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  • Reprimir emociones: consecuencias y alternativas

    Reprimir emociones: consecuencias y alternativas

    Sonríes en la reunión mientras algo te hierve por dentro. Dices «no pasa nada» y cambias de tema. Llegas a casa agotado sin haber hecho nada difícil. Reprimir emociones es eso: esforzarte para que lo que sientes no se note, o para no sentirlo. Sirve un rato. Lo que muestra la investigación es que, sostenido en el tiempo, suele salir caro, aunque no siempre ni para todos.

    Más abajo vas a ver qué consecuencias de reprimir emociones están medidas en experimentos y cuáles son solo asociaciones, cuándo contenerte tiene sentido y qué hacer en su lugar, con pasos que puedes probar hoy.

    Respuesta corta: reprimir emociones (la supresión expresiva) oculta tu reacción, pero no apaga lo que sientes. Se asocia con más malestar, menos emociones positivas, peor memoria de lo ocurrido y relaciones más frías, y con menos certeza con más riesgo para la salud. Funcionan mejor reinterpretar, nombrar lo que sientes, escribirlo, pausar y compartirlo con alguien que escuche.

    ¿Qué significa reprimir emociones? Definición y ejemplos

    El significado de reprimir emociones cambia según quién lo diga. En el habla cotidiana, «reprimir» emociones o sentimientos junta tres cosas que la psicología separa:

    • Suprimir: sabes lo que sientes y escondes la reacción (la cara, la voz, los gestos). Es lo más estudiado, con el nombre de supresión expresiva.
    • Evitar: te alejas de las situaciones o de los pensamientos que disparan la emoción.
    • Reprimir en el sentido clásico: un estilo automático en que la persona ni siquiera registra el malestar. Se estudia con el nombre de afrontamiento represivo.

    La supresión entra tarde en el proceso. Actúa cuando la emoción ya está en marcha y solo cambia lo que se ve. La reevaluación, en cambio, actúa temprano: cambia cómo interpretas la situación antes de que la emoción tome fuerza (Gross y John, 2003; Cutuli, 2014).

    Tampoco es lo mismo que no saber qué sientes. Quien no logra identificar ni describir sus emociones puede tener alexitimia, una dificultad distinta: ahí no hay una emoción escondida a propósito, falta el lenguaje para reconocerla.

    ¿Qué consecuencias tiene reprimir las emociones?

    Conviene separar dos tipos de dato. Algunos efectos salen de experimentos, donde se le pide a alguien que oculte su reacción y se mide qué ocurre. Otros salen de encuestas y seguimientos, que muestran asociaciones y no prueban que reprimir cause el problema.

    En lo que sientes: la emoción no se apaga

    Gross y John (2003) probaron esto en cinco estudios. Quienes suprimen de forma habitual experimentan y expresan menos emociones positivas y viven más emociones negativas. La fachada cambia, la vivencia interna sigue.

    Un estudio de diario con 187 personas lo vio día a día: en los días en que alguien suprimía más, reportaba más afecto negativo y menos positivo (Brockman et al., 2017). Con la atención plena pasaba lo contrario.

    Algo parecido ocurre cuando intentas no pensar en algo. La revisión de Wenzlaff y Wegner (2000) concluye que la supresión de pensamientos puede ser contraproducente y asegurar justo el estado mental que querías evitar.

    En la memoria: ocultar cuesta atención y recuerdas menos detalles

    Mantener la cara de póker exige vigilarte todo el rato, y esa vigilancia consume atención. En los experimentos de Richards y Gross (2000), quienes ocultaron su reacción recordaron peor los detalles de lo que estaban viendo y escuchando.

    En las relaciones: el otro lo nota

    En un experimento con parejas de mujeres que no se conocían, la supresión de una de ellas empeoró la comunicación, redujo la cercanía entre ambas y subió la presión arterial de la compañera (Butler et al., 2003). La persona que escucha percibe que algo no calza, aunque no sepa qué.

    Un metaanálisis de 43 trabajos encontró que suprimir más se asocia con peores primeras impresiones, menos apoyo social, menor satisfacción en los vínculos y peor calidad de la relación de pareja (Chervonsky y Hunt, 2017). El mismo metaanálisis halló que expresar ira se asoció con peores resultados sociales. Soltarlo todo sin filtro tampoco es la salida.

    En la salud mental: una asociación pequeña pero consistente

    Un metaanálisis de 48 estudios con más de 21.000 participantes halló que la supresión se asocia con más depresión, ansiedad y afecto negativo (r = 0,15) y con menos satisfacción vital y afecto positivo (r = -0,12). Son efectos chicos (Hu et al., 2014).

    En otro metaanálisis de 114 estudios, la supresión mostró un vínculo de mediano a grande con los síntomas de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y consumo de sustancias, aunque la rumiación fue la estrategia más fuertemente ligada (Aldao et al., 2010). Casi todo ese material es correlacional: no sabemos quién va primero, si la supresión o el malestar.

    Consecuencias físicas: lo que se sabe y lo que no

    Aquí la evidencia es más delicada.

    En un seguimiento de 12 años a 729 adultos en Estados Unidos, quienes más suprimían emociones tuvieron un riesgo de morir por cualquier causa un 35 % mayor que quienes menos lo hacían, con un intervalo de confianza que apenas supera el 1 (1,00 a 1,82). Para el cáncer el aumento fue mayor (1,70), y para las enfermedades cardiovasculares no alcanzó significación (Chapman et al., 2013).

    Son 111 muertes en total: una muestra pequeña, de un solo país, sin experimento. Los propios autores hablan de un posible riesgo y piden más estudios.

    Un metaanálisis de 22 estudios con 6.775 participantes encontró más riesgo de cáncer e hipertensión en personas con un estilo de afrontamiento represivo. Los autores advierten que, en el caso del cáncer, el estilo represivo también puede ser consecuencia del diagnóstico y no su causa (Mund y Mitte, 2012).

    Por eso conviene desconfiar de la frase «las emociones reprimidas enferman». La evidencia apunta a un riesgo posible y poco preciso, no a una causa probada.

    ¿Reprimir emociones es siempre malo? Cuándo contenerse tiene sentido

    No. La investigación actual se aleja de la idea de que haya estrategias «buenas» y «malas» en abstracto. Bonanno y Burton (2013) llaman a esa idea la falacia de la eficacia uniforme. Proponen que lo que predice una buena regulación es tener sensibilidad al contexto, un repertorio amplio de estrategias y la capacidad de ver si una estrategia está funcionando para cambiarla.

    La cultura cambia el efecto

    En un estudio con estudiantes estadounidenses y chinos de Hong Kong, la supresión se asoció con peor funcionamiento psicológico en los primeros, pero no en los segundos (Soto et al., 2011). El metaanálisis de Hu y colaboradores (2014) va en la misma línea: la relación con el malestar fue más débil en muestras de valores orientales (r = 0,06) que en las occidentales (r = 0,19).

    Un metaanálisis posterior con 249 artículos de 37 países y regiones encontró que la supresión era más desadaptativa en culturas más indulgentes y competitivas, y en muestras más jóvenes (Chen et al., 2025).

    La situación también cuenta

    Hay momentos en que no mostrar lo que sientes es lo razonable: una negociación, una conversación con un niño asustado, un lugar donde expresar enojo trae represalias reales. El problema aparece cuando contenerte pasa a ser tu respuesta a todo.

    Tampoco la alternativa «sana» funciona siempre

    La reevaluación ayuda cuando el problema no se puede cambiar. Pero en un estudio con 170 personas, quienes tenían más habilidad para reinterpretar y vivían una situación controlable tenían más depresión, lo que sugiere que reinterpretar no siempre es lo mejor cuando sí se puede actuar (Troy et al., 2013).

    En el estudio de diario ya citado, reevaluar no ayudó a bajar el afecto negativo en cerca de la mitad de la muestra (Brockman et al., 2017).

    La diferencia que importa es la de pausar frente a reprimir. Decir «necesito un momento, lo hablamos en media hora» y después volver es regular el momento de la expresión. Fingir durante meses que algo no te afecta es otra cosa.

    Reprimir, desahogarse, pausar, reinterpretar: cómo se comparan

    Estrategia Qué haces Qué dice la evidencia
    Reprimir (suprimir) Ocultas la reacción y sigues sintiendo Más malestar, menos emociones positivas, peor memoria, relaciones más frías (Gross y John, 2003; Butler et al., 2003)
    Desahogarte sin filtro Descargas la ira gritando o golpeando algo No calma. En un experimento, quienes golpearon un saco pensando en quien los ofendió terminaron más enojados que quienes no hicieron nada (Bushman, 2002)
    Pausar y volver Te retiras un rato y retomas después Frena la escalada y deja atención libre para procesar la emoción más tarde (Gross y Ford, 2024)
    Reinterpretar Cambias el significado de lo ocurrido Suele acompañar a mejor ánimo, pero rinde menos cuando puedes cambiar la situación (Troy et al., 2013)
    Escribir Cuentas por escrito lo que pasó y lo que sentiste, 15 a 20 minutos varios días Efecto pequeño y tardío sobre depresión, ansiedad y estrés (Guo, 2023)

    ¿Qué hacer en lugar de reprimir emociones?

    Ninguno de estos pasos te pide «sacar todo». La idea es darle a la emoción un camino que no pase por esconderla. Prueba uno o dos, no todos a la vez.

    1. Ponle un nombre preciso

    Cambiar «me siento mal» por «siento frustración porque me interrumpieron» no es un detalle de vocabulario. En un estudio de neuroimagen, nombrar la emoción disminuyó la respuesta de la amígdala y aumentó la actividad de la corteza prefrontal ventrolateral derecha (Lieberman et al., 2007).

    Fue un experimento de laboratorio con imágenes, así que vale como pista y no como garantía. Si te cuesta encontrar la palabra, el artículo sobre el vocabulario emocional te da una lista para partir.

    2. Haz una pausa con fecha de regreso

    Sal de la habitación, respira, toma agua y fija cuándo vas a retomar el tema. La pausa baja la intensidad lo suficiente como para pensar, y volver evita que se convierta en evitación (Gross y Ford, 2024).

    3. Escríbelo

    El protocolo clásico de Pennebaker y Smyth (2016) propone escribir de 15 a 20 minutos al día, durante 3 o 4 días seguidos, sobre algo que te preocupa. Cuentas lo que pasó y lo que sentiste, sin corregir ortografía y en privado.

    Un metaanálisis de 31 estudios halló un efecto pequeño sobre depresión, ansiedad y estrés. Apareció con retraso y fue algo mayor cuando las sesiones se hacían con uno a tres días de distancia (Guo, 2023). Es un apoyo modesto y barato. Si estás en medio de un golpe reciente, o si escribir te deja peor, no insistas y consulta.

    4. Reinterpreta lo que no puedes cambiar

    Preguntarte «¿qué otra lectura posible tiene esto?» ayuda cuando la situación es inmodificable. Cuando sí puedes actuar, el paso es actuar, y para eso sirve poner límites o practicar la comunicación asertiva.

    5. Haz espacio a lo que sientes sin pelearte con ello

    La terapia de aceptación y compromiso describe la evitación experiencial como el esfuerzo constante por no sentir lo que duele. Propone la disposición a sentirlo mientras sigues haciendo lo que te importa (Hayes et al., 2012).

    En la práctica: notar en qué parte del cuerpo aparece la emoción, describirla con curiosidad y dejarla estar. Mindfulness tiene ejercicios para empezar.

    6. Cuéntaselo a alguien que escuche

    Una persona que responde con interés y sin juicio ayuda a procesar. Ojo con repetir el mismo problema una y otra vez sin buscar salida (co-rumiación). Una revisión de 38 estudios con niños, adolescentes y adultos jóvenes asoció esa conversación circular con más síntomas de ansiedad y depresión, con efectos de pequeños a moderados (Spendelow et al., 2017).

    Hablar para entender o para decidir ayuda. Repetir lo mismo para sentirte peor, no.

    Si quieres medir cuánto usas cada estrategia, el cuestionario de Gross y John se explica en esta guía del ERQ y el DERS. Y si la rumiación es tu forma de procesar, mira cómo dejar de pensar demasiado. Para una visión más amplia de lo que funciona y lo que empeora las cosas, está la guía cómo controlar las emociones.

    ¿Por qué cuesta tanto mostrar lo que sientes?

    Reprimir casi siempre tiene historia. Vingerhoets (2013) recoge que, en varias culturas, a los varones se les enseña desde pequeños a contener el llanto y las emociones vistas como débiles, y que esa norma se arrastra a la vida adulta. En otros hogares, expresar enojo puede haber traído consecuencias, y callar fue la forma de protegerse.

    Esa historia explica el hábito sin condenarlo. Contenerse fue, en su momento, una respuesta razonable. Lo que se puede revisar hoy es si sigue sirviéndote.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Conviene consultar si te reconoces en alguna de estas situaciones:

    • Sientes todo apagado, como si no pudieras sentir ni llorar (el artículo sobre no poder llorar trata ese tema).
    • Tienes dolores, tensión, problemas de sueño o malestar del estómago sin causa médica clara, y a la vez estás aguantando mucho.
    • Recurres al alcohol, la comida, las pantallas o el trabajo para no sentir.
    • La tristeza, la ansiedad o la irritabilidad llevan semanas y afectan tu trabajo o tus vínculos.
    • Tus emociones salen de golpe en forma de explosiones y después te arrepientes.

    Si tienes pensamientos de hacerte daño, llama a la Línea de Prevención del Suicidio al *4141 (en Chile, gratuita) o acude a un servicio de urgencias.

    En terapia se trabaja con estrategias que tienen respaldo, como la terapia cognitivo-conductual y las terapias basadas en aceptación: aprender a reconocer la emoción, a tolerarla y a decidir qué hacer con ella. Si quieres conversarlo con alguien, puedes escribirnos por la página de contacto y revisamos tu caso con calma.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué pasa si reprimes tus emociones?

    Los estudios asocian la supresión habitual con menos emociones positivas, más afecto negativo, peor memoria de lo ocurrido, relaciones más frías y más síntomas de depresión y ansiedad. Los efectos suelen ser de pequeños a medianos y varían según la cultura y el contexto. Casi todo es asociación, no causa probada.

    ¿Reprimir emociones enferma el cuerpo?

    Hay estudios que asocian la supresión y el afrontamiento represivo con más riesgo de morir antes y con más cáncer o hipertensión, pero son observacionales, con pocas muertes, y en algunos casos la enfermedad puede explicar el vínculo y no al revés. Es un riesgo posible, no una causa demostrada.

    ¿Las emociones reprimidas se acumulan?

    La idea de que se almacenan como energía no tiene respaldo literal. Lo que sí está medido es que ocultar la reacción no baja la emoción que sientes, que intentar no pensar en algo puede darse vuelta y que mantener la fachada gasta atención. El malestar persiste porque no se procesa.

    ¿Es lo mismo reprimir que controlarte?

    No siempre. Pausar una reacción para volver sobre ella cuando estés más tranquilo es regular el momento de la expresión, y suele ser adaptativo. Reprimir es esconder la emoción sin darle salida después. La diferencia está en si vuelves a ella o la dejas enterrada.

    ¿Cómo dejar de reprimir mis emociones?

    Parte por ponerle nombre preciso a lo que sientes y por pausar con fecha de regreso, no por soltarlo todo de golpe. Después puedes escribirlo 15 a 20 minutos durante unos días, contárselo a alguien que escuche y practicar la aceptación de la emoción. Si cuesta mucho, la terapia ayuda.

    ¿Es normal no mostrar lo que sientes?

    Sí, en parte. Todos regulamos lo que mostramos según la situación, la cultura y las normas del lugar. Lo que conviene revisar es si ocultar se volvió automático, si te deja agotado y si te impide pedir lo que necesitas o conectar con los demás.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Aldao, A., Nolen-Hoeksema, S., & Schweizer, S. (2010). Emotion-regulation strategies across psychopathology: A meta-analytic review. Clinical Psychology Review, 30(2), 217-237. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2009.11.004

    Bonanno, G. A., & Burton, C. L. (2013). Regulatory flexibility: An individual differences perspective on coping and emotion regulation. Perspectives on Psychological Science, 8(6), 591-612. https://doi.org/10.1177/1745691613504116

    Brockman, R., Ciarrochi, J., Parker, P., & Kashdan, T. (2017). Emotion regulation strategies in daily life: Mindfulness, cognitive reappraisal and emotion suppression. Cognitive Behaviour Therapy, 46(2), 91-113. https://doi.org/10.1080/16506073.2016.1218926

    Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724-731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002

    Butler, E. A., Egloff, B., Wilhelm, F. H., Smith, N. C., Erickson, E. A., & Gross, J. J. (2003). The social consequences of expressive suppression. Emotion, 3(1), 48-67. https://doi.org/10.1037/1528-3542.3.1.48

    Chapman, B. P., Fiscella, K., Kawachi, I., Duberstein, P., & Muennig, P. (2013). Emotion suppression and mortality risk over a 12-year follow-up. Journal of Psychosomatic Research, 75(4), 381-385. https://doi.org/10.1016/j.jpsychores.2013.07.014

    Chen, M. S., Cai, Q., Omari, D., Sanghvi, D. E., Lyu, S., & Bonanno, G. A. (2025). Emotion regulation and mental health across cultures: A systematic review and meta-analysis. Nature Human Behaviour, 9(6), 1176-1200. https://doi.org/10.1038/s41562-025-02168-8

    Chervonsky, E., & Hunt, C. (2017). Suppression and expression of emotion in social and interpersonal outcomes: A meta-analysis. Emotion, 17(4), 669-683. https://doi.org/10.1037/emo0000270

    Cutuli, D. (2014). Cognitive reappraisal and expressive suppression strategies role in the emotion regulation: An overview on their modulatory effects and neural correlates. Frontiers in Systems Neuroscience, 8, Article 175. https://doi.org/10.3389/fnsys.2014.00175

    Gross, J. J., & Ford, B. Q. (Eds.). (2024). Handbook of emotion regulation (3rd ed.). Guilford Press.

    Gross, J. J., & John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348-362. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.2.348

    Guo, L. (2023). The delayed, durable effect of expressive writing on depression, anxiety and stress: A meta-analytic review of studies with long-term follow-ups. British Journal of Clinical Psychology, 62(1), 272-297. https://doi.org/10.1111/bjc.12408

    Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.

    Hu, T., Zhang, D., Wang, J., Mistry, R., Ran, G., & Wang, X. (2014). Relation between emotion regulation and mental health: A meta-analysis review. Psychological Reports, 114(2), 341-362. https://doi.org/10.2466/03.20.pr0.114k22w4

    Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labeling disrupts amygdala activity in response to affective stimuli. Psychological Science, 18(5), 421-428. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2007.01916.x

    Mund, M., & Mitte, K. (2012). The costs of repression: A meta-analysis on the relation between repressive coping and somatic diseases. Health Psychology, 31(5), 640-649. https://doi.org/10.1037/a0026257

    Pennebaker, J. W., & Smyth, J. M. (2016). Opening up by writing it down: How expressive writing improves health and eases emotional pain (3rd ed.). Guilford Press.

    Richards, J. M., & Gross, J. J. (2000). Emotion regulation and memory: The cognitive costs of keeping one’s cool. Journal of Personality and Social Psychology, 79(3), 410-424. https://doi.org/10.1037/0022-3514.79.3.410

    Soto, J. A., Perez, C. R., Kim, Y.-H., Lee, E. A., & Minnick, M. R. (2011). Is expressive suppression always associated with poorer psychological functioning? A cross-cultural comparison between European Americans and Hong Kong Chinese. Emotion, 11(6), 1450-1455. https://doi.org/10.1037/a0023340

    Spendelow, J. S., Simonds, L. M., & Avery, R. E. (2017). The relationship between co-rumination and internalizing problems: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology & Psychotherapy, 24(2), 512-527. https://doi.org/10.1002/cpp.2023

    Troy, A. S., Shallcross, A. J., & Mauss, I. B. (2013). A person-by-situation approach to emotion regulation: Cognitive reappraisal can either help or hurt, depending on the context. Psychological Science, 24(12), 2505-2514. https://doi.org/10.1177/0956797613496434

    Vingerhoets, A. J. J. M. (2013). Why only humans weep: Unravelling the mysteries of tears. Oxford University Press.

    Wenzlaff, R. M., & Wegner, D. M. (2000). Thought suppression. Annual Review of Psychology, 51, 59-91. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.51.1.59

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Ira contenida: síntomas y cómo liberarla sin dañar

    Ira contenida: síntomas y cómo liberarla sin dañar

    La ira contenida es el enojo que sientes y no dejas salir. Sonríes en la reunión mientras la mandíbula se aprieta, dices «no pasa nada» y dos horas después sigues repasando la escena. A veces es una decisión sensata (hay momentos en que decirlo todo sale caro). Otras veces es un hábito aprendido, y ahí empieza a cobrar costos.

    Aquí encuentras cómo se nota la ira contenida en el cuerpo, la mente y las relaciones, qué dice la investigación sobre guardarse la rabia, cuándo callar es una buena decisión y cómo sacarla sin dañar a nadie, tampoco a ti. Un dato previo: «ira contenida», «rabia reprimida» e «ira reprimida» no son diagnósticos: nombran en lenguaje cotidiano lo que la psicología estudia como supresión de la emoción.

    Respuesta corta: la ira contenida es el enojo que se siente y no se expresa. Su estudio la asocia con más activación del cuerpo, pensamientos que dan vueltas, menos cercanía en las relaciones y más malestar emocional. Guardarla de forma habitual no la apaga. Para liberarla sin dañar conviene nombrarla, escribirla para entenderla, revisar cómo interpretas lo ocurrido y decirla con calma. Golpear o gritar para desahogarte la aumenta.

    ¿Qué es la ira contenida?

    La ira contenida es el enojo que una persona siente y no expresa, ni con palabras ni con gestos. En psicología se estudia como supresión expresiva: inhibir la manifestación externa de una emoción que ya está en marcha (English, 2024). No existe un diagnóstico llamado ira contenida, y sentir enojo, incluso intenso, es una reacción normal ante una ofensa o una frustración.

    Deffenbacher y Lynch (1998) recuerdan que el DSM no tiene una categoría para la ira crónica, y separan la emoción (natural en niveles leves y moderados) de la conducta que la acompaña (ataques verbales o físicos, o una represión que termina haciendo daño).

    Conviene distinguir dos maneras de manejar una emoción, porque la investigación las compara con frecuencia. La reevaluación cambia la interpretación de lo ocurrido antes de que la emoción tome fuerza («quizá no lo hizo a propósito»). La supresión llega tarde, cuando la ira ya se activó, e intenta que no se note (Cutuli, 2014; revisión de ambas estrategias).

    ¿Cuáles son los síntomas de la ira contenida?

    Los síntomas de la ira contenida no figuran en ninguna lista diagnóstica, pero la investigación sobre supresión permite agruparlos: cuerpo en tensión, pensamientos que dan vueltas, más sensibilidad al dolor, menos emociones positivas, distancia en las relaciones y sensación de no ser auténtico. Ninguno prueba por sí solo que guardes rabia, porque cada uno tiene otras causas posibles.

    En el cuerpo

    Suprimir la expresión de la ira frena los gestos, pero no baja la vivencia interna, y además activa el sistema nervioso simpático: sube la presión arterial y se contraen los vasos periféricos (English, 2024). Se parece a apretar el acelerador mientras se pisa el freno.

    En un estudio con 54 universitarios, los hombres con riesgo de hipertensión que además solían suprimir la ira reaccionaron con más intensidad ante tareas estresantes. En las mujeres, suprimir no marcó diferencia (Vögele et al., 1997). Es una muestra pequeña y joven, pero muestra que el efecto puede variar según la persona.

    El dolor también aparece. En un experimento, las personas a quienes se pidió suprimir su enojo durante una provocación reportaron el mayor dolor en la prueba posterior de agua helada (Quartana y Burns, 2007).

    Con 58 pacientes con dolor lumbar crónico, quienes debieron suprimir durante una provocación terminaron con más ira, más dolor y más conductas de dolor (Burns et al., 2008). Son experimentos con una instrucción de suprimir, y no prueban que el hábito cotidiano cause dolor crónico.

    Tensión de mandíbula (incluido el bruxismo), hombros o estómago, palpitaciones o dolores de cabeza repetidos pueden venir de muchas causas. Si son persistentes o intensos, la primera consulta es médica, antes de atribuirlos al enojo.

    En los pensamientos

    Un metaanálisis de 81 estudios encontró que la ira se asocia de forma consistente con la evitación, la rumiación y la supresión, y en sentido contrario con la aceptación y la reevaluación (Pop et al., 2025). La heterogeneidad fue grande y son asociaciones, así que no se sabe cuál viene primero. Aun así, describe un patrón reconocible: el enojo que no se dice suele seguir dando vueltas en la cabeza.

    Quartana y Burns (2007) lo explican con la teoría de los procesos irónicos: el esfuerzo por no pensar o no sentir algo mantiene ese contenido más accesible. Además, vigilar la propia expresión consume atención, y quien suprime recuerda peor lo que ocurre en la conversación (English, 2024).

    En el ánimo

    Gross y John (2003, estudio sobre estas dos estrategias) hallaron que quienes suprimen de forma habitual viven y expresan menos emociones positivas sin lograr reducir las negativas, y que esa supresión habitual se asocia con menor autoestima, menos apoyo social percibido y más síntomas de depresión y ansiedad. Son relaciones observadas en cuestionarios, no una prueba de causa.

    Con 365 estudiantes universitarios, la supresión de la ira ayudó a explicar la relación entre el temperamento, la vida familiar y los síntomas depresivos (Cheung y Park, 2010; estudio).

    En las relaciones

    Quien suprime tiende a ser percibido como frío, distante o poco sincero, y la persona que conversa con ella muestra más activación fisiológica (English, 2024). Esconder la rabia también oculta una señal útil: sin ella, el otro no sabe que se cruzó un límite. La ira que se guarda y se rumia puede salir de formas indirectas, como el distanciamiento o la pasivo-agresividad (Tangney y Dearing, 2002).

    ¿Y los estallidos?

    Es popular la imagen de la olla a presión: la ira guardada se acumula hasta que explota. Es una explicación plausible, y puede que algunas personas terminen respondiendo desproporcionado a algo pequeño. Pero ninguno de los estudios citados aquí mide esa acumulación como tal. Lo que sí muestran es que suprimir mantiene la ira accesible, y que la rumiación acompaña al enojo.

    ¿Qué consecuencias tiene guardar la ira contenida?

    La ira contenida de forma habitual se asocia con costos, y esa asociación llega hasta la salud a largo plazo.

    En una muestra representativa de 729 adultos de Estados Unidos, quienes puntuaban más alto en supresión emocional tuvieron más riesgo de morir en 12 años (razón de riesgo de 1,35 para todas las causas y de 1,70 para cáncer; para enfermedad cardiovascular no fue significativa) (Chapman et al., 2013). Fueron 111 muertes, el estudio no midió ira en particular y no prueba que la supresión cause esas muertes.

    ¿Siempre es malo contener la ira?

    No. Contener la ira sirve cuando expresarla tendría costos graves (una discusión con el jefe, un conflicto en la calle) o cuando el entorno valora la contención. Lo que daña es que contener sea el único recurso y el enojo nunca se diga ni se procese.

    El contexto cambia el resultado. Un metaanálisis de 41 estudios con 11.010 personas halló que suprimir emociones se asociaba con menos emociones positivas en muestras occidentales (r = -0,16), pero no en las orientales (r = 0,003) (Fernandes y Tone, 2021).

    El estudio con estudiantes asiático-estadounidenses (Cheung y Park, 2010) encontró que, en ellos y en quienes se definen por sus vínculos, la relación entre suprimir la ira y los síntomas depresivos era más débil.

    También cambia con la edad. Tangney y Dearing (2002) describen que en niños y adolescentes tempranos «poner una tapa» a la ira frena la impulsividad, mientras que en la adultez la estrategia que mejor funciona es conversar el problema sin hostilidad o corregirlo con una acción directa.

    La diferencia práctica es entre aplazar y enterrar. Aplazar tiene fecha: te das tiempo para enfriarte y después dices lo que querías decir. Enterrar es no volver nunca al tema.

    ¿Desahogarse golpeando o gritando es la salida?

    Guardar la ira tiene costos, pero descargarla de forma agresiva también. En un experimento clásico, el grupo que golpeó un saco pensando en la persona que lo había enojado terminó más enojado y más agresivo (Bushman, 2002). Pennebaker y Smyth (2016) señalan algo parecido sobre golpear una almohada: tiende a subir la presión arterial y a alimentar ideas de venganza.

    Hay además un riesgo físico en los arrebatos. Un metaanálisis encontró más eventos cardiovasculares agudos en las dos horas siguientes a un arrebato de ira (Mostofsky et al., 2014), con heterogeneidad alta entre estudios. Si te interesa el detalle de qué hacer en el momento del pico, lo desarrolla el artículo sobre cómo controlar la ira.

    Entre callar y gritar hay un camino intermedio, y de eso trata la siguiente sección.

    ¿Cómo liberar la ira contenida sin dañar?

    Para liberar la ira contenida sin dañar, ponle nombre con precisión, escríbela con la intención de entenderla, revisa cómo interpretas lo ocurrido, dila con calma a quien corresponde cuando ya no estés en el pico y baja la activación del cuerpo si la sientes muy intensa. Nada de esto exige gritar, y cada paso se puede practicar por separado.

    1. Ponle nombre y ubícala en el cuerpo

    Poner en palabras una emoción difícil reduce su reactividad. Según Pennebaker y Smyth (2016), nombrar lo que sientes se asocia con más actividad de la corteza prefrontal derecha y menos hiperactividad de la amígdala. Prueba frases concretas: «estoy enojado porque me interrumpieron otra vez delante de todos». A veces debajo hay vergüenza, miedo o tristeza, y distinguirlo cambia lo que conviene hacer.

    2. Escríbela para entenderla

    El protocolo clásico de escritura expresiva consiste en escribir 15 a 20 minutos al día, durante tres o cuatro días seguidos, sobre los pensamientos y sentimientos más profundos de la situación, sin cuidar la ortografía (Pennebaker y Smyth, 2016). Según ese libro, el beneficio aparece cuando la escritura pasa del relato a la comprensión (por qué ocurrió, qué significa). Escribir solo para insultar repite el bucle en el papel.

    La evidencia viene sobre todo de estrés y trauma, y no de ira en particular. Un metaanálisis de 44 ensayos con 7.724 sobrevivientes de trauma encontró que, a largo plazo, la escritura expresiva mejoraba los síntomas de estrés postraumático frente a la lista de espera, con sesgos metodológicos importantes (Gerger et al., 2022). Si lo que quieres escribir es un trauma, conviene hacerlo con acompañamiento profesional.

    3. Revisa cómo lo estás interpretando

    En el metaanálisis de Pop et al. (2025), la reevaluación y la aceptación se asociaron con menos ira. Dos herramientas del Handbook of Emotion Regulation (Gross y Ford, 2024) son hablarte en tercera persona («¿por qué Daniela está tan enojada?») y preguntarte cómo verás esto dentro de un año.

    Reevaluar no equivale a justificar. Si lo que pasó fue una injusticia real, la ira te está avisando de algo. La pregunta útil es qué vas a hacer con esa información.

    4. Dila con calma, cuando ya no estés en el pico

    Tangney y Dearing (2002) describen como respuesta adaptativa iniciar una conversación no hostil con la persona involucrada o hacer algo directo para corregir el problema. Deffenbacher y Lynch (1998) proponen reemplazar tanto la represión crónica como los estallidos por una expresión asertiva y enfocada en resolver el problema.

    Una estructura sencilla es hecho, efecto y petición: «cuando la reunión se alargó sin avisar, me quedé sin tiempo para buscar a los niños; la próxima vez prefiero que avisen». Más detalle en el artículo sobre comunicación asertiva.

    5. Baja la activación del cuerpo

    Si la ira viene con el cuerpo muy acelerado, primero baja esa activación. Los programas cognitivo conductuales para la ira empiezan con técnicas de relajación en las primeras sesiones, antes de trabajar los pensamientos (Deffenbacher y Lynch, 1998; respiración diafragmática).

    A largo plazo ayuda la atención plena. Un metaanálisis de 118 estudios halló que las intervenciones basadas en mindfulness redujeron la ira (d = -0,48) y la agresión (d = -0,61) frente a los grupos de comparación, con efectos mayores cuando el control era pasivo (O’Dean et al., 2025). Puedes empezar con la guía de mindfulness.

    ¿Qué hacer según lo que sientes?

    SituaciónQué puede ayudarRespaldo
    Sientes enojo y no es buen momento para hablarAplazar con hora de regreso y respirar lentoDeffenbacher y Lynch (1998)
    Tu mente repasa la escena una y otra vezEscribir 15 a 20 minutos para entender qué pasóPennebaker y Smyth (2016)
    Te enoja una interpretación (se burló de mí)Revisar otras explicaciones posibles y la distancia temporalPop et al. (2025); Gross y Ford (2024)
    El enojo apunta a un límite que se cruzóDecirlo con hecho, efecto y peticiónTangney y Dearing (2002)
    Sientes ganas de golpear o gritarFrenar y bajar la activación primeroBushman (2002)

    ¿Cuándo buscar ayuda por ira contenida?

    Conviene consultar a un psicólogo cuando la ira contenida se repite y te cuesta más de lo que logras manejar solo. Algunas señales:

    • Llevas semanas rumiando una situación y no logras soltarla.
    • Evitas a ciertas personas o situaciones para no enojarte.
    • Aparecen dolores, tensión o problemas de sueño que un médico no explica por otra causa.
    • Bebes alcohol para calmarte o para dejar de pensar.
    • Terminas gritando, insultando o golpeando cosas (o personas) y después te arrepientes.
    • Sientes tristeza persistente junto con la rabia.

    Una revisión sistemática de 42 estudios sobre terapia cognitivo conductual para la ira encontró mejoría en casi todos (Fernandez et al., 2018).

    El trastorno explosivo intermitente, que son arrebatos desproporcionados y repetidos, tiene una prevalencia agrupada de 5,1 % en la vida en un metaanálisis de 29 estudios (Liu y Yin, 2025), y en una encuesta de Estados Unidos solo 28,8 % de quienes lo tenían recibió alguna vez tratamiento por su ira (Kessler et al., 2006).

    Si aparecen pensamientos de hacerte daño o de que sería mejor no estar, busca ayuda de inmediato. En Chile puedes llamar al *4141 (Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud, gratuita y disponible las 24 horas) o acudir a un servicio de urgencia. Para orientación general de salud está Salud Responde (600 360 7777).

    Si quieres revisar el tema con un profesional, escríbenos. La American Psychological Association tiene además una guía sobre el manejo de la ira en inglés.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué pasa si guardo mucha ira?

    La ira guardada de forma habitual se asocia con más rumiación, más activación del cuerpo, menos emociones positivas y relaciones más distantes (Pop et al., 2025; Gross y John, 2003). Son asociaciones, no una cadena probada de causa y efecto. Guardarla una vez, por una buena razón, no deja esos costos.

    ¿Cómo saber si tengo ira contenida?

    Ningún test ni lista diagnóstica la mide. Algunas pistas: dices «no pasa nada» y sigues repasando la escena, notas tensión corporal al callar, evitas conversar lo que te molesta o respondes con silencio o ironía. Ninguna prueba por sí sola que guardes rabia.

    ¿La ira reprimida causa enfermedades?

    Hay estudios que asocian la supresión emocional con más riesgo de muerte (Chapman et al., 2013) y con mayor reactividad cardiovascular en ciertos grupos (Vögele et al., 1997), pero son observacionales o experimentos pequeños, y no prueban que la ira reprimida cause enfermedades. Los dolores o la tensión persistentes necesitan evaluación médica antes de atribuirlos al enojo.

    ¿Es mejor desahogarse o guardarla?

    Ningún extremo. Descargar la ira golpeando o gritando la aumenta (Bushman, 2002) y callarla de forma habitual tiene costos. La salida mejor respaldada es aplazar, ponerle nombre, entender qué la provocó y decirla sin hostilidad.

    ¿Por qué exploto por cosas pequeñas después de aguantar?

    Es una explicación plausible que se escucha mucho, pero los estudios citados no la miden. Sí se sabe que suprimir mantiene la ira más accesible y que la rumiación acompaña al enojo (Quartana y Burns, 2007; Pop et al., 2025). Si los arrebatos son frecuentes, vale la pena consultar.

    ¿Se puede liberar la ira contenida sin terapia?

    Las técnicas de este artículo se pueden practicar por tu cuenta. Si llevan semanas sin cambio, si la rabia afecta tu trabajo o tus relaciones, o si aparecen las señales de la sección anterior, un psicólogo puede evaluar qué ocurre y qué tratamiento corresponde.

    Qué hacer desde hoy

    Elige una sola práctica para esta semana. Si lo tuyo es callar, empieza por nombrar el enojo en una frase concreta, escrita o dicha en voz alta. Si rumias, escribe 15 minutos tres días seguidos. Si ya hay una situación pendiente, planifica cuándo y cómo dirás lo que te molesta. Y si la rabia se repite más de lo que puedes manejar, agenda una evaluación.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Burns, J. W., Quartana, P., Gilliam, W., Gray, E., Matsuura, J., Nappi, C., Wolfe, B., & Lofland, K. (2008). Effects of anger suppression on pain severity and pain behaviors among chronic pain patients: Evaluation of an ironic process model. Health Psychology, 27(5), 645-652. https://doi.org/10.1037/a0013044

    Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724-731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002

    Chapman, B. P., Fiscella, K., Kawachi, I., Duberstein, P., & Muennig, P. (2013). Emotion suppression and mortality risk over a 12-year follow-up. Journal of Psychosomatic Research, 75(4), 381-385. https://doi.org/10.1016/j.jpsychores.2013.07.014

    Cheung, R. Y. M., & Park, I. J. K. (2010). Anger suppression, interdependent self-construal, and depression among Asian American and European American college students. Cultural Diversity and Ethnic Minority Psychology, 16(4), 517-525. https://doi.org/10.1037/a0020655

    Cutuli, D. (2014). Cognitive reappraisal and expressive suppression strategies role in the emotion regulation: An overview on their modulatory effects and neural correlates. Frontiers in Systems Neuroscience, 8, Artículo 175. https://doi.org/10.3389/fnsys.2014.00175

    Deffenbacher, J. L., & Lynch, R. S. (1998). Intervención cognitivo-conductual para el control de la ira. En V. E. Caballo (Dir.), Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos: Vol. 2. Formulación clínica, medicina conductual y trastornos de relación (pp. 639-673). Siglo XXI.

    English, T. (2024). Expressive suppression: Understanding the regulation of emotional behavior. En J. J. Gross & B. Q. Ford (Eds.), Handbook of emotion regulation (3.ª ed., pp. 498-504). Guilford Press.

    Fernandes, M. A., & Tone, E. B. (2021). A systematic review and meta-analysis of the association between expressive suppression and positive affect. Clinical Psychology Review, 88, 102068. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2021.102068

    Fernandez, E., Malvaso, C., Day, A., & Guharajan, D. (2018). 21st century cognitive behavioural therapy for anger: A systematic review of research design, methodology and outcome. Behavioural and Cognitive Psychotherapy, 46(4), 385-404. https://doi.org/10.1017/s1352465818000048

    Gerger, H., Werner, C. P., Gaab, J., & Cuijpers, P. (2022). Comparative efficacy and acceptability of expressive writing treatments compared with psychotherapy, other writing treatments, and waiting list control for adult trauma survivors: A systematic review and network meta-analysis. Psychological Medicine, 52(15), 3484-3496. https://doi.org/10.1017/s0033291721000143

    Gross, J. J., & Ford, B. Q. (Eds.). (2024). Handbook of emotion regulation (3.ª ed.). Guilford Press.

    Gross, J. J., & John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348-362. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.2.348

    Kessler, R. C., Coccaro, E. F., Fava, M., Jaeger, S., Jin, R., & Walters, E. (2006). The prevalence and correlates of DSM-IV intermittent explosive disorder in the National Comorbidity Survey Replication. Archives of General Psychiatry, 63(6), 669-678. https://doi.org/10.1001/archpsyc.63.6.669

    Liu, F., & Yin, X. (2025). Angry without borders: Global prevalence and factors of intermittent explosive disorder: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 121, 102643. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102643

    Mostofsky, E., Penner, E. A., & Mittleman, M. A. (2014). Outbursts of anger as a trigger of acute cardiovascular events: A systematic review and meta-analysis. European Heart Journal, 35(21), 1404-1410. https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehu033

    O’Dean, S. M., Summerell, E., Harmon-Jones, E., Creswell, J. D., & Denson, T. F. (2025). The associations and effects of mindfulness on anger and aggression: A meta-analytic review. Clinical Psychology Review, 118, 102584. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102584

    Pennebaker, J. W., & Smyth, J. M. (2016). Opening up by writing it down: How expressive writing improves health and eases emotional pain (3.ª ed.). Guilford Press.

    Pop, G. V., Nechita, D. M., Miu, A. C., & Szentágotai-Tătar, A. (2025). Anger and emotion regulation strategies: A meta-analysis. Scientific Reports, 15, Artículo 6931. https://doi.org/10.1038/s41598-025-91646-0

    Quartana, P. J., & Burns, J. W. (2007). Painful consequences of anger suppression. Emotion, 7(2), 400-414. https://doi.org/10.1037/1528-3542.7.2.400

    Tangney, J. P., & Dearing, R. L. (2002). Shame and guilt. Guilford Press.

    Vögele, C., Jarvis, A., & Cheeseman, K. (1997). Anger suppression, reactivity, and hypertension risk: Gender makes a difference. Annals of Behavioral Medicine, 19(1), 61-69. https://doi.org/10.1007/bf02883428

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Cómo Controlar las Emociones: Qué Funciona (y Qué Empeora las Cosas) Según la Evidencia

    Cómo Controlar las Emociones: Qué Funciona (y Qué Empeora las Cosas) Según la Evidencia

    Te enojas y dices cosas que después te pesan. Te angustias y no logras pensar en otra cosa. Sientes algo por alguien que sabes que no te conviene, y no se va aunque lo intentes. Si estás buscando cómo controlar las emociones, es probable que ya hayas probado lo obvio (aguantar, distraerte, respirar hondo, decirte que no es para tanto) y que a veces funcione y a veces no. Eso tiene una explicación, y no es que te falte fuerza de voluntad.

    Esta guía junta lo que treinta años de investigación sobre regulación emocional dicen que sirve de verdad, lo que empeora las cosas aunque parezca lógico, y cómo elegir la estrategia según lo intensa que sea la emoción. Va con las cifras y con las citas, porque en este tema hay muchos consejos y poca evidencia. Al final hay una sección corta sobre cuándo lo que te pasa ya dejó de ser «falta de control» y conviene consultar.

    Respuesta corta

    Controlar las emociones no es apagarlas ni esconderlas: es influir en cuándo aparecen, cuánto duran y qué haces con ellas. Las estrategias con mejor respaldo son ponerle nombre a lo que sientes, reinterpretar la situación (reevaluación cognitiva), aceptar la emoción sin pelearte con ella y, cuando la ola es muy alta, distraerte a tiempo. Las que fallan de forma consistente son tragarse la emoción como hábito, rumiar y «descargar» la rabia.

    ¿Se pueden controlar las emociones? Regular no es reprimir

    Sí, dentro de un límite. Las emociones son respuestas automáticas: no eliges sentir miedo o rabia, igual que no eliges sudar. Lo que sí puedes modificar, y bastante, es la regulación emocional: el conjunto de cosas que haces (a veces sin darte cuenta) para influir en qué emociones tienes, cuándo las tienes y cómo las vives y las expresas. Esa es la definición que fijó James Gross en su revisión fundacional de 1998 (Gross, 1998), y sigue siendo la que usa la American Psychological Association.

    Gross ordenó las estrategias según en qué momento del proceso emocional actúan, un modelo que revisó y actualizó en 2015 (Gross, 1998; Gross, 2015):

    • Elegir la situación: acercarte o evitar contextos que sabes que te activan.
    • Modificar la situación: cambiar algo del entorno o resolver el problema que la genera.
    • Dirigir la atención: distraerte, concentrarte en otra cosa, o lo contrario, rumiar.
    • Cambiar el significado: la reevaluación cognitiva, reinterpretar lo que está pasando.
    • Modular la respuesta: actuar sobre lo que ya sientes (respirar, suprimir la expresión, aceptar).

    Y aquí está la diferencia que importa. Reprimir una emoción es intervenir en el último eslabón: ya la sientes con toda su intensidad y lo único que haces es que no se note. Regular puede ocurrir mucho antes, cuando la emoción todavía no tomó fuerza. En la práctica, casi todo lo que la gente llama «controlarse» es supresión de último minuto, y por eso agota tanto y rinde tan poco.

    Por qué a veces las emociones te desbordan

    Tres cosas suelen estar detrás cuando una persona siente que sus emociones la manejan a ella y no al revés.

    La primera es el estilo de regulación que aprendiste. Un metaanálisis multinivel de 619 estudios con 41.590 personas con algún trastorno mental y 36.787 controles encontró que quienes tienen dificultades clínicas usan menos aceptación, resolución de problemas y reevaluación, y mucha más evitación, rumiación y supresión (Clamor et al., 2026). El patrón se repite en casi todos los diagnósticos. Lo relevante para ti es que se trata de hábitos, y los hábitos se cambian.

    La segunda es la intensidad. Hay emociones que llegan de golpe a un nivel en el que ya no puedes razonar con ellas. Un estudio con tres experimentos mostró que las personas eligen espontáneamente reinterpretar cuando la emoción es leve, y distraerse cuando es intensa, porque la distracción corta el proceso antes de que tome fuerza (Sheppes et al., 2011). Si estás intentando «pensar distinto» en el pico de una crisis de rabia, estás usando la herramienta equivocada para ese momento.

    La tercera es el cansancio acumulado: dormir mal, un estrés que ya se hizo crónico, semanas sin descanso real. Con el cuerpo así, la misma situación que otro día ni notarías se convierte en un desborde.

    Lo que no funciona para controlar las emociones (aunque lo recomienden en todas partes)

    Antes de las técnicas útiles, conviene sacar de la mesa las que tienen evidencia en contra. Lo que las une es que alivian un poco ahora y cobran después.

    EstrategiaQué pasa en el momentoQué pasa con el tiempoQué dice la evidencia
    Tragarse la emoción (supresión)La cara no lo muestra; la emoción sigue intactaMás emoción negativa, peores relaciones, más síntomasGross y John (2003); Aldao et al. (2010); Chapman et al. (2013)
    «No pensar en eso»Funciona unos segundosEl pensamiento vuelve con más fuerzaWegner et al. (1987)
    Darle vueltas para «entenderlo» (rumiación)Sensación de estar haciendo algoAlarga la tristeza, empeora la solución de problemasNolen-Hoeksema et al. (2008); Aldao et al. (2010)
    «Descargar» la rabia (golpear una almohada, gritar)Parece un desahogoMás rabia y más agresión que no hacer nadaBushman (2002)

    Tragarse lo que sientes. En experimentos de laboratorio, contener la expresión facial sí reduce un poco lo que se ve desde fuera, y por eso engaña. Pero las personas que lo usan como hábito viven más emoción negativa, menos emoción positiva y tienen peores relaciones, según los cinco estudios que dieron origen al cuestionario ERQ (Gross y John, 2003). Un metaanálisis de 114 estudios la asoció con más síntomas de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y consumo de sustancias (Aldao et al., 2010). Y en una cohorte representativa de Estados Unidos seguida 12 años, quienes puntuaban alto en supresión (percentil 75 frente al 25) tenían un 35 % más de riesgo de morir por cualquier causa en ese período (Chapman et al., 2013). Es un solo estudio observacional y sus autores piden cautela, pero apunta en la misma dirección que el resto.

    Intentar no pensar en eso. El experimento clásico del oso blanco lo mostró en 1987: a quienes se les pedía no pensar en un oso blanco durante cinco minutos no lo lograban, y después pensaban en él más que quienes nunca habían intentado evitarlo (Wegner et al., 1987). Suprimir un pensamiento lo vuelve más frecuente. El mismo mecanismo opera con «no pienses en él», «no pienses en la pelea».

    Rumiar. Darle vueltas a lo que pasó, a por qué te sientes así, a qué debiste decir. Se parece a reflexionar, pero no resuelve nada: la revisión de Nolen-Hoeksema y colegas resume dos décadas de evidencia en que la rumiación intensifica la tristeza, aumenta el pensamiento negativo, entorpece la solución de problemas y desgasta el apoyo social (Nolen-Hoeksema et al., 2008). En el metaanálisis de Aldao fue la estrategia con la asociación más grande con psicopatología, por encima de la supresión.

    Descargar la rabia. La idea de que gritar o golpear algo «saca» el enojo viene de la teoría de la catarsis, y la evidencia le es contraria. En un experimento de Bushman, quienes golpeaban un saco pensando en la persona que los había hecho enojar terminaron más enojados y más agresivos que quienes no hicieron nada (Bushman, 2002). No hacer nada funcionó mejor que desahogarse.

    Técnicas para controlar las emociones que sí tienen respaldo

    Un metaanálisis de 306 comparaciones experimentales puso a competir las estrategias del modelo de Gross y encontró diferencias claras: cambiar el significado de la situación tuvo el efecto mayor (d = 0,36), la distracción funcionó de forma moderada (d = 0,27), concentrarse en la emoción empeoró las cosas (d = -0,26), y las técnicas que actúan sobre la respuesta ya montada (respirar, relajarse) tuvieron un efecto pequeño (d = 0,16) (Webb et al., 2012). Con eso como mapa, estas son las técnicas para controlar las emociones que vale la pena entrenar.

    1. Ponle nombre exacto a lo que sientes

    Decir (o escribir) «esto es rabia con algo de vergüenza» en lugar de «estoy mal» ya regula. Un estudio de neuroimagen mostró que etiquetar la emoción con palabras reduce la respuesta de la amígdala ante imágenes negativas y activa la corteza prefrontal (Lieberman et al., 2007). Una revisión posterior la describe como una forma de regulación implícita: funciona aunque no se sienta como una técnica (Torre y Lieberman, 2018). Cuanto más preciso el nombre, mejor.

    2. Cambia el significado, no la emoción (reevaluación cognitiva)

    La reevaluación cognitiva es reinterpretar la situación para que produzca otra emoción: «me ignoró» puede ser «no vio el mensaje»; «voy a hacer el ridículo» puede ser «estoy nervioso porque me importa». En el metaanálisis de Webb, reinterpretar la situación (d = 0,36) y sobre todo tomar perspectiva (mirar la escena como un observador, d = 0,45) rindieron más que intentar reinterpretar la propia emoción (Webb et al., 2012). Quienes la usan de forma habitual reportan más bienestar y mejores relaciones (Gross y John, 2003), y en una muestra comunitaria española de 712 personas la inteligencia emocional medida como habilidad fue de la mano de más reevaluación y menos supresión, aunque con efectos modestos (Megías-Robles et al., 2019). Si quieres entrenarla con un método, la terapia cognitivo-conductual es básicamente eso, sistematizado.

    Dos advertencias honestas. En un estudio de diario con 187 personas, la reevaluación no redujo el afecto negativo en cerca de la mitad de la muestra, y en los más jóvenes (17 a 19 años) incluso se asoció con más malestar (Brockman et al., 2017). Y no sirve para todo: cuando el problema se puede cambiar, reinterpretarlo en vez de actuar sale caro. En 170 adultos con estrés reciente, la habilidad de reevaluar se asoció con menos depresión solo cuando el estresor era incontrolable; cuando sí se podía controlar, se asoció con más (Troy et al., 2013).

    3. Háblate por tu nombre

    Suena raro y está bien medido. En siete estudios con 585 participantes, quienes se hablaban a sí mismos en segunda o tercera persona («Camila, esto te está poniendo nerviosa, ¿qué necesitas?») antes de una situación estresante rindieron mejor según evaluadores externos, sintieron menos malestar y rumiaron menos después, que quienes se hablaban en primera persona (Kross et al., 2014). El efecto se mantuvo en personas con ansiedad social alta. Es una forma barata de tomar distancia.

    4. Acepta la emoción (que no es resignarte)

    Aceptar es dejar que la emoción esté sin juzgarla ni pelearla: «estoy triste, y puedo estar triste un rato». En tres estudios con más de 1.300 personas, quienes aceptaban habitualmente sus emociones y pensamientos tenían mejor salud psicológica, y el mecanismo fue que reaccionaban con menos emoción negativa a los estresores diarios (Ford et al., 2018). Aceptar la emoción no es lo mismo que aceptar la situación: el beneficio apareció solo con lo primero. En el estudio de diario de Brockman, la atención plena diaria fue la estrategia más consistentemente ligada a menos afecto negativo y más afecto positivo, por encima de la reevaluación. Si quieres entrenar esto, el mindfulness y la terapia de aceptación y compromiso son los caminos con más respaldo.

    5. Distráete a tiempo cuando la ola es demasiado alta

    La distracción tiene mala prensa y la evidencia la rehabilita, con una condición. En el metaanálisis de Webb funcionó (d = 0,27), y en los experimentos de Sheppes fue la elección natural y sensata ante emociones intensas, porque bloquea el procesamiento antes de que escale (Sheppes et al., 2011; Webb et al., 2012). La condición: que sea distracción real (una tarea que ocupe la cabeza), no evitación crónica ni rumiación disfrazada de «pensar en otra cosa». Sirve para bajar el pico; después, cuando la intensidad cede, vuelve a mirar el problema.

    6. Cambia la situación cuando se puede

    Si la emoción viene de algo que está en tus manos (una conversación pendiente, una deuda, un límite que no has puesto), la estrategia con más sentido es resolverlo, no gestionarte. En el metaanálisis de Clamor, la resolución de problemas fue una de las tres estrategias que las personas con dificultades clínicas usan claramente menos (d = -0,63), y el estudio de Troy muestra el costo de reinterpretar lo que en realidad había que cambiar.

    7. Baja el cuerpo primero, pero no te quedes ahí

    La respiración lenta y las técnicas de relajación sirven para recuperar un margen de maniobra cuando el cuerpo está disparado. Con una salvedad que casi ningún artículo dice: en el metaanálisis de Webb, las estrategias que actúan sobre la respuesta ya montada tuvieron el efecto más pequeño de todos (d = 0,16). Úsalas para recuperar la capacidad de pensar, no como toda la estrategia.

    Cómo controlar las emociones en el momento: un orden que respeta la evidencia

    1. Nómbrala con precisión: qué emoción es y cuánta, del 1 al 10.
    2. Si está en 8 o más, primero baja el cuerpo (respiración lenta) y distráete con una tarea concreta hasta que ceda. No intentes razonar en el pico.
    3. Si está en 7 o menos, pregúntate si la situación se puede cambiar. Si sí, planifica el paso concreto (resolución de problemas). Si no, reinterpreta: qué otra lectura tiene esto, cómo lo vería alguien que te quiere.
    4. Háblate por tu nombre mientras lo haces: crea la distancia que el paso anterior necesita.
    5. Deja que el resto esté. Lo que queda de emoción después de esto es normal y no hay que exprimirlo; se va sola.

    La regla general la resume la revisión de Bonanno y Burton: ninguna estrategia es buena o mala en sí; lo que predice salud es la flexibilidad, tener un repertorio y elegir según el contexto (Bonanno y Burton, 2013). Una revisión sistemática de 2026 llega a lo mismo comparando culturas: hasta la supresión puede ser adaptativa en contextos donde la expresión abierta tiene costo social (Qiu et al., 2026).

    Cómo controlar las emociones negativas más comunes

    Las técnicas de arriba se aplican a cualquier emoción, pero cada una tiene su trampa.

    La rabia

    La trampa es la catarsis. La rabia pide acción, y lo que se siente como «sacarla» (gritar, golpear, escribir el mensaje furioso) la alimenta (Bushman, 2002). Lo que sí funciona: salir físicamente de la situación si puedes, distraerte hasta bajar del 8, y recién ahí decidir qué vas a hacer con el problema que la provocó. Y revisar la reevaluación con lupa: la rabia casi siempre viene con una lectura de intención («lo hizo a propósito») que rara vez es la única posible.

    La ansiedad

    La trampa es la evitación. Evitar lo que te angustia alivia hoy y hace que mañana angustie más, y por eso la evitación es una de las estrategias con mayor asociación a trastornos de ansiedad (Aldao et al., 2010; Clamor et al., 2026). Con la ansiedad funcionan bien nombrarla, hablarte por tu nombre (los estudios de Kross se hicieron justo con situaciones sociales amenazantes) y aceptar la sensación física en vez de pelearla. Si la ansiedad es un problema recurrente, aquí tienes un test orientativo de ansiedad y depresión.

    La tristeza

    La trampa es la rumiación, que se disfraza de introspección. Preguntarte «por qué me siento así» una y otra vez no es lo mismo que resolverlo (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Con la tristeza rinden la aceptación (dejarla estar sin exprimirla) y la activación: hacer algo con sentido aunque no tengas ganas, que es una de las cinco estrategias adaptativas del cuestionario más reciente de Gross (Preece y Gross, 2026). Si notas que le das demasiadas vueltas a todo, esta guía sobre cómo dejar de pensar demasiado va de eso.

    Cuando lo que quieres es no llorar

    Llorar es una respuesta emocional normal, y la investigación sobre ella todavía es incipiente. Por eso no existe una receta con respaldo sólido para cortarla de raíz (Bylsma et al., 2021).

    Tampoco es cierto que llorar alivie al instante. En un experimento de laboratorio compararon a 28 personas que lloraron con una película emotiva y a 32 que no lloraron. Quienes lloraron se sintieron peor justo al terminar. A los 20 minutos habían vuelto a su nivel de base y a los 90 estaban mejor que antes de la película (Gračanin et al., 2015).

    Si después de llorar te sientes peor un rato, puede ser parte del proceso. Un estudio de diario con 1.004 episodios de llanto se preguntó cuándo y para quién mejora el ánimo (Bylsma et al., 2011).

    Una encuesta internacional con 893 personas encontró que quienes dijeron haber recibido ayuda mientras lloraban tendieron a sentirse mejor después que quienes lloraron con otras personas presentes pero sin esa ayuda (Sharman et al., 2019).

    Si lo que necesitas es no llorar ahora, en una reunión o frente a un jefe, aguantar las lágrimas apretando la cara y la respiración es la supresión de la que hablamos antes, con sus costos. Lo que describe Vingerhoets (2013) es posponer el llanto: los adultos pueden retenerlo hasta llegar a un lugar privado o a una persona de confianza.

    Para posponerlo sirven las estrategias que actúan antes de que la emoción se dispare. Mueve la atención a algo neutro, como un detalle del entorno o un cálculo mental. Mira la situación como lo haría un observador externo. Haz una pausa para respirar o sal unos minutos.

    En un experimento que cita Vingerhoets (2013), participantes con mucha propensión al llanto lograron no llorar ante películas emotivas adoptando esa postura de observador distante.

    Controlar las emociones y los sentimientos hacia alguien

    Cuando buscas cómo controlar las emociones y los sentimientos hacia una persona, casi siempre estás intentando el oso blanco: no pensar en ella. No funciona (Wegner et al., 1987), y suele empeorar las cosas. Lo que sí: elegir la situación (menos exposición, sin revisar su perfil), nombrar lo que sientes con precisión (¿es cariño, es costumbre, es miedo a estar solo?) y aceptar que el sentimiento va a estar un tiempo sin que eso te obligue a actuar sobre él. Los sentimientos hacia alguien bajan con distancia y tiempo, no con voluntad.

    ¿Cómo controlar las emociones en los niños?

    En los niños la regulación emocional se construye con un adulto que la presta primero: nombra la emoción por ellos, la valida y les enseña qué hacer con ella. Las técnicas de este artículo se adaptan por edad, y no se le puede pedir a un niño de 4 años una reevaluación cognitiva. Si buscabas cómo controlar las emociones para niños, la guía de inteligencia emocional en niños por edades es la que corresponde.

    Cuándo ya no es «falta de control» y conviene consultar

    Todo el mundo se desborda a veces. La señal de que el problema es otro es la frecuencia y el costo: si las emociones te están costando relaciones, trabajo o salud, si te desbordas varias veces por semana, si has empezado a evitar situaciones enteras para no sentir, o si lo que haces para calmarte (comer, beber, gastar, hacerte daño) te está pasando la cuenta.

    Ahí el dato importante es este: la dificultad para regular emociones es tratable, y la evidencia es sólida. Una revisión paraguas de 21 revisiones sistemáticas concluyó que la terapia dialéctico-conductual y la terapia cognitivo-conductual reducen la desregulación emocional en adultos con distintos diagnósticos y también en personas sin diagnóstico (Saccaro et al., 2024). En adolescentes, un metaanálisis de 11 ensayos encontró que las intervenciones basadas en mindfulness mejoran la regulación emocional y reducen síntomas de ansiedad y depresión (Zhao y Huang, 2026). La regulación se entrena a cualquier edad; la diferencia es hacerlo con método.

    Si quieres una medida orientativa de cómo regulas hoy, en el sitio hay una guía de los cuestionarios ERQ y DERS, los dos instrumentos que usan la mayoría de los estudios citados aquí. Y si en algún momento la emoción viene con ideas de hacerte daño, en Chile puedes llamar a Salud Responde (600 360 7777) a cualquier hora.

    Preguntas frecuentes sobre cómo controlar las emociones

    ¿Por qué no puedo controlar mis emociones?

    Porque las emociones son respuestas automáticas y el control que sí existe actúa antes o después de que aparezcan, no sobre el hecho de sentirlas. Si además tu estrategia habitual es tragártelas o rumiar, la emoción crece en vez de bajar. Cambiar el momento en que intervienes y la técnica que usas suele marcar la diferencia.

    ¿Es malo reprimir las emociones?

    Como hábito, sí. La supresión reduce lo que se ve desde fuera, pero deja la emoción intacta por dentro. Las personas que la usan de forma habitual reportan más emoción negativa, peores relaciones y más síntomas de ansiedad y depresión, y un estudio de 12 años la asoció con mayor mortalidad. Contenerse en un momento puntual no es el problema; el problema es que sea tu única herramienta.

    ¿Cuál es la diferencia entre reprimir y regular una emoción?

    Reprimir es esconder una emoción que ya sientes con toda su fuerza. Regular es influir antes en qué emoción aparece, cuánta intensidad alcanza y cómo la vives, con estrategias como reinterpretar la situación, aceptar lo que sientes, nombrarlo o cambiar el problema que la origina. La represión es una sola estrategia, y de las menos eficaces.

    ¿Sirve golpear una almohada o gritar para sacar la rabia?

    No. La idea viene de la teoría de la catarsis y los experimentos la contradicen: quienes descargaban la rabia golpeando un saco terminaban más enojados y más agresivos que quienes no hacían nada. Para la rabia funciona mejor salir de la situación, distraerse hasta que baje la intensidad y después decidir qué hacer con el problema.

    ¿Se puede aprender a controlar las emociones siendo adulto?

    Sí. La regulación emocional es un conjunto de hábitos y se entrena a cualquier edad. Las revisiones sistemáticas muestran que la terapia cognitivo-conductual y la dialéctico-conductual reducen las dificultades de regulación en adultos con y sin diagnóstico, y estudios de laboratorio muestran cambios con técnicas breves como etiquetar la emoción o hablarte por tu nombre.

    ¿Cuándo debo consultar a un psicólogo por mis emociones?

    Cuando los desbordes son frecuentes, te están costando relaciones, trabajo o salud, has empezado a evitar situaciones para no sentir, o lo que haces para calmarte (comer, beber, gastar, hacerte daño) te perjudica. También si llevas semanas intentando solo y nada cambia. Si hay ideas de hacerte daño, llama a Salud Responde (600 360 7777).

    Por dónde empezar esta semana

    Elige una sola técnica de la lista y úsala durante siete días en emociones de intensidad media, no en las crisis. La que más rinde para empezar suele ser la más simple: nombrar la emoción con precisión y ponerle un número. Cuando eso salga solo, suma la reevaluación o el hablarte por tu nombre. La flexibilidad se construye estrategia por estrategia.

    Si prefieres hacerlo con alguien que te ayude a identificar tu patrón (qué estrategias usas sin darte cuenta y cuáles te faltan), puedes agendar una consulta. Regular mejor las emociones no te va a hacer sentir menos; te va a hacer sentir con más margen para decidir qué haces con lo que sientes.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Aldao, A., Nolen-Hoeksema, S., & Schweizer, S. (2010). Emotion-regulation strategies across psychopathology: A meta-analytic review. Clinical Psychology Review, 30(2), 217-237. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2009.11.004

    Bonanno, G. A., & Burton, C. L. (2013). Regulatory flexibility: An individual differences perspective on coping and emotion regulation. Perspectives on Psychological Science, 8(6), 591-612. https://doi.org/10.1177/1745691613504116

    Brockman, R., Ciarrochi, J., Parker, P., & Kashdan, T. (2017). Emotion regulation strategies in daily life: Mindfulness, cognitive reappraisal and emotion suppression. Cognitive Behaviour Therapy, 46(2), 91-113. https://doi.org/10.1080/16506073.2016.1218926

    Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724-731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002

    Bylsma, L. M., Croon, M. A., Vingerhoets, A., & Rottenberg, J. (2011). When and for whom does crying improve mood? A daily diary study of 1004 crying episodes. Journal of Research in Personality, 45(4), 385-392. https://doi.org/10.1016/j.jrp.2011.04.007

    Bylsma, L. M., Gračanin, A., & Vingerhoets, A. J. J. M. (2021). A clinical practice review of crying research. Psychotherapy, 58(1), 133-149. https://doi.org/10.1037/pst0000342

    Chapman, B. P., Fiscella, K., Kawachi, I., Duberstein, P., & Muennig, P. (2013). Emotion suppression and mortality risk over a 12-year follow-up. Journal of Psychosomatic Research, 75(4), 381-385. https://doi.org/10.1016/j.jpsychores.2013.07.014

    Clamor, A., Lincoln, T. M., & Schulze, L. (2026). Emotion regulation in mental disorders: A systematic review and multilevel meta-analysis of transdiagnostic and disorder-specific impairments. Psychological Bulletin, 152(2), 157-200. https://doi.org/10.1037/bul0000512

    Ford, B. Q., Lam, P., John, O. P., & Mauss, I. B. (2018). The psychological health benefits of accepting negative emotions and thoughts: Laboratory, diary, and longitudinal evidence. Journal of Personality and Social Psychology, 115(6), 1075-1092. https://doi.org/10.1037/pspp0000157

    Gračanin, A., Vingerhoets, A. J. J. M., Kardum, I., Zupčić, M., Šantek, M., & Šimić, M. (2015). Why crying does and sometimes does not seem to alleviate mood: A quasi-experimental study. Motivation and Emotion, 39(6), 953-960. https://doi.org/10.1007/s11031-015-9507-9

    Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation: An integrative review. Review of General Psychology, 2(3), 271-299. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.3.271

    Gross, J. J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1), 1-26. https://doi.org/10.1080/1047840X.2014.940781

    Gross, J. J., & John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348-362. https://doi.org/10.1037/0022-3514.85.2.348

    Kross, E., Bruehlman-Senecal, E., Park, J., Burson, A., Dougherty, A., Shablack, H., Bremner, R., Moser, J., & Ayduk, O. (2014). Self-talk as a regulatory mechanism: How you do it matters. Journal of Personality and Social Psychology, 106(2), 304-324. https://doi.org/10.1037/a0035173

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    Megías-Robles, A., Gutiérrez-Cobo, M. J., Gómez-Leal, R., Cabello, R., Gross, J. J., & Fernández-Berrocal, P. (2019). Emotionally intelligent people reappraise rather than suppress their emotions. PLOS ONE, 14(8), e0220688. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0220688

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    Preece, D. A., & Gross, J. J. (2026). The Emotion Regulation Questionnaire-30 (ERQ-30): A 30-item measure of 10 clinically relevant emotion regulation strategies. Journal of Affective Disorders, 395, 120727. https://doi.org/10.1016/j.jad.2025.120727

    Qiu, L. S., Lai, M., Koike, A., Sellbom, M., Liddell, B. J., & Jobson, L. (2026). Exploring cultural influences in the associations between emotion regulation and mental health: A systematic review comparing East Asian and Western cultural contexts. Clinical Psychology & Psychotherapy, 33(2). https://doi.org/10.1002/cpp.70276

    Saccaro, L. F., Giff, A., De Rossi, M. M., & Piguet, C. (2024). Interventions targeting emotion regulation: A systematic umbrella review. Journal of Psychiatric Research, 174, 263-274. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2024.04.025

    Sharman, L. S., Dingle, G. A., Baker, M., Fischer, A., Gračanin, A., Kardum, I., Manley, H., Manokara, K., Pattara-angkoon, S., Vingerhoets, A. J. J. M., & Vanman, E. J. (2019). The relationship of gender roles and beliefs to crying in an international sample. Frontiers in Psychology, 10, 2288. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2019.02288

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    Torre, J. B., & Lieberman, M. D. (2018). Putting feelings into words: Affect labeling as implicit emotion regulation. Emotion Review, 10(2), 116-124. https://doi.org/10.1177/1754073917742706

    Troy, A. S., Shallcross, A. J., & Mauss, I. B. (2013). A person-by-situation approach to emotion regulation: Cognitive reappraisal can either help or hurt, depending on the context. Psychological Science, 24(12), 2505-2514. https://doi.org/10.1177/0956797613496434

    Vingerhoets, A. (2013). Why only humans weep: Unravelling the mysteries of tears. Oxford University Press.

    Webb, T. L., Miles, E., & Sheeran, P. (2012). Dealing with feeling: A meta-analysis of the effectiveness of strategies derived from the process model of emotion regulation. Psychological Bulletin, 138(4), 775-808. https://doi.org/10.1037/a0027600

    Wegner, D. M., Schneider, D. J., Carter, S. R., & White, T. L. (1987). Paradoxical effects of thought suppression. Journal of Personality and Social Psychology, 53(1), 5-13. https://doi.org/10.1037/0022-3514.53.1.5

    Zhao, H., & Huang, H. (2026). Transdiagnostic effects of mindfulness-based interventions on emotion regulation and psychopathology in adolescents: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 407, 121738. https://doi.org/10.1016/j.jad.2026.121738

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre salud mental y evaluación psicológica. Los artículos se actualizan cuando aparecen datos que cambian su interpretación.

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