Si llegaste buscando “ARFID”, quizás reconoces alguna de estas escenas: tu hijo o tu hija come siete u ocho alimentos y cada comida termina en llanto o en pelea. O eres tú quien lleva años esquivando cumpleaños, viajes y almuerzos de trabajo, porque casi nada de lo que sirven te resulta comible o porque te da pánico atragantarte. Y a tu alrededor repiten que son mañas, que es cuestión de carácter, que basta con “probar un poquito”.
El ARFID (sigla en inglés de avoidant/restrictive food intake disorder, en español trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos) es un trastorno de la alimentación en el que la persona come muy poco, o muy pocos alimentos, por razones que no tienen que ver con el peso ni con el cuerpo, y esa restricción termina dañando su salud o su vida social. En esta guía vas a ver qué es, cómo se reconocen sus tres formas, en qué se diferencia de ser mañoso para comer y de la anorexia, qué pasa en niños, adultos y personas autistas, y qué tratamiento tiene. Todo se apoya en revisiones, metaanálisis y estudios publicados, y cuando la evidencia es escasa (en tratamiento lo es), lo decimos. Para ubicarlo en el mapa completo, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.
En breve: el ARFID, o trastorno evitativo restrictivo de la ingesta alimentaria, consiste en comer muy poco o muy pocos alimentos por rechazo sensorial, miedo a atragantarse o vomitar, o falta de interés por comer, sin preocupación por el peso ni por la figura. Se diagnostica cuando esa restricción provoca pérdida de peso, deficiencias nutricionales, dependencia de suplementos o un deterioro social marcado. Tiene tratamiento, y es distinto del de la anorexia.
¿Qué es el ARFID y cómo se diagnostica?
El ARFID entró al DSM-5 en 2013, dentro del grupo de los trastornos de la alimentación y de la ingestión de alimentos. Reemplazó y amplió un diagnóstico que antes se pensaba solo para la infancia, así que hoy se aplica a niños, adolescentes y adultos (American Psychiatric Association, 2013; Zucker et al., 2018).
Para diagnosticarlo, el DSM-5 pide que la evitación o restricción de alimentos se deba a una o más de estas tres razones:
- Poco interés por comer o por la comida.
- Rechazo por las características sensoriales de los alimentos (textura, olor, color, sabor, temperatura).
- Miedo a las consecuencias de comer, como atragantarse, vomitar, sentir dolor o tener una reacción alérgica.
Además, la restricción tiene que estar asociada a por lo menos una de estas cuatro consecuencias: pérdida de peso importante (o, en niños, un crecimiento menor al esperado), una deficiencia nutricional significativa, dependencia de suplementos o de alimentación por sonda, o una interferencia marcada en la vida psicosocial, por ejemplo no poder comer en público ni en reuniones.
Quedan fuera los casos en que no hay comida disponible o la práctica es cultural, aquellos en que ocurre solo durante una anorexia o una bulimia con preocupación por el peso y la figura, y los que se explican por una enfermedad médica u otro trastorno mental (American Psychiatric Association, 2013). Por eso el diagnóstico necesita una evaluación completa y no se hace con un cuestionario.
Una revisión de alcance de 78 publicaciones de 14 países concluyó que la evidencia sostiene al ARFID como una condición clínica distinta, aunque el conocimiento sigue siendo limitado en todas las áreas (Bourne et al., 2020).
¿Cuáles son los síntomas del ARFID?
Los síntomas dependen de qué impulsa la restricción. Se describen tres presentaciones, y una misma persona puede tener más de una (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023). En un estudio de adultos tratados en un programa especializado, la mayoría tenía más de un mecanismo de mantenimiento a la vez (MacDonald et al., 2024).
- Presentación sensorial. La comida se rechaza por cómo se siente en la boca o por cómo huele y se ve. Suele haber una lista corta de alimentos “seguros”, muchas veces carbohidratos procesados o crujientes, fidelidad a una marca o a una forma de preparación, y rechazo de grupos enteros como verduras, frutas o carnes. Probar algo no aceptado puede provocar asco intenso y arcadas (Zucker et al., 2018).
- Miedo a las consecuencias. Aparece a menudo después de un episodio de atragantamiento, vómitos o dolor al comer, aunque también puede instalarse sin un evento claro. La persona se limita a purés, líquidos o texturas blandas, mastica en exceso, revisa cada bocado o evita comer con otros por pánico a ahogarse o vomitar (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023).
- Poco interés o poco apetito. Se come poco aunque no haya rechazo a nada en particular. Hay saciedad rápida, se “olvida” comer, la comida resulta aburrida y la persona deja el plato a medias. Si el rechazo no viene del asco ni del miedo, es más fácil que pase inadvertido (Zucker et al., 2018).
Otras señales que suelen acompañar al cuadro son pedir siempre lo mismo, rechazar alimentos nuevos aunque tengan buen aspecto, tardar mucho en cada comida y evitar situaciones donde se come: fiestas, viajes, restaurantes, la casa de amigos.
Un detalle importante es lo que falta: en el ARFID la restricción ocurre sin deseo de adelgazar y sin distorsión de la imagen corporal. Quien lo vive no suele sentirse “gordo” ni quiere bajar de peso (American Psychiatric Association, 2013).
¿ARFID o simplemente ser mañoso para comer?
Casi todos los niños pasan por una etapa de rechazar alimentos nuevos, y esa etapa no es un trastorno. La diferencia entre la selectividad habitual y el ARFID está en cuánto dura, cuánto afecta al cuerpo y cuánto condiciona la vida (Zucker et al., 2018).
| Mañoso para comer (habitual) | ARFID | |
|---|---|---|
| Evolución | Etapa del desarrollo que tiende a pasar | Se prolonga y no suele resolverse solo |
| Crecimiento y nutrición | Crece y sube de peso con normalidad; acepta sustitutos dentro de cada grupo de alimentos | Puede haber estancamiento del peso o la talla, deficiencias de nutrientes o necesidad de suplementos |
| Variedad de alimentos | Rechaza algunos, pero la dieta sigue siendo suficiente | Puede eliminar grupos enteros y quedarse con pocos alimentos |
| Reacción ante el alimento rechazado | Protesta o lo deja a un lado; con exposición repetida puede llegar a probarlo | Asco intenso, arcadas, angustia o pánico |
| Vida familiar y social | Poca interferencia | Conflicto frecuente en las comidas y evitación de situaciones sociales con comida |
Esta tabla orienta, y el diagnóstico lo hace un profesional. En adultos, un estudio comparó a personas selectivas con y sin síntomas de ARFID: quienes tenían síntomas de ARFID reportaron más malestar que los comedores típicos y que los selectivos sin ARFID, y un malestar similar al de personas con actitudes propias de un trastorno alimentario (Zickgraf et al., 2016). Dicho de otra forma, cuando la selectividad duele de verdad, merece atención.
ARFID y anorexia nerviosa: en qué se diferencian
En ambos trastornos hay restricción de alimentos y puede haber bajo peso y desnutrición, y por eso se confunden. Lo que cambia es la razón de fondo (American Psychiatric Association, 2013; Zucker et al., 2018):
- En la anorexia nerviosa, la restricción busca controlar el peso y la figura, y hay miedo intenso a engordar y alteración de la imagen corporal.
- En el ARFID, la restricción nace del rechazo sensorial, del miedo a atragantarse o vomitar, o de la falta de apetito, y la persona no busca adelgazar.
La diferencia se nota en el tratamiento: lo que se trabaja en la anorexia (la imagen corporal, el miedo a engordar) no es el centro en el ARFID, donde se trabaja ampliar la variedad, aumentar la cantidad y bajar el asco o el miedo hacia los alimentos. Si quieres ver cómo es la anorexia en detalle, hay una guía de anorexia nerviosa: síntomas y tratamiento. Y si lo que te preocupa es una obsesión con comer “puro”, se trata de otra cosa: la ortorexia.
¿Qué tan común es el ARFID?
La respuesta depende de dónde se mida, y por eso las cifras varían tanto. Un metaanálisis de 26 estudios con 122.861 personas estimó una prevalencia de 11,14 % (IC 95 % 8,16 a 14,5) con el método habitual, y de 4,51 % (IC 95 % 0,7 a 10,68) al dar más peso a los estudios de mejor calidad. Los autores concluyen que, incluso con la cifra más conservadora, el ARFID es un trastorno común que merece más investigación y más servicios (Nicholls-Clow et al., 2024).
En niños y adolescentes, una revisión sistemática de 30 estudios encontró que en servicios especializados en trastornos alimentarios el ARFID representaba entre 5 % y 22,5 % de los pacientes, y en clínicas de alimentación entre 32 % y 64 %. En muestras de la población general, las cifras iban de 0,3 % a 15,5 % (Sanchez-Cerezo et al., 2023). Es un rango enorme, porque los estudios usan criterios y muestras distintas.
En Canadá, una vigilancia pediátrica nacional contó 2,02 casos nuevos por 100.000 niños de 5 a 18 años que llegaron a atención (207 casos, edad promedio de 13 años, 61 % mujeres). Los mayores consultaban con más pérdida de apetito y más compromiso médico (Katzman et al., 2021). No contamos con cifras chilenas, y conviene tomar con cautela cualquier número que se presente como “el” porcentaje.
ARFID en niños y adolescentes
En la infancia, el ARFID suele empezar temprano: los perfiles sensorial y de poco interés se notan ya en los primeros años, mientras que el de miedo puede aparecer a cualquier edad después de un episodio desagradable (Zucker et al., 2018). Tiende a mantenerse si no hay una intervención oportuna, a diferencia de la selectividad pasajera (Zucker et al., 2018).
También es frecuente que no venga solo. En la revisión de Sanchez-Cerezo y colegas, la ansiedad aparecía entre 9,1 % y 72 % de los casos y el autismo entre 8,2 % y 54,75 %, de nuevo con un rango muy amplio (Sanchez-Cerezo et al., 2023). En una muestra de 74 niños y adolescentes evaluados con entrevistas estructuradas, 45 % tenía otro diagnóstico psiquiátrico en ese momento y 53 % lo había tenido alguna vez. Las dificultades sensoriales se asociaron con trastornos del neurodesarrollo, de ansiedad y del ánimo, y el miedo a las consecuencias, con ansiedad (Kambanis et al., 2020).
Esa misma muestra mostró que 8 % tenía ideas o conductas suicidas en ese momento y 14 % las había tenido alguna vez (Kambanis et al., 2020). Es un dato para tener presente: el ARFID va más allá de la comida, y el sufrimiento emocional puede ser grande.
¿Qué consecuencias tiene en el cuerpo?
Una revisión de 132 estudios en niños y jóvenes de hasta 25 años encontró bajo peso, deficiencias nutricionales y baja densidad mineral ósea. El ARFID puede darse en todo el espectro de peso, aunque la mayoría de los casos estaba entre un peso saludable y bajo peso. Algunos jóvenes presentaban pulso lento (bradicardia) y presión baja, y su frecuencia cardíaca era en promedio 12,9 latidos por minuto más alta que la de quienes tenían anorexia, una diferencia que los autores plantean que podría deberse a la cronicidad (James et al., 2024).
Tener un peso “normal” no descarta un problema: los autores subrayan que muchos jóvenes con ARFID no están bajos de peso y aun así presentan complicaciones (James et al., 2024). Por eso, en los niños, el pediatra revisa las curvas de crecimiento, y no solo cuánto come el niño en un día.
ARFID en adultos: cómo se ve y cómo se trata
El ARFID no es solo de la infancia. Una encuesta con 2.424 adultos alemanes midió síntomas autoinformados de ARFID en 0,8 % de la población (0,8 % de las mujeres y 0,9 % de los hombres), con un perfil parecido al de los jóvenes y distinto del de otros trastornos alimentarios. Los autores aclaran que, para confirmar un diagnóstico, hace falta una entrevista clínica (Hilbert et al., 2021).
En los adultos, la interferencia social cambia. Un niño pequeño come cosas parecidas a las de sus compañeros y hay pocos eventos sociales centrados en comer. En la adultez, las comidas de trabajo, las citas y los viajes se vuelven difíciles de manejar y la ansiedad social aumenta (Zucker et al., 2018). Si te pasa esto, quizás te sirva leer sobre la ansiedad social, que suele acompañar al cuadro.
En el estudio de 42 adultos atendidos en un programa terciario, 43 % tenía un trastorno del neurodesarrollo, más de la mitad un trastorno del ánimo o de ansiedad, 40 % estrés postraumático y 35 % una condición médica que afectaba el comer o la digestión. Quienes recibieron terapia cognitivo-conductual individual mostraron buenas tasas de finalización y de resultados (MacDonald et al., 2024). Es un estudio de fichas clínicas, sin grupo comparativo, así que sirve para describir y no para demostrar eficacia.
ARFID, autismo y TDAH
La relación con el autismo es de las más estudiadas. Un metaanálisis de 21 estudios halló que 16,3 % de las personas con ARFID tenía autismo (IC 95 % 8,6 a 28,5), y que 11,4 % de las personas autistas tenía ARFID (IC 95 % 2,9 a 35,8). Los autores sugieren buscar el ARFID en las personas autistas y el autismo en quienes tienen ARFID (Sader et al., 2025). Una revisión de alcance agrega que las presentaciones tipo ARFID son comunes en niños y jóvenes autistas, que la sensorialidad es el motor más descrito, y que faltan ensayos que prueben los tratamientos (Bourne et al., 2022). Si te interesa ese cruce, tienes una guía sobre autismo y alimentación selectiva en niños.
Con el TDAH hay un punto práctico. El capítulo de Zucker y colegas en el Oxford Handbook of Eating Disorders describe casos de niños con ARFID y TDAH en los que los estimulantes, que reducen el apetito, empeoraron la restricción, y donde la inquietud para permanecer sentado dificultaba terminar las comidas (Zucker et al., 2018). Quien tome o vaya a tomar medicación por TDAH y tenga una alimentación muy restringida debe avisarlo a su médico. Hay más sobre eso en TDAH y alimentación.
¿Cómo se evalúa el ARFID?
Según una revisión a diez años del diagnóstico, la evaluación suele ser de equipo. Incluye una historia clínica (desde cuándo, si hubo un evento desencadenante, cuántos alimentos acepta), un examen físico, el control del crecimiento en niños, exámenes cuando corresponde y una revisión de la dieta. También busca descartar causas médicas del rechazo, como reflujo, alergias o problemas para tragar, porque pueden causar o mantener la evitación (American Psychiatric Association, 2013; Fisher et al., 2023).
Existe un cuestionario de cribado de nueve ítems, el Nine Item ARFID Screen (NIAS), que mide tres patrones de restricción y se usa en la investigación y en la clínica, con una validación posterior de sus subescalas (Zickgraf y Ellis, 2018; Burton Murray et al., 2021). Esta página no trae un test con puntaje: no contamos con los ítems ni los cortes verificados para ofrecerlo, y sumar puntos para decirte “tienes ARFID” daría una respuesta que un cuestionario solo no puede dar. La entrevista con un profesional pregunta lo que importa: cuántos alimentos come, qué pasa cuando prueba algo nuevo, qué evita, cómo ha cambiado su peso o su crecimiento.
¿Cómo se trata el ARFID?
Es un tratamiento relativamente nuevo y la evidencia todavía es pequeña. Una revisión de alcance de 50 estudios encontró que casi la mitad eran estudios de caso único y que se habían usado intervenciones conductuales, terapia cognitivo-conductual y terapia familiar con componentes parecidos: exposición a los alimentos, psicoeducación, manejo de la ansiedad y participación de la familia. Las muestras eran pequeñas y los resultados se medían de formas muy distintas (Willmott et al., 2024).
El metaanálisis más reciente, con 40 artículos en la revisión y 17 en el análisis, reunió terapias psicológicas en adolescentes y adultos. Hubo una reducción de tamaño medio de los síntomas del ARFID (g = 0,63), un aumento grande del peso (g = 1,26), una baja media de la ansiedad (g = 0,42) y una baja pequeña de la depresión (g = 0,34). Los autores advierten que la base es pequeña, se apoya sobre todo en estudios de caso y serie de casos, y que hacen falta ensayos aleatorizados con más participantes (Winten et al., 2026).
Dentro de ese conjunto, hay dos enfoques que tienen estudios propios:
- Terapia cognitivo-conductual para ARFID (CBT-AR). Es un tratamiento con manual, de 20 a 30 sesiones, que se hace de forma individual o con la familia. Empieza con psicoeducación y con regularizar las comidas, sigue con un mapa de qué alimentos son seguros y cuáles desafiantes, y avanza con exposición gradual: probar alimentos en sesión, tolerar sensaciones desagradables en la garganta o el estómago, y practicar en la vida real (Thomas y Eddy, 2019). En un estudio de viabilidad con 20 niños y adolescentes de 10 a 17 años, 17 completaron el tratamiento, 85 % fue calificado como “mucho” o “muchísimo mejor”, incorporaron en promedio 16,7 alimentos nuevos y 70 % ya no cumplía los criterios al final; los que tenían bajo peso subieron 5,2 kilos en promedio (11,5 libras) (Thomas et al., 2020). En adultos, 14 de 15 participantes completaron el tratamiento, 80 % mejoró mucho, incorporaron 18 alimentos nuevos y 47 % dejó de cumplir los criterios (Thomas et al., 2021). Ninguno de los dos estudios tuvo grupo de comparación.
- Tratamiento basado en la familia (FBT-ARFID). Los padres asumen al comienzo la tarea de organizar las comidas y exponer al niño a alimentos desafiantes. En un ensayo de viabilidad con 28 niños asignados al azar a este tratamiento o a la atención habitual, hubo diferencias de tamaño moderado a grande en peso y gravedad a favor del FBT-ARFID, y una gran mejora en la confianza de los padres. El estudio fue pequeño y su objetivo era saber si un ensayo mayor se podía hacer (Lock et al., 2019).
Detrás de esas cifras hay una idea común: la exposición gradual, repetida y sin castigo. En la presentación sensorial se trabaja con curiosidad y sin presión, por ejemplo mirar, oler, tocar y describir un alimento antes de probarlo. En la de miedo se practica tolerar de a poco las sensaciones que se temen. En la de poco interés se ordenan horarios y se aumenta el volumen y la frecuencia de las comidas (Thomas y Eddy, 2019; Zucker et al., 2018).
Los estudios revisados miden sobre todo el cambio entre el inicio y el final del tratamiento (Winten et al., 2026), así que se sabe poco de cómo evolucionan las personas años después, y cualquier promesa de “se resuelve en X semanas” excede lo que se sabe. Sí hay un mensaje claro en las revisiones: cada persona necesita un abordaje individual, con la participación de varios profesionales (Fisher et al., 2023).
¿Cómo ayudar en casa a un niño con ARFID?
Estas pautas vienen de los capítulos clínicos y de las revisiones del tema, no de ensayos sobre consejos a padres; son un punto de partida mientras se consigue una evaluación (Zucker et al., 2018; Fisher et al., 2023).
Lo que suele ayudar
- Cuidar el ambiente de la mesa. Que la comida sea un momento tranquilo y sin pelea, más que una prueba. Un niño que llega angustiado a comer tiene menos chances de probar algo nuevo.
- Repartir los roles. Los adultos deciden qué se sirve, cuándo y dónde; el niño decide cuánto come de lo que hay. Los horarios regulares (comidas principales y colaciones) ayudan a que aparezca el hambre.
- Servir siempre al menos un alimento seguro, de modo que nadie se quede sin comer, y ofrecer cantidades mínimas del alimento nuevo en un plato aparte, sin exigir que lo pruebe.
- Convertirlo en exploración. Mirar, oler, tocar y describir un alimento (“crujiente”, “salado”, “blando”) sin decir si gusta o no es una forma de acercarse sin presión.
Lo que conviene evitar
- Forzar, chantajear o castigar. La regla del “un bocado para levantarte” puede asociar la comida con angustia y reforzar el rechazo.
- Comentar cada bocado, comparar con hermanos o llenar de elogios exagerados cada avance, porque aumenta la presión.
- Buscar culpables. Culpar al niño por terco o a los padres por blandos no ayuda: el ARFID tiene factores sensoriales, de miedo y de apetito que no se resuelven con más firmeza.
Si además hay autismo, hay una guía más específica con pautas para el hogar en autismo y alimentación selectiva en niños.
¿Cuándo consultar y con quién?
Conviene consultar al pediatra o al médico, sin esperar a que “se le pase”, si ocurre alguno de estos puntos:
- Pérdida de peso, o un niño que dejó de subir de peso o de crecer como se esperaba.
- Una dieta cada vez más reducida, o que elimina grupos enteros de alimentos, o dependencia de suplementos para completar lo que come.
- Miedo intenso a atragantarse o a vomitar que cambia lo que come.
- Mareos, cansancio marcado, desmayos o pulso lento, que son señales médicas que no deben esperar.
- Síntomas digestivos persistentes (dolor, estreñimiento, reflujo, vómitos).
- Comidas que generan angustia desbordante, o evitación de colegios, fiestas y reuniones por la comida.
En adultos aplica lo mismo, y además importa consultar si la restricción te está quitando trabajo, relaciones o libertad para viajar y comer con otros. No hace falta cumplir una lista de criterios para pedir ayuda.
Si hay pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida, es una urgencia: en Chile puedes llamar desde un celular al 4141 con un asterisco antes (*4141), la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud, que es gratuita, o ir a un servicio de urgencia. Si quien está mal es otra persona, esta guía explica qué decir y dónde llamar.
Lo habitual es un equipo: pediatra o médico, psicólogo o psicóloga clínica con experiencia en trastornos alimentarios, nutricionista y, según el caso, psiquiatra, terapeuta ocupacional o fonoaudiólogo. Si dudas por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede orientarte, y estas preguntas para elegir un psicólogo sirven para la primera sesión. Para información general en español sobre trastornos de la conducta alimentaria, MedlinePlus tiene material, y la Asociación Americana de Psiquiatría describe el ARFID en su página para pacientes (en inglés).
Si quieres conversar tu caso, o el de tu hijo o hija, puedes escribir para agendar una consulta. En la primera sesión se revisa cómo es la alimentación, qué la mantiene (sensorial, miedo o poco apetito), qué riesgos médicos hay y qué paso conviene dar primero.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el ARFID?
Es el trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos: comer muy poco o muy pocos alimentos por rechazo sensorial, miedo a atragantarse o vomitar, o falta de interés, sin preocupación por el peso ni por la figura. Se diagnostica cuando la restricción afecta la nutrición, el peso o la vida social (American Psychiatric Association, 2013).
¿Cuáles son los síntomas del ARFID?
Lista corta de alimentos aceptados, rechazo de texturas, olores o colores, arcadas ante lo no preferido, miedo a atragantarse o vomitar, poco apetito o saciedad rápida, y evitación de comidas sociales. Pueden sumarse pérdida de peso, falta de crecimiento y deficiencias nutricionales (Zucker et al., 2018; James et al., 2024).
¿El ARFID es lo mismo que ser mañoso para comer?
No. La selectividad habitual es una etapa del desarrollo en que el niño crece con normalidad y acepta suficiente variedad. En el ARFID la restricción se prolonga y afecta el peso, la nutrición o la vida social, con reacciones de asco, arcadas o pánico (Zucker et al., 2018).
¿El ARFID existe en adultos?
Sí. Una encuesta alemana encontró síntomas autoinformados en 0,8 % de los adultos, con un perfil similar al de los jóvenes. En la adultez suele notarse por la dificultad para comer en público y la evitación de eventos sociales, y hace falta una entrevista para confirmar el diagnóstico (Hilbert et al., 2021; Zucker et al., 2018).
¿El ARFID tiene tratamiento?
Sí, aunque la evidencia aún es pequeña. La terapia cognitivo-conductual para ARFID y el tratamiento basado en la familia mostraron mejoras en estudios de viabilidad, y un metaanálisis de terapias en adolescentes y adultos halló mejoras en síntomas, peso y ansiedad. Faltan ensayos aleatorizados grandes (Winten et al., 2026; Thomas et al., 2020; Lock et al., 2019).
¿Hay relación entre el ARFID y el autismo?
Sí. Un metaanálisis encontró autismo en 16,3 % de las personas con ARFID y ARFID en 11,4 % de las personas autistas, y la sensorialidad es el motor más descrito en niños y jóvenes autistas. Por eso conviene revisar ambos cuando uno de los dos está presente (Sader et al., 2025; Bourne et al., 2022).
¿Te gustaría conversarlo con alguien?
Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.
Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.
Referencias
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- Bourne, L., Bryant-Waugh, R., Cook, J., & Mandy, W. (2020). Avoidant/restrictive food intake disorder: A systematic scoping review of the current literature. Psychiatry Research, 288, Artículo 112961. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2020.112961
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