí requiere constancia es la práctica en casa: unos minutos al día ensayando la versión nueva del sueño durante una o dos semanas por pesadilla.

    ¿Qué medicamentos provocan pesadillas?

    Los más documentados son los sedantes e hipnóticos, los betabloqueadores y las anfetaminas, seguidos de los agonistas dopaminérgicos (Thompson y Pierce, 1999). También pueden influir algunos antidepresivos, los corticoides y la nicotina (Perlis et al., 2005, p. 42), y la retirada de benzodiacepinas o de alcohol (Soyka, 2017). Si sospechas de un fármaco, consúltalo con quien te lo indicó antes de suspenderlo.

    Para cerrar

    Las pesadillas frecuentes no son “solo sueños” ni una rareza que haya que aguantar. Tienen causas que se pueden revisar en una consulta (medicación, alcohol, respiración, trauma) y un tratamiento breve y sin fármacos que la principal sociedad de medicina del sueño recomienda en primer lugar. Si llevas semanas despertándote con miedo, o si empezaste a temerle a la noche, agenda una consulta: en una primera sesión se puede ubicar qué está sosteniendo tus pesadillas y decidir si la terapia de ensayo en imaginación es tu camino. Y si además duermes mal en general, la guía completa de trastornos del sueño te ayuda a ordenar el resto.

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    Referencias

    Andrews, S., & Hanna, P. (2020). Investigating the psychological mechanisms underlying the relationship between nightmares, suicide and self-harm. Sleep Medicine Reviews, 54, 101352. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2020.101352

    Baños-Chaparro, J., Franco-Jimenez, A., Caycho-Rodríguez, T., Valencia-Pecho, D., Sarmiento-Suarez, E., Bernabel-Tarazona, D., & Rivera-Álvarez, G. (2025). Spanish translation and psychometric evidence of the Nightmare Disorder Index (NDI) in adults from the general population. European Journal of Investigation in Health, Psychology and Education, 15(11), 220. https://doi.org/10.3390/ejihpe15110220

    Bolstad, C. J., Bjorvatn, B., Chan, N. Y., Chung, F., Dauvilliers, Y., De Gennaro, L., Espie, C. A., Holzinger, B., Inoue, Y., Korman, M., Koscec Bjelajac, A., Landtblom, A., Macêdo, T., Matsui, K., Merikanto, I., Morin, C. M., Mota-Rolim, S., Penzel, T., Plazzi, G., … Nadorff, M. R. (2026). Prevalence rates of frequent dream recall and nightmares by age, gender and sleep duration in 16 countries. Journal of Sleep Research, 35(1), e70070. https://doi.org/10.1111/jsr.70070

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    Sandman, N., Valli, K., Kronholm, E., Ollila, H. M., Revonsuo, A., Laatikainen, T., & Paunio, T. (2013). Nightmares: Prevalence among the Finnish general adult population and war veterans during 1972-2007. Sleep, 36(7), 1041-1050. https://doi.org/10.5665/sleep.2806

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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