Empieza con algo menor (los platos, la hora a la que llegaste, un comentario sobre tu familia) y en tres minutos ya están diciéndose “siempre” y “nunca”. Después viene el silencio, o un portazo, y a los pocos días la misma escena con otro disfraz. Si te preguntas por qué peleamos por todo y cómo frenar las discusiones de pareja constantes, la respuesta corta es que el tema casi nunca es el problema. Lo que se repite es la forma en que cada uno reacciona al otro, un ciclo de reclamo y retirada que se alimenta solo y que se puede desarmar.
En pocas palabras
Las parejas pelean una y otra vez por lo mismo porque la mayoría de los desacuerdos de largo plazo nacen de diferencias que no desaparecen (de personalidad, de necesidad de cercanía y de espacio), y porque el modo de discutirlas arma un ciclo. Una persona presiona para obtener cercanía o un cambio, la otra se defiende alejándose, y ese alejamiento hace que la primera presione más. El ciclo se corta cuando cada uno cambia su parte, dice lo que siente debajo del enojo y trata al patrón como el problema, en vez de tratar a la pareja como el problema.
¿Por qué peleamos por todo? El tema cambia, el patrón se queda
Christensen, Doss y Jacobson (2014), los autores de la terapia integrativa de pareja, ordenan el origen de las peleas en cuatro piezas que forman la sigla DEEP en inglés: diferencias (de personalidad, de ritmo, de necesidad de cercanía), emociones sensibles (heridas viejas que algunos temas tocan), estresores externos (trabajo, dinero, hijos, enfermedad) y patrones de comunicación. Las tres primeras piezas generan el desacuerdo. La cuarta decide cuánto daño hace.
Bradbury y Karney (2019) recogen una idea del terapeuta Dan Wile que lo resume bien: al elegir pareja se elige también un conjunto de problemas que probablemente nunca se resuelvan del todo. Esa persona que te encanta por lo ordenada trae consigo la rigidez, y la espontánea trae el desorden. Es un paquete completo, y las discusiones recurrentes suelen caer justo en las costuras del paquete.
De ahí viene lo que ves desde adentro: cambian los temas (la plata, la suegra, quién se levanta con el niño, el celular) y la escena es idéntica. Bradbury y Karney (2019) señalan que en el efecto de un conflicto pesa más el modo de discutir que el asunto discutido. Y en parejas observadas en su vida diaria, el patrón de reclamo y retirada apareció en las discusiones en casa sobre todo cuando el tema concernía a la relación misma, y se asoció con más emociones negativas y menos resolución del conflicto (Papp et al., 2009, con 116 parejas que llevaron un diario).
Para ordenar qué te pasa, mira estos cuatro focos:
- Qué diferencia de fondo hay detrás. Uno necesita hablar de todo y el otro procesar a solas, uno planifica y el otro improvisa.
- Qué herida toca el tema. “Siempre llegas tarde” puede sonar a “no soy importante para ti”.
- Qué carga externa hay. Los periodos de más estrés suelen traer más peleas por lo mismo (hay una guía en cómo manejar el estrés).
- Qué hacen ustedes cuando se enciende. Esa última pregunta es la que se puede cambiar más rápido.
¿Qué es el ciclo de reclamo y retirada?
Es una secuencia en la que la persona que busca un cambio o más cercanía presiona (pide, critica, insiste), y quien prefiere evitar la tensión responde alejándose (cambia de tema, minimiza, se calla, sale de la habitación). En inglés se llama demand-withdraw. Según Christensen et al. (2014, cap. 6), funciona así:
- Aparece una diferencia o un estresor que activa a una de las dos personas.
- Quien reclama expresa la frustración con quejas, críticas o exigencias. Lo que se ve es enojo, aunque debajo suele haber otra cosa.
- Quien se retira siente el reclamo como un ataque o una invasión y se protege con evasivas, justificaciones o silencio.
- La retirada confirma el miedo de quien reclama (a no importar, a estar solo en la relación), así que reclama con más fuerza.
- El reclamo confirma el miedo de quien se retira (a ser criticado, a no dar la talla, a perder su espacio), así que se cierra más.
Los autores lo llaman trampa recíproca: cada uno aplica una solución que le parece razonable, y esa solución es veneno para el otro (la llaman “remedio tóxico”). Si el ciclo se repite lo suficiente aparecen dos cosas más. Primero la polarización, en que cada uno se atrinchera en su extremo (uno cada vez más exigente, el otro cada vez más distante). Después la alienación, en que la conversación se congela y empieza a aparecer la duda sobre el futuro de la relación.
Lo más difícil de ver desde adentro es que cada uno cuenta la historia empezando en un punto distinto. Quien reclama dice “exijo porque tú eres frío”. Quien se retira dice “me alejo porque tú eres insoportable cuando insistes”. Los dos tienen razón en lo que sienten, y los dos señalan al otro como el origen.
| Quien reclama | Quien se retira | |
|---|---|---|
| Lo que se ve | Críticas, quejas, tono elevado, “siempre” y “nunca” | Silencio, evasivas, cambiar de tema, irse |
| Lo que suele haber debajo | Soledad, miedo a no importar, tristeza | Sensación de ser criticado, de no dar la talla, de necesitar aire |
| Lo que entiende el otro | “No quiere hablar porque no le importo” | “Me quiere cambiar y nada de lo que hago le sirve” |
| Lo que hace sin querer | Sube la presión, y eso empuja al otro más lejos | Se aleja, y eso confirma el miedo del otro |
Esta tabla viene de la descripción clínica de Christensen et al. (2014, caps. 4 y 6); cada pareja tiene su propia versión.
El patrón tiene respaldo empírico. Un metaanálisis de 74 estudios (14.255 personas) encontró que la demanda-retirada se asocia de forma moderada (r = 0,36) con peores resultados individuales, de relación y de comunicación (Schrodt et al., 2014). Ojo con la lectura: es una asociación, y no dice cuál viene primero (una relación en mal momento también produce este ciclo).
¿Es cosa de hombres y mujeres? Depende de quién quiere el cambio
La imagen clásica es “ella reclama, él se retira”. Hay algo de cierto, pero los datos cuentan una historia más precisa. En un estudio de 31 parejas, el patrón esposa-reclama/esposo-se-retira fue más probable solo cuando se hablaba de un cambio que quería la esposa; tanto maridos como esposas reclamaban más cuando querían un cambio y se retiraban más cuando el cambio lo quería la pareja (Christensen y Heavey, 1990). Es decir, el rol lo marca la posición en el conflicto.
Otros estudios van en la misma línea:
- En 182 parejas (68 con malestar severo, 66 con malestar moderado y 48 sin malestar), más demanda-retirada se asoció con más malestar, y la polaridad de género cambiaba según quién eligió el tema y los años de matrimonio. En conversaciones sobre un problema personal, los papeles se invertían (Eldridge et al., 2007).
- En 75 parejas, de distinto sexo y del mismo sexo, el patrón apareció de forma muy parecida. Todas las personas reclamaban más en su propio tema y se retiraban más en el de su pareja, y más demanda-retirada total iba con menos satisfacción en todos los tipos de pareja (Baucom et al., 2010).
- Con parejas de Estados Unidos, de Pakistán y paquistaníes inmigrantes, la demanda-retirada se relacionó con el malestar de pareja en las tres, y los autores concluyen que reclamar o retirarse no es algo inherentemente masculino o femenino: pesan el poder y la cultura (Rehman y Holtzworth-Munroe, 2006).
En la práctica: si tú eres quien siempre reclama, probablemente en este tema eres quien quiere el cambio. En otro tema, con la misma pareja, puedes ser quien se cierra.
Mi pareja no quiere hablar de nuestros problemas: ¿qué hay detrás de la retirada?
Cuando tu pareja no quiere hablar de los problemas, lo más común es leerlo como desamor o desinterés. Christensen et al. (2014, caps. 6 y 9) proponen otra lectura: la retirada suele ser un intento de protegerse de una conversación que se siente como ataque, y la persona puede seguir queriendo la relación. Hay varias razones que se mezclan:
- Sobrecarga. Bradbury y Karney (2019, cap. 10) explican que la activación fisiológica de una discusión degrada capacidades complejas como la empatía, la adopción de perspectiva y el perdón; la persona literalmente piensa peor. Irse a calmarse puede ser lo más sensato, si se avisa y se vuelve.
- Un estilo de apego que evita la cercanía emocional. Quienes lo tienen se incomodan cuando la intimidad sube. Si esto te suena, lo desarrollamos en apego evitativo: cómo superarlo, y el otro extremo (la ansiedad que persigue) está en cómo superar el apego ansioso.
- Dificultad para ponerle palabras a lo que siente, que no es frialdad (mira alexitimia en la pareja).
- Años de práctica. En 127 matrimonios de larga duración seguidos durante 13 años, la evitación aumentó con la edad en ambos miembros de la pareja, mientras el resto de las conductas de reclamo y retirada se mantenía estable (Holley et al., 2013). Si llevan mucho tiempo en esto, el silencio puede haberse hecho costumbre.
Y falta la otra mitad. Según Bradbury y Karney (2019, cap. 12), las explicaciones que damos a la conducta de la pareja cambian cuánto nos duele. Las personas satisfechas tienden a atribuir un mal momento a causas pasajeras (“estaba agotado”), y las insatisfechas a rasgos permanentes (“es un egoísta”). Con el ciclo corriendo, quien reclama atribuye el silencio a falta de amor, y quien se retira atribuye el reclamo a un carácter criticón. Cada nueva pelea llega cargada con esa lectura, y por eso se siente peor que la anterior aunque el tema sea el mismo.
Un matiz que conviene tener a la vista: no toda retirada es mala ni todo reclamo es inútil. Una revisión sobre comunicación en el conflicto concluye que la oposición directa ayuda cuando hay un problema serio que atender y la pareja puede cambiar, pero perjudica cuando la pareja no está lo bastante segura para responder. Y la comunicación cooperativa (afecto, validación) puede ayudar cuando los problemas son menores o no tienen cambio posible, aunque puede perjudicar si hace falta cambiar algo serio (Overall y McNulty, 2017). La forma y el momento importan tanto como lo que se dice.
¿Son normales las discusiones constantes?
Pelear no es una señal de que la relación va mal. Para Bradbury y Karney (2019, cap. 10), el conflicto es inevitable cuando dos personas interdependientes tienen metas que a veces chocan, y las parejas sanas no carecen de desacuerdos: protegen la relación mientras discuten. Lo que pesa más es cómo se pelea:
- Mucha negatividad dirigida a la persona (tono, sarcasmo, desprecio), en vez de al asunto.
- Ciclos largos de devolver cada ataque con otro ataque.
- Patrones rígidos y predecibles, en que la respuesta de uno está dictada por la última molestia del otro.
- Poco afecto positivo alrededor. El cariño, el humor suave y el interés genuino amortiguan los errores de comunicación; con poco afecto, las mismas torpezas pesan mucho más (Bradbury y Karney, 2019, cap. 10).
Los Gottman sostienen que cerca del 69 % de los problemas de una pareja son perpetuos, es decir, nacen de diferencias de personalidad o de necesidades de vida y no se resuelven del todo, y que lo que separa a unas parejas de otras es el tono con que los conversan: con aceptación, humor y afecto, o en bloqueo (gridlock) y con los cuatro jinetes (The Gottman Institute, s. f.). Esa página no cita el estudio detrás de la cifra, así que conviene tomarla como orientación y no como un dato duro. Sí concuerda con lo que dicen Christensen et al. (2014) y Bradbury y Karney (2019). Si quieres ver qué son esos cuatro jinetes y qué respaldo tienen, está en los 4 jinetes de Gottman.
Hay otra cosa que conviene mirar con cautela. Un estudio con recién casados observados cuatro veces en dos años y medio encontró que la comunicación predecía la satisfacción posterior y que la satisfacción predecía la comunicación posterior, ninguna de las dos de forma muy sólida, y sus autores plantean dudas sobre las intervenciones que ponen todo el peso en enseñar habilidades de comunicación (Lavner et al., 2016). Dicho sin tecnicismo, aprender a hablar mejor ayuda, y a la vez los datos sugieren que no lo explica todo: también pesan el agotamiento, las diferencias de fondo y el estado en que ya está la relación.
Si además hay un cambio grande en la vida de ustedes (un hijo recién nacido, un traslado, una pérdida), las peleas suelen subir, porque se suma un estresor externo al desacuerdo de fondo.
Cuándo una pelea es más que una pelea
Los dos libros de referencia separan tres cosas que en el día a día se mezclan (Bradbury y Karney, 2019, cap. 11; Christensen et al., 2014, cap. 15):
- Conflicto ordinario: enojo, quejas, portazos o distancia temporal, sin miedo a la integridad física ni intento de dominar.
- Violencia situacional: una discusión que escala y llega al contacto físico (empujar, agarrar, lanzar objetos). Aunque no haya un plan de controlar a la pareja, es violencia, y la responsabilidad de cada acto es de quien lo comete.
- Maltrato o violencia coercitiva: agresión usada para someter, intimidar, aislar y controlar, con miedo persistente, control del dinero o de las salidas, amenazas, humillaciones constantes.
Esa tercera categoría cambia las reglas. Según los autores, la terapia de pareja está contraindicada cuando hay maltrato coercitivo, porque pedirle a la persona agredida que exprese sus quejas frente a quien la controla puede exponerla a represalias, y porque plantea la violencia como un problema compartido de la relación. Ahí la prioridad es la seguridad, y ayuda un profesional que atienda a la persona sola.
Si tras leer esto reconoces miedo a la reacción de tu pareja, control o amenazas, en Chile puedes llamar al Fono 1455 de orientación en violencia contra las mujeres (gratuito, según ChileAtiende atiende de lunes a domingo de 8:00 a 00:00), al 149 (Fono Familia de Carabineros), y al 133 si hay peligro inmediato. Si quieres aclarar señales, tienes relaciones de pareja dañinas y violencia psicológica en la pareja.
Cómo salir del ciclo, paso a paso
Los consejos de Christensen et al. (2014, caps. 4, 6, 9, 10, 12, 13 y 14) se pueden ordenar así. Las frases son ejemplos para que las adaptes a tu forma de hablar.
- Ponle nombre al patrón. Es la técnica que llaman desconexión unificada (cap. 10): tratar el problema como un “ello” y no como un “tú”. Un nombre neutral o con algo de humor (“el round de siempre”) permite señalarlo sin atacarse: “creo que estamos entrando en lo de siempre”. Algunas parejas puntúan de 1 a 10 qué tan encendidas están, para darse cuenta a tiempo.
- Cambia tu parte primero. Esperar a que el otro cambie primero mantiene la trampa; Christensen et al. (cap. 14) insisten en que modificar la propia reacción es la vía más rápida para alterar el ciclo entero.
- Si eres quien reclama, baja la presión y di lo de abajo. Menos acoso y menos reproches, y en su lugar la emoción blanda: “me da pena que casi no hablemos” en vez de “eres un frío”. Pide algo concreto y positivo (“¿cenamos diez minutos sin celular?”) en vez de “nunca me prestas atención”. Y dale espacio: que no conteste de inmediato no equivale a que no le importes.
- Si eres quien se retira, avisa la pausa y vuelve. Irse en silencio le confirma a tu pareja su miedo. Es distinto decir “esto me está sobrepasando, necesito 20 minutos y lo retomamos a las nueve”, y cumplirlo. Hacer por iniciativa propia algo que tu pareja ha pedido también desarma el reclamo (cap. 14).
- Habla de la emoción blanda cuando haya calma. La unión empática (cap. 9) consiste en revelar lo vulnerable (tristeza, soledad, miedo a no importar, sentirse incapaz) en lugar del reproche, sin culpar, y reconocer que la otra persona también tiene razones. Así el otro responde con cuidado y no con defensa. Si necesitas apoyo para aprender a poner en palabras lo que sientes, comunicación asertiva puede ser un punto de partida.
- Un tema por vez, y una conversación de reparación. Después de una pelea, y con la tensión baja, conversen sobre lo que pasó adentro de cada uno antes de que explotara, y reconozcan los intentos que el otro hizo por calmar la situación (cap. 9).
- Si el tema es perpetuo, pasen de ganar a entender. Christensen et al. (cap. 7) llaman “la tercera solución” a la aceptación: entender la conducta del otro dentro de su historia y sus sensibilidades. La aceptación que proponen es una tolerancia elegida y con comprensión, que se diferencia de aguantarse en silencio. Según los autores, cuando una persona se siente aceptada, la defensa baja, y es más probable que aparezcan ajustes que antes se resistían.
Dos advertencias. Una pausa no es una ley del hielo: si pasa de 24 horas sin retomarse, vuelve a ser retirada. Y esto funciona cuando las dos personas están a salvo. Si hay miedo, vuelve a la sección anterior.
Para ver si tu relación es sana en general, puedes revisar cómo saber si mi relación de pareja es sana.
¿Funciona la terapia de pareja para peleas repetidas?
Hay buena evidencia de que sí, con matices. En un ensayo con 134 parejas casadas con malestar serio y crónico, el 71 % de las que hicieron terapia integrativa de pareja (IBCT, la que usa la desconexión unificada y la unión empática) y el 59 % de las de terapia conductual tradicional quedaron mejoradas o recuperadas al terminar (Christensen et al., 2004). A los cinco años, el seguimiento de esas parejas mostró un tamaño de efecto de d = 1,03 en satisfacción para la IBCT (0,92 para la tradicional). Un 50,0 % de las parejas de IBCT mostraba mejoría clínicamente significativa, y un 25,7 % estaba separada o divorciada. Los autores lo describen como favorable frente a otros resultados de largo plazo (Christensen et al., 2010).
Si lo que te frena es el acceso, existe una versión online de ese enfoque. En un ensayo con 300 parejas de Estados Unidos, un programa de 8 horas con cuatro llamadas breves mejoró la satisfacción (d = 0,69), la confianza en la relación (d = 0,47) y también los síntomas depresivos (d = 0,71) y ansiosos (d = 0,94) frente a una lista de espera (Doss et al., 2016), y las mejoras se mantuvieron a los 12 meses (Doss et al., 2019). Son estudios de otro país, en inglés y con un programa específico, así que son una señal de que el formato puede funcionar, y no una promesa para cualquier pareja. En conjunto, el metaanálisis de 58 estudios sobre terapia de pareja encontró un efecto grande en satisfacción (g = 1,12) frente a casi nada en lista de espera (g = 0,12), con parejas de distinto sexo (Roddy et al., 2020).
Consulta si llevan meses repitiendo el mismo ciclo y cada intento de hablarlo termina igual, si hay desprecio o silencios de días, si uno de los dos ya está pensando en terminar, o si el desgaste empezó a afectar el sueño, el trabajo o el ánimo. Cómo es el proceso está en terapia de pareja: cuándo funciona y qué esperar en la primera sesión. Si estás dudando entre seguir o terminar, tienes separarse o seguir intentando. Para información general, la APA tiene una página sobre relaciones y la OMS sobre salud mental.
Preguntas frecuentes
¿Es normal que mi pareja y yo peleemos siempre por lo mismo?
Es muy común. Bradbury y Karney (2019) explican que muchas diferencias de personalidad y de necesidades no se resuelven del todo, así que los mismos temas vuelven. Lo que merece atención es el modo de discutir (desprecio, silencios de días, miedo) más que la repetición del tema.
¿Por qué mi pareja se calla o se va cuando quiero hablar de nuestros problemas?
Muchas veces la persona se está protegiendo de una conversación que vive como ataque, o se siente emocionalmente sobrepasada. Ayuda empezar por lo que sientes (“me da pena que no hablemos”) y no por el reproche, elegir un momento tranquilo y pactar una pausa con hora para retomar el tema.
¿Quién tiene la culpa del ciclo de reclamo y retirada?
Ninguna de las dos personas por sí sola. El ciclo se sostiene entre ambas: la presión de una alimenta la distancia de la otra y viceversa. Los estudios muestran además que el rol depende de quién quiere el cambio en cada tema, y no del género.
¿Cuántas peleas son demasiadas?
Ningún número marca el corte. Importa más el cómo: si hay desprecio, humillaciones, miedo o silencios que duran días, aunque sean pocas peleas, merece atención. Pelear seguido pero con respeto, con reparación después y con cariño alrededor tiene otro pronóstico que pelear poco con desprecio.
¿Sirve la terapia de pareja si solo uno quiere ir?
Los ensayos citados trabajaron con ambos miembros de la pareja. Aun así, Christensen et al. (2014) subrayan que cambiar la propia parte del ciclo es la vía más rápida para alterarlo, y una consulta individual puede ayudar a eso, siempre que no haya violencia coercitiva.
¿Qué hago si en una pelea hay gritos, insultos o miedo?
Si hay miedo a la reacción de tu pareja, control o amenazas, prioriza tu seguridad antes que cualquier técnica de comunicación. En Chile puedes llamar al Fono 1455 (violencia contra las mujeres), al 149 (Fono Familia de Carabineros) o al 133 si hay peligro inmediato.
Dónde seguir
Si quieres entender qué pasa en tu relación y aprender a salir del ciclo, puedes agendar una consulta y revisarlo con calma, sola, solo o en pareja. Hay terapia online desde cualquier lugar de Chile (terapia psicológica online).
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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