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  • Diferencia de edad en la pareja: qué dice la psicología

    Diferencia de edad en la pareja: qué dice la psicología

    Te enamoraste de alguien con bastantes años más o menos que tú, y empiezan las preguntas, las tuyas y las de los demás: “¿no será mucha diferencia?”, “¿qué van a tener en común?”, “¿esto dura?”. Buscas “diferencia de edad en la pareja psicología” y encuentras sobre todo titulares con porcentajes que asustan. Esta es la diferencia de edad en la pareja vista desde la evidencia, sin dramatizar.

    Este artículo revisa lo que sí está medido: qué pasa con la satisfacción, el divorcio y el ánimo cuando hay una brecha de edad, de dónde sale el famoso “39 % más de riesgo con 10 años de diferencia” y qué conversaciones conviene tener antes de seguir adelante. Casi todos los estudios vienen de Norteamérica, Europa, Australia y Corea. De Chile hay muy poco, y lo vamos a decir cada vez que importe.

    Respuesta corta: ¿importa la diferencia de edad en una pareja?

    Importa menos de lo que sugieren los titulares. Los estudios muestran diferencias pequeñas e inconsistentes en satisfacción, depresión y divorcio, y varios se contradicen. Pesa más lo que ocurre dentro de la relación (comunicación, manejo del estrés, equilibrio de poder) y si ambos quieren cosas parecidas en su momento de vida.

    ¿Cuántos años de diferencia en la pareja se consideran “mucho”?

    No existe un número oficial ni una diferencia de edad adecuada para todos. Los estudios usan cortes distintos según la pregunta que hacen: algunos comparan tres años o menos con más de tres (Kim et al., 2015), otros miran desde cero hasta brechas extremas (Gentleman y Park, 1994), y los medios populares se quedan con “10 años” porque es una cifra redonda.

    Para ubicarte: en Dinamarca, con datos de toda la población, los hombres son en promedio unos tres años mayores que las mujeres con las que se casan (Drefahl, 2010). Cualquier diferencia mayor que esa ya es, estadísticamente, poco habitual. Que sea poco habitual no la hace problemática. “Normal” en estadística significa “lo que hace la mayoría”, y eso no dice nada sobre si una relación concreta es sana.

    ¿Qué tan importante es la diferencia de edad en la pareja y cuánto influye? Lo que muestran los estudios

    Los resultados no apuntan todos al mismo lado. Esta es una síntesis de los trabajos más citados que encontramos en las bases abiertas (Europe PMC y PubMed). Ninguno es un ensayo clínico: son estudios observacionales, así que muestran asociaciones, no causas.

    Estudio Datos Qué encontró
    Lee y McKinnish (2018) Panel de hogares de Australia La satisfacción inicial es mayor en quien tiene la pareja más joven (hombres y mujeres), pero esa ventaja desaparece entre los 6 y los 10 años de matrimonio
    Kim et al. (2015) 2.881 parejas coreanas de 45 años o más, seguidas de 2006 a 2012 Síntomas depresivos algo más altos en parejas con diferencia de edad que en parejas de igual edad, y más altos mientras mayor la brecha
    Wilson y Smallwood (2008) Matrimonios y divorcios del Reino Unido, 1963 a 2005 Las diferencias de edad de quienes se divorciaron se parecían mucho a las de todos los matrimonios: no se vio una asociación fuerte
    Gentleman y Park (1994) Censo y divorcios de Canadá, 1991 Menos divorcio cuando el marido era entre 2 y 10 años mayor o cuando la brecha era extrema; mucho más cuando la esposa era la mayor
    Drefahl (2010) Registros de toda la población de Dinamarca desde 1990 Tener pareja más joven se asocia a mejor supervivencia en hombres y peor en mujeres; tener pareja mayor, a peor supervivencia en ambos

    Tres lecturas razonables de esta tabla:

    1. La ventaja de la “pareja más joven” se gasta. Lee y McKinnish (2018) encontraron que las parejas de edades distintas pierden satisfacción con los años más rápido que las de edades parecidas, y que ese desgaste borra la ventaja inicial. Sus datos apoyan en parte una explicación posible: estas parejas serían menos resistentes a los golpes de la vida, como una enfermedad o una crisis económica. Es una hipótesis con respaldo parcial, no una conclusión cerrada.
    2. Las cifras de divorcio no coinciden entre países ni épocas. En el Reino Unido no se vio una asociación fuerte (Wilson y Smallwood, 2008). En Canadá, a comienzos de los noventa, el riesgo era menor con un marido de 2 a 10 años mayor y mucho más alto con una esposa mayor (Gentleman y Park, 1994). Un dato de un país y una década no se traslada a Chile hoy.
    3. Los efectos sobre el ánimo son pequeños. En el estudio coreano, la diferencia de síntomas depresivos fue de décimas de punto en la escala del estudio, y eso en adultos mayores (Kim et al., 2015). Es un resultado de adultos mayores, difícil de llevar a una pareja de 28 y 38 años.

    Un dato aparte, que circula como “se vive más con una pareja más joven”: en Dinamarca, controlando educación y riqueza, eso fue cierto para los hombres y no para las mujeres (Drefahl, 2010). Es un resultado de mortalidad y no dice nada sobre si la pareja es feliz.

    Diferencia de edad en la pareja de 10 años: ¿es mucho? De dónde sale el “39 % más de divorcio”

    Seguro lo viste: “con 5 años de diferencia el riesgo de divorcio sube 18 %, con 10 años sube 39 % y con 20 años sube 95 %”. Esa cifra viaja por medios de todo el mundo atribuida a “un estudio de la Universidad de Emory”. Revisamos el trabajo original, y esto es lo que hay.

    El estudio es sobre bodas, no sobre edad. Es el de Francis-Tan y Mialon (2015), publicado en Economic Inquiry. Su pregunta era si gastar mucho en el anillo y en la boda se relaciona con que el matrimonio dure más o menos. Usó una encuesta a más de 3.000 estadounidenses alguna vez casados, y su resumen concluye algo sobre el gasto en bodas, nada sobre edad.

    La diferencia de edad entra solo como variable de control. Es uno de los datos que el modelo ajusta para aislar el efecto del gasto. En las tablas de resultados aparece con un coeficiente por año de diferencia que va de 0,99 a 1,08 según el modelo y el grupo, y en varios modelos no es estadísticamente significativo.

    Las cifras virales se parecen a una multiplicación. Si tomas el coeficiente 1,034 por año del modelo con personas recién casadas (tabla 3 del trabajo) y lo elevas a 5, 10 y 20 años, sale aproximadamente 18 %, 40 % y 95 %, que son los números que circulan. Esa cuenta es una inferencia nuestra sobre cómo se llegó a ellos: el artículo no la publica. Pero deja ver el problema. Extender un efecto medido en diferencias pequeñas hasta 20 o 30 años supone que el riesgo se acumula igual en todo el rango, y el trabajo no está hecho para comprobarlo.

    Otras dos cosas para quedarse tranquilo o, al menos, informado:

    • Son aumentos relativos respecto de una pareja de igual edad, no la probabilidad de divorciarse. “39 % más” no es “39 % de probabilidad”.
    • La muestra se reclutó por internet (Amazon Mechanical Turk, según las tablas descriptivas del propio trabajo), no es representativa de Chile ni de nadie en particular.

    Si una nota te dice que “la ciencia demostró” que 10 años de diferencia suben el divorcio en 39 %, lo más probable es que detrás haya una extrapolación de un coeficiente de control, y no un estudio hecho para responder esa pregunta.

    Si lo que pesa es menos la edad, ¿qué pesa más?

    Bradbury y Karney (2019), en su manual de psicología de las relaciones, sostienen algo incómodo para quien busca una regla: lo que predice cómo le va a una pareja es sobre todo lo que ocurre dentro de ella.

    El modelo de vulnerabilidad, estrés y adaptación de Karney y Bradbury (1995) ordena esto en tres piezas. Las vulnerabilidades son lo que cada uno trae (rasgos de personalidad, historia familiar, salud mental). Los eventos estresantes son lo que la vida les pone por delante (dinero, enfermedad, hijos). Los procesos de adaptación son cómo se hablan, cómo resuelven los conflictos y cómo se apoyan. Las dos primeras no deciden el destino por sí solas: actúan a través de la tercera (Bradbury y Karney, 2019).

    La edad, en ese esquema, es un dato más del punto de partida. Puede pesar si trae consigo diferencias de etapa de vida o de poder, y de eso hablamos más abajo. Pero no condena ni salva una relación por sí sola.

    Algo parecido pasa con la similitud. Un metaanálisis de Montoya, Horton y Kirchner (2008) reunió 460 tamaños de efecto de 313 investigaciones. La similitud real pesa mucho para que dos personas se atraigan al conocerse. En relaciones ya existentes, su efecto no fue significativo; lo que sí seguía prediciendo la atracción era la similitud percibida. En otras palabras, sentir que “nos parecemos” acompaña a una relación que va bien, y tener la misma edad no lo garantiza.

    ¿Y por qué la gente insiste en que el hombre mayor y la mujer joven es “lo normal”?

    Porque es lo más frecuente, y hay una explicación evolutiva que se repite mucho. Un estudio en 37 culturas con 9.809 participantes encontró que los hombres prefieren parejas más jóvenes, y que cuantos más hijos querían, mayor era la diferencia de edad que preferían en una pareja (Buss et al., 2000). Es una preferencia declarada en una encuesta. No dice que esas parejas funcionen mejor.

    La lectura social de ese mismo patrón es otra. Eagly y Wood (1999), según lo recogen Bradbury y Karney (2019), reanalizaron esos datos junto con índices de igualdad de género y vieron que, en los países donde hay más equidad, las diferencias de edad preferidas por hombres y mujeres se achican. Para ellas, esa preferencia refleja cómo se reparten los roles en una sociedad más que una regla biológica fija.

    La mirada de los demás: cuando tu familia o tus amigos opinan

    Una relación con mucha diferencia de edad suele chocar con comentarios, cejas levantadas o rechazo directo. Eso tiene un costo que sí está medido, aunque no solo para las parejas con brecha de edad.

    Lehmiller y Agnew (2006) estudiaron las llamadas relaciones marginadas, las que enfrentan desaprobación social. Quienes percibían más desaprobación mostraban menos compromiso, e invertían menos en la relación. Aun así, las personas en relaciones marginadas declaraban más compromiso que las de relaciones sin ese estigma; el estudio sugiere que lo compensaban viendo menos alternativas, no estando más satisfechas (Lehmiller y Agnew, 2006). El estudio no se limita a la diferencia de edad, así que se lee como una pista: sentir que “todos están en contra” puede apretar el vínculo por fuera y desgastarlo por dentro.

    Existe además una idea popular, el “efecto Romeo y Julieta”, según la cual la oposición de la familia enamora más. Una réplica con 396 personas seguidas durante tres o cuatro meses no la encontró: más interferencia o menos aprobación de la red se asociaba con peor calidad de la relación, y un metaanálisis fue consistente con ese resultado (Sinclair et al., 2014). Si tu familia no acepta a tu pareja, el apoyo explícito del entorno importa, y el rechazo, lejos de ayudar, suele costar.

    Las diferencias de etapa de vida que sí conviene conversar

    Aquí hay menos estudios, y buena parte del conocimiento viene de manuales clínicos más que de comparaciones entre parejas con y sin brecha. Aun así, hay una lista de temas que con una diferencia grande de edad aparecen antes y con más fuerza:

    • Hijos. Quien quiere tener hijos y quien ya los tuvo o ya no los quiere. Es el tema donde más se desencuentran las expectativas.
    • Ritmo de vida y proyectos. Cambiar de ciudad, estudiar, emprender, jubilarse. Una pareja de 35 y 50 años puede estar en momentos del trabajo muy distintos.
    • Deseo sexual. La discrepancia de deseo es una de las razones más frecuentes de consulta en terapia de pareja, y ocurre con cualquier edad. En un estudio con 229 personas, las que hacían algo juntas ante la diferencia (hablar, probar otras formas de intimidad) reportaron más satisfacción sexual y de pareja que las que optaban por no hacer nada (Vowels y Mark, 2020).
    • Salud y cuidado. Con el tiempo, uno de los dos puede necesitar cuidados antes que el otro. Conviene hablarlo antes de que sea urgente.
    • Amigos y redes. Cuando los círculos sociales son muy distintos, cada uno puede sentirse de visita en el mundo del otro. Repartir el tiempo entre ambos mundos evita resentimientos.

    Ninguno de estos temas es exclusivo de las parejas con brecha de edad. Lo que cambia es la probabilidad de que aparezcan juntos y pronto.

    Cuando la diferencia de edad es también una diferencia de poder

    Este es el punto donde la edad deja de ser solo un número. Según Bradbury y Karney (2019), quien tiene más recursos, experiencia o alternativas suele tener más peso en las decisiones de la pareja. La regla del menor interés lo resume: en cualquier relación, quien está menos involucrado tiene más poder (Stanley et al., 2010). Una diferencia de edad grande combinada con diferencias de dinero, de experiencia o de dependencia afectiva puede inclinar esa balanza.

    Una relación entre dos adultos con muchos años de distancia es legítima si ambos son libres, y una diferencia de poder, por sí sola, tampoco la convierte en abuso. La señal de alarma aparece cuando esa ventaja se usa para controlar. Estas son señales de alerta, tomadas de la literatura clínica sobre control coercitivo:

    • Decide por ti cómo te vistes, a dónde vas, con quién hablas o en qué gastas el dinero.
    • Te aísla de tu familia y tus amistades, o los desprestigia sistemáticamente.
    • Usa tu edad, tu inexperiencia o tu dependencia para ridiculizarte o hacerte sentir en deuda.
    • Revisa tu teléfono, tus redes o tu ubicación y lo presenta como “preocupación”.
    • Te presiona para postergar o abandonar tus estudios, tu trabajo o tus metas.
    • Te amenaza, directa o indirectamente, con dejarte, con hacerse daño o con hacerte daño.

    Si reconoces varias de ellas, el problema ya no es la brecha de edad. En el artículo sobre violencia psicológica en la pareja hay ejemplos concretos, y en cómo saber si mi relación de pareja es sana una guía para revisarla con calma. Si eres mujer y necesitas orientación, el Fono 1455 del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género atiende gratis, todos los días de 8:00 a 00:00 horas (ChileAtiende).

    Si alguien es menor de edad: el límite legal no es una opinión

    Todo lo anterior vale para adultos. Cuando una de las personas es menor de edad, la diferencia de edad deja de ser un tema de preferencias y entra en el terreno de la ley y de la protección.

    En Chile, según el Código Penal vigente en LeyChile (Biblioteca del Congreso Nacional):

    • Tener relaciones sexuales con una persona menor de 14 años es delito aunque ella haya dicho que sí (artículo 362). Lo mismo rige para otras acciones sexuales distintas del acceso carnal con menores de 14 (artículo 366 bis).
    • Entre los 14 y los 18 años, el artículo 363 sanciona el estupro cuando alguien se aprovecha de una situación concreta: una perturbación mental, una relación de dependencia (por ejemplo, custodia, educación, cuidado o trabajo), un grave desamparo o la inexperiencia o ignorancia sexual de la víctima.

    No hace falta entrar en más detalle legal: si hay un menor de por medio y un adulto bastante mayor, conviene tratar el tema con un abogado o con las instituciones de protección de la infancia, no como un asunto de pareja.

    La investigación en adolescentes va en la misma dirección. En 1.975 adolescentes de Estados Unidos, las chicas con una pareja mayor tenían más probabilidades de haber tenido relaciones sexuales con ella; a los 13 años con una pareja seis años mayor, la probabilidad era unas 6,4 veces la de una pareja de la misma edad, y a los 17 años con la misma brecha, unas 2,1 veces (Kaestle et al., 2002). En otro estudio, con 155 adolescentes, una mayor diferencia de edad se asoció a un uso menos consistente del preservativo (Volpe et al., 2013). En ambos casos es una asociación en muestras específicas y no mide qué pasa en Chile.

    Cómo hacer que funcione una relación con diferencia de edad

    Con lo que sabemos, estas conversaciones tienen el mejor respaldo:

    1. Habla de hijos, dinero y proyectos antes de que sea urgente. Los desacuerdos de etapa de vida se manejan mejor cuando aparecen como conversación y no como sorpresa.
    2. Cuida los procesos de adaptación. Según el modelo de Karney y Bradbury (1995), lo que decide el rumbo es cómo enfrentan el estrés: si se hablan con respeto, se apoyan y resuelven los conflictos sin escalar.
    3. Vigila el equilibrio de poder. ¿Las decisiones grandes son de a dos? ¿Ambos tienen su dinero, sus amistades y sus metas? Si la respuesta es no, ahí hay trabajo por hacer.
    4. No necesitas que tu entorno lo apruebe, pero sí necesitas no quedarte solo. Mantén vínculos propios y busca al menos a una persona de confianza con quien puedas hablar de la relación sin sentirte juzgado.
    5. Haz algo ante la diferencia, no esperes que se acomode sola. Con la discrepancia de deseo, por ejemplo, las personas que hablaron del tema y probaron otras formas de acercarse reportaron mejor satisfacción que las que optaron por no hacer nada (Vowels y Mark, 2020).

    Cuándo conviene consultar con un psicólogo

    Una consulta puede ayudar si la diferencia de edad ya es motivo de peleas repetidas, si uno de los dos siente que decide menos que el otro, si el rechazo de la familia está desgastando la relación o si una de las partes duda de querer lo mismo (hijos, convivencia, futuro) y no sabe cómo decirlo. También si sientes miedo, culpa constante o que “te estás achicando”. Un espacio de pareja o individual permite ordenar esas preguntas antes de tomar decisiones grandes. Si quieres saber cómo funciona, mira qué esperar de la primera sesión de terapia de pareja y cuándo la terapia de pareja funciona.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuál es la diferencia de edad ideal en una pareja?

    Ninguna cifra tiene respaldo en la investigación. Los estudios muestran asociaciones pequeñas y a veces contradictorias entre países y épocas, y lo que más pesa es la calidad de la relación y el equilibrio de poder. Una diferencia de pocos años puede ser un problema si falta respeto, y una grande puede funcionar si ambos quieren cosas parecidas.

    ¿Diez años de diferencia es mucho?

    Es más que lo habitual (en Dinamarca, la diferencia media es de unos tres años), pero no hay evidencia de que 10 años condenen una relación. El “39 % más de divorcio” que circula sale de un estudio sobre gastos de boda donde la edad era una variable de control. Lo útil es conversar sobre hijos, proyectos y ritmo de vida.

    ¿Las parejas con mucha diferencia de edad se separan más?

    Los resultados son mixtos. En el Reino Unido no se vio una asociación fuerte entre la brecha de edad y el divorcio; en Canadá, a comienzos de los noventa, el riesgo era menor con un marido de 2 a 10 años mayor y mayor con una esposa mayor. Ninguno de esos datos es de Chile ni de hoy.

    ¿Es peor que sea la mujer la mayor?

    En los datos canadienses de 1991, el divorcio era más probable cuando la esposa era mayor (Gentleman y Park, 1994). Una hipótesis es que parte de ese resultado refleje el peso social que cae sobre estas parejas y no la edad en sí, pero los datos no lo prueban. Con mayor igualdad de género, además, las preferencias de edad se achican (Eagly y Wood, 1999). Hay pocos estudios actuales para decirlo con certeza.

    ¿Cuándo una diferencia de edad es abuso?

    Cuando una de las personas es menor de edad, la ley chilena lo trata distinto que entre adultos (Código Penal, artículos 362 y 363). Entre adultos, lo que define el abuso es el control, el aislamiento, las amenazas o la presión para renunciar a tus metas, con cualquier edad. Si lo reconoces, pide orientación.

    ¿Cómo manejo que mi familia no acepte a mi pareja por la edad?

    Un estudio con 396 personas encontró que la desaprobación de la red se asocia a peor calidad de la relación (Sinclair et al., 2014). Conviene hablar con tu familia sin ultimátums, mostrar que tu pareja es respetuosa y mantener vínculos propios. Si el conflicto se vuelve insostenible, una consulta puede ayudar a ordenarlo.

    Qué llevarte de todo esto

    La diferencia de edad en la pareja es un dato de partida, no un veredicto. Los estudios muestran diferencias pequeñas e inconsistentes, la cifra más viral nace de una multiplicación sobre una variable de control, y lo que sí pesa es el equilibrio de poder, la etapa de vida de cada uno y cómo enfrentan los problemas. Si hay un menor de edad, el límite legal es claro. Si dudas de tu relación, escribe lo que te preocupa, conversa de hijos, dinero y proyectos con tu pareja, y si sientes que no avanzas, agenda una consulta o conoce más sobre la terapia psicológica online.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

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    Referencias

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton & Company.

    Buss, D. M., Shackelford, T. K., & LeBlanc, G. J. (2000). Number of children desired and preferred spousal age difference: Context-specific mate preference patterns across 37 cultures. Evolution and Human Behavior, 21(5), 323-331. https://doi.org/10.1016/S1090-5138(00)00048-9

    Drefahl, S. (2010). How does the age gap between partners affect their survival? Demography, 47(2), 313-326. https://doi.org/10.1353/dem.0.0106

    Eagly, A. H., & Wood, W. (1999). The origins of sex differences in human behavior: Evolved dispositions versus social roles. American Psychologist, 54(6), 408-423. https://doi.org/10.1037/0003-066X.54.6.408

    Francis-Tan, A., & Mialon, H. M. (2015). “A diamond is forever” and other fairy tales: The relationship between wedding expenses and marriage duration. Economic Inquiry, 53(4), 1919-1930. https://doi.org/10.1111/ecin.12206

    Gentleman, J. F., & Park, E. (1994). Age differences of married and divorcing couples. Health Reports, 6(2), 225-240. PMID: 7873718. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/7873718/

    Kaestle, C. E., Morisky, D. E., & Wiley, D. J. (2002). Sexual intercourse and the age difference between adolescent females and their romantic partners. Perspectives on Sexual and Reproductive Health, 34(6), 304-309. https://doi.org/10.2307/3097749

    Karney, B. R., & Bradbury, T. N. (1995). The longitudinal course of marital quality and stability: A review of theory, method, and research. Psychological Bulletin, 118(1), 3-34. https://doi.org/10.1037/0033-2909.118.1.3

    Kim, J.-H., Park, E.-C., & Lee, S. G. (2015). The impact of age differences in couples on depressive symptoms: Evidence from the Korean Longitudinal Study of Aging (2006-2012). BMC Psychiatry, 15, Artículo 10. https://doi.org/10.1186/s12888-015-0388-y

    Lee, W.-S., & McKinnish, T. (2018). The marital satisfaction of differently aged couples. Journal of Population Economics, 31(2), 337-362. https://doi.org/10.1007/s00148-017-0658-8

    Lehmiller, J. J., & Agnew, C. R. (2006). Marginalized relationships: The impact of social disapproval on romantic relationship commitment. Personality and Social Psychology Bulletin, 32(1), 40-51. https://doi.org/10.1177/0146167205278710

    Montoya, R. M., Horton, R. S., & Kirchner, J. (2008). Is actual similarity necessary for attraction? A meta-analysis of actual and perceived similarity. Journal of Social and Personal Relationships, 25(6), 889-922. https://doi.org/10.1177/0265407508096700

    Sinclair, H. C., Hood, K. B., & Wright, B. L. (2014). Revisiting the Romeo and Juliet effect (Driscoll, Davis, & Lipetz, 1972): Reexamining the links between social network opinions and romantic relationship outcomes. Social Psychology, 45(3), 170-178. https://doi.org/10.1027/1864-9335/a000181

    Stanley, S. M., Rhoades, G. K., & Whitton, S. W. (2010). Commitment: Functions, formation, and the securing of romantic attachment. Journal of Family Theory & Review, 2(4), 243-257. https://doi.org/10.1111/j.1756-2589.2010.00060.x

    Volpe, E. M., Hardie, T. L., Cerulli, C., Sommers, M. S., & Morrison-Beedy, D. (2013). What’s age got to do with it? Partner age difference, power, intimate partner violence, and sexual risk in urban adolescents. Journal of Interpersonal Violence, 28(10), 2068-2087. https://doi.org/10.1177/0886260512471082

    Vowels, L. M., & Mark, K. P. (2020). Strategies for mitigating sexual desire discrepancy in relationships. Archives of Sexual Behavior, 49(3), 1017-1028. https://doi.org/10.1007/s10508-020-01640-y

    Wilson, B., & Smallwood, S. (2008). Age differences at marriage and divorce. Population Trends, 132, 17-25. PMID: 18700520. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18700520/

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Personalidad y elección de pareja: qué dice la evidencia

    Personalidad y elección de pareja: qué dice la evidencia

    “Los opuestos se atraen” es de esas frases que todos hemos oído y casi nadie ha comprobado. La investigación sobre personalidad y elección de pareja lleva décadas midiéndola con miles de parejas reales, y la respuesta es menos romántica de lo que promete el refrán y más tranquilizadora de lo que temen quienes se sienten “muy distintos” de su pareja.

    Esta guía recorre lo que se sabe sobre si las parejas se parecen en personalidad, si ese parecido predice que la relación vaya bien, qué sí lo predice y qué conviene hacer con esa información si estás buscando pareja o dudando de la tuya.

    En breve

    Las parejas se parecen entre sí más de lo esperable por azar, pero sobre todo en actitudes, valores y nivel educativo; en personalidad el parecido es bajo. Y lo más importante: la similitud de personalidad en la pareja, sea mucha o poca, casi no predice si serán felices. Pesan mucho más cómo es cada una (sobre todo su estabilidad emocional y su responsabilidad) y lo que ocurre dentro de la relación: sentirse valorado, la forma de manejar el conflicto, la intimidad. Los opuestos no se atraen de forma sistemática, pero tampoco hace falta ser gemelos para estar bien.

    ¿Es verdad que los opuestos se atraen? Personalidad y elección de pareja según los datos

    La idea de que nos atrae quien tiene lo que nos falta se remonta a Winch (1958), que propuso que las personas buscan parejas con necesidades complementarias (alguien dominante con alguien sumiso, por ejemplo). Frente a ella estaba la hipótesis contraria, la homogamia: elegimos a quien se nos parece.

    Cuando se mide, gana la segunda, con matices. Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour reunió 480 correlaciones entre parejas de 199 estudios y 22 rasgos, y además analizó hasta 79.074 parejas del UK Biobank (Horwitz et al., 2023). Las correlaciones fueron positivas en casi todo, desde r = 0,08 en extraversión hasta r = 0,58 en valores políticos. Lo que más se repite entre parejas son las actitudes políticas y religiosas, el nivel educativo y algunos consumos de sustancias. Los rasgos psicológicos y los de personalidad se parecen menos, aunque en positivo. El valor más bajo de los 133 rasgos del UK Biobank fue de apenas r = -0,18 (ser de mañana o de noche), así que en esos datos no hay nada parecido a una atracción sistemática por los contrarios. Los autores advierten, además, que los resultados varían bastante entre muestras.

    Para el Big Five, el modelo de los cinco grandes rasgos de personalidad, McCrae y Costa (2003) resumen la misma imagen: las dimensiones de personalidad rara vez predicen con quién se casa alguien. Las personas extravertidas se casan con introvertidas casi con la misma frecuencia que con otras extravertidas, y las emocionalmente estables eligen parejas neuróticas tan a menudo como estables. La excepción es una leve tendencia a la semejanza en apertura a la experiencia, que puede deberse en parte a que las parejas comparten nivel educativo. Un estudio con parejas ya formadas, el de Klohnen y Mendelsohn (1998), tampoco encontró que la gente tienda a buscar rasgos opuestos.

    Un detalle que ayuda a poner orden: en la literatura se distingue entre atributos “verticales” (donde más es mejor para casi todos, como la salud, los ingresos o la simpatía) y “horizontales” (donde distinto no significa peor, como la religión, la política o las aficiones). Bradbury y Karney (2019) explican que la tendencia a elegir parejas parecidas aparece sobre todo en los horizontales, y es allí donde las parejas se asemejan más.

    ¿La similitud de personalidad hace más felices a las parejas?

    Esta es la pregunta que más le importa a quien está en una relación, y la respuesta de los grandes estudios es consistente: casi no.

    En tres muestras nacionales de parejas casadas (Australia, Reino Unido y Alemania; más de 23.000 parejas en total), Dyrenforth et al. (2010) separaron tres efectos: lo que aporta la personalidad de cada persona a su propia satisfacción, lo que aporta la personalidad de su pareja y lo que aporta el parecido entre ambos. El parecido explicaba menos de 0,5 % de la variación en la satisfacción con la relación y con la vida, una vez descontados los otros dos efectos. La propia personalidad explicaba cerca de 6 % de la satisfacción con la relación, y la de la pareja entre 1 % y 3 %.

    Los trabajos posteriores repiten el resultado. Con 4.464 parejas seguidas durante ocho años, el parecido explicó poca variación en el bienestar comparado con lo que explicaban los rasgos de cada miembro (van Scheppingen et al., 2019). En 2.578 parejas de Estados Unidos, los efectos de similitud fueron pequeños y no siempre significativos (Chopik y Lucas, 2019). Y en 1.294 parejas mujer-hombre, mirar las facetas de personalidad en lugar de los cinco rasgos amplios tampoco hizo que el parecido predijera la satisfacción (Weidmann et al., 2023).

    Hay una sutileza que conviene no perder. En el estudio de ocho años, el efecto de parecerse o diferir dependía del nivel y de la combinación de rasgos de ambos, no de una regla simple como “mejor iguales” o “mejor opuestos” (van Scheppingen et al., 2019). Y el único efecto de similitud pequeño pero consistente fue en amabilidad. Cada pareja es un caso particular, y los promedios no lo cuentan todo.

    ¿Entonces por qué sentimos que “conectamos” con quien se parece?

    Parte de la respuesta está en la diferencia entre lo que ocurre entre desconocidos y lo que ocurre en una relación ya formada. Un metaanálisis de 460 tamaños de efecto de 313 investigaciones (Montoya et al., 2008) encontró que tanto la similitud real (r = 0,47) como la percibida (r = 0,39) se asocian con la atracción. Pero la similitud real importaba en estudios sin interacción o con interacciones cortas, y en las relaciones ya existentes su efecto no fue significativo. La similitud percibida, en cambio, siguió prediciendo la atracción también dentro de relaciones existentes.

    Traducido: al conocer a alguien, “somos parecidos” pesa en la atracción inicial. Una vez que hay vínculo, lo que cuenta es cuánto sientes que se parecen, y esa sensación se alimenta de cómo van las cosas. Tres estudios con parejas de novios encontraron que la calidad de la relación predice cuánto se parecen los dos a ojos de cada uno, y que incluso inducir en el laboratorio la idea de una buena relación aumentaba la semejanza percibida (Morry et al., 2011). Estar bien con alguien hace que lo veas más parecido a ti.

    Otra pieza es lo que decimos buscar. Eastwick y Finkel (2008) usaron citas rápidas (speed dating) y seguimiento posterior. Lo que las personas declaraban querer en una pareja antes del evento no predijo a quién deseaban cuando conocían de verdad a candidatos. La gente puede no saber bien qué la atrae. Por eso una lista de rasgos “ideales” sirve poco para elegir.

    Qué sí predice una buena relación

    Si la similitud de personalidad pesa tan poco, ¿qué pesa? Dos grupos de variables aparecen una y otra vez.

    Rasgos de cada persona. En el estudio de 3 países, los efectos de la pareja fueron mayores para amabilidad, responsabilidad y estabilidad emocional (Dyrenforth et al., 2010). En el de Estados Unidos, los rasgos propios más consistentes fueron responsabilidad, amabilidad, extraversión y neuroticismo, y de la pareja, responsabilidad y neuroticismo (Chopik y Lucas, 2019). McCrae y Costa (2003) señalan el neuroticismo alto como el predictor de personalidad más consistente de insatisfacción en el matrimonio y de divorcio. En la práctica, convivir con alguien emocionalmente estable, responsable y amable se asocia con más satisfacción, parezca o no que “hacen juego”. Son asociaciones estadísticas y no sentencias para ninguna pareja concreta.

    Lo que pasa dentro de la relación. Un proyecto con 43 estudios longitudinales de pareja de 29 laboratorios usó aprendizaje automático para ver qué predice la calidad de la relación (Joel et al., 2020). Lo que mejor la predijo fue específico de la relación: percibir que la pareja está comprometida, sentirse apreciado, la satisfacción sexual, percibir que la pareja está satisfecha y el nivel de conflicto. Entre las características individuales destacaron la satisfacción con la vida, el afecto negativo, la depresión y el apego evitativo y ansioso. Las variables específicas de la relación explicaron hasta 45 % de la variación al inicio de los estudios (18 % al final), y las características individuales 21 % y 12 %. Además, cuánto cambiaría la calidad de la relación con el tiempo fue en gran parte impredecible con estas variables de autoinforme.

    Dos ideas más. Las creencias sobre el amor importan: Knee (1998) distinguió la creencia en el destino (la pareja “es o no es la indicada”) de la creencia en el crecimiento (las relaciones se cultivan). Su estudio longitudinal halló que quienes creen en el destino tendían más a afrontar los problemas evitándolos, y que en ellos la satisfacción inicial se relacionaba más con la duración de la relación, mientras que la creencia en el crecimiento se asociaba con estrategias para mantener la relación. Y la percepción importa: según Piedmont (1998), ver a la pareja más neurótica de lo que ella misma se describe se relaciona con menor satisfacción, y verla con rasgos más positivos de los que reporta, con mayor satisfacción. Ambas son asociaciones, y no dicen cuál sentido pesa más.

    ¿Sirven los test y las apps de “compatibilidad de personalidad”?

    La evidencia disponible es poco favorable. Finkel et al. (2012), en una revisión crítica sobre las citas en línea, concluyen que las afirmaciones de los sitios de citas que se basan en algoritmos de compatibilidad no tienen respaldo empírico sólido: no hay ensayos controlados publicados que muestren que sus recomendaciones superen al azar, y los datos que usan son individuales y se recogen antes de que las personas se conozcan, así que no capturan la interacción real ni cómo se desarrollará la pareja con el tiempo. Lo que sí puede hacer un filtro, según esa lectura, es descartar candidatos con factores de riesgo muy marcados.

    Por eso, si haces un test de personalidad o uno de introversión y extroversión, úsalo para conocerte mejor y no como filtro para descartar a personas. Un resultado distinto al de tu pareja no es una señal de alarma.

    Qué hacer con esto: pistas prácticas

    Las diferencias importan, pero como información y no como veredicto. Algunas ideas que se desprenden de los datos:

    • Mira los valores y las actitudes antes que los rasgos. Ahí es donde las parejas más se parecen (política, religión, proyecto de vida, educación), y es un terreno donde la distancia grande suele ser difícil de ignorar.
    • Observa cómo te trata y cómo trata el conflicto. Sentirte valorado, notar compromiso y manejar los desacuerdos sin desprecio predicen más que tener los mismos gustos. Si quieres saber más sobre esto, la guía sobre los 4 jinetes de Gottman describe cuatro patrones de conflicto que conviene reconocer, y la de los pilares de una relación de pareja ayuda a ordenar qué mirar.
    • Cuida tu propia estabilidad emocional. Los rasgos de cada persona pesan, pero la personalidad no es fija toda la vida, y el trabajo con una misma suma a la relación.
    • Trata las diferencias como información, no como sentencia. Hay parejas muy distintas que funcionan bien. Lo que se describe en las parejas satisfechas son roles complementarios según la situación (uno habla en público y el otro escucha, por ejemplo), no personalidades opuestas.
    • Sospecha de la fórmula del destino. Creer que la relación “o es o no es” se asoció con afrontar los problemas evitándolos, y la creencia de que las relaciones se cultivan se asoció con estrategias para mantenerlas (Knee, 1998).

    Lo que la evidencia aún no resuelve

    Un buen resumen incluye lo que falta. La revisión crítica de Devenport et al. (2023) concluye que predecir a quién eligen las personas sigue siendo difícil: los estudios con diseños cada vez más complejos sobre preferencias de rasgos han tenido un éxito limitado y falta un marco que integre los distintos enfoques (Devenport et al., 2023). Los estudios que cité son sobre todo de parejas mujer-hombre, casadas o conviviendo, de Estados Unidos, Europa y Australia, y miden personalidad con autoinformes. En una cohorte alemana de 1.180 parejas que se fueron a vivir juntas (van Scheppingen et al., 2025), las parejas ya eran parecidas en apertura, responsabilidad, extraversión y amabilidad desde el inicio, no se parecían más con los años, y las más distintas no tenían más riesgo de separarse. El parecido que existe viene entonces de elegir a alguien parecido, y no de irse pareciendo ni de que las parejas distintas se separen. Para parejas del mismo sexo o de países latinoamericanos faltan datos en estos estudios.

    Cuándo conviene consultar

    Una diferencia de personalidad, por grande que parezca, no es motivo de consulta por sí sola. Sí lo es cuando hay un malestar que no cede: peleas que se repiten sin salida, sentirse sistemáticamente menospreciado, evitar hablar por miedo a la reacción del otro, o dudar de seguir en la relación. Antes de decidir nada, puede servir leer sobre cuándo funciona la terapia de pareja y sobre las preguntas para decidir entre separarse o seguir intentando. Si existe cualquier forma de violencia en la relación, la prioridad es tu seguridad y buscar ayuda cuanto antes, sin esperar a evaluar la compatibilidad.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es verdad que los opuestos se atraen?

    Los estudios con miles de parejas muestran lo contrario en lo que más se mide: las parejas se parecen más de lo esperable por azar, sobre todo en actitudes, valores y nivel educativo. En personalidad el parecido es bajo, y la extraversión es de los rasgos donde menos se parecen. La complementariedad aparece como reparto de roles dentro de la pareja, no como una atracción entre personalidades opuestas.

    ¿Las personas con personalidades parecidas son más felices en pareja?

    Muy poco. En tres muestras nacionales con más de 23.000 parejas, el parecido de personalidad explicó menos de 0,5 % de la satisfacción con la relación. Pesó más la personalidad de cada persona, sobre todo su estabilidad emocional, su responsabilidad y su amabilidad, y lo que ocurre dentro de la relación, como el compromiso percibido y el manejo del conflicto.

    ¿Qué personalidad es más compatible con la mía?

    La evidencia no respalda una personalidad compatible en pareja de tipo fijo. Convivir con alguien emocionalmente estable, responsable y amable se asocia con más satisfacción, sea cual sea tu perfil. Más que buscar un tipo, conviene mirar si hay valores y proyecto de vida compartidos y cómo se tratan cuando discuten.

    ¿Sirven los test de compatibilidad de las apps de citas?

    Hay poca evidencia de que funcionen mejor que el azar. Una revisión crítica concluyó que los algoritmos de compatibilidad no han mostrado en estudios publicados que superen a los emparejamientos al azar, y que no pueden capturar la interacción real ni cómo cambia una pareja con el tiempo. Pueden servir, como mucho, para descartar candidatos con factores de riesgo muy marcados.

    ¿Una pareja muy distinta puede funcionar?

    Sí. Que el parecido de personalidad pese tan poco en la satisfacción indica que hay parejas muy distintas que funcionan bien. En un estudio de ocho años con más de 4.000 parejas, el efecto de parecerse o diferir dependía de la combinación de rasgos de cada uno. Lo que más ayuda es sentirse valorado, percibir compromiso y gestionar el conflicto con respeto.

    ¿Pueden dos personas cambiar para ser más compatibles?

    La personalidad cambia poco y despacio, y en las parejas estudiadas el parecido no aumentó con los años. Lo que sí puede cambiar con trabajo es la forma de comunicarse, de afrontar los conflictos y de regular las propias emociones, y eso sí se asocia con la calidad de la relación. La terapia de pareja trabaja justamente en eso.

    Un siguiente paso

    Si te preguntas si tú y tu pareja son “compatibles” y la duda te desgasta, una primera consulta sirve para separar lo que son diferencias normales de lo que son patrones de conflicto que se pueden trabajar. Puedes escribirnos desde la página de contacto para agendar una hora. Y si quieres seguir leyendo sobre el tema, la guía sobre los tipos de personalidad que tienen evidencia es un buen punto de partida.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton & Company.

    Chopik, W. J., & Lucas, R. E. (2019). Actor, partner, and similarity effects of personality on global and experienced well-being. Journal of Research in Personality, 78, 249-261. https://doi.org/10.1016/j.jrp.2018.12.008

    Devenport, S., Davis-McCabe, C., & Winter, S. (2023). A critical review of the literature regarding the selection of long-term romantic partners. Archives of Sexual Behavior, 52(7), 3025-3042. https://doi.org/10.1007/s10508-023-02646-y

    Dyrenforth, P. S., Kashy, D. A., Donnellan, M. B., & Lucas, R. E. (2010). Predicting relationship and life satisfaction from personality in nationally representative samples from three countries: The relative importance of actor, partner, and similarity effects. Journal of Personality and Social Psychology, 99(4), 690-702. https://doi.org/10.1037/a0020385

    Eastwick, P. W., & Finkel, E. J. (2008). Sex differences in mate preferences revisited: Do people know what they initially desire in a romantic partner? Journal of Personality and Social Psychology, 94(2), 245-264. https://doi.org/10.1037/0022-3514.94.2.245

    Finkel, E. J., Eastwick, P. W., Karney, B. R., Reis, H. T., & Sprecher, S. (2012). Online dating: A critical analysis from the perspective of psychological science. Psychological Science in the Public Interest, 13(1), 3-66. https://doi.org/10.1177/1529100612436522

    Horwitz, T. B., Balbona, J. V., Paulich, K. N., & Keller, M. C. (2023). Evidence of correlations between human partners based on systematic reviews and meta-analyses of 22 traits and UK Biobank analysis of 133 traits. Nature Human Behaviour, 7(9), 1568-1583. https://doi.org/10.1038/s41562-023-01672-z

    Joel, S., Eastwick, P. W., Allison, C. J., Arriaga, X. B., Baker, Z. G., Bar-Kalifa, E., Bergeron, S., Birnbaum, G. E., Brock, R. L., Brumbaugh, C. C., Carmichael, C. L., Chen, S., Clarke, J., Cobb, R. J., Coolsen, M. K., Davis, J., de Jong, D. C., Debrot, A., DeHaas, E. C., … Wolf, S. (2020). Machine learning uncovers the most robust self-report predictors of relationship quality across 43 longitudinal couples studies. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(32), 19061-19071. https://doi.org/10.1073/pnas.1917036117

    Klohnen, E. C., & Mendelsohn, G. A. (1998). Partner selection for personality characteristics: A couple-centered approach. Personality and Social Psychology Bulletin, 24(3), 268-278. https://doi.org/10.1177/0146167298243004

    Knee, C. R. (1998). Implicit theories of relationships: Assessment and prediction of romantic relationship initiation, coping, and longevity. Journal of Personality and Social Psychology, 74(2), 360-370. https://doi.org/10.1037/0022-3514.74.2.360

    McCrae, R. R., & Costa, P. T., Jr. (2003). Personality in adulthood: A five-factor theory perspective (2.ª ed.). The Guilford Press.

    Montoya, R. M., Horton, R. S., & Kirchner, J. (2008). Is actual similarity necessary for attraction? A meta-analysis of actual and perceived similarity. Journal of Social and Personal Relationships, 25(6), 889-922. https://doi.org/10.1177/0265407508096700

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    Piedmont, R. L. (1998). The Revised NEO Personality Inventory: Clinical and research applications. Plenum Press.

    van Scheppingen, M. A., Chopik, W. J., Bleidorn, W., & Denissen, J. J. A. (2019). Longitudinal actor, partner, and similarity effects of personality on well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 117(4), e51-e70. https://doi.org/10.1037/pspp0000211

    van Scheppingen, M. A., Olaru, G., & Leopold, T. (2025). Personality trait similarity in recently cohabiting couples: Partner choice, convergence, or selective breakup? Journal of Personality and Social Psychology, 128(4), 887-904. https://doi.org/10.1037/pspp0000527

    Weidmann, R., Purol, M. F., Alabdullah, A., Ryan, S. M., Wright, E. G., Oh, J., & Chopik, W. J. (2023). Trait and facet personality similarity and relationship and life satisfaction in romantic couples. Journal of Research in Personality, 104, Article 104378. https://doi.org/10.1016/j.jrp.2023.104378

    Winch, R. F. (1958). Mate-selection: A study of complementary needs. Harper & Brothers.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y bienestar emocional. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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