Tu hijo tiene cinco, siete o nueve años, ya dejó los pañales hace tiempo, y sin embargo aparecen calzoncillos manchados escondidos debajo de la cama. A veces con un olor que llega antes que él. Lo has retado, has probado con premios, has sospechado que lo hace a propósito. Y él dice que no se dio cuenta.
Esa escena tiene nombre: encopresis. ¿Qué es exactamente? Esta guía lo explica, además de por qué pasa (adelanto: casi nunca es «un problema psicológico» como lo imaginan la mayoría de los padres), qué relación tiene con el estreñimiento y con la enuresis, qué tratamiento tiene respaldo en la evidencia y en qué momento conviene sumar a un psicólogo infantil. Al final hay seis preguntas frecuentes y las referencias completas.
Respuesta corta: la encopresis es el escape repetido de heces en la ropa (o en otro lugar inadecuado) en un niño de 4 años o más. En alrededor de 8 de cada 10 casos la causa es un estreñimiento crónico con retención: el recto se llena de una masa dura, pierde sensibilidad y las heces blandas se escapan sin que el niño lo note. Se trata primero con el pediatra (vaciar y ablandar) y después con un programa de baño en casa; el trabajo psicológico se suma cuando hay estrés, oposición o ansiedad que lo mantienen.
Encopresis: qué es y cómo se diagnostica
La encopresis es la evacuación repetida de heces en lugares inapropiados (la ropa interior, el suelo) en un niño que ya tiene la edad para controlar el intestino. El DSM-5 exige que el niño tenga al menos 4 años de edad cronológica o de desarrollo, que ocurra al menos un episodio al mes durante un mínimo de 3 meses, y que no se explique por un laxante ni por otra enfermedad, salvo que esa enfermedad actúe a través del estreñimiento (Reimers, 2017, pp. 91-95). La CIE-10 usa los mismos elementos, pero pide 6 meses de duración.
Los gastroenterólogos pediátricos prefieren otro nombre: incontinencia fecal. Y en lugar de mirar solo el escape, miran el conjunto. Los criterios Roma IV de estreñimiento funcional en niños y adolescentes piden dos o más de estos signos durante al menos un mes: dos o menos deposiciones en el inodoro por semana, al menos un escape de heces a la semana, posturas para aguantarse o retención voluntaria, deposiciones dolorosas o duras, una masa fecal grande en el recto, y deposiciones tan gruesas que tapan el inodoro (Rajindrajith et al., 2016). Fíjate en que el escape es uno de los signos, no el problema entero.
La palabra tiene casi un siglo. Weissenberg la acuñó en 1926 (del griego kopros, heces) para describir el ensuciamiento sin causa física, y durante décadas se la trató como un síntoma emocional. Lo que se sabe hoy es distinto, y cambia por completo qué se hace primero.
Tipos de encopresis: retentiva o no retentiva, la distinción que ordena todo
Hay dos tipos de encopresis, y se tratan distinto:
- Encopresis retentiva (con estreñimiento e incontinencia por rebosamiento). Es la forma más frecuente: las guías de la Sociedad Internacional de Continencia Infantil estiman que en torno al 80 % de los niños con incontinencia fecal tienen estreñimiento detrás (Koppen et al., 2016), y Reimers (2017, pp. 95-103) habla de hasta un 90-95 % de los casos. El niño retiene, el recto se dilata con una masa dura y las heces líquidas se filtran alrededor. El escape es involuntario.
- Encopresis no retentiva (sin estreñimiento). Alrededor del 20 % restante. El niño deposita heces de consistencia normal en un lugar inadecuado, sin impactación. Aquí sí pesan más los factores emocionales y conductuales, y el tratamiento cambia (lo veremos más abajo).
Se habla además de encopresis primaria cuando el niño nunca logró un periodo sostenido de continencia (unos 3 a 6 meses) desde que dejó el pañal, y secundaria cuando ya controlaba y volvió a ensuciarse (Reimers, 2017, p. 110). La secundaria suele aparecer tras un cambio: un episodio de dolor al evacuar, el inicio del colegio, una mudanza, la llegada de un hermano.
¿Qué tan común es la encopresis infantil?
Más de lo que se habla en las reuniones de apoderados. Un metaanálisis de 37 estudios poblacionales en niños de 0 a 18 años calculó una prevalencia mundial de estreñimiento funcional del 9,5 %, con cifras entre el 0,5 % y el 32 % según el país, sin diferencia entre niños y niñas; la incontinencia fecal no retentiva, en cambio, fue rara, un 0,4 % (Koppen et al., 2018). En Europa, una revisión de 28 estudios situó el estreñimiento funcional en el 11,4 % de los niños de 4 a 18 años (Bloem et al., 2025).
Sobre el escape en sí: en la cohorte británica ALSPAC, a los 7 años un 1,4 % de los niños se ensuciaba al menos una vez por semana y un 5,4 % con menos frecuencia (Joinson et al., 2006). Traducido a un curso de 30 alumnos: uno o dos con escapes ocasionales, y en varios cursos del colegio hay alguno que se ensucia cada semana.
Para Chile no hay una cifra poblacional publicada de encopresis. Lo que sí sabemos es que el estreñimiento funcional aparece en todos los países estudiados, en niveles altos y bajos de ingreso, y que se asocia a la dieta, a los hábitos y a los eventos estresantes de la vida del niño (Koppen et al., 2018).
Por qué pasa: el círculo del dolor y la retención
La secuencia más común empieza con una deposición que dolió. Puede ser por una fisura, por unos días de dieta pobre en fibra, por un cambio de rutina. El niño aprende algo muy simple: hacer caca duele. Y la próxima vez aguanta. Cruza las piernas, se pone rígido, se esconde detrás del sillón. Los padres a veces interpretan esas posturas como que «está intentando», cuando es lo contrario.
Al aguantar, las heces siguen en el recto, pierden agua y se endurecen. La siguiente deposición duele más. Se retiene más. La revisión Cochrane sobre incontinencia fecal infantil lo describe como un círculo vicioso de dolor que lleva a retener, que lleva a estreñimiento y a más dolor (Brazzelli et al., 2011). En niños pequeños, la retención por dolor y miedo explica al menos la mitad de los casos de estreñimiento funcional (Rajindrajith et al., 2016).
Después viene la parte que confunde a todo el mundo. El recto, estirado semana tras semana por una masa que no sale, se acomoda a esa distensión. Los nervios que avisan «tienes ganas» se habitúan y dejan de mandar la señal. El niño de verdad no siente el recto lleno. Y como la masa dura tapa el paso, las heces blandas que vienen detrás se escurren por los bordes y manchan la ropa: es la incontinencia por rebosamiento. El niño solo nota algo cuando el intestino está tan estirado que aparecen retortijones (Brazzelli et al., 2011; Reimers, 2017, pp. 95-103).
Por eso tres cosas que parecen contradictorias son ciertas a la vez: el niño está estreñido aunque manche varias veces al día; no lo hace a propósito aunque parezca que «no le importa»; y no lo siente aunque el olor sea evidente para todos los demás.
¿La encopresis es psicológica? Lo que dice la evidencia (y lo que no)
La pregunta que casi todos los padres traen es esa: «¿lo hace por algo emocional?». La respuesta honesta tiene dos partes.
La primera: en la encopresis retentiva, el motor es físico, y el estreñimiento se trata como estreñimiento. Cuando el problema se aborda bien, muchos de los problemas de conducta que lo acompañan son leves y desaparecen con el tratamiento (Rajindrajith et al., 2016). Un ensayo holandés lo midió de forma directa: añadir terapia conductual al laxante no mejoró la continencia más que el tratamiento médico convencional, con tasas de éxito del 51,5 % frente al 62,3 % a las 22 semanas (van Dijk et al., 2008). El laxante y el programa de baño hacen el trabajo grueso.
La segunda parte: los factores psicológicos existen y no son menores. El documento de consenso de la Sociedad Internacional de Continencia Infantil de 2026 estima que entre el 30 % y el 50 % de los niños con incontinencia fecal o estreñimiento funcional cumple criterios de algún trastorno psiquiátrico, sea externalizante (oposición, TDAH), internalizante (ansiedad, depresión) o del neurodesarrollo (von Gontard et al., 2026). En la cohorte ALSPAC, los niños que se ensuciaban tenían, según sus padres, más problemas emocionales y de conducta que los que no, con tasas especialmente altas de problemas de atención, obsesiones y conducta oposicionista, y ellos mismos reportaban más participación en bullying, como víctimas y como agresores (Joinson et al., 2006).
¿Y entonces qué es causa y qué es consecuencia? El mismo documento describe cuatro relaciones posibles, y todas ocurren: el problema psicológico puede ser consecuencia del escape (vergüenza, aislamiento, ánimo bajo); un trastorno previo puede inducir la retención (un niño con trastorno negativista desafiante que convierte el baño en una batalla más); ambos pueden compartir una base neurobiológica (como en el autismo); y la coincidencia por azar queda descartada por lo alta que es la comorbilidad (von Gontard et al., 2026). En la práctica, lo que importa es evaluar las dos cosas y tratar las dos.
Un matiz que vale para el otro 20 %: la encopresis no retentiva se observa con frecuencia como manifestación de una alteración emocional en escolares, y la pérdida de control suele ser la reacción del niño a eventos estresantes (Brazzelli et al., 2011). Si tu hijo no está estreñido, hace deposiciones normales en el lugar equivocado y esto empezó tras un cambio importante, ahí la mirada psicológica va primero.
Encopresis y enuresis: por qué suelen ir juntas
Si además de ensuciarse tu hijo moja la cama, no son dos problemas separados. Un recto que nunca se vacía del todo se dilata y presiona la pared posterior de la vejiga; esa presión reduce la capacidad de la vejiga y provoca contracciones involuntarias, con escapes de orina de día y de noche (Mack, 1989, pp. 31-32; Reimers, 2017, pp. 62-63). Se suma un hábito: el niño que aprieta el piso pélvico para aguantar la orina también pospone la defecación, y el círculo se cierra.
Las cifras van en las dos direcciones. Entre el 10 % y el 25 % de los niños con enuresis nocturna también se ensucian, y en algunos estudios poblacionales la comorbilidad llega al 50 %; a la inversa, alrededor de la mitad de los niños con estreñimiento crónico mojan la cama (Mack, 1989, pp. 31-32; Reimers, 2017, p. 77). Por eso las guías de la Sociedad Internacional de Continencia Infantil indican tratar el estreñimiento antes de empezar cualquier tratamiento de la enuresis (Nevéus et al., 2020). Resolver la impactación fecal muchas veces reduce o detiene los episodios nocturnos sin ninguna intervención urinaria. Si tu hijo es mayor y sigue mojando la cama, tenemos una guía aparte sobre el tratamiento de la enuresis en adolescentes.
Señales de que hay estreñimiento detrás del escape
Muchos padres descartan el estreñimiento porque «va al baño todos los días» o porque las deposiciones que ven son blandas. El rebosamiento engaña precisamente así. Esta tabla resume los signos que busca el pediatra (los mismos criterios Roma IV descritos por Rajindrajith et al., 2016) y cómo se ven en casa:
| Signo clínico | Cómo se ve en casa |
|---|---|
| Dos o menos deposiciones en el inodoro por semana | «Días» sin ir al baño, o va pero sale muy poco |
| Al menos un escape de heces a la semana | Ropa interior manchada, a veces varias veces al día, casi siempre de tarde |
| Posturas retentivas o retención voluntaria | Se pone en puntas de pie, cruza las piernas, se esconde, se pone rojo y dice que «no tiene ganas» |
| Deposiciones dolorosas o duras | Llanto o miedo al ir al baño; sangre en el papel por fisura |
| Masa fecal grande en el recto | Abdomen hinchado o duro; lo detecta el pediatra al examinar |
| Deposiciones de gran diámetro | Heces enormes que tapan el inodoro cada cierto tiempo |
Dos o más de estos signos durante un mes, en un niño de 4 años o más, definen el estreñimiento funcional. Y esa combinación es la que hay que llevar a la consulta pediátrica, con fechas: cuándo empezó, cuántos escapes por semana, cómo son las heces, si hubo dolor. Anotarlo una semana antes de la consulta ahorra tiempo y errores.
Cómo se trata la encopresis: primero el pediatra, después el programa en casa
Este es el orden que marca la evidencia, y es al revés de lo que hacen muchas familias (y muchos blogs): primero se resuelve el estreñimiento, después se reeduca el hábito, y el apoyo psicológico entra cuando hace falta, no como sustituto de lo anterior. Las guías conjuntas de las sociedades europea y norteamericana de gastroenterología pediátrica ordenan la evaluación y el tratamiento del estreñimiento funcional con dos algoritmos, uno para lactantes y otro para niños mayores, sobre una revisión sistemática de la literatura (Tabbers et al., 2014). Lo que sigue lo traduce a pasos.
Paso 1: vaciar y ablandar (lo hace el pediatra)
Mientras haya una masa dura en el recto, ningún programa de baño funciona: el niño no siente ganas y lo que sale es rebosamiento. El pediatra indica primero una desimpactación y después un tratamiento de mantenimiento con un ablandador de heces, habitualmente polietilenglicol, con la dosis ajustada hasta lograr deposiciones blandas y formadas, «tipo pudín» (Reimers, 2017, pp. 118-120). Una revisión Cochrane de 25 ensayos encontró que el polietilenglicol aumenta unas 2,6 deposiciones por semana frente al placebo, con efectos adversos frecuentes pero leves (gases, dolor abdominal, náuseas, diarrea, dolor de cabeza) y con estudios de calidad desigual (Gordon et al., 2016).
Tres advertencias para esta fase. La dosis no se decide en casa: se ajusta con el pediatra según la consistencia que anotas en el registro. No se suspende cuando el niño lleva «una semana bien»: bajar la dosis y retirarla es una decisión del pediatra con el registro a la vista, porque el recto dilatado necesita tiempo para volver a sentir (Brazzelli et al., 2011). Y la fibra y el agua ayudan, pero no vacían un recto impactado: esa parte es la desimpactación.
Paso 2: el programa de baño en casa
Con las heces blandas, el objetivo es que el niño vuelva a sentir y a responder. El programa conductual que describe Reimers (2017, pp. 125-140), y que coincide con lo que usan los ensayos clínicos, tiene pocas piezas:
- Sentadas programadas. Entre 15 y 20 minutos después de cada comida principal, el niño se sienta en el inodoro a intentar. Se aprovecha el reflejo gastrocólico, el aumento natural de la actividad intestinal después de comer. Para el niño que aguanta en el colegio, se agrega una sentada al llegar a casa.
- Cinco a diez minutos, con temporizador. Nunca más de 10: las sentadas largas se vuelven aversivas y aumentan la resistencia. La mayoría de las deposiciones ocurren dentro de los primeros 10 minutos.
- Pies apoyados. Un taburete bajo los pies, siempre. Con los pies colgando el cuerpo tensa justo los músculos que tendrían que relajarse, y evacuar se vuelve casi imposible.
- Un registro diario. Deposiciones logradas en el inodoro, escapes, consistencia (una escala visual del 1 al 8), dolor y dosis del ablandador. Ese registro es lo que el pediatra usa para ajustar la medicación y lo que te muestra el progreso real cuando la memoria dice «sigue igual».
- Refuerzo inmediato, nunca castigo. Reimers propone un frasco transparente con fichas: una por sentarse cooperando, dos por evacuar en la sentada, tres por escuchar a su cuerpo e ir solo. Las fichas solo se suman. Jamás se quitan por un escape.
Suena simple, y lo es. Lo difícil es sostenerlo durante meses con un niño que al principio no quiere y con padres que ya llevan un año frustrados. Esa constancia es, muchas veces, lo que un psicólogo ayuda a sostener.
Paso 3: qué hacer cuando hay un escape
Va a haber escapes, sobre todo al principio. El programa de Reimers (2017, pp. 140-143) propone revisiones de ropa cada cierto tiempo (muchos niños ignoran el escape para no interrumpir el juego o por miedo a la reacción), una actitud completamente neutral del adulto (sin gritos, sin sermones, sin caras), y que el niño se haga cargo de la limpieza a su nivel: quitarse la ropa, llevarla al lavadero, enjuagarla, lavarse y terminar en el inodoro si hace falta. El proceso es deliberadamente lento (10 a 20 minutos) para que ensuciarse sea una molestia que quita tiempo de juego, pero nunca una humillación. Al terminar, una frase corta: «la próxima vez es más rápido ir al baño cuando el cuerpo avisa».
Las recomendaciones para la encopresis no retentiva de la Sociedad Internacional de Continencia Infantil usan una expresión que vale para toda la encopresis: enfoque no acusatorio (Koppen et al., 2016). Un niño castigado por ensuciarse esconde la ropa, miente y retiene más. Y la incontinencia está entre las causas más frecuentes de maltrato físico infantil (Reimers, 2017, pp. 9, 33-61); tenerlo presente ayuda a los padres a pedir ayuda antes de llegar al límite.
¿Qué aporta lo conductual sobre el laxante solo?
Es una pregunta legítima, porque el programa cuesta esfuerzo. La respuesta de los ensayos es matizada. La revisión Cochrane, con 21 ensayos y 1.371 niños, concluyó que hay alguna evidencia de que las intervenciones conductuales sumadas al laxante mejoran la continencia más que el laxante solo: en un ensayo pequeño, la modificación de conducta redujo los episodios de escape a los 3 meses y a los 12 meses. La misma revisión no encontró ningún beneficio de añadir biofeedback al tratamiento convencional (Brazzelli et al., 2011).
En un ensayo con 87 niños de 6 a 15 años con encopresis crónica, sumar un programa de entrenamiento de baño al tratamiento médico intensivo subió la proporción de niños que mejoraron del 45 % al 78 % a los 12 meses, con menos uso de laxantes, aunque las tasas de curación completa fueron parecidas entre grupos; y la respuesta en las dos primeras semanas predijo con fuerza cómo iba a estar el niño al año (Borowitz et al., 2002). El ensayo holandés que ya mencionamos no encontró ventaja de la terapia conductual para el estreñimiento en sí, pero sí en otra cosa: al seguimiento, solo el 11,7 % de los niños tratados con terapia conductual tenía problemas de conducta, frente al 29,2 % del grupo convencional; sus autores concluyen que cuando hay problemas de conducta, debe considerarse la terapia conductual o la derivación a salud mental (van Dijk et al., 2008).
Una línea más reciente: un metaanálisis de siete ensayos sobre fisioterapia de piso pélvico en niños con estreñimiento funcional encontró mejoras en el dolor al evacuar, la consistencia y la calidad de vida, con resultados menos consistentes en la frecuencia y con protocolos muy heterogéneos, así que sus autores la consideran una ayuda prometedora todavía por confirmar (Medrano-Sánchez et al., 2026).
Cuando no hay estreñimiento: la encopresis no retentiva
Para ese 20 % de niños que se ensucian sin estar estreñidos, la Sociedad Internacional de Continencia Infantil recomienda un diagnóstico clínico (historia y examen físico, casi nunca más exámenes), educación a la familia, un enfoque no acusatorio y un programa de baño con diario intestinal y sistema de recompensas, con atención especial a los problemas psicosociales y de conducta, que son frecuentes en este grupo (Koppen et al., 2016). Sus autores son francos: es una forma difícil de tratar, con terapias largas, mejoría gradual y recaídas frecuentes. Aquí la evaluación psicológica no es un complemento, es parte del diagnóstico.
Cuánto dura y cómo evoluciona
La mala noticia es que no se arregla en dos semanas; la buena es que la mayoría se resuelve. Un seguimiento de 401 niños holandeses con estreñimiento funcional durante una mediana de 11 años encontró que el 80 % tenía buen resultado clínico a los 16 años, y el 75 % en la adultez. Es decir, uno de cada cuatro seguía con síntomas de adulto. Tres factores predijeron peor pronóstico: empezar más tarde, tardar más entre el inicio de los síntomas y la primera consulta, y evacuar con menos frecuencia al llegar. Sus autores recomiendan derivar temprano a una clínica especializada a los niños que no responden a la primera línea (Bongers et al., 2010).
Ese dato tiene una lectura práctica para los padres: cada mes que pasa con la masa en el recto, el recto se dilata más y el pronóstico empeora un poco. Esperar «a ver si se le pasa» es la decisión más cara.
Lo que siente tu hijo (y qué hacer con el colegio)
Los niños que se ensucian lo pasan peor de lo que muestran. En un estudio con 114 niños de 8 a 18 años con incontinencia por estreñimiento, entre el 70 % y el 80 % vivía preocupado por tener un escape sin darse cuenta y por sus consecuencias sociales, y a más episodios, peor funcionamiento emocional (Bongers et al., 2009). Muchos construyen un secreto familiar para que sus compañeros no lo descubran; cuando hay castigos, esconden la ropa y mienten (Butler, 1994, pp. 72-75; Mack, 1989, pp. 5-7). Y los niños que se ensucian participan más en bullying, como víctimas y también como agresores (Joinson et al., 2006).
Qué ayuda en casa, según las mismas fuentes: decirle con claridad que no es su culpa y que es un problema común que se soluciona; no usar etiquetas («cochino», «guagua»); destacar sus logros en otras áreas; y darle responsabilidad sobre su cuerpo (el registro, la limpieza) sin convertirla en castigo (Mack, 1989, pp. 35-38; Reimers, 2017, p. 50).
Con el colegio conviene coordinar poco y bien: que la profesora sepa que el niño puede ir al baño sin pedir permiso en voz alta y a horarios programados, que tenga una muda de ropa en la mochila, y que ningún adulto haga recordatorios públicos ni tolere burlas (Mack, 1989, pp. 16-17). No hace falta que el colegio entero conozca el diagnóstico.
Cuándo consultar a un psicólogo infantil
El pediatra va primero, siempre. El psicólogo suma en cuatro situaciones concretas:
- Cuando el programa en casa se traba. El niño se niega a sentarse, cada intento termina en pelea, los padres ya no pueden sostener la neutralidad. Diseñar el sistema de refuerzos, ajustarlo y acompañar a los padres durante los meses que dura es trabajo clínico.
- Cuando hay un trastorno de conducta o de atención asociado. Los niños con TDAH e incontinencia son más difíciles de tratar, cumplen menos y tienen peores resultados si el TDAH no se aborda a la vez (von Gontard y Equit, 2015). Lo mismo vale para el trastorno negativista desafiante, que puede convertir la retención en una forma más de decir que no.
- Cuando el niño está sufriendo. Retraimiento, baja autoestima, ánimo bajo o rechazo al colegio por miedo a un escape son razones para derivar (Rajindrajith et al., 2016). El consenso de 2026 recomienda, de hecho, cribar síntomas psicológicos en todos los niños con incontinencia fecal, con cuestionarios validados como el SDQ o el CBCL, y hacer una evaluación completa si algo sale en rango clínico (von Gontard et al., 2026).
- Cuando no hay estreñimiento. En la encopresis no retentiva, la evaluación psicológica forma parte del diagnóstico desde el inicio (Koppen et al., 2016).
En Chile, el primer paso es el control con el pediatra en tu centro de salud familiar o consulta privada. Si necesitas orientación, Salud Responde del MINSAL atiende en el 600 360 7777, y Fonoinfancia (Fundación Integra, 800 200 818) ofrece apoyo psicológico gratuito para la crianza a madres, padres y cuidadores. Para una descripción médica general, la ficha de encopresis de MedlinePlus está en español y se actualiza.
Si tu hijo ya tiene un diagnóstico de conducta o de atención, o si sospechas que el escape es una pieza de un cuadro más amplio, te pueden servir nuestras guías sobre el trastorno oposicionista desafiante para padres y sobre el TDAH en niños de 6 a 12 años. Y si además hay ansiedad, en ansiedad en niños: síntomas y qué hacer explicamos cómo se ve a cada edad.
Preguntas frecuentes sobre la encopresis
¿Mi hijo se hace caca en los pantalones a propósito?
Casi nunca. En la encopresis retentiva el recto está tan dilatado que el niño no siente el escape hasta que ya pasó. Que «no le importe» o lo esconda es vergüenza y miedo al castigo, no intención. Solo en una minoría sin estreñimiento el escape puede tener un componente de oposición, y eso se evalúa aparte.
¿La encopresis es un problema psicológico?
En alrededor del 80 % de los casos la causa es un estreñimiento crónico con rebosamiento, que se trata con el pediatra. Los factores psicológicos importan como consecuencia (vergüenza, ánimo bajo) o como mantenedores (oposición, TDAH, estrés), y entre el 30 y el 50 % de estos niños tiene además algún trastorno que conviene evaluar.
¿Qué diferencia hay entre encopresis y enuresis?
La enuresis es el escape de orina; la encopresis, el de heces. Van juntas con frecuencia: un recto lleno presiona la vejiga y provoca escapes de orina, y entre el 10 y el 25 % de los niños que mojan la cama también se ensucian. Las guías recomiendan tratar primero el estreñimiento.
¿A qué edad se puede hablar de encopresis?
Desde los 4 años de edad cronológica o de desarrollo, cuando ya se espera el control intestinal. Antes de esa edad, los escapes forman parte del aprendizaje del baño. Si tu hijo tiene 4 o más y se ensucia al menos una vez al mes durante 3 meses, corresponde consultar al pediatra.
¿Cuánto tarda en resolverse?
Meses, no semanas. El recto necesita tiempo para recuperar su tamaño y su sensibilidad, y la retirada del ablandador la decide el pediatra con el registro en la mano. En los estudios de seguimiento la mayoría mejora, pero uno de cada cuatro niños sigue con síntomas de adulto, y consultar tarde empeora el pronóstico.
¿Sirve castigarlo o quitarle cosas cuando se ensucia?
No, y empeora el cuadro. El castigo aumenta el miedo, lleva a esconder la ropa y a retener más, y está entre las causas de maltrato infantil. Lo que funciona es una actitud neutral, que el niño participe en la limpieza sin humillación, y premios inmediatos por sentarse, evacuar e ir solo al baño.
Un problema con solución, si se toma en orden
La encopresis se ve como un problema de conducta y casi siempre es un problema de intestino que terminó afectando la conducta. Por eso el orden importa: vaciar y ablandar con el pediatra, reeducar el hábito con un programa claro y sin castigos, y sumar apoyo psicológico cuando el niño está sufriendo, cuando hay oposición o atención de por medio, o cuando el programa en casa se traba.
Si ya llevan meses probando y la situación no cambia, o si las peleas por el baño están desgastando la relación con tu hijo, una consulta puede ayudar a ordenar el plan y a sostenerlo. Puedes agendar una hora con nosotros o conocer cómo trabajamos.
Referencias
Bloem, M. N., Baaleman, D. F., Thapar, N., Roberts, S. E., Koppen, I. J. N., & Benninga, M. A. (2025). Prevalence of functional defecation disorders in European children: A systematic review and meta-analysis. Journal of Pediatric Gastroenterology and Nutrition, 80(4), 580-597. https://doi.org/10.1002/jpn3.12437
Bongers, M. E., van Dijk, M., Benninga, M. A., & Grootenhuis, M. A. (2009). Health related quality of life in children with constipation-associated fecal incontinence. The Journal of Pediatrics, 154(5), 749-753.e1. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2008.11.029
Bongers, M. E., van Wijk, M. P., Reitsma, J. B., & Benninga, M. A. (2010). Long-term prognosis for childhood constipation: Clinical outcomes in adulthood. Pediatrics, 126(1), e156-e162. https://doi.org/10.1542/peds.2009-1009
Borowitz, S. M., Cox, D. J., Sutphen, J. L., & Kovatchev, B. (2002). Treatment of childhood encopresis: A randomized trial comparing three treatment protocols. Journal of Pediatric Gastroenterology and Nutrition, 34(4), 378-384. https://doi.org/10.1097/00005176-200204000-00012
Brazzelli, M., Griffiths, P. V., Cody, J. D., & Tappin, D. (2011). Behavioural and cognitive interventions with or without other treatments for the management of faecal incontinence in children. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2011(12), CD002240. https://doi.org/10.1002/14651858.CD002240.pub4
Butler, R. J. (1994). Nocturnal enuresis: The child’s experience. Butterworth-Heinemann.
Gordon, M., MacDonald, J. K., Parker, C. E., Akobeng, A. K., & Thomas, A. G. (2016). Osmotic and stimulant laxatives for the management of childhood constipation. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2016(8), CD009118. https://doi.org/10.1002/14651858.CD009118.pub3
Joinson, C., Heron, J., Butler, U., von Gontard, A., & Avon Longitudinal Study of Parents and Children Study Team. (2006). Psychological differences between children with and without soiling problems. Pediatrics, 117(5), 1575-1584. https://doi.org/10.1542/peds.2005-1773
Koppen, I. J., von Gontard, A., Chase, J., Cooper, C. S., Rittig, C. S., Bauer, S. B., Homsy, Y., Yang, S. S., & Benninga, M. A. (2016). Management of functional nonretentive fecal incontinence in children: Recommendations from the International Children’s Continence Society. Journal of Pediatric Urology, 12(1), 56-64. https://doi.org/10.1016/j.jpurol.2015.09.008
Koppen, I. J. N., Vriesman, M. H., Saps, M., Rajindrajith, S., Shi, X., van Etten-Jamaludin, F. S., Di Lorenzo, C., Benninga, M. A., & Tabbers, M. M. (2018). Prevalence of functional defecation disorders in children: A systematic review and meta-analysis. The Journal of Pediatrics, 198, 121-130.e6. https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2018.02.029
Mack, A. (1989). Dry all night: The picture book technique that stops bedwetting. Little, Brown.
Medrano-Sánchez, E. M., Díaz-Gutiérrez, M., García-Polo, P., & Diaz-Mohedo, E. (2026). Efficacy of physiotherapeutic interventions in the management of functional constipation in pediatric and adolescent populations: A systematic review and meta-analysis. European Journal of Pediatrics, 185(5), 251. https://doi.org/10.1007/s00431-026-06831-8
Nevéus, T., Fonseca, E., Franco, I., Kawauchi, A., Kovacevic, L., Nieuwhof-Leppink, A., Raes, A., Tekgül, S., Yang, S. S., & Rittig, S. (2020). Management and treatment of nocturnal enuresis: An updated standardization document from the International Children’s Continence Society. Journal of Pediatric Urology, 16(1), 10-19. https://doi.org/10.1016/j.jpurol.2019.12.020
Rajindrajith, S., Devanarayana, N. M., Crispus Perera, B. J., & Benninga, M. A. (2016). Childhood constipation as an emerging public health problem. World Journal of Gastroenterology, 22(30), 6864-6875. https://doi.org/10.3748/wjg.v22.i30.6864
Reimers, T. M. (2017). Elimination disorders: Evidence-based treatment for enuresis and encopresis. Momentum Press.
Tabbers, M. M., DiLorenzo, C., Berger, M. Y., Faure, C., Langendam, M. W., Nurko, S., Staiano, A., Vandenplas, Y., Benninga, M. A., European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition, & North American Society for Pediatric Gastroenterology. (2014). Evaluation and treatment of functional constipation in infants and children: Evidence-based recommendations from ESPGHAN and NASPGHAN. Journal of Pediatric Gastroenterology and Nutrition, 58(2), 258-274. https://doi.org/10.1097/MPG.0000000000000266
van Dijk, M., Bongers, M. E., de Vries, G. J., Grootenhuis, M. A., Last, B. F., & Benninga, M. A. (2008). Behavioral therapy for childhood constipation: A randomized, controlled trial. Pediatrics, 121(5), e1334-e1341. https://doi.org/10.1542/peds.2007-2402
von Gontard, A., & Equit, M. (2015). Comorbidity of ADHD and incontinence in children. European Child & Adolescent Psychiatry, 24(2), 127-140. https://doi.org/10.1007/s00787-014-0577-0
von Gontard, A., Nieuwhof-Leppink, A., Barroso, U., & Joinson, C. (2026). Psychological and psychiatric issues in functional constipation, fecal incontinence and bladder and bowel dysfunction: A revised and updated document of the International Children’s Continence Society (ICCS). Neurourology and Urodynamics, 45(6), 1035-1045. https://doi.org/10.1002/nau.70291
