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  • Primera Navidad sin un ser querido: ideas para pasarla

    Primera Navidad sin un ser querido: ideas para pasarla

    Se acerca diciembre y alguien en la familia pregunta, con cuidado, qué van a hacer este año. En la mesa de siempre falta una silla. Los villancicos suenan en el supermercado, el pan de pascua ya está en las vitrinas y tú todavía no sabes si tienes fuerzas para esa cena.

    Si buscaste cómo pasar la Navidad en duelo, o cómo enfrentar las fiestas de fin de año en duelo, sobre todo tu primera Navidad sin un ser querido, esta guía reúne lo que dicen la investigación sobre el duelo y los libros de Worden, Neimeyer y Webb. Te ayuda a prepararte antes de la fecha, decidir qué mantener y qué cambiar, pedir lo que necesitas y reconocer cuándo conviene buscar apoyo.

    Respuesta corta: la primera Navidad sin alguien que murió suele ser una de las fechas más duras del primer año, y sentirlo así es esperable. No existe una forma correcta de pasarla. Lo que más ayuda es decidir con anticipación y en conversación con tu familia qué harás, incluir a la persona de un modo que te haga sentido y tener una salida si el día te sobrepasa.

    ¿Por qué la primera Navidad sin un ser querido duele tanto?

    Porque la fecha pone la ausencia delante de todos. Worden (2013) señala que las vacaciones y la Navidad se cuentan entre los períodos más difíciles del duelo, ya que el contraste entre la celebración y la pérdida hace tangible lo que falta. La silla vacía, el plato que ya nadie sirve y la receta de esa persona hacen que la realidad de la muerte vuelva a sentirse reciente.

    Neimeyer (2019) llama al primer año el «año de las primeras veces»: la primera Navidad, el primer cumpleaños, el primer aniversario. En los primeros meses suele haber una especie de anestesia, y al llegar una fecha cargada de significado aparecen oleadas de añoranza que él llama picos de duelo. Según Neimeyer, esas oleadas son parte normal de acomodarse a la pérdida y no un retroceso.

    La investigación acompaña esa experiencia. Una revisión sistemática de 58 artículos concluyó que existe la llamada reacción de aniversario, es decir, reacciones físicas y psicológicas alrededor de fechas como el día de la muerte, los cumpleaños y otras ocasiones significativas, aunque la literatura es muy heterogénea (Leaune et al., 2025). Que sea frecuente no significa que le ocurra a todo el mundo ni que vaya a ser insoportable.

    ¿Es normal sentirse peor en estas fechas?

    Sí, y también es normal sentirse mejor de lo que esperabas. El duelo no baja en línea recta. Neimeyer lo describe como un avance de «dos pasos adelante y uno atrás», donde la tristeza convive con momentos de risa y de energía.

    Un estudio clásico siguió a 233 personas en duelo por muerte natural durante dos años. La aceptación fue la reacción más respaldada en casi todo momento y la añoranza fue la emoción negativa que más se mantuvo, con un pico hacia los cuatro meses (Maciejewski et al., 2007). Dicho de otro modo, extrañar mucho a alguien convive con ir aceptando que murió.

    Otro estudio en 614 adultos jóvenes en duelo encontró que lo que mejor predecía cómo estaban no eran los meses transcurridos sino cuánto sentido habían podido darle a la pérdida. También registró más malestar al acercarse el segundo aniversario de la muerte (Holland y Neimeyer, 2010). El tiempo solo no ordena el duelo, y las fechas importantes pueden volver a mover cosas.

    La mayoría de las personas atraviesa este período sin desarrollar un trastorno. Una revisión sobre duelo prolongado estima que cerca del 10 % lo desarrolla (Szuhany et al., 2021), y un análisis de 16 países mostró que la cifra baja a cerca del 5 % en muestras probabilísticas (Comtesse et al., 2024).

    ¿Cómo pasar la primera Navidad sin un ser querido?

    La mejor intervención, según Worden (2013), es prever y planificar las fiestas con antelación en familia. Decidir con tiempo cómo se pasarán esos días disminuye la incertidumbre y evita llegar a la Nochebuena improvisando con el ánimo al límite. Estos pasos ordenan esa preparación:

    1. Habla antes de la fecha. Reúnanse una tarde de noviembre, con niños y adolescentes incluidos, y pregunten qué necesita cada uno. Neimeyer (2019) advierte contra el «mito de la uniformidad»: un mismo ritual no le sirve igual a todos, así que conviene escuchar las preferencias de cada persona.
    2. Decide qué mantienes, qué cambias y qué dejas para otro año. Pueden conservar la cena, pero hacerla en otra casa, a otra hora o con otro menú. También vale suspender algo por esta vez. Worden (2013) aclara que hay que respetar el ritmo de cada uno y no apurar a nadie.
    3. Reparte las tareas que antes hacía esa persona. Quién cocina, quién compra, quién arma el árbol. Resolverlo antes evita que un detalle práctico termine en una discusión o en un llanto a medianoche.
    4. Ten una salida. Si te invitan a una reunión, avisa al anfitrión que quizás no te quedes todo el tiempo. Ir un rato, o llegar y poder irte, también cuenta como participar.
    5. Evita decisiones grandes en estas semanas. Worden (2013) recomienda no tomar decisiones drásticas e irreversibles, como vender la casa, regalar todas sus cosas o mudarte de ciudad, solo por escapar del dolor.
    6. Cuida lo básico. Dormir, comer y moverte un poco no solucionan el duelo, pero un cuerpo agotado lo hace más difícil de sostener.

    ¿Qué rituales pueden ayudar el día de Navidad?

    Los rituales dan una forma al dolor, y en las fiestas en duelo pueden ser un punto de apoyo. Neimeyer (2019) explica que son instrumentos culturales y familiares que aportan estructura al caos emocional y dejan un espacio legítimo para la tristeza y la memoria. En lugar de cancelar la celebración o actuar como si nada hubiera pasado, propone gestos pequeños y flexibles:

    • Encender una vela o poner una fotografía en la mesa.
    • Reservar su silla o su puesto, o poner su plato para quien quiera servirse algo en su nombre.
    • Cocinar su receta o preparar su bebida o su postre favorito.
    • Dedicar un minuto al inicio de la cena para nombrarlo, brindar o compartir una anécdota. Hacerlo al comienzo permite que el resto de la reunión sea más llevadera.
    • Escribirle una carta que no se envía, o dejar un mensaje en un libro de recuerdos familiar.
    • Donar un juguete o un alimento en su nombre.

    Neimeyer cuenta el caso de una familia que, tras la muerte del padre, se reunió en la cabaña y sintió un silencio doloroso después de la cena. Una de las hijas sacó del armario la chaqueta naranja que él usaba para caminar por el bosque y salió a dar el paseo en su nombre. Hubo risas y lágrimas, y la familia sintió cerca al padre.

    Conviene ser honesto con lo que se sabe. En un estudio con 552 personas en duelo los funerales y los rituales se consideraron útiles, pero no se halló una asociación significativa entre usarlos y la intensidad de las reacciones de duelo (Mitima-Verloop et al., 2021). Los rituales acompañan lo que sientes sin garantizar alivio, así que vale la pena elegir los que te hagan sentido a ti.

    ¿Y si sientes su presencia en la mesa?

    Es más frecuente de lo que se comenta. Una revisión en español señala que entre el 47 % y el 82 % de las personas en duelo percibe de algún modo la presencia del fallecido, que la mayoría (69 % a 75 %) la vive de manera positiva y que rara vez se cuenta por miedo a ser juzgado (Sabucedo Serrano, 2025).

    Sentir que está en la sala, oír su voz o soñar con esa persona en estas fechas no es una señal de locura. Si te ocurre y te consuela, no necesitas corregirlo. Si te angustia o te cuesta distinguir lo real, vale la pena comentarlo con un profesional, sin dramatizar.

    ¿Cómo manejar la culpa por reír o disfrutar?

    Muchas personas sienten culpa al reírse en una reunión o al pasarlo bien por un rato. Worden (2013) la llama culpa de recuperación: el temor de estar deshonrando la memoria del fallecido o de que otros piensen que no le importaba. Aclara que sentir gratificación y momentos de esparcimiento forma parte de reorientar el vínculo y seguir viviendo, y que eso no resta amor.

    Neimeyer (2019) describe esos momentos como agridulces: «la primera vez que me reí a gusto después de su muerte» trae alegría y también una punzada. Reír y recordar una anécdota con cariño en la mesa familiar puede ser una forma de compartir la pena, no una traición.

    Si, al contrario, no tienes ganas de celebrar nada, también es una respuesta posible. Puedes pasar el día tranquilo, hacer algo distinto o salir de la ciudad. Lo que sí conviene vigilar es el aislamiento total: aunque decidas no celebrar, buscar compañía de una persona de confianza suele ayudar.

    ¿Qué hacer si la familia presiona o dice frases que duelen?

    Es común que el entorno, por incomodidad, recurra a frases como «hay que seguir adelante» o «a él no le gustaría verte así». Worden (2013) las menciona como tópicos bienintencionados y dañinos.

    Los datos lo confirman: en una encuesta nacional en Japón a personas que perdieron a alguien por cáncer, más del 60 % de quienes recibieron comentarios de otros los consideró poco útiles, y el más doloroso fue «enfatizaron los aspectos positivos de la muerte» (Ishida et al., 2018).

    Lo útil se parece más a una compañía sin apuro.

    Una encuesta a 678 personas en duelo en Australia halló que las fuentes de apoyo más usadas fueron las informales, como familia y amigos, y que lo menos útil era la insensibilidad, los malos consejos y la falta de empatía (Aoun et al., 2018). Una revisión exploratoria concluyó que ajustarse a las necesidades de quien recibe el apoyo caracteriza lo que ayuda (Tognela et al., 2025).

    Puedes anticiparte con frases sencillas:

    • «Este año prefiero una cena corta. Si me quedo callada, no es que esté mal contigo.»
    • «Me sirve que me escuchen, no que me den consejos.»
    • «Quiero que hablemos de él. Si en algún momento me cuesta, te aviso.»
    • «Necesito salir un rato. Vuelvo en veinte minutos.»

    Neimeyer (2019) sugiere pedir una respuesta auténtica, por ejemplo que te pregunten «¿cómo estás hoy?» o «¿quieres que hablemos de ello?», y aceptar que dentro de una misma familia coexisten estilos de duelo distintos. Para quienes quieren acompañar a otra persona, hay una guía sobre qué decirle a alguien que perdió a un ser querido.

    ¿Cómo acompañar a niños y adolescentes en Navidad?

    Los niños necesitan verdad simple, rutina y opciones. El Dougy Center, centro de referencia en duelo infantil, recomienda marcar las fechas significativas e invitar a los menores a decidir si quieren participar y cómo: encender una vela, cocinar la comida favorita del fallecido, compartir recuerdos o visitar el cementerio (Dougy Center, 2025). Darles esa elección les devuelve un poco de control.

    La Red Nacional para el Estrés Traumático Infantil de Estados Unidos (NCTSN) sugiere recordarles que no tuvieron la culpa, poner fotos del fallecido y hacer juntos un libro de recuerdos. También señala que los niños alternan la tristeza con las ganas de jugar, y que no hay que obligarlos a hablar (NCTSN, 2022).

    Webb (2010) habla de la «capacidad de tristeza corta» de los niños: no sostienen un dolor largo, así que conviene no obligarlos a permanecer sentados en una reunión extensa y permitir que se retiren a jugar con un adulto de apoyo.

    La guía española de Cid Egea (2011) agrega no mandarlos a casa de un vecino para «protegerlos», porque la compañía de la familia es su principal protección, y mostrar la propia pena de forma explicada: «lloro porque me acuerdo de la abuela y la echo de menos».

    Un dato apoya el cuidado del adulto. Una revisión de 17 estudios de programas para niños que perdieron a un progenitor halló que apoyar también al progenitor sobreviviente se asociaba con mayor capacidad de sostener a sus hijos (Bergman et al., 2017).

    Si tú estás en duelo y cuidas niños, pedir ayuda para ti también es cuidarlos. Puedes leer más en las guías sobre cómo explicarle la muerte a un niño según su edad y sobre el duelo en adolescentes.

    ¿Qué hacer si vas a pasar la Navidad solo o lejos de tu familia?

    Tener un plan es más importante que tener una multitud. Puedes acordar una videollamada a una hora fija, preparar algo pequeño que sea tuyo, o aceptar la invitación de una persona de confianza con permiso para irte pronto.

    Un seguimiento de 328 personas viudas mostró que más apoyo social se asociaba con menos soledad, y que la compañía de amigos pesaba más que la de familiares (Utz et al., 2013). Si no tienes con quién estar, un grupo de duelo o un voluntariado ese día también cuentan.

    ¿Cuándo el malestar de Navidad pide ayuda profesional?

    Un día difícil no es un trastorno. Conviene consultar cuando el dolor no te deja funcionar durante semanas, no solo en la fecha.

    El trastorno de duelo prolongado tiene plazos distintos según el manual. En la CIE-11 de la OMS se plantea cuando la reacción de duelo persiste de forma atípicamente larga, al menos más de 6 meses desde la muerte (OMS, 2024).

    En el DSM-5-TR, según un estudio de validación de sus criterios, se exige que hayan pasado al menos 12 meses en adultos y 6 en niños y adolescentes, con síntomas casi todos los días durante el último mes (Prigerson et al., 2021). Eso significa que, en la primera Navidad, lo más probable es que todavía no corresponda ese diagnóstico, aunque sí puede haber un sufrimiento que merezca ayuda.

    Señales para consultar, sin esperar a ningún plazo:

    • La pena, la rabia o la culpa ocupan la mayor parte del día y te quitan el sueño de forma repetida.
    • Sientes un embotamiento que no se va, o evitas todo lo que te remite a la persona.
    • Te cuesta cumplir con el trabajo, la casa o tu cuidado personal.
    • Aparecen síntomas de depresión o ansiedad, o bebes más alcohol para aguantar.
    • Piensas que no vale la pena seguir o en hacerte daño. En ese caso pide ayuda de inmediato.

    Una revisión paraguas de 33 revisiones concluyó que las intervenciones de duelo son en general útiles, aunque la mayoría de las revisiones dio apoyo condicional y los propios autores señalan que la calidad es limitada (Avis et al., 2025).

    Dicho sin rodeos: no todas las personas en duelo necesitan terapia, y a quienes la necesitan les puede servir. Si quieres medir cómo vas, existe un test de duelo prolongado y una guía sobre por qué ciertas fechas remueven el trauma.

    Si hoy estás mal, cuéntaselo a alguien cercano y no te quedes solo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    Para entender el duelo en general, la página sobre el duelo y la guía de cómo superar un duelo explican qué es esperable.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal no tener ganas de celebrar la primera Navidad sin mi ser querido?

    Sí. Muchas familias cambian o acortan la celebración el primer año, y eso es una decisión válida. Lo que ayuda es decidirlo con anticipación y en conversación, para que nadie se sienta obligado ni excluido. Si no celebras, busca de todos modos algún contacto con una persona de confianza.

    ¿Debo poner su lugar en la mesa?

    Depende de lo que le haga sentido a tu familia. Para algunos, una silla reservada o una vela es un gesto que honra su memoria. Para otros, duele más. Pregúntenle a cada uno y prueben. Neimeyer plantea que un mismo ritual no sirve igual a todos.

    ¿Está mal reírme o pasarlo bien?

    No. La risa y el duelo conviven. Worden llama culpa de recuperación al temor de deshonrar al fallecido por disfrutar, y aclara que esos momentos son parte de seguir viviendo y no restan amor. Puedes reír y extrañarlo en la misma noche.

    ¿Cómo llevo la Navidad si hay niños en casa?

    Mantén las rutinas, cuéntales con palabras simples qué va a pasar, ofréceles opciones para participar y no les exijas estar tristes ni contentos. Puedes mostrar tu propia pena de forma explicada. Los niños alternan el llanto con el juego, y eso es normal.

    ¿La segunda Navidad también duele?

    Puede. En un estudio con adultos jóvenes en duelo hubo más malestar al acercarse el segundo aniversario de la muerte (Holland y Neimeyer, 2010), aunque ese dato no habla de la Navidad como tal. Algunas personas sienten alivio y otras notan que la segunda duele distinto.

    ¿Cuándo debo preocuparme?

    Cuando el malestar se mantiene durante semanas, te impide funcionar, te aísla o aparecen ideas de hacerte daño. No necesitas esperar a que pase un plazo para pedir ayuda. Un solo día difícil no es motivo de alarma.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Atravesar la primera Navidad sin alguien que quieres puede ser más llevadero cuando lo hablas antes con quien sabe acompañarlo. Si quieres ordenar lo que sientes, pensar cómo organizar la fecha con tu familia o saber si lo que vives se está volviendo demasiado pesado, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Aoun, S. M., Breen, L. J., White, I., Rumbold, B., & Kellehear, A. (2018). What sources of bereavement support are perceived helpful by bereaved people and why? Empirical evidence for the compassionate communities approach. Palliative Medicine, 32(8), 1378-1388. https://doi.org/10.1177/0269216318774995
    • Avis, K. A., Missler, M., van Deursen, D., Lenferink, L. I. M., Stroebe, M., & Schut, H. (2025). The efficacy of bereavement interventions: A systematic umbrella review. Harvard Review of Psychiatry, 33(3), 127-148. https://doi.org/10.1097/HRP.0000000000000426
    • Bergman, A. S., Axberg, U., & Hanson, E. (2017). When a parent dies: A systematic review of the effects of support programs for parentally bereaved children and their caregivers. BMC Palliative Care, 16(1), 39. https://doi.org/10.1186/s12904-017-0223-y
    • Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo.
    • Comtesse, H., Smid, G. E., Rummel, A.-M., Spreeuwenberg, P., Lundorff, M., & Dückers, M. L. A. (2024). Cross-national analysis of the prevalence of prolonged grief disorder. Journal of Affective Disorders, 350, 359-365. https://doi.org/10.1016/j.jad.2024.01.094
    • Dougy Center. (2025). Developmental responses to grief (ages 2-18); Ten tips for supporting children who are grieving; What to say instead [hojas de consejos]. Dougy Center: The National Grief Center for Children & Families.
    • Holland, J. M., & Neimeyer, R. A. (2010). An examination of stage theory of grief among individuals bereaved by natural and violent causes: A meaning-oriented contribution. OMEGA: Journal of Death and Dying, 61(2), 103-120. https://doi.org/10.2190/OM.61.2.b
    • Ishida, M., Onishi, H., Morita, T., Uchitomi, Y., Shimizu, M., Tsuneto, S., Shima, Y., & Miyashita, M. (2018). Communication disparity between the bereaved and others: What hurts them and what is unhelpful? A nationwide study of the cancer bereaved. Journal of Pain and Symptom Management, 55(4), 1061-1067.e1. https://doi.org/10.1016/j.jpainsymman.2017.12.493
    • Leaune, E., Lau-Taï, P., & Pitman, A. (2025). The phenomenon of bereavement anniversary reactions: An integrative systematic review. Death Studies, 50(9), 1528-1545. https://doi.org/10.1080/07481187.2025.2513997
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    • Mitima-Verloop, H. B., Mooren, T. T. M., & Boelen, P. A. (2021). Facilitating grief: An exploration of the function of funerals and rituals in relation to grief reactions. Death Studies, 45(9), 735-745. https://doi.org/10.1080/07481187.2019.1686090
    • National Child Traumatic Stress Network. (2022). Ayuda para los niños pequeños con duelo traumático: consejos para los cuidadores; Ayuda para los niños en edad escolar con duelo traumático: consejos para los cuidadores; Ayuda para los adolescentes con duelo traumático: consejos para los cuidadores [hojas informativas]. NCTSN.
    • Neimeyer, R. A. (2019). Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo. Planeta.
    • Organización Mundial de la Salud. (2024). Clinical descriptions and diagnostic requirements for ICD-11 mental, behavioural and neurodevelopmental disorders. OMS.
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    • Sabucedo Serrano, P. (2025). Alucinaciones o presencias del duelo en psicoterapia. Revista de Psicoterapia, 36(132), 98-104. https://doi.org/10.5944/rdp.v36i132.45682
    • Szuhany, K. L., Malgaroli, M., Miron, C. D., & Simon, N. M. (2021). Prolonged grief disorder: Course, diagnosis, assessment, and treatment. Focus, 19(2), 161-172. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20200052
    • Tognela, J. A., Rudaizky, D., Robinson, K. T., Mason, H. M., & Breen, L. J. (2025). Informal social support following bereavement: A scoping review of provider and recipient perspectives of helpful and unhelpful interactions. Death Studies, 50(5), 768-781. https://doi.org/10.1080/07481187.2025.2454506
    • Utz, R. L., Swenson, K. L., Caserta, M., Lund, D., & deVries, B. (2013). Feeling lonely versus being alone: Loneliness and social support among recently bereaved persons. The Journals of Gerontology Series B: Psychological Sciences and Social Sciences, 69B(1), 85-94. https://doi.org/10.1093/geronb/gbt075
    • Webb, N. B. (Ed.). (2010). Helping bereaved children: A handbook for practitioners (3.ª ed.). Guilford Press.
    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cómo explicarle la muerte a un niño (por edades)

    Cómo explicarle la muerte a un niño (por edades)

    Cómo explicarle la muerte a un niño es una pregunta que casi todo adulto se hace en el peor momento posible: con el dolor propio encima y sin saber qué entiende realmente el niño. Si estás buscando cómo decirle a un niño que su papá murió, o cómo explicar la muerte a un niño de 3 años, aquí encuentras qué comprende cada edad, qué palabras usar y qué evitar.

    Esta guía reúne lo que dicen las revisiones de la literatura sobre el desarrollo del concepto de muerte y las guías clínicas que más se usan para acompañar a niños en duelo. También separa lo que tiene respaldo de investigación de lo que es consenso de las guías, porque no es lo mismo.

    Respuesta corta: conviene decírselo pronto, con las palabras reales (“murió”, “está muerto”), con una causa física sencilla, en un lugar tranquilo y por alguien que el niño conozca bien. Después hay que repetirlo las veces que haga falta, porque entender que la muerte es definitiva lleva años y lo habitual es que pregunte lo mismo muchas veces.

    Cómo explicarle la muerte a un niño: lo que sirve a cualquier edad

    Las guías del Dougy Center (2025), de Cid Egea (2011) y del National Child Traumatic Stress Network (2022) coinciden en pocas ideas básicas, que valen desde los 3 años hasta la adolescencia.

    • Usa la palabra real. “Murió” y “está muerto” se entienden mejor que cualquier rodeo.
    • Da una causa física simple. “Su corazón dejó de funcionar” o “tuvo un accidente muy grave y los médicos no pudieron salvarlo”. Si fue una enfermedad, conviene nombrarla para que no la asocie con cualquier resfriado.
    • Dilo pronto y en calma. Postergarlo aumenta el riesgo de que se entere por otra persona o por un comentario que escuche a medias.
    • Que lo diga alguien cercano, en un lugar conocido y sin apuros, y que el niño pueda hacer preguntas.
    • Repite sin cansarte. Volver a preguntar es su manera de asimilar una idea difícil.
    • Admite lo que no sabes. “No lo sé, pensémoslo juntos” protege la confianza mejor que una respuesta inventada.

    Hay una razón para no dejar esto al azar. Una revisión narrativa de 2026 concluyó que los niños sienten curiosidad por la muerte y quieren hablar de ella, mientras que muchos adultos se sienten incómodos o poco preparados.

    Cuando el niño aprende de forma indirecta (por la televisión, por lo que escucha) y sin ninguna guía, aumenta el riesgo de que se forme ideas inexactas o angustiantes (Fry et al., 2026).

    ¿Qué entiende un niño de la muerte según su edad?

    Entender la muerte no ocurre de un día para otro. La revisión de Fry et al. (2026) describe tres componentes en los que la literatura está de acuerdo: que la muerte es el cese biológico del cuerpo, que es irreversible y que es universal, es decir, que le llega a todos los seres vivos.

    Otros componentes, como que algún día le pasará a uno mismo o qué la causa, se estudian más y están menos asentados.

    ¿Cuándo los comprenden? En una revisión clásica de la literatura, la mayoría de los niños sanos de sociedades urbanas e industrializadas dominaba los tres componentes entre los 5 y los 7 años, la misma edad en que pasan del pensamiento preoperacional al concreto (Speece y Brent, 1984).

    Una revisión chilena agrega matices útiles: por lo general los menores de 4 años no tienen conciencia de la muerte, el concepto maduro se alcanza hacia los 12 años, y hay diferencias grandes entre niños de la misma edad y buen desarrollo intelectual, porque el conocimiento avanza con altibajos (Norero, 2018).

    Esas edades son promedios, no un calendario. Un niño de 7 años puede entender que la muerte es definitiva y, a la vez, creer que él no se va a morir.

    Cómo explicar la muerte a un niño de 3 años (y a los menores de 6)

    En esta etapa, la muerte se entiende como algo temporal. Según las guías de Cid Egea (2011) y de Worden (2013), los preescolares suelen imaginar a la persona fallecida como dormida o de viaje, que sigue sintiendo frío o hambre, y que puede volver. También tienden a creer que sus pensamientos o su mal comportamiento pueden haber causado la muerte.

    Los menores de 2 años no entienden qué es morir, pero sí notan la ausencia y el estado de ánimo de los adultos. Según las guías, pueden mostrarlo con llanto, irritabilidad, cambios en el sueño o en la comida, o buscando a la persona que ya no está. Lo que más ayuda es mantener sus rutinas y cuidadores de siempre.

    A los 3, 4 y 5 años conviene decir lo mismo, con las mismas palabras, todas las veces que haga falta. Una versión posible:

    “Papá se enfermó muy gravemente y murió. Cuando alguien muere, su cuerpo deja de funcionar: ya no respira, no siente frío ni dolor, y no puede volver. Tú no hiciste nada para que pasara. Yo estoy aquí y te voy a cuidar.”

    Esa frase hace tres cosas a la vez: nombra la muerte, explica qué significa en términos físicos y despeja la culpa antes de que el niño la invente. Las guías de Cid Egea (2011) y del Dougy Center (2025) recomiendan además marcar la diferencia entre ancianos y adultos (“las personas se mueren cuando son muy, muy, muy mayores”), para que no concluya que sus padres corren peligro inminente.

    En laboratorio, los niños pequeños entienden más de lo que parece. En un estudio con niños shuar y alemanes de 3 a 5 años, a los 4 años ya distinguían que una persona dormida puede actuar y una muerta no (Barrett y Behne, 2005).

    Eso no cambia la recomendación de las guías de evitar el “se durmió”, pero sí sugiere que hablarle claro a un niño pequeño no le exige más de lo que puede procesar.

    De 6 a 9 años: ya entiende que es definitivo, y quiere los detalles

    Según las guías, entre los 6 y los 9 años el niño entiende que el cuerpo deja de funcionar y que no hay vuelta atrás. La universalidad se consolida más tarde: al principio puede pensar que la muerte es cosa de ancianos o de enfermos, y hacia los 8 o 9 años asume que también les llegará a sus padres y a él (Cid Egea, 2011; Webb, 2010).

    Es la edad de las preguntas biológicas, y conviene responderlas con calma y con verdad: qué le pasa al cuerpo, qué es un velorio, qué significa cremar. También aparece la preocupación práctica: “¿quién me va a llevar al colegio?”. Una respuesta que ordene su mundo (“tu colegio y tus rutinas siguen”) pesa tanto como la explicación misma.

    Puede mostrar el duelo con el cuerpo (dolores de estómago o de cabeza), con una caída del rendimiento escolar, o con una aparente indiferencia, y a veces con rabia. Todo eso es esperable en las semanas siguientes. La culpa mágica (“fue porque me porté mal”) puede seguir presente a esta edad, así que vale la pena repetir que ningún pensamiento ni ninguna pelea provoca una muerte (Worden, 2013).

    De 10 a 12 años y adolescentes: comprensión adulta, necesidades de niño

    Hacia los 10 años el niño comprende la muerte casi como un adulto, y eso trae su propia dificultad: es consciente de que la muerte le puede llegar a él, y se pregunta cosas que no tienen respuesta (“¿por qué pasan cosas injustas?”).

    Según Cid Egea (2011) y Webb (2010), es normal que contenga el llanto delante de sus compañeros para no sentirse distinto, o que asuma el papel de cuidador de sus hermanos o del progenitor que quedó.

    Los adolescentes viven una tensión particular. Quieren comportarse como adultos y a la vez necesitan que los protejan. Algunos se encierran, otros hablan de más en redes sociales y se muestran fríos en casa, y algunos se arriesgan más de la cuenta.

    Las guías sugieren decirles la verdad completa, no cargarlos con responsabilidades que no les corresponden y dejar claro que pueden hablar con otra persona (un amigo, un familiar, un psicólogo) si no quieren hacerlo contigo (Dougy Center, 2025).

    Una revisión de 2023 sobre cómo se manifiesta el duelo en distintas edades destaca algo que se repite en toda esta guía: el ambiente de cuidado, es decir, los adultos que rodean al niño, es uno de los factores que más influyen en cómo atraviesa la pérdida (Alvis et al., 2023).

    Cómo decirle a un niño que su papá o su mamá murió

    Decirle a un niño que murió su papá o su mamá es la conversación más difícil de todas, y conviene prepararla un poco, sin esperar tener las palabras perfectas.

    1. Elige quién y dónde. Idealmente, la persona más cercana al niño, en un lugar tranquilo de la casa, sin visitas ni apuro.
    2. Anuncia que vas a contarle algo triste, mirándolo a los ojos, y dilo con las palabras reales: “Papá murió”.
    3. Explica la causa en dos frases, sin detalles truculentos: “Tuvo un infarto, su corazón dejó de funcionar y los médicos no pudieron hacer que volviera a latir”.
    4. Despeja la culpa y asegura el cuidado: “No fue culpa de nadie. Yo estoy aquí y te voy a cuidar”.
    5. Deja espacio. Puede llorar, quedarse callado o salir a jugar a los cinco minutos. Todo eso es una reacción posible.

    Esta secuencia sigue lo que plantean Cid Egea (2011, cap. 7) y Webb (2010, cap. 18).

    Si la muerte fue repentina, violenta o por suicidio, las fuentes coinciden en lo esencial: decir la verdad ajustada a su edad, sin detalles morbosos, y aclarar que nada de lo que el niño dijo o hizo la causó.

    Mentir o esconder la causa suele salir mal, porque tarde o temprano se entera por rumores, y descubrirlo así añade un segundo golpe: sentirse engañado por quienes lo cuidan (Webb, 2010, cap. 6 y 18).

    En un suicidio, las guías proponen explicar que la persona tenía un sufrimiento emocional o una enfermedad grave que le alteró el pensamiento, que no quería hacerle daño al niño y que lo ocurrido no depende de nada que él haya hecho.

    Frases que conviene evitar, y por qué

    Los eufemismos nacen del cariño, pero a un niño pequeño le llegan literales. Las guías de Cid Egea (2011), Webb (2010) y Dougy Center (2025) los desaconsejan por los problemas concretos que producen:

    • “Se durmió para siempre” puede asociar el sueño con la muerte y traer miedo a acostarse, pesadillas o temor a que otros no despierten.
    • “Se fue de viaje” mantiene al niño esperando un regreso y le deja la pregunta de por qué no se despidió.
    • “Lo perdimos” invita a pensar que alguien podría encontrarlo.
    • “Dios se lo llevó porque era muy bueno” puede generar miedo o rencor hacia Dios, o la idea de que portarse bien es peligroso.

    Estas advertencias provienen de la experiencia clínica y de las guías. No existe un estudio que haya comparado frases en una muestra grande de niños, así que conviene tomarlas como una recomendación prudente y no como una regla probada.

    ¿Los niños deben ir al funeral?

    La respuesta de las guías es matizada: ni obligarlos ni excluirlos. Se le ofrece la posibilidad, se le explica qué va a pasar y se respeta su decisión.

    Worden (2013) señala que la mayoría de los niños a los que se les da la oportunidad deciden asistir, y que se observan mejores resultados cuando fueron preparados antes. Cid Egea (2011) apunta a que desde los 6 a 8 años suelen poder compartir las ceremonias con la familia.

    Si va a ir, estas ideas ayudan:

    • Cuéntale de antemano qué verá: si habrá ataúd abierto, que la persona estará quieta y fría; que los adultos pueden llorar, y qué pasa en el entierro.
    • Asigna un adulto acompañante que no esté desbordado por el dolor, que responda sus preguntas y pueda salir con él si se cansa o se asusta.
    • Déjalo participar en algo pequeño: elegir una flor, un dibujo o una canción le devuelve algo de control en una situación en la que se siente impotente.

    Si decide no ir, es una decisión legítima, y existen otras formas de despedirse: escribir una carta, hacer un dibujo, dejar un objeto, armar un álbum de recuerdos, visitar el cementerio más adelante o encender una vela en casa.

    Preguntas difíciles que van a llegar

    “¿Cuándo vuelve?” Responde con las mismas palabras de siempre y con tono tranquilo: “Murió, y cuando alguien muere no puede volver”. Que repita la pregunta durante semanas es habitual y no significa que la explicación haya fallado.

    “¿Tú también te vas a morir?” No mientas ni lo asustes: todos los seres vivos mueren, pero tú estás sano, te cuidas y esperas estar con él por mucho, mucho tiempo.

    “¿Por qué no llora?” Los niños oscilan entre la pena y el juego en cuestión de minutos. Las guías lo describen como una capacidad breve de tristeza y no como falta de cariño. Jugar es su manera de procesar sin abrumarse.

    “¿A dónde se fue?” Si tu familia tiene una creencia religiosa, puede incluirse, pero conviene explicar primero lo físico (el cuerpo dejó de funcionar) y después lo espiritual (“creemos que su alma está en el cielo”).

    Una revisión de 2018 describe que los niños construyen una concepción biológica de la muerte y, a la vez, se muestran receptivos a la idea de que la persona continúa en otro lugar (Harris, 2018). Ambas ideas pueden convivir, y por eso el orden de la explicación importa.

    Qué ayuda en las semanas siguientes

    Una revisión de 23 estudios sobre niños que perdieron a un progenitor identificó, entre los procesos que influyen en cómo evolucionan, la forma en que el niño afronta y percibe lo ocurrido, y el entorno: la familia, otros adultos que lo acompañan y el estrés al que sigue expuesto (Hoppe et al., 2025).

    En la práctica, las guías destacan lo que se puede mantener: las rutinas (comidas, colegio, hora de dormir), un adulto estable y disponible, y hablar de la persona que murió sin convertirla en un tema prohibido. Mirar fotos, hacer un libro de recuerdos o contar anécdotas ayuda a ubicar al fallecido en la memoria.

    La comunicación familiar importa, pero conviene no sobrestimarla. Un estudio cualitativo sueco con cuatro familias que perdieron a un progenitor por cáncer destacó la importancia de una comunicación abierta y honesta (Weber et al., 2019a).

    En otro estudio de la misma línea, los padres valoraron la comunicación familiar como moderada, los adolescentes como mala, y el duelo prolongado no se asoció con la comunicación en ninguno de los tres grupos (Weber et al., 2019b). Es decir, hablar bien no garantiza nada, y lo que ve el adulto no siempre coincide con lo que vive el adolescente.

    El estado del adulto también cuenta. Una revisión de 17 estudios sobre programas de apoyo para niños que perdieron a un progenitor encontró que, en 14 de ellos, la intervención se dirigía a la vez al niño y al progenitor que sobrevivía, y que cuando se apoya a este último aumenta su capacidad de sostener a sus hijos (Bergman et al., 2017).

    Las guías aconsejan mostrar la pena con serenidad (“lloro porque lo echo de menos, pero estoy bien y te voy a cuidar”), porque ocultarla le enseña al niño que sentir dolor es peligroso.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Casi todos los niños en duelo tienen reacciones intensas durante un tiempo, y la mayoría no necesita terapia. Pero hay señales de que conviene consultar.

    Webb (2010, cap. 2) recoge las que se consideran banderas rojas: comentarios que sugieren ideas de suicidio, dolores físicos recurrentes, problemas persistentes en el colegio, pesadillas o trastornos del sueño, cambios marcados en la alimentación y quedarse “congelado” mucho tiempo después de que los demás retomaron su vida.

    Las hojas del NCTSN (2022) agregan un criterio práctico: consultar cuando las reacciones le impiden jugar, ir al colegio o estar con sus amigos, o cuando se mantienen más de uno o dos meses.

    Una revisión de 2024 encontró que entre el 10,4 % y el 32 % de los niños y adolescentes en duelo cumplía criterios de duelo prolongado, con más riesgo en quienes tenían más estresores, otras pérdidas o trauma (Falala et al., 2024).

    Una revisión sistemática con metaanálisis de 39 estudios (5.578 participantes) encontró que las intervenciones psicosociales reducen los síntomas de duelo con un efecto pequeño en los estudios controlados (Hanauer et al., 2024), así que la terapia es una ayuda real, no una solución mágica.

    Si la muerte fue traumática (violenta, súbita o por suicidio), el acompañamiento profesional pesa más; puedes revisar la guía sobre duelo traumático. En Chile, si un niño o un adulto de la familia habla de hacerse daño, puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), y ante una emergencia, al 131.

    Cuando la primera muerte es la de una mascota: cómo explicarle a un niño su muerte

    La muerte de una mascota suele ser la primera que enfrenta un niño. Webb (2010, cap. 7) la describe como una oportunidad para hablar de la muerte, practicar una despedida y ordenar ideas antes de una pérdida humana. Minimizarla (“mañana te compramos otro”) le dice que su dolor no vale. Hay una guía completa sobre el duelo por la muerte de una mascota.

    Lo que todavía no se sabe

    Casi todo lo que se recomienda para hablar de la muerte con niños viene de guías clínicas y de experiencia, y no de ensayos que hayan probado una frase contra otra.

    La mayoría de los estudios sobre duelo infantil viene de Estados Unidos y Europa, con poblaciones que se parecen poco a la de Chile, y las fuentes revisadas para esta guía no traen datos chilenos sobre la asistencia a funerales ni sobre cómo reaccionan los niños a distintas formas de dar la noticia.

    La edad en que se adquiere cada componente varía según la cultura, la experiencia previa con la muerte y el niño. Por eso las edades de esta guía sirven para orientarse, pero la mejor referencia sigue siendo lo que pregunta y hace el niño que tienes delante.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad entiende un niño que la muerte es definitiva?

    Entre los 5 y los 7 años la mayoría de los niños sanos entiende que la muerte es irreversible, aunque todavía puede pensar que a él no le pasará. Antes de los 4 años casi no hay conciencia de ella, y el concepto maduro se alcanza hacia los 12. La variación entre un niño y otro es grande.

    ¿Cómo explicarle la muerte a un niño de 3 años?

    Con palabras concretas y las mismas cada vez: “murió, su cuerpo dejó de funcionar, no siente dolor y no puede volver”. Evita “se durmió” o “se fue de viaje”. Aclara que no fue culpa suya y que sigues ahí para cuidarlo. Prepárate para repetirlo muchas veces.

    ¿Qué le digo si pregunta cuándo vuelve la persona que murió?

    Responde con calma y con las mismas palabras: “murió, y cuando alguien muere no puede volver, aunque lo queramos mucho”. Los niños pequeños repiten la pregunta para comprobar que la respuesta no cambia. No significa que no entendió ni que lo hiciste mal.

    ¿Los niños deben ir al funeral?

    Las guías sugieren ofrecerle la posibilidad sin obligarlo. Si va, hay que explicarle antes qué verá y asignarle un adulto que lo acompañe y pueda salir con él. Si no quiere, se respeta, y se buscan otras despedidas: una carta, un dibujo, un álbum de recuerdos o una visita posterior al cementerio.

    ¿Puedo llorar delante de mi hijo?

    Sí. Ver que un adulto llora y sigue cuidándolo le enseña que la tristeza es una reacción normal y tolerable. Funciona mejor si lo acompañas de una frase tranquilizadora, como “lloro porque lo echo de menos, pero estoy bien”. Esconder siempre la pena le da a entender que sentirla es peligroso.

    ¿Es normal que mi hijo no llore o siga jugando?

    Sí. Los niños pasan de la pena al juego en minutos, y jugar es su forma de procesar sin abrumarse. No indica falta de cariño. Conviene preocuparse si, pasadas semanas, aparecen aislamiento, caída marcada en el colegio, pesadillas persistentes o comentarios sobre hacerse daño.

    Si necesitas acompañamiento

    Si te cuesta encontrar las palabras, o tu hijo lleva semanas con reacciones que te preocupan, puedes conversarlo en una consulta online. No hace falta tener la conversación resuelta antes de pedir ayuda. Para una mirada más amplia del proceso, revisa la guía sobre el duelo y sus tipos y la de cómo superar un duelo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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