Etiqueta: trastornos de la conducta alimentaria

  • Trastornos alimentarios en adolescentes: señales de alerta que los padres suelen pasar por alto

    Trastornos alimentarios en adolescentes: señales de alerta que los padres suelen pasar por alto

    Los trastornos alimentarios en adolescentes casi nunca empiezan con un aviso claro. Tu hijo de catorce años dejó de pedir postre hace un mes. Ahora lee las etiquetas de todo, dice que ya almorzó en el colegio y se encierra a hacer abdominales. Tu hija ya no come con la familia, pero cocina para todos. Cada cosa, por separado, se explica: está creciendo, quiere cuidarse, busca privacidad. Juntas, empiezan a preocupar, y no sabes si estás exagerando o si estás llegando tarde.

    Esta guía te ayuda a ordenar lo que ves. Revisa qué tan frecuentes son los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes, por qué suelen pasar desapercibidos, qué señales conviene mirar con atención, cómo distinguir una dieta común de algo más serio y qué hacer en Chile si la sospecha sigue en pie. No reemplaza una evaluación profesional, pero sí puede ahorrarte meses de duda.

    En breve: los TCA en adolescentes (trastornos de la conducta alimentaria) suelen empezar en la adolescencia y los padres son, la mayoría de las veces, los primeros en notar que algo cambió. El peso es una señal tardía y poco confiable: lo que suele verse primero es rigidez con la comida, reglas nuevas, ejercicio que no se puede interrumpir y evitación de las comidas en familia. Ninguna señal sola confirma un diagnóstico, pero varias sostenidas durante semanas justifican pedir una evaluación sin esperar a que el peso baje.

    ¿Qué tan frecuentes son los trastornos alimentarios en adolescentes? Estadísticas en Chile y el mundo

    Más de lo que se cree, y lo que se ve en consulta es solo una parte. En una encuesta nacional con 10.123 adolescentes de 13 a 18 años en Estados Unidos, la prevalencia a lo largo de la vida fue de 0,3 % para anorexia nerviosa, 0,9 % para bulimia nerviosa y 1,6 % para trastorno por atracón, y los cuadros que no alcanzaban todos los criterios también tenían un impacto clínico relevante (Swanson et al., 2011).

    Si se mide algo más amplio que el diagnóstico, las cifras suben. Un metaanálisis de 32 estudios con 63.181 niños y adolescentes de 16 países encontró que el 22,4 % mostraba conducta alimentaria alterada según el cuestionario SCOFF: 30,0 % de las niñas y 17,0 % de los niños, con más frecuencia a mayor edad (López-Gil et al., 2023). Es un cribado y no un diagnóstico, y la variación entre estudios fue muy alta, pero muestra cuánta preocupación por la comida y el cuerpo circula entre los jóvenes. Una revisión de estudios publicados entre 2013 y 2022 estimó que entre 5,5 % y 17,9 % de las mujeres jóvenes y entre 0,6 % y 2,4 % de los hombres jóvenes habían tenido un TCA hacia el inicio de la adultez (Silén y Keski-Rahkonen, 2022).

    Sobre los TCA en adolescentes en Chile hay pocos datos y son de muestras pequeñas. En 420 adolescentes de Santiago, alrededor del 4 % refirió haber recibido alguna vez un diagnóstico de TCA (Granillo et al., 2011). En 2.277 estudiantes del norte del país, los síntomas de TCA se asociaron de forma fuerte con la depresión y la ansiedad, más en mujeres, aunque ese estudio mide asociación y no causa (Caqueo-Urízar et al., 2021). Un metaanálisis regional que incluyó estudios de Chile, Argentina, Brasil, Colombia, México y Venezuela concluyó que los TCA son frecuentes en Latinoamérica (Kolar et al., 2016).

    ¿Y cuándo empiezan? La anorexia tiene su pico de inicio en la adolescencia temprana y media, y la bulimia suele aparecer durante o después de la adolescencia tardía, según una revisión pediátrica (Kohn y Golden, 2001). Hay un dato reciente que merece atención: en un estudio poblacional con 9 millones de jóvenes de 10 a 24 años en el Reino Unido, tras el inicio de la pandemia la incidencia de TCA fue 42,4 % mayor de lo esperado en niñas de 13 a 16 años (Trafford et al., 2023). Los autores señalan que las causas son inciertas.

    ¿Por qué los padres suelen pasar por alto las señales?

    La respuesta corta es que el trastorno se esconde bien y el entorno lo disfraza. La respuesta larga tiene varias capas.

    Para empezar, el tiempo. En un estudio con padres de 78 jóvenes (edad media de 14,9 años) que consultaron a un servicio especializado en el Reino Unido, la preocupación por el peso y la figura se había notado en promedio más de un año antes de la evaluación, y el cambio en la forma de comer unos 9,7 meses antes de la derivación. Lo más descrito por los padres fue que su hijo se volvió rígido, con reglas nuevas y restricción, algo que se ve antes que la pérdida de peso (Rosello et al., 2022). Es una muestra pequeña y sin grupo de comparación, pero muestra una ventana larga en la que se podría haber actuado.

    ¿Por qué se tarda tanto? Los estudios y los manuales clínicos apuntan a varias razones:

    • Se esconde. Tirar comida, comer a solas, decir “ya comí en el colegio”, hacer ejercicio en el dormitorio o purgarse en privado forman parte del cuadro. Fairburn (2008) describe la secrecía como un mecanismo que protege al trastorno de la mirada de los demás.
    • Se niega. Es característico que el adolescente no vea el problema o lo minimice, y la desnutrición misma altera el juicio. Lo describen la guía de GuiaSalud (2009) y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012), que añaden que muchas familias ven a su hijo como un chico “ejemplar y obediente”, y eso retrasa la sospecha.
    • El peso engaña. NICE (2017) y GuiaSalud (2009) advierten que no hay que confiar solo en el peso o el IMC, porque se puede perder mucho peso dentro de rangos aparentemente normales. GuiaSalud define la bulimia como un trastorno “oculto” justamente porque el peso suele estar dentro de lo esperado. Una revisión sistemática mostró además que en la anorexia atípica (con restricción y pérdida de peso importante, pero sin bajo peso) la psicopatología alimentaria es tan alta o más que en la anorexia clásica (Walsh et al., 2023). Si quieres leer más, está la guía sobre anorexia atípica.
    • Las dietas se ven normales. En una muestra representativa de 2.525 adolescentes australianos, el 38 % de las niñas y el 12 % de los niños eran “dietantes intermedios”, y la mayoría de las niñas que hacían dieta tenían un peso normal (Patton et al., 1997). Cuando casi todo el curso hace dieta, una más pasa inadvertida.
    • Comer sano y entrenar se aplauden. Cortar la comida chatarra, “comer limpio” o entrenar todos los días suele recibir elogios al principio, justo cuando conviene mirar con más cuidado. La guía sobre ortorexia explica cómo una obsesión por comer sano puede esconder un trastorno.
    • Se espera un perfil. Los varones y los cuadros que no calzan con el estereotipo consultan menos. En una encuesta nacional de Estados Unidos, solo el 20 % de los adolescentes con TCA buscó tratamiento específico: 19,9 % de las mujeres y 8,9 % de los varones, y menos aún quienes tenían atracones (Forrest et al., 2017). En los varones la preocupación corporal puede centrarse en la musculatura más que en la delgadez (Nagata et al., 2020), como se explica en la guía sobre vigorexia.

    A todo esto se suma la duda de los propios padres. En un estudio cualitativo con 15 adolescentes y 12 cuidadores, los padres fueron quienes primero notaron el problema, y entre las barreras para actuar antes estaba la vacilación a actuar sobre una sospecha (Ciao et al., 2022). Es una muestra pequeña de un solo país, pero coincide con lo que cuentan muchas familias: “no quería exagerar”.

    ¿Cuáles son las señales de alerta de un trastorno alimentario en adolescentes?

    Ninguna señal sola confirma el diagnóstico, y el diagnóstico lo hace un profesional. Pero hay conductas que, juntas y sostenidas, justifican consultar. Las describen las guías NICE (2017) y GuiaSalud (2009) y los manuales de Lock y Le Grange (2012), Treasure et al. (2007) y Fairburn (2008). Ordenadas por dónde se ven:

    • En la comida: eliminar alimentos de a poco (primero dulces y grasas, después otros grupos), porciones cada vez menores, leer etiquetas y contar calorías, cortar la comida en trozos mínimos, comer muy lento, inventar excusas para no sentarse a la mesa, esconder o tirar comida, cocinar para otros sin probar lo que prepara. Si hay atracones o purgas, pueden aparecer comida que desaparece en cantidades grandes o la necesidad de ir al baño justo después de comer.
    • En el ejercicio: entrenar todos los días aunque esté cansado, enfermo o lesionado, angustiarse si no puede hacerlo, hacerlo a escondidas.
    • En el cuerpo y la imagen: miedo intenso a engordar, mirarse y pesarse a cada rato (o evitar espejos y fotos), preguntar una y otra vez “¿me veo gorda?”, ropa ancha o en capas para esconder la figura, negarse a mostrarse en traje de baño.
    • En el ánimo: irritabilidad, cambios bruscos, más rigidez y perfeccionismo, llanto fácil o apatía.
    • En lo social: evitar cumpleaños y salidas con comida, aislarse, dejar actividades que disfrutaba, no poder concentrarse.
    • En el cuerpo que crece: en las chicas, que la menstruación se retrase o desaparezca; en niños y púberes, que dejen de crecer o de subir de peso según su curva, o que se retrase la pubertad. También pueden aparecer mareos, palidez, manos y pies fríos.

    Una síntesis de 62 sitios web dirigidos a cuidadores identificó como señales tempranas más mencionadas (en al menos 40 % de los sitios) el ejercicio excesivo o compulsivo, cualquier pérdida de peso, la obsesión con la comida o su preparación y el cortar grupos enteros de alimentos (Pennesi et al., 2025). Hay que leerlo con cautela: son relatos de familias y sitios de divulgación, y los autores piden estudios que comprueben si esas señales de verdad predicen un TCA.

    ¿Cosa de la edad o señal de alerta?

    La adolescencia trae cambios que se parecen a estas señales. Lo que ayuda a distinguirlas es la combinación, la rigidez y el malestar que las acompaña:

    Lo que vesPuede serQué lo vuelve una señal a mirar
    Se hace vegetariano o deja ciertos alimentosUna convicción o una moda entre amigosLas reglas se multiplican, aparece miedo a engordar o baja de peso, y se enoja si se rompe la regla
    Quiere entrenar másGusto por el deporteNo puede parar si está lesionado, se angustia si se lo impiden, lo hace a escondidas o “para pagar” lo que comió
    Usa ropa anchaModaEsconde el cuerpo, rechaza el traje de baño, se tapa incluso con calor
    Se encierra en su piezaPrivacidad propia de la edadEvita la mesa familiar, come solo o inventa excusas para no comer con otros
    Cocina o le interesan las recetasUn nuevo hobbyPrepara comida para todos y no la prueba, cuenta calorías, no tolera cambios en sus recetas
    Está irritableAdolescenciaLos enojos aparecen alrededor de la comida o al romper una rutina

    ¿Es solo una dieta? Miedo a engordar en adolescentes

    Hacer dieta es tan común que parece inofensivo, y por eso conviene saber qué dicen los datos. En una cohorte de escolares australianos seguidos durante tres años desde los 14-15 años, las mujeres que hacían dieta severa tuvieron 18 veces más probabilidad de desarrollar un TCA que las que no hacían dieta, y las de dieta moderada 5 veces más. La morbilidad psiquiátrica (ánimo bajo, ansiedad) predijo el trastorno de forma independiente (Patton et al., 1999). Es un estudio observacional de los años noventa, pero sigue siendo una de las referencias más citadas, y sus autores concluyeron que la dieta fue el predictor más importante.

    En el estudio de 1997 del mismo grupo, el 62 % de quienes hacían dieta extrema reportaba niveles altos de depresión y ansiedad (Patton et al., 1997). Dicho de otro modo, el miedo a engordar rara vez viaja solo.

    Para distinguir una dieta pasajera de algo más serio, sirve preguntarse:

    • ¿Hay reglas rígidas que no puede romper sin angustia?
    • ¿La comida, el peso o el cuerpo ocupan buena parte de sus pensamientos y conversaciones?
    • ¿Se salta comidas, las compensa con ejercicio o se siente culpable después de comer?
    • ¿Lo que hace interfiere con el colegio, los amigos o los planes familiares?
    • ¿Aumenta con el tiempo, en vez de quedarse en un periodo corto?

    Si varias respuestas son sí, y se sostienen por semanas, pide una evaluación. El test SCOFF puede ayudarte a ordenar tus dudas antes de la consulta, con la advertencia de que orienta y no diagnostica.

    ¿Qué factores aumentan el riesgo en esta edad?

    No hay una causa única, y ningún factor condena a nadie. Estos son los que más aparecen en la evidencia:

    • Las burlas por la apariencia. Una revisión paraguas de 9 metaanálisis encontró que las burlas por el aspecto físico se asociaron con cualquier TCA (OR 2,91), una de las asociaciones más sólidas entre 50 factores analizados, aunque ninguna alcanzó evidencia convincente (Solmi et al., 2021). Sobre este tema hay una guía específica de bullying por apariencia física.
    • Los comentarios sobre el peso en casa. En un estudio con 356 adolescentes en riesgo, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso de parte de familiares, y ambas cosas se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas (Neumark-Sztainer et al., 2010). La asociación no prueba causa, pero justifica sacar las dietas y los comentarios sobre el cuerpo de la conversación familiar.
    • La ansiedad y la depresión, que en las muestras chilenas aparecieron fuertemente asociadas a los síntomas alimentarios (Caqueo-Urízar et al., 2021). Si quieres reconocerlas, están las guías de ansiedad en adolescentes y de depresión en adolescentes.
    • El perfeccionismo y la autoexigencia, que conviene mirar en la guía sobre perfeccionismo.
    • La insatisfacción corporal. Cash y Smolak (2011) la describen como uno de los predictores más potentes del desarrollo posterior de un TCA en los estudios longitudinales.

    Sobre las redes sociales, la imagen es más matizada de lo que suele decirse. Una revisión de Odgers y Jensen concluyó que la evidencia de un daño generalizado es débil o de efecto muy pequeño, y que los malestares en línea reflejan y amplifican vulnerabilidades que ya existían fuera de la pantalla (Odgers y Jensen, 2020). Un metaanálisis de 71 estudios sobre videos cortos encontró asociación con peor salud mental, pero no con la imagen corporal en el conjunto de los estudios, probablemente por la diversidad de contenidos, y los estudios eran predominantemente transversales (Nguyen et al., 2025). Para decidir qué hacer sirve más saber qué mira tu hijo y cómo se siente después que contar las horas de pantalla.

    ¿Qué hacer si sospechas que tu hijo tiene un trastorno alimentario?

    Pedir ayuda pronto es la decisión con más respaldo. La guía NICE (2017) indica que la derivación a un servicio especializado no debe demorarse y que no debe depender de que el peso esté “lo bastante bajo”. Estos son los pasos, en orden:

    1. Anota lo que ves, con hechos y fechas (qué dejó de comer, cuándo faltó a una comida, qué ejercicio hace). Te servirá para contárselo al médico sin depender de la memoria, y ordena tu propia duda.
    2. Habla con él o ella con calma, en un momento neutro, fuera de la mesa y sin prisa, y desde lo que has observado: “He notado algunas cosas que me preocupan por tu salud y me gustaría que hablemos de cómo te sientes”. Es habitual que lo niegue, y que diga “estoy bien” no cancela la consulta. Si se enoja, no discutas la comida: reconoce la emoción y vuelve a intentarlo otro día.
    3. Pide hora con el pediatra o el equipo de atención primaria. La Rama de Adolescencia de la Sociedad Chilena de Pediatría señala que el pediatra general tiene un papel central en la prevención, la detección temprana, la evaluación y la derivación oportuna de los TCA, mientras que el tratamiento corresponde a equipos multidisciplinarios con formación específica (Gaete y López, 2020). La Academia Estadounidense de Pediatría describe también la evaluación médica ante la sospecha y el papel del pediatra en coordinar la atención (Hornberger y Lane, 2021).
    4. Pide una derivación a un equipo con experiencia en TCA (psicólogo clínico, psiquiatra infantojuvenil, nutrición). Si no sabes por dónde partir, la guía de psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.
    5. No te quedes tranquilo solo porque un examen salió normal. GuiaSalud (2009) advierte que una analítica normal no descarta un TCA.

    Sobre el cribado con cuestionarios, conviene tener expectativas realistas. La validación del SCOFF en 241 escolares colombianas de 10 a 19 años mostró una sensibilidad de 81,9 % y una especificidad de 78,7 %, y sus autores lo consideran una alternativa aceptable para cribar grupos de adolescentes (Rueda Jaimes et al., 2005). Pero una revisión para el grupo de trabajo de servicios preventivos de Estados Unidos no encontró estudios que evaluaran directamente los beneficios y daños de hacer cribado (Feltner et al., 2022), y un adolescente que niega o esconde síntomas puede responder que no a todo. Un resultado normal no sustituye lo que tú ves.

    Lo que conviene evitar

    • Comentar su cuerpo, ni para criticarlo ni para elogiarlo. Un “te ves más sana” puede sonar a “engordaste”. Treasure et al. (2007) recomiendan elogiar lo que la persona es y hace, no cómo se ve.
    • Debatir calorías, porciones o ingredientes. Es una discusión que el trastorno gana siempre. Reconoce la emoción (“veo lo asustada que estás”) y no entres en el contenido.
    • Pesarlo o vigilarlo como detective en casa. El peso se maneja en la consulta.
    • Culparte o culparlo. Nadie sabe con certeza qué origina un TCA, y la culpa solo retrasa la ayuda. Los padres cumplen un papel central tanto en detectar como en tratar, y una revisión sobre el rol de los padres los describe como un recurso poco aprovechado (Rodgers et al., 2024).

    La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda además que los mensajes de salud en la familia pongan el foco en un estilo de vida saludable y no en el peso (Golden et al., 2016).

    ¿Cuándo es una urgencia?

    Algunas situaciones no esperan a la próxima cita. Lleva a tu hijo a un servicio de urgencias si hay desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño. Tú no tienes que medir nada: ante cualquiera de esos síntomas, se va a urgencias.

    Si tu hijo dice que quiere morir o se hace daño, no lo dejes solo y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    ¿Y si mi hijo niega que tenga un problema?

    Es lo esperable, y no significa que te hayas equivocado. La negación forma parte del cuadro y no requiere su acuerdo para pedir una evaluación. Lo que sí ayuda: mantener la calma, repetir que lo quieres, evitar el debate sobre la comida y volver a intentarlo otro día. Si el tratamiento se indica, en adolescentes la evidencia más sólida está en las terapias que incluyen a la familia.

    ¿Con quién consultar en Chile?

    La puerta de entrada puede ser el pediatra, el médico de familia o el centro de salud (CESFAM) que atiende a tu hijo. El tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras infantojuveniles con experiencia en trastornos alimentarios, junto con control médico y nutricional. Para una mirada general, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa.

    Tú también puedes consultar. Una primera conversación con un psicólogo puede ayudarte a ordenar lo que viste, a decidir cómo hablarle a tu hijo y a quién derivarlo; si se confirma un TCA, el seguimiento médico presencial es parte del tratamiento y no se reemplaza con atención en línea. Si quieres orientación, puedes agendar una consulta. Como material de consenso hay información de MedlinePlus, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuáles son los primeros síntomas de un trastorno alimentario en un adolescente?

    Suelen ser cambios en la forma de comer: más reglas, menos variedad, porciones pequeñas, evitar comer en familia y preocupación constante por las calorías. Muchas veces van acompañados de ejercicio que no puede interrumpir y de irritabilidad. Ocurren antes de que baje el peso, por eso conviene consultar sin esperar a que se note.

    ¿Cómo distingo una dieta de un trastorno alimentario?

    Una dieta tiene un objetivo y se puede flexibilizar. En un TCA hay reglas rígidas, miedo intenso a engordar, culpa al comer, ejercicio compulsivo y ocultamiento que persisten y crecen, y que afectan el colegio y la vida social. Si lo notas por varias semanas, pide evaluación al pediatra.

    ¿A qué edad suelen empezar los TCA?

    La anorexia suele comenzar en la adolescencia temprana y media, y la bulimia en la adolescencia tardía o después. El trastorno por atracón tiene un rango más amplio. También puede haber cuadros en niños más pequeños, que se ven como detención del crecimiento o dolores abdominales más que como miedo a engordar.

    ¿Mi hijo puede tener un TCA con peso normal?

    Sí. La bulimia, el trastorno por atracón y la anorexia atípica ocurren con frecuencia con peso normal o incluso sobrepeso, y se puede perder mucho peso sin salir de los rangos esperados. Por eso las guías piden no depender solo del peso o del IMC para decidir si consultar.

    ¿Los varones también tienen TCA?

    Sí, aunque consultan menos: en una encuesta de Estados Unidos, el 8,9 % de los varones con TCA buscó tratamiento frente al 19,9 % de las mujeres. En ellos la preocupación suele centrarse en la musculatura, con dietas, suplementos y entrenamiento compulsivo que pasan por “dedicación al deporte”.

    ¿Qué hago si mi hijo se enoja o lo niega todo?

    Mantén la calma, repite que lo quieres y no discutas sobre la comida ni el peso. No necesitas su acuerdo para pedir una evaluación médica. Si se enoja, retoma la conversación otro día, y busca el apoyo del pediatra, que puede hablarle desde su rol.

    ¿A quién consulto primero en Chile?

    Al pediatra, al médico de familia o al CESFAM de tu hijo, que pueden evaluar su salud física y derivarlo a un equipo especializado en trastornos alimentarios. Un psicólogo clínico puede orientarte a ti como familia mientras tanto. Si hay desmayos, dolor de pecho o negativa total a comer o beber, ve a urgencias.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Caqueo-Urízar, A., Urzúa, A., Flores, J., Acevedo, D., Lorca, J. H., & Casanova, J. (2021). Relationship between eating disorders and internalized problems in Chilean adolescents. Journal of Eating Disorders, 9(1), Artículo 118. https://doi.org/10.1186/s40337-021-00474-w
    • Cash, T. F., & Smolak, L. (Eds.). (2011). Body image: A handbook of science, practice, and prevention (2nd ed.). Guilford Press.
    • Ciao, A. C., Lebow, J., VandenLangenberg, E., Ohls, O., & Berg, K. C. (2022). A qualitative examination of adolescent and parent perspectives on early identification and early response to eating disorders. Eating Disorders, 30(3), 249-266. https://doi.org/10.1080/10640266.2020.1805960
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Feltner, C., Peat, C., Reddy, S., Riley, S., Berkman, N., Middleton, J. C., Balio, C., Coker-Schwimmer, M., & Jonas, D. E. (2022). Screening for eating disorders in adolescents and adults: Evidence report and systematic review for the US Preventive Services Task Force. JAMA, 327(11), 1068-1082. https://doi.org/10.1001/jama.2022.1807
    • Forrest, L. N., Smith, A. R., & Swanson, S. A. (2017). Characteristics of seeking treatment among U.S. adolescents with eating disorders. International Journal of Eating Disorders, 50(7), 826-833. https://doi.org/10.1002/eat.22702
    • Gaete, V., & López, C. (2020). Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes: Rol del pediatra. Recomendaciones de la Rama de Adolescencia de la Sociedad Chilena de Pediatría. Revista Chilena de Pediatría, 91(5), 800-808. https://doi.org/10.32641/rchped.v91i5.1537
    • Golden, N. H., Schneider, M., Wood, C., & Committee on Nutrition, Section on Obesity, Committee on Adolescence. (2016). Preventing obesity and eating disorders in adolescents. Pediatrics, 138(3), Artículo e20161649. https://doi.org/10.1542/peds.2016-1649
    • Granillo, M. T., Grogan-Kaylor, A., Delva, J., & Castillo, M. (2011). Eating disorders among a community-based sample of Chilean female adolescents. Journal of Research on Adolescence, 21(4), 762-768. https://doi.org/10.1111/j.1532-7795.2010.00733.x
    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Política Social; Agència d’Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdiques.
    • Hornberger, L. L., Lane, M. A., & Committee on Adolescence. (2021). Identification and management of eating disorders in children and adolescents. Pediatrics, 147(1), Artículo e2020040279. https://doi.org/10.1542/peds.2020-040279
    • Kohn, M., & Golden, N. H. (2001). Eating disorders in children and adolescents: Epidemiology, diagnosis and treatment. Paediatric Drugs, 3(2), 91-99. https://doi.org/10.2165/00128072-200103020-00002
    • Kolar, D. R., Rodriguez, D. L. M., Chams, M. M., & Hoek, H. W. (2016). Epidemiology of eating disorders in Latin America: A systematic review and meta-analysis. Current Opinion in Psychiatry, 29(6), 363-371. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000279
    • Lock, J., & Le Grange, D. (2012). Treatment manual for anorexia nervosa: A family-based approach (2nd ed.). Guilford Press.
    • López-Gil, J. F., García-Hermoso, A., Smith, L., Firth, J., Trott, M., Mesas, A. E., Jiménez-López, E., Gutiérrez-Espinoza, H., Tárraga-López, P. J., & Victoria-Montesinos, D. (2023). Global proportion of disordered eating in children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. JAMA Pediatrics, 177(4), 363-372. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2022.5848
    • Nagata, J. M., Ganson, K. T., & Murray, S. B. (2020). Eating disorders in adolescent boys and young men: An update. Current Opinion in Pediatrics, 32(4), 476-481. https://doi.org/10.1097/mop.0000000000000911
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Neumark-Sztainer, D., Bauer, K. W., Friend, S., Hannan, P. J., Story, M., & Berge, J. M. (2010). Family weight talk and dieting: How much do they matter for body dissatisfaction and disordered eating behaviors in adolescent girls? Journal of Adolescent Health, 47(3), 270-276. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2010.02.001
    • Nguyen, L., Walters, J., Paul, S., Monreal Ijurco, S., Rainey, G. E., Parekh, N., Blair, G., & Darrah, M. (2025). Feeds, feelings, and focus: A systematic review and meta-analysis examining the cognitive and mental health correlates of short-form video use. Psychological Bulletin, 151(9), 1125-1146. https://doi.org/10.1037/bul0000498
    • Odgers, C. L., & Jensen, M. R. (2020). Annual research review: Adolescent mental health in the digital age: Facts, fears, and future directions. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 61(3), 336-348. https://doi.org/10.1111/jcpp.13190
    • Patton, G. C., Carlin, J. B., Shao, Q., Hibbert, M. E., Rosier, M., Selzer, R., & Bowes, G. (1997). Adolescent dieting: Healthy weight control or borderline eating disorder? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 38(3), 299-306. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1997.tb01514.x
    • Patton, G. C., Selzer, R., Coffey, C., Carlin, J. B., & Wolfe, R. (1999). Onset of adolescent eating disorders: Population based cohort study over 3 years. BMJ, 318(7186), 765-768. https://doi.org/10.1136/bmj.318.7186.765
    • Pennesi, J.-L., Jabs, M., Baillie, S., Hart, L., Hay, P., Mitchison, D., Norton, L., Prnjak, K., & Wade, T. D. (2025). Early warning signs for eating disorders in children: A realist synthesis of websites summarizing caregiver and consumer perspectives. International Journal of Eating Disorders, 58(3), 583-597. https://doi.org/10.1002/eat.24359
    • Rodgers, R. F., Gordon, A. R., Burke, N. L., & Ciao, A. (2024). Parents and caregivers as key players in the prevention and identification of body image concerns and eating disorders among early adolescents. Eating Disorders, 32(6), 703-726. https://doi.org/10.1080/10640266.2024.2366546
    • Rosello, R., Gledhill, J., Yi, I., Watkins, B., Harvey, L., Hosking, A., & Nicholls, D. (2022). Recognition and duration of illness in adolescent eating disorders: Parental perceptions of symptom onset. Early Intervention in Psychiatry, 16(8), 854-861. https://doi.org/10.1111/eip.13224
    • Rueda Jaimes, G. E., Díaz Martínez, L. A., Ortiz Barajas, D. P., Pinzón Plata, C., Rodríguez Martínez, J., & Cadena Afanador, L. P. (2005). Validación del cuestionario SCOFF para el cribado de los trastornos del comportamiento alimentario en adolescentes escolarizadas. Atención Primaria, 35(2), 89-94. https://doi.org/10.1157/13071915
    • Silén, Y., & Keski-Rahkonen, A. (2022). Worldwide prevalence of DSM-5 eating disorders among young people. Current Opinion in Psychiatry, 35(6), 362-371. https://doi.org/10.1097/YCO.0000000000000818
    • Solmi, M., Radua, J., Stubbs, B., Ricca, V., Moretti, D., Busatta, D., Carvalho, A. F., Dragioti, E., Favaro, A., Monteleone, A. M., Shin, J. I., Fusar-Poli, P., & Castellini, G. (2021). Risk factors for eating disorders: An umbrella review of published meta-analyses. Brazilian Journal of Psychiatry, 43(3), 314-323. https://doi.org/10.1590/1516-4446-2020-1099
    • Swanson, S. A., Crow, S. J., Le Grange, D., Swendsen, J., & Merikangas, K. R. (2011). Prevalence and correlates of eating disorders in adolescents: Results from the National Comorbidity Survey Replication Adolescent Supplement. Archives of General Psychiatry, 68(7), 714-723. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2011.22
    • Trafford, A. M., Carr, M. J., Ashcroft, D. M., Chew-Graham, C. A., Cockcroft, E., Cybulski, L., Garavini, E., Garg, S., Kabir, T., Kapur, N., Temple, R. K., Webb, R. T., & Mok, P. L. H. (2023). Temporal trends in eating disorder and self-harm incidence rates among adolescents and young adults in the UK in the 2 years since onset of the COVID-19 pandemic: A population-based study. The Lancet Child & Adolescent Health, 7(8), 544-554. https://doi.org/10.1016/S2352-4642(23)00126-8
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Walsh, B. T., Hagan, K. E., & Lockwood, C. (2023). A systematic review comparing atypical anorexia nervosa and anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 56(4), 798-820. https://doi.org/10.1002/eat.23856

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Imagina que llevas semanas notando cosas pequeñas. Tu hija ya no se sienta a la mesa con ustedes, cocina para todos y ella “ya comió”, usa polerones tres tallas más grandes y se enoja si preguntas. Entre el miedo a exagerar y el miedo a llegar tarde, buscas en internet “qué hacer si mi hijo tiene anorexia”. Esa búsqueda ya cuenta como una acción, y vale más de lo que parece.

    Esta guía te acompaña en ese momento: cómo reconocer las señales, cómo hablar con tu hijo o hija sin pelear, por qué la familia forma parte del tratamiento (y por qué no eres la culpable ni el culpable), qué pasa en la terapia, cuánto dura y cuándo hay que ir a urgencias. Aquí el foco son los padres de un niño o adolescente, porque el papel de la familia cambia bastante cuando la persona enferma es un adulto.

    En breve: si sospechas anorexia en un hijo adolescente, pide una evaluación médica y psicológica pronto, sin esperar a que el peso sea “muy bajo”. El tratamiento con mejor respaldo para adolescentes es la terapia familiar, en la que los padres asumen un rol activo en la renutrición. La anorexia puede ser grave y tiene riesgo médico real, pero cuanto antes se aborda, mejores son las perspectivas. Esta guía orienta y no reemplaza la evaluación de un equipo de salud.

    ¿Qué hacer si mi hijo tiene anorexia? Los primeros pasos

    Lo primero es pedir una evaluación profesional, sin esperar a estar seguro. La guía británica NICE (2017) indica que ante la sospecha de un trastorno alimentario la derivación a un servicio especializado no debe demorarse, y que la decisión no debe depender solo de que el peso esté “lo bastante bajo”. La GPC española de GuiaSalud (2009) coincide en que el peso y el IMC no son los únicos indicadores de riesgo y pide mirar el ritmo de pérdida y la curva de crecimiento.

    En la práctica, los primeros días se ven así:

    1. Pide hora con el pediatra o el médico que conoce a tu hijo, y cuenta lo que has observado. Pide que evalúe peso, talla (con su curva de crecimiento), pulso, presión y exámenes de sangre.
    2. Pide derivación a un equipo con experiencia en trastornos alimentarios (psicólogo clínico, psiquiatra infantojuvenil, nutrición). La entrada puede ser el pediatra o la atención primaria.
    3. Habla con tu hijo con calma, pero sin esperar a que esté de acuerdo para pedir la evaluación (más abajo, cómo).
    4. Busca estar de acuerdo con tu pareja o con quien cuide a tu hijo antes de hablar. Lock y Le Grange (2012) insisten en que los padres actúen como un bloque, porque cualquier grieta entre ellos es una puerta que la enfermedad aprovecha.

    Si alguien te dice “es una etapa” o “come, así que está bien”, insiste. La anorexia puede estar presente en un adolescente que come algo en la mesa, o cuyo peso no parece extremo.

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia? Señales que se ven en casa

    Ninguna señal sola confirma el diagnóstico, y el diagnóstico lo hace un profesional. Pero hay un conjunto de conductas que, juntas y sostenidas, justifican consultar. Las describen los manuales clínicos (Lock y Le Grange, 2012; Robinson y Agras, 2018) y las guías de NICE (2017) y GuiaSalud (2009):

    • Con la comida: cambios progresivos (primero se eliminan dulces y grasas, luego otros grupos), porciones cada vez más pequeñas, leer etiquetas, contar calorías, cortar la comida en trozos mínimos, comer muy lento, excusas para no comer en familia, esconder o tirar comida, cocinar para otros sin comer.
    • Con el ejercicio: necesidad de entrenar todos los días aunque esté cansado, enfermo o lesionado, ejercicio a escondidas en el dormitorio.
    • Con el cuerpo: miedo intenso a engordar aunque esté delgado, pesarse seguido, mirarse al espejo o pellizcarse, ropa ancha o en capas para ocultar el cuerpo.
    • En el ánimo: irritabilidad, cambios bruscos, rigidez, perfeccionismo creciente, apatía.
    • En lo social y escolar: evitar cumpleaños y salidas con comida, aislarse en el dormitorio, bajar la concentración, dejar actividades que antes disfrutaba.
    • En el cuerpo que crece: en chicas, desaparición de la menstruación; en niños y púberes, dejar de crecer o de subir de peso según su curva, o retraso en el desarrollo puberal.

    Una aclaración importante: el peso no siempre avisa. Una revisión sistemática de 24 publicaciones encontró que en la anorexia atípica (sin bajo peso, pero con restricción y pérdida de peso importante) el nivel de psicopatología alimentaria es tan alto o más alto que en la anorexia nerviosa, y muchas complicaciones físicas son parecidas (Walsh et al., 2023). Por eso, “se ve normal” no basta para quedarse tranquilo. Si quieres leer más, está la guía sobre anorexia atípica, y una forma de ordenar tus dudas antes de consultar es el test de trastornos alimenticios SCOFF, que orienta pero no diagnostica.

    Y si tu hijo es varón, tampoco descartes la posibilidad: la anorexia en hombres suele pasar desapercibida.

    Mi hija no come nada, ¿qué hago? Cómo hablar sin entrar en la discusión

    Cuando una madre o un padre dice “no come nada”, casi nunca es literal. Lo que suele pasar es que come muy poco, muy selectivo o a escondidas. El método New Maudsley, desarrollado por Treasure, Smith y Crane (2007) para familias, y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012) coinciden en varias ideas para esa primera conversación:

    • Elige un momento neutro. No durante la comida, no después de una pelea, no con prisa. Un lugar tranquilo y privado.
    • Ensaya antes lo que vas a decir, con tu pareja o frente al espejo, para no desbordarte si responde con rabia o con llanto.
    • Habla en primera persona, desde lo que observas y desde tu cariño: “He notado algunas cosas últimamente que me preocupan por tu salud, y me gustaría que hablemos de cómo te sientes”.
    • No esperes que lo reconozca. Es habitual que lo niegue o se enoje. Que te diga “estoy bien” no cancela la cita con el médico.

    Dentro de la mesa y de la discusión, los dos manuales advierten de una trampa: el llamado “debate anoréxico”. Es la discusión sobre si la porción es grande, si el aceite engorda, si esa comida es “sana”. Discutir con lógica con una persona desnutrida no funciona, porque el trastorno responde por ella. Lo que sugieren es reconocer la emoción y no entrar en el contenido:

    Situación Mejor evitar Puede ayudar
    Dice que no tiene problema “Estás flaquísima, ¿no lo ves?” “Entiendo que no lo veas así. Igual vamos a ir al médico para quedarnos tranquilos”
    Protesta porque “esto engorda” Explicar calorías y nutrientes “Escucho lo asustado que estás en este momento. No voy a discutir de calorías, porque sé que eso alimenta tu ansiedad”
    Se niega a comer lo servido Gritar, amenazar o negociar el plato “Sé lo difícil que es esto para ti, y tienes que comer lo que está en tu plato” (repetido con calma, sin elevar la voz)
    Llora o se enoja Llorar tú también o entrar en pánico Mantener la presencia, serena y cálida, sin ceder la regla
    Pregunta “¿estoy gorda?” “No, estás flaquísima” Responder a la emoción (“pareces asustada”) y cambiar de tema

    Treasure et al. (2007) describen cuatro reacciones comprensibles que conviene vigilar: embestir con lógica o gritos (el rinoceronte), desbordarse en llanto o culpa (la medusa), acomodarse a todo y cocinar menús especiales (el canguro) y evitar el tema (el avestruz). Reconocerte en alguna no te hace mala persona. Es lo que le pasa a casi cualquiera con tanto miedo.

    También ayuda cuidar lo que se dice en casa sobre el cuerpo. En un estudio con 356 adolescentes, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso de parte de familiares; esas burlas y los comentarios de las madres sobre el peso se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas (Neumark-Sztainer et al., 2010). Es un estudio transversal en chicas con riesgo, que muestra asociación y no causa, pero justifica sacar las dietas y los comentarios sobre el cuerpo de la conversación familiar.

    ¿Por qué la familia es parte del tratamiento?

    Porque la evidencia más sólida en adolescentes está en los tratamientos que incluyen a los padres. NICE (2017) recomienda como primera opción para niños y adolescentes con anorexia la terapia familiar centrada en la anorexia, de 18 a 20 sesiones a lo largo de un año. Si no es aceptable, está contraindicada o no funciona, considera la terapia cognitivo-conductual individual para trastornos alimentarios o la psicoterapia centrada en el desarrollo adolescente.

    Los estudios respaldan esa jerarquía, con matices:

    • En un ensayo con 121 adolescentes de 12 a 18 años, la terapia familiar y la terapia individual lograron una remisión parecida al terminar, pero a los 6 y a los 12 meses de seguimiento la familiar fue superior (Lock et al., 2010).
    • Un metaanálisis con tres estudios que cumplían criterios estrictos apuntó en la misma dirección (Couturier et al., 2013).
    • Una revisión más reciente de 23 publicaciones sobre 18 ensayos encontró que la terapia familiar logra más aumento de peso al final del tratamiento que la psicoterapia individual, y que las versiones centradas en los padres, o con padres e hijo por separado, tuvieron mejores resultados de peso y recuperación al final que la versión conjunta. Los demás resultados no mostraron diferencias significativas, y los autores piden estandarizar cómo se mide en los estudios futuros (Austin et al., 2025).

    Hay otro punto, tan importante como los números: el modelo exonera a la familia de la culpa. Lock y Le Grange (2012) parten de una postura “agnóstica” sobre las causas: nadie sabe con certeza qué origina la anorexia, y la autoculpa paraliza a los padres justo cuando más hace falta que actúen con firmeza. Por eso la anorexia se trata como un invasor que se ha apoderado de la capacidad de decidir del adolescente, y los padres como el recurso principal para recuperarlo.

    Dos precisiones para no sobreinterpretar. Primera: lo que hagas en casa importa, y algunas conductas, como la crítica y los comentarios sobre el peso, se asocian con peores resultados. En 121 familias con un adolescente con anorexia, la crítica del padre predijo menor mejoría de los síntomas alimentarios y la hostilidad de la madre menor mejoría del funcionamiento familiar (Rienecke et al., 2016), mientras que en otro estudio con 79 familias la calidez de madres y padres se asoció con un buen resultado (Le Grange et al., 2011). Segunda: una revisión de 39 estudios concluyó que factores del cuidador, como su confianza y su estado emocional, pueden influir en el resultado de la terapia familiar (McCord et al., 2025). Dicho de otro modo, prepararte importa.

    ¿Cómo funciona el tratamiento basado en la familia, fase por fase?

    El tratamiento basado en la familia (FBT, también llamado método Maudsley) tiene tres fases, según Lock y Le Grange (2012). Es un resumen de lo que describe el manual, y el equipo tratante lo adapta a cada familia.

    Fase 1: recuperar el peso y la nutrición. Dura típicamente entre tres y cinco meses, con sesiones semanales. Aquí los padres asumen de forma temporal el control de la alimentación: planifican, sirven y supervisan las comidas y colaciones, y se mantienen firmes y cálidos frente a las protestas. La lógica es que una persona desnutrida no puede tomar decisiones saludables sobre la comida, porque la desnutrición altera cómo piensa. Habitualmente el terapeuta comparte una comida con la familia en una de las primeras sesiones para entrenarlos en vivo. En esta fase se pausa el ejercicio compulsivo y puede ser necesario reducir la carga escolar.

    Fase 2: devolver el control de la comida al adolescente. Cuando el peso se estabiliza, la resistencia a comer ha cedido y las comidas se vuelven más tranquilas, los padres devuelven la autonomía poco a poco: que se sirva solo, que elija algunas comidas, que almuerce en el colegio. Si el peso baja, los padres retoman el control temporalmente, sin tono punitivo.

    Fase 3: la adolescencia, otra vez. Con el peso estable y la comida sin ser el centro de la vida familiar, se trabajan las tareas propias de la edad (amistades, estudios, identidad) y se acuerda cómo reconocer y enfrentar señales de recaída.

    Lock y Le Grange (2012) describen una postura de empatía por el sufrimiento y una expectativa firme de que la comida no es opcional, repetida con calma por ambos padres, sin gritos ni amenazas. Y se hace acompañado de un equipo: la supervisión médica es parte del tratamiento, y no se debe intentar realimentar a un adolescente muy desnutrido en casa por cuenta propia, porque reintroducir comida de golpe puede causar complicaciones que exigen monitoreo.

    ¿Cuánto dura y qué se puede esperar?

    La terapia familiar estándar dura alrededor de un año (NICE, 2017), y la recuperación completa suele tardar más. Algunas cosas ayudan a tener expectativas realistas:

    • Cuanto antes, mejor. Una revisión de 14 estudios estimó que quienes llegan a tratamiento por anorexia llevaban en promedio unos 30 meses con el trastorno sin tratar, y los estudios retrospectivos sugieren que un tiempo sin tratamiento más corto puede asociarse con mayor probabilidad de remisión (Austin et al., 2021). Es preliminar, pero va en la dirección de no esperar.
    • La respuesta temprana importa. En un ensayo con 82 adolescentes, quienes ganaron más de 1,8 kg hasta la cuarta sesión de terapia familiar tuvieron más remisión al terminar (46 % frente a 11 %) y al año (64 % frente a 36 %) (Madden et al., 2015). Este dato lo monitorea el equipo, y no conviene pesar a tu hijo en casa para “comprobarlo”: el peso es un tema para la consulta.
    • Las remisiones son frecuentes, aunque no universales. El manual de Lock y Le Grange (2012) describe remisiones completas de entre la mitad y dos tercios de los adolescentes con enfermedad de corta evolución. Son cifras de ensayos controlados con familias que completan el tratamiento, y no garantizan lo que pasará con tu hijo.
    • Puede haber recaídas. Un metaanálisis de 16 estudios halló que el 31 % de las personas con anorexia recayó tras el tratamiento, con mayor riesgo durante el primer año y hasta unos dos años (Berends et al., 2018). Un tropiezo no es volver a cero: Treasure et al. (2007) recomiendan distinguir un “desliz” de una recaída y tratar el desliz con curiosidad, para ajustar el plan sin pánico ni reproches.
    • La recuperación suele ser sólida en lo alimentario, con secuelas emocionales posibles. En un seguimiento a largo plazo de 36 personas tratadas con terapia familiar en la adolescencia, sus conductas alimentarias y de ejercicio eran comparables a las de 29 controles, pero tenían más depresión, ansiedad y estrés (Springall et al., 2022). Es un estudio pequeño con cuestionarios de autoinforme, pero indica que conviene seguir cuidando el ánimo después del peso.

    ¿Cuándo es una urgencia?

    Algunas situaciones no esperan a la próxima sesión. Lleva a tu hijo a un servicio de urgencias si hay desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, palpitaciones o latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño.

    Las guías detallan lo que el equipo médico evalúa. Según la GPC de GuiaSalud (2009), son criterios de derivación urgente un pulso menor de 40 por minuto, una presión sistólica menor de 70 mmHg o síncopes, un potasio menor de 3 mEq/l, arritmias graves, convulsiones o deshidratación. Tú no tienes que medir nada de esto: la señal para ti es que, ante cualquiera de los síntomas de arriba, se va a urgencias. NICE (2017) añade que la hospitalización se reserva para cuando el tratamiento ambulatorio no ha sido suficiente, o hay alto riesgo físico, o alto riesgo de suicidio.

    Si tu hijo dice que quiere morir o se hace daño, no lo dejes solo y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Tomarla en serio tiene respaldo: en un metaanálisis de 2025, la anorexia nerviosa tuvo la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025).

    ¿Y los hermanos, el colegio y el ejercicio?

    Hermanos. Según Lock y Le Grange (2012), los hermanos no participan en supervisar la comida ni en vigilar a su hermano o hermana: esa tarea es de los padres. Su lugar es el cariño, la compañía y las actividades compartidas sin foco en la comida. Treasure et al. (2007) advierten que los hermanos suelen quedarse con necesidades sin atender (se sienten ignorados, culpables o incluso rinden menos en el colegio para no “eclipsar”), así que conviene reservarles tiempo propio.

    Colegio. En las primeras semanas puede ser necesario ajustar el horario, evitar que el adolescente almuerce solo en el colegio y coordinar tareas con los profesores. NICE (2017) pide que la exigencia académica no comprometa la recuperación física ni las comidas estructuradas.

    Ejercicio. En la fase de renutrición, el ejercicio compulsivo o de alta intensidad se pausa hasta que haya estabilidad médica; después se reintroduce de forma gradual y acordada con el equipo (Lock y Le Grange, 2012). Si tu hijo quiere entrenar “solo un poco”, la decisión es del equipo tratante.

    Pareja. Los padres funcionan mejor cuando están “en la misma página” y cuando protegen un rato semanal a solas para hablar de otra cosa que no sea la enfermedad (Treasure et al., 2007).

    ¿Cómo cuidarte tú mientras tanto?

    Acompañar la renutrición de un hijo es de las tareas más agotadoras que existen, y ese desgaste tiene consecuencias. Una revisión de 12 ensayos encontró que los efectos de las intervenciones para cuidadores sobre su ansiedad y depresión fueron infrecuentes y pequeños, con mejores señales en las que incluían apoyo profesional o de pares (Riboldi et al., 2026). Los programas de habilidades sí cambian conductas concretas: un ensayo con 37 cuidadores mostró menos intrusividad y menos experiencias negativas de cuidado (Hoyle et al., 2013), y en un ensayo con 108 familiares de adolescentes el programa ECHO online mejoró la emoción expresada, la acomodación y el bienestar emocional (Ruiz et al., 2024). Ambos son estudios pequeños, y en el segundo el grupo de comparación también mejoró.

    En concreto: sostén tu red de apoyo, agenda pausas semanales que no giren en torno a la comida, comparte la carga con la otra persona adulta de la casa y suelta la culpa. Si sientes que ya no puedes más, puedes leer sobre el síndrome del cuidador.

    ¿Cuándo y con quién consultar?

    Consulta pronto si hace semanas que ves restricción, pérdida de peso, ejercicio compulsivo, evitación de comidas o cambios de ánimo ligados al cuerpo y la comida. La puerta de entrada puede ser el pediatra o la atención primaria, y el tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras infantojuveniles con experiencia en trastornos alimentarios, junto con control médico y nutricional. Si dudas por dónde partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.

    Tú también puedes consultar. Una primera conversación con un psicólogo puede ayudarte a ordenar lo que viste, cómo hablarle a tu hijo y a quién derivarlo; el tratamiento de una anorexia en un adolescente exige además seguimiento médico presencial, que no se reemplaza con atención en línea. Si quieres orientación, puedes agendar una consulta. Para una visión general, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa. Como material de consenso hay información de MedlinePlus, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia o solo está haciendo dieta?

    Una dieta tiene un objetivo y se puede flexibilizar. En la anorexia hay miedo intenso a engordar, reglas rígidas, ejercicio compulsivo, ocultamiento, irritabilidad y aislamiento que persisten y crecen. Si lo notas por semanas, pide evaluación al pediatra sin esperar un peso muy bajo, porque el peso no siempre avisa.

    ¿Es culpa mía que mi hijo tenga anorexia?

    Es un trastorno con muchas causas, y los manuales de terapia familiar parten de que la causa exacta se desconoce y de que culpar a los padres retrasa la ayuda. Sentirse culpable es frecuente, pero lo útil es canalizar esa energía en acompañar el tratamiento y pedir apoyo para ti.

    Mi hija no come nada, ¿la obligo a comer?

    No a gritos ni con amenazas. En la terapia familiar, los padres asumen la supervisión de las comidas con calma y firmeza, guiados por un equipo, repitiendo que comer no es opcional y reconociendo lo difícil que es. No discutas calorías ni porciones, y no intentes realimentar en casa a un adolescente muy desnutrido sin control médico.

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la anorexia en adolescentes?

    La terapia familiar recomendada por NICE son 18 a 20 sesiones a lo largo de un año, y la recuperación completa puede tardar más. Hay altibajos, y un tropiezo no es una recaída. El riesgo de recaída es mayor durante el primer año después del tratamiento, por lo que el seguimiento sigue siendo importante.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo a urgencias?

    Ante desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño. En Chile, el *4141 atiende crisis de salud mental las 24 horas. No esperes a que tu hijo esté de acuerdo.

    ¿Mi hijo puede recuperarse completamente?

    Muchos adolescentes se recuperan, sobre todo cuando el tratamiento comienza pronto y la familia participa. Los manuales describen remisiones de entre la mitad y dos tercios en enfermedad de corta evolución, y los estudios muestran que también existen recaídas. Es una expectativa realista, no una promesa: depende de cada caso.

    ¿Cómo hablo con mi hijo sobre la anorexia sin que se enoje?

    Elige un momento tranquilo y privado, habla desde lo que has observado y desde tu cariño, en primera persona, y no discutas con datos. Es normal que lo niegue; no necesitas su acuerdo para pedir una evaluación médica. Si se enoja, mantén la calma, repite que lo quieres y retoma otro día.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Austin, A., Anderson, A. G., Lee, J., Vander Steen, H., Savard, C., Bergmann, C., Singh, M., Devoe, D., Gorrell, S., Patten, S., Le Grange, D., & Dimitropoulos, G. (2025). Efficacy of eating disorder focused family therapy for adolescents with anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 58(1), 3-36. https://doi.org/10.1002/eat.24252
    • Austin, A., Flynn, M., Richards, K., Hodsoll, J., Duarte, T. A., Robinson, P., Kelly, J., & Schmidt, U. (2021). Duration of untreated eating disorder and relationship to outcomes: A systematic review of the literature. European Eating Disorders Review, 29(3), 329-345. https://doi.org/10.1002/erv.2745
    • Berends, T., Boonstra, N., & van Elburg, A. (2018). Relapse in anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. Current Opinion in Psychiatry, 31(6), 445-455. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000453
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Política Social; Agència d’Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdiques.
    • Hoyle, D., Slater, J., Williams, C., Schmidt, U., & Wade, T. D. (2013). Evaluation of a web-based skills intervention for carers of people with anorexia nervosa: A randomized controlled trial. International Journal of Eating Disorders, 46(6), 634-638. https://doi.org/10.1002/eat.22144
    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
    • Le Grange, D., Hoste, R. R., Lock, J., & Bryson, S. W. (2011). Parental expressed emotion of adolescents with anorexia nervosa: Outcome in family-based treatment. International Journal of Eating Disorders, 44(8), 731-734. https://doi.org/10.1002/eat.20877
    • Lock, J., & Le Grange, D. (2012). Treatment manual for anorexia nervosa: A family-based approach (2nd ed.). Guilford Press.
    • Lock, J., Le Grange, D., Agras, W. S., Moye, A., Bryson, S. W., & Jo, B. (2010). Randomized clinical trial comparing family-based treatment with adolescent-focused individual therapy for adolescents with anorexia nervosa. Archives of General Psychiatry, 67(10), 1025-1032. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2010.128
    • Madden, S., Miskovic-Wheatley, J., Wallis, A., Kohn, M., Hay, P., & Touyz, S. (2015). Early weight gain in family-based treatment predicts greater weight gain and remission at the end of treatment and remission at 12-month follow-up in adolescent anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 48(7), 919-922. https://doi.org/10.1002/eat.22414
    • McCord, A., Rice, K., & Rock, A. (2025). Caregiver factors influencing family-based treatment for child and adolescent eating disorders: A systematic review and conceptual model. PeerJ, 13, Artículo e19247. https://doi.org/10.7717/peerj.19247
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Neumark-Sztainer, D., Bauer, K. W., Friend, S., Hannan, P. J., Story, M., & Berge, J. M. (2010). Family weight talk and dieting: How much do they matter for body dissatisfaction and disordered eating behaviors in adolescent girls? Journal of Adolescent Health, 47(3), 270-276. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2010.02.001
    • Riboldi, I., Capogrosso, C. A., Crocamo, C., Chinello, A., Zappa, L. E., Bartoli, F., & Carrà, G. (2026). Mental health interventions for carers of individuals with eating disorders: A systematic review of randomized controlled trials assessing efficacy on anxiety and depressive symptoms. Journal of Eating Disorders, 14(1), Artículo 235. https://doi.org/10.1186/s40337-026-01705-8
    • Rienecke, R. D., Accurso, E. C., Lock, J., & Le Grange, D. (2016). Expressed emotion, family functioning, and treatment outcome for adolescents with anorexia nervosa. European Eating Disorders Review, 24(1), 43-51. https://doi.org/10.1002/erv.2389
    • Robinson, P., & Agras, W. S. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders. Oxford University Press.
    • Ruiz, Á., Quiles, Y., León-Zarceño, E., Quiles, M. J., Roncero, M., & Sanmartin, R. (2024). Assessing the effectiveness and feasibility of the Experienced Carers Helping Others program in relatives of adolescents with eating disorders using an online application format with individual sessions. Family Process, 63(4), 2151-2175. https://doi.org/10.1111/famp.13049
    • Springall, G., Caughey, M., Zannino, D., Cheung, M., Burton, C., Kyprianou, K., & Yeo, M. (2022). Family-based treatment for adolescents with anorexia nervosa: A long-term psychological follow-up. Journal of Paediatrics and Child Health, 58(9), 1642-1647. https://doi.org/10.1111/jpc.16070
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Walsh, B. T., Hagan, K. E., & Lockwood, C. (2023). A systematic review comparing atypical anorexia nervosa and anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 56(4), 798-820. https://doi.org/10.1002/eat.23856

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia

    Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia

    Imagina que una amiga cercana lleva meses rechazando almuerzos con excusas cada vez más finas. Tú sospechas algo, pero cada vez que piensas en hablarle te frena el mismo miedo: decir una frase que empeore todo. Ese miedo es razonable. Con los trastornos alimentarios, algunas frases bienintencionadas (“te ves muy delgada”, “come un poco, no seas terca”) hacen más daño que el silencio.

    Esta guía responde cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia sin tomar el rol de policía ni de terapeuta: cómo abrir la conversación, qué decir, qué evitar, qué hacer en la mesa, cuándo es una urgencia y cómo cuidarte tú. Sirve para una pareja, un amigo, una hermana o un padre. Si quien está enfermo es tu hijo o hija adolescente, el papel de la familia cambia bastante, y eso se trata en la guía sobre anorexia nerviosa y en la guía sobre qué hacer si tu hijo o hija tiene anorexia.

    En breve: lo que más ayuda es una presencia calmada, constante y cálida, que se interesa por la persona antes que por la comida, y que la anima a consultar sin ultimátums. Lo que más suele dañar es discutir con lógica, criticar, comentar el cuerpo y acomodarse a las reglas del trastorno. Hay un límite que conviene decir de entrada: los estudios muestran que las conductas de los cercanos se relacionan con el clima y la evolución del cuadro, pero ninguno ha comprobado que una frase concreta acelere la recuperación. Las frases de esta guía vienen de un manual clínico para familiares, no de un ensayo que las compare.

    ¿Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia sin empeorar las cosas?

    La base está en el método New Maudsley, desarrollado por Treasure, Smith y Crane (2007) para familiares y cercanos de personas con trastornos alimentarios. Resume el rol del cercano en tres actitudes, las “tres C”: calma, consistencia y compasión. Calma para no reaccionar con pánico ni con rabia. Consistencia para sostener los mismos límites cada día. Compasión para recordar que la conducta viene de la enfermedad y no de la maldad.

    Esa postura tiene respaldo indirecto. Una revisión sistemática de 39 estudios sobre cuidadores en terapia familiar de trastornos alimentarios infantojuveniles concluyó que factores del cuidador, como su confianza, su capacidad, su estado emocional y el funcionamiento de la familia, pueden influir de forma importante en el resultado (McCord et al., 2025). Dicho de otro modo, cómo está el cuidador importa, y tiene sentido prepararse.

    También ayuda saber qué no te corresponde. No eres el terapeuta ni el encargado de vigilar cada bocado. Tu función es acompañar, escuchar sin juzgar, mantener los límites de la convivencia y facilitar que la persona llegue a un equipo de salud (Treasure et al., 2007). Si sientes que “esto depende de mí”, ese pensamiento ya es una señal para pedir apoyo, algo que se retoma más abajo.

    ¿Cómo empezar la conversación con alguien que puede tener un trastorno alimentario?

    Elige un momento tranquilo y privado, sin prisa y lejos de la mesa. Treasure et al. (2007) advierten que las conversaciones sobre el trastorno no se tienen durante una comida, ni justo después de un atracón, ni en medio de una discusión. También recomiendan ensayar antes lo que vas a decir (frente al espejo, por escrito o con alguien de confianza) para no reaccionar con rabia o con llanto si la respuesta es hostil.

    La regla de apertura es hablar desde lo que observas y desde tu cariño, en primera persona. Una fórmula que sirve de modelo: “He notado algunas cosas últimamente que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes. No tienes que contarme nada ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí”. Evita las preguntas en ráfaga (“¿vomitaste?, ¿cuánto pesas?, ¿por qué no comes?”): suenan a interrogatorio.

    Después, escucha lo que hay debajo. Los autores proponen un esquema llamado LESS, tomado de la entrevista motivacional: escuchar (listen), empatizar (empathy), compartir algo ajeno al trastorno (share) y apoyar la confianza de la persona en sí misma (support). Muchas veces las preocupaciones sobre calorías o peso esconden miedo, vergüenza o sensación de no ser suficiente.

    Si responde con negación, ocurre a menudo y no significa que fracasaste. Algunas ideas del manual para ese momento:

    • No discutas con datos. Decir “estás demasiado flaca” no cambia su percepción.
    • Pregunta qué le da el trastorno (seguridad, control, alivio) y qué le está quitando (amistades, energía, planes). Hablar de las dos cosas respeta su ambivalencia.
    • Usa “y” en lugar de “pero”: “Tienes miedo de comer y quieres recuperar tu vida”.
    • Si dice que no está lista, acepta ese “aún no” sin pelear: “Entiendo que todavía no te sientas lista. Mi oferta sigue abierta”.

    ¿Qué decirle a alguien con TCA? Frases que ayudan y frases que conviene evitar

    Las frases que siguen son adaptaciones de las que proponen Treasure et al. (2007). Úsalas como punto de partida y ponlas en tus palabras, porque una frase repetida de memoria suena falsa.

    SituaciónMejor evitarPuede ayudar
    Primera conversación“Estás obsesionada con la comida”“He notado algunas cosas que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes”
    Pregunta tipo “¿estoy gorda?”“Claro que no, estás flaquísima”“Te oigo muy preocupada por tu cuerpo, y me parece que en el fondo estás asustada. Prefiero no entrar en cuánto pesa cada cosa”
    A la hora de comer“Come, no es tan difícil” o “mira el desperdicio”“Sé lo difícil que es esto para ti y valoro tu esfuerzo”
    Después de un mal día“Otra vez lo mismo, lo prometiste”“Mañana es otro día. Veamos qué te sobrepasó hoy”
    Cuando mejora“Te ves mucho mejor” o “te ves sana”“Me encantó verte reír en la película” o “me impresionó tu flexibilidad hoy”
    Rechazo a ayudaUltimátums o amenazas“Entiendo que aún no te sientas lista. Quiero acompañarte cuando decidas dar el paso”

    Dos aclaraciones sobre la tabla. Primera: los comentarios sobre el cuerpo, incluso los positivos, conviene dejarlos fuera. Según el manual de Treasure et al. (2007), palabras como “sana” o “mejor” pueden sonar a “has engordado” para alguien con un trastorno alimentario. Segunda: los comentarios sobre peso y dietas dañan también dentro de la familia. En un estudio con 356 adolescentes, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso en la familia. Esas burlas y los comentarios de las madres sobre el peso se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas, y ninguna variable familiar de ese tipo se asoció con mejores resultados (Neumark-Sztainer et al., 2010). Es un estudio transversal en chicas con riesgo, no en personas con diagnóstico, pero va en la misma dirección que el manual: lo mejor es sacar el peso de la conversación.

    Por eso ayuda que tú tampoco hables de tus dietas, de tu ejercicio ni de tu cuerpo delante de ella o de él. Y vale con reconocer el esfuerzo, el humor o la presencia de la persona: lo que valoras de ella no tiene que ver con su plato.

    ¿Qué conductas de los cercanos empeoran el cuadro?

    Treasure y sus colegas describen cuatro reacciones comprensibles pero contraproducentes, y las ilustran con animales. Reconocerte en alguna no te hace mala persona: son reacciones humanas ante un miedo grande.

    • El rinoceronte: embestir con lógica, órdenes, sarcasmo o críticas. La rigidez del trastorno responde atrincherándose.
    • La medusa: desbordarse con llanto, pánico o culpa delante de la persona. Eso sube su ansiedad y su culpa.
    • El canguro: sobreproteger y acomodarse a todo, desde cambiar el menú hasta evitar cualquier tensión. Mantiene a la persona dependiente.
    • El avestruz: mirar para otro lado, evitar el tema o ausentarse. El secreto se vuelve más fuerte.

    Hay estudios que apoyan parte de este mapa. Una revisión de alcance de 36 estudios halló que los cuidadores de personas con trastornos alimentarios muestran niveles altos de conductas de acomodación (adaptar rutinas, comprar alimentos específicos, participar en rituales), que bajan tras el tratamiento, y que más acomodación se asocia con más malestar emocional en el cuidador. Sobre si acomodar empeora la evolución de la persona enferma, la evidencia es mixta (Kumar et al., 2024). En un análisis de 149 familias de adolescentes con anorexia, la acomodación del cuidador predijo un IMC más alto al año de seguimiento, mientras que la depresión del cuidador y su sobreimplicación emocional ocupaban un lugar central en la red de síntomas (Monteleone et al., 2023). El matiz importa: acomodarse puede calmar el momento, y aun así los autores lo incluyen entre los procesos que mantienen el problema.

    Sobre la crítica, hay datos más concretos. En 121 familias de adolescentes con anorexia, la crítica del padre predijo menor mejoría de los síntomas alimentarios al final del tratamiento, y la hostilidad de la madre predijo menor mejoría del funcionamiento y la comunicación familiar (Rienecke et al., 2016). En otro estudio con 79 familias, el 32,9 % tenía emoción expresada alta al inicio, y la calidez de madres y padres se asoció con un buen resultado al final del tratamiento (Le Grange et al., 2011). Son análisis dentro de ensayos con familias de adolescentes, así que no se pueden aplicar sin más a una pareja o a un amigo, pero apuntan a lo mismo: el tono pesa.

    ¿Qué hacer a la hora de comer y después de comer?

    Las pautas de la mesa dependen de la edad. Con un adolescente, la familia asume en el tratamiento un control directo de las comidas, y eso lo guía el equipo de salud. Con un adulto, que es el caso de la mayoría de amigos y parejas, decide la propia persona, y presionar suele producir resistencia, engaños o distancia (Treasure et al., 2007). Lo que sigue vale para ambos, a la medida de tu rol.

    • Hablen de otra cosa durante la comida. Temas neutros y compartidos, sin discutir calorías, ingredientes ni porciones. Si surge una protesta, no entres al debate: “Hablamos de eso después, ahora disfrutemos la comida”.
    • No respondas preguntas de reaseguro. “¿Esto engorda?” o “¿me veo mal?” alivian un momento y alimentan el ciclo. Treasure et al. (2007) sugieren decir con calma que responder alimentaría la ansiedad y cambiar de tema.
    • Sin comentarios sobre lo que come ni cuánto. Ni a favor ni en contra.
    • Después de comer, acompaña. Los minutos siguientes suelen ser los más difíciles, con sensación de llenura y ganas de compensar. Planear una actividad tranquila juntos (un juego, una serie corta, un paseo suave) ayuda a pasar ese rato.
    • No cocines menús aparte a la medida del trastorno. Con un adulto, evita además vigilar el baño o la basura: Fairburn (2008) advierte que la pareja no debería hacer de supervisora de la comida, porque erosiona la relación. Esa tarea le corresponde al equipo tratante.

    Si hay riesgo de que alguien llegue muy desnutrido, no intentes realimentarlo en casa de golpe. Reintroducir mucha comida de repente en una persona con desnutrición grave puede causar el síndrome de realimentación, una complicación que exige monitoreo médico. Por eso la primera evaluación médica es importante (NICE, 2017).

    ¿Cómo ayudar a alguien con bulimia nerviosa?

    La bulimia se esconde mejor que la anorexia. Fairburn (2008, 2013) explica que los atracones y las purgas suelen ocurrir a solas, rodeados de vergüenza y asco hacia uno mismo, y que muchas personas viven años con el secreto. Además, la mayoría tiene un peso normal o parecido, así que el cuerpo no avisa: puede comer “normal” en público y vivir un infierno privado. Esto hace que quien la padece pase inadvertido incluso ante médicos que dicen “no tienes un trastorno, tu peso es normal”.

    Por eso, ayudar a alguien con bulimia nerviosa empieza por no acusar. Evita frases como “sé que vomitas” o “se acabó la comida otra vez”, y evita revisar la basura o el baño. En su lugar, describe lo que has notado con cariño y centra la conversación en cómo se siente, no en la comida: “Veo que lo estás pasando mal y me preocupa. No tienes que cargar esto sola”. Si hablas de hábitos (comidas regulares, no saltarse comidas), ofrécelo como información, nunca como corrección.

    La vergüenza es el principal obstáculo, y también hay datos que lo apoyan. En una encuesta a 333 personas con síntomas elevados de trastorno alimentario y alto deterioro, el estigma percibido, el autoestigma y la vergüenza explicaron el 64 % de la conducta de buscar ayuda. El único predictor individual fue preocuparse de que otros crean que los trastornos alimentarios no son enfermedades reales (Wall et al., 2024). Es un estudio transversal, que muestra asociación y no causa, pero da una pista práctica: decirle con claridad que es una enfermedad real, y que no es una debilidad de carácter, es parte de ayudar. Si la persona atraviesa atracones sin purgas, la guía sobre trastorno por atracón y la de cómo dejar los atracones dan más contexto. La guía sobre bulimia nerviosa detalla el cuadro y el tratamiento.

    ¿Qué hacer si no quiere tratarse?

    Si es un adulto, no puedes obligarlo a tratarse, y los intentos de imponerlo tienden a salir mal. Lo que sí puedes hacer es mantener la puerta abierta, repetir la oferta con calma y reducir las barreras prácticas: ayudar a buscar un médico o un psicólogo con experiencia en trastornos alimentarios, ofrecerte a pedir la hora o a acompañarlo a la primera cita. La entrada puede ser un médico general o un centro de atención primaria, que evalúa y deriva (NICE, 2017). Una forma de bajar la barrera es proponer un chequeo médico general “para quedarte tranquilo”, sin discutir todavía el diagnóstico.

    La confidencialidad funciona distinto en adultos. El equipo de salud no puede compartir datos clínicos contigo sin consentimiento de la persona, así que no te tomes como rechazo que no te cuenten detalles. Y si la persona es menor de edad, los padres sí participan: ahí el caso es otro.

    Entre los tratamientos con mejor respaldo en adolescentes está la terapia familiar. En un ensayo con 121 adolescentes con anorexia, la terapia familiar y la individual lograron resultados similares al terminar, pero a los 6 y 12 meses la familiar fue superior (Lock et al., 2010), y un metaanálisis apuntó en la misma dirección con pocos estudios que cumplían criterios estrictos (Couturier et al., 2013). En adultos, el equipo tratante y que la persona permanezca en el tratamiento pesan más que cualquier técnica puntual.

    ¿Cuándo es una urgencia?

    No necesitas medir nada para reconocer una urgencia. Ve a un servicio de urgencias si hay desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño. Si la persona dice que quiere morir, no la dejes sola y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o lleva a la persona a urgencias.

    No es exagerar: la anorexia nerviosa tiene la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, con 5,21 veces la esperada en un metaanálisis de 2025 (Krug et al., 2025). En una urgencia el manual recomienda mantener la calma y transmitir seguridad (“Estoy contigo, vamos a que te revisen hoy”), sin pánico ni discusión (Treasure et al., 2007).

    ¿Cómo cuidarte tú mientras acompañas?

    Cuidar a alguien con un trastorno alimentario desgasta, y el desgaste tiene consecuencias medibles. Una revisión de 12 ensayos sobre intervenciones para cuidadores encontró efectos pequeños y poco frecuentes sobre su ansiedad y su depresión. Las que incluían apoyo profesional o de pares parecían más prometedoras que las totalmente autoguiadas (Riboldi et al., 2026). Hay buenas ideas, y la evidencia sigue siendo limitada, sobre todo para el ánimo del cuidador.

    Lo que sí muestran los programas de habilidades para cuidadores es que cambian conductas concretas:

    • En un ensayo pequeño con 37 cuidadores, un programa online redujo la intrusividad del cuidador, las experiencias negativas de cuidado y el impacto de la inanición y la culpa, y la persona con anorexia percibió menos intrusividad (Hoyle et al., 2013).
    • En un ensayo con 108 familiares, tanto el grupo con el programa ECHO como el de atención habitual mejoraron en emoción expresada, acomodación y bienestar, con efectos algo mayores y más cambio en depresión y habilidades con ECHO. El 81,48 % completó el programa (Ruiz et al., 2024).
    • Tras talleres del Nuevo Maudsley con 189 cuidadores evaluados antes y después, bajaron la ansiedad, la emoción expresada y la acomodación (Dani et al., 2026), y en un estudio holandés pre-post aumentó la confianza de los padres en sus habilidades (Bijsterbosch et al., 2025). En ambos casos faltó un grupo de comparación.
    • Un metaanálisis de terapia multifamiliar mostró mejoras en pacientes y padres solo al comparar antes y después, y esas mejoras se diluyeron frente a otra intervención (Zinser et al., 2022).

    En conjunto, estos programas son una vía razonable y ninguno está probado como la mejor. Concretamente, puedes: sostener tu propia red de apoyo (amigos, un grupo de familiares o terapia propia), agendar pausas que no giren en torno al trastorno, y soltar la culpa. La enfermedad tiene muchas causas, y quien la acompaña no la provocó. La guía sobre el síndrome del cuidador puede ayudarte a ver cuándo el agotamiento ya es un problema por sí mismo.

    ¿Qué esperar de la recuperación y cómo reaccionar ante una recaída?

    La recuperación es lenta y con altibajos. Un mal día, una comida que no salió o un atracón puntual no significan volver a cero. Treasure et al. (2007) distinguen entre un tropiezo y una recaída, y proponen mirar el tropiezo con curiosidad: qué lo desencadenó, qué se puede ajustar. Etiquetarlo como fracaso total alimenta el pensamiento de todo o nada y la desesperanza.

    Cuando la persona mejora, lo que más ayuda es el reconocimiento de su esfuerzo y de su vida más allá del trastorno: la flexibilidad para cambiar un plan, un rato de risa, un proyecto retomado. Y se siguen evitando los comentarios sobre peso o aspecto. Sube o baja el número en la balanza, tu atención va a la persona. Si en algún momento el cuadro empeora o aparecen señales de urgencia, vuelve a la sección anterior.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Si tu preocupación lleva semanas, o si ves baja de peso, restricción, atracones con purgas o un deterioro en la vida social o laboral, vale la pena animar a la persona a una evaluación. La puerta de entrada puede ser un médico general o la atención primaria. El tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras con experiencia en trastornos alimentarios; si dudas por quién partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.

    También puedes consultar tú. Acompañar a alguien con un trastorno alimentario es una carga real, y una primera conversación con un profesional puede ordenar qué te toca y qué no. Si quieres hacerlo, puedes agendar una consulta. Para una visión general de los cuadros, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa. Como información de consenso, hay material de MedlinePlus, de la Asociación Americana de Psiquiatría y del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU..

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué le digo a alguien con anorexia o bulimia?

    Habla desde lo que observas y desde tu cariño, en primera persona: “He notado algunas cosas que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes”. Reconoce su esfuerzo y su valentía, evita opinar sobre su cuerpo o su plato y no discutas con datos. Ninguna frase garantiza resultados, pero el tono cálido y sin juicio ayuda.

    ¿Cómo ayudar a alguien con anorexia y bulimia si dice que no tiene nada?

    Evita discutir con datos o pedir pruebas. Dile lo que has observado con cariño, deja claro que no esperas una respuesta inmediata y repite tu oferta de acompañarla cuando quiera. Acepta un “aún no” sin pelear. Lo importante es que la puerta quede abierta y que la persona sepa que no la juzgas.

    ¿Qué no se le debe decir a una persona con trastorno alimentario?

    Evita comentarios sobre su peso o su aspecto, incluso positivos (“te ves sana”), órdenes como “come y listo”, amenazas, culpas y respuestas a sus preguntas de reaseguro (“¿estoy gorda?”). Tampoco hables de tus dietas delante de ella. Un manual clínico para familiares los clasifica como reacciones que tienden a reforzar el problema.

    ¿Puedo obligar a un adulto a tratarse?

    En general no, y presionar suele empeorar la relación. Lo que sí puedes hacer es repetir tu oferta con calma, ayudar a buscar un profesional y acompañarlo a la primera cita. Si hay una urgencia médica o ideas suicidas, llévalo a urgencias o llama al *4141. Con menores de edad, los padres sí participan en las decisiones.

    ¿Cómo ayudar a alguien con bulimia nerviosa si no sé si vomita?

    No hace falta confirmarlo ni investigar. Describe con cariño lo que has notado y pregunta cómo se siente, sin acusar ni revisar el baño o la basura. La bulimia se esconde por vergüenza, y la mayoría tiene un peso normal, así que el cuerpo no avisa. Ofrece acompañar a una evaluación.

    ¿Cómo sé si es una urgencia?

    Desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, vómitos con sangre, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño exigen urgencias. En Chile, el *4141 atiende crisis de salud mental y prevención del suicidio las 24 horas. Mantén la calma y no esperes a que la persona esté de acuerdo.

    ¿Cómo cuido mi salud mientras acompaño a alguien con TCA?

    Mantén tu propia red de apoyo, agenda pausas que no giren en torno al trastorno, suelta la culpa (la enfermedad tiene muchas causas) y considera un grupo de familiares o terapia propia. Los programas de habilidades para cuidadores reducen conductas como la crítica y la acomodación, con evidencia todavía limitada sobre el ánimo del cuidador.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Bijsterbosch, J. M., Schnitzler, A. M. E., Harrison, A., Treasure, J. L., & Sternheim, L. C. (2025). The effectiveness and feasibility of the New Maudsley collaborative care approach skills-based training for carers of individuals with an eating disorder in the Netherlands. European Eating Disorders Review, 33(5), 918-930. https://doi.org/10.1002/erv.3193
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Dani, C., Rossi, E., Cassioli, E., Selvi, G., Tarchi, L., Rotella, F., Moretti, S., Troiani, M. R., D’Anna, G., Giunti, I., Lucarelli, S., Treasure, J., Ricca, V., & Castellini, G. (2026). Participation in the New Maudsley Model workshops is associated with reductions in caregiver burden in eating disorders. European Eating Disorders Review, 34(5), 1221-1230. https://doi.org/10.1002/erv.70111
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Hoyle, D., Slater, J., Williams, C., Schmidt, U., & Wade, T. D. (2013). Evaluation of a web-based skills intervention for carers of people with anorexia nervosa: A randomized controlled trial. International Journal of Eating Disorders, 46(6), 634-638. https://doi.org/10.1002/eat.22144
    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
    • Kumar, A., Himmerich, H., Keeler, J. L., & Treasure, J. (2024). A systematic scoping review of carer accommodation in eating disorders. Journal of Eating Disorders, 12(1), Artículo 143. https://doi.org/10.1186/s40337-024-01100-1
    • Le Grange, D., Hoste, R. R., Lock, J., & Bryson, S. W. (2011). Parental expressed emotion of adolescents with anorexia nervosa: Outcome in family-based treatment. International Journal of Eating Disorders, 44(8), 731-734. https://doi.org/10.1002/eat.20877
    • Lock, J., Le Grange, D., Agras, W. S., Moye, A., Bryson, S. W., & Jo, B. (2010). Randomized clinical trial comparing family-based treatment with adolescent-focused individual therapy for adolescents with anorexia nervosa. Archives of General Psychiatry, 67(10), 1025-1032. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2010.128
    • McCord, A., Rice, K., & Rock, A. (2025). Caregiver factors influencing family-based treatment for child and adolescent eating disorders: A systematic review and conceptual model. PeerJ, 13, Artículo e19247. https://doi.org/10.7717/peerj.19247
    • Monteleone, A. M., Cascino, G., Salerno, L., Schmidt, U., Micali, N., Cardi, V., & Treasure, J. (2023). A network analysis in adolescent anorexia nervosa exploring the connection between both patient and carer reactions and outcome. European Eating Disorders Review, 31(1), 65-75. https://doi.org/10.1002/erv.2933
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Neumark-Sztainer, D., Bauer, K. W., Friend, S., Hannan, P. J., Story, M., & Berge, J. M. (2010). Family weight talk and dieting: How much do they matter for body dissatisfaction and disordered eating behaviors in adolescent girls? Journal of Adolescent Health, 47(3), 270-276. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2010.02.001
    • Riboldi, I., Capogrosso, C. A., Crocamo, C., Chinello, A., Zappa, L. E., Bartoli, F., & Carrà, G. (2026). Mental health interventions for carers of individuals with eating disorders: A systematic review of randomized controlled trials assessing efficacy on anxiety and depressive symptoms. Journal of Eating Disorders, 14(1), Artículo 235. https://doi.org/10.1186/s40337-026-01705-8
    • Rienecke, R. D., Accurso, E. C., Lock, J., & Le Grange, D. (2016). Expressed emotion, family functioning, and treatment outcome for adolescents with anorexia nervosa. European Eating Disorders Review, 24(1), 43-51. https://doi.org/10.1002/erv.2389
    • Ruiz, Á., Quiles, Y., León-Zarceño, E., Quiles, M. J., Roncero, M., & Sanmartin, R. (2024). Assessing the effectiveness and feasibility of the Experienced Carers Helping Others program in relatives of adolescents with eating disorders using an online application format with individual sessions. Family Process, 63(4), 2151-2175. https://doi.org/10.1111/famp.13049
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Wall, P. L., Fassnacht, D. B., Fabry, E., O’Shea, A. E., Houlihan, C., Mulgrew, K., & Ali, K. (2024). Understanding stigma in the context of help-seeking for eating disorders. Journal of Eating Disorders, 12(1), Artículo 126. https://doi.org/10.1186/s40337-024-01086-w
    • Zinser, J., O’Donnell, N., Hale, L., & Jones, C. J. (2022). Multi-family therapy for eating disorders across the lifespan: A systematic review and meta-analysis. European Eating Disorders Review, 30(6), 723-745. https://doi.org/10.1002/erv.2919

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Anorexia en hombres: síntomas y por qué cuesta detectarla

    Anorexia en hombres: síntomas y por qué cuesta detectarla

    Imagina a un hombre de 27 años que deja de comer pan, después el arroz, después casi todo lo que no sea pollo y verdura. Entrena seis días a la semana, se mide los brazos con una cinta y pesa la comida. Baja de peso y los amigos le dicen que está en forma. Nadie piensa en un trastorno, porque la anorexia en hombres casi no existe en la idea que la mayoría tenemos de la enfermedad: se la asocia con adolescentes mujeres, y punto.

    Si llegaste aquí por un hijo, una pareja, un amigo o por ti, esta guía responde cuántos hombres la tienen, cómo se ve, por qué se escapa de la consulta, qué señales mirar y qué se sabe del tratamiento. Es un tema donde la investigación es escasa, y el texto va marcando en qué puntos.

    En breve: la anorexia nerviosa existe en hombres con los mismos criterios diagnósticos que en mujeres, pero suele verse distinta: más búsqueda de músculo, ejercicio que no se suspende, dietas rígidas “limpias” y camuflaje del cuerpo. Es menos frecuente (0,2 % de los hombres a lo largo de la vida, frente a 1,4 % de las mujeres) y se detecta tarde, porque los criterios, los cuestionarios y el estereotipo se pensaron para ellas. En hombres hay poca investigación sobre tratamiento, así que se aplica lo que se sabe del resto de las personas. Consultar antes evita llegar con el cuadro ya instalado.

    ¿Existe la anorexia en hombres y cuántos la tienen?

    Sí existe, aunque es menos frecuente. Una revisión de 2024 estima una prevalencia de por vida de 0,2 % para la anorexia nerviosa en hombres y de 1,4 % en mujeres (Halbeisen et al., 2024). Con todos los trastornos alimentarios juntos, un metaanálisis de 94 estudios dio 2,2 % de los hombres y 8,4 % de las mujeres a lo largo de la vida (Galmiche et al., 2019).

    Fuera de las clínicas, las cifras se acercan. En una encuesta nacional de Estados Unidos con 9.282 personas, la anorexia a lo largo de la vida fue de 0,3 % en hombres y 0,9 % en mujeres (Hudson et al., 2007). Y un estudio con 2.122 gemelos finlandeses halló una prevalencia de 0,24 % y una incidencia de 15,7 casos por 100.000 personas al año en el tramo de mayor riesgo, entre los 10 y los 24 años. Todos los hombres con diagnóstico se habían recuperado cuando se les evaluó, pero con bastante comorbilidad psiquiátrica. Los autores concluyen que en la comunidad la anorexia masculina es más común y más transitoria de lo que se pensaba (Raevuori et al., 2009).

    Lo que ninguna de estas cifras dice es cuántos casos se pierden. Una revisión narrativa señala que estudiar a los hombres es difícil por las bajas frecuencias, por los sistemas de clasificación pensados en femenino y por la falta de instrumentos adecuados (Mitchison y Mond, 2015). Cuando el termómetro está calibrado para otro cuerpo, se subestima lo que mide, y eso alcanza a todos los TCA en hombres, de los cuales la anorexia es uno.

    ¿Cómo se llama la anorexia en hombres?

    Se llama igual: anorexia nerviosa. El DSM-5 usa los mismos criterios para ambos sexos (American Psychiatric Association, 2013): restricción de la ingesta que lleva a un peso bajo, miedo intenso a engordar o conductas que impiden ganar peso, y una vivencia alterada del propio cuerpo. El DSM-5 sacó además la exigencia de amenorrea que traía el DSM-IV, que por definición dejaba fuera a los hombres, y sus criterios son más neutros respecto del sexo (Raevuori et al., 2014).

    “Manorexia” es una palabra de la prensa. No es un diagnóstico clínico y puede sugerir que se trata de otra enfermedad. Si buscas un nombre para describir lo que le pasa a alguien, el término correcto es anorexia nerviosa en hombres (o en varones), y dentro del mapa general entra en los trastornos de la conducta alimentaria. Si quieres ver el cuadro completo, sin foco en el sexo, la guía sobre anorexia nerviosa lo desarrolla.

    ¿Cómo se ve la anorexia en un hombre?

    El núcleo del cuadro es el mismo: restricción, miedo a engordar y un cuerpo que se ve distinto de como es (Fairburn, 2008). Lo que cambia es el envoltorio. Las revisiones coinciden en que las mujeres suelen buscar delgadez y los hombres, un cuerpo muscular con poca grasa, y en que las presentaciones difieren de forma marcada (Murray et al., 2017; Halbeisen et al., 2024). Esta tabla resume cómo se traduce eso en la vida diaria (Fairburn, 2008; Wilhelm et al., 2012; Nagata et al., 2020).

    Rasgo Imagen clásica Cómo suele verse en un hombre
    Qué busca Bajar de peso y de volumen Poca grasa y mucha definición; el peso baja igual
    Ejercicio Cardio para gastar calorías Pesas y rutinas fijas, también cardio, que no se suspenden ni lesionado ni enfermo
    Comida Saltarse comidas, porciones mínimas Dietas hiperproteicas rígidas, fases de “volumen y definición”, alimentos pesados al gramo
    Cuerpo Ropa holgada para tapar la delgadez Capas de ropa, medirse bíceps, pecho o abdomen, mirarse al espejo una y otra vez
    Sustancias Laxantes, diuréticos Suplementos, creatina, quemadores de grasa y, a veces, esteroides anabólicos

    Dos datos de la investigación matizan este retrato. Primero, no todos los síntomas difieren: una revisión no encontró diferencias entre sexos en atracones, vómitos ni uso de laxantes, aunque los hombres puntuaban más bajo en los cuestionarios de síntomas (Raevuori et al., 2014). Segundo, muchos hombres parten de un peso más alto. Esa misma revisión confirmó el antecedente de sobrepeso, y un estudio de 1.009 pacientes graves hospitalizados en París, de los cuales 23 eran hombres, halló que ellos habían tenido más sobrepeso antes de enfermar y que el cuadro empezaba más tarde (Gueguen et al., 2012). Quien baja mucho de peso desde un punto de partida alto recibe felicitaciones antes que preguntas.

    ¿Por qué pasa desapercibida?

    Hay cuatro razones que se refuerzan entre sí.

    Los cuestionarios no preguntan lo que importa. Un repaso de la evaluación en varones señala que la mayoría de los instrumentos más usados se desarrollaron y se calibraron en mujeres, y que solo recientemente aparecieron instrumentos propios para hombres (Darcy y Lin, 2012). Lo mismo advierte la revisión alemana de 2024: las herramientas de cribado habituales no recogen los síntomas más frecuentes en ellos (Halbeisen et al., 2024). El SCOFF, por ejemplo, tiene cinco preguntas y ninguna se refiere a la musculatura, al entrenamiento ni a los suplementos. Una revisión pediátrica agrega que existe ya un cuestionario validado para evaluar la alimentación orientada a la musculatura (Nagata et al., 2020), pero es poco conocido fuera de la investigación.

    Muchas conductas tienen buena prensa. Entrenar a diario, comer proteína, “cortar” antes del verano, pesar la comida. En un hombre eso se lee fácil como disciplina, y por eso familia y amigos tardan en preocuparse.

    El estereotipo funciona también en la consulta. En un estudio cualitativo con diez hombres jóvenes, la idea de que los trastornos alimentarios son un problema femenino llevó primero a que ellos no reconocieran sus propios síntomas. Muchos llegaron a consulta cuando las conductas ya estaban instaladas, y algunos sintieron que los profesionales tardaron en reconocerlos por ser hombres (Räisänen y Hunt, 2014). Es una muestra pequeña, pero describe un mecanismo creíble.

    El estigma frena la ayuda. La revisión crítica de Murray y colaboradores concluye que a los hombres se los estigmatiza más y participan menos en el tratamiento (Murray et al., 2017). Pedir ayuda por algo que “es de mujeres” cuesta, y la demora se traduce en llegar peor.

    Síntomas y señales de alarma de la anorexia en hombres, para quienes lo rodean

    Una señal aislada no hace un trastorno. Lo que merece atención es el conjunto, sostenido en el tiempo y con costo para la vida de la persona. Estas son las que más se repiten en la literatura clínica (Fairburn, 2008; Wilhelm et al., 2012):

    • Baja de peso con dietas cada vez más rígidas: alimentos “prohibidos”, pesar y medir todo, comer despacio y desmenuzando.
    • Evita comer con otros, dice que “ya comió fuera” o cancela asados, cumpleaños y viajes por la comida.
    • Entrena aunque esté enfermo, lesionado o agotado, y se angustia o se siente culpable si se salta una sesión.
    • Siente que solo “se merece” comer si antes quemó calorías.
    • Se revisa el cuerpo con frecuencia (espejo, cinta métrica, pellizcos) o se tapa con varias capas de ropa incluso con calor.
    • Frío intenso, manos y pies fríos, mareo al ponerse de pie, menos fuerza.
    • Menos interés por el sexo y el contacto físico, más irritabilidad y rigidez.
    • Suplementos, creatina o sustancias que esconde.

    Si te reconoces en varias de estas, vale la pena una evaluación. Y si el que se reconoce es un hijo adolescente, el siguiente paso es el mismo: consultar.

    ¿Es anorexia, vigorexia o simple entrenamiento intenso?

    Los tres se confunden con facilidad. La vigorexia (dismorfia muscular) es el cuadro vecino: la persona se ve pequeña y débil aunque tenga mucho músculo. Fue descrita en 1993 como anorexia inversa en fisicoculturistas (Pope et al., 1993), y hoy el DSM-5 la ubica como una forma del trastorno dismórfico corporal (American Psychiatric Association, 2013). Hay una guía propia sobre vigorexia si te interesa más ese lado.

    La frontera entre ambas es más porosa de lo que parece. Un estudio con 21 hombres con dismorfia muscular y 24 con anorexia encontró muchas similitudes en imagen corporal, alimentación y ejercicio, y las diferencias reflejaban los cuerpos opuestos que cada grupo busca (Murray et al., 2012). Un metaanálisis halló una asociación positiva entre dismorfia muscular y síntomas de trastorno alimentario, con una correlación de 0,36 (Badenes-Ribera et al., 2019). Y una revisión sistemática vio apoyo preliminar a la dismorfia muscular como presentación clínica válida, aunque no alcanzó para decidir si es una variante del trastorno dismórfico corporal o una condición aparte (Cooper et al., 2020).

    Anorexia nerviosa Dismorfia muscular Entrenamiento intenso sin trastorno
    Meta Bajar de peso o no engordar Ganar músculo y no perder volumen Rendimiento, salud o estética
    Cómo se ve el cuerpo Demasiado grande, aunque esté delgado Demasiado pequeño, aunque sea fuerte Con una mirada realista
    Dieta Restricción Rígida y alta en proteína, con suplementos Flexible, sin culpa
    Si no puede entrenar Angustia, por las calorías Angustia, por el miedo a “perder” músculo Se frustra pero se adapta

    Más que cuánto entrena, importa si puede parar. Entrenar lesionado, dejar planes y relaciones por el gimnasio o sentir pánico al saltarse una sesión son señales de que ya hay un problema, aunque el físico se vea “sano” (Wilhelm et al., 2012).

    Consecuencias de la anorexia en hombres: ¿qué le hace al cuerpo?

    Afecta a todos los sistemas, y en los hombres hay complicaciones que se pasan por alto.

    • Huesos. En un estudio de hombres ingresados por trastornos alimentarios, el 36 % tenía osteopenia y el 26 % osteoporosis en la columna lumbar. Los hombres con anorexia tenían una densidad ósea menor que las mujeres y la caída se asociaba con el peso más bajo alcanzado y con la duración de la enfermedad (Mehler et al., 2008). La osteoporosis se ha considerado tradicionalmente un problema femenino, y por eso conviene preguntarse por ella también en hombres.
    • Hormonas y deseo sexual. La falta de nutrición baja la testosterona, y con ella el deseo, la erección y la fertilidad (Agras y Robinson, 2018).
    • Corazón. Ritmo lento o irregular, presión baja y mareos al ponerse de pie son comunes en el cuadro avanzado (Agras y Robinson, 2018).
    • Mortalidad. Un metaanálisis de 2025 estimó que la anorexia nerviosa tiene la mayor razón de mortalidad de todos los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025). En el estudio parisino ya citado, la mortalidad de los hombres fue alta (razón de mortalidad estandarizada de 8,08), con una muestra de solo 23 hombres y un intervalo de confianza amplio. Los tres fallecidos habían abandonado el tratamiento hospitalario (Gueguen et al., 2012).

    ¿Quiénes tienen más riesgo?

    Ser de un grupo de riesgo no significa tener el trastorno, pero ayuda a saber dónde mirar.

    • Deportes con categoría de peso o de apariencia. Una revisión de alcance de 80 estudios halló prevalencias de trastornos alimentarios de hasta 32,5 % en deportistas varones adultos de élite, más altas que en la población general. El factor más repetido fue competir en deportes sensibles al peso. En adolescentes la prevalencia no era mayor, y no había estudios sobre pronóstico ni manejo de estos casos (Karrer et al., 2020).
    • Hombres gays y bisexuales. Una revisión de 2017 concluye que las minorías sexuales muestran más conductas alimentarias desordenadas y que la diferencia es mayor en los hombres (Calzo et al., 2017). Un metaanálisis en adolescentes vio que los varones homosexuales tenían más de cinco veces las probabilidades de purgarse y más del triple de dietar que sus pares heterosexuales (Cao et al., 2023). Esos datos miden conductas alimentarias y dejan fuera el diagnóstico de anorexia.
    • Sobrepeso previo. Aparece de forma repetida en la literatura clínica sobre hombres con anorexia (Raevuori et al., 2014; Gueguen et al., 2012).

    Cuando el cuadro llega, suele acompañarse de otros problemas. En el estudio finlandés, los hombres recuperados habían tenido bastante comorbilidad psiquiátrica (Raevuori et al., 2009), y la depresión en hombres tiene sus propias formas de disfrazarse.

    ¿Qué tratamiento hay y funciona igual en hombres?

    Aquí la evidencia es la parte más débil. Una revisión de 18 estudios con 1.129 hombres concluyó que el conocimiento sobre el resultado del tratamiento en varones es escaso, que los resultados son inconclusos y en parte contradictorios, y que no hay evidencia firme de diferencias entre sexos (Strobel et al., 2018). Por eso se aplica lo que se sabe de la anorexia en general:

    • Adolescentes. La terapia familiar tiene el mejor respaldo. En un ensayo con 121 adolescentes, no hubo diferencias en remisión al terminar entre la terapia familiar y la individual, pero a los 6 y 12 meses la familiar fue superior (Lock et al., 2010). Un metaanálisis vio lo mismo, con solo tres estudios que cumplían los criterios estrictos (Couturier et al., 2013).
    • Adultos. Un metaanálisis en red de 16 ensayos halló que ninguna intervención psicológica superó al tratamiento habitual en peso ni en síntomas, con confianza baja a muy baja en la evidencia, y que la deserción fue menor con terapia cognitivo-conductual (Solmi et al., 2021). Eso no apunta a una terapia ganadora, y por eso pesan el equipo tratante y que la persona se quede.
    • Hospitalización. Se reserva para la inestabilidad médica; la mayor parte del tratamiento es ambulatorio (NICE, 2017). Tras el alta conviene un seguimiento cercano, sobre todo con la forma restrictiva, bajo peso o mayor edad, como recomiendan los autores del estudio parisino (Gueguen et al., 2012).

    Falta, además, algo de ajuste fino. Una revisión pediátrica sostiene que las guías pueden carecer de especificidad para chicos y hombres, y que el tratamiento debería adaptarse a sus preocupaciones, como la musculatura (Nagata et al., 2020). La revisión alemana añade que no se sabe si el tratamiento debería diferir (Halbeisen et al., 2024). En la práctica significa que un clínico atento a ejercicio, suplementos y esteroides trabaja con un cuadro más completo.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta pronto si hay baja de peso con restricción, ejercicio que no se puede suspender o preocupación constante por el cuerpo, y sobre todo si afecta el trabajo, los estudios o las relaciones. No esperes a que “se vea” enfermo: en un hombre, el aspecto engaña.

    Ve a un servicio de urgencias si hay desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño.

    La puerta de entrada puede ser un médico general o un centro de atención primaria, que hace la primera evaluación y deriva (NICE, 2017). El tratamiento lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras con experiencia en trastornos alimentarios; si dudas por quién partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda. Si quieres una primera evaluación, puedes agendar una consulta. Si el cuadro no calza del todo con lo descrito aquí, la guía sobre anorexia atípica puede aclarar dudas, y la de diferencias entre anorexia y bulimia ordena el resto del mapa. Para información de consenso, hay material de MedlinePlus, de la Asociación Americana de Psiquiatría y del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU..

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se llama la anorexia en hombres?

    Se llama anorexia nerviosa, igual que en mujeres, y se diagnostica con los mismos criterios del DSM-5. “Manorexia” es una palabra de la prensa y no un diagnóstico clínico. Lo que cambia es cómo se ve: más búsqueda de músculo, ejercicio compulsivo y dietas rígidas.

    ¿Cuántos hombres tienen anorexia?

    Una revisión de 2024 estima una prevalencia de por vida de 0,2 % en hombres y de 1,4 % en mujeres. En estudios comunitarios las cifras son algo mayores y el cuadro suele ser más transitorio. Muchos casos se pierden porque los criterios y cuestionarios se pensaron para mujeres.

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia en hombres adultos?

    Baja de peso con dietas rígidas, evitar comer con otros, entrenar sin parar aunque esté enfermo o lesionado, revisarse el cuerpo con cinta o espejo, taparse con ropa, frío y mareo, menos deseo sexual y suplementos escondidos. El conjunto sostenido importa más que una señal aislada.

    ¿Por qué la anorexia en hombres se detecta tarde?

    Los criterios y cuestionarios se desarrollaron con mujeres, el estereotipo la hace invisible, muchas conductas se leen como disciplina deportiva y el estigma retrasa pedir ayuda. Los hombres suelen llegar a consulta cuando el cuadro ya está instalado, según estudios cualitativos y clínicos.

    ¿La vigorexia y la anorexia son lo mismo?

    No. La vigorexia o dismorfia muscular es la preocupación por verse pequeño y poco musculoso; la anorexia gira en torno al peso y el miedo a engordar. Comparten rasgos como el ejercicio compulsivo y la dieta rígida, se asocian entre sí y pueden coexistir.

    ¿Tiene tratamiento la anorexia en hombres?

    Sí. Se usa lo que funciona en general: terapia familiar en adolescentes y psicoterapia en adultos, con atención médica. En hombres la investigación específica es escasa y no muestra diferencias firmes entre sexos. Un clínico que pregunte por ejercicio y suplementos trabaja mejor.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Badenes-Ribera, L., Rubio-Aparicio, M., Sánchez-Meca, J., Fabris, M. A., & Longobardi, C. (2019). The association between muscle dysmorphia and eating disorder symptomatology: A systematic review and meta-analysis. Journal of Behavioral Addictions, 8(3), 351-371. https://doi.org/10.1556/2006.8.2019.44
    • Calzo, J. P., Blashill, A. J., Brown, T. A., & Argenal, R. L. (2017). Eating disorders and disordered weight and shape control behaviors in sexual minority populations. Current Psychiatry Reports, 19(8), Artículo 49. https://doi.org/10.1007/s11920-017-0801-y
    • Cao, Z., Cini, E., Pellegrini, D., & Fragkos, K. C. (2023). The association between sexual orientation and eating disorders-related eating behaviours in adolescents: A systematic review and meta-analysis. European Eating Disorders Review, 31(1), 46-64. https://doi.org/10.1002/erv.2952
    • Cooper, M., Eddy, K. T., Thomas, J. J., Franko, D. L., Carron-Arthur, B., Keshishian, A. C., & Griffiths, K. M. (2020). Muscle dysmorphia: A systematic and meta-analytic review of the literature to assess diagnostic validity. International Journal of Eating Disorders, 53(10), 1583-1604. https://doi.org/10.1002/eat.23349
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Darcy, A. M., & Lin, I. H.-J. (2012). Are we asking the right questions? A review of assessment of males with eating disorders. Eating Disorders, 20(5), 416-426. https://doi.org/10.1080/10640266.2012.715521
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Galmiche, M., Déchelotte, P., Lambert, G., & Tavolacci, M. P. (2019). Prevalence of eating disorders over the 2000-2018 period: A systematic literature review. The American Journal of Clinical Nutrition, 109(5), 1402-1413. https://doi.org/10.1093/ajcn/nqy342
    • Gueguen, J., Godart, N., Chambry, J., Brun-Eberentz, A., Foulon, C., Divac, S. M., Guelfi, J. D., Rouillon, F., Falissard, B., & Huas, C. (2012). Severe anorexia nervosa in men: Comparison with severe AN in women and analysis of mortality. International Journal of Eating Disorders, 45(4), 537-545. https://doi.org/10.1002/eat.20987
    • Halbeisen, G., Laskowski, N., Brandt, G., Waschescio, U., & Paslakis, G. (2024). Eating disorders in men: An underestimated problem, an unseen need. Deutsches Ärzteblatt International, 121(3), 86-91. https://doi.org/10.3238/arztebl.m2023.0246
    • Hudson, J. I., Hiripi, E., Pope, H. G., & Kessler, R. C. (2007). The prevalence and correlates of eating disorders in the National Comorbidity Survey Replication. Biological Psychiatry, 61(3), 348-358. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2006.03.040
    • Karrer, Y., Halioua, R., Mötteli, S., Iff, S., Seifritz, E., Jäger, M., & Claussen, M. C. (2020). Disordered eating and eating disorders in male elite athletes: A scoping review. BMJ Open Sport & Exercise Medicine, 6(1), Artículo e000801. https://doi.org/10.1136/bmjsem-2020-000801
    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
    • Lock, J., Le Grange, D., Agras, W. S., Moye, A., Bryson, S. W., & Jo, B. (2010). Randomized clinical trial comparing family-based treatment with adolescent-focused individual therapy for adolescents with anorexia nervosa. Archives of General Psychiatry, 67(10), 1025-1032. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2010.128
    • Mehler, P. S., Sabel, A. L., Watson, T., & Andersen, A. E. (2008). High risk of osteoporosis in male patients with eating disorders. International Journal of Eating Disorders, 41(7), 666-672. https://doi.org/10.1002/eat.20554
    • Mitchison, D., & Mond, J. (2015). Epidemiology of eating disorders, eating disordered behaviour, and body image disturbance in males: A narrative review. Journal of Eating Disorders, 3, Artículo 20. https://doi.org/10.1186/s40337-015-0058-y
    • Murray, S. B., Nagata, J. M., Griffiths, S., Calzo, J. P., Brown, T. A., Mitchison, D., Blashill, A. J., & Mond, J. M. (2017). The enigma of male eating disorders: A critical review and synthesis. Clinical Psychology Review, 57, 1-11. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2017.08.001
    • Murray, S. B., Rieger, E., Hildebrandt, T., Karlov, L., Russell, J., Boon, E., Dawson, R. T., & Touyz, S. W. (2012). A comparison of eating, exercise, shape, and weight related symptomatology in males with muscle dysmorphia and anorexia nervosa. Body Image, 9(2), 193-200. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2012.01.008
    • Nagata, J. M., Ganson, K. T., & Murray, S. B. (2020). Eating disorders in adolescent boys and young men: An update. Current Opinion in Pediatrics, 32(4), 476-481. https://doi.org/10.1097/mop.0000000000000911
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Pope, H. G., Katz, D. L., & Hudson, J. I. (1993). Anorexia nervosa and “reverse anorexia” among 108 male bodybuilders. Comprehensive Psychiatry, 34(6), 406-409. https://doi.org/10.1016/0010-440x(93)90066-d
    • Raevuori, A., Hoek, H. W., Susser, E., Kaprio, J., Rissanen, A., & Keski-Rahkonen, A. (2009). Epidemiology of anorexia nervosa in men: A nationwide study of Finnish twins. PLoS ONE, 4(2), Artículo e4402. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0004402
    • Raevuori, A., Keski-Rahkonen, A., & Hoek, H. W. (2014). A review of eating disorders in males. Current Opinion in Psychiatry, 27(6), 426-430. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000113
    • Räisänen, U., & Hunt, K. (2014). The role of gendered constructions of eating disorders in delayed help-seeking in men: A qualitative interview study. BMJ Open, 4(4), Artículo e004342. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2013-004342
    • Solmi, M., Wade, T. D., Byrne, S., Del Giovane, C., Fairburn, C. G., Ostinelli, E. G., De Crescenzo, F., Johnson, C., Schmidt, U., Treasure, J., Favaro, A., Zipfel, S., & Cipriani, A. (2021). Comparative efficacy and acceptability of psychological interventions for the treatment of adult outpatients with anorexia nervosa: A systematic review and network meta-analysis. The Lancet Psychiatry, 8(3), 215-224. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(20)30566-6
    • Strobel, C., Quadflieg, N., Voderholzer, U., Naab, S., & Fichter, M. M. (2018). Short- and long-term outcome of males treated for anorexia nervosa: A review of the literature. Eating and Weight Disorders, 23(5), 541-552. https://doi.org/10.1007/s40519-018-0538-6
    • Wilhelm, S., Phillips, K. A., & Steketee, G. (2012). Cognitive-behavioral therapy for body dysmorphic disorder: A treatment manual. Guilford Press.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Cómo dejar de darse atracones: guía paso a paso

    Cómo dejar de darse atracones: guía paso a paso

    Terminaste de comer y el estómago pesa, pero lo que más pesa es la promesa que ya te hiciste antes: mañana empiezo una dieta de verdad, mañana no pasa. Y mañana vuelve a pasar. Si buscas cómo dejar los atracones, cómo evitarlos o cómo superarlos, probablemente ya probaste la fuerza de voluntad, las listas de alimentos prohibidos y los castigos del día siguiente, y ninguna de esas cosas funcionó por mucho tiempo.

    Hay un programa con respaldo para esto, y se parece poco a lo que se intenta por cuenta propia. Se basa en la terapia cognitivo-conductual (TCC) y se puede seguir con un manual y algo de acompañamiento. En esta guía vas a ver sus pasos en el orden en que se hacen, qué dice la investigación sobre cuánto ayuda, qué errores lo arruinan y cuándo conviene dejar de hacerlo solo. Si todavía no tienes claro si lo que te pasa es un trastorno por atracón o comer de más en ciertas ocasiones, esa guía te ayuda a distinguirlo antes de seguir.

    En breve: los atracones bajan sobre todo cuando se rompe el ciclo de restricción y descontrol. Eso se logra con cinco pasos: registrar lo que comes, comer a horas fijas, tener alternativas para el impulso, resolver los problemas que lo disparan y hacer balance a las 6 a 8 semanas. La guía NICE recomienda este formato (autoayuda guiada) como primera opción para adultos con trastorno por atracón. Si no hay mejoría clara, se pasa a terapia con un profesional.

    ¿Se pueden dejar los atracones sin terapia?

    A veces sí, y la evidencia lo respalda con matices. La guía británica NICE NG69 recomienda como primera intervención para el trastorno por atracón un programa de autoayuda guiada con materiales cognitivo-conductuales y entre 4 y 9 sesiones breves de apoyo, de unos 20 minutos, repartidas en 16 semanas. Esas sesiones sirven para sostener el manual, no para hacer terapia aparte. Si no funciona, el siguiente escalón es la TCC grupal o individual.

    En un ensayo con 123 personas que tenían atracones recurrentes, un programa de TCC de autoayuda guiada de 8 sesiones en 12 semanas dejó sin atracones al 64 % de los participantes al cabo de un año, frente a 45 % con la atención habitual (Striegel-Moore et al., 2010). Mejoraron además la preocupación por la figura y el ánimo, pero no el peso.

    La imagen completa tiene sombras. Un metaanálisis de 81 ensayos encontró que la psicoterapia, sobre todo la TCC, redujo mucho los atracones frente a la lista de espera, seguida de la autoayuda estructurada, aunque la calidad de la evidencia fue en general muy baja (Hilbert et al., 2019). Otro metaanálisis más reciente vio que, cuando el grupo de comparación ya recibía autoayuda, la ventaja de la TCC se achicaba y en la frecuencia de atracones dejaba de ser significativa (Sioziou et al., 2026). Y la guía española de GuiaSalud advierte que la autoayuda solo es eficaz en un número limitado de personas con trastorno por atracón (Grupo de Trabajo de la GPC sobre TCA, 2009).

    ¿Qué hace la diferencia? Una revisión de 50 ensayos halló que la autoayuda funcionó mejor cuando alguien la acompañaba, y todavía mejor cuanto más sesiones de guía había (Beintner et al., 2014). Por eso conviene hacer este programa con un apoyo, aunque sea breve, y no leerlo y ya.

    Antes de empezar: ¿este programa es para ti?

    Este formato está pensado para atracones sin bajo peso y sin purgas frecuentes. Los autores del programa y el Oxford Handbook of Eating Disorders señalan que la autoayuda no es adecuada ni segura en estas situaciones (Fairburn, 2013; Agras y Robinson, 2018):

    • Bajo peso marcado o diagnóstico de anorexia nerviosa.
    • Vómitos autoinducidos frecuentes o abuso de laxantes o diuréticos.
    • Depresión grave, riesgo de autolesión o consumo activo de sustancias.

    Si te reconoces en alguna, lo que corresponde es empezar con un profesional. La bulimia y la anorexia tienen tratamientos propios, y las diferencias entre ambas explican por qué importa diferenciarlas.

    Un caso aparte son los atracones durante la recuperación de una anorexia, una búsqueda frecuente. Los diagnósticos de los trastornos alimentarios cambian con el tiempo: en un seguimiento de siete años de 216 mujeres, más de la mitad pasó entre el tipo restrictivo y el de atracones y purgas (Eddy et al., 2008). Ahí el peso manda, y el programa de abajo no reemplaza a un equipo tratante.

    Cómo dejar los atracones paso a paso: el programa en una tabla

    El programa más usado se llama Overcoming Binge Eating y lo escribió Christopher Fairburn, uno de los autores de la TCC para los trastornos alimentarios (Fairburn, 2013). Tiene una fase de preparación, cinco pasos y dos módulos opcionales.

    Paso Qué haces Para qué sirve
    Preparación Revisas por qué quieres cambiar y entiendes la lógica del programa Comprometerte sin esperar bajar de peso rápido
    1. Empezar bien Anotas lo que comes en el momento y te pesas una vez por semana Ver el patrón real, sin adivinar
    2. Comer con horario Tres comidas y dos o tres colaciones, sin pasar más de 3 o 4 horas sin comer Cortar el hambre extrema que dispara el atracón
    3. Alternativas Eliges actividades para los momentos de impulso Esperar a que la urgencia baje sin ceder
    4. Resolver problemas Pones por escrito el problema que hay detrás y trabajas una solución Dejar de usar la comida para apagar lo que duele
    5. Hacer balance A las 6 a 8 semanas revisas tus avances y decides qué sigue Saber si el programa te alcanza o necesitas ayuda

    Los pasos 2, 3 y 4 se hacen juntos durante 6 a 8 semanas. Vamos por partes.

    Paso 1: registra lo que comes, en el momento

    Es el paso más subestimado. Consiste en llevar una hoja de papel contigo y anotar cada vez que comes o bebes algo, apenas ocurre. Las columnas de la hoja son simples (Fairburn, 2013; Fairburn, 2008):

    • La hora.
    • Qué comiste y bebiste, en palabras cotidianas. Las comidas principales van entre corchetes, para distinguirlas de las colaciones.
    • El lugar.
    • Un asterisco si sentiste que fue un atracón.
    • Una marca para cualquier conducta compensatoria, como vómito o laxantes.
    • Notas sobre lo que pasaba y lo que sentías.

    Dos reglas importan. No se cuentan calorías ni se pesan los alimentos, porque eso aumenta la obsesión con la comida. Y el registro se hace en tiempo real, no de memoria a la noche. Escribir en el momento rompe la sensación de piloto automático y deja ver que lo que parecía incontrolable tiene un patrón. Las aplicaciones de calorías sirven poco aquí, porque dejan fuera el contexto y las emociones, que son justo lo que buscas entender.

    Un registro “limpio” para quedar bien contigo también sirve poco. Si ocultas los episodios por vergüenza, el programa trabaja con datos falsos. Nadie más tiene que verlo, salvo quien te acompañe.

    ¿Y pesarse una vez por semana?

    El programa incluye pesarse cada semana, el mismo día, y anotar la cifra en un gráfico. La razón es práctica: el cuerpo es en gran parte agua, y el peso sube y baja entre medio kilo y kilo y medio de un día a otro por la hidratación, la sal o el ciclo menstrual (Fairburn, 2013). Una lectura aislada no se puede interpretar, y pesarse todos los días convierte ese ruido en una señal de alarma. Evitar la balanza del todo tampoco ayuda, porque deja los miedos sin contrastar con datos. La tendencia real solo se ve con al menos cuatro semanas seguidas.

    Paso 2: come a horas fijas

    Este es el paso que más atracones elimina, según el propio programa. La lógica es fisiológica: si pasas horas sin comer, el hambre extrema empuja al descontrol, y si lo intentas compensar al día siguiente, el ciclo se repite.

    La pauta es clara (Fairburn, 2013; Fairburn, 2008):

    • Tres comidas principales: desayuno, almuerzo y cena.
    • Dos o tres colaciones planificadas: a media mañana, a media tarde y en la noche.
    • Nunca más de 3 o 4 horas entre una ingesta y la siguiente, durante todo el día.
    • Los horarios se anotan en la hoja cada mañana o la noche anterior.
    • Fuera de esos horarios no se come, y se come por reloj, no por hambre, porque las señales de hambre y saciedad están desordenadas por el patrón caótico previo.

    Hay respaldo en un estudio pequeño de 38 personas que hacían TCC de autoayuda guiada. Quienes seguían mejor el patrón de tres comidas y dos o tres colaciones tuvieron menos atracones esa semana (Zendegui et al., 2014). No prueba causa, pero coincide con el modelo.

    Los errores más comunes son saltarse el desayuno o la colación de la noche por miedo a engordar, y el pensamiento de todo o nada: “ya rompí el plan, así que hoy da lo mismo”. Otra trampa es cambiar al mismo tiempo qué comes. La prioridad al inicio es cuándo comes, no qué comes. Y si sientes una llenura incómoda al principio, suele ceder en menos de una hora, a medida que el cuerpo se adapta.

    ¿Hay que compensar un atracón saltándose la comida siguiente? No. Según el programa, la respuesta es retomar el plan en la siguiente ingesta pautada, como si nada hubiera pasado. Compensar con vómito o laxantes tampoco resulta: el vómito no devuelve todas las calorías y los laxantes no eliminan ninguna.

    Paso 3: qué hacer cuando llega el impulso de atracón

    Aunque comas a horas fijas, aparecerán ganas de comer entre medio. Este paso enseña a esperar que pasen. Fairburn explica que el impulso sube hasta un pico y baja solo, y que el periodo de mayor intensidad suele durar entre 30 y 60 minutos (Fairburn, 2013). Si logras no ceder durante ese lapso, la urgencia pierde fuerza. La técnica se conoce como “surfear el impulso”.

    Para pasar ese rato sirve una actividad con tres condiciones: que sea activa (no mirar la tele sin atención), agradable (no un castigo) y realista en el lugar donde estás. Conviene tener la lista escrita de antemano, porque en pleno impulso nadie piensa bien. Algunos ejemplos que da el programa:

    • Salir a caminar rápido o andar en bicicleta.
    • Llamar a un amigo o a un familiar.
    • Darte una ducha o un baño.
    • Escuchar una lista de música que dejaste preparada.
    • Hacer un rompecabezas o jugar un videojuego.

    Existe también una versión de autoayuda guiada basada en la terapia dialéctica conductual, con manual y seis llamadas breves de apoyo. En un ensayo piloto con 60 personas, el 40 % terminó sin atracones frente al 3 % de la lista de espera, aunque a los seis meses esa cifra bajó al 30 % (Masson et al., 2013). Es un estudio pequeño, así que vale como señal y no como prueba definitiva.

    Paso 4: resuelve el problema que dispara el atracón

    La mayoría de los atracones que quedan no aparecen al azar. Los disparan un conflicto, una mala noticia, el cansancio o un estado de ánimo bajo. Este paso entrena una forma ordenada de afrontar eso, en vez de usar la comida como anestesia. El impulso repentino de comer cuando no toca es, a menudo, la señal de que hay un problema sin detectar.

    La técnica tiene seis pasos y se hace por escrito, no en la cabeza (Fairburn, 2013; Fairburn, 2008):

    1. Identifica el problema lo antes posible.
    2. Defínelo con precisión. En vez de “el problema es que quiero atracarme”, algo como “esta noche no tengo planes, estoy cansado y me siento solo”.
    3. Anota todas las soluciones que se te ocurran, sin juzgarlas.
    4. Piensa en los pros y los contras de cada una.
    5. Elige la mejor, o una combinación de dos.
    6. Actúa según lo elegido.

    Al día siguiente se revisa cómo salió el proceso. Lo que se evalúa es si seguiste los pasos, no solo si el problema desapareció.

    Paso 5: haz balance a las 6 a 8 semanas

    Después de 6 a 8 semanas con los pasos 2, 3 y 4, se revisa la hoja de resumen con calma. Hay tres escenarios, según el programa:

    • Hay una mejoría clara. Se sigue adelante y se eligen los módulos que hagan falta.
    • Hubo poco avance porque no se siguieron las pautas. Se revisan las razones para cambiar y se decide si reiniciar con más compromiso o pausar.
    • Hubo poco avance a pesar de seguirlo bien. Aquí el programa dice con todas las letras que la autoayuda no alcanza y toca buscar ayuda profesional especializada.

    Ese tercer escenario da información útil: los atracones de algunas personas tienen mecanismos más fuertes o más complejos, y para eso existe la psicoterapia.

    Los módulos opcionales: dietas rígidas e imagen corporal

    Módulo de dietas. La restricción estricta, sea retrasar comidas, comer muy poco o evitar ciertos alimentos, es una de las principales fuentes de atracones, porque las reglas de todo o nada se rompen con facilidad. El módulo propone ir a un supermercado y anotar los alimentos que evitas por miedo a engordar o a perder el control (suelen ser 40 o más), ordenarlos de menor a mayor dificultad y reintroducir uno o dos del grupo más fácil en tus comidas planificadas, en días en que te sientas con control. Se avanza por grupos durante 6 a 8 semanas. La idea es que comer porciones normales de esos alimentos, muchas veces, se parece a una vacuna: demuestra que no llevan al descontrol por sí mismos (Fairburn, 2013).

    Módulo de imagen corporal. Cuando el valor propio depende casi por completo de la figura y el peso, los atracones son difíciles de soltar. El módulo trabaja cuatro frentes: ampliar las fuentes de autoestima (relaciones, trabajo, proyectos), reducir las comprobaciones corporales como mirarse al espejo o pellizcarse, enfrentar poco a poco lo que se evita (la ropa muy holgada, la piscina), y entender que “sentirse gordo” muchas veces nombra otra cosa: tristeza, culpa, aburrimiento o la sensación de estar lleno (Fairburn, 2013; Fairburn, 2008).

    ¿Qué hago si tengo un atracón igual?

    Puede pasar, y el programa lo contempla. Distingue entre un traspié y una recaída. El traspié es un episodio puntual, esperable en un momento de estrés. La recaída es volver al punto de partida. Tratar un traspié como recaída activa el pensamiento de todo o nada y conduce a rendirse (Fairburn, 2013).

    La respuesta que propone tiene tres partes: detectarlo pronto, volver de inmediato a lo que funciona (el registro y la comida regular en la siguiente ingesta, sin compensar) y buscar qué problema lo gatilló para resolverlo. Cuando el programa termina, el patrón de comida regular y la resolución de problemas se mantienen, mientras el registro diario y el pesaje semanal se van retirando si todo está estable.

    ¿Y el peso, y los medicamentos?

    Muchas personas llegan queriendo bajar de peso, y la evidencia es incómoda. Los tratamientos psicológicos tienen un efecto limitado sobre el peso: en el ensayo ya citado el peso no cambió, y un metaanálisis de 114 estudios encontró que la psicoterapia y la autoayuda estructurada ayudaban con los atracones hasta 12 meses después, con resultados inconsistentes sobre el peso (Hilbert et al., 2020). NICE aconseja no intentar bajar de peso con dietas durante el tratamiento, porque la restricción desencadena atracones. Primero se trata el atracón, y recién después se conversa sobre el peso.

    Los fármacos van en segundo plano. NICE y GuiaSalud coinciden en que no deben ser el único tratamiento. En adultos con trastorno por atracón, un metaanálisis de cinco ensayos mostró que la lisdexanfetamina redujo en promedio 1,29 días de atracón por semana frente al placebo, con más diarrea como efecto adverso (Ellwanger et al., 2026). La decisión de usarlos la toma un médico, no se hace por cuenta propia.

    ¿Cuándo no basta hacerlo solo y con quién consultar?

    Pide ayuda profesional pronto si ocurre alguna de estas cosas:

    • Tras 6 a 8 semanas de esfuerzo real, los atracones no bajan.
    • Aparecen o aumentan los vómitos, los laxantes o el ejercicio compensatorio.
    • Hay bajo peso, mareos, desmayos o cambios físicos preocupantes.
    • La tristeza es intensa, hay pensamientos de hacerte daño o consumes alcohol o drogas para soportarlo.

    Ante riesgo vital o ideas de hacerte daño, acude a un servicio de urgencias. En cuanto a quién ve el cuadro, el médico de atención primaria hace la primera evaluación y la derivación va a psicólogos y psiquiatras con experiencia en trastornos alimentarios (NICE, 2017; Grupo de Trabajo de la GPC sobre TCA, 2009). Si dudas entre ambos, la guía sobre psicólogo o psiquiatra te ayuda a decidir.

    Cuando la autoayuda no alcanza, NICE ofrece como siguiente paso la TCC grupal, de 16 sesiones semanales de 90 minutos, y como alternativa la TCC individual de 16 a 20 sesiones. Una guía digital también puede servir: un metaanálisis de ocho ensayos con autoayuda guiada por internet mostró reducciones de los días de atracón (Tuncer y Tuncer, 2026), aunque en un ensayo con 178 adultos la TCC cara a cara redujo los atracones más rápido y más que la versión por internet (de Zwaan et al., 2017). Hay formatos para distintos bolsillos, y ninguno requiere que lo resuelvas a solas.

    Si quieres armar este proceso con acompañamiento, puedes agendar una consulta y partir con una evaluación para elegir el formato que mejor te calce. Para ubicar los atracones dentro del mapa general de la alimentación, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria. Y si lo tuyo se parece más a comer cuando estás ansioso que a atracones recurrentes, revisa ansiedad por comer. Para información de consenso, hay material de MedlinePlus, de la Asociación Americana de Psiquiatría y del NIDDK.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo dejar los atracones de comida?

    Los atracones bajan cuando se rompe el ciclo de restricción y descontrol. El programa con más respaldo combina registrar lo que comes, comer tres comidas y dos o tres colaciones a horas fijas, tener actividades alternativas para el impulso y resolver por escrito los problemas que lo disparan. Se evalúa a las 6 a 8 semanas.

    ¿Se pueden dejar los atracones sin ayuda profesional?

    Algunas personas lo logran con un manual de TCC y apoyo breve. NICE lo recomienda como primera opción, pero GuiaSalud advierte que solo funciona en un número limitado de casos. Funciona mejor con acompañamiento, y no es adecuado con bajo peso, vómitos frecuentes o depresión grave.

    ¿Cuánto dura el impulso de comer?

    Según Fairburn, el impulso sube a un pico y luego baja solo, y la fase de mayor intensidad dura entre 30 y 60 minutos. Si en ese tiempo haces una actividad activa, agradable y realista, la urgencia suele perder fuerza. Por eso conviene preparar la lista de actividades antes, no durante el impulso.

    ¿Qué hacer justo después de un atracón?

    Retomar el plan en la siguiente comida o colación, sin saltarte ninguna ni compensar con vómito, laxantes o ejercicio. Anota el episodio en tu registro y busca qué problema lo disparó para resolverlo por escrito. Un atracón aislado es un traspié, no una recaída.

    ¿Hay que hacer dieta para dejar los atracones?

    No. NICE aconseja no intentar bajar de peso con dietas durante el tratamiento, porque la restricción dispara atracones. Primero se estabiliza la forma de comer con horarios regulares y se reintroducen los alimentos evitados. El peso se conversa después, con un profesional.

    ¿Hay medicamentos para los atracones?

    Sí, pero no como único tratamiento. GuiaSalud contempla antidepresivos del grupo ISRS en algunos casos, y la lisdexanfetamina redujo los atracones en ensayos controlados. Lo indica un médico, tras evaluar tu situación, y se combina con terapia.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • Beintner, I., Jacobi, C., & Schmidt, U. H. (2014). Participation and outcome in manualized self-help for bulimia nervosa and binge eating disorder: A systematic review and metaregression analysis. Clinical Psychology Review, 34(2), 158-176. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2014.01.003
    • de Zwaan, M., Herpertz, S., Zipfel, S., Svaldi, J., Friederich, H.-C., Schmidt, F., Mayr, A., Lam, T., Schade-Brittinger, C., & Hilbert, A. (2017). Effect of internet-based guided self-help vs individual face-to-face treatment on full or subsyndromal binge eating disorder in overweight or obese patients: The INTERBED randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 74(10), 987-995. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2017.2150
    • Eddy, K. T., Dorer, D. J., Franko, D. L., Tahilani, K., Thompson-Brenner, H., & Herzog, D. B. (2008). Diagnostic crossover in anorexia nervosa and bulimia nervosa: Implications for DSM-V. American Journal of Psychiatry, 165(2), 245-250. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2007.07060951
    • Ellwanger, M. P., Pomianoski, B. W., Vieira, D. L., Ellwanger, M. P., Astori, V., & Messinger, M. F. (2026). Efficacy, safety and tolerability of lisdexamfetamine dimesylate treatment compared with placebo in adults with binge-eating disorder: A systematic review and meta-analysis of randomised controlled trials. European Eating Disorders Review, 34(3), 770-779. https://doi.org/10.1002/erv.70070
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Consumo.
    • Hilbert, A., Petroff, D., Herpertz, S., Pietrowsky, R., Tuschen-Caffier, B., Vocks, S., & Schmidt, R. (2019). Meta-analysis of the efficacy of psychological and medical treatments for binge-eating disorder. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 87(1), 91-105. https://doi.org/10.1037/ccp0000358
    • Hilbert, A., Petroff, D., Herpertz, S., Pietrowsky, R., Tuschen-Caffier, B., Vocks, S., & Schmidt, R. (2020). Meta-analysis on the long-term effectiveness of psychological and medical treatments for binge-eating disorder. International Journal of Eating Disorders, 53(9), 1353-1376. https://doi.org/10.1002/eat.23297
    • Masson, P. C., von Ranson, K. M., Wallace, L. M., & Safer, D. L. (2013). A randomized wait-list controlled pilot study of dialectical behaviour therapy guided self-help for binge eating disorder. Behaviour Research and Therapy, 51(11), 723-728. https://doi.org/10.1016/j.brat.2013.08.001
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Sioziou, A. L., Stefanou, A., Dimitrakopoulou, F., Skarlatos, M., Lappas, A. S., Mesiari, C., Argyrou, A., Ntouros, E., Christodoulou, N., Bozikas, V.-P., & Samara, M. (2026). Cognitive behavioural therapy compared to control conditions in treating bulimia nervosa and binge-eating disorder: A systematic review and meta-analysis. British Journal of Clinical Psychology. https://doi.org/10.1111/bjc.70070
    • Striegel-Moore, R. H., Wilson, G. T., DeBar, L., Perrin, N., Lynch, F., Rosselli, F., & Kraemer, H. C. (2010). Cognitive behavioral guided self-help for the treatment of recurrent binge eating. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 78(3), 312-321. https://doi.org/10.1037/a0018915
    • Tuncer, G. Z., & Tuncer, M. (2026). The effect of eHealth-based guided self help interventions for binge eating disorder: A meta-analysis of randomized controlled trials. Eating Disorders, 34(5), 433-455. https://doi.org/10.1080/10640266.2025.2498247
    • Zendegui, E. A., West, J. A., & Zandberg, L. J. (2014). Binge eating frequency and regular eating adherence: The role of eating pattern in cognitive behavioral guided self-help. Eating Behaviors, 15(2), 241-243. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2014.03.002

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Síndrome del comedor nocturno: síntomas, causas y tratamiento

    Síndrome del comedor nocturno: síntomas, causas y tratamiento

    Son las dos de la madrugada y te despertaste con una idea fija: la cocina. Sientes una urgencia más que hambre, la sensación de que si no comes algo no vas a poder volver a dormirte. O quizás tu versión es otra: apenas desayunas, durante el día comes poco, y después de la cena no hay cómo parar hasta la hora de acostarte. Si alguna de estas escenas te suena, tal vez llegaste buscando el síndrome del comedor nocturno para saber si lo que te pasa tiene nombre.

    Tiene nombre, tiene criterios y tiene tratamiento, aunque la investigación sobre él es más corta de lo que uno querría. En esta guía vas a ver qué es, cuáles son sus síntomas, cómo se diagnostica, en qué se diferencia de los atracones nocturnos y de comer dormido, qué se sabe de sus causas y qué opciones de tratamiento tienen respaldo. Todo se apoya en revisiones y estudios publicados. Y donde no hay datos, como la cantidad de personas que lo tienen en Chile, lo decimos en vez de inventar una cifra. Si quieres ubicarlo dentro del mapa completo de la alimentación y sus trastornos, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: el síndrome del comedor nocturno consiste en comer una parte grande del día después de la cena y/o despertarse a comer, con conciencia de lo que se hace, malestar y problemas de sueño, durante al menos tres meses. Suele acompañarse de poco apetito en la mañana y ánimo más bajo al atardecer. Tiene tratamientos con respaldo parcial: terapia cognitivo-conductual, algunos antidepresivos y luz brillante matinal, aunque todavía con pocos ensayos grandes.

    ¿Qué es el síndrome del comedor nocturno?

    El síndrome del comedor nocturno (en inglés night eating syndrome, NES) es un trastorno de la alimentación en el que la comida se corre hacia el final del día y la noche: la persona come en exceso después de la cena y/o se despierta a comer, sabe lo que está haciendo y lo recuerda al día siguiente. El DSM-5 lo clasifica dentro de los “otros trastornos de la conducta alimentaria o de la ingesta especificados” (American Psychiatric Association, 2013; Allison y Lundgren, 2018).

    Lo describió por primera vez el psiquiatra Albert Stunkard en 1955 (Allison y Lundgren, 2018). Una revisión crítica de la literatura lo resume como un cuadro con tres piezas: poco apetito en la mañana, comer de más en la tarde-noche y/o ingestas nocturnas, e insomnio. Afecta a hombres y mujeres de distintos grupos, tiende a darse en familias y suele convivir con trastornos del ánimo, de ansiedad, del sueño, de la alimentación y por consumo de sustancias (Vander Wal, 2012).

    ¿Cuáles son los síntomas del síndrome del comedor nocturno?

    Los síntomas giran alrededor de cuándo se come y cómo se duerme:

    • Poco apetito en la mañana. Saltarse el desayuno o no tener ganas de comer hasta bien avanzado el día.
    • Mucha comida después de la cena. Una parte importante de lo que se come en el día cae entre la cena y la hora de dormir.
    • Despertares con ingesta. Levantarse de madrugada a comer, con plena conciencia y recuerdo.
    • Una urgencia fuerte por comer entre la cena y el sueño, o durante la noche.
    • Insomnio, ya sea para quedarse dormido o para mantenerse dormido.
    • La creencia de que necesitas comer para dormir o para volver a dormirte.
    • Ánimo bajo o que empeora hacia la tarde y la noche.

    Para el diagnóstico, el patrón tiene que causar malestar o afectar tu funcionamiento (Allison et al., 2010b; Vander Wal, 2012). Comer algo de noche de vez en cuando, o tener antojo después de un día muy largo, no es un síndrome.

    ¿Cómo se diagnostica el síndrome del comedor nocturno?

    Un grupo internacional de especialistas propuso en 2008 criterios de consenso, publicados en un artículo de 2010 en la International Journal of Eating Disorders (Allison et al., 2010b), que hoy se usan como referencia. Piden lo siguiente:

    1. Ingesta aumentada en la tarde y la noche, que se muestra de una de estas formas: comer al menos el 25 % de las calorías del día después de la cena, o despertarse a comer al menos dos veces por semana.
    2. Conciencia de los episodios. La persona está despierta y los recuerda.
    3. Malestar o deterioro en su vida cotidiana.
    4. Al menos tres de cinco características asociadas: falta de apetito matutino, urgencia por comer entre la cena y el sueño, insomnio, la creencia de que hay que comer para dormir y ánimo bajo o que empeora de noche.
    5. Duración de al menos tres meses.

    Los criterios orientan a los profesionales, y ningún test online confirma el diagnóstico. Existen cuestionarios de detección, como el Night Eating Questionnaire, que ayudan a los profesionales a sospechar el cuadro (Kucukgoncu et al., 2015), pero la confirmación requiere una evaluación clínica que también descarte otras causas médicas, del sueño o psiquiátricas.

    ¿Qué tan frecuente es el síndrome del comedor nocturno?

    Depende de a quién se le pregunte. En un estudio con 1.636 estudiantes universitarios de Estados Unidos, el 4,2 % cumplía criterios de síndrome del comedor nocturno, y el 2,9 % si se excluía a quienes además tenían atracones (Runfola et al., 2014). En pacientes de dos consultas psiquiátricas ambulatorias, el 12,3 % lo cumplía, con más trastornos por consumo de sustancias y más obesidad (Lundgren et al., 2006). Y una revisión sistemática en personas con diabetes tipo 2 encontró entre 3,8 % y 8,4 % (Abbott et al., 2018).

    Todos esos datos son de muestras específicas. No hay un estudio chileno de prevalencia que podamos citar, así que cualquier número que leas sobre “cuántos chilenos lo tienen” debería mirarse con desconfianza.

    Un dato aparte: comer de noche como conducta, sin que sea un síndrome, es bastante más común. Dos encuestas nacionales de Estados Unidos con diario de comidas, que sumaron más de 29.000 personas, mostraron que comer de noche es más habitual en fin de semana y en adultos de 18 a 30 años, menos en mayores de 65, y no se relacionó con el índice de masa corporal (Striegel-Moore et al., 2006). Ese estudio mide la conducta, no el síndrome completo.

    Atracones nocturnos y síndrome del comedor nocturno: ¿es lo mismo?

    No, aunque se parecen y a veces coinciden. El trastorno por atracón se define por episodios de comer una cantidad grande con sensación de perder el control, a cualquier hora del día. En el síndrome del comedor nocturno, lo central es el horario y el vínculo con el sueño: se come tarde o de madrugada, muchas veces algo moderado, y existe la creencia de que comer ayuda a dormir (Allison y Lundgren, 2018). Si te interesa el otro cuadro, lo tienes en la guía del trastorno por atracón.

    Una revisión sistemática de 22 estudios comparó ambos en pacientes con obesidad y trastornos alimentarios. Las personas con síndrome del comedor nocturno mostraban más psicopatología alimentaria (comer emocional, pérdida de control) y más síntomas depresivos que los controles, y el trastorno por atracón se diferenciaba por más comer emocional, más preocupaciones corporales y episodios de ingesta anormales (Kaur et al., 2022).

    Pueden convivir. En un estudio con 431 personas (candidatos a cirugía bariátrica, un grupo de apoyo para bajar de peso y población general), el 11,1 % cumplía criterios de síndrome del comedor nocturno, y el malestar psicológico se concentraba en quienes además tenían atracones o se levantaban a comer (Colles et al., 2007). Y en estudiantes con el síndrome hubo más antecedentes de depresión, TDAH y autolesiones que en quienes no lo tenían, diferencias que los atracones no explicaban por completo, lo que llevó a los autores a plantear que podría ser una entidad distinta (Runfola et al., 2014).

    ¿Y si como dormido? Comedor nocturno y trastorno alimentario relacionado con el sueño

    Hay otro cuadro que conviene conocer: el trastorno alimentario relacionado con el sueño, una parasomnia en la que la persona come mientras duerme, con poca o ninguna conciencia y sin recuerdo al despertar (Allison y Lundgren, 2018). Los criterios del síndrome del comedor nocturno exigen justo lo contrario, plena conciencia y recuerdo (Allison et al., 2010b), y esa es la diferencia más usada para separarlos.

    La frontera, con todo, es menos limpia en la práctica. Un estudio con videopolisomnografía en 35 personas con ingestas nocturnas anormales encontró que los episodios ocurrían tras despertares completos, con conciencia y recuerdo al día siguiente, y que eran frecuentes los movimientos periódicos de las piernas durante el sueño (Vetrugno et al., 2006). Por eso, si te despiertas rodeado de envoltorios sin recordar haberlos abierto, si cocinas dormido o te lastimas, o si tienes sensaciones raras en las piernas por la noche, necesitas una evaluación del sueño y no solo una consulta por alimentación. El tratamiento es distinto.

    ¿Cuáles son las causas del síndrome del comedor nocturno?

    La causa exacta sigue sin conocerse. Hay pistas desde tres frentes, con distinto nivel de certeza.

    El reloj biológico. En un estudio de laboratorio con 15 mujeres con el síndrome y 14 controles, las mujeres con síndrome del comedor nocturno comían más tarde en su ritmo diario, y hormonas del apetito y del sueño mostraron desfases: leptina, insulina y melatonina estaban retrasadas entre 1,0 y 2,8 horas, y la ghrelina, la hormona que estimula el hambre, estaba adelantada 5,2 horas (Goel et al., 2009). Los autores proponen que podría haber una desconexión entre el reloj central del cerebro y otros relojes del cuerpo, como el estómago o el hígado. Es un hallazgo en una muestra pequeña, de mujeres, que describe qué pasa pero no demuestra qué lo causa.

    La herencia. En un estudio de gemelos suecos con más de 11.000 participantes, la heredabilidad estimada del comer de noche fue de 0,44 en hombres y 0,35 en mujeres, y la correlación genética con los atracones fue de 0,66, lo que sugiere factores genéticos compartidos pero no idénticos (Root et al., 2010). Queda así un componente heredable moderado.

    El ánimo, el estrés y la restricción durante el día. El estrés y la depresión empeoran o disparan los episodios y las comorbilidades son frecuentes, aunque la evidencia es correlacional y no basta para decir que el ánimo “causa” el síndrome (Vander Wal, 2012; Allison y Lundgren, 2018). Otro mecanismo plausible, y el que usan los tratamientos para atracones, es la restricción: si comes poco o nada durante el día, la presión por comer se acumula hacia la noche (Fairburn, 2013). Para el síndrome del comedor nocturno específicamente eso no está probado como causa, pero explica por qué desayunar y comer regular sigue siendo un punto de partida razonable.

    Comer de noche y ansiedad: qué se sabe

    Mucha gente llega a este tema preguntándose si lo que tiene es ansiedad. La respuesta honesta es que están relacionadas, pero una no equivale a la otra. Los trastornos de ansiedad y del ánimo son frecuentes en quienes tienen el síndrome (Vander Wal, 2012), y el ánimo bajo o con empeoramiento vespertino es una de sus características asociadas (Allison et al., 2010b). Pero lo contrario no se cumple: la mayoría de las personas que comen de noche por estrés o por aburrimiento no tiene un síndrome del comedor nocturno, y comer de noche como conducta es común en adultos jóvenes (Striegel-Moore et al., 2006).

    Como orientación práctica (no es un criterio diagnóstico): si comer de noche es ocasional, no te preocupa y no altera tu sueño ni tu ánimo, probablemente sea un hábito. Si se repite casi cada semana desde hace meses, interfiere con el sueño, te despierta con la sensación de que necesitas comer y te deja con malestar, vale la pena consultarlo.

    ¿Engorda? Peso, salud y comer de noche

    La relación con el peso es menos directa de lo que se cree. Una revisión de alcance de 30 estudios en adultos encontró asociaciones inconsistentes con el índice de masa corporal, la diabetes tipo 2, la actividad física y la calidad del sueño, más probables en muestras representativas que en muestras de universitarios; sus autores concluyen que probablemente tenga efectos negativos sobre peso, diabetes, actividad física y sueño, pero que falta investigación con muestras más grandes y seguimiento (Sakthivel et al., 2023). En la muestra psiquiátrica fue más frecuente entre pacientes con obesidad (Lundgren et al., 2006), y en estudiantes el índice de masa corporal no difirió entre quienes tenían el síndrome y quienes no (Runfola et al., 2014).

    Para el peso, lo que cuenta es la energía total consumida en el día y no la hora del reloj (Fairburn, 2013). Lo que merece atención en el síndrome es el sueño fragmentado, el ánimo y el malestar que lo acompañan.

    ¿Cuál es el tratamiento del síndrome del comedor nocturno?

    La investigación sobre tratamiento es escasa. Una revisión de manejo la describe como un área en sus comienzos, en la que se usan antidepresivos y terapias psicológicas, y donde otras alternativas todavía son promesas (Kucukgoncu et al., 2015). Una revisión de alcance de 120 estudios coincide en que hacen falta estudios más grandes y de largo plazo (Muscatello et al., 2022). Esto es lo que hay, de lo más estudiado a lo menos.

    Terapia psicológica

    La terapia cognitivo-conductual (TCC) es la opción psicológica más estudiada en este cuadro, pero la evidencia es preliminar. En un estudio piloto con 25 pacientes, 10 sesiones de TCC redujeron el porcentaje de calorías después de la cena de 35,0 % a 24,9 %, las ingestas nocturnas de 8,7 a 2,6 por semana y el puntaje de síntomas de 28,7 a 16,3; el peso bajó de 82,5 a 79,4 kg y mejoraron el ánimo y la calidad de vida (Allison et al., 2010a). Fue un estudio sin grupo de comparación, así que sirve para decir que la TCC parece prometedora, no para afirmar su eficacia. Sus autores pidieron un ensayo controlado.

    También hay un ensayo piloto aleatorizado con 44 personas que probó una intervención breve (psicoeducación, relajación muscular progresiva y ejercicio, con seguimientos a 1 y 3 semanas). Bajaron los síntomas, la depresión, la ansiedad y el estrés en los tres grupos, y la relajación redujo más la proporción de comida después de la cena que la educación sola (Vander Wal et al., 2015).

    Fármacos

    El respaldo más sólido viene de un ensayo con sertralina en 34 pacientes durante 8 semanas: respondió el 71 % con sertralina frente al 18 % con placebo, con menos ingestas y despertares nocturnos, menos calorías tras la cena y, entre quienes tenían sobrepeso, una baja de 2,9 kg frente a 0,3 kg (O’Reardon et al., 2006). Es un estudio pequeño. Otro ensayo, con escitalopram durante 12 semanas en 40 pacientes, no encontró diferencia con el placebo en el cuestionario de síntomas (Vander Wal et al., 2012). Dos ensayos pequeños con resultados opuestos no permiten concluir qué antidepresivo funciona, ni siquiera cuánto. Otros medicamentos, como el topiramato, tienen por ahora estudios preliminares y series de casos (Allison y Lundgren, 2018; Kucukgoncu et al., 2015). Cualquier medicamento lo decide y lo supervisa un médico o psiquiatra.

    Luz brillante y otras opciones

    Dado el desfase del reloj biológico que vimos arriba, se probó la terapia de luz. En un estudio piloto con 15 adultos, dos semanas de luz de 10.000 lux por la mañana redujeron los síntomas del síndrome, la alteración del ánimo y la del sueño (McCune y Lundgren, 2015). Sin grupo de comparación, otra vez: es una señal para investigar, no una recomendación para comprarse una lámpara por cuenta propia.

    ¿Qué puedes hacer mientras tanto para controlar el comer nocturno?

    Ninguna de estas ideas reemplaza una evaluación, y ninguna tiene un ensayo que la pruebe específicamente para este síndrome. Son estrategias que vienen de los tratamientos de los atracones y del insomnio, y que encajan con lo que se sabe del cuadro:

    • Anota durante una o dos semanas qué comes, a qué hora, a qué hora duermes y cuántas veces te despiertas. Mirar el patrón con datos ayuda a ti y a quien te evalúe. Ese registro es parte del trabajo de la TCC (Fairburn, 2013).
    • Come de forma regular durante el día. El programa de Fairburn para atracones propone tres comidas y dos o tres colaciones planificadas, sin dejar pasar más de tres o cuatro horas despierto sin comer (Fairburn, 2013). Desayunar, aunque no tengas hambre, apunta justo al desfase del ciclo. Esto se desarrolló para atracones y falta probarlo en el comedor nocturno, así que es un punto de partida y no una receta.
    • No compenses con ayuno al día siguiente después de un episodio nocturno. Saltarse el desayuno renueva el ciclo de hambre acumulada (Fairburn, 2013).
    • Cuida el sueño. Los manuales de tratamiento del insomnio aconsejan no comer al despertarse en mitad de la noche, porque el cuerpo aprende a esperar comida a esa hora (Morin y Espie, 2004; Perlis et al., 2005). Si dormir te cuesta, la TCC para el insomnio y la guía de trastornos del sueño te dan el marco.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta si el patrón se repite casi todas las semanas desde hace tres meses o más, si interfiere con tu sueño, si te deja con malestar o culpa, si sientes que pierdes el control, si tu ánimo está bajo, o si has notado cambios importantes de peso. Consulta con más urgencia si comes dormido, si te lastimas, si cocinas sin recordarlo o si aparecen pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida: en ese caso puedes llamar en Chile al *4141 (línea de prevención del suicidio del Minsal) o ir a un servicio de urgencia.

    La puerta de entrada puede ser un psicólogo clínico con experiencia en trastornos alimentarios (para la evaluación y la TCC), un médico o psiquiatra (si hace falta evaluar medicación o descartar causas médicas) y, en el caso de sospecha de trastorno del sueño, una unidad de sueño. Si no sabes por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede ayudarte a elegir. Para una visión general de los trastornos alimentarios, puedes revisar las páginas de MedlinePlus en español y de la American Psychiatric Association.

    Si quieres que evaluemos tu caso en una consulta online, puedes agendar una hora. Comer de noche con malestar tiene salidas, y buscarlas no depende de la fuerza de voluntad.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es el síndrome del comedor nocturno?

    Es un trastorno de la alimentación en que una parte importante de la comida se desplaza a la tarde y la noche: se come mucho después de la cena y/o se despierta a comer, con plena conciencia, malestar y problemas de sueño. Se clasifica en el DSM-5 como otro trastorno alimentario especificado y debe durar al menos tres meses para diagnosticarse.

    ¿Cuáles son los síntomas del síndrome del comedor nocturno?

    Los principales son poco apetito en la mañana, comer una parte grande de las calorías después de la cena, despertarse a comer con conciencia y recuerdo, insomnio, la creencia de que hay que comer para dormir y ánimo bajo que empeora hacia la noche. El diagnóstico pide además malestar o deterioro y al menos tres de las cinco características asociadas.

    ¿Es lo mismo comer de noche que tener el síndrome del comedor nocturno?

    No. Comer de noche de vez en cuando es común, sobre todo en adultos jóvenes y en fin de semana. El síndrome exige un patrón sostenido, con al menos 25 % de las calorías después de la cena y/o despertares con ingesta dos veces por semana, malestar o deterioro, y una duración de tres meses o más.

    ¿En qué se diferencia de los atracones nocturnos?

    El atracón implica comer una cantidad grande con pérdida de control a cualquier hora. En el comedor nocturno lo central es el horario y el sueño: se come tarde o de madrugada, a menudo algo moderado, con la idea de que ayuda a dormir. Pueden coexistir, y una revisión encontró más comer emocional y preocupaciones corporales en el atracón.

    ¿El síndrome del comedor nocturno tiene tratamiento?

    Sí, aunque la evidencia es limitada. Hay un ensayo positivo con sertralina y otro negativo con escitalopram, un estudio piloto de TCC con buenos resultados, y estudios piloto de luz brillante matinal y de relajación. Faltan ensayos grandes. El tratamiento lo define un profesional tras evaluar tu caso, y no conviene automedicarse.

    ¿Hay que ir al médico si como dormido?

    Sí. Comer sin conciencia ni recuerdo, cocinar dormido o lastimarse apunta a una parasomnia, no al síndrome del comedor nocturno, y requiere una evaluación del sueño, que a veces incluye un estudio de polisomnografía. Los estudios con videopolisomnografía muestran que la frontera entre ambos cuadros no siempre es nítida, y por eso conviene que lo evalúe un médico.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Abbott, S., Dindol, N., Tahrani, A. A., & Piya, M. K. (2018). Binge eating disorder and night eating syndrome in adults with type 2 diabetes: A systematic review. Journal of Eating Disorders, 6, Artículo 36. https://doi.org/10.1186/s40337-018-0223-1
    • Allison, K. C., & Lundgren, J. D. (2018). Emerging syndromes: Night eating syndrome. En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed., pp. 438-444). Oxford University Press.
    • Allison, K. C., Lundgren, J. D., Moore, R. H., O’Reardon, J. P., & Stunkard, A. J. (2010a). Cognitive behavior therapy for night eating syndrome: A pilot study. American Journal of Psychotherapy, 64(1), 91-106. https://doi.org/10.1176/appi.psychotherapy.2010.64.1.91
    • Allison, K. C., Lundgren, J. D., O’Reardon, J. P., Geliebter, A., Gluck, M. E., Vinai, P., Mitchell, J. E., Schenck, C. H., Howell, M. J., Crow, S. J., Engel, S., Latzer, Y., Tzischinsky, O., Mahowald, M. W., & Stunkard, A. J. (2010b). Proposed diagnostic criteria for night eating syndrome. International Journal of Eating Disorders, 43(3), 241-247. https://doi.org/10.1002/eat.20693
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Colles, S. L., Dixon, J. B., & O’Brien, P. E. (2007). Night eating syndrome and nocturnal snacking: Association with obesity, binge eating and psychological distress. International Journal of Obesity, 31(11), 1722-1730. https://doi.org/10.1038/sj.ijo.0803664
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Goel, N., Stunkard, A. J., Rogers, N. L., Van Dongen, H. P., Allison, K. C., O’Reardon, J. P., Ahima, R. S., Cummings, D. E., Heo, M., & Dinges, D. F. (2009). Circadian rhythm profiles in women with night eating syndrome. Journal of Biological Rhythms, 24(1), 85-94. https://doi.org/10.1177/0748730408328914
    • Kaur, J., Dang, A. B., Gan, J., An, Z., & Krug, I. (2022). Night eating syndrome in patients with obesity and binge eating disorder: A systematic review. Frontiers in Psychology, 12, Artículo 766827. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.766827
    • Kucukgoncu, S., Midura, M., & Tek, C. (2015). Optimal management of night eating syndrome: Challenges and solutions. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 11, 751-760. https://doi.org/10.2147/ndt.s70312
    • Lundgren, J. D., Allison, K. C., Crow, S., O’Reardon, J. P., Berg, K. C., Galbraith, J., Martino, N. S., & Stunkard, A. J. (2006). Prevalence of the night eating syndrome in a psychiatric population. American Journal of Psychiatry, 163(1), 156-158. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.163.1.156
    • McCune, A. M., & Lundgren, J. D. (2015). Bright light therapy for the treatment of night eating syndrome: A pilot study. Psychiatry Research, 229(1-2), 577-579. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2015.07.079
    • Morin, C. M., & Espie, C. A. (2004). Insomnia: A clinical guide to assessment and treatment. Springer.
    • Muscatello, M. R. A., Torre, G., Celebre, L., Dell’Osso, B., Mento, C., Zoccali, R. A., & Bruno, A. (2022). ‘In the night kitchen’: A scoping review on the night eating syndrome. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry, 56(2), 120-136. https://doi.org/10.1177/00048674211025714
    • O’Reardon, J. P., Allison, K. C., Martino, N. S., Lundgren, J. D., Heo, M., & Stunkard, A. J. (2006). A randomized, placebo-controlled trial of sertraline in the treatment of night eating syndrome. American Journal of Psychiatry, 163(5), 893-898. https://doi.org/10.1176/ajp.2006.163.5.893
    • Perlis, M. L., Jungquist, C., Smith, M. T., & Posner, D. (2005). Cognitive behavioral treatment of insomnia: A session-by-session guide. Springer.
    • Root, T. L., Thornton, L. M., Lindroos, A. K., Stunkard, A. J., Lichtenstein, P., Pedersen, N. L., Rasmussen, F., & Bulik, C. M. (2010). Shared and unique genetic and environmental influences on binge eating and night eating: A Swedish twin study. Eating Behaviors, 11(2), 92-98. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2009.10.004
    • Runfola, C. D., Allison, K. C., Hardy, K. K., Lock, J., & Peebles, R. (2014). Prevalence and clinical significance of night eating syndrome in university students. Journal of Adolescent Health, 55(1), 41-48. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2013.11.012
    • Sakthivel, S. J., Hay, P., & Mannan, H. (2023). A scoping review on the association between night eating syndrome and physical health, health-related quality of life, sleep and weight status in adults. Nutrients, 15(12), Artículo 2791. https://doi.org/10.3390/nu15122791
    • Striegel-Moore, R. H., Franko, D. L., Thompson, D., Affenito, S., & Kraemer, H. C. (2006). Night eating: Prevalence and demographic correlates. Obesity, 14(1), 139-147. https://doi.org/10.1038/oby.2006.17
    • Vander Wal, J. S. (2012). Night eating syndrome: A critical review of the literature. Clinical Psychology Review, 32(1), 49-59. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2011.11.001
    • Vander Wal, J. S., Gang, C. H., Griffing, G. T., & Gadde, K. M. (2012). Escitalopram for treatment of night eating syndrome: A 12-week, randomized, placebo-controlled trial. Journal of Clinical Psychopharmacology, 32(3), 341-345. https://doi.org/10.1097/jcp.0b013e318254239b
    • Vander Wal, J. S., Maraldo, T. M., Vercellone, A. C., & Gagne, D. A. (2015). Education, progressive muscle relaxation therapy, and exercise for the treatment of night eating syndrome: A pilot study. Appetite, 89, 136-144. https://doi.org/10.1016/j.appet.2015.01.024
    • Vetrugno, R., Manconi, M., Ferini-Strambi, L., Provini, F., Plazzi, G., & Montagna, P. (2006). Nocturnal eating: Sleep-related eating disorder or night eating syndrome? A videopolysomnographic study. Sleep, 29(7), 949-954. https://doi.org/10.1093/sleep/29.7.949

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • ARFID: qué es el trastorno de evitación/restricción de la ingesta

    ARFID: qué es el trastorno de evitación/restricción de la ingesta

    Si llegaste buscando “ARFID”, quizás reconoces alguna de estas escenas: tu hijo o tu hija come siete u ocho alimentos y cada comida termina en llanto o en pelea. O eres tú quien lleva años esquivando cumpleaños, viajes y almuerzos de trabajo, porque casi nada de lo que sirven te resulta comible o porque te da pánico atragantarte. Y a tu alrededor repiten que son mañas, que es cuestión de carácter, que basta con “probar un poquito”.

    El ARFID (sigla en inglés de avoidant/restrictive food intake disorder, en español trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos) es un trastorno de la alimentación en el que la persona come muy poco, o muy pocos alimentos, por razones que no tienen que ver con el peso ni con el cuerpo, y esa restricción termina dañando su salud o su vida social. En esta guía vas a ver qué es, cómo se reconocen sus tres formas, en qué se diferencia de ser mañoso para comer y de la anorexia, qué pasa en niños, adultos y personas autistas, y qué tratamiento tiene. Todo se apoya en revisiones, metaanálisis y estudios publicados, y cuando la evidencia es escasa (en tratamiento lo es), lo decimos. Para ubicarlo en el mapa completo, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: el ARFID, o trastorno evitativo restrictivo de la ingesta alimentaria, consiste en comer muy poco o muy pocos alimentos por rechazo sensorial, miedo a atragantarse o vomitar, o falta de interés por comer, sin preocupación por el peso ni por la figura. Se diagnostica cuando esa restricción provoca pérdida de peso, deficiencias nutricionales, dependencia de suplementos o un deterioro social marcado. Tiene tratamiento, y es distinto del de la anorexia.

    ¿Qué es el ARFID y cómo se diagnostica?

    El ARFID entró al DSM-5 en 2013, dentro del grupo de los trastornos de la alimentación y de la ingestión de alimentos. Reemplazó y amplió un diagnóstico que antes se pensaba solo para la infancia, así que hoy se aplica a niños, adolescentes y adultos (American Psychiatric Association, 2013; Zucker et al., 2018).

    Para diagnosticarlo, el DSM-5 pide que la evitación o restricción de alimentos se deba a una o más de estas tres razones:

    • Poco interés por comer o por la comida.
    • Rechazo por las características sensoriales de los alimentos (textura, olor, color, sabor, temperatura).
    • Miedo a las consecuencias de comer, como atragantarse, vomitar, sentir dolor o tener una reacción alérgica.

    Además, la restricción tiene que estar asociada a por lo menos una de estas cuatro consecuencias: pérdida de peso importante (o, en niños, un crecimiento menor al esperado), una deficiencia nutricional significativa, dependencia de suplementos o de alimentación por sonda, o una interferencia marcada en la vida psicosocial, por ejemplo no poder comer en público ni en reuniones.

    Quedan fuera los casos en que no hay comida disponible o la práctica es cultural, aquellos en que ocurre solo durante una anorexia o una bulimia con preocupación por el peso y la figura, y los que se explican por una enfermedad médica u otro trastorno mental (American Psychiatric Association, 2013). Por eso el diagnóstico necesita una evaluación completa y no se hace con un cuestionario.

    Una revisión de alcance de 78 publicaciones de 14 países concluyó que la evidencia sostiene al ARFID como una condición clínica distinta, aunque el conocimiento sigue siendo limitado en todas las áreas (Bourne et al., 2020).

    ¿Cuáles son los síntomas del ARFID?

    Los síntomas dependen de qué impulsa la restricción. Se describen tres presentaciones, y una misma persona puede tener más de una (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023). En un estudio de adultos tratados en un programa especializado, la mayoría tenía más de un mecanismo de mantenimiento a la vez (MacDonald et al., 2024).

    • Presentación sensorial. La comida se rechaza por cómo se siente en la boca o por cómo huele y se ve. Suele haber una lista corta de alimentos “seguros”, muchas veces carbohidratos procesados o crujientes, fidelidad a una marca o a una forma de preparación, y rechazo de grupos enteros como verduras, frutas o carnes. Probar algo no aceptado puede provocar asco intenso y arcadas (Zucker et al., 2018).
    • Miedo a las consecuencias. Aparece a menudo después de un episodio de atragantamiento, vómitos o dolor al comer, aunque también puede instalarse sin un evento claro. La persona se limita a purés, líquidos o texturas blandas, mastica en exceso, revisa cada bocado o evita comer con otros por pánico a ahogarse o vomitar (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023).
    • Poco interés o poco apetito. Se come poco aunque no haya rechazo a nada en particular. Hay saciedad rápida, se “olvida” comer, la comida resulta aburrida y la persona deja el plato a medias. Si el rechazo no viene del asco ni del miedo, es más fácil que pase inadvertido (Zucker et al., 2018).

    Otras señales que suelen acompañar al cuadro son pedir siempre lo mismo, rechazar alimentos nuevos aunque tengan buen aspecto, tardar mucho en cada comida y evitar situaciones donde se come: fiestas, viajes, restaurantes, la casa de amigos.

    Un detalle importante es lo que falta: en el ARFID la restricción ocurre sin deseo de adelgazar y sin distorsión de la imagen corporal. Quien lo vive no suele sentirse “gordo” ni quiere bajar de peso (American Psychiatric Association, 2013).

    ¿ARFID o simplemente ser mañoso para comer?

    Casi todos los niños pasan por una etapa de rechazar alimentos nuevos, y esa etapa no es un trastorno. La diferencia entre la selectividad habitual y el ARFID está en cuánto dura, cuánto afecta al cuerpo y cuánto condiciona la vida (Zucker et al., 2018).

    Mañoso para comer (habitual)ARFID
    EvoluciónEtapa del desarrollo que tiende a pasarSe prolonga y no suele resolverse solo
    Crecimiento y nutriciónCrece y sube de peso con normalidad; acepta sustitutos dentro de cada grupo de alimentosPuede haber estancamiento del peso o la talla, deficiencias de nutrientes o necesidad de suplementos
    Variedad de alimentosRechaza algunos, pero la dieta sigue siendo suficientePuede eliminar grupos enteros y quedarse con pocos alimentos
    Reacción ante el alimento rechazadoProtesta o lo deja a un lado; con exposición repetida puede llegar a probarloAsco intenso, arcadas, angustia o pánico
    Vida familiar y socialPoca interferenciaConflicto frecuente en las comidas y evitación de situaciones sociales con comida

    Esta tabla orienta, y el diagnóstico lo hace un profesional. En adultos, un estudio comparó a personas selectivas con y sin síntomas de ARFID: quienes tenían síntomas de ARFID reportaron más malestar que los comedores típicos y que los selectivos sin ARFID, y un malestar similar al de personas con actitudes propias de un trastorno alimentario (Zickgraf et al., 2016). Dicho de otra forma, cuando la selectividad duele de verdad, merece atención.

    ARFID y anorexia nerviosa: en qué se diferencian

    En ambos trastornos hay restricción de alimentos y puede haber bajo peso y desnutrición, y por eso se confunden. Lo que cambia es la razón de fondo (American Psychiatric Association, 2013; Zucker et al., 2018):

    • En la anorexia nerviosa, la restricción busca controlar el peso y la figura, y hay miedo intenso a engordar y alteración de la imagen corporal.
    • En el ARFID, la restricción nace del rechazo sensorial, del miedo a atragantarse o vomitar, o de la falta de apetito, y la persona no busca adelgazar.

    La diferencia se nota en el tratamiento: lo que se trabaja en la anorexia (la imagen corporal, el miedo a engordar) no es el centro en el ARFID, donde se trabaja ampliar la variedad, aumentar la cantidad y bajar el asco o el miedo hacia los alimentos. Si quieres ver cómo es la anorexia en detalle, hay una guía de anorexia nerviosa: síntomas y tratamiento. Y si lo que te preocupa es una obsesión con comer “puro”, se trata de otra cosa: la ortorexia.

    ¿Qué tan común es el ARFID?

    La respuesta depende de dónde se mida, y por eso las cifras varían tanto. Un metaanálisis de 26 estudios con 122.861 personas estimó una prevalencia de 11,14 % (IC 95 % 8,16 a 14,5) con el método habitual, y de 4,51 % (IC 95 % 0,7 a 10,68) al dar más peso a los estudios de mejor calidad. Los autores concluyen que, incluso con la cifra más conservadora, el ARFID es un trastorno común que merece más investigación y más servicios (Nicholls-Clow et al., 2024).

    En niños y adolescentes, una revisión sistemática de 30 estudios encontró que en servicios especializados en trastornos alimentarios el ARFID representaba entre 5 % y 22,5 % de los pacientes, y en clínicas de alimentación entre 32 % y 64 %. En muestras de la población general, las cifras iban de 0,3 % a 15,5 % (Sanchez-Cerezo et al., 2023). Es un rango enorme, porque los estudios usan criterios y muestras distintas.

    En Canadá, una vigilancia pediátrica nacional contó 2,02 casos nuevos por 100.000 niños de 5 a 18 años que llegaron a atención (207 casos, edad promedio de 13 años, 61 % mujeres). Los mayores consultaban con más pérdida de apetito y más compromiso médico (Katzman et al., 2021). No contamos con cifras chilenas, y conviene tomar con cautela cualquier número que se presente como “el” porcentaje.

    ARFID en niños y adolescentes

    En la infancia, el ARFID suele empezar temprano: los perfiles sensorial y de poco interés se notan ya en los primeros años, mientras que el de miedo puede aparecer a cualquier edad después de un episodio desagradable (Zucker et al., 2018). Tiende a mantenerse si no hay una intervención oportuna, a diferencia de la selectividad pasajera (Zucker et al., 2018).

    También es frecuente que no venga solo. En la revisión de Sanchez-Cerezo y colegas, la ansiedad aparecía entre 9,1 % y 72 % de los casos y el autismo entre 8,2 % y 54,75 %, de nuevo con un rango muy amplio (Sanchez-Cerezo et al., 2023). En una muestra de 74 niños y adolescentes evaluados con entrevistas estructuradas, 45 % tenía otro diagnóstico psiquiátrico en ese momento y 53 % lo había tenido alguna vez. Las dificultades sensoriales se asociaron con trastornos del neurodesarrollo, de ansiedad y del ánimo, y el miedo a las consecuencias, con ansiedad (Kambanis et al., 2020).

    Esa misma muestra mostró que 8 % tenía ideas o conductas suicidas en ese momento y 14 % las había tenido alguna vez (Kambanis et al., 2020). Es un dato para tener presente: el ARFID va más allá de la comida, y el sufrimiento emocional puede ser grande.

    ¿Qué consecuencias tiene en el cuerpo?

    Una revisión de 132 estudios en niños y jóvenes de hasta 25 años encontró bajo peso, deficiencias nutricionales y baja densidad mineral ósea. El ARFID puede darse en todo el espectro de peso, aunque la mayoría de los casos estaba entre un peso saludable y bajo peso. Algunos jóvenes presentaban pulso lento (bradicardia) y presión baja, y su frecuencia cardíaca era en promedio 12,9 latidos por minuto más alta que la de quienes tenían anorexia, una diferencia que los autores plantean que podría deberse a la cronicidad (James et al., 2024).

    Tener un peso “normal” no descarta un problema: los autores subrayan que muchos jóvenes con ARFID no están bajos de peso y aun así presentan complicaciones (James et al., 2024). Por eso, en los niños, el pediatra revisa las curvas de crecimiento, y no solo cuánto come el niño en un día.

    ARFID en adultos: cómo se ve y cómo se trata

    El ARFID no es solo de la infancia. Una encuesta con 2.424 adultos alemanes midió síntomas autoinformados de ARFID en 0,8 % de la población (0,8 % de las mujeres y 0,9 % de los hombres), con un perfil parecido al de los jóvenes y distinto del de otros trastornos alimentarios. Los autores aclaran que, para confirmar un diagnóstico, hace falta una entrevista clínica (Hilbert et al., 2021).

    En los adultos, la interferencia social cambia. Un niño pequeño come cosas parecidas a las de sus compañeros y hay pocos eventos sociales centrados en comer. En la adultez, las comidas de trabajo, las citas y los viajes se vuelven difíciles de manejar y la ansiedad social aumenta (Zucker et al., 2018). Si te pasa esto, quizás te sirva leer sobre la ansiedad social, que suele acompañar al cuadro.

    En el estudio de 42 adultos atendidos en un programa terciario, 43 % tenía un trastorno del neurodesarrollo, más de la mitad un trastorno del ánimo o de ansiedad, 40 % estrés postraumático y 35 % una condición médica que afectaba el comer o la digestión. Quienes recibieron terapia cognitivo-conductual individual mostraron buenas tasas de finalización y de resultados (MacDonald et al., 2024). Es un estudio de fichas clínicas, sin grupo comparativo, así que sirve para describir y no para demostrar eficacia.

    ARFID, autismo y TDAH

    La relación con el autismo es de las más estudiadas. Un metaanálisis de 21 estudios halló que 16,3 % de las personas con ARFID tenía autismo (IC 95 % 8,6 a 28,5), y que 11,4 % de las personas autistas tenía ARFID (IC 95 % 2,9 a 35,8). Los autores sugieren buscar el ARFID en las personas autistas y el autismo en quienes tienen ARFID (Sader et al., 2025). Una revisión de alcance agrega que las presentaciones tipo ARFID son comunes en niños y jóvenes autistas, que la sensorialidad es el motor más descrito, y que faltan ensayos que prueben los tratamientos (Bourne et al., 2022). Si te interesa ese cruce, tienes una guía sobre autismo y alimentación selectiva en niños.

    Con el TDAH hay un punto práctico. El capítulo de Zucker y colegas en el Oxford Handbook of Eating Disorders describe casos de niños con ARFID y TDAH en los que los estimulantes, que reducen el apetito, empeoraron la restricción, y donde la inquietud para permanecer sentado dificultaba terminar las comidas (Zucker et al., 2018). Quien tome o vaya a tomar medicación por TDAH y tenga una alimentación muy restringida debe avisarlo a su médico. Hay más sobre eso en TDAH y alimentación.

    ¿Cómo se evalúa el ARFID?

    Según una revisión a diez años del diagnóstico, la evaluación suele ser de equipo. Incluye una historia clínica (desde cuándo, si hubo un evento desencadenante, cuántos alimentos acepta), un examen físico, el control del crecimiento en niños, exámenes cuando corresponde y una revisión de la dieta. También busca descartar causas médicas del rechazo, como reflujo, alergias o problemas para tragar, porque pueden causar o mantener la evitación (American Psychiatric Association, 2013; Fisher et al., 2023).

    Existe un cuestionario de cribado de nueve ítems, el Nine Item ARFID Screen (NIAS), que mide tres patrones de restricción y se usa en la investigación y en la clínica, con una validación posterior de sus subescalas (Zickgraf y Ellis, 2018; Burton Murray et al., 2021). Esta página no trae un test con puntaje: no contamos con los ítems ni los cortes verificados para ofrecerlo, y sumar puntos para decirte “tienes ARFID” daría una respuesta que un cuestionario solo no puede dar. La entrevista con un profesional pregunta lo que importa: cuántos alimentos come, qué pasa cuando prueba algo nuevo, qué evita, cómo ha cambiado su peso o su crecimiento.

    ¿Cómo se trata el ARFID?

    Es un tratamiento relativamente nuevo y la evidencia todavía es pequeña. Una revisión de alcance de 50 estudios encontró que casi la mitad eran estudios de caso único y que se habían usado intervenciones conductuales, terapia cognitivo-conductual y terapia familiar con componentes parecidos: exposición a los alimentos, psicoeducación, manejo de la ansiedad y participación de la familia. Las muestras eran pequeñas y los resultados se medían de formas muy distintas (Willmott et al., 2024).

    El metaanálisis más reciente, con 40 artículos en la revisión y 17 en el análisis, reunió terapias psicológicas en adolescentes y adultos. Hubo una reducción de tamaño medio de los síntomas del ARFID (g = 0,63), un aumento grande del peso (g = 1,26), una baja media de la ansiedad (g = 0,42) y una baja pequeña de la depresión (g = 0,34). Los autores advierten que la base es pequeña, se apoya sobre todo en estudios de caso y serie de casos, y que hacen falta ensayos aleatorizados con más participantes (Winten et al., 2026).

    Dentro de ese conjunto, hay dos enfoques que tienen estudios propios:

    • Terapia cognitivo-conductual para ARFID (CBT-AR). Es un tratamiento con manual, de 20 a 30 sesiones, que se hace de forma individual o con la familia. Empieza con psicoeducación y con regularizar las comidas, sigue con un mapa de qué alimentos son seguros y cuáles desafiantes, y avanza con exposición gradual: probar alimentos en sesión, tolerar sensaciones desagradables en la garganta o el estómago, y practicar en la vida real (Thomas y Eddy, 2019). En un estudio de viabilidad con 20 niños y adolescentes de 10 a 17 años, 17 completaron el tratamiento, 85 % fue calificado como “mucho” o “muchísimo mejor”, incorporaron en promedio 16,7 alimentos nuevos y 70 % ya no cumplía los criterios al final; los que tenían bajo peso subieron 5,2 kilos en promedio (11,5 libras) (Thomas et al., 2020). En adultos, 14 de 15 participantes completaron el tratamiento, 80 % mejoró mucho, incorporaron 18 alimentos nuevos y 47 % dejó de cumplir los criterios (Thomas et al., 2021). Ninguno de los dos estudios tuvo grupo de comparación.
    • Tratamiento basado en la familia (FBT-ARFID). Los padres asumen al comienzo la tarea de organizar las comidas y exponer al niño a alimentos desafiantes. En un ensayo de viabilidad con 28 niños asignados al azar a este tratamiento o a la atención habitual, hubo diferencias de tamaño moderado a grande en peso y gravedad a favor del FBT-ARFID, y una gran mejora en la confianza de los padres. El estudio fue pequeño y su objetivo era saber si un ensayo mayor se podía hacer (Lock et al., 2019).

    Detrás de esas cifras hay una idea común: la exposición gradual, repetida y sin castigo. En la presentación sensorial se trabaja con curiosidad y sin presión, por ejemplo mirar, oler, tocar y describir un alimento antes de probarlo. En la de miedo se practica tolerar de a poco las sensaciones que se temen. En la de poco interés se ordenan horarios y se aumenta el volumen y la frecuencia de las comidas (Thomas y Eddy, 2019; Zucker et al., 2018).

    Los estudios revisados miden sobre todo el cambio entre el inicio y el final del tratamiento (Winten et al., 2026), así que se sabe poco de cómo evolucionan las personas años después, y cualquier promesa de “se resuelve en X semanas” excede lo que se sabe. Sí hay un mensaje claro en las revisiones: cada persona necesita un abordaje individual, con la participación de varios profesionales (Fisher et al., 2023).

    ¿Cómo ayudar en casa a un niño con ARFID?

    Estas pautas vienen de los capítulos clínicos y de las revisiones del tema, no de ensayos sobre consejos a padres; son un punto de partida mientras se consigue una evaluación (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023).

    Lo que suele ayudar

    • Cuidar el ambiente de la mesa. Que la comida sea un momento tranquilo y sin pelea, más que una prueba. Un niño que llega angustiado a comer tiene menos chances de probar algo nuevo.
    • Repartir los roles. Los adultos deciden qué se sirve, cuándo y dónde; el niño decide cuánto come de lo que hay. Los horarios regulares (comidas principales y colaciones) ayudan a que aparezca el hambre.
    • Servir siempre al menos un alimento seguro, de modo que nadie se quede sin comer, y ofrecer cantidades mínimas del alimento nuevo en un plato aparte, sin exigir que lo pruebe.
    • Convertirlo en exploración. Mirar, oler, tocar y describir un alimento (“crujiente”, “salado”, “blando”) sin decir si gusta o no es una forma de acercarse sin presión.

    Lo que conviene evitar

    • Forzar, chantajear o castigar. La regla del “un bocado para levantarte” puede asociar la comida con angustia y reforzar el rechazo.
    • Comentar cada bocado, comparar con hermanos o llenar de elogios exagerados cada avance, porque aumenta la presión.
    • Buscar culpables. Culpar al niño por terco o a los padres por blandos no ayuda: el ARFID tiene factores sensoriales, de miedo y de apetito que no se resuelven con más firmeza.

    Si además hay autismo, hay una guía más específica con pautas para el hogar en autismo y alimentación selectiva en niños.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Conviene consultar al pediatra o al médico, sin esperar a que “se le pase”, si ocurre alguno de estos puntos:

    • Pérdida de peso, o un niño que dejó de subir de peso o de crecer como se esperaba.
    • Una dieta cada vez más reducida, o que elimina grupos enteros de alimentos, o dependencia de suplementos para completar lo que come.
    • Miedo intenso a atragantarse o a vomitar que cambia lo que come.
    • Mareos, cansancio marcado, desmayos o pulso lento, que son señales médicas que no deben esperar.
    • Síntomas digestivos persistentes (dolor, estreñimiento, reflujo, vómitos).
    • Comidas que generan angustia desbordante, o evitación de colegios, fiestas y reuniones por la comida.

    En adultos aplica lo mismo, y además importa consultar si la restricción te está quitando trabajo, relaciones o libertad para viajar y comer con otros. No hace falta cumplir una lista de criterios para pedir ayuda.

    Si hay pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida, es una urgencia: en Chile puedes llamar desde un celular al 4141 con un asterisco antes (*4141), la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud, que es gratuita, o ir a un servicio de urgencia. Si quien está mal es otra persona, esta guía explica qué decir y dónde llamar.

    Lo habitual es un equipo: pediatra o médico, psicólogo o psicóloga clínica con experiencia en trastornos alimentarios, nutricionista y, según el caso, psiquiatra, terapeuta ocupacional o fonoaudiólogo. Si dudas por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede orientarte, y estas preguntas para elegir un psicólogo sirven para la primera sesión. Para información general en español sobre trastornos de la conducta alimentaria, MedlinePlus tiene material, y la Asociación Americana de Psiquiatría describe el ARFID en su página para pacientes (en inglés).

    Si quieres conversar tu caso, o el de tu hijo o hija, puedes escribir para agendar una consulta. En la primera sesión se revisa cómo es la alimentación, qué la mantiene (sensorial, miedo o poco apetito), qué riesgos médicos hay y qué paso conviene dar primero.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es el ARFID?

    Es el trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos: comer muy poco o muy pocos alimentos por rechazo sensorial, miedo a atragantarse o vomitar, o falta de interés, sin preocupación por el peso ni por la figura. Se diagnostica cuando la restricción afecta la nutrición, el peso o la vida social (American Psychiatric Association, 2013).

    ¿Cuáles son los síntomas del ARFID?

    Lista corta de alimentos aceptados, rechazo de texturas, olores o colores, arcadas ante lo no preferido, miedo a atragantarse o vomitar, poco apetito o saciedad rápida, y evitación de comidas sociales. Pueden sumarse pérdida de peso, falta de crecimiento y deficiencias nutricionales (Zucker et al., 2018; James et al., 2024).

    ¿El ARFID es lo mismo que ser mañoso para comer?

    No. La selectividad habitual es una etapa del desarrollo en que el niño crece con normalidad y acepta suficiente variedad. En el ARFID la restricción se prolonga y afecta el peso, la nutrición o la vida social, con reacciones de asco, arcadas o pánico (Zucker et al., 2018).

    ¿El ARFID existe en adultos?

    Sí. Una encuesta alemana encontró síntomas autoinformados en 0,8 % de los adultos, con un perfil similar al de los jóvenes. En la adultez suele notarse por la dificultad para comer en público y la evitación de eventos sociales, y hace falta una entrevista para confirmar el diagnóstico (Hilbert et al., 2021; Zucker et al., 2018).

    ¿El ARFID tiene tratamiento?

    Sí, aunque la evidencia aún es pequeña. La terapia cognitivo-conductual para ARFID y el tratamiento basado en la familia mostraron mejoras en estudios de viabilidad, y un metaanálisis de terapias en adolescentes y adultos halló mejoras en síntomas, peso y ansiedad. Faltan ensayos aleatorizados grandes (Winten et al., 2026; Thomas et al., 2020; Lock et al., 2019).

    ¿Hay relación entre el ARFID y el autismo?

    Sí. Un metaanálisis encontró autismo en 16,3 % de las personas con ARFID y ARFID en 11,4 % de las personas autistas, y la sensorialidad es el motor más descrito en niños y jóvenes autistas. Por eso conviene revisar ambos cuando uno de los dos está presente (Sader et al., 2025; Bourne et al., 2022).

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Bourne, L., Bryant-Waugh, R., Cook, J., & Mandy, W. (2020). Avoidant/restrictive food intake disorder: A systematic scoping review of the current literature. Psychiatry Research, 288, Artículo 112961. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2020.112961
    • Bourne, L., Mandy, W., & Bryant-Waugh, R. (2022). Avoidant/restrictive food intake disorder and severe food selectivity in children and young people with autism: A scoping review. Developmental Medicine & Child Neurology, 64(6), 691-700. https://doi.org/10.1111/dmcn.15139
    • Burton Murray, H., Dreier, M. J., Zickgraf, H. F., Becker, K. R., Breithaupt, L., Eddy, K. T., & Thomas, J. J. (2021). Validation of the nine item ARFID screen (NIAS) subscales for distinguishing ARFID presentations and screening for ARFID. International Journal of Eating Disorders, 54(10), 1782-1792. https://doi.org/10.1002/eat.23520
    • Fisher, M., Zimmerman, J., Bucher, C., & Yadlosky, L. (2023). ARFID at 10 years: A review of medical, nutritional and psychological evaluation and management. Current Gastroenterology Reports, 25(12), 421-429. https://doi.org/10.1007/s11894-023-00900-w
    • Hilbert, A., Zenger, M., Eichler, J., & Brähler, E. (2021). Psychometric evaluation of the Eating Disorders in Youth-Questionnaire when used in adults: Prevalence estimates for symptoms of avoidant/restrictive food intake disorder and population norms. International Journal of Eating Disorders, 54(3), 399-408. https://doi.org/10.1002/eat.23424
    • James, R. M., O’Shea, J., Micali, N., Russell, S. J., & Hudson, L. D. (2024). Physical health complications in children and young people with avoidant restrictive food intake disorder (ARFID): A systematic review and meta-analysis. BMJ Paediatrics Open, 8(1), e002595. https://doi.org/10.1136/bmjpo-2024-002595
    • Kambanis, P. E., Kuhnle, M. C., Wons, O. B., Jo, J. H., Keshishian, A. C., Hauser, K., Becker, K. R., Franko, D. L., Misra, M., Micali, N., Lawson, E. A., Eddy, K. T., & Thomas, J. J. (2020). Prevalence and correlates of psychiatric comorbidities in children and adolescents with full and subthreshold avoidant/restrictive food intake disorder. International Journal of Eating Disorders, 53(2), 256-265. https://doi.org/10.1002/eat.23191
    • Katzman, D. K., Spettigue, W., Agostino, H., Couturier, J., Dominic, A., Findlay, S. M., Lam, P.-Y., Lane, M., Maguire, B., Mawjee, K., Parikh, S., Steinegger, C., Vyver, E., & Norris, M. L. (2021). Incidence and age- and sex-specific differences in the clinical presentation of children and adolescents with avoidant restrictive food intake disorder. JAMA Pediatrics, 175(12), e213861. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2021.3861
    • Lock, J., Sadeh-Sharvit, S., & L’Insalata, A. (2019). Feasibility of conducting a randomized clinical trial using family-based treatment for avoidant/restrictive food intake disorder. International Journal of Eating Disorders, 52(6), 746-751. https://doi.org/10.1002/eat.23077
    • MacDonald, D. E., Liebman, R., & Trottier, K. (2024). Clinical characteristics, treatment course and outcome of adults treated for avoidant/restrictive food intake disorder (ARFID) at a tertiary care eating disorders program. Journal of Eating Disorders, 12, Artículo 15. https://doi.org/10.1186/s40337-024-00973-6
    • Nicholls-Clow, R., Simmonds-Buckley, M., & Waller, G. (2024). Avoidant/restrictive food intake disorder: Systematic review and meta-analysis demonstrating the impact of study quality on prevalence rates. Clinical Psychology Review, 114, Artículo 102502. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2024.102502
    • Sader, M., Weston, A., Buchan, K., Kerr-Gaffney, J., Gillespie-Smith, K., Sharpe, H., & Duffy, F. (2025). The co-occurrence of autism and avoidant/restrictive food intake disorder (ARFID): A prevalence-based meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 58(3), 473-488. https://doi.org/10.1002/eat.24369
    • Sanchez-Cerezo, J., Nagularaj, L., Gledhill, J., & Nicholls, D. (2023). What do we know about the epidemiology of avoidant/restrictive food intake disorder in children and adolescents? A systematic review of the literature. European Eating Disorders Review, 31(2), 226-246. https://doi.org/10.1002/erv.2964
    • Thomas, J. J., Becker, K. R., Breithaupt, L., Murray, H. B., Jo, J. H., Kuhnle, M. C., Dreier, M. J., Harshman, S., Kahn, D. L., Hauser, K., Slattery, M., Misra, M., Lawson, E. A., & Eddy, K. T. (2021). Cognitive-behavioral therapy for adults with avoidant/restrictive food intake disorder. Journal of Behavioral and Cognitive Therapy, 31(1), 47-55. https://doi.org/10.1016/j.jbct.2020.10.004
    • Thomas, J. J., Becker, K. R., Kuhnle, M. C., Jo, J. H., Harshman, S. G., Wons, O. B., Keshishian, A. C., Hauser, K., Breithaupt, L., Liebman, R. E., Misra, M., Wilhelm, S., Lawson, E. A., & Eddy, K. T. (2020). Cognitive-behavioral therapy for avoidant/restrictive food intake disorder: Feasibility, acceptability, and proof-of-concept for children and adolescents. International Journal of Eating Disorders, 53(10), 1636-1646. https://doi.org/10.1002/eat.23355
    • Thomas, J. J., & Eddy, K. T. (2019). Cognitive-behavioral therapy for avoidant/restrictive food intake disorder: Children, adolescents, and adults. Cambridge University Press.
    • Willmott, E., Dickinson, R., Hall, C., Sadikovic, K., Wadhera, E., Micali, N., Trompeter, N., & Jewell, T. (2024). A scoping review of psychological interventions and outcomes for avoidant and restrictive food intake disorder (ARFID). International Journal of Eating Disorders, 57(1), 27-61. https://doi.org/10.1002/eat.24073
    • Winten, C. G., Strodl, E., Kambanis, P. E., Ross, L. J., & Thomas, J. J. (2026). A systematic review and meta-analysis of psychological therapies for avoidant/restrictive food intake disorder (ARFID) in adolescents and adults. International Journal of Eating Disorders, 59(7), 1403-1425. https://doi.org/10.1002/eat.70086
    • Zickgraf, H. F., & Ellis, J. M. (2018). Initial validation of the Nine Item Avoidant/Restrictive Food Intake disorder screen (NIAS): A measure of three restrictive eating patterns. Appetite, 123, 32-42. https://doi.org/10.1016/j.appet.2017.11.111
    • Zickgraf, H. F., Franklin, M. E., & Rozin, P. (2016). Adult picky eaters with symptoms of avoidant/restrictive food intake disorder: Comparable distress and comorbidity but different eating behaviors compared to those with disordered eating symptoms. Journal of Eating Disorders, 4, Artículo 26. https://doi.org/10.1186/s40337-016-0110-6
    • Zucker, N., Arena, C., Dable, C., Hill, J., Hubble, C., Sohl, E., & Yoon, J. (2018). Selective eating: Normative developmental phase or clinical condition? En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed., pp. 419-437). Oxford University Press.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Ortorexia: qué es, síntomas y cuándo preocuparse

    Ortorexia: qué es, síntomas y cuándo preocuparse

    Si llegaste buscando “ortorexia”, probablemente te pasa algo parecido a esto: comer sano dejó de ser una preferencia y se volvió una exigencia. Lees etiquetas durante minutos, la lista de alimentos prohibidos crece cada mes, y si te sirven algo fuera de tus reglas sientes culpa o miedo a haberte hecho daño. Quizás es alguien cercano quien cambió, y ahora rechaza las cenas familiares porque no puede controlar qué lleva el plato.

    La ortorexia nerviosa es una obsesión con la comida sana: lo que preocupa es la calidad del alimento, no la cantidad ni el peso. Aquí vas a ver qué es la ortorexia y cuáles son sus síntomas, cómo se reconoce, en qué se diferencia de la anorexia, del TOC y de simplemente cuidarse, qué tan común es y qué se sabe de su tratamiento. Todo sale de revisiones, un consenso internacional de expertos y estudios publicados, y cuando la evidencia es escasa (en ortorexia lo es bastante), lo decimos. Si buscas la visión de conjunto, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: la ortorexia nerviosa es una preocupación obsesiva por comer de forma “sana” o “pura”, con reglas rígidas, culpa cuando se rompen y un costo real en la salud, el ánimo o la vida social. No figura como diagnóstico oficial en el DSM-5 ni en la CIE-11, aunque en 2022 un grupo internacional de expertos propuso criterios para definirla. Se distingue de la anorexia en que el objetivo es la salud y no la delgadez. Comer sano, por sí solo, no es ortorexia: lo que la marca es la rigidez, el sufrimiento y el deterioro.

    ¿Qué es la ortorexia nerviosa? Definición y significado

    La ortorexia nerviosa es una fijación patológica con comer de forma saludable: la persona sigue reglas dietéticas rígidas sobre qué es “puro” y qué es “tóxico”, pasa mucho tiempo planificando, comprando y preparando la comida, y su autoestima depende de cumplir esas reglas (Donini et al., 2022). El término se usa desde 1997, cuando el médico estadounidense Steven Bratman lo propuso a partir de las palabras griegas para “correcto” y “apetito” (Dunn y Bratman, 2016).

    El significado y el origen del nombre ayudan a entender el cuadro. Bratman lo observó en pacientes cuyas dietas, pensadas para cuidar la salud, terminaban provocando desnutrición y aislamiento. Una revisión de la literatura escrita por Bratman junto con Thomas Dunn señala que el concepto nació en una revista de yoga, antes de entrar a la literatura científica, y que sus estudios tenían limitaciones serias (Dunn y Bratman, 2016).

    Quienes lo viven describen los alimentos en pares: puros, limpios, naturales y seguros de un lado; procesados, tratados, contaminados o tóxicos del otro. Qué entra en cada lista cambia según la persona, la cultura o la moda del momento, y eso explica por qué dos personas con ortorexia pueden comer de forma muy distinta (Donini et al., 2022).

    ¿La ortorexia es un trastorno oficial? Qué dicen el DSM-5 y la CIE-11

    Todavía no. La ortorexia nerviosa no aparece como diagnóstico en el DSM-5 ni en la CIE-11, y la literatura la trata como un síndrome emergente en estudio (American Psychiatric Association, 2013; Allison y Lundgren, 2018). Es más una pregunta abierta que una etiqueta cerrada.

    Lo que sí existe desde 2022 es un documento de consenso elaborado con 47 especialistas de 14 países, que votaron en tres rondas (método Delphi) y acordaron 27 enunciados con al menos 75 % de acuerdo. Es la primera definición compartida, y los propios autores aclaran que se apoya en la opinión de expertos y que faltan estudios para saber cómo se previene o se detecta a tiempo (Donini et al., 2022). Un resumen de sus criterios:

    • Preocupación y reglas rígidas sobre la comida “saludable”, con mucho tiempo dedicado a planificar, comprar, preparar o comer.
    • Malestar emocional (ansiedad, culpa, disforia) cuando se rompen las reglas, y una autoestima que depende de cumplirlas.
    • Consecuencias: una dieta desequilibrada que afecta la salud física o mental, o un deterioro en el trabajo, los estudios o las relaciones.
    • Duración: síntomas durante al menos 6 meses, o 3 meses si hay un deterioro grave de la salud o del funcionamiento.
    • Exclusiones: que la dieta no se explique por una indicación médica estándar (alergias, enfermedad renal, celiaquía), por razones religiosas, éticas o económicas, ni por ideas delirantes.

    Antes de ese consenso, una revisión de la literatura encontró que la mayoría de los trabajos ni siquiera fijaba criterios, y que los que sí lo hacían coincidían en tres ideas: la preocupación obsesiva por comer sano, el malestar al romper las reglas y el deterioro en áreas importantes de la vida o la desnutrición (Cena et al., 2019).

    Ortorexia: síntomas y señales de alarma

    Los síntomas de la ortorexia se reconocen por tres cosas juntas: reglas de alimentación inflexibles, culpa o miedo cuando se rompen, y un costo en la vida diaria. Una sola de estas señales no alcanza; lo que pesa es el conjunto y que se sostenga en el tiempo (Donini et al., 2022; Dunn y Bratman, 2016).

    Área Qué suele aparecer
    Pensamientos La comida “sana” ocupa gran parte del día; ideas muy firmes de que ciertos alimentos enferman; la autoestima depende de cumplir las reglas
    Conductas Horas leyendo sobre alimentos, revisando etiquetas y cocinando; lista de prohibidos que crece; ayunos o “limpiezas” para compensar un desliz
    Emociones Ansiedad ante alimentos “impuros”, culpa y vergüenza tras romper una regla, irritabilidad
    Vida social Evitar comidas con otros, cenas, viajes o celebraciones; conflictos por la dieta; menos rendimiento en el trabajo o los estudios
    Cuerpo Cansancio, carencias de nutrientes y, en los casos más extremos, bajo peso o alteraciones hormonales como la pérdida de la menstruación

    Hay un detalle que complica el cuadro: la persona rara vez lo vive como un problema. Sus reglas le parecen razonables, incluso morales, y el entorno suele felicitarla por “cuidarse tanto”. Lo que la hace dudar suele ser el costo (el cansancio, la culpa, los amigos que dejaron de invitarla) más que la dieta en sí (Donini et al., 2022; Allison y Lundgren, 2018).

    ¿Cuándo comer sano deja de ser sano?

    Comer sano es flexible. Si un día no hay opción “ideal”, comes lo que hay, sin culpa, y la comida no define quién eres. En la ortorexia la flexibilidad desaparece y aparecen el miedo y la autovigilancia. Un estudio con dos muestras de universitarios (460 y 509 personas) separó dos cosas que se parecen por fuera: el interés por la alimentación saludable (que se asoció con más afecto positivo) y la ortorexia nerviosa (que se asoció con más afecto negativo y menos afecto positivo), según un trabajo publicado en PLOS ONE. Los autores sugieren que lo primero podría ser incluso protector, aunque es una hipótesis que falta confirmar (Barthels et al., 2019).

    Seguir una dieta vegetariana, vegana o sin gluten tampoco es ortorexia. Un menú vegano por razones éticas o ambientales, o una dieta sin gluten indicada por una enfermedad celíaca, queda fuera por definición. Se vuelve motivo de consulta cuando la exclusión supera lo que pide la indicación médica o la ética, y se sostiene por una idea de pureza y por miedo (Donini et al., 2022). Fairburn (2008) agrega una advertencia clínica: en quien ya tiene un trastorno alimentario, una dieta vegetariana a veces esconde una restricción.

    ¿En qué se diferencia de la anorexia, el TOC y el ARFID?

    La diferencia central es lo que busca la persona. En la ortorexia el objetivo es lograr la mejor salud posible; en la anorexia es bajar de peso o mantenerlo bajo por miedo a engordar. El consenso de 2022 también separa la ortorexia del TOC y del ARFID por el tipo de obsesión y el motivo de la restricción (Donini et al., 2022).

    Ortorexia nerviosa Anorexia nerviosa TOC ARFID
    Qué la mueve Pureza y salud Delgadez y miedo a engordar Obsesiones intrusivas y compulsiones Falta de interés, aversión a texturas o miedo inmediato (atragantarse, vomitar)
    Alcance de las obsesiones Solo la comida y la salud Peso, comida y cuerpo Varios temas (contaminación, orden, daño) No hay obsesión central; hay aversión o miedo
    El bajo peso Efecto secundario, no el objetivo Criterio del diagnóstico No forma parte del cuadro Marcador frecuente del cuadro

    En la ortorexia la autoestima depende de cumplir las reglas de alimentación; en la anorexia, del peso y la figura. Y mientras en el TOC las obsesiones se viven como intrusivas y no deseadas, en la ortorexia las ideas sobre la comida “pura” se sienten correctas y deseables, por eso cuesta tanto soltarlas (Donini et al., 2022; Allison y Lundgren, 2018).

    La relación con otros cuadros sigue en discusión. Una revisión sistemática de 42 estudios encontró que la ortorexia se relaciona de forma consistente con la restricción alimentaria y la búsqueda de controlar el peso, pero de forma menos constante con los atracones, el comer emocional o la insatisfacción corporal. Esto llevó a los autores a plantear que podría ser un trastorno alimentario distinto (Atchison y Zickgraf, 2022). Un metaanálisis de 36 estudios halló una asociación moderada con los síntomas de trastornos alimentarios (r = 0,36) y una menor con los síntomas obsesivo-compulsivos, y concluyó que la ortorexia se parece más a los primeros que al TOC, sin ser idéntica a ninguno (Zagaria et al., 2022).

    Otras revisiones piden cautela. En una revisión de 10 estudios, algunos trabajos sugerían que la ortorexia puede aparecer después de un trastorno alimentario completo y otros que ambos coexisten, y solo dos relacionaban la ortorexia con el TOC; los autores concluyen que la relación es complicada y poco clara (Pontillo et al., 2022). Una encuesta a 713 personas encontró que 3,8 % mostraba conductas ortoréxicas relevantes, que esas personas tenían menos bienestar, pero también que la ortorexia casi no sumaba capacidad para predecir el bienestar una vez considerada la alimentación patológica en general, lo que genera dudas sobre si es una categoría separada (Strahler et al., 2018). Y una revisión crítica lo resume en su propio título: mucha discusión y poca evidencia (Strahler y Stark, 2020).

    ¿Qué consecuencias tiene la ortorexia?

    La ortorexia puede traer carencias de nutrientes, problemas médicos y una calidad de vida más baja, además del costo social. Aunque nace del deseo de cuidar la salud, la dieta muy restringida puede terminar dañándola (Koven y Abry, 2015).

    • En el cuerpo: una dieta cada vez más selectiva puede llevar a déficit de vitaminas o minerales, anemia y, en los casos más graves, bajo peso y pérdida de la menstruación (Donini et al., 2022; Allison y Lundgren, 2018). Un caso clínico publicado describe el paso de las obsesiones con comer sano a una ortorexia nerviosa casi fatal (Moroze et al., 2015).
    • En el ánimo: culpa, ansiedad, dificultad para concentrarse porque la cabeza está en la comida, y a veces síntomas depresivos (Donini et al., 2022).
    • En la vida social y el trabajo: menos planes con otras personas, tensión en la pareja y la familia, y menos energía para estudiar o trabajar.
    • En otros trastornos alimentarios: el consenso de 2022 señala que la ortorexia puede preceder a otro trastorno alimentario, convivir con él o aparecer después como una forma “más aceptable” de seguir restringiendo (Donini et al., 2022).

    ¿Qué tan común es la ortorexia?

    No se sabe con precisión. Una revisión de 2021 concluyó que no hay datos confiables de prevalencia: según el grupo y el cuestionario usado, las cifras van de 6,9 % en población italiana a 88,7 % en estudiantes brasileños de nutrición, y los autores consideran que el test más usado, el ORTO-15, genera demasiados falsos positivos (Niedzielski y Kaźmierczak-Wojtaś, 2021).

    El mejor ejemplo de ese problema viene de un estudio con 275 universitarios estadounidenses. El ORTO-15 marcó “ortorexia” en 71 % de ellos. Pero cuando se miró quién además se tomaba muy en serio la alimentación sana y tenía problemas médicos o un deterioro en su vida diaria por esa dieta, quedó menos de 1 %. Los autores estiman que la ortorexia nerviosa, como la anorexia o la bulimia, no es un cuadro frecuente (Dunn et al., 2017).

    Con otra escala, la encuesta de 713 personas mencionada antes llegó a 3,8 % (Strahler et al., 2018). No encontramos cifras de prevalencia de ortorexia en Chile. Lo honesto es decir que muchas personas se interesan por comer sano, algunas lo hacen con rigidez y sufrimiento, y cuántas son todavía es incierto.

    ¿Por qué aparece? Factores de riesgo y lo que la mantiene

    No hay una causa única. Una revisión sistemática de factores psicosociales encontró que el perfeccionismo, los rasgos obsesivo-compulsivos, el haber tenido un trastorno alimentario, hacer dieta, la mala imagen corporal y el impulso de adelgazar se asocian con más ortorexia. El género y la autoestima, en general, no mostraron relación, y otros factores (edad, índice de masa corporal, ejercicio, dieta vegetariana) dieron resultados mixtos (McComb y Mills, 2019). Si el perfeccionismo te resuena, puedes revisar cuándo se vuelve un problema.

    Las redes sociales también aparecen en los estudios. En una encuesta a 680 personas que seguían cuentas de comida saludable, un uso mayor de Instagram se asoció con más síntomas de ortorexia, y ninguna otra red mostró ese efecto de forma clara. Es un estudio transversal, así que no prueba que Instagram cause el problema: también puede ser que quien ya tiene la preocupación pase más tiempo ahí (Turner y Lefevre, 2017).

    Una vez instalada, la ortorexia se sostiene con un círculo que se parece al de otros cuadros obsesivos y alimentarios. Una regla rígida lleva a una transgresión real o imaginada, que trae ansiedad y culpa; la persona intenta “compensar” con ayunos o limpiezas, y termina restringiendo más. Además, restringir “por salud” suele recibir aplauso, y eso tapa el deterioro (Allison y Lundgren, 2018; Fairburn, 2008).

    ¿Cómo se evalúa la ortorexia?

    La ortorexia se evalúa con una entrevista clínica que mira cuánto tiempo ocupa la comida, qué pasa cuando se rompe una regla, cuánto afecta la vida diaria y cómo está el cuerpo. Los cuestionarios sirven de apoyo, pero ninguno basta para diagnosticar (Donini et al., 2022).

    Durante años el instrumento más usado fue el ORTO-15, y hoy se le critica: no distingue entre una preocupación patológica y un estilo de vida saludable, y marca como “positivos” a porcentajes enormes de la población (Dunn et al., 2017; Niedzielski y Kaźmierczak-Wojtaś, 2021). Existen escalas posteriores, como la Düsseldorf Orthorexia Scale (DOS), la Teruel Orthorexia Scale (TOS) y el Orthorexia Nervosa Inventory (ONI), que intentan separar la preocupación sana de la patológica, pero se usan sobre todo en investigación y ninguna basta por sí sola para diagnosticar (Allison y Lundgren, 2018; Donini et al., 2022).

    Por eso en esta página no hay un test con puntaje. Sumar puntos de un cuestionario con problemas conocidos y decirte “tienes ortorexia” o “no la tienes” sería dar una respuesta que la evidencia actual no puede sostener. En cambio, una entrevista clínica hace las preguntas que sí importan: qué pasa si rompes una regla, cuánto tiempo ocupa la comida en tu día, qué dejaste de hacer por la dieta, y qué dice tu médico de tus exámenes. Si te preocupa la restricción o los atracones en general, existe un cribado breve para trastornos alimentarios (SCOFF), pero no está diseñado para ortorexia.

    Tratamiento de la ortorexia: ¿cómo se trata?

    No hay ensayos clínicos que hayan probado un tratamiento específico para la ortorexia. El consenso de 2022 destaca la falta de estudios sobre tratamiento, y una revisión previa señaló que faltan datos sobre resultados terapéuticos, aunque la práctica actual combina terapia cognitivo-conductual, psicoeducación y, a veces, medicación (Donini et al., 2022; Koven y Abry, 2015). Una revisión de 2023 vuelve sobre lo mismo: la falta de criterios diagnósticos formales dificulta evaluar y tratar con precisión a quienes la viven (Horovitz y Argyrides, 2023).

    En la práctica, los equipos adaptan lo que se conoce de los trastornos alimentarios y del TOC:

    • Terapia cognitivo-conductual: trabaja las reglas dicotómicas (“limpio” frente a “tóxico”), el perfeccionismo y la idea de que el valor personal depende de la disciplina con la comida. Se adapta de la terapia cognitivo-conductual mejorada para trastornos alimentarios (Fairburn, 2008).
    • Exposición gradual a los alimentos temidos, sin rituales compensatorios: es una técnica del tratamiento del TOC que se ha propuesto para la ortorexia, descrita en un capítulo clínico sin respaldo de ensayos propios (Zickgraf, 2020).
    • Acompañamiento nutricional y médico: el objetivo es recuperar una alimentación variada y social, no prescribir una dieta más estricta, y revisar si hay carencias o complicaciones (Donini et al., 2022; GuiaSalud, 2009).
    • Psicoeducación: desarmar mitos de la “comida limpia”, muchos amplificados por las redes, y mostrar el costo que tiene la rigidez.

    Las guías de práctica clínica (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence [NICE], 2017) indican que los cuadros no especificados se traten con el protocolo del trastorno al que más se parezcan. La medicación, cuando aparece, se plantea como apoyo ante una ansiedad o depresión importante y no como tratamiento único (GuiaSalud, 2009; Koven y Abry, 2015).

    ¿Cómo acompañar a alguien con ortorexia?

    Lo que más ayuda es no reorganizar la casa alrededor de las reglas ni entrar en debates sobre qué alimento es “tóxico”. Discutir con datos, en medio de una obsesión, casi nunca convence y suele subir la tensión (Treasure et al., 2007; Fairburn, 2008).

    • Evitar la acomodación: no cocinar siempre aparte ni cancelar planes para que la persona no se enfrente a sus miedos.
    • Mantener la calma: Treasure y colegas proponen la figura del San Bernardo, una presencia cálida y estable, lejos del enojo y de la angustia desbordada (Treasure et al., 2007).
    • Compartir actividades que no giren alrededor de la comida: paseos, juegos, proyectos.
    • Poner límites si la dieta se impone a niños u otras personas de la casa (Donini et al., 2022).
    • Decir lo que ves sin juzgar (“te extraño en las comidas, me preocupa verte tan cansada”) y ofrecer acompañarla a una consulta.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Conviene consultar cuando comer sano te genera culpa o miedo, ocupa gran parte de tu día, te aísla, o ya hay consecuencias en el cuerpo (cansancio persistente, pérdida de peso, falta de menstruación). No hace falta esperar a que sea “grave” ni a cumplir una lista de criterios. Mareos o desmayos frecuentes, latidos irregulares o una pérdida de peso rápida son motivo para una consulta médica pronto.

    Lo habitual es combinar a un psicólogo o psicóloga clínica con un médico y, si hace falta, un nutricionista con experiencia en trastornos alimentarios. Si dudas por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede orientarte, y estas preguntas para elegir un psicólogo sirven para la primera sesión. Para información general en español sobre trastornos alimentarios, MedlinePlus tiene material, y la guía NICE (en inglés) resume el tratamiento recomendado. Si la ortorexia convive con una obsesión más amplia, también puedes revisar el test de TOC como punto de partida, sabiendo que no reemplaza una evaluación.

    Si quieres conversar tu caso, o el de alguien cercano, puedes escribir para agendar una consulta. En la primera sesión se revisa qué ocurre con la comida, qué costos tiene y qué paso conviene dar primero.

    Preguntas frecuentes

    ¿La ortorexia es un trastorno reconocido?

    Todavía no como diagnóstico oficial: no está en el DSM-5 ni en la CIE-11. En 2022, 47 expertos de 14 países publicaron un consenso con criterios propuestos, que se encuadran dentro de los trastornos alimentarios y de la conducta alimentaria, pero siguen en estudio (Donini et al., 2022).

    ¿Cuál es la diferencia entre ortorexia y comer sano?

    Comer sano es flexible y no genera culpa ni aislamiento. La ortorexia implica reglas rígidas, miedo o culpa al romperlas y un costo en la salud, el ánimo o la vida social. Lo que la distingue es el sufrimiento y el deterioro, no el tipo de dieta (Donini et al., 2022; Barthels et al., 2019).

    ¿Cuáles son los síntomas de la ortorexia?

    Pasar mucho tiempo pensando, leyendo y planificando comida “saludable”, listas de alimentos prohibidos que crecen, culpa o ansiedad al comer fuera de las reglas, evitar comer con otros y, en casos extremos, carencias nutricionales o bajo peso (Donini et al., 2022; Dunn y Bratman, 2016).

    ¿La ortorexia es TOC o anorexia?

    Comparte rasgos con ambos, pero ninguno la describe del todo. A diferencia de la anorexia, no busca la delgadez; a diferencia del TOC, las ideas se viven como correctas y se limitan a la comida. Los estudios la relacionan más con los trastornos alimentarios que con el TOC (Zagaria et al., 2022; Atchison y Zickgraf, 2022).

    ¿Cuántas personas tienen ortorexia?

    Los estudios dan cifras que van de menos de 1 % a más de 80 % según el cuestionario y el grupo, y el test más usado marca demasiados falsos positivos, de modo que ninguna se considera confiable (Niedzielski y Kaźmierczak-Wojtaś, 2021; Dunn et al., 2017).

    ¿La ortorexia tiene tratamiento?

    Sí. Se trabaja con terapia cognitivo-conductual adaptada, exposición a los alimentos temidos, acompañamiento nutricional y médico, y psicoeducación, aunque todavía faltan ensayos específicos que midan cuánto ayuda cada parte (Koven y Abry, 2015; Zickgraf, 2020).

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Allison, K. C., & Lundgren, J. D. (2018). Emerging syndromes. En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Atchison, A. E., & Zickgraf, H. F. (2022). Orthorexia nervosa and eating disorder behaviors: A systematic review of the literature. Appetite, 177, Artículo 106134. https://doi.org/10.1016/j.appet.2022.106134
    • Barthels, F., Barrada, J. R., & Roncero, M. (2019). Orthorexia nervosa and healthy orthorexia as new eating styles. PLOS ONE, 14(7), Artículo e0219609. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0219609
    • Cena, H., Barthels, F., Cuzzolaro, M., Bratman, S., Brytek-Matera, A., Dunn, T., Varga, M., Missbach, B., & Donini, L. M. (2019). Definition and diagnostic criteria for orthorexia nervosa: A narrative review of the literature. Eating and Weight Disorders, 24(2), 209-246. https://doi.org/10.1007/s40519-018-0606-y
    • Donini, L. M., Barrada, J. R., Barthels, F., Dunn, T. M., Babeau, C., Brytek-Matera, A., Cena, H., Cerolini, S., Cho, H.-H., Coimbra, M., Cuzzolaro, M., Ferreira, C., Galfano, V., Grammatikopoulou, M. G., Hallit, S., Håman, L., Hay, P., Jimbo, M., Lasson, C., . . . Lombardo, C. (2022). A consensus document on definition and diagnostic criteria for orthorexia nervosa. Eating and Weight Disorders, 27(8), 3695-3711. https://doi.org/10.1007/s40519-022-01512-5
    • Dunn, T. M., & Bratman, S. (2016). On orthorexia nervosa: A review of the literature and proposed diagnostic criteria. Eating Behaviors, 21, 11-17. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2015.12.006
    • Dunn, T. M., Gibbs, J., Whitney, N., & Starosta, A. (2017). Prevalence of orthorexia nervosa is less than 1 %: Data from a US sample. Eating and Weight Disorders, 22(1), 185-192. https://doi.org/10.1007/s40519-016-0258-8
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • GuiaSalud. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Sistema Nacional de Salud de España.
    • Horovitz, O., & Argyrides, M. (2023). Orthorexia and orthorexia nervosa: A comprehensive examination of prevalence, risk factors, diagnosis, and treatment. Nutrients, 15(17), Artículo 3851. https://doi.org/10.3390/nu15173851
    • Koven, N. S., & Abry, A. W. (2015). The clinical basis of orthorexia nervosa: Emerging perspectives. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 11, 385-394. https://doi.org/10.2147/ndt.s61665
    • McComb, S. E., & Mills, J. S. (2019). Orthorexia nervosa: A review of psychosocial risk factors. Appetite, 140, 50-75. https://doi.org/10.1016/j.appet.2019.05.005
    • Moroze, R. M., Dunn, T. M., Craig Holland, J., Yager, J., & Weintraub, P. (2015). Microthinking about micronutrients: A case of transition from obsessions about healthy eating to near-fatal “orthorexia nervosa” and proposed diagnostic criteria. Psychosomatics, 56(4), 397-403. https://doi.org/10.1016/j.psym.2014.03.003
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Niedzielski, A., & Kaźmierczak-Wojtaś, N. (2021). Prevalence of orthorexia nervosa and its diagnostic tools: A literature review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(10), Artículo 5488. https://doi.org/10.3390/ijerph18105488
    • Pontillo, M., Zanna, V., Demaria, F., Averna, R., Di Vincenzo, C., De Biase, M., Di Luzio, M., Foti, B., Tata, M. C., & Vicari, S. (2022). Orthorexia nervosa, eating disorders, and obsessive-compulsive disorder: A selective review of the last seven years. Journal of Clinical Medicine, 11(20), Artículo 6134. https://doi.org/10.3390/jcm11206134
    • Strahler, J., Hermann, A., Walter, B., & Stark, R. (2018). Orthorexia nervosa: A behavioral complex or a psychological condition? Journal of Behavioral Addictions, 7(4), 1143-1156. https://doi.org/10.1556/2006.7.2018.129
    • Strahler, J., & Stark, R. (2020). Perspective: Classifying orthorexia nervosa as a new mental illness: Much discussion, little evidence. Advances in Nutrition, 11(4), 784-789. https://doi.org/10.1093/advances/nmaa012
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The new Maudsley method. Routledge.
    • Turner, P. G., & Lefevre, C. E. (2017). Instagram use is linked to increased symptoms of orthorexia nervosa. Eating and Weight Disorders, 22(2), 277-284. https://doi.org/10.1007/s40519-017-0364-2
    • Zagaria, A., Vacca, M., Cerolini, S., Ballesio, A., & Lombardo, C. (2022). Associations between orthorexia, disordered eating, and obsessive-compulsive symptoms: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 55(3), 295-312. https://doi.org/10.1002/eat.23654
    • Zickgraf, H. F. (2020). Treatment of pathologic healthy eating (orthorexia nervosa). En Advanced casebook of obsessive-compulsive and related disorders (pp. 21-40). Elsevier. https://doi.org/10.1016/b978-0-12-816563-8.00002-4

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Test de trastornos alimenticios (SCOFF) gratis

    Test de trastornos alimenticios (SCOFF) gratis

    Quizás llegaste buscando un test de trastornos alimenticios después de una semana en que la comida ocupó más espacio en tu cabeza del que quisieras: contar, compensar, esconder, prometerte que mañana sí. O porque alguien te dijo que estabas “demasiado flaca” justo cuando te sentías todo lo contrario. Sea cual sea el motivo, hay un cuestionario breve, de cinco preguntas, que los equipos de salud usan para decidir si vale la pena mirar el tema más de cerca.

    Más abajo puedes responder el cuestionario SCOFF en un minuto, y después te explico cómo leer el resultado, qué tan confiable es y qué hacer con él. Conviene leer primero cómo funciona, porque el número solo se entiende con ese contexto, y porque hay cosas que el SCOFF no ve.

    En breve: el SCOFF tiene cinco preguntas de sí o no. Con dos respuestas afirmativas o más se considera positivo, lo que significa que conviene una evaluación profesional, no que tengas un trastorno. Detecta mejor la anorexia y la bulimia en mujeres jóvenes, y peor los atracones y los cuadros en hombres. Un resultado bajo no descarta nada si te sigue preocupando.

    ¿Qué es el SCOFF y para qué sirve?

    El SCOFF es un cuestionario de cribado: una prueba corta que no diagnostica, sino que ayuda a decidir a quién conviene hacerle más preguntas. Lo crearon Morgan, Reid y Lacey (1999) en el Reino Unido para usarlo en consultas de atención primaria, donde no hay tiempo para una entrevista larga. Su nombre sale de las iniciales de las cinco preguntas en inglés: Sick (vómito), Control, One stone (el peso perdido), Fat y Food.

    Hoy se usa en muchos países. Existe en español desde la validación de García-Campayo et al. (2005) en centros de salud de Zaragoza y Huesca, y la guía de práctica clínica española de 2009 lo incluye entre sus herramientas (GuiaSalud, 2009). En el artículo sobre los trastornos de la conducta alimentaria puedes ver qué son, cuáles hay y cómo se tratan; aquí nos quedamos con el cuestionario.

    Haz el test de trastornos alimenticios SCOFF gratis

    Las preguntas de este cuestionario están redactadas de nuevo en español a partir del original de Morgan et al. (1999); no son el texto textual de la versión validada en España. GuiaSalud (2009) advierte además que la traducción castellana del primer ítem (la sensación de estar enfermo por tener el estómago muy lleno) tiene limitaciones, así que conviene leerlo como una orientación. Responde pensando en cómo estás ahora, no en cómo quisieras estar ni en cómo estabas hace años. Ninguna respuesta queda mejor que otra. Si dudas entre sí y no, elige la que se parece más a lo que de verdad te pasa. El cuestionario no guarda nada: lo que marques se queda en tu pantalla.

    Cuestionario SCOFF: 5 preguntas, sí o no

    Es el cribado breve más usado para detectar una posible dificultad con la comida. Tarda un minuto y no guarda tus respuestas.

    Esto no es un diagnóstico. El SCOFF solo indica si conviene que un profesional te evalúe. Un resultado bajo no descarta un problema, y uno alto no confirma un trastorno. Responde pensando en cómo estás ahora, con sinceridad y sin buscar la respuesta que quedaría mejor.
    1. Vómito ¿Te provocas el vómito porque te sientes mal por estar muy lleno o llena?
    2. Control ¿Te preocupa haber perdido el control sobre cuánto comes?
    3. Peso perdido ¿Has perdido hace poco más de 6 kilos en un período de 3 meses?
    4. Percepción del cuerpo ¿Crees que estás gordo o gorda aunque otras personas digan que estás demasiado delgado o delgada?
    5. La comida en tu vida ¿Dirías que la comida domina tu vida?

    Basado en el SCOFF de Morgan, Reid y Lacey (1999), con los ítems traducidos y redactados de nuevo en español (no es el texto textual de la versión validada de García-Campayo et al., 2005). Punto de corte: 2 o más respuestas afirmativas. Es una orientación, no un diagnóstico. Si lo que viste te preocupa, puedes escribirme para agendar una consulta.

    Pintura impresionista de una persona eligiendo un libro en una biblioteca luminosa, test de trastornos alimenticios SCOFF

    ¿Cómo se interpreta el resultado del SCOFF?

    Cada respuesta afirmativa suma un punto. El punto de corte es 2, y es el mismo que propusieron los autores originales y que confirmó la versión española (García-Campayo et al., 2005).

    Respuestas "sí"Lectura del SCOFFQué hacer
    0 o 1NegativoSi algo te sigue inquietando, consulta igual: el cuestionario puede pasar por alto problemas reales
    2 a 5PositivoPide una evaluación a un psicólogo clínico, a un médico o a un profesional con experiencia en trastornos de la conducta alimentaria

    Un SCOFF positivo no es un diagnóstico. Dice que tus respuestas se parecen a las de personas que después resultaron tener un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), y que vale la pena confirmarlo o descartarlo con una entrevista. La guía de NICE indica además que estos cuestionarios no deberían ser el único método para saber si alguien tiene un TCA, porque el diagnóstico exige una evaluación clínica (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    ¿Qué tan confiable es el SCOFF?

    Bastante útil para lo que fue diseñado, con límites que importa conocer. Las cifras varían mucho según a quién se le aplicó:

    EstudioA quién se aplicóSensibilidadEspecificidad
    García-Campayo et al. (2005)203 mujeres de 15 a 53 años en atención primaria, España97,7 %94,4 %
    Rueda et al. (2005)385 universitarias, Colombia78,4 %75,8 %
    Mond et al. (2008)257 mujeres jóvenes en atención primaria72 %73 %
    Solmi et al. (2015)Adultos de una muestra de población general multiétnica, sudeste de Londres53,7 %93,5 %
    Kutz et al. (2020), metaanálisis de 25 estudiosVarias poblaciones86 %83 %

    La sensibilidad es la proporción de personas con un TCA que el cuestionario detecta; la especificidad, la proporción de personas sin TCA que el cuestionario deja como negativas. Un puntaje alto en ambas es lo ideal, y aquí ninguna cifra es perfecta.

    Tres cosas se ven en esa tabla:

    • Los mejores números salen de estudios con muchas mujeres que ya tenían síntomas. En el español de García-Campayo, las participantes eran pacientes con un probable TCA, lo que favorece al cuestionario. El metaanálisis de Kutz et al. (2020) lo explica: los estudios con mayor sensibilidad eran de casos y controles en mujeres jóvenes con anorexia o bulimia.
    • Cuando se prueba en la población general, pierde casos. En un estudio comunitario de Londres, el SCOFF dejó sin detectar a casi la mitad de las personas con TCA (sensibilidad de 53,7 %), y los autores lo consideraron una medida poco óptima para la comunidad.
    • También da falsos positivos. En las universitarias colombianas de Rueda et al. (2005), el cuestionario marcó como positivas al 38,7 % de las estudiantes, y la entrevista diagnóstica confirmó un TCA en el 21,2 %. Y en Mond et al. (2008) el valor predictivo positivo fue de 0,35: de cada 100 mujeres con SCOFF positivo, unas 35 tenían efectivamente un TCA.

    Una revisión para el grupo de servicios preventivos de Estados Unidos encontró, con el corte en 2, una sensibilidad agrupada de 84 % y una especificidad de 80 % en adultos, y dejó una advertencia importante: ningún estudio evaluó directamente los beneficios y los daños de hacer cribado de TCA en la población general (Feltner et al., 2022). Un metaanálisis anterior de Botella et al. (2013), con 15 estudios, estimó 80 % de sensibilidad y 93 % de especificidad.

    En las fuentes que revisamos, las validaciones en español son de España y Colombia. No encontramos una validación específica en población chilena. Y en adolescentes conviene ser más prudente todavía: la especificidad puede bajar porque dietas y preocupación por la silueta son frecuentes a esa edad, y el cuestionario puede marcar como positivo a quien solo tiene una insatisfacción corporal pasajera (GuiaSalud, 2009).

    Lo que el SCOFF no ve

    Kutz et al. (2020) concluyen que el SCOFF funciona como herramienta de cribado para mujeres jóvenes con riesgo de anorexia y bulimia, pero que no hay evidencia suficiente para usarlo como cribado de todo el rango de TCA del DSM-5 en atención primaria y comunidad. Los estudios que incluían más hombres, que incluían trastorno por atracón o que reclutaban en población general tendieron a mostrar menor sensibilidad.

    En la práctica, esto significa que puedes tener 0 o 1 puntos y aun así estar viviendo algo que merece atención en estos casos:

    • Atracones. Ninguna de las cinco preguntas pregunta por comer una cantidad grande de comida con sensación de no poder parar. La segunda toca el control, pero de forma amplia. Si lo que te pasa se parece más a eso, el artículo sobre el trastorno por atracón tiene una herramienta para contarlos.
    • Anorexia atípica y pérdida de peso sin estar bajo peso. La tercera pregunta mira la pérdida reciente de peso, pero una persona con restricción severa puede no haber bajado seis kilos en tres meses, o tener un peso que parece "normal". Más en anorexia atípica.
    • Hombres. Las validaciones incluyen sobre todo mujeres, y la preocupación por el cuerpo en hombres suele tomar otras formas (más músculo, menos grasa).
    • Quien ya sabe qué responder. Es un autoinforme: depende de que quieras y puedas contestar con franqueza. A veces la vergüenza, o el miedo a que "te lo quiten", pesa más.
    • Otros motivos para evitar ciertos alimentos, como el miedo a atragantarse o la aversión a texturas, que no son lo que mide este cuestionario.

    La otra cara es que ninguna de estas cinco preguntas habla de calorías, de la báscula ni de la talla. Eso también es una ventaja: no hace falta pesarse ni contar nada para responderlas.

    Cómo saber si tienes un trastorno alimenticio: señales que el test no pregunta

    Más allá del puntaje, estos son avisos que las guías clínicas describen y que conviene tomar en serio, con o sin SCOFF positivo (GuiaSalud, 2009):

    • Saltarte comidas, evitar ciertos grupos de alimentos o comer a escondidas.
    • Ejercicio rígido que no puedes saltar aunque estés enferma o enfermo, o que reemplaza otras actividades.
    • Mirarte el cuerpo o pesarte varias veces al día, y que de eso dependa tu ánimo.
    • Culpa o vergüenza intensas después de comer.
    • Dejar de ir a cumpleaños, almuerzos o salidas por miedo a lo que habrá para comer.
    • Mareos, desmayos, frío constante o cambios en la menstruación.

    El artículo sobre los TCA desarrolla estas señales por área.

    ¿Qué hacer si el resultado del SCOFF es positivo?

    Primero, respirar: un positivo no te etiqueta. Lo siguiente es pedir una evaluación. En la práctica, eso es una entrevista clínica en la que un profesional pregunta por tu alimentación, tu historia, tu ánimo y tu salud física, y decide si hay un TCA, de qué tipo y con qué nivel de cuidado. La guía española indica que en atención primaria el médico de familia o el pediatra hacen la primera evaluación (examen físico y análisis básicos), y que la confirmación del diagnóstico queda a cargo de psiquiatras y psicólogos clínicos (GuiaSalud, 2009).

    • Con quién: un psicólogo clínico con experiencia en TCA, un médico general o de familia (que además puede revisar tu estado físico), o un psiquiatra si hay otros síntomas. Si dudas entre los dos últimos, la guía psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.
    • Qué llevar: el resultado del test, la lista de las preguntas en que dijiste que sí y, si puedes, una idea de cuánto tiempo llevas así.
    • Qué esperar: que te pregunten por hábitos, por síntomas físicos y por cómo te afecta en el día a día. El tratamiento depende de lo que se encuentre, y hay opciones con respaldo para la anorexia, la bulimia y los atracones.

    Pide atención médica pronto si hay mareos o desmayos, palpitaciones, vómitos frecuentes o con sangre, o si no logras comer ni beber (GuiaSalud, 2009). Los TCA tienen una mortalidad mayor que la de la población general: en un metaanálisis de 2025, la razón de mortalidad estandarizada fue de 3,39 para cualquier TCA (Krug et al., 2025). No hace falta asustarse, pero sí conviene no esperar a "estar peor" para consultar.

    Si el resultado es bajo y aun así algo no anda bien

    Un SCOFF de 0 o 1 es una buena señal, pero no una garantía. Si te sigues sintiendo atrapado o atrapada en la comida, en las reglas sobre qué comer, en el ejercicio o en cómo te ves, esa incomodidad es motivo suficiente para conversarlo con un profesional. No necesitas "puntaje" para pedir ayuda. Si lo que más pesa es la ansiedad al comer, puede interesarte el artículo sobre ansiedad por comer, y si lo que duele es la imagen que tienes de ti, el de cómo mejorar la autoestima.

    Si estás pensando en otra persona

    El SCOFF es un autoinforme: la persona lo responde sobre sí misma. No sirve para "tomarle el test" a un hijo, una pareja o una amiga, y obligarla puede cerrar la conversación. Lo que suele ayudar más es hablar desde lo que has visto ("te noto cansada y has dejado de ir a los almuerzos") y no desde lo que crees que tiene, ofrecer acompañarla a una consulta y evitar comentar su cuerpo o su peso; la guía española pide además evitar bromas o juicios sobre el físico o la forma de comer, y cuidar que haya al menos una comida diaria en familia, tranquila y sin distracciones (GuiaSalud, 2009). Si la persona se niega a ir al médico, los propios familiares pueden pedir orientación primero al médico de familia, al pediatra o a un equipo especializado. En el artículo sobre los TCA hay una sección sobre cómo acompañar.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Conviene consultar si tu SCOFF dio positivo, si la comida o el peso ocupan buena parte de tu día, si hay conductas para compensar lo que comes (vomitar, laxantes, ayunos, ejercicio excesivo), o si lo que te pasa te aleja de las personas o de tus actividades. También si el test dio negativo pero algo no te calza. No hace falta tocar fondo ni tener un diagnóstico para pedir una primera hora.

    Si prefieres empezar desde casa, la terapia online funciona para muchos de estos cuadros cuando no hay riesgo médico inmediato, y la guía para elegir un psicólogo trae las preguntas que conviene hacer antes de empezar. Si quieres conversar sobre tu caso, puedes escribirme para agendar una consulta. Si hay pensamientos de hacerte daño, llama al *4141 o acude a urgencias. Para más información general hay una página de MedlinePlus sobre trastornos de la alimentación.

    Preguntas frecuentes

    ¿El test SCOFF sirve para saber si tengo un trastorno alimenticio?

    Sirve para saber si conviene que un profesional te evalúe, no para confirmar un diagnóstico. Con dos respuestas afirmativas o más es positivo. Detecta mejor anorexia y bulimia en mujeres jóvenes que atracones o cuadros en hombres, y un resultado negativo no descarta un problema.

    ¿Cuántas preguntas tiene el SCOFF y cómo se puntúa?

    Tiene cinco preguntas de sí o no, y cada sí suma un punto. El corte es de 2 o más puntos, el mismo del cuestionario original y de la versión española. Pregunta por vómito provocado, pérdida de control al comer, pérdida de peso reciente, percepción del cuerpo y el lugar de la comida en la vida.

    ¿Es lo mismo hacer el SCOFF que ir a una evaluación?

    No. El SCOFF dura un minuto y solo orienta. La evaluación clínica es una entrevista con un profesional que explora tu alimentación, tu historia, tu estado emocional y tu salud física, y es la que permite hablar de diagnóstico y de tratamiento.

    ¿Puedo tener un trastorno alimenticio aunque mi SCOFF sea 0 o 1?

    Sí. El cuestionario puede pasar por alto atracones, anorexia atípica y cuadros en hombres, y depende de que respondas con franqueza. En estudios de población general, el SCOFF dejó sin detectar a casi la mitad de los casos (Solmi et al., 2015). Si algo te preocupa, consulta igual.

    ¿Un SCOFF positivo significa que tengo anorexia o bulimia?

    No necesariamente. En un estudio con universitarias colombianas, el cuestionario marcó como positivo al 38,7 % y la entrevista confirmó un trastorno en el 21,2 % (Rueda et al., 2005). Un positivo se confirma o se descarta con una evaluación profesional.

    ¿Hay un test de trastornos alimenticios para adolescentes?

    El SCOFF se ha probado también en adolescentes, y la guía española de 2009 lo recomienda para el cribado desde los 11 años (GuiaSalud, 2009). Aun así, en un adolescente conviene que lo vea un profesional y no que lo use la familia como veredicto. Para ayuda concreta, mira el artículo sobre TCA y consulta con un especialista.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Botella, J., Sepúlveda, A. R., Huang, H., & Gambara, H. (2013). A meta-analysis of the diagnostic accuracy of the SCOFF. The Spanish Journal of Psychology, 16, Artículo E92. https://doi.org/10.1017/sjp.2013.92
    • Feltner, C., Peat, C., Reddy, S., Riley, S., Berkman, N., Middleton, J. C., Balio, C., Coker-Schwimmer, M., & Jonas, D. E. (2022). Screening for eating disorders in adolescents and adults: Evidence report and systematic review for the US Preventive Services Task Force. JAMA, 327(11), 1068-1082. https://doi.org/10.1001/jama.2022.1807
    • García-Campayo, J., Sanz-Carrillo, C., Ibañez, J. A., Lou, S., Solano, V., & Alda, M. (2005). Validation of the Spanish version of the SCOFF questionnaire for the screening of eating disorders in primary care. Journal of Psychosomatic Research, 59(2), 51-55. https://doi.org/10.1016/j.jpsychores.2004.06.005
    • GuiaSalud. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Sistema Nacional de Salud de España. https://portal.guiasalud.es/gpc/
    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
    • Kutz, A. M., Marsh, A. G., Gunderson, C. G., Maguen, S., & Masheb, R. M. (2020). Eating disorder screening: A systematic review and meta-analysis of diagnostic test characteristics of the SCOFF. Journal of General Internal Medicine, 35(3), 885-893. https://doi.org/10.1007/s11606-019-05478-6
    • Mond, J. M., Myers, T. C., Crosby, R. D., Hay, P. J., Rodgers, B., Morgan, J. F., Lacey, J. H., & Mitchell, J. E. (2008). Screening for eating disorders in primary care: EDE-Q versus SCOFF. Behaviour Research and Therapy, 46(5), 612-622. https://doi.org/10.1016/j.brat.2008.02.003
    • Morgan, J. F., Reid, F., & Lacey, J. H. (1999). The SCOFF questionnaire: Assessment of a new screening tool for eating disorders. BMJ, 319(7223), 1467-1468. https://doi.org/10.1136/bmj.319.7223.1467
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Rueda, G. E., Díaz, L. A., Campo, A., Barros, J. A., Avila, G. C., Oróstegui, L. T., Osorio, B. C., & Cadena, L. P. (2005). Validación de la encuesta SCOFF para tamizaje de trastornos de la conducta alimentaria en mujeres universitarias. Biomédica, 25(2), 196-202. https://doi.org/10.7705/biomedica.v25i2.1342
    • Solmi, F., Hatch, S. L., Hotopf, M., Treasure, J., & Micali, N. (2015). Validation of the SCOFF questionnaire for eating disorders in a multiethnic general population sample. International Journal of Eating Disorders, 48(3), 312-316. https://doi.org/10.1002/eat.22373

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Anorexia atípica: síntomas y por qué no se nota a simple vista

    Anorexia atípica: síntomas y por qué no se nota a simple vista

    Si llegaste buscando información sobre la anorexia atípica, probablemente algo no te cuadra. Alguien come cada vez menos, cuenta, evita las comidas con otros, entrena aunque esté agotado, y sin embargo su peso “se ve normal”. A veces hasta lo felicitan por haber bajado. La anorexia atípica es exactamente eso: el mismo cuadro de la anorexia nerviosa, con la misma restricción y el mismo miedo a engordar, pero con un peso que sigue dentro o por encima de lo esperado.

    Aquí vas a ver qué criterios del DSM-5 cumple, qué síntomas buscar, por qué pasa desapercibida, qué dicen los estudios sobre su gravedad y cuándo conviene consultar. Las cifras salen de revisiones sistemáticas, metaanálisis y estudios clínicos, y cuando la evidencia es escasa (en tratamiento lo es), lo decimos. Si buscas la visión de conjunto, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria y la de anorexia nerviosa.

    En breve: la anorexia atípica cumple todos los criterios psicológicos y de conducta de la anorexia nerviosa (restricción, miedo intenso a ganar peso, alteración de cómo se vive el cuerpo) y también una pérdida de peso importante, pero el peso actual no está bajo. El DSM-5 la ubica entre los “otros trastornos de la conducta alimentaria especificados”. Las revisiones disponibles no muestran que sea una versión más leve: el malestar con la comida y el cuerpo es igual o mayor, y las complicaciones médicas pueden ser parecidas. Se diagnostica en una evaluación profesional, nunca por el peso ni por un cuestionario.

    ¿Qué es la anorexia atípica (o anorexia nerviosa atípica)?

    La anorexia atípica, también llamada anorexia nerviosa atípica, es un trastorno de la conducta alimentaria en el que la persona restringe lo que come, teme intensamente ganar peso y vive su cuerpo de forma alterada, como en la anorexia nerviosa, y ha perdido mucho peso, pero su peso actual sigue dentro o por encima del rango normal. El DSM-5 la incluye en la categoría de otros trastornos especificados (American Psychiatric Association, 2013; Allison y Lundgren, 2018).

    El nombre confunde. “Atípica” se refiere al peso, no a una anorexia leve ni a una forma “de mentira”. Una revisión sistemática de 24 publicaciones encontró que el nivel de síntomas propios del trastorno alimentario es mayor que en personas sin el trastorno y tan alto como en la anorexia nerviosa, o más, y que muchas complicaciones físicas son parecidas (Walsh et al., 2023). La misma revisión advierte que casi no hay información sobre cómo evoluciona y cómo se trata.

    Criterios del DSM-5 de la anorexia atípica: qué cumple y qué falta

    Los criterios de la anorexia atípica son los de la anorexia nerviosa, con una excepción: el peso. El DSM-5 describe tres para la anorexia nerviosa (American Psychiatric Association, 2013), y la persona con anorexia atípica cumple todos menos el del peso bajo:

    • Restricción de la ingesta frente a lo que el cuerpo necesita, que en la anorexia atípica lleva a una pérdida de peso importante.
    • Miedo intenso a ganar peso o conductas persistentes que impiden subirlo.
    • Alteración de la imagen corporal: el valor personal depende casi por completo del peso y la figura, o la persona no reconoce la gravedad de lo que le pasa.
    • Lo que no se cumple: que el peso sea significativamente bajo. En la anorexia atípica el peso actual está dentro o por encima del rango normal.

    Hay un punto que el manual deja abierto. El DSM-5 habla de “pérdida de peso significativa” sin fijar cuánta. En un estudio con una muestra poblacional de 1.640 mujeres y 794 hombres se probaron tres definiciones (5 %, 10 % y 15 % del peso) y se vio que incluso una pérdida de 5 %, junto con la preocupación por el peso y la figura, ya podía identificar un grupo con un trastorno alimentario clínicamente relevante (Forney et al., 2017). Por eso aquí no vas a encontrar una cifra de peso ni de IMC para “saber si es anorexia”: eso lo evalúa un profesional, mirando la historia completa.

    Anorexia nerviosa Anorexia atípica
    Restricción, miedo a ganar peso, alteración de la imagen corporal Sí Sí
    Peso actual Significativamente bajo Dentro o por encima del rango normal
    Pérdida de peso importante Habitual Sí, a veces mayor y durante más tiempo (Sawyer et al., 2016)
    Malestar con la comida, el peso y el cuerpo Alto Igual o mayor (Johnson-Munguia et al., 2024)
    Bradicardia y otras señales físicas Frecuentes Frecuentes (Sawyer et al., 2016)
    Lugar en el DSM-5 Categoría propia Otros trastornos especificados

    Anorexia atípica: síntomas

    Los síntomas de la anorexia atípica son los mismos que los de la anorexia nerviosa. Ninguno por sí solo confirma nada, y lo que pesa es el conjunto y que se mantenga en el tiempo. Los manuales clínicos los agrupan así (Fairburn, 2008; GuiaSalud, 2009):

    En la conducta con la comida

    • Reglas rígidas sobre qué, cuánto y cuándo comer, y eliminación de grupos enteros de alimentos.
    • Contar calorías, leer etiquetas sin parar, pesar y medir porciones.
    • Rituales: cortar en trozos mínimos, comer muy lento, cocinar para otros sin comer.
    • Excusas para no comer con la familia o con amigos (“ya comí”, “me cayó pesado”).
    • Ejercicio que se vive como obligación: entrenar con lesión, con enfermedad o a costa de estudios y amistades.

    En los pensamientos y las emociones

    • Miedo intenso a ganar peso, incluso con el peso dentro del rango normal.
    • Valor personal medido casi solo por el cuerpo y por el control de lo que se come.
    • Confundir emociones con peso: la tristeza o la angustia se traducen en “me siento gorda” o “me siento gordo”.
    • Irritabilidad, ánimo bajo, ansiedad y aislamiento. En un estudio con 160 adolescentes, la frecuencia de otros trastornos psiquiátricos fue parecida en la anorexia atípica y en la anorexia con bajo peso, y la ideación suicida también (43 % frente a 39 %; Sawyer et al., 2016).

    En el cuerpo

    • Frío constante, manos y pies fríos, mareos al ponerse de pie, cansancio y debilidad.
    • Latidos lentos (bradicardia). En ese mismo estudio se vio en 24 % de los adolescentes con anorexia atípica y 33 % de los de bajo peso, una diferencia que no fue significativa (Sawyer et al., 2016).
    • Cambios o pérdida de la menstruación, pelo más fino, piel seca.

    Conductas para compensar

    Algunas personas también vomitan, usan laxantes o diuréticos, o hacen ayunos y ejercicio extremo para compensar lo que comen. Un metaanálisis de 20 estudios no encontró diferencias significativas entre la anorexia atípica y la anorexia nerviosa en la frecuencia de estas conductas (Johnson-Munguia et al., 2024).

    ¿Por qué la anorexia atípica no se nota a simple vista?

    Pasa desapercibida porque casi todos asociamos la anorexia con un cuerpo visiblemente muy delgado, y esa idea hace que ni la familia ni a veces los profesionales sospechen cuando el peso parece normal. Hay varias razones que se suman.

    Primero, la pérdida de peso suele ser bien recibida. En un estudio con adolescentes, 71 % de los que tenían anorexia atípica había tenido antes sobrepeso u obesidad, frente a 12 % de los de bajo peso (Sawyer et al., 2016). Si alguien parte de un peso más alto, bajar mucho puede recibir elogios en casa, en el colegio o en la consulta, y esos elogios refuerzan justo la conducta que enferma.

    Segundo, la cantidad perdida puede ser grande aunque no se vea. Esos mismos adolescentes habían perdido más peso (17,6 kg en promedio frente a 11,0 kg) durante más tiempo (13,3 meses frente a 10,2) que quienes tenían anorexia con bajo peso (Sawyer et al., 2016). El cuerpo puede estar muy desgastado por dentro mientras la báscula marca un número “aceptable”.

    Tercero, el estigma del peso. Un estudio con 38 adultos con anorexia atípica, entrevistados en profundidad, encontró que muchos sintieron que los profesionales minimizaban o negaban su trastorno, y que eso retrasó la atención. El estudio lleva por título una frase que resume esa experiencia, “no pareces anoréxica”, y sus autores concluyen que el estigma del peso en la atención de salud contribuyó a que las conductas empezaran y se mantuvieran (Harrop et al., 2023).

    Cuarto, no es rara. Una revisión de 75 estudios vio que en estudios con muestras poblacionales la anorexia atípica era tan frecuente como la anorexia nerviosa, o más, mientras que en los servicios especializados aparecía mucho menos. Los autores lo describen como una brecha de atención: muchas personas con este cuadro no llegan a tratamiento (Harrop et al., 2021). Además, en adultos, al menos una cuarta parte de quienes cumplían la definición tenía actualmente sobrepeso u obesidad (Forney et al., 2017).

    Imagina a una adolescente que baja varios kilos en un año tras una dieta “para estar más sana”. En la familia dicen que se ve bien. Ella cuenta cada caloría, se mareaba al levantarse y se siente culpable si come lo mismo que los demás. Por fuera, nada llama la atención. Por dentro, el cuadro puede estar tan avanzado como el de alguien visiblemente muy delgado.

    ¿Qué tan grave es la anorexia atípica?

    La anorexia atípica puede ser tan grave como la anorexia nerviosa, aunque el peso esté dentro del rango normal. Ningún estudio muestra que sea sistemáticamente más leve, y varios muestran lo contrario. Estos son los datos que mejor lo respaldan:

    • Daño físico similar. En 160 adolescentes que consultaron por primera vez (42 con anorexia atípica y 118 con anorexia de bajo peso), no hubo diferencias significativas en bradicardia (24 % frente a 33 %) ni en inestabilidad al ponerse de pie (43 % frente a 38 %), y el malestar con la comida y el cuerpo fue mayor en la atípica. Los autores concluyen que casi no hay evidencia de que sea menos grave (Sawyer et al., 2016).
    • El peso de ingreso dice menos que la historia de peso. En 171 adolescentes hospitalizados (118 con anorexia nerviosa y 53 con atípica), perder mucho peso en total y perder peso hace poco predijeron mejor el pulso más bajo y la bradicardia que el peso al ingreso. Los autores proponen dar más importancia a la pérdida de peso que al número en la balanza (Whitelaw et al., 2018).
    • Lo mismo en hospitalizados. En un ensayo con 116 personas de 12 a 24 años ingresadas, una pérdida de peso más rápida se asoció con un pulso más lento, y una pérdida mayor y más larga con un fósforo más bajo, independientemente del peso de ingreso (Garber et al., 2019).
    • Mismo malestar en tratamiento de día. En 154 adultos jóvenes en un programa de hospitalización parcial, los síntomas, el trauma previo, las ideas suicidas y la respuesta al tratamiento fueron parecidos en la anorexia nerviosa y en la atípica (Billman Miller et al., 2024).
    • Huesos. Un estudio con 286 adolescentes encontró que la densidad ósea de quienes tenían anorexia atípica era mayor que la de quienes tenían anorexia con bajo peso (Nagata et al., 2019). La comparación es entre dos grupos con trastorno alimentario, así que no dice que los huesos estén a salvo.

    Una revisión de las complicaciones médicas llega a la misma idea: los pacientes con anorexia atípica pueden tener complicaciones médicas y psicológicas parecidas, o más graves, que los de la anorexia nerviosa típica (Vo y Golden, 2022). Un metaanálisis posterior concluyó que, salvo el peso, los dos cuadros no son clínicamente distintos, y que el acceso a tratamiento debería ser el mismo (Johnson-Munguia et al., 2024).

    Por esto, la guía de NICE pide no usar el IMC como único dato para decidir si alguien recibe tratamiento o una hospitalización (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    ¿Cómo se diagnostica la anorexia atípica?

    La anorexia atípica se diagnostica en una evaluación clínica, no con un test ni con una cifra. El profesional revisa la historia de peso (cuánto, en cuánto tiempo y desde dónde), la forma de comer, el ejercicio, cómo vive la persona su cuerpo, el estado de ánimo y el riesgo. Aparte, un médico revisa pulso, presión y exámenes de sangre. Una analítica normal no descarta un trastorno alimentario (GuiaSalud, 2009).

    Existen cuestionarios breves de cribado, como el SCOFF, de cinco preguntas (Morgan et al., 1999). Sirven para decidir si conviene evaluar más, no para diagnosticar. En una revisión para el grupo de trabajo de servicios preventivos de Estados Unidos, el SCOFF con corte en 2 tuvo en adultos una sensibilidad de 84 % y una especificidad de 80 % (Feltner et al., 2022). Eso significa que puede dejar fuera a algunas personas con el trastorno. Las guías piden no usarlos como único método (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    Si tú o alguien cercano se reconoce en estas señales, lo útil es una consulta con un psicólogo clínico, un psiquiatra o un médico, aunque el peso sea normal. Conviene llevar un registro simple de lo observado (cuánto bajó, cuándo, qué se evita comer, qué síntomas físicos hay), porque en una consulta breve las conductas de restricción no siempre se ven.

    ¿Cómo se trata la anorexia atípica?

    El tratamiento de la anorexia atípica sigue los principios del de la anorexia nerviosa, con un equipo que combina psicoterapia, control médico y apoyo nutricional. Las guías indican que quienes tienen un trastorno que no calza con una categoría reciban el tratamiento del trastorno al que más se parece (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). Aquí hay una limitación importante: casi no existen ensayos hechos solo con anorexia atípica (Walsh et al., 2023).

    • Adolescentes: la terapia familiar es la primera opción. En ensayos con anorexia nerviosa, la terapia familiar no se distinguió de la terapia individual al terminar, pero fue mejor a los 6 y 12 meses (Lock et al., 2010), y un metaanálisis mostró un patrón parecido (Couturier et al., 2013). Para la anorexia atípica en particular hay una serie de casos de 42 adolescentes: 83 % completó al menos la mitad del tratamiento, los síntomas alimentarios y depresivos bajaron, y la remisión fue de 38 % a 52 % según el criterio. Es un estudio sin grupo comparador, así que orienta, pero no prueba nada por sí solo (Hughes et al., 2017). Los pasos de la terapia familiar están en el manual de Lock y Le Grange (2012).
    • Adultos: no hay un tratamiento que se destaque. Un metaanálisis en red de 16 ensayos en adultos con anorexia nerviosa no encontró ninguna psicoterapia mejor que el tratamiento habitual en peso ni en síntomas, con una confianza en la evidencia baja a muy baja (Solmi et al., 2021). Esos datos son de anorexia nerviosa y se extrapolan a la atípica.
    • Seguimiento médico: pulso, presión y electrolitos, sobre todo al comenzar a comer más, por el riesgo de fósforo bajo (síndrome de realimentación). Esa parte la maneja un equipo médico, no se hace en casa (Garber et al., 2019; Vo y Golden, 2022).
    • Dietas: las dietas para bajar de peso mantienen el trastorno, así que no se recomiendan durante el tratamiento (Fairburn, 2008).

    Si convives con alguien con este cuadro, conviene evitar los comentarios sobre su cuerpo o su plato y no convertir cada comida en un tema de discusión (GuiaSalud, 2009). También conviene no elogiar la pérdida de peso, porque refuerza la conducta que sostiene el trastorno. Y si no tienes claro con quién partir, esta guía compara psicólogo y psiquiatra.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta cuando la comida, el peso o el cuerpo ocupan buena parte de los pensamientos de alguien, cuando hay restricción o conductas para compensar, o cuando empieza a afectar la salud, el ánimo o las relaciones. No hace falta esperar a que baje más de peso ni a “verse enfermo”: como muestran los estudios, el peso no mide la gravedad. Empezar el tratamiento antes mejora la evolución.

    • Urgencia médica: desmayos, dolor de pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, debilidad intensa, sangre en el vómito o en las deposiciones.
    • Consulta médica pronto: pérdida de peso rápida, mareos repetidos, frío constante, cambios en la menstruación, vómitos o laxantes frecuentes.
    • Consulta psicológica: reglas rígidas con la comida, miedo intenso a engordar, ejercicio que se vive como obligación, evitar comer con otros, vergüenza que lleva a esconderse.
    • Si hay ideas de hacerse daño: consulta de inmediato y mira esta guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas.

    Para una descripción general de los trastornos alimentarios, MedlinePlus tiene información en español y la Asociación Americana de Psiquiatría en inglés. Una primera consulta psicológica sirve para evaluar el cuadro, medir el riesgo y decidir si hace falta una evaluación médica antes de partir, o un equipo especializado. Si quieres dar ese paso, puedes agendar una consulta, solo o sola, o con un hijo o una hija. Para ordenar la decisión, esta guía te ayuda a elegir psicólogo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Se puede tener anorexia con un peso normal?

    Sí. Eso es la anorexia atípica: la persona cumple los criterios de la anorexia nerviosa y ha perdido mucho peso, pero su peso actual está dentro o por encima del rango normal. Puede tener síntomas físicos y psicológicos tan serios como quienes están bajo peso (Walsh et al., 2023; Sawyer et al., 2016).

    ¿Qué criterios del DSM-5 tiene la anorexia atípica?

    Los de la anorexia nerviosa: restricción de la ingesta, miedo intenso a ganar peso y alteración de la imagen corporal. La diferencia es que el peso no es significativamente bajo. El DSM-5 la clasifica dentro de los otros trastornos especificados (American Psychiatric Association, 2013).

    ¿La anorexia atípica es una anorexia leve?

    No necesariamente. Un metaanálisis encontró más preocupación por el peso y la figura y más insatisfacción corporal en la atípica, y sin diferencias en el deterioro clínico ni en las conductas compensatorias (Johnson-Munguia et al., 2024). El peso no mide la gravedad.

    ¿Cómo se diagnostica la anorexia atípica?

    Con una evaluación clínica que revisa la historia de peso, la forma de comer, el ejercicio, el ánimo y el estado físico. Un cuestionario como el SCOFF orienta, pero no diagnostica, y puede dejar fuera casos (Feltner et al., 2022; GuiaSalud, 2009).

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia atípica?

    Restricción y reglas rígidas con la comida, miedo intenso a engordar, valor personal medido por el cuerpo, ejercicio obligatorio, evitar comer con otros y, en el cuerpo, frío, mareos, cansancio, pulso lento o cambios en la menstruación. Lo que pesa es el conjunto y que se mantenga (Fairburn, 2008; GuiaSalud, 2009).

    ¿La anorexia atípica tiene tratamiento?

    Sí. Se trata como la anorexia nerviosa, con psicoterapia (en adolescentes, terapia familiar), control médico y apoyo nutricional. Los estudios específicos son pocos: en una serie de 42 adolescentes la remisión fue de 38 % a 52 %, y se necesita más investigación (Hughes et al., 2017; Walsh et al., 2023).

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Allison, K. C., & Lundgren, J. D. (2018). Emerging syndromes. En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Billman Miller, M. G., Gioia, A. N., Essayli, J. H., & Forrest, L. N. (2024). Few differences in psychiatric comorbidities and treatment response among people with anorexia nervosa and atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 57(4), 809-818. https://doi.org/10.1002/eat.24046
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Feltner, C., Peat, C., Reddy, S., Riley, S., Berkman, N., Middleton, J. C., Balio, C., Coker-Schwimmer, M., & Jonas, D. E. (2022). Screening for eating disorders in adolescents and adults: Evidence report and systematic review for the US Preventive Services Task Force. JAMA, 327(11), 1068-1082. https://doi.org/10.1001/jama.2022.1807
    • Forney, K. J., Brown, T. A., Holland-Carter, L. A., Kennedy, G. A., & Keel, P. K. (2017). Defining “significant weight loss” in atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 50(8), 952-962. https://doi.org/10.1002/eat.22717
    • Garber, A. K., Cheng, J., Accurso, E. C., Adams, S. H., Buckelew, S. M., Kapphahn, C. J., Kreiter, A., Le Grange, D., Machen, V. I., Moscicki, A.-B., Saffran, K., Sy, A. F., Wilson, L., & Golden, N. H. (2019). Weight loss and illness severity in adolescents with atypical anorexia nervosa. Pediatrics, 144(6), Artículo e20192339. https://doi.org/10.1542/peds.2019-2339
    • GuiaSalud. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Sistema Nacional de Salud de España.
    • Harrop, E. N., Hutcheson, R., Harner, V., Mensinger, J. L., & Lindhorst, T. (2023). “You don’t look anorexic”: Atypical anorexia patient experiences of weight stigma in medical care. Body Image, 46, 48-61. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2023.04.008
    • Harrop, E. N., Mensinger, J. L., Moore, M., & Lindhorst, T. (2021). Restrictive eating disorders in higher weight persons: A systematic review of atypical anorexia nervosa prevalence and consecutive admission literature. International Journal of Eating Disorders, 54(8), 1328-1357. https://doi.org/10.1002/eat.23519
    • Hughes, E. K., Le Grange, D., Court, A., & Sawyer, S. M. (2017). A case series of family-based treatment for adolescents with atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 50(4), 424-432. https://doi.org/10.1002/eat.22662
    • Johnson-Munguia, S., Negi, S., Chen, Y., Thomeczek, M. L., & Forbush, K. T. (2024). Eating disorder psychopathology, psychiatric impairment, and symptom frequency of atypical anorexia nervosa versus anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 57(4), 761-779. https://doi.org/10.1002/eat.23989
    • Lock, J., & Le Grange, D. (2012). Treatment manual for anorexia nervosa: A family-based approach (2nd ed.). Guilford Press.
    • Lock, J., Le Grange, D., Agras, W. S., Moye, A., Bryson, S. W., & Jo, B. (2010). Randomized clinical trial comparing family-based treatment with adolescent-focused individual therapy for adolescents with anorexia nervosa. Archives of General Psychiatry, 67(10), 1025-1032. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2010.128
    • Morgan, J. F., Reid, F., & Lacey, J. H. (1999). The SCOFF questionnaire: Assessment of a new screening tool for eating disorders. BMJ, 319(7223), 1467-1468. https://doi.org/10.1136/bmj.319.7223.1467
    • Nagata, J. M., Carlson, J. L., Golden, N. H., Long, J., Murray, S. B., & Peebles, R. (2019). Comparisons of bone density and body composition among adolescents with anorexia nervosa and atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 52(5), 591-596. https://doi.org/10.1002/eat.23048
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Sawyer, S. M., Whitelaw, M., Le Grange, D., Yeo, M., & Hughes, E. K. (2016). Physical and psychological morbidity in adolescents with atypical anorexia nervosa. Pediatrics, 137(4), Artículo e20154080. https://doi.org/10.1542/peds.2015-4080
    • Solmi, M., Wade, T. D., Byrne, S., Del Giovane, C., Fairburn, C. G., Ostinelli, E. G., De Crescenzo, F., Johnson, C., Schmidt, U., Treasure, J., Favaro, A., Zipfel, S., & Cipriani, A. (2021). Comparative efficacy and acceptability of psychological interventions for the treatment of adult outpatients with anorexia nervosa: A systematic review and network meta-analysis. The Lancet Psychiatry, 8(3), 215-224. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(20)30566-6
    • Vo, M., & Golden, N. (2022). Medical complications and management of atypical anorexia nervosa. Journal of Eating Disorders, 10, Artículo 196. https://doi.org/10.1186/s40337-022-00720-9
    • Walsh, B. T., Hagan, K. E., & Lockwood, C. (2023). A systematic review comparing atypical anorexia nervosa and anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 56(4), 798-820. https://doi.org/10.1002/eat.23856
    • Whitelaw, M., Lee, K. J., Gilbertson, H., & Sawyer, S. M. (2018). Predictors of complications in anorexia nervosa and atypical anorexia nervosa: Degree of underweight or extent and recency of weight loss? Journal of Adolescent Health, 63(6), 717-723. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2018.08.019

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta