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  • Revisar el celular de tu pareja: ¿desconfianza o control?

    Revisar el celular de tu pareja: ¿desconfianza o control?

    El celular de tu pareja quedó sobre la mesa, con la pantalla encendida, y llevas un rato pensando si mirarlo. O al revés: acabas de notar que alguien más ha estado leyendo tus mensajes. En los dos casos hay una duda que pesa, y la gente la busca como revisar el celular de mi pareja a cualquier hora, casi siempre con el estómago apretado.

    Este artículo junta lo que sirve de verdad. Primero, por qué aparece ese impulso y qué dice la investigación sobre lo que pasa en la relación después. Luego, dónde termina la desconfianza y empieza el control. Y al final, la pregunta legal: qué dicen la Ley 21.459 de delitos informáticos y la Ley 20.066 de violencia intrafamiliar, leídas en su texto oficial.

    Respuesta corta: ¿está bien revisar el celular de tu pareja?

    Revisar el celular de la pareja casi nunca resuelve la duda de fondo y suele empeorar la confianza. Una sola vez, por impulso, es una mala idea pero no un patrón. Hecho de forma repetida, con claves o escondido, entra en el terreno del control y puede tener consecuencias legales. Lo más útil es nombrar el miedo y conversarlo.

    ¿Por qué dan ganas de revisar el celular de mi pareja?

    Casi siempre porque hay una duda sin respuesta y el celular parece la forma más rápida de cerrarla. Mirar baja la angustia por un rato, y eso explica por qué el gesto se repite aunque no encuentres nada.

    La investigación ubica el origen en tres lugares que se mezclan. El primero es la falta de confianza. En una encuesta online a 329 personas casadas, la desconfianza en la pareja predijo más problemas de relación, y revisar el celular de la pareja explicó en parte la conexión entre esa desconfianza y la inestabilidad emocional, los conflictos y la intención de terminar (Arikewuyo et al., 2021). El estudio es transversal, así que muestra que las cosas van juntas, no cuál causa cuál.

    El segundo son los celos, sobre todo los que nacen en redes sociales. Un seguimiento de dos años a 322 adultos jóvenes encontró que los celos por redes sociales se asociaron con más vigilancia electrónica de la pareja y con menor satisfacción en la relación un año después (Métellus et al., 2025). La vigilancia aparecía entonces como un eslabón entre sentirse inseguro y estar peor en pareja.

    El tercero es la historia de apego de cada persona. La teoría del apego describe que quien teme el abandono lee con más facilidad una notificación ambigua como una amenaza. En el mismo estudio de Métellus et al. (2025), el efecto de la ansiedad de apego sobre la satisfacción dejaba de ser significativo una vez que se contaban los celos por redes y la vigilancia, lo que sugiere que el camino pasa por esas conductas. Si te reconoces en este patrón, el artículo sobre cómo superar el apego ansioso entra en detalle.

    ¿Sirve de algo revisar el celular de tu pareja?

    Sirve poco, y el alivio dura minutos. Dos textos de referencia en psicología de pareja coinciden en que investigar e interrogar da un respiro breve y quita algo importante: la oportunidad de comprobar, sin presión, que la otra persona actúa con lealtad por iniciativa propia (Christensen et al., 2014; Bradbury y Karney, 2019).

    Hay además un círculo conocido. Quien desconfía presiona con preguntas y revisiones, quien las recibe se cierra o esconde incluso detalles inocentes, y ese ocultamiento parece confirmar la sospecha. Christensen et al. (2014) lo llaman patrón de demanda y retirada. Cada vuelta del círculo hace más probable lo que se temía.

    Y si encuentras algo, tampoco queda todo resuelto. Entras a una conversación con información obtenida a escondidas, y la discusión se desvía hacia cómo la conseguiste. Si no encuentras nada, la duda suele volver con otra excusa: no estaba en el chat, pero ¿habrá borrado algo?

    ¿Cuándo revisar el celular es una forma de control?

    Deja de ser un impulso aislado cuando se vuelve repetido, exigido o escondido, y cuando la otra persona pierde margen para decir que no. Un hecho único no alcanza para decidirlo, el patrón sí.

    En un estudio con 433 universitarios españoles de 18 a 30 años, más de la mitad había sufrido algún tipo de abuso de pareja por medios digitales en los últimos seis meses, y la conducta más frecuente era usar la tecnología para controlar a la pareja. Quienes lo sufrían lo sufrían una y otra vez (23 veces en promedio en esos seis meses), casi siempre en un contexto de celos, y el abuso digital se asociaba con agresiones psicológicas fuera de internet (Borrajo et al., 2015). En adolescentes la cifra también es alta: una encuesta nacional a 2.218 estudiantes estadounidenses de 12 a 17 años halló que cerca del 28 % de quienes tuvieron pareja el último año había vivido abuso digital, y que el mejor predictor era haber vivido abuso fuera de internet (Hinduja y Patchin, 2021).

    Conviene decirlo con cautela: una revisión sistemática de 31 estudios concluyó que la mayoría trabaja con adolescentes y universitarios y usa términos y medidas muy distintos, casi sin instrumentos validados (Kim y Ferraresso, 2023). Las cifras sirven para dimensionar el fenómeno, no para ponerle un porcentaje exacto a tu relación.

    La literatura clínica sobre celos patológicos describe estas conductas como comprobación: revisar el celular, interrogar, exigir claves, pedir la ubicación en tiempo real como prueba de fidelidad. Según esos textos, los actos de control buscan calmar la angustia de quien los hace, la alivian solo en el momento y le quitan autonomía al otro (Bravo-Velasco et al., 2024; Toro y Moreno-Méndez, 2024). En la dependencia emocional se describe algo parecido, con hipervigilancia y llamadas continuas para compensar el miedo al abandono (Castelló Blasco, 2005). La diferencia con unos celos comunes se ve en cuatro cosas:

    Qué mirar Desconfianza que se conversa Control
    Motivo Un hecho concreto que generó la duda Sospechas que se alimentan solas, sin hechos
    Duración La inquietud baja cuando se aclara Pensamientos que vuelven una y otra vez
    Qué se hace Se pregunta, se habla, se pide un acuerdo Se revisa, se vigila, se exigen claves
    Efecto en el otro Se mantiene su autonomía Deja de ver amigos, borra chats, pide permiso

    Esa tabla resume los criterios que usan los textos clínicos del libro de Toro y Moreno-Méndez (2024) para separar celos comunes y celotipia. Si quieres ver cómo se diferencian en detalle, está el artículo sobre celos normales y celotipia.

    ¿Revisar el celular de mi pareja es delito en Chile?

    Puede ser ilegal, según cómo se haga. El texto de la ley no dice «revisar el celular de la pareja es delito», así que la respuesta depende de los detalles.

    La norma que más se menciona es el artículo 2 de la Ley 21.459 sobre delitos informáticos (2022). Castiga con presidio menor en su grado mínimo o multa de 11 a 20 UTM a quien, «sin autorización o excediendo la autorización que posea y superando barreras técnicas o medidas tecnológicas de seguridad», acceda a un sistema informático. La ley habla de sistema informático, y un teléfono inteligente encaja en esa descripción en el uso corriente.

    Ese «superando barreras técnicas o medidas tecnológicas de seguridad» importa mucho. Desbloquear el celular de tu pareja con su clave, su patrón o su huella, sin que lo sepa, parece encajar con más claridad en lo que describe el artículo que mirar una pantalla que alguien dejó abierta. Entre las fuentes revisadas para esta guía no hay fallos chilenos que apliquen este artículo a parejas, así que conviene no darlo por resuelto en ningún sentido.

    Si además se usa la información, la pena sube. El mismo artículo establece presidio menor en sus grados mínimo a medio cuando el acceso se hace con ánimo de apoderarse de la información o de usarla, la misma pena para quien divulga lo que obtuvo otra persona, y presidio menor en sus grados medio a máximo cuando una misma persona obtiene y divulga.

    Esto es información general y no reemplaza a un abogado. Si el tema es real en tu caso, ya sea que lo hayas hecho o que te lo hayan hecho, conviene una consulta con un abogado o con la Corporación de Asistencia Judicial de tu región antes de tomar decisiones.

    ¿Revisar el celular de mi pareja es violencia?

    Revisarlo una vez no equivale a violencia. Hacerlo de manera reiterada, para controlar y limitar a la otra persona, puede formar parte de lo que la ley chilena llama maltrato psicológico en la pareja.

    La Ley 20.066 de violencia intrafamiliar define en su artículo 5 como violencia intrafamiliar «todo maltrato que afecte la vida o la integridad física o psíquica» de una persona que sea o haya sido cónyuge, conviviente o «pareja de carácter sentimental o sexual sin convivencia», entre otros vínculos. Es decir, incluye a quienes pololean sin vivir juntos.

    Tres puntos del texto sirven para pensar el control digital:

    • Habitualidad. El artículo 14 sanciona el «ejercicio habitual de violencia física, sexual, psíquica o económica». Para apreciar la habitualidad, se atiende al número de actos y a su cercanía en el tiempo. Un hecho aislado no calza; una conducta repetida sí puede.
    • Hostigamiento y acecho. El artículo 7 presume una situación de riesgo inminente cuando antes hubo intimidación, «expresada por cualquier vía», en acciones como hostigamiento, acecho, amedrentamiento o invasión de espacios propios de la víctima. El control digital sostenido puede leerse en esa línea, y lo decide un tribunal caso por caso.
    • Quién interviene. Los actos de violencia intrafamiliar que no son delito los ven los juzgados de familia, que pueden dictar medidas de protección.

    La investigación va en la misma dirección. En estudios con jóvenes, los celos en redes sociales se asociaron con perpetrar violencia en la pareja: el uso de Facebook se conectaba con la violencia a través de los celos en esa red, en una muestra de 1.508 adolescentes y adultos jóvenes (Daspe et al., 2018). Es un hallazgo transversal y no dice que revisar el celular vuelva violenta a una persona, pero sí que los celos en línea y la agresión suelen ir de la mano.

    Si te interesa reconocer cómo se ve el control cuando no hay gritos, están los artículos sobre señales de violencia psicológica sutil y violencia psicológica en la pareja.

    Mi pareja revisa mi celular: qué puedes hacer

    Primero, ubica de qué tamaño es el problema. Que te hayan revisado el celular una vez, en medio de una pelea, es una invasión que merece una conversación. Que sea una rutina, que exijan tus claves, que te pidan la ubicación o que reaccionen con enojo si no las das, es otra cosa.

    Algunas preguntas ayudan a separarlo:

    1. ¿Lo hace a escondidas o a la vista? Lo escondido pesa más.
    2. ¿Te pide explicaciones por mensajes que no tienen nada de especial?
    3. ¿Dejaste de escribirle a ciertas personas, de subir cosas o de ver amistades para evitar discusiones?
    4. ¿Sientes miedo de su reacción si te niegas?
    5. ¿Se ha sumado otro tipo de control, como el dinero, tus horarios o tus salidas?

    Si respondes que sí a varias, el problema va más allá de una pareja ansiosa y conviene buscar apoyo. Puedes hablar con una psicóloga o psicólogo, a solas, para ordenar lo que vives antes de decidir qué hacer.

    Si hay miedo, amenazas o agresiones, estos teléfonos son gratuitos en Chile: Carabineros 133 para emergencias y 149 (Fono Familia), PDI 134 y, para mujeres, el Fono 1455 del SernamEG, que da orientación psicosocial y jurídica de 8:00 a 00:00 horas todos los días, incluidos festivos, y atiende también por WhatsApp (+56 9 9700 7000). Es la información publicada en ChileAtiende, y conviene confirmar el horario al llamar.

    Si lo que quieres es una conversación y no una denuncia, hay una forma de plantearla que funciona mejor que el reproche. Los terapeutas de pareja recomiendan hablar de lo que sientes en lugar de acusar: «cuando revisas mi celular me siento vigilado/a y me cuesta confiar» abre más puertas que «eres un controlador» (Christensen et al., 2014). Fija un límite claro y proponlo como acuerdo: qué cosas son de cada uno y qué se comparte, sin claves exigidas.

    Si eres tú quien revisa: cómo parar sin quedarte con la duda

    Reconocer que lo haces ya es la parte más difícil. Lo que sigue es cambiar el gesto.

    Nombra lo que sientes antes de abrir el celular. Debajo del impulso suele haber miedo: a perder a la persona, a que te cambien, a no ser suficiente. Decirlo en voz alta, a ti o a tu pareja, es lo que hace efecto. Christensen et al. (2014) llaman emociones blandas a ese miedo o dolor que va por debajo del enojo, y proponen mostrarlas en lugar de interrogar.

    Pide una transparencia que tu pareja pueda dar voluntariamente. Se puede acordar juntos que cada uno cuente cuándo habla con alguien que le importa. Verificarlo tú por tu cuenta lleva de vuelta al círculo de arriba. La confianza rota se repara con apertura voluntaria en el presente (Christensen et al., 2014), y las pruebas del pasado no suman a ese objetivo. Si la desconfianza viene de una infidelidad real, el artículo sobre reparar la confianza después de una infidelidad tiene los pasos.

    Prueba posponer el impulso. Los textos clínicos describen que la comprobación alivia en el momento y mantiene el círculo (Bravo-Velasco et al., 2024). Esperar unos minutos y hacer otra cosa es una estrategia razonable para cortarlo, aunque no hay ensayos que la hayan medido en parejas.

    Revisa también cómo se usa el celular a diario. Un metaanálisis de 52 estudios y casi 20.000 personas halló que ignorar a la pareja por mirar el celular (phubbing) se asocia con más celos (rz = 0,289, 7 estudios) y menos sensación de ser atendido (Ni et al., 2025). Es una asociación, y conviene tenerla presente si en tu pareja el celular ya es un tema de tensión.

    Cuando el impulso es frecuente, te quita tiempo o te lleva a conductas que después lamentas, es una señal para consultar. En terapia se trabaja la ansiedad que empuja a revisar y la forma de hablar el tema con la pareja.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Pide ayuda si pasa alguna de estas situaciones:

    • Revisas el celular de tu pareja varias veces por semana, o piensas en eso buena parte del día.
    • Lo que encuentras, o no encuentras, no te calma por más de unas horas.
    • Tu pareja se ha alejado, te lo ha pedido o has llegado a exigirle claves o ubicación.
    • Tu pareja revisa tu celular y has cambiado tu forma de vivir para evitar su reacción.
    • Hay insultos, amenazas, miedo o agresiones. Aquí lo primero es tu seguridad, y los teléfonos de arriba valen más que cualquier consejo de un artículo.

    Una consulta puede ser individual o de pareja, según el caso. Si dudas, el artículo sobre qué esperar en la primera sesión de terapia de pareja explica cómo es. Cuando hay miedo o violencia, lo primero es tu seguridad y una evaluación individual. Si quieres un espacio para ordenar todo esto, puedes agendar una consulta.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal querer revisar el celular de mi pareja?

    Es común sentir la tentación cuando hay una duda, y en ese sentido es humano. Aun así, revisar suele aumentar el malestar: en un estudio con personas casadas, la desconfianza predijo más problemas de relación y revisar el celular explicó parte de esa conexión (Arikewuyo et al., 2021). Conversar la duda funciona mejor que verificarla.

    ¿Revisar el celular de mi pareja es delito?

    Depende. La Ley 21.459 castiga acceder a un sistema informático sin autorización y superando barreras de seguridad, como una clave. Usar o divulgar lo obtenido agrava la pena. Mirar una pantalla abierta no calza con claridad en ese texto. Para un caso concreto, consulta a un abogado o a la Corporación de Asistencia Judicial.

    ¿Revisar el celular de mi pareja es violencia?

    Un hecho aislado no equivale a violencia, pero el control repetido puede ser maltrato psicológico. La Ley 20.066 incluye a parejas sin convivencia y sanciona el ejercicio habitual de violencia psíquica. Si además hay miedo, aislamiento o castigos por negarte, conviene pedir orientación al Fono 1455 o a Carabineros.

    Mi pareja revisa mi celular, ¿qué hago?

    Evalúa si es una vez o una costumbre, si es a escondidas y si cambiaste tu vida para evitar su enojo. Plantea un límite con calma y propón un acuerdo de privacidad. Si no lo respeta, si hay miedo o se suma otro tipo de control, busca apoyo profesional o los teléfonos 133, 149 y 1455.

    ¿Se puede recuperar la confianza sin revisar nada?

    Sí. La confianza se reconstruye con apertura voluntaria y conversaciones donde se nombra el miedo (Christensen et al., 2014). Los interrogatorios dan un alivio breve y alimentan el círculo de sospecha. Cuando la duda viene de una infidelidad real, la terapia de pareja ayuda a ordenar ese proceso paso a paso.

    Qué hacer ahora

    Si estás con el celular en la mano, deja que pasen unos minutos y escribe en un papel qué estás sintiendo. Después decide si ese miedo se conversa o necesita una consulta. Si eres quien recibe el control, anota desde cuándo pasa, qué cambió en tu vida y con quién puedes hablarlo. Si necesitas apoyo para cualquiera de los dos casos, el equipo de Terapia Online Chile puede acompañarte.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Arikewuyo, A. O., Eluwole, K. K., & Özad, B. (2021). Influence of lack of trust on romantic relationship problems: The mediating role of partner cell phone snooping. Psychological Reports, 124(1), 348-365. https://doi.org/10.1177/0033294119899902

    Borrajo, E., Gámez-Guadix, M., & Calvete, E. (2015). Cyber dating abuse: Prevalence, context, and relationship with offline dating aggression. Psychological Reports, 116(2), 565-585. https://doi.org/10.2466/21.16.pr0.116k22w4

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton.

    Bravo-Velasco, D. K., Díaz-Díaz, A. M., Lozano-Restrepo, L. P., Zamora-Guerrero, C. S., & Toro, R. (2024). Relación entre celos patológicos y agresión reactiva-proactiva en población colombiana. En R. Toro & J. H. Moreno-Méndez (Eds.), Celos patológicos, conducta suicida y ansiedad social: avances en psicología clínica (pp. 179-196). Editorial Universidad Católica de Colombia.

    Castelló Blasco, J. (2005). Dependencia emocional: Características y tratamiento. Alianza Editorial.

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences (2.ª ed.). Guilford Press.

    Daspe, M.-È., Vaillancourt-Morel, M.-P., Lussier, Y., & Sabourin, S. (2018). Facebook use, Facebook jealousy, and intimate partner violence perpetration. Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, 21(9), 549-555. https://doi.org/10.1089/cyber.2018.0159

    Hinduja, S., & Patchin, J. W. (2021). Digital dating abuse among a national sample of U.S. youth. Journal of Interpersonal Violence, 36(23-24), 11088-11108. https://doi.org/10.1177/0886260519897344

    Kim, C., & Ferraresso, R. (2023). Examining technology-facilitated intimate partner violence: A systematic review of journal articles. Trauma, Violence, & Abuse, 24(3), 1325-1343. https://doi.org/10.1177/15248380211061402

    Ley 20.066 de 2005. Establece ley de violencia intrafamiliar. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=242648

    Ley 21.459 de 2022. Establece normas sobre delitos informáticos, deroga la ley N° 19.223 y modifica otros cuerpos legales con el objeto de adecuarlos al Convenio de Budapest. Biblioteca del Congreso Nacional de Chile. https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1177743

    Métellus, S., Vaillancourt-Morel, M.-P., Brassard, A., & Daspe, M.-È. (2025). Attachment anxiety and relationship satisfaction in the digital era: The contribution of social media jealousy and electronic partner surveillance. Journal of Marital and Family Therapy, 51(4), e70074. https://doi.org/10.1111/jmft.70074

    Ni, N., Ahrari, S., Zaremohzzabieh, Z., Zarean, M., & Roslan, S. (2025). A meta-analytic study of partner phubbing and its antecedents and consequences. Frontiers in Psychology, 16, Artículo 1561159. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1561159

    Toro, R., & Moreno-Méndez, J. H. (Eds.). (2024). Celos patológicos, conducta suicida y ansiedad social: avances en psicología clínica. Editorial Universidad Católica de Colombia.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Soñar que mi pareja me engaña: qué dice la ciencia

    Soñar que mi pareja me engaña: qué dice la ciencia

    Despiertas con el corazón acelerado. En el sueño tu pareja estaba con otra persona, lo viste con claridad y ahora tienes ganas de revisar su celular, de preguntarle qué pasó o de quedarte callado/a mirando el techo. Si buscaste soñar que mi pareja me engaña a esa hora, probablemente encontraste páginas que te dicen qué “significa” cada escena. La investigación sobre sueños de pareja es más modesta y más útil que esas listas, y lo que sigue resume lo que sí está medido.

    La idea central es simple. Los sueños suelen recoger lo que importa en la vida despierta, y pocas cosas importan tanto como la pareja. Soñar que tu pareja te es infiel dice más sobre tu mundo emocional de esa semana que sobre lo que hace tu pareja. Más abajo verás cómo funciona, qué pasa con el ánimo del día siguiente y qué hacer con la conversación pendiente.

    Respuesta corta: ¿qué significa soñar que tu pareja te engaña?

    Un sueño de infidelidad es un contenido onírico emocionalmente intenso, y la evidencia disponible lo trata como reflejo de preocupaciones de la vida despierta y no como aviso de lo que hace tu pareja. Una revisión de la neurociencia del sueño (Scarpelli et al., 2022) concluye que el soñar está estrechamente ligado a las experiencias de la vigilia, y que el valor clínico de los sueños aún está por determinar.

    Hay un matiz importante: el sueño puede no predecir lo que hará tu pareja, pero sí puede influir en cómo te sientes con ella al día siguiente. Esa parte sí tiene datos y la verás en la sección sobre el ánimo.

    ¿Por qué sueño que mi pareja me engaña y por qué sueño con ella?

    La hipótesis más aceptada se llama hipótesis de continuidad: lo que ocupa tu mente despierto aparece de noche. En un estudio longitudinal con 28 personas que llevaron un registro de sueños en dos momentos de su vida, quienes tenían menos bienestar psicológico soñaban con más agresión, más emociones negativas y más fracasos, y la relación se mantuvo a lo largo de entre 6 y 10 años (Pesant y Zadra, 2006). La muestra es pequeña, pero apunta en la misma dirección que el resto de la literatura.

    Con la pareja pasa algo parecido. Un diario de sueños de 14 días con 1.612 relatos de 425 estudiantes encontró que la pareja actual aparecía en cerca de 1 de cada 6 sueños (16,9 %), y que casi 4 de cada 10 participantes (39 %) soñó con ella al menos una vez en esas dos semanas (Schredl y Wood, 2021). Soñar con la pareja es lo habitual. Lo que sorprende al despertar es el contenido, no el hecho de que aparezca.

    Un estudio más reciente fue más fino. En 124 personas que durante dos semanas anotaron sus sueños y a quién veían cada día (1.162 noches con sueños recordados), la pareja y los padres fueron quienes más aparecieron en los sueños. Tanto la cercanía como el conflicto con una persona de su red de apoyo, medidos por separado, se asociaron con que apareciera más seguido en los sueños, igual que con verla más seguido en el día. Además, la mayoría de los sueños incluía desconocidos (Balch et al., 2025). Este trabajo analizó a todas las personas de la red y no distingue sueños de infidelidad, pero respalda la idea de que la pareja aparece de noche porque importa, tanto cuando hay cercanía como cuando hay roce.

    El cerebro también reutiliza material reciente. Un experimento de laboratorio mostró que los hechos del día reaparecen en los sueños de dos maneras: al día siguiente y entre 5 y 7 días después (Blagrove et al., 2011). Una conversación tensa, un mensaje que no entendiste o una foto de tu pareja con un compañero de trabajo pueden volver mezclados de forma extraña una semana más tarde. Es un estudio con 20 personas, así que es un mecanismo plausible, todavía lejos de una regla establecida.

    Los sueños se parecen a lo que te preocupa. Pero la relación no es un diccionario. En un estudio con 210 universitarios, los sueños de que se caen los dientes se asociaron con tensión dental al despertar y no con malestar psicológico, mientras que los sueños de ahogo o de caída sí se asociaron con distrés (Rozen y Soffer-Dudek, 2018). Cada tema puede tener un origen distinto, y por eso ninguna lista de “significados” sirve para todos los sueños. De hecho, en un cuestionario con 444 personas los autores señalan que el significado de los temas típicos y su relación con la vida despierta todavía no está respondido (Schredl et al., 2004).

    ¿Soñar que mi pareja me engaña con otra persona o con mi ex significa algo distinto?

    Ningún estudio revisado midió quién era la tercera persona del sueño, así que no hay base científica para distinguir “con una amiga”, “con una desconocida” o “con una compañera de trabajo”. Las listas de internet que lo hacen son interpretaciones, y conviene leerlas como tales.

    Lo que sí se midió es cuánto aparecen las ex parejas. En el mismo diario de Schredl y Wood (2021), las ex parejas estaban en el 4,8 % de los sueños, bastante menos que la pareja actual. Cuando aparecían, las interacciones eran más negativas (48 % frente a 24 %). También hubo más emociones positivas, amabilidad y contenido erótico con la ex pareja que con la actual, y los autores lo explican porque los sueños con la pareja actual son más cotidianos: viajes, compras, rutina. Si tu pareja “te engañó con su ex” en el sueño, esa escena combina una figura que aparece poco y carga emocional alta. Tampoco conviene sacar de ahí una conclusión sobre lo que ocurre despierto: la muestra eran en su mayoría mujeres jóvenes, universitarias, y no se registró cómo estaba cada relación.

    ¿Qué significa soñar que mi pareja me engaña y me deja?

    Soñar que mi pareja me engaña y me deja es de los escenarios que más se buscan, y no tiene estudios propios. Lo que existe es un marco indirecto: en personas con apego ansioso, la teoría describe un estado de alerta permanente ante señales de rechazo o abandono, con una atención desmedida a cualquier indicio de desinterés (Mikulincer y Shaver, 2007). Un sueño donde te abandonan encaja con esa sensibilidad, pero es una hipótesis razonable y no un hallazgo sobre sueños. Si te reconoces en esa descripción, tienes más contexto en cómo superar el apego ansioso.

    En la vida despierta, el apego ansioso sí tiene datos con los celos. En 477 universitarios, el apego ansioso predijo más celos (el evitativo no), en parte por una menor diferenciación de uno mismo (Deng et al., 2023). Y en 1.943 jóvenes, quienes tenían más apego ansioso veían los hechos de la vida como más desafiantes, impactantes, impredecibles y negativos (Gibson y Chopik, 2026). También se ha visto que, ante situaciones ambiguas en redes sociales, la ansiedad de apego se asocia con más celos (Sullivan, 2021). Ningún estudio de esta lista midió si eso se traduce en soñar con infidelidad, así que sigue siendo una hipótesis razonable y no un hallazgo sobre sueños.

    Un dato que va en sentido contrario al miedo: en un diario de 14 días con 61 universitarios en relaciones de al menos seis meses, mientras más segura era la relación en la vida despierta, más seguían los sueños sobre la pareja el patrón de “base segura”, es decir, la pareja aparecía como figura de apoyo (Selterman et al., 2012). Los sueños también reflejan la parte tranquila de la relación.

    ¿Puede un sueño de infidelidad afectar cómo me siento con mi pareja al día siguiente?

    Sí, y este es el hallazgo más específico que existe sobre el tema. En un diario de dos semanas con personas en relaciones comprometidas, los sueños con contenido de infidelidad y con celos se asociaron, en los días siguientes, con sentirse menos íntimo/a y con más conflicto con la pareja real (Selterman et al., 2014). La asociación iba en una sola dirección (el sueño predecía el día siguiente, y no al revés) y se mantuvo al controlar por estilo de apego, salud general de la relación y lo que había pasado el día anterior. Es un estudio observacional: muestra que el sueño y el ánimo posterior van juntos, no que el sueño sea la causa.

    El mecanismo más simple es el ánimo. En un estudio de diario, el tono emocional del sueño y el ánimo de la mañana se correlacionaron fuertemente dentro de cada persona, y también en el análisis de las palabras usadas en los relatos (Mallett et al., 2022). Si te despiertas con rabia o tristeza por lo que “pasó” en el sueño, es esperable que eso te acompañe unas horas y tiña cómo lees el primer mensaje del día de tu pareja.

    Esto tiene una consecuencia práctica. El sueño no hizo nada real, pero lo que sientes sí es real, y puede llevarte a reaccionar con frialdad o con reproches a alguien que no hizo nada. Poner nombre a lo que ocurre (“estoy sensible por un sueño”) ayuda a no actuar sobre ese ánimo como si fuera información sobre tu pareja.

    ¿Qué hago después de este sueño?

    Separar tres cosas ayuda: el sueño, lo que sientes hoy y los hechos reales de tu relación.

    • El sueño. Anota quién aparecía, qué pasaba y qué sentiste. Si se repite, ver cuándo aparece (semanas de estrés, distancia, discusiones) te dice más que el argumento.
    • Lo que sientes. Probablemente hay una inseguridad concreta detrás: una distancia reciente, una comparación, un miedo viejo. Eso sí merece una conversación.
    • Los hechos. Si tienes motivos reales para desconfiar (cambios de conducta, mentiras comprobables), la conversación es sobre esos hechos y no sobre el sueño.

    Para hablarlo con tu pareja, la terapia integrativa de pareja ofrece un marco claro. Cuando surge una sospecha, es común caer en el patrón de demanda y retirada: una persona pregunta e insiste desde la ansiedad y la otra, al sentirse presionada, se distancia (Christensen et al., 2014). Una salida es comunicar la emoción de fondo (miedo a perder la cercanía, tristeza) en primera persona, en vez de acusar: “tuve un sueño que me dejó inseguro/a y me ayudaría que me abraces” funciona mejor que “soñé que me engañabas, ¿qué me estás ocultando?”. Los mismos autores advierten que revisar el celular o interrogar de forma repetida da un alivio breve y daña la confianza a largo plazo, porque no permite comprobar si la otra persona actúa con lealtad por voluntad propia (Christensen et al., 2014).

    También ayuda conocer lo que sí predice una infidelidad real. Según Bradbury y Karney (2019), no aparece de forma aislada: se acumulan riesgos individuales, de la relación (baja satisfacción, compromiso débil, comunicación que impide las conversaciones difíciles) y de contexto. Datos de pareja de Alemania con unos 1.000 episodios de infidelidad mostraron que el funcionamiento de la relación venía bajando de forma gradual antes de la infidelidad, tanto en quien la cometió como en quien la sufrió (Stavrova et al., 2023). Un sueño no aparece en esa lista. Si el problema de fondo es la distancia o la comunicación, ahí está el trabajo, y puedes leer más en cómo reparar la confianza después de una infidelidad si ya ocurrió algo real, o en la diferencia entre celos normales y celotipia.

    ¿Y las interpretaciones que circulan por internet?

    Varias notas de divulgación citan “un estudio publicado en la revista Dreams” según el cual los sueños de infidelidad rara vez anuncian una traición, pero no entregan autores, año ni muestra. No pude identificar ese trabajo en las bases científicas consultadas (Europe PMC y Crossref), así que no lo uso como respaldo. La conclusión que defienden coincide con lo revisado aquí, pero se apoya en los estudios con referencia verificable de la sección anterior.

    ¿Cuándo conviene consultar con un psicólogo?

    Un sueño aislado no necesita tratamiento. Conviene consultar en estas situaciones:

    • El sueño o la sospecha vuelven una y otra vez y te cuesta pensar en otra cosa durante el día.
    • Empiezas a revisar el celular, las redes o los horarios de tu pareja, o a pedirle pruebas, y no te calma por mucho tiempo.
    • Las discusiones por celos o desconfianza se repiten, o hay agresiones de algún tipo.
    • Tienes pesadillas frecuentes que te dejan con miedo a dormir o te afectan el ánimo durante el día. En un estudio con diario de sueños de 4 semanas, las pesadillas (más que los malos sueños comunes) se relacionaron con menor bienestar (Zadra y Donderi, 2000), y existen tratamientos psicológicos para ellas. Más en pesadillas frecuentes en adultos.

    Si las pesadillas son el problema, hay tratamientos con respaldo. El trastorno por pesadillas afecta a cerca del 4 % de los adultos, y la posición de la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda la terapia de ensayo de imágenes: reescribir el argumento de la pesadilla y ensayar la nueva versión despierto (Morgenthaler et al., 2018). Una revisión sistemática de 69 estudios (35 ensayos aleatorizados) encontró evidencia fuerte de que la exposición y el ensayo de imágenes reducen la frecuencia, la gravedad y el malestar de las pesadillas (Gill et al., 2023). No se encontró ningún ensayo que trate de forma específica pesadillas con tema de infidelidad.

    Un psicólogo puede ayudarte a distinguir qué parte es inseguridad personal, qué parte es la relación y qué parte son hechos. Si quieres conversarlo, puedes agendar una consulta en modalidad online.

    Preguntas frecuentes

    ¿Soñar que mi pareja me engaña significa que me está engañando?

    Ningún estudio indica que un sueño anticipe lo que hace tu pareja. La literatura muestra que los sueños recogen preocupaciones, memorias recientes y el estado emocional de la vida despierta. Sí puede influir en tu ánimo y en cómo te relacionas con ella al día siguiente (Selterman et al., 2014), por eso conviene conversar sobre lo que sientes y no sobre el sueño como evidencia.

    ¿Por qué sueño que mi pareja me engaña si la relación está bien?

    Los sueños mezclan memorias recientes, emociones y personas importantes sin pedir permiso a la realidad. La pareja es una de las figuras más frecuentes (Schredl y Wood, 2021), y los hechos del día reaparecen mezclados entre uno y siete días después (Blagrove et al., 2011). Un sueño inquietante en una relación estable es habitual y no indica por sí solo un problema.

    ¿Qué significa soñar que mi pareja me engaña con otra mujer, con un amigo o con su ex?

    No hay estudios que den un significado distinto según quién sea la tercera persona. Con la ex, lo medido es que las ex parejas aparecen poco (4,8 % de los sueños) y con carga emocional más variada (Schredl y Wood, 2021). Las lecturas por tipo de persona que verás en internet son interpretaciones sin respaldo en investigación.

    ¿Debo contarle a mi pareja que soñé que me engañaba?

    Depende de cómo y para qué. Contarlo como acusación suele activar defensas. Contarlo como lo que te pasó (me desperté inseguro/a, me gustaría un rato de cercanía) abre una conversación útil, según el marco de Christensen et al. (2014). Si lo que te preocupa son hechos concretos, habla de esos hechos.

    ¿Cuándo es normal soñar con infidelidad y cuándo es una señal para consultar?

    Soñarlo de vez en cuando es compatible con una relación sana. Conviene consultar si el sueño o la sospecha se repiten y te ocupan buena parte del día, si empiezas a controlar a tu pareja, si las peleas por celos se repiten o si las pesadillas te afectan el sueño y el ánimo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Balch, J., Raider, R., Reed, C., & McNamara, P. (2025). Relationship and personality factors predict longitudinal changes in dream content. Scientific Reports, 15, Artículo 15531. https://doi.org/10.1038/s41598-025-99018-4

    Blagrove, M., Fouquet, N. C., Henley-Einion, J. A., Pace-Schott, E. F., Davies, A. C., Neuschaffer, J. L., & Turnbull, O. H. (2011). Assessing the dream-lag effect for REM and NREM stage 2 dreams. PLoS ONE, 6(10), e26708. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0026708

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton.

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences (2.ª ed.). Guilford Press.

    Deng, M., Tadesse, E., Khalid, S., Zhang, W., Song, J., & Gao, C. (2023). The influence of insecure attachment on undergraduates’ jealousy: The mediating effect of self-differentiation. Frontiers in Psychology, 14, Artículo 1153866. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1153866

    Gibson, L. C., & Chopik, W. J. (2026). Attachment-related perceptions of life events. PLOS ONE, 21(1), e0340082. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0340082

    Gill, P., Fraser, E., Tran, T. T. D., De Sena Collier, G., Jago, A., Losinno, J., & Ganci, M. (2023). Psychosocial treatments for nightmares in adults and children: A systematic review. BMC Psychiatry, 23, Artículo 283. https://doi.org/10.1186/s12888-023-04703-1

    Mallett, R., Picard-Deland, C., Pigeon, W., Wary, M., Grewal, A., Blagrove, M., & Carr, M. (2022). The relationship between dreams and subsequent morning mood using self-reports and text analysis. Affective Science, 3(2), 400-405. https://doi.org/10.1007/s42761-021-00080-8

    Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2007). Attachment in adulthood: Structure, dynamics, and change. Guilford Press.

    Morgenthaler, T. I., Auerbach, S., Casey, K. R., Kristo, D., Maganti, R., Ramar, K., Zak, R., & Kartje, R. (2018). Position paper for the treatment of nightmare disorder in adults: An American Academy of Sleep Medicine position paper. Journal of Clinical Sleep Medicine, 14(6), 1041-1055. https://doi.org/10.5664/jcsm.7178

    Pesant, N., & Zadra, A. (2006). Dream content and psychological well-being: A longitudinal study of the continuity hypothesis. Journal of Clinical Psychology, 62(1), 111-121. https://doi.org/10.1002/jclp.20212

    Rozen, N., & Soffer-Dudek, N. (2018). Dreams of teeth falling out: An empirical investigation of physiological and psychological correlates. Frontiers in Psychology, 9, Artículo 1812. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.01812

    Scarpelli, S., Alfonsi, V., Gorgoni, M., & De Gennaro, L. (2022). What about dreams? State of the art and open questions. Journal of Sleep Research, 31(4), Artículo e13609. https://doi.org/10.1111/jsr.13609

    Schredl, M., Ciric, P., Götz, S., & Wittmann, L. (2004). Typical dreams: Stability and gender differences. The Journal of Psychology, 138(6), 485-494. https://doi.org/10.3200/jrlp.138.6.485-494

    Schredl, M., & Wood, L. C. (2021). Partners and ex-partners in dreams: A diary study. Clocks & Sleep, 3(2), 289-297. https://doi.org/10.3390/clockssleep3020018

    Selterman, D. F., Apetroaia, A. I., Riela, S., & Aron, A. (2014). Dreaming of you: Behavior and emotion in dreams of significant others predict subsequent relational behavior. Social Psychological and Personality Science, 5(1), 111-118. https://doi.org/10.1177/1948550613486678

    Selterman, D., Apetroaia, A., & Waters, E. (2012). Script-like attachment representations in dreams containing current romantic partners. Attachment & Human Development, 14(5), 501-515. https://doi.org/10.1080/14616734.2012.706395

    Stavrova, O., Pronk, T., & Denissen, J. (2023). Estranged and unhappy? Examining the dynamics of personal and relationship well-being surrounding infidelity. Psychological Science, 34(2), 143-169. https://doi.org/10.1177/09567976221116892

    Sullivan, K. T. (2021). Attachment style and jealousy in the digital age: Do attitudes about online communication matter? Frontiers in Psychology, 12, Artículo 678542. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.678542

    Zadra, A., & Donderi, D. C. (2000). Nightmares and bad dreams: Their prevalence and relationship to well-being. Journal of Abnormal Psychology, 109(2), 273-281. https://doi.org/10.1037/0021-843x.109.2.273

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • ¿Funciona una relación a distancia? Lo que dice la investigación

    ¿Funciona una relación a distancia? Lo que dice la investigación

    Si estás leyendo esto, probablemente tú o tu pareja están por irse (a estudiar, a trabajar, a otra ciudad u otro país) o ya viven separados y te preguntas cuánto aguanta esto. La duda es razonable. Lo que se dice por ahí oscila entre “la distancia mata el amor” y “si es de verdad, resiste todo”. Los estudios dicen algo más interesante: una relación a distancia funciona, en promedio, casi igual que una de cercanía mientras la distancia dura, y el momento delicado suele llegar cuando por fin se termina. Abajo está lo que muestra la investigación, qué lo hace más difícil y una guía de consejos con respaldo para mantenerla.

    Respuesta corta: sí, una relación a distancia (o a larga distancia) puede funcionar. Los estudios que comparan parejas separadas con parejas que viven cerca encuentran una calidad de relación, un compromiso y una estabilidad parecidos, y a veces algo mayores en quienes están a distancia. Hay dos advertencias. La primera es que casi todos los datos vienen de adultos jóvenes de Estados Unidos y Canadá. La segunda es que varias parejas se separan después, cuando la distancia termina y toca convivir.

    ¿Una relación a distancia funciona? Lo que muestran los estudios

    En promedio, las parejas a distancia reportan una calidad de relación comparable a la de las parejas que viven cerca, y en algunos estudios incluso mayor. Cuatro investigaciones lo ilustran, con métodos distintos.

    • Kelmer y colaboradores compararon, en una muestra representativa de 870 adultos de Estados Unidos, las relaciones a distancia con las de cercanía física. Quienes estaban a distancia reportaron en general mejor calidad de relación, más dedicación y menos sensación de estar atrapados, y percibían menos probabilidad de terminar (Kelmer et al., 2013).
    • Dargie y colaboradores estudiaron a 717 personas en relaciones a distancia y a 425 en relaciones de cercanía. Encontraron pocas diferencias entre ambos grupos y concluyeron que quienes están a distancia no parten en desventaja; lo que predecía la calidad de la relación eran características de la persona y de la pareja (Dargie et al., 2015).
    • En una encuesta a 2.075 estudiantes universitarios con pareja, el 34,2% estaba en una relación a distancia, y la felicidad, el compromiso y el nivel de conflicto no diferían según estuvieran a distancia o cerca (Beckmeyer et al., 2023). Es un dato útil para dimensionar: la distancia es muy común en esa etapa de la vida.
    • Roberts y Pistole (2009), con estudiantes universitarios, vieron una satisfacción similar entre relaciones a distancia y cercanas. En las relaciones a distancia, la menor evitación del apego fue lo que más se asoció a la satisfacción.

    Hay una frase que circula en la prensa: que un estudio de las universidades de Hong Kong y Cornell habría mostrado más intimidad en las parejas a distancia que en las que conviven. Ese trabajo existe, es el de Jiang y Hancock (2013), y es un estudio de diario de comunicación en parejas de noviazgo. Mostró que quienes estaban a distancia se abrían de manera más adaptada y construían una imagen más idealizada de la relación, y que ambas cosas aumentaban la intimidad. Eso es interesante, pero no equivale a decir que vivir lejos sea mejor que vivir juntos.

    ¿Por qué una relación a distancia puede funcionar tan bien?

    Los autores proponen tres razones que se suman: se comunican con más intención, idealizan a la pareja y, sobre todo, las parejas que siguen a distancia ya son las más comprometidas. En su manual Intimate Relationships, Bradbury y Karney (2019) recogen estas tres explicaciones en un recuadro dedicado a las relaciones a distancia.

    Comunicación deliberada. Cuando no se puede compartir la rutina, hay que programar el contacto, y eso suele traer conversaciones más cuidadas. Jiang y Hancock (2013) vieron que las parejas a distancia se revelaban cosas con más profundidad que las parejas cercanas.

    Idealización. Stafford y Merolla (2007) mostraron en dos estudios que las parejas a distancia idealizaban más (a la pareja y a la relación) y estaban más satisfechas con la comunicación. Con poco tiempo presencial, la persona se ve con sus mejores partes y hay menos roces de la vida diaria (platos sucios, cansancio, discusiones por la plata) que desgasten la imagen. Un efecto positivo mientras dura, con una contrapartida que se explica más abajo.

    Selección. Bradbury y Karney (2019) apuntan que quienes aceptan sostener la distancia suelen ser parejas con un compromiso alto de partida, mientras que los vínculos más frágiles tienden a disolverse antes de asumir los costos de la separación. Dicho de otro modo, las parejas a distancia no son una muestra al azar de las parejas: algunas ya pasaron un filtro. Esto limita cualquier comparación. Que en promedio les vaya bien no promete que a cualquier pareja le irá bien si se separa.

    El punto delicado: cuando la distancia se termina

    La distancia en sí no hace más probable una ruptura, pero el momento en que se acaba y la pareja vuelve a vivir en la misma ciudad es una fase de riesgo. Es el hallazgo que menos aparece en los artículos de consejos.

    Stafford y Merolla (2007) siguieron a parejas de noviazgo a distancia y encontraron que eran más estables que las cercanas mientras permanecían separadas, pero que muchas terminaban su relación al volverse proximales. Además, quienes pasaban más tiempo sin verse en persona y quienes idealizaban en exceso durante la separación tenían más probabilidad de inestabilidad al reencontrarse. La explicación que ofrecen es que el filtro protector de la distancia desaparece y la pareja real (con sus manías, su mal humor y su ritmo de vida) choca con la imagen que se había construido.

    Kelmer y colaboradores (2013) añaden un matiz que cuesta ver: al comienzo del estudio, las personas a distancia pensaban que era menos probable que terminaran, pero al momento del seguimiento habían terminado con la misma frecuencia que las parejas cercanas. La percepción de estabilidad no se tradujo en menos rupturas.

    Este patrón tiene una consecuencia práctica. Un buen plan para la distancia incluye un plan para el final de la distancia, porque ahí es donde suelen aparecer las diferencias que el contacto por pantalla no mostraba.

    ¿Por qué una relación a distancia no siempre funciona? Qué la hace difícil

    La distancia tiene costos reales para la vida diaria y para la confianza, aunque el promedio de satisfacción sea parecido. Los estudios muestran cuatro frentes.

    • Soledad y menos vida social en el lugar donde se vive. Waterman y colaboradores (2017) siguieron con encuestas diarias, durante el primer año universitario, a 718 estudiantes. Los que estaban en una relación a distancia tuvieron menos afecto positivo y más soledad cuando estaban en el campus que cuando estaban fuera de él, y participaron en menos actividades universitarias. El afecto y la conducta diarios no cambiaron según la relación terminara o siguiera. Y durante el primer confinamiento por COVID-19 en Alemania, en 1.242 adultos, quienes tenían pareja pero vivían separados de ella reportaron una soledad parecida a la de los solteros que vivían solos, y una mejor calidad de la relación se asoció a menos soledad (Hopf et al., 2022). Es un contexto excepcional, con los viajes restringidos.
    • Vigilancia y celos. Billedo y colaboradores (2015) encuestaron a 272 personas y vieron que quienes estaban a distancia usaban más las redes sociales para mantener la relación, pero también para vigilar a la pareja, y reportaban más celos en esas redes.
    • Estrés según el estilo de apego. Pistole y colaboradores (2010), con 473 personas, vieron que el estilo de apego y las conductas de mantenimiento se asociaban al estrés percibido, y que lo hacían de forma distinta en las relaciones a distancia y en las cercanas. Pistole (2010) plantea además que la distancia reproduce un ciclo de separación y reencuentro que activa el sistema de apego (protesta ante la separación, búsqueda de cercanía). En 536 estudiantes, el apego inseguro, ya fuera ansioso o evitativo, se asoció a menos satisfacción tanto a distancia como en pareja cercana, y explicó más la satisfacción y la idealización en las relaciones a distancia que en las cercanas (Lee y Pistole, 2012).
    • Compromiso que se vuelve peso. Lydon y colaboradores (1997) midieron el compromiso en estudiantes que comenzaban una relación a distancia y distinguieron entre un compromiso “moral” (sentirse obligado a seguir) y uno entusiasta (disfrutar de la relación). El compromiso moral predijo que la relación sobreviviera, y en quienes seguían en pareja apareció una “carga moral” ligada a insatisfacción, estrés y al inicio de una ruptura posterior. Seguir porque se debe, y no porque se quiere, cansa.

    Cómo mantener una relación a distancia: qué consejos tienen respaldo

    Los consejos con mejor respaldo apuntan a cinco cosas: un horizonte de futuro compartido, comunicación frecuente y abierta, confianza explícita, momentos para disfrutar al otro y un plan para el reencuentro. Ningún estudio prueba que un consejo “cause” el éxito de la pareja, porque casi todos son observacionales; lo que sigue son asociaciones.

    ConsejoQué dice la investigación
    Acordar un horizonte, aunque sea aproximadoStanley y colaboradores (2010) distinguen la dedicación (querer estar juntos) de las restricciones (tener que seguir) y sitúan el compromiso en un “nosotros con futuro”. Lectura clínica de esto: con un plan de reunión la distancia es una etapa, y sin él corre el riesgo de ser inercia (Stanley et al., 2006)
    Hablar con frecuencia, y sobre todo escribirHoltzman y colaboradores (2021), con 647 adultos jóvenes, vieron que quienes estaban a distancia llamaban y escribían más, y que los mensajes frecuentes y receptivos se asociaban a más satisfacción solo en las relaciones a distancia. La frecuencia de videollamadas no se asoció a la satisfacción en ninguno de los dos grupos
    Ser abierto y positivoKörün y Satıcı (2026), en personas con al menos seis meses a distancia, encontraron que las conductas de mantenimiento (en particular la apertura y la positividad) se asociaban a mayor confianza en la pareja y, a través de ella, a mayor calidad de relación
    Recordar lo bueno de la parejaEn un experimento con 533 personas a distancia, Borelli y colaboradores (2015) vieron que recordar en detalle una experiencia positiva compartida (el “saboreo relacional”) dio más emoción positiva y más satisfacción tras una tarea estresante, en quienes ya estaban medianamente satisfechos. El beneficio fue de corto plazo
    No dejar pasar demasiado tiempo sin verseEn Stafford y Merolla (2007), las ausencias largas entre visitas predijeron más inestabilidad al reencontrarse. Es un hallazgo asociativo, pero sugiere planificar visitas con cierta regularidad

    Dos aclaraciones sobre esa tabla. La primera: el dato de que escribir sea más importante que videollamar viene de un estudio de adultos jóvenes en Norteamérica y no se ha replicado en otras poblaciones, así que vale como idea para probar y no como regla. La segunda: ninguna de estas conductas reemplaza a la otra mitad del trabajo, que es lo que cada uno hace con su propia vida en el lugar donde está.

    Relación a distancia: consejos para la confianza y los celos

    Los celos son una de las dificultades más repetidas y se manejan mejor hablándolos que vigilando. Billedo y colaboradores (2015) vieron más vigilancia y más celos en redes sociales entre quienes estaban a distancia, algo que encaja con una situación en que cada uno pasa mucho tiempo en entornos sociales que el otro no ve.

    Quien busca relación a distancia consejos suele encontrar listas genéricas. Las fuentes clínicas que revisé (manuales de relaciones de pareja y de terapia de pareja) coinciden en tres ideas:

    1. Reducir la incertidumbre con conversaciones explícitas. Hablar de qué significa la relación, qué se espera de cada uno y qué los inquieta suele bajar la sospecha. La ambigüedad, en cambio, deja espacio a la imaginación.
    2. Evitar el control como solución. Christensen, Doss y Jacobson (2014) advierten contra pedir ubicaciones, revisar llamadas o interrogar. Calma la ansiedad un rato, pero le quita a la pareja la oportunidad de construir confianza y suele terminar en distanciamiento.
    3. Distinguir un celo ocasional de una sospecha constante. Si cada llamada perdida se vive como una amenaza, vale la pena mirar el estilo de apego propio. Cómo superar el apego ansioso y celos normales o celotipia pueden servirte de punto de partida.

    Intimidad y deseo a distancia

    La investigación sobre sexualidad en parejas a distancia es escasa, y lo que sigue viene de fuentes clínicas y no de estudios con cifras. Lo señalo para que no se lea como un hallazgo.

    Perel (2006), en su libro de divulgación clínica, sostiene que el deseo necesita cierto espacio y misterio, y que la distancia puede abrirlo con la anticipación. Nagoski (2024) señala que el deseo de muchas personas es responsivo (aparece después de que la situación es cómoda y placentera, no de la nada) y que el estrés es uno de sus frenos principales. Aplicado a la distancia, esto sugiere cuidar los momentos de contacto afectivo y erótico en pareja sin convertirlos en una obligación, y conversar sobre lo que cada uno necesita para sentirse cerca. Para el día en que convivan, conviene tener presente que el deseo responsivo se alimenta de descanso y de reparto justo de las tareas. Sobre ese cambio hay más en por qué cae el deseo en las relaciones largas.

    Qué conversar antes de que termine la distancia

    Antes de mudarse o de volver a vivir en la misma ciudad, conviene hablar de qué se espera de la convivencia y decidirlo, no deslizarse. Stanley, Rhoades y Markman (2006) llamaron “deslizarse” a pasar de una etapa a la siguiente por inercia, sin una decisión clara, y “decidir” a hacerlo de forma deliberada. Ayuda convertir eso en preguntas:

    1. ¿Qué significa para cada uno el paso de vivir en la misma ciudad (un ensayo, un proyecto de largo plazo, una comodidad)?
    2. ¿Quién se mueve, por qué, y qué pierde en el cambio (trabajo, red de apoyo, estudios)?
    3. ¿Qué cosas de la rutina del otro aún no hemos visto y podrían incomodarnos? (horarios, orden, plata, tiempo a solas)
    4. ¿Cómo repartiremos las tareas y cómo discutiremos cuando estemos cansados?
    5. ¿Cuánto espacio personal necesita cada uno, y cómo lo cuidamos?
    6. ¿Qué haremos si en dos o tres meses algo no funciona como esperábamos?

    También ayuda llegar al reencuentro con expectativas realistas. Si durante meses la relación fue de fines de semana intensos, es normal que la vida diaria se sienta distinta; esa diferencia no dice por sí sola que algo esté mal. Stafford y Merolla (2007) muestran que el riesgo está en la idealización extrema, de modo que mirar con calma qué cosas de la pareja real todavía no se conocen es una forma de prevenirlo.

    ¿Cuándo una relación a distancia no funciona? Señales para reevaluarla

    Vale la pena reevaluarla cuando la distancia no tiene horizonte, cuando uno sostiene el vínculo casi solo y cuando se usa para evitar conversaciones difíciles. Estas señales salen de los modelos de compromiso y de terapia de pareja de los libros de referencia que revisé, y ningún estudio las ha puesto a prueba como criterio.

    • No hay plan ni fecha, y nadie quiere hablarlo. Es la inercia de Stanley y colaboradores (2006, 2010): la relación sigue porque cuesta cortar, no porque exista un proyecto compartido.
    • Uno pone casi todo el esfuerzo. Cuando la dedicación es muy asimétrica, la relación queda a merced de quien menos la necesita.
    • Seguir se siente como una obligación. El “compromiso moral” de Lydon y colaboradores (1997), sin entusiasmo, se asoció a estrés y a un inicio de ruptura posterior.
    • La distancia evita lo difícil. Christensen, Doss y Jacobson (2014) describen el distanciamiento como una forma de eludir conflictos de fondo, y eso puede ocurrir también a miles de kilómetros.
    • Los reencuentros dejan peor que antes, y no se puede hablar de eso. Si cada visita termina en pelea o en frialdad, es información que merece una conversación.

    Si ya estás en ese punto, puede ayudarte leer cómo saber si tu relación de pareja es sana, las preguntas para decidir entre separarse o seguir intentando o, si ya terminó, cómo superar una ruptura amorosa.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

    Conviene consultar cuando la distancia genera angustia que no baja, cuando los celos o la vigilancia dominan el día, o cuando la pareja no consigue hablar de su futuro sin pelear. Una terapia no decide por la pareja; ordena la conversación y ayuda a mirar qué le pasa a cada uno.

    Si quieres conversarlo en una consulta individual o de pareja, puedes agendar una sesión.

    Qué no sabemos todavía

    Hay buena cantidad de estudios, pero con límites que conviene tener presentes antes de sacar conclusiones para tu caso.

    • No encontré estudios con población chilena. La mayoría de las muestras son estadounidenses, canadienses o europeas, con una fuerte presencia de estudiantes universitarios y adultos jóvenes. La evidencia sobre parejas mayores, con hijos o con la distancia impuesta por la migración o el trabajo es mucho menor. Hay un dato aislado en adultos de 50 a 65 años de Estados Unidos: quienes tenían pareja pero vivían en casas separadas reportaron peor calidad de relación que los casados (Brown et al., 2022). No es lo mismo que vivir en ciudades distintas, pero avisa que lo favorable en adultos jóvenes no se puede dar por hecho a otras edades.
    • Casi todos los estudios son observacionales o de encuesta. Muestran asociaciones, y no prueban que un hábito (por ejemplo, escribir más) cause una mejor relación.
    • Por el efecto de selección, los resultados de quienes siguen a distancia describen a parejas que ya se sostuvieron, no a las que se rompieron antes de ser estudiadas.
    • No hay, en lo que revisé, una revisión sistemática o un metaanálisis que sintetice todo esto. Las cifras vienen de estudios individuales con tamaños de muestra distintos.
    • Sobre intimidad sexual a distancia casi no hay datos publicados con cifras.

    Preguntas frecuentes

    ¿Las relaciones a distancia funcionan?

    Pueden funcionar. Los estudios que comparan parejas a distancia con parejas cercanas encuentran una calidad de relación, un compromiso y una estabilidad parecidos (Kelmer et al., 2013; Dargie et al., 2015). El punto más frágil suele ser el final de la distancia, cuando la pareja vuelve a vivir en la misma ciudad (Stafford y Merolla, 2007).

    ¿Cuánto dura una relación a distancia?

    En lo que revisé no aparece una duración típica: depende del motivo, del tiempo de separación y de si hay un plan de reunión. Lo que sí se observa es que la distancia sin horizonte tiende a convertirse en inercia (Stanley et al., 2006) y que las ausencias largas entre visitas predicen inestabilidad al reencontrarse (Stafford y Merolla, 2007).

    ¿Cómo saber si una relación a distancia está funcionando?

    Algunas señales son que ambos mantienen un contacto que disfrutan, que hay confianza y no vigilancia, que hablan de un futuro con plan y que los reencuentros dejan cercanía y no tensión. Cuando uno sostiene la relación casi solo, cuando seguir se siente como obligación o cuando se evita hablar del futuro, conviene reevaluar.

    ¿Cómo manejar los celos y la desconfianza a distancia?

    Hablar de lo que cada uno espera y necesita reduce la incertidumbre que alimenta la sospecha. Vigilar (pedir ubicaciones, revisar llamadas) calma poco tiempo y desgasta la confianza (Christensen, Doss y Jacobson, 2014). Las personas a distancia reportan más vigilancia y celos en redes sociales (Billedo et al., 2015), así que acordar cómo usarlas ayuda.

    ¿Qué conviene hacer antes de volver a vivir en la misma ciudad?

    Decidir en vez de deslizarse: hablar de qué significa el paso, quién se mueve y qué pierde, cómo repartirán las tareas y cuánto espacio personal necesita cada uno. También conviene prepararse para que la persona real, con su rutina y sus manías, se parezca menos a la imagen construida durante la distancia (Stafford y Merolla, 2007).

    ¿Es mejor escribir o hacer videollamadas?

    En el estudio de Holtzman y colaboradores (2021), con adultos jóvenes, los mensajes frecuentes y receptivos se asociaron a mayor satisfacción solo en las relaciones a distancia, y la frecuencia de videollamadas no se asoció a la satisfacción en ninguno de los grupos. Es un solo estudio y no prueba causa, así que conviene combinar los formatos según lo que a cada pareja le resulte natural.

    Un último punto

    Una relación a distancia puede salir bien o mal, como cualquier otra, y la evidencia ayuda a inclinar la balanza. Lo que mejor sostiene es que, mientras dure la separación, las parejas que se comunican con intención, confían y comparten un horizonte tienden a estar tan bien como las que viven cerca, y que el momento de más cuidado llega cuando la distancia se acaba. Hablar de ese final antes de que ocurra, con preguntas concretas, es probablemente lo más útil que puedes hacer hoy.

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    Referencias

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    • Billedo, C. J., Kerkhof, P., & Finkenauer, C. (2015). The use of social networking sites for relationship maintenance in long-distance and geographically close romantic relationships. Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking, 18(3), 152-157. https://doi.org/10.1089/cyber.2014.0469
    • Borelli, J. L., Rasmussen, H. F., Burkhart, M. L., & Sbarra, D. A. (2015). Relational savoring in long-distance romantic relationships. Journal of Social and Personal Relationships, 32(8), 1083-1108. https://doi.org/10.1177/0265407514558960
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Relación abierta: qué es, diferencia con el poliamor y qué dice la investigación

    Relación abierta: qué es, diferencia con el poliamor y qué dice la investigación

    Quizá tu pareja te dijo hace poco que le gustaría abrir la relación, o te lo estás planteando tú, o simplemente llegaste hasta aquí con curiosidad. En cualquiera de los tres casos conviene empezar por lo básico: una relación abierta de pareja es un acuerdo en que las dos personas aceptan, de manera explícita, que cada una pueda tener encuentros sexuales con otras. Eso la separa de la infidelidad y también de otras formas de relación no monógama, como el poliamor. Abajo está la diferencia entre relación abierta o poliamor, lo que se sabe sobre si funcionan y una guía para conversarlo sin que se convierta en una pelea.

    Respuesta corta: una relación abierta es una forma de no monogamia consensuada en la que la pareja principal acuerda abrirse a vínculos sexuales con terceros, y se distingue del poliamor porque este admite además vínculos amorosos con varias personas. Los estudios, casi todos de Estados Unidos y Canadá, muestran una satisfacción de pareja parecida a la de las relaciones monógamas cuando hay consentimiento, buena comunicación y un motivo propio. Cuando uno presiona y el otro cede por miedo, los resultados empeoran.

    ¿Qué es una relación abierta de pareja? Significado y términos

    El significado de relación abierta es simple: dos personas con un vínculo de pareja acuerdan que cualquiera de las dos puede tener relaciones sexuales con otras, con el conocimiento y el consentimiento de ambas. La palabra que importa es consentimiento. Si una de las partes no sabe o no aceptó, lo que hay es una infidelidad.

    En la investigación se usa el término no monogamia consensuada (en inglés, consensual non-monogamy o CNM) como paraguas para todas las formas de este tipo de acuerdos. Scoats y Campbell (2022), en una revisión publicada en Current Opinion in Psychology, la describen justamente así: un abanico de prácticas en las que se tiene más de una pareja con el conocimiento de todas las personas involucradas. Quien busca relación abierta significado suele encontrar etiquetas mezcladas, así que conviene separarlas.

    Relación abierta y poliamor: diferencias

    La diferencia principal entre una relación abierta y el poliamor es el tipo de vínculo que se abre: en la relación abierta se abre lo sexual y se mantiene el proyecto afectivo en la pareja inicial, y en el poliamor se admiten además vínculos románticos con más de una persona. Las relaciones de intercambio de parejas (swinging) son una tercera forma.

    Forma Qué se abre Cómo suele funcionar
    Relación abierta Lo sexual La pareja principal sigue siendo el vínculo afectivo central y acuerda reglas para los encuentros con otras personas
    Poliamor Lo sexual y lo romántico Se mantienen varios vínculos amorosos a la vez, con o sin jerarquía entre “pareja primaria” y “secundarias”
    Swinging (intercambio de parejas) Lo sexual, en pareja Los encuentros con terceros suelen darse en pareja y se evita el desarrollo de lazos emocionales con ellos
    Infidelidad Nada acordado Una parte tiene vínculos fuera de la pareja sin que la otra lo sepa o lo haya aceptado

    Quien busca relación abierta y poliamor diferencias suele encontrar definiciones que se pisan entre sí; la tabla las ordena, pero tiene bordes borrosos. Scoats y Campbell (2022) advierten que las etiquetas se interpretan con cautela porque en la práctica hay muchísima variedad de arreglos, y que una pareja puede empezar con una forma y moverse a otra con los años. Por eso, cuando alguien dice “relación abierta” conviene preguntarle qué quiere decir exactamente con eso, igual que si dijera “poliamor”. Dos personas pueden usar la misma palabra y estar imaginando cosas muy distintas.

    Una distinción más ayuda a ordenar el cuadro. Hangen, Crasta y Rogge (2020) estudiaron a 1.658 personas y encontraron cinco perfiles de relación. Dos eran monógamos (68%), uno era de no monogamia consensuada con altos niveles de consentimiento mutuo, comunicación y comodidad (7,7%), uno era “parcialmente abierto” con acuerdos mixtos y menos consenso (13%) y otro correspondía a relaciones en que una parte quería monogamia mientras la otra tenía encuentros fuera de la pareja (11%). Los dos últimos grupos tuvieron peor funcionamiento. Es decir, lo que separa una relación abierta que funciona de una que lastima es el consentimiento, la comunicación y la comodidad con que se vive, más que la apertura en sí.

    ¿Qué tan común es una relación abierta?

    Es más frecuente de lo que se supone, aunque la mayoría de las personas sigue en relaciones monógamas. Los datos disponibles son de Estados Unidos y Canadá, y no encontré cifras chilenas, así que hay que leerlos como una referencia y no como un retrato local.

    • En una encuesta nacional con muestra probabilística (n = 2.270), Levine y colaboradores (2018) encontraron que el 89% reportaba monogamia, el 4% una relación abierta y el 8% una no monogamia sin consentimiento (infidelidad).
    • Haupert y colaboradores (2017), con dos muestras nacionales de personas solteras (n = 3.905 y 4.813), hallaron que más de una de cada cinco (21,9% y 21,2%) decía haber tenido alguna vez una relación no monógama consensuada. Era más frecuente en hombres y en personas gays, lesbianas y bisexuales.
    • Scoats y Campbell (2022) resumen que al menos un 5% de la población norteamericana está hoy en alguna forma de no monogamia consensuada.

    Las tres cifras no se contradicen: “alguna vez en la vida” mide mucho más que “hoy”. Y el dato de Levine tiene un detalle útil para quien se pregunta por la infidelidad: en esa muestra había el doble de personas con no monogamia sin consentimiento que con relación abierta.

    ¿Funcionan las relaciones abiertas? Lo que dice la investigación

    En conjunto, los estudios encuentran un bienestar y una calidad de relación parecidos a los de las personas monógamas, con matices importantes según el tipo de acuerdo. La evidencia es observacional, y eso limita lo que se puede afirmar.

    Rubel y Bogaert (2015) revisaron la investigación sobre swinging, relaciones abiertas y poliamor y concluyeron que las tendencias generales muestran un bienestar psicológico y una calidad de relación similares a los de las personas monógamas. Conley y colaboradores (2017) llegaron a algo parecido con una revisión más un estudio propio: pocas diferencias de funcionamiento entre unas y otras. En una revisión narrativa, Rodrigues (2024) añade que las parejas de ambos tipos tienen funcionamiento comparable y se enfrentan a problemas parecidos.

    Hay dos hallazgos que complican esa imagen:

    1. No todas las formas rinden igual. En la muestra de Levine (2018), quienes estaban en una relación abierta reportaron una satisfacción de pareja menor que los monógamos. Conley y Piemonte (2021), en cinco estudios, vieron que las personas en poliamor o swinging tenían mayor satisfacción y otros resultados (como la confianza y el amor pasional) que las de relaciones abiertas. Por eso no se puede resumir todo como “funciona igual que la monogamia”.
    2. La muestra suele ser autoseleccionada. Quienes responden estos estudios ya eligieron este formato y siguen en él. Nadie sabe cuántas parejas lo intentan y se separan. Cox y colaboradores (2021) compararon a 4.062 personas no monógamas con la población general de Estados Unidos y las encontraron igual de sanas y felices, a veces más. Es un dato interesante, pero viene de una encuesta voluntaria en línea.

    Ninguno de estos estudios asigna al azar a las parejas a “abrir” o “no abrir” la relación, así que ninguno puede decir que abrirla cause más o menos satisfacción. Lo que sí muestran es que la relación abierta no es, por sí sola, una señal de pareja dañada.

    ¿Qué hace que una relación abierta funcione mejor o peor?

    Los factores que más se repiten son el consentimiento real de las dos partes, la forma de comunicarse y que la decisión nazca de un deseo propio y no de la presión. Tres líneas de investigación apuntan a eso.

    La diferencia entre las relaciones abiertas y las poliamorosas casi desaparece al considerar cómo se vive el acuerdo. Conley y Piemonte (2021) vieron que la brecha de satisfacción entre estilos se disipó al tomar en cuenta cuatro cosas: cómo se comunica la pareja, si la motivación es intrínseca o extrínseca, cuánto se adhiere la persona a creencias pro-monogamia y cuánto contacto hay con las otras parejas de su pareja. El resumen de los autores es que la dinámica propia de cada acuerdo, más que la etiqueta, se asocia al ajuste de pareja.

    Sentirse incómodo con el propio acuerdo pesa. Moors y colaboradores (2021), con 339 personas en relaciones no monógamas, encontraron que la incomodidad personal con el estilo de relación (querer cambiarlo, verlo como antinatural) se asociaba a menor satisfacción con los acuerdos, menor satisfacción global y menor compromiso. El estudio no incluyó a quienes aceptaron a regañadientes una propuesta ajena, así que extrapolarlo a ese caso es una hipótesis razonable y no un resultado. Aun así, apunta en la misma dirección que lo que sigue.

    Sin un consentimiento claro, los resultados empeoran. En el trabajo de Hangen y colaboradores (2020), las relaciones donde una persona quería monogamia y la otra tenía encuentros fuera de la pareja con poco consenso, comodidad y comunicación fueron de las que peor funcionaban.

    ¿Por qué hay personas que eligen una relación abierta o poliamor?

    Los motivos que describen las personas son variados y rara vez tienen que ver con “arreglar” una pareja que anda mal. Wood y colaboradores (2021) analizaron las respuestas abiertas de 540 personas en relaciones no monógamas y las ordenaron en seis temas: autonomía, creencias y valores, necesidades de relación, sexualidad, crecimiento y expansión personal, y razones prácticas. Los resultados contradicen el estereotipo de que se elige este formato por problemas en la pareja.

    En el poliamor, además, las relaciones suelen vivirse como bastante independientes entre sí. En 1.093 personas poliamorosas, Mitchell y colaboradores (2014) encontraron niveles altos de necesidades cubiertas y de satisfacción en dos relaciones simultáneas, y una influencia muy pequeña de una sobre la otra.

    Desde la clínica, Perel (2006) sostiene que la fidelidad puede entenderse como un acuerdo deliberado que se revisa a lo largo de la vida de la pareja, en vez de una norma que se da por supuesta. Bradbury y Karney (2019) reconocen, por su parte, que suponer que toda pareja puede sostener la monogamia de por vida es poco realista para muchas personas, y que la exclusividad sexual funciona para la mayoría como un acuerdo que da seguridad. Son dos formas de decir lo mismo: lo importante es que el acuerdo sea explícito y elegido por ambos.

    Celos, compersión y salud sexual

    Los celos no desaparecen en las relaciones abiertas. Según las fuentes clínicas consultadas, lo que cambia es cómo se piensan: como una emoción que se conversa y se regula y no como la prueba de que algo se rompió. La evidencia empírica sobre esto es más limitada que sobre la satisfacción.

    Mogilski y colaboradores (2019) compararon a 529 personas monógamas con 159 no monógamas imaginando que su pareja se vinculaba con otra persona. Las monógamas reportaron más malestar emocional ante esa idea y más confianza en que su pareja nunca les sería infiel. Las no monógamas pensaban con más frecuencia en las otras relaciones de su pareja. Hay una emoción que se conoce como compersión: alegría por la relación de tu pareja con otra persona. Flicker y colaboradores (2021) construyeron una escala para medirla y la describieron en tres componentes (felicidad por esa relación, entusiasmo por nuevas conexiones y excitación sexual). No todas las personas la sienten, y no hay que fingirla.

    Sobre salud sexual, el mito dice que abrir la relación sube el riesgo. Lo que hay es más matizado. Lehmiller (2015), con 556 personas, encontró que las no monógamas tenían más parejas sexuales a lo largo de la vida, pero también usaban más condón (con la pareja principal y con terceros) y se habían hecho más pruebas de infecciones de transmisión sexual. Cerca de una cuarta parte de las personas monógamas había tenido sexo fuera de la pareja, casi siempre sin que esta lo supiera. Conley y colaboradores (2012) vieron que quienes fueron infieles usaban menos medidas de sexo más seguro que quienes tenían un acuerdo de no monogamia negociada. El riesgo, entonces, depende más de si hay acuerdo y de si se cumplen las medidas pactadas que de la exclusividad.

    Mi pareja quiere una relación abierta: qué conversar

    Si tu pareja quiere una relación abierta, tienes derecho a no responder de inmediato, a preguntar qué hay detrás y a decir que no. La propuesta no tiene que resolverse en una noche, y ninguna de las dos respuestas, sí o no, es una traición.

    Las fuentes clínicas que revisé coinciden en algunos puntos. Lehmiller (2018) y McCarthy y McCarthy (2019) advierten contra presionar, amenazar o culpar a la otra persona para que acepte: sin poder decir “no”, el “sí” no es una elección. Y Nagoski (2024) advierte que abrir la relación para resolver una falta de deseo o un conflicto previo suma complejidad en lugar de resolver nada; Hall y Binik (2020) lo señalan igual desde la terapia sexual. Fantasear con algo, a su vez, no equivale a querer vivirlo, y conviene averiguar en qué punto de esa distancia está cada uno.

    Estas preguntas ayudan a ordenar la conversación:

    1. ¿Qué es exactamente lo que propone: encuentros sexuales ocasionales, un vínculo amoroso o algo que aún no sabe definir?
    2. ¿Qué necesita que hoy no encuentra en la relación: novedad, deseo, autonomía, sentirse deseado o vivir su sexualidad de otra forma?
    3. ¿Esto surge porque la relación va bien y quiere ampliarla, o porque algo está fallando y busca una salida?
    4. ¿Qué reglas harían tolerable el acuerdo para la persona que no lo propuso (lo que se puede, lo que no, qué se cuenta, cómo se cuida la salud sexual)?
    5. ¿Cómo se revisará el acuerdo, y qué pasa si una de las dos personas quiere parar?
    6. ¿Estamos hablando de un experimento con fecha de revisión o de un cambio permanente?

    Si deciden probarlo, las fuentes sugieren acordar límites explícitos (incluidas las medidas de salud sexual), mantener reuniones periódicas para revisar cómo se sienten ambos y probar primero acuerdos temporales en lugar de definitivos (Lehmiller, 2018; Scoats y Campbell, 2022). El modelo de las tres C de Hangen y colaboradores (2020), consentimiento mutuo, comunicación y comodidad, sirve de lista de chequeo: si falla una de las tres, vale la pena detenerse antes de seguir.

    Si no quieres una relación abierta: cómo decir que no

    Decir que no es una respuesta legítima, y no te convierte en una persona cerrada ni en el problema de la pareja. Un deseo no cumplido por parte de quien propone tampoco lo convierte en alguien egoísta.

    Cuando uno propone y el otro no quiere, la conversación suele entrar en un ciclo de persecución y distancia: quien propone insiste y quien rechaza se aleja. Nagoski (2024) y McCarthy y McCarthy (2019) recomiendan, en ese caso, sacar el tema de la mesa por un período acordado (semanas o meses) para bajar la tensión y reconectar. Otra opción es redirigir la búsqueda de novedad hacia algo que ambos acepten dentro de la pareja (juegos, fantasías compartidas, actividades nuevas), siempre que quien propuso sienta que eso responde de verdad a lo que buscaba.

    Hay un punto que a veces se evita. Puede que las dos posiciones sean incompatibles y que eso tenga que decirse con claridad. Si la conversación lleva semanas sin avanzar, o si uno acepta solo para no perder al otro, conviene recordar el hallazgo de Moors y colaboradores (2021) sobre la incomodidad personal. En ese caso puede ayudarte leer sobre cómo saber si tu relación de pareja es sana o las preguntas para decidir entre separarse o seguir intentando.

    Y si la apertura ya ocurrió sin acuerdo, eso es infidelidad, y se trabaja distinto. Para ese caso están por qué las personas son infieles y cómo superar una infidelidad.

    Estigma, mononormatividad y terapia

    Las personas en relaciones no monógamas enfrentan juicios sociales que se asocian a más malestar, y algunos profesionales de la salud no están preparados para atenderlas. Aquí los datos son consistentes, aunque observacionales.

    Mahar y colaboradores (2024) identificaron cuatro formas de estigma (incomodidad o rechazo, pérdida de recursos o amenazas, devaluación del carácter y devaluación de la relación) y vieron que el estigma vivido se asociaba a más malestar psicológico, en parte por el estigma que la persona anticipa e internaliza. Vaughan y colaboradores (2019), con grupos focales, describieron falta de conocimiento de los profesionales, tamizajes preventivos inadecuados y conductas estigmatizantes.

    En terapia, Schechinger, Sakaluk y Moors (2018) estudiaron a 249 personas y vieron que las prácticas afirmativas y las inadecuadas del terapeuta predecían qué tan útil resultaba la terapia y si la persona la abandonaba. Lo que más ayudó fue que el terapeuta conociera este tipo de relaciones y no juzgara. Para quien pide ayuda profesional, eso se traduce en preguntar de entrada cómo trabaja el terapeuta con relaciones no monógamas, sea cual sea la decisión que la pareja tome.

    ¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

    Conviene pedir ayuda cuando la conversación se vuelve un ultimátum, cuando una de las dos personas acepta por miedo, cuando aparecen celos o ansiedad que desbordan o cuando la pareja no logra hablar del tema sin pelear. Una terapia no decide por ustedes: ordena la conversación.

    Si estás viendo la posibilidad de una terapia, esto es lo que se puede esperar en una primera sesión y aquí se explica cuándo ir y si funciona. Si prefieres conversarlo de forma individual o en pareja, puedes agendar una consulta.

    Qué no sabemos todavía

    La evidencia sobre relaciones abiertas es útil, pero tiene límites claros que conviene tener presentes antes de sacar conclusiones.

    • No encontré estudios con población chilena ni latinoamericana: casi todo viene de Estados Unidos, Canadá y Europa.
    • Casi todos los estudios son transversales, cualitativos o de escenarios imaginados, con muestras de conveniencia en línea. No permiten afirmar causalidad.
    • Faltan estudios de seguimiento a largo plazo y sobre qué pasa cuando una persona propone abrir la relación y la otra no quiere. Lo más cercano es el trabajo de Hangen y colaboradores (2020) y el de Conley y Piemonte (2021).
    • El estigma también alcanza a la investigación: Conley y colaboradores (2017) mostraron que los investigadores que presentaban datos favorables al poliamor eran percibidos como más sesgados que quienes presentaban datos favorables a la monogamia.

    Por eso este artículo no recomienda abrir ni cerrar tu relación. Describe lo que se sabe y propone una forma de conversarlo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es una relación abierta?

    Una relación abierta es una pareja en la que ambas personas acuerdan, de manera explícita, que cada una puede tener encuentros sexuales con otras personas. Se mantiene el vínculo afectivo principal en la pareja inicial y se pactan reglas. Lo que la define es el consentimiento de las dos partes, y eso la separa de la infidelidad.

    ¿Cuál es la diferencia entre relación abierta y poliamor?

    En la relación abierta se abre lo sexual y el vínculo afectivo principal sigue siendo la pareja. En el poliamor se admiten además vínculos amorosos y románticos con más de una persona, con o sin jerarquía entre ellas (Scoats y Campbell, 2022). Muchas parejas usan ambas palabras con significados distintos, así que conviene preguntar qué entiende cada uno.

    ¿Una relación abierta es lo mismo que una infidelidad?

    No. En una relación abierta todas las partes saben y consienten, mientras que en la infidelidad una persona oculta o rompe un acuerdo de exclusividad. Hangen y colaboradores (2020) vieron que las relaciones en que una persona quería monogamia y la otra tenía encuentros fuera de la pareja sin consenso funcionaban peor.

    ¿Las relaciones abiertas funcionan?

    La investigación, casi toda de Estados Unidos y Canadá, encuentra una satisfacción y un bienestar parecidos a los de las relaciones monógamas, pero con diferencias entre estilos: Levine y colaboradores (2018) vieron menor satisfacción en las relaciones abiertas, y Conley y Piemonte (2021) la relacionaron con la comunicación y la motivación. Son estudios observacionales, no prueban causa.

    ¿Qué hago si mi pareja quiere una relación abierta y yo no?

    Puedes pedir tiempo, preguntar qué necesita detrás de la propuesta y decir que no sin culpa. Las fuentes clínicas recomiendan no ceder por presión y, si la tensión sube, sacar el tema de la mesa por un período acordado. Si la diferencia persiste, vale la pena conversarla con un profesional que no juzgue ninguna de las dos posturas.

    ¿Abrir la relación sirve para salvar una pareja en crisis?

    Las fuentes clínicas consultadas lo desaconsejan: abrir la relación para resolver un conflicto o una falta de deseo añade complejidad (Nagoski, 2024; Hall y Binik, 2020). Los estudios muestran mejores resultados cuando la motivación es propia y no una salida a un problema. Si hay crisis, conviene trabajar primero la crisis.

    Un último punto

    Hablar de una relación abierta de pareja no obliga a nadie a abrirla ni a descartarla. Lo que ayuda es poder decir qué se desea y qué no sin que eso se lea como una amenaza. La investigación apunta a que lo que mejor predice cómo resulta un acuerdo, sea cual sea su forma, es que las dos personas lo hayan elegido, lo conversen con claridad y se sientan cómodas con él.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton.
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Apego ansioso en el hombre

    Apego ansioso en el hombre

    Le escribiste hace dos horas y el mensaje sigue en un solo visto. Sabes que está en el trabajo y que no pasa nada, pero el pecho se aprieta, empiezas a repasar cuándo fue la última vez que se mostró cariñosa y ya estás tecleando un tercer mensaje que dice “¿todo bien?” y pregunta otra cosa: “¿sigues ahí, sigues queriéndome?”. Es una escena típica del apego ansioso en hombres, y casi nunca se reconoce por lo que es.

    Desde afuera se ve como control, insistencia o celos, así que rara vez alguien mira lo que hay debajo: un miedo muy antiguo al abandono. Si lees esto como pareja de un hombre así, quizá conozcas el resto: las preguntas repetidas, los celos que aparecen sin motivo, la sensación de que nada de lo que dices alcanza. Entender ese miedo no justifica lo que se hace con él, pero permite cambiarlo.

    En pocas palabras: el apego ansioso es un patrón de vínculo en el que la persona vive la relación con una alarma encendida ante cualquier señal de distancia. En hombres es menos frecuente que en mujeres, aunque la diferencia es pequeña, y suele expresarse hacia afuera, como celos, vigilancia o necesidad de atención constante, porque mostrar el miedo choca con lo que se les enseñó a ser. Puede cambiar con experiencias de seguridad y con terapia, y cuando el control escala hacia la intimidación o la violencia, la prioridad pasa a ser la seguridad de la otra persona.

    ¿Qué es el apego ansioso en hombres y qué lo hace distinto?

    El apego ansioso es una de las dos dimensiones con las que la psicología describe hoy cómo nos vinculamos en pareja. Mide cuánto miedo hay al rechazo y al abandono, cuánta necesidad de aprobación y cuánta duda sobre el propio valor como persona querida. La otra dimensión, la evitación, mide la incomodidad con la cercanía. Quien puntúa alto en ansiedad y bajo en evitación es el perfil que solemos llamar apego ansioso (o preocupado). El instrumento de referencia es el ECR-R, un cuestionario de 36 ítems, 18 para cada dimensión, que revisaron Fraley, Waller y Brennan (2000) para que midiera con más precisión. Si quieres ver en qué zona de las dos dimensiones te ubicas, hay un test de apego ansioso, evitativo y desorganizado en este sitio.

    Lo que ocurre por dentro se describe como hiperactivación: ante cualquier duda sobre si la otra persona está disponible, el sistema de apego sube el volumen de la angustia y empuja a buscar cercanía de inmediato (Mikulincer y Shaver, 2007). Esa vigilancia tiene un efecto medible. En una serie de experimentos con videos de rostros que cambiaban gradualmente de una emoción a una expresión neutra, las personas con alta ansiedad de apego detectaban antes que los demás el momento en que la emoción aparecía o desaparecía, y, en uno de los estudios, esa hipervigilancia fue de la mano de una peor precisión al juzgar la expresión (Fraley et al., 2006). Traducido: la mente ansiosa mira tanto el rostro del otro que termina leyéndolo peor.

    ¿Y qué tiene que ver el género? Menos de lo que se cree. Un metaanálisis que reunió las diferencias entre sexos en estas dos dimensiones, con 113 muestras y 66.132 personas, encontró que los hombres puntúan en promedio algo más alto en evitación y algo más bajo en ansiedad que las mujeres, con muchísima variación entre estudios. La diferencia fue mayor en muestras de la comunidad y casi desapareció, e incluso se invirtió, en estudios hechos por internet (Del Giudice, 2011). Dicho de otro modo: hay muchos hombres con apego ansioso, solo que su manera de vivirlo y de mostrarlo se parece poco a la imagen que tenemos de él.

    ¿Por qué el apego ansioso se ve distinto en un hombre?

    La ansiedad de apego empuja a pedir cercanía, validación y compromiso. La socialización masculina tradicional empuja a mostrarse autónomo, dominante y sin necesidad de nadie. Los dos mandatos no caben en la misma persona, y ese choque es lo que hace particular el apego ansioso masculino.

    Mikulincer y Shaver (2007) recogen una línea de estudios (Blazina y Watkins, 2000; Fischer y Good, 1998; Mahalik et al., 2005, entre otros) sobre el llamado conflicto con el rol de género masculino: los hombres con alta ansiedad de apego se estresan por sentir que no cumplen el ideal de invulnerabilidad. Admitir “tengo miedo de que me dejes” suena a fracaso. Lo que sale en cambio es una versión que sí está permitida: enojo, ironía, desconfianza, vigilancia.

    El cuerpo registra esa tensión. En un estudio con 124 parejas jóvenes que debían negociar un conflicto mientras se medía el cortisol en la saliva, hombres y mujeres se diferenciaron en qué tipo de apego inseguro predecía más estrés, y el estudio apunta a las normas de género como parte de la explicación (Powers et al., 2006). En la lectura que hacen Mikulincer y Shaver (2007), fue en los varones con ansiedad donde el cortisol subió rápido y se mantuvo alto durante toda la discusión: la discusión los activa más en términos fisiológicos, y a la vez la cultura les pide ser quienes llevan el control de la conversación.

    La expresión también cambia. Según esa misma revisión, las mujeres con apego ansioso tienden a canalizar la inseguridad hacia la autocrítica o la complacencia, mientras que en los hombres aparece con más frecuencia la intrusividad, como meterse en los planes de la pareja o pedir una y otra vez que lo tranquilicen, sobre todo en los días posteriores a una pelea. Esa búsqueda de reaseguro tiene nombre en la literatura y un efecto conocido: en dos estudios con parejas, Shaver, Schachner y Mikulincer (2005) hallaron que pedir confirmación en exceso se relacionaba con síntomas depresivos, pero solo porque iba de la mano de la ansiedad de apego. Eso sugiere que la pregunta repetida alivia poco la ansiedad de fondo.

    Eso explica algo que desconcierta a muchas parejas. Los hombres que necesitan mucha atención en la pareja, que quieren saber dónde estás y con quién y se ponen mal cuando sales con tus amigas, no siempre buscan dominar. Con frecuencia el motor es una angustia que no tiene nombre para ellos.

    Celos y apego ansioso masculino: cuando el miedo se disfraza de control

    Los celos son una emoción corriente, y la teoría del apego explica por qué: surgen cuando se percibe una amenaza al vínculo. Un estudio clásico mostró que el estilo de apego predice cómo se viven y se expresan, y lo hizo con un resultado contraintuitivo: los participantes ansiosos tendían más que otros a contener su enojo, mientras que los evitativos descargaban culpa sobre el tercero y los seguros lo expresaban a la pareja para conservar la relación (Sharpsteen y Kirkpatrick, 1997). Esa advertencia importa: el apego ansioso no equivale a un hombre agresivo ni a un celoso por naturaleza. Lo que los define es el miedo, y lo que hagan con él depende de otras cosas, entre ellas la regulación emocional, lo aprendido sobre cómo se comporta un hombre y el contexto de la relación.

    Aun así, cuando la ansiedad no encuentra otra vía, el control pasa a ser una forma de calmarla. Revisar el teléfono, preguntar por cada salida, pedir que se compartan ubicaciones o contraseñas, enfadarse con los amigos de la pareja: todo eso alivia la angustia unos minutos y la alimenta a largo plazo, porque confirma que el peligro era real. Para distinguir los celos comunes de los que ya son un problema clínico, puedes revisar celos normales y celotipia.

    También hay un cruce con la dependencia emocional. Una revisión sistemática con metaanálisis de 102 estudios encontró que la baja autoestima es un correlato compartido del amor obsesivo y la dependencia emocional, y que el vínculo entre adicción al amor y apego ansioso era más fuerte en muestras con mayor proporción de hombres (Sánchez-Fernández et al., 2026). En la clínica, Castelló Blasco (2005) describe una variante que llama dependencia emocional dominante: un hombre que necesita intensamente a su pareja y al mismo tiempo la desprecia, y que usa la posesividad y el control para tapar su vulnerabilidad. Es una descripción clínica y no una regla, y conviene leerla así. Si quieres ver más, hay una guía sobre cómo superar la dependencia emocional.

    ¿Cuándo el control de un hombre ansioso cruza la línea?

    Esta sección es incómoda y necesaria. El apego ansioso masculino, mal regulado, puede escalar hacia la violencia en la pareja. La evidencia más reciente es un metaanálisis de 63 estudios que analizó por qué el apego inseguro se asocia a la violencia de pareja, tanto cometida como sufrida. Entre los mecanismos que explicaban esa asociación estaban los celos, la rabia, la desconfianza, la insatisfacción en la relación, la comunicación destructiva y la desregulación emocional. En el caso de la ansiedad de apego, uno de los pocos factores intermedios de tamaño mediano fue la necesidad de dominio y de control (Wong y Denson, 2025).

    Hay que ser justos con los datos. Una revisión sistemática de 113 estudios encontró que varios no hallaron ninguna asociación significativa entre apego inseguro y violencia, y sus autores piden más investigación (Velotti et al., 2018). Tener apego ansioso no condena a nadie a ser violento, pero sí es un factor que, junto con otros, aumenta el riesgo.

    En hombres que ejercen violencia, Dutton y colaboradores (1994) describieron una combinación de apego inseguro y lo que llamaron rabia de intimidad, y los trabajos que resumen Mikulincer y Shaver (2007) señalan un detonante frecuente: la pareja que se retira, calla o pide espacio. Babcock y colaboradores (2000) compararon a maridos violentos y no violentos según fueran seguros, preocupados o evitativos. Para el hombre ansioso, esa distancia se vive como abandono inminente, y de ahí surgen la persecución, el acorralamiento o la presión.

    Hay señales que indican que ya no estamos hablando de inseguridad común:

    • Revisar de forma sistemática mensajes, horarios, redes o ubicaciones, y enfurecerse si la otra persona lo impide.
    • Aislar a la pareja de su familia o sus amistades con el argumento de que “solo nos necesitamos el uno al otro”.
    • Reaccionar con gritos, insultos, amenazas o golpes cuando ella o él pide una pausa durante una discusión.
    • Impedir que la otra persona salga de la habitación o de la casa.
    • Presionar para tener sexo después de una pelea o cuando se habla de terminar.

    Si algo de esto ocurre, la prioridad es la seguridad de quien está recibiendo el control, antes que cualquier trabajo de reconciliación, y la terapia de pareja conjunta no es lo primero. Si eres mujer y vives algo así, el Fono de orientación en violencias de género 1455 atiende de lunes a domingo, de 8:00 a 00:00, y es gratuito; para una emergencia, Carabineros tiene la línea 133 y el Fono Familia 149. Si eres tú quien está cruzando esa línea, lo más útil es consultar con un psicólogo de manera individual, y pronto. Para identificar formas más sutiles de maltrato hay una guía sobre señales de violencia psicológica sutil.

    ¿De dónde viene el apego ansioso?

    El patrón se origina, en buena parte, en la forma en que fue cuidado el niño. Mary Ainsworth y sus colaboradores (1978) describieron en bebés un patrón ambivalente: cuidadores que a veces respondían con calidez y a veces estaban ausentes, fríos o desbordados por sus propios problemas. El niño no puede predecir cuándo recibirá consuelo, así que aprende a mantener el sistema de apego en alerta continua y a amplificar su llanto y su protesta para no perder el contacto. Lecannelier (2009) lo compara con un programa de reforzamiento intermitente, el mismo principio que mantiene a alguien frente a una máquina tragamonedas: como la respuesta llega a veces, nunca se puede dejar de insistir.

    Esos aprendizajes se convierten en modelos internos sobre uno mismo (“quizá no merezco amor estable”) y sobre los otros (“pueden irse en cualquier momento”). Tampoco hay que leer esto como sentencia. La teoría del apego usa la imagen de un tren: la infancia marca la vía inicial, y las experiencias posteriores, incluida una pareja segura o una terapia, pueden provocar desvíos (Mikulincer y Shaver, 2007). Y los hombres tienen una capa más por encima: crecieron escuchando que mostrar miedo o necesidad no corresponde, así que aprendieron a esconderlos, aunque la alarma siguiera encendida.

    ¿Puede cambiar el apego ansioso?

    Sí. En un seguimiento de 59 años con tres muestras que sumaban 628 personas, estar en pareja predijo menos ansiedad de apego, y menos evitación, a lo largo de toda la vida adulta (Chopik et al., 2019). Una revisión sistemática sobre cambios de apego durante la psicoterapia concluyó que la seguridad de apego aumenta y la ansiedad de apego disminuye después de la terapia, en distintos enfoques y poblaciones, aunque las autoras piden ensayos controlados para confirmarlo (Taylor et al., 2015).

    Existe además la llamada seguridad adquirida. En un seguimiento de 23 años, quienes habían sido inseguros de bebés y eran seguros de adultos tuvieron buenos resultados en sus relaciones cercanas, y varios no mostraban niveles altos de malestar emocional (Roisman et al., 2002). Mikulincer y Shaver (2007) señalan que lo decisivo suele ser haber dado un sentido coherente a la propia historia dolorosa, junto con relaciones reparadoras: una pareja que responde con sensibilidad, un terapeuta, un amigo estable.

    Quien vive con apego ansioso necesita ver que el miedo no se cumple una y otra vez. Eso lleva tiempo, y por eso conviene no esperar cambios en semanas. Para un desarrollo completo del tema hay una guía sobre cómo superar el apego ansioso, y para el espejo del mismo fenómeno, una sobre el apego evitativo en los hombres.

    Qué ayuda a los hombres con apego ansioso a regularse

    Son sugerencias prácticas, coherentes con el enfoque de regulación emocional que describen Mikulincer y Shaver (2007). Ninguna reemplaza una terapia, pero todas se pueden empezar hoy.

    Ponerle nombre al miedo antes de actuar. Cuando sientas el impulso de revisar, llamar o preguntar, pregúntate qué estás sintiendo debajo: miedo a que se vaya, a no ser suficiente, a quedar solo. Nombrarlo con una frase concreta (“tengo miedo de que se esté alejando”) reduce la urgencia de resolverlo con una conducta de control.

    Dejar pasar veinte minutos. Las oleadas de angustia suelen ser más intensas en los primeros minutos. Una regla práctica: no enviar el segundo mensaje hasta que pase un tiempo fijo, y usar ese tiempo para algo que calme el cuerpo, como caminar o respirar lento.

    Pedir en vez de preguntar. “¿Dónde estás? ¿Con quién?” es un interrogatorio. “Hoy estoy inseguro y me ayudaría que me escribas cuando llegues” es una petición que la otra persona puede cumplir y que no convierte la relación en una vigilancia.

    Construir otras fuentes de seguridad. Amistades, deporte, proyectos propios y, si hace falta, un terapeuta. Cuando toda la estabilidad emocional descansa sobre una sola persona, cada silencio de esa persona se vive como amenaza.

    Tolerar la autonomía del otro. Que tu pareja tenga planes propios, amistades o un mal día no quiere decir que se está yendo. Repetírselo en voz alta parece ingenuo, pero es parte del entrenamiento.

    Qué puede hacer la pareja

    Acompañar a un hombre con apego ansioso cansa, y está bien reconocerlo. Estas pautas ayudan sin exigir que la pareja renuncie a sus propios límites.

    • Dar afecto antes de que lo pida. Mikulincer y Shaver (2007) destacan que el cariño espontáneo y la validación explícita bajan la alarma de rechazo, mientras que tranquilizar cada vez que se exige tiende a calmar solo unos minutos.
    • Plantear los desacuerdos con un “arranque suave”. Es la idea de Gottman: empezar desde la necesidad (“necesito que hablemos de cómo repartimos las tareas”) y no desde la crítica o el reproche, para no activar su defensa.
    • Usar la pausa con garantía de retorno. Si necesitas espacio durante una pelea, di cuánto tiempo y cuándo vuelves: “necesito veinte minutos para calmarme, regreso a las ocho y seguimos”. Para él, un silencio sin fecha se lee como abandono, y es justo el momento en que más sube la presión.
    • Mantener un clima positivo. Gottman propone cinco interacciones positivas (gestos de cariño, humor, gratitud) por cada negativa, una proporción que Mikulincer y Shaver también destacan.
    • Sostener los límites. Un trato de confianza no incluye revisar celulares, ceder contraseñas ni dejar de ver a los amigos. Decirlo con calma y con firmeza forma parte del cuidado de la relación.

    Terapia para el apego ansioso: qué opciones existen y cuándo consultar

    El objetivo de la terapia es revisar esos modelos internos sobre uno mismo y los demás, y el terapeuta ofrece una base segura donde se puede mirar el miedo sin que nadie se vaya. Mikulincer y Shaver (2007) describen tres enfoques que se usan con este patrón:

    • Terapia focalizada en las emociones (Sue Johnson), de pareja. Ayuda a nombrar el ciclo de persecución y retirada como un enemigo común, a llegar a las emociones de fondo (miedo, soledad) y a pedir lo que se necesita de forma directa.
    • Terapia basada en la mentalización (Fonagy y Bateman), individual o grupal. Trabaja la capacidad de entender los propios estados mentales y los del otro, útil cuando la rabia de protesta se dispara con rapidez (Lecannelier, 2009).
    • Terapia cognitivo-conductual, individual o de pareja. Reestructura pensamientos catastróficos del tipo “si no responde, me va a dejar” e interrumpe conductas como pedir reaseguro sin parar o vigilar a la pareja.

    Conviene consultar cuando la rumiación sobre la relación ocupa buena parte del día, cuando hay ciclos de ruptura y reconciliación, cuando la pareja está atrapada en el patrón de pedir cercanía y recibir distancia, o apenas aparezcan conductas de control o discusiones que escalan. Si la relación ya muestra violencia física o amenazas, la intervención parte por la seguridad y no por la terapia de pareja. Para una orientación general, terapia de pareja: cuándo funciona y cuándo ir explica qué esperar. La Asociación Americana de Psicología también ha señalado en sus guías para la práctica con hombres que la supresión rígida de emociones se asocia a más problemas de salud física y mental.

    Si te reconociste en estas líneas, sea como el hombre que vive con este miedo o como su pareja, conversar con un psicólogo permite ordenar lo que hoy se vive como una tormenta. Puedes agendar una consulta cuando lo sientas necesario.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se manifiesta el apego ansioso en un hombre?

    Suele verse como necesidad constante de atención, preguntas repetidas sobre dónde estás y con quién, celos, insistencia en que lo tranquilicen y malestar fuerte ante un silencio o una salida de la pareja. Debajo hay miedo al abandono, que a menudo se expresa como enojo o control porque mostrar vulnerabilidad choca con lo que se les enseñó.

    ¿Es más común el apego ansioso en mujeres que en hombres?

    En promedio, las mujeres puntúan algo más alto en ansiedad de apego y los hombres en evitación, pero la diferencia es pequeña y varía mucho según la muestra. Un metaanálisis de 113 muestras la encontró mayor en la comunidad y casi nula en estudios por internet. Muchos hombres tienen apego ansioso aunque casi nadie lo nombre así.

    ¿Un hombre con apego ansioso es celoso o controlador por naturaleza?

    No necesariamente. El miedo al abandono aumenta la probabilidad de celos y de conductas de vigilancia, pero lo que el hombre haga con ese miedo depende de su regulación emocional, de lo que aprendió sobre masculinidad y del contexto de la relación. Cuando el control se vuelve sistemático, hay un problema que merece atención profesional.

    ¿El apego ansioso en el hombre se puede cambiar?

    Sí. Estar en una relación estable predice menos ansiedad de apego a lo largo de la vida, y una revisión sistemática halló que esta baja después de la psicoterapia. El cambio es gradual y depende de vivir experiencias repetidas de seguridad. Conviene esperar meses de trabajo constante y no semanas.

    ¿Cómo ayudo a mi pareja si tiene apego ansioso?

    Demuestra afecto de manera espontánea, plantea los desacuerdos desde la necesidad y no desde el reproche, y si necesitas una pausa, avisa cuánto durará y cuándo vuelves. Mantén tus límites sobre la privacidad. Alentar que busque terapia también ayuda, y si hay miedo a su reacción, la seguridad va primero.

    ¿Cuándo conviene ir a terapia por un apego ansioso?

    Cuando los celos o la necesidad de reaseguro ocupan buena parte del día, cuando las peleas se repiten con el mismo guion, cuando hay rupturas y reconciliaciones constantes o cuando aparece control sobre la pareja. Si hay gritos, amenazas o cualquier agresión, consulta de forma individual lo antes posible.

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Relaciones de Pareja Dañinas: Celos, Dependencia Emocional y Violencia

    Relaciones de Pareja Dañinas: Celos, Dependencia Emocional y Violencia

    Quizá llegaste hasta aquí porque algo de tu relación te inquieta y no sabes si es normal. Preguntarlo no es exagerar.

    Casi nadie entra en una relación de pareja dañina sabiendo que lo es.

    Se entra en una relación intensa, con alguien que al principio parece muy atento, y el daño va apareciendo de a poco: un comentario que descalifica, una revisión del teléfono, una amistad que se pierde, una pelea que termina con miedo. Cuando te das cuenta, llevas meses o años explicándole a tu gente que “no es para tanto”.

    Esta página es la guía madre de este sitio sobre las relaciones de pareja que hacen daño. Acá vas a encontrar el criterio que separa una relación difícil de una dañina, las señales que se repiten, los tres mecanismos que la sostienen (celos, dependencia emocional y violencia), por qué cuesta tanto salir, qué se puede arreglar y qué no, cómo salir con seguridad, qué ayuda después y a dónde acudir en Chile.

    Desde cada sección puedes saltar a los artículos específicos del sitio: el test de pareja tóxica, los celos patológicos, el cuestionario de dependencia emocional, la violencia psicológica, el gaslighting, cómo salir de una relación tóxica y varios más.

    Una advertencia antes de empezar. Buena parte de lo que se lee en internet sobre “relaciones tóxicas” son listas de veinte señales sin una sola fuente. Acá cada afirmación va con su estudio, y donde la evidencia es floja o no existe, se dice.

    Respuesta corta: qué es una relación de pareja dañina

    Una relación de pareja es dañina cuando deja de haber simetría: una persona controla, desvaloriza, aísla o intimida a la otra, y esa otra pierde autonomía, autoestima y capacidad de decidir.

    • Los celos, la dependencia emocional y la violencia son los tres mecanismos que la sostienen, y suelen ir juntos.
    • Salir cuesta por razones psicológicas y prácticas medibles, y la separación es un periodo de riesgo que se prepara.
    • Si hay amenazas, control del dinero, agresiones o miedo, la conversación deja de ser sobre la relación y pasa a ser sobre seguridad: en Chile, el fono 1455 orienta todos los días.

    ¿Cuándo una relación hace daño de verdad y cuándo es solo difícil?

    Todas las parejas discuten, se decepcionan y pasan por temporadas malas. Eso no las vuelve dañinas.

    Lo que distingue una relación de pareja dañina de una relación conflictiva es la asimetría: en el conflicto, las diferencias se discuten desde un plano de relativa igualdad y las dos personas conservan su autonomía; en el maltrato se instala un patrón de dominación y subordinación en el que una anula los derechos, la libertad y la autoestima de la otra (Muñoz, 2013).

    Ese criterio ordena todo lo que sigue. La pregunta útil es “¿los dos podemos decidir, opinar, ver a nuestra gente y decir que no, o solo uno?”. “¿Cuánto peleamos?” dice mucho menos.

    La ley chilena describe el fenómeno con bastante precisión. La Ley 21.675, publicada en 2024, define en su artículo 6 la violencia psicológica como toda acción u omisión que vulnere, perturbe o amenace la integridad psíquica, e incluye como ejemplos los tratos humillantes, el control o la vigilancia de conductas, la intimidación, la coacción, el aislamiento y la limitación de la libertad de acción, opinión o pensamiento.

    También nombra la violencia económica: vulnerar la autonomía económica de la mujer o su patrimonio para ejercer control sobre ella (Ley 21.675, 2024, art. 6). Y aplica a parejas con o sin convivencia.

    Hay un matiz que conviene tener claro desde el inicio. La relación puede ser dañina sin que haya un solo golpe. En un metaanálisis con 201 estudios y 250.599 mujeres, la violencia psicológica a lo largo de la vida resultó ser la forma más frecuente de violencia de pareja, por encima de la física y la sexual (White et al., 2024).

    El daño sin marcas es el más común, y también el que más tarda en reconocerse.

    Si quieres ordenar tu situación antes de seguir leyendo, el sitio tiene un test de pareja tóxica o saludable que agrupa las señales por área, y una guía sobre los pilares de una relación de pareja y cómo evaluarlos, que es el punto de comparación de lo que sí es una relación que funciona.

    Las señales de una relación de pareja tóxica que se repiten

    “Relación tóxica” no es un término clínico, pero sirve para nombrar algo real. Las señales que describen las fuentes clínicas y legales se reconocen bastante bien cuando se ponen en palabras (Castelló Blasco, 2005; Muñoz, 2013; Ley 21.675, 2024):

    • Control y vigilancia: revisión del teléfono, exigencia de saber dónde estás y con quién, decidir qué ropa usas o con quién te juntas.
    • Desvalorización: burlas sobre tu cuerpo o tu inteligencia, descalificar lo que logras, criticar con dureza a tu familia.
    • Aislamiento: quejas o castigos cada vez que ves a tus amigos, hasta que la relación se vuelve tu único vínculo.
    • Culpabilización sistemática: todos los problemas, incluidos sus propios estallidos, terminan siendo culpa tuya.
    • Intimidación: amenazas de ruptura, de daño, de “contarle a todos”, de hacerse daño a sí mismo, usadas para que cedas.
    • Control económico: manejo de tu dinero, impedirte trabajar o exigirte cuentas de cada gasto.

    Y hay señales que no están en la conducta de la otra persona sino en ti: miedo a su reacción, sensación de tener que justificar lo que te hace ante los demás, confusión sobre lo que pasó en una discusión, agotamiento después de estar juntos. Estas son tan diagnósticas como las primeras.

    ¿Por qué se tarda tanto en verlas? Una revisión de alcance sobre violencia encubierta describe cómo el gaslighting, el control coercitivo, las microinvalidaciones y la manipulación económica erosionan la percepción de la realidad y la autonomía sin dejar evidencia física, lo que las hace escapar a la detección, y cómo con frecuencia anteceden a la violencia física abierta (Saedi et al., 2026).

    Cuando la señal principal es que dudas de tu propia memoria, el artículo sobre qué es el gaslighting y cómo reconocerlo entra en detalle.

    Los tres mecanismos que sostienen una relación dañina

    Celos, dependencia emocional y violencia aparecen juntos con tanta frecuencia que conviene entenderlos como tres piezas de un mismo engranaje. Los celos justifican el control. La dependencia hace que el control se tolere. La violencia, psicológica o física, es lo que aparece cuando el control falla.

    Cada uno tiene su propia literatura y su propio artículo en este sitio; acá va lo básico de cada uno y cómo se conectan.

    Celos: dónde dejan de ser normales

    Sentir celos alguna vez no es un problema. Los celos son una respuesta ante la amenaza, real o imaginaria, de perder una relación valorada frente a un rival, y el paso de los celos normales a los patológicos es un proceso continuo: determinar dónde deja de ser normal es una dificultad diagnóstica reconocida en la literatura psiquiátrica (Cynkier, 2018).

    Lo que sí distingue a los celos patológicos es la intensidad, la pérdida de control y el deterioro de la vida diaria.

    En un estudio de casos y controles con 32 personas con celos patológicos y 31 voluntarios sanos, el grupo con celos patológicos presentó de forma predominante un apego ansioso-ambivalente y un estilo de amor “maníaco” (obsesivo y posesivo), junto con alta impulsividad y alta ansiedad rasgo.

    En el análisis multivariado, la intensidad de los celos y la ansiedad rasgo fueron las variables que mejor separaron a los dos grupos (Costa, Sophia, Sanches, Tavares y Zilberman, 2015). Los propios autores advierten que el diseño es transversal y la muestra pequeña.

    Celos y tests: no hay punto de corte validado

    Un dato práctico sobre los tests: no existe un punto de corte clínico validado. La escala más usada, la Escala Multidimensional de Celos, mide tres dimensiones (cognitiva, emocional y conductual) y un análisis reciente con 2.117 participantes concluyó que no se sostiene un puntaje total único, aunque la escala sí predice la satisfacción de la pareja meses después (Brauer y Proyer, 2025). Cualquier “test de celos” que te dé un número y una etiqueta está inventando el umbral.

    Celos y riesgo de violencia

    Ahora lo importante para esta guía: los celos no son solo un malestar. Una revisión sistemática de 51 estudios en 28 países encontró una asociación consistente entre la infidelidad real o sospechada, los celos románticos y la violencia de pareja contra las mujeres (Pichon et al., 2020).

    Y el instrumento de cribado de riesgo de femicidio más validado, el Danger Assessment, que se desarrolló comparando 310 casos de femicidio de pareja con 324 mujeres maltratadas en 11 ciudades, incluye entre sus preguntas si la pareja es violenta y constantemente celosa, junto con el control de las actividades diarias y las amenazas de matar (Campbell, Webster y Glass, 2009). Los celos violentos y constantes son un marcador de riesgo vital, no un exceso de amor.

    Celos delirantes: el síndrome de Otelo

    Hay además una forma que es un cuadro clínico aparte. Los celos delirantes, el llamado síndrome de Otelo, son un subtipo del trastorno delirante: la persona sostiene la certeza de la infidelidad pese a la falta de pruebas, y con frecuencia el cuadro se asocia al consumo crónico de alcohol y puede llevar a agresiones contra la pareja o contra sí misma (Czerwiak, Cyrkler, Drabik y Soroka, 2024).

    De las formas obsesiva y delirante, solo la delirante está reconocida hoy como trastorno, y ambas se han vinculado a una respuesta alterada de los circuitos fronto-estriatales (Zheng y Kendrick, 2021).

    Unos celos que aparecen de golpe en una persona que nunca fue celosa, sobre todo si hay alcohol o una enfermedad neurológica de por medio, son motivo de evaluación médica, no solo de conversación de pareja.

    El artículo sobre celos patológicos o celotipia: síntomas y cómo detectarlos desarrolla las formas clínicas, las causas orgánicas y qué hacer.

    Dependencia emocional: cuando sabes que te hace daño y no puedes irte

    Jorge Castelló Blasco define la dependencia emocional como una necesidad extrema de carácter afectivo hacia la pareja que se repite a lo largo de las distintas relaciones. Su diferencia con el amor sano está en la distancia entre querer y necesitar: en el amor normal hay deseo recíproco y se preserva la autonomía; en la dependencia, la persona renuncia a su autoestima, su dignidad y sus derechos con tal de no perder el vínculo (Castelló Blasco, 2005).

    Ese es el mecanismo por el que el control se tolera. Una persona dependiente no aguanta el maltrato porque no lo vea, sino porque la sola idea de perder la relación le resulta más insoportable que el maltrato mismo.

    La investigación converge en lo que hay debajo. Un metaanálisis de 102 estudios sobre conductas amorosas problemáticas encontró que la baja autoestima es un correlato compartido del amor maníaco y de la dependencia emocional, y que la asociación entre amor maníaco y celos fue más marcada en muestras con predominio femenino (Sánchez-Fernández, Almeda y Borda-Mas, 2026).

    Y aquí hay una conexión que casi nunca se explica: la dependencia también puede alimentar la agresión. En un estudio con 119 universitarias, la dependencia relacional con apego ansioso se asoció con agresión psicológica y física hacia la pareja, y esa relación fue más fuerte cuando la persona tenía dificultades para regular sus emociones (Bell, Howard y Cornelius, 2022).

    Depender y agredir no son polos opuestos; con frecuencia son la misma inseguridad expresada de dos maneras.

    El estilo de apego ayuda a entender el ciclo de romper y volver. En un seguimiento con recién casados, quienes seguían en matrimonios infelices mostraban más ansiedad de apego que quienes se divorciaban (Davila y Bradbury, 2001, como se citó en Mikulincer y Shaver, 2007).

    El dato tiene su contrapeso: alrededor del 30 % de los adultos muestra cambios significativos en su patrón de apego incluso en periodos cortos, y existe la seguridad adquirida, es decir, personas con infancias difíciles que llegan a un apego seguro en la adultez a través de la psicoterapia, de figuras de apego alternativas y de relaciones reparadoras (Mikulincer y Shaver, 2007).

    Si quieres ubicar tu patrón, está el test para saber qué tipo de apego tienes, y la guía sobre cómo superar el apego ansioso.

    Para medir la dependencia emocional en sí, el instrumento con validación en población hispanohablante es el Cuestionario de Dependencia Emocional (Lemos y Londoño, 2006), con 23 ítems y seis factores (ansiedad de separación, expresión afectiva de la pareja, modificación de planes, miedo a la soledad, expresión límite y búsqueda de atención).

    El sitio tiene una guía del CDE con su calificación y uso profesional y un test de dependencia emocional online para orientarte. Y cuando el resultado confirma lo que ya sospechabas, el siguiente paso está en cómo superar la dependencia emocional paso a paso.

    Violencia psicológica y física: la escalada

    La violencia de pareja no suele empezar por un golpe. Empieza por el control y la desvalorización descritas más arriba, y escala. La revisión de Saedi et al. (2026) citada antes es explícita: las formas encubiertas con frecuencia se cruzan con la violencia física abierta y la anteceden.

    Las cifras son grandes. La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 25,8 % de las mujeres de 15 a 49 años que han tenido pareja han sufrido violencia física o sexual de una pareja actual o pasada al menos una vez.

    Y las consecuencias para la salud mental están medidas: en el metaanálisis de White et al. (2024), la exposición a violencia de pareja se asoció con entre 2 y 3 veces más probabilidad de depresión, entre 2,2 y 2,7 veces más de estrés postraumático, y entre 2,2 y 5,5 veces más de conducta suicida.

    Una revisión paraguas de 17 revisiones previas confirma la asociación con depresión, ansiedad, trastorno de pánico, estrés postraumático y cuadros perinatales, aunque advierte que la calidad metodológica de las revisiones incluidas fue baja y los hallazgos se interpretan con cautela (Anbesu et al., 2025).

    Hay un efecto que explica buena parte de por qué la escalada avanza sin que la persona reaccione. Una síntesis temática de 13 estudios muestra que las consecuencias del abuso, en especial la depresión y el estrés postraumático, tienen efectos secundarios sobre la función cognitiva y la capacidad de decidir (Lausi et al., 2023). El maltrato deteriora justamente la herramienta con la que habría que salir de él.

    Los ejemplos concretos, con la red chilena, están en el artículo sobre violencia psicológica en la pareja: ejemplos y qué hacer. Y si necesitas entender cómo se acredita el daño en un proceso judicial, está la guía sobre la evaluación psicológica en violencia y el daño psicológico.

    ¿Por qué cuesta tanto salir de una relación dañina?

    “Si sabes que te hace mal, ¿por qué no te vas?” es la pregunta que más daño hace, porque supone que el problema es de voluntad. No lo es. Hay al menos cuatro razones medidas.

    La primera es que la decisión se consolida con el tiempo, no de golpe. En 134 mujeres bolivianas evaluadas tres veces en seis meses, lo que predijo el estado de la relación al final no fue la intención inicial de irse, sino la que se había afianzado a los tres meses, y de todos los factores estudiados las actitudes hacia quedarse fueron las más relevantes (Heim, Ajzen, Schmidt y Seddig, 2018). Es el único dato longitudinal latinoamericano que existe sobre esto.

    La segunda es la ya descrita: el abuso deteriora la capacidad de decidir (Lausi et al., 2023).

    La tercera es la dependencia emocional, con su síndrome de abstinencia. Castelló describe lo que pasa después de una separación como un malestar agudo que suele cumplir criterios de depresión mayor o de trastorno adaptativo, con impulsos irrefrenables de buscar a la expareja y rumiaciones constantes.

    Castelló resume por qué tanta gente vuelve en una frase: con la pareja había días malos, pero sin ella todos los días son insoportables (Castelló Blasco, 2005).

    Las barreras que no son psicológicas

    La cuarta no es psicológica. Una revisión integrativa de 12 estudios documenta cuatro barreras consistentes para salir: las pérdidas que implica irse, el contacto que sigue habiendo con el agresor, la inseguridad económica y ser juzgada por otros por haberse ido, sumadas a la falta de servicios disponibles (Stulz, Francis, Naidu y O’Reilly, 2024).

    Quien no puede irse porque no tiene dónde vivir no tiene un problema de autoestima.

    Y en relaciones con maltrato hay algo más: los esquemas desadaptativos tempranos más comunes en víctimas de violencia se asocian a tipos concretos de abuso y ayudan a entender las creencias que sostienen la revictimización (Uvelli et al., 2025). Creencias como “no merezco algo mejor” o “sin esta persona no soy nadie” no aparecen de la nada; se instalan, y se pueden trabajar.

    La guía sobre cómo salir de una relación tóxica y por qué cuesta tanto desarrolla cada una de estas razones y el paso a paso.

    ¿Se puede arreglar una relación dañina?

    A veces sí, y decirlo importa, porque la respuesta automática de “déjalo ya” desatiende una parte de los casos.

    Castelló plantea que intentar equilibrar la relación en lugar de romperla solo es viable en los casos leves, y bajo tres condiciones que deben cumplirse todas: que no haya maltrato grave ni violencia física, que la otra persona reconozca el problema, y que acepte participar activamente en terapia con el compromiso explícito de renunciar a sus privilegios para reconstruir el vínculo en un plano de igualdad (Castelló Blasco, 2005).

    Cuando esas condiciones no se cumplen, la terapia de pareja no está indicada. Mientras exista asimetría o violencia, lo que corresponde es terapia individual; sentar a las dos personas en la misma sala puede exponer a quien está en desventaja y darle al maltrato un barniz de “problema de comunicación”.

    El artículo sobre cuándo ir a terapia de pareja y si funciona explica cuándo sí sirve y qué esperar. Y si lo que rompió la confianza fue una infidelidad y no un patrón de control, ese es otro escenario, con su propia guía sobre cómo superar una infidelidad.

    Una regla práctica para distinguir: si después de leer las señales de arriba reconociste dos o tres en momentos puntuales, con reparación después y sin miedo, eso puede trabajarse en pareja. Si reconociste un patrón, con miedo y sin reparación, no.

    Cómo salir con seguridad: la separación es un periodo de riesgo

    Esto es lo que casi ningún artículo dice, y es lo más importante de esta guía. Irse no es el final del peligro.

    Una revisión de alcance de 17 estudios describe la separación como un periodo de riesgo significativo, con escalada de la violencia en muchas familias durante el proceso, e identifica los factores modificables que se asocian a más seguridad: distancia física respecto del agresor, uso estratégico de la tecnología, apoyo relacional, servicios centrados en la persona y procesos deliberados de seguridad dentro del sistema judicial de familia (Krella et al., 2026).

    Traducido: la salida se prepara antes de anunciarse. Documentos, dinero, un lugar donde dormir, alguien que sepa, y contraseñas cambiadas. En Chile, esa preparación puede hacerse con orientación del fono 1455, que atiende todos los días.

    El abuso puede continuar después. Un análisis de concepto define el abuso posterior a la separación como un patrón continuado y deliberado de intimidación hacia la expareja que incluye abuso legal, abuso económico, amenazas, aislamiento, desacreditación y acoso o seguimiento, con la instrumentalización de los hijos entre sus formas (Spearman, Hardesty y Campbell, 2023). Saberlo de antemano evita interpretar cada nueva maniobra como una señal de que “todavía le importo”.

    Cuando la relación se termina, hay además un duelo, con o sin maltrato de por medio. La guía sobre cómo superar una ruptura amorosa trata esa parte.

    Qué ayuda después de una relación dañina, y cuánto

    Aquí la evidencia es más sólida de lo que la gente cree. Un metaanálisis de 25 ensayos clínicos con 4.683 participantes encontró que las intervenciones psicosociales para mujeres que sufrieron violencia de pareja mejoraron la depresión, la salud general y el apoyo social, y redujeron la nueva violencia, con el empoderamiento como el ingrediente que más pesó en los desenlaces más difíciles de mover (depresión y estrés postraumático).

    Los autores advierten que varios intervalos de confianza, por ejemplo en seguridad y autoestima, cruzan el cero: no todo lo prometedor es concluyente (Karakurt, Koç, Katta, Jones y Bolen, 2022).

    También conviene saber quién abandona el tratamiento. En un estudio con 148 víctimas de violencia de pareja, el 33 % cumplía criterios de estrés postraumático, y las menores de 30 años presentaban un maltrato más grave, más sintomatología depresiva y menor autoestima, junto con una tasa de abandono del tratamiento del 48,2 %, frente al 27,2 % de las mayores de 30 (Sarasua, Zubizarreta, Echeburúa y de Corral, 2007).

    Los autores lo atribuyen en parte a interpretar el malestar como consecuencia del proceso judicial o de la ruptura, y no del maltrato.

    Qué se trabaja en la dependencia emocional

    En la parte de la dependencia emocional, el orden que propone Castelló empieza por estabilizar los síntomas agudos si los hay, sigue con el autoconocimiento (entender que la baja autoestima y las pautas de sumisión vienen de una historia, y no son culpa personal), continúa con el trabajo relacional y termina reconstruyendo una fuente interna de autoestima, que deje de depender de la validación de la pareja (Castelló Blasco, 2005).

    Ahí entra aprender a poner límites, y para saber de dónde partes, la escala de autoestima de Rosenberg es el instrumento más usado.

    Un aviso honesto: no existen ensayos clínicos ni metaanálisis específicos sobre la eficacia del tratamiento de la dependencia emocional como tal. Lo que hay es evidencia sobre los cuadros que la acompañan (depresión, ansiedad, estrés postraumático) y experiencia clínica sistematizada. Por eso ningún artículo de este sitio promete plazos ni porcentajes de recuperación para la dependencia.

    Cuándo pedir ayuda y dónde en Chile

    Hay señales que no admiten espera, y coinciden con las preguntas del Danger Assessment de Campbell, Webster y Glass (2009): amenazas de matarte o de hacerse daño, la creencia de que la otra persona es capaz de matarte, control de la mayoría de tus actividades diarias, celos violentos y constantes, agresiones físicas de cualquier intensidad, y control de tu dinero o tus documentos.

    Súmale la aparición de ideas de muerte propias. En cualquiera de estos casos la prioridad es la seguridad, no la relación.

    Recursos:

    • Fono 1455 de orientación en violencia contra las mujeres, del SernamEG, que atiende todos los días, y su WhatsApp de orientación +56 9 9700 7000.
    • Si hay riesgo inmediato, Carabineros al 133.
    • Las medidas de protección y la definición legal de cada forma de violencia están en la Ley 21.675.
    • Información general en MedlinePlus y en la American Psychological Association.

    Sin señales de peligro, la ayuda profesional tiene sentido cuando reconoces el patrón y llevas más de un intento fallido de cambiarlo, cuando el malestar te está costando el sueño, el trabajo o los vínculos, o cuando ya saliste y el síndrome de abstinencia te empuja a volver. En terapia individual se trabaja lo que sostiene el ciclo: la dependencia, los esquemas, la autoestima y, cuando corresponde, el estrés postraumático.

    Mapa de esta guía: los artículos del cluster

    Para ir directo a lo que necesitas:

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo sé si mi relación es tóxica o simplemente difícil?

    El criterio es la asimetría, no la cantidad de peleas. En una relación difícil las dos personas conservan su autonomía, pueden opinar, decir que no y ver a su gente. En una relación dañina una de ellas controla, desvaloriza, aísla o intimida a la otra, y la otra vive con miedo, se justifica ante los demás y pierde capacidad de decidir (Muñoz, 2013).

    ¿Los celos son una señal de amor?

    No. Los celos intensos y constantes se asocian de forma consistente con la violencia de pareja en una revisión de 51 estudios en 28 países (Pichon et al., 2020), y el instrumento más validado para estimar el riesgo de femicidio incluye “celos violentos y constantes” entre sus preguntas (Campbell, Webster y Glass, 2009). Los celos ocasionales son humanos; los celos que controlan son un marcador de riesgo.

    ¿Qué es la dependencia emocional y cómo se diferencia del amor?

    Según Castelló Blasco (2005), es una necesidad extrema de carácter afectivo hacia la pareja que se repite en distintas relaciones. La diferencia con el amor está entre querer y necesitar: en la dependencia la persona renuncia a su autoestima, su dignidad y sus derechos con tal de no perder el vínculo, y tolera un daño que en otra situación no toleraría.

    ¿Por qué no puedo dejar a alguien que me hace daño?

    Porque la decisión se consolida con el tiempo y no de golpe (Heim et al., 2018), porque el abuso deteriora la capacidad de decidir (Lausi et al., 2023), porque la dependencia produce un síndrome de abstinencia real al separarse (Castelló Blasco, 2005) y porque existen barreras económicas, de vivienda y de contacto que no se resuelven con fuerza de voluntad (Stulz et al., 2024).

    ¿Sirve la terapia de pareja en una relación dañina?

    Solo en casos leves y con tres condiciones: sin maltrato grave ni violencia física, con reconocimiento del problema por parte de la otra persona y con su compromiso de renunciar a sus privilegios (Castelló Blasco, 2005). Mientras haya asimetría o violencia, lo indicado es terapia individual, no de pareja.

    ¿Es peligroso terminar una relación con maltrato?

    Sí, y por eso se prepara. La separación es un periodo de riesgo con escalada de la violencia en muchos casos (Krella et al., 2026), y el abuso puede continuar después bajo formas legales, económicas o de acoso (Spearman, Hardesty y Campbell, 2023). Distancia física, apoyo de otras personas, uso cuidadoso de la tecnología y orientación del fono 1455 aumentan la seguridad.

    ¿Qué secuelas deja una relación de pareja dañina?

    En el metaanálisis de White et al. (2024), la violencia de pareja se asoció con entre 2 y 3 veces más probabilidad de depresión, entre 2,2 y 2,7 veces más de estrés postraumático y entre 2,2 y 5,5 veces más de conducta suicida. Las intervenciones psicosociales mejoran la depresión, la salud general y el apoyo social, y reducen la nueva violencia (Karakurt et al., 2022).

    ¿Dónde pido ayuda en Chile si estoy en una relación violenta?

    En el fono 1455 del SernamEG, que orienta todos los días, o en su WhatsApp +56 9 9700 7000. Ante riesgo inmediato, Carabineros al 133. La Ley 21.675 define las formas de violencia y las medidas de protección, e incluye a las parejas sin convivencia.

    Para cerrar

    Una relación de pareja dañina no se reconoce por una escena dramática sino por un patrón: control, desvalorización, aislamiento, miedo. Los celos lo justifican, la dependencia lo tolera y la violencia lo cierra. Nada de eso es amor, y nada de eso se arregla aguantando más.

    ¿Reconociste dos o tres señales en momentos puntuales, o un patrón con miedo y sin reparación?

    Si al leer esta guía reconociste tu relación, lo primero que conviene hacer es hablarlo con alguien que no esté dentro de ella.

    Si hay señales de peligro, ese alguien es el fono 1455. Si no las hay y lo que necesitas es entender por qué te quedas y cómo dejar de necesitar, puedes agendar una consulta: en terapia individual, online y con evidencia, se trabaja la dependencia, los esquemas y la autoestima, sin plazos inventados y sin juicios.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Nota sobre las citas secundarias: el estudio de Davila y Bradbury (2001) se cita a través de Mikulincer y Shaver (2007), que es la obra consultada.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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