Le cambiaste la dieta, le pusiste un premio por cada vez que va al baño, hasta probaste un laxante que alguien te recomendó. Y tu hijo sigue ensuciando la ropa interior. Es uno de los momentos más frustrantes de la crianza, porque parece que nada funciona y que el niño “no se esfuerza”.
Casi siempre hay una razón concreta: se está tratando la encopresis como si fuera un solo problema, cuando en realidad son dos, la encopresis retentiva y no retentiva, y responden a protocolos casi opuestos. En la mayoría de los casos hay estreñimiento de fondo (encopresis retentiva); en el resto, no lo hay (encopresis no retentiva), y ahí el mismo laxante que ayuda al primer grupo puede empeorar los escapes.
Aquí vas a ver cómo distinguir un tipo del otro, qué dice la evidencia sobre el tratamiento de cada uno, cuánto suele tardar la mejora y cuándo conviene pedir ayuda profesional.
Lo que importa saber en 30 segundos
Ocho de cada diez niños con encopresis tienen estreñimiento de base: retienen las heces, el recto se dilata, pierden la sensación de ganas y terminan manchando la ropa por rebosamiento, sin darse cuenta (Brazzelli et al., 2011). Ahí el tratamiento combina un laxante osmótico con una rutina de sentadas después de las comidas. El resto no tiene estreñimiento: defecan heces normales en lugares que no corresponden, casi siempre por un problema de hábito, de aprendizaje o emocional. Ahí los laxantes no ayudan (pueden incluso empeorar los escapes) y lo que funciona es un programa conductual puro, sostenido en el tiempo.
¿Qué es la encopresis retentiva y por qué ocurre?
La encopresis retentiva es, con diferencia, la más común: afecta a entre el 80% y el 90% de los niños con este diagnóstico, y es en el fondo la cara visible de un estreñimiento crónico infantil que lleva tiempo sin resolverse (Reimers, 2017, cap. 3). Empieza casi siempre por algo trivial: una deposición grande y dolorosa, una fisura, poca fibra en la dieta, o simplemente que el niño no quiere interrumpir el juego para ir al baño.
Para evitar el dolor o la interrupción, el niño aprieta el esfínter y retiene. Esa retención se refuerza sola: al no ir al baño, evita el malestar inmediato, así que la próxima vez vuelve a retener. Mientras tanto, el colon sigue absorbiendo agua de las heces retenidas, que se vuelven más duras y voluminosas hasta formar una masa fecal impactada (Reimers, 2017, pág. 95-97).
Esa masa termina estirando la pared del recto (lo que se conoce como megarrecto), y ese estiramiento crónico adormece los receptores que avisan “tienes ganas de ir al baño” (Reimers, 2017, pág. 122 y 125). El niño deja de sentir el recto lleno. Y como la masa dura sigue tapando la salida, el material más nuevo y blando que llega desde arriba se filtra alrededor de ella y mancha la ropa interior sin que el niño lo note: eso es el rebosamiento (overflow).
Es habitual que los papás confundan esos escapes líquidos con diarrea y le den algo para cortarla, lo que endurece todavía más la masa impactada y empeora el cuadro (Reimers, 2017, pág. 97-98). Este ciclo (retención, estreñimiento, dolor, más retención) es justo lo que hay que romper, y por qué el punto de partida del tratamiento retentivo nunca es la conducta: es ablandar las heces primero.
A nivel mundial, la prevalencia del estreñimiento funcional en niños ronda el 9,5% (rango 0,5% a 32,2% según el país), sin diferencias entre niños y niñas (Koppen et al., 2018). En Europa, la cifra sube a 11,4% entre los 4 y los 18 años (Bloem et al., 2025).
¿Y la encopresis no retentiva? Un mecanismo distinto de fondo
En la encopresis no retentiva no hay estreñimiento: las heces son de consistencia y frecuencia normales, y el niño las deposita en un lugar que no corresponde (la ropa, un rincón de la casa) en vez del baño. No hay masa fecal, no hay dolor al defecar, no hay megarrecto.
Lo que suele haber es un problema de aprendizaje y de contingencias. El niño no quiere interrumpir lo que está haciendo para ir al baño, o le genera rechazo el ambiente del baño (le da vergüenza usarlo fuera de casa, o tuvo un entrenamiento de esfínteres rígido y punitivo que lo volvió una lucha de poder con sus padres). Evitar el baño le evita esa molestia de inmediato, y esa evitación se mantiene sola con el tiempo (Reimers, 2017, pág. 95-97, 101-102).
También hay un componente emocional real. Entre el 30% y el 50% de los niños con incontinencia fecal no retentiva cumple criterios de algún trastorno psiquiátrico: sobre todo TDAH y trastorno oposicionista desafiante, y en menor medida cuadros de ansiedad (von Gontard et al., 2026). Un estudio poblacional inglés con más de 8.000 niños encontró que los que se ensuciaban tenían, según sus propios padres, más problemas de atención, más conductas oposicionistas y más obsesiones o compulsiones que los que no; y ellos mismos reportaban más participación en bullying, tanto como víctimas como agresores (Joinson et al., 2006). El mismo estudio encontró TDAH en el 9,2% de los niños con encopresis y trastorno oposicionista en el 11,9% (Joinson et al., 2006).
A veces también aparece después de un periodo en que el niño ya controlaba bien esfínteres: la llegada de un hermano, una separación, un cambio de colegio o una mudanza pueden gatillar una regresión (Reimers, 2017, pág. 92, 112). No es que el niño “elija” ensuciarse para llamar la atención; es una respuesta a estrés que se instala como hábito.
Diferencia entre encopresis retentiva y no retentiva: cómo distinguir un tipo del otro
Antes de decidir cualquier tratamiento, conviene tener claro cuál de los dos está pasando. Esta tabla resume las diferencias clínicas más útiles (adaptada de Reimers, 2017, pág. 92-95, sobre la clasificación de von Gontard, 2012):
| Encopresis retentiva | Encopresis no retentiva | |
|---|---|---|
| Frecuencia en el inodoro | Baja: días sin ir | Normal, va casi a diario |
| Consistencia de las heces | Dura o, en los escapes, muy blanda/líquida | Normal |
| Masa fecal al examen o ecografía | Presente | Ausente |
| Dolor al defecar | Frecuente | Poco frecuente |
| Diámetro del recto | Aumentado (megarrecto) | Normal |
| Responde a laxantes | Sí, es indispensable | No, puede empeorar |
El diagnóstico lo confirma un pediatra (a veces con una ecografía o un examen abdominal), como recomienda la Asociación Española de Pediatría para descartar causas orgánicas antes de iniciar cualquier tratamiento. Esta tabla ya orienta bastante: si tu hijo pasa varios días sin ir al baño, se queja de dolor al evacuar y de repente aparecen manchas líquidas en la ropa interior, probablemente es retentiva. Si va casi todos los días con heces normales pero de vez en cuando “se hace” en un lugar que no es el baño, es más probable que sea no retentiva.
El tratamiento de la encopresis retentiva, paso a paso
Cuando hay estreñimiento de base, el tratamiento conductual solo no alcanza: hay que resolver primero lo físico. La guía conjunta de las sociedades europea y norteamericana de gastroenterología pediátrica lo deja claro: primero se ablandan las heces, después se trabaja el hábito (Tabbers et al., 2014).
1. Desimpactación. El pediatra evalúa si hay una masa fecal impactada y, si la hay, la retira con dosis altas de polietilenglicol (PEG) por unos días, o con enemas. Sin este paso, cualquier programa conductual está condenado a fallar, porque el niño va a seguir evitando el dolor (Reimers, 2017, pág. 98, 120-121).
2. Mantenimiento con laxante. Después de la desimpactación, el niño sigue tomando un ablandador diario (el PEG es el más usado) para mantener las heces con consistencia de “puré”, sin dolor. Una revisión Cochrane sobre 25 ensayos con más de 2.300 niños encontró que el PEG aumenta en promedio 2,6 deposiciones por semana frente a placebo (Gordon et al., 2016); según la guía europea y norteamericana, el efecto se revisa a las dos semanas para ajustar la dosis, el tratamiento se mantiene al menos dos meses, y el retiro gradual empieza solo cuando el niño lleva al menos un mes sin síntomas de estreñimiento (de Geus et al., 2023). La dosis la decide el pediatra según el peso del niño; no conviene ajustarla ni suspenderla por cuenta propia.
3. Sentadas programadas. Después de cada comida principal, el niño se sienta en el inodoro entre 5 y 10 minutos, aprovechando que comer activa el reflejo que mueve el intestino. No conviene alargarlo más: sentarlo por la fuerza más de 10 minutos genera rechazo y no mejora los resultados (Reimers, 2017, pág. 112, 133-134).
4. Un simple taburete bajo los pies. Si los pies del niño quedan colgando, el cuerpo tensa sin querer los músculos que debería relajar para evacuar. Un banquito que le apoye los pies (y lo deje en cuclillas) hace una diferencia real en la mecánica de la defecación (Reimers, 2017, pág. 125).
5. Registro diario. Los padres anotan si hubo deposición en el inodoro, si hubo escape, y la consistencia de las heces. Sirve para que el pediatra ajuste la dosis del laxante y para que el psicólogo vea si el programa está funcionando (Reimers, 2017, pág. 119, 128, 138).
6. Sistema de fichas. El niño gana fichas (o un premio pequeño envuelto) por sentarse cooperando, por defecar en el inodoro y, sobre todo, por reconocer sus propias señales corporales e ir al baño por su cuenta. La regla es que las fichas nunca se quitan como castigo por un accidente (Reimers, 2017, pág. 134-140).
Sobre qué tan bien funciona esta combinación: un ensayo clínico que siguió a 87 niños con encopresis crónica durante un año encontró que agregar un programa de entrenamiento en el baño a la terapia médica intensiva subió la tasa de mejoría del 45% al 78% (Borowitz et al., 2002). Otro ensayo, con 134 niños holandeses, no encontró diferencias significativas entre terapia conductual y tratamiento convencional en la tasa de éxito del estreñimiento (51% frente a 62%), pero sí menos problemas de conducta en el grupo que recibió terapia conductual (12% frente a 29% a los 6 meses); los autores concluyen que, cuando hay problemas de conducta asociados, vale la pena sumar esa terapia o derivar a salud mental (van Dijk et al., 2008).
Tratamiento de la encopresis no retentiva: por qué el laxante no es la respuesta aquí
Este es el punto donde más se equivocan los tratamientos improvisados: si el niño no tiene estreñimiento, darle un laxante no corrige nada. Al contrario, ablanda unas heces que ya eran normales y puede aumentar los escapes (Reimers, 2017, pág. 95, Tabla 3.1). La International Children’s Continence Society lo confirma en sus recomendaciones: en la incontinencia fecal no retentiva, el manejo pasa por educación, un enfoque no acusatorio y un programa de baño con diario y refuerzos, prestando atención especial a los problemas psicosociales o conductuales de fondo (Koppen et al., 2016).
El esqueleto conductual se parece al de la encopresis retentiva (sentadas después de las comidas, taburete, sistema de fichas), pero cambia el énfasis:
- Se elimina el laxante por completo. No hay masa que ablandar.
- El foco pasa a “escuchar al cuerpo”. Aquí no hay dolor que evitar: lo que se entrena es que el niño reconozca la sensación de ganas y actúe antes de que sea tarde. Las fichas premian especialmente ir al baño por iniciativa propia, sin que se lo recuerden (Reimers, 2017, pág. 148-149).
- Se revisa qué está reforzando el escape. A veces ensuciarse le permite seguir jugando sin interrupción; a veces el drama familiar que se arma alrededor (aunque sea en forma de reto) termina siendo la atención que el niño busca. Cambiar esas contingencias es parte central del trabajo.
- Se trata la comorbilidad si existe. Si hay TDAH, ayuda apoyarse en recordatorios visuales o alarmas para compensar el olvido. Si hay conducta oposicionista, suele convenir sacar a los padres del rol de “hacer cumplir” y traspasar la responsabilidad al propio sistema de fichas, para que dejar de pelear por el baño (Reimers, 2017, pág. 148, 174-175).
La revisión Cochrane sobre intervenciones conductuales para la incontinencia fecal infantil (21 ensayos, más de 1.300 niños) encuentra que sumar modificación de conducta a lo convencional reduce los episodios de ensuciamiento, aunque advierte que la calidad de la evidencia en el subtipo no retentivo específicamente sigue siendo escasa (Brazzelli et al., 2011). Reimers (2017) resume el resultado esperado con una frase útil: acá no hay un “componente físico rápido” que resolver con un medicamento, así que la mejora suele ser más lenta y más ligada a cómo evoluciona la familia y la comorbilidad, si la hay.
Cuánto tarda la mejora y qué tan bien funciona cada enfoque
Es razonable preguntarse cuánto hay que sostener esto antes de ver resultados, porque las primeras semanas suelen sentirse iguales de frustrantes en ambos tipos.
En la encopresis retentiva, con la desimpactación y el ablandador ya funcionando, los escapes suelen empezar a bajar en 2 a 4 semanas, y la resolución más estable se ve entre las 8 semanas y los 3 a 6 meses de tratamiento sostenido. Una revisión de tratamientos con apoyo empírico citada por Reimers (2017) sitúa la eficacia del abordaje combinado (médico más conductual) entre el 70% y el 85% de los casos.
Si se mide la recuperación completa, y no solo la mejoría, los plazos se alargan. Contando los dos subtipos juntos, una revisión clásica sitúa la recuperación entre el 30% y el 50% al año, y entre el 48% y el 75% a los cinco años, aunque casi todos los niños mejoran mucho bastante antes (Loening-Baucke, 2002). Por eso conviene pensar en este tratamiento en meses y no en semanas.
En la no retentiva, al no haber un componente físico que un medicamento resuelva rápido, los tiempos son más variables y en general más largos: el pronóstico depende bastante de si hay o no un trastorno de conducta o de atención de base, y de qué tan consistente sea la familia con el programa. Vale la pena decirlo con franqueza: la mayoría mejora, pero no siempre de forma lineal, y son esperables recaídas puntuales en el camino.
A largo plazo, las cifras son alentadoras para el estreñimiento infantil en general: un seguimiento de 401 niños durante 11 años encontró buen resultado clínico en el 80% a los 16 años y en el 75% ya en la adultez (Bongers et al., 2010). El mismo estudio encontró que empezar el tratamiento tarde y demorar en consultar empeora el pronóstico, lo que es un argumento más para no esperar “a ver si se le pasa solo”.
El error que retrasa todo: tratar el escape como una falta
Tanto Reimers (2017) como los documentos de consenso de la ICCS son categóricos en un punto: nunca hay que retar, castigar ni humillar al niño por un escape. Esto vale para los dos subtipos, pero es especialmente importante tenerlo claro porque la tentación de “hacerlo entender a la fuerza” aparece justo cuando los padres ya están agotados.
Hay razones concretas para evitarlo. El miedo al reto hace que el niño esconda la ropa sucia, mienta sobre los accidentes o intente retener todavía más para no ser descubierto, lo que en la encopresis retentiva empeora directamente la impactación (Reimers, 2017, pág. 101, 110, 120). Además, buena parte de los escapes son literalmente involuntarios (el niño no siente el recto lleno, o el rebosamiento ocurre sin que se dé cuenta), así que retarlo por algo que no controla no cambia la conducta, solo agrega vergüenza.
Lo que sí funciona, y que a veces se confunde con un castigo sin serlo, es que el niño se haga cargo de su higiene después de un accidente: lavarse, cambiarse de ropa y enjuagar lo que se ensució. La diferencia está en cómo se hace: de forma neutra, sin sermones ni enojo, presentándolo como parte normal de la rutina y no como una consecuencia por portarse mal (Reimers, 2017, pág. 125-131). Cuando esa misma tarea se hace con gritos o reproches, deja de ser entrenamiento y se convierte en castigo, con todos los efectos contrarios que eso trae.
Cuándo conviene buscar ayuda profesional
Conviene consultar con el pediatra si tu hijo tiene más de 4 años y presenta episodios de ensuciamiento al menos una vez al mes durante 3 meses o más, si se queja de dolor al defecar, si pasan varios días sin ir al baño, o si notas manchas en la ropa interior que no puede explicar (los criterios detallados están en la ficha de encopresis de MedlinePlus, el servicio de información médica de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU.).
Sumar a un psicólogo tiene sentido en varias situaciones: cuando la encopresis es no retentiva (porque ahí el trabajo conductual y emocional es el tratamiento principal, no un complemento), cuando hay señales de ansiedad, retraimiento social o baja autoestima asociadas al problema, cuando aparece junto con TDAH o conducta oposicionista, o simplemente cuando la familia lleva meses probando por su cuenta sin ver avances. Ninguno de los dos caminos (médico o psicológico) sustituye al otro: en la práctica casi siempre se necesitan los dos coordinados.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto dura el tratamiento de la encopresis? Depende del subtipo. En la retentiva, los primeros avances suelen verse en 2 a 4 semanas y la resolución más estable entre 2 y 6 meses. En la no retentiva, al no haber un componente médico que actúe rápido, el proceso suele ser más lento y ligado a la comorbilidad y a la consistencia familiar con el programa.
¿Los laxantes sirven para la encopresis no retentiva? No. Como no hay estreñimiento de base, ablandar las heces con un laxante no corrige el problema y puede aumentar los escapes. En este subtipo el tratamiento es conductual: rutina, refuerzo positivo y, si hace falta, tratar el problema emocional o de atención que tenga de fondo.
¿Cómo sé si la encopresis de mi hijo es retentiva o no retentiva? El dato más útil es la frecuencia y la consistencia: si va poco al baño, se queja de dolor y aparecen manchas líquidas, probablemente es retentiva. Si va casi a diario con heces normales, es más probable que sea no retentiva. El diagnóstico definitivo lo confirma un pediatra, a veces con un examen abdominal o ecografía.
¿La encopresis se cura sola con la edad? En muchos casos mejora con el tiempo, pero esperar sin tratar retrasa la solución y aumenta el desgaste emocional del niño. Un seguimiento a largo plazo mostró que empezar tarde el tratamiento se asocia a peor pronóstico, así que consultar antes ayuda, no perjudica.
¿Cuándo hay que llevar a un niño con encopresis al psicólogo? Cuando el subtipo es no retentivo, cuando hay ansiedad, aislamiento social o baja autoestima asociados, cuando coexiste con TDAH o conducta oposicionista, o cuando la familia ya probó por su cuenta durante varios meses sin resultados. El acompañamiento psicológico funciona junto con el pediatra, no en su reemplazo.
Para cerrar
La encopresis genera mucha culpa, tanto en los padres como en el niño, y buena parte de esa culpa viene de tratar el problema como si fuera uno solo cuando en realidad son dos caminos distintos. Saber si hay estreñimiento de fondo o no cambia por completo lo que hay que hacer: en un caso el laxante es indispensable, en el otro puede ser contraproducente. Lo que sí es igual en ambos: nada de retos, un plan sostenido en el tiempo y acompañamiento profesional cuando la familia ya no da más sola. Si llevas meses probando cosas sueltas sin ver avances, agenda una hora: con el diagnóstico correcto, este es un problema que tiene solución.
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