Apego y desarrollo infantil temprano: por qué el vínculo de los primeros años importa

Pintura impresionista de un padre meciendo a su bebe, sobre el apego y el desarrollo infantil temprano

¿Por qué tu bebé llora apenas lo dejas en la cuna, pero se calma en segundos cuando lo tomas en brazos? ¿Por qué a los ocho meses de pronto rechaza a la abuela que antes lo hacía reír? Ninguna de las dos cosas es un capricho. Son señales de que el vínculo de apego se está formando, y ese vínculo es, probablemente, la variable psicológica más estudiada e importante de los primeros años de vida.

Esta guía sobre apego y desarrollo infantil temprano te va a mostrar qué es exactamente el apego, cómo se va construyendo mes a mes, qué significa que sea “seguro” y qué dice la evidencia (no la intuición ni el consejo de la vecina) sobre las dudas que más aparecen en la crianza: el llanto, el colecho, la sala cuna, el rol del papá. Nada de esto reemplaza una evaluación profesional si algo te preocupa, pero sí te da un mapa confiable para entender lo que estás viendo en tu hijo o hija.

Respuesta corta: el apego es el vínculo madre-hijo, o con cualquier cuidador principal, que el bebé construye en sus primeros años, y su función es protegerlo mientras aprende a regular sus emociones. Se forma en cuatro fases entre el nacimiento y los dos o tres años, y lo que más pesa para que sea seguro es la consistencia relativa con que el cuidador responde a las señales del bebé, mucho más que su perfección. En Chile, entre 7 y 10 de cada 10 niños en muestras normativas desarrollan un apego seguro, aunque la cifra baja en contextos de alto riesgo o cuidado alternativo temprano.

Apego y desarrollo infantil temprano: qué es y por qué es la base de todo

El psiquiatra John Bowlby propuso algo que en su época resultó provocador. El psicoanálisis clásico y las teorías del aprendizaje sostenían que el bebé se apegaba a su madre como efecto secundario de la alimentación: la quería porque ella le daba de comer. Bowlby lo discutió de frente y planteó que el apego es una necesidad motivacional primaria, tan básica como el hambre o el sueño, con una base biológica propia (Bowlby, 1969/1982; Marrone, 2001). El bebé humano nace extremadamente indefenso y necesita mantenerse cerca de un adulto que lo proteja. Quien lograba esa cercanía tenía más probabilidades de sobrevivir, así que la selección natural terminó instalando un sistema conductual completo (llanto, sonrisa, búsqueda de contacto visual, aferrarse) diseñado para lograrlo (Bowlby, 1988).

De ahí nacen dos ideas que vale la pena distinguir. La figura de apego funciona como base segura: el lugar desde el cual el niño se anima a explorar el mundo. Y funciona como refugio seguro: el lugar al que vuelve corriendo cuando algo lo asusta. Un bebé que tiene ambas cosas resueltas explora más, llora menos por nada y se calma más rápido cuando algo lo altera.

Es, de hecho, uno de los pilares del Cuidado Cariñoso y Sensible que promueve la Organización Mundial de la Salud para la primera infancia, junto con la salud, la nutrición, la seguridad y el aprendizaje temprano. Esto no es un detalle anecdótico del desarrollo infantil: es su cimiento. La calidad del vínculo temprano influye en cómo el niño regula sus emociones, cómo se relaciona con otros niños y, más adelante, cómo vive sus propias relaciones de pareja (Mikulincer y Shaver, 2007). Por eso evaluar el desarrollo infantil que solo mire los hitos motores o de lenguaje (sentarse, caminar, armar frases) deja afuera la mitad de la historia.

La propia normativa chilena lo reconoce: la Norma Técnica del Ministerio de Salud sobre estimulación y evaluación del desarrollo psicomotor ubica el “apego social” entre los períodos críticos del neurodesarrollo de los primeros dos años de vida, junto con el control emocional. Eso sí, instrumentos como el EEDP o el TEPSI miden el rendimiento del niño frente a tareas motoras, de coordinación y de lenguaje, no la calidad del vínculo en sí: una puntuación normal en esos test no certifica un apego seguro, y conviene mirar ambas cosas por separado.

Cómo se forma el vínculo, mes a mes

El apego no aparece de un día para otro. Bowlby y, después, Mary Ainsworth describieron cuatro fases (Bowlby, 1969/1982; Ainsworth, 1973; Lecannelier, 2009):

  • De 0 a 2 meses (preapego). El recién nacido viene equipado con reflejos (llanto, prensión, sonrisa refleja) que atraen el cuidado de cualquier adulto disponible. Todavía no distingue a su cuidador principal de otra persona cualquiera.
  • De 3 a 7 meses (apego en formación). El bebé empieza a preferir claramente a quien lo cuida más seguido: sonríe más, se calma más rápido en esos brazos, reacciona cuando esa persona se aleja. Aún no hay una representación mental estable de esa figura cuando no está presente.
  • De 7 meses a 2 o 3 años (apego establecido). Aparece junto con el gateo y la marcha. El niño ya tiene un apego claramente selectivo, usa a su cuidador como base para explorar y aparecen la angustia de separación y el miedo a los extraños, dos señales de que el vínculo está funcionando, no de que algo anda mal.
  • Desde los 2 años (compañerismo de meta corregida). Con el lenguaje y el pensamiento simbólico, la relación se vuelve más recíproca: el niño empieza a entender las intenciones de sus padres y a negociar, en vez de solo protestar.

Que tu hijo llore cuando lo dejas con otra persona a los nueve meses, entonces, no es una regresión. Es exactamente lo esperable para esa edad.

Apego seguro, ansioso, evitativo o desorganizado: qué significa cada estilo

Ainsworth diseñó un procedimiento llamado la Situación Extraña para observar cómo los bebés de entre uno y dos años manejan la separación y el reencuentro con su cuidador. De ahí surgieron cuatro patrones (Ainsworth et al., 1978; Main y Solomon, 1986):

  • Seguro. Explora con libertad, puede molestarse con la separación, y en el reencuentro busca contacto y se consuela rápido.
  • Evitativo. Parece independiente, casi no reacciona a la separación y evita o ignora a su cuidador al volver. No es que no le importe: lo que hace es desactivar la expresión de su necesidad porque aprendió que pedirla no funciona.
  • Ansioso o ambivalente. Le cuesta explorar, sufre mucho con la separación y, al reencontrarse, busca cercanía mientras al mismo tiempo se resiste al consuelo (con rabia o pataletas).
  • Desorganizado. No tiene una estrategia coherente: puede quedarse paralizado, acercarse y alejarse a la vez, o mostrar conductas que no encajan en ningún patrón claro. Suele aparecer cuando el cuidador es, a la vez, fuente de miedo y la única fuente posible de consuelo.

¿Qué tan frecuente es cada uno? La revisión más grande hecha hasta ahora, con 285 estudios y más de 20.000 díadas evaluadas en más de 20 países, encontró 51,6 % de apego seguro, 14,7 % evitativo, 10,2 % ansioso y 23,5 % desorganizado, sin diferencias relevantes entre madres y padres (Madigan et al., 2023). El porcentaje de desorganizado sube con el riesgo sociodemográfico, la psicopatología de los padres o el maltrato.

Estos mismos cuatro estilos, adaptados a la vida adulta, son los que exploran los test para saber qué tipo de apego tienes en tus relaciones actuales: el patrón que se formó en la cuna suele dejar huella en cómo te vinculas de grande, aunque no de forma determinista.

En Chile, la foto es distinta según el contexto. Un análisis de 714 díadas de seis estudios encontró 70 % y 51,1 % de apego seguro en dos muestras normativas de Santiago, 48,5 % en niños que asistían a salas cuna o jardines JUNJI, y bastante menos (entre 25 % y 39,6 %) en muestras de alto riesgo, como hijos de madres privadas de libertad o niños atendidos por desnutrición severa (CONIN) (Lecannelier, Monje y Guajardo, 2019). El mismo trabajo advierte algo que vale la pena tener en cuenta si tu hijo entra pronto a sala cuna: el apego evitativo llegó a 37,1 % en niños que ingresaron a cuidado alternativo antes del año, una cifra que fue subiendo en la última década. Más abajo vuelvo sobre qué hacer con ese dato sin caer en la culpa.

Qué hace que un vínculo sea seguro: la sensibilidad del cuidador

Si el apego seguro en bebés no depende de ser un padre perfecto, ¿de qué depende? Ainsworth lo resumió en cuatro componentes de la llamada sensibilidad del cuidador: notar las señales del bebé, interpretarlas correctamente (sin proyectar las propias ansiedades), responder de forma apropiada y hacerlo con cierta prontitud.

La sensibilidad importa, pero menos de lo que se suele pensar en términos absolutos: un metaanálisis de 66 estudios encontró una asociación moderada (r = 0,24) entre sensibilidad materna observada y seguridad del apego (De Wolff y van Ijzendoorn, 1997), lo que significa que es una pieza importante, no la única. En familias de bajos ingresos, lo que mejor predijo la seguridad no fue la sensibilidad general sino algo más puntual: responder al malestar del bebé hasta calmarlo de verdad y, al mismo tiempo, sostener su exploración, lo que se llama “provisión de base segura” (Woodhouse et al., 2020).

Hay un matiz clínico interesante acá. Lecannelier (2009), retomando el trabajo de Peter Fonagy, plantea que lo que de verdad transmite seguridad va un paso más allá de responder bien: es tratar al bebé como alguien con pensamientos y emociones propias, mentalizarlo. En la práctica eso se traduce en gestos simples: ponerle palabras a lo que el bebé siente (“te pusiste contento, ¿te acordaste de mí?”) y devolverle sus emociones de forma marcada y calmada, ni con pánico ni con indiferencia (Fonagy y Target, 1997; Gergely y Watson, 1996).

Y un dato que alivia a cualquier padre perfeccionista: el factor protector más potente contra la repetición de patrones inseguros es poder pensar la propia historia de infancia y contársela con cierto sentido, incluso cuando fue difícil, en vez de dejarla sin procesar (Marrone, 2001; Fonagy et al., 1991).

Llanto, colecho y sueño: las dudas que más preguntan los padres

Tres preguntas aparecen una y otra vez en consulta y en internet, y la evidencia sobre cada una es más tranquilizadora de lo que el debate público sugiere.

¿Dejar llorar al bebé daña el apego? Una réplica del estudio clásico de Bell y Ainsworth, con 50 familias observadas más de 20 horas en su casa, encontró que el llanto en el hogar no distinguió a los bebés seguros de los inseguros a los 15 meses (van Ijzendoorn y Hubbard, 2000). Y un estudio que siguió a 178 bebés desde el nacimiento no halló peor apego ni peor desarrollo conductual a los 18 meses en quienes sus padres habían dejado llorar algunas veces durante los primeros seis meses (Bilgin y Wolke, 2020). No es una licencia para ignorar el llanto de forma sistemática, pero sí quita presión a los momentos puntuales en los que no llegas a tiempo.

¿El colecho ayuda o perjudica? La misma cohorte de 178 bebés mostró que compartir cama en los primeros seis meses no se relacionó con el apego, la conducta, el vínculo materno ni la sensibilidad a los 18 meses, ni para bien ni para mal (Bilgin y Wolke, 2022). Es, sobre todo, una decisión de seguridad física y de descanso familiar, no una que determine el vínculo.

¿Enseñarle a dormir solo “rompe” el apego? Dos ensayos clínicos aleatorizados, uno con 43 bebés y otro con seguimiento a cinco años de 326 niños, no encontraron diferencias en la proporción de apego seguro ni en el bienestar emocional de los niños entre quienes recibieron una intervención conductual de sueño y quienes no (Gradisar et al., 2016; Price et al., 2012). Dormir mejor como familia no te hace, por sí solo, un peor cuidador.

Lo que sí tiene evidencia consistentemente a favor es el contacto piel con piel: mejora la organización del sueño, el cólico, el desarrollo socioemocional y la calidad del apego, y además reduce los síntomas depresivos de la madre (Norholt, 2020).

Apego paterno: ¿y el papá? El vínculo también se construye con él

El apego no es exclusivo de la madre: el apego paterno también se construye. Un metaanálisis con más de 1.300 díadas encontró que la sensibilidad paterna se asocia con la seguridad del apego hacia el padre de forma independiente (Lucassen et al., 2011). Y un análisis con datos de más de mil niños mostró que mamá y papá no se diferencian en el peso que tiene su vínculo: lo que importa es si el niño logra un apego seguro con al menos una figura, y tener dos apegos inseguros (con ambos padres) se asocia a más problemas internalizantes, como ansiedad o retraimiento (Dagan et al., 2021).

La sala cuna y el apego: ¿afecta dejar a tu hijo en un jardín infantil?

Es, probablemente, la pregunta que más culpa genera. El estudio NICHD, que siguió a más de 1.100 bebés en Estados Unidos, encontró que la cantidad de horas, la calidad, la edad de ingreso o el tipo de cuidado alternativo no tuvieron, por sí solos, efecto sobre la seguridad del apego a los 15 meses. Lo que sí importó fue la sensibilidad materna: los bebés tenían menos probabilidad de apego seguro solo cuando una sensibilidad materna baja se combinaba con cuidado de mala calidad o muchas horas (NICHD Early Child Care Research Network, 1997).

El dato chileno mencionado más arriba (37,1 % de apego evitativo en niños que entraron a sala cuna antes del año) matiza esto para la realidad local: la calidad y la estabilidad del cuidado alternativo en Chile sí parecen pesar. La conclusión práctica, lejos de la culpa, es elegir dentro de lo posible un cuidado estable, cálido y responsivo, y cuidar que el tiempo que sí compartes con tu hijo esté libre de la ansiedad de “tengo que compensar todo en dos horas”.

Si la dificultad para estar disponible viene de una depresión materna, hay intervenciones con resultados concretos: un ensayo piloto chileno con madres de centros de salud primaria pública con síntomas depresivos, usando sesiones de video-feedback centradas en fortalezas, logró mejorar la sensibilidad materna con un tamaño de efecto de moderado a grande (Olhaberry et al., 2025).

Vínculo temprano y desarrollo socioemocional: por qué importa a largo plazo

El apego de los primeros años no se queda archivado en la infancia. Una síntesis de cuatro metaanálisis encontró que predice la competencia social con otros niños y tanto los problemas externalizantes (desafío, agresividad) como los internalizantes (ansiedad, retraimiento), y que el temperamento del niño no determina su apego (Groh, Fearon et al., 2017). El apego desorganizado es el que más se asocia a problemas de conducta más adelante; el evitativo y el ansioso tienen un peso menor (Fearon et al., 2010). Incluso se ha visto que más sensibilidad parental observada entre uno y cuatro años predice un mayor volumen cerebral a los ocho años (Kok et al., 2015).

Ninguno de estos hallazgos funciona como una sentencia. Un patrón de apego inseguro a los 15 meses describe una tendencia, no un destino: el modelo de trabajo interno que el niño construye (ese “mapa” sobre si los demás van a estar disponibles y si él mismo merece cuidado) sigue siendo capaz de actualizarse frente a relaciones reparadoras, cambios de contexto o, más adelante, psicoterapia.

Cuándo conviene buscar ayuda profesional

La mayoría de las dudas de crianza (el llanto, el sueño, si la sala cuna “hace daño”) tienen respuestas tranquilizadoras, como viste arriba. Hay, sin embargo, señales que sí conviene conversar con un profesional:

  • Si el niño muestra conductas desorganizadas sostenidas (quedarse paralizado, acercarse y alejarse a la vez de su cuidador, movimientos extraños ante la figura de apego).
  • Si hay una depresión posparto o parental que lleva semanas sin tratarse: afecta al vínculo de forma moderada pero medible, con bebés con casi el doble de probabilidad de apego inseguro (Barnes y Theule, 2019).
  • Si hubo maltrato, negligencia severa o institucionalización temprana.

La buena noticia es que intervenir funciona. Un metaanálisis de 70 estudios encontró que los programas que apuntan directamente a la sensibilidad parental, con un número moderado de sesiones y un foco conductual claro, mejoran tanto la sensibilidad como la seguridad del apego, y que mientras más mejora la sensibilidad, más mejora el apego (Bakermans-Kranenburg et al., 2003). En familias donde ya hay maltrato, las intervenciones dirigidas a prevenir la desorganización también muestran efecto (Facompré et al., 2018). No es algo que haya que resolver solo ni en silencio.

Preguntas frecuentes sobre el apego y el desarrollo infantil

¿A qué edad se forma el apego del bebé?

Empieza a esbozarse desde el nacimiento, pero se consolida de forma selectiva hacia los 6 u 8 meses y queda claramente establecido entre los 7 meses y los 2 o 3 años, cuando aparecen la angustia de separación y el miedo a los extraños.

¿El apego inseguro se puede cambiar más adelante?

Sí. El modelo de trabajo interno que organiza el apego es estable pero no fijo: relaciones reparadoras, cambios en el entorno o la psicoterapia pueden modificarlo, tanto en la infancia como en la vida adulta.

¿Ir a la sala cuna afecta el apego con la madre?

No por sí sola. Lo que más influye es la combinación entre la sensibilidad del cuidador principal y la calidad del cuidado alternativo, no la sola asistencia a un jardín infantil.

¿Es malo dejar llorar al bebé?

La evidencia disponible no asocia dejarlo llorar ocasionalmente con peor apego o peor desarrollo conductual a los 18 meses. Ignorar el llanto de forma sistemática y prolongada es otra historia, distinta a la de estos estudios.

¿El colecho fortalece el vínculo?

Los estudios no muestran que compartir cama cambie el apego, la sensibilidad o el vínculo materno, ni para mejor ni para peor. Es, principalmente, una decisión sobre seguridad física y descanso familiar.

¿El papá forma un apego tan importante como la madre?

Sí. El apego con el padre se construye de forma independiente y con el mismo peso relativo que el materno; lo decisivo es que el niño logre al menos un vínculo seguro con alguna figura estable.

Entender estas fases y estos estilos no es un ejercicio académico: es lo que te permite leer el llanto, el aferrarse o el rechazo pasajero de tu hijo como lo que son, señales de un sistema que está haciendo exactamente su trabajo. Si después de leer esto sigues con dudas puntuales sobre el vínculo con tu bebé, sobre una posible depresión posparto o sobre cómo acompañar un apego que no se ve seguro, una conversación con un psicólogo clínico puede ayudarte a ponerle nombre a lo que observas y a decidir los siguientes pasos.

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Referencias

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Sobre el autor

Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo infantil. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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