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  • Parálisis del sueño: qué es, por qué pasa y qué hacer cuando ocurre

    Parálisis del sueño: qué es, por qué pasa y qué hacer cuando ocurre

    Abres los ojos en medio de la noche. Sabes dónde estás, ves tu pieza, pero el cuerpo no responde. Quieres gritar y no sale la voz. A veces se suma la sensación de que alguien está en la habitación o de que algo te aprieta el pecho.

    Pasan segundos que parecen una eternidad, y de pronto todo termina. «Me desperté y no podía moverme» es la frase que más resume la parálisis del sueño, y deja pensando si es peligrosa.

    Este artículo explica qué ocurre en el cuerpo y en el cerebro, cuánta gente la vive, qué la desencadena, qué se sabe (y qué no) sobre lo que ayuda y cuándo conviene consultar.

    Respuesta corta: la parálisis del sueño es un episodio de inmovilidad al dormirse o al despertar, con plena conciencia, porque el apagón muscular propio del sueño REM se prolonga unos segundos hacia la vigilia.

    Suele durar segundos o uno o dos minutos y, cuando es un hecho aislado, no daña el cuerpo. Lo que pesa es la frecuencia, el miedo que deja y si aparece junto a somnolencia diurna intensa.

    ¿Qué es la parálisis del sueño?

    Es una parasomnia: un fenómeno raro que ocurre en la transición entre el sueño y la vigilia. La persona está consciente y no puede mover los músculos voluntarios, ni los brazos ni las piernas ni la voz. Según MedlinePlus, los episodios duran desde unos cuantos segundos hasta uno o dos minutos y terminan solos o cuando alguien toca a la persona.

    Cuando aparece sin narcolepsia ni otra enfermedad que la explique, se llama parálisis del sueño aislada. Si se repite y deja miedo, evitación de dormir o malestar clínico, se habla de parálisis del sueño aislada recurrente, un trastorno del sueño reconocido pero poco conocido fuera de la medicina del sueño (Sharpless, 2016).

    También hay una diferencia práctica con otras experiencias nocturnas. En la pesadilla estás dormido dentro de un sueño. En el terror nocturno hay gritos y movimiento sin conciencia de lo que ocurre. En la parálisis del sueño estás despierto por dentro y quieto por fuera, y por eso asusta tanto. Si lo tuyo son más bien las pesadillas, lo explicamos en pesadillas frecuentes en adultos.

    ¿Por qué pasa la parálisis del sueño? Lo que ocurre en el cuerpo y en el cerebro

    Durante el sueño REM, el que acompaña a la mayoría de los sueños, el cerebro apaga los músculos voluntarios para que no actúes lo que sueñas. En ratas, un experimento mostró que ese apagón lo produce un impulso potente de dos mensajeros químicos, GABA y glicina, que silencian a las neuronas que mueven los músculos (Brooks y Peever, 2012).

    En la parálisis del sueño ese apagón se prolonga mientras la conciencia vuelve. Un registro en cinco personas encontró durante los episodios un ritmo cerebral intermedio entre la vigilia y el sueño REM, con predominio de ondas theta, lo que sugiere que el cerebro sigue en estado de sueño aunque la persona sienta que está despierta (Mainieri et al., 2021).

    Los ojos y la respiración siguen funcionando. Por eso muchas personas notan el aire entrando y saliendo, pero con una sensación de presión en el pecho que cuesta interpretar (Sharpless, 2016).

    En el laboratorio se pudo provocar. En un estudio con 16 adultos sanos, interrumpir el sueño durante una hora produjo seis episodios de parálisis aislada (9,4 % de las interrupciones), casi todos desde un periodo REM que empezó al volver a dormirse. Todos los voluntarios estaban conscientes y casi todos refirieron alucinaciones y emociones desagradables (Takeuchi et al., 1992).

    ¿Qué se siente? Los tres tipos de alucinaciones

    Durante la parálisis puede aparecer material de sueño sobre la habitación real. Un modelo clásico reunió esas experiencias en tres grupos, a partir de encuestas grandes (Cheyne et al., 1999):

    TipoQué se viveCómo se explica
    IntrusoPresencia en la habitación, miedo intenso, sombras, pasos o vocesUn estado de hipervigilancia que parte del cerebro medio busca al peligro y lo “encuentra”
    IncuboPeso o presión en el pecho, dificultad para respirar, dolorLa inhibición de las neuronas motoras altera cómo se percibe el esfuerzo de respirar
    Experiencias corporales inusualesFlotar, volar, salir del cuerpo, a veces una sensación placenteraConflicto entre la señal del cuerpo y la del cerebro sobre posición y movimiento

    Los dos primeros tipos comparten una idea de “otro” que amenaza, y por eso en muchas culturas se contaron como visitas de espíritus. En una encuesta en Dinamarca y Egipto, los egipcios que habían vivido episodios refirieron más episodios en la vida (media de 19,4 frente a 6,0), inmovilidad más prolongada y miedo a morir, sobre todo si atribuían la parálisis a lo sobrenatural (Jalal y Hinton, 2013).

    Eso aclara algo útil: la forma en que interpretas el episodio influye en cuánto miedo te deja. Sharpless (2016) recoge además que quien no tiene una explicación médica suele pensar que se está muriendo, que le dará un derrame o que la parálisis será permanente.

    ¿Cuánta gente la vive?

    Mucha más de la que lo cuenta. Una revisión de 35 estudios con 36.533 personas calculó la prevalencia de vida, es decir, la proporción que tuvo al menos un episodio (Sharpless y Barber, 2011):

    GrupoAl menos un episodio en la vida
    Población general7,6 %
    Estudiantes28,3 %
    Pacientes psiquiátricos31,9 %
    Pacientes con trastorno de pánico34,6 %

    La cifra de la población general depende mucho de cómo se pregunta. En una muestra representativa de Alemania e Italia con 8.085 personas fue de 6,2 %; el 0,8 % tenía un episodio por semana o más, el 1,4 % uno al mes o más y el 4,0 % menos de uno al mes (Ohayon et al., 1999).

    Entre adolescentes japoneses, en una encuesta con 90.081 estudiantes, fue de 8,3 % (Munezawa et al., 2011).

    No encontramos en las fuentes revisadas una medición en población chilena, así que estas cifras vienen de otros países.

    ¿Qué la desencadena? Causas y factores de riesgo

    Las causas de la parálisis del sueño no se conocen del todo. Una revisión sistemática de 42 estudios agrupó lo asociado a la parálisis en varios temas: consumo de sustancias, estrés y trauma, genética, enfermedad física, personalidad, creencias anómalas, problemas del sueño y síntomas de ansiedad (Denis et al., 2018). Los factores con más respaldo son estos.

    Dormir mal o con horarios irregulares. Una peor calidad de sueño aumenta las probabilidades de parálisis en varios estudios, y los síntomas de insomnio (aunque no el diagnóstico) también la predicen. Las pocas mediciones objetivas la describen como un estado mixto entre REM y vigilia (Denis, 2018).

    En adolescentes japoneses se asoció además a siestas largas, a acostarse muy temprano o muy tarde, a tardar en dormirse y a la somnolencia diurna (Munezawa et al., 2011).

    Las pautas más eficaces, concluye una revisión de 2021, pasan por evitar la privación de sueño, los horarios irregulares y el desfase horario (Stefani y Högl, 2021).

    Dormir boca arriba. En una encuesta con 6.730 personas, más gente la refirió en esa posición que en todas las demás juntas, y la posición fue de tres a cuatro veces más común durante la parálisis que al dormirse normalmente. A mitad y final de la noche podría deberse a microdespertares durante el REM, quizá inducidos por apnea (Cheyne, 2002).

    Si además roncas o te despiertas ahogado, revisa apnea del sueño y salud mental.

    Genética. En un estudio de gemelos con 862 jóvenes de Inglaterra y Gales, la influencia genética fue moderada (53 %), y la calidad del sueño, los síntomas de ansiedad y haber vivido eventos amenazantes se asociaron de forma independiente (Denis et al., 2015).

    Alcohol y algunos medicamentos. El consumo de alcohol se asoció a la parálisis en los adolescentes japoneses (Munezawa et al., 2011). En la muestra alemana e italiana, quienes usaban ansiolíticos tenían casi cinco veces más probabilidad de referirla, incluso controlando por trastornos mentales y del sueño (Ohayon et al., 1999). Eso no autoriza a suspender un medicamento por cuenta propia: cualquier cambio se conversa con quien lo recetó.

    Parálisis del sueño y psicología: trauma, pánico y depresión

    La parálisis es especialmente frecuente en algunos cuadros, y conviene saberlo porque a veces es la pista de otro problema.

    En 100 refugiados camboyanos de una clínica psiquiátrica, el 49 % había tenido parálisis en el último año; entre los 46 con estrés postraumático, el 65 % tenía episodios cada mes, frente al 14,85 % de los 54 sin ese diagnóstico, y los episodios se acompañaron de ataques de pánico (Hinton et al., 2005).

    La revisión de Denis et al. (2018) concluye que es particularmente prevalente en el estrés postraumático y, en menor grado, en el trastorno de pánico.

    En 133 personas que consultaban por ataques de pánico, el 29,3 % cumplía criterios de parálisis aislada de por vida y el 20,3 % los de una versión con miedo. Solo esa versión con miedo se asoció con estrés postraumático, índice de masa corporal y sensibilidad a la ansiedad, es decir, el miedo a las propias sensaciones físicas (Sharpless et al., 2010).

    Sobre el pánico que despierta de noche, hay más en ataque de pánico nocturno.

    La depresión también aparece. En una cohorte comunitaria de 866 adultos, la depresión se asoció con parálisis del sueño y con cataplejía sin que la ansiedad lo explicara (Szklo-Coxe et al., 2007). Si tras un trauma las noches se volvieron un problema, puede ayudar leer TEPT complejo y el artículo sobre trastorno de pánico.

    ¿Es peligrosa la parálisis del sueño? Consecuencias

    Como hecho aislado, no causa daño físico: los músculos de la respiración funcionan, el episodio termina solo y no hay consecuencias para el cuerpo. MedlinePlus indica que, si no hay un problema de fondo, muchas veces no hace falta tratamiento.

    El malestar es lo que merece atención. Casi todos los episodios se viven con miedo, y en una minoría producen angustia clínicamente significativa, miedo a dormir o más insomnio (Denis, 2018).

    En una muestra de 439 estudiantes polacos, el 32 % había vivido parálisis; entre ellos, el 94 % tuvo síntomas físicos, sobre todo taquicardia (76 %), el 93 % sintió miedo (el 46 %, miedo a morir) y el 66 % tuvo alucinaciones (Wróbel-Knybel et al., 2020).

    Que el episodio asuste no lo hace peligroso, pero sí merece atención cuando se repite y empieza a condicionar tus noches.

    ¿Qué hacer durante un episodio de parálisis del sueño?

    Las estrategias que se describen vienen de guías clínicas y de reportes de casos, no de ensayos con grupo control, así que conviene verlas como ideas razonables y no como técnicas probadas. Según Sharpless (2016), estas son las que suelen intentarse:

    1. Nombrar lo que ocurre. Pensar «es una parálisis del sueño, es temporal y no me hace daño» baja la alarma que alimenta las alucinaciones.
    2. Respirar lento y no pelear contra la rigidez, porque el esfuerzo por escapar sube el pánico.
    3. Mover partes pequeñas, como los dedos de los pies o de las manos, o la cara, que suelen ceder primero.
    4. Pedir un toque. Si hay alguien al lado, que te toque o te hable corta el episodio, como también señala MedlinePlus.

    Una propuesta más reciente es la terapia de meditación y relajación, que combina cuatro pasos durante el episodio: reinterpretar su significado, tomar distancia emocional, dirigir la atención a un recuerdo agradable y relajar los músculos. Su autora la describió con casos ilustrativos (Jalal, 2016).

    En un piloto con diez personas con narcolepsia, ocho semanas de esa terapia (seis personas) redujeron un 50 % los días con parálisis y un 54 % los episodios del último mes, sin cambio en el grupo que practicó respiración profunda (cuatro personas).

    Los propios autores lo consideran preliminar por el tamaño de la muestra (Jalal et al., 2020).

    Tratamiento de la parálisis del sueño: ¿cómo evitar que vuelva a pasar?

    La evidencia es limitada y conviene decirlo sin rodeos. La guía clínica de Sharpless (2016) describe opciones farmacológicas y psicoterapéuticas “prometedoras” que requieren más respaldo y ensayos grandes y bien controlados. Eso significa que hoy no hay un tratamiento con eficacia demostrada en ensayos rigurosos.

    Por lo que se sabe de los desencadenantes, tiene sentido hacer lo siguiente:

    • Regularizar el sueño. Acostarte y levantarte a horas parecidas, dormir lo suficiente y evitar las noches cortadas es la pauta más repetida (Stefani y Högl, 2021). En higiene del sueño está el detalle.
    • Probar dormir de lado, dado el peso de la posición boca arriba (Cheyne, 2002). Un reporte de un solo caso describió a un hombre con apnea posicional que dejó de tener parálisis al usar un dispositivo que lo mantiene de costado (Cui et al., 2022); es una anécdota, no una prueba.
    • Reducir el alcohol, que se asoció con la parálisis en adolescentes (Munezawa et al., 2011).
    • Tratar lo que hay detrás, si existe: ansiedad, estrés postraumático, depresión o apnea. En personas con un problema de salud mental, tratarlo puede resolver también la parálisis, señala MedlinePlus.
    • Psicoterapia dirigida. Sharpless (2016) menciona una terapia cognitivo-conductual específica de cinco sesiones (psicoeducación, relajación, reestructuración de creencias catastróficas y práctica de cómo interrumpir el episodio), apoyada en series pequeñas y no en ensayos grandes.

    La misma guía menciona que se han usado antidepresivos que suprimen el sueño REM, con base en casos y en la práctica clínica. Es una decisión médica y no corresponde a la automedicación.

    ¿Cuándo no es solo una parálisis aislada?

    La parálisis también forma parte de la narcolepsia, un trastorno neurológico que además produce somnolencia diurna intensa y cataplejía, la pérdida súbita de tono muscular con emociones como la risa. La guía de Sharpless (2016) indica consultar a un especialista en sueño si la parálisis se acompaña de esas dos señales, y que el estudio del sueño con polisomnografía permite diferenciarlas.

    Consulta con un médico o con medicina del sueño si:

    • Te duermes de pronto durante el día o te sientes con sueño todo el tiempo.
    • Pierdes fuerza en las piernas o dejas caer cosas cuando te ríes o te enojas.
    • Los episodios son frecuentes y no se explican por falta de sueño o estrés.
    • Ves o escuchas cosas en mitad del día, sin estar entre el sueño y la vigilia.
    • Roncas fuerte o te despiertas con sensación de ahogo.

    ¿Cuándo consultar a un psicólogo?

    Un psicólogo clínico puede ayudar cuando el episodio pasó a un segundo plano y lo que pesa es lo que deja: miedo a dormir, noches en vela esperando que vuelva, ansiedad antes de acostarte, pesadillas, síntomas de un trauma o ataques de pánico. Esos son los casos en que la parálisis recurrente y el miedo alimentan un círculo que se puede trabajar.

    Conviene pedir hora pronto si evitas dormir, si el sueño empeora tu estado de ánimo o si el episodio se mezcla con recuerdos de algo vivido. Si te despiertas en la madrugada con la mente acelerada, me despierto a las 3 de la mañana y no puedo dormir por ansiedad explican por qué pasa. Para ordenar lo que te ocurre, escribe a contacto.

    Preguntas frecuentes

    ¿Qué es la parálisis del sueño en palabras simples?

    Es quedarte inmóvil al dormirte o al despertar, con la mente despierta. El cerebro mantiene el apagado muscular del sueño REM unos segundos de más. Puede venir con sensación de presencia, presión en el pecho o miedo intenso, y termina sola. Se llama aislada cuando no hay narcolepsia ni otra enfermedad que la explique.

    ¿Cuánto dura una parálisis del sueño?

    Según MedlinePlus, los episodios duran desde unos pocos segundos hasta uno o dos minutos. Durante el miedo el tiempo se vive mucho más largo, por eso parecen interminables. Terminan solos o cuando alguien te toca o te mueve.

    ¿Se puede morir por una parálisis del sueño?

    Como hecho aislado no daña el cuerpo: los ojos y la respiración siguen funcionando y el episodio termina solo. Lo que sí ocurre es que el miedo a morir es muy frecuente durante el episodio. Si hay somnolencia diurna intensa, pérdida de fuerza con las emociones o ronquidos fuertes, vale la pena consultar a un médico.

    ¿Qué hago cuando me pasa?

    Piensa que es temporal y no te hace daño, respira lento y trata de mover los dedos o la cara. Si hay alguien cerca, un toque o su voz suele cortar el episodio. Son estrategias de guías clínicas y reportes de casos, no de ensayos controlados, así que valen como orientación.

    ¿Por qué me da parálisis del sueño?

    Hay varias causas posibles: dormir poco o con horarios irregulares, dormir boca arriba, estrés, ansiedad, trauma, alcohol y cierta predisposición genética. En el estrés postraumático y en el trastorno de pánico es más frecuente. Cuando se repite, vale la pena revisar el sueño completo y la salud mental.

    ¿Cuándo debo ir al médico o al psicólogo?

    Al médico o a medicina del sueño si hay somnolencia diurna intensa, caídas o pérdida de fuerza con emociones, o ronquidos fuertes. Al psicólogo si los episodios se repiten, te dan miedo a dormir, se suman ataques de pánico o pesadillas, o aparecen tras una experiencia traumática. En ambos casos conviene no esperar a que empeore.

    Lo que sabemos y lo que queda por saber

    La parálisis del sueño es común y se entiende bastante bien: un apagón muscular del sueño REM que se alarga mientras vuelve la conciencia. Lo que sabemos poco es cómo tratarla, porque no hay ensayos grandes y bien controlados. Por ahora, lo más sensato es cuidar el sueño, entender lo que ocurre para que asuste menos y consultar cuando se repite o deja miedo.

    ¿Te gustaría conversarlo con alguien?

    Si algo de lo que leíste te tocó de cerca y quieres hablarlo con un psicólogo, puedes agendar una hora. Vemos juntos por dónde empezar, a tu ritmo.

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    Si estás pasando por una crisis o piensas en hacerte daño, llama al *4141, la Línea de Prevención del Suicidio del Ministerio de Salud: es gratuita desde celulares y atiende las 24 horas, todos los días.

    Referencias

    Brooks, P. L., & Peever, J. H. (2012). Identification of the transmitter and receptor mechanisms responsible for REM sleep paralysis. Journal of Neuroscience, 32(29), 9785-9795. https://doi.org/10.1523/jneurosci.0482-12.2012

    Cheyne, J. A. (2002). Situational factors affecting sleep paralysis and associated hallucinations: Position and timing effects. Journal of Sleep Research, 11(2), 169-177. https://doi.org/10.1046/j.1365-2869.2002.00297.x

    Cheyne, J. A., Rueffer, S. D., & Newby-Clark, I. R. (1999). Hypnagogic and hypnopompic hallucinations during sleep paralysis: Neurological and cultural construction of the night-mare. Consciousness and Cognition, 8(3), 319-337. https://doi.org/10.1006/ccog.1999.0404

    Cui, N., van Looij, M. A., & Kasius, K. M. (2022). Successful treatment of sleep paralysis with the Sleep Position Trainer: A case report. Journal of Clinical Sleep Medicine, 18(9), 2317-2319. https://doi.org/10.5664/jcsm.9996

    Denis, D. (2018). Relationships between sleep paralysis and sleep quality: Current insights. Nature and Science of Sleep, 10, 355-367. https://doi.org/10.2147/nss.s158600

    Denis, D., French, C. C., Rowe, R., Zavos, H. M. S., Nolan, P. M., Parsons, M. J., & Gregory, A. M. (2015). A twin and molecular genetics study of sleep paralysis and associated factors. Journal of Sleep Research, 24(4), 438-446. https://doi.org/10.1111/jsr.12282

    Denis, D., French, C. C., & Gregory, A. M. (2018). A systematic review of variables associated with sleep paralysis. Sleep Medicine Reviews, 38, 141-157. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2017.05.005

    Hinton, D. E., Pich, V., Chhean, D., Pollack, M. H., & McNally, R. J. (2005). Sleep paralysis among Cambodian refugees: Association with PTSD diagnosis and severity. Depression and Anxiety, 22(2), 47-51. https://doi.org/10.1002/da.20084

    Jalal, B. (2016). How to make the ghosts in my bedroom disappear? Focused-attention meditation combined with muscle relaxation (MR therapy): A direct treatment intervention for sleep paralysis. Frontiers in Psychology, 7, Artículo 28. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2016.00028

    Jalal, B., & Hinton, D. E. (2013). Rates and characteristics of sleep paralysis in the general population of Denmark and Egypt. Culture, Medicine, and Psychiatry, 37(3), 534-548. https://doi.org/10.1007/s11013-013-9327-x

    Jalal, B., Moruzzi, L., Zangrandi, A., Filardi, M., Franceschini, C., Pizza, F., & Plazzi, G. (2020). Meditation-relaxation (MR therapy) for sleep paralysis: A pilot study in patients with narcolepsy. Frontiers in Neurology, 11, Artículo 922. https://doi.org/10.3389/fneur.2020.00922

    Mainieri, G., Maranci, J.-B., Champetier, P., Leu-Semenescu, S., Gales, A., Dodet, P., & Arnulf, I. (2021). Are sleep paralysis and false awakenings different from REM sleep and from lucid REM sleep? A spectral EEG analysis. Journal of Clinical Sleep Medicine, 17(4), 719-727. https://doi.org/10.5664/jcsm.9056

    Munezawa, T., Kaneita, Y., Osaki, Y., Kanda, H., Ohtsu, T., Suzuki, H., Minowa, M., Suzuki, K., Higuchi, S., Mori, J., & Ohida, T. (2011). Nightmare and sleep paralysis among Japanese adolescents: A nationwide representative survey. Sleep Medicine, 12(1), 56-64. https://doi.org/10.1016/j.sleep.2010.04.015

    Ohayon, M. M., Zulley, J., Guilleminault, C., & Smirne, S. (1999). Prevalence and pathologic associations of sleep paralysis in the general population. Neurology, 52(6), 1194-1200. https://doi.org/10.1212/wnl.52.6.1194

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    Sharpless, B. A., & Barber, J. P. (2011). Lifetime prevalence rates of sleep paralysis: A systematic review. Sleep Medicine Reviews, 15(5), 311-315. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2011.01.007

    Sharpless, B. A., McCarthy, K. S., Chambless, D. L., Milrod, B. L., Khalsa, S.-R., & Barber, J. P. (2010). Isolated sleep paralysis and fearful isolated sleep paralysis in outpatients with panic attacks. Journal of Clinical Psychology, 66(12), 1292-1306. https://doi.org/10.1002/jclp.20724

    Stefani, A., & Högl, B. (2021). Nightmare disorder and isolated sleep paralysis. Neurotherapeutics, 18(1), 100-106. https://doi.org/10.1007/s13311-020-00966-8

    Szklo-Coxe, M., Young, T., Finn, L., & Mignot, E. (2007). Depression: Relationships to sleep paralysis and other sleep disturbances in a community sample. Journal of Sleep Research, 16(3), 297-312. https://doi.org/10.1111/j.1365-2869.2007.00600.x

    Takeuchi, T., Miyasita, A., Sasaki, Y., Inugami, M., & Fukuda, K. (1992). Isolated sleep paralysis elicited by sleep interruption. Sleep, 15(3), 217-225. https://doi.org/10.1093/sleep/15.3.217

    Wróbel-Knybel, P., Karakuła-Juchnowicz, H., Flis, M., Rog, J., Hinton, D. E., Boguta, P., & Jalal, B. (2020). Prevalence and clinical picture of sleep paralysis in a Polish student sample. International Journal of Environmental Research and Public Health, 17(10), Artículo 3529. https://doi.org/10.3390/ijerph17103529

    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud de la Superintendencia de Salud.

    En este blog revisa evidencia científica sobre salud mental y evaluación psicológica para traducirla en orientación clara y prudente.

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  • Pesadillas Frecuentes en Adultos: Causas y Terapia de Ensayo en Imaginación

    Pesadillas Frecuentes en Adultos: Causas y Terapia de Ensayo en Imaginación

    Te despiertas con el corazón acelerado, sabes exactamente qué soñaste y te cuesta volver a dormir. Si te pasa una vez al mes, es parte de dormir. Si te pasa una o dos veces por semana desde hace meses, y ya te da un poco de miedo acostarte, estás en otro terreno: el de las pesadillas frecuentes en adultos, que tienen nombre clínico, causas conocidas y un tratamiento breve con más de veinte años de estudios detrás. Acá vas a encontrar por qué aparecen (estrés, trauma, algunos medicamentos, la abstinencia de alcohol o de pastillas para dormir, y hasta la respiración), qué diferencia hay con un terror nocturno, cuándo conviene consultar, y en qué consiste la terapia de ensayo en imaginación, que es lo que la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda antes que cualquier fármaco.

    En dos líneas: las pesadillas frecuentes (una o más por semana, con malestar o cansancio al día siguiente) afectan a cerca del 4 % de los adultos y se sostienen por una mezcla de activación alta y un miedo que el cerebro no termina de apagar. El tratamiento con más respaldo es la terapia de ensayo en imaginación: reescribes la pesadilla despierto y ensayas la nueva versión unos minutos al día. En la mayoría de los estudios baja la frecuencia de las pesadillas y mejora el sueño en pocas semanas.

    ¿Cuándo las pesadillas recurrentes dejan de ser normales?

    Una pesadilla es un sueño desagradable, vívido, que suele terminar en un despertar en el que recuerdas bien lo que soñaste. El problema clínico empieza cuando se repiten y dejan huella en el día. El position paper de la Academia Americana de Medicina del Sueño describe el trastorno por pesadillas como un cuadro que afecta aproximadamente al 4 % de los adultos, que puede darse solo o como parte de otro trastorno (sobre todo el estrés postraumático), y que puede deteriorar de forma significativa la calidad de vida (Morgenthaler et al., 2018). Los criterios oficiales están en el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría y, en la CIE-10 que usa la guía española de insomnio, bajo el código F51.5 “Pesadillas” (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 38).

    Lo que lo separa de una mala noche son tres cosas juntas, más que una cifra exacta: que se repitan (en los estudios, “frecuentes” suele ser al menos una por semana), que te despierten con angustia, y que te cueste funcionar al día siguiente o empieces a evitar dormir. Si marcas las tres, sigue leyendo con atención.

    Pesadilla o terror nocturno: no es lo mismo

    Se confunden seguido, y el tratamiento es distinto. La diferencia práctica está en el recuerdo. La guía española de práctica clínica lo resume en su algoritmo: si hay despertares repetidos con el recuerdo de sueños terroríficos, piensa en pesadillas; si hay despertares repetidos sin recuerdo del despertar ni del contenido del sueño, piensa en terrores nocturnos (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 42). Perlis, Jungquist, Smith y Posner (2005, p. 153) añaden la explicación fisiológica: las pesadillas son una parasomnia del sueño REM, mientras que los terrores nocturnos, el sonambulismo y los despertares confusos ocurren en el sueño no REM.

    En la práctica: si te despiertas gritando, desorientado, y al día siguiente no recuerdas nada (o te lo cuenta tu pareja), eso es un terror nocturno. Si te despiertas y puedes contar el sueño con detalle, es una pesadilla. Este artículo va de lo segundo. Para el terror nocturno, MedlinePlus tiene una ficha aparte.

    Cuánta gente tiene pesadillas frecuentes

    Más de la que se dice en voz alta. En un estudio comunitario con 8.558 adultos de Hong Kong, el 5,1 % tenía pesadillas al menos una vez por semana (Li, Zhang, Li y Wing, 2010). En Finlandia, ocho encuestas poblacionales entre 1972 y 2007 con casi 70.000 personas encontraron pesadillas frecuentes en el 3,5 % de los hombres y el 4,8 % de las mujeres, con una prevalencia que subía con la edad, sobre todo en hombres (Sandman et al., 2013). Krakow y Zadra (2006) hablan de un 5 a 8 % de la población general.

    Y la cifra se mueve con el contexto. Una encuesta en 16 países con 15.854 adultos midió pesadillas frecuentes en el 6,9 % de las personas para 2019 y en el 11,0 % en 2021, en plena pandemia (Bolstad et al., 2026). Es decir: cuando el mundo se pone más amenazante, las pesadillas suben. En jóvenes adultos la cifra es más alta todavía: 16,3 % en una muestra de 3.132 personas de 18 a 24 años, con más mujeres (20,4 %) que hombres (12,1 %) (Wong et al., 2023). Esa diferencia por sexo es real y está medida en un metaanálisis de 111 estudios: las mujeres reportan más pesadillas desde la adolescencia hasta la mediana edad, y la brecha se estrecha con los años hasta desaparecer en las personas mayores (Schredl y Reinhard, 2011).

    ¿Por qué tengo pesadillas todas las noches? Causas de las pesadillas frecuentes

    Casi nunca hay una sola causa. El modelo que hoy usan los especialistas describe un motor de dos piezas: el cerebro está más activado de lo que debería durante el sueño y, al mismo tiempo, no logra “apagar” un miedo aprendido. El consenso europeo sobre el trastorno por pesadillas, firmado por 23 investigadores entre los que está Barry Krakow, el creador de la terapia de ensayo en imaginación, lo plantea así: las pesadillas crónicas se desarrollan por la interacción entre una hiperactivación elevada y una extinción del miedo deteriorada, y esa interacción se ve facilitada por un rasgo de malestar afectivo (provocado por experiencias traumáticas, adversidad en la infancia o susceptibilidad temperamental), por la tendencia a suprimir pensamientos y, potencialmente, por problemas respiratorios durante el sueño (Gieselmann et al., 2019).

    Con ese mapa en la mano, estas son las causas concretas que conviene revisar una por una.

    Estrés y trauma

    El estrés cotidiano sube las pesadillas ocasionales; el trauma produce las pesadillas repetidas. Judith Herman (2015, cap. 2) describe la intrusión como uno de los tres síntomas centrales del trauma: el momento traumático queda grabado en una forma anormal de memoria que irrumpe en la conciencia, como flashback en la vigilia y como pesadilla traumática durante el sueño. En el manual de exposición prolongada, Foa, Hembree y Rothbaum (2007, p. 42) enseñan al terapeuta a preguntar directamente por las pesadillas en la primera sesión, porque son una de las formas en que se revive el trauma, y las describen (p. 62) como una señal de que el trauma sigue siendo un “asunto sin terminar” que la memoria no ha procesado. Un detalle que ayuda a reconocerlas: no siempre reproducen el hecho tal cual. Foa y colaboradoras (2007, p. 46) explican que, tras una agresión, las pesadillas pueden ser violentas sin ser específicas del episodio.

    Si tus pesadillas empezaron después de un accidente, una agresión, un duelo violento o una situación de peligro, y vienen con sobresaltos, evitación y sensación de alerta permanente, vale la pena leer qué es el trastorno de estrés postraumático y cómo se evalúa el trauma psicológico, porque el tratamiento cambia.

    Medicamentos que provocan pesadillas

    Esta causa se pasa por alto porque nadie relaciona la pastilla de la presión con lo que soñó. La revisión clásica sobre pesadillas inducidas por fármacos, que evaluó cada caso publicado con el algoritmo de Naranjo para estimar causalidad, concluyó que los sedantes e hipnóticos, los betabloqueadores y las anfetaminas son los grupos más asociados a pesadillas, con un mecanismo plausible (supresión del sueño REM y estimulación de receptores de dopamina), y que los agonistas dopaminérgicos también tienen evidencia de causalidad (Thompson y Pierce, 1999). Perlis et al. (2005, p. 42) incluyen en su tabla de causas de sueño alterado, entre los efectos agudos de medicación, los antidepresivos ISRS, los corticoides, la levodopa, la nicotina y los betaagonistas.

    Si tus pesadillas empezaron o empeoraron en las semanas siguientes a un cambio de medicación, no dejes el fármaco por tu cuenta: anótalo y llévalo a la consulta con quien te lo indicó. Casi siempre hay alternativa.

    Abstinencia de alcohol y de pastillas para dormir

    Es la causa que más sorprende. Quien toma alcohol de noche o usa benzodiacepinas para dormir suprime parte del sueño REM; cuando deja de hacerlo, el REM rebota y con él vienen los sueños intensos. La misma tabla de Perlis et al. (2005, p. 42) lista la retirada de benzodiacepinas, barbitúricos y alcohol como causa de sueño alterado, y la revisión sobre dependencia de benzodiacepinas del New England Journal of Medicine incluye las pesadillas entre los síntomas psicológicos de la abstinencia de benzodiacepinas, junto a la ansiedad, la agitación y el insomnio (Soyka, 2017).

    Esto tiene dos lecturas prácticas. La primera: si dejaste el clonazepam o el alcohol hace poco y empezaste con pesadillas, no significa que “necesites” volver; es un síntoma de retirada que suele pasar. La segunda: si usas alcohol o hipnóticos para no soñar, estás alimentando el ciclo. Tienes una guía sobre benzodiacepinas, dosis y dependencia y un test de consumo de alcohol por si quieres revisar dónde estás parado.

    Dormir poco, dormir mucho y la respiración

    La duración del sueño también importa, y no en línea recta. En la encuesta de 16 países, la frecuencia de pesadillas tuvo una relación en forma de U con las horas dormidas: más pesadillas en quienes dormían muy poco y también en quienes dormían mucho (Bolstad et al., 2026). En parte se explica porque el sueño REM se concentra en la segunda mitad de la noche: si te recuperas de varias noches cortas, o alargas el sueño el fin de semana, tienes más REM y más sueños intensos.

    Y hay una causa que no se nota desde adentro. Un estudio en un centro de medicina del sueño siguió a 20 personas con insomnio crónico que nunca se habían hecho un estudio del sueño; el 45 % atribuía sus despertares a pesadillas, y en la polisomnografía el 90 % de los despertares venía precedido de una pausa o un esfuerzo respiratorio (Krakow, Romero, Ulibarri y Kikta, 2012). Es un piloto pequeño, pero encaja con lo que el consenso europeo señala como facilitador de las pesadillas: la respiración alterada durante el sueño. Si roncas, si te levantas con dolor de cabeza o con la boca seca, o si tienes sueño de día, conviene leer qué es un estudio del sueño y cuándo se pide.

    ¿Las pesadillas frecuentes en adultos son peligrosas?

    No en sí mismas, pero no son inocuas. Son una señal que conviene tomar en serio por tres motivos con datos detrás.

    Primero, van con otros problemas. En el estudio de Hong Kong, quien tenía pesadillas frecuentes tenía 5,7 veces más probabilidad de tener un trastorno psiquiátrico, sobre todo del ánimo, y seguía puntuando más alto en neuroticismo incluso después de descartar esos trastornos (Li et al., 2010). Segundo, anticipan lo que viene. En jóvenes adultos, tener pesadillas frecuentes predijo a un año síntomas depresivos y ansiosos moderados o graves, síntomas postraumáticos y un episodio depresivo o de ansiedad generalizada en el último mes, incluso después de ajustar por estrés externo, resiliencia y variables sociodemográficas (Wong et al., 2023). En una cohorte de 2.940 personas mayores de Corea, la prevalencia de pesadillas subía al 6,3 % pasados los 70 años, y quienes las tenían mostraban 4,4 veces más riesgo de depresión y 3,5 veces más de ideación suicida (Park, Kim, Shin y Suh, 2021).

    Tercero, y es lo más importante: las pesadillas se relacionan con el riesgo de suicidio y de autolesión de forma independiente del insomnio, del estrés postraumático, de la ansiedad y de la depresión. La revisión sistemática que examinó los mecanismos de esa relación apunta a las interpretaciones que la persona hace de sus pesadillas y a la regulación emocional como las dos piezas centrales, y hace una observación que conviene retener: a mucha gente le resulta más fácil pedir ayuda por las pesadillas que por las ideas de muerte (Andrews y Hanna, 2020). Dicho al revés: si alguien cercano te cuenta que lleva semanas con pesadillas, pregúntale cómo está de verdad.

    Terapia de ensayo en imaginación: qué es y cómo se hace

    La terapia de ensayo en imaginación (IRT, por su sigla en inglés) es el tratamiento que la Academia Americana de Medicina del Sueño recomienda tanto para el trastorno por pesadillas como para las pesadillas asociadas al estrés postraumático; todo lo demás, incluidos los fármacos, queda en la categoría “puede usarse” (Morgenthaler et al., 2018). Es el tratamiento para pesadillas con más estudios detrás: una técnica cognitiva breve, sin medicamentos, que trabaja sobre la pesadilla despierto.

    La lógica es simple. Una pesadilla repetida es, en parte, un hábito aprendido del cerebro: una historia que se cuenta sola cada noche por el mismo camino. La IRT no intenta apagarla; intenta darle al cerebro otra versión, ensayada tantas veces que compite con la original. Krakow y Zadra (2006), en el artículo donde describen el manejo clínico de las pesadillas crónicas, defienden algo que cambia la forma de mirar el problema: las pesadillas crónicas pueden ser un trastorno del sueño por derecho propio y no solo un síntoma de otra cosa, así que tratarlas directamente es un camino válido incluso cuando hay un trauma detrás.

    Los pasos, uno por uno

    El protocolo que describen Krakow y Zadra se enseña en cuatro sesiones de unas dos horas, y en la práctica clínica se adapta a formatos más cortos. En esencia son tres pasos:

    1. Elegir y escribir una pesadilla. Se elige una, de preferencia no la más traumática si hay un trauma reciente, y se escribe con detalle. Solo escribirla ya hace algo: en un ensayo clínico con 127 personas, el grupo control que se limitó a describir su pesadilla por escrito bajó la frecuencia de pesadillas casi tanto como el grupo tratado, aunque no el malestar que le producían (Gieselmann, Böckermann, Sorbi y Pietrowsky, 2017).
    2. Cambiarla como quieras. No hay reglas: puede cambiar el final, el principio, un personaje, el escenario, o transformarse en un sueño neutro o agradable. La instrucción clásica es “cámbiala de la manera que quieras”. La versión nueva se escribe también.
    3. Ensayar la nueva versión en la imaginación. Con los ojos cerrados, unos minutos cada día (los protocolos hablan de 5 a 20 minutos), durante una o dos semanas por pesadilla, imaginando la historia nueva de principio a fin. Después se pasa a otra pesadilla si hay varias.

    La parte que la gente subestima es la tercera. Reescribirla una vez no basta; lo que funciona es el ensayo repetido y despierto, que es donde la versión nueva se vuelve familiar para el cerebro.

    Por qué funciona

    Los investigadores lo llaman sensación de dominio. Una revisión sistemática de todos los mecanismos propuestos para las psicoterapias de pesadillas encontró que el aumento de esa sensación de control sobre el sueño es la hipótesis más citada, seguida del procesamiento emocional que modifica la estructura del miedo, el cambio de creencias sobre las pesadillas y la reducción de la activación (Rousseau y Belleville, 2018). Y no es solo teoría: en un ensayo con IRT guiada por teléfono, el efecto del tratamiento estuvo mediado por el aumento de la sensación de dominio a mitad del proceso (Lancee, Effting y Kunze, 2021). Cuando la persona siente que puede hacer algo con su pesadilla, la pesadilla empieza a perder fuerza.

    Cuánto ayuda, según los estudios

    El metaanálisis de Casement y Swanson, con 13 estudios de IRT en personas con pesadillas postraumáticas, encontró efectos grandes sobre la frecuencia de las pesadillas, la calidad del sueño y los síntomas de estrés postraumático, sostenidos a los 6 y 12 meses de seguimiento (Casement y Swanson, 2012). Un metaanálisis posterior solo con ensayos aleatorizados, con 1.078 participantes, fue más sobrio: efectos pequeños a moderados de la IRT sobre la frecuencia de pesadillas (g = 0,51), los síntomas postraumáticos (g = 0,31) y la calidad del sueño (g = 0,51), sin diferencias significativas frente a la prazosina, el fármaco de referencia (Yücel, van Emmerik, Souama y Lancee, 2020).

    Dos matices honestos. Casement y Swanson advierten que, en el único estudio con un grupo de control activo, los efectos fueron pequeños; y la revisión más reciente señala que los resultados varían entre estudios y que las guías de consenso han derivado hacia una terapia cognitivo conductual para pesadillas (CBT-N) que integra la reescritura con exposición y estrategias de sueño (So, Bolstad y Miller, 2025). La misma revisión señala algo que importa para quien ya está en terapia: los tratamientos centrados en el trauma reducen el estrés postraumático, pero las pesadillas pueden persistir si no se tratan de forma específica.

    Se puede hacer con poca ayuda

    Una de las mejores noticias de esta literatura es que la IRT funciona en formatos ligeros. En el ensayo de Lancee y colaboradores (2021), 70 personas con pesadillas según el DSM-5 recibieron tres sesiones a lo largo de cinco semanas con apoyo telefónico de estudiantes de posgrado, y mejoraron más que la lista de espera en frecuencia de pesadillas (d = 1,03), malestar por las pesadillas (d = 0,75) y gravedad del insomnio (d = 1,12), con efectos mantenidos a los 3 y 6 meses; no cambió el número de noches con pesadillas por semana ni la ansiedad o la depresión. Y en el ensayo por internet de Gieselmann et al. (2017), tener o no un “coach” que guiara el proceso no cambió la eficacia ni los abandonos.

    Un último dato para quien además duerme mal: combinar la IRT con terapia cognitivo conductual para el insomnio mejora más la calidad del sueño que la IRT sola, según el metaanálisis comparativo de Seda y colaboradores (Seda, Sánchez-Ortuño, Welsh, Halbower y Edinger, 2015) y el de Casement y Swanson (2012). Si ese es tu caso, tienes una guía sobre cómo se evalúa el insomnio y un test de insomnio para empezar.

    ¿Y los medicamentos para las pesadillas?

    Existen, y el más estudiado es la prazosina, un antihipertensivo que bloquea receptores alfa-1 de noradrenalina. En el metaanálisis de Yücel et al. (2020) tuvo un efecto moderado a grande sobre la frecuencia de pesadillas (g = 0,61) y sobre la calidad del sueño (g = 0,85), sin diferencia estadística frente a la IRT; los autores incluso discuten que rebajarla a “puede usarse” en la guía de 2018 fue prematuro. El metaanálisis de todos los ensayos farmacológicos controlados con placebo, con 14 estudios y 830 participantes (casi todos veteranos con estrés postraumático), da un efecto global moderado (g = 0,50; 0,42 al corregir por sesgo de publicación), con la prazosina en g = 0,54 (Skeie-Larsen et al., 2022).

    Lo que no hay que hacer es automedicarse. La guía de la Academia Americana de Medicina del Sueño no recomienda el clonazepam ni la venlafaxina para el trastorno por pesadillas (Morgenthaler et al., 2018), y ya viste más arriba que los sedantes e hipnóticos están entre los fármacos que más pesadillas provocan al retirarlos. La decisión sobre un fármaco es del médico, idealmente uno con formación en sueño; si no sabes a quién acudir, esta guía sobre especialistas en trastornos del sueño te orienta.

    Qué puedes hacer desde esta semana

    Mientras decides si consultar, hay cosas con respaldo que puedes empezar solo.

    • Escribe la pesadilla. Con detalle, en pasado, de día. Es el primer paso de la IRT y, según el ensayo de Gieselmann et al. (2017), por sí solo ya reduce la frecuencia.
    • Regulariza el sueño. Acuéstate y levántate a horas parecidas y evita las noches muy cortas seguidas de “recuperaciones” largas: la relación en U entre horas dormidas y pesadillas (Bolstad et al., 2026) sugiere que los extremos las empeoran.
    • Revisa alcohol, hipnóticos y medicación reciente. No suspendas nada por tu cuenta; anota qué cambió y cuándo empezaron las pesadillas.
    • Nada de contenido activador antes de dormir. Foa, Hembree y Rothbaum (2007, p. 72) indican a sus pacientes no escuchar las grabaciones de exposición justo antes de acostarse, precisamente para no provocar pesadillas. Lo mismo aplica a noticias duras, discusiones y series violentas en la última hora.
    • Cuidado con la restricción del sueño si tienes terrores nocturnos. Perlis et al. (2005, p. 14) advierten que la pérdida de sueño de la restricción y del control de estímulos puede profundizar el sueño y aumentar los despertares parciales como los terrores nocturnos. Si tu problema es ese y no las pesadillas, esas técnicas se usan con supervisión.

    Cuándo pedir ayuda profesional

    Consulta si las pesadillas ocurren una o más veces por semana durante más de un mes, te dejan cansado o con miedo de dormir, o notas que empezaste a evitar la cama, el alcohol “para dormir” o las pastillas. Y consulta sin esperar si se cumple cualquiera de estas:

    • Empezaron después de un hecho traumático y vienen con sobresaltos, evitación o alerta permanente (puede ser estrés postraumático, y la evaluación se hace con escalas validadas).
    • Tienes ideas de muerte o de hacerte daño. En Chile, Salud Responde atiende las 24 horas al 600 360 7777, y la línea de prevención del suicidio es *4141. Las pesadillas y el riesgo suicida van juntos con más frecuencia de lo que se cree (Andrews y Hanna, 2020), y hablarlo es lo primero.
    • Aparecieron de golpe en la adultez mayor, con movimientos o gritos durante el sueño. Morin y Espie (2004, p. 41) advierten que el inicio súbito de una parasomnia en la adultez tardía, en particular del trastorno de conducta del sueño REM, puede indicar un problema neurológico agudo y requiere evaluación médica.
    • Roncas, alguien te vio dejar de respirar o tienes mucho sueño de día: hace falta descartar apnea antes de tratar las pesadillas como un problema psicológico.

    Para evaluar la gravedad existe un cuestionario breve, el Índice de Trastorno por Pesadillas (NDI), que ya tiene una versión en español validada en adultos de población general, con buena fiabilidad y asociación con síntomas depresivos, ansiedad e ideación suicida (Baños-Chaparro et al., 2025). Es el tipo de instrumento que un psicólogo usa en la primera sesión para saber por dónde empezar.

    Preguntas frecuentes sobre las pesadillas en adultos

    ¿Es normal tener pesadillas todas las noches?

    No. Las pesadillas ocasionales son parte de dormir, pero tenerlas varias veces por semana durante semanas o meses es lo que los especialistas llaman pesadillas frecuentes, y afecta a cerca del 4 % de los adultos (Morgenthaler et al., 2018). Cuando además producen angustia al despertar o cansancio al día siguiente, se considera un trastorno por pesadillas y tiene tratamiento.

    ¿Qué significa tener pesadillas seguidas?

    Casi siempre, que el sistema de alarma del cerebro está más activado de lo normal y no consigue apagar un miedo aprendido (Gieselmann et al., 2019). Detrás puede haber estrés sostenido, un trauma, un cambio de medicación, la retirada de alcohol o de pastillas para dormir, falta de sueño o una apnea que no se ha diagnosticado. Conviene revisar esas causas antes de asumir que “es solo estrés”.

    ¿Las pesadillas son señal de un trastorno mental?

    No necesariamente, pero aumentan la probabilidad. En un estudio comunitario, las personas con pesadillas frecuentes tenían 5,7 veces más riesgo de tener un trastorno psiquiátrico, sobre todo del ánimo (Li et al., 2010), y en jóvenes adultos predijeron depresión y ansiedad un año después (Wong et al., 2023). Por eso, si son frecuentes, vale la pena una evaluación.

    ¿Cuál es la diferencia entre pesadilla y terror nocturno?

    El recuerdo. En la pesadilla te despiertas y puedes contar el sueño; en el terror nocturno gritas o te agitas, cuesta despertarte y al día siguiente no recuerdas nada (Ministerio de Sanidad y Política Social, 2009, p. 42). La pesadilla ocurre en el sueño REM y el terror nocturno en el sueño profundo no REM (Perlis et al., 2005, p. 153), y se tratan distinto.

    ¿Se pueden curar las pesadillas frecuentes?

    En la mayoría de los casos mejoran mucho con tratamiento. La terapia de ensayo en imaginación reduce la frecuencia de las pesadillas y mejora el sueño con efectos que se mantienen a los 6 y 12 meses (Casement y Swanson, 2012), y funciona incluso en formatos breves con apoyo telefónico o por internet (Lancee et al., 2021; Gieselmann et al., 2017). Si hay estrés postraumático, se trata además el trauma.

    ¿Cuánto dura la terapia de ensayo en imaginación?

    Es breve. El protocolo original de Krakow y Zadra (2006) se enseña en cuatro sesiones de unas dos horas; en un ensayo reciente bastaron tres sesiones a lo largo de cinco semanas (Lancee et al., 2021). Lo que sí requiere constancia es la práctica en casa: unos minutos al día ensayando la versión nueva del sueño durante una o dos semanas por pesadilla.

    ¿Qué medicamentos provocan pesadillas?

    Los más documentados son los sedantes e hipnóticos, los betabloqueadores y las anfetaminas, seguidos de los agonistas dopaminérgicos (Thompson y Pierce, 1999). También pueden influir algunos antidepresivos, los corticoides y la nicotina (Perlis et al., 2005, p. 42), y la retirada de benzodiacepinas o de alcohol (Soyka, 2017). Si sospechas de un fármaco, consúltalo con quien te lo indicó antes de suspenderlo.

    Para cerrar

    Las pesadillas frecuentes no son “solo sueños” ni una rareza que haya que aguantar. Tienen causas que se pueden revisar en una consulta (medicación, alcohol, respiración, trauma) y un tratamiento breve y sin fármacos que la principal sociedad de medicina del sueño recomienda en primer lugar. Si llevas semanas despertándote con miedo, o si empezaste a temerle a la noche, agenda una consulta: en una primera sesión se puede ubicar qué está sosteniendo tus pesadillas y decidir si la terapia de ensayo en imaginación es tu camino. Y si además duermes mal en general, la guía completa de trastornos del sueño te ayuda a ordenar el resto.

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    Referencias

    Andrews, S., & Hanna, P. (2020). Investigating the psychological mechanisms underlying the relationship between nightmares, suicide and self-harm. Sleep Medicine Reviews, 54, 101352. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2020.101352

    Baños-Chaparro, J., Franco-Jimenez, A., Caycho-Rodríguez, T., Valencia-Pecho, D., Sarmiento-Suarez, E., Bernabel-Tarazona, D., & Rivera-Álvarez, G. (2025). Spanish translation and psychometric evidence of the Nightmare Disorder Index (NDI) in adults from the general population. European Journal of Investigation in Health, Psychology and Education, 15(11), 220. https://doi.org/10.3390/ejihpe15110220

    Bolstad, C. J., Bjorvatn, B., Chan, N. Y., Chung, F., Dauvilliers, Y., De Gennaro, L., Espie, C. A., Holzinger, B., Inoue, Y., Korman, M., Koscec Bjelajac, A., Landtblom, A., Macêdo, T., Matsui, K., Merikanto, I., Morin, C. M., Mota-Rolim, S., Penzel, T., Plazzi, G., … Nadorff, M. R. (2026). Prevalence rates of frequent dream recall and nightmares by age, gender and sleep duration in 16 countries. Journal of Sleep Research, 35(1), e70070. https://doi.org/10.1111/jsr.70070

    Casement, M. D., & Swanson, L. M. (2012). A meta-analysis of imagery rehearsal for post-trauma nightmares: Effects on nightmare frequency, sleep quality, and posttraumatic stress. Clinical Psychology Review, 32(6), 566-574. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2012.06.002

    Foa, E. B., Hembree, E. A., & Rothbaum, B. O. (2007). Prolonged exposure therapy for PTSD: Emotional processing of traumatic experiences. Therapist guide. Oxford University Press.

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    Sandman, N., Valli, K., Kronholm, E., Ollila, H. M., Revonsuo, A., Laatikainen, T., & Paunio, T. (2013). Nightmares: Prevalence among the Finnish general adult population and war veterans during 1972-2007. Sleep, 36(7), 1041-1050. https://doi.org/10.5665/sleep.2806

    Schredl, M., & Reinhard, I. (2011). Gender differences in nightmare frequency: A meta-analysis. Sleep Medicine Reviews, 15(2), 115-121. https://doi.org/10.1016/j.smrv.2010.06.002

    Seda, G., Sanchez-Ortuno, M. M., Welsh, C. H., Halbower, A. C., & Edinger, J. D. (2015). Comparative meta-analysis of prazosin and imagery rehearsal therapy for nightmare frequency, sleep quality, and posttraumatic stress. Journal of Clinical Sleep Medicine, 11(1), 11-22. https://doi.org/10.5664/jcsm.4354

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    Sobre el autor

    Ps. Nicolás Alcayaga, Psicólogo Clínico. Especializado en Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Psicólogo inscrito en el Registro Nacional de Prestadores Individuales de Salud (Superintendencia de Salud).

    Su experiencia clínica incluye el tratamiento de adicciones y la atención de pacientes en el sistema público y privado de salud en Chile. En este blog revisa la evidencia científica disponible sobre cada tema; cada artículo es un trabajo en curso que se actualiza a medida que surge nueva evidencia.

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