Etiqueta: vigorexia

  • Vigorexia: síntomas, causas y tratamiento de la dismorfia muscular

    Vigorexia: síntomas, causas y tratamiento de la dismorfia muscular

    Si llegaste buscando “vigorexia”, quizás reconoces algo de esto: te miras al espejo y ves a alguien pequeño, flaco o “deshinchado”, aunque los demás te digan que estás enorme. Entrenas aunque te duela, anotas cada gramo de proteína, y faltar un solo día al gimnasio te llena de angustia. O tal vez quien cambió es alguien cercano, y ya no va a la playa, ni a cenas, ni a ninguna parte donde se interponga con su rutina.

    La vigorexia, que la psiquiatría llama dismorfia muscular, es una preocupación obsesiva por ser demasiado pequeño o poco musculoso, con un costo real en la salud, el ánimo y la vida diaria. Aquí vas a ver qué es, cómo se reconoce, en qué se diferencia de entrenar fuerte, qué pasa en las mujeres, qué papel tienen los esteroides y qué se sabe del tratamiento. Todo sale de metaanálisis, revisiones y estudios publicados, y cuando la evidencia es escasa (en vigorexia lo es bastante, sobre todo en tratamiento), lo decimos. Si te interesa la visión de conjunto, tienes la guía sobre los trastornos de la conducta alimentaria.

    En breve: la vigorexia (dismorfia muscular) es la creencia persistente de que el propio cuerpo es demasiado pequeño o poco musculoso, aunque otros lo vean fuerte. Va acompañada de rituales (entrenar sin descanso, dieta rígida, revisar el cuerpo, esconderlo) que quitan tiempo y libertad. En el DSM-5 se clasifica como un especificador del trastorno dismórfico corporal. Entrenar mucho, por sí solo, no es vigorexia: lo que la marca es el sufrimiento, la rigidez y el deterioro.

    ¿Qué es la vigorexia? Significado de la dismorfia muscular

    La dismorfia muscular es una forma de trastorno dismórfico corporal centrada en la musculatura: la persona está preocupada por no ser lo bastante grande o musculosa, y esa preocupación le causa malestar o le quita funcionamiento (Nagata et al., 2026). “Vigorexia” es el nombre popular en español; en la literatura clínica se usa dismorfia muscular o muscle dysmorphia.

    Su historia ayuda a entender el cuadro. En 1993, el psiquiatra Harrison Pope y sus colegas describieron a fisicoculturistas varones que, pese a estar muy musculados, se veían pequeños y débiles, y lo llamaron “anorexia inversa” por su parecido con la anorexia nerviosa, pero con el foco puesto en ganar volumen y no en bajar de peso (Pope et al., 1993). En 1997 el mismo grupo propuso el nombre de dismorfia muscular y la ubicó como una variante de la dismorfia corporal (Pope et al., 1997). Después, el libro The Adonis Complex (Pope et al., 2000) popularizó la idea de que los ideales de cuerpo masculino mediáticos pesan más de lo que se creía.

    ¿Es un diagnóstico oficial?

    Sí, aunque con matices. Desde el DSM-5 la dismorfia muscular figura como un especificador (“con dismorfia muscular”) dentro del trastorno dismórfico corporal, que a su vez pertenece a los trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados (American Psychiatric Association, 2013). Para ese diagnóstico se pide:

    • Preocupación por un defecto de la apariencia que otros no notan o consideran menor; en este caso, la idea de tener un cuerpo demasiado pequeño o poco musculoso.
    • Conductas repetitivas (mirarse al espejo, buscar que te tranquilicen) o actos mentales (compararse) en respuesta a esa preocupación.
    • Malestar o deterioro en lo social, lo laboral u otras áreas.
    • Que no se explique mejor por la preocupación por la grasa corporal o el peso en alguien que cumple criterios de un trastorno alimentario.

    La discusión sobre dónde ubicarla sigue abierta. Un metaanálisis y revisión sistemática de 40 trabajos encontró que la dismorfia muscular se diferencia de las personas sin el cuadro, y que su perfil de síntomas, su respuesta al tratamiento y sus vínculos familiares se parecen a los de la dismorfia corporal y los trastornos alimentarios. Pero no pudo concluir si es mejor considerarla un especificador o una condición propia (Cooper et al., 2020). Otra revisión sistemática de 34 artículos fue más cauta: casi todos los estudios eran transversales y con muestras pequeñas y no clínicas, y la evidencia no alcanzaba para asegurar su validez como categoría separada (Santos Filho et al., 2016). Dicho simple: el cuadro existe y hace sufrir, y los expertos aún discuten su etiqueta.

    Vigorexia: síntomas y señales de alarma

    Los síntomas de la vigorexia se reconocen por tres cosas juntas: una idea fija de ser pequeño, rituales para manejar esa idea, y un costo en la vida diaria. Una sola señal no alcanza; lo que pesa es el conjunto y que se sostenga en el tiempo (Pope et al., 1997; Wilhelm et al., 2012).

    Área Qué suele aparecer
    Pensamientos La idea de estar “pequeño”, “flaco” o “deshinchado” ocupa gran parte del día; la valía personal queda atada al tamaño muscular
    Entrenamiento Sesiones muy largas, entrenar con lesiones o enfermo, culpa o pánico al saltarse un día, miedo a “perder” músculo en el descanso
    Alimentación Dietas muy rígidas y cronometradas, exceso de proteína y suplementos, ciclos de “volumen” y “definición”
    Revisión y camuflaje Mirarse en espejos y vidrios, medirse con cinta, pesarse seguido, usar varias capas de ropa para parecer más grande
    Vida social Cancelar planes, evitar playa, piscina o vestuarios, faltar al trabajo o a clases por no romper la rutina
    Sustancias Suplementos en exceso y, en algunas personas, esteroides anabólicos u otros fármacos para ganar músculo

    Un detalle complica el cuadro: la persona rara vez lo vive como un problema. Entrenar mucho y comer “limpio” recibe aplausos de la familia, los amigos y el entrenador, y eso tapa el sufrimiento. Lo que suele hacerla dudar es el costo (las lesiones, la ansiedad, las relaciones que se enfrían) más que el gimnasio en sí (Wilhelm et al., 2012; Phillips, 2009).

    Dismorfia corporal y gimnasio: ¿cuándo entrenar mucho es un problema?

    Entrenar fuerte, comer ordenado y querer más músculo no es un trastorno. La diferencia está en cuánta libertad te queda. En el gym nada de eso es un problema por sí solo. Una revisión sistemática de 31 estudios, con metaanálisis de cinco, halló que quienes hacen fisicoculturismo puntúan más alto en síntomas de dismorfia muscular que quienes entrenan con pesas sin competir, y que la ansiedad, la depresión, el perfeccionismo y el neuroticismo se asociaban con más síntomas. Los propios autores aclaran que no se sabe si el fisicoculturismo agrava esos rasgos o si las personas con ellos se sienten atraídas por ese mundo (Mitchell et al., 2017).

    Una guía práctica, tomada de los criterios clínicos (Pope et al., 1997; Wilhelm et al., 2012):

    Entrenamiento intenso Vigorexia
    Cómo te ves Reconoces tus avances Te ves pequeño aunque estés muy musculado
    Un día sin entrenar Lo manejas con flexibilidad Te genera culpa, pánico o miedo a “encogerte”
    Lesiones y enfermedad Descansas Sigues entrenando con dolor
    Vida social El gimnasio es una parte de tu vida Cancelas planes y responsabilidades por la rutina
    El cuerpo frente a otros Lo muestras sin problema Lo escondes con ropa o evitas la playa y los vestuarios
    Tiempo mental Piensas en tu entrenamiento cuando entrenas Una hora o más al día pensando en tu tamaño o en lo que te falta

    Si varias filas de la derecha te resultan familiares, vale la pena conversarlo con un profesional, aunque eso no confirma un diagnóstico. Si el ejercicio compulsivo es lo que más te preocupa, y además te cuesta la comida, la guía de los trastornos de la conducta alimentaria puede ayudarte a ubicar el cuadro.

    Vigorexia en mujeres, adolescentes y otros grupos

    La vigorexia se estudió casi solo en hombres jóvenes y fisicoculturistas, y por eso suele pasar desapercibida en otros grupos (Tod et al., 2016). Lo que se sabe hoy:

    • Mujeres y adolescentes. En una encuesta con 3.618 adolescentes australianos, la prevalencia puntual fue 2,2 % en varones y 1,4 % en mujeres, sin diferencia significativa por género. Las chicas con el cuadro contaron más incomodidad al mostrar el cuerpo, y los chicos más preocupación intensa por la musculatura y una rutina de pesas que interfería con su vida. Los autores piden confirmar con entrevistas diagnósticas (Mitchison et al., 2022). En mujeres el terreno está poco estudiado (Tod et al., 2016), y suele describirse una presión doble: ser delgada y tonificada a la vez, con la musculatura chocando a veces con ideas de lo “femenino”.
    • Mujeres con experiencias de violencia. Gruber y Pope (1999) describieron, en una muestra pequeña de mujeres que habían sufrido una violación, levantamiento de pesas compulsivo y uso de esteroides como una forma de sentirse protegidas. Es un hallazgo de pocos casos, que sirve para formular la pregunta en consulta pero no para generalizar.
    • Minorías sexuales y de género. Entre 1.653 personas de género diverso, 45,2 % de los hombres trans, 30,7 % de las personas de género expansivo y 14,9 % de las mujeres trans habían usado alguna vez fármacos o suplementos para mejorar la apariencia o el rendimiento, y ese uso se asoció con más síntomas de dismorfia muscular en hombres trans y personas de género expansivo, no en mujeres trans (Nagata et al., 2022).

    No hallamos cifras de vigorexia en Chile. En la región, un estudio con 472 universitarios varones de Buenos Aires detectó dismorfia muscular posible (con una escala de tamizaje, no con entrevista) en 6,99 %, frente a 1,9 % de trastornos alimentarios (Compte et al., 2015). Es un solo dato, de una escala y de una ciudad.

    ¿Qué tan común es la vigorexia?

    No se sabe con precisión, porque casi todos los estudios usan cuestionarios y no entrevistas clínicas. Con esa salvedad:

    • En adolescentes australianos, 2,2 % de los varones y 1,4 % de las mujeres (Mitchison et al., 2022).
    • En varones de 15 a 35 años de Canadá y EE. UU. (1.488 personas), 2,8 % tenía dismorfia muscular probable (IC 95 %: 2,0-3,7), según un estudio de 2025; los autores subrayan que casi no hubo diferencias sociodemográficas, salvo un índice de masa corporal más bajo en quienes la tenían (Ganson et al., 2025).
    • En los universitarios de Buenos Aires, 6,99 % con una escala de tamizaje (Compte et al., 2015).

    La conclusión honesta: es poco frecuente en la población general, más común en quienes compiten o entrenan para verse más grandes, y todavía faltan datos de calidad.

    ¿Por qué aparece? Causas y lo que la mantiene

    No hay una causa única. Los estudios apuntan a una suma de factores:

    • Ideal corporal y medios. El ideal masculino mediático se fue volviendo más musculoso, y Pope et al. (2000) lo ilustran con el aumento del tamaño de las figuras de acción. La presión por ser “fuerte” también se ha ligado con normas de masculinidad rígidas (Nagata et al., 2026).
    • Redes sociales. Una revisión sistemática de 22 estudios encontró que, en su mayoría, más uso de redes se asocia con más síntomas de ortorexia y de dismorfia muscular; para esta última la evidencia es preliminar y casi toda transversal, así que no prueba causalidad (Vintró-Alcaraz et al., 2026). Si te pasa de compararte, puedes revisar cómo afecta la comparación social en redes.
    • Rasgos y experiencias. Perfeccionismo, baja autoestima y ansiedad se asocian con más síntomas (Mitchell et al., 2017). Los libros clínicos describen además burlas por el físico en la infancia como antecedente frecuente en la dismorfia corporal (Phillips, 2009), aunque no tenemos cifras sólidas para la dismorfia muscular. Si el perfeccionismo te resuena, hay una guía sobre cuándo se vuelve un problema.
    • Deportes de fuerza y estética. El fisicoculturismo y otros deportes en los que el cuerpo es parte del resultado elevan el riesgo (Mitchell et al., 2017), y el entorno suele elogiar la rigidez como “disciplina”.

    Una vez instalada, la vigorexia se sostiene con un círculo que se parece al de otros cuadros obsesivos: la idea de ser pequeño genera ansiedad, la persona la calma entrenando, revisándose o comiendo en exceso de proteína, el alivio dura poco y la idea vuelve más fuerte. Mientras tanto, esconder el cuerpo y evitar situaciones le quita la oportunidad de comprobar que nada terrible ocurre (Wilhelm et al., 2012). Hay además una relación con otros trastornos: un metaanálisis de 36 estimaciones encontró que más síntomas de dismorfia muscular se asocian con más síntomas de trastorno alimentario (r = 0,36), una correlación que no prueba causa (Badenes-Ribera et al., 2019).

    Vigorexia y esteroides: qué se sabe

    Los esteroides anabólicos son parte del cuadro en algunas personas, pero no explican todo. Una revisión concluyó que su abuso probablemente perpetúa la dismorfia muscular y que sus complicaciones psiquiátricas incluyen cambios de ánimo y de conducta, alteraciones de la percepción y síntomas de abstinencia, con una teoría de dependencia creíble (Rohman, 2009). Un metaanálisis reciente de diez estudios halló más síntomas de dismorfia muscular en quienes usaban esteroides que en quienes no (d ≈ 0,45) y una asociación moderada con rasgos obsesivo-compulsivos (r ≈ 0,24), aunque con pocos estudios (Çınaroğlu y Yılmazer, 2025).

    En una serie clínica de solo 14 hombres con dismorfia corporal que tenían dismorfia muscular, comparados con 49 que no la tenían, los primeros mostraron más intentos de suicidio, peor calidad de vida y más trastornos por uso de sustancias y abuso de esteroides (Pope et al., 2005). Es una muestra pequeña, pero señala que el cuadro merece una evaluación completa, incluida la pregunta por sustancias.

    Los riesgos físicos de los esteroides y otros fármacos usados para ganar músculo (corazón, presión, lípidos, hígado, hormonas, infecciones por agujas compartidas) están descritos en los textos clínicos (Hildebrandt y Lai, 2011; Wilhelm et al., 2012). Si usas o has pensado en usar algo de esto, no hace falta esconderlo en consulta: lo que se busca es cuidarte, no juzgarte. Dejarlos de golpe puede traer un bajón de ánimo importante, así que conviene hacerlo con control médico (Rohman, 2009; Wilhelm et al., 2012).

    ¿Cómo se evalúa la vigorexia?

    Se evalúa con una entrevista clínica que mira cuánto tiempo ocupa el tema, qué haces para manejarlo, qué dejaste de hacer por eso y cómo está tu cuerpo y tu ánimo. La revisión de Nagata et al. (2026) menciona instrumentos como el MDDI (Muscle Dysmorphic Disorder Inventory), la Drive for Muscularity Scale y el Muscularity-Oriented Eating Test; los cuestionarios sirven de apoyo, no reemplazan la entrevista. Se suele diferenciar de otros cuadros por lo que busca la persona: ganar volumen en la vigorexia, bajar de peso en la anorexia, y obsesiones de temas variados en el TOC (Wilhelm et al., 2012; Cooper et al., 2020).

    Por eso esta página no trae un test con puntaje. El MDDI es el cuestionario más usado en la investigación, pero no contamos con sus ítems verificados para ofrecerlo aquí, y sumar puntos para decirte “tienes vigorexia” daría una respuesta que la evidencia no puede sostener. En cambio, una entrevista hace las preguntas que importan: cuánto tiempo al día piensas en tu cuerpo, qué pasa si no entrenas, qué evitas y qué estás tomando.

    ¿Cómo se trata la vigorexia?

    No hay ensayos aleatorizados que hayan probado un tratamiento específico para la dismorfia muscular entre los resultados de nuestra búsqueda, y la revisión de Nagata et al. (2026) lo confirma: algunos enfoques son prometedores, pero faltan datos en muestras clínicas grandes y diversas, sobre todo en adolescentes. Tod et al. (2016) ya habían señalado que el tratamiento y el pronóstico son de los temas menos conocidos. Lo que se usa en la práctica se extrapola de la dismorfia corporal, donde la evidencia es mejor.

    En dismorfia corporal, un metaanálisis de 15 ensayos aleatorizados (905 participantes) encontró que los tratamientos psicológicos mejoran los síntomas con un efecto grande (g = -0,97), además de la depresión, la ansiedad y el funcionamiento, y que los efectos se mantenían entre uno y seis meses de seguimiento (Liu et al., 2024). Una revisión de ensayos señaló como opciones con beneficio potencial la terapia cognitivo-conductual, la terapia metacognitiva y los ISRS, con la advertencia de que son pocos ensayos (Phillipou et al., 2016).

    En la práctica, los equipos adaptan ese modelo a la musculatura (Wilhelm et al., 2012; Phillips, 2009):

    • Terapia cognitivo-conductual: trabaja las creencias (“si no entreno, me encojo”, “mi valor depende de mi tamaño”) y usa exposición con prevención de respuesta: ir a la playa sin capas de ropa, dejar de medirse y de mirarse al espejo, pasar un día de descanso y comprobar qué ocurre.
    • Entrenamiento y dieta: el manual de Wilhelm y colegas incluye un módulo para pasar de una rutina compulsiva a un ejercicio moderado y a una alimentación más flexible. El ejercicio no se prohíbe; se recupera como una elección.
    • Medicación: los ISRS se plantean sobre todo cuando hay síntomas obsesivos importantes o depresión, indicados y controlados por un psiquiatra, con tiempos de respuesta largos (Phillips, 2009; National Institute for Health and Care Excellence [NICE], 2005).
    • Esteroides: se evalúan sin juicio, con información objetiva sobre los riesgos y, si es el caso, con apoyo médico para dejarlos.
    • Prevención: según la revisión de Nagata et al. (2026), un programa piloto de terapia cognitivo-conductual por telesalud en adultos australianos y el programa de disonancia cognitiva The Body Project: More than Muscles en jóvenes mostraron reducciones de síntomas en estudios pequeños, con seguimientos cortos.

    Qué tan rápido mejora cada persona varía. Lo que sí se sabe es que no existen estudios de seguimiento largos que describan cómo evoluciona el cuadro a lo largo de los años (Nagata et al., 2026), por lo que cualquier promesa de “cura en X semanas” excede la evidencia.

    ¿Cómo acompañar a alguien con vigorexia?

    Lo que más ayuda es no entrar en el juego del cuerpo. Estas pautas vienen de la experiencia clínica en dismorfia corporal (Phillips, 2009; Wilhelm et al., 2012) y no de ensayos específicos en vigorexia:

    • No discutir con datos. Decirle “estás enorme” o mostrarle medidas casi nunca convence, porque la preocupación no responde a la lógica.
    • No tranquilizar sin parar. Responder cada “¿me veo más chico hoy?” da un alivio de minutos y mantiene el ritual.
    • Cuidar los elogios. Los comentarios sobre el físico (“qué brazos”) refuerzan la idea de que su valor está en el tamaño. Reconoce más bien otras cualidades y planes que no pasen por el gimnasio.
    • No acomodarse. Evita ayudar con pesajes, mediciones o compras de suplementos, y no canceles tus planes para no cruzar su rutina.
    • Validar el sufrimiento sin validar la idea. “Veo que lo estás pasando mal con esto” abre más que “estás bien así”.
    • Proponer la consulta por el malestar, no por el cuerpo: “te veo agotado y con poco espacio para otras cosas, ¿lo conversamos con un profesional?”.

    Si eres entrenador o preparador, hay señales que justifican sugerir una consulta con tacto: entrenar lesionado, pánico ante los días de descanso, ropa holgada en pleno verano, rigidez en la dieta y sospecha de esteroides.

    ¿Cuándo consultar y con quién?

    Conviene consultar cuando pensar en tu tamaño te ocupa una hora o más al día, cuando entrenas o te alimentas por miedo y no por gusto, cuando dejaste planes, trabajo o estudios por la rutina, o cuando usas o piensas usar esteroides u otros fármacos. No hace falta esperar a “estar mal” ni a cumplir una lista de criterios.

    Si hay pensamientos de hacerte daño o de quitarte la vida, es una urgencia: en Chile puedes llamar desde un celular al 4141 con un asterisco antes (*4141), la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud, que es gratuita, o ir a un servicio de urgencia. Para saber cómo ayudar a alguien en esa situación, hay una guía de qué decir y dónde llamar.

    Lo habitual es combinar a un psicólogo o psicóloga clínica con un médico y, si hace falta, un psiquiatra y un nutricionista con experiencia en trastornos alimentarios. Si dudas por dónde empezar, esta guía sobre psicólogo o psiquiatra puede orientarte, y estas preguntas para elegir un psicólogo sirven para la primera sesión. Para información general sobre trastornos de la conducta alimentaria en español, MedlinePlus tiene material.

    Si quieres conversar tu caso, o el de alguien cercano, puedes escribir para agendar una consulta. En la primera sesión se revisa qué ocurre con el entrenamiento, el cuerpo y la alimentación, qué costos tiene y qué paso conviene dar primero.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la vigorexia?

    Es la preocupación obsesiva por ser demasiado pequeño o poco musculoso, aunque otros te vean fuerte. En el DSM-5 se llama dismorfia muscular y se clasifica como un especificador del trastorno dismórfico corporal (American Psychiatric Association, 2013; Nagata et al., 2026).

    ¿Cuáles son los síntomas de la vigorexia?

    Verse pequeño pese a estar musculoso, entrenar y comer con reglas rígidas, sentir culpa o pánico si te saltas un día, revisarte el cuerpo o esconderlo con ropa, evitar playas y vestuarios, y perder tiempo, trabajo o relaciones por la rutina (Pope et al., 1997; Wilhelm et al., 2012).

    ¿La vigorexia afecta a las mujeres?

    Sí. En adolescentes australianos la prevalencia fue 2,2 % en varones y 1,4 % en mujeres, sin diferencia significativa por género, aunque la presentación cambia: ellas contaron más incomodidad al mostrar el cuerpo (Mitchison et al., 2022).

    ¿Cuál es la diferencia entre vigorexia y entrenar mucho?

    Entrenar mucho puede ser una afición; la vigorexia implica ver el cuerpo pequeño pese a la evidencia, rigidez, culpa o pánico si no entrenas, y un costo en la salud o la vida social. Lo que la distingue es el sufrimiento y el deterioro, no las horas de gimnasio (Wilhelm et al., 2012; Mitchell et al., 2017).

    ¿La vigorexia tiene tratamiento?

    Sí, aunque la evidencia específica es limitada. Se usa terapia cognitivo-conductual adaptada de la dismorfia corporal, donde un metaanálisis de 15 ensayos halló un efecto grande, y a veces medicación indicada por un psiquiatra (Liu et al., 2024; Nagata et al., 2026).

    ¿Los esteroides causan vigorexia?

    No se puede afirmar que la causen. Una revisión concluyó que probablemente la perpetúan, y un metaanálisis halló más síntomas en quienes los usan, pero son estudios con diseños que no prueban causalidad (Rohman, 2009; Çınaroğlu y Yılmazer, 2025).

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). American Psychiatric Publishing.
    • Badenes-Ribera, L., Rubio-Aparicio, M., Sánchez-Meca, J., Fabris, M. A., & Longobardi, C. (2019). The association between muscle dysmorphia and eating disorder symptomatology: A systematic review and meta-analysis. Journal of Behavioral Addictions, 8(3), 351-371. https://doi.org/10.1556/2006.8.2019.44
    • Çınaroğlu, M., & Yılmazer, E. (2025). Muscle dysmorphia, obsessive-compulsive traits, and anabolic steroid use: A systematic review and meta-analysis. Behavioral Sciences, 15(9), Artículo 1206. https://doi.org/10.3390/bs15091206
    • Compte, E. J., Sepúlveda, A. R., & Torrente, F. (2015). A two-stage epidemiological study of eating disorders and muscle dysmorphia in male university students in Buenos Aires. International Journal of Eating Disorders, 48(8), 1092-1101. https://doi.org/10.1002/eat.22448
    • Cooper, M., Eddy, K. T., Thomas, J. J., Franko, D. L., Carron-Arthur, B., Keshishian, A. C., & Griffiths, K. M. (2020). Muscle dysmorphia: A systematic and meta-analytic review of the literature to assess diagnostic validity. International Journal of Eating Disorders, 53(10), 1583-1604. https://doi.org/10.1002/eat.23349
    • Ganson, K. T., Mitchison, D., Rodgers, R. F., Murray, S. B., Testa, A., & Nagata, J. M. (2025). Prevalence and correlates of muscle dysmorphia in a sample of boys and men in Canada and the United States. Journal of Eating Disorders, 13, Artículo 47. https://doi.org/10.1186/s40337-025-01233-x
    • Gruber, A. J., & Pope, H. G. (1999). Compulsive weight lifting and anabolic drug abuse among women rape victims. Comprehensive Psychiatry, 40(4), 273-277. https://doi.org/10.1016/s0010-440x(99)90127-x
    • Hildebrandt, T., & Lai, J. (2011). Body image and appearance- and performance-enhancing drug use. En T. F. Cash & L. Smolak (Eds.), Body image: A handbook of theory, research, and clinical practice (2nd ed.). Guilford Press.
    • Liu, Y., Lai, L., Wilhelm, S., Phillips, K. A., Guo, Y., Greenberg, J. L., & Ren, Z. (2024). The efficacy of psychological treatments on body dysmorphic disorder: A meta-analysis and trial sequential analysis of randomized controlled trials. Psychological Medicine, 54(15), 4048-4061. https://doi.org/10.1017/s0033291724002733
    • Mitchell, L., Murray, S. B., Cobley, S., Hackett, D., Gifford, J., Capling, L., & O’Connor, H. (2017). Muscle dysmorphia symptomatology and associated psychological features in bodybuilders and non-bodybuilder resistance trainers: A systematic review and meta-analysis. Sports Medicine, 47(2), 233-259. https://doi.org/10.1007/s40279-016-0564-3
    • Mitchison, D., Mond, J., Griffiths, S., Hay, P., Nagata, J. M., Bussey, K., Trompeter, N., Lonergan, A., & Murray, S. B. (2022). Prevalence of muscle dysmorphia in adolescents: Findings from the EveryBODY study. Psychological Medicine, 52(14), 3142-3149. https://doi.org/10.1017/s0033291720005206
    • Nagata, J. M., Hur, J. O., Murakami, K., Ganson, K. T., He, J., Murray, S. B., & Lavender, J. M. (2026). Muscle dysmorphia in adolescents and young adults. The Lancet Child & Adolescent Health, 10(2), 122-134. https://doi.org/10.1016/s2352-4642(25)00283-4
    • Nagata, J. M., McGuire, F. H., Lavender, J. M., Brown, T. A., Murray, S. B., Greene, R. E., Compte, E. J., Flentje, A., Lubensky, M. E., Obedin-Maliver, J., & Lunn, M. R. (2022). Appearance and performance-enhancing drugs and supplements, eating disorders, and muscle dysmorphia among gender minority people. International Journal of Eating Disorders, 55(5), 678-687. https://doi.org/10.1002/eat.23708
    • National Institute for Health and Care Excellence. (2005). Obsessive-compulsive disorder and body dysmorphic disorder: Treatment (NICE guideline CG31). https://www.nice.org.uk/guidance/cg31
    • Phillips, K. A. (2009). Understanding body dysmorphic disorder: An essential guide. Oxford University Press.
    • Phillipou, A., Rossell, S. L., Wilding, H. E., & Castle, D. J. (2016). Randomised controlled trials of psychological & pharmacological treatments for body dysmorphic disorder: A systematic review. Psychiatry Research, 245, 179-185. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2016.05.062
    • Pope, C. G., Pope, H. G., Menard, W., Fay, C., Olivardia, R., & Phillips, K. A. (2005). Clinical features of muscle dysmorphia among males with body dysmorphic disorder. Body Image, 2(4), 395-400. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2005.09.001
    • Pope, H. G., Gruber, A. J., Choi, P., Olivardia, R., & Phillips, K. A. (1997). Muscle dysmorphia: An underrecognized form of body dysmorphic disorder. Psychosomatics, 38(6), 548-557. https://doi.org/10.1016/s0033-3182(97)71400-2
    • Pope, H. G., Katz, D. L., & Hudson, J. I. (1993). Anorexia nervosa and “reverse anorexia” among 108 male bodybuilders. Comprehensive Psychiatry, 34(6), 406-409. https://doi.org/10.1016/0010-440x(93)90066-d
    • Pope, H. G., Phillips, K. A., & Olivardia, R. (2000). The Adonis complex: The secret crisis of male body obsession. Free Press.
    • Rohman, L. (2009). The relationship between anabolic androgenic steroids and muscle dysmorphia: A review. Eating Disorders, 17(3), 187-199. https://doi.org/10.1080/10640260902848477
    • Santos Filho, C. A., Tirico, P. P., Stefano, S. C., Touyz, S. W., & Claudino, A. M. (2016). Systematic review of the diagnostic category muscle dysmorphia. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry, 50(4), 322-333. https://doi.org/10.1177/0004867415614106
    • Tod, D., Edwards, C., & Cranswick, I. (2016). Muscle dysmorphia: Current insights. Psychology Research and Behavior Management, 9, 179-188. https://doi.org/10.2147/prbm.s97404
    • Vintró-Alcaraz, C., Ballero Reque, C., Paslakis, G., & Testa, G. (2026). Idealized body images and fitness lifestyles on social media: A systematic review exploring the link between social media use and symptoms of orthorexia nervosa and muscle dysmorphia. European Eating Disorders Review, 34(1), 256-280. https://doi.org/10.1002/erv.70027
    • Wilhelm, S., Phillips, K. A., & Steketee, G. (2012). Cognitive-behavioral therapy for body dysmorphic disorder: A treatment manual. Guilford Press.

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y desarrollo. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

    Conocer más · Agendar una consulta