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  • Trauma vicario en profesionales de ayuda

    Trauma vicario en profesionales de ayuda

    Son las once de la noche y llevas un rato mirando el techo. Esta mañana una paciente te contó con detalle lo que le hicieron, y la escena no se fue con el resto del día: vuelve cuando intentas dormir, a veces como imagen y a veces como una rabia sin dueño. Mañana tienes seis sesiones más. Y en algún punto del camino te preguntas si ya no sirves para esto.

    Si trabajas escuchando el dolor de otros (psicología, trabajo social, enfermería, urgencias, policía, bomberos, abogacía de víctimas), esa escena tiene nombre. El trauma vicario en profesionales de ayuda es un cambio en cómo ves el mundo y a ti mismo, que aparece por escuchar y acompañar, una y otra vez, relatos de sufrimiento extremo. Aquí vas a ver qué es, cuáles son sus síntomas, en qué se distingue del burnout y de la fatiga por compasión, cuánta gente lo vive, quién corre más riesgo y qué tiene respaldo para prevenirlo.

    La respuesta corta

    El trauma vicario es el impacto que deja en quien ayuda la exposición repetida al trauma de otros. Se parece al estrés postraumático (pesadillas, imágenes intrusivas, sensación de vulnerabilidad) y se mezcla mucho con el burnout. Es una consecuencia esperable del trabajo, sin relación con el carácter ni con la vocación, y la evidencia apunta a que el apoyo del equipo y la supervisión pesan más que cualquier técnica individual de autocuidado.

    ¿Qué es el trauma vicario en profesionales de ayuda?

    Judith Herman (2015) lo explica con una frase incómoda: el trauma es contagioso. Quien escucha el relato de una atrocidad siente, en menor escala, parte del terror, la rabia y la desesperanza de quien lo vivió. Herman llama a esto contratransferencia traumática y traumatización vicaria, un concepto que atribuye a McCann y Pearlman (1990), quienes lo describieron como un marco para entender los efectos psicológicos de trabajar con víctimas.

    El trauma vicario en terapeutas se reconoce rápido en la descripción de Herman: pesadillas que repiten el contenido de lo que cuentan los pacientes, imágenes intrusivas, más sensación de vulnerabilidad personal, más desconfianza y un cinismo que va creciendo sobre la condición humana (Herman, 2015, capítulo 7).

    Además hay tres trampas que Herman nombra y que a veces pasan por entrega profesional:

    • La fantasía del salvador, que lleva a alargar sesiones, contestar llamadas a cualquier hora y, sin quererlo, a tratar al paciente como alguien que no puede por sí mismo.
    • La identificación con el agresor, que aparece como frialdad, escepticismo o una culpabilización sutil de la víctima.
    • La culpa del testigo, el malestar por no haber sufrido lo que el otro sufrió, o por hacerlo sufrir al pedirle que recuerde.

    Nada de esto es exclusivo de la psicoterapia. Cualquier persona cuyo trabajo consista en escuchar detalles de violencia, muerte o abuso queda expuesta de una forma parecida.

    ¿En qué se diferencia del burnout y de la fatiga por compasión?

    Los términos se usan de manera tan intercambiable que cuesta saber de qué se habla. Parker, Tavella y Eyers (2023) cuentan que “fatiga por compasión” lo usó por primera vez, a comienzos de los noventa, la enfermera Carla Johnson, y que con el tiempo se mezcló con estrés traumático secundario, traumatización vicaria y fatiga por empatía, o desgaste por empatía, como también se le llama.

    Si hay que separarlos en el papel, estos autores proponen, entre otras, tres diferencias entre la fatiga por compasión y el burnout (Parker et al., 2023):

    • El origen. La fatiga por compasión viene del trauma de otras personas. El burnout viene del estrés laboral crónico de la organización.
    • El ritmo. La primera puede aparecer rápido. El segundo se instala de a poco, como una brasa.
    • La recuperación. Con distancia de la fuente de trauma y con apoyo, la fatiga por compasión tiende a remitir antes.

    Claire Plumbly (2025) agrega un matiz de lenguaje que ayuda: dice que la compasión, en sí, no se agota, porque es una respuesta cálida y orientada a aliviar. Lo que se desgasta es la empatía cuando resuenas con el dolor ajeno de forma continuada y no recargas tus propias necesidades. Por eso prefiere hablar de fatiga por distrés empático.

    Maslach y Leiter (1997) y Gil-Monte (2019) ven el asunto desde el otro lado. Para ellos la pérdida de empatía hacia quien atiendes (despersonalización, cinismo o “indolencia”, según el autor) es una dimensión del propio burnout, que parte como una distancia protectora y se degrada en indiferencia cuando la sobrecarga se prolonga. Gil-Monte añade un dato clínico: si esa frialdad choca con el código moral del profesional, aparece la culpa, y la culpa acelera la depresión y los síntomas somáticos.

    ¿Y qué muestran los números? Que en la práctica los dos cuadros se pisan. Un metaanálisis de 41 estudios con 8.256 trabajadores expuestos de forma indirecta al trauma encontró una correlación de .69 entre burnout y estrés traumático secundario, que sube a .74 cuando se usan las medidas del marco de fatiga por compasión (Cieslak et al., 2014). Dicho simple, más de la mitad de la variación se comparte. Las definiciones separan, pero lo que miden los cuestionarios se parece bastante, así que no te asustes si tu cuadro no calza limpio en una sola etiqueta. La OMS incluye el burnout en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, resultado del estrés crónico en el trabajo que no se ha manejado con éxito. Si quieres ver el lado laboral completo, está en la guía de burnout: qué es, síntomas y causas.

    ¿Es lo mismo que el trastorno de estrés postraumático?

    Comparten territorio, pero no son lo mismo. El DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013) reconoce de forma explícita la exposición indirecta como una vía válida para cumplir el criterio A del TEPT: vivir una exposición repetida o extrema a detalles aversivos de eventos traumáticos de otros en el contexto del trabajo, como les pasa a los primeros respondedores o a quienes escuchan de manera reiterada relatos de abuso y violencia. La exposición a través de televisión, películas o fotografías no cuenta, salvo que sea parte del trabajo.

    Para que haya un TEPT, además, tienen que estar presentes los cuatro grupos de síntomas (reexperimentación, evitación, alteraciones del ánimo y del pensamiento, y aumento de la activación), durar más de un mes y generar malestar o deterioro en el trabajo, la familia u otras áreas. Una mala semana con pesadillas después de un caso duro queda por debajo de ese umbral, y aun así es una señal que merece atención. Para ver el cuadro completo de síntomas, está la guía sobre el trastorno de estrés postraumático, y la definición de la Asociación Americana de Psiquiatría es una segunda referencia.

    ¿Cuántos profesionales de la salud y de ayuda lo sufren?

    Mucha gente, aunque no hay una cifra única. En enfermería de urgencias, un metaanálisis estimó que cerca del 65% presentaba estrés traumático secundario (intervalo de confianza del 95%: 58% a 73%), con valores más altos durante la pandemia (Xu et al., 2024). En enfermería en general, otro metaanálisis con 28 estudios y 7.090 enfermeras calculó un 57,3% (You et al., 2026). Y en profesionales de salud mental, una revisión sistemática de 23 estudios encontró frecuencias de estrés traumático secundario entre el 19% y el 70% (Henderson et al., 2025).

    Lo que hay que mirar es el rango: de 22% a 84% entre estudios de enfermeras. Un abanico así dice que la cifra depende mucho de a quién se pregunta y con qué instrumento, y que ninguno de estos números te dice cuánto riesgo tienes tú. También conviene saber lo que falta: lo que revisamos viene sobre todo de enfermería y de países anglosajones o asiáticos. No encontramos estimaciones de psicólogos chilenos, así que cualquier cifra local que veas por ahí hay que tomarla con cautela.

    ¿Quién corre más riesgo?

    Un metaanálisis de 38 estudios que examinó 17 factores de riesgo en profesionales que trabajan con víctimas de trauma dejó dos mensajes claros (Hensel et al., 2015).

    El primero es que los efectos son pequeños. Tener más casos de trauma (r = .16), atender trauma con más frecuencia (r = .12), que el trauma sea una proporción mayor de tu carga (r = .19) y tener una historia personal de trauma (r = .19) elevan el riesgo, pero ninguno lo determina. Edad, sexo y otras variables demográficas pesaron poco.

    El segundo es que el apoyo protege. El apoyo en el trabajo (r = -.17) y el apoyo social fuera de él (r = -.26) iban en la dirección contraria al estrés traumático secundario. Dicho de otro modo, el contexto en que trabajas importa tanto como cuánto trabajas.

    Sobre la historia propia de trauma, una revisión de 39 estudios halló una asociación positiva consistente con el estrés traumático secundario y el trauma vicario, y resultados mayormente nulos con burnout; casi todos los estudios eran transversales, así que no permiten afirmar causa (Leung et al., 2023). Esto tiene una lectura práctica: si tú viviste algo parecido a lo que escuchas, vale la pena saberlo y cuidarlo, no esconderlo.

    ¿Cuáles son los síntomas del trauma vicario? Señales que conviene mirar

    Los síntomas aparecen en varios planos a la vez. Con lo que describen Herman (2015), Plumbly (2025) y Gil-Monte (2019), la lista se ve así:

    • Pesadillas o imágenes intrusivas de relatos ajenos, que se cuelan fuera del trabajo.
    • Una sensación nueva de que el mundo es peligroso, o de que las personas no son de fiar.
    • Cinismo, frialdad o irritación hacia quienes atiendes, a veces seguidos de culpa por sentirlo.
    • Dificultad para dejar el trabajo en el trabajo: llamadas fuera de horario, sesiones que se alargan, la sensación de que si tú no estás, algo malo ocurrirá.
    • Cuerpo en alerta o apagado: insomnio, tensión, cansancio que el descanso no repara.
    • Aislamiento: dejas de comentar lo que te pasa con colegas o con tu entorno.

    Ninguna de estas señales, sola, es un diagnóstico. Lo que sí pesa es la combinación y la duración. Si llevas más de un mes con varias de ellas y notas que afectan tu trabajo, tu sueño o tus vínculos, ya no es cansancio normal de fin de semana largo: corresponde consultar. Los profesionales de ayuda también son pacientes posibles, y hacerse atender no le quita seriedad a nadie.

    ¿Cómo se previene y qué ayuda de verdad? Lo que dicen las fuentes y lo que dice la evidencia

    La respuesta tiene dos capas, y la segunda suele quedar fuera de los artículos de autocuidado.

    Lo que depende de la organización y del equipo

    Herman (2015) es categórica en un punto: nadie puede afrontar un trauma solo, y un terapeuta aislado debería dejar de atender pacientes traumatizados hasta contar con un sistema de apoyo adecuado, que incluye supervisión clínica regular y grupos de colegas para procesar culpa, rabia y pánico. Pide además un contrato terapéutico claro (duración, frecuencia, reglas para emergencias) porque los límites firmes protegen de la fantasía del salvador.

    Foa, Hembree y Rothbaum (2007) llegan a lo mismo desde otra tradición. Reconocen que escuchar relatos traumáticos gráficos es difícil incluso para terapeutas con experiencia, y recomiendan ampliar la propia tolerancia al malestar de los pacientes, recordar el fundamento del tratamiento (los recuerdos y la ansiedad intensa no dañan, y el malestar baja) y apoyarse en supervisión o en un grupo de consulta regular.

    La revisión que mejor reúne el aspecto organizacional analizó 36 estudios y señaló cuatro condiciones: supervisión regular en una relación de apoyo, redes de colegas, una carga de casos equilibrada y variada, y una cultura que reconoce y valida el estrés traumático secundario (Sutton et al., 2022). La evidencia es preliminar, pero va en la misma dirección que el resto.

    Maslach y Leiter (1997) ayudan a ordenar qué revisar en el puesto: carga de trabajo, control sobre las decisiones, reconocimiento, sentido de comunidad, justicia y coincidencia entre tus valores y los de la institución. Cuando varios de esos seis frentes fallan, el desgaste no se arregla con una clase de yoga.

    Lo que puedes hacer tú

    En el plano individual, las propuestas son más modestas y la evidencia más débil:

    • Pausas de uno o dos minutos entre tareas o entre pacientes, para soltar el cuerpo y mirar por una ventana (Plumbly, 2025).
    • Una secuencia breve de regulación: notar en qué estado está tu cuerpo, descargar la tensión con movimiento, anclarte al presente con los sentidos y calmar con una respiración lenta (Plumbly, 2025).
    • Reconocer que la culpa del testigo y la identificación con el agresor son reacciones del oficio y llevarlas a supervisión, no a la soledad de tu casa.

    Es honesto decir que esta última parte se apoya más en libros clínicos que en ensayos. Y cuando se miran los ensayos, los resultados son más contenidos. Un metaanálisis de intervenciones psicológicas para fatiga por compasión (11 ensayos aleatorizados) halló un efecto promedio grande (diferencia de medias estandarizada de -0,95), con un intervalo muy ancho (de -1,63 a -0,27) y mucha heterogeneidad, sobre todo en las intervenciones en línea (Lipsa et al., 2024). Es una señal prometedora y a la vez una advertencia: los estudios son pocos y distintos entre sí.

    Otras revisiones son más cautelosas. Una revisión de alcance de 27 estudios sobre intervenciones para trauma vicario encontró resultados alentadores con psicoeducación, mindfulness, arte y medicina alternativa, pero con poco rigor y casi siempre centradas en el autocuidado genérico, con muy poca atención al nivel organizacional (Kim et al., 2022). Otra revisión sistemática sobre profesionales de salud mental solo encontró tres estudios que cumplieran los criterios, todos con reducción del estrés traumático secundario (Butt et al., 2026). Las intervenciones de autocompasión muestran efectos prometedores en 4 de 6 estudios, sin grupo control y con calidad media (Rushforth et al., 2023), y una revisión de 13 estudios en salud, emergencias y servicios comunitarios (10 de ellos en enfermería) encontró diferencias significativas en burnout o estrés traumático secundario en 7 (Cocker y Joss, 2016).

    La lectura sensata: lo mejor respaldado es lo que cambia las condiciones del trabajo (apoyo, supervisión, carga), y las técnicas personales pueden sumar, pero no reemplazan a lo anterior. Si ya estás agotada o agotado y el burnout está en primer plano, la guía sobre cómo recuperarse del burnout y el artículo sobre burnout en profesionales de la salud aportan un camino concreto.

    Si diriges un equipo: qué te toca a ti

    Una jefatura no puede pedirle a su equipo que se cuide más mientras mantiene una carga insostenible. Con lo que sabemos, lo que más se parece a prevención real es repartir la carga de casos de trauma en vez de concentrarla en las mismas personas, asegurar supervisión regular dentro del horario, dar espacio a los colegas para conversar entre sí y hablar del estrés traumático secundario como parte del trabajo. Maslach y Leiter (1997) describen que, cuando la dirección no actúa, los equipos de primera línea pueden unirse para corregir un desajuste concreto, por ejemplo negociando márgenes de autonomía, y armar alianzas de apoyo mutuo.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    Conviene consultar si llevas más de un mes con pesadillas, imágenes intrusivas, evitación de ciertos casos o pacientes, irritabilidad que no te reconoces, alteraciones del sueño o una sensación de desconexión persistente. También si empiezas a usar alcohol u otras sustancias para bajar la tensión, si te cuesta cumplir con tu trabajo o si aparece desesperanza. Una evaluación puede distinguir si lo que tienes es trauma vicario, burnout, depresión o un TEPT, que no se tratan igual. La guía sobre trauma psicológico explica qué se evalúa y con qué instrumentos.

    Preguntas frecuentes

    ¿El trauma vicario es lo mismo que el burnout? No. El trauma vicario viene de la exposición al trauma de otras personas y afecta la forma de ver el mundo; el burnout viene del estrés laboral crónico y se manifiesta en agotamiento, cinismo y baja eficacia. Pueden coexistir, y en los estudios sus medidas se solapan mucho (correlación de .69).

    ¿Y la fatiga por compasión, es otra cosa? Es un término cercano que se usa a veces como sinónimo de estrés traumático secundario. Autores como Parker y colaboradores lo distinguen del burnout por su origen traumático y su inicio más rápido. Plumbly prefiere hablar de fatiga por distrés empático, porque la compasión como tal no se agota.

    ¿Quiénes lo sufren? Cualquier persona que escuche de forma repetida relatos de violencia, abuso o muerte: psicólogos, trabajadores sociales, enfermeras, personal de urgencias, policías, bomberos o abogados de víctimas. Los estudios muestran frecuencias muy variables, desde cerca del 20% hasta más del 80% según el grupo y la medida usada.

    ¿Se puede prevenir? Se puede reducir el riesgo. Lo mejor respaldado es la supervisión regular, el apoyo entre colegas, una carga de casos equilibrada y una cultura que reconozca el problema. Las técnicas individuales de autocuidado suman, pero la evidencia que las respalda es todavía limitada.

    ¿Sentir esto significa que no sirvo para este trabajo? No. Herman describe estas reacciones como esperables en quien escucha trauma de forma repetida. Los factores de riesgo individuales pesan poco en los estudios y el apoyo del entorno pesa bastante. Lo que sí conviene es atenderlo a tiempo y no cargarlo solo.

    Cuidar a quien cuida

    Escuchar el sufrimiento de otros por oficio deja huella, y la huella tiene explicación. Mientras más claro lo tengas, más fácil es pedir supervisión, ordenar la carga o consultar a tiempo. Si trabajas con personas que han vivido lo peor y notas que algo de eso se te quedó pegado, podemos revisarlo juntos. En una sesión online puedes poner en palabras lo que te llevas a casa, distinguir qué es cansancio, qué es burnout y qué merece una evaluación más fina, y armar un plan realista para seguir ayudando sin perderte en el camino.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

    Referencias

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    • Cieslak, R., Shoji, K., Douglas, A., Melville, E., Luszczynska, A., & Benight, C. C. (2014). A meta-analysis of the relationship between job burnout and secondary traumatic stress among workers with indirect exposure to trauma. Psychological Services, 11(1), 75-86. https://doi.org/10.1037/a0033798
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    • You, Q., Li, J., Yang, L., Zhang, Y., & Chen, L. (2026). Prevalence of secondary traumatic stress in nurses: A meta-analysis of observational studies. Frontiers in Public Health, 14, Artículo 1877091. https://doi.org/10.3389/fpubh.2026.1877091