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  • Ansiedad en Niños: Señales, Causas y Qué Pueden Hacer los Padres

    Ansiedad en Niños: Señales, Causas y Qué Pueden Hacer los Padres

    Por el equipo editorial de Terapia Online Chile

    Le duele la guata cada domingo en la noche. Se despierta y se pasa a tu cama. Llora en la puerta del colegio y después, cuando ya entró, la profesora te dice que estuvo bien todo el día. Cuesta saber si eso es un niño más nervioso que otros o algo que hay que atender.

    Acá vas a encontrar cómo se distingue un miedo normal de la edad de una ansiedad que ya necesita ayuda, por qué en los niños la ansiedad casi nunca se ve como preocupación y sí como dolor de estómago o rabietas, y una parte que sorprende a muchos padres: varias de las cosas que hacemos con buena intención (tranquilizarlo cada vez que pregunta, dejarlo faltar el día que llora, enseñarle a respirar cuando se angustia) pueden mantener el problema en vez de resolverlo. Más abajo hay un cuestionario de 41 preguntas, el mismo que se usa en investigación clínica, para que lo respondan juntos y sepas en qué área está el peso. Toma unos diez minutos y entrega un puntaje por tipo de ansiedad.

    ¿Cómo saber si mi hijo tiene ansiedad? La respuesta corta

    La señal que más importa no es cuánto miedo tiene, sino cuánto le está costando. Un miedo normal de la edad aparece, molesta un rato y no le impide hacer su vida. Se sospecha un trastorno de ansiedad cuando el miedo dura meses, se activa ante cosas objetivamente inofensivas y empieza a sacarle cosas: deja de ir a cumpleaños, no duerme solo, falta al colegio, evita hablar en clases.

    ¿Qué diferencia hay entre un miedo normal y un trastorno de ansiedad?

    Todos los niños tienen miedos, y tenerlos es parte del desarrollo. El miedo es una alarma biológica ante un peligro real e inmediato, y sirve. La ansiedad es otra cosa: una respuesta más larga, orientada al futuro, ante amenazas que se perciben como incontrolables (Clark & Beck, 2010).

    La psicología clínica usa cinco criterios para trazar esa frontera:

    1. Interferencia en la vida diaria. Es el criterio que más pesa. El miedo normal casi no deja huella en la rutina. El clínico sí: afecta el colegio, las amistades, las actividades, la casa.
    2. Duración. Los miedos normativos y la timidez son pasajeros y ceden con el tiempo. Para diagnosticar un trastorno de ansiedad generalizada o una fobia social en menores de 18 años se exige que los síntomas lleven al menos seis meses.
    3. Intensidad frente al estímulo. El miedo clínico se dispara ante una variedad mucho más amplia de situaciones, y ante amenazas muy leves o inocuas. Asustarse de un león es normal. Entrar en pánico con una araña doméstica inofensiva, no.
    4. Cómo piensa el niño sobre lo que teme. El miedo normal se ajusta bastante a la realidad del peligro. En el trastorno hay una sobreestimación de la probabilidad y de la gravedad de lo que podría pasar, y esa predicción no se cumple casi nunca.
    5. Falsas alarmas. Que aparezca miedo intenso sin ningún estímulo que lo explique es, en sí mismo, un indicador clínico.

    Sobre qué miedos tocan a qué edad, conviene ser honesto: no hay una tabla exacta año por año que sea a la vez precisa y útil. Lo que sí está documentado es la trayectoria general. La ansiedad de separación, las fobias específicas y la ansiedad generalizada dominan la infancia temprana y media. Al entrar en la adolescencia, la ansiedad de separación baja de forma clara, y suben las que exigen más madurez cognitiva: la fobia social, el pánico y la preocupación generalizada. La fobia social suele empezar a finales de la infancia o a mitad de la adolescencia, con una edad mediana de inicio alrededor de los 13 años (Clark & Beck, 2010).

    ¿Cuáles son los síntomas de ansiedad en niños?

    Un niño ansioso casi nunca dice “estoy ansioso”. Dice que le duele la cabeza, que no quiere ir, o hace una pataleta en la puerta. Esa es la diferencia práctica más grande con un adulto, y explica por qué la ansiedad infantil se confunde tan seguido con desobediencia, con manipulación o con “es que es regalón”.

    Hay tres razones detrás de eso, y las tres tienen que ver con el desarrollo:

    El cuerpo se nota más que la emoción. Las personas, y los niños mucho más, reconocen mejor un cambio en sus sensaciones corporales que un estado emocional abstracto. Por eso la activación fisiológica de la ansiedad se traduce en lo que sí se puede señalar con el dedo: dolor de cabeza, dolor de guata, nudo en el estómago (Tolin, 2024).

    El pensamiento es concreto y la atención es corta. Un niño pequeño no arma rumiaciones verbales complejas sobre el futuro del estilo “¿y qué pasa si mañana me preguntan y no sé?”. No tiene todavía las herramientas para construir ese discurso, así que el malestar sale por la vía motora: agitación, llanto, inquietud (Ruiz, Díaz & Villalobos, 2012).

    La conducta difícil suele ser un intento de regulación. Las rabietas, la rabia y la conducta oposicionista funcionan muchas veces como intentos poco eficaces de aliviar la angustia. Sin habilidades para modular la activación por dentro, el niño la saca por fuera (Tolin, 2024).

    A esto se suma una dificultad real para ponerle nombre a lo que siente. En clínica, cuando un niño no logra distinguir entre pena, miedo y enojo, se parte por una dicotomía básica (¿se siente bien o mal?) antes de pedirle categorías más finas (Tolin, 2024).

    Traducido a lo que ve un papá o una mamá en la casa:

    Lo que se ve Lo que suele haber debajo
    “Me duele la guata” los días de colegio Anticipación ansiosa, casi siempre con evitación detrás
    Rabieta al salir de casa Angustia de separación que no logra explicar
    “Ya, pero ¿tú vas a estar ahí?” repetido Búsqueda de tranquilización, no molestia
    Se demora eternamente en dormirse Preocupación que aparece cuando se acaban los distractores
    No quiere ir a cumpleaños ni quedarse a alojar Ansiedad social o de separación
    Perfeccionismo, borra y vuelve a empezar Miedo a no ser tan bueno como los demás
    Irritabilidad y respuestas cortantes Activación sostenida, no falta de respeto

    Un detalle que ayuda a orientarse: si el malestar se apaga apenas la situación temida desaparece (llora hasta que le dices que no va al colegio, y entonces se calma), eso apunta a ansiedad con evitación, no a una enfermedad física.

    ¿Es tan común la ansiedad en los niños?

    Sí, y bastante más de lo que se supone. Los trastornos de ansiedad son el diagnóstico psiquiátrico más frecuente en la infancia y adolescencia.

    Los datos globales del estudio de Carga Global de Enfermedad 2021, sobre 204 países y población de 10 a 19 años, dan un 15,2% con al menos un trastorno mental, y la ansiedad es el más prevalente, con 4,9% (Castaldelli-Maia et al., 2025). En una cohorte poblacional danesa de 1,3 millones de personas seguidas mediante registro nacional, el 15,01% recibió algún diagnóstico psiquiátrico antes de los 18 años, y la ansiedad fue el diagnóstico más frecuente en las niñas, con 7,85% (Dalsgaard et al., 2020).

    Hay un dato de esa literatura que vale la pena tener presente. En la encuesta representativa NCS-A, con 10.123 adolescentes estadounidenses de 13 a 18 años, la prevalencia de vida de trastornos de ansiedad llegó al 31,9%, y la edad mediana de inicio fue de 6 años, la más temprana de todos los grupos diagnósticos (Merikangas et al., 2010). La ansiedad empieza antes que la depresión, antes que los problemas de conducta y mucho antes que el consumo de sustancias. Cuando una familia llega a consultar en la adolescencia, el problema muchas veces lleva años instalado.

    Conviene leer estas cifras con cautela. Un metaanálisis reciente de datos epidemiológicos con 37 estudios y casi 1,6 millones de participantes encontró una variabilidad enorme entre regiones (30,64% en América, 30,44% en Europa, 14,53% en Asia, 9,86% en África) con una heterogeneidad tan alta que los propios autores piden interpretar con prudencia (Tatsiopoulou et al., 2025). Esas diferencias hablan tanto de cómo se mide y quién accede a diagnóstico como de cuántos niños están afectados.

    Los cinco tipos de ansiedad infantil (y por qué importa distinguirlos)

    No toda la ansiedad infantil es igual, y el tratamiento cambia según dónde esté el peso. Los instrumentos de cribado más usados distinguen cinco áreas:

    • Ansiedad de separación. Miedo a alejarse de los padres o de la casa. Cuesta dormir solo, cuesta quedarse a alojar, aparecen pesadillas con que les pase algo a los papás.
    • Ansiedad generalizada. Preocupación constante y difusa: por el futuro, por cómo hace las cosas, por cosas que ya pasaron. Suele venir con perfeccionismo.
    • Ansiedad social. Incomodidad intensa con gente poco conocida, con hablar en clases, con ser mirado mientras hace algo. Se confunde con timidez.
    • Síntomas de pánico y quejas físicas. Corazón acelerado, falta de aire, mareo, sensación de ahogo, ganas de vomitar cuando se asusta.
    • Evitación del colegio. Dolor de cabeza y de estómago en el colegio, miedo a ir. Es la que más rápido escala si no se aborda.

    Esa última merece un paréntesis, porque tiene un ingrediente familiar bien documentado. Una revisión sistemática sobre rechazo escolar identificó como factores asociados y modificables la psicopatología de los padres, el funcionamiento familiar y la sobreprotección materna en su dimensión de comunicación (Chockalingam et al., 2023). Modificables es la palabra importante: son cosas sobre las que sí se puede trabajar.

    Saber en cuál de estas cinco áreas está cargado el puntaje es justamente lo que orienta la primera consulta.

    Un cuestionario para responder juntos

    El SCARED (Screen for Child Anxiety Related Emotional Disorders) es uno de los instrumentos de cribado de ansiedad infantil más usados en investigación y en clínica. Son 41 frases, se responde en unos diez minutos y entrega un puntaje total más un desglose por las cinco áreas de arriba.

    Está pensado para que lo responda el propio niño o adolescente. Si tiene entre 8 y 11 años, siéntate al lado para explicarle las frases que no entienda, sin sugerirle la respuesta. Y dos cosas antes de empezar: no hay respuestas correctas, y el resultado no es un diagnóstico. Es una orientación sobre qué mirar y qué contar en una consulta.

    ¿Cuánta ansiedad está sintiendo tu hijo o hija?

    Cuestionario SCARED (versión en castellano, 41 preguntas). Está pensado para que lo responda el propio niño o adolescente, de 9 a 17 años. Si tiene entre 8 y 11, siéntate con él o ella para explicarle las frases que no entienda.

    Esto es un cribado, no un diagnóstico. Un puntaje alto no significa que tu hijo tenga un trastorno: significa que vale la pena consultarlo con un profesional. Responde pensando en los últimos tres meses.
    Respondidas 0 de 41

    Instrumento: Screen for Child Anxiety Related Emotional Disorders (SCARED), desarrollado por Boris Birmaher, Suneeta Khetarpal, Marlane Cully, David Brent y Sandra McKenzie (Western Psychiatric Institute and Clinic, Universidad de Pittsburgh, 1995), de uso libre con atribución. Los 41 ítems en castellano provienen de la validación de Doval, Martínez y Doménech-Llaberia (2011), realizada con 487 escolares de 9 a 17 años.

    Sobre los puntos de corte: los umbrales que usa esta herramienta (25 en el total, y los de cada subescala) son los de la muestra clínica original estadounidense. La validación en castellano replicó la estructura de cinco factores y una fiabilidad aceptable, pero sus autores señalan expresamente que todavía hacen falta estudios para fijar los puntos de corte óptimos en población hispanohablante. Tómalos como una orientación, no como una frontera exacta.

    ¿Qué pueden hacer los padres? Lo que sí funciona

    Acá está la parte contraintuitiva, y es la que más cambia las cosas en la práctica.

    La acomodación familiar: ayudar de una forma que no ayuda

    Cuando un hijo lo pasa mal, lo natural es acomodarse para que sufra menos. Dormir con él. Contestar la misma pregunta veinte veces. Hablar por él cuando le da vergüenza. Dejarlo faltar el día que amaneció llorando. Eso se llama acomodación familiar y está bien documentado como uno de los factores que mantienen la ansiedad infantil (Treadwell, 2024).

    El mecanismo es el mismo que sostiene la ansiedad en adultos. Al evitar, el niño siente alivio inmediato, y ese alivio refuerza la evitación: aumenta la probabilidad de volver a evitar mañana. Peor todavía, el niño atribuye el que no haya pasado nada malo a la conducta protectora, no a que la situación era segura. La conclusión que le queda grabada no es “el colegio no era peligroso”, sino “no me pasó nada porque mi mamá se quedó conmigo”. La creencia de peligro queda intacta (Clark & Beck, 2010).

    La búsqueda repetida de tranquilización funciona igual. Preguntar una y otra vez “¿pero tú vas a estar ahí?” es, técnicamente, una conducta de seguridad de tipo interpersonal. Responder por vigésima vez calma al niño durante dos minutos y le confirma que necesitaba preguntar (Clark & Beck, 2010).

    La buena noticia: los padres pueden ser el tratamiento

    Esto no significa que los papás sean el problema. Significa lo contrario: son una vía de solución con evidencia sólida detrás.

    El hallazgo más llamativo viene de un ensayo aleatorizado de no inferioridad con 124 niños de 7 a 14 años. Comparó la terapia cognitivo conductual clásica (el niño va a terapia, los padres no) con SPACE, un tratamiento dirigido solo a los padres, en el que el niño no tiene ningún contacto con el terapeuta. SPACE resultó no inferior a la TCC en todas las medidas principales de ansiedad, según evaluadores independientes, padres y los propios niños. Y redujo la acomodación familiar significativamente más que la TCC (Lebowitz et al., 2020).

    Un niño puede mejorar de su ansiedad porque sus padres cambiaron lo que hacían. Esto es especialmente útil cuando el niño se niega a ir a terapia, algo bastante habitual. Una revisión sistemática con metaanálisis de 29 estudios sobre intervenciones dirigidas solo a padres confirmó un efecto significativo frente a lista de espera, sin diferencias claras respecto a otras intervenciones activas, aunque con la advertencia de que la calidad metodológica de buena parte de los estudios era débil (Jewell, Wittkowski & Pratt, 2022).

    Acompañar la exposición, no la evitación

    Lo que reemplaza a la acomodación no es exigirle al niño que se aguante, sino acompañarlo a acercarse por pasos a lo que teme. En terapia eso se ordena en una jerarquía: se listan situaciones que no son objetivamente peligrosas pero que le dan miedo, se puntúa cada una de 0 a 100, y se ordenan de menor a mayor con saltos suaves entre una y la siguiente (Ruiz, Díaz & Villalobos, 2012).

    En casa, el papel de los padres tiene tres reglas bastante claras:

    • Ir desapareciendo del cuadro. Si el niño solo enfrenta la situación cuando estás tú, tu presencia se vuelve la muleta. La compañía se va retirando de a poco a propósito.
    • Hacer de entrenador, no de rescatista. Apoyo motivacional, ayudar a registrar cómo le fue, celebrar el intento aunque haya salido regular.
    • Dejar de responder a las demandas de tranquilización, con cariño y con firmeza. No es dureza: es lo que permite que el niño compruebe que tolera la incertidumbre (Clark & Beck, 2010).

    Lo que parece ayudar y a veces alarga el problema

    Esta sección va a contramano de casi todo lo que se lee sobre ansiedad infantil, y por eso conviene detenerse.

    Enseñarle a respirar cuando está angustiado tiene un riesgo. Las técnicas de relajación y respiración diafragmática son útiles, pero ocupan un lugar complementario, no central. Los estudios de desmantelamiento muestran que la exposición funciona igual de bien con o sin relajación (Clark & Beck, 2010). Y hay un riesgo documentado: se convierten con mucha facilidad en conductas de seguridad. Cuando el niño las usa para escapar del malestar, aprende una regla frágil, “estoy a salvo porque logré respirar bien”, que deja intacta la idea de que la ansiedad es peligrosa. Además interrumpen lo que más enseña la exposición: que la ansiedad baja sola con el tiempo aunque no hagas nada (Tolin, 2024).

    Esto no es teoría. Un ensayo aleatorizado con 102 niños y adolescentes comparó TCC centrada en exposición contra un tratamiento activo basado en relajación. La tasa estimada de respuesta al tratamiento fue de 57,3% con exposición frente a 19,2% con relajación, con un tamaño de efecto de g = 0,77 a favor de la exposición y casi tres veces más probabilidades de completar el tratamiento (Bilek et al., 2022).

    La lectura correcta no es que respirar hondo esté prohibido. Es que enseñarle a calmarse no puede ser el tratamiento completo, y que si la respiración se usa como vía de escape en plena exposición, juega en contra.

    El punto es lo bastante relevante como para que una revisión reciente se dedicara justamente a esto: varias intervenciones psicosociales disponibles para niños ansiosos prescriben estrategias basadas en la evitación que impiden que el niño viva experiencias de aprendizaje correctivo y de autoeficacia, con lo que pueden mantener la ansiedad a largo plazo. Otras, directamente, no se apoyan en ningún marco teórico con respaldo empírico (Dunning et al., 2025).

    ¿Y qué tratamiento funciona?

    La terapia cognitivo conductual con exposición es el tratamiento de referencia para los trastornos de ansiedad en niños y adolescentes, con respaldo empírico sólido (Stiede et al., 2023).

    Una revisión sombrilla de 57 metaanálisis, de los que 43 (391 tamaños de efecto) entraron en el análisis estadístico, encontró que en ansiedad infantojuvenil las intervenciones psicosociales (d = -0,51) y las farmacológicas (d = -0,67) resultan igual de eficaces entre sí (Morse et al., 2026). Que la psicoterapia rinda parecido a la medicación es un argumento razonable para partir por ahí en cuadros leves y moderados.

    Un metaanálisis en red bayesiano de 30 ensayos aleatorizados comparó varias intervenciones y ubicó a la terapia de aceptación y compromiso primero y a la TCC segunda, aunque con una diferencia importante: de todas las comparaciones, la TCC fue la única cuyo intervalo de credibilidad no incluyó el cero (MD = -3,64; ICr 95%: -7,36 a -0,48). Los propios autores advierten que la calidad global de la evidencia es baja y la heterogeneidad alta (Li et al., 2025). Dicho de otro modo: la TCC es la que sostiene el resultado con más solidez.

    Sobre prevención, la evidencia es más modesta. Un ensayo aleatorizado con 215 padres ansiosos y 277 niños de 5 a 9 años no encontró diferencias significativas en el resultado principal a 12 meses. Sí aparecieron efectos en el subgrupo de 5 a 6 años (menor riesgo de diagnóstico de ansiedad, OR = 0,23) y una reducción mayor de síntomas en los hijos del grupo de intervención (d = 0,35) (Elfström et al., 2025). Prometedor, no concluyente.

    ¿Cuándo buscar ayuda profesional?

    Hay señales que justifican pedir hora sin esperar a ver si se pasa solo:

    • El miedo lleva seis meses o más y no cede.
    • Está dejando de hacer cosas: falta al colegio, no va a cumpleaños, no duerme fuera, dejó una actividad que le gustaba.
    • Las quejas físicas son frecuentes y ya se descartó causa médica.
    • En casa la vida se organiza alrededor de evitar que se angustie.
    • Cambió el rendimiento escolar o se está aislando.
    • Aparece junto a otras dificultades. La ansiedad convive seguido con el TDAH y con problemas de aprendizaje, y a veces lo que parece desatención es preocupación.

    Si tu hijo o hija ha dicho que quiere hacerse daño o que no quiere vivir, eso no espera hora de consulta. En Chile, Salud Responde atiende las 24 horas en el 600 360 7777.

    Para dimensionar bien el pronóstico: los trastornos de ansiedad que se consolidan en la niñez tienden a cronificarse y persistir en la adultez temprana si no se tratan (Clark & Beck, 2010). Y al mismo tiempo responden bien al tratamiento. Las dos cosas son ciertas, y juntas son un buen argumento para consultar temprano. Puedes revisar la descripción clínica en MedlinePlus y las cifras de trastornos mentales de la Organización Mundial de la Salud.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cómo sé si mi hijo tiene ansiedad o es solo tímido? La timidez es un rasgo temperamental que no le impide hacer su vida. Se sospecha ansiedad social cuando la incomodidad con otros lo lleva a evitar de forma sostenida: no habla en clases, rechaza cumpleaños, deja actividades. El criterio decisivo es la interferencia, no la intensidad de la vergüenza.

    ¿Es normal que a mi hijo le duela la guata todos los días antes del colegio? Frecuente sí, normal no necesariamente. Si el dolor aparece los días de colegio y desaparece los fines de semana o cuando se le permite quedarse en casa, ese patrón apunta a ansiedad con evitación más que a una causa médica. Conviene descartar lo físico primero y después consultar.

    ¿A qué edad empieza la ansiedad en los niños? Antes de lo que se cree. En la encuesta NCS-A con 10.123 adolescentes, la edad mediana de inicio de los trastornos de ansiedad fue de 6 años, la más temprana de todos los grupos diagnósticos, por delante de los trastornos de conducta (11 años) y del ánimo (13 años).

    ¿Cómo controlar la ansiedad en niños desde la casa? Lo que más cambia el cuadro es dejar de acomodarse a la evitación: no dormir con él si el problema es dormir solo, no responder la misma pregunta tranquilizadora una y otra vez, y acompañarlo a acercarse por pasos pequeños a lo que teme. Las técnicas de respiración ayudan como complemento, nunca como sustituto de ese acercamiento gradual.

    ¿Sirve llevarlo a terapia si él no quiere ir? Sí. Un ensayo de no inferioridad con 124 niños mostró que un tratamiento dirigido solo a los padres, sin ningún contacto entre el niño y el terapeuta, funcionó igual que la terapia cognitivo conductual individual para reducir la ansiedad del niño. La consulta puede empezar contigo.

    ¿La ansiedad infantil se pasa sola con la edad? Algunos miedos evolutivos sí ceden. Los trastornos de ansiedad ya instalados tienden a persistir en la adultez temprana si no se tratan, y a veces cambian de forma: una ansiedad de separación en la infancia puede aparecer como fobia social o pánico en la adolescencia.

    Por dónde partir

    Si te quedas con una sola idea de todo esto, que sea la de la acomodación: fíjate durante una semana en cuántas veces al día la casa se reorganiza para que tu hijo no se angustie. Esa cuenta suele ser reveladora, y es también el primer punto por donde se trabaja.

    Después, el cuestionario de más arriba te va a decir en qué área está el peso. Con esas dos cosas (la lista de acomodaciones y el puntaje por área) llegas a una primera consulta con bastante más información que la mayoría.

    Y si el resultado quedó alto, o si al hacer la cuenta te diste cuenta de que la vida familiar ya gira alrededor de la ansiedad de tu hijo, es momento de trabajarlo con alguien. Se trata bien, se trata a distancia, y la evidencia es bastante clara en que mientras antes se aborde, mejor.

    Agenda una primera sesión y lo revisamos juntos.

    Sobre Terapia Online Chile

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    Referencias

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    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.