Etiqueta: conductas repetitivas centradas en el cuerpo

  • Conductas repetitivas centradas en el cuerpo (BFRB): qué son y cómo se tratan

    Conductas repetitivas centradas en el cuerpo (BFRB): qué son y cómo se tratan

    Arrancarse un pelo, sacar una costra, morderse la piel del dedo o las uñas, masticar el interior de la mejilla. Casi todo el mundo hace alguna de estas cosas de vez en cuando. Cuando se repite a diario, deja marcas, cuesta parar y se oculta por vergüenza, entra en lo que la psicología llama conductas repetitivas centradas en el cuerpo, conocidas por su sigla en inglés, BFRB (body-focused repetitive behaviors), y en español como CRCC. Si buscas qué son, por qué pasan y cómo se tratan, esta guía junta lo que se sabe.

    En esta guía vas a ver qué conductas incluye el grupo, cómo se diagnostica, qué tan comunes son, por qué se mantienen, en qué se distinguen del TOC y de la autolesión, qué tratamientos funcionan y cuánto, qué puedes hacer desde hoy y cuándo consultar. Cada conducta tiene además su propia guía, enlazada más abajo.

    En breve: las conductas repetitivas centradas en el cuerpo (BFRB) son hábitos repetidos de tirar, pellizcar, morder o rascar el propio pelo, la piel, las uñas o el interior de la boca, que causan daño físico y malestar, y que la persona ha intentado dejar sin lograrlo. Incluyen la tricotilomanía, la dermatilomanía (trastorno de excoriación), morderse las uñas y morderse la piel o la mejilla. Las encuestas en adultos ubican alrededor de uno de cada cuatro con alguna forma clínicamente relevante, pero muy pocos consultan. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual (reversión del hábito, sola o con terapia de aceptación); los medicamentos tienen evidencia limitada.

    ¿Qué son las conductas repetitivas centradas en el cuerpo (BFRB)?

    Las conductas repetitivas centradas en el cuerpo son un término general para cualquier conducta repetida de auto-aseo (tirar, arrancar, pellizcar, morder o raspar el pelo, la piel o las uñas) que produce daño físico y malestar importante, o interfiere con la vida diaria (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). La literatura clínica también las llama trastornos de aseo patológico, porque son secuencias de movimientos de cuidado personal que se salen de control (Snyder y Friman, 2012; Stein y Lochner, 2012).

    Las define la combinación de cuatro rasgos, sea cual sea la zona del cuerpo (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Snyder y Friman, 2012):

    • Repetición. Se hace muchas veces, a veces en episodios cortos repartidos en el día y a veces en sesiones de una hora o más.
    • Daño. Hay calvas, heridas, cicatrices, uñas deformadas o lesiones en la boca.
    • Intentos fallidos de parar. La persona ha probado límites, castigos, guantes o promesas, y el hábito vuelve.
    • Malestar o costo en la vida diaria. Vergüenza, ocultamiento, tiempo perdido, evitar la playa, las citas o el trabajo.

    Un aseo normal (cortarse las uñas, sacarse una espinilla de vez en cuando) es breve, funcional y no destruye tejido. La frontera está en el control, la frecuencia y el daño. Una revisión describió estas conductas como un continuo de leve a grave, infradiagnosticado, en el que las personas suelen esconder las lesiones por vergüenza (Bohne et al., 2005).

    ¿Cuáles son las BFRB y cómo se llama cada una?

    Estas son las formas principales, con su nombre clínico y la guía donde profundizamos en cada una:

    Qué hacesNombre clínicoDetalle
    Arrancarte pelo del cuero cabelludo, las cejas o las pestañasTricotilomanía (trastorno de arrancarse el pelo)Tricotilomanía: síntomas, causas y tratamiento y tricotilomanía en niños
    Pellizcarte, rascarte o hurgar la piel hasta lesionarlaDermatilomanía (trastorno de excoriación, skin picking)Dermatilomanía: síntomas, causas y tratamiento
    Morderte las uñas de las manos o los piesOnicofagiaMorderse las uñas: por qué pasa y cómo dejarlo
    Morderte o arrancarte la piel alrededor de las uñas y los dedosDermatofagiaMorderse la piel de los dedos
    Masticar o morder el interior de las mejillas o los labiosMorsicatio buccarum y labiorum (cheek biting)Morderse los labios por dentro
    Comerte el pelo que arrancasTricofagiaSe trata en la guía de tricotilomanía

    En otras personas aparecen variantes: raspar la piel con herramientas, cortarse el pelo de forma compulsiva o chuparse el pulgar mucho después de la edad esperable. Todas comparten el mismo andamiaje (Snyder y Friman, 2012).

    Es habitual tener más de una. En 60 personas con dermatilomanía, 36,7 % tenía además tricotilomanía y 26,7 % se mordía las uñas (Odlaug y Grant, 2008). En una muestra comunitaria de 2.705 personas, la tricotilomanía, el pellizco de piel y morderse las uñas compartían un factor común de «acicalamiento patológico», asociado a impulsividad y malestar psicológico (Maraz et al., 2017). Por eso es frecuente que una conducta reemplace a otra con los años.

    Trastorno por conductas repetitivas centradas en el cuerpo: cómo se diagnostica en el DSM-5

    El DSM-5 agrupa estas conductas dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados (American Psychiatric Association, 2013). Dos tienen diagnóstico propio: la tricotilomanía y el trastorno de excoriación. Las demás (morderse las uñas, los labios o la mejilla, la dermatofagia) no tienen categoría independiente y se ubican como «otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado», con el nombre de trastorno por conductas repetitivas centradas en el cuerpo (American Psychiatric Association, 2013). El Manual MSD para pacientes lo resume con tres rasgos: morder o manipular una parte del cuerpo, a veces hasta lesionarla; intentos repetidos y fallidos de reducir la conducta; y malestar o deterioro importante por ella.

    Además, el cuadro no debe explicarse por una sustancia (la cocaína o las anfetaminas pueden producir rascado), por otra condición médica (sarna, eccema) ni por otro trastorno mental (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    El diagnóstico lo hace un profesional de salud mental, a veces con ayuda de un dermatólogo o un dentista. En una primera consulta se revisan las zonas afectadas y sus complicaciones, cuándo y dónde ocurre, qué se siente antes y después, si es consciente o automático, y las comorbilidades que haya (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023).

    ¿Qué tan comunes son las conductas repetitivas centradas en el cuerpo?

    Mucho más de lo que se consulta. Las cifras cambian según se midan síntomas ocasionales o cuadros clínicos:

    La diferencia entre cifras grandes y pequeñas es esperable: casi todos tenemos algún hábito corporal y solo una parte llega al nivel de trastorno. Lo que importa es el daño, el control y el costo.

    ¿A qué edad empiezan?

    Suelen empezar en la infancia tardía o la adolescencia. En 858 personas con tricotilomanía, el pico de inicio fue entre los 11 y 15 años y 93,5 % comenzó antes de los 20 (Grant et al., 2023). En 60 personas con pellizco de piel, la edad media de inicio fue de 12,3 años (Odlaug y Grant, 2008). Morderse las uñas es más precoz y llega a su máximo en la pubertad y la adolescencia (Snyder y Friman, 2012). En los niños pequeños muchos hábitos son transitorios (Mouton-Odum y Golomb, 2012).

    En un estudio de 152 personas de entre 4 y 67 años con tricotilomanía, pellizco de piel o ambos, la gravedad llegó a su máximo en la transición de la adolescencia a la adultez (Lin et al., 2023).

    ¿Por qué ocurren? Lo que mantiene el hábito

    Esta parte alivia a quien lo vive: hay varias causas que se combinan, y ninguna es un defecto de carácter. El mito más repetido es que se trata de falta de fuerza de voluntad. La evidencia describe hábitos con una función, sostenidos por la emoción, la sensación física y el aprendizaje.

    Focalizado y automático

    Hay dos estilos, y la mayoría de las personas tiene los dos (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023):

    • Focalizado: ocurre con plena conciencia. Antes hay una urgencia, una emoción incómoda (ansiedad, frustración, aburrimiento) o un pensamiento sobre una imperfección, y la conducta sirve para bajar esa tensión.
    • Automático: ocurre casi sin darse cuenta, sobre todo en momentos pasivos como leer, estudiar, ver una serie, manejar o estar en la cama. La persona nota lo que hizo cuando ya hay un pelo en la mano o una costra sangrando.

    Los dos estilos fluctúan. En momentos de baja estimulación domina el modo automático, y cuando hay tensión o se detecta una imperfección en el espejo, el modo focalizado (Twohig y Woods, 2023). Por eso el tratamiento combina estrategias para cada uno.

    El modelo ComB: qué dispara el hábito

    El modelo conductual comprensivo, conocido como ComB, analiza cada conducta como una cadena de antecedentes, conducta y consecuencias (Mansueto et al., 1997). Los antecedentes se agrupan en cinco áreas, que forman la sigla SCAMP:

    1. Sensorial: un pelo grueso o rizado, una costra, una zona áspera, picazón, tensión localizada.
    2. Cognitiva: pensamientos perfeccionistas como «mi piel tiene que quedar lisa» o «esta ceja está desigual».
    3. Afectiva: ansiedad o enojo, pero también aburrimiento, cansancio o sueño.
    4. Motora: posturas y gestos previos, como apoyar la cabeza en la mano, pasar los dedos por la zona o tomar las pinzas.
    5. Lugar: el baño, la cama, el escritorio, el auto, el sofá frente a la televisión.

    La consecuencia casi siempre es un alivio inmediato (menos tensión, menos aburrimiento, una sensación táctil placentera). Ese alivio llega en segundos, mientras que el costo (calvas, cicatrices, culpa) llega horas o días después, y el cerebro aprende del refuerzo inmediato. Es el mismo mecanismo de cualquier hábito (Twohig y Woods, 2023).

    Emoción, sensación, genética y cerebro

    • Emoción. Una revisión sistemática de 19 estudios en pellizco de piel halló más dificultades de regulación emocional que en los controles, sobre todo en el estilo focalizado (Barber y Fitzgerald, 2025).
    • Sensaciones. Otra revisión de 65 estudios encontró que las sensaciones incómodas previas a una conducta repetitiva aparecen en todo el espectro obsesivo-compulsivo y, en varios cuadros, se asocian a mayor gravedad (Wilson et al., 2025).
    • Genética. Una revisión sistemática de 109 estudios indica que los factores genéticos pesan en la tricotilomanía y el pellizco de piel, en parte compartidos con el espectro del TOC, aunque no se conoce un factor específico confiable (Reid et al., 2024).
    • Cerebro. Se han descrito diferencias en redes que frenan movimientos ya iniciados y que controlan los hábitos (Stein y Lochner, 2012). Hay debate sobre si estas conductas se entienden mejor como parte del espectro obsesivo-compulsivo, como trastornos del hábito o como aseo patológico, y una revisión reciente propone no elegir un solo marco (Stein y Lochner, 2026).

    Nada de esto convierte el hábito en una condena. Quiere decir que un hábito con función y circuito propio se trabaja con un método, y no con propósitos de año nuevo.

    ¿En qué se diferencian de otras condiciones?

    Dos personas pueden arrancarse el pelo por razones muy distintas, y el tratamiento cambia según la razón. Esta tabla resume las diferencias principales (American Psychiatric Association, 2013; Flessner, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    Si lo que ves es…Qué puede estar pasandoCómo se distingue
    Rituales para neutralizar un miedo (contaminación, daño)Trastorno obsesivo-compulsivoEn el TOC la conducta responde a obsesiones. En las BFRB responde a una urgencia, una sensación, una emoción o el automatismo
    Arrancar o pellizcar para corregir un «defecto» de aspectoTrastorno dismórfico corporalHay una creencia fija de que una parte del cuerpo es fea. Se busca arreglar la apariencia
    Movimientos bruscos, rápidos, no rítmicos, con una urgencia previa breveTics o síndrome de TouretteEl tic es un movimiento súbito y breve, sin la secuencia dirigida al pelo o a la piel que define a las BFRB
    Balanceo, aleteo, golpes rítmicosMovimientos estereotipadosRítmicos y sin urgencia previa; frecuentes en autismo o discapacidad intelectual
    Cortes, quemaduras, dolor buscadoAutolesión no suicidaAquí el daño y el dolor son el objetivo. En las BFRB son un efecto no buscado de un acto de aseo o de regulación
    Rascado por la sensación de insectos bajo la pielParasitosis delirante o psicosisHay una creencia delirante o alucinaciones táctiles
    Rascado por picor de una enfermedad de la pielSarna, eccema, psoriasis, acné severoSi la manipulación sigue cuando la enfermedad ya está controlada, o sobre piel sana, puede haber una BFRB
    Rascado o pellizco tras consumir estimulantesEfecto de sustanciasLa conducta aparece con el consumo o la abstinencia

    Pueden coexistir. Lo que no ayuda es resolver el diagnóstico por intuición: un error de este tipo cambia el tratamiento.

    ¿Se asocian a ansiedad, depresión u otros trastornos?

    Con frecuencia. En el estudio de 152 personas ya citado, la ansiedad aparecía en 63 a 82 %, la depresión en 34 a 50 %, el TOC en 16 a 29 % y el TDAH en 12 a 32 % (Lin et al., 2023). En un registro sueco de más de mil personas con tricotilomanía, 79 % tenía otro diagnóstico psiquiátrico (Farhat et al., 2025). En un estudio dermatológico de casos y controles, el pellizco de piel se asoció a más depresión, ansiedad y TOC, y solo 21 % mejoró o se resolvió, en parte porque pocos siguieron el control psiquiátrico (Kwon et al., 2020).

    La ansiedad es a la vez un posible desencadenante y una consecuencia (la vergüenza por las marcas, el miedo a que se note). Y no es toda la historia: en 339 adultos jóvenes, morderse las uñas no se relacionó con trastornos de ansiedad (Pacan et al., 2014). Si tienes TDAH, el cuadro puede costar más de tratar, porque la terapia conductual exige atención y autorregulación (Twohig y Woods, 2023). Para entender ese vínculo hay una guía sobre TDAH.

    ¿Cómo se tratan las conductas repetitivas centradas en el cuerpo?

    La noticia buena: hay tratamientos que funcionan. La realista: la evidencia es sólida pero con ensayos pequeños, y los beneficios requieren práctica sostenida.

    En un metaanálisis de 24 ensayos y 857 participantes en tricotilomanía, la terapia conductual con entrenamiento de reversión del hábito mostró el mayor beneficio (diferencia estandarizada de 1,22) y no existe ningún medicamento aprobado como primera línea (Farhat et al., 2020). En el pellizco de piel, otro metaanálisis de 12 ensayos encontró un beneficio global grande, pero frente a grupos control el efecto fue moderado, y no hubo evidencia firme de que un tratamiento sea superior a otro (Selles et al., 2016). Una revisión sistemática de 11 estudios añadió que todas las intervenciones, incluido el placebo, mejoraron en ensayos cortos, pero solo las conductuales superaron a los controles inactivos (Schumer et al., 2016). Las guías de consenso ponen la terapia conductual como primera línea y los medicamentos como complemento (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Reversión del hábito

    Fue descrita en 1973 para hábitos nerviosos y tics por Azrin y Nunn, y es el componente conductual más estudiado. Se enseña en cuatro partes (Azrin y Nunn, 1973; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023):

    1. Conciencia. Describir con detalle el acto, anotar cada episodio y reconocer las señales de aviso (tocarse el pelo, buscar asperezas con las yemas de los dedos, inclinarse sobre el espejo).
    2. Respuesta competidora. Ante la señal o la urgencia, hacer un movimiento incompatible con la conducta (apretar los puños, cruzar los brazos, sostener un objeto) durante uno a tres minutos. Tiene que ser fácil, discreto y aceptable para la persona.
    3. Control del entorno. Retirar espejos de aumento, bajar la luz del baño, guardar pinzas, poner tiritas en los dedos, usar gorros o guantes en las situaciones de riesgo. Se usa para dificultar el acto y no para suprimir la urgencia.
    4. Apoyo social. Una persona cercana que avise sin retar y reconozca el uso de la estrategia.

    Los resultados son buenos pero con sus límites. En un ensayo aleatorizado en 43 pacientes con tricotilomanía, 64 % mejoró de forma clínicamente significativa con terapia conductual, frente a 9 % con fluoxetina y 20 % en lista de espera (van Minnen et al., 2003). Otro ensayo con 23 pacientes mostró que la terapia fue más eficaz que la clomipramina y el placebo (Ninan et al., 2000). En el pellizco de piel, un ensayo con 25 adultos halló que la reversión del hábito redujo el pellizco más que la espera, y la mejoría se mantuvo a los 3 meses (Teng et al., 2006). Una revisión de los 10 ensayos de reversión del hábito advirtió que su calidad metodológica es cuestionable (Lee et al., 2019).

    Terapia conductual con aceptación (ACT)

    Esta variante suma al trabajo conductual los procesos de la terapia de aceptación y compromiso (si te interesa, aquí hay una explicación de ACT): notar la urgencia, hacerle espacio sin obedecerla, tomar distancia de los pensamientos («tengo que sacar esto») y orientar la acción hacia lo que importa a la persona (Twohig y Woods, 2023). Los pacientes aprenden a «surfear» la urgencia, que sube, llega a un pico y baja si no se actúa sobre ella. La estructura del protocolo para tricotilomanía es de 10 sesiones de 50 a 60 minutos (Twohig y Woods, 2023).

    En un ensayo en 85 adultos con tricotilomanía, 64 % de quienes recibieron esta terapia respondió bien frente a 38 % con psicoeducación y apoyo (Woods et al., 2022). Para el pellizco de piel, un ensayo con 70 adultos mostró que 10 semanas de terapia conductual con aceptación guiada por internet mejoraron los síntomas frente a la lista de espera; 43 % respondió y 31 % remitió al terminar, y a los 6 meses los síntomas habían subido algo, aunque la mejoría seguía siendo significativa (Asplund et al., 2025). Una revisión sistemática de 11 estudios coincide en que la terapia cognitivo-conductual, la terapia con aceptación en grupo, la autoayuda en línea y la escritura expresiva fueron las opciones con mejores resultados, con muestras pequeñas y poco seguimiento (Loftus et al., 2025). Para el marco general de la terapia, está la guía sobre qué es la terapia cognitivo-conductual y sus técnicas.

    ¿Y las recaídas?

    Conviene saberlo antes de empezar. En un seguimiento a dos años de 28 pacientes con tricotilomanía que recibieron una terapia breve de seis sesiones, la mejoría lograda al terminar se había reducido en 49 % a los tres meses y en 70 % a los dos años, aunque los síntomas seguían por debajo del punto de partida (Keijsers et al., 2006). Una revisión experta de 2025 concluye que la recaída en adultos es común, y que a muchas familias les cuesta encontrar profesionales que conozcan el cuadro (DuBois et al., 2025).

    Por eso los protocolos modernos incluyen un plan de mantenimiento y distinguen entre un desliz puntual y una recaída. Un desliz es información sobre qué disparador estaba presente, no un fracaso (Twohig y Woods, 2023).

    Autoayuda y terapia digital

    Como hay pocos terapeutas formados en estas conductas, se ha estudiado bastante la autoayuda. En un ensayo con 334 personas, seis semanas de manuales de reversión del hábito y de dos variantes de «desacople» superaron a la lista de espera, y quienes usaron varias técnicas a la vez mejoraron más (Moritz et al., 2023). Un metaanálisis de 14 estudios con 5.468 personas sobre intervenciones digitales en tricotilomanía y pellizco de piel halló una reducción grande de síntomas antes y después (efecto de 1,01) y un efecto medio frente a controles en los ensayos aleatorizados, con efectos mínimos en calidad de vida, depresión y ansiedad (Barber et al., 2026). Una revisión narrativa de 12 ensayos de autoayuda por internet reporta que reducen síntomas y que usarlas con frecuencia importa (Murase et al., 2025).

    La autoayuda es una buena forma de empezar o un complemento, pero sola tiene menos capacidad de sostener la mejoría a largo plazo que la terapia guiada (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Medicamentos

    Ningún fármaco está aprobado específicamente para estas conductas, y la evidencia es limitada (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Esto es lo que hay:

    • N-acetilcisteína (NAC). La revisión Cochrane sobre tricotilomanía (12 ensayos pequeños) concluyó que no hay evidencia suficiente para confirmar ni descartar la eficacia de ningún fármaco. Un ensayo de NAC en adultos mostró más respuesta que el placebo (56 % frente a 16 %), pero en niños y adolescentes no hubo diferencia (25 % frente a 21 %) (Hoffman et al., 2021). En el pellizco de piel, un ensayo de 12 semanas con 66 adultos redujo los síntomas más que el placebo (47 % frente a 19 % muy mejorados) (Grant et al., 2016). Son ensayos únicos, sin replicar, y las guías piden usarla con supervisión médica, porque no conviene en personas con asma.
    • Memantina. En un ensayo con 100 adultos con tricotilomanía o pellizco de piel, 60,5 % quedó mucho o muy mejorado frente a 8,3 % con placebo; falta replicarlo (Grant et al., 2023).
    • Antidepresivos (ISRS). No superaron al placebo en las revisiones de pellizco de piel (Schumer et al., 2016). Se usan sobre todo cuando hay depresión o ansiedad asociadas.
    • Otros. Una revisión sistemática de los tratamientos farmacológicos calificó de decepcionantes los resultados en tricotilomanía, pellizco de piel y morderse las uñas, y pidió integrar medicación y psicoterapia (Sani et al., 2019).

    La decisión de medicar la toma un médico, según el cuadro completo y las comorbilidades. En general los medicamentos se plantean cuando hay depresión, ansiedad o TDAH que impiden aprovechar la terapia, o cuando la terapia especializada no está disponible (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    ¿Y en niños y adolescentes?

    En niños pequeños, muchos hábitos son transitorios y se asocian al cansancio o a la succión del pulgar. Se consideran clínicos cuando hay daño visible, malestar o interferencia con la vida diaria y resisten los intentos de parar (Mouton-Odum y Golomb, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). En un ensayo con 24 jóvenes, ocho sesiones semanales de terapia conductual redujeron la gravedad de la tricotilomanía más que un grupo de contacto mínimo, con efecto mantenido durante 8 semanas (Franklin et al., 2011). En una cohorte de 63 niños y adolescentes tratados con reversión del hábito, la baja de síntomas se mantuvo hasta 12 meses, y 63,5 % tenía otro diagnóstico psiquiátrico (Rautio et al., 2024).

    Lo que hacen los padres pesa mucho. Según las guías (Mouton-Odum y Golomb, 2012):

    • Lo que empeora: regañar, castigar, vigilar el pelo o la piel todo el día, quitar la mano a la fuerza, comentar el aspecto («qué bonita te ves cuando no te lo haces»).
    • Lo que ayuda: elogiar el uso de estrategias y no el resultado físico, mantener el foco en las fortalezas del niño, calmar la propia ansiedad y, en adolescentes, dejar que el joven lidere el tratamiento y acordar cuándo y cómo quiere recibir recordatorios.

    Si el que lo vive es tu hijo, las guías de tricotilomanía en niños y de ansiedad en niños pueden orientarte. El Child Mind Institute también tiene una explicación en español de las fases del tratamiento conductual con niños.

    ¿Qué puedes hacer desde hoy mientras llega la ayuda?

    Estas ideas vienen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023):

    • Observa antes de intentar parar. Durante una semana, anota cuándo, dónde y cuánto rato pasa, y qué sentías antes y después (sensación, pensamiento, emoción, postura, lugar). Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Cambia el escenario de riesgo. Baja la luz del baño, saca el espejo de aumento, pon un temporizador si te miras al espejo, aparta pinzas, alfileres y cortauñas.
    • Pon barreras en las manos. Tiritas o dediles en índice y pulgar, guantes en la cama o frente a la televisión, gorro en las horas de más riesgo.
    • Ten un sustituto táctil. Una piedra lisa, una pelota blanda, velcro, un objeto con textura. Para el interior de la boca, chicle sin azúcar o un mordedor.
    • Practica una respuesta competidora. Apretar los puños o sostener algo firme por uno a tres minutos cuando notes la señal.
    • Deja pasar la urgencia sin pelear con ella. La urgencia sube, llega a un pico y baja. Pelear contra la sensación suele aumentar la tensión.
    • Trata los deslices como datos. Después de un episodio, la pregunta útil es qué disparador estaba presente (cansancio, aburrimiento, el espejo). Castigarse alimenta la vergüenza, que es un desencadenante.
    • Cuida las lesiones. Heridas limpias y cubiertas ayudan a que el impulso de «arreglar» la costra baje.
    • Baja la tensión de base. Dormir, moverse y aprender a manejar el estrés reducen los momentos en que la urgencia sube.

    Hay errores que empeoran el cuadro: los espejos de aumento y las luces fuertes, creer que basta con más fuerza de voluntad y pelear a muerte contra cada urgencia. Las barreras sirven para hacer más difícil el acto, no para eliminar el impulso. Si esperas que desaparezca para siempre, es fácil frustrarse; funcionan mejor junto con aprender a tolerar la incomodidad.

    ¿Qué complicaciones físicas pueden tener?

    El daño depende de la conducta (Odlaug y Grant, 2008; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Piel: cicatrices, manchas, infecciones. En 60 personas con pellizco de piel, eran frecuentes las cicatrices, las úlceras y las infecciones, y pocas habían consultado por esto (Odlaug y Grant, 2008).
    • Uñas y dientes: morderse las uñas puede deformar el lecho ungueal, infectar el pliegue y astillar los dientes, según una revisión sobre prevención (Baghchechi et al., 2021).
    • Boca: morderse la mejilla o los labios genera lesiones blancas por fricción. En una serie de biopsias no mostraron potencial maligno, pero conviene que las evalúe un dentista (Woo y Lin, 2009).
    • Digestivo: la tricofagia (comer el pelo arrancado) puede formar un tricobezoar, una masa de pelo en el estómago, que causa dolor abdominal y puede complicarse con úlcera, sangrado o obstrucción (Lynch et al., 2003). Si hay tricofagia, hay que consultar al médico.

    Consulta a urgencias si una herida está caliente, enrojecida o con pus, hay sangrado que no cede, fiebre con escalofríos o un dolor abdominal persistente. Y si el desánimo por no poder parar te lleva a pensar en hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141.

    ¿Por qué tan pocas personas consultan?

    Porque las BFRB son, en la práctica, un trastorno del secreto. En una encuesta de 971 personas con BFRB, solo 13,5 % había buscado ayuda profesional; las barreras eran el desconocimiento, creer que no era grave, la vergüenza y la desconfianza en los tratamientos. Quienes consultaron tardaron en promedio unos 11 años, y alrededor de 40 % de quienes recibieron atención profesional no recibió ningún consejo basado en evidencia (Moritz et al., 2026). En el estudio de Paraguay, 80,9 % de quienes tenían una BFRB nunca había consultado (Torales et al., 2026).

    Si en tu caso hay vergüenza, una forma de partir es decir la verdad en la primera consulta, con los datos que te sirvan: qué haces, desde cuándo, qué has intentado. Un profesional que conozca el cuadro no se sorprende.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que ya sabes acelera el trabajo. Estas preguntas no suman puntaje ni clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿Qué conducta o conductas tienes (pelo, piel, uñas, boca) y desde cuándo?
    2. ¿Ocurren con plena conciencia, sin darte cuenta o de ambas formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasan más (baño, espejo, cama, pantallas, estudiando, manejando)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: una zona que «se siente mal», aburrimiento, tensión, un pensamiento sobre cómo debería verse?
    5. ¿Qué usas (dedos, uñas, pinzas, dientes) y qué haces con lo que sacas?
    6. ¿Qué evitas por las marcas o el daño, y cuánto tiempo y dinero gastas en taparlas?
    7. ¿Cuántas veces has intentado parar y qué pasó cada vez?

    Los equipos clínicos y de investigación usan escalas específicas de gravedad, por ejemplo una escala breve de ocho ítems para las BFRB en general, con adaptación al español (Torales et al., 2026). Aquí no incluimos puntaje ni cortes, porque una cifra sin evaluación no dice si hay trastorno.

    ¿Cómo acompañar a alguien que tiene una BFRB?

    Si es tu pareja, tu hijo o un amigo, lo que más ayuda es lo menos intuitivo (Mouton-Odum y Golomb, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Evita vigilar, retar, avergonzar («mira lo que te has hecho», «baja la mano») o responder una y otra vez a «¿se me nota?». La vergüenza y la ansiedad son justamente los desencadenantes, y la vigilancia sube ambas.
    • Haz explícito que tu cariño no depende de cómo estén la piel o el pelo, reconoce el uso de las estrategias, retoma los acuerdos solo si la persona lo pidió y alienta la consulta con alguien que conozca el cuadro.

    Una buena forma de partir es preguntar qué le serviría, en vez de decirle qué debería hacer.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Es buena idea consultar si:

    • has intentado parar muchas veces y no lo logras,
    • hay daño físico (calvas, heridas, infecciones, uñas o dientes dañados),
    • evitas situaciones sociales, la playa, el trabajo o la intimidad por las marcas,
    • el hábito ocupa más de una hora al día o te produce vergüenza y tristeza frecuentes,
    • se acompaña de ansiedad, depresión o consumo de sustancias.

    Busca un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual y, de preferencia, experiencia en BFRB (reversión del hábito, modelo ComB o terapia con aceptación). Un dermatólogo o un dentista pueden tratar el daño físico y descartar causas médicas, y un psiquiatra puede evaluar si conviene un medicamento. Para decidir con quién empezar, sirve esta guía sobre psicólogo o psiquiatra: cuál necesito. La TLC Foundation ofrece recursos en inglés para personas con estas conductas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué significa BFRB?

    BFRB viene del inglés body-focused repetitive behavior, que se traduce como conducta repetitiva centrada en el cuerpo. Es un término general para hábitos repetidos de tirar, pellizcar, morder o rascar el pelo, la piel, las uñas o la boca, que dañan el cuerpo y cuesta controlar (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    ¿Morderse las uñas es una conducta repetitiva centrada en el cuerpo?

    Puede serlo. Morderse las uñas de vez en cuando es un hábito muy común, pero cuando es frecuente, daña los dedos o los dientes y la persona no logra parar, se considera una BFRB. En una encuesta de 1.481 adultos, era la más frecuente (11,4 %) (Moritz et al., 2024).

    ¿Las BFRB son TOC?

    Son cuadros distintos que comparten grupo en el DSM-5. Se parecen en lo repetitivo, pero en el TOC las conductas responden a obsesiones sobre amenazas, mientras que en las BFRB responden a una urgencia, una sensación o una emoción (American Psychiatric Association, 2013; Flessner, 2012). Pueden coexistir.

    ¿Las conductas repetitivas centradas en el cuerpo se curan?

    Hay tratamientos que reducen mucho los síntomas, pero es un cuadro que puede subir y bajar, y las recaídas son comunes. Por eso el objetivo realista es aprender a manejar el hábito y tener un plan para los días difíciles (Keijsers et al., 2006; DuBois et al., 2025).

    ¿Son una forma de autolesión?

    Son distintas. En la autolesión no suicida el daño o el dolor son el objetivo; en las BFRB el daño suele ser un efecto no buscado de un acto de aseo o de regulación sensorial o emocional (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). A veces coexisten, y en ese caso conviene que lo evalúe un profesional.

    ¿Cuál es el tratamiento más eficaz?

    La terapia conductual, en particular la reversión del hábito y la terapia conductual con aceptación, tiene el mejor respaldo. Los medicamentos tienen evidencia limitada y se usan como complemento (Farhat et al., 2020; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Si te reconociste en esto, no tienes que hacerlo solo

    Estas conductas tienen explicación y tratamiento, y no son un defecto de carácter. Si quieres revisar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y ver juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Asplund, M., Lenhard, F., Rück, C., Andersson, E., Grimlund, T., Nilsson, M., Sarachu-Nilsson, M., Sundh, L., & Ivanov, V. Z. (2025). Therapist-guided internet-delivered acceptance-enhanced behavior therapy for skin-picking disorder: A randomized controlled trial. Behavior Therapy, 56(1), 70-82. https://doi.org/10.1016/j.beth.2024.04.006

    Azrin, N. H., & Nunn, R. G. (1973). Habit-reversal: A method of eliminating nervous habits and tics. Behaviour Research and Therapy, 11(4), 619-628. https://doi.org/10.1016/0005-7967(73)90119-8

    Baghchechi, M., Pelletier, J. L., & Jacob, S. E. (2021). Art of prevention: The importance of tackling the nail biting habit. International Journal of Women’s Dermatology, 7(3), 309-313. https://doi.org/10.1016/j.ijwd.2020.09.008

    Barber, K. E., Cram, I. F., Smith, E. C., Woods, D. W., & Lee, H. J. (2026). Effectiveness of digitally-delivered interventions for trichotillomania and skin picking disorder: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 196, 244-256. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2026.02.020

    Barber, K. E., & Fitzgerald, J. M. (2025). Emotion regulation deficits in skin picking (excoriation) disorder: A systematic review. Journal of Affective Disorders, 388, Artículo 119500. https://doi.org/10.1016/j.jad.2025.119500

    Bohne, A., Keuthen, N., & Wilhelm, S. (2005). Pathologic hairpulling, skin picking, and nail biting. Annals of Clinical Psychiatry, 17(4), 227-232. https://doi.org/10.1080/10401230500295354

    DuBois, M. C., Feler, B. M., Flessner, C. A., & Franklin, M. E. (2025). Trichotillomania and its treatment: An updated review and recommendations. Expert Review of Neurotherapeutics, 25(11), 1335-1345. https://doi.org/10.1080/14737175.2025.2557395

    Farhat, L. C., Isomura, K., Fernández de la Cruz, L., Sidorchuk, A., Kuja-Halkola, R., Brikell, I., Chang, Z., D’Onofrio, B. M., Larsson, H., Lichtenstein, P., & Mataix-Cols, D. (2025). Sociodemographic and clinical characteristics of 1,234 individuals diagnosed with trichotillomania in the Swedish National Patient Register. Scientific Reports, 15(1), Artículo 10396. https://doi.org/10.1038/s41598-025-95416-w

    Farhat, L. C., Olfson, E., Nasir, M., Levine, J. L. S., Li, F., Miguel, E. C., & Bloch, M. H. (2020). Pharmacological and behavioral treatment for trichotillomania: An updated systematic review with meta-analysis. Depression and Anxiety, 37(8), 715-727. https://doi.org/10.1002/da.23028

    Farhat, L. C., Reid, M., Bloch, M. H., & Olfson, E. (2023). Prevalence and gender distribution of excoriation (skin-picking) disorder: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 161, 412-418. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2023.03.034

    Flessner, C. A. (2012). Diagnosis and comorbidity. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 81-96). American Psychiatric Publishing.

    Franklin, M. E., Edson, A. L., Ledley, D. A., & Cahill, S. P. (2011). Behavior therapy for pediatric trichotillomania: A randomized controlled trial. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 50(8), 763-771. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2011.05.009

    Grant, J. E., Chamberlain, S. R., Redden, S. A., Leppink, E. W., Odlaug, B. L., & Kim, S. W. (2016). N-acetylcysteine in the treatment of excoriation disorder: A randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 73(5), 490-496. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2016.0060

    Grant, J. E., Chesivoir, E., Valle, S., Ehsan, D., & Chamberlain, S. R. (2023). Double-blind placebo-controlled study of memantine in trichotillomania and skin-picking disorder. American Journal of Psychiatry, 180(5), 348-356. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20220737

    Grant, J. E., Collins, M., & Chamberlain, S. R. (2023). Clinical characteristics of trichotillomania. Annals of Clinical Psychiatry, 35(4), 228-233. https://doi.org/10.12788/acp.0120

    Hoffman, J., Williams, T., Rothbart, R., Ipser, J. C., Fineberg, N., Chamberlain, S. R., & Stein, D. J. (2021). Pharmacotherapy for trichotillomania. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2021(9), Artículo CD007662. https://doi.org/10.1002/14651858.cd007662.pub3

    Keijsers, G. P. J., van Minnen, A., Hoogduin, C. A. L., Klaassen, B. N. N., Hendriks, M.-J., & Tanis-Jacobs, J. (2006). Behavioural treatment of trichotillomania: Two-year follow-up results. Behaviour Research and Therapy, 44(3), 359-370. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.03.004

    Kwon, C., Sutaria, N., Khanna, R., Almazan, E., Williams, K., Kim, N., Elmariah, S., & Kwatra, S. G. (2020). Epidemiology and comorbidities of excoriation disorder: A retrospective case-control study. Journal of Clinical Medicine, 9(9), Artículo 2703. https://doi.org/10.3390/jcm9092703

    Lee, M. T., Mpavaenda, D. N., & Fineberg, N. A. (2019). Habit reversal therapy in obsessive compulsive related disorders: A systematic review of the evidence and CONSORT evaluation of randomized controlled trials. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 13, Artículo 79. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2019.00079

    Lin, A., Farhat, L. C., Flores, J. M., Levine, J. L. S., Fernandez, T. V., Bloch, M. H., & Olfson, E. (2023). Characteristics of trichotillomania and excoriation disorder across the lifespan. Psychiatry Research, 322, Artículo 115120. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2023.115120

    Loftus, H., Cassidy, C., Mun, L., & Jafferany, M. (2025). A systematic review of nonpharmacological treatment options for skin picking disorder. Clinical and Experimental Dermatology, 50(2), 299-306. https://doi.org/10.1093/ced/llae366

    Lynch, K. A., Feola, P. G., & Guenther, E. (2003). Gastric trichobezoar: An important cause of abdominal pain presenting to the pediatric emergency department. Pediatric Emergency Care, 19(5), 343-347. https://doi.org/10.1097/01.pec.0000092581.40174.e3

    Mansueto, C. S., Stemberger, R. M. T., Thomas, A. M., & Golomb, R. G. (1997). Trichotillomania: A comprehensive behavioral model. Clinical Psychology Review, 17(5), 567-577. https://doi.org/10.1016/s0272-7358(97)00028-7

    Maraz, A., Hende, B., Urbán, R., & Demetrovics, Z. (2017). Pathological grooming: Evidence for a single factor behind trichotillomania, skin picking and nail biting. PLOS ONE, 12(9), Artículo e0183806. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0183806

    Moritz, S., Borgmann, L., Rojahn, K. M., Jelinek, L., & Schmotz, S. (2026). The silent struggle: Barriers, delays, and missed opportunities in the treatment of body-focused repetitive behaviors. Comprehensive Psychiatry, 149, Artículo 152733. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2026.152733

    Moritz, S., Penney, D., Bruhns, A., Weidinger, S., & Schmotz, S. (2023). Habit reversal training and variants of decoupling for use in body-focused repetitive behaviors: A randomized controlled trial. Cognitive Therapy and Research, 47(1), 109-122. https://doi.org/10.1007/s10608-022-10334-9

    Moritz, S., Scheunemann, J., Jelinek, L., Penney, D., Schmotz, S., Hoyer, L., Grudzień, D., & Aleksandrowicz, A. (2024). Prevalence of body-focused repetitive behaviors in a diverse population sample: Rates across age, gender, race and education. Psychological Medicine, 54(8), 1552-1558. https://doi.org/10.1017/s0033291723003392

    Mouton-Odum, S., & Golomb, R. G. (2012). Family involvement in the treatment of children with body-focused repetitive behaviors. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 223-239). American Psychiatric Publishing.

    Murase, E. M., Raygani, S., & Murase, J. E. (2025). Narrative review of internet-based self-help tools for body-focused repetitive behaviors: Recommendations for clinical practice. Dermatology and Therapy, 15(4), 811-818. https://doi.org/10.1007/s13555-025-01380-8

    Ninan, P. T., Rothbaum, B. O., Marsteller, F. A., Knight, B. T., & Eccard, M. B. (2000). A placebo-controlled trial of cognitive-behavioral therapy and clomipramine in trichotillomania. The Journal of Clinical Psychiatry, 61(1), 47-50. https://doi.org/10.4088/jcp.v61n0111

    Odlaug, B. L., & Grant, J. E. (2008). Clinical characteristics and medical complications of pathologic skin picking. General Hospital Psychiatry, 30(1), 61-66. https://doi.org/10.1016/j.genhosppsych.2007.07.009

    Pacan, P., Grzesiak, M., Reich, A., Kantorska-Janiec, M., & Szepietowski, J. C. (2014). Onychophagia and onychotillomania: Prevalence, clinical picture and comorbidities. Acta Dermato-Venereologica, 94(1), 67-71. https://doi.org/10.2340/00015555-1616

    Rautio, D., Andrén, P., Bjureberg, L., Silverberg-Mörse, M., Mataix-Cols, D., & Fernández de la Cruz, L. (2024). Body-focused repetitive behavior disorders in children and adolescents: Clinical characteristics and treatment outcomes in a naturalistic setting. Behavior Therapy, 55(2), 376-390. https://doi.org/10.1016/j.beth.2023.07.010

    Reid, M., Lin, A., Farhat, L. C., Fernandez, T. V., & Olfson, E. (2024). The genetics of trichotillomania and excoriation disorder: A systematic review. Comprehensive Psychiatry, 133, Artículo 152506. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2024.152506

    Sani, G., Gualtieri, I., Paolini, M., Bonanni, L., Spinazzola, E., Maggiora, M., Pinzone, V., Brugnoli, R., Angeletti, G., Girardi, P., Rapinesi, C., & Kotzalidis, G. D. (2019). Drug treatment of trichotillomania (hair-pulling disorder), excoriation (skin-picking) disorder, and nail-biting (onychophagia). Current Neuropharmacology, 17(8), 775-786. https://doi.org/10.2174/1570159×17666190320164223

    Schumer, M. C., Bartley, C. A., & Bloch, M. H. (2016). Systematic review of pharmacological and behavioral treatments for skin picking disorder. Journal of Clinical Psychopharmacology, 36(2), 147-152. https://doi.org/10.1097/jcp.0000000000000462

    Selles, R. R., McGuire, J. F., Small, B. J., & Storch, E. A. (2016). A systematic review and meta-analysis of psychiatric treatments for excoriation (skin-picking) disorder. General Hospital Psychiatry, 41, 29-37. https://doi.org/10.1016/j.genhosppsych.2016.04.001

    Snyder, G., & Friman, P. C. (2012). Habitual stereotypic movements: A descriptive analysis of four common types. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 43-64). American Psychiatric Publishing.

    Solley, K., & Turner, C. (2018). Prevalence and correlates of clinically significant body-focused repetitive behaviors in a non-clinical sample. Comprehensive Psychiatry, 86, 9-18. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2018.06.014

    Stein, D. J., & Lochner, C. (2012). Psychobiology of hair-pulling disorder (trichotillomania) and skin-picking disorder. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 65-80). American Psychiatric Publishing.

    Stein, D. J., & Lochner, C. (2026). Body-focused repetitive behavior disorders: From competing paradigms toward iterative integration. Annual Review of Clinical Psychology, 22(1), 481-503. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-081423-015659

    Teng, E. J., Woods, D. W., & Twohig, M. P. (2006). Habit reversal as a treatment for chronic skin picking: A pilot investigation. Behavior Modification, 30(4), 411-422. https://doi.org/10.1177/0145445504265707

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Thomson, H. A., Farhat, L. C., Olfson, E., Levine, J. L. S., & Bloch, M. H. (2022). Prevalence and gender distribution of trichotillomania: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 153, 73-81. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2022.06.058

    Torales, J., Barrios, I., Benegas-Franco, L. M., Garófalo-Díaz, V. C., González-Morel, L. M., Lindström-Miranda, E. N., O’Higgins, M., Caycho-Rodríguez, T., Castaldelli-Maia, J. M., & Ventriglio, A. (2026). Body-focused repetitive behaviours at the crossroads of medicine and psychiatry: Prevalence and clinical characteristics in Paraguayan adults. International Review of Psychiatry, 1-11. https://doi.org/10.1080/09540261.2026.2637533

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: An ACT-enhanced behavior therapy approach. Therapist guide (2.ª ed.). Oxford University Press.

    van Minnen, A., Hoogduin, K. A. L., Keijsers, G. P. J., Hellenbrand, I., & Hendriks, G.-J. (2003). Treatment of trichotillomania with behavioral therapy or fluoxetine: A randomized, waiting-list controlled study. Archives of General Psychiatry, 60(5), 517-522. https://doi.org/10.1001/archpsyc.60.5.517

    Wilson, L. A., Scarfo, J., Jones, M. E., & Rehm, I. C. (2025). The relationship between sensory phenomena and interoception across the obsessive-compulsive spectrum: A systematic review. BMC Psychiatry, 25, Artículo 162. https://doi.org/10.1186/s12888-024-06441-4

    Woo, S.-B., & Lin, D. (2009). Morsicatio mucosae oris: A chronic oral frictional keratosis, not a leukoplakia. Journal of Oral and Maxillofacial Surgery, 67(1), 140-146. https://doi.org/10.1016/j.joms.2008.08.040

    Woods, D. W., Ely, L. J., Bauer, C. C., Twohig, M. P., Saunders, S. M., Compton, S. N., Espil, F. M., Neal-Barnett, A., Alexander, J. R., Walther, M. R., Cahill, S. P., Deckersbach, T., & Franklin, M. E. (2022). Acceptance-enhanced behavior therapy for trichotillomania in adults: A randomized clinical trial. Behaviour Research and Therapy, 158, Artículo 104187. https://doi.org/10.1016/j.brat.2022.104187

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Morderse los labios por dentro: por qué pasa y cómo parar

    Morderse los labios por dentro: por qué pasa y cómo parar

    Estás leyendo, manejando o frente al computador y la lengua encuentra un borde áspero en la mejilla. Lo recorres una vez, otra más, y de pronto los dientes ya lo tienen atrapado. Un tirón, el sabor a sangre, un ardor que dura días y la promesa de no repetirlo. Mañana pasa lo mismo. Si llegaste buscando por qué pasa esto de morderse los labios por dentro, o si sospechas que es ansiedad y no logras parar, esa manía tiene nombre y es más habitual de lo que se cree.

    Aquí vas a ver cómo se llama, en qué se diferencia de un mordisco accidental, por qué se mantiene, qué papel tiene la ansiedad, si cuenta como autolesión, qué daños puede dejar, qué ayuda a dejarlo y cuándo conviene ir al dentista o al psicólogo. Al final hay una guía para observar tu propio patrón antes de consultar.

    En breve: morderse el interior de las mejillas o de los labios se llama morsicatio buccarum (mejillas) y morsicatio labiorum (labios). No tiene un diagnóstico propio en el DSM-5, pero pertenece a las conductas repetitivas centradas en el cuerpo, la misma familia de arrancarse el pelo o pellizcarse la piel. En una muestra de 1.481 adultos, 7,9 % cumplía criterios de este problema. El tratamiento con más respaldo es la terapia cognitivo-conductual con reversión del hábito, a veces junto con técnicas de aceptación. Si hay heridas que no cierran o manchas blancas que persisten, conviene que lo vea un dentista o un médico.

    ¿Cómo se llama morderse los labios o las mejillas por dentro?

    Para quien escribe en Google morderse los labios como se llama, la respuesta corta es morsicatio. En la literatura médica, morsicatio buccarum es el hábito de morderse la mejilla por dentro, morsicatio labiorum el de morderse los labios, y morsicatio mucosae oris el nombre general para la mucosa de la boca (Woo y Lin, 2009). En inglés se habla de cheek biting y lip biting.

    Desde la psicología, este hábito se clasifica como una conducta repetitiva centrada en el cuerpo (BFRB, por sus siglas en inglés): conductas repetidas de “acicalamiento” como morder, pelar, raspar o hurgar la piel, las uñas, los labios o las mejillas, que dañan el cuerpo o interfieren con la vida diaria (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Dicho de otro modo, morderte la mucosa de la boca está emparentado con arrancarse el pelo (tricotilomanía), con pellizcarse la piel (dermatilomanía), con morderse la piel de los dedos y con morderse las uñas.

    ¿Y el DSM-5? A diferencia de la tricotilomanía y del trastorno de excoriación, morderse las mejillas o los labios no tiene una categoría diagnóstica propia. Cuando causa daño y malestar, puede evaluarse como “otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado” (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Un reporte de caso publicado en una revista de trastornos de ansiedad describió a un adulto con mordedura recurrente y úlceras en la mucosa, y planteó si el cheek-biting debería considerarse otro trastorno de movimientos estereotipados, por el patrón repetitivo y su parecido con los trastornos del control de impulsos (Sarkhel et al., 2011).

    ¿Es lo mismo que morderse por accidente?

    Casi todas las personas se han mordido la mejilla comiendo o hablando rápido. Eso es un accidente. Lo que cambia el cuadro es la repetición y la función que cumple (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Grant et al., 2012):

    Mordisco accidentalHábito repetitivo (morsicatio)
    Cuándo ocurreDe vez en cuando, al masticar o hablarMuchas veces, por semanas o años
    Qué lo disparaUn descuido mecánicoUn borde áspero, tensión, aburrimiento o concentración
    Intentos de pararNo hay nada que controlarIntentas dejarlo una y otra vez sin lograrlo
    Qué quedaUna herida que sanaHeridas repetidas, mucosa engrosada, a veces cicatrices
    Cómo te sientesSin mayor impactoVergüenza, culpa o evitación de situaciones sociales

    Hay un matiz práctico. Una mordida desalineada o un diente con borde cortante también pueden atrapar la mucosa sin que haya un hábito de fondo, y por eso conviene que un dentista revise la boca antes de atribuirlo todo a la ansiedad (Grant et al., 2012).

    ¿Qué tan común es morderse los labios por dentro?

    Más de lo que parece, aunque los datos son limitados. En una encuesta en línea con 1.481 adultos, 24 % cumplía criterios de trastorno en al menos una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, y 7,9 % los cumplía por morderse los labios o las mejillas, una cifra cercana a la de morderse la piel de los dedos y a la del pellizco de piel; en el conjunto, las conductas fueron más frecuentes en mujeres y menos después de los 40 años (Moritz et al., 2024). En otra encuesta con 1.378 adultos, 23 % tenía una probable conducta repetitiva centrada en el cuerpo y 6 % se mordía los labios o las mejillas (Solley y Turner, 2018).

    Estas cifras salen de cuestionarios en población general y no de diagnósticos hechos en consulta, así que sirven para dimensionar el fenómeno y no para decirte si tú lo tienes. Lo que sí muestran es que no eres un caso raro. Una revisión agrega que estas conductas están infradiagnosticadas: por vergüenza las personas no consultan, y los clínicos no siempre preguntan por ellas (Bohne et al., 2005).

    ¿Por qué me muerdo los labios por dentro?

    Varias causas se combinan. Los manuales clínicos describen un conjunto de mecanismos que se refuerzan entre sí (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Morderse con conciencia y morderse sin darse cuenta

    Hay dos estilos que suelen mezclarse. En el automático, la conducta ocurre en piloto automático durante actividades pasivas: estudiar, ver una serie, trabajar frente a la pantalla, manejar. A veces uno se entera de que se mordió cuando siente el ardor. En el focalizado, la persona muerde a propósito, empujada por una urgencia corporal o por un estado desagradable como la frustración, la tensión o el aburrimiento. Los dos estilos pueden convivir en la misma persona.

    El borde áspero que hay que emparejar

    Este mecanismo ayuda a entender por qué el mordisco suele repetirse en el mismo lugar. Al pasar la lengua por dentro de la mejilla, se detecta un pliegue, una pielcita levantada o el relieve de una herida anterior. Esa irregularidad se siente “mal” y aparece la urgencia de dejarla lisa. Se muerde para emparejar, se produce una pequeña herida, la herida cicatriza con un borde nuevo y el borde nuevo vuelve a llamar a los dientes. Cada ciclo deja la superficie más irregular que la anterior (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    El alivio que mantiene el hábito

    Morder ofrece una estimulación táctil que puede resultar gratificante y que ayuda a mantener la activación cuando uno está cansado o aburrido. En el estilo focalizado funciona además como una forma poco eficaz de regular emociones: baja la tensión por unos minutos, y ese alivio inmediato es lo que fortalece el hábito (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012). Por eso la culpa posterior no ayuda. Sentirse mal por haberse mordido genera más tensión, y la tensión es uno de los disparadores.

    ¿Morderse los labios por dentro es ansiedad?

    A veces sí, aunque no siempre y no solo. La ansiedad puede encender un episodio, igual que el aburrimiento, el cansancio, la concentración profunda o una textura que molesta en la boca. Un mismo hábito puede estar sostenido por razones distintas según el momento del día.

    Los datos muestran una asociación y no permiten hablar de una causa única. En la encuesta con 1.378 adultos, quienes tenían una probable conducta repetitiva centrada en el cuerpo presentaban más depresión, ansiedad y síntomas obsesivos que quienes no, y peor calidad de vida en algunos aspectos (Solley y Turner, 2018). En un estudio de casos y controles con 70 pacientes de una clínica dental de Karachi (35 que se mordían la mejilla y 35 que no), morderse la mejilla se asoció de forma significativa con depresión medida con el PHQ-9 (Fatima et al., 2019). Es una muestra pequeña, de un solo centro, y no permite saber cuál viene primero.

    Qué hacer con esto en la práctica:

    • Si además de morderte tienes preocupación constante, tensión en el cuerpo o insomnio, vale la pena evaluar la ansiedad por separado. Para la tensión de fondo ayuda revisar cómo manejar el estrés y las ideas de controlar la ansiedad sin medicamentos.
    • Si te aprietas o te rechinan los dientes, el bruxismo nocturno y la ansiedad pueden estar sumando al daño.
    • Si notas que muerdes sobre todo cuando no hay nada más que hacer, el motor probablemente sea la estimulación y no la angustia.

    Algunas páginas atribuyen este gesto a emociones reprimidas, a “no decir lo que sientes” o a significados simbólicos (la llamada biodescodificación). En lo revisado para este artículo (Europe PMC, PubMed y las fuentes clínicas consultadas) no encontramos estudios que respalden esas lecturas. Lo que sí tiene evidencia son los mecanismos de arriba y los tratamientos de más abajo.

    ¿Morderse los labios por dentro es una autolesión?

    Depende de qué se llame autolesión. En la literatura odontológica y dermatológica se habla de “conducta autolesiva” en un sentido amplio, porque hay daño en el tejido (Sarkhel et al., 2011). En psicología clínica, la autolesión no suicida tiene otro propósito: provocar dolor o daño de forma deliberada, para castigarse o para descargar un sufrimiento emocional insoportable. Las guías de consenso de la TLC Foundation distinguen ambas cosas: en las conductas repetitivas centradas en el cuerpo la intención es regular tensión o sensaciones, o dejar una superficie “pareja”, y el daño es una consecuencia (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    La diferencia importa porque el abordaje cambia. Si te muerdes para aliviar una molestia táctil o por piloto automático, el trabajo va por la reversión del hábito. Si lo haces para castigarte o para sentir dolor cuando el malestar emocional se desborda, hay otra conversación que tener con un profesional, y conviene tenerla pronto. Si aparecen pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida, puedes llamar a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141 (Chile).

    ¿Cuándo es solo un hábito y cuándo un problema?

    Casi todos nos mordemos de vez en cuando. El hábito pasa a ser un problema cuando hay daño en la boca, intentos repetidos de parar sin lograrlo y malestar o interferencia en la vida diaria: vergüenza, evitar comer en público, hablar poco o taparse la boca al reír (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Antes de darle un nombre, un profesional descarta otras explicaciones:

    Si lo que ves es…Qué puede estar pasandoCómo se distingue
    Mordidas sin intención, con dientes desalineados o bordes filososProblema de mordida o de los dientesUn dentista lo detecta al examinar la boca y lo corrige
    Apretar o rechinar los dientes, sobre todo de nocheBruxismoEl daño aparece en dientes y mandíbula, y la mucosa muestra la línea de la mordida
    Placas blancas, llagas o dolor sin morderteEnfermedad de la mucosa (liquen plano, candidiasis, aftas)La lesión existe antes del hábito y requiere diagnóstico médico
    Morder por rituales o miedo a que algo paseTOCEn el TOC hay obsesiones que la conducta busca neutralizar
    Morder para castigarte o aguantar un dolor emocionalAutolesión no suicidaEl objetivo es hacerse daño
    Movimientos repetitivos desde la infanciaEstereotipias asociadas al desarrolloSe evalúan dentro del cuadro de base

    ¿Es malo morderse los labios por dentro? Qué consecuencias puede tener

    Morder la misma zona una y otra vez provoca cambios que se pueden ver (Grant et al., 2012):

    • Mucosa engrosada y blanquecina. Es la respuesta de defensa del tejido a la fricción: aparecen placas o líneas blancas de aspecto deshilachado, a veces con bordes que se pelan.
    • Heridas y úlceras dolorosas, con sangrado y costras, que incomodan al comer o hablar.
    • Cicatrices y relieves nuevos, que alimentan el ciclo del borde áspero.
    • Infecciones, porque cada herida rompe la barrera que protege la boca.
    • Desgaste de los dientes que están en contacto, que pueden astillarse o agrietarse.

    Las placas blancas merecen una mención aparte, porque se parecen a lesiones que sí preocupan. Un estudio sobre biopsias identificó 56 casos de morsicatio entre 584 lesiones blancas de la boca; la mayoría entre la tercera y la sexta década de vida, con la lengua lateral (53,6 %) y la mucosa de la mejilla (32,1 %) como zonas más frecuentes. Los autores concluyeron que es una queratosis por fricción sin potencial maligno, y que conviene separarla de la leucoplasia, porque mezclarla con ella distorsiona el riesgo real de las leucoplasias verdaderas (Woo y Lin, 2009).

    También puede pasar lo inverso: tratar como una enfermedad algo que es un hábito. Dos casos de morsicatio fueron diagnosticados primero como pénfigo, y uno terminó con complicaciones por usar corticoides orales que no hacían falta. Los autores señalan que muchos pacientes ni siquiera son conscientes de su hábito y no ayudan al diagnóstico (Glass y Maize, 1991). Por eso, si vas al dentista o al médico, cuéntale que te muerdes: acorta el camino y evita tratamientos innecesarios.

    Cómo dejar de morderse los labios por dentro: lo que tiene respaldo

    Un punto de honestidad antes de seguir: casi no hay ensayos hechos solo con personas que se muerden los labios o las mejillas. Los tratamientos se estudian en la familia completa de conductas repetitivas centradas en el cuerpo y se aplican con la misma lógica. Una revisión sistemática encontró diez ensayos aleatorizados de reversión del hábito, todos en tricotilomanía o pellizco de piel, y juzgó su calidad metodológica discutible (Lee et al., 2019). Aun así, otra revisión concluyó que la reversión del hábito es la opción más prometedora para estas conductas, sola o junto con atención plena, o con un inhibidor de la recaptación de serotonina cuando hay TOC (Skurya et al., 2020).

    Reversión del hábito, paso a paso

    Es el componente conductual más estudiado y se enseña en cuatro partes (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Grant et al., 2012):

    1. Conciencia y registro. Durante una o dos semanas anotas cada episodio: hora, lugar, zona de la boca, qué sentías con la lengua y qué sentías por dentro antes y después. Puede aparecer, por ejemplo, que muerdes sobre todo al estudiar, al conducir o frente a una pantalla.
    2. Respuesta competidora. Cuando notas la señal de aviso (la lengua que busca el borde, la mandíbula que se tensa), haces durante uno a tres minutos algo físicamente incompatible con morder: cerrar los labios con los dientes separados, apoyar la punta de la lengua con firmeza contra el paladar duro, o masticar un chicle sin azúcar. Debe ser discreta y estar siempre a tu alcance.
    3. Control del entorno. Bálsamo labial espeso para que no queden bordes secos, y en los momentos de más riesgo (estudiar, conducir, ver series) una barrera física, como un protector bucal blando que puede indicar un dentista. Los reportes de caso en odontología describen férulas hechas a medida para evitar que los dientes alcancen la mejilla (Walker y Rogers, 1992), aunque se trata de casos individuales y no de ensayos.
    4. Apoyo social. Una persona de confianza que avise sin regañar cuando note el gesto, y que reconozca que usaste la estrategia, no el estado de tu boca.

    Un reporte de caso de 1983 describió a un niño de 12 años con mordedura compulsiva de labios y cicatrices en la cara: el registro de cada episodio, una respuesta sustituta y relajación lograron reparar el tejido de forma duradera (Lyon, 1983). Es un caso aislado y antiguo, pero muestra que el principio funciona también con los labios.

    Terapia con aceptación

    La terapia conductual potenciada con aceptación (ACT aplicada a estos hábitos) cambia el objetivo: en lugar de hacer desaparecer la urgencia, se aprende a notarla, hacerle espacio y no actuar sobre ella, con ejercicios para ver el pensamiento “tengo que dejar esto liso” como una frase de la mente y no como una orden (Twohig y Woods, 2023). Si te interesa el enfoque, aquí hay una explicación de la terapia de aceptación y compromiso, y también puedes revisar qué es la terapia cognitivo-conductual.

    El mejor ensayo disponible es en tricotilomanía, el cuadro más estudiado de la familia. En un ensayo aleatorizado con 85 adultos, diez sesiones de terapia conductual con aceptación lograron 64 % de respondedores clínicos frente a 38 % de psicoeducación y terapia de apoyo (Woods et al., 2022). No se midió en morderse las mejillas, así que da una referencia del enfoque y no una promesa equivalente para este hábito.

    Autoayuda guiada

    Como hay pocos terapeutas formados en estas conductas, la autoayuda se ha estudiado bastante. En un ensayo con 334 personas con al menos una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, seis semanas con manuales de reversión del hábito y de dos variantes del desacople (cortar la secuencia del movimiento y redirigirla) mejoraron los síntomas más que la lista de espera, y quienes combinaron varias técnicas mejoraron más (Moritz et al., 2023). Sirve para empezar, aunque no reemplaza la evaluación de un profesional cuando hay heridas o malestar importante.

    Medicamentos

    Para estas conductas no hay un fármaco que funcione igual de bien que la terapia. Una revisión sistemática de medicamentos en tricotilomanía, pellizco de piel y morderse las uñas calificó los resultados de “decepcionantes” y pidió integrar fármacos y psicoterapia (Sani et al., 2019). No encontramos ensayos con medicamentos específicos para morderse las mejillas o los labios.

    ¿Qué puedes hacer desde hoy?

    Estas ideas salen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Anota durante una semana cuándo, dónde y qué sentías antes y después. Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Hidrata los labios con un bálsamo espeso, sobre todo de noche, para que no queden bordes secos que pidan ser arreglados.
    • Elige tu respuesta competidora y practícala antes de necesitarla: lengua contra el paladar, labios cerrados con los dientes separados.
    • Ten un sustituto oral a mano, como chicle sin azúcar, para los momentos de piloto automático (estudiar, manejar).
    • Pide hora con un dentista para revisar bordes dentales filosos, mordida desalineada y la posibilidad de un protector bucal.
    • Evita recorrer el borde con la lengua cuando notes una aspereza. Cada pasada fortalece el ciclo.
    • No te castigues ni te revises la boca frente al espejo todo el día. La culpa y la vigilancia suben la tensión, que es justo el disparador.
    • Planifica los deslices. Morder un día no borra lo avanzado. Pregúntate con curiosidad qué disparó el episodio y vuelve a la estrategia.

    ¿Cuándo ir al dentista o al médico?

    Una herida pequeña y limpia suele cerrar sola. Conviene que lo vea un dentista o un médico si (Woo y Lin, 2009; Glass y Maize, 1991; Grant et al., 2012):

    • aparecen placas blancas que no se van, o la mucosa cambia de aspecto sin una causa clara,
    • una úlcera o herida no cierra en unas dos semanas aunque dejes de morderte,
    • hay enrojecimiento extendido, calor, pus o dolor que aumenta,
    • los dientes se astillan, se desgastan o duele la mandíbula,
    • te cuesta comer o hablar por las heridas,
    • tienes dudas de si lo que ves es un hábito o una enfermedad de la boca.

    ¿Y si es un niño o un adolescente quien se muerde por dentro?

    Las conductas repetitivas centradas en el cuerpo suelen empezar al final de la infancia o en la adolescencia, y a esa edad pueden ir y venir con épocas de más estrés, como los exámenes (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Grant et al., 2012). En 63 niños y adolescentes de 9 a 17 años con tricotilomanía o pellizco de piel atendidos en una clínica especializada, la mejoría con una terapia centrada sobre todo en la reversión del hábito se mantuvo hasta los 12 meses de seguimiento (Rautio et al., 2024). Para más contexto sobre la edad infantil, puedes ver tricotilomanía en niños.

    Las guías para familias coinciden en algunas ideas (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Cuando veas el gesto, ofrece un recordatorio discreto y acordado de antemano, sin comentarios ni regaños.
    • Si usas un sistema de recompensas, premia el uso de la estrategia (la pelota antiestrés, la respuesta competidora), nunca el estado de la boca.
    • Evita revisar, preguntar a cada rato si se mordió o decir “te ves mejor sin heridas”: el niño lo traduce como “me veo mal con ellas”.
    • A medida que crece, retírate de la vigilancia. Un adolescente necesita privacidad y autonomía para trabajar el tema con su terapeuta.
    • Lleva al niño al dentista para revisar la mordida y los dientes, y al psicólogo si el hábito se sostiene o genera vergüenza.

    ¿Cómo acompañar a alguien que se muerde los labios por dentro?

    Si es tu pareja, un amigo o un familiar, lo más útil es lo contrario de lo que sale solo. Ofrece compañía sin vigilar, pregunta qué le sirve en lugar de corregir, y no lo expongas delante de otros. Los comentarios sobre la boca (o sobre las heridas) aumentan la vergüenza, y la vergüenza empeora el hábito (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Si pide ayuda, puedes acompañarlo a buscar a un psicólogo con formación en terapia cognitivo-conductual.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que sabes de ti acelera el trabajo. Estas preguntas no suman puntaje ni te clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿Qué zona te muerdes (mejillas, labios, ambos) y desde cuándo?
    2. ¿Lo haces con plena conciencia, sin darte cuenta, o de las dos formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasa más (estudiando, frente a pantallas, manejando, en la cama)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: tensión, aburrimiento, ansiedad, un borde que se siente “mal”?
    5. ¿Qué haces con lo que sacas: lo botas, lo muerdes más, lo tragas?
    6. ¿Qué evitas por las heridas (comer ciertos alimentos, hablar, reír) y cuánto te preocupa que se note?
    7. ¿Cuántas veces intentaste parar y qué pasó cada vez?

    Existen cuestionarios clínicos para medir la gravedad de estas conductas, pero no verificamos una versión en español con sus ítems y puntos de corte publicados para morderse mejillas o labios. Por eso aquí no hay un puntaje: un número sin baremo confiable orienta peor de lo que parece. Lo que sí vale es llevar tus respuestas escritas a la primera sesión.

    ¿Cuándo conviene consultar?

    Es buena idea consultar si:

    • te muerdes de forma repetida y has intentado parar sin lograrlo,
    • ya tienes heridas, placas blancas, cicatrices o dientes dañados,
    • evitas comer en público, hablar o reír por vergüenza,
    • te sientes ansioso, triste o culpable por esto la mayor parte del tiempo,
    • la conducta ocupa buena parte del día o aparece junto a otros hábitos (arrancarte el pelo, pellizcarte la piel, morderte las uñas).

    Busca un profesional que conozca las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual puede hacer la evaluación y llevar el tratamiento, un dentista puede revisar la boca y los dientes, y un psiquiatra puede evaluar si conviene un medicamento. Si no tienes claro con quién partir, aquí hay una guía sobre psicólogo o psiquiatra: a quién consultar. En bfrb.org, el sitio de la TLC Foundation, y en su página sobre morderse las mejillas hay recursos en inglés para personas con estas conductas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se llama morderse la mejilla por dentro?

    Se llama morsicatio buccarum, y si son los labios, morsicatio labiorum. No tiene un diagnóstico propio en el DSM-5, pero pertenece a las conductas repetitivas centradas en el cuerpo y puede evaluarse como “otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado” cuando causa daño y malestar (American Psychiatric Association, 2013).

    ¿Morderse los labios es ansiedad?

    A veces, aunque no siempre. La ansiedad es un disparador frecuente, pero también lo son el aburrimiento, el cansancio y la sensación de un borde áspero en la mucosa. Las personas con estas conductas presentan más ansiedad y depresión que quienes no las tienen, sin que eso diga cuál viene primero (Solley y Turner, 2018).

    ¿Por qué me muerdo siempre el mismo lugar?

    Porque cada mordida deja un relieve que la lengua detecta como una falla y que se quiere emparejar. Al morder ese borde se produce una herida nueva y un borde nuevo, lo que cierra el ciclo (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    ¿Es peligroso o puede causar cáncer?

    La queratosis por fricción del morsicatio no tiene potencial maligno, según un estudio de biopsias (Woo y Lin, 2009). Eso no significa que cualquier mancha blanca o úlcera sea inocua: si algo no cierra en unas dos semanas o cambia de aspecto, que lo revise un dentista o un médico.

    ¿Cómo se deja de morderse los labios por dentro?

    Con registro de los episodios, una respuesta competidora (lengua contra el paladar, labios cerrados con los dientes separados), cuidado de la mucosa, una revisión dental y apoyo de otra persona. Es la reversión del hábito, que se estudia en conductas parecidas, a veces junto con técnicas de aceptación (Twohig y Woods, 2023; Moritz et al., 2023).

    ¿Se cura?

    Hay tratamientos que reducen mucho los síntomas, aunque el hábito puede volver con estrés o cansancio. En tricotilomanía, una revisión experta de 2025 señala que la recaída en adultos es común (DuBois et al., 2025). El objetivo realista es aprender a manejarlo y tener un plan para los días difíciles.

    Si te reconociste en esto, puedes tratarlo con ayuda

    Morderse los labios por dentro es un hábito con una función, que se puede entender y entrenar con ayuda. Si quieres evaluar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisar juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Bohne, A., Keuthen, N., & Wilhelm, S. (2005). Pathologic hairpulling, skin picking, and nail biting. Annals of Clinical Psychiatry, 17(4), 227-232. https://doi.org/10.1080/10401230500295354

    DuBois, M. C., Feler, B. M., Flessner, C. A., & Franklin, M. E. (2025). Trichotillomania and its treatment: An updated review and recommendations. Expert Review of Neurotherapeutics, 25(11), 1335-1345. https://doi.org/10.1080/14737175.2025.2557395

    Fatima, R., Abid, K., Baig, N. N., & Ahsan, S. B. (2019). Association of cheek-biting and depression. Journal of the Pakistan Medical Association, 69(1), 49-52. PMID: 30623911

    Glass, L. F., & Maize, J. C. (1991). Morsicatio buccarum et labiorum (excessive cheek and lip biting). The American Journal of Dermatopathology, 13(3), 271-274. https://doi.org/10.1097/00000372-199106000-00009

    Grant, J. E., Stein, D. J., Woods, D. W., & Keuthen, N. J. (Eds.). (2012). Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors. American Psychiatric Publishing.

    Lee, M. T., Mpavaenda, D. N., & Fineberg, N. A. (2019). Habit reversal therapy in obsessive compulsive related disorders: A systematic review of the evidence and CONSORT evaluation of randomized controlled trials. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 13, Artículo 79. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2019.00079

    Lyon, L. S. (1983). A behavioral treatment of compulsive lip-biting. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 14(3), 275-276. https://doi.org/10.1016/0005-7916(83)90060-5

    Moritz, S., Penney, D., Bruhns, A., Weidinger, S., & Schmotz, S. (2023). Habit reversal training and variants of decoupling for use in body-focused repetitive behaviors: A randomized controlled trial. Cognitive Therapy and Research, 47(1), 109-122. https://doi.org/10.1007/s10608-022-10334-9

    Moritz, S., Scheunemann, J., Jelinek, L., Penney, D., Schmotz, S., Hoyer, L., Grudzień, D., & Aleksandrowicz, A. (2024). Prevalence of body-focused repetitive behaviors in a diverse population sample: Rates across age, gender, race and education. Psychological Medicine, 54(8), 1552-1558. https://doi.org/10.1017/s0033291723003392

    Rautio, D., Andrén, P., Bjureberg, L., Silverberg-Mörse, M., Mataix-Cols, D., & Fernández de la Cruz, L. (2024). Body-focused repetitive behavior disorders in children and adolescents: Clinical characteristics and treatment outcomes in a naturalistic setting. Behavior Therapy, 55(2), 376-390. https://doi.org/10.1016/j.beth.2023.07.010

    Sani, G., Gualtieri, I., Paolini, M., Bonanni, L., Spinazzola, E., Maggiora, M., Pinzone, V., Brugnoli, R., Angeletti, G., Girardi, P., Rapinesi, C., & Kotzalidis, G. D. (2019). Drug treatment of trichotillomania (hair-pulling disorder), excoriation (skin-picking) disorder, and nail-biting (onychophagia). Current Neuropharmacology, 17(8), 775-786. https://doi.org/10.2174/1570159×17666190320164223

    Sarkhel, S., Praharaj, S. K., & Akhtar, S. (2011). Cheek-biting disorder: Another stereotypic movement disorder? Journal of Anxiety Disorders, 25(8), 1085-1086. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2011.07.006

    Skurya, J., Jafferany, M., & Everett, G. J. (2020). Habit reversal therapy in the management of body focused repetitive behavior disorders. Dermatologic Therapy, 33(6), Artículo e13811. https://doi.org/10.1111/dth.13811

    Solley, K., & Turner, C. (2018). Prevalence and correlates of clinically significant body-focused repetitive behaviors in a non-clinical sample. Comprehensive Psychiatry, 86, 9-18. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2018.06.014

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: An ACT-enhanced behavior therapy approach. Therapist guide (2.ª ed.). Oxford University Press.

    Walker, R. S., & Rogers, W. A. (1992). Modified maxillary occlusal splint for prevention of cheek biting: A clinical report. The Journal of Prosthetic Dentistry, 67(5), 581-582. https://doi.org/10.1016/0022-3913(92)90150-9

    Woo, S.-B., & Lin, D. (2009). Morsicatio mucosae oris: A chronic oral frictional keratosis, not a leukoplakia. Journal of Oral and Maxillofacial Surgery, 67(1), 140-146. https://doi.org/10.1016/j.joms.2008.08.040

    Woods, D. W., Ely, L. J., Bauer, C. C., Twohig, M. P., Saunders, S. M., Compton, S. N., Espil, F. M., Neal-Barnett, A., Alexander, J. R., Walther, M. R., Cahill, S. P., Deckersbach, T., & Franklin, M. E. (2022). Acceptance-enhanced behavior therapy for trichotillomania in adults: A randomized clinical trial. Behaviour Research and Therapy, 158, Artículo 104187. https://doi.org/10.1016/j.brat.2022.104187

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Morderse las uñas: por qué pasa y cómo dejar de hacerlo

    Morderse las uñas: por qué pasa y cómo dejar de hacerlo

    Estás frente al computador, leyendo o esperando una respuesta, y cuando te das cuenta ya tienes un dedo en la boca. Las uñas quedaron cortas, desparejas, a veces con sangre en la cutícula, y vuelves a prometerte que esta vez sí lo vas a dejar. Si llegaste buscando por qué cuesta tanto parar de morderse las uñas, o si te preguntas si lo haces por ansiedad, lo que describes tiene nombre (onicofagia), es muy frecuente y tiene tratamientos con respaldo.

    Aquí vas a ver qué es la onicofagia, qué papel juega realmente la ansiedad, si morderse las uñas dice algo de tu personalidad, qué daños puede causar, qué técnicas ayudan a dejarlo y cuándo conviene pedir ayuda. Más abajo hay también una guía para observar tu propio patrón antes de hablar con un profesional.

    En breve: morderse las uñas se llama onicofagia. Es una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, de la misma familia que arrancarse el pelo o pellizcarse la piel, y en la mayoría de las personas es un hábito sin mayores consecuencias. Se vuelve un problema cuando daña los dedos o los dientes, cuesta controlarlo o da vergüenza. La ansiedad es un disparador frecuente, pero el aburrimiento, la frustración y la sensación de una uña áspera pesan igual o más. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual, en especial la reversión del hábito, que se aprende y se practica.

    ¿Qué es la onicofagia y cuándo es solo un hábito?

    La onicofagia es el acto repetido de morder, roer o masticar las uñas, y muchas veces también la piel que las rodea. El capítulo sobre este tema del manual de referencia en conductas repetitivas centradas en el cuerpo la describe como una secuencia de cuatro movimientos: llevar la mano a la boca, poner el dedo contra los dientes, morder y masticar, y retirar el dedo para revisar la uña con la vista o el tacto (Snyder y Friman, 2012).

    Los mismos autores distinguen dos situaciones. Si morderse las uñas no deja consecuencias médicas ni sociales, es un hábito simple. Si produce daño en los tejidos, problemas dentales, dolor o aislamiento social, pasa a ser un trastorno de hábito (Snyder y Friman, 2012). El DSM-5 menciona explícitamente morderse las uñas como ejemplo dentro de “otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado”, la categoría que usa para las conductas repetitivas centradas en el cuerpo cuando causan daño y malestar (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Quien se muerde las uñas casi nunca tiene un trastorno. Cuando el hábito se sale de control, en cambio, un profesional puede evaluarlo y tratarlo con herramientas concretas.

    ¿Qué tan común es morderse las uñas?

    Es una de las conductas de este tipo más frecuentes. En una muestra en línea de 1.481 adultos, 24 % cumplía criterios de trastorno en al menos una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, y la más común fue morderse las uñas (11,4 %), seguida de morderse la piel de los dedos (8,7 %), el pellizco de piel (8,2 %) y morderse labios o mejillas (7,9 %). Los casos problemáticos fueron más habituales en mujeres y bajaban después de los 40 años (Moritz et al., 2024). Otro estudio con 1.378 adultos encontró que 6 % tenía una probable conducta de morderse las uñas con importancia clínica (Solley y Turner, 2018).

    Como hábito, la cifra sube bastante. En un estudio con 339 adultos jóvenes, 46,9 % se había mordido las uñas alguna vez (Pacan et al., 2014a). En la infancia es todavía más frecuente: en 743 escolares, 22,3 % se las había mordido en los últimos tres meses (Ghanizadeh y Shekoohi, 2011), y en una consulta pediátrica de Nueva York, 37 % de 281 pacientes de 3 a 21 años se las había mordido más de un mes, con una edad mediana de inicio de 5 años (Winebrake et al., 2018).

    La curva por edad que recoge el manual de Snyder y Friman (2012) es la siguiente: es muy rara antes de los 3 años, empieza a subir hacia los 4 a 6, alcanza su punto más alto en la pubertad y el inicio de la adolescencia, y desde ahí baja, con una parte de las personas que lo arrastra hasta la adultez. No encontramos estudios de prevalencia hechos en Chile, así que estas cifras vienen de muestras de otros países.

    ¿Por qué me como las uñas? Lo que dice la psicología

    Varias cosas se combinan. La literatura clínica describe una mezcla de predisposición, sensaciones en las uñas y la piel, estados emocionales, hábitos aprendidos y contexto (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023). El hábito cumple una función, y por eso cuesta tanto soltarlo.

    Aburrimiento y frustración, más que nervios

    Un experimento con 40 universitarios que se mordían las uñas los expuso a cuatro situaciones: quedarse solos sin hacer nada (aburrimiento), resolver problemas de matemáticas (frustración), recibir reprimendas por morderse las uñas y conversar sin parar. Se mordieron más las uñas durante el aburrimiento y la frustración, y menos durante la conversación y las reprimendas (Williams et al., 2007). La lectura práctica es que los momentos de baja estimulación y los de tarea difícil son terreno fértil para el hábito.

    Morderse con conciencia y sin darse cuenta

    Hay dos estilos, y la mayoría de las personas usa los dos (Twohig y Woods, 2023):

    • Automático: ocurre casi sin notarlo, mientras se estudia, se ve una serie o se maneja. La persona se entera cuando duele o sangra.
    • Focalizado: ocurre con plena atención, empujado por una urgencia, un pensamiento (“esta uña está rara”) o una emoción incómoda, y el morder da alivio.

    En el estudio de 339 adultos jóvenes, 92 % de quienes se mordían las uñas dijo hacerlo de forma automática, 66 % sentía tensión antes de morder y 42 % placer después (Pacan et al., 2014a). Esta diferencia importa porque cambia lo que sirve: lo automático se trabaja con registro y barreras, lo focalizado con aprender a tolerar la urgencia sin descargarla en la uña.

    La uña o la cutícula que “no está bien”

    Muchas personas cuentan que todo parte de una sensación: un borde levantado, una cutícula seca, una uña que se siente desigual. Morder busca emparejarla y casi siempre deja un borde más áspero, que pide otra mordida. El modelo ComB, muy usado en estas conductas, ordena el análisis en cinco áreas: lo sensorial (qué sientes en la uña), lo cognitivo (“tengo que dejar esto parejo”), lo afectivo (aburrimiento, tensión, frustración), lo motor (palpar el borde, llevar la mano a la boca) y el lugar donde ocurre (Grant et al., 2012). Quien se muerde las uñas casi siempre encuentra su patrón en alguna de las cinco.

    Familia y herencia

    Es un hábito que se repite en las familias. En los 743 escolares del estudio de Ghanizadeh y Shekoohi (2011), 36,8 % de los que se mordían las uñas tenía un familiar con el mismo hábito. El manual de Snyder y Friman (2012) recoge además estudios de gemelos con mayor coincidencia en gemelos idénticos, lo que sugiere un componente heredado, aunque también influye lo que se aprende en casa.

    El alivio que mantiene el ciclo

    El ciclo es corto: aparece la urgencia o la sensación, se muerde, la tensión baja unos segundos y poco después llegan la herida, la vergüenza y una uña más irregular. Esa incomodidad nueva alimenta el siguiente episodio (Twohig y Woods, 2023). Cuanto más rápido llega el alivio, más se aprende el hábito.

    Morderse las uñas por ansiedad: qué dice la evidencia

    La ansiedad es un disparador real, aunque no la explicación completa. Quienes tienen estas conductas reportan más ansiedad, depresión y síntomas obsesivos que quienes no las tienen (Solley y Turner, 2018), y la tensión antes de morder es un relato frecuente. Pero el vínculo es menos directo de lo que suele decirse.

    Snyder y Friman (2012) revisan la idea clásica de que morderse las uñas es un síntoma de nerviosismo y señalan que los estudios que la sostenían tenían deficiencias metodológicas, por ejemplo la falta de grupos de comparación. En el estudio de 339 adultos jóvenes, 22,5 % de quienes se habían mordido las uñas cumplía criterios de un trastorno de ansiedad, frente a 26,2 % de quienes nunca lo habían hecho, y los autores no hallaron una relación clara con los trastornos de ansiedad ni con el TOC (Pacan et al., 2014a). Dicho de forma práctica: la ansiedad puede encender el episodio, pero también lo encienden el aburrimiento, la concentración y la textura de la uña.

    Por eso conviene mirar el cuadro completo. Si además de morderte las uñas tienes preocupación constante, insomnio o miedo, vale la pena evaluar la ansiedad por separado. Para la tensión de fondo ayuda revisar cómo manejar el estrés, y si hay una ansiedad que ocupa buena parte del día, conviene que la mire un profesional. En niños, la guía sobre ansiedad infantil ayuda a distinguir un hábito de un cuadro de ansiedad.

    ¿Qué significa morderse las uñas? ¿Dice algo de tu personalidad?

    Es una duda frecuente, porque circulan explicaciones sobre rabia reprimida, traumas escondidos o falta de carácter. La respuesta de la investigación es que no. Snyder y Friman (2012) repasan cómo, desde el psicoanálisis, se intentó ligar morderse las uñas con rasgos de personalidad o con cuadros graves (hostilidad reprimida, trastornos del ánimo, conducta antisocial, riesgo suicida), y concluyen que esa idea no resiste la revisión de los estudios: antiguamente se pensaba que reflejaba una psicopatología profunda, y hoy se entiende como un hábito que se mantiene por refuerzo en personas con cierta vulnerabilidad.

    El consenso de la TLC (2016) va en la misma línea: estas conductas tienen un origen mixto, genético y ambiental, y se mantienen por sus efectos en la emoción y la sensación corporal. Lo que sí puede decir morderse las uñas es algo sobre cómo regulas el aburrimiento, la tensión o la frustración en ese momento, información útil para el tratamiento. De tu valor, tu carácter o tu pasado, no dice nada comprobable.

    ¿Cuándo es solo un hábito y cuándo un problema?

    Casi todo el mundo se ha mordido las uñas alguna vez. Se vuelve un problema cuando hay daño físico (sangrado, infecciones, dientes dañados), intentos repetidos de parar sin lograrlo y malestar o deterioro en la vida diaria: vergüenza, esconder las manos, evitar saludar o mostrar las uñas (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Antes de llamarlo onicofagia, un profesional descarta otras explicaciones:

    Si lo que ves es…Qué puede estar pasandoCómo se distingue
    Arrancar, raspar o hurgar la uña con los dedos o con alguna herramientaOnicotilomaníaEl daño se hace con las manos y no con los dientes, y suele dañar más el lecho de la uña (Mostaghimi, 2012; Lee y Lipner, 2022)
    Morder la piel que rodea la uñaDermatofagiaEs la misma familia de conductas, con otra zona
    Rituales, miedo a gérmenes o a que algo malo pase si no se haceTOCEn el TOC hay obsesiones que la conducta intenta neutralizar
    Preocupación por cómo se ven las manos o las uñasTrastorno dismórfico corporalManda la preocupación por la apariencia y no la urgencia o la sensación
    Inquietud constante, dificultad para sostener la atenciónTDAH y otros cuadrosSe evalúa dentro del cuadro de base, no por morderse las uñas
    Picor, enrojecimiento o lesiones antes de morderEnfermedad de la piel o de las uñas (hongos, eccema)La lesión existe antes de la conducta y la trata un dermatólogo

    Morderse las uñas convive a menudo con otras conductas de la familia. Un análisis de 2.705 personas de la comunidad encontró que la tricotilomanía, el pellizco de piel y morderse las uñas comparten un mismo factor de fondo, algo así como una tendencia a “acicalarse” en exceso, asociada a impulsividad, malestar psicológico y autoestima contingente (Maraz et al., 2017). Una revisión clásica ya señalaba que estas conductas ocurren en un continuo de leve a grave, que suelen ocultarse por vergüenza y que por eso pasan inadvertidas (Bohne et al., 2005). Si te reconoces también en la tricotilomanía o en la dermatilomanía, conviene mencionarlo en la consulta.

    En niños con onicofagia llevados a una clínica de salud mental infantil, el TDAH fue el diagnóstico acompañante más frecuente. En una muestra de 63 niños derivados, 74,6 % tenía además TDAH, 36 % trastorno negativista desafiante, 20,6 % ansiedad de separación y 11,1 % TOC (Ghanizadeh, 2008). Son cifras de una clínica de derivación, así que no representan a todos los niños que se muerden las uñas, que en su mayoría no tienen ningún diagnóstico.

    Consecuencias de morderse las uñas: ¿qué daño puede causar?

    Morder abre una puerta de entrada a las bacterias. Según una revisión dermatológica, las complicaciones incluyen infecciones de la uña y de la boca, deformidad del lecho de la uña, dientes astillados o desgastados e inflamación de las encías (Baghchechi et al., 2021). Otra revisión añade que afecta la calidad de vida y que su abordaje suele necesitar a varios especialistas a la vez, como dermatología, psiquiatría y odontología (Halteh et al., 2017). El capítulo de evaluación dermatológica del manual de referencia describe, además, la paroniquia (la infección del pliegue que rodea la uña) y las verrugas alrededor de la uña (Mostaghimi, 2012).

    En la boca, una revisión odontológica lo describe como un hábito oral frecuente, en niños y en adultos, y desaconseja el castigo, las burlas y el esmalte amargo como forma de corregirlo (Tanaka et al., 2008). Y en un estudio con 59 niños y adolescentes, las bacterias intestinales llamadas enterobacterias, entre ellas E. coli, aparecieron con más frecuencia en la saliva de los 25 que se mordían las uñas que en la de los 34 que no (Baydaş et al., 2007).

    En lo emocional, el costo es la vergüenza. Un estudio con 339 estudiantes vio que quienes se mordían las uñas tenían peor calidad de vida y más estigma percibido que quienes no, y que el empeoramiento se asociaba a haber intentado parar sin éxito, tener alteraciones visibles en las uñas y sentir tensión antes de morder (Pacan et al., 2014b).

    Onicofagia: tratamiento y cómo dejar de morderse las uñas

    La mala noticia es que ningún tratamiento de estas conductas tiene evidencia perfecta. Una revisión sistemática encontró diez ensayos aleatorizados de reversión del hábito, ocho en tricotilomanía y dos en pellizco de piel, y juzgó su calidad metodológica discutible (Lee et al., 2019). La buena es que los tratamientos funcionan con la misma lógica en toda la familia, y para morderse las uñas hay un ensayo propio.

    Reversión del hábito, paso a paso

    Es el componente conductual más estudiado y se enseña en cuatro partes (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Snyder y Friman, 2012):

    1. Conciencia y registro. Durante una o dos semanas anotas cada episodio: hora, lugar, dedo, qué sentías antes y qué pasó después. Aprendes a reconocer los pasos de la cadena (la mano que sube, el dedo que busca el borde, la uña contra los dientes). Muchas personas descubren que muerden sobre todo al estudiar, al ver televisión o al manejar. Detenerse a anotar ya interrumpe el automatismo.
    2. Respuesta competidora. Cuando notas la señal de aviso, haces durante uno a tres minutos algo físicamente incompatible con llevarte la mano a la boca: cerrar los puños, entrelazar los dedos, agarrar los bordes de la silla o el volante, sostener el celular con las dos manos. Debe ser discreta y estar siempre a tu alcance.
    3. Control del entorno. Tiritas o cinta en los dedos más dañados, guantes finos o dediles en los momentos de riesgo, crema espesa o aceite de cutículas para que no queden bordes secos, y cortar limpio cualquier borde que tienta, en lugar de tirarlo con los dientes.
    4. Apoyo social. Una persona de confianza que avise sin retar cuando note el gesto y que reconozca el uso de la estrategia, no el aspecto de tus manos.

    En un ensayo aleatorizado centrado en morderse las uñas, 91 niños y adolescentes recibieron reversión del hábito, entrenamiento en manipular un objeto o lista de espera. La reversión del hábito aumentó más el largo de las uñas que las otras dos opciones, con resultados medidos hasta tres meses después (Ghanizadeh, Bazrafshan et al., 2013). Una revisión sobre reversión del hábito la considera la opción con más promesa para estas conductas, sola o combinada con atención plena (Skurya et al., 2020).

    Desacople y autoayuda

    Como hay pocos terapeutas formados en estas conductas, la autoayuda se ha estudiado bastante. El desacople consiste en iniciar el movimiento habitual de la mano hacia la cara y redirigirlo a pocos centímetros de la boca hacia otro destino neutro, como la oreja o el hombro. En un ensayo con 334 personas con al menos una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, seis semanas con manuales de reversión del hábito y de dos variantes de desacople mejoraron los síntomas más que la lista de espera (tamaño del efecto medio, entre 0,52 y 0,54), y quienes combinaron técnicas mejoraron más (Moritz et al., 2023). Una revisión narrativa de doce ensayos concluyó que las herramientas de autoayuda por internet reducen los síntomas y mejoran la calidad de vida, con mejores resultados cuando se usan con frecuencia, y que el desacople destacó en tricotilomanía y en morderse las uñas (Murase et al., 2025).

    Terapia con aceptación

    La terapia conductual potenciada con aceptación (ACT aplicada a estos hábitos) cambia el objetivo: en lugar de hacer desaparecer la urgencia, se aprende a notarla, hacerle espacio y no actuar sobre ella, con ejercicios para ver el pensamiento “tengo que arreglar esta uña” como una frase de la mente y no como una orden (Twohig y Woods, 2023). Sirve sobre todo cuando el morder es focalizado y viene empujado por una emoción. Si te interesa entender el enfoque, aquí hay una explicación de la terapia de aceptación y compromiso, y también puedes revisar qué es la terapia cognitivo-conductual y sus técnicas principales.

    Esmalte amargo, tiritas y manicura

    El capítulo de Snyder y Friman (2012) recoge estudios clásicos que compararon el esmalte amargo con la respuesta competidora de la reversión del hábito, y esta última salió mejor. Su lectura es que el esmalte funciona, como mucho, como recordatorio del morder automático y que no frena el morder focalizado, porque quien busca alivio tolera el sabor. Las tiritas y los dediles bloquean el contacto en las situaciones de riesgo, y las uñas acrílicas o de gel, o una manicura regular con buena hidratación de las cutículas, hacen más difícil el mordisco y quitan la aspereza que lo dispara (Snyder y Friman, 2012; Mostaghimi, 2012). La revisión odontológica citada antes también desaconseja basar el manejo en el castigo o en el sabor (Tanaka et al., 2008). Son apoyos útiles, y no reemplazan el entrenamiento.

    Medicamentos

    Ningún medicamento está aprobado para estas conductas, y el consenso de la TLC (2016) no señala un fármaco de primera elección: la decisión depende de las otras condiciones que tenga la persona, como depresión o ansiedad. Una revisión de los tratamientos farmacológicos en tricotilomanía, pellizco de piel y morderse las uñas calificó los resultados de “decepcionantes” y pidió combinar fármacos y psicoterapia (Sani et al., 2019).

    Lo que existe son estudios aislados. En 25 adultos con onicofagia grave, la clomipramina redujo más el morderse las uñas que la desipramina, aunque solo 14 completaron el estudio (Leonard et al., 1991). Con N-acetilcisteína hay un ensayo piloto en 42 niños y adolescentes con onicofagia crónica: las uñas crecieron más con el suplemento que con placebo al cabo de un mes, pero a los dos meses la diferencia desapareció, hubo muchos abandonos y dos participantes dejaron el tratamiento por efectos adversos (Ghanizadeh, Derakhshan et al., 2013). La decisión de medicar la toma un médico, no un artículo.

    ¿Qué puedes hacer desde hoy?

    Estas ideas salen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Anota durante una semana cuándo, dónde, con qué dedo y qué sentías antes y después. Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Hidrata las cutículas con crema espesa o aceite, sobre todo de noche, y corta limpio con un cortaúñas desinfectado cualquier borde que tiente. Una uña lisa pide menos intervención.
    • Cubre los dedos de riesgo con tiritas o cinta, y usa guantes finos o dediles cuando estudies, leas o veas televisión.
    • Ten a mano un sustituto para las manos: una pelota blanda, una piedra lisa, un anillo giratorio, algo que exija movimiento.
    • Anticipa los momentos de riesgo, que suelen ser los de baja estimulación (pantallas, trayectos, esperas) y los de tarea difícil.
    • Pon una pausa antes de actuar. Si la urgencia sube, quédate uno a tres minutos con la respuesta competidora. Las ganas suben, llegan a un máximo y bajan solas.
    • No uses las barreras como castigo ni te revises las manos todo el día. La culpa y la vigilancia suben la tensión, que es justo uno de los disparadores.
    • Planifica los deslices. Morder un día no borra lo avanzado. Pregúntate con curiosidad qué lo disparó y vuelve a la estrategia, como lo haría un amigo contigo.

    ¿Se cura? Recaídas y pronóstico

    Las conductas repetitivas centradas en el cuerpo tienden a fluctuar: mejoran, empeoran con el cansancio, el estrés o el aburrimiento, y vuelven a mejorar. Por eso el objetivo realista es aprender a manejarlas y tener un plan para los días difíciles. La buena señal es la edad: las formas problemáticas de la muestra de Moritz et al. (2024) bajaban después de los 40, y el capítulo de Snyder y Friman (2012) describe una prevalencia que cae con los años.

    También ayuda distinguir un desliz de una recaída. Un día en que se muerde no significa que el tratamiento falló. La vergüenza y la autocrítica empeoran el cuadro, porque suben la tensión que alimenta el siguiente episodio, y los manuales las consideran parte del problema que se trabaja en terapia (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023). No encontramos estudios de seguimiento largo hechos solo en personas que se muerden las uñas, así que no podemos prometer cuánto dura el cambio en cada caso.

    ¿Y si es un niño o un adolescente el que se muerde las uñas?

    Es muy común en la infancia y suele empezar temprano, como vimos en las cifras de Winebrake et al. (2018) y de Ghanizadeh y Shekoohi (2011). La mayoría de los casos no necesita más que acompañamiento, y conviene consultar si hay heridas, infecciones, vergüenza o si el hábito no cede.

    El capítulo sobre trabajo con familias del manual de referencia describe lo que empeora y lo que ayuda (Mouton-Odum y Golomb, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). La revisión odontológica citada antes coincide en desaconsejar el castigo, la burla y el sermón (Tanaka et al., 2008).

    Lo que empeora el cuadro:

    • retar o dar órdenes cada vez que la mano sube a la boca (“¡saca la mano de ahí!”),
    • vigilar y revisar las uñas todos los días, o hacer preguntas constantes,
    • castigar, avergonzar en público o usar las barreras como condena,
    • comentar el aspecto de las manos (“qué feas se te ven”).

    Lo que ayuda:

    • entender que no lo hace por terquedad, y que es un impulso que cumple una función,
    • acordar las estrategias con el niño: crema, una pelota antiestrés, tiritas si él las acepta,
    • reconocer el uso de las estrategias y no el estado de la uña,
    • en adolescentes, dejar que lideren su proceso, con apoyo cuando lo piden,
    • reforzar sus talentos para que su valor no dependa de sus manos.

    En niños hay medicación con evidencia escasa, como el piloto de N-acetilcisteína que vimos, y las guías no la recomiendan como primera opción. Si además hay problemas de atención, hiperactividad o ansiedad marcada, esos cuadros se evalúan por separado: la guía sobre tricotilomanía en niños comparte varias de estas ideas, porque ambos cuadros funcionan de forma parecida.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que sabes de ti acelera el trabajo. Estas preguntas no suman puntaje ni te clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿Qué uñas y qué dedos te muerdes, y desde cuándo?
    2. ¿Lo haces con plena conciencia, sin darte cuenta, o de las dos formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasa más (estudiando, en el celular, en la cama, manejando, viendo una serie)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: tensión, aburrimiento, ansiedad, una uña o cutícula que se siente “mal”?
    5. ¿Qué haces con lo que muerdes: lo botas, lo tragas, sigues con la piel de alrededor?
    6. ¿Qué evitas por cómo se ven tus manos (saludar, mostrar las manos, ciertos lugares) y cuánto gastas en taparlas?
    7. ¿Cuántas veces intentaste parar y qué pasó cada vez?

    En este artículo no hay un puntaje porque no manejamos una escala validada en español, con ítems y punto de corte publicados, para esta conducta. Un número sin baremo confiable orienta peor de lo que parece. Lo que sí vale es llevar tus respuestas escritas a la primera sesión.

    ¿Cuándo ir al médico o al dentista?

    Una herida pequeña y limpia suele cerrar sola, pero morderse las uñas puede infectarse. Consulta a un médico o a un dermatólogo si (Halteh et al., 2017; Baghchechi et al., 2021; Mostaghimi, 2012):

    • el dedo está rojo, caliente, hinchado o con pus, o el dolor late y aumenta,
    • una herida de la cutícula no cicatriza en semanas,
    • la uña se deforma, se engrosa o cambia de color,
    • hay verrugas alrededor de la uña,
    • el picor viene antes de que la piel esté dañada (puede haber una enfermedad de la piel o de las uñas).

    Ve a urgencias si hay fiebre, escalofríos, una línea roja que sube por el brazo o un dedo que no puedes mover. Si notas dientes astillados, desgastados, encías inflamadas o dolor de mandíbula, un dentista puede evaluar el daño (Baghchechi et al., 2021; Tanaka et al., 2008). Y si la vergüenza o el desánimo por no poder parar te llevan a pensar en hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141.

    ¿Cuándo conviene consultar a un psicólogo?

    Es buena idea consultar si:

    • te muerdes las uñas de forma repetida y has intentado parar sin lograrlo,
    • ya tienes heridas, infecciones o uñas deformadas,
    • evitas saludar, mostrar las manos o ciertos lugares por vergüenza,
    • te sientes ansioso, triste o culpable por esto la mayor parte del tiempo,
    • la conducta ocupa buena parte del día o aparece junto a otros hábitos (arrancarte el pelo, pellizcarte la piel, morderte la piel de los dedos).

    Busca un profesional que conozca las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual puede hacer la evaluación y llevar el tratamiento, un dermatólogo puede tratar las uñas y descartar causas médicas, y un psiquiatra puede evaluar si conviene un medicamento. Si no sabes por dónde partir, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra: cuál necesito ayuda a decidir. En bfrb.org, el sitio de la TLC Foundation, hay recursos en inglés para personas con estas conductas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Morderse las uñas es ansiedad?

    A veces, aunque no siempre. La ansiedad es un disparador frecuente, pero también lo son el aburrimiento, la frustración y la sensación de una uña áspera. En un estudio con 339 adultos jóvenes, morderse las uñas no se asoció de forma clara con tener un trastorno de ansiedad (Pacan et al., 2014a).

    ¿Cómo se llama morderse las uñas y es un trastorno?

    Se llama onicofagia. Cuando no deja daño ni malestar es un hábito simple. Si causa heridas, problemas dentales o vergüenza y cuesta controlarlo, se clasifica entre las conductas repetitivas centradas en el cuerpo y puede evaluarse dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados (American Psychiatric Association, 2013; Snyder y Friman, 2012).

    ¿Cómo dejar de morderse las uñas?

    Con registro de los episodios, una respuesta competidora (cerrar los puños, agarrar un objeto), barreras físicas como tiritas o guantes, cuidado de las cutículas y apoyo de otra persona. Es la reversión del hábito, a veces junto con desacople o técnicas de aceptación (Twohig y Woods, 2023; Moritz et al., 2023). El cambio llega con práctica, semana a semana.

    ¿Sirve el esmalte amargo para dejar de morderse las uñas?

    Puede servir como recordatorio en los momentos automáticos, pero no trata la causa ni frena el morder que busca alivio. Los manuales lo describen como un apoyo menor frente a la respuesta competidora, y una revisión odontológica desaconseja basar el manejo en el sabor o el castigo (Snyder y Friman, 2012; Tanaka et al., 2008).

    ¿Morderse las uñas tiene algún lado bueno?

    Sorprendentemente, un estudio de seguimiento encontró que los niños que se mordían las uñas o se chupaban el dedo tenían menos sensibilización alérgica (atopia) a los 13 y 32 años, sin diferencias en asma ni rinitis (Lynch et al., 2016). Es un hallazgo observacional y no justifica mantener un hábito que además puede infectar los dedos y desgastar los dientes.

    ¿Qué hago si mi hijo se muerde las uñas?

    Evita retar, vigilar y avergonzar, porque empuja a morder a escondidas. Acuerda estrategias con él, reconoce que las use y no cómo se ven sus uñas, y cuida las cutículas con crema. Si hay heridas, vergüenza o el hábito no cede, consulta (Mouton-Odum y Golomb, 2012; Tanaka et al., 2008).

    Si te reconociste en esto, puedes tratarlo con ayuda

    Morderse las uñas es un hábito con una función, que se puede entender y entrenar con ayuda. Si quieres evaluar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisar juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Baghchechi, M., Pelletier, J. L., & Jacob, S. E. (2021). Art of prevention: The importance of tackling the nail biting habit. International Journal of Women’s Dermatology, 7(3), 309-313. https://doi.org/10.1016/j.ijwd.2020.09.008

    Baydaş, B., Uslu, H., Yavuz, İ., Ceylan, İ., & Dağsuyu, İ. M. (2007). Effect of a chronic nail-biting habit on the oral carriage of Enterobacteriaceae. Oral Microbiology and Immunology, 22(1), 1-4. https://doi.org/10.1111/j.1399-302x.2007.00291.x

    Bohne, A., Keuthen, N., & Wilhelm, S. (2005). Pathologic hairpulling, skin picking, and nail biting. Annals of Clinical Psychiatry, 17(4), 227-232. https://doi.org/10.1080/10401230500295354

    Ghanizadeh, A. (2008). Association of nail biting and psychiatric disorders in children and their parents in a psychiatrically referred sample of children. Child and Adolescent Psychiatry and Mental Health, 2, Artículo 13. https://doi.org/10.1186/1753-2000-2-13

    Ghanizadeh, A., Bazrafshan, A., Firoozabadi, A., & Dehbozorgi, G. (2013). Habit reversal versus object manipulation training for treating nail biting: A randomized controlled clinical trial. Iranian Journal of Psychiatry, 8(2), 61-67. PMID: 24130603

    Ghanizadeh, A., Derakhshan, N., & Berk, M. (2013). N-acetylcysteine versus placebo for treating nail biting, a double blind randomized placebo controlled clinical trial. Anti-Inflammatory & Anti-Allergy Agents in Medicinal Chemistry, 12(3), 223-228. https://doi.org/10.2174/1871523011312030003

    Ghanizadeh, A., & Shekoohi, H. (2011). Prevalence of nail biting and its association with mental health in a community sample of children. BMC Research Notes, 4, Artículo 116. https://doi.org/10.1186/1756-0500-4-116

    Grant, J. E., Stein, D. J., Woods, D. W., & Keuthen, N. J. (Eds.). (2012). Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors. American Psychiatric Publishing.

    Halteh, P., Scher, R. K., & Lipner, S. R. (2017). Onychophagia: A nail-biting conundrum for physicians. Journal of Dermatological Treatment, 28(2), 166-172. https://doi.org/10.1080/09546634.2016.1200711

    Lee, D. K., & Lipner, S. R. (2022). Update on diagnosis and management of onychophagia and onychotillomania. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(6), Artículo 3392. https://doi.org/10.3390/ijerph19063392

    Lee, M. T., Mpavaenda, D. N., & Fineberg, N. A. (2019). Habit reversal therapy in obsessive compulsive related disorders: A systematic review of the evidence and CONSORT evaluation of randomized controlled trials. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 13, Artículo 79. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2019.00079

    Leonard, H. L., Lenane, M. C., Swedo, S. E., Rettew, D. C., & Rapoport, J. L. (1991). A double-blind comparison of clomipramine and desipramine treatment of severe onychophagia (nail biting). Archives of General Psychiatry, 48(9), 821-827. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1991.01810330045007

    Lynch, S. J., Sears, M. R., & Hancox, R. J. (2016). Thumb-sucking, nail-biting, and atopic sensitization, asthma, and hay fever. Pediatrics, 138(2), Artículo e20160443. https://doi.org/10.1542/peds.2016-0443

    Maraz, A., Hende, B., Urbán, R., & Demetrovics, Z. (2017). Pathological grooming: Evidence for a single factor behind trichotillomania, skin picking and nail biting. PLOS ONE, 12(9), Artículo e0183806. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0183806

    Moritz, S., Penney, D., Bruhns, A., Weidinger, S., & Schmotz, S. (2023). Habit reversal training and variants of decoupling for use in body-focused repetitive behaviors: A randomized controlled trial. Cognitive Therapy and Research, 47(1), 109-122. https://doi.org/10.1007/s10608-022-10334-9

    Moritz, S., Scheunemann, J., Jelinek, L., Penney, D., Schmotz, S., Hoyer, L., Grudzień, D., & Aleksandrowicz, A. (2024). Prevalence of body-focused repetitive behaviors in a diverse population sample: Rates across age, gender, race and education. Psychological Medicine, 54(8), 1552-1558. https://doi.org/10.1017/s0033291723003392

    Mostaghimi, L. (2012). Dermatological assessment of hair pulling, skin picking, and nail biting. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 97-111). American Psychiatric Publishing.

    Mouton-Odum, S., & Golomb, R. G. (2012). Family involvement in the treatment of children with body-focused repetitive behaviors. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 223-239). American Psychiatric Publishing.

    Murase, E. M., Raygani, S., & Murase, J. E. (2025). Narrative review of internet-based self-help tools for body-focused repetitive behaviors: Recommendations for clinical practice. Dermatology and Therapy, 15(4), 811-818. https://doi.org/10.1007/s13555-025-01380-8

    Pacan, P., Grzesiak, M., Reich, A., Kantorska-Janiec, M., & Szepietowski, J. C. (2014a). Onychophagia and onychotillomania: Prevalence, clinical picture and comorbidities. Acta Dermato-Venereologica, 94(1), 67-71. https://doi.org/10.2340/00015555-1616

    Pacan, P., Reich, A., Grzesiak, M., & Szepietowski, J. C. (2014b). Onychophagia is associated with impairment of quality of life. Acta Dermato-Venereologica, 94(6), 703-706. https://doi.org/10.2340/00015555-1817

    Sani, G., Gualtieri, I., Paolini, M., Bonanni, L., Spinazzola, E., Maggiora, M., Pinzone, V., Brugnoli, R., Angeletti, G., Girardi, P., Rapinesi, C., & Kotzalidis, G. D. (2019). Drug treatment of trichotillomania (hair-pulling disorder), excoriation (skin-picking) disorder, and nail-biting (onychophagia). Current Neuropharmacology, 17(8), 775-786. https://doi.org/10.2174/1570159×17666190320164223

    Skurya, J., Jafferany, M., & Everett, G. J. (2020). Habit reversal therapy in the management of body focused repetitive behavior disorders. Dermatologic Therapy, 33(6), Artículo e13811. https://doi.org/10.1111/dth.13811

    Snyder, G., & Friman, P. C. (2012). Habitual stereotypic movements: Thumb sucking and nail biting. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 43-64). American Psychiatric Publishing.

    Solley, K., & Turner, C. (2018). Prevalence and correlates of clinically significant body-focused repetitive behaviors in a non-clinical sample. Comprehensive Psychiatry, 86, 9-18. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2018.06.014

    Tanaka, O. M., Vitral, R. W. F., Tanaka, G. Y., Guerrero, A. P., & Camargo, E. S. (2008). Nailbiting, or onychophagia: A special habit. American Journal of Orthodontics and Dentofacial Orthopedics, 134(2), 305-308. https://doi.org/10.1016/j.ajodo.2006.06.023

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: An ACT-enhanced behavior therapy approach. Therapist guide (2.ª ed.). Oxford University Press.

    Williams, T. I., Rose, R., & Chisholm, S. (2007). What is the function of nail biting: An analog assessment study. Behaviour Research and Therapy, 45(5), 989-995. https://doi.org/10.1016/j.brat.2006.07.013

    Winebrake, J. P., Grover, K., Halteh, P., & Lipner, S. R. (2018). Pediatric onychophagia: A survey-based study of prevalence, etiologies, and co-morbidities. American Journal of Clinical Dermatology, 19(6), 887-891. https://doi.org/10.1007/s40257-018-0386-1

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Morderse la piel de los dedos: cómo se llama y cómo dejarlo

    Morderse la piel de los dedos: cómo se llama y cómo dejarlo

    Estás leyendo o estudiando y, sin darte cuenta, la mano ya está en la boca. Un pellejito al lado de la uña, un tirón con los dientes y de pronto hay sangre, un dedo que arde y la promesa de no repetirlo. Si llegaste buscando cómo evitar morderse la piel de los dedos, o si crees que lo haces por ansiedad y no logras parar, lo que describes tiene nombre, es mucho más común de lo que parece y tiene técnicas de tratamiento con respaldo.

    Aquí vas a ver cómo se llama, en qué se diferencia de morderse las uñas, por qué ocurre, qué papel tiene la ansiedad, qué daños puede causar, qué ayuda a dejarlo y cuándo conviene consultar. Más abajo también hay una guía para observar tu propio patrón antes de hablar con un profesional.

    En breve: morderse la piel que rodea las uñas y los dedos se llama dermatofagia. No es un diagnóstico oficial por sí sola, pero forma parte de las conductas repetitivas centradas en el cuerpo, una familia que incluye morderse las uñas y pellizcarse la piel. En una muestra de 1.481 adultos, 8,7 % cumplía criterios de dermatofagia como problema. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual (reversión del hábito, sola o con técnicas de aceptación). La ansiedad es un disparador frecuente, aunque también influyen el aburrimiento, el cansancio, la sensación de la piel y el simple automatismo.

    ¿Cómo se llama y qué significa morderse la piel de los dedos?

    Se llama dermatofagia: la costumbre, consciente o no, de morderse la propia piel, sobre todo la que rodea las uñas y las yemas, aunque también puede afectar labios y mejillas. El término aparece en la literatura médica desde hace décadas, descrito como un hábito emparentado con morderse las uñas (onicofagia), arrancarse el pelo y rascarse la piel (Scott y Scott, 1997). En Chile la gente lo conoce más por sus síntomas: comerse los pellejitos, los padrastros o las pielcitas.

    La dermatofagia no tiene un código propio en el DSM-5. Se ubica entre las conductas repetitivas centradas en el cuerpo (BFRB, por sus siglas en inglés), que el manual puede registrar bajo “otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado” cuando causan daño y malestar (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Eso significa que un profesional puede evaluarla y tratarla aunque el nombre no figure en el manual.

    ¿Qué diferencia hay con morderse las uñas y con la dermatilomanía?

    La diferencia está en el instrumento y en la zona. En la dermatofagia se muerde la piel de los dedos, en la onicofagia se muerde la uña y en la dermatilomanía se pellizca o rasca la piel, casi siempre con las uñas o con pinzas. Las tres comparten el mecanismo, y es frecuente que una persona alterne entre ellas.

    ConductaQué se haceZona habitual
    DermatofagiaMorder o arrancar con los dientes la pielAlrededor de las uñas, yemas, a veces labios
    OnicofagiaMorder la uñaUñas de las manos
    DermatilomaníaPellizcar, rascar o hurgar la pielCara, brazos, piernas, espalda, manos
    TricotilomaníaArrancarse el peloCuero cabelludo, cejas, pestañas

    Un análisis de 2.705 personas de la comunidad encontró que la tricotilomanía, el pellizco de piel y morderse las uñas se explican en parte por un mismo factor de fondo, algo así como una tendencia a “acicalarse” en exceso, y que ese factor se asocia a impulsividad, malestar psicológico y autoestima contingente (Maraz et al., 2017). Una revisión clásica ya señalaba que estas tres conductas ocurren en un continuo de leve a grave y que las personas suelen ocultar el daño por vergüenza, lo que retrasa el diagnóstico (Bohne et al., 2005).

    ¿Qué tan común es morderse la piel de los dedos?

    Es común como hábito y bastante menos como trastorno. En una muestra en línea de 1.481 adultos de la población general, casi todos reconocieron alguna conducta de este tipo en su vida, y 24 % llegó al nivel de trastorno en al menos una de ellas. Las más frecuentes fueron morderse las uñas (11,4 %), la dermatofagia (8,7 %), el pellizco de piel (8,2 %) y morderse labios o mejillas (7,9 %); las formas problemáticas fueron más comunes en mujeres y bajaban después de los 40 años (Moritz et al., 2024a).

    Otro estudio con 1.378 adultos estimó que 23 % tenía una probable conducta repetitiva centrada en el cuerpo (6 % morderse las uñas, 6 % morder o masticar labios o mejillas, 14 % pellizcarse la piel) y que quienes la tenían reportaban más síntomas de depresión, ansiedad y obsesiones, además de peor calidad de vida en algunos aspectos (Solley y Turner, 2018). No encontramos estudios de prevalencia de dermatofagia hechos en Chile, así que estas cifras vienen de muestras de otros países y de internet.

    ¿Por qué me muerdo la piel de los dedos?

    Las causas son varias y se combinan. La literatura describe una mezcla de predisposición, sensaciones en la piel, estados emocionales, hábitos aprendidos y entorno (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Twohig y Woods, 2023). Es un hábito que cumple una función, y por eso cuesta tanto soltarlo.

    Morderse con conciencia y morderse sin darse cuenta

    Hay dos estilos, y la mayoría de las personas tiene los dos (Twohig y Woods, 2023):

    • Focalizado: ocurre con atención plena. Antes hay una urgencia, una tensión, un pensamiento sobre una piel “que no está bien” o una emoción incómoda, y morder da alivio.
    • Automático: ocurre casi sin notarlo, en momentos pasivos como estudiar, ver una serie, manejar o estar en la cama. La persona se entera cuando duele o sangra.

    Esta diferencia importa porque cambia lo que sirve. Lo automático se trabaja con registro, conciencia y barreras físicas. Lo focalizado, con aprender a tolerar la urgencia sin descargarla en la piel. En un estudio de 339 adultos jóvenes, 92 % de quienes se mordían las uñas dijo que lo hacía de forma automática, 66 % sentía tensión antes de morder y 42 % placer después (Pacan et al., 2014a).

    La piel áspera, el pellejito que “sobra”

    Muchas personas cuentan que todo parte de una sensación: una cutícula levantada, un borde duro, una zona que se siente “desigual”. Morder busca emparejarla, y casi siempre deja una herida con un borde aún más áspero, que pide otro tirón. Una revisión sistemática de 65 estudios encontró que las sensaciones incómodas previas a una conducta repetitiva aparecen en todo el espectro obsesivo-compulsivo y que mayor intensidad de esas sensaciones se asocia a mayor gravedad en varios cuadros, aunque la investigación sobre el mecanismo es todavía limitada (Wilson et al., 2025).

    El modelo ComB, muy usado en estas conductas, ordena este análisis en cinco áreas: lo sensorial (qué sientes en la piel), lo cognitivo (“tengo que dejar esto liso”), lo afectivo (aburrimiento, tensión, frustración), lo motor (apoyar la cara en la mano, palpar la cutícula) y el lugar (el escritorio, el sofá, el baño) (Grant et al., 2012). Quien se muerde la piel de los dedos casi siempre encuentra su propio patrón en alguna de las cinco.

    El alivio que mantiene el hábito

    El ciclo es corto. Aparece una urgencia o una sensación, se muerde, la tensión baja unos segundos y, poco después, llegan la herida, la vergüenza y una piel más irregular que antes. Esa incomodidad nueva alimenta el siguiente episodio (Twohig y Woods, 2023). Cuanto más rápido es el alivio, más se aprende el hábito.

    Morderse la piel de los dedos por ansiedad: qué dice la evidencia

    La ansiedad es un disparador real, aunque no la explicación completa. Quienes tienen estas conductas reportan más ansiedad y depresión que quienes no las tienen (Solley y Turner, 2018), y la tensión antes de morder es un relato frecuente. Pero el vínculo no es tan directo como suele decirse.

    En el estudio de 339 adultos jóvenes, 22,5 % de quienes se habían mordido las uñas alguna vez cumplía criterios de un trastorno de ansiedad, frente a 26,2 % de quienes nunca lo habían hecho; los autores no encontraron una relación clara entre morderse las uñas y los trastornos de ansiedad ni el TOC, y concluyeron que intervienen varios factores psicológicos (Pacan et al., 2014a). Dicho de forma práctica: la ansiedad puede encender el episodio, pero también lo encienden el aburrimiento, el cansancio, la concentración y la textura de la piel.

    Por eso conviene mirar el cuadro completo. Si además de morderte la piel tienes preocupación constante, insomnio o miedo, vale la pena evaluar la ansiedad por separado. Para la tensión de fondo ayuda revisar cómo manejar el estrés, y si hay una ansiedad que ocupa buena parte del día, conviene que la mire un profesional.

    ¿Cuándo es solo un hábito y cuándo un problema?

    Casi todo el mundo se arranca un pellejito alguna vez. Se vuelve un problema cuando hay daño en la piel, intentos repetidos de parar sin lograrlo y malestar o deterioro en la vida diaria: vergüenza, ocultar las manos, evitar saludar o ir a ciertos lugares (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Antes de llamarlo dermatofagia, un profesional descarta otras explicaciones:

    Si lo que ves es…Qué puede estar pasandoCómo se distingue
    Morder la piel para quitar un “defecto” que se ve feoTrastorno dismórfico corporalEn la dismorfia manda la preocupación por la apariencia; en la dermatofagia manda la urgencia, la sensación o la emoción (Wilhelm et al., 2012)
    Morder por rituales o miedo a gérmenesTOCEn el TOC hay obsesiones que la conducta intenta neutralizar
    Picor, ronchas, grietas o lesiones antes de morderEccema, dermatitis, hongos u otra enfermedad de la pielLa lesión existe antes de la conducta y requiere un dermatólogo
    Morder para castigarse o aguantar un dolor emocionalAutolesión no suicidaEl objetivo es hacerse daño, no aliviar tensión o emparejar la piel
    Movimientos rítmicos y repetitivos desde la infanciaEstereotipias asociadas al desarrolloSe evalúan dentro del cuadro de base

    Estas conductas pasan inadvertidas con frecuencia: por vergüenza las personas no consultan, y los clínicos no siempre preguntan por ellas (Bohne et al., 2005; Lee y Lipner, 2022b).

    ¿Es malo morderse la piel de los dedos? Qué daño puede causar

    Morder la piel abre una puerta de entrada a las bacterias. Según una revisión dermatológica sobre morderse las uñas, las complicaciones incluyen infecciones de la uña y de la boca, deformidad del lecho de la uña, dientes astillados o desgastados e inflamación de las encías (Baghchechi et al., 2021). Los manuales sobre estas conductas describen además la paroniquia (la infección alrededor de la uña) y las cicatrices (Grant et al., 2012). Otra revisión añade que afectan la calidad de vida y que su abordaje suele necesitar a varios especialistas a la vez, como dermatología, psiquiatría y odontología (Halteh et al., 2017).

    En la parte emocional, el costo es la vergüenza. Un estudio con 339 estudiantes de medicina vio que quienes se mordían las uñas tenían peor calidad de vida y más estigma percibido que quienes no, y que el empeoramiento se asociaba a haber intentado parar sin éxito, tener alteraciones visibles en las uñas y sentir tensión antes de morder (Pacan et al., 2014b).

    Cómo evitar morderse la piel de los dedos: lo que tiene respaldo

    La mala noticia es que casi no hay ensayos hechos solo con personas que se muerden la piel de los dedos. La buena es que los tratamientos se estudian en la familia completa de conductas repetitivas centradas en el cuerpo (pellizco de piel, tirón de pelo, morderse las uñas), y funcionan con la misma lógica. Una revisión sistemática encontró diez ensayos aleatorizados de reversión del hábito, todos en tricotilomanía o pellizco de piel, y juzgó su calidad metodológica discutible (Lee et al., 2019). Ningún tratamiento de estas conductas tiene hoy una evidencia perfecta, y eso conviene tenerlo presente.

    Reversión del hábito, paso a paso

    Es el componente conductual más estudiado y se enseña en cuatro partes (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016; Grant et al., 2012):

    1. Conciencia y registro. Durante una o dos semanas anotas cada episodio: hora, lugar, dedo, qué sentías antes y después. Muchas personas descubren que muerden sobre todo al estudiar, al ver televisión o al manejar. Detenerse a anotar ya interrumpe el automatismo.
    2. Respuesta competidora. Cuando notas la señal de aviso (la mano que sube, el dedo que busca la aspereza), haces durante uno a tres minutos algo físicamente incompatible con morder: cerrar los puños, entrelazar los dedos, agarrar los bordes de la silla o el volante, sostener el teléfono o el libro con las dos manos. Debe ser discreta y estar siempre a tu alcance.
    3. Control del entorno. Tiritas o cinta en los dedos más dañados, guantes finos o dediles en los momentos de riesgo, crema espesa o aceite de cutículas para que no queden bordes secos, y cortar limpio con una tijera de cutícula desinfectada cualquier pellejo que tienta, en lugar de tirarlo con los dientes.
    4. Apoyo social. Una persona de confianza que avise sin retar cuando note el gesto y que reconozca el uso de la estrategia, no el aspecto de tus manos.

    En un ensayo aleatorizado centrado en morderse las uñas, 91 niños y adolescentes recibieron reversión del hábito, entrenamiento en manipular un objeto o lista de espera; la reversión del hábito aumentó el largo de las uñas más que las otras dos opciones, con resultados medidos hasta tres meses después (Ghanizadeh et al., 2013). En 63 niños y adolescentes de 9 a 17 años con tricotilomanía o pellizco de piel atendidos en una clínica especializada de Estocolmo, la mejoría con una terapia centrada sobre todo en la reversión del hábito se mantuvo hasta los 12 meses de seguimiento (Rautio et al., 2024).

    También hay datos de práctica real. En un estudio con 543 personas con tricotilomanía y 528 con pellizco de piel, niños, adolescentes y adultos, la reversión del hábito por videollamada con un terapeuta, durante unas 15 semanas, redujo la gravedad en una mediana de 33 %, con un efecto grande, y la mejoría se mantuvo hasta la semana 52. También bajaron algo la depresión, la ansiedad y el estrés (Feusner et al., 2026). Es un estudio observacional, no un ensayo con grupo de comparación, y no incluyó a quienes se muerden la piel de los dedos como tales.

    Terapia con aceptación

    La terapia conductual potenciada con aceptación (ACT aplicada a estos hábitos) cambia el objetivo: en lugar de hacer desaparecer la urgencia, se aprende a notarla, hacerle espacio y no actuar sobre ella, con ejercicios para ver el pensamiento “tengo que arreglar esta cutícula” como una frase de la mente y no como una orden (Twohig y Woods, 2023). El protocolo base se organiza en torno a diez sesiones. Si te interesa entender el enfoque, aquí hay una explicación de la terapia de aceptación y compromiso, y también puedes revisar qué es la terapia cognitivo-conductual y sus técnicas principales.

    Para el pellizco de piel, que es el cuadro más cercano que se ha estudiado, diez semanas de terapia con aceptación guiada por internet en 70 adultos mejoraron los síntomas más que la lista de espera (tamaño del efecto grande, d = 1,3): 43 % respondió y 31 % llegó a la remisión; a los seis meses los síntomas habían subido algo, aunque la mejoría seguía siendo significativa (Asplund et al., 2025).

    Autoayuda guiada y por internet

    Como hay pocos terapeutas formados en estas conductas, la autoayuda se ha estudiado bastante. En un ensayo con 334 personas con al menos una conducta repetitiva centrada en el cuerpo, seis semanas con manuales de reversión del hábito y de otras dos técnicas (variantes del desacople) mejoraron los síntomas más que la lista de espera (tamaño del efecto medio, d entre 0,52 y 0,54), y quienes usaron varias técnicas a la vez mejoraron más (Moritz et al., 2023). Una revisión narrativa de doce ensayos concluyó que las herramientas de autoayuda por internet reducen los síntomas y mejoran la calidad de vida, con mejores resultados cuando la persona las usa con frecuencia y constancia, y que el acompañamiento de un terapeuta puede dar un tratamiento más completo (Murase et al., 2025). Otra revisión sobre reversión del hábito la considera la opción con más promesa, sola o combinada con atención plena (Skurya et al., 2020).

    Esa mejoría parece durar. En el seguimiento a dos años de ese ensayo, con 391 participantes, lo logrado con las técnicas de autoayuda se mantuvo en todos los grupos, y el desacople dio una mejoría mayor que la lista de espera. La depresión no empeoró, lo que va contra la idea de que el problema «se mueve» a otros síntomas. Solo cerca de la mitad siguió en el estudio y, pasado el primer control, podían usar otras técnicas, así que las cifras son orientativas (Moritz et al., 2024b).

    Medicamentos

    Ningún medicamento está aprobado para estas conductas, y el consenso de la TLC (2016) no señala un fármaco de primera elección: la decisión depende de las otras condiciones que tenga la persona, como depresión o ansiedad. Una revisión de los tratamientos farmacológicos en tricotilomanía, pellizco de piel y morderse las uñas calificó los resultados de “decepcionantes” y pidió combinar fármacos y psicoterapia (Sani et al., 2019).

    Lo que existe son estudios aislados. En 25 adultos con onicofagia grave, la clomipramina redujo más el morderse las uñas que la desipramina, aunque solo 14 completaron el estudio, con una alta tasa de abandono (Leonard et al., 1991). En el pellizco de piel, un ensayo de 12 semanas con 66 adultos mostró que la N-acetilcisteína bajó más los síntomas que el placebo (puntaje de 11,5 frente a 14,1), pero es un solo ensayo sin replicar, y las guías piden usarla con supervisión médica porque no conviene en personas con asma (Grant et al., 2016; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Un metaanálisis de 17 ensayos con 629 personas, en trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados en general, encontró que la N-acetilcisteína (10 estudios) y el litio mejoraron los síntomas frente a placebo, y los autores piden estudios más grandes para confirmarlo (Kishi et al., 2022). Una revisión específica de conductas repetitivas centradas en el cuerpo la describe como prometedora, pero con datos de pocos ensayos y casos con pocos pacientes (Lee y Lipner, 2022a). La decisión de medicar la toma un médico, no un artículo.

    ¿Qué puedes hacer desde hoy?

    Estas ideas salen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (Twohig y Woods, 2023; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Anota durante una semana cuándo, dónde, con qué dedo y qué sentías antes y después. Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Cubre los dedos de riesgo con tiritas o cinta, y usa guantes finos o dediles cuando estudies, leas o veas televisión.
    • Hidrata las cutículas con crema espesa o aceite, sobre todo de noche, para que no queden bordes secos que pidan ser arreglados.
    • Ten a mano un sustituto para las manos: una pelota blanda, una piedra lisa, un anillo giratorio, algo que exija movimiento.
    • Trata las heridas con limpieza. Lávalas con agua y jabón y mantenlas cubiertas hasta que cierren. Una herida limpia y tapada tienta menos.
    • Pon una pausa antes de actuar. Si la urgencia sube, quédate uno o tres minutos con la respuesta competidora. Las ganas suben, llegan a un máximo y bajan solas.
    • No uses las barreras como castigo ni te revises las manos todo el día. La culpa y la vigilancia suben la tensión, que es justo el disparador.
    • Planifica los deslices. Morder un día no borra lo avanzado. Pregúntate con curiosidad qué disparó el episodio y vuelve a la estrategia, tal como lo haría un amigo contigo.

    ¿Cuándo ir al médico?

    Una herida pequeña y limpia suele cerrar sola, pero morder la piel de los dedos puede infectarse. Consulta a un médico o a un dermatólogo si (Halteh et al., 2017; Baghchechi et al., 2021; Grant et al., 2012):

    • el dedo está rojo, caliente, hinchado o con pus, o el dolor late y aumenta,
    • una herida no cicatriza en semanas,
    • la uña se deforma o cambia de color,
    • el picor viene antes de que la piel esté dañada (puede haber una enfermedad de la piel).

    La complicación más común de estas heridas es la paroniquia, la inflamación del pliegue de la uña. La forma aguda se trata con remojos tibios y, si no cede, con antibiótico en crema, con o sin corticoide; si se forma un absceso, hay que drenarlo, y los antibióticos orales se reservan para infecciones graves o para personas con las defensas bajas. La forma crónica, con síntomas de seis semanas o más, es una irritación de la barrera de la uña: se trata evitando la causa y con cremas antiinflamatorias, y puede tardar de semanas a meses en resolverse (Leggit, 2017). Nada de esto reemplaza la evaluación de un médico.

    Ve a urgencias si hay fiebre, escalofríos, una línea roja que sube por el brazo, un dedo que no puedes mover o un sangrado que no para. Y si la vergüenza o el desánimo por no poder parar te llevan a pensar en hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141.

    ¿Y si es un niño o un adolescente el que se muerde la piel?

    Morderse las uñas y la piel de los dedos es muy común en la infancia y suele partir temprano. En una consulta pediátrica de Nueva York, 37 % de 281 pacientes de 3 a 21 años refirió haberse mordido las uñas más de un mes, la edad mediana de inicio fue 5 años y quienes se mordían tenían más diagnósticos psiquiátricos (18 % frente a 6 %) (Winebrake et al., 2018). En 743 escolares, 22,3 % se había mordido las uñas en los últimos tres meses, y 36,8 % de ellos tenía un familiar con el mismo hábito (Ghanizadeh y Shekoohi, 2011).

    Que sea común no quiere decir que no se pueda ayudar. Lo que funciona en casa es lo mismo que en adultos, con un cambio de tono: elogiar el uso de la estrategia y no el aspecto de las manos, acordar las barreras con el niño y no imponerlas como castigo, y evitar vigilar y retar, que empuja a morder a escondidas (Grant et al., 2012). Si el hábito causa heridas, vergüenza o no cede, conviene consultar. La guía sobre tricotilomanía en niños comparte varias de estas ideas, porque ambos cuadros funcionan de forma parecida.

    ¿Cómo acompañar a alguien que se muerde la piel?

    Lo que más ayuda es lo menos intuitivo (Grant et al., 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    Lo que empeora el cuadro:

    • mirar las manos todo el tiempo y comentar cada vez que se acercan a la boca,
    • retar o avergonzar (“mira cómo te dejaste los dedos”, “saca la mano de la boca”),
    • elogiar el aspecto de las manos cuando mejoran, porque lo contrario queda como “ahora se ven feas”,
    • preguntar sin parar si “ya paró”.

    Lo que ayuda:

    • dejar claro que el cariño no depende de cómo se vean los dedos,
    • reconocer el uso de las estrategias, no los resultados,
    • recordar un acuerdo solo si la persona lo pidió,
    • animar a consultar con un profesional que conozca estas conductas.

    Una buena forma de partir es preguntar qué le serviría, en vez de decirle qué debería hacer. Si no sabes con quién consultar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra: cuál necesito ayuda a decidir.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que sabes de ti acelera el trabajo. Estas preguntas no suman puntaje ni te clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿Qué dedos y qué zona de la piel te muerdes, y desde cuándo?
    2. ¿Lo haces con plena conciencia, sin darte cuenta, o de las dos formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasa más (estudiando, en el celular, en la cama, manejando, viendo una serie)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: tensión, aburrimiento, ansiedad, una cutícula que se siente “mal”?
    5. ¿Qué haces con lo que sacas: lo botas, lo muerdes más, lo tragas?
    6. ¿Qué evitas por cómo se ven tus manos y cuánto tiempo o dinero gastas en taparlas?
    7. ¿Cuántas veces intentaste parar y qué pasó cada vez?

    Existen escalas clínicas para medir la gravedad de estas conductas, pero no encontramos una versión en español validada para morderse la piel de los dedos, con sus ítems y un punto de corte publicado. Por eso aquí no hay un puntaje: un número sin baremo confiable orienta peor de lo que parece. Lo que sí vale es llevar tus respuestas escritas a la primera sesión.

    ¿Cuándo conviene consultar?

    Es buena idea consultar si:

    • te muerdes la piel de forma repetida y has intentado parar sin lograrlo,
    • ya tienes heridas, infecciones o uñas deformadas,
    • evitas saludar, mostrar las manos o ciertos lugares por vergüenza,
    • te sientes ansioso, triste o culpable por esto la mayor parte del tiempo,
    • la conducta ocupa buena parte del día o aparece junto a otros hábitos (arrancarte el pelo, pellizcarte la piel).

    Busca un profesional que conozca las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual puede hacer la evaluación y llevar el tratamiento, un dermatólogo puede tratar la piel y descartar causas médicas, y un psiquiatra puede evaluar si conviene un medicamento. En bfrb.org, el sitio de la TLC Foundation, hay recursos en inglés para personas con estas conductas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se llama el trastorno de morderse la piel de los dedos?

    Se llama dermatofagia. No tiene un diagnóstico propio en el DSM-5, pero se clasifica entre las conductas repetitivas centradas en el cuerpo y puede evaluarse como “otro trastorno obsesivo-compulsivo y relacionado especificado” cuando causa daño y malestar (American Psychiatric Association, 2013). Morderse las uñas se llama onicofagia.

    ¿Morderse la piel de los dedos es por ansiedad?

    A veces, aunque no siempre. La ansiedad es un disparador frecuente, pero también lo son el aburrimiento, el cansancio y la sensación de una piel áspera. En un estudio con 339 adultos jóvenes, morderse las uñas no se asoció con tener un trastorno de ansiedad (Pacan et al., 2014a).

    ¿La dermatofagia y la onicofagia son lo mismo?

    Son parientes cercanas. Las dos usan los dientes sobre los dedos y comparten mecanismo, pero una muerde la uña y la otra la piel que la rodea. En una muestra de 1.481 adultos, morderse las uñas fue la más común (11,4 %) y la dermatofagia la segunda (8,7 %) (Moritz et al., 2024a).

    ¿Cómo se deja de morderse la piel de los dedos?

    Con registro de los episodios, una respuesta competidora (cerrar los puños, agarrar un objeto), barreras físicas como tiritas o guantes, cuidado de las cutículas y apoyo de otra persona. Es la reversión del hábito, que se estudia en conductas parecidas, a veces junto con técnicas de aceptación (Twohig y Woods, 2023; Moritz et al., 2023).

    ¿Sirven los esmaltes amargos?

    En lo que revisamos para este artículo no hay ensayos que prueben esmaltes amargos para la piel de los dedos. Pueden servir como recordatorio, pero no tratan la causa. La evidencia está en la terapia conductual (Murase et al., 2025).

    ¿Se cura?

    Hay tratamientos que reducen mucho los síntomas, pero el hábito puede volver con estrés o cansancio. En un ensayo de terapia por internet para el pellizco de piel, 31 % llegó a la remisión y los síntomas subieron algo a los seis meses (Asplund et al., 2025). En el seguimiento a dos años de un ensayo de autoayuda, las mejorías se mantuvieron, aunque solo cerca de la mitad de los participantes siguió en el estudio (Moritz et al., 2024b). El objetivo realista es aprender a manejarlo y tener un plan para los días difíciles.

    Si te reconociste en esto, puedes tratarlo con ayuda

    Morderse la piel de los dedos es un hábito con una función, que se puede entender y entrenar con ayuda. Si quieres evaluar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisar juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Asplund, M., Lenhard, F., Rück, C., Andersson, E., Grimlund, T., Nilsson, M., Sarachu-Nilsson, M., Sundh, L., & Ivanov, V. Z. (2025). Therapist-guided internet-delivered acceptance-enhanced behavior therapy for skin-picking disorder: A randomized controlled trial. Behavior Therapy, 56(1), 70-82. https://doi.org/10.1016/j.beth.2024.04.006

    Baghchechi, M., Pelletier, J. L., & Jacob, S. E. (2021). Art of prevention: The importance of tackling the nail biting habit. International Journal of Women’s Dermatology, 7(3), 309-313. https://doi.org/10.1016/j.ijwd.2020.09.008

    Bohne, A., Keuthen, N., & Wilhelm, S. (2005). Pathologic hairpulling, skin picking, and nail biting. Annals of Clinical Psychiatry, 17(4), 227-232. https://doi.org/10.1080/10401230500295354

    Feusner, J. D., Beatty, C. C., Murphy, C., McGrath, P. B., Farrell, N. R., Nuñez, M., Lume, N., Mohideen, R., Trusky, L., Smith, S. M., & Rhode, A. (2026). Therapist-delivered video therapy habit reversal training for body-focused repetitive behaviors: Clinical outcomes from a large real-world sample of youth and adults. The Journal of Clinical Psychiatry, 87(1). https://doi.org/10.4088/jcp.25m15834

    Ghanizadeh, A., Bazrafshan, A., Firoozabadi, A., & Dehbozorgi, G. (2013). Habit reversal versus object manipulation training for treating nail biting: A randomized controlled clinical trial. Iranian Journal of Psychiatry, 8(2), 61-67. PMID: 24130603

    Ghanizadeh, A., & Shekoohi, H. (2011). Prevalence of nail biting and its association with mental health in a community sample of children. BMC Research Notes, 4, Artículo 116. https://doi.org/10.1186/1756-0500-4-116

    Grant, J. E., Chamberlain, S. R., Redden, S. A., Leppink, E. W., Odlaug, B. L., & Kim, S. W. (2016). N-acetylcysteine in the treatment of excoriation disorder: A randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 73(5), 490-496. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2016.0060

    Grant, J. E., Stein, D. J., Woods, D. W., & Keuthen, N. J. (Eds.). (2012). Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors. American Psychiatric Publishing.

    Halteh, P., Scher, R. K., & Lipner, S. R. (2017). Onychophagia: A nail-biting conundrum for physicians. Journal of Dermatological Treatment, 28(2), 166-172. https://doi.org/10.1080/09546634.2016.1200711

    Kishi, T., Sakuma, K., & Iwata, N. (2022). Mitochondrial modulators for obsessive-compulsive and related disorders: A systematic review and meta-analysis. Translational Psychiatry, 12, Artículo 263. https://doi.org/10.1038/s41398-022-02026-5

    Lee, D. K., & Lipner, S. R. (2022a). The potential of N-acetylcysteine for treatment of trichotillomania, excoriation disorder, onychophagia, and onychotillomania: An updated literature review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(11), Artículo 6370. https://doi.org/10.3390/ijerph19116370

    Lee, D. K., & Lipner, S. R. (2022b). Update on diagnosis and management of onychophagia and onychotillomania. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(6), Artículo 3392. https://doi.org/10.3390/ijerph19063392

    Lee, M. T., Mpavaenda, D. N., & Fineberg, N. A. (2019). Habit reversal therapy in obsessive compulsive related disorders: A systematic review of the evidence and CONSORT evaluation of randomized controlled trials. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 13, Artículo 79. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2019.00079

    Leggit, J. C. (2017). Acute and chronic paronychia. American Family Physician, 96(1), 44-51. PMID: 28671378

    Leonard, H. L., Lenane, M. C., Swedo, S. E., Rettew, D. C., & Rapoport, J. L. (1991). A double-blind comparison of clomipramine and desipramine treatment of severe onychophagia (nail biting). Archives of General Psychiatry, 48(9), 821-827. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1991.01810330045007

    Maraz, A., Hende, B., Urbán, R., & Demetrovics, Z. (2017). Pathological grooming: Evidence for a single factor behind trichotillomania, skin picking and nail biting. PLOS ONE, 12(9), Artículo e0183806. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0183806

    Moritz, S., Hoyer, L., & Schmotz, S. (2024b). Two-year follow-up of habit reversal training and decoupling in a sample with body-focused repetitive behaviors. Cognitive Therapy and Research, 48(1), 75-81. https://doi.org/10.1007/s10608-023-10434-0

    Moritz, S., Penney, D., Bruhns, A., Weidinger, S., & Schmotz, S. (2023). Habit reversal training and variants of decoupling for use in body-focused repetitive behaviors: A randomized controlled trial. Cognitive Therapy and Research, 47(1), 109-122. https://doi.org/10.1007/s10608-022-10334-9

    Moritz, S., Scheunemann, J., Jelinek, L., Penney, D., Schmotz, S., Hoyer, L., Grudzień, D., & Aleksandrowicz, A. (2024a). Prevalence of body-focused repetitive behaviors in a diverse population sample: Rates across age, gender, race and education. Psychological Medicine, 54(8), 1552-1558. https://doi.org/10.1017/s0033291723003392

    Murase, E. M., Raygani, S., & Murase, J. E. (2025). Narrative review of internet-based self-help tools for body-focused repetitive behaviors: Recommendations for clinical practice. Dermatology and Therapy, 15(4), 811-818. https://doi.org/10.1007/s13555-025-01380-8

    Pacan, P., Grzesiak, M., Reich, A., Kantorska-Janiec, M., & Szepietowski, J. C. (2014a). Onychophagia and onychotillomania: Prevalence, clinical picture and comorbidities. Acta Dermato-Venereologica, 94(1), 67-71. https://doi.org/10.2340/00015555-1616

    Pacan, P., Reich, A., Grzesiak, M., & Szepietowski, J. C. (2014b). Onychophagia is associated with impairment of quality of life. Acta Dermato-Venereologica, 94(6), 703-706. https://doi.org/10.2340/00015555-1817

    Rautio, D., Andrén, P., Bjureberg, L., Silverberg-Mörse, M., Mataix-Cols, D., & Fernández de la Cruz, L. (2024). Body-focused repetitive behavior disorders in children and adolescents: Clinical characteristics and treatment outcomes in a naturalistic setting. Behavior Therapy, 55(2), 376-390. https://doi.org/10.1016/j.beth.2023.07.010

    Sani, G., Gualtieri, I., Paolini, M., Bonanni, L., Spinazzola, E., Maggiora, M., Pinzone, V., Brugnoli, R., Angeletti, G., Girardi, P., Rapinesi, C., & Kotzalidis, G. D. (2019). Drug treatment of trichotillomania (hair-pulling disorder), excoriation (skin-picking) disorder, and nail-biting (onychophagia). Current Neuropharmacology, 17(8), 775-786. https://doi.org/10.2174/1570159×17666190320164223

    Scott, M. J., Jr., & Scott, M. J., III. (1997). Dermatophagia: “Wolf-biter”. Cutis, 59(1), 19-20. PMID: 9013066

    Skurya, J., Jafferany, M., & Everett, G. J. (2020). Habit reversal therapy in the management of body focused repetitive behavior disorders. Dermatologic Therapy, 33(6), Artículo e13811. https://doi.org/10.1111/dth.13811

    Solley, K., & Turner, C. (2018). Prevalence and correlates of clinically significant body-focused repetitive behaviors in a non-clinical sample. Comprehensive Psychiatry, 86, 9-18. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2018.06.014

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: An ACT-enhanced behavior therapy approach. Therapist guide (2.ª ed.). Oxford University Press.

    Wilhelm, S., Phillips, K. A., & Steketee, G. (2012). Cognitive-behavioral therapy for body dysmorphic disorder: A treatment manual. The Guilford Press.

    Wilson, L. A., Scarfo, J., Jones, M. E., & Rehm, I. C. (2025). The relationship between sensory phenomena and interoception across the obsessive-compulsive spectrum: A systematic review. BMC Psychiatry, 25, Artículo 162. https://doi.org/10.1186/s12888-024-06441-4

    Winebrake, J. P., Grover, K., Halteh, P., & Lipner, S. R. (2018). Pediatric onychophagia: A survey-based study of prevalence, etiologies, and co-morbidities. American Journal of Clinical Dermatology, 19(6), 887-891. https://doi.org/10.1007/s40257-018-0386-1

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Dermatilomanía: síntomas, causas y tratamiento

    Dermatilomanía: síntomas, causas y tratamiento

    Hay personas que pasan los dedos por la cara y encuentran una costra, una espinilla o una zona que “no se siente lisa”. Después viene lo conocido: un rato frente al espejo, las uñas o las pinzas, una herida que tarda semanas en cerrar y la promesa de no repetirlo. Si llegaste buscando “porque me pellizco la piel” y lo has intentado dejar muchas veces sin lograrlo, lo que describes tiene nombre: dermatilomanía, o trastorno de excoriación. Es más común de lo que se cree, casi siempre se oculta y tiene tratamientos con respaldo.

    En este artículo vas a ver qué es y cómo se diagnostica, por qué ocurre, en qué se diferencia de otros cuadros, qué tratamientos funcionan y cuánto, qué puedes hacer desde hoy, cuándo una herida necesita un médico y cuándo conviene consultar. Más abajo también hay una guía para observar tu propio patrón antes de hablar con un profesional.

    En breve: la dermatilomanía (en inglés skin picking) es un trastorno en que la persona se pellizca, rasca o hurga su propia piel de forma repetida, hasta producir lesiones, y no logra parar aunque lo intente. Afecta a cerca de 3 de cada 100 personas, más a mujeres. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual (reversión del hábito, sola o con técnicas de aceptación); los medicamentos tienen evidencia limitada. Tiene que ver con cómo funcionan los hábitos y las emociones, y poco con la fuerza de voluntad.

    Dermatilomanía: qué es y cómo se llama en el DSM-5

    La dermatilomanía (también escrita dermatillomanía) es la conducta repetida de pellizcar, rascar, frotar o hurgar la propia piel hasta causar lesiones, con intentos fallidos de reducirla. El DSM-5 la llama trastorno de excoriación y la ubica entre los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados (American Psychiatric Association, 2013). Otros nombres que verás son rascado patológico de la piel, excoriación neurótica o skin picking disorder. Es lo que en inglés se busca como skin picking: qué es, cómo se trata y qué hacer; la respuesta es la misma.

    Para el diagnóstico, el DSM-5 pide cinco cosas (American Psychiatric Association, 2013; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    1. Pellizcarse la piel de forma recurrente, con lesiones visibles.
    2. Intentos repetidos de reducir o detener la conducta.
    3. Malestar importante o deterioro en lo social, lo laboral u otras áreas.
    4. Que no se explique por una sustancia (cocaína, anfetaminas) ni por otra condición médica, como la sarna.
    5. Que no se explique mejor por otro trastorno mental, como la dismorfia corporal o una psicosis.

    Casi todo el mundo se toca una espinilla o se arranca una pielcita de vez en cuando. La diferencia está en el daño, el control y el costo. En una encuesta telefónica a 2.513 adultos de Estados Unidos, 16,6 % reconoció haberse pellizcado la piel alguna vez hasta dejar daño visible, pero solo 1,4 % cumplía además los criterios de malestar o deterioro y sin otra causa médica (Keuthen et al., 2010). El pellizco ocasional es muy común y el trastorno es bastante menos.

    ¿Cuáles son los síntomas de la dermatilomanía?

    Lo que se ve desde afuera son heridas abiertas, costras, cicatrices, manchas más claras u oscuras donde la piel sanó mal, y a veces infecciones. Lo que ocurre por dentro es menos visible y suele pesar más:

    • Urgencia o tensión antes de pellizcar, y alivio o placer durante o después.
    • Pérdida de noción del tiempo. Los episodios van de minutos a horas, a veces con una especie de visión de túnel.
    • Tiempo perdido. En un estudio con 60 personas, dedicaban en promedio 107,6 minutos al día a pellizcarse (Odlaug y Grant, 2008). Otra investigación estimó unas 2,8 horas diarias entre pellizcarse, resistir el impulso y pensar en ello (Flessner y Woods, 2006).
    • Vergüenza y ocultamiento. Maquillaje, parches, mangas largas en pleno verano, evitar la playa, el gimnasio, las citas o el trabajo.
    • Rituales alrededor del pellizco: revisar la piel con luz fuerte y espejos de aumento, pasar los dedos buscando asperezas, usar pinzas, alfileres o cortauñas, y a veces examinar, morder o tragar lo que se saca (Odlaug y Grant, 2012).

    El inicio suele estar en la adolescencia. En ese mismo estudio de 60 personas, la edad media de inicio fue 12,3 años y la cara era la zona más pellizcada (Odlaug y Grant, 2008). Muchas veces arranca con el acné de la pubertad y después sigue por su cuenta (Odlaug y Grant, 2012).

    ¿Por qué me pellizco la piel? Causas y factores

    La literatura describe una mezcla de predisposición, funcionamiento del cerebro, emociones y entorno, sin una causa única (Odlaug y Grant, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Pellizco focalizado y pellizco automático

    Hay dos estilos, y la mayoría de las personas tiene los dos (Odlaug y Grant, 2012):

    • Focalizado: ocurre con plena conciencia. Lo precede una urgencia, un estado emocional incómodo (ansiedad, frustración, tristeza) o un pensamiento sobre una imperfección de la piel. Sirve para bajar esa tensión.
    • Automático: ocurre casi sin darse cuenta, sobre todo en momentos pasivos (leer, estudiar, ver una serie, manejar, estar en la cama). La persona nota lo que hizo cuando ya hay sangre, una costra o un rato largo perdido.

    Esta diferencia cambia las estrategias. Lo automático se trabaja con aumentar la conciencia y poner barreras. Lo focalizado, con aprender a tolerar la emoción sin descargarla en la piel.

    La emoción y la sensación como combustible

    Una revisión sistemática de 19 estudios encontró que las personas con dermatilomanía tienen más dificultades para regular sus emociones que los controles y usan menos la reevaluación cognitiva; esa dificultad se asocia más al pellizco focalizado que al automático (Barber y Fitzgerald, 2025). Se suma la sensación física: la piel “áspera”, “desigual” o con una costra que “hay que sacar”. Entre la mitad y las tres cuartas partes de las personas refieren placer o satisfacción durante o después del pellizco (Odlaug y Grant, 2012). Ese alivio inmediato es lo que mantiene el hábito.

    Genética, cerebro y estrés

    • Familia: entre 19 % y 45 % de los familiares de primer grado de personas con el trastorno también tiene conductas de pellizco patológico, y los estudios de gemelos apuntan a una predisposición heredada (Odlaug y Grant, 2012). Una revisión sistemática de 109 estudios concluyó que los factores genéticos pesan en estas conductas, en parte compartidos con el espectro del TOC, aunque no se conoce un factor de riesgo genético específico confiable (Reid et al., 2024).
    • Circuitos de control: se han descrito diferencias en las redes que frenan respuestas automáticas, y en el sistema del glutamato, lo que dio pie a los ensayos con medicamentos que se comentan más abajo (Grant et al., 2016).
    • Estrés y adversidad temprana: los eventos estresantes agudos y la adversidad en la infancia aparecen como desencadenantes o factores de vulnerabilidad (Odlaug y Grant, 2012).

    Este hábito tiene una función y se sostiene solo, con o sin ganas de dejarlo, y ni la falta de voluntad ni la mala higiene lo explican.

    ¿Dónde aparece la dermatilomanía (cara, cuero cabelludo, brazos) y cómo es un episodio?

    Cualquier zona alcanzable puede afectarse. La cara es la más frecuente, seguida de brazos, piernas, espalda, manos, dedos y cuero cabelludo, y muchas personas tienen una zona principal y rotan hacia otras para dejar cicatrizar la más dañada (Odlaug y Grant, 2012). En la espalda, las lesiones se concentran donde llega la mano y deja intacta una zona entre los omóplatos, un detalle que ayuda a los dermatólogos a reconocer el cuadro.

    Un episodio típico: la persona nota algo en la piel, se acerca al espejo, empieza “solo a emparejar” y se encuentra una hora después con la zona en carne viva y con vergüenza. Después viene el encubrimiento y la promesa de no repetirlo, hasta la próxima vez.

    ¿Cómo saber si es dermatilomanía y no otra cosa?

    El diagnóstico lo hace un profesional de salud mental, con ayuda de un dermatólogo cuando hace falta. Lo que más pesa es el motivo del pellizco y descartar causas médicas (Odlaug y Grant, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    Si lo que ves es… Qué puede estar pasando Cómo se distingue
    Pellizco para eliminar un “defecto” que se ve feo Trastorno dismórfico corporal En la dismorfia hay una preocupación obsesiva por la apariencia; en la dermatilomanía el pellizco responde a la urgencia, la sensación o la emoción
    Pellizco por miedo a gérmenes o ritual de limpieza TOC En el TOC hay obsesiones con amenaza; en la dermatilomanía no hay obsesión previa de contaminación
    Picor intenso con ronchas, ampollas o lesiones antes de rascar Sarna, eccema, urticaria, psoriasis u otras Estas enfermedades tienen lesiones propias; en la dermatilomanía las lesiones son consecuencia del pellizco
    Sensación de bichos bajo la piel Delirio de infestación o efecto de sustancias La creencia es fija y no se corrige; hay que evaluarla en forma urgente
    Hacerse daño para castigarse o aguantar un dolor emocional Autolesión no suicida En la dermatilomanía el objetivo no es dañarse; la herida es un efecto no buscado
    Pellizco rítmico en autismo, discapacidad intelectual o síndromes genéticos Movimientos estereotipados Se evalúa dentro del cuadro de base

    Además, el pellizco y las cicatrices pueden ser el primer motivo de consulta en dermatología. Eso ayuda a encontrar el problema, pero conviene que alguien pregunte por la parte emocional. En un estudio de casos y controles en un centro dermatológico, solo 42 % de los pacientes con dermatilomanía recibió una derivación a psiquiatría, y de ellos 64 % no siguió el control (Kwon et al., 2020).

    ¿Qué tan común es y a quién afecta?

    • Cerca de 3 de cada 100. Un metaanálisis de 19 estudios con 38.038 personas estimó una prevalencia de 3,45 % en la población general, con más mujeres que hombres (razón de 1,45) (Farhat et al., 2023).
    • Cifras parecidas en otros países. En una encuesta a 10.169 adultos representativos de Estados Unidos, 2,1 % tenía el trastorno actual y 3,1 % lo había tenido alguna vez (Grant y Chamberlain, 2020). Una muestra brasileña de 7.639 personas dio 3,4 %, y se asoció a depresión, dependencia de nicotina y alcohol y peor calidad de vida (Machado et al., 2018).
    • Rara vez se consulta. Menos de 20 % de las personas busca atención, muchas veces por vergüenza o por no saber que tiene tratamiento (Flessner y Woods, 2006).

    Que sea común tiene una consecuencia práctica: si te pasa, no eres la única persona que se esconde por esto.

    ¿Qué otros problemas suelen acompañarla?

    La dermatilomanía rara vez viene sola. En una encuesta con participantes de 4 a 67 años, las personas con pellizco de piel, tirón de pelo o ambos reportaron ansiedad (63 % a 82 %), depresión (34 % a 50 %), TOC (16 % a 29 %) y TDAH (12 % a 32 %); la gravedad alcanzó su punto más alto en la transición entre la adolescencia y la adultez (Lin et al., 2023). En la encuesta estadounidense, las comorbilidades más frecuentes fueron ansiedad generalizada (63,4 %), depresión (53,1 %) y pánico (27,7 %) (Grant y Chamberlain, 2020).

    También se solapa con otras conductas repetitivas centradas en el cuerpo: cerca de 4 de cada 10 personas con dermatilomanía tienen además tricotilomanía (arrancarse el pelo), y es habitual morderse las uñas o la piel de los dedos (Odlaug y Grant, 2012; Odlaug y Grant, 2008).

    ¿Cómo se trata la dermatilomanía?

    Hay una noticia buena y una realista. La buena: existen tratamientos que funcionan. La realista: hay pocos ensayos, la mayoría con muestras pequeñas. Un metaanálisis de 12 ensayos encontró un beneficio global grande (g = 1,13), pero frente a los grupos de control el efecto fue moderado (g = 0,47) y no hubo evidencia firme de que un tratamiento fuera superior a otro (Selles et al., 2016). Otra revisión con metaanálisis de 11 estudios vio que todas las intervenciones, incluido el placebo, mejoraron en los ensayos cortos, y que solo los tratamientos conductuales superaron a los controles inactivos (Schumer et al., 2016). Las guías de consenso ponen la terapia conductual primero y los medicamentos como complemento (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    Reversión del hábito

    Es el componente conductual clásico y el que más se ha estudiado. Se enseña en cuatro partes (Odlaug y Grant, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    1. Conciencia: registrar cada episodio (hora, lugar, duración, qué sentías antes) y aprender las señales de aviso, como inclinarse sobre el lavabo, encender la luz fuerte o llevar la mano a la cara.
    2. Respuesta competidora: al notar la señal, hacer algo físicamente incompatible con pellizcar, como apretar los puños o cruzar los brazos, durante uno a tres minutos o hasta que baje la urgencia.
    3. Control del entorno: cubrir los espejos de aumento, bajar la luz del baño, guardar pinzas y alfileres, poner tiritas o dediles en índice y pulgar.
    4. Apoyo social: una persona cercana que avise sin retar cuando note la conducta y elogie el uso de la estrategia.

    Con esa base, un ensayo con 25 adultos mostró que la reversión del hábito redujo el pellizco más que la lista de espera, al terminar y a los 3 meses, y jueces independientes que miraron fotografías de la piel lo confirmaron (Teng et al., 2006). En un ensayo con 34 estudiantes, solo cuatro sesiones de terapia cognitivo-conductual breve bajaron la gravedad y las lesiones más que la espera, con efecto mantenido a los 2 meses (Schuck et al., 2011).

    Modelo ComB y terapia de aceptación

    El modelo ComB parte de la función que cumple el pellizco y revisa cinco áreas: lo sensorial, lo cognitivo, lo afectivo, lo motor y el lugar. En vez de una respuesta competidora única, se eligen sustitutos para cada persona (por ejemplo, una piedra lisa para quien busca una textura suave, o reestructuración cognitiva para quien piensa “tengo que sacar esto para que sane”) (Odlaug y Grant, 2012).

    La terapia conductual con aceptación (la terapia de aceptación y compromiso aplicada a estos hábitos; si te interesa, aquí hay una explicación de ACT) cambia el objetivo: en lugar de eliminar la urgencia, se aprende a notarla, hacerle espacio y no actuar sobre ella. Un ensayo preliminar de ACT para el pellizco crónico mostró reducciones significativas (Twohig et al., 2006). Más recientemente, en un ensayo con 70 adultos, 10 semanas de terapia conductual con aceptación guiada por internet mejoraron los síntomas frente a la lista de espera (d = 1,3): 43 % respondió y 31 % remitió al terminar, y a los 6 meses los síntomas habían subido algo, aunque la mejoría seguía siendo significativa (Asplund et al., 2025).

    Una revisión sistemática de 11 estudios coincide: la terapia cognitivo-conductual, la reversión del hábito, la terapia con aceptación en grupo, los módulos de autoayuda en línea y la escritura expresiva fueron las opciones con mejores resultados, con la salvedad de muestras pequeñas y poco seguimiento (Loftus et al., 2025). Si quieres entender el enfoque general, puedes revisar qué es la terapia cognitivo-conductual y sus técnicas principales.

    Autoayuda y terapia por internet

    Como casi no hay terapeutas formados en estas conductas, la autoayuda digital se ha estudiado bastante. En un ensayo piloto con 133 personas, un programa en línea de 12 semanas basado en terapia cognitivo-conductual mejoró la gravedad frente a la lista de espera (d = 0,67), aunque solo 65 % completó la evaluación final (Gallinat et al., 2019). Un metaanálisis de 14 estudios con 5.468 personas sobre intervenciones digitales para pellizco de piel y tirón de pelo halló una reducción grande de síntomas antes y después (g = 1,01) y un efecto medio frente a controles en los ensayos aleatorizados (g = 0,63), con poco efecto sobre calidad de vida, depresión y ansiedad (Barber et al., 2026).

    Dermatillomanía: tratamiento con medicamentos

    Ningún medicamento está aprobado específicamente para la dermatilomanía, y la evidencia es limitada (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016). Esto es lo que hay:

    • N-acetilcisteína (NAC). En un ensayo de 12 semanas con 66 adultos, redujo los síntomas más que el placebo (puntaje de gravedad 11,5 frente a 14,1) y 47 % quedó “mucho o muy mejorado” frente a 19 % con placebo, con buena tolerancia (Grant et al., 2016). Es un solo ensayo sin replicar, y las guías piden usarla con supervisión médica, porque no conviene en personas con asma (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).
    • Memantina. En un ensayo con 100 adultos con tricotilomanía o pellizco de piel, 60,5 % de quienes la recibieron quedó “mucho o muy mejorado” frente a 8,3 % con placebo; faltan estudios que lo repliquen (Grant et al., 2023).
    • Antidepresivos (ISRS). Un ensayo pequeño con fluoxetina dio resultados favorables en algunas medidas (Simeon et al., 1997), pero el metaanálisis de Schumer y colaboradores (2016) no encontró ventaja de los ISRS sobre el placebo. Se usan sobre todo cuando hay ansiedad o depresión asociadas.
    • Lamotrigina. En un ensayo con 32 personas no superó al placebo en el conjunto, aunque quienes respondieron tenían menos flexibilidad cognitiva al inicio (Grant et al., 2010).

    Una revisión sistemática de los tratamientos resume lo disponible así: terapia conductual (reversión del hábito o terapia con aceptación) y medicación (ISRS o NAC) como opciones actuales (Lochner et al., 2017). La decisión de medicar la toma un médico, según tus otros síntomas y tu historial.

    ¿Qué puedes hacer tú mientras esperas ayuda?

    Estas ideas vienen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (Odlaug y Grant, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    • Anota durante una semana cuándo, dónde, cuánto rato y qué sentías antes y después. Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Cambia el escenario de riesgo: baja la luz del baño, cubre o saca el espejo de aumento, usa un temporizador para no pasar más de unos minutos frente al espejo y aparta pinzas, alfileres y cortauñas (o pídele a alguien que los guarde).
    • Pon barreras en las manos en los momentos críticos: tiritas o dediles en índice y pulgar, guantes o mitones al ver una serie o estar en la cama.
    • Ocupa las manos con algo que exija movimiento (pelota blanda, tejer, bordar) y usa una respuesta competidora cuando notes el impulso.
    • Cuida las heridas: manténlas limpias y con una pomada antibiótica si el médico lo indica, para que cicatricen y el impulso de “arreglar” la costra baje.
    • No uses las barreras como castigo. Sirven para hacer más difícil el acto, no para eliminar el impulso. Si esperas que desaparezca para siempre, es fácil frustrarse; funcionan mejor junto con aprender a tolerar la incomodidad. Para la tensión de base, ayuda revisar cómo manejar el estrés.

    Cuándo una herida necesita un médico

    Pellizcarse de forma repetida abre la puerta a problemas físicos que a veces se subestiman. Entre las complicaciones descritas están cicatrices permanentes, manchas persistentes, infecciones locales (celulitis, abscesos, infección alrededor de las uñas) y, en casos raros, infecciones que llegan a la sangre o a las articulaciones (Odlaug y Grant, 2012).

    Consulta a un médico o a dermatología si:

    • una herida está caliente, enrojecida, con pus o que se extiende,
    • una lesión no cicatriza en semanas,
    • el picor viene antes de que la piel esté dañada (puede haber una enfermedad de la piel),
    • quieres hacerte un tratamiento estético para las cicatrices (conviene coordinarlo con salud mental: mientras el pellizco siga activo, intervenir las cicatrices rara vez funciona).

    Ve a urgencias si hay sangrado que no para, una herida profunda en el cuello, la cara o las muñecas, fiebre alta con escalofríos o una infección que se extiende rápido. Y si el desánimo por no poder parar te lleva a pensar en hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que ya sabes de ti acelera el trabajo. Estas preguntas no suman ningún puntaje ni te clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿En qué zonas te pellizcas y desde hace cuánto tiempo?
    2. ¿Lo haces con plena conciencia, sin darte cuenta, o de las dos formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasa más (baño, espejo, cama, pantallas, estudiando, manejando)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: tensión, aburrimiento, ansiedad, una zona de la piel que se siente “mal”?
    5. ¿Qué usas (uñas, pinzas, alfileres) y qué haces con lo que sacas?
    6. ¿Qué evitas por las marcas (playa, piscina, citas, trabajo) y cuánto tiempo y dinero gastas en taparlas?
    7. ¿Cuántas veces intentaste parar y qué pasó cada vez?

    Los equipos clínicos miden la gravedad con escalas específicas. La Skin Picking Scale tiene seis ítems sobre frecuencia e intensidad de los impulsos, tiempo, interferencia, malestar y evitación, y un puntaje de 0 a 24; su corte de 7 distingue a quienes se pellizcan con lesiones graves de quienes no, y no es un diagnóstico (Keuthen et al., 2001). Existe además una versión revisada de ocho ítems (SPS-R), validada en varios idiomas, por ejemplo en una muestra polaca de 764 personas, donde un puntaje de 5 o más separó a quienes se pellizcan de quienes no (Kłosowska et al., 2022). Aquí no incluimos una versión con puntaje porque no encontramos una validación en español con el texto de los ítems y su corte, y un número sin baremo confiable orienta peor de lo que parece. Lo que sí vale es llevar tus respuestas escritas a la primera sesión.

    ¿Cómo acompañar a alguien que se pellizca la piel?

    Si quien se pellizca es tu hijo, tu pareja o un amigo, lo que más ayuda es lo menos intuitivo (Odlaug y Grant, 2012; The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016):

    Lo que empeora el cuadro:

    • vigilar la piel todos los días y comentar cada vez que la mano se acerca a la cara,
    • retar o avergonzar (“mira lo que te has hecho”, “baja la mano”),
    • responder una y otra vez a “¿se me nota?”, porque el alivio dura segundos y alimenta el ciclo,
    • participar en los rituales, como sostener el espejo o comprar productos sin parar.

    La razón es simple: la vergüenza y la ansiedad son justamente los desencadenantes, y la vigilancia sube ambas.

    Lo que ayuda:

    • dejar claro que el cariño no depende de cómo esté la piel,
    • elogiar el uso de las estrategias (salir del baño a tiempo, ponerse guantes) y no la apariencia,
    • recordar los acuerdos solo si la persona lo pidió,
    • alentar la consulta con un profesional que conozca estas conductas.

    Una buena forma de partir es preguntar qué le serviría, en vez de decirle qué debería hacer. Si el que se pellizca es un niño, la guía de tricotilomanía en niños comparte varias de estas ideas porque ambos cuadros funcionan de forma parecida. Para decidir con quién consultar, sirve esta guía sobre psicólogo o psiquiatra: cuál necesito.

    ¿Cómo evoluciona y cuándo conviene pedir ayuda?

    La dermatilomanía suele ser un cuadro que sube y baja durante años, con épocas peores en momentos de estrés o cambios importantes (Odlaug y Grant, 2012). En el estudio dermatológico de casos y controles, solo 21 % de los pacientes mejoró o se resolvió, y solo una minoría llegó a psiquiatría y siguió el control (Kwon et al., 2020). Los ensayos con terapia conductual muestran que cuando el tratamiento llega, hay mejoría. Si te interesa saber cómo se parece a otros hábitos, también existe la tricotilomanía.

    Es buena idea consultar si:

    • te pellizcas de forma repetida y has intentado parar sin lograrlo,
    • ya tienes heridas, cicatrices o infecciones,
    • evitas situaciones sociales, la playa, el trabajo o la intimidad por la piel,
    • te sientes ansioso, triste o avergonzado por esto la mayor parte del tiempo,
    • el pellizco ocupa más de una hora al día o no puedes controlarlo.

    Busca un profesional que conozca las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual puede hacer la evaluación y llevar el tratamiento, un dermatólogo puede tratar la piel y descartar causas médicas, y un psiquiatra puede evaluar si conviene un medicamento. En bfrb.org, el sitio de la TLC Foundation, hay recursos en inglés para personas con estas conductas.

    Preguntas frecuentes

    ¿La dermatilomanía es una enfermedad mental?

    Es un trastorno reconocido en el DSM-5, dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados. Eso significa que es un problema de salud con criterios diagnósticos y tratamientos, y no una mala costumbre ni un defecto de carácter. Afecta a cerca de 3 de cada 100 personas (Farhat et al., 2023).

    ¿Por qué me pellizco la piel sin darme cuenta?

    Porque una parte del pellizco es automática: ocurre en momentos pasivos como leer, ver una serie o estar en la cama, y la persona nota el daño después (Odlaug y Grant, 2012). Por eso lo primero que se entrena en la terapia es el registro y la conciencia, y por eso ayudan las barreras físicas en las manos.

    ¿Dermatilomanía y TOC son lo mismo?

    No. Ambos pertenecen al mismo grupo del DSM-5 y se parecen en lo repetitivo, pero en el TOC las conductas responden a obsesiones sobre amenazas (contaminación, daño), mientras que en la dermatilomanía el pellizco responde a una urgencia, una sensación en la piel o una emoción (Odlaug y Grant, 2012). Pueden coexistir.

    ¿La dermatilomanía se cura?

    Hay tratamientos que reducen mucho los síntomas, pero es un cuadro que puede subir y bajar, y las recaídas son frecuentes. En el ensayo de terapia por internet, 31 % remitió al terminar y los síntomas subieron algo a los 6 meses (Asplund et al., 2025). Por eso el objetivo realista es aprender a manejar el hábito y tener un plan para los días difíciles.

    ¿Qué medicamentos se usan para la dermatilomanía?

    Ninguno está aprobado específicamente. Se han estudiado la N-acetilcisteína, la memantina, los antidepresivos ISRS y la lamotrigina, con resultados variables y casi siempre en ensayos pequeños (Grant et al., 2016; Grant et al., 2023). Las guías los consideran un complemento de la terapia conductual (The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors, 2016).

    ¿A qué especialista debo consultar?

    Para el trastorno en sí, a un psicólogo clínico o psiquiatra que conozca las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Para la piel (heridas, infecciones, cicatrices), a un dermatólogo. Muchas veces conviene que trabajen en coordinación.

    Si te reconociste en esto, no tienes que hacerlo solo

    El pellizco es un hábito con una función, que se puede entender y entrenar con ayuda. Si quieres evaluar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisar juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Asplund, M., Lenhard, F., Rück, C., Andersson, E., Grimlund, T., Nilsson, M., Sarachu-Nilsson, M., Sundh, L., & Ivanov, V. Z. (2025). Therapist-guided internet-delivered acceptance-enhanced behavior therapy for skin-picking disorder: A randomized controlled trial. Behavior Therapy, 56(1), 70-82. https://doi.org/10.1016/j.beth.2024.04.006

    Barber, K. E., Cram, I. F., Smith, E. C., Woods, D. W., & Lee, H. J. (2026). Effectiveness of digitally-delivered interventions for trichotillomania and skin picking disorder: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 196, 244-256. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2026.02.020

    Barber, K. E., & Fitzgerald, J. M. (2025). Emotion regulation deficits in skin picking (excoriation) disorder: A systematic review. Journal of Affective Disorders, 388, Artículo 119500. https://doi.org/10.1016/j.jad.2025.119500

    Farhat, L. C., Reid, M., Bloch, M. H., & Olfson, E. (2023). Prevalence and gender distribution of excoriation (skin-picking) disorder: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 161, 412-418. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2023.03.034

    Flessner, C. A., & Woods, D. W. (2006). Phenomenological characteristics, social problems, and the economic impact associated with chronic skin picking. Behavior Modification, 30(6), 944-963. https://doi.org/10.1177/0145445506294083

    Gallinat, C., Moessner, M., Haenssle, H. A., Winkler, J. K., Backenstrass, M., & Bauer, S. (2019). An internet-based self-help intervention for skin picking (SaveMySkin): Pilot randomized controlled trial. Journal of Medical Internet Research, 21(9), Artículo e15011. https://doi.org/10.2196/15011

    Grant, J. E., & Chamberlain, S. R. (2020). Prevalence of skin picking (excoriation) disorder. Journal of Psychiatric Research, 130, 57-60. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2020.06.033

    Grant, J. E., Chamberlain, S. R., Redden, S. A., Leppink, E. W., Odlaug, B. L., & Kim, S. W. (2016). N-acetylcysteine in the treatment of excoriation disorder: A randomized clinical trial. JAMA Psychiatry, 73(5), 490-496. https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2016.0060

    Grant, J. E., Chesivoir, E., Valle, S., Ehsan, D., & Chamberlain, S. R. (2023). Double-blind placebo-controlled study of memantine in trichotillomania and skin-picking disorder. American Journal of Psychiatry, 180(5), 348-356. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20220737

    Grant, J. E., Odlaug, B. L., Chamberlain, S. R., & Kim, S. W. (2010). A double-blind, placebo-controlled trial of lamotrigine for pathological skin picking: Treatment efficacy and neurocognitive predictors of response. Journal of Clinical Psychopharmacology, 30(4), 396-403. https://doi.org/10.1097/jcp.0b013e3181e617a1

    Grant, J. E., Stein, D. J., Woods, D. W., & Keuthen, N. J. (Eds.). (2012). Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors. American Psychiatric Publishing.

    Keuthen, N. J., Koran, L. M., Aboujaoude, E., Large, M. D., & Serpe, R. T. (2010). The prevalence of pathologic skin picking in US adults. Comprehensive Psychiatry, 51(2), 183-186. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2009.04.003

    Keuthen, N. J., Wilhelm, S., Deckersbach, T., Engelhard, I. M., Forker, A. E., Baer, L., & Jenike, M. A. (2001). The Skin Picking Scale: Scale construction and psychometric analyses. Journal of Psychosomatic Research, 50(6), 337-341. https://doi.org/10.1016/s0022-3999(01)00215-x

    Kłosowska, J., Prochwicz, K., Sznajder, D., Antosz-Rekucka, R., Tuleja, A., Dembińska, A., & Snorrason, I. (2022). Validation and psychometric properties of the Polish version of the Skin Picking Scale-Revised. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(5), Artículo 2578. https://doi.org/10.3390/ijerph19052578

    Kwon, C., Sutaria, N., Khanna, R., Almazan, E., Williams, K., Kim, N., Elmariah, S., & Kwatra, S. G. (2020). Epidemiology and comorbidities of excoriation disorder: A retrospective case-control study. Journal of Clinical Medicine, 9(9), Artículo 2703. https://doi.org/10.3390/jcm9092703

    Lin, A., Farhat, L. C., Flores, J. M., Levine, J. L. S., Fernandez, T. V., Bloch, M. H., & Olfson, E. (2023). Characteristics of trichotillomania and excoriation disorder across the lifespan. Psychiatry Research, 322, Artículo 115120. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2023.115120

    Lochner, C., Roos, A., & Stein, D. J. (2017). Excoriation (skin-picking) disorder: A systematic review of treatment options. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 13, 1867-1872. https://doi.org/10.2147/ndt.s121138

    Loftus, H., Cassidy, C., Mun, L., & Jafferany, M. (2025). A systematic review of nonpharmacological treatment options for skin picking disorder. Clinical and Experimental Dermatology, 50(2), 299-306. https://doi.org/10.1093/ced/llae366

    Machado, M. O., Köhler, C. A., Stubbs, B., Nunes-Neto, P. R., Koyanagi, A., Quevedo, J., Soares, J. C., Hyphantis, T. N., Marazziti, D., Maes, M., Stein, D. J., & Carvalho, A. F. (2018). Skin picking disorder: Prevalence, correlates, and associations with quality of life in a large sample. CNS Spectrums, 23(5), 311-320. https://doi.org/10.1017/s1092852918000871

    Odlaug, B. L., & Grant, J. E. (2008). Clinical characteristics and medical complications of pathologic skin picking. General Hospital Psychiatry, 30(1), 61-66. https://doi.org/10.1016/j.genhosppsych.2007.07.009

    Odlaug, B. L., & Grant, J. E. (2012). Pathological skin picking. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 21-42). American Psychiatric Publishing.

    Reid, M., Lin, A., Farhat, L. C., Fernandez, T. V., & Olfson, E. (2024). The genetics of trichotillomania and excoriation disorder: A systematic review. Comprehensive Psychiatry, 133, Artículo 152506. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2024.152506

    Schuck, K., Keijsers, G. P. J., & Rinck, M. (2011). The effects of brief cognitive-behaviour therapy for pathological skin picking: A randomized comparison to wait-list control. Behaviour Research and Therapy, 49(1), 11-17. https://doi.org/10.1016/j.brat.2010.09.005

    Schumer, M. C., Bartley, C. A., & Bloch, M. H. (2016). Systematic review of pharmacological and behavioral treatments for skin picking disorder. Journal of Clinical Psychopharmacology, 36(2), 147-152. https://doi.org/10.1097/jcp.0000000000000462

    Selles, R. R., McGuire, J. F., Small, B. J., & Storch, E. A. (2016). A systematic review and meta-analysis of psychiatric treatments for excoriation (skin-picking) disorder. General Hospital Psychiatry, 41, 29-37. https://doi.org/10.1016/j.genhosppsych.2016.04.001

    Simeon, D., Stein, D. J., Gross, S., Islam, N., Schmeidler, J., & Hollander, E. (1997). A double-blind trial of fluoxetine in pathologic skin picking. The Journal of Clinical Psychiatry, 58(8), 341-347. https://doi.org/10.4088/jcp.v58n0802

    Teng, E. J., Woods, D. W., & Twohig, M. P. (2006). Habit reversal as a treatment for chronic skin picking: A pilot investigation. Behavior Modification, 30(4), 411-422. https://doi.org/10.1177/0145445504265707

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Twohig, M. P., Hayes, S. C., & Masuda, A. (2006). A preliminary investigation of acceptance and commitment therapy as a treatment for chronic skin picking. Behaviour Research and Therapy, 44(10), 1513-1522. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.10.002

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Tricotilomanía en niños: guía para padres

    Tricotilomanía en niños: guía para padres

    Encuentras pelos en la almohada, un parche más ralo en la cabeza o unas pestañas que ya no están, y tu hijo dice que no sabe qué pasó. A veces lo sorprendes con la mano en el pelo, frente a la tele, tirando sin darse cuenta. Ese cuadro tiene nombre, tricotilomanía en niños, y es más tratable de lo que parece cuando lo estás viviendo en casa.

    Aquí vas a ver cómo distinguirlo de un hábito pasajero, por qué ocurre y por qué no es culpa tuya, qué hacer en casa (y qué evitar, porque varias reacciones muy naturales lo empeoran), qué tratamiento tiene respaldo en niños, cuándo conviene consultar y qué decirle al pediatra. Al final hay una guía para observar a tu hijo durante una semana y llegar a la consulta con datos.

    En breve: la tricotilomanía en niños es arrancarse el propio pelo de forma repetida, con pérdida visible y sin lograr parar aunque se quiera. En menores de 5 o 6 años, jugar con el pelo o tirárselo suave suele ser un hábito de autocalmado que se va con la edad, pero si hay calvas, malestar o si el niño se come el pelo, conviene consultar. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual (reversión del hábito) con los padres como apoyo, no como vigilantes. Los medicamentos no son la primera opción en niños.

    Tricotilomanía en niños: qué es y en qué se distingue de un hábito pasajero

    La tricotilomanía es la conducta repetida de arrancarse el propio pelo, hasta producir una pérdida visible, sin poder detenerla aunque la persona quiera. El DSM-5 la ubica entre los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados y pide cuatro cosas (American Psychiatric Association, 2013):

    • arrancarse el pelo de forma recurrente, con pérdida de pelo;
    • intentos repetidos de reducirlo o parar;
    • malestar importante o interferencia en la vida del niño (colegio, amigos, familia);
    • que no lo explique mejor otra condición médica u otro trastorno mental.

    En los más pequeños hay un matiz que cambia la lectura. Jugar con el pelo, enroscarlo o dar tirones leves es frecuente en lactantes y preescolares, casi siempre al dormirse, con sueño o aburridos, y los manuales clínicos lo describen como un hábito benigno de autocalmado, parecido a chuparse el dedo (Franklin et al., 2012; Mansueto y Rogers, 2012). No todo tirón de pelo es un trastorno: el diagnóstico se reserva para cuando hay pérdida de pelo, malestar o interferencia.

    Tampoco hace falta que tu hijo describa un ciclo de “tensión y alivio” para que el cuadro sea real. En un estudio con 15 niñas y niños de 9 a 17 años que se arrancaban el pelo de forma crónica, cuatro negaban sentir tensión antes o alivio después, y aun así todos tenían pérdida de pelo visible y un malestar que alteraba su vida (King et al., 1995).

    Esta guía se centra en la infancia y la preadolescencia. Si quieres la versión general del cuadro, con adultos y adolescentes mayores, está en el artículo sobre tricotilomanía. Según la edad, el cuadro se ve distinto:

    Edad Cómo suele verse Papel de los padres
    0 a 5 años Autocalmado al dormirse, con cansancio o aburrimiento; a menudo sin darse cuenta Dirigen el manejo: rutinas, objeto de transición, redirigir las manos sin reproches
    6 a 11 años Más conciencia del acto, pero poca preocupación propia; suelen consultar por la angustia de los padres Participan de forma activa: apoyan las herramientas y un sistema de incentivos por el esfuerzo
    12 a 17 años Vergüenza, secreto y camuflaje (gorros, maquillaje); el pelo se vuelve tema social El adolescente lleva la voz; los padres acompañan sin fiscalizar

    (Mouton-Odum y Golomb, 2012; Twohig y Woods, 2023)

    ¿A qué edad empieza y qué tan frecuente es?

    Puede empezar a cualquier edad, pero el inicio más típico ocurre al final de la infancia y en la preadolescencia. En una muestra clínica de 858 personas de 11 a 65 años, el pico de inicio estuvo entre los 11 y los 15 años y el 93,5 % había empezado antes de los 20 (Grant et al., 2023). Si tu hijo tiene 8 o 9 años, no es raro. En un niño de 3 años, lo más probable es un hábito de autocalmado, y se mira con más cautela antes de hablar de trastorno.

    En población general, un metaanálisis de 30 estudios estimó que cerca del 1,14 % de las personas cumple criterios de tricotilomanía, y que arrancarse el pelo de alguna forma es mucho más común (8,84 %). Ese mismo trabajo no encontró un predominio claro de mujeres (Thomson et al., 2022), aunque en los adultos que consultan sí predominan.

    Entre los más chicos, una encuesta online a padres de 110 niños de 0 a 10 años con este problema mostró que la mayoría tenía un malestar leve o moderado. Los preescolares, comparados con los escolares, se daban menos cuenta de lo que hacían, sentían menos tensión antes de tirar y tenían menos interferencia en su vida; en cambio, la gravedad y la proporción entre niñas y niños se mantuvieron parecidas entre los grupos de edad (Walther et al., 2014). Es una encuesta de padres reclutados en línea, así que sirve para describir cómo se ve, no para contar cuántos niños lo tienen.

    Arrancarse las pestañas en niños, las cejas y el cuero cabelludo: cómo se ve

    El pelo se puede arrancar desde cualquier zona, y muchos niños lo hacen desde varias a la vez. En una muestra de 46 niños y adolescentes que consultaron en dos clínicas especializadas, la mayoría se arrancaba pelo de varios sitios, tenía una pérdida de pelo bien visible y pasaba entre 30 y 60 minutos al día tirando o pensando en tirar (Tolin et al., 2007). El cuero cabelludo, las cejas y las pestañas son las zonas más descritas (Franklin et al., 2012; Twohig y Woods, 2023).

    Hay dos estilos que a menudo conviven:

    • Automático: ocurre fuera de la atención, en actividades tranquilas y de poca estimulación (la tele, estudiar, leer en la cama, el auto). El niño descubre el pelo en la mano cuando alguien se lo señala.
    • Focalizado: es consciente y suele disparar un estado emocional (aburrimiento, frustración con una tarea, ansiedad) o una sensación en el pelo, como buscar uno que se siente más áspero o fuera de lugar.

    En 62 niños de 8 a 17 años, el estilo focalizado aumentó con la edad, mientras que el automático se mantuvo estable; los mayores sentían urgencias más frecuentes y les costaba más contenerse (Panza et al., 2013). En la práctica, un niño de 7 años que “ni se dio cuenta” y un adolescente de 14 que lo hace a propósito frente al espejo pueden tener el mismo diagnóstico, pero necesitan abordajes distintos.

    Qué puedes notar en casa:

    • pelos sueltos en la almohada, el sofá, el escritorio o el asiento del auto;
    • un parche irregular, con pelos rotos a distintas alturas, o cejas y pestañas ralas o ausentes;
    • la mano en la cabeza o la cara mientras ve pantallas, estudia o se queda dormido;
    • un niño que se examina el pelo, lo enrolla o lo pasa por los labios;
    • gorros, flequillo largo o maquillaje para tapar;
    • evitar actividades donde se vea la cabeza o el rostro (piscina, deporte, fiestas).

    Si ves el pelo en la boca, salta a la sección sobre tricofagia más abajo.

    Causas de la tricotilomanía en niños: ¿por qué mi hijo se arranca el pelo? ¿Es culpa mía?

    No es culpa tuya, y tampoco es falta de voluntad de tu hijo. No hay una causa única: se conocen factores genéticos, rasgos de temperamento, estrés y el simple hecho de que la conducta calma o entretiene a corto plazo.

    Una revisión sistemática de 109 estudios concluyó que los factores genéticos tienen un papel importante en la tricotilomanía, en parte compartidos con el espectro del trastorno obsesivo-compulsivo, aunque no se conoce un gen de riesgo específico y confiable (Reid et al., 2024). Es común que haya algún familiar con tics, hábitos repetitivos u obsesiones (King et al., 1995).

    ¿Y la crianza? Un estudio comparó a 30 jóvenes con tricotilomanía, 30 con TOC y 30 sin diagnóstico. En las familias de los dos grupos clínicos los hijos describían más conflicto y menos cohesión que en el grupo sin diagnóstico, pero no encontró relación entre la gravedad del arranque y la conducta de crianza de los padres (Peris et al., 2019). Es un estudio transversal: muestra que el clima familiar puede estar más tenso cuando hay un trastorno en la casa, no qué cosa causó cuál. Con tranquilidad se puede decir que no hay evidencia de que un estilo de crianza produzca tricotilomanía.

    Los factores que parecen influir:

    • El estrés y los cambios. Se describe más en periodos de tensión (colegio, separación de los padres, conflictos con hermanos), pero también aparece en niños con vidas tranquilas.
    • El aburrimiento y los momentos de baja estimulación. Pantallas, tareas largas, el rato antes de dormir.
    • El sueño y la sensibilidad sensorial en los más pequeños. En una encuesta a padres de 384 niños de 0 a 5 años, los que se arrancaban el pelo tendían a dormir peor y a ser más sensibles a los estímulos; el pelo se tiraba sobre todo con aburrimiento, malestar o estando despiertos en la cama (Pendo et al., 2024). Esa muestra se reclutó en parte en páginas de apoyo, así que no refleja a todos los niños.
    • La función que cumple. Para el modelo conductual (ComB), el niño se arranca el pelo porque la conducta le regula algo: una sensación táctil, la ansiedad, el aburrimiento. Entender esa función es lo que permite reemplazarla por otra cosa (Gianoli y Tolin, 2012; Twohig y Woods, 2023).

    Tricofagia en niños: cuando se come el pelo

    Algunos niños, después de arrancarse el pelo, se lo pasan por los labios, muerden la raíz o se lo tragan (tricofagia). Es la señal que más conviene no dejar pasar, porque el pelo no se digiere. Con el tiempo puede acumularse en el estómago y formar una masa llamada tricobezoar.

    Una revisión pediátrica de urgencias describe que un tricobezoar sin diagnosticar puede causar úlceras en el estómago, sangrado, perforación u obstrucción del intestino, y que a menudo se presenta como dolor abdominal crónico en un niño sin una causa clara (Lynch et al., 2003). Esa fuente es una revisión de la literatura apoyada en un caso, no un estudio de frecuencia.

    Qué vigilar y qué hacer:

    • si el niño se lleva el pelo a la boca o lo traga, avisa al pediatra aunque la pérdida de pelo parezca leve;
    • dolor de estómago repetido, náuseas, vómitos, sensación de llenarse rápido, pérdida de apetito o de peso en un niño que se arranca el pelo son motivo de consulta médica pronta;
    • no lo regañes ni lo castigues por tragarlo: lo empeora y hace que lo esconda.

    No te doy un porcentaje de cuántos niños lo hacen porque las cifras publicadas varían mucho entre estudios y vienen de encuestas por internet y muestras pequeñas.

    Qué descartar antes: no todo pelo perdido es tricotilomanía

    Muchas familias llegan primero a un dermatólogo o a un pediatra, y eso está bien: la pérdida de pelo en la infancia tiene varias causas y la evaluación temprana importa (Henkel et al., 2019). Antes de dar por hecho que es tricotilomanía, el profesional suele descartar:

    • Alopecia areata: parches lisos, redondos u ovalados, de aparición más súbita, con pelos cortos en forma de signo de exclamación en el borde. En la tricotilomanía las zonas son más irregulares y tienen pelos rotos a distintas longitudes.
    • Tiña de la cabeza: infección por hongos, con enrojecimiento, descamación o picazón; se confirma con un examen y un cultivo.
    • Alopecia por tracción: por peinados muy tirantes, y se ubica donde el pelo se estira.

    Lo describe el capítulo de evaluación dermatológica del manual de Grant et al. (Mostaghimi, 2012). También se mira si el cuadro se explica mejor por otra cosa: tics (que son movimientos bruscos e involuntarios, a diferencia de una secuencia de tirar y examinar), un trastorno obsesivo-compulsivo, preocupación por un defecto físico, estereotipias en el contexto del desarrollo, o dificultades de atención (Flessner, 2012; Franklin et al., 2012).

    En niños, además, puede haber otro problema a la vez, como ansiedad en la infancia o un TDAH, y conviene evaluarlos porque cambian cómo se organiza el tratamiento.

    Qué hacer en casa: lo que ayuda y lo que empeora

    La reacción natural de unos padres asustados es vigilar, avisar y regañar. Es comprensible, y es justo lo que el capítulo sobre involucramiento familiar del manual de Grant et al. identifica como lo que más empeora el cuadro (Mouton-Odum y Golomb, 2012).

    Lo que conviene evitar

    • Hacer de “policía del pelo”. Revisar la cabeza todos los días, mirarle las manos, decir “¡baja la mano!” a cada rato. Aumenta la tensión y el secreto, y el hábito sube con ella.
    • Culpar o dudar de la voluntad. “Lo haces porque quieres.” El niño suele querer parar y no puede, que es justo lo que define el cuadro.
    • Castigar, avergonzar o hacer chantaje. No detienen el impulso y suman culpa.
    • Hacer del pelo el centro de la casa. Si todas las conversaciones giran en torno a la calva, el niño se reduce a eso.
    • Elogiar la apariencia. “Te ves tan linda con pestañas” se escucha como “te ves fea cuando no las tienes”.
    • Premiar el pelo que crece. El pelo no lo controla el niño en el momento del impulso; si el premio depende de eso, cualquier recaída se vive como fracaso.
    • Eximir al niño de las reglas normales. Mantener la disciplina de siempre le dice que no está “demasiado enfermo” para funcionar.

    Lo que sí ayuda

    • Un tono tranquilo y frases que quiten presión. Los autores sugieren decir cosas como «Te quiero igual con o sin pelo» o «Si quieres ayuda, aquí estoy; si no, lo trabajas con tu terapeuta» (Mouton-Odum y Golomb, 2012).
    • Elogiar el esfuerzo, no el resultado. «Vi lo bien que usaste tu herramienta hoy» en vez de «mira cuánto pelo te creció».
    • Recompensar el uso de las estrategias (usar la pelota antiestrés, ponerse las curitas, anotar en el registro), con premios inmediatos y simples, nunca por la ausencia de calvas.
    • Acordar un recordatorio solo si el niño lo pide: una señal discreta o una palabra clave, nunca un grito ni una cara de molestia. Si le molesta, se suspende.
    • Devolver el foco a lo que el niño es y hace: deporte, dibujo, amigos, notas.

    Qué hacer con las manos

    Los manuales de terapia conductual enseñan dos tipos de recurso (Gianoli y Tolin, 2012):

    • Respuesta competidora: un movimiento incompatible con llevarse la mano al pelo, mantenido uno a tres minutos cuando aparece el impulso. Por ejemplo, apretar una pelota blanda, cruzar los brazos, trabajar con arcilla o sostener un objeto con las dos manos.
    • Control del entorno: curitas en el pulgar y el índice, mitones o guantes finos en los momentos de más riesgo (tele, estudio, cama), tapar el espejo del baño, o un temporizador que lo saque del “piloto automático” a los diez minutos.

    La idea es dar a las manos otra tarea mientras se aprende a convivir con el impulso. Se prueba con el niño, no se le impone.

    Tricotilomanía en niños pequeños (menores de 6 años): cómo manejarlo en casa

    En preescolares, las recomendaciones apuntan a modificar el entorno más que a “tratar” al niño, porque a esa edad no puede aplicar técnicas de autocontrol. Los materiales de expertos incluyen:

    • rutinas de sueño predecibles y evitar que llegue sobrecansado a la cama;
    • un objeto de transición (peluche, manta, algo con textura agradable) para que las manos tengan qué hacer al dormirse o ver pantallas;
    • guantes delgados o mitones para dormir si el tirón es sobre todo nocturno;
    • redirigir la mano con calma hacia el objeto, sin palabras de reproche;
    • premios solo inmediatos y por usar el objeto (a esta edad los sistemas de puntos con recompensa diferida no funcionan).

    Conviene ser claro con lo que esto es. Son recomendaciones de expertos y consenso clínico (TLC Foundation, 2016; Mouton-Odum y Golomb, 2012), no resultados de ensayos: según los manuales, no hay ensayos controlados en menores de 5 años. Los ensayos de terapia conductual se hicieron en niños de edad escolar y adolescentes.

    Hay dos observaciones que vale la pena conocer. En una serie de 10 niños pequeños (26 meses de promedio) que consultaron en una clínica de psiquiatría infantil, los autores plantearon que a esa edad el arrancarse el pelo podría entenderse mejor como un problema de ansiedad (Wright y Holmes, 2003). Es una serie muy pequeña, y por eso la idea es una pista y no una regla. Y en dos niños pequeños con tirones de pelo y mal sueño, mejorar los hábitos de sueño redujo tanto el mal dormir como el tirón durante unos tres meses, con la mejoría sostenida al mes y a los tres meses de seguimiento (Fodstad et al., 2021). Son dos casos, una buena razón para revisar el sueño y no un tratamiento probado.

    Pasa a consulta si aparecen calvas visibles, si el niño se come el pelo, si el hábito se intensifica a pesar del manejo en casa o persiste más allá de la etapa preescolar, o si hay llanto frecuente, irritabilidad, problemas marcados de sueño o un contexto familiar con mucho estrés.

    Tricotilomanía en niños: ¿qué tratamiento psicológico funciona?

    El tratamiento con más respaldo es la terapia cognitivo-conductual centrada en el hábito, que en tricotilomanía se conoce como entrenamiento en reversión del hábito, a veces combinada con técnicas de aceptación (ACT) y con el análisis de la función de la conducta (ComB). Una revisión sistemática de 10 estudios en niños y adolescentes concluyó que las intervenciones conductuales, en particular la reversión del hábito, mostraron el mayor beneficio (Sharifi et al., 2025).

    Dos estudios sostienen esa conclusión en esta edad:

    Qué pasa en la consulta, según los manuales pediátricos (Gianoli y Tolin, 2012; Twohig y Woods, 2023):

    1. Se le explica al niño qué le pasa, sin culpa, como un hábito de autocalmado que el cuerpo aprendió. En niños suele plantearse como un juego de detectives: descubrir cuándo se cuela el hábito.
    2. Se registra: cuándo, dónde y qué pasaba antes. A veces el niño guarda los pelos en un sobre y lo trae a la sesión: es una medida objetiva y ayuda a darse cuenta de cuándo ocurre.
    3. Se practican las respuestas competidoras y se cambia el entorno (barreras en los dedos, espejos, rutinas).
    4. Se trabaja lo que dispara el hábito: aburrimiento, ansiedad, frustración, sensaciones táctiles.
    5. En adolescentes, un enfoque con ACT (unas 10 sesiones en el manual de Twohig y Woods) enseña a aceptar el impulso sin obedecerlo y a orientar la conducta hacia lo que importa.
    6. Los padres participan según la edad: más en los pequeños, como apoyo “porrista” en los adolescentes.

    Una dificultad frecuente es encontrar a alguien que conozca este abordaje. Una revisión de 2025 la señala: muchas familias tienen problemas para encontrar profesionales que conozcan el cuadro (DuBois et al., 2025). Más abajo hay señales para reconocer a un buen terapeuta.

    ¿Sirven los medicamentos en niños?

    La primera opción es la terapia conductual; los medicamentos quedan para casos concretos. En un ensayo con 39 niños y adolescentes de 8 a 17 años, la N-acetilcisteína (un suplemento que había funcionado en un ensayo con adultos) no fue mejor que el placebo: respondió el 25 % con el fármaco y el 21 % con placebo, y muchos mejoraron con el tiempo en ambos grupos. Los autores recomendaron derivar a terapia conductual antes de plantear medicación (Bloch et al., 2013).

    La revisión Cochrane llegó a un resultado parecido: en niños y adolescentes no hubo diferencia entre N-acetilcisteína y placebo, con certeza baja (Hoffman et al., 2021). La revisión de tratamientos pediátricos añade que los antidepresivos (ISRS) solo tienen series de casos en esta edad, y que la evidencia no alcanza para recomendar medicación como primera línea (Sharifi et al., 2025).

    Eso no impide que un psiquiatra infantil medique otro problema que coexista, como una depresión o una ansiedad importante, si dificulta la terapia. La decisión es médica y se toma después de evaluar al niño.

    Colegio, burlas y autoestima

    Un parche visible o unas pestañas ausentes se ven en el colegio, y los niños pueden ser crueles. Los niños con tricotilomanía son especialmente vulnerables al malestar duradero por burlas sobre su apariencia (Henkel et al., 2019).

    En 133 jóvenes de 10 a 17 años que respondieron una encuesta en línea, más del 45 % tenía síntomas depresivos y el 40 % síntomas ansiosos por encima de lo esperado para su edad, y los mayores reportaban más síntomas (Lewin et al., 2009). Es una muestra por internet reclutada desde la página de una fundación, así que sobrestima lo que verías en cualquier curso, pero da una idea de por qué conviene mirar el ánimo y no solo el pelo.

    Algunas ideas prácticas que recogen los manuales:

    • hablar con el profesor jefe, con permiso del niño, para que nunca le llamen la atención en público por tocarse el pelo y para acordar una señal privada si hace falta;
    • permitir una herramienta discreta (una pelota blanda en el bolsillo, curitas en los dedos);
    • estar atento a las burlas: si empiezan, tienen su propio plan de abordaje (mira la guía sobre bullying por apariencia física);
    • evitar raparle la cabeza o forzar un corte de pelo para “quitarle el problema”: no hay estudios que lo respalden, y puede sumar vergüenza.

    ¿Se le pasa solo? Qué sabemos del pronóstico

    Depende de la edad. En la primera infancia, los libros de referencia coinciden en que las formas de inicio muy temprano suelen ser transitorias y tienen menos probabilidad de volverse un problema de largo plazo que las de inicio más tardío, pero no existe una cifra confiable de cuántos niños se curan solos, y faltan estudios que los sigan en el tiempo (Franklin et al., 2012; Mansueto y Rogers, 2012; TLC Foundation, 2016). Cualquier porcentaje que veas en un blog es una suposición.

    Desde la preadolescencia el cuadro es más reservado. En 30 niños seguidos unos tres años después de un ensayo, la gravedad del arranque no cambió de forma significativa, y aumentaron los síntomas de ansiedad y depresión; los de mayor edad y con más arranque focalizado al comienzo tuvieron peor pronóstico (Schumer et al., 2015). Los autores interpretan que pocos niños mejoran por sí solos si no tienen acceso a terapia conductual o si esta no funciona.

    La lectura útil para una familia: en un preescolar tiene sentido observar con atención y ajustar el entorno; en un niño de 9 o 10 años con calvas, esperar a ver qué pasa no suele ser una buena estrategia.

    Cuándo consultar y cómo es la primera consulta

    Consulta pronto si:

    • hay calvas visibles o pérdida de cejas o pestañas;
    • se come el pelo o tiene dolor de estómago repetido;
    • lleva semanas o meses, o se intensifica a pesar de los cambios en casa;
    • tu hijo se avergüenza, lo esconde o evita actividades;
    • hay cambios de ánimo, ansiedad, problemas de sueño o de rendimiento;
    • ya cumplió 9 o 10 años y el hábito se ha vuelto parte de su rutina.

    Qué decirle al pediatra. Puedes decir algo así: «Mi hijo se arranca el pelo desde hace X meses. Quiero que revise el cuero cabelludo para descartar causas médicas como hongos o alopecia areata. Si hay dolor de estómago o se come el pelo, quiero descartar una bola de pelo. Y quiero una derivación a un psicólogo con formación en terapia cognitivo-conductual y reversión del hábito.»

    Cómo es la primera consulta con el psicólogo. Suele incluir una entrevista con el niño y con los padres, juntos y por separado: cuándo y dónde ocurre, qué siente antes y después, qué hacen ustedes cuando lo ven, si se come el pelo, antecedentes familiares, ánimo, sueño y colegio. Pueden usarse escalas para medir la gravedad (como la Trichotillomania Scale for Children) y registros de pelo (Franklin et al., 2012).

    Señales de un buen tratamiento:

    • aplica un protocolo estructurado de reversión del hábito, ACT o ComB, no solo conversación;
    • enseña desde las primeras sesiones respuestas competidoras y control del entorno;
    • ayuda a los padres a dejar de “policiar”;
    • premia el esfuerzo de usar las herramientas, no el pelo que crece.

    Señales de que algo anda mal: lo trata como automutilación o rabieta, recomienda castigos o fuerza de voluntad, promete una cura en dos sesiones o propone medicación como solución principal sin haber probado terapia conductual.

    Si no hay un especialista cerca, un psicólogo infantil con formación en terapia cognitivo-conductual y apoyo en los manuales estructurados puede cubrir lo básico, y parte de la terapia se puede hacer en línea. Si dudas a qué profesional ir primero, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede orientarte, y para adolescentes existe una versión de la terapia de aceptación y compromiso. La fundación de referencia en este tema es la TLC Foundation for BFRBs, que publica guías para familias y profesionales.

    Una semana de observación antes de la consulta (esto no es un test)

    Antes de ir, vale la pena anotar durante una semana, sin que el niño se sienta vigilado. No hay puntaje ni diagnóstico en esto: es información para la consulta.

    • Cuándo: hora del día, después de qué (tarea, pantalla, discusión, cansancio).
    • Dónde: cama, sofá, auto, sala de clases.
    • Qué pasaba antes: aburrimiento, frustración, preocupación, cosquilleo en el cuero cabelludo.
    • Qué hace con el pelo: lo suelta, lo examina, lo muerde, lo traga.
    • Qué tan consciente parece: si se da cuenta o solo lo nota cuando se lo señalan.
    • Qué pasó después: cómo reaccionaron los demás, cómo quedó él.
    • Cómo duerme y cómo está de ánimo.

    Si tu hijo lo acepta, puede guardar los pelos en un sobre cada día. Acuerda con él que no es para castigar nada: es para que el terapeuta tenga un dato objetivo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal que un bebé o un niño pequeño juegue con su pelo o se lo tire?

    Es bastante habitual. En niños de 0 a 5 años suele ser un hábito de autocalmado que aparece al dormirse, con sueño o aburrimiento y que tiende a desaparecer con el desarrollo. Conviene consultar si hay calvas, si se come el pelo, si lo hace a escondidas o si se vuelve más intenso.

    Mi hijo se arranca las pestañas, ¿es tricotilomanía?

    Puede serlo, pero primero se descartan causas médicas, como infecciones o alopecia areata. Si hay pérdida de pelo, intentos de parar y malestar, el nombre es el mismo sea cuero cabelludo, cejas o pestañas. El profesional evalúa el caso, y la terapia conductual se adapta a cada zona.

    ¿Se le va a pasar solo?

    En los más pequeños muchas veces sí, pero no hay una cifra confiable de cuántos. En la preadolescencia, un seguimiento de unos tres años en niños mostró pocos cambios sin terapia conductual. Si hay calvas, malestar o tricofagia, no conviene esperar.

    ¿Sirve cortarle el pelo, taparle las manos o castigarlo?

    Rapar la cabeza o castigar no tiene respaldo y suma vergüenza. Los manuales describen barreras suaves acordadas con el niño (curitas en los dedos, mitones, tapar el espejo) dentro de un plan con respuestas alternativas para las manos, y quien cambia el hábito es la terapia.

    ¿Los medicamentos sirven en niños?

    Los medicamentos quedan en segundo plano. En un ensayo con niños, la N-acetilcisteína no fue mejor que el placebo, y la evidencia pediátrica de otros fármacos es limitada. Pueden tener sentido si hay una depresión o ansiedad asociada, y siempre los decide un médico después de evaluar al niño.

    ¿Qué le digo a mi hijo para explicarle lo que le pasa?

    Que es un hábito que su cuerpo aprendió para calmarse o entretenerse, parecido a morderse las uñas, que no lo hace por maldad ni por locura y que hay trucos para aprender a manejarlo. Evita decir que “se ve mal” o que se está “haciendo daño a propósito”. Ofrécele ayuda, sin presionar.

    Si lo que ves en tu hijo te preocupa, puedes conversarlo con alguien

    Un niño que se arranca el pelo necesita, sobre todo, un adulto que lo mire con calma y un profesional que conozca el cuadro. Si quieres orientación para tu caso o para ubicar al profesional adecuado, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisarlo juntos.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    Bloch, M. H., Panza, K. E., Grant, J. E., Pittenger, C., & Leckman, J. F. (2013). N-acetylcysteine in the treatment of pediatric trichotillomania: A randomized, double-blind, placebo-controlled add-on trial. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 52(3), 231-240. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2012.12.020

    DuBois, M. C., Feler, B. M., Flessner, C. A., & Franklin, M. E. (2025). Trichotillomania and its treatment: An updated review and recommendations. Expert Review of Neurotherapeutics, 25(11), 1335-1345. https://doi.org/10.1080/14737175.2025.2557395

    Flessner, C. A. (2012). Diagnosis and comorbidity. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 83-96). American Psychiatric Publishing.

    Franklin, M. E., Antinoro, D., & Benavides, K. (2012). Diagnosis and evaluation: Trichotillomania, skin picking, and other stereotypic behaviors in children. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 113-128). American Psychiatric Publishing.

    Franklin, M. E., Edson, A. L., Ledley, D. A., & Cahill, S. P. (2011). Behavior therapy for pediatric trichotillomania: A randomized controlled trial. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 50(8), 763-771. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2011.05.009

    Fodstad, J. C., Greve, K. T., Curtin, M. J., & Lagges, A. M. (2021). Treatment of typically developing toddlers with hair-pulling behavior and concurrent poor sleep hygiene: A case series. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 42(8), 677-681. https://doi.org/10.1097/dbp.0000000000000946

    Gianoli, M. O., & Tolin, D. F. (2012). Cognitive-behavioral therapy for pediatric trichotillomania. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 153-174). American Psychiatric Publishing.

    Grant, J. E., Collins, M., & Chamberlain, S. R. (2023). Clinical characteristics of trichotillomania. Annals of Clinical Psychiatry, 35(4), 228-233. https://doi.org/10.12788/acp.0120

    Henkel, E. D., Jaquez, S. D., & Diaz, L. Z. (2019). Pediatric trichotillomania: Review of management. Pediatric Dermatology, 36(6), 803-807. https://doi.org/10.1111/pde.13954

    Hoffman, J., Williams, T., Rothbart, R., Ipser, J. C., Fineberg, N., Chamberlain, S. R., & Stein, D. J. (2021). Pharmacotherapy for trichotillomania. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2021(9), Artículo CD007662. https://doi.org/10.1002/14651858.cd007662.pub3

    King, R. A., Scahill, L., Vitulano, L. A., Schwab-Stone, M., Tercyak, K. P., & Riddle, M. A. (1995). Childhood trichotillomania: Clinical phenomenology, comorbidity, and family genetics. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 34(11), 1451-1459. https://doi.org/10.1097/00004583-199511000-00011

    Lewin, A. B., Piacentini, J., Flessner, C. A., Woods, D. W., Franklin, M. E., Keuthen, N. J., Moore, P., Khanna, M., March, J. S., Stein, D. J., & TLC-SAB. (2009). Depression, anxiety, and functional impairment in children with trichotillomania. Depression and Anxiety, 26(6), 521-527. https://doi.org/10.1002/da.20537

    Lynch, K. A., Feola, P. G., & Guenther, E. (2003). Gastric trichobezoar: An important cause of abdominal pain presenting to the pediatric emergency department. Pediatric Emergency Care, 19(5), 343-347. https://doi.org/10.1097/01.pec.0000092581.40174.e3

    Mansueto, C. S., & Rogers, K. E. (2012). Trichotillomania: Epidemiology and clinical characteristics. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 3-20). American Psychiatric Publishing.

    Mostaghimi, L. (2012). Dermatological assessment of hair pulling, skin picking, and nail biting. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 97-112). American Psychiatric Publishing.

    Mouton-Odum, S., & Golomb, R. G. (2012). Family involvement in the treatment of children with body-focused repetitive behaviors. En J. E. Grant, D. J. Stein, D. W. Woods, & N. J. Keuthen (Eds.), Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors (pp. 223-239). American Psychiatric Publishing.

    Panza, K. E., Pittenger, C., & Bloch, M. H. (2013). Age and gender correlates of pulling in pediatric trichotillomania. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 52(3), 241-249. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2012.12.019

    Pendo, K., Swisher, V. S., Leman, T. Y., Rissman, A. J., Peris, T. S., Piacentini, J., Snorrason, I., & Ricketts, E. J. (2024). Clinical characteristics, sleep, and temperament in infants and young children with problematic hair pulling and skin picking. Cognitive Therapy and Research, 48(1), 119-136. https://doi.org/10.1007/s10608-023-10435-z

    Peris, T. S., Rozenman, M., Gonzalez, A., Vreeland, A., Piacentini, J., Tan, P. Z., & Ricketts, E. J. (2019). Family functioning in pediatric trichotillomania, obsessive compulsive disorder, and healthy comparison youth. Psychiatry Research, 281, Artículo 112578. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2019.112578

    Reid, M., Lin, A., Farhat, L. C., Fernandez, T. V., & Olfson, E. (2024). The genetics of trichotillomania and excoriation disorder: A systematic review. Comprehensive Psychiatry, 133, Artículo 152506. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2024.152506

    Schumer, M. C., Panza, K. E., Mulqueen, J. M., Jakubovski, E., & Bloch, M. H. (2015). Long-term outcome in pediatric trichotillomania. Depression and Anxiety, 32(10), 737-743. https://doi.org/10.1002/da.22390

    Sharifi, S., Estill, M., Tordjman, L., Millan, S. H., & Ouyang, J. X. (2025). Treatment strategies for pediatric trichotillomania: State-of-the-art review on progress and persistent challenges. Pediatric Dermatology, 43(1), 3-10. https://doi.org/10.1111/pde.70014

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines: Body-focused repetitive behaviors [Guías de consenso]. https://www.bfrb.org

    Thomson, H. A., Farhat, L. C., Olfson, E., Levine, J. L. S., & Bloch, M. H. (2022). Prevalence and gender distribution of trichotillomania: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 153, 73-81. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2022.06.058

    Tolin, D. F., Franklin, M. E., Diefenbach, G. J., Anderson, E., & Meunier, S. A. (2007). Pediatric trichotillomania: Descriptive psychopathology and an open trial of cognitive behavioral therapy. Cognitive Behaviour Therapy, 36(3), 129-144. https://doi.org/10.1080/16506070701223230

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: Therapist guide. An ACT-enhanced behavior therapy approach (2.ª ed.). Oxford University Press.

    Walther, M. R., Snorrason, I., Flessner, C. A., Franklin, M. E., Burkel, R., & Woods, D. W. (2014). The trichotillomania impact project in young children (TIP-YC): Clinical characteristics, comorbidity, functional impairment and treatment utilization. Child Psychiatry & Human Development, 45(1), 24-31. https://doi.org/10.1007/s10578-013-0373-y

    Wright, H. H., & Holmes, G. R. (2003). Trichotillomania (hair pulling) in toddlers. Psychological Reports, 92(1), 228-230. https://doi.org/10.2466/pr0.2003.92.1.228

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta

  • Tricotilomanía: síntomas, causas y tratamiento

    Tricotilomanía: síntomas, causas y tratamiento

    Hay personas que se pasan la mano por la cabeza, encuentran un pelo que se siente distinto y no pueden dejarlo ahí. Si te arrancas el pelo, lo has intentado parar muchas veces y lo haces más cuando estás ansioso, aburrido o frente a una pantalla, lo que describes tiene nombre: tricotilomanía. Es más común de lo que se cree, casi siempre se oculta y tiene tratamientos con buen respaldo.

    En este artículo vas a ver qué es y cómo se diagnostica, por qué ocurre, en qué cambia según arranques pelo del cuero cabelludo, las cejas o las pestañas, qué tratamientos funcionan y cuánto, qué puedes hacer desde hoy y cuándo conviene consultar. Más abajo también vas a encontrar una guía para observar tu propio patrón antes de hablar con un profesional.

    En breve: la tricotilomanía es un trastorno en que la persona se arranca su propio pelo de forma repetida, con pérdida visible de pelo y sin lograr parar aunque lo intente. Afecta a cerca de 1 de cada 100 personas. El tratamiento con más respaldo es la terapia conductual con entrenamiento de reversión del hábito, sola o con técnicas de aceptación; los medicamentos tienen evidencia limitada. Tiene que ver con el cerebro y los hábitos, y poco con la fuerza de voluntad.

    Tricotilomanía: qué es y cómo se llama cuando te arrancas las pestañas

    La tricotilomanía (también llamada trastorno de arrancarse el pelo) es la conducta repetida de arrancarse el propio pelo, hasta producir una pérdida visible, sin poder detenerla aunque la persona quiera. Puede ocurrir en el cuero cabelludo, las cejas, las pestañas u otras zonas. El DSM-5 la ubica entre los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados (American Psychiatric Association, 2013).

    Si buscabas arrancarse las pestañas como se llama, la respuesta es la misma: tricotilomanía. Que el pelo sea de la cabeza, de las cejas o de las pestañas cambia cómo se vive y cómo se maneja (más abajo lo vemos), no el diagnóstico. En inglés se la llama hair pulling disorder, y en la literatura científica se agrupa con el rascado compulsivo de la piel y el mordisqueo de uñas dentro de las conductas repetitivas centradas en el cuerpo.

    ¿Cuáles son los síntomas de la tricotilomanía?

    Para hablar de tricotilomanía, un profesional busca cinco cosas, que son los criterios del DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013):

    1. Arrancarse el pelo de forma repetida, con pérdida o adelgazamiento visible.
    2. Haber intentado varias veces reducir o detener la conducta.
    3. Malestar importante o interferencia en la vida social, laboral o de otras áreas.
    4. Que la pérdida de pelo no se explique por otra condición médica, como una enfermedad de la piel.
    5. Que no se explique mejor por otro trastorno mental, por ejemplo arrancarse el pelo para corregir un defecto percibido en la apariencia.

    Antes, el diagnóstico exigía sentir tensión antes de arrancar y alivio después. El DSM-5 quitó ese requisito, porque muchas personas arrancan sin darse cuenta y no registran ninguna tensión previa (American Psychiatric Association, 2013).

    Además del arranque en sí, es frecuente la conducta que viene con él: tocar y revisar el pelo buscando uno “distinto” (más grueso, áspero o rizado), jugar con la raíz, morderla, pasársela por los labios o tragarse el pelo (Twohig y Woods, 2023). En una muestra de 858 personas evaluadas con entrevistas clínicas, el pelo se arrancaba desde varios lugares del cuerpo y los desencadenantes más frecuentes eran el estrés y la sensación del propio pelo (Grant et al., 2023).

    ¿Por qué me arranco el pelo por ansiedad? Causas y factores

    No hay una causa única. La tricotilomanía aparece por la suma de una vulnerabilidad biológica, una manera de regular las emociones y un hábito que se refuerza solo. Entenderlo ayuda a dejar de verlo como un defecto de carácter.

    Genética y cerebro. Una revisión sistemática de 109 estudios concluyó que los factores genéticos tienen un papel importante en la tricotilomanía y en el rascado compulsivo de la piel, y que en parte se comparten con el espectro del TOC. Todavía no se conoce un factor genético específico de alta confianza (Reid et al., 2024). En familias, hay más conductas repetitivas centradas en el cuerpo y más TOC entre los parientes de primer grado, y las imágenes cerebrales han mostrado diferencias en los circuitos que frenan los movimientos automáticos y los hábitos (Grant et al., 2012).

    Emociones y sensaciones. El arranque cumple una función: bajar la tensión, el aburrimiento, la frustración o la ansiedad, o dar una sensación táctil agradable. Por eso lo notas más cuando estás estudiando, leyendo, manejando, mirando una serie o solo en el baño frente al espejo. También pesan el perfeccionismo (“este pelo tiene que salir”, “las cejas deben quedar iguales”) y la dificultad para tolerar la incomodidad del impulso (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012).

    El círculo que lo mantiene. El modelo que usan los equipos clínicos (el modelo conductual comprensivo, ComB) describe un ciclo en cuatro tiempos:

    1. Aparece un desencadenante: un lugar, una actividad, una sensación en el cuero cabelludo, una emoción o un pensamiento.
    2. Viene el arranque, a veces precedido por tocar y buscar el pelo y seguido por revisarlo o morder la raíz.
    3. Llega un alivio o un placer inmediato, que es lo que refuerza el hábito.
    4. Después aparecen la culpa, la vergüenza y el daño visible, que suben el estrés y reinician el ciclo.

    Es el mismo mecanismo por el cual la persona se arranca más pelo justo cuando se siente peor por haberlo hecho (Grant et al., 2012).

    Arranque focalizado y arranque automático

    La mayoría de las personas combina dos estilos, en proporciones distintas (Twohig y Woods, 2023):

    Estilo Cómo se vive Qué suele ayudar
    Focalizado Con plena conciencia, precedido por una sensación, una emoción o un pensamiento (“esta cana tiene que salir”) Aprender a tolerar el impulso, flexibilizar los pensamientos rígidos y regular la emoción de fondo
    Automático Sin darte cuenta, en actividades pasivas (leer, estudiar, ver televisión, manejar); lo notas al ver los pelos en la mano o en el suelo Aumentar la conciencia, controlar el entorno y usar una respuesta competidora

    ¿Es lo mismo arrancarse el pelo del cuero cabelludo, las cejas o las pestañas?

    El diagnóstico es el mismo, pero el patrón cambia. En las descripciones clínicas, el cuero cabelludo es la zona más afectada (cerca de 7 de cada 10 personas), seguido por las cejas (algo más de la mitad) y las pestañas (alrededor de la mitad) (Twohig y Woods, 2023).

    • Cuero cabelludo: suele mezclar arranque automático (mientras lees o ves televisión) con búsqueda táctil de pelos de textura distinta. Deja zonas de pelo ralo o calvas de forma irregular.
    • Cejas y pestañas: el patrón suele ser más focalizado, guiado por el espejo y por la búsqueda de simetría o de pelos “rebeldes”, y a menudo con pinzas. Aquí pesan mucho los pensamientos del tipo “necesito dejarlas iguales” (Twohig y Woods, 2023).

    Ese detalle importa porque las estrategias prácticas son distintas: para el cuero cabelludo ayudan las barreras en las manos y los cambios de postura, y para las cejas y pestañas ayuda restringir las pinzas y los espejos de aumento, como verás en la sección sobre lo que puedes hacer desde hoy.

    ¿Cómo saber si es tricotilomanía y no otra cosa?

    Solo un profesional puede diagnosticarla, porque otras condiciones dejan pérdida de pelo o conductas parecidas. Las distinciones que más se usan:

    • Causas médicas de la pérdida de pelo. En la alopecia areata los parches son redondos y lisos y aparecen de forma súbita. En la tricotilomanía las zonas tienen forma irregular y pelos rotos a distintos largos. Un dermatólogo puede descartar infecciones del cuero cabelludo y otras causas con un examen simple (Grant et al., 2012).
    • TOC. En el trastorno obsesivo-compulsivo las compulsiones responden a obsesiones de daño, contaminación o catástrofe. En la tricotilomanía suele haber una sensación local o una emoción que se quiere aliviar, no una obsesión. Si te preguntas por esto, puedes revisar también el test de TOC, que orienta pero no diagnostica.
    • Preocupación por la apariencia. Si arrancas o depilas solo para corregir un defecto que percibes en tu cara o tu cuerpo, el cuadro puede ser otro: en el test de dismorfia corporal encuentras esa distinción.

    En esta evaluación, el profesional también pregunta por la zona afectada, desde cuándo, qué situaciones y emociones lo disparan, qué pasa después del arranque, si hay tricofagia y qué impacto tiene en tu vida (Twohig y Woods, 2023).

    ¿Qué tan común es y a quién afecta?

    Es más común de lo que parece. Un metaanálisis de 30 estudios con 38.526 personas estimó que la tricotilomanía, con criterios del DSM, afecta a cerca del 1,14 % de la población (entre 0,66 % y 1,96 %), y que cualquier conducta de arrancarse el pelo llega al 8,84 % (Thomson et al., 2022).

    En quiénes consultan hay un predominio de mujeres: 89,9 % en la muestra de Grant et al. (2023) y 85 % en un registro nacional sueco de 1.234 personas (Farhat et al., 2025). Pero en el metaanálisis el riesgo de tricotilomanía no resultó claramente mayor en las mujeres (razón de probabilidades 1,29, con un intervalo que incluye al 1), lo que sugiere que una parte de los hombres puede estar quedando fuera de la consulta (Thomson et al., 2022).

    Suele empezar temprano. En la muestra de Grant et al. (2023) el inicio típico fue entre los 11 y los 15 años y el 93,5 % empezó antes de los 20. En el registro sueco, la mediana de edad al primer diagnóstico fue de 25 años, lo que habla de varios años entre el inicio y la consulta.

    La compañía de otras condiciones es la regla. En el registro sueco, 79 % tenía otro diagnóstico psiquiátrico: trastornos de ansiedad (65 %), depresivos (48 %) y del neurodesarrollo (39 %) (Farhat et al., 2025). En la muestra clínica de Grant et al. (2023), las más frecuentes fueron depresión mayor, ansiedad generalizada y rascado compulsivo de la piel. Si sientes que tu ansiedad y tu hábito van de la mano, tiene sentido tratarlos juntos.

    La calidad de vida se resiente. Una revisión sobre el tema concluyó que la tricotilomanía reduce de forma significativa la calidad de vida, que muchas personas llegan primero al dermatólogo por la pérdida de pelo y que lo mejor es un trabajo conjunto entre dermatología y salud mental (Onyemachi et al., 2024). Las descripciones clínicas añaden lo que hay detrás: el secreto, la vergüenza y evitar la peluquería, la piscina o la intimidad con la pareja por miedo a que se note (Grant et al., 2012).

    ¿Cómo se trata la tricotilomanía?

    El tratamiento con más respaldo es psicológico. Un metaanálisis de 24 ensayos con 857 participantes encontró que la terapia conductual con componentes de reversión del hábito tuvo el mayor beneficio frente a los grupos de comparación (diferencia media estandarizada de −1,22) y que no existe un medicamento aprobado por la FDA para este cuadro (Farhat et al., 2020).

    Terapia conductual: reversión del hábito

    El entrenamiento de reversión del hábito (HRT, por sus siglas en inglés) tiene tres piezas (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012):

    1. Conciencia. Aprender a ver la cadena completa: el movimiento previo de la mano, la sensación que busca, la situación y la emoción. Se usa un registro diario del arranque y del impulso.
    2. Respuesta competidora. Cuando aparece la señal, hacer durante uno o varios minutos algo físicamente incompatible con arrancar (por ejemplo, apretar suavemente los puños o cruzar los brazos), discreto y fácil de hacer en cualquier lugar.
    3. Control del entorno. Cambiar lo que facilita el hábito: guantes o dediles de goma en los dedos, gorros, apagar la luz fuerte del baño, guardar las pinzas, cubrir el espejo.

    Terapia conductual con aceptación

    La variante con más estudios recientes añade técnicas de la terapia de aceptación y compromiso (ACT): ver el impulso y los pensamientos como eventos que pasan sin obedecerlos, aprender a tolerar la incomodidad del impulso sin ceder y volver al tiempo y las actividades que importan. Puedes conocer su lógica en el artículo sobre ACT. En un ensayo aleatorizado en 85 adultos con diez sesiones en doce semanas, el 64 % de quienes recibieron esta terapia respondió bien, frente al 38 % de quienes recibieron psicoeducación y apoyo, y los síntomas bajaron más en el primer grupo (Woods et al., 2022).

    Una duda frecuente es cuánto sirve la terapia conductual frente a los medicamentos. Estos son los ensayos más citados:

    Estudio Qué se comparó Resultado
    van Minnen et al., 2003 12 semanas de terapia conductual, fluoxetina y lista de espera (43 pacientes) Mejoría clínicamente significativa en 64 % con terapia conductual, 9 % con fluoxetina y 20 % en lista de espera
    Ninan et al., 2000 9 semanas de terapia cognitivo-conductual, clomipramina y placebo (23 pacientes) La terapia fue más eficaz que la clomipramina y que el placebo; la clomipramina no se diferenció con claridad del placebo
    Woods et al., 2022 Terapia con aceptación o psicoeducación y apoyo (85 adultos) 64 % de respondedores frente a 38 %

    Son estudios pequeños, y eso se nota, pero apuntan en la misma dirección que el metaanálisis.

    Medicamentos

    Con los fármacos, la evidencia es más incierta. La revisión Cochrane incluyó 12 estudios pequeños de 5 a 13 semanas y concluyó que no hay evidencia suficiente para confirmar o descartar la eficacia de ningún medicamento. Con certeza moderada, un solo ensayo con N-acetilcisteína en adultos mostró más respuesta que el placebo (56 % contra 16 %), pero en niños y adolescentes no hubo diferencia (25 % contra 21 %) (Hoffman et al., 2021). Ese ensayo con N-acetilcisteína de 12 semanas en 50 adultos mostró la mejoría desde la semana 9 (Grant et al., 2009). Otra revisión sistemática de 23 artículos encontró que la N-acetilcisteína, el aripiprazol y los inhibidores de la MAO fueron lo más exitoso, y recomienda combinar los fármacos con terapia conductual y considerar las comorbilidades (Ghani et al., 2024).

    En la práctica, los medicamentos no son la primera opción. Pueden tener un papel para tratar una depresión o una ansiedad que dificultan la terapia, y las decisiones sobre ellos corresponden a un médico o psiquiatra.

    Niños y adolescentes

    Una revisión sistemática de 10 estudios en población pediátrica señaló que las intervenciones conductuales, sobre todo la reversión del hábito, dieron el mayor beneficio, y que la evidencia no alcanza para recomendar la medicación como primera línea (Sharifi et al., 2025). El cuadro en los más pequeños tiene sus propias reglas, y lo veremos en un artículo aparte.

    Qué tan duraderos son los resultados

    Aquí hay que ser honestos: la mejoría puede perderse. Una revisión experta reciente señala que la recaída en adultos es relativamente común, que los avances farmacológicos (solos o con terapia conductual) son prometedores pero falta evidencia de su eficacia y su durabilidad, y que muchas familias no encuentran profesionales que conozcan el cuadro (DuBois et al., 2025). En un seguimiento a dos años de 28 pacientes que recibieron una terapia breve de seis sesiones, los efectos medidos se habían reducido en 49 % a los tres meses y en 70 % a los dos años respecto de lo logrado al terminar, aunque seguían por sobre el punto de partida (Keijsers et al., 2006).

    Por eso, los manuales hablan de un entrenamiento a largo plazo, con sesiones de refuerzo y con una distinción útil: un desliz puntual no es una recaída (Twohig y Woods, 2023).

    ¿Qué puedes hacer tú mientras esperas ayuda?

    Estas ideas vienen de los componentes de la terapia y sirven para empezar. No reemplazan el tratamiento (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012):

    • Anota durante una semana cuándo, dónde, cuánto rato y qué sentías antes y después. Ver el patrón por escrito ya cambia algo.
    • Reconoce tus señales de aviso: llevar la mano a la cabeza, acariciar o enredar el pelo, buscar el pelo “distinto”.
    • Cambia el escenario de riesgo: deja la puerta del baño abierta, baja la luz fuerte del espejo, aparta las pinzas, usa un temporizador que te obligue a pararte.
    • Ocupa las manos en las situaciones de riesgo (libro con las dos manos, una pelota blanda, tejer) y usa una respuesta competidora cuando notes el impulso.
    • Usa barreras físicas en los momentos críticos: gorro, pañuelo, dediles de goma o cinta en los dedos.

    Estas estrategias hacen más difícil el acto físico, pero no eliminan el impulso. Si las usas con la idea de que el impulso desaparezca para siempre, es probable que te frustres; sirven mejor cuando las combinas con aprender a tolerar la incomodidad. Y hay un riesgo conocido: tras unos buenos días, bajar la guardia y abandonar el registro (Twohig y Woods, 2023).

    La autoayuda guiada por internet tiene algún respaldo. En un ensayo aleatorizado de 6 semanas con 268 personas con conductas repetitivas centradas en el cuerpo (28,4 % con tricotilomanía), una técnica de “reemplazo del hábito” mejoró más los síntomas que la lista de espera, y 52,8 % refirió sentirse mejor frente a 19,6 %; la muestra era comunitaria, sin diagnóstico verificado ni seguimiento (Moritz et al., 2023). En otro estudio con 113 personas que comparó tres técnicas de autoayuda durante cuatro semanas, la reversión del hábito fue bien valorada pero con una mejoría objetiva más bien pobre (Moritz et al., 2022). La lectura honesta es que la autoayuda puede ayudar a empezar, pero cuando el cuadro es intenso conviene un terapeuta.

    Para manejar la tensión de base, también puedes revisar cómo manejar el estrés y las técnicas de la terapia cognitivo-conductual, que incluyen varias de las que se usan aquí.

    ¿Qué pasa si además te comes el pelo?

    La tricofagia (morder la raíz, masticar o tragarse el pelo) merece atención aparte, porque tiene un riesgo médico. El cabello no se digiere, y si se ingiere de forma repetida puede formar una masa en el estómago o el intestino llamada tricobezoar (Twohig y Woods, 2023; Grant et al., 2012). Las complicaciones descritas incluyen anemia, úlceras, obstrucción intestinal y, en casos graves, cirugía urgente.

    Consulta pronto a un médico si, además de tragarte el pelo, tienes:

    • dolor o distensión abdominal que persiste,
    • náuseas o vómitos repetidos,
    • pérdida de apetito o de peso sin explicación,
    • sangrado digestivo.

    Aunque no aparezca ninguno de esos síntomas, comentar la tricofagia en la primera consulta ayuda a que la evaluación no se quede corta.

    Cómo observar tu propio patrón (esto no es un test)

    Antes de ir a una consulta, ordenar lo que ya sabes de ti acelera el trabajo. Estas preguntas no suman ningún puntaje ni te clasifican, solo organizan la información:

    1. ¿En qué zona arrancas (cuero cabelludo, cejas, pestañas, otras) y desde hace cuánto?
    2. ¿Lo haces con plena conciencia, sin darte cuenta, o de las dos formas?
    3. ¿En qué momentos y lugares pasa más (leer, estudiar, pantallas, baño, antes de dormir, manejando)?
    4. ¿Qué sientes justo antes: picor o tensión en la zona, aburrimiento, ansiedad, un pensamiento sobre un pelo?
    5. ¿Qué haces con el pelo después (revisarlo, morderlo, tragarlo, guardarlo)?
    6. ¿Qué evitas por la pérdida de pelo (peluquería, piscina, citas, fotos) y cuánto dinero y tiempo gastas en taparla?
    7. ¿Cuántas veces intentaste parar y qué fue lo que pasó cada vez?

    Los equipos clínicos miden la gravedad con escalas específicas (como la Massachusetts General Hospital Hairpulling Scale, de siete ítems, o el Milwaukee Inventory para estilos de arranque). Aquí no incluimos una versión con puntaje porque no encontramos una validación en español de esas escalas, y un número sin baremo confiable orienta peor de lo que parece. Lo que sí vale es llevar tus respuestas a un profesional.

    ¿Cómo acompañar a alguien que se arranca el pelo?

    Si el que se arranca el pelo es tu hijo, tu pareja o un amigo, lo que más ayuda es lo menos intuitivo. Las guías para familias coinciden en varias cosas (Grant et al., 2012, capítulo sobre participación familiar; Twohig y Woods, 2023):

    Lo que empeora el cuadro:

    • vigilar la cabeza o las cejas todos los días y comentar cada vez que la mano se acerca,
    • retar, castigar o avergonzar (“mira lo que te has hecho”, “te vas a quedar pelón”),
    • hacer que el valor de la persona dependa de si tiene o no tiene pelo.

    La razón es simple: la ansiedad y la vergüenza son justamente los desencadenantes, y la vigilancia sube ambas.

    Lo que ayuda:

    • dejar claro que el cariño no depende del pelo (“te quiero igual, tengas o no tengas pelo”),
    • elogiar el esfuerzo con las estrategias y no la apariencia, porque decir “qué bien se te ve con pelo” comunica lo contrario cuando no lo tiene,
    • recordar los acuerdos solo si la persona lo pidió,
    • reservar momentos y conversaciones donde el pelo no sea el tema.

    Si aún no hablaron del tema, una buena forma de partir es preguntar qué le serviría, en vez de decirle qué debería hacer. Para decidir con quién consultar, puede servir esta guía sobre psicólogo o psiquiatra: cuál necesito.

    ¿Cómo evoluciona y cuándo conviene pedir ayuda?

    La tricotilomanía suele ser un cuadro que sube y baja a lo largo de los años, con épocas peores durante el estrés o los cambios importantes, más que uno que desaparece solo (Twohig y Woods, 2023). Hay excepciones: un estudio con 21 adultos que se habían recuperado sin tratamiento menciona que se estima que cerca de una cuarta parte de las personas lo logra, y que quienes se recuperaron tenían menos depresión y menos TDAH asociados (Neelapu y Grant, 2025); es un dato de muestra pequeña y no conviene esperar a ver si ocurre.

    Es buena idea consultar si:

    • te arrancas el pelo de forma repetida y has intentado parar sin lograrlo,
    • ya tienes zonas con pérdida de pelo visible,
    • evitas situaciones sociales, la peluquería, la piscina o la intimidad por el pelo,
    • te sientes ansioso, triste o avergonzado por esto la mayor parte del tiempo,
    • te tragas el pelo.

    Busca un profesional que conozca específicamente las conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual (consulta qué es la terapia cognitivo-conductual) puede hacer la evaluación y llevar el tratamiento, y un dermatólogo puede descartar causas médicas de la pérdida de pelo. La Fundación TLC para las conductas repetitivas centradas en el cuerpo y la Clínica Mayo tienen información de apoyo.

    Si en algún momento sientes que no puedes más o tienes ideas de hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141.

    Preguntas frecuentes

    ¿La tricotilomanía es una enfermedad mental?

    Sí. Es un trastorno psicológico reconocido en el DSM-5, dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados. Tiene componentes genéticos, emocionales y de hábito, y existen tratamientos con respaldo científico. Quien lo vive no está “loco” ni es vanidoso: tiene un hábito difícil de frenar.

    ¿Cómo se llama cuando una persona se arranca las pestañas o las cejas?

    Se llama tricotilomanía, o trastorno de arrancarse el pelo. El nombre es el mismo si el pelo es del cuero cabelludo, las cejas, las pestañas u otras zonas. En el caso de cejas y pestañas, el arranque suele ser más focalizado y guiado por el espejo, y a menudo requiere medidas distintas a las del cuero cabelludo.

    ¿Me arranco el pelo por ansiedad, es tricotilomanía?

    Puede serlo, pero no todo arrancarse el pelo lo es. Para hablar de tricotilomanía debe haber una pérdida visible de pelo, intentos repetidos por parar, malestar o interferencia importante en tu vida y que no lo explique otra condición. Solo un profesional puede confirmarlo con una evaluación completa.

    ¿La tricotilomanía se cura?

    Se puede reducir de forma importante, pero suele ser un cuadro que sube y baja. En varios ensayos, alrededor de 6 de cada 10 personas respondieron bien a la terapia conductual, y mantener lo logrado exige practicar las habilidades y a veces sesiones de refuerzo. Una recaída puntual no significa que la terapia haya fallado.

    ¿Qué medicamentos se usan para la tricotilomanía?

    Ningún fármaco está aprobado por la FDA para este cuadro. La N-acetilcisteína ha mostrado resultados positivos en un ensayo con adultos, y se han estudiado la clomipramina, la olanzapina y otros fármacos con evidencia limitada. Los antidepresivos habituales no han demostrado ser mejores que el placebo. Toda decisión sobre medicación debe tomarla un médico.

    ¿A qué especialista debo consultar?

    Parte por un psicólogo clínico con formación en terapia cognitivo-conductual y, si es posible, con experiencia en conductas repetitivas centradas en el cuerpo. Un dermatólogo puede descartar causas médicas de la pérdida de pelo, y un psiquiatra evalúa si hace falta medicación o si hay una depresión o ansiedad de fondo.

    Si te reconociste en esto, no tienes que hacerlo solo

    Arrancarse el pelo es un hábito con una función, que se puede entender y entrenar con ayuda. Si quieres evaluar tu caso con un psicólogo clínico, puedes escribirnos desde la página de contacto y revisar juntos cómo empezar.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed.). American Psychiatric Publishing.

    DuBois, M. C., Feler, B. M., Flessner, C. A., & Franklin, M. E. (2025). Trichotillomania and its treatment: An updated review and recommendations. Expert Review of Neurotherapeutics, 25(11), 1335-1345. https://doi.org/10.1080/14737175.2025.2557395

    Farhat, L. C., Isomura, K., Fernández de la Cruz, L., Sidorchuk, A., Kuja-Halkola, R., Brikell, I., Chang, Z., D’Onofrio, B. M., Larsson, H., Lichtenstein, P., & Mataix-Cols, D. (2025). Sociodemographic and clinical characteristics of 1,234 individuals diagnosed with trichotillomania in the Swedish National Patient Register. Scientific Reports, 15(1), Artículo 10396. https://doi.org/10.1038/s41598-025-95416-w

    Farhat, L. C., Olfson, E., Nasir, M., Levine, J. L. S., Li, F., Miguel, E. C., & Bloch, M. H. (2020). Pharmacological and behavioral treatment for trichotillomania: An updated systematic review with meta-analysis. Depression and Anxiety, 37(8), 715-727. https://doi.org/10.1002/da.23028

    Ghani, H., Podwojniak, A., Tan, I. J., Fliorent, R., & Jafferany, M. (2024). From tugs to treatments: A systematic review on pharmacological interventions for trichotillomania. Clinical and Experimental Dermatology, 49(8), 774-782. https://doi.org/10.1093/ced/llae052

    Grant, J. E., Collins, M., & Chamberlain, S. R. (2023). Clinical characteristics of trichotillomania. Annals of Clinical Psychiatry, 35(4), 228-233. https://doi.org/10.12788/acp.0120

    Grant, J. E., Odlaug, B. L., & Kim, S. W. (2009). N-acetylcysteine, a glutamate modulator, in the treatment of trichotillomania: A double-blind, placebo-controlled study. Archives of General Psychiatry, 66(7), 756-763. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2009.60

    Grant, J. E., Stein, D. J., Woods, D. W., & Keuthen, N. J. (Eds.). (2012). Trichotillomania, skin picking, and other body-focused repetitive behaviors. American Psychiatric Publishing.

    Hoffman, J., Williams, T., Rothbart, R., Ipser, J. C., Fineberg, N., Chamberlain, S. R., & Stein, D. J. (2021). Pharmacotherapy for trichotillomania. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2021(9), Artículo CD007662. https://doi.org/10.1002/14651858.cd007662.pub3

    Keijsers, G. P. J., van Minnen, A., Hoogduin, C. A. L., Klaassen, B. N. N., Hendriks, M.-J., & Tanis-Jacobs, J. (2006). Behavioural treatment of trichotillomania: Two-year follow-up results. Behaviour Research and Therapy, 44(3), 359-370. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.03.004

    Moritz, S., Penney, D., Ahmed, K., & Schmotz, S. (2022). A head-to-head comparison of three self-help techniques to reduce body-focused repetitive behaviors. Behavior Modification, 46(4), 894-912. https://doi.org/10.1177/01454455211010707

    Moritz, S., Penney, D., Missmann, F., Weidinger, S., & Schmotz, S. (2023). Self-help habit replacement in individuals with body-focused repetitive behaviors: A proof-of-concept randomized clinical trial. JAMA Dermatology, 159(9), 992. https://doi.org/10.1001/jamadermatol.2023.2167

    Neelapu, M., & Grant, J. E. (2025). Clinical characteristics of natural recovery in trichotillomania and skin picking disorder. Frontiers in Psychiatry, 16, Artículo 1681068. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2025.1681068

    Ninan, P. T., Rothbaum, B. O., Marsteller, F. A., Knight, B. T., & Eccard, M. B. (2000). A placebo-controlled trial of cognitive-behavioral therapy and clomipramine in trichotillomania. The Journal of Clinical Psychiatry, 61(1), 47-50. https://doi.org/10.4088/jcp.v61n0111

    Onyemachi, J., Nguyen, C., Nguyen, L., Chukwuma, O., & Muñoz-Gonzalez, A. (2024). Bridging the gap between dermatology and psychiatry: A review on quality of life in trichotillomania and special considerations in management. Skin Appendage Disorders, 10(6), 463-469. https://doi.org/10.1159/000539563

    Reid, M., Lin, A., Farhat, L. C., Fernandez, T. V., & Olfson, E. (2024). The genetics of trichotillomania and excoriation disorder: A systematic review. Comprehensive Psychiatry, 133, Artículo 152506. https://doi.org/10.1016/j.comppsych.2024.152506

    Sharifi, S., Estill, M., Tordjman, L., Millan, S. H., & Ouyang, J. X. (2025). Treatment strategies for pediatric trichotillomania: State-of-the-art review on progress and persistent challenges. Pediatric Dermatology, 43(1), 3-10. https://doi.org/10.1111/pde.70014

    The TLC Foundation for Body-Focused Repetitive Behaviors. (2016). Expert consensus treatment guidelines for body-focused repetitive behaviors: Hair pulling, skin picking, and related disorders. TLC Foundation for BFRBs.

    Thomson, H. A., Farhat, L. C., Olfson, E., Levine, J. L. S., & Bloch, M. H. (2022). Prevalence and gender distribution of trichotillomania: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 153, 73-81. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2022.06.058

    Twohig, M. P., & Woods, D. W. (2023). Trichotillomania: An ACT-enhanced behavior therapy approach. Therapist guide (2.ª ed.). Oxford University Press.

    van Minnen, A., Hoogduin, K. A. L., Keijsers, G. P. J., Hellenbrand, I., & Hendriks, G.-J. (2003). Treatment of trichotillomania with behavioral therapy or fluoxetine: A randomized, waiting-list controlled study. Archives of General Psychiatry, 60(5), 517-522. https://doi.org/10.1001/archpsyc.60.5.517

    Woods, D. W., Ely, L. J., Bauer, C. C., Twohig, M. P., Saunders, S. M., Compton, S. N., Espil, F. M., Neal-Barnett, A., Alexander, J. R., Walther, M. R., Cahill, S. P., Deckersbach, T., & Franklin, M. E. (2022). Acceptance-enhanced behavior therapy for trichotillomania in adults: A randomized clinical trial. Behaviour Research and Therapy, 158, Artículo 104187. https://doi.org/10.1016/j.brat.2022.104187

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta