Etiqueta: conflicto de pareja

  • ¿Por qué peleamos siempre por lo mismo?

    ¿Por qué peleamos siempre por lo mismo?

    Empieza con algo menor (los platos, la hora a la que llegaste, un comentario sobre tu familia) y en tres minutos ya están diciéndose “siempre” y “nunca”. Después viene el silencio, o un portazo, y a los pocos días la misma escena con otro disfraz. Si te preguntas por qué peleamos por todo y cómo frenar las discusiones de pareja constantes, la respuesta corta es que el tema casi nunca es el problema. Lo que se repite es la forma en que cada uno reacciona al otro, un ciclo de reclamo y retirada que se alimenta solo y que se puede desarmar.

    En pocas palabras

    Las parejas pelean una y otra vez por lo mismo porque la mayoría de los desacuerdos de largo plazo nacen de diferencias que no desaparecen (de personalidad, de necesidad de cercanía y de espacio), y porque el modo de discutirlas arma un ciclo. Una persona presiona para obtener cercanía o un cambio, la otra se defiende alejándose, y ese alejamiento hace que la primera presione más. El ciclo se corta cuando cada uno cambia su parte, dice lo que siente debajo del enojo y trata al patrón como el problema, en vez de tratar a la pareja como el problema.

    ¿Por qué peleamos por todo? El tema cambia, el patrón se queda

    Christensen, Doss y Jacobson (2014), los autores de la terapia integrativa de pareja, ordenan el origen de las peleas en cuatro piezas que forman la sigla DEEP en inglés: diferencias (de personalidad, de ritmo, de necesidad de cercanía), emociones sensibles (heridas viejas que algunos temas tocan), estresores externos (trabajo, dinero, hijos, enfermedad) y patrones de comunicación. Las tres primeras piezas generan el desacuerdo. La cuarta decide cuánto daño hace.

    Bradbury y Karney (2019) recogen una idea del terapeuta Dan Wile que lo resume bien: al elegir pareja se elige también un conjunto de problemas que probablemente nunca se resuelvan del todo. Esa persona que te encanta por lo ordenada trae consigo la rigidez, y la espontánea trae el desorden. Es un paquete completo, y las discusiones recurrentes suelen caer justo en las costuras del paquete.

    De ahí viene lo que ves desde adentro: cambian los temas (la plata, la suegra, quién se levanta con el niño, el celular) y la escena es idéntica. Bradbury y Karney (2019) señalan que en el efecto de un conflicto pesa más el modo de discutir que el asunto discutido. Y en parejas observadas en su vida diaria, el patrón de reclamo y retirada apareció en las discusiones en casa sobre todo cuando el tema concernía a la relación misma, y se asoció con más emociones negativas y menos resolución del conflicto (Papp et al., 2009, con 116 parejas que llevaron un diario).

    Para ordenar qué te pasa, mira estos cuatro focos:

    • Qué diferencia de fondo hay detrás. Uno necesita hablar de todo y el otro procesar a solas, uno planifica y el otro improvisa.
    • Qué herida toca el tema. “Siempre llegas tarde” puede sonar a “no soy importante para ti”.
    • Qué carga externa hay. Los periodos de más estrés suelen traer más peleas por lo mismo (hay una guía en cómo manejar el estrés).
    • Qué hacen ustedes cuando se enciende. Esa última pregunta es la que se puede cambiar más rápido.

    ¿Qué es el ciclo de reclamo y retirada?

    Es una secuencia en la que la persona que busca un cambio o más cercanía presiona (pide, critica, insiste), y quien prefiere evitar la tensión responde alejándose (cambia de tema, minimiza, se calla, sale de la habitación). En inglés se llama demand-withdraw. Según Christensen et al. (2014, cap. 6), funciona así:

    1. Aparece una diferencia o un estresor que activa a una de las dos personas.
    2. Quien reclama expresa la frustración con quejas, críticas o exigencias. Lo que se ve es enojo, aunque debajo suele haber otra cosa.
    3. Quien se retira siente el reclamo como un ataque o una invasión y se protege con evasivas, justificaciones o silencio.
    4. La retirada confirma el miedo de quien reclama (a no importar, a estar solo en la relación), así que reclama con más fuerza.
    5. El reclamo confirma el miedo de quien se retira (a ser criticado, a no dar la talla, a perder su espacio), así que se cierra más.

    Los autores lo llaman trampa recíproca: cada uno aplica una solución que le parece razonable, y esa solución es veneno para el otro (la llaman “remedio tóxico”). Si el ciclo se repite lo suficiente aparecen dos cosas más. Primero la polarización, en que cada uno se atrinchera en su extremo (uno cada vez más exigente, el otro cada vez más distante). Después la alienación, en que la conversación se congela y empieza a aparecer la duda sobre el futuro de la relación.

    Lo más difícil de ver desde adentro es que cada uno cuenta la historia empezando en un punto distinto. Quien reclama dice “exijo porque tú eres frío”. Quien se retira dice “me alejo porque tú eres insoportable cuando insistes”. Los dos tienen razón en lo que sienten, y los dos señalan al otro como el origen.

    Quien reclamaQuien se retira
    Lo que se veCríticas, quejas, tono elevado, “siempre” y “nunca”Silencio, evasivas, cambiar de tema, irse
    Lo que suele haber debajoSoledad, miedo a no importar, tristezaSensación de ser criticado, de no dar la talla, de necesitar aire
    Lo que entiende el otro“No quiere hablar porque no le importo”“Me quiere cambiar y nada de lo que hago le sirve”
    Lo que hace sin quererSube la presión, y eso empuja al otro más lejosSe aleja, y eso confirma el miedo del otro

    Esta tabla viene de la descripción clínica de Christensen et al. (2014, caps. 4 y 6); cada pareja tiene su propia versión.

    El patrón tiene respaldo empírico. Un metaanálisis de 74 estudios (14.255 personas) encontró que la demanda-retirada se asocia de forma moderada (r = 0,36) con peores resultados individuales, de relación y de comunicación (Schrodt et al., 2014). Ojo con la lectura: es una asociación, y no dice cuál viene primero (una relación en mal momento también produce este ciclo).

    ¿Es cosa de hombres y mujeres? Depende de quién quiere el cambio

    La imagen clásica es “ella reclama, él se retira”. Hay algo de cierto, pero los datos cuentan una historia más precisa. En un estudio de 31 parejas, el patrón esposa-reclama/esposo-se-retira fue más probable solo cuando se hablaba de un cambio que quería la esposa; tanto maridos como esposas reclamaban más cuando querían un cambio y se retiraban más cuando el cambio lo quería la pareja (Christensen y Heavey, 1990). Es decir, el rol lo marca la posición en el conflicto.

    Otros estudios van en la misma línea:

    • En 182 parejas (68 con malestar severo, 66 con malestar moderado y 48 sin malestar), más demanda-retirada se asoció con más malestar, y la polaridad de género cambiaba según quién eligió el tema y los años de matrimonio. En conversaciones sobre un problema personal, los papeles se invertían (Eldridge et al., 2007).
    • En 75 parejas, de distinto sexo y del mismo sexo, el patrón apareció de forma muy parecida. Todas las personas reclamaban más en su propio tema y se retiraban más en el de su pareja, y más demanda-retirada total iba con menos satisfacción en todos los tipos de pareja (Baucom et al., 2010).
    • Con parejas de Estados Unidos, de Pakistán y paquistaníes inmigrantes, la demanda-retirada se relacionó con el malestar de pareja en las tres, y los autores concluyen que reclamar o retirarse no es algo inherentemente masculino o femenino: pesan el poder y la cultura (Rehman y Holtzworth-Munroe, 2006).

    En la práctica: si tú eres quien siempre reclama, probablemente en este tema eres quien quiere el cambio. En otro tema, con la misma pareja, puedes ser quien se cierra.

    Mi pareja no quiere hablar de nuestros problemas: ¿qué hay detrás de la retirada?

    Cuando tu pareja no quiere hablar de los problemas, lo más común es leerlo como desamor o desinterés. Christensen et al. (2014, caps. 6 y 9) proponen otra lectura: la retirada suele ser un intento de protegerse de una conversación que se siente como ataque, y la persona puede seguir queriendo la relación. Hay varias razones que se mezclan:

    • Sobrecarga. Bradbury y Karney (2019, cap. 10) explican que la activación fisiológica de una discusión degrada capacidades complejas como la empatía, la adopción de perspectiva y el perdón; la persona literalmente piensa peor. Irse a calmarse puede ser lo más sensato, si se avisa y se vuelve.
    • Un estilo de apego que evita la cercanía emocional. Quienes lo tienen se incomodan cuando la intimidad sube. Si esto te suena, lo desarrollamos en apego evitativo: cómo superarlo, y el otro extremo (la ansiedad que persigue) está en cómo superar el apego ansioso.
    • Dificultad para ponerle palabras a lo que siente, que no es frialdad (mira alexitimia en la pareja).
    • Años de práctica. En 127 matrimonios de larga duración seguidos durante 13 años, la evitación aumentó con la edad en ambos miembros de la pareja, mientras el resto de las conductas de reclamo y retirada se mantenía estable (Holley et al., 2013). Si llevan mucho tiempo en esto, el silencio puede haberse hecho costumbre.

    Y falta la otra mitad. Según Bradbury y Karney (2019, cap. 12), las explicaciones que damos a la conducta de la pareja cambian cuánto nos duele. Las personas satisfechas tienden a atribuir un mal momento a causas pasajeras (“estaba agotado”), y las insatisfechas a rasgos permanentes (“es un egoísta”). Con el ciclo corriendo, quien reclama atribuye el silencio a falta de amor, y quien se retira atribuye el reclamo a un carácter criticón. Cada nueva pelea llega cargada con esa lectura, y por eso se siente peor que la anterior aunque el tema sea el mismo.

    Un matiz que conviene tener a la vista: no toda retirada es mala ni todo reclamo es inútil. Una revisión sobre comunicación en el conflicto concluye que la oposición directa ayuda cuando hay un problema serio que atender y la pareja puede cambiar, pero perjudica cuando la pareja no está lo bastante segura para responder. Y la comunicación cooperativa (afecto, validación) puede ayudar cuando los problemas son menores o no tienen cambio posible, aunque puede perjudicar si hace falta cambiar algo serio (Overall y McNulty, 2017). La forma y el momento importan tanto como lo que se dice.

    ¿Son normales las discusiones constantes?

    Pelear no es una señal de que la relación va mal. Para Bradbury y Karney (2019, cap. 10), el conflicto es inevitable cuando dos personas interdependientes tienen metas que a veces chocan, y las parejas sanas no carecen de desacuerdos: protegen la relación mientras discuten. Lo que pesa más es cómo se pelea:

    • Mucha negatividad dirigida a la persona (tono, sarcasmo, desprecio), en vez de al asunto.
    • Ciclos largos de devolver cada ataque con otro ataque.
    • Patrones rígidos y predecibles, en que la respuesta de uno está dictada por la última molestia del otro.
    • Poco afecto positivo alrededor. El cariño, el humor suave y el interés genuino amortiguan los errores de comunicación; con poco afecto, las mismas torpezas pesan mucho más (Bradbury y Karney, 2019, cap. 10).

    Los Gottman sostienen que cerca del 69 % de los problemas de una pareja son perpetuos, es decir, nacen de diferencias de personalidad o de necesidades de vida y no se resuelven del todo, y que lo que separa a unas parejas de otras es el tono con que los conversan: con aceptación, humor y afecto, o en bloqueo (gridlock) y con los cuatro jinetes (The Gottman Institute, s. f.). Esa página no cita el estudio detrás de la cifra, así que conviene tomarla como orientación y no como un dato duro. Sí concuerda con lo que dicen Christensen et al. (2014) y Bradbury y Karney (2019). Si quieres ver qué son esos cuatro jinetes y qué respaldo tienen, está en los 4 jinetes de Gottman.

    Hay otra cosa que conviene mirar con cautela. Un estudio con recién casados observados cuatro veces en dos años y medio encontró que la comunicación predecía la satisfacción posterior y que la satisfacción predecía la comunicación posterior, ninguna de las dos de forma muy sólida, y sus autores plantean dudas sobre las intervenciones que ponen todo el peso en enseñar habilidades de comunicación (Lavner et al., 2016). Dicho sin tecnicismo, aprender a hablar mejor ayuda, y a la vez los datos sugieren que no lo explica todo: también pesan el agotamiento, las diferencias de fondo y el estado en que ya está la relación.

    Si además hay un cambio grande en la vida de ustedes (un hijo recién nacido, un traslado, una pérdida), las peleas suelen subir, porque se suma un estresor externo al desacuerdo de fondo.

    Cuándo una pelea es más que una pelea

    Los dos libros de referencia separan tres cosas que en el día a día se mezclan (Bradbury y Karney, 2019, cap. 11; Christensen et al., 2014, cap. 15):

    • Conflicto ordinario: enojo, quejas, portazos o distancia temporal, sin miedo a la integridad física ni intento de dominar.
    • Violencia situacional: una discusión que escala y llega al contacto físico (empujar, agarrar, lanzar objetos). Aunque no haya un plan de controlar a la pareja, es violencia, y la responsabilidad de cada acto es de quien lo comete.
    • Maltrato o violencia coercitiva: agresión usada para someter, intimidar, aislar y controlar, con miedo persistente, control del dinero o de las salidas, amenazas, humillaciones constantes.

    Esa tercera categoría cambia las reglas. Según los autores, la terapia de pareja está contraindicada cuando hay maltrato coercitivo, porque pedirle a la persona agredida que exprese sus quejas frente a quien la controla puede exponerla a represalias, y porque plantea la violencia como un problema compartido de la relación. Ahí la prioridad es la seguridad, y ayuda un profesional que atienda a la persona sola.

    Si tras leer esto reconoces miedo a la reacción de tu pareja, control o amenazas, en Chile puedes llamar al Fono 1455 de orientación en violencia contra las mujeres (gratuito, según ChileAtiende atiende de lunes a domingo de 8:00 a 00:00), al 149 (Fono Familia de Carabineros), y al 133 si hay peligro inmediato. Si quieres aclarar señales, tienes relaciones de pareja dañinas y violencia psicológica en la pareja.

    Cómo salir del ciclo, paso a paso

    Los consejos de Christensen et al. (2014, caps. 4, 6, 9, 10, 12, 13 y 14) se pueden ordenar así. Las frases son ejemplos para que las adaptes a tu forma de hablar.

    1. Ponle nombre al patrón. Es la técnica que llaman desconexión unificada (cap. 10): tratar el problema como un “ello” y no como un “tú”. Un nombre neutral o con algo de humor (“el round de siempre”) permite señalarlo sin atacarse: “creo que estamos entrando en lo de siempre”. Algunas parejas puntúan de 1 a 10 qué tan encendidas están, para darse cuenta a tiempo.
    2. Cambia tu parte primero. Esperar a que el otro cambie primero mantiene la trampa; Christensen et al. (cap. 14) insisten en que modificar la propia reacción es la vía más rápida para alterar el ciclo entero.
    3. Si eres quien reclama, baja la presión y di lo de abajo. Menos acoso y menos reproches, y en su lugar la emoción blanda: “me da pena que casi no hablemos” en vez de “eres un frío”. Pide algo concreto y positivo (“¿cenamos diez minutos sin celular?”) en vez de “nunca me prestas atención”. Y dale espacio: que no conteste de inmediato no equivale a que no le importes.
    4. Si eres quien se retira, avisa la pausa y vuelve. Irse en silencio le confirma a tu pareja su miedo. Es distinto decir “esto me está sobrepasando, necesito 20 minutos y lo retomamos a las nueve”, y cumplirlo. Hacer por iniciativa propia algo que tu pareja ha pedido también desarma el reclamo (cap. 14).
    5. Habla de la emoción blanda cuando haya calma. La unión empática (cap. 9) consiste en revelar lo vulnerable (tristeza, soledad, miedo a no importar, sentirse incapaz) en lugar del reproche, sin culpar, y reconocer que la otra persona también tiene razones. Así el otro responde con cuidado y no con defensa. Si necesitas apoyo para aprender a poner en palabras lo que sientes, comunicación asertiva puede ser un punto de partida.
    6. Un tema por vez, y una conversación de reparación. Después de una pelea, y con la tensión baja, conversen sobre lo que pasó adentro de cada uno antes de que explotara, y reconozcan los intentos que el otro hizo por calmar la situación (cap. 9).
    7. Si el tema es perpetuo, pasen de ganar a entender. Christensen et al. (cap. 7) llaman “la tercera solución” a la aceptación: entender la conducta del otro dentro de su historia y sus sensibilidades. La aceptación que proponen es una tolerancia elegida y con comprensión, que se diferencia de aguantarse en silencio. Según los autores, cuando una persona se siente aceptada, la defensa baja, y es más probable que aparezcan ajustes que antes se resistían.

    Dos advertencias. Una pausa no es una ley del hielo: si pasa de 24 horas sin retomarse, vuelve a ser retirada. Y esto funciona cuando las dos personas están a salvo. Si hay miedo, vuelve a la sección anterior.

    Para ver si tu relación es sana en general, puedes revisar cómo saber si mi relación de pareja es sana.

    ¿Funciona la terapia de pareja para peleas repetidas?

    Hay buena evidencia de que sí, con matices. En un ensayo con 134 parejas casadas con malestar serio y crónico, el 71 % de las que hicieron terapia integrativa de pareja (IBCT, la que usa la desconexión unificada y la unión empática) y el 59 % de las de terapia conductual tradicional quedaron mejoradas o recuperadas al terminar (Christensen et al., 2004). A los cinco años, el seguimiento de esas parejas mostró un tamaño de efecto de d = 1,03 en satisfacción para la IBCT (0,92 para la tradicional). Un 50,0 % de las parejas de IBCT mostraba mejoría clínicamente significativa, y un 25,7 % estaba separada o divorciada. Los autores lo describen como favorable frente a otros resultados de largo plazo (Christensen et al., 2010).

    Si lo que te frena es el acceso, existe una versión online de ese enfoque. En un ensayo con 300 parejas de Estados Unidos, un programa de 8 horas con cuatro llamadas breves mejoró la satisfacción (d = 0,69), la confianza en la relación (d = 0,47) y también los síntomas depresivos (d = 0,71) y ansiosos (d = 0,94) frente a una lista de espera (Doss et al., 2016), y las mejoras se mantuvieron a los 12 meses (Doss et al., 2019). Son estudios de otro país, en inglés y con un programa específico, así que son una señal de que el formato puede funcionar, y no una promesa para cualquier pareja. En conjunto, el metaanálisis de 58 estudios sobre terapia de pareja encontró un efecto grande en satisfacción (g = 1,12) frente a casi nada en lista de espera (g = 0,12), con parejas de distinto sexo (Roddy et al., 2020).

    Consulta si llevan meses repitiendo el mismo ciclo y cada intento de hablarlo termina igual, si hay desprecio o silencios de días, si uno de los dos ya está pensando en terminar, o si el desgaste empezó a afectar el sueño, el trabajo o el ánimo. Cómo es el proceso está en terapia de pareja: cuándo funciona y qué esperar en la primera sesión. Si estás dudando entre seguir o terminar, tienes separarse o seguir intentando. Para información general, la APA tiene una página sobre relaciones y la OMS sobre salud mental.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que mi pareja y yo peleemos siempre por lo mismo?

    Es muy común. Bradbury y Karney (2019) explican que muchas diferencias de personalidad y de necesidades no se resuelven del todo, así que los mismos temas vuelven. Lo que merece atención es el modo de discutir (desprecio, silencios de días, miedo) más que la repetición del tema.

    ¿Por qué mi pareja se calla o se va cuando quiero hablar de nuestros problemas?

    Muchas veces la persona se está protegiendo de una conversación que vive como ataque, o se siente emocionalmente sobrepasada. Ayuda empezar por lo que sientes (“me da pena que no hablemos”) y no por el reproche, elegir un momento tranquilo y pactar una pausa con hora para retomar el tema.

    ¿Quién tiene la culpa del ciclo de reclamo y retirada?

    Ninguna de las dos personas por sí sola. El ciclo se sostiene entre ambas: la presión de una alimenta la distancia de la otra y viceversa. Los estudios muestran además que el rol depende de quién quiere el cambio en cada tema, y no del género.

    ¿Cuántas peleas son demasiadas?

    Ningún número marca el corte. Importa más el cómo: si hay desprecio, humillaciones, miedo o silencios que duran días, aunque sean pocas peleas, merece atención. Pelear seguido pero con respeto, con reparación después y con cariño alrededor tiene otro pronóstico que pelear poco con desprecio.

    ¿Sirve la terapia de pareja si solo uno quiere ir?

    Los ensayos citados trabajaron con ambos miembros de la pareja. Aun así, Christensen et al. (2014) subrayan que cambiar la propia parte del ciclo es la vía más rápida para alterarlo, y una consulta individual puede ayudar a eso, siempre que no haya violencia coercitiva.

    ¿Qué hago si en una pelea hay gritos, insultos o miedo?

    Si hay miedo a la reacción de tu pareja, control o amenazas, prioriza tu seguridad antes que cualquier técnica de comunicación. En Chile puedes llamar al Fono 1455 (violencia contra las mujeres), al 149 (Fono Familia de Carabineros) o al 133 si hay peligro inmediato.

    Dónde seguir

    Si quieres entender qué pasa en tu relación y aprender a salir del ciclo, puedes agendar una consulta y revisarlo con calma, sola, solo o en pareja. Hay terapia online desde cualquier lugar de Chile (terapia psicológica online).

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Baucom, B. R., McFarland, P. T., & Christensen, A. (2010). Gender, topic, and time in observed demand-withdraw interaction in cross- and same-sex couples. Journal of Family Psychology, 24(3), 233-242. https://doi.org/10.1037/a0019717

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton.

    Christensen, A., Atkins, D. C., Baucom, B., & Yi, J. (2010). Marital status and satisfaction five years following a randomized clinical trial comparing traditional versus integrative behavioral couple therapy. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 78(2), 225-235. https://doi.org/10.1037/a0018132

    Christensen, A., Atkins, D. C., Berns, S., Wheeler, J., Baucom, D. H., & Simpson, L. E. (2004). Traditional versus integrative behavioral couple therapy for significantly and chronically distressed married couples. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 72(2), 176-191. https://doi.org/10.1037/0022-006x.72.2.176

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences (2.ª ed.). Guilford Press.

    Christensen, A., & Heavey, C. L. (1990). Gender and social structure in the demand/withdraw pattern of marital conflict. Journal of Personality and Social Psychology, 59(1), 73-81. https://doi.org/10.1037/0022-3514.59.1.73

    Doss, B. D., Cicila, L. N., Georgia, E. J., Roddy, M. K., Nowlan, K. M., Benson, L. A., & Christensen, A. (2016). A randomized controlled trial of the web-based OurRelationship program: Effects on relationship and individual functioning. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 84(4), 285-296. https://doi.org/10.1037/ccp0000063

    Doss, B. D., Roddy, M. K., Nowlan, K. M., Rothman, K., & Christensen, A. (2019). Maintenance of gains in relationship and individual functioning following the online OurRelationship program. Behavior Therapy, 50(1), 73-86. https://doi.org/10.1016/j.beth.2018.03.011

    Eldridge, K. A., Sevier, M., Jones, J., Atkins, D. C., & Christensen, A. (2007). Demand-withdraw communication in severely distressed, moderately distressed, and nondistressed couples: Rigidity and polarity during relationship and personal problem discussions. Journal of Family Psychology, 21(2), 218-226. https://doi.org/10.1037/0893-3200.21.2.218

    Holley, S. R., Haase, C. M., & Levenson, R. W. (2013). Age-related changes in demand-withdraw communication behaviors. Journal of Marriage and Family, 75(4), 822-836. https://doi.org/10.1111/jomf.12051

    Lavner, J. A., Karney, B. R., & Bradbury, T. N. (2016). Does couples’ communication predict marital satisfaction, or does marital satisfaction predict communication? Journal of Marriage and Family, 78(3), 680-694. https://doi.org/10.1111/jomf.12301

    Overall, N. C., & McNulty, J. K. (2017). What type of communication during conflict is beneficial for intimate relationships? Current Opinion in Psychology, 13, 1-5. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2016.03.002

    Papp, L. M., Kouros, C. D., & Cummings, E. M. (2009). Demand-withdraw patterns in marital conflict in the home. Personal Relationships, 16(2), 285-300. https://doi.org/10.1111/j.1475-6811.2009.01223.x

    Rehman, U. S., & Holtzworth-Munroe, A. (2006). A cross-cultural analysis of the demand-withdraw marital interaction: Observing couples from a developing country. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74(4), 755-766. https://doi.org/10.1037/0022-006x.74.4.755

    Roddy, M. K., Walsh, L. M., Rothman, K., Hatch, S. G., & Doss, B. D. (2020). Meta-analysis of couple therapy: Effects across outcomes, designs, timeframes, and other moderators. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 88(7), 583-596. https://doi.org/10.1037/ccp0000514

    Schrodt, P., Witt, P. L., & Shimkowski, J. R. (2014). A meta-analytical review of the demand/withdraw pattern of interaction and its associations with individual, relational, and communicative outcomes. Communication Monographs, 81(1), 28-58. https://doi.org/10.1080/03637751.2013.813632

    The Gottman Institute. (s. f.). Managing conflict: Solvable vs. perpetual problems. https://www.gottman.com/blog/managing-conflict-solvable-vs-perpetual-problems/

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Triangulación en la pareja: qué es

    Triangulación en la pareja: qué es

    Discutes con tu pareja un martes por la noche y, a la mañana siguiente, tu suegra ya sabe todo y te llama para darte su opinión. O tu hijo de once años te pregunta, con cara de preocupado, si “papá y tú se van a separar”. O notas que tu pareja le cuenta a una amiga cosas que a ti nunca te dijo. Si te suena alguna de esas escenas, probablemente buscas triangulación en la pareja qué es, y la respuesta corta es que se trata de un patrón en el que un tercero entra en el conflicto de dos y termina cargando con una tensión que les corresponde resolver a ellos. Aquí vas a ver cómo se reconoce, qué dice la investigación sobre sus efectos (sobre todo en los hijos) y qué cambios ayudan a salir del triángulo.

    Respuesta corta: la triangulación es el proceso por el cual dos personas en tensión incluyen a una tercera (un hijo, un suegro, una amistad, incluso un terapeuta) en lugar de resolver el problema entre ellas. Es un concepto de la terapia familiar sistémica, que nace de la teoría de Murray Bowen. Cuando el tercero es un hijo, la triangulación se asocia con más síntomas emocionales: en un estudio con 416 adolescentes seguidos durante cuatro años, estar triangulado en el conflicto de los padres se asoció con más problemas internalizantes, es decir, tristeza, ansiedad y retraimiento (Buehler y Welsh, 2009).

    ¿Qué es la triangulación en la pareja?

    La triangulación es un patrón de relación de tres en el que el conflicto de dos se desvía hacia una tercera persona. Una definición usada en la investigación la describe como el proceso en que un hijo es arrastrado al conflicto entre sus dos padres (McCauley et al., 2021). La idea es más amplia que eso: sirve para cualquier tercero que, sin proponérselo, termine sosteniendo la tensión de una pareja.

    El concepto viene de la teoría de los sistemas familiares de Murray Bowen, que tiene como construcción central la diferenciación del sí mismo, es decir, la capacidad de estar cerca de otros sin perder el criterio propio. Una revisión de alcance con 295 estudios concluyó que hay respaldo amplio de que una mayor diferenciación predice mejor salud psicológica y mejor calidad de la pareja (Calatrava et al., 2022). Desde esa mirada, cuando la ansiedad entre dos sube, resulta más fácil sumar a un tercero que sostener la incomodidad de hablar directo.

    Un matiz que conviene tener claro: pedir apoyo a otra persona sigue siendo normal, porque todos necesitamos desahogarnos con alguien. Según Christensen, Doss y Jacobson (2014, cap. 6), el problema aparece cuando ese apoyo se vuelve una coalición: el tercero escucha una sola versión, le da la razón a uno y el resentimiento hacia el otro crece, así que el conflicto original queda igual o peor.

    ¿Quién puede ocupar el tercer lugar en el triángulo?

    Cualquiera que tenga un vínculo cercano con una de las dos personas. Cuando el tercero es un familiar se habla de triangulación familiar, y en pareja puede ser cualquiera de estos cuatro casos.

    Los hijos. Es la forma más estudiada. Un padre o una madre le cuenta al hijo sus quejas del otro, le pide que tome partido, lo usa de mensajero (“dile a tu papá que…”) o lo cobija de forma exagerada para marcar un contraste con la pareja. Marrone (2001) describe que en contextos de conflicto conyugal, separación o divorcio es habitual que un progenitor intente reclutar al hijo con comentarios hostiles hacia el otro, y que eso le genera dificultades emocionales y cognitivas.

    La familia política y la familia de origen. Si buscabas “mi suegra se mete en mi matrimonio”, la distinción es esta: que una suegra opine no basta para que haya triangulación. Se forma el triángulo cuando alguien de la pareja le lleva el conflicto a su madre o padre y esa persona toma partido, o cuando la pareja deja de resolver entre sí lo que ya está resuelto en el vínculo con la familia política. Los vínculos con la familia política se arman antes de la boda: en un estudio con 240 participantes (novios y sus madres), el contacto individual y los sentimientos positivos previos a la boda se asociaron con lazos más fuertes después, y las expectativas negativas previas predijeron una relación más negativa a los 6-8 meses (Fingerman et al., 2012).

    Las amistades y la red social. El desahogo reiterado con la misma amiga que siempre le da la razón a uno es el ejemplo más cotidiano. Bradbury y Karney (2019, cap. 13) tratan las redes sociales como un lazo que puede sostener a la pareja o presionarla, según cómo se usen.

    Una tercera persona en la relación. Esther Perel (2006, cap. 10) llama “estabilizadores” a ciertas infidelidades: el tercero canaliza fuera de la pareja una tensión o un deseo que no se está hablando, y paradójicamente ayuda a que la estructura del matrimonio se mantenga. Es una lectura clínica que no aplica a todos los casos.

    También puede ocupar ese lugar el propio terapeuta. Christensen et al. (2014, caps. 1 y 2) describen que muchas parejas llegan a terapia esperando que el profesional haga de juez que declare culpable a uno y al otro inocente. El trabajo terapéutico consiste justamente en deshacer ese intento y mirar el problema como un patrón que sostienen los dos.

    ¿Es lo mismo que la “triangulación narcisista” o la “triangulación amorosa”?

    No exactamente. En redes sociales se habla de “triangulación narcisista” o “triangulación amorosa” para nombrar una forma de manipulación: alguien mete a un tercero (una expareja, un colega, una comparación) para generar celos o inseguridad en su pareja. Ese uso popular describe una conducta de una persona hacia otra. El concepto sistémico, en cambio, describe un patrón del sistema: nadie lo decide, lo sostienen todos con su parte, y puede aparecer en parejas sin ninguna intención de dañar.

    Una triangulación que se usa para controlar, aislar o humillar es otra conversación. Si en tu relación te sientes vigilado, comparado a propósito o cortado de tus vínculos, conviene revisar las señales de una relación de pareja dañina y, si hay miedo, mirar también el ciclo de la violencia.

    ¿Cómo saber si hay triangulación en tu relación?

    Sirven más las preguntas que una lista de síntomas. Estas son las más útiles:

    • ¿Te enteras de lo que le molesta a tu pareja a través de otra persona?
    • ¿Alguien externo (tu madre, un amigo, un hijo) conoce el conflicto antes que tú o mejor que tú?
    • ¿Esa persona toma partido y te llega “su” opinión como si fuera la tuya o la de tu pareja?
    • ¿Los hijos llevan mensajes entre ustedes, escuchan las discusiones o reciben quejas sobre el otro progenitor?
    • ¿Las discusiones se pausan cuando aparece el tercero y se retoman después, sin resolverse?

    Si respondiste que sí a varias, no significa que la relación esté rota. Describe un patrón que se puede cambiar. McCauley et al. (2021) encontraron algo que ayuda a entender por qué cuesta verlo desde dentro: en 150 familias que llenaron diarios durante 21 días, en los días con más triangulación el hijo adolescente reportaba más conflicto parental y menos cohesión familiar que su progenitor. Mientras el hijo carga con el conflicto, los padres pueden quedar distraídos de la tensión entre ellos, y por eso el hijo y los padres describen una misma casa de manera distinta.

    ¿Qué le hace a un hijo metido en el conflicto de los padres?

    La investigación coincide en que la triangulación del hijo es un factor de riesgo, y varios estudios han intentado explicar por qué.

    • Más síntomas emocionales. En el estudio de Buehler y Welsh (2009), la triangulación se asoció con aumentos en problemas internalizantes controlando la hostilidad entre los padres, y parte del efecto pasaba por la reactividad emocional del adolescente.
    • Varios mecanismos a la vez. En 285 estudiantes de secundaria, la triangulación, la sensación de amenaza y la autoculpa se combinaron en cinco perfiles distintos, desde un grupo de bajo riesgo hasta uno con los tres procesos altos (Fosco y Bray, 2016).
    • El tipo de triangulación importa. Un estudio con 761 adolescentes chinos halló que la coalición con un progenitor y la desviación hostil hacia el hijo explicaban parte de la relación entre el conflicto de los padres y los síntomas depresivos, mientras que la desviación de apoyo y la parentificación (el hijo que cuida al padre o madre) no lo hacían. El apoyo de los abuelos amortiguó los efectos (Wang et al., 2024).
    • Cuando los padres se unen contra el niño. En 218 niños seguidos durante un año, los padres que se aliaban contra el niño para evitar su propia tensión predijeron más problemas de conducta, más sesgo de atribución hostil y más rechazo y victimización entre pares al año siguiente. No ocurrió al revés: los problemas del niño no predijeron más triangulación (Coe et al., 2020).
    • Una pieza de un cuadro mayor. Un metaanálisis de 93 estudios y más de 41.000 participantes mostró que la coparentalidad se relaciona de manera pequeña pero significativa con los problemas externalizantes (r = -0,17) y los internalizantes (r = -0,16), y que la triangulación es uno de los aspectos que se asocian con ambos (Zhao et al., 2022).

    Una advertencia necesaria: casi todos estos estudios son observacionales y miden adolescentes, así que muestran asociaciones y no prueban por sí solos que la triangulación cause el malestar. Los autores hablan de riesgo y dos de los estudios citados identifican factores que lo amortiguan: el apego a los padres (Buehler y Welsh, 2009) y el apoyo de los abuelos (Wang et al., 2024).

    ¿Y la pareja? ¿Por qué importa aunque no haya hijos?

    Porque el patrón también desgasta a los dos adultos. La teoría de Bowen plantea que el triángulo ayuda a descargar la tensión de una pareja, aunque a costa de dejar el conflicto sin resolver. Un estudio con 2.312 adultos de una encuesta nacional estadounidense halló que la diferenciación mediaba la relación entre haber vivido violencia o abuso en la familia y tanto la ansiedad generalizada como el malestar en la relación de pareja (Priest, 2015). Es un dato correlacional sobre procesos familiares, no una prueba directa de triangulación, pero muestra por qué la clínica sistémica mira la historia familiar al tratar problemas de pareja.

    La revisión de Calatrava et al. (2022) también dejó una advertencia de honestidad científica: faltan estudios longitudinales y hay poca evidencia de que las intervenciones logren, de hecho, modificar la diferenciación. El concepto es útil para entender el patrón y menos probado como meta de tratamiento.

    ¿Cómo salir del triángulo?

    Estos pasos salen de lo que describen los autores citados y de la lógica del problema. Son orientaciones prácticas y ninguna tiene eficacia demostrada como protocolo.

    1. Llevar el tema a la persona que corresponde. Lo que molesta de la pareja se conversa con la pareja. Un buen momento es cuando los dos están descansados, y un buen formato es hablar de una cosa concreta y no de todo el historial.
    2. Distinguir desahogo de coalición. Contarle a una amistad que estás mal es humano. Pedirle que opine sobre quién tiene la razón, o repetirle cada pelea, arma el triángulo. Elige a alguien que escuche sin tomar partido.
    3. Sacar a los hijos del papel de mensajeros, confidentes o jueces. Ellos pueden saber que hay un conflicto y que los adultos lo están manejando. No necesitan el detalle ni tomar partido (Marrone, 2001).
    4. Acordar con tu pareja qué se cuenta a la familia. Con los suegros ayuda definir de a dos qué temas son del matrimonio y qué se comparte. Si una persona de la familia política se mete, el límite lo pone la persona que tiene el vínculo con ella, no su pareja.
    5. Mirar el patrón entre los dos. Christensen et al. (2014) proponen reencuadrar el problema como una “danza” que ambos sostienen, en vez de buscar culpables.
    6. Pedir ayuda profesional cuando el intento solos no alcanza. En la primera sesión de terapia de pareja se ordena justo eso: qué problema es de quién y quién queda fuera de la conversación. Si estás evaluando seguir o no, las preguntas para decidir entre separarse o seguir intentando pueden orientar. Y si ya hay hijos en medio de una separación, cómo afecta el divorcio a los hijos según la edad amplía lo que conviene cuidar.

    ¿Cuándo conviene consultar?

    Conviene hablar con un profesional si el conflicto de pareja lleva meses sin resolverse, si un hijo muestra cambios (tristeza persistente, irritabilidad, caída del rendimiento, quejas físicas sin causa médica, rechazo hacia uno de los padres), si sientes que no puedes hablar directo con tu pareja sin que intervenga alguien, o si hay violencia, miedo o control. Si hay riesgo inmediato para ti o para alguien más, busca ayuda de urgencia en el servicio de salud o en las líneas de apoyo disponibles en Chile.

    Si quieres revisar tu situación con alguien que no tome partido, puedes agendar una consulta. La atención es online y el trabajo parte de lo que tú cuentas, sin juzgar quién tiene la razón. Para entender otras dinámicas de pareja, puedes leer también cómo saber si tu relación de pareja es sana y los cuatro jinetes de Gottman.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la triangulación en la pareja?

    Es un patrón en el que dos personas en conflicto incluyen a un tercero (hijo, suegro, amistad) en lugar de resolver el problema entre ellas. Viene de la teoría de sistemas familiares de Bowen. El tercero absorbe parte de la tensión, pero el conflicto original queda sin resolver.

    ¿Mi suegra se mete en mi matrimonio es triangulación?

    No necesariamente. Hay triangulación cuando el conflicto de la pareja pasa por la suegra: alguien le cuenta las peleas y ella toma partido, o se usa para transmitir mensajes. Una opinión aislada no forma un triángulo. Ayuda acordar entre los dos qué se comparte con la familia y quién pone el límite.

    ¿Qué le pasa a un hijo metido en el conflicto de los padres?

    Los estudios lo asocian con más síntomas emocionales, como ansiedad y tristeza, y con más problemas de conducta (Buehler y Welsh, 2009; Coe et al., 2020). Son asociaciones observacionales y hablan de riesgo, no de un resultado seguro. El apoyo de otros adultos de la familia puede amortiguar el efecto.

    ¿Contarle mis problemas de pareja a una amiga es triangular?

    No siempre. Desahogarte es normal. Se vuelve triangulación cuando la amistad toma partido y tú reemplazas la conversación con tu pareja por esa alianza. Sirve elegir a alguien que escuche sin dar la razón a ciegas, y llevar después el tema a quien corresponde.

    ¿La triangulación narcisista es lo mismo?

    No. Ese uso popular se refiere a manipular a otra persona metiendo a un tercero para generar celos o inseguridad. La triangulación sistémica es un patrón de la familia o la pareja que no requiere mala intención. Si hay control, humillación o miedo, conviene consultar a un profesional.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Bradbury, T. N., & Karney, B. R. (2019). Intimate relationships (3.ª ed.). W. W. Norton.

    Buehler, C., & Welsh, D. P. (2009). A process model of adolescents’ triangulation into parents’ marital conflict: The role of emotional reactivity. Journal of Family Psychology, 23(2), 167-180. https://doi.org/10.1037/a0014976

    Calatrava, M., Martins, M. V., Schweer-Collins, M., Duch-Ceballos, C., & Rodríguez-González, M. (2022). Differentiation of self: A scoping review of Bowen Family Systems Theory’s core construct. Clinical Psychology Review, 91, Artículo 102101. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2021.102101

    Christensen, A., Doss, B. D., & Jacobson, N. S. (2014). Reconcilable differences: Rebuild your relationship by rediscovering the partner you love, without losing yourself (2.ª ed.). Guilford Press.

    Coe, J. L., Davies, P. T., Hentges, R. F., & Sturge-Apple, M. L. (2020). Detouring in the family system as an antecedent of children’s adjustment problems. Journal of Family Psychology, 34(7), 814-824. https://doi.org/10.1037/fam0000727

    Fingerman, K. L., Gilligan, M., VanderDrift, L., & Pitzer, L. (2012). In-law relationships before and after marriage. Research in Human Development, 9(2), 106-125. https://doi.org/10.1080/15427609.2012.680843

    Fosco, G. M., & Bray, B. C. (2016). Profiles of cognitive appraisals and triangulation into interparental conflict: Implications for adolescent adjustment. Journal of Family Psychology, 30(5), 533-542. https://doi.org/10.1037/fam0000192

    Marrone, M. (2001). La teoría del apego: Un enfoque actual. Psimática.

    McCauley, D. M., Sloan, C. J., Xia, M., & Fosco, G. M. (2021). Same family, divergent realities: How triangulation preserves parents’ illusory harmony while adolescents navigate interparental conflicts. Journal of Family Psychology, 35(2), 128-137. https://doi.org/10.1037/fam0000785

    Perel, E. (2006). Mating in captivity: Unlocking erotic intelligence. HarperCollins.

    Priest, J. B. (2015). A Bowen family systems model of generalized anxiety disorder and romantic relationship distress. Journal of Marital and Family Therapy, 41(3), 340-353. https://doi.org/10.1111/jmft.12063

    Wang, M., Sun, S., Liu, X., Yang, Y., Liu, C., Huang, A., & Liu, S. (2024). Interparental conflict and early adolescent depressive symptoms: Parent-child triangulation as the mediator and grandparent support as the moderator. Journal of Youth and Adolescence, 53(1), 186-199. https://doi.org/10.1007/s10964-023-01923-2

    Zhao, F., Wu, H., Li, Y., Zhang, H., & Hou, J. (2022). The association between coparenting behavior and internalizing/externalizing problems of children and adolescents: A meta-analysis. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(16), Artículo 10346. https://doi.org/10.3390/ijerph191610346

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Los 4 Jinetes de Gottman: Test de tu Relación

    Los 4 Jinetes de Gottman: Test de tu Relación

    Crítica, desprecio, actitud defensiva y evasión. Los cuatro jinetes de Gottman son los cuatro patrones que John Gottman y Robert Levenson vieron repetirse, en su laboratorio, en las parejas que años después se habían separado.

    Casi todo lo que circula en español sobre ellos repite la misma frase: «predicen el divorcio con un 94 % de precisión». Esa cifra existe, pero significa bastante menos de lo que parece, y la parte útil del modelo es otra: cada jinete tiene un antídoto que se puede practicar.

    Este artículo explica qué es cada jinete con ejemplos de discusiones reales, qué dice la investigación (la de Gottman y la de quienes intentaron replicarlo), por qué el desprecio es el más dañino, qué pasa en el cuerpo cuando alguien «se cierra», y cómo se ve todo esto desde la teoría del apego.

    A mitad del texto hay una guía de autoobservación de 12 preguntas que te devuelve cuál de los cuatro patrones aparece más en tus discusiones y su antídoto; tarda tres minutos y conviene leer primero qué es cada jinete para responderla bien. Si quieres ir directo, aquí está la guía.

    En breve:

    • Los cuatro jinetes son crítica, desprecio, actitud defensiva y evasión: conductas durante el conflicto, no personas.
    • La cifra con la que se anuncia que predicen el divorcio significa bastante menos de lo que parece.
    • El desprecio es el jinete que más pesa.
    • Cada jinete tiene un antídoto que se puede practicar, y la terapia de pareja tiene efectos grandes cuando el ciclo ya está instalado.

    ¿Qué son los cuatro jinetes de Gottman?

    Los cuatro jinetes de Gottman son cuatro formas de comunicarse durante un conflicto de pareja (crítica, desprecio, actitud defensiva y evasión) que, según los estudios observacionales de John Gottman, distinguen a las parejas que se deterioran de las que se mantienen. El nombre viene de los cuatro jinetes del Apocalipsis: cada uno anuncia el que viene después.

    La idea nace de una forma de investigar poco habitual en psicología. En vez de preguntarle a la gente cómo discute, Gottman y Levenson grababan a las parejas discutiendo un tema real en un laboratorio, medían su frecuencia cardíaca y otras señales del cuerpo, y volvían años después a ver quién seguía junto.

    En el estudio que dio origen al modelo, 73 matrimonios evaluados en 1983 y otra vez en 1987, las parejas que iban camino a la separación mostraban más emoción negativa, menos emoción positiva, más terquedad y retirada de la conversación, más actitud defensiva y peor salud física cuatro años después (Gottman y Levenson, 1992).

    De ahí salió lo que los autores llamaron la «cascada» hacia la disolución: los jinetes no aparecen sueltos, se encadenan.

    Antes de mirar cada uno, una aclaración que ordena todo lo demás: los jinetes no son personas, son conductas. Todas las parejas los usan alguna vez. Lo que Gottman observó es una diferencia de frecuencia y de qué pasa después (si hay reparación o no), y eso importa mucho para el test de más abajo.

    Los 4 jinetes del apocalipsis en la pareja, uno por uno

    1. La crítica: atacar a la persona en vez de describir el problema

    Una queja habla de algo que pasó. Una crítica habla de cómo es el otro. La diferencia está en el sujeto de la frase: «me asusté cuando llegaste tarde y no avisaste» es una queja; «nunca piensas en cómo me afecta lo que haces» es una crítica (The Gottman Institute, 2026b). Las palabras «siempre» y «nunca» son casi una firma de la crítica, porque convierten un hecho en un rasgo de carácter.

    La crítica es el primer jinete por dos razones. Es el más frecuente, y es el que abre la puerta a los otros tres: quien recibe una crítica suele defenderse, y una discusión que empieza con un ataque al carácter rara vez termina bien. En el estudio de 1992, las parejas en riesgo mostraban más actitud defensiva y más retirada durante las discusiones, justo la respuesta habitual a la crítica.

    2. El desprecio: el jinete que más pesa

    El desprecio va un paso más allá de la crítica: no solo dice que el otro hizo algo mal, comunica que el otro vale menos. Sarcasmo, burla, imitaciones, apodos, poner los ojos en blanco, el «ay, por favor» con tono de superioridad. Gottman lo llamó el mejor predictor individual de divorcio de los cuatro (The Gottman Institute, 2026b), y esa fama tiene respaldo reciente fuera de su laboratorio.

    Un análisis de redes con 780 matrimonios iraníes que respondieron los cuestionarios de Gottman encontró que el desprecio era la variable con mayor «fuerza» y mayor «intermediación» en la red de conflicto de las parejas, tanto en hombres como en mujeres: el patrón más conectado con todos los demás y por el que pasan los caminos entre ellos (Hashemi, Zarghami y Nodehi, 2025). La actitud defensiva, en ese mismo estudio, era la de mayor «influencia esperada»: la que más empuja al resto.

    Hay un dato más sobre el desprecio que suele sorprender: Gottman reportó que las parejas con mucho desprecio en sus discusiones tenían más enfermedades infecciosas (resfríos, gripes), algo que atribuyó a un sistema inmune debilitado por el estrés crónico de la relación (The Gottman Institute, 2026b).

    El estudio de 1992 ya había encontrado peor salud física a los cuatro años en las parejas «no reguladas» (Gottman y Levenson, 1992). No es una prueba de causa y efecto, pero encaja con lo que se sabe del estrés relacional y el cuerpo.

    3. La actitud defensiva: devolver la culpa

    Defenderse es lo más natural del mundo cuando uno se siente atacado. El problema es que, en una discusión de pareja, defenderse casi siempre significa devolver la culpa: «no es mi culpa que lleguemos tarde, tú siempre te vistes a último minuto» (The Gottman Institute, 2026a). La queja original queda sin respuesta y el otro siente que no fue escuchado, así que la repite más fuerte.

    Las formas más habituales son la contraqueja («¿y tú qué?»), la excusa, el «sí, pero…» y hacerse la víctima («yo hago todo y tú nada»). Ninguna de ellas resuelve nada, pero todas protegen al que las usa de la sensación de estar equivocado. Por eso el antídoto de la actitud defensiva es tan incómodo de practicar: aceptar una parte de responsabilidad, aunque sea pequeña.

    4. La evasión (stonewalling): cerrarse y desaparecer

    El cuarto jinete es el que menos ruido hace. La persona sigue en la habitación pero se fue: deja de responder, mira el celular, contesta con monosílabos, se levanta y se va sin decir cuándo vuelve. En inglés se llama stonewalling, «hacerse un muro de piedra».

    Lo que Gottman aportó aquí es la explicación fisiológica. Quien se cierra suele estar inundado: su cuerpo se activó tanto (corazón acelerado, sensación de estar sobrepasado) que ya no puede procesar lo que el otro dice (The Gottman Institute, 2026b).

    Cerrarse no es indiferencia, aunque se vea así desde afuera; es lo que hace alguien que ya no puede más y no tiene otra herramienta. Y suele ser la respuesta al desprecio: cuando uno de los dos se siente humillado, se va.

    Este patrón cambia con los años, y no para mejor. Un seguimiento de 127 matrimonios de larga duración observados en tres momentos a lo largo de 13 años encontró que la evitación durante las discusiones aumentaba con la edad en maridos y esposas, mientras el resto de las conductas de demanda y retirada se mantenía estable (Holley, Haase y Levenson, 2013).

    ¿De verdad los jinetes de Gottman predicen el divorcio con un 90 %?

    La cifra es real y viene de los propios estudios de Gottman, pero la mayoría de los artículos que la repiten omiten tres cosas: de dónde sale, qué significa «predecir» ahí y qué pasó cuando otros equipos intentaron replicarla. Un modelo que acierta el 93 % dentro de la muestra con la que se construyó no acierta el 93 % con parejas nuevas.

    De dónde sale

    En el seguimiento de 14 años de Gottman y Levenson (2000), un modelo que combinaba satisfacción marital, pensamientos de separación y la emoción expresada en dos conversaciones grabadas «predijo el divorcio con un 93 % de precisión». El mismo estudio encontró que la emoción negativa durante el conflicto predecía los divorcios tempranos (la mitad de los divorcios ocurre en los primeros siete años), mientras que la ausencia de emoción positiva predecía los divorcios tardíos. Los jinetes anuncian las rupturas rápidas; las lentas se anuncian por lo que falta, no por lo que sobra.

    Qué significa predecir ahí

    Un año después, Heyman y Slep (2001) publicaron un análisis con el título de «los peligros de predecir el divorcio sin validación cruzada».

    Su argumento es técnico pero importante: cuando un modelo se ajusta y se evalúa sobre las mismas parejas, «aprende» las peculiaridades de esa muestra, y cuando lo aplicaron a datos nuevos la precisión y el valor predictivo «cayeron de forma precipitada». Concluyen que los resultados sin validación cruzada deben interpretarse «con extrema cautela, por muy impresionantes que parezcan».

    A eso se suma que el divorcio es poco frecuente en un año dado: con una base así, hasta un modelo malo acierta mucho si dice «no se van a separar».

    Qué pasó al replicarlo

    Kim, Capaldi y Crosby (2007) intentaron reproducir el modelo de Gottman con 85 parejas jóvenes de contexto de riesgo, y «los hallazgos principales no se replicaron»: ni el rechazo de la influencia de la pareja por parte de los hombres, ni el arranque negativo de las mujeres predijeron si seguían juntos dos años y medio después.

    Los autores concluyen que la validez del modelo «necesita más investigación». La evidencia archivada de OpenEvidence para este cluster lo resume igual: las muestras originales eran pequeñas y homogéneas (parejas heterosexuales, casadas, de clase media estadounidense), y la cifra de más de 90 % no ha sido replicada con esa magnitud por estudios independientes a gran escala.

    Qué dice el estudio más grande

    Joel y 85 colaboradores (2020) juntaron 43 estudios longitudinales de 29 laboratorios y usaron aprendizaje automático para ver qué predice de verdad la calidad de una relación. El conflicto quedó entre los cinco predictores más consistentes, pero detrás del compromiso percibido de la pareja, el aprecio, la satisfacción sexual y creer que el otro está satisfecho.

    Todas las variables juntas explicaron hasta un 45 % de la calidad al inicio y un 18 % al final de cada estudio, y el cambio en la calidad de la relación resultó «en gran medida impredecible» desde cualquier autoinforme. Traducido: los jinetes importan, pero ningún cuestionario, ni el de Gottman ni el de nadie, puede decirte si tu relación se va a acabar.

    Por eso la guía de más abajo no te da un porcentaje ni un pronóstico. Te dice qué patrón marcaste más, y qué hacer con él.

    Cómo se encadenan: la cascada y la inundación

    Gottman describió los jinetes como una secuencia, no como cuatro problemas separados. La crítica invita a la defensa; la defensa, sostenida, se convierte en desprecio de un lado y en retirada del otro; y la retirada deja al que critica hablando solo, lo que sube el tono de la próxima crítica.

    Un estudio con 130 parejas grabadas en una tarea de conflicto lo mostró con claridad: cuando uno de los dos criticaba más, la pareja se defendía y se cerraba más, y ese circuito explicaba parte de la caída de la satisfacción a los 12 meses (Beeney et al., 2019).

    En ese mismo estudio, la «cuenta bancaria emocional» (el balance entre conductas positivas y negativas) predecía la satisfacción de ambos y su deterioro con el tiempo.

    Ese balance tiene un número conocido. Mikulincer y Shaver (2007, p. 460), citando a Gottman (1994), recuerdan que en los matrimonios que funcionan bien se observa una proporción de al menos cinco interacciones positivas por cada negativa, incluso dentro de una discusión: bromas, gestos de afecto, un «tienes razón en eso» a mitad de la pelea. Es la razón por la que el antídoto del desprecio no se practica durante la pelea sino entre una y otra.

    La otra pieza del engranaje es la inundación. En las grabaciones de Gottman, cuando la frecuencia cardíaca de uno de los dos superaba cierto umbral, la conversación dejaba de ser productiva: la persona ya no escuchaba, solo aguantaba o atacaba.

    Y hay un dato de laboratorio que respalda el consejo de parar: en los estudios longitudinales del instituto, tras 20 minutos de pausa sin discutir «su frecuencia cardíaca era significativamente más baja y su interacción más positiva y productiva» (The Gottman Institute, 2026a). Los 20 minutos son lo que tarda el cuerpo en bajar.

    Los antídotos de los cuatro jinetes de Gottman: qué hacer con cada uno

    La parte del modelo que sí aguanta bien el paso del tiempo es la práctica. Cada jinete tiene un reemplazo concreto (The Gottman Institute, 2026a), y la evidencia de intervención, que revisamos en la sección siguiente, sugiere que se pueden aprender.

    Jinete Cómo suena Antídoto Cómo suena el antídoto
    Crítica «Siempre hablas de ti, eres un egoísta» Planteamiento suave: yo siento / yo necesito «Me quedé fuera de la conversación hoy y necesito desahogarme. ¿Podemos hablar de mi día?»
    Desprecio «¿Otra vez se te olvidó? Eres increíblemente flojo» Cultura de aprecio: reconocer en voz alta lo que el otro hace bien, seguido «Sé que has estado a mil. ¿Te acuerdas de cargar el lavavajillas los días que trabajo tarde?»
    Actitud defensiva «No es mi culpa, tú te vistes a último minuto» Asumir una parte de la responsabilidad «No me gusta llegar tarde, pero tienes razón: no siempre hay que salir tan temprano. Puedo ser más flexible»
    Evasión Silencio, celular, irse de la pieza Pausa fisiológica de al menos 20 minutos, con hora de regreso «Estoy sobrepasado. Necesito 20 minutos y volvemos a esto»

    Tres detalles que hacen la diferencia y que casi nunca se explican:

    • El planteamiento suave empieza por uno mismo. La fórmula es «yo siento X, sobre la situación Y, y necesito Z», sin «tú». Cuesta más de lo que parece, porque el impulso de la crítica es justamente hablar del otro.
    • La cultura de aprecio es un hábito de todos los días, no una técnica para discutir. El lema del instituto es «cosas pequeñas, seguido»: agradecer, notar, decir lo que gusta del otro. Es lo que llena la cuenta desde la que después se pagan las peleas.
    • La pausa se anuncia y se cumple. Irse sin decir nada es el jinete; decir «necesito 20 minutos, a las ocho retomamos» es el antídoto. Y durante la pausa se hace algo que calme de verdad (caminar, música, respirar), no repasar la discusión mentalmente ni preparar la réplica. Si en la pausa uno rumia, vuelve igual de activado.

    Un matiz clínico: los jinetes se aprenden a reconocer primero en uno mismo. La guía de abajo pregunta por lo que tú haces y por lo que ves; responderla pensando solo en la pareja es, en sí, una forma de crítica.

    Lo que pasa en el cuerpo: por qué uno persigue y el otro se cierra

    Gottman explicó la evasión por la fisiología. La teoría del apego explica por qué en tantas parejas los papeles se reparten siempre igual: uno critica y persigue, el otro se defiende y se cierra.

    El apego evitativo

    Mikulincer y Shaver (2007) revisan los estudios observacionales que usaron el sistema de codificación de Gottman para mirar el conflicto según el estilo de apego. En el estudio de Babcock, Jacobson, Gottman y Yerington (2000) con maridos violentos y no violentos, los hombres con apego evitativo mostraron más evasión (stonewalling) y más desprecio durante las discusiones que los de apego ansioso.

    La explicación de los autores: la persona evitativa aprendió temprano que mostrar necesidad o vulnerabilidad traía rechazo, así que ante la tensión desactiva el sistema de apego, se pone fría y busca terminar la interacción (Mikulincer y Shaver, 2007, pp. 301-303; Marrone, 2001, pp. 117-118).

    La persona con apego ansioso hace lo contrario. Vive la distancia o el desacuerdo como una amenaza de abandono, y responde amplificando: protestas, reclamos repetidos, críticas, vigilancia, exigencias de atención. Marrone (2001, pp. 118-119) describe esa «rabia sobreinvolucrada» como una estrategia que funcionó en la infancia, cuando solo la exageración del malestar conseguía la atención de un cuidador inconstante, y que en la adultez produce el resultado contrario: aleja a la pareja.

    Lecannelier (2009, pp. 77-78) lo explica como una hiperactivación del sistema de apego con subregulación de la emoción: la persona no consigue calmarse sola.

    El ciclo demanda-retirada

    Cuando estas dos estrategias se juntan aparece el ciclo que la literatura llama demanda-retirada (o persecución-distanciamiento): uno percibe distancia y presiona; el otro siente la presión como invasión y se retira; la retirada confirma el miedo del primero, que presiona más (Mikulincer y Shaver, 2007, pp. 293-297 y 315-316).

    Ese ciclo no es una curiosidad teórica. Un metaanálisis de 74 estudios con 14.255 participantes encontró una asociación moderada y consistente entre el patrón demanda-retirada y el malestar individual, relacional y comunicativo (r = 0,36), más fuerte en las parejas clínicamente afectadas (r = 0,41) que en las no afectadas (r = 0,35), y de magnitud similar cuando demanda la mujer y se retira el hombre que al revés (Schrodt, Witt y Shimkowski, 2014).

    El cuerpo acompaña. En un estudio con 124 parejas jóvenes que negociaron un conflicto real en el laboratorio mientras se les medía el cortisol salival siete veces, las personas con apego inseguro mostraron mayor reactividad fisiológica al conflicto que las seguras, con diferencias por sexo en qué tipo de inseguridad pesaba más (Powers, Pietromonaco, Gunlicks y Sayer, 2006).

    Y los evitativos, que dicen no estar estresados, muestran en las mediciones una activación que no reportan (Mikulincer y Shaver, 2007, pp. 202-203). «Se cierra porque no le importa» es, casi siempre, una lectura equivocada.

    La seguridad adquirida

    Lo que sí cambia el pronóstico es que estas estrategias se pueden modificar en la adultez. Mikulincer y Shaver (2007, caps. 5 y 14), Marrone (2001, pp. 61 y 116) y Lecannelier (2009, pp. 212-214) describen la seguridad adquirida: adultos con historias difíciles que llegan a funcionar como seguros gracias a relaciones reparadoras, a la capacidad de dar sentido a su historia o a la psicoterapia.

    Las personas seguras, según esas mismas fuentes, manejan el conflicto distinto: protestan sin atacar, sienten culpa (no vergüenza) cuando hirieron al otro y la usan para reparar, y pueden calmarse solas y calmar a la pareja.

    Ahora sí, la guía. Responde por tus últimas tres o cuatro discusiones, no por la peor que recuerdes, y con honestidad sobre tu lado.

    Guía de autoobservación: ¿cuál de los cuatro jinetes aparece en tus discusiones?

    Piensa en las últimas tres o cuatro discusiones con tu pareja y marca con qué frecuencia pasó cada cosa. No hay puntaje total ni resultado «bueno» o «malo»: la guía te devuelve qué patrón marcaste más y cuál es su antídoto. Tarda unos tres minutos.

    Esta guía no es un test validado ni predice nada sobre el futuro de tu relación. Está construida a partir de la descripción de los cuatro patrones de Gottman y Levenson (1992) y de sus antídotos (The Gottman Institute, 2026), con frases propias. Si en tus discusiones hay miedo, amenazas, control o golpes, eso ya no es un patrón de comunicación: en Chile el fono 1455 de SernamEG orienta de lunes a domingo.

    ¿Se puede salir de los cuatro jinetes? Lo que dice la evidencia de intervención

    Sí, y la evidencia de intervención es más sólida que la de predicción. Un metaanálisis de 58 estudios con 2.092 parejas encontró que la terapia de pareja tiene un efecto grande sobre la satisfacción (g = 1,12 antes y después del tratamiento) mientras las parejas en lista de espera no mejoran (g = 0,12), con mejoras también en la comunicación observada y en la intimidad emocional, y con ganancias que se mantienen en los seguimientos; las parejas que llegaban peor eran las que más ganaban (Roddy, Walsh, Rothman, Hatch y Doss, 2020).

    Sobre el método de Gottman en concreto, la evidencia es más modesta y en parte viene de su propio equipo, lo que conviene decir.

    Un ensayo con 80 parejas en malestar asignadas al azar a un taller de manejo del conflicto, a uno de amistad, a la combinación de ambos o a leer el libro (biblioterapia) encontró que las cuatro condiciones mejoraron la satisfacción y redujeron el conflicto destructivo al año, con el mayor cambio en la condición combinada.

    Los autores recomiendan la combinación de amistad y manejo del conflicto, y notan que la biblioterapia sola puede bastar en parejas sin problemas añadidos (Babcock, Gottman, Ryan y Gottman, 2013).

    Fuera de ese equipo, un estudio noruego con 490 participantes comparados con 242 controles mediante emparejamiento por puntaje de propensión encontró que el curso de 12 horas «Siete principios» mejora la calidad de la relación, funciona igual online que presencial, y no necesita que lo dicte un clínico (Zahl-Olsen, Thuen y Bertelsen, 2024).

    Y un estudio sin grupo control con 106 parejas gais y lesbianas reportó mejoras significativas de la satisfacción tras 11 sesiones (Garanzini et al., 2017), lo que al menos sugiere que el modelo no es exclusivo de las parejas heterosexuales con las que se construyó.

    El mensaje práctico es doble. Reconocer los jinetes y practicar sus antídotos está al alcance de cualquier pareja, y la evidencia dice que incluso un curso corto o un libro mueven la aguja.

    Pero cuando el ciclo ya está instalado (cuando cada discusión termina igual y ninguno de los dos consigue parar), la terapia de pareja tiene efectos grandes y medidos, y llegar peor, según el metaanálisis, es una razón para esperar más ganancia.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    Hay tres señales que justifican consultar a un psicólogo de pareja sin esperar a que la relación esté al borde:

    • El desprecio ya es habitual. Si en las discusiones hay burla, sarcasmo o humillación de forma regular, es el jinete de mayor peso en todos los estudios y el que más cuesta revertir sin ayuda, porque exige reconstruir el aprecio, no solo cambiar frases.
    • El ciclo demanda-retirada se repite en cada conflicto, con los mismos roles, y las pausas no sirven porque uno de los dos las usa para no volver nunca al tema. Los problemas quedan sin resolver y se acumulan.
    • Los antídotos ya se probaron y no aguantan. Muchas parejas saben perfectamente lo que «deberían» decir y no logran decirlo cuando el cuerpo está inundado. Ahí el trabajo es sobre la regulación y sobre el apego, no sobre el vocabulario.

    Y una señal que ya no es un patrón de comunicación: si en las discusiones hay miedo, amenazas, control sobre el dinero, las salidas o el teléfono, o golpes, eso es violencia y no se trabaja como un «jinete». En Chile, el fono 1455 de SernamEG orienta de lunes a domingo y tiene WhatsApp en el +56 9 9700 7000.

    Un 69 % de los conflictos de pareja, según Gottman, son perpetuos: nacen de diferencias de personalidad o de necesidades de vida que no se resuelven, solo se aprende a conversar sobre ellas (The Gottman Institute, 2026c). Eso quita bastante presión. El objetivo de la terapia es que la discusión sobre el orden de la casa o el tiempo con la familia del otro deje de traer a los cuatro jinetes, aunque la discusión siga existiendo.

    Preguntas frecuentes sobre los cuatro jinetes de Gottman

    ¿Cuáles son los cuatro jinetes de Gottman?

    Son cuatro patrones de comunicación en el conflicto de pareja: la crítica (atacar el carácter del otro), el desprecio (burla, sarcasmo, superioridad), la actitud defensiva (devolver la culpa) y la evasión o stonewalling (cerrarse y dejar de responder). Gottman y Levenson (1992) los observaron con más frecuencia en las parejas que después se separaron.

    ¿Cuál es el peor de los cuatro jinetes?

    El desprecio. Gottman lo describió como el mejor predictor individual de divorcio, y un análisis de redes de 2025 con 780 parejas lo encontró como la variable más conectada con el resto del conflicto. A diferencia de la crítica, el desprecio comunica que el otro vale menos, y se revierte reconstruyendo el aprecio cotidiano, no solo cambiando las frases de la pelea.

    ¿Es cierto que los jinetes predicen el divorcio con un 94 % de precisión?

    La cifra viene de los estudios de Gottman (93 % a 14 años en Gottman y Levenson, 2000), pero es precisión dentro de la misma muestra. Heyman y Slep (2001) mostraron que cae mucho al validarla con parejas nuevas, y una réplica de 2007 no reprodujo el modelo. Los jinetes importan; el porcentaje no sirve para pronosticar tu relación.

    ¿Cuál es el antídoto de cada jinete?

    Crítica: planteamiento suave, hablando de lo que sientes y necesitas sin atacar. Desprecio: cultura de aprecio, reconocer seguido lo que el otro hace bien. Actitud defensiva: asumir una parte de la responsabilidad. Evasión: pausa fisiológica de al menos 20 minutos, con hora de regreso, usada para calmarse y no para rumiar la pelea.

    ¿Por qué mi pareja se cierra cuando discutimos?

    Casi nunca es indiferencia. Cerrarse suele ser la respuesta a la inundación: el cuerpo se activa tanto que la persona ya no puede escuchar ni pensar. Las personas con apego evitativo lo hacen más, y las mediciones muestran que están activadas aunque digan que no. El antídoto es pausar de forma anunciada y volver, no insistir mientras el otro está sobrepasado.

    ¿El test de Gottman de los cuatro jinetes es un test validado?

    Los cuestionarios de Gottman son herramientas de reflexión de sus libros y programas, no instrumentos con puntos de corte clínicos publicados. La guía de este artículo tampoco lo es: describe qué patrón marcaste más y su antídoto, sin porcentaje ni pronóstico. Para medir la calidad de la relación existen escalas validadas como el DAS o el CSI, que requieren una lectura profesional.

    Empezar por el jinete más fácil

    Si al hacer la guía apareció un patrón, la recomendación clínica es simple: empieza por el que más depende de ti y menos de tu pareja. Cambiar el arranque de una queja (de «tú eres» a «yo necesito») o pedir una pausa antes de cerrarse son cosas que una sola persona puede hacer desde la próxima discusión, y suelen cambiar la respuesta del otro. El desprecio y el ciclo de persecución-retirada son más difíciles de mover a solas, porque están hechos de dos.

    Si reconociste a tu pareja en tres o cuatro de los jinetes, o si las discusiones terminan siempre igual y ninguno logra parar, la terapia de pareja tiene los efectos más grandes y mejor medidos de este artículo. Puedes agendar una consulta online y, si prefieres empezar por tu lado, revisar antes qué evalúan los tests de pareja o tu propio estilo de apego, que suele explicar por qué en una discusión te sale perseguir o cerrarte.

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    Referencias

    Babcock, J. C., Gottman, J. M., Ryan, K. D. y Gottman, J. S. (2013). A component analysis of a brief psycho-educational couples’ workshop: One-year follow-up results. Journal of Family Therapy, 35(3), 252-280. https://doi.org/10.1111/1467-6427.12017

    Babcock, J. C., Jacobson, N. S., Gottman, J. M. y Yerington, T. P. (2000). Attachment, emotional regulation, and the function of marital violence: Differences between secure, preoccupied, and dismissing violent and nonviolent husbands. Journal of Family Violence, 15(4), 391-409. https://doi.org/10.1023/a:1007558330501

    Beeney, J. E., Hallquist, M. N., Scott, L. N., Ringwald, W. R., Stepp, S. D., Lazarus, S. A., Mattia, A. A. y Pilkonis, P. A. (2019). The emotional bank account and the four horsemen of the apocalypse in romantic relationships of people with borderline personality disorder: A dyadic observational study. Clinical Psychological Science, 7(5), 1063-1077. https://doi.org/10.1177/2167702619830647

    Garanzini, S., Yee, A., Gottman, J., Gottman, J., Cole, C., Preciado, M. y Jasculca, C. (2017). Results of Gottman Method Couples Therapy with gay and lesbian couples. Journal of Marital and Family Therapy, 43(4), 674-684. https://doi.org/10.1111/jmft.12276

    Gottman, J. M. (1994). What predicts divorce? The relationship between marital processes and marital outcomes. Lawrence Erlbaum.

    Gottman, J. M. y Levenson, R. W. (1992). Marital processes predictive of later dissolution: Behavior, physiology, and health. Journal of Personality and Social Psychology, 63(2), 221-233. https://doi.org/10.1037/0022-3514.63.2.221

    Gottman, J. M. y Levenson, R. W. (2000). The timing of divorce: Predicting when a couple will divorce over a 14-year period. Journal of Marriage and Family, 62(3), 737-745. https://doi.org/10.1111/j.1741-3737.2000.00737.x

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    The Gottman Institute. (2026a). The four horsemen: The antidotes (actualizado el 16 de enero de 2026). https://www.gottman.com/blog/the-four-horsemen-the-antidotes/

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    The Gottman Institute. (2026c). Managing conflict: Solvable vs. perpetual problems (actualizado el 13 de mayo de 2026). https://www.gottman.com/blog/managing-conflict-solvable-vs-perpetual-problems/

    Zahl-Olsen, R., Thuen, F. y Bertelsen, T. B. (2024). The effectiveness of the in-person and online Gottman Seven Principles Couple Enhancement Program: A propensity score matching design. Journal of Marital and Family Therapy, 50(4), 882-898. https://doi.org/10.1111/jmft.12726

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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