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  • Miedo a engordar: cómo se llama y cuándo preocuparse

    Miedo a engordar: cómo se llama y cuándo preocuparse

    Te miras al espejo, o te subes a la pesa, o simplemente terminas de comer, y aparece la idea de que vas a subir de peso. A veces dura un minuto. Otras veces decide lo que comes, lo que te pones y a qué planes dices que no. Si buscaste “tengo miedo a engordar”, seguramente quieres saber tres cosas: cómo se llama esto, si es normal y cuándo deja de serlo.

    Esta guía responde con estudios publicados y con el trabajo clínico de Fairburn y de Cash, dos referentes en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) e imagen corporal. Verás qué tan común es el miedo a engordar, en qué se parece y en qué se distingue del que aparece en la anorexia, qué lo mantiene y qué ayuda a bajarlo.

    En breve: el miedo a engordar no tiene un nombre diagnóstico propio. La literatura científica lo llama “miedo a ganar peso” (fear of weight gain) y es muy frecuente: en un estudio con más de 31.000 personas lo reportaba cerca de tres de cada cuatro mujeres entre 16 y 25 años. Que sea frecuente no lo vuelve inofensivo. Conviene consultar cuando el miedo manda sobre lo que comes, te pesas o evitas, cuando el peso y la figura definen cuánto vales, o cuando hay restricción, atracones, purgas o ejercicio compulsivo. Esta guía orienta y no reemplaza una evaluación profesional.

    ¿Cómo se llama el miedo a engordar?

    El miedo a engordar no es un diagnóstico por sí solo. En internet circulan nombres como obesofobia o lipofobia, pero no corresponden a una categoría del DSM-5. La investigación usa dos expresiones: “miedo a ganar peso” y “miedo a la grasa” (fear of fat, o fat phobia), según se refiera al número de la pesa o a la sensación de tener más grasa corporal.

    Tampoco es lo mismo que la “gordofobia”, que es el prejuicio hacia las personas con cuerpos grandes. Las dos cosas se tocan: un estudio con 1.233 personas encontró que el sesgo contra el peso que uno mismo internaliza y el miedo a ganar peso son constructos independientes, y que cada uno se asocia por su cuenta con síntomas de TCA (Hooper et al., 2025). Es un estudio de encuesta, así que muestra asociación y no causa.

    Lo que sí puede ocurrir es que el miedo a engordar sea parte de un cuadro con nombre propio. Aparece como síntoma en la anorexia nerviosa, en la bulimia y en el trastorno por atracón, y se parece en su lógica al miedo a la contaminación del TOC o al miedo a la valoración de los demás en la ansiedad social: es un temor que ordena la conducta.

    ¿Es normal tener miedo a engordar?

    Es muy frecuente, aunque “frecuente” no es lo mismo que “sin costo”. En una muestra comunitaria de 31.636 personas de 13 a 98 años del Registro de Gemelos de los Países Bajos, el miedo a ganar peso fue más alto en mujeres de 16 a 25 años (entre 73 % y 74 %) y en hombres de 25 a 55 años (entre 43 % y 46 %). Hacer dieta fue lo más habitual en mujeres de 35 a 65 años (entre 57 % y 63 %). Los propios autores señalan que, dado el bajo nivel de sobrepeso en las mujeres jóvenes, esas cifras de miedo resultan llamativas (Slof-Op ‘t Landt et al., 2017).

    Cash y Smolak (2011) llaman a este fenómeno “descontento normativo”, una idea que atribuyen a Rodin et al. (1985, citado en Cash y Smolak, 2011): la insatisfacción con el cuerpo se volvió tan extendida entre mujeres y adolescentes que dejó de ser la excepción. Según la revisión de Cash y Smolak (2011), entre 40 % y 50 % de las niñas preadolescentes quiere estar más delgada, la cifra supera el 70 % en la adolescencia y esos porcentajes exceden por mucho la proporción real de sobrepeso. En los hombres el descontento suele apuntar a otra dirección, la musculatura, aunque también es común. Cash y Smolak lo leen como un efecto de la cultura (los ideales de delgadez, la conversación cotidiana donde quejarse del propio cuerpo es casi un ritual) que no pone la culpa en la persona.

    Otro dato sirve de contexto. En un seguimiento de 15 años a 1.455 personas, casi 95 % mantuvo una insatisfacción corporal relativamente estable desde la adolescencia hasta la adultez, y la insatisfacción promedio subió en parte por los cambios de peso. Predijeron trayectorias distintas la depresión, la autoestima, la comunicación con los padres, la dieta entre pares y las burlas por el peso (Wang et al., 2019). Si el malestar con el cuerpo se instala temprano, tiende a quedarse, y por eso vale la pena atenderlo antes de que se vuelva crónico.

    ¿Cuándo el miedo a engordar es parte de un trastorno?

    Cuando deja de ser una preocupación y pasa a gobernar la conducta y la valoración de uno mismo. Fairburn (2008) lo explica con la idea de sobrevaloración del peso y la figura: la persona juzga su valía casi solo por cómo se ve o por cuánto logra controlar su cuerpo. La diferencia con el descontento común no está en el tamaño del malestar, sino en cuánto de tu autoestima depende de eso.

    Fairburn propone un ejercicio muy gráfico, el gráfico de pastel. Haces una lista de las áreas que usas para juzgarte (trabajo, familia, amistades, aficiones, valores, apariencia) y las dibujas como porciones de un círculo. En personas sin un TCA el gráfico suele estar repartido; en quienes tienen uno, la porción de “figura, peso y control de la comida” ocupa la mayor parte y arrincona el resto (Fairburn, 2008).

    Suele ser un descontento frecuenteConviene consultar
    El miedo aparece en momentos puntuales (ropa, fotos, después de las fiestas)El miedo está presente casi todos los días y decide lo que comes
    Tu autoestima se reparte entre muchas áreasTu valor depende sobre todo del peso, la figura o el control de la comida
    Puedes comer con flexibilidad y disfrutar una comidaTienes reglas rígidas, evitas alimentos “peligrosos” y sientes culpa intensa al romperlas
    Te pesas o te miras de vez en cuandoTe pesas o te revisas el cuerpo varias veces al día, o evitas la pesa y los espejos por completo
    Tu peso y tus hábitos se mantienen establesHay pérdida de peso rápida, atracones, purgas o ejercicio compulsivo

    ¿Qué relación hay entre la anorexia y el miedo a engordar en el DSM-5?

    El criterio B de la anorexia nerviosa del DSM-5 pide un miedo intenso a ganar peso o a convertirse en una persona obesa, o una conducta persistente que interfiere con el aumento de peso, incluso con un peso significativamente bajo (American Psychiatric Association [APA], 2013). Esa segunda mitad, la conducta, se añadió en parte porque el miedo declarado no aparece en todos los pacientes.

    Dentro de la anorexia, el miedo a ganar peso pesa. En 124 mujeres en tratamiento por anorexia, una vez separado lo que comparten los distintos componentes de la imagen corporal, el miedo a ganar peso fue el único predictor propio de la psicopatología alimentaria (restricción dietaria y ejercicio compulsivo), mientras que la sobrevaloración y la preocupación por el cuerpo predijeron más los síntomas generales de ansiedad y depresión (Linardon et al., 2018). Y en un seguimiento de 66 adultas y adultos con anorexia tratados con terapia cognitivo-conductual intensiva, los puntajes de miedo a ganar peso, de “sentirse gordo” y de preocupación por el peso y la figura, al inicio y al final, predijeron si la persona lograba un IMC de 18,5 o más a los 6 y 12 meses. En ese estudio, además, la baja del miedo se asoció con una mejoría de la restricción dietaria (Calugi et al., 2018).

    ¿Se puede tener anorexia sin miedo a engordar?

    Sí, y es uno de los hallazgos que cambió el diagnóstico. En un estudio de 70 pacientes chinos con anorexia en Hong Kong, 41 (58,6 %) nunca mostraron miedo a la gordura durante su enfermedad. Explicaban su rechazo a comer con molestias digestivas, falta de apetito o simplemente comiendo menos (Lee et al., 1993). Una revisión posterior mostró que esta variante aparece en poblaciones occidentales y no occidentales, aunque quienes la presentaban puntuaban al menos dos tercios de desviación estándar menos en medidas de patología alimentaria que los casos típicos. Los autores plantearon revisar el criterio, y el DSM-5 terminó incorporando la conducta persistente como alternativa (Becker et al., 2009; APA, 2013).

    Esto corta en dos direcciones. Tener miedo a engordar no significa que tengas anorexia, y no sentir ese miedo no descarta un TCA si hay restricción grave y pérdida de peso. Un diagnóstico depende del conjunto, y lo hace un profesional con una evaluación completa.

    ¿Aparece también en la bulimia y en el atracón?

    Sí. En un estudio de 63 adultos con trastornos con atracones que recibieron 12 sesiones de terapia cognitivo-conductual, el miedo a ganar peso bajó a lo largo del tratamiento, pero seguía alto al terminar, sobre todo en el grupo con bulimia. Además, quienes reportaban más miedo en una sesión tenían más episodios de pérdida de control al comer la semana siguiente (Butler et al., 2023). Si el miedo en tu caso viene con atracones, tienes más contexto en las guías sobre bulimia nerviosa y trastorno por atracón.

    ¿Por qué aparece el miedo a engordar?

    No hay una sola causa, y los estudios apuntan a una mezcla de cultura, experiencias y estados de ánimo. Esto es lo que mejor respaldo tiene:

    • Dieta temprana. En una cohorte australiana de adolescentes seguidas durante tres años, quienes hacían dieta severa tuvieron 18 veces más probabilidad de desarrollar un TCA que quienes no la hacían, y la dieta fue el predictor más importante (Patton et al., 1999).
    • Comentarios de la familia. En un estudio con 356 adolescentes en riesgo, 45 % dijo que su madre la animaba a hacer dieta y 58 % reportó burlas por su peso de parte de familiares. Esas burlas se asociaron con más insatisfacción corporal, conductas extremas de control del peso y atracones (Neumark-Sztainer et al., 2010).
    • Estigma por el peso. En dos estudios, el estigma de peso percibido se asoció con comer de forma restringida, y a lo largo de 10 semanas predijo ganancia de peso, en parte a través del miedo a la grasa (Wellman et al., 2018). Los autores lo leen como una pista de que temer engordar podría contribuir a que ocurra lo que se teme, aunque con dos estudios no alcanza para afirmarlo.
    • Emociones. En 168 personas con TCA, el miedo a la evaluación negativa y la depresión se asociaron de forma única con el miedo a ganar peso, y la vergüenza lo predijo hacia adelante. La depresión predijo “sentirse gorda” por encima de las demás emociones (Levinson et al., 2020). Los autores advierten que usaron una sola pregunta para medir cada síntoma y que la muestra fue sobre todo de mujeres.

    Este último punto conecta con un fenómeno que describe Fairburn (2008): “sentirse gordo”. Esa sensación cambia a lo largo del día, mientras que el peso real casi no se mueve. Según Fairburn, se produce cuando se confunden emociones negativas (tristeza, aburrimiento, soledad, culpa) o sensaciones físicas normales (estar lleno, hinchado o con calor) con la presencia de grasa. Si hoy te sientes “gorda” tras una discusión y ayer no, lo que cambió fue tu ánimo y no tu cuerpo.

    ¿Qué mantiene el miedo a engordar?

    Una vez instalado, el miedo se alimenta de lo que haces para calmarlo. Fairburn (2008) describe cuatro círculos que lo sostienen:

    • Revisar el cuerpo. Mirarte al espejo con lupa, pellizcar pliegues, medir cinturas o compararte con otras personas. Al buscar defectos, los encuentras: la atención fija magnifica lo que ve.
    • Evitar el cuerpo. Usar ropa muy ancha, no mirarte, ducharte a oscuras, rechazar la playa o la intimidad. Evitar impide comprobar que lo temido no ocurre, así que la creencia nunca se pone a prueba.
    • Pesarse mucho o evitar la pesa. Quien se pesa varias veces al día interpreta como “subí” cualquier fluctuación normal de agua, digestión o ciclo menstrual y responde con más restricción. Quien evita la pesa mantiene el pánico a un número imaginado.
    • Reglas rígidas de comida. Prohibir alimentos y fijar horarios estrictos produce hambre y rumiación, y vuelve a la comida un terreno donde cualquier desliz parece una catástrofe. Cuando las reglas se rompen, el miedo vuelve a subir.

    Cada círculo parece protegerte, y por eso cuesta soltarlo. El problema es que ninguno baja el miedo de verdad: solo lo posterga.

    ¿Cómo superar el miedo a engordar?

    El miedo a engordar baja con la práctica repetida de aquello que se teme. Los tratamientos con mejor respaldo, la terapia cognitivo-conductual para TCA (CBT-E, de Fairburn) y los programas de imagen corporal como el de Cash, trabajan estos mismos mecanismos: regularizar la alimentación, pesarse con un método y no al azar, reintroducir alimentos evitados, reducir el chequeo y la evitación del cuerpo y reducir el peso que tiene la apariencia en la autoestima (Fairburn, 2008; Cash, 2008).

    Estos son los pasos que aparecen en esos protocolos, pensados como orientación. Si hay un TCA, se trabajan con un profesional:

    1. Come con regularidad. Tres comidas y dos o tres colaciones planificadas, sin pasar más de tres o cuatro horas sin comer. Reduce el hambre extrema y la sensación de caos, y con eso baja la ansiedad que le suma combustible al miedo (Fairburn, 2008).

    2. Ordena la pesa. En la terapia de Fairburn (2008) el peso se mide una vez por semana en sesión y se grafica, para ver que sube y baja de forma normal sin que eso signifique “engordar sin freno”. Pesarse varias veces al día o evitar la pesa mantiene el problema. Si hoy te pesas a diario, conversa con tu terapeuta cómo ordenarlo.

    3. Reintroduce de a poco lo que evitas. Haz una lista de alimentos “prohibidos”, ordénala de menos a más difícil e incorpora uno por semana dentro de una comida planificada. Repetir la experiencia debilita la regla (Fairburn, 2008).

    4. Reduce el chequeo y la evitación. Anota cuántas veces al día te revisas. Intenta mirarte entero y a distancia normal, en lugar de enfocarte en una zona, y exponerte de a poco a lo que evitas (ir a un lugar con ropa que te gusta, fotos, la playa). Es lo que propone el programa de ocho pasos de Cash (2008), con ejercicios de exposición y prevención de respuesta.

    5. Pregúntate qué emoción hay detrás de “me siento gordo”. Cuando aparezca, anota qué pasó antes: una crítica, una soledad, un cansancio. Ese registro separa la sensación de un hecho corporal.

    6. Dale otro lugar a tu valor. Rehacer el gráfico de pastel y alimentar las áreas que quedaron chicas (relaciones, proyectos, intereses) apunta a la base del problema, porque reduce la porción que ocupa la apariencia (Fairburn, 2008).

    ¿Hay tratamientos específicos para el miedo a ganar peso?

    Hay avances recientes, todavía con estudios pequeños. En un ensayo con 32 personas hospitalizadas por anorexia que ya habían recuperado el peso, 12 sesiones de exposición con prevención de respuesta, que trabaja el miedo a comer, aumentaron el consumo calórico en una comida de laboratorio (de 352 a 401 kcal) frente a una disminución en el grupo comparado (de 501 a 424 kcal), y la mejoría se asoció con menos ansiedad al comer (Steinglass et al., 2014). En un ensayo con 35 pacientes, cinco sesiones extra de exposición a su cuerpo con realidad virtual redujeron el miedo a ganar peso y la alteración de la imagen corporal más que el tratamiento habitual, también a los tres meses (Porras-Garcia et al., 2021). Son pruebas piloto, y falta replicarlas con muestras mayores.

    Hay un límite que conviene tener presente. Según Fairburn (2008), la conducta cambia en semanas y el miedo y la sobrevaloración tardan meses de experiencias repetidas. Cash (2008) advierte además que, en cuadros graves, la autoayuda pura no basta y el programa debe hacerse guiado por un terapeuta especializado.

    ¿Cuándo pedir ayuda por miedo a engordar?

    Conviene consultar si el miedo ocupa buena parte de tu día, si cambia lo que comes, cuánto te pesas o a dónde vas, o si ya probaste por tu cuenta y no cede. Según GuiaSalud (2009) y NICE (2017), también son motivos de evaluación la pérdida de peso rápida o injustificada, las alteraciones menstruales, los vómitos repetidos, los atracones y la práctica de deportes de riesgo como atletismo, danza o natación sincronizada. Y no hace falta esperar a estar muy delgada o delgado: NICE insiste en que el peso por sí solo no mide el riesgo físico.

    El cuestionario SCOFF es un tamizaje breve que se usa en atención primaria. Una de sus cinco preguntas va justo al tema: si crees que estás gordo o gorda aunque otras personas digan que estás demasiado delgado o delgada. Dos o más respuestas afirmativas indican que conviene una evaluación, y NICE (2017) advierte que estos cuestionarios no confirman ni descartan un diagnóstico por sí solos. Puedes ver sus preguntas en el test de trastornos alimenticios SCOFF.

    Si el miedo es de un hijo o una hija, tienes más orientación en la guía sobre trastornos alimentarios en adolescentes y en la de cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia. Para entender qué tipos de TCA existen y cómo se evalúan, revisa la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria, y para saber cómo acceder a atención, la de tratamiento de los TCA en Chile. Si lo que sientes se parece más a culpa tras comer, mira culpa después de comer, y si el centro es el cuerpo y la autoestima, la de perfeccionismo y cómo mejorar la autoestima.

    Acude a urgencias ante desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, vómitos con sangre o negativa total a comer o beber. Si aparecen ideas de hacerte daño o de morir, no te quedes sola o solo: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Como material de consenso, hay información en MedlinePlus, en el Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y en la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Es normal tener miedo a engordar?

    Es muy frecuente: en un estudio con más de 31.000 personas, entre 73 % y 74 % de las mujeres de 16 a 25 años lo reportaba (Slof-Op ‘t Landt et al., 2017). Frecuente no significa inofensivo. Preocupa cuando decide lo que comes, cuánto te pesas o a dónde vas, o cuando tu valor depende sobre todo del peso y la figura.

    ¿Cómo se llama el miedo a engordar?

    No tiene un diagnóstico propio. Se le llama popularmente obesofobia o lipofobia, y en la investigación “miedo a ganar peso” o “miedo a la grasa”. Puede formar parte de un trastorno de la conducta alimentaria como la anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón, pero también aparece sin ellos.

    ¿Tener miedo a engordar significa que tengo anorexia?

    No. La anorexia exige además un peso significativamente bajo y una restricción que lo sostiene (APA, 2013). Y se puede tener anorexia sin sentir miedo a engordar (Lee et al., 1993; Becker et al., 2009). El diagnóstico lo hace un profesional con una evaluación completa y no un solo síntoma.

    ¿Por qué me siento gorda aunque no lo esté?

    “Sentirse gordo” es una sensación que varía a lo largo del día, mientras que el peso casi no cambia. Fairburn (2008) explica que se produce al confundir emociones negativas o sensaciones corporales normales con grasa. En personas con TCA, la depresión fue el mejor predictor de sentirse gorda (Levinson et al., 2020).

    ¿Cómo perder el miedo a engordar?

    Con práctica repetida y apoyo: comer con regularidad, pesarse con un método, reintroducir alimentos evitados, reducir el chequeo y la evitación del cuerpo y ampliar de qué depende tu valor (Fairburn, 2008; Cash, 2008). El miedo baja más lento que la conducta, y en cuadros graves conviene hacerlo con un especialista.

    ¿Cuándo debo consultar a un psicólogo?

    Cuando el miedo ocupa buena parte de tu día, cambia lo que comes o haces, o hay pérdida de peso, atracones, purgas o ejercicio compulsivo. También si ya lo intentaste por tu cuenta y no cede. Un psicólogo clínico con experiencia en conducta alimentaria o tu médico de atención primaria pueden evaluarte.

    ¿Quieres que el peso deje de decidir tus días?

    No tienes que resolver esto a solas ni a fuerza de voluntad. La terapia cognitivo-conductual trabaja justo los mecanismos que describe esta guía: la sobrevaloración del peso y la figura, las reglas rígidas, el chequeo y la evitación del cuerpo y la forma en que interpretas “sentirte gordo”. La terapia en línea puede ser parte de ese camino, aunque no reemplaza el control médico presencial si hay bajo peso, vómitos frecuentes u otras señales físicas. Si quieres orientación sobre cómo seguir, puedes agendar una consulta.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Referencias

    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing. https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425596
    • Becker, A. E., Thomas, J. J., & Pike, K. M. (2009). Should non-fat-phobic anorexia nervosa be included in DSM-V? International Journal of Eating Disorders, 42(7), 620-635. https://doi.org/10.1002/eat.20727
    • Butler, R. M., Lampe, E., Trainor, C., & Manasse, S. M. (2023). Fear of weight gain during cognitive behavioral therapy for binge-spectrum eating disorders. Eating and Weight Disorders, 28(1), Artículo 29. https://doi.org/10.1007/s40519-023-01541-8
    • Calugi, S., El Ghoch, M., Conti, M., & Dalle Grave, R. (2018). Preoccupation with shape or weight, fear of weight gain, feeling fat and treatment outcomes in patients with anorexia nervosa: A longitudinal study. Behaviour Research and Therapy, 105, 63-68. https://doi.org/10.1016/j.brat.2018.04.001
    • Cash, T. F. (2008). The body image workbook: An eight-step program for learning to like your looks (2nd ed.). New Harbinger Publications.
    • Cash, T. F., & Smolak, L. (Eds.). (2011). Body image: A handbook of science, practice, and prevention (2nd ed.). Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Consumo.
    • Hooper, S. C., Fitterman-Harris, H. F., & Levinson, C. A. (2025). The unique and interacting roles of internalized weight bias and fear of weight gain, and their associations with eating disorder symptoms. Appetite, 209, Artículo 107971. https://doi.org/10.1016/j.appet.2025.107971
    • Lee, S., Ho, T. P., & Hsu, L. K. G. (1993). Fat phobic and non-fat phobic anorexia nervosa: A comparative study of 70 Chinese patients in Hong Kong. Psychological Medicine, 23(4), 999-1017. https://doi.org/10.1017/s0033291700026465
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    • Linardon, J., Phillipou, A., Castle, D., Newton, R., Harrison, P., Cistullo, L. L., Griffiths, S., Hindle, A., & Brennan, L. (2018). The relative associations of shape and weight over-evaluation, preoccupation, dissatisfaction, and fear of weight gain with measures of psychopathology: An extension study in individuals with anorexia nervosa. Eating Behaviors, 29, 54-58. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2018.03.002
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    • Porras-Garcia, B., Ferrer-Garcia, M., Serrano-Troncoso, E., Carulla-Roig, M., Soto-Usera, P., Miquel-Nabau, H., Fernández-del Castillo Olivares, L., Marnet-Fiol, R., de la Montaña Santos-Carrasco, I., Borszewski, B., Díaz-Marsá, M., Sánchez-Díaz, I., Fernández-Aranda, F., & Gutiérrez-Maldonado, J. (2021). AN-VR-BE. A randomized controlled trial for reducing fear of gaining weight and other eating disorder symptoms in anorexia nervosa through virtual reality-based body exposure. Journal of Clinical Medicine, 10(4), 682. https://doi.org/10.3390/jcm10040682
    • Slof-Op ‘t Landt, M. C. T., van Furth, E. F., van Beijsterveldt, C. E. M., Bartels, M., Willemsen, G., de Geus, E. J., Ligthart, L., & Boomsma, D. I. (2017). Prevalence of dieting and fear of weight gain across ages: A community sample from adolescents to the elderly. International Journal of Public Health, 62(8), 911-919. https://doi.org/10.1007/s00038-017-0948-7
    • Steinglass, J. E., Albano, A. M., Simpson, H. B., Wang, Y., Zou, J., Attia, E., & Walsh, B. T. (2014). Confronting fear using exposure and response prevention for anorexia nervosa: A randomized controlled pilot study. International Journal of Eating Disorders, 47(2), 174-180. https://doi.org/10.1002/eat.22214
    • Wang, S. B., Haynos, A. F., Wall, M. M., Chen, C., Eisenberg, M. E., & Neumark-Sztainer, D. (2019). Fifteen-year prevalence, trajectories, and predictors of body dissatisfaction from adolescence to middle adulthood. Clinical Psychological Science, 7(6), 1403-1415. https://doi.org/10.1177/2167702619859331
    • Wellman, J. D., Araiza, A. M., Newell, E. E., & McCoy, S. K. (2018). Weight stigma facilitates unhealthy eating and weight gain via fear of fat. Stigma and Health, 3(3), 186-194. https://doi.org/10.1037/sah0000088

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Recuperación de la anorexia: fases y recaídas

    Recuperación de la anorexia: fases y recaídas

    Llevas unas semanas en tratamiento, o acaban de dar de alta a alguien que quieres, y aparece la pregunta que casi nadie se atreve a decir en voz alta: ¿esto termina? ¿Se vuelve a vivir con normalidad, o la anorexia se queda para siempre? Al buscar la recuperación de la anorexia en internet suelen aparecer dos extremos, la promesa de que todo se arregla en unos meses y la sentencia de que casi nadie sale. Ninguno de los dos se parece a lo que muestran los estudios.

    Esta guía junta lo que se sabe sobre el tratamiento y recuperación de la anorexia: qué significa estar recuperado, qué fases tiene el tratamiento, cuánto suelen tardar el cuerpo y la mente, qué tan frecuentes son las recaídas, cómo se reconocen a tiempo y qué plan ayuda a prevenirlas. Sirve tanto para quien se está recuperando como para quien la acompaña.

    En breve: la mayoría de las personas con anorexia nerviosa mejora de forma importante, y en un seguimiento de 22 años cerca de dos tercios estaban recuperadas, aunque el proceso suele tomar años y tiene altibajos. El primer año después del alta es el de mayor riesgo de recaída. Un desliz puntual se puede corregir, y tener un plan escrito para actuar a tiempo es lo que mejor respaldo tiene para prevenir una recaída. Esta guía orienta y no reemplaza a tu equipo de salud.

    ¿Se puede recuperar totalmente una persona de la anorexia nerviosa?

    Sí. La mayoría mejora y una parte importante se recupera por completo, aunque la cifra exacta depende de cuánto tiempo se sigue a las personas y de cómo se defina “recuperado”. Por eso conviene mirar varios estudios a la vez:

    • Un seguimiento de 22 años. En un estudio con 228 mujeres, el 62,8 % de las que tenían anorexia estaba recuperado a los 22 años, frente a 31,4 % a los 9 años. Cerca de la mitad de quienes seguían enfermas a los 9 años se había recuperado al llegar a los 22 (Eddy et al., 2017). Es una sola cohorte, pero muestra que la recuperación continúa durante mucho más tiempo del que se suele suponer.
    • 415 estudios juntos. Un metaanálisis publicado en 2024 encontró que, sumando todos los trastornos alimentarios, el 46 % se recuperaba, y que ese porcentaje subía con el tiempo de seguimiento: 42 % antes de los 2 años y 67 % a los 10 años o más. Los niños y adolescentes tuvieron mejores resultados que los adultos (Solmi et al., 2024).
    • Estudios del siglo XX. Una revisión de 119 series de casos, con 5.590 pacientes, concluyó que menos de la mitad se recuperaba, alrededor de un tercio mejoraba y cerca de 20 % seguía enfermo de forma crónica (Steinhausen, 2002). Esa cifra más baja viene de décadas en que los tratamientos y los criterios eran distintos.

    Las diferencias entre estos números tienen explicación. Un estudio que mira a los dos años y otro que mira a los veinte no pueden dar el mismo resultado, y además, como resume una revisión sobre el tema, existen casi tantas definiciones de recuperación como estudios (Bardone-Cone et al., 2018). Ninguna de estas cifras dice qué le pasará a una persona en particular, pero juntas dejan una idea clara: la recuperación es lo más común a largo plazo, y casi nunca es rápida.

    También es una enfermedad seria. En un metaanálisis de 2025, la anorexia nerviosa tuvo la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025). Es una razón más para tratarla con un equipo y no esperar a que “pase sola”.

    ¿Qué significa estar recuperado de la anorexia y cómo saber si lo estás?

    Estar recuperado significa que el cuerpo, la conducta y los pensamientos sobre la comida y la figura han vuelto a un funcionamiento sano de forma sostenida. Subir de peso es una parte necesaria del proceso, pero por sí sola no lo completa.

    Una definición muy usada, que recoge el Oxford Handbook of Eating Disorders (Agras & Robinson, 2018), pide tres cosas mantenidas durante meses o años:

    • Cuerpo: un peso saludable y estable para la edad y la estatura, con ciclo menstrual normal.
    • Conducta: ausencia de restricción, atracones y purgas, y también de rituales como comer extremadamente lento o desmenuzar la comida.
    • Mente: pensamientos sobre el peso y la figura que se ubican en un rango parecido al de personas sin trastorno alimentario, y que dejan de ser el eje del valor personal.

    Fairburn (2008) insiste en que quedarse a medio camino no cuenta. Con un peso parcialmente recuperado (por ejemplo, un IMC cercano a 17,5 o 18), el cerebro sigue funcionando bajo los efectos de la desnutrición: la persona hace el esfuerzo enorme de comer más y todavía no recibe el alivio mental que trae el peso saludable. Lo llama “dolor sin ganancia”, y es una de las situaciones de mayor riesgo de recaída. La guía de práctica clínica de GuiaSalud (2009) habla de alta definitiva cuando la mejoría se sostiene durante más de dos años.

    ¿Cuáles son las fases de la recuperación de la anorexia?

    No hay un calendario único, pero los dos tratamientos con más respaldo ordenan el proceso en etapas, y conocerlas ayuda a saber qué se espera en cada momento. La terapia cognitivo-conductual (CBT-E) se usa sobre todo en adultos, y la terapia basada en la familia (FBT) en niños y adolescentes. Para el detalle de cada una, la guía sobre anorexia nerviosa, síntomas y tratamiento lo desarrolla.

    CBT-E en adultos con bajo peso (Fairburn, 2008)

    En bajo peso, el protocolo se extiende por unas 40 semanas, con unas 40 sesiones en total, en cuatro etapas:

    1. Comenzar bien (semanas 1 a 4). Dos sesiones por semana para armar una explicación personal de qué mantiene el problema, entender los efectos de la desnutrición, establecer comidas regulares (tres comidas y tres colaciones) y pesarse en consulta.
    2. Revisión (semanas 5 y 6). Se evalúa el avance, se detectan los obstáculos y se decide si hace falta ampliar el tratamiento a temas como perfeccionismo, autoestima baja o problemas de relaciones.
    3. Cuerpo del tratamiento (hasta cerca de la semana 32). Recuperar el peso es la prioridad. Se trabaja también la sobrevaloración de la figura, las conductas de chequeo y evitación del cuerpo, las comidas “prohibidas” y el manejo de las emociones sin recurrir a la restricción.
    4. Terminar bien (últimas 4 a 6 semanas). Las sesiones se espacian, se escribe un plan de mantenimiento y se aprende a distinguir un desliz de una recaída. Queda además una sesión de revisión unas 20 semanas después.

    FBT en adolescentes (Lock & Le Grange, 2012)

    Son entre 18 y 20 sesiones a lo largo de unos 12 meses, en tres fases:

    1. Restaurar el peso (3 a 5 meses). Los padres asumen la planificación y supervisión de las comidas, con el apoyo del equipo. La enfermedad se trata como algo externo a la persona, lo que alivia la culpa de la familia.
    2. Devolver el control (2 a 3 meses). Empieza cuando el peso ya ronda el 90 % del esperado y las comidas transcurren con poca tensión. La autonomía sobre qué y cuánto comer vuelve al adolescente de forma gradual.
    3. Temas de la adolescencia y cierre (2 a 3 meses). Con el peso entre 95 y 100 % del esperado y la menstruación recuperada, el foco pasa a la autonomía, los amigos y la relación familiar, y la terapia termina con un plan de prevención de recaídas.

    Más allá de los manuales, quienes pasan por esto suelen describir tres movimientos que se superponen: primero el cuerpo se repone, después la mente se va poniendo al día, y por último la vida recupera otras cosas que habían quedado en segundo plano (estudios, amistades, proyectos). Fairburn lo llama “conseguir una vida”, y lo considera parte central de que el trastorno no vuelva.

    ¿Cuánto dura la recuperación de la anorexia?

    La recuperación del peso toma meses, la de los pensamientos sobre el cuerpo toma más tiempo que eso, y el proceso completo suele medirse en años. Cuánto exactamente depende de la edad, del tiempo que lleve la enfermedad y de si hay otros problemas de salud mental.

    • El peso. En tratamiento ambulatorio, la ganancia recomendada ronda los 0,5 kg por semana hasta alcanzar un IMC saludable, cercano a 19 o 20, y después hay varias semanas de mantenimiento (Fairburn, 2008).
    • La mente. La preocupación por la figura y el peso no desaparece junto con la báscula. Según Fairburn (2008), baja de forma lenta durante los 6 a 9 meses posteriores a mantener el peso, siempre que la persona siga comiendo con regularidad. Primero cambia lo que se hace con la comida, y el pensamiento va detrás.
    • El proceso completo. Treasure et al. (2007) señalan que la anorexia tratada en centros especializados dura en promedio entre 5 y 6 años. En seguimientos de 10 a 20 años, el Oxford Handbook (Agras & Robinson, 2018) recoge que cerca de la mitad se recupera por completo, alrededor de 30 % queda con síntomas residuales y cerca de 20 % evoluciona hacia la cronicidad. Cuando empieza en la adolescencia, la resolución suele llegar hacia los 20 y tantos años.
    • Adolescentes y adultos. La FBT dura unos 12 meses y la CBT-E para adultos con bajo peso unos 10, pero en adultos la enfermedad suele estar más arraigada y los resultados varían más. El metaanálisis de Solmi et al. (2024) coincide en que los jóvenes tienen mejor pronóstico.
    • Lo que empeora el pronóstico. Según Steinhausen (2002), los vómitos o purgas, la enfermedad de larga data y los rasgos obsesivo-compulsivos de personalidad se asocian a peores resultados. En un análisis de los mismos 22 años, la depresión presente al inicio fue especialmente dañina en la anorexia (Franko et al., 2018).
    • Un detalle alentador. En el estudio de 22 años, haberse recuperado de forma temprana se asoció con 10,5 veces más probabilidades de seguir recuperado (odds ratio; Eddy et al., 2017), y aun así cerca de la mitad de quienes no lo habían logrado a los 9 años llegó a recuperarse más adelante. La recuperación seguía siendo posible muchos años después del inicio.

    Cuando la enfermedad lleva muchos años, NICE (2017) propone ajustar los objetivos a reducir el daño médico, evitar hospitalizaciones repetidas y cuidar la calidad de vida. Eddy et al. (2017) sostienen que, aun así, la mayoría de las personas no debería darse por perdida.

    ¿Qué se siente al recuperar el peso?

    Gran parte de las molestias de los primeros meses son efectos esperables de revertir la desnutrición. Saberlo evita interpretarlas como una señal de que el tratamiento está fallando. Fairburn (2008) y Treasure et al. (2007) describen las más frecuentes:

    • Hinchazón y sensación de estar llena o lleno. El estómago se vacía más lento después de un período de desnutrición. La plenitud intensa suele durar entre 30 y 60 minutos tras comer, y la tendencia a hincharse baja a lo largo de varias semanas hasta dos meses de alimentación regular. Ayudan la ropa holgada en las comidas y una actividad que distraiga durante una hora o dos.
    • Un salto rápido en la báscula. En las primeras 1 o 2 semanas puede subir 1 o 2 kg, en buena parte agua. Por eso se recomienda pesarse una vez por semana y no todos los días.
    • Hambre intensa o ausencia de apetito. Las señales de hambre y saciedad tardan varios meses en normalizarse. Se pide comer por horario y no por sensaciones, y evitar compensar con ayunos o purgas.
    • “Sentirse gorda” o “sentirse gordo”. Fairburn lo describe como una etiqueta equivocada para otras cosas: calor, ropa ajustada, plenitud, aburrimiento o tristeza. Preguntarse qué se siente exactamente en ese momento ayuda a ponerle el nombre correcto.
    • Emociones que vuelven. La desnutrición adormece las emociones. Al recuperar peso pueden aparecer llanto, rabia o irritabilidad que llevaban tiempo guardados, sobre todo en los primeros meses.

    Estas descripciones son orientativas. En bajo peso importante, la realimentación necesita control médico, y los mareos, el dolor de pecho o los latidos muy lentos o irregulares son motivo de consulta inmediata.

    ¿Qué tan frecuentes son las recaídas en la anorexia nerviosa y cuándo ocurren?

    La recaída en la anorexia nerviosa es frecuente pero no inevitable, y el período de mayor riesgo es el primer año después del tratamiento. Las cifras varían bastante según cómo se defina la recaída, un problema que los propios autores destacan.

    • Una revisión sistemática de 16 estudios encontró que el 31 % de los pacientes con anorexia nerviosa recayó después del tratamiento, con el mayor riesgo durante el primer año y hasta cerca de los 2 años (Berends et al., 2018).
    • Otra revisión de 27 estudios halló tasas de recaída entre 9 % y 52 %, que suben cuanto más largo es el seguimiento (Khalsa et al., 2017).
    • Un metaanálisis de 35 estudios identificó qué predice una recaída: es más probable con comorbilidad psiquiátrica y mayor gravedad de los síntomas, y menos probable con más motivación para el cambio, mejor respuesta al tratamiento y subtipo restrictivo (Sala et al., 2023).

    En la práctica, esto significa que el alta no es la meta final. Los meses posteriores al alta merecen tanto cuidado como el tratamiento mismo.

    ¿Desliz o recaída? La diferencia importa

    Un desliz es un tropiezo puntual, como saltarse una comida o volver a restringir después de un día difícil. Una recaída es volver al punto de partida. Fairburn (2008) enfatiza que los deslices son normales en la recuperación y que lo peor que se puede hacer es llamarlos recaída, porque esa etiqueta empuja al “ya lo arruiné todo” y a abandonar el plan.

    Imagina a alguien que lleva ocho meses comiendo con regularidad. Un viernes, después de un comentario sobre su cuerpo en una reunión, se salta la cena. Si lo interpreta como un fracaso total, es probable que al día siguiente restrinja más. Si lo ve como un desliz, retoma la próxima comida planificada como si nada, anota qué lo gatilló y busca resolverlo. La segunda respuesta es la que recomienda Fairburn: “hacer lo correcto” de inmediato.

    En adolescentes, Lock y Le Grange (2012) leen un tropiezo de otra manera. Suele indicar que el control de la comida se devolvió demasiado pronto, y la respuesta es que los padres retomen una supervisión calmada y sin castigos, sin vivirlo como un fracaso.

    Señales tempranas y momentos de mayor riesgo

    La recaída casi nunca aparece de golpe. Antes suele reactivarse lo que Fairburn y Lock y Le Grange llaman la “mentalidad del trastorno alimentario”. Cada persona tiene su propia “firma de recaída”, y estas son las señales que más se describen:

    • Postergar o saltarse comidas y colaciones, o elegir solo alimentos “dietéticos”.
    • Contar calorías a escondidas o reintroducir reglas rígidas en la mesa.
    • Volver a mirarse o medirse el cuerpo a cada rato, o evitar los espejos y la ropa ajustada.
    • Pesarse todos los días, o evitar la báscula por miedo.
    • Subir la intensidad del ejercicio o sentir que “tiene” que entrenar.
    • Excusas para no comer con la familia o con amigos, y conversaciones centradas en calorías.

    Y estos son los momentos que concentran el riesgo:

    • Cambios grandes: mudarse, empezar la universidad o un trabajo nuevo, una ruptura de pareja.
    • Reiniciar una dieta de adelgazamiento. Fairburn (2013) la describe como el gatillo voluntario más potente.
    • Comentarios críticos sobre el cuerpo, un aumento de peso involuntario, o cambios corporales como el embarazo.
    • Un episodio depresivo, que deja a la persona con menos recursos para afrontar.
    • En adolescentes, el paso en que los padres traspasan la responsabilidad de las comidas, y la salida del hogar al terminar la terapia.
    • Fiestas, vacaciones y eventos donde la comida es protagonista.

    ¿Cómo se previene una recaída?

    Lo que mejor respaldo tiene es llegar al final del tratamiento con un plan escrito y practicarlo. Fairburn (2008) y Lock y Le Grange (2012) coinciden en los elementos principales:

    1. Mantener las comidas regulares, sin fecha de término. Tres comidas y dos o tres colaciones al día, sin dietas restrictivas.
    2. Pesarse una vez por semana, el mismo día y en condiciones parecidas, sin comprobaciones diarias ni evitación.
    3. Definir con el equipo un rango de peso saludable y un “peso de peligro”, por ejemplo un IMC menor a 18,5, que funcione como alarma clara. El número exacto lo fija el equipo según cada caso.
    4. Escribir la propia “firma de recaída”, con las señales de aviso de esa persona.
    5. Tener un plan de acción para los deslices: retomar el registro de comidas, volver al horario, resolver el problema que lo gatilló y no compensar con ayunos.
    6. Seguir ampliando la vida fuera del cuerpo y la comida: relaciones, estudios, trabajo, intereses.
    7. Saber cuándo pedir ayuda, algo que se detalla más abajo.

    Algunos estudios respaldan esta lógica. En un estudio no aleatorizado con 88 pacientes que ya habían recuperado el peso, un año de terapia cognitivo-conductual de mantenimiento se asoció a que 65 % no hubiera recaído al año, frente a 34 % del grupo con seguimiento habitual (Carter et al., 2009). Los autores lo consideran evidencia preliminar, precisamente por no ser un ensayo aleatorizado.

    Los medicamentos, en cambio, no han demostrado proteger contra la recaída. En un ensayo aleatorizado con 93 pacientes que ya habían recuperado peso y recibían terapia cognitivo-conductual, la fluoxetina no logró mejorar el tiempo hasta la recaída frente a placebo (Walsh et al., 2006). La parte psicológica del plan es la que más pesa.

    Si acompañas a alguien en su recuperación

    Acompañar sin vigilar es difícil, y casi todos los familiares y parejas se equivocan alguna vez. Treasure et al. (2007) describen reacciones comprensibles pero contraproducentes: desbordarse en llanto o gritos (la “medusa”) y evitar el tema (el “avestruz”) son dos de ellas. Proponen en cambio la postura del “San Bernardo”: presencia calmada, cálida y firme.

    Cuando hay un desliz, ayuda:

    • Llamarlo desliz y no recaída, y recordar los meses de avance que siguen siendo reales.
    • Validar lo difícil que es (“veo que te asustaste”) y proponer retomar la próxima comida planificada.
    • Mirar con calma qué lo gatilló, para ajustar la próxima vez.
    • Organizar planes que no giren en torno a la comida: caminar, ver una serie, salir.

    Conviene evitar:

    • Reproches como “otra vez lo estás arruinando” o “te falta fuerza de voluntad”, que aumentan la vergüenza y, con ella, la restricción.
    • Discusiones largas sobre si un alimento engorda o no, o responder una y otra vez a la misma pregunta sobre el cuerpo.
    • Comentarios sobre el peso o la figura, también los elogiosos.
    • Dar el tratamiento por perdido.

    Cuidarte tú también es parte del plan. Treasure et al. (2007) subrayan que un cuidador agotado pierde la serenidad que la recuperación necesita. Y si la persona que acompañas no encaja con la imagen típica de la anorexia, la guía sobre anorexia en hombres y la de anorexia atípica explican por qué a veces tarda en reconocerse.

    ¿Cuándo volver a pedir ayuda profesional?

    Es mejor consultar pronto que esperar a que el problema se consolide. Según el plan de mantenimiento de Fairburn (2008), conviene recontactar al equipo cuando:

    • El peso baja del “peso de peligro” acordado, o se mantiene bajo durante dos semanas seguidas.
    • Después de un desliz, la persona no logra retomar el plan en unas 2 a 4 semanas aplicándolo por sí sola.
    • Reaparece o se instala un episodio depresivo, o hay ideas de hacerse daño.
    • Las dudas o la obsesión vuelven a interferir con los estudios, el trabajo, la pareja o la vida social.

    Algunas situaciones no esperan a la próxima sesión. Acude a urgencias ante desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre o negativa total a comer o beber. Si hay ideas de hacerse daño o de morir, no te quedes solo ni dejes solo a otro: llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Para decidir con quién empezar, la guía de trastornos de la conducta alimentaria ofrece un mapa general y el test SCOFF es un primer cribado. Como material de consenso, hay información en MedlinePlus, en el Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y en la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Se puede curar la anorexia nerviosa?

    Sí, muchas personas se recuperan por completo. En un seguimiento de 22 años, cerca de dos tercios de las mujeres con anorexia estaban recuperadas. Suele tomar años y tiene altibajos, y una minoría desarrolla un curso crónico. Recuperarse es lo más común a largo plazo, pero no es rápido ni lineal.

    ¿Cuánto tarda en recuperarse alguien con anorexia?

    El peso se repone en meses y los pensamientos sobre el cuerpo tardan unos 6 a 9 meses más en ajustarse. El proceso completo suele medirse en años: en centros especializados se habla de 5 a 6 años en promedio. En adolescentes con tratamiento familiar suele ser más corto que en adultos.

    ¿Es normal tener una recaída después del alta?

    Es frecuente, aunque no inevitable. Una revisión encontró que cerca de 3 de cada 10 pacientes recaen tras el tratamiento, con el mayor riesgo en el primer año. Los deslices pequeños son esperables. Actuar a tiempo, con un plan escrito y apoyo del equipo, evita que se transformen en una recaída completa.

    ¿Cuál es la diferencia entre un desliz y una recaída?

    Un desliz es un tropiezo puntual, como saltarse una comida tras un día difícil, y se corrige retomando el plan de inmediato. Una recaída es el retorno sostenido a la restricción, los atracones o las purgas, o la pérdida de peso. Llamar recaída a un desliz tiende a empeorarlo.

    ¿Subir de peso significa que ya estoy recuperada?

    No necesariamente. El peso es una parte necesaria, pero la recuperación también incluye comer sin restricción ni rituales y que la figura y el peso dejen de dominar el valor personal. Con un peso parcialmente recuperado, los pensamientos del trastorno siguen activos y el riesgo de recaer es mayor.

    ¿Qué hago si mi pareja o mi hijo recae?

    Mantén la calma, no lo culpes y llama desliz a lo que sea un tropiezo puntual. Propón retomar la próxima comida planificada y avisa al equipo tratante si el peso baja o el desliz persiste. En adolescentes, los padres suelen retomar una supervisión más cercana. Si hay riesgo médico o ideas de hacerse daño, ve a urgencias.

    ¿Quieres acompañamiento en tu recuperación?

    La recuperación de la anorexia exige un equipo: seguimiento médico, a menudo un nutricionista, y psicoterapia con experiencia en trastornos alimentarios. La terapia en línea puede ser parte de ese equipo, por ejemplo para el trabajo cognitivo-conductual y para sostener el plan de prevención de recaídas, aunque no reemplaza el control médico presencial cuando hay bajo peso. Si quieres orientación sobre cómo seguir, puedes agendar una consulta.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • Bardone-Cone, A. M., Hunt, R. A., & Watson, H. J. (2018). An overview of conceptualizations of eating disorder recovery, recent findings, and future directions. Current Psychiatry Reports, 20(9), Artículo 79. https://doi.org/10.1007/s11920-018-0932-9
    • Berends, T., Boonstra, N., & van Elburg, A. (2018). Relapse in anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. Current Opinion in Psychiatry, 31(6), 445-455. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000453
    • Carter, J. C., McFarlane, T. L., Bewell, C., Olmsted, M. P., Woodside, D. B., Kaplan, A. S., & Crosby, R. D. (2009). Maintenance treatment for anorexia nervosa: A comparison of cognitive behavior therapy and treatment as usual. International Journal of Eating Disorders, 42(3), 202-207. https://doi.org/10.1002/eat.20591
    • Eddy, K. T., Tabri, N., Thomas, J. J., Murray, H. B., Keshaviah, A., Hastings, E., Edkins, K., Krishna, M., Herzog, D. B., Keel, P. K., & Franko, D. L. (2017). Recovery from anorexia nervosa and bulimia nervosa at 22-year follow-up. The Journal of Clinical Psychiatry, 78(2), 184-189. https://doi.org/10.4088/JCP.15m10393
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
    • Franko, D. L., Tabri, N., Keshaviah, A., Murray, H. B., Herzog, D. B., Thomas, J. J., Coniglio, K., Keel, P. K., & Eddy, K. T. (2018). Predictors of long-term recovery in anorexia nervosa and bulimia nervosa: Data from a 22-year longitudinal study. Journal of Psychiatric Research, 96, 183-188. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2017.10.008
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    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Walsh, B. T., Kaplan, A. S., Attia, E., Olmsted, M., Parides, M., Carter, J. C., Pike, K. M., Devlin, M. J., Woodside, B., Roberto, C. A., & Rockert, W. (2006). Fluoxetine after weight restoration in anorexia nervosa: A randomized controlled trial. JAMA, 295(22), 2605-2612. https://doi.org/10.1001/jama.295.22.2605

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Mi hijo tiene anorexia: qué hacer como padre o madre

    Imagina que llevas semanas notando cosas pequeñas. Tu hija ya no se sienta a la mesa con ustedes, cocina para todos y ella “ya comió”, usa polerones tres tallas más grandes y se enoja si preguntas. Entre el miedo a exagerar y el miedo a llegar tarde, buscas en internet “qué hacer si mi hijo tiene anorexia”. Esa búsqueda ya cuenta como una acción, y vale más de lo que parece.

    Esta guía te acompaña en ese momento: cómo reconocer las señales, cómo hablar con tu hijo o hija sin pelear, por qué la familia forma parte del tratamiento (y por qué no eres la culpable ni el culpable), qué pasa en la terapia, cuánto dura y cuándo hay que ir a urgencias. Aquí el foco son los padres de un niño o adolescente, porque el papel de la familia cambia bastante cuando la persona enferma es un adulto.

    En breve: si sospechas anorexia en un hijo adolescente, pide una evaluación médica y psicológica pronto, sin esperar a que el peso sea “muy bajo”. El tratamiento con mejor respaldo para adolescentes es la terapia familiar, en la que los padres asumen un rol activo en la renutrición. La anorexia puede ser grave y tiene riesgo médico real, pero cuanto antes se aborda, mejores son las perspectivas. Esta guía orienta y no reemplaza la evaluación de un equipo de salud.

    ¿Qué hacer si mi hijo tiene anorexia? Los primeros pasos

    Lo primero es pedir una evaluación profesional, sin esperar a estar seguro. La guía británica NICE (2017) indica que ante la sospecha de un trastorno alimentario la derivación a un servicio especializado no debe demorarse, y que la decisión no debe depender solo de que el peso esté “lo bastante bajo”. La GPC española de GuiaSalud (2009) coincide en que el peso y el IMC no son los únicos indicadores de riesgo y pide mirar el ritmo de pérdida y la curva de crecimiento.

    En la práctica, los primeros días se ven así:

    1. Pide hora con el pediatra o el médico que conoce a tu hijo, y cuenta lo que has observado. Pide que evalúe peso, talla (con su curva de crecimiento), pulso, presión y exámenes de sangre.
    2. Pide derivación a un equipo con experiencia en trastornos alimentarios (psicólogo clínico, psiquiatra infantojuvenil, nutrición). La entrada puede ser el pediatra o la atención primaria.
    3. Habla con tu hijo con calma, pero sin esperar a que esté de acuerdo para pedir la evaluación (más abajo, cómo).
    4. Busca estar de acuerdo con tu pareja o con quien cuide a tu hijo antes de hablar. Lock y Le Grange (2012) insisten en que los padres actúen como un bloque, porque cualquier grieta entre ellos es una puerta que la enfermedad aprovecha.

    Si alguien te dice “es una etapa” o “come, así que está bien”, insiste. La anorexia puede estar presente en un adolescente que come algo en la mesa, o cuyo peso no parece extremo.

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia? Señales que se ven en casa

    Ninguna señal sola confirma el diagnóstico, y el diagnóstico lo hace un profesional. Pero hay un conjunto de conductas que, juntas y sostenidas, justifican consultar. Las describen los manuales clínicos (Lock y Le Grange, 2012; Robinson y Agras, 2018) y las guías de NICE (2017) y GuiaSalud (2009):

    • Con la comida: cambios progresivos (primero se eliminan dulces y grasas, luego otros grupos), porciones cada vez más pequeñas, leer etiquetas, contar calorías, cortar la comida en trozos mínimos, comer muy lento, excusas para no comer en familia, esconder o tirar comida, cocinar para otros sin comer.
    • Con el ejercicio: necesidad de entrenar todos los días aunque esté cansado, enfermo o lesionado, ejercicio a escondidas en el dormitorio.
    • Con el cuerpo: miedo intenso a engordar aunque esté delgado, pesarse seguido, mirarse al espejo o pellizcarse, ropa ancha o en capas para ocultar el cuerpo.
    • En el ánimo: irritabilidad, cambios bruscos, rigidez, perfeccionismo creciente, apatía.
    • En lo social y escolar: evitar cumpleaños y salidas con comida, aislarse en el dormitorio, bajar la concentración, dejar actividades que antes disfrutaba.
    • En el cuerpo que crece: en chicas, desaparición de la menstruación; en niños y púberes, dejar de crecer o de subir de peso según su curva, o retraso en el desarrollo puberal.

    Una aclaración importante: el peso no siempre avisa. Una revisión sistemática de 24 publicaciones encontró que en la anorexia atípica (sin bajo peso, pero con restricción y pérdida de peso importante) el nivel de psicopatología alimentaria es tan alto o más alto que en la anorexia nerviosa, y muchas complicaciones físicas son parecidas (Walsh et al., 2023). Por eso, “se ve normal” no basta para quedarse tranquilo. Si quieres leer más, está la guía sobre anorexia atípica, y una forma de ordenar tus dudas antes de consultar es el test de trastornos alimenticios SCOFF, que orienta pero no diagnostica.

    Y si tu hijo es varón, tampoco descartes la posibilidad: la anorexia en hombres suele pasar desapercibida.

    Mi hija no come nada, ¿qué hago? Cómo hablar sin entrar en la discusión

    Cuando una madre o un padre dice “no come nada”, casi nunca es literal. Lo que suele pasar es que come muy poco, muy selectivo o a escondidas. El método New Maudsley, desarrollado por Treasure, Smith y Crane (2007) para familias, y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012) coinciden en varias ideas para esa primera conversación:

    • Elige un momento neutro. No durante la comida, no después de una pelea, no con prisa. Un lugar tranquilo y privado.
    • Ensaya antes lo que vas a decir, con tu pareja o frente al espejo, para no desbordarte si responde con rabia o con llanto.
    • Habla en primera persona, desde lo que observas y desde tu cariño: “He notado algunas cosas últimamente que me preocupan por tu salud, y me gustaría que hablemos de cómo te sientes”.
    • No esperes que lo reconozca. Es habitual que lo niegue o se enoje. Que te diga “estoy bien” no cancela la cita con el médico.

    Dentro de la mesa y de la discusión, los dos manuales advierten de una trampa: el llamado “debate anoréxico”. Es la discusión sobre si la porción es grande, si el aceite engorda, si esa comida es “sana”. Discutir con lógica con una persona desnutrida no funciona, porque el trastorno responde por ella. Lo que sugieren es reconocer la emoción y no entrar en el contenido:

    Situación Mejor evitar Puede ayudar
    Dice que no tiene problema “Estás flaquísima, ¿no lo ves?” “Entiendo que no lo veas así. Igual vamos a ir al médico para quedarnos tranquilos”
    Protesta porque “esto engorda” Explicar calorías y nutrientes “Escucho lo asustado que estás en este momento. No voy a discutir de calorías, porque sé que eso alimenta tu ansiedad”
    Se niega a comer lo servido Gritar, amenazar o negociar el plato “Sé lo difícil que es esto para ti, y tienes que comer lo que está en tu plato” (repetido con calma, sin elevar la voz)
    Llora o se enoja Llorar tú también o entrar en pánico Mantener la presencia, serena y cálida, sin ceder la regla
    Pregunta “¿estoy gorda?” “No, estás flaquísima” Responder a la emoción (“pareces asustada”) y cambiar de tema

    Treasure et al. (2007) describen cuatro reacciones comprensibles que conviene vigilar: embestir con lógica o gritos (el rinoceronte), desbordarse en llanto o culpa (la medusa), acomodarse a todo y cocinar menús especiales (el canguro) y evitar el tema (el avestruz). Reconocerte en alguna no te hace mala persona. Es lo que le pasa a casi cualquiera con tanto miedo.

    También ayuda cuidar lo que se dice en casa sobre el cuerpo. En un estudio con 356 adolescentes, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso de parte de familiares; esas burlas y los comentarios de las madres sobre el peso se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas (Neumark-Sztainer et al., 2010). Es un estudio transversal en chicas con riesgo, que muestra asociación y no causa, pero justifica sacar las dietas y los comentarios sobre el cuerpo de la conversación familiar.

    ¿Por qué la familia es parte del tratamiento?

    Porque la evidencia más sólida en adolescentes está en los tratamientos que incluyen a los padres. NICE (2017) recomienda como primera opción para niños y adolescentes con anorexia la terapia familiar centrada en la anorexia, de 18 a 20 sesiones a lo largo de un año. Si no es aceptable, está contraindicada o no funciona, considera la terapia cognitivo-conductual individual para trastornos alimentarios o la psicoterapia centrada en el desarrollo adolescente.

    Los estudios respaldan esa jerarquía, con matices:

    • En un ensayo con 121 adolescentes de 12 a 18 años, la terapia familiar y la terapia individual lograron una remisión parecida al terminar, pero a los 6 y a los 12 meses de seguimiento la familiar fue superior (Lock et al., 2010).
    • Un metaanálisis con tres estudios que cumplían criterios estrictos apuntó en la misma dirección (Couturier et al., 2013).
    • Una revisión más reciente de 23 publicaciones sobre 18 ensayos encontró que la terapia familiar logra más aumento de peso al final del tratamiento que la psicoterapia individual, y que las versiones centradas en los padres, o con padres e hijo por separado, tuvieron mejores resultados de peso y recuperación al final que la versión conjunta. Los demás resultados no mostraron diferencias significativas, y los autores piden estandarizar cómo se mide en los estudios futuros (Austin et al., 2025).

    Hay otro punto, tan importante como los números: el modelo exonera a la familia de la culpa. Lock y Le Grange (2012) parten de una postura “agnóstica” sobre las causas: nadie sabe con certeza qué origina la anorexia, y la autoculpa paraliza a los padres justo cuando más hace falta que actúen con firmeza. Por eso la anorexia se trata como un invasor que se ha apoderado de la capacidad de decidir del adolescente, y los padres como el recurso principal para recuperarlo.

    Dos precisiones para no sobreinterpretar. Primera: lo que hagas en casa importa, y algunas conductas, como la crítica y los comentarios sobre el peso, se asocian con peores resultados. En 121 familias con un adolescente con anorexia, la crítica del padre predijo menor mejoría de los síntomas alimentarios y la hostilidad de la madre menor mejoría del funcionamiento familiar (Rienecke et al., 2016), mientras que en otro estudio con 79 familias la calidez de madres y padres se asoció con un buen resultado (Le Grange et al., 2011). Segunda: una revisión de 39 estudios concluyó que factores del cuidador, como su confianza y su estado emocional, pueden influir en el resultado de la terapia familiar (McCord et al., 2025). Dicho de otro modo, prepararte importa.

    ¿Cómo funciona el tratamiento basado en la familia, fase por fase?

    El tratamiento basado en la familia (FBT, también llamado método Maudsley) tiene tres fases, según Lock y Le Grange (2012). Es un resumen de lo que describe el manual, y el equipo tratante lo adapta a cada familia.

    Fase 1: recuperar el peso y la nutrición. Dura típicamente entre tres y cinco meses, con sesiones semanales. Aquí los padres asumen de forma temporal el control de la alimentación: planifican, sirven y supervisan las comidas y colaciones, y se mantienen firmes y cálidos frente a las protestas. La lógica es que una persona desnutrida no puede tomar decisiones saludables sobre la comida, porque la desnutrición altera cómo piensa. Habitualmente el terapeuta comparte una comida con la familia en una de las primeras sesiones para entrenarlos en vivo. En esta fase se pausa el ejercicio compulsivo y puede ser necesario reducir la carga escolar.

    Fase 2: devolver el control de la comida al adolescente. Cuando el peso se estabiliza, la resistencia a comer ha cedido y las comidas se vuelven más tranquilas, los padres devuelven la autonomía poco a poco: que se sirva solo, que elija algunas comidas, que almuerce en el colegio. Si el peso baja, los padres retoman el control temporalmente, sin tono punitivo.

    Fase 3: la adolescencia, otra vez. Con el peso estable y la comida sin ser el centro de la vida familiar, se trabajan las tareas propias de la edad (amistades, estudios, identidad) y se acuerda cómo reconocer y enfrentar señales de recaída.

    Lock y Le Grange (2012) describen una postura de empatía por el sufrimiento y una expectativa firme de que la comida no es opcional, repetida con calma por ambos padres, sin gritos ni amenazas. Y se hace acompañado de un equipo: la supervisión médica es parte del tratamiento, y no se debe intentar realimentar a un adolescente muy desnutrido en casa por cuenta propia, porque reintroducir comida de golpe puede causar complicaciones que exigen monitoreo.

    ¿Cuánto dura y qué se puede esperar?

    La terapia familiar estándar dura alrededor de un año (NICE, 2017), y la recuperación completa suele tardar más. Algunas cosas ayudan a tener expectativas realistas:

    • Cuanto antes, mejor. Una revisión de 14 estudios estimó que quienes llegan a tratamiento por anorexia llevaban en promedio unos 30 meses con el trastorno sin tratar, y los estudios retrospectivos sugieren que un tiempo sin tratamiento más corto puede asociarse con mayor probabilidad de remisión (Austin et al., 2021). Es preliminar, pero va en la dirección de no esperar.
    • La respuesta temprana importa. En un ensayo con 82 adolescentes, quienes ganaron más de 1,8 kg hasta la cuarta sesión de terapia familiar tuvieron más remisión al terminar (46 % frente a 11 %) y al año (64 % frente a 36 %) (Madden et al., 2015). Este dato lo monitorea el equipo, y no conviene pesar a tu hijo en casa para “comprobarlo”: el peso es un tema para la consulta.
    • Las remisiones son frecuentes, aunque no universales. El manual de Lock y Le Grange (2012) describe remisiones completas de entre la mitad y dos tercios de los adolescentes con enfermedad de corta evolución. Son cifras de ensayos controlados con familias que completan el tratamiento, y no garantizan lo que pasará con tu hijo.
    • Puede haber recaídas. Un metaanálisis de 16 estudios halló que el 31 % de las personas con anorexia recayó tras el tratamiento, con mayor riesgo durante el primer año y hasta unos dos años (Berends et al., 2018). Un tropiezo no es volver a cero: Treasure et al. (2007) recomiendan distinguir un “desliz” de una recaída y tratar el desliz con curiosidad, para ajustar el plan sin pánico ni reproches.
    • La recuperación suele ser sólida en lo alimentario, con secuelas emocionales posibles. En un seguimiento a largo plazo de 36 personas tratadas con terapia familiar en la adolescencia, sus conductas alimentarias y de ejercicio eran comparables a las de 29 controles, pero tenían más depresión, ansiedad y estrés (Springall et al., 2022). Es un estudio pequeño con cuestionarios de autoinforme, pero indica que conviene seguir cuidando el ánimo después del peso.

    ¿Cuándo es una urgencia?

    Algunas situaciones no esperan a la próxima sesión. Lleva a tu hijo a un servicio de urgencias si hay desmayos o mareos intensos, dolor en el pecho, palpitaciones o latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño.

    Las guías detallan lo que el equipo médico evalúa. Según la GPC de GuiaSalud (2009), son criterios de derivación urgente un pulso menor de 40 por minuto, una presión sistólica menor de 70 mmHg o síncopes, un potasio menor de 3 mEq/l, arritmias graves, convulsiones o deshidratación. Tú no tienes que medir nada de esto: la señal para ti es que, ante cualquiera de los síntomas de arriba, se va a urgencias. NICE (2017) añade que la hospitalización se reserva para cuando el tratamiento ambulatorio no ha sido suficiente, o hay alto riesgo físico, o alto riesgo de suicidio.

    Si tu hijo dice que quiere morir o se hace daño, no lo dejes solo y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o ve a urgencias de inmediato.

    Tomarla en serio tiene respaldo: en un metaanálisis de 2025, la anorexia nerviosa tuvo la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025).

    ¿Y los hermanos, el colegio y el ejercicio?

    Hermanos. Según Lock y Le Grange (2012), los hermanos no participan en supervisar la comida ni en vigilar a su hermano o hermana: esa tarea es de los padres. Su lugar es el cariño, la compañía y las actividades compartidas sin foco en la comida. Treasure et al. (2007) advierten que los hermanos suelen quedarse con necesidades sin atender (se sienten ignorados, culpables o incluso rinden menos en el colegio para no “eclipsar”), así que conviene reservarles tiempo propio.

    Colegio. En las primeras semanas puede ser necesario ajustar el horario, evitar que el adolescente almuerce solo en el colegio y coordinar tareas con los profesores. NICE (2017) pide que la exigencia académica no comprometa la recuperación física ni las comidas estructuradas.

    Ejercicio. En la fase de renutrición, el ejercicio compulsivo o de alta intensidad se pausa hasta que haya estabilidad médica; después se reintroduce de forma gradual y acordada con el equipo (Lock y Le Grange, 2012). Si tu hijo quiere entrenar “solo un poco”, la decisión es del equipo tratante.

    Pareja. Los padres funcionan mejor cuando están “en la misma página” y cuando protegen un rato semanal a solas para hablar de otra cosa que no sea la enfermedad (Treasure et al., 2007).

    ¿Cómo cuidarte tú mientras tanto?

    Acompañar la renutrición de un hijo es de las tareas más agotadoras que existen, y ese desgaste tiene consecuencias. Una revisión de 12 ensayos encontró que los efectos de las intervenciones para cuidadores sobre su ansiedad y depresión fueron infrecuentes y pequeños, con mejores señales en las que incluían apoyo profesional o de pares (Riboldi et al., 2026). Los programas de habilidades sí cambian conductas concretas: un ensayo con 37 cuidadores mostró menos intrusividad y menos experiencias negativas de cuidado (Hoyle et al., 2013), y en un ensayo con 108 familiares de adolescentes el programa ECHO online mejoró la emoción expresada, la acomodación y el bienestar emocional (Ruiz et al., 2024). Ambos son estudios pequeños, y en el segundo el grupo de comparación también mejoró.

    En concreto: sostén tu red de apoyo, agenda pausas semanales que no giren en torno a la comida, comparte la carga con la otra persona adulta de la casa y suelta la culpa. Si sientes que ya no puedes más, puedes leer sobre el síndrome del cuidador.

    ¿Cuándo y con quién consultar?

    Consulta pronto si hace semanas que ves restricción, pérdida de peso, ejercicio compulsivo, evitación de comidas o cambios de ánimo ligados al cuerpo y la comida. La puerta de entrada puede ser el pediatra o la atención primaria, y el tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras infantojuveniles con experiencia en trastornos alimentarios, junto con control médico y nutricional. Si dudas por dónde partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.

    Tú también puedes consultar. Una primera conversación con un psicólogo puede ayudarte a ordenar lo que viste, cómo hablarle a tu hijo y a quién derivarlo; el tratamiento de una anorexia en un adolescente exige además seguimiento médico presencial, que no se reemplaza con atención en línea. Si quieres orientación, puedes agendar una consulta. Para una visión general, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa. Como material de consenso hay información de MedlinePlus, del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. y la guía NICE NG69.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia o solo está haciendo dieta?

    Una dieta tiene un objetivo y se puede flexibilizar. En la anorexia hay miedo intenso a engordar, reglas rígidas, ejercicio compulsivo, ocultamiento, irritabilidad y aislamiento que persisten y crecen. Si lo notas por semanas, pide evaluación al pediatra sin esperar un peso muy bajo, porque el peso no siempre avisa.

    ¿Es culpa mía que mi hijo tenga anorexia?

    Es un trastorno con muchas causas, y los manuales de terapia familiar parten de que la causa exacta se desconoce y de que culpar a los padres retrasa la ayuda. Sentirse culpable es frecuente, pero lo útil es canalizar esa energía en acompañar el tratamiento y pedir apoyo para ti.

    Mi hija no come nada, ¿la obligo a comer?

    No a gritos ni con amenazas. En la terapia familiar, los padres asumen la supervisión de las comidas con calma y firmeza, guiados por un equipo, repitiendo que comer no es opcional y reconociendo lo difícil que es. No discutas calorías ni porciones, y no intentes realimentar en casa a un adolescente muy desnutrido sin control médico.

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la anorexia en adolescentes?

    La terapia familiar recomendada por NICE son 18 a 20 sesiones a lo largo de un año, y la recuperación completa puede tardar más. Hay altibajos, y un tropiezo no es una recaída. El riesgo de recaída es mayor durante el primer año después del tratamiento, por lo que el seguimiento sigue siendo importante.

    ¿Cuándo debo llevar a mi hijo a urgencias?

    Ante desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, convulsiones, deshidratación, vómitos con sangre, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño. En Chile, el *4141 atiende crisis de salud mental las 24 horas. No esperes a que tu hijo esté de acuerdo.

    ¿Mi hijo puede recuperarse completamente?

    Muchos adolescentes se recuperan, sobre todo cuando el tratamiento comienza pronto y la familia participa. Los manuales describen remisiones de entre la mitad y dos tercios en enfermedad de corta evolución, y los estudios muestran que también existen recaídas. Es una expectativa realista, no una promesa: depende de cada caso.

    ¿Cómo hablo con mi hijo sobre la anorexia sin que se enoje?

    Elige un momento tranquilo y privado, habla desde lo que has observado y desde tu cariño, en primera persona, y no discutas con datos. Es normal que lo niegue; no necesitas su acuerdo para pedir una evaluación médica. Si se enoja, mantén la calma, repite que lo quieres y retoma otro día.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Austin, A., Anderson, A. G., Lee, J., Vander Steen, H., Savard, C., Bergmann, C., Singh, M., Devoe, D., Gorrell, S., Patten, S., Le Grange, D., & Dimitropoulos, G. (2025). Efficacy of eating disorder focused family therapy for adolescents with anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 58(1), 3-36. https://doi.org/10.1002/eat.24252
    • Austin, A., Flynn, M., Richards, K., Hodsoll, J., Duarte, T. A., Robinson, P., Kelly, J., & Schmidt, U. (2021). Duration of untreated eating disorder and relationship to outcomes: A systematic review of the literature. European Eating Disorders Review, 29(3), 329-345. https://doi.org/10.1002/erv.2745
    • Berends, T., Boonstra, N., & van Elburg, A. (2018). Relapse in anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. Current Opinion in Psychiatry, 31(6), 445-455. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000453
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    • Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Ministerio de Sanidad y Política Social; Agència d’Avaluació de Tecnologia i Recerca Mèdiques.
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    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
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    • Springall, G., Caughey, M., Zannino, D., Cheung, M., Burton, C., Kyprianou, K., & Yeo, M. (2022). Family-based treatment for adolescents with anorexia nervosa: A long-term psychological follow-up. Journal of Paediatrics and Child Health, 58(9), 1642-1647. https://doi.org/10.1111/jpc.16070
    • Treasure, J., Smith, G., & Crane, A. (2007). Skills-based learning for caring for a loved one with an eating disorder: The New Maudsley method. Routledge.
    • Walsh, B. T., Hagan, K. E., & Lockwood, C. (2023). A systematic review comparing atypical anorexia nervosa and anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 56(4), 798-820. https://doi.org/10.1002/eat.23856

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia

    Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia

    Imagina que una amiga cercana lleva meses rechazando almuerzos con excusas cada vez más finas. Tú sospechas algo, pero cada vez que piensas en hablarle te frena el mismo miedo: decir una frase que empeore todo. Ese miedo es razonable. Con los trastornos alimentarios, algunas frases bienintencionadas (“te ves muy delgada”, “come un poco, no seas terca”) hacen más daño que el silencio.

    Esta guía responde cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia sin tomar el rol de policía ni de terapeuta: cómo abrir la conversación, qué decir, qué evitar, qué hacer en la mesa, cuándo es una urgencia y cómo cuidarte tú. Sirve para una pareja, un amigo, una hermana o un padre. Si quien está enfermo es tu hijo o hija adolescente, el papel de la familia cambia bastante, y eso se trata en la guía sobre anorexia nerviosa y en la guía sobre qué hacer si tu hijo o hija tiene anorexia.

    En breve: lo que más ayuda es una presencia calmada, constante y cálida, que se interesa por la persona antes que por la comida, y que la anima a consultar sin ultimátums. Lo que más suele dañar es discutir con lógica, criticar, comentar el cuerpo y acomodarse a las reglas del trastorno. Hay un límite que conviene decir de entrada: los estudios muestran que las conductas de los cercanos se relacionan con el clima y la evolución del cuadro, pero ninguno ha comprobado que una frase concreta acelere la recuperación. Las frases de esta guía vienen de un manual clínico para familiares, no de un ensayo que las compare.

    ¿Cómo ayudar a alguien con anorexia o bulimia sin empeorar las cosas?

    La base está en el método New Maudsley, desarrollado por Treasure, Smith y Crane (2007) para familiares y cercanos de personas con trastornos alimentarios. Resume el rol del cercano en tres actitudes, las “tres C”: calma, consistencia y compasión. Calma para no reaccionar con pánico ni con rabia. Consistencia para sostener los mismos límites cada día. Compasión para recordar que la conducta viene de la enfermedad y no de la maldad.

    Esa postura tiene respaldo indirecto. Una revisión sistemática de 39 estudios sobre cuidadores en terapia familiar de trastornos alimentarios infantojuveniles concluyó que factores del cuidador, como su confianza, su capacidad, su estado emocional y el funcionamiento de la familia, pueden influir de forma importante en el resultado (McCord et al., 2025). Dicho de otro modo, cómo está el cuidador importa, y tiene sentido prepararse.

    También ayuda saber qué no te corresponde. No eres el terapeuta ni el encargado de vigilar cada bocado. Tu función es acompañar, escuchar sin juzgar, mantener los límites de la convivencia y facilitar que la persona llegue a un equipo de salud (Treasure et al., 2007). Si sientes que “esto depende de mí”, ese pensamiento ya es una señal para pedir apoyo, algo que se retoma más abajo.

    ¿Cómo empezar la conversación con alguien que puede tener un trastorno alimentario?

    Elige un momento tranquilo y privado, sin prisa y lejos de la mesa. Treasure et al. (2007) advierten que las conversaciones sobre el trastorno no se tienen durante una comida, ni justo después de un atracón, ni en medio de una discusión. También recomiendan ensayar antes lo que vas a decir (frente al espejo, por escrito o con alguien de confianza) para no reaccionar con rabia o con llanto si la respuesta es hostil.

    La regla de apertura es hablar desde lo que observas y desde tu cariño, en primera persona. Una fórmula que sirve de modelo: “He notado algunas cosas últimamente que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes. No tienes que contarme nada ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí”. Evita las preguntas en ráfaga (“¿vomitaste?, ¿cuánto pesas?, ¿por qué no comes?”): suenan a interrogatorio.

    Después, escucha lo que hay debajo. Los autores proponen un esquema llamado LESS, tomado de la entrevista motivacional: escuchar (listen), empatizar (empathy), compartir algo ajeno al trastorno (share) y apoyar la confianza de la persona en sí misma (support). Muchas veces las preocupaciones sobre calorías o peso esconden miedo, vergüenza o sensación de no ser suficiente.

    Si responde con negación, ocurre a menudo y no significa que fracasaste. Algunas ideas del manual para ese momento:

    • No discutas con datos. Decir “estás demasiado flaca” no cambia su percepción.
    • Pregunta qué le da el trastorno (seguridad, control, alivio) y qué le está quitando (amistades, energía, planes). Hablar de las dos cosas respeta su ambivalencia.
    • Usa “y” en lugar de “pero”: “Tienes miedo de comer y quieres recuperar tu vida”.
    • Si dice que no está lista, acepta ese “aún no” sin pelear: “Entiendo que todavía no te sientas lista. Mi oferta sigue abierta”.

    ¿Qué decirle a alguien con TCA? Frases que ayudan y frases que conviene evitar

    Las frases que siguen son adaptaciones de las que proponen Treasure et al. (2007). Úsalas como punto de partida y ponlas en tus palabras, porque una frase repetida de memoria suena falsa.

    SituaciónMejor evitarPuede ayudar
    Primera conversación“Estás obsesionada con la comida”“He notado algunas cosas que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes”
    Pregunta tipo “¿estoy gorda?”“Claro que no, estás flaquísima”“Te oigo muy preocupada por tu cuerpo, y me parece que en el fondo estás asustada. Prefiero no entrar en cuánto pesa cada cosa”
    A la hora de comer“Come, no es tan difícil” o “mira el desperdicio”“Sé lo difícil que es esto para ti y valoro tu esfuerzo”
    Después de un mal día“Otra vez lo mismo, lo prometiste”“Mañana es otro día. Veamos qué te sobrepasó hoy”
    Cuando mejora“Te ves mucho mejor” o “te ves sana”“Me encantó verte reír en la película” o “me impresionó tu flexibilidad hoy”
    Rechazo a ayudaUltimátums o amenazas“Entiendo que aún no te sientas lista. Quiero acompañarte cuando decidas dar el paso”

    Dos aclaraciones sobre la tabla. Primera: los comentarios sobre el cuerpo, incluso los positivos, conviene dejarlos fuera. Según el manual de Treasure et al. (2007), palabras como “sana” o “mejor” pueden sonar a “has engordado” para alguien con un trastorno alimentario. Segunda: los comentarios sobre peso y dietas dañan también dentro de la familia. En un estudio con 356 adolescentes, el 45 % de las chicas dijo que su madre la animaba a hacer dieta y el 58 % refirió burlas por el peso en la familia. Esas burlas y los comentarios de las madres sobre el peso se asociaron con más insatisfacción corporal y conductas alimentarias alteradas, y ninguna variable familiar de ese tipo se asoció con mejores resultados (Neumark-Sztainer et al., 2010). Es un estudio transversal en chicas con riesgo, no en personas con diagnóstico, pero va en la misma dirección que el manual: lo mejor es sacar el peso de la conversación.

    Por eso ayuda que tú tampoco hables de tus dietas, de tu ejercicio ni de tu cuerpo delante de ella o de él. Y vale con reconocer el esfuerzo, el humor o la presencia de la persona: lo que valoras de ella no tiene que ver con su plato.

    ¿Qué conductas de los cercanos empeoran el cuadro?

    Treasure y sus colegas describen cuatro reacciones comprensibles pero contraproducentes, y las ilustran con animales. Reconocerte en alguna no te hace mala persona: son reacciones humanas ante un miedo grande.

    • El rinoceronte: embestir con lógica, órdenes, sarcasmo o críticas. La rigidez del trastorno responde atrincherándose.
    • La medusa: desbordarse con llanto, pánico o culpa delante de la persona. Eso sube su ansiedad y su culpa.
    • El canguro: sobreproteger y acomodarse a todo, desde cambiar el menú hasta evitar cualquier tensión. Mantiene a la persona dependiente.
    • El avestruz: mirar para otro lado, evitar el tema o ausentarse. El secreto se vuelve más fuerte.

    Hay estudios que apoyan parte de este mapa. Una revisión de alcance de 36 estudios halló que los cuidadores de personas con trastornos alimentarios muestran niveles altos de conductas de acomodación (adaptar rutinas, comprar alimentos específicos, participar en rituales), que bajan tras el tratamiento, y que más acomodación se asocia con más malestar emocional en el cuidador. Sobre si acomodar empeora la evolución de la persona enferma, la evidencia es mixta (Kumar et al., 2024). En un análisis de 149 familias de adolescentes con anorexia, la acomodación del cuidador predijo un IMC más alto al año de seguimiento, mientras que la depresión del cuidador y su sobreimplicación emocional ocupaban un lugar central en la red de síntomas (Monteleone et al., 2023). El matiz importa: acomodarse puede calmar el momento, y aun así los autores lo incluyen entre los procesos que mantienen el problema.

    Sobre la crítica, hay datos más concretos. En 121 familias de adolescentes con anorexia, la crítica del padre predijo menor mejoría de los síntomas alimentarios al final del tratamiento, y la hostilidad de la madre predijo menor mejoría del funcionamiento y la comunicación familiar (Rienecke et al., 2016). En otro estudio con 79 familias, el 32,9 % tenía emoción expresada alta al inicio, y la calidez de madres y padres se asoció con un buen resultado al final del tratamiento (Le Grange et al., 2011). Son análisis dentro de ensayos con familias de adolescentes, así que no se pueden aplicar sin más a una pareja o a un amigo, pero apuntan a lo mismo: el tono pesa.

    ¿Qué hacer a la hora de comer y después de comer?

    Las pautas de la mesa dependen de la edad. Con un adolescente, la familia asume en el tratamiento un control directo de las comidas, y eso lo guía el equipo de salud. Con un adulto, que es el caso de la mayoría de amigos y parejas, decide la propia persona, y presionar suele producir resistencia, engaños o distancia (Treasure et al., 2007). Lo que sigue vale para ambos, a la medida de tu rol.

    • Hablen de otra cosa durante la comida. Temas neutros y compartidos, sin discutir calorías, ingredientes ni porciones. Si surge una protesta, no entres al debate: “Hablamos de eso después, ahora disfrutemos la comida”.
    • No respondas preguntas de reaseguro. “¿Esto engorda?” o “¿me veo mal?” alivian un momento y alimentan el ciclo. Treasure et al. (2007) sugieren decir con calma que responder alimentaría la ansiedad y cambiar de tema.
    • Sin comentarios sobre lo que come ni cuánto. Ni a favor ni en contra.
    • Después de comer, acompaña. Los minutos siguientes suelen ser los más difíciles, con sensación de llenura y ganas de compensar. Planear una actividad tranquila juntos (un juego, una serie corta, un paseo suave) ayuda a pasar ese rato.
    • No cocines menús aparte a la medida del trastorno. Con un adulto, evita además vigilar el baño o la basura: Fairburn (2008) advierte que la pareja no debería hacer de supervisora de la comida, porque erosiona la relación. Esa tarea le corresponde al equipo tratante.

    Si hay riesgo de que alguien llegue muy desnutrido, no intentes realimentarlo en casa de golpe. Reintroducir mucha comida de repente en una persona con desnutrición grave puede causar el síndrome de realimentación, una complicación que exige monitoreo médico. Por eso la primera evaluación médica es importante (NICE, 2017).

    ¿Cómo ayudar a alguien con bulimia nerviosa?

    La bulimia se esconde mejor que la anorexia. Fairburn (2008, 2013) explica que los atracones y las purgas suelen ocurrir a solas, rodeados de vergüenza y asco hacia uno mismo, y que muchas personas viven años con el secreto. Además, la mayoría tiene un peso normal o parecido, así que el cuerpo no avisa: puede comer “normal” en público y vivir un infierno privado. Esto hace que quien la padece pase inadvertido incluso ante médicos que dicen “no tienes un trastorno, tu peso es normal”.

    Por eso, ayudar a alguien con bulimia nerviosa empieza por no acusar. Evita frases como “sé que vomitas” o “se acabó la comida otra vez”, y evita revisar la basura o el baño. En su lugar, describe lo que has notado con cariño y centra la conversación en cómo se siente, no en la comida: “Veo que lo estás pasando mal y me preocupa. No tienes que cargar esto sola”. Si hablas de hábitos (comidas regulares, no saltarse comidas), ofrécelo como información, nunca como corrección.

    La vergüenza es el principal obstáculo, y también hay datos que lo apoyan. En una encuesta a 333 personas con síntomas elevados de trastorno alimentario y alto deterioro, el estigma percibido, el autoestigma y la vergüenza explicaron el 64 % de la conducta de buscar ayuda. El único predictor individual fue preocuparse de que otros crean que los trastornos alimentarios no son enfermedades reales (Wall et al., 2024). Es un estudio transversal, que muestra asociación y no causa, pero da una pista práctica: decirle con claridad que es una enfermedad real, y que no es una debilidad de carácter, es parte de ayudar. Si la persona atraviesa atracones sin purgas, la guía sobre trastorno por atracón y la de cómo dejar los atracones dan más contexto. La guía sobre bulimia nerviosa detalla el cuadro y el tratamiento.

    ¿Qué hacer si no quiere tratarse?

    Si es un adulto, no puedes obligarlo a tratarse, y los intentos de imponerlo tienden a salir mal. Lo que sí puedes hacer es mantener la puerta abierta, repetir la oferta con calma y reducir las barreras prácticas: ayudar a buscar un médico o un psicólogo con experiencia en trastornos alimentarios, ofrecerte a pedir la hora o a acompañarlo a la primera cita. La entrada puede ser un médico general o un centro de atención primaria, que evalúa y deriva (NICE, 2017). Una forma de bajar la barrera es proponer un chequeo médico general “para quedarte tranquilo”, sin discutir todavía el diagnóstico.

    La confidencialidad funciona distinto en adultos. El equipo de salud no puede compartir datos clínicos contigo sin consentimiento de la persona, así que no te tomes como rechazo que no te cuenten detalles. Y si la persona es menor de edad, los padres sí participan: ahí el caso es otro.

    Entre los tratamientos con mejor respaldo en adolescentes está la terapia familiar. En un ensayo con 121 adolescentes con anorexia, la terapia familiar y la individual lograron resultados similares al terminar, pero a los 6 y 12 meses la familiar fue superior (Lock et al., 2010), y un metaanálisis apuntó en la misma dirección con pocos estudios que cumplían criterios estrictos (Couturier et al., 2013). En adultos, el equipo tratante y que la persona permanezca en el tratamiento pesan más que cualquier técnica puntual.

    ¿Cuándo es una urgencia?

    No necesitas medir nada para reconocer una urgencia. Ve a un servicio de urgencias si hay desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, vómitos con sangre, negativa total a comer o a beber, o ideas de hacerse daño. Si la persona dice que quiere morir, no la dejes sola y llama a la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, *4141 (gratuita, 24 horas), o lleva a la persona a urgencias.

    No es exagerar: la anorexia nerviosa tiene la mayor razón de mortalidad entre los trastornos alimentarios, con 5,21 veces la esperada en un metaanálisis de 2025 (Krug et al., 2025). En una urgencia el manual recomienda mantener la calma y transmitir seguridad (“Estoy contigo, vamos a que te revisen hoy”), sin pánico ni discusión (Treasure et al., 2007).

    ¿Cómo cuidarte tú mientras acompañas?

    Cuidar a alguien con un trastorno alimentario desgasta, y el desgaste tiene consecuencias medibles. Una revisión de 12 ensayos sobre intervenciones para cuidadores encontró efectos pequeños y poco frecuentes sobre su ansiedad y su depresión. Las que incluían apoyo profesional o de pares parecían más prometedoras que las totalmente autoguiadas (Riboldi et al., 2026). Hay buenas ideas, y la evidencia sigue siendo limitada, sobre todo para el ánimo del cuidador.

    Lo que sí muestran los programas de habilidades para cuidadores es que cambian conductas concretas:

    • En un ensayo pequeño con 37 cuidadores, un programa online redujo la intrusividad del cuidador, las experiencias negativas de cuidado y el impacto de la inanición y la culpa, y la persona con anorexia percibió menos intrusividad (Hoyle et al., 2013).
    • En un ensayo con 108 familiares, tanto el grupo con el programa ECHO como el de atención habitual mejoraron en emoción expresada, acomodación y bienestar, con efectos algo mayores y más cambio en depresión y habilidades con ECHO. El 81,48 % completó el programa (Ruiz et al., 2024).
    • Tras talleres del Nuevo Maudsley con 189 cuidadores evaluados antes y después, bajaron la ansiedad, la emoción expresada y la acomodación (Dani et al., 2026), y en un estudio holandés pre-post aumentó la confianza de los padres en sus habilidades (Bijsterbosch et al., 2025). En ambos casos faltó un grupo de comparación.
    • Un metaanálisis de terapia multifamiliar mostró mejoras en pacientes y padres solo al comparar antes y después, y esas mejoras se diluyeron frente a otra intervención (Zinser et al., 2022).

    En conjunto, estos programas son una vía razonable y ninguno está probado como la mejor. Concretamente, puedes: sostener tu propia red de apoyo (amigos, un grupo de familiares o terapia propia), agendar pausas que no giren en torno al trastorno, y soltar la culpa. La enfermedad tiene muchas causas, y quien la acompaña no la provocó. La guía sobre el síndrome del cuidador puede ayudarte a ver cuándo el agotamiento ya es un problema por sí mismo.

    ¿Qué esperar de la recuperación y cómo reaccionar ante una recaída?

    La recuperación es lenta y con altibajos. Un mal día, una comida que no salió o un atracón puntual no significan volver a cero. Treasure et al. (2007) distinguen entre un tropiezo y una recaída, y proponen mirar el tropiezo con curiosidad: qué lo desencadenó, qué se puede ajustar. Etiquetarlo como fracaso total alimenta el pensamiento de todo o nada y la desesperanza.

    Cuando la persona mejora, lo que más ayuda es el reconocimiento de su esfuerzo y de su vida más allá del trastorno: la flexibilidad para cambiar un plan, un rato de risa, un proyecto retomado. Y se siguen evitando los comentarios sobre peso o aspecto. Sube o baja el número en la balanza, tu atención va a la persona. Si en algún momento el cuadro empeora o aparecen señales de urgencia, vuelve a la sección anterior.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Si tu preocupación lleva semanas, o si ves baja de peso, restricción, atracones con purgas o un deterioro en la vida social o laboral, vale la pena animar a la persona a una evaluación. La puerta de entrada puede ser un médico general o la atención primaria. El tratamiento de fondo lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras con experiencia en trastornos alimentarios; si dudas por quién partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda a decidir.

    También puedes consultar tú. Acompañar a alguien con un trastorno alimentario es una carga real, y una primera conversación con un profesional puede ordenar qué te toca y qué no. Si quieres hacerlo, puedes agendar una consulta. Para una visión general de los cuadros, la guía de trastornos de la conducta alimentaria y la de diferencias entre anorexia y bulimia sirven de mapa. Como información de consenso, hay material de MedlinePlus, de la Asociación Americana de Psiquiatría y del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU..

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué le digo a alguien con anorexia o bulimia?

    Habla desde lo que observas y desde tu cariño, en primera persona: “He notado algunas cosas que me preocupan y me gustaría saber cómo te sientes”. Reconoce su esfuerzo y su valentía, evita opinar sobre su cuerpo o su plato y no discutas con datos. Ninguna frase garantiza resultados, pero el tono cálido y sin juicio ayuda.

    ¿Cómo ayudar a alguien con anorexia y bulimia si dice que no tiene nada?

    Evita discutir con datos o pedir pruebas. Dile lo que has observado con cariño, deja claro que no esperas una respuesta inmediata y repite tu oferta de acompañarla cuando quiera. Acepta un “aún no” sin pelear. Lo importante es que la puerta quede abierta y que la persona sepa que no la juzgas.

    ¿Qué no se le debe decir a una persona con trastorno alimentario?

    Evita comentarios sobre su peso o su aspecto, incluso positivos (“te ves sana”), órdenes como “come y listo”, amenazas, culpas y respuestas a sus preguntas de reaseguro (“¿estoy gorda?”). Tampoco hables de tus dietas delante de ella. Un manual clínico para familiares los clasifica como reacciones que tienden a reforzar el problema.

    ¿Puedo obligar a un adulto a tratarse?

    En general no, y presionar suele empeorar la relación. Lo que sí puedes hacer es repetir tu oferta con calma, ayudar a buscar un profesional y acompañarlo a la primera cita. Si hay una urgencia médica o ideas suicidas, llévalo a urgencias o llama al *4141. Con menores de edad, los padres sí participan en las decisiones.

    ¿Cómo ayudar a alguien con bulimia nerviosa si no sé si vomita?

    No hace falta confirmarlo ni investigar. Describe con cariño lo que has notado y pregunta cómo se siente, sin acusar ni revisar el baño o la basura. La bulimia se esconde por vergüenza, y la mayoría tiene un peso normal, así que el cuerpo no avisa. Ofrece acompañar a una evaluación.

    ¿Cómo sé si es una urgencia?

    Desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, vómitos con sangre, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño exigen urgencias. En Chile, el *4141 atiende crisis de salud mental y prevención del suicidio las 24 horas. Mantén la calma y no esperes a que la persona esté de acuerdo.

    ¿Cómo cuido mi salud mientras acompaño a alguien con TCA?

    Mantén tu propia red de apoyo, agenda pausas que no giren en torno al trastorno, suelta la culpa (la enfermedad tiene muchas causas) y considera un grupo de familiares o terapia propia. Los programas de habilidades para cuidadores reducen conductas como la crítica y la acomodación, con evidencia todavía limitada sobre el ánimo del cuidador.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • Bijsterbosch, J. M., Schnitzler, A. M. E., Harrison, A., Treasure, J. L., & Sternheim, L. C. (2025). The effectiveness and feasibility of the New Maudsley collaborative care approach skills-based training for carers of individuals with an eating disorder in the Netherlands. European Eating Disorders Review, 33(5), 918-930. https://doi.org/10.1002/erv.3193
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Dani, C., Rossi, E., Cassioli, E., Selvi, G., Tarchi, L., Rotella, F., Moretti, S., Troiani, M. R., D’Anna, G., Giunti, I., Lucarelli, S., Treasure, J., Ricca, V., & Castellini, G. (2026). Participation in the New Maudsley Model workshops is associated with reductions in caregiver burden in eating disorders. European Eating Disorders Review, 34(5), 1221-1230. https://doi.org/10.1002/erv.70111
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    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
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    • Krug, I., Liu, S., Portingale, J., Croce, S., Dar, B., Obleada, K., Satheesh, V., Wong, M., & Fuller-Tyszkiewicz, M. (2025). A meta-analysis of mortality rates in eating disorders: An update of the literature from 2010 to 2024. Clinical Psychology Review, 116, Artículo 102547. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102547
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    • Zinser, J., O’Donnell, N., Hale, L., & Jones, C. J. (2022). Multi-family therapy for eating disorders across the lifespan: A systematic review and meta-analysis. European Eating Disorders Review, 30(6), 723-745. https://doi.org/10.1002/erv.2919

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Anorexia en hombres: síntomas y por qué cuesta detectarla

    Anorexia en hombres: síntomas y por qué cuesta detectarla

    Imagina a un hombre de 27 años que deja de comer pan, después el arroz, después casi todo lo que no sea pollo y verdura. Entrena seis días a la semana, se mide los brazos con una cinta y pesa la comida. Baja de peso y los amigos le dicen que está en forma. Nadie piensa en un trastorno, porque la anorexia en hombres casi no existe en la idea que la mayoría tenemos de la enfermedad: se la asocia con adolescentes mujeres, y punto.

    Si llegaste aquí por un hijo, una pareja, un amigo o por ti, esta guía responde cuántos hombres la tienen, cómo se ve, por qué se escapa de la consulta, qué señales mirar y qué se sabe del tratamiento. Es un tema donde la investigación es escasa, y el texto va marcando en qué puntos.

    En breve: la anorexia nerviosa existe en hombres con los mismos criterios diagnósticos que en mujeres, pero suele verse distinta: más búsqueda de músculo, ejercicio que no se suspende, dietas rígidas “limpias” y camuflaje del cuerpo. Es menos frecuente (0,2 % de los hombres a lo largo de la vida, frente a 1,4 % de las mujeres) y se detecta tarde, porque los criterios, los cuestionarios y el estereotipo se pensaron para ellas. En hombres hay poca investigación sobre tratamiento, así que se aplica lo que se sabe del resto de las personas. Consultar antes evita llegar con el cuadro ya instalado.

    ¿Existe la anorexia en hombres y cuántos la tienen?

    Sí existe, aunque es menos frecuente. Una revisión de 2024 estima una prevalencia de por vida de 0,2 % para la anorexia nerviosa en hombres y de 1,4 % en mujeres (Halbeisen et al., 2024). Con todos los trastornos alimentarios juntos, un metaanálisis de 94 estudios dio 2,2 % de los hombres y 8,4 % de las mujeres a lo largo de la vida (Galmiche et al., 2019).

    Fuera de las clínicas, las cifras se acercan. En una encuesta nacional de Estados Unidos con 9.282 personas, la anorexia a lo largo de la vida fue de 0,3 % en hombres y 0,9 % en mujeres (Hudson et al., 2007). Y un estudio con 2.122 gemelos finlandeses halló una prevalencia de 0,24 % y una incidencia de 15,7 casos por 100.000 personas al año en el tramo de mayor riesgo, entre los 10 y los 24 años. Todos los hombres con diagnóstico se habían recuperado cuando se les evaluó, pero con bastante comorbilidad psiquiátrica. Los autores concluyen que en la comunidad la anorexia masculina es más común y más transitoria de lo que se pensaba (Raevuori et al., 2009).

    Lo que ninguna de estas cifras dice es cuántos casos se pierden. Una revisión narrativa señala que estudiar a los hombres es difícil por las bajas frecuencias, por los sistemas de clasificación pensados en femenino y por la falta de instrumentos adecuados (Mitchison y Mond, 2015). Cuando el termómetro está calibrado para otro cuerpo, se subestima lo que mide, y eso alcanza a todos los TCA en hombres, de los cuales la anorexia es uno.

    ¿Cómo se llama la anorexia en hombres?

    Se llama igual: anorexia nerviosa. El DSM-5 usa los mismos criterios para ambos sexos (American Psychiatric Association, 2013): restricción de la ingesta que lleva a un peso bajo, miedo intenso a engordar o conductas que impiden ganar peso, y una vivencia alterada del propio cuerpo. El DSM-5 sacó además la exigencia de amenorrea que traía el DSM-IV, que por definición dejaba fuera a los hombres, y sus criterios son más neutros respecto del sexo (Raevuori et al., 2014).

    “Manorexia” es una palabra de la prensa. No es un diagnóstico clínico y puede sugerir que se trata de otra enfermedad. Si buscas un nombre para describir lo que le pasa a alguien, el término correcto es anorexia nerviosa en hombres (o en varones), y dentro del mapa general entra en los trastornos de la conducta alimentaria. Si quieres ver el cuadro completo, sin foco en el sexo, la guía sobre anorexia nerviosa lo desarrolla.

    ¿Cómo se ve la anorexia en un hombre?

    El núcleo del cuadro es el mismo: restricción, miedo a engordar y un cuerpo que se ve distinto de como es (Fairburn, 2008). Lo que cambia es el envoltorio. Las revisiones coinciden en que las mujeres suelen buscar delgadez y los hombres, un cuerpo muscular con poca grasa, y en que las presentaciones difieren de forma marcada (Murray et al., 2017; Halbeisen et al., 2024). Esta tabla resume cómo se traduce eso en la vida diaria (Fairburn, 2008; Wilhelm et al., 2012; Nagata et al., 2020).

    Rasgo Imagen clásica Cómo suele verse en un hombre
    Qué busca Bajar de peso y de volumen Poca grasa y mucha definición; el peso baja igual
    Ejercicio Cardio para gastar calorías Pesas y rutinas fijas, también cardio, que no se suspenden ni lesionado ni enfermo
    Comida Saltarse comidas, porciones mínimas Dietas hiperproteicas rígidas, fases de “volumen y definición”, alimentos pesados al gramo
    Cuerpo Ropa holgada para tapar la delgadez Capas de ropa, medirse bíceps, pecho o abdomen, mirarse al espejo una y otra vez
    Sustancias Laxantes, diuréticos Suplementos, creatina, quemadores de grasa y, a veces, esteroides anabólicos

    Dos datos de la investigación matizan este retrato. Primero, no todos los síntomas difieren: una revisión no encontró diferencias entre sexos en atracones, vómitos ni uso de laxantes, aunque los hombres puntuaban más bajo en los cuestionarios de síntomas (Raevuori et al., 2014). Segundo, muchos hombres parten de un peso más alto. Esa misma revisión confirmó el antecedente de sobrepeso, y un estudio de 1.009 pacientes graves hospitalizados en París, de los cuales 23 eran hombres, halló que ellos habían tenido más sobrepeso antes de enfermar y que el cuadro empezaba más tarde (Gueguen et al., 2012). Quien baja mucho de peso desde un punto de partida alto recibe felicitaciones antes que preguntas.

    ¿Por qué pasa desapercibida?

    Hay cuatro razones que se refuerzan entre sí.

    Los cuestionarios no preguntan lo que importa. Un repaso de la evaluación en varones señala que la mayoría de los instrumentos más usados se desarrollaron y se calibraron en mujeres, y que solo recientemente aparecieron instrumentos propios para hombres (Darcy y Lin, 2012). Lo mismo advierte la revisión alemana de 2024: las herramientas de cribado habituales no recogen los síntomas más frecuentes en ellos (Halbeisen et al., 2024). El SCOFF, por ejemplo, tiene cinco preguntas y ninguna se refiere a la musculatura, al entrenamiento ni a los suplementos. Una revisión pediátrica agrega que existe ya un cuestionario validado para evaluar la alimentación orientada a la musculatura (Nagata et al., 2020), pero es poco conocido fuera de la investigación.

    Muchas conductas tienen buena prensa. Entrenar a diario, comer proteína, “cortar” antes del verano, pesar la comida. En un hombre eso se lee fácil como disciplina, y por eso familia y amigos tardan en preocuparse.

    El estereotipo funciona también en la consulta. En un estudio cualitativo con diez hombres jóvenes, la idea de que los trastornos alimentarios son un problema femenino llevó primero a que ellos no reconocieran sus propios síntomas. Muchos llegaron a consulta cuando las conductas ya estaban instaladas, y algunos sintieron que los profesionales tardaron en reconocerlos por ser hombres (Räisänen y Hunt, 2014). Es una muestra pequeña, pero describe un mecanismo creíble.

    El estigma frena la ayuda. La revisión crítica de Murray y colaboradores concluye que a los hombres se los estigmatiza más y participan menos en el tratamiento (Murray et al., 2017). Pedir ayuda por algo que “es de mujeres” cuesta, y la demora se traduce en llegar peor.

    Síntomas y señales de alarma de la anorexia en hombres, para quienes lo rodean

    Una señal aislada no hace un trastorno. Lo que merece atención es el conjunto, sostenido en el tiempo y con costo para la vida de la persona. Estas son las que más se repiten en la literatura clínica (Fairburn, 2008; Wilhelm et al., 2012):

    • Baja de peso con dietas cada vez más rígidas: alimentos “prohibidos”, pesar y medir todo, comer despacio y desmenuzando.
    • Evita comer con otros, dice que “ya comió fuera” o cancela asados, cumpleaños y viajes por la comida.
    • Entrena aunque esté enfermo, lesionado o agotado, y se angustia o se siente culpable si se salta una sesión.
    • Siente que solo “se merece” comer si antes quemó calorías.
    • Se revisa el cuerpo con frecuencia (espejo, cinta métrica, pellizcos) o se tapa con varias capas de ropa incluso con calor.
    • Frío intenso, manos y pies fríos, mareo al ponerse de pie, menos fuerza.
    • Menos interés por el sexo y el contacto físico, más irritabilidad y rigidez.
    • Suplementos, creatina o sustancias que esconde.

    Si te reconoces en varias de estas, vale la pena una evaluación. Y si el que se reconoce es un hijo adolescente, el siguiente paso es el mismo: consultar.

    ¿Es anorexia, vigorexia o simple entrenamiento intenso?

    Los tres se confunden con facilidad. La vigorexia (dismorfia muscular) es el cuadro vecino: la persona se ve pequeña y débil aunque tenga mucho músculo. Fue descrita en 1993 como anorexia inversa en fisicoculturistas (Pope et al., 1993), y hoy el DSM-5 la ubica como una forma del trastorno dismórfico corporal (American Psychiatric Association, 2013). Hay una guía propia sobre vigorexia si te interesa más ese lado.

    La frontera entre ambas es más porosa de lo que parece. Un estudio con 21 hombres con dismorfia muscular y 24 con anorexia encontró muchas similitudes en imagen corporal, alimentación y ejercicio, y las diferencias reflejaban los cuerpos opuestos que cada grupo busca (Murray et al., 2012). Un metaanálisis halló una asociación positiva entre dismorfia muscular y síntomas de trastorno alimentario, con una correlación de 0,36 (Badenes-Ribera et al., 2019). Y una revisión sistemática vio apoyo preliminar a la dismorfia muscular como presentación clínica válida, aunque no alcanzó para decidir si es una variante del trastorno dismórfico corporal o una condición aparte (Cooper et al., 2020).

    Anorexia nerviosa Dismorfia muscular Entrenamiento intenso sin trastorno
    Meta Bajar de peso o no engordar Ganar músculo y no perder volumen Rendimiento, salud o estética
    Cómo se ve el cuerpo Demasiado grande, aunque esté delgado Demasiado pequeño, aunque sea fuerte Con una mirada realista
    Dieta Restricción Rígida y alta en proteína, con suplementos Flexible, sin culpa
    Si no puede entrenar Angustia, por las calorías Angustia, por el miedo a “perder” músculo Se frustra pero se adapta

    Más que cuánto entrena, importa si puede parar. Entrenar lesionado, dejar planes y relaciones por el gimnasio o sentir pánico al saltarse una sesión son señales de que ya hay un problema, aunque el físico se vea “sano” (Wilhelm et al., 2012).

    Consecuencias de la anorexia en hombres: ¿qué le hace al cuerpo?

    Afecta a todos los sistemas, y en los hombres hay complicaciones que se pasan por alto.

    • Huesos. En un estudio de hombres ingresados por trastornos alimentarios, el 36 % tenía osteopenia y el 26 % osteoporosis en la columna lumbar. Los hombres con anorexia tenían una densidad ósea menor que las mujeres y la caída se asociaba con el peso más bajo alcanzado y con la duración de la enfermedad (Mehler et al., 2008). La osteoporosis se ha considerado tradicionalmente un problema femenino, y por eso conviene preguntarse por ella también en hombres.
    • Hormonas y deseo sexual. La falta de nutrición baja la testosterona, y con ella el deseo, la erección y la fertilidad (Agras y Robinson, 2018).
    • Corazón. Ritmo lento o irregular, presión baja y mareos al ponerse de pie son comunes en el cuadro avanzado (Agras y Robinson, 2018).
    • Mortalidad. Un metaanálisis de 2025 estimó que la anorexia nerviosa tiene la mayor razón de mortalidad de todos los trastornos alimentarios, 5,21 veces la esperada (Krug et al., 2025). En el estudio parisino ya citado, la mortalidad de los hombres fue alta (razón de mortalidad estandarizada de 8,08), con una muestra de solo 23 hombres y un intervalo de confianza amplio. Los tres fallecidos habían abandonado el tratamiento hospitalario (Gueguen et al., 2012).

    ¿Quiénes tienen más riesgo?

    Ser de un grupo de riesgo no significa tener el trastorno, pero ayuda a saber dónde mirar.

    • Deportes con categoría de peso o de apariencia. Una revisión de alcance de 80 estudios halló prevalencias de trastornos alimentarios de hasta 32,5 % en deportistas varones adultos de élite, más altas que en la población general. El factor más repetido fue competir en deportes sensibles al peso. En adolescentes la prevalencia no era mayor, y no había estudios sobre pronóstico ni manejo de estos casos (Karrer et al., 2020).
    • Hombres gays y bisexuales. Una revisión de 2017 concluye que las minorías sexuales muestran más conductas alimentarias desordenadas y que la diferencia es mayor en los hombres (Calzo et al., 2017). Un metaanálisis en adolescentes vio que los varones homosexuales tenían más de cinco veces las probabilidades de purgarse y más del triple de dietar que sus pares heterosexuales (Cao et al., 2023). Esos datos miden conductas alimentarias y dejan fuera el diagnóstico de anorexia.
    • Sobrepeso previo. Aparece de forma repetida en la literatura clínica sobre hombres con anorexia (Raevuori et al., 2014; Gueguen et al., 2012).

    Cuando el cuadro llega, suele acompañarse de otros problemas. En el estudio finlandés, los hombres recuperados habían tenido bastante comorbilidad psiquiátrica (Raevuori et al., 2009), y la depresión en hombres tiene sus propias formas de disfrazarse.

    ¿Qué tratamiento hay y funciona igual en hombres?

    Aquí la evidencia es la parte más débil. Una revisión de 18 estudios con 1.129 hombres concluyó que el conocimiento sobre el resultado del tratamiento en varones es escaso, que los resultados son inconclusos y en parte contradictorios, y que no hay evidencia firme de diferencias entre sexos (Strobel et al., 2018). Por eso se aplica lo que se sabe de la anorexia en general:

    • Adolescentes. La terapia familiar tiene el mejor respaldo. En un ensayo con 121 adolescentes, no hubo diferencias en remisión al terminar entre la terapia familiar y la individual, pero a los 6 y 12 meses la familiar fue superior (Lock et al., 2010). Un metaanálisis vio lo mismo, con solo tres estudios que cumplían los criterios estrictos (Couturier et al., 2013).
    • Adultos. Un metaanálisis en red de 16 ensayos halló que ninguna intervención psicológica superó al tratamiento habitual en peso ni en síntomas, con confianza baja a muy baja en la evidencia, y que la deserción fue menor con terapia cognitivo-conductual (Solmi et al., 2021). Eso no apunta a una terapia ganadora, y por eso pesan el equipo tratante y que la persona se quede.
    • Hospitalización. Se reserva para la inestabilidad médica; la mayor parte del tratamiento es ambulatorio (NICE, 2017). Tras el alta conviene un seguimiento cercano, sobre todo con la forma restrictiva, bajo peso o mayor edad, como recomiendan los autores del estudio parisino (Gueguen et al., 2012).

    Falta, además, algo de ajuste fino. Una revisión pediátrica sostiene que las guías pueden carecer de especificidad para chicos y hombres, y que el tratamiento debería adaptarse a sus preocupaciones, como la musculatura (Nagata et al., 2020). La revisión alemana añade que no se sabe si el tratamiento debería diferir (Halbeisen et al., 2024). En la práctica significa que un clínico atento a ejercicio, suplementos y esteroides trabaja con un cuadro más completo.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta pronto si hay baja de peso con restricción, ejercicio que no se puede suspender o preocupación constante por el cuerpo, y sobre todo si afecta el trabajo, los estudios o las relaciones. No esperes a que “se vea” enfermo: en un hombre, el aspecto engaña.

    Ve a un servicio de urgencias si hay desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, negativa total a comer o beber, o ideas de hacerse daño.

    La puerta de entrada puede ser un médico general o un centro de atención primaria, que hace la primera evaluación y deriva (NICE, 2017). El tratamiento lo llevan psicólogos clínicos y psiquiatras con experiencia en trastornos alimentarios; si dudas por quién partir, la guía sobre psicólogo o psiquiatra ayuda. Si quieres una primera evaluación, puedes agendar una consulta. Si el cuadro no calza del todo con lo descrito aquí, la guía sobre anorexia atípica puede aclarar dudas, y la de diferencias entre anorexia y bulimia ordena el resto del mapa. Para información de consenso, hay material de MedlinePlus, de la Asociación Americana de Psiquiatría y del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU..

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo se llama la anorexia en hombres?

    Se llama anorexia nerviosa, igual que en mujeres, y se diagnostica con los mismos criterios del DSM-5. “Manorexia” es una palabra de la prensa y no un diagnóstico clínico. Lo que cambia es cómo se ve: más búsqueda de músculo, ejercicio compulsivo y dietas rígidas.

    ¿Cuántos hombres tienen anorexia?

    Una revisión de 2024 estima una prevalencia de por vida de 0,2 % en hombres y de 1,4 % en mujeres. En estudios comunitarios las cifras son algo mayores y el cuadro suele ser más transitorio. Muchos casos se pierden porque los criterios y cuestionarios se pensaron para mujeres.

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia en hombres adultos?

    Baja de peso con dietas rígidas, evitar comer con otros, entrenar sin parar aunque esté enfermo o lesionado, revisarse el cuerpo con cinta o espejo, taparse con ropa, frío y mareo, menos deseo sexual y suplementos escondidos. El conjunto sostenido importa más que una señal aislada.

    ¿Por qué la anorexia en hombres se detecta tarde?

    Los criterios y cuestionarios se desarrollaron con mujeres, el estereotipo la hace invisible, muchas conductas se leen como disciplina deportiva y el estigma retrasa pedir ayuda. Los hombres suelen llegar a consulta cuando el cuadro ya está instalado, según estudios cualitativos y clínicos.

    ¿La vigorexia y la anorexia son lo mismo?

    No. La vigorexia o dismorfia muscular es la preocupación por verse pequeño y poco musculoso; la anorexia gira en torno al peso y el miedo a engordar. Comparten rasgos como el ejercicio compulsivo y la dieta rígida, se asocian entre sí y pueden coexistir.

    ¿Tiene tratamiento la anorexia en hombres?

    Sí. Se usa lo que funciona en general: terapia familiar en adolescentes y psicoterapia en adultos, con atención médica. En hombres la investigación específica es escasa y no muestra diferencias firmes entre sexos. Un clínico que pregunte por ejercicio y suplementos trabaja mejor.

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    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Badenes-Ribera, L., Rubio-Aparicio, M., Sánchez-Meca, J., Fabris, M. A., & Longobardi, C. (2019). The association between muscle dysmorphia and eating disorder symptomatology: A systematic review and meta-analysis. Journal of Behavioral Addictions, 8(3), 351-371. https://doi.org/10.1556/2006.8.2019.44
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    • Cooper, M., Eddy, K. T., Thomas, J. J., Franko, D. L., Carron-Arthur, B., Keshishian, A. C., & Griffiths, K. M. (2020). Muscle dysmorphia: A systematic and meta-analytic review of the literature to assess diagnostic validity. International Journal of Eating Disorders, 53(10), 1583-1604. https://doi.org/10.1002/eat.23349
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    • Raevuori, A., Hoek, H. W., Susser, E., Kaprio, J., Rissanen, A., & Keski-Rahkonen, A. (2009). Epidemiology of anorexia nervosa in men: A nationwide study of Finnish twins. PLoS ONE, 4(2), Artículo e4402. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0004402
    • Raevuori, A., Keski-Rahkonen, A., & Hoek, H. W. (2014). A review of eating disorders in males. Current Opinion in Psychiatry, 27(6), 426-430. https://doi.org/10.1097/yco.0000000000000113
    • Räisänen, U., & Hunt, K. (2014). The role of gendered constructions of eating disorders in delayed help-seeking in men: A qualitative interview study. BMJ Open, 4(4), Artículo e004342. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2013-004342
    • Solmi, M., Wade, T. D., Byrne, S., Del Giovane, C., Fairburn, C. G., Ostinelli, E. G., De Crescenzo, F., Johnson, C., Schmidt, U., Treasure, J., Favaro, A., Zipfel, S., & Cipriani, A. (2021). Comparative efficacy and acceptability of psychological interventions for the treatment of adult outpatients with anorexia nervosa: A systematic review and network meta-analysis. The Lancet Psychiatry, 8(3), 215-224. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(20)30566-6
    • Strobel, C., Quadflieg, N., Voderholzer, U., Naab, S., & Fichter, M. M. (2018). Short- and long-term outcome of males treated for anorexia nervosa: A review of the literature. Eating and Weight Disorders, 23(5), 541-552. https://doi.org/10.1007/s40519-018-0538-6
    • Wilhelm, S., Phillips, K. A., & Steketee, G. (2012). Cognitive-behavioral therapy for body dysmorphic disorder: A treatment manual. Guilford Press.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Anorexia atípica: síntomas y por qué no se nota a simple vista

    Anorexia atípica: síntomas y por qué no se nota a simple vista

    Si llegaste buscando información sobre la anorexia atípica, probablemente algo no te cuadra. Alguien come cada vez menos, cuenta, evita las comidas con otros, entrena aunque esté agotado, y sin embargo su peso “se ve normal”. A veces hasta lo felicitan por haber bajado. La anorexia atípica es exactamente eso: el mismo cuadro de la anorexia nerviosa, con la misma restricción y el mismo miedo a engordar, pero con un peso que sigue dentro o por encima de lo esperado.

    Aquí vas a ver qué criterios del DSM-5 cumple, qué síntomas buscar, por qué pasa desapercibida, qué dicen los estudios sobre su gravedad y cuándo conviene consultar. Las cifras salen de revisiones sistemáticas, metaanálisis y estudios clínicos, y cuando la evidencia es escasa (en tratamiento lo es), lo decimos. Si buscas la visión de conjunto, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria y la de anorexia nerviosa.

    En breve: la anorexia atípica cumple todos los criterios psicológicos y de conducta de la anorexia nerviosa (restricción, miedo intenso a ganar peso, alteración de cómo se vive el cuerpo) y también una pérdida de peso importante, pero el peso actual no está bajo. El DSM-5 la ubica entre los “otros trastornos de la conducta alimentaria especificados”. Las revisiones disponibles no muestran que sea una versión más leve: el malestar con la comida y el cuerpo es igual o mayor, y las complicaciones médicas pueden ser parecidas. Se diagnostica en una evaluación profesional, nunca por el peso ni por un cuestionario.

    ¿Qué es la anorexia atípica (o anorexia nerviosa atípica)?

    La anorexia atípica, también llamada anorexia nerviosa atípica, es un trastorno de la conducta alimentaria en el que la persona restringe lo que come, teme intensamente ganar peso y vive su cuerpo de forma alterada, como en la anorexia nerviosa, y ha perdido mucho peso, pero su peso actual sigue dentro o por encima del rango normal. El DSM-5 la incluye en la categoría de otros trastornos especificados (American Psychiatric Association, 2013; Allison y Lundgren, 2018).

    El nombre confunde. “Atípica” se refiere al peso, no a una anorexia leve ni a una forma “de mentira”. Una revisión sistemática de 24 publicaciones encontró que el nivel de síntomas propios del trastorno alimentario es mayor que en personas sin el trastorno y tan alto como en la anorexia nerviosa, o más, y que muchas complicaciones físicas son parecidas (Walsh et al., 2023). La misma revisión advierte que casi no hay información sobre cómo evoluciona y cómo se trata.

    Criterios del DSM-5 de la anorexia atípica: qué cumple y qué falta

    Los criterios de la anorexia atípica son los de la anorexia nerviosa, con una excepción: el peso. El DSM-5 describe tres para la anorexia nerviosa (American Psychiatric Association, 2013), y la persona con anorexia atípica cumple todos menos el del peso bajo:

    • Restricción de la ingesta frente a lo que el cuerpo necesita, que en la anorexia atípica lleva a una pérdida de peso importante.
    • Miedo intenso a ganar peso o conductas persistentes que impiden subirlo.
    • Alteración de la imagen corporal: el valor personal depende casi por completo del peso y la figura, o la persona no reconoce la gravedad de lo que le pasa.
    • Lo que no se cumple: que el peso sea significativamente bajo. En la anorexia atípica el peso actual está dentro o por encima del rango normal.

    Hay un punto que el manual deja abierto. El DSM-5 habla de “pérdida de peso significativa” sin fijar cuánta. En un estudio con una muestra poblacional de 1.640 mujeres y 794 hombres se probaron tres definiciones (5 %, 10 % y 15 % del peso) y se vio que incluso una pérdida de 5 %, junto con la preocupación por el peso y la figura, ya podía identificar un grupo con un trastorno alimentario clínicamente relevante (Forney et al., 2017). Por eso aquí no vas a encontrar una cifra de peso ni de IMC para “saber si es anorexia”: eso lo evalúa un profesional, mirando la historia completa.

    Anorexia nerviosa Anorexia atípica
    Restricción, miedo a ganar peso, alteración de la imagen corporal Sí Sí
    Peso actual Significativamente bajo Dentro o por encima del rango normal
    Pérdida de peso importante Habitual Sí, a veces mayor y durante más tiempo (Sawyer et al., 2016)
    Malestar con la comida, el peso y el cuerpo Alto Igual o mayor (Johnson-Munguia et al., 2024)
    Bradicardia y otras señales físicas Frecuentes Frecuentes (Sawyer et al., 2016)
    Lugar en el DSM-5 Categoría propia Otros trastornos especificados

    Anorexia atípica: síntomas

    Los síntomas de la anorexia atípica son los mismos que los de la anorexia nerviosa. Ninguno por sí solo confirma nada, y lo que pesa es el conjunto y que se mantenga en el tiempo. Los manuales clínicos los agrupan así (Fairburn, 2008; GuiaSalud, 2009):

    En la conducta con la comida

    • Reglas rígidas sobre qué, cuánto y cuándo comer, y eliminación de grupos enteros de alimentos.
    • Contar calorías, leer etiquetas sin parar, pesar y medir porciones.
    • Rituales: cortar en trozos mínimos, comer muy lento, cocinar para otros sin comer.
    • Excusas para no comer con la familia o con amigos (“ya comí”, “me cayó pesado”).
    • Ejercicio que se vive como obligación: entrenar con lesión, con enfermedad o a costa de estudios y amistades.

    En los pensamientos y las emociones

    • Miedo intenso a ganar peso, incluso con el peso dentro del rango normal.
    • Valor personal medido casi solo por el cuerpo y por el control de lo que se come.
    • Confundir emociones con peso: la tristeza o la angustia se traducen en “me siento gorda” o “me siento gordo”.
    • Irritabilidad, ánimo bajo, ansiedad y aislamiento. En un estudio con 160 adolescentes, la frecuencia de otros trastornos psiquiátricos fue parecida en la anorexia atípica y en la anorexia con bajo peso, y la ideación suicida también (43 % frente a 39 %; Sawyer et al., 2016).

    En el cuerpo

    • Frío constante, manos y pies fríos, mareos al ponerse de pie, cansancio y debilidad.
    • Latidos lentos (bradicardia). En ese mismo estudio se vio en 24 % de los adolescentes con anorexia atípica y 33 % de los de bajo peso, una diferencia que no fue significativa (Sawyer et al., 2016).
    • Cambios o pérdida de la menstruación, pelo más fino, piel seca.

    Conductas para compensar

    Algunas personas también vomitan, usan laxantes o diuréticos, o hacen ayunos y ejercicio extremo para compensar lo que comen. Un metaanálisis de 20 estudios no encontró diferencias significativas entre la anorexia atípica y la anorexia nerviosa en la frecuencia de estas conductas (Johnson-Munguia et al., 2024).

    ¿Por qué la anorexia atípica no se nota a simple vista?

    Pasa desapercibida porque casi todos asociamos la anorexia con un cuerpo visiblemente muy delgado, y esa idea hace que ni la familia ni a veces los profesionales sospechen cuando el peso parece normal. Hay varias razones que se suman.

    Primero, la pérdida de peso suele ser bien recibida. En un estudio con adolescentes, 71 % de los que tenían anorexia atípica había tenido antes sobrepeso u obesidad, frente a 12 % de los de bajo peso (Sawyer et al., 2016). Si alguien parte de un peso más alto, bajar mucho puede recibir elogios en casa, en el colegio o en la consulta, y esos elogios refuerzan justo la conducta que enferma.

    Segundo, la cantidad perdida puede ser grande aunque no se vea. Esos mismos adolescentes habían perdido más peso (17,6 kg en promedio frente a 11,0 kg) durante más tiempo (13,3 meses frente a 10,2) que quienes tenían anorexia con bajo peso (Sawyer et al., 2016). El cuerpo puede estar muy desgastado por dentro mientras la báscula marca un número “aceptable”.

    Tercero, el estigma del peso. Un estudio con 38 adultos con anorexia atípica, entrevistados en profundidad, encontró que muchos sintieron que los profesionales minimizaban o negaban su trastorno, y que eso retrasó la atención. El estudio lleva por título una frase que resume esa experiencia, “no pareces anoréxica”, y sus autores concluyen que el estigma del peso en la atención de salud contribuyó a que las conductas empezaran y se mantuvieran (Harrop et al., 2023).

    Cuarto, no es rara. Una revisión de 75 estudios vio que en estudios con muestras poblacionales la anorexia atípica era tan frecuente como la anorexia nerviosa, o más, mientras que en los servicios especializados aparecía mucho menos. Los autores lo describen como una brecha de atención: muchas personas con este cuadro no llegan a tratamiento (Harrop et al., 2021). Además, en adultos, al menos una cuarta parte de quienes cumplían la definición tenía actualmente sobrepeso u obesidad (Forney et al., 2017).

    Imagina a una adolescente que baja varios kilos en un año tras una dieta “para estar más sana”. En la familia dicen que se ve bien. Ella cuenta cada caloría, se mareaba al levantarse y se siente culpable si come lo mismo que los demás. Por fuera, nada llama la atención. Por dentro, el cuadro puede estar tan avanzado como el de alguien visiblemente muy delgado.

    ¿Qué tan grave es la anorexia atípica?

    La anorexia atípica puede ser tan grave como la anorexia nerviosa, aunque el peso esté dentro del rango normal. Ningún estudio muestra que sea sistemáticamente más leve, y varios muestran lo contrario. Estos son los datos que mejor lo respaldan:

    • Daño físico similar. En 160 adolescentes que consultaron por primera vez (42 con anorexia atípica y 118 con anorexia de bajo peso), no hubo diferencias significativas en bradicardia (24 % frente a 33 %) ni en inestabilidad al ponerse de pie (43 % frente a 38 %), y el malestar con la comida y el cuerpo fue mayor en la atípica. Los autores concluyen que casi no hay evidencia de que sea menos grave (Sawyer et al., 2016).
    • El peso de ingreso dice menos que la historia de peso. En 171 adolescentes hospitalizados (118 con anorexia nerviosa y 53 con atípica), perder mucho peso en total y perder peso hace poco predijeron mejor el pulso más bajo y la bradicardia que el peso al ingreso. Los autores proponen dar más importancia a la pérdida de peso que al número en la balanza (Whitelaw et al., 2018).
    • Lo mismo en hospitalizados. En un ensayo con 116 personas de 12 a 24 años ingresadas, una pérdida de peso más rápida se asoció con un pulso más lento, y una pérdida mayor y más larga con un fósforo más bajo, independientemente del peso de ingreso (Garber et al., 2019).
    • Mismo malestar en tratamiento de día. En 154 adultos jóvenes en un programa de hospitalización parcial, los síntomas, el trauma previo, las ideas suicidas y la respuesta al tratamiento fueron parecidos en la anorexia nerviosa y en la atípica (Billman Miller et al., 2024).
    • Huesos. Un estudio con 286 adolescentes encontró que la densidad ósea de quienes tenían anorexia atípica era mayor que la de quienes tenían anorexia con bajo peso (Nagata et al., 2019). La comparación es entre dos grupos con trastorno alimentario, así que no dice que los huesos estén a salvo.

    Una revisión de las complicaciones médicas llega a la misma idea: los pacientes con anorexia atípica pueden tener complicaciones médicas y psicológicas parecidas, o más graves, que los de la anorexia nerviosa típica (Vo y Golden, 2022). Un metaanálisis posterior concluyó que, salvo el peso, los dos cuadros no son clínicamente distintos, y que el acceso a tratamiento debería ser el mismo (Johnson-Munguia et al., 2024).

    Por esto, la guía de NICE pide no usar el IMC como único dato para decidir si alguien recibe tratamiento o una hospitalización (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    ¿Cómo se diagnostica la anorexia atípica?

    La anorexia atípica se diagnostica en una evaluación clínica, no con un test ni con una cifra. El profesional revisa la historia de peso (cuánto, en cuánto tiempo y desde dónde), la forma de comer, el ejercicio, cómo vive la persona su cuerpo, el estado de ánimo y el riesgo. Aparte, un médico revisa pulso, presión y exámenes de sangre. Una analítica normal no descarta un trastorno alimentario (GuiaSalud, 2009).

    Existen cuestionarios breves de cribado, como el SCOFF, de cinco preguntas (Morgan et al., 1999). Sirven para decidir si conviene evaluar más, no para diagnosticar. En una revisión para el grupo de trabajo de servicios preventivos de Estados Unidos, el SCOFF con corte en 2 tuvo en adultos una sensibilidad de 84 % y una especificidad de 80 % (Feltner et al., 2022). Eso significa que puede dejar fuera a algunas personas con el trastorno. Las guías piden no usarlos como único método (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    Si tú o alguien cercano se reconoce en estas señales, lo útil es una consulta con un psicólogo clínico, un psiquiatra o un médico, aunque el peso sea normal. Conviene llevar un registro simple de lo observado (cuánto bajó, cuándo, qué se evita comer, qué síntomas físicos hay), porque en una consulta breve las conductas de restricción no siempre se ven.

    ¿Cómo se trata la anorexia atípica?

    El tratamiento de la anorexia atípica sigue los principios del de la anorexia nerviosa, con un equipo que combina psicoterapia, control médico y apoyo nutricional. Las guías indican que quienes tienen un trastorno que no calza con una categoría reciban el tratamiento del trastorno al que más se parece (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). Aquí hay una limitación importante: casi no existen ensayos hechos solo con anorexia atípica (Walsh et al., 2023).

    • Adolescentes: la terapia familiar es la primera opción. En ensayos con anorexia nerviosa, la terapia familiar no se distinguió de la terapia individual al terminar, pero fue mejor a los 6 y 12 meses (Lock et al., 2010), y un metaanálisis mostró un patrón parecido (Couturier et al., 2013). Para la anorexia atípica en particular hay una serie de casos de 42 adolescentes: 83 % completó al menos la mitad del tratamiento, los síntomas alimentarios y depresivos bajaron, y la remisión fue de 38 % a 52 % según el criterio. Es un estudio sin grupo comparador, así que orienta, pero no prueba nada por sí solo (Hughes et al., 2017). Los pasos de la terapia familiar están en el manual de Lock y Le Grange (2012).
    • Adultos: no hay un tratamiento que se destaque. Un metaanálisis en red de 16 ensayos en adultos con anorexia nerviosa no encontró ninguna psicoterapia mejor que el tratamiento habitual en peso ni en síntomas, con una confianza en la evidencia baja a muy baja (Solmi et al., 2021). Esos datos son de anorexia nerviosa y se extrapolan a la atípica.
    • Seguimiento médico: pulso, presión y electrolitos, sobre todo al comenzar a comer más, por el riesgo de fósforo bajo (síndrome de realimentación). Esa parte la maneja un equipo médico, no se hace en casa (Garber et al., 2019; Vo y Golden, 2022).
    • Dietas: las dietas para bajar de peso mantienen el trastorno, así que no se recomiendan durante el tratamiento (Fairburn, 2008).

    Si convives con alguien con este cuadro, conviene evitar los comentarios sobre su cuerpo o su plato y no convertir cada comida en un tema de discusión (GuiaSalud, 2009). También conviene no elogiar la pérdida de peso, porque refuerza la conducta que sostiene el trastorno. Y si no tienes claro con quién partir, esta guía compara psicólogo y psiquiatra.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta cuando la comida, el peso o el cuerpo ocupan buena parte de los pensamientos de alguien, cuando hay restricción o conductas para compensar, o cuando empieza a afectar la salud, el ánimo o las relaciones. No hace falta esperar a que baje más de peso ni a “verse enfermo”: como muestran los estudios, el peso no mide la gravedad. Empezar el tratamiento antes mejora la evolución.

    • Urgencia médica: desmayos, dolor de pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, debilidad intensa, sangre en el vómito o en las deposiciones.
    • Consulta médica pronto: pérdida de peso rápida, mareos repetidos, frío constante, cambios en la menstruación, vómitos o laxantes frecuentes.
    • Consulta psicológica: reglas rígidas con la comida, miedo intenso a engordar, ejercicio que se vive como obligación, evitar comer con otros, vergüenza que lleva a esconderse.
    • Si hay ideas de hacerse daño: consulta de inmediato y mira esta guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas.

    Para una descripción general de los trastornos alimentarios, MedlinePlus tiene información en español y la Asociación Americana de Psiquiatría en inglés. Una primera consulta psicológica sirve para evaluar el cuadro, medir el riesgo y decidir si hace falta una evaluación médica antes de partir, o un equipo especializado. Si quieres dar ese paso, puedes agendar una consulta, solo o sola, o con un hijo o una hija. Para ordenar la decisión, esta guía te ayuda a elegir psicólogo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Se puede tener anorexia con un peso normal?

    Sí. Eso es la anorexia atípica: la persona cumple los criterios de la anorexia nerviosa y ha perdido mucho peso, pero su peso actual está dentro o por encima del rango normal. Puede tener síntomas físicos y psicológicos tan serios como quienes están bajo peso (Walsh et al., 2023; Sawyer et al., 2016).

    ¿Qué criterios del DSM-5 tiene la anorexia atípica?

    Los de la anorexia nerviosa: restricción de la ingesta, miedo intenso a ganar peso y alteración de la imagen corporal. La diferencia es que el peso no es significativamente bajo. El DSM-5 la clasifica dentro de los otros trastornos especificados (American Psychiatric Association, 2013).

    ¿La anorexia atípica es una anorexia leve?

    No necesariamente. Un metaanálisis encontró más preocupación por el peso y la figura y más insatisfacción corporal en la atípica, y sin diferencias en el deterioro clínico ni en las conductas compensatorias (Johnson-Munguia et al., 2024). El peso no mide la gravedad.

    ¿Cómo se diagnostica la anorexia atípica?

    Con una evaluación clínica que revisa la historia de peso, la forma de comer, el ejercicio, el ánimo y el estado físico. Un cuestionario como el SCOFF orienta, pero no diagnostica, y puede dejar fuera casos (Feltner et al., 2022; GuiaSalud, 2009).

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia atípica?

    Restricción y reglas rígidas con la comida, miedo intenso a engordar, valor personal medido por el cuerpo, ejercicio obligatorio, evitar comer con otros y, en el cuerpo, frío, mareos, cansancio, pulso lento o cambios en la menstruación. Lo que pesa es el conjunto y que se mantenga (Fairburn, 2008; GuiaSalud, 2009).

    ¿La anorexia atípica tiene tratamiento?

    Sí. Se trata como la anorexia nerviosa, con psicoterapia (en adolescentes, terapia familiar), control médico y apoyo nutricional. Los estudios específicos son pocos: en una serie de 42 adolescentes la remisión fue de 38 % a 52 %, y se necesita más investigación (Hughes et al., 2017; Walsh et al., 2023).

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    Referencias

    • Allison, K. C., & Lundgren, J. D. (2018). Emerging syndromes. En W. S. Agras & A. Robinson (Eds.), The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Billman Miller, M. G., Gioia, A. N., Essayli, J. H., & Forrest, L. N. (2024). Few differences in psychiatric comorbidities and treatment response among people with anorexia nervosa and atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 57(4), 809-818. https://doi.org/10.1002/eat.24046
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
    • Feltner, C., Peat, C., Reddy, S., Riley, S., Berkman, N., Middleton, J. C., Balio, C., Coker-Schwimmer, M., & Jonas, D. E. (2022). Screening for eating disorders in adolescents and adults: Evidence report and systematic review for the US Preventive Services Task Force. JAMA, 327(11), 1068-1082. https://doi.org/10.1001/jama.2022.1807
    • Forney, K. J., Brown, T. A., Holland-Carter, L. A., Kennedy, G. A., & Keel, P. K. (2017). Defining “significant weight loss” in atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 50(8), 952-962. https://doi.org/10.1002/eat.22717
    • Garber, A. K., Cheng, J., Accurso, E. C., Adams, S. H., Buckelew, S. M., Kapphahn, C. J., Kreiter, A., Le Grange, D., Machen, V. I., Moscicki, A.-B., Saffran, K., Sy, A. F., Wilson, L., & Golden, N. H. (2019). Weight loss and illness severity in adolescents with atypical anorexia nervosa. Pediatrics, 144(6), Artículo e20192339. https://doi.org/10.1542/peds.2019-2339
    • GuiaSalud. (2009). Guía de práctica clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Sistema Nacional de Salud de España.
    • Harrop, E. N., Hutcheson, R., Harner, V., Mensinger, J. L., & Lindhorst, T. (2023). “You don’t look anorexic”: Atypical anorexia patient experiences of weight stigma in medical care. Body Image, 46, 48-61. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2023.04.008
    • Harrop, E. N., Mensinger, J. L., Moore, M., & Lindhorst, T. (2021). Restrictive eating disorders in higher weight persons: A systematic review of atypical anorexia nervosa prevalence and consecutive admission literature. International Journal of Eating Disorders, 54(8), 1328-1357. https://doi.org/10.1002/eat.23519
    • Hughes, E. K., Le Grange, D., Court, A., & Sawyer, S. M. (2017). A case series of family-based treatment for adolescents with atypical anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 50(4), 424-432. https://doi.org/10.1002/eat.22662
    • Johnson-Munguia, S., Negi, S., Chen, Y., Thomeczek, M. L., & Forbush, K. T. (2024). Eating disorder psychopathology, psychiatric impairment, and symptom frequency of atypical anorexia nervosa versus anorexia nervosa: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 57(4), 761-779. https://doi.org/10.1002/eat.23989
    • Lock, J., & Le Grange, D. (2012). Treatment manual for anorexia nervosa: A family-based approach (2nd ed.). Guilford Press.
    • Lock, J., Le Grange, D., Agras, W. S., Moye, A., Bryson, S. W., & Jo, B. (2010). Randomized clinical trial comparing family-based treatment with adolescent-focused individual therapy for adolescents with anorexia nervosa. Archives of General Psychiatry, 67(10), 1025-1032. https://doi.org/10.1001/archgenpsychiatry.2010.128
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    • National Institute for Health and Care Excellence. (2017). Eating disorders: Recognition and treatment (NICE guideline NG69). https://www.nice.org.uk/guidance/ng69
    • Sawyer, S. M., Whitelaw, M., Le Grange, D., Yeo, M., & Hughes, E. K. (2016). Physical and psychological morbidity in adolescents with atypical anorexia nervosa. Pediatrics, 137(4), Artículo e20154080. https://doi.org/10.1542/peds.2015-4080
    • Solmi, M., Wade, T. D., Byrne, S., Del Giovane, C., Fairburn, C. G., Ostinelli, E. G., De Crescenzo, F., Johnson, C., Schmidt, U., Treasure, J., Favaro, A., Zipfel, S., & Cipriani, A. (2021). Comparative efficacy and acceptability of psychological interventions for the treatment of adult outpatients with anorexia nervosa: A systematic review and network meta-analysis. The Lancet Psychiatry, 8(3), 215-224. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(20)30566-6
    • Vo, M., & Golden, N. (2022). Medical complications and management of atypical anorexia nervosa. Journal of Eating Disorders, 10, Artículo 196. https://doi.org/10.1186/s40337-022-00720-9
    • Walsh, B. T., Hagan, K. E., & Lockwood, C. (2023). A systematic review comparing atypical anorexia nervosa and anorexia nervosa. International Journal of Eating Disorders, 56(4), 798-820. https://doi.org/10.1002/eat.23856
    • Whitelaw, M., Lee, K. J., Gilbertson, H., & Sawyer, S. M. (2018). Predictors of complications in anorexia nervosa and atypical anorexia nervosa: Degree of underweight or extent and recency of weight loss? Journal of Adolescent Health, 63(6), 717-723. https://doi.org/10.1016/j.jadohealth.2018.08.019

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Anorexia y bulimia: diferencias y similitudes

    Anorexia y bulimia: diferencias y similitudes

    Si llegaste buscando las diferencias entre anorexia y bulimia, probablemente tienes un motivo concreto: alguien cercano come muy poco, o come a escondidas y se va al baño, o tú misma o tú mismo no sabes en cuál de las dos descripciones te reconoces. La pregunta es razonable, porque desde fuera se parecen más de lo que se cree y por dentro comparten una raíz. También es una pregunta con trampa: la etiqueta importa menos de lo que parece, y ambas tienen tratamiento.

    Aquí vas a ver qué separa a una de otra, qué tienen en común, por qué algunas personas pasan de un diagnóstico al otro, cómo se presentan en hombres y qué cambia en el tratamiento. Las cifras salen de metaanálisis, revisiones y ensayos clínicos, y donde la evidencia es floja, lo decimos. Si buscas la visión de conjunto, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria, y cada trastorno tiene su propia guía: anorexia nerviosa y bulimia nerviosa.

    En breve: la diferencia principal entre anorexia y bulimia es el peso. En la anorexia nerviosa el peso es significativamente bajo porque la persona restringe lo que come. En la bulimia nerviosa hay atracones seguidos de conductas para compensarlos (vómito, laxantes, ayuno, ejercicio) y el peso suele estar en el rango habitual o por encima. Lo que las une es la psicopatología central: el valor personal depende casi por completo del cuerpo y del peso. Ninguna se diagnostica por cuenta propia, y ambas pueden tener consecuencias médicas serias.

    ¿Cuál es la diferencia entre anorexia y bulimia?

    La diferencia entre anorexia y bulimia está en el peso corporal y en cómo se llega a controlarlo. En la anorexia nerviosa el peso es significativamente bajo y la conducta central es restringir lo que se come. En la bulimia nerviosa hay episodios de atracón seguidos de conductas compensatorias, y el peso suele ser habitual o más alto. Las dos comparten la sobrevaloración de la figura y el peso.

    Anorexia nerviosa Bulimia nerviosa
    Peso Significativamente bajo Habitual o por encima
    Conducta central Restricción de lo que se come Atracones y conductas compensatorias
    Atracones Solo en el tipo con atracones y purgas Requisito del diagnóstico
    Vómito, laxantes, ejercicio excesivo Solo en el tipo con atracones y purgas Requisito del diagnóstico
    Frecuencia exigida Sin umbral semanal fijo Al menos una vez por semana durante tres meses
    Qué mide la gravedad El nivel de bajo peso Cuántos episodios compensatorios hay por semana
    Regla de precedencia Prevalece sobre la bulimia No se diagnostica si se cumplen los criterios de anorexia
    Cómo se vive Tiende a vivirse como un logro Tiende a vivirse con vergüenza y malestar
    Quién consulta primero Con frecuencia la familia Con más frecuencia la propia persona, tarde

    La última fila de este cuadro comparativo resume lo que muestra cada trastorno por dentro, y más abajo la desarrollamos. Es una descripción de tendencias y no de reglas: hay personas con anorexia que piden ayuda ellas mismas, y personas con bulimia que no reconocen el problema.

    Diferencias entre anorexia y bulimia nerviosa: criterios del DSM-5

    El DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013), según lo resumen Fairburn (2008) y Agras y Robinson (2018), exige tres cosas para la anorexia nerviosa:

    • Restricción de la ingesta frente a lo que el cuerpo necesita, que lleva a un peso significativamente bajo para la edad, el sexo, el desarrollo y la salud física.
    • Miedo intenso a ganar peso o conductas persistentes que impiden subirlo, aunque el peso ya sea bajo.
    • Alteración de la imagen corporal: la persona vive de forma distorsionada su peso o su figura, basa su valor en ellos o no reconoce la gravedad del bajo peso.

    Para la bulimia nerviosa pide cinco:

    • Atracones recurrentes: comer en un período breve (por ejemplo, dos horas) una cantidad claramente mayor que la que la mayoría comería, con sensación de no poder parar.
    • Conductas compensatorias recurrentes para evitar subir de peso: vómito autoinducido, uso indebido de laxantes o diuréticos, ayuno o ejercicio excesivo.
    • Frecuencia: en promedio, al menos una vez por semana durante tres meses. El DSM-IV exigía dos.
    • Autoevaluación influida de forma desproporcionada por la figura y el peso.
    • Exclusión: el cuadro no ocurre solo durante un episodio de anorexia nerviosa.

    El DSM-5 también eliminó la ausencia de menstruación como requisito de la anorexia, porque dejaba fuera a los hombres, a las mujeres que usan anticonceptivos y a las adolescentes que aún no menstruaban (Agras y Robinson, 2018). Cada trastorno tiene además su propia escala de gravedad: en la anorexia se mide por el grado de bajo peso, y en la bulimia por la cantidad de episodios compensatorios por semana. Esa evaluación la hace un profesional. La Asociación Americana de Psiquiatría ofrece una descripción general en inglés y MedlinePlus una en español. Por eso aquí no vas a encontrar cifras de peso ni de IMC para “saber si es grave”.

    ¿La anorexia con atracones y purgas es lo mismo que la bulimia?

    No, y la diferencia vuelve a ser el peso. La anorexia nerviosa tiene dos tipos: el restrictivo, en que el peso bajo se logra con dieta, ayuno o ejercicio excesivo, y el que incluye atracones o purgas regulares. Una persona del segundo tipo hace lo mismo que una persona con bulimia (atraca, vomita, usa laxantes), pero su peso es significativamente bajo. Fairburn (2013) y Agras y Robinson (2018) explican que si alguien cumple los criterios de peso de la anorexia, el diagnóstico es anorexia y no se le agrega el de bulimia.

    Es un buen ejemplo de por qué las etiquetas son fronteras y no paredes. Una revisión sistemática encontró que son pocos los estudios que comparan directamente los dos tipos de anorexia, y que las diferencias posibles en funcionamiento cognitivo no alcanzan para sacar conclusiones firmes (Van Autreve y Vervaet, 2015).

    Semejanzas entre anorexia y bulimia: ¿qué tienen en común?

    La anorexia y la bulimia comparten la psicopatología central: la persona juzga su valor casi por completo según su figura, su peso y su capacidad de controlarlos. Fairburn (2008) la describe con la imagen de un gráfico circular de la autoestima. La mayoría de la gente reparte su valor en muchos trozos (relaciones, trabajo, estudios, aficiones). En un trastorno alimentario, el trozo del cuerpo ocupa casi todo el gráfico.

    De ahí nacen conductas parecidas en ambos cuadros (Fairburn, 2008):

    • Dieta estricta, con reglas rígidas sobre qué, cuándo y cuánto comer.
    • Control del cuerpo: pesarse una y otra vez, medirse, mirarse al espejo, o lo contrario, evitar espejos y ropa ajustada.
    • Confundir emociones con peso: traducir la tristeza, el aburrimiento o la soledad en “me siento gorda” o “me siento gordo”.
    • Pensamiento de todo o nada, donde una desviación pequeña de la regla se vive como un fracaso total.
    • Atracones y purgas: no son exclusivos de la bulimia, también ocurren en el tipo de anorexia con atracones y purgas.

    También comparten acompañantes. Tanto en la anorexia como en la bulimia son frecuentes los síntomas de ánimo y de ansiedad, el perfeccionismo y la baja autoestima de fondo (Fairburn, 2008). La diferencia, desde esta mirada, es cuánto pesa la restricción y cuánto el atracón: si la restricción domina con éxito, el peso cae, y si se interrumpe por atracones y purgas, el peso se mantiene más estable (Fairburn, 2008).

    Esa observación es la base del modelo transdiagnóstico de Fairburn, que propone una sola terapia (la TCC mejorada, CBT-E) para las distintas etiquetas, adaptada a lo que mantiene el problema en cada persona. Más abajo vemos qué dice la evidencia sobre el tratamiento.

    ¿Se puede pasar de la anorexia a la bulimia?

    Sí, ocurre, y es una de las razones por las que los especialistas hablan de fronteras difusas. Los trastornos alimentarios cambian de forma con el tiempo. Pero el movimiento no es igual en las dos direcciones, y la evidencia no es del todo uniforme.

    • Un seguimiento de 7 años de 216 mujeres mostró que la mayoría de quienes empezaron con anorexia cambió de tipo o de diagnóstico: más de la mitad pasó entre el tipo restrictivo y el de atracones y purgas, y un tercio llegó a cumplir criterios de bulimia, aunque con tendencia a recaer en anorexia. Las mujeres con bulimia rara vez pasaron a anorexia (Eddy et al., 2008).
    • Un metaanálisis reciente de 27 estudios coincide en lo central. Los cruces entre síndromes distintos (por ejemplo, de bulimia a anorexia) fueron raros, mientras que eran más comunes los cambios dentro de la anorexia (23 % pasó del tipo restrictivo al de atracones y purgas) y el paso hacia categorías de “otros trastornos especificados”, entre 17 % y 25 % según el diagnóstico de partida (Martin et al., 2026, publicación anticipada). Los autores concluyen que conviene repetir la evaluación con entrevistas especializadas.
    • Un estudio con 88 personas con anorexia y 350 con bulimia encontró que 32 de las 88 personas con anorexia desarrollaron bulimia y que 93 de las 350 con bulimia desarrollaron anorexia, una proporción en ese sentido mayor que la de otros trabajos. La mayoría de los cruces ocurrió antes del quinto año de enfermedad, y la baja capacidad de dirigir la propia conducta se asoció a los cambios en las dos direcciones (Tozzi et al., 2005).
    • En una cohorte de 793 pacientes seguida seis años después del tratamiento, la migración entre diagnósticos y las recaídas fueron frecuentes, y la presencia de un trastorno del ánimo se asoció con más inestabilidad diagnóstica (Castellini et al., 2011).

    En la práctica, un diagnóstico describe el momento actual y puede cambiar. Quien tiene hoy una anorexia restrictiva puede desarrollar atracones, y quien pasa a un peso habitual no necesariamente está recuperado. Lo que sostiene el problema (la sobrevaloración del cuerpo y las reglas rígidas) sigue siendo lo que hay que tratar.

    ¿Cómo se vive cada una por dentro?

    La forma en que la persona vive su trastorno es una de las diferencias más útiles para las familias, aunque no sirve para diagnosticar. Según lo que recogen los manuales del cuaderno de referencia (Fairburn, 2008; Agras y Robinson, 2018; Cash y Smolak, 2011), el patrón típico es este:

    En la anorexia, la restricción y el adelgazamiento tienden a vivirse como algo valioso: una muestra de disciplina, de control o de ser especial. Por eso es común la negación del problema y la poca conciencia de la gravedad de la desnutrición, y el tratamiento se vive como una amenaza a esa meta. El secreto no nace de la vergüenza sino del miedo a que alguien interfiera. Con frecuencia son los padres, la pareja o los docentes quienes notan la pérdida de peso, el aislamiento o la palidez y consultan primero.

    En la bulimia, los atracones y las purgas suelen vivirse con malestar. Dominan la culpa, la vergüenza y el autorreproche por haber “perdido el control”, y la persona esconde la conducta con mucho cuidado, a veces durante años y aun viviendo en familia. Suele haber más deseo de recuperarse, pero el miedo a subir de peso si deja de purgar y la vergüenza de contarlo frenan la consulta. Fairburn (2008) observa que quienes buscan ayuda llevan entre cinco y diez años con el problema.

    Dos advertencias. La primera: es una descripción de lo más frecuente. Hay personas con anorexia que sufren y piden ayuda, y personas con bulimia que no ven problema alguno. La segunda: nada de esto significa que una sea “más grave” por vivirse de otro modo. Que la bulimia sea menos visible no la hace más leve.

    ¿Qué le hacen al cuerpo, y cuál es más peligrosa?

    Las dos pueden ser peligrosas, por mecanismos distintos. La anorexia daña el cuerpo sobre todo por la desnutrición sostenida, y la bulimia por el efecto de las purgas sobre los electrolitos y el sistema digestivo (Agras y Robinson, 2018).

    En la anorexia, la desnutrición puede afectar a casi todos los sistemas. Los manuales describen latidos lentos, presión baja, riesgo de arritmias, anemia, estreñimiento intenso, pérdida de densidad ósea y alteraciones hormonales. La realimentación necesita supervisión médica, porque comer de golpe tras una desnutrición severa puede alterar los electrolitos y afectar al corazón (Agras y Robinson, 2018; NICE, 2017).

    En la bulimia, el vómito y el abuso de laxantes y diuréticos pueden causar potasio bajo, que altera la actividad eléctrica del corazón, además de desgaste del esmalte dental, hinchazón de las glándulas salivales, reflujo e irritación del esófago. Una revisión sobre las complicaciones médicas señala que el vómito autoinducido y el abuso de laxantes explican más del 90 % de las conductas de purga, y que algunas complicaciones pueden ser muy peligrosas (Mehler y Rylander, 2015). Un peso habitual no descarta riesgo: las arritmias por potasio bajo pueden aparecer con cualquier peso.

    ¿Y la mortalidad? Un metaanálisis de 74 tamaños de efecto halló una razón de mortalidad estandarizada de 5,21 para la anorexia nerviosa y de 2,20 para la bulimia nerviosa, ambas por encima de la población general (Krug et al., 2025). La anorexia tiene el número más alto, pero comparar “cuál es peor” sirve poco a quien está en medio de una de las dos. Las dos se tratan con la misma seriedad.

    Se necesita atención médica urgente ante desmayos, dolor de pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, debilidad intensa, sangre en el vómito o en las heces, o dolor abdominal fuerte tras un atracón.

    ¿Qué tan frecuentes son?

    Ambas son poco frecuentes en población general, y la bulimia lo es más que la anorexia. Un metaanálisis de 33 estudios calculó una prevalencia a lo largo de la vida de 0,16 % para la anorexia y de 0,63 % para la bulimia, y sus autores advierten que las cifras pueden estar subestimadas (Qian et al., 2022). En Latinoamérica, un metaanálisis de 17 estudios, con datos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela, estimó una prevalencia puntual media de 0,1 % para la anorexia y de 1,16 % para la bulimia (Kolar et al., 2016). Las cifras son bajas porque son diagnósticos completos. Los cuadros subclínicos, que también hacen daño, son bastante más comunes.

    Anorexia y bulimia en hombres: ¿se presentan igual?

    Anorexia y bulimia en hombres existen, son menos frecuentes y se detectan más tarde. En la encuesta nacional de comorbilidad de Estados Unidos, la prevalencia a lo largo de la vida fue de 0,9 % en mujeres y 0,3 % en hombres para la anorexia, y de 1,5 % y 0,5 % para la bulimia (Hudson et al., 2007). Una revisión sistemática de 94 estudios encontró, para cualquier trastorno alimentario, 8,4 % en mujeres y 2,2 % en hombres (Galmiche et al., 2019). En muestras clínicas históricas, los hombres eran aproximadamente uno de cada diez pacientes, aunque los estudios comunitarios más recientes sugieren una proporción mayor, que algunas estimaciones sitúan cerca de una cuarta parte (Agras y Robinson, 2018).

    Lo que se sabe de cómo se presentan:

    • Los síntomas centrales son los mismos: sobrevaloración de la figura y el peso, dieta estricta, preocupación por el control. El curso y la respuesta a los tratamientos psicológicos son similares, así que no hay criterios diagnósticos separados para hombres (Agras y Robinson, 2018).
    • Muchas veces la meta es el músculo, más que la delgadez extrema. Los manuales describen la llamada “anorexia inversa”: una persona muy musculosa que se percibe pequeña y débil, con levantamiento compulsivo de pesas, dietas muy altas en proteína y, a veces, esteroides anabólicos. En el DSM-5 eso se clasifica como trastorno dismórfico corporal con especificador de dismorfia muscular, y no como anorexia (Agras y Robinson, 2018; Cash y Smolak, 2011).
    • Hay contextos de más riesgo: deportes con categorías de peso o con presión por un cuerpo liviano (lucha, remo, atletismo, gimnasia), y, según los manuales, los hombres gay y bisexuales presentan más insatisfacción corporal que los heterosexuales (Agras y Robinson, 2018).
    • El estigma retrasa la consulta. Persiste la idea de que estos trastornos son “cosa de mujeres”, y eso lleva a ocultar los síntomas y a pedir ayuda más tarde.
    • Hay menos investigación. Una revisión de 18 estudios con 1.129 hombres tratados por anorexia concluyó que el conocimiento sobre el resultado es escaso, que los resultados son inconclusos y en parte contradictorios, y que no hay evidencia firme de diferencias entre sexos (Strobel et al., 2018). Es honesto decirlo así: lo que sabemos de ellos es menos de lo que querríamos.

    Si eres hombre y algo de esto te resuena, consulta sin esperar a que se note: los mismos tratamientos psicológicos sirven.

    ¿Cómo se tratan? Lo que cambia y lo que se comparte

    Las dos se tratan con psicoterapia como base, con terapia familiar en adolescentes y con evaluación y seguimiento médico en paralelo. Las diferencias aparecen en el foco, porque en la anorexia hay que recuperar peso y en la bulimia hay que cortar el ciclo de atracón y purga. Las recomendaciones de la guía NICE (2017) y de los manuales son estas:

    Anorexia nerviosa

    • Adolescentes: primera línea es la terapia familiar enfocada en la anorexia (18 a 20 sesiones en alrededor de un año), donde los padres asumen temporalmente el control de la realimentación. Si no es adecuada o no funciona, se ofrece TCC enfocada en trastornos alimentarios o psicoterapia centrada en el adolescente (NICE, 2017; Lock y Le Grange, 2012).
    • Adultos: NICE ofrece elegir entre TCC enfocada en trastornos alimentarios, MANTRA o manejo clínico de apoyo especializado (NICE, 2017).
    • Medicamentos: no se recomiendan como tratamiento único ni principal (NICE, 2017).

    Bulimia nerviosa

    • Adolescentes: terapia familiar enfocada en la bulimia (18 a 20 sesiones en unos seis meses).
    • Adultos: autoayuda guiada con manual como primer paso y, si no basta, TCC enfocada en trastornos alimentarios (unas 20 sesiones en 20 semanas). La terapia interpersonal es una alternativa.
    • Medicamentos: la fluoxetina a dosis alta puede acompañar a la psicoterapia, pero no se usa sola (NICE, 2017).

    ¿Qué dice la evidencia sobre cuánto funcionan? Para la anorexia, un ensayo con 121 adolescentes no halló diferencias en remisión completa al terminar entre terapia familiar y terapia individual, pero a los 6 y 12 meses la terapia familiar fue superior (Lock et al., 2010). En adultos, el ensayo MOSAIC con 142 pacientes mostró que MANTRA y el manejo clínico especializado mejoraron por igual el IMC y los síntomas a los 6 y 12 meses, y que los pacientes consideraron más aceptable el primero (Schmidt et al., 2015). Un metaanálisis en red de 16 ensayos con adultos concluyó que ninguna intervención psicológica superó al tratamiento habitual, con certeza de la evidencia de baja a muy baja (Solmi et al., 2021). Un metaanálisis de 35 ensayos encontró que los tratamientos especializados superan a los comparadores en el peso final, con un efecto pequeño, pero que esa ventaja no se mantiene en el seguimiento y no se ve en los síntomas psicológicos (Murray et al., 2019). Dicho simple: en la anorexia adulta hay tratamientos que ayudan, pero la evidencia es más débil que en la bulimia.

    Para la bulimia, un metaanálisis de 45 ensayos halló que tras la psicoterapia 35,4 % de quienes terminaron el tratamiento dejó por completo los atracones y las purgas (29,9 % si se cuentan todos los que empezaron), con cifras mejores en los tratamientos conductuales como la TCC, y que más del 60 % no logró la abstinencia completa (Linardon y Wade, 2018). Es una vara exigente, ya que mide cero episodios, y no significa que el resto no mejore. En adolescentes, un ensayo con 80 jóvenes mostró que al terminar 39 % de quienes recibieron terapia familiar estaba sin atracones ni purgas frente a 18 % con psicoterapia de apoyo (Le Grange et al., 2007), y otro ensayo con 130 adolescentes comparó la terapia familiar con una TCC adaptada: la familiar logró más abstinencia al terminar (39 % frente a 20 %), pero a los 12 meses la diferencia ya no fue significativa (Le Grange et al., 2015). Sobre los medicamentos, en un ensayo con 387 mujeres la fluoxetina a 60 mg diarios superó al placebo en reducir atracones y vómitos semanales (Fluoxetine Bulimia Nervosa Collaborative Study Group, 1992). Esa decisión siempre es de un médico.

    Lo que comparten los tratamientos: la terapia trabaja la sobrevaloración del cuerpo, flexibiliza las reglas de comida y enseña a tolerar emociones difíciles sin recurrir a la conducta. Si no tienes claro con quién partir, esta guía compara psicólogo y psiquiatra y esta otra, terapia online y presencial. La terapia psicológica puede hacerse a distancia cuando no hay riesgo médico. Si hay signos de alteración del corazón o de los electrolitos, o un peso muy bajo, la evaluación médica presencial va primero.

    ¿Cuál tiene mejor pronóstico?

    La bulimia tiene mejor pronóstico que la anorexia, y ambas son recuperables. En el Oxford Handbook, el capítulo sobre curso resume que en la anorexia se recupera entre 45 % y 50 % en seguimientos de 10 a 20 años, y que en la bulimia se recupera entre 65 % y 70 % en seguimientos de cinco años o más (Agras y Robinson, 2018). Son cifras de estudios con métodos distintos y varían entre ellos. Un estudio de seguimiento de más de 10 años con 173 mujeres con bulimia halló, a los 11,5 años de media, que 11 % aún cumplía todos los criterios y casi 70 % estaba en remisión completa o parcial (Keel et al., 1999).

    Las recaídas son parte del camino para mucha gente. Una revisión con metaanálisis de 16 estudios estimó que 31 % de los pacientes con anorexia recayó tras el tratamiento, con el mayor riesgo durante el primer año después del alta (Berends et al., 2018). Consultar pronto mejora las posibilidades en ambas.

    ¿Cómo saber si es anorexia, bulimia u otra cosa?

    No se sabe desde fuera, y no hace falta saberlo para pedir ayuda. Los criterios se evalúan en una entrevista clínica, y a veces el cuadro no calza en ninguna de las dos etiquetas. Hay quienes tienen todos los síntomas de la anorexia con un peso dentro del rango habitual (la anorexia atípica, que el DSM-5 ubica entre los “otros trastornos especificados”) y quienes tienen atracones sin purgas, que corresponden al trastorno por atracón. Ninguno es “menos serio” que los otros.

    Algunas señales que justifican consultar, sea cual sea el nombre:

    • Restringir la comida, saltarse comidas o evitar grupos de alimentos de forma rígida.
    • Comer en secreto grandes cantidades, o ir al baño justo después de comer.
    • Usar laxantes, diuréticos o ejercicio para “compensar”.
    • Vivir pendiente del peso, de las calorías o del espejo, con un ánimo que sube y baja según el resultado.
    • Mareos, desmayos, cansancio, calambres, frío constante o cambios en la menstruación.
    • Evitar comidas sociales y mentir sobre lo que se come.

    Existe un cuestionario breve de cinco preguntas, el SCOFF, para orientar sobre el riesgo. Orienta al principio, y la evaluación la hace siempre un profesional. Para los atracones sin purgas en su versión más leve, mira también la guía sobre ansiedad por comer.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta cuando la comida, el peso o el cuerpo ocupan buena parte de tus pensamientos o de los de alguien cercano, cuando hay conductas para compensar o restringir, o cuando empieza a afectar la salud, el ánimo o las relaciones. No hace falta esperar a que haya un diagnóstico claro ni a “estar muy mal”. Iniciar el tratamiento antes se asocia a mejor evolución.

    • Urgencia médica: desmayos, dolor de pecho, latidos irregulares o muy lentos, confusión, debilidad intensa, sangre en el vómito o en las heces.
    • Consulta médica pronto: pérdida de peso rápida, vómitos o laxantes frecuentes, mareos repetidos, calambres, cambios en la menstruación.
    • Consulta psicológica: reglas rígidas sobre la comida, atracones, miedo intenso a engordar, vergüenza que lleva a esconderse.
    • Si hay ideas de hacerse daño: consulta de inmediato y mira esta guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas.

    Una primera consulta psicológica sirve para evaluar el cuadro, medir el riesgo y decidir si hace falta un equipo especializado o una evaluación médica antes de partir. Si quieres dar ese paso, puedes agendar una consulta. También sirve ir solo o sola a preguntar, o ir con un hijo o una hija. Para ordenar la decisión, esta guía te ayuda a elegir psicólogo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuál es la principal diferencia entre anorexia y bulimia?

    El peso. En la anorexia nerviosa es significativamente bajo y la conducta central es restringir la comida. En la bulimia nerviosa hay atracones seguidos de conductas compensatorias, y el peso suele ser habitual o más alto. Las dos comparten la sobrevaloración del cuerpo y del peso (Fairburn, 2008; Agras y Robinson, 2018).

    ¿Se puede tener anorexia y bulimia al mismo tiempo?

    No como dos diagnósticos a la vez. Si se cumplen los criterios de peso de la anorexia, el diagnóstico es anorexia, y cuando hay atracones y purgas se habla del tipo con atracones y purgas. Con el tiempo es posible pasar de un diagnóstico a otro (Eddy et al., 2008; Martin et al., 2026).

    ¿Qué es más grave, la anorexia o la bulimia?

    Ambas son graves. La anorexia tiene mayor mortalidad (razón de 5,21 frente a 2,20 en la bulimia) y la bulimia puede causar arritmias por potasio bajo aunque el peso sea habitual (Krug et al., 2025; Mehler y Rylander, 2015).

    ¿Los hombres también tienen anorexia y bulimia?

    Sí, aunque con menor frecuencia y con menos diagnóstico. En Estados Unidos, la prevalencia a lo largo de la vida fue de 0,3 % para la anorexia y 0,5 % para la bulimia en hombres. En ellos el objetivo suele ser la musculatura más que la delgadez (Hudson et al., 2007; Agras y Robinson, 2018).

    ¿Anorexia y bulimia tienen cura?

    Muchas personas se recuperan. En seguimientos largos, entre 45 % y 50 % se recupera de la anorexia y entre 65 % y 70 % de la bulimia, y consultar temprano mejora el pronóstico. Las recaídas son posibles, por eso el seguimiento después del alta importa (Agras y Robinson, 2018).

    ¿El tratamiento es el mismo para las dos?

    Tiene bases comunes (psicoterapia, trabajo con la sobrevaloración del cuerpo, apoyo médico) pero cambia el foco. En la anorexia se prioriza recuperar el peso y, en adolescentes, la terapia familiar. En la bulimia se prioriza cortar el ciclo de atracón y purga con TCC o terapia familiar (NICE, 2017).

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    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
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    • Cash, T. F., & Smolak, L. (Eds.). (2011). Body image: A handbook of science, practice, and prevention (2nd ed.). Guilford Press.
    • Castellini, G., Lo Sauro, C., Mannucci, E., Ravaldi, C., Rotella, C. M., Faravelli, C., & Ricca, V. (2011). Diagnostic crossover and outcome predictors in eating disorders according to DSM-IV and DSM-V proposed criteria: A 6-year follow-up study. Psychosomatic Medicine, 73(3), 270-279. https://doi.org/10.1097/psy.0b013e31820a1838
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    • Fairburn, C. G. (2013). Overcoming binge eating (2nd ed.). Guilford Press.
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    • Tozzi, F., Thornton, L. M., Klump, K. L., Fichter, M. M., Halmi, K. A., Kaplan, A. S., Strober, M., Woodside, D. B., Crow, S., Mitchell, J., Rotondo, A., Mauri, M., Cassano, G., Keel, P., Plotnicov, K. H., Pollice, C., Lilenfeld, L. R., Berrettini, W. H., Bulik, C. M., & Kaye, W. H. (2005). Symptom fluctuation in eating disorders: Correlates of diagnostic crossover. American Journal of Psychiatry, 162(4), 732-740. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.162.4.732
    • Van Autreve, S., & Vervaet, M. (2015). Are there differences in central coherence and set shifting across the subtypes of anorexia nervosa? A systematic review. The Journal of Nervous and Mental Disease, 203(10), 774-780. https://doi.org/10.1097/nmd.0000000000000366

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Anorexia nerviosa: síntomas, tipos y tratamiento

    Anorexia nerviosa: síntomas, tipos y tratamiento

    Quizás llegaste aquí porque alguien cercano come cada vez menos, se pesa a todas horas o evita sentarse a la mesa, y te preguntas si es una dieta rígida o algo más serio. O porque te reconociste en alguna de esas conductas. La anorexia nerviosa suele empezar de forma discreta, con reglas que al principio parecen “hábitos saludables”, y por eso cuesta tanto ponerle nombre a tiempo.

    Aquí vas a encontrar qué es la anorexia nerviosa, cuáles son sus síntomas, en qué se diferencian el tipo restrictivo y el purgativo, qué la causa y qué tratamiento tiene respaldo. Las cifras salen de revisiones sistemáticas y metaanálisis, y donde la evidencia es débil o escasa, lo decimos. Para la visión general de todos los trastornos alimentarios, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: la anorexia nerviosa es un trastorno de la conducta alimentaria que combina una restricción de la ingesta que lleva a un peso bajo, un miedo intenso a ganar peso y una alteración en cómo la persona vive su cuerpo. Tiene dos tipos, el restrictivo y el que incluye atracones o purgas. Tiene tratamiento, aunque en adultos ninguna terapia ha demostrado ser claramente superior a las demás. Es el trastorno alimentario con mayor mortalidad: un metaanálisis de 2025 calculó una razón de mortalidad estandarizada de 5,21, lo que significa un riesgo de muerte más de cinco veces mayor que el de la población general (Krug et al., 2025). Por eso, ante desmayos, latidos lentos o rechazo total a comer, la primera consulta es médica.

    ¿Qué es la anorexia nerviosa y cuáles son sus criterios diagnósticos?

    La anorexia nerviosa es un trastorno de la conducta alimentaria en el que la persona restringe lo que come hasta llegar a un peso significativamente bajo, siente un miedo intenso a ganar peso y vive su cuerpo de forma distorsionada. Es una enfermedad mental grave, con consecuencias físicas, que va mucho más allá de una dieta estricta.

    El DSM-5 la define con tres criterios, según los resumen Agras y Robinson (2018):

    • Restricción de la ingesta en relación con lo que el cuerpo necesita, que lleva a un peso significativamente bajo para la edad, el sexo, el desarrollo y la salud física.
    • Miedo intenso a ganar peso o a engordar, o una conducta persistente que interfiere con el aumento de peso, aun estando muy delgado o delgada.
    • Alteración de la imagen corporal: la persona vive de forma distorsionada su peso o su figura, basa su valor personal casi por completo en ellos, o no reconoce la gravedad del bajo peso actual.

    El DSM-5 también eliminó la ausencia de menstruación como requisito diagnóstico (Agras y Robinson, 2018). Una mujer puede tener anorexia nerviosa aunque conserve la regla, y los hombres también la tienen, por eso ese criterio dejó de exigirse. La Asociación Americana de Psiquiatría ofrece una descripción general en inglés, y MedlinePlus tiene una versión en español sobre los trastornos de la alimentación.

    Fairburn (2008) propone que lo que sostiene el cuadro es una psicopatología central: la persona juzga su valor casi por completo según su figura, su peso y su capacidad de controlarlos. De ahí nacen las reglas rígidas sobre la comida. Por eso decirle a alguien “come normal” no sirve de nada. La conducta alimentaria es el síntoma visible de algo que ocurre por dentro.

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia nerviosa?

    Los síntomas de la anorexia nerviosa son cambios sostenidos en la forma de comer, en los pensamientos sobre el cuerpo, en la salud física y en la vida social. Ninguno por sí solo confirma el diagnóstico, y lo que pesa es el conjunto y que se mantenga en el tiempo. Las guías clínicas y los manuales de referencia (GuiaSalud, 2009; Fairburn, 2008; Treasure et al., 2007) los agrupan así:

    En la conducta

    • Reducir la cantidad de comida o hacer ayunos, a menudo empezando por eliminar grasas y azúcares y siguiendo con otros grupos de alimentos.
    • Reglas rígidas (“no como después de las seis”, “solo alimentos que pueda pesar”) y contar calorías de forma obsesiva.
    • Comer muy despacio, cortar la comida en trozos mínimos, saltarse comidas o retrasar la hora de comer.
    • Cocinar para otras personas sin probar nada, coleccionar recetas o interesarse de pronto por la cocina.
    • Evitar comer delante de otros, con excusas como “ya comí antes”, o mentir sobre lo que se ha comido.
    • Ejercicio intenso e inflexible, que se mantiene incluso con cansancio, lesión o enfermedad.
    • Pesarse varias veces al día o, al revés, evitar por completo la balanza; mirarse al espejo de forma obsesiva o esquivarlo.
    • Ropa muy holgada o varias capas para disimular el cuerpo.

    En los pensamientos y las emociones

    • Miedo intenso a engordar, que no baja aunque el peso baje.
    • Sentirse gordo o gorda pese a la delgadez. Fairburn (2008) describe que muchas personas confunden con “sentirse gordas” emociones como la ansiedad o la tristeza, y sensaciones físicas como la hinchazón o la saciedad, y responden restringiendo más.
    • Perfeccionismo, pensamiento de todo o nada y necesidad de control.
    • Irritabilidad, ánimo bajo, ansiedad y retraimiento.
    • Negar o minimizar la gravedad del problema, y una fuerte ambivalencia frente al tratamiento.

    En el cuerpo

    • Pérdida de peso rápida o inexplicada. En niños y adolescentes, también un freno en el crecimiento o el retraso de la pubertad.
    • Frío constante, manos y pies fríos o de color azulado, mareos, debilidad y desmayos.
    • Latidos lentos y presión baja.
    • Piel seca, caída del pelo, uñas quebradizas y un vello fino en la cara, los brazos y la espalda (lanugo).
    • Pérdida de la menstruación en mujeres después de la pubertad.
    • Dolor abdominal, hinchazón o sensación de llenura con muy poca comida.
    • En el subtipo con purgas, desgaste del esmalte dental y cicatrices en los nudillos por el vómito autoinducido.

    En la vida social

    • Dejar de ir a cumpleaños, salidas o comidas familiares por el miedo a comer.
    • Dedicar casi todo el tiempo libre al ejercicio, al control del peso o a la comida.

    Cuando quien lee es la madre o el padre de un adolescente, estas señales pueden mezclarse con las de otros cuadros de esa edad. Conviene revisar también los trastornos psicológicos más frecuentes en la adolescencia, la ansiedad en adolescentes y la depresión en adolescentes, porque pueden acompañar a la anorexia.

    ¿Qué diferencia hay entre la anorexia restrictiva y la purgativa?

    La anorexia nerviosa restrictiva y purgativa son los dos subtipos que distingue el DSM-5, según lo que la persona haya hecho en los últimos tres meses. En el tipo restrictivo, el peso bajo se logra con dietas, ayunos o ejercicio excesivo, sin atracones ni purgas regulares. En el tipo con atracones y purgas (la llamada anorexia purgativa), la persona ha tenido episodios regulares de atracón, de purga o de ambos mientras mantiene el peso bajo (Agras y Robinson, 2018).

    Anorexia restrictivaAnorexia con atracones y purgas
    Cómo se llega al peso bajoDieta, ayuno y ejercicio excesivoRestricción, más atracones o purgas
    PurgasNo regularesVómito autoinducido, laxantes, diuréticos o enemas
    PesoSignificativamente bajoSignificativamente bajo
    Rasgos que se describen con más frecuenciaControl rígido, perseverancia, perfeccionismoMás impulsividad y mayor riesgo de comportamientos suicidas, según los manuales clínicos

    Las diferencias de personalidad entre ambos subtipos son tendencias, y la evidencia directa es limitada. Una revisión sistemática que buscó diferencias cognitivas entre los dos tipos concluyó que las pruebas disponibles no alcanzan para sacar conclusiones firmes (Van Autreve y Vervaet, 2015). Y los subtipos no son definitivos: con los años, muchas personas pasan del tipo restrictivo al que incluye atracones y purgas (Agras y Robinson, 2018).

    ¿Cuál es la diferencia entre la anorexia purgativa y la bulimia nerviosa?

    No son lo mismo, y la diferencia principal es el peso. En la bulimia nerviosa la persona tiene atracones y conductas compensatorias, pero su peso suele estar en el rango habitual o por encima. En la anorexia con atracones y purgas el peso es significativamente bajo. El DSM-5 establece además una regla de precedencia: si alguien cumple los criterios completos de anorexia nerviosa, ese diagnóstico se impone sobre el de bulimia, y no se dan los dos a la vez (Agras y Robinson, 2018).

    ¿Qué es la anorexia nerviosa atípica?

    La anorexia atípica es un cuadro en el que la persona cumple todos los criterios de la anorexia nerviosa, incluida una pérdida de peso importante, pero su peso sigue dentro o por encima del rango considerado normal. El DSM-5 la ubica entre los “otros trastornos especificados”. Una revisión sistemática de 24 publicaciones halló que el nivel de síntomas propios del trastorno alimentario en la anorexia atípica es tan alto como en la anorexia nerviosa, o más, y que muchas complicaciones físicas son parecidas, aunque algunas parecen menos frecuentes. Los mismos autores señalan que hay muy poca información sobre su evolución y su respuesta al tratamiento (Walsh et al., 2023). En la práctica, una persona puede estar muy enferma sin verse delgada.

    ¿Qué tan frecuente es la anorexia nerviosa y a quién afecta?

    La anorexia nerviosa es menos frecuente que otros trastornos alimentarios, pero más grave. Un metaanálisis de 33 estudios en población general calculó una prevalencia a lo largo de la vida de 0,16 % para la anorexia nerviosa, aunque sus autores advierten que la cifra puede estar subestimada (Qian et al., 2022).

    Para la región existe un metaanálisis de 17 estudios con datos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela. La prevalencia puntual media de la anorexia fue de 0,1 %, menor que la de la bulimia y la del trastorno por atracón en la región (Kolar et al., 2016). No usamos una cifra única para adolescentes chilenos, porque los números que circulan en la prensa no se pueden rastrear hasta un estudio concreto.

    Suele empezar en la adolescencia y es más frecuente en mujeres, pero afecta también a hombres. Sobre ellos hay menos datos: una revisión sistemática de 18 estudios sobre el resultado del tratamiento en varones encontró que el conocimiento es escaso y que no hay evidencia firme de diferencias entre hombres y mujeres, en parte porque los estudios incluyen muy pocos hombres (Strobel et al., 2018).

    Lo que sí está claro es el riesgo. Además del dato de mortalidad de Krug et al. (2025), las muertes por anorexia se explican por las complicaciones médicas de la desnutrición y también por suicidio (Agras y Robinson, 2018).

    ¿Por qué aparece la anorexia nerviosa? Causas y factores de riesgo

    La anorexia nerviosa no tiene una causa única. Las guías la describen como un cuadro con factores que predisponen, factores que lo desencadenan y factores que lo mantienen una vez instalado (GuiaSalud, 2009).

    Genética y biología. Los estudios de gemelos estiman una heredabilidad de entre 50 % y 60 %. Un estudio genético con casi 17.000 casos identificó ocho regiones del genoma asociadas con el riesgo y encontró correlaciones con rasgos psiquiátricos, con la actividad física y con características metabólicas, lo que lleva a los autores a proponer entenderla como un trastorno “metabo-psiquiátrico” (Watson et al., 2019). La heredabilidad describe cuánto del riesgo en una población se asocia con diferencias genéticas, y no permite predecir qué le pasará a una persona concreta.

    Temperamento. Los manuales describen perfeccionismo, rigidez, ansiedad, evitación del daño y un autocontrol muy alto como rasgos frecuentes en la infancia de quienes después desarrollan anorexia, sobre todo en el tipo restrictivo (Agras y Robinson, 2018). Si te reconoces en esto, puede ayudarte esta guía sobre perfeccionismo y la de personalidad obsesiva. La relación con el trastorno obsesivo compulsivo es estrecha, y ambos cuadros se presentan juntos con frecuencia.

    Entorno y experiencias. Una revisión paraguas de nueve metaanálisis que evaluó 50 factores de riesgo para los trastornos alimentarios encontró que ninguna asociación alcanzó evidencia convincente. Entre las más sólidas estuvieron las burlas sobre la apariencia (OR 2,91 para cualquier trastorno alimentario), y los autores concluyen que los eventos traumáticos y estresantes de la infancia son los factores de riesgo más creíbles (Solmi et al., 2021a). Son asociaciones, y no explican por sí solas ningún caso. Si el trauma es parte de tu historia, esta guía sobre trauma de infancia puede servir. Otros factores recogidos en los manuales son la presión por la delgadez, la interiorización del ideal de cuerpo delgado y la insatisfacción con el cuerpo durante la pubertad (Agras y Robinson, 2018).

    Lo que la mantiene. Fairburn (2008) subraya que lo que desencadena el trastorno no es necesariamente lo que lo sostiene. Una vez instalado, el bajo peso y el ayuno generan por sí mismos efectos que lo alimentan: obsesión con la comida, rigidez de pensamiento, aislamiento social y una sensación incómoda de llenura con muy poca comida, que la persona interpreta como “haber engordado”. El estudio clásico de semiinanición de Minnesota, que Fairburn recoge, mostró que estos cambios aparecen también en personas sin trastorno alimentario cuando se las somete a un ayuno prolongado. Parte de lo que parece “personalidad” mejora al recuperar peso.

    Un punto que le quita carga a muchas familias: el modelo de tratamiento familiar parte de una postura que no busca culpables, y considera a los padres como el mejor recurso para ayudar (Lock y Le Grange, 2012).

    ¿Qué daños físicos causa y cuándo hay que ir a urgencias?

    La anorexia nerviosa puede afectar casi todos los sistemas del cuerpo, porque nace de una desnutrición sostenida. Por eso toda sospecha con mareos, desmayos, latidos lentos o irregulares, o pérdida rápida de peso necesita una evaluación médica, además de la psicológica.

    Según el capítulo sobre complicaciones médicas del Oxford Handbook (Agras y Robinson, 2018), el corazón pierde masa muscular y fuerza, con riesgo de arritmias, y las complicaciones cardíacas y la muerte súbita son las principales causas médicas de fallecimiento. El tubo digestivo se enlentece, lo que produce hinchazón y estreñimiento. Los huesos pierden densidad (osteopenia u osteoporosis), con mayor riesgo de fracturas, y el sistema hormonal se altera, con pérdida de la menstruación y retraso de la pubertad. También pueden aparecer anemia, hipotermia y cambios en el cerebro que afectan el funcionamiento cognitivo y que pueden recuperarse solo en parte.

    La realimentación necesita supervisión médica. Cuando una persona con desnutrición severa vuelve a comer de forma brusca puede ocurrir el síndrome de realimentación, una alteración de electrolitos como el fósforo y el potasio que puede afectar al corazón. Por eso la recuperación del peso en casos graves se hace de forma gradual y con controles de laboratorio y electrocardiograma (Agras y Robinson, 2018).

    Las guías recomiendan considerar la hospitalización ante inestabilidad cardíaca (latidos muy lentos, presión muy baja, alteraciones en el electrocardiograma), desmayos, desequilibrios graves de electrolitos, deshidratación, confusión o convulsiones, negativa absoluta a comer y beber, riesgo suicida, o cuando el tratamiento ambulatorio no avanza o la familia no puede sostener la seguridad en casa (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    Un matiz que se suele malinterpretar: ninguna cifra de peso decide por sí sola si alguien necesita hospitalización. La guía NICE pide mirar el riesgo médico completo, y por eso en este artículo no encontrarás números de peso o IMC para “saber si es grave”: esa evaluación la hace un equipo médico (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    ¿Cuál es el tratamiento de la anorexia nerviosa y qué dice la evidencia?

    El tratamiento de la anorexia nerviosa combina recuperación nutricional, seguimiento médico y psicoterapia, y lo conduce un equipo. Las guías recomiendan terapia familiar para adolescentes y varias opciones individuales para adultos. La evidencia respalda algunas de ellas, aunque con matices importantes.

    Adolescentes: terapia familiar

    Para niños y adolescentes, la guía NICE recomienda como primera línea la terapia familiar centrada en la anorexia nerviosa. Si no es aceptable o no funciona, ofrece terapia cognitivo-conductual enfocada en trastornos alimentarios o psicoterapia centrada en el adolescente (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    El respaldo viene de ensayos como este, con 121 adolescentes de 12 a 18 años (Lock et al., 2010). Al terminar el tratamiento no hubo diferencias en remisión completa entre la terapia familiar y la terapia individual, pero a los 6 y 12 meses de seguimiento la terapia familiar fue superior.

    En la versión de Lock y Le Grange (2012), la terapia se organiza en tres fases a lo largo de unas 10 a 20 sesiones en 6 a 12 meses. En la primera, los padres asumen temporalmente el control de la alimentación, porque un cerebro desnutrido no puede tomar decisiones sanas sobre comer. En la segunda, devuelven ese control de forma gradual cuando el peso se estabiliza. En la tercera se trabajan la autonomía y los temas propios de la adolescencia, y se cierra con un plan para prevenir recaídas. No es algo para improvisar en casa: la guía la hace un terapeuta entrenado.

    Adultos: varias opciones y ninguna claramente superior

    Para adultos, NICE propone que la persona elija entre tres terapias individuales: terapia cognitivo-conductual enfocada en trastornos alimentarios, el tratamiento de Maudsley para adultos con anorexia (MANTRA) o el manejo clínico especializado de apoyo (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    La evidencia es más cauta. Una red de 16 ensayos halló que ninguna intervención psicológica superó al tratamiento habitual en peso ni en síntomas; la deserción fue menor con terapia cognitivo-conductual que con terapias psicodinámicas, y la confianza en la evidencia fue baja a muy baja (Solmi et al., 2021b). El ensayo MOSAIC, con 142 adultos, comparó MANTRA con el manejo clínico especializado y no encontró diferencias significativas entre ambos a los 6 y 12 meses, con mejoras en peso y síntomas en los dos grupos; quienes recibieron MANTRA lo calificaron como más aceptable (Schmidt et al., 2015).

    Un metaanálisis de 35 ensayos con 2.524 pacientes agregó un matiz: los tratamientos especializados superan a los comparadores en el peso al final del tratamiento, con un efecto pequeño (g = 0,16), pero no en el seguimiento ni en los síntomas psicológicos (Murray et al., 2019). Dicho en simple: hay terapias que ayudan, pero para la anorexia en adultos todavía falta una que gane con claridad a las demás.

    Medicamentos

    No hay un fármaco aprobado específicamente para tratar la anorexia nerviosa, y las guías no recomiendan los medicamentos como único tratamiento (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). El más estudiado como complemento es la olanzapina: un metaanálisis de siete estudios (304 pacientes) halló en adultos una diferencia pequeña en el índice de masa corporal a favor de la olanzapina frente al placebo (0,67 kg/m²), mientras que su efecto en adolescentes sigue sin estar claro (Han et al., 2022). Esa decisión siempre es de un médico.

    Cuando la persona no quiere tratarse

    La falta de conciencia de enfermedad y la ambivalencia son parte del cuadro, no un capricho. La persona suele vivir la restricción como una solución, no como un problema, y la propia desnutrición vuelve más rígido el pensamiento (Agras y Robinson, 2018). Por eso los enfoques se adaptan:

    • En la terapia cognitivo-conductual de Fairburn (2008), el terapeuta valida que la persona esté “en dos mentes” y explora las razones para cambiar y los miedos a hacerlo, en lugar de imponer la decisión.
    • En la terapia familiar de adolescentes, el tratamiento no espera a que el hijo o la hija esté motivado para empezar a recuperar el peso (Lock y Le Grange, 2012).
    • El método New Maudsley advierte que discutir, confrontar o coaccionar tiende a atrincherar a la persona en sus creencias (Treasure et al., 2007).

    ¿Qué nivel de cuidado corresponde? Las guías colocan el tratamiento ambulatorio como el punto de partida para la mayoría y reservan el hospital de día o la internación para los casos con riesgo médico o psiquiátrico que no se puede manejar en casa (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). Si no tienes claro con quién partir, esta guía compara psicólogo y psiquiatra y esta otra, terapia online y presencial. Con riesgo físico, la evaluación médica presencial va primero.

    ¿Cómo acompañar a un familiar con anorexia nerviosa?

    Acompañar bien significa mantener la calma, ser consistente y no entrar en discusiones sobre calorías, y hacerlo junto con el equipo tratante. El modelo para cuidadores de Treasure y colaboradoras (2007) y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012) coinciden en varios puntos.

    Lo que suele ayudar:

    • Hablar de la enfermedad como algo separado de la persona (“la anorexia te está haciendo difícil comer”), lo que reduce la culpa y la discusión.
    • Acordar con la otra persona adulta de la casa la misma pauta, para que el hijo o la hija no encuentre una grieta.
    • Validar la emoción (“parece que te asusta mucho”) sin intentar convencer con argumentos.
    • Mantener las comidas con conversación neutral y planificar el menú con anticipación.
    • Reservar un momento fuera de las comidas para conversar, y pasar tiempo juntos en actividades que no giren en torno al cuerpo.

    Lo que suele mantener el problema:

    • Discutir sobre calorías, porciones o ingredientes durante la comida.
    • Responder una y otra vez a preguntas como “¿esto me va a engordar?”, lo que Treasure y colaboradoras llaman la trampa de la tranquilización.
    • Criticar, gritar o tratar la resistencia como manipulación.
    • Acomodarse a las reglas del trastorno: menús separados, vajillas especiales o dejar que la persona controle la cocina.
    • Comentar el cuerpo, las dietas o el peso, tanto de la persona como el propio.

    Si el hijo o la hija está además muy desanimado o ansioso, estas guías pueden servir: cuándo llevar a un niño al psicólogo y cómo ayudar a una persona con depresión.

    ¿Se puede recuperar una persona con anorexia nerviosa? Pronóstico y recaídas

    Sí, mucha gente se recupera, y el pronóstico mejora cuanto antes empieza el tratamiento. Según el capítulo sobre curso de los trastornos alimentarios del Oxford Handbook, en el seguimiento a 10-20 años cerca de la mitad de las personas con anorexia nerviosa (45 % a 50 %) se recupera por completo, y el resto mejora en parte o sigue enfermo de forma crónica (Agras y Robinson, 2018). Son datos de seguimiento largo y varían entre estudios. Los factores asociados a mejor pronóstico incluyen un inicio en la adolescencia y recibir tratamiento temprano. Los asociados a peor pronóstico son una larga duración del cuadro sin tratar, las conductas de purga, la dificultad para recuperar el peso y la comorbilidad psiquiátrica (GuiaSalud, 2009; Agras y Robinson, 2018).

    Las recaídas son frecuentes. Un metaanálisis de 16 estudios encontró que el 31 % de los pacientes recayó después del tratamiento, con el mayor riesgo durante el primer año tras el alta, y que este riesgo se mantiene hasta unos dos años (Berends et al., 2018). Otra revisión sistemática halló tasas de recaída entre 9 % y 52 %, que suben a medida que se alarga el seguimiento, y señaló que las definiciones de recaída y recuperación varían tanto que cuesta comparar los estudios (Khalsa et al., 2017). Un metaanálisis de 35 estudios sobre trastornos alimentarios halló que mayor motivación para el cambio, mejor respuesta al tratamiento y el subtipo restrictivo de anorexia se asociaron con menos recaídas, mientras que mayor nivel de cuidado, comorbilidad psiquiátrica y mayor gravedad de los síntomas se asociaron con más (Sala et al., 2023).

    Por eso las guías piden seguimiento durante al menos un año después del alta (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). Fairburn (2008) distingue entre un tropiezo puntual y abandonar el esfuerzo por completo: tratar un traspié como un fracaso total puede alimentar el mismo círculo del que la persona intenta salir.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta cuando las señales se sostienen en el tiempo, cuando la comida o el cuerpo ocupan buena parte de los pensamientos del día o cuando empiezan a afectar la salud, el ánimo o las relaciones. No hace falta esperar a estar muy delgado ni a tener un diagnóstico: un inicio tardío del tratamiento se asocia a peor pronóstico (Agras y Robinson, 2018).

    • Urgencia médica (servicio de urgencia): desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, deshidratación o negativa total a comer y beber.
    • Consulta médica pronto: pérdida de peso rápida, mareos frecuentes, ausencia de la menstruación, vómitos repetidos o uso de laxantes.
    • Consulta psicológica: preocupación persistente por el peso o la figura, dietas rígidas, miedo intenso a comer o a engordar.
    • Si hay ideas de hacerse daño: consulta de inmediato y mira esta guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas.

    Una primera consulta psicológica sirve para evaluar el cuadro, medir el riesgo y decidir si hace falta un equipo especializado o una evaluación médica antes de partir. Si quieres dar ese paso, puedes agendar una consulta. Puedes ir con tu hijo o hija, o con la información que tengas del caso, y también sirve ir solo o sola a preguntar. Para ordenar la decisión, esta guía te ayuda a elegir psicólogo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la anorexia nerviosa en palabras simples?

    Es un trastorno de la conducta alimentaria en el que la persona come mucho menos de lo que su cuerpo necesita, tiene un miedo intenso a engordar y vive su cuerpo de forma distorsionada. Es una enfermedad mental grave con riesgos físicos, no una decisión de dieta ni un capricho, y se trata con ayuda profesional.

    ¿Cuáles son los síntomas de la anorexia nerviosa?

    Los más frecuentes son restricción de comida, reglas alimentarias rígidas, miedo a engordar, pesarse o mirarse en exceso, ejercicio compulsivo, evitar comer en público, frío constante, mareos y pérdida de peso. Ninguno basta por sí solo. Lo que orienta es el conjunto y que se sostenga en el tiempo (GuiaSalud, 2009).

    ¿Cuál es la diferencia entre anorexia restrictiva y purgativa?

    En la restrictiva el peso bajo se logra con dieta, ayuno y ejercicio, sin atracones ni purgas regulares. En la purgativa hay atracones, vómitos, laxantes o diuréticos además de la restricción. En ambas el peso es significativamente bajo, y eso las distingue de la bulimia (Agras y Robinson, 2018).

    ¿Los hombres también pueden tener anorexia nerviosa?

    Sí. Es menos frecuente y menos estudiada en varones, y se diagnostica con los mismos criterios. Una revisión sistemática concluyó que los datos sobre el resultado del tratamiento en hombres son escasos, sin evidencia firme de diferencias con las mujeres (Strobel et al., 2018).

    ¿La anorexia nerviosa tiene cura?

    Muchas personas se recuperan. A largo plazo, cerca de la mitad se recupera por completo, y el pronóstico es mejor cuando el tratamiento empieza pronto (Agras y Robinson, 2018). Las recaídas son frecuentes, sobre todo durante el primer año tras el alta, por eso el seguimiento importa (Berends et al., 2018).

    ¿Cuánto dura el tratamiento de la anorexia nerviosa?

    Depende de la edad y la gravedad. La terapia familiar para adolescentes suele durar entre 6 y 12 meses (Lock y Le Grange, 2012), y las terapias individuales para adultos se miden en decenas de sesiones a lo largo de varios meses (National Institute for Health and Care Excellence, 2017). El seguimiento después del alta se mantiene al menos un año.

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    Referencias

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    • Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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  • Trastornos de la conducta alimentaria (TCA): tipos, señales y tratamiento

    Trastornos de la conducta alimentaria (TCA): tipos, señales y tratamiento

    Quizás llegaste aquí porque te preocupa cómo come alguien cercano (un hijo, una pareja, una amiga) o porque te preocupa cómo comes tú. O porque alguien nombró la sigla TCA y quedaste con más preguntas que respuestas. Son cuadros que se entienden mal: se los confunde con una dieta que se fue de las manos o con falta de fuerza de voluntad, y por eso muchas personas tardan años en pedir ayuda.

    Aquí vas a encontrar qué son los trastornos de la conducta alimentaria, cuáles son sus tipos, qué tan frecuentes son (con datos de Latinoamérica), qué señales conviene mirar, qué tratamientos psicológicos tienen respaldo y cómo acompañar a quien los vive. Las cifras salen de revisiones sistemáticas y metaanálisis, y donde la evidencia es débil o limitada, lo decimos.

    En breve: los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son enfermedades mentales graves, no un capricho ni una moda. Los más estudiados son la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón. Tienen tratamiento, pero ningún enfoque gana a todos los demás y las recaídas son frecuentes. La mortalidad también es mayor que en la población general: un metaanálisis de 2025 encontró una razón de mortalidad estandarizada de 3,39 para cualquier TCA y de 5,21 para la anorexia nerviosa (Krug et al., 2025). Por eso el tratamiento lo conduce un equipo y, cuando hay señales de riesgo físico, la primera consulta es médica.

    ¿Qué son los trastornos de la conducta alimentaria y son una enfermedad mental?

    Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son enfermedades mentales en las que la forma de comer, la preocupación por el peso y la figura y el malestar con el propio cuerpo deterioran la salud física y la vida cotidiana. El DSM-5 los agrupa bajo el nombre de trastornos de la alimentación y de la conducta alimentaria (American Psychiatric Association, 2013). Si tu búsqueda fue “TCA qué es”, esa es la respuesta corta: una enfermedad mental seria, con tratamiento.

    El DSM-5 también cambió algunas reglas para reducir el uso de la categoría residual de “otros trastornos”: bastan atracones o purgas una vez por semana durante tres meses (antes se pedían dos veces), se eliminó la amenorrea como requisito de la anorexia nerviosa y el trastorno por atracón pasó a ser un diagnóstico oficial (Agras y Robinson, 2018). La Asociación Americana de Psiquiatría ofrece una descripción general en inglés, y MedlinePlus tiene una versión en español.

    ¿Qué tienen en común los distintos TCA? Fairburn (2008) propone que comparten una psicopatología central: la persona juzga su valor casi por completo según el peso, la figura y la capacidad de controlarlos. De ahí nacen las reglas rígidas sobre qué, cuándo y cuánto comer, y los círculos viciosos de restricción, atracón y compensación que mantienen el cuadro. La excepción es el ARFID, que se describe más abajo.

    Esa lógica explica por qué decirle a alguien “come normal” no funciona. Una dieta común tiene un objetivo y un final. En un TCA, las reglas sobre la comida y el cuerpo se vuelven inflexibles, generan malestar intenso y empiezan a dañar la salud, el ánimo o las relaciones.

    ¿Cuáles son los tipos de TCA?

    Los tipos principales son la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón, el trastorno de evitación y restricción de la ingesta de alimentos (ARFID) y los otros trastornos especificados, que reúnen presentaciones que no cumplen todos los criterios de los anteriores. Estos son los criterios del DSM-5 según los resumen Agras y Robinson (2018):

    TipoQué lo defineDetalle clínico
    Anorexia nerviosaRestricción de la ingesta que lleva a un peso significativamente bajo, miedo intenso a ganar peso y alteración en cómo se vive el propio cuerpoSubtipo restrictivo (dietas, ayunos, ejercicio excesivo) y subtipo con atracones o purgas
    Bulimia nerviosaAtracones recurrentes y conductas compensatorias (vómitos, laxantes, ayuno, ejercicio intenso), al menos una vez por semana durante tres mesesEl peso puede estar dentro del rango habitual
    Trastorno por atracónAtracones recurrentes con malestar intenso, sin conductas compensatorias regularesSe asocia con frecuencia a sobrepeso u obesidad
    ARFIDRestricción o evitación de alimentos que produce pérdida de peso, carencias nutricionales o deterioro, sin preocupación por el peso o la figuraPuede deberse a falta de interés por comer, a la textura u olor de los alimentos o al miedo a atragantarse o vomitar
    Otros trastornos especificados (OSFED)Cuadros graves que no cumplen todos los criterios de los anterioresIncluye la anorexia nerviosa atípica (peso dentro o sobre el rango normal pese a una pérdida de peso importante), el trastorno por purgas y el síndrome de comer nocturno

    Dentro de la misma categoría del DSM-5 también están la pica (comer sustancias que no son alimento) y la rumiación (regurgitar alimentos de forma repetida).

    La ortorexia (obsesión por comer solo lo que se considera “puro” o “saludable”) no es hoy un diagnóstico oficial. Un consenso internacional de expertos propone que, si se formaliza, debería ubicarse entre los trastornos de la alimentación y de la conducta alimentaria (Donini et al., 2022). Frente al ARFID, que se apoya en lo sensorial o en el temor a consecuencias inmediatas como atragantarse, en la ortorexia la restricción responde al miedo a enfermedades a largo plazo (Donini et al., 2022).

    Los diagnósticos no son compartimentos cerrados. Una persona puede pasar de uno a otro con los años, y por eso en la clínica importa más entender qué mantiene el problema que ponerle una etiqueta definitiva.

    ¿Qué tan frecuentes son los TCA? ¿Y en Chile y Latinoamérica?

    Los TCA son más frecuentes de lo que se cree y las cifras dependen de cómo se cuenten. Una revisión sistemática de 94 estudios con diagnóstico preciso encontró una prevalencia promedio a lo largo de la vida de 8,4 % en mujeres y 2,2 % en hombres, y que la prevalencia puntual promedio subió de 3,5 % en 2000-2006 a 7,8 % en 2013-2018 (Galmiche et al., 2019).

    Con criterios más estrictos y en población general, un metaanálisis posterior calculó una prevalencia en la vida de 0,16 % para la anorexia nerviosa, 0,63 % para la bulimia nerviosa y 1,53 % para el trastorno por atracón. Sus autores advierten que la frecuencia real puede estar subestimada, porque la mayoría de las encuestas no incluye todos los tipos de TCA ni usa los criterios más recientes (Qian et al., 2022).

    Para la región existe un metaanálisis de 17 estudios de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela. La prevalencia puntual media fue de 0,1 % para la anorexia nerviosa, 1,16 % para la bulimia nerviosa y 3,53 % para el trastorno por atracón. Los autores concluyen que en Latinoamérica la anorexia sería menos frecuente que en los países occidentales, y la bulimia y el atracón, más frecuentes (Kolar et al., 2016).

    Hay una limitación que conviene tener presente: en este artículo no usamos una cifra única para adolescentes chilenos, porque los números que circulan en la prensa varían de un medio a otro y no pudimos rastrearlos hasta un estudio concreto. Con los datos de la región alcanza para saber que no es un problema lejano.

    ¿Cuáles son las señales de alerta de un TCA?

    Las señales de alerta son cambios sostenidos en la forma de comer, en el cuerpo, en el ánimo y en la vida social. Ninguna sola confirma un TCA, y el peso puede estar dentro del rango habitual (en la bulimia, el trastorno por atracón y la anorexia atípica). Lo que pesa es el conjunto y que se mantenga en el tiempo. Las guías clínicas (GuiaSalud, 2009; Agras y Robinson, 2018) agrupan las señales así:

    En la conducta

    • Dietas restrictivas sin una razón clara, reglas rígidas (“no como después de las seis”) o eliminar grupos enteros de alimentos.
    • Saltarse comidas, comer muy despacio, cortar la comida en trozos mínimos o contar calorías de forma obsesiva.
    • Evitar comer delante de otras personas o ir al baño enseguida después de comer.
    • Uso de laxantes, diuréticos o productos para adelgazar, y ejercicio rígido o compulsivo.
    • Ropa muy holgada o varias capas para disimular el cuerpo.

    En el cuerpo

    • Pérdida de peso rápida o inexplicada. En niños y adolescentes, también un freno en la curva de crecimiento o en la pubertad.
    • Mareos, palidez, frío constante, debilidad, caída de pelo o uñas frágiles.
    • Ausencia o irregularidad de la menstruación en mujeres posteriores a la pubertad.
    • Desgaste del esmalte dental, dolor abdominal o cicatrices en los nudillos, que pueden indicar vómito autoinducido.

    En el ánimo y los pensamientos

    • Preocupación constante por el peso, las calorías o la figura, y miedo intenso a engordar.
    • Sentirse gordo o gorda pese a estar delgado o delgada.
    • Irritabilidad, ánimo bajo, ansiedad, culpa o vergüenza después de comer.
    • Negar que haya un problema o resistirse a cambiar los hábitos.

    En la vida social

    • Dejar de ir a cumpleaños, salidas o comidas familiares por el miedo a comer.
    • Perder interés en actividades que antes importaban para dedicar el tiempo al control del peso o al ejercicio.
    • Mucho tiempo en contenido de redes que promueve la delgadez extrema.

    En los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes, estas señales pueden mezclarse con las de otros cuadros de esa edad. Si estás leyendo esto por un hijo o una hija, puede ser útil revisar también los trastornos psicológicos más frecuentes en la adolescencia, la ansiedad en adolescentes y la depresión en adolescentes, porque pueden aparecer junto con un TCA.

    ¿Qué es el SCOFF y sirve para saber si tengo un TCA?

    El SCOFF es un cuestionario breve de cinco preguntas con respuesta sí o no que se usa para detectar posibles TCA. Su nombre sale de las iniciales de las preguntas en inglés, y lo describieron por primera vez Morgan et al. (1999). Pregunta por vomitar porque uno se siente incómodamente lleno, por la preocupación de haber perdido el control sobre cuánto se come, por una pérdida de peso reciente importante (en el original, más de seis kilos en tres meses), por creerse gordo cuando otras personas dicen que se está delgado y por sentir que la comida domina la vida. Dos respuestas afirmativas o más se consideran positivas y justifican una evaluación completa.

    ¿Qué tan bien funciona? En una revisión sistemática para el grupo de trabajo de servicios preventivos de Estados Unidos, el SCOFF con corte en 2 tuvo en adultos una sensibilidad agrupada de 84 % y una especificidad de 80 %. La misma revisión señala que ningún estudio evaluó directamente los beneficios y los daños de hacer cribado en la población general (Feltner et al., 2022). La guía de NICE agrega que estos cuestionarios no deben ser el único método para determinar si alguien tiene un TCA, porque el diagnóstico requiere una entrevista clínica (National Institute for Health and Care Excellence, 2017). El SCOFF orienta sobre si vale la pena consultar. No diagnostica.

    ¿Por qué aparece un TCA? Causas y factores de riesgo

    Los TCA no tienen una causa única. Las guías los describen como cuadros multideterminados, con factores que predisponen (biológicos, de personalidad, familiares y culturales), factores que los desencadenan y factores que los mantienen una vez instalados (GuiaSalud, 2009).

    La mejor síntesis de factores de riesgo es una revisión paraguas de nueve metaanálisis que evaluó 50 factores. Ninguna asociación alcanzó evidencia convincente. La evidencia más sólida apuntó al abuso sexual en la infancia con la bulimia nerviosa (OR 2,73) y a las burlas sobre la apariencia con cualquier TCA (OR 2,91), y los autores concluyen que los eventos traumáticos y estresantes tempranos son los factores de riesgo más creíbles (Solmi et al., 2021a). Son asociaciones, no pruebas de causa, y no explican por sí solas ningún caso individual. Si el trauma es parte de tu historia, esta guía sobre trauma de infancia puede servir.

    Otros factores que el Oxford Handbook recoge como predictores a lo largo del tiempo son la presión por ser delgado, la interiorización del ideal de delgadez, la insatisfacción corporal combinada con dietas, el perfeccionismo, la baja autoestima y el afecto negativo (Agras y Robinson, 2018). La insatisfacción con el cuerpo es, en niños y adolescentes, uno de los predictores más sólidos de dietas y conductas de control de peso (Cash y Smolak, 2011). Sobre los dos últimos puedes leer más en perfeccionismo y en cómo mejorar la autoestima. Las redes sociales entran en esta conversación por la comparación constante; aquí hay un resumen de lo que se sabe.

    Y un punto que le quita peso a muchas familias: el modelo de tratamiento familiar parte de una postura que no busca culpables, y ve a los padres como el mejor recurso para ayudar (Lock y Le Grange, 2012).

    ¿Qué complicaciones físicas tienen los TCA y cuándo hay que ir a urgencias?

    Los TCA pueden dañar el corazón, el aparato digestivo, los huesos y el equilibrio de sales del cuerpo. Por eso toda sospecha de TCA con mareos, desmayos, latidos lentos o irregulares, vómitos frecuentes o pérdida rápida de peso necesita una evaluación médica, además de la psicológica.

    Según las guías, la desnutrición puede producir latidos lentos, presión baja, arritmias, mareos y debilidad, y los vómitos o los laxantes pueden bajar el potasio y erosionar el esmalte dental (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017). GuiaSalud (2009) lista entre los motivos de derivación urgente los desmayos, las alteraciones graves del ritmo cardíaco, la confusión o las convulsiones, la deshidratación grave, el vómito con sangre y la negativa absoluta a comer y beber.

    La guía NICE agrega algo que se suele malinterpretar: ninguna cifra de peso o IMC decide por sí sola si una persona necesita hospitalización. Se mira el riesgo médico completo (pulso, electrolitos, ritmo de pérdida de peso) y si la familia puede mantener la seguridad en casa (National Institute for Health and Care Excellence, 2017). Por eso en este artículo no encontrarás cifras de peso para “saber si es grave”: esa evaluación la hace un equipo médico.

    ¿Cuál es el tratamiento psicológico de los TCA y qué dice la evidencia?

    El tratamiento psicológico de los TCA depende del tipo de trastorno y de la edad. Las guías recomiendan terapia familiar para adolescentes con anorexia, terapia cognitivo-conductual enfocada en TCA (TCC-E) y autoayuda guiada para bulimia y atracón, y tratamiento ambulatorio como primera opción cuando no hay riesgo médico. La evidencia respalda varias opciones, aunque con efectos modestos y confianza limitada en algunos casos.

    SituaciónLo que recomiendan las guíasLo que muestra la evidencia
    Anorexia nerviosa en adolescentesTerapia familiar centrada en la anorexia como primera línea. Si no es aceptable o no funciona, TCC-E individual o psicoterapia centrada en el adolescente (NICE, 2017)Un metaanálisis de 2013 no halló diferencias al final del tratamiento entre la terapia familiar y la individual, pero sí una ventaja de la familiar a los 6 a 12 meses. Solo tres estudios cumplieron los criterios (Couturier et al., 2013)
    Anorexia nerviosa en adultosTCC-E, tratamiento de Maudsley para adultos (MANTRA) o manejo clínico de apoyo especializado (NICE, 2017)En una red de 16 ensayos, ninguna intervención psicológica superó al tratamiento habitual en peso ni en síntomas; la deserción fue menor con TCC que con psicoterapias psicodinámicas, con confianza baja a muy baja (Solmi et al., 2021b)
    Bulimia nerviosaAdultos: autoayuda guiada y, si no basta, TCC-E. Adolescentes: terapia familiar (NICE, 2017)Tras la psicoterapia, 35,4 % de quienes terminan el tratamiento dejó por completo atracones y purgas, y más del 60 % no logró la abstinencia completa (Linardon y Wade, 2018)
    Trastorno por atracónAutoayuda guiada y, si no funciona, TCC-E (NICE, 2017)La psicoterapia, sobre todo la TCC, tuvo efectos grandes frente a lista de espera, aunque la calidad de la evidencia fue en general muy baja (Hilbert et al., 2019)
    ARFIDNo hay un protocolo único consolidadoUna revisión de alcance halló 50 estudios, casi la mitad de caso único, con muestras pequeñas y medidas de resultado muy distintas (Willmott et al., 2024)

    Un matiz sobre la anorexia en adultos. Un metaanálisis de 35 ensayos (2.524 pacientes) encontró que los tratamientos especializados superan a los comparadores en el peso al final del tratamiento (g = 0,16), pero no en el seguimiento, y que no muestran ventaja en los síntomas psicológicos (Murray et al., 2019). Los autores piden desarrollar tratamientos que se enfoquen en esos síntomas. En lenguaje simple: hay terapias que ayudan, pero para la anorexia en adultos todavía falta una que claramente gane a las demás.

    Sobre fármacos, la evidencia para el trastorno por atracón es la más concreta. La revisión para el grupo de servicios preventivos de Estados Unidos halló que la autoayuda guiada redujo los síntomas más que el grupo control, y que la lisdexanfetamina y el topiramato también los redujeron, pero con más efectos adversos que el placebo (Feltner et al., 2022). Esa decisión es siempre de un médico.

    ¿Qué nivel de cuidado corresponde? Las guías colocan el tratamiento ambulatorio como el punto de partida para la mayoría. Se pasa a hospital de día o a internación cuando hay riesgo médico que no se puede manejar en casa, cuando el tratamiento ambulatorio no avanza o cuando hay riesgo suicida (GuiaSalud, 2009; National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

    Y quién trata. Tanto GuiaSalud (2009) como NICE (2017) piden un equipo con psiquiatría, psicología clínica, nutrición y enfermería, coordinado con el médico o el pediatra que hace el seguimiento físico. Si no tienes claro con quién partir, esta guía compara psicólogo y psiquiatra y esta otra, terapia online y presencial. En cualquier caso, si hay riesgo físico, la evaluación médica presencial va primero.

    ¿Cómo acompañar a un hijo adolescente o a un familiar con un TCA?

    Acompañar bien significa mantener la calma, ser consistente y no entrar en discusiones sobre calorías, y hacerlo junto con el equipo tratante. El modelo de entrenamiento para cuidadores de Treasure y colaboradoras (2007) y el manual de terapia familiar de Lock y Le Grange (2012) coinciden en varios puntos.

    Lo que suele ayudar:

    • Planificar el menú con antelación, fuera de la mesa, y mantenerlo sin cambios de último minuto.
    • Mantener una mesa tranquila, con conversación neutral, y frases breves y compasivas como “sé que es difícil, pero necesitamos comer para tu salud”.
    • Escuchar y validar la emoción (“parece que te asusta mucho”) sin intentar convencer con argumentos.
    • Acordar con la otra persona adulta de la casa la misma pauta, para que el hijo o la hija no encuentre una grieta.
    • Apoyar después de comer con algo tranquilo (un paseo, una película), porque es cuando suele subir la ansiedad.
    • Reservar un momento fuera de las comidas, en calma, para conversar sobre las normas de convivencia.

    Lo que suele mantener el problema:

    • Discutir sobre calorías, porciones o ingredientes durante la comida.
    • Responder una y otra vez a preguntas como “¿esto me va a engordar?” (Treasure y colaboradoras lo llaman la trampa de la tranquilización).
    • Criticar, gritar o tratar la resistencia como una manipulación. La crítica y la hostilidad familiar se asocian con más síntomas y más abandono del tratamiento (Lock y Le Grange, 2012).
    • Acomodarse a las reglas del trastorno: cocinar menús separados, aceptar vajillas especiales o dejar que la persona controle la cocina.
    • Hablar todo el día del peso, la comida o el cuerpo.

    En la terapia familiar de adolescentes con anorexia, durante la primera fase los padres asumen temporalmente el control de la alimentación, y esa pauta se hace con un equipo que la guía (Lock y Le Grange, 2012). No es algo para improvisar en casa por cuenta propia. Si el hijo o la hija además está desanimado o muy ansioso, estas dos guías pueden ayudar: cuándo llevar a un niño al psicólogo y cómo ayudar a una persona con depresión.

    ¿Se puede recuperar una persona con un TCA? Pronóstico y recaídas

    Sí, mucha gente se recupera, y el pronóstico varía según el tipo, el tiempo sin tratamiento y la edad de inicio. Según el capítulo sobre el curso de los TCA del Oxford Handbook, en la anorexia nerviosa, a 10-20 años del diagnóstico, entre el 45 % y el 50 % se recupera por completo, cerca del 30 % mejora de forma parcial y alrededor del 20 % sigue crónicamente enfermo. En la bulimia, a cinco años o más, se recupera entre el 65 % y el 70 % (Agras y Robinson, 2018). Son datos de seguimiento de largo plazo y varían entre estudios.

    Las recaídas son parte del cuadro. Un metaanálisis de 35 estudios halló que mayor nivel de cuidado, comorbilidad psiquiátrica y mayor gravedad de los síntomas se asociaron con más probabilidad de recaer, mientras que mayor motivación para el cambio, mejor respuesta al tratamiento y el subtipo restrictivo de anorexia se asociaron con menos (Sala et al., 2023). Los predictores cambian según el tipo de TCA y el seguimiento.

    Fairburn (2008) distingue entre un tropiezo puntual (un “lapso”, que se enfrenta con resolución de problemas) y abandonar el esfuerzo por completo (una recaída). Tratar un traspié como un fracaso total puede alimentar el mismo círculo del que la persona intenta salir.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Consulta cuando las señales se sostienen en el tiempo, cuando la comida o el cuerpo ocupan buena parte de los pensamientos del día o cuando empiezan a afectar la salud, el ánimo o las relaciones. No hace falta esperar a estar muy delgado o a tener un diagnóstico. En la anorexia nerviosa, un inicio más tardío y más tiempo de enfermedad sin tratamiento se asocian a peor pronóstico (Agras y Robinson, 2018).

    • Urgencia médica (servicio de urgencia): desmayos, dolor en el pecho, latidos muy lentos o irregulares, confusión, vómito con sangre, deshidratación o negativa total a comer y beber.
    • Consulta médica pronto: pérdida de peso rápida, mareos frecuentes, ausencia de la menstruación, vómitos repetidos o uso de laxantes.
    • Consulta psicológica: preocupación persistente por el peso o la figura, atracones, purgas, dietas rígidas o miedo intenso a comer.
    • Si hay ideas de hacerse daño: consulta de inmediato y mira esta guía sobre cómo ayudar a alguien con ideas suicidas.

    Una primera consulta psicológica sirve para evaluar el cuadro, medir el riesgo y decidir si hace falta un equipo especializado o una evaluación médica antes de partir. Si quieres dar ese paso, puedes agendar una consulta. Puedes ir con tu hijo o hija, o con la información que tengas del caso. También sirve ir solo o sola a preguntar. Para ordenar la decisión, esta guía te ayuda a elegir psicólogo.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué significa TCA y es una enfermedad mental?

    TCA significa trastorno de la conducta alimentaria. Sí, es una enfermedad mental grave que altera la relación con la comida, el peso y el cuerpo y puede dañar la salud física. Aparece por una combinación de factores biológicos, psicológicos y sociales, y se trata con ayuda profesional. La decisión personal de “comer más” o “comer menos” no la resuelve.

    ¿Cuáles son los TCA más comunes?

    Los más estudiados son la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón. En población general, el atracón fue el más frecuente en las revisiones (1,53 % en la vida, según Qian et al., 2022) y en Latinoamérica también (3,53 %, según Kolar et al., 2016). Los otros trastornos especificados y el ARFID completan el grupo.

    ¿Qué profesional trata los TCA?

    El tratamiento lo hace un equipo: psicólogo clínico y psiquiatra, médico o pediatra para el control físico, nutricionista y enfermería, según el caso. Las guías piden que estén coordinados (GuiaSalud, 2009; NICE, 2017). La primera puerta puede ser una consulta psicológica o médica. Si hay riesgo físico, la evaluación médica va primero.

    ¿Una persona con TCA siempre está muy delgada?

    No. En la bulimia y el trastorno por atracón el peso suele estar dentro del rango habitual o por encima, y en la anorexia atípica hay una pérdida de peso importante con un peso que sigue dentro o sobre el rango normal (Agras y Robinson, 2018). Un TCA puede ser grave sin que se note por fuera.

    ¿La ortorexia es un TCA?

    Todavía no tiene diagnóstico oficial. Describe una obsesión por comer solo lo que se considera sano o puro, con reglas rígidas, culpa y aislamiento. Un consenso internacional propone que, si llega a formalizarse, se ubique entre los trastornos de la alimentación y de la conducta alimentaria (Donini et al., 2022).

    ¿Se puede curar un TCA?

    Muchas personas se recuperan. En la anorexia, a largo plazo, cerca de la mitad se recupera por completo; en la bulimia, entre el 65 % y el 70 % a cinco años o más (Agras y Robinson, 2018). Las recaídas pueden ocurrir, por eso las guías piden prevención de recaídas y seguimiento (National Institute for Health and Care Excellence, 2017).

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    Referencias

    • Agras, W. S., & Robinson, A. (Eds.). (2018). The Oxford handbook of eating disorders (2nd ed.). Oxford University Press.
    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Cash, T. F., & Smolak, L. (Eds.). (2011). Body image: A handbook of science, practice, and prevention (2nd ed.). Guilford Press.
    • Couturier, J., Kimber, M., & Szatmari, P. (2013). Efficacy of family-based treatment for adolescents with eating disorders: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Eating Disorders, 46(1), 3-11. https://doi.org/10.1002/eat.22042
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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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