Habilidades Sociales en Adolescentes: Cuáles Son y Cómo Desarrollarlas

Pintura impresionista de un grupo de adolescentes jugando voleibol en circulo con un pase llegando a alguien nuevo, sobre las habilidades sociales en adolescentes

Tu hijo de 14 se encierra en la pieza cuando llegan visitas. Tu alumna de segundo medio no levanta la mano aunque sepa la respuesta. Tu hijo de 16 responde a cada broma con un empujón. Son tres escenas distintas y las tres tienen algo en común: se resuelven con las mismas herramientas. Si buscaste habilidades sociales en adolescentes es porque sospechas que a alguien cercano le faltan, y quieres saber cuáles son, si eso se puede cambiar y cómo.

Se puede. Las habilidades sociales se aprenden, y hay una forma de enseñarlas que lleva cincuenta años de estudio. Este artículo explica cuáles son las habilidades que un adolescente necesita (las 50 del programa de Goldstein, agrupadas en seis áreas), qué señales indican que faltan, qué pasa cuando no están, cuándo el problema en realidad es ansiedad o TDAH, y qué funciona para entrenarlas en casa y en el colegio, con la evidencia que lo sostiene.

Respuesta corta: las habilidades sociales son conductas concretas y aprendidas (escuchar, unirse a un grupo, decir que no, responder a una burla sin pegar ni callarse) que le permiten a un adolescente conseguir lo que necesita de los demás sin dañar la relación. En la adolescencia importan más que nunca porque el grupo de pares se vuelve el centro de la vida. Se entrenan con cuatro pasos (ver cómo se hace, practicarlo, recibir comentarios y repetirlo en la vida real), y los programas que siguen ese formato mejoran las habilidades con un efecto pequeño pero consistente. Cuando lo que hay detrás es ansiedad social, la solución cambia.

¿Qué son las habilidades sociales en la adolescencia y por qué esta etapa las pone a prueba?

Una habilidad social es una conducta que se ve y se puede enseñar. Caballo (2007) la define como el conjunto de conductas con que una persona expresa lo que siente, quiere u opina de una forma adecuada a la situación, respetando esas mismas conductas en los demás, y que suele resolver el problema inmediato sin crear otros a futuro. Fíjate en las dos mitades: conseguir lo que uno busca y cuidar la relación. Un adolescente que consigue todo a gritos no es hábil socialmente, y uno que nunca pide nada tampoco.

Michelson, Sugai, Wood y Kazdin (1983) añaden un detalle que cambia todo el enfoque: las habilidades sociales se adquieren sobre todo por aprendizaje (observar, imitar, ensayar, recibir comentarios), están hechas de conductas específicas y dependen de la situación. La misma frase funciona con un amigo y falla con un profesor. Por eso no se trata de “tener personalidad” o “ser simpático”: se trata de un repertorio que se puede ampliar.

La adolescencia es el momento en que ese repertorio se exige al máximo. Entre los 10 y los 24 años la sensibilidad a lo social sube y la necesidad de estar con pares aumenta; la aceptación del grupo pesa más que en cualquier otra etapa (Orben, Tomova y Blakemore, 2020). Y el cerebro acompaña: las regiones que procesan lo social cambian de estructura y se reorganizan durante la segunda década de vida, lo que podría reflejar un periodo sensible para adaptarse al entorno social (Blakemore y Mills, 2014). Dicho en simple: las relaciones se vuelven más complejas e íntimas justo cuando el sistema que las maneja todavía se está construyendo.

Caballo (2007) lo resume citando a Bellack y Morrison: las habilidades cambian con las modas, las costumbres y el lenguaje, y hay que seguir aprendiéndolas, especialmente en la adolescencia. Un niño de 9 años que sabe jugar bien no tiene garantizado saber entrar a un grupo de conversación a los 14. Son habilidades nuevas, y nadie las enseña de forma explícita.

Cuáles son las habilidades sociales que un adolescente necesita: los seis grupos de Goldstein

El programa de entrenamiento más usado con adolescentes es Skillstreaming, creado por Arnold Goldstein en los años setenta. Su versión para adolescentes describe 50 habilidades, cada una descompuesta en pasos, y las agrupa en seis áreas (Goldstein y McGinnis, 1997). Esta es la lista que conviene tener en la cabeza cuando te preguntas “qué le falta”:

Grupo Qué incluye Ejemplos de las 50 habilidades Cómo se ve cuando falta
I. Habilidades sociales básicas Las que sostienen cualquier conversación Escuchar, iniciar y mantener una conversación, hacer una pregunta, dar las gracias, presentarse, hacer un cumplido Responde con monosílabos, interrumpe, no mira, no sabe cómo empezar a hablar con alguien nuevo
II. Habilidades sociales avanzadas Las que hacen falta para funcionar en grupo Pedir ayuda, unirse a una actividad, dar y seguir instrucciones, disculparse, convencer a otros Se queda mirando desde afuera, no pide ayuda aunque la necesite, no sabe pedir perdón sin justificarse
III. Habilidades para manejar sentimientos Reconocer y expresar lo propio, y leer lo ajeno Conocer los propios sentimientos, expresarlos, entender los de otros, enfrentar el enojo de alguien, expresar afecto, manejar el miedo Explota o se guarda todo, no nota que hirió a alguien, no sabe decir “me importas”
IV. Alternativas a la agresión Lo que se hace en vez de pegar o insultar Pedir permiso, compartir, ayudar, negociar, usar autocontrol, defender los propios derechos, responder a las burlas, evitar problemas, mantenerse fuera de peleas Cada conflicto termina en pelea o en amenaza; o al revés, nunca se defiende
V. Habilidades para manejar el estrés Las situaciones incómodas de todos los días Hacer y responder a un reclamo, ser buen perdedor, manejar la vergüenza, quedar fuera de algo, defender a un amigo, responder a la persuasión y al fracaso, prepararse para una conversación difícil, manejar la presión del grupo Cede a lo que diga el grupo, se hunde con una mala nota, no sabe reclamar sin agredir
VI. Habilidades de planificación Pensar antes de actuar Decidir qué hacer, identificar la causa de un problema, ponerse una meta, evaluar las propias capacidades, reunir información, ordenar problemas por importancia, tomar una decisión, concentrarse en una tarea Actúa por impulso, no sabe por dónde empezar, cambia de opinión según el último que habló

Los grupos IV y V son los que más distinguen la versión adolescente de la infantil. A los 15 años el problema rara vez es saludar: es qué hacer cuando un compañero se burla del corte de pelo, cuando el grupo insiste en que te fumes algo o cuando la polola te deja por mensaje. Goldstein y McGinnis (1997) no dejan esas situaciones a la intuición: para “responder a las burlas”, por ejemplo, los pasos son decidir si de verdad te están molestando, pensar en formas de manejarlo (aceptarlo con gracia, hacer un chiste, ignorarlo) y elegir la mejor, evitando las que llevan a la agresión, a devolver la burla con maldad o a retirarse.

Si quieres medir en qué grupo está el hueco, la Lista de Chequeo de Goldstein hace exactamente eso, ítem por ítem. Tiene su página propia con la versión online, y para comparar instrumentos por edad está la guía de tests de habilidades sociales. Si lo que buscas es entender la taxonomía general (básicas, avanzadas, asertividad, empatía), ese es el tema de qué tipos de habilidades sociales existen.

Señales de falta de habilidades sociales en adolescentes

Michelson et al. (1983) hacen una distinción que vale oro para los padres: los déficits van en dos direcciones, el retraimiento y la agresión. El adolescente pasivo viola sus propios derechos al no expresar lo que siente o necesita; el agresivo viola los de los demás. Los dos tienen el mismo problema de fondo (no tienen una tercera opción) y los dos se benefician del mismo tipo de entrenamiento.

Señales del lado del retraimiento:

  • Come solo en el recreo o se queda “pegado” al celular en cualquier situación grupal.
  • No tiene un amigo al que llame por su cuenta; las juntas siempre las organiza otro.
  • Evita pedir ayuda a profesores aunque vaya mal en el ramo.
  • Cede en todo: presta lo que no quiere prestar, va a donde no quiere ir, se ríe de chistes que le duelen.
  • Dice que “no tiene nada que decir” cuando hay gente nueva.

Señales del lado de la agresión:

  • Las bromas le duran en la cabeza y responde con un empujón, un insulto o una amenaza.
  • No sabe perder: un partido o un juego terminan en pelea.
  • Interrumpe, habla por encima de los demás, impone.
  • Tiene “amigos” pero cambia de grupo cada pocos meses porque termina mal con todos.

Y señales que aparecen en los dos lados: le cuesta leer el enojo o la incomodidad del otro, no distingue una broma de una agresión, se le acumulan los conflictos con hermanos y padres, y cuando algo sale mal no logra explicar qué pasó.

Ninguna de estas señales por sí sola es un problema. Un adolescente puede comer solo un mes porque cambió de curso. Lo que importa es que se repitan, que se den en más de un contexto (casa, colegio, actividades) y que le estén costando algo: amigos, notas, tranquilidad.

¿Qué pasa cuando fallan? Rechazo, soledad y ánimo

Aquí la evidencia es incómoda de leer, pero conviene conocerla, porque es la razón para no esperar a que “se le pase”.

Cuando un adolescente se percibe poco competente socialmente, eso predice síntomas depresivos más adelante. En un seguimiento de 350 estudiantes de 6.º a 10.º grado, la baja competencia social percibida anticipó más síntomas depresivos, y parte de esa relación pasaba por las interacciones negativas con los padres, no con los pares (Lee, Hankin y Mermelstein, 2010). Vale la pena detenerse en eso: el clima en la casa modula lo que la falta de habilidades le hace al ánimo.

El rechazo de los pares y el maltrato entre compañeros se alimentan entre sí. Un metaanálisis de 85 estudios longitudinales con más de 117.000 participantes encontró que ser victimizado predice más síntomas de ansiedad y depresión, y que esos síntomas predicen a su vez más victimización, con efectos pequeños en ambos sentidos y consistentes en todas las edades (Christina, Magson, Kakar y Rapee, 2021). Es el mismo hallazgo que ya había mostrado una síntesis anterior de 18 estudios: los problemas internalizantes son antecedente y consecuencia del maltrato entre pares, un círculo vicioso que explica por qué la victimización es tan estable en el tiempo (Reijntjes, Kamphuis, Prinzie y Telch, 2010). Un adolescente que no sabe responder a una burla queda marcado como blanco; el blanco se aísla más; el aislamiento lo vuelve más blanco. Si esto ya está pasando, la guía sobre qué es el bullying explica cómo se distingue de un conflicto y qué hacer.

La soledad tiene sus propios costos. En una revisión sobre soledad en la adolescencia, Verity, Burke y Qualter (2025) describen cómo la soledad persistente se convierte en un ciclo que se mantiene solo: expectativas negativas (“nadie va a querer hablar conmigo”), retraimiento y más desconexión. Y se asocia a depresión, ansiedad y pérdida del placer por lo social. En el extremo, una revisión de 56 estudios encontró que el rechazo social, la baja popularidad y la victimización se asocian a pensamientos y conductas autolesivas en adolescentes, con más consistencia para la ideación suicida (Cheek, Reiter-Lavery y Goldston, 2020). No es para alarmarse con cada adolescente tímido; es para tomarse en serio al que lleva meses solo y cada vez habla menos.

Cuando no es “falta de habilidades”: ansiedad social, timidez, TDAH y TEA

Esta es la parte que más confunde a padres y profesores, y la que más cambia lo que hay que hacer. Que un adolescente no use una habilidad no significa que no la tenga.

Caballo (2007) recoge el modelo de McFall y Trower, que separa el fallo en etapas. Uno puede fallar porque no tiene la conducta en su repertorio (déficit real), porque la tiene pero una ansiedad condicionada le bloquea la ejecución, o porque la decodifica mal (interpreta como burla algo que no lo era, o no se da cuenta de que el otro ya no quiere seguir conversando). Tres problemas distintos, tres intervenciones distintas. Enseñarle a iniciar conversaciones a un adolescente que sabe cómo hacerlo pero se paraliza por miedo al ridículo no sirve; ahí lo que se trabaja es el miedo.

Ansiedad social. Es la confusión más frecuente. El adolescente con ansiedad social sabe qué decir, pero la anticipación de hacer el ridículo lo hace evitar. La buena noticia es que, cuando el diagnóstico es ese, sumar entrenamiento en habilidades al tratamiento sí ayuda: en un ensayo con 108 adolescentes con fobia social, el programa que incluía entrenamiento en habilidades sociales obtuvo mejores resultados al terminar y en los seguimientos que el mismo programa sin ese componente, y una tasa de abandono seis veces menor (Olivares-Olivares, Ortiz-González y Olivares, 2019). Pero el tratamiento de base es la exposición, no el ensayo de frases. Si sospechas que es esto, la guía sobre ansiedad social explica cómo se distingue de la timidez, y hay escalas para adolescentes que orientan.

TDAH. Aquí el déficit sí es real y es grande. Un metaanálisis de 142 estudios con 8.300 niños y adolescentes con TDAH encontró déficits de moderados a muy grandes en teoría de la mente, en reconocimiento facial de emociones y, sobre todo, en habilidades sociales cotidianas (Haza, Gosling, Ciminaghi, Conty y Pinabiaux, 2024). El matiz es que el entrenamiento clásico rinde poco en este grupo: la revisión Cochrane de 25 ensayos no encontró un efecto clínicamente relevante del entrenamiento en habilidades sociales sobre las habilidades valoradas por el profesor (Storebø et al., 2019). En TDAH el problema no es saber qué hacer: es frenar a tiempo para hacerlo. Ahí el trabajo va por el control de impulsos y el tratamiento del TDAH, y las habilidades entran después.

Autismo. En adolescentes en el espectro, los programas grupales de habilidades sociales tienen un efecto global mediano, pero con una trampa: mejoran mucho lo que los jóvenes dicen saber sobre lo social y poco lo que hacen, y los profesores no notan el cambio (Gates, Kang y Lerner, 2017). Los programas diseñados para esta población lo hacen mejor: una síntesis de 12 estudios del programa PEERS para adolescentes con autismo mostró efectos de moderados a grandes, mayores en conocimiento social y menores en la frecuencia real de juntarse con amigos (Zheng, Kim, Salzman, Ankenman y Bent, 2021). Baker (2023), que trabaja con esta población, insiste en que no hay un currículo para todos: se evalúa qué conductas concretas necesita cada estudiante en cada contexto.

La regla práctica: si tu hijo o hija se relaciona bien con dos o tres personas de confianza y se bloquea con el resto, piensa en ansiedad. Si actúa antes de pensar y se pelea aunque “sabe” que no debe, piensa en impulsividad. Si le cuesta leer a los demás en todos los contextos desde siempre, conviene una evaluación.

Cómo mejorar las habilidades sociales en adolescentes: lo que dice la evidencia

Lo primero que conviene saber es que sí funciona, y cuánto. Un metaanálisis de 97 estudios sobre programas de entrenamiento en habilidades sociales para niños y adolescentes sin diagnóstico encontró un efecto pequeño a moderado (d = 0,37), mayor cuando el programa combina psicoeducación con ejercicios de práctica, y con una dosis óptima: entre 11 y 20 ejercicios de práctica rinden más que menos o que más (de Mooij, Fekkes, Scholte y Overbeek, 2020). No basta con explicar: hay que practicar, y practicar bastante.

Los programas escolares de aprendizaje socioemocional (los que en Chile se parecen a Habilidades para la Vida) dan un marco más grande. Un metaanálisis de 213 programas con más de 270.000 estudiantes de kínder a secundaria encontró mejoras en habilidades sociales y emocionales, actitudes, conducta y rendimiento académico (Durlak, Weissberg, Dymnicki, Taylor y Schellinger, 2011), y el seguimiento de 82 de esas intervenciones mostró que los beneficios se mantienen entre 6 meses y 18 años después (Taylor, Oberle, Durlak y Weissberg, 2017). La actualización más reciente, con 424 estudios en 53 países, confirma el patrón y advierte que el resultado depende de la calidad con que se aplica (Cipriano et al., 2023). Lo mismo vale fuera del horario de clases: los programas extraescolares que enseñan habilidades personales y sociales mejoran conducta social, notas y vínculo con el colegio, sobre todo cuando son secuenciados, activos, focalizados y explícitos (Durlak, Weissberg y Pachan, 2010).

¿Y para la soledad, que es lo que más preocupa a muchos padres? Un metaanálisis de 39 estudios en menores de 25 años concluyó que las intervenciones sí reducen la soledad en jóvenes, aunque casi todas se dirigían a grupos de riesgo (Eccles y Qualter, 2021). Una síntesis de 2026 centrada en 4 a 18 años fue más cauta: en los ensayos controlados la reducción fue pequeña y no llegó a ser significativa, y las intervenciones que mejor funcionaron fueron precisamente las de entrenamiento en habilidades sociales y emocionales (Burke et al., 2026). Es una evidencia honesta: ayuda, no hace milagros, y el formato importa.

Cómo se enseña una habilidad: los cuatro procedimientos

Lo que tienen en común los programas que funcionan es el formato, no el nombre. Goldstein y McGinnis (1997) lo condensan en cuatro procedimientos que se apoyan en la teoría del aprendizaje social de Bandura: modelado, juego de roles, retroalimentación sobre la ejecución y entrenamiento en generalización. En una sesión típica de Skillstreaming eso se traduce en nueve pasos: definir la habilidad, modelarla, establecer para qué la necesita cada participante, elegir quién la ensaya, montar el juego de roles, hacerlo, dar retroalimentación, asignar tarea para la vida real y elegir al siguiente.

Traducido a lo que ve un adolescente:

  1. Ver cómo se hace. Alguien parecido a él (edad, forma de hablar) muestra la habilidad paso a paso, en una situación que le importe, y le va bien. Goldstein y McGinnis (1997) explican por qué el modelo importa tanto: imitamos más a quien nos parece competente, se nos parece, es amable y, sobre todo, es recompensado por lo que hace.
  2. Hacerlo. El adolescente ensaya la habilidad con sus propios pasos en una situación suya, no inventada. Un ensayo sobre “cómo decirle al grupo que no quiero ir” con el grupo real en mente.
  3. Recibir comentarios. Qué pasos hizo bien y cuál se saltó. Sin reproche: es un ensayo, la idea es repetirlo mejor.
  4. Repetirlo afuera. Una tarea concreta para la semana, en el colegio o en la casa, con registro de cómo salió.

El cuarto paso es el que más se salta y el que decide todo. Goldstein y McGinnis (1997) lo dicen sin adornos: aprender la habilidad en la sesión es un hallazgo consistente, pero que se transfiera a otros lugares y se mantenga en el tiempo ocurre solo en una minoría de los casos si no se trabaja a propósito. Baker (2023) llama a ese trabajo “preparar, acompañar y revisar”: recordar la habilidad antes de la situación, apoyar durante y comentar después, e ir retirando el apoyo a medida que el adolescente la usa solo.

Cómo ayudar desde casa sin sermonear

Los padres son la pieza que más influye en si una habilidad se mantiene, y a la vez la que más fácil la sabotea. Goldstein y McGinnis (1997) lo plantean así: lo que las personas importantes recompensan, se repite; lo que ignoran o castigan, cae en desuso. Un adolescente que por primera vez negocia la hora de llegada en vez de dar un portazo, y recibe un “no me vengas con discursos”, aprendió que negociar no sirve.

Lo que sí ayuda, con ese principio detrás:

  • Nombra la habilidad cuando la veas. “Eso que hiciste, decirle a tu hermana que te molestó sin gritarle, es justo lo difícil.” Específico y en el momento. Es el refuerzo natural que Goldstein y McGinnis (1997) describen como el motor de la generalización.
  • Prepara antes, no durante. Si mañana tiene que hablar con el profesor, ensaya hoy en dos minutos qué va a decir. Delante del profesor no es momento de corregir.
  • Deja que la situación sea suya. Los ensayos funcionan con problemas reales, no con ejemplos de manual. Pregunta “qué te gustaría que saliera distinto esta semana” y trabaja sobre eso.
  • Cuida el clima en la casa. El estudio de Lee et al. (2010) es claro: la relación entre sentirse torpe socialmente y deprimirse pasaba por las interacciones negativas con los padres. No hace falta ser el mejor entrenador; hace falta no ser una fuente más de rechazo.
  • Busca contextos donde pueda practicar. Un taller, un equipo, un grupo de scouts, cualquier actividad con pares y con adultos que estructuren. Baker (2023) insiste en que la práctica ocurre cuando el adolescente disfruta la actividad; obligarlo a “socializar” en abstracto no funciona.

Dos cosas que no ayudan: los sermones (“tienes que ser más sociable”) y los consejos genéricos (“sé tú mismo”). Ninguno de los dos dice qué hacer, y la habilidad social es precisamente saber qué hacer.

Un punto honesto: la evidencia sobre qué pueden hacer los padres en casa con un adolescente típico es escasa. Lo que hay son programas para padres de niños con autismo y los principios de generalización de los manuales. Lo de arriba sale de esos principios, no de ensayos con adolescentes sin diagnóstico.

Qué pedir al colegio en Chile

Los colegios chilenos con financiamiento público tienen acceso al Programa Habilidades para la Vida de JUNAEB, que en su tercer ciclo (HPV 3) cubre de 7.º básico a 4.º medio y trabaja promoción, detección y prevención del riesgo psicosocial con los estudiantes y sus comunidades educativas, según describe ChileAtiende. Si el colegio de tu hijo está adscrito, pregunta qué talleres hay y si se puede derivar.

Con o sin programa, hay tres cosas concretas que pedir:

  • Que el profesor jefe o el encargado de convivencia te diga con quién se junta tu hijo en el recreo y cómo lo ven en trabajos grupales. Es la información que en la casa no tienes.
  • Que, si hay burlas o exclusión, se active el protocolo de convivencia. Un adolescente sin habilidades para responder no va a resolver el maltrato solo, y esperar que lo haga es dejarlo en el círculo que describen Christina et al. (2021).
  • Que las oportunidades de práctica sean reales: encargos, roles en el curso, trabajos en pareja con compañeros elegidos con criterio. Lo que Cipriano et al. (2023) muestran a gran escala se aplica en pequeño: el programa vale lo que vale su implementación.

Cuándo consultar a un psicólogo

No todo adolescente reservado necesita terapia, y no toda pelea es un déficit. Consulta cuando veas alguna de estas cosas:

  • Lleva meses sin ningún amigo con quien se junte fuera del colegio, y a él o ella le duele (aunque lo niegue).
  • Evita situaciones sociales que antes hacía: dejó el equipo, no va a cumpleaños, falta al colegio los días de presentación.
  • Los conflictos escalan a peleas físicas, amenazas o sanciones repetidas.
  • Es víctima de burlas o exclusión sostenida y no logra responder.
  • Aparecen señales de ánimo bajo, irritabilidad constante, cambios de sueño, o cualquier comentario sobre no querer estar.

En consulta lo primero es distinguir de qué se trata: déficit de habilidades, ansiedad social, impulsividad, o un problema de ánimo que se está expresando como aislamiento. Cada uno tiene su tratamiento, y el entrenamiento en habilidades sociales, cuando corresponde, se hace con el formato que describe este artículo: ensayo, retroalimentación y tareas en la vida real, no conversación sobre lo que debería hacer. Si quieres ubicar el problema dentro del mapa más amplio de la adolescencia, la guía sobre trastornos psicológicos en la adolescencia ayuda a ordenar.

Preguntas frecuentes sobre habilidades sociales en adolescentes

¿Cuáles son las habilidades sociales más importantes en la adolescencia?

Las que más se exigen a esa edad son las que Goldstein agrupa como alternativas a la agresión y manejo del estrés: negociar, defender los propios derechos sin agredir, responder a las burlas, manejar la presión del grupo, aceptar un fracaso y prepararse para una conversación difícil. Las básicas (escuchar, iniciar una conversación) siguen importando, pero suelen estar más resueltas.

¿La falta de habilidades sociales en un adolescente se puede corregir?

Sí. Las habilidades sociales se aprenden, y los programas estructurados que combinan explicación con práctica repetida mejoran las habilidades con un efecto pequeño a moderado en niños y adolescentes sin diagnóstico. Lo que importa es el formato: ver cómo se hace, ensayarlo, recibir comentarios y repetirlo en situaciones reales. Sin práctica fuera de la sesión, lo aprendido rara vez se mantiene.

¿Cómo sé si es timidez, ansiedad social o falta de habilidades?

La pista es el contexto. Si tu hijo o hija se relaciona bien con personas de confianza y se bloquea con desconocidos o en situaciones de evaluación, probablemente es ansiedad social: sabe qué hacer, pero el miedo lo frena. Si le cuesta en todos los contextos y desde siempre, es más probable un déficit de habilidades. Un psicólogo puede distinguirlo en una o dos sesiones.

¿Un adolescente con TDAH mejora con entrenamiento en habilidades sociales?

Poco, si se hace solo. Los adolescentes con TDAH tienen déficits grandes en habilidades sociales cotidianas, pero la revisión Cochrane no encontró un efecto clínicamente relevante del entrenamiento sobre las habilidades valoradas por el profesor. En TDAH el trabajo va primero por el control de impulsos y el tratamiento del cuadro; las habilidades se entrenan después o en paralelo.

¿Qué puedo hacer como padre o madre si mi hijo adolescente no tiene amigos?

Evita el sermón y busca contextos concretos donde pueda practicar con pares (talleres, deportes, actividades estructuradas), prepara con él o ella situaciones puntuales antes de que ocurran y nombra cada avance en el momento. Cuida además el clima en la casa: las interacciones negativas con los padres pesan en cómo la falta de habilidades afecta el ánimo. Si lleva meses solo y le duele, consulta.

¿Los talleres de habilidades sociales del colegio sirven?

Sirven cuando están bien implementados. Los programas escolares de aprendizaje socioemocional mejoran habilidades, conducta y rendimiento, y los beneficios se mantienen en el seguimiento, pero el resultado depende de la calidad de la aplicación: secuenciados, activos, focalizados y explícitos. Un taller de dos charlas no es lo mismo que un programa de práctica semanal.

Lo que conviene recordar

Las habilidades sociales en adolescentes son conductas concretas, se pueden listar (las 50 de Goldstein en seis grupos) y se pueden enseñar con un formato que lleva décadas de estudio. El error más común es confundir un déficit con ansiedad, o pedirle a un adolescente que “sea más sociable” sin decirle qué hacer. El segundo error es enseñar la habilidad y no acompañar su uso afuera, que es donde se decide si se queda.

Si tu hijo o hija lleva tiempo aislado, si los conflictos se le acumulan o si no logras saber si es timidez o algo más, una evaluación aclara de qué se trata y por dónde empezar. Puedes agendar una consulta y lo vemos juntos.

¿Te gustaría conversarlo con alguien?

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Referencias

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Blakemore, S. J., & Mills, K. L. (2014). Is adolescence a sensitive period for sociocultural processing? Annual Review of Psychology, 65, 187-207. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-010213-115202

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Sobre el autor

Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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