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  • Cómo Dejar de Preocuparse por Todo: La Técnica de Posponer la Preocupación

    Cómo Dejar de Preocuparse por Todo: La Técnica de Posponer la Preocupación

    Te acuestas y la cabeza arranca: la plata, ese mail que no contestaron, el lunar que te viste, si tu mamá está bien, si dijiste algo raro en la reunión. Resuelves una y aparece otra. Si buscaste cómo dejar de preocuparse por todo, seguramente ya probaste “no pensar en eso” y ya sabes que no funciona: la preocupación vuelve, y encima con la sensación de que no la controlas.

    Hay una técnica sencilla, con cuarenta años de estudio detrás, que va justo en la dirección contraria: en vez de pelear con la preocupación, le das cita. Se llama posponer la preocupación (o “tiempo de preocupación”) y en este artículo la vas a encontrar paso a paso, con lo que dicen los ensayos clínicos sobre cuánto ayuda y cuándo no. Más abajo hay también un test de tres minutos, el Cuestionario de Preocupación de Pensilvania, que te dice cómo se compara tu tendencia a preocuparte con la de otras personas. Conviene leer antes qué es la preocupación y por qué se engancha; si prefieres, ve directo al test.

    Respuesta corta: para dejar de preocuparte por todo, no intentes suprimir la preocupación. Reserva un momento fijo del día (15 a 30 minutos, siempre a la misma hora y en el mismo lugar), anota cada preocupación que aparezca fuera de ese horario y pospónla hasta entonces. En ese rato, separa lo que puedes resolver de lo que no, y decide un paso concreto. Dos ensayos con personas que se preocupan mucho mostraron menos preocupación en dos semanas o menos.

    ¿Por qué me preocupo por todo? Lo que la preocupación intenta hacer

    Preocuparse es una cadena de pensamientos, casi siempre en forma de “¿y si…?”, sobre algo malo que podría pasar y cuyo resultado no conoces. La definición viene del grupo de Thomas Borkovec en la Universidad Estatal de Pensilvania, que la describió como un intento de resolver mentalmente un problema con resultado incierto (Borkovec et al., citados en Dugas y Ladouceur, 2002, p. 213). Ese detalle explica mucho: la persona que se preocupa por todo es experta en detectar posibles problemas y muy mala para llegar a una solución o a una decisión. Se queda en la pregunta.

    La preocupación además es verbal. Le das vueltas con palabras, no con imágenes, y eso tiene un efecto que la vuelve adictiva: hablar contigo mismo sobre la catástrofe activa menos el cuerpo que imaginarla. Es una forma de evitar la imagen que asusta, y como el alivio llega rápido, el cerebro aprende a preocuparse más (Dugas y Ladouceur, 2002, pp. 216-217).

    Debajo de todo esto hay un rasgo que hoy tiene mucha investigación: la intolerancia a la incertidumbre. Es la dificultad para tolerar no saber, aunque la probabilidad de que algo salga mal sea mínima. Un metaanálisis de 2026 con 115 estudios y casi 29.000 personas encontró que la intolerancia a la incertidumbre se relaciona con la preocupación (r = 0,59) y la preocupación con la ansiedad generalizada (r = 0,67) con más fuerza que con cualquier otro trastorno de ansiedad; la preocupación es el puente entre no tolerar la duda y sentir ansiedad (Akbari et al., 2026). Dicho fácil: quien se preocupa por todo suele necesitar una certeza que la vida no da.

    Y hay una tercera pieza: las creencias sobre lo útil que es preocuparse. Muchas personas creen, sin decirlo así, que preocuparse evita que pasen cosas malas, que las prepara para lo peor, que es una forma de ser responsable o de querer a alguien. Dugas y Ladouceur (2002, p. 233) listan seis de esas creencias, y todas se refuerzan de la misma manera: te preocupas, lo malo no pasa, y sientes que funcionó. Por eso la técnica que viene no solo reduce el tiempo de preocupación: pone a prueba esa creencia.

    ¿Cuándo la preocupación excesiva deja de ser normal?

    Todo el mundo se preocupa. La diferencia entre la preocupación normal y la preocupación excesiva no está tanto en el tema (familia, plata, trabajo y salud encabezan las listas de todos) como en tres cosas: la variedad, la intensidad y el control. Las personas con trastorno de ansiedad generalizada se preocupan por más situaciones distintas y, sobre todo, por asuntos menores. En el estudio del propio grupo de Dugas, el 86 % de quienes cumplían criterios de ansiedad generalizada decían preocuparse por cosas pequeñas, y responder “no” a la pregunta “¿te preocupas en exceso por cuestiones menores?” descartaba el diagnóstico con mucha precisión (Dugas y Ladouceur, 2002, pp. 214-215).

    El trastorno de ansiedad generalizada (TAG) es la versión clínica de “me preocupo por todo”: preocupación excesiva y difícil de controlar, la mayoría de los días, durante al menos seis meses, acompañada de tensión, cansancio, problemas para concentrarse, irritabilidad o mal dormir. Según la revisión clínica del New England Journal of Medicine, lo tiene alrededor del 3 % de los adultos en un año y cerca del 6 % en algún momento de la vida, el doble de mujeres que de hombres, y en la consulta de atención primaria la cifra sube al 7 u 8 % (Stein y Sareen, 2015). Una revisión posterior en JAMA ubica su prevalencia de vida en 6,2 % (Szuhany y Simon, 2022). Es frecuente, y una de las frases del test de más abajo (“toda mi vida he sido una persona muy preocupada”) muestra por qué tanta gente lo vive como una forma de ser y no como algo que se puede tratar.

    Una pista rápida, sin cuestionario: en un estudio con más de 10.000 personas, una sola frase del Cuestionario de Preocupación de Pensilvania, “me preocupo todo el tiempo”, detectó la preocupación problemática casi tan bien como el cuestionario entero (Schroder et al., 2019). Si esa frase te describe, el test de más abajo te va a dar una medida más fina. Si además te preocupa sobre todo tu salud, revisa también el artículo sobre ansiedad por la salud, porque ahí la técnica tiene matices.

    Cómo dejar de preocuparse por todo: la técnica de posponer la preocupación, paso a paso

    La técnica de posponer la preocupación la describieron Borkovec y su equipo en 1983 con un nombre menos amable, “control de estímulos”, tomado de la terapia del insomnio. La idea es la misma que se usa para volver a dormir bien: si la preocupación aparece en cualquier momento y lugar (en la ducha, manejando, en la cama, en medio de una conversación), termina asociada a todo. Al concentrarla en un momento y un lugar concretos, el resto del día queda libre y la preocupación se vuelve más controlable (Borkovec et al., 1983; Tolin, 2024, pp. 197-198). Así se hace:

    1. Elige tu hora y tu lugar de preocupación. Un bloque de 15 a 30 minutos, todos los días a la misma hora, en el mismo sitio. Que sea un lugar donde no duermas (un escritorio o la mesa del comedor sirven, la cama no) y que no sea la última hora antes de acostarte. Media tarde o después de almuerzo suelen funcionar bien.
    2. Detecta la preocupación cuando aparece. Al principio cuesta, porque la preocupación se disfraza de “estar pensando”. Señales: la pregunta “¿y si…?”, la tensión en la mandíbula o el estómago, releer el mismo mensaje. Ponerle nombre (“esto es preocupación”) ya es parte del trabajo.
    3. Anótala en una frase y pospónla. Una libreta o una nota en el celular: “que el examen salga mal”, “que no me alcance para fin de mes”. Y una frase que te digas: “de esto me ocupo a las seis”. No la discutes ni la resuelves ahora; solo la agendas.
    4. Vuelve al presente. Redirige la atención a lo que estabas haciendo, con los cinco sentidos si hace falta (qué escuchas, qué tocas). La preocupación va a volver varias veces. Cada vez, mismo paso: anotar, posponer, volver. No es un fracaso; es la repetición la que enseña.
    5. Cuando llega la hora, preocúpate de verdad. Siéntate con la lista y dedícale el bloque completo. La tarea aquí es trabajar cada preocupación como se explica en la sección siguiente (rumiar en círculos es justo lo que se quiere evitar): decidir si es un problema real y modificable, y qué paso concreto sigue.
    6. Termina a la hora. Cuando se acaba el bloque, cierras la libreta. Lo que quedó pendiente pasa a la lista de mañana.

    Una mejora que sí tiene respaldo: escribe tus planes “si-entonces” antes de empezar. Por ejemplo: “si me pillo preocupándome en el trabajo, entonces lo anoto en la app y respiro tres veces”; “si aparece en la cama, entonces la escribo en el papel del velador y apago la luz”. En un ensayo online de 14 días con 186 adultos, el grupo que añadió esos planes a la técnica de posponer redujo la duración diaria de la preocupación unos 15 minutos más que el grupo que solo posponía (McCarrick et al., 2025). Es el tipo de detalle que separa “ya lo intenté” de “lo hice”.

    Dos errores frecuentes. El primero es usar el tiempo de preocupación para tranquilizarse (“seguro no pasa nada”): eso es buscar certeza otra vez, y alimenta el problema. El segundo es saltarse la cita porque “hoy no estoy tan preocupado”: la técnica funciona por la rutina, no por la urgencia. Si un día la lista está vacía, siéntate igual los 15 minutos.

    Qué hacer en el tiempo de preocupación: lo que puedes controlar y lo que no (preocupación productiva e improductiva)

    Aquí está la parte que la mayoría de las guías se salta. Posponer la preocupación te da un espacio; lo que hagas en ese espacio decide si sales mejor o si solo cambiaste de horario para rumiar. Dugas y Ladouceur (2002, pp. 221-223) proponen dividir las preocupaciones en tres tipos, porque cada uno pide una respuesta distinta:

    Tipo de preocupación Ejemplo Qué hacer con ella
    Problema real y modificable Un plazo que se acerca, un conflicto con alguien, el auto que suena raro Solución de problemas: definir el problema, listar opciones, elegir una, ejecutarla y ver qué pasó
    Problema real pero no modificable La enfermedad de un familiar, una decisión de la empresa que no depende de ti Afrontamiento centrado en la emoción: aceptar lo que no controlas, cuidar cómo lo llevas, buscar apoyo
    Suceso improbable, sin problema actual Arruinarse algún día, enfermar de gravedad sin ningún síntoma Ni resolver ni tranquilizar: mirar la imagen temida de frente en vez de darle vueltas con palabras

    El primer tipo es lo que Tolin (2024, p. 391) llama, siguiendo a Leahy, preocupación productiva: la que termina en una acción. El segundo y el tercero son preocupación improductiva, “girar en el barro”: mucho pensamiento, ninguna decisión posible. La prueba práctica en tu tiempo de preocupación es una sola pregunta por cada línea de la lista: “¿hay algo que yo pueda hacer hoy o esta semana sobre esto?”. Si la respuesta es sí, escribes el paso y la fecha, y esa preocupación se convierte en una tarea. Si la respuesta es no, la preocupación no tiene trabajo que hacer, y tu trabajo es dejar de exigirle una solución.

    Un dato que ayuda a entender por qué esto funciona: las personas que se preocupan mucho no carecen de habilidades para resolver problemas. Lo que falla es la reacción inicial ante el problema, verlo como una amenaza en lugar de como algo por resolver, y esa reacción bloquea las habilidades que sí tienen (Dugas y Ladouceur, 2002, pp. 215-216). El tiempo de preocupación, bien usado, es un entrenamiento en esa reacción inicial. Si quieres estructurar mejor el primer tipo, el artículo sobre terapia cognitivo conductual para la ansiedad explica cómo se trabaja en sesión.

    Para el tercer tipo, el de las catástrofes improbables, la estrategia de la terapia es distinta y conviene hacerla con un profesional: se identifica la peor imagen (¿y si eso pasara, qué significaría?, ¿y después?) y se la sostiene el tiempo suficiente para que deje de asustar, sin neutralizarla con frases tranquilizadoras. Es exposición, no reflexión. Y si tu problema es más darle vueltas al pasado que anticipar el futuro, eso se llama rumiación y tiene su propio artículo: cómo dejar de pensar demasiado.

    El registro de desenlaces: comprobar qué pasó con lo que temías

    Hay un complemento de la libreta que vale oro y casi nadie usa: volver a leer las preocupaciones viejas y anotar qué pasó de verdad. En un ensayo con 51 adultos con ansiedad generalizada, registrar las preocupaciones y seguir su resultado durante 10 días redujo la preocupación más que llevar un diario de pensamientos cualquiera, y la mejora se mantuvo a los 20 días (LaFreniere y Newman, 2016). La versión en app, con 117 personas con el mismo diagnóstico, repitió el resultado y añadió la cifra que más impresiona: el 89 % de las cosas que los participantes temían no ocurrió, y cuando ocurrieron, la persona lo manejó mejor de lo que esperaba el 84 % de las veces (Schwob y Newman, 2026).

    Ese porcentaje no es un consuelo: es un dato tuyo. Cuando llevas un mes de lista, puedes contar cuántas de tus propias preocupaciones se cumplieron. La creencia de que preocuparse “sirve para prepararse” se cae sola frente a tu cuaderno, y en el ensayo de la app fue justamente eso lo que bajó: las creencias positivas sobre la preocupación. Por eso conviene que tu tiempo de preocupación termine siempre con dos minutos de revisar las entradas de hace una o dos semanas y marcarlas: pasó / no pasó / pasó y lo resolví.

    ¿Funciona de verdad? Lo que dicen los ensayos (y sus límites)

    Sí, con matices que conviene conocer antes de empezar. La técnica de posponer la preocupación se ha probado sola, como única intervención, en varios ensayos:

    • En 53 adultos con preocupación alta, dos semanas de un periodo diario de 30 minutos, a hora y lugar fijos, redujeron la preocupación, la ansiedad, el afecto negativo y el insomnio más que la condición de control; no mejoraron la depresión (McGowan y Behar, 2013).
    • En 47 personas con diagnóstico de ansiedad generalizada, dos sesiones de posponer la preocupación, planteada como un experimento para descubrir que la preocupación sí se puede controlar, bajaron la preocupación con un efecto grande que seguía ahí a las cuatro semanas (Krzikalla et al., 2024). En el grupo con hipocondría del mismo estudio el efecto no fue significativo.
    • En el ensayo de 14 días ya citado, posponer redujo la preocupación diaria, pero ninguna versión de la técnica mejoró el sueño: ni la latencia, ni los despertares, ni la calidad (McCarrick et al., 2025). Si tu problema principal es dormir, la técnica ayuda con la preocupación de la tarde, no reemplaza un tratamiento del insomnio.
    • Y un resultado nulo que hay que decir: en 114 estudiantes con mucha preocupación por su salud, posponer la preocupación a 30 minutos de la tarde no redujo ni la preocupación ni las molestias físicas (Mobach et al., 2019). La técnica no es universal, y la ansiedad por la salud parece un terreno donde rinde menos.

    Como pieza dentro de una terapia completa, la evidencia es más amplia. Un metaanálisis de 55 ensayos encontró que la terapia cognitivo conductual reduce el pensamiento negativo repetitivo (preocupación y rumiación) con un efecto moderado, y que los programas diseñados específicamente para ese pensamiento funcionan mejor que la TCC genérica (Stenzel et al., 2025). Otro, con 26 estudios y 1.199 adultos con ansiedad generalizada, mostró que los tratamientos psicológicos reducen la preocupación con un efecto grande y que trabajar directamente la intolerancia a la incertidumbre añade beneficio al terminar la terapia (Wilson et al., 2023). El metaanálisis en red más reciente puso al protocolo de Dugas, el mismo de la tabla de arriba, entre los de mejor eficacia a corto y largo plazo, y encontró que tener un clínico guiando el proceso aumenta el efecto (Dai et al., 2025).

    Dos datos más para calibrar expectativas. Entre las psicoterapias serias para la ansiedad generalizada las diferencias de eficacia son pequeñas: relajación aplicada y TCC rinden casi igual al seguimiento (Flückiger et al., 2022). Y más no es mejor: en 41 ensayos con 1.607 adultos, el número de sesiones no se relacionó con el resultado, aunque las sesiones de más de 60 minutos produjeron efectos mayores (Whittington et al., 2026). Traducido: una técnica bien hecha, con constancia, pesa más que acumular horas.

    Test: ¿cuánto te preocupas comparado con otras personas?

    Antes de responder, tres cosas. El cuestionario que viene es el PSWQ (Penn State Worry Questionnaire), el instrumento más usado en el mundo para medir la tendencia a preocuparse. Lo crearon Meyer, Miller, Metzger y Borkovec en 1990 y, en su estudio original, distinguió a quienes cumplían todos, algunos o ningún criterio de ansiedad generalizada, sin que las respuestas se vieran afectadas por el deseo de quedar bien (Meyer et al., 1990). Es de dominio público, y la versión en español que vas a leer es la adaptación de Sandín y Chorot, validada en 1.052 adultos españoles (Sandín et al., 2009).

    Segundo: mide un rasgo, no un estado. Responde pensando en cómo eres en general, no en cómo estuviste esta semana. Tercero: el resultado te ubica en un percentil frente a esa muestra de referencia, que eran adultos jóvenes sin diagnóstico. No es un diagnóstico y no pretende serlo. Ahora sí: responde con calma las 16 frases, no hay respuestas trampa.

    Test de preocupación: Cuestionario de Preocupación de Pensilvania (PSWQ)

    Vas a leer 16 frases sobre formas de sentir que tiene la gente. Marca en cada una qué tan típica es en ti, pensando en cómo eres habitualmente (no solo esta semana). No le des muchas vueltas: responde lo primero que te salga. Tarda unos tres minutos.

    1 No es en absoluto típico en mí2 Poco típico3 Relativamente típico4 Bastante típico5 Muy típico en mí

    Instrumento: Penn State Worry Questionnaire (PSWQ; Meyer, Miller, Metzger y Borkovec, 1990), de dominio público. Versión en español: adaptación de Sandín y Chorot (1995), publicada en Sandín, Chorot, Valiente y Lostao (2009), Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 14(2), 107-122. Los percentiles son los de esa muestra española no clínica (1.052 adultos jóvenes). Mide la tendencia a preocuparse, no diagnostica ningún trastorno: solo una evaluación clínica puede hacerlo. Tus respuestas no se envían ni se guardan en ningún servidor.

    Cómo interpretar tu resultado en el PSWQ

    El PSWQ va de 16 a 80 puntos. En la muestra española de referencia, la media fue de 49,8 (46,6 en hombres y 51,2 en mujeres), la mitad de las personas sacó 50 o menos, el 75 % sacó 59 o menos y solo el 10 % superó los 66 (Sandín et al., 2009). Por eso el test te devuelve un percentil: es la forma honesta de leer un puntaje cuando no existe un punto de corte validado para población hispanohablante.

    ¿Y los puntos de corte que circulan por internet? Existen, pero dependen del país y de con quién se compare. En la validación coreana con entrevista diagnóstica, 53 puntos fue el valor que mejor separó a personas con ansiedad generalizada de personas sanas, y 61 el que las separó de personas con otros trastornos de ansiedad; los autores advierten que la cultura mueve esos números (Park et al., 2014). Tómalos como referencia, no como frontera.

    Un detalle técnico que sí te afecta: las cinco frases en negativo del cuestionario (1, 3, 8, 10 y 11) se responden peor que las demás, y por eso los estudios en español recomiendan la versión de 11 frases directas, el PSWQ-11 (Sandín et al., 2009). Un estudio con 2.267 personas en México llegó a la misma conclusión (Padrós-Blázquez et al., 2018), y otro en 272 pacientes mostró que las versiones cortas criban la ansiedad generalizada igual de bien que la completa y que los puntajes bajan con el tratamiento (Kertz et al., 2014). El test te muestra ambas sumas; si repites el cuestionario dentro de un mes de practicar la técnica, compara el PSWQ-11.

    Si tu resultado salió alto y quieres una segunda mirada con un instrumento distinto, el GAD-7 mide los síntomas de las últimas dos semanas y está disponible en el test de ansiedad y depresión del sitio.

    Cuándo buscar ayuda profesional

    La técnica de posponer la preocupación es de autoayuda y puedes empezarla hoy. Pero hay señales de que conviene hacerla acompañado por un psicólogo:

    • Llevas más de seis meses preocupándote la mayoría de los días y sientes que no lo controlas. Ese es el umbral de tiempo del trastorno de ansiedad generalizada según MedlinePlus y el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos.
    • La preocupación viene con el cuerpo tomado: tensión muscular, cansancio, dificultad para concentrarte, irritabilidad, dormir mal.
    • Probaste la técnica dos o tres semanas, con constancia, y no notas cambio. El ensayo con ansiedad por la salud lo mostró: hay perfiles donde sola no alcanza.
    • La preocupación te está costando cosas concretas: evitas decisiones, pides confirmación todo el tiempo, dejaste de hacer planes.
    • Aparecen ideas de que no vale la pena seguir. Eso ya no es preocupación y merece consulta pronto.

    En terapia, la técnica se integra con lo demás: la exposición a la peor imagen para las preocupaciones improbables, el trabajo con la intolerancia a la incertidumbre y, si hace falta, la coordinación con un médico. La Asociación Americana de Psicología señala la terapia cognitivo conductual como un tratamiento eficaz para los trastornos de ansiedad, y el artículo sobre controlar la ansiedad sin medicamentos resume qué más tiene respaldo. Si quieres partir por ahí, puedes agendar una consulta online: en la primera sesión se revisa tu lista de preocupaciones y se arma el plan.

    Preguntas frecuentes sobre cómo dejar de preocuparse por todo

    ¿Posponer la preocupación no es lo mismo que reprimirla?

    No. Reprimir es intentar que el pensamiento no exista, y eso lo hace volver con más fuerza. Posponer es lo contrario: reconoces la preocupación, la anotas y le das un espacio garantizado más tarde. En el ensayo de Krzikalla et al. (2024) la técnica redujo la sensación de que la preocupación es incontrolable, justo porque la persona comprueba que puede moverla de hora sin que explote nada.

    ¿Cuánto debe durar el tiempo de preocupación?

    Entre 15 y 30 minutos. Los ensayos que mostraron resultados usaron 30 minutos diarios (McGowan y Behar, 2013). Menos de 15 suele no alcanzar para trabajar la lista; más de 30 se convierte en rumiación. Lo importante es que sea siempre la misma duración y que termines a la hora, aunque quede algo pendiente: eso también se pospone.

    ¿A qué hora conviene programarlo?

    A media tarde o temprano en la noche, nunca en la última hora antes de dormir y nunca en la cama. La cama tiene que quedar asociada solo a dormir; si la preocupación te asalta acostado, anótala en un papel del velador y déjala para mañana. En el ensayo de 14 días, la técnica no mejoró el sueño por sí sola (McCarrick et al., 2025), así que si el insomnio es lo principal, conviene tratarlo aparte.

    ¿Qué hago si no logro posponerla y sigo dándole vueltas?

    Es lo esperable las primeras semanas. Cada vez que te pilles, repite el ciclo: anotar, decirte la frase (“de esto me ocupo a las seis”), volver a lo que hacías. Ayuda tener escritos los planes “si-entonces” para las situaciones donde más se te cuela. Y revisa el contenido: si es una preocupación productiva (hay algo que hacer hoy), hazlo y sácala de la lista.

    ¿Sirve para la ansiedad por la salud o la hipocondría?

    Menos. En un estudio con personas muy preocupadas por su salud, posponer la preocupación no redujo ni la preocupación ni las molestias físicas (Mobach et al., 2019), y en el ensayo de Krzikalla et al. (2024) el efecto en el grupo con hipocondría no fue significativo. Ahí el trabajo central es otro: dejar de buscar certeza sobre el cuerpo (chequeos, consultas repetidas, búsquedas en internet) y exponerse a la duda.

    ¿Es lo mismo preocuparse que rumiar?

    Son primos. La preocupación mira al futuro (“¿y si pasa?”); la rumiación mira al pasado (“¿por qué pasó?, ¿por qué dije eso?”). Las dos son pensamiento repetitivo, las dos responden a la terapia cognitivo conductual con efecto moderado (Stenzel et al., 2025) y el tiempo de preocupación funciona para ambas. Si lo tuyo es más el pasado, el artículo sobre rumiación entra más en detalle.

    Para llevar

    Dejar de preocuparse por todo no se logra pensando menos, sino pensando en un horario. Un bloque diario de 15 a 30 minutos, una libreta donde cada preocupación espera su turno, una pregunta por línea (“¿puedo hacer algo con esto hoy?”) y, al final de cada semana, revisar cuántas de las cosas que temías pasaron de verdad. Dos semanas de práctica bastaron para ver cambios en los ensayos; el test de arriba te sirve para medir el tuyo. Y si llevas meses así, con el cuerpo tenso y el sueño roto, no es falta de voluntad: es ansiedad generalizada, y tiene tratamiento con buena evidencia.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

    Agenda una hora

    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Akbari, M., Sheikhi, S., Navab Safiadin, M. S., Rahmani, M., Forootan, R., & Asmundson, G. J. G. (2026). A hierarchical uncertainty framework of anxiety: Preregistered meta-analytic structural model of intolerance of uncertainty and worry across anxiety disorders. Clinical Psychology Review, 128, 102773. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2026.102773

    Borkovec, T. D., Wilkinson, L., Folensbee, R., & Lerman, C. (1983). Stimulus control applications to the treatment of worry. Behaviour Research and Therapy, 21(3), 247-251. https://doi.org/10.1016/0005-7967(83)90206-1

    Dai, X., Zhang, Z., Sun, L., Zhu, S., Wu, Y., Lian, J., & Deng, X. (2025). (Third-wave) cognitive behavioral therapy for generalized anxiety disorder in adults: A systematic review and Bayesian network meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 187, 134-143. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2025.05.010

    Dugas, M. J., & Ladouceur, R. (2002). Análisis y tratamiento del trastorno por ansiedad generalizada. En V. E. Caballo (Dir.), Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos: Vol. 1. Trastornos por ansiedad, sexuales, afectivos y psicóticos (2.ª ed., pp. 211-240). Siglo XXI.

    Flückiger, C., Carratta, K., Del Re, A. C., Probst, G., Vîslă, A., Gómez Penedo, J. M., & Wampold, B. E. (2022). The relative efficacy of bona fide cognitive behavioral therapy and applied relaxation for generalized anxiety disorder at follow-up: A longitudinal multilevel meta-analysis. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 90(4), 339-352. https://doi.org/10.1037/ccp0000717

    Kertz, S. J., Lee, J., & Björgvinsson, T. (2014). Psychometric properties of abbreviated and ultra-brief versions of the Penn State Worry Questionnaire. Psychological Assessment, 26(4), 1146-1154. https://doi.org/10.1037/a0037251

    Krzikalla, C., Buhlmann, U., Schug, J., Kopei, I., Gerlach, A. L., Doebler, P., Morina, N., & Andor, T. (2024). Worry postponement from the metacognitive perspective: A randomized waitlist-controlled trial. Clinical Psychology in Europe, 6(2), e12741. https://doi.org/10.32872/cpe.12741

    LaFreniere, L. S., & Newman, M. G. (2016). A brief ecological momentary intervention for generalized anxiety disorder: A randomized controlled trial of the Worry Outcome Journal. Depression and Anxiety, 33(9), 829-839. https://doi.org/10.1002/da.22507

    McCarrick, D., Prestwich, A., Ferguson, E., & O’Connor, D. B. (2025). Effects of worry postponement on daily worry and sleep: A randomised controlled trial. Psychology & Health. Publicación anticipada. https://doi.org/10.1080/08870446.2025.2590072

    McGowan, S. K., & Behar, E. (2013). A preliminary investigation of stimulus control training for worry: Effects on anxiety and insomnia. Behavior Modification, 37(1), 90-112. https://doi.org/10.1177/0145445512455661

    Meyer, T. J., Miller, M. L., Metzger, R. L., & Borkovec, T. D. (1990). Development and validation of the Penn State Worry Questionnaire. Behaviour Research and Therapy, 28(6), 487-495. https://doi.org/10.1016/0005-7967(90)90135-6

    Mobach, L., van Schie, H. T., & Näring, G. W. B. (2019). Application of a worry reduction intervention in a medically unexplained symptoms-analogue student-sample. Psychology & Health, 34(6), 677-694. https://doi.org/10.1080/08870446.2018.1562066

    Padrós-Blázquez, F., González-Betanzos, F., Martínez-Medina, M. P., & Wagner, F. (2018). Psychometric characteristics of the original and brief version of the Penn State Worry Questionnaire (PSWQ) in Mexican samples. Actas Españolas de Psiquiatría, 46(4), 117-124. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30079925/

    Park, H.-J., Kim, J.-H., Lee, J.-H., Heo, J.-Y., & Yu, B.-H. (2014). The usefulness of the Korean version of Penn State Worry Questionnaire for screening generalized anxiety disorder: A receiver operating characteristic analysis. Psychiatry Investigation, 11(1), 12-17. https://doi.org/10.4306/pi.2014.11.1.12

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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