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    Duelo por la muerte de un hermano: el duelo olvidado

    Cuando muere un hermano, los pésames van primero a los padres. Los vecinos preguntan cómo están ellos, los familiares los rodean, y tú, que perdiste a la persona con la que compartiste casa, infancia y bromas que nadie más entiende, te quedas a un costado sosteniendo lo que haga falta.

    Si buscas información sobre la muerte de un hermano porque te pasó a ti o a alguien de tu familia, esta guía parte de esa sensación de invisibilidad.

    Aquí verás por qué el duelo por un hermano se llama «olvidado», qué muestran los estudios sobre salud mental (con sus límites), cómo lo viven niños, adolescentes y adultos, qué ayuda de verdad y cuándo conviene consultar. Se apoya en investigaciones publicadas y en los libros de Worden, Webb, Neimeyer y Boss.

    Respuesta corta: la muerte de un hermano es una pérdida mayor, aunque el entorno suela tratarla como secundaria. Los estudios encuentran más riesgo de depresión y de otros problemas de salud mental en los dos años siguientes, sobre todo en hermanos jóvenes, pero no todos desarrollan un trastorno.

    Ayuda poder hablar de lo ocurrido, participar en los ritos de despedida y seguir conectado con el hermano que murió. Consulta si pasan seis meses y el dolor sigue paralizando tu vida, o antes si aparecen ideas de hacerte daño.

    ¿Por qué se llama «duelo olvidado» al de la muerte de un hermano?

    Se llama así porque la atención del entorno se concentra casi por completo en los padres. El hermano que sobrevive queda fuera del foco, y su pérdida se trata como si fuera menor. Es un duelo real al que casi nadie le pregunta por su dolor, y eso lo vuelve más solitario.

    La expresión «dolientes olvidados» aparece en un trabajo de Kari y Atle Dyregrov (2005) sobre hermanos tras un suicidio, y los manuales la usan hoy para los hermanos en general. Un estudio sueco sobre mortalidad la lleva en su título: «el doliente olvidado».

    Una síntesis cualitativa de 2025, que reunió diez estudios sobre hermanos adultos, señala que la relación entre hermanos suele ser la más larga de la vida, aunque el duelo por ella reciba poco espacio (Parekh et al., 2025).

    Los libros clínicos lo ubican dentro del duelo desautorizado, concepto de Doka (1989): el que la sociedad o la propia familia no reconocen del todo. Davies y Limbo (2010) lo aplican a los hermanos en el manual editado por Webb (2010). Parte del problema es una suposición habitual, la de que el dolor de los hijos es secundario al de los padres.

    ¿Qué dicen los estudios sobre la salud mental tras la muerte de un hermano?

    Dicen que hay un aumento de riesgo, que es mayor en los primeros años y en los más jóvenes. Pero son datos de grupos grandes, no una sentencia para cada persona.

    En Manitoba (Canadá), un estudio comparó a 7.243 hermanos de niños fallecidos con 21.729 controles. En los dos años siguientes, los hermanos en duelo tuvieron más trastornos mentales, incluso al descontar los que ya existían. En menores de 13 años, las tasas de depresión se multiplicaron por más de siete.

    En los de 13 o más, el 25 % recibió un diagnóstico de trastorno mental (17 % en los controles) y los intentos de suicidio fueron el doble (Bolton et al., 2016). Un matiz de ese mismo trabajo: ya antes de la muerte había más consumo problemático de alcohol y drogas en los hermanos del grupo en duelo.

    Con registros suecos, otra investigación comparó la muerte de hijos, cónyuges, padres y hermanos. Las reacciones de estrés y la depresión aumentaron con todos, más con un hijo y menos con un hermano, y más cuando el fallecido era joven (Kendler et al., 2023). Perder a un hermano pesa menos en esa escala que perder a un hijo, pero pesa.

    En adultos jóvenes existe un estudio pequeño: de 107 participantes, solo siete habían perdido un hermano. El 57 % de ellos cumplía criterios de duelo complicado, frente al 15 % de quienes perdieron a un amigo cercano (Herberman Mash et al., 2013). Con tan pocos casos sirve de señal y no de prueba.

    Y una advertencia sobre la causa. Una cohorte nacional sueca siguió a más de 700.000 personas desde la infancia.

    Perder un hermano se asoció con más atención psiquiátrica en la adultez en los hombres, pero al ajustar por factores de la familia la asociación se debilitó en las mujeres, salvo cuando la pérdida ocurrió en la adolescencia (Rostila et al., 2019).

    Los autores señalan que las condiciones que los hermanos comparten en casa pueden explicar parte del efecto.

    ¿Aumenta el riesgo de enfermar o de morir?

    En los registros, sí aparece un exceso de riesgo, pero es relativo y está lejos de ser un destino. Que un grupo tenga más riesgo no significa que a ti te vaya a pasar.

    Un estudio sueco de adultos de 18 a 69 años halló una mortalidad 26 % mayor en hombres y 33 % mayor en mujeres que habían perdido un hermano, frente a quienes no. El exceso se veía sobre todo pasado el primer año y era más marcado en edades jóvenes (Rostila et al., 2012).

    En Dinamarca y Suecia, una cohorte de más de cinco millones de niños mostró un 71 % más de riesgo de morir en quienes perdieron un hermano en la infancia, con el pico en el primer año (Yu et al., 2017).

    Sobre el suicidio, un tercer estudio sueco encontró que el riesgo tras la muerte de un hermano adulto por causas externas subía, pero sin llegar a ser estadísticamente claro por sí solo. Donde sí fue claro fue cuando el hermano se había suicidado: el riesgo para quien quedaba fue de 3,19 en mujeres y 2,44 en hombres (Rostila et al., 2013).

    Son estudios de registros: muestran asociación, no que el duelo sea la causa. La genética, el entorno familiar y las circunstancias de la muerte también pesan. Lo útil es leerlos así: la pérdida de un hermano merece atención, sobre todo en el primer año y si la muerte fue violenta.

    ¿Cómo viven la muerte de un hermano en la infancia y la adolescencia?

    La muerte de un hermano en la infancia se vive según la edad, y casi siempre en silencio. Los niños pequeños alternan llanto y juego, los escolares cargan culpas y miedos, y los adolescentes tienden a esconder el dolor. En los tres casos, la falta de información clara y de espacio en la familia agrava el sufrimiento.

    Davies y Limbo (2010) resumen la vivencia de un hermano en cuatro frases: «me duele por dentro», «no entiendo», «no pertenezco» y «no soy suficiente». La última aparece cuando el niño siente que el fallecido era el favorito o el especial, y que nada de lo que él haga devolverá la alegría a sus padres.

    Por etapas, según las fuentes clínicas (Webb, 2010; Cid Egea, 2011):

    • Hasta los 5 años: no entienden que la muerte es definitiva. Pueden creer que su rabieta o sus celos causaron el fallecimiento, y suelen aparecer conductas regresivas (volver a mojar la cama), pesadillas y miedo a que los padres también mueran.
    • De 6 a 12 años: comprenden la causa física y la irreversibilidad. Aparecen culpas por peleas pasadas, preocupación por la salud de los padres, caída del rendimiento escolar y dolores sin causa médica.
    • Adolescentes: entienden la muerte como los adultos. Suelen sentir culpa por los conflictos propios de esa edad, se aíslan con sus pares y a veces responden con conductas de riesgo, como alcohol o conducción temeraria.

    Una revisión de 25 estudios concluyó que no existe un predictor único de cómo les irá. Influyen la edad, el sexo, las circunstancias de la muerte, el malestar de los padres, el apoyo social y la posibilidad de mantener un vínculo con el hermano fallecido (D’Alton et al., 2022).

    Sobre ese último punto, Packman y su equipo describen cómo los niños y adolescentes mantienen vínculos continuos con el hermano que murió, y proponen que los profesionales ayuden a los padres a facilitarlos (Packman et al., 2006).

    Para el detalle en esa etapa, la guía sobre duelo en adolescentes lo desarrolla, y cómo explicarle la muerte a un niño sirve si tienes uno en casa.

    ¿Qué cambia cuando pierdes a un hermano siendo adulto?

    Cambian la identidad, el papel en la familia y el guardián de la historia compartida. El duelo por un hermano adulto casi no se enseña, y las personas suelen descubrirlo solas.

    Las cuatro tareas del duelo de Worden (2013) sirven de mapa, y con un hermano toman matices propios. Aceptar la realidad de la pérdida puede ser difícil cuando se esperaba envejecer juntos. Elaborar el dolor incluye la ambivalencia: una relación entre hermanos suele traer cariño junto con rivalidad y asuntos pendientes.

    Adaptarse a un mundo sin él obliga a preguntarse quién eres ahora, quizá como hijo único o como el que queda. Y encontrar una conexión duradera permite seguir con tu vida sin sentir que lo traicionas.

    La síntesis de Parekh y su equipo recoge esos mismos temas en lo que cuentan los adultos: la sustitución de roles dentro de la familia, la ruptura de la identidad y la sensación de una vida paralela que quedó cortada. Concluye que las intervenciones existentes son eficaces pero poco específicas para este tipo de pérdida (Parekh et al., 2025).

    Hay otro cambio, el de la relación con los padres. Verlos devastados puede llevarte a tragarte lo tuyo para no sumarles peso, y a quedarte sin el sostén que ellos antes daban. La guía sobre perder un hijo explica lo que viven los padres, por si ayuda a entender su lado.

    Cuando los padres también están rotos: silencio, «ser fuerte» y el hijo sustituto

    Cuando los padres quedan abrumados, el hermano que sobrevive queda sin cuidado emocional y, a veces, con un papel que no pidió. Es una de las dinámicas que más describen los libros clínicos.

    Worden (2013) advierte que tras la muerte de un hijo los padres pueden sufrir un trauma tan fuerte que quedan, por un tiempo, sin capacidad de responder a lo que necesitan los hijos que quedan. Menciona además tres riesgos del sistema familiar:

    • Chivo expiatorio: la rabia o la culpa de la familia se descarga en uno de los hermanos.
    • Hijo sustituto: los padres proyectan en el hermano vivo las cualidades y expectativas del que murió, y él no puede ser él mismo.
    • Parentificación: se le asignan tareas de adulto, con frases como «ahora eres el hombre de la casa», que Cid Egea (2011) recomienda evitar.

    También pesa el silencio. Cuando los niños ven a sus padres hundidos, a menudo concluyen que sus preguntas o sus lágrimas los van a abrumar, y se callan (Davies y Limbo, 2010). Los estudios con hermanos de niños fallecidos de cáncer en Suecia apuntan en la misma dirección.

    En una cohorte de 174 participantes, quienes no pudieron hablar de lo que sentían durante el último mes del hermano tuvieron más ansiedad años después (26 % frente a 11 %), y lo mismo ocurrió con quienes no pudieron hablar en familia tras la muerte (Wallin et al., 2016).

    En la misma cohorte, quienes sintieron que su necesidad de apoyo no estaba cubierta antes y después de la muerte tuvieron entre 3 y 4 veces más riesgo de ansiedad, y también quienes sintieron que sus padres no se ocuparon de ellos (Eilertsen et al., 2013). Son hermanos de niños con cáncer, y no se puede extrapolar sin más a otras muertes.

    Aun así, otro estudio de hermanos de niños fallecidos por cáncer, a unos doce años de la pérdida, halló que la ansiedad, la depresión y el consumo de sustancias subieron durante el primer año y luego volvieron a su nivel previo. El malestar a largo plazo se concentró en quienes estaban insatisfechos con la comunicación o no pudieron despedirse (Rosenberg et al., 2015).

    ¿Cómo superar la muerte de un hermano? Qué ayuda de verdad

    Quien busca cómo superar la muerte de un hermano suele toparse con consejos vagos. Lo que ayuda es concreto y poco espectacular: que te cuenten la verdad, que te dejen participar, que puedas hablar del hermano y que haya al menos un adulto pendiente de ti. Hay además una intervención con respaldo en hermanos adultos.

    • Hablar con claridad. Para los niños, las fuentes recomiendan explicar la muerte en términos reales y según la edad, con la palabra «murió» y sin eufemismos como «se quedó dormido» (Cid Egea, 2011).
    • Participar en los ritos. Los libros coinciden en invitar a los hermanos al funeral, a escribir cartas o hacer dibujos, preparándolos antes si son pequeños (Webb, 2010).
    • Seguir vinculado. Worden (2013) y Neimeyer (2019) describen que la salida del duelo no pasa por olvidar, sino por ubicar al hermano en la memoria: objetos, historias, cartas, proyectos que continúan algo suyo.
    • Escribir con guía. En un ensayo controlado con 86 hermanos de entre 16 y 65 años, seis semanas de escritura estructurada, basada en terapia cognitivo-conductual y con apoyo de un terapeuta por internet, redujeron la depresión y el duelo prolongado frente a la lista de espera, y la mejoría se mantuvo a los 12 meses (Wagner et al., 2022).
    • Grupos de pares. Una revisión sistemática de intervenciones para menores de 18 años halló sobre todo grupos y campamentos, con resultados preliminares positivos, aunque probablemente falte literatura publicada (Ridley y Frache, 2020).
    • Cuidar también a los padres. Si los adultos no reciben contención, les cuesta sostener a los hijos. Worden (2013) sugiere la terapia familiar para repartir los roles de forma justa y abrir la conversación.

    Si lo que buscas es qué decirle a alguien de tu familia, la guía sobre qué decirle a alguien en duelo reúne frases que ayudan y las que duelen.

    ¿Y si fue una muerte repentina, por suicidio o por un accidente?

    Una muerte repentina o violenta agrega culpa, preguntas sin respuesta y, a veces, trauma. Es habitual preguntarse «¿por qué no lo impedí?» aunque nadie pudiera haberlo hecho.

    Neimeyer (2019) propone reconstruir el sentido: ponerle palabras a lo ocurrido, compartir la historia con alguien que escuche y centrar el recuerdo en cómo vivió el hermano y no solo en cómo murió.

    Boss (2025) normaliza la ambivalencia, es decir, sentir a la vez amor y rabia por la muerte o por el abandono, y plantea suavizar la necesidad de control sobre «por qué pasó». Tener emociones contradictorias, para ella, no indica que haya un defecto en quien las siente.

    El riesgo que mostró el estudio sueco tras un suicidio hace recomendable pedir ayuda más temprano en este caso. Si estás en esa situación, la guía sobre duelo traumático y la de cómo ayudar a alguien con ideas suicidas pueden orientarte.

    Si piensas en hacerte daño, en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), que atiende todos los días, o al 131 si es una emergencia. La culpa que queda pegada a la historia se trabaja también en la guía sobre culpa del superviviente.

    ¿Cuántos días de permiso da el Código del Trabajo por la muerte de un hermano?

    Son cuatro días hábiles de permiso pagado. Lo establece el artículo 66 del Código del Trabajo, que fija ese plazo para la muerte de un hermano, del padre o de la madre del trabajador.

    El permiso corre desde el día del fallecimiento y no puede cambiarse por dinero. Cuatro días rara vez alcanzan para un duelo, y volver a trabajar sin haber tenido tiempo de procesar nada es común. Si pasados esos días el dolor te impide funcionar, es una razón para consultar con un profesional de la salud, que evalúa si corresponde una licencia médica.

    ¿Cuándo consultar a un psicólogo por la muerte de un hermano?

    Cuando el dolor sigue siendo tan intenso y tan constante que no te deja retomar tu vida, o antes si hay ideas de hacerte daño. Los plazos que usan los diagnósticos son una referencia, no una regla de lo que «tiene que» pasar.

    La CIE-11 de la OMS (2024) describe el trastorno de duelo prolongado como un anhelo o una preocupación persistente por la persona fallecida, con dolor emocional intenso, que dura al menos seis meses y causa un deterioro importante. El DSM-5-TR exige 12 meses en adultos y 6 en niños y adolescentes, según los criterios validados por Prigerson y su equipo (Prigerson et al., 2021).

    Algunas señales de que conviene consultar:

    • Llevas meses sintiéndote atrapado, sin poder reorganizar tu vida, y hablar del hermano sigue doliendo como el primer día.
    • Evitas todo lo que lo trae a la memoria o, al revés, conservas su pieza intacta para congelar el tiempo (Worden, 2013).
    • Aparece una depresión que no cede, culpa que no se va o ideas de reunirte con él.
    • En un niño o adolescente: regresiones que persisten, miedo intenso a separarse de los padres, caída escolar sostenida, aislamiento, alcohol, drogas o autolesiones.

    Si quieres una orientación inicial, el test de duelo prolongado del sitio sirve de cribado y no entrega un diagnóstico. Para entender el proceso general, revisa la guía de duelo y la de cómo superar un duelo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un hermano?

    Cada duelo lleva su propio plazo. En un estudio con hermanos de niños fallecidos por cáncer, la ansiedad y la depresión subieron durante el primer año y luego volvieron a su nivel previo. Los diagnósticos de duelo prolongado miran a partir de los seis meses, pero cada persona tiene su ritmo.

    ¿Es normal sentir rabia o culpa hacia el hermano que murió?

    Sí. Una relación entre hermanos mezcla cariño, rivalidad y asuntos pendientes, y esa mezcla reaparece en el duelo. Boss (2025) y Worden (2013) describen esa ambivalencia como esperable y no como falta de amor. Hablarla con alguien de confianza o en terapia ayuda a que no se convierta en un peso fijo.

    ¿Por qué nadie me pregunta cómo estoy yo?

    Porque el entorno suele volcar la atención en los padres. Los investigadores llaman a los hermanos «dolientes olvidados» justamente por eso. Puedes pedir de forma directa que te pregunten, buscar a una persona de confianza fuera de la familia o consultar a un profesional.

    ¿Cómo hablar con un niño sobre la muerte de su hermano?

    Con palabras claras como «murió», explicando la causa física en pocas frases y sin detalles angustiantes. Conviene dejarle preguntar, darle la opción de participar en la despedida y repetirle que lo quieren. La guía sobre cómo explicarle la muerte a un niño detalla ejemplos por edad.

    ¿Cuántos días de permiso me corresponden en Chile?

    Cuatro días hábiles de permiso pagado por la muerte de un hermano, según el artículo 66 del Código del Trabajo. Corren desde el día del fallecimiento y no se pueden compensar en dinero. Si necesitas más tiempo por el estado de tu salud, consulta con un profesional que evalúe una licencia médica.

    ¿Qué hago si estoy pensando en morir o en reunirme con mi hermano?

    Cuéntaselo hoy a alguien cercano y no te quedes solo. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio, MINSAL), que atiende todos los días, o a Salud Responde al 600 360 7777. Si hay peligro inmediato, llama al 131 o acude a urgencias.

    Si necesitas conversarlo con alguien

    Cargar con un duelo que el resto casi no ve puede ser agotador. Si quieres ordenar lo que sientes, entender qué parte es tuya y qué parte es de tu familia, o acompañar a un hijo que perdió a su hermano, puedes conversarlo en una consulta online. No necesitas llegar con las palabras listas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Bolton, J. M., Au, W., Chateau, D., Walld, R., Leslie, W. D., Enns, J., Martens, P. J., Katz, L. Y., Logsetty, S., & Sareen, J. (2016). Bereavement after sibling death: A population-based longitudinal case-control study. World Psychiatry, 15(1), 59-66. https://doi.org/10.1002/wps.20293
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    • Cid Egea, L. (2011). Explícame qué ha pasado: Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. Fundación Mario Losantos del Campo. https://www.cop.es/uploads/PDF/GUIA-PARA-AYUDAR-A-LOS-ADULTOS-A-HABLAR-DE-LA-MUERTE-Y-EL-DUELO-CON-LOS-NINOS.pdf
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    • Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (4.ª ed.). Paidós.
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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