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  • Trauma y síntomas físicos en el cuerpo

    Trauma y síntomas físicos en el cuerpo

    Hace meses (o años) que pasó, y tu cabeza ya lo entiende. Sin embargo, el cuerpo sigue en otra parte: duermes mal, te duele el cuello sin haber hecho nada, tienes migrañas que antes no tenías, el estómago se te revuelve con cualquier susto, y te sobresaltas con un portazo como si fuera de nuevo. Has pasado por el médico y quizás te dijeron que no hay nada grave, o que es estrés, y te quedaste con la sensación de que algo no cuadra.

    La relación entre el trauma y los síntomas físicos en el cuerpo es real: está descrita desde hace décadas y la investigación reciente ha empezado a medirla. En esta guía vas a ver qué le pasa al cuerpo después de un hecho traumático, qué síntomas aparecen con más respaldo (dolor, cefalea, sueño, fatiga, intestino, corazón), qué hay de cierto en la idea popular de que «el cuerpo lleva la cuenta», cómo saber si el origen es el trauma o una enfermedad, y qué ayuda de verdad.

    La respuesta corta

    El trauma puede sentirse en el cuerpo porque el sistema de alarma queda activado más tiempo del necesario. Con el trastorno de estrés postraumático (TEPT) se han medido dolor crónico, migraña, sueño más fragmentado, fatiga, síntomas digestivos, mayor frecuencia cardíaca y una menor variabilidad de esta, entre otros. Esos síntomas son frecuentes, pero no prueban por sí solos que la causa sea un trauma: conviene descartar primero una causa médica. Tratar el trauma ayuda también al cuerpo: en el dolor crónico que coexiste con TEPT, los tratamientos centrados en el trauma son los que mejor sostienen resultados, aunque con estudios todavía débiles.

    ¿Por qué el trauma se siente en el cuerpo?

    Judith Herman (2015) describe el núcleo de la reacción traumática como una activación crónica del sistema nervioso autónomo, lo que la tradición clínica llamó fisioneurosis. Cuando ante un peligro abrumador ni luchar ni huir sirven, el sistema de autodefensa se desorganiza y el cuerpo puede quedarse en alerta permanente: nivel de activación elevado de base, sobresalto exagerado ante estímulos imprevistos, y reacciones de corazón, presión y sudoración ante cualquier señal que recuerde la amenaza.

    Foa, Hembree y Rothbaum (2007) lo explican desde la teoría del procesamiento emocional. Tras el trauma, demasiados estímulos neutros quedan asociados a la señal de peligro, y el cuerpo responde de forma automática con taquicardia, sudoración, opresión en el pecho, temblor o sensación de estar «super alerta». Algo importante: los desencadenantes no son solo externos. Una sensación interna (tensión muscular, frío, falta de aire) puede disparar la respuesta de miedo por asociación con el momento del trauma.

    Esta descripción clínica tiene respaldo medido. Un metaanálisis de variabilidad de la frecuencia cardíaca (Schneider y Schwerdtfeger, 2020) encontró que las personas con TEPT, comparadas con controles sanos, tenían en reposo menos actividad parasimpática (la rama del sistema nervioso que calma), menor variabilidad total, un cociente simpático/parasimpático más alto y una frecuencia cardíaca mayor. Bajo estrés, la frecuencia cardíaca subía más y la variabilidad bajaba, con efectos pequeños. Los autores concluyen que el TEPT se asocia con disfunción autonómica. En simple: el freno del sistema de alarma funciona peor.

    ¿Cuáles son los síntomas físicos o somáticos del trauma en el cuerpo?

    No todas las personas con trauma tienen todos estos síntomas, ni los tienen en el mismo grado. Esto es lo que mejor documentado está.

    Dolor crónico

    Es la manifestación física con más datos. Una revisión paraguas de 20 estudios sobre dolor crónico en trastornos mentales (Stubbs et al., 2025) situó la prevalencia entre 23,7 % (trastorno bipolar) y 96 % (TEPT), siempre por encima del 20-25 % de la población general. Conviene leer ese 96 % con cuidado: los datos para TEPT eran limitados, con diseños muy distintos y definiciones de dolor poco homogéneas. Lo sólido es la dirección: el dolor es mucho más frecuente en quien tiene TEPT. Los autores recomiendan preguntar por el dolor de forma rutinaria en salud mental.

    Si el dolor es tu síntoma principal, tienes la guía sobre dolor crónico y psicología.

    Migraña y dolores de cabeza

    Una revisión sistemática de 11 estudios (Nitsche et al., 2026) halló migraña en 6,5 % a 46,5 % de las personas con TEPT, frente a 1,4 % a 25,8 % de quienes no lo tenían. Todos los estudios mostraron una asociación positiva, con razones entre 1,2 y 4,7. Es una síntesis narrativa, sin metaanálisis, y las muestras eran muy variadas (militares, enfermeras, embarazadas, estudiantes). Herman (2015) también registra los dolores de cabeza tensionales entre las quejas de quienes sufrieron trauma prolongado.

    Sueño

    El sueño de una persona con TEPT se siente peor y también se mide peor. Un metaanálisis de polisomnografía (Zhang et al., 2019; 31 estudios) encontró, frente a controles, menos tiempo total de sueño, menos sueño profundo (de ondas lentas), menor eficiencia y más tiempo despierto tras haberse dormido. A mayor gravedad del TEPT, peor eficiencia y menos sueño profundo. Herman (2015) agrega lo que suele contar quien lo vive: cuesta más conciliar el sueño, hay extrema sensibilidad a los ruidos, despertares con pánico y pesadillas repetitivas. Si el insomnio es tu síntoma principal, mira la guía de control de estímulos para el insomnio.

    Fatiga

    Una revisión sistemática de 46 estudios sobre fatiga (Olsen et al., 2026) en trastornos mentales frecuentes, incluidos los relacionados con trauma y estrés, encontró prevalencias de 18 % a 100 % y la considera un síntoma transversal a varios diagnósticos. Esa revisión no entrega una cifra propia para el TEPT, así que no corresponde atribuirle un porcentaje. Lo que sí sugiere es que sentirse agotado con un cuadro de trauma es esperable y no una señal de debilidad.

    Intestino

    En un grupo de 184 veteranos estadounidenses con TEPT (Kearney et al., 2022; estudio dentro de un ensayo clínico), 25 % cumplía criterios de colon irritable, 36 % tenía dolor abdominal, 21 % diarrea, 18 % estreñimiento y 17 % hinchazón. Cuanto mayor era la gravedad del TEPT, más estreñimiento, diarrea e hinchazón. Es un solo estudio, con veteranos y sin grupo control propio, así que es una señal y no permite dar una cifra para todas las personas con trauma.

    Corazón

    Un metaanálisis (Al Nakhebi et al., 2025) que reunió 18 estudios sobre TEPT y posterior enfermedad cardiovascular y 11 sobre TEPT tras un evento cardiovascular, confirma una relación en ambos sentidos. El resumen publicado no entrega una cifra, así que aquí tampoco se cita ninguna. Lo práctico: si tienes TEPT, vale la pena que tu control médico incluya el corazón, y si tuviste un evento cardíaco, el susto también puede dejar secuelas de trauma.

    Inflamación

    Un metaanálisis de 64 estudios (Kuring et al., 2023) halló una respuesta inflamatoria clara en la depresión, y apenas tentativa en la ansiedad y el TEPT, con pocos datos. Es una pista sobre posibles mecanismos que todavía necesita más datos.

    Entumecimiento y «desconexión» del cuerpo

    Herman (2015) describe una reacción opuesta a la hiperactivación: la constricción o entumecimiento, en la que la persona se desconecta del cuerpo, con pérdida de sensibilidad física, sensación de observar lo que pasa desde fuera o de ser «una cáscara vacía». Si esto te suena, el test de disociación DES puede orientarte.

    Trauma y tensión muscular

    La tensión muscular figura en las descripciones clínicas (Foa et al., 2007, la mencionan como sensación que puede volverse desencadenante; Herman, 2015, los dolores tensionales), pero en la literatura revisada no se identificó un metaanálisis que la cuantifique por separado en el TEPT. Se sabe que forma parte del cuadro de alerta; cuánta gente la presenta, no hay un dato citable.

    ¿Qué hay de cierto en «El cuerpo lleva la cuenta»?

    La idea de que el cuerpo guarda lo que la mente no puede procesar se hizo famosa con el libro de Bessel van der Kolk. Lo que se puede decir con respaldo es esto.

    Lo medido: hiperactivación autonómica, sueño alterado, dolor y otros síntomas físicos más frecuentes en quienes tienen TEPT, como acabas de ver.

    Lo clásico, pero que sigue siendo hipótesis: que la memoria traumática se almacene como sensaciones corporales fragmentarias, más que como relato verbal. Herman (2015) recoge esa hipótesis (a partir del trabajo de van der Kolk) y la ilustra con un caso clásico de Kardiner: un marino de la Primera Guerra Mundial que consultó por dolor, entumecimiento y frío en la parte baja del cuerpo, sin recordar nada traumático. Al enfocarse en esas sensaciones, recordó el hundimiento de su barco y las horas aferrado a una balsa en agua helada. Es un caso clínico elocuente, y un caso aislado no prueba que todo síntoma físico sea un recuerdo.

    Lo que no hay: evidencia sólida de que un dolor concreto sea «la memoria» de un trauma concreto, ni de que cualquier terapia que «libere» el cuerpo sea superior a las que tienen ensayos. Si algo te promete eso, pide los estudios.

    ¿Cómo sé si es trauma o una enfermedad?

    Que el trauma pueda causar síntomas físicos no significa que todo síntoma físico sea del trauma. Una persona con TEPT puede tener además una enfermedad que necesita su propio tratamiento, y un dolor de pecho o una pérdida de peso sin explicación requieren evaluación médica.

    Los dos manuales clínicos que sirven de base a esta guía ponen la salud física primero. Herman (2015, cap. 8) pone al comienzo de la recuperación el cuidado médico de cualquier lesión y de la salud física. Foa et al. (2007) incluyen en su entrevista inicial las lesiones sufridas, la atención médica recibida y los problemas de salud actuales, y plantean que si hay una condición física que requiere estabilización, se atiende antes de empezar la terapia de exposición. Herman advierte, además, el error contrario: acumular exámenes, fármacos o cirugías para el estómago, la migraña o el dolor sin que nadie pregunte por la historia de trauma.

    Lo razonable es hacer las dos cosas: que te evalúe un médico y, si el síntoma empezó después de un hecho traumático o no se encuentra una causa suficiente, decírselo al profesional (o a un psicólogo) para que se incluya en la evaluación. Si quieres saber cuán probable es que lo que viviste haya dejado un cuadro de estrés postraumático, hay un test de TEPT gratuito como primer filtro, que no reemplaza una evaluación.

    ¿Cómo afecta el trauma de infancia al cuerpo en la adultez?

    Una revisión sistemática de 13 estudios (Karimov-Zwienenberg et al., 2024) encontró que el maltrato infantil acumulado (abuso y negligencia) tiene un efecto complejo y duradero tanto sobre el TEPT (incluido el complejo) como sobre el dolor crónico adulto. Solo cuatro de esos estudios medían directamente el vínculo entre trauma y dolor, así que el campo aún es joven.

    Herman (2015) lo relaciona con el desarrollo: un niño que crece en peligro constante vive en una especie de vigilancia congelada, y eso altera los ritmos básicos de sueño, digestión y alimentación. De adultos, esas personas tienen altas tasas de cefaleas tensionales, dolor abdominal, de espalda o pélvico, palpitaciones y temblores, y suelen acumular tratamientos fragmentados. Herman cita también el estudio de Experiencias Adversas en la Infancia, que asoció más abuso y negligencia en la niñez con más enfermedades médicas graves en la adultez. Si esto te toca de cerca, la guía sobre el trauma de infancia y sus secuelas en adultos y la del TEPT complejo te dan más contexto.

    ¿Qué ayuda cuando el trauma se siente en el cuerpo?

    Tratar el trauma también mejora el dolor

    Un metaanálisis de 30 ensayos (O’Donnell et al., 2026; 3.245 participantes) sobre dolor crónico con TEPT encontró que los tratamientos centrados en el trauma pueden mejorar los síntomas de TEPT (efecto medio) y la intensidad del dolor (efecto pequeño). No se vieron efectos significativos para la terapia cognitivo-conductual general, las terapias mente-cuerpo ni las intervenciones de modulación periférica. Los autores califican la evidencia como de baja calidad y los estudios como mayormente débiles. Su conclusión es que cualquier tratamiento para esta combinación debería incluir, como mínimo, un componente centrado en el trauma. Ojo con la lectura: «sin efectos significativos» en estudios débiles significa que todavía no se ha demostrado que sirvan, que es distinto de que no sirvan.

    Otro metaanálisis de 18 ensayos (Rosenbloom et al., 2026) tomó psicoterapias aplicadas a personas con dolor crónico y síntomas de trauma: bajaron la intensidad del dolor, su interferencia en la vida diaria y los síntomas de trauma, con efectos pequeños a moderados que se mantuvieron 3 a 6 meses. El 61 % de los estudios tenía alto riesgo de sesgo.

    En 196 veteranos con TEPT (ensayo con análisis secundario; Rauch et al., 2026), el dolor bajó con el tiempo en los tres grupos (exposición prolongada con placebo, exposición prolongada con sertralina, y sertralina sola), aunque nadie había tratado el dolor directamente. La exposición prolongada con placebo redujo más la interferencia del dolor que los otros dos. Los autores aclaran que no se sabe si la mejoría se debió a los tratamientos mismos. Sobre cómo funciona ese tratamiento, tienes la guía de exposición prolongada, y sobre el trabajo con recuerdos, la de EMDR.

    En personas con fibromialgia y cuadros afines (síndromes de sensibilización central) que además tenían trauma, una revisión con metaanálisis (Maire et al., 2025) encontró mejoras con terapia cognitivo-conductual para el dolor y con una terapia de conciencia y expresión emocional, sin diferencias claras entre ambas. El efecto de la segunda fue grande, pero casi siempre frente a grupos sin tratamiento, así que se interpreta con cautela.

    Dormir mejor tiene efecto sobre el trauma

    Un metaanálisis de 89 ensayos (Maher et al., 2021) mostró que las intervenciones en adultos con TEPT mejoraron el sueño y también los síntomas de TEPT, sin más eventos adversos, y que las dirigidas específicamente al sueño lo mejoraron más. El sueño no es solo un síntoma que se arrastra: trabajarlo ayuda al cuadro completo.

    Lo que enseñan los protocolos clínicos con las sensaciones del cuerpo

    En la exposición prolongada, Foa et al. (2007) incluyen un entrenamiento en respiración lenta, con exhalaciones pausadas y una pequeña pausa antes de volver a inhalar, que sirve para el estrés cotidiano o para conciliar el sueño. Tiene una regla clara: no se usa durante los ejercicios de exposición, para que la persona compruebe que puede tolerar los recuerdos y las sensaciones sin depender de una muleta. También se trabaja con las situaciones y sensaciones evitadas, y se explica la habituación: si uno se queda en la situación sin escapar, la activación del cuerpo sube hasta un máximo y baja por sí sola. Muchas personas creen que la ansiedad aumentará sin límite y que van a «perder el control»; la exposición repetida les permite comprobar lo contrario.

    Herman (2015, cap. 8) ordena el comienzo de la recuperación por el cuerpo: primero seguridad, lo que implica restablecer el sueño y la alimentación, el control de la activación con relajación y ejercicio físico, y un entorno libre de violencia. En el epílogo de 2015 menciona prácticas como el yoga, que ayudarían a reequilibrar las dos ramas del sistema nervioso autónomo. Es una observación de la autora; en el metaanálisis de O’Donnell et al. no se vieron efectos significativos de las terapias mente-cuerpo para dolor y TEPT, de modo que conviene tomarlo como complemento del tratamiento centrado en el trauma.

    Qué puedes hacer tú mientras tanto

    • Cuida el sueño como parte del tratamiento. Horarios estables, la cama solo para dormir, y consultar si las pesadillas son frecuentes.
    • Muévete. Herman propone el ejercicio físico para canalizar la activación y recuperar la sensación de dominio sobre el cuerpo.
    • Practica la respiración lenta fuera de los momentos de alerta máxima, como en el protocolo de Foa, y no como una forma de evitar sentir.
    • No evites todo lo que te activa. La evitación mantiene el miedo. Si hay situaciones que dejaste de hacer desde el trauma, conviene retomarlas de a poco y con apoyo.
    • Cuenta los síntomas físicos en tus controles médicos, incluida la fecha en que empezaron, y avisa del hecho traumático.
    • Si usas alcohol u otras sustancias para aguantar lo que sientes en el cuerpo, cuéntaselo al médico o al psicólogo que te atienda.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Conviene consultar si los síntomas físicos aparecieron o empeoraron tras un hecho traumático y llevan más de un mes, si el dolor, el sueño o el cansancio te impiden trabajar o cuidar de ti, si evitas lugares o situaciones por lo que te hace sentir el cuerpo, o si usas alcohol, fármacos u otras sustancias para aguantarlos. Un dolor intenso en el pecho, falta de aire que no cede, desmayos o pérdida de peso sin explicación necesitan evaluación médica pronta, sin esperar a pensar si fue trauma.

    Si hay pensamientos de morir o de hacerte daño, eso tiene prioridad. En Chile, la línea *4141 del Ministerio de Salud atiende gratis desde un celular, todos los días y a cualquier hora. También puedes llamar a Salud Responde (600 360 7777). Para una descripción general del cuadro, MedlinePlus tiene una página en español sobre el trastorno de estrés postraumático. Si el hecho fue reciente, la guía del trastorno de estrés agudo explica qué esperar las primeras semanas, y la de los flashbacks qué hacer cuando el cuerpo revive el momento.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es verdad que «el cuerpo lleva la cuenta»? Es una metáfora útil sobre algo real: tras un trauma el cuerpo puede quedar en alerta y mostrar síntomas medibles (sueño alterado, dolor, menor variabilidad cardíaca). Lo que sigue en discusión es la idea de que los recuerdos se «guarden» como sensaciones corporales concretas, que Herman (2015) presenta como hipótesis clásica y no como hecho demostrado.

    ¿Puede el trauma causar dolor sin que haya una lesión? Sí, hay asociación bien descrita entre TEPT y dolor crónico, y también con migraña y síntomas digestivos. Aun así, el dolor sin explicación aparente se evalúa primero con un médico, porque el trauma puede coexistir con enfermedades que requieren su propio tratamiento.

    ¿Por qué me duele el cuerpo si el trauma pasó hace años? En el TEPT el sistema de alarma puede seguir activado mucho después del hecho, y el dolor crónico y los síntomas de trauma tienden a mantenerse mutuamente (Rosenbloom et al., 2026). El trauma de infancia, además, se relaciona con más dolor crónico en la adultez (Karimov-Zwienenberg et al., 2024).

    ¿Los síntomas físicos desaparecen al tratar el trauma? Pueden mejorar, aunque el grado varía. En el metaanálisis de O’Donnell et al. (2026), los tratamientos centrados en el trauma redujeron el dolor con un efecto pequeño, y en el ensayo de Rauch et al. (2026) el dolor bajó durante 52 semanas en todos los grupos tratados por TEPT. La evidencia es de baja calidad y no promete la desaparición total.

    ¿Sirve el yoga o la respiración para el trauma? Pueden ayudar como complemento. La respiración lenta forma parte del protocolo de exposición prolongada (Foa et al., 2007) y Herman (2015) menciona el yoga. En dolor crónico con TEPT, las terapias mente-cuerpo no mostraron efectos significativos en un metaanálisis de estudios débiles (O’Donnell et al., 2026), de modo que no sustituyen al tratamiento centrado en el trauma.

    ¿Cómo sé si mis síntomas son del trauma o de otra cosa? Solo con evaluación: un médico descarta causas orgánicas y un psicólogo evalúa, con entrevista clínica e instrumentos validados, si hay un cuadro de estrés postraumático. Contarles a ambos cuándo empezaron los síntomas respecto del hecho traumático ayuda a que la evaluación sea completa.

    Si tu cuerpo sigue en alerta

    El trauma deja huellas en el cuerpo y también hay trabajo posible desde ahí: dormir, mover el cuerpo, bajar la alerta y tratar el recuerdo con un enfoque que tenga ensayos detrás suelen mejorar a la vez lo que sientes y lo que duele. Si llevas tiempo con síntomas físicos que no se explican y sospechas que vienen de algo que viviste, podemos revisar juntos qué parte parece del cuerpo, qué parte del trauma y por dónde conviene empezar. Escríbeme desde la página de contacto y coordinamos una sesión online.

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    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

    • Al Nakhebi, O. A. S., Albu-Kalinovic, R., Neda-Stepan, O., Giurgi-Oncu, C., Crișan, C.-A., Enatescu, V.-R., & Marinescu, I. (2025). Post-traumatic stress disorder (PTSD) and cardiovascular diseases: A systematic review and meta-analysis. Journal of Clinical Medicine, 14(22), 7979. https://doi.org/10.3390/jcm14227979
    • Foa, E. B., Hembree, E. A., & Rothbaum, B. O. (2007). Prolonged exposure therapy for PTSD: Emotional processing of traumatic experiences: Therapist guide. Oxford University Press.
    • Herman, J. L. (2015). Trauma y recuperación: Cómo superar las consecuencias de la violencia. Espasa. (Obra original publicada en 1992)
    • Karimov-Zwienenberg, M., Symphor, W., Peraud, W., & Décamps, G. (2024). Childhood trauma, PTSD/CPTSD and chronic pain: A systematic review. PLOS ONE, 19(8), e0309332. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0309332
    • Kearney, D. J., Kamp, K. J., Storms, M., & Simpson, T. L. (2022). Prevalence of gastrointestinal symptoms and irritable bowel syndrome among individuals with symptomatic posttraumatic stress disorder. Journal of Clinical Gastroenterology, 56(7), 592-596. https://doi.org/10.1097/mcg.0000000000001670
    • Kuring, J. K., Mathias, J. L., Ward, L., & Tachas, G. (2023). Inflammatory markers in persons with clinically-significant depression, anxiety or PTSD: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 168, 279-292. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2023.10.009
    • Maher, A. R., Apaydin, E. A., Hilton, L., Chen, C., Troxel, W., Hall, O., Azhar, G., Larkin, J., Motala, A., & Hempel, S. (2021). Sleep management in posttraumatic stress disorder: A systematic review and meta-analysis. Sleep Medicine, 87, 203-219. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2021.08.016
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    • Rosenbloom, B. N., Curtis, K., Williams, C., Slepian, P. M., McCarthy, M., Flynn, M., Nella, A., Kim, A., Siegal, R., Englesakis, M., Ladha, K. S., Di Renna, T., & Bosma, R. (2026). Is treating both chronic pain and trauma-related symptoms at the same time effective? A systematic review and meta-analysis of psychological interventions. Pain, 167(7), e207-e221. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000003967
    • Schneider, M., & Schwerdtfeger, A. (2020). Autonomic dysfunction in posttraumatic stress disorder indexed by heart rate variability: A meta-analysis. Psychological Medicine, 50(12), 1937-1948. https://doi.org/10.1017/s003329172000207x
    • Stubbs, B., Ma, R., Solmi, M., Veronese, N., Van Damme, T., Romano, E., Stewart, R., Mossaheb, N., López-Gil, J. F., Firth, J., & Vancampfort, D. (2025). Chronic pain in mental disorders: An umbrella review of the prevalence, risk factors, and treatments across 957,168 people with mental disorders and 16,606,910 controls. European Psychiatry, 68(1), e113. https://doi.org/10.1192/j.eurpsy.2025.10074
    • Zhang, Y., Ren, R., Sanford, L. D., Yang, L., Zhou, J., Zhang, J., Wing, Y.-K., Shi, J., Lu, L., & Tang, X. (2019). Sleep in posttraumatic stress disorder: A systematic review and meta-analysis of polysomnographic findings. Sleep Medicine Reviews, 48, 101210. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2019.08.004
  • Dolor Crónico y Psicología: Por Qué el Dolor No Es Solo Físico

    Dolor Crónico y Psicología: Por Qué el Dolor No Es Solo Físico

    Si llevas meses con dolor, ya te habrán dicho de todo. Que es la postura. Que es el estrés. Que “no sale nada” en los exámenes. Y en algún momento, con más o menos delicadeza, alguien habrá insinuado que es psicológico. Esa frase suele caer como un insulto, y con razón: suena a “te lo estás inventando”.

    Lo que la ciencia del dolor sabe hoy es otra cosa. El dolor crónico es real, tiene mecanismos medibles en el sistema nervioso, y al mismo tiempo la psicología pesa en él mucho más de lo que la mayoría imagina. Ambas cosas son ciertas a la vez. En Chile, además, uno de cada tres adultos convive con dolor crónico no oncológico, y cerca del 40 % de quienes lo padecen en el mundo tienen síntomas de depresión o de ansiedad.

    Aquí vas a encontrar qué significa “dolor crónico y psicología” sin rodeos: qué pasa en el sistema nervioso cuando el dolor se instala, por qué el miedo a moverse lo empeora, qué relación tiene con la depresión, qué hace de verdad un psicólogo en estos casos y cuánto ayudan la terapia cognitivo-conductual y la terapia de aceptación y compromiso, con los números en la mano.

    En pocas palabras

    El dolor crónico es el que dura más de tres meses. Con el tiempo, el sistema nervioso se vuelve más sensible (sensibilización central) y los pensamientos catastróficos, el miedo al dolor y la evitación de actividad lo mantienen. La terapia psicológica (TCC y ACT) reduce la discapacidad, la depresión y el malestar, con efectos pequeños a moderados que se mantienen en el tiempo. No reemplaza al médico: trabaja con él.

    ¿Qué es el dolor crónico y por qué importan los tres meses?

    El dolor crónico es el que persiste o vuelve durante más de tres meses. Ese límite lo fija la clasificación de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) incorporada a la CIE-11, que por primera vez le da al dolor crónico un lugar propio entre los diagnósticos (Treede et al., 2019). No es un capricho de calendario: a esa altura el dolor suele haber dejado de cumplir su función de alarma.

    La misma clasificación distingue dos grupos. El dolor crónico secundario es un síntoma de otra enfermedad: cáncer, una lesión nerviosa, una cirugía, artritis. El dolor crónico primario (fibromialgia, lumbalgia inespecífica, cefalea crónica) es una enfermedad en sí mismo: el dolor persiste sin que haya un daño que lo explique en proporción. Esta segunda categoría es donde la psicología tiene más que decir.

    Chile adoptó una definición parecida en la Ley 21.531, publicada en febrero de 2023: dolor crónico no oncológico es el que “aparece y se extiende por doce semanas de duración o más y se manifiesta a través de síntomas físicos y psicológicos” (artículo 3). La propia ley reconoce, en su artículo 2, el derecho a “terapias físicas y psicológicas”. Volveremos sobre ella al final.

    Para quien quiera una explicación general en lenguaje simple, MedlinePlus tiene una buena página de partida.

    ¿Cuánta gente vive con dolor crónico en Chile?

    Alrededor de un tercio de los adultos. Una encuesta telefónica nacional con 865 personas mayores de 18 años estimó una prevalencia de dolor crónico no oncológico del 32,1 % (Bilbeny et al., 2018). Dos de cada tres lo calificaban como moderado y uno de cada cinco como severo; el 70 % tomaba algún medicamento y el 30 % de los trabajadores había tenido licencia por ese motivo.

    Un estudio poblacional en Molina, con 1.945 adultos de 38 a 74 años, llegó a una cifra muy parecida: 34,7 % de dolor crónico no oncológico, con una duración promedio de 32 meses y un impacto marcado en las actividades diarias, el sueño y el ánimo (Durán et al., 2023). Ese mismo estudio estimó un 3,3 % de fibromialgia y un 12 % de dolor neuropático, y encontró que ser mujer, tener menos años de estudio y presentar síntomas depresivos se asociaban con ambos.

    Estas cifras chilenas están por encima de lo que se ve en promedio en países en desarrollo, donde un metaanálisis de 12 estudios calculó un 18 % (Sá et al., 2019), aunque con enorme variación según cómo se defina “crónico”.

    El costo tampoco es menor. Un modelo económico desde la perspectiva del sistema de salud estimó que el dolor crónico musculoesquelético cuesta en Chile unos 1.387 millones de dólares al año, el 0,4 % del PIB, y que la depresión atribuible al dolor crónico suma por sí sola 94 millones (Vargas et al., 2018). Detrás de ese número hay 137.000 años vividos con discapacidad.

    Por qué el dolor no es solo físico: lo que pasa en el sistema nervioso

    Durante siglos se pensó que el dolor era proporcional al daño. Descartes lo dibujó como un hilo que va del pie quemado al cerebro, y ese modelo duró hasta mediados del siglo XX. Como explica Amigo Vázquez (2015) en su manual de psicología de la salud, dos observaciones lo derrumbaron: el dolor del miembro fantasma (duele una pierna que ya no está) y el hallazgo de Beecher en la Segunda Guerra Mundial, cuando comprobó que ante heridas comparables el 80 % de los civiles pedía analgésicos y solo el 25 % de los soldados lo hacía. Para ellos, la herida significaba volver a casa.

    La puerta de Melzack y Wall

    En 1965, un psicólogo (Melzack) y un anatomista (Wall) propusieron la teoría de la compuerta: la señal de dolor que sube desde el cuerpo pasa por una especie de puerta en la médula espinal, y esa puerta se abre o se cierra en función de mensajes que bajan desde el cerebro. La ansiedad, el miedo y el estrés la abren; la atención puesta en otra cosa y las creencias sobre lo que significa el dolor la modulan (Amigo Vázquez, 2015). Es la razón por la que frotarse un dedo golpeado alivia, y por la que un tenista puede torcerse el tobillo en pleno partido y notarlo recién al terminar.

    Melzack y Casey describieron en 1968 tres dimensiones del dolor que siguen vigentes: la sensorial (dónde y cuánto duele), la afectiva (cuán desagradable resulta) y la cognitiva (qué pienso sobre él y cuánta atención le presto). Las tres se influyen entre sí (Amigo Vázquez, 2015).

    La sensibilización central: cuando el sistema “aprende” a doler

    La pieza que faltaba llegó de la neurociencia. La sensibilización central es un aumento prolongado (aunque reversible) de la excitabilidad de las neuronas que procesan el dolor en la médula y el cerebro. El sistema responde con más intensidad a estímulos que antes no dolían, o que dolían poco. Según la revisión de referencia de Clifford Woolf, este mecanismo contribuye al dolor de la fibromialgia, la artrosis, las cefaleas, los trastornos de la articulación temporomandibular, el dolor neuropático y el dolor posquirúrgico (Woolf, 2011). Y explica algo que desconcierta a muchos pacientes: síndromes de dolor sin inflamación ni lesión visible, con presentaciones clínicas parecidas entre sí.

    La clasificación actual llama a este tipo dolor nociplástico: dolor que surge de una alteración en cómo el sistema nervioso procesa las señales, no de un daño en los tejidos. Es dolor real, con base biológica. Solo que la base no está donde uno la busca.

    El círculo del miedo-evitación: cómo el dolor se instala

    Aquí entra de lleno la psicología. El modelo de miedo-evitación, formulado por Vlaeyen y Linton y revisado por sus propios autores en Pain, explica por qué una minoría de personas con un dolor agudo termina con un problema crónico (Vlaeyen, Crombez y Linton, 2016). La secuencia es esta:

    1. Aparece el dolor.
    2. La persona lo interpreta de forma catastrófica (“algo se rompió”, “esto va a ir a peor”).
    3. Esa interpretación produce miedo al dolor y al movimiento (kinesiofobia).
    4. El miedo lleva a evitar: dejar de caminar, de trabajar, de salir.
    5. La evitación produce desuso, pérdida de condición física, aislamiento y ánimo bajo.
    6. Todo eso baja el umbral del dolor, y el círculo vuelve a empezar.

    Una revisión de la evidencia de cada componente del modelo respalda el papel del miedo relacionado con el dolor en tres momentos: el inicio de la lumbalgia, el paso de aguda a crónica y el mantenimiento del dolor persistente (Leeuw et al., 2007).

    Los números son contundentes. Un metaanálisis de 335 estudios con más de 65.000 participantes encontró que la catastrofización, el miedo al dolor y la vigilancia constante al dolor tienen asociaciones medianas a grandes con la ansiedad, la depresión y la discapacidad, y medianas con la intensidad del dolor mismo (Rogers y Farris, 2022).

    Qué es exactamente el catastrofismo

    Conviene definirlo bien porque no es “exagerar”. Amigo Vázquez (2015) lo describe como un estilo de afrontamiento con tres componentes: rumiación (“cada vez que giro la cabeza me da una punzada”), magnificación (“si no encuentro tratamiento pronto no voy a poder caminar”) e indefensión (“nadie sabe cómo solucionarlo y no lo soporto más”). Son pensamientos que aparecen solos ante el dolor; nadie los elige. Lo que sí se puede hacer es aprender a responder distinto cuando aparecen, y eso es parte del trabajo en terapia.

    Hay un detalle más que el mismo manual recoge: las conductas de dolor (quejarse, protegerse, tomar medicación, quedarse en cama) pueden terminar mantenidas por lo que consiguen del entorno, según describió Fordyce en los años setenta. Cuanto más solícito es el cuidador, más intenso reporta el paciente su dolor. No es manipulación: es aprendizaje, y ocurre sin que nadie se dé cuenta.

    Dolor crónico y depresión: una calle de doble sentido

    Cerca del 40 % de los adultos con dolor crónico tiene síntomas clínicos de depresión, y otro 40 % de ansiedad. Es el resultado del metaanálisis más grande hasta la fecha, con 376 estudios de 50 países y más de 347.000 personas (Aaron et al., 2025). En concreto: depresión clínica en el 39,3 % y ansiedad en el 40,2 %; un 36,7 % cumplía criterios de trastorno depresivo mayor. La cifra sube en fibromialgia (54 % de depresión) y baja en artrosis (29 %). Las mujeres, las personas jóvenes y quienes tienen dolor nociplástico son las más afectadas.

    La relación va en las dos direcciones. Una revisión clásica publicada en Archives of Internal Medicine mostró que el dolor dificulta reconocer y tratar la depresión; que cuando el dolor es moderado o severo, limita la función o no responde al tratamiento, la depresión es peor y tiene peores desenlaces; y que la depresión, a su vez, se asocia con más quejas de dolor y más deterioro (Bair et al., 2003). Ambas condiciones comparten vías biológicas y neurotransmisores, por lo que los autores concluyen que hay que evaluarlas y tratarlas a la vez.

    Fordyce y Steger observaron hace décadas por qué la ansiedad se enreda distinto con el dolor crónico que con el agudo (Amigo Vázquez, 2015). En el dolor agudo, el tratamiento alivia y la ansiedad baja con él. En el crónico, el tratamiento tiene efectos limitados, la ansiedad crece al no poder aliviarlo, y esa ansiedad hace doler más. La frustración de no encontrar respuesta es parte del problema, no una reacción aparte.

    Si te reconoces en esto, el artículo sobre qué es la depresión y cómo se trata explica cómo distinguir un bajón esperable de un cuadro que necesita tratamiento propio.

    “¿Entonces el dolor es psicológico?” El mito que hay que desarmar

    Este es el malentendido más frecuente, y vale la pena nombrarlo como lo que es: un mito. Que la psicología influya en el dolor no significa que el dolor esté “en tu cabeza” en el sentido de inventado. La sensibilización central ocurre en neuronas reales. El dolor nociplástico tiene marcadores medibles. Y el miedo-evitación produce desuso muscular concreto.

    Lo que sí es cierto es que el cerebro construye la experiencia del dolor con toda la información que tiene: la señal del cuerpo, el contexto, lo que la persona cree que significa, su historia previa y su estado de ánimo. Amigo Vázquez (2015) lo resume así: la respuesta de dolor no es una mera reacción a un estímulo, sino una respuesta compleja que incluye los aprendizajes previos, el estilo de afrontamiento, los pensamientos y las emociones. Por eso un psicólogo tiene algo que aportar, y por eso ese aporte no invalida el diagnóstico médico.

    Hay otra cara del mito que duele más. Según estudios cualitativos recogidos en el mismo manual, las personas con dolor crónico sienten que los demás no les creen, se comparan constantemente con quienes eran antes, y terminan retirándose de la vida social para no ser una carga. Ese aislamiento también alimenta el dolor.

    Qué hace un psicólogo especializado en dolor crónico

    Un psicólogo que trabaja con dolor crónico no intenta convencerte de que no duele. Evalúa cómo el dolor se ha instalado en tu vida y qué lo está manteniendo, para intervenir justo ahí. Trabaja en paralelo con el médico tratante, nunca en su lugar.

    La evaluación

    La primera etapa es una entrevista detallada. Amigo Vázquez (2015), siguiendo a Fordyce, propone un análisis funcional que recorre preguntas concretas: intensidad, frecuencia y horarios del dolor; en qué contextos aparecen las quejas; qué condiciones físicas, emocionales o sociales lo suben o lo bajan; cómo reacciona la familia; qué actividades se abandonaron desde que empezó; y una que suele ser reveladora: qué harías si el dolor no existiera.

    A eso se suman cuestionarios. El clásico es el Cuestionario de Dolor de McGill, que mide no solo la intensidad sino la dimensión afectiva y evaluativa del dolor. También se evalúa ansiedad, depresión (a menudo con instrumentos adaptados a dolor crónico), estrategias de afrontamiento y el impacto en el estilo de vida: pareja, trabajo, ocio. Si quieres una referencia de cómo se miden ansiedad y depresión en consulta, hay una guía de tests de autoevaluación para depresión y ansiedad en este sitio.

    Lo que la evaluación decide

    Según lo que aparezca, el tratamiento cambia. Si el problema principal son conductas de dolor mantenidas por el entorno, el foco será el manejo de contingencias con la familia. Si es la evitación, será la recuperación gradual de actividad. Si es la ansiedad y la atención fija en el dolor, serán técnicas cognitivas y de regulación. Casi siempre es una combinación.

    Terapia psicológica para el dolor crónico: qué funciona y cuánto

    Aquí conviene ser honesto con los números, porque los sitios que prometen “eliminar el dolor con la mente” hacen daño. La terapia psicológica tiene efectos reales, medidos en decenas de ensayos, y esos efectos son moderados. Lo que más cambia es la discapacidad, el ánimo y la capacidad de vivir con el dolor; la intensidad baja menos.

    Terapia cognitivo-conductual (TCC)

    Es el tratamiento psicológico con más estudios. La revisión Cochrane de 2020 reunió 75 ensayos con 9.401 participantes, en su mayoría con fibromialgia, lumbalgia crónica, artritis reumatoide o dolor mixto (Williams et al., 2020). La TCC, comparada con el tratamiento habitual, mostró beneficios pequeños pero consistentes al terminar: en dolor (diferencia estandarizada de -0,22), en discapacidad (-0,32) y en malestar emocional (-0,34), con evidencia de calidad moderada. Esos beneficios se mantenían en gran parte a los 6 y 12 meses. Frente a un control activo (otra intervención con la misma atención), las diferencias fueron muy pequeñas.

    ¿Qué se hace en una TCC para dolor? Amigo Vázquez (2015) enumera los componentes: análisis funcional para saber qué mantiene el dolor; manejo de contingencias con la familia cuando hay conductas de dolor reforzadas; recuperación gradual de la actividad física ajustada a lo posible; técnicas de atención (distracción, transformación de las sensaciones, describir el dolor de forma objetiva); relajación; y, sobre todo, la modificación de los pensamientos catastróficos mediante registro y experimentos conductuales. Puedes leer cómo funciona el enfoque en general en qué es la terapia cognitivo-conductual.

    Un dato del mismo manual que vale la pena tener presente: la relajación por sí sola, sin el resto del paquete, tiene evidencia sólida en cefalea tensional y migraña, pero resultados dudosos en otros dolores crónicos.

    Terapia de aceptación y compromiso (ACT)

    La ACT plantea algo distinto. En vez de pelear con el dolor para bajarlo, trabaja para que el dolor deje de mandar sobre la vida: recuperar las actividades valiosas que se abandonaron, aunque el dolor siga ahí. Hayes, Strosahl y Wilson (2015) lo llaman flexibilidad psicológica: estar en contacto con el momento presente tal como es, sin defenderse de él, y persistir o cambiar la conducta según los valores que uno elige (p. 126).

    La evidencia es reciente y creciente. Un metaanálisis de 33 ensayos aleatorizados con 2.293 participantes encontró efectos pequeños a medianos de la ACT sobre la intensidad del dolor (g = 0,44 al terminar; 0,34 en seguimiento), la función física (0,59; 0,56), la depresión (0,43 en ambos momentos), la ansiedad (0,43; 0,35) y la calidad de vida (0,45; 0,43), y el análisis secuencial indicó que no eran hallazgos casuales (Lai et al., 2023). La ACT presencial rindió más que la versión por internet en los resultados físicos, y las personas con fibromialgia y cefalea crónica se beneficiaron más que las de dolor inespecífico.

    Una revisión de nueve revisiones sistemáticas confirmó el patrón: al terminar, la ACT reduce depresión, ansiedad y catastrofización y mejora la aceptación del dolor; a seis meses mejora la función y la calidad de vida; a 6-12 meses sigue reduciendo la catastrofización (Martinez-Calderon et al., 2024). Los autores advierten que las revisiones se solapan mucho entre sí y rara vez califican la certeza de la evidencia. La Cochrane de 2020, más conservadora, analizó solo cinco ensayos de ACT y calificó su evidencia como de muy baja calidad, aunque con un efecto grande sobre el dolor frente al tratamiento habitual.

    Hay una idea de la ACT que suele hacer clic en las personas con dolor: la diferencia entre dolor limpio y dolor sucio. El dolor limpio es la sensación. El sucio es todo lo que se le suma: la rabia, el “por qué a mí”, el esfuerzo por que pare de una vez. La terapia no promete quitar el primero; sí ayuda a soltar el segundo (Amigo Vázquez, 2015). Si te interesa el enfoque, este sitio tiene una guía sobre qué es la terapia de aceptación y compromiso y otra sobre mindfulness y cómo empezar.

    Educación en neurociencia del dolor

    Explicarle a la persona, con calma y con detalle, por qué le duele (sensibilización, sistema de alarma, miedo-evitación) es en sí una intervención. Sola, tiene efectos modestos sobre el dolor y la discapacidad, pero un metaanálisis de 12 ensayos encontró un efecto clínicamente relevante sobre la kinesiofobia a corto plazo (Watson et al., 2019). Lo que más valoraron los pacientes en los estudios cualitativos fue poder contar su propia historia.

    Combinada con ejercicio, rinde más: frente al ejercicio solo, la suma de educación y ejercicio mejoró a corto plazo el dolor, la discapacidad, la kinesiofobia y la catastrofización (Siddall et al., 2022), aunque con certeza baja a moderada.

    Resumen comparativo

    Enfoque Qué cambia más Tamaño del efecto Fuente
    TCC Discapacidad y malestar emocional; dolor algo menos Pequeño (-0,22 a -0,34 frente a tratamiento habitual), se mantiene a 6-12 meses Cochrane, 75 ensayos (Williams et al., 2020)
    ACT Función, depresión, ansiedad, calidad de vida; también dolor Pequeño a mediano (g 0,34 a 0,59) 33 ensayos (Lai et al., 2023)
    Educación en neurociencia Miedo al movimiento Relevante en kinesiofobia; modesto en dolor 12 ensayos (Watson et al., 2019)
    Educación + ejercicio Dolor, discapacidad, kinesiofobia Mayor que ejercicio solo, a corto plazo 5 ensayos (Siddall et al., 2022)

    Qué recomiendan las guías clínicas (y qué no)

    La guía NICE NG193 del Reino Unido, publicada en 2021 para dolor crónico primario en mayores de 16 años, es la más citada. Sus recomendaciones son claras: ofrecer un programa de ejercicio supervisado en grupo (1.2.1), considerar ACT o TCC para el dolor a cargo de profesionales entrenados (1.2.3), y considerar un antidepresivo tras conversar beneficios y riesgos (1.2.7), explicando que puede ayudar con el dolor, el sueño y el malestar incluso sin diagnóstico de depresión.

    Igual de importante es lo que la guía dice que no se debe iniciar para dolor crónico primario, porque no hay evidencia de beneficio y sí de daño: opioides, paracetamol, antiinflamatorios, benzodiacepinas y gabapentinoides (1.2.10). Ojo con el matiz: esto aplica al dolor primario (el que es enfermedad en sí), no al secundario, y las decisiones sobre medicamentos son siempre del médico tratante. Si ya tomas alguno, la misma guía pide revisarlo en conjunto, no suspenderlo por cuenta propia.

    Lo que estas recomendaciones muestran, en el fondo, es un cambio de paradigma: en el dolor crónico primario, moverse y trabajar con la cabeza tiene más respaldo que la mayoría de los fármacos.

    Qué puedes empezar a hacer desde hoy

    Nada de esto reemplaza un tratamiento, pero todo tiene respaldo en lo que acabas de leer.

    • Deja de esperar el día sin dolor para retomar la vida. La evitación es el motor del círculo (Vlaeyen, Crombez y Linton, 2016). Elige una actividad que abandonaste y retómala en una versión pequeña, aunque duela algo.
    • Gradúa la actividad, no la elimines. Amigo Vázquez (2015) lo describe como recuperar un nivel de actividad ajustado a las posibilidades del paciente, para mantener el tono muscular. Un poco más cada semana, no todo un sábado y tres días en cama.
    • Ponle nombre al catastrofismo. Cuando aparezca “esto va a ir a peor”, identifícalo como rumiación, magnificación o indefensión. Verlo como un pensamiento, y no como un pronóstico, ya cambia algo.
    • Cuida el sueño como parte del tratamiento. El dolor crónico altera el sueño y el mal sueño baja el umbral del dolor (Durán et al., 2023). Si el insomnio se instaló, hay un modelo de tres factores que explica cómo se perpetúa.
    • Habla con tu familia del rol que juegan. Sin culpas: que sepan que ayudar demasiado, o mirar cada gesto de dolor, puede mantenerlo sin querer.
    • Revisa cómo estás manejando el estrés general. Si el dolor llegó junto con una etapa de sobrecarga, conviene mirar qué es el estrés crónico y qué se puede hacer con él.

    Cuándo consultar a un psicólogo por dolor crónico

    Hay señales que indican que el dolor ya no es solo un problema médico:

    • Llevas más de tres meses con dolor y has dejado de hacer cosas que te importaban por miedo a que empeore.
    • Notas ánimo bajo, irritabilidad o ansiedad que no tenías antes, o has perdido interés en casi todo.
    • El dolor ocupa gran parte de tus pensamientos durante el día y te cuesta apartarlo.
    • Los exámenes no explican la intensidad del dolor y sientes que nadie te cree.
    • Duermes mal desde que empezó, o el sueño no te repara.
    • Cada consulta médica termina en frustración y en más medicamentos sin mejoría clara.

    Ninguna de esas señales significa que el dolor sea imaginario. Significan que el sistema del dolor se enredó con el ánimo, el miedo y la conducta, y que ese enredo tiene tratamiento.

    En Chile, la Ley 21.531 reconoce a las personas con fibromialgia y dolor crónico no oncológico el derecho a “una atención preferente y oportuna”, a “un diagnóstico temprano y oportuno” y a que el Estado propicie el acceso a “terapias físicas y psicológicas” (artículo 2). Y establece que las licencias médicas por estos diagnósticos “no podrán rechazarse por su solo diagnóstico” (artículo 5). Conocer esos derechos también forma parte de cuidarse.

    Si el dolor lleva meses mandando sobre tu vida, una consulta psicológica es un lugar razonable para empezar a recuperar terreno. Puedes agendar una primera sesión y ver, con calma, qué está manteniendo el dolor en tu caso.

    Preguntas frecuentes

    ¿El dolor crónico es psicológico?

    No en el sentido de inventado. El dolor crónico tiene mecanismos biológicos medibles, como la sensibilización central del sistema nervioso. Lo que sí es cierto es que el miedo, los pensamientos catastróficos, la evitación y el ánimo modulan cuánto duele y cuánto incapacita. Por eso la psicología ayuda sin que el dolor deje de ser real.

    ¿Qué relación hay entre dolor crónico y depresión?

    Alrededor del 40 % de los adultos con dolor crónico tiene síntomas clínicos de depresión, y otro 40 % de ansiedad, según un metaanálisis de 376 estudios (Aaron et al., 2025). La relación es bidireccional: el dolor empeora la depresión y la depresión aumenta el dolor y la discapacidad. Conviene tratar ambos a la vez.

    ¿Un psicólogo puede quitarme el dolor?

    No es lo que promete, y desconfía de quien lo prometa. La terapia psicológica reduce la intensidad del dolor de forma moderada; lo que más mejora es la discapacidad, el ánimo, el miedo al movimiento y la capacidad de retomar la vida. Esos cambios, en la práctica, suelen importar más que un punto menos en la escala del dolor.

    ¿Qué terapia psicológica es mejor para el dolor crónico: TCC o ACT?

    Las dos tienen respaldo y la guía NICE recomienda considerar cualquiera de ellas. La TCC tiene más estudios y efectos pequeños pero consistentes; la ACT muestra efectos pequeños a medianos en ensayos más recientes. La elección depende del caso: qué mantiene el dolor, qué prefiere la persona y con qué enfoque trabaja el profesional.

    ¿Cuánto dura la terapia psicológica para el dolor crónico?

    No hay una cifra única. Los programas evaluados en los ensayos son estructurados y acotados en el tiempo (semanas o pocos meses, no años), y la duración real depende de cuánto lleva el dolor, de si hay depresión o insomnio asociados y de los objetivos que se fijen. Lo que sí muestra la evidencia es que los beneficios se mantienen a los 6 y 12 meses de seguimiento (Williams et al., 2020).

    ¿Existe alguna ley en Chile sobre dolor crónico?

    Sí. La Ley 21.531, publicada en febrero de 2023, crea la ley de fibromialgia y dolores crónicos no oncológicos. Reconoce el derecho a atención preferente, diagnóstico oportuno y acceso a terapias físicas y psicológicas, y prohíbe rechazar licencias médicas por el solo diagnóstico. No es una garantía GES, pero fija derechos exigibles.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Aaron, R. V., Ravyts, S. G., Carnahan, N. D., Bhattiprolu, K., Harte, N., McCaulley, C. C., Vitalicia, L., Rogers, A. B., Wegener, S. T., & Dudeney, J. (2025). Prevalence of depression and anxiety among adults with chronic pain: A systematic review and meta-analysis. JAMA Network Open, 8(3), e250268. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2025.0268

    Amigo Vázquez, I. (2015). Manual de psicología de la salud (2.ª ed.). Pirámide.

    Bair, M. J., Robinson, R. L., Katon, W., & Kroenke, K. (2003). Depression and pain comorbidity: A literature review. Archives of Internal Medicine, 163(20), 2433-2445. https://doi.org/10.1001/archinte.163.20.2433

    Bilbeny, N., Miranda, J. P., Eberhard, M. E., Ahumada, M., Méndez, L., Orellana, M. E., Cid, L., Ritter, P., & Fernández, R. (2018). Survey of chronic pain in Chile: Prevalence and treatment, impact on mood, daily activities and quality of life. Scandinavian Journal of Pain, 18(3), 449-456. https://doi.org/10.1515/sjpain-2018-0076

    Durán, J., Tejos-Bravo, M., Cid, V., Ferreccio, C., & Calvo, M. (2023). Chronic pain in Chile: First prevalence report of noncancer chronic pain, fibromyalgia, and neuropathic pain and its associated factors. Pain, 164(8), 1852-1859. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000002886

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2015). Terapia de aceptación y compromiso: Proceso y práctica del cambio consciente (mindfulness). Desclée De Brouwer.

    Lai, L., Liu, Y., McCracken, L. M., Li, Y., & Ren, Z. (2023). The efficacy of acceptance and commitment therapy for chronic pain: A three-level meta-analysis and a trial sequential analysis of randomized controlled trials. Behaviour Research and Therapy, 165, 104308. https://doi.org/10.1016/j.brat.2023.104308

    Leeuw, M., Goossens, M. E. J. B., Linton, S. J., Crombez, G., Boersma, K., & Vlaeyen, J. W. S. (2007). The fear-avoidance model of musculoskeletal pain: Current state of scientific evidence. Journal of Behavioral Medicine, 30(1), 77-94. https://doi.org/10.1007/s10865-006-9085-0

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    Sá, K. N., Moreira, L., Baptista, A. F., Yeng, L. T., Teixeira, M. J., Galhardoni, R., & de Andrade, D. C. (2019). Prevalence of chronic pain in developing countries: Systematic review and meta-analysis. PAIN Reports, 4(6), e779. https://doi.org/10.1097/pr9.0000000000000779

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    Vlaeyen, J. W. S., Crombez, G., & Linton, S. J. (2016). The fear-avoidance model of pain. Pain, 157(8), 1588-1589. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000000574

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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