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    Trastornos del Aprendizaje: Tipos, ejemplos y guía de diagnóstico en niños

    Por Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico

    Tu hijo entiende todo lo que le explicas en la casa, arma puzzles complicados y te cuenta la trama de una película con lujo de detalles. Pero lleva dos años en básica y todavía lee silabeando, o se pone a llorar cuando hay tarea de matemáticas. Algo no calza, y esa sensación de que “no es flojera, pero tampoco sé qué es” suele ser lo que trae a las familias a consulta. Los trastornos del aprendizaje en niños se ven casi siempre así: una brecha que no cuadra con lo despierto que uno sabe que es su hijo.

    En esta guía vas a encontrar los trastornos del aprendizaje por tipos según las clasificaciones oficiales, ejemplos concretos de cómo se ven los problemas de aprendizaje en niños de 6 a 12 años, y cómo se llega (de verdad) a un diagnóstico en Chile. Con la evidencia y las fuentes a la vista, para que puedas distinguir lo que necesita evaluación de lo que se resuelve con apoyo escolar.

    La respuesta corta

    Los trastornos del aprendizaje son dificultades persistentes de origen neurobiológico para adquirir la lectura, la escritura o las matemáticas, en niños con inteligencia normal y sin problemas sensoriales que lo expliquen. El DSM-5 los reúne bajo el nombre de trastorno específico del aprendizaje, con tres especificadores: lectura (dislexia), expresión escrita (disgrafía y disortografía) y cálculo (discalculia). Afectan a entre el 5% y el 15% de los niños en edad escolar.

    ¿Qué es un trastorno del aprendizaje y qué no lo es?

    Un trastorno específico del aprendizaje es una dificultad persistente para leer, escribir o calcular que aparece a pesar de una enseñanza adecuada, en un niño con capacidad intelectual dentro del rango normal. La palabra que hace todo el trabajo es “específica”: el problema no está en la inteligencia general, sino en un circuito concreto del procesamiento de la información.

    Aguilera Jiménez (2004) lo explica con una distinción que ayuda mucho a los padres. Cuando hablamos de dificultades de aprendizaje en sentido amplio, estamos nombrando a cualquier alumno que no logra aprender bien, sea cual sea la causa (una discapacidad, un problema sensorial, un contexto familiar difícil, un colegio que enseña mal). Cuando hablamos de trastornos específicos del aprendizaje, el foco se estrecha: hablamos de una disfunción neurológica que altera funciones psicológicas como la memoria de trabajo o el procesamiento fonológico, y que se manifiesta justo en la lectura, la escritura y el cálculo (Rivas Torres & López Gómez, 2015).

    Dicho al revés, y para sacarnos de encima el malentendido más común: un niño con dislexia no es un niño lento. Es un niño cuyo cerebro procesa los sonidos del lenguaje de otra manera, y que por eso necesita más pasos para hacer algo que sus compañeros automatizaron sin darse cuenta.

    [EXPERIENCIA: En consulta veo seguido que los papás llegan con dos años de “ya va a madurar” encima. Y el niño llega convencido de que es tonto, que es la parte más difícil de reparar después.]

    ¿Cuáles son los tipos de trastornos del aprendizaje?

    El DSM-5 agrupa todo bajo una sola categoría, trastorno específico del aprendizaje, y luego pide especificar qué área está afectada. Son tres, y cada una tiene un nombre clásico que probablemente ya escuchaste en el colegio:

    • Con dificultad en la lectura (dislexia). Afecta la precisión al leer palabras, la velocidad o fluidez lectora y la comprensión de lo leído. Es la más frecuente con diferencia.
    • Con dificultad en la expresión escrita (disgrafía y disortografía). Incluye la corrección ortográfica, la corrección gramatical y de puntuación, y la claridad u organización de lo que el niño escribe.
    • Con dificultad matemática (discalculia). Abarca el sentido numérico, la memorización de operaciones aritméticas, el cálculo correcto o fluido y el razonamiento matemático.

    La CIE-11 mantiene una lógica parecida (trastorno del desarrollo del aprendizaje, con especificadores de lectura, escritura y matemáticas), aunque tiende a tratarlos como categorías algo más separadas. Y esa diferencia no es solo burocrática: un análisis de perfiles cognitivos en escolares de tercero básico identificó cinco perfiles distintos entre niños con dificultades de lectura, ortografía y matemáticas, lo que apoya más la idea de categorías separadas que la de un trastorno único (Brandenburg et al., 2021). En la misma línea, un estudio comparó directamente los procesos neuropsicológicos de dislexia y discalculia y encontró que se solapan en parte, pero conservan rasgos propios (Mingozzi et al., 2024).

    La escalera que casi nadie explica: no todo problema escolar es un trastorno

    Aquí está la distinción más útil de toda esta guía, y viene de la tipología de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005), que ordenan las dificultades en cinco tipos según su gravedad, su origen y qué tan crónicas son:

    Tipo Qué es De dónde viene Qué tan reversible es
    I. Problemas escolares Rendimiento bajo puntual en una asignatura Extrínseco: mala metodología, pautas familiares, cambios de colegio Leve, se revierte con apoyo tutorial normal
    II. Bajo rendimiento escolar Retraso de 2 a 4 años, en todas las áreas Extrínseco sobre todo, más falta de motivación y de estrategias de estudio Moderado, con CI normal
    III. Trastorno específico del aprendizaje (DEA) Falla en lectura, escritura o cálculo Intrínseco: disfunción neurológica Persiste pese a buena enseñanza, necesita intervención especializada
    IV. TDAH Afecta atención, impulsividad y varias áreas de la vida Intrínseco, grave Requiere abordaje médico y psicoeducativo
    V. Discapacidad intelectual límite Retrasos en funciones básicas para aprender Intrínseco, grave y crónico Necesita apoyos permanentes

    Los tipos I y II se resuelven con mejor enseñanza, hábitos y motivación. El tipo III no: ahí el origen está adentro y el niño va a seguir estancado por mucho que le pongan más horas de la misma clase. Esa es exactamente la frontera que una evaluación bien hecha tiene que trazar.

    10 ejemplos de dificultades de aprendizaje en niños de 6 a 12 años

    Los criterios diagnósticos suenan abstractos. Esto es lo que se ve de verdad en el cuaderno y en la sala de clases, según las descripciones de Rivas Torres y López Gómez (2015), Luque Parra y Rodríguez Infante (2006) y Blanco Pérez (2013).

    En la lectura:

    1. Lee sílaba a sílaba y sin entonación, y cuando llega al final de la frase ya no recuerda de qué se trataba.
    2. Confunde letras con forma parecida o simétrica: d por b, p por q, u por n, 6 por 9.
    3. Invierte el orden de las letras: lee “sopa” donde dice “sapo”, o “los” donde dice “sol”.
    4. Cambia una palabra por otra que empieza igual: lee “tormenta” donde dice “trompeta”.
    5. Se salta el renglón o repite el mismo, porque el acto de leer todavía no se automatiza.

    En la escritura:

    1. Aprieta el lápiz hasta agarrotarse y se cansa a los pocos minutos de escribir, con letras de tamaño irregular o mezclando mayúsculas y minúsculas dentro de la misma palabra.
    2. Une o parte palabras donde no corresponde: escribe “yosoy” pegado, o separa “que tie nes”.
    3. Comete errores de ortografía natural en el dictado: omite letras y escribe “abriedo” por “abriendo” o “fesa” por “fresa”.

    En las matemáticas:

    1. Sigue contando con los dedos en cuarto básico para sumas y restas simples, en vez de recuperar el resultado de memoria, y se equivoca al contar hacia atrás.
    2. Prueba operaciones al azar con los números del enunciado cuando resuelve un problema, sin entender qué le están preguntando. Aparecen también las columnas mal alineadas y las “llevadas” que se le olvidan.

    Un detalle importante: cualquier niño hace algunas de estas cosas mientras aprende. Lo que marca la diferencia es la persistencia (al menos seis meses, aunque ya le hayan dado apoyo) y la distancia con lo que se espera para su edad y su curso.

    ¿Por qué ocurren? Qué hay debajo del problema

    La respuesta corta: no es un problema de vista, ni de esfuerzo, ni de inteligencia. Es de cómo el cerebro procesa cierta información.

    En la dislexia, el núcleo está en el procesamiento fonológico, la capacidad de atender y manipular los sonidos del habla (Peterson & Pennington, 2015). Si un niño no logra separar mentalmente que “casa” tiene cuatro sonidos, la correspondencia entre letras y sonidos nunca se automatiza del todo. A eso se suma la velocidad de denominación (qué tan rápido nombra series de objetos, colores o letras), que a medida que avanza la escolaridad predice la fluidez lectora mejor que la precisión. La hipótesis del doble déficit, de Wolf y Bowers, sostiene que los niños que peor lo pasan son justamente los que fallan en ambas cosas a la vez.

    Hay además una base heredable y neurobiológica documentada. Se han identificado genes candidatos que participan en la migración neuronal durante el desarrollo embrionario, y los estudios de neuroimagen muestran diferencias en las redes del hemisferio izquierdo dedicadas al lenguaje (Peterson & Pennington, 2015). En la discalculia, la agregación familiar es alta: hasta diez veces más frecuente entre parientes que en la población general (Blanco Pérez, 2013).

    ¿Y por qué el niño con dislexia también escribe mal? Hebert, Kearns y Hayes (2018) lo explican bien: leer y escribir comparten el mismo motor fonológico (leer decodifica, escribir codifica), y además la escritura exige releerse para corregir. Cuando el niño gasta toda su memoria de trabajo en descifrar cómo se escribe cada palabra, no le queda capacidad para organizar las ideas.

    ¿Qué tan comunes son?

    El DSM-5 sitúa la prevalencia del trastorno específico del aprendizaje entre el 5% y el 15% de los niños en edad escolar. Para la dislexia, Peterson y Pennington (2015) estiman cerca de un 7% con criterios de rendimiento ajustados por edad; la discalculia se calcula entre 3% y 6%.

    Las cosas rara vez vienen solas. Entre el 17% y el 64% de los niños con dificultades matemáticas también tiene dificultades lectoras (Blanco Pérez, 2013), la co-ocurrencia con TDAH es alta, y alrededor de un 25% de los niños con estas dificultades presenta además ansiedad o síntomas depresivos, en buena medida derivados de la frustración acumulada.

    ¿Cómo se diagnostica un trastorno del aprendizaje?

    El diagnóstico de los trastornos del aprendizaje no sale de un test. Sale de juntar varias fuentes de información y ver si se sostiene la misma historia.

    Los cuatro criterios del DSM-5

    Los cuatro tienen que cumplirse:

    • A. Dificultad persistente. Al menos uno de seis síntomas (leer palabras de forma imprecisa o lenta, comprender lo leído, ortografía, expresión escrita, sentido numérico y cálculo, razonamiento matemático) que dura seis meses o más a pesar de haber recibido intervención dirigida.
    • B. Rendimiento por debajo de lo esperado. Sustancial y medible para la edad, confirmado con pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual más evaluación clínica. Desde los 17 años puede sustituirse por una historia documentada.
    • C. Inicio en la edad escolar. Aunque puede hacerse evidente más tarde, cuando las exigencias superan la capacidad (por ejemplo, en pruebas con tiempo límite).
    • D. No se explica mejor por otra cosa. Discapacidad intelectual, problemas de visión o audición no corregidos, otro trastorno neurológico o mental, adversidad psicosocial, no dominar el idioma de instrucción, o enseñanza inadecuada.

    Vale la pena subrayar algo que sorprende a muchas familias: el DSM-5 no fija un puntaje de corte único. No existe el “percentil mágico”. El diagnóstico se apoya en la síntesis de todos los datos clínicos, y ese juicio profesional es la parte más difícil de todo el proceso.

    Quién evalúa y con qué

    La detección casi siempre parte en la sala de clases, con el profesor jefe que nota la brecha. De ahí se deriva a evaluación psicopedagógica y, cuando se necesita un diagnóstico clínico, a un equipo con psicólogo, psicopedagogo y educador diferencial. Los instrumentos más citados en la literatura en español, con sus edades:

    Instrumento Qué mide Edad
    PROLEC-R (Cuetos, Rodríguez y Ruano) Procesos lectores: identificación de letras, palabras, sintaxis, semántica 6 a 12 años
    TALE (Toro y Cervera) Nivel y características de lectura y escritura, precisión y velocidad 6 a 10 años
    DST-J (Fawcett y Nicholson) Cribado de riesgo de dislexia, 12 subpruebas 6,5 a 11,5 años
    TEDI-MATH Competencias numéricas y de cálculo Preescolar a 3º básico
    EDAF (Brancal y cols.) Discriminación auditiva y fonológica, memoria auditiva 2 a 8 años
    WISC Perfil intelectual, para descartar discapacidad intelectual 6 a 16 años

    Ahora, un matiz con respaldo fuerte y que va contra la intuición: una revisión sobre evaluación de dificultades específicas y discapacidad intelectual concluyó que el trastorno específico del aprendizaje se relaciona débilmente con el CI total, y que no hay evidencia de que la evaluación cognitiva de rutina aporte algo a la identificación ni al tratamiento (Fletcher & Miciak, 2024). Traducido: pedir un test de inteligencia completo para “confirmar” una dislexia suele ser gastar tiempo y plata. Sirve para descartar otras cosas, no para probar el diagnóstico.

    El debate que sigue abierto (y por qué te conviene saberlo)

    Existen tres modelos que compiten para identificar estos trastornos, y ninguno ganó todavía:

    • Discrepancia CI-rendimiento, el estándar histórico, hoy cuestionado porque sobre y sub-identifica según el nivel socioeconómico.
    • Respuesta a la Intervención (RtI), que primero interviene y solo diagnostica a quien no responde. Suena razonable, pero los datos de la adopción estatal del modelo en Tennessee mostraron una caída del 61% en la probabilidad de identificar un caso nuevo hacia tercero básico, más pronunciada en estudiantes afroamericanos y de bajos recursos (Gilmour et al., 2024). Es decir: puede que no esté mejorando las cosas, sino retrasando el diagnóstico.
    • Patrones de fortalezas y debilidades (PSW), el más usado hoy.

    Lo revelador es lo que pasó cuando compararon los tres: el modelo elegido casi no cambió el resultado. En un estudio con 343 psicólogos escolares, la precisión llegó al 97,5% cuando los datos eran claramente consistentes, pero cayó al 65,6% en el conjunto global de casos, y bajaba justo cuando la información era ambigua (Maki et al., 2022). Lo que decide la calidad del diagnóstico es la calidad e integración de los datos (historia, informes escolares, monitoreo del progreso), no la etiqueta del método.

    Por eso, si te entregan un informe con un solo test y una conclusión tajante, tienes derecho a preguntar en qué más se apoyó.

    El marco chileno: Decreto 170, PIE y evaluación diversificada

    En Chile, el Decreto 170 del MINEDUC regula las evaluaciones diagnósticas que dan acceso a la subvención de educación especial dentro del Programa de Integración Escolar, e incluye las dificultades específicas del aprendizaje entre las necesidades educativas especiales de carácter transitorio, junto al trastorno específico del lenguaje y al déficit atencional. La evaluación la realiza un profesional inscrito en el Registro Nacional de Profesionales de la Educación Especial.

    Dentro del colegio, las decisiones sobre apoyos y promoción no las toma una persona sola: participan la jefatura técnico-pedagógica, el profesor jefe y los especialistas del PIE, y todas las medidas deben ser informadas y autorizadas por el apoderado. El MINEDUC, además, viene empujando un cambio de concepto en el Decreto 67/2018: de la “evaluación diferenciada” entendida como un ajuste aislado para el niño con diagnóstico, hacia una evaluación diversificada que ofrece a todo el curso distintas formas de demostrar lo aprendido, sin bajar las metas. La eximición de asignaturas quedó eliminada.

    Chile tiene un marco de inclusión que ha sido mirado como modelo en la región, con articulación entre salud, educación y política pública, aunque su implementación ha mostrado dificultades estructurales relevantes (Vidal et al., 2024). Vale decirlo: tener el decreto no garantiza que el apoyo llegue bien a cada sala.

    ¿Con qué se confunde un trastorno del aprendizaje?

    Esta es, en la práctica, la parte más delicada de la evaluación. El criterio D del DSM-5 obliga a descartar:

    • Discapacidad intelectual. El trastorno específico se diagnostica cuando el funcionamiento intelectual está en rango normal. Si hay discapacidad intelectual, solo se agrega el diagnóstico de aprendizaje si las dificultades exceden lo esperable para ese nivel. Puedes revisar las diferencias en la guía sobre discapacidad intelectual y altas capacidades.
    • Trastornos del lenguaje (TEL o TDL). Afectan primariamente el lenguaje oral, mientras que el trastorno del aprendizaje afecta habilidades académicas que se enseñan de forma explícita. Pueden coexistir, y de hecho muchas dificultades lectoras vienen precedidas de retrasos del lenguaje en preescolar. Aquí explicamos la diferencia entre TEL y TDL.
    • TDAH. El problema central es de atención e impulsividad, no de una habilidad académica específica. Se solapan con frecuencia y conviene evaluar ambos.
    • Problemas sensoriales no corregidos. Una hipoacusia leve o un problema visual sin lentes imitan bastante bien una dificultad de aprendizaje.
    • Enseñanza insuficiente, cambios de colegio o adversidad psicosocial. Es el “tipo I” de Romero Pérez y Lavigne Cerván: el niño no aprendió porque no le enseñaron bien o porque su vida se desordenó, no porque no pueda.

    El costo invisible: qué le pasa a la autoestima mientras tanto

    Esta parte casi nunca aparece en los informes, y es la que más veo en consulta.

    El fracaso repetido en la sala de clases construye una explicación en la cabeza del niño. Alrededor de los 10 u 11 años empieza a distinguir con claridad entre esfuerzo y capacidad, y ahí el autoconcepto académico se vuelve negativo: atribuye sus fracasos a algo interno y permanente (“soy tonto”) y sus éxitos a la suerte. Ese estilo atribucional desemboca en indefensión aprendida, el convencimiento de que da lo mismo lo que haga (Rivas Torres & López Gómez, 2015; Romero Pérez & Lavigne Cerván, 2005).

    De ahí salen conductas que los adultos leemos mal. El niño que se hace el payaso justo cuando toca leer en voz alta, el que “se le olvidó” el cuaderno el día de la prueba, el que se enferma del estómago los martes. No son mañas: son maniobras para proteger la imagen frente a un fracaso que ya da por seguro. En matemáticas se agrega un círculo particularmente cruel, porque la ansiedad bloquea la memoria de trabajo y eso empeora todavía más el rendimiento (Blanco Pérez, 2013).

    Cuando un diagnóstico llega a tiempo, muchas veces el mayor alivio no es el plan de apoyo. Es que el niño por fin tiene una explicación de sí mismo que no es “soy malo para el colegio”.

    Qué ayuda de verdad (y qué no)

    La buena noticia es que la intervención temprana tiene números difíciles de ignorar. Blanco Pérez (2013) reporta que intervenir oportunamente en primero básico logra que entre el 70% y el 90% de los niños en riesgo dejen de presentar dificultades significativas en segundo.

    Lo que tiene mejor respaldo:

    • Instrucción explícita y sistemática en conciencia fonológica y decodificación, en grupos pequeños. Es la intervención con mayor evidencia empírica para las dificultades lectoras (Peterson & Pennington, 2015). Los métodos multisensoriales (ver la letra, escucharla, articularla, escribirla) van en esa línea.
    • Enseñar estrategias, no repetir ejercicios. Mostrarle al niño cómo enfrentar la tarea, con autoinstrucciones, en vez de mandarle más de lo mismo (Luque Parra & Rodríguez Infante, 2006).
    • Cribado universal temprano. En español existen protocolos validados de medición basada en el currículum (IPAL para lectura, IPAE para escritura, IPAM para matemáticas) diseñados justamente para detectar a tiempo a los estudiantes en riesgo (Jiménez et al., 2020).
    • Adecuaciones en el colegio, que no significan bajar el nivel: más tiempo, materiales ajustados, evaluaciones que permitan mostrar lo aprendido por otras vías.
    • La familia como colaboradora, con pautas concretas de apoyo lector y de hábitos, más que como supervisora de tareas.

    Y algo que conviene ahorrarse: los suplementos de ácidos grasos omega-3 y omega-6 se promocionan bastante para estos casos, pero una revisión Cochrane no encontró evidencia suficiente para recomendarlos en niños con trastornos específicos del aprendizaje (Tan et al., 2016).

    ¿Cuándo consultar con un profesional?

    Pide una evaluación si reconoces varias de estas señales a la vez:

    • La dificultad lleva seis meses o más, y ya hubo apoyo o refuerzo de por medio.
    • La brecha con el curso se está agrandando, no achicando.
    • Tu hijo entiende bien lo que escucha y conversa, pero se traba justo al leer, escribir o calcular.
    • Aparecieron síntomas emocionales: rechazo a ir al colegio, dolores de guata sin causa médica, llanto con las tareas, frases como “soy tonto”.
    • El colegio dice que “hay que esperar a que madure” y ya pasó más de un año escolar completo.

    Esa última merece un párrafo aparte. Esperar tiene un costo medible: pasados los 8 años, el retraso escolar se hace más marcado y las posibilidades de remisión bajan bastante (Romero Pérez & Lavigne Cerván, 2005), porque se pierde la ventana de mayor plasticidad. El modelo de “esperar a que falle” es precisamente lo que la literatura viene cuestionando.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuáles son los tipos de trastornos del aprendizaje?

    El DSM-5 reconoce tres tipos, según el área afectada: dificultad en la lectura (dislexia), dificultad en la expresión escrita (disgrafía y disortografía) y dificultad matemática (discalculia). Un mismo niño puede presentar más de uno, y de hecho la co-ocurrencia entre dificultades lectoras y matemáticas es frecuente.

    ¿Cómo evaluar trastornos del aprendizaje en un niño?

    La evaluación combina historia del desarrollo y escolar, informes del colegio, revisión de cuadernos y pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual (PROLEC-R, TALE, DST-J, TEDI-MATH según el área). La realiza un equipo con psicólogo, psicopedagogo o educador diferencial. Ningún test aislado basta para diagnosticar.

    ¿A qué edad se puede diagnosticar un trastorno del aprendizaje?

    El diagnóstico formal suele hacerse en los primeros años de básica, cuando ya se enseñó formalmente a leer, escribir y calcular. Los precursores se detectan antes: dificultad para rimar, problemas de pronunciación, poco interés en los cuentos o torpeza en motricidad fina durante el preescolar.

    ¿Un trastorno del aprendizaje significa que mi hijo tiene bajo coeficiente intelectual?

    No. El diagnóstico requiere justamente que la capacidad intelectual esté en rango normal. La evidencia muestra además que estos trastornos se relacionan débilmente con el CI total, y que la evaluación cognitiva de rutina no aporta a identificarlos ni a tratarlos.

    ¿Se cura un trastorno del aprendizaje?

    No se “cura” porque no es una enfermedad, es una forma distinta de procesar cierta información. Sí mejora mucho con intervención adecuada: la instrucción temprana en primero básico logra que entre un 70% y un 90% de los niños en riesgo ya no muestren dificultades significativas al año siguiente.

    ¿Qué diferencia hay entre dificultad de aprendizaje y trastorno del aprendizaje?

    Una dificultad de aprendizaje, en sentido amplio, incluye cualquier problema para aprender, con causa externa o interna. El trastorno específico es un subgrupo: origen neurobiológico, persistente pese a buena enseñanza, con capacidad intelectual normal y limitado a lectura, escritura o cálculo.

    Cuando la duda ya lleva demasiado tiempo dando vueltas

    Si llegaste hasta acá, probablemente reconociste a tu hijo en varias líneas. Lo que sigue no es alarmarse: es despejar la duda con una evaluación seria, porque la diferencia entre un problema escolar y un trastorno específico cambia por completo el tipo de ayuda que sirve.

    En consulta trabajamos ese proceso completo: entender qué está pasando de verdad, coordinar con el colegio lo que corresponde según el Decreto 170, y (esto importa tanto como lo anterior) reparar la idea que el niño se hizo de sí mismo en el camino. Agenda una hora de evaluación y conversemos qué necesita tu hijo.

    Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico

    Sobre el autor

    Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), . Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia. Este artículo fue escrito y revisado por su autor, psicólogo clínico en ejercicio.

    Referencias

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