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  • Cómo Afecta el Divorcio a los Hijos Según la Edad

    Cómo Afecta el Divorcio a los Hijos Según la Edad

    Si todavía estás en la etapa de decidir si separarte o seguir intentando, o si ya tomaste la decisión, es probable que una pregunta te persiga más que las otras: ¿qué le va a pasar a mi hijo? La respuesta corta es que depende mucho de su edad, pero depende todavía más de cómo se maneje todo lo que viene después. Un bebé de ocho meses no vive la separación igual que un niño de nueve años, y ese niño de nueve años no la vive igual que un adolescente de quince. Cada etapa trae su propio riesgo y su propia manera de necesitar ayuda.

    Esta guía explica cómo afecta el divorcio a los hijos en cada tramo de edad, según lo que dice la investigación sobre divorcio y niños, desde la psicología del desarrollo hasta la teoría del apego: qué suele pasar, qué protege de verdad y qué puede hacerse en lo concreto, desde cómo contarlo hasta cómo organizar las noches con cada padre.

    Cómo afecta el divorcio a los hijos: el divorcio en sí no es lo que más daña

    Durante décadas se asumió que crecer con padres separados era, por definición, peor para un hijo que crecer con padres casados. Un metaanálisis de 92 estudios encontró algo de eso: los hijos de padres divorciados puntuaban algo más bajo en bienestar que los de familias intactas, aunque la diferencia era pequeña (Amato y Keith, 1991). Lo interesante fue la explicación, más que el tamaño del efecto: lo que más pesaba era el conflicto, no la ausencia del padre que se fue ni el dinero que a veces escasea después.

    Una actualización de ese mismo metaanálisis, con estudios de los años noventa, confirmó la diferencia en rendimiento académico, conducta, ajuste psicológico, autoconcepto y relaciones sociales (Amato, 2001). Y los especialistas en apego llegan al mismo lugar por otro camino: lo que de verdad desorganiza a un niño es la interrupción de la disponibilidad afectiva, que deje de sentir que puede contar con sus padres cuando los necesita, mucho más que el hecho concreto de que vivan en casas distintas (Bowlby, 1973; Marrone, 2001).

    Dicho de otra forma: dos padres separados que se tratan con respeto suelen darle a su hijo más estabilidad que dos padres casados que pelean todas las semanas delante de él. La Asociación Americana de Psicología llega a la misma conclusión desde su propia revisión de la literatura sobre divorcio y custodia infantil.

    Bebés y niños pequeños (0 a 2 años): lo que no entienden con palabras, lo sienten con el cuerpo

    A esta edad el sistema de apego está pegado a la proximidad física: el contacto, el olor, la voz conocida, el ritmo de siempre. Un bebé no entiende el concepto de divorcio, pero sí nota cuando sus rutinas se desordenan o cuando quien lo cuida está desbordado de angustia.

    John Bowlby, junto a James y Joyce Robertson, documentó hace décadas una secuencia bastante consistente en niños pequeños frente a una separación prolongada de su figura de apego: primero protesta (llanto intenso, búsqueda activa), después un abatimiento silencioso, y si la separación se extiende demasiado, un desapego defensivo (Bowlby, 1973). No hace falta que pase lo último para que valga la pena prevenirlo.

    Lo que ayuda en esta etapa:

    • Rutinas casi idénticas en ambas casas: mismos horarios de sueño y de comida, en la medida de lo posible.
    • Contacto físico cálido y constante con ambos padres, sin que el niño perciba tensión en los brazos de quien lo sostiene.
    • Cuidado con los cambios nocturnos. Un estudio con una muestra representativa de 20 ciudades de Estados Unidos encontró que los bebés que pasaban al menos una noche por semana fuera de la casa del padre o madre con quien vivían la mayor parte del tiempo mostraban más apego inseguro que los que no tenían ese esquema; en los niños de uno a tres años la asociación era menos clara (Tornello et al., 2013). Eso no significa que las pernoctaciones estén prohibidas antes de los dos años, sino que conviene introducirlas con gradualidad y mirando cómo reacciona ese bebé en particular, no por un calendario genérico de régimen de visitas.

    Preescolares (2 a 6 años): explicaciones concretas, no promesas abstractas

    A esta edad el pensamiento es todavía bastante egocéntrico: muchos niños llegan a pensar que la separación de sus padres tiene algo que ver con algo que ellos hicieron o dijeron. También pueden volverse coercitivos o manipuladores con el padre con el que están, como una forma infantil de pedir seguridad.

    Lo que funciona:

    • Explicaciones cortas, concretas y repetidas: “mamá y papá ya no van a vivir juntos, pero los dos te vamos a seguir cuidando siempre. Esto no pasó por nada que tú hicieras ni dijeras.” Un niño de cuatro años necesita escuchar esto más de una vez.
    • Anticipar la logística en términos que un niño entienda: en qué casa va a dormir cada noche, quién lo va a buscar al jardín.
    • Mismas reglas en ambas casas. Poner límites sin gritos ni castigos ya es un desafío en una sola casa; cuando hay dos, mantener criterios parecidos evita que el niño viva el cambio de hogar como un cambio de normas.
    • Cuidado con dejar que el niño “cuide” al adulto. Cuando un preescolar percibe a un padre desvalido, puede empezar a adoptar conductas de consuelo o sobreprotección que no le corresponden a su edad: es el inicio de lo que en teoría del apego se llama inversión de roles, y suele anticipar patrones de apego desorganizado si se mantiene en el tiempo (Lecannelier, 2009).

    Niños en edad escolar (6 a 12 años): el grupo que más riesgo acumula

    Hacia los cinco o seis años, la mayoría de los niños ya distingue con claridad una ausencia temporal de una pérdida definitiva. Eso les da más herramientas para procesar lo que pasa, pero también los hace más conscientes del conflicto entre sus padres, y eso tiene un costo medible.

    Un estudio finlandés que siguió a un grupo de jóvenes desde los 16 hasta los 22 años encontró que los hombres que habían vivido el divorcio de sus padres durante esta etapa (entre los 7 y los 12 años) llegaban a la adultez joven con depresión en el 24% de los casos, frente al 9% de quienes lo habían vivido antes de entrar al colegio y al 6% de quienes lo vivieron en la adolescencia. En las mujeres, en cambio, el riesgo de depresión no dependía de en qué momento había ocurrido el divorcio (Palosaari y Aro, 1994). No hay una explicación cerrada para esa diferencia por sexo, pero el dato sobre la edad escolar media es consistente con lo que describe la teoría del apego sobre esta etapa: niños que desarrollan una autoconfianza compulsiva (insistir en que “no les importa” o que “no extrañan a nadie”) como forma de protegerse, o que caen en una rabia sobreinvolucrada que no siempre saben nombrar (Lecannelier, 2009).

    Las señales de alarma en este grupo suelen verse en el cuerpo y en el colegio antes que en las palabras: conductas agresivas que no tenía antes, enuresis, dolores sin causa médica clara, miedo a que algo más se pierda, bajas en el rendimiento escolar.

    Lo que ayuda:

    • Espacio real para la rabia y la tristeza, sin que el adulto se ponga a la defensiva ni intente corregir lo que el niño siente.
    • Proteger la imagen de ambos padres. Evitar comentarios despectivos sobre el otro progenitor, aunque el enojo esté justificado; eso le corresponde procesarlo al adulto, no transmitírselo al hijo.
    • Cero triangulación: no usar al niño como mensajero de temas económicos o legales entre los padres.

    Cómo afecta el divorcio a los adolescentes (12 a 18 años): necesitan distancia, no abandono

    En la adolescencia el sistema de apego se reorganiza hacia la autonomía y las relaciones con pares: es esperable, y sano, que un adolescente busque despegarse un poco de sus padres como figuras exclusivas de apego (Allen y Land, 1999). El problema aparece cuando el divorcio interrumpe esa transición en lugar de acompañarla, por ejemplo, forzando esquemas de visita rígidos que chocan con su vida social, o convirtiendo al adolescente en el sostén emocional de un padre que está atravesando su propio duelo por la ruptura.

    Lo que suele servir:

    • Flexibilidad en el régimen de visitas cuando choca con actividades propias de su edad, en vez de un calendario inamovible.
    • No delegarle el rol de adulto. Nombrarlo “el hombre o la mujer de la casa”, o pedirle que sostenga emocionalmente al padre que sufre, le quita a un adolescente el espacio que necesita para construir su propia identidad.
    • Una narrativa familiar que no fuerce a elegir bando. Poder reconocer virtudes y límites en ambos padres, sin caer en idealizar a uno y devaluar al otro, es lo que les permite salir de esto con una historia coherente de sí mismos.

    ¿Y la custodia compartida? Lo que dice la evidencia, no la ideología

    La custodia compartida (que el hijo viva con ambos padres en proporciones similares) se volvió mucho más común en los últimos años, y genera debates bastante cargados de opinión. La evidencia real es más modesta de lo que cualquiera de los dos bandos suele admitir.

    Una encuesta con familias separadas en Alemania encontró que los niños de 2 a 14 años en custodia compartida mostraban, en un primer análisis, mejor bienestar psicológico, físico, social y escolar que los niños en custodia exclusiva. Pero esa diferencia desapareció por completo al controlar por la calidad de la relación con los padres: lo que explicaba el bienestar no era el esquema de custodia, sino qué tan buena era esa relación (Steinbach y Augustijn, 2022). Una revisión reciente sobre apego y custodia compartida en la primera infancia encontró apenas diez estudios con fundamento real en teoría del apego, con resultados que no coinciden entre sí: la evidencia sobre este esquema en niños muy pequeños es bastante más delgada de lo que suele asumirse en el debate público (Funkquist Sköld et al., 2026).

    La conclusión práctica no es “la custodia compartida es buena” ni “es mala”: es que el esquema de custodia importa menos que la calidad del vínculo que cada hijo tiene con cada uno de sus padres, y eso es precisamente lo que la teoría del apego (Oliva Delgado, 2004) viene diciendo desde otro ángulo.

    Lo que más protege: que dejen de pelear a través de él

    Si hay un hilo conductor en toda esta evidencia, es este: el factor que más determina cómo le va a un hijo después de un divorcio es el conflicto que sigue entre los padres, no la separación en sí.

    Cuando ese conflicto continúa, y sobre todo cuando cada padre busca que el hijo tome partido, aparece lo que Mario Marrone llamó comunicación patogénica: comentarios hostiles o desvalorizaciones sobre el otro progenitor que le generan al niño una confusión real sobre con quién identificarse, además de culpa y baja autoestima (Marrone, 2001). En el extremo, niños expuestos a este tipo de conflicto crónico desarrollan ese patrón de inversión de roles que mencionamos antes, cuidando o protegiendo a quien perciben como la víctima del conflicto (Lecannelier, 2009).

    Del otro lado, una investigación clásica sobre coparentalidad encontró que el apoyo mutuo entre los padres, y la ausencia de peleas abiertas, es de los predictores más fuertes de que el hijo mantenga un apego seguro con ambos (Cowan y Cowan, 1992/1999). No se trata de que los padres vuelvan a llevarse bien como pareja; se trata de que logren coordinar la crianza sin meter al hijo en el medio, ni como mensajero ni como parte de su equipo contra el otro.

    Vale la pena mirar también hacia adentro: el propio estilo de apego de cada padre influye en cómo maneja el conflicto con el otro durante y después de la separación. Si identificas en ti patrones de apego ansioso (dificultad para soltar el conflicto, necesidad de que el otro valide tu versión de los hechos) o de apego evitativo (distancia emocional que el hijo puede leer como desinterés), trabajar en eso no es solo un beneficio personal: es parte de lo que tu hijo necesita de ti ahora.

    ¿Qué ayuda de verdad, además del tiempo?

    El tiempo ayuda, pero no es lo único disponible. Un ensayo clínico aleatorizado reciente con 866 niños y adolescentes de entre 3 y 17 años que estaban viviendo el divorcio de sus padres probó un programa de intervención (una plataforma digital llamada SES NXT) frente a una lista de espera. A las doce semanas, el grupo que recibió la intervención mostró mejoras de tamaño medio a grande en síntomas emocionales y en el nivel general de dificultades, medidas con un cuestionario estandarizado (Hald et al., 2026). El dato importa porque confirma algo que la clínica infantil viene aplicando hace décadas con programas presenciales similares: un acompañamiento estructurado, pensado específicamente para hijos de padres separados, puede reducir el impacto emocional de forma medible. No hace falta esperar a que todo se resuelva solo.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    La mayoría de los hijos de padres separados se adapta con el tiempo. Pero hay señales que conviene tomar en serio en cualquier edad:

    • Tristeza, irritabilidad o ansiedad que no bajan después de varios meses.
    • Caída sostenida en el rendimiento escolar.
    • Síntomas físicos sin causa médica (dolores de cabeza o de estómago recurrentes, problemas de sueño).
    • En adolescentes, consumo de sustancias, conductas de riesgo o aislamiento marcado de sus amigos.
    • Cualquier señal de que el niño está asumiendo un rol de cuidado emocional hacia uno de los padres.

    Un psicólogo infantil o de familia puede ayudar al niño a procesar lo que vive, y también a los padres, a sostener una coparentalidad que no lo ponga en el medio. La Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente y MedlinePlus tienen guías gratuitas para padres que atraviesan esto mismo, si quieres leer más antes de dar ese paso.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad es más difícil el divorcio para un hijo?

    No hay una sola edad “peor”. Los efectos del divorcio por edad son distintos en cada etapa: los bebés son vulnerables a la desorganización de sus rutinas y vínculos, los niños en edad escolar (6 a 12 años) muestran el mayor riesgo de depresión a largo plazo según al menos un estudio de seguimiento, y los adolescentes enfrentan el riesgo específico de ser convertidos en el sostén emocional de un padre. Cada etapa tiene su propio desafío.

    ¿Es culpa mía si mi hijo sufre con el divorcio?

    No. La investigación respalda algo distinto a lo que suele asumirse: el conflicto sostenido entre los padres es lo que más daña a un hijo, mucho más que la decisión de separarse. Un divorcio manejado con respeto mutuo suele generar menos daño que un matrimonio lleno de peleas constantes.

    ¿La custodia compartida es mejor que la custodia exclusiva?

    La evidencia disponible no respalda una respuesta categórica. Lo que de verdad predice el bienestar del hijo es la calidad del vínculo con cada padre y el nivel de conflicto entre ellos, no el esquema de custodia elegido.

    ¿Debo esperar a que mi hijo “esté listo” para contarle del divorcio?

    No conviene esperar demasiado: los niños suelen notar la tensión antes de que se les diga nada, y la incertidumbre prolongada genera más ansiedad que una noticia difícil pero clara. Lo importante es adaptar cómo se cuenta a la edad del niño, no postergarlo indefinidamente.

    ¿Cuánto tiempo tarda un hijo en adaptarse al divorcio de sus padres?

    Varía mucho según la edad, el temperamento y, sobre todo, cómo se maneje el conflicto entre los padres después. La mayoría de los niños se adapta en el curso de uno o dos años cuando los padres logran reducir las peleas y mantener rutinas estables; cuando el conflicto continúa, la adaptación se hace mucho más lenta.

    ¿Cuándo debería llevar a mi hijo a un psicólogo por el divorcio?

    Cuando la tristeza, la ansiedad o los problemas de conducta se mantienen más de unos meses, cuando baja de forma sostenida su rendimiento escolar, o cuando aparecen síntomas físicos sin causa médica. También vale la pena consultar si notas que tu hijo está asumiendo un rol de cuidador emocional hacia ti o hacia el otro padre.

    Si estás en medio de este proceso, no tienes que resolverlo solo. Un acompañamiento profesional puede ayudarte a sostener a tu hijo en esta etapa, y también a ti.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Allen, J. P., & Land, D. (1999). Attachment in adolescence. En J. Cassidy & P. R. Shaver (Eds.), Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications (pp. 319-335). Guilford Press.

    Amato, P. R. (2001). Children of divorce in the 1990s: An update of the Amato and Keith (1991) meta-analysis. Journal of Family Psychology, 15(3), 355-370. https://doi.org/10.1037/0893-3200.15.3.355

    Amato, P. R., & Keith, B. (1991). Parental divorce and the well-being of children: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 110(1), 26-46. https://doi.org/10.1037/0033-2909.110.1.26

    Bowlby, J. (1973). Attachment and loss: Vol. 2. Separation: Anxiety and anger. Basic Books.

    Cowan, C. P., & Cowan, P. A. (1992/1999). When partners become parents: The big life change for couples. Lawrence Erlbaum Associates.

    Funkquist Sköld, L., Alfredsson, E., & Psouni, E. (2026). Joint physical custody and attachment in early childhood: A scoping review of the research landscape. Journal of Family Psychology, 40(2), 173-184. https://doi.org/10.1037/fam0001413

    Hald, G. M., Johnsen, D. B., Lange, T., Hald, A. N., Sander, S., & Øverup, C. S. (2026). Effects of the SES NXT intervention on mental health and well-being for children of divorce. npj Digital Medicine, 9, 478. https://doi.org/10.1038/s41746-026-02638-x

    Lecannelier, F. (2009). Apego e intersubjetividad: Influencia de los vínculos tempranos en el desarrollo humano y la salud mental (1ª ed.). LOM Ediciones.

    Marrone, M. (2001). La teoría del apego: Un enfoque actual. Editorial Psimática.

    Oliva Delgado, A. (2004). Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y Psicología del Niño y del Adolescente, 4(1), 65-81.

    Palosaari, U., & Aro, H. (1994). Effect of timing of parental divorce on the vulnerability of children to depression in young adulthood. Adolescence, 29(115), 681-690. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/7832032/

    Steinbach, A., & Augustijn, L. (2022). Children’s well-being in sole and joint physical custody families. Journal of Family Psychology, 36(2), 301-311. https://doi.org/10.1037/fam0000875

    Tornello, S. L., Emery, R., Rowen, J., Potter, D., Ocker, B., & Xu, Y. (2013). Overnight custody arrangements, attachment, and adjustment among very young children. Journal of Marriage and Family, 75(4), 871-885. https://doi.org/10.1111/jomf.12045

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y relaciones. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Apego y desarrollo infantil temprano: por qué el vínculo de los primeros años importa

    Apego y desarrollo infantil temprano: por qué el vínculo de los primeros años importa

    ¿Por qué tu bebé llora apenas lo dejas en la cuna, pero se calma en segundos cuando lo tomas en brazos? ¿Por qué a los ocho meses de pronto rechaza a la abuela que antes lo hacía reír? Ninguna de las dos cosas es un capricho. Son señales de que el vínculo de apego se está formando, y ese vínculo es, probablemente, la variable psicológica más estudiada e importante de los primeros años de vida.

    Esta guía sobre apego y desarrollo infantil temprano te va a mostrar qué es exactamente el apego, cómo se va construyendo mes a mes, qué significa que sea “seguro” y qué dice la evidencia (no la intuición ni el consejo de la vecina) sobre las dudas que más aparecen en la crianza: el llanto, el colecho, la sala cuna, el rol del papá. Nada de esto reemplaza una evaluación profesional si algo te preocupa, pero sí te da un mapa confiable para entender lo que estás viendo en tu hijo o hija.

    Respuesta corta: el apego es el vínculo madre-hijo, o con cualquier cuidador principal, que el bebé construye en sus primeros años, y su función es protegerlo mientras aprende a regular sus emociones. Se forma en cuatro fases entre el nacimiento y los dos o tres años, y lo que más pesa para que sea seguro es la consistencia relativa con que el cuidador responde a las señales del bebé, mucho más que su perfección. En Chile, entre 7 y 10 de cada 10 niños en muestras normativas desarrollan un apego seguro, aunque la cifra baja en contextos de alto riesgo o cuidado alternativo temprano.

    Apego y desarrollo infantil temprano: qué es y por qué es la base de todo

    El psiquiatra John Bowlby propuso algo que en su época resultó provocador. El psicoanálisis clásico y las teorías del aprendizaje sostenían que el bebé se apegaba a su madre como efecto secundario de la alimentación: la quería porque ella le daba de comer. Bowlby lo discutió de frente y planteó que el apego es una necesidad motivacional primaria, tan básica como el hambre o el sueño, con una base biológica propia (Bowlby, 1969/1982; Marrone, 2001). El bebé humano nace extremadamente indefenso y necesita mantenerse cerca de un adulto que lo proteja. Quien lograba esa cercanía tenía más probabilidades de sobrevivir, así que la selección natural terminó instalando un sistema conductual completo (llanto, sonrisa, búsqueda de contacto visual, aferrarse) diseñado para lograrlo (Bowlby, 1988).

    De ahí nacen dos ideas que vale la pena distinguir. La figura de apego funciona como base segura: el lugar desde el cual el niño se anima a explorar el mundo. Y funciona como refugio seguro: el lugar al que vuelve corriendo cuando algo lo asusta. Un bebé que tiene ambas cosas resueltas explora más, llora menos por nada y se calma más rápido cuando algo lo altera.

    Es, de hecho, uno de los pilares del Cuidado Cariñoso y Sensible que promueve la Organización Mundial de la Salud para la primera infancia, junto con la salud, la nutrición, la seguridad y el aprendizaje temprano. Esto no es un detalle anecdótico del desarrollo infantil: es su cimiento. La calidad del vínculo temprano influye en cómo el niño regula sus emociones, cómo se relaciona con otros niños y, más adelante, cómo vive sus propias relaciones de pareja (Mikulincer y Shaver, 2007). Por eso evaluar el desarrollo infantil que solo mire los hitos motores o de lenguaje (sentarse, caminar, armar frases) deja afuera la mitad de la historia.

    La propia normativa chilena lo reconoce: la Norma Técnica del Ministerio de Salud sobre estimulación y evaluación del desarrollo psicomotor ubica el “apego social” entre los períodos críticos del neurodesarrollo de los primeros dos años de vida, junto con el control emocional. Eso sí, instrumentos como el EEDP o el TEPSI miden el rendimiento del niño frente a tareas motoras, de coordinación y de lenguaje, no la calidad del vínculo en sí: una puntuación normal en esos test no certifica un apego seguro, y conviene mirar ambas cosas por separado.

    Cómo se forma el vínculo, mes a mes

    El apego no aparece de un día para otro. Bowlby y, después, Mary Ainsworth describieron cuatro fases (Bowlby, 1969/1982; Ainsworth, 1973; Lecannelier, 2009):

    • De 0 a 2 meses (preapego). El recién nacido viene equipado con reflejos (llanto, prensión, sonrisa refleja) que atraen el cuidado de cualquier adulto disponible. Todavía no distingue a su cuidador principal de otra persona cualquiera.
    • De 3 a 7 meses (apego en formación). El bebé empieza a preferir claramente a quien lo cuida más seguido: sonríe más, se calma más rápido en esos brazos, reacciona cuando esa persona se aleja. Aún no hay una representación mental estable de esa figura cuando no está presente.
    • De 7 meses a 2 o 3 años (apego establecido). Aparece junto con el gateo y la marcha. El niño ya tiene un apego claramente selectivo, usa a su cuidador como base para explorar y aparecen la angustia de separación y el miedo a los extraños, dos señales de que el vínculo está funcionando, no de que algo anda mal.
    • Desde los 2 años (compañerismo de meta corregida). Con el lenguaje y el pensamiento simbólico, la relación se vuelve más recíproca: el niño empieza a entender las intenciones de sus padres y a negociar, en vez de solo protestar.

    Que tu hijo llore cuando lo dejas con otra persona a los nueve meses, entonces, no es una regresión. Es exactamente lo esperable para esa edad.

    Apego seguro, ansioso, evitativo o desorganizado: qué significa cada estilo

    Ainsworth diseñó un procedimiento llamado la Situación Extraña para observar cómo los bebés de entre uno y dos años manejan la separación y el reencuentro con su cuidador. De ahí surgieron cuatro patrones (Ainsworth et al., 1978; Main y Solomon, 1986):

    • Seguro. Explora con libertad, puede molestarse con la separación, y en el reencuentro busca contacto y se consuela rápido.
    • Evitativo. Parece independiente, casi no reacciona a la separación y evita o ignora a su cuidador al volver. No es que no le importe: lo que hace es desactivar la expresión de su necesidad porque aprendió que pedirla no funciona.
    • Ansioso o ambivalente. Le cuesta explorar, sufre mucho con la separación y, al reencontrarse, busca cercanía mientras al mismo tiempo se resiste al consuelo (con rabia o pataletas).
    • Desorganizado. No tiene una estrategia coherente: puede quedarse paralizado, acercarse y alejarse a la vez, o mostrar conductas que no encajan en ningún patrón claro. Suele aparecer cuando el cuidador es, a la vez, fuente de miedo y la única fuente posible de consuelo.

    ¿Qué tan frecuente es cada uno? La revisión más grande hecha hasta ahora, con 285 estudios y más de 20.000 díadas evaluadas en más de 20 países, encontró 51,6 % de apego seguro, 14,7 % evitativo, 10,2 % ansioso y 23,5 % desorganizado, sin diferencias relevantes entre madres y padres (Madigan et al., 2023). El porcentaje de desorganizado sube con el riesgo sociodemográfico, la psicopatología de los padres o el maltrato.

    Estos mismos cuatro estilos, adaptados a la vida adulta, son los que exploran los test para saber qué tipo de apego tienes en tus relaciones actuales: el patrón que se formó en la cuna suele dejar huella en cómo te vinculas de grande, aunque no de forma determinista.

    En Chile, la foto es distinta según el contexto. Un análisis de 714 díadas de seis estudios encontró 70 % y 51,1 % de apego seguro en dos muestras normativas de Santiago, 48,5 % en niños que asistían a salas cuna o jardines JUNJI, y bastante menos (entre 25 % y 39,6 %) en muestras de alto riesgo, como hijos de madres privadas de libertad o niños atendidos por desnutrición severa (CONIN) (Lecannelier, Monje y Guajardo, 2019). El mismo trabajo advierte algo que vale la pena tener en cuenta si tu hijo entra pronto a sala cuna: el apego evitativo llegó a 37,1 % en niños que ingresaron a cuidado alternativo antes del año, una cifra que fue subiendo en la última década. Más abajo vuelvo sobre qué hacer con ese dato sin caer en la culpa.

    Qué hace que un vínculo sea seguro: la sensibilidad del cuidador

    Si el apego seguro en bebés no depende de ser un padre perfecto, ¿de qué depende? Ainsworth lo resumió en cuatro componentes de la llamada sensibilidad del cuidador: notar las señales del bebé, interpretarlas correctamente (sin proyectar las propias ansiedades), responder de forma apropiada y hacerlo con cierta prontitud.

    La sensibilidad importa, pero menos de lo que se suele pensar en términos absolutos: un metaanálisis de 66 estudios encontró una asociación moderada (r = 0,24) entre sensibilidad materna observada y seguridad del apego (De Wolff y van Ijzendoorn, 1997), lo que significa que es una pieza importante, no la única. En familias de bajos ingresos, lo que mejor predijo la seguridad no fue la sensibilidad general sino algo más puntual: responder al malestar del bebé hasta calmarlo de verdad y, al mismo tiempo, sostener su exploración, lo que se llama “provisión de base segura” (Woodhouse et al., 2020).

    Hay un matiz clínico interesante acá. Lecannelier (2009), retomando el trabajo de Peter Fonagy, plantea que lo que de verdad transmite seguridad va un paso más allá de responder bien: es tratar al bebé como alguien con pensamientos y emociones propias, mentalizarlo. En la práctica eso se traduce en gestos simples: ponerle palabras a lo que el bebé siente (“te pusiste contento, ¿te acordaste de mí?”) y devolverle sus emociones de forma marcada y calmada, ni con pánico ni con indiferencia (Fonagy y Target, 1997; Gergely y Watson, 1996).

    Y un dato que alivia a cualquier padre perfeccionista: el factor protector más potente contra la repetición de patrones inseguros es poder pensar la propia historia de infancia y contársela con cierto sentido, incluso cuando fue difícil, en vez de dejarla sin procesar (Marrone, 2001; Fonagy et al., 1991).

    Llanto, colecho y sueño: las dudas que más preguntan los padres

    Tres preguntas aparecen una y otra vez en consulta y en internet, y la evidencia sobre cada una es más tranquilizadora de lo que el debate público sugiere.

    ¿Dejar llorar al bebé daña el apego? Una réplica del estudio clásico de Bell y Ainsworth, con 50 familias observadas más de 20 horas en su casa, encontró que el llanto en el hogar no distinguió a los bebés seguros de los inseguros a los 15 meses (van Ijzendoorn y Hubbard, 2000). Y un estudio que siguió a 178 bebés desde el nacimiento no halló peor apego ni peor desarrollo conductual a los 18 meses en quienes sus padres habían dejado llorar algunas veces durante los primeros seis meses (Bilgin y Wolke, 2020). No es una licencia para ignorar el llanto de forma sistemática, pero sí quita presión a los momentos puntuales en los que no llegas a tiempo.

    ¿El colecho ayuda o perjudica? La misma cohorte de 178 bebés mostró que compartir cama en los primeros seis meses no se relacionó con el apego, la conducta, el vínculo materno ni la sensibilidad a los 18 meses, ni para bien ni para mal (Bilgin y Wolke, 2022). Es, sobre todo, una decisión de seguridad física y de descanso familiar, no una que determine el vínculo.

    ¿Enseñarle a dormir solo “rompe” el apego? Dos ensayos clínicos aleatorizados, uno con 43 bebés y otro con seguimiento a cinco años de 326 niños, no encontraron diferencias en la proporción de apego seguro ni en el bienestar emocional de los niños entre quienes recibieron una intervención conductual de sueño y quienes no (Gradisar et al., 2016; Price et al., 2012). Dormir mejor como familia no te hace, por sí solo, un peor cuidador.

    Lo que sí tiene evidencia consistentemente a favor es el contacto piel con piel: mejora la organización del sueño, el cólico, el desarrollo socioemocional y la calidad del apego, y además reduce los síntomas depresivos de la madre (Norholt, 2020).

    Apego paterno: ¿y el papá? El vínculo también se construye con él

    El apego no es exclusivo de la madre: el apego paterno también se construye. Un metaanálisis con más de 1.300 díadas encontró que la sensibilidad paterna se asocia con la seguridad del apego hacia el padre de forma independiente (Lucassen et al., 2011). Y un análisis con datos de más de mil niños mostró que mamá y papá no se diferencian en el peso que tiene su vínculo: lo que importa es si el niño logra un apego seguro con al menos una figura, y tener dos apegos inseguros (con ambos padres) se asocia a más problemas internalizantes, como ansiedad o retraimiento (Dagan et al., 2021).

    La sala cuna y el apego: ¿afecta dejar a tu hijo en un jardín infantil?

    Es, probablemente, la pregunta que más culpa genera. El estudio NICHD, que siguió a más de 1.100 bebés en Estados Unidos, encontró que la cantidad de horas, la calidad, la edad de ingreso o el tipo de cuidado alternativo no tuvieron, por sí solos, efecto sobre la seguridad del apego a los 15 meses. Lo que sí importó fue la sensibilidad materna: los bebés tenían menos probabilidad de apego seguro solo cuando una sensibilidad materna baja se combinaba con cuidado de mala calidad o muchas horas (NICHD Early Child Care Research Network, 1997).

    El dato chileno mencionado más arriba (37,1 % de apego evitativo en niños que entraron a sala cuna antes del año) matiza esto para la realidad local: la calidad y la estabilidad del cuidado alternativo en Chile sí parecen pesar. La conclusión práctica, lejos de la culpa, es elegir dentro de lo posible un cuidado estable, cálido y responsivo, y cuidar que el tiempo que sí compartes con tu hijo esté libre de la ansiedad de “tengo que compensar todo en dos horas”.

    Si la dificultad para estar disponible viene de una depresión materna, hay intervenciones con resultados concretos: un ensayo piloto chileno con madres de centros de salud primaria pública con síntomas depresivos, usando sesiones de video-feedback centradas en fortalezas, logró mejorar la sensibilidad materna con un tamaño de efecto de moderado a grande (Olhaberry et al., 2025).

    Vínculo temprano y desarrollo socioemocional: por qué importa a largo plazo

    El apego de los primeros años no se queda archivado en la infancia. Una síntesis de cuatro metaanálisis encontró que predice la competencia social con otros niños y tanto los problemas externalizantes (desafío, agresividad) como los internalizantes (ansiedad, retraimiento), y que el temperamento del niño no determina su apego (Groh, Fearon et al., 2017). El apego desorganizado es el que más se asocia a problemas de conducta más adelante; el evitativo y el ansioso tienen un peso menor (Fearon et al., 2010). Incluso se ha visto que más sensibilidad parental observada entre uno y cuatro años predice un mayor volumen cerebral a los ocho años (Kok et al., 2015).

    Ninguno de estos hallazgos funciona como una sentencia. Un patrón de apego inseguro a los 15 meses describe una tendencia, no un destino: el modelo de trabajo interno que el niño construye (ese “mapa” sobre si los demás van a estar disponibles y si él mismo merece cuidado) sigue siendo capaz de actualizarse frente a relaciones reparadoras, cambios de contexto o, más adelante, psicoterapia.

    Cuándo conviene buscar ayuda profesional

    La mayoría de las dudas de crianza (el llanto, el sueño, si la sala cuna “hace daño”) tienen respuestas tranquilizadoras, como viste arriba. Hay, sin embargo, señales que sí conviene conversar con un profesional:

    • Si el niño muestra conductas desorganizadas sostenidas (quedarse paralizado, acercarse y alejarse a la vez de su cuidador, movimientos extraños ante la figura de apego).
    • Si hay una depresión posparto o parental que lleva semanas sin tratarse: afecta al vínculo de forma moderada pero medible, con bebés con casi el doble de probabilidad de apego inseguro (Barnes y Theule, 2019).
    • Si hubo maltrato, negligencia severa o institucionalización temprana.

    La buena noticia es que intervenir funciona. Un metaanálisis de 70 estudios encontró que los programas que apuntan directamente a la sensibilidad parental, con un número moderado de sesiones y un foco conductual claro, mejoran tanto la sensibilidad como la seguridad del apego, y que mientras más mejora la sensibilidad, más mejora el apego (Bakermans-Kranenburg et al., 2003). En familias donde ya hay maltrato, las intervenciones dirigidas a prevenir la desorganización también muestran efecto (Facompré et al., 2018). No es algo que haya que resolver solo ni en silencio.

    Preguntas frecuentes sobre el apego y el desarrollo infantil

    ¿A qué edad se forma el apego del bebé?

    Empieza a esbozarse desde el nacimiento, pero se consolida de forma selectiva hacia los 6 u 8 meses y queda claramente establecido entre los 7 meses y los 2 o 3 años, cuando aparecen la angustia de separación y el miedo a los extraños.

    ¿El apego inseguro se puede cambiar más adelante?

    Sí. El modelo de trabajo interno que organiza el apego es estable pero no fijo: relaciones reparadoras, cambios en el entorno o la psicoterapia pueden modificarlo, tanto en la infancia como en la vida adulta.

    ¿Ir a la sala cuna afecta el apego con la madre?

    No por sí sola. Lo que más influye es la combinación entre la sensibilidad del cuidador principal y la calidad del cuidado alternativo, no la sola asistencia a un jardín infantil.

    ¿Es malo dejar llorar al bebé?

    La evidencia disponible no asocia dejarlo llorar ocasionalmente con peor apego o peor desarrollo conductual a los 18 meses. Ignorar el llanto de forma sistemática y prolongada es otra historia, distinta a la de estos estudios.

    ¿El colecho fortalece el vínculo?

    Los estudios no muestran que compartir cama cambie el apego, la sensibilidad o el vínculo materno, ni para mejor ni para peor. Es, principalmente, una decisión sobre seguridad física y descanso familiar.

    ¿El papá forma un apego tan importante como la madre?

    Sí. El apego con el padre se construye de forma independiente y con el mismo peso relativo que el materno; lo decisivo es que el niño logre al menos un vínculo seguro con alguna figura estable.

    Entender estas fases y estos estilos no es un ejercicio académico: es lo que te permite leer el llanto, el aferrarse o el rechazo pasajero de tu hijo como lo que son, señales de un sistema que está haciendo exactamente su trabajo. Si después de leer esto sigues con dudas puntuales sobre el vínculo con tu bebé, sobre una posible depresión posparto o sobre cómo acompañar un apego que no se ve seguro, una conversación con un psicólogo clínico puede ayudarte a ponerle nombre a lo que observas y a decidir los siguientes pasos.

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo infantil. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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