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  • Mi Hijo Sufre Bullying y el Colegio No Hace Nada: Qué Hacer en Chile

    Mi Hijo Sufre Bullying y el Colegio No Hace Nada: Qué Hacer en Chile

    Ya hablaste con la profesora. Quizás también con el inspector o con la encargada de convivencia. Te dijeron que lo iban a ver, que son cosas de niños, que tu hijo tiene que aprender a defenderse. Y las semanas pasan, tu hijo sigue llegando callado, con dolor de estómago los domingos en la noche, y nadie del colegio te ha vuelto a llamar. Si estás buscando mi hijo sufre bullying y el colegio no hace nada, probablemente ya agotaste la paciencia y la vía amable.

    Esta guía te da lo que falta en casi todas las páginas que hablan del tema: la ruta exacta que fija la ley chilena (con sus plazos), cómo escalar cuando el colegio no cumple, dónde denunciar, y qué hacer en casa mientras tanto, con lo que la investigación dice que de verdad protege a un niño acosado. Es larga a propósito. Puedes leerla de corrido o ir directo al paso en el que estás.

    Respuesta corta: mi hijo sufre bullying y el colegio no hace nada, ¿qué hago?

    En Chile el colegio está obligado por ley a activar su protocolo contra el acoso escolar en cuanto toma conocimiento, a proteger al estudiante afectado desde ese momento y a terminar la investigación en un máximo de dos meses. Si no lo hace, el camino es: dejar todo por escrito, exigir el protocolo y sus plazos, escalar al director y al sostenedor, y denunciar en la Superintendencia de Educación (atencionsie.supereduc.cl o 600 3600 390). Si hay lesiones, amenazas o difusión de imágenes, además se denuncia a Carabineros, PDI o Fiscalía. Mientras tanto, lo que más protege a tu hijo es que le creas, que no lo hagas responsable, y que la casa sea un lugar cálido y previsible.

    Qué está obligado a hacer el colegio (y en qué plazo)

    Desde el 1 de julio de 2026 rige la Ley 21.809 de Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas, que reescribió las reglas sobre acoso escolar de la Ley General de Educación. Vale la pena saber qué dice, porque cambia la conversación con el colegio: dejas de pedir un favor y pasas a exigir un deber legal.

    Y no estás ante algo raro que el colegio pueda tratar como excepción. Un metaanálisis de 116 estudios con más de 600.000 participantes estima que uno de cada cuatro niños y adolescentes en el mundo es víctima de acoso escolar (Ariani, Putri, Firdausi y Aini, 2025). En Chile, la última medición comparable publicada, con datos de 2004, encontró que el 47 % de los estudiantes de 7.º básico a 1.º medio había sido acosado en el último mes (Fleming y Jacobsen, 2009). Es un problema de todos los colegios, y por eso la ley les exige a todos un protocolo.

    Lo que la ley obliga a todo colegio, en lenguaje llano:

    • Activar el protocolo de acoso escolar «oportunamente» y respetando los plazos que el propio reglamento interno fija (artículo 16 B). Ese reglamento tiene que existir, tener protocolo, y decir plazos.
    • Proteger al estudiante afectado desde el primer día. Las medidas de protección «se determinarán desde el momento en que el establecimiento tome conocimiento de los hechos», y pueden incluir separar de sala al denunciante y al denunciado, o suspender al agresor hasta quince días hábiles cuando no haya otra forma de resguardar a la víctima (artículo 16 E, letra j).
    • Investigar en un máximo de dos meses. Para estudiantes, «el plazo máximo de investigación será de dos meses», con derecho de las familias a ser oídas y a presentar antecedentes (artículo 16 E, letra g).
    • Ofrecer apoyo psicosocial y reparación a la persona afectada, no solo sancionar al que agrede (artículo 16 E, letra g).
    • Tener un canal seguro y confidencial para recibir denuncias con reserva de identidad (artículo 16 E, letra e).
    • Reportar. Todo el personal y los adultos de la comunidad escolar tienen el deber de informar al equipo directivo cualquier hecho que pueda ser acoso (artículo 16 E, letra f). Un profesor que «lo vio pero no era su curso» no tiene esa excusa.
    • Entregarte el reglamento y el protocolo al matricular, impreso o digital, con constancia de que lo recibiste, y tenerlo publicado en su sitio web (artículo 16 G).
    • Tener un equipo de convivencia liderado por una persona a cargo de la coordinación de convivencia educativa, profesional de la educación o del área psicosocial, con jornada completa (artículo 15).

    Y una definición que conviene tener a mano, porque muchos colegios siguen tratando el aislamiento como si no fuera acoso. La ley define acoso escolar como «toda acción u omisión constitutiva de agresión u hostigamiento reiterado, realizada dentro o fuera del establecimiento educacional por estudiantes que, en forma individual o colectiva, atenten en contra de otra u otro estudiante», y pone como ejemplo expreso «el aislamiento injustificado de una o un estudiante» y «el ignorar deliberadamente a una o un estudiante de forma colectiva», por medios tecnológicos o por cualquier otro medio (artículo 16 B). Excluir a tu hija de todos los grupos de WhatsApp del curso es acoso escolar según la ley chilena. Que nadie te diga lo contrario.

    Si quieres entender mejor qué distingue el bullying de una pelea puntual, en qué es el bullying están las tres marcas clásicas: intención de dañar, repetición y desequilibrio de poder.

    Cuando el colegio dice que «ya lo vio»: las respuestas que en realidad significan que no hizo nada

    Casi ningún colegio te va a decir «no vamos a hacer nada». Lo que escuchas son frases que suenan a respuesta y no lo son. Barbara Coloroso (2008), en su libro sobre el acosador, el acosado y el testigo, describe el caso de una madre a la que la profesora le propuso que su hijo Howard dejara de usar su apodo para que los compañeros dejaran de burlarse. La madre respondió: ¿para que le digan Howard el Cobarde? Coloroso lo resume así: no es raro que la situación se vea como un problema que el niño acosado tiene que resolver solo, y que los adultos sientan poca empatía por él (p. 183). Estas son las versiones chilenas de esa misma respuesta:

    Lo que te dicenLo que significaLo que corresponde
    «Son cosas de niños, a esa edad son así»Ven el acoso como algo normal y no van a intervenirRecordar que la ley lo define como acoso y exigir el protocolo por escrito
    «Tu hijo también tiene lo suyo» / «es muy sensible»Le trasladan la responsabilidad a la víctimaPedir que la investigación mire la conducta de los agresores, no el carácter del agredido
    «Que no les haga caso, que se aleje de ellos»Le piden al niño que resuelva solo lo que los adultos no resuelvenExigir medidas de protección concretas (artículo 16 E, letra j)
    «Ya hablamos con los niños»Una conversación no es un protocoloPreguntar en qué etapa del protocolo están y qué plazo tiene
    «No podemos hacer nada si no lo vimos»Confunden prueba con obligación de investigarEl deber de investigar nace con la denuncia, no con el testigo

    La investigación respalda esta desconfianza. En un estudio con 34 profesores de segundo y cuarto básico y 363 alumnos, los profesores que veían el bullying como algo normal eran menos propensos a intervenir, y la forma en que intervenían cambiaba lo que pasaba después en la sala (Kochenderfer-Ladd y Pelletier, 2008). Zych, Farrington, Llorent y Ttofi (2017) resumen ese y otros estudios, en su síntesis de los factores que protegen del acoso, en una línea que conviene recordar: separar a los estudiantes involucrados se asoció a menos victimización, castigar al agresor no cambió el nivel de victimización, y aconsejarle a la víctima que evite al agresor se asoció a más victimización, no a menos (p. 46).

    O sea que el consejo más común que reciben los niños («ignóralo, aléjate») es justo el que la evidencia muestra que no funciona. Coloroso (2008) es igual de clara del lado del niño: la pasividad invita a más agresión, pero devolver la agresión tampoco sirve; lo que ayuda es la respuesta asertiva, con adultos que respalden (pp. 140-142).

    Paso 1: documenta todo, desde hoy

    Antes de escalar necesitas un registro. No porque te vayan a pedir «pruebas» para investigar (la obligación del colegio nace con tu denuncia), sino porque la Superintendencia, un tribunal o el propio director van a responder distinto frente a una carpeta ordenada que frente a un relato.

    Lo que va en el registro:

    • Cada episodio con fecha, hora, lugar y quiénes estaban. Con las palabras de tu hijo, sin editar. Si dice «me tiraron la mochila al baño el martes en el recreo largo», eso es lo que se anota.
    • Capturas de pantalla de mensajes, grupos, publicaciones. Con fecha visible. Si hay ciberacoso, en ciberbullying: qué hacer paso a paso está el detalle de cómo guardar pruebas digitales sin que se pierdan.
    • Certificados médicos si hubo golpes, y el registro de consultas al pediatra por dolores de estómago, de cabeza o problemas de sueño. Un metaanálisis de 30 estudios encontró que los niños acosados tienen más del doble de riesgo de problemas psicosomáticos que los no acosados (Gini y Pozzoli, 2013). Esos síntomas son parte del daño, y el pediatra puede dejarlos escritos.
    • Copia de cada comunicación con el colegio. Correos, mensajes por la agenda, la libreta. Si una reunión fue verbal, esa misma tarde manda un correo resumiendo lo que se dijo y lo que se acordó: «Según conversamos hoy con la profesora jefe, el colegio se comprometió a…». Ese correo convierte una conversación en un documento.
    • Las faltas al colegio por miedo o malestar, con fecha. Faltar por sentirse inseguro es una señal medida: en la encuesta nacional de escolares de Estados Unidos, haber sido acosado se asoció a faltar a clases por miedo (Steiner y Rasberry, 2015).

    Un dato que ayuda a tomarse en serio lo que tu hijo contó. Entre 1.266 escolares finlandeses identificados como víctimas, solo el 55 % le había contado a alguien, el 34 % a un adulto de la casa y apenas el 21 % a un profesor (Blomqvist, Saarento-Zaprudin y Salmivalli, 2020). Si tu hijo te lo dijo, ya hizo lo más difícil. Si todavía no te lo ha dicho y solo sospechas, en cómo saber si mi hijo sufre bullying hay una lista de señales por edad.

    Paso 2: exige el protocolo por escrito y actívalo formalmente

    La mayoría de los padres «avisa» al colegio. Lo que hay que hacer es denunciar formalmente, que es otra cosa. La ley dice que las inquietudes se canalizan «por los conductos formales» y que los conflictos y vulneraciones «deberán ser comunicados al establecimiento de conformidad con lo dispuesto en su reglamento interno» (artículo 16 A). Eso te obliga a ti, pero también los obliga a ellos: una denuncia formal dispara el protocolo y sus plazos.

    Cómo hacerlo bien:

    1. Pide el reglamento interno y el protocolo de acoso escolar. Debieron entregártelo al matricular (artículo 16 G) y tiene que estar en el sitio web del colegio. Si no lo encuentras, pídelo por correo; que no lo tengan o no te lo entreguen ya es una falta que se puede denunciar.
    2. Lee el protocolo antes de la reunión. Busca tres cosas: quién recibe las denuncias, qué plazos fija para cada etapa, y qué medidas de protección contempla. Coloroso (2008) recomienda pedir siempre una copia de la política antiacoso del colegio y revisar que diga cómo se denuncia, cómo se investiga y qué pasa con los involucrados (pp. 176-178, 181). En Chile, además, la ley obliga a que todo eso esté escrito.
    3. Presenta la denuncia por escrito, dirigida al coordinador o encargado de convivencia y al director, con copia a la profesora jefe. Que diga: los hechos (del registro del paso 1), que se trata de acoso escolar según el artículo 16 B, que solicitas la activación del protocolo, qué medidas de protección inmediatas pides para tu hijo (artículo 16 E, letra j), y que pides respuesta escrita con los plazos de cada etapa. Pide que te confirmen la recepción con fecha.
    4. Pide una reunión con acta. Que quede escrito quién estuvo, qué se acordó y para cuándo. Coloroso (2008) cuenta el caso de Sophie, de doce años, cuya profesora le dijo que «así se comportan las niñas de esa edad» y empezó a listar lo que Sophie hacía para provocar las burlas; la madre no se quedó en esa reunión, escaló al director, y el director aplicó medidas con las agresoras y mandó a la profesora a capacitarse (pp. 183-184). La lección es simple: si la persona que te atiende minimiza, la reunión siguiente es con su superior.
    5. Anota el día en que vence el plazo. El del protocolo para la primera respuesta, y el legal de dos meses para cerrar la investigación. Si el protocolo no fija plazos, dilo en tu denuncia y pide que fijen uno por escrito.

    Una precisión sobre qué pedir. No pidas «que castiguen» al otro niño. Pide protección para el tuyo y que se aplique el protocolo. La ley exige que las sanciones sean proporcionales y que la expulsión sea excepcional (artículo 16 E, letra i), y la evidencia coincide: en los programas escolares que funcionan, los componentes que se asocian a mayores reducciones del acoso son el enfoque de colegio completo, una política antiacoso escrita, reglas de aula, información a los padres, trabajo con las víctimas y el involucramiento informal de los propios compañeros. Eso encontró un análisis de 82 programas antiacoso (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2021). Bien aplicados, esos programas reducen la perpetración en torno a un 19-20 % y la victimización un 15-16 %, según el metaanálisis previo del mismo equipo (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2019): ayudan, y también dejan claro que ningún programa protege solo a tu hijo. Olweus, el investigador que fundó este campo, insistía en sanciones «no hostiles y no físicas», aplicadas con consistencia y acompañadas de límites firmes y de adultos que actúan con autoridad sin autoritarismo (Olweus, 1993, citado en Coloroso, 2008, pp. 176 y 186).

    Paso 3: si no responden a tiempo, escala (dentro y fuera del colegio)

    Aquí es donde la mayoría de las familias se atasca: mandaron la carta, tuvieron la reunión, y otra vez silencio. Este es el orden.

    3a. Dentro del colegio: director y sostenedor

    Si la coordinación de convivencia no responde en el plazo del protocolo, el siguiente es el director, por escrito, adjuntando la denuncia original y señalando que el plazo venció. Si el director tampoco responde, el sostenedor (la corporación, la fundación, el Servicio Local de Educación Pública o la municipalidad, según el colegio). La ley pone al sostenedor el deber de «promover y fomentar un proceso educativo libre de violencia, acoso y discriminación» (artículo 16 A). Un correo al sostenedor con la cronología de lo que hiciste y de lo que el colegio no hizo suele mover cosas que la coordinación no movió.

    3b. Cómo denunciar el bullying en la Superintendencia de Educación

    Si el colegio no activó el protocolo, no adoptó medidas de protección o dejó pasar los dos meses, corresponde denunciar el bullying en la Superintendencia de Educación, que es el organismo que fiscaliza que los colegios cumplan la normativa educacional. El maltrato escolar está entre las materias que recibe expresamente, según Ayuda Mineduc. Tres canales:

    • En línea, en atencionsie.supereduc.cl, completando el formulario con tus datos de contacto.
    • Por teléfono, al 600 3600 390.
    • Presencial, en las oficinas regionales de atención de denuncias.

    Qué adjuntar: tu denuncia escrita al colegio con la fecha de recepción, las actas o correos de las reuniones, el registro de hechos, los certificados médicos y la constancia de que los plazos vencieron sin respuesta. La Superintendencia va a mirar, sobre todo, si el colegio hizo lo que su propio reglamento y la ley le exigen. Por eso el paso 2 importa tanto: sin denuncia formal previa, lo que se fiscaliza queda cojo.

    La Defensoría de la Niñez orienta sobre qué se puede denunciar ante la Superintendencia y puede ser un apoyo cuando sientes que la vulneración de derechos es más amplia que el episodio puntual.

    3c. Cuando además es un delito

    Hay conductas que, además de acoso escolar, son delitos: golpes que dejan lesiones, amenazas, robo, difusión de imágenes íntimas, hostigamiento sexual. Ahí el protocolo del colegio no basta. Según la Fiscalía de Chile, si los hechos son delitos cometidos por personas mayores de 14 años, la Fiscalía se hace cargo y entrega protección; si quienes los cometen tienen menos de 14, se hace cargo el Tribunal de Familia, donde un juez revisa lo ocurrido y adopta medidas. La denuncia se hace en Carabineros, PDI o directamente en la Fiscalía; su fono de orientación es el 600 333 0000. ChileAtiende explica los requisitos.

    Un matiz importante: denunciar un delito y denunciar al colegio no son excluyentes ni se estorban. Una cosa persigue al que agredió; la otra, al establecimiento que no protegió. Puedes y a veces debes hacer las dos.

    Mientras tanto, en casa: cómo ayudar a tu hijo que sufre bullying

    El proceso con el colegio puede tardar semanas. Tu hijo sigue yendo a clases mañana. Y aquí la investigación tiene algo bueno que decir: lo que pasa en la casa modifica de forma medible cuánto daño deja el acoso.

    El estudio más elegante sobre esto siguió a 1.116 pares de gemelos. Cuando ambos gemelos habían sido acosados y uno recibía más calidez de la madre que el otro, el que recibía más calidez tenía menos problemas de conducta; como comparten genética, el efecto solo puede ser del ambiente (Bowes, Maughan, Caspi, Moffitt y Arseneault, 2010). En otro seguimiento de 3.136 adolescentes, los acosados que salieron mejor de lo esperado tenían más autoestima, poco conflicto con los padres y no eran hostigados por sus hermanos (Sapouna y Wolke, 2013). Y en una muestra de 317.869 adolescentes de 83 países, que los padres entendieran sus problemas y pasaran tiempo libre con ellos se asoció a menos probabilidad de ser acosado (Biswas et al., 2020).

    Un matiz, para no vender más de lo que hay. La calidez no lo arregla todo: en 11.844 niños seguidos dos años, la calidez de los padres redujo los síntomas depresivos en general, pero no amortiguó de forma clara el efecto específico del acoso (Martínez et al., 2024). Y en 1.007 adolescentes chinos, el apoyo materno protegía hasta cierto punto, con un efecto que dejaba de crecer cuando el apoyo pasaba a ser excesivo (Wu, Li, Liu, Tian y Ding, 2025). La casa protege; no reemplaza que el colegio haga su trabajo.

    Con eso claro, esto es lo que ayuda:

    • Créele y dilo con esas palabras. Coloroso (2008) insiste en que para sanar el niño «debe poder contar su historia y ser creído, que se reconozca su dolor y pueda expresar su rabia» (p. 153). Minimizar («ya va a pasar, no le des importancia») hace que entierre el dolor, y ahí se queda (p. 153).
    • No lo hagas responsable. Nada de «¿y tú qué hiciste?» como primera pregunta. Coloroso (2008) señala que los niños que se culpan de ser acosados tienden a sucumbir más a las tácticas del agresor y a deprimirse (p. 139). Primero el dolor, después los hechos.
    • No le enseñes a devolver la burla. Las frases hirientes de vuelta («el que lo dice lo es») agitan más al agresor y convierten a tu hijo en uno (Coloroso, 2008, pp. 140-141); la pasividad, por su parte, invita a más agresión (p. 141). Lo que sí sirve son respuestas asertivas, cortas, que le permitan retirarse con dignidad, y saber cuándo pedir ayuda a un adulto o irse (pp. 142-143).
    • Cuida los ritmos de la casa. Sueño, comidas, un rato de juego o de algo que le guste sin pantallas. Que haya un lugar en el día donde no sea «el niño del problema».
    • Fortalece su red fuera del curso. Un primo, un taller, un deporte, un grupo scout. Coloroso (2008) le dedica páginas enteras a esto: tener amigos y saber entrar a un grupo amortigua el acoso y ayuda a recuperarse de él (pp. 144-148).
    • Mantén el contacto con el colegio aunque no respondan. Cada semana, un correo corto: cómo está tu hijo, qué pasó, qué falta. Es registro y es presión.

    Si te preguntas si todo esto tiene evidencia más allá de las cohortes, la tiene. Un ensayo aleatorizado con 111 familias de niños de 6 a 12 años con acoso crónico probó un programa que combinaba crianza facilitadora con habilidades sociales y emocionales para el niño: redujo la victimización observada por los profesores (d = 0,56), los síntomas depresivos (d = 0,56) y aumentó cuánto le gustaba el colegio al niño (d = 0,65) frente al grupo de control (Healy y Sanders, 2014). Y un metaanálisis de programas para padres encontró un efecto global significativo sobre la reducción del bullying, con menos perpetración y menos victimización (Chen, Zhu y Chui, 2021). Trabajar con la familia funciona, y el propio artículo del ensayo lo dice: refuerza el trabajo del colegio, no lo reemplaza.

    Para el detalle de cómo se trabaja con la familia en terapia, en intervención con los padres de un niño con bullying está el protocolo clínico completo.

    ¿Debo cambiarlo de colegio?

    Es la pregunta que más pesa y la que menos evidencia directa tiene: no existen ensayos que comparen cambiar de colegio con quedarse. Lo que hay son pistas para decidir con la cabeza fría.

    Primera pista. Healy, Thomas, Sanders y Scott (2022) revisaron por qué algunos niños siguen siendo acosados incluso después de que su colegio aplica un programa antiacoso, y encontraron tres factores de riesgo: rechazo de los pares, problemas internalizantes y peor calidad de la relación padres-hijo. Los tres viajan con el niño al colegio nuevo. Si el cambio no va acompañado de trabajo sobre esos tres frentes, el riesgo de que el problema se repita existe. Los mismos autores señalan algo incómodo: los programas de colegio completo pueden dejar peor a los estudiantes que siguen siendo victimizados después de aplicarlos, quizá porque los hacen más visibles. Es un argumento para no confiar solo en «el colegio ya tiene programa».

    Segunda pista. Hay situaciones en que el cambio es lo correcto y no hay que darle más vueltas: cuando hay riesgo físico real y el colegio no protege; cuando tu hijo dejó de ir por miedo y el colegio lo trata como un problema de asistencia; cuando ya escalaste y la respuesta institucional es hostil contigo. En esos casos, cambiar de colegio no es rendirse. Es protegerlo mientras la denuncia a la Superintendencia sigue su curso, porque una cosa no quita la otra.

    Tercera pista. Si decides cambiarlo, hazlo con él, no por él. Que sepa por qué, que participe en elegir, y que el colegio nuevo reciba de ti la información justa (que hubo acoso, qué necesita) sin que tu hijo llegue con la etiqueta de «víctima» colgada. Si el rechazo a ir al colegio ya se instaló, en rechazo escolar: mi hijo no quiere ir al colegio está cómo se aborda.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Mientras peleas con el colegio, hay que mirar a tu hijo. El acoso no es una experiencia neutra que se olvida al cambiar de curso.

    Los datos son consistentes. Un metaanálisis de 165 estudios encontró que la evidencia más fuerte de causalidad va del acoso a la depresión, la ansiedad, la peor salud general y la ideación y conducta suicida (Moore et al., 2017). En 11.108 gemelos británicos, la exposición al acoso a los 11 años contribuyó causalmente a la ansiedad, con un efecto que persistía dos años después aunque ya no a los cinco (Singham et al., 2017). En 1.363 niños de Quebec, quienes vivieron acoso crónico y severo entre los 6 y los 13 años tenían a los 15 años más del doble de riesgo de depresión incapacitante y más del triple de suicidalidad que los de baja exposición (Geoffroy et al., 2018). Y en niños pequeños, de 6 a 11 años, en siete países europeos, el 17 % de las víctimas reportaba ideación suicida, frente al 13 % de los no involucrados (Husky et al., 2022). A esa edad. Por eso «ya va a pasar» no es una opción.

    Hay que decir también lo contrario, porque es verdad y da esperanza. Cuando se controlan las vulnerabilidades previas con diseños de gemelos y emparejamiento, el efecto propio del acoso sobre los síntomas es pequeño y tiende a diluirse a largo plazo, lo que los autores leen como capacidad de resiliencia (Schoeler, Duncan, Cecil, Ploubidis y Pingault, 2018). La mayoría de los niños acosados se recupera. Los que quedan marcados son, sobre todo, los que vivieron acoso frecuente y prolongado sin que nadie interviniera: en la cohorte británica de 1958, quienes fueron acosados con frecuencia a los 7 y 11 años tenían a los 45-50 casi el doble de riesgo de depresión y más del doble de suicidalidad (Takizawa, Maughan y Arseneault, 2014). Actuar ahora es lo que separa un mal año de una marca de décadas, como concluye la revisión anual de Arseneault sobre el impacto persistente del acoso (Arseneault, 2018). Si te interesa qué queda en el adulto, en secuelas del bullying en la vida adulta está el detalle.

    Señales para consultar a un psicólogo infantil sin esperar a que el colegio resuelva:

    • Cambios de ánimo que duran más de dos semanas: tristeza, irritabilidad, llanto fácil, o lo contrario, que ya no reacciona a nada.
    • Dejó de querer ir al colegio o falta con dolores que el pediatra no explica.
    • Duerme mal, tiene pesadillas, volvió a mojar la cama o a dormir contigo.
    • Dice cosas como «ojalá no existiera», «todos estarían mejor sin mí», o habla de la muerte. Esto se atiende hoy, no la próxima semana. En cómo ayudar a alguien con ideas suicidas está qué hacer en las primeras horas.
    • Se aisló también de los amigos que sí tenía, o dejó lo que antes le gustaba.
    • Empezó a agredir a hermanos o a ti, o a hacerse daño.

    Lo que un psicólogo puede ofrecer tiene respaldo. La terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma, adaptada al acoso, muestra en metaanálisis mejoras grandes en síntomas postraumáticos y moderadas en depresión y ansiedad en niños y adolescentes (Thielemann, Kasparik, König, Unterhitzenberger y Rosner, 2022), aunque la mayoría de esos estudios incluye distintos tipos de trauma y no solo víctimas de acoso. El detalle del tratamiento está en tratamiento psicológico para víctimas de bullying, y si lo que predomina es la ansiedad, en ansiedad en niños: síntomas y qué hacer.

    En Chile, si necesitas orientación inmediata, Salud Responde atiende al 600 360 7777. Para una visión general en español, MedlinePlus tiene una página sobre acoso escolar.

    Preguntas frecuentes sobre qué hacer si mi hijo sufre bullying en el colegio

    ¿Cuánto tiempo tiene el colegio para responder a una denuncia de bullying?

    La ley obliga a activar el protocolo «oportunamente» y según los plazos del propio reglamento interno del colegio, y fija un máximo de dos meses para cerrar la investigación cuando los involucrados son estudiantes (artículo 16 E). Las medidas de protección para tu hijo no esperan la investigación: deben adoptarse desde que el colegio toma conocimiento.

    ¿Puedo denunciar en la Superintendencia de Educación sin haber denunciado antes en el colegio?

    Puedes, pero conviene hacerlo después. La Superintendencia fiscaliza si el colegio cumplió su reglamento y la ley, así que necesita ver que el colegio supo y no actuó. Denuncia primero por escrito en el colegio, guarda la constancia, y si no responden en plazo, recurre a atencionsie.supereduc.cl o al 600 3600 390 con toda la documentación.

    ¿Qué se considera acoso escolar según la ley chilena?

    El artículo 16 B de la Ley General de Educación lo define como toda acción u omisión de agresión u hostigamiento reiterado, dentro o fuera del colegio, por uno o varios estudiantes contra otro, que le provoque maltrato, humillación o temor fundado, o un clima escolar hostil. Incluye expresamente el aislamiento injustificado y el ignorar deliberadamente a un estudiante de forma colectiva, por cualquier medio, incluido el digital.

    ¿El colegio puede suspender o expulsar al niño que acosa a mi hijo?

    Puede suspenderlo como medida de protección hasta quince días hábiles, solo cuando no haya otra forma de resguardar al afectado, y puede volver a hacerlo si reincide durante la investigación. La expulsión y la cancelación de matrícula son excepcionales por ley, y siempre deben preferirse medidas formativas. Pedir protección para tu hijo es más eficaz que pedir castigo para el otro.

    ¿Qué hago si mi hijo no quiere ir al colegio por el bullying?

    Tómalo como una señal de gravedad, no como una falta de asistencia. Anota cada día que falta y por qué, avisa al colegio por escrito que la inasistencia se debe al acoso no resuelto, pide medidas de protección inmediatas, y consulta a un psicólogo infantil. Faltar por miedo es una consecuencia medida del acoso y suele anticipar rechazo escolar más difícil de revertir.

    ¿Sirve hablar directamente con los padres del niño que acosa?

    A veces sí, si ya se conocen y hay buena relación, pero hazlo después de la denuncia formal y nunca como reemplazo de ella. Involucrar a más adultos alrededor del problema se asocia a menos acoso, según la síntesis de Zych et al. (2017), pero una conversación entre padres sin el colegio de por medio puede terminar en acusaciones cruzadas y sin nadie que proteja al niño. Si vas a hacerlo, que sea con el colegio presente.

    Lo que no puedes delegar

    El colegio tiene obligaciones legales claras y plazos. Tu trabajo es hacérselas cumplir con registro, por escrito y escalando sin miedo cuando no responden: coordinación de convivencia, director, sostenedor, Superintendencia de Educación. Si hay delito, Carabineros, PDI o Fiscalía. Ninguna de esas puertas es «exagerar».

    Lo que ningún trámite hace por ti es lo de la casa: que tu hijo sepa que le crees, que no es culpa suya, que hay adultos que no se van a rendir, y que el mundo tiene más gente que la de su curso. Eso, la evidencia lo muestra con claridad, es lo que decide cuánto daño deja el acoso y cuánto se repara.

    Si notas que tu hijo cambió, que está más callado, que no quiere ir, que duerme mal, o simplemente si tú ya no puedes más con esto, podemos ayudar. Un psicólogo infantil puede evaluar cómo está, trabajar con él las habilidades que lo protegen y acompañarte a ti en el proceso con el colegio. Agenda una consulta y lo vemos juntos.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Ariani, T. A., Putri, A. R., Firdausi, F. A., & Aini, N. (2025). Global prevalence and psychological impact of bullying among children and adolescents: A meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 385, 119446. https://doi.org/10.1016/j.jad.2025.119446

    Arseneault, L. (2018). Annual Research Review: The persistent and pervasive impact of being bullied in childhood and adolescence: Implications for policy and practice. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 59(4), 405-421. https://doi.org/10.1111/jcpp.12841

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Ciberbullying: Qué Hacer Paso a Paso (y Qué Dice la Ley en Chile)

    Ciberbullying: Qué Hacer Paso a Paso (y Qué Dice la Ley en Chile)

    Si llegaste aquí buscando ciberbullying qué hacer, probablemente ya viste algo: un grupo de WhatsApp donde se ríen de tu hijo, una cuenta falsa con su nombre, una foto que circula, mensajes que le llegan a cualquier hora. Y probablemente también sentiste el impulso de hacer dos cosas a la vez: escribirle al agresor y quitarle el celular a tu hijo. Las dos empeoran el problema. Esta guía te dice, en orden, qué hacer en las primeras horas, cómo guardar las pruebas para que sirvan, qué te debe el colegio según la ley chilena vigente desde julio de 2026, cuándo el ciberacoso es delito y dónde se denuncia, y cómo cuidar la salud mental de tu hijo mientras tanto.

    Todo lo que sigue tiene respaldo: metaanálisis sobre qué pasa con los niños y adolescentes que sufren ciberacoso, estudios sobre qué estrategias frenan de verdad la agresión, los artículos exactos de la Ley 21.809 y del Código Penal, y datos chilenos recientes. Donde la evidencia es débil, lo digo.

    Ciberbullying qué hacer: la respuesta corta

    Ante el ciberbullying, el orden importa: escucha sin castigar (y prométele a tu hijo que no le vas a quitar el celular por contarte), guarda las pruebas antes de bloquear a nadie (capturas con fecha, hora, nombre de usuario y enlace), no respondas ni dejes que él responda, bloquea y reporta en la plataforma, y presenta una denuncia por escrito en el colegio, que por ley debe activar un protocolo con plazos. Si hay amenazas, difusión de fotos íntimas, extorsión o suplantación, denuncia además a la PDI, a Carabineros o a la Fiscalía. Y si aparecen señales de depresión o ideas de muerte, consulta a un profesional esa misma semana, porque el riesgo es real y está medido.

    ¿Qué es el ciberbullying y en qué se diferencia del bullying de patio?

    El ciberbullying (o ciberacoso) es el acoso escolar que se ejerce por medios digitales: mensajes, redes sociales, videojuegos en línea, grupos de chat, cuentas falsas, difusión de fotos o videos. Sigue siendo bullying, con sus tres marcas: intención de dañar, repetición y desequilibrio de poder entre quien agrede y quien recibe; de hecho, un estudio con 893 escolares españoles mostró que las mismas variables que predicen el bullying presencial predicen también el ciberbullying, sumadas a las propias del entorno virtual (Casas, Del Rey y Ortega-Ruiz, 2013, a partir de la definición clásica de Olweus). En Chile la definición legal lo incluye desde 2011: la Ley 20.536 definió el acoso escolar como el hostigamiento reiterado que provoca “maltrato, humillación o fundado temor”, “ya sea por medios tecnológicos o cualquier otro medio”. La Ley 21.809, publicada el 1 de abril de 2026 y en vigor desde el 1 de julio de 2026, reescribió ese artículo y mantuvo la frase: acoso escolar es también el que se hace “por medios tecnológicos”, dentro o fuera del establecimiento.

    Lo que cambia respecto del bullying de patio es la forma, y esa forma pesa. Coloroso (2008) recoge cuatro razones por las que el daño puede ser mayor: las comunicaciones en línea pueden ser extremadamente crueles; no hay escapatoria, porque la victimización es continua, las 24 horas; el material puede distribuirse por todo el mundo y a menudo no se puede recuperar; y quien acosa puede ser anónimo y reclutar a desconocidos. A eso se suma algo que los padres suelen subestimar: el niño acosado por internet no descansa al llegar a la casa. El celular que tiene en la mano es el lugar donde lo acosan.

    Otra diferencia práctica: casi nunca viene solo. Un metaanálisis de 42 estudios con 266.888 niños y adolescentes encontró que alrededor de un tercio de las víctimas de bullying presencial también sufría ciberacoso, y que solo un tercio de las cibervíctimas estaba libre de acoso presencial (Li, Wang, Martin-Moratinos, Bella-Fernández y Blasco-Fontecilla, 2024). Otro metaanálisis de 80 estudios llegó a lo mismo desde el otro lado: el bullying presencial es el doble de frecuente que el ciber, y los dos van muy correlacionados (Modecki, Minchin, Harbaugh, Guerra y Runions, 2014). En la práctica, si tu hijo está siendo acosado en un grupo de WhatsApp del curso, lo más probable es que también lo esté en la sala. Pregunta por las dos cosas.

    ¿Qué tan común es el ciberbullying y qué consecuencias tiene?

    En el metaanálisis de Li et al. (2024), la tasa promedio de cibervictimización fue de 11,1 % (frente a 24,3 % de victimización presencial). En Chile no hay una cifra nacional equivalente para escolares, pero el SIMCE 2024 aporta una pista desde la mirada de los profesores: en II medio, un 53 % de los docentes declara observar estudiantes que molestan a sus compañeros por redes sociales, y un 34 % amenazas a través de plataformas digitales, según la Radiografía de la Convivencia Escolar 2025 de Acción Educar, elaborada con datos de la Agencia de Calidad de la Educación.

    Por qué importa: el ciberacoso no es “cosa de adolescentes que se pasan de la raya”. Es uno de los factores de riesgo mejor documentados para depresión y conducta suicida en esta edad.

    • Una revisión sistemática con 156.384 menores de 25 años calculó que las víctimas de ciberacoso tienen 2,35 veces más probabilidad de autolesionarse y 2,10 veces más de presentar conductas suicidas que quienes no lo sufren (John et al., 2018).
    • Un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics encontró que la victimización por pares duplica el riesgo de ideación suicida (OR 2,23) y de intentos (OR 2,55), y que el ciberbullying se relacionó con la ideación suicida más fuertemente que el bullying presencial (van Geel, Vedder y Tanilon, 2014).
    • Cuando se juntan los dos tipos de acoso, el riesgo se multiplica: en Li et al. (2024), el OR de ideación suicida fue 3,52 para quien solo sufría ciberacoso y 6,64 para quien sufría ambos; el de intento de suicidio, 3,52 y 7,82.
    • La relación con la depresión es consistente en 57 estudios de 17 países (Hu, Bai, Pan y Li, 2021), y un metaanálisis reciente de 27 estudios longitudinales confirma que el ciberacoso predice síntomas de salud mental meses después, con un efecto pequeño pero constante (Lee et al., 2026).

    En Chile la relación también se ha medido. En una muestra de 2.370 chilenos de 15 a 29 años de todas las regiones, la cibervictimización se asoció a síntomas depresivos a través del miedo a quedarse solo (Varela, Hernández, Miranda, Barlett y Rodríguez-Rivas, 2022), y una encuesta probabilística nacional publicada en la Revista Médica de Chile mostró que, a todas las edades entre 15 y 29, la probabilidad de síntomas depresivos sube a medida que sube el nivel de ciberagresión (Rojas, Bravo, Miranda, Varela y Pacheco, 2024). Hay un efecto más silencioso que también deja huella: en la encuesta escolar de Estados Unidos, los adolescentes ciberacosados faltaban más al colegio por miedo, con un riesgo entre 1,8 y 2,1 veces mayor (Grinshteyn y Yang, 2017).

    Nada de esto significa que tu hijo vaya a deprimirse o a hacerse daño. Significa que el ciberacoso es un problema de salud, no de disciplina, y que la respuesta tiene que incluir cuidar cómo está él, no solo frenar al agresor.

    Paso 0: por qué tu hijo no te lo contó (y qué hacer con eso)

    Antes de actuar, conviene entender por qué te enteraste tarde o de rebote. Las razones para callar son las mismas del bullying presencial (vergüenza, miedo a la represalia, la idea de que nadie puede o quiere ayudar, la regla de no “sapear”), y Coloroso (2008, pp. 213-214) añade una específica del ciberacoso: el miedo a que, si cuentan, los padres les quiten el celular o les restrinjan internet. Para un adolescente eso es perder su vida social entera, y muchos prefieren aguantar.

    Los datos confirman lo difícil que es pedir ayuda. En una muestra de 2.054 adolescentes noruegos, solo el 9,7 % había buscado ayuda externa en seis meses; sufrir bullying presencial aumentaba la probabilidad de pedirla, pero sufrir ciberbullying no (Kaiser, Kyrrestad y Fossum, 2020). Y en Australia, entre 2.338 jóvenes de 12 a 18 años, las cibervíctimas tenían peor salud mental, tendían a no usar los servicios de apoyo en línea y estaban más conectadas después de las once de la noche; padres y amigos seguían siendo su principal fuente de ayuda (Spears, Taddeo, Daly, Stretton y Karklins, 2015). Sí hay una buena noticia: cuando se les pregunta a los propios adolescentes, más del 88 % dice que revelaría un ciberacoso, y los más jóvenes consideran útiles a los padres y a la policía (Betts, Spenser y Baguley, 2022). Quieren contarlo. Lo que necesitan es la certeza de que contarlo no les va a costar el teléfono ni una escena.

    Si sospechas y aún no tienes confirmación, las señales son las mismas del bullying presencial (dolores de cabeza y de estómago sin causa, problemas para dormir, no querer ir al colegio, irritabilidad, retiro de amigos), con un matiz digital: cambia el ánimo justo después de mirar el celular, lo esconde o lo apaga de golpe cuando entras, cierra cuentas o crea otras nuevas, o al revés, no quiere soltarlo nunca. Hay una guía completa de señales de bullying en niños por edad en este mismo sitio.

    Paso 1: escuchar sin castigar (y no quitarle el celular)

    La primera conversación decide si vas a tener las siguientes. Coloroso (2008, p. 214) lo dice sin rodeos: asegúrale de antemano que no le vas a quitar el celular ni el computador por haber sido víctima. Quitárselo es, desde su punto de vista, castigarlo a él por lo que otro le hizo, y lo deja aislado justo cuando más necesita a sus amigos.

    Qué hacer en esa conversación:

    • Empieza por cómo se siente y después pregunta por los hechos. “Cuéntame” funciona mejor que “¿por qué no me dijiste?”.
    • No minimices (“son cosas de internet, no les hagas caso”) ni dramatices (“los voy a destruir”). Las dos reacciones hacen que deje de contarte.
    • Pregunta desde cuándo, quiénes, en qué plataformas, si también pasa en el colegio, y si él ha respondido algo. Sin tono de interrogatorio.
    • Dile lo que vas a hacer y hazlo con él, no a sus espaldas. Los adolescentes temen que los padres “vayan al colegio” y lo empeoren; que participe en decidir los pasos reduce esa sensación.
    • Si te pide que no hagas nada, escúchalo entero y luego explícale por qué no actuar no es una opción. Coloroso (2008, p. 218) es tajante: con el ciberbullying, la inacción nunca es una alternativa.

    Esto no es solo buen trato: el apoyo de los padres es uno de los pocos factores que amortiguan el daño. En un estudio con 908 adolescentes de 13 a 15 años seguidos durante un año, el apoyo parental percibido debilitó la relación entre la cibervictimización y la depresión, las quejas de salud y la autolesión medidas un año después (Wright, 2024). Y en seis colegios de Santiago, el apoyo familiar se asoció a menos cibervictimización y el conflicto familiar a más (Rodríguez-Rivas, Varela, González y Chuecas, 2022). Cómo reaccionas hoy es parte del tratamiento.

    Paso 2: guardar las pruebas antes de borrar o bloquear

    Este paso va antes de bloquear a nadie, y es el que más gente se salta por el apuro de hacer desaparecer el contenido. Sin pruebas, el colegio no puede investigar y la policía no puede hacer nada. Coloroso (2008, p. 215) lo resume en una palabra de su regla SCBT: copiar (Copy) todos los mensajes y fotos antes de cualquier otra cosa.

    Cómo guardar pruebas que sirvan:

    1. Capturas de pantalla completas, donde se vea el nombre de usuario o número que envía, la fecha y la hora, y el contexto (no solo el mensaje recortado). En un perfil o publicación, captura también la dirección (URL) y el nombre de la cuenta.
    2. No borres nada del teléfono de tu hijo: ni los mensajes, ni las conversaciones, ni las fotos recibidas, aunque duelan. Si él ya borró, revisen si la conversación se puede exportar o si otro compañero conserva el contenido.
    3. Exporta las conversaciones (WhatsApp, Instagram y otras aplicaciones permiten exportar o descargar el historial) y guarda el archivo en un lugar que no dependa del teléfono.
    4. Graba la pantalla si el contenido es un video, una historia que desaparece a las 24 horas o un mensaje que se autodestruye.
    5. Anota en un documento aparte una cronología: qué día empezó, qué pasó cada vez, quién estaba en el grupo, quién lo vio. Con fecha. Esa cronología es lo que vas a entregar al colegio y, si corresponde, a la policía.
    6. Guarda dos copias (por ejemplo, una carpeta en la nube y un correo enviado a ti mismo con los archivos adjuntos).

    Si hay fotos o videos íntimos de un menor de edad, no los reenvíes a nadie, ni siquiera “para que vean lo que pasó”: reenviar material sexual de un menor es un delito en sí mismo, aunque la intención sea buena. Guarda la captura de que existe y entrégala solo a la policía o a la Fiscalía.

    Paso 3: no responder, bloquear y reportar en la plataforma

    Ahora sí. Con las pruebas guardadas, el orden es: no responder, bloquear, reportar.

    No responder. Ni tu hijo ni tú. Coloroso (2008, p. 214) explica que cualquier respuesta, incluso una asertiva que en el patio funcionaría, suele alimentar el ciberacoso: puede usarse para presentar a la víctima como provocadora o puede copiarse y editarse para “poner palabras en su boca”. Tampoco le escribas al agresor ni a sus padres por redes sociales: lo que digas en caliente termina circulando como captura.

    Bloquear y reportar. Bloquea al agresor y a las cuentas que difunden el contenido, reporta los mensajes y publicaciones en la plataforma (todas las grandes redes tienen un canal para denunciar acoso, suplantación de identidad y difusión de imágenes íntimas), y pide la eliminación del contenido. Si la cuenta es falsa y usa el nombre o la foto de tu hijo, repórtala como suplantación. Si hace falta, cambien número, nombre de usuario o cuenta.

    Qué dice la evidencia sobre esto: en un estudio con 2.092 niños y adolescentes checos, 422 de ellos atacados en línea, las estrategias que las víctimas juzgaron más eficaces para frenar la agresión fueron las soluciones técnicas (bloquear contactos), buscar apoyo e ignorar a propósito al agresor; la represalia fue poco frecuente en todos los grupos (Machackova, Cerna, Sevcikova, Dedkova y Daneback, 2013). Pero el mismo estudio deja una advertencia: para las víctimas de ciberbullying grave y prolongado, esas estrategias resultaron menos eficaces, aunque las usaran igual de seguido. Traducido: bloquear y reportar sirve, y hay que hacerlo, pero cuando el acoso lleva semanas o viene de varios compañeros, no basta. Ahí entran el colegio y, si corresponde, la ley.

    Paso 4: denunciar el ciberbullying en el colegio (lo que te debe la ley)

    Aunque el acoso ocurra en un grupo de WhatsApp a las once de la noche, si quienes acosan son compañeros, el colegio tiene la obligación legal de actuar. Es el punto donde más padres se frustran (“me dijeron que como fue fuera del colegio no pueden hacer nada”), y es falso: el artículo 16 B del DFL 2 de 2009, tal como lo reescribió la Ley 21.809, define el acoso escolar como el hostigamiento reiterado realizado “dentro o fuera del establecimiento educacional”, “sea por medios tecnológicos o por cualquier otro medio”.

    Lo que la ley obliga al colegio desde el 1 de julio de 2026 (los establecimientos tienen plazo de adecuación hasta abril de 2027, según la ficha oficial de Ayuda Mineduc):

    • Activar el protocolo. El artículo 16 B dice que el establecimiento “deberá activar oportunamente el protocolo contra el acoso escolar contemplado en su reglamento interno y de acuerdo a los plazos que éste disponga”.
    • Investigar con plazo. El reglamento debe fijar etapas y plazos de investigación, garantizar que los involucrados sean oídos y evitar la revictimización; “en el caso de estudiantes el plazo máximo de investigación será de dos meses” (artículo 16 E, letra g).
    • Apoyar a la víctima. Respecto de la persona afectada, el reglamento debe contemplar “medidas de apoyo psicosocial y acciones de reparación” (artículo 16 E, letra g). No solo sancionar al otro: cuidar al tuyo.
    • Un canal confidencial. Cada colegio debe tener un canal “seguro y confidencial para recibir denuncias con reserva de identidad” (artículo 16 E, letra e). Si tu hijo o un compañero testigo no quiere exponerse, ese canal existe por ley.
    • Deber de reportar. Todo el personal y los adultos de la comunidad escolar tienen el deber de reportar al equipo directivo cualquier información sobre hechos que puedan constituir acoso (artículo 16 E, letra f). Un profesor que “se enteró” no puede guardárselo.
    • El reglamento en tu mano. El colegio debe entregar el reglamento interno a los apoderados al momento de la matrícula, en papel o en formato digital, y tenerlo en su sitio web (artículo 16 G). Pídelo: ahí están el protocolo y sus plazos concretos.

    Cómo presentar la denuncia para que active todo lo anterior:

    1. Por escrito, al encargado o coordinador de convivencia escolar (la ley homologa a los encargados actuales al nuevo cargo de coordinador de convivencia), con copia a la dirección. Un correo sirve; pide acuse de recibo.
    2. Con los hechos concretos: quién, cuándo, en qué plataforma, qué se dijo o publicó, quiénes participaban y quiénes lo vieron. Adjunta las capturas (Paso 2), no las describas.
    3. Nombra la ley: “presento esta denuncia de acoso escolar por medios tecnológicos en los términos del artículo 16 B del DFL 2 de 2009, modificado por la Ley 21.809, y solicito la activación del protocolo del reglamento interno”.
    4. Pide tres cosas: que se activen medidas de protección inmediatas para tu hijo, que se te informe el plazo de la investigación y que se te comunique el resultado por escrito.
    5. Guarda copia de todo lo que envíes y de todo lo que te respondan.

    Si el colegio no responde, o responde que “no es tema del colegio”, la Superintendencia de Educación recibe denuncias en línea y en el 600 3600 390. En 2025 recibió 17.076 denuncias por convivencia escolar, 5.396 de ellas por maltrato entre estudiantes (Acción Educar, 2025). La Superintendencia fiscaliza que el colegio cumpla su propio reglamento; no investiga el hecho en lugar del colegio, pero puede sancionar al establecimiento que no lo hace. Si no sabes cómo redactar la denuncia escolar, hay un artículo aparte sobre cómo intervenir con los padres de un niño con bullying y el pilar del cluster explica qué es el bullying y sus tipos.

    Paso 5: cuándo el ciberacoso es delito en Chile y cómo denunciarlo

    La mayor parte del ciberacoso entre escolares se resuelve en el colegio. Pero hay conductas que, según el caso, pueden constituir delito, y ahí corresponde denunciar además a la policía o a la Fiscalía. Los siguientes son los tipos penales que con más frecuencia se relacionan con el ciberacoso; si una conducta concreta encaja o no en ellos lo decide la Fiscalía y, en su caso, un tribunal, no esta guía:

    • Amenazas. El artículo 296 del Código Penal castiga al que “amenazare seriamente a otro con causar a él mismo o a su familia” un mal que constituya delito, y considera agravante que las amenazas se hagan “por escrito”. “Te voy a matar”, “sé dónde vives” o “voy a subir tus fotos” por chat entran en esta categoría cuando son verosímiles.
    • Trato degradante a un menor. La Ley 21.013 (2017) incorporó el artículo 403 ter: “el que sometiere” a un menor de 18 años “a un trato degradante, menoscabando gravemente su dignidad” comete delito. Una campaña sostenida de humillación contra un niño puede calificar.
    • Difusión de imágenes o conversaciones privadas. El artículo 161-A castiga a quien, sin autorización, capte o grabe imágenes, hechos o comunicaciones de carácter privado en lugares que no son de libre acceso al público, y con “igual pena” a quien las difunda. Compartir una foto tomada en el baño o en la casa de alguien, o filtrar un chat privado, puede caer aquí.
    • Sextorsión y grooming. El artículo 366 quáter sanciona a quien determine a un menor de 14 años a enviar imágenes de contenido sexual o lo exponga a material pornográfico, y extiende las mismas conductas a los menores de 14 a 18 cuando median amenazas; el propio artículo dice que las penas “se aplicarán también cuando los delitos descritos en él sean cometidos a distancia, mediante cualquier medio electrónico”, y agrava la pena si el autor falsea su identidad o edad.
    • Injurias y calumnias. El Código Penal define la injuria como “toda expresión proferida o acción ejecutada en deshonra, descrédito o menosprecio de otra persona” (artículo 416) y la calumnia como “la imputación de un delito determinado pero falso” (artículo 412). Son delitos de acción privada: se persiguen por querella, no por denuncia simple, y en la práctica se usan poco entre menores.

    Quién se hace cargo depende de la edad del agresor. Según la Fiscalía de Chile, si quien agrede tiene 14 años o más, “la Fiscalía se hace cargo y te entrega protección”; si tiene menos de 14, “se hace cargo el Tribunal de Familia”, que puede adoptar medidas de protección. Que el agresor sea menor de 14 no significa que no se pueda hacer nada: significa que la vía es distinta.

    Dónde denunciar:

    • Fiscalía: 600 333 0000, o en cualquier fiscalía local.
    • Policía de Investigaciones (PDI): en la unidad más cercana, o en la Brigada Investigadora del Cibercrimen para hechos cometidos por medios digitales. Para delitos en curso, 134.
    • Carabineros: 133 en cualquier comisaría.
    • Si tu hijo es menor de 18, ChileAtiende indica que debe ir acompañado de su tutor legal o de una persona mayor de 18 años.

    Lleva las pruebas del Paso 2 impresas y en un pendrive, y tu cronología. Y una advertencia sobre las expectativas: la denuncia penal protege y pone un límite, pero no repara sola el daño emocional ni arregla la convivencia en el curso. Esas dos cosas siguen siendo del colegio y del tratamiento.

    Paso 6: cuidar la salud mental de tu hijo (y saber cuándo consultar)

    Todo lo anterior frena al agresor. Esto es lo que cuida al hijo. Las cifras del comienzo (el doble de riesgo de autolesión y de conducta suicida, más del triple de ideación suicida cuando el ciberacoso se suma al presencial) no describen a todos los niños acosados, pero sí a una fracción que necesita atención, y esa fracción no siempre se ve.

    Qué hacer en casa mientras dura el proceso:

    • Mantén las rutinas y la vida social fuera de la pantalla: deporte, amigos del barrio, primos, cualquier espacio donde tu hijo sea otra cosa que “el del video”.
    • Revisen juntos el uso del celular por la noche. No como castigo: como protección del sueño. Las cibervíctimas tienden a estar más conectadas después de las once (Spears et al., 2015), y los problemas de sueño son una de las señales más consistentes del acoso.
    • Habla del tema sin convertirlo en el único tema. Pregunta cómo estuvo el día, no solo cómo va la denuncia.
    • Vigila los cambios de ánimo, sobre todo en las semanas siguientes a la denuncia, cuando puede haber represalias o exclusión del grupo.

    Cuándo consultar a un psicólogo, sin esperar a que “se le pase”:

    • Lleva más de dos o tres semanas triste, irritable o retraído, o dejó de disfrutar lo que le gustaba (revisa las señales de depresión en adolescentes que no parecen depresión).
    • No quiere ir al colegio o presenta dolores frecuentes sin causa médica.
    • Duerme mal de forma sostenida o cambió mucho su apetito.
    • Encuentras cortes, quemaduras o marcas, o lo escuchas decir que no vale nada o que quisiera desaparecer.
    • El acoso es grave, lleva meses o incluye material sexual.

    Si expresa ideas de muerte o de hacerse daño, no lo dejes solo y busca ayuda ese mismo día: la línea *4141 del Ministerio de Salud atiende gratis las 24 horas con psicólogos, Salud Responde es el 600 360 7777, y en una urgencia se va al servicio de urgencia más cercano. Hay una guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas: qué decir, qué no y a dónde llamar.

    Sobre el tratamiento: la evidencia más sólida para los síntomas que deja el acoso (ansiedad, depresión, estrés postraumático) viene de la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma. Un metaanálisis de 28 ensayos controlados y 33 estudios no controlados con 4.523 niños y adolescentes encontró mejorías grandes del estrés postraumático de antes a después del tratamiento (g = 1,14) y resultados favorables frente a los grupos control (g = 0,52), con un mínimo de ocho sesiones (Thielemann, Kasparik, König, Unterhitzenberger y Rosner, 2022). Ojo con el matiz: esos ensayos incluyen a niños expuestos a distintos tipos de trauma, no solo a víctimas de bullying, así que la extrapolación se hace con cautela. El protocolo clínico está descrito en tratamiento psicológico para víctimas de bullying en niños.

    Ciberbullying: qué hacer si eres tú la víctima

    Esta parte es para ti si eres adolescente y llegaste buscando qué hacer. Si eres madre o padre, puedes compartirla con tu hijo. El responsable del acoso es quien lo ejerce, no quien lo recibe, y hay pasos concretos que ayudan.

    Qué hacer hoy

    Coloroso (2008, cap. 10) resume el ciberacoso en cuatro pasos que puedes empezar hoy:

    1. No respondas. Contestar con rabia suele alimentar al acosador, y tu mensaje puede recortarse para que parezca que empezaste tú.
    2. Guarda todo. Haz capturas con el nombre de usuario, la fecha y la hora antes de borrar nada. Sirven para que el colegio active su protocolo y, si hay amenazas, para una denuncia.
    3. Bloquea y reporta. Bloquea la cuenta y repórtala en la plataforma. En el estudio con 2.092 niños y adolescentes checos, las víctimas juzgaron que bloquear contactos, buscar apoyo e ignorar a propósito eran las estrategias más eficaces (Machackova et al., 2013).
    4. Cuéntaselo a un adulto. Una madre, un padre, un profesor o el encargado de convivencia escolar.

    No reenvíes ni compartas lo que humilla a otros, aunque sea para defenderte. Y si hay fotos íntimas tuyas circulando, no las reenvíes a nadie: guarda la captura de que existen y entrégasela a un adulto o a la policía.

    A quién contárselo y cuándo pedir ayuda

    Contarlo cuesta, y los datos lo reflejan. En un estudio con 1.266 escolares finlandeses víctimas de bullying, solo el 55,4 % se lo había contado a alguien. Un 34,0 % se lo contó a un adulto en casa y un 20,6 % a un profesor (Blomqvist et al., 2019).

    Ese mismo estudio encontró que contaban más quienes sentían que su profesor no toleraba el bullying y que sus compañeros defendían a las víctimas. Si el primer adulto no te responde, prueba con otro. Por ley, cada colegio debe tener un canal confidencial para recibir denuncias con reserva de identidad (artículo 16 E, letra e).

    Hablar con alguien también te protege. En una encuesta con 317.869 adolescentes de 12 a 17 años en 83 países, el apoyo de los pares y el de los padres se asociaron con menos riesgo de sufrir bullying (Biswas et al., 2020).

    Pide ayuda profesional esta semana si llevas días sin dormir, con dolores de cabeza o de estómago sin causa médica, con ataques de pánico o sin ganas de ver a nadie. Esas señales aparecen entre las consecuencias del acoso que describe Coloroso (2008, cap. 2).

    Si has pensado en hacerte daño o en desaparecer, pide ayuda hoy mismo. La línea *4141 del Ministerio de Salud atiende gratis las 24 horas, y Salud Responde es el 600 360 7777.

    ¿Y si mi hijo es el que acosa, o el que mira y comparte?

    Pasa más de lo que los padres esperan, y suele llegar por una llamada del colegio. Dos cosas que conviene saber antes de reaccionar.

    La primera: quien acosa también está en riesgo. En la revisión de John et al. (2018), los perpetradores de ciberacoso tuvieron 1,21 veces más probabilidad de conductas suicidas y 1,23 de ideación suicida que los no perpetradores. Y en el metaanálisis de Psychological Bulletin, lo que más se asoció a la perpetración fueron las creencias que normalizan la agresión y la desconexión moral, es decir, la idea de que “en internet no cuenta” (Kowalski, Giumetti, Schroeder y Lattanner, 2014). Eso se trabaja; no se resuelve con un castigo de una semana sin celular.

    La segunda: Coloroso (2008, pp. 212-213) propone que la respuesta empiece por la pérdida de los privilegios ligados a la herramienta usada, y siga con los mismos pasos que para cualquier niño que acosa: disciplina con restitución, resolución y reconciliación; oportunidades de hacer el bien; nutrir la empatía; enseñar habilidades de amistad; y supervisar de cerca lo que hace con las pantallas. La disciplina, dice, tiene que considerar la intención, la gravedad y qué pasos reparadores hacen falta para que el niño vuelva a un rol prosocial, en persona y en la red.

    Y los espectadores importan tanto como el agresor. Coloroso (2008, p. 218) enseña a los niños a no dar “me gusta” ni reenviar lo que humilla a un compañero, a guardar copia y entregársela al afectado, y a contárselo a un adulto que actúe. No es solo buena voluntad: un metaanálisis de 49 estudios muestra que las intervenciones que enseñan a los espectadores a actuar tienen un efecto moderado (d = 0,25), y que lo que funciona es darles conocimiento, confianza en que pueden hacer algo y habilidades concretas (Chen, Lin, Wu y Chan, 2025). Un curso donde nadie reenvía es un curso donde el ciberacoso se apaga solo.

    ¿Qué funciona para prevenirlo? Lo que dice la evidencia sobre los programas

    Vale la pena saberlo, porque es lo que puedes pedirle al colegio más allá de tu caso. Los programas contra el ciberbullying funcionan, pero con efectos modestos. El metaanálisis de Gaffney, Farrington, Espelage y Ttofi (2019), con 26 evaluaciones (15 de ellas ensayos aleatorizados), estimó que reducen la perpetración alrededor de un 10 a 15 % y la victimización alrededor de un 14 %. Una revisión posterior de 50 estudios con 45.371 participantes encontró efectos pequeños pero significativos (g = -0,18 para perpetración y -0,13 para victimización), sin que casi ningún moderador cambiara la cifra (Polanin et al., 2022).

    Tres detalles útiles para conversar con el colegio:

    Nada de esto reemplaza lo que ya hiciste: guardar pruebas, denunciar, cuidar a tu hijo. Pero un colegio que tiene un programa serio, y no solo un protocolo en un cajón, es un colegio donde tu denuncia tiene más probabilidades de servir.

    Qué hacer y qué no, en una tabla

    Qué hacer Qué no hacer
    Escuchar primero cómo se siente, después los hechos Empezar por “¿por qué no me dijiste?”
    Prometer que no le quitarás el celular por contarte Quitarle el teléfono como primera medida
    Capturas completas con usuario, fecha, hora y enlace Borrar los mensajes “para que no los vea más”
    Cronología escrita con fechas y testigos Confiar en la memoria para la reunión con el colegio
    Bloquear y reportar en la plataforma, después de guardar las pruebas Responder al agresor o escribirle a sus padres por redes
    Denuncia escrita al colegio citando el artículo 16 B y pidiendo plazos Aceptar el “fue fuera del colegio, no podemos hacer nada”
    Superintendencia (600 3600 390) si el colegio no responde Ir a la casa del otro niño
    Fiscalía, PDI o Carabineros si hay amenazas, extorsión o imágenes íntimas Reenviar el material íntimo “para que lo vean”
    Consultar a un psicólogo si hay señales de depresión o autolesión Esperar a que “se le pase con el tiempo”

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué hago primero si mi hijo sufre ciberbullying?

    Escúchalo sin castigarlo y prométele que no le quitarás el celular por contarte. Después, antes de bloquear a nadie, guarda las pruebas: capturas completas con nombre de usuario, fecha, hora y enlace, y una cronología escrita. Recién entonces bloquea, reporta en la plataforma y presenta la denuncia por escrito en el colegio.

    ¿El colegio tiene obligación de actuar si el acoso fue por WhatsApp fuera del horario escolar?

    Sí. El artículo 16 B del DFL 2, reescrito por la Ley 21.809 vigente desde julio de 2026, define el acoso escolar como el hostigamiento reiterado entre estudiantes realizado dentro o fuera del establecimiento, “sea por medios tecnológicos o por cualquier otro medio”. El colegio debe activar su protocolo, investigar en un plazo máximo de dos meses y contemplar medidas de apoyo para la víctima.

    ¿Cómo denunciar ciberbullying en Chile ante la policía?

    Si hay amenazas, extorsión, difusión de imágenes íntimas o suplantación, denuncia en la Fiscalía (600 333 0000), en la PDI (unidad más cercana o Brigada Investigadora del Cibercrimen) o en Carabineros (133), con las pruebas impresas y en digital. Si el agresor tiene 14 años o más interviene la Fiscalía; si tiene menos, el Tribunal de Familia. Un menor denuncia acompañado de un adulto.

    ¿Qué ley regula el ciberbullying en Chile?

    En el ámbito escolar, la Ley 20.536 de 2011 incluyó el acoso “por medios tecnológicos” en la definición de acoso escolar, y la Ley 21.809 (publicada el 1 de abril de 2026, en vigor desde el 1 de julio) reescribió esa definición y las obligaciones del colegio. En el ámbito penal, según el caso pueden aplicarse las amenazas (art. 296), el trato degradante a menores (art. 403 ter), la difusión de imágenes privadas (art. 161-A) o la sextorsión (art. 366 quáter).

    ¿Sirve bloquear al agresor o es peor?

    Sirve, y hay que hacerlo después de guardar las pruebas. En un estudio con 2.092 niños y adolescentes, las víctimas juzgaron que bloquear contactos, buscar apoyo e ignorar a propósito eran las estrategias más eficaces para frenar la agresión. Pero para los casos graves y prolongados esas mismas estrategias resultaron menos eficaces: ahí el bloqueo se combina con la denuncia en el colegio y, si corresponde, en la policía.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo a un psicólogo por ciberbullying?

    Cuando lleva más de dos o tres semanas triste, irritable o retraído, no quiere ir al colegio, duerme mal, tiene dolores sin causa médica, se hace daño o dice que quisiera desaparecer, o cuando el acoso es grave, lleva meses o incluye material sexual. Las cibervíctimas tienen el doble de riesgo de autolesión y de conducta suicida; si hay ideas de muerte, llama al *4141 el mismo día.

    Lo que tu hijo necesita ver

    Tu hijo va a recordar dos cosas de este episodio: lo que le hicieron, y qué pasó cuando te lo contó. La segunda está en tus manos. Si te vio escuchar, guardar las pruebas con calma, ir al colegio con la ley en la mano y no perder el control, aprendió que pedir ayuda funciona. Si el ciberacoso ya le está pasando la cuenta (no duerme, no quiere ir al colegio, se aísla, se hace daño), no lo dejes cargar con eso solo mientras la investigación avanza: puedes agendar una consulta para evaluar cómo está y qué necesita ahora, no dentro de dos meses.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Acción Educar. (2025). Radiografía de la convivencia escolar 2025. https://www.accioneducar.cl/radiografia-convivencia-escolar-2025/

    Betts, L. R., Spenser, K. A., & Baguley, T. (2022). Describing disclosure of cybervictimization in adolescents from the United Kingdom: The role of age, gender, involvement in cyberbullying, and time spent online. The Journal of Genetic Psychology, 183(1), 40-53. https://doi.org/10.1080/00221325.2021.2001413

    Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. (2011). Ley 20.536 sobre violencia escolar. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1030087

    Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. (2026). Ley 21.809 sobre convivencia, buen trato y bienestar de las comunidades educativas. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1222799

    Biswas, T., Scott, J. G., Munir, K., Thomas, H. J., Huda, M. M., Hasan, M. M., David de Vries, T., Baxter, J., & Mamun, A. A. (2020). Global variation in the prevalence of bullying victimisation amongst adolescents: Role of peer and parental supports. EClinicalMedicine, 20, 100276. https://doi.org/10.1016/j.eclinm.2020.100276

    Blomqvist, K., Saarento-Zaprudin, S., & Salmivalli, C. (2019). Telling adults about one’s plight as a victim of bullying: Student- and context-related factors predicting disclosure. Scandinavian Journal of Psychology, 61(1), 151-159. https://doi.org/10.1111/sjop.12521

    Casas, J. A., Del Rey, R., & Ortega-Ruiz, R. (2013). Bullying and cyberbullying: Convergent and divergent predictor variables. Computers in Human Behavior, 29(3), 580-587. https://doi.org/10.1016/j.chb.2012.11.015

    Chen, Q., Lin, W., Wu, Q., & Chan, K. L. (2025). The effectiveness of interventions on bullying and cyberbullying bystander: A meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 26(5), 938-954. https://doi.org/10.1177/15248380241297362

    Coloroso, B. (2008). The bully, the bullied, and the bystander: From preschool to high school. How parents and teachers can help break the cycle of violence (ed. actualizada). Collins Living.

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    Liu, C., You, L., Li, J., Zhang, M., Li, H., Qian, B., Xie, J., & Li, J. (2025). The effectiveness of longitudinal intervention programs for adolescent cyberbullying and its influencing factors: A three-level meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 388, 119654. https://doi.org/10.1016/j.jad.2025.119654

    Machackova, H., Cerna, A., Sevcikova, A., Dedkova, L., & Daneback, K. (2013). Effectiveness of coping strategies for victims of cyberbullying. Cyberpsychology: Journal of Psychosocial Research on Cyberspace, 7(3), artículo 5. https://doi.org/10.5817/CP2013-3-5

    Modecki, K. L., Minchin, J., Harbaugh, A. G., Guerra, N. G., & Runions, K. C. (2014). Bullying prevalence across contexts: A meta-analysis measuring cyber and traditional bullying. Journal of Adolescent Health, 55(5), 602-611. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2014.06.007

    Ng, E. D., Chua, J. Y. X., & Shorey, S. (2022). The effectiveness of educational interventions on traditional bullying and cyberbullying among adolescents: A systematic review and meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 23(1), 132-151. https://doi.org/10.1177/1524838020933867

    Polanin, J. R., Espelage, D. L., Grotpeter, J. K., Ingram, K., Michaelson, L., Spinney, E., Valido, A., Sheikh, A. E., Torgal, C., & Robinson, L. (2022). A systematic review and meta-analysis of interventions to decrease cyberbullying perpetration and victimization. Prevention Science, 23(3), 439-454. https://doi.org/10.1007/s11121-021-01259-y

    Rodríguez-Rivas, M. E., Varela, J. J., González, C., & Chuecas, M. J. (2022). The role of family support and conflict in cyberbullying and subjective well-being among Chilean adolescents during the Covid-19 period. Heliyon, 8(4), e09243. https://doi.org/10.1016/j.heliyon.2022.e09243

    Rojas, F., Bravo, C., Miranda, R., Varela, J., & Pacheco, E. (2024). Implicancias del ciberacoso en el desarrollo de sintomatología depresiva mayor en jóvenes entre 15 y 29 años en Chile. Revista Médica de Chile, 152(4), 435-443. https://doi.org/10.4067/s0034-98872024000400435

    Spears, B. A., Taddeo, C. M., Daly, A. L., Stretton, A., & Karklins, L. T. (2015). Cyberbullying, help-seeking and mental health in young Australians: Implications for public health. International Journal of Public Health, 60(2), 219-226. https://doi.org/10.1007/s00038-014-0642-y

    Thielemann, J. F. B., Kasparik, B., König, J., Unterhitzenberger, J., & Rosner, R. (2022). A systematic review and meta-analysis of trauma-focused cognitive behavioral therapy for children and adolescents. Child Abuse & Neglect, 134, 105899. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2022.105899

    van Geel, M., Vedder, P., & Tanilon, J. (2014). Relationship between peer victimization, cyberbullying, and suicide in children and adolescents: A meta-analysis. JAMA Pediatrics, 168(5), 435-442. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2013.4143

    Varela, J. J., Hernández, C., Miranda, R., Barlett, C. P., & Rodríguez-Rivas, M. E. (2022). Victims of cyberbullying: Feeling loneliness and depression among youth and adult Chileans during the pandemic. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(10), 5886. https://doi.org/10.3390/ijerph19105886

    Wang, L., & Jiang, S. (2023). Effectiveness of parent-related interventions on cyberbullying among adolescents: A systematic review and meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 24(5), 3678-3696. https://doi.org/10.1177/15248380221137065

    Wright, M. F. (2024). The associations among cyberbullying victimization and Chinese and American adolescents’ mental health issues: The protective role of perceived parental and friend support. International Journal of Environmental Research and Public Health, 21(8), 1069. https://doi.org/10.3390/ijerph21081069

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Mi Hijo Hace Bullying: Qué Hacer sin Convertirlo en el Villano

    Mi Hijo Hace Bullying: Qué Hacer sin Convertirlo en el Villano

    Si estás leyendo esto, lo más probable es que haya sonado el teléfono: el colegio, la mamá de otro niño, o un mensaje de un grupo de WhatsApp que no era para ti. “Mi hijo hace bullying” es una frase que casi nadie busca por gusto; se busca después de un golpe.

    Y con el golpe llegan dos impulsos que se sienten opuestos y son igual de malos: defenderlo (“seguro el otro lo provocó”, “son cosas de niños”) o castigarlo con todo (gritos, un mes sin celular, una cachetada).

    El primero le enseña que no pasó nada. El segundo le enseña, con el ejemplo, que el más fuerte manda.

    Esta guía es para el camino del medio, que existe y tiene evidencia detrás:

    • qué hay que confirmar antes de actuar
    • por qué un niño acosa (casi nunca porque sea “malo”)
    • qué hacer en casa esta misma semana
    • qué te puede exigir el colegio y qué le puedes exigir tú según la ley chilena
    • qué le puede pasar a tu hijo si nadie interviene
    • cuándo hace falta un psicólogo

    Sin sermones. Los estudios están citados y enlazados; donde la evidencia es floja, lo digo.

    Mi hijo hace bullying, ¿qué hago? La respuesta corta

    Si tu hijo hace bullying, lo primero es no minimizar ni castigar a ciegas: averigua qué pasó con el colegio y con él, y dile con claridad que eso es acoso y que en tu casa no se acepta.

    Después viene lo que sí cambia la conducta: consecuencias proporcionadas y no violentas, reparar el daño a la otra persona (no una disculpa forzada), reglas claras en casa con elogio cuando las cumple, trabajo explícito en empatía y habilidades para hacer amigos, y más supervisión de con quién anda y qué hace con las pantallas.

    Mira también tu propia casa: la crianza dura o la ausencia de límites son los dos factores familiares con más peso. Y si el acoso sigue pese a todo, si tu hijo parece no sentir nada por el daño que causa, o si también él es víctima, consulta: el pronóstico sin ayuda es peor de lo que parece.

    ¿Cómo saber si mi hijo hace bullying o es un conflicto? Confírmalo antes de actuar

    No todo empujón es acoso, y decirle a un niño que es un acosador cuando tuvo una pelea es tan injusto como decir que “son cosas de niños” cuando lleva meses hostigando a un compañero.

    El bullying tiene tres marcas que la investigación repite desde los años ochenta: intención de dañar, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder entre quien agrede y quien recibe. Olweus (1993) lo definió así y la revisión Campbell más grande sobre programas antibullying, que verás más abajo, usa la misma definición (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2021).

    Coloroso (2008, pp. 101-102) agrega un cuarto elemento que a los padres les sirve para distinguir: en el bullying hay terror, es decir, el otro niño vive con miedo de lo que viene después. Y algo que ella subraya con insistencia: el bullying no va de rabia ni de conflicto, va de desprecio.

    Un niño que pega en medio de una pelea por una pelota está en conflicto. Un niño que elige al mismo compañero, lo humilla cuando no hay adultos y disfruta el efecto está haciendo otra cosa.

    Si quieres la definición completa, con los tipos y las cifras chilenas, está en el artículo sobre qué es el bullying.

    La definición legal en Chile

    En Chile la definición legal es parecida y cubre también lo que pasa por el celular. La Ley 21.809, vigente desde julio de 2026, entiende por acoso escolar el hostigamiento reiterado que provoca maltrato, humillación o temor, por cualquier medio, dentro o fuera del establecimiento. Si tu hijo participó en un grupo de chat donde se burlaban de un compañero, eso cuenta.

    Juntar los hechos antes de opinar

    En las primeras 48 horas lo que conviene es juntar los hechos, y dejar para después el veredicto. Pide al colegio una reunión y pregunta cosas concretas: qué pasó exactamente, desde cuándo, quién más participó, cómo se enteraron, qué dice el otro niño.

    Después escucha a tu hijo, y prepárate para lo que Olweus (1993, p. 97) describe como el guion típico del niño que acosa cuando lo confrontan: minimizar su parte, exagerar la de los demás y presentar a la víctima como provocadora, “rara” o “tonta”, como si eso justificara algo.

    No significa que mienta en todo. Significa que su versión sola no basta.

    ¿Qué tan común es que un niño acose?

    Más de lo que se cree, y menos de lo que los titulares sugieren. Un metaanálisis de 116 estudios con más de 600.000 niños y adolescentes estimó que el 25 % ha sido víctima de bullying, el 16 % ha acosado a otros y otro 16 % ha estado en los dos roles a la vez (Ariani, Putri, Firdausi y Aini, 2025).

    Es decir, en un curso de 30 hay, en promedio, cuatro o cinco niños que en algún momento han acosado. El tuyo no es un caso raro ni un monstruo; es un niño en una situación frecuente que hay que corregir.

    Los números en Chile

    En Chile los números existen y son propios. Un estudio con 36.687 estudiantes de 7.º básico a 4.º medio de 754 colegios, representativo del país, encontró que el 5,3 % había acosado a otros sin ser víctima y el 11,5 % era a la vez agresor y víctima; el 21,2 % era solo víctima (Gaete et al., 2017).

    Fíjate en el detalle: en Chile, dos de cada tres adolescentes que acosan también son acosados. Vuelvo sobre eso más abajo, porque cambia lo que tienes que hacer.

    La edad

    Un último dato para poner en perspectiva la edad: en el estudio europeo de Husky et al. (2022), con 5.183 niños de 6 a 11 años, el 14,3 % fue identificado como agresor por sus padres o profesores.

    Empieza temprano, y el mejor momento para intervenir es ahora, antes de que el rol se fije: en el seguimiento de 916 escolares de los 11 a los 17 años que verás más abajo, el rol de agresor fue relativamente estable, y la mayoría de los que acosaban seguía en él o salía del problema, pero no pasaba a ser víctima (Zych et al., 2020).

    ¿Por qué mi hijo hace bullying? Lo que dice la evidencia (y lo que no)

    Aquí es donde más se equivocan las explicaciones de sentido común. Vamos por partes.

    El mito de la baja autoestima

    La idea de que el niño que acosa “en el fondo se siente inseguro” es tan popular como poco respaldada. Olweus (1993, pp. 34-35) la puso a prueba en sus propios estudios, con métodos indirectos como hormonas del estrés y pruebas de personalidad, y no encontró nada que la apoyara: los agresores tenían inusualmente poca ansiedad e inseguridad, o niveles promedio, y no sufrían de baja autoestima.

    Lo que sí los caracterizaba era una actitud más positiva hacia la violencia, impulsividad, una fuerte necesidad de dominar a otros y poca empatía con la víctima.

    Una revisión sistemática reciente llegó a algo parecido: la autoestima baja se relaciona con ser víctima, no con acosar, y los estudiantes con autoestima alta al inicio del año eran más propensos a convertirse en agresores, no menos (Agustiningsih, Yusuf y Ahsan, 2024).

    Esto importa para lo que vas a hacer en casa. Si crees que tu hijo acosa porque “le falta seguridad”, vas a intentar subirle la autoestima, y a un niño que domina a otros eso no lo frena.

    Lo que le falta no es confianza. Le falta, como dice Coloroso (2008, p. 105), lo que los niños que acosan tienen en común: cuidar a los demás, compartir, llevarse bien y hacer amigos.

    Lo que aprendió en casa: los cuatro factores de Olweus

    Nadie nace acosador. Coloroso (2008, p. 18) lo resume en una frase: a los niños que acosan alguien les enseñó a acosar. Y Olweus (1993, pp. 39-40) identificó, sobre todo con investigación en varones, cuatro condiciones de crianza que empujan hacia un patrón de reacción agresiva:

    1. La actitud emocional básica de quien cría, sobre todo en los primeros años. Una actitud negativa, con poca calidez e implicación, aumenta claramente el riesgo de que el niño sea agresivo y hostil con los demás.
    2. La permisividad frente a la agresión. Si el adulto es “tolerante” y no pone límites claros a la agresión hacia hermanos, compañeros y adultos, el nivel de agresión del niño sube. Olweus lo resume así: demasiado poco amor y cuidado, y demasiada “libertad”.
    3. Los métodos de crianza basados en el poder: castigo físico y explosiones emocionales violentas. Es la confirmación, dice él, de que la violencia engendra violencia. Los límites son necesarios, pero no se ponen con golpes.
    4. El temperamento del niño. Un niño activo y de “cabeza caliente” tiene más probabilidad de volverse agresivo que uno tranquilo, aunque este factor pesa menos que los dos primeros.

    Treinta años después, la evidencia acumulada dice lo mismo con más datos. Un metaanálisis de 107 estudios y 162.203 participantes encontró que la crianza positiva se asocia a menos perpetración y menos victimización, mientras que la crianza dura o negativa y la crianza ausente (padres desconectados) se asocian a más de las dos (Chu y Chen, 2025).

    Y sobre el castigo físico en concreto, un metaanálisis de 111 tamaños de efecto con 160.927 niños encontró que 13 de 17 resultados medidos eran peores en los niños que recibían palmadas, entre ellos más agresión, y que el tamaño del daño no se distinguía del del maltrato físico (Gershoff y Grogan-Kaylor, 2016).

    Pegarle a un niño para que deje de pegar es enseñarle la lección contraria.

    Si al leer esto te reconociste, no te quedes en la culpa. Coloroso (2008, p. 105) cita a James Garbarino con una frase que vale la pena guardar: como padres somos responsables de lo que hacen nuestros hijos, no necesariamente culpables. Lo que cuenta es lo que cambies de aquí en adelante.

    Empatía, “desconexión moral” y el niño que no parece sentir nada

    Hay tres piezas psicológicas que la investigación asocia con acosar, y las tres se pueden trabajar.

    La primera es la empatía. Una revisión sistemática con metaanálisis de 53 estudios encontró que quienes acosan puntúan más bajo tanto en empatía cognitiva (entender qué siente el otro) como en empatía afectiva (sentirlo con él), y que los niños que defienden a las víctimas puntúan alto en las dos (Zych, Ttofi y Farrington, 2019).

    La segunda es la desconexión moral: el conjunto de excusas que permiten hacer daño sin sentirse mal por ello (“era broma”, “él se lo buscó”, “todos lo hacían”, “no le pasó nada”).

    Un metaanálisis de 47 muestras con 43.809 niños y adolescentes encontró que la desconexión moral es lo que más fuertemente se relaciona con acosar (r = 0,31), y que apenas se relaciona con ser víctima (Killer, Bussey, Hawes y Hunt, 2019).

    Eso da una pista práctica enorme: cuando tu hijo te explica por qué “no fue para tanto”, lo que estás escuchando no es la verdad de los hechos, es el mecanismo que le permite seguir. Coloroso (2008, p. 107) lo traduce en una regla de disciplina: sin excusas, sin traspasar la culpa, sin “pero es que él es un perdedor”, sin “si no fuera tan raro no lo molestaríamos”.

    La tercera es la más delicada: los rasgos de insensibilidad emocional (en la literatura, rasgos “callous-unemotional”). En el mismo metaanálisis de Zych y colaboradores, acosar se asoció a estos rasgos con una razón de probabilidades de 2,55.

    Y un estudio con 704 escolares de 11 a 13 años mostró que estos rasgos predecían el acoso directo por encima de los problemas de conducta habituales, y que la combinación de ambos era el factor de riesgo más potente; los autores advierten que la falta de empatía y la insensibilidad al castigo pueden hacer a estos niños especialmente resistentes a las intervenciones corrientes (Viding, Simmonds, Petrides y Frederickson, 2009).

    Traducido: si tu hijo acosa y además parece frío ante el sufrimiento ajeno, no le importan las consecuencias y solo le preocupa que lo pillaron, no basta con lo que se puede hacer en casa. Eso se evalúa y se trata con ayuda profesional, y cuanto antes mejor.

    El grupo, el estatus y los “seguidores”

    No todos los niños que acosan lideran. Olweus (1993, pp. 34-35) describe a los agresores pasivos, seguidores o secuaces: los que participan pero no toman la iniciativa.

    Coloroso (2008, pp. 18-19) los llama “la banda”: un grupo de amigos que hace en conjunto algo que ninguno haría solo, sabiendo que está mal.

    Si tu hijo se rió, reenvió o se quedó mirando mientras otro dirigía, sigue siendo bullying, pero el trabajo es distinto: aquí lo que hay que construir es la capacidad de decir que no a los amigos, que Coloroso (2008, pp. 124-125) llama “querer el bien” aun cuando cueste.

    Y luego está el que sí lidera. Un estudio que siguió a 393 niños durante los últimos tres años de primaria encontró que en los varones el narcisismo elevado era un factor de riesgo de acoso directo e indirecto, y que entre los niños narcisistas solo los que acosaban mucho alcanzaban dominancia social sobre sus compañeros (Reijntjes et al., 2016).

    O sea, para algunos niños el bullying funciona: les da estatus.

    Olweus (1993, p. 35) ya había descrito tres motivos detrás de la conducta de acosar: una fuerte necesidad de poder y dominio (disfrutan estar “en control”), cierta hostilidad hacia el entorno que se gestó en sus condiciones familiares, y un “componente de beneficio”, porque el acoso les consigue cosas (dinero, objetos, prestigio).

    Esa es una de las razones por las que “hablar con él” no basta y por las que el colegio tiene que cambiar el ambiente del curso, no solo sancionar al que agrede.

    Empieza en casa: el bullying entre hermanos

    Si tu hijo acosa en el colegio, mira primero cómo trata a sus hermanos.

    Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry recoge que hasta un 40 % de los niños sufre acoso de un hermano cada semana, que la calidad de la crianza es el factor familiar más asociado a ese acoso, y que el bullying entre hermanos aumenta el riesgo de involucrarse en bullying con los pares (Wolke, Tippett y Dantchev, 2015).

    No es “rivalidad normal” cuando se repite, hay desequilibrio de poder y el hermano menor vive con miedo.

    Y no es inofensivo para quien lo recibe: en una cohorte británica de más de 6.900 niños, los que eran acosados con frecuencia por un hermano a los 12 años tenían el doble de probabilidad de depresión y de autolesiones a los 18 (Bowes, Wolke, Joinson, Lereya y Lewis, 2014).

    Coloroso (2008, p. 102) lo dice con crudeza: torcerle el brazo a un hermano hasta que grita, con una sonrisa fría que desaparece cuando entra el adulto, no es rivalidad, es bullying. Si en tu casa hay un hermano “que siempre se mete en problemas” y otro “que nunca hace nada”, revisa también los roles que tú les asignaste, porque los niños actúan el papel que les dan.

    Y si tu hijo es pequeño y lo que ves son golpes más que hostigamiento, la guía sobre por qué mi hijo pega y qué hacer según la edad separa lo esperable de lo que ya es un problema.

    Y a veces tu hijo también es víctima

    Vuelve al dato chileno: dos de cada tres adolescentes que acosan también son acosados. Los “agresores-víctimas” son el grupo que peor lo pasa y el más inestable.

    Un estudio longitudinal con 916 escolares seguidos de los 11 a los 17 años encontró que agresores y víctimas puros tendían a mantenerse en su rol o a salir del problema, mientras que el rol de agresor-víctima era el más inestable, con transiciones frecuentes hacia uno u otro, y con niveles altos y persistentes tanto de perpetración como de victimización (Zych et al., 2020).

    Y en el metaanálisis sobre crianza y victimización de Lereya, Samara y Wolke (2013), los agresores-víctimas eran los más expuestos a crianza negativa, abuso y negligencia, con efectos moderados (g de 0,13 a 0,68), mayores que en las víctimas puras.

    Coloroso (2008, p. 19) los describe como el “acosador acosado”: maltratado por adultos o por niños mayores, acosa a otros para aliviar su propia sensación de impotencia, y es el menos popular de todos.

    Si sospechas que tu hijo está en ese lugar, hay dos preguntas que hacer, y las dos importan: “¿a quién le hiciste daño?” y “¿quién te lo está haciendo a ti?”. Las dos cosas se trabajan a la vez. En el artículo sobre cómo saber si tu hijo sufre bullying están las señales por edad.

    Lo que no hay que hacer (aunque sea lo primero que sale)

    Antes de los pasos, las cinco reacciones que la evidencia y la experiencia clínica desaconsejan:

    • Negarlo o minimizarlo. “El otro lo provocó”, “las niñas solo estaban jugando”, “a todos los molestan”. Coloroso (2008, p. 102) advierte que justificar es decirle a tu hijo que no esperas más de él, y regalarle la excusa lista para la próxima vez.
    • Castigar con violencia o humillación. Ya viste el metaanálisis de Gershoff y Grogan-Kaylor (2016). Coloroso (2008, pp. 103-104) añade los castigos “sutiles” que se parecen demasiado al bullying relacional: aislarlo, avergonzarlo delante de otros, decirle “qué vergüenza”, negarle el cariño (“no vengas a pedir abrazos, fuiste mala con tu hermano”). Con esos castigos el niño se concentra en lo mal que lo tratan a él, no en lo que le hizo al otro, y aprende a hacerlo sin que lo pillen.
    • Exigir una disculpa inmediata. Una disculpa forzada produce un “perdón” vacío, o disculpas repetidas después de agresiones repetidas (Coloroso, 2008, p. 108). La reparación se pide, no se exige, y viene después de que el niño entienda qué hizo.
    • Ir a confrontar al otro niño o a su familia. Escala el conflicto, pone a tu hijo en el rol de protegido y suele terminar en una denuncia cruzada. El canal es el colegio.
    • Pedir que lo expulsen “para que aprenda”. Las políticas de tolerancia cero suenan firmes, pero la revisión de evidencia del grupo de trabajo de la Asociación Americana de Psicología concluyó que, tras veinte años de aplicación, los datos disponibles tienden a contradecir sus supuestos y que chocan con lo que se sabe del desarrollo adolescente (American Psychological Association Zero Tolerance Task Force, 2008). Sacar al niño del colegio no le enseña nada; solo cambia de patio.

    Qué hacer, paso a paso

    Esto es lo que sí tiene respaldo. Está pensado para la semana siguiente a la llamada, pero la mayoría de los pasos se sostienen durante meses.

    Paso 1: escucha las dos versiones sin defender ni condenar

    Reúnete con el colegio antes que con nadie. Pide hechos, fechas, quiénes participaron y qué medidas se tomaron ya.

    Luego habla con tu hijo, en un momento tranquilo, sin público. Evita el “¿por qué lo hiciste?”, que invita a la excusa; funciona mejor un “cuéntame qué pasó, desde el principio“. Escucha entera su versión, y cuando aparezcan las excusas (Killer et al., 2019 te dijo que van a aparecer) no discutas cada una: anótalas mentalmente, porque son justo lo que vas a trabajar después.

    Paso 2: nómbralo con claridad y sin gritar

    Olweus (1993, pp. 101-102) es directo: los padres tienen que dejarle claro al niño que se toman el acoso en serio y que no van a tolerar esa conducta en el futuro, y si el colegio y la casa reaccionan de forma consistentemente negativa al acoso, la probabilidad de que el niño cambie sube de forma considerable.

    Una frase basta, dicha con calma y mirándolo: “Lo que hiciste es acoso. Le hiciste daño a alguien. En esta familia eso no se acepta, y vamos a arreglarlo juntos”.

    Coloroso (2008, p. 107) insiste en un cuarto elemento que evita que se convierta en humillación: dejarle la dignidad intacta. No es un mal niño; lo que hizo estuvo mal, y creemos que es capaz de ser una persona decente.

    Paso 3: disciplina, no castigo: las tres R

    Aquí está la diferencia que la mayoría de los padres no conoce.

    Coloroso (2008, pp. 106-111) distingue el castigo (que se pregunta qué regla se rompió y qué pena merece) de la disciplina, que tiene cuatro pasos: mostrarle qué hizo mal sin suavizarlo; darle la responsabilidad del problema sin excusas ni traspaso de culpa; darle un proceso para resolverlo; y dejarle la dignidad intacta. El proceso son las tres R:

    • Restitución: reparar lo que hizo. Si rompió algo, lo repone. Si el daño fue a la persona (miedo, humillación), la reparación es más difícil y más importante, y la disculpa se pide, no se exige.
    • Resolución: entender qué lo llevó a hacerlo (celos, rabia, querer encajar) y decidir qué va a hacer distinto la próxima vez que sienta lo mismo.
    • Reconciliación: sanar con la persona dañada, con el compromiso de cumplir el plan; si el otro niño lo acepta, tu hijo puede ofrecerle su tiempo para hacerle bien. Coloroso advierte que este paso no se puede forzar: si el niño acosado no quiere tener contacto, tu hijo tiene que aceptar la distancia y esperar. Si alguien tiene que incomodarse, es él.

    Las consecuencias sí existen, pero son otra cosa que el castigo.

    Un metaanálisis de 154 ensayos de programas para padres identificó qué técnicas de crianza explican que esos programas reduzcan la conducta disruptiva: el refuerzo positivo (el elogio en particular) y las consecuencias naturales o lógicas, es decir, disciplina no violenta (Leijten et al., 2019).

    Una consecuencia lógica de hostigar a un compañero por WhatsApp es perder por un tiempo el WhatsApp, y recuperarlo cuando demuestre que lo usa bien; no es perder “todo, para siempre”, que deja de funcionar a los dos días.

    Paso 4: reglas de familia por escrito, y elogio cuando las cumple

    Olweus (1993, pp. 101-102) recomienda algo simple y poco practicado: acordar con el niño unas pocas reglas de convivencia, escribirlas y ponerlas en un lugar visible de la casa; darle mucho reconocimiento cuando las cumple (porque es más fácil cambiar la conducta agresiva cuando uno se siente apreciado); y, si las rompe, que siga una consecuencia previamente conversada, con algo de incomodidad pero nunca castigo corporal.

    Tres o cuatro reglas bastan: no se pega, no se humilla, no se excluye, se cuenta cuando algo sale mal.

    Paso 5: entrena la empatía y las habilidades para hacer amigos

    Coloroso (2008, pp. 113-119) dedica el corazón de su capítulo a esto y propone un método de preguntas en tres niveles que puedes usar con situaciones cotidianas. Primero que reconozca lo que siente y piensa él: “¿Qué sentiste cuando lo empujaste contra el casillero?”.

    Después que se ponga en el lugar del otro: “¿Cómo crees que se sintió él? ¿Por qué crees que no se lo contó a nadie? ¿Qué te diría si pudiera?”. Y por último, que anticipe antes de actuar: “La próxima vez que sientas eso, ¿qué puedes hacer que no le haga daño a nadie?”.

    Ella parte de una premisa que conviene creer: el niño que acosa no carece de empatía, la tiene enterrada, y desenterrarla lleva tiempo.

    Las habilidades de amistad se enseñan igual de explícitamente. Coloroso (2008, pp. 117-118) resume tres principios que a un niño de 9 años se le pueden explicar en una tarde: tú controlas el 50 % de la relación y el otro controla el otro 50 %, así que solo puedes invitar, no obligar; cómo invitas influye en el 100 % de la respuesta (gritar, empujar o burlarse reduce mucho las ganas del otro de jugar contigo); y “no” es una frase completa.

    Un niño que sabe pedir, compartir y aceptar un no tiene menos necesidad de dominar. Si quieres más ejercicios, el artículo sobre inteligencia emocional en niños trae ejercicios por edad.

    Y crea oportunidades de “hacer el bien”, que no es lo mismo que sermonear sobre ser bueno: ayudar a un hermano con las tablas, una responsabilidad real en la casa, una actividad donde su energía tenga un destino que no sea otro niño (Coloroso, 2008, pp. 112-113 y 123-124).

    Olweus (1993, p. 102) apunta en la misma dirección: la fuerza física y la necesidad de dominar de muchos niños que acosan se pueden encauzar en deportes con reglas, y quizá el niño tenga talentos que los padres pueden ayudar a desarrollar.

    Paso 6: supervisa de cerca (amigos, pantallas, dónde está)

    El bullying ocurre cuando los adultos no están o no saben qué hacen los niños. Olweus (1993, p. 40) lo pone como condición en la adolescencia: supervisar razonablemente las actividades fuera del colegio y saber qué hace y con quién.

    Y la forma que recomienda (p. 102) es pasar tiempo con el niño y sus amigos, en vez de interrogarlo: así además se construye la confianza que hace que te escuche.

    Coloroso (2008, pp. 122-123) agrega los medios: saber qué ve, qué juega y qué escucha, tener las pantallas en espacios comunes, limitar el tiempo y estar atento a cuatro señales de exceso (insensibilización a la violencia, embotamiento, imitación e intimidación).

    Si el acoso fue por celular, en la guía sobre ciberbullying: qué hacer paso a paso hay una sección específica para el hijo que acosa en línea.

    Paso 7: mira tu propia casa

    Es el paso más incómodo y, según la evidencia, el que más pesa. Coloroso (2008, pp. 104-105) lo plantea como una pregunta que hay que hacerse con honestidad: ¿hay algo que yo esté haciendo que aliente o sostenga el acoso?

    Ella describe dos tipos de familia que alimentan el ciclo de violencia: la de “muro de ladrillos”, una dictadura donde el orden se impone con castigo y el castigo aumenta la rabia y la agresión, y la de “medusa”, sin estructura, donde los castigos y recompensas son arbitrarios, las segundas oportunidades se dan al azar, abundan las amenazas y los sobornos, y las emociones mandan (Coloroso, 2008, pp. 77-90).

    Frente a las dos propone la familia “columna vertebral”: límites firmes, consecuencias razonables, afecto sin condiciones y la disposición a pedir ayuda cuando hace falta (pp. 90-99).

    Es el mismo cuadro que encontraron Chu y Chen (2025) con 107 estudios: la crianza dura y la ausente empujan hacia el acoso; la positiva protege.

    Si en tu casa se grita, se pega o se desprecia a otros (“mira a ese, qué inútil”), tu hijo aprende eso antes que cualquier discurso. Y si hay violencia de pareja o maltrato, el problema de tu hijo es un síntoma de algo que hay que atender primero. El artículo sobre cómo poner límites a los niños describe cómo pasar de castigar a disciplinar sin perder autoridad.

    Paso 8: trabaja con el colegio, no contra él

    Un colegio que llama a los padres del niño que acosa está haciendo lo que la ley le exige, y lo que la evidencia recomienda. Olweus (1993, p. 101) lo dice desde su modelo: aunque resolver el problema es responsabilidad primaria del colegio, los padres pueden hacer mucho, y la reacción coordinada de los dos es lo que más aumenta la probabilidad de cambio.

    Pregunta qué medidas formativas va a aplicar, cómo va a proteger al otro niño, qué se espera de tu hijo y en qué plazo se va a revisar. Ofrece lo que estás haciendo en casa.

    Y si el colegio solo habla de sanciones, pide por escrito las medidas formativas y de apoyo que la ley obliga a acompañar: en la sección legal de más abajo está el detalle.

    ¿Qué pasa si mi hijo hace bullying y nadie interviene?

    No es para asustarte; es para que la energía que hoy pones en defenderlo la pongas en corregirlo. El bullying persistente en la infancia es uno de los predictores más sólidos de problemas serios más adelante.

    Delincuencia

    Un metaanálisis de 28 estudios longitudinales encontró que los escolares que acosaban tenían 2,5 veces más probabilidad de cometer delitos hasta 11 años después que los no involucrados, y que acosar seguía siendo un factor de riesgo específico (OR 1,82) incluso después de controlar los principales factores de riesgo de la infancia (Ttofi, Farrington, Lösel y Loeber, 2011).

    Olweus (1993, p. 36) lo había visto en sus propios seguimientos en Noruega: alrededor del 60 % de los niños identificados como agresores en 6.º a 9.º tenía al menos una condena a los 24 años, y entre el 35 y el 40 % tenía tres o más, frente al 10 % de los niños que no habían sido ni agresores ni víctimas.

    Salud mental

    En salud mental el cuadro es más matizado, y vale la pena decirlo con precisión.

    En la cohorte de Great Smoky Mountains, con 1.420 personas evaluadas de los 9 a los 26 años, los agresores puros quedaron con riesgo de trastorno antisocial de la personalidad en la adultez joven (OR 4,1), mientras que los agresores-víctimas tuvieron los peores resultados de todos: depresión, trastorno de pánico y, en los varones, conducta suicida (Copeland, Wolke, Angold y Costello, 2013).

    En un segundo análisis de la misma cohorte sobre salud, dinero y relaciones, los agresores puros no mostraron peores resultados adultos una vez controlados los factores familiares y psiquiátricos de la infancia, a diferencia de las víctimas y los agresores-víctimas (Wolke, Copeland, Angold y Costello, 2013).

    Traducción honesta: si tu hijo acosa y no es víctima, el riesgo grande está en la conducta antisocial y la delincuencia; si además es víctima, el riesgo se extiende a la depresión y al suicidio.

    Consumo e ideación suicida

    Y hay riesgos más inmediatos, medidos en Chile. En el estudio de Gaete et al. (2017) con 36.687 escolares, los agresores tenían las tasas más altas de consumo: 30 % había fumado cigarrillos, 36 % había bebido alcohol y 25 % había consumido marihuana, contra 14 %, 17 % y 8 % de los que no estaban involucrados en bullying.

    En el estudio europeo de niños de 6 a 11 años, el 19,6 % de los agresores reportó ideación suicida, y la asociación se mantenía tras controlar la psicopatología y el malestar de la madre (OR ajustado 1,30), algo que no ocurría en las víctimas puras (Husky et al., 2022).

    Un niño que acosa no está bien, aunque parezca que sí.

    Lo que dice la ley en Chile si mi hijo es el que acosa

    Aquí hay tres cosas que conviene saber, y las tres están verificadas en el texto legal, no en resúmenes.

    Los padres responden civilmente por el daño

    El artículo 2320 del Código Civil establece que los progenitores son responsables del hecho de los hijos menores que habiten en la misma casa, salvo que prueben que, con la autoridad y el cuidado que su calidad les confiere, no pudieron impedir el hecho.

    Y el artículo 2321 va más lejos: los progenitores son siempre responsables de los delitos o cuasidelitos de sus hijos menores que “conocidamente provengan de mala educación, o de los hábitos viciosos que les han dejado adquirir”.

    En la práctica, si el acoso de tu hijo causó un daño (psicológico o físico) y la otra familia demanda, la indemnización puede recaer en ti. Que un abogado te lo confirme para tu caso; aquí lo que importa es que el “no es para tanto” tiene un costo también legal.

    El colegio debe actuar, y con enfoque formativo

    La Ley 21.809 obliga al establecimiento a activar su protocolo contra el acoso escolar en los plazos que este fije, y a adoptar medidas de prevención y promoción “con enfoque formativo”, orientadas a toda la comunidad y en especial a los involucrados.

    Las medidas disciplinarias tienen que ser proporcionales a la falta, y las acciones reparatorias “siempre deberán ir acompañadas de medidas formativas”. La misma ley exige que el reglamento incluya estrategias de formación para padres y apoderados sobre prevención del acoso y resolución pacífica de conflictos.

    Esto significa que puedes pedir, por escrito, que la respuesta del colegio a tu hijo incluya algo más que una sanción. La Ley 21.809 se lee entera en la ficha de Ayuda Mineduc.

    La expulsión tiene reglas, y no es lo primero

    En los colegios que reciben subvención del Estado (la gran mayoría), el artículo 6, letra d, de la Ley de Subvenciones dispone que, antes de iniciar un procedimiento de expulsión o cancelación de matrícula, el director debe haber advertido a los padres de la inconveniencia de la conducta y haber aplicado a favor del estudiante las medidas formativas y de apoyo pedagógico o psicosocial de su reglamento.

    La medida solo puede adoptarse mediante un procedimiento previo, racional y justo, con derecho a hacer descargos y a pedir reconsideración dentro de 15 días, y con un informe previo de una comisión (profesor jefe, encargado de convivencia y un integrante del equipo técnico) que evalúe la proporcionalidad.

    La excepción son las conductas que atenten directamente contra la integridad física o psicológica de un miembro de la comunidad (agresiones físicas con lesiones, agresiones sexuales, armas), donde el procedimiento es más rápido. Si crees que el colegio se saltó pasos, la Superintendencia de Educación recibe denuncias de apoderados.

    Si hay delito

    Cuando el acoso incluye lesiones, amenazas, difusión de imágenes íntimas o extorsión, deja de ser solo un tema escolar. Según la página de la Fiscalía sobre bullying, los menores de 14 años no tienen responsabilidad penal y sus casos van al Tribunal de Familia; desde los 14 rige la responsabilidad penal adolescente. En la guía sobre ciberbullying están los artículos del Código Penal que aplican.

    ¿Qué funciona para cambiar a un niño que acosa? Lo que dice la evidencia

    La pregunta que más importa, y la respuesta es alentadora si no esperas milagros.

    Los programas escolares

    Los programas escolares funcionan. La revisión Campbell de 100 evaluaciones encontró que reducen la perpetración (OR 1,31) y la victimización (OR 1,24) (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2021).

    En un análisis de los componentes de esos programas, a partir de una estimación previa de reducciones de 19 a 20 % en perpetración, los elementos asociados a mayores efectos sobre la perpetración fueron el enfoque de colegio completo, las políticas antibullying, las reglas de aula, la información para los padres, la participación informal de los pares y el trabajo con las víctimas (Gaffney, Ttofi y Farrington, 2021).

    Fíjate en “información para los padres”: lo que tú hagas cuenta dentro del programa del colegio.

    Programas con los padres

    Los programas que trabajan con los padres, de forma específica, tienen efectos más grandes que la media. Un metaanálisis de programas de crianza encontró un efecto global de d = 0,64 sobre la reducción del bullying, con menos perpetración y menos victimización, y que el estilo de crianza, la empatía del niño y la conversación entre padres e hijos sobre el acoso se relacionaban con la eficacia (Chen, Zhu y Chui, 2021).

    Es la versión con datos de los pasos 3 a 7 de arriba.

    Para el niño que ya tiene un patrón agresivo instalado, existen intervenciones con nombre y apellido.

    El programa Coping Power, para preadolescentes agresivos y sus padres, mostró en un ensayo aleatorizado con seguimiento a un año menos conducta delictiva encubierta y menos consumo de sustancias que el grupo control, con los mejores resultados cuando se combinaban el componente del niño y el de los padres (Lochman y Wells, 2004).

    Y ya viste que en los programas para padres lo que explica el cambio es el elogio y las consecuencias no violentas (Leijten et al., 2019). Eso es lo que hace un psicólogo infantil con un niño que acosa: no lo sienta a “reflexionar”, entrena a los padres y al niño en habilidades concretas, semana a semana.

    Una nota chilena que conviene conocer

    El programa finlandés KiVa se probó en 39 colegios vulnerables de Santiago, con 5.923 estudiantes de 5.º y 6.º básico: la versión sin el juego en línea redujo un poco la victimización y el ser testigo de acoso, pero no hubo efecto sobre la perpetración en ninguna comparación (Valenzuela et al., 2022).

    Lo digo por dos razones: para que no esperes que el programa del colegio, por bueno que sea, arregle solo a tu hijo, y para que valores lo que sí depende de ti.

    ¿Cuándo llevar a mi hijo a un psicólogo?

    No todo niño que acosó una vez necesita terapia. Estas señales, con la evidencia de arriba detrás, sí la justifican:

    • El acoso continúa después de dos o tres meses de aplicar en serio los pasos de esta guía. La estabilidad del rol de agresor (Zych et al., 2020) y su relación con la delincuencia posterior (Ttofi et al., 2011) hacen que esperar sea la peor opción.
    • Tu hijo parece frío frente al daño que causa, solo le molesta que lo hayan pillado y los castigos no le hacen mella. Son los rasgos de insensibilidad emocional que Viding et al. (2009) asocian a la resistencia a las intervenciones corrientes: se evalúan y tienen tratamiento específico.
    • También es víctima (en el colegio, de un hermano, o en casa). Los agresores-víctimas son el grupo con peor pronóstico (Copeland et al., 2013) y el más inestable (Zych et al., 2020).
    • Hay consumo de alcohol o drogas, aunque sea “social” (Gaete et al., 2017). La guía sobre qué hacer si tu hijo fuma marihuana describe cómo conversarlo y qué evaluar.
    • Hay agresividad también en la casa, con hermanos o contigo, o un patrón de desafío constante a las normas. Puede tratarse de un trastorno oposicionista desafiante u otro problema de conducta que necesita evaluación.
    • Dice cosas como “sería mejor no estar” o “todos estarían mejor sin mí”. El 19,6 % de ideación suicida en agresores de 6 a 11 años (Husky et al., 2022) no es una cifra para ignorar. Ante cualquier señal, consulta esa semana; y si hay riesgo inmediato, la Línea de Prevención del Suicidio *4141 del MINSAL atiende gratis las 24 horas.

    Y hay una razón menos dramática para consultar: porque hacer solo los pasos 3 a 7 es difícil, sobre todo si en tu casa hay más de un adulto y no están de acuerdo, o si tú mismo creciste con castigo y no tienes otro modelo.

    Unas pocas sesiones de orientación a padres, con un plan concreto y seguimiento, suelen ser más eficaces que meses de intentos a ciegas. Si dudas, el artículo sobre cuándo llevar a un niño al psicólogo puede ayudarte a decidir, y puedes escribirnos para agendar una hora.

    Qué hacer y qué no, en una tabla

    Qué hacerQué no hacer
    Reunirte con el colegio y pedir hechos, fechas y medidasEnfrentar al otro niño o a su familia
    Escuchar entera la versión de tu hijo y anotar sus excusasAceptar “el otro lo provocó” como cierre del tema
    Decirle con calma que es acoso y que no se aceptaGritar, pegar, humillar o retirarle el cariño
    Disciplina con las tres R: reparar, resolver, reconciliarExigir un “perdón” inmediato y darlo por resuelto
    Consecuencias lógicas, acotadas y anunciadasCastigos totales e indefinidos que se abandonan a los dos días
    Reglas de familia escritas y elogio cuando las cumpleReglas que cambian según el humor del adulto
    Preguntas de empatía con situaciones cotidianasSermones sobre “ser bueno”
    Saber con quién anda y qué hace con las pantallasInterrogatorios sin pasar tiempo con él
    Revisar cómo se trata a la gente en tu casaBuscar la causa solo fuera de la familia
    Consultar si sigue, si es frío ante el daño o si también es víctimaEsperar a que “madure”

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué hago si mi hijo hace bullying y lo niega?

    No lo acorrales en una confesión. Reúne primero los hechos con el colegio (fechas, testigos, mensajes) y preséntaselos sin discutir su versión punto por punto. Un niño que acosa suele minimizar y culpar a la víctima; eso es parte del problema, no una prueba de inocencia. Nómbralo igual, aplica las consecuencias lógicas y trabaja la empatía. La negación cede cuando ve que no hay castigo humillante sino un camino para arreglarlo.

    ¿Debo castigar a mi hijo por hacer bullying?

    Consecuencias sí, castigo violento o humillante no. El castigo físico se asocia a más agresión, no a menos, y la humillación le enseña a hacerlo sin que lo vean. Lo que funciona es una consecuencia lógica y acotada (perder por un tiempo el medio que usó para acosar), reparar el daño a la otra persona, reglas claras en casa y elogio cuando las cumple. Eso es lo que muestran los metaanálisis sobre programas para padres.

    ¿Por qué mi hijo molesta a otros niños si en casa es cariñoso?

    Porque el bullying no es rabia, es una forma de conseguir estatus o control que le funciona en el grupo, y muchos niños que acosan son encantadores con los adultos. Tampoco se explica por baja autoestima. Los factores con más peso son lo que aprendió sobre el poder y la agresión (en casa, con hermanos, en pantallas), la falta de límites frente a la agresión, la poca práctica en ponerse en el lugar del otro y el grupo de amigos que lo premia.

    ¿Pueden expulsar a mi hijo del colegio por bullying?

    Pueden, pero con reglas. En los colegios subvencionados, antes de expulsar el director debe haber advertido a los padres y aplicado medidas formativas y de apoyo psicosocial, y la decisión exige un procedimiento justo con derecho a descargos, un informe de una comisión y la posibilidad de pedir reconsideración en 15 días. Solo las agresiones graves contra la integridad física o psicológica permiten un procedimiento más rápido. Si el colegio se saltó pasos, la Superintendencia de Educación recibe la denuncia.

    ¿Los padres son responsables legalmente si su hijo hace bullying en Chile?

    Sí. El Código Civil hace responsables a los progenitores del hecho de los hijos menores que viven con ellos, salvo que prueben que no pudieron impedirlo, y los declara siempre responsables cuando el daño proviene de “mala educación o de hábitos viciosos” que les dejaron adquirir. Si el acoso causó daño y la otra familia demanda, la indemnización puede recaer en los padres. Consulta con un abogado para tu caso concreto.

    ¿Un niño que hace bullying puede cambiar?

    Sí, y es más probable cuanto antes se actúe. Los programas que trabajan con los padres reducen el acoso con efectos moderados, las intervenciones para niños agresivos como Coping Power muestran menos delincuencia y consumo un año después, y el propio Olweus insistía en que la reacción firme y coordinada de la casa y el colegio aumenta mucho la probabilidad de cambio. Lo que empeora el pronóstico es no hacer nada: el acoso persistente multiplica por 2,5 el riesgo de delinquir años después.

    Lo que tu hijo necesita ver de ti

    Un niño que acosa está mirando cómo respondes. Si lo defiendes, aprende que tiene licencia. Si lo aplastas, aprende que tenías razón: el más fuerte manda. Lo que necesita ver es a un adulto que no se asusta de la verdad, que la nombra sin gritar, que le exige reparar y que sigue ahí, de su lado, mientras lo hace.

    Eso, sostenido durante meses, es lo que la evidencia dice que cambia a un niño.

    Si sientes que no puedes solo, o que ya lo intentaste y no alcanzó, agenda una hora: la orientación a padres es, con diferencia, la intervención con mejores resultados para esto, y cuanto antes empiece, menos hay que deshacer.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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