Estudiaste. Repasaste hasta tarde, te sabías la materia, y al dar vuelta la hoja del examen se te borró todo. Media hora después, ya afuera, las respuestas volvieron solas. Si eso te suena, no es que “te falte cabeza” ni que no te hayas esforzado: se llama ansiedad ante los exámenes, es una de las formas de ansiedad más estudiadas en psicología, y se puede medir y tratar.
En este artículo vas a encontrar qué es exactamente (y en qué se diferencia de los nervios normales), a cuánta gente le pasa, por qué la mente se queda en blanco justo cuando más la necesitas, y qué técnicas tienen respaldo científico para bajarla, ordenadas de más a menos evidencia. Y hay un test de ansiedad ante los exámenes de 10 frases, con una escala publicada y de uso libre, que toma dos minutos y te devuelve tu puntaje con su interpretación. Conviene leer primero cómo funciona el bloqueo, porque el resultado se entiende mejor sabiendo eso. Si prefieres ir directo, aquí está el test.
En corto: la ansiedad ante los exámenes es una reacción de preocupación y tensión ante una situación de evaluación, lo bastante intensa como para interferir con el rendimiento. Alrededor de 1 de cada 6 estudiantes de secundaria la tiene en grado alto, y es más frecuente en mujeres. El bloqueo (“me quedo en blanco”) ocurre porque la preocupación ocupa la memoria de trabajo que necesitas para razonar. Lo que mejor funciona es el tratamiento psicológico breve (cognitivo-conductual y de habilidades de estudio), seguido de cambiar la forma de estudiar por práctica de recuperación, el mindfulness y el ejercicio regular.
¿Qué es la ansiedad ante los exámenes?
La ansiedad ante los exámenes es una forma de ansiedad ligada a una situación concreta: ser evaluado. Aparece antes, durante o después de una prueba, y tiene dos componentes que la investigación separa desde hace décadas. Uno es la preocupación (los pensamientos: “voy a reprobar”, “no me voy a acordar de nada”, “qué van a decir en la casa”). El otro es la emocionalidad (el cuerpo: taquicardia, sudor, estómago apretado, temblor). Cuando Putwain (2007) analizó las respuestas de 1.348 escolares británicos al Test Anxiety Inventory de Spielberger, el análisis factorial sacó justamente esos dos factores, preocupación y emocionalidad, tal como predecía la teoría.
Esa distinción importa porque no pesan lo mismo. Lo que más daña el rendimiento es el componente de preocupación, no el corazón acelerado. Puedes rendir bien con las manos frías. Es mucho más difícil rendir bien mientras una parte de tu cabeza está ocupada en calcular cuánto falta para el desastre.
¿Dónde termina el nerviosismo normal y empieza el problema? Méndez, Olivares y Bermejo (2002) usan un criterio simple para decidir cuándo un miedo se vuelve fóbico: que sea desproporcionado a la situación y que su intensidad lo convierta en algo desadaptativo. Y el ejemplo que eligen para ilustrar lo primero es exactamente este: el fenómeno de la “mente en blanco” en un alumno inteligente y estudioso con ansiedad ante los exámenes. Un examen tiene algo de amenaza real (se puede reprobar), así que cierta tensión es esperable. Lo que no es esperable es que un estudiante que se preparó a conciencia pierda el acceso a lo que sabe.
Clark y Beck (2010) lo explican con una imagen. Casi cualquiera camina sin miedo sobre una tabla de 15 centímetros de ancho si está a 30 centímetros del suelo; la misma tabla a 30 metros de altura paraliza. La tabla es idéntica; lo que cambia es la evaluación del peligro y la duda sobre la propia capacidad de mantener el equilibrio. La ansiedad clínica, dicen, es una reacción a una evaluación exagerada de la propia vulnerabilidad. En un examen, la “altura” la pone lo que crees que está en juego y lo poco que confías en que vas a poder responder.
¿A cuánta gente le pasa? La ansiedad ante los exámenes en adolescentes y universitarios
Más de lo que parece, y no solo a “los nerviosos”. En una muestra de 2.435 estudiantes de secundaria de 11 colegios ingleses, el 16,4 % se describió como altamente ansioso ante los exámenes: 22,5 % de las mujeres y 10,3 % de los hombres (Putwain y Daly, 2014). En un curso de 30, unos cinco. El propio autor de la escala que vas a responder más abajo cita el rango clásico de Hembree (1988): entre el 15 % y el 35 % de los estudiantes se ven afectados, según el criterio que se use, y los muy ansiosos rinden unos 12 percentiles por debajo de sus compañeros menos ansiosos (Driscoll, 2007).
Empieza temprano. Una revisión de 20 años de investigación en niños de 5 a 12 años (76 estudios, más de 53.000 niños) encontró que la ansiedad ante los exámenes ya en primaria se asocia a peores resultados en matemáticas y lectura, a peor autoconcepto académico y a menor confianza en las propias capacidades, y que es algo mayor en niñas (Robson et al., 2023). En la tabla de miedos por edad que recogen Méndez, Olivares y Bermejo (2002), los miedos escolares (exámenes, reprobar) aumentan justamente entre los 9 y los 12 años y siguen subiendo en la adolescencia, mientras bajan los miedos a la oscuridad o a la separación.
Y no se va sola con la edad ni con el éxito académico. En estudiantes de medicina, que ya pasaron todos los filtros, un meta-análisis de 35 estudios con 13.489 participantes estimó que cerca de la mitad presenta ansiedad ante los exámenes (49,8 %; 44,9 % con los instrumentos más estrictos), más en mujeres, más en primer año y más durante el período de pruebas que después (Omar et al., 2026). La cifra varía muchísimo según cómo se mida, y los autores lo advierten, pero el orden de magnitud es claro.
Síntomas de la ansiedad ante los exámenes: cómo reconocerla antes, durante y después
No todo el mundo la vive igual, y no todo pasa el día del examen. Estas son las señales más frecuentes, agrupadas por momento:
Los días previos
- Cuesta concentrarse en la materia justo cuando más cerca está la prueba (la cabeza se va a “y si me va mal”).
- Estudiar se vuelve releer sin retener; la sensación de que “no se me queda nada”.
- Sueño alterado, irritabilidad, dolores de cabeza o de estómago sin causa médica.
- Postergar el estudio para no sentir la ansiedad, y después estudiar de golpe.
Durante el examen
- Palpitaciones, sudor, manos frías, tensión en la mandíbula o los hombros.
- La mente en blanco: no encontrar información que sabías perfectamente al entrar.
- Leer la misma pregunta varias veces sin entenderla; dispersarse.
- Pensamientos en bucle: “lo estoy haciendo pésimo”, “todos van más rápido”, “voy a reprobar”.
- Terminar antes de tiempo para salir de ahí, o quedarse pegado en una pregunta.
Después
- Las respuestas vuelven en cuanto sales de la sala.
- Rumiación: repasar mentalmente cada pregunta, buscar el error, no poder soltarlo.
- Notas claramente por debajo de lo que sabes (los trabajos en casa salen bien; las pruebas, mal).
Ese último punto es el más útil para distinguir ansiedad ante los exámenes de falta de preparación. Si te va mal en las pruebas y también en las tareas, en las exposiciones y en los trabajos, el problema probablemente es de aprendizaje o de método. Si el bajón se concentra en las situaciones de evaluación con tiempo y presión, lo más probable es que sea esto.
¿Por qué me quedo en blanco en los exámenes?
Porque la preocupación y el razonamiento compiten por el mismo recurso. Ese recurso es la memoria de trabajo: el espacio mental limitado donde mantienes y manipulas información mientras piensas (los datos de un problema, los pasos de un cálculo, la pregunta que estás leyendo y la respuesta que estás armando). Cuando una parte de esa capacidad está ocupada en monitorear la amenaza (“me queda poco tiempo”, “esto está saliendo mal”), queda menos para la tarea.
La explicación más aceptada es la teoría del control atencional de Eysenck y colaboradores (2007): la ansiedad debilita el sistema de atención dirigido a metas (lo que tú quieres mirar) y fortalece el sistema guiado por estímulos (lo que te llama la atención, especialmente lo amenazante). Se resienten sobre todo dos funciones ejecutivas: inhibir distractores y cambiar de foco. La persona ansiosa a veces logra el mismo resultado que las demás, pero pagando con mucho más esfuerzo; y cuando la tarea exige demasiado, el esfuerzo extra ya no alcanza.
Los datos en escolares van en la misma línea. En niños de 11 y 12 años, la memoria de trabajo verbal explicó en promedio la mitad de la relación entre ansiedad y rendimiento académico (el 51 %), sobre todo en matemáticas y razonamiento (Owens et al., 2008). Y en adolescentes de 12 a 14 años la misma capacidad funcionó como amortiguador: la ansiedad perjudicó el rendimiento solo en quienes tenían memoria de trabajo baja; en los de memoria de trabajo alta, más ansiedad se asoció incluso a mejor rendimiento (Owens et al., 2014). Es la diferencia entre el compañero al que los nervios lo activan y el que se hunde con la misma dosis.
Hay un matiz que suele sorprender. Beilock y Carr (2005) mostraron que, bajo presión, los que más se bloqueaban en problemas matemáticos eran los estudiantes con MÁS capacidad de memoria de trabajo, y solo en los problemas más exigentes. La lectura es que quienes resuelven bien apoyándose en ese recurso son también quienes más pierden cuando la presión se lo come. El bloqueo no es señal de poca capacidad; a veces es al revés.
Alonso Tapia y Montero (2015) añaden la pieza motivacional: saber que hay un tiempo límite pone nervioso a todo el mundo, pero esa tensión se convierte en ansiedad facilitadora en los alumnos orientados a buscar el éxito y en ansiedad inhibidora en los que están orientados a evitar una valoración negativa. Dicho en simple: si entras al examen a demostrar lo que sabes, los nervios empujan; si entras a que no te descubran, los nervios frenan.
¿La ansiedad ante los exámenes baja las notas de verdad?
Sí, y de forma medible, aunque no tanto como se teme. El meta-análisis más amplio hasta la fecha reunió 238 estudios publicados desde 1988 y encontró que la ansiedad ante los exámenes se relaciona de forma negativa y significativa con pruebas estandarizadas, exámenes de ingreso a la universidad y promedio de notas, con un efecto de tamaño pequeño a moderado, más marcado en los cursos intermedios de la escolaridad (von der Embse et al., 2018). Dos cosas más de ese trabajo que conviene guardar: la autoestima fue un predictor fuerte de la ansiedad ante los exámenes, y la ansiedad es mayor cuanto más difícil se percibe la prueba y cuanto más está en juego. Una prueba de acceso a la universidad, como la PAES en Chile, reúne las dos condiciones.
En primaria la relación es parecida en magnitud: correlaciones de alrededor de -0,20 con matemáticas y lectura, que crecen con la edad (Robson et al., 2023). Pequeñas en un niño; acumuladas a lo largo de años de escolaridad, y en el momento en que un examen decide una carrera, dejan de ser pequeñas. La ansiedad es uno más de los factores que explican el rendimiento académico, junto con la capacidad, la motivación y el contexto familiar; en la guía sobre rendimiento escolar de este sitio están los demás.
Antes de pasar al test, una advertencia sobre lo que mide. La escala que sigue no evalúa cuánto sudas ni cuánto te late el corazón: su autor la construyó a propósito con ítems de preocupación e interferencia, que son los que se relacionan con el rendimiento, y dejó fuera la activación fisiológica. Respóndela pensando en cómo te va en general con las pruebas importantes, no en la última en particular.
Test de ansiedad ante los exámenes: la escala Westside
La Westside Test Anxiety Scale (Driscoll, 2007) es una escala breve de 10 frases pensada para detectar a los estudiantes cuya ansiedad les está costando rendimiento y que se beneficiarían de una intervención. Su autor la puso a disposición pública para uso personal e institucional. Se validó de una forma poco habitual: en vez de correlacionar el puntaje con las notas, midió si las bajadas en la escala tras una intervención iban de la mano con subidas en pruebas objetivas, y lo hizo en dos grupos muy distintos (universitarios con bajo rendimiento y niños de quinto básico). Las correlaciones fueron 0,49 y 0,40. Es una validación modesta en tamaño de muestra, y no hay una versión validada en Chile, así que tómala como lo que es: una orientación seria, no un diagnóstico.
Responde las 10 frases con calma. No hay respuestas trampa.
Técnicas para la ansiedad ante los exámenes: qué funciona y cuánto
Aquí es donde la mayoría de las guías se llenan de consejos genéricos. Vamos a hacerlo distinto: ordenadas por la fuerza de la evidencia, con el tamaño del efecto cuando existe, y diciendo también qué no funciona tan bien como se repite.
Lo que más evidencia tiene: tratamiento psicológico breve
Un meta-análisis de 44 ensayos aleatorizados con 2.209 universitarios encontró que las intervenciones psicológicas redujeron la ansiedad ante los exámenes con un efecto grande (g = -0,76) y mejoraron el rendimiento académico con un efecto moderado (g = 0,37), y que la ventaja se mantenía en el seguimiento (Huntley et al., 2019). Las que mejor pararon el análisis por subgrupos fueron las intervenciones conductuales; la terapia cognitivo-conductual, el entrenamiento en habilidades de estudio y su combinación mostraron resultados prometedores con menos estudios. Los autores piden cautela por el sesgo de publicación y la calidad desigual de los ensayos.
El meta-análisis clásico de Ergene (2003), con 56 estudios y 2.482 participantes, había llegado a lo mismo desde otro ángulo: un efecto global de 0,65, y los programas más eficaces eran los que combinaban entrenamiento en habilidades con técnicas conductuales o cognitivas. La persona promedio que completaba el tratamiento quedaba mejor que el 74 % de las que no lo recibían.
¿Y en escolares? Un ensayo con lista de espera en estudiantes de 14 a 16 años que preparaban exámenes decisivos, seleccionados por alta ansiedad ante los exámenes, probó una intervención cognitivo-conductual de seis sesiones que produjo una reducción grande de la ansiedad ante los exámenes y una reducción pequeña-moderada de la ansiedad clínica general, mediada por la primera (Putwain y von der Embse, 2021). Otro ensayo del mismo grupo, con 56 adolescentes, encontró que parte de la mejora pasaba por reducir la sensación de “control incierto”, la creencia de que la nota depende de la suerte o del profesor y no de lo que uno hace (Putwain y Pescod, 2018).
¿Qué se hace en esas sesiones? Méndez, Olivares y Bermejo (2002) lo resumen para la ansiedad ante los exámenes en dos líneas: entrenar habilidades (relajación, autoinstrucciones) y desensibilización sistemática: exponerse gradualmente a la situación de examen, imaginada primero y real después, mientras se practica mantener la calma. A eso la terapia cognitivo-conductual para la ansiedad suma identificar y poner a prueba los pensamientos catastróficos (“si repruebo esto se acabó todo”) y, en los casos en que la materia de verdad no está, un plan de estudio realista. Seis sesiones no es mucho para un problema que puede acompañar a alguien desde básica hasta la universidad.
Cambiar la forma de estudiar: práctica de recuperación
Releer los apuntes tranquiliza y enseña poco. Ponerse a prueba (cerrar el cuaderno y tratar de recordar, responder preguntas, hacer un simulacro) enseña más y, contra lo que muchos temen, baja la ansiedad. Cuando se encuestó a 1.408 estudiantes de 11 a 18 años que habían tenido durante un año quizzes frecuentes sin nota en clases, el 72 % dijo que esa práctica los hacía sentir MENOS nerviosos ante las pruebas; solo el 6 % dijo que más, y el 92 % dijo que les ayudaba a aprender (Agarwal et al., 2014). La lógica es directa: si ya recuperaste esa información veinte veces en condiciones parecidas, la vez veintiuno se parece menos a una amenaza.
Tiene un límite que conviene conocer. En un experimento con universitarios, el beneficio de estudiar poniéndose a prueba se redujo en quienes combinaban alta ansiedad ante los exámenes con memoria de trabajo baja (Tse y Pu, 2012). Para esas personas la práctica de recuperación sigue sirviendo, pero necesita ir acompañada de lo anterior: si el bloqueo es fuerte, primero se trabaja la ansiedad.
Mindfulness y respiración
Un meta-análisis de 18 estudios con 1.275 participantes encontró que las intervenciones basadas en mindfulness redujeron la ansiedad ante los exámenes con un efecto moderado a grande (-0,72), sin diferencias por edad, número de sesiones ni modalidad; los autores advierten indicios de sesgo de publicación, así que el efecto real puede ser algo menor (Yılmazer et al., 2024). Si quieres empezar, en este mismo sitio hay una guía de mindfulness para principiantes y otra de respiración diafragmática. Sirven más como entrenamiento semanas antes que como truco de emergencia.
Ejercicio físico, con una dosis mínima
El ejercicio ayuda, pero no de cualquier manera. Una revisión con meta-análisis de 15 estudios concluyó que una sesión única de 10 a 15 minutos no reduce la ansiedad ante los exámenes; el mínimo con efecto fue 20 minutos de ejercicio aeróbico, dos o tres veces por semana, durante al menos cuatro semanas, y combinado con apoyo psicológico funcionó mejor que solo (Zhang et al., 2022). Salir a correr la mañana del examen no va a arreglar nada; salir a correr durante el mes previo, sí puede.
Cambiarle el significado a los nervios
Una de las intervenciones más baratas que se han probado es un párrafo. Brady, Hard y Gross (2018) enviaron a estudiantes universitarios, la noche antes de su primer examen, un correo del profesor que incluía o no un texto breve invitando a interpretar la ansiedad como algo útil o al menos neutro. Los de primer año que recibieron ese párrafo se preocuparon menos y rindieron mejor, tanto en ese examen como en el curso completo. La idea de fondo es la misma que la de Alonso Tapia y Montero: el corazón acelerado no es el problema; el problema es leerlo como señal de que algo va mal. Leerlo como “mi cuerpo se está preparando” cambia lo que haces con él.
Lo que promete más de lo que da: escribir las preocupaciones antes del examen
Seguramente lo has visto recomendado: diez minutos antes del examen, escribe en una hoja todo lo que te preocupa. Viene de un estudio publicado en Science en el que escribir sobre las preocupaciones justo antes de una prueba mejoró las notas, sobre todo de los estudiantes habitualmente ansiosos (Ramirez y Beilock, 2011). El problema es que, cuando se juntaron todos los intentos de repetirlo, el resultado se diluyó: un meta-análisis de 21 estudios con 1.457 participantes encontró un efecto insignificante sobre la ansiedad y uno sobre el rendimiento que dejaba de ser significativo al quitar un solo estudio atípico (O’Meara y Lovett, 2026). Sus autores concluyen que la evidencia no respalda la escritura expresiva de sesión única como tratamiento. No hace daño y a alguien puede servirle para ordenarse; solo que no cuentes con eso como tu plan.
Qué hacer el día del examen si te quedas en blanco
Ninguna técnica del momento sustituye al trabajo previo, pero hay maneras de reducir el daño cuando el bloqueo llega. Lo que sigue se desprende del mecanismo que vimos (la preocupación ocupa la memoria de trabajo): el objetivo es devolverle espacio a la tarea.
- Deja la pregunta que te bloqueó y toma otra. Pelear con la pregunta en blanco alimenta el bucle. Responder tres fáciles primero te devuelve la sensación de control, y las respuestas bloqueadas suelen aparecer solas más tarde, como te pasa al salir de la sala.
- Vacía la memoria de trabajo en el papel. Apenas te entreguen la prueba, anota en un borde las fórmulas, fechas o esquemas que temes olvidar. Ya no tienes que sostenerlos en la cabeza.
- Respira lento un minuto, con la exhalación más larga que la inhalación. No para “relajarte”, sino para cortar la escalada fisiológica el tiempo suficiente para volver a leer la pregunta.
- Nómbrate lo que está pasando. “Esto es ansiedad ante los exámenes, es un bloqueo, se pasa” es distinto de “no sé nada”. Lo primero es una descripción; lo segundo, la preocupación hablando.
- Lee la pregunta buscando la primera pista, no la respuesta completa. El bloqueo pide producir todo de una vez. Busca un hilo (un término que reconozcas, el tema del que viene) y tira de él.
Y algo para después: no revises el examen con los compañeros a la salida si sabes que eso te dispara la rumiación. Ya está entregado.
Para padres y profesores: qué ayuda y qué empeora
Dos hallazgos de la investigación sirven de brújula. El primero: la autoestima es uno de los predictores más fuertes de la ansiedad ante los exámenes, y la ansiedad crece con lo que se percibe que está en juego (von der Embse et al., 2018). Cada vez que un adulto convierte una prueba en “la que define tu futuro”, sube la altura de la tabla. El segundo viene de la psicología de la educación: la evaluación pública, comparativa y centrada en el resultado empuja a los alumnos hacia la meta de no quedar mal, mientras que la evaluación privada, referida a criterios y centrada en el proceso favorece la meta de aprender (Alonso Tapia y Montero, 2015). Leer las notas en voz alta o comparar con el hermano son formas eficaces de fabricar ansiedad ante los exámenes.
Lo que sí ayuda: separar la persona de la nota (“te fue mal en esta prueba” en vez de “eres flojo”), preguntar cómo estudió antes de preguntar cuánto, practicar en casa con preguntas y simulacros en vez de con relectura, y cuidar el sueño de la semana previa. Si tu hijo es pequeño y los exámenes son solo una de varias cosas que le dan miedo, conviene mirar el cuadro completo: la ansiedad en niños tiene señales propias y se trata mejor cuanto antes.
¿Cuándo consultar a un psicólogo por ansiedad ante los exámenes?
La ansiedad ante los exámenes rara vez viene sola. En niños de primaria correlaciona fuerte con la ansiedad general (r = 0,62), con la ansiedad social y con síntomas depresivos (Robson et al., 2023), y en el ensayo de Putwain y von der Embse (2021) tratarla redujo también la ansiedad clínica. Méndez, Olivares y Bermejo (2002) recuerdan que los trastornos de ansiedad infantiles se asocian con frecuencia al temor a los exámenes, al rechazo escolar y al bajo rendimiento. Así que conviene hacerse dos preguntas, no una: cuánto me pongo nervioso en las pruebas, y si esto se está extendiendo a otras partes de mi vida.
Consulta si se cumple alguna de estas:
- Tu puntaje en la escala de arriba salió alto o extremadamente alto (3,5 o más) y tienes evaluaciones importantes por delante.
- Evitas: faltas a pruebas, te enfermas los días de examen, abandonaste una asignatura o postergaste una prueba de acceso por el miedo.
- Hay síntomas físicos intensos (ataques de pánico, vómitos, insomnio de varios días) alrededor de las evaluaciones.
- La ansiedad ya no es solo con los exámenes: también al hablar en público, en situaciones sociales, o hay preocupación constante por muchas cosas.
- Llevas dos o tres meses aplicando las técnicas de este artículo con constancia y nada cambia.
- Sospechas que hay algo más de base (dificultades de atención, de lectura o de cálculo) que hace que las pruebas sean objetivamente más difíciles para ti.
Un psicólogo con formación cognitivo-conductual puede evaluar si se trata de ansiedad ante los exámenes aislada o de un trastorno de ansiedad más amplio, y armar un plan breve como los de los ensayos que viste arriba. Si lo que quieres es conversar tu resultado o preparar una prueba importante con apoyo, puedes agendar una consulta online.
Preguntas frecuentes sobre la ansiedad ante los exámenes
¿La ansiedad ante los exámenes es un trastorno mental?
No como diagnóstico propio. Los manuales diagnósticos no tienen una categoría llamada “ansiedad ante los exámenes”; cuando es muy intensa se entiende como una forma de ansiedad de desempeño, cercana a la ansiedad social, o como parte de un trastorno de ansiedad más amplio. Eso no la hace menos real ni menos tratable: los ensayos clínicos la miden y la reducen con intervenciones breves.
¿Por qué me acuerdo de las respuestas apenas salgo del examen?
Porque la información nunca se borró: estaba inaccesible. Durante la prueba, la preocupación ocupa parte de la memoria de trabajo y el sistema atencional se va hacia la amenaza, así que la recuperación falla. Al salir, la amenaza desaparece, la memoria de trabajo se libera y el recuerdo vuelve. Es la firma típica del bloqueo por ansiedad, no de la falta de estudio.
¿Los nervios antes de un examen son siempre malos?
No. Un nivel moderado de activación ayuda a concentrarse y a rendir, y en estudiantes con buena memoria de trabajo más ansiedad se asoció incluso a mejor rendimiento. El problema aparece cuando la preocupación es tan alta que interfiere con el razonamiento, o cuando los nervios se interpretan como señal de fracaso inminente en vez de como preparación del cuerpo.
¿Sirve escribir mis preocupaciones antes del examen?
Menos de lo que se dice. El estudio original mostró mejoras, pero un meta-análisis de 21 estudios posteriores encontró un efecto insignificante sobre la ansiedad y uno sobre el rendimiento que dependía de un solo estudio atípico. No perjudica y puede ayudar a ordenarse, pero no es un tratamiento: el trabajo de verdad se hace en las semanas previas.
¿Cómo estudiar si tengo ansiedad ante los exámenes?
Poniéndote a prueba en vez de releer. La práctica de recuperación (cerrar el cuaderno y recordar, responder preguntas, hacer simulacros con tiempo) mejora el aprendizaje y, en una encuesta a más de 1.400 escolares, el 72 % dijo que los hacía sentir menos nerviosos en las pruebas. Si el bloqueo es muy fuerte, conviene combinarla con trabajo sobre la ansiedad misma.
¿Cuántas sesiones de terapia hacen falta para la ansiedad ante los exámenes?
Pocas, en comparación con otros problemas. Los ensayos en adolescentes usaron programas de seis sesiones con reducciones grandes de la ansiedad ante los exámenes, y los meta-análisis en universitarios muestran efectos que se mantienen en el seguimiento. La duración real depende de si la ansiedad es solo con los exámenes o forma parte de un cuadro más amplio.
Referencias
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Sobre el autor
Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.
En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.
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