Tu papá volvió a preguntar lo mismo tres veces en la misma tarde. Y tú te quedaste con esa duda incómoda que no se le cuenta a nadie: ¿es la edad, o es algo?
Esa pregunta se puede responder mejor de lo que parece. No con un diagnóstico casero, sino con algo más útil: saber qué distingue un olvido corriente de una señal que sí conviene revisar, y con cuánta prisa. Más abajo vas a encontrar los 10 primeros síntomas del Alzheimer y la demencia que describe la literatura clínica, la diferencia concreta entre cada uno y su versión benigna, y una sección que casi ningún artículo sobre Alzheimer incluye: qué hacer cuando la memoria falla de golpe, que es un escenario distinto y bastante más apurado.
También hay una herramienta interactiva de cuatro preguntas, a mitad del texto. No te va a dar un puntaje ni una etiqueta. Te va a decir algo más práctico: si lo que describes se estudia hoy, se estudia esta semana o se conversa en el próximo control. Para que sirva, primero conviene entender qué está midiendo.
Respuesta rápida
Los primeros síntomas del Alzheimer son la pérdida de memoria reciente que interfiere en la vida diaria, la dificultad para planificar o resolver tareas conocidas, la desorientación en tiempo y lugar, los problemas para encontrar palabras, la pérdida de objetos sin poder reconstruir los pasos, el juicio deteriorado, los cambios de ánimo o personalidad, el retraimiento social, las dificultades visuoespaciales y la falta de conciencia del propio cambio. Un síntoma se vuelve señal de alarma cuando es nuevo, avanza con los meses y le quita autonomía a la persona.
¿Cuáles son los 10 primeros síntomas del Alzheimer?
La enfermedad de Alzheimer suele debutar con pérdida de memoria episódica temprana y prominente, es decir, falla lo recién vivido antes que lo antiguo. Así lo describe una revisión clínica de la enfermedad de Alzheimer de inicio tardío publicada en Continuum (Rabinovici, 2019), que además advierte algo importante: ese cuadro clínico no es ni sensible ni específico por sí solo. Otras enfermedades se parecen. Por eso los diez síntomas de abajo orientan, y no diagnostican.
1. Olvidar información recién aprendida. La persona pregunta lo mismo varias veces en poco rato, no porque no escuchó, sino porque el dato no quedó guardado. Este es el síntoma más precoz y el más característico.
2. Dificultad para planificar o seguir un plan. Una receta de toda la vida se vuelve confusa. Las cuentas del mes, que antes cuadraban solas, empiezan a llegar atrasadas.
3. Problemas para completar tareas habituales. No tareas nuevas y complejas. Tareas de siempre: manejar el microondas, llegar a un lugar conocido, seguir las reglas de un juego que se jugó toda la vida.
4. Desorientación en tiempo y lugar. Perder la noción del día o del mes y no poder reconstruirla. En etapas iniciales aparece sobre todo con fechas; más adelante, con lugares familiares.
5. Dificultades visuoespaciales. Cuesta calcular distancias, distinguir contrastes o leer con fluidez. Suele confundirse con un problema de vista, y a veces el oftalmólogo es quien lo detecta primero.
6. Problemas para encontrar palabras. No es el clásico “lo tengo en la punta de la lengua”. Es detenerse a mitad de una frase sin poder retomarla, o reemplazar el nombre de un objeto por un rodeo (“la cosa para revolver”).
7. Guardar cosas en lugares insólitos y no poder rehacer los pasos. Todos perdemos las llaves. La señal aparece cuando el celular termina en el refrigerador y la persona no logra reconstruir cómo llegó ahí.
8. Juicio deteriorado, sobre todo con el dinero. Decisiones económicas que no se parecen a la persona: donaciones raras, compras impulsivas por teléfono, descuido de la higiene. Suele ser uno de los primeros cambios que la familia recuerda al mirar hacia atrás.
9. Retraimiento social y cambios de ánimo. Dejar el club, la parroquia, las juntas de siempre. A veces por apatía, a veces porque seguir una conversación grupal se volvió agotador.
10. No darse cuenta del cambio. Este cierra la lista y merece atención aparte, porque es contraintuitivo.
Sobre ese último punto hay evidencia específica. Una revisión sistemática de 2026 sobre la falta de conciencia del déficit reunió once estudios longitudinales en personas con deterioro cognitivo leve: seis encontraron una asociación significativa entre menor conciencia del problema y conversión posterior a demencia, y los estudios de mejor calidad metodológica fueron justamente los que más la encontraron (Moore et al., 2026).
La traducción práctica es incómoda pero útil. Que la persona insista en que está perfecta no tranquiliza; en algunos casos forma parte del cuadro. Cuando el que se queja es el entorno y no el paciente, la queja pesa más, no menos.
¿Cómo distinguir un olvido normal de una señal de alarma?
El envejecimiento normal enlentece el procesamiento y hace más lento el acceso a los nombres, pero conserva la autonomía. La señal de alarma aparece cuando el olvido es nuevo, avanza con los meses y le quita a la persona algo que antes hacía sola. Ese es el criterio que separa, y no la cantidad de olvidos.
Vale la pena aterrizarlo caso a caso:
| Lo esperable con la edad | Lo que conviene revisar |
|---|---|
| Olvidar un nombre y recordarlo después | Olvidar el nombre de alguien cercano y no recuperarlo nunca |
| Perder las llaves y encontrarlas rehaciendo los pasos | Encontrar las llaves en el horno sin idea de cómo llegaron ahí |
| Necesitar una lista para el supermercado | Volver del supermercado sin nada, sin recordar a qué se fue |
| Equivocarse con el día del mes y darse cuenta al ver el celular | No ubicar el mes ni el año, ni poder deducirlo |
| Costar más aprender a usar una aplicación nueva | Perderse en el programa de televisión que se usa todos los días |
| Buscar una palabra puntual | Sustituir palabras por rodeos y perder el hilo de la frase |
Los números ayudan a poner esto en perspectiva. El deterioro cognitivo leve (esa zona intermedia entre el envejecimiento normal y la demencia) pasa del 6,7% entre los 60 y 64 años a más del 25% entre los 80 y 84, según los datos que recoge una revisión Cochrane sobre entrenamiento cognitivo computarizado (Gates et al., 2019). Y en población estadounidense mayor de 65, un análisis del Health and Retirement Study estimó cerca de un 10% con demencia y un 22% con deterioro cognitivo leve (Manly et al., 2022).
Dicho de otro modo: uno de cada cinco adultos mayores tiene algún grado de deterioro que todavía no es demencia. Es muchísima gente, y la mayoría no está camino a lo peor. Si quieres el panorama completo del cuadro, lo desarrollamos en la guía sobre deterioro cognitivo y demencia: señales, causas y evaluación.
¿Cuáles son los 6 primeros signos de demencia que nunca hay que dejar pasar?
De los diez anteriores, seis cargan más peso clínico porque son los que definen el paso de “olvidadizo” a “necesita evaluación”: la interferencia con la vida diaria, el cambio de personalidad o de juicio, la desorientación en lugares conocidos, las dificultades de lenguaje sostenidas, el hecho de que el entorno lo note y la falta de conciencia del propio cambio.
Los criterios de deterioro cognitivo leve que se usan en clínica piden cuatro cosas a la vez: que haya una queja de cambio cognitivo (de la persona, de la familia o del clínico), que ese declive se confirme con pruebas estandarizadas, que la funcionalidad diaria esté conservada o mínimamente afectada, y que no se cumplan criterios de demencia. Cuando la autonomía sí se pierde y hay varios dominios afectados, la conversación ya es otra.
Ahí está la bisagra. Un adulto mayor puede olvidar bastante y seguir manejando sus remedios, su plata y su casa; eso no cumple criterios de demencia. En el momento en que necesita supervisión para esas cosas, el cuadro cambió de categoría, y conviene que alguien lo mire con calma.
Hay un detalle que se pasa por alto y que en consulta pesa mucho: quién trae el tema. Cuando la persona llega sola, angustiada por sus olvidos, y sus cercanos no notan nada, el pronóstico suele ser mejor que cuando llega arrastrada por la familia diciendo que ella está bien.
Pérdida de memoria repentina en adultos: cuándo dejar de leer y consultar hoy
Si la memoria falló de golpe, en minutos u horas, esto no es Alzheimer. La enfermedad de Alzheimer se instala en meses o años, nunca en una tarde. Un déficit de memoria de inicio súbito se estudia como urgencia médica hasta demostrar lo contrario, porque las causas que lo producen son otras y varias tienen tratamiento con ventana de horas.
Esta es la parte que la mayoría de los artículos sobre “primeros síntomas del Alzheimer” no cubre, y es probablemente la más importante de todo el texto.
Perder la memoria de repente apunta a un grupo distinto de causas: un ataque cerebrovascular o un accidente isquémico transitorio, una crisis epiléptica, un cuadro confusional agudo (por infección, fármacos o alcohol) o una amnesia global transitoria.
Esta última merece explicación porque asusta muchísimo y suele ser benigna. La amnesia global transitoria es un síndrome de inicio brusco con una caída enorme de la capacidad de formar recuerdos nuevos y una alteración más leve del recuerdo del pasado reciente, según describe una revisión clínica del cuadro publicada en Neuropsychiatric Disease and Treatment (Spiegel et al., 2017). La persona repite la misma pregunta cada pocos minutos, sabe quién es y reconoce a los suyos, y el episodio se resuelve solo.
El estudio más completo sobre este cuadro, que revisó la literatura y analizó 142 casos propios en la revista Brain, encontró perfiles distintos según a quién le ocurre: en mujeres los episodios se asocian sobre todo a un desencadenante emocional y a antecedentes de ansiedad, en hombres a un esfuerzo físico previo, y en pacientes jóvenes el antecedente de cefaleas aparece como factor de riesgo relevante (Quinette et al., 2006). Ese mismo estudio no halló vínculo con los factores de riesgo vascular clásicos.
Que sea benigna no cambia la conducta. En las primeras horas una amnesia global transitoria y un infarto cerebral pequeño pueden verse casi iguales, y separarlos requiere evaluación médica e imágenes. Ante boca torcida, debilidad de un lado del cuerpo o dificultad brusca para hablar, en Chile el número es el 131 del SAMU. La Organización Mundial de la Salud insiste en el mismo punto: la demencia no es una consecuencia inevitable del envejecimiento, y confundir un evento agudo con “cosas de la edad” cuesta tiempo que no se recupera.
Un dato que sirve más de lo que parece: anota la hora exacta en que empezó y qué estaba haciendo la persona. Es la primera pregunta que va a hacer quien la reciba.
Ordena tu caso en cuatro preguntas
Con eso en mente, la herramienta de abajo tiene sentido. No pregunta cuánta memoria queda, sino por el patrón: cómo apareció, si hay signos neurológicos, si la autonomía está intacta y quién está notando el cambio. Esas cuatro variables son las que en clínica deciden si algo se ve hoy o se agenda.
Responde pensando en un caso concreto, el tuyo o el de un familiar. No hay respuestas trampa.
¿Este olvido necesita consulta hoy o consulta programada?
Cuatro preguntas sobre el patrón del problema, no sobre cuánta memoria queda. No entrega puntaje ni diagnóstico: ordena la situación según los criterios clínicos que se usan para decidir la urgencia de una evaluación.
Esta herramienta ordena la consulta según criterios publicados: los de deterioro cognitivo leve de Petersen (queja de cambio, declive objetivo y autonomía conservada), la definición de demencia (varios dominios afectados con pérdida de autonomía) y la regla neurológica de que un déficit de memoria de instalación súbita se estudia como urgencia hasta demostrar lo contrario. No mide nada ni reemplaza una evaluación clínica.
Señales tempranas que casi nadie asocia con el Alzheimer
Además de la memoria, hay tres cambios corporales que la investigación viene señalando como marcadores tempranos y que rara vez llegan a las listas de síntomas: el olfato, la velocidad al caminar y la audición. Ninguno diagnostica nada por sí solo, pero los tres aparecen antes de lo que uno esperaría.
El olfato. Una revisión sistemática sobre disfunción olfatoria en el envejecimiento y las enfermedades neurodegenerativas reporta que la alteración del olfato está presente en cerca del 85% de los pacientes con enfermedad de Alzheimer en etapa temprana, lo que la convierte en un candidato atractivo como biomarcador precoz (Dan et al., 2021). Dejar de distinguir el olor del café o del cloro no es un síntoma trivial en un adulto mayor.
La velocidad al caminar. Cuando las quejas de memoria coinciden con una marcha enlentecida, el riesgo cambia. Un metaanálisis de 2026 sobre el síndrome de riesgo cognitivo motor encontró que las personas con esa combinación tienen casi el doble de riesgo de progresar a deterioro cognitivo objetivo o demencia (RR entre 1,99 y 2,49), mientras que cada componente por separado no mostró asociación significativa (Fernández-Feijoo et al., 2026). Es la coincidencia la que informa.
La audición. Una revisión narrativa de 2026 plantea que la pérdida auditiva funciona a la vez como factor de riesgo modificable y como marcador temprano de deterioro, con una relación clara entre gravedad e impacto cognitivo (Cvorovic et al., 2026). Los ensayos de rehabilitación auditiva no han demostrado de forma consistente que frenen el declive en población general, aunque podrían ayudar en subgrupos de mayor riesgo. Aun así, un audífono bien indicado mejora la comunicación y saca a la persona del aislamiento, que ya es motivo suficiente.
¿Y si no es Alzheimer? Las causas que sí tienen vuelta
Antes de asumir lo peor hay que descartar lo tratable. Depresión, hipotiroidismo, déficit de vitamina B12, apnea del sueño, alcohol y fármacos con efecto sedante o anticolinérgico producen cuadros que se parecen mucho a una demencia incipiente y que mejoran cuando se corrige la causa.
La depresión merece párrafo propio por lo confuso que resulta. Funciona en dos direcciones a la vez: puede imitar una demencia y puede anunciarla. Una revisión sobre la superposición entre depresión de inicio tardío y deterioro cognitivo concluye que la depresión actúa tanto como factor de riesgo cuanto como síntoma prodrómico de demencia, con mecanismos que incluyen atrofia hipocampal y compromiso cerebrovascular (Aziz y Steffens, 2017).
Los números apoyan esa lectura con matices. Un metaanálisis de 2026 sobre depresión como factor pronóstico reunió diecisiete estudios longitudinales y encontró que la depresión basal se asocia a mayor riesgo de progresar desde deterioro cognitivo leve a demencia (HR ajustado de 1,21; IC 95%: 1,05 a 1,39). Los propios autores califican la certeza de la evidencia como muy baja por la enorme heterogeneidad entre estudios (Kassymzhanova et al., 2026). Vale como señal de alerta, no como sentencia.
Un adulto mayor con ánimo bajo, sueño roto y quejas de memoria puede tener una depresión que se trata. Vale la pena mirarlo por ese lado antes de darlo por otra cosa. Revisamos aparte, con más detalle, las causas reversibles de pérdida de memoria por estrés y medicamentos y también por qué se nos olvidan las cosas en la vida cotidiana.
¿Qué pasa después? Del deterioro cognitivo leve a la demencia
No todo deterioro cognitivo leve termina en demencia, y la proporción que no lo hace es mayor de lo que se cree. En una cohorte comunitaria diversa seguida durante años, entre quienes desarrollaron deterioro cognitivo leve el 12,9% progresó a demencia, el 29,6% se mantuvo estable y el 47,9% volvió a la normalidad cognitiva. Ese dato viene de un estudio prospectivo publicado en Neurology (Angevaare et al., 2022).
Casi la mitad revirtió. Es la cifra que más se olvida cuando alguien recibe este diagnóstico. Los criterios, el pronóstico y el tratamiento de esa etapa intermedia están detallados en la guía sobre el deterioro cognitivo leve.
Eso sí, el momento en que se detecta cambia mucho el pronóstico. Un estudio de cohorte con seguimiento de 3,55 años comparó deterioro cognitivo leve temprano y tardío: la tasa anual de conversión a demencia fue de 4,33% en el grupo temprano frente a 18,6% en el tardío, y la reversión al primer año fue de 32,8% contra apenas 5% (Lin et al., 2022). En contextos de clínica de memoria, otro estudio en Neurology midió una tasa anual de progresión a demencia tipo Alzheimer de 13,7%, mayor en el deterioro de tipo amnésico (Tifratene et al., 2015).
Para las quejas subjetivas, sin deterioro objetivo todavía, las cifras son más tranquilizadoras. Una revisión sistemática con metaanálisis de 2026 calculó una tasa de conversión del 17,2% a deterioro cognitivo leve y del 8,7% a demencia (Tallman et al., 2026). Más de ocho de cada diez personas con quejas subjetivas de memoria no desarrollaron demencia en el seguimiento.
Sobre qué hacer mientras tanto, la evidencia es modesta pero existe. Hoy no hay fármaco aprobado que demuestre de forma consistente que previene la progresión a demencia, según una revisión clásica en JAMA (Langa y Levine, 2014). Lo que sí muestra beneficios pequeños y sostenidos es el ejercicio aeróbico y de resistencia, la dieta mediterránea, el control de los factores vasculares y el compromiso social, sobre todo en personas con menor escolaridad o enfermedad vascular, según una revisión sobre prevención y tratamiento de la demencia en JAMA Internal Medicine (Reuben et al., 2024).
¿Cuándo buscar ayuda profesional y a quién consultar?
Consulta si el cambio es progresivo, si el entorno lo nota o si ya interfiere con tareas que la persona resolvía sola. Consulta el mismo día si apareció de golpe. Y consulta igual si te quedaste con la duda: una evaluación que sale normal también sirve, porque deja un punto de partida documentado para comparar en unos años.
Conviene aclarar un malentendido frecuente. Los organismos de salud no recomiendan aplicar tests cognitivos a toda la población mayor asintomática: la revisión de la USPSTF publicada en JAMA concluyó que la evidencia es insuficiente para evaluar el balance de beneficios y daños de ese cribado universal (Owens et al., 2020). Eso es harina de otro costal. Cuando ya hay síntomas o una queja de la familia, la evaluación no es cribado poblacional: es estudio clínico de un problema concreto, y ahí sí corresponde.
En una consulta habitual se combina la entrevista con la persona y con alguien que conviva con ella, un cribado breve (Mini-Cog, MoCA, la escala de Pfeiffer o un cuestionario al informador) y exámenes de sangre para descartar causas médicas. La revisión de instrumentos de cribado de la USPSTF confirma que varios de estos tests breves tienen precisión diagnóstica adecuada para la consulta (Patnode et al., 2020). Puedes ver en detalle cómo se evalúa el deterioro cognitivo con el test de los 7 minutos y la escala de Pfeiffer, o revisar el test del informador para el cribado de Alzheimer, que es el que suele responder la familia.
Las guías de la American Psychological Association agregan un matiz que importa: los cribados breves tienen buena sensibilidad pero baja especificidad, y son poco sensibles a cambios sutiles en etapas preclínicas (Mast et al., 2021). Un resultado normal en un test de diez minutos no cierra el tema si la preocupación clínica persiste. En esos casos corresponde una evaluación neuropsicológica completa, que revisa memoria, atención, velocidad de procesamiento, funciones ejecutivas, lenguaje, habilidades visuoespaciales y estado de ánimo.
Lleva a alguien contigo. Buena parte de la información que necesita el clínico la tiene el acompañante.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad aparecen los primeros síntomas del Alzheimer?
La forma más común empieza después de los 65 años y su frecuencia aumenta con la edad. Existe una variante de inicio precoz que puede debutar entre los 40 y los 60, mucho menos frecuente y con mayor carga genética. Cualquier cambio cognitivo progresivo antes de los 65 merece evaluación sin esperar.
¿Cuánto dura la fase inicial del Alzheimer?
Varía mucho entre personas. Los estudios de cohorte muestran tasas anuales de progresión desde deterioro cognitivo leve a demencia que van del 4% al 18% según qué tan avanzado esté el cuadro al detectarlo, lo que implica que algunas personas permanecen años en la fase inicial y otras avanzan bastante más rápido.
¿El Alzheimer se hereda?
Tener un familiar de primer grado aumenta el riesgo, pero no lo determina. El principal factor genético de la forma tardía es el alelo APOE ε4, que sube la probabilidad sin garantizar nada. La mayoría de los casos resulta de la combinación entre genética, edad y factores vasculares modificables.
¿Perder la memoria de repente es Alzheimer?
No. El Alzheimer se instala de forma gradual, en meses o años. Una pérdida de memoria de instalación súbita apunta a otras causas: ataque cerebrovascular, crisis epiléptica, cuadro confusional agudo o amnesia global transitoria. Requiere evaluación médica el mismo día, en urgencia, aunque la persona se vea bien.
¿Se puede tener deterioro cognitivo leve y no llegar nunca a demencia?
Sí, y es frecuente. En una cohorte comunitaria seguida durante años, el 47,9% de quienes desarrollaron deterioro cognitivo leve volvió a la cognición normal y el 29,6% se mantuvo estable. El diagnóstico describe un estado actual, no un destino cerrado.
¿Qué hago si mi familiar niega que le pasa algo?
La falta de conciencia del déficit forma parte del cuadro en algunos casos y se asocia a mayor riesgo de progresión. Evita discutir sobre los olvidos. Propón el control médico por otro motivo (la presión, un examen anual) y pide hablar unos minutos a solas con el profesional para aportar lo que observaste.
Lo que conviene hacer con esta información
Si después de leer esto reconociste dos o tres señales en alguien cercano, el paso siguiente no es buscar más síntomas en internet. Es anotar tres cosas concretas: qué cambió, desde cuándo y qué dejó de poder hacer solo. Con eso una consulta rinde muchísimo más que con la impresión general de que "anda raro".
Y si lo que te pesa es la angustia de estar mirando a tu papá o a tu mamá con lupa, eso también se trabaja. Acompañar un deterioro cognitivo desgasta, y la culpa de estar sospechando aparece casi siempre. En terapia se puede ordenar esa preocupación, decidir cómo conversarlo en familia y sostener el proceso sin desarmarse en el camino.
Si quieres conversarlo con un psicólogo clínico, puedes escribirme para agendar una hora.
Referencias
- Angevaare, M. J., Vonk, J. M. J., Bertola, L., et al. (2022). Predictors of incident mild cognitive impairment and its course in a diverse community-based population. Neurology, 98(1), e15-e26. https://doi.org/10.1212/WNL.0000000000013017
- Aziz, R., & Steffens, D. (2017). Overlay of late-life depression and cognitive impairment. Focus, 15(1), 35-41. https://doi.org/10.1176/appi.focus.20160036
- Cvorovic, L., Jotic, A., Bukurov, B., Jakovljevic, S., Aleksic, S., & Jovanovic, K. (2026). Hearing loss and dementia: Risk factor, early marker, or both? Healthcare, 14(12), 1687. https://doi.org/10.3390/healthcare14121687
- Dan, X., Wechter, N., Gray, S., Mohanty, J. G., Croteau, D. L., & Bohr, V. A. (2021). Olfactory dysfunction in aging and neurodegenerative diseases. Ageing Research Reviews, 70, 101416. https://doi.org/10.1016/j.arr.2021.101416
- Fernández-Feijoo, F., Pérez-Blanco, L., Patten, S. B., et al. (2026). Do subjective cognitive complaints and slow gait speed increase the probability of progression to objective cognitive impairment? A systematic review and meta-analysis on motoric cognitive risk syndrome. GeroScience. https://doi.org/10.1007/s11357-026-02248-1
- Gates, N. J., Vernooij, R. W., Di Nisio, M., et al. (2019). Computerised cognitive training for preventing dementia in people with mild cognitive impairment. Cochrane Database of Systematic Reviews, 3, CD012279. https://doi.org/10.1002/14651858.CD012279.pub2
- Kassymzhanova, M., Shonbay, K., Shikhova, O. M., Raspopova, N., & Karibayeva, I. (2026). Depression as a prognostic factor for conversion from mild cognitive impairment to all-cause dementia and Alzheimer's disease: A systematic review and meta-analysis of longitudinal studies. Frontiers in Public Health, 14, 1831762. https://doi.org/10.3389/fpubh.2026.1831762
- Langa, K. M., & Levine, D. A. (2014). The diagnosis and management of mild cognitive impairment. JAMA, 312(23), 2551-2561. https://doi.org/10.1001/jama.2014.13806
- Lin, S. Y., Lin, P. C., Lin, Y. C., et al. (2022). The clinical course of early and late mild cognitive impairment. Frontiers in Neurology, 13, 685636. https://doi.org/10.3389/fneur.2022.685636
- Manly, J. J., Jones, R. N., Langa, K. M., et al. (2022). Estimating the prevalence of dementia and mild cognitive impairment in the US. JAMA Neurology, 79(12), 1242-1249. https://doi.org/10.1001/jamaneurol.2022.3543
- Mast, B. T., Benitez, A., Levy, S. A., et al. (2021). Evaluation of dementia and age-related cognitive change. American Psychological Association.
- Moore, L., Lund, A. E., & Russell, C. (2026). Unawareness of deficits in mild cognitive impairment: A systematic review of its role in progression to Alzheimer's disease. BMC Neurology, 26, 396. https://doi.org/10.1186/s12883-026-04884-8
- Owens, D. K., Davidson, K. W., Krist, A. H., et al. (2020). Screening for cognitive impairment in older adults: US Preventive Services Task Force recommendation statement. JAMA, 323(8), 757-763. https://doi.org/10.1001/jama.2020.0435
- Patnode, C. D., Perdue, L. A., Rossom, R. C., et al. (2020). Screening for cognitive impairment in older adults: Updated evidence report and systematic review for the US Preventive Services Task Force. JAMA, 323(8), 764-785. https://doi.org/10.1001/jama.2019.22258
- Quinette, P., Guillery-Girard, B., Dayan, J., et al. (2006). What does transient global amnesia really mean? Review of the literature and thorough study of 142 cases. Brain, 129(7), 1640-1658. https://doi.org/10.1093/brain/awl105
- Rabinovici, G. D. (2019). Late-onset Alzheimer disease. Continuum, 25(1), 14-33. https://doi.org/10.1212/CON.0000000000000700
- Reuben, D. B., Kremen, S., & Maust, D. T. (2024). Dementia prevention and treatment: A narrative review. JAMA Internal Medicine, 184(5), 563-572. https://doi.org/10.1001/jamainternmed.2023.8522
- Spiegel, D. R., Smith, J., Wade, R. R., et al. (2017). Transient global amnesia: Current perspectives. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 13, 2691-2703. https://doi.org/10.2147/NDT.S130710
- Tallman, M. D., Timblin, H., Maynard, T., Kelly, B. E., & MacAulay, R. K. (2026). Conversion of subjective cognitive decline to MCI and dementia: A systematic review and meta-analysis of sex differences and risk factors. Journal of Clinical and Experimental Neuropsychology, 48(5), 405-417. https://doi.org/10.1080/13803395.2025.2609824
- Tifratene, K., Robert, P., Metelkina, A., Pradier, C., & Dartigues, J. F. (2015). Progression of mild cognitive impairment to dementia due to AD in clinical settings. Neurology, 85(4), 331-338. https://doi.org/10.1212/WNL.0000000000001788
Nicolás Alcayaga
Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)
Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →
Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.



