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    Secuelas del Bullying en la Vida Adulta

    Tienes treinta, cuarenta o cincuenta años. Del colegio saliste hace mucho.

    Y sin embargo hay cosas que no cuadran con tu vida de ahora: te tiemblan las manos antes de una reunión donde hay que hablar, das por hecho que caes mal, revisas tres veces un mensaje antes de mandarlo, te cuesta poner límites, y cuando alguien se ríe cerca de ti una parte de tu cabeza decide, sin preguntarte, que se ríe de ti.

    Si sufriste bullying de niño o de adolescente, tarde o temprano aparece la duda sobre las secuelas del bullying en adultos: ¿tiene que ver? ¿O estoy usando eso de excusa?

    La respuesta corta es que sí tiene que ver, y no es una excusa. Hay estudios que siguieron a miles de niños acosados durante décadas, hasta los 50 años, y midieron cómo les fue.

    Este artículo te cuenta qué encontraron, qué secuelas del bullying en adultos son las más comunes, cuánto de eso es culpa del acoso y cuánto de otras cosas, por qué duele tanto tiempo después, cómo saber si eso explica lo que te pasa hoy y, sobre todo, qué se puede trabajar de adulto.

    Cada afirmación va con su estudio enlazado. Donde la evidencia es floja o no existe, lo digo.

    En breve

    • Sí tiene que ver, y no es una excusa: estudios que siguieron a miles de personas durante décadas muestran que el bullying deja secuelas medibles.
    • Las secuelas mejor documentadas son la ansiedad y la depresión; también aparecen autoestima baja, vergüenza, dificultades en las relaciones y el trabajo, e ideación suicida.
    • No condena a nadie: en muchas personas el efecto se diluye con los años, y buena parte de las víctimas funciona bien de adulta.
    • No existe una terapia específica para adultos acosados: se trata lo que hoy tienes (ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma) y se trabaja la vergüenza.
    • Si has pensado en quitarte la vida, más abajo hay teléfonos donde llamar hoy mismo.

    La respuesta corta

    Haber sufrido bullying en la infancia aumenta el riesgo de depresión, trastornos de ansiedad, ideación suicida, problemas de autoestima y dificultades en las relaciones y el trabajo en la vida adulta, y ese riesgo se ha medido hasta los 50 años.

    El efecto es real e independiente de otras adversidades: en dos cohortes, haber sido acosado por compañeros dejó peores secuelas en salud mental que haber sido maltratado por adultos en casa.

    Al mismo tiempo, el bullying no condena a nadie: los efectos tienden a diluirse con los años en muchas personas, buena parte de las víctimas funciona de adulto tan bien como cualquiera, y lo que hoy te pasa (ansiedad, ánimo bajo, evitación, vergüenza) tiene tratamiento con evidencia aunque su origen esté a veinte años de distancia.

    ¿El bullying deja secuelas en la vida adulta? Lo que dicen 50 años de seguimiento

    Durante mucho tiempo la respuesta de sentido común fue “eso pasa, uno crece y se le olvida”. Dan Olweus, que fundó el estudio científico del bullying en Escandinavia, fue de los primeros en ponerlo a prueba: siguió a dos grupos de varones suecos, acosados y no acosados entre 6.º y 9.º, hasta los 23 años.

    En muchos aspectos los antiguos acosados se habían “normalizado” (una vez fuera del colegio pudieron elegir su propio ambiente social), pero en dos cosas les iba claramente peor que a sus compañeros: tenían más probabilidad de estar deprimidos y peor autoestima. Olweus (1993, p. 33) lo resume con una frase que no necesita traducción: la victimización persistente les había dejado cicatrices en la mente.

    Lo que encontraron las cohortes grandes

    Los estudios grandes de las últimas dos décadas confirmaron eso y lo estiraron mucho más en el tiempo. El más largo es británico: la cohorte de todos los nacidos en una semana de 1958, 7.771 personas cuyos padres informaron si eran acosadas a los 7 y a los 11 años, y a las que se volvió a evaluar entre los 23 y los 50 (Takizawa, Maughan y Arseneault, 2014).

    Quienes fueron acosados con frecuencia tenían, a los 45 años, casi el doble de probabilidad de depresión (OR 1,95), un 65 % más de trastornos de ansiedad (OR 1,65) y más del doble de suicidalidad (OR 2,21) que sus pares no acosados. A los 50 seguían con más malestar psicológico, menos relaciones sociales, más apuros económicos y peor calidad de vida percibida.

    El tamaño del daño fue parecido al de haber pasado por cuidado sustituto o por varias adversidades infantiles juntas, y se mantuvo al controlar los factores que suelen acompañar al bullying.

    ¿Esa gente pidió ayuda?

    La misma cohorte respondió otra pregunta práctica: ¿esa gente pidió ayuda? Sí, y durante décadas. Los acosados con frecuencia usaron más servicios de salud mental en la infancia y adolescencia (OR 2,53) y seguían usándolos más a los 50 años (OR 1,30); parte empezó a consultar recién en la adultez, hasta los 33, y otra parte los usó de forma persistente hasta la mediana edad (Evans-Lacko et al., 2017).

    Si tú consultaste por primera vez a los 28 por algo que empezó a los 11, no eres una rareza estadística. Eres el patrón.

    La cohorte estadounidense

    En Estados Unidos, la cohorte Great Smoky Mountains siguió a 1.420 niños desde los 9 hasta los 26 años con entrevistas diagnósticas.

    Descontando los problemas psiquiátricos que ya tenían de niños y las dificultades de sus familias, las víctimas seguían teniendo en la adultez joven más agorafobia (OR 4,6), ansiedad generalizada (OR 2,7) y trastorno de pánico (OR 3,1); y a quienes fueron a la vez víctimas y agresores les fue peor todavía, con depresión (OR 4,8), pánico (OR 14,5) y, en los varones, suicidalidad (OR 18,5) (Copeland, Wolke, Angold y Costello, 2013).

    En la misma cohorte, mirada por salud, dinero, delito y relaciones, las víctimas y las víctimas-agresoras tenían peores resultados en los tres primeros aspectos y en sus vínculos; los autores concluyen que ser acosado dista de ser un rito de paso inofensivo: proyecta una sombra larga sobre la vida (Wolke, Copeland, Angold y Costello, 2013).

    ¿Cuánto de esto es culpa del bullying y cuánto de otras cosas?

    Es la pregunta correcta, y la ciencia se la ha tomado en serio. Un niño acosado suele venir con otras cargas: un temperamento ansioso, una familia con problemas, a veces maltrato en casa. ¿No será que eso explica la depresión de adulto, y el bullying es solo la parte visible?

    Tres tipos de estudios responden.

    El primero, un metaanálisis de 165 estudios que aplicó los criterios clásicos de causalidad en epidemiología: la evidencia de que el bullying causa depresión, ansiedad, mala salud general e ideación y conducta suicida fue la más fuerte de todas; la asociación con el consumo de tabaco y drogas fue “probablemente causal”, y para el resto de problemas hay asociación pero no alcanza para hablar de causa (Moore et al., 2017).

    El segundo tipo compara al acoso con otras heridas.

    En dos cohortes de dos países (4.026 niños del Reino Unido y 1.420 de Estados Unidos), los niños que solo fueron acosados por compañeros tuvieron en la adultez joven más problemas de salud mental que los que solo fueron maltratados por adultos: una razón de probabilidades de 1,6 en la cohorte británica y de 3,8 en la estadounidense, con diferencias en ansiedad, depresión y autolesiones.

    Y el efecto no se explicaba por haber sufrido las dos cosas (Lereya, Copeland, Costello y Wolke, 2015). Lee eso dos veces si alguna vez te dijeron que “no fue para tanto porque en tu casa te querían”.

    El tercer tipo es el más exigente, y también el más esperanzador.

    Un efecto real, pero que se diluye

    Un metaanálisis de 16 estudios cuasiexperimentales (gemelos comparados entre sí, emparejamiento estadístico y otros diseños que descuentan lo que el niño ya traía) encontró que el efecto propio del bullying sobre la ansiedad y la depresión es real pero pequeño (d = 0,27), y que declina con el tiempo: a largo plazo el efecto sobre los síntomas internalizantes fue de 0,06, prácticamente indistinguible de cero (Schoeler, Duncan, Cecil, Ploubidis y Pingault, 2018).

    Un estudio con 11.108 gemelos lo vio igual: el acoso a los 11 años contribuía de forma causal a la ansiedad en ese momento, la contribución seguía siendo visible dos años después y ya no lo era a los cinco (Singham et al., 2017).

    ¿Cómo se concilian los dos hallazgos?

    ¿Cómo se juntan las dos cosas, la cohorte que encuentra daño a los 50 y el metaanálisis que encuentra que el efecto se diluye? Sin contradicción: son promedios de grupos distintos.

    Para muchas personas, la mayoría, el efecto del bullying se va apagando cuando el acoso termina y la vida cambia de escenario.

    Para un subgrupo, el que fue acosado con más frecuencia y durante más tiempo, o el que además acosaba, o el que no tuvo quien lo sostuviera, el daño se instala y aparece en las estadísticas décadas después.

    Los propios autores del metaanálisis lo dicen: la reducción del efecto con los años muestra el potencial de resiliencia, y la prevención debería centrarse en fortalecerla y en tratar las vulnerabilidades previas.

    Traducido a ti: que te haya quedado marca no es señal de debilidad; es señal de que tu exposición, tu edad o tu contexto cayeron en la zona en que el acoso deja huella. Y esa huella se trabaja.

    Las secuelas más comunes del bullying en adultos

    Lo que sigue es lo que los estudios longitudinales encuentran con más frecuencia en los adultos que fueron acosados, ordenado de más a menos respaldado, no una lista de síntomas “típicos de quien sufrió bullying”.

    Ansiedad: la que más se repite

    En todas las cohortes citadas la ansiedad aparece antes que cualquier otra cosa. En la de Copeland y colaboradores, las víctimas puras tenían de adultas jóvenes más agorafobia, ansiedad generalizada y trastorno de pánico; en la británica, un 65 % más de trastornos de ansiedad a los 45.

    Tiene lógica: el bullying es, en esencia, un entrenamiento diario en anticipar amenaza social. Un niño que durante años entró al patio calculando dónde estaba el que lo molestaba aprende a escanear cada sala en busca de peligro, y ese hábito no se apaga solo porque el patio desapareció.

    En consulta clínica esto suele presentarse como ansiedad social: miedo a ser juzgado, a hablar en grupo, a exponerse; aunque, ojo, también aparece como pánico, como preocupación constante o como agorafobia, que en la cohorte estadounidense fue el diagnóstico con la razón de riesgo más alta entre las víctimas puras.

    Depresión y ánimo bajo

    Es la segunda secuela más documentada. Los metaanálisis de estudios longitudinales que revisan Zych, Farrington, Llorent y Ttofi (2017, p. 72) concluyen que los niños acosados tienen aproximadamente el doble de probabilidad de estar deprimidos de adultos, hasta unos siete años después y controlando otros factores de riesgo de la infancia; la cohorte británica encuentra un riesgo parecido (OR 1,95) más de treinta años después.

    Y ya Olweus (1993, p. 33) lo había visto a los 23 años.

    Si hoy tienes síntomas de depresión y una historia de acoso escolar, no hace falta que elijas entre las dos explicaciones: la historia es parte del cuadro, y el cuadro se trata igual (tienes una guía completa en el artículo sobre depresión).

    Autoestima, vergüenza y la sensación de “ser un fracaso”

    Olweus (1993, p. 32) describía a las víctimas típicas como niños que se veían a sí mismos como fracasados, y que se sentían estúpidos, avergonzados y poco atractivos.

    La investigación reciente le puso nombre al mecanismo. En 681 adultos noruegos de 19 a 37 años, el acoso en la infancia se asoció a más malestar, peor funcionamiento y más barreras para pedir apoyo en la vida adulta, con un efecto propio más allá de la violencia sufrida; y lo que explicaba buena parte de esa relación era la vergüenza (Strøm, Aakvaag, Birkeland, Felix y Thoresen, 2018).

    Esto importa mucho para la terapia, como verás más abajo: la vergüenza es distinta de la culpa y de la tristeza, se trabaja de otra manera, y es justo lo que hace que muchos adultos no cuenten nunca lo que les pasó.

    En un estudio de seguimiento con 2.726 adultos jóvenes con historia de acoso, el síntoma que más se activaba a partir de los demás era, literalmente, “sentirse un fracaso” (Liu, Liu, Liu, Xu y Wu, 2025).

    Es una frase que la gente que fue acosada reconoce al instante. Si quieres medir dónde está hoy tu autoestima con un instrumento validado, la escala de Rosenberg es la más usada y es gratuita.

    Hipervigilancia y síntomas de trauma

    ¿El bullying puede dejar un trastorno de estrés postraumático? En el sentido estricto del diagnóstico es discutido, porque el acoso escolar es una exposición repetida durante meses o años, distinta del evento único con riesgo de muerte que define al TEPT clásico, y por eso se parece más a lo que la CIE-11 llama TEPT complejo.

    La evidencia empírica es más modesta que para la ansiedad y la depresión, pero existe. En 400 universitarios griegos de 17 a 40 años, las víctimas de bullying escolar presentaban síntomas de TEPT de nivel leve, y la duración del acoso era lo que más pesaba sobre esos síntomas (Andreou, Tsermentseli, Anastasiou y Kouklari, 2021).

    En el estudio de Liu y colaboradores (2025) con adultos jóvenes acosados, los síntomas de TEPT complejo predecían la depresión y la ansiedad posteriores con más fuerza que al revés, y el “sobresalto exagerado” era uno de los síntomas que tendía a arrastrar a los demás.

    En la vida diaria esto se ve como una alarma que salta demasiado fácil: un tono de voz, una risa en la oficina, un grupo de gente en la calle, y el cuerpo reacciona antes de que la cabeza evalúe.

    Si además tienes recuerdos que vuelven sin que los llames, pesadillas o evitas lugares y situaciones que te recuerdan el colegio, conviene que leas sobre el trastorno de estrés postraumático y sobre cómo se evalúa el trauma psicológico, porque el abordaje cambia.

    Relaciones, trabajo y dinero

    Aquí el dato más contundente es el británico: a los 50 años, haber sido acosado en la infancia se asociaba a menos relaciones sociales, más apuros económicos y peor calidad de vida percibida (Takizawa et al., 2014). La cohorte estadounidense encontró lo mismo en adultos jóvenes en salud, dinero y relaciones (Wolke et al., 2013).

    No es misterioso: la ansiedad social cierra puertas (una entrevista de trabajo, un ascenso que exige hablar en público, una relación que se evita por miedo a ser rechazado), la depresión resta energía, y la desconfianza aprendida hace difícil sostener vínculos.

    Y en 681 adultos noruegos, una de las tres cosas que el acoso predecía era justamente tener más barreras para pedir apoyo social (Strøm et al., 2018): la persona que más necesita ayuda es la que aprendió que pedirla es peligroso.

    El cuerpo también lleva la cuenta

    Esto sorprende a mucha gente. En la cohorte Great Smoky Mountains se midió la proteína C reactiva, un marcador de inflamación de bajo grado que se relaciona con enfermedad cardiovascular y metabólica.

    Cuantas más veces un niño había sido acosado, más subía su inflamación hasta los 19 y los 21 años, incluso controlando el peso, el consumo de sustancias, la salud física y mental y otras adversidades (Copeland et al., 2014). Los que acosaban, en cambio, mostraban aumentos menores que los no involucrados.

    En una muestra representativa de adultos de Estados Unidos, quienes recordaban haber sufrido bullying tenían más dolencias de salud mental y también más dolencias físicas diagnosticadas por un médico que quienes no (Sweeting, Garfin, Holman y Silver, 2020).

    Y los metaanálisis que revisan Zych y colaboradores (2017, pp. 72-73) muestran que los niños acosados tienen el doble de probabilidad de problemas psicosomáticos (dolores de cabeza, de estómago, problemas de sueño), y que ese efecto se sostiene en los estudios longitudinales.

    Ideación suicida

    Hay que decirlo sin dramatizar y sin esconderlo. En la cohorte británica, las víctimas frecuentes tenían más del doble de suicidalidad a los 45 años que sus pares (Takizawa et al., 2014).

    Zych y colaboradores (2017, pp. 73-74) recogen además un estudio representativo de 2.907 adultos australianos en el que haber sido acosado en el colegio se asociaba al doble de probabilidad de ideación suicida adulta, incluso controlando la depresión.

    Si en algún momento has pensado que sería mejor no estar, eso no es “una secuela más”: es una urgencia, y más abajo te digo dónde llamar hoy mismo.

    Síntomas psicóticos: una asociación menos conocida

    Un metaanálisis de siete estudios de población general encontró que haber sido acosado en la infancia se asociaba a más síntomas psicóticos no clínicos más adelante (OR ajustada 2,3), con asociaciones más fuertes a mayor frecuencia, gravedad y duración del acoso; en muestras clínicas la evidencia era escasa y mixta (van Dam et al., 2012).

    Hablamos de experiencias como sentirse observado o escuchar cosas en momentos de estrés, no de un diagnóstico de esquizofrenia. Lo menciono porque los adultos que las tienen suelen callarlas por miedo a “estar locos”, y saber que se relacionan con el estrés social crónico ayuda a nombrarlas en consulta.

    ¿Por qué el bullying duele tanto años después?

    Si el acoso terminó hace veinte años, ¿por qué sigue actuando? La investigación apunta a varias razones que se suman.

    Pasó en la edad en que se arma la identidad. Entre los 8 y los 15 años una persona está decidiendo, sin saberlo, qué clase de persona es y qué puede esperar de los demás. Un niño acosado durante años recibe miles de mensajes en esa ventana, siempre en la misma dirección: no vales, no perteneces, no te van a defender.

    Olweus (1993, pp. 32-33) describía a las víctimas como niños solos, sin un solo buen amigo en la clase, que se miraban a sí mismos como fracasados; y observaba que el acoso repetido tenía que haber aumentado considerablemente su ansiedad, su inseguridad y su valoración negativa de sí mismos. Esas conclusiones se convierten en creencias, y las creencias no caducan cuando cambias de colegio.

    Se aprende una regla sobre el mundo. Muchas personas acosadas aprendieron que la gente puede hacer daño sin motivo, que los adultos no siempre protegen y que mostrar debilidad tiene costo. De adulto, esa regla se traduce en desconfianza, en evitar la exposición y en no pedir ayuda.

    La vergüenza hace el resto: el estudio noruego mostró que era ella la que unía la historia de acoso con el malestar y el aislamiento actuales (Strøm et al., 2018). La vergüenza tiene una particularidad cruel: te hace esconder justo aquello que necesitarías contar para que deje de pesar.

    La vida adulta sigue mandando golpes, y el sistema ya está sensibilizado. En la muestra estadounidense de Sweeting y colaboradores (2020), parte de la relación entre el acoso infantil y el malestar adulto pasaba por los eventos negativos recientes: la persona acosada de niña no solo arrastra el pasado, sino que reacciona con más intensidad a las adversidades de ahora.

    Un jefe que humilla o una pareja que desprecia no son “lo mismo” que el colegio, pero el cuerpo no siempre distingue. Es el mismo patrón que se ve en otras formas de trauma de infancia que se manifiestan en la vida adulta.

    Y es un estrés que se mete en la biología. El dato de la inflamación (Copeland et al., 2014) sugiere que la exposición repetida a la hostilidad de los pares deja una marca fisiológica, no solo psicológica. Eso no significa que sea irreversible; significa que hay que tomárselo en serio también desde la salud física.

    “Sufrí bullying de niño”: cómo saber si eso explica lo que te pasa hoy

    No existe un test que diga “tu ansiedad viene del bullying”. Lo que sí se puede hacer es una lectura honesta de tu historia y de tus reacciones actuales. Estas preguntas no dan un puntaje ni un diagnóstico; sirven para ordenar lo que vas a contar en una primera consulta.

    • Frecuencia y duración. ¿Fue un episodio o fueron años? Los estudios coinciden en que el riesgo sube con la frecuencia y con la duración del acoso (Takizawa et al., 2014; van Dam et al., 2012; Andreou et al., 2021). Una temporada mala en 5.º básico no es lo mismo que cuatro años de humillación diaria.
    • ¿Estabas solo? Olweus (1993, p. 32) señalaba que la víctima típica no tenía un solo buen amigo en la clase, y los estudios de resiliencia muestran que el apoyo de la familia, de un profesor o de amigos cambia el pronóstico. Si nadie lo supo o nadie hizo nada, la marca suele ser mayor.
    • ¿También acosabas a otros? Los que estuvieron en los dos roles son, en todas las cohortes, el grupo con peores resultados adultos (Copeland et al., 2013). No es un juicio moral: es información clínica que conviene decir en consulta sin vergüenza.
    • Sensibilidad al rechazo. ¿Interpretas la neutralidad de los demás como desprecio? ¿Un mensaje sin responder te deja horas dándole vueltas?
    • Anticipar la humillación. ¿Evitas hablar en grupo, exponerte, mostrar lo que haces, por si se ríen? ¿Preparas mentalmente cómo defenderte antes de que pase nada?
    • Poner límites. ¿Te cuesta decir que no, expresar rabia o reclamar cuando te tratan mal, y luego te enojas contigo por no haberlo hecho?
    • Reacciones del cuerpo. ¿Hay lugares, sonidos o situaciones (una risa grupal, un pasillo lleno, un grupo de adolescentes) que te aceleran el corazón sin razón aparente?
    • Vergüenza al contarlo. ¿Has contado lo que te pasó a alguien? Si la respuesta es “a nadie, nunca”, presta atención: la vergüenza es una de las vías por las que el acoso sigue actuando (Strøm et al., 2018).

    Si te reconoces en varias de estas, significa que tu historia está participando en tu presente, no que “estés dañado”, y eso es exactamente lo que la terapia puede desarmar.

    ¿Se puede trabajar en terapia de adulto? Lo que sí tiene evidencia y lo que no

    Aquí quiero ser preciso, porque es fácil vender humo. No existen ensayos clínicos de una “terapia para adultos que sufrieron bullying” como tal; nadie ha probado un protocolo específico con ese nombre.

    Lo que sí existe, y con mucha evidencia, es el tratamiento del cuadro que hoy tienes: si es ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma, cada uno tiene terapias con décadas de ensayos detrás.

    La historia de bullying no cambia el tratamiento de base; cambia lo que hay que entender y trabajar dentro de él. En la práctica, un tratamiento bien planteado combina cuatro cosas.

    Primero, evaluar bien qué hay hoy. Ansiedad social, trastorno de pánico, depresión, síntomas de estrés postraumático, o una mezcla. Eso se hace con entrevista clínica y, si ayuda, con instrumentos validados (por ejemplo el PHQ-9 y el GAD-7 para depresión y ansiedad, o la escala de Liebowitz para ansiedad social).

    El bullying es el antecedente; el diagnóstico actual es lo que orienta la terapia.

    Tratar la ansiedad y la depresión

    Segundo, tratar la ansiedad y la depresión con lo que funciona. La terapia cognitivo-conductual es el tratamiento psicológico de primera línea para la ansiedad social según la guía NICE.

    En un adulto que fue acosado, esa terapia tiene un trabajo concreto: revisar las creencias que el colegio instaló (“si me expongo se van a reír”, “caigo mal por defecto”, “no tengo derecho a reclamar”) y comprobarlas de a poco en la vida real, con exposición gradual a las situaciones evitadas, en vez de seguir organizando la vida alrededor de ellas.

    Cuando además hay rumiación (repasar escenas viejas, discutir mentalmente con gente del pasado), hay técnicas específicas para dejar de darle vueltas.

    Cuando hay síntomas de trauma

    Tercero, si hay síntomas de trauma, tratarlos como trauma. Cuando aparecen recuerdos intrusivos, sobresalto, pesadillas o evitación intensa, se usan terapias centradas en el trauma: la exposición prolongada, la terapia cognitiva centrada en el trauma o el EMDR, que son las que recomienda la guía NICE para el TEPT.

    En niños y adolescentes con TEPT, la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma tiene un metaanálisis de 28 ensayos controlados con una mejoría grande de los síntomas entre el inicio y el final del tratamiento (g = 1,14) y ventaja frente a los grupos de control (Thielemann, Kasparik, König, Unterhitzenberger y Rosner, 2022).

    En adultos con historia de acoso escolar la evidencia es indirecta, porque los ensayos son de TEPT por otras causas, y eso lo digo con todas las letras. Lo que está claro es que, cuando hay síntomas de trauma, tratarlos como “solo ansiedad” se queda corto.

    Cuarto, trabajar la vergüenza y la autocrítica. Es la parte que menos se nombra y la que más pesa. La vergüenza no se resuelve con lógica (“ya sé que no fue mi culpa”) sino contando lo que pasó a alguien que no lo minimice, mirando al niño que eras con la compasión que hoy le tendrías a cualquier niño en esa situación, y cambiando el trato interno.

    En la práctica clínica esto se hace con técnicas de la terapia cognitivo-conductual y de la terapia centrada en la compasión; la evidencia específica para adultos acosados es escasa, así que lo presento como práctica razonada, no como dato demostrado.

    No hace falta resolver el pasado

    Un matiz que a muchos adultos les cuesta aceptar: no hace falta “resolver el pasado” para vivir mejor. El objetivo de la terapia no es que el bullying deje de haber ocurrido; es que deje de decidir a quién le hablas, qué trabajo aceptas y qué piensas de ti cuando te miras al espejo.

    Lo que protege: qué dicen los estudios de resiliencia

    La otra mitad de la historia, que casi nunca se cuenta, es que muchas víctimas de bullying funcionan de adultas tan bien como quien nunca lo sufrió. Zych y colaboradores (2017, p. 74) lo dicen de frente: muchos acosadores y muchas víctimas funcionan tan bien como el niño promedio no involucrado. ¿Qué diferencia a unos de otros?

    En 1.116 pares de gemelos británicos, la calidez de la madre, la calidez entre hermanos y un clima positivo en casa se asociaron a menos problemas emocionales y de conducta en los niños acosados.

    En gemelos idénticos, los dos acosados, el que recibía más calidez tenía menos problemas, lo que muestra que es un efecto del ambiente y no de los genes (Bowes, Maughan, Caspi, Moffitt y Arseneault, 2010).

    En 3.136 adolescentes, los acosados que tenían menos depresión de la esperada eran los de mayor autoestima, los que se sentían menos aislados socialmente, los que tenían poco conflicto con sus padres y los que no eran además acosados por sus hermanos (Sapouna y Wolke, 2013).

    La revisión de Zych y colaboradores (2017, pp. 75-76) suma dos factores más: el buen rendimiento académico (probablemente como indicador de recursos cognitivos) y una buena relación con algún profesor.

    Qué hacer con esa lista siendo adulto

    ¿Y qué hace un adulto con esa lista, si su infancia ya pasó? Dos cosas.

    La primera es leerla hacia atrás: si no tuviste calidez en casa, ni un amigo, ni un profesor que te viera, entiendes por qué la marca es más profunda, y eso te saca de la pregunta “¿por qué no lo superé como otros?”.

    La segunda es leerla hacia adelante: los factores protectores siguen siendo los mismos de adulto. Vínculos cálidos, sentido de pertenencia a algún grupo, no estar aislado, y un lugar seguro donde contar la historia. Eso se puede construir a los 35.

    Y si eres padre o madre de un niño que hoy está pasando por lo mismo, en este sitio hay una guía sobre cómo saber si tu hijo sufre bullying y otra sobre cómo trabajar con los padres de un niño acosado: lo que hoy sabes de tu propia historia es justo lo que a él lo protege.

    ¿Y en Chile?

    No hay una cohorte chilena que haya seguido a víctimas de bullying hasta la adultez, así que los datos de secuelas son de otros países. Lo que sí hay es una fotografía de cuántos adultos chilenos de hoy pasaron por esto.

    En un estudio nacional con 36.687 estudiantes de 7.º básico a 4.º medio de 754 colegios, el 21,2 % era solo víctima y un 11,5 % era a la vez agresor y víctima (Gaete et al., 2017): uno de cada tres adolescentes.

    Una década antes, la Encuesta Mundial de Salud Escolar de 2004, con 8.131 escolares chilenos, ya encontraba que el 47 % había sido acosado en el último mes y que los síntomas depresivos aumentaban con los días de acoso (Fleming y Jacobsen, 2009).

    Los adultos que hoy tienen entre 30 y 40 años estuvieron en esas aulas. Si quieres la definición, los tipos y las cifras completas, están en el artículo sobre qué es el bullying.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Que hayas sufrido bullying no te obliga a ir a terapia. Estas son las señales de que vale la pena consultar:

    • Evitas situaciones (hablar en público, reuniones, citas, cambiar de trabajo) que te gustaría enfrentar, y el miedo a la humillación es lo que decide.
    • Llevas semanas con el ánimo bajo, sin energía o sin disfrutar lo que antes disfrutabas.
    • Tienes recuerdos del colegio que vuelven solos, pesadillas o reacciones físicas intensas ante cosas que te lo recuerdan.
    • Sientes que “no vales” o que “eres un fracaso” como una verdad de fondo, no como un mal día.
    • Te cuesta sostener relaciones o pedir ayuda, y te das cuenta de que es un patrón.
    • Nunca se lo has contado a nadie y te pesa.

    Si has pensado en quitarte la vida, no esperes a la próxima hora disponible. En Chile puedes llamar gratis a la Línea *4141 de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, o a Salud Responde, 600 360 7777, las 24 horas.

    Preguntas frecuentes sobre las secuelas del bullying en adultos

    ¿El bullying en la infancia puede causar ansiedad en la vida adulta?

    Sí, y es la secuela con más respaldo. En una cohorte seguida hasta los 26 años, las víctimas tenían más agorafobia, ansiedad generalizada y trastorno de pánico de adultas, descontando los problemas que ya tenían de niñas. Y en una cohorte británica seguida cinco décadas, las víctimas frecuentes tenían un 65 % más de trastornos de ansiedad a los 45 años.

    ¿Cuánto duran las consecuencias del bullying a largo plazo?

    Depende de la persona. Los estudios cuasiexperimentales muestran que, en promedio, el efecto del acoso sobre la ansiedad y la depresión se diluye con los años. Pero en las víctimas frecuentes de una cohorte británica, la depresión, la ansiedad, la suicidalidad y los problemas económicos y de relaciones seguían siendo más comunes a los 50 años, casi cuarenta años después del colegio.

    ¿El bullying puede provocar trastorno de estrés postraumático?

    Puede dejar síntomas de trauma (sobresalto, recuerdos intrusivos, evitación), sobre todo cuando fue prolongado. En universitarios con historia de acoso los síntomas de TEPT eran de nivel leve y aumentaban con la duración del acoso. Por ser una exposición repetida, se parece más al TEPT complejo que al TEPT clásico, y se trata con terapias centradas en el trauma.

    ¿Es peor haber sufrido bullying que maltrato en la familia?

    En dos cohortes de dos países, los niños que solo fueron acosados por sus compañeros tuvieron en la adultez joven más problemas de salud mental (ansiedad, depresión, autolesiones) que los que solo fueron maltratados por adultos. No es una competencia de sufrimientos: es la prueba de que el acoso entre pares es una adversidad seria, no un rito de paso.

    ¿Por qué sigo sintiendo vergüenza por algo que pasó hace tanto?

    Porque la vergüenza es uno de los mecanismos por los que el acoso sigue actuando. En adultos noruegos de 19 a 37 años, la vergüenza explicaba buena parte de la relación entre el bullying infantil y el malestar, el mal funcionamiento y la dificultad para pedir apoyo. Contarlo a alguien que no lo minimice es, por eso, parte del tratamiento y no un detalle.

    ¿Se puede superar el bullying en la edad adulta con terapia?

    Sí, aunque no existe una “terapia para el bullying” con ensayos propios. Lo que se trata con evidencia es lo que hoy tienes: ansiedad social, depresión, pánico o síntomas de trauma, con terapia cognitivo-conductual y, si hay trauma, con terapias centradas en él. A eso se suma el trabajo con la vergüenza y la autocrítica y la construcción de vínculos que protejan.

    Lo que te llevas de aquí

    Si sufriste bullying y hoy arrastras ansiedad, ánimo bajo, vergüenza o desconfianza, no estás exagerando ni usando el pasado de excusa: estudios que siguieron a miles de personas hasta los 50 años muestran que el acoso escolar deja una marca medible, comparable a otras adversidades graves de la infancia.

    También muestran que el efecto se diluye en muchas personas y que lo que te quedó tiene tratamiento, aunque haya empezado hace décadas. Lo que hoy te pasa se evalúa, se nombra y se trabaja; el colegio se acabó, pero el trato que te das y las situaciones que evitas se pueden cambiar.

    Si quieres empezar por ahí, puedes agendar una primera consulta y contar tu historia a alguien que no la va a minimizar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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