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  • Duelo por la muerte de un abuelo

    Duelo por la muerte de un abuelo

    Cuando muere un abuelo queda un vacío difícil de nombrar, y alrededor alguien te dice que «era mayor» o que «es lo natural». Natural o no, la muerte de un abuelo duele, la hayas visto venir o te haya llegado en una llamada un martes cualquiera.

    Si buscaste duelo por un abuelo porque acabas de perder al tuyo, o porque tienes que contarle a un niño que su abuelo murió, esta guía reúne lo que dicen la investigación y los libros de Worden, Neimeyer, Boss, Webb y Cid Egea. Explica por qué duele tanto la muerte de un abuelo, cómo superarla y cómo explicársela a un niño.

    Respuesta corta: el duelo por un abuelo es legítimo aunque el entorno lo minimice, y duele más cuanto más cercano era el vínculo. Suele ir cediendo con apoyo, recuerdos compartidos y rituales. Un niño necesita una explicación sencilla y verdadera, y ver que sus padres pueden estar tristes. Conviene consultar si el dolor no baja, impide funcionar o aparecen ideas de hacerse daño.

    ¿Es normal que me duela tanto la muerte de un abuelo?

    Sí. Para la mayoría de los niños, la muerte de un abuelo o de una mascota es el primer contacto real con la muerte (Carey, en Webb, 2010). Aun así, el duelo por un abuelo recibe poco reconocimiento. Worden (2013) y Crenshaw y Lee (en Webb, 2010) lo describen como un duelo desautorizado: como la muerte parece esperable por la edad, el dolor del nieto no se valida en público.

    Un análisis crítico del duelo desautorizado sostiene que las sociedades ordenan las pérdidas en jerarquías, y que esa jerarquía deja a algunas personas sin permiso para sufrir (Robson y Walter, 2013).

    Un estudio cualitativo con 74 universitarios encontró que el duelo por la muerte de un abuelo dependió de cómo murió, de cuánto apego había, del papel que el nieto tenía en la familia y de su forma de afrontar. También reorganizó a la familia y empujó cambios de vida (Manoogian et al., 2018).

    La muestra no era representativa, así que sirve para entender la variedad de experiencias y no para medir cuántas personas viven cada una.

    ¿Por qué duele tanto la muerte de un abuelo?

    Porque los abuelos ocupan lugares distintos según la etapa de la vida. Robinson (2020) describe que la abuelidad dura, en promedio, un tercio de la vida de una persona y pasa por tres fases: mucho contacto y cuidado en la infancia del nieto, un distanciamiento gradual en la adolescencia y un contacto más ligado a festividades en la adultez emergente.

    El dolor no depende del número de visitas. Depende de lo que esa persona significaba.

    Worden (2013) cuenta que muchos abuelos hacen de cabeza del clan: toman decisiones, zanjan conflictos y mantienen unida a la familia. Cuando muere, el equilibrio de todos cambia.

    McGoldrick et al. (2015) señalan que la crianza compartida con abuelos y otros adultos protege el desarrollo infantil y alivia a madres que trabajan o crían solas.

    En familias de tres generaciones los abuelos pueden ser cuidadores primarios, y para ese nieto la pérdida puede ser tan grande como la de un padre (Crenshaw y Lee, en Webb, 2010). Si es tu caso, esta guía sobre abuelos que crían a sus nietos trata esa relación.

    También hay abuelos que son confidentes. Crenshaw y Lee (en Webb, 2010) señalan que si el abuelo era alguien con quien el adolescente podía desahogarse fuera de las tensiones con sus padres, su muerte le quita una de sus principales fuentes de apoyo.

    ¿Cambia el duelo según cómo murió el abuelo?

    Sí, y mucho. Cuando la muerte se ve venir por vejez o enfermedad, la familia se adapta de a poco y tiene la oportunidad de cerrar asuntos pendientes: dar las gracias, pedir perdón, despedirse (Worden, 2013).

    Una revisión sistemática de estudios con cuidadores encontró que sentirse preparado para la muerte se asoció con un mejor duelo posterior, no el sufrimiento por adelantado (Nielsen et al., 2016). Son datos de cuidadores, no de nietos, y hay que leerlos con esa cautela.

    Con la demencia aparece otra cosa. Boss (2025) llama pérdida ambigua a la de alguien que sigue presente en el cuerpo pero ausente en la mente, y propone una «despedida gradual»: adaptar las tradiciones familiares y valorar las pequeñas conexiones que aún quedan, como dejar que el abuelo presida la mesa aunque ya no pueda hacerlo todo. La guía sobre pérdida ambigua lo desarrolla.

    Después de una enfermedad larga son frecuentes dos tipos de culpa:

    • Culpa por alivio: sentir descanso cuando el abuelo por fin murió. Worden (2013) y Neimeyer (2019) piden normalizarla como una respuesta humana al desgaste de cuidar.
    • Culpa por evitación: arrepentirse de no haber visitado más durante el deterioro, por incomodidad o miedo (Worden, 2013).

    Si la muerte fue súbita, lo habitual son las cuestiones pendientes: una discusión sin resolver o un «te quiero» que no se dijo.

    ¿Cómo superar la muerte de mi abuelo?

    «Superar» es una palabra engañosa. Worden (2013) y Neimeyer (2019) coinciden en que sanar no significa olvidar: la relación pasa de la presencia física a un vínculo simbólico interno. Esto es lo que proponen para llegar ahí:

    1. No pongas plazo. Ninguna fuente fija una fecha. Lo que sí puedes observar es la dirección: si con los meses el dolor se vuelve más llevadero, vas en buen camino.
    2. Conserva el vínculo. Worden (2013) y Neimeyer (2019) recomiendan guardar objetos con significado (una foto, un anillo, una prenda) y seguir hablando de esa persona. Sentir su presencia a veces es parte de esto, y la guía sobre sentir la presencia de un ser querido fallecido explica cuándo es normal.
    3. Crea un ritual propio. Neimeyer (2019) y Boss (2025) sugieren encender una vela, cocinar su plato favorito o hacer una donación en su nombre. Un gesto así le da legitimidad a un dolor que el entorno tiende a minimizar.
    4. Escríbele una carta. Neimeyer (2019) propone expresar los arrepentimientos, pedir perdón de forma simbólica y completar la conversación que quedó pendiente. No hace falta enviarla.
    5. Revisa la culpa con datos. Worden (2013) sugiere contrastarla con la realidad: anotar lo que sí hiciste por tu abuelo dentro de tus posibilidades. La culpa por no haber estado más suele medir lo que querías hacer y no lo que podías hacer.
    6. Reúne sus historias. Worden (2013) y Crenshaw (en Webb, 2010) recomiendan armar en familia un álbum de recuerdos con fotos, anécdotas y dibujos. Guarda el legado y le da un lugar a la pérdida.
    7. Habla con alguien. Boss (2025) y Worden (2013) insisten en no aislarse y en buscar espacios donde expresar la pena sin las prisas del entorno. Si no sabes qué decirle a quien está pasando por esto, esta guía ayuda.

    ¿Cómo explicar la muerte del abuelo a un niño?

    La muerte de un abuelo es la situación típica que despierta las primeras preguntas del niño sobre la muerte (Cid Egea y Egea, 2011). Carey (en Webb, 2010) advierte contra una frase muy común, «es demasiado pequeño para entender», porque los niños perciben el dolor de la casa aunque nadie se lo cuente.

    Lo que un niño entiende cambia con la edad. Una revisión chilena indica que los menores de 4 años por lo general no tienen conciencia de la muerte, que hay diferencias grandes entre niños de la misma edad y que el concepto maduro se adquiere hacia los 12 años (Norero, 2018). Por eso conviene adaptar el mensaje y no repetir un guion.

    Estas son las pautas que coinciden en los libros del notebook (Cid Egea y Egea, 2011; Neimeyer, 2019):

    • Usa palabras concretas. «El cuerpo del abuelo dejó de funcionar y los médicos no pudieron arreglarlo. Murió.» Usar «murió» o «falleció» evita malentendidos.
    • Evita los eufemismos. «Se durmió», «se fue de viaje» o «Dios se lo llevó» los niños pequeños los toman al pie de la letra, y pueden aparecer miedo a dormirse o a que otros se vayan.
    • Desmiente la culpa. Por el pensamiento mágico, algunos niños creen que el abuelo murió porque se portaron mal o se enojaron con él. Dile con claridad que ningún pensamiento ni enojo causa una muerte.
    • Ofrece despedirse. Cid Egea y Egea (2011) y Webb (2010) aconsejan invitar al niño al velatorio o funeral a partir de los 6 años, o antes si quiere, explicándole antes qué va a ver y escuchar. Mandarlo a casa de un vecino para protegerlo suele vivirse como abandono.
    • Mantén sus rutinas. Las comidas, el sueño y el colegio a la misma hora le dan seguridad.
    • Hagan algo juntos con el recuerdo. Un álbum, un dibujo o un cuento ayudan. Si quieres uno, la guía de cuentos para explicar la muerte los reúne.

    Más detalle por edades en cómo explicarle la muerte a un niño. Una revisión sobre duelo infantil agrega que el duelo se manifiesta distinto según la edad y que el ambiente de los cuidadores es uno de los principales moderadores (Alvis et al., 2023). Dicho en simple: cómo lo acompaña el adulto pesa mucho.

    ¿Cómo reaccionan los niños y adolescentes?

    Los niños expresan el duelo más con el cuerpo y la conducta que con palabras. Las fuentes del notebook (Cid Egea y Egea, 2011; Webb, 2010) describen como esperables:

    • Regresiones temporales: volver a chuparse el dedo, mojar la cama o pedir ayuda para comer.
    • Miedo a que mueran otros: sobre todo entre los 3 y los 7 años, junto con la idea de que «la muerte se contagia».
    • Tristeza que va y viene: pasan rápido de llorar a jugar, y eso no indica que les importe menos. Jugar al entierro o a «hacerse el muerto» es su manera de dosificar el dolor.
    • Menor concentración en el colegio, porque gran parte de su energía se va al duelo.

    Los adolescentes entienden que la muerte es irreversible, pero pueden temer mostrarse débiles ante sus pares y callarse.

    En un estudio con 226 adolescentes de 11 a 18 años, 124 habían vivido la muerte de un abuelo: quienes más sufrían por la pérdida tenían más ansiedad ante la muerte, mientras que el género, el tiempo transcurrido y el número de muertes vividas no predijeron nada (Ens y Bond, 2005). Es un estudio antiguo y acotado a colegios privados. Más sobre esta etapa en duelo en adolescentes.

    ¿Qué dicen los estudios sobre el efecto en los nietos?

    Hay datos de una misma cohorte de EE. UU., con asociaciones que no prueban causas y que no deben leerse como un destino:

    • En un estudio de familias de 20 ciudades, la muerte de un abuelo no se asoció con más depresión en adolescentes ni en sus madres. La muerte de una abuela en los 7 años previos sí se asoció con más probabilidad de trastorno depresivo mayor en la madre (OR = 2,42; IC 95 % 1,17-5,01), y los varones adolescentes aumentaron 50 % sus síntomas depresivos (Livings et al., 2022).
    • En 2.479 niños, haber vivido la muerte de un abuelo entre los 5 y los 9 años se asoció con menores puntajes de lectura y matemática a los 9 en varones, con casi ningún indicio en niñas (Livings et al., 2023).
    • En niñas, la muerte reciente de una abuela que no vivía con ellas se asoció con telómeros 11 % más cortos, un marcador de estrés acumulado y no un diagnóstico (Livings et al., 2025).

    Los autores lo presentan como señal de que perder a un abuelo puede tener costos, y por eso vale la pena acompañar. La búsqueda no encontró estudios chilenos sobre esto, y casi todos los trabajos son observacionales.

    ¿Y si mis padres también están de duelo?

    Es una situación frecuente: quien pierde al abuelo también es hijo o hija de alguien. Webb (2010) habla de doble pérdida: el niño sufre por el abuelo y además por la menor disponibilidad emocional de sus padres. Si estos quedan hundidos, el niño puede sentirse invisible, callar su pena para «no dar problemas» o asumir tareas de adulto.

    Cid Egea y Egea (2011) recomiendan que los padres no escondan su tristeza, pero la expliquen: «Estoy llorando porque echo de menos a la abuela. Llorar me ayuda a desahogarme. Que esté triste no significa que deje de cuidarte». Si el dolor de los adultos es muy grande, apoyarse en otros familiares o en un profesional evita desbordar al menor.

    ¿Qué cambia en la familia cuando muere un abuelo?

    McGoldrick et al. (2015) describen que, al morir sus padres, la generación intermedia pasa a ser la cabeza de la familia. Ya no hay nadie por encima a quien acudir, se toma conciencia de la propia mortalidad y a esa generación le toca sostener los contactos y las celebraciones que el abuelo mantenía unidas.

    También puede haber tensión. Pillemer (2021) señala que la herencia o la venta de la casa familiar es uno de los desencadenantes de distanciamiento entre hermanos, con un daño colateral: los primos pueden quedar desconectados sin haber participado en el conflicto.

    ¿Cuándo el duelo por un abuelo necesita ayuda profesional?

    La mayoría de las personas se adapta a una pérdida sin ayuda profesional: una revisión en The Lancet concluye que el duelo no es una enfermedad (Stroebe et al., 2007). Un grupo menor desarrolla duelo prolongado. Una revisión de curso y tratamiento lo estima en cerca del 10 % de las personas en duelo (Szuhany et al., 2021).

    La CIE-11 lo plantea a partir de 6 meses desde la muerte (OMS, 2024). El DSM-5-TR pide al menos 12 meses en adultos, según un estudio que validó esos criterios (Prigerson et al., 2021). Ninguno exige esperar para consultar si estás mal.

    En niños y adolescentes, una revisión sistemática halló prevalencias de duelo prolongado entre 10,4 % y 32 %, y el apoyo social parece protector (Falala et al., 2024). Un metaanálisis de 39 estudios con 5.578 participantes mostró que las intervenciones tienen un efecto pequeño en estudios controlados (g = 0,18), y que los efectos se reducen mucho al considerar la evolución natural del duelo (Hanauer et al., 2024).

    Webb (2010) sugiere consultar si un niño o adolescente presenta:

    • Ideas, amenazas o conductas de hacerse daño.
    • Dolores de cabeza o de estómago repetidos sin causa médica.
    • Pesadillas o insomnio intensos, o cambios graves en la alimentación.
    • Aislamiento profundo o irritabilidad que no se puede manejar.
    • Un duelo «congelado», con el niño paralizado o desconectado mucho después de la muerte.
    • Problemas que persisten durante semanas sin atenuarse o que le impiden ir al colegio y jugar.

    Si crees que el duelo se quedó detenido, duelo congelado y terapia de duelo explican qué hacer. Si lo que predomina es la ansiedad, mira duelo y ansiedad.

    Si hay ideas de hacerte daño, no esperes. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias. Para ver el proceso completo, la guía para superar un duelo y la página sobre el duelo lo explican.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal sentir alivio cuando muere un abuelo que estaba enfermo?

    Sí. Tras una enfermedad larga, sentir descanso es una respuesta humana al desgaste de cuidar y de ver sufrir. Worden (2013) y Neimeyer (2019) recomiendan normalizarla. Puede convivir con mucha pena, y ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.

    ¿Qué hago si no alcancé a despedirme de mi abuelo?

    Hay recursos para completar la despedida de forma simbólica. Neimeyer (2019) propone una carta no enviada para decir lo pendiente, y Worden (2013) sugiere revisar con datos qué sí hiciste por tu abuelo. Un ritual propio, como visitar su lugar favorito o encender una vela, también ayuda a darle forma a lo que quedó sin decir.

    ¿A qué edad puede un niño ir al funeral de su abuelo?

    Cid Egea y Egea (2011) y Webb (2010) aconsejan ofrecerlo desde los 6 años, o antes si el niño lo pide. Lo que importa es que sea una opción y no una obligación. Antes, un adulto cercano le explica en palabras simples qué va a ver y escuchar, y se queda a su lado durante la ceremonia.

    ¿Debo ocultar mi llanto delante de mis hijos?

    No hace falta. Cid Egea y Egea (2011) recomiendan que los niños vean llorar a sus padres si se les explica por qué, porque así reciben permiso para expresar su propia tristeza. Esconderlo les transmite que la pena es peligrosa. Lo que sí conviene es poder mostrarla de forma regulada y tener otros adultos que te sostengan.

    ¿Cuánto dura el duelo por un abuelo?

    Ninguna fuente fija una cifra, y quien da un número exacto lo está inventando. Lo esperable es que el dolor se vaya haciendo más llevadero con los meses, con altibajos en fechas especiales. Si pasados 6 a 12 meses sigue igual de intenso o te impide funcionar, vale la pena consultar, y antes si lo necesitas.

    ¿Cuándo ir al psicólogo por la muerte de un abuelo?

    Cuando el dolor no baja, evitas todo lo que te lo recuerda, tu trabajo o tus estudios se resienten, o aparecen ideas de hacerte daño. En un niño, cuando hay señales como las de la lista de arriba. No necesitas esperar ningún plazo, y consultar no significa que el duelo esté «mal hecho».

    Si necesitas conversarlo con alguien

    A veces el duelo por un abuelo se queda sin lugar, porque «ya era mayor» y todos siguen con su vida. Si quieres ordenar lo que sientes, acompañar a un hijo o ver cómo sería trabajarlo por videollamada, puedes escribir desde la página de contacto. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alvis, L., Zhang, N., Sandler, I. N., & Kaplow, J. B. (2023). Developmental manifestations of grief in children and adolescents: Caregivers as key grief facilitators. Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 447-457. https://doi.org/10.1007/s40653-021-00435-0
    • Boss, P. (2025). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Herder. (Obra original publicada en 1999 por Harvard University Press.)
    • Cid Egea, P., & Egea, P. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo.
    • Ens, C., & Bond, J. B. (2005). Death anxiety and personal growth in adolescents experiencing the death of a grandparent. Death Studies, 29(2), 171-178. https://doi.org/10.1080/07481180590906192
    • Falala, A., Lannes, A., Bui, E., & Revet, A. (2024). Prevalence of prolonged grief disorder in bereaved children and adolescents: A systematic review. L’Encéphale, 50(5), 557-565. https://doi.org/10.1016/j.encep.2023.11.016
    • Hanauer, C., Telaar, B., Rosner, R., & Doering, B. K. (2024). The efficacy of psychosocial interventions for grief symptoms in bereaved children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 350, 164-173. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.063
    • Livings, M., Smith-Greenaway, E., Margolis, R., & Verdery, A. M. (2022). Bereavement & mental health: The generational consequences of a grandparent’s death. SSM – Mental Health, 2, 100100. https://doi.org/10.1016/j.ssmmh.2022.100100
    • Livings, M. S., Smith-Greenaway, E., Margolis, R., & Verdery, A. M. (2023). Lost support, lost skills: Children’s cognitive outcomes following grandparental death. Social Science Research, 116, 102942. https://doi.org/10.1016/j.ssresearch.2023.102942
    • Livings, M. S., Smith-Greenaway, E., Wagner, B. G., & Verdery, A. M. (2025). The biological consequences of grandparental death for children: An analysis of telomere length. SSM – Population Health, 31, 101843. https://doi.org/10.1016/j.ssmph.2025.101843
    • Manoogian, M. M., Vandenbroeke, J., Ringering, A., Toray, T., & Cooley, E. (2018). Emerging adults’ experiences of grandparent death. OMEGA – Journal of Death and Dying, 76(4), 351-372. https://doi.org/10.1177/0030222817693140
    • McGoldrick, M., García Preto, N., & Carter, B. (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed.). Pearson.
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Nielsen, M. K., Neergaard, M. A., Jensen, A. B., Bro, F., & Guldin, M.-B. (2016). Do we need to change our understanding of anticipatory grief in caregivers? A systematic review of caregiver studies during end-of-life caregiving and bereavement. Clinical Psychology Review, 44, 75-93. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2016.01.002
    • Norero V., C. (2018). La maduración cerebral en el niño. El caso de la adquisición del concepto de muerte y su evolución. Revista Chilena de Pediatría, 89(1), 137-142. https://doi.org/10.4067/s0370-41062018000100137
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders (CDDR). https://www.who.int/publications/i/item/9789240077263
    • Pillemer, K. A. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Hachette UK.
    • Prigerson, H. G., Boelen, P. A., Xu, J., Smith, K. V., & Maciejewski, P. K. (2021). Validation of the new DSM-5-TR criteria for prolonged grief disorder and the PG-13-Revised (PG-13-R) scale. World Psychiatry, 20(1), 96-106. https://doi.org/10.1002/wps.20823
    • Robinson, O. C. (2020). Development through adulthood: An integrative sourcebook (2.ª ed.). Red Globe Press.
    • Robson, P., & Walter, T. (2013). Hierarchies of loss: A critique of disenfranchised grief. OMEGA – Journal of Death and Dying, 66(2), 97-119. https://doi.org/10.2190/OM.66.2.a
    • Stroebe, M., Schut, H., & Stroebe, W. (2007). Health outcomes of bereavement. The Lancet, 370(9603), 1960-1973. https://doi.org/10.1016/s0140-6736(07)61816-9
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cuentos para explicar la muerte a un niño

    Cuentos para explicar la muerte a un niño

    Los cuentos para explicar la muerte sirven mejor como puerta de entrada a una conversación que como explicación completa. Si buscas un cuento para explicar la muerte a un niño que perdió a su abuelo, a uno de sus padres o a su mascota, aquí encuentras libros comentados por edad, criterios para elegirlos y una forma de leerlos que ayuda a conversar.

    También separa tres cosas que las listas de libros suelen mezclar: lo que la investigación dice sobre usar libros con niños en duelo, lo que recomiendan las guías clínicas y lo que son simplemente títulos populares. Casi todo lo que sigue viene del segundo grupo, y se avisa cada vez que es así.

    Respuesta corta: elige un libro que diga “murió” con todas sus letras, léelo tú con el niño en tramos cortos, pregúntale qué entiende y deja que lo pida las veces que quiera. El libro ayuda a conversar, y la explicación sigue siendo tuya.

    ¿Sirven los cuentos para explicar la muerte a un niño?

    Son un apoyo, con una evidencia todavía débil. Las guías clínicas los recomiendan para abrir la conversación y poner en palabras lo que el niño siente, pero no encontramos ensayos que midan si un cuento concreto reduce el duelo infantil. Lo que hay son estudios sobre cómo son estos libros y propuestas de práctica.

    Nancy Boyd Webb (2010) describe la biblioterapia como un buen punto de partida para hablar de sentimientos difíciles entre el adulto y el niño. Cid Egea (2011) señala que el cuento, el dibujo y el juego son el lenguaje natural de la infancia, porque los niños no siempre expresan el dolor con palabras abstractas.

    En la misma línea, un artículo de trabajo social en cuidados paliativos pediátricos propone usar la biblioterapia con hermanos y familias en duelo, y describe un programa que ofrece libros a pacientes, familias y profesionales (Rusch et al., 2020). Es una propuesta de práctica, no un estudio de resultados.

    Un trabajo cualitativo pequeño aporta otra pista. Siete adultos que tenían menos de seis años cuando su padre se suicidó revisaron diez álbumes ilustrados y dieron su impresión de cuáles les habrían servido. Los autores concluyen que los libros pueden abrir la comunicación y acompañar las tareas del duelo de Worden, y dejaron criterios para elegirlos (Watson et al., 2021).

    Para tener una medida más amplia, una revisión sistemática de 2026 analizó la biblioterapia creativa en colegios, con niños de 5 a 16 años. Encontró 23 estudios y 13 informaron mejoras en salud mental, pero pocos estaban bien protegidos contra el sesgo y los autores concluyen que todavía no hay evidencia sólida (Redman et al., 2026).

    Esa revisión trata de salud mental en general y no de duelo, pero es lo más cercano que existe. Conclusión práctica: un cuento puede ayudar, y conviene esperar de él una conversación, no un efecto terapéutico por sí solo.

    Cómo elegir libros infantiles sobre la muerte: 6 criterios

    Antes de pagar por un libro, vale la pena saber cómo son los que existen. Una revisión sistemática analizó 210 libros infantiles sobre la muerte publicados entre 1995 y 2015 en inglés, francés y español (Arruda-Colli et al., 2017). Los resultados dan las pistas para elegir:

    • Quién muere: en la mayoría era un abuelo (78 libros) o una mascota (44). Solo 5 trataban de un niño que se muere. Si la persona que murió es otra, conviene revisar con más cuidado que el libro se ajuste a lo que vivió tu hijo.
    • Cómo lo dicen: el 75 % usaba la palabra “muerte” o “morir”. El resto recurría a eufemismos.
    • Qué agregan: 122 libros incluían elementos espirituales, como el cielo.
    • Qué te dan a ti: menos de una cuarta parte traía herramientas para hablar del tema con el niño.

    Con eso en mente, estos son los criterios que se repiten en las guías de Cid Egea (2011), Webb (2010), Neimeyer (2019) y el Dougy Center (2025):

    1. Que nombre la muerte. Los niños pequeños entienden de forma literal. “Se durmió”, “se fue de viaje” o “se convirtió en estrella” pueden producir miedo a dormir o la espera de un regreso que no llegará.
    2. Que explique el cuerpo antes que el cielo. Cid Egea (2011) propone decir primero la verdad física (el cuerpo dejó de funcionar y ya no siente) y recién después, si la familia lo cree, la creencia espiritual.
    3. Que no sugiera culpa. A esas edades es común creer que un enojo o una rabieta pudo causar la muerte. Un buen libro no refuerza esa idea.
    4. Que describa sin imponer. Webb (2010) y Neimeyer (2019) prefieren historias que muestran sensaciones y posibilidades, y desconfían de las que dicen cómo debe sentirse el niño o le fijan etapas universales.
    5. Que se parezca a la pérdida real. Un libro sobre un abuelo anciano no se ajusta a la muerte de un papá a los 40.
    6. Que tenga un cierre posible. Webb (2010) toma de Donald Davis la idea de historias completas: una base inicial, una pérdida que cambia el mundo del personaje y un cierre con esperanza y aprendizaje.

    Y un último filtro que no está en ninguna ficha: léelo tú antes. Así sabes cuántas preguntas va a abrir y cuáles prefieres contestar con tus palabras.

    Cuentos para explicar la muerte a los niños, por edad (lista comentada)

    Las edades son orientativas y sirven para ubicar un cuento para explicar la muerte a niños de distintas etapas. La guía de Cid Egea (2011) agrupa sus recomendaciones en tres tramos: hasta 6 o 7 años, de 7 a 12 y adolescentes. Las editoriales a veces sugieren otra cosa.

    El corazón y la botella aparece en esa guía para los 7 a 12 años, mientras que sus fichas comerciales lo ofrecen desde los 3 o los 5. Guíate por lo que el niño entiende y pregunta.

    Cuentos para niños pequeños: hasta los 6 o 7 años

    • ¿De qué sirve la muerte? (Fundación FAROS, Hospital Sant Joan de Déu, 2020). Un niño cuyo abuelo está por morir. Se puede descargar en PDF desde el sitio de la fundación, lo que lo vuelve fácil de probar antes de comprar otro libro.
    • ¡No es fácil, pequeña ardilla! (Elisa Ramón y Rosa Osuna, Kalandraka; original de 2003). Una ardilla pequeña llora a su madre y duda de que vuelva a ser feliz. Según su sinopsis, el cariño ayuda a sanar. Revisa si nombra la muerte con claridad; si no, dilo tú al leerlo.
    • Para siempre (Alan Durant y Debi Gliori, 2004; título original Always and Forever). Una familia de animales del bosque aprende a vivir sin uno de los suyos, el zorro, que enferma y muere. Cierra con sus amigos recordando al zorro y sintiéndolo presente.
    • Adiós (Rafa Guerrero y Jesús López, Marcombo, 2022). Para niños de 4 a 8 años según la editorial. Lucas y María quieren a su abuela; ella enferma, la llevan al hospital y muere, y el cuento muestra también la funeraria. Trae preguntas de reflexión, un juego de búsqueda en las páginas y una guía para adultos. Su autor es psicólogo infantil.
    • La isla del abuelo (Benji Davies, Andana, 2015). La historia trata de Leo y su abuelo, y de una isla llena de colores donde el abuelo decide quedarse. Ayuda en Acción lo incluye entre sus cuentos sobre la muerte para niños de 3 a 6 años. Cuenta la despedida con una metáfora, así que con los más pequeños el adulto tiene que traducirla: “el abuelo murió, y esta isla muestra cuánto se querían”.

    Cid Egea (2011) recomienda además para este tramo El abuelo de Tom ha muerto (Marie-Aline Bawin y Chantal Hellings, 2000), Te echo de menos (Paul Verrept, 2001) y Nana vieja (Margaret Wild y Ron Brooks, 2000).

    De 7 a 12 años

    • El corazón y la botella (Oliver Jeffers, Fondo de Cultura Económica, 2010). Una niña guarda su corazón en una botella para protegerse; con el tiempo la botella pesa y ella se interesa cada vez menos por lo que la rodea. Es un libro de imágenes y metáforas, útil para conversar sobre qué hacemos con la pena. Para hablar de la muerte misma necesitarás sumar tus palabras.
    • Cuando fallece un ser querido. Guía para niños ante la muerte de alguien (Michaelene Mundy, 2010) y Cuando estoy triste (Mundy, 2001). Libros de la guía de Cid Egea pensados para el niño que ya entiende que la muerte es definitiva.
    • Cuando faltan mamá o papá. Un libro para consolar a los niños (R. W. Allen y D. Grippo, 2010). Es uno de los títulos de la guía dedicados a la pérdida de un progenitor.
    • Los recuerdos viven eternamente. Un libro de recuerdos para los niños afligidos por una muerte (Sharon Rugg, 1997). Un libro para completar, más que para leer. Se explica más abajo.

    También figuran en esa guía El ángel del abuelo (Jutta Bauer, 2011) y Mi amiga invisible (Marta Canals y Susana Aguilar, 2011).

    Preadolescentes y adolescentes

    • El pato, la muerte y el tulipán (Wolf Erlbruch, Barbara Fiore Editora, 2007). La guía de Cid Egea lo cita como El pato y la muerte y lo ubica en este tramo. La muerte aparece como un personaje más junto al pato.
    • El arco iris de la abuela (Tarisa Bunnag y Eva Jaume, 2008), otro título de la guía para esta edad.
    • Las telarañas de Carlota (E. B. White, 1952). Neimeyer (2019) y Webb (2010) la incluyen entre las lecturas para niños mayores. Es una novela, y la muerte de Carlota llega hacia el final.

    Si lees en inglés, la lista de Webb (2010) también incluye clásicos como When Dinosaurs Die (Laurie Krasny Brown y Marc Brown), The Dead Bird (Margaret Wise Brown) y My Grandpa Died Today (Joan Fassler).

    Dónde encontrar más cuentos, gratis y en Chile

    La Pontificia Universidad Católica de Chile publicó una guía digital para adultos, ¿A dónde van los que mueren?, escrita por Mario Inzulza y Maili Ow, que según la nota de la universidad revisa más de 40 obras de literatura infantil disponibles en Chile.

    La guía distingue dos tipos de preguntas para hacer después de leer: las “preguntas refugio”, que consuelan y exploran emociones, y las “preguntas ventana”, que amplían la idea hacia el mundo. Sirve para ampliar esta lista con títulos disponibles en el país.

    Otro recurso gratuito es la guía Explícame qué ha pasado (Cid Egea, 2011), de donde sale gran parte de la lista anterior.

    ¿Y si la muerte de tu familia no se parece a la del cuento?

    En la revisión de Arruda-Colli, el fallecido era sobre todo un abuelo o una mascota. Si la muerte fue repentina, violenta o por suicidio, el libro apacible puede chocar con lo que el niño vio y escuchó en casa.

    Webb (2010) advierte que imponer la historia tranquila del libro u ocultar las circunstancias crea un secreto familiar. Si el niño nota la contradicción, se fabrica sus propias explicaciones, que suelen ser peores que la verdad. En una muerte repentina, las guías sugieren explicar la causa física en pocas palabras y sin detalles que puedan quedar como imágenes angustiantes.

    En un suicidio, Webb (2010) y el Dougy Center (2025) aconsejan un lenguaje honesto y ajustado a la edad: la persona tenía un sufrimiento emocional o una enfermedad que le alteró el pensamiento, tomó una decisión para detener su dolor y nada de lo que hizo o dijo el niño la causó.

    Para estos casos, el Dougy Center tiene un cuaderno de actividades, After a Suicide: An Activity Book for Grieving Kids, que Webb cita.

    Otra salida es escribir el cuento a medida. Webb (2010) relata el caso de un niño de 5 años cuyo hermano murió de forma repentina: al no encontrar libros que reflejaran su vivencia, creó una historia ilustrada junto con su padre. Esa historia es la base de When I Die, Will I Get Better? (Joeri y Piet Breebaart, 1993), que Neimeyer (2019) también recomienda.

    Si en tu familia hubo un suicidio y alguien habla de hacerse daño, en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL). La guía sobre duelo traumático trata estas pérdidas con más detalle.

    Cómo leer un cuento sobre la muerte con un niño, paso a paso

    La lectura importa tanto como el libro. Estas pautas salen de Webb (2010), Cid Egea (2011), el Dougy Center (2025) y el National Child Traumatic Stress Network (2022).

    1. Léelo antes tú, para saber qué páginas te van a remover y qué dudas va a abrir.
    2. Elige un momento tranquilo, sin apuro y no justo antes de dormir si el libro lo deja inquieto.
    3. Léelo por tramos. Crenshaw y Lee, citados por Webb, sugieren leer un episodio breve cada vez para que el niño pueda preguntar y asimilar sin sentirse desbordado.
    4. Pregúntale qué entiende. Cid Egea (2011) destaca que lo central durante la lectura es saber qué está entendiendo: “¿qué crees que le pasó?” deja ver qué fantasías está armando.
    5. Responde con la verdad, en dosis que pueda digerir. Usa “murió”, explica que el cuerpo dejó de funcionar y repite que ningún enojo ni pensamiento provoca una muerte.
    6. Déjalo conducir. Si cierra el libro o se va a jugar, no lo fuerces. Cid Egea sugiere decir algo como “si quieres, luego seguimos hablando”. Los niños oscilan entre la pena y el juego, y eso es esperable.
    7. Acepta la repetición. Pedir el mismo cuento muchas veces es una forma de comprobar la realidad de la pérdida, y la previsibilidad lo tranquiliza (Webb, 2010; NCTSN, 2022).

    Un detalle que ayuda: si te emocionas mientras lees, no hace falta esconderlo. Explicarle que lloras porque echas de menos a alguien le enseña que la tristeza se puede sentir y sostener. La guía sobre cómo explicarle la muerte a un niño por edades amplía qué decir y qué evitar en cada etapa.

    El libro de recuerdos: el cuento que escriben juntos

    Hay un libro que ningún autor puede escribir por ti: el de los recuerdos de esa persona. Las guías de NCTSN, Worden, Neimeyer, Webb y Cid Egea lo recomiendan como proyecto compartido para mantener el vínculo con quien murió.

    Ayuda a distinguir la muerte del olvido: el cuerpo dejó de existir, pero la persona sigue presente en los relatos y en el afecto de la familia. Worden agrega que los niños suelen volver a su libro a medida que crecen, y cada vez lo leen con una comprensión nueva.

    Se hace con una libreta o un álbum, fotos, dibujos, cartas o recortes. Entre los 3 y los 5 años el adulto hace de secretario: el niño elige las fotos y dicta lo que quiere escribir. A partir de los 6 años participa con más autonomía, escribiendo y armando sus propias páginas. Neimeyer propone frases para empezar, que puedes completar con él:

    • “El primer recuerdo que tengo de ti es…”
    • “Los mejores momentos que pasé contigo fueron…”
    • “Lo que más te gustaba hacer era…”
    • “Lo que hago para mantener vivo tu recuerdo es…”

    Para pérdidas traumáticas, el NCTSN (2022) señala que el libro también ayuda a recuperar recuerdos agradables cuando el niño solo repite las imágenes del momento de la muerte. Si quien murió es un animal, la misma idea funciona: la guía sobre el duelo por la muerte de una mascota explica cómo acompañar esa primera pérdida.

    ¿Cuándo un cuento no alcanza?

    Un libro no reemplaza ni la presencia del adulto ni la ayuda profesional cuando hace falta. Webb (2010), el NCTSN (2022) y el Dougy Center (2025) coinciden en las señales que justifican consultar:

    • Las reacciones impiden vivir con normalidad: no puede ir al colegio, jugar o estar con amigos, y esto dura más de uno o dos meses.
    • Habla de querer morir o de reunirse con la persona que murió, o hay autolesiones.
    • Culpa que no cede: la convicción firme de haber causado la muerte, por más que se le explique lo contrario.
    • Imágenes que vuelven: pesadillas continuas o pánico después de una muerte violenta o repentina.
    • Quedó “congelado”: pasados varios meses sigue sin retomar su vida, con anhelo intenso o aislamiento extremo.

    Casi todos los niños en duelo tienen días difíciles y la mayoría no necesita terapia. Si dudas, preguntar a un profesional no compromete nada. La guía sobre el duelo y sus tipos y la de cómo superar un duelo ayudan a ubicar qué es esperable en un adulto y qué ya merece consulta.

    Lo que todavía no se sabe

    No hay ensayos que comparen un cuento con otro, ni que midan si leer un libro sobre la muerte reduce los síntomas de duelo en niños. La revisión de Redman et al. (2026) sobre biblioterapia en colegios llega a la misma conclusión para la salud mental en general.

    Lo que existe sobre los cuentos sobre el duelo es descriptivo: cómo son los libros (Arruda-Colli et al., 2017), qué temas repiten (un análisis de 47 álbumes ilustrados chinos encontró que usan la naturaleza como marco, normalizan la muerte y proponen mantener un vínculo con la persona fallecida; Fu et al., 2025) y qué opinan algunos adultos que perdieron un padre siendo muy pequeños (Watson et al., 2021).

    Tampoco encontramos datos chilenos sobre qué libros usan las familias ni cómo reaccionan los niños a cada uno. Las edades de este artículo salen de guías clínicas, y la mejor referencia sigue siendo el niño que tienes delante.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué cuento puedo leerle a un niño de 4 años para explicar la muerte?

    Para esa edad sirven álbumes como Adiós (recomendado por la editorial para 4 a 8 años), Para siempre o ¡No es fácil, pequeña ardilla!. Léelo tú con él, en tramos cortos, y nombra la muerte con palabras claras. Un libro con metáforas necesita que lo traduzcas: “murió” explica lo que el cuento sugiere.

    ¿A qué edad se pueden leer cuentos sobre la muerte?

    Las guías no fijan una edad mínima. Webb (2010) incluye libros para preescolares de 3 a 5 años, y Cid Egea (2011) abre su lista con títulos para menores de 6 o 7. Con los más pequeños el adulto es indispensable, porque entienden de forma literal y pueden quedarse con ideas distorsionadas de lo que oyen.

    ¿Es normal que mi hijo pida el mismo cuento una y otra vez?

    Sí. Repetir una historia es una forma de comprobar la realidad de la pérdida y de digerir un tema difícil en dosis pequeñas. Las fuentes aconsejan responder con paciencia y las mismas palabras. Si además deja de dormir, evita hablar del tema o se angustia mucho, vale la pena consultar.

    ¿Sirven los cuentos que hablan del cielo o de los ángeles?

    Pueden servir si la familia comparte esa creencia, pero van después de la explicación física: el cuerpo dejó de funcionar y no siente nada. En la revisión de 210 libros, 122 incluían elementos espirituales como el cielo. Frases como “Dios se lo llevó” pueden asustar o generar rabia hacia Dios.

    ¿Qué hago si mi hijo se asusta con un cuento?

    Pausa la lectura, pregúntale qué le asustó y responde con la verdad en pocas palabras. Si quiere dejarlo, no insistas: puedes retomarlo otro día o elegir otro libro. Si aparecen pesadillas persistentes, miedo a dormir o rechazo a separarse de ti durante semanas, conviene consultar a un psicólogo infantil.

    ¿Puedo usar un cuento si la muerte fue por suicidio?

    Sí, pero con cuidado: muchos libros cuentan la muerte de un abuelo o una mascota y no se parecen a un suicidio. Conviene explicar la causa con honestidad y sin detalles, y complementar con material específico, como el cuaderno After a Suicide del Dougy Center. En estos casos el acompañamiento profesional pesa más.

    Si necesitas acompañamiento

    Elegir el libro es la parte fácil. Lo difícil suele ser decidir qué decir cuando el niño pregunta algo que no esperabas. Si te cuesta encontrar las palabras o tu hijo lleva semanas con reacciones que te preocupan, puedes conversarlo en una consulta online. No hace falta tener todo resuelto para pedir ayuda.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Arruda-Colli, M. N. F., Weaver, M. S., & Wiener, L. (2017). Communication about dying, death, and bereavement: A systematic review of children’s literature. Journal of Palliative Medicine, 20(5), 548-559. https://doi.org/10.1089/jpm.2016.0494
    • Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo. https://www.cop.es/uploads/PDF/GUIA-PARA-AYUDAR-A-LOS-ADULTOS-A-HABLAR-DE-LA-MUERTE-Y-EL-DUELO-CON-LOS-NINOS.pdf
    • Dougy Center: The National Grief Center for Children & Families. (2025). Ten tips for supporting children who are grieving. Dougy Center. https://www.dougy.org/assets/uploads/10-tips-for-supporting-children-who-are-grieving.pdf
    • Fu, C., Xu, H., Stjernswärd, S., & Glasdam, S. (2025). Socialisation of children to cope with death, bereavement and grief: A Berger and Luckmann inspired analysis of children’s picture books in a Chinese context. OMEGA: Journal of Death and Dying. https://doi.org/10.1177/00302228251313671
    • National Child Traumatic Stress Network. (2022). Ayudando a niños en edad escolar con duelo traumático: Consejos para cuidadores [y hojas equivalentes para preescolares y adolescentes]. https://www.nctsn.org/resources/helping-school-age-children-traumatic-grief-tips-caregivers-sp
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Redman, H., Mutanda, D., Bethel, A., Miller, R., Melendez-Torres, G. J., & Green, J. (2026). Does creative bibliotherapy delivered in schools improve mental health-related outcomes for 5-16 year olds? A systematic review. Arts & Health, 18(2), 164-186. https://doi.org/10.1080/17533015.2025.2599866
    • Rusch, R., Greenman, J., Scanlon, C., Horne, K., & Jonas, D. F. (2020). Bibliotherapy and bereavement: Harnessing the power of reading to enhance family coping in pediatric palliative care. Journal of Social Work in End-of-Life & Palliative Care, 16(2), 85-98. https://doi.org/10.1080/15524256.2020.1745728
    • Watson, C., Cutrer-Párraga, E. A., Heath, M., Miller, E. E., Young, T. A., & Wilson, S. (2021). Very young child survivors’ perceptions of their father’s suicide: Exploring bibliotherapy as postvention support. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(21), 11384. https://doi.org/10.3390/ijerph182111384
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia. Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cómo explicarle la muerte a un niño (por edades)

    Cómo explicarle la muerte a un niño (por edades)

    Cómo explicarle la muerte a un niño es una pregunta que casi todo adulto se hace en el peor momento posible: con el dolor propio encima y sin saber qué entiende realmente el niño. Si estás buscando cómo decirle a un niño que su papá murió, o cómo explicar la muerte a un niño de 3 años, aquí encuentras qué comprende cada edad, qué palabras usar y qué evitar.

    Esta guía reúne lo que dicen las revisiones de la literatura sobre el desarrollo del concepto de muerte y las guías clínicas que más se usan para acompañar a niños en duelo. También separa lo que tiene respaldo de investigación de lo que es consenso de las guías, porque no es lo mismo.

    Respuesta corta: conviene decírselo pronto, con las palabras reales (“murió”, “está muerto”), con una causa física sencilla, en un lugar tranquilo y por alguien que el niño conozca bien. Después hay que repetirlo las veces que haga falta, porque entender que la muerte es definitiva lleva años y lo habitual es que pregunte lo mismo muchas veces.

    Cómo explicarle la muerte a un niño: lo que sirve a cualquier edad

    Las guías del Dougy Center (2025), de Cid Egea (2011) y del National Child Traumatic Stress Network (2022) coinciden en pocas ideas básicas, que valen desde los 3 años hasta la adolescencia.

    • Usa la palabra real. “Murió” y “está muerto” se entienden mejor que cualquier rodeo.
    • Da una causa física simple. “Su corazón dejó de funcionar” o “tuvo un accidente muy grave y los médicos no pudieron salvarlo”. Si fue una enfermedad, conviene nombrarla para que no la asocie con cualquier resfriado.
    • Dilo pronto y en calma. Postergarlo aumenta el riesgo de que se entere por otra persona o por un comentario que escuche a medias.
    • Que lo diga alguien cercano, en un lugar conocido y sin apuros, y que el niño pueda hacer preguntas.
    • Repite sin cansarte. Volver a preguntar es su manera de asimilar una idea difícil.
    • Admite lo que no sabes. “No lo sé, pensémoslo juntos” protege la confianza mejor que una respuesta inventada.

    Hay una razón para no dejar esto al azar. Una revisión narrativa de 2026 concluyó que los niños sienten curiosidad por la muerte y quieren hablar de ella, mientras que muchos adultos se sienten incómodos o poco preparados.

    Cuando el niño aprende de forma indirecta (por la televisión, por lo que escucha) y sin ninguna guía, aumenta el riesgo de que se forme ideas inexactas o angustiantes (Fry et al., 2026).

    ¿Qué entiende un niño de la muerte según su edad?

    Entender la muerte no ocurre de un día para otro. La revisión de Fry et al. (2026) describe tres componentes en los que la literatura está de acuerdo: que la muerte es el cese biológico del cuerpo, que es irreversible y que es universal, es decir, que le llega a todos los seres vivos.

    Otros componentes, como que algún día le pasará a uno mismo o qué la causa, se estudian más y están menos asentados.

    ¿Cuándo los comprenden? En una revisión clásica de la literatura, la mayoría de los niños sanos de sociedades urbanas e industrializadas dominaba los tres componentes entre los 5 y los 7 años, la misma edad en que pasan del pensamiento preoperacional al concreto (Speece y Brent, 1984).

    Una revisión chilena agrega matices útiles: por lo general los menores de 4 años no tienen conciencia de la muerte, el concepto maduro se alcanza hacia los 12 años, y hay diferencias grandes entre niños de la misma edad y buen desarrollo intelectual, porque el conocimiento avanza con altibajos (Norero, 2018).

    Esas edades son promedios, no un calendario. Un niño de 7 años puede entender que la muerte es definitiva y, a la vez, creer que él no se va a morir.

    Cómo explicar la muerte a un niño de 3 años (y a los menores de 6)

    En esta etapa, la muerte se entiende como algo temporal. Según las guías de Cid Egea (2011) y de Worden (2013), los preescolares suelen imaginar a la persona fallecida como dormida o de viaje, que sigue sintiendo frío o hambre, y que puede volver. También tienden a creer que sus pensamientos o su mal comportamiento pueden haber causado la muerte.

    Los menores de 2 años no entienden qué es morir, pero sí notan la ausencia y el estado de ánimo de los adultos. Según las guías, pueden mostrarlo con llanto, irritabilidad, cambios en el sueño o en la comida, o buscando a la persona que ya no está. Lo que más ayuda es mantener sus rutinas y cuidadores de siempre.

    A los 3, 4 y 5 años conviene decir lo mismo, con las mismas palabras, todas las veces que haga falta. Una versión posible:

    “Papá se enfermó muy gravemente y murió. Cuando alguien muere, su cuerpo deja de funcionar: ya no respira, no siente frío ni dolor, y no puede volver. Tú no hiciste nada para que pasara. Yo estoy aquí y te voy a cuidar.”

    Esa frase hace tres cosas a la vez: nombra la muerte, explica qué significa en términos físicos y despeja la culpa antes de que el niño la invente. Las guías de Cid Egea (2011) y del Dougy Center (2025) recomiendan además marcar la diferencia entre ancianos y adultos (“las personas se mueren cuando son muy, muy, muy mayores”), para que no concluya que sus padres corren peligro inminente.

    En laboratorio, los niños pequeños entienden más de lo que parece. En un estudio con niños shuar y alemanes de 3 a 5 años, a los 4 años ya distinguían que una persona dormida puede actuar y una muerta no (Barrett y Behne, 2005).

    Eso no cambia la recomendación de las guías de evitar el “se durmió”, pero sí sugiere que hablarle claro a un niño pequeño no le exige más de lo que puede procesar.

    De 6 a 9 años: ya entiende que es definitivo, y quiere los detalles

    Según las guías, entre los 6 y los 9 años el niño entiende que el cuerpo deja de funcionar y que no hay vuelta atrás. La universalidad se consolida más tarde: al principio puede pensar que la muerte es cosa de ancianos o de enfermos, y hacia los 8 o 9 años asume que también les llegará a sus padres y a él (Cid Egea, 2011; Webb, 2010).

    Es la edad de las preguntas biológicas, y conviene responderlas con calma y con verdad: qué le pasa al cuerpo, qué es un velorio, qué significa cremar. También aparece la preocupación práctica: “¿quién me va a llevar al colegio?”. Una respuesta que ordene su mundo (“tu colegio y tus rutinas siguen”) pesa tanto como la explicación misma.

    Puede mostrar el duelo con el cuerpo (dolores de estómago o de cabeza), con una caída del rendimiento escolar, o con una aparente indiferencia, y a veces con rabia. Todo eso es esperable en las semanas siguientes. La culpa mágica (“fue porque me porté mal”) puede seguir presente a esta edad, así que vale la pena repetir que ningún pensamiento ni ninguna pelea provoca una muerte (Worden, 2013).

    De 10 a 12 años y adolescentes: comprensión adulta, necesidades de niño

    Hacia los 10 años el niño comprende la muerte casi como un adulto, y eso trae su propia dificultad: es consciente de que la muerte le puede llegar a él, y se pregunta cosas que no tienen respuesta (“¿por qué pasan cosas injustas?”).

    Según Cid Egea (2011) y Webb (2010), es normal que contenga el llanto delante de sus compañeros para no sentirse distinto, o que asuma el papel de cuidador de sus hermanos o del progenitor que quedó.

    Los adolescentes viven una tensión particular. Quieren comportarse como adultos y a la vez necesitan que los protejan. Algunos se encierran, otros hablan de más en redes sociales y se muestran fríos en casa, y algunos se arriesgan más de la cuenta.

    Las guías sugieren decirles la verdad completa, no cargarlos con responsabilidades que no les corresponden y dejar claro que pueden hablar con otra persona (un amigo, un familiar, un psicólogo) si no quieren hacerlo contigo (Dougy Center, 2025).

    Una revisión de 2023 sobre cómo se manifiesta el duelo en distintas edades destaca algo que se repite en toda esta guía: el ambiente de cuidado, es decir, los adultos que rodean al niño, es uno de los factores que más influyen en cómo atraviesa la pérdida (Alvis et al., 2023).

    Cómo decirle a un niño que su papá o su mamá murió

    Decirle a un niño que murió su papá o su mamá es la conversación más difícil de todas, y conviene prepararla un poco, sin esperar tener las palabras perfectas.

    1. Elige quién y dónde. Idealmente, la persona más cercana al niño, en un lugar tranquilo de la casa, sin visitas ni apuro.
    2. Anuncia que vas a contarle algo triste, mirándolo a los ojos, y dilo con las palabras reales: “Papá murió”.
    3. Explica la causa en dos frases, sin detalles truculentos: “Tuvo un infarto, su corazón dejó de funcionar y los médicos no pudieron hacer que volviera a latir”.
    4. Despeja la culpa y asegura el cuidado: “No fue culpa de nadie. Yo estoy aquí y te voy a cuidar”.
    5. Deja espacio. Puede llorar, quedarse callado o salir a jugar a los cinco minutos. Todo eso es una reacción posible.

    Esta secuencia sigue lo que plantean Cid Egea (2011, cap. 7) y Webb (2010, cap. 18).

    Si la muerte fue repentina, violenta o por suicidio, las fuentes coinciden en lo esencial: decir la verdad ajustada a su edad, sin detalles morbosos, y aclarar que nada de lo que el niño dijo o hizo la causó.

    Mentir o esconder la causa suele salir mal, porque tarde o temprano se entera por rumores, y descubrirlo así añade un segundo golpe: sentirse engañado por quienes lo cuidan (Webb, 2010, cap. 6 y 18).

    En un suicidio, las guías proponen explicar que la persona tenía un sufrimiento emocional o una enfermedad grave que le alteró el pensamiento, que no quería hacerle daño al niño y que lo ocurrido no depende de nada que él haya hecho.

    Frases que conviene evitar, y por qué

    Los eufemismos nacen del cariño, pero a un niño pequeño le llegan literales. Las guías de Cid Egea (2011), Webb (2010) y Dougy Center (2025) los desaconsejan por los problemas concretos que producen:

    • “Se durmió para siempre” puede asociar el sueño con la muerte y traer miedo a acostarse, pesadillas o temor a que otros no despierten.
    • “Se fue de viaje” mantiene al niño esperando un regreso y le deja la pregunta de por qué no se despidió.
    • “Lo perdimos” invita a pensar que alguien podría encontrarlo.
    • “Dios se lo llevó porque era muy bueno” puede generar miedo o rencor hacia Dios, o la idea de que portarse bien es peligroso.

    Estas advertencias provienen de la experiencia clínica y de las guías. No existe un estudio que haya comparado frases en una muestra grande de niños, así que conviene tomarlas como una recomendación prudente y no como una regla probada.

    ¿Los niños deben ir al funeral?

    La respuesta de las guías es matizada: ni obligarlos ni excluirlos. Se le ofrece la posibilidad, se le explica qué va a pasar y se respeta su decisión.

    Worden (2013) señala que la mayoría de los niños a los que se les da la oportunidad deciden asistir, y que se observan mejores resultados cuando fueron preparados antes. Cid Egea (2011) apunta a que desde los 6 a 8 años suelen poder compartir las ceremonias con la familia.

    Si va a ir, estas ideas ayudan:

    • Cuéntale de antemano qué verá: si habrá ataúd abierto, que la persona estará quieta y fría; que los adultos pueden llorar, y qué pasa en el entierro.
    • Asigna un adulto acompañante que no esté desbordado por el dolor, que responda sus preguntas y pueda salir con él si se cansa o se asusta.
    • Déjalo participar en algo pequeño: elegir una flor, un dibujo o una canción le devuelve algo de control en una situación en la que se siente impotente.

    Si decide no ir, es una decisión legítima, y existen otras formas de despedirse: escribir una carta, hacer un dibujo, dejar un objeto, armar un álbum de recuerdos, visitar el cementerio más adelante o encender una vela en casa.

    Preguntas difíciles que van a llegar

    “¿Cuándo vuelve?” Responde con las mismas palabras de siempre y con tono tranquilo: “Murió, y cuando alguien muere no puede volver”. Que repita la pregunta durante semanas es habitual y no significa que la explicación haya fallado.

    “¿Tú también te vas a morir?” No mientas ni lo asustes: todos los seres vivos mueren, pero tú estás sano, te cuidas y esperas estar con él por mucho, mucho tiempo.

    “¿Por qué no llora?” Los niños oscilan entre la pena y el juego en cuestión de minutos. Las guías lo describen como una capacidad breve de tristeza y no como falta de cariño. Jugar es su manera de procesar sin abrumarse.

    “¿A dónde se fue?” Si tu familia tiene una creencia religiosa, puede incluirse, pero conviene explicar primero lo físico (el cuerpo dejó de funcionar) y después lo espiritual (“creemos que su alma está en el cielo”).

    Una revisión de 2018 describe que los niños construyen una concepción biológica de la muerte y, a la vez, se muestran receptivos a la idea de que la persona continúa en otro lugar (Harris, 2018). Ambas ideas pueden convivir, y por eso el orden de la explicación importa.

    Qué ayuda en las semanas siguientes

    Una revisión de 23 estudios sobre niños que perdieron a un progenitor identificó, entre los procesos que influyen en cómo evolucionan, la forma en que el niño afronta y percibe lo ocurrido, y el entorno: la familia, otros adultos que lo acompañan y el estrés al que sigue expuesto (Hoppe et al., 2025).

    En la práctica, las guías destacan lo que se puede mantener: las rutinas (comidas, colegio, hora de dormir), un adulto estable y disponible, y hablar de la persona que murió sin convertirla en un tema prohibido. Mirar fotos, hacer un libro de recuerdos o contar anécdotas ayuda a ubicar al fallecido en la memoria.

    La comunicación familiar importa, pero conviene no sobrestimarla. Un estudio cualitativo sueco con cuatro familias que perdieron a un progenitor por cáncer destacó la importancia de una comunicación abierta y honesta (Weber et al., 2019a).

    En otro estudio de la misma línea, los padres valoraron la comunicación familiar como moderada, los adolescentes como mala, y el duelo prolongado no se asoció con la comunicación en ninguno de los tres grupos (Weber et al., 2019b). Es decir, hablar bien no garantiza nada, y lo que ve el adulto no siempre coincide con lo que vive el adolescente.

    El estado del adulto también cuenta. Una revisión de 17 estudios sobre programas de apoyo para niños que perdieron a un progenitor encontró que, en 14 de ellos, la intervención se dirigía a la vez al niño y al progenitor que sobrevivía, y que cuando se apoya a este último aumenta su capacidad de sostener a sus hijos (Bergman et al., 2017).

    Las guías aconsejan mostrar la pena con serenidad (“lloro porque lo echo de menos, pero estoy bien y te voy a cuidar”), porque ocultarla le enseña al niño que sentir dolor es peligroso.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Casi todos los niños en duelo tienen reacciones intensas durante un tiempo, y la mayoría no necesita terapia. Pero hay señales de que conviene consultar.

    Webb (2010, cap. 2) recoge las que se consideran banderas rojas: comentarios que sugieren ideas de suicidio, dolores físicos recurrentes, problemas persistentes en el colegio, pesadillas o trastornos del sueño, cambios marcados en la alimentación y quedarse “congelado” mucho tiempo después de que los demás retomaron su vida.

    Las hojas del NCTSN (2022) agregan un criterio práctico: consultar cuando las reacciones le impiden jugar, ir al colegio o estar con sus amigos, o cuando se mantienen más de uno o dos meses.

    Una revisión de 2024 encontró que entre el 10,4 % y el 32 % de los niños y adolescentes en duelo cumplía criterios de duelo prolongado, con más riesgo en quienes tenían más estresores, otras pérdidas o trauma (Falala et al., 2024).

    Una revisión sistemática con metaanálisis de 39 estudios (5.578 participantes) encontró que las intervenciones psicosociales reducen los síntomas de duelo con un efecto pequeño en los estudios controlados (Hanauer et al., 2024), así que la terapia es una ayuda real, no una solución mágica.

    Si la muerte fue traumática (violenta, súbita o por suicidio), el acompañamiento profesional pesa más; puedes revisar la guía sobre duelo traumático. En Chile, si un niño o un adulto de la familia habla de hacerse daño, puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), y ante una emergencia, al 131.

    Cuando la primera muerte es la de una mascota: cómo explicarle a un niño su muerte

    La muerte de una mascota suele ser la primera que enfrenta un niño. Webb (2010, cap. 7) la describe como una oportunidad para hablar de la muerte, practicar una despedida y ordenar ideas antes de una pérdida humana. Minimizarla (“mañana te compramos otro”) le dice que su dolor no vale. Hay una guía completa sobre el duelo por la muerte de una mascota.

    Lo que todavía no se sabe

    Casi todo lo que se recomienda para hablar de la muerte con niños viene de guías clínicas y de experiencia, y no de ensayos que hayan probado una frase contra otra.

    La mayoría de los estudios sobre duelo infantil viene de Estados Unidos y Europa, con poblaciones que se parecen poco a la de Chile, y las fuentes revisadas para esta guía no traen datos chilenos sobre la asistencia a funerales ni sobre cómo reaccionan los niños a distintas formas de dar la noticia.

    La edad en que se adquiere cada componente varía según la cultura, la experiencia previa con la muerte y el niño. Por eso las edades de esta guía sirven para orientarse, pero la mejor referencia sigue siendo lo que pregunta y hace el niño que tienes delante.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad entiende un niño que la muerte es definitiva?

    Entre los 5 y los 7 años la mayoría de los niños sanos entiende que la muerte es irreversible, aunque todavía puede pensar que a él no le pasará. Antes de los 4 años casi no hay conciencia de ella, y el concepto maduro se alcanza hacia los 12. La variación entre un niño y otro es grande.

    ¿Cómo explicarle la muerte a un niño de 3 años?

    Con palabras concretas y las mismas cada vez: “murió, su cuerpo dejó de funcionar, no siente dolor y no puede volver”. Evita “se durmió” o “se fue de viaje”. Aclara que no fue culpa suya y que sigues ahí para cuidarlo. Prepárate para repetirlo muchas veces.

    ¿Qué le digo si pregunta cuándo vuelve la persona que murió?

    Responde con calma y con las mismas palabras: “murió, y cuando alguien muere no puede volver, aunque lo queramos mucho”. Los niños pequeños repiten la pregunta para comprobar que la respuesta no cambia. No significa que no entendió ni que lo hiciste mal.

    ¿Los niños deben ir al funeral?

    Las guías sugieren ofrecerle la posibilidad sin obligarlo. Si va, hay que explicarle antes qué verá y asignarle un adulto que lo acompañe y pueda salir con él. Si no quiere, se respeta, y se buscan otras despedidas: una carta, un dibujo, un álbum de recuerdos o una visita posterior al cementerio.

    ¿Puedo llorar delante de mi hijo?

    Sí. Ver que un adulto llora y sigue cuidándolo le enseña que la tristeza es una reacción normal y tolerable. Funciona mejor si lo acompañas de una frase tranquilizadora, como “lloro porque lo echo de menos, pero estoy bien”. Esconder siempre la pena le da a entender que sentirla es peligroso.

    ¿Es normal que mi hijo no llore o siga jugando?

    Sí. Los niños pasan de la pena al juego en minutos, y jugar es su forma de procesar sin abrumarse. No indica falta de cariño. Conviene preocuparse si, pasadas semanas, aparecen aislamiento, caída marcada en el colegio, pesadillas persistentes o comentarios sobre hacerse daño.

    Si necesitas acompañamiento

    Si te cuesta encontrar las palabras, o tu hijo lleva semanas con reacciones que te preocupan, puedes conversarlo en una consulta online. No hace falta tener la conversación resuelta antes de pedir ayuda. Para una mirada más amplia del proceso, revisa la guía sobre el duelo y sus tipos y la de cómo superar un duelo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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