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  • 10 Ejemplos de Dificultades de Aprendizaje: Tipos, Señales y Cómo Identificarlas

    10 Ejemplos de Dificultades de Aprendizaje: Tipos, Señales y Cómo Identificarlas

    Por Terapia Online Chile

    Cuando a un niño le va mal en el colegio, la primera explicación que llega suele ser la más injusta: que no se esfuerza. Y muchas veces el problema es otro. Puede leer sílaba por sílaba a los nueve años, escribir “b” donde va “v” por décima vez en la misma página, o seguir contando 4 + 3 con los dedos en quinto básico, sin que nada de eso tenga que ver con las ganas.

    Este artículo reúne 10 ejemplos de dificultades de aprendizaje con lo que se ve de verdad en un cuaderno o en una lectura en voz alta, no con definiciones de manual. Vas a encontrar además la diferencia (que casi ningún sitio explica) entre una dificultad pasajera y un trastorno, la clasificación que usan los especialistas de habla hispana, y una guía interactiva de observación por áreas, más abajo, que ordena lo que hayas visto y te dice hacia dónde apunta. No puntúa ni diagnostica: te deja algo concreto que contar en una consulta.

    Conviene leer antes lo que viene, porque la mitad del valor de esa guía está en saber qué no es una dificultad de aprendizaje.

    Respuesta directa: ¿qué son y cuáles son los ejemplos más frecuentes?

    Las dificultades de aprendizaje son problemas persistentes para adquirir habilidades académicas concretas (leer, escribir, calcular) en personas con inteligencia dentro de lo esperado y con enseñanza adecuada. Los ejemplos de problemas de aprendizaje más frecuentes son la dislexia, la disortografía, la disgrafía y la discalculia, junto a fallas en comprensión lectora, expresión escrita y razonamiento matemático. Afectan a entre el 5 % y el 10 % de los niños.

    ¿Qué es exactamente una dificultad de aprendizaje?

    Una dificultad de aprendizaje aparece cuando alguien no logra dominar una habilidad escolar puntual pese a tener la capacidad intelectual y la enseñanza necesarias para hacerlo. Lo que define el cuadro es esa desproporción: el problema es específico, no general. El mismo niño que no puede leer con fluidez razona bien, entiende una película compleja y sostiene una conversación.

    Los trastornos del neurodesarrollo como la dislexia, la disgrafía y el TDAH afectan a entre el 5 % y el 10 % de los niños del mundo, según una revisión sistemática que analizó 37 estudios sobre detección temprana (Shaikh et al., 2025). Esa misma revisión encontró algo incómodo: aunque todos coinciden en que detectar temprano importa, las esperas largas y el costo hacen que la detección llegue tarde incluso cuando el problema ya se sospecha.

    En el manual diagnóstico de referencia, el DSM-5-TR, esto se llama trastorno específico del aprendizaje. Circula mucho la idea de que la dislexia, la disgrafía y la discalculia son diagnósticos independientes. En rigor son especificadores de esa única categoría, según el área afectada (American Psychiatric Association, 2022). Puedes revisar la descripción oficial del trastorno específico del aprendizaje de la Asociación Americana de Psiquiatría.

    Hay un matiz que cambia bastante las cosas para quien lee esto en Chile o en cualquier país hispanohablante. El español es una lengua de ortografía transparente: cada letra suena casi siempre igual. Un metaanálisis de 79 estudios sobre profundidad ortográfica mostró que en lenguas transparentes como la nuestra la dislexia se nota menos en los errores de exactitud y más en la velocidad, junto a debilidades en denominación rápida y memoria de trabajo a corto plazo (Carioti et al., 2021). Por eso acá muchos casos pasan desapercibidos: el niño termina leyendo bien, solo que le toma el triple de tiempo, y eso se confunde con lentitud o con desgano.

    ¿Cuáles son las 5 principales dificultades de aprendizaje?

    Las listas que circulan mezclan cosas de naturaleza distinta. La clasificación más usada en el ámbito hispanohablante es la de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005), que ordena las dificultades en cinco tipos según su gravedad, cuánto abarcan, si son crónicas y de dónde vienen.

    Tipo Qué es Origen ¿Se recupera?
    I. Problemas Escolares (PE) Lagunas puntuales por causas externas: pautas familiares poco adecuadas, ausencias, desinterés Extrínseco Sí, con apoyo escolar corriente
    II. Bajo Rendimiento Escolar (BRE) Afecta procesos psicolingüísticos, motivación y metacognición Extrínseco, con factores personales que agravan Sí, con atención educativa y familiar
    III. Dificultades Específicas de Aprendizaje (DEA) Dislexia, disgrafía, disortografía, discalculia Intrínseco, disfunción neurológica Se compensa con intervención especializada y prolongada
    IV. Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) Afecta varias áreas a la vez Intrínseco Disminuye con tratamiento médico y psicoeducativo
    V. Discapacidad Intelectual Límite (DIL) CI entre 70 y 85, afectación profunda de áreas dominantes Intrínseco Persistente

    Esa tabla resuelve una confusión muy común. Los dos primeros tipos no son trastornos: son situaciones que se arreglan cambiando lo que rodea al niño. Solo el tipo III corresponde a lo que el DSM-5 llama trastorno específico del aprendizaje.

    ¿Y cómo se distingue una cosa de la otra? Aguilera Jiménez (2004) propone cuatro criterios que siguen siendo el mejor filtro práctico:

    • Especificidad. Lo intrínseco afecta un dominio concreto (leer, escribir o calcular) mientras el resto se mantiene bien. Lo extrínseco se nota de forma difusa, en lagunas generales.
    • Discrepancia. Hay un desajuste claro entre lo que el niño puede y lo que rinde. En los problemas externos el bajo rendimiento acompaña de forma coherente a la falta de estímulo o a las ausencias.
    • Exclusión. No se explica por instrucción inadecuada, absentismo, privación sociocultural, diferencias de idioma ni por una discapacidad intelectual o sensorial.
    • Reversibilidad. Lo extrínseco remite con acción tutorial normal. Lo intrínseco resiste la enseñanza común y no se va solo.

    Ese último criterio es el más útil para una familia. Si tres meses de apoyo razonable en casa y en el colegio mueven la aguja, probablemente no estamos ante un trastorno. Si no la mueven, conviene mirarlo en serio.

    10 ejemplos de dificultades de aprendizaje, con lo que se ve de verdad

    Los siete primeros ejemplos corresponden a las áreas académicas que el DSM-5-TR enumera como posibles del trastorno específico del aprendizaje. Los tres últimos acompañan, se confunden o conviven con ellas, y por eso están acá: para poder distinguirlos.

    1. Lectura de palabras lenta e inexacta (dislexia)

    Es el ejemplo más conocido y el mejor estudiado. Una revisión reciente sobre dislexia estima que afecta hasta al 17 % de los niños en el mundo, aunque las cifras varían mucho según el idioma y el criterio usado (Niu et al., 2025).

    Lo observable, según la descripción clásica de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005):

    • Lee sílaba por sílaba, sin ritmo ni entonación, mucho después de que sus compañeros ya leen de corrido.
    • Confunde letras simétricas en forma o sonido: “d” por “b”, “p” por “q”, “u” por “n”, “6” por “9”.
    • Altera el orden de las letras dentro de la palabra: lee “rosca” por “rocas”, “sol” por “los”.
    • Empieza la palabra por la mitad y lee “presa” donde dice “sorpresa”.
    • Se salta renglones o repite el mismo, porque el barrido visual no está automatizado.
    • Inventa palabras o contenidos guiándose por las ilustraciones y por lo que recuerda.

    Ese último punto suele leerse como falta de atención. Casi nunca lo es: es lo que hace un lector que no puede decodificar y compensa como puede.

    2. Dificultad para comprender lo que se lee

    Distinto del anterior, aunque se confundan. Acá el niño decodifica sin problemas, lee en voz alta con fluidez razonable, y al terminar no sabe decir de qué trataba el texto. Responde bien las preguntas literales y se pierde en cuanto hay que inferir algo que el texto no dice con todas sus letras.

    El DSM-5-TR lo reconoce como una de las seis áreas posibles del trastorno específico del aprendizaje, separada de la lectura de palabras (American Psychiatric Association, 2022). Cuando aparece sola, vale la pena mirar también el vocabulario y el lenguaje oral.

    3. Ortografía plagada de errores (disortografía)

    No es “mala ortografía” en el sentido corriente de no haber estudiado las reglas. Los errores tienen un patrón:

    • Confunde grafemas del mismo sonido o de sonido cercano: escribe “b” por “v”, “b” por “p”, “g” por “c”.
    • Cambia el orden dentro de la sílaba: “pal” en lugar de “pla”.
    • Une y separa palabras donde no corresponde: “lasca sa” por “las casas”.
    • Pone las tildes al azar o no las pone, porque no identifica la sílaba tónica.

    Ese tercer punto (unir y separar mal) es especialmente revelador, porque muestra que la persona todavía no tiene claro dónde empieza y termina cada palabra en el habla.

    4. Letra ilegible y escritura que cansa (disgrafía)

    Acá el problema es el gesto motor de escribir, no las reglas. Se ve así:

    • Letras desproporcionadas, muy grandes o muy chicas, con mayúsculas y minúsculas mezcladas dentro de la misma palabra.
    • Trazo pobre, inclinación excesiva, espacios irregulares, cuadernos llenos de tachones y borrones.
    • Escritura en espejo: caracteres invertidos o palabras completas al revés (“ave” por “eva”, “las” por “sal”).
    • Cansancio y agarrotamiento rápido de la mano, por mala postura o mal agarre del lápiz.

    Distinguir disgrafía de disortografía importa porque la intervención es distinta: una trabaja el trazo y la postura, la otra la relación entre sonidos y letras.

    5. Dificultad para organizar ideas por escrito

    Este ejemplo se pasa por alto todo el tiempo. La persona cuenta una historia de palabra con detalle y gracia, y al pedirle lo mismo por escrito entrega dos líneas pobres y desordenadas. No hay faltas graves ni letra ilegible. Lo que falla es planificar el texto, sostener el hilo y cerrarlo.

    Es un área propia dentro del DSM-5-TR (expresión escrita) y suele detectarse tarde, porque el niño “escribe bien” en el sentido de que las palabras están correctas.

    6. Sentido numérico y cálculo (discalculia)

    La discalculia afecta a entre el 3 % y el 7 % de niños, adolescentes y adultos, según la guía interdisciplinaria alemana elaborada con veinte sociedades científicas (Haberstroh y Schulte-Körne, 2019). Si se cuenta de forma más amplia, como “dificultades matemáticas”, un metaanálisis de 54 estudios con 34.815 escolares encontró una prevalencia agrupada del 8,97 %, más alta en los primeros cursos de primaria (11,57 %) que en los últimos (4,76 %). Ese trabajo dejó claro además que la cifra depende mucho del punto de corte que se elija para el cribado (Wang, Long y Wang, 2023).

    Lo que se observa:

    • Sigue contando con los dedos sumas de un dígito (4 + 3) cuando ya debería recuperar ese resultado de memoria.
    • Escribe números alterando el orden espacial de las cifras: 12 por 21, o “509” por “59”.
    • Pierde la alineación de las columnas en operaciones de varios dígitos y confunde unidades con decenas.
    • Se confunde entre los pasos de una operación o intercambia los signos, y suma donde debía restar.

    Un metaanálisis de 34 estudios con criterios diagnósticos estrictos describió el perfil de fondo: debilidades en cálculo y recuperación de hechos numéricos, en el sentido de las cantidades y en el almacenamiento visoespacial a corto plazo, sin ninguna fortaleza compensatoria particular (Haberstroh y Schulte-Körne, 2022).

    7. Razonamiento matemático: no saber qué operación pide el problema

    Calcular y decidir qué calcular son habilidades diferentes, y el DSM-5-TR las separa. Hay niños que ejecutan las operaciones sin error y quedan bloqueados frente a un problema con enunciado, porque no logran traducir la situación a una operación.

    Acá pesan además otras funciones. Una revisión sistemática de 46 estudios encontró que la atención, las funciones ejecutivas y la velocidad de procesamiento están comprometidas en niños con dificultades matemáticas, y recomienda evaluarlas dentro del proceso diagnóstico (Agostini, Zoccolotti y Casagrande, 2022).

    8. Retraso del lenguaje oral que arrastra al aprendizaje escrito

    Este no es un trastorno del aprendizaje, y por eso está en esta segunda parte de la lista. Es el antecedente que más conviene mirar. Las dificultades de aprendizaje suelen venir precedidas en preescolar por retrasos del lenguaje que a veces persisten.

    Cuando el problema principal sigue siendo el lenguaje oral (comprender y expresarse hablando), hablamos de un trastorno del lenguaje, que es otra cosa. Puedes revisar la diferencia entre TEL y TDL si esa es la duda que te trajo hasta acá.

    9. Atención que no sostiene la tarea (TDAH)

    El TDAH aparece en casi todas las listas de “dificultades de aprendizaje” de internet como si fuera una más. En la clasificación de Romero Pérez y Lavigne Cerván es un tipo aparte (el IV), y en el DSM-5-TR es un diagnóstico distinto que puede coexistir con un trastorno del aprendizaje.

    La convivencia entre ambos es alta y va en las dos direcciones. La discalculia eleva mucho el riesgo de dislexia (con una razón de probabilidades de 12,25) y también el de TDAH, según el mismo trabajo alemán de Haberstroh y Schulte-Körne (2019). Si quieres separar bien las aguas, revisa los tipos de TDAH en niños y sus presentaciones.

    10. Funcionamiento intelectual límite

    El quinto tipo de la clasificación española corresponde a un CI aproximado de entre 70 y 85: por debajo del promedio, por encima del umbral de discapacidad intelectual. Es una zona gris que en Chile sí está reconocida en la normativa escolar.

    Importa distinguirlo porque cambia el criterio. El trastorno específico del aprendizaje solo se diagnostica cuando el funcionamiento intelectual está dentro de rangos normales. Si hay discapacidad intelectual, la dificultad de aprendizaje se diagnostica únicamente cuando excede lo esperable para ese nivel general (American Psychiatric Association, 2022).

    ¿Cómo saber si es una dificultad real o un mal momento?

    El DSM-5-TR exige cumplir cuatro criterios a la vez, y los cuatro. Traducidos:

    1. Persistencia. Al menos seis meses de dificultad en una habilidad académica concreta, pese a haber intentado apoyarla.
    2. Magnitud. El rendimiento está sustancial y medidamente por debajo de lo esperado para la edad, confirmado con pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual y evaluación clínica. Desde los 17 años puede sustituirse por una historia documentada.
    3. Inicio escolar. Empieza en la etapa escolar, aunque a veces se hace evidente más tarde, cuando las exigencias superan la capacidad (una prueba con tiempo limitado, por ejemplo).
    4. Exclusión. No se explica mejor por discapacidad intelectual, problemas de visión o audición sin corregir, otro trastorno neurológico o mental, adversidad psicosocial, no dominar el idioma en que se enseña, ni enseñanza inadecuada.

    Ese cuarto criterio es el que más se salta la gente, y es el que más casos resuelve. Un niño que cambió tres veces de colegio, o que está pasando por una separación en casa, o que aprende en un idioma que no es el suyo, puede mostrar exactamente las mismas señales sin tener ningún trastorno.

    Vale la pena saber que no existe un punto de corte numérico único para esto. El DSM-5 no lo fija: el juicio se apoya en la síntesis de todos los datos clínicos, no en un puntaje. Y esa decisión pesa. Un metaanálisis publicado en Assessment concluyó que el trastorno específico del aprendizaje se relaciona débilmente con el CI total y que la evaluación cognitiva de rutina no aporta valor añadido para identificarlo ni para tratarlo; sus autores proponen combinar bajo rendimiento medido con pruebas normativas, respuesta a la instrucción y descarte de otras causas (Fletcher y Miciak, 2024).

    Tampoco hay un perfil único. Un análisis de perfiles latentes en 302 escolares de tercer grado con dificultades en matemáticas, lectura u ortografía identificó cinco perfiles cognitivos distintos, y uno de ellos, el 17 % de la muestra, no presentaba ningún déficit cognitivo (Brandenburg et al., 2021). Dicho de otro modo: se puede tener una dificultad real de aprendizaje sin que ninguna prueba cognitiva muestre nada raro.

    Guía de observación: ¿hacia dónde apuntan las señales que ves?

    Ahora sí. Marca solo lo que hayas visto varias veces y desde hace meses, no lo de una tarde mala. La guía no puntúa ni pone etiquetas: agrupa lo que observaste por área académica y termina con las preguntas de descarte del criterio cuatro, que son las que conviene responder antes de sacar conclusiones.

    Guía de observación: ¿en qué área están las señales?

    Marca solo lo que hayas visto de verdad, varias veces y desde hace meses. Esto no puntúa, no clasifica y no diagnostica: ordena lo que observaste y te dice a qué área académica apunta, para que llegues a la consulta con algo concreto que contar.

    Al leer








    Al escribir







    Con los números





    Antes de que empezara a leer (preescolar)





    Todavía no marcaste ninguna observación. Marca al menos una para ver a qué área apunta.

    Las señales de esta guía están tomadas de la descripción de errores observables de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005), Dificultades en el aprendizaje: unificación de criterios diagnósticos (Junta de Andalucía). No es un test: no existe puntaje ni punto de corte publicado para una lista de observación como esta, y por eso no se lo inventamos. Un diagnóstico de trastorno específico del aprendizaje solo lo hace un profesional, con pruebas estandarizadas y descartando otras causas.

    ¿Qué pasa en Chile? El Decreto 170 y el PIE

    En Chile las dificultades específicas del aprendizaje están reconocidas como necesidad educativa especial de carácter transitorio. El Decreto 170 del MINEDUC, de 2009, reglamenta los requisitos y las evaluaciones diagnósticas para acceder a la subvención de educación especial dentro del Programa de Integración Escolar (PIE), e incluye ahí las dificultades específicas del aprendizaje (dislexia, discalculia, disgrafía) junto al trastorno específico del lenguaje, el déficit atencional y el funcionamiento intelectual limítrofe.

    Un estudio publicado en Frontiers in Psychology sobre colaboración intersectorial en escuelas chilenas describe este marco de políticas de inclusión como un modelo tomado como referencia en la región, articulando salud, educación y política pública a través de Chile Crece Contigo y los PIE, aunque señala también dificultades estructurales relevantes en su implementación (Vidal et al., 2024).

    Si el tema del acceso a apoyos es lo que te interesa, tenemos una guía dedicada al Decreto 170 y las dificultades específicas del aprendizaje con el detalle de los documentos que pide el proceso.

    ¿Se pueden detectar antes de que empiece a leer?

    Sí, y esa es probablemente la parte más útil de todo este artículo. Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005) describen indicadores de riesgo en educación infantil que anticipan dificultades lectoras posteriores:

    • Retraso en la adquisición y el uso del lenguaje oral.
    • Errores persistentes al pronunciar, sobre todo por omisión ("ate" por "arte") o sustitución de sonidos ("gota" por "rota").
    • Invertir el orden de fonemas y sílabas al hablar.
    • Vocabulario limitado y dificultad con construcciones verbales complejas.
    • Errores constantes de género, número y persona, y verbos regularizados después de los cinco años ("yo sabo", "lo poní").
    • Le cuesta participar en rimas, trabalenguas y juegos de separar palabras en sonidos.
    • Confunde palabras de sonido parecido: beso y peso, gato y pato.
    • Ningún interés por que le lean cuentos.
    • Problemas tempranos para distinguir visualmente las primeras letras.

    En español ya existen procedimientos validados de cribado universal para esto. Un protocolo publicado en Journal of Visualized Experiments documenta el uso de medidas basadas en el currículo (IPAL para lectura, IPAE para escritura, IPAM para matemáticas) dentro de modelos de respuesta a la intervención, pensados para detectar temprano a los estudiantes en riesgo (Jiménez, Gutiérrez y de León, 2020).

    Y detectar temprano sirve. Un ensayo controlado con niños españoles de alrededor de siete años con dificultades lectoras mostró que un entrenamiento fonológico computarizado intensivo mejoró la lectura más que la reeducación escolar habitual, mientras el grupo de lectores sin dificultades no cambió en ese mismo período (Forné et al., 2022). En discalculia, la guía alemana reporta un tamaño de efecto medio de 0,52 para las intervenciones, y recomienda empezar temprano en primaria, de forma individual y a cargo de especialistas formados (Haberstroh y Schulte-Körne, 2019).

    El costo que nadie mide: lo que pasa mientras tanto

    Hay una consecuencia de dejar esto sin atender que rara vez aparece en los listados de síntomas. Un metaanálisis de 64 estudios con 14.467 participantes de 14 países encontró que la ansiedad ante la lectura se asocia de forma moderada y negativa con el rendimiento lector (r = -0,30). El dato más incómodo de ese trabajo: tener o no tener un diagnóstico de dificultad de aprendizaje no moderó esa relación (Johnson et al., 2026).

    Es decir, el malestar frente a leer opera igual con diagnóstico y sin él. Esa es una buena razón para no esperar a que un papel confirme lo que ya se ve.

    ¿Cuándo conviene consultar a un profesional?

    Hay un momento razonable para pedir una evaluación, y no es ni el primer mes malo ni el tercer año de repetir lo mismo. Conviene consultar si:

    • La dificultad lleva seis meses o más en un área concreta, pese a que en el colegio o en casa ya intentaron apoyarla.
    • Hay una desproporción evidente entre lo que el niño entiende, razona y conversa, y lo que rinde al leer, escribir o calcular.
    • El colegio ya lo mencionó, o el profesor jefe sugirió una evaluación.
    • Empezaron los dolores de guata los domingos por la noche, las excusas para no leer en voz alta o las frases del tipo "soy tonto".
    • En preescolar aparecen varios de los indicadores tempranos de la lista anterior.

    Antes de la evaluación psicológica o psicopedagógica hay dos revisiones que valen oro y son baratas: visión y audición. Muchas dificultades escolares se explican ahí y se resuelven con lentes o con un tratamiento otorrinolaringológico.

    Si quieres una descripción general en lenguaje sencillo para compartir con el colegio o con la familia, la biblioteca nacional de medicina de Estados Unidos mantiene una página sobre discapacidades del aprendizaje en español con material de referencia.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuáles son las 5 principales dificultades de aprendizaje?

    Según la clasificación de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005), son cinco tipos: problemas escolares, bajo rendimiento escolar, dificultades específicas de aprendizaje (dislexia, disgrafía, disortografía y discalculia), TDAH y discapacidad intelectual límite. Los dos primeros tienen causas externas y se recuperan con apoyo escolar corriente; los tres últimos tienen origen neurobiológico.

    ¿Cuál es la diferencia entre dificultad de aprendizaje y trastorno del aprendizaje?

    Una dificultad de aprendizaje puede tener causas externas (mala enseñanza, ausencias, problemas en casa) y remite con apoyo educativo normal. Un trastorno específico del aprendizaje tiene origen neurobiológico, persiste al menos seis meses pese a la intervención, resiste la enseñanza común y requiere apoyo especializado y prolongado.

    ¿El TDAH es una dificultad de aprendizaje?

    No exactamente. El TDAH es un diagnóstico distinto, aunque afecta el rendimiento escolar y coexiste con frecuencia con los trastornos del aprendizaje. En la clasificación de Romero Pérez y Lavigne Cerván ocupa una categoría propia (tipo IV). Se puede tener uno, el otro o ambos, y cada uno necesita un abordaje diferente.

    ¿A qué edad se pueden detectar las dificultades de aprendizaje?

    Los indicadores de riesgo aparecen ya en preescolar: retraso del lenguaje, errores persistentes de pronunciación, dificultad con rimas y con juegos de separar sonidos. El diagnóstico formal requiere que haya empezado la enseñanza escolar de la habilidad afectada y que la dificultad persista al menos seis meses pese al apoyo recibido.

    ¿Se necesita un test de inteligencia para diagnosticar una dificultad de aprendizaje?

    No de rutina. Un metaanálisis publicado en Assessment concluyó que el trastorno específico del aprendizaje se relaciona débilmente con el CI total y que la evaluación cognitiva rutinaria no agrega valor para identificarlo ni para tratarlo (Fletcher y Miciak, 2024). Lo que sí se necesita son pruebas estandarizadas de rendimiento académico y el descarte de otras causas.

    ¿Cuáles son los 4 tipos de aprendizaje?

    Esa pregunta suele apuntar a los llamados estilos de aprendizaje (visual, auditivo, kinestésico y lectoescritor), que son una forma popular de describir preferencias al estudiar. Es otra cosa distinta de las dificultades de aprendizaje: los estilos no son categorías diagnósticas, no se evalúan con pruebas estandarizadas y no determinan si alguien tiene o no un trastorno específico del aprendizaje.

    ¿Las dificultades de aprendizaje se superan?

    Depende del tipo. Los problemas escolares y el bajo rendimiento escolar se recuperan con apoyo educativo y familiar. Las dificultades específicas de aprendizaje no desaparecen, pero se compensan bien con intervención especializada: la persona desarrolla estrategias y apoyos que le permiten rendir según su capacidad real.

    Por dónde partir

    Si llegaste hasta acá con un cuaderno concreto en la cabeza, el siguiente paso no es buscar más listas de síntomas. Es ordenar lo que viste, descartar lo obvio (visión, audición, cambios recientes en casa o en el colegio) y, si las señales siguen ahí, pedir una evaluación que mida en vez de suponer.

    Un diagnóstico bien hecho no le pone una etiqueta a nadie. Hace lo contrario: separa lo que la persona no puede todavía de lo que sí puede, y transforma "no se esfuerza" en un plan concreto. Si quieres revisarlo con calma, puedes escribirnos para agendar una hora.

    También puedes seguir leyendo sobre cómo se evalúan las dificultades de aprendizaje y sobre los tipos de trastornos del aprendizaje y su diagnóstico, que profundizan lo que acá quedó resumido.

    Sobre este contenido

    Escrito y revisado por el equipo clínico de Terapia Online Chile, psicólogos con formación en evaluación psicológica infantil y dificultades del aprendizaje. Este artículo se apoya en los criterios diagnósticos del DSM-5-TR, en literatura científica revisada por pares (cada afirmación lleva su cita enlazada y su referencia APA al final) y en la normativa escolar chilena vigente.

    Este contenido es informativo y no reemplaza una evaluación profesional. Si necesitas orientación sobre un caso concreto, puedes escribirnos.

    Referencias

    Agostini, F., Zoccolotti, P., & Casagrande, M. (2022). Domain-general cognitive skills in children with mathematical difficulties and dyscalculia: A systematic review of the literature. Brain Sciences, 12(2), 239. https://doi.org/10.3390/brainsci12020239

    Aguilera Jiménez, A. (2004). Introducción a las dificultades del aprendizaje. McGraw-Hill.

    American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., texto rev.). American Psychiatric Association Publishing.

    Brandenburg, J., Huschka, S. S., Visser, L., & Hasselhorn, M. (2021). Are different types of learning disorder associated with distinct cognitive functioning profiles? Frontiers in Psychology, 12, 725374. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.725374

    Carioti, D., Masia, M. F., Travellini, S., & Berlingeri, M. (2021). Orthographic depth and developmental dyslexia: A meta-analytic study. Annals of Dyslexia, 71, 399-438. https://doi.org/10.1007/s11881-021-00226-0

    Fletcher, J. M., & Miciak, J. (2024). Assessment of specific learning disabilities and intellectual disabilities. Assessment, 31(1), 53-74. https://doi.org/10.1177/10731911231194992

    Forné, S., López-Sala, A., Mateu-Estivill, R., Adan, A., Caldú, X., Rifà-Ros, X., & Serra-Grabulosa, J. M. (2022). Improving reading skills using a computerized phonological training program in early readers with reading difficulties. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(18), 11526. https://doi.org/10.3390/ijerph191811526

    Haberstroh, S., & Schulte-Körne, G. (2019). The diagnosis and treatment of dyscalculia. Deutsches Ärzteblatt International, 116(7), 107-114. https://doi.org/10.3238/arztebl.2019.0107

    Haberstroh, S., & Schulte-Körne, G. (2022). The cognitive profile of math difficulties: A meta-analysis based on clinical criteria. Frontiers in Psychology, 13, 842391. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2022.842391

    Jiménez, J. E., Gutiérrez, N., & de León, S. C. (2020). Universal screening for prevention of reading, writing, and math disabilities in Spanish. Journal of Visualized Experiments, (161). https://doi.org/10.3791/60217

    Johnson, R. M., Schaefer, M., Norris, C. U., Wagner, R. K., & Hart, S. A. (2026). The association between reading anxiety and reading achievement: A meta-analysis and systematic review. Psychological Bulletin, 152(3), 288-325. https://doi.org/10.1037/bul0000517

    Niu, R., Ni, L., & Zhu, F. (2025). Emerging technologies and neuroscience-based approaches in dyslexia: A narrative review toward integrative and personalized solutions. Frontiers in Human Neuroscience, 19, 1683924. https://doi.org/10.3389/fnhum.2025.1683924

    Romero Pérez, J. F., & Lavigne Cerván, R. (2005). Dificultades en el aprendizaje: unificación de criterios diagnósticos. Vol. I: Definición, características y tipos. Consejería de Educación, Junta de Andalucía.

    Shaikh, M. F., Higley, C., Campanile, C., Francis, R., Panja, E., Santacaterina, S., Pratesi, G., & Piaggio, D. (2025). Serious gaming and eye-tracking for the screening, monitoring, and diagnosis of neurodevelopmental disorders in children: A systematic literature review. Frontiers in Bioengineering and Biotechnology, 13, 1672718. https://doi.org/10.3389/fbioe.2025.1672718

    Vidal, V., Mendive, S., Gómez Zaccarelli, F., Pozo-Tapia, F., Narea, M., Wachholtz, D., & Melo, C. (2024). Enriching cross-sectoral collaboration to foster inclusive cultures in schools: A model to address the needs of diverse Chilean students. Frontiers in Psychology, 15, 1356642. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1356642

    Wang, Y., Long, J., & Wang, P. (2023). The prevalence of mathematical difficulties among primary school children in Mainland China: A systematic review and meta-analysis. Frontiers in Public Health, 11, 1250337. https://doi.org/10.3389/fpubh.2023.1250337

    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

  • Trastornos del Aprendizaje: Tipos, ejemplos y guía de diagnóstico en niños

    Trastornos del Aprendizaje: Tipos, ejemplos y guía de diagnóstico en niños

    Por Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico

    Tu hijo entiende todo lo que le explicas en la casa, arma puzzles complicados y te cuenta la trama de una película con lujo de detalles. Pero lleva dos años en básica y todavía lee silabeando, o se pone a llorar cuando hay tarea de matemáticas. Algo no calza, y esa sensación de que “no es flojera, pero tampoco sé qué es” suele ser lo que trae a las familias a consulta. Los trastornos del aprendizaje en niños se ven casi siempre así: una brecha que no cuadra con lo despierto que uno sabe que es su hijo.

    En esta guía vas a encontrar los trastornos del aprendizaje por tipos según las clasificaciones oficiales, ejemplos concretos de cómo se ven los problemas de aprendizaje en niños de 6 a 12 años, y cómo se llega (de verdad) a un diagnóstico en Chile. Con la evidencia y las fuentes a la vista, para que puedas distinguir lo que necesita evaluación de lo que se resuelve con apoyo escolar.

    La respuesta corta

    Los trastornos del aprendizaje son dificultades persistentes de origen neurobiológico para adquirir la lectura, la escritura o las matemáticas, en niños con inteligencia normal y sin problemas sensoriales que lo expliquen. El DSM-5 los reúne bajo el nombre de trastorno específico del aprendizaje, con tres especificadores: lectura (dislexia), expresión escrita (disgrafía y disortografía) y cálculo (discalculia). Afectan a entre el 5% y el 15% de los niños en edad escolar.

    ¿Qué es un trastorno del aprendizaje y qué no lo es?

    Un trastorno específico del aprendizaje es una dificultad persistente para leer, escribir o calcular que aparece a pesar de una enseñanza adecuada, en un niño con capacidad intelectual dentro del rango normal. La palabra que hace todo el trabajo es “específica”: el problema no está en la inteligencia general, sino en un circuito concreto del procesamiento de la información.

    Aguilera Jiménez (2004) lo explica con una distinción que ayuda mucho a los padres. Cuando hablamos de dificultades de aprendizaje en sentido amplio, estamos nombrando a cualquier alumno que no logra aprender bien, sea cual sea la causa (una discapacidad, un problema sensorial, un contexto familiar difícil, un colegio que enseña mal). Cuando hablamos de trastornos específicos del aprendizaje, el foco se estrecha: hablamos de una disfunción neurológica que altera funciones psicológicas como la memoria de trabajo o el procesamiento fonológico, y que se manifiesta justo en la lectura, la escritura y el cálculo (Rivas Torres & López Gómez, 2015).

    Dicho al revés, y para sacarnos de encima el malentendido más común: un niño con dislexia no es un niño lento. Es un niño cuyo cerebro procesa los sonidos del lenguaje de otra manera, y que por eso necesita más pasos para hacer algo que sus compañeros automatizaron sin darse cuenta.

    [EXPERIENCIA: En consulta veo seguido que los papás llegan con dos años de “ya va a madurar” encima. Y el niño llega convencido de que es tonto, que es la parte más difícil de reparar después.]

    ¿Cuáles son los tipos de trastornos del aprendizaje?

    El DSM-5 agrupa todo bajo una sola categoría, trastorno específico del aprendizaje, y luego pide especificar qué área está afectada. Son tres, y cada una tiene un nombre clásico que probablemente ya escuchaste en el colegio:

    • Con dificultad en la lectura (dislexia). Afecta la precisión al leer palabras, la velocidad o fluidez lectora y la comprensión de lo leído. Es la más frecuente con diferencia.
    • Con dificultad en la expresión escrita (disgrafía y disortografía). Incluye la corrección ortográfica, la corrección gramatical y de puntuación, y la claridad u organización de lo que el niño escribe.
    • Con dificultad matemática (discalculia). Abarca el sentido numérico, la memorización de operaciones aritméticas, el cálculo correcto o fluido y el razonamiento matemático.

    La CIE-11 mantiene una lógica parecida (trastorno del desarrollo del aprendizaje, con especificadores de lectura, escritura y matemáticas), aunque tiende a tratarlos como categorías algo más separadas. Y esa diferencia no es solo burocrática: un análisis de perfiles cognitivos en escolares de tercero básico identificó cinco perfiles distintos entre niños con dificultades de lectura, ortografía y matemáticas, lo que apoya más la idea de categorías separadas que la de un trastorno único (Brandenburg et al., 2021). En la misma línea, un estudio comparó directamente los procesos neuropsicológicos de dislexia y discalculia y encontró que se solapan en parte, pero conservan rasgos propios (Mingozzi et al., 2024).

    La escalera que casi nadie explica: no todo problema escolar es un trastorno

    Aquí está la distinción más útil de toda esta guía, y viene de la tipología de Romero Pérez y Lavigne Cerván (2005), que ordenan las dificultades en cinco tipos según su gravedad, su origen y qué tan crónicas son:

    Tipo Qué es De dónde viene Qué tan reversible es
    I. Problemas escolares Rendimiento bajo puntual en una asignatura Extrínseco: mala metodología, pautas familiares, cambios de colegio Leve, se revierte con apoyo tutorial normal
    II. Bajo rendimiento escolar Retraso de 2 a 4 años, en todas las áreas Extrínseco sobre todo, más falta de motivación y de estrategias de estudio Moderado, con CI normal
    III. Trastorno específico del aprendizaje (DEA) Falla en lectura, escritura o cálculo Intrínseco: disfunción neurológica Persiste pese a buena enseñanza, necesita intervención especializada
    IV. TDAH Afecta atención, impulsividad y varias áreas de la vida Intrínseco, grave Requiere abordaje médico y psicoeducativo
    V. Discapacidad intelectual límite Retrasos en funciones básicas para aprender Intrínseco, grave y crónico Necesita apoyos permanentes

    Los tipos I y II se resuelven con mejor enseñanza, hábitos y motivación. El tipo III no: ahí el origen está adentro y el niño va a seguir estancado por mucho que le pongan más horas de la misma clase. Esa es exactamente la frontera que una evaluación bien hecha tiene que trazar.

    10 ejemplos de dificultades de aprendizaje en niños de 6 a 12 años

    Los criterios diagnósticos suenan abstractos. Esto es lo que se ve de verdad en el cuaderno y en la sala de clases, según las descripciones de Rivas Torres y López Gómez (2015), Luque Parra y Rodríguez Infante (2006) y Blanco Pérez (2013).

    En la lectura:

    1. Lee sílaba a sílaba y sin entonación, y cuando llega al final de la frase ya no recuerda de qué se trataba.
    2. Confunde letras con forma parecida o simétrica: d por b, p por q, u por n, 6 por 9.
    3. Invierte el orden de las letras: lee “sopa” donde dice “sapo”, o “los” donde dice “sol”.
    4. Cambia una palabra por otra que empieza igual: lee “tormenta” donde dice “trompeta”.
    5. Se salta el renglón o repite el mismo, porque el acto de leer todavía no se automatiza.

    En la escritura:

    1. Aprieta el lápiz hasta agarrotarse y se cansa a los pocos minutos de escribir, con letras de tamaño irregular o mezclando mayúsculas y minúsculas dentro de la misma palabra.
    2. Une o parte palabras donde no corresponde: escribe “yosoy” pegado, o separa “que tie nes”.
    3. Comete errores de ortografía natural en el dictado: omite letras y escribe “abriedo” por “abriendo” o “fesa” por “fresa”.

    En las matemáticas:

    1. Sigue contando con los dedos en cuarto básico para sumas y restas simples, en vez de recuperar el resultado de memoria, y se equivoca al contar hacia atrás.
    2. Prueba operaciones al azar con los números del enunciado cuando resuelve un problema, sin entender qué le están preguntando. Aparecen también las columnas mal alineadas y las “llevadas” que se le olvidan.

    Un detalle importante: cualquier niño hace algunas de estas cosas mientras aprende. Lo que marca la diferencia es la persistencia (al menos seis meses, aunque ya le hayan dado apoyo) y la distancia con lo que se espera para su edad y su curso.

    ¿Por qué ocurren? Qué hay debajo del problema

    La respuesta corta: no es un problema de vista, ni de esfuerzo, ni de inteligencia. Es de cómo el cerebro procesa cierta información.

    En la dislexia, el núcleo está en el procesamiento fonológico, la capacidad de atender y manipular los sonidos del habla (Peterson & Pennington, 2015). Si un niño no logra separar mentalmente que “casa” tiene cuatro sonidos, la correspondencia entre letras y sonidos nunca se automatiza del todo. A eso se suma la velocidad de denominación (qué tan rápido nombra series de objetos, colores o letras), que a medida que avanza la escolaridad predice la fluidez lectora mejor que la precisión. La hipótesis del doble déficit, de Wolf y Bowers, sostiene que los niños que peor lo pasan son justamente los que fallan en ambas cosas a la vez.

    Hay además una base heredable y neurobiológica documentada. Se han identificado genes candidatos que participan en la migración neuronal durante el desarrollo embrionario, y los estudios de neuroimagen muestran diferencias en las redes del hemisferio izquierdo dedicadas al lenguaje (Peterson & Pennington, 2015). En la discalculia, la agregación familiar es alta: hasta diez veces más frecuente entre parientes que en la población general (Blanco Pérez, 2013).

    ¿Y por qué el niño con dislexia también escribe mal? Hebert, Kearns y Hayes (2018) lo explican bien: leer y escribir comparten el mismo motor fonológico (leer decodifica, escribir codifica), y además la escritura exige releerse para corregir. Cuando el niño gasta toda su memoria de trabajo en descifrar cómo se escribe cada palabra, no le queda capacidad para organizar las ideas.

    ¿Qué tan comunes son?

    El DSM-5 sitúa la prevalencia del trastorno específico del aprendizaje entre el 5% y el 15% de los niños en edad escolar. Para la dislexia, Peterson y Pennington (2015) estiman cerca de un 7% con criterios de rendimiento ajustados por edad; la discalculia se calcula entre 3% y 6%.

    Las cosas rara vez vienen solas. Entre el 17% y el 64% de los niños con dificultades matemáticas también tiene dificultades lectoras (Blanco Pérez, 2013), la co-ocurrencia con TDAH es alta, y alrededor de un 25% de los niños con estas dificultades presenta además ansiedad o síntomas depresivos, en buena medida derivados de la frustración acumulada.

    ¿Cómo se diagnostica un trastorno del aprendizaje?

    El diagnóstico de los trastornos del aprendizaje no sale de un test. Sale de juntar varias fuentes de información y ver si se sostiene la misma historia.

    Los cuatro criterios del DSM-5

    Los cuatro tienen que cumplirse:

    • A. Dificultad persistente. Al menos uno de seis síntomas (leer palabras de forma imprecisa o lenta, comprender lo leído, ortografía, expresión escrita, sentido numérico y cálculo, razonamiento matemático) que dura seis meses o más a pesar de haber recibido intervención dirigida.
    • B. Rendimiento por debajo de lo esperado. Sustancial y medible para la edad, confirmado con pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual más evaluación clínica. Desde los 17 años puede sustituirse por una historia documentada.
    • C. Inicio en la edad escolar. Aunque puede hacerse evidente más tarde, cuando las exigencias superan la capacidad (por ejemplo, en pruebas con tiempo límite).
    • D. No se explica mejor por otra cosa. Discapacidad intelectual, problemas de visión o audición no corregidos, otro trastorno neurológico o mental, adversidad psicosocial, no dominar el idioma de instrucción, o enseñanza inadecuada.

    Vale la pena subrayar algo que sorprende a muchas familias: el DSM-5 no fija un puntaje de corte único. No existe el “percentil mágico”. El diagnóstico se apoya en la síntesis de todos los datos clínicos, y ese juicio profesional es la parte más difícil de todo el proceso.

    Quién evalúa y con qué

    La detección casi siempre parte en la sala de clases, con el profesor jefe que nota la brecha. De ahí se deriva a evaluación psicopedagógica y, cuando se necesita un diagnóstico clínico, a un equipo con psicólogo, psicopedagogo y educador diferencial. Los instrumentos más citados en la literatura en español, con sus edades:

    Instrumento Qué mide Edad
    PROLEC-R (Cuetos, Rodríguez y Ruano) Procesos lectores: identificación de letras, palabras, sintaxis, semántica 6 a 12 años
    TALE (Toro y Cervera) Nivel y características de lectura y escritura, precisión y velocidad 6 a 10 años
    DST-J (Fawcett y Nicholson) Cribado de riesgo de dislexia, 12 subpruebas 6,5 a 11,5 años
    TEDI-MATH Competencias numéricas y de cálculo Preescolar a 3º básico
    EDAF (Brancal y cols.) Discriminación auditiva y fonológica, memoria auditiva 2 a 8 años
    WISC Perfil intelectual, para descartar discapacidad intelectual 6 a 16 años

    Ahora, un matiz con respaldo fuerte y que va contra la intuición: una revisión sobre evaluación de dificultades específicas y discapacidad intelectual concluyó que el trastorno específico del aprendizaje se relaciona débilmente con el CI total, y que no hay evidencia de que la evaluación cognitiva de rutina aporte algo a la identificación ni al tratamiento (Fletcher & Miciak, 2024). Traducido: pedir un test de inteligencia completo para “confirmar” una dislexia suele ser gastar tiempo y plata. Sirve para descartar otras cosas, no para probar el diagnóstico.

    El debate que sigue abierto (y por qué te conviene saberlo)

    Existen tres modelos que compiten para identificar estos trastornos, y ninguno ganó todavía:

    • Discrepancia CI-rendimiento, el estándar histórico, hoy cuestionado porque sobre y sub-identifica según el nivel socioeconómico.
    • Respuesta a la Intervención (RtI), que primero interviene y solo diagnostica a quien no responde. Suena razonable, pero los datos de la adopción estatal del modelo en Tennessee mostraron una caída del 61% en la probabilidad de identificar un caso nuevo hacia tercero básico, más pronunciada en estudiantes afroamericanos y de bajos recursos (Gilmour et al., 2024). Es decir: puede que no esté mejorando las cosas, sino retrasando el diagnóstico.
    • Patrones de fortalezas y debilidades (PSW), el más usado hoy.

    Lo revelador es lo que pasó cuando compararon los tres: el modelo elegido casi no cambió el resultado. En un estudio con 343 psicólogos escolares, la precisión llegó al 97,5% cuando los datos eran claramente consistentes, pero cayó al 65,6% en el conjunto global de casos, y bajaba justo cuando la información era ambigua (Maki et al., 2022). Lo que decide la calidad del diagnóstico es la calidad e integración de los datos (historia, informes escolares, monitoreo del progreso), no la etiqueta del método.

    Por eso, si te entregan un informe con un solo test y una conclusión tajante, tienes derecho a preguntar en qué más se apoyó.

    El marco chileno: Decreto 170, PIE y evaluación diversificada

    En Chile, el Decreto 170 del MINEDUC regula las evaluaciones diagnósticas que dan acceso a la subvención de educación especial dentro del Programa de Integración Escolar, e incluye las dificultades específicas del aprendizaje entre las necesidades educativas especiales de carácter transitorio, junto al trastorno específico del lenguaje y al déficit atencional. La evaluación la realiza un profesional inscrito en el Registro Nacional de Profesionales de la Educación Especial.

    Dentro del colegio, las decisiones sobre apoyos y promoción no las toma una persona sola: participan la jefatura técnico-pedagógica, el profesor jefe y los especialistas del PIE, y todas las medidas deben ser informadas y autorizadas por el apoderado. El MINEDUC, además, viene empujando un cambio de concepto en el Decreto 67/2018: de la “evaluación diferenciada” entendida como un ajuste aislado para el niño con diagnóstico, hacia una evaluación diversificada que ofrece a todo el curso distintas formas de demostrar lo aprendido, sin bajar las metas. La eximición de asignaturas quedó eliminada.

    Chile tiene un marco de inclusión que ha sido mirado como modelo en la región, con articulación entre salud, educación y política pública, aunque su implementación ha mostrado dificultades estructurales relevantes (Vidal et al., 2024). Vale decirlo: tener el decreto no garantiza que el apoyo llegue bien a cada sala.

    ¿Con qué se confunde un trastorno del aprendizaje?

    Esta es, en la práctica, la parte más delicada de la evaluación. El criterio D del DSM-5 obliga a descartar:

    • Discapacidad intelectual. El trastorno específico se diagnostica cuando el funcionamiento intelectual está en rango normal. Si hay discapacidad intelectual, solo se agrega el diagnóstico de aprendizaje si las dificultades exceden lo esperable para ese nivel. Puedes revisar las diferencias en la guía sobre discapacidad intelectual y altas capacidades.
    • Trastornos del lenguaje (TEL o TDL). Afectan primariamente el lenguaje oral, mientras que el trastorno del aprendizaje afecta habilidades académicas que se enseñan de forma explícita. Pueden coexistir, y de hecho muchas dificultades lectoras vienen precedidas de retrasos del lenguaje en preescolar. Aquí explicamos la diferencia entre TEL y TDL.
    • TDAH. El problema central es de atención e impulsividad, no de una habilidad académica específica. Se solapan con frecuencia y conviene evaluar ambos.
    • Problemas sensoriales no corregidos. Una hipoacusia leve o un problema visual sin lentes imitan bastante bien una dificultad de aprendizaje.
    • Enseñanza insuficiente, cambios de colegio o adversidad psicosocial. Es el “tipo I” de Romero Pérez y Lavigne Cerván: el niño no aprendió porque no le enseñaron bien o porque su vida se desordenó, no porque no pueda.

    El costo invisible: qué le pasa a la autoestima mientras tanto

    Esta parte casi nunca aparece en los informes, y es la que más veo en consulta.

    El fracaso repetido en la sala de clases construye una explicación en la cabeza del niño. Alrededor de los 10 u 11 años empieza a distinguir con claridad entre esfuerzo y capacidad, y ahí el autoconcepto académico se vuelve negativo: atribuye sus fracasos a algo interno y permanente (“soy tonto”) y sus éxitos a la suerte. Ese estilo atribucional desemboca en indefensión aprendida, el convencimiento de que da lo mismo lo que haga (Rivas Torres & López Gómez, 2015; Romero Pérez & Lavigne Cerván, 2005).

    De ahí salen conductas que los adultos leemos mal. El niño que se hace el payaso justo cuando toca leer en voz alta, el que “se le olvidó” el cuaderno el día de la prueba, el que se enferma del estómago los martes. No son mañas: son maniobras para proteger la imagen frente a un fracaso que ya da por seguro. En matemáticas se agrega un círculo particularmente cruel, porque la ansiedad bloquea la memoria de trabajo y eso empeora todavía más el rendimiento (Blanco Pérez, 2013).

    Cuando un diagnóstico llega a tiempo, muchas veces el mayor alivio no es el plan de apoyo. Es que el niño por fin tiene una explicación de sí mismo que no es “soy malo para el colegio”.

    Qué ayuda de verdad (y qué no)

    La buena noticia es que la intervención temprana tiene números difíciles de ignorar. Blanco Pérez (2013) reporta que intervenir oportunamente en primero básico logra que entre el 70% y el 90% de los niños en riesgo dejen de presentar dificultades significativas en segundo.

    Lo que tiene mejor respaldo:

    • Instrucción explícita y sistemática en conciencia fonológica y decodificación, en grupos pequeños. Es la intervención con mayor evidencia empírica para las dificultades lectoras (Peterson & Pennington, 2015). Los métodos multisensoriales (ver la letra, escucharla, articularla, escribirla) van en esa línea.
    • Enseñar estrategias, no repetir ejercicios. Mostrarle al niño cómo enfrentar la tarea, con autoinstrucciones, en vez de mandarle más de lo mismo (Luque Parra & Rodríguez Infante, 2006).
    • Cribado universal temprano. En español existen protocolos validados de medición basada en el currículum (IPAL para lectura, IPAE para escritura, IPAM para matemáticas) diseñados justamente para detectar a tiempo a los estudiantes en riesgo (Jiménez et al., 2020).
    • Adecuaciones en el colegio, que no significan bajar el nivel: más tiempo, materiales ajustados, evaluaciones que permitan mostrar lo aprendido por otras vías.
    • La familia como colaboradora, con pautas concretas de apoyo lector y de hábitos, más que como supervisora de tareas.

    Y algo que conviene ahorrarse: los suplementos de ácidos grasos omega-3 y omega-6 se promocionan bastante para estos casos, pero una revisión Cochrane no encontró evidencia suficiente para recomendarlos en niños con trastornos específicos del aprendizaje (Tan et al., 2016).

    ¿Cuándo consultar con un profesional?

    Pide una evaluación si reconoces varias de estas señales a la vez:

    • La dificultad lleva seis meses o más, y ya hubo apoyo o refuerzo de por medio.
    • La brecha con el curso se está agrandando, no achicando.
    • Tu hijo entiende bien lo que escucha y conversa, pero se traba justo al leer, escribir o calcular.
    • Aparecieron síntomas emocionales: rechazo a ir al colegio, dolores de guata sin causa médica, llanto con las tareas, frases como “soy tonto”.
    • El colegio dice que “hay que esperar a que madure” y ya pasó más de un año escolar completo.

    Esa última merece un párrafo aparte. Esperar tiene un costo medible: pasados los 8 años, el retraso escolar se hace más marcado y las posibilidades de remisión bajan bastante (Romero Pérez & Lavigne Cerván, 2005), porque se pierde la ventana de mayor plasticidad. El modelo de “esperar a que falle” es precisamente lo que la literatura viene cuestionando.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuáles son los tipos de trastornos del aprendizaje?

    El DSM-5 reconoce tres tipos, según el área afectada: dificultad en la lectura (dislexia), dificultad en la expresión escrita (disgrafía y disortografía) y dificultad matemática (discalculia). Un mismo niño puede presentar más de uno, y de hecho la co-ocurrencia entre dificultades lectoras y matemáticas es frecuente.

    ¿Cómo evaluar trastornos del aprendizaje en un niño?

    La evaluación combina historia del desarrollo y escolar, informes del colegio, revisión de cuadernos y pruebas estandarizadas aplicadas de forma individual (PROLEC-R, TALE, DST-J, TEDI-MATH según el área). La realiza un equipo con psicólogo, psicopedagogo o educador diferencial. Ningún test aislado basta para diagnosticar.

    ¿A qué edad se puede diagnosticar un trastorno del aprendizaje?

    El diagnóstico formal suele hacerse en los primeros años de básica, cuando ya se enseñó formalmente a leer, escribir y calcular. Los precursores se detectan antes: dificultad para rimar, problemas de pronunciación, poco interés en los cuentos o torpeza en motricidad fina durante el preescolar.

    ¿Un trastorno del aprendizaje significa que mi hijo tiene bajo coeficiente intelectual?

    No. El diagnóstico requiere justamente que la capacidad intelectual esté en rango normal. La evidencia muestra además que estos trastornos se relacionan débilmente con el CI total, y que la evaluación cognitiva de rutina no aporta a identificarlos ni a tratarlos.

    ¿Se cura un trastorno del aprendizaje?

    No se “cura” porque no es una enfermedad, es una forma distinta de procesar cierta información. Sí mejora mucho con intervención adecuada: la instrucción temprana en primero básico logra que entre un 70% y un 90% de los niños en riesgo ya no muestren dificultades significativas al año siguiente.

    ¿Qué diferencia hay entre dificultad de aprendizaje y trastorno del aprendizaje?

    Una dificultad de aprendizaje, en sentido amplio, incluye cualquier problema para aprender, con causa externa o interna. El trastorno específico es un subgrupo: origen neurobiológico, persistente pese a buena enseñanza, con capacidad intelectual normal y limitado a lectura, escritura o cálculo.

    Cuando la duda ya lleva demasiado tiempo dando vueltas

    Si llegaste hasta acá, probablemente reconociste a tu hijo en varias líneas. Lo que sigue no es alarmarse: es despejar la duda con una evaluación seria, porque la diferencia entre un problema escolar y un trastorno específico cambia por completo el tipo de ayuda que sirve.

    En consulta trabajamos ese proceso completo: entender qué está pasando de verdad, coordinar con el colegio lo que corresponde según el Decreto 170, y (esto importa tanto como lo anterior) reparar la idea que el niño se hizo de sí mismo en el camino. Agenda una hora de evaluación y conversemos qué necesita tu hijo.

    Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico

    Sobre el autor

    Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), . Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia. Este artículo fue escrito y revisado por su autor, psicólogo clínico en ejercicio.

    Referencias

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