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  • Encopresis retentiva vs no retentiva: por qué el tratamiento cambia

    Encopresis retentiva vs no retentiva: por qué el tratamiento cambia

    Le cambiaste la dieta, le pusiste un premio por cada vez que va al baño, hasta probaste un laxante que alguien te recomendó. Y tu hijo sigue ensuciando la ropa interior. Es uno de los momentos más frustrantes de la crianza, porque parece que nada funciona y que el niño “no se esfuerza”.

    Casi siempre hay una razón concreta: se está tratando la encopresis como si fuera un solo problema, cuando en realidad son dos, la encopresis retentiva y no retentiva, y responden a protocolos casi opuestos. En la mayoría de los casos hay estreñimiento de fondo (encopresis retentiva); en el resto, no lo hay (encopresis no retentiva), y ahí el mismo laxante que ayuda al primer grupo puede empeorar los escapes.

    Aquí vas a ver cómo distinguir un tipo del otro, qué dice la evidencia sobre el tratamiento de cada uno, cuánto suele tardar la mejora y cuándo conviene pedir ayuda profesional.

    Lo que importa saber en 30 segundos

    Ocho de cada diez niños con encopresis tienen estreñimiento de base: retienen las heces, el recto se dilata, pierden la sensación de ganas y terminan manchando la ropa por rebosamiento, sin darse cuenta (Brazzelli et al., 2011). Ahí el tratamiento combina un laxante osmótico con una rutina de sentadas después de las comidas. El resto no tiene estreñimiento: defecan heces normales en lugares que no corresponden, casi siempre por un problema de hábito, de aprendizaje o emocional. Ahí los laxantes no ayudan (pueden incluso empeorar los escapes) y lo que funciona es un programa conductual puro, sostenido en el tiempo.

    ¿Qué es la encopresis retentiva y por qué ocurre?

    La encopresis retentiva es, con diferencia, la más común: afecta a entre el 80% y el 90% de los niños con este diagnóstico, y es en el fondo la cara visible de un estreñimiento crónico infantil que lleva tiempo sin resolverse (Reimers, 2017, cap. 3). Empieza casi siempre por algo trivial: una deposición grande y dolorosa, una fisura, poca fibra en la dieta, o simplemente que el niño no quiere interrumpir el juego para ir al baño.

    Para evitar el dolor o la interrupción, el niño aprieta el esfínter y retiene. Esa retención se refuerza sola: al no ir al baño, evita el malestar inmediato, así que la próxima vez vuelve a retener. Mientras tanto, el colon sigue absorbiendo agua de las heces retenidas, que se vuelven más duras y voluminosas hasta formar una masa fecal impactada (Reimers, 2017, pág. 95-97).

    Esa masa termina estirando la pared del recto (lo que se conoce como megarrecto), y ese estiramiento crónico adormece los receptores que avisan “tienes ganas de ir al baño” (Reimers, 2017, pág. 122 y 125). El niño deja de sentir el recto lleno. Y como la masa dura sigue tapando la salida, el material más nuevo y blando que llega desde arriba se filtra alrededor de ella y mancha la ropa interior sin que el niño lo note: eso es el rebosamiento (overflow).

    Es habitual que los papás confundan esos escapes líquidos con diarrea y le den algo para cortarla, lo que endurece todavía más la masa impactada y empeora el cuadro (Reimers, 2017, pág. 97-98). Este ciclo (retención, estreñimiento, dolor, más retención) es justo lo que hay que romper, y por qué el punto de partida del tratamiento retentivo nunca es la conducta: es ablandar las heces primero.

    A nivel mundial, la prevalencia del estreñimiento funcional en niños ronda el 9,5% (rango 0,5% a 32,2% según el país), sin diferencias entre niños y niñas (Koppen et al., 2018). En Europa, la cifra sube a 11,4% entre los 4 y los 18 años (Bloem et al., 2025).

    ¿Y la encopresis no retentiva? Un mecanismo distinto de fondo

    En la encopresis no retentiva no hay estreñimiento: las heces son de consistencia y frecuencia normales, y el niño las deposita en un lugar que no corresponde (la ropa, un rincón de la casa) en vez del baño. No hay masa fecal, no hay dolor al defecar, no hay megarrecto.

    Lo que suele haber es un problema de aprendizaje y de contingencias. El niño no quiere interrumpir lo que está haciendo para ir al baño, o le genera rechazo el ambiente del baño (le da vergüenza usarlo fuera de casa, o tuvo un entrenamiento de esfínteres rígido y punitivo que lo volvió una lucha de poder con sus padres). Evitar el baño le evita esa molestia de inmediato, y esa evitación se mantiene sola con el tiempo (Reimers, 2017, pág. 95-97, 101-102).

    También hay un componente emocional real. Entre el 30% y el 50% de los niños con incontinencia fecal no retentiva cumple criterios de algún trastorno psiquiátrico: sobre todo TDAH y trastorno oposicionista desafiante, y en menor medida cuadros de ansiedad (von Gontard et al., 2026). Un estudio poblacional inglés con más de 8.000 niños encontró que los que se ensuciaban tenían, según sus propios padres, más problemas de atención, más conductas oposicionistas y más obsesiones o compulsiones que los que no; y ellos mismos reportaban más participación en bullying, tanto como víctimas como agresores (Joinson et al., 2006). El mismo estudio encontró TDAH en el 9,2% de los niños con encopresis y trastorno oposicionista en el 11,9% (Joinson et al., 2006).

    A veces también aparece después de un periodo en que el niño ya controlaba bien esfínteres: la llegada de un hermano, una separación, un cambio de colegio o una mudanza pueden gatillar una regresión (Reimers, 2017, pág. 92, 112). No es que el niño “elija” ensuciarse para llamar la atención; es una respuesta a estrés que se instala como hábito.

    Diferencia entre encopresis retentiva y no retentiva: cómo distinguir un tipo del otro

    Antes de decidir cualquier tratamiento, conviene tener claro cuál de los dos está pasando. Esta tabla resume las diferencias clínicas más útiles (adaptada de Reimers, 2017, pág. 92-95, sobre la clasificación de von Gontard, 2012):

    Encopresis retentiva Encopresis no retentiva
    Frecuencia en el inodoro Baja: días sin ir Normal, va casi a diario
    Consistencia de las heces Dura o, en los escapes, muy blanda/líquida Normal
    Masa fecal al examen o ecografía Presente Ausente
    Dolor al defecar Frecuente Poco frecuente
    Diámetro del recto Aumentado (megarrecto) Normal
    Responde a laxantes Sí, es indispensable No, puede empeorar

    El diagnóstico lo confirma un pediatra (a veces con una ecografía o un examen abdominal), como recomienda la Asociación Española de Pediatría para descartar causas orgánicas antes de iniciar cualquier tratamiento. Esta tabla ya orienta bastante: si tu hijo pasa varios días sin ir al baño, se queja de dolor al evacuar y de repente aparecen manchas líquidas en la ropa interior, probablemente es retentiva. Si va casi todos los días con heces normales pero de vez en cuando “se hace” en un lugar que no es el baño, es más probable que sea no retentiva.

    El tratamiento de la encopresis retentiva, paso a paso

    Cuando hay estreñimiento de base, el tratamiento conductual solo no alcanza: hay que resolver primero lo físico. La guía conjunta de las sociedades europea y norteamericana de gastroenterología pediátrica lo deja claro: primero se ablandan las heces, después se trabaja el hábito (Tabbers et al., 2014).

    1. Desimpactación. El pediatra evalúa si hay una masa fecal impactada y, si la hay, la retira con dosis altas de polietilenglicol (PEG) por unos días, o con enemas. Sin este paso, cualquier programa conductual está condenado a fallar, porque el niño va a seguir evitando el dolor (Reimers, 2017, pág. 98, 120-121).

    2. Mantenimiento con laxante. Después de la desimpactación, el niño sigue tomando un ablandador diario (el PEG es el más usado) para mantener las heces con consistencia de “puré”, sin dolor. Una revisión Cochrane sobre 25 ensayos con más de 2.300 niños encontró que el PEG aumenta en promedio 2,6 deposiciones por semana frente a placebo (Gordon et al., 2016); según la guía europea y norteamericana, el efecto se revisa a las dos semanas para ajustar la dosis, el tratamiento se mantiene al menos dos meses, y el retiro gradual empieza solo cuando el niño lleva al menos un mes sin síntomas de estreñimiento (de Geus et al., 2023). La dosis la decide el pediatra según el peso del niño; no conviene ajustarla ni suspenderla por cuenta propia.

    3. Sentadas programadas. Después de cada comida principal, el niño se sienta en el inodoro entre 5 y 10 minutos, aprovechando que comer activa el reflejo que mueve el intestino. No conviene alargarlo más: sentarlo por la fuerza más de 10 minutos genera rechazo y no mejora los resultados (Reimers, 2017, pág. 112, 133-134).

    4. Un simple taburete bajo los pies. Si los pies del niño quedan colgando, el cuerpo tensa sin querer los músculos que debería relajar para evacuar. Un banquito que le apoye los pies (y lo deje en cuclillas) hace una diferencia real en la mecánica de la defecación (Reimers, 2017, pág. 125).

    5. Registro diario. Los padres anotan si hubo deposición en el inodoro, si hubo escape, y la consistencia de las heces. Sirve para que el pediatra ajuste la dosis del laxante y para que el psicólogo vea si el programa está funcionando (Reimers, 2017, pág. 119, 128, 138).

    6. Sistema de fichas. El niño gana fichas (o un premio pequeño envuelto) por sentarse cooperando, por defecar en el inodoro y, sobre todo, por reconocer sus propias señales corporales e ir al baño por su cuenta. La regla es que las fichas nunca se quitan como castigo por un accidente (Reimers, 2017, pág. 134-140).

    Sobre qué tan bien funciona esta combinación: un ensayo clínico que siguió a 87 niños con encopresis crónica durante un año encontró que agregar un programa de entrenamiento en el baño a la terapia médica intensiva subió la tasa de mejoría del 45% al 78% (Borowitz et al., 2002). Otro ensayo, con 134 niños holandeses, no encontró diferencias significativas entre terapia conductual y tratamiento convencional en la tasa de éxito del estreñimiento (51% frente a 62%), pero sí menos problemas de conducta en el grupo que recibió terapia conductual (12% frente a 29% a los 6 meses); los autores concluyen que, cuando hay problemas de conducta asociados, vale la pena sumar esa terapia o derivar a salud mental (van Dijk et al., 2008).

    Tratamiento de la encopresis no retentiva: por qué el laxante no es la respuesta aquí

    Este es el punto donde más se equivocan los tratamientos improvisados: si el niño no tiene estreñimiento, darle un laxante no corrige nada. Al contrario, ablanda unas heces que ya eran normales y puede aumentar los escapes (Reimers, 2017, pág. 95, Tabla 3.1). La International Children’s Continence Society lo confirma en sus recomendaciones: en la incontinencia fecal no retentiva, el manejo pasa por educación, un enfoque no acusatorio y un programa de baño con diario y refuerzos, prestando atención especial a los problemas psicosociales o conductuales de fondo (Koppen et al., 2016).

    El esqueleto conductual se parece al de la encopresis retentiva (sentadas después de las comidas, taburete, sistema de fichas), pero cambia el énfasis:

    • Se elimina el laxante por completo. No hay masa que ablandar.
    • El foco pasa a “escuchar al cuerpo”. Aquí no hay dolor que evitar: lo que se entrena es que el niño reconozca la sensación de ganas y actúe antes de que sea tarde. Las fichas premian especialmente ir al baño por iniciativa propia, sin que se lo recuerden (Reimers, 2017, pág. 148-149).
    • Se revisa qué está reforzando el escape. A veces ensuciarse le permite seguir jugando sin interrupción; a veces el drama familiar que se arma alrededor (aunque sea en forma de reto) termina siendo la atención que el niño busca. Cambiar esas contingencias es parte central del trabajo.
    • Se trata la comorbilidad si existe. Si hay TDAH, ayuda apoyarse en recordatorios visuales o alarmas para compensar el olvido. Si hay conducta oposicionista, suele convenir sacar a los padres del rol de “hacer cumplir” y traspasar la responsabilidad al propio sistema de fichas, para que dejar de pelear por el baño (Reimers, 2017, pág. 148, 174-175).

    La revisión Cochrane sobre intervenciones conductuales para la incontinencia fecal infantil (21 ensayos, más de 1.300 niños) encuentra que sumar modificación de conducta a lo convencional reduce los episodios de ensuciamiento, aunque advierte que la calidad de la evidencia en el subtipo no retentivo específicamente sigue siendo escasa (Brazzelli et al., 2011). Reimers (2017) resume el resultado esperado con una frase útil: acá no hay un “componente físico rápido” que resolver con un medicamento, así que la mejora suele ser más lenta y más ligada a cómo evoluciona la familia y la comorbilidad, si la hay.

    Cuánto tarda la mejora y qué tan bien funciona cada enfoque

    Es razonable preguntarse cuánto hay que sostener esto antes de ver resultados, porque las primeras semanas suelen sentirse iguales de frustrantes en ambos tipos.

    En la encopresis retentiva, con la desimpactación y el ablandador ya funcionando, los escapes suelen empezar a bajar en 2 a 4 semanas, y la resolución más estable se ve entre las 8 semanas y los 3 a 6 meses de tratamiento sostenido. Una revisión de tratamientos con apoyo empírico citada por Reimers (2017) sitúa la eficacia del abordaje combinado (médico más conductual) entre el 70% y el 85% de los casos.

    Si se mide la recuperación completa, y no solo la mejoría, los plazos se alargan. Contando los dos subtipos juntos, una revisión clásica sitúa la recuperación entre el 30% y el 50% al año, y entre el 48% y el 75% a los cinco años, aunque casi todos los niños mejoran mucho bastante antes (Loening-Baucke, 2002). Por eso conviene pensar en este tratamiento en meses y no en semanas.

    En la no retentiva, al no haber un componente físico que un medicamento resuelva rápido, los tiempos son más variables y en general más largos: el pronóstico depende bastante de si hay o no un trastorno de conducta o de atención de base, y de qué tan consistente sea la familia con el programa. Vale la pena decirlo con franqueza: la mayoría mejora, pero no siempre de forma lineal, y son esperables recaídas puntuales en el camino.

    A largo plazo, las cifras son alentadoras para el estreñimiento infantil en general: un seguimiento de 401 niños durante 11 años encontró buen resultado clínico en el 80% a los 16 años y en el 75% ya en la adultez (Bongers et al., 2010). El mismo estudio encontró que empezar el tratamiento tarde y demorar en consultar empeora el pronóstico, lo que es un argumento más para no esperar “a ver si se le pasa solo”.

    El error que retrasa todo: tratar el escape como una falta

    Tanto Reimers (2017) como los documentos de consenso de la ICCS son categóricos en un punto: nunca hay que retar, castigar ni humillar al niño por un escape. Esto vale para los dos subtipos, pero es especialmente importante tenerlo claro porque la tentación de “hacerlo entender a la fuerza” aparece justo cuando los padres ya están agotados.

    Hay razones concretas para evitarlo. El miedo al reto hace que el niño esconda la ropa sucia, mienta sobre los accidentes o intente retener todavía más para no ser descubierto, lo que en la encopresis retentiva empeora directamente la impactación (Reimers, 2017, pág. 101, 110, 120). Además, buena parte de los escapes son literalmente involuntarios (el niño no siente el recto lleno, o el rebosamiento ocurre sin que se dé cuenta), así que retarlo por algo que no controla no cambia la conducta, solo agrega vergüenza.

    Lo que sí funciona, y que a veces se confunde con un castigo sin serlo, es que el niño se haga cargo de su higiene después de un accidente: lavarse, cambiarse de ropa y enjuagar lo que se ensució. La diferencia está en cómo se hace: de forma neutra, sin sermones ni enojo, presentándolo como parte normal de la rutina y no como una consecuencia por portarse mal (Reimers, 2017, pág. 125-131). Cuando esa misma tarea se hace con gritos o reproches, deja de ser entrenamiento y se convierte en castigo, con todos los efectos contrarios que eso trae.

    Cuándo conviene buscar ayuda profesional

    Conviene consultar con el pediatra si tu hijo tiene más de 4 años y presenta episodios de ensuciamiento al menos una vez al mes durante 3 meses o más, si se queja de dolor al defecar, si pasan varios días sin ir al baño, o si notas manchas en la ropa interior que no puede explicar (los criterios detallados están en la ficha de encopresis de MedlinePlus, el servicio de información médica de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU.).

    Sumar a un psicólogo tiene sentido en varias situaciones: cuando la encopresis es no retentiva (porque ahí el trabajo conductual y emocional es el tratamiento principal, no un complemento), cuando hay señales de ansiedad, retraimiento social o baja autoestima asociadas al problema, cuando aparece junto con TDAH o conducta oposicionista, o simplemente cuando la familia lleva meses probando por su cuenta sin ver avances. Ninguno de los dos caminos (médico o psicológico) sustituye al otro: en la práctica casi siempre se necesitan los dos coordinados.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la encopresis? Depende del subtipo. En la retentiva, los primeros avances suelen verse en 2 a 4 semanas y la resolución más estable entre 2 y 6 meses. En la no retentiva, al no haber un componente médico que actúe rápido, el proceso suele ser más lento y ligado a la comorbilidad y a la consistencia familiar con el programa.

    ¿Los laxantes sirven para la encopresis no retentiva? No. Como no hay estreñimiento de base, ablandar las heces con un laxante no corrige el problema y puede aumentar los escapes. En este subtipo el tratamiento es conductual: rutina, refuerzo positivo y, si hace falta, tratar el problema emocional o de atención que tenga de fondo.

    ¿Cómo sé si la encopresis de mi hijo es retentiva o no retentiva? El dato más útil es la frecuencia y la consistencia: si va poco al baño, se queja de dolor y aparecen manchas líquidas, probablemente es retentiva. Si va casi a diario con heces normales, es más probable que sea no retentiva. El diagnóstico definitivo lo confirma un pediatra, a veces con un examen abdominal o ecografía.

    ¿La encopresis se cura sola con la edad? En muchos casos mejora con el tiempo, pero esperar sin tratar retrasa la solución y aumenta el desgaste emocional del niño. Un seguimiento a largo plazo mostró que empezar tarde el tratamiento se asocia a peor pronóstico, así que consultar antes ayuda, no perjudica.

    ¿Cuándo hay que llevar a un niño con encopresis al psicólogo? Cuando el subtipo es no retentivo, cuando hay ansiedad, aislamiento social o baja autoestima asociados, cuando coexiste con TDAH o conducta oposicionista, o cuando la familia ya probó por su cuenta durante varios meses sin resultados. El acompañamiento psicológico funciona junto con el pediatra, no en su reemplazo.

    Para cerrar

    La encopresis genera mucha culpa, tanto en los padres como en el niño, y buena parte de esa culpa viene de tratar el problema como si fuera uno solo cuando en realidad son dos caminos distintos. Saber si hay estreñimiento de fondo o no cambia por completo lo que hay que hacer: en un caso el laxante es indispensable, en el otro puede ser contraproducente. Lo que sí es igual en ambos: nada de retos, un plan sostenido en el tiempo y acompañamiento profesional cuando la familia ya no da más sola. Si llevas meses probando cosas sueltas sin ver avances, agenda una hora: con el diagnóstico correcto, este es un problema que tiene solución.

    Referencias

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  • Control de Esfínteres: A Qué Edad y Cómo Empezar

    Control de Esfínteres: A Qué Edad y Cómo Empezar

    Tu hijo cumplió dos años y alguien ya preguntó si “sigue con pañal”. En el jardín piden que llegue sin pañal en marzo.

    La vecina sacó el pañal a los 18 meses y le fue perfecto; tu cuñada esperó hasta los tres y también.

    Y en internet conviven los que prometen “en tres días” con los que dicen que hay que esperar a que el niño lo pida solo.

    Este artículo ordena lo que se sabe de verdad sobre el control de esfínteres en niños:

    • a qué edad ocurre en la práctica (con cifras, no con promedios de folleto)
    • qué señales indican que un niño está listo
    • si empezar temprano ayuda o perjudica
    • cómo hacerlo paso a paso
    • cuáles son los errores que más alargan el proceso
    • qué hacer cuando se niega a hacer caca en el baño
    • cuándo lo que pasa merece una consulta

    Respuesta corta: la mayoría de los niños tiene la madurez para empezar a controlar esfínteres entre los 18 y los 30 meses, y termina el control diurno entre los dos años y medio y los tres y medio.

    Empezar no es sacar el pañal: es presentar la pelela y observar señales (avisa, aguanta dos horas seco, le molesta el pañal sucio, se baja los pantalones).

    Esperar más allá de los dos años y medio para empezar se asocia con más escapes de orina en edad escolar, y presionar o castigar se asocia con más rechazo y más enuresis. El control de noche es otro proceso, llega después y puede tardar años.

    Control de esfínteres: ¿a qué edad se logra en los niños?

    Entre los 18 y los 30 meses la mayoría de los niños alcanza la madurez cognitiva, fisiológica y emocional necesaria, y antes de los 18 meses no es esperable.

    Así lo resume la norma técnica chilena de supervisión de salud de 0 a 9 años (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223), y coincide con la revisión clínica de la Academia Estadounidense de Médicos de Familia: la mayoría de los niños está fisiológica, cognitiva y emocionalmente listo entre los 18 y los 30 meses (Baird, Bybel y Kowalski, 2019).

    Ojo con la diferencia entre “listo para empezar” y “terminado”. En un seguimiento de 380 niños desde los 17 meses, la edad media a la que completaron el control diurno fue 36,8 meses, con un rango enorme: de los 22 a los 54 meses (Blum, Taubman y Nemeth, 2004b).

    En Brasil, con 372 familias entrevistadas, la edad media de término fue 31,6 meses, igual en niños y niñas (Bastos et al., 2021). Y la plataforma Chile Crece Contigo lo dice sin rodeos: la mayoría deja los pañales en torno a los 3 años, y no se considera un problema si lo hace antes de los 4 o 5 (Chile Crece Contigo, s.f.).

    Así que cuando alguien busca “control de esfínteres a qué edad”, la respuesta honesta es una ventana, no una fecha: se empieza entre el año y medio y los dos y medio, y se termina, de día, entre los dos y medio y los tres y medio. Un niño de 3 años con pañal de día no está atrasado. Uno de 4 que no avanza sí merece que alguien lo mire.

    Dos datos más para bajar la ansiedad

    Primero, el orden. Según la norma chilena, en general primero se controla la vejiga de día, después el intestino, y el control nocturno llega al final y con un margen enorme: desde casi al mismo tiempo que el diurno hasta algunos años después (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223).

    Segundo, la tendencia: en casi todos los países los niños terminan más tarde que hace una o dos generaciones, en parte porque los pañales desechables son cómodos y en parte porque las expectativas cambiaron (Mota y Barros, 2008).

    En un seguimiento de 406 niños, los tres factores que más explicaban esa demora fueron empezar más tarde, el rechazo a defecar en el baño y el estreñimiento frecuente (Blum, Taubman y Nemeth, 2004a). Tu mamá te sacó el pañal antes porque lavaba pañales de tela. Eso no la hace mejor madre ni a ti peor.

    ¿Cómo saber si está listo? Las señales de preparación

    La literatura describe 21 señales distintas y no hay consenso sobre cuáles ni cuántas hacen falta. Una revisión sobre las señales de preparación concluyó exactamente eso: según la señal que se elija, el momento “correcto” para empezar puede variar mucho (Kaerts, Van Hal, Vermandel y Wyndaele, 2012).

    Por eso conviene mirar varias a la vez, no esperar a que aparezca “la” señal.

    Las que más se repiten en las guías clínicas (Baird, Bybel y Kowalski, 2019) y en la orientación chilena para familias (Chile Crece Contigo, s.f.) son:

    • Aguanta seco al menos dos horas, o se despierta seco de la siesta. Es la señal de que la vejiga ya retiene y de que el cerebro empieza a registrar la sensación de “lleno”.
    • Le molesta el pañal mojado o sucio: lo avisa, se lo quiere sacar, se lo toca.
    • Avisa antes o mientras hace pipí o caca, con palabras (“pipí”, “caca”) o con gestos y posturas reconocibles (se agacha, se esconde, se queda quieto).
    • Puede bajarse y subirse los pantalones, sentarse en la pelela y levantarse, con o sin ayuda.
    • Sigue instrucciones simples de uno o dos pasos y tiene lenguaje suficiente para decir que quiere o no quiere.
    • Imita lo que hacen los adultos y los hermanos en el baño, y muestra curiosidad.
    • Quiere hacerlo: pide ir, se sienta solo, se interesa por la pelela o el baño.

    No hace falta que estén todas. Si ves cuatro o cinco de estas señales de forma estable durante un par de semanas, el momento de empezar ya llegó, tenga 20 meses o 30. Si no ves casi ninguna, forzar el inicio solo alarga el proceso, como veremos enseguida.

    ¿Es mejor empezar temprano o esperar? Lo que dicen los estudios

    Ni lo uno ni lo otro en su versión extrema. Los datos apuntan a una ventana, y a que salirse de ella por arriba tiene más costo que por abajo.

    El mito del “cuanto antes, mejor”

    Empecemos por el mito de “cuanto antes, mejor”. Un equipo de pediatras siguió a 378 niños desde los 17 meses, cada dos o tres meses por teléfono, hasta que completaron el control diurno.

    Empezar el entrenamiento intensivo más temprano (pedirle al niño sentarse en el baño más de tres veces al día) se asoció con terminar antes, pero también con un proceso más largo; y por debajo de los 27 meses la edad de inicio dejó de tener relación con la edad de término.

    Los autores concluyen que empezar el entrenamiento intensivo antes de los 27 meses tiene poco beneficio para la mayoría de los niños (Blum, Taubman y Nemeth, 2003). El mismo estudio trae un dato tranquilizador para quienes empezaron temprano: empezar antes no se asoció con más estreñimiento, más retención ni más rechazo a defecar en el baño.

    El otro extremo: esperar a que lo pida

    Ahora el otro extremo, el “ya lo hará cuando quiera”. En Inglaterra siguieron a más de 8.000 niños de la cohorte ALSPAC desde el nacimiento. Comparados con los que empezaron entre los 15 y los 24 meses, los que empezaron después de los 24 meses tenían cerca de un 50 % más de probabilidad (razones de probabilidad de 1,47 a 1,52) de mojarse de día de forma persistente, de adquirir tarde el control diurno o de recaer entre los 4 años y medio y los 9, incluso ajustando por sexo, retraso del desarrollo, temperamento difícil y depresión de la madre (Joinson et al., 2009).

    Un metaanálisis de 10 estudios con 24.121 participantes de 5 a 17 años fue en la misma dirección: los que empezaron más jóvenes tuvieron menos disfunción del tracto urinario inferior en edad escolar (razón de probabilidades de 0,71, cerca de un 30 % menos), independientemente del método, y empezar antes de los 24 meses se asoció con una razón de 0,77.

    Los autores lo presentan como hallazgo preliminar, porque ninguno de los estudios era un ensayo aleatorizado (Li et al., 2020).

    ¿Y la enuresis, el mojar la cama de noche?

    Una revisión sistemática de ocho estudios con 5.990 niños y adolescentes encontró que siete de los ocho asociaban el uso prolongado de pañal desechable por más de un año, el inicio tardío, los métodos coercitivos y terminar después de los 24 meses con más riesgo de enuresis nocturna; uno no encontró relación entre empezar después de los 24 meses y la enuresis aislada (Carvalho et al., 2022).

    Vale decir también que el estudio brasileño que citamos antes no encontró relación entre la edad de término y los síntomas urinarios o el estreñimiento (Bastos et al., 2021). Los datos no son unánimes, pero el peso de la evidencia apunta a que empezar tarde tiene un costo y empezar temprano no lo tiene, siempre que “empezar” no signifique presionar.

    Todo esto se resume en una regla práctica:

    • Presenta la pelela y las rutinas alrededor de los 18 a 24 meses, sin exigir nada.
    • Pasa al entrenamiento propiamente tal cuando aparezcan las señales, lo que suele ocurrir entre los 2 y los 2 años y medio.
    • Si a los 30 meses no has empezado, empieza igual, con calma, sin esperar a que tu hijo “lo pida”.

    Cómo enseñar a ir al baño: el método paso a paso

    Hay dos grandes escuelas y ninguna ha demostrado ser mejor que la otra. La primera es el enfoque orientado al niño que describió Brazelton en 1962: se introduce la pelela de forma gradual, se sigue el ritmo del niño y se evita cualquier presión (Brazelton, 1962).

    La segunda es el método conductual estructurado de Foxx y Azrin (1973), popularizado en el libro Toilet Training in Less Than a Day: sesiones intensivas, mucho líquido, práctica repetida y refuerzo inmediato (Azrin y Foxx, 1974).

    Una revisión sistemática sobre métodos de entrenamiento en niños con desarrollo típico encontró que los dos enfoques nunca se compararon cabeza a cabeza; los niños entrenados con el método estructurado empezaban antes pero terminaban a la misma edad, y en los pocos estudios que informaron tasas de éxito el enfoque orientado al niño salió mejor (de Carvalho Mrad et al., 2021).

    La norma chilena toma partido en la práctica: reconoce que ningún método es superior, pero privilegia el enfoque centrado en el niño, con refuerzo positivo, sin castigos y respetando dónde y en qué quiere hacer el niño (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223).

    Con esa base, esto es lo que funciona en la mayoría de las casas

    1. Pelela a la vista, sin obligación. Ponla en el baño (o donde pase el día) y deja que la explore, se siente vestido, la use de silla. Nombra lo que es. Durante un par de semanas no hay meta.
    2. Rutina de sentarse. Cuando aparezcan las señales, invítalo a sentarse en momentos predecibles: al despertar, después de las comidas, antes de salir, antes de dormir. Cinco minutos, con los pies apoyados, con un libro si quiere. Si no sale nada, se levanta y listo; “lo intentamos después”.
    3. Ropa fácil y días en casa. Pantalones con elástico, nada de botones ni bodies. Los primeros días conviene hacerlos en casa, con tiempo, y sin pañal durante el día para que sienta el escape. El pañal del día se va cuando el niño ya está avisando y llegando la mayoría de las veces, no antes.
    4. Elogia el intento, no solo el resultado. “Fuiste a la pelela solo” vale tanto como “hiciste pipí”. El refuerzo funciona cuando es inmediato y específico; los premios grandes (juguetes, pantallas) tienden a convertirse en negociación.
    5. Los accidentes se limpian sin comentario. Un “no importa, la próxima vez a la pelela” y a cambiarse. Nada de retos, caras ni suspiros. Puedes pedirle que ayude a llevar la ropa al canasto, sin convertirlo en castigo.
    6. La caca puede ir a su ritmo. Muchos niños controlan el pipí semanas o meses antes que la caca. Si pide pañal para hacer caca, dáselo: mejor que retenga poco a que retenga mucho. En la sección sobre el rechazo a defecar volvemos sobre esto.
    7. La noche se deja para después. Hasta que despierte seco varias mañanas seguidas, el pañal de noche sigue. Es otro proceso.

    ¿Cuánto tarda?

    Depende de cómo se cuente. En un ensayo aleatorizado en guarderías de Bélgica, un entrenamiento intensivo en grupos pequeños (dos horas en dos días seguidos) redujo la mediana de duración del control diurno de 5 semanas a 2 (Van Aggelpoel et al., 2021).

    En casa, con un niño que ya muestra señales, contar entre dos semanas y dos meses hasta que llegue solo la mayoría de las veces es razonable. Si vas en el mes tres sin ningún avance, algo del punto de partida no estaba (las señales, el momento familiar, el estreñimiento) y conviene pausar antes que insistir.

    Los errores que más alargan el proceso

    Castigar, retar o avergonzar

    Es el único punto en que todas las fuentes coinciden. Chile Crece Contigo lo escribe sin matices: el reto, el castigo o la violencia provocan el efecto contrario (Chile Crece Contigo, s.f.).

    La revisión sobre enuresis lo cuantifica desde el otro lado: los métodos coercitivos aparecen entre los factores asociados a mojar la cama años después (Carvalho et al., 2022). Un niño castigado por un escape aprende a esconderse, no a avisar.

    Empezar en medio de un cambio

    Nacimiento de un hermano, mudanza, entrada al jardín, separación de los padres, una hospitalización.

    Butler, en su revisión sobre la enuresis, recoge el estudio longitudinal de Douglas con 4.500 niños: los que vivieron cuatro o más eventos estresantes entre los 3 y los 4 años (una separación de la madre de al menos un mes, el nacimiento de un hermano, una mudanza, un ingreso al hospital, entre otros) tenían el doble de probabilidad de ser enuréticos (Butler, 1987, p. 23).

    Si el cambio ya está encima, espera un mes o dos a que la casa se asiente.

    Regular tú la vejiga de tu hijo

    Preguntarle cada media hora si quiere ir, llevarlo al baño “por si acaso” diez veces al día, celebrar en exceso.

    Butler cita el estudio de Christmanson y Lisper, que encontró más enuresis en los niños cuyos padres regulaban la frecuencia de la orina antes de que el niño lo hiciera, y una pregunta que vale la pena hacerse: cuando le pregunto si quiere ir al baño, ¿respondo a su necesidad de orinar o a mi necesidad de que aprenda? (Butler, 1987, pp. 38-39).

    El objetivo es que el niño reconozca la señal de su cuerpo, y eso solo se aprende sintiéndola.

    Usar palabras negativas para la caca

    Parece un detalle y no lo es.

    En un ensayo aleatorizado con 406 niños de 17 a 19 meses, a la mitad de los padres se les pidió evitar términos negativos para las heces (“cochino”, “asqueroso”, “fuchi”) y elogiar al niño cuando hacía caca en el pañal, antes de empezar el entrenamiento.

    No bajó la cantidad de niños que después rechazaron hacer caca en el baño (26 % contra 23 %), pero sí acortó ese rechazo (5,2 meses contra 7,6) y adelantó el término del entrenamiento en tres meses (Taubman, Blum y Nemeth, 2003).

    La caca no es sucia ni mala; es algo que el cuerpo hace y que ahora aprende a hacer en otro lugar.

    Ignorar el estreñimiento

    Un niño que hace caca dura o le duele va a evitar hacerla, en la pelela o en cualquier parte. Y esto no es consecuencia del entrenamiento: en el seguimiento de Blum y colaboradores, en el 93 % de los niños que tenían rechazo a defecar y deposiciones duras, el estreñimiento apareció antes que el rechazo (Blum, Taubman y Nemeth, 2004b).

    Si tu hijo hace deposiciones duras, grandes o con dolor, eso se trata primero (con el pediatra) y el entrenamiento viene después.

    Comparar y apurar por el calendario

    “En el jardín exigen sin pañal en marzo” es real, y los jardines tienen un papel cada vez mayor en este proceso. Pero un niño que entra sin señales y con presión suele terminar con más escapes, no con menos. Conversa con la educadora: la mayoría acepta un plan gradual si ve que la familia está trabajando en ello.

    ¿Y si no quiere hacer caca en el baño?

    Es tan común que tiene nombre propio en la literatura: stool toileting refusal, rechazo a defecar en el baño. El niño ya hace pipí en la pelela, pero para la caca pide pañal, se esconde detrás del sillón o simplemente aguanta.

    En el primer estudio prospectivo que lo describió, con 482 niños, le pasó al 22 %: uno de cada cinco (Taubman, 1997). En el seguimiento posterior del mismo equipo fue el 24,4 % (Blum, Taubman y Nemeth, 2004b).

    Y en un estudio reciente con 1.218 niños sanos de guarderías en Flandes, el 23,6 % rechazó hacer caca en la pelela, el 13 % se escondía para hacerla y el 9,7 % pedía pañal (Naenen et al., 2025). Si a tu hijo le pasa, no es raro ni es un problema de conducta: es lo más frecuente que puede complicar el control de esfínteres.

    La relación con el estreñimiento

    Lo que sí importa es la relación con el estreñimiento. En el estudio belga, los niños que pedían pañal tenían 2,8 veces más probabilidad de estreñimiento funcional; los que rechazaban, 3,2 veces; los que se escondían, 3,7 veces (Naenen et al., 2025). Y Taubman encontró que el 80 % de los niños que retenían deposiciones eran rechazadores (Taubman, 1997).

    El círculo es simple de entender: le duele, aguanta; aguanta, la caca se endurece; se endurece, le duele más. Si además le sacas el pañal, el único lugar “seguro” que le quedaba desaparece.

    Qué hacer, en orden

    1. Devuélvele el pañal para la caca, sin drama. Pide pañal, se le pone, hace caca, se cambia, y sigue con el pipí en la pelela. En el estudio de Taubman, cuando se interrumpió el entrenamiento y los niños volvieron al pañal, 24 de 27 empezaron solos a usar el baño para hacer caca en menos de tres meses (Taubman, 1997).
    2. Acércalo de a poco. Que haga caca con pañal, pero sentado en la pelela; después, con el pañal suelto; después, sin pañal. Cada paso puede tomar semanas.
    3. Trata el estreñimiento con el pediatra. Fibra y agua ayudan, pero si ya hay retención y dolor suele hacer falta un laxante osmótico indicado por el médico. Sin deposiciones blandas no hay entrenamiento posible.
    4. Cuidado con los escapes de caca. Manchas en la ropa interior o escapes líquidos en un niño que “no hace caca” suelen ser escurrimiento por impactación fecal, no un nuevo síntoma conductual. La norma chilena lo describe como la causa más probable en un niño con historia de estreñimiento, y requiere tratamiento de desimpactación indicado por el médico de atención primaria (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223).

    Dos antecedentes que aparecieron en los estudios y que conviene tener en cuenta: el rechazo fue más frecuente cuando había hermanos menores y cuando los padres describían dificultades para poner límites (Taubman, 1997). Si ese segundo punto te suena, la guía sobre cómo poner límites a los niños sin gritos ni castigos va por el mismo camino que este artículo.

    ¿Qué hacer si ya controlaba y retrocede?

    Primero, mirar el calendario. La mayoría de las regresiones coincide con un cambio: nació un hermano, empezó el jardín, hubo una mudanza, una enfermedad, una pelea grande en la casa.

    Butler, en su revisión, lo plantea así: la ansiedad alta interfiere con la adquisición del control de esfínteres, y en niños que lo habían logrado de forma todavía frágil, un periodo de mucha tensión familiar puede hacer que esa habilidad se desarme (Butler, 1987, pp. 37-38).

    En la cohorte inglesa, los niños que habían empezado tarde tenían también más probabilidad de recaer en el mojarse de día (Joinson et al., 2009).

    Segundo, descartar lo físico. Un retroceso brusco, con escapes frecuentes, urgencia o dolor al orinar, puede ser una infección urinaria; un retroceso con manchas de caca, estreñimiento. Los dos se resuelven en el consultorio.

    Tercero, bajar la exigencia sin devolver todo. Chile Crece Contigo recomienda, si las dificultades persisten, volver al pañal y reintentar más adelante en vez de insistir (Chile Crece Contigo, s.f.).

    A veces basta con retomar la rutina de sentarse y aflojar la presión; otras, un par de semanas de pañal calman a todos y el niño vuelve solo. Lo que no funciona es interpretar el retroceso como una provocación. Un niño de dos o tres años no se hace pipí encima para molestar; se hace pipí encima porque algo lo desbordó.

    ¿Y de noche? Por qué es otro proceso

    El control nocturno es el último en instalarse, y su momento varía muchísimo: desde casi al mismo tiempo que el diurno hasta algunos años después (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223). No depende de que el niño “aprenda”, sino de que durante el sueño se despierte con la vejiga llena o de que produzca menos orina de noche, y eso madura a su ritmo.

    Por eso la enuresis nocturna no se considera un problema clínico antes de los 5 años (Reimers, 2016).

    En la práctica: cuando el pañal de la noche amanezca seco varias veces seguidas, prueba sin él, con protector de colchón y sin hacer un tema de los escapes.

    Si con 5 o 6 años sigue mojando la cama con frecuencia, hay tratamientos eficaces (la alarma de enuresis, principalmente) que explicamos en nuestra guía sobre el tratamiento de la enuresis, y que no tienen nada que ver con cómo se hizo el control diurno.

    Cuándo consultar por el control de esfínteres

    Nada de esto necesita un especialista en la mayoría de las familias: el control de salud del CESFAM es el lugar para conversar el tema, y la norma chilena recomienda que los equipos informen a los padres sobre las señales de preparación antes de que el proceso empiece (Ministerio de Salud de Chile, 2021, p. 223). Conviene consultar sin esperar al siguiente control si:

    • Tiene 4 años y no controla de día, o tiene 3 años y medio y no ha habido ningún avance con un intento razonable. Taubman ya proponía la consulta pediátrica para los niños sin control a los 42 meses, porque a esa edad el tema se vuelve fuente de conflicto familiar (Taubman, 1997).
    • Retiene la caca, hace deposiciones duras o con dolor, o mancha la ropa interior. Es estreñimiento hasta que se demuestre lo contrario, y se trata.
    • Retrocedió de golpe después de meses seco, sobre todo con urgencia, dolor o fiebre.
    • Se moja de día en edad escolar (5 años o más), con o sin enuresis nocturna. Los escapes diurnos persistentes a esa edad merecen evaluación, y son justamente los que se asociaron con el inicio tardío en la cohorte inglesa (Joinson et al., 2009).
    • Hay una condición del desarrollo (autismo, síndrome de Down, parálisis cerebral, retraso global). El proceso es posible pero suele ser más largo y requiere apoyo temprano de terapia ocupacional o del equipo tratante (Baird, Bybel y Kowalski, 2019).
    • El baño se convirtió en una guerra. Si cada intento termina en llanto, gritos o castigos, si tú o tu pareja están al límite, o si el niño muestra miedo al baño, hace falta ayuda para desarmar la pelea, más que otro método. Ahí sí entra un psicólogo infantil.

    Si estás en ese último punto, o simplemente quieres revisar cómo lo están haciendo antes de que el jardín apriete, puedes agendar una consulta. Una sesión con los padres suele bastar para ordenar el plan, identificar qué lo está trabando y devolverle al niño algo que en el fondo quiere: sentir que manda sobre su propio cuerpo.

    Preguntas frecuentes

    ¿A qué edad se controlan los esfínteres?

    La mayoría de los niños está listo para empezar entre los 18 y los 30 meses y termina el control diurno entre los 2 años y medio y los 3 y medio. En los estudios de seguimiento, la edad media de término fue de 31,6 meses en Brasil y 36,8 meses en Estados Unidos, con un rango de 22 a 54 meses. El control nocturno llega después y puede tardar años.

    ¿Cómo saber si mi hijo está listo para dejar el pañal?

    Cuando aguanta seco al menos dos horas, le molesta el pañal sucio, avisa con palabras o gestos, puede bajarse los pantalones y sentarse en la pelela, sigue instrucciones simples y muestra interés por el baño. No hace falta que estén todas: con cuatro o cinco señales estables durante un par de semanas se puede empezar.

    ¿Es malo sacar el pañal muy temprano?

    No, si “temprano” significa presentar la pelela y observar, sin presionar. Empezar el entrenamiento intensivo antes de los 27 meses no adelanta el resultado pero tampoco se asoció con estreñimiento ni rechazo. Lo que sí tiene costo es empezar tarde: iniciar después de los 24 meses se asoció con más escapes diurnos en edad escolar.

    ¿Cuánto tarda un niño en controlar esfínteres?

    Con señales presentes y un plan tranquilo, entre dos semanas y dos meses hasta que llega a la pelela la mayoría de las veces. En un ensayo en guarderías belgas, un entrenamiento intensivo en grupo redujo la mediana de 5 a 2 semanas. Si pasan tres meses sin ningún avance, conviene pausar y revisar las señales y el estreñimiento.

    ¿Qué hago si hace pipí en la pelela pero pide pañal para la caca?

    Dáselo. Le pasa a uno de cada cinco niños y suele estar ligado al estreñimiento o al dolor al defecar. Trata primero las deposiciones duras con el pediatra, evita las palabras negativas para la caca, y acércalo de a poco: caca con pañal sentado en la pelela, luego con el pañal suelto, luego sin pañal. La mayoría lo resuelve en menos de tres meses.

    ¿Los niños controlan más tarde que las niñas?

    En los estudios de seguimiento la edad de término del control diurno fue similar en niños y niñas. Donde sí hay diferencia es en la enuresis nocturna, más frecuente en niños (Butler, 1987, p. 4). En la edad de término pesan mucho más la edad de inicio, el rechazo a defecar en el baño y el estreñimiento que el sexo (Blum, Taubman y Nemeth, 2004a).

    Referencias

    Azrin, N. H., & Foxx, R. M. (1974). Toilet training in less than a day. Simon & Schuster.

    Baird, D. C., Bybel, M., & Kowalski, A. W. (2019). Toilet training: Common questions and answers. American Family Physician, 100(8), 468-474. https://www.aafp.org/pubs/afp/issues/2019/1015/p468.html

    Bastos, J. M., de Paula, J. C., Bastos, C. R., Soares, D. G., de Castro, N. C. T., Sousa, K. K. D. V., do Carmo, A. V., de Miranda, R. L., Mrad, F. C. C., & de Bessa, J. (2021). Personal and familial factors associated with toilet training. International Braz J Urol, 47(1), 169-177. https://doi.org/10.1590/s1677-5538.ibju.2020.0129

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