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  • Tratamiento de la Ansiedad: Qué Funciona, Cuánto Dura y Cómo Elegir (Terapia, Fármacos o Ambos)

    Tratamiento de la Ansiedad: Qué Funciona, Cuánto Dura y Cómo Elegir (Terapia, Fármacos o Ambos)

    Si llegaste hasta aquí, probablemente ya sabes que lo tuyo no es “nervios normales”. Llevas semanas o meses con el cuerpo en alerta, durmiendo mal, evitando cosas que antes hacías sin pensar. Y ahora la pregunta cambió: ya no es “qué me pasa”, es “qué hago con esto”. Esta guía responde eso. El tratamiento de la ansiedad tiene décadas de investigación detrás, y la evidencia es bastante clara sobre qué sirve, qué no, cuánto tarda y cómo decidir entre terapia, medicamentos o los dos. Vamos por partes.

    En corto: los trastornos de ansiedad responden bien al tratamiento. La terapia cognitivo conductual (TCC) con exposición y los antidepresivos ISRS o IRSN son las dos opciones de primera línea, con eficacia parecida en las comparaciones directas. La terapia se mide en semanas, no en años (las dosis óptimas van de 4 a 26 sesiones semanales según el problema); el fármaco se mantiene al menos 6 a 12 meses después de mejorar. La elección depende de la gravedad, de lo que ya probaste y de tu preferencia.

    ¿La ansiedad tiene tratamiento?

    Sí, y de los más estudiados en salud mental. Los trastornos de ansiedad (trastorno de ansiedad generalizada, pánico, ansiedad social, fobias) responden a la psicoterapia y a la medicación, y para cada una hay cientos de ensayos clínicos. El problema no es la falta de tratamiento eficaz. El problema es que la mayoría de las personas nunca lo recibe.

    Las Encuestas de Salud Mental de la OMS lo midieron en 21 países: de quienes tuvieron un trastorno de ansiedad en el último año, solo el 27,6 % recibió algún tratamiento y apenas el 9,8 % recibió uno que cumpliera criterios mínimos de adecuación (Alonso et al., 2018). Y hay un dato previo que explica bastante: solo 4 de cada 10 sentían que necesitaban ayuda.

    En Chile la foto es parecida. El estudio nacional de prevalencia psiquiátrica encontró que los trastornos más frecuentes a lo largo de la vida eran justamente los de ansiedad (agorafobia 11,1 %, fobia social 10,2 %, fobia simple 9,8 %), por delante de la depresión, y que de las personas con un solo trastorno apenas una cuarta parte había buscado atención (Vicente et al., 2006). Los datos tienen años, pero no hay una encuesta nacional posterior que los reemplace.

    Dicho de otro modo: si estás leyendo esto, ya vas más adelante que la mayoría. Lo que sigue es para que ese impulso no se pierda en una decisión mal informada.

    ¿Qué tratamientos para la ansiedad tienen evidencia?

    Tres caminos tienen respaldo sólido: la terapia cognitivo conductual, los antidepresivos de tipo ISRS e IRSN, y la combinación de ambos. Las guías internacionales coinciden en ese orden de prioridad, y lo que las diferencia entre sí son matices. La tabla resume lo que dice la evidencia de cada opción, con las cifras de los metaanálisis que la sostienen.

    OpciónQué esQué muestra la evidenciaPara quién suele indicarse
    Terapia cognitivo conductual (TCC)Sesiones semanales estructuradas: entender cómo funciona tu ansiedad, cambiar las interpretaciones de amenaza y exponerte gradualmente a lo que evitasFrente a placebo, efecto moderado (g = 0,56) y casi el triple de probabilidad de responder (Carpenter et al., 2018); es la psicoterapia de primera línea en todas las guíasPrimera opción en casi todos los casos; imprescindible cuando hay evitación
    Antidepresivos ISRS / IRSNFármacos que se toman a diario y tardan semanas en hacer efecto; los receta un médicoFrente a placebo, efecto medio en TAG (DME -0,55) y ansiedad social (-0,67), menor en pánico (-0,30) (Szuhany y Simon, 2022); duloxetina, venlafaxina, escitalopram y pregabalina destacan en TAG (Slee et al., 2019)Ansiedad moderada a grave, cuando no hay acceso a TCC, o por preferencia de la persona
    Combinación TCC + fármacoLas dos cosas a la vez, coordinadas entre psicólogo y psiquiatraEfecto pre-post algo mayor que cualquiera de las dos por separado (d = 2,12) (Bandelow et al., 2015)Cuadros graves, comorbilidad con depresión, o respuesta parcial a una sola opción
    Mindfulness estructurado (MBSR)Programa de 8 semanas de entrenamiento en atención plenaEn un ensayo no fue inferior a escitalopram (Hoge et al., 2023)Alternativa cuando la persona no quiere fármacos ni TCC clásica
    Relajación aplicadaProtocolo de 8 a 10 semanas de relajación progresiva llevada a las situaciones realesAlternativa viable a la terapia cognitiva en TAG, menos eficaz en otros trastornos (Clark y Beck, 2010)TAG, cuando la TCC no resulta aceptable para la persona
    BenzodiacepinasAnsiolíticos de efecto rápido (clonazepam, alprazolam, lorazepam)Eficaces a corto plazo pero mal toleradas frente a placebo (Slee et al., 2019); las guías no las recomiendan de rutina (Bandelow et al., 2017)Uso breve y puntual bajo indicación médica, nunca como plan principal

    Un detalle sobre las cifras. Los “tamaños de efecto” comparan cuánto mejora un grupo tratado frente a uno de control. Un 0,5 se considera moderado; un 0,8, grande. Sirven para ordenar opciones, no para prometerte un resultado. Y ojo con una trampa habitual: un metaanálisis de 234 ensayos encontró efectos pre-post mayores con fármacos (d = 2,02) que con psicoterapia (d = 1,22), pero también encontró que el placebo en pastilla daba 1,29 y la lista de espera 0,20 (Bandelow et al., 2015). Tomar algo, lo que sea, ya mueve mucho la aguja. Por eso las comparaciones que importan son las directas, y de esas hablamos ahora.

    ¿Terapia o pastillas? Lo que dicen las comparaciones cara a cara

    Cuando se enfrentan en el mismo ensayo, la psicoterapia y los antidepresivos empatan. Un metaanálisis de 67 ensayos con comparaciones directas, 27 de ellos en trastornos de ansiedad, encontró una diferencia global de g = 0,02 entre ambos, o sea, ninguna (Cuijpers et al., 2013). La psicoterapia sí fue superior a los antidepresivos tricíclicos (los antiguos), y el fármaco superior al counseling sin estructura. Traducido: una TCC bien hecha y un ISRS bien indicado rinden parecido al terminar.

    El mismo empate apareció en un ensayo reciente con otro tipo de terapia. Un programa de mindfulness de 8 semanas no fue inferior a escitalopram en adultos con trastorno de ansiedad diagnosticado, con una diferencia de apenas 0,07 puntos en la escala de gravedad (Hoge et al., 2023). No significa que cualquier meditación reemplace un fármaco; significa que un programa estructurado, con instructor y 8 semanas de práctica, puede rendir igual.

    Entonces, ¿cómo se elige? Las guías de la Federación Mundial de Sociedades de Psiquiatría Biológica, elaboradas por 33 expertos de 22 países tras revisar más de mil ensayos, ponen a los ISRS e IRSN como fármacos de primera línea y a la TCC como psicoterapia de primera línea, y dejan la decisión entre uno, otro o ambos a la evaluación clínica y a la preferencia de la persona (Bandelow et al., 2023). Los autores del metaanálisis de 2015 dicen lo mismo con otras palabras: la elección debe quedar en manos del paciente, porque los fármacos tienen efectos adversos, interacciones y contraindicaciones que la terapia no tiene (Bandelow et al., 2015).

    En la práctica, algunos criterios ayudan a inclinar la balanza:

    • Si tu ansiedad gira en torno a evitar (lugares, conversaciones, sensaciones del cuerpo), la terapia es difícil de reemplazar: el fármaco baja el malestar, pero no te enseña a volver a lo que dejaste de hacer.
    • Si la intensidad no te deja ni empezar (no duermes, no puedes concentrarte en una sesión, hay depresión encima), el fármaco puede abrir la puerta para que la terapia sea posible.
    • Si ya hiciste una TCC completa y volvió, o al revés, ya tomaste un ISRS y al dejarlo recaíste, la combinación pasa a ser la opción lógica.
    • Si tienes claro que no quieres tomar medicamentos, la evidencia te respalda para empezar por la terapia. Lo mismo al revés, si no puedes costear o sostener sesiones semanales.

    Una nota sobre el estrés, porque mucha gente busca una terapia para el estrés y la ansiedad como si fueran lo mismo. Se parecen en el cuerpo (tensión, insomnio, irritabilidad), pero el estrés responde a una carga real que está ahí (trabajo, plata, cuidados) y la ansiedad sigue sonando cuando la carga ya pasó o nunca llegó. La TCC sirve para las dos con énfasis distintos: en el estrés pesa más resolver problemas y ordenar la carga; en la ansiedad, la exposición. En el sitio hay una guía sobre cómo manejar el estrés con lo que tiene respaldo.

    Hay un artículo aparte sobre cómo es la terapia cognitivo conductual para la ansiedad sesión a sesión, y otro sobre qué funciona para controlar la ansiedad sin medicamentos. Aquí nos quedamos con la decisión de fondo.

    Cómo es la terapia para la ansiedad por dentro

    Lo que hace que una terapia para la ansiedad funcione es bastante concreto: cambiar la manera en que tu mente calcula el peligro y dejar de hacer las cosas que mantienen ese cálculo inflado. Clark y Beck (2010), autores del manual de referencia de la terapia cognitiva de la ansiedad, lo plantean así: la ansiedad persistente nace de valoraciones sesgadas de amenaza (sobreestimas la probabilidad y la gravedad de lo que temes, subestimas tu capacidad de manejarlo y no registras las señales de seguridad), y el tratamiento consiste en “apagar” ese programa de miedo cambiando cómo piensas y cómo respondes (pp. 184 y 197).

    Una TCC típica sigue una secuencia reconocible. Tolin (2024) la describe en su manual: evaluar el problema, construir con la persona una explicación de por qué se mantiene, acordar metas explícitas y también la duración y frecuencia del tratamiento, intervenir, revisar el progreso en cada sesión y, cuando la meta se acerca, trabajar la prevención de recaídas y cerrar con la puerta abierta a volver (pp. 16-17). No es una conversación abierta cada semana; es un plan.

    Dentro de ese plan hay tres ingredientes que aparecen en casi todos los protocolos con evidencia:

    1. Entender tu propia ansiedad. Las primeras sesiones se dedican a que entiendas el modelo con tus propios ejemplos, no con una clase teórica, porque el resto del tratamiento depende de que esa explicación te haga sentido (Clark y Beck, 2010, p. 197). Aprendes a registrar los pensamientos automáticos que aparecen cuando la ansiedad sube.
    2. Revisar las interpretaciones de amenaza. Se reúne evidencia a favor y en contra de lo que temes, se calcula de nuevo la probabilidad real, se piensa el peor escenario hasta el final y se arma un plan para el resultado más probable (Clark y Beck, 2010, pp. 205-209). El objetivo es pasar de “siento ansiedad, así que debe haber peligro” a una lectura basada en hechos.
    3. Exposición. Es el corazón del tratamiento y el ingrediente mejor estudiado de todos. Consiste en acercarte de forma planificada, repetida y gradual a lo que evitas (situaciones, pensamientos o sensaciones del cuerpo) para que tu sistema de miedo reciba la información que lo desconfirma (Clark y Beck, 2010, pp. 246-247). El manual español de técnicas cognitivo conductuales la describe como un componente central de cualquier intervención eficaz para la ansiedad, con más de sesenta años de estudios detrás (Ruiz, Díaz y Villalobos, 2012, p. 194). En el metaanálisis de ensayos con placebo, los protocolos centrados en exposición mostraron efectos mayores que los puramente cognitivos (Carpenter et al., 2018).

    Hay un cuarto elemento menos visible pero decisivo: las conductas de seguridad. Llevar siempre el ansiolítico en el bolsillo, ir acompañado, revisar el pulso, tener la salida ubicada. Alivian en el momento y mantienen el problema, porque le enseñan a tu mente que sobreviviste gracias a la muleta y no porque el peligro no era tal. Clark y Beck (2010) recomiendan retirarlas de forma gradual durante todo el tratamiento (p. 190), y Tolin (2024) advierte algo que conviene saber si combinas terapia con medicación: un fármaco “a demanda” que corta la ansiedad de inmediato, usado durante la exposición, puede enseñar una lección de seguridad condicional que socava lo que la exposición intenta construir (p. 284). No es un argumento contra los medicamentos; es un argumento para coordinar cómo se usan.

    ¿Y la relajación, la respiración, el mindfulness? Tienen su lugar como complemento. La relajación progresiva sirve para que alguien con ansiedad muy alta pueda empezar a exponerse, siempre que no se convierta en otra forma de evitar (Clark y Beck, 2010, p. 264). Y la respiración controlada, tan repetida en internet, tiene menos respaldo del que parece: la investigación cuestiona su papel terapéutico, sobre todo en el pánico (Clark y Beck, 2010, p. 266). Si te interesa, en el sitio hay una guía de técnicas de relajación para la ansiedad y otra de respiración diafragmática con lo que la evidencia sostiene y lo que no.

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la ansiedad?

    Menos de lo que la mayoría teme, y más de lo que promete la publicidad. Una TCC para la ansiedad se cuenta en semanas de sesiones, con la mayor parte de la mejoría en los primeros dos o tres meses; un tratamiento con antidepresivos se cuenta en meses, porque después de mejorar se mantiene entre 6 y 12 meses más. Nadie sale “curado” en tres sesiones, y nadie debería estar tres años en terapia sin un plan.

    Sobre las sesiones, una revisión sistemática de 26 estudios sobre terapias en contextos reales encontró que la relación entre número de sesiones y mejoría no es lineal: las primeras aportan mucho y las últimas cada vez menos, con dosis óptimas entre 4 y 26 sesiones según el problema, y con un detalle práctico: ir cada semana acelera la mejoría frente a ir cada dos o tres (Robinson, Delgadillo y Kellett, 2020). Los programas estructurados que se comparan con fármacos en los ensayos duran en ese orden: el de mindfulness de Hoge et al. (2023), por ejemplo, 8 semanas.

    Sobre los fármacos, la recomendación es clara: después de la remisión, el antidepresivo debe mantenerse entre 6 y 12 meses antes de plantearse la retirada, y esa retirada se hace de forma gradual y con el médico (Bandelow, Michaelis y Wedekind, 2017). Sumando las semanas iniciales hasta notar efecto, el tratamiento completo rara vez baja del año.

    Así se ve una línea de tiempo razonable:

    MomentoQué esperar en terapiaQué esperar con fármaco
    Semanas 1 a 4Evaluación, explicación del modelo, registro de pensamientos, primeras tareas. La ansiedad no baja todavía y a veces sube al empezar a mirarlaInicio de dosis baja; posibles efectos secundarios los primeros días; el efecto sobre la ansiedad tarda semanas en aparecer
    Semanas 4 a 12Exposición en marcha, retirada de conductas de seguridad. Aquí ocurre la mayor parte de la mejoríaAjuste de dosis si hace falta; evaluación de la respuesta con el médico
    Meses 3 a 6Consolidación, sesiones más espaciadas, prevención de recaídas, cierreMantenimiento con la dosis eficaz
    Meses 6 a 12Alta, con posibilidad de sesiones de refuerzo si algo reapareceSigue el mantenimiento; hacia el año se conversa la retirada gradual

    Dos advertencias sobre la tabla. La primera: es orientativa, y una ansiedad con depresión encima, con consumo de alcohol o con años de evolución necesita más tiempo. La segunda: si a las 12 semanas de un tratamiento bien hecho no hay ningún cambio, eso es información, no fracaso personal. Más abajo hay una sección sobre qué hacer en ese caso.

    Medicamentos para la ansiedad: cuáles son de primera línea y por qué las benzodiacepinas no

    En el tratamiento farmacológico de la ansiedad, los fármacos con mejor evidencia son antidepresivos, no ansiolíticos. Suena contradictorio, pero es así: los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y los inhibidores de serotonina y noradrenalina (IRSN) son la primera línea en todas las guías, y las benzodiacepinas quedaron relegadas a un uso breve y puntual. La prescripción concreta, la dosis y los ajustes son del médico; lo que sigue es para que entiendas la lógica de lo que te recete.

    El mayor metaanálisis en red sobre fármacos para el trastorno de ansiedad generalizada, con 89 ensayos y más de 25.000 pacientes, ordenó 22 medicamentos según eficacia y tolerabilidad. Duloxetina, pregabalina, venlafaxina y escitalopram resultaron más eficaces que placebo con buena aceptabilidad; sertralina, fluoxetina y otros también fueron eficaces aunque con muestras más pequeñas. Quetiapina tuvo el mayor efecto pero fue mal tolerada, y paroxetina y las benzodiacepinas fueron eficaces pero también mal toleradas frente a placebo (Slee et al., 2019). Una conclusión del mismo estudio vale la pena subrayarla: que el primer fármaco falle no es motivo para abandonar la vía farmacológica, porque hay varias alternativas.

    ¿Por qué las benzodiacepinas no son el plan? Funcionan rápido y eso las hace tentadoras, pero la revisión de guías de Bandelow, Michaelis y Wedekind (2017) las deja fuera del uso rutinario por su perfil de tolerancia y dependencia, y las guías internacionales de 2023 mantienen esa posición (Bandelow et al., 2023). Desde la terapia hay una razón adicional: un ansiolítico que corta la ansiedad al instante se convierte fácilmente en conducta de seguridad y compite con la exposición (Tolin, 2024, p. 284). Si ya las tomas, no las dejes por tu cuenta: la retirada tiene su método. En el sitio hay una guía sobre benzodiacepinas con lo que conviene saber.

    Y un dato que rara vez se conversa antes de empezar: qué pasa al dejar el antidepresivo. Un metaanálisis de 28 ensayos de prevención de recaídas encontró que, entre personas con trastorno de ansiedad que habían respondido al fármaco, suspenderlo triplicaba la probabilidad de recaer en el año siguiente: recayó el 36,4 % de quienes pasaron a placebo frente al 16,4 % de quienes siguieron (Batelaan et al., 2017). Los autores son cuidadosos: no hay datos más allá del año, y eso no debe leerse ni como “hay que tomarlo para siempre” ni como “se puede dejar al año”. Lo que sí dice es que la decisión de retirar se planifica, se hace despacio y, si es posible, con una terapia que haya dejado herramientas para cuando el fármaco no esté.

    ¿Psicólogo o psiquiatra para la ansiedad?

    Depende de la gravedad y del camino que elijas, y muchas veces la respuesta es los dos. El psicólogo hace la psicoterapia; el psiquiatra (o un médico general con formación) receta y controla la medicación. Ninguno reemplaza al otro, y en los cuadros moderados a graves lo habitual es que trabajen coordinados.

    Como orientación general:

    • Empieza por un psicólogo que haga terapia de ansiedad con base en TCC si tu ansiedad es de leve a moderada, si tienes claro que prefieres no medicarte, o si el problema central es la evitación. La TCC es tratamiento de primera línea por sí sola.
    • Consulta también a un psiquiatra si la ansiedad es intensa y sostenida, si hay depresión asociada, si no duermes, si ya intentaste una terapia completa sin resultado, o si necesitas alivio rápido para poder funcionar mientras la terapia hace efecto. El médico evalúa además que no haya una causa física (tiroides, anemia, efectos de otros fármacos o sustancias) detrás de los síntomas.
    • Busca a los dos desde el inicio si hay ideas de muerte, si el cuadro te tiene sin poder trabajar o estudiar, o si los ataques de pánico son frecuentes y ya cambiaste tu vida para evitarlos.

    En cualquiera de los tres casos conviene un diagnóstico antes que un tratamiento. “Ansiedad” es un síntoma; el trastorno de ansiedad generalizada, el trastorno de pánico y la ansiedad social se tratan con la misma caja de herramientas pero con protocolos distintos, y saber cuál es el tuyo cambia el plan. Si aún no lo tienes claro, el test de ansiedad y depresión con GAD-7 y PHQ-9 del sitio es un primer filtro (no un diagnóstico), y los artículos sobre el trastorno de ansiedad generalizada, el trastorno de pánico y la ansiedad social describen cada cuadro.

    ¿El trastorno de ansiedad se cura?

    La respuesta honesta es que la mayoría mejora mucho y una parte importante mantiene la mejoría años después, pero “curar” en el sentido de no volver a sentir ansiedad nunca no es una meta realista ni deseable. La ansiedad es una respuesta normal del organismo; lo que se trata es el exceso y la evitación que lo acompaña. Y como los trastornos de ansiedad tienden a la cronicidad, el tratamiento se piensa a largo plazo desde el principio (Batelaan et al., 2017).

    Lo que dura, dura. Un metaanálisis de 69 ensayos con seguimiento encontró que la ventaja de la TCC sobre los grupos de control se mantenía hasta 12 meses después de terminar la terapia en el TAG, el pánico, la ansiedad social y las fobias, y que más allá del año seguía siendo significativa en el TAG y la ansiedad social (van Dis et al., 2020). Las tasas de recaída reportadas en los pocos ensayos que las midieron iban del 0 % al 14 %. Esa es la gran ventaja de la terapia: lo aprendido se queda cuando las sesiones terminan.

    Con el fármaco pasa lo contrario: protege mientras se toma, y por eso la recaída al suspenderlo es el problema a resolver (Batelaan et al., 2017). De ahí que la combinación tenga sentido en los cuadros más graves y que, incluso quien elige medicarse, se beneficie de una terapia que le deje herramientas propias.

    Por eso las buenas terapias terminan con un módulo de prevención de recaídas. Tolin (2024) lo resume en cinco tareas: identificar las situaciones de alto riesgo y ensayar cómo manejarlas, recordar que sostener la mejoría depende de usar las habilidades y no de la fuerza de voluntad, desmontar los mitos que quedaron (por ejemplo, que preocuparse sirve para resolver problemas), tener un plan escrito para los lapsos, y no confundir un mal día con volver a cero (p. 183). Un lapso es una ansiedad que reaparece un tiempo; una recaída es dejar que vuelva la evitación. La diferencia está en lo que haces esa semana.

    ¿Qué hacer si el tratamiento no funciona?

    Primero, revisar si el tratamiento fue de verdad el tratamiento. Muchas “terapias que no sirvieron” fueron conversaciones de apoyo sin exposición ni tareas, y muchos “antidepresivos que no hicieron nada” se tomaron tres semanas a dosis de inicio. Con eso descartado, la evidencia ofrece varios pasos siguientes.

    • Si hiciste terapia y no mejoraste: pregunta qué tipo de terapia fue. Si no incluía exposición ni un plan con metas, no era TCC para la ansiedad, aunque se llamara así. Un metaanálisis en red sobre el formato de la TCC en el TAG encontró que la TCC individual y presencial rindió mejor que la remota, el tratamiento habitual y la lista de espera, y que la versión remota no superó a la lista de espera (Liu et al., 2025). El dato pide un matiz: el estudio es solo de TAG y “remota” agrupa formatos a distancia de distinto tipo, así que no equivale a decir que la videollamada con un psicólogo no sirva; lo que sí muestra es que tener un terapeuta delante, sesión a sesión, rinde más que un programa a distancia sin ese seguimiento. Si tu terapia fue una app o un curso autoguiado, todavía no probaste la de verdad.
    • Si tomaste un fármaco y no mejoraste: hay más de una alternativa dentro de la misma familia y en otras, y el metaanálisis de Slee et al. (2019) fue explícito en que fallar con el primero no es razón para abandonar la vía. Eso lo decide el psiquiatra, con tiempo suficiente en cada intento.
    • Si probaste una sola cosa: suma la otra. La combinación es la recomendación habitual para la respuesta parcial y para los cuadros con comorbilidad (Bandelow et al., 2015; Bandelow et al., 2023).
    • Si nada de lo anterior aplica: vale la pena revisar el diagnóstico. Una ansiedad que no responde a veces es un trastorno obsesivo compulsivo, un trauma no tratado, un consumo de alcohol o cannabis que la mantiene, o un problema médico. Todos tienen tratamiento, pero no el mismo.

    Lo que no conviene es rotar de terapeuta cada mes ni dejar los fármacos de golpe porque “no hacen nada”. La ansiedad se alimenta de la urgencia; el tratamiento funciona con constancia.

    Cómo acceder al tratamiento de la ansiedad en Chile

    Aquí hay que ser claros porque circula mucha información equivocada: los trastornos de ansiedad no están cubiertos por el GES. La depresión sí (para personas de 15 años y más), pero la ansiedad como diagnóstico principal no tiene garantía explícita. Puedes revisar la ficha oficial de la Superintendencia de Salud sobre la depresión GES para comparar. Esto importa por una razón práctica: si tu ansiedad viene con una depresión, el diagnóstico de depresión sí abre la puerta a un tratamiento garantizado que incluye evaluación, fármacos y psicoterapia.

    Fuera del GES, las opciones son las de siempre:

    • Atención primaria (CESFAM): con inscripción en Fonasa, el consultorio puede evaluar, iniciar tratamiento farmacológico y derivar a psicólogo o a psiquiatría según la gravedad. Los tiempos de espera varían mucho entre comunas.
    • Consulta particular con bonificación: Fonasa e isapres bonifican una parte de la consulta de psicólogo y de psiquiatra según el plan; la cobertura concreta hay que confirmarla con tu seguro antes de agendar.
    • Orientación telefónica: Salud Responde (600 360 7777) atiende las 24 horas y tiene psicólogos en su equipo para orientación y contención. No es un tratamiento, pero sirve para saber a dónde ir y qué hacer en una crisis.
    • Terapia online: para la ansiedad, la videollamada con un psicólogo permite el mismo protocolo de TCC, incluida la exposición, con la ventaja de practicar en tu entorno real. Si buscas esa modalidad, puedes agendar una consulta aquí.

    Sea cual sea la puerta de entrada, dos preguntas te ahorran meses: “¿qué tipo de terapia hace usted para la ansiedad?” y “¿cuánto suele durar?”. Un profesional que trabaja con evidencia responde las dos sin rodeos.

    Preguntas frecuentes sobre el tratamiento de la ansiedad

    ¿Cuál es el mejor tratamiento para la ansiedad?

    Los dos tratamientos de primera línea son la terapia cognitivo conductual con exposición y los antidepresivos ISRS o IRSN. En las comparaciones directas rinden parecido al terminar (Cuijpers et al., 2013), y la terapia mantiene mejor los resultados después del alta. En cuadros graves o con depresión, combinarlos es lo más eficaz. La elección depende de la gravedad y de tu preferencia.

    ¿Cuánto dura una terapia para la ansiedad?

    Se cuenta en semanas, no en años. Las revisiones sobre dosis de psicoterapia sitúan las dosis óptimas entre 4 y 26 sesiones según el problema, con la mayor parte de la mejoría en las primeras, y muestran que ir cada semana acelera el cambio (Robinson, Delgadillo y Kellett, 2020). Los programas estructurados de los ensayos, como el de mindfulness de Hoge et al. (2023), duran unas 8 semanas.

    ¿La ansiedad se puede tratar sin medicamentos?

    Sí. La terapia cognitivo conductual es tratamiento de primera línea por sí sola y, en comparaciones directas, iguala a los antidepresivos (Cuijpers et al., 2013). Un programa estructurado de mindfulness de 8 semanas tampoco fue inferior a escitalopram en un ensayo (Hoge et al., 2023). Si la ansiedad es grave o hay depresión, conviene al menos evaluar la opción farmacológica con un médico.

    ¿Cuánto tiempo hay que tomar medicamentos para la ansiedad?

    Las guías recomiendan mantener el antidepresivo entre 6 y 12 meses después de la remisión antes de plantear la retirada, que se hace de forma gradual (Bandelow, Michaelis y Wedekind, 2017). Suspenderlo antes triplica el riesgo de recaída en el año siguiente (Batelaan et al., 2017). La duración exacta la decide el médico tratante según tu evolución.

    ¿Es mejor ir al psicólogo o al psiquiatra por ansiedad?

    Para una ansiedad leve o moderada, o si prefieres no medicarte, empieza por un psicólogo que haga TCC. Si la ansiedad es intensa, hay depresión, no duermes o ya hiciste una terapia sin resultado, suma un psiquiatra. En los cuadros graves lo habitual es que ambos trabajen coordinados; no compiten, se complementan.

    ¿El trastorno de ansiedad tiene cura?

    La mayoría de las personas mejora de forma sustancial, y con la TCC la mejoría se mantiene al menos un año después de terminar, con recaídas entre el 0 % y el 14 % en los ensayos que las midieron (van Dis et al., 2020). La meta es que la ansiedad deje de mandar en tus decisiones; que desaparezca para siempre no es una meta realista. La primera se logra.

    ¿La ansiedad está cubierta por el GES en Chile?

    No. Los trastornos de ansiedad no tienen garantía GES como diagnóstico principal. La depresión en personas de 15 años y más sí está cubierta, así que si tu ansiedad viene acompañada de depresión, ese diagnóstico abre la garantía. Fuera del GES quedan la atención primaria, la bonificación de Fonasa o isapre en consulta particular y la orientación de Salud Responde.

    Cuándo consultar (y por qué ahora conviene más que después)

    Si la ansiedad lleva más de un mes limitando lo que haces, si ya evitas lugares, personas o sensaciones, si duermes mal la mayoría de las noches o si notas que el alcohol o las pastillas se volvieron tu forma de bajarla, es momento de consultar. No hace falta estar en crisis. Los trastornos de ansiedad tienden a volverse crónicos si no se tratan (Batelaan et al., 2017), y los tratamientos funcionan mejor cuando la evitación todavía no ocupa media vida.

    Si prefieres empezar por conversar con un psicólogo que trabaje con terapia cognitivo conductual, puedes agendar una consulta online. En la primera sesión se evalúa qué tipo de ansiedad tienes, se conversa con franqueza si hace falta apoyo médico y se acuerda un plan con metas y un plazo. Que sepas desde el principio a dónde vas es parte del tratamiento.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Alonso, J., Liu, Z., Evans-Lacko, S., Sadikova, E., Sampson, N., Chatterji, S., Abdulmalik, J., Aguilar-Gaxiola, S., Al-Hamzawi, A., Andrade, L. H., Bruffaerts, R., Cardoso, G., Cia, A., Florescu, S., de Girolamo, G., Gureje, O., Haro, J. M., He, Y., de Jonge, P., Karam, E. G., Kawakami, N., Kovess-Masfety, V., Lee, S., Levinson, D., Medina-Mora, M. E., Navarro-Mateu, F., Pennell, B. E., Piazza, M., Posada-Villa, J., ten Have, M., Zarkov, Z., Kessler, R. C., Thornicroft, G., & WHO World Mental Health Survey Collaborators. (2018). Treatment gap for anxiety disorders is global: Results of the World Mental Health Surveys in 21 countries. Depression and Anxiety, 35(3), 195-208. https://doi.org/10.1002/da.22711
    • Bandelow, B., Allgulander, C., Baldwin, D. S., Costa, D. L. da C., Denys, D., Dilbaz, N., Domschke, K., Eriksson, E., Fineberg, N. A., Hättenschwiler, J., Hollander, E., Kaiya, H., Karavaeva, T., Kasper, S., Katzman, M., Kim, Y. K., Inoue, T., Lim, L., Masdrakis, V., Menchón, J. M., Miguel, E. C., Möller, H. J., Nardi, A. E., Pallanti, S., Perna, G., Rujescu, D., Starcevic, V., Stein, D. J., Tsai, S. J., Van Ameringen, M., Vasileva, A., Wang, Z., & Zohar, J. (2023). World Federation of Societies of Biological Psychiatry (WFSBP) guidelines for treatment of anxiety, obsessive-compulsive and posttraumatic stress disorders. Version 3. Part I: Anxiety disorders. The World Journal of Biological Psychiatry, 24(2), 79-117. https://doi.org/10.1080/15622975.2022.2086295
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Depresión Endógena: Qué Es, Síntomas y Por Qué Ya No Se Diagnostica Así

    Depresión Endógena: Qué Es, Síntomas y Por Qué Ya No Se Diagnostica Así

    Alguien te dijo que lo tuyo «parece depresión endógena». O lo leíste, buscando por qué estás así cuando en tu vida no pasó nada que lo explique: tienes trabajo, tienes gente que te quiere, y aun así te levantas cada mañana con un peso en el pecho que no cede con nada.

    La palabra suena a diagnóstico serio, a algo que viene «de adentro» y que ninguna conversación va a arreglar.

    Esta guía explica qué significaba depresión endógena, en qué se diferenciaba de la depresión reactiva o exógena, por qué los manuales de diagnóstico dejaron de usar esa división hace más de cuarenta años, y qué nombre tiene hoy ese cuadro: depresión con características melancólicas. También revisa, con los estudios en la mano, la pregunta que de verdad importa: si tener «la endógena» cambia el tratamiento y el pronóstico. Al final hay seis preguntas frecuentes y las referencias completas.

    En breve:

    • «Endógena» es un nombre antiguo: hoy se habla de depresión con características melancólicas.
    • Es más fácil identificar un desencadenante en los primeros episodios de depresión que en los siguientes, así que no encontrar «la razón» no la convierte en una enfermedad aparte.
    • La evidencia no confirma que solo responda a fármacos.
    • Tiene tratamiento, y la mayoría de las personas alcanza la remisión.

    Respuesta corta: la depresión endógena es un nombre antiguo para la depresión que aparece sin un desencadenante externo claro y con síntomas corporales marcados (peor por la mañana, despertar precoz, lentitud, pérdida de apetito).

    Desde el DSM-III (1980) no existe como diagnóstico aparte: hoy se describe como un episodio depresivo mayor con características melancólicas, y la CIE-11 lo llama «episodio depresivo actual con melancolía». Tiene tratamiento, y la evidencia no confirma que solo responda a fármacos.

    ¿Qué es la depresión endógena?

    La depresión endógena es el nombre que la psiquiatría del siglo XX le dio a un tipo de depresión que parecía nacer «desde dentro» del organismo (eso significa endógena), sin una pérdida, un fracaso ni un conflicto que la explicara. Se la contraponía a la depresión reactiva o exógena, que sería la respuesta comprensible a algo que pasó: un duelo, una separación, un despido.

    La idea es mucho más vieja que el término. Belloch (2020) recuerda que La anatomía de la melancolía de Burton (1621) ya se considera el primer tratado sobre la depresión, y que ahí la causa no era la «bilis negra» de los griegos sino el desbordamiento de las pasiones, la culpa, la soledad o la ociosidad.

    Kendler revisó cómo, entre 1780 y 1880, la melancolía pasó de entenderse como un trastorno del juicio (una «locura parcial» que a veces venía con tristeza) a entenderse como un trastorno primario del ánimo, del que los delirios se derivan de forma comprensible (Kendler, 2020). De ahí nace el concepto moderno de depresión.

    Lo llamativo es cuánto se parece la melancolía de entonces a la depresión de ahora. Al revisar 28 manuales de psiquiatría de 1880 a 1900, incluida la primera descripción de Kraepelin en 1883, Kendler (2017) encontró que todos describían el mismo núcleo que hoy pedimos para diagnosticar una depresión mayor: cambio del ánimo, del contenido del pensamiento y de la conducta psicomotora.

    Hacia 1880 la depresión ya se entendía como un trastorno del ánimo independiente, con síntomas característicos y buen pronóstico.

    La división endógena/reactiva se volvió popular a mediados del siglo XX porque prometía algo útil: si sabías la causa, sabías el tratamiento. La endógena, «biológica», se trataría con fármacos o electroshock; la reactiva, «psicológica», con psicoterapia. El problema es que esa promesa no se sostuvo cuando se puso a prueba.

    Por qué ya no se diagnostica «depresión endógena»

    Los manuales de diagnóstico abandonaron la etiqueta «endógena» a partir del DSM-III (1980), cuando la psiquiatría decidió clasificar por síntomas observables y no por causas supuestas. Lo que quedó de aquel concepto fue el especificador «con características melancólicas»: un episodio depresivo mayor al que se le añade esa nota cuando tiene un perfil concreto de síntomas. La CIE-11 de la OMS recuperó el término clásico con el código 6A80.3, «episodio depresivo actual con melancolía», que sustituye al «síndrome somático» de la CIE-10.

    El paso de un nombre al otro no fue cosmético. Al preparar el DSM-IV, Rush y Weissenburger (1994) revisaron toda la evidencia sobre el subtipo: respuesta al tratamiento, pruebas de laboratorio, consistencia entre episodios, historia familiar y curso. Concluyeron que el concepto tenía cierta utilidad clínica y una validez «no del todo consistente», y decidieron conservarlo como especificador, con la lista corta de síntomas del DSM-III.

    Un dato de esa revisión que desmonta la idea de dos enfermedades distintas: episodios que no eran melancólicos pueden volverse melancólicos con la repetición y el paso del tiempo.

    El desencadenante se pierde con los episodios

    Hay un segundo motivo, y es el que más le sirve a quien está buscando su propia causa. El manual de terapia cognitiva de Beck y su equipo (Beck et al., 2024) recuerda una observación replicada muchas veces: es más fácil identificar un desencadenante en los primeros episodios de depresión que en los siguientes.

    Los estudios que siguen a las personas desde la infancia muestran dos trayectorias: la mayoría tiene un episodio ligado a un golpe de la vida y no vuelve a deprimirse salvo que ocurra otro golpe parecido, y un grupo más pequeño entra en la adolescencia con una vulnerabilidad que hace que los episodios se repitan, muchas veces sin ningún precipitante externo.

    Que no encuentres «la razón» de tu depresión no la convierte en una enfermedad aparte. Puede ser un tercer o cuarto episodio de la misma depresión de siempre.

    Dicho de forma directa: «endógena» describía un cuadro, no una causa demostrada. Y la palabra «reactiva» tampoco garantiza nada: una depresión que empezó con una separación puede ser tan grave y tan melancólica como una que empezó sin motivo.

    Síntomas de la depresión endógena (lo que hoy se llama características melancólicas)

    El DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022) exige, para añadir «con características melancólicas», que en el peor momento del episodio esté presente al menos una de dos cosas: pérdida del placer en todas o casi todas las actividades, o falta de reacción del ánimo ante lo que normalmente alegraría. A eso deben sumarse tres o más de estos seis síntomas:

    Síntoma melancólico Cómo se nota en la vida diaria
    Un ánimo deprimido de cualidad distinta No es la tristeza de un duelo: es un vacío, un abatimiento profundo que la persona describe como «otra cosa»
    Peor por la mañana Las primeras horas del día son las más duras; hacia la tarde aflojan un poco
    Despertar precoz Se despierta al menos dos horas antes de lo habitual y no vuelve a dormir
    Enlentecimiento o agitación psicomotora Habla y se mueve más lento, o no puede quedarse quieto; lo notan los demás, no solo la persona
    Pérdida marcada de apetito o de peso Come por obligación, baja de peso sin proponérselo
    Culpa excesiva o inapropiada Se reprocha cosas que no dependían de ella, o faltas mínimas con una intensidad desproporcionada

    Lo que de verdad distingue a la melancolía

    Ahora bien, la lista del manual y lo que de verdad distingue a la melancolía no coinciden del todo. Martino, Szmulewicz, Valerio y Parker (2019) revisaron todos los estudios que habían aislado una dimensión melancólica con modelos estadísticos, y encontraron que los dos rasgos que mejor separan la depresión melancólica de la no melancólica son el enlentecimiento psicomotor y el ánimo que no reacciona.

    Otros que se suelen atribuir a la melancolía (la anhedonia, la agitación, el insomnio tardío, la pérdida de apetito o peso) resultaron menos útiles para distinguirla, porque también aparecen en depresiones no melancólicas.

    Parker y Paterson (2014) llegan más lejos: la melancolía nunca se ha logrado diferenciar de forma satisfactoria solo por síntomas, y la definición del DSM-5 puede tener poca capacidad para separarla, lo que a su vez complica investigar sus causas y sus tratamientos.

    En un estudio posterior con 141 pacientes hospitalizados, Valerio, Lomastro, Igoa y Martino (2023) encontraron que, al controlar la gravedad, el especificador del DSM-5 parecía reflejar más bien cuán grave era el episodio que un cuadro cualitativamente distinto.

    Esto tiene una consecuencia práctica para ti. Si reconoces en la tabla el despertar precoz, la lentitud y el ánimo que no se mueve ni con buenas noticias, vale la pena decirlo tal cual en la consulta: son los síntomas que más orientan. Pero no hace falta que tú decidas si tu depresión es «endógena»; eso lo evalúa un profesional con una entrevista completa, y la respuesta cambia menos de lo que parece.

    ¿Qué tan común es y en quién aparece?

    Entre las personas que consultan por depresión, más o menos una de cada cinco tiene características melancólicas, y esas personas suelen estar más graves. En un estudio con 1.455 pacientes ambulatorios en España, Gili y colaboradores (2012) encontraron que el 16,2 % cumplía criterios de depresión melancólica; estaban más deprimidos, habían tenido más episodios y episodios más cortos que el resto.

    En STAR\*D, el mayor ensayo de tratamiento de la depresión en Estados Unidos (2.875 pacientes), McGrath y colaboradores (2008) hallaron que el 23,5 % tenía características melancólicas, con mayor gravedad, más intentos de suicidio previos, más riesgo suicida actual y más comorbilidad psiquiátrica.

    La proporción sube mucho cuando se mira a los más graves. En el estudio CORE de terapia electroconvulsiva, con 489 pacientes hospitalizados y muy deprimidos, el 63,6 % cumplía criterios de melancolía (Fink et al., 2007).

    La melancolía también pesa sobre el pensamiento. Un metaanálisis de nueve estudios (Zaninotto et al., 2016) encontró que las personas con depresión melancólica rinden peor en atención y memoria de trabajo, aprendizaje visual y razonamiento que las que tienen depresión no melancólica, con efectos de tamaño moderado. Con un matiz honesto: en los pacientes sin medicación esa diferencia no se vio, así que parte del efecto puede deberse a los fármacos o a la mayor gravedad.

    Causas de la depresión endógena: ¿es hereditaria o «química»?

    Sobre las causas de la depresión endógena, la respuesta corta es que la melancolía tiene correlatos biológicos reales, pero ninguno sirve todavía para diagnosticarla, y llamarla «química» no la separa de las demás depresiones. El marcador más antiguo y mejor sostenido es la hiperactividad del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, el sistema hormonal del estrés (Parker y Paterson, 2014).

    Rush y Weissenburger (1994) ya asociaban las características melancólicas a un sueño REM más precoz y a la no supresión del cortisol en la prueba de dexametasona. Pero ese mismo trabajo aclaraba que la melancolía no se asocia de forma específica a una historia familiar de depresión, aunque quizá sí a una historia familiar de depresión grave.

    Qué dice la psicología

    Leventhal y Rehm (2005) resumen la polémica desde la psicología: la idea de un subtipo con causas biológicas y no psicológicas ha pesado más en la psiquiatría que en la psicología, y la evidencia sobre síntomas, funcionamiento biológico, personalidad, respuesta al tratamiento y suicidalidad tiende a apoyar que la melancolía es diferente de la depresión no melancólica.

    Diferente no significa «puramente biológica»: en el modelo cognitivo de Beck, la depresión es un trastorno heterogéneo que puede deberse a acontecimientos psicológicos o a enfermedades biológicas, y ambas vías desembocan en los mismos síntomas (Beck et al., 2024).

    Beck y su equipo describen tres grupos de personas deprimidas. Las que responden a un golpe externo sin vulnerabilidad previa y a menudo se recuperan solas. Las que llegan a la adolescencia con una tendencia a atribuir lo malo a un defecto estable de sí mismas, que se benefician especialmente de la terapia cognitiva.

    Y un tercer grupo con una alteración cerebral de base y riesgo genético de episodios repetidos (la depresión bipolar, la psicótica, algunas altamente recurrentes), en el que la terapia cognitiva sola puede no bastar.

    La depresión «endógena» de la que hablaban los manuales viejos se parece a este tercer grupo, pero el propio Beck advierte que es muy difícil asignar a cada persona a un grupo de entrada. En sus palabras, hay que aprender de la respuesta de cada paciente al tratamiento y estar dispuesto a equivocarse.

    Cuando la causa es médica

    Una advertencia que suele faltar en los artículos sobre este tema: varias enfermedades médicas (hipotiroidismo y otras endocrinopatías, cuadros neurológicos y cerebrovasculares) y medicamentos de uso común (corticoides, antihipertensivos, antiarrítmicos) producen síntomas que cumplen todos los criterios de depresión mayor (Beck et al., 2024). Una depresión «sin causa» a veces sí tiene causa, y es médica. Por eso el estudio de una depresión melancólica pasa también por el médico.

    Tratamiento de la depresión endógena: ¿cambia según el subtipo?

    En el tratamiento de la depresión endógena, la idea de que «solo responde a fármacos» y la reactiva «solo a psicoterapia» no está respaldada por los estudios más grandes; lo que sí muestran es que la melancolía responde menos al placebo y tarda más en remitir, en gran parte por su mayor gravedad. Conviene ir por partes, porque la evidencia no es unánime.

    Antidepresivos: remisión más difícil, y no todos iguales

    Un metaanálisis de Valerio, Szmulewicz y Martino (2018) reunió ensayos aleatorizados y no aleatorizados y encontró que la depresión melancólica remite con antidepresivos con menos probabilidad que la no melancólica; la respuesta (mejorar sin llegar a remitir) fue parecida entre subtipos, pero los melancólicos respondieron menos al placebo.

    Dentro de la melancolía, los inhibidores de la recaptación de serotonina se asociaron a menos remisión que los antidepresivos tricíclicos, con un resultado parecido al de la venlafaxina. Los propios autores lo califican de hallazgo preliminar.

    El dato de STAR\*D matiza esa lectura. Las personas con características melancólicas tratadas con citalopram remitieron hasta 8,4 puntos porcentuales menos que las demás, un 24 % menos de probabilidad relativa; pero cuando se ajustó por las diferencias de partida (gravedad, intentos previos, comorbilidad), la diferencia desapareció (McGrath et al., 2008). Es decir: la melancolía se asocia a peor remisión porque suele venir con más gravedad, no porque el fármaco «no le llegue».

    Y en el ensayo GENDEP, con 811 adultos tratados con escitalopram o nortriptilina, la depresión melancólica se asoció a resultados ligeramente peores con el ISRS y no afectó al tricíclico, pero la diferencia no se sostuvo en los análisis de sensibilidad. La conclusión de Uher y colaboradores (2011) es clara: el subtipo no es un predictor lo bastante sólido para elegir entre un ISRS y un tricíclico.

    Psicoterapia: dos resultados que se contradicen

    Aquí está el nudo del debate. Por un lado, un pequeño ensayo piloto de 12 semanas de Parker y colaboradores (2013), con 18 personas con depresión melancólica tratadas con antidepresivos y 11 con terapia cognitivo-conductual, encontró que la medicación tuvo mejor resultado que la TCC: 61 % frente a 34 % de mejoría en la escala de Hamilton.

    Los autores advierten que la muestra fue pequeña y de gravedad moderada, con riesgo de estar infrapotenciada. Una revisión previa de Brown (2007) iba en la misma línea: los pocos datos disponibles sugerían que los pacientes melancólicos y los muy graves mejoran menos con distintos tipos de psicoterapia, y bastante menos con placebo.

    El estudio más grande y más limpio dice lo contrario. Cuijpers y colaboradores (2017) juntaron los datos individuales de cuatro ensayos que compararon TCC con antidepresivos (805 pacientes con subtipo evaluado al inicio) y no encontraron ninguna señal de que la melancolía modere o prediga el resultado: a las personas con melancolía no les fue peor con TCC que con fármacos, ni peor en general, y todas las diferencias fueron minúsculas (g < 0,10). Lo mismo para la depresión atípica.

    Cómo leer los dos resultados juntos: el ensayo de Parker es pequeño y el metaanálisis de Cuijpers reúne veintiocho veces más pacientes, así que hoy pesa más el segundo.

    Pero el de Cuijpers usó el especificador del DSM-IV, que como vimos discrimina mal, y sus pacientes eran ambulatorios. En una depresión melancólica grave, con enlentecimiento marcado, ideas de culpa delirantes o riesgo suicida, ningún clínico serio propone psicoterapia sola.

    Beck et al. (2024) lo resuelven con sentido común: la depresión unipolar no psicótica responde igual de bien a terapia cognitiva que a antidepresivos, y en el proceso la persona aprende habilidades que reducen el riesgo futuro; cuando hay síntomas psicóticos, maníacos o la persona no responde como se esperaba, se consulta con un psiquiatra y se combinan tratamientos.

    Terapia electroconvulsiva: no es «el tratamiento de la endógena»

    Durante décadas se enseñó que la melancolía era la indicación clásica de la terapia electroconvulsiva. El estudio CORE, con 489 pacientes gravemente deprimidos, encontró justo lo contrario de lo esperado: remitieron con TEC el 62 % de los melancólicos frente al 79 % de los no melancólicos (Fink et al., 2007). Los criterios DSM de melancolía, concluyen los autores, no identifican a quienes responden mejor a la TEC. Sí hubo un hallazgo a favor: los melancólicos recayeron menos cuando la continuación fue con TEC y más cuando fue con fármacos.

    Con todo esto sobre la mesa: el subtipo orienta, pero no decide. Si estás en tratamiento y no mejoras, lo que corresponde es revisar el plan con quien te atiende, sumar lo que falta (psicoterapia si solo hay fármacos, evaluación psiquiátrica si solo hay psicoterapia), y no concluir que «como es endógena, nada funciona». Si quieres entender qué ofrece cada tipo de terapia, en terapia cognitivo-conductual: qué es y cómo funciona lo explico con detalle.

    ¿Se cura la depresión endógena?

    Sí, con la misma salvedad que cualquier depresión mayor: la mayoría de las personas alcanza la remisión con tratamiento, la melancolía tarda un poco más en llegar y el riesgo de recaída obliga a no cortar el tratamiento en cuanto uno se siente bien. En el estudio de Gili y colaboradores (2012) los pacientes melancólicos mostraron tasas de remisión más bajas tras 6 a 8 semanas de antidepresivo y tras 14 a 20 semanas de continuación, aunque sus episodios fueron más cortos que los de los demás.

    En STAR\*D esa desventaja se explicó por la gravedad de partida (McGrath et al., 2008).

    La trayectoria marca más el pronóstico que la etiqueta. Beck et al. (2024) distinguen a las personas «con depresión posible», que tienen un episodio ligado a un acontecimiento y rara vez otro, de las «propensas a la recurrencia», con episodios repetidos que muchas veces empiezan sin motivo externo.

    Si te reconoces en el segundo grupo, la prevención de recaídas (continuar el tratamiento más allá de la mejoría, aprender a detectar las señales tempranas, cuidar el sueño) pesa tanto como el tratamiento del episodio. En cómo salir de la depresión hay una guía práctica de esa fase.

    Un error frecuente en internet es afirmar que la depresión endógena «no se cura sin medicación» o que «lleva años». Ninguno de los estudios revisados aquí sostiene esas dos frases tal cual. Lo que sostienen es más modesto y más útil: es una forma de depresión grave, con síntomas corporales marcados, que responde a los tratamientos disponibles, algo más lento, y que se beneficia de combinarlos cuando uno solo no alcanza.

    Cuándo consultar, y con quién, en Chile

    Consulta ahora, sin esperar a confirmar si es «endógena», si llevas dos semanas o más con el ánimo hundido casi todo el día, has dejado de disfrutar lo que antes disfrutabas, y notas alguno de los síntomas de la tabla de arriba. La lentitud que los demás notan, el despertar dos horas antes con angustia y la pérdida de peso sin buscarla son señales de una depresión que conviene tratar pronto, no esperar a que pase sola.

    Hay tres situaciones que convierten la consulta en urgente: ideas de muerte o de suicidio (más aún si has pensado cómo), ideas de culpa o de ruina que no ceden a ningún argumento (pueden ser síntomas psicóticos), y no poder comer ni levantarte. En esos casos corresponde una evaluación médica el mismo día. En Chile puedes llamar a Salud Responde, 600 360 7777, las 24 horas, o acudir a un servicio de urgencia.

    ¿Psicólogo o psiquiatra? Los dos, en distinto orden según la gravedad. Un psicólogo clínico puede evaluar el cuadro, iniciar psicoterapia y derivar a psiquiatría cuando la gravedad, la falta de respuesta o los síntomas psicóticos lo piden; el psiquiatra indica y ajusta la medicación. En la depresión melancólica lo habitual es que ambos trabajen juntos.

    En cuanto al acceso: la depresión en personas de 15 años o más es el problema de salud número 34 del GES. Según la Superintendencia de Salud, cubre la depresión leve, moderada o severa con diagnóstico confirmado por un médico; el tratamiento debe empezar de inmediato desde la confirmación diagnóstica, y en los casos con psicosis, alto riesgo suicida o falta de respuesta, la consulta con especialista está garantizada dentro de 30 días desde la derivación.

    No hace falta que el diagnóstico diga «melancólica» para activarlo: basta que sea depresión.

    Si quieres una primera orientación antes de consultar, el test de ansiedad y depresión de este sitio usa cuestionarios validados y te devuelve un puntaje orientativo; y el artículo pilar sobre depresión resume los criterios, los tipos y los tratamientos.

    MedlinePlus, de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, tiene además una página en español sobre la depresión pensada para pacientes.

    Preguntas frecuentes sobre la depresión endógena

    ¿Qué diferencia hay entre depresión endógena y exógena (o reactiva)?

    La endógena sería la que aparece sin desencadenante externo y con síntomas corporales marcados; la exógena o reactiva, la que sigue a un acontecimiento. Esa división se abandonó desde el DSM-III (1980) porque la causa no se podía demostrar y no predecía bien el tratamiento. Hoy se habla de depresión con o sin características melancólicas.

    ¿Cuáles son los síntomas de la depresión endógena?

    Los síntomas de la depresión endógena son los del especificador melancólico: pérdida total del placer o ánimo que no reacciona ante nada bueno, más tres de estos: cualidad distinta del ánimo, peor por la mañana, despertar precoz, enlentecimiento o agitación, pérdida de apetito o peso y culpa excesiva. Los que mejor la distinguen son el enlentecimiento y el ánimo no reactivo.

    ¿La depresión endógena se cura?

    Sí. Responde a los tratamientos disponibles (antidepresivos, psicoterapia, y en casos graves terapia electroconvulsiva), aunque la remisión suele tardar algo más, en gran parte porque estos cuadros son más graves de entrada. La continuación del tratamiento tras la mejoría reduce las recaídas.

    ¿La depresión endógena solo se trata con medicamentos?

    No. El metaanálisis más grande sobre el tema, con 805 pacientes, no encontró que la melancolía prediga peor resultado con terapia cognitivo-conductual que con fármacos. Un ensayo pequeño sí favoreció a la medicación. En la práctica, cuanto más grave el cuadro, más se combinan psicoterapia y tratamiento psiquiátrico.

    ¿Es hereditaria la depresión endógena?

    Tiene correlatos biológicos, como la hiperactividad del eje del estrés, pero no un marcador que la diagnostique, y no se asocia de forma específica a antecedentes familiares de depresión (quizá sí de depresión grave). Ninguna prueba de sangre o de imagen confirma hoy una «depresión endógena».

    ¿Cómo sé si mi depresión es endógena o reactiva?

    No hace falta que lo decidas tú, y la respuesta cambia menos de lo que parece. Un profesional evalúa los síntomas melancólicos en la entrevista clínica. Que no encuentres una causa no la hace más grave ni incurable: en los episodios repetidos es normal que el desencadenante sea menos visible.

    Un nombre viejo para un problema que sí tiene salida

    «Depresión endógena» sirvió durante décadas para nombrar una depresión grave, corporal y sin motivo aparente. La ciencia dejó el nombre porque no podía probar la causa que prometía, y se quedó con lo observable: las características melancólicas. Lo que la evidencia dice hoy es que esa forma de depresión existe, que es más grave y responde algo más lento, y que ni está condenada a los fármacos ni cerrada a la psicoterapia.

    Si reconociste tu mañana en la tabla de síntomas, el paso siguiente no es seguir buscando la etiqueta exacta. Es una evaluación con alguien que pueda distinguir gravedad, riesgo y tratamiento adecuado. Puedes agendar una consulta online para revisar tu caso y decidir juntos por dónde empezar.

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    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto revisado, DSM-5-TR). Editorial Médica Panamericana.

    Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., Emery, G., DeRubeis, R. J., & Hollon, S. D. (2024). Cognitive therapy of depression (2.ª ed.). Guilford Press.

    Belloch, A., Sandín, B., & Ramos, F. (2020). Manual de psicopatología (Vol. I, 3.ª ed.). McGraw-Hill.

    Brown, W. A. (2007). Treatment response in melancholia. Acta Psychiatrica Scandinavica, 115(Suppl. 433), 125-129. https://doi.org/10.1111/j.1600-0447.2007.00970.x

    Cuijpers, P., Weitz, E., Lamers, F., Penninx, B. W., Twisk, J., DeRubeis, R. J., Dimidjian, S., Dunlop, B. W., Jarrett, R. B., Segal, Z. V., & Hollon, S. D. (2017). Melancholic and atypical depression as predictor and moderator of outcome in cognitive behavior therapy and pharmacotherapy for adult depression. Depression and Anxiety, 34(3), 246-256. https://doi.org/10.1002/da.22580

    Fink, M., Rush, A. J., Knapp, R., Rasmussen, K., Mueller, M., Rummans, T. A., O’Connor, K., Husain, M., Biggs, M., Bailine, S., & Kellner, C. H. (2007). DSM melancholic features are unreliable predictors of ECT response: A CORE publication. Journal of ECT, 23(3), 139-146. https://doi.org/10.1097/YCT.0b013e3180337344

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    McGrath, P. J., Khan, A. Y., Trivedi, M. H., Stewart, J. W., Morris, D. W., Wisniewski, S. R., Miyahara, S., Nierenberg, A. A., Fava, M., & Rush, A. J. (2008). Response to a selective serotonin reuptake inhibitor (citalopram) in major depressive disorder with melancholic features: A STARD report. Journal of Clinical Psychiatry, 69*(12), 1847-1855. https://doi.org/10.4088/JCP.v69n1201

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    Parker, G., Blanch, B., Paterson, A., Hadzi-Pavlovic, D., Sheppard, E., Manicavasagar, V., Synnott, H., Graham, R. K., Friend, P., Gilfillan, D., & Perich, T. (2013). The superiority of antidepressant medication to cognitive behavior therapy in melancholic depressed patients: A 12-week single-blind randomized study. Acta Psychiatrica Scandinavica, 128(4), 271-281. https://doi.org/10.1111/acps.12049

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    Uher, R., Dernovsek, M. Z., Mors, O., Hauser, J., Souery, D., Zobel, A., Maier, W., Henigsberg, N., Kalember, P., Rietschel, M., Placentino, A., Mendlewicz, J., Aitchison, K. J., McGuffin, P., & Farmer, A. (2011). Melancholic, atypical and anxious depression subtypes and outcome of treatment with escitalopram and nortriptyline. Journal of Affective Disorders, 132(1-2), 112-120. https://doi.org/10.1016/j.jad.2011.02.014

    Valerio, M. P., Lomastro, J., Igoa, A., & Martino, D. J. (2023). Clinical characteristics of melancholic and nonmelancholic depressions. Journal of Nervous and Mental Disease, 211(3), 248-252. https://doi.org/10.1097/NMD.0000000000001616

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    Zaninotto, L., Solmi, M., Veronese, N., Guglielmo, R., Ioime, L., Camardese, G., & Serretti, A. (2016). A meta-analysis of cognitive performance in melancholic versus non-melancholic unipolar depression. Journal of Affective Disorders, 201, 15-24. https://doi.org/10.1016/j.jad.2016.04.039

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Tratamiento del Trastorno de Pánico: Qué Funciona, Cuánto Dura y Cómo Elegir

    Tratamiento del Trastorno de Pánico: Qué Funciona, Cuánto Dura y Cómo Elegir

    Si llegaste hasta acá, probablemente ya sabes lo que es: el corazón que se dispara sin motivo, la sensación de que no entra el aire, el miedo a morirte o a perder el control, y después el miedo al próximo ataque. Lo que quieres saber ahora es otra cosa. Para el trastorno de pánico, el tratamiento existe, está bien estudiado y funciona en la mayoría de las personas. Lo que casi nadie te explica es cuál elegir, en qué consiste de verdad, cuánto tarda y qué pasa cuando lo dejas.

    Esta guía responde eso con la evidencia en la mano: dos metaanálisis en red (uno de psicoterapias, otro de medicamentos), una revisión de JAMA de 2022, las guías de medicina familiar y el manual de terapia cognitiva de Clark y Beck (2010). Si todavía no tienes claro si lo tuyo es trastorno de pánico o ataques aislados, empieza por la guía completa del trastorno de pánico y vuelve acá.

    Trastorno de pánico, tratamiento que funciona: la respuesta corta

    Los dos tratamientos con más respaldo son la terapia cognitivo-conductual (TCC) y los antidepresivos ISRS o IRSN. Rinden parecido en la fase aguda, y la TCC conserva mejor lo ganado cuando termina. Las benzodiacepinas (clonazepam, alprazolam) alivian rápido pero no son la primera opción. Un tratamiento típico dura entre 3 y 6 meses de trabajo activo, más 6 a 12 meses de mantenimiento si hay medicación.

    Lo que sigue explica cada pieza: qué se hace en la terapia, qué medicamento se usa y por qué, cómo elegir entre uno, otro o ambos, y qué esperar después.

    ¿Se cura el trastorno de pánico?

    En la mayoría de los casos, sí: la persona deja de tener ataques o los tiene tan de vez en cuando que dejan de organizarle la vida. Con TCC, entre el 40 % y el 90 % de los pacientes termina el tratamiento sin ataques de pánico, según la revisión de más de 25 ensayos que resumen Clark y Beck (2010, p. 325). Con antidepresivos, hace falta tratar a unas 10 personas durante 2 a 6 meses para que una más alcance la remisión que con placebo (DeGeorge et al., 2022).

    Conviene decir también lo que no es. Sin tratamiento, el trastorno de pánico tiende a ser crónico: la revisión de JAMA de 2022 describe que muchas personas pasan años con síntomas antes de tratarse, y que afecta al 5,2 % de la población a lo largo de la vida (Szuhany y Simon, 2022). Ocho de cada diez personas con trastorno de pánico tienen además otro diagnóstico en algún momento, casi siempre otro trastorno de ansiedad o una depresión (American Psychiatric Association, 2022). Eso importa para el tratamiento, porque lo que se trata no es solo el ataque.

    “Curarse”, entonces, quiere decir algo concreto: perder el miedo a las sensaciones del cuerpo. Quien logra eso puede volver a sentir taquicardia en una escalera sin que se convierta en un ataque. Ese es el objetivo real de todo lo que viene.

    Terapia cognitivo-conductual: el tratamiento del trastorno de pánico con más evidencia

    La TCC es la psicoterapia más estudiada para el pánico, y la que mejor sale parada cuando se comparan todas entre sí. Un metaanálisis en red de 136 ensayos con más de 7.000 participantes encontró que la TCC supera al tratamiento habitual con un tamaño de efecto moderado (DME de -0,67) y con confianza moderada en la evidencia; la terapia psicodinámica breve también mostró beneficio, pero con confianza baja, y al retirar los estudios con alto riesgo de sesgo solo la TCC siguió siendo superior (Papola et al., 2022).

    Frente a un placebo psicológico o una pastilla de placebo, el efecto de la TCC es pequeño a moderado (g de Hedges de 0,39), según la misma revisión de JAMA (Szuhany y Simon, 2022). Ese número parece modesto hasta que se lo compara con los antidepresivos, cuyo efecto frente a placebo en pánico es también pequeño (DME de -0,30). Es decir: los dos funcionan, ninguno es mágico, y los dos son claramente mejores que no hacer nada.

    Lo que distingue a la TCC es lo que pasa después de terminarla. En el ensayo clásico de Clark y colaboradores (1994), que Clark y Beck (2010, p. 326) resumen, el 85 % de quienes recibieron terapia cognitiva seguía sin ataques a los 15 meses, contra el 47 % con relajación aplicada y el 60 % con imipramina. La terapia enseña algo que la persona se lleva; la pastilla actúa mientras se toma.

    Qué se hace en la TCC del pánico, sesión a sesión

    Un tratamiento cognitivo-conductual del pánico no es “hablar de la ansiedad”. Es un protocolo con componentes definidos, que suele tomar entre 10 y 12 sesiones individuales, más algunas de refuerzo. Clark y Beck (2010, pp. 313-314) lo organizan en cinco objetivos: bajar la sensibilidad a las sensaciones corporales, debilitar la interpretación catastrófica de esas sensaciones (“me está dando un infarto”), fortalecer la capacidad de encontrar una explicación realista, eliminar la evitación y las conductas de seguridad, y aumentar la tolerancia al malestar.

    Para eso, las sesiones combinan estas piezas:

    1. Psicoeducación con tu propio ciclo. En la primera sesión se reconstruye un ataque reciente paso a paso: qué sensación apareció primero, qué pensaste, qué hiciste. El terapeuta muestra cómo la interpretación (“no me entra aire, me voy a asfixiar”) es lo que convierte una sensación en pánico. Se presenta como una hipótesis a comprobar, no como una verdad que aceptar.
    2. Inducción de síntomas (exposición interoceptiva). Desde la segunda o tercera sesión se provocan a propósito las sensaciones temidas. Es la pieza central y tiene su apartado más abajo.
    3. Reestructuración cognitiva. Se revisa la evidencia a favor y en contra de la catástrofe temida, y se construye una explicación alternativa para cada sensación.
    4. Experimentos conductuales. Se ponen a prueba las predicciones (“si subo la escalera corriendo me va a dar un ataque”) en la vida real.
    5. Exposición gradual en vivo. Si hay evitación agorafóbica (no tomar el metro, no ir al mall, no alejarse de casa), se arma una jerarquía de situaciones y se recorre de menor a mayor dificultad. Sobre eso hay más en la guía de agorafobia.
    6. Prevención de recaídas. Las últimas sesiones preparan para lo que viene: que alguna vez volverá una sensación fuerte, y qué hacer cuando pase.

    Si quieres entender cómo funciona esta terapia en la ansiedad en general, la explicación está en qué es la terapia cognitivo-conductual y en la TCC para la ansiedad.

    Exposición interoceptiva: provocar a propósito lo que te da miedo

    Suena contradictorio. Quien tiene pánico organiza su vida para no sentir el corazón acelerado, y el tratamiento le pide justamente producirlo. La razón es simple: el pánico se sostiene en una regla aprendida (“estas sensaciones son peligrosas”), y esa regla solo se desaprende comprobando, en el cuerpo, que la catástrofe no llega.

    Los ejercicios son breves y se repiten muchas veces, primero en sesión y después como tarea. Clark y Beck (2010, pp. 315-316) recogen los más usados: hiperventilar durante un minuto o dos, girar en una silla giratoria, respirar a través de una bombilla delgada, contener la respiración, correr en el lugar, apretar un bajalenguas contra la garganta. Según el estudio de Antony y colaboradores que ellos citan, girar, hiperventilar y respirar por la bombilla son los que producen sensaciones más parecidas a un ataque real; levantar la cabeza rápido o mirar una luz apenas provocan nada. Se hace después de descartar contraindicaciones médicas (embarazo, asma grave, cardiopatía, hipotensión postural), y siempre con un propósito explícito: ver si la interpretación catastrófica se cumple.

    Que esta pieza sea la que más importa no es una opinión. Un análisis de componentes de 72 ensayos con 4.064 pacientes desmontó la TCC del pánico para ver qué parte hace el trabajo: la exposición interoceptiva y el formato presencial se asociaron con mayor eficacia y mejor aceptación, mientras que la relajación muscular y la exposición en realidad virtual se asociaron con menor eficacia. La diferencia entre la combinación más eficaz y la menos eficaz, ambas vendidas como “TCC basada en evidencia”, fue una razón de probabilidades de remisión de 7,69 (Pompoli et al., 2018). Dicho en simple: no toda TCC es igual, y la que incluye exposición interoceptiva es la que funciona.

    Una pista práctica para el lector: si llevas varias sesiones de “terapia para el pánico” y nunca te han pedido hiperventilar, girar o provocarte mareo, vale la pena preguntar por qué.

    ¿Y respirar? Por qué la respiración y la relajación ya no son el centro

    Es la técnica que aparece en todos los blogs, y tiene su lugar. Pero la evidencia le bajó el rango. El reentrenamiento en respiración nació en los protocolos de los años 80 con la idea de que la hiperventilación causaba el ataque. Hoy se sabe que en muchos ataques reales no hay hiperventilación, y que enseñar a controlar la respiración no añade beneficio. Clark y Beck (2010, pp. 322-323) citan el estudio de Schmidt y colaboradores (2000): a los 12 meses, el 57 % del grupo con TCC sin entrenamiento respiratorio cumplía criterios de recuperación, frente al 37 % del grupo que sí lo recibió. Por eso el manual lo marca como componente “opcional”.

    Hay un riesgo más sutil: la respiración controlada puede convertirse en una conducta de seguridad (Clark y Beck, 2010, p. 323). Si respiras lento “para que no me dé”, cada vez que no te da le atribuyes el mérito a la respiración, y la creencia de fondo (“si no lo controlo, colapso”) sale reforzada. Lo mismo ocurre con la relajación muscular, que en el análisis de componentes de Pompoli et al. (2018) se asoció con menor eficacia. Si usas la respiración diafragmática, úsala como forma de bajar el nivel general de activación en el día, no como escudo contra el próximo ataque.

    Medicamentos para los ataques de pánico y el trastorno de pánico: cuáles, cuánto tardan, cuánto tiempo

    Los antidepresivos ISRS (sertralina, escitalopram, paroxetina, fluoxetina, citalopram) y el IRSN venlafaxina son la primera línea farmacológica para el trastorno de pánico, por su eficacia y por un perfil de efectos adversos más tolerable que el de los antidepresivos antiguos (Szuhany y Simon, 2022; Bighelli et al., 2016). Que se llamen “antidepresivos” confunde a muchos pacientes: en el pánico se usan por su efecto sobre la ansiedad, no porque el diagnóstico sea depresión.

    La revisión Cochrane de 2023, un metaanálisis en red de 70 ensayos, encontró que casi todos los fármacos estudiados superan al placebo en respuesta, con poca diferencia entre clases; dentro de los ISRS, paroxetina y fluoxetina tienen evidencia más sólida que sertralina, y los autores advierten que la calidad de los estudios es baja en general (Guaiana et al., 2023). Tres datos prácticos que sí están bien establecidos:

    • Tardan. El efecto de un ISRS se nota en semanas, no en días: el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos advierte que los antidepresivos pueden tardar varias semanas en empezar a funcionar, y que los efectos secundarios de las primeras semanas son la razón habitual para empezar con dosis bajas e ir subiendo.
    • Cuántos mejoran. Con antidepresivos, tratar a 10 personas durante 2 a 6 meses produce una remisión adicional respecto al placebo (NNT de 10) (DeGeorge et al., 2022).
    • Cuánto tiempo. La recomendación es mantenerlos al menos 6 a 12 meses después de mejorar, precisamente para reducir las recaídas (DeGeorge et al., 2022).

    Un medicamento lo indica y lo ajusta un médico (general o psiquiatra), no un psicólogo. Lo que el psicólogo sí hace es coordinar con ese médico, sobre todo cuando se combinan tratamientos o cuando llega el momento de retirar la pastilla.

    Benzodiacepinas (clonazepam, alprazolam): por qué no son la primera opción

    Son los medicamentos que más rápido alivian un ataque. En el metaanálisis en red de Cochrane, diazepam, alprazolam y clonazepam quedaron entre los más eficaces para reducir la frecuencia de ataques, y como los mejor tolerados a corto plazo (Guaiana et al., 2023). Entonces, ¿por qué no empezar por ahí?

    Por lo que pasa después. Las guías clínicas coinciden en que las benzodiacepinas no son más eficaces que los antidepresivos, y que aumentan el riesgo de tolerancia, abstinencia y mortalidad, por lo que no deben usarse como primera línea ni a largo plazo (DeGeorge et al., 2022). A eso se suma un problema específico del pánico: una pastilla que apaga el ataque en minutos es la conducta de seguridad perfecta. La persona nunca llega a comprobar que la sensación pasa sola, que es lo que cura.

    Esto no significa que estén prohibidas. En una crisis aguda, o mientras el ISRS empieza a actuar, un uso breve y pautado puede tener sentido. Lo que la evidencia desaconseja es el “clonazepam bajo la lengua cuando lo necesite” durante meses. Si ya llevas tiempo tomándolas, no las dejes de golpe: la retirada se hace gradual y con un médico. Hay una guía sobre benzodiacepinas, dosis y retirada en este mismo sitio.

    ¿Terapia, pastillas o las dos? Cómo elegir

    La psicoterapia es tan eficaz como la farmacoterapia para el trastorno de pánico y puede usarse sola o combinada; la combinación probablemente es más eficaz que cualquiera de las dos por separado (DeGeorge et al., 2022). Con un matiz importante que la revisión de JAMA (Szuhany y Simon, 2022) deja claro al resumir los metaanálisis: sumar un antidepresivo a la TCC mejora el resultado frente a TCC más placebo (g de 0,61), pero sumar un ansiolítico como una benzodiacepina a la TCC no aporta nada medible (g de -0,10, no significativo). Y Clark y Beck (2010, p. 326) resumen los grandes ensayos comparativos con una frase: la TCC es al menos tan eficaz como la medicación, y combinar ambas da poca ventaja adicional.

    Terapia cognitivo-conductual Antidepresivo (ISRS / IRSN) Combinación
    Eficacia en la fase aguda Moderada frente al tratamiento habitual; pequeña a moderada frente a placebo (Papola et al., 2022; Szuhany y Simon, 2022) Pequeña frente a placebo; NNT de 10 para remisión (Szuhany y Simon, 2022; DeGeorge et al., 2022) Probablemente algo mayor que cada una sola (DeGeorge et al., 2022)
    Cuándo se nota Desde las primeras semanas, con trabajo activo del paciente En semanas; puede empeorar la inquietud al inicio Como el antidepresivo, con la terapia avanzando en paralelo
    Qué pasa al terminar Lo ganado se mantiene en la mayoría; recaídas del 0 % al 14 % en los ensayos con seguimiento (van Dis et al., 2020) Recaída de hasta el 50 % si se retira antes del año (DeGeorge et al., 2022) Depende de si se hizo terapia con exposición real
    Conviene especialmente si Quieres una herramienta propia; hay evitación o agorafobia; prefieres no medicarte; estás embarazada o planeas estarlo Hay depresión comórbida importante; los ataques son tan frecuentes que no puedes empezar la terapia; no hay acceso a TCC Cuadro grave o con depresión; ataques muy frecuentes; casos que no respondieron a uno solo
    Ojo con Necesita un terapeuta que haga exposición interoceptiva, no solo conversar Efectos secundarios; riesgo de recaída al suspender; no enseña nada Coordinar médico y psicólogo; evitar que la pastilla se vuelva conducta de seguridad

    Una regla práctica para orientarse: si puedes empezar terapia con un profesional que trabaje con exposición, empieza por ahí. Si los ataques son diarios, no logras salir de la casa o hay una depresión encima, la medicación puede ser lo que te permita llegar a la terapia. Y si ya estás tomando un ISRS y te va bien, la terapia no compite con él: es lo que te va a permitir dejarlo sin recaer.

    ¿Qué pasa cuando dejas la medicación?

    Es la pregunta que más miedo da, y tiene respuesta medida. Un metaanálisis publicado en el BMJ reunió 28 ensayos con 5.233 pacientes con trastornos de ansiedad que habían respondido a un antidepresivo y fueron asignados al azar a seguir con él o a cambiarlo por placebo. Suspenderlo triplicó la probabilidad de recaer en el año siguiente (razón de probabilidades de 3,11): recayó el 36,4 % de quienes pasaron a placebo frente al 16,4 % de quienes continuaron, y la recaída llegó antes (Batelaan et al., 2017). En el pánico en particular, retirar el antidepresivo antes del año lleva a una recaída en hasta la mitad de los pacientes (DeGeorge et al., 2022).

    Eso no quiere decir “para siempre”. Quiere decir que la retirada se planifica: después de 6 a 12 meses estable, de forma gradual, y de preferencia habiendo hecho terapia con exposición mientras tanto. Los autores del BMJ son explícitos en que la falta de datos más allá de un año no es una recomendación de suspender al año, y que la decisión debe mirar el largo plazo (efectos secundarios, preferencias, riesgo de recaída).

    Con la TCC la historia es otra. Un metaanálisis de 69 ensayos sobre el efecto a largo plazo de la TCC en los trastornos de ansiedad encontró que en el trastorno de pánico las mejoras se mantienen hasta 12 meses después de terminar el tratamiento, con tasas de recaída de entre el 0 % y el 14 % en los ensayos que las midieron; más allá del año los datos son escasos y el efecto dejó de ser significativo, lo que los autores atribuyen a la falta de estudios largos y de buena calidad (van Dis et al., 2020). Y hay un dato que ayuda a entender por qué la terapia aguanta: la mejor prevención de recaídas, según Clark y Beck (2010, p. 321), es que la persona sea capaz de provocarse a propósito las sensaciones temidas incluso cuando está muy ansiosa. Quien puede hacer eso ya no le teme al ataque.

    Cuánto dura el tratamiento y cómo saber si está funcionando

    Nadie puede prometer una fecha, pero sí un mapa. Estos plazos salen de los protocolos de TCC (Clark y Beck, 2010) y de las recomendaciones farmacológicas (DeGeorge et al., 2022):

    Momento Qué debería estar pasando
    Semanas 1 a 3 Ya entiendes tu ciclo de pánico. Empezaron los ejercicios de inducción de síntomas. Si hay medicación, dosis baja y posibles molestias iniciales
    Semanas 4 a 8 Los ataques bajan en frecuencia o intensidad. Empiezas a exponerte a situaciones evitadas. El antidepresivo empieza a hacer efecto
    Meses 3 a 4 La mayoría de los protocolos de TCC termina aquí (10 a 12 sesiones). Muchas personas llevan semanas sin ataques completos
    Meses 4 a 6 Sesiones de refuerzo espaciadas. Plan escrito de qué hacer si vuelve una sensación fuerte
    Meses 6 a 12 Si hay antidepresivo, se mantiene hasta aquí como mínimo, y recién entonces se planifica la retirada gradual con el médico

    Cómo saber que va bien: los ataques bajan, pero sobre todo cambia tu reacción a las sensaciones. Notar el corazón acelerado y pensar “es taquicardia, ya pasa” en vez de “me voy a morir” es la señal de que el tratamiento está haciendo lo suyo. Volver a hacer cosas que evitabas es la otra.

    Cómo saber que no va bien: llevas 8 a 10 sesiones y los ataques siguen igual; en terapia nunca has hecho exposición; dependes de una pastilla de rescate para salir; o la evitación creció. Nada de eso significa que seas “un caso perdido”. Significa que hay que revisar el plan.

    Cuando el tratamiento no funciona: qué revisar

    Una parte de los pacientes no alcanza la remisión completa con los tratamientos de primera línea (Ziffra, 2021). Antes de concluir que “nada sirve”, conviene revisar cinco cosas:

    • La terapia no incluía exposición. Es el motivo más frecuente. Hablar de la ansiedad, relajarse o “manejar el estrés” no es TCC del pánico (Pompoli et al., 2018).
    • Hay agorafobia que no se está trabajando. La evitación mantiene el miedo aunque los ataques hayan bajado; cuando es marcada, la exposición en vivo tiene que ser el centro del tratamiento (Clark y Beck, 2010, p. 319). La agorafobia se asocia además con mayor gravedad y peor pronóstico (American Psychiatric Association, 2022).
    • Hay una depresión u otro trastorno de ansiedad debajo. Con un 80 % de comorbilidad a lo largo de la vida, es la regla y no la excepción; a veces lo primero que hay que tratar es eso.
    • La benzodiacepina de rescate se volvió el tratamiento. Mientras exista un “por si acaso” en el bolsillo, el cuerpo no aprende que puede solo.
    • Alcohol, cafeína alta o sustancias. Cualquier cosa que produzca sensaciones parecidas al pánico alimenta el ciclo, y el alcohol para “calmar” es una trampa conocida.

    Si nada de eso explica el estancamiento, hay segundas líneas farmacológicas (otros antidepresivos como los tricíclicos, o cambiar de ISRS) que evalúa un psiquiatra (Ziffra, 2021; Guaiana et al., 2023). Lo que la evidencia no respalda son el cannabis medicinal ni los suplementos de venta libre, que además tienen riesgos (Ziffra, 2021).

    Dónde tratarse en Chile

    Si quieres empezar por la terapia, busca un psicólogo que trabaje con terapia cognitivo-conductual y pregúntale directamente si hace exposición interoceptiva. Esa pregunta filtra mucho. En el sistema público, el punto de entrada es el CESFAM que te corresponde, que puede derivarte a psicólogo o a psiquiatra según el caso; en el sistema privado, un psicólogo clínico puede atenderte de forma presencial u online, y coordinar con un médico si hace falta medicación.

    Si tienes dudas sobre a quién acudir primero, la diferencia entre ataque de ansiedad y ataque de pánico y la guía sobre qué hacer durante un ataque de ansiedad ayudan a ordenar el cuadro antes de la primera consulta. Y si una crisis te sobrepasa ahora mismo, Salud Responde atiende las 24 horas al 600 360 7777, y la línea *4141 del Ministerio de Salud orienta en salud mental.

    Preguntas frecuentes sobre el tratamiento del trastorno de pánico

    ¿El trastorno de pánico se cura o solo se controla?

    En la mayoría de las personas los ataques desaparecen o se vuelven muy ocasionales y dejan de generar miedo. Con TCC, entre el 40 % y el 90 % termina sin ataques (Clark y Beck, 2010). Lo que cambia de verdad es la interpretación de las sensaciones corporales: cuando una taquicardia deja de significar peligro, el trastorno pierde su motor.

    ¿Cuánto dura el tratamiento del trastorno de pánico?

    Un protocolo de TCC toma unas 10 a 12 sesiones (3 a 4 meses), más algunas de refuerzo. Si hay antidepresivo, se recomienda mantenerlo al menos 6 a 12 meses después de mejorar (DeGeorge et al., 2022). Retirarlo antes del año se asocia con recaída en hasta la mitad de los pacientes.

    ¿Es mejor la terapia o los medicamentos?

    Rinden parecido en la fase aguda y la combinación probablemente es algo mejor que cada uno solo (DeGeorge et al., 2022). La diferencia está después: lo aprendido en TCC se mantiene al terminar, mientras que el antidepresivo protege solo mientras se toma. Si puedes acceder a TCC con exposición, suele ser el mejor punto de partida.

    ¿Se puede tratar el trastorno de pánico sin medicamentos?

    Sí. La TCC sola es un tratamiento de primera línea con eficacia comparable a la farmacológica (Papola et al., 2022; Szuhany y Simon, 2022). La medicación se vuelve más necesaria cuando los ataques son muy frecuentes, hay depresión importante o la persona no logra empezar la terapia por la intensidad del cuadro.

    ¿Qué pasa si dejo el antidepresivo?

    Suspenderlo triplica el riesgo de recaída en el año siguiente: 36 % frente a 16 % de quienes continúan, según un metaanálisis de 28 ensayos (Batelaan et al., 2017). Por eso se retira de forma gradual, después de 6 a 12 meses estable, y de preferencia habiendo hecho terapia con exposición durante ese tiempo.

    ¿El clonazepam sirve para el trastorno de pánico?

    Alivia el ataque en minutos y en los ensayos reduce su frecuencia, pero las guías no lo recomiendan como primera línea ni a largo plazo por el riesgo de tolerancia, abstinencia y mortalidad (DeGeorge et al., 2022). En el pánico tiene un costo extra: usado como rescate, impide que la persona compruebe que el ataque pasa solo.

    Qué hacer esta semana

    Si tienes trastorno de pánico y todavía no estás en tratamiento, el paso concreto es uno: agendar una primera consulta y llegar con dos preguntas anotadas. Al psicólogo, si trabaja con exposición interoceptiva. Al médico, si la medicación que te ofrece es un ISRS y por cuánto tiempo la plantea. Con esas dos respuestas ya puedes tomar una decisión informada.

    Si prefieres partir con una evaluación online, puedes agendar una sesión para revisar tu caso, definir si el tratamiento indicado es terapia, medicación o ambos, y armar el plan con los tiempos de esta guía como referencia. Cuanto antes se rompe el ciclo del miedo al miedo, menos vida se lleva.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto revisado; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.

    Batelaan, N. M., Bosman, R. C., Muntingh, A., Scholten, W. D., Huijbregts, K. M., & van Balkom, A. J. L. M. (2017). Risk of relapse after antidepressant discontinuation in anxiety disorders, obsessive-compulsive disorder, and post-traumatic stress disorder: Systematic review and meta-analysis of relapse prevention trials. BMJ, 358, j3927. https://doi.org/10.1136/bmj.j3927

    Bighelli, I., Trespidi, C., Castellazzi, M., Cipriani, A., Furukawa, T. A., Girlanda, F., Guaiana, G., Koesters, M., & Barbui, C. (2016). Antidepressants and benzodiazepines for panic disorder in adults. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2016(9), CD011567. https://doi.org/10.1002/14651858.CD011567.pub2

    Clark, D. A., & Beck, A. T. (2010). Cognitive therapy of anxiety disorders: Science and practice. The Guilford Press.

    DeGeorge, K. C., Grover, M., & Streeter, G. S. (2022). Generalized anxiety disorder and panic disorder in adults. American Family Physician, 106(2), 157-164. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35977134/

    Guaiana, G., Meader, N., Barbui, C., Davies, S. J., Furukawa, T. A., Imai, H., Dias, S., Caldwell, D. M., Koesters, M., Tajika, A., Bighelli, I., Pompoli, A., Cipriani, A., Dawson, S., & Robertson, L. (2023). Pharmacological treatments in panic disorder in adults: A network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2023(11), CD012729. https://doi.org/10.1002/14651858.CD012729.pub3

    Papola, D., Ostuzzi, G., Tedeschi, F., Gastaldon, C., Purgato, M., Del Giovane, C., Pompoli, A., Pauley, D., Karyotaki, E., Sijbrandij, M., Furukawa, T. A., Cuijpers, P., & Barbui, C. (2022). Comparative efficacy and acceptability of psychotherapies for panic disorder with or without agoraphobia: Systematic review and network meta-analysis of randomised controlled trials. The British Journal of Psychiatry, 221(3), 507-519. https://doi.org/10.1192/bjp.2021.148

    Pompoli, A., Furukawa, T. A., Efthimiou, O., Imai, H., Tajika, A., & Salanti, G. (2018). Dismantling cognitive-behaviour therapy for panic disorder: A systematic review and component network meta-analysis. Psychological Medicine, 48(12), 1945-1953. https://doi.org/10.1017/S0033291717003919

    Szuhany, K. L., & Simon, N. M. (2022). Anxiety disorders: A review. JAMA, 328(24), 2431-2445. https://doi.org/10.1001/jama.2022.22744

    van Dis, E. A. M., van Veen, S. C., Hagenaars, M. A., Batelaan, N. M., Bockting, C. L. H., van den Heuvel, R. M., Cuijpers, P., & Engelhard, I. M. (2020). Long-term outcomes of cognitive behavioral therapy for anxiety-related disorders: A systematic review and meta-analysis. JAMA Psychiatry, 77(3), 265-273. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2019.3986

    Ziffra, M. (2021). Panic disorder: A review of treatment options. Annals of Clinical Psychiatry, 33(2), 124-133. https://doi.org/10.12788/acp.0014

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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