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  • Cómo Dejar de Pensar Demasiado: Qué Es la Rumiación y Cómo Cortarla

    Cómo Dejar de Pensar Demasiado: Qué Es la Rumiación y Cómo Cortarla

    Son las dos de la mañana y llevas cuarenta minutos reproduciendo la misma conversación de ayer. Cambias una frase, imaginas cómo debiste responder, vuelves al principio. No estás resolviendo nada y lo sabes, pero apagar eso parece imposible.

    Si buscaste cómo dejar de pensar demasiado, esa rueda ya tiene nombre en psicología: rumiación, lo que en inglés se llama overthinking. Y hay una noticia buena escondida en la investigación de los últimos treinta años. La rumiación no es un rasgo de tu personalidad ni una forma de ser: se comporta como un hábito aprendido, y los hábitos se pueden desarmar. Aquí vas a encontrar qué la distingue de pensar bien, por qué se pega tanto, qué técnicas tienen respaldo real, y cuánto ayudan según los estudios que las midieron.

    En corto: cómo dejar de pensar demasiado

    Pensar demasiado (rumiación) es darle vueltas de forma repetitiva y abstracta a lo que va mal, sin llegar a una acción. Lo que funciona no es intentar no pensar, sino cambiar cómo piensas: pasar de preguntas abstractas (“¿por qué me pasa esto?”) a preguntas concretas (“¿qué hago mañana?”), y tratar el hábito, no el contenido.

    ¿Qué es exactamente la rumiación mental?

    La rumiación es un estilo de respuesta ante el malestar que consiste en centrarse de forma repetida en los síntomas, en las causas y en las consecuencias de ese malestar, sin avanzar hacia ninguna solución. La definición viene de la teoría de los estilos de respuesta que Susan Nolen-Hoeksema formuló en 1991 para explicar por qué a algunas personas la tristeza se les queda pegada mucho más tiempo que a otras (Nolen-Hoeksema, 1991).

    La palabra elegida no es casual. Rumiar es lo que hacen las vacas: devolver el alimento a la boca y masticarlo otra vez. Eso es lo que hace tu cabeza con un problema que ya masticaste.

    Dos décadas de investigación después, la revisión que hicieron Nolen-Hoeksema y sus colegas de su propia teoría confirmó varias cosas y corrigió otras. Lo confirmado: rumiar agrava el ánimo depresivo, intensifica el pensamiento negativo, deteriora la capacidad de resolver problemas, interfiere con actuar y desgasta el apoyo social de quienes te rodean (Nolen-Hoeksema, Wisco & Lyubomirsky, 2008). Lo corregido es más interesante todavía: la rumiación predice de forma más consistente la aparición de un episodio depresivo que su duración.

    Léelo otra vez, porque cambia el encuadre. Rumiar no es solo un síntoma de estar mal. Es también una de las puertas de entrada a un cuadro que, según la Organización Mundial de la Salud, afectaba a unos 332 millones de personas en el mundo.

    Y no se queda en la depresión. Esa misma revisión encontró la rumiación asociada a ansiedad, atracones, consumo excesivo de alcohol y autolesiones (Nolen-Hoeksema et al., 2008).

    ¿Pensar demasiado es lo mismo que preocuparse?

    No. Y confundirlos hace que apliques la estrategia equivocada. La preocupación mira hacia el futuro (“¿y si pasa X?”), la rumiación mira hacia el pasado (“¿por qué pasó X?, ¿qué dice eso de mí?”). Las dos son formas de pensamiento negativo repetitivo, pero se disparan con cosas distintas.

    Hay un tercer caso que la mayoría de los artículos sobre el tema mete en el mismo saco, y es un error: reflexionar no es rumiar. La diferencia no está en cuánto tiempo pasas pensando, sino en el nivel de abstracción.

    Rumiación Preocupación Reflexión útil
    Hacia dónde mira Al pasado, a lo que ya ocurrió Al futuro, a lo que podría ocurrir Al problema concreto que tienes delante
    Pregunta típica ¿Por qué siempre me pasa a mí? ¿Y si sale todo mal? ¿Qué hago el lunes a las 9?
    Nivel Abstracto y evaluativo Abstracto y anticipatorio Concreto y específico
    En qué termina En la misma vuelta, sin acción En más vigilancia y tensión En una decisión o un paso
    Qué siente el cuerpo Pesadez, tristeza, vergüenza Tensión, alerta, inquietud Alivio parcial, foco

    Esa columna del medio importa. Cuando la preocupación se vuelve el centro del cuadro y se generaliza a todo, ya estamos hablando de otra cosa: revisa qué es el trastorno de ansiedad generalizada y cómo se trata, porque el abordaje cambia.

    ¿Por qué no puedo dejar de darle vueltas a todo?

    Porque a esas alturas ya no es una decisión. Es un hábito.

    El modelo más completo que existe hoy sobre qué mantiene la rumiación se llama H-EX-A-GO-N y lo propusieron Edward Watkins y Henrietta Roberts en 2020. Sus cinco piezas explican, cada una, una parte del enganche: desarrollo de hábito, control ejecutivo deficiente, procesamiento abstracto, discrepancias con las metas propias, y sesgo negativo en cómo procesas la información. Según esa revisión, la rumiación nace de quedarse dándole vueltas a metas problemáticas hasta que eso se convierte en un hábito aprendido, con tendencia a procesar lo negativo de forma abstracta, sobre todo cuando el control ejecutivo anda flojo (Watkins & Roberts, 2020).

    La pieza del hábito es la que más cambia lo que puedes hacer al respecto. Un hábito se dispara por un contexto (acostarte, ducharte, manejar solo), no por una decisión consciente. Por eso te sorprende: no elegiste empezar.

    Un modelo integrador publicado en 2025 llega a algo parecido desde otro ángulo, y describe el pensamiento perseverante como una estrategia de autorregulación que falla: intenta cerrar la distancia entre cómo están las cosas y cómo querrías que estuvieran, pero al hacerlo mantiene y amplifica el sufrimiento en vez de reducirlo (Mattioni et al., 2025).

    Dicho simple: tu cabeza cree que está trabajando. Por eso no suelta.

    Qué le hace la rumiación a tu vida

    Aquí es donde conviene ser específico, porque “es malo para ti” no le sirve a nadie.

    Bloquea justo lo que necesitas. Rumiar deteriora la resolución de problemas y frena la conducta instrumental, o sea, la de hacer cosas (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Es una trampa elegante: sientes que le estás dedicando enorme esfuerzo mental al problema mientras el problema queda exactamente igual.

    Cruza los diagnósticos. La revisión de Watkins y Roberts la identifica como una vulnerabilidad transdiagnóstica que impacta en ansiedad, depresión, psicosis, insomnio y conductas impulsivas (Watkins & Roberts, 2020). También reduce la eficacia de las propias intervenciones psicológicas, lo que explica por qué a veces la terapia avanza lento hasta que se aborda la rumiación de frente.

    Es la estrategia que más separa a quienes sufren de quienes no. Un metaanálisis multinivel de 619 estudios, con más de 41.000 participantes clínicos y casi 37.000 controles sanos, comparó estrategias de regulación emocional. La rumiación fue la estrategia desadaptativa con la mayor diferencia de todas (DME = 1,51), por encima de la evitación y de la supresión (Clamor, Lincoln & Schulze, 2026).

    Puede preceder al problema, no solo acompañarlo. Este es el hallazgo que más impresiona. Un estudio holandés siguió durante cuatro años a casi 3.000 adultos. De las 359 personas que vivieron un evento traumático en ese periodo, 52 desarrollaron un trastorno de estrés postraumático. Al analizar qué las diferenciaba, la tendencia a rumiar medida antes del trauma predijo quién lo desarrollaría, controlando historia clínica y diagnósticos previos (Spinhoven et al., 2015). La tendencia a preocuparse, en cambio, no lo predijo.

    Un matiz honesto sobre esa cifra: son 52 casos, y el estudio muestra una asociación, no una condena. Nadie está destinado a nada por rumiar.

    ¿Por qué “deja de pensar en eso” no funciona?

    Seguramente ya te lo dijeron. Y seguramente lo intentaste, con el resultado de siempre.

    La explicación popular es el experimento del oso blanco: si te ordenas no pensar en algo, rebota con más fuerza. Vale la pena decir que esa idea, repetida como hecho asentado en casi todos los artículos sobre el tema, hoy está más discutida de lo que parece. Una revisión de 2025 de los dos grandes paradigmas experimentales concluyó que los efectos paradójicos de la supresión no se han demostrado de forma convincente, y que en población sana suprimir a veces funciona; si resulta adaptativo o no depende de la persona y del contexto (Niczyporuk, 2025).

    Ojo con lo que eso significa y con lo que no. Esa revisión habla sobre todo de estudios de laboratorio con población sana, no de alguien atrapado en una depresión.

    Entonces, si el rebote no es la explicación completa, ¿por qué falla ordenarte parar? Por lo del hábito. Estás peleando con el contenido del pensamiento cuando el problema es el modo en que estás pensando y el contexto que lo dispara. Cambiar de canal a la fuerza no desactiva el mecanismo que enciende la tele.

    Ahí está la salida, y es lo que hacen las terapias que sí funcionan.

    Qué sí funciona para cortar la rumiación

    Empecemos por el dato que ordena todo lo demás.

    Un metaanálisis transdiagnóstico de 2025 reunió 55 ensayos aleatorizados con casi 5.000 participantes para medir cuánto reduce la terapia cognitivo-conductual el pensamiento negativo repetitivo. El efecto global fue moderado (g = -0,67). Pero al separar las intervenciones diseñadas específicamente para atacar ese pensamiento de la TCC genérica, la diferencia fue notoria: g = -0,99 para las específicas frente a g = -0,56 para las menos específicas (Stenzel et al., 2025).

    Traducido: apuntarle directo al hábito de rumiar funciona bastante mejor que trabajar el problema de fondo esperando que la rumiación se caiga sola.

    Eso es exactamente lo que hace la terapia cognitivo-conductual centrada en la rumiación (RFCBT), desarrollada por Watkins. El primer ensayo aleatorizado la probó en 42 personas con depresión residual resistente a medicación, un grupo especialmente difícil: añadir hasta 12 sesiones de RFCBT al tratamiento habitual mejoró de forma significativa los síntomas residuales y las tasas de remisión, y el efecto estuvo mediado por el cambio en la rumiación (Watkins et al., 2011). Los propios autores señalan la limitación: no hubo grupo de control con atención equivalente, así que no puede descartarse que parte del efecto venga de factores inespecíficos de la terapia.

    Un ensayo multicéntrico más reciente probó la versión grupal en 44 estudiantes universitarios con depresión recurrente, comparada con lista de espera. Al terminar las 12 sesiones los síntomas depresivos habían bajado un 65% dentro del grupo, y la rumiación y el afecto negativo un 30% cada uno, con los resultados sostenidos a los seis meses (Hasani et al., 2025). La muestra es pequeña y conviene leerlo como una señal prometedora, no como una cifra definitiva.

    El mindfulness también tiene su lugar, con un efecto más modesto. Un metaanálisis de 29 ensayos aleatorizados con 2.535 participantes encontró que la terapia cognitiva basada en mindfulness reduce la rumiación con un efecto moderado (DME = -0,51), y que el efecto se mantenía en el seguimiento (DME = -0,61). También mejoró el descentramiento, que es la capacidad de ver un pensamiento como un pensamiento y no como la realidad (Wei et al., 2025).

    Si eres joven, hay evidencia dirigida a ti. Una revisión con metaanálisis co-producida con personas que habían vivido ansiedad y depresión reunió 16 estudios con 1.183 participantes de alrededor de 20 años: las intervenciones enfocadas en el pensamiento repetitivo lo redujeron con efectos de pequeños a medianos (g = -0,59 a -0,71), y de paso bajaron ansiedad y síntomas depresivos (Egan et al., 2025). Los autores advierten que la mayoría de los estudios tenía algunas dudas de riesgo de sesgo.

    Cinco técnicas concretas que puedes probar esta semana

    Ninguna de estas es un sustituto de terapia si el cuadro es serio. Son las prácticas que aparecen dentro de los protocolos que acabas de leer, aisladas para que puedas probarlas.

    1. Cambia la pregunta: de abstracta a concreta

    Esta es la técnica central de la RFCBT y la que más rendimiento da por minuto invertido. La rumiación vive en el nivel abstracto, que es donde nunca hay respuesta.

    Cuando te pilles preguntando por qué, cámbialo por cómo o qué:

    • “¿Por qué siempre arruino las cosas?” pasa a “¿Qué hice concretamente en esa reunión y qué haré distinto en la próxima?”
    • “¿Por qué me siento así?” pasa a “¿Qué necesito hacer en la próxima hora?”
    • “¿Qué dice esto de mí?” pasa a “¿Cuál es el siguiente paso, aunque sea diminuto?”

    La prueba de que funcionó es simple: una pregunta concreta termina en algo que puedes agendar. Si tu respuesta no cabe en un calendario, sigues en modo abstracto.

    2. Dale a la rumiación su propia hora

    Suena contraintuitivo, y es justamente por eso que funciona con un hábito. En vez de pelear cada vez, agenda 15 minutos fijos al día, a la misma hora, en el mismo lugar, para darle vueltas a lo que quieras. Cuando el pensamiento aparezca fuera de ese horario, lo anotas en una línea y lo dejas para la cita.

    No estás prohibiéndote pensar. Estás moviendo el hábito a un contexto que tú controlas, que es lo que el modelo del hábito predice que hay que hacer.

    3. Cambia de actividad, en serio

    La distracción tiene peor fama de la que merece. La revisión de Nolen-Hoeksema y colegas es clara en el matiz: los estudios correlacionales no muestran de forma consistente que quienes se distraen tengan menos síntomas, pero decenas de estudios experimentales sí muestran que las distracciones positivas alivian el ánimo depresivo (Nolen-Hoeksema et al., 2008).

    Lo que decide es el tipo de actividad. Sirve la que te absorbe y exige algo de tu atención: cocinar algo con receta, salir a caminar con un destino, ordenar un cajón, una conversación real. No sirve el scroll, que deja tu cabeza libre para seguir rumiando en paralelo.

    4. Observa el pensamiento sin discutir con él

    Es lo que en terapia metacognitiva llaman mindfulness desapegado: notar el pensamiento, reconocer que está ahí, y no engancharte ni a creerlo ni a rebatirlo. Ni discutir ni obedecer. Solo dejarlo pasar como pasa un auto por la calle.

    Una revisión sistemática de 2026 evaluó esta técnica usada por sí sola, fuera del protocolo completo, y encontró mejoras grandes en los tres ensayos clínicos disponibles (g = -1,80). Hay que tomarlo con cautela: son solo tres ensayos, con 256 participantes en total en toda la revisión, limitaciones metodológicas y sin seguimiento a largo plazo (Myers & Solem, 2026). Es prometedor, no concluyente.

    5. Corta el circuito de la noche

    Si tu rumiación es sobre todo nocturna, tienes compañía y tienes salida. Ve la sección siguiente.

    ¿Y si le doy vueltas justo cuando quiero dormir?

    Es el momento clásico, y no es casualidad. Acostarse es un contexto perfecto para el hábito: sin estímulos, sin tareas, con el cuerpo quieto y la cabeza libre.

    La investigación sobre insomnio lo tiene bien identificado. Una revisión sistemática de los modelos teóricos del insomnio publicados hasta 2023 encontró que la rumiación y la preocupación aparecen en prácticamente todos ellos como uno de los procesos que mantienen el problema (Tang et al., 2023). O sea: no es que duermas mal y por eso rumies. Rumiar es parte de lo que sostiene el insomnio.

    Lo interesante es lo que se sigue de ahí. Si el pensamiento repetitivo mantiene el insomnio, tratarlo debería mejorar el sueño. El primer estudio que probó terapia metacognitiva aplicada al insomnio hizo justo eso: en 31 participantes que recibieron hasta diez sesiones, el 57% cumplía criterios de remisión al terminar y el 67% quedó bajo el punto de corte clínico, con un efecto grande en la gravedad del insomnio (Salim et al., 2025).

    Ahora la letra chica, porque importa: fue un estudio de cohorte abierto sin grupo de control. Sin grupo de comparación no se puede saber cuánto de esa mejora se debe a la terapia y cuánto al paso del tiempo o a la expectativa. Los propios autores lo llaman preliminar y piden ensayos controlados. Es una pista buena, no una prueba.

    Mientras tanto, lo práctico: si llevas más de veinte minutos dando vueltas en la cama, levántate y anda a otra habitación a hacer algo tranquilo con luz baja, y vuelve cuando tengas sueño. La cama tiene que volver a significar dormir, no significar pensar. Es el principio del control de estímulos, una de las medidas que recogen las guías de higiene del sueño de MedlinePlus.

    ¿Cuándo pedir ayuda profesional?

    La rumiación ocasional le pasa a todo el mundo. Estas son las señales de que conviene consultar en vez de seguir intentando solo:

    • Llevas semanas en la misma vuelta, no días sueltos.
    • Te está costando el sueño de forma sostenida, o el rendimiento en el trabajo o el estudio.
    • Estás dejando de hacer cosas o de ver gente porque la cabeza te tiene ocupado.
    • Aparecieron síntomas de depresión o de ansiedad además del pensar demasiado.
    • Después de cada situación social repasas durante horas todo lo que dijiste, un patrón muy típico de la ansiedad social.
    • Ya probaste técnicas por tu cuenta durante un tiempo razonable y la rueda sigue igual.

    Hay una razón concreta para no dejarlo correr: la rumiación reduce la eficacia de las intervenciones psicológicas (Watkins & Roberts, 2020), así que tratarla temprano hace que todo lo demás funcione mejor.

    Si aparecen ideas de hacerte daño, eso no se maneja con las técnicas de este artículo. En Chile puedes llamar a Salud Responde al 600 360 7777, que atiende las 24 horas.

    Preguntas frecuentes

    ¿Cuál es la diferencia entre rumiación y preocupación?
    La rumiación mira al pasado y se centra en lo que ya ocurrió y en lo que eso significa de ti. La preocupación mira al futuro y anticipa lo que podría salir mal. Las dos son pensamiento negativo repetitivo y suelen convivir, pero se disparan con cosas distintas y requieren técnicas algo diferentes.

    ¿Pensar mucho es una enfermedad mental?
    No. Rumiar es un patrón de pensamiento, no un diagnóstico, y todo el mundo lo hace alguna vez. Se vuelve un problema clínico cuando se sostiene en el tiempo, interfiere con dormir, trabajar o relacionarte, y aparece junto a síntomas de ansiedad o depresión.

    ¿Cuánto tarda en irse la rumiación con terapia?
    Los ensayos de terapia centrada en la rumiación trabajan con protocolos de alrededor de 10 a 12 sesiones. En el ensayo grupal de 2025, los cambios en rumiación y síntomas se observaron al terminar ese periodo y se mantuvieron a los seis meses (Hasani et al., 2025).

    ¿Sirve el mindfulness para dejar de pensar demasiado?
    Sí, con un efecto moderado. Un metaanálisis de 29 ensayos aleatorizados encontró que la terapia cognitiva basada en mindfulness reduce la rumiación (DME = -0,51) y que el efecto se sostiene en el seguimiento (Wei et al., 2025). Las intervenciones diseñadas específicamente contra el pensamiento repetitivo suelen rendir algo más.

    ¿Por qué rumio más de noche?
    Porque acostarse es el contexto ideal para el hábito: sin tareas, sin estímulos y con la cabeza disponible. Además la rumiación aparece en casi todos los modelos teóricos del insomnio como uno de los procesos que lo mantienen (Tang et al., 2023), así que el circuito se retroalimenta.

    ¿Es verdad que si intento no pensar en algo pienso más?
    Es más discutido de lo que se suele decir. Una revisión de 2025 concluyó que los efectos paradójicos de la supresión no están demostrados de forma convincente y que en población sana suprimir a veces funciona (Niczyporuk, 2025). Aun así, ordenarte parar rara vez resuelve la rumiación, porque el problema está en el modo abstracto de pensar y no en el contenido.

    ¿Rumiar puede causar depresión o es al revés?
    Van en las dos direcciones, pero la evidencia sorprende: la rumiación predice de forma más consistente la aparición de un episodio depresivo que su duración (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Un estudio longitudinal de cuatro años encontró además que rumiar antes de vivir un trauma predecía desarrollar estrés postraumático después (Spinhoven et al., 2015).

    Un último apunte, y qué hacer con esto

    Si algo vale la pena que te lleves, es que la rumiación se comporta como un hábito y no como un defecto de carácter. Eso cambia la pregunta: deja de ser “¿qué me pasa?” y pasa a ser “¿qué contexto lo dispara y con qué lo reemplazo?”.

    Empieza por una sola de las cinco técnicas, la que te resulte menos incómoda, y dale una semana completa antes de juzgarla. Los hábitos no se desarman en una tarde.

    Y si llevas meses en la misma vuelta, si te está costando dormir o si ya notas que se te fue apagando el ánimo, ese es el punto donde acompañarse rinde mucho más que insistir solo. Escríbeme para una primera consulta y lo conversamos con calma.

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    Referencias

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    Hasani, M., Zenoozian, S., Ahmadi, R., Khakpoor, S., Saberi, S., Pirzeh, R., & Saed, O. (2025). Evaluating the efficacy of rumination-focused cognitive-behavioral therapy in alleviating depression, negative affect, and rumination among patients with recurrent major depressive disorder: a randomized, multicenter clinical trial. BMC Psychiatry, 25(1), 626. https://doi.org/10.1186/s12888-025-07065-y

    Mattioni, L., Nikčević, A. V., Ferri, F., Spada, M. M., & Sestieri, C. (2025). An integrative model of perseverative thinking. Dialogues in Clinical Neuroscience, 27(1), 34-54. https://doi.org/10.1080/19585969.2025.2481658

    Myers, S. G., & Solem, S. (2026). Detached mindfulness as a stand-alone intervention: a Systematic Review and meta-analysis. Frontiers in Psychiatry, 17, 1771705. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2026.1771705

    Niczyporuk, A. (2025). The effectiveness and adaptiveness of suppressing unwanted thoughts. Psychonomic Bulletin & Review, 33, 5. https://doi.org/10.3758/s13423-025-02763-w

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    Spinhoven, P., Penninx, B. W., Krempeniou, A., van Hemert, A. M., & Elzinga, B. (2015). Trait rumination predicts onset of Post-Traumatic Stress Disorder through trauma-related cognitive appraisals: A 4-year longitudinal study. Behaviour Research and Therapy, 71, 101-109. https://doi.org/10.1016/j.brat.2015.06.004

    Stenzel, K. L., Keller, J., Kirchner, L., Rief, W., & Berg, M. (2025). Efficacy of cognitive behavioral therapy in treating repetitive negative thinking, rumination, and worry: a transdiagnostic meta-analysis. Psychological Medicine, 55, e31. https://doi.org/10.1017/s0033291725000017

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    Nicolás Alcayaga, psicólogo clínico

    Nicolás Alcayaga

    Psicólogo Clínico · Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

    Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud) · Quién soy →

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.