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  • Terapia sexual: qué es y cómo funciona

    Terapia sexual: qué es y cómo funciona

    Ir a terapia sexual da más vergüenza que ir a casi cualquier otra consulta, y suele ser por ideas que la propia terapia desarma: que habrá que desnudarse, que hay que contarlo todo de golpe o que el problema es solo tuyo. La terapia sexual es psicoterapia hablada, sin contacto físico en la consulta, y se hace sola o en pareja.

    Este artículo explica qué es la terapia sexual, para qué sirve, cómo es una sesión desde la primera hasta la última y qué cambia entre la terapia sexual de pareja y la individual. También revisa qué ofrece la terapia sexual para hombres y la terapia sexual para mujeres, qué dicen los estudios sobre su eficacia, si se puede hacer online y cuándo conviene pasar antes por el médico.

    Respuesta corta

    La terapia sexual es un tratamiento psicológico, hablado y estructurado, para las dificultades del deseo, la excitación, el orgasmo, la erección, la eyaculación o el dolor en las relaciones sexuales. Combina información, cambio de creencias y ejercicios que la persona o la pareja hace en casa. Una revisión de 20 ensayos halló efectos moderados frente a una lista de espera, con la mejor evidencia en el bajo deseo femenino y el orgasmo femenino.

    ¿Qué es la terapia sexual?

    La terapia sexual es un abordaje psicológico centrado en el problema, que trata las dificultades sexuales de una persona o de una pareja mediante conversación y tareas para hacer en casa. Hall y Binik (2020), en el manual de referencia del área, la describen hoy como un abordaje biopsicosocial: mira a la vez el cuerpo, la mente y la relación, y combina técnicas cognitivo-conductuales, mindfulness y trabajo de pareja.

    Nació en los años setenta con Masters y Johnson y con Helen Kaplan, como un programa breve, muy estructurado y centrado en la respuesta sexual. La versión actual conserva los ejercicios y cambió la meta: busca más satisfacción, más placer y menos angustia, más que un funcionamiento genital perfecto (Hall y Binik, 2020; McCarthy y McCarthy, 2019).

    ¿Quién hace terapia sexual?

    Según Hall y Binik (2020), la practican profesionales de la salud mental con formación específica: psicólogos clínicos, psiquiatras, terapeutas de pareja y familia, entre otros. Los mismos autores advierten que en muchos países la terapia sexual no es una profesión regulada y que la sexualidad casi no se enseña en los posgrados generales de psicología. Por eso conviene preguntar qué formación tiene quien te atiende (más abajo hay una guía para elegir).

    ¿Hay contacto físico en la consulta?

    No. Las normas éticas que recogen Hall y Binik (2020) y McCarthy y McCarthy (2019) excluyen cualquier contacto físico o sexual entre terapeuta y paciente. Las evaluaciones son conversaciones, y los ejercicios de caricias o de exploración del cuerpo se hacen en la intimidad de tu casa. Existe una modalidad distinta, la terapia con pareja sustituta, en la que una persona entrenada realiza ejercicios con el paciente. Es un servicio aparte, poco habitual, y no forma parte de la terapia sexual convencional.

    ¿En qué se diferencia de la terapia de pareja y de la medicina sexual?

    La terapia de pareja general trabaja el conflicto, la comunicación y el vínculo. Perel (2006) y McCarthy y McCarthy (2019) coinciden en que resolver las peleas no devuelve automáticamente el deseo ni arregla una disfunción, porque la cercanía emocional y el deseo erótico funcionan con dinámicas distintas. La terapia sexual agrega tareas corporales específicas, como la focalización sensorial o la masturbación dirigida. Si dudas entre ambas, esta guía sobre cuándo ir a terapia de pareja y si funciona te ayuda a decidir.

    La medicina sexual (urología, ginecología, endocrinología) trata la parte biológica, a menudo con fármacos. No compiten. Hall y Binik (2020) describen como la tendencia más sólida el tratamiento combinado, con médico y terapeuta trabajando a la vez.

    ¿Para qué sirve la terapia sexual? ¿Qué problemas trata?

    La terapia sexual trata problemas del deseo y la excitación, del orgasmo, de la erección, de la eyaculación y del dolor durante las relaciones, además de la ansiedad por el desempeño. Esta tabla resume qué se trabaja en cada caso y qué se sabe:

    DificultadQué suele trabajarseQué dice la investigación
    Bajo deseo o poco interés sexualInformación sobre cómo funciona el deseo, terapia cognitivo-conductual, mindfulness, comunicación en parejaCuatro sesiones grupales de mindfulness mejoraron deseo y excitación en 117 mujeres frente a una lista de espera (Brotto y Basson, 2014)
    Dificultad para llegar al orgasmoMasturbación dirigida, focalización sensorialEs de las dos dificultades con mejor evidencia (Frühauf et al., 2013)
    Problemas de erecciónBajar la ansiedad por el desempeño, terapia cognitivo-conductual de pareja, a veces fármacosPsicoterapia más sildenafilo mejoró más que sildenafilo solo, con menos abandonos (Melnik et al., 2008)
    Eyaculación precozTécnicas de parar y empezar o de compresión, focalización sensorialEvidencia limitada, mejor al combinarla con fármaco (Cooper et al., 2015)
    Eyaculación retardadaReentrenamiento de la estimulación, revisión de medicamentosNo hay fármaco aprobado, así que el peso recae en la terapia (Hall y Binik, 2020)
    Dolor en las relaciones (vaginismo, vestibulodinia)Exposición gradual, terapia cognitivo-conductual, fisioterapia de suelo pélvicoEn mujeres con vaginismo de toda la vida, 89 % tuvo coito tras una exposición asistida frente a 11 % en lista de espera (ter Kuile et al., 2013)
    Ansiedad por el desempeñoMindfulness, focalización sensorial, cambio de creenciasEs el mecanismo que mantiene muchas de las anteriores (Carey, 2015)

    Varias de estas filas tienen su propio artículo en este sitio. Si tu duda va por ahí, puedes leer sobre la falta de deseo sexual, la disfunción eréctil psicológica, la eyaculación precoz o la ansiedad de desempeño sexual.

    También se consulta por situaciones que no son una disfunción. Dos personas pueden querer tener sexo con frecuencias distintas, o una de ellas puede sentir que su pareja ya no la desea como antes. Ahí la terapia ayuda a poner en palabras lo que cada uno espera y a definir un ritmo posible. Si te preguntas qué es lo habitual, la frecuencia sexual normal en pareja tiene sus propias cifras.

    ¿Cómo es una sesión de terapia sexual?

    Una sesión de terapia sexual dura en torno a una hora, es una conversación y suele terminar con una tarea concreta para hacer en casa. El proceso completo tiene tres tramos: evaluar, trabajar y cerrar.

    Las primeras sesiones: evaluar y entender el problema

    McCarthy y McCarthy (2019) proponen una evaluación de cuatro sesiones. La primera es conjunta y recorre el motivo de consulta, la historia del problema y la calidad de la relación. La segunda y la tercera son individuales, una con cada integrante, para conversar de la historia sexual, de lo aprendido sobre sexo en la familia, de experiencias difíciles y de lo que cuesta decir delante de la pareja. La cuarta devuelve la información y fija las metas.

    No todos los terapeutas usan este formato exacto, pero el contenido es parecido. Se pregunta cuándo empezó la dificultad, qué pasa justo antes y justo después, qué se ha intentado, qué medicamentos se toman, cuánto alcohol se consume y qué creencias hay sobre el sexo. Hall y Binik (2020) organizan después esa información en factores que predisponen, que desencadenan, que mantienen y que protegen. Esa lectura convierte “tengo un problema” en “esto es lo que lo sostiene, y esto es lo que podemos cambiar”.

    Un efecto importante del primer tramo es que el problema deja de ser de una sola persona. McCarthy y McCarthy (2019) lo resumen como pasar de “tu problema” a “nuestro problema”, con la pareja como un equipo.

    Lo que se trabaja: información, creencias y ansiedad

    Los componentes habituales que describe Carey (2015) en el manual de Caballo son estos:

    • Información realista sobre la sexualidad. Se desmontan mitos como que el sexo equivale a penetración, que el orgasmo debe ser simultáneo o que una erección fallida dice algo sobre el amor.
    • Cambio de creencias. Se revisan pensamientos automáticos del tipo “voy a fallar” o “soy un fracaso”, que alimentan el miedo a la siguiente vez.
    • Manejo del rol de espectador. Quien teme fallar se observa desde fuera durante el sexo, lo que activa el estrés e inhibe la excitación. Se entrena a llevar la atención a las sensaciones y no al rendimiento.
    • Comunicación. Se aprende a pedir, a rechazar sin herir y a conversar sobre gustos. A veces se hacen listas de lo que cada uno quiere probar.

    Los ejercicios en casa: focalización sensorial

    La parte más característica de la terapia sexual son las tareas entre sesiones. La más conocida es la focalización sensorial (sensate focus), creada por Masters y Johnson. Se hace por turnos, en un ambiente tranquilo, y avanza por etapas (Carey, 2015):

    1. Caricias sin genitales ni pechos, sin objetivo de excitación ni de orgasmo.
    2. Caricias que incluyen genitales y pechos, siempre suaves y sin exigencia.
    3. Acercamiento gradual al coito, con movimientos lentos y a un ritmo que marca quien recibe.

    En las primeras etapas el coito se deja de lado de forma temporal. Así desaparece la presión de rendir y la pareja puede reencontrarse desde el tacto. Carey (2015) aconseja aplicar esa pausa con flexibilidad para no generar frustración. Si el contacto desnudo incomoda, se adapta: se puede empezar con ropa, ir más lento o acordar una señal para parar (McCarthy y McCarthy, 2019; Brotto, 2018). Evitar el ejercicio por completo mantiene la ansiedad, así que lo útil es comentar en consulta qué lo hizo difícil.

    Para las dificultades del orgasmo se usa además la masturbación dirigida, una serie de ejercicios individuales de exploración del propio cuerpo que después se llevan a la relación (Hall y Binik, 2020).

    ¿Cuántas sesiones dura una terapia sexual?

    No existe una cifra única. Los programas que describen los manuales son semanales y se miden en meses, no en años. Como orden de magnitud, la síntesis de los manuales de referencia habla de unas 10 a 20 sesiones para un programa estándar (Hall y Binik, 2020; McCarthy y McCarthy, 2019), pero cada caso varía según el problema, la pareja y lo que haya detrás.

    Al final se espacian las citas y se prepara un plan para prevenir recaídas. Carey (2015) incluye controles a los 6 y 12 meses y sugiere mantener la focalización sensorial, sin objetivo de coito, al menos una vez al mes.

    Terapia sexual de pareja o individual: ¿cuál conviene?

    Siempre que haya pareja y esta quiera participar, se prefiere la terapia sexual de pareja, desde la primera sesión. Carey (2015) lo explica así: la pareja suele interpretar el problema como falta de atractivo, de amor o hasta infidelidad, y si no se aborda eso puede sabotear los ejercicios sin darse cuenta. Hay datos que apoyan la idea. En la eyaculación precoz, las parejas de los hombres afectados reportan más problemas sexuales, menor satisfacción y más malestar, y la revisión de Graziottin y Althof (2011) concluye que conviene tratarla como un problema de la pareja. Para la disfunción eréctil, una revisión de Nature Reviews Urology propone que la pareja participe en la evaluación y en la elección del tratamiento (Li et al., 2016).

    La terapia individual tiene más sentido en varios casos. Uno es cuando no tienes pareja. Otro, cuando hay una experiencia de violencia sexual que necesita trabajarse a solas antes de involucrar a otra persona. Otro más, cuando la pareja no quiere ir al comienzo. En estas situaciones se trabajan por separado la información, la ansiedad y los ejercicios individuales, como la masturbación dirigida, y se suma la pareja cuando sea viable (Hall y Binik, 2020).

    La terapia sexual también se adapta a parejas del mismo sexo y a personas trans. Hall y Binik (2020) subrayan que la terapia moderna ya no parte de que “sexo equivale a penetración”, y que los ejercicios se ajustan a lo que cada pareja hace y desea.

    Terapia sexual para hombres y para mujeres: qué cambia

    Los principios son los mismos, pero cambian las dificultades más frecuentes y el papel de los medicamentos. Hall y Binik (2020) señalan que en los hombres existe más integración con la medicina, y en las mujeres predominan los abordajes psicológicos.

    Terapia sexual para hombres

    Los motivos de consulta más habituales son los problemas de erección, la eyaculación precoz, la eyaculación retardada y el bajo deseo. Como existen fármacos eficaces para la erección y para la eyaculación precoz, lo habitual es combinar medicación y terapia. Esa combinación tiene datos a favor:

    • En una revisión de 11 ensayos con 398 hombres, la psicoterapia más sildenafilo mejoró la disfunción eréctil y tuvo menos abandonos que el fármaco solo (Melnik et al., 2008).
    • En un ensayo piloto con 53 parejas, 48 % de los hombres cumplió el criterio de éxito en la función eréctil a las 4 semanas con sildenafilo más terapia sexual cognitivo-conductual, frente a 29 % con sildenafilo solo (Banner y Anderson, 2007).
    • Un ensayo con grupo placebo en 116 hombres jóvenes con disfunción eréctil no orgánica encontró que tanto la terapia sexual cognitivo-conductual como el tratamiento integrado mejoraron la función eréctil frente a placebo (Bilal y Abbasi, 2022). Se hizo en un solo país y con un solo fármaco.
    • En la eyaculación precoz, Althof (2016) concluye que la combinación de fármaco y psicoterapia es la intervención más prometedora y supera al fármaco solo. Una revisión de 10 ensayos halló que las técnicas conductuales tienen respaldo limitado por sí solas (Cooper et al., 2015).

    En los hombres, la erección también es una señal de salud general. Por eso Hall y Binik (2020) recomiendan una revisión médica antes de asumir que el origen es solo psicológico. Puedes ampliar en los artículos sobre disfunción eréctil psicológica y eyaculación precoz.

    Terapia sexual para mujeres

    En las mujeres las dificultades más frecuentes son el bajo interés o la baja excitación sexual, el orgasmo y el dolor en las relaciones. El DSM-5 agrupó el deseo y la excitación en un solo diagnóstico, porque en la práctica se mezclan (Hall y Binik, 2020). Para el orgasmo no hay fármacos aprobados y los aprobados para el deseo tienen beneficios modestos, así que la primera línea es psicológica (Hall y Binik, 2020).

    • Deseo y excitación. Además del ensayo de mindfulness grupal de la tabla anterior (Brotto y Basson, 2014), un metaanálisis de 11 ensayos con 449 participantes halló mejoras de tamaño moderado en función y bienestar sexual con terapias basadas en mindfulness (Stephenson y Kerth, 2017).
    • Orgasmo. La masturbación dirigida es el tratamiento con más respaldo, a veces junto con focalización sensorial. En un ensayo pequeño con 35 parejas chinas, una versión online de la focalización sensorial mejoró el orgasmo en las mujeres frente a lista de espera, y se mantuvo a los tres meses (Huang et al., 2024).
    • Dolor. En la revisión de Maseroli et al. (2018), los estudios observacionales mostraron que alrededor de 79 % de las mujeres con vaginismo lograba completar el coito tras tratarse, sin que un enfoque superara a otro. El nivel de evidencia es bajo, y los propios autores piden cautela.

    Si tu consulta va por el deseo, puedes leer sobre la falta de deseo sexual y sobre qué hacer cuando tu pareja ya no te desea como antes.

    ¿Funciona la terapia sexual? Lo que dice la evidencia

    Funciona de forma moderada en promedio, con mejor evidencia para el bajo deseo femenino y el orgasmo femenino, y con muchas preguntas aún abiertas. El metaanálisis más citado, de 20 ensayos que comparaban una intervención psicológica con lista de espera, halló un efecto de d = 0,58 en la gravedad de los síntomas y de d = 0,47 en la satisfacción sexual (Frühauf et al., 2013). Los autores concluyen que las intervenciones psicológicas son opciones eficaces, pero que la evidencia varía mucho de un trastorno a otro y que faltan estudios de largo plazo y comparaciones entre tratamientos.

    Hay una trampa histórica que conviene conocer. En 1970 Masters y Johnson reportaron tasas de éxito cercanas al 98 %. Una revisión Cochrane sobre eyaculación precoz señala que esos resultados no se pudieron replicar (Melnik et al., 2011). Según Hall y Binik (2020), los participantes originales eran parejas con tiempo y dinero para dedicarse por completo al tratamiento, y el estudio no tuvo grupo de comparación. Ninguna cifra de éxito de ese tipo vale hoy como promesa.

    Tres límites ayudan a poner las expectativas en su sitio:

    • Muchos estudios son pequeños. Varios son pilotos, con pocos participantes y seguimientos cortos. Los propios autores de las revisiones lo señalan.
    • Resolver el síntoma no resuelve todo. Hall y Binik (2020) advierten que lograr, por ejemplo, la penetración en el vaginismo no trae automáticamente deseo ni placer. Esa parte requiere un trabajo posterior.
    • No encontré estudios chilenos con metodología comparable, así que estos datos vienen sobre todo de Estados Unidos, Europa y Asia.

    El mindfulness merece una precisión. Una revisión sistemática de 15 estudios encontró que mejora el deseo y la excitación subjetivos, la satisfacción y el miedo asociado a la actividad sexual en mujeres, pero no cambia el dolor, y solo un estudio incluyó hombres con disfunción eréctil (Jaderek y Lew-Starowicz, 2019).

    ¿Se puede hacer terapia sexual online?

    Sí, porque la mayor parte de la terapia sexual es conversación, y los ejercicios se hacen en casa de todos modos. La evidencia disponible viene de programas estructurados y con apoyo de un terapeuta, más que de una videollamada cualquiera. En un ensayo con 78 hombres con disfunción eréctil, 7 semanas de terapia cognitivo-conductual por internet con apoyo del terapeuta mostraron una diferencia pequeña al terminar (d = 0,1) que creció en el seguimiento a seis meses (d = 0,88) frente a un grupo de discusión en línea (Andersson et al., 2011). Y la versión online de la focalización sensorial mencionada arriba mostró mejoras en parejas (Huang et al., 2024).

    Ambos estudios son pequeños. Hay límites prácticos: por videollamada no se puede hacer un examen físico, así que si el caso lo requiere (dolor, erección, medicamentos) te derivarán a un médico. Si quieres saber cómo funciona una consulta virtual, esta guía sobre la terapia psicológica online lo explica, y la primera sesión con el psicólogo detalla qué esperar.

    ¿Cuándo conviene ir primero al médico o la terapia sexual no basta?

    Conviene una evaluación médica antes o junto con la terapia cuando hay dolor, problemas de erección, un inicio repentino o un medicamento nuevo. Algunos casos requieren otras prioridades:

    • Dolor en las relaciones. Hall y Binik (2020) recomiendan una consulta ginecológica previa para descartar infecciones, atrofia por falta de estrógenos, enfermedades de la piel o endometriosis.
    • Antidepresivos. Un metaanálisis encontró disfunción sexual en entre 25,8 % y 80,3 % de las personas según el fármaco, con más riesgo en la sertralina, la venlafaxina, el citalopram y la paroxetina, y sin diferencia frente a placebo en el bupropión, la mirtazapina y la agomelatina (Serretti y Chiesa, 2009). Una revisión clínica propone manejarlo caso a caso, por ejemplo ajustando la dosis o cambiando de fármaco (Rothmore, 2020). No suspendas el tratamiento por tu cuenta: puede haber recaídas o síntomas de retirada. Cuéntaselo a quien lo indicó.
    • Depresión importante. Apaga el deseo y la energía, y tratar la disfunción sin atender el cuadro de fondo rinde poco (Brotto, 2018; Hall y Binik, 2020).
    • Consumo de alcohol o drogas. Altera la respuesta sexual y a veces se usa para calmar el malestar. Se trabaja antes o a la vez (Brotto, 2022; Nagoski, 2015).
    • Violencia en la pareja. Si hay golpes, amenazas o coerción, la terapia sexual y la de pareja están contraindicadas (Christensen et al., 2014; Hall y Binik, 2020), porque trabajar la intimidad expone a la persona a represalias. La prioridad es la seguridad. Puedes leer sobre violencia psicológica en la pareja, y en Chile el Fono 1455 orienta gratuitamente sobre violencia contra las mujeres.
    • Trauma sexual no procesado. Con disociación o recuerdos intensos durante el contacto, la terapia sexual estándar no basta. Primero se trabaja el trauma, y los ejercicios de contacto se retoman después (Hall y Binik, 2020). Si acompañas a alguien en esa situación, esta guía para apoyar a una víctima de violencia sexual puede servirte.

    ¿Cómo elegir a un profesional de terapia sexual?

    Elige a alguien con formación específica en sexualidad y habilitado para ejercer, y desconfía de cualquier propuesta que incluya contacto físico. Tres comprobaciones ayudan:

    1. Pregunta por su formación en sexualidad. Hall y Binik (2020) señalan que no está garantizada por el título de psicólogo o de médico. Un profesional serio te dirá con qué se formó y qué casos atiende.
    2. Revisa que esté habilitado. En Chile puedes consultar si figura en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.
    3. Fíjate en el encuadre. Debe haber una primera conversación para entender el caso, objetivos claros y tareas en casa. Si propone contacto físico o sexual en consulta, es una falta ética.

    ¿Cuándo consultar?

    Consulta si una dificultad sexual te molesta o molesta a tu pareja y lleva meses sin mejorar. Los criterios diagnósticos del DSM-5 para la mayoría de las disfunciones piden al menos seis meses de duración con malestar, pero no hace falta cumplir un diagnóstico para pedir ayuda. Si la vergüenza te impide hablar del tema con tu pareja, si aparece dolor, si el problema empezó con un medicamento nuevo o si la distancia entre ustedes crece, no esperes. La Organización Mundial de la Salud entiende la salud sexual como parte del bienestar general, y pedir ayuda es una forma razonable de cuidarla.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué se hace en una sesión de terapia sexual?

    Se conversa durante cerca de una hora. Al comienzo el terapeuta evalúa la historia del problema, la relación y el estado de salud. Después se trabaja con información, revisión de creencias y manejo de la ansiedad, y se acuerdan ejercicios para hacer en casa, como la focalización sensorial (Carey, 2015).

    ¿Hay que desnudarse o hay contacto físico con el terapeuta?

    No. La terapia sexual es conversación, sin contacto físico ni sexual en consulta, según las normas éticas del área (Hall y Binik, 2020). Los ejercicios corporales se hacen en privado, en casa, solo o con tu pareja.

    ¿Cuánto dura una terapia sexual?

    Depende del problema y de cada pareja. Los programas son de sesiones semanales durante meses, y las estimaciones de los manuales rondan entre 10 y 20 sesiones para un programa estándar (Hall y Binik, 2020), con controles de seguimiento a los 6 y 12 meses (Carey, 2015).

    ¿Sirve la terapia sexual si no tengo pareja?

    Sí. Se trabaja la información, las creencias, la ansiedad y ejercicios individuales, como la masturbación dirigida para las dificultades del orgasmo (Hall y Binik, 2020). Si más adelante tienes pareja, se puede incorporar.

    ¿Quién hace terapia sexual: un psicólogo o un sexólogo?

    Pueden hacerla psicólogos clínicos, psiquiatras y otros profesionales de la salud con formación específica. En muchos países “sexólogo” no es un título regulado (Hall y Binik, 2020), así que lo importante es la formación y que el profesional esté habilitado para ejercer.

    ¿Puedo ir solo o tiene que ser en pareja?

    Puedes ir solo. Si tienes pareja y quiere participar, lo ideal es incluirla desde el inicio (Carey, 2015). Cuando hay violencia en la relación, la terapia de pareja no está indicada y se prioriza la seguridad (Christensen et al., 2014).

    Qué llevarte de todo esto

    La terapia sexual es un tratamiento hablado, con ejercicios en casa, que ayuda en muchos problemas sexuales, con mejor respaldo en unos que en otros, y funciona mejor con una buena evaluación médica. No hay contacto físico, funciona sola o en pareja, y se hace también online. Lo más útil que puedes hacer es consultar a tiempo y elegir a un profesional con formación en el tema.

    En Terapia Online Chile puedes agendar una consulta para revisar tu caso con calma. Si quieres saber más sobre quien escribe, está en Quiénes somos.

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    Referencias

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    Stephenson, K. R., & Kerth, J. (2017). Effects of mindfulness-based therapies for female sexual dysfunction: A meta-analytic review. The Journal of Sex Research, 54(7), 832-849. https://doi.org/10.1080/00224499.2017.1331199

    ter Kuile, M. M., Melles, R., de Groot, H. E., Tuijnman-Raasveld, C. C., & van Lankveld, J. J. D. M. (2013). Therapist-aided exposure for women with lifelong vaginismus: A randomized waiting-list control trial of efficacy. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 81(6), 1127-1136. https://doi.org/10.1037/a0034292

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Anorgasmia femenina: causas y tratamiento

    Anorgasmia femenina: causas y tratamiento

    Si nunca has tenido un orgasmo, o los tenías y dejaste de tenerlos, probablemente llevas tiempo preguntándote qué te pasa. La anorgasmia femenina tiene nombre, tiene explicaciones y, en la mayoría de los casos que se han estudiado, tiene tratamiento. También conviene saber desde ya que no tener orgasmos solo con la penetración, algo que le ocurre a la mayoría de las mujeres, no cuenta como un trastorno.

    Este artículo ordena lo que dicen la investigación y los manuales de terapia sexual: qué es la anorgasmia, cuántas mujeres la viven, por qué cuesta llegar al orgasmo, qué hacer si nunca has tenido un orgasmo, qué tratamientos tienen estudios detrás y cuándo consultar. También responde por la anorgasmia masculina, que existe pero funciona distinto.

    Respuesta corta

    La anorgasmia femenina es la ausencia, el retraso o la intensidad muy disminuida del orgasmo, que se repite en casi todos los encuentros sexuales durante al menos seis meses y causa malestar. Sus causas mezclan factores mentales, de pareja, médicos y de información sobre el cuerpo. La masturbación dirigida, la focalización sensorial y el mindfulness son los tratamientos con más respaldo.

    ¿Qué es la anorgasmia femenina y cuándo se considera un trastorno?

    La anorgasmia femenina es la dificultad persistente para tener orgasmos pese a que haya deseo y estimulación. El manual diagnóstico DSM-5 la llama trastorno orgásmico femenino y exige tres condiciones: que el orgasmo falte, llegue muy tarde o sea muy atenuado en el 75 % a 100 % de las experiencias sexuales, que esto dure al menos seis meses y que cause un malestar clínico importante. Así lo resumen Mintz y Guitelman (2020) en el manual de terapia sexual de Binik y Hall, y lo repite una revisión sobre su tratamiento psicológico (Marchand, 2021).

    Dos aclaraciones evitan alarmas innecesarias. La primera es el malestar: si una mujer no tiene orgasmos y eso no la incomoda, no hay trastorno que tratar. Según Brotto (2018), solo alrededor de una de cada tres mujeres con dificultades orgásmicas o de deseo dice sentirse preocupada por ello. La segunda es la penetración. Mintz y Guitelman (2020) y McCarthy y McCarthy (2019) coinciden en que no llegar al orgasmo solo con el coito, sin estimulación del clítoris, es una respuesta frecuente y no un diagnóstico.

    Una revisión crítica de los criterios del DSM (Graham, 2010) agrega un matiz útil: la definición debería dar más peso a lo que la mujer vive como orgasmo y reconocer mejor el papel de la relación de pareja. Es decir, propone apoyar el diagnóstico más en la experiencia de quien lo vive que en una medida fisiológica.

    ¿Qué tipos de anorgasmia existen?

    Se clasifican por cuándo empezó y por dónde aparece. Los manuales distinguen dos ejes que se combinan (Mintz y Guitelman, 2020; Nagoski, 2015):

    Tipo Qué significa Ejemplo
    De toda la vida (primaria) Nunca ha habido un orgasmo, ni a solas ni con pareja Una mujer de 30 años que jamás ha llegado al clímax
    Adquirida (secundaria) Hubo orgasmos antes y se perdieron Tras un cambio de medicación, un parto o una etapa de mucho estrés
    Generalizada Ocurre con cualquier tipo de estimulación o contexto No hay orgasmo en pareja ni masturbándose
    Situacional Ocurre solo en ciertas circunstancias Llega a solas, pero no con pareja

    McCarthy y McCarthy (2019) separan además a las mujeres que nunca han tenido un orgasmo por ningún medio de las que sí lo logran a solas, pero nunca en presencia de una pareja. Esa distinción importa porque la segunda situación suele tener una vía de tratamiento más corta: el cuerpo ya sabe hacerlo, y lo que falta es llevarlo a la pareja.

    ¿Qué tan frecuente es la anorgasmia femenina?

    Las cifras varían mucho porque depende de cómo se defina. Una revisión de la literatura psicológica estima que el trastorno orgásmico afecta hasta a 28 % de las mujeres en Estados Unidos y hasta a 46 % en países de Asia (Marchand, 2021). Otra revisión sobre el trastorno lo ubica entre 11 % y 41 % de las mujeres en el mundo (Rellini y Clifton, 2011). Si se aplican los criterios estrictos del DSM-5, con malestar incluido, Mintz y Guitelman (2020) calculan entre 3 % y 10 %.

    Sobre las mujeres que nunca han tenido un orgasmo, Nagoski (2015) habla de 5 % a 10 %, y McCarthy y McCarthy (2019) de 5 % a 8 % para la forma absoluta y de 10 % a 15 % para quienes lo logran a solas pero no en pareja. No encontré cifras chilenas con una metodología comparable, así que no las inventamos: toma estos datos como un orden de magnitud.

    También hay una brecha entre hombres y mujeres que ayuda a poner el tema en perspectiva. En una encuesta nacional estadounidense con más de 52.000 adultos, 65 % de las mujeres heterosexuales dijo llegar al orgasmo casi siempre o siempre al tener intimidad, frente a 95 % de los hombres heterosexuales (Frederick et al., 2018). Un estudio australiano de 19.307 personas halló 95 % en hombres y 69 % en mujeres en su último encuentro heterosexual (Richters et al., 2006). Que tantas mujeres no lleguen siempre al orgasmo sugiere que las prácticas y el contexto pesan tanto como cualquier característica individual.

    ¿Por qué cuesta llegar al orgasmo? Causas de la anorgasmia femenina

    Casi nunca hay una sola causa. El orgasmo depende del cuerpo, de la atención, de lo aprendido y de la relación, y la dificultad suele salir de la suma de varios factores (Rellini y Clifton, 2011). Separarlos ayuda a entender, aunque en una persona real se mezclan.

    Un cerebro con demasiados frenos

    Nagoski (2015) explica el orgasmo con el modelo de control dual: el cerebro tiene un sistema que acelera la excitación y otro que la frena. Según ella, la mayoría de los problemas orgásmicos no vienen de poca estimulación, sino de demasiada actividad en los frenos: estrés, preocupación por tardar, culpa o miedo a no dar la talla.

    Un ejemplo frecuente es el spectatoring, palabra que viene de Masters y Johnson y describe mirarse a una misma desde afuera durante el sexo: ¿cuánto llevo?, ¿cómo me veo?, ¿se estará aburriendo? Brotto (2018) lo describe como un juicio en tercera persona que genera tensión y ansiedad justo cuando hace falta soltarse. Mintz y Guitelman (2020) citan estudios cerebrales según los cuales, poco antes del orgasmo, se apagan las zonas del pensamiento consciente, algo que el monitoreo constante impide.

    La ansiedad sexual también aparece en los datos. En un estudio con 556 mujeres de 18 a 30 años, una menor autoestima sexual y una mayor ansiedad sexual explicaron por qué las inseguridades de apego se asociaban con peor función y satisfacción sexual (Brassard et al., 2015). Es un estudio transversal, así que muestra una asociación y no una causa.

    Falta de información sobre el cuerpo

    Una causa muy corriente y muy corregible es no saber qué tipo de estimulación funciona. Nagoski (2015) calcula que solo el 30 % de las mujeres llega al orgasmo de forma constante únicamente con penetración, y que el 70 % restante necesita estimulación directa del clítoris. Mintz y Guitelman (2020) citan un trabajo de Shirazi y colaboradores según el cual entre 21 % y 31 % de las mujeres llega al orgasmo con el coito solo, y entre 51 % y 60 % cuando hay estimulación del clítoris al mismo tiempo.

    La encuesta de Frederick y colaboradores muestra lo mismo desde otro ángulo: las mujeres que llegaban al orgasmo con más frecuencia habían recibido más sexo oral, tenían encuentros más largos, pedían lo que querían en la cama y solían incluir besos profundos o estimulación manual de los genitales además del coito (Frederick et al., 2018). El estudio australiano coincide: cuantas más prácticas incluía el encuentro, más probable era el orgasmo, sobre todo con sexo oral (Richters et al., 2006). Son encuestas de autorreporte, así que describen patrones y no prueban qué causa qué.

    Vergüenza, culpa y trauma

    Mintz y Guitelman (2020) señalan que las actitudes negativas hacia el sexo, la culpa y la vergüenza aprendidas en la familia, la religión o la cultura inhiben la capacidad de soltar el control, y que se cuentan entre los factores de riesgo más estudiados. Nagoski (2015) agrega que la culpa y el asco aprendidos activan directamente los frenos. Si este tema te suena, el artículo sobre la diferencia entre culpa y vergüenza puede servirte de contexto.

    La imagen corporal pesa de forma parecida. Pensar en el abdomen o en cómo se ve la vulva durante el sexo es una forma de spectatoring (Nagoski, 2015; Mintz y Guitelman, 2020).

    Un antecedente de violencia sexual también puede intervenir. Según Nagoski (2015), el trauma cambia la forma en que el cerebro lee las señales: estímulos que serían eróticos se interpretan como amenaza y se activan los frenos. Brotto (2018) describe la disociación durante el sexo en algunas sobrevivientes. En estos casos conviene un profesional con formación en trauma, y el orgasmo no es la prioridad ni la meta. Si estás acompañando a alguien, esta guía para apoyar a una víctima de violencia sexual puede ayudarte.

    La relación de pareja

    Mintz y Guitelman (2020) identifican como factores de mantenimiento la poca habilidad o interés de la pareja en estimular el clítoris, la incomodidad para pedir lo que se necesita, el resentimiento, la falta de confianza y, a veces, una pareja con eyaculación precoz o problemas de erección que corta el encuentro antes de que ella llegue. Nagoski (2015) destaca que presionar a una mujer para que tenga un orgasmo activa los frenos de ambos.

    Si el problema aparece junto con una caída del deseo, tal vez te sirva leer sobre la falta de deseo sexual o sobre qué pasa cuando tu pareja ya no te desea como antes.

    Medicamentos, enfermedades y biología

    Algunos antidepresivos dificultan el orgasmo. Un metaanálisis sobre disfunción sexual por antidepresivos encontró que entre 25,8 % y 80,3 % de las personas la presentaba según el fármaco (deseo, excitación u orgasmo), con más riesgo en la sertralina, la venlafaxina, el citalopram y la paroxetina, y sin diferencia frente a placebo en el bupropión, la mirtazapina, la agomelatina, la moclobemida y la nefazodona (Serretti y Chiesa, 2009). Incluye estudios abiertos y escalas distintas, por lo que las cifras exactas deben tomarse con cautela.

    Una revisión clínica coincide en que el riesgo es mayor con los ISRS y los IRSN, y propone manejarlo caso a caso, por ejemplo revisando otras causas, ajustando la dosis, sumando otro fármaco o cambiando de antidepresivo (Rothmore, 2020). Hay que decirlo con claridad: no suspendas un antidepresivo por tu cuenta, porque hacerlo puede traer recaídas o síntomas de retirada. Lo que corresponde es contárselo a quien lo indicó.

    Mintz y Guitelman (2020) agregan otras causas médicas que un profesional debería descartar: enfermedades vasculares, diabetes, problemas de tiroides, alteraciones del suelo pélvico y efectos de otros fármacos. También advierten que el alcohol en dosis altas reduce la capacidad orgásmica y que la menopausia, por sí sola, no determina que se pierda el orgasmo.

    La biología pesa, pero no es destino. En un estudio con más de 3.000 gemelas australianas, la herencia explicó cerca de 31 % de la variación en la frecuencia de orgasmo durante el coito, 37 % en otros contactos sexuales con pareja y 51 % en la masturbación (Dawood et al., 2005).

    Nunca he tenido un orgasmo: ¿qué significa y se puede aprender?

    Si nunca has tenido un orgasmo, lo más probable es que sea una anorgasmia de toda la vida, y es la que mejor responde al entrenamiento. Los manuales coinciden en que la capacidad de llegar al orgasmo se puede aprender. Mintz y Guitelman (2020) reportan que entre 60 % y 90 % de las mujeres con anorgasmia de toda la vida logra el orgasmo con masturbación dirigida, y Nagoski (2015) habla de cerca de 80 %.

    Antes de empezar, hay tres ideas que ayudan. Primero, a solas casi todas pueden: entre 92 % y 95 % de las mujeres llega al orgasmo masturbándose (Mintz y Guitelman, 2020), de modo que no tenerlo con pareja suele indicar un problema de contexto o de comunicación y no un cuerpo que no funciona. Segundo, buscar el orgasmo con ansiedad lo aleja: Brotto (2018) propone poner el foco en las sensaciones y no en el resultado. Tercero, la presión de llegar suele ser parte del problema, no la solución.

    Una revisión de tratamientos psicológicos concluye que los resultados son mejores en la anorgasmia de toda la vida o generalizada que en la adquirida o situacional (Marchand, 2021). La misma revisión subraya que existen tratamientos eficaces, así que una forma más difícil de tratar no significa una forma sin salida.

    Anorgasmia femenina: tratamiento con respaldo científico

    Si buscaste “anorgasmia tratamiento”, esto es lo que tiene estudios detrás. Un metaanálisis de 20 ensayos sobre intervenciones psicológicas para disfunciones sexuales, comparadas con lista de espera, halló un efecto global de d = 0,58 en la gravedad de los síntomas y d = 0,47 en la satisfacción sexual, con la evidencia más sólida en el bajo deseo y el orgasmo femenino (Frühauf et al., 2013). La revisión de Marchand (2021) agrega que el tratamiento de este trastorno casi no ha cambiado desde los años ochenta, y que hace falta más investigación.

    Masturbación dirigida

    Es el tratamiento con más respaldo (Marchand, 2021; Carey, 2015). Se hace en casa, a lo largo de varias semanas, y avanza por pasos. Según Mintz y Guitelman (2020), primero se aprende sobre anatomía, incluida la del clítoris, y se explora el propio cuerpo con un espejo. Luego se pasa a la exploración táctil con lubricante, se incorpora un vibrador si hace falta, y se trabaja con modelos y ensayos si hay miedo a perder el control. Cuando el orgasmo ya ocurre a solas, se lleva a la pareja: se le muestra cómo tocar, se dan instrucciones verbales o se usa la técnica de poner la mano de la pareja sobre la propia. El programa de Heiman y LoPiccolo, que Carey (2015) describe en el manual de Caballo, sigue la misma lógica.

    Según Mintz y Guitelman (2020), entre 33 % y 85 % de las mujeres logra pasar la capacidad orgásmica a las actividades con pareja. El rango es amplio, lo que muestra cuánto varía de una mujer a otra.

    Focalización sensorial y mindfulness

    La focalización sensorial (sensate focus) consiste en ejercicios de caricias en pareja sin objetivo de orgasmo, con el coito pospuesto, para bajar la ansiedad. Mintz y Guitelman (2020) señalan que por sí sola no cambia de forma sostenida la función orgásmica, pero que combinada con masturbación dirigida funciona mejor que esta última sola. En un ensayo pequeño con 35 parejas chinas, una versión online mejoró el orgasmo en las mujeres y se mantuvo a los tres meses (Huang et al., 2024).

    El mindfulness ataca el spectatoring. En un ensayo con 65 mujeres que tenían dificultad para llegar al orgasmo, un programa de terapia cognitiva basada en mindfulness en video y un programa cognitivo-conductual en video mejoraron por igual la función sexual, el malestar, el orgasmo y la satisfacción, con seguimiento a dos meses (Adam et al., 2020). Fue una muestra de conveniencia y sin grupo sin tratamiento, de modo que es una señal prometedora y no una prueba definitiva.

    Educación sexual y terapia de pareja

    La información corrige mitos con efecto directo. Saber que la mayoría necesita estimulación del clítoris, y que el orgasmo “solo con penetración” no es el estándar, quita presión a muchas mujeres (Nagoski, 2015; McCarthy y McCarthy, 2019). Mintz y Guitelman (2020) indican la terapia de pareja cuando la anorgasmia es adquirida o aparece solo con la pareja. Si no sabes cuándo conviene, esta guía sobre cuándo ir a terapia de pareja y si funciona ayuda a decidir.

    Fármacos, vibradores y productos de moda

    Mintz y Guitelman (2020) afirman que ningún fármaco está aprobado por la FDA para tratar el trastorno orgásmico femenino, y una revisión llega a la misma conclusión (Rellini y Clifton, 2011). Los medicamentos aprobados para el deseo sexual no sirven para el orgasmo (Mintz y Guitelman, 2020). Los mismos autores recomiendan desconfiar de los dispositivos de “rejuvenecimiento vaginal” y de ciertas inyecciones, sobre los cuales la FDA emitió una advertencia en 2018.

    Los vibradores, en cambio, son parte habitual de los protocolos de masturbación dirigida. Nagoski (2015) y McCarthy y McCarthy (2019) aclaran que no generan adicción fisiológica; lo que ocurre es que llegar muy rápido con vibrador puede hacer que la estimulación manual parezca lenta y frustrante, un tema de expectativas que se trabaja en terapia.

    ¿Y la anorgasmia masculina?

    Existe, pero se parece poco a la femenina y se estudia mucho menos. En los hombres suele llamarse orgasmo retardado o eyaculación retardada. Una guía para clínicos describe causas médicas por medicamentos, psicógenas, endocrinas y alteraciones de la sensibilidad genital, y concluye que no hay un tratamiento farmacológico estándar, así que el manejo suele ser multidisciplinario y combina el ajuste de medicamentos con terapia sexual (Nguyen et al., 2024). Otra revisión llega a un mensaje parecido: no hay buenos fármacos, y el tratamiento se centra en las causas y en la psicoterapia (Jenkins y Mulhall, 2015).

    Carey (2015) señala que es el trastorno sexual que menos se ve en consulta: entre 4 % y 10 % de los hombres que acuden a clínicas de terapia sexual, según los datos que cita. Si tu consulta va por los otros trastornos masculinos, puedes leer sobre la disfunción eréctil psicológica y la eyaculación precoz.

    ¿Cuándo consultar a un profesional?

    Consulta si llevas seis meses o más sin llegar al orgasmo en casi todos tus encuentros y eso te molesta. También si la dificultad aparece junto con dolor al tener relaciones, ánimo bajo o ansiedad intensa, si hay un antecedente de violencia sexual, si te distancia de tu pareja, o si ya probaste por tu cuenta durante varios meses sin cambios (Mintz y Guitelman, 2020).

    Lo que corresponde primero es una revisión médica. Mintz y Guitelman (2020) recomiendan un examen ginecológico, descartar causas vasculares, endocrinas y de tiroides, revisar los medicamentos y, si corresponde, evaluar el suelo pélvico con un kinesiólogo especializado. Con eso hecho, la psicoterapia o terapia sexual de orientación cognitivo-conductual es el camino con más respaldo. La OMS entiende la salud sexual como parte del bienestar general, no como un lujo ni como algo que haya que resolver a solas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la anorgasmia femenina?

    Es la ausencia, el retraso o la intensidad muy reducida del orgasmo en la mayoría de los encuentros sexuales durante al menos seis meses, con malestar. Puede ser de toda la vida o adquirida, y generalizada o situacional. Si no hay malestar, no se considera un trastorno.

    ¿Es normal no haber tenido nunca un orgasmo?

    Es menos raro de lo que parece: entre 5 % y 10 % de las mujeres dice no haberlo tenido nunca, según Nagoski (2015). No es normal en el sentido de que haya que aceptarlo si te preocupa, porque entre 60 % y 90 % lo logra con masturbación dirigida (Mintz y Guitelman, 2020).

    ¿La anorgasmia tiene cura?

    Los tratamientos psicológicos funcionan en muchos casos, sobre todo en la anorgasmia de toda la vida, pero no hay una cifra de cura que valga para todas. La masturbación dirigida, la focalización sensorial y el mindfulness tienen estudios que los respaldan. Empieza por una revisión médica para descartar causas físicas.

    ¿Los antidepresivos pueden causar anorgasmia?

    Sí, sobre todo los ISRS y los IRSN, aunque el riesgo varía mucho según el fármaco. Mintz y Guitelman (2020) hablan de entre un tercio y más de la mitad de las mujeres con retraso o inhibición del orgasmo. No los suspendas por tu cuenta: consulta a quien los indicó, porque hay opciones de ajuste.

    ¿Existe la anorgasmia masculina?

    Sí, y se llama orgasmo retardado o anorgasmia en varones. Es poco frecuente en consulta y tiene causas médicas (medicamentos, hormonas, nervios) y psicológicas. No hay un fármaco estándar; el manejo combina ajuste de medicamentos y terapia sexual (Nguyen et al., 2024).

    Qué llevarte de todo esto

    La anorgasmia femenina es un problema común, mal explicado y con más salida de la que se suele creer. Antes de pensar que algo está mal contigo, conviene mirar qué tipo de estimulación recibes, cuánta presión sientes y qué medicamentos tomas. Si llevas meses con esta dificultad y te pesa, una evaluación médica y una terapia sexual de enfoque cognitivo-conductual son un buen punto de partida.

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    Referencias

    Adam, F., De Sutter, P., Day, J., & Grimm, E. (2020). A randomized study comparing video-based mindfulness-based cognitive therapy with video-based traditional cognitive behavioral therapy in a sample of women struggling to achieve orgasm. The Journal of Sexual Medicine, 17(2), 312-324. https://doi.org/10.1016/j.jsxm.2019.10.022

    Brassard, A., Dupuy, E., Bergeron, S., & Shaver, P. R. (2015). Attachment insecurities and women’s sexual function and satisfaction: The mediating roles of sexual self-esteem, sexual anxiety, and sexual assertiveness. The Journal of Sex Research, 52(1), 110-119. https://doi.org/10.1080/00224499.2013.838744

    Brotto, L. A. (2018). Better sex through mindfulness: How women can cultivate desire. Greystone Books.

    Carey, M. P. (2015). Tratamiento cognitivo-conductual de las disfunciones sexuales. En V. E. Caballo (Dir.), Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos (Vol. 1, pp. 267-298). Siglo XXI.

    Dawood, K., Kirk, K. M., Bailey, J. M., Andrews, P. W., & Martin, N. G. (2005). Genetic and environmental influences on the frequency of orgasm in women. Twin Research and Human Genetics, 8(1), 27-33. https://doi.org/10.1375/1832427053435427

    Frederick, D. A., St. John, H. K., Garcia, J. R., & Lloyd, E. A. (2018). Differences in orgasm frequency among gay, lesbian, bisexual, and heterosexual men and women in a U.S. national sample. Archives of Sexual Behavior, 47(1), 273-288. https://doi.org/10.1007/s10508-017-0939-z

    Frühauf, S., Gerger, H., Schmidt, H. M., Munder, T., & Barth, J. (2013). Efficacy of psychological interventions for sexual dysfunction: A systematic review and meta-analysis. Archives of Sexual Behavior, 42(6), 915-933. https://doi.org/10.1007/s10508-012-0062-0

    Graham, C. A. (2010). The DSM diagnostic criteria for female orgasmic disorder. Archives of Sexual Behavior, 39(2), 256-270. https://doi.org/10.1007/s10508-009-9542-2

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    Marchand, E. (2021). Psychological and behavioral treatment of female orgasmic disorder. Sexual Medicine Reviews, 9(2), 194-211. https://doi.org/10.1016/j.sxmr.2020.07.007

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Dolor en las relaciones sexuales: causas, vaginismo y tratamiento

    Dolor en las relaciones sexuales: causas, vaginismo y tratamiento

    Si tener relaciones te duele, no es algo que haya que aguantar hasta que pase solo. Tampoco es raro: una encuesta británica con más de 6.600 mujeres sexualmente activas encontró que 7,5 % había tenido dolor al tener sexo durante tres meses o más en el último año. Y casi siempre tiene explicación y tratamiento, aunque el camino suele pasar por más de un profesional.

    Este artículo ordena lo que se sabe: qué diferencia al vaginismo de la dispareunia, por qué el dolor en las relaciones sexuales de una mujer puede tener causas médicas y psicológicas a la vez, qué ocurre con el dolor en las relaciones sexuales después del parto y qué tratamientos tienen estudios detrás. También dice dónde la evidencia es floja, que en este tema es más a menudo de lo que quisiéramos.

    Respuesta corta

    El dolor al tener relaciones se llama dispareunia cuando duele durante o después del coito, y vaginismo cuando el miedo y la tensión del suelo pélvico impiden o dificultan la penetración. Las causas son médicas (infecciones, cambios hormonales, cicatrices, endometriosis), psicológicas y de pareja, y suelen sumarse. Lo primero es una evaluación ginecológica. Después, la terapia cognitivo-conductual, el mindfulness y la fisioterapia del suelo pélvico tienen respaldo en ensayos clínicos.

    ¿Qué es el dolor en las relaciones sexuales y cuál es su término médico?

    El dolor sexual tiene dos nombres clásicos y uno actual. Dispareunia es el dolor genital o pélvico durante el coito, ya sea en la entrada de la vagina o más profundo. Vaginismo es la dificultad marcada para la penetración (pareja, tampón o examen ginecológico) por miedo al dolor y tensión de los músculos del suelo pélvico. Desde el DSM-5, ambos se agrupan en el trastorno de dolor genito-pélvico/penetración.

    Para ese diagnóstico, según el manual de terapia sexual de Hall y Binik (2020), las molestias deben ser persistentes por al menos seis meses y causar un malestar importante. Incluye cuatro rasgos que pueden aparecer solos o combinados: dificultad para la penetración, dolor vulvovaginal o pélvico durante ella, miedo o ansiedad intensos ante el dolor o la penetración, y tensión marcada de los músculos del suelo pélvico.

    Una revisión de la literatura sobre vaginismo (Lahaie et al., 2010) advierte algo que cambia la forma de entenderlo: el vaginismo no es tan fácil de diagnosticar ni de tratar como se pensaba y cuesta separarlo de la dispareunia, por lo que conviene un enfoque multidisciplinario. Por eso la idea clásica del “espasmo involuntario” se considera hoy incompleta. Los especialistas lo describen más bien como una respuesta defensiva ante la amenaza del dolor, parecida a una fobia a la penetración (ter Kuile y Reissing, 2020).

    La forma más común de dispareunia es la vestibulodinia provocada (Bergeron et al., 2016): un dolor de ardor o quemazón en el borde de la entrada de la vagina que aparece con un roce mínimo, como un tampón, la ropa ajustada o el contacto sexual, sin infección ni lesión visible (Hall y Binik, 2020).

    ¿Qué tan frecuente es el dolor en las relaciones sexuales en la mujer?

    Es frecuente, aunque las cifras varían mucho según cómo se pregunte. En la encuesta nacional británica con 15.162 adultos, 7,5 % de las mujeres sexualmente activas reportó sexo doloroso por tres meses o más, y una cuarta parte de ellas lo sentía muy a menudo o siempre, por seis meses o más y con malestar (Mitchell et al., 2017).

    Si buscaste “dolor en las relaciones sexuales mujer” para saber si le pasa a otras, la respuesta es que sí. Hay que decir que son datos de otro país. No encontré cifras chilenas con una metodología comparable, así que no las inventamos: usa estas como un orden de magnitud, no como un dato local.

    Esa misma encuesta mostró con qué se asocia el dolor. Las mujeres con sexo doloroso tenían más probabilidades de reportar sequedad vaginal (OR ajustado por edad de 7,9), ansiedad ante el sexo (6,34), poco disfrute (6,12), distinto nivel de interés sexual que la pareja (2,56), sexo no deseado (2,17) y síntomas depresivos (1,68). Son asociaciones, y el estudio no puede decir qué vino primero. Lo práctico es que el dolor rara vez viaja solo.

    ¿Qué causa el dolor en las relaciones sexuales?

    Casi nunca hay una sola causa. El modelo que usan hoy los especialistas es biopsicosocial: factores médicos, miedo y atención al dolor, y contexto de pareja se alimentan entre sí. Separarlos ayuda a entender, pero en una persona concreta suelen mezclarse.

    Causas médicas que hay que descartar primero

    Según Hall y Binik (2020), el examen ginecológico busca o descarta infecciones (candidiasis, vaginosis bacteriana, herpes), cambios hormonales y del tejido vulvovaginal (como la atrofia de la menopausia), enfermedades de la piel como el liquen escleroso, alteraciones estructurales y condiciones pélvicas profundas como la endometriosis. Un dolor que aparece en la entrada de la vagina y uno que se siente profundo sugieren causas distintas, y por eso la descripción que haces de dónde duele importa.

    Antecedentes de abuso

    Un metaanálisis de 14 estudios de casos y controles con 1.428 participantes encontró que el abuso sexual en la historia de la persona se asoció con vaginismo (OR 1,55) y con dispareunia (OR 1,53), y el abuso emocional con vaginismo (OR 1,89). El abuso físico no mostró asociación significativa (Tetik y Yalçınkaya Alkar, 2021). Muchas mujeres con dolor sexual no tienen esa historia, y el abuso por sí solo no explica el cuadro; por eso, en una evaluación, es razonable preguntarlo con cuidado y sin presión. Si algo así forma parte de tu historia, la guía sobre cómo apoyar a una víctima de violencia sexual y el artículo sobre las secuelas del trauma de infancia en adultos pueden ayudarte a ubicarte.

    El círculo del miedo y la evitación

    La explicación más usada para entender por qué el dolor se mantiene es el modelo de miedo-evitación (ter Kuile y Reissing, 2020, capítulo del manual de Hall y Binik). Funciona así:

    1. Un intento de penetración, o el recuerdo de uno doloroso, activa pensamientos de catástrofe (“el dolor será insoportable”, “me voy a lesionar”).
    2. Aparece miedo y la atención se clava en la zona genital: cualquier roce se vigila.
    3. El suelo pélvico se contrae para protegerse, y la excitación y la lubricación bajan.
    4. La persona evita el contacto, lo que da alivio inmediato pero impide comprobar que el miedo era exagerado.
    5. Si se reintenta con ese miedo y esa tensión, duele de verdad, y el dolor confirma la expectativa.

    Es el mismo mecanismo que se describe en otras fobias específicas y en el dolor crónico, y por eso responde a tratamientos que trabajan el miedo y la evitación, no solo el músculo.

    ¿Por qué hay dolor en las relaciones sexuales después del parto?

    El dolor sexual después del parto es muy común, pero tiende a ir bajando con los meses. Un metaanálisis de 22 estudios con 11.457 mujeres estimó una prevalencia de dispareunia posparto de 35 %: 42 % a los 2 meses, 43 % entre los 2 y 6 meses y 22 % entre los 6 y 12 meses (Banaei et al., 2021).

    Según Hall y Binik (2020), en el posparto y la lactancia convergen varios factores. Durante la lactancia hay un perfil hormonal con estrógenos bajos que adelgaza y reseca la mucosa vaginal, de forma parecida a la menopausia. Se suman las secuelas físicas del parto: desgarros, episiotomía, cicatrices o uso de fórceps. Y el miedo a que duela puede tensar el suelo pélvico y mantener el dolor.

    Algunas ideas prácticas que salen de lo anterior:

    • El dolor en las primeras semanas o meses es frecuente. Que persista más allá de lo esperable, o que sea intenso, es motivo para consultar a la matrona, al ginecólogo o a un fisioterapeuta de suelo pélvico.
    • Si el dolor viene con tristeza, agotamiento o ansiedad, conviene mirar el ánimo también: el artículo sobre la depresión posparto explica las señales.
    • Si lo que sientes es que el deseo bajó, es otro tema aparte. En falta de deseo sexual está desarrollado.

    ¿Por qué hay dolor en las relaciones sexuales en la menopausia?

    Tras la menopausia, el descenso de estrógenos puede causar un dolor que tiene tratamiento médico. El síndrome genitourinario de la menopausia adelgaza el epitelio vaginal y reduce la lubricación, y el tejido frágil se irrita con el roce o la penetración (Hall y Binik, 2020).

    En un ensayo fase III doble ciego con 157 mujeres con placebo y 325 con DHEA intravaginal, el dolor al tener sexo mejoró con el tratamiento frente al placebo a las 12 semanas (p = 0,0002), aunque la diferencia sobre el placebo fue de 0,36 puntos de severidad (Labrie et al., 2016). Es un ejemplo de por qué este dolor se maneja con el ginecólogo: aquí el tratamiento principal es médico y la terapia psicológica es un complemento, no el reemplazo.

    ¿Por qué se empieza por una evaluación ginecológica?

    Porque el dolor puede venir de causas tratables que ninguna terapia psicológica corrige. Según el manual de Hall y Binik (2020), la evaluación inicial descarta infecciones, atrofia, enfermedades de la piel vulvar y endometriosis, y permite, en manos de un profesional con formación en medicina sexual, hacer una exploración pélvica “educativa”: un examen en que se explica cada paso, se usa un espejo de mano y la paciente tiene el control del ritmo.

    Eso tiene otro efecto además del diagnóstico. Mostrar con el propio cuerpo que el dolor es real y que no hay una obstrucción ni una “vagina demasiado pequeña” desarma creencias que sostienen el miedo.

    Conviene consultar pronto (Hall y Binik, 2020) si hay:

    • dolor que no mejora con lubricante, o dolor al sentarte o con ropa ajustada;
    • llagas, úlceras, sangrado fuera de la menstruación, flujo con mal olor o picazón intensa;
    • sensación de bloqueo en la vagina, o imposibilidad total de usar un tampón o permitir un examen;
    • síntomas urinarios o intestinales asociados, como dolor al orinar;
    • angustia muy intensa, ataques de pánico o ideas suicidas ligadas al dolor.

    ¿Qué tratamientos funcionan para el vaginismo y la dispareunia?

    Los que tienen mejor respaldo trabajan el miedo, la evitación y el cuerpo a la vez. La evidencia es mejor para algunos cuadros que para otros, y lo honesto es separarla:

    TratamientoQué mostraron los estudiosQué tan sólida es la evidencia
    Exposición asistida por terapeuta (vaginismo de por vida)89 % logró coito vs 11 % en lista de espera (ECA, 70 mujeres)Un ensayo con grupo control; revisiones de calidad baja
    Tratamiento por internet (trastorno de dolor genito-pélvico)A las 12 semanas, 31 % vs 13 % con coito; a los 6 meses la diferencia ya no fue significativaUn ECA de 200 mujeres
    TCC grupal en vestibulodiniaMás reducción del dolor que un esteroide tópico a los 6 mesesECA de 97 mujeres
    TCC de pareja en vestibulodiniaMejores resultados que lidocaína en varias medidasECA de 108 mujeres
    Mindfulness (MBCT) en vestibulodiniaIgual de eficaz que TCC; mejoró más el dolor autorreportadoEstudio comparativo de 130 mujeres
    Fisioterapia en dispareuniaMenos dolor y mejor calidad de vida; sin efecto claro en función sexualMetaanálisis de 19 estudios
    DHEA vaginal (menopausia)Menos dolor que placebo, con diferencia pequeñaECA fase III

    Vaginismo

    Los datos más sólidos son sobre exposición gradual. En un ensayo con 70 mujeres con vaginismo de por vida y sus parejas, la exposición asistida por un terapeuta permitió el coito en 31 de 35 mujeres (89 %), frente a 4 de 35 (11 %) en lista de espera. Constó de un máximo de tres sesiones de dos horas en una semana, y en 90 % de las que lo lograron ocurrió dentro de las primeras dos semanas. Mejoraron también el miedo al coito, el dolor coital y el malestar sexual, pero no otros aspectos de la función sexual (ter Kuile et al., 2013).

    Un programa de tratamiento por internet de ocho módulos con apoyo de un coach, probado en 200 mujeres, logró que 31 % tuviera coito a las 12 semanas frente a 13 % del grupo en espera; a los 6 meses la diferencia (29 % frente a 20 %) ya no fue significativa. El dolor genital y los pensamientos negativos sobre la penetración sí mejoraron con efectos de medianos a grandes a las 12 semanas (Zarski et al., 2021).

    Pero hay que ser cuidadoso con la imagen completa. Un metaanálisis de 43 estudios observacionales y 3 ensayos encontró que tratar el vaginismo se asoció a completar el coito en 79 % de los casos, sin que ningún enfoque fuera claramente superior. En los ensayos, la intervención psicológica frente a la lista de espera mostró una tendencia no significativa (OR 10,27; IC 95 % 0,79-133,5), y los autores piden cautela porque hay pocos ensayos y los estudios observacionales no tienen grupo de comparación (Maseroli et al., 2018). La revisión Cochrane fue más severa todavía: cinco ensayos, todos con riesgo de sesgo moderado o alto, sin diferencia clara entre la desensibilización y los controles, aunque tampoco pudo descartar un efecto relevante (Melnik et al., 2012).

    La exposición gradual funciona en los mejores ensayos, y la calidad global de la evidencia sobre el vaginismo todavía es baja.

    Dispareunia y vestibulodinia provocada

    Aquí hay más ensayos. En uno con 97 mujeres, la TCC grupal logró más reducción del dolor que un esteroide tópico a los 6 meses, mejor función sexual en ese mismo seguimiento y más satisfacción, y los autores la proponen como tratamiento de primera línea para la vestibulodinia provocada (Bergeron et al., 2016). En otro con 108 mujeres y sus parejas, la TCC de pareja superó a la lidocaína tópica en malestar por el dolor a los 6 meses, ansiedad y catastrofización del dolor, malestar sexual y satisfacción (Bergeron et al., 2021).

    En una comparación con 130 mujeres, el mindfulness igualó a la TCC en la mayoría de los resultados, y mejoró más el dolor autorreportado durante la penetración, con beneficios que se mantuvieron a los 6 meses (Brotto et al., 2019).

    Del lado físico, un metaanálisis de 19 estudios concluyó que la fisioterapia redujo el dolor y mejoró la calidad de vida en mujeres con dispareunia, sobre todo con electroterapia, pero no mostró resultados significativos en la función sexual (Fernández-Pérez et al., 2023). Y una red de metaanálisis de 34 ensayos en vulvodinia encontró que, frente a placebo, solo las terapias basadas en tejido superaron al placebo y los fármacos no, mientras que frente a no tratarse, la fisioterapia multimodal, la acupuntura y los abordajes psicológicos redujeron el dolor, con confianza baja a moderada. Ese mismo estudio mostró que el placebo, por sí solo, alivió el dolor de forma significativa (Spinillo et al., 2026). Esto no vuelve imaginario el dolor: indica que la expectativa y el cuidado influyen en él, y que comparar contra un placebo es necesario para saber qué tratamiento aporta algo.

    Una secuencia típica

    Hall y Binik (2020) describen un modelo multidisciplinario en que las etapas se solapan más de lo que parece: primero evaluación y tratamiento médico de lo tratable; después psicoeducación, una pausa temporal del coito para quitar la presión, TCC o mindfulness y fisioterapia de suelo pélvico en paralelo; luego exposición gradual con dedos o dilatadores, siempre con la mujer controlando el ritmo y el ángulo; y por último la vuelta a la penetración, con posiciones en que ella decide la profundidad. Los procedimientos invasivos, como la cirugía o la toxina botulínica, se consideran segunda o tercera línea y solo si lo conservador falló. La lidocaína tópica se usa como alivio puntual, pero no se recomienda como único tratamiento a largo plazo.

    En el capítulo de Carey (2015) del manual de Caballo, la desensibilización en vivo con dilatadores graduados es el procedimiento conductual principal, y la persona avanza al tamaño siguiente solo cuando se siente cómoda con el actual durante al menos cinco minutos. No hay un número fijo de sesiones: depende de cómo vaya el caso.

    ¿Cómo ayuda el mindfulness con el dolor sexual?

    El mindfulness busca cambiar cómo respondes al dolor, y la anestesia no es su meta. Brotto (2018) lo plantea con una idea central: sintonizar con la sensación suele ayudar más que desconectarse o pelear con ella, porque la lucha y la catastrofización refuerzan la alarma del cerebro y la tensión del suelo pélvico.

    En su programa se practican ejercicios como estos:

    • Observar una molestia leve en un contexto seguro, por ejemplo mantener un brazo en el aire un par de minutos, y describir la sensación (¿cuánto se extiende?, ¿cómo cambia?) sin tratar de eliminarla. La idea es notar la urgencia de bajar el brazo como una sensación más.
    • Escaneo corporal que incluye la zona genital, con atención neutra y amable, y también el resto del cuerpo, para repartir la atención y no quedarse fijada en el dolor.
    • Acercamiento gradual al tacto, con respiración en primer plano y la molestia en segundo plano, a veces durante apenas una inhalación y una exhalación.
    • Mindfulness durante la fisioterapia o con dilatadores, para identificar pensamientos como “nunca va a entrar” y dejarlos pasar como pensamientos, volviendo a la respiración.

    No reemplaza la evaluación médica, y estos ejercicios funcionan mejor guiados por un profesional.

    ¿Qué papel tiene la pareja?

    La forma en que la pareja responde al dolor influye en el dolor. Según el modelo interpersonal de Bergeron et al. (2020, en Hall y Binik), las respuestas hostiles o de invalidación (“está en tu cabeza”) empeoran el dolor y la angustia; las muy solícitas y ansiosas pueden reforzar la evitación; y las facilitadoras (cariño, aliento al afrontamiento, buscar actividades no dolorosas) se asocian con menos dolor y mejor ajuste sexual y de pareja para ambos.

    También importa por qué se tiene sexo. Cuando las relaciones se viven “para no pelear” o “para cumplir”, el malestar tiende a ser peor; cuando se buscan para sentir cercanía, mejora el bienestar de la relación.

    En terapia esto se traduce en cosas concretas (Bergeron et al., 2020):

    • salir del guion en que todo contacto íntimo debe terminar en penetración, con una pausa temporal del coito mientras se trata el dolor;
    • ampliar lo que se considera sexo (caricias, estimulación manual u oral, lubricantes, juguetes) para que el placer no dependa de lo que duele;
    • decir en voz alta los miedos de cada uno (miedo a decepcionar, culpa, impotencia) para que el problema sea de los dos y no de ella sola;
    • ejercicios graduales de tacto sin meta coital.

    Si lo que preocupa es cómo viene la relación, tal vez te sirva leer sobre cuándo ir a terapia de pareja y si funciona y qué hacer si tu pareja no te desea como antes.

    Mitos frecuentes sobre el dolor en las relaciones sexuales

    • “Es solo un espasmo.” Hoy se entiende como una respuesta defensiva ligada al miedo.
    • “Está en tu cabeza.” Según Hall y Binik (2020), el dolor genital es un proceso biopsicosocial real, con sensibilización de las vías del dolor y componentes del suelo pélvico y del tejido. Descartarlo como “psicológico” es un error.
    • “Solo tienes que relajarte (o tomar algo).” La relajación pasiva no apaga la alarma del dolor. Hay que trabajar el miedo y la atención, con un plan.
    • “Hay que aguantar las primeras veces.” Forzar la penetración con dolor aumenta la vigilancia y la tensión, y puede consolidar el círculo.
    • “El dolor es solo cosa de mujeres.” El dolor genito-pélvico también afecta a hombres, con cuadros como el dolor pélvico crónico urológico, el dolor al eyacular o el dolor anal durante el coito receptivo. La literatura es mucho menor y este artículo se centra en mujeres (Hall y Binik, 2020).

    ¿Qué puedes hacer mientras tanto?

    Estas son medidas generales, no un tratamiento:

    1. Si algo duele, detenlo. Seguir “a ver si pasa” suele reforzar el miedo.
    2. Habla con tu pareja antes de la próxima situación íntima, no en medio de ella. Puedes acordar, por un tiempo, un intercambio íntimo sin penetración.
    3. Pide hora con ginecología (o con matrona, si es posparto) y describe con detalle dónde duele, cuándo, y cómo es el dolor.
    4. Pregunta por fisioterapia de suelo pélvico y por psicólogo o sexólogo con formación en dolor sexual.
    5. Si el dolor te trae ansiedad intensa, evitación de cualquier contacto o tristeza persistente, es una razón en sí misma para pedir ayuda psicológica. Para ese caso, el artículo sobre el tratamiento de la ansiedad y el de las técnicas de terapia cognitivo-conductual cuentan cómo trabaja la TCC.

    Para información general sobre causas del dolor al coito, la Clínica Mayo tiene una página en español.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el dolor en las relaciones sexuales después del parto?

    En los estudios, la dispareunia posparto baja con el tiempo: 42 % a los 2 meses, 43 % entre los 2 y 6 meses y 22 % entre los 6 y 12 meses (Banaei et al., 2021). Si el dolor es intenso o persiste, no esperes a que pase solo: consulta a tu matrona, ginecólogo o fisioterapeuta de suelo pélvico.

    ¿El vaginismo se cura?

    Muchas personas logran completar el coito tras el tratamiento: en una revisión con metaanálisis, 79 % de los casos (Maseroli et al., 2018), y en un ensayo con exposición asistida, 89 % (ter Kuile et al., 2013). Pero la calidad de la evidencia es limitada y ningún enfoque destacó sobre los demás, así que el tratamiento se ajusta a cada caso.

    ¿El dolor al tener sexo es psicológico?

    No solo. Puede tener causas médicas, hormonales y de tejido, y casi siempre se suma el miedo al dolor, que mantiene el cuadro. Por eso el abordaje combina evaluación ginecológica, fisioterapia y terapia psicológica.

    ¿A qué especialista debo ir primero?

    A ginecología (o matrona, en el posparto) para descartar causas médicas. Desde ahí se coordina con fisioterapia de suelo pélvico y psicología o terapia sexual, según el caso.

    ¿Hay dolor sexual en los hombres?

    Sí, aunque se estudia mucho menos. Incluye el dolor pélvico crónico urológico, el dolor al eyacular o con la erección, y el dolor anal en el coito receptivo. Si hay dolor agudo, masas en los testículos o sangre en la orina o el semen, la consulta debe ser pronta (Hall y Binik, 2020).

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Si el dolor lleva semanas, si te hace evitar el contacto íntimo o si lo estás pasando sola, vale la pena consultar. El dolor sexual tiene tratamiento y no es una falla tuya ni de tu pareja. Si quieres apoyo psicológico en el trabajo con el miedo, la evitación y la relación de pareja, puedes agendar una consulta.

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    Referencias

    Banaei, M., Kariman, N., Ozgoli, G., Nasiri, M., Ghasemi, V., Khiabani, A., Dashti, S., & Mohamadkhani Shahri, L. (2021). Prevalence of postpartum dyspareunia: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Gynecology & Obstetrics, 153(1), 14-24. https://doi.org/10.1002/ijgo.13523

    Bergeron, S., Khalifé, S., Dupuis, M.-J., & McDuff, P. (2016). A randomized clinical trial comparing group cognitive-behavioral therapy and a topical steroid for women with dyspareunia. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 84(3), 259-268. https://doi.org/10.1037/ccp0000072

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    Zarski, A.-C., Berking, M., & Ebert, D. D. (2021). Efficacy of internet-based treatment for genito-pelvic pain/penetration disorder: Results of a randomized controlled trial. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 89(11), 909-924. https://doi.org/10.1037/ccp0000665

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Ansiedad de desempeño sexual: causas y cómo superarla

    Ansiedad de desempeño sexual: causas y cómo superarla

    Estás con tu pareja, todo va bien, y de pronto una voz interna empieza a narrar: “¿se me va a ir la erección?”, “¿estoy tardando demasiado?”, “¿le gustará mi cuerpo?”. El cuerpo se tensa, el placer se apaga y el encuentro se convierte en un examen. Si te pasa, probablemente buscaste ansiedad de desempeño sexual para entender qué tienes y si tiene arreglo. Este artículo explica cómo funciona ese círculo de miedo, en qué se parece y en qué se diferencia entre hombres y mujeres, qué tratamientos tienen respaldo (y cuánto) y cuándo conviene consultar. Cada dato lleva su estudio, y donde la evidencia es débil, lo digo.

    Respuesta corta: la ansiedad de desempeño sexual es el miedo a no cumplir con lo que se espera de uno en la cama (tener una erección, lubricar, durar, llegar al orgasmo, gustar). Ese miedo desvía la atención del placer hacia la vigilancia de uno mismo, y esa vigilancia dificulta justo la respuesta que se quería lograr. Tiene salida: lo mejor descrito combina educación sexual, ejercicios graduales de caricias sin meta (focalización sensorial), atención plena y trabajo con los pensamientos, a menudo en pareja. Si hay una causa médica, se suma el tratamiento médico.

    ¿Qué es la ansiedad de desempeño sexual?

    Es la preocupación o el temor ante la posibilidad de no estar a la altura durante la actividad sexual. También se la nombra como ansiedad de rendimiento sexual o ansiedad por desempeño sexual. Unarevisión sobre su frecuencia y su relación con las disfunciones sexuales (Pyke, 2020) apunta algo que sorprende: pese a ser una de las quejas sexuales más frecuentes, no tiene un diagnóstico propio reconocido ni para hombres ni para mujeres, y por eso se ha investigado poco su tratamiento. A partir de encuestas representativas, el autor estima que afecta a entre 9 % y 25 % de los hombres y a entre 6 % y 16 % de las mujeres. No encontré cifras chilenas: lo que hay viene de otros países, y los rangos son amplios porque cambia a quién se pregunta y cómo.

    También es un tema que la propia literatura reconoce como descuidado. Un modelo teórico propuesto en 2025 (Rowland y Kirana, 2025) parte de que, aunque los profesionales y los pacientes asocian la ansiedad con los problemas sexuales, rara vez se explica con detalle cómo opera ni cómo trabajarla en terapia.

    Dos aclaraciones que ordenan el resto:

    • Se distingue de una disfunción sexual. Es un mecanismo de fondo que puede causar o mantener una disfunción (erección, eyaculación, lubricación, orgasmo, deseo), y también puede estar presente sin que ninguna de ellas se cumpla del todo.
    • Va más allá de los nervios de una primera vez. Un poco de nervios con alguien nuevo es esperable. Se vuelve un problema cuando se repite, se anticipa días antes y empieza a decidir si tienes o no relaciones.

    ¿Cómo funciona el círculo del miedo a fallar?

    El mecanismo más descrito tiene cuatro piezas que se alimentan entre sí:

    1. Un disparador: una experiencia que salió mal, una comparación, un comentario, una primera vez con presión.
    2. Pensamientos automáticos: “voy a fallar”, “va a pensar que algo anda mal conmigo”.
    3. Atención desviada: en lugar de seguir las sensaciones, la persona se vigila. Masters y Johnson (1970) llamaron spectatoring (de spectator, espectador) a esa autoobservación en tercera persona: evaluar la erección, el tiempo, el cuerpo, el desempeño.
    4. Confirmación: la respuesta se bloquea, el miedo parece justificado y el siguiente encuentro arranca con más ansiedad.

    Barlow (1986) lo describió como interferencia cognitiva. Según lo resume Carey (2015) en el manual de Caballo, quienes tienen dificultades sexuales suelen dirigir su atención a pensamientos no eróticos (las consecuencias de fallar, la evaluación de la pareja), mientras que quienes funcionan bien suelen centrarse en las señales eróticas. La preocupación por la actuación provoca emociones negativas que inhiben las respuestas fisiológicas involuntarias, y la falla confirma la creencia de incapacidad.

    La vigilancia sobre uno mismo tiene respaldo en datos. En un estudio con 512 hombres en pareja (Wyatt et al., 2019), la preocupación por la apariencia del pene predecía más spectatoring, y este a su vez predecía más disfunción eréctil y del orgasmo. Es un estudio de autorreporte en un momento dado, que muestra una cadena plausible y no prueba por sí solo la causa.

    Nagoski (2015) lo explica con otra imagen: la respuesta sexual depende de un acelerador (lo que enciende) y de unos frenos (lo que detecta amenaza o razones para no excitarse). La ansiedad de desempeño pisa el freno. Por eso insistir con más esfuerzo rara vez funciona: la salida es bajar la amenaza, no apretar más el acelerador.

    Y un hallazgo que ayuda a poner en perspectiva. Una revisión que comparó las estrategias contra la ansiedad de rendimiento en el sexo, el deporte y el escenario (Rowland et al., 2021) encontró que muchas técnicas, aunque distintas por fuera, comparten un objetivo: que en situaciones de alta exigencia el procesamiento siga siendo automático y no deliberado. Dicho en simple, un músico o un deportista rinde peor cuando se pone a vigilar cada movimiento, y en el sexo ocurre algo muy parecido.

    Ansiedad sexual masculina: erección, eyaculación y el miedo a “quedar mal”

    En los hombres, la ansiedad suele ponerse sobre dos cosas: mantener la erección y controlar la eyaculación. Según la revisión de Pyke (2020), contribuye a la eyaculación precoz y a la disfunción eréctil psicógena. Una revisión sobre la fisiopatología de la eyaculación precoz adquirida también la señala como una de sus causas habituales, junto con problemas de relación o la propia disfunción eréctil (McMahon et al., 2016). Si eso te suena, tienes dos guías aparte: la de disfunción eréctil psicológica y la de eyaculación precoz.

    Los libros clínicos que consulté (Hall y Binik, 2020; McCarthy y McCarthy, 2019) describen un patrón repetido: un episodio puntual de erección que no llega se interpreta como un juicio sobre la propia masculinidad (“un hombre de verdad siempre está listo”), y la reacción es o forzarse más o evitar el sexo. La evitación da alivio inmediato y refuerza el miedo a largo plazo.

    Imagina a alguien que, después de una noche en que la erección se fue, empieza a pasar el encuentro siguiente mirándose desde afuera. Con el pensamiento “ojalá no vuelva a pasar”, la atención ya no está en la pareja.

    Un matiz que conviene saber: según Kalogeropoulos y Larouche (2020), cuando la dificultad es súbita, solo aparece con la pareja y las erecciones al despertar o a solas se mantienen, apunta más a un origen psicológico; cuando es gradual y generalizada, vale la pena descartar causas médicas primero. Eso lo define una evaluación, no una lista en internet.

    Ansiedad sexual femenina: la que casi nadie nombra

    Durante años la investigación se centró en los hombres, porque en ellos la ansiedad se “ve” (la erección, la eyaculación). En las mujeres suele pasar más desapercibida. Un estudio con parejas (Bockaj et al., 2025) se propuso justo corregir ese sesgo: encontró que hombres y mujeres describen procesos de pensamiento y emociones parecidos, con la sensación de insuficiencia como sentimiento predominante.

    En lo que cambia el contenido de la preocupación, Nagoski (2015) y Brotto (2018) describen que en las mujeres el spectatoring suele centrarse en la imagen corporal (cómo se ven el abdomen, los muslos, los senos, los genitales, la posición) y en la presión por tardar poco en responder o llegar al orgasmo. La revisión de Pyke (2020) agrega que la ansiedad de desempeño inhibe con fuerza el deseo sexual en las mujeres. Si lo que más te ocurre es no tener ganas, te puede servir esta guía sobre la falta de deseo sexual.

    Otro punto que alivia culpa. Según Nagoski (2015) y Brotto (2018), la respuesta del cuerpo (lubricación, flujo sanguíneo) y lo que la mente siente como excitación no siempre coinciden, algo que describen como discordancia entre excitación genital y subjetiva. Que una mujer sienta que “no está encendida” no quiere decir que su cuerpo esté roto, y que su cuerpo responda no demuestra que tenga ganas. Entenderlo baja la presión de “tener que responder”.

    También hay un componente de historia personal. En un estudio con 556 mujeres jóvenes (Brassard et al., 2015), las inseguridades de apego se asociaron con peor función y menor satisfacción sexual, y esa asociación pasaba en parte por una menor autoestima sexual y una mayor ansiedad sexual. Es un estudio transversal en una muestra de 18 a 30 años: muestra una asociación, no la dirección.

    Cómo suele verse en hombresCómo suele verse en mujeres
    Foco de la preocupaciónLa erección y el control de la eyaculaciónLa imagen corporal, el tiempo de respuesta y el orgasmo
    Qué piensa la persona“Si falla, fallé como hombre”“Me estoy demorando”, “me ve mal”
    Lo que se evitaEl contacto íntimo, o el sexo completoEl desnudo, las luces encendidas, el sexo en sí
    Lo que ayuda a entenderQue la erección sube y baja de forma normalQue excitación del cuerpo y de la mente no siempre coinciden

    Esta tabla sintetiza lo que describen Nagoski (2015), Brotto (2018) y Hall y Binik (2020); son tendencias, no reglas, y en la práctica los dos patrones se mezclan.

    ¿Qué la mantiene? Expectativas, guiones y otros factores

    La ansiedad rara vez surge de la nada. Lo que más se repite en la literatura clínica:

    • Guiones rígidos del sexo. La idea de que el sexo “correcto” es erección firme, penetración y orgasmo (a ser posible simultáneo), que convierte cada encuentro en una evaluación. McCarthy y McCarthy (2019) proponen cambiarlo por un modelo de sexo “suficientemente bueno”, donde no todos los encuentros son de diez y eso es normal.
    • Pensamientos catastróficos. “Si pasa, me va a dejar.” En un estudio con 352 hombres (Nobre, 2010), las creencias sexuales rígidas, los esquemas negativos, los pensamientos automáticos y el ánimo deprimido explicaron el 55 % de la variación en la función eréctil. Es un estudio transversal: muestra asociación, no que un pensamiento cause por sí solo la falla.
    • Apego inseguro, como en el estudio de Brassard et al. (2015).
    • Alcohol y drogas “para darse valor”. Los textos clínicos que consulté (Hall y Binik, 2020) advierten que una dosis baja puede aflojar los nervios, pero en cantidades moderadas o altas deprime la respuesta sexual y no resuelve la causa. Si el alcohol se volvió tu forma de llegar a la cama, esta guía sobre ansiedad y alcohol puede ayudarte a mirar el patrón.
    • Pornografía como vara de medida. Puede alimentar expectativas irreales de duración, dureza o respuesta. Sobre su efecto real hay menos evidencia de la que se dice, y tienes un artículo aparte sobre lo que dice la evidencia.
    • Relación. El conflicto, el resentimiento o el miedo al juicio de la pareja frenan la respuesta.

    ¿Qué pasa en la pareja?

    La ansiedad de desempeño nunca ocurre sola, porque siempre hay otra persona en el cuarto. En el estudio de parejas de Bockaj et al. (2025), con 228 parejas, más ansiedad de desempeño se asociaba con más malestar sexual y menos satisfacción sexual y de relación, tanto en quien la sentía como en su pareja. Es decir, afecta a los dos.

    El patrón que más se describe en los capítulos clínicos: quien tiene el miedo empieza a evitar las caricias, la pareja lo interpreta como rechazo o falta de interés, deja de acercarse, y los dos se alejan. Nadie quiso eso. McCarthy y McCarthy (2019) lo abordan cambiando el marco: en lugar de “tu problema”, es “nuestro problema”, con la pareja como equipo y no como evaluadora.

    Si en tu relación ya cuesta hablar de estas cosas, quizá te sirva leer cómo distinguir una relación sana de una que se está desgastando, o qué pasa cuando tu pareja siente que no la deseas como antes.

    ¿Cómo superar la ansiedad de desempeño sexual? Tratamiento paso a paso

    Primero, una advertencia honesta. Pyke (2020) concluye que ningún tratamiento específico para la ansiedad de desempeño está bien probado como tal, aunque la terapia cognitivo-conductual y el entrenamiento en atención plena tienen potencial y son los recomendados, y que los fármacos para la disfunción eréctil psicógena y la eyaculación precoz sí tienen respaldo porque ambas incluyen ansiedad de desempeño como pieza central. Por su parte, Carey (2015), en el manual de Caballo, sostiene que la terapia cognitivo-conductual es el tratamiento de elección para las disfunciones sexuales. Es decir, hay un camino claro y razonable, pero conviene no prometerse una cura garantizada.

    Lo que sigue es el orden en que lo plantean los libros clínicos (Hall y Binik, 2020; McCarthy y McCarthy, 2019; Brotto, 2018; Nagoski, 2015). No reemplaza a un terapeuta; sí te da una idea de cómo se trabaja.

    Paso 1: entender el mecanismo y soltar los mitos

    Saber que el deseo y la excitación no siempre aparecen antes, sino que a menudo surgen después de empezar en un contexto agradable y seguro (lo que se llama deseo responsivo), baja la presión de “tener que estar listo”. También ayuda desarmar los mitos: que el sexo es coito, que el orgasmo debe ser simultáneo, que la erección debe ser constante. Es lo que Carey (2015) llama psicoeducación y desmitificación.

    Paso 2: sacar el examen de la cama (pausa del coito y del orgasmo)

    Los programas clínicos acuerdan en pareja una pausa temporal, de unas semanas, de la penetración y del orgasmo como meta. Mientras no haya nada que “aprobar”, el miedo anticipatorio baja y el sistema nervioso puede relajarse durante las caricias.

    Paso 3: focalización sensorial (sensate focus)

    Es el ejercicio clásico de Masters y Johnson (1970), que McCarthy y McCarthy (2019) y Brotto (2018) describen así, en esencia:

    1. Fase 1: se turnan para acariciarse el cuerpo, sin zonas genitales ni senos, de 15 a 30 minutos. Quien toca explora texturas y temperaturas por curiosidad, sin intentar excitar. Quien recibe solo atiende lo que siente, sin juzgar. Después del ejercicio no hay sexo.
    2. Fase 2: se incorporan senos y genitales, manteniendo la pausa del coito. En hombres, permite ver cómo la erección sube y baja varias veces de forma natural sin que signifique nada.
    3. Fase 3: se permite el contacto mutuo y, de forma gradual, volver a la penetración, deteniéndose si la ansiedad reaparece.

    Un acuerdo básico: cualquiera puede decir “pausa” sin dar explicaciones ni recibir reproches.

    La evidencia es pequeña pero consistente en la dirección. Un ensayo controlado con 35 parejas chinas (Huang et al., 2024) evaluó un programa online de focalización sensorial en 11 videos animados: frente a la lista de espera, mejoró el orgasmo en las mujeres, y esa mejora se mantuvo a los tres meses; en quienes partían con menor función, el efecto parecía alcanzar también la erección. Por su tamaño, es un resultado orientativo.

    Paso 4: atención plena (mindfulness)

    Consiste en entrenar la atención para volver a las sensaciones del cuerpo y dejar pasar los pensamientos evaluativos como “eventos mentales” sin discutir con ellos. Brotto (2018) integra ejercicios como el escáner corporal, que incluye la zona genital con una actitud de curiosidad, y prácticas breves en pareja. Para empezar, tienes una guía de mindfulness desde cero.

    En mujeres hay más estudios. Un metaanálisis de 11 ensayos y 449 participantes (Stephenson y Kerth, 2017) encontró mejoras de tamaño moderado en la función sexual y el bienestar sexual tras terapias basadas en mindfulness, aunque frente a la lista de espera algunos resultados no alcanzaron significación y había señales de posible sesgo de publicación. Una revisión sistemática de 15 estudios (Jaderek y Lew-Starowicz, 2019) concluyó que estas terapias mejoran la excitación y el deseo subjetivos, la satisfacción y el miedo asociado a la actividad sexual, pero no el dolor, y que solo un estudio incluía a hombres con disfunción eréctil. Ambas advierten limitaciones metodológicas, así que los resultados prometen sin cerrar la discusión.

    Paso 5: trabajar los pensamientos

    Se trata de identificar los pensamientos automáticos que aparecen en medio del encuentro (“si pierdo la erección, ya no me desea”) y ponerlos a prueba con la realidad: ¿qué evidencia hay?, ¿qué haría mi pareja de verdad? Brotto (2018) combina esto con mindfulness: a veces se discute el pensamiento, a veces solo se lo observa pasar. También se trabajan las creencias rígidas sobre el sexo y las que tiene la pareja, para que no sabotee sin querer.

    Paso 6: apuntar a un sexo “suficientemente bueno”

    McCarthy y McCarthy (2019) proponen valorar todo el espectro del contacto (afectivo, sensual, erótico, coital y el momento posterior) y aceptar que un encuentro que no incluye penetración también es completo. Aceptan además que es normal que algunos encuentros salgan torpes o a medias. Cuando algo no sale, en lugar de disculpas o reproches, abrazarse unos minutos en silencio ayuda a que la activación baje.

    Paso 7: cuando corresponde, sumar lo médico

    Si la ansiedad se combina con eyaculación precoz o disfunción eréctil, el médico puede indicar fármacos, y según Pyke (2020) los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 son eficaces en la disfunción eréctil psicógena y la eyaculación precoz. Esto no sustituye el trabajo con la ansiedad: la lógica que se repite en los textos clínicos es que el fármaco ayuda al cuerpo a responder y la terapia trabaja lo que el fármaco no toca.

    Para mujeres, hay también evidencia temprana de que los enfoques centrados en la relación ayudan. Un ensayo con 68 mujeres que hacían tratamiento de fertilidad (Afzal Dehkordi et al., 2024), un contexto en que el sexo tiene hora y objetivo, comparó ocho sesiones online de terapia de pareja con desensibilización sistemática: ambas redujeron la ansiedad sexual a las 12 semanas sin diferencias entre ellas, y la satisfacción de la pareja mejoró más con el programa de pareja. Es un grupo muy específico, así que no se generaliza sin más.

    ¿Qué no ayuda?

    • Forzarse a “rendir” más. Es la receta del círculo.
    • Evitar todo contacto. Calma hoy y alimenta el miedo mañana.
    • Beber para relajarse. Los textos clínicos que consulté advierten que, en cantidades moderadas o altas, empeora la respuesta.
    • Vigilar la erección o la lubricación como si fueran un termómetro. Es spectatoring con otro nombre.
    • Compararse con lo que muestra la pornografía. Es un guion hecho para la cámara.
    • Hacer los ejercicios de caricias si traen pánico, disociación o recuerdos de abuso. Si eso aparece, conviene detenerse y trabajar primero con un profesional.

    ¿Cómo hablarlo con tu pareja?

    Hablar del tema antes de estar en la cama, y no en medio del encuentro ni justo después de una mala experiencia, baja el nivel de amenaza. Algunas ideas que sugieren los libros clínicos:

    • Empezar por lo que sientes, no por lo que falló: “A veces me pongo nervioso/a y me desconecto, y me gustaría que lo viéramos juntos”.
    • Pedir algo concreto: “Me ayudaría que fuéramos despacio y sin la meta de llegar a algo”.
    • Decir qué necesitas de la otra persona: calma, paciencia, no tomárselo personal.
    • A quien escucha: validar sin entrar en pánico. “Gracias por contármelo, estamos juntos en esto” funciona mejor que “¿entonces ya no te gusto?”.

    Si estas conversaciones se vuelven discusiones, quizá convenga una terapia de pareja.

    ¿Cuándo consultar?

    Con un médico (médico general, urólogo o ginecólogo) si hay dolor en el encuentro, si la erección falló de golpe y tampoco aparece en la mañana o a solas, si tomas medicamentos que pudieran influir o si hay factores de riesgo como diabetes o hipertensión.

    Con un psicólogo o sexólogo si el malestar lleva unos seis meses o más, si ya evitas el contacto íntimo, si el problema se repite con distintas parejas, si hay ansiedad intensa en otras áreas o si los ejercicios en casa no avanzan. Una terapia cognitivo-conductual trabaja este círculo con herramientas concretas, y si la ansiedad aparece también antes de otros eventos, te puede servir esta guía sobre ansiedad anticipatoria. La terapia online permite hacerlo desde casa, que para un tema íntimo suele resultar más cómodo.

    Para información médica de referencia puedes revisar las secciones de disfunción eréctil y de problemas sexuales en las mujeres de MedlinePlus.

    Preguntas frecuentes

    ¿La ansiedad de desempeño sexual afecta solo a los hombres?

    Afecta a ambos. Según la revisión de Pyke (2020), alcanza a entre 9 % y 25 % de los hombres y a entre 6 % y 16 % de las mujeres. En ellos se nota más porque se expresa en la erección o la eyaculación. En ellas suele pasar desapercibida y aparece como falta de deseo, dificultad para excitarse o evitación.

    ¿La ansiedad de desempeño sexual se quita sola?

    A veces baja si el episodio fue puntual y no se convierte en evitación. Cuando se repite, el círculo tiende a mantenerse porque cada encuentro confirma el miedo. Lo que más ayuda es entender el mecanismo, quitar la presión del coito y practicar ejercicios graduales, con apoyo profesional si no avanza.

    ¿Cuánto tarda en mejorar?

    El plazo varía mucho de una pareja a otra. Los programas de focalización sensorial y mindfulness se organizan en semanas, con práctica regular en casa, y los ensayos citados aquí miden resultados a las 8 y 12 semanas, y el seguimiento más largo que cité llegó a tres meses. Cuánto tarda en cada persona depende de la causa, de la pareja y de la constancia con los ejercicios.

    ¿Es lo mismo que la disfunción eréctil o la eyaculación precoz?

    No. La ansiedad de desempeño es un mecanismo que puede causar o mantener esas dificultades, pero no es lo mismo que ellas. Puede haber ansiedad sin disfunción visible, y disfunción por causas físicas sin ansiedad. Una evaluación ayuda a separar qué pesa más en cada caso.

    ¿Sirven los fármacos?

    Dependen de la causa. Según Pyke (2020), los fármacos para la disfunción eréctil psicógena y la eyaculación precoz son eficaces, y ambas incluyen ansiedad de desempeño. Para la ansiedad de desempeño por sí sola no hay un tratamiento farmacológico bien probado. Eso lo decide un médico, junto con el trabajo psicológico.

    ¿Cómo sé si necesito terapia?

    Si el miedo a fallar condiciona si tienes o no relaciones, si lleva meses, si te hace evitar a tu pareja o si genera discusiones, vale la pena consultar. Un psicólogo evalúa el círculo de ansiedad, trabaja los pensamientos y guía los ejercicios en pareja, y te deriva al médico si hay una causa física.

    Si el miedo a fallar ya está decidiendo por ti

    La ansiedad de desempeño sexual tiene un mecanismo conocido y, con ejercicios graduales y buen acompañamiento, suele ceder. Si llevas tiempo evitando la intimidad o sufriendo cada encuentro, no hace falta esperar a que pase sola. Puedes escribirme para agendar una consulta y revisar tu caso con calma, sin juicio y a tu ritmo.

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    Referencias

    • Afzal Dehkordi, M., Farajkhoda, T., Khanabadi, M., & Shamsi, F. (2024). An online intervention relationship enhancement couple therapy program versus systematic desensitization on sexual performance anxiety in women undergoing infertility treatment with timed intercourse: An RCT. International Journal of Reproductive BioMedicine, 22(12), 963-974. https://doi.org/10.18502/ijrm.v22i12.18062
    • Barlow, D. H. (1986). Causes of sexual dysfunction: The role of anxiety and cognitive interference. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 54(2), 140-148. https://doi.org/10.1037/0022-006X.54.2.140
    • Bockaj, A., Muise, M. D., Belu, C. F., Rosen, N. O., & O’Sullivan, L. F. (2025). Under pressure: Men’s and women’s sexual performance anxiety in the sexual interactions of adult couples. The Journal of Sex Research, 62(8), 1442-1454. https://doi.org/10.1080/00224499.2024.2357587
    • Brassard, A., Dupuy, E., Bergeron, S., & Shaver, P. R. (2015). Attachment insecurities and women’s sexual function and satisfaction: The mediating roles of sexual self-esteem, sexual anxiety, and sexual assertiveness. The Journal of Sex Research, 52(1), 110-119. https://doi.org/10.1080/00224499.2013.838744
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    • Hall, K. S. K., & Binik, Y. M. (Eds.). (2020). Principles and practice of sex therapy (6.ª ed.). The Guilford Press.
    • Huang, S., Li, Z., & Santtila, P. (2024). The effectiveness of online sensate focus exercises in enhancing sexual function and intimacy among Chinese heterosexual couples: A randomized controlled trial. Journal of Sex & Marital Therapy, 50(6), 707-724. https://doi.org/10.1080/0092623x.2024.2355229
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    • Wyatt, R. B., de Jong, D. C., & Holden, C. J. (2019). Spectatoring mediates the association between penis appearance concerns and sexual dysfunction. Journal of Sex & Marital Therapy, 45(4), 328-338. https://doi.org/10.1080/0092623x.2018.1526838

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Falta de deseo sexual: por qué no tengo ganas y qué puedo hacer

    Falta de deseo sexual: por qué no tengo ganas y qué puedo hacer

    Tu pareja se acerca, y lo que sientes es cansancio, fastidio o simplemente nada. Puede que lleves semanas inventando excusas, o que hayas tenido relaciones igual, sin ganas, para no discutir. Y mientras tanto una pregunta da vueltas: qué me pasa. Si buscaste “no tengo ganas de tener relaciones con mi pareja”, este artículo explica cuándo la falta de deseo sexual es normal, cuándo merece atención, qué la causa en mujeres y en hombres y qué tiene respaldo para recuperarlo.

    Respuesta corta: no tener ganas de sexo es muy frecuente y casi siempre tiene explicación, que puede ser médica, de ánimo, de estrés, de un medicamento o de la propia relación. Se considera un trastorno solo cuando dura al menos seis meses y te causa un malestar real. Hay tratamientos con respaldo, sobre todo psicológicos, y lo primero es descartar causas médicas y revisar en qué contexto estás intentando sentir deseo.

    ¿Es normal no tener ganas de tener relaciones con mi pareja?

    Sí, es normal, y más de lo que se habla. Una encuesta telefónica a 2.207 mujeres estadounidenses de 30 a 70 años con pareja estable encontró deseo bajo en entre 26,7 % (premenopáusicas) y 52,4 % (menopáusicas naturales). Cuando se suma el malestar por ese deseo bajo, las cifras bajan: el trastorno llegó a 12,5 % entre las mujeres con menopausia quirúrgica (West et al., 2008). Una revisión de Parish y Hahn sitúa el trastorno en 8,9 % de las mujeres de 18 a 44 años y 12,3 % de las de 45 a 64 (Parish y Hahn, 2016). En hombres, un estudio con 2.500 hombres de 50 años halló libido baja en 7,2 % (Herkommer et al., 2024).

    Hay además una razón de fondo por la que muchas personas creen tener un problema sin tenerlo. Emily Nagoski (2015) y Lori Brotto (2018) explican que existen dos formas de vivir el deseo. El deseo espontáneo llega “de la nada”, como una ocurrencia. El deseo responsivo aparece después de que empieza el contacto, un beso o una caricia en un contexto cómodo. En las relaciones largas el segundo es muy común, y Nagoski estima que cerca de 3 de cada 10 mujeres vive el deseo sobre todo así. Si no tienes ganas antes pero disfrutas cuando algo ya empezó, tu respuesta sexual es normal.

    ¿Cuándo la falta de deseo sexual es un trastorno y cómo se llama?

    Cuando persiste al menos seis meses y te angustia a ti, no solo a tu pareja. Según Brotto y Velten (2020), en mujeres el DSM-5 agrupa el deseo y la excitación en el trastorno del interés o la excitación sexual femenino. Exige al menos 3 de 6 síntomas, entre ellos menos interés en la actividad sexual, menos pensamientos o fantasías eróticas, menos iniciativa o receptividad con la pareja, o falta de deseo en respuesta a estímulos eróticos. En hombres se mantiene el trastorno de deseo sexual hipoactivo masculino, con los mismos seis meses y el mismo malestar clínicamente significativo (Nobre et al., 2020). Ambos se especifican como de toda la vida o adquiridos, y como generalizados o situacionales (solo con tu pareja actual, por ejemplo).

    Los mismos autores aclaran cuándo no se habla de trastorno:

    • No hay malestar personal, o la baja motivación no te preocupa.
    • Eres una persona asexual (más abajo).
    • La diferencia de deseo es entre ustedes dos, porque quien desea menos no está enfermo por eso.
    • El deseo responsivo funciona: te enciendes una vez que empieza el contacto.
    • La causa es un medicamento, una enfermedad o un conflicto de pareja serio, que se atienden por sí mismos.

    Una revisión de 64 estudios sobre el deseo en relaciones largas encontró que los problemas de deseo están muy ligados a los problemas de la relación (Mark y Lasslo, 2018). Por eso la pregunta útil rara vez es “¿tengo un trastorno?” y casi siempre “¿qué está frenando mi deseo?”.

    Falta de deseo sexual en la mujer: causas más frecuentes

    En mujeres suelen sumarse varias causas a la vez. Según Hall y Binik (2020) y Nagoski (2015), las principales son estas:

    • Estrés, cansancio y sobrecarga. Para Nagoski, el estrés pisa los “frenos” del deseo. Tareas pendientes, crianza, trabajo y falta de sueño apagan el interés aunque el cariño esté intacto.
    • Depresión y ansiedad. La depresión produce apatía y anhedonia (pérdida de placer) general, y la ansiedad y la autocrítica sobre el propio cuerpo distraen la atención de las sensaciones eróticas.
    • Dolor al tener relaciones. La disminución de estrógenos por menopausia, lactancia o ciertos anticonceptivos puede causar sequedad y dolor, y el dolor apaga el deseo de forma secundaria. Si hay dolor, se evalúa primero con ginecología.
    • Posparto y crianza. En la encuesta británica NATSAL-3, que recogen Brotto y Velten (2020), haber estado embarazada en el último año o tener niños pequeños predijo bajo deseo en mujeres, no en hombres.
    • Menopausia. El bajo deseo se hace más común con la edad, aunque el malestar que provoca es mayor en mujeres jóvenes que en mayores (Brotto y Velten, 2020).
    • Trauma sexual o experiencias aversivas. Pueden generar vigilancia y rechazo durante el contacto.
    • Contexto de la relación. Resentimiento, falta de intimidad no sexual, sexo por obligación y la dinámica de perseguir y evitar.

    Un dato que desmonta una creencia popular: según Brotto y Velten (2020), los niveles de testosterona en sangre no se relacionan con el deseo en mujeres premenopáusicas sanas, y una revisión sistemática encontró que 6 de 10 estudios no mostraron una asociación significativa entre testosterona sérica y libido, y que el tratamiento con testosterona en premenopáusicas solo mostró un efecto claro en 1 de 4 estudios, por lo que no respalda medirla ni usarla en ese grupo (Reed et al., 2016). Los predictores que sí aparecen son la historia de salud mental, la calidad de la relación y el estrés.

    Falta de deseo sexual en hombres: lo que se sabe

    El bajo deseo masculino existe y casi nunca llega solo. Según Nobre, Carvalho y Mark (2020), se estima entre 3 % y 28 % de los hombres a nivel poblacional, con más malestar psicológico en los jóvenes. Rara vez es un problema aislado: el capítulo señala que lo habitual es que aparezca junto con disfunción eréctil o problemas de eyaculación.

    Barry y Emily McCarthy (2019) describen un ciclo muy común. Un fallo eréctil o de orgasmo genera ansiedad de rendimiento, vergüenza y evitación del sexo, y con el tiempo “no puedo” se convierte en “no tengo ganas”. El hombre empieza a evitar el contacto para no enfrentar el fallo, y la pareja lo interpreta como rechazo. En el estudio bávaro, la libido baja se asoció con disfunción eréctil y con peor salud autopercibida (Herkommer et al., 2024). Si es tu caso, te puede servir esta guía sobre disfunción eréctil psicológica y la de eyaculación precoz.

    En hombres sí tiene sentido pedir exámenes. Según Nobre et al. (2020), la evaluación incluye testosterona total, prolactina y función tiroidea, para descartar hipogonadismo, hiperprolactinemia o hipotiroidismo, además de revisar los fármacos que toma.

    ¿Mis medicamentos o una enfermedad pueden quitarme las ganas?

    Sí, y es una de las causas más fáciles de pasar por alto. Un metaanálisis sobre antidepresivos encontró más disfunción sexual que con placebo para sertralina, venlafaxina, citalopram, paroxetina, fluoxetina y otros, con tasas entre 25,8 % y 80,3 % de las personas según el fármaco. No hubo diferencia con placebo para bupropión, mirtazapina, agomelatina, moclobemida y nefazodona (Serretti y Chiesa, 2009). Los propios autores advierten que incluir estudios abiertos y escalas distintas pudo reducir la solidez de la comparación.

    Sobre los anticonceptivos hormonales los datos son más mezclados. Una revisión sistemática de 36 estudios y 13.673 mujeres halló que 85 % de las usuarias de anticonceptivos orales combinados refirió más libido o ningún cambio, y 15 % una disminución, y que la caída apareció solo con píldoras de 15 μg de etinilestradiol (Pastor et al., 2013). Brotto y Velten (2020), citando estudios prospectivos, hablan de un tercio con menos interés, un quinto con más y la mitad sin cambios. En conjunto: algunas mujeres lo notan y la mayoría no.

    Posible causa Cómo puede afectar el deseo Qué hacer
    Antidepresivos (ISRS y otros) Reducen deseo, excitación y orgasmo según el fármaco Hablar con quien los receta; no suspenderlos por tu cuenta
    Anticonceptivos hormonales Efecto variable; baja en una parte de las usuarias Revisar con ginecología si coincide con el cambio
    Menopausia, lactancia Sequedad y dolor que apagan el deseo Evaluación ginecológica; existen tratamientos locales
    Tiroides, prolactina, testosterona baja (en hombres) Disminuyen la libido Exámenes de laboratorio indicados por un médico
    Depresión, ansiedad, estrés sostenido Apatía, distracción, frenos activados Tratar la causa; la terapia psicológica ayuda
    Dolor al tener relaciones Evitación y pérdida de deseo Consulta médica antes de trabajar el deseo

    Si el deseo cayó justo después de empezar un medicamento, no lo suspendas por tu cuenta. Algunos tienen efectos al retirarlos bruscamente. Lo razonable es hablarlo con quien lo receta, porque muchas veces se puede ajustar la dosis o cambiar de fármaco.

    Falta de deseo sexual en la pareja: cuando el problema está en la relación

    El deseo responde a cómo se sienten juntos fuera de la cama. Según los McCarthy (2019), uno de los patrones más desgastantes es el de perseguidor y distanciador: quien quiere más insiste, quien quiere menos se siente presionado y se retira, y cada paso del otro confirma el temor. Nagoski (2015, 2024) suma el “sexo por obligación”, que convierte la intimidad en una tarea más y activa rechazo. También pesan los secretos, el resentimiento sin hablar y la falta de tiempo en pareja.

    Si tu caso es que eres tú quien siente que la otra persona no te desea, la mirada es otra y está en esta guía sobre qué hacer cuando tu pareja no te desea como antes. Y si dudas del estado general de la relación, puede ayudarte cómo saber si una relación de pareja es sana.

    Qué hacer si no tengo ganas: pasos con respaldo

    Parte por lo que se puede descartar y lo que se puede cambiar sin presión. Estos pasos salen de lo que proponen Nagoski (2015, 2024), Brotto (2018, 2022) y los McCarthy (2019), y de la evidencia que verás más abajo:

    1. Descarta lo médico. Si hay dolor, un medicamento nuevo, cambios de ánimo marcados o sospecha hormonal, parte por una consulta médica. En hombres, con exámenes de testosterona, prolactina y tiroides si lo indica el médico.
    2. Haz tu lista de frenos y aceleradores. Anota qué te enciende (confianza, caricias sin objetivo, novedad, sentirte deseado) y qué pisa el freno (estrés, cansancio, autocrítica, tareas pendientes, miedo a no responder). Muchas veces conviene bajar frenos antes que buscar “más estímulo”.
    3. Cierra el ciclo del estrés. Nagoski propone procesar el estrés del día con movimiento, respiración, llanto o descanso, porque un cuerpo en modo alerta no abre espacio al deseo.
    4. Conversa fuera de la cama. Con ambos vestidos, descansados y sin un rechazo reciente. Una frase posible: “No tengo ganas y no es por ti, quiero que busquemos cómo estar cerca sin presión”. Habla de lo que sientes y de lo que necesitas, sin enumerar lo que la otra persona hace mal.
    5. Prueben una pausa del coito. Nagoski y los McCarthy describen acuerdos temporales de no tener sexo genital ni buscar orgasmo, para que un abrazo o un beso dejen de leerse como una petición. Los McCarthy lo trabajan con la focalización sensorial: se turnan para acariciarse, con la regla de que no hay coito, para sentir sin ansiedad de rendimiento. Brotto (2018) lo organiza en fases, primero sin zonas genitales y después incluyéndolas.
    6. Entrena la atención al cuerpo. Brotto propone un escáner corporal diario, observando sensaciones sin juzgarlas, para reconectar mente y cuerpo y notar las primeras señales de excitación. Si quieres empezar, tienes una guía de mindfulness.
    7. Construyan puentes al deseo. Los McCarthy llaman así a cosas concretas que anticipan algo agradable: una cita, una ducha juntos, un mensaje durante el día, apagar el teléfono. Funcionan mejor como invitaciones que se pueden rechazar sin castigo.

    Cuando los pasos anteriores no avanzan en unos meses, no es una derrota. Según los McCarthy (2019), si pasan de 3 a 6 meses de intentos por su cuenta sin avance, es momento de pedir ayuda.

    Tratamientos para la falta de deseo sexual: qué funciona

    Los tratamientos psicológicos son los que tienen más respaldo, y los fármacos tienen efectos modestos. Esto es lo que dicen los estudios:

    • Terapia psicológica en general. Un metaanálisis de 20 ensayos contra lista de espera encontró que las intervenciones psicológicas mejoran la gravedad de síntomas (d = 0,58) y la satisfacción sexual (d = 0,47), con buena evidencia para el deseo hipoactivo femenino. Los estudios llegan hasta 2009 y pocos comparan tratamientos entre sí (Frühauf et al., 2013).
    • Mindfulness. Un metaanálisis de 11 ensayos con 449 participantes halló mejoras moderadas en la función sexual de mujeres, aunque contra lista de espera no todas alcanzaron significación y puede haber sesgo de publicación (Stephenson y Kerth, 2017). En un ensayo con 117 mujeres, cuatro sesiones grupales mejoraron deseo, excitación y satisfacción frente a lista de espera, y la baja de síntomas depresivos predijo la mejora del deseo (Brotto y Basson, 2014).
    • Mindfulness frente a educación sexual. En un ensayo con 148 mujeres, ocho sesiones grupales de terapia cognitiva basada en mindfulness o de educación y apoyo sexual mejoraron el deseo con efectos grandes, sostenidos a 12 meses, y el mindfulness mejoró más el malestar sexual (Brotto et al., 2021). Casi la mitad refirió una mejoría moderada o grande.
    • Terapia en línea. Un ensayo con 266 mujeres probó terapia sexual cognitivo-conductual y de mindfulness por internet: ambas mejoraron deseo y malestar frente al grupo en espera, pero menos de 1 de cada 4 alcanzó un cambio clínicamente significativo en deseo (Velten et al., 2024). Sirve, y no es una solución mágica.
    • Flibanserina. Un metaanálisis de 5.914 mujeres mostró que 100 mg dieron en promedio medio evento sexual satisfactorio más por mes que el placebo, con más mareo, somnolencia, náuseas y fatiga, y una calidad de evidencia muy baja (Jaspers et al., 2016). Brotto y Velten (2020) agregan la bremelanotida, aprobada en 2019 con efectos igualmente modestos.
    • Testosterona. Un metaanálisis de 7 ensayos en mujeres posmenopáusicas con deseo hipoactivo encontró más episodios satisfactorios y deseo que con placebo, a costa de más acné y vello, y sin eventos graves en el corto plazo (Achilli et al., 2017). No es un tratamiento para cualquier mujer con poco deseo.
    • En hombres. Según Nobre et al. (2020), no existe un fármaco aprobado para el bajo deseo masculino. La testosterona sirve si hay hipogonadismo demostrado y no aumenta el deseo con niveles normales. Lo que funciona es la terapia cognitivo-conductual con la pareja, la focalización sensorial y trabajar la ansiedad de rendimiento.

    Un matiz importante: la mayoría de estos estudios se hizo en mujeres, y los de fármacos tienen un efecto placebo grande, según los autores que revisan la literatura (Brotto y Velten, 2020). Por eso conviene desconfiar de cualquier “pastilla para el deseo” que prometa mucho.

    ¿Y si no tengo ganas, pero no me molesta?

    Entonces puede que no haya nada que arreglar. Anthony Bogaert (2015) define la asexualidad como la falta de atracción sexual hacia otras personas, y la entiende como una orientación sexual y no como una disfunción. Las personas asexuales suelen no sentir angustia por ello, tienen una respuesta física intacta y una experiencia estable en el tiempo; algunas sí desean romance, afecto y compañía. Si vives así y lo que te pesa es la presión de la pareja o del entorno, el trabajo es de comunicación y de acuerdos, no de “corregir” el deseo.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Consulta cuando el malestar persiste o hay señales de alarma. Nagoski, Brotto y los McCarthy coinciden en varias:

    • Llevas 6 meses o más con falta de deseo que te angustia.
    • Sientes pavor o rechazo ante cualquier contacto físico, o hay una dinámica fuerte de perseguir y evitar.
    • Tienes dolor genital o al penetrar.
    • La falta de deseo viene con tristeza persistente, ansiedad intensa o antecedentes de abuso o trauma. Si el ánimo está muy bajo, te puede orientar esta guía sobre depresión, y si ocurre tras un parto, la de depresión posparto.
    • Hay resentimiento profundo, amenazas de separación o “matrimonio sin sexo” que no logran mover.

    Para saber qué esperar de una consulta de pareja, puedes leer qué pasa en la primera sesión de terapia de pareja o si la terapia de pareja funciona y cuándo ir. También hay información general de salud sexual en la página de la OMS y en MedlinePlus.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal no tener ganas de tener relaciones con mi pareja?

    Sí. El deseo baja con el estrés, el cansancio, los años de relación, el posparto o algunos medicamentos. Se vuelve un trastorno cuando dura al menos seis meses y te causa un malestar importante. Si te enciendes una vez que empieza el contacto, tu deseo es responsivo, y eso es normal.

    ¿Cuánto tiempo sin ganas es normal?

    El plazo exacto varía de una persona a otra. Los períodos de poco deseo son frecuentes y pasan con el estrés o los cambios de vida. El criterio clínico es de seis meses o más con malestar. Si hay dolor, un cambio de ánimo o un medicamento nuevo de por medio, no esperes ese plazo: consulta antes.

    ¿Los antidepresivos quitan las ganas de tener sexo?

    Algunos sí. Un metaanálisis encontró más disfunción sexual que con placebo para sertralina, paroxetina, citalopram y venlafaxina, entre otros, y no para bupropión, mirtazapina o agomelatina. No los dejes por tu cuenta; habla con quien los receta, porque a veces se puede ajustar la dosis o cambiar de fármaco.

    ¿Hay una pastilla o una terapia que devuelva el deseo?

    Los tratamientos psicológicos (terapia cognitivo-conductual y mindfulness) tienen el mejor respaldo en mujeres. Los fármacos, como la flibanserina, tienen un efecto pequeño y efectos adversos, y la testosterona solo se estudia en mujeres posmenopáusicas con deseo hipoactivo. En hombres no hay un fármaco aprobado para el deseo.

    ¿No tener ganas significa que ya no quiero a mi pareja?

    No necesariamente. Querer y desear son cosas distintas, y el deseo se frena por estrés, salud, ánimo o conflictos mientras el cariño sigue. Conviene mirar si además hay distancia emocional en todo lo demás, porque ahí el problema es de la relación y no solo del deseo.

    Un último punto

    No tener ganas no te vuelve defectuoso, y tampoco es algo que tengas que aguantar en silencio. Casi siempre hay un freno identificable, y gran parte se puede mover cuando se descartan las causas médicas, se baja la presión y se trabaja en pareja o con ayuda profesional. Si quieres hacerlo con acompañamiento, puedes agendar una consulta y revisar juntos qué está frenando tu deseo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Achilli, C., Pundir, J., Ramanathan, P., Sabatini, L., Hamoda, H., & Panay, N. (2017). Efficacy and safety of transdermal testosterone in postmenopausal women with hypoactive sexual desire disorder: A systematic review and meta-analysis. Fertility and Sterility, 107(2), 475-482.e15. https://doi.org/10.1016/j.fertnstert.2016.10.028
    • Bogaert, A. F. (2015). Understanding asexuality. Rowman & Littlefield.
    • Brotto, L. A. (2018). Better sex through mindfulness: How women can cultivate desire. Greystone Books.
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    • Brotto, L. A., Zdaniuk, B., Chivers, M. L., Jabs, F., Grabovac, A., Lalumière, M. L., Weinberg, J., Schonert-Reichl, K. A., & Basson, R. (2021). A randomized trial comparing group mindfulness-based cognitive therapy with group supportive sex education and therapy for the treatment of female sexual interest/arousal disorder. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 89(7), 626-639. https://doi.org/10.1037/ccp0000661
    • Frühauf, S., Gerger, H., Schmidt, H. M., Munder, T., & Barth, J. (2013). Efficacy of psychological interventions for sexual dysfunction: A systematic review and meta-analysis. Archives of Sexual Behavior, 42(6), 915-933. https://doi.org/10.1007/s10508-012-0062-0
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    • West, S. L., D’Aloisio, A. A., Agans, R. P., Kalsbeek, W. D., Borisov, N. N., & Thorp, J. M. (2008). Prevalence of low sexual desire and hypoactive sexual desire disorder in a nationally representative sample of US women. Archives of Internal Medicine, 168(13), 1441-1449. https://doi.org/10.1001/archinte.168.13.1441

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Disfunción eréctil psicológica: causas, señales y tratamiento

    Disfunción eréctil psicológica: causas, señales y tratamiento

    La erección no llegó, o se fue justo cuando importaba, y desde entonces cada encuentro empieza con una pregunta incómoda: ¿pasará otra vez? Si buscaste disfunción eréctil psicológica, probablemente ya te preguntaste si es “solo de la cabeza” o si hay algo físico detrás. Este artículo explica cómo se distingue una de la otra, qué la mantiene, qué ejercicios y tratamientos tienen respaldo (y cuánto) y cuándo conviene partir por un médico. Cada dato viene con su estudio, y donde la evidencia es floja, lo digo.

    Respuesta corta: la disfunción eréctil psicológica es la dificultad para lograr o mantener una erección cuando el cuerpo está en condiciones de tenerla y lo que la bloquea es ansiedad, ánimo bajo, pensamientos de fracaso o tensión en la pareja. Tiene tratamiento. Lo mejor respaldado combina terapia sexual cognitivo-conductual (trabajo con la ansiedad de desempeño, ejercicios con la pareja) y, si el médico lo indica, un fármaco. Pero antes conviene descartar causas físicas, porque en la práctica lo más común es una mezcla de ambas.

    ¿Qué es la disfunción eréctil psicológica?

    La disfunción eréctil es la dificultad persistente para lograr o mantener una erección suficiente para la relación sexual, con malestar. Los manuales diagnósticos piden que se repita en el tiempo (en el DSM-5, unos seis meses) y no basta con una mala noche. Se llama psicológica (o psicógena) cuando los factores que la desencadenan y la mantienen son sobre todo mentales, emocionales o de relación: ansiedad de desempeño, depresión, culpa, baja autoestima, estrés, conflicto con la pareja.

    Una revisión sobre su clasificación y manejo (Rosen, 2001) propone distinguir dos tipos. La generalizada aparece en casi cualquier situación. La situacional solo en ciertos contextos: por ejemplo, con la pareja pero no en solitario, o con una persona y no con otra. Esa diferencia importa mucho para saber qué está pasando, y la verás más abajo.

    Una aclaración que ordena el resto. El capítulo de Kalogeropoulos y Larouche (2020) en el manual Principles and Practice of Sex Therapy defiende que ya no sirve pensar “orgánica contra psicógena” como dos cajones separados. La erección depende a la vez de los vasos sanguíneos, los nervios, las hormonas, los pensamientos, las emociones y la relación, y según los autores las presentaciones mixtas son más comunes que las puras. Incluso cuando hay una causa física de fondo, la ansiedad de “volver a fallar” suele agravarla y sostenerla.

    ¿Cuántos hombres la tienen, y es común en jóvenes?

    Las cifras dependen de a quién se mide y cómo. En una muestra representativa de Estados Unidos, la prevalencia de disfunción eréctil en hombres de 20 años o más fue de 18,4 % (Selvin et al., 2007), y sube con la edad y con factores cardiovasculares y diabetes. Según Kalogeropoulos y Larouche (2020), que citan ese mismo estudio, en menores de 40 años queda por debajo de 10 %.

    Otra revisión da una cifra más alta. Una revisión sobre la disfunción eréctil en hombres jóvenes (Nguyen et al., 2017) recoge que grandes estudios multinacionales estiman una prevalencia de hasta 30 % en hombres menores de 40. Esa diferencia entre 10 % y 30 % no se resuelve con los datos que tengo: cambian las preguntas, las edades incluidas y lo que cuenta como “problema”. Lo que sí coinciden en señalar ambas fuentes es que ya no se trata de una condición exclusiva de la vejez. Tampoco encontré cifras de Chile ni de Latinoamérica sobre la forma psicológica: lo que hay viene de Estados Unidos, Europa y Asia.

    También hay un patrón de silencio. En un análisis de 329 publicaciones de un foro de internet sobre disfunción eréctil (Jiang et al., 2020), con una edad mediana de 24 años, el 48 % creía que su problema era psicológico y solo el 28 % había consultado a un profesional de la salud. Es una muestra autoseleccionada de una comunidad en línea y no sirve para estimar cuántos hombres la tienen. Sí muestra algo humano: muchos jóvenes buscan primero entre desconocidos.

    ¿Disfunción eréctil psicológica o física (orgánica)? Cómo distinguirlas

    Ninguna señal sola lo decide, y la distinción final la hace un profesional que evalúa a la persona completa. Aun así, hay pistas que orientan. Nguyen et al. (2017) describen que en la forma psicógena suele haber un inicio súbito, libido disminuida y buena calidad de las erecciones espontáneas o por autoestimulación. En la forma orgánica el inicio suele ser gradual y la libido va de baja a normal. El capítulo de Kalogeropoulos y Larouche (2020) añade que el problema situacional (por ejemplo, falla con una pareja y no en la masturbación) apunta a un cuerpo capaz de erección.

    Pista Más típico de causa psicológica Más típico de causa orgánica
    Cómo empezó De golpe, a menudo tras un episodio de fracaso, un estrés fuerte o una crisis de pareja De forma gradual, cada vez algo peor
    Dónde ocurre Situacional: depende de la pareja, del momento o de la presión Generalizada: en todas las situaciones
    Erecciones al despertar o en masturbación Conservadas Disminuidas o ausentes
    Ánimo y ansiedad Ansiedad de desempeño, preocupación, ánimo bajo Pueden aparecer como consecuencia del problema
    Factores de riesgo físico Pocos o ninguno Diabetes, hipertensión, tabaco, colesterol, algunos fármacos, cirugía pélvica

    Esta tabla sintetiza lo que describen Nguyen et al. (2017) y Kalogeropoulos y Larouche (2020); son tendencias, no reglas, y en muchos hombres se superponen.

    Para casos dudosos existe un examen que mide las erecciones nocturnas con un dispositivo (monitorización de tumescencia y rigidez peniana nocturna). Según una revisión de ese método (Zou et al., 2019), un registro normal en un hombre con quejas sugiere un origen psicógeno, y uno anormal puede indicar causa orgánica. Pero un registro normal no prueba que sea psicológica, sobre todo en lesión de médula espinal, y el resultado puede alterarse por depresión, tabaquismo, edad, sueños de contenido negativo y trastornos del sueño. En la práctica se usa en casos seleccionados, no en la primera consulta.

    La evaluación médica habitual, según Kalogeropoulos y Larouche (2020), incluye historia médica y de medicamentos, examen físico (genitales, próstata, estado cardiovascular y neurológico), cuestionarios breves como el IIEF-5 y, cuando corresponde, exámenes de laboratorio como glicemia y testosterona. Esa es la razón de que este artículo no traiga un autotest con puntaje: un número no distingue entre causas, y para eso hace falta la consulta.

    ¿Por qué ocurre? Ansiedad de desempeño, ánimo y expectativas

    El mecanismo más descrito es un círculo. Un episodio de erección fallida genera miedo a repetirlo. En el siguiente encuentro la atención deja de estar en las sensaciones y pasa a vigilar la erección (“a ver si se mantiene”). Masters y Johnson llamaron spectatoring a esa autoobservación desde afuera, como espectador de uno mismo. Kalogeropoulos y Larouche (2020) explican que esa vigilancia bloquea el procesamiento de los estímulos eróticos y activa la respuesta de alarma del cuerpo, que es justo lo contrario de lo que la erección necesita. El resultado confirma el miedo, y el miedo se refuerza.

    Hay respaldo empírico de que la cabeza pesa. En un estudio con 352 hombres (303 de población general y 49 con diagnóstico de disfunción sexual), Nobre (2010) probó un modelo cognitivo-emocional con creencias sexuales rígidas, esquemas negativos, pensamientos automáticos y ánimo deprimido, y esas variables explicaron el 55 % de la variación en la función eréctil. Es un estudio transversal: muestra asociación y ajuste del modelo, no que un pensamiento cause por sí solo la falla.

    Depresión y ansiedad

    La relación con el ánimo va en los dos sentidos. Un metaanálisis de 49 publicaciones (Liu et al., 2018) encontró que la depresión se asocia con más riesgo de disfunción eréctil (OR 1,39) y que la disfunción eréctil se asocia con más riesgo de depresión (OR 2,92). Los autores recalcan que es una asociación y que no pueden determinar cuál viene primero, y que la heterogeneidad entre estudios era alta. Su conclusión práctica: quien consulta por disfunción eréctil debería ser evaluado por depresión, y quien consulta por depresión, por problemas de erección.

    En hombres jóvenes pasa algo parecido. Un estudio de reclamaciones de seguros en Estados Unidos (Manalo et al., 2022), con hombres de 18 a 40 años, mostró que en los 12 meses previos al diagnóstico de disfunción eréctil la prevalencia de depresión y ansiedad era de 17,1 % en los casos y de 12,9 % en los controles, y que después del diagnóstico los casos tuvieron además mayor incidencia. Solo incluye personas con seguro privado y no dice nada de los síntomas.

    Si junto con el problema sexual hay desesperanza, ideas de hacerse daño o sensación de que no vale la pena seguir, eso merece atención aparte y pronta: en Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio). En el análisis de Jiang et al. (2020), el 2 % de las publicaciones mencionaba autolesión o suicidalidad asociada al problema.

    Jóvenes, pornografía y expectativas

    Los libros de sexología que consulté ofrecen una explicación sobre los hombres jóvenes. McCarthy y McCarthy (2019) plantean que en la adolescencia el hombre aprende que las erecciones son automáticas y fáciles durante la masturbación, y que más adelante, cuando la respuesta depende más del estímulo, de la pareja y del estado mental, interpreta cualquier variación como “impotencia” y se angustia por anticipado. Es una explicación clínica razonable, no un hallazgo de estudios experimentales.

    Sobre el uso de pornografía hay que ser prudentes. En el foro analizado por Jiang et al. (2020), el 20 % había intentado abstenerse de pornografía o masturbación como remedio propio. Pero esos datos son autorreporte de una muestra autoseleccionada: no prueban que la pornografía cause disfunción eréctil, y en mi búsqueda no encontré ensayos que lo midan bien. Si el tema te interesa, tienes un artículo aparte sobre lo que dice la evidencia de la pornografía.

    El modelo de los frenos y el acelerador

    Nagoski (2015), apoyándose en el modelo de control dual de Janssen y Bancroft, describe la respuesta sexual como el resultado de dos sistemas: uno que detecta estímulos eróticos (el acelerador) y otro que detecta amenazas y razones para no excitarse (los frenos). En muchos casos de disfunción eréctil psicológica, lo que suele sobrar son frenos, activados por el miedo a fallar, el juicio, el estrés o un ambiente que no se siente seguro. Esto explica algo que desconcierta a muchos hombres: la erección puede estar perfecta a solas y desaparecer con otra persona.

    ¿Qué papel tiene la pareja?

    Lo que ocurre entre dos personas puede sostener el problema o ayudar a resolverlo. Una revisión sobre el rol de la pareja sexual (Li et al., 2016) sostiene que la disfunción eréctil es un problema compartido, que la pareja debería participar en la evaluación, la educación, la orientación y la elección del tratamiento, y que el objetivo es una vida sexual satisfactoria para ambos, más allá de la erección.

    Los capítulos clínicos describen un patrón frecuente: él evita el contacto (incluso las caricias) para no exponerse a un nuevo fracaso, ella lo interpreta como desinterés o rechazo, y los dos dejan de tocarse. La evitación da alivio inmediato y mantiene el problema a largo plazo. Según Kalogeropoulos y Larouche (2020) y McCarthy y McCarthy (2019), la salida es cambiar el marco: dejar de verse como evaluador y evaluado y pasar a funcionar como un equipo frente al problema. También ayuda saber que, según estos últimos autores, las erecciones suben y bajan varias veces en un encuentro largo sin que eso signifique nada, y que el sexo centrado solo en la penetración pone la máxima exigencia justo sobre lo que menos se puede forzar.

    Si en tu relación pasa algo parecido, quizá te sirva leer cómo distinguir una relación sana de una que se está desgastando y qué esperar de la terapia de pareja. Y si además de erecciones también hay dificultades con la eyaculación, tienes una guía sobre la eyaculación precoz, que suele ir de la mano.

    ¿Qué ejercicios y tratamientos ayudan en la disfunción eréctil psicológica?

    Hay tratamiento y muchos hombres mejoran. Lo que cuesta es prometer una cura definitiva, porque la calidad de los estudios es desigual. Kalogeropoulos y Larouche (2020) lo dicen sin rodeos: faltan, de forma llamativa, tratamientos psicológicos con evidencia empírica sólida cuando se usan solos. Esto es lo que se sabe, pieza por pieza.

    Terapia sexual cognitivo-conductual: cómo se hace

    El protocolo que describen Kalogeropoulos y Larouche (2020) tiene varios componentes que suelen trabajarse en sesiones y con tareas en casa:

    1. Psicoeducación. Desmontar mitos (por ejemplo, que una erección debe ser rígida y automática siempre) y explicar cómo la ansiedad o el ánimo bajo afectan la respuesta eréctil, además de los cambios normales con la edad.
    2. *Trabajo con la ansiedad de desempeño y el spectatoring.* Respiración y atención plena para bajar la activación del cuerpo y volver la atención a las sensaciones.
    3. Entrenamiento con la masturbación. Ejercicios a solas, sin presión de rendir, para observar cómo la erección sube y baja de forma natural y separar la excitación del miedo a fallar.
    4. *Foco sensorial (sensate focus).* Ejercicios de caricias en pareja, graduales y sin exigencia de coito (la penetración se deja de lado por un tiempo), para reconstruir el contacto y la comunicación.
    5. Reestructuración cognitiva. Identificar pensamientos como “si pierdo la erección soy un fracaso” y ponerlos a prueba.
    6. Trabajo con la pareja. Pasar de la crítica o la culpa a la colaboración, y romper el hábito de evitar el contacto.

    Estos son los “ejercicios” que más se mencionan en consulta, y conviene hacerlos guiados, sobre todo el foco sensorial, porque mal hecho se convierte en otra prueba.

    ¿Qué muestran los estudios?

    • Revisiones de psicoterapia. Un metaanálisis de 11 ensayos con 398 hombres (Melnik et al., 2008) encontró que la terapia sexual en grupo mejoró la disfunción eréctil y que la psicoterapia sumada a sildenafilo mejoró más que el sildenafilo solo, con menos abandonos. Frente a inyecciones en el pene y dispositivos de vacío no hubo diferencias. Las muestras eran pequeñas y heterogéneas. Otro metaanálisis de 20 ensayos (Frühauf et al., 2013), sobre disfunciones sexuales en general y frente a lista de espera, halló efectos moderados (d = 0,58 en gravedad de síntomas y d = 0,47 en satisfacción sexual), con la mejor evidencia en el bajo deseo y el orgasmo femenino; para otras disfunciones, incluida la eréctil, los autores piden más estudios, sobre todo a largo plazo.
    • Terapia por internet. En un ensayo con 78 hombres (Andersson et al., 2011), siete semanas de terapia cognitivo-conductual online con apoyo de un terapeuta (unos 55 minutos por participante) se compararon con un grupo de discusión en línea. Al terminar la diferencia fue pequeña (d = 0,1), pero a los seis meses creció (d = 0,88).
    • Mindfulness. Un estudio piloto con 10 hombres con disfunción eréctil situacional (Bossio et al., 2018) probó un grupo de cuatro semanas de atención plena. Un participante abandonó (10 %), y la función eréctil mejoró con un tamaño de efecto de 0,63 y la satisfacción sexual con 1,02. No había grupo control, así que los autores hablan de factibilidad y de una vía prometedora, no de eficacia probada.

    Fármaco y terapia: la combinación

    Los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 (sildenafilo y similares) los indica un médico, y siguen siendo el tratamiento de base (Nguyen et al., 2017). Lo interesante es lo que pasa al combinarlos con terapia. Un metaanálisis de 8 estudios con 562 pacientes (Schmidt et al., 2014) encontró que el tratamiento combinado fue más eficaz para los síntomas que el fármaco solo o la psicoterapia sola, y más eficaz que el fármaco solo para la satisfacción sexual. No hubo diferencias entre fármaco y psicoterapia como tratamientos únicos. Los resultados eran inconclusos en parte y los autores piden ensayos más sólidos.

    Los ensayos individuales apuntan en la misma dirección, siempre con muestras pequeñas:

    • En 53 parejas con disfunción eréctil psicógena (Banner y Anderson, 2007), tras 4 semanas el 48 % de los hombres con sildenafilo más terapia sexual cognitivo-conductual cumplió el criterio de éxito en erección, frente al 29 % con sildenafilo solo (en satisfacción, 65,5 % frente a 37,5 %). Al sumar la terapia a los del fármaco solo, llegaron al 58 %. Es un estudio piloto.
    • En 30 hombres y sus parejas (Boddi et al., 2015), vardenafilo solo y vardenafilo más terapia mejoraron la erección, pero solo la combinación mejoró la satisfacción sexual de la pareja y su función sexual.
    • En un ensayo con placebo en Pakistán (137 hombres jóvenes con disfunción eréctil no orgánica, 116 analizados; Bilal y Abbasi, 2022), la terapia sexual cognitivo-conductual y el tratamiento integrado mejoraron la erección frente a placebo durante 12 semanas, la terapia redujo además los puntajes de depresión y solo el tratamiento integrado redujo la ansiedad frente al fármaco. Es un solo país y un solo fármaco.
    • En un seguimiento de 15 a 18 meses de 20 hombres (Khan et al., 2019), los que habían recibido terapia además del fármaco siguieron mejorando; los del fármaco solo no mejoraron más o empeoraron. Es una submuestra pequeña con abandono.

    La lógica clínica que se repite es simple: el fármaco ayuda al cuerpo a responder y devuelve algo de confianza, y la terapia trabaja lo que el fármaco no toca (la ansiedad, los pensamientos de fracaso, la evitación, la relación). Kalogeropoulos y Larouche (2020) señalan además que quienes dejan el fármaco suelen hacerlo por problemas de relación, costo, efectos adversos o falta de eficacia, y que integrar a la pareja ayuda a que el tratamiento se sostenga. La guía de la Asociación Americana de Urología (Burnett et al., 2018) pone la decisión compartida en el centro: el hombre y su pareja deben conocer todas las opciones no contraindicadas, con sus beneficios y riesgos.

    ¿Cuándo conviene ir primero al médico y cuándo al psicólogo?

    Parte por un médico (general, urólogo o especialista en medicina sexual) si se cumple alguna de estas situaciones:

    • La dificultad apareció de forma gradual y fue empeorando.
    • Ocurre en todas las situaciones, incluida la masturbación, y no hay erecciones al despertar.
    • Tienes más de 40 años o factores de riesgo: diabetes, presión alta, colesterol elevado, tabaco, sobrepeso, enfermedad cardiovascular o cirugía de próstata o pelvis.
    • Tomas medicamentos que pueden influir, o consumes alcohol u otras sustancias con frecuencia.

    La razón no es solo sexual. Rastrelli y Maggi (2017) advierten que en hombres jóvenes la disfunción eréctil suele descartarse sin evaluación médica, por la idea de que se resuelve sola, y que los factores metabólicos y cardiovasculares pesan más de lo que se supone en esa edad. Evaluarlos permite detectar un riesgo cardiovascular a tiempo. Para Kalogeropoulos y Larouche (2020), la disfunción eréctil puede ser un marcador temprano de enfermedad cardiovascular. Aunque sospeches que es “solo ansiedad”, una consulta médica básica merece la pena.

    Un psicólogo, por su parte, no receta ni hace el estudio físico, pero trabaja la ansiedad de desempeño, los pensamientos de fracaso, la comunicación con la pareja, el ánimo y los ejercicios de foco sensorial, y puede coordinarse con el médico. Si la ansiedad se extiende más allá de lo sexual, la ansiedad anticipatoria también tiene tratamiento propio. Y si lo físico y lo psicológico están mezclados, lo habitual es que el plan combine a los dos.

    ¿Qué puedes hacer esta semana?

    Son cosas con respaldo clínico que puedes empezar sin esperar la consulta. No reemplazan la evaluación médica si tu caso es de los que la piden.

    1. Pide una consulta médica básica. Presión, glicemia y colesterol, además de revisar tus medicamentos. Si todo está bien, tendrás más tranquilidad para trabajar la parte psicológica.
    2. Cuéntaselo a tu pareja. El silencio suele hacer más daño que la erección. Plantéalo como un desafío compartido, sin pedir ni dar explicaciones de más.
    3. Saca la penetración de la meta por un tiempo. Pasen unos encuentros con caricias, sin objetivo de coito ni de erección. Quitar la exigencia es el principio del foco sensorial.
    4. Atiende lo que sientes, no la erección. Cuando notes que te vigilas, vuelve la atención al contacto, la respiración y la temperatura de la piel. Una erección que sube y baja durante un encuentro largo es normal.
    5. No mezcles todo con alcohol. Y si estás usando suplementos o fármacos sin receta para “asegurar” el resultado, consulta antes con un médico.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo saber si mi disfunción eréctil es psicológica?

    Algunas pistas apuntan a un origen psicológico: inicio de golpe, falla solo en ciertas situaciones y erecciones conservadas al despertar o al masturbarte. Pero ninguna lo confirma por sí sola y muchos casos son mixtos. La forma de saberlo es una evaluación médica y psicológica, no un autotest.

    ¿Tiene solución la disfunción eréctil psicológica?

    Tiene tratamiento y muchos hombres mejoran, sobre todo con terapia sexual cognitivo-conductual y, si el médico lo indica, un fármaco. Los estudios son pequeños y de calidad desigual, así que no hay fuente que respalde prometer una cura definitiva para todos.

    ¿Qué ejercicios sirven para la disfunción eréctil psicológica?

    Los más descritos son el foco sensorial en pareja (caricias sin exigencia de coito), la respiración y la atención plena para bajar la ansiedad, y los ejercicios a solas para observar cómo la erección sube y baja sin presión. Conviene hacerlos con guía de un profesional.

    ¿La disfunción eréctil en jóvenes es siempre psicológica?

    No. Muchas veces influye la ansiedad o el ánimo, pero en jóvenes también pesan factores metabólicos y cardiovasculares, tabaco, alcohol o ciertos medicamentos. Por eso se recomienda una evaluación médica básica incluso si sospechas que es solo ansiedad.

    ¿Debo ir al psicólogo o al urólogo?

    Si fue gradual, ocurre siempre, tienes factores de riesgo o más de 40 años, parte por el médico. Si hay ansiedad de desempeño, evitación o tensión de pareja, el psicólogo trabaja eso. Lo más habitual es que un buen plan coordine a los dos.

    ¿Los fármacos curan la disfunción eréctil psicológica?

    Ayudan a que el cuerpo responda y pueden devolver confianza, pero no trabajan la ansiedad, los pensamientos de fracaso ni la relación. En los estudios revisados, combinar fármaco y terapia funcionó mejor que cualquiera de los dos solos.

    Si quieres hablarlo con un psicólogo

    Si la disfunción eréctil te genera ansiedad, te hace evitar la intimidad o está tensando tu relación, en terapia se puede trabajar la ansiedad de desempeño, los pensamientos de fracaso, la comunicación con tu pareja y los ejercicios de contacto, coordinando con una evaluación médica cuando haga falta. Puedes agendar una consulta aquí y partir por contar qué está pasando, sin necesidad de llegar con todo claro.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Andersson, E., Walén, C., Hallberg, J., Paxling, B., Dahlin, M., Almlöv, J., Källström, R., Wijma, K., Carlbring, P., & Andersson, G. (2011). A randomized controlled trial of guided Internet-delivered cognitive behavioral therapy for erectile dysfunction. The Journal of Sexual Medicine, 8(10), 2800-2809. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2011.02391.x

    Banner, L. L., & Anderson, R. U. (2007). Integrated sildenafil and cognitive-behavior sex therapy for psychogenic erectile dysfunction: A pilot study. The Journal of Sexual Medicine, 4(4), 1117-1125. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2007.00535.x

    Bilal, A., & Abbasi, N. U. H. (2022). Randomized placebo controlled trial of sildenafil citrate, cognitive behavior sex therapy and integrated treatment in men diagnosed with non organic erectile dysfunction. Sexual Medicine, 10(1), Artículo 100464. https://doi.org/10.1016/j.esxm.2021.100464

    Boddi, V., Castellini, G., Casale, H., Rastrelli, G., Boni, L., Corona, G., & Maggi, M. (2015). An integrated approach with vardenafil orodispersible tablet and cognitive behavioral sex therapy for treatment of erectile dysfunction: A randomized controlled pilot study. Andrology, 3(5), 909-918. https://doi.org/10.1111/andr.12079

    Bossio, J. A., Basson, R., Driscoll, M., Correia, S., & Brotto, L. A. (2018). Mindfulness-based group therapy for men with situational erectile dysfunction: A mixed-methods feasibility analysis and pilot study. The Journal of Sexual Medicine, 15(10), 1478-1490. https://doi.org/10.1016/j.jsxm.2018.08.013

    Burnett, A. L., Nehra, A., Breau, R. H., Culkin, D. J., Faraday, M. M., Hakim, L. S., Heidelbaugh, J., Khera, M., McVary, K. T., Miner, M. M., Nelson, C. J., Sadeghi-Nejad, H., Seftel, A. D., & Shindel, A. W. (2018). Erectile dysfunction: AUA guideline. The Journal of Urology, 200(3), 633-641. https://doi.org/10.1016/j.juro.2018.05.004

    Frühauf, S., Gerger, H., Schmidt, H. M., Munder, T., & Barth, J. (2013). Efficacy of psychological interventions for sexual dysfunction: A systematic review and meta-analysis. Archives of Sexual Behavior, 42(6), 915-933. https://doi.org/10.1007/s10508-012-0062-0

    Jiang, T., Osadchiy, V., Mills, J. N., & Eleswarapu, S. V. (2020). Is it all in my head? Self-reported psychogenic erectile dysfunction and depression are common among young men seeking advice on social media. Urology, 142, 133-140. https://doi.org/10.1016/j.urology.2020.04.100

    Kalogeropoulos, D., & Larouche, J. (2020). An integrative biopsychosocial approach to the conceptualization and treatment of erectile disorder. En K. S. K. Hall & Y. M. Binik (Eds.), Principles and practice of sex therapy (6.ª ed., cap. 4). The Guilford Press.

    Khan, S., Amjad, A., & Rowland, D. (2019). Potential for long-term benefit of cognitive behavioral therapy as an adjunct treatment for men with erectile dysfunction. The Journal of Sexual Medicine, 16(2), 300-306. https://doi.org/10.1016/j.jsxm.2018.12.014

    Li, H., Gao, T., & Wang, R. (2016). The role of the sexual partner in managing erectile dysfunction. Nature Reviews Urology, 13(3), 168-177. https://doi.org/10.1038/nrurol.2015.315

    Liu, Q., Zhang, Y., Wang, J., Li, S., Cheng, Y., Guo, J., Tang, Y., Zeng, H., & Zhu, Z. (2018). Erectile dysfunction and depression: A systematic review and meta-analysis. The Journal of Sexual Medicine, 15(8), 1073-1082. https://doi.org/10.1016/j.jsxm.2018.05.016

    Manalo, T. A., Biermann, H. D., Patil, D. H., & Mehta, A. (2022). The temporal association of depression and anxiety in young men with erectile dysfunction. The Journal of Sexual Medicine, 19(2), 201-206. https://doi.org/10.1016/j.jsxm.2021.11.011

    McCarthy, B., & McCarthy, E. (2019). Rekindling desire: A step-by-step program to help low-sex and no-sex marriages (3.ª ed.). Routledge.

    Melnik, T., Soares, B. G., & Nasello, A. G. (2008). The effectiveness of psychological interventions for the treatment of erectile dysfunction: Systematic review and meta-analysis, including comparisons to sildenafil treatment, intracavernosal injection, and vacuum devices. The Journal of Sexual Medicine, 5(11), 2562-2574. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2008.00872.x

    Nagoski, E. (2015). Come as you are: The surprising new science that will transform your sex life. Simon & Schuster.

    Nguyen, H. M. T., Gabrielson, A. T., & Hellstrom, W. J. G. (2017). Erectile dysfunction in young men: A review of the prevalence and risk factors. Sexual Medicine Reviews, 5(4), 508-520. https://doi.org/10.1016/j.sxmr.2017.05.004

    Nobre, P. J. (2010). Psychological determinants of erectile dysfunction: Testing a cognitive-emotional model. The Journal of Sexual Medicine, 7(4), 1429-1437. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2009.01656.x

    Rastrelli, G., & Maggi, M. (2017). Erectile dysfunction in fit and healthy young men: Psychological or pathological? Translational Andrology and Urology, 6(1), 79-90. https://doi.org/10.21037/tau.2016.09.06

    Rosen, R. C. (2001). Psychogenic erectile dysfunction: Classification and management. Urologic Clinics of North America, 28(2), 269-278. https://doi.org/10.1016/s0094-0143(05)70137-3

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    Selvin, E., Burnett, A. L., & Platz, E. A. (2007). Prevalence and risk factors for erectile dysfunction in the US. The American Journal of Medicine, 120(2), 151-157. https://doi.org/10.1016/j.amjmed.2006.06.010

    Zou, Z., Lin, H., Zhang, Y., & Wang, R. (2019). The role of nocturnal penile tumescence and rigidity (NPTR) monitoring in the diagnosis of psychogenic erectile dysfunction: A review. Sexual Medicine Reviews, 7(3), 442-454. https://doi.org/10.1016/j.sxmr.2018.10.005

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Eyaculación precoz: causas, tratamiento y cuándo consultar

    Eyaculación precoz: causas, tratamiento y cuándo consultar

    Terminas antes de lo que querías, otra vez, y lo siguiente que sientes es vergüenza, rabia o ganas de que el tema no vuelva a salir. Si buscaste eyaculación precoz a esta hora, probablemente llevas rato dándole vueltas sin hablarlo con nadie. Este artículo explica qué cuenta como eyaculación precoz, a qué se debe, qué tratamientos tienen respaldo (y cuánto), y cuándo conviene ir al médico y cuándo a un psicólogo. Cada dato viene con su estudio, y donde la evidencia es floja, lo digo.

    Respuesta corta: la eyaculación precoz es eyacular antes de lo deseado, con poco control y malestar, y tiene tratamiento. Casi siempre intervienen a la vez factores del cuerpo y de la mente, por eso conviene descartar causas médicas. Lo que mejor respaldo tiene combina técnicas conductuales, trabajo con la ansiedad y la pareja y, si hace falta, un fármaco indicado por un médico.

    ¿Qué es la eyaculación precoz y cuánto es “demasiado rápido”?

    La eyaculación precoz es un patrón en que el hombre eyacula antes de lo que quisiera, siente que no puede retrasarlo y esto le genera malestar. La definición de consenso de la Sociedad Internacional de Medicina Sexual (Serefoglu et al., 2014) pide tres cosas a la vez: eyaculación siempre o casi siempre cerca del minuto de la penetración vaginal (o una baja marcada y molesta del tiempo, a menudo a unos 3 minutos o menos), incapacidad de retrasarla y consecuencias negativas como malestar, frustración o evitación de la intimidad.

    Fíjate en que el reloj es solo una de las tres piezas. El capítulo de Althof (2020) en el manual Principles and Practice of Sex Therapy resume que casi todas las definiciones modernas, incluidas las del DSM-5 y la CIE-11 (que la llama eyaculación temprana masculina), combinan latencia corta, falta de control percibido y malestar personal o de pareja. Sin control y sin malestar, el tiempo por sí solo no basta para hablar de un problema.

    No toda eyaculación rápida es lo mismo. La literatura distingue cuatro cuadros, y esa distinción cambia el tratamiento:

    TipoQué esFrecuencia en 2.593 parejas turcas
    De toda la vidaDesde las primeras experiencias sexuales, típicamente 1 minuto o menos2,3 %
    AdquiridaAparece tras un período de funcionamiento normal, con una baja clara del tiempo3,9 %
    Variable naturalEpisodios irregulares de eyaculación rápida con sensación de poco control, dentro de la variación normal8,5 %
    Subjetiva (disfunción eyaculatoria de tipo precoz)Preocupación por eyacular rápido con un tiempo normal o incluso largo5,1 %

    Los porcentajes salen de una encuesta de la Sociedad Turca de Andrología (Serefoglu et al., 2011); las categorías de variable natural y subjetiva las describen Waldinger y Althof, según recoge el capítulo de Althof (2020). Son datos de un país y de un estudio, pero muestran algo útil: la mayoría de quienes se quejan de eyacular rápido no tiene el cuadro clínico clásico.

    ¿Cuántos hombres tienen eyaculación precoz?

    Las cifras se contradicen, y la razón es metodológica. En la encuesta PEPA (Porst et al., 2007), hecha por internet a 12.133 hombres de entre 18 y 70 años en Estados Unidos, Alemania e Italia, el 22,7 % refirió poco control de la eyaculación con malestar. En la turca, el 20,0 % se quejaba de eyacular rápido, pero cuando se aplican criterios estrictos de toda la vida o adquirida, la cifra baja a poco más del 6 %.

    Una revisión sobre la epidemiología (Saitz y Serefoglu, 2016) lo explica: sin una definición estandarizada, y con diferencias en cómo se recluta y se pregunta, las tasas publicadas chocan entre sí y la prevalencia real sigue sin aclararse. Tampoco encontré datos específicos de Chile ni de Latinoamérica: todas las encuestas grandes son de Estados Unidos, Europa, Turquía o Asia.

    Lo que sí es consistente es el silencio. En PEPA solo el 9,0 % había consultado a un médico por esto, y una revisión sobre el impacto de la eyaculación precoz (Rosen y Althof, 2008) recoge que los hombres tardan en pedir ayuda. Si algo de esto te suena, estás en buena compañía: en esa encuesta, más de nueve de cada diez no habían consultado.

    ¿A qué se debe la eyaculación precoz? Causas físicas y psicológicas

    Durante décadas se la trató como un problema puramente de la cabeza. La guía clínica de la Sociedad Italiana de Andrología (Sansone et al., 2021) afirma que esa idea es un error frecuente: hay cada vez más evidencia de factores orgánicos, como inflamación de la próstata, alteraciones hormonales y otras disfunciones sexuales. Según Althof (2020), entre los factores biológicos se estudian la regulación de la serotonina y la oxitocina, la herencia familiar y una sensibilidad aumentada del pene, y ninguno explica por sí solo más que una parte pequeña de los casos.

    Del lado psicológico, el mismo capítulo describe tres explicaciones que conviven:

    • Aprendizaje temprano. Masters y Johnson planteaban que las primeras experiencias, hechas con prisa, nervios o miedo a ser descubierto, condicionan al cuerpo a eyacular rápido. La masturbación apurada de la adolescencia funciona igual.
    • Poca conciencia de la propia excitación. Según Kaplan, el hombre pasa de excitación baja a “ya no hay vuelta atrás” sin registrar los niveles intermedios, y por eso no tiene dónde frenar.
    • Ansiedad de desempeño. Preocuparse por el rendimiento no suele causar el primer episodio, pero es lo que más mantiene el problema con el tiempo.

    Para la forma adquirida, que aparece después de una etapa normal, la revisión sobre su fisiopatología (McMahon et al., 2016) señala como causas habituales la ansiedad de desempeño sexual, los problemas psicológicos o de relación y la disfunción eréctil, y de forma ocasional la prostatitis y el hipertiroidismo. Quienes la tienen suelen ser mayores y con más enfermedades asociadas, algo que también apunta el consenso de la ISSM (Serefoglu et al., 2014).

    El vínculo con la erección merece atención aparte. Un metaanálisis de 18 estudios y 57.229 pacientes (Corona et al., 2015) encontró que tener eyaculación precoz se asoció con más riesgo de disfunción eréctil (OR 3,68; IC 95 % 2,61-5,18), y sus autores proponen verlas como dimensiones relacionadas. Althof (2020) describe la secuencia: si el hombre nota que pierde la erección, apura el coito para terminar antes y, de tanto repetirlo, condiciona un patrón rápido.

    ¿Y la ansiedad como rasgo de personalidad? Un estudio griego pequeño (Mourikis et al., 2015) halló que los hombres con eyaculación precoz primaria tenían más ansiedad del momento que los controles sanos, pero no más ansiedad como rasgo ni más depresión. Es una muestra chica, y sugiere que la ansiedad aparece más en el acto mismo que como forma de ser.

    ¿Qué papel juegan la ansiedad de desempeño y la pareja?

    Aquí está lo que más se puede trabajar. La ansiedad de desempeño funciona como un círculo: el hombre se concentra en controlar la eyaculación, anticipa que va a fallar y deja de atender las sensaciones de su propio cuerpo, que justamente le servirían para frenar a tiempo. Masters y Johnson llamaron spectatoring a esa autoobservación desde afuera, como si uno viera la escena desde la butaca.

    Muchos hombres, además, creen que atender a la excitación los hará terminar antes, y recurren a trucos de distracción: calcular mentalmente, morderse el labio, usar dos condones. Según Althof (2020), esas tácticas suelen salir mal: quitan placer, alejan de la pareja, aumentan la autoobservación y pueden terminar provocando problemas de erección o bajar el deseo.

    La pareja también forma parte del círculo. Una revisión sobre qué significa para el hombre, la mujer y la pareja (Graziottin y Althof, 2011) recoge que las parejas de hombres con eyaculación precoz refieren más problemas sexuales, menos satisfacción, más malestar y más dificultad interpersonal. Tanto ellos como ellas ven la falta de control como el centro del problema, y sin tratamiento puede aparecer irritabilidad y distancia emocional. Por eso se recomienda incluir a la pareja siempre que se pueda.

    Con frecuencia el conflicto crece en el silencio: él evita el contacto para no excitarse demasiado, ella lo interpreta como desinterés, y ambos dejan de tocarse. Si en tu relación pasa algo parecido, quizá te sirva leer cómo distinguir una relación sana de una que se está desgastando y qué esperar de la terapia de pareja.

    ¿Tiene solución la eyaculación precoz? Tratamientos con respaldo

    Sí, tiene tratamiento, y muchos hombres mejoran su control y su satisfacción. Lo que cuesta es prometer una solución definitiva, porque la calidad de los estudios es desigual. Esto es lo que se sabe, técnica por técnica.

    Técnicas conductuales: parar y empezar, compresión y foco sensorial

    La técnica de parar y empezar (Semans, modificada por Kaplan) entrena la conciencia de la excitación. El hombre usa una escala subjetiva de 0 a 10, donde 9 es el punto sin retorno, y practica estimularse hasta cerca de 6, parar hasta que baje a 3 o 4, y retomar. Primero a solas y después con la pareja, hasta llegar al coito. La compresión (Masters y Johnson) consiste en apretar el glande al acercarse al límite. Según Althof (2020), el parar y empezar modificado resulta claramente superior: la compresión exige retirarse por completo en el coito y puede doler. El foco sensorial son caricias sin meta de coito ni orgasmo, que bajan la presión y rompen la evitación.

    ¿Qué tan bien funcionan? Una revisión sistemática de 10 ensayos aleatorizados con 521 participantes (Cooper et al., 2015) encontró que en dos de cuatro ensayos contra lista de espera, la compresión, el parar y empezar y el foco sensorial aumentaron el tiempo de latencia entre 7 y 9 minutos, y que en otros dos (foco sensorial por web y un dispositivo) no hubo diferencia. El riesgo de sesgo era poco claro y los autores hablan de evidencia limitada. La revisión Cochrane de intervenciones psicosociales (Melnik et al., 2011) llegó a una conclusión parecida: evidencia débil e inconsistente, con solo 4 ensayos pequeños, y los éxitos de más del 97 % que reportaron Masters y Johnson nunca se pudieron replicar. En un ensayo con lista de espera, la terapia conductual alargó el coito unos 408 segundos de diferencia media.

    Un ensayo con parejas (de Carufel y Trudel, 2006) comparó un tratamiento funcional-sexológico nuevo (que enseña a controlar la excitación sin interrumpir el acto), uno conductual con compresión y parar y empezar, y lista de espera. Ambos tratamientos mejoraron la duración del coito, la satisfacción y el funcionamiento sexual, con resultados parecidos entre sí y con seguimiento a tres meses.

    Terapia psicosexual: lo que el cuerpo solo no resuelve

    Una revisión de Althof (2016) explica que el tratamiento psicológico trabaja habilidades y técnicas, pero también autoestima, ansiedad de desempeño y conflicto de pareja. Reconoce que los estudios de psicoterapia sola son difíciles de interpretar (sin grupo control, muestras pequeñas, sin seguimiento), aunque los pocos mejores sugieren una opción prometedora.

    Sobre el trabajo cognitivo-conductual y el mindfulness hay que ser honestos: en mi revisión no encontré ensayos que los hayan puesto a prueba específicamente en eyaculación precoz. Lo más cercano es un estudio piloto de 10 hombres con disfunción eréctil situacional (Bossio et al., 2018), que mostró que un grupo de mindfulness de cuatro semanas era viable y prometedor para la función eréctil. Es una pista para la eyaculación precoz, todavía lejos de ser una prueba. Si quieres saber qué es el mindfulness y cómo se practica, tienes una guía para empezar.

    Suelo pélvico

    En un ensayo aleatorizado de 40 hombres (Pastore et al., 2012), el 57 % de quienes hicieron rehabilitación del suelo pélvico durante 12 semanas logró controlar el reflejo eyaculatorio, con un tiempo medio de 126,6 segundos, frente a una mejora mayor con dapoxetina (entre el 62,5 % y el 72 % superó los 180 segundos, según la dosis). El estudio es pequeño y los autores lo describen como prometedor. Si lo quieres probar, hazlo con un kinesiólogo o fisioterapeuta de suelo pélvico, y no solo con ejercicios de internet.

    Pastillas y fármacos: su lugar y la combinación con terapia

    Los medicamentos (dapoxetina, antidepresivos de la familia de los ISRS, anestésicos tópicos) los indica un médico, y aquí solo importa entender su lugar. Un metaanálisis de 22 ensayos (Castiglione et al., 2016) mostró que la dapoxetina mejora el tiempo con eficacia modesta, y que para ISRS, anestésicos tópicos y otros la eficacia sigue poco clara por la gran heterogeneidad de los estudios.

    Lo que sí aparece una y otra vez es que la combinación rinde más que cada parte. La guía de la ISSM (Althof et al., 2014) recomienda tratamientos farmacológicos, psicológicos y combinados, y la guía italiana propone asociar farmacoterapia con terapia cognitivo-conductual en un enfoque centrado en la pareja. En un ensayo abierto de 50 hombres durante 24 semanas (Cormio et al., 2015), dapoxetina más tratamiento conductual funcionó mejor que dapoxetina sola (con la limitación de ser abierto y pequeño). Y en la revisión de Cooper, tres ensayos favorecieron fármaco más técnica conductual sobre fármaco solo, con diferencias pequeñas de 0,5 a 1 minuto y mejor satisfacción, control y ansiedad.

    La lógica clínica que describe Althof (2020) es sencilla. El fármaco da un primer empujón y devuelve algo de confianza; la terapia trabaja lo que el fármaco no toca (la ansiedad, los guiones rígidos, el conflicto de pareja) y enseña las habilidades que permiten ir retirando el medicamento. Si se suspende de golpe sin esa base, la eyaculación rápida suele volver.

    ¿Y si vuelve?

    Las recaídas son parte del camino. Althof (2020) describe que los terapeutas sexuales suelen planificar sesiones de refuerzo a los 6 o 12 meses, tratar un episodio rápido como un tropiezo y no como una recaída total, y mantener citas de intimidad sin exigencia de coito. Los estudios de seguimiento a largo plazo (más de 6 meses) son escasos, y es un hueco real de la investigación.

    ¿Cuándo conviene ir al médico y cuándo al psicólogo?

    Una evaluación médica tiene sentido sobre todo en estas situaciones, según Althof (2020) y las guías ya citadas:

    • La eyaculación rápida apareció después de una etapa normal (forma adquirida).
    • Hay problemas de erección, que pueden estar detrás del patrón rápido.
    • Se sospecha prostatitis o un problema de tiroides.
    • Tomas medicamentos que pueden influir o consumes alcohol u otras sustancias con frecuencia.

    Puede evaluarte un médico general, un urólogo o un especialista en medicina sexual. La evaluación incluye historia médica y sexual, examen físico y, si corresponde, exámenes de tiroides, próstata o testosterona. Un psicólogo no receta fármacos ni hace ese estudio, pero sí trabaja la ansiedad de desempeño, las técnicas conductuales, la comunicación y los guiones sexuales, y puede coordinarse con el médico cuando el cuadro lo pide.

    Hay un caso en que lo que más ayuda es información. Si tus episodios son irregulares (a veces rápido, a veces no) o si tu tiempo es normal y aun así te preocupa, probablemente estás en la variable natural o subjetiva. Waldinger y Althof, según el capítulo de Althof (2020), señalan que en esos casos no se justifica recetar ISRS por sus efectos adversos, y que lo indicado es tranquilizar, explicar y orientar conductualmente. Si el origen es ansiedad, la ansiedad anticipatoria también tiene tratamiento propio.

    ¿Qué puedes hacer esta semana?

    Estas son cosas con respaldo que puedes empezar sin esperar la consulta. No reemplazan la evaluación si tu caso es de los que la piden.

    1. Suelta los trucos de distracción. El cálculo mental y el resto suelen empeorar la autoobservación. Mejor atender las sensaciones, aunque dé miedo.
    2. Practica la escala de 0 a 10 a solas. El objetivo es reconocer los niveles intermedios de excitación, no aguantar. Parar a tiempo y retomar es el ejercicio.
    3. Cuéntaselo a tu pareja. Con frecuencia el silencio hace más daño que la eyaculación rápida. Plantéalo como un desafío compartido y no como un fallo tuyo.
    4. Si terminas antes, quédate. No te disculpes ni te retires con vergüenza. Seguir abrazando y dando placer por otras vías evita que la intimidad se corte de golpe.
    5. No tomes ISRS por tu cuenta. Tienen efectos adversos y exigen indicación médica.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué se debe la eyaculación precoz?

    Casi siempre a una mezcla de factores. Hay componentes biológicos (serotonina, herencia, sensibilidad del pene, problemas de próstata o tiroides) y psicológicos (aprendizaje temprano, poca conciencia de la excitación y ansiedad de desempeño). Ninguno explica por sí solo la mayoría de los casos, y en la forma adquirida suele haber además problemas de erección.

    ¿La eyaculación precoz tiene solución definitiva?

    Tiene tratamiento y muchos hombres mejoran su control y su satisfacción, sobre todo con técnicas conductuales, trabajo con la ansiedad y la pareja y, si hace falta, fármacos indicados por un médico. Los estudios son pequeños y de calidad desigual, así que ninguna fuente respalda prometer una cura definitiva para todos.

    ¿Cuánto tiempo es normal?

    Lo normal cubre un rango amplio. La definición de consenso usa cerca de 1 minuto (toda la vida) o unos 3 minutos o menos (adquirida) como referencia, pero además exige poco control y malestar. Hay hombres preocupados con tiempos normales o largos, y en ellos lo indicado es información y orientación, no fármacos.

    ¿La eyaculación precoz es psicológica?

    Tiene un componente psicológico importante, pero también orgánico. Durante años se creyó que era puramente psicológica, y las guías actuales reconocen factores orgánicos como la inflamación de la próstata, problemas hormonales y disfunción eréctil. Lo psicológico (sobre todo la ansiedad de desempeño) pesa mucho en mantenerla, y por eso se trata con un enfoque combinado.

    ¿Debo ir al psicólogo o al urólogo?

    Depende del cuadro, y a veces a los dos. Si apareció de repente, si hay problemas de erección o sospecha de próstata o tiroides, parte por un médico. Si hay ansiedad, evitación o tensión de pareja, un psicólogo trabaja eso. Un buen plan suele coordinar ambos.

    ¿Funcionan los ejercicios de parar y empezar?

    Hay evidencia de que mejoran el control en parte de los casos: en dos ensayos contra lista de espera subieron el tiempo entre 7 y 9 minutos, aunque otros estudios no encontraron diferencia y la calidad es limitada. Funcionan mejor guiados y con la pareja incluida, y suelen combinarse con otros tratamientos.

    Si quieres hablarlo con un psicólogo

    Si la eyaculación precoz te genera ansiedad, te hace evitar la intimidad o está tensando tu relación, en terapia se puede trabajar la ansiedad de desempeño, la comunicación con tu pareja y las técnicas conductuales, y coordinarlo con una evaluación médica cuando haga falta. Puedes agendar una consulta aquí y partir por contar qué está pasando, sin necesidad de llegar con todo claro.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Referencias

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    Serefoglu, E. C., Yaman, O., Cayan, S., Asci, R., Orhan, I., Usta, M. F., Ekmekcioglu, O., Kendirci, M., Semerci, B., & Kadioglu, A. (2011). Prevalence of the complaint of ejaculating prematurely and the four premature ejaculation syndromes: Results from the Turkish Society of Andrology Sexual Health Survey. The Journal of Sexual Medicine, 8(2), 540-548. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2010.02095.x

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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