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  • Celos entre hermanos: causas y qué hacer como padres

    Celos entre hermanos: causas y qué hacer como padres

    Tu hija mayor le esconde los juguetes al bebé, tu hijo del medio repite «a él siempre le dejan más», dos adolescentes se pelean por quién tiene razón y tú terminas de árbitro sin haber pedido el cargo. Los celos entre hermanos desgastan a casi cualquier familia con más de un hijo, y la mayoría de los padres quiere saber si es normal, qué los provoca y cuándo conviene preocuparse.

    Esta guía reúne lo que muestran las revisiones y los estudios sobre rivalidad entre hermanos, indica qué tan firme es cada hallazgo y traduce las recomendaciones de la terapia familiar en pasos concretos para el día a día.

    Respuesta corta: por qué hay celos entre hermanos y qué ayuda

    Los celos entre hermanos aparecen cuando un hijo siente que el afecto, la atención o el trato de sus padres se reparte de forma injusta. Ayuda más cuidar la percepción de justicia que repartir todo por igual: dar a cada hijo tiempo propio, evitar las comparaciones, explicar las diferencias de trato y poner límites claros a los golpes y los insultos.

    ¿Por qué aparecen los celos entre hermanos?

    Hay tres explicaciones que se repiten en la literatura de terapia familiar. Describen patrones frecuentes y no leyes, y vienen de libros de ciclo vital más que de ensayos controlados (McGoldrick y Watson, 2015; McGoldrick et al., 2015).

    • Competencia por recursos de los padres. La teoría del nicho familiar, de Frank Sulloway, propone que los hermanos compiten por un tiempo, un afecto y unos cuidados que son limitados. Para reducir esa competencia, cada uno tiende a buscar un espacio propio, con intereses y rasgos distintos a los del otro.
    • Percepción de trato desigual. Cuando un hijo siente que el otro recibe más apoyo, más permisos o más cariño, aparecen la envidia y el resentimiento. Esa percepción pesa aunque los padres crean tratarlos igual.
    • Cambios en la familia. El nacimiento de un hermano, una mudanza o la enfermedad de alguien de la casa alteran el reparto de la atención y sacuden a todos.

    La cultura también influye. McGoldrick y Watson (2015) señalan que la rivalidad intensa es en buena parte un fenómeno occidental, ligado al individualismo, y que en culturas más colectivistas se enseña un «nosotros» que prioriza la lealtad entre hermanos.

    ¿Es normal la rivalidad entre hermanos?

    La rivalidad es frecuente y tiene un lado normal: hermanos que comparten casa, juguetes y padres van a discutir. Una revisión sobre las relaciones fraternas describe a los hermanos como figuras centrales de la vida familiar, con interacciones muy frecuentes y a menudo emocionalmente intensas (McHale et al., 2012).

    La pregunta útil es cuánto conflicto hay y cómo se maneja. Un metaanálisis de 34 estudios, con más de 12.000 niños y adolescentes, encontró que más calidez entre hermanos, menos conflicto y menos trato diferencial se asociaban con menos problemas internalizantes (ánimo bajo, ansiedad) y externalizantes (agresión, conductas de desafío). El conflicto pesó más que la calidez y que el trato diferencial. El vínculo era más fuerte en pares de hermanos varones, en hermanos con poca diferencia de edad y en niños que en adolescentes (Buist et al., 2013).

    Son estudios de asociación, que no permiten decir qué causa qué: un niño con más dificultades también puede pelearse más. Aun así, sugieren que vale la pena bajar el nivel de conflicto cuando es constante.

    Celos entre hermanos cuando llega un bebé

    El nacimiento de un hermano es la situación que más se asocia con los celos, y el pensamiento popular lo trata como una crisis. La revisión de 30 estudios de Volling (2012) no lo respalda del todo. Casi el 80 % de los niños de Estados Unidos tiene al menos un hermano, y los estudios no mostraron un cambio uniforme en el hijo mayor. Hubo una baja en el afecto y la respuesta hacia la madre, mientras que en sueño, ansiedad, agresión y regresión los resultados fueron mixtos. Para algunos niños el momento fue difícil, para otros un impulso de madurez y para otros pasó casi sin cambios (Volling, 2012).

    En un estudio con 224 familias, observado un mes después del parto, el patrón más común (60 %) fue el de niños que se mantenían tranquilos y exploraban mientras sus padres atendían al bebé. Solo el 2,7 % mostró un patrón de desborde. Los niños que se acercaban y se alejaban a la vez, sin saber bien qué hacer, tenían más problemas de conducta cuatro meses después (Volling et al., 2014).

    El estudio clásico de Dunn y Kendrick (1982) siguió a 40 familias en su casa desde antes del parto y mostró ese mismo cuadro mixto. Más de la mitad de los mayores protestó cuando el padre o los abuelos atendían al bebé, aumentaron las travesuras y hubo retrocesos en el sueño o el control de esfínteres. Pero el mismo niño podía consolar al bebé minutos después, y varios dieron pasos de autonomía.

    Esa investigación aporta dos matices. Los niños que ya eran muy preocupados antes del nacimiento fueron más hostiles con el bebé a los 14 meses, y una relación muy estrecha con la madre se asoció a más hostilidad, quizá por sentirse desplazados. En cambio, la diferencia de edad entre hermanos no tuvo un efecto sistemático, pese a la idea de que cierto intervalo es peor.

    Para los padres, las autoras sugieren mantener las rutinas del mayor, evitar que su tiempo de juego caiga de golpe, involucrar al padre y hablar del bebé como una persona con sentimientos («mira, le gusta que le hables»), lo que se asoció con más empatía del hermano mayor. También piden no cargarse con toda la culpa: el temperamento del niño pesa mucho.

    Lo práctico: no conviene dar por hecho que el mayor lo pasará mal, y tampoco ignorar las señales si las da. McGoldrick et al. (2015) advierten que el cansancio de los padres tras un parto reduce la paciencia y que es frecuente exigirle al mayor que «sea grande» antes de tiempo. Un estudio sobre orden de nacimiento menciona que Alfred Adler describió en el primogénito un temor al «destronamiento», la pérdida de su lugar único ante el hermano que llega (Rohrer et al., 2015).

    Celos entre hermanos adolescentes

    En la adolescencia los celos cambian de forma. Se ven menos rabietas y más comparaciones, reclamos de justicia y peleas por el espacio, la ropa, los permisos o el dinero. Un estudio con 197 familias siguió a adolescentes y encontró que el trato diferencial se asociaba con celos entre hermanos y peor ajuste, pero solo cuando el hijo percibía poca o media justicia. Si el adolescente consideraba el trato justo, la asociación no aparecía. Los autores sugieren explicar las razones del trato distinto (Loeser et al., 2016).

    Eso coincide con el metaanálisis de trato diferencial de 88 fuentes y 26.451 participantes de 3 a 19 años: el hijo menos favorecido tenía más síntomas internalizantes y externalizantes, con efectos más fuertes cuando era el propio hijo quien informaba el trato y cuando los hermanos tenían edades cercanas (Jensen y Thomsen, 2024). Si el tema de fondo es el favoritismo, la guía sobre el hijo favorito lo desarrolla.

    Según McGoldrick y Watson (2015), la competencia, los celos y la ambivalencia suelen ser más marcados entre hermanos varones, y la intimidad y la confidencia entre hermanas. Son tendencias descritas en la literatura, no reglas para cada familia.

    Cómo manejar los celos entre hermanos

    Las ideas que siguen salen de los estudios citados y de los libros de terapia familiar. Son orientaciones razonables, sin garantía de resultado.

    1. Cuida la percepción de justicia más que la igualdad exacta. Tratar igual a todos es imposible, porque cada edad pide cosas distintas. Lo que ayuda es explicar por qué hoy uno tiene un permiso que el otro tendrá a su edad (Loeser et al., 2016).
    2. Dale tiempo individual a cada hijo. McGoldrick et al. (2015) recomiendan una atención personal sin interrupciones, aunque sean veinte minutos, para escuchar la vivencia de cada uno y reforzar su sentido de pertenencia.
    3. Evita las comparaciones. Frases como «tu hermano nunca hace esto» o usar a un hijo para corregir a otro mantienen la rivalidad (McGoldrick y Watson, 2015).
    4. No califiques los celos como maldad. Sentirlos es esperable. Aceptar la emoción («entiendo que te dio rabia») y marcar el límite de la conducta («no se pega») funciona mejor que el reproche. McGoldrick y Watson (2015) advierten que rotular los celos normales como mala conducta del niño distancia a la familia.
    5. Ayuda a cada hijo a tener su propio espacio. Una actividad, un interés o un rol que no comparta con su hermano reduce la competencia directa, siguiendo la idea del nicho familiar (McGoldrick y Watson, 2015).
    6. Interviene en las peleas según la edad. En una observación de 88 familias, los hijos pequeños se mostraban más hostiles después cuando los padres no intervenían. En cambio, los hermanos mayores se sentían menos cercanos cuando la madre intervenía en cualquier forma (Kramer et al., 1999). Con niños pequeños, entonces, conviene mediar. Con los mayores, intervenir menos y dejar que resuelvan, salvo que haya violencia.
    7. Acuerden los límites entre los adultos. McGoldrick et al. (2015) recomiendan discutir en privado los desacuerdos sobre cómo manejar un conflicto, para no contradecirse delante de los hijos ni dejar que ellos se aprovechen de la diferencia.
    8. Pon una línea clara frente a los golpes y los insultos. Sentir celos es esperable, y pegar o insultar tiene siempre un límite.

    Si además te preocupa una niña mayor que carga con demasiadas tareas de cuidado, la guía sobre el síndrome de la hija mayor y la de parentificación tratan ese problema.

    ¿Existen programas para que los hermanos se lleven mejor?

    Existen, pero la investigación es escasa. Una revisión sobre intervenciones preventivas señala que las relaciones entre hermanos suelen quedar fuera de los programas con familias, y que son pocos los que trabajan directamente con ellas (Feinberg et al., 2012).

    Un ejemplo es un ensayo piloto con 22 pares de hermanos de 5 a 11 años que vivían en hogares de acogida. Tras ocho semanas de sesiones con los niños, con el cuidador y con ambos, los pares del programa mostraron más interacción positiva y menos conflicto jugando, y sus cuidadores usaron más estrategias de mediación (Linares et al., 2015). Es un estudio pequeño y con una población muy particular, así que muestra que se puede enseñar a mediar, pero no vale como receta para cualquier familia.

    Cuándo consultar con un psicólogo

    Conviene pedir ayuda cuando el conflicto es constante y no baja con los cambios en casa, o cuando hay señales de algo más que celos:

    • Golpes que dejan lesiones, amenazas o humillaciones repetidas. Si un hijo teme quedarse a solas con su hermano, revisa la guía sobre bullying entre hermanos.
    • Un hijo que cambia de ánimo durante semanas, se aísla, no quiere ir al colegio o baja su rendimiento.
    • Regresiones que se mantienen meses, como volver a mojar la cama o a hablar como bebé, o miedo intenso a quedarse sin los padres.
    • Peleas que desbordan a los adultos y terminan en castigos cada vez más duros.

    La Organización Mundial de la Salud resume señales y recursos sobre salud mental adolescente, y la American Psychological Association mantiene una sección de recursos de crianza. Un pediatra o un psicólogo infantil puede orientar el caso concreto.

    Celos entre hermanos adultos: ¿qué pasa si siguen en la adultez?

    Los celos de la infancia pueden reaparecer entre hermanos adultos, por ejemplo al repartir los cuidados de los padres o una herencia. Un estudio con hijos adultos de mediana edad halló que, sin importar quién fuera el favorecido, tanto la percepción actual de favoritismo materno como el recuerdo de favoritismo en la infancia reducían la cercanía entre hermanos, y que el recuerdo de la infancia pesaba más para la tensión (Suitor et al., 2009). Pillemer (2021) y McGoldrick et al. (2015) describen que herencias y cuidados de padres mayores reavivan esas viejas disputas sobre quién fue más querido o quién se esforzó más. Por eso lo que los padres hacen hoy puede importar décadas después.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que mi hijo tenga celos de su hermano?

    Sí. Los celos son una reacción frecuente cuando un niño siente que comparte la atención o el cariño de sus padres. Lo que conviene mirar es la intensidad y la duración. Si hay agresión repetida, cambios de ánimo de semanas o rechazo a estar con el hermano, vale la pena consultar.

    ¿Cómo manejar los celos entre hermanos?

    Escucha la emoción sin reprochar, dale tiempo individual a cada hijo, evita las comparaciones, explica las diferencias de trato y pon límites claros a los golpes y los insultos. Con niños pequeños, interviene en las peleas. Con los mayores, interviene menos y deja que resuelvan, salvo que haya violencia.

    ¿Cómo preparar al hijo mayor para la llegada de un bebé?

    La evidencia no muestra que el mayor vaya a sufrir una crisis por regla general, y las reacciones varían mucho. Conviene contarle con anticipación qué va a cambiar, mantener sus rutinas y reservarle tiempo propio. Cuida que no se le exija madurar antes de tiempo («ahora eres grande»).

    ¿Cuándo son preocupantes los celos entre hermanos adolescentes?

    Cuando hay agresión física o humillaciones repetidas, aislamiento, tristeza sostenida, caída del rendimiento o miedo a convivir con el hermano. Las peleas por justicia, espacio y permisos son frecuentes en esa etapa y tienden a bajar si se explican los criterios de trato.

    ¿Los padres deben intervenir en las peleas entre hermanos?

    Depende de la edad. En una observación de 88 familias, los hijos pequeños se mostraban más hostiles cuando los padres no intervenían, y los mayores se sentían menos cercanos cuando la madre intervenía. Con pequeños conviene mediar, con mayores intervenir menos, y siempre actuar si hay violencia.

    Elige un paso pequeño esta semana

    No hace falta cambiar toda la dinámica familiar. Elige un momento de la semana para estar a solas con cada hijo, aunque sea un rato corto, y la próxima vez que uno diga «a él siempre le dejan más», responde con una razón concreta en vez de defenderte. Si el conflicto en tu casa te desborda o te preocupa lo que ves, puedes escribirnos por la página de contacto.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Buist, K. L., Deković, M., & Prinzie, P. (2013). Sibling relationship quality and psychopathology of children and adolescents: A meta-analysis. Clinical Psychology Review, 33(1), 97-106. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2012.10.007

    Dunn, J., & Kendrick, C. (1982). Siblings: Love, envy, and understanding. Harvard University Press.

    Feinberg, M. E., Solmeyer, A. R., & McHale, S. M. (2012). The third rail of family systems: Sibling relationships, mental and behavioral health, and preventive intervention in childhood and adolescence. Clinical Child and Family Psychology Review, 15(1), 43-57. https://doi.org/10.1007/s10567-011-0104-5

    Jensen, A. C., & Thomsen, A. E. (2024). Parental differential treatment of siblings linked with internalizing and externalizing behavior: A meta-analysis. Child Development, 95(4), 1384-1405. https://doi.org/10.1111/cdev.14091

    Kramer, L., Perozynski, L. A., & Chung, T.-Y. (1999). Parental responses to sibling conflict: The effects of development and parent gender. Child Development, 70(6), 1401-1414. https://doi.org/10.1111/1467-8624.00102

    Linares, L. O., Jimenez, J., Nesci, C., Pearson, E., Beller, S., Edwards, N., & Levin-Rector, A. (2015). Reducing sibling conflict in maltreated children placed in foster homes. Prevention Science, 16(2), 211-221. https://doi.org/10.1007/s11121-014-0476-0

    Loeser, M. K., Whiteman, S. D., & McHale, S. M. (2016). Siblings’ perceptions of differential treatment, fairness, and jealousy and adolescent adjustment: A moderated indirect effects model. Journal of Child and Family Studies, 25(8), 2405-2414. https://doi.org/10.1007/s10826-016-0429-2

    McGoldrick, M., Garcia Preto, N., & Carter, B. (2015). The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed.). Pearson.

    McGoldrick, M., & Watson, M. F. (2015). Siblings and the life cycle. En M. McGoldrick, N. Garcia Preto, & B. Carter (Eds.), The expanding family life cycle: Individual, family, and social perspectives (5.ª ed.). Pearson.

    McHale, S. M., Updegraff, K. A., & Whiteman, S. D. (2012). Sibling relationships and influences in childhood and adolescence. Journal of Marriage and Family, 74(5), 913-930. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2012.01011.x

    Pillemer, K. (2021). Fault lines: Fractured families and how to mend them. Avid Reader Press.

    Rohrer, J. M., Egloff, B., & Schmukle, S. C. (2015). Examining the effects of birth order on personality. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(46), 14224-14229. https://doi.org/10.1073/pnas.1506451112

    Suitor, J. J., Sechrist, J., Plikuhn, M., Pardo, S. T., Gilligan, M., & Pillemer, K. (2009). The role of perceived maternal favoritism in sibling relations in midlife. Journal of Marriage and Family, 71(4), 1026-1038. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2009.00650.x

    Volling, B. L. (2012). Family transitions following the birth of a sibling: An empirical review of changes in the firstborn’s adjustment. Psychological Bulletin, 138(3), 497-528. https://doi.org/10.1037/a0026921

    Volling, B. L., Yu, T., Gonzalez, R., Kennedy, D. E., Rosenberg, L., & Oh, W. (2014). Children’s responses to mother-infant and father-infant interaction with a baby sibling: Jealousy or joy? Journal of Family Psychology, 28(5), 634-644. https://doi.org/10.1037/a0037811

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Bullying entre Hermanos: Cuándo la Rivalidad es Maltrato

    Bullying entre Hermanos: Cuándo la Rivalidad es Maltrato

    ¿Cuántas veces te has quedado mirando una pelea entre tus hijos sin saber si intervenir o dejar que “la resuelvan solos”? Las peleas, los apodos y los celos entre hermanos son parte normal de crecer en la misma casa. Pero hay una línea, a veces difícil de ver desde adentro, donde esas peleas dejan de ser rivalidad y se convierten en acoso.

    Esa duda (rivalidad entre hermanos o abuso) es exactamente lo que vamos a despejar acá. El bullying entre hermanos es real, tiene nombre en la literatura clínica desde hace décadas y afecta a una proporción enorme de las familias: distintas encuestas nacionales ubican la cifra alrededor de un tercio de los niños y niñas. En este artículo vas a encontrar cómo distinguir una cosa de la otra, qué dice la evidencia sobre lo que pasa cuando el maltrato entre hermanos se sostiene en el tiempo, por qué suele pasar desapercibido para los propios padres, y qué hacer si ya identificaste que en tu casa hay más que peleas.

    Lo esencial en 40 segundos

    El bullying entre hermanos existe como categoría clínica propia: un hermano usa una ventaja de poder (edad, fuerza, estatus dentro de la familia) para hacerle daño al otro de forma intencionada y repetida, sin que los roles se intercambien nunca; nada que ver con discutir por el control remoto. La evidencia muestra que, sin intervención, se asocia a más depresión, ansiedad y autolesión en la adolescencia. Y hay buenas noticias: el clima familiar (calidez, límites claros, no tomar partido) es uno de los factores que más protege.

    ¿Qué diferencia hay entre pelear como hermanos y el bullying entre hermanos?

    La definición clásica de bullying de Dan Olweus se construye sobre tres elementos: una conducta agresiva intencionada, que se repite en el tiempo, y en la que existe un desequilibrio de poder que impide que la víctima se defienda en igualdad de condiciones (Olweus, 1993). Esos tres criterios se trasladan tal cual al living de la casa.

    En el hogar, el desequilibrio de poder no viene solo de la fuerza física. También aparece en la diferencia de edad, en la ventaja verbal de quien discute mejor, o en el lugar que cada hijo ocupa dentro del sistema familiar (quién es “el favorito”, quién tiene más permisos). Barbara Coloroso, que le dedica un capítulo entero a esta dinámica en su libro sobre bullying (Coloroso, 2008), lo resume con una frase directa: el bullying entre hermanos no es rivalidad fraterna.

    La diferencia no está en la intensidad de la pelea, sino en su estructura:

    • En la rivalidad, las dos partes están más o menos parejas. Discuten por algo concreto (un juguete, la atención de los padres, el espacio), los roles se intercambian (hoy uno gana, mañana el otro) y, después del conflicto, suele volver la calma.
    • En el bullying, hay desprecio de fondo, no solo desacuerdo. Un hermano busca dominar, controlar o humillar al otro. Los roles están congelados: siempre el mismo agrede, siempre el mismo se queda sin defensa. Y no hay reconciliación real entre un episodio y el siguiente, sino un clima sostenido de tensión.

    Vale la pena decirlo con todas sus letras, porque es un punto que varios programas de investigación en Estados Unidos (como el de la Sibling Aggression and Abuse Research and Advocacy Initiative de la Universidad de New Hampshire) remarcan: el acoso entre hermanos ha sido históricamente subestimado, tratado como algo “normal de hermanos” precisamente porque pasa puertas adentro, sin testigos externos que lo nombren.

    Señales de bullying entre hermanos: cuándo la rivalidad ya cruzó la línea

    No hace falta un golpe para que sea maltrato. Las señales que distingue la literatura clínica incluyen:

    • El guion no cambia. Siempre es el mismo hermano agresivo y siempre el mismo hijo termina llorando, escondido o evitando estar en la misma habitación que él.
    • Hay intención de hacer daño, no un arrebato aislado: el agresor anticipa el efecto de lo que hace y, muchas veces, lo disfruta.
    • Se repite de forma sostenida, no es un mal día. La víctima empieza a anticipar que va a volver a pasar, lo que genera un estado de alerta permanente incluso en su propia casa.
    • Incluye desprecio, no solo enojo: burlas sobre el cuerpo, la inteligencia o los gustos del otro, aislamiento deliberado, difundir mentiras para dejarlo en ridículo frente a amigos o primos.
    • Aparecen cambios de conducta en quien lo sufre: se aísla, baja su ánimo, evita ciertos espacios de la casa, duerme peor o baja su rendimiento escolar sin otra causa aparente.

    Un dato que ayuda a tomarlo en serio: un estudio reciente encontró que los niños y adolescentes le temen a la agresión de un hermano casi con la misma intensidad que a la de un compañero de curso, aunque durante mucho tiempo se asumió que lo segundo “dolía más” por ocurrir frente a pares (Tucker, Finkelhor y Turner, 2023). El miedo dentro de la propia casa no es menor solo porque ocurra en privado.

    Consecuencias del bullying entre hermanos: qué dice la evidencia

    Esta es la parte que más cuesta creer cuando se minimiza el tema: el acoso entre hermanos no es un rasgo de carácter que “se supera solo”. Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry (Wolke, Tippett y Dantchev, 2015) encontró que hasta un 40% de los niños sufre agresión de un hermano todas las semanas, y que la calidad de la crianza es el factor dentro de la familia que más se asocia a que esto ocurra.

    Las consecuencias, cuando el maltrato se sostiene, no son menores. Un estudio prospectivo con más de 6.900 niños del Reino Unido encontró que haber sufrido acoso frecuente de un hermano a los 12 años se asociaba, a los 18, a más del doble de riesgo de depresión y de autolesión, y a un 83% más de riesgo de ansiedad (Bowes, Wolke, Joinson, Lereya y Lewis, 2014). Los propios autores calcularon que ese acoso explicaba, por sí solo, cerca del 13% de los casos de depresión y casi el 20% de los de autolesión en ese grupo. Son cifras de un fenómeno que ocurre dentro de casa, no en el patio del colegio.

    Hay matices importantes. No todos los niños expuestos a esto terminan igual de afectados, y eso también está documentado: en un seguimiento de más de 3.000 adolescentes, quienes mostraban menos depresión de la esperada tenían más autoestima, se sentían menos alienados socialmente y, en particular, no estaban siendo victimizados además por un hermano (Sapouna y Wolke, 2013). Y en un estudio con más de 1.100 pares de gemelos, la calidez materna y un clima familiar positivo se asociaron a mejor recuperación después del acoso, incluso en pares de gemelos idénticos donde ambos habían sido víctimas: el que recibía más calidez tenía menos problemas de conducta después (Bowes, Maughan, Caspi, Moffitt y Arseneault, 2010). Es un efecto del ambiente, no de la genética. El hogar puede ser lo que agrava el daño o lo que más protege contra él.

    Qué causa el bullying entre hermanos: por qué pasa en la propia familia

    Ningún modelo serio culpa a los niños por esto sin mirar el sistema completo en el que crecen. El marco socioecológico de Swearer, Espelage y Napolitano (2009) ubica a la familia como uno de los contextos donde el bullying se origina y se mantiene, no solo el patio del colegio: la disciplina coercitiva, la exposición a violencia entre los adultos de la casa y la baja supervisión les enseñan a los niños que el poder y la fuerza son formas válidas de resolver un conflicto.

    Coloroso (2008) lo lleva a un terreno muy concreto con tres estilos de crianza. En una familia de “muro de ladrillos” (rígida, autoritaria, con castigos duros), el hermano más fuerte aprende que el control se ejerce desde arriba y lo reproduce con el más débil, que a su vez aprende a quedarse callado. En una familia “medusa” (sin estructura, ya sea por sobreprotección o por negligencia), nadie frena al que se impone y el que es agredido no desarrolla herramientas para defenderse. Solo en lo que la autora llama una familia “columna vertebral”, con límites claros y disciplina orientada a reparar el daño (no a castigar), el desprecio entre hermanos deja de tener terreno fértil.

    Hay además una dinámica que conviene conocer: el rol de agresor y víctima puede trasladarse en cascada dentro de una misma familia. Rosario Ortega (2010) describe cómo, cuando un niño es sometido a maltrato sostenido sin apoyo para salir de esa posición, puede aprender que la única forma de recuperar control es ejercer ese mismo poder sobre alguien más pequeño o indefenso. Un hijo agredido por un hermano mayor que, a su vez, agrede a uno menor no es una contradicción: es el mismo mecanismo repetido dos veces. Y la evidencia cuantitativa acompaña esta lectura: una crianza dura, inconsistente o ausente se asocia a más probabilidad de ser víctima y de ser agresor a la vez, mientras que la crianza cálida y con supervisión protege en ambos sentidos (Lereya, Samara y Wolke, 2013).

    Los errores más comunes de los padres (y qué hacer en su lugar)

    Coloroso (2008) identifica un patrón que se repite en consulta con una frecuencia incómoda. Frente al maltrato entre hermanos, los padres suelen:

    • Minimizar y normalizar: “son cosas de hermanos”, “están jugando”, “todos se pelean así”.
    • Culpar a quien lo sufre: “algo habrá hecho para provocarlo”, “es muy sensible”, “se victimiza”.
    • Castigar en vez de disciplinar: gritar, humillar o aplicar un castigo físico al que agrede, lo que le enseña a ser más sigiloso, no más empático.
    • Exigir una disculpa automática que no repara nada ni protege al que fue agredido de que vuelva a pasar.
    • Confundir pedir ayuda con “acusar”: regañar al hijo que viene a contar lo que pasó, dejándolo sin ningún canal seguro dentro de su propia casa.

    En su lugar, la autora propone un proceso con tres pasos que sí generan cambio: que el que agredió repare el daño de forma concreta (restitución), que entienda qué lo llevó a actuar así y aprenda otra forma de manejarlo (resolución), y que ambos hermanos reconstruyan la confianza a su propio ritmo (reconciliación), sin forzar un abrazo que no es sincero. Y una distinción que vale la pena enseñarles directamente a los hijos: contar algo que solo busca meter al hermano en problemas es “acusar”; contar algo porque alguien puede salir lastimado es pedir ayuda, y eso nunca debería traer una reprimenda.

    Si tu hijo convive con quien lo agrede, la terapia individual sola no alcanza

    Esta es una diferencia clínica importante frente a otras formas de bullying. Cuando el acoso viene de un compañero de curso o ya terminó, el trabajo terapéutico puede enfocarse en procesar lo vivido. Pero cuando el agresor es un hermano que sigue durmiendo en la pieza de al lado, el peligro sigue activo, y los modelos de terapia cognitivo-conductual más usados en infancia son explícitos en esto: si el disparador del miedo es real y sigue presente, el primer paso no es procesar el recuerdo, es modificar el ambiente para que el daño pare (Tolin, 2024).

    En la práctica, esto significa que el trabajo no puede quedarse solo con el niño que sufre el maltrato. Los protocolos de intervención familiar apuntan a entrenar a los padres en manejo parental, a eliminar lo que en clínica se llama “acomodación familiar” (minimizar, mirar para el lado, pedirle a la víctima que ceda) y a rediseñar activamente el espacio de la casa: supervisión en los momentos de mayor riesgo, lugares seguros para quien es agredido, reglas claras que no dependan de que los hermanos “se entiendan solos”. Recién con eso resuelto tiene sentido trabajar, de forma individual, el daño emocional que haya quedado.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    No todas las fricciones entre hermanos necesitan un psicólogo de por medio. Pero conviene pedir ayuda profesional cuando:

    • El patrón de agresor y víctima lleva meses sin cambiar, pese a que los padres ya intervinieron.
    • Aparecen señales de malestar sostenido en quien es agredido: tristeza, ansiedad, aislamiento, cambios en el sueño o el apetito, caída del rendimiento escolar.
    • El acoso también se está dando en el colegio y las dos situaciones se retroalimentan.
    • Los padres notan que, pese a sus esfuerzos, no logran frenar la dinámica o no saben distinguir si lo que ven en casa ya califica como bullying.
    • Hay agresión física que deja marcas, o el hijo que agrede muestra patrones que van más allá de una pelea puntual.

    Un tratamiento psicológico para quien fue víctima y una intervención con los padres trabajan mejor en paralelo que por separado: el niño necesita procesar lo vivido, y la familia necesita herramientas concretas para que la dinámica no vuelva a instalarse apenas termine la sesión.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que mis hijos peleen tanto?

    Sí, discutir, competir por la atención de los padres y tener roces frecuentes es parte esperable de crecer con hermanos. La diferencia con el bullying no está en la frecuencia de las peleas, sino en si hay un desequilibrio de poder fijo, intención de dañar y ausencia de reconciliación real entre un episodio y el siguiente.

    ¿Cuál es la diferencia exacta entre rivalidad y bullying entre hermanos?

    La rivalidad es un conflicto entre partes relativamente parejas por un recurso concreto, con roles que se intercambian. El bullying entre hermanos se basa en el desprecio, mantiene siempre los mismos roles de agresor y víctima, y busca dominar o humillar, no resolver un desacuerdo puntual (Coloroso, 2008).

    ¿Qué hago si uno de mis hijos agrede sistemáticamente a su hermano?

    Nombra la conducta sin ambigüedad, sin minimizarla ni etiquetar al niño como “malo”. Aplica un proceso de reparación real (que entienda el daño, lo repare de forma concreta y reconstruya la confianza), en vez de un castigo que solo lo vuelve más cuidadoso para no ser descubierto.

    ¿Debo obligarlos a pedirse perdón y llevarse bien?

    No de forma forzada. Una disculpa exigida sin un proceso real detrás no repara nada y le enseña a la víctima que su malestar no importa tanto como aparentar armonía. La reconciliación funciona mejor cuando se construye con pasos concretos y a un ritmo que la víctima pueda tolerar.

    ¿El bullying entre hermanos afecta igual que el bullying escolar?

    La evidencia disponible muestra que el temor y el daño pueden ser comparables, incluso porque ocurre en un espacio del que, a diferencia del colegio, el niño no puede alejarse (Tucker, Finkelhor y Turner, 2023). Además, sufrirlo en casa se asocia a mayor riesgo de ser también víctima de bullying con los pares (Wolke, Tippett y Dantchev, 2015).

    ¿Cuándo es necesario llevar a mi hijo a terapia por esto?

    Cuando el patrón se mantiene pese a la intervención de los padres, cuando aparecen señales de malestar sostenido (ansiedad, aislamiento, cambios de sueño o ánimo) o cuando la familia necesita herramientas concretas para modificar la dinámica en casa, no solo contener un episodio aislado.

    Si la dinámica entre tus hijos te preocupa y sientes que ya no sabes cómo intervenir, conversarlo con un psicólogo puede ayudarte a ordenar qué está pasando realmente en tu casa y a diseñar un plan concreto para frenarlo, tanto para el hijo que agrede como para el que necesita volver a sentirse seguro bajo su propio techo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Bowes, L., Maughan, B., Caspi, A., Moffitt, T. E., & Arseneault, L. (2010). Families promote emotional and behavioural resilience to bullying: Evidence of an environmental effect. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 51(7), 809-817. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2010.02216.x

    Bowes, L., Wolke, D., Joinson, C., Lereya, S. T., & Lewis, G. (2014). Sibling bullying and risk of depression, anxiety, and self-harm: A prospective cohort study. Pediatrics, 134(4), e1032-e1039. https://doi.org/10.1542/peds.2014-0832

    Cohen, J. A., Mannarino, A. P., & Deblinger, E. (2006). Treating trauma and traumatic grief in children and adolescents. Guilford Press.

    Coloroso, B. (2008). The bully, the bullied, and the bystander: From preschool to high school (ed. actualizada). Collins Living/HarperCollins. (Obra original publicada en 2003).

    Kendall, P. C. (Ed.). (2011). Child and adolescent therapy: Cognitive-behavioral procedures (4.ª ed.). Guilford Press.

    Lereya, S. T., Samara, M., & Wolke, D. (2013). Parenting behavior and the risk of becoming a victim and a bully/victim: A meta-analysis study. Child Abuse & Neglect, 37(12), 1091-1108. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2013.03.001

    Olweus, D. (1993). Bullying at school: What we know and what we can do. Wiley-Blackwell.

    Ortega Ruiz, R. (1998). Indiscipline or violence? The problem of bullying in school. Prospects, 28(4), 587-599.

    Ortega Ruiz, R. (2010). Agresividad injustificada, bullying y violencia escolar. Alianza Editorial.

    Ortega, R., & Del Rey, R. (2016). La violencia escolar: Estrategias de prevención. Graó. (Obra original publicada en 2003).

    Sapouna, M., & Wolke, D. (2013). Resilience to bullying victimization: The role of individual, family and peer characteristics. Child Abuse & Neglect, 37(11), 997-1006. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2013.05.009

    Swearer, S. M., Espelage, D. L., & Napolitano, S. A. (2009). Bullying prevention and intervention: Realistic strategies for schools. Guilford Press.

    Tolin, D. F. (2024). Doing CBT: A comprehensive guide to working with behaviors (2.ª ed.). Guilford Press.

    Tucker, C. J., Finkelhor, D., & Turner, H. (2023). Emerging ideas: Is sibling aggression as scary as peer aggression in childhood and adolescence? Family Relations, 72(5), 3023-3028. https://doi.org/10.1111/fare.12844

    Wolke, D., Tippett, N., & Dantchev, S. (2015). Bullying in the family: Sibling bullying. The Lancet Psychiatry, 2(10), 917-929. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(15)00262-x

    Zych, I., Farrington, D. P., Llorent, V. J., & Ttofi, M. M. (2017). Protecting children against bullying and its consequences. Springer.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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