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  • TDAH y pantallas: qué dice la evidencia

    TDAH y pantallas: qué dice la evidencia

    Tu hijo se queda tres horas frente a la consola sin levantar la vista, y después no logra sentarse diez minutos a hacer la tarea. Alguien de la familia comenta que “es culpa de las pantallas” y tú te quedas con la duda: ¿pueden las pantallas causar TDAH, o son los niños con TDAH los que terminan pegados a ellas? Es una de las preguntas que más se repiten entre los padres, y la respuesta tiene más matices de los que suele mostrar un titular.

    En esta guía sobre TDAH y pantallas vas a ver qué encontraron los metaanálisis y los estudios de seguimiento, por qué la idea de la hiperestimulación digital convence tanto y se prueba tan poco, qué pasa con el TDAH y los videojuegos en particular, cómo se distingue un niño con TDAH de uno que solo está agotado y sobreexpuesto, y qué pautas de casa recomiendan las guías clínicas.

    Respuesta rápida: no hay evidencia de que las pantallas causen TDAH. Sí hay una asociación pequeña entre más tiempo de pantalla y más conductas de inatención e hiperactividad (r = 0,12 en un metaanálisis de 45 estudios; Nikkelen et al., 2014), y los estudios de seguimiento muestran que la relación va en las dos direcciones: los niños con síntomas de TDAH tienden a usar más pantallas, y el uso intenso puede empeorar la atención por vías indirectas como el sueño (Thorell et al., 2024). El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo con base biológica; las pantallas pueden modular cómo se ve, no originarlo.

    ¿Las pantallas causan TDAH?

    La evidencia disponible muestra una asociación, no una causa demostrada. Un metaanálisis de 45 estudios sobre uso de medios y conductas relacionadas con el TDAH (inatención, hiperactividad, impulsividad) encontró una relación pequeña pero significativa (r = 0,12), y sus autores señalaron que los estudios existentes no permiten establecer la dirección del efecto (Nikkelen et al., 2014).

    Otra revisión sistemática con metaanálisis reunió 87 estudios con 159.425 niños de 12 años o menos. Más tiempo de pantalla se asoció con más problemas externalizantes (agresividad y síntomas de TDAH), con una correlación también pequeña (r = 0,11) y mucha variación entre estudios (Eirich et al., 2022). Un metaanálisis más reciente, con nueve estudios y 81.234 niños, halló una asociación positiva entre tiempo de pantalla y TDAH infantil, y sus autores recomiendan reducir las horas diarias (Liu et al., 2024).

    Esa última conclusión va más lejos de lo que permite una asociación. Para pesar cuánto, ayuda mirar el estudio que siguió en el tiempo a 2.587 adolescentes de Los Ángeles que al comenzar no tenían síntomas importantes de TDAH. Durante dos años, cada actividad digital adicional que usaban con mucha frecuencia (varias veces al día) se asoció con un 10 % a 11 % más de probabilidades de reportar síntomas de TDAH después. Entre quienes no usaban ninguna con esa intensidad, el 4,6 % presentó síntomas; entre quienes usaban siete, el 9,5 %; entre quienes usaban las catorce, el 10,5 %. Los propios autores calificaron la asociación de estadísticamente significativa pero modesta, y dijeron que falta determinar si es causal (Ra et al., 2018). Los síntomas los reportaban los mismos adolescentes, así que no equivalen a un diagnóstico.

    Relación entre TDAH y pantallas: si no hay prueba de causa, ¿por qué se ven tan juntos?

    Porque la relación probablemente funciona en ambas direcciones. Una revisión de 28 estudios longitudinales sobre juegos y redes sociales concluyó que hay asociaciones recíprocas entre uso de medios digitales y síntomas de TDAH, más consistentes cuando el uso es problemático que cuando solo se mide el tiempo de pantalla (Thorell et al., 2024). Sus autores describen dos movimientos que coexisten:

    • Selección: los niños con síntomas de TDAH se enganchan con más facilidad y desarrollan un uso alto o problemático.
    • Efecto de los medios: el uso intenso puede influir en los síntomas posteriores, ya sea por características propias del contenido o por consecuencias indirectas, como el sueño y las relaciones sociales.

    El sueño merece una mención aparte. Una revisión de 67 estudios encontró que más tiempo de pantalla se asoció con peor sueño (menor duración y horario más tardío) en el 90 % de los trabajos, con la salvedad de que la causalidad no está confirmada (Hale y Guan, 2015). Un niño que duerme poco se ve más inquieto, más irritable y más distraído, que es justo lo que se parece al TDAH. Si quieres seguir esa pista, el artículo sobre TDAH y problemas de sueño en niños la desarrolla.

    La Guía de Práctica Clínica española sobre TDAH ubica entre los factores de riesgo respaldados la genética, la prematuridad, el bajo peso al nacer y el consumo de tabaco o alcohol en el embarazo, y no incluye el uso de pantallas entre las causas (Grupo de trabajo de la GPC, 2010). La guía para padres de la UNAM va en la misma línea: las pautas del entorno pueden hacer que los síntomas mejoren o empeoren, pero no producen el trastorno (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017).

    TDAH y videojuegos: ¿por qué pueden jugar horas si “no se concentran”?

    Muchos padres ven esta paradoja y concluyen que su hijo “sí se concentra cuando quiere”. La explicación más aceptada es que concentrarse en un juego y sostener la atención en una tarea aburrida son demandas distintas. Un videojuego ofrece respuesta inmediata, recompensas constantes y cambios cada pocos segundos, de modo que casi no exige esperar ni aguantar el aburrimiento. La guía clínica sobre adicciones comportamentales recoge además la hipótesis de que los videojuegos liberan dopamina en los circuitos de recompensa y compensan por un rato los déficits de atención y de autorregulación, lo que deja al menor muy enfocado mientras juega (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Es un mecanismo propuesto, no una prueba de que el juego dañe la atención.

    Lo que sí está medido es la relación entre ambos problemas cuando el uso se vuelve excesivo:

    • Un metaanálisis de 14 estudios con 2.488 niños y adolescentes de 6 a 18 años encontró que quienes tienen diagnóstico de TDAH muestran un uso problemático de internet más severo que los controles sin trastorno, aunque no más que los controles clínicos con otros diagnósticos (Werling et al., 2022).
    • Otro metaanálisis halló una relación moderada entre los síntomas del trastorno por videojuegos y los síntomas de TDAH (r = 0,296), con diferencias grandes entre quienes tienen uno y otro problema. Los estudios eran sobre todo transversales, así que no dicen qué ocurre primero (Koncz et al., 2023).

    La CIE-11 reconoce el trastorno por uso de videojuegos (código 6C51) cuando hay un patrón persistente con pérdida de control sobre el juego, prioridad creciente del juego sobre otras actividades y continuación a pesar de las consecuencias, con deterioro importante y una duración habitual de al menos 12 meses (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Jugar mucho no equivale a tener el trastorno. La guía recoge que el TDAH es una de las comorbilidades más frecuentes en menores con uso problemático de videojuegos y que tratar bien el TDAH de base reduce la gravedad del problema de juego (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Para el caso en que la preocupación sea el celular y no los juegos, el artículo sobre adicción al celular en niños cubre las señales y los criterios.

    Un dato curioso para quien se pregunta si hay videojuegos que ayudan: una revisión de 10 ensayos aleatorizados con 820 niños con TDAH encontró que los videojuegos diseñados con fines terapéuticos mejoraron la atención con un efecto estadísticamente significativo pero tan pequeño (diferencia estandarizada de -0,19) que los autores lo consideran sin relevancia clínica por sí solo (Ma et al., 2026). Son programas distintos a los comerciales y se usan como complemento, no como reemplazo.

    Tiempo de pantalla y atención en niños: ¿hay un efecto aunque no haya TDAH?

    Es la otra cara de la misma duda. Que las pantallas no causen un trastorno no significa que el uso intenso no afecte la atención de un niño que no tiene TDAH. Aquí la evidencia es correlacional y mixta. Un metaanálisis de 71 estudios sobre videos cortos (TikTok, Reels, Shorts), con jóvenes y adultos, encontró que más uso se asoció con peor rendimiento cognitivo, y la atención fue el área con una de las asociaciones más fuertes (r = -0,38). Los autores aclaran que se trata de asociaciones y que se ha estudiado poco más allá de la atención y el control inhibitorio (Nguyen et al., 2025).

    Frente a eso hay una advertencia que conviene tener presente. Dos análisis de gran escala sobre adolescentes concluyen que el riesgo suele exagerarse: según un estudio con 355.358 jóvenes, el uso de tecnología digital explica como máximo un 0,4 % de la variación en el bienestar, una proporción comparable a la de otros hábitos cotidianos (Orben y Przybylski, 2019), y una revisión de 2020 advierte que el discurso público sobre el daño de los teléfonos sigue un ciclo conocido de alarma social basado en evidencia correlacional y de magnitud mínima (Odgers y Jensen, 2020). Esos trabajos hablan de bienestar y salud mental, no de TDAH, pero sirven para dimensionar: las pantallas importan, y a la vez no explican por sí solas casi nada de lo que le pasa a un niño.

    “Hiperestimulación” es un término de uso popular, no un diagnóstico ni un mecanismo demostrado. Describe algo que los padres perciben (un niño inquieto, irritable y con poca tolerancia a esperar después de mucho tiempo frente a una pantalla) y que tiene sentido vigilar, pero nadie ha medido que ese estado se convierta en un TDAH.

    ¿Cómo distinguir el TDAH de un niño agotado y sobreexpuesto?

    El diagnóstico no se hace por cuántas horas de pantalla tiene un niño. Se hace con criterios que miran el cuadro completo. El DSM-5-TR pide que varios síntomas de inatención o de hiperactividad e impulsividad estén presentes antes de los 12 años, que se den en dos o más ambientes (por ejemplo casa y colegio), que se mantengan al menos seis meses y que interfieran de forma clara con la vida escolar, social o familiar (American Psychiatric Association, 2022). Las guías agregan que hay que descartar que los síntomas se expliquen mejor por otras causas, como un mal dormir, un estrés reciente o hábitos desordenados en casa (Grupo de trabajo de la GPC, 2010).

    En la práctica, estas pistas ayudan a orientarte:

    • Si los problemas aparecen solo cuando hay mucha pantalla o poco sueño y mejoran al ordenar horarios, la explicación más probable es situacional.
    • Si la inatención o la impulsividad existían desde antes y se ven también en el colegio, con o sin pantallas de por medio, vale la pena evaluar TDAH.
    • Si hay ambas cosas, es frecuente: un niño con TDAH puede además tener un uso problemático de pantallas, y ahí se abordan las dos.

    No existe un examen único para confirmarlo. El profesional revisa la historia del desarrollo, los hábitos de sueño y de pantalla, los informes del colegio, y aplica entrevistas y escalas a padres y profesores (Grupo de trabajo de la GPC, 2010). Los detalles de qué pruebas se usan están en el artículo sobre evaluación neuropsicológica para TDAH, y para entrar por el síntoma están los de mi hijo no se concentra y la diferencia entre TDA y TDAH.

    Una advertencia práctica: ojo con lo que circula en redes. Un análisis de los 100 videos más populares sobre TDAH en TikTok clasificó como engañosos al 52 %, y los de profesionales de la salud tenían mejor calidad que los de otros creadores (Yeung et al., 2022). Un video no sirve para decidir si tu hijo “tiene” o “no tiene” TDAH.

    ¿Qué puedes hacer en casa con el uso de pantallas en niños con TDAH?

    Las guías no piden prohibir. La guía clínica sobre adicciones comportamentales plantea como meta un uso razonable y regulado, no la abstinencia total, porque las pantallas son parte de la vida diaria (Arias Horcajadas y Orio, 2024). Las pautas concretas que recogen la guía de la UNAM y las guías clínicas españolas son estas:

    1. Acordar horarios y límites de tiempo explícitos para consolas, celular y televisión, y presentarlos como reglas de la casa, no como castigo (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017).
    2. Dejar las pantallas fuera del lugar de tareas. Sin televisor, celular ni música en el espacio de estudio (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017).
    3. Usar el tiempo de juego como privilegio que se gana al cumplir lo básico del día. Si necesitas una forma concreta de organizarlo, el artículo sobre economía de fichas trae un paso a paso.
    4. Sacar los dispositivos de los dormitorios y apagarlos antes de dormir. La guía de la UNAM recomienda no usar videojuegos, celular ni televisión en la hora previa a acostarse, y las guías advierten que dormir mal intensifica la inatención y la irritabilidad al día siguiente (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017; Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad e Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud [IACS], 2017). Para adolescentes, el artículo sobre insomnio en adolescentes agrega el cronotipo.
    5. Poner estructura visual al día: un calendario a la vista, pausas entre bloques de tarea y alternativas atractivas de ocio, como deporte o juegos con otros (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017; Arias Horcajadas y Orio, 2024).
    6. Reforzar lo que sí hace bien con elogios específicos e inmediatos, y reducir los reproches continuos (Delgado Villegas y Esparza Meza, 2017).

    Para los menores de cinco años hay una referencia oficial. La OMS no recomienda el tiempo sedentario frente a pantallas antes de los 2 años y, entre los 2 y los 4, pide que no pase de una hora al día (menos es mejor) (Organización Mundial de la Salud, 2019). Si tu hijo ya tiene diagnóstico y está en el colegio, también conviene saber qué apoyos puede pedir: el artículo sobre TDAH y colegio en Chile lo explica.

    ¿Cuándo consultar con un profesional?

    Conviene consultar si ocurre alguna de estas situaciones:

    • La inatención, la inquietud o la impulsividad se mantienen más de seis meses y se ven tanto en casa como en el colegio.
    • Las notas, las amistades o el ánimo de tu hijo empiezan a resentirse.
    • El juego o el celular desplazan el sueño, las comidas, el colegio o las salidas, y los intentos de poner límites terminan en crisis grandes.
    • Tu hijo ya tiene diagnóstico de TDAH y el uso de pantallas se descontroló.
    • Notas irritabilidad, tristeza o aislamiento marcados, con o sin pantallas de por medio.

    Un psicólogo clínico puede ayudarte a ordenar la información, evaluar si hay TDAH u otra explicación y armar pautas que tu familia pueda sostener. Si quieres revisarlo con un profesional, puedes agendar una consulta. Si te interesa entender primero el cuadro general, tienes el artículo de TDAH y el test de TDAH para niños y adolescentes, que orienta pero no diagnostica.

    Preguntas frecuentes

    ¿Las pantallas causan TDAH?

    Ninguna evidencia lo ha demostrado. Los metaanálisis encuentran una asociación pequeña entre más tiempo de pantalla y más síntomas de inatención e hiperactividad, pero los estudios de seguimiento muestran que la relación va en ambos sentidos. El TDAH tiene una base biológica y genética importante.

    ¿Los videojuegos provocan TDAH?

    Tampoco hay pruebas de que los videojuegos provoquen TDAH. Sí se ha visto que los niños con TDAH tienen más riesgo de uso problemático de videojuegos, y que ambos problemas suelen aparecer juntos. Tratar bien el TDAH de base ayuda a reducir la gravedad del problema de juego, según la guía clínica sobre adicciones comportamentales.

    ¿Por qué mi hijo con TDAH puede jugar horas sin distraerse?

    Porque un videojuego ofrece respuesta inmediata, recompensas continuas y cambios constantes, lo que exige atención en ráfagas cortas y casi nada de espera. Una tarea escolar demanda sostener la atención sin esa retroalimentación. Que juegue concentrado no descarta el TDAH.

    ¿Cuántas horas de pantalla son demasiadas?

    Depende de la edad. La OMS no recomienda pantallas sedentarias antes de los 2 años y pide no más de una hora al día entre los 2 y los 4. Para niños mayores no hay un número único respaldado por la evidencia; pesa más qué desplaza la pantalla (sueño, movimiento, tareas, relaciones) que la cifra exacta.

    ¿Cómo sé si es TDAH o exceso de pantallas?

    Mira el cuadro completo: si los síntomas empezaron antes de los 12 años, duran más de seis meses y aparecen en casa y en el colegio, conviene una evaluación. Si mejoran al ordenar el sueño y los horarios, lo más probable es que sean situacionales. Solo un profesional puede diagnosticar.

    Qué llevarte de esta guía

    • La evidencia muestra una asociación pequeña entre pantallas y síntomas de TDAH, y no demuestra que las pantallas lo causen.
    • Los niños con TDAH usan más pantallas y tienen más riesgo de uso problemático, y el uso intenso puede empeorar la atención a través del sueño y otros efectos indirectos.
    • Que un niño juegue concentrado durante horas no descarta ni confirma TDAH. El diagnóstico se basa en criterios de edad de inicio, duración, contextos e interferencia.
    • Las pautas de casa más respaldadas son límites claros, pantallas fuera del lugar de estudio y del dormitorio, rutinas visibles y refuerzo positivo.
    • Si el uso de pantallas se descontrola o los síntomas persisten, una evaluación profesional aclara qué está pasando.

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    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto rev.). American Psychiatric Association Publishing. https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787

    Arias Horcajadas, F., & Orio, L. (Coords.). (2024). Guía clínica sobre adicciones comportamentales basada en la evidencia. Socidrogalcohol.

    Delgado Villegas, Y., & Esparza Meza, E. M. (Coord.). (2017). Guía para padres de niños con TDAH. ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México. https://www.psicologia.unam.mx/documentos/pdf/Guia-p-padres-de-ninios-con-TDAH-Mi-hijo-tiene-TDAH-Ydalia-Delgado-Eva-Esparza-Fac-Psicologia-UNAM.pdf

    Eirich, R., McArthur, B. A., Anhorn, C., McGuinness, C., Christakis, D. A., & Madigan, S. (2022). Association of screen time with internalizing and externalizing behavior problems in children 12 years or younger: A systematic review and meta-analysis. JAMA Psychiatry, 79(5), 393-405. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2022.0155

    Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de práctica clínica sobre el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) en niños y adolescentes. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Fundació Sant Joan de Déu. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_477_TDAH_AIAQS_compl.pdf

    Hale, L., & Guan, S. (2015). Screen time and sleep among school-aged children and adolescents: A systematic literature review. Sleep Medicine Reviews, 21, 50-58. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2014.07.007

    Koncz, P., Demetrovics, Z., Takacs, Z. K., Griffiths, M. D., Nagy, T., & Király, O. (2023). The emerging evidence on the association between symptoms of ADHD and gaming disorder: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 106, 102343. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2023.102343

    Liu, H., Chen, X., Huang, M., Yu, X., Gan, Y., Wang, J., Chen, Q., Nie, Z., & Ge, H. (2024). Screen time and childhood attention deficit hyperactivity disorder: A meta-analysis. Reviews on Environmental Health, 39(4), 643-650. https://doi.org/10.1515/reveh-2022-0262

    Ma, P., Xue, Z., Yuan, K., Zheng, P., Li, J., & Chang, J. (2026). Effects of video game intervention on attention deficit in children with ADHD: A systematic review and meta-analysis. Psychiatry Research, 356, 116884. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2025.116884

    Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, & Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud. (2017). Guía de práctica clínica sobre las intervenciones terapéuticas en el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Guías de Práctica Clínica en el Sistema Nacional de Salud. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_574_TDAH_IACS_compl.pdf

    Nguyen, L., Walters, J., Paul, S., Monreal Ijurco, S., Rainey, G. E., Parekh, N., Blair, G., & Darrah, M. (2025). Feeds, feelings, and focus: A systematic review and meta-analysis examining the cognitive and mental health correlates of short-form video use. Psychological Bulletin, 151(9), 1125-1146. https://doi.org/10.1037/bul0000498

    Nikkelen, S. W. C., Valkenburg, P. M., Huizinga, M., & Bushman, B. J. (2014). Media use and ADHD-related behaviors in children and adolescents: A meta-analysis. Developmental Psychology, 50(9), 2228-2241. https://doi.org/10.1037/a0037318

    Odgers, C. L., & Jensen, M. R. (2020). Annual research review: Adolescent mental health in the digital age: Facts, fears, and future directions. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 61(3), 336-348. https://doi.org/10.1111/jcpp.13190

    Orben, A., & Przybylski, A. K. (2019). The association between adolescent well-being and digital technology use. Nature Human Behaviour, 3(2), 173-182. https://doi.org/10.1038/s41562-018-0506-1

    Organización Mundial de la Salud. (2019). Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age. https://www.who.int/publications/i/item/9789241550536

    Ra, C. K., Cho, J., Stone, M. D., De La Cerda, J., Goldenson, N. I., Moroney, E., Tung, I., Lee, S. S., & Leventhal, A. M. (2018). Association of digital media use with subsequent symptoms of attention-deficit/hyperactivity disorder among adolescents. JAMA, 320(3), 255-263. https://doi.org/10.1001/jama.2018.8931

    Thorell, L. B., Burén, J., Ström Wiman, J., Sandberg, D., & Nutley, S. B. (2024). Longitudinal associations between digital media use and ADHD symptoms in children and adolescents: A systematic literature review. European Child & Adolescent Psychiatry, 33(8), 2503-2526. https://doi.org/10.1007/s00787-022-02130-3

    Werling, A. M., Kuzhippallil, S., Emery, S., Walitza, S., & Drechsler, R. (2022). Problematic use of digital media in children and adolescents with a diagnosis of attention-deficit/hyperactivity disorder compared to controls: A meta-analysis. Journal of Behavioral Addictions, 11(2), 305-325. https://doi.org/10.1556/2006.2022.00007

    Yeung, A., Ng, E., & Abi-Jaoude, E. (2022). TikTok and attention-deficit/hyperactivity disorder: A cross-sectional study of social media content quality. The Canadian Journal of Psychiatry, 67(12), 899-906. https://doi.org/10.1177/07067437221082854

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y crianza. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Mi Hijo Adolescente No Puede Dormir: Cronotipo, Pantallas y Qué Hacer

    Mi Hijo Adolescente No Puede Dormir: Cronotipo, Pantallas y Qué Hacer

    Son las once y tu hijo todavía dice que no tiene sueño. A medianoche sigue con el teléfono, a las seis y media cuesta muchísimo levantarlo y el fin de semana duerme hasta el mediodía. Si tu adolescente no puede dormir, es fácil interpretar la escena como falta de límites. A veces los límites importan, pero hay otra pieza: durante la pubertad el reloj biológico se retrasa y choca de frente con la hora de entrada al colegio.

    Eso no significa que haya que aceptar noches interminables. Cuando un padre o una madre dice “mi hijo adolescente no duerme” o “mi hija adolescente no puede dormir”, conviene descubrir qué está pasando antes de pelear por la hora de acostarse. El cronotipo, las pantallas, el estrés, la cafeína, el horario escolar y un posible insomnio pueden mezclarse. Cada problema pide una respuesta distinta.

    En dos líneas: entre los 13 y 18 años se recomiendan 8 a 10 horas de sueño. En la adolescencia es normal que el sueño aparezca más tarde, pero no es normal vivir agotado, faltar a clases o pasar meses sin poder dormir aun teniendo tiempo para hacerlo. Durante dos semanas registra horarios, fija la hora de levantarse, adelanta el día con luz matinal y saca el teléfono de la cama. Si no mejora o aparecen señales de alarma, consulta.

    ¿Cuántas horas debe dormir un adolescente?

    Un adolescente de 13 a 18 años necesita entre 8 y 10 horas de sueño por cada 24 horas, de forma habitual. Es el rango de consenso de la American Academy of Sleep Medicine, elaborado por un panel de especialistas tras revisar la relación entre duración del sueño y salud (Paruthi et al., 2016). El CDC usa el mismo rango y advierte que la mayoría de los estudiantes de enseñanza media encuestados dormía menos de lo recomendado.

    No hace falta convertir las ocho horas en un examen. Mira también cómo funciona tu hijo durante el día. Cuesta levantarlo incluso después de varios intentos, se duerme en clases o en el transporte, está irritable, necesita mucha cafeína, baja su concentración o recupera cuatro horas el fin de semana. Ese patrón sugiere que el horario actual no alcanza.

    La diferencia entre cansancio y somnolencia ayuda. El cansancio es sentir poca energía; la somnolencia es cabecear o quedarse dormido sin querer. Si se duerme en situaciones activas, al conversar, comer o conducir, vale la pena pedir evaluación.

    ¿Por qué mi adolescente no puede dormir temprano?

    La pubertad retrasa el momento en que aparece la somnolencia. A eso se suman una presión de sueño que se acumula más lentamente durante el día y un entorno que mantiene al cerebro alerta hasta tarde. El resultado puede parecer desobediencia: el adolescente se acuesta porque se lo piden, pero permanece despierto.

    La revisión clínica de de Zambotti et al. (2018) distingue el insomnio adolescente de una queja ocasional. El trastorno aparece cuando existe oportunidad adecuada para dormir, la dificultad persiste y trae consecuencias diurnas. Es más frecuente en adolescentes mayores y en mujeres, y suele coexistir con problemas del ánimo. Por eso conviene evitar dos extremos: llamar insomnio a cualquier horario tardío o restarle importancia a un problema que dura meses.

    Una revisión pediátrica sobre insomnio infantojuvenil describe la combinación típica: retraso de fase propio de la pubertad, horarios irregulares, demandas escolares, actividades, despertar temprano y uso prolongado de pantallas (De la Calle Cabrera, Hidalgo Vicario y García Sánchez, 2023). Dormir hasta tarde el fin de semana alivia la deuda unas horas, pero también retrasa el reloj y vuelve más difícil la noche del domingo.

    Cronotipo tardío, retraso de fase o insomnio

    Estas tres situaciones se parecen desde la puerta del dormitorio, pero no son iguales:

    Lo que observas Qué sugiere La pista más útil
    Se duerme tarde, pero duerme bien y una cantidad suficiente cuando puede elegir horario Cronotipo tardío o retraso puberal esperable En vacaciones concilia sin gran esfuerzo y despierta descansado si no lo obligan a levantarse temprano
    Se duerme y despierta varias horas más tarde de lo necesario para estudiar, no logra adelantar el horario y el problema se repite durante meses Posible trastorno de fase retrasada El sueño es normal cuando sigue su horario tardío, pero el reloj queda desalineado con el colegio
    Tiene tiempo y condiciones para dormir, pero no concilia, despierta mucho o queda en alerta incluso en su horario preferido Posible insomnio La dificultad sigue en fines de semana o vacaciones y produce malestar o deterioro durante el día

    Esta tabla orienta, no diagnostica. Un diario de sueño muestra el patrón; el diagnóstico exige historia clínica y, si corresponde, evaluación pediátrica o de salud mental. Una polisomnografía no se pide de rutina para el insomnio. Se reserva para sospechas como apnea, movimientos de piernas, narcolepsia u otro trastorno del sueño. Puedes revisar qué detecta un estudio del sueño y qué no.

    Pantallas y sueño adolescente: el problema es más que la luz azul

    El teléfono puede retrasar el sueño por varias vías: ocupa el tiempo en que podría estar durmiendo, mantiene la conversación social activa, entrega recompensas impredecibles y expone a luz cuando el cuerpo espera oscuridad. Pero decir que toda pantalla causa insomnio simplifica demasiado.

    Una revisión de 67 estudios encontró asociaciones adversas entre pantalla y sueño en 90% de ellos, sobre todo menor duración y horarios más tardíos. Sus autores advirtieron que esos diseños no demostraban causalidad (Hale & Guan, 2015). Es posible que la pantalla retrase el sueño, que quien no logra dormir tome el teléfono, o que ambas cosas ocurran.

    La investigación más reciente afina el cuadro. Un metaanálisis de 25 estudios con mediciones diarias halló una relación pequeña entre más pantalla ese día y dormirse más tarde, sin cambios significativos en duración, eficiencia o calidad. El uso después de la hora de acostarse sí se relacionó con peor calidad subjetiva (Bourke et al., 2026). La recomendación práctica no es declarar la guerra a toda tecnología. Es proteger la última parte de la noche y sacar el dispositivo de la cama.

    Funciona mejor un acuerdo concreto que una discusión distinta cada noche:

    • Definan una hora para dejar conversaciones, videojuegos y videos, idealmente 60 minutos antes de la hora acordada para dormir.
    • Carguen el teléfono fuera del dormitorio o lejos de la cama. Si se usa como alarma, un despertador barato resuelve el argumento.
    • Atenúen la iluminación de la casa al final del día. El modo nocturno ayuda poco si el contenido mantiene al adolescente activado.
    • Acuerden excepciones de antemano, por ejemplo una tarea o una conversación importante. La excepción no se negocia a las doce de la noche.

    La American Academy of Pediatrics también recomienda guardar las pantallas al menos una hora antes y cargarlas fuera del dormitorio. El punto es diseñar el ambiente, no vigilar cada minuto.

    El horario escolar también forma parte del problema

    Un adolescente puede hacer muchas cosas bien y aun así dormir poco si debe levantarse cuando su reloj biológico todavía marca noche. Acostarlo dos horas antes no garantiza dos horas extra: puede sumar tiempo despierto en la cama y frustración.

    Una revisión de 38 informes sobre horarios escolares concluyó que empezar más tarde suele aumentar el sueño de lunes a viernes, principalmente porque permite levantarse más tarde. Incluso retrasos de alrededor de media hora produjeron aumentos significativos en numerosos estudios. También se observaron mejor asistencia, menos atrasos y menos estudiantes dormidos en clase; varios estudios informaron mejores notas y menos accidentes de tránsito (Wheaton et al., 2016).

    La familia no controla la hora del colegio, pero sí puede dejar de tratar el problema como una falla moral. Si el adolescente duerme bien de 1:00 a 10:00 en vacaciones y fracasa al intentar dormir de 22:00 a 6:00, ese dato importa. Llévalo a la consulta. Ayuda a diferenciar un reloj retrasado de un insomnio que aparece en cualquier horario.

    Qué hacer cuando un adolescente no puede dormir: plan de dos semanas

    Los cambios sirven cuando se sostienen y se pueden medir. Probar cinco cosas durante dos noches no permite saber qué ayudó. El objetivo de estas dos semanas es ordenar el reloj, reducir interferencias y reunir información útil.

    1. Registren el patrón, sin corregirlo todavía

    Durante los primeros tres días anoten hora de acostarse, hora aproximada en que se durmió, despertares, hora de levantarse, siestas, cafeína, ejercicio, medicamentos y uso de pantalla en la cama. Agreguen una escala de somnolencia de 0 a 10 al levantarse y a media tarde.

    Un diario de dos semanas es una herramienta central de la evaluación pediátrica del insomnio porque muestra la diferencia entre días de clase y fines de semana, y reduce el sesgo de recordar solo las peores noches (De la Calle Cabrera et al., 2023). Si quieren una referencia para interpretar el patrón, esta guía sobre evaluación del insomnio y modelo de las 3P separa factores que predisponen, precipitan y mantienen el problema.

    2. Fijen primero la hora de levantarse

    Elijan una hora realista para levantarse los días de clase y eviten moverla varias horas el fin de semana. Una diferencia pequeña es más sostenible que obligarlo a levantarse a las seis el domingo. La regularidad entrega al reloj una señal más clara.

    Al despertar, busquen luz natural y algo de movimiento. Abrir cortinas, desayunar cerca de una ventana o caminar un tramo ayuda a marcar el comienzo del día. Por la noche hagan lo contrario: menos luz, menos activación y una rutina breve que se pueda repetir.

    3. Calculen la hora de dormir desde la necesidad real

    Si debe levantarse a las 6:30, para obtener ocho horas tendría que estar dormido a las 22:30. Esa cuenta muestra la magnitud del choque, pero no obliga al sueño a aparecer. Si actualmente se duerme a la 1:00, intenten adelantar la rutina en pasos pequeños y consistentes. Mandarlo a la cama a las 21:30 puede convertirla en un lugar para preocuparse y mirar el techo.

    No apliquen una restricción intensa del tiempo en cama por cuenta propia. Esa técnica forma parte de la TCC-I, pero en menores conviene adaptarla y supervisarla, especialmente si hay epilepsia, bipolaridad, somnolencia marcada, conducción o riesgo de caídas.

    4. Saquen del dormitorio lo que compite con dormir

    La evidencia metaanalítica sobre adolescentes relaciona la luz vespertina, el computador, el teléfono, los videojuegos, la cafeína y el tabaco con horarios más tardíos o menos sueño. También encuentra asociaciones protectoras para la actividad física, una buena higiene de sueño y los horarios definidos por los padres (Bartel et al., 2015).

    Tradúzcanlo a tres cambios observables: teléfono cargando fuera, cafeína fuera de la tarde y cama reservada para dormir. Si lleva unos 15 a 20 minutos claramente despierto y frustrado, puede levantarse, hacer algo tranquilo con poca luz y volver cuando aparezca sueño. No necesita mirar el reloj para cumplir la regla.

    5. Revisen juntos los datos al final de cada semana

    La pregunta no es “¿obedeciste?”. Es “¿qué noches fueron distintas y qué cambió?”. Comparen el tiempo para dormirse, la somnolencia diurna y la diferencia entre semana y fin de semana. Si el patrón mejora, mantengan lo que funcionó. Si sigue igual, el diario ya transforma una discusión familiar en información clínica.

    Qué suele empeorar el insomnio en adolescentes

    Algunas respuestas nacen del cansancio de los padres y tienen sentido intuitivo, pero pueden complicar el sueño:

    • Obligarlo a acostarse mucho antes de que tenga sueño. Añade vigilia y frustración en la cama.
    • Convertir el teléfono en la única explicación. Puede ocultar ansiedad, depresión, TDAH, apnea, piernas inquietas, dolor o un medicamento que altera el sueño.
    • Dejar que compense hasta media tarde cada fin de semana. Reduce la deuda esa mañana, pero desplaza aún más el reloj para el domingo.
    • Usar alcohol, antihistamínicos, clonazepam o pastillas de otra persona. Sedar no corrige el reloj ni trata el insomnio y puede causar efectos adversos o dependencia.
    • Comprar melatonina sin evaluar el horario. En los problemas circadianos, la hora de administración importa tanto como la dosis. Un pediatra o especialista debe decidir si corresponde y cómo usarla.
    • Discutir el problema en plena madrugada. A esa hora nadie negocia bien. Los acuerdos se hacen durante el día.

    Cuándo el insomnio en adolescentes necesita evaluación profesional

    Pide una consulta si la dificultad ocurre tres o más noches por semana, lleva varias semanas, afecta el colegio, el ánimo o la vida familiar, o no mejora con un plan consistente. La evaluación debe incluir al adolescente, no solo el relato de los padres.

    Hay señales que justifican consultar antes:

    • Ronquido fuerte, pausas al respirar, ahogos, dolor de cabeza matinal o somnolencia intensa. En ese caso conviene consultar en medicina del sueño.
    • Necesidad irresistible de mover las piernas, hormigueo al acostarse o movimientos repetidos durante la noche.
    • Episodios de energía inusual con muy poca necesidad de dormir, conducta desinhibida o ideas aceleradas.
    • Ansiedad intensa, crisis de pánico, ánimo bajo persistente, aislamiento, autolesiones o ideas de muerte. En ese caso se atiende la seguridad y la salud mental de inmediato.
    • Quedarse dormido conduciendo, en clases todos los días o durante conversaciones.
    • Uso de estimulantes, cannabis, alcohol, nicotina, descongestionantes, corticoides u otros medicamentos cerca de la noche.

    El insomnio adolescente merece atención por sí mismo. Una revisión clínica lo relaciona con depresión, otros trastornos psiquiátricos, consumo de sustancias y riesgo suicida, aunque una asociación no prueba que el insomnio sea la única causa (de Zambotti et al., 2018). Preguntar por el ánimo no dramatiza: completa la evaluación.

    Qué tratamiento funciona cuando los cambios de horario no bastan

    La terapia cognitivo-conductual para el insomnio, o TCC-I, combina educación sobre el sueño, control de estímulos, ajuste del tiempo en cama, manejo de preocupaciones y regularidad circadiana. En adolescentes se adapta a la edad, al colegio y a la participación de la familia.

    Un metaanálisis en red de 22 ensayos encontró que la TCC-I online fue la modalidad mejor clasificada. Frente a la atención habitual, aumentó el sueño total en 33 minutos, redujo en 23 minutos el tiempo para dormirse, elevó 7 puntos porcentuales la eficiencia y disminuyó 5 puntos la gravedad del insomnio. No produjo una diferencia significativa en el tiempo despierto después de conciliar el sueño (Rohmah et al., 2026).

    Es un resultado útil y también limitado: no promete dormir perfecto ni resuelve por sí solo una apnea, una depresión o un horario escolar incompatible. La TCC-I sirve cuando el problema es insomnio y se integra con el tratamiento de lo que coexista. Puedes revisar la guía completa sobre trastornos del sueño o partir con este test de insomnio basado en el ISI como orientación, sabiendo que un cuestionario no reemplaza la entrevista clínica.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que un adolescente se duerma después de medianoche?

    Puede ser compatible con el retraso normal del reloj durante la pubertad, sobre todo si duerme bien y despierta descansado cuando puede seguir ese horario. Se vuelve un problema cuando el colegio obliga a recortar el sueño, no logra adelantarlo durante meses o la dificultad persiste incluso en vacaciones y afecta su funcionamiento.

    ¿Cuántas horas debe dormir un adolescente de 14, 15 o 16 años?

    Entre 8 y 10 horas por cada 24 horas es el rango recomendado para adolescentes de 13 a 18 años. Algunos funcionan mejor cerca de ocho y otros necesitan más. La somnolencia, la irritabilidad, los problemas de atención y una gran recuperación el fin de semana ayudan a detectar que el horario habitual queda corto.

    ¿Quitarle el celular hará que duerma mejor?

    Sacarlo de la cama y cortar el uso nocturno puede ayudar, especialmente si el teléfono desplaza la hora de dormir. No siempre basta. La evidencia diaria más reciente encuentra un efecto promedio pequeño, y un adolescente puede usar el teléfono porque ya está despierto. Conviene revisar también horario, ansiedad, cafeína, ánimo y síntomas físicos.

    ¿Puede tomar melatonina un adolescente?

    Puede tener indicaciones clínicas, en especial cuando existe un problema circadiano, pero no conviene improvisarla. El momento de administración cambia el efecto y los productos no siempre entregan la misma dosis real. La decisión debe tomarla un pediatra o especialista después de revisar el patrón de sueño, otros medicamentos y el diagnóstico probable.

    ¿Cómo sé si es insomnio o flojera para levantarse?

    Registra dos semanas. Si en vacaciones se duerme tarde, completa ocho a diez horas y despierta bien, el conflicto puede ser entre cronotipo y horario escolar. Si aun con tiempo suficiente no logra dormir y lo paga durante el día, hay que evaluar insomnio. Ronquidos, ánimo bajo o movimientos de piernas abren otros diagnósticos.

    ¿Cuándo debo llevarlo al psicólogo o al médico?

    Consulta cuando el problema dura varias semanas, afecta clases, ánimo o convivencia, o no mejora con horarios consistentes. Parte por pediatría si hay ronquidos, pausas respiratorias, dolor, movimientos de piernas o dudas sobre medicamentos. Psicología ayuda con TCC-I, ansiedad, preocupación por dormir y conflictos familiares alrededor de la noche.

    Una conversación distinta esta noche

    Empieza sin acusar: “Quiero entender a qué hora aparece tu sueño y qué te está dejando agotado”. Propón dos semanas, tres acuerdos concretos y un registro que ambos puedan revisar. Si el horario mejora, ya tienen una ruta. Si no mejora, llevan a la consulta algo mucho más útil que “no duerme”: un patrón.

    Si el insomnio, la ansiedad o las discusiones nocturnas están desgastando a tu familia, puedes agendar una consulta psicológica. La evaluación puede hacerse online y coordinarse con pediatría o medicina del sueño cuando aparezcan señales físicas.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Bartel, K. A., Gradisar, M., & Williamson, P. (2015). Protective and risk factors for adolescent sleep: A meta-analytic review. Sleep Medicine Reviews, 21, 72-85. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2014.08.002

    Bourke, M., Maddren, C. I., Sippel, F., & Thomas, G. (2026). Within-person association between daily screen use and sleep in youth: A systematic review and meta-analysis. JAMA Pediatrics, 180(5), 500-509. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2025.6490

    De la Calle Cabrera, T., Hidalgo Vicario, M. I., & García Sánchez, M. (2023). Insomnio infantojuvenil. Pediatría Integral, 27(8), 463-478. https://www.pediatriaintegral.es/wp-content/uploads/2023/12/Pediatria-Integral-XXVII-8_WEB.pdf

    de Zambotti, M., Goldstone, A., Colrain, I. M., & Baker, F. C. (2018). Insomnia disorder in adolescence: Diagnosis, impact, and treatment. Sleep Medicine Reviews, 39, 12-24. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2017.06.009

    Hale, L., & Guan, S. (2015). Screen time and sleep among school-aged children and adolescents: A systematic literature review. Sleep Medicine Reviews, 21, 50-58. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2014.07.007

    Paruthi, S., Brooks, L. J., D’Ambrosio, C., Hall, W. A., Kotagal, S., Lloyd, R. M., Malow, B. A., Maski, K., Nichols, C., Quan, S. F., Rosen, C. L., Troester, M. M., & Wise, M. S. (2016). Recommended amount of sleep for pediatric populations: A consensus statement of the American Academy of Sleep Medicine. Journal of Clinical Sleep Medicine, 12(6), 785-786. https://doi.org/10.5664/jcsm.5866

    Rohmah, I., Hsieh, T.-N., Jan, Y.-W., Hasan, F., Chen, Y.-C., Widodo, A. F., Lee, H.-C., Lin, C.-J., & Chiu, H.-Y. (2026). Comparative effects of various modalities of cognitive behavioral therapy for insomnia in adolescents: A systematic review and network meta-analysis. Worldviews on Evidence-Based Nursing, 23(4). https://doi.org/10.1111/wvn.70158

    Wheaton, A. G., Chapman, D. P., & Croft, J. B. (2016). School start times, sleep, behavioral, health, and academic outcomes: A review of the literature. Journal of School Health, 86(5), 363-381. https://doi.org/10.1111/josh.12388

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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  • Mi Hijo No Se Concentra: Por Qué Pasa (No Siempre Es TDAH) y Qué Hacer

    Mi Hijo No Se Concentra: Por Qué Pasa (No Siempre Es TDAH) y Qué Hacer

    Si buscaste “mi hijo no se concentra”, lo más probable es que la escena se repita cada tarde: la tarea abierta, tu hijo mirando la ventana, y tú entre la paciencia y el miedo de que “le pase algo”. La buena noticia: casi siempre la explicación es más simple de lo que temes, y se corrige en casa.

    En breve

    • Un niño que no se concentra al estudiar casi siempre tiene una razón concreta detrás: duerme menos de lo que necesita, llega a la tarea después de pantallas, está preocupado por algo, no entiende la materia o la tarea está mal dimensionada para su edad.
    • El TDAH es una posibilidad real, pero solo cuando la falta de atención aparece en todos los contextos, desde hace más de seis meses, desde antes de los 12 años, y le complica la vida más allá del cuaderno.
    • Cuando sí hay algo más que revisar, se puede detectar y tratar.

    ¿Es normal que mi hijo no se concentre? Lo que cabe esperar por edad

    Un niño de 6 años no puede sostener la atención como uno de 10, y eso no es un problema: es desarrollo. La capacidad de mantener la atención en una tarea crece rápido en los primeros años de colegio y llega a una meseta cerca de los 10 años.

    Compararlo con lo esperable para su edad —y no con su hermano mayor ni con lo que tú esperas— es el primer filtro antes de preocuparte.

    En un estudio con niños de 5 a 12 años, la atención sostenida mejoró rápido entre los 5-6 y los 8-9 años y después se estabilizó, con mejoras menores hasta los 11-12 (Betts et al., 2006).

    El mismo estudio mostró algo que cualquier madre reconoce: a todas las edades, los niños rindieron peor cuando la tarea era más exigente. Un niño de primero básico frente a una guía larga de matemáticas no está “flojo”: está en el límite de lo que su cerebro puede sostener.

    La Guía de Práctica Clínica sobre el TDAH lo pone como primer paso de cualquier evaluación: antes de pensar en un trastorno hay que descartar que la conducta esté dentro de la normalidad, mirando la cantidad e intensidad de los síntomas, cuánto tiempo llevan y cuánto afectan al niño en distintas situaciones (GPC TDAH, 2010, p. 68). “No todo niño movido y despistado tiene TDAH”, dice textualmente.

    Hay otro dato de la misma guía que tranquiliza a muchas familias de primero básico: la inatención se hace evidente recién al empezar la escolaridad, a los 5-7 años, porque es ahí donde el entorno empieza a exigir atención sostenida; la hiperactividad, en cambio, se nota antes, a los 3-4 (GPC TDAH, 2010, p. 53).

    Que “nunca antes” hubiera pasado nada no descarta ni confirma: es la edad en que el colegio pone a prueba la atención por primera vez.

    Entonces, ¿cuándo deja de ser normal? Cuando la distracción es claramente mayor que la de otros niños de su edad, cuando lleva meses igual y cuando le está costando más que unas notas: amistades, autoestima, el ánimo en casa.

    Por qué mi hijo no se concentra: las seis causas más frecuentes

    Antes de pensar en un diagnóstico, conviene revisar en orden las causas que más veces explican la falta de concentración en niños: sueño insuficiente, exceso de pantallas, ansiedad, dificultades para entender la materia, tareas mal dimensionadas y, en último lugar de esta lista pero no menos real, el TDAH. Varias pueden estar presentes a la vez.

    1. Duerme menos de lo que necesita

    Es la causa más barata de revisar y una de las más olvidadas. Un niño de 6 a 12 años necesita entre 9 y 12 horas de sueño cada noche, y un adolescente entre 8 y 10, según el consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño (Paruthi et al., 2016).

    Haz la cuenta con la hora real a la que se duerme (no a la que se acuesta) y la hora a la que suena la alarma. Muchas familias descubren aquí que su hijo lleva meses durmiendo 7 u 8 horas.

    ¿Y eso se nota en la tarea? Sí. Un metaanálisis con casi 36.000 niños sanos de 5 a 12 años encontró que dormir menos se asocia a peor rendimiento en las funciones ejecutivas (planificar, inhibir, organizarse), en las tareas complejas y en el rendimiento escolar, además de a más problemas de conducta (Astill et al., 2012).

    El efecto por hora de sueño es pequeño, pero se acumula noche tras noche. Los propios autores lo resumen así: el sueño insuficiente en niños se asocia a déficits en las funciones cognitivas de orden superior. Justo las que hacen falta para sentarse a estudiar.

    Un dato curioso del mismo metaanálisis: en niños, la duración del sueño no se relacionó con la atención sostenida “pura” de laboratorio, sino con lo complejo. Es decir, tu hijo puede mirar dibujos animados sin problema y aun así no poder con la tarea. Eso no significa que “puede cuando quiere”: significa que la tarea exige más de lo que el sueño de anoche le dejó.

    2. Llega a la tarea después de horas de pantalla

    Las pantallas no producen TDAH, pero sí pesan. Un metaanálisis de 45 estudios encontró una relación pequeña pero consistente entre el uso de medios (televisión, videojuegos, celular) y conductas tipo TDAH, como problemas de atención, hiperactividad e impulsividad, en niños y adolescentes (Nikkelen et al., 2014).

    Una revisión más reciente con 159.000 niños de 12 años o menos, publicada en JAMA Psychiatry, confirmó la misma relación pequeña entre más tiempo de pantalla y más problemas externalizantes, incluidos síntomas de TDAH (Eirich et al., 2022).

    Dos matices importantes, porque aquí abunda el alarmismo. Primero, la relación es pequeña: las pantallas explican una parte de la falta de concentración, no toda. Segundo, los estudios no dejan clara la dirección: es posible que los niños a los que más les cuesta atender busquen más pantalla, y no solo al revés.

    Lo práctico no cambia: un niño que pasa de una hora de videos cortos a una guía de lenguaje va a tardar en “aterrizar”, y la pantalla que sigue encendida al lado es un competidor imbatible para cualquier cuaderno.

    3. Está preocupado por algo

    La ansiedad no siempre se ve como ansiedad. En un niño se puede ver como distracción, como “se queda en blanco” o como irse al baño cinco veces durante la tarea.

    La explicación la da la teoría del control atencional: la ansiedad debilita el sistema que dirige la atención hacia una meta y refuerza el que responde a cualquier estímulo o amenaza, y afecta sobre todo a inhibir distracciones y cambiar de foco (Eysenck et al., 2007). Un niño preocupado tiene la atención ocupada aunque esté sentado y callado.

    En escolares de básica esto se ha medido bien. Un metaanálisis de 76 estudios con niños de 5 a 12 años encontró que la ansiedad ante las evaluaciones se asocia a peor rendimiento en matemáticas y lectoescritura, y que va muy de la mano con la ansiedad general, la ansiedad social y los síntomas depresivos (Robson et al., 2023).

    Y en niños de 11 y 12 años, la memoria de trabajo verbal explicó cerca de la mitad de la relación entre ansiedad y rendimiento académico (Owens et al., 2008): la preocupación ocupa el mismo “espacio mental” que la tarea necesita.

    Pistas de que la causa va por aquí: la desconcentración empezó junto con algún cambio (colegio nuevo, separación, un duelo, problemas con compañeros), hay dolores de guata o de cabeza sin causa médica, le cuesta dormirse, o pregunta mucho “¿y si me va mal?”.

    ¿Reconoces alguna de estas pistas en tu hijo? Si el problema aparece sobre todo antes de las pruebas, lo que hay que tratar es la ansiedad ante los exámenes, no la concentración.

    4. No es que no atienda: es que no entiende

    Esta es la causa que más se confunde con TDAH y la que más daño hace cuando se pasa por alto. Un niño con una dificultad específica de aprendizaje (en lectura, escritura o matemáticas) se desconecta de la tarea porque no la entiende, y desde afuera se ve exactamente igual que un niño que no atiende.

    La diferencia es que en el primero la desconcentración es selectiva: aparece con la lectura o con los números y desaparece con lo que sí domina.

    Las dos cosas además van juntas más de lo que parece. Una revisión de 17 estudios encontró que el TDAH y las dificultades de aprendizaje coexisten en cerca del 45 % de los casos, y por eso recomienda evaluar siempre las habilidades académicas en todo niño con problemas de atención (DuPaul et al., 2013).

    En una muestra comunitaria de cinco distritos escolares, los niños con dificultad lectora y TDAH a la vez fueron los más afectados en casi todas las medidas, académicas y sociales, y la coocurrencia parece explicarse en parte por debilidades en velocidad de procesamiento y memoria de trabajo (Willcutt y Petrill, 2023).

    La conclusión de los autores es clara: toda evaluación de dificultad lectora debería cribar TDAH, y toda sospecha de TDAH debería mirar el aprendizaje.

    La GPC dice lo mismo desde el otro lado: el bajo rendimiento muchas veces se explica por el propio TDAH, pero en otros casos los problemas de aprendizaje están presentes y no se explican por él, y ahí hace falta una evaluación psicopedagógica que los descarte (GPC TDAH, 2010, p. 66).

    Si tu hijo se traba leyendo en voz alta, invierte letras, cuenta con los dedos mucho más que sus compañeros o escribe con una letra que ni él entiende, esa es la pista.

    En Chile, el colegio puede evaluarlo dentro del Programa de Integración Escolar (PIE) bajo el Decreto 170; aquí explicamos cómo funciona el Decreto 170 para las dificultades de aprendizaje y tenemos una guía sobre el test de dislexia para orientarte antes de consultar.

    5. La tarea está mal dimensionada (o la ayuda de los padres no ayuda)

    “Siéntate y no te pares hasta terminar” es una instrucción que un adulto cumple con esfuerzo y un niño de 8 años no puede cumplir. Una guía de dos horas sin pausas, una tarea que empieza a las 20:30 después del baño o un cuaderno lleno de correcciones en rojo son condiciones que harían distraerse a cualquiera.

    Antes de buscar un diagnóstico, mira en tu casa cuánto se le pide, a qué hora y en qué estado llega.

    Y mira también cómo ayudas, porque no todo tipo de ayuda sirve. Un metaanálisis con más de 378.000 estudiantes encontró que la implicación de los padres en las tareas, tomada en conjunto, tiene una relación levemente negativa con el rendimiento.

    Pero al separar por tipo de ayuda, la única dimensión que se asoció positivamente fue el apoyo a la autonomía (estar disponible, ayudar a organizarse, dejar que el niño resuelva), mientras que sentarse a explicar el contenido, controlar y estar encima no se relacionaron con mejores resultados (Xu et al., 2024).

    Traducido: acompañar sirve; hacer de profesor particular a las nueve de la noche, con los dos cansados, no.

    Un niño desmotivado tampoco se concentra. Si la materia le parece imposible o inútil, o si la tarea solo trae retos, la atención se va donde hay algo que ganar. Volver a conectar la tarea con un logro pequeño y visible es parte del tratamiento, y no requiere consulta.

    Los propios criterios diagnósticos separan aquí el “no puede” del “no quiere”: la inatención del TDAH no debe explicarse por una actitud oposicionista ni por no haber entendido la instrucción (American Psychiatric Association, 2022).

    Y la guía para padres de la UNAM añade una pista práctica: si la desconcentración aparece de golpe después de un evento (una mudanza, una separación, un duelo), responde a estrés o a lo afectivo, no a un TDAH que por definición lleva meses (Delgado y Esparza, 2017).

    6. Cuando sí es TDAH

    El trastorno por déficit de atención con hiperactividad existe y no es raro: en un estudio epidemiológico chileno con 1.558 niños y adolescentes de cuatro provincias, la prevalencia fue del 10 %, con la ansiedad y el trastorno oposicionista como comorbilidades más frecuentes (de la Barra et al., 2013). En un curso de 30 hay, en promedio, dos o tres niños con TDAH.

    Lo que lo distingue de las causas anteriores es que la falta de atención está en todas partes (casa, colegio, cumpleaños, el fútbol), desde hace mucho, desde chico, y viene acompañada de dificultades reales para funcionar.

    El TDAH además suele traer un mal sueño que empeora el cuadro. Un metaanálisis de 16 estudios encontró que los niños con TDAH se resisten más a acostarse, tardan más en dormirse, se despiertan más y están más somnolientos de día que los niños sin el trastorno (Cortese et al., 2009).

    La GPC cifra los trastornos del sueño como comorbilidad en entre el 30 y el 60 % de los niños con TDAH (GPC TDAH, 2010, p. 58). Así que la causa 1 y la causa 6 se alimentan mutuamente: arreglar el sueño ayuda también en el TDAH, aunque no lo reemplaza como tratamiento.

    Si sospechas TDAH, en el sitio hay una guía completa sobre el TDAH en niños de 6 a 12 años y otra sobre cómo se ven los síntomas de TDAH según la edad. Este artículo no las repite: se queda en la pregunta anterior, que es si de verdad hay que ir por ahí.

    Y las causas médicas que el pediatra descarta en una consulta

    La GPC recuerda que los síntomas de desatención pueden aparecer por causas médicas que se detectan con una valoración clínica completa: déficits visuales o auditivos significativos, trastornos del sueño como las apneas o el síndrome de piernas inquietas, anemia por falta de hierro, alteraciones de la tiroides, epilepsia o el efecto secundario de algunos fármacos, entre otros (GPC TDAH, 2010, p. 68).

    Un niño que no ve bien la pizarra o que ronca y se despierta cansado no se concentra, y ninguna técnica de estudio lo arregla. Por eso el primer profesional suele ser el pediatra.

    La pregunta que separa el TDAH de todo lo demás: ¿en qué contextos y desde cuándo?

    Para que la inatención se considere TDAH tiene que cumplir varias condiciones a la vez: los síntomas deben mantenerse al menos seis meses, presentarse en dos o más situaciones de la vida del niño (por ejemplo casa y colegio), causar un deterioro real en su funcionamiento y no explicarse mejor por otro trastorno (GPC TDAH, 2010, p. 60).

    El DSM-5-TR añade que varios de esos síntomas deben haber estado presentes antes de los 12 años y exige al menos seis síntomas de inatención en menores de 17 (American Psychiatric Association, 2022).

    De todas esas condiciones, la que más rápido te orienta en casa es la del contexto. Hazte esta pregunta: ¿mi hijo no se concentra para estudiar solamente, o también se distrae cuando juega, cuando está con amigos, cuando arma algo que le gusta, en la clase de educación física?

    Si la desconcentración vive únicamente en la tarea y en la sala de clases, las causas más probables son las de la lista anterior (sueño, ansiedad, no entender, tarea mal dimensionada). Si se lleva la atención a todas partes y desde siempre, el TDAH entra en la lista.

    Un matiz: que se concentre perfecto en la play no descarta nada por sí solo; la pregunta es cómo le va en las situaciones cotidianas que no eligió.

    Se parece a TDAH, pero… Lo que lo delata
    Sueño insuficiente Duerme menos de 9 horas reales; empeora a medida que avanza la semana; mejora en vacaciones
    Pantallas Se desconcentra sobre todo después de usarlas; la atención “aterriza” con el tiempo si se retiran
    Ansiedad Empezó con un cambio o una preocupación; dolores sin causa médica; pregunta mucho “¿y si…?”
    Dificultad de aprendizaje Se desconecta con la lectura o los números y no con el resto; le cuesta desde que empezó a leer o a calcular
    Tarea mal dimensionada Solo pasa con guías largas o tarde en la noche; rinde bien en bloques cortos
    TDAH En todos los contextos, desde antes de los 12, más de seis meses, con impacto en amigos, autoestima y casa

    La tabla orienta, no diagnostica. El diagnóstico del TDAH es exclusivamente clínico y debe hacerlo un profesional con entrenamiento y experiencia en el trastorno y sus comorbilidades, a partir de entrevistas con los padres y el niño, información del colegio, antecedentes y una exploración física (GPC TDAH, 2010, pp. 61-65).

    Ninguna escala ni test online reemplaza eso, aunque una autoevaluación de TDAH para padres puede ayudarte a ordenar lo que observas antes de la consulta.

    La escala que más se usa para eso, la SNAP-IV, tiene 18 preguntas, la responden padres y profesores y es de uso libre citando a su autor; la GPC advierte que no tiene baremos para población española (y tampoco chilena), así que su valor es ordenar la observación, no poner un número (GPC TDAH, 2010, pp. 69-70).

    Qué hacer si mi hijo no se concentra: cómo ayudarlo a concentrarse en casa esta semana

    Las siguientes medidas atacan las causas más frecuentes y no requieren diagnóstico. Varias salen de la guía para padres de la UNAM (Delgado y Esparza, 2017), que aclara que tienen sentido para cualquier niño, con o sin TDAH.

    La Guía de Práctica Clínica sobre las intervenciones en el TDAH las pone como primera opción justamente cuando los síntomas son leves, el impacto es pequeño o el diagnóstico es dudoso (GPC Intervenciones TDAH, 2017). Prueba dos semanas antes de sacar conclusiones: el sueño y las pantallas tardan varios días en notarse.

    1. Cuadra las horas de sueño. Fija la hora de dormir de modo que caigan 9 a 12 horas reales (6 a 12 años) u 8 a 10 (adolescentes), según el consenso de la AASM. Si hay que mover algo, muévelo de la noche, no de la mañana.
    2. Pantallas fuera de la mesa y fuera de la hora previa. El celular y la tablet en otra habitación mientras estudia, y nada de videos cortos justo antes de sentarse. La atención necesita “aterrizar”.
    3. Que se mueva antes de estudiar. Un metaanálisis de 31 estudios de intervención en niños de 6 a 12 años encontró que una sesión de actividad física mejora la atención inmediatamente después, y que los programas regulares de varias semanas mejoran las funciones ejecutivas y el rendimiento académico (de Greeff et al., 2018). Media hora de plaza antes de la tarea rinde más que media hora de retos.
    4. Bloques cortos con pausas, no maratones. La atención sostenida de un niño de básica es limitada por diseño. Divide la tarea en bloques breves (más cortos cuanto más chico es) con pausas de movimiento entre medio, y termina cada bloque antes de que se agote, no después. La guía de la UNAM propone enseñarle a medirse él mismo con una pregunta antes de seguir: “¿cómo está tu concentración?, ¿necesitas un descanso corto?” (Delgado y Esparza, 2017). La regla 1-3-5 para organizar las tareas es una forma sencilla de decidir qué va primero.
    5. Divide la tarea en pasos visibles. Da una instrucción a la vez: “Haz la guía” es una montaña; “haz los tres primeros ejercicios y me muestras” es una escalera. Cada peldaño terminado es un refuerzo que devuelve la atención al siguiente. Para dar la instrucción, la UNAM recomienda ponerse frente al niño, decir su nombre, buscar contacto visual y pedirle que la repita con sus palabras; y dejar sobre la mesa solo el material de esa tarea, sin comer ni ver televisión al mismo tiempo (Delgado y Esparza, 2017). El elogio, cuando llega, que sea inmediato y concreto (“terminaste los tres sin pararte”), no un “bien” genérico.
    6. Acompaña sin controlar. Estar disponible, ayudar a organizar el tiempo y dejar que resuelva es lo que se asoció a mejor rendimiento en el metaanálisis de Xu et al. (2024); sentarse a explicar todo, corregir cada línea y vigilar no. Si a las nueve de la noche están tú y tu hijo gritando, la ayuda ya no es ayuda.
    7. Ni dietas milagro ni suplementos. Es tentador, y hay mucho marketing. La GPC de 2017 revisó las dietas sin colorantes ni aditivos y los suplementos de omega-3 y omega-6 o zinc, y no encontró pruebas concluyentes de que sirvan; lo que sí recomienda es una dieta equilibrada y ejercicio regular (GPC Intervenciones TDAH, 2017, p. 26). Un niño que llega a la tarea sin almorzar bien tampoco rinde, pero eso se arregla con almuerzo, no con cápsulas.
    8. Habla con el profesor antes de la consulta. Pregúntale si en clase pasa lo mismo, en qué asignaturas, si lo ve entender la materia, si tiene amigos. Esa información es justo la que la GPC pide a la escuela para cualquier evaluación, y te va a decir si el problema es de contexto o de todos los contextos.

    ¿Cuál de estos puntos puedes empezar a probar esta misma semana? Si en dos semanas de hacer esto no cambia nada, o si desde el principio la desconcentración va acompañada de las señales de la siguiente sección, es hora de consultar.

    Cuándo consultar y con quién en Chile

    Consulta sin esperar si pasa cualquiera de estas cosas:

    • La falta de concentración lleva más de seis meses y está en todos los contextos.
    • Empezó junto con un cambio de ánimo: tristeza, irritabilidad, miedo a ir al colegio.
    • El profesor la reporta igual que tú.
    • Viene con dificultad clara para leer o calcular.
    • Ya está afectando su autoestima (“soy tonto”) o sus amistades.
    • El niño empieza a recibir etiquetas (“el difícil”, “el desordenado”) o queda fuera de juegos y cumpleaños.
    • La situación tiene a la familia desbordada, con culpa o peleas diarias por la tarea (Delgado y Esparza, 2017).

    ¿Cuántas de estas reconoces en las últimas semanas? Y consulta también si, simplemente, la preocupación no te deja tranquila: eso ya es motivo suficiente.

    ¿Con quién? En Chile el camino habitual empieza en el pediatra o el médico del CESFAM, que descarta las causas médicas (visión, audición, sueño, anemia) y deriva. El diagnóstico de TDAH lo hace un profesional con experiencia en el trastorno: neurólogo infantil, psiquiatra infantil o psicólogo clínico infantil, idealmente en un equipo que se comunique con el colegio.

    Si la sospecha es de dificultad de aprendizaje, el colegio puede evaluar dentro del PIE y derivar a psicopedagogía. Para orientación telefónica, Salud Responde del MINSAL atiende en el 600 360 7777.

    Un psicólogo aporta en dos momentos: en la evaluación, para distinguir entre ansiedad, dificultad de aprendizaje y TDAH (que es justo la pregunta de este artículo), y en el tratamiento, cuando la causa es la ansiedad o cuando el TDAH necesita, además de lo médico, estrategias conductuales en casa y en el colegio.

    Puedes leer más sobre cómo se evalúa el TDAH en niños o, si prefieres conversarlo directamente, agendar una consulta.

    Llegar con tus observaciones de las dos semanas anteriores (horas de sueño, en qué contextos pasa, qué dijo el profesor) hace que la primera sesión rinda el doble.

    Preguntas frecuentes sobre un niño que no se concentra

    ¿Es normal que un niño de 6 años no se concentre?

    Sí, dentro de un rango. A los 5-6 años la atención sostenida está en pleno desarrollo y mejora rápido hasta los 8-9, cuando se estabiliza (Betts et al., 2006). Lo que no es esperable es que se distraiga mucho más que sus compañeros, en todas las situaciones y con impacto en su vida diaria. Compáralo con la edad de tu hijo, no con la de un adulto.

    Mi hijo no se concentra en la escuela pero en la casa sí, ¿qué significa?

    Que la causa probablemente está en el contexto escolar. Un niño que no se concentra en clase pero sí en casa suele tener un motivo ahí: no entiende la materia, hay ansiedad o un problema con compañeros, el curso es ruidoso o la exigencia no calza con su nivel.

    El TDAH, por definición, aparece en dos o más contextos (GPC TDAH, 2010, p. 60). Habla con el profesor y pide una evaluación psicopedagógica si sospechas dificultad de aprendizaje.

    ¿Cómo sé si mi hijo tiene TDAH o solo se distrae?

    Mira cuatro cosas: si pasa en todos los contextos, si lleva más de seis meses, si empezó antes de los 12 años y si le complica la vida más allá de las notas.

    Si las cuatro se cumplen, consulta con un profesional con experiencia en TDAH; el diagnóstico es clínico y ningún test online lo reemplaza. Si solo se cumple una o dos, revisa primero sueño, pantallas, ansiedad y comprensión de la materia.

    ¿Las pantallas causan falta de concentración en niños?

    Contribuyen, pero no lo explican todo. Los metaanálisis muestran una relación pequeña y consistente entre más tiempo de pantalla y más problemas de atención en niños (Nikkelen et al., 2014; Eirich et al., 2022), sin que quede clara la dirección causal. Lo que sí está claro es que una pantalla encendida al lado de la tarea gana siempre. Sácala de la mesa y de la hora previa.

    ¿Cuántas horas debe dormir un niño para concentrarse?

    Entre 9 y 12 horas por noche de los 6 a los 12 años, y entre 8 y 10 en la adolescencia, según el consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño (Paruthi et al., 2016).

    Dormir menos se asocia a peor rendimiento en las funciones que la tarea exige (Astill et al., 2012). Cuenta desde la hora real a la que se duerme, no desde la que se acuesta.

    ¿Con quién consulto si mi hijo no se concentra?

    Empieza por el pediatra o el médico del CESFAM, que descarta causas médicas y deriva. El diagnóstico de TDAH lo hace un neurólogo infantil, un psiquiatra infantil o un psicólogo clínico infantil con experiencia en el trastorno; la dificultad de aprendizaje la evalúa psicopedagogía, muchas veces desde el PIE del colegio. Lleva anotado cuánto duerme, en qué contextos pasa y qué dice el profesor.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, texto revisado (DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.

    Astill, R. G., Van der Heijden, K. B., Van IJzendoorn, M. H., & Van Someren, E. J. W. (2012). Sleep, cognition, and behavioral problems in school-age children: A century of research meta-analyzed. Psychological Bulletin, 138(6), 1109-1138. https://doi.org/10.1037/a0028204

    Betts, J., Mckay, J., Maruff, P., & Anderson, V. (2006). The development of sustained attention in children: The effect of age and task load. Child Neuropsychology, 12(3), 205-221. https://doi.org/10.1080/09297040500488522

    Delgado Villegas, Y., & Esparza Meza, E. M. (Coords.). (2017). Guía para padres de niños con TDAH: ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México.

    Cortese, S., Faraone, S. V., Konofal, E., & Lecendreux, M. (2009). Sleep in children with attention-deficit/hyperactivity disorder: Meta-analysis of subjective and objective studies. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 48(9), 894-908. https://doi.org/10.1097/CHI.0b013e3181ac09c9

    de Greeff, J. W., Bosker, R. J., Oosterlaan, J., Visscher, C., & Hartman, E. (2018). Effects of physical activity on executive functions, attention and academic performance in preadolescent children: A meta-analysis. Journal of Science and Medicine in Sport, 21(5), 501-507. https://doi.org/10.1016/j.jsams.2017.09.595

    de la Barra, F. E., Vicente, B., Saldivia, S., & Melipillan, R. (2013). Epidemiology of ADHD in Chilean children and adolescents. ADHD Attention Deficit and Hyperactivity Disorders, 5(1), 1-8. https://doi.org/10.1007/s12402-012-0090-6

    DuPaul, G. J., Gormley, M. J., & Laracy, S. D. (2013). Comorbidity of LD and ADHD: Implications of DSM-5 for assessment and treatment. Journal of Learning Disabilities, 46(1), 43-51. https://doi.org/10.1177/0022219412464351

    Eirich, R., McArthur, B. A., Anhorn, C., McGuinness, C., Christakis, D. A., & Madigan, S. (2022). Association of screen time with internalizing and externalizing behavior problems in children 12 years or younger: A systematic review and meta-analysis. JAMA Psychiatry, 79(5), 393-405. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2022.0155

    Eysenck, M. W., Derakshan, N., Santos, R., & Calvo, M. G. (2007). Anxiety and cognitive performance: Attentional control theory. Emotion, 7(2), 336-353. https://doi.org/10.1037/1528-3542.7.2.336

    Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes (Guías de Práctica Clínica en el SNS: AATRM N.º 2007/18). Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Agència d’Informació, Avaluació i Qualitat en Salut. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_477_TDAH_AIAQS_compl.pdf

    Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). (2017). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_574_TDAH_IACS_compl.pdf

    Nikkelen, S. W. C., Valkenburg, P. M., Huizinga, M., & Bushman, B. J. (2014). Media use and ADHD-related behaviors in children and adolescents: A meta-analysis. Developmental Psychology, 50(9), 2228-2241. https://doi.org/10.1037/a0037318

    Owens, M., Stevenson, J., Norgate, R., & Hadwin, J. A. (2008). Processing efficiency theory in children: Working memory as a mediator between trait anxiety and academic performance. Anxiety, Stress, & Coping, 21(4), 417-430. https://doi.org/10.1080/10615800701847823

    Paruthi, S., Brooks, L. J., D’Ambrosio, C., Hall, W. A., Kotagal, S., Lloyd, R. M., Malow, B. A., Maski, K., Nichols, C., Quan, S. F., Rosen, C. L., Troester, M. M., & Wise, M. S. (2016). Recommended amount of sleep for pediatric populations: A consensus statement of the American Academy of Sleep Medicine. Journal of Clinical Sleep Medicine, 12(6), 785-786. https://doi.org/10.5664/jcsm.5866

    Robson, D. A., Johnstone, S. J., Putwain, D. W., & Howard, S. (2023). Test anxiety in primary school children: A 20-year systematic review and meta-analysis. Journal of School Psychology, 98, 39-60. https://doi.org/10.1016/j.jsp.2023.02.003

    Willcutt, E. G., & Petrill, S. A. (2023). Comorbidity between reading disability and ADHD in a community sample: Implications for academic, social, and neuropsychological functioning. Mind, Brain, and Education, 17(4), 338-348. https://doi.org/10.1111/mbe.12393

    Xu, J., Guo, S., Feng, Y., Ma, Y., Zhang, Y., Núñez, J. C., & Fan, H. (2024). Parental homework involvement and students’ achievement: A three-level meta-analysis. Psicothema, 36(1), 1-14. https://doi.org/10.7334/psicothema2023.92

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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