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  • Sonambulismo y terrores nocturnos en niños: qué hacer (y qué no) cuando ocurren

    Sonambulismo y terrores nocturnos en niños: qué hacer (y qué no) cuando ocurren

    Son las dos de la madrugada y tu hijo se sienta en la cama gritando, con los ojos abiertos pero sin verte, sin responder cuando le hablas. O al revés: tu hijo se levanta dormido, camina hasta la puerta de su pieza y lo encuentras ahí sin saber cómo llegó. Si ya pasaste por esto, antes de preguntarte qué hacer sobre sonambulismo y terrores nocturnos en niños vale preguntarte algo más urgente: si esto es normal. Lo es, en la gran mayoría de los casos. Aquí vas a entender qué diferencia a un terror nocturno de una pesadilla, por qué el sonambulismo casi siempre aparece en esta etapa y no antes ni después, qué hacer (y qué evitar) durante un episodio, y cuándo una consulta profesional deja de ser opcional.

    Resumen rápido: los terrores nocturnos infantiles y el sonambulismo son parasomnias del sueño profundo (no de los sueños con argumento, como las pesadillas) y afectan hasta a 1 de cada 15 niños en algún momento de la infancia (Leung et al., 2020; Stallman y Kohler, 2016). Son benignos, tienden a desaparecer solos antes de la adolescencia y casi nunca necesitan tratamiento médico. Lo que sí ayuda: no interrumpir el episodio, cuidar que el niño duerma lo suficiente y, si se repite casi todas las noches, probar la técnica del despertar anticipado.

    ¿Qué diferencia hay entre una pesadilla y un terror nocturno?

    Una pesadilla es un mal sueño del que el niño despierta asustado pero consciente: te reconoce, te cuenta lo que soñó y se deja consolar. Un terror nocturno, según describe la Mayo Clinic, es otra cosa por completo: nace en una fase del sueño totalmente distinta.

    Las pesadillas ocurren durante el sueño REM, la fase en la que soñamos con historia y argumento, y predominan en la segunda mitad de la noche. Los terrores nocturnos y el sonambulismo, en cambio, nacen en el sueño profundo sin sueños (las etapas 3 y 4 del sueño NREM), casi siempre dentro de las primeras tres horas después de dormirse (Leung et al., 2020). Por eso un niño con terror nocturno no “despierta” en el sentido habitual: se sienta, grita con una expresión de pánico real, tiene el corazón acelerado y la piel sudorosa, y puede estar minutos sin reconocerte ni calmarse por más que lo abraces. Al día siguiente, lo más probable es que no recuerde nada.

    Un metaanálisis de 2023 que revisó la literatura sobre estas parasomnias las describe justamente así: episodios de activación incompleta durante el sueño NREM, en los que el cerebro queda atrapado entre el sueño profundo y la vigilia (Mainieri et al., 2023). El cuerpo se mueve o grita, pero la conciencia sigue, en gran parte, apagada. El sonambulismo comparte ese mismo origen: el niño puede caminar, abrir puertas o incluso hablar con los ojos entreabiertos, sin estar realmente despierto y sin que vaya a recordarlo después.

    ¿Qué tan común es esto, y por qué le pasa justo a mi hijo?

    Más de lo que parece. Los terrores nocturnos se estima que ocurren entre el 1 % y el 6,5 % de los niños de 1 a 12 años, con un pico entre los 5 y los 7 años (Leung et al., 2020). El sonambulismo es, si cabe, todavía más frecuente: un metaanálisis que reunió 51 estudios y más de 100.000 personas encontró que el 5 % de los niños lo había presentado en el último año, frente a apenas el 1,5 % de los adultos (Stallman y Kohler, 2016).

    Una cohorte que siguió a cerca de 2.000 niños desde los 2,5 hasta los 13 años llegó a un número todavía más alto cuando se pregunta “alguna vez en la infancia”: el 39,8 % tuvo terrores nocturnos en algún momento y el 14,5 % sonambulismo, con picos distintos (1,5 años para los terrores, 10 años para el sonambulismo) (Petit et al., 2015). La diferencia entre esa cifra y el 1-6,5 % de arriba no es una contradicción: una cosa es cuántos niños lo tienen en un momento dado y otra, cuántos lo tienen alguna vez durante toda la infancia. Dicho de otro modo: es raro el niño que nunca, nunca tuvo un episodio.

    ¿Por qué justo en esta edad y no antes ni después? Porque los niños pasan mucho más tiempo que los adultos en sueño profundo (las etapas 3 y 4 del NREM), así que la probabilidad de que el cerebro se “trabe” al salir de esa fase es, estadísticamente, mayor. A medida que el cerebro madura hacia la adolescencia, esa proporción de sueño profundo baja y, con ella, los episodios.

    ¿Es hereditario? ¿Por qué mi otro hijo nunca hizo esto?

    Bastante, de hecho. La misma cohorte de 2.000 niños encontró que, si ninguno de los padres fue sonámbulo de chico, la probabilidad de que el hijo lo sea es del 22,5 %; si uno de los dos lo fue, sube al 47,4 %; y si lo fueron ambos, llega al 61,5 % (Petit et al., 2015). Terrores nocturnos y sonambulismo comparten, además, una base común: hasta un tercio de los niños que tuvo terrores nocturnos de más pequeño desarrolla después episodios de sonambulismo.

    Eso explica por qué dos hermanos criados en la misma casa, con las mismas rutinas, pueden tener una experiencia tan distinta: uno hereda más esa tendencia a un sueño profundo “inestable” y el otro no. No es algo que hiciste mal ni algo que el niño controle.

    Qué hacer durante un episodio de sonambulismo y terrores nocturnos en niños (y qué evitar)

    Lo contraintuitivo primero: no trates de despertarlo. Tanto en los terrores nocturnos como en el sonambulismo, intentar sacar al niño a la fuerza del episodio suele alargarlo y aumentar su confusión y agitación al forzar un despertar a mitad de camino entre dos fases del sueño (Leung et al., 2020). Lo que sí funciona:

    • Con un terror nocturno: mantente cerca sin intentar interrumpirlo. No va a reconocerte ni a calmarse porque le hables fuerte o lo sacudas; de hecho eso puede prolongar la crisis. Espera con calma a que pase solo (dura entre unos segundos y diez minutos) y asegúrate de que no se golpee contra algo.
    • Con el sonambulismo: no lo despiertes a mitad del recorrido. Guíalo con suavidad de vuelta a la cama, igual que llevarías a alguien que va medio dormido. Lo urgente aquí es la seguridad del trayecto, no el episodio en sí.
    • Al día siguiente: no le preguntes qué pasó esperando una respuesta. No va a recordarlo, y preguntarle insistentemente solo le transmite que algo anda mal cuando, en la enorme mayoría de los casos, no es así.

    Para el sonambulismo en particular, la seguridad del entorno importa más que cualquier otra medida: cierra con llave las puertas que dan a escaleras o al exterior, pon rejas o seguros en las ventanas del segundo piso, evita que duerma en la cama de arriba de un camarote y retira del suelo lo que pueda hacerlo tropezar. No es exagerado: el riesgo real de un episodio de sonambulismo no es psicológico, es el golpe o la caída.

    Qué lo desencadena (y qué puedes ajustar)

    El gatillo más estudiado, por lejos, es la falta de sueño. Cuando un niño duerme menos de lo que necesita, la noche siguiente el cerebro compensa profundizando y extendiendo el sueño de ondas lentas, justo la fase donde nacen estos episodios, y eso multiplica el riesgo de que se “trabe” al salir de ella (Leung et al., 2020). Los horarios irregulares de fin de semana, dormir fuera de casa o simplemente acostarse más tarde de lo habitual funcionan por la misma vía.

    La fiebre y el malestar físico también fragmentan el sueño profundo y pueden desencadenar un episodio puntual, igual que el estrés o un cambio brusco en la rutina (una mudanza, el inicio del colegio, un hermano nuevo en la casa). Ninguno de estos factores “causa” el sonambulismo o los terrores de origen: solo hacen más probable que aparezcan en un niño que ya tiene esa tendencia.

    Evitar cada gatillo posible sería imposible. Lo más práctico es proteger lo que sí puedes controlar: un horario de sueño razonablemente estable y suficientes horas según la edad. Es la misma recomendación que cualquier guía de higiene del sueño infantil, solo que aquí tiene un motivo extra para cumplirse.

    Despertares anticipados: la técnica que sí tiene respaldo

    Cuando los episodios son frecuentes (varias veces por semana) y afectan el descanso de toda la casa, existe una intervención conductual con algo de evidencia detrás: el despertar anticipado. La idea, descrita por primera vez por Lask (1988) en una serie de casos y recogida después en revisiones clínicas más recientes, consiste en despertar completamente al niño unos 15 a 30 minutos antes de la hora en que suele ocurrir el episodio, durante varias noches seguidas, y dejarlo volver a dormirse después (Leung et al., 2020).

    Para aplicarla primero hay que anotar, durante cuatro o cinco noches, a qué hora aparece el episodio (casi siempre se repite dentro de una ventana parecida). Con ese dato, se despierta al niño un poco antes de esa hora durante una a dos semanas. La lógica es simple: si el episodio nace al pasar de una fase del sueño a otra, interrumpir ese tránsito de forma controlada (y no abrupta, como cuando se lo despierta a mitad del episodio) puede evitar que se dispare.

    No es necesaria en la mayoría de los casos. Si los episodios son ocasionales (una vez al mes, por ejemplo) y no generan angustia en el niño ni agotan a la familia, lo que corresponde según la literatura es esperar, cuidar el sueño y la seguridad, y nada más (Leung et al., 2020).

    Cuándo buscar ayuda profesional

    La American Academy of Pediatrics coincide con la literatura clínica en algo tranquilizador: la gran mayoría de los niños supera estos episodios sin ningún tratamiento, por maduración, antes de llegar a la adolescencia (Leung et al., 2020). Pero hay señales que justifican una consulta:

    • Los episodios son violentos, con riesgo real de que el niño o alguien más salga lastimado.
    • Ocurren casi todas las noches o varias veces en la misma noche.
    • Aparecen por primera vez después de los 12 años, o siguen igual de frecuentes bien entrada la adolescencia.
    • Hay ronquidos fuertes, pausas en la respiración o el niño se ve agotado durante el día (puede tratarse de apnea del sueño, que fragmenta el sueño profundo y puede confundirse con problemas de atención y conducta).
    • Los movimientos son raros, repetitivos o muy estereotipados, distintos entre un episodio y otro: ahí conviene descartar un origen neurológico antes de asumir que es solo una parasomnia.
    • El niño parece ansioso, le cuesta separarse de ti durante el día o muestra otros signos de ansiedad que se acentúan de noche: los despertares persistentes y las parasomnias se asocian con la ansiedad de separación (Petit et al., 2007), y a veces trabajar esa ansiedad de fondo ayuda más que cualquier medida sobre el sueño en sí.

    En casos frecuentes y con impacto real en la vida diaria del niño, también existen opciones farmacológicas de uso puntual que un médico puede evaluar; no son la primera línea y casi nunca hacen falta (Leung et al., 2020).

    Preguntas frecuentes

    ¿Hay que despertar a un niño que está teniendo un terror nocturno? No conviene. Intentar despertarlo a mitad del episodio suele prolongarlo y aumentar su confusión, porque lo saca a medio camino entre dos fases del sueño. Lo que ayuda es quedarte cerca, evitar que se golpee y esperar con calma a que termine solo, algo que suele tardar entre unos segundos y diez minutos.

    ¿El sonambulismo es peligroso? El episodio en sí no daña al niño, pero sí puede llevarlo a tropezar, caer por una escalera o salir de la casa sin darse cuenta. Por eso lo urgente es la seguridad del trayecto: puertas y ventanas con seguro, sin camarote y sin obstáculos en el suelo.

    ¿A qué edad desaparecen los terrores nocturnos y el sonambulismo? La mayoría de los niños los supera antes de la adolescencia, a medida que el cerebro reduce la proporción de sueño profundo propia de la infancia. El sonambulismo suele persistir un poco más que los terrores nocturnos, pero en ambos casos lo esperable es que se resuelvan solos.

    ¿Por qué mi hijo tiene esto y sus hermanos no? En buena parte, por herencia: si uno de los padres fue sonámbulo de chico, la probabilidad de que el hijo lo sea casi se duplica, y si lo fueron los dos, se triplica. No tiene que ver con algo que un hermano hizo “mejor” que otro, ni con un error de crianza.

    ¿Cuándo hay que llevarlo al médico? Cuando los episodios son muy frecuentes, violentos, empiezan después de los 12 años, o se acompañan de ronquidos, pausas respiratorias o movimientos extraños que no calzan con el patrón habitual. En esos casos conviene descartar apnea del sueño u otras causas antes de asumir que es solo una parasomnia benigna.

    Si después de leer esto todavía te queda la sensación de que algo no cuadra (la frecuencia, la intensidad, o simplemente la intranquilidad de no saber qué tiene tu hijo), una conversación con un profesional puede despejar la duda más rápido que seguir buscando respuestas a las dos de la madrugada.

    Referencias

    Lask, B. (1988). Novel and non-toxic treatment for night terrors. BMJ, 297(6648), 592. https://doi.org/10.1136/bmj.297.6648.592

    Leung, A. K. C., Leung, A. A. M., Wong, A. H. C., & Hon, K. L. (2020). Sleep terrors: An updated review. Current Pediatric Reviews, 16(3), 176-182. https://doi.org/10.2174/1573396315666191014152136

    Mainieri, G., Loddo, G., Provini, F., Nobili, L., Manconi, M., & Castelnovo, A. (2023). Diagnosis and management of NREM sleep parasomnias in children and adults. Diagnostics, 13(7), 1261. https://doi.org/10.3390/diagnostics13071261

    Petit, D., Touchette, É., Tremblay, R. E., Boivin, M., & Montplaisir, J. (2007). Dyssomnias and parasomnias in early childhood. Pediatrics, 119(5), e1016-e1025. https://doi.org/10.1542/peds.2006-2132

    Petit, D., Pennestri, M.-H., Paquet, J., Desautels, A., Zadra, A., Vitaro, F., Tremblay, R. E., Boivin, M., & Montplaisir, J. (2015). Childhood sleepwalking and sleep terrors: A longitudinal study of prevalence and familial aggregation. JAMA Pediatrics, 169(7), 653-658. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2015.127

    Stallman, H. M., & Kohler, M. (2016). Prevalence of sleepwalking: A systematic review and meta-analysis. PLoS ONE, 11(11), e0164769. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0164769

  • Insomnio Infantil: Causas, Cuántas Horas Debe Dormir un Niño y Qué Hacer

    Insomnio Infantil: Causas, Cuántas Horas Debe Dormir un Niño y Qué Hacer

    Son las once de la noche y tu hijo sigue despierto. Pidió agua, pidió otro cuento, volvió a salir de la pieza. O peor: se durmió a las nueve, pero a las tres de la mañana está parado al lado de tu cama, otra vez. Si esa escena se repite casi todas las noches, hay un nombre para lo que pasa, y no es «una etapa». El insomnio infantil existe, es frecuente y en la mayoría de los casos tiene una causa que se puede corregir desde la casa.

    Esta guía es para madres y padres de niños de 2 a 12 años. Vas a encontrar cuántas horas necesita dormir tu hijo según su edad, las dos causas que explican la mayor parte de los casos, qué ayuda de verdad según los estudios, qué dice el Instituto de Salud Pública de Chile sobre la melatonina y cómo distinguir un terror nocturno de una pesadilla. También hay una calculadora para ordenar lo que estás viendo antes de decidir con quién consultar. Los adolescentes tienen su propio artículo, porque su sueño funciona distinto.

    En corto: el insomnio infantil es la dificultad persistente para dormirse o para seguir dormido, con consecuencias de día, en un niño que tiene la oportunidad de dormir. Cerca de uno de cada cinco niños de 5 a 12 años tiene síntomas. Casi siempre el problema es cómo se duerme, no cuánto: el niño aprendió a dormirse con una condición (un adulto al lado, la mamadera, una pantalla) o nunca tuvo un límite claro a la hora de acostarse. El tratamiento con más respaldo es conductual, lo aplican los padres y mejora a más del 80 % de los niños. La melatonina no está autorizada en Chile para menores de 18 años.

    ¿Existe el insomnio infantil? Qué es y qué no es

    Existe, y las guías clínicas lo definen con bastante precisión: dificultad persistente para dormirse o para mantener el sueño, a pesar de tener la oportunidad y las condiciones para dormir, con alguna consecuencia de día (irritabilidad, problemas de atención, somnolencia, conflicto familiar). Una revisión clínica española de 2023 pone números al «persistente»: tardar más de 30 minutos en dormirse o tener despertares de más de 20 minutos, al menos tres noches por semana, durante al menos tres meses (de la Calle Cabrera et al., 2023).

    ¿Y qué tan común es? En un estudio de base poblacional con 700 niños de 5 a 12 años, evaluados con polisomnografía, el 19,3 % tenía síntomas de insomnio según sus padres, y la cifra apenas cambió al excluir a los niños con apnea (Calhoun et al., 2014). Uno de cada cinco. En los más pequeños es todavía más frecuente: el consenso de seis sociedades pediátricas y del sueño de España parte de que afecta al 30 % de los menores de 5 años (Pin Arboledas et al., 2017).

    Ahora lo que no es insomnio. Que un niño de 2 años se despierte alguna noche no es un trastorno: es lo esperable a esa edad. En una cohorte de casi 2.000 niños de Quebec, los despertares nocturnos frecuentes pasaron del 36,3 % a los 2 años y medio al 13,2 % a los 6, y la dificultad para dormirse bajó del 16 % a los 3 o 4 años al 7,4 % a los 6 (Petit et al., 2007). La mayoría madura sola. El problema es cuando no baja, cuando el niño no sabe dormirse sin ayuda, o cuando la familia entera vive cansada por eso.

    ¿Cuántas horas debe dormir un niño según su edad?

    La referencia más usada es la de la Academia Americana de Medicina del Sueño, que reunió a un panel de especialistas para fijar, por consenso, cuánto sueño necesita cada tramo de edad para estar sano. Son rangos, no cifras exactas, y en los menores de 6 años incluyen las siestas (Paruthi et al., 2016).

    Edad Horas de sueño recomendadas por cada 24 horas
    1 a 2 años 11 a 14 horas (siestas incluidas)
    3 a 5 años 10 a 13 horas (siestas incluidas)
    6 a 12 años 9 a 12 horas
    13 a 18 años 8 a 10 horas

    Dos aclaraciones que evitan sustos. Primero, un niño de 8 años que duerme 9 horas está dentro del rango, aunque su compañero de curso duerma 11. Segundo, el número por sí solo no dice si hay un problema: un niño puede completar sus 10 horas y aun así tardar una hora en dormirse cada noche, con la pelea que eso implica. Por eso la pregunta útil casi nunca es cuánto duerme, sino cómo se duerme.

    Causas del insomnio infantil: casi siempre es cómo se duerme, no cuánto

    La revisión encargada por la Academia Americana de Medicina del Sueño describe el cuadro que los pediatras y psicólogos ven con más frecuencia como «insomnio conductual de la infancia», con dos presentaciones típicas que a veces se combinan (Mindell et al., 2006). La revisión española añade una tercera, menos conocida (de la Calle Cabrera et al., 2023).

    Insomnio por asociaciones al inicio del sueño

    El niño aprendió a dormirse con algo: en brazos, con la mamadera, con un adulto acostado al lado, con la tele o el celular encendidos. Se duerme bien así. El problema aparece de madrugada. Todos tenemos despertares breves entre un ciclo de sueño y otro, y normalmente no los recordamos porque volvemos a dormirnos en segundos. Un niño que solo sabe dormirse con su condición, al despertar y no encontrarla, llora y la pide. Y la pide cada vez.

    Esta es la explicación de la mayoría de los «se despierta tres veces por noche» en niños de 1 a 4 años. No es hambre, no es un problema médico, no es que duerma poco: es que la única forma de dormirse que conoce requiere a un adulto. Lo bueno es que lo que se aprendió se puede reaprender, y más abajo verás cómo.

    Insomnio por falta de límites a la hora de acostarse

    Aquí el niño no quiere irse a dormir, y lo negocia: un vaso de agua, otro cuento, «me duele la guata», salir de la pieza cinco veces. Es más típico de los 3 a los 8 años, cuando ya habla y ya sabe negociar. Suele haber una rutina poco definida, una hora de acostarse que cambia según el día, o padres que (por cansancio, por culpa, porque el niño llora) ceden a veces sí y a veces no. Ese «a veces» es justo lo que mantiene la conducta: si pedir cinco veces funciona una de cada tres noches, el niño va a pedir cinco veces todas las noches.

    El tercero, poco conocido: demasiado tiempo en cama

    Un niño de 6 años que necesita 10 horas y es acostado a las 19:30 para levantarse a las 07:30 tiene 12 horas en cama. Dos de esas horas las va a pasar despierto, y lo más probable es que sea al inicio: da vueltas, se levanta, «no tiene sueño». Y no lo tiene. En estos casos, la solución es contraintuitiva: acostarlo más tarde, no más temprano. La calculadora de más abajo te ayuda a ver si es tu caso.

    Qué hay que descartar antes de tratarlo como conductual

    Antes de cambiar rutinas, conviene mirar si hay algo médico detrás. Un ronquido fuerte todas las noches, pausas al respirar o respiración con la boca abierta pueden indicar apnea del sueño, que en niños suele relacionarse con amígdalas o adenoides grandes. La necesidad de mover las piernas al acostarse, con molestia, orienta a piernas inquietas, que en niños se asocia a niveles bajos de hierro. El dolor, el asma, la dermatitis atópica que pica y algunos medicamentos (descongestionantes, corticoides, estimulantes, entre otros) también rompen el sueño; la revisión española los enumera como lo primero que hay que descartar (de la Calle Cabrera et al., 2023). Todo esto es territorio del pediatra, y va primero. En la guía general sobre trastornos del sueño explicamos cada uno de estos cuadros.

    Hay tres condiciones que van muy de la mano con el mal dormir. En una encuesta con 239 niños escolares con TDAH, el 73 % tenía problemas de sueño, y los casos moderados o graves se asociaron a peor funcionamiento del niño, peor salud mental del cuidador y más atrasos escolares (Sung et al., 2008). Los niños con trastorno del espectro autista y otros trastornos del neurodesarrollo también tienen tasas más altas de problemas de sueño (Abdelgadir et al., 2018). Y la ansiedad, sobre todo la de separación, aparece una y otra vez asociada a los despertares persistentes en la cohorte de Quebec (Petit et al., 2007). Si tu hijo tiene alguno de estos diagnósticos (tenemos guías aparte sobre el TDAH en niños de 6 a 12 años y sobre la ansiedad en niños), el plan de sueño existe igual, pero hay que armarlo con quien lo trata.

    ¿Y las pantallas? Una revisión de 67 estudios en niños escolares y adolescentes encontró que en el 90 % de ellos más tiempo de pantalla se asociaba a peor sueño, sobre todo a dormir menos y más tarde, aunque esos diseños no prueban causalidad (Hale & Guan, 2015). Un metaanálisis más reciente, que miró los cambios día a día dentro de la misma persona, encontró que el efecto sobre la duración es más pequeño de lo que se cree, y que lo que más pesa es usar la pantalla después de la hora de acostarse (Bourke et al., 2026). Traducido: la pantalla en la cama es el problema; una hora de tele en la tarde, no tanto.

    Calculadora: ¿tu hijo duerme lo que necesita?

    Antes de seguir, ordena los datos. Piensa en una noche típica de la última semana y responde. La calculadora estima cuántas horas duerme, lo compara con el rango de su edad y te dice qué señales mirar. No es un test con puntaje ni reemplaza una evaluación: es la misma cuenta que haría un profesional en la primera consulta.

    ¿Tu hijo duerme lo que necesita para su edad?

    Responde con una noche típica de la última semana. La calculadora estima cuántas horas duerme y las compara con el rango que recomienda la Academia Americana de Medicina del Sueño para su edad. No es un test ni da un diagnóstico: es una forma rápida de ordenar lo que estás viendo.













    Falta responder alguna de las preguntas de arriba.

    Estimación de sueño por noche

    Lo que conviene mirar

      Rangos de la Academia Americana de Medicina del Sueño (Paruthi et al., 2016): 1 a 2 años, 11 a 14 horas; 3 a 5 años, 10 a 13 horas; 6 a 12 años, 9 a 12 horas; 13 a 18 años, 8 a 10 horas (en los menores de 6, incluyendo siestas). Es una estimación orientativa a partir de una noche típica, no una medición ni un diagnóstico. Si el ronquido, las pausas al respirar o el dolor forman parte del cuadro, la primera consulta es con el pediatra.

      Tratamiento del insomnio infantil: lo que funciona según la evidencia

      Aquí la evidencia es clara, y es más tranquilizadora de lo que suena. La revisión de la Academia Americana de Medicina del Sueño analizó 52 estudios de tratamiento: el 94 % encontró eficaces las intervenciones conductuales, más del 80 % de los niños tratados mejoró de forma clínicamente significativa, y la mejoría se mantenía a los 3 y 6 meses (Mindell et al., 2006). Un metaanálisis posterior de 16 ensayos controlados confirmó que estas intervenciones reducen el tiempo que tarda el niño en dormirse, el número y la duración de los despertares, y mejoran la eficiencia del sueño (Meltzer & Mindell, 2014). Y una revisión sistemática de 21 ensayos en menores de 6 años cerró la discusión sobre los fármacos: en niños con desarrollo típico, el tratamiento es conductual y no hay evidencia de que un medicamento sirva a largo plazo (Lecuelle et al., 2024).

      «Conductual» no significa complicado. Son cuatro herramientas, y las aplican los padres.

      1. Higiene del sueño en niños: rutina fija y horario fijo (los siete días)

      Una secuencia corta y siempre igual antes de dormir (baño, pijama, un cuento, luz apagada), a la misma hora, también el fin de semana. Dura 20 o 30 minutos, termina en la cama del niño y no incluye pantallas. La revisión de la AASM la nombra como «educación preventiva a padres» y le da uno de los respaldos más fuertes (Mindell et al., 2006). En niños con TDAH, donde la higiene del sueño se usa como primera línea, una revisión de 16 estudios encontró mejoría en 15 de ellos (Nikles et al., 2020).

      2. Enseñarle a dormirse solo: la extinción graduada

      Es la técnica para el niño que solo se duerme con un adulto al lado. Consiste en acostarlo despierto, salir de la pieza y volver a intervalos cortos y programados (dos minutos, luego cuatro, luego seis) para tranquilizarlo brevemente sin quedarse. Cada noche los intervalos se alargan un poco. La AASM la incluye entre las técnicas con apoyo empírico (Mindell et al., 2006).

      La pregunta que se hacen todos los padres es si llorar unos minutos le hace daño. Un ensayo clínico aleatorizado midió justamente eso: los bebés tratados con extinción graduada durmieron mejor que los del grupo control, sin aumento del cortisol (la hormona del estrés) y, doce meses después, sin ninguna diferencia en el apego con la madre ni en problemas emocionales o de conducta (Gradisar et al., 2016). Vale decir también que esta guía es para niños desde los 2 años: en bebés el manejo del sueño es distinto y lo orienta el pediatra.

      3. Acostarlo más tarde por un tiempo (retraso de la hora de dormir)

      Si tu hijo tarda una hora en dormirse, empieza acostándolo a la hora en que de verdad se duerme (aunque sea a las 22:00). Con sueño acumulado, se duerme rápido y sin pelea. Cuando lleva varias noches durmiéndose en menos de 15 minutos, se adelanta la hora de acostarse 15 minutos, y así sucesivamente hasta el horario que quieres. Es la técnica conocida como «bedtime fading», también con respaldo en la revisión de la AASM y en el mismo ensayo de Gradisar y colaboradores, donde funcionó igual de bien que la extinción graduada (Gradisar et al., 2016). Es la primera opción cuando el problema es «demasiado tiempo en cama».

      4. Para los más grandes: acuerdos claros y sin negociación

      En el escolar que negocia, lo que funciona es el límite predecible: la rutina termina en «luz apagada» y las salidas de la pieza no se discuten, se acompañan de vuelta a la cama con pocas palabras. Un metaanálisis de intervenciones cognitivo-conductuales en niños escolares y adolescentes encontró que reducen el tiempo que tardan en dormirse y mejoran varios indicadores del sueño, con efectos de moderados a grandes, aunque los protocolos eran heterogéneos y hacen falta ensayos más grandes (Åslund et al., 2018). Funciona. Lo difícil para la mayoría de las familias es sostenerlo dos semanas seguidas, que es lo que suele tardar en asentarse.

      ¿Y la melatonina u otro medicamento para el insomnio infantil? Lo que dice la evidencia y el ISP

      Es la pregunta que más llega, así que va con las dos partes. La evidencia: un metaanálisis de siete ensayos con 387 niños y adolescentes con insomnio de conciliación encontró que la melatonina adelantó el inicio del sueño unos 37 minutos frente a placebo, con calidad de estudios baja a moderada, seguimientos cortos y dos eventos adversos graves reportados (Wei et al., 2020). En niños con trastornos del neurodesarrollo (autismo, TDAH), donde más se ha estudiado, otro metaanálisis de 13 ensayos mostró 48 minutos más de sueño total y 29 menos de latencia, sin efecto sobre los despertares (Abdelgadir et al., 2018). Funciona para dormirse antes; no arregla los despertares, y no se ha estudiado a largo plazo en niños sin estas condiciones.

      La regulación en Chile: según la nota informativa de farmacovigilancia del Instituto de Salud Pública del 2 de marzo de 2026, la melatonina es un medicamento de venta bajo receta médica, los 21 registros sanitarios vigentes están aprobados solo para el insomnio de corta duración en adultos, y su uso en menores de 18 años no ha sido autorizado por falta de estudios de eficacia y seguridad en ese grupo. El ISP emitió la nota porque el Centro de Información Toxicológica de la Universidad Católica registró 927 casos de sobredosis de melatonina entre 2019 y 2022, y un 36,6 % fueron en niños. Las «gomitas» de melatonina que se venden fuera de la farmacia entran sin control sanitario (Instituto de Salud Pública de Chile, 2026).

      El consenso español lo resume bien: el uso de medicamentos y otras sustancias para inducir el sueño en niños es habitual, y ninguna guía clínica lo respalda como primera opción (Pin Arboledas et al., 2017). Si un pediatra o neurólogo la indica en un caso concreto, con dosis y plazo, es otra cosa. Darla por cuenta propia, no.

      Lo mismo vale para los antihistamínicos «para que duerma»: no son un tratamiento del insomnio infantil, y su uso sin indicación médica tampoco tiene respaldo.

      Se despierta llorando en la noche: ¿terror nocturno o pesadilla?

      Muchos padres llegan a consultar por esto, y no es insomnio. Los terrores nocturnos y las pesadillas son parasomnias: fenómenos que ocurren durante el sueño, no dificultades para dormir. Son frecuentes y, en general, benignas. En la cohorte de Quebec, el 39,8 % de los niños tuvo terrores nocturnos en algún momento de la primera infancia (Petit et al., 2007), con el pico a los 18 meses, cuando los presenta un tercio de los niños (Petit et al., 2015). Distinguirlos importa porque se manejan distinto.

      Terror nocturno Pesadilla
      Cuándo ocurre Primer tercio de la noche, en el sueño profundo Segunda mitad de la noche, en el sueño REM
      Cómo se ve Grita, suda, tiene los ojos abiertos, no reconoce a los padres, no se calma con consuelo Se despierta del todo, asustado, busca a los padres y se calma con ellos
      Al día siguiente No recuerda nada Recuerda el sueño y puede contarlo
      Edad más frecuente Entre 3 y 7 años, según MedlinePlus Cualquier edad; más en preescolares y escolares
      Qué hacer Acompañarlo con calma y cuidar que no se lastime; no suele responder al consuelo ni a que lo despierten, y pasa en minutos Consolarlo, quedarse un rato, hablar del sueño al día siguiente si quiere

      Un dato que tranquiliza y explica: los terrores nocturnos y el sonambulismo tienen un componente familiar fuerte. Si uno de los padres fue sonámbulo, la probabilidad del hijo casi se duplica, y se triplica si lo fueron ambos (Petit et al., 2015). Suelen desaparecer solos con la edad. Cuando son muy frecuentes, se agravan o aparecen por primera vez en un niño mayor, conviene consultar, y conviene revisar la cantidad de sueño: MedlinePlus lista la falta de sueño, la fiebre y los periodos de estrés entre sus desencadenantes.

      ¿Se le pasa solo? Qué pasa si no se trata

      En parte, sí. Pero no en todos. Una cohorte noruega siguió a 2.026 niños desde los 7 a 9 años hasta los 16 a 19: los problemas para dormirse o mantener el sueño persistieron hasta la adolescencia tardía en aproximadamente un tercio, y los niños con dificultades crónicas en las dos primeras mediciones tuvieron casi el doble de riesgo de cumplir criterios de insomnio al final (Sivertsen et al., 2017). Uno de cada tres no lo supera solo.

      Y el costo no es solo el sueño. En otro seguimiento, el nivel de problemas de sueño a los 9 años predijo síntomas depresivos, ansiedad y problemas de conducta a los 18, incluso después de descontar la salud mental que el niño ya tenía en la infancia (Shimizu et al., 2021). Es una de las razones por las que vale la pena tratarlo a tiempo, y no por dramatismo: porque el tratamiento es sencillo, lo hacen los padres y funciona en la mayoría de los casos.

      Cuándo consultar y con quién

      Consulta con el pediatra primero si hay ronquido fuerte, pausas al respirar, sospecha de dolor, un niño que ronca y además está muy somnoliento de día, o si el problema apareció de golpe junto con otros síntomas. También si estás pensando en cualquier medicamento o suplemento: es una decisión médica.

      Consulta con un psicólogo cuando el cuadro es conductual (no quiere dormir solo, negocia la hora de dormir, se despierta y te llama) y lleva más de tres meses, o cuando ya probaron cambiar rutinas y no resulta. También cuando el sueño viene junto con ansiedad, miedos intensos, rabietas fuertes a la hora de dormir, o un diagnóstico de TDAH o autismo que hace más difícil aplicar las técnicas solos. Un psicólogo con formación en sueño arma el plan con ustedes, lo ajusta a la edad y al temperamento del niño, y acompaña las dos o tres semanas que suele tardar en asentarse. En Terapia Online Chile trabajamos con padres de niños y con adolescentes por videollamada.

      Preguntas frecuentes sobre el insomnio infantil

      ¿Existe el insomnio infantil o es una fase?

      Existe. Se define como dificultad persistente para dormirse o mantener el sueño, con consecuencias de día, al menos tres noches por semana durante tres meses. Cerca de uno de cada cinco niños de 5 a 12 años tiene síntomas. Los despertares ocasionales de un niño pequeño, en cambio, son parte del desarrollo normal.

      ¿Cuántas horas debe dormir un niño de 8 años?

      Entre 9 y 12 horas por noche, según el consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño. El rango para los niños de 6 a 12 años es el mismo. Si duerme 9 horas y está bien de día, está dentro de lo esperable; el número solo preocupa cuando va acompañado de somnolencia, irritabilidad o problemas de atención.

      Mi hijo no duerme de noche, ¿qué hago primero?

      Descarta lo médico (ronquido, dolor, pausas al respirar) con el pediatra y mira cómo se duerme, no solo cuánto. Si se duerme solo con un adulto al lado o negocia cada noche, el problema es conductual: rutina fija, misma hora los siete días, sin pantallas en la pieza y enseñarle a dormirse solo de forma gradual. Si en tres o cuatro semanas no cambia, consulta.

      ¿Se le puede dar melatonina a un niño para dormir?

      No por cuenta propia. En Chile la melatonina es de venta bajo receta, ningún registro sanitario está aprobado para menores de 18 años y el Instituto de Salud Pública alertó en 2026 por el aumento de intoxicaciones en niños. La evidencia muestra que adelanta el inicio del sueño en el corto plazo, sobre todo en niños con autismo o TDAH, y solo bajo indicación médica.

      ¿Por qué mi hijo se despierta en la noche llorando?

      Depende de cómo se ve. Si grita, no te reconoce y a la mañana no recuerda nada, probablemente es un terror nocturno: ocurre en el sueño profundo, es frecuente entre los 3 y 7 años y se pasa solo. Si se despierta del todo, te busca y cuenta un sueño, es una pesadilla. Si se despierta y te llama para volver a dormirse, suele ser insomnio por asociación.

      ¿Dejarlo llorar le hace daño?

      La extinción graduada no es «dejarlo llorar»: es volver a intervalos cortos a tranquilizarlo sin quedarse. Un ensayo clínico que la comparó con un grupo control no encontró aumento del cortisol ni diferencias en el apego ni en la conducta un año después. Se aplica desde los 6 meses, y en esta guía hablamos de niños desde los 2 años.

      ¿Hay insomnio infantil a los 10 o 12 años?

      Sí, y cambia de forma. A esa edad pesan más la ansiedad, las preocupaciones escolares, las pantallas en la cama y, hacia los 11 o 12, el inicio de la pubertad, que retrasa el reloj biológico. En el estudio de 700 niños de 5 a 12 años, los síntomas de insomnio fueron más frecuentes en las niñas de 11 y 12 años (30,6 %). A partir de los 13, aplica lo que explicamos en el artículo sobre adolescentes.

      ¿Cuándo tengo que llevarlo al psicólogo por el sueño?

      Cuando el problema es conductual y lleva más de tres meses, cuando ya intentaron cambiar rutinas y no funciona, o cuando viene junto con ansiedad, miedos, rabietas intensas a la hora de dormir o un diagnóstico de TDAH o autismo. El plan lo aplican los padres en casa; el psicólogo lo diseña, lo ajusta y acompaña las semanas que tarda en asentarse.

      ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

      Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

      Agenda una hora

      Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

      Referencias

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      • Wei, S., Smits, M. G., Tang, X., Kuang, L., Meng, H., Ni, S., Xiao, M., & Zhou, X. (2020). Efficacy and safety of melatonin for sleep onset insomnia in children and adolescents: A meta-analysis of randomized controlled trials. Sleep Medicine, 68, 1-8. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2019.02.017

      Sobre el autor

      Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

      En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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    • Mi Hijo No Se Concentra: Por Qué Pasa (No Siempre Es TDAH) y Qué Hacer

      Mi Hijo No Se Concentra: Por Qué Pasa (No Siempre Es TDAH) y Qué Hacer

      Si buscaste “mi hijo no se concentra”, lo más probable es que la escena se repita cada tarde: la tarea abierta, tu hijo mirando la ventana, y tú entre la paciencia y el miedo de que “le pase algo”. La buena noticia: casi siempre la explicación es más simple de lo que temes, y se corrige en casa.

      En breve

      • Un niño que no se concentra al estudiar casi siempre tiene una razón concreta detrás: duerme menos de lo que necesita, llega a la tarea después de pantallas, está preocupado por algo, no entiende la materia o la tarea está mal dimensionada para su edad.
      • El TDAH es una posibilidad real, pero solo cuando la falta de atención aparece en todos los contextos, desde hace más de seis meses, desde antes de los 12 años, y le complica la vida más allá del cuaderno.
      • Cuando sí hay algo más que revisar, se puede detectar y tratar.

      ¿Es normal que mi hijo no se concentre? Lo que cabe esperar por edad

      Un niño de 6 años no puede sostener la atención como uno de 10, y eso no es un problema: es desarrollo. La capacidad de mantener la atención en una tarea crece rápido en los primeros años de colegio y llega a una meseta cerca de los 10 años.

      Compararlo con lo esperable para su edad —y no con su hermano mayor ni con lo que tú esperas— es el primer filtro antes de preocuparte.

      En un estudio con niños de 5 a 12 años, la atención sostenida mejoró rápido entre los 5-6 y los 8-9 años y después se estabilizó, con mejoras menores hasta los 11-12 (Betts et al., 2006).

      El mismo estudio mostró algo que cualquier madre reconoce: a todas las edades, los niños rindieron peor cuando la tarea era más exigente. Un niño de primero básico frente a una guía larga de matemáticas no está “flojo”: está en el límite de lo que su cerebro puede sostener.

      La Guía de Práctica Clínica sobre el TDAH lo pone como primer paso de cualquier evaluación: antes de pensar en un trastorno hay que descartar que la conducta esté dentro de la normalidad, mirando la cantidad e intensidad de los síntomas, cuánto tiempo llevan y cuánto afectan al niño en distintas situaciones (GPC TDAH, 2010, p. 68). “No todo niño movido y despistado tiene TDAH”, dice textualmente.

      Hay otro dato de la misma guía que tranquiliza a muchas familias de primero básico: la inatención se hace evidente recién al empezar la escolaridad, a los 5-7 años, porque es ahí donde el entorno empieza a exigir atención sostenida; la hiperactividad, en cambio, se nota antes, a los 3-4 (GPC TDAH, 2010, p. 53).

      Que “nunca antes” hubiera pasado nada no descarta ni confirma: es la edad en que el colegio pone a prueba la atención por primera vez.

      Entonces, ¿cuándo deja de ser normal? Cuando la distracción es claramente mayor que la de otros niños de su edad, cuando lleva meses igual y cuando le está costando más que unas notas: amistades, autoestima, el ánimo en casa.

      Por qué mi hijo no se concentra: las seis causas más frecuentes

      Antes de pensar en un diagnóstico, conviene revisar en orden las causas que más veces explican la falta de concentración en niños: sueño insuficiente, exceso de pantallas, ansiedad, dificultades para entender la materia, tareas mal dimensionadas y, en último lugar de esta lista pero no menos real, el TDAH. Varias pueden estar presentes a la vez.

      1. Duerme menos de lo que necesita

      Es la causa más barata de revisar y una de las más olvidadas. Un niño de 6 a 12 años necesita entre 9 y 12 horas de sueño cada noche, y un adolescente entre 8 y 10, según el consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño (Paruthi et al., 2016).

      Haz la cuenta con la hora real a la que se duerme (no a la que se acuesta) y la hora a la que suena la alarma. Muchas familias descubren aquí que su hijo lleva meses durmiendo 7 u 8 horas.

      ¿Y eso se nota en la tarea? Sí. Un metaanálisis con casi 36.000 niños sanos de 5 a 12 años encontró que dormir menos se asocia a peor rendimiento en las funciones ejecutivas (planificar, inhibir, organizarse), en las tareas complejas y en el rendimiento escolar, además de a más problemas de conducta (Astill et al., 2012).

      El efecto por hora de sueño es pequeño, pero se acumula noche tras noche. Los propios autores lo resumen así: el sueño insuficiente en niños se asocia a déficits en las funciones cognitivas de orden superior. Justo las que hacen falta para sentarse a estudiar.

      Un dato curioso del mismo metaanálisis: en niños, la duración del sueño no se relacionó con la atención sostenida “pura” de laboratorio, sino con lo complejo. Es decir, tu hijo puede mirar dibujos animados sin problema y aun así no poder con la tarea. Eso no significa que “puede cuando quiere”: significa que la tarea exige más de lo que el sueño de anoche le dejó.

      2. Llega a la tarea después de horas de pantalla

      Las pantallas no producen TDAH, pero sí pesan. Un metaanálisis de 45 estudios encontró una relación pequeña pero consistente entre el uso de medios (televisión, videojuegos, celular) y conductas tipo TDAH, como problemas de atención, hiperactividad e impulsividad, en niños y adolescentes (Nikkelen et al., 2014).

      Una revisión más reciente con 159.000 niños de 12 años o menos, publicada en JAMA Psychiatry, confirmó la misma relación pequeña entre más tiempo de pantalla y más problemas externalizantes, incluidos síntomas de TDAH (Eirich et al., 2022).

      Dos matices importantes, porque aquí abunda el alarmismo. Primero, la relación es pequeña: las pantallas explican una parte de la falta de concentración, no toda. Segundo, los estudios no dejan clara la dirección: es posible que los niños a los que más les cuesta atender busquen más pantalla, y no solo al revés.

      Lo práctico no cambia: un niño que pasa de una hora de videos cortos a una guía de lenguaje va a tardar en “aterrizar”, y la pantalla que sigue encendida al lado es un competidor imbatible para cualquier cuaderno.

      3. Está preocupado por algo

      La ansiedad no siempre se ve como ansiedad. En un niño se puede ver como distracción, como “se queda en blanco” o como irse al baño cinco veces durante la tarea.

      La explicación la da la teoría del control atencional: la ansiedad debilita el sistema que dirige la atención hacia una meta y refuerza el que responde a cualquier estímulo o amenaza, y afecta sobre todo a inhibir distracciones y cambiar de foco (Eysenck et al., 2007). Un niño preocupado tiene la atención ocupada aunque esté sentado y callado.

      En escolares de básica esto se ha medido bien. Un metaanálisis de 76 estudios con niños de 5 a 12 años encontró que la ansiedad ante las evaluaciones se asocia a peor rendimiento en matemáticas y lectoescritura, y que va muy de la mano con la ansiedad general, la ansiedad social y los síntomas depresivos (Robson et al., 2023).

      Y en niños de 11 y 12 años, la memoria de trabajo verbal explicó cerca de la mitad de la relación entre ansiedad y rendimiento académico (Owens et al., 2008): la preocupación ocupa el mismo “espacio mental” que la tarea necesita.

      Pistas de que la causa va por aquí: la desconcentración empezó junto con algún cambio (colegio nuevo, separación, un duelo, problemas con compañeros), hay dolores de guata o de cabeza sin causa médica, le cuesta dormirse, o pregunta mucho “¿y si me va mal?”.

      ¿Reconoces alguna de estas pistas en tu hijo? Si el problema aparece sobre todo antes de las pruebas, lo que hay que tratar es la ansiedad ante los exámenes, no la concentración.

      4. No es que no atienda: es que no entiende

      Esta es la causa que más se confunde con TDAH y la que más daño hace cuando se pasa por alto. Un niño con una dificultad específica de aprendizaje (en lectura, escritura o matemáticas) se desconecta de la tarea porque no la entiende, y desde afuera se ve exactamente igual que un niño que no atiende.

      La diferencia es que en el primero la desconcentración es selectiva: aparece con la lectura o con los números y desaparece con lo que sí domina.

      Las dos cosas además van juntas más de lo que parece. Una revisión de 17 estudios encontró que el TDAH y las dificultades de aprendizaje coexisten en cerca del 45 % de los casos, y por eso recomienda evaluar siempre las habilidades académicas en todo niño con problemas de atención (DuPaul et al., 2013).

      En una muestra comunitaria de cinco distritos escolares, los niños con dificultad lectora y TDAH a la vez fueron los más afectados en casi todas las medidas, académicas y sociales, y la coocurrencia parece explicarse en parte por debilidades en velocidad de procesamiento y memoria de trabajo (Willcutt y Petrill, 2023).

      La conclusión de los autores es clara: toda evaluación de dificultad lectora debería cribar TDAH, y toda sospecha de TDAH debería mirar el aprendizaje.

      La GPC dice lo mismo desde el otro lado: el bajo rendimiento muchas veces se explica por el propio TDAH, pero en otros casos los problemas de aprendizaje están presentes y no se explican por él, y ahí hace falta una evaluación psicopedagógica que los descarte (GPC TDAH, 2010, p. 66).

      Si tu hijo se traba leyendo en voz alta, invierte letras, cuenta con los dedos mucho más que sus compañeros o escribe con una letra que ni él entiende, esa es la pista.

      En Chile, el colegio puede evaluarlo dentro del Programa de Integración Escolar (PIE) bajo el Decreto 170; aquí explicamos cómo funciona el Decreto 170 para las dificultades de aprendizaje y tenemos una guía sobre el test de dislexia para orientarte antes de consultar.

      5. La tarea está mal dimensionada (o la ayuda de los padres no ayuda)

      “Siéntate y no te pares hasta terminar” es una instrucción que un adulto cumple con esfuerzo y un niño de 8 años no puede cumplir. Una guía de dos horas sin pausas, una tarea que empieza a las 20:30 después del baño o un cuaderno lleno de correcciones en rojo son condiciones que harían distraerse a cualquiera.

      Antes de buscar un diagnóstico, mira en tu casa cuánto se le pide, a qué hora y en qué estado llega.

      Y mira también cómo ayudas, porque no todo tipo de ayuda sirve. Un metaanálisis con más de 378.000 estudiantes encontró que la implicación de los padres en las tareas, tomada en conjunto, tiene una relación levemente negativa con el rendimiento.

      Pero al separar por tipo de ayuda, la única dimensión que se asoció positivamente fue el apoyo a la autonomía (estar disponible, ayudar a organizarse, dejar que el niño resuelva), mientras que sentarse a explicar el contenido, controlar y estar encima no se relacionaron con mejores resultados (Xu et al., 2024).

      Traducido: acompañar sirve; hacer de profesor particular a las nueve de la noche, con los dos cansados, no.

      Un niño desmotivado tampoco se concentra. Si la materia le parece imposible o inútil, o si la tarea solo trae retos, la atención se va donde hay algo que ganar. Volver a conectar la tarea con un logro pequeño y visible es parte del tratamiento, y no requiere consulta.

      Los propios criterios diagnósticos separan aquí el “no puede” del “no quiere”: la inatención del TDAH no debe explicarse por una actitud oposicionista ni por no haber entendido la instrucción (American Psychiatric Association, 2022).

      Y la guía para padres de la UNAM añade una pista práctica: si la desconcentración aparece de golpe después de un evento (una mudanza, una separación, un duelo), responde a estrés o a lo afectivo, no a un TDAH que por definición lleva meses (Delgado y Esparza, 2017).

      6. Cuando sí es TDAH

      El trastorno por déficit de atención con hiperactividad existe y no es raro: en un estudio epidemiológico chileno con 1.558 niños y adolescentes de cuatro provincias, la prevalencia fue del 10 %, con la ansiedad y el trastorno oposicionista como comorbilidades más frecuentes (de la Barra et al., 2013). En un curso de 30 hay, en promedio, dos o tres niños con TDAH.

      Lo que lo distingue de las causas anteriores es que la falta de atención está en todas partes (casa, colegio, cumpleaños, el fútbol), desde hace mucho, desde chico, y viene acompañada de dificultades reales para funcionar.

      El TDAH además suele traer un mal sueño que empeora el cuadro. Un metaanálisis de 16 estudios encontró que los niños con TDAH se resisten más a acostarse, tardan más en dormirse, se despiertan más y están más somnolientos de día que los niños sin el trastorno (Cortese et al., 2009).

      La GPC cifra los trastornos del sueño como comorbilidad en entre el 30 y el 60 % de los niños con TDAH (GPC TDAH, 2010, p. 58). Así que la causa 1 y la causa 6 se alimentan mutuamente: arreglar el sueño ayuda también en el TDAH, aunque no lo reemplaza como tratamiento.

      Si sospechas TDAH, en el sitio hay una guía completa sobre el TDAH en niños de 6 a 12 años y otra sobre cómo se ven los síntomas de TDAH según la edad. Este artículo no las repite: se queda en la pregunta anterior, que es si de verdad hay que ir por ahí.

      Y las causas médicas que el pediatra descarta en una consulta

      La GPC recuerda que los síntomas de desatención pueden aparecer por causas médicas que se detectan con una valoración clínica completa: déficits visuales o auditivos significativos, trastornos del sueño como las apneas o el síndrome de piernas inquietas, anemia por falta de hierro, alteraciones de la tiroides, epilepsia o el efecto secundario de algunos fármacos, entre otros (GPC TDAH, 2010, p. 68).

      Un niño que no ve bien la pizarra o que ronca y se despierta cansado no se concentra, y ninguna técnica de estudio lo arregla. Por eso el primer profesional suele ser el pediatra.

      La pregunta que separa el TDAH de todo lo demás: ¿en qué contextos y desde cuándo?

      Para que la inatención se considere TDAH tiene que cumplir varias condiciones a la vez: los síntomas deben mantenerse al menos seis meses, presentarse en dos o más situaciones de la vida del niño (por ejemplo casa y colegio), causar un deterioro real en su funcionamiento y no explicarse mejor por otro trastorno (GPC TDAH, 2010, p. 60).

      El DSM-5-TR añade que varios de esos síntomas deben haber estado presentes antes de los 12 años y exige al menos seis síntomas de inatención en menores de 17 (American Psychiatric Association, 2022).

      De todas esas condiciones, la que más rápido te orienta en casa es la del contexto. Hazte esta pregunta: ¿mi hijo no se concentra para estudiar solamente, o también se distrae cuando juega, cuando está con amigos, cuando arma algo que le gusta, en la clase de educación física?

      Si la desconcentración vive únicamente en la tarea y en la sala de clases, las causas más probables son las de la lista anterior (sueño, ansiedad, no entender, tarea mal dimensionada). Si se lleva la atención a todas partes y desde siempre, el TDAH entra en la lista.

      Un matiz: que se concentre perfecto en la play no descarta nada por sí solo; la pregunta es cómo le va en las situaciones cotidianas que no eligió.

      Se parece a TDAH, pero… Lo que lo delata
      Sueño insuficiente Duerme menos de 9 horas reales; empeora a medida que avanza la semana; mejora en vacaciones
      Pantallas Se desconcentra sobre todo después de usarlas; la atención “aterriza” con el tiempo si se retiran
      Ansiedad Empezó con un cambio o una preocupación; dolores sin causa médica; pregunta mucho “¿y si…?”
      Dificultad de aprendizaje Se desconecta con la lectura o los números y no con el resto; le cuesta desde que empezó a leer o a calcular
      Tarea mal dimensionada Solo pasa con guías largas o tarde en la noche; rinde bien en bloques cortos
      TDAH En todos los contextos, desde antes de los 12, más de seis meses, con impacto en amigos, autoestima y casa

      La tabla orienta, no diagnostica. El diagnóstico del TDAH es exclusivamente clínico y debe hacerlo un profesional con entrenamiento y experiencia en el trastorno y sus comorbilidades, a partir de entrevistas con los padres y el niño, información del colegio, antecedentes y una exploración física (GPC TDAH, 2010, pp. 61-65).

      Ninguna escala ni test online reemplaza eso, aunque una autoevaluación de TDAH para padres puede ayudarte a ordenar lo que observas antes de la consulta.

      La escala que más se usa para eso, la SNAP-IV, tiene 18 preguntas, la responden padres y profesores y es de uso libre citando a su autor; la GPC advierte que no tiene baremos para población española (y tampoco chilena), así que su valor es ordenar la observación, no poner un número (GPC TDAH, 2010, pp. 69-70).

      Qué hacer si mi hijo no se concentra: cómo ayudarlo a concentrarse en casa esta semana

      Las siguientes medidas atacan las causas más frecuentes y no requieren diagnóstico. Varias salen de la guía para padres de la UNAM (Delgado y Esparza, 2017), que aclara que tienen sentido para cualquier niño, con o sin TDAH.

      La Guía de Práctica Clínica sobre las intervenciones en el TDAH las pone como primera opción justamente cuando los síntomas son leves, el impacto es pequeño o el diagnóstico es dudoso (GPC Intervenciones TDAH, 2017). Prueba dos semanas antes de sacar conclusiones: el sueño y las pantallas tardan varios días en notarse.

      1. Cuadra las horas de sueño. Fija la hora de dormir de modo que caigan 9 a 12 horas reales (6 a 12 años) u 8 a 10 (adolescentes), según el consenso de la AASM. Si hay que mover algo, muévelo de la noche, no de la mañana.
      2. Pantallas fuera de la mesa y fuera de la hora previa. El celular y la tablet en otra habitación mientras estudia, y nada de videos cortos justo antes de sentarse. La atención necesita “aterrizar”.
      3. Que se mueva antes de estudiar. Un metaanálisis de 31 estudios de intervención en niños de 6 a 12 años encontró que una sesión de actividad física mejora la atención inmediatamente después, y que los programas regulares de varias semanas mejoran las funciones ejecutivas y el rendimiento académico (de Greeff et al., 2018). Media hora de plaza antes de la tarea rinde más que media hora de retos.
      4. Bloques cortos con pausas, no maratones. La atención sostenida de un niño de básica es limitada por diseño. Divide la tarea en bloques breves (más cortos cuanto más chico es) con pausas de movimiento entre medio, y termina cada bloque antes de que se agote, no después. La guía de la UNAM propone enseñarle a medirse él mismo con una pregunta antes de seguir: “¿cómo está tu concentración?, ¿necesitas un descanso corto?” (Delgado y Esparza, 2017). La regla 1-3-5 para organizar las tareas es una forma sencilla de decidir qué va primero.
      5. Divide la tarea en pasos visibles. Da una instrucción a la vez: “Haz la guía” es una montaña; “haz los tres primeros ejercicios y me muestras” es una escalera. Cada peldaño terminado es un refuerzo que devuelve la atención al siguiente. Para dar la instrucción, la UNAM recomienda ponerse frente al niño, decir su nombre, buscar contacto visual y pedirle que la repita con sus palabras; y dejar sobre la mesa solo el material de esa tarea, sin comer ni ver televisión al mismo tiempo (Delgado y Esparza, 2017). El elogio, cuando llega, que sea inmediato y concreto (“terminaste los tres sin pararte”), no un “bien” genérico.
      6. Acompaña sin controlar. Estar disponible, ayudar a organizar el tiempo y dejar que resuelva es lo que se asoció a mejor rendimiento en el metaanálisis de Xu et al. (2024); sentarse a explicar todo, corregir cada línea y vigilar no. Si a las nueve de la noche están tú y tu hijo gritando, la ayuda ya no es ayuda.
      7. Ni dietas milagro ni suplementos. Es tentador, y hay mucho marketing. La GPC de 2017 revisó las dietas sin colorantes ni aditivos y los suplementos de omega-3 y omega-6 o zinc, y no encontró pruebas concluyentes de que sirvan; lo que sí recomienda es una dieta equilibrada y ejercicio regular (GPC Intervenciones TDAH, 2017, p. 26). Un niño que llega a la tarea sin almorzar bien tampoco rinde, pero eso se arregla con almuerzo, no con cápsulas.
      8. Habla con el profesor antes de la consulta. Pregúntale si en clase pasa lo mismo, en qué asignaturas, si lo ve entender la materia, si tiene amigos. Esa información es justo la que la GPC pide a la escuela para cualquier evaluación, y te va a decir si el problema es de contexto o de todos los contextos.

      ¿Cuál de estos puntos puedes empezar a probar esta misma semana? Si en dos semanas de hacer esto no cambia nada, o si desde el principio la desconcentración va acompañada de las señales de la siguiente sección, es hora de consultar.

      Cuándo consultar y con quién en Chile

      Consulta sin esperar si pasa cualquiera de estas cosas:

      • La falta de concentración lleva más de seis meses y está en todos los contextos.
      • Empezó junto con un cambio de ánimo: tristeza, irritabilidad, miedo a ir al colegio.
      • El profesor la reporta igual que tú.
      • Viene con dificultad clara para leer o calcular.
      • Ya está afectando su autoestima (“soy tonto”) o sus amistades.
      • El niño empieza a recibir etiquetas (“el difícil”, “el desordenado”) o queda fuera de juegos y cumpleaños.
      • La situación tiene a la familia desbordada, con culpa o peleas diarias por la tarea (Delgado y Esparza, 2017).

      ¿Cuántas de estas reconoces en las últimas semanas? Y consulta también si, simplemente, la preocupación no te deja tranquila: eso ya es motivo suficiente.

      ¿Con quién? En Chile el camino habitual empieza en el pediatra o el médico del CESFAM, que descarta las causas médicas (visión, audición, sueño, anemia) y deriva. El diagnóstico de TDAH lo hace un profesional con experiencia en el trastorno: neurólogo infantil, psiquiatra infantil o psicólogo clínico infantil, idealmente en un equipo que se comunique con el colegio.

      Si la sospecha es de dificultad de aprendizaje, el colegio puede evaluar dentro del PIE y derivar a psicopedagogía. Para orientación telefónica, Salud Responde del MINSAL atiende en el 600 360 7777.

      Un psicólogo aporta en dos momentos: en la evaluación, para distinguir entre ansiedad, dificultad de aprendizaje y TDAH (que es justo la pregunta de este artículo), y en el tratamiento, cuando la causa es la ansiedad o cuando el TDAH necesita, además de lo médico, estrategias conductuales en casa y en el colegio.

      Puedes leer más sobre cómo se evalúa el TDAH en niños o, si prefieres conversarlo directamente, agendar una consulta.

      Llegar con tus observaciones de las dos semanas anteriores (horas de sueño, en qué contextos pasa, qué dijo el profesor) hace que la primera sesión rinda el doble.

      Preguntas frecuentes sobre un niño que no se concentra

      ¿Es normal que un niño de 6 años no se concentre?

      Sí, dentro de un rango. A los 5-6 años la atención sostenida está en pleno desarrollo y mejora rápido hasta los 8-9, cuando se estabiliza (Betts et al., 2006). Lo que no es esperable es que se distraiga mucho más que sus compañeros, en todas las situaciones y con impacto en su vida diaria. Compáralo con la edad de tu hijo, no con la de un adulto.

      Mi hijo no se concentra en la escuela pero en la casa sí, ¿qué significa?

      Que la causa probablemente está en el contexto escolar. Un niño que no se concentra en clase pero sí en casa suele tener un motivo ahí: no entiende la materia, hay ansiedad o un problema con compañeros, el curso es ruidoso o la exigencia no calza con su nivel.

      El TDAH, por definición, aparece en dos o más contextos (GPC TDAH, 2010, p. 60). Habla con el profesor y pide una evaluación psicopedagógica si sospechas dificultad de aprendizaje.

      ¿Cómo sé si mi hijo tiene TDAH o solo se distrae?

      Mira cuatro cosas: si pasa en todos los contextos, si lleva más de seis meses, si empezó antes de los 12 años y si le complica la vida más allá de las notas.

      Si las cuatro se cumplen, consulta con un profesional con experiencia en TDAH; el diagnóstico es clínico y ningún test online lo reemplaza. Si solo se cumple una o dos, revisa primero sueño, pantallas, ansiedad y comprensión de la materia.

      ¿Las pantallas causan falta de concentración en niños?

      Contribuyen, pero no lo explican todo. Los metaanálisis muestran una relación pequeña y consistente entre más tiempo de pantalla y más problemas de atención en niños (Nikkelen et al., 2014; Eirich et al., 2022), sin que quede clara la dirección causal. Lo que sí está claro es que una pantalla encendida al lado de la tarea gana siempre. Sácala de la mesa y de la hora previa.

      ¿Cuántas horas debe dormir un niño para concentrarse?

      Entre 9 y 12 horas por noche de los 6 a los 12 años, y entre 8 y 10 en la adolescencia, según el consenso de la Academia Americana de Medicina del Sueño (Paruthi et al., 2016).

      Dormir menos se asocia a peor rendimiento en las funciones que la tarea exige (Astill et al., 2012). Cuenta desde la hora real a la que se duerme, no desde la que se acuesta.

      ¿Con quién consulto si mi hijo no se concentra?

      Empieza por el pediatra o el médico del CESFAM, que descarta causas médicas y deriva. El diagnóstico de TDAH lo hace un neurólogo infantil, un psiquiatra infantil o un psicólogo clínico infantil con experiencia en el trastorno; la dificultad de aprendizaje la evalúa psicopedagogía, muchas veces desde el PIE del colegio. Lleva anotado cuánto duerme, en qué contextos pasa y qué dice el profesor.

      ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

      Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

      Agenda una hora

      Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

      Referencias

      American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, texto revisado (DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.

      Astill, R. G., Van der Heijden, K. B., Van IJzendoorn, M. H., & Van Someren, E. J. W. (2012). Sleep, cognition, and behavioral problems in school-age children: A century of research meta-analyzed. Psychological Bulletin, 138(6), 1109-1138. https://doi.org/10.1037/a0028204

      Betts, J., Mckay, J., Maruff, P., & Anderson, V. (2006). The development of sustained attention in children: The effect of age and task load. Child Neuropsychology, 12(3), 205-221. https://doi.org/10.1080/09297040500488522

      Delgado Villegas, Y., & Esparza Meza, E. M. (Coords.). (2017). Guía para padres de niños con TDAH: ¿Mi hijo tiene TDAH? Lo que los padres necesitan saber acerca del déficit de atención con hiperactividad. Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México.

      Cortese, S., Faraone, S. V., Konofal, E., & Lecendreux, M. (2009). Sleep in children with attention-deficit/hyperactivity disorder: Meta-analysis of subjective and objective studies. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 48(9), 894-908. https://doi.org/10.1097/CHI.0b013e3181ac09c9

      de Greeff, J. W., Bosker, R. J., Oosterlaan, J., Visscher, C., & Hartman, E. (2018). Effects of physical activity on executive functions, attention and academic performance in preadolescent children: A meta-analysis. Journal of Science and Medicine in Sport, 21(5), 501-507. https://doi.org/10.1016/j.jsams.2017.09.595

      de la Barra, F. E., Vicente, B., Saldivia, S., & Melipillan, R. (2013). Epidemiology of ADHD in Chilean children and adolescents. ADHD Attention Deficit and Hyperactivity Disorders, 5(1), 1-8. https://doi.org/10.1007/s12402-012-0090-6

      DuPaul, G. J., Gormley, M. J., & Laracy, S. D. (2013). Comorbidity of LD and ADHD: Implications of DSM-5 for assessment and treatment. Journal of Learning Disabilities, 46(1), 43-51. https://doi.org/10.1177/0022219412464351

      Eirich, R., McArthur, B. A., Anhorn, C., McGuinness, C., Christakis, D. A., & Madigan, S. (2022). Association of screen time with internalizing and externalizing behavior problems in children 12 years or younger: A systematic review and meta-analysis. JAMA Psychiatry, 79(5), 393-405. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2022.0155

      Eysenck, M. W., Derakshan, N., Santos, R., & Calvo, M. G. (2007). Anxiety and cognitive performance: Attentional control theory. Emotion, 7(2), 336-353. https://doi.org/10.1037/1528-3542.7.2.336

      Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes. (2010). Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en Niños y Adolescentes (Guías de Práctica Clínica en el SNS: AATRM N.º 2007/18). Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad; Agència d’Informació, Avaluació i Qualitat en Salut. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_477_TDAH_AIAQS_compl.pdf

      Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). (2017). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud. https://portal.guiasalud.es/wp-content/uploads/2018/12/GPC_574_TDAH_IACS_compl.pdf

      Nikkelen, S. W. C., Valkenburg, P. M., Huizinga, M., & Bushman, B. J. (2014). Media use and ADHD-related behaviors in children and adolescents: A meta-analysis. Developmental Psychology, 50(9), 2228-2241. https://doi.org/10.1037/a0037318

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      Paruthi, S., Brooks, L. J., D’Ambrosio, C., Hall, W. A., Kotagal, S., Lloyd, R. M., Malow, B. A., Maski, K., Nichols, C., Quan, S. F., Rosen, C. L., Troester, M. M., & Wise, M. S. (2016). Recommended amount of sleep for pediatric populations: A consensus statement of the American Academy of Sleep Medicine. Journal of Clinical Sleep Medicine, 12(6), 785-786. https://doi.org/10.5664/jcsm.5866

      Robson, D. A., Johnstone, S. J., Putwain, D. W., & Howard, S. (2023). Test anxiety in primary school children: A 20-year systematic review and meta-analysis. Journal of School Psychology, 98, 39-60. https://doi.org/10.1016/j.jsp.2023.02.003

      Willcutt, E. G., & Petrill, S. A. (2023). Comorbidity between reading disability and ADHD in a community sample: Implications for academic, social, and neuropsychological functioning. Mind, Brain, and Education, 17(4), 338-348. https://doi.org/10.1111/mbe.12393

      Xu, J., Guo, S., Feng, Y., Ma, Y., Zhang, Y., Núñez, J. C., & Fan, H. (2024). Parental homework involvement and students’ achievement: A three-level meta-analysis. Psicothema, 36(1), 1-14. https://doi.org/10.7334/psicothema2023.92

      Sobre el autor

      Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

      En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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